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MARISA GONZÁLEZ DE OLEAGA, ERNESTO BOHOSLAVSKY, MARÍA SILVIA DI LISCIA


Entre el desafío y el signo. Identidad y diferencia en el Museo de América de Madrid
Alteridades, vol. 21, núm. 41, enero-junio, 2011, pp. 113-127,
Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa
México

Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=74721474012

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Proyecto académico sin fines de lucro, desarrollado bajo la iniciativa de acceso abierto
ALTERIDADES, 20
21 (41): Págs. 113-1

Entre el desafío y el signo


Identidad y diferencia en el Museo de América de Madrid*

MARISA GONZÁLEZ DE OLEAGA**


ERNESTO BOHOSLAVSKY***
MARÍA SILVIA DI LISCIA****

Abstract Resumen
BETWEEN THE CHALLENGE AND THE SIGN. IDENTITY AND DIFFER- Los museos son textos sociales y culturales, atrave
ENCE IN THE MUSEUM OF AMERICA IN MADRID. Museums are dos por la contestación a otras ideas y el reflejo de
social and cultural texts crossed by their reply to propias. En estos espacios se dicen cosas, se enunc
other ideas and the reflections of their own. In these ideas, pero también se hacen cosas al decir: se orde
spaces things are said, ideas enounced and things jerarquiza y valora la realidad y se transmite una f
made, in other words –the reality is ordained, valued ma de ver el mundo. Este trabajo pretende averigu
and given a hierarchical structure, which transmit a qué dice y hace el Museo de América de Madrid, a qu
way of seeing the world. This work attempts to find desafía y cómo construye su posición respecto al
out what the Museum of America in Madrid does, to sado y al presente de todo un continente y de las re
whom challenge and how it builds up its position in re- ciones de éste con la antigua metrópoli.
lation to the past and present of a continent and its Palabras clave: España, representación, deconstr
relations with the old metropoli. ción, imaginario, colonialismo, dominación, ideolog
Key words: Spain, representation, deconstruction, im-
aginary, colonialism, domination, ideology

* Artículo recibido el 04/04/10 y aceptado el 29/11/10. Este trabajo pertenece al proyecto “Políticas y poéticas del mus
Etnia, nación y colonia en Paraguay, Argentina y España”, financiado por el CeALCI de la Fundación Carolina, y al p
yecto de I+D “Obsesión por la memoria en Paraguay, Argentina y Brasil, 1880-1940. Los relatos utópicos de muse
viajeros y beachcombers” (HAR2009 07621) del Ministerio español de Ciencia e Innovación, ambos dirigidos por la d
tora Marisa González de Oleaga.
** Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político, Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, Universi
Nacional de Educación a Distancia. Calle Obispo Trejo s/n, 28040 Madrid, España <mgonzalez@poli.uned.es>.
*** Instituto del Desarrollo Humano, Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina. Campus de la UGS, módulo
Juan M. Gutiérrez 1150 (B1613GSX), Los Polvorines, Provincia de Buenos Aires <ebohosla@ungs.edu.ar>.
**** Departamento de Historia, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de La Pampa, Argentina, y direct
del Instituto de Estudios Sociohistóricos en esa institución. Coronel Gil 353, 6300 Santa Rosa, La Pampa, Argent
<silviadi@fchst.unlpam.edu.ar>.
Entre el desafío y el signo / Identidad y diferencia en el Museo de América de Madrid

Si (la conjetura) no es verdadera como 2006; Carbonell, 2004; Preziosi y Farago, 2004; Kn
hecho lo será como símbolo. MacLeod y Watson, 2007; Macdonald y Basu, 200
Macdonald, 2008 y 2010; Edwards, Gosden y Philli
Jorge Luis Borges 2006) confirman esta aseveración. Incluso en el pan
Historia del guerrero y la cautiva1 rama hispano y latinoamericano, donde la polém
ha tenido poco arraigo, han empezado a surgir trab

L os museos de historia, esos formidables aparatos


visuales popularizados durante el siglo XIX, son,
entre otras cosas, espacios donde las sociedades po-
jos colectivos acerca del museo (González Stepha
Andermann, 2006; Castilla, 2010).
Por un lado, museólogos, arquitectos, semiólog
nen en circulación sus interpretaciones sobre el pa- antropólogos, historiadores (sociales, del arte, de
sado (Preziosi, 2004; Leone y Little, 2004). Si bien, ciencia), han intentado definir los espacios de su
tradicionalmente, las comunidades en su conjunto tervención y la naturaleza de sus aportaciones. A
no organizan las exposiciones permanentes de estos han aparecido en las últimas décadas novedades m
museos, tarea que queda encargada a expertos en dis- importantes en torno al museo. Por ejemplo, las nu
tintas disciplinas, es posible leer las colecciones como vas concepciones sobre su significación (de galería
signos o indicios de determinadas formas colectivas curiosidades, más tarde templos del saber, a zo
de entender la realidad. Sin embargo, al mismo tiem- de contacto) (Clifford, 1999); las novedosas tendenc
po, los textos, imágenes e interpretaciones con los que en su arquitectura, que ha sumado a la preocupac
se construyen las exposiciones son un ejercicio de por los contenidos de la exposición cuestiones re
diálogo y de discusión con otras maneras de interpre- cionadas con la recepción de la información que ap
tar el pasado y el presente. En este sentido son, tam- ta el museo (de la idea de espacio de representació
bién, un desafío a versiones anteriores, a ciertas ideas la de lugar de experiencia, como en el Jüdische M
que les precedieron o con las que compiten. Así, se seum de Berlín, obra de Daniel Libeskind) (Basu, 20
puede leer el museo como un texto (Geertz, 1992; Gar- Hillier y Tzortzi, 2010; Hooper-Greenhill, 2010);
cía Canclini, 1992; Barthes, 1980; Bal, 2004), atra- originales puestas en escena que pretenden conver
vesado por la contestación (a otras ideas) y el reflejo al visitante de receptor pasivo a sujeto activo de con
(de las propias). Porque en los museos se dicen cosas, cimiento y saber (Falk, Dierking y Adams, 2010).
se enuncian ideas, pero también se hacen cosas al este sentido, los lugares tradicionalmente asignad
decir: se ordena, jerarquiza y valora la realidad y se al sujeto y al objeto de estudio se han visto trasto
transmite una forma de ver el mundo. Cuando se de- dos (a través de relatos polifónicos y de la participac
vana el pasado en un texto, se están seleccionando los de los representados en la representación) (Baxand
hilos con los que se van a tejer los relatos del presente. 1991; Berlo y Phillips, 2004; Simpson, 2001). O
Este trabajo pretende averiguar qué dice y hace el tanto se puede decir del interés por conectar los m
Museo de América de Madrid en la actualidad, a quién seos con el mundo virtual creando museos accesib
desafía y cómo construye su posición respecto al pa- sólo a través de la web (Witcomb, 2010), o la preoc
sado y al presente de todo un continente y de las re- pación creciente y sostenida por los aspectos étic
laciones de éste con la antigua metrópoli. Se trata, de las exposiciones de los museos (piénsese en los
pues, de un análisis semántico y pragmático de los clamos de repatriación de objetos y colecciones q
discursos que circulan en el Museo de América de fueron en su día botín del expolio colonial o en
Madrid desde un punto de vista historiográfico (Main- exigencias de devolución de los restos humanos
gueneau, 1989; Austin, 1975; Derrida, 1992; Butler, comunidades originarias) (Simpson, 2001; Besterm
1993 y 1997). Sabemos que el campo de los estudios 2010). Éste es sólo un breve y sintético esbozo de
sobre museos, lo que en el mundo anglosajón se llama mucho que está en juego detrás del tema de los m
Museum Studies, es un espacio interdisciplinario que seos y de una política de la representación que ha
agrupa múltiples perspectivas y que ha activado un hace no tanto se escudaba en una presunta cient
conjunto de problemas muy vasto. La sola consulta cidad para mantenerse al margen de toda crítica. U
de los numerosos readers y companions que han apa- polémica con numerosas aristas pero que, en cier
recido sobre el tema (Karp y Lavine, 1991; Karp et al., modo, ha corrido paralela a los debates historiográfic

1
En este relato Borges cuenta la historia de un guerrero lombardo, Droctulft, “que en el asedio de Rávena abandonó a
suyos y murió defendiendo la ciudad que antes había atacado”, y de una inglesa capturada por los indios, “que opta
el desierto”. De esta última describe cómo, habiendo podido ser rescatada de la “barbarie”, decidió convertirse en u
india rubia, tal vez porque “ya no podía obrar de otro modo, o como un desafío y un signo”.
Marisa González de Oleaga, Ernesto Bohoslavsky y María Silvia Di Lis

de las últimas décadas (Jenkins, 1997). Tal vez po- boles o al abrigo del Faro de Moncloa. Una luz blanc
dríamos definir estos cambios como el reconocimien- inefable disolvía los contornos de todo lo que tocaba
to de que toda representación es política, en el sentido cepto los bordes de dos retratos de buen tamaño apoya
amplio del término, y de que, el museo, es un espacio contra los contenedores de basura. Al acercarse se pod
de poder y resistencia. Todo ello ha provocado grandes ver los restos de algún arreglo interno del museo: fr
transformaciones en algunos museos tradicionales, y mentos de cemento, cascotes, pintura y lo que pare
apuestas arriesgadas en los de nueva creación (Mac- haber sido el escritorio de un despacho oficial de los a
donald y Basu, 2007). setenta. Todo estaba descompuesto, fracturado para q
De tal suerte, el análisis de la exposición permanen- pudiese entrar sin dificultad en el basurero de tapa v
te del Museo de América de Madrid podría ser sus- de. Todo menos esos retratos en primer plano de
ceptible de variados enfoques (desde la cultura material, indígenas latinoamericanos. Uno de ellos, sentado en u
la iconografía, la teoría de la recepción o las interaccio- rama mirando la cámara con actitud indolente; el o
nes entre la exposición permanente y las otras acti- de frente y con gesto altivo, muestra al observador có
vidades que propicia el Museo, sean éstas exposicio- depilarse las cejas con un hilito, a la manera tradicion
nes itinerantes o talleres infantiles) pero el nuestro Porfiadas, las fotografías miraban al visitante desafian
está acotado a los relatos historiográficos que circulan su destino como si pidiesen una segunda oportunida
en el museo, al sesgo político e ideológico mediante el reflejasen la incapacidad del operario de turno para d
cual se construyen esos relatos y a los efectos poten- guazarlas y aplastarlas contra los restos de basura. ¿Q
ciales que esas narraciones pueden tener en la defi- oscura intuición las salvó de una destrucción segu
nición de las identidades (propias e, inevitablemente, ¿Qué empujó al trabajador, encargado de deshace
ajenas). El problema político de los museos tradicio- de esas reliquias, a corregir su decidido gesto? ¿Qué vi
nales no es que contengan visiones o relatos sesgados. en su imaginación para que esos retratos no acabasen
La gran trampa es que hacen pasar esos relatos, que el olvido? Tal vez el que allí los colocó vio su propia im
todo científico social sabe que son narraciones condi- gen, a la vez conocida y extraña, palpitando en la in
cionadas históricamente, por relatos verdaderos, por tente mirada del otro.
saberes completos y definitivos.
En este sentido, el presente artículo aspira a dia-
logar de manera simultánea con aquellos especialistas
Contextos
que se dedican a la museografía y también con quie-
nes tienen como epicentro de su interés las represen-
América ha sido importante para España desde
taciones metropolitanas de los espacios extraeuropeos
“descubrimiento”. Su presencia en el imaginario
producidas del siglo XV en adelante. Es decir, se es-
ninsular se puede rastrear a través de marcas div
pera contribuir a una deconstrucción del imaginario
sas desde aquellos tiempos hasta la actualidad. S
español actual (al menos del oficial y consagrado) en
embargo, no será hasta 1941, después de la gue
lo relativo al continente americano, sus habitantes y
civil, cuando se materialice el proyecto de fundac
las características que se les asignan.
de un museo dedicado a América. Lo que en ot
El trabajo que presentamos a continuación es el
países europeos había sido la edad de oro de la expa
resultado de muchas visitas al museo en las que lle-
sión de los museos públicos, coincidió, en el caso esp
gamos a “topografiar” todas y cada una de sus salas.
ñol, con el peor momento de su relación con el con
Hemos seguido las pautas de análisis de un texto (el
texto o los textos del museo) y hemos tenido en cuen- nente: en primer lugar por el ciclo de las guerras
ta la estructura narrativa del museo de acuerdo con independencia (1810-1830), luego por la guerra c
los siguientes aspectos: la sintaxis espacial, la estruc- Chile y Perú (1865-1866), y, posteriormente, por
tura narrativa (Bal, 2004) junto con los paratextos pérdida de las últimas posesiones españolas de ult
(Genette, 1997), y los dispositivos de apertura y cierre. mar en la guerra con Estados Unidos, lo que se
en llamar “el desastre del 98”. Este acontecimien
Pequeña historia de una mirada que marcó el fin de un imperio agonizante, supu
Durante la hora de la siesta de una tarde de julio el sol un duro golpe para la autoimagen del país. Tal
caía a plomo en la explanada de entrada al Museo de hayan sido estos reveses los que retrasaron la po
América de Madrid. Ni un alma se atrevía a cruzar por bilidad de crear un museo sobre aquellos territori
ese corazón de cemento y piedra. Los pocos visitantes cuya pérdida resultaba demasiado reciente, o evo
que subían por los polvorientos caminos de tierra que ba tan directamente la sensación de decadencia n
rodean el enclave se protegían bajo la sombra de los ár- cional que acompañó los años posteriores a 1898
Entre el desafío y el signo / Identidad y diferencia en el Museo de América de Madrid

El objetivo ideológico del Museo era recordar la ac


vidad colonizadora española y su carácter de mad
de las naciones hispanoamericanas. De allí que
edificio fuera concebido “en un estilo historicista
neocolonial con un arco en la fachada, una torre q
sugiere las de las iglesias barrocas americanas y u
disposición conventual”.2
Las complicaciones económicas al término de
guerra civil y las urgencias para cubrir aspectos m
perentorios, implicaron que las obras del Museo
fueran terminadas sino hasta 1954, e incluso ento
ces quedaron pendientes algunas salas originalme
te proyectadas. De hecho, sólo en 1962 se procedió
traslado de las colecciones y, en 1965, a su inaugu
ción, haciéndola coincidir con el Congreso Internac
nal de Americanistas. Desde su apertura y hasta 19
la lógica expositiva del Museo se estructura de for
tripartita, con base en alguno de estos criterios: arqu
Hubo proyectos en plena guerra civil, en 1937, lógico, colonial o etnográfico. En esta época se aña
cuando el gobierno republicano decide crear el Museo- un capítulo monográfico dedicado al papel de Espa
Biblioteca de Indias con el propósito de agrupar las y de sus instituciones en América. También data
valiosas colecciones de objetos y materiales america- este periodo la mayor y más notoria presencia q
nos que durante siglos habían pasado de una colección comienzan a tener las colecciones de arte colonial,
a otra o bien habían sido expuestas en el Real Gabi- guiendo las directrices fijadas por la política cultu
nete de Historia Natural y, más tarde, en una sala del franquista a mediados del siglo XX.
Museo Arqueológico Nacional (Martínez de la Torre y Con el Museo de América el régimen parece hab
Cabello Carro, 1997). El decreto republicano señala, tenido grandes, grandilocuentes propósitos, que o
en consonancia con la política cultural del momento, tuvieron pocos y pequeños resultados. Los proyec
que el museo debe enfatizar la labor colonizadora de pretendían revalorizar la figura internacional basta
España en América y prevé su ubicación en la Ciudad te maltrecha de España y su pasado imperial, ex
Universitaria de la capital. En 1939 el bando suble- biendo una imagen de poder y hegemonía que po
vado, en abierta competencia con los lineamientos tenía que ver con su realidad socioeconómica (Go
trazados por sus adversarios, acuerda crear el Museo zález de Oleaga, 2001). Esas pretensiones de gra
Arqueológico de Indias. El desarrollo de la guerra y sus deza fueron rápidamente segadas por las exigenc
consecuencias darían al traste con todos estos pro- de un país arruinado que sufrió una larga y onero
yectos. Sólo dos años después del fin de la contienda posguerra. No obstante, los vaivenes de la polít
se retoma la idea de crear el Museo de América. Poco franquista para este museo en particular (y en gen
explícito en cuanto a la finalidad y orientación que ral para todo lo que suponía América para Espa
debía tener la institución, el Museo pretendía ser una contenían algo más que aspiraciones desmedidas.
pieza clave en la formulación de la política cultural y posible que esa ambigüedad también tuviera que
exterior del régimen de Franco, dirigida a visibilizar con una memoria traumática que recordaba, a la v
y enfatizar la “gesta” española del descubrimiento y una época imperial gloriosa y una decadencia dolo
la colonización de América. Hasta tanto se construye sa y mal asumida. América les recordaba a un tiem
el edificio actual, la exposición fue instalada provisio- la dulce ganancia y la amarga pérdida.
nalmente en una planta del Museo Arqueológico Na- El paso del régimen franquista a la democra
cional. Las sietes salas que la albergaban abrieron trajo novedades también para el Museo de Améri
sus puertas al público en julio de 1944. El año ante- En 1981 se iniciaron obras para completar las s
rior habían comenzado en el barrio de Moncloa las ciones inacabadas y previstas en el proyecto origin
obras de construcción del nuevo edificio, a cargo de Además, fueron desalojadas las distintas institucion
los arquitectos Luis Moya y Luis Martínez Feduchi. que a lo largo de los años habían usado parte

2
<http://museodeamerica.mcu.es/historia_edificio.html>.
Marisa González de Oleaga, Ernesto Bohoslavsky y María Silvia Di Lis

edificio: una orden religiosa, una parroquia, el Museo simbologías compartidos por distintos regímenes p
de Reproducciones Artísticas, el Instituto de Restau- líticos: así, tanto bajo el franquismo como bajo
ración y Conservación de Obras de Arte y la Escuela gobierno de los socialistas, América sigue siendo p
de Restauración. A comienzos de los noventa el enton- sentada como la caja de resonancia que engrande
ces director general de Bellas Artes del Ministerio de la estatura internacional de España. El discurso
Cultura, Jaime Brihuega, decide renovar el Museo lohispanoamericano atraviesa las viejas coleccion
de América. Junto con Estrella de Diego, directora de que no parecen haber sufrido grandes cambios
Museos Estatales, propondrá a Manuel Gutiérrez Es- perspectiva. Ahora bien, el abandono o desinterés p
tévez la reorganización de la nueva institución. Para darle mayor envergadura o una nueva simbología
ello, Gutiérrez Estévez, catedrático de Antropología de Museo ya no puede achacarse a la penuria del pa
América de la Universidad Complutense de Madrid, sino a la apuesta europeísta, cada vez más clara,
reúne a un comité internacional de expertos para los gobiernos españoles desde inicios de la déca
elaborar un proyecto de museo pretendidamente más de 1980 (González de Oleaga y Monge, 2007), y tamb
polifónico, menos autoritario, orientado a provocar a una asignatura pendiente en el imaginario españ
dudas y variadas lecturas (Price y Price, 1995). Sin el debate sobre el dominio español en América.
embargo, este proyecto nunca llegaría a concretarse.
La firma de un manifiesto, el llamado “Manifiesto por
la paz”, rechazando la participación española en la Localización
guerra contra Irak, provocará la destitución de Jaime
Brihuega quien, junto a otros, hasta un total de 18 Por su ubicación en la ciudad y por los edificios y m
altos cargos, muestra así su repulsa por la decisión numentos contiguos, el Museo de América está p
del gobierno de Felipe González de secundar las direc- gado de referencias a la guerra civil y a la empre
trices de la Organización del Tratado del Atlántico imperial y católica española. Se encuentra emplaza
Norte (OTAN). Brihuega será destituido y Estrella de sobre una colina desde la que se divisa el Parque
Diego dimitirá. Estando los dos valedores del nuevo Oeste, un espacio verde que alberga monumen
museo fuera del Ministerio, el proyecto de Gutiérrez conmemorativos y estatuas ligadas a América (F
Estévez se archivará y en 1992 será Paz Cabello quien nández Delgado, Miguel Pasamontes y Vega Gonzál
asumirá la dirección del Museo de América y organi- 1982). El Museo se sitúa en la intersección de d
zará la exposición permanente. avenidas: la de los Reyes Católicos y la del Arco de
El Museo de América abrió definitivamente sus Victoria que finaliza a pocos metros con un enor
puertas al público en 1994 (decreto del 7 de mayo de arco construido entre 1953 y 1956 como recordato
1993) en el contexto de los festejos y eventos especia- del vigésimo aniversario del triunfo franquista. El M
les con motivo del V Centenario del Descubrimiento seo forma parte de la Ciudad Universitaria, que
de América. Esa apertura, en plena democracia y du- escenario bélico durante la guerra civil, como lo at
rante el segundo mandato socialista, prometía una tiguan los búnkeres conservados y el altar a la Virg
renovación del discurso y de los planteamientos de la del Asedio, instalado en 1954 como recuerdo de
institución. No obstante, como veremos, el gobierno enfrentamientos de 1936.4 Justo detrás del Mus
hizo suya la herencia recibida, la aceptó y no hizo a pocos metros de la Plaza de Cristo Rey, se ubic
grandes esfuerzos por resignificarla.3 Se utiliza el mis- la Escuela de Ingenieros Navales y la Biblioteca H
mo edificio y allí se inaugura una exposición que arras- pánica que ocupa parte del edificio del que fue
tra a la fecha marcas muy claramente provenientes Instituto de Cultura Hispánica, luego Instituto
del viejo hispanismo franquista o que son registros de Cooperación Iberoamericana y hoy Agencia Españ

3
Desde la promulgación de la Ley de la Memoria Histórica 52/2007 el 10 de diciembre de 2007, ha habido cierto deb
sobre qué hacer con los monumentos y otras marcas conmemorativas de la guerra civil española. Según el artículo 15
la Ley, se procederá a la retirada de “escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltac
personal o colectiva del levantamiento militar, de la Guerra Civil y de la represión de la dictadura”, liquidando con ell
carácter de documento histórico de esos signos. Ha habido propuestas para conservar esos lugares o signos como do
mentos históricos, pero sin que sigan operando como monumentos conmemorativos del pasado traumático. En este s
tido, resignificar esos registros nos parece la idea más adecuada puesto que permite conservar su naturaleza testimon
y al tiempo incorporarlos en un espacio nuevo, con textos que indican su uso pasado y su inscripción en el presente.
trataría de cambiar su significación actual a través de la ironía pero manteniendo los rastros de su historia.
4
Colocado por la Junta de Gobierno de la Ciudad Universitaria, lleva una lápida en la que se lee: “Durante el glorios
largo asedio la furia roja con sus minas y metralla destruyó el asilo y mutiló a la venerada Virgen mientras los solda
de Franco hacían de ella espejo de su fortaleza…” (Fernández Delgado, Miguel Pasamontes y Vega González, 1982: 14
Entre el desafío y el signo / Identidad y diferencia en el Museo de América de Madrid

de Cooperación Internacional (AECI). Algo en esta tozu- este y otros legados escultóricos y simbólicos del fra
da semántica espacial nos dice que el lugar del empla- quismo, desperdigados estratégicamente sobre el
zamiento del Museo no ha sido casual, sino que se ha pacio urbano.5 Los sucesivos gobiernos democrátic
seleccionado ese sitio por considerar su significación establecidos desde finales de la década de 1970 p
apropiada para la institución. El edificio, un conven- drían haber mantenido la ubicación del Museo o
to colonial con iglesia y torre, y todas las asociaciones tipología edilicia como una marca histórica de tiemp
que se establecen con el entorno, con los nombres de pretéritos, o haber resignificado la relación con Am
las calles, con los significados de otros conjuntos rica mediante cambios en la colección permanen
edilicios, hacen pensar en una decisión deliberada. A Sin embargo, todas las acciones emprendidas por
poco que se conozcan las líneas básicas de la política gobiernos democráticos han apuntado a enfatizar
exterior del franquismo todo ello resulta coherente legado hispanófilo y a privilegiar la visión de la Esp
con los propósitos del régimen: utilizar la relación ña colonizadora y evangelizadora en América y
presuntamente privilegiada de España con los países nadie parece haber sorprendido esta inercia. Es m
americanos –en virtud de la lengua, la religión y la se reforzó esa idea construyendo junto al Museo u
historia– como moneda de cambio con las potencias torre de 92 metros de altura, el “Faro de Monclo
rectoras del orden internacional –Alemania en los conmemorativa del V Centenario del Descubrimien
primeros años de la Segunda Guerra Mundial, Esta- de América. La torre vigía es sólo un gesto, entre otr
dos Unidos, después (González de Oleaga, 2001). de ese énfasis en el legado lingüístico y religioso y
Ahora bien, la reapertura del Museo en 1994 fue la naturaleza histórica de la vinculación entre Espa
obra de un gobierno democrático que aceptó y asumió y América. Una torre de luz, un faro que ilum
aquello que señala y protege: el Museo. Una torre pa
Localización del Museo de América ver y también para ser visto. De la misma manera q
los faros no fueron concebidos únicamente como in
trumentos para facilitar la visión de los navegan
–también marcaban en el espacio la entrada a
puertos–, o que las torres de las fortalezas no s
fueron pensadas como atalayas –también señalab
el valor de lo que encerraban–, el Faro de Monc
1. Museo de América protege una forma de entender el legado america
2. AECI (antiguo que, a pesar de los años y de los cambios de gobier
Instituto de Cultura
Hispánica)
y de régimen, sigue manteniendo líneas de continuid
3. Faro de la Moncloa con las viejas interpretaciones del pasado tal y co
4. Arco de la Victoria se puede observar en la exposición permanente
Fuente: Folleto del Museo. Museo de América.

5
Entre ellos el monumento a Hernán Cortés (en el Colegio Mayor Hispanoamericano Nuestra Señora de Guadalupe, en
Ciudad Universitaria) o el grupo escultórico “La hispanidad” situado en los jardines del Museo de América y que rep
senta a un guerrero español que intenta subir a la grupa de su caballo a una mujer india y que lleva inscrito el siguie
texto: “Bajo el mandato del Generalísimo Francisco Franco y siendo Príncipe de España Don Juan Carlos de Borbón
erigió este monumento a la Hispanidad como homenaje a Dios, roca y tronco de nuestra estirpe. Fue donado por do
Rafaela Azcue en memoria de su esposo don Gregorio Pumarejo a esta ciudad universitaria de Madrid siendo su rec
don José Botella Lluvia, año del Señor 1970” (cf. Fernández Delgado, Miguel Pasamontes y Vega González, 1982: 190-19
El Arco de la Victoria permanece tal como lo construyó el franquismo, en una de las entradas más importantes a la ca
tal. Como si se hubiera naturalizado o invisibilizado, el Arco sigue operando como monumento a la barbarie sin que na
parezca advertirlo. El arco presenta una doble cara. Si se entra a Madrid se ve la cara Norte, donde pueden verse un
figuras representando las virtudes militares y la inscripción “Armis Hic Victricibus Mens Iugiter Victura Monumentum. AN
MCMXXXVI A y ANNO MCMXXXIX Ω” (“A las armas aquí vencedoras / la mente que vencerá siempre / da, dice y ded
este monumento. Año 1936 y 1939”). Por la cara opuesta se accede a la Ciudad Universitaria y en el friso se represen
las disciplinas académicas. En ese lado figura esta inscripción: “Munificencia Regia condita ab Hispaniorum Duce rest
rata Aedes Studiorum Matritensis Florescit Conspectu Dei. Hoc D.D.D. ANNO MCMXXVII A y ANNO MCMLVI Ω” (“Funda
por la generosidad regia [es decir por el rey], restaurado por el Caudillo de los españoles, el templo de los estudios ma
tense floreció bajo la mirada de Dios, Año 1927 y año 1956”). En el lateral oeste aparece una figura femenina alada
victoria, que está tocando la frente, el símbolo de la inteligencia, de dos hombres (“la inteligencia que siempre es ven
dora”). En el friso este se aprecia una figura femenina sentada con una cruz en el pecho (la Universidad Católica) r
biendo a los que acceden a ella (“la sede de los estudios matritenses florece en presencia de Dios”). Todo el monume
está coronado por una cuadriga conducida por Minerva, diosa de la guerra y la sabiduría (cf. Fernández Delgado, Mig
Pasamontes y Vega González, 1982: 404-408).
Marisa González de Oleaga, Ernesto Bohoslavsky y María Silvia Di Lis

Textos Del mito al logos

El edificio del museo tiene una planta rectangular en La primera, y la más sencilla de advertir, es la p
torno a un patio central. Cuatro naves en la primera puesta tácita de narrar la historia de América co
planta y cuatro en la segunda. Al entrar en el edificio, el paso del mito al logos, de la magia al saber racion
en el hall de acceso se encuentra una escalera que Así, el Museo retoma y confirma las viejas imágen
conduce a los pisos de arriba. Si se observa la estruc- metropolitanas de la América colonizada y la lab
tura de la construcción no cabe duda de que está civilizadora de España sobre los indígenas. En e
pensada según una disposición en la que prima la exposición el Museo abunda en las interpretacion
verticalidad (sentido arriba-abajo). Al tratarse de un conocidas y eso convierte a su palabra en palabra a
remedo de edificio religioso es interesante recorrer el torizada. Esa interpretación se despliega sirviéndo
orden de la exposición y ver cómo ese orden se ins- de la autoridad del Museo a través del guion que
cribe en las distintas partes del edificio. Si se observan modo de índice, constituye las salas. Como si se tra
los planos de planta resulta evidente que se trata de ra de capítulos de un libro, la exposición está orga
una serie de naves superpuestas rematadas en un zada en torno a cinco áreas, a saber: “El conocimie
extremo por una torre barroca, que sería la torre de to”, “La realidad de América”, “La sociedad”, “
la iglesia de este espacio conventual. Precisamente al
religión” y “La comunicación”. Este orden temát
final de una de esas naves se aprecia una disposición
lejos está de ser el único y habría que ver para q
semicircular que, sin duda, remeda un ábside, el lu-
fines es el más pertinente. Intenta serlo para los p
gar de lo sagrado. En esa sala con poca luz y cuidada
pósitos de la exposición, esto es, otorgar al Museo
escenografía se expone el Tesoro de los Quimbayas,
capacidad de hablar desde el saber científico, ún
un ajuar funerario en oro macizo, donado por el go-
fuente de saber verdadero. Si se observan algunos
bierno colombiano al Estado español en el siglo XIX.6
los epígrafes que acompañan a las áreas todo resu
Dicha muestra está acompañada de una momia in-
bastante claro.
caica, que acentúa esa imagen de depredación que
En la primera de ellas, “El conocimiento”, aparec
acompañó la historia de la conquista.
las salas “Los instrumentos del conocimiento de Am
En esa estructura y organización espacial
rica”, “La alegoría: América entre el mito y la realida
significante se inserta la colección del Museo, inau-
gurada en 1994. A través de ella el Museo dice cosas “Un gabinete de naturalista” y “La cartografía”.
sobre América y sobre España, pero también hace Museo expone, en una secuencia cronológica evo
cosas al decir; inscribe una forma de ver, operar y tiva, la progresión de ese conocimiento del mito a
estar en el mundo, una manera particular de organi- realidad, desde las primeras imágenes fantásticas
zar la realidad en el presente. El Museo informa, pero continente hasta su representación cartográfica sa
lo hace mediante un marco epistemológico que cierra lital. Es en el audiovisual de la sala de la cartogra
y canaliza esa información. Ni la selección de acon- donde se hace más patente esta progresión de la
tecimientos ni las tramas narrativas en las que los bula a la ciencia: la imagen satelital del mundo
inserta son naturales, universales o verdaderas. Obe- precedida de un texto que señala: “A finales del si
decen a posiciones ontológicas, a preferencias episte- XVIII todos los mares y sus costas están prácticame

mológicas, elecciones metodológicas y alineamientos te definidos. La imagen real del mundo estaba co
políticos. Por eso los relatos sobre el pasado (del cine, cluida”. Es precisamente esa progresión en el cono
la literatura, la historiografía) no son sólo representa- miento, desde la alegoría al GPS, lo que le permite
ciones más o menos aproximadas sobre lo acontecido, Museo presentar a continuación el segundo ámb
sino declaraciones ideológicas sobre el pasado, que temático: “La realidad de América”. Al mismo tiem
impactan en el presente. A través de sus relatos, la que desarrolla de manera temporal los cambios q
colección actual del Museo de América establece las históricamente se fueron produciendo en el cono
reglas de juego y construye la voz autorizada del Mu- miento de América se autoriza como voz legítim
seo. A continuación describiremos algunas de esas porque habla desde el saber científico para represe
operaciones. tar la “verdadera” realidad de todo un continente.

6
Hay un proyecto de repatriación del tesoro; véase <www.tesoro.quimbaya.com>.
Entre el desafío y el signo / Identidad y diferencia en el Museo de América de Madrid

La realidad

El bloque “La realidad de América” está subdivid


en tres salas. En la primera, “El continente”, se d
pliega un enorme mapa a los pies del visitante. Éste
divisa desde un puente de cristal sobre el que cue
un diorama en el que se exhiben los diversos ecos
temas, flora y fauna del continente. De los mangla
a los glaciares, de los desiertos a las selvas tropi
les, el documental, en secuencias muy rápidas y d
de distintas perspectivas, hace un recorrido por
paisajes de América. Sin locución, el diorama tie
una estructura y una estética muy parecidas a
documentales turísticos.
La siguiente sala, “El hombre”, es una de las m
significativas de la exposición. Es un recorrido por
distintos aportes demográficos al continente ame
cano, con cuadros comparativos entre las cultu
prehistóricas de Europa y América. Aquí la sala e
divida en dos planos: uno central compuesto por
trinas, mapas y diagramas de barras y otros latera
en los que aparecen los cuadros de castas, la clas
cación de las diferentes mezclas étnicas que dejan
la necesidad y ansiedad de la sociedad colonial p
ordenar, jerarquizar y nombrar a los grupos human
resultantes del mestizaje. Hasta hace muy poco es
pinturas –de uno de los fenómenos más interesan
del encuentro entre los dos mundos– no tenían car
la explicativa, como si los cuadros hablaran por
mismos o si no necesitaran contextualización algun
Ahora esa galería de nuevos grupos étnicos apare
con una pequeñísima anotación que señala “Escen
de mestizaje”.
Es evidente que los conservadores y los diseñad
res de la exposición intentan evitar la mención de
aspectos más conflictivos de la conquista y la colo
zación. Por ello, la perspectiva demográfica perm
aludir a la variedad étnica y lingüística sin entrar
detalle sobre los procesos políticos de dominación q
llevaron a los distintos grupos humanos al continen
Tan es así que la vitrina relacionada con los “Apor
de población africana” se titula “Emigración african
y aparece en una vitrina contigua a la intitulada “Em
gración asiática”. El último párrafo del texto de
cartela de esta vitrina señala: “Los esclavos neg
procedían principalmente de la costa occidental
África, si bien la demanda creciente y el despob
miento producido obligó a buscar nativos de ot
regiones”.
El uso de verbos impersonales (¿quién o quién
produjeron el despoblamiento y la demanda de esc
vos?, ¿quién generó esa demanda creciente y con q
propósito?, ¿quién o quiénes se vieron obligados
Marisa González de Oleaga, Ernesto Bohoslavsky y María Silvia Di Lis

buscar nativos de otras regiones?) refuerza la idea de nente, y se desarrollaron sin problemas aparen
que la esclavitud fue un proceso natural ante el que hasta generar una sociedad, la sociedad american
no cabe pedir responsabilidades. En estas mismas diversa y colorida.
vitrinas de la sala “El hombre” encontramos el expo- La tercera sala, “Desarrollo cultural polo a polo”,
sitor titulado “Los primeros europeos en América” que una descripción académica de los hallazgos arqu
contrasta poderosamente con lo que acabamos de lógicos sobre la culturas precolombinas. Éstas apa
describir. Esos supuestos primeros europeos son san- cen organizadas de acuerdo con criterios estrictame
tos católicos, como san Roque o san Antonio y dos te geográficos y según el grado de complejidad que
figuras de la Virgen y el niño. La despersonalización reconoce el Museo: primero las “grandes civilizacione
de la trata de esclavos resulta más escandalosa, si luego los grupos de cazadores-recolectores. La secue
cabe, cuando se compara con la antropomorfización cia queda así expuesta: en primer lugar Mesoaméri
de los santos católicos a los que además se les atri- después los indios de América del Norte; Área and
buye una identidad cultural inexistente en la época. norte: Colombia y Ecuador; América Central y Circu
Si esta incorporación de imágenes religiosas pretendía caribe; Andes Centrales: el antiguo Perú; Andes m
ser un guiño irónico para el visitante, la contigüidad ridionales y grupos indígenas de América del S
de esta vitrina con la dedicada a la “Emigración afri- Cada una de ellas, a su vez, está dividida en period
cana” deshace el gesto, convirtiéndolo en ofensivo. organizados y denominados según una lógica evo
En esta misma sala y en ese espacio central apare- tiva: Periodo Formativo, también llamado Preclási
ce un conjunto de mapas y cuadros en los que se Periodo Clásico, que puede aparecer, según las áre
pretende representar la evolución de la población ame- como Periodo Medio o Integración; y por último
ricana, compuesta por distintos flujos “migratorios” Periodo Posclásico o Tardío. La sala es una suces
desde la colonia hasta la actualidad. Gráficos que dan de pequeños objetos de barro, cuero, oro y otros m
a la representación una connotación “científica” que tales y de algunas piezas textiles y magníficas mu
no tendría si los resultados se hubieran incluido en tras de arte plumario. Ésta es una de las pocas o
un texto. Se incorpora también a América del Norte y siones en las que en la exposición permanente
queda muy claro el mensaje: a pesar de la “leyenda alude al mundo no colonial o a la existencia de u
negra”, la colonización española de América fue menos realidad cultural anterior y distante de lo hispáni
traumática que la inglesa, y la prueba de todo ello la Habría sido una buena oportunidad para hablar
constituye la supervivencia de los distintos grupos las culturas indígenas y convocar a sus protagonist
étnicos en cada espacio. Aunque parezca increíble, el Pero al igual que en el caso de la “Emigración african
Museo expone un mapa del continente en la actuali- cuando aparece el otro, portador de diferencias, no
dad, con tres elementos señalados a través de puntos le da la palabra, sino que se lo neutraliza y, en
de colores que representan a blancos, negros e indios ejercicio de ventriloquia, se habla por él. A su vez,
(sic). Nada se dice sobre el porcentaje que representa culturas originarias parecen no tener historia (no
cada punto, ni sobre las dificultades de definir quién reconocen cambios en la elaboración de los objeto
es indio, negro o blanco (¿diferencia cultural, fenotípi- menos aún historias que contar (toda representac
ca o genotípica?) en un continente donde el mestizaje se hace a partir de la exposición de objetos portátile
fue la norma. Tampoco sobre el punto de partida: la La manera en que el Museo representa “La rea
desigual densidad de población nativa entre el Norte dad” latinoamericana recuerda, en cierta medida
y el Sur. El visitante ve en ese mapa una diferencia grandes rasgos, el relato bíblico. Primero los mare
abrumadora de puntos rojos (indios) en el sur y cen- océanos, luego las plantas, después fue el turno
tro de América y una menor densidad en el norte. Por los animales y, por último, el hombre. Pero al ig
último, se exponen gráficos de barras y circulares que que en las narraciones religiosas, el hombre pare
muestran la evolución de la población americana haber salido de la nada, producto de la voluntad
e indican, de manera contundente, que la gran deba- vina: se instaló en el nuevo continente por generac
cle de población se produjo con las independencias espontánea sin que mediasen procesos de conquis
de los países. Otra vez se lanza un dato, que puede guerras, dominación o conflicto.
ser ajustado, pero sin contextualizar, dando al visi-
tante una visión muy pobre y simple de procesos muy
complejos. Ni una sola mención a las políticas de do- La sociedad
minación, al ejercicio del poder y, por supuesto, tam-
poco a las estrategias de resistencia. Los distintos El bloque temático “La sociedad” está dividido en
grupos étnicos llegaron, por arte de magia, al conti- salas “El ciclo vital”, “Sociedades igualitarias (band
Entre el desafío y el signo / Identidad y diferencia en el Museo de América de Madrid

y tribus)” y “Sociedades complejas (jefaturas y esta- La infancia es el momento en el que el individuo se ha


dos)”. Tres cosas saltan a simple vista: en primer lugar, identificado plenamente con su papel, el cual se va c
resulta cuando menos curioso que la diversidad so- solidando de acuerdo con un modelo de aprendizaje so
cial de América sea reducida a una única realidad, o de comportamiento. La identidad del niño es un pro
“La sociedad”, enfatizando lo que tienen en común las so según el cual los pequeños son recompensado
distintas formas de organización social del continen- castigados selectivamente cuando satisfacen o no u
te. La segunda característica de este bloque es que norma de comportamiento conforme con su sexo, he
analiza la sociedad según el ciclo vital de sus indivi- que les ilustra sobre las funciones o cometidos que
duos, lo cual recuerda el modo de organizar las mues- guirán de adultos.
tras en los museos de historia natural. La tercera, el
uso de un patrón evolutivo para ordenar a las socie- En la que corresponde al tema de la madurez y
dades americanas. Todo ello da pistas sobre la posición matrimonio se afirma que:
del Museo, su concepción social y cultural y su apues-
ta en favor de la unidad o de la homogeneidad frente los ritos de matrimonio son muy variados, pero en es
a la diversidad. Pero vayamos por partes. cia tienen como misión comunicar que la novia ha s
Si hay algo común a todos los seres humanos, con separada de su familia, para formar una nueva pare
independencia de su cultura o su socialización, es el
ciclo vital. Todos los humanos nacen, crecen, algunos Por último, una cartela explica la llegada de
se reproducen y todos se mueren. También es cierto pubertad como:
que estas actividades básicas están mediatizadas ine-
vitablemente por variables culturales: los nacimientos el cambio que hace que el ser humano pase de niñ
y las muertes son acogidos con distintos rituales y adulto. La pubertad femenina suele coincidir con la a
prácticas. Pero el ciclo vital también podría servir para rición de las primeras reglas; la de los chicos, con algu
explicar la vida de los pandas, las mariposas y los evidencia fisiológica (aparición de vello en el rostro, ca
pulpos, y las actividades asociadas con estos hitos bá- bio de voz, etc.). Estas situaciones, existentes en to
sicos en la vida de cualquier ser vivo varían notable- las culturas, tienden a declinar en importancia e inten
mente de los gorilas a las ballenas (los gorilas se dad a medida que las sociedades se hacen más comple
golpean el pecho, las ballenas cantan). Destacar lo
que hay de común en nosotros y en nuestras socie- Las enormes y evidentes diferencias cultural
dades es una tarea relativamente fácil y poco conflic- según el Museo, no son sino el resultado de form
tiva, pero igualmente inútil. Como afirma Clifford particulares de satisfacer necesidades comunes
Geertz: universales. Esta tendencia a reconocer la diferen
para, a continuación, negarla o relativizarla es u
la cuestión no es si los seres humanos son organismos constante en esta exposición y se hace muy paten
biológicos dotados de unas características intrínsecas […]. en este bloque temático. Un sustrato común, la h
Ni tampoco si en el funcionamiento de sus mentes exis- manidad, tiene diferencias culturales que son sup
ten unos rasgos comunes que son independientes del ficiales porque en esencia responden a necesidad
lugar en el que viven (los papúes sienten envidia, los abo- comunes a la especie. Así, las culturas son consi
rígenes sueñan). Lo importante es cómo podemos utilizar radas como respuestas a preguntas universales. P
esas realidades indubitables a la hora de explicar ritua- también afirma que algunas de esas respuestas h
les, analizar ecosistemas, interpretar secuencias fósiles sufrido cambios con el tiempo, mientras que ot
o comparar lenguas (1996: 106). permanecen inalteradas, dividiendo los mundos c
turales en dos. Justo a la entrada del ciclo vital,
El ciclo vital que distingue el Museo de América que abre el recorrido de la sociedad, se exhibe un d
comienza por el nacimiento, continúa en la infancia, cumental en el que de forma reiterada se expresan
la pubertad, la madurez y el matrimonio, y se cierra siguientes enunciados:
con la vejez y la muerte. En cada uno de estos apar-
tados se describen las características de las etapas Esta cesta fue fabricada por una mujer en el siglo
del ciclo. Todos los textos que aparecen en esta sala para recoger bayas. Hoy los indios chumas siguen u
contienen una particularidad: enfatizar las funcio- zando el mismo tipo de cestas para la misma función
nes comunes de las diferentes prácticas y rituales.
Por ejemplo, en la vitrina dedicada a la infancia se El arpón que hoy utiliza este cazador inuit es idéntic
especifica: que utilizaban sus antepasados hace quinientos añ
Marisa González de Oleaga, Ernesto Bohoslavsky y María Silvia Di Lis

sin embargo las pieles de los animales que cace hoy se- ce “la posibilidad de conocer diferentes formas de
guramente serán vendidas a una fábrica informatizada tablecer un diálogo con la divinidad a través de
de Toronto. objetos que la reproducen, que fueron usados co
ofrendas o que formaron parte de diversos rituale
La reiteración del “hoy como ayer”, aplicado a unas Este bloque está dividido en los apartados “Es
comunidades indígenas que siguen haciendo las mis- ritus, Jefes sagrados, Reyes divinos y dioses”,
mas cestas o pescando con las mismas artes desde espacio sagrado”, “El ritual” y “Los objetos sagrado
tiempo inmemorial, consigue excluir a esas comuni- La sala que centraliza este bloque es la que alber
dades de la historia y relegarlas como materia etno- al Tesoro de los Quimbayas, alojada en lo que par
gráfica o arqueológica. Ya en la década de 1960 se el ábside del templo. Allí un ajuar en oro macizo oc
discutió sobre los pueblos sin historia y sobre la visión pa dos tercios de la sala y está acompañado por
etnocéntrica que atribuía cambios a lo propio y estan- manto mortuorio y dos momias (la momia de Pa
camiento a lo ajeno. cas y un fardo funerario peruano con difunto) en
Entonces, por un lado, el museo enarbola principios
centro. La iluminación del espacio contrasta con
universales (la naturaleza humana) pero, por otro,
del resto: luz muy tenue que no parece estar just
jerarquiza a las culturas en más o menos evoluciona-
cada por las necesidades de conservación de lo
das. Si existe una naturaleza humana universal y, si-
expuesto sino, más bien, por las exigencias de la pu
multáneamente, grupos culturales mejor dotados,
ta en escena. También sorprende que en una colecc
significa que esos grupos son los llamados a definir
tan reciente se exhiban un ajuar en oro y, sobre to
cómo satisfacer las necesidades comunes. Esta visión
restos humanos, lo que ha generado, en otras lati
universalista, etnocéntrica y evolucionista de las cul-
des, toda suerte de debates (Simpson, 2001).7
turas y de la diferencia vuelve a hacer acto de presencia
Toda la sala de “La religión” aparece entrevera
en la segunda parte del bloque temático “La socie-
con imágenes, objetos y reliquias católicas en torn
dad”, en las salas en las que las sociedades america-
las que no se observan explicaciones o intentos
nas son divididas en “igualitarias” y “complejas”. Se
contextualización. Se habla de un cristianismo in
repite una y otra vez, en las cartelas y en el documen-
gena en la actualidad como si se tratase de una p
tal, que lo complejo no indica un juicio de valor sobre
esas sociedades. El Museo aclara que la complejidad, fecta hibridación entre creencias religiosas elegid
en el modelo de organización social, no es sinónimo de de un menú. No se mencionan los procesos de imp
“un mayor o mejor grado de evolución sino que viene sición religiosa ni las estrategias seguidas por la Igle
determinada por ser en cada caso la mejor respues- católica para extender su credo en todo el continen
ta de adaptación al medio en el que viven”. Empero, Aquí reaparecen con fuerza el discurso universali
esta declaración de buenas intenciones pronto se ve y el afán homogeneizador presente en otras partes
desmentida por los criterios del Museo para describir recorrido. El documental que abre esta sección
a las sociedades americanas y que no son otros que mienza así:
los correspondientes a las sociedades con jefaturas
y Estados. La mirada desde la que describe y evalúa Los hombres, sea cual sea su procedencia étnica, cul
es la de las llamadas “sociedades complejas”, las que ral o el lugar donde viven, han buscado mediante la
tienen un Estado centralizado y una jefatura al fren- ligión soluciones a problemas que son y han sido siem
te del mismo. Esta manera de mirar no aparece como universales.
una posición, entre otras posibles, adoptada por el
Museo, sino como la forma natural de hacerlo. Con una visión funcionalista más que discuti
se habla de las grandes constantes del pensamien
religioso, legitimador del orden establecido, y se pro
La religión de a describir el espacio sagrado y los rituales asoc
dos. Una de las vitrinas trata sobre las drogas ritua
Lo religioso aparece descrito como “las fórmulas de que permiten contactar con las divinidades (se tit
relación con lo sobrenatural” establecidas por las “Alucinógenos”). Debajo de este epígrafe aparece
sociedades americanas. Por ello es que el Museo ofre- fotografía de un indígena mascando coca, asocian

7
Un caso muy sonado en Argentina puede consultarse en “Restituyen los restos de un cacique ranquel”, en La Naci
16 de noviembre de 2009.
Entre el desafío y el signo / Identidad y diferencia en el Museo de América de Madrid

la hoja sagrada con sustancias psicotrópicas. En otro nes, pero que no posee capacidad para incorpora
de los expositores de la sala se exhiben dos cabezas a la modernidad. En las secuencias sobre el castel
reducidas, con el único enunciado explicativo de “Ca- no (en las que aparecen Carlos Fuentes, Augusto R
bezas humanas reducidas. Indios jíbaros. Perú”. Bastos, Julio Cortázar, Pablo Neruda, Arturo Us
Pietri, Miguel Ángel Asturias, Nicolás Guillén, Ma
Vargas Llosa y Gabriel García Márquez), por el cont
La comunicación rio, las imágenes son trepidantes, se suceden dan
sensación de movimiento y de cambio. Con el cas
Al entrar en esta sala se puede contemplar la exposi- llano se habla del futuro, de esa comunidad de m
ción de otros instrumentos de conocimiento, entre de 300 millones de hablantes, de los valores y ut
ellos los que produjeron las sociedades americanas. dades que puede reportar su uso en el escenario
El bloque se divide en “Orígenes de la comunicación ternacional. Una sucesión de los más famosos esc
escrita”, “Escritura y comunicación simbólica”, “Las tores latinoamericanos habla de las ventajas de
lenguas americanas” y “El español”. En la primera lengua, de su capacidad de proyección al futuro, to
sala se exhiben diferentes “Sistemas de comunicación” ello con un fondo de pantalla con imágenes dinámic
(“Los signos pictográficos, la escritura glífica, la escri- de las grandes metrópolis latinoamericanas. El m
tura silábica, la música y la danza y los símbolos dulo “La comunicación” cierra la exposición perm
iconográficos”), y, en la última, construida como si se nente y por su organización se constituye en la ap
tratara de un pequeño anfiteatro acompañado de imá- teosis de la muestra.
genes y videos proyectados en pantallas múltiples,
miembros de comunidades indígenas narran en sus
lenguas fragmentos relacionados con sus creencias, Conclusiones
al tiempo que personalidades de la literatura iberoa-
mericana comentan el papel del castellano como ele- Según señalábamos al comienzo de este ensayo,
mento aglutinador y definitorio de la que podríamos textos de los museos dicen y hacen cosas al decir.
denominar cultura o civilización hispánica. hay guion inocente ni libre de suposiciones, al men
No deja de resultar curioso que sea la escritura la implícitas. El Museo de América se planta, en térm
imagen que guía la muestra de esta sala o el criterio nos de su ubicación espacial y del contenido de
sobre el que se describen otras formas de comunica- colección, con fuertes y no asumidos niveles de con
ción. Una vez más el Museo toma posición desde la nuidad con la política cultural franquista. Así, p
cultura escrita y a partir de ella analiza otras formas ejemplo, una particularidad del Museo de América
de comunicación, como la escritura glífica o los signos que la única voz que aparece con firmeza, y valora
pictográficos. Pero esa perspectiva (siempre hay una positivamente es la del colonizador. Lo relaciona
perspectiva) no es señalada como tal sino naturali- con el mundo indígena, un mundo vivo en much
zada. En esta sala el evolucionismo se hace muy países del continente americano, aparece con fotog
patente: toda sociedad avanzada o evolucionada debe fías en blanco y negro. Por ellos y por los african
tener escritura. A uno y otro lado de la sala aparecen (eufemística o cínicamente denominados “Emigrac
los distintos sistemas de comunicación de los indíge- africana”) habla el Museo, que para eso posee la
nas. En el centro, el famoso Códice Trocortesiano o pacidad de análisis científico. En cambio todo lo
Códice Madrid, del siglo XIV, uno de los cuatro códices ferente a España, Europa o la sociedad occidental e
mayas que existen en el mundo, traído a España por representado por fotografías de rutilantes colore
el propio Cortés y por Juan de Tro. en permanente movimiento. Los restos y rastros
La exposición permanente del Museo se cierra con las culturas precolombinas son pintorescos y algun
dos audiovisuales. En el audiovisual de las lenguas objetos son dignos de exhibición por el material c
indígenas aparece la imagen de un pergamino, de un el que están hechos o porque son vistosos. De e
viejo mapa trazado a mano, como fondo sobre el que manera, los otros, los dominados, aparecen relatad
se superpone la figura de los distintos representantes por el dominador, representante científico de la hum
(quechua, guaraní, aymara, maya, navajo, náhuatl) nidad (hispanoparlante). Dado que la imposición
que narran los mitos de creación de sus comunidades. la lengua común ha resultado en la unidad de Am
La imagen es estática, no hay movimiento, y, más que rica y le ha brindado la posibilidad de proyectarse
de una lengua como vehículo de comunicación hoy, el futuro con un idioma “serio”, el Museo justifica
parece referirse a un legado etnolingüístico, un instru- proceso de conquista y de destrucción lingüística p
mento que alcanza para hablar del pasado y los oríge- los resultados alcanzados.
Marisa González de Oleaga, Ernesto Bohoslavsky y María Silvia Di Lis

No es el prurito historiográfico lo único que está en ralidad de códigos y por tanto la incomunicación
juego en esta denuncia y, desde luego, no es lo más la anarquía. El castellano es la lengua del futuro, de
importante. Este escamoteo de la densidad emocional economía, del arte, del poder. Las lenguas indígen
de los procesos que se narran, esta falta de reconoci- con su pintoresquismo y sonoridad, son reliquias
miento de los efectos que para ciertos grupos humanos pasado. Es por ello que la diversidad cultural, étn
ha tenido, hasta el día de hoy, el tráfico de personas, y lingüística parece algo que debe erradicarse en
es una forma de seguir manteniendo y reforzando de conservarse. Destacar la diferencia puede d
las estructuras coloniales. Silenciar y ocultar a los su- rienda suelta o legitimar la exclusión y la desiguald
jetos implicados en la esclavitud y a sus víctimas es Esta consideración parte de una noción muy func
una manera de negar lo ocurrido o de presentarlo nalista de la sociedad, según la cual las culturas s
como un capítulo más en la larga colección de horro- en esencia respuestas ambiental y socialmente d
res de la historia humana. Despersonalizar ese tráfico renciadas a una idéntica necesidad humana. Es
supone desconocer o eludir el impacto que estas re- respuestas pueden clasificarse de acuerdo con un p
presentaciones del pasado tienen sobre el presente y, trón evolutivo de naturaleza tecnológica (mayor o m
al hacerlo, se está contribuyendo, deliberadamente nor nivel del instrumental) o política (tener o no Es
o no, a perpetuar la dominación (Sepúlveda dos San- do). De tal modo, el Museo divide y evalúa las cultu
tos, 2005). según se orienten hacia el pasado o hacia el futur
El Museo tiene una serie de pretensiones y gran- el desarrollo.
dilocuencias que parecen desmedidas atendiendo a La relevancia de América para el imaginario esp
las discusiones sostenidas en las ciencias sociales ñol presente en el Museo de América no parece hab
en general y en la museografía en particular, sobre el se modificado demasiado con la transición a la dem
uso político de las colecciones. Por ejemplo, se sostie- cracia. De hecho, esa importancia ha sido reforzada
ne que existe algo así como “La realidad” americana, y por la continuidad edilicia y de las colecciones en
que además el Museo puede dar cuenta de ella de modo Museo, sino por la construcción de la torre vigía
exhaustivo. El Museo realiza una operación de sim- 1992, emblemática de esa interpretación del pasa
plificación de las realidades culturales americanas, y de su memoria. El Museo habla del pasado de Am
dedicándose a señalar los aspectos que puedan tener rica, pero los efectos de su discurso no se ciñen a e
en común fenómenos muy diversos: de allí que exista tiempo, más bien afectan a sus visitantes actual
también “La sociedad” americana. Se advierte y amena- se inscriben como acciones en el presente.
za sobre el peligro de la diferencia y la anarquía de- En la exposición permanente del Museo de Amér
rivada del exceso de diversidad. Lo diferente es ame- de Madrid pueden advertirse dos registros bastan
nazante para un orden que no se sabe quién lo claros: los que llamaremos del mito al logos y el p
amenaza ni quién lo ha impuesto. El Museo puede blema de la alteridad. La muestra se organiza des
representar esa realidad porque sus relatos son pro- el conocimiento mítico y fabuloso del continente
ducto del conocimiento científico, única forma de co- los primeros contactos hasta su representación cie
nocimiento valedero. Son la ciencia y la técnica las tífica y técnica. El Museo se ubica como deposita
que han permitido a la humanidad pasar del pensa- de ese saber, situándose como voz autorizada pa
miento mítico al saber, amén de descubrir un nuevo representar la realidad de América. Una realidad
mundo (Lander, 2005). Así, se ordena lo diverso en versa y variada que cuando se refiere a lo socia
torno a una realidad coherente que es conocida y re- humano es una diversidad formal, respuestas a n
presentada gracias al análisis y al conocimiento cien- cesidades comunes a toda la especie. Tal vez éste s
tífico. Los otros saberes, como los de la experiencia, el rasgo más característico del Museo: la incorpo
son pura superstición, mitos propios de sociedades ción de la diversidad en un universalismo que la nie
atrasadas y poco evolucionadas. o, al menos, la neutraliza considerablemente. ¿P
En lo relativo a la estructura narrativa de la expo- qué el Museo de América no puede manejar con s
sición permanente, podemos detectar varias ideas tura la diferencia étnica, religiosa, cultural, e insi
clave. La primera es que la conquista de América fue en señalar que son diferencias puramente forma
una “gesta” que descansó sobre dos pilares: la religión pero que en esencia ellos y nosotros somos iguales?
y la lengua. De ahí que la imposición violenta de la quién o contra qué está contestando el Museo? Es p
lengua castellana sobre las americanas sea vista como bable que luche contra sus propios fantasmas y p
una aportación beneficiosa para el continente más juicios, que no serían representativos sólo de él, s
que un ejercicio de violencia simbólica. Antes de esta también de la cultura nacional que los ha creado.
uniformización lingüística compulsiva reinaba la plu- tomamos la exposición de este museo como un desa
Entre el desafío y el signo / Identidad y diferencia en el Museo de América de Madrid

y un signo de las imágenes de América producidas CARBONELL, BETTINA MESIAS (ED.)


por la sociedad española podríamos decir que la mues- 2004 Museum Studies. An Anthology of Conte
Blackwell, Oxford.
tra intenta contradecir la leyenda negra de la conquista, CASTILLA, AMÉRICO (COMP.)
ofrecer una imagen más amable del encuentro entre 2010 El museo en escena, Paidós, Buenos Aires
dos mundos. Esa compulsión a minimizar o amortiguar CLIFFORD, JAMES
1999 “Los museos como zonas de contacto”,
las diferencias entre americanos y españoles se podría
James Clifford, Itinerarios transculturales,
considerar un intento de combatir o acallar una idea disa, Barcelona, pp. 233-271.
implícita, podríamos leerlo como un signo: lo diferen- DERRIDA, JACQUES
te es peligroso, amenazador y, al no poder ser inte- 1992 Acts of Literature, Routledge, Nueva York.
EDWARDS, ELIZABETH, CHRIS GOSDEN
grado en un patrón, corre el riesgo de ser excluido de Y RUTH B. PHILLIPS (EDS.)
la normalidad. Ésta podría ser la idea que da sentido 2006 Sensible Objects. Colonialism, Museums a
a la constante repetición de que las diferencias cul- Material Culture, Berg, Oxford y Nueva Yo
FALK, JOHN H., LYNN D. DIERKING
turales no son sustantivas. Y MARIANNA ADAMS
2010 “Living in a Learning Society: Museums a
Free-choice Learning”, en Sharon Macdon
(ed.), A Companion to Museum Studies, Wil
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FERNÁNDEZ DELGADO, JAVIER, MERCEDES MIGUEL
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