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II.

Jesús Divino Maestro


Entramos en el Nuevo Testamento y, más particularmente, en los
evangelios. El título dado a esta sección, «Jesús Divino Maestro», nos
permite trazar un verdadero y propio perfil de la figura de Jesús
como didáskalos. Vamos a hacerlo en dos momentos. (regrese al
sumario)

1. El retrato de Jesús Maestro

En el Nuevo Testamento se usa el término didáskalos 58 veces, de


ellas 48 en los evangelios, prevalentemente aplicado a Jesús; y 95
veces el verbo didáskein, enseñar, dos tercios de ellas en los
evangelios, también en este caso prevalentemente aplicado a Jesús.
Por tanto Éste es por excelencia el "maestro" de la comunidad
cristiana.

Semejante retrato lo esbozamos con tres trazos:

1º. Jesús es llamado rabbí. Dos pasos entre otros, como ejemplo: Mc
9,5 y 10,51. Es un rabbí que habla en público, como hacían los
maestros de Israel: en las sinagogas, en las plazas, en el templo.
Jesús es un maestro rodeado de mazetái (discípulos), tiene su
escuela.

Además, Jesús usa las técnicas de los maestros, dispone de un cierto


utillaje pedagógico, didáctico. Sin duda tiene algo de original, sobre
todo un aspecto curioso digno de subrayarlo enseguida: diversamente
de los otros rabbí de Israel, él se elige sus discípulos. Justamente lo
contrario de lo que hacían los rabbí; éstos se comportaban como los
predicadores de Hyde Park: empezaban a hablar en las plazas, y
quien se dejaba convencer les seguía. Jesús va en dirección opuesta.
Los estudiosos hablan al respecto de una "discontinuidad" del Jesús
histórico con el mundo-ambiente y la cultura en que se movía. A los
discípulos les dice en los discursos de la última cena: «No me
elegisteis vosotros a mí, os elegí yo a vosotros» (Jn 15,16).

2º. Jesús es un maestro acreditado. Marcos (1,22) lo dice con frase


incisiva: «Les enseñaba como quien tiene autoridad, no como los
letrados». Es un maestro que se yergue no a fuerza de autoritarismo,
sino con la autoridad del acreditado. Otro paso de Marcos (12,14) es
muy significativo: «Maestro, sabemos que eres sincero y que no te
importa de nadie, porque tú no miras lo que la gente sea. No, tú
enseñas de verdad el camino de Dios». Retrato estupendo del
verdadero maestro, que no dobla las rodillas, no enseña según
conveniencias. ¡Cuántos maestros son falsos en este sentido! «Tú
enseñas de verdad el camino de Dios»: otra
vez camino y verdad unidos, y concretamente camino yvida juntos.

3º. La raíz de su enseñanza es transcendente. Dos pasos son


emblemáticos al respecto: «No hago nada de por mí, sino que
propongo exactamente lo que me ha enseñado (didáskein) el Padre»
(Jn 8,28), y «Al Padre lo conoce sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se
lo quiera revelar» (Mt 11,27). La enseñanza de Jesús es la enseñanza
del misterio del Padre, es una enseñanza transcendente.

Hemos visto algunos rasgos esenciales del retrato de Jesús Maestro.


Resumiendo: Jesús es un Maestro histórico, que usa las técnicas del
mundo donde está inserto (las parábolas por ejemplo), pero tiene ya
algo de diverso y de original, como la elección de los discípulos;
además es maestro acreditado y libre; por fin, es un maestro
transcendente, que enseña una verdad más allá de los confines del
saber humano, pues dimana de una revelación. (regrese al sumario)

2. Las siete cualidades de Cristo Maestro

Por fidelidad a la simbólica de los números y al sistema didascálico


frecuente en la Biblia, podemos resumir en siete elementos las
cualidades de Cristo Maestro en acción. Con estos siete rasgos
(naturalmente ejemplificativos) intentamos representar las
modalidades con las que Cristo enseña, cómo presenta su mensaje.

1º. Cristo es maestro del anuncio fundamental del Reino. Cristo es el


anunciador perfecto de la sustancia del mensaje cristiano. Baste
recordar el primer pregón de Jesús (redaccional, claro está), tal como
nos lo presentan los Sinópticos y la primitiva catequesis cristiana. Lo
encontramos bien formulado en Marcos (1,15). Los contenidos del
anuncio de Jesús comprenden cuatro elementos: dos según la
dimensión teológica y dos según la dimensión antropológica.

a. «Se ha cumplido el plazo», o sea, según el verbo griego pleroún, el


tiempo ha llegado a plenitud. Cristo afirma haber venido para dar
sentido a la historia. Como dice el título de un ensayo de Conzelmann
sobre la teología de Lucas, Cristo es die Mitte der Zeit, el punto del
medio, el centro, el quicio del tiempo. Afirmando que «se ha cumplido
el plazo», Jesús quiere decir: "Yo doy sentido, con mi palabra y con mi
acción, a toda la andadura secular de las obras salvíficas de Dios". El
tiempo, compuesto de tantos elementos dispersos, de tantos actos
diseminados, recibe un nudo de oro que lo unifica y da sentido.
b. «Está cerca el reinado de Dios». El término griego énguiken (del
verbo engúzein) merece nuestra atención, pues tiene varios
significados. Ante todo el verbo está en perfecto y por tanto indica el
pasado: quiere decir que el reino di Dios ya está actuado, acaecido,
instaurado en Cristo. Pero el perfecto en griego indica una acción del
pasado cuyo efecto perdura en el presente. Quiere, pues, decir que el
reino de Dios está aún en acción hoy. Además, el verbo,
semánticamente, indica algo concerniente al futuro: está cercano,
próximo. Se subraya, por tanto, que el reino de Dios abraza todas las
dimensiones de la historia de la salvación. Nosotros estamos en el
hoy, pero participamos de un acontecimiento pasado, cuyo efecto
actúa dinámicamente en el hoy, a la espera de la plenitud, o sea de
aquella cercanía que está siempre en acción y que se completará sólo
al final de la historia. El reino de Dios significa el proyecto de salvación
de Dio, que atraviesa toda la historia. Estas son las dos dimensiones
de la acción de Dios, que Jesús Maestro anuncia: "el tiempo tiene su
plenitud en mí", y "es un tiempo irradiado todo él por el reino de Dios",
o sea por la acción el proyecto de gozo, de libertad y de esperanza
que Jesús ha venido a anunciar. Por consiguiente:

c. Metanoéite, convertíos, enmendaos. Es la reacción que el creyente


o discípulo debe asumir: cambiar de mentalidad y de vida, tras haber
escuchado esta lección.

d. Pistéuete tó euanguelio, creed sobre el evangelio, como dice el


griego, retranscribiendo el hebreo. En la Biblia el verbo del creer,
el amen, rige la preposición be-, que indica "apoyarse sobre"
(literalmente, "basarse en"): fundad vuestra vida sobre el evangelio.
En esta primera gran lección de Cristo, Maestro del anuncio,
encontramos también el contenido de nuestro anuncio: debemos
anunciar el reino. Y este anuncio genera conversión y fe; ha de ser
acogido en la fe y en la existencia.

2º. Jesús es un maestro sabio, que usa la parábola, el símbolo, la


narración, la paradoja, la imagen fulgurante. Esto se ve leyendo los
evangelios; no hace falta añadir más. Respecto a nuestras escuálidas,
grises, modestas predicaciones, que pasan por encima de las cabezas
de los fieles, Jesús hablaba —como dice un estudioso— pasando por
los pies, las manos, el polvo de la tierra. Consideremos, por ejemplo,
Lc 11,11-12: «¿Quién de vosotros que sea padre, si su hijo le pide un
huevo, le va a ofrecer un alacrán?». Jesús habla desde la realidad: en
Palestina hay un escorpión —el alacrán blanco y venenoso— parecido
a un huevo, que anida en los pedregales del deserto. A partir de esta
imagen, construye Jesús de manera natural su lección sobre el amor
del Padre. Si tú le pides un huevo, jamás te dará él un escorpión que
te envenene. Otro ejemplo: Jesús va a presentar su propia muerte y
su función salvífica; los teólogos usarían (y con razón) todas las
categorías de la soteriología..., y la gente quedaría insatisfecha.
Jesús, en cambio, parte del grano de trigo (Jn 12,24): «Si el grano de
trigo, una vez caído en la tierra, no muere, permanece él solo; en
cambio, si muere, produce mucho fruto». El morir y el entrar en el
sepulcro, comparado al morir de la semilla a la que sigue luego el tallo
y la espiga, expresa la fecundidad pascual de la muerte de Cristo, y
también la del creyente.

Son ejemplares sus parábolas. ¿Cómo enseñar el amor mejor que con
la parábola del buen samaritano? Jesús saca brillo al relato
cambiando la acentuación desde la objetividad del prójimo: «¿Quién
es mi prójimo?», a la subjetividad: «¿Quién se hizo prójimo?»,
marcando así una radical diferencia en la visión moral cristiana.
Igualmente la parábola de las diez vírgenes, sobre el tema de la
tensión escatológica. Las parábolas de Jesús parten siempre de la
historia concreta, de la existencia: hijos en crisis, porteros nocturnos,
relaciones sindicales (parábola de los trabajadores de la viña), jueces
corrompidos, previsiones meteorológicas, el ama de casa, los
pescadores, los campesinos, la polilla, los pájaros, los lirios, etc. Este
modo de hablar introduce la Palabra de Dios en lo cotidiano,
fecundándolo.

Un refrán rabínico dice: «Es mucho mejor una pizca de guindilla que
un cesto de melones». La enseñanza prolija como el cesto de
melones, el hablar en tono gris, incoloro, insípido no aguanta el cotejo
con la pizca de guindilla, que logra dar sabor a un montón de comida.
Jesús usó también la imagen de la levadura y de la sal, enseñándonos
así una comunicación sabrosa, vivaz, incisiva y "narrativa". Hemos de
recuperar, siguiendo a Jesús y a la Biblia, nuestra capacidad de
comunicación, las grandes dotes de la tradición cristiana para anunciar
la fe mediante el relato, la imagen, la belleza, la estética. Aprendamos
la lección de von Balthasar y de los grandes autores cristianos del
pasado, por ejemplo san Agustín, que poseía todo el rigor incluso del
lenguaje formal, cuando era necesario, pero que acostumbraba hacer
"teología del tú", del diálogo: una teología-oración, con toda la riqueza
de la comunicación humana, que constituye una aventura
extraordinaria del espíritu. El mundo es rico, la historia es siempre
creativa, nuestro lenguaje va continuamente detrás de la realidad.
Borges, el célebre escritor argentino, tiene este verso: «el universo es
fluido y cambiante — el lenguaje rígido». Es siempre necesario un
esfuerzo para hacer el lenguaje —sobre todo el religioso— cada vez
más cálido, más dúctil. Jesús es un gran maestro también en esto.
3º. Jesús es un maestro paciente, que se adapta a nuestro lento
caminar, a nuestro gradual aprendizaje. En el evangelio de Marcos
encontramos un Jesús maestro "progresivo", que paulatinamente lleva
la luz al discípulo, pasando a través de la oscuridad de las resistencias
humanas. Primero lo conduce al reconocimiento de la mesianidad
(«Tú eres el Cristo»: Mc 8,27-29) y luego le desvela la plenitud, al final
del evangelio, cuando el pagano, centurión romano, llega a la fe y
dice: «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios» (15,39). ¡Pero
qué camino más largo hay que hacer! El camino de la cruz. Jesús, que
es un maestro "progresivo", nos hace pasar de la oscuridad a la luz no
de una manera desconcertante, sino de modo paciente y lento. El
capítulo 9 de Juan (el ciego de nacimiento) ilustra este camino con los
títulos cristológicos usados en progresión. Se parte de «ese que se
llama Jesús » y se llega a la última frase: «Creo, kyrie, te doy mi
adhesión, Señor»: es ya el descubrimiento de Jesús como
el kyrios por excelencia, o sea como Dios.

4º. Jesús maestro polémico. En Lc 11, y más aún en Mt 23, Jesús se


presenta también como un maestro polémico, provocador, enojado.
Sus siete "ayes" o "maldiciones" (usadas según un género profético
presente en Is 5,8ss) son un testimonio de que el verdadero maestro
no teme denunciar los males, como hizo por su parte el Bautista: «¡No
te está permitido!» (Mt 14,4). El verdadero maestro corre inclusive el
riesgo de la impopularidad. Cristo fue condenado también por sus
palabras, auténticos latigazos. La expresión del Maestro conoce no la
rabia ni la cólera, que son un vicio, pero sí el enojo, que es una virtud:
Jesús nos ha revelado a menudo su mensaje mediante una palabra de
fuego, como él mismo ha dicho: «No he venido a sembrar paz sino
espadas; he venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con
su madre, a la nuera con la suegra...» (Mt 10,34-35). Este aspecto hay
que recuperarlo también en nuestra comunicación religiosa. No está
en contradicción con el precedente: hemos de tener paciencia, pero
también, cuando es necesario, hemos de introducir la palabra que
desconcierta, la palabra de los profetas: decir "sí sí, no no; todo lo
demás viene del maligno" (cfr Mt 5,37). Por justa reacción a una
retórica o al énfasis del pasado (¡los grandes predicadores que
aterrorizaban!), non debe perderse la dimensión de la palabra que
ataca, que no se deja adulterar o mercadear (cfr 2Cor 2,17; 4,2);
hemos de reconocer que la Palabra de Dio es frecuentemente, como
dijimos, ofensiva.

5º. Jesús ha sido también un maestro profético, en el sentido auténtico


del término. Profeta no es quien ve de lejos, adivinando el futuro. El
profeta bíblico es quien interpreta los signos de los tiempos; el hombre
del presente, quien actualiza la Palabra. A este respecto es ejemplar
el sermón de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16ss): toma la
Palabra de Dios según Isaías; la lee y la comenta. ¿Cómo? «Hoy ha
quedado cumplido este pasaje ante vosotros que lo habéis escuchado
. ¡He aquí la actualización! ¡La Palabra di Dios se encarna en un
acontecimiento, en una persona presente! Todo el Nuevo Testamento
va en esta línea. El Apocalipsis —tantas veces presentado como el
horóscopo del fin del mundo— es una lección para las Iglesias de Asia
Menor en crisis interna y externa, perseguidas. La Iglesia de Laodicea,
por ejemplo (cfr Ap 3,14-22), produce náuseas a Cristo. Es una
imagen durísima, expresada con el verbo emésai, vomitar, indicando
las bascas de Cristo ante una comunidad tibia. Pues bien, a esa
Iglesia en crisis la Palabra de Dios le llega con la función de darle un
sentido, de indicarle una meta. El Apocalipsis, en efecto, no enseña el
fin del mundo, sino la finalidad del mundo. No es la representación de
la destrucción, sino la del término hacia el que estamos orientados. El
profeta enseña hacia dónde debemos caminar mientras estamos en la
historia, en el presente. En este sentido nos da Lc 24,19 (episodio del
viaje a Emaús) la definición de Jesús: «Un profeta poderoso en obras
y palabras ante Dios y ante todo el pueblo». Justamente eso es Jesús,
"maestro profético".

6º. Jesús maestro-Moisés. Con una expresión paradójica, Lutero


decía: Jesús es el Mosíssimus Moyses, Moisés a la enésima potencia.
La referencia va al Discurso de la montaña, que es la plenitud de
la Toráh: «Jesús subió al monte, se sentó y se le acercaron sus
discípulos. Él tomó la palabra y edídasken, se puso a enseñarles así»
(Mt 5,1ss). Evidentemente, el Discurso de la montaña es una lección,
y tiene lugar en un monte indeterminado (más aún, Lucas, más atento
a la historia, fija el discurso en un llano "campestre": Lc 6,17). Tal
monte para Mateo es el nuevo Sinaí. Esta lección marca el comienzo
del "pentateuco cristiano". Jesús no hace sino llevar a plenitud el
mensaje de la Toráh: el suyo es un mensaje que no propone una ley
limitada en su secuencia de apartados, artículos o normas, sino una
ley tendente al infinito. Jesús enseña la radicalidad: «Sed buenos del
todo...», no como un santo, sino «como es bueno vuestro Padre del
cielo» (Mt 5,48). Tal es el mensaje cristiano: un infinito viaje en el
infinito misterio de Dios. No hay una meta de llegada, vamos siempre
más allá hasta entrar en Dios. La enseñanza del verdadero Maestro,
del verdadero Moisés cristiano, va unida a una "ansiedad" continua, a
una superación sistemática; hay que ir siempre allende. Es justo lo
contrario de cierto tipo de enseñanza nuestra, fundada tantas veces
sólo en el buen sentido, con un mensaje que podría ser el mínimo
común denominador de todas las religiones: una genérica y vaga
solidaridad, una imprecisa fe sentimental en Dios. Al contrario,
elMosíssimus Moyses es radical. Teresa de Ávila tiene al respecto dos
observaciones: «Los predicadores hoy no mueven ya a conversión
porque tienen demasiado buen sentido y les falta el fuego de Cristo».
Y tocante a la oración dice: «Señor, líbrame de las necias devociones
de los santos cariacontecidos». Es necesario, pues, retomar el
anuncio y el compromiso radical del Mosíssimus Moyses.

7º. Jesús es maestro supremo, el Maestro Divino. ¿Cómo anunciaban


los profetas en el Antiguo Testamento? Declaraban: «Koh ‘amar
Adonai:Así habla el Señor», es decir, yo soy la boca del Señor. Jesús
ha retomado esta frase, pero deformándola de manera casi blasfema:
«Egó dé légo hymín»: «pues yo os digo»; «se mandó a los antiguos,
pero yo os digo». Una palabra eficaz, imperativa, extrema. Una
palabra decisiva frente al mal; una palabra que desafía los tiempos;
una palabra eterna. En este contexto es donde hemos de entender la
frase: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Es una
palabra supremamente "blasfema", porque se arroga todo lo que es de
Dios. Más aún, es una palabra tan divina que sigue resonando por los
siglos, mediante el Espíritu que Cristo manda a la Iglesia y a cada
persona.

Juan 14,26 refiere las palabras de la última noche terrena de Jesús: el


Padre, en el nombre de Cristo, mandará el Espíritu Santo y «él os lo
irá enseñando todo, recordándoos todo lo que yo os he
expuesto». ¿Quién es, pues, el Divino Maestro que continuamente
actúa en nosotros ahora, en la Iglesia, en cada individuo y en la
comunidad? Es el Espíritu Santo, mandado por el Padre en nombre de
Cristo, para "recordar". La memoria bíblica no es una evocación
pálida, no es la conmemoración de la fiesta nacional, sino la memoria
viva, operante, el memorial celebrativo y eficaz. (regrese al sumario)
Tema 2: El Maestro y El Discípulo
A- Los maestros de Israel; B Jesús maestro; C- El discípulo; Discípulo, antes que Apóstol

A.- Los Maestros de Israel

La relación maestro-discípulo en Israel era muy distinta de lo que hoy día nosotros
estamos acostumbrados con los profesores de nuestras escuelas. Para comprenderlo es
necesario despojarnos de nuestros conceptos catedráticos y meternos en el túnel del
tiempo, que nos transporte al Oriente y a la mentalidad de hace dos mil años.

No se trataba de profesores que repitieran lecciones aprendidas o trasmitieran el fruto de


sus investigaciones, sino que eran laicos competentes, que enseñaban a los demás cómo
encontrar y cumplir la voluntad de Dios. Eran, estudiosos de la Ley, que enseñaban a
vivir de acuerdo al plan divino. Facilitaban hallar el sentido de la existencia y la forma
de cumplir la propia vocación. Así, el maestro llegaba a ser más importante que el
mismo padre. Para un hebreo era mucho más fundamental saber vivir que vivir, y por lo
tanto el maestro tenía prioridad sobre el mismo padre. Hillel o Shamái no contaban con
una academia o un instituto, sino que su propio estilo de vida era lo que enseñaba. Su
autoridad no se basaba en títulos o estudios, sino en la vida que llevaban. Esto era lo que
llamaba la atención e invitaba a otros a seguirlos e imitarlos. Su ejemplo era más
elocuente que sus palabras. Por eso, los discípulos tenían que convivir con su maestro,
ya que, observándolo, era como aprendían a vivir. De esta manera se formaba una
familia alrededor del maestro.

B.- Jesús Maestro

Jesús aparece en el escenario religioso de su tiempo como uno más de estos maestros de
Israel. Por lo tanto, viene a enseñar a vivir. Por eso acepta ser llamado "Rabbí” -
Maestro- y se rodea de unos seguidores para enseñarles a vivir de la misma manera que
él lo hace.

En los Evangelios aparece cuarenta y ocho veces el término maestro (didáscalos), aparte
de las quince veces "Rabbí" y las dos ocasiones en que se presenta "Rabbuní". En todas
estas ocasiones se nos ofrecen distintos valores para delinear el perfil de Jesús como
Maestro.

Maestro, es uno de los pocos títulos que Jesús se atribuye a sí mismo (Jn 13,13). Sin
embargo, Jesús se distingue de todos los otros maestros por algunas características que
lo hacen único:

-En aquel tiempo los discípulos tenían el derecho de seleccionar al maestro que más les
convenciera y conviniera. En el caso de Jesús, no es así. El mismo escoge
personalmente a cada uno de sus seguidores(Jn 15,16).

-El discipulado era tomado como una etapa temporal. Los discípulos de Jesús lo siguen
por toda la vida y no les está permitido volver atrás (Lc 9,62).
-Los discípulos entraban al servicio del maestro casi de la misma forma que un esclavo
servía a su amo. Jesús, por su parte, no los llama siervos, sino amigos (Jn 15,15).

-Los niños y las mujeres no eran considerados aptos para el discipulado. Sin embargo,
Jesús pide que los niños se acerquen a él (Mc 10,14) y un grupo de mujeres lo siguen
para aprender a vivir su vida (Lc 8,3).

-Los seguidores de un ilustre maestro, gozaban de fama y autoridad ante el pueblo.


Quien había sido instruido a los pies de Gamaliel, lo tenía como un orgullo y así lo
consignaba en su currículum vitae (Hech 22,3). Por el contrario, Jesús no ofrece sino
problemas, persecuciones y calumnias (Mt 5,11). Así pues, aunque Jesús parece uno
más de los muchos maestros de Israel, se distingue de ellos al mismo tiempo. Como
todos ellos, enseñan a vivir, pero su estilo de vida tiene características que lo hacen
único entre los demás.

C.- El Discípulo

Así como no cualquiera era considerado maestro, tampoco todos podían ser discípulos.
El sistema del discipulado exigía ciertas características y renuncias que no todo mundo
podía satisfacer. Hasta que un joven judío celebraba su Bar Mizbá (hijo del precepto) a
los trece años, se hacía apto para comenzar el itinerario del discipulado. El discipulado
era un privilegio y una responsabilidad que abarcaba todos los aspectos de la vida, y que
por tanto exigía disponibilidad plena para dejarse moldear por el maestro.

El discipulado era un sistema que buscaba trasmitir sabiduría para saber vivir bien.
Gracias a él se mantenía viva la fuente de vivencias de Israel. Como el maestro
comunicaba ante todo experiencias, y éstas de por sí son intransferibles, entonces se
buscaba llevar a los discípulos a que ellos tuvieran sus propias experiencias.

El discípulo era prácticamente como un esclavo. A cambio de la enseñanza que recibía,


prestaba servicio en todas las necesidades de su maestro. Lo único que lo distinguía de
un esclavo, era que no estaba obligado a lavar los pies de su maestro. En todo lo demás,
no había mucha diferencia. La meta de todo discípulo es llegar a ser como su maestro:

Bástale al discípulo ser como su maestro Mt 10,25.

En el Nuevo Testamento aparece doscientas sesenta y dos veces la palabra discípulo


(Mazetés). Es decir, tenemos gran variedad de datos evangélicos para delinear a aquel
que busca llegar a ser como su maestro, reproduciendo sus criterios, acciones y misión.
Si con una sola frase quisiéramos definir el perfil del discípulo, sería: "es como su
maestro": aplica la jerarquía de valores de su maestro a la vida moral,
laboral, familiar, religiosa, económica, social y política.

El discípulo ora y perdona como su maestro. Gasta el tiempo y se divierte de acuerdo al


modelo de su maestro. Piensa, vive y muere como su maestro.

Discípulo, antes que Apóstol

El discípulo ha sido llamado para un objetivo bien claro y determinado:


Subió al monte y llamó a los que quiso;

Y vinieron donde él.

Instituyó doce:

- para que estuvieran con él

- y para enviarlos a predicar,

con poder de expulsar demonios (Mc. 3,13-15)

En este texto están perfectamente delineadas la vocación y la misión:

-La vocación es estar con el maestro.

-La misión -como consecuencia- es evangelizar y expulsar demonios.

La primera vocación de un discípulo es estar con Jesús, o acompañarlo, como traducen


otras versiones. Para vivir como el Maestro se debe vivir con él, invirtiendo el tiempo
en aprender su estilo de vida. Después, sólo después y siempre después, viene la misión:
evangelizar. De ninguna manera se pueden invertir las funciones, so pena de desvirtuar
por completo la visión pastoral de Jesús. La docena de apóstoles, no salió de la nada ni
por generación espontánea. El evangelista San Lucas aclara que fueron llamados
precisamente de entre el grupo de los discípulos:

Por aquellos días Jesús fue al monte a orar y se pasó la noche en la oración de Dios.
Cuando se hizo de día, "llamó a sus discípulos" y eligió "de entre ellos" a doce, a los
que llamó también apóstoles (Lc 6,12-13).

La única condición indispensable para llegar a ser apóstol, es antes ser discípulo. Jesús
no pidió títulos académicos ni certificado de buena conducta; ni siquiera que fueran
célibes o tuvieran ciertos estudios. La única prueba que había que pasar para llegar a ser
apóstol, era ser antes uno de sus discípulos.

Si un apóstol no es primeramente discípulo de Jesús, es como si la flecha de su vida


hubiera errado en la dirección adecuada. Por desgracia, muchas veces se tiene como
meta prioritaria el llegar a ser apóstol y no discípulo. Interesa más el ministerio y la
función en la Iglesia, que la relación con el Maestro. Por eso hoy día existen muchos
"apóstoles" que nunca antes fueron discípulos de Jesús, sino simplemente modelados
por un sistema, estructura o cultura religiosa.

En el plan pastoral de Jesús, para ser apóstol (enviado), antes se necesita haber sido
discípulo (llamado). Pero muchos han suplido el discipulado por el trabajo apostólico, la
imitación del fundador de una congregación, el celibato o un cargo en la Iglesia. Se ha
devaluado lo esencial y se da más importancia a lo secundario. Se ha perdido el sentido
de la vida y se han invertido los valores evangélicos.

Este tema ha sido sintetizado de: José H. Prado Flores; “Formación de Discípulos”:2 El Maestro y el discípulo; pag. 13-
ss; Publicaciones Kerigma; Mexico.