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Alcoholismo y pendencias en Valparaíso a fines del siglo XIX: El caso Baltimore y

los alcances diplomáticos en torno al problema de la ebriedad y violencia


populares.

Reinaldo Felipe Peña Farías

"En Chile, hasta los muchachos

Que no ganan una ficha

Saben lo que es buena chicha

Y aprenden a ser borrachos.

Antes que le pinte el bozo

Y le salga el primer diente,

Cualquier chicuelo inocente

Beber sabe que da gozo”.

Juan Rafael Allende en "Mucho vino y poco pan", La Beata, Nº 39, 30 de septiembre de 1897.

I. Introducción.

La violencia social (Goicovic, Consideraciones teoricas sobre la violencia social en Chile


(1850-1930) , 2005) de los grupos populares puede ser un concepto demasiado robusto
para intentar abarcarlo completamente sin dejar en un aparte sostenido el epíteto de
“popular” que se utiliza en este y otros trabajados para intentar perfilar una definición
pobremente ilustrativa de aquella multitud de obreros que, de no ser por sus actos infames
o trapacerías, permanecería en el anonimato de las callejuelas porteñas, los bares o las
cárceles.

Según Goicovic, “los actores social-populares de fines del siglo XIX y comienzos del siglo
XX comparten ámbitos de constitución de identidad y mecanismos de sociabilidad, que nos
permiten establecer rasgos comunes en sus formas de ser social” (Goicovic, 2005) a fin de
que finalmente sea posible establecer en base a ello una relación de tensión entre estos
actores y el Estado a partir de las propias conductas violentas que los sectores populares
ejercen sobre éste y las élites.

Siguiendo a Goicovic es que se puede comulgar con su idea que “parte importante de los
conflictos que se generan en los barrios populares se originan en los lugares de recreación
que la periferia”, es decir, los garitos y bares que en el puerto de Valparaíso moteaban el
paisaje urbano. Es precisamente a estos lugares o “espacios de sociabilidad” a los que
“concurrían masivamente los sujetos populares, especialmente en la temporada de
primavera y verano. [y en ellos es donde se apreciaba que] Las entretenciones y
competencias que se llevaban a cabo en estos ámbitos eran acompañadas de una
considerable ingesta de alcohol, lo cual las convertía en situaciones imprudentes,
temerarias e incluso violentas”. El caso Baltimore va a ser ejemplo de esta situación.

Para los fines de la presente tentativa de investigación es necesario establecer en primer


lugar la condición que la problemática del alcoholismo y algunas de sus expresiones
violentas más viscerales, es decir las pendencias, fueron una constante enraizada en el
ámbito popular decimonónico chileno, susceptible de ser factor determinante de la violencia
reactiva entre los sujetos populares y el propio Estado, en contraste a un binomio modélico
y europeizante que se buscaba imitar para el Chile de finales del siglo XIX con la
construcción de un Estado moderno capaz de ejercer el disciplinamiento social. Pues como
menciona Arostegui, “esta función [del Estado] nunca es universal, aunque lo parezca y,
por lo demás, no existe poder represivo alguno, por mucho que lo sea, que no eche manos
de elementos de control social impregnados de orientación hacia la consecución de alguna
forma de consenso”. (Arosteguí, 2012) El alcohol aparece por tanto como catalizador de la
violencia social popular y a la vez como barniz embrutecedor de los sectores subalternos
en su rebeldía contra los aparatos ideológicos del Estado.

Señalado el problema del alcoholismo, la manifestación pendenciera de la “borrachera del


pobre” (Allende j. R., 1901) que siempre acababa en reyertas malintencionadas, fue como
se ha indicado la manifestación porteña de aquello que los racionalistas decimonónicos
franceses bautizaron como el temor a la “multitud”. Tal y como señala Melossi en “Controlar
el delito, controlar la criminalidad” la composición de estas nuevas aglomeraciones urbanas,
de estas “multitudes”, estuvieron de común compuestas por la clase trabajadora, pero
ciertamente también por la escoria, la chusma, la canalla (Melossi, 2018). En el caso de
Valparaíso, además de los migrados del campo, los “escorados” en el puerto pasaron a
engrosar las filas del lumpen y del vagabundaje.

La arremetida de estos grupos marginales en el ámbito urbano posee además dos


consecuencias que se derivan de ella; por un lado como señala Salazar la ofensiva social,
cultural, moral y militar —con fuerte carga físico-institucional—, desplegada por las clases
dominantes, el Estado y el aparato ideológico, en torno a reorientar la sociedad popular
conforme a las pautas de la sociedad urbana (Salazar, 1985), y por otro como señala
Rodríguez el espacio privilegiado para el despliegue de la violencia social urbana que fue
la calle. Según este último autor, la calle fue el escenario en el cual el poder organizaba y
vigilaba la sociedad; en ella se representan la suntuosidad y el simbolismo del poder. Pero
la calle, también, era un espacio de libertad, de molestias y reclamos; por tanto, un espacio
abierto e incontrolado en el cual opera la delincuencia organizada. En ella se expresan con
violencia las contradicciones y conflictos que afectan a las clases subalternas (Rodríguez,
1995).

La existencia reguladora de los aparatos ideológicos del Estado y la cooptación de sus


elementos nucleares en las manifestaciones de la violencia fue, en dichos de Goicovic, “una
constante en las relaciones interpersonales de las sociedades precapitalistas”. (Goicovic,
El discurso de la violencia en el movimiento anarquista chileno (1890-1910), 2003) Pues tal
situación explicitaría una pervivencia agresiva moldeada por las relaciones sociales
fundadas en la calle, pero también —de manera curiosamente estratificada— en los barrios,
las profesiones o los propios gobiernos políticos (Sodré, 2001).

La historia de la violencia y de la criminalidad, por lo tanto, es “una historia de las relaciones


entre el poder, la sociedad y los sujetos a través de la mediación del derecho, como norma
y como práctica” (Moreno & Beltrán, 1995). Siendo precisamente en el entramado valórico
de las contradicciones sociales donde es posible situar el fundamento de la violencia
instrumentalizada, la que como es conocido, se proyecta mediante un modelo tricéfalo en
los siguientes ámbitos; contra los cuerpos —aborto, tormento, riña, duelo, violación, rapto,
suicidio, homicidio, asesinato, ejecución de la pena de muerte— contra la propiedad —
hurtos, asaltos, robos, falsificaciones, fraudes, corrupción— y contra el pensamiento — en
la forma de censura, índice de libros prohibidos, expurgatorios, etc.— (Herzog, 1995)
Estas consideraciones preliminares abultan lo necesario para dar cabida en ella a los
descontentos de toda índole, así como para entregar una definición exploratoria del
concepto de violencia que se pretende encauzar para sostener la hipótesis del presente
trabajo, que no es otro que establecer las maneras en las que el problema del alcoholismo,
tumor endémico de la cuestión social y la multitud, fue provisto —por una parte
inescrupulosa del Estado de Chile en una época de guerra civil— de las justificaciones
necesarias para desatar un problema diplomático, derivado del sometimiento pernicioso a
la embriaguez de la población subalterna urbana.

Los objetivos que se pretenden alcanzar para sustentar la hipótesis son básicamente tres;
primero conocer el volumen de los incidentes relacionados con el alcoholismo y la violencia
pendenciera en el periodo, establecer una relación entre ebriedad, violencia y delincuencia
y tercero determinar las causas del equivoco discurso político en relación a los problemas
derivados del alcoholismo por la continuación de unos modos operativos de sometimiento
a la ebriedad popular de la ya definida “multitud”.

II. El problema del alcohol y las pendencias porteñas a través de los discursos del
Estado y la prensa

El problema del alcoholismo recién expuesto ejemplifica un fenómeno permanente en las


distintas sociedades el que ya entrado el siglo XIX, comenzó a transformarse en un
problema para el Estado. La ebriedad se transformó, de norte a sur, en un problema
sanitario que debía ser controlado en favor de un discurso higienizador. Estas políticas
higienistas buscaron reducir el consumo de alcohol en las clases trabajadores para mejorar
su salud, su desempeño laboral y, principalmente, su rol como sostenedores de la familia.
En este punto parece relevante detenerse para considerar dos elementos de la teoría
medica y criminalística con los que se podrán comprende mejor la noción del alcoholismo
en el Estado decimonónico chileno.

Lombroso por una parte, será quién, acicateado por el torbellino positivista, establecerá la
noción del atavismo en la antropología criminalística, considerando que “el delincuente
nato” tendría ciertas características comunes, tanto, anatómicas, fisiológicas y psíquicas
con sus ancestros prehumanos, condición que lo transformaría en un sujeto proclive a la
criminalidad (Melossi, 2018).
Por derroteros similares, el médico Tomás Quevedo en su tesis titulada “Del alcoholismo”
(Quevedo, 1899), es que los médicos comienzan a utilizar la herencia alcohólica como uno
de los principales focos de la lucha antialcohólica. Según Quevedo, los principales efectos
del alcohol sobre el organismo individual estaban relacionados con el sistema nervioso,
principalmente sobre las funciones de movimiento, sensibilidad e inteligencia. Sin embargo,
entre las alteraciones funcionales, las relacionadas con las facultades mentales, fueron las
que más preocuparon a este médico, debido a que estas podían sufrir una verdadera
perversión y con frecuencia se perdían parcial o totalmente.

El alcoholizado presentaba diferentes procesos mentales, desde estados de tristeza


profunda, pesadillas y alucinaciones, pasando por estados extravagantes y violentos, hasta
verdaderos delirios y locura. En los alcohólicos, la locura propiamente dicha se presentaba
bajo diversas formas que se agravaban y que podían terminar con la muerte del sujeto:
delirium tremens (manía alcohólica), lipemanía e imbecilidad o demencia. Quevedo también
analiza varias estadísticas sobre criminalidad a partir de las cuales muestra que el
alcoholismo puede ser considerado como una de las principales causas sociales,
constituyendo una verdadera amenaza cuando los delitos no solo eran cometidos bajo los
efectos de la embriaguez, sino cuando ese estado se combinaba con otros como la locura
moral o la epilepsia.

La criminalidad, la locura y el alcoholismo hacen parte del mismo proceso mórbido


degenerativo y por esa razón, necesariamente, las condiciones que llevan a la emergencia
de uno de estos estados son las mismas que permiten la aparición de los otros, existiendo
solamente una frontera muy fina y ambigua entre ellos. El alcoholismo se entendía para
aquella época, como un factor importante de despoblamiento relacionado con la
disminución en el número de nacimientos, la muerte precoz infantil y la mortalidad, así como
un factor de improductividad medido por la pérdida de la cantidad de días de trabajo,
situación que a su vez conducía a la miseria, a la mendicidad y al aumento del gasto público
(Quevedo, 1899, pág. 36). Así, el alcoholismo actúa como el elemento perfecto que permite
unir, bajo una misma explicación, acontecimientos biológicos y sociales, tales como el
crimen, las enfermedades mentales, la miseria, la “degeneración de la raza” y la decadencia
moral, física e intelectual de los componentes activos de la nación y sus generaciones,
situación que se evidenciaba, según los médicos, por la cantidad de personas que se
encontraban en los hospicios, las cárceles, los hospitales y las casas de corrección (García
y Santos, 1902).

Durante esta época, la producción de alcohol en Chile comenzó a industrializarse y


expandirse por las diferentes regiones generando altos ingresos para los municipios. Fruto
de esta expansión y desarrollo industrial surgió la necesidad de establecer una primera ley
de alcoholes, que no vería su realización sino hasta 1902 (León, 1998).

Para fines del siglo XIX el problema de la cuestión social en el país fue relacionada, tanto
por la élite chilena y extranjera como por la prensa satírica nacional, con una conducta de
las clases populares en relación directa con el alcohol. El volumen de la publicidad de
bebidas alcohólicas en los periódicos santiaguinos como “el padre Cobos” o “el ferrocarril”
alcanzaba un porcentaje promedio de 72% en los tirajes mensuales de los diarios, esto sin
considerar las épocas de “Chicha nueva” donde se aprecia un aumento del 12% en la cifra
antes mencionada. (Palma, 2004)

La elite política nacional tardo varios años en ponderar el problema del alcohol que para el
periodo que se consideran en el presente estudio ya comenzaban a ser denunciados en la
prensa porteña y santiaguina. En el norte la ebriedad de los obreros del salitre y la minería,
en la zona centro el vagabundaje de obreros en chinganas y tabernas y en el sur la ebriedad
de la hacienda y los campos. “Esta caracterización no solo representó la experiencia del
sujeto popular, sino que también apuntó a generar una imagen de un Chile decaído y
arruinado económicamente a causa del exceso de consumo de alcohol”. (Palma, 2004).

A partir de ello, comenzaron a gestarse a una serie de políticas de control, reclusión y


legislación en torno al problema del alcoholismo, en el que el discurso médico y policial
reforzaron la percepción que el Estado tenía sobre las condiciones de la sociedad chilena.
Una de las zonas donde, inicialmente, se aplicaron las políticas de control fue en el Norte
de Chile, debido al alto alcoholismo en el sector minero.

Los alcances del flagelo del alcoholismo en la prensa se dejaron ver de manera profusa y
continuada, lo que era respalda de cierta forma por las cifras oficiales de los
encarcelamientos que figuran con la tipografía de los casos delictuales de los detenidos
bajo los efectos del alcohol. Así para un periodo que va desde 1890 a 1901 el porcentaje
de detenidos en estado de ebriedad se mantiene alrededor del 41%, sin apreciar una baja
significativa entre el binomio ebriedad/delito y su relación con las políticas públicas o las
preocupaciones de la cuestión social plasmadas en incipientes discursos estatales sobre
higiene y salubridad. En comparación para un periodo de tiempo relativamente corto y en
estrecha relación con el tema de la pendencia en los tres meses que van a circundar el
caso Baltimore, las noticias relativas a problemas de ebriedad de manera directa o indirecta
en el Mercurio de Valparaíso alcanzan las 32 apariciones, lo que quiere decir que en un
periodo de 90 días el diario porteño asociado a la élite señaló en sus páginas un 36.6% de
noticas relacionadas al alcoholismo.

El consumo excesivo de alcohol tenía consecuencias diferentes para las personas según
fuere su origen social y la prensa de la época fue capaz de plasmarlo en diferentes partes
de su discurso editorial. En Valparaíso, un corresponsal de Juan Rafael Allende escribía
que era “costumbre que cuando los pacos encuentran un pobre que se le ha pasado la
medida bebiendo más de lo regular algunos vasos de licor, muy prontito lo pasan pentro...”
En un trabajo de Palma del año 2004, titulado “De apetitos y de cañas. El consumo de
alimentos y bebidas en Santiago a fines del siglo XIX” el autor sienta algunos precedentes
para aproximarse a las conclusiones que derivan de esta práctica. Sus palabras son claras
“mientras las propias autoridades policiales solían beber en la vía pública sin ningún tipo de
sanción. La conclusión era muy simple, lo que en el pobre es borrachera, es en ellos
diversión”. (Palma, 2004)

Como ya se ha pretendido establecer la relación entre delito/ebriedad y grupos populares


es ajustada a una realidad de ocultamiento, no parece posible que las elites no bebieran en
gran cantidad en aquel periodo, pero lo cierto es que en muchas de los informes estadísticos
de la década de 1890 se enfatiza que los detenidos por ebriedad pertenecen a los sectores
populares dejando un gran e incognito paréntesis a las personas ajenas a este grupo de la
población.

La Ley de Alcoholes en 1902 —que sancionaba con cárcel a quienes eran atrapados en
estado ebriedad en la vía pública— Los abusos derivados de la aplicación de esta ley
motivaron a un crítico observador de la época a denunciar que "en nuestro país se han
dictado leyes de telarañas que arrastran semanalmente algunas decenas de rotos a las
comisarías, y dejan impunes a los caballeros que se emborrachan en los clubes y cafés y
a los magnates que fomentan el alcoholismo en el despacho de la hacienda o en la pulpería
de la oficina salitrera" (Allende j. R., 1901)
Desde luego, los escándalos públicos protagonizados por jóvenes beodos de la oligarquía
eran pan de cada día. "Si las contingencias de aquellas diarias orgías los ponen a
disposición de la justicia policial, entonces, algunas cuantas monedas o un apellido
aristocrático pronunciado con altivez en la comisaría, les hacen cumplida justicia y les abren
las puertas de la cárcel" (Allende J. R., Los buenos muchachos, 1897). En una caricatura
en forma de historieta de 1893 se muestra a dos "futrecitos" bebiendo y armando alborotos
en una cantina, para luego ser llevados a la comisaría, donde dicen al policial: “Eh! no
somos delincuentes.../ ¡Somos personas decentes!”. Culmina el episodio con las madres
intercediendo por ellos y consiguiendo su liberación. Estas desigualdades en el tratamiento
de los beodos fueron incluso reconocidas por las autoridades, como a comienzos del siglo
XX, cuando un funcionario señaló que la policía “aplica la prisión por ebriedad a la gente
del pueblo, sin que jamás se atreva a hacerla extensiva a las personas de cierta posición
social” (Correa, Figueroa, Jocelyn-Holt, Rolle, & Vicuña, 2001).

El alcoholismo entre la población de las ciudades se alimentaba de la profusión de lugares


donde conseguir el licor. Señala Allende: "Recorriendo las calles de Santiago, uno viene en
cuenta de que en la capital se bebe más de lo que se come. En efecto, por cada carro de
pan, el transeúnte encuentra diez carros de vino. Tenemos en la capital cincuenta
panaderías y trescientas bodegas de vinos. Y a esta última cifra agreguemos no menos de
dos mil puestos de licores, vinos, chichas, cervezas y el Diablo a cuatro. Aquí se come por
uno y se bebe por ciento. Por eso es por lo que a pesar de todas las ordenanzas municipales
habidas y por haber, los libros de la policía nos dan cifras de borrachos que avergonzarían
al mismo Londres" (Allende J. R., La embriaguez, 1897).

Para Palma “el abuso del alcohol era particularmente alto entre los estratos populares que
así suplían las carencias alimenticias, debido al menor costo de este producto” (Palma,
2004). Uno de los tantos amos del perro Can-Pino era un veterano de la guerra del salitre
que tenía por costumbre irse a un despacho "a beber aguardiente". Un carnicero de la
misma novela "era aficionado al ponchecito, no por vicio, sino porque, según él decía, sufría
de flatulencias" y era común encontrarlo roncando "con un lastre de tres litros de ponche
cabezón". Finalmente, cuenta Can-Pino en una de sus andanzas por la capital, "...topamos
con un ciego y un lazarillo, que iban borrachos como la parra". El ciego, convertido
fugazmente en amo del perro, solía comprar "cobrecitos de guachacai", que era un
aguardiente de última clase y se adquiría por litros. Con ese brebaje, las borracheras se
volvían consuetudinarias: "Ya entrada la noche, volvimos al chiribitil, donde encontramos a
aquellos personajes alegres como unas pascuas y haciendo continuas libaciones con el
canterito, que había ido varias veces al agua ardiente". (Palma, 2004) Se podrá apreciar
que el alcohol consumido entre los pobres era generalmente de mala calidad.

Los efectos de este vicio no tardaron en causar alarma entre los responsables de la salud
de la población, quienes denunciaban el deterioro físico de los chilenos. En 1895 escribía
el médico Juan Enrique Concha: "Nuestro pueblo de hoy no es el de antes: el alcohol y la
mala habitación lo han debilitado. Ya no se encuentran esos verdaderos rotos chilenos,
llenos de vida, de anchos pechos y de gruesos lagartos. Ahora se ven semblantes pálidos
y enfermizos, manifestación externa de una debilidad general de nuestra raza".

Con el escenario contextual del alcoholismo y las pendencias populares establecidas es


necesario ahora relacionar este estado de cosas con la situación puntual del caso
Baltimore, donde la incapacidad de las autoridades para lidiar con el producto de la ebriedad
y la violencia desencadeno una riada diplomática en medio del clima tambaleante que la
recientemente acabada guerra civil de 1891 había dejado en el país. Los gastos y recursos
invertidos por el Estado en un corto periodo de tiempo para evitar mas desavenencias con
los Estados Unidos fueron considerables y sin duda pudieron haberse evitado si las
autoridades hubiesen poseído entonces un único discurso a la hora de tratar con los
problemas derivados de las permanentes borracheras de los trabajadores.

III. Una breve revisión del affeire Baltimore

El caso Baltimore fue un incidente diplomático entre Chile y los Estados Unidos ocurrido en
Valparaíso en 1891, cuando la tripulación de un buque estadounidense, el USS Baltimore,
se vio involucrada en una pendencia con civiles chilenos en un bar porteño, dando pie al
intercambio de airados intercambios diplomáticos entre las cancillerías chilena y
estadounidense. Desde la Guerra del Salitre iniciada en 1879 las relaciones entre los
gobiernos de Chile y Estados Unidos fueron perfilándose cada vez más tensas, pues el
discurso diplomático de los enviados norteamericanos no consiguió establecer
acercamientos efectivos entre los antiguos participantes de la guerra en el pacifico sur, es
decir, Chile, Perú y Bolivia, cuestión que derivó en un deterioro paulatino de las relaciones
entre los países en cuestión.
Durante los años previos al conflicto entre balmacedistas y congresistas, las reformas
iniciadas por el propio Balmaceda pretendieron establecer un control creciente sobre la
producción salitrera, generando una miríada de tensiones con los intereses extranjeros que
se anquilosaban cada vez más en sus prerrogativas pasadas para resistir las reformas que
llegaban desde Santiago. Que los Estados Unidos tomaran partido de manera temprana
por el bando que a la postre resultaría derrotado en la inminente guerra civil solo consiguió
agravar las tensiones diplomáticas, haciendo de este un cuadro problemático para las
cancillerías involucradas. Así fue posible ver al ministro de relaciones exteriores del
gobierno de Balmaceda, Prudencio Lazcano Echaurren, intentar recurrir al secretario de
Estado de los Estados Unidos. James G. Blaine, para obtener alguna clase de asistencia
de parte de su gobierno. Sin embargo, las dos veces en que Blaine desempeñó la
Secretaría de Estado —Ministerio de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos de
América— dirigió maquinaciones diplomáticas en contra de Chile, instando al ministro de
Guerra a preparar una campaña naval con el fin de atacar a la escuadra chilena.

Con este precedente no cabe sorprenderse ante el manejo de la situación apuntalado por
Blaine, quien inicialmente rechazó la solicitud de ayuda del ministro Lazcano; pero, más
tarde, con el apoyo de su sucesor en el cargo, John W. Foster, y yendo contra el consejo
del secretario de Estado adjunto, John Basset Moore, decidió ayudar a la administración
del atribulado presidente Balmaceda. Este giro en el actuar del ministro norteamericano
provoco entre otras cosas la prematura renuncia de Moore a su cartera.

Ocupadas las provincias del norte de Chile, la Junta de Gobierno, con asiento en el puerto
de Iquique, se halló incapacitada para aumentar su fuerza combatiente por falta de armas.
Enviar a un comisionado con plenas capacidades para resolver la situación fue la decisión
inmediata, dando espacio a Ricardo Trumbull Lindsay, para actuar como agente secreto
para adquirir armas en los Estados unidos con el fin de apoyar la revolución.

Trumbull llegó a Nueva York en marzo de 1891 y compró cinco mil fusiles “Remington” y
dos mil cajas de municiones. El 30 de abril zarparon desde Iquique el vapor Itata, un buque
mercante al mando del capitán de fragata Alberto Silva Palma, escoltado por el crucero
Esmeralda, primero con rumbo hacia las ecuatorianas islas Galápagos para aprovisionarse
de carbón y, en seguida, el vapor Itata se dirigió al puerto de San Diego, de California,
mientras el crucero Esmeralda lo esperó en Acapulco para escoltar su regreso hacia Chile.
Un vagón de ferrocarril fue cargado con el armamento y las municiones para transportarlos
y transbordarlos a una goleta —la goleta Robert and Minnie— en el puerto de Los Ángeles,
California.

El intercambio del agente juntista había sido un éxito, sin embargo, su secretismo había
fallado en alguna parte, pues los agentes de Balmaceda convencieron a las autoridades
estadounidenses de impedir el zarpe del vapor Itata. Como éste había sido recibido
conforme por las autoridades marítimas del puerto californiano, no se impidió el carguío de
carbón y de víveres. Cuando el buque pidió los documentos de despacho para poder zarpar,
éstos les fueron negados de manera insistente, la maniobra para demorar el zarpe de los
pertrechos comprados por la junta de gobierno iquiqueña se realizaba a costa de cualquier
cosa. No es de extrañar que la decisión del comandante Silva Palma desatara un
movimiento de fuerza naval en los Estados Unidos. La baza de zarpar sin los documentos
de despacho ni los de sanidad ponía en evidencia la apurada situación que vivían los
contrincantes de la guerra civil chilena.

El vapor Itata se dirigió a encontrarse a la brevedad con la goleta Robert and Minnie, que
era buscada por buques de la Armada de los Estados Unidos de América para confiscar su
cargamento. Cuando esta operación estaba en ejecución, el Gobierno estadounidense
ordenó al almirante Mac-Cann, jefe de la Flota del Pacífico, la captura del transporte Itata
y, en caso de no alcanzarlo durante su navegación, exigir su devolución a su recalada en
el puerto de Iquique El buque crucero Charleston, de la Armada de los Estados Unidos,
salió en su persecución, con órdenes de detenerlo, usando la fuerza si fuese necesario. El
vapor Itata logró eludirlo y entró al puerto de Iquique el 3 de junio de 1891.

El crucero Charleston llegó al puerto del norte chileno al día siguiente. Para evitar mayores
incidentes, los congresistas accedieron a la petición de los Estados Unidos de América de
que el vapor Itata, cargado con las armas adquiridas, regresara a California escoltado por
el crucero Charleston. El vapor chileno fue dejado en libertad el día 30 de septiembre de
1891, cuando la Guerra Civil había terminado. El día 3 de julio, el transporte Maipo había
arribado al puerto de Iquique con un cargamento de armas y de municiones de fabricación
alemana, dejando en poco más que una anécdota el gran derroche de tiempo y capital que
los miembros del bando congresista habían puesto en el empeño.
Cuando aún no terminaba la Guerra Civil, a solicitud del Gobierno balmacedista, fue
enviado a las costas chilenas el crucero C-3 USS Baltimore, de la Armada de los Estados
Unidos de América, con el fin de capturar al vapor Itata. El crucero de la clase C tenía un
desplazamiento de 4.413 toneladas y una tripulación de 36 oficiales y 350 gente de mar
que, al mando de su comandante Winfield Scout Schley, fondeó en el puerto de Valparaíso
el día 7 de abril de 1891 con el fin de brindar apoyo y seguridad a los ciudadanos
estadounidenses que residían en Chile. El crucero C-2 USS Charleston, sin haber podido
interceptar al vapor Itata al zarpe desde las costas de California, recibió órdenes de unirse
a otros buques de la fuerza naval de los Estados Unidos de América: los cruceros USS
Baltimore y USS San Francisco.

El día 20 de agosto, día en que se produjo el desembarco de las fuerzas congresistas en la


bahía de Quintero, fondeó en ese puerto el crucero estadounidense USS San Francisco,
con la Insignia del contraalmirante Brown, que avanzó en dirección al puerto hasta situarse
a una distancia de mil quinientos a dos mil metros de la fragata blindada chilena Cochrane.
Ahí se aguantó sobre sus máquinas y estuvo en observación durante cinco minutos más o
menos. Se puso nuevamente en movimiento y fondeó á quinientos o seiscientos metros de
la fragata Cochrane. En la cubierta y en los puentes del crucero extranjero se notaba una
numerosa concurrencia de tripulantes que observaba atentamente las maniobras de
desembarco. Se dio orden, a bordo de la Cochrane, para que un oficial fuera a saludar al
contralmirante al mando del USS San Francisco, en cumplimiento de un deber de etiqueta
observado estrictamente por todos los marinos del mundo. El oficial chileno se dispuso a
cumplir esa orden en la única embarcación que en ese momento había disponible a bordo,
pero, apenas el bote se separó de la escala de la Cochrane, el crucero USS San Francisco
se puso otra vez en movimiento, impidiendo así el saludo de ordenanza, y fue a ocupar la
posición anterior, desde donde continuó las observaciones.

Un cuarto de hora después hizo rumbo al puerto de Valparaíso donde se encontraba


fondeado un contingente internacional de las reales armadas del Imperio Británico y del
Imperio Alemán y de la Armada de Francia.

Desde el año 1889, ejercía el cargo de ministro plenipotenciario de los Estados Unidos de
América ante Chile, Patrick Egan, un irlandés de nacimiento que había huido de la justicia
británica que buscó asilo e hizo carrera en el país del norte. La hostilidad abierta que Egan
siempre evidencio hacia todo “lo británico” hizo pensar en muchas ocasiones a las
autoridades chilenas de una mala opinión de Egan sobre las relaciones entre el Imperio
Británico y Chile. Según Pedro Montt Montt, ministro plenipotenciario de los congresistas
ante Washington DC, Egan informaba continuamente al secretario de Estado de los
Estados Unidos de América, James G. Blaine, que la Guerra Civil era fomentada por Gran
Bretaña y que una derrota de Balmaceda tendría consecuencias negativas para los Estados
Unidos de América; en Gran Bretaña se temía exactamente lo contrario, que los Estados
Unidos era quien fomentaba la guerra y que, en caso de que los balmacedistas fueran los
triunfadores, la influencia británica se debilitaría.

En este complejo escenario diplomático, el crucero USS Baltimore —que se hallaba


fondeado en la bahía de Valparaíso— desembarcó por órdenes del comandante Schley a
117 marineros norteamericanos para que se divirtieran en el Puerto de Valparaíso. Algunos
de esos marineros se dirigieron al True Blue Bar, ubicado al oriente de la actual subida
Carampangue, a los pies del cerro Arrayán y, aproximadamente a las 18:00 horas, comenzó
una refriega pendenciera entre marineros desembarcados del crucero USS Baltimore y
civiles chilenos.

El conflicto, según declaró posteriormente Patrick Egan, se originó porque un marinero


recientemente licenciado de la flota chilena escupió el rostro de un tripulante del USS
Baltimore. Dos marineros del crucero extranjero hirieron al chileno y, con el fin de huir del
bar, abordaron un carro con el fin de evitar la acción policial y judicial, pero fueron
alcanzados por un grupo de obreros y boteros que bajaron a la fuerza a los dos marineros.
Uno de ellos, el contramaestre Charles W. Riggins, cayó herido. La policía llegó a poner
orden y, mientras trasladaban al herido a una botica para recibir auxilio, éste recibió un
disparo de origen desconocido en el cuello, matándolo. La pendencia callejera se alcanzó
ribetes de desastre en las inmediaciones del muelle de pasajeros y en las calles San Martín
y Clave, ambas cerca de la Plaza Echaurren, y en la calle Errázuriz, deteniéndose a varios
tripulantes estadounidenses junto a civiles chilenos.

La observación que las autoridades hicieron del asunto señaló como gravemente heridos a
cuatro marineros estadounidenses: W. Trumbull, con dieciocho heridas en la espalda,
algunas con bayoneta, dos contusiones en la cabeza y varias magulladuras, falleciendo
horas más tarde; J. Hamilton, con heridas en la espalda y en las nalgas; I. Talbot, con
heridas en la espalda y varias magulladuras en el cuerpo; y, J. Anderson, con dos heridas
en la espalda. Con heridas menos graves resultaron doce marineros: C. Panter, J. H.
Davison, Guillermo Caulfield, M. Honliham. J. Smith, J. Butley, J. McBride, J. Gielem, W.
Lacey, R. J. Hodge, J. Roouy y J. Fredericks. Cerca de treinta marineros del USS Baltimore
fueron arrestados, entre ellos y según el informe de Egan, algunos fueren retenidos en los
calabozos porteños hasta cuatro días.

El Departamento de Marina de los Estados Unidos de América, después de recibir los


informes de los desórdenes callejeros entre tripulantes del USS Baltimore y civiles chilenos,
ordenó al comandante Schley iniciar una inmediata investigación con el fin de aclarar la
situación de carácter policial y comunicar el resultado al Gobierno de su país y a la Legación
en Chile.

IV. Repercusiones políticas de un problema social

Cuatro días en los calabozos. El aparato de control encarnado en los agentes de la ley
actuó en este caso como había actuado en todos los demás, mediante la implementación
del encarcelamiento. No importaba que los participantes en la reyerta fuesen marinos
extranjeros, para la policía encargada de tomar el procedimiento estos marinos eran ahora
parte de “la multitud” y por tanto su accionar sobre ellos era una continuación de las
aplicaciones de la fuerza que ejercían sobre cualquier otro miembro de la “canallada
portuaria” con la que lidiaban de forma habitual. Los periódicos de aquel día señalaron entre
otras noticias lo siguiente: “Trifulca en el True Blue deja heridos a 4 marinos
estadounidenses”, el Mercurio titulaba “pelea en un bar porteño deja varios heridos en las
calles de Valparaíso” respecto del tema con su acostumbrado discurso jerarquizador, donde
los sectores populares eran una constante de expiación para las elites, no resulta del todo
sorprendente la reacción que los sectores acomodados, sin embargo, el aprovechamiento
con recursos públicos que algunas autoridades iniciaron a partir del caso Baltimore si son
sorprendentes. Pues establecen una serie de medidas que el accionar de la diplomacia
norteamericana no tardó en aprovechar.

El presidente Harrison demandó una reparación rápida y completa por el atropello a los
derechos de los marineros USS Baltimore, sin embargo, el Gobierno chileno no respondió
mientras no se completará un proceso judicial y el ministro de Relaciones Exteriores de los
Estados Unidos de América, James Blaine, solicitó prudencia y paciencia frente a los
hechos.

La prolongada pugna legal y diplomática hizo que, en el mes de diciembre de 1891, el


presidente Harrison, durante su discurso anual frente a los congresistas en Washington,
criticara al ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Manuel A. Matta, por presentar
argumentos poco conciliadores y amigables y de total rechazo por el Gobierno
estadounidense. El secretario de Marina de los Estados Unidos de América apoyó los
sentimientos del presidente Harrison y su representante en Chile, Patrick Egan interrumpió
la correspondencia epistolar con el Gobierno chileno e intensificó las acciones de espionaje.

El 10 de diciembre, mientras se esperaba sentencia de la corte chilena, el comandante del


USS Baltimore recibió la orden de zarpar desde el puerto de Valparaíso y dirigirse al puerto
de San Francisco de California El presidente Harrison detuvo las hostilidades de guerra
contra Chile cuando Blaine insistió que no se hicieran demandas adicionales en contra de
este país sudamericano. El 8 de enero de 1892, una corte chilena acusó a tres chilenos y
a un tripulante estadounidense por sus acciones en el incidente callejero en el puerto de
Valparaíso. Doce días después, el Gobierno del presidente Jorge Montt solicitó la remoción
de Egan como representante de los Estados Unidos de América, solicitud que no tuvo
respuesta. El presidente Harrison, con la aprobación de Blaine, envió un duro mensaje a
Chile rechazando las acusaciones de la corte chilena, insistiendo que el incidente del USS
Baltimore había sido un ataque deliberado a marinos estadounidenses vistiendo uniforme,
negándose a discutir la posición de Egan y demandando una disculpa apropiada y una
reparación adecuada por los daños hechos a los tripulantes del crucero USS Baltimore.

La delicada situación a la que se enfrentaba el gobierno chileno dio paso a un cambio de


actitud después de varios meses de tensas negociaciones, en las que el gobierno no tuvo
más remedio que acomodar sus discursos frente a los hechos violentos y pendencieros de
los ciudadanos chilenos a fin de amortiguar las desafortunadas desavenencias que la
trifulca de un bar habían llegado a provocar.

Una nota oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile reflejó un cambio de actitud
condenando los hechos ocurridos en Valparaíso, ofreciendo excusas y satisfacciones a las
demandas de los Estados Unidos. Definitivamente, en el mes de febrero de 1892, tomando
en cuenta las declaraciones de cuatro testigos de los hechos delictuales: del contramaestre
del muelle fiscal, del dueño de la taberna “Stag”, del dueño de la taberna “Royal Oak” y la
de un fletero, la Corte chilena condenó a prisión a los tres chilenos acusados en enero. En
el mes de julio, el Gobierno chileno ofreció pagar, a título gracioso, la suma de US$ 75.000
a los familiares de los dos tripulantes fallecidos y de los heridos, que el presidente Harrison
aceptó y bastó este gesto para que Washington calmara sus ánimos hostiles y las
relaciones diplomáticas volvieran a la normalidad.

En definitiva, es posible apreciar que el aparato judicial, fue capaz de demostrar un


funcionamiento parcial y la perpetuación de las “justicias” diferenciadas para los
pendencieros populares se transformaron en el ejemplo redomado de una mala
consecución del disciplinamiento del Estado. A nivel casuístico, el sector popular nunca
había estado tan cerca de golpear a las elites tan fuerte y de manera tan impensada como
casi lo consigue el caso Baltimore en 1891, el alcoholismo y la violencia fueron instrumentos
bidireccionales de coacción y el tambaleante manejo político al enfrentarse a la desnuda
realidad de una indisposición para hacerse cargo de los problemas sociales de la población
más vulnerable dejo a Chile al borde de un conflicto armado con el que sería el Estado
rector de las decisiones políticas y económicas globales durante casi todo el siglo XX.
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