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La nueva democracia en Bolivia: evaluaciones dispersas sobre libertades individuales, pluralismo político-cultural y logros sociales

Ton Salman 1

Resumen Partiendo de las expectativas y promesas que acompañaron la llegada al poder del MAS y de Evo Morales, y revisando los tipos de derechos del ciudadano y su relación con la democracia que distinguió Marshall, se entra en un análisis sobre cómo distintos sectores de la población boliviana aprecian las medidas del actual gobierno en torno a dimensiones de la democracia social, la democracia pluricultural y la democracia liberal.

Palabras claves Democracia, democratización, Bolivia, MAS, derechos, derechos sociales, interculturalismo, democracia liberal

Introducción

Fue una de las promesas más destacadas de las campañas del MAS y de Evo Morales en 2005 y 2009: renovar o incluso reinventar la democracia boliviana, la democracia que había venido a menos por la corrupción, exclusión de sectores poblacionales “de segundo rango”, elitismo, sumisión a prescritos neoliberales de poderes extranjeros, y sordera para las quejas y los clamores de la población. Incluso, la promesa se tradujo en el lema del nuevo gobierno: una revolución democrática y cultural.

Básicamente, la nueva democracia en Bolivia fue soñada y conceptualizada como plural, combinando por un lado elementos de la “liberal” democracia representativa con garantías de libertades individuales con, por otro lado, los elementos “comunitarios” de inspiración originaria, de deliberación y consenso y participación directa. Además de combinar una democracia sustantiva, lo que quiere decir que en una democracia de procedimiento, se iba a tener una democracia que iba a redistribuir de manera más justa la riqueza natural y económica del país. En otras palabras: una democracia social, donde la igualdad abstracta entre ciudadanos, sino también las oportunidades en la vida para los ciudadanos tradicionalmente excluidos, se democratizarían. Así se esperaba construir una democracia que guardaría lo rescatable de la tradición liberal- representativa, y que además iba a ser más sustancial, más reconocible y transparente, y más acorde con la composición pluricultural de la población boliviana (Sarat y Kearns,

1995).

No es mi intención presentar en este artículo una evaluación de los logros y fracasos, ni llegar a un juicio sobre si Bolivia terminó más o menos democrática. Más bien, trataré de entender de dónde vienen la satisfacción y la insatisfacción visibles en el país y cómo

han sido las vicisitudes de la democracia después de 2006. La pregunta guía será: ¿qué medidas y actitudes del gobierno resultaron en qué tipo de juicios sobre el curso de la democracia en Bolivia entre distintos sectores de la población, y por qué? Admito que no hice mucho trabajo etnográfico para entrar en el tema. Mis resultados son, por eso, más teóricos y programáticos que empíricos, y a la vez una invitación (también a mi mismo) para investigar más de fondo.

Prolegomena conceptual

En los años 50 del siglo pasado, T.H. Marshall distinguió tres tipos o generaciones de derechos del ciudadano que cualquier democracia consolidada debería respetar: los derechos civiles, los derechos políticos y los derechos sociales (Marshall, 1965; Lister y Wincott, 2003: 201). Por considerar que el énfasis en esta triada estaba en el individuo como único posible portador de derechos, críticos en los años 80 y 90, añadieron una cuarta generación, o una cuarta dimensión de derechos: los derechos colectivos (Prats, 2009: 124-128; Assies, Van der Haar y Hoekema eds., 2000). Tomamos estos cuatro tipos de derechos como nuestro punto de partida para ver porqué la gestión del actual gobierno satisfizo a algunos y desilusionó a otros, y qué tiene que ver con las expectativas que distintos sectores de la población tenían en torno a la renovación democrática prometida.

Pero antes de entrar en este análisis, presentaremos un pequeño resumen sobre estos cuatro tipos de derechos. Los derechos civiles, así arguyó Marshall, involucran los derechos de libertad del individuo: basándose en la igualdad ante la ley y ante los demás ciudadanos, destaca la libertad de la persona, de hablar y expresarse, de pensamiento, filosofía o conciencia y de religión; respecto a la propiedad, a concluir contratos con otra persona, y a la justicia. Este último elemento es clave en el modelo de Marshall, porque implica el derecho de defender sus derechos frente a los demás en base a la igualdad, y por medio de un proceso por ley, que garantiza la imparcialidad y combate privilegios o la posibilidad de dar ventaja a unos sobre otros en base de género, apellido, ingreso o cualquier otro criterio. Así, la justicia es la institución directamente asociada con estos derechos civiles.

Los derechos políticos tratan del derecho de participar en la ejecución del poder político en el entorno local y nacional del ciudadano, como electo en algún cuerpo de autoridad política, es decir como electores de los miembros de tales cuerpos. Es, en otras palabras, el derecho de participación y en este sentido el fundamento de la idea democrática. Aquí otra vez se trata de un derecho igual ante todos los demás ciudadanos. Las instituciones correspondientes son los parlamentos y consejos municipales, pero la base es el derecho a la voz y al voto, a la democracia como forma de gobernanza de la comunidad o sociedad.

Los derechos sociales tiene que ver con el derecho a una vida digna económicamente. Es, dice Marshall, el derecho a la herencia y disfrute de una parte proporcional de la riqueza del país, a una vida digna según, obviamente, el nivel de desarrollo económico de un país. Como mínimo, sin embargo, articula el derecho a una vida con las necesidades básicas cubiertas. Este derecho, enfatiza, es crucial para que los ciudadanos estén en condiciones de disfrutar y ejercer los derechos cívicos y políticos, en otras palabras, de efectivamente poder participar en la sociedad. Las instituciones correspondientes son la educación, servicios de salud y la previsión social. Reitero que

estos derechos, así también destaca Marshall, posibilitan el ejercicio y disfrute de derechos civiles y políticos: un hambriento o mal nutrido, un ciudadano sin techo o analfabeto, carece de la mínimas condiciones para vivir libertades o participar en lo político.

Así, dice Marshall, se puede distinguir tres generaciones de derechos que nacieron respectivamente en los siglos XVIII, XIX y XX, esto basado en una reconstrucción de la historia británica para llegar a tal aseveración. Este elemento, más varios otros, llevaron a una serie de críticas hacia su modelo. De estas críticas nació la sugerencia para distinguir una cuarta dimensión de derechos.

La cuarta dimensión de derechos, la de los derechos colectivos, fue sugerida porque, en primer lugar, el modelo de Marshall no contempló sociedades menos individualistas en su composición sociocultural. Por ello, reconoció solamente al individuo como portador de derechos. Es un descuido hacia la diversidad de constelaciones societales, dicen varios críticos. En segundo lugar, porque muchos teóricos con interés en estudios subalternas concluyeron que incluso la plena implementación de su modelo sería incapaz de contrarrestar discriminación étnica, cultural, religiosa o por orientación sexual; para tales discriminaciones (descuidadas e incluso, en gran medida, invisibles dentro del modelo marshaliano), se arguyó, fue indispensable la figura de derechos colectivos. Finalmente surgió la idea de derechos colectivos porque algunos críticos sugirieron que la igualdad celebrada tan doctrinariamente por el modelo “liberal” (que es la base de las tres primeras generaciones de derechos, orientándose en la idea del estado de derecho) fue una mentira en el sentido de que favoreció a un tipo específico de ciudadano. Este ciudadano fue el tipo occidental: masculino, heterosexual, letrado, propietario, profesional, protestante, etcétera. Casi ocultos, entonces, estaban los privilegios de las mujeres, las minorías étnicas o de orientación sexual, y otros. Los derechos colectivos son derechos que protegen el grupo: su identidad, cultura, formas de auto-regularse, idioma, y demás características grupales (Squires, 2003).

El Estado tiene, según los defensores de esta idea, la obligación de proteger dichos grupos, asegurar su acceso a todos los derechos y servicios y, de acuerdo a algunos teóricos, en los casos en que corresponde, respetar su cultura y facilitar su auto- regulación 2 .

Los tres campos a democratizarse Si vemos el programa del MAS, podemos distinguir tres campos de demandas, y de componentes de su discurso (Mayorga, 2007: 149; Mayorga, 2011; Prats, 2009; Ayo, 2007; Iraegui, 2012), que encarnan diferentes aspectos de esta ambición de re-construir una nueva y mejor democracia (Peeler, 2004: 15-18; Held, 2006).

El primer campo es el económico. Aquí se desarrolló un discurso que rechazó el neoliberalismo, el libre mercado, las privatizaciones, y el escaso crecimiento (con poco nuevo empleo) de la economía tal como sucedió por las administraciones anteriores. Además se criticó la “subasta” de los recursos nacionales a precios bajos, y la ausencia de “soberanía” nacional en torno a la explotación de estos recursos. Finalmente, se demandó más inversión en infraestructura, industrialización y diversificación económica, aumento del poder adquisitivo interno, y en servicios como salud, electricidad, educación, agua y alcantarilladlo y otros, sobre todo en zonas rurales. Fue entonces un discurso que pedía modernización, industrialización, redistribución y

presencia del Estado en el campo económico. En resumidas cuentas: una democratización en la dimensión de los derechos sociales, para combatir la desigualdad y las escasas perspectivas socio-económicas de los sectores de menos recursos. Con mucha razón: niveles de pobreza y desigualdad (o sea el índice GINI) inhibieron una real igualdad de oportunidades en Bolivia, y en efecto minaban casi totalmente la idea de igualdad ante la ley y ante los demás ciudadanos (Iraegui, 2012: 161; Ayo, 2007: 211 ff, 229 ff; Prats, 2009: 28-41; Mayorga, 2011: 63-69).

No es de sorprenderse que este tipo de derechos, y una innovación democrática en este campo, fueron apoyados y priorizados por los sectores de menos recursos o menos oportunidades de Bolivia. Ellos iban a ganar con una democracia que no se limitaría a una igualdad y respeto por la ley formal, sino una democracia más social, más dirigida hacia la igualdad socioeconómica, a través de un Estado fuerte en el campo económico, en el terreno de poder de decisión, soberanía sobre recursos (que son riquezas!) naturales, y en la realización de los derechos sociales: educación, salud, techo, acceso a servicios. Entre los pobres de Bolivia, no olvidemos, estaban y están sobre- representados los pueblos indígenas. Pero en el caso de esta dimensión, de rediseño de la democracia, predominaba su identidad de sub-privilegiados económicos sobre la indígena. También apoyaban este tipo de democratización los sectores profesionales urbanos. Pero para ellos, como veremos más adelante, fue un aspecto del programa apoyado por ética, y menos por beneficio propio; y además, no era su única expectativa en torno a la nueva democracia por construirse.

El segundo campo era el referido a las relaciones étnicas (Ramírez, 2009). Aquí, obviamente, están en juego los derechos colectivos, la cuarta dimensión de derechos. La queja principal de una serie de movimientos sociales aliados del MAS, especialmente los de carácter étnico, era la persistente exclusión de pueblos indígenas de posiciones de poder o influencia en lo político, en ministerios y en general en asuntos de su interés. Exigían una revalorización de sus tradiciones y culturas, y su presencia e influencia en el diseño y las formas de gestión del nuevo Estado, el Estado Plurinacional. Ya no estaban conformes con un reconocimiento legal, con el reconocimiento de territorios indígenas o de la pluriculturalidad (reforma constitucional de 1994). Querían un rol más pleno en el “edificio” estatal y el futuro boliviano.

Estos movimientos étnicos desarrollaron un discurso cada vez más asertivo sobre derechos étnicos y colectivos, sobre autonomías, sobre justicia y democracia comunitaria, y sobre un rol para sus cosmologías, normas y procedimientos en el diseño de la institucionalidad estatal, de los canales de participación política y en el campo público (Mayorga, 2011: 108-110; Tapia, 2011: 31-43; Prats, 2009: 77-98; Iraegui, 2012: 224-231; Crabtree y Chaplin, 2013: 40-41).

Los sectores más expectantes de este tipo de renovación democrática fueron los pueblos indígenas o por lo menos aquellos ideológicamente afines a discursos sobre la revitalización de sus culturas, el reconocimiento de sus normas y procedimientos, su autodeterminación, sus autonomías y la justicia comunitaria. Allí pertenece el vocabulario de la democracia comunitaria, la inter con intraculturalidad, la autonomía indígena, el vivir bien y, obviamente, la consulta previa. Los pobres no-indígenas, como los colonizadores (ahora interculturales), los sin tierra, algunos sectores de los cooperativistas mineros, los informales, los asalariados fabriles y urbanos y los maestros, verbalmente apoyaron estas demandas, pero sus prioridades eran otras:

estaban más en torno a derechos sociales que en torno a derechos colectivos culturales. Lo mismo va para grandes partes de los profesionales progresistas urbanos.

El tercer campo de expectativas sobre la nueva democracia cubrió las dimensiones de los derechos civiles y políticos. Son los derechos que ya estaban garantizados por décadas en las constituciones políticas del Estado, pero que en la práctica muchas veces fueron violados. Elitismo, mecanismos de exclusión, falta de ética pública y, claro y llano, discriminación étnica impidieron que estos derechos se cumplieran. Se esperaba entonces que con un gobierno como el del MAS, por fin, se respete de verdad la igualdad del ciudadano, su acceso a los estándares del estado de derecho, su libertad de opinión y de expresión, su liberación de la interferencia religiosa en asuntos del Estado y de legislación sobre temas existenciales como el aborto, la no-discriminación a los gay, la igualdad frente a y el respeto a la ley también de parte de autoridades y élites, la institucionalización de entes estatales y de servicio público, y un sistema judicial honesto, limpio y eficiente. También se esperaba que los derechos políticos por fin se realicen: que habría oportunidades parejas para entrar en cuerpos representativos, que partidos dejarían su cabildeo y se transformarían en internamente democráticos, que no monopolizarían más la política con las viejas camarillas de siempre, considerando estas camarillas al Estado su patrimonio y botín. Estaban las esperanzas para que el sistema judicial sea menos corrupto, menos arbitrario, y más respetuoso hacia los derechos de los acusados y (de repente falsamente) acusados. Finalmente, estaban las esperanzas de que las instituciones estatales se consolidarían, se profesionalizarían, que desaparecería el nepotismo y prebendalismo y la corrupción, que se respetaría trayectorias profesionales y que no se despediría a cuerpos completos de funcionarios públicos después de cambios de autoridades.

Los puntales de este tipo de innovación democrática fueron en primer lugar estos sectores profesionales urbanos. Y el MAS también logró ganar su apoyo, tanto en 2005 como en 2009. Algunos dicen gracias a Álvaro García Linera, otros dicen gracias a la total putrefacción que, en ese entonces, caracterizó a la camarilla de Acción Democrática Nacionalista (ADN), Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), Nueva Fuerza Republicana (NFR) y otros. Parece plausible, sin embargo, que este tipo de innovaciones democráticas no fueron las prioridades de los pobres, los indígenas, ni la mayoría de los movimientos sociales que apoyaron al MAS.

Cambios en la democracia en Bolivia y su apreciación dispersa Después de 2006, ¿qué hizo el MAS para renovar la democracia y con qué reacciones entre los distintos sectores de la población?

Dentro del campo de la “democratización económica”, con un vínculo directo a los derechos sociales, sin lugar a dudas, hay importantes resultados. Está la nacionalización de los recursos naturales (o por lo menos el aumento del rol del Estado en su explotación). En combinación con buenos precios internacionales de los minerales e hidrocarburos, resultó un crecimiento sustancial del ingreso estatal. A su vez, esto posibilitó una redistribución de la riqueza nacional a través de bonos (condicionados, algunos, por visitas a postas de salud durante el embarazo y la asistencia escolar), de inversión en educación, salud e infraestructura, en aumento de salarios, y en la creación de nuevos empleos directa e indirectamente activados por el impulso que el Estado dio a la economía. Según datos del PNUD de 2010, resultó en la disminución de la extrema

pobreza de 42 a 33%, y en similares logros en términos de disminución de la mortalidad infantil y de madres en el lecho de parto, de abandono escolar; en crecimiento del porcentaje de la población con acceso a electricidad y agua potable, y mucho más (Iraegui, 2012: 161-162; PNUD, 2010; Klein, 2010: 53-55).

Los sectores satisfechos con estas medidas democratizadoras son los sectores de menos recursos. Los campesinos que reciben luz y agua potable, y buenos precios para su papa

y quinua, los ancianos que reciben su bono dignidad, las madres que obtienen su bono

Juana Azurduy, muchos empleados públicos (aún cuando demandan más) por sus aumentos salariales, los que trabajan en la edificación y la construcción de nuevas carreteras porque hay empleo, los cooperativistas porque obtienen privilegios a cambio de su apoyo político, los fabriles por un aguinaldo extra, todos aquellos y muchos más apoyan la gestión del gobierno. Para ellos, el campo de la democratización étnica y la expansión de derechos civiles y políticos es de importancia secundaria; la democracia,

antes que nada, tiene que entregar lo más importante: pan, protección, ingreso (Baviskar

y Malone, 2004). Ellos, por lo general, aprecian la democratización que se realizó en este campo.

Dentro del campo de la democratización étnica, o la democracia plural, o los derechos colectivos, el panorama es un poco más complicado. En la nueva CPE, se encuentran grandes avances (Assies, 2010: 115; Zegada et al., 2011). Pero también existen muchas preguntas y críticas. Según portavoces indígenas, no hay un verdadero compromiso gubernamental con esta idea de dar el espacio legítimo a la voz y al aporte de los pueblos indígenas. Muchas cosas, dicen ellos, comprueban que solamente cuando conviene al gobierno, cuando no interfiere con decisiones estratégicas nacionales, se escucha la voz de los “verdaderos originarios” y pueblos indígenas. Allí están, por ejemplo, las leyes y los procedimientos alrededor de autonomías indígenas, o de “deslinde” en torno a la relación entre justicia ordinaria y justicia comunitaria. También están las decisiones en torno a la explotación de recursos naturales en territorios indígenas (Crabtree y Chaplin, 2013: 42), y las decisiones en el terreno de tensiones o dilemas entre “modernización” y vivir bien. Los que no protestan contra estas políticas son los sectores indígenas no tan “indigenistas”, porque priorizan temas socioeconómicos. Allí entran muchos campesinos orientados al mercado, en el altiplano, los valles o tierras bajas, también están los “interculturales”, cocaleros, cooperativistas; todos ellos tienden a evaluar positivamente la gestión actual, mientras que voces y movimientos más “indigenistas” suelen ser más críticos, y rechazan la democracia que, según ellos, no es lo suficiente pro-indígena o no es de verdad “plural”. Luis Tapia lo formula así: “… el MAS de ninguna manera representa, encarna, defiende

o desarrolla propuestas de un modo comunitario de relación con la naturaleza y de transformación de la estructura económica boliviana” (Tapia, 2011: 128).

Organizaciones como CONAMAQ y CIDOB tomaron distancia del gobierno (Zegada, et al., 2011: 149) o entraron en crisis, y portavoces que defendían un rol mayor de la voz indígena en el gobierno expresaron su desilusión. Iraegui (2012: 231) habla sobre, en la Bolivia actual, una “realidad de un poder central que sólo reconoce el autogobierno indígena (y su democracia) en la medida que coincide en la longitud de onda trazada por sus propios intereses políticos”. Y Zegada et al., (2011: 151) observan que “si bien se introducen diversos criterios de participación indígena y originaria en la administración y gestión pública (….), todavía se trata de una débil articulación, más bien de inclusión en los marcos de la trama institucional estatal liberal-

republicana”.También sectores de profesionales e intelectuales criticaron las equívocas políticas hacia la creación de una democracia de verdad plural, que, a su juicio, con hipocresía, se combina con mucho discurso sobre la prestigiosa tradición indígena, pero sin concretizar la misma. En cambio, para algunos campesinos, interculturales, cooperativistas y otros, la falta de más democratización en este campo en realidad no interesa mucho.

El campo más controversial es el del manejo de las libertades civiles y derechos políticos. Aquí se escuchan muchas voces que acusan al gobierno de restringir o incluso dañar la democracia. Ireagui (2012) habla de una democracia autoritaria. Incidentes aquí hay varios; por ejemplo, la ley 045 contra el racismo y la discriminación, que en su presente formulación se presta para un uso oportunista y politizado, contra quienes dicen o escriben cosas que no gustan al poder ejecutivo. El mismo debate se dio alrededor de la legislación sobre medios de comunicación y la prensa. Mucha controversia, además, existe en Bolivia sobre la politización del sistema de justicia, resultando en acoso a opositores y disidentes –casi nadie en Bolivia cree que es casualidad que se han visto obligados a renunciar 4 gobernadores y decenas de alcaldes que no fueron del MAS (Iraegui, 2012: 212-216)– y muy pocos del oficialismo. Muchos, además, han criticado la actitud del gobierno de descalificar y difamar voces críticas a sus políticas, antes de entrar en debates abiertos. Fueron criticadas algunas declaraciones de portavoces del MAS que exigían que todo funcionario público tendría que ser militante del MAS –arriesgando a que 125.000 personas perdieran su trabajo si un próximo gobierno aplicaría el mismo criterio después de una eventual derrota electoral. El mismo tratamiento recibió la opinión del presidente Morales respecto a que los “Derechos Humanos son buena cosa pero no pueden interferir en el entrenamiento e instrucción de conscriptos”.

Los resultados en torno a la lucha contra la corrupción, la institucionalización de instancias estatales, la separación de poderes estatales, desilusionaron a muchos de aquellos que esperaban que el mal manejo de las instituciones, las maquinaciones políticas, el servicio público ineficiente y siempre por soborno, y el capricho del Estado en cuanto a los derechos civiles, iban a repararse con “el proceso de cambio”. A pesar de las garantías en la nueva CPE, muchos opinan que la democracia liberal, y los derechos civiles y políticos, en los hechos están quedando menoscabados.

Los que critican la falta de democratización en este campo son, en primer lugar, los profesionales urbanos progresistas, los intelectuales, periodistas, artistas y otros. El autoritarismo les molesta. Esto molesta mucho menos a los beneficiarios de las nuevas políticas socioeconómicas. Sobre “autoritarismo” no se escucha muchas quejas de cocaleros, cooperativistas, interculturales, transportistas, maestros o la COB. La ampliación y profundización de la democracia liberal, enfatizando derechos civiles y políticos universales, no es su primera preocupación.

No he discutido el tema de la complementación de la democracia representativa con la democracia participativa que también fue una ambición y demanda de muchos partidarios del MAS. En parte, es un componente de la democratización étnica, en parte es más amplio, ya que muchos de los movimientos sociales que apoyaban al MAS contaban con un acceso privilegiado a la toma de decisiones políticas. Por razones de espacio, no discutí el tema aquí en más profundidad pero permítame anotar que la opinión sobre los éxitos en esta dimensión de democratización difiere mucho, y depende

básicamente de si los movimientos sociales tenían o no suerte en la selección del Estado sobre quienes podrían participar y quiénes no, y esto dependía de cuán cerca estaban de la línea oficial.

Discusión Una ampliación, profundización o “culturalización” de la democracia resulta ser no un solo proceso, sino varios procesos a la vez. Entran distintas “capas” de democracia y democratización. Las propuestas y promesas del MAS para hacer más real, más participativa, más “plural” la democracia boliviana contemplaron varios aspectos o campos, y fueron selectivamente trabajados, realizados y apreciados por distintos sectores de la población. Por eso, también los resultados de más de siete años de gobierno del MAS provocaron diferentes reacciones entre la población boliviana. No busqué realizar una evaluación sobre qué buena, o que exitsa o si ha fracasado la política democratizadora del MAS. Más bien me interesaba explorar qué tipo o dimensión de medidas y reformas en torno a la democratización provocaron qué tipo de aprecio, rechazo o indiferencia entre distintos sectores del electorado del MAS.

En términos muy generales, podemos distinguir (Baviskar y Malone, 2004) entre ciudadanos que dan más importancia al proceso democrático, a una institucionalidad consolidada y “weberiana”, a la transparencia, nitidez de procesos, a una prensa libre y

a libertades individuales, y otros ciudadanos que valoran más los resultados, sobre todo

en términos socio-económicos: empleo, precios estables, salarios dignos, y apoyo social

y económico de parte del Estado. En el caso de Bolivia, tal vez hay que añadir un tercer

grupo: los que valoran en qué medida el edificio democrático refleja y honra sus culturas, normas y procedimientos, y sus autonomías para practicar sus identidades colectivas. Tal vez los últimos dos grupos se identificarían con lo dicho por un boliviano en un debate sobre los 25 años de democracia en Bolivia: “Ahora queremos una democracia para nosotros” (en Tapia et al., 2007: 127). El primer grupo probablemente replicaría que la democracia tiene que ser para y por todos y todas los y

las boliviano/as, y ellos evaluarían la gestión más por su manera de gobernar democrática y abiertamente, con garantías para las libertades individuales, que por sus éxitos económicos o su respecto y reconocimiento para uno u otro grupo o sector étnico

o cultural.

No existe, obviamente, una democracia para un grupo o sector de la población específico; esto no sería democracia, sino favoritismo. Democracia es para todos, o no lo es. Pero expresa a muchos bolivianos que se sintieron excluidos de la democracia pre 2006. Algunos porque esta democracia no trajo soluciones a sus problemas de pobreza y de falta de oportunidades, otros porque sus voces, culturas e identidades quedaron excluidas del sistema, y otros porque las instituciones eran débiles, la corrupción pululaba y dominaba el regateo político. Las esperanzas en torno a la renovación democrática entonces también fueron diferentes, y los resultados del gobierno del MAS apreciados de manera dispareja.

En nuestras reflexiones sobre el concepto y las prácticas de la democracia, muchas veces olvidamos que la democracia no es solamente un sistema, un “edificio estatal”, unos canales y procedimientos institucionalizados, o un estandarte para evaluar y medir la gestión de directivas de organizaciones o de gobiernos locales, regionales o nacionales. Muchas propuestas alrededor de las democracias que pueden ser plenas, truncadas, representativas, participativas, deliberativas, “del pueblo”, de justicia social,

de garantías para libertades, de separación de poderes, de procedimientos y elecciones limpias, de igualdad de derechos y oportunidades (ver Held, 2006), y demás predicados, por lo general pasan por alto que la democracia también es vivida, valorada y practicada según condiciones, percepciones, prioridades, frustraciones y sistemas de valores de la población. Y estas condiciones, percepciones, etcétera, no son homogéneas.

Medidas y reformas que enriquecen, profundicen, priorizan, condicionan o facilitan ciertos aspectos o dimensiones de sistemas democráticos específicos pueden entonces contar con adhesión entre unos sectores de la población, con una negativa en otros sectores, o con indiferencia en los demás. Y no necesariamente es porque tienen ideologías o intereses políticos opuestos, sino porque manejan imágenes distintas sobre las cosas que una democracia debería realizar o tener como prioridad. No hay medida “objetiva” para determinar si una democracia en un país, durante un cierto período, sufre de contracción y empobrecimiento o goza de ampliación y enriquecimiento. En la percepción del ciudadano pueden ocurrir las dos cosas a la vez, depende de con qué ciudadano hablas. En nuestro “veredicto” sobre cómo va la democracia boliviana, deberíamos entonces no solamente ver “los hechos secos”, sino también la percepción de estos “hechos” por distintos sectores de los ciudadanos bolivianos. Democracia no es solamente el sistema, sino también su vivencia y su ambigüedad societal. Y tal vez llegaríamos entonces a la conclusión que la democracia total, ideal, completa y concluida no existe.

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1 Ton Salman (PhD) estudió filosofía y antropologia, y es profesor asociado en el

Departamento de Antropología Social y Cultural de la Universidad Libre de Amsterdam; a.j.salman@vu.nl.

2 Entre paréntesis: hubo y hay mucho debate sobre si este tipo de derecho, sobre todo en

casos en que lleva a un cierto grado de autonomía, no debilitaría los tres primeros tipos de derechos, por dar autoridad al grupo sobre comportamientos de sus miembros. Arreglos, o normas y procedimientos de grupos o comunidades pueden, según los críticos, resultar en restricciones de libertades individuales de los miembros del grupo, o en desigualdad institucionalizada. Aquí, sin embargo, no entraré en este tema.