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EL ROSTRO DE PIEDRA
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Eduardo Antonio Parra


1:duardo Antonio Parra (León, Gto.,
196.'5).Narrador y periodista, su obra ha
merecido, entre otros reconocimientos,
el Premio de Cuento Juan Rulfo convo-
t udo en París por Radio Francia Interna-
' ional en el año 2000. Ha sido becario de
J,1 John Simon Guggenheim Foundation
) del Sistema Nacional de Creadores
dl' Arte de México.Esautor de los libros de
rcl atos Los limites de la noche (1996), Tierra
de nadie ( 1999), Nadie los vio salir (2001) y
l'c1níholus del silencio (2006), y de la novela
No1te1l«fta de la sombra (2002). Su libro Tierra
cfr tuul¡« ha sido traducido al inglés, fran-
l l'S y portugués, y otros de sus cuentos

h.111 aparecido en diferentes lenguas.

Grijalbo

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Juárez, el rostro de piedra

Primera edición: noviembre, 2008


ParaMaría Elena Caballeroy Antonio Parra,mis padres,
quienes respectivamenteme contagiaronsu pasión
D. R. © 2008, Eduardo Antonio Parra
por la literaturay su amorpor la historia
D. R. © 2008, derechos de edición mundiales en lengua castellana:
Random House Mondadori, S. A. de C. V. para Claudia, compañeraen esta travesíahada elpasado
Av. Homero núm. 544, col. Chapultepec Morales,
Delegación Miguel Hidalgo, 11570, México, D. F.
y para Fedro Carlos Guíllén, cuyagenerosa hospitalidad
www.randomhousemondadori.com.mx
hizo posible la escriturade este relato
Comentarios sobre la edición y contenido de este libro a:
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se 11tilizan bqjo licencia de:
TV AZTECA S. A. DE C. V. MÉXICO 2008.

ISBN (rústica) 978-607-429-127-8


ISBN (tapa dura) 978-607-429-136-0

Impreso en Méxíco / Printed in Mexico


ÍNDICE

1. PASEOS NOCTURNOS

(Palacio Nacional, 1871) . 11


2. LA ÚLTIMA PRISIÓN

(Palacio Nacional, 1857-1858) . 23


3. EN DEFENSA DEL PODER

(Palacio Nacional, 1871) . 47


4. ENTRE BORRASCAS

(Veracruz, 1858) . 63
5. LA PRIMERA DAMA

(Palacio Nacional, 1871) . 87


6. LA REFORMA DEL PAÍS

(Veracruz, 1859) 111


7. LA TENTACIÓNDE LA DICTADURA

(Palacio Nacional, 1871) 137


8. JUGADAS EN EL TABLERO

(Veracruz, 1860) 149


9. LAS TINAJAS DE SAN JUAN DE ÜLÚA

(Veracruz, 1853) 169


10. NOCHE DE ÓPERA

(Veracruz, 1860) 201


11. EL FAVORDEL PUEBLO

(Palacio Nacional, 1871) 227


12. EL AÑO NEGRO

(Palacio Nacional, 1861) 247


13. Lo LLAMABAN HUITZILOPOCHTLI

(Palacio Nacional, 1871) 273

9
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,,. l'hmuo
(( 'l11th1tltlri México, 1863) ; 289
I '\ l.A ~OMllNI\ flHI. lltlllN PORFIRIO

( P11l11cioNacional, 1872) 315


lfl. Hr. ('AMINO DEL DESIERTO
(Paso del Norte, 1865) 329
17. LA VÍSPERA

(Palacio Nacional, 1872) 377 PASEOS NOCTURNOS


18. EL AJUSTE DE CUENTAS
(Palacio Nacional, 1871)
(San Luis Potosí, 1867) 395
19. LA ÚLTIMA MARCHA
Un vibrar intenso, incisivo: el batir de las alas de una mosca que
(Palacio Nacional, 1872) 425 se estrella y se vuelve a estrellar contra el vidrio de un espejo al
confundirlo con una ruta de huida. O el galope de cientos de ca-
ballos durante el fragor de una batalla. O el murmullo de la muche-
dumbre abarrotando las calles y plazas de la ciudad, de todas las
ciudades de la nación: gargantas que gritan y exigen, que ofrecen
apoyo incondicional, dan aliento, aclaman, que hablan suavecito
para convencer, que se pronuncian contra el supremo gobierno
con un plan revolucionario o apoyan sus iniciativas con las armas
en la mano, que declaran la guerra en otras lenguas para mutilar
el territorio nacional, que corean vivas o mueras según las con-
veniencias del momento: un zumbido sordo. Y estampas descosi-
das, sin orden ni secuencia: cuadros teñidos de sangre, rostros
severos en torno a la mesa donde se deciden los destinos de la
patria, titulares de prensa, muecas de angustia e incertidumbre,
pero también expresiones de alegría, de esperanza, de odio y de
amor. Sí. Imágenes. donde es posible contemplar en la mirada
de los otros las máscaras que uno ha encarnado, los hombres que
ha sido. Eso es la memoria, piensaJuárez. Eso y nada más. Lo raro
es que vino a descubrirlo y ahora, después de la muerte de su es-
posa, cuando un insomnio tenaz lo arroja de la cama noche tras
noche a deambular por los pasillos del palacio como si esperara
encontrar entre las sombras, o en ese terco zumbido que lo acom-
paña, la solución a las tribulaciones de un país cuya característica
más visible es que no tiene solución.

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Mientras recorre la oscuridad iluminada tan sólo de trecho en el gobierno para poder resistir en su puesto, esta vez en la batalla
trecho por alguna lámpara que olvidaron retirar los hombres a las de las urnas electorales, sin el apoyo de Margarita, su compañe-
órdenes del gobernador del palacio, se pregunta si sus antecesores ra de toda la vida.
pasaron por lo mismo las noches en que todo parecía desmoro- No quiere pensar en ello. Observa las sombras del palacio y
narse entre sus manos. ¿Habrá sentido esta agitación del aire al- ocupa la mente por unos instantes en el balance de finanzas ren-
rededor de la cabeza el mulato Guerrero cuando sus adversarios dido por Matías Romero, su ministro de Hacienda, y en las cartas
querían regresado a las sierras del sur?, y don Valentín Gómez Pa- que deberá dictar a su yerno Pedro Santacilia con objeto de alle-
rías ¿concibió al caminar por estos salones su visión de un México garse el respaldo de algunos gobernadores y comandantes milita-
mejor, libre, democrático, acorde con la época? Los rostros de res. Analiza los comentarios desconfiados de su compadre Ignacio
los antiguos inquilinos del edificio desfilan ante su mirada, sere- Mejía, ministro de Guerra, con respecto a la nada sigilosa cons-
nos unos; crispados, temerosos otros, y Juárez los vislumbra sobre piración de los partidarios de Porfirio Díaz, en otros tiempos el
un fondo de oscuridad, estudia sus gestos y ademanes, trata de buen Porfirio, quienes preparan un alzamiento en caso de que su
penetrar sus pensamientos íntimos y descubrir en ellos al hom- candidato pierda las elecciones. ¿Será ése mi sino?, se pregunta en
bre desnudo, sin dobleces, que nunca mostraron a los otros pero el umbral de una habitación amplia donde se distinguen muy po-
que contenía sus rencores y miedos verdaderos, sus mezquindades cos muebles entre las sombras. ¿Que todos mis partidarios cerca-
y grandezas secretas: sus verdades hondas. Los imagina, los piensa, nos terminen transformándose en enemigos al final de la jornada
desmenuza los detalles conocidos de sus existencias en un intento y alcen sus armas contra mí? Da un paso dentro de la habitación,
por confundirse con ellos, suplantándolos en la mente, hasta que pero en cuanto advierte que se trata de la antesala de uno de
recuerda que las sombras y los rincones del edificio deben albergar los ministerios vuelve a salir y retoma la caminata por el amplio
también los ecos del repiqueteo de la pierna falsa de Santa Anna. corredor que rodea el hueco del patio central. Hasta hace poco
Hace un alto en mitad del pasillo con el fin de alejar esa idea. incluso Lerdo e Iglesias me eran leales por completo. Ambos son
No, a ése no hay nada que aprenderle. Si acaso a no cometer los mi hechura: funcionarios civiles alejados del mando militar. Pero
mismos errores, Pablo. también a Lerdo le ganó la ambición por el poder, e Iglesias se
Cesa el ruido de sus pasos. La calma preñada de susurros se fue tras él. Por lo menos ellos no cuentan con cañones que apun-
apodera del aire: un grillo canta a lo lejos, quizás en el primer tar contra mi gobierno.
piso; en una oficina cercana se escuchan rasguños de roedor, el Recorrer los andadores del palacio vacío, entrar en las estan-
viento raspando los tejados, el ulular de un tecolote, un centinela cias habitadas por rumores de otras épocas, asomarse a los recin-
que ronca durante su guardia. El presidente entrelaza las manos tos principales y extraer de ellos resonancias de los debates entre
a su espalda y reanuda la marcha con lentitud, casi con cautela. mandatarios, ministros, generales y legisladores que dieron pie a
Repasa en silencio, moviendo apenas los gruesos labios como si bandos o leyes, subir y bajar las escaleras, respirar el aire fresco de
musitara una plegaria, las últimas discusiones sostenidas con sus los jardines e intuir en las salas de espera los problemas urgentes
ministros ahora que han renunciado al gabinete para convertirse del pueblo le otorga seguridad, le da la fuerza necesaria para con-
en sus opositores Sebastián Lerdo de Tejada y José María Iglesias, tinuar su mandato. Es como si la nación se situara detrás de él con
sus hombres de mayor confianza durante los últimos años. Ambos el puño en alto amenazando a sus contrarios igual que ocurrió
lo abandonaron para sumarse a las filas de quienes quieren arre- durante la guerra contra los franceses, como si el pasado cobrara
batarle el mando de la nación, obligándolo a organizar de nuevo consistencia para respaldarlo en sus decisiones y se mezclara con

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el presente y el futuro para situarlo a él, a Benito Pablo Juárez d patio central del palacio se halla hundido en un inmenso char-
García, en una especie de tiempo sin tiempo, en la eternidad que ro de tinta negra, mas entre la cerrada oscuridad Juárez cree
necesita para construir el país que hay en su ·cabeza. Pero reco- distinguir las facciones de un rostro al mismo tiempo amado y
nócelo, Pablo, el peso de este país y este pasado amenaza con temido: el bigote denso, los ojos de brillante azabache, la boca
vencerte. Es entonces cuando hay que pensar en otras cosas. Las sonriente con un dejo de crueldad. Porfirio, se dice. ¿Por qué lo
que sean. miro en todas partes?, ¿por qué no puedo dejar de pensar en él?
Delimitado por un solo muro, con el vacío en el extremo Sacude la cabeza para alejar la visión, pero cuando de nuevo sólo
contrario, el corredor amortigua el eco de su caminar y por un ve vacío en la oscuridad la idea permanece adherida a su mente.
instante el presidente se recuerda niño, descalzo, recorriendo las Porfirio también era mi hechura. Se le llenaba la boca para asegu-
veredas de la Sierra de Ixtlán en compañía de su perro y rodeado rar que mi pensamiento dirigía sus acciones. Usté dígame qué es
por un rebaño de borregos. La imagen de sí mismo hace más de lo que hay que hacer, don Benito, y yo lo hago. Ya sabe, siempre
cincuenta años le provoca un sentimiento difícil de definir: algo cuente conmigo para lo que disponga. Acataba mis órdenes sin
entre la tristeza y la ternura; cercano a la nostalgia, pero distinto. discutirlas, incluso durante la última guerra, cuando hombres de
Camilo, su fiel criado desde hace tiempo, le ha dicho que sus sim- todas sus confianzas intentaban volteado en mi contra. Pero la
patizantes cuentan varias historias sobre su infancia y que al pasar tentación del poder es terrible. Si lo sabré yo. No, el buen Por-
de boca en boca en voz del pueblo esas historias han comenzado a firio esta vez no se resignará a la derrota electoral como hace
transformarse en leyendas. Como la vez que estuvo usted a un tris cuatro años. Sus partidarios han crecido en número desde el 67,
de ahogarse en la Laguna Encantada, patrón. O como la de que su se siente fuerte y va a alzarse contra el gobierno legítimo. Por eso
huida del pueblo fue para librarse de la tunda que le iba a dar su tío andan tratando de alborotar a la gente desde ya el tal Ireneo Paz,
Bernardino por haberle perdido un borrego. Mientras prosigue su Justo Benítez y Manuel Zamacona con sus dichosos periódicos
paseo nocturno, Juárez se dice que casi no recuerda los rasgos de que nadie lee. ¿Por qué en este país no habrá buenos perdedores?
su tío Bernardino y que a estas alturas, más de medio siglo des- Cómo han cambiado las cosas. Antes teníamos que cuidarnos de
pués, ya no se reconoce en aquel niño pastor. Sólo queda presente los mochos, de los moderados y de los extranjeros; ahora incluso
en su memoria el anhelo irresistible que lo llevó a abandonar su de los nuestros, de los que juraron lealtad absoluta, de los mismos
caserío en la sierra para descender barrancas y quebradas de San liberales puros. Porfirio finge estar muy quietecito, según él la-
Pablo Guelatao a la ciudad de Oaxaca, en una marcha que se brando la tierra en su hacienda cañera de La Noria, como si en el
extendió mucho más allá de las catorce leguas iniciales y que, gobierno no supiéramos que ha construido entre los cañaverales
ahora lo comprende, aún no ha concluido. Dios, ¿cuánto me falta una maestranza donde fabrica municiones y armas por si le vuelvo
por recorrer, por aguantar? Su corazón se acelera y un repentino a ganar la presidencia. Es menester tenerlo bien vigilado.
cansancio le debilita las corvas. La vista se le nubla. Busca a tientas Palpa el bolsillo interior de su levita y saca uno de los ha-
la balaustrada de granito que separa el corredor del vacío y apoya banos que Pedro Santacilia mandó traer de Cuba. Lo presiona con
en ella los codos. Dios, llevo más de cinco décadas resistiendo sin las yemas de los dedos para probar su consistencia y en su mente
parar. Si lo hubiera sabido aquel día... destella el recuerdo de cuando en el año 54 en Nueva Orleáns
Una brisa fresca viene del cielo y le acaricia la cara provocán- se ganaba la vida como torcedor de puros que después vendía
dole una leve sensación de alivio. Levanta la vista adonde entre en los tugurios del puerto. Un acceso de nostalgia le entreabre
jirones de nubes titilan unas cuantas estrellas. No hay luna. Abajo, una sonrisa interna al escuchar el crujido de las hojas de tabaco.

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Coloca el puro bajo su ancha nariz y se pregunta si lo que extraña guerra contra los conservadores. De su pecho escapa un breve
de ese tiempo es la juventud, o estar exento de las responsabi- suspiro. Se pone el habano en la boca y lo sostiene con los dientes
lidades que comenzaron a agobiarlo desde que regresó de aquel mientras hurga en los bolsillos en busca de un fósforo. Encuentra
destierro, cuando se integró a las fuerzas del general Juan Álvarez uno y las palabras del doctor Ignacio Alvarado resuenan en su
en la Revolución de Ayuda para acabar con la dictadura de San- cabeza: No debería usted fumar, señor presidente. No olvide que
ta Anna, mas no da con una respuesta certera. ¿No extrañas ese los últimos ataques estuvieron a punto de dejarlo paralítico, o de
vivir al garete, Pablo, sin otra obligación que confeccionar unas matarlo. No juegue con su vida. México lo necesita vivo y sano.
cuantas decenas de cigarros al día y luego asistir por la noche a Permanece indeciso un par de segundos, con el cigarro entre los
casa de Melchor Ocampo donde se reunía la junta revolucionaria dientes, apretando el fósforo con los dedos. Es cierto, al sobrevivir
de Nueva Orleáns a conspirar contra Santa Anna mientras bebían, a los ataques del año anterior se propuso dejar de fumar, beber lo
fumaban y soñaban con el poder? Reconócelo, había algo libera- menos posible y someterse a un régimen estricto para recuperar la
dor en llevar a cabo un trabajo manual en tanto la mente perma- salud. Se lo prometió a Margarita. Pero Margarita murió tres me-
necía divagando, en no tener que tomar decisiones ni dar órdenes. ses después del ataque, cuando él ya se había recuperado, el 2 de
Fue tan sólo poco más de un año, pero valió la pena, ¿no? enero de este 1871,y ya no tiene quién lo haga cumplir su prome-
Sí, por un lado valió la pena, se dice. Pero fue muy difícil so- sa. Por lo menos ahora camino bastante todas las noches, aunque
portar la lejanía de mi mujer y mis hijos, la ausencia de noticias sea sin salir de estas paredes. Además me doy muy contados gus-
prontas sobre la situación del país y, sobre todo, la idea de que tos, tan pocos que de hecho el placer está desterrado de mi vida,
si me encontraba fuera de México era porque Santa Anna había ¿no crees, vieja? De nuevo levanta la vista al cielo: los retazos de
regresado a la presidencia aclamado por el pueblo después de que nubes se han unido entre sí hasta cubrir todas las estrellas. Indio
por su ineptitud habíamos perdido la mitad de nuestro territorio. con puro: ladrón seguro, le dijo una vez Melchor Ocampo en son
El viento levanta un traqueteo rítmico en el tejado del palacio de broma al verlo fumar, y el dicho le dio tanta rabia que estuvo a
y Juárez se estremece al pensar en los pasos de una pata de palo. punto de responder con un insulto. Se quita el cigarro de la boca,
Se sonríe ante lo absurdo de sus temores, mas la sonrisa se le borra pero en cuanto lo hace el rumor que tan bien conoce comienza a
del rostro al recordar los versos de la oda que Francisco Gonzá- abatirse sobre sus tímpanos, vibra, zumba cada vez más constante.
lez Bocanegra, el autor del himno nacional, escribió a la pierna ¿Será una señal?, ¿la muerte avisándome su arribo? Entonces sin
mutilada del dictador para recitarlos durante el entierro solemne pensarlo raspa la cabeza del fósforo en el granito de la balaustrada.
del despojo en medio de mil honores. Intenta entonces pensar en Un chasquido llena el silencio al tiempo que la chispa se expande,
algo más agradable, y como no lo consigue se lleva de nuevo el suelta un tufo a azufre quemado e ilumina el corredor por breves
puro a la nariz. instantes hasta convertirse en la pequeña flama con que Juárez
El aroma del tabaco cubano le llena las fosas nasales, le trae enciende el cigarro.
de inmediato a la memoria el tiempo que gobernó el país desde Como si en realidad se hubiera tratado de un insecto, tras la
el puerto de Veracruz del 58 al 60, con aquellas interminables primera bocanada el zumbido disminuye, se aleja y alrededor
veladas de calor bochornoso en compañía de Ocampo, Miguel del presidente vuelven a escucharse los sonidos del silencio: uno de
Lerdo de Tejada, Juan Antonio de la Fuente, Matías Romero y los muros cruje, en el piso inferior resuenan los pasos de algún
Manuel Ruiz, cuando todo el porvenir de su proyecto de nación guardia en su ronda de vigilancia, un ave aletea en la copa de un
se cifraba en resistir, promulgar las Leyes de Reforma y ganar la árbol, otra vez el grillo. Él oye sin escuchar, concentrado en las

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sensaciones de su viejo y pequeño cuerpo que responde al estí- la negrura incluso antes de que llegue a las escaleras.Después sólo
mulo del tabaco con latidos duros y breves descargas nerviosas. se escuchan los tacones de sus botas en las baldosas. Esa lámpara
Trata de mantener la mente vacía, alejando de sí los recuerdos necesita aceite, se dice el presidente. En cualquier momento se
que parecen empeñados en bombardearlo con imágenes tristes, apaga. Cuando llegan al primer piso, los taconazos del guardia
angustiantes. Fija la mirada en un punto vago de la oscuridad se aceleran rumbo a la caseta del portón principal, y Juárez piensa
al otro extremo del patio y aspira y expele el humo perfumado que no hay nada que imprima más prisa en quienes trabajan en
como si fuera el único acto que valiera la pena. No repara en los el palacio que la oscuridad de noches como ésta, pues siempre
pasos marciales que suben las escaleras y luego se acercan poco han corrido rumores de que en el edificio se aparecen fantasmas.
a poco, ni en el círculo de luz mustia que flota un metro por en- Muchos aseguran haber visto los espectros de antiguos mandata-
cima del piso, sino hasta que ya está junto a él. rios y ministros. ¿Y si se me presentara uno?, se sonríe. ¿Quién
-Perdone, señor presidente -dice el militar con acento ner- sería? Guerrero me daría curiosidad, lo mismo que Guadalupe
vioso tras subir y bajar el quinqué. Juárez reconoce la insignia del Victoria. Bustamante, ni frío ni calor. Al único que no me gusta-
uniforme. ría toparme es a Santa Anna, pero todavía vive. Él sí que tendría
-Dígame, cabo. muchas razones para tratar de espantarme, igual que Miramón y
-Nada, señor. Es que oí un ruido y vi un resplandor, y no Maximiliano.
sabía que su excelencia estaba por aquí. ¿Quiere que ilumine su Detiene la enumeración mental de sus antecesores y enemigos.
despacho? De pronto ha advertido que la historia de México y su historia
-Sólo salí a caminar. No podía dormir -su voz es grave personal tienen en común un aspecto en el que nunca había re-
y entera, igual que siempre, sin rastros del cansancio que le aqueja parado: ambas son una larga galería de fantasmas. Con excepción
el cuerpo. de Antonio López de Santa Anna, que parece empeñado en vivir
El militar coloca la lámpara en la balaustrada y las sombras se tanto como Matusalén, casi todos los demás actores del devenir
apartan para estremecerse después en el fondo del corredor. El del país se hallan bajo tierra. Lo mismo que la mayoría de mis ad-
hueco del patio sin embargo continúa negro. Juárez fuma. Expul- versarios, se dice. Echa una mirada a la oscuridad a su alrededor, a
sa el humo hacia el frente en una línea recta que con la luz adquie- los pasillos desiertos donde las sombras se retuercen con el empuje
re un tono ferroso, acerado, al penetrar la oscuridad. Entonces cae del viento. Quizá sus espíritus atormentados sí penan por aquí,
en la cuenta de que el punto en que había fijado la mirada es el piensa. Quizá se trate de algo más que una simple leyenda. Da
salón donde estuvo recluido por órdenes de Ignacio Comonfort unos pasos con cuidado, procurando amortiguar el sonido de sus
cuando éste era presidente y él no quiso secundarlo en el golpe que tacones con el fin de no perturbar la paz del palacio, y a lo lejos,
dio en contra de la Constitución del 57. Ahí empezó todo, se dice. en un rincón donde las puertas de dos recintos casi se unen para
-Lo acompaño, si gusta, para que tenga luz. Está muy oscuro. ahondar la negrura en una suerte de vacío perfecto, sus ojos des-
-Se lo agradezco, cabo, pero conozco el palacio. No necesito cubren una silueta inmóvil. A pesar de que los latidos dentro de su
luz. pecho se aceleran, el presidente se mantiene sereno y aguza la vis-
-Es cierto, dispense usted. Me retiro. ta. Sí, se trata de la silueta de un hombre corpulento, un poco más
Con paso lento el soldado camina de regreso a su puesto de alto que él, con cabeza redonda y hombros anchos. No se mueve.
vigilancia en el primer piso. La luz difusa del quinqué parpadea y Luce como si contemplara la nada con la frente alta, en una acti-
palidece conforme se aleja, disolviendo la silueta del portador en tud de orgullo más allá de la muerte. ¿Comonfort?, se pregunta

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Juárez. ¿Eres tú, Nacho? Aventura unos pasos más, moviéndose memorias dedicadas a sus hijos que dejó inconclusas hace años.
de lado para cambiar de perspectiva, y conforme se acerca la si- Pero nada de eso lo atrae. Mientras sigue el trazo de la balaustra-
lueta modifica su aspecto: es un busto sobre una cómoda de toscos da de granito y rodea el cubo donde el aire se ennegrece, piensa
labrados que alguien sacó de uno de los despachos. Juárez fuma y que debió haberle pedido la lámpara al guardia. Al aproximarse
aparta la mirada del rincón. Se siente un tanto ridículo. Me estoy a la entrada de su antiguo calabozo, una vibración sorda cerca
dejando llevar por las habladurías de la gente ignorante. El único sus oídos en un coro impreciso donde de momento no reconoce
fantasma en estos corredores soy yo. Pero desde aquel ángulo el ninguna voz. Gira el picaporte. Los goznes rechinan. Adentro lo
mueble y la escultura eran muy semejantes a él. Ignacio Comon- recibe un tufo a aire encerrado y polvo, pero el presidente Juárez
fort. Vuelve a fumar, pensativo. Si me topara alguna noche con su no lo nota porque sus tímpanos zumban otra vez con los rumores
espectro, ¿me asustaría? de la memoria.
Al pensar en su antecesor inmediato, la mirada de Juárez atra-
viesa las sombras y se posa de nuevo al otro lado del patio, en la
sala que hizo para él las veces de prisión durante los últimos días
del 57 y los primeros del 58, el claustro improvisado adonde en-
tró como titular de la Suprema Corte de Justicia y de donde salió
como primer mandatario del país. Desde entonces ha estado ahí
muchas veces en reuniones de trabajo y actos oficiales, sin perma-
necer más tiempo del necesario en él y sin examinarlo para ver
qué ha cambiado y qué continúa igual que en aquellos años. Ve
ahora, Pablo. La noche es propicia para que te compares con quien
eras hace tres lustros, cuando por vez primera el poder estuvo a tu
alcance y te propusiste aferrarte a él con toda tu fuerza porque no
había otra forma de salvar a .México de los retrógradas que pre-
tendían mantenerlo en el oscurantismo y el abuso constante del
pueblo. Sí, ese poder que aún no sueltas y que no soltarás por más
Porfirios y demás generales y políticos que se alcen en tu contra.
Si te desprendieras de él, ¿qué sería de esta pobre nación?
Da otra chupada al habano y yergue el cuerpo para reiniciar
la caminata. En la torre de la catedral un bronce tañe llenando el
aire con vibraciones cortas, y Juárez no necesita contar las campa-'
nadas para advertir que se acerca el amanecer. Duda un poco en
cuál dirección seguir. Podría regresar a sus habitaciones, donde la
ausencia de su esposa le haría el resto de la noche insoportable.
También podría ir al despacho presidencial, encender luz y en-
tretenerse hasta los primeros rayos del sol reacomodando en su
archivo los fajos de correspondencia reciente, o reanudando esas

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fuerza y la astucia necesarias para conseguir la tan anhelada
que yo he sido incapaz de lograr. El buen Porfirio, mi hechura,"
vástago político.
Una tos cavernosa, ardiente, le sacude las costillas muchas
y las sacudidas le retumban en el cráneo. Sin soltar el cigarro,)
se sostiene del escritorio con ambas manos para no caer y s:'
tosiendo. Cierra los ojos y, mientras percibe cómo las lágrimas
dan por sus mejillas, con cada detonación de su pecho visuali EL CAMINO DEL DESIERTO
rostro de un enemigo vencido. Al final del ataque de tos carn (Paso del Norte, 1865)
y se pone de pie. Camina por el despacho limpiándose las .lágr·
Piensa en Margarita. Luego en Porfirio Díaz, el buen Porfi '
quien está seguro de no volver a ver nunca. Sí, esto se está aca El zumbido volvió a vibrar en uno sus tímpanos y Juárez detuvo la
do, se dice. Y al notar que aún sostiene entre los dedos el haban escritura para ver si no se trataba del rasgueo de la pluma sobre el
lleva hasta sus labios y jala el humo con avidez nada placentera, papel. Sí, estaba ahí de nuevo. El traqueteo grave y monótono de
la marcha se había convertido en un murmullo agudo, continuo,
y por un instante pensó en una ráfaga de viento agonizando en-
tre las ruedas del coche. Pero no; era el zumbido terco, insistente.
Rodeaba su cabeza, la envolvía semejante al aleteo de un insecto,
y no había insectos en ese camino yermo donde lo que flotaba era
el polvo, las ondas expansivas del calor, los granos de arena que se
embarraban en la piel, irritaban los ojos, se introducían entre los
dedos y dificultaban incluso actos tan simples como la escritura de
una carta.
Con tantas sacudidas y brincos, al presidente le resultaba im-
posible hacer cualquier cosa. Sólo podía enfrentarse a sus ideas,
aunque éstas fueran lentas, pesadas, como si arrastraran tras ellas
todas las derrotas sufridas por sus partidarios. Pero ¿cómo pensar si
estaba ahí ese zumbido? Apoyó la mano en el papel donde instantes
atrás trataba de escribir y el _sudor diluyó la tinta provocando un
borrón oscuro entre las líneas. Leyó las últimas palabras: "el pre-
sidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, Benito
Juárez ... " Presidente, repitió con ironía. Como si hubiera un país,
como si México en realidad existiera. Poco a poco arrugó el pliego;
cuando ya no era sino una pelota comprimida en su diestra, apartó
la cortina de la ventanilla y el sol penetró con intensidad llenando
el estrecho espacio de una claridad bárbara. Uno de los pasajeros

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se estremeció; entreabrió un párpado sin llegar a despertarse. antes había sentido, con el sudor chorreando por sus sienes cuello
demás continuaron dormidos en la misma posición que quién satit' abajo hasta remojar la tela de su camisa. Pero el intento de poner la
cómo habían logrado mantener a pesar de los saltos por los bord~ mente en blanco, sin ver, sin hablar, sin escuchar nada aparte de los
¡
y las caídas en las hoyas del camino. lrr sonidos del trayecto, ya era algo que se acercaba al descanso.
Con los ojos entrecerrados, Juárez contemplaba el paisaje: p
fiascos ocres, suelo amarillo, seco. No había magueyes ni plantas et4.1
pinosas como en lasjornadas anteriores; ni siquiera cactos. Tan sól ·'' Al dejar atrás el humo y el aroma dulce de la fogata sus sentidos se
de cuando en cuando se veía temblar como por impulso propio . sumergieron en la nada. Sí, el desierto es la nada, se dijo ahuyen-
esqueleto artrítico de algún arbusto, de los que por el rumbo ~; tando el recuerdo odioso de una mazmorra de San Juan de Ulúa
1
maban chamizos. No había pájaros que se aventuraran a cruzar donde había creído percibir un vacío similar. Ausencia de olores,
cielo carente de nubes, ni zopilotes como en el cielo de Veracr de formas, de ruido; incluso ausencia de calor o frío ahora que el
Ningún movimiento, ningún ruido turbaba la calma del desie sol comenzaba a ocultarse y la temperatura se inmovilizaba en un
fuera de los cascos de los caballos y mulas y las ruedas de los cocb punto indefinido. La nada, se repitió, y la palabra quedó suspendi-
machacando la arena.Y, pegado a sus tímpanos, ese zumbido que da durante un rato en la soledad de su mente. La nada: no habría
perseguía desde hacía tiempo y se agudizaba y aumentó de inte podido encontrar símbolo mejor para representar su existencia y la
sidad cuando con un ademán furtivo el presidente arrojó fuera de la nación en esos días.
papel oficial que llevaba escrito su nombre bajo la fecha del 7 ~ Dio unos pasos para seguir alejándose del campamento y el cru-
agosto de 1865. •: jido de los granos de arena triturados por sus suelas retumbó en el
El zumbido se atenuaba; en seguida cobraba fuerza.Juárez se llev"l espacio. Miró a su alrededor: la llanura marrón se extendía bajo sus
las manos a las orejas, tensó las mandíbulas, respiró hondo. ¿Desd•i pies hasta el infinito. Arriba unos hilachos de nube no acababan de
cuándo lo oigo?, ¿semanas?, ¿meses?, ¿desde que el hijo del traidot\!1 tejerse por falta de viento y flotaban sin asidero, garabatos hechos
Vidaurri me insultó en Monterrey amenazándome con su pistola~f·i con tinta blanca sobre papel oscuro. El cielo descendía rápido del
Quizá más, Pablo, quizá lo habías estado oyendo por años sin darte 1· azul al púrpura y opacaba el paisaje que poco antes relumbraba de
cuenta, acaso por décadas, desde la primera fuga, la primera pri- dorados. Ante ese panorama, Juárez sintió que su estatura dismi-
sión, la primera guerra. ¿No se trataba de una alarma de tu cuerpo nuía, que todo él se tornaba pequeño, insignificante. Ahí no era el
que estaba dando de sí aunque tu cerebro le exigiera resistencia? hombre que detentaba la más alta magistratura de la República ni
Retiró las manos de las orejas despacio. Nada. Se había ido.Ya po- el líder del ejército ni el símbolo de la resistencia de toda la nación.
día escuchar sin interferencia el galope de los caballos, los resopli- , De frente al desierto no era sino un pobre indio zapoteco extra-
dos de las mulas, el rechinar de los ejes del carro, las respiraciones viado en territorio de bárbaros. Nomás en la desgracia advertimos
acompasadas de sus acompañantes y, más lejos, el hondo silencio nuestra verdadera pequeñez, pensó. Nomás rodeados de amena-
del desierto. Aliviado, cerró la cortina para detener la rabiosa luz zas nos damos cuenta de nuestro tamaño real. Se estremeció y dio
canicular y acomodó lo mejor que pudo su cuerpo en el asiento. El unos pasos. Conforme la oscuridad se apoderaba de la llanura y
coche se cimbró en una curva, los muelles gimieron, dio un par de creaba sombras amorfas donde antes estaba el vacío, sus pasos se
tumbos que obligaron al presidente a cambiar de postura. Recargó volvían lentos. ¿Qué tengo que hacer tan lejos de casa? ¿Rescatar al
la nuca en el respaldo acojinado y bajó los párpados. No pretendía país?Tal vez. Pero ¿cómo?, ¿si cada día me voy quedando más solo?
dormir, sabía que no podría hacerlo con ese bochorno que nunca Volteó la mirada hacia donde sus colaboradores y los hombres de la

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escolta se afanaban junto al fuego o erigían tiendas de campaña, y entonces, si las tropas francesas no le habrían dado alcance, librán-
la idea de que ellos eran los únicos partidarios con los que contaba dolo por fin del peso que lo atosigaba. Luego caminó sin prisa
le provocó un ligero cosquilleo en el ombligo. adonde se hallaban sus hombres mientras pensaba que al fin y al
Sus ejércitos habían sido vencidos por los franceses batalla tras cabo la inmensidad del desierto era semejante a la de la montaña,
batalla, las naciones poderosas del mundo se negaban a prestarle aquella que había conocido desde que abrió los ojos al mundo.
ayuda, casi todos los hombres a quienes confiaba su vida y el por- 1; 1
Siguió avanzando hasta distinguir la cabellera y la barba hirsutas de
venir de la República habían desaparecido. Estoy solo, arrinconado I¡ Prieto a la luz de la lumbre. El poeta lo miró y en su semblante se
en el desierto y, en lo alto, el cielo sigue arreglando sus asuntos siQ:'¡Í reflejó el alivio. Un viento frío empezaba a soplar y Juárez observó
que le importen mis angustias. Levantó la mirada y vio los retazos/ con codicia las llamas de la hoguera donde se calentaban también
de nube alumbrados por los últimos rayos color violeta. Al soltarse:~ Manuel Ruiz, Sebastián Lerdo de Tejada,José María Iglesias, Cami-
un aire débil que apenas alcanzaba a estremecer las sombras, él ima., lo y el coronel Juan Pérez Castro.jefe de su escolta, quien al verlo
ginó los alaridos de los bárbaros que sobre sus monturas fatigaba!)./ acercarse se levantó con disciplina marcial.
el llano, y pensó que si hubiera tenido de su parte esas tribus salVll"!'¡ -Ya está lista su tienda de campaña, señor presidente.
jes de comanches, apaches, lipanes y mezcaleros les habría podidQi¡l -Gracias, coronel.
. ~i
dar un buen susto a los mvasores. Pero se trataba de una casta dti', -Hoy vamos a cenar carne fresca, patrón -Camilo revolvía
indios diferente de las que él conocía; no como los mayos, yaquis,~1 un guiso en una sartén de fierro-. Uno de los muchachos de la
pimas, ópatas y huicholes, quienes desde que supieron de la llegada] escolta mató una víbora de cascabel.
del nuevo Quetzalcóatl se declararon sometidos a su imperio. Lo•' -Ese animal se lo cenarán ustedes -Iglesias puso cara de
bárbaros eran guerreros indómitos que preferían la muerte a perder: asco-.Yo me conformo con frijoles y totopo.
su libertad, no esclavos en busca de amo como los otros. Imposibl~'l -Pues usted se lo pierde, licenciado.
'\
reclutarlos o tenerlos como partidarios; su eterna rebeldía los 11,a]J!a.!1, -¿Y qué hay para tomar?
condenado al exterminio. A lo lejos estornudó uno de los caballos./',i -No tendremos agua, pero todavía nos quedan tres garrafones
-"··----.-.-· ".,~.····· •..·-.- _"_,..--·-·······--

y el presidente lo escuchó como si estuviera a unos cuantos pasOSi.I/ de sotol de la sierra.


No conseguía entender el comportamiento del sonido en aquellas'. Se acomodó con los demás al amor del fuego.Antes de probar el
soledades. Debí dirigirme al sur, a Oaxaca, bajo la protección del.:,:' primer taco que le pusieron en la mano, volvió de nuevo los ojos a
buen Porfirio, a las montañas, a la Sierra de Ixtlán; allá me sentiríá" lo alto. En el desierto las estrellas relumbraban como sólo las había
seguro. Pero tras la derrota de González Ortega en Majoma, el ca• 1
visto en el océano o en la Sierra de Ixtlán, y un acceso de nostalgia
mino del norte fue el único franco. se le asentó en el estómago vacío.
Dio media vuelta y se sorprendió de la distancia a que se hallaba
el campamento. Las fogatas lucían como simples 'ascuas en medio
de la oscuridad. En torno de la lumbre unas siluetas minúsculas No se trataba de un sueño, sino de recuerdos; lo comprendiste des-
parecían inquietas. Seguro creen que me perdí, o que peligro por de el fondo de la mente porque sabías que esa molestia en el costa-
haberme alejado demasiado. Como si pudiera huir, salirme de este do era una piedra del desierto que se hundía en tu carne a pesar de
cuerpo mezquino que ya ni siquiera me pertenece. Miró de nuevo la lona que cubría el piso de tu tienda, y de las mantas que tú habías
el cielo donde habían aparecido las primeras estrellas y se preguntó colocado en el suelo porque por alguna razón aquella noche desde-
si podría contemplarlas la noche siguiente, si aún estaría vivo para ñaste el catre para dormir con el cuerpo unido a la tierra, sintien-

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do sus latidos, sus movimientos, su respiración, como cuando el'lll' optó por viajar 11 Durango mientras tú tratabas de organizar el ga-
un simple conductor de ovejasy te tendías a descansaral ras del patJI'; binete con los hombres a tu disposición, que no eran muchos, por
to sin pensar en alimañas ni serpientes. Recuerdos. Uno tras o~!1 lo que reviviste a la vida política a Ignacio Comonfort otorgándole
Los reconociste porque recreaban episodios de tu vida con tal nití~ el Ministerio de Guerra y mandaste traer de Guanajuato a Manuel
dez que habría sido imposible confundirlos con una visión oníri~ Doblado con objeto de que ocupara el de Relaciones. Doblado
porque ni desaparecían ni dejaban de dar vueltas en el carrusel de la; renunció pronto cuando le impediste expulsar de la ciudad a sus
mente aunque giraras el cuerpo para eludir la presión de la pied~! adversarios Francisco Zarco y Manuel Zamacona, y Comonfort no
aunque abrieras los ojos para encontrar sólo negrura y los volvieru;; sólo abandonó el gobierno sino también el mundo al caer en una
a cerrar sin despertar del todo, pero también sin dormir porque des•} emboscada mientras se dirigía a negociar la paz con el enemigo.
de hacía muchos años habías dejado de descansar como lo hacían) Fue ahí, cuando aún no llevabas ni seis meses ausente de la
los demás mortales para tan sólo interrumpir un poco las ideas y lai; capital, que ante la falta de liberales prominentes dispuestos a in-
angustias y las decisiones que te exigía el ejercicio del poder. tegrar el gobierno llamaste al gabinete a dos hombres másjóvenes
Primero vino el de tu arribo a San Luis Potosí al frente de la . en quienes de antemano habías advertido disposición, inteligencia,
caravana del gobierno que había salido de la capital nueve días'! astucia,firmeza y lealtad: el abogado periodista José María Iglesiasy
antes: un recuerdo confuso donde sólo distinguías la bienvenia.!l el ex rector de San Ildefonso Sebastián Lerdo de Tejada,un hombre
que te dio el gobernador sustituto, porque Vicente Chico Sein, ai'. de tu misma estatura, calvo,con ojos de batracio, elegante y limpio,
>11
quien tú habías colocado en el puesto, estaba preso tras un ataque] hermano menor de quien fuera en otros años el rival más brillante
de demencia que lo llevó a salir a las calles desnudo gritando vivasj, que has tenido. Desde entonces ambos peregrinaban contigo por
a la igualdad, la fraternidad y la libertad. Mala señal, ¿no es cierto?,.¡ los caminos de la patria y ahora, mientras dormías cerca de ellos,
ésa de que tus colaboradores comenzaran a volverse locos. Tenías ;j escuchabas sus ronquidos que por momentos alcanzaban tanto vo-
el propósito de establecer en tierra potosina un gobierno estruc- iJ lumen que te hacían imposible alcanzar el sueño profundo.

turado, con congreso y corte de justicia, pero pronto se dieron i¡ Giraste de nuevo tratando de acomodarte mejor mientras oías
las primeras deserciones, y aunque aparecieron por la ciudad lo~..lJ afuera de la tienda los murmullos del desierto. Entonces la memo-
generales Jesús González Ortega y José María Patoni, que se les j ria comenzó a bombardearte con imágenes más nítidas: las de tu
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habían escapado con un cargamento de oro a los franceses durante ¡, estancia en Matehuala a finales de ese año 63 y principios del 64.
su traslado a Veracruz para ser embarcados a Francia, San Luis Po- ; Fue tu primer contacto con un desierto mexicano: un océano de
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tosí no era del todo seguro debido a la cercanía de los invasores. !1 arena moteado de cactos y chaparros donde abundaban serpientes,
Junto con los otros dos se había fugado también Ignacio de la Llave, ,, escorpiones, ratas de campo y, en el cielo, aves de presa y rapiña.
aquel veracruzano a quien tanto apreciabas desde la guerra contra ¡1 Pero no estabas en condiciones de contemplar con atención ese
los mochos, pero la escolta se les había rebelado en un intento por . paisaje nuevo para ti; debías decidir la nueva sede del gobierno
robarles el oro, matando a De la Llave y haciendo huir a los demás entre dos posibilidades: Zacatecas o Saltillo.Sí, para alejarte de los
hasta San Luis. Una deuda más a la cuenta de González Ortega, ejércitos invasores tenías que optar entre los territorios de tus dos
¿no, Pablo?, y un nombre más en la lista de tus colaboradores des- principales adversarios del bando liberal. Gobernaba Zacatecas Je-
aparecidos.Aunque González Ortega era presidente de la Suprema sús González Ortega, quien según tus informantes había intensifi-
Corte y debía permanecer donde el gobierno, prefirió seguir a cado sus conspiraciones en contra tuya con el fin de arrancarte la
Zacatecas y tú lo dejaste ir para no verlo día a día; Patoni asimismo presidencia de las manos, y sólo Dios sabría si al tenerte a su alcance

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y en sus dominios no te encerrara para conseguir sus fines. Por otra Doblado, a quienes ya tendrías una mejor oportunidad de ajustar
parte, Saltillo estaba bajo el dominio del regiomontano Santiago cuentas en el futuro. Pero quedaba Vidaurri.
Vidaurri, pues este cacique había anexado Coahuila a Nuevo León, Sin embargo, al rodar de nuevo tu cuerpo envuelto en las cobijas
y desde la guerra anterior ignoraba tus órdenes toreando a tus emi- tu memoria se dislocó y puso ante ti cuadros que nada tenían que
sarios en franca actitud de rebeldía. ver con los últimos sucesos, escenas remotas que de tanto haberlas
¿Adónde ir?, le preguntabas con insistencia a tus ministros du- eludido en el pasado creías enterradas para siempre. No sabías por
rante aquella comida de flores de palma y carne a las brasas con que qué danzaban frente a ti esas imágenes ahora, cuando te encontra-
celebraron la llegada del nuevo año.Tras mucho discutir, decidieron bas en medio de la nada. ¿Será por contraste?, te preguntaste entre
que la mejor opción era Saltillo, donde además ya vivían Margarita, sueños y entre sueños respondiste: Sí, es por contraste con el paisaje
tus hijos y Pedro Santacilia, pues los habías enviado allá desde San que he contemplado en estos días. Por eso las escenas que ahora
Luis Potosí ante la proximidad de las fuerzas del general mocho To- llenaban tu cerebro eran las de los cautiverios a que te habían con-
más Mejía. Nunca esperaste que en esa ciudad coahuilense te diera denado tus enemigos. Mírate, ¿te reconoces, Pablo?
la bienvenida un grupo de zacatecanos ¡felicitándote por tu sabia Ahí estás, en un calabozo infecto de la prisión de Oaxaca en
decisión de renunciar a la presidencia! ¡Carajo, Pablo!, ¡hasta dónde castigo por haber representado en un litigio a aquel grupo de in-
había llegado la desvergüenza de González Ortega! Tras las palma- dios indefensos de Loricha. Ese joven abogado idealista eres tú en
das en la espalda, sus emisarios te urgían a adelantar los trámites con tu primer enfrentamiento directo con un miembro del clero. Per-
el fin de que el traspaso del poder al presidente de la Suprema Corte diste el pleito, ¿recuerdas?, y no sólo eso: acabaste en la cárcel por
se realizara de manera expedita. No sabías si carcajearte en sus caras haber denunciado la parcialidad del tribunal. Qué ingenuo eras,
o mandarlos aprehender. Traían una misiva también de felicitación pensabas que podías vencer a la Iglesia.Y ese otro también eres tú
nada menos que de Manuel Doblado, quien apoyaba el proyecto ya no tan joven, un tiempo después de ser gobernador de Oaxaca,
argumentando que los franceses y Maximiliano jamás negociarían cuando te atreviste a prohibirle la entrada al estado nada menos
la paz contigo y sí en cambio con González Ortega. Ambos eran que a Santa Anna, como si no supieras que si en aquella ocasión
unos traidores, sólo eso. Dos tipos dominados por sus ambiciones venía derrotado habría de regresar triunfante una vez más; por eso
personales que por fin se habían quitado la máscara que disimula- ahí estás, en una de las tinajas de San Juan de Ulúa, incomunicado,
ba sus verdaderos planes. Debiste sin embargo dominar tu ira, un viviendo el infierno de la humedad y la sal y ese eterno gotear de
arranque de furia que estuvo a punto de enviarlos al paredón de paredes y techo que no te permite cerrar los ojos. Qué ingenuo
fusilamiento, porque los dos eran generales del ejército republicano eras, creíste poder desafiar al dictador sin sufrir las consecuencias.
y no podías darte el lujo de perder más hombres de mando, sobre Y ese otro hombre maduro, vestido de negro, más experimentado
todo ahora que te hallabas en territorio del inestable Vidaurri y y menos ingenuo pero otra vez preso también eres tú, ahora en
podrías necesitarlos. Convenciste a los zacatecanos, a Doblado y de el Palacio Nacional, de nuevo incomunicado, ahora por negarte
paso por medio de cartas a los demás gobernadores liberales de que a seguir al presidente Comonfort en su aventura golpista contra
tu renuncia era un absurdo que perjudicaría la causa dividiendo la su propio gobierno. Preso en el palacio, qué ironía, ¿no? Como si
República, y cuando tus adversarios políticos fingieron plegarse a ese cautiverio hubiera sido una anticipación de los que pasarías ahí
tus deseos y el resto de los mandatarios estatales hizo público su como presidente.
apoyo hacia ti, respiraste con libertad de nuevo. Se había desvane- ¿Cuántas veces habías sido cautivo, Pablo?, ¿cuántas veces no
cido de momento la sombra de la traición de González Ortega y tuviste otro horizonte que cuatro estrechas paredes y un techo bajo,

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húmedo, apestoso a hongos y a lama, sin saber cuándo acabaría la. cuando el coronel se acercó a ellos para informarles que quien los
prisión? ¿Y por qué recordabas eso ahora?, ¿por qué repasabasesas visitaba era nada menos que el presidente de México.
imágenes en un desierto donde no había paredes ni techos que te -¿El presidente? -preguntó uno de los chamacos-. ¿Qué es
aplastaran el ánimo? Porque te sentías acosado, abandonado por un presidente?
todos; porque al fin comprendías que los grandes espacios abiertos -El que manda -le respondió una mujer.
también pueden ser prisiones, con muros y techos de aire, llenos -¿Como el gobernador?
de silencio donde se respira una soledad infinita. Pero no te pre- -Más que él.
ocupes demasiado, no. Da vuelta una vez más sobre tu lecho de La palabra quizá había sonado como una especie de conjuro a
arena, procura no pensar en nada, ya va a amanecer, y cuando venga sus oídos, porque de pronto comenzaron a verlo todo con mayor
a despertarte el coronel Pérez Castro, o tu fiel Camilo, tállate los atención. Examinaban los galones cubiertos de polvo en el unifor-
ojos y procura convencerte de que éstos no fueron recuerdos sino me del coronel, las armas de los soldados, los arreos de las montu-
pesadillasque te atormentaron toda la noche a causa del cansancio ras, el herraje de las ruedas, los bultos en el portaequipaje. Pero en
y las preocupaciones. cuanto te vieron descender de la carroza negra, sin tu levita, sin tu
sombrero de media copa ni tu bastón, la camisa arrugada de sudor,
pequeño de cuerpo y el semblante serio y oscuro, se mostraron
-Por fin rendimos poco más de la mitad del camino. incrédulos. ¿Cómo puede ser ese indio chaparro el que manda?,
-Espero que aquí podamos encontrar agua, coronel. se habrán preguntado. Si los indios son enemigos, aunque se vis-
Samalayuca era un paraje desolador. Sus escasaschozas de ado- tan de catrines. Con ellos lo único que corresponde es agarrarlos
be, levantadas sobre un suelo que de tan blanco parecía nevado, a balazos y, de ser posible, arrancarles la cabellera para llevársela al
no llegaban a conformar siquiera un caserío. Las doce personas gobernador y cobrar la recompensa establecida. Sus miradas entre
que asomaron ante la proximidad de los carruajes y la escolta, en-. burlonas y despectivas siguieron tus movimientos unos instantes
tre ellas tres mujeres y cinco niños, al principio le parecieron a hasta que advirtieron la deferencia con que te trataban los mili-
Juárez similares a ciertos mendigos de la capital: huraños, astrosos, tares y los otros hombres que venían contigo, casi todos blancos,
hambrientos, con la soledad instalada en las pupilas. Pero al con- 1 gente de razón. Entonces comenzaron a mover sus expresiones de
templarlos de cerca, luego de bajar del coche, advirtió su error. la incredulidad a la duda.Y después, adentro de uno de los jacales,
Cierto, su pobreza era evidente, mas no lucían hambrientos sino mientras dos mujeres te arrimaban un cazo lleno de agua no muy
correosos, bien alimentados con carne: delgados, con los brazos· clara para que pudieras refrescarte, leíste en sus rostros que habían
llenos de nudos de músculos y las piernas firmes, semejantes a ra- pasado de la duda a la indiferencia. ¿Qué importa si es un indio?,
mas de mezquite. La soledad que reflejaban sus ojos no era la del pensarían. Los demás lo obedecen; por lo tanto, es verdad que ha
desamparo ni la de quienes han sido olvidados a su suerte, sino de ser el mandón.
la del que acostumbra valerse por sus propias fuerzas para sobrevi- El agua no estaba sucia, lo que la enturbiaba era arena de las
vir sin ver otro rostro durante largas temporadas. dunas que por momentos se asemejaba al polvo de oro en el fon-
Los recibieron con recelo, sin dar demasiadas muestras de con- do del plato de un gambusino y de pronto parecía el residuo de
fianza. Se acercaban a los vehículos sin atreverse a tocarlos, como la erupción de un volcán. El presidente sumergió las manos y una
si nunca antes hubieran visto carrozas tan negras y tan grandes por sensación de placer colmó sus sentidos. Hizo un cuenco con las
esos parajes alejados del mundo. No cambiaron de actitud sino palmas y la llevó hacia su cara. La arena adquiría la consistencia de

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una sustancia granulosa sobre su piel y él imaginó que se trataba~ rreros. No era extraño, pues, que algunos hombres pelearan contra
de la pintura ritual que se untaban los bárbaros antes de la batalla, sus hermanos o tíos, incluso contra sus padres, sin estar conscientes
Luego no imaginó ni pensó nada: su mente se borró para permi- de la consanguinidad que los unía con su enemigo. Tal vez eso sea
tirle gozar sin trabas del agua escurriendo por el cuello, el torso, 1' ¡ lo que los vuelve tan aguerridos, pensó Juárez ",NS?. h~yt1~datan
cintura y las axilas en un baño que había anhelado por varias joma- ,;~ p_rutal_como una lucha fratricida. Lo comprobamos durante la úl-
das y que por fin le devolvía algo de la sensibilidad perdida a la piel, ~: tima guerra.
En tanto se restregaba la cabeza con ardor, creyó escuchar primero 'X Dio otra fumada al puro y encontró su sabor dulce, tranquili-
un galope desaforado, en seguida el relincho y el rayar de un caballo,·' zante, mientras se alejaba de las chozas hundiendo sus botines en
Terminó de asearse, se secó con un trozo de manta de algodón, se : esa ceniza o sal que cubría el suelo. En tanto más al norte llega-
peinó, arregló cuanto pudo el aspecto de su camisa en otro tiempo mos, el desierto se torna más inhabitable.Ya en Matehuala se había
blanca y el de su pantalón de casimir. Echó un vistazo al saco que sentido muy cerca del infierno; no sabía que aún le faltaba vivir la
hacía rato le había traído Camilo, negro, arrugado y espolvoreado aridez de las tierras que circundan Saltillo y Monterrey. Luego, en
de esa arena igual a la ceniza, y decidió dejarlo en el respaldo de los alrededores de Nazas creyó que había conocido lo peor. Pero
una silla de palo y palmajunto con su corbata de lazo, el bastón, el me faltaba aún el Bolsón de Mapimí. Y sobre todo esto. ¿Cómo
chaleco y el sombrero . .S.!olm~~y~~~no era sitio para vestir formal. será Paso de Norte? Extendió la mirada hacia las dunas sobre cuyas
Al salir de la choza casi tropezó con el coronel Pérez Castro. crestas aparecían aquí y allá unos arbustos chaparros, retorcidos, sin
-Llegó un correo de Chihuahua, señor.Apenas salimos a tiem- follaje. Mezquites, le había dicho don Ramón que se llamaban. Del
po. Las fuerzas de Brincourt no tardan en ocupar la ciudad. humo de sus troncos sacan la tinta con que usted escribe, señor.
Las débiles ráfagas del viento apenas si llegaban a sentirse en el ros-
tro, y sin embargo trazaban dibujos en las ondulaciones de las dunas
Escasos de fósforos, el coronel había. s..ugerido racionados para n.l~ otorgándoles un aspecto de oleaje en calma bajo la luz dorada del
carecer de hogueras en lo que restabadel trayecto a Paso del Nor~!J atardecer.
Sin embargo, a don Ramón Canales no se le dificultó echar unas Continuó caminando hasta perder de vista las chozas, los coches
yescas con el fin de que el presidente pudiera fumarse uno de los y los caballos. Advirtió que un miembro de la escolta lo seguía a
puros que le quedaban. Al verlo manipular su aparato encendedor, cierta distancia, ¿o era su fiel Camilo?, mas prefirió ignorarlo para
Juárez pensó que un hombre como él, alejado de la civilización, ' adentrarse de lleno en la soledad del paraje. El desierto destilaba
acostumbrado a un medio hostil, era capaz de sobrevivir donde una extraña paz que reconfortaba el ánimo, y lo alejaba de las preo-
foer!!-':No es gratuito que los fronterizos hayan sido indispensables cupaciones de Lerdo, Iglesias y el coronel Pérez Castro, de las malas
para decidir la última guerra, se dijo al exhalar el humo del taba- noticias que habían llegado con el correo de Chihuahua para en-
co mientras recordaba al general Zaragoza. Don Ramón Canales, terar al gobierno de que las tropas de Maximiliano de Habsburgo
el hombre más viejo en Samalayuca, le contó durante la comida habían tomado casi todo el país, que todo el mundo consideraba
algunas de las anécdotas que en la eterna lucha contra los bárba- que la República estaba derrotada con su presidente en fuga hacia
ros habían protagonizado los habitantes del desierto. Persecuciones el extranjero y que los mexicanos se sometían poco a poco al nue-
crudelísimas, lances heroicos, victorias ganadas en un mar de sangre. vo Quetzalcóatl que gobernaba en la capital. En este momento no
Según el viejo, los apaches y comanches acostumbraban robar, ade- importaba nada de eso. Sólo existía el mar de tranquilidad ante sus
más de a las mujeres, también a los niños para criarlos como gue- ojos. Ojalá pudieras verlo, Margarita. Tú y mis hijos.

·...,,,

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'.~,:f~1

Margarita. Si no hubiera sido por la invasión habrían seguido' que vestía un uniforme azul de gala y una capa de armiño y sonreía
juntos, completos; incluso con Pepito, quien había muerto por cau- con burla en tanto te miraba compasivo. Y entonces los gritos que
sa del exilio. Acaso habrían salido de paseo, no a las dunas de Sama- en tu boca sabían a arena y a sal ya no iban dirigidos a tu mujer,
layuca, pero sí a la alameda o al Bosque de Chapultepec, donde a quien había desaparecido del horizonte, sino a ese emperador falso
los muchachos les encantaba correr entre los árboles mientras sus que parecía reírse de ti al verte revolcándote en la duna con las
padres conversaban de pequeñeces que nada tenían de relación con manos en el pecho y ponía cara de no entender los insultos con
la guerra y la política. Sí,Margarita, tú habrías dicho: Hay que llevar que lo apostrofabas, hasta que también comenzó a desvanecerse en
varios paraguas,Juárez, porque en esta ciudad y en este tiempo no el aire, en el cielo que ahora veías de frente mientras continuabas
se sabe cuándo va a llover y luego ya lo ves: los niños se enferman quejándote del dolor sin que nadie, excepto el silencio del desierto,
y ai andan tose y tose, eso si no les da calentura. Suspiró y fumó de pudiera oír tus lamentos.
nuevo. Luego se puso a dibujar un círculo en la arena con la punta
del botín. Un círculo que quería ser un rostro.
Y la viste, Pablo: Margarita estaba sentada en una mecedora en -¿Se siente mejor?
el portal de su casa de Nueva York, conversando con Nela y Pe- ! El carruaje esquivaba baches y peñascos, partía los terrones de
dro Santacilia, con tus otros hijos. Contemplabas la escena desde la arena que se desmoronaban al paso de las ruedas. Apenas recobró
eminencia de la duna donde te sostenías en equilibrio. También la conciencia, el presidente comprendió que transitaban por un
la escuchabas: leían una de tus cartas y hablaban de ti animados, terreno demasiado irregular. Se incorporó para abrir la cortina,
convencidos por tus palabras de que todos los problemas termina- pero volvió a cerrarla: la ventana era un horno que le arrojó una
rían pronto y podrían volver a la ciudad de México o a Oaxaca a bocanada de aire caliente al rostro.}No obstante, por el vistazo al
vivir una vida normal. Una media sonrisa desfiguró tu rostro, mas exterior se dio cuenta de que el paisaje había cambiado: pasaban
no la escondiste ni te avergonzaste de ella porque frente a tu fami- entre lomas erizadas, rojizas, donde junto a las piedras era posible
lia y en la soledad de este desierto podías permitirte esos visajes. advertir algunas hierbas terrosas. No iban en línea recta. El coche
Sin embargo, se te endureció en los labios de inmediato cuando se bamboleaba de tanto en tanto, sus remaches ..emitían
( .. - chirridos
····--
advertiste que entre ellos no se encontraba Antonio, tu hijo menor, los caballos bufaban al cambiar de dirección •...J
quien debía descansar en brazos de su madre. El corazón se te es- --¿Ya mejor? -repitió Iglesias.
tremeció con un dolor incierto. Volvió el zumbido a tus tímpanos. --Sí. ¿Nos salimos del camino?
Sin que te dieras cuenta, el puro resbaló de tus dedos y su brasa -No podíamos continuar de frente. El coronel tuvo miedo a
emitió un chasquido al contacto con la arena. Apretaste los puños, atravesar ese infierno de arena y prefirió dar un rodeo aunque per-
Querías cuestionar a Margarita, preguntarle dónde estaba tu hijo damos otra jornada. Don Ramón le aseguró que muchos carruajes,
Antonio, tu mayor esperanza desde que Pepe había muerto. Y lo incluso caravanas enteras, se han quedado varados para siempre en
hiciste. Lo preguntaste a gritos, manoteando con violencia mien- el desierto.
tras una opresión fuerte te torturaba el pecho y frente a tus ojos -Debió consultarme.
se arremolinaba un torbellino de rostros donde distinguías apenas -Usted no reaccionaba y no podíamos quedarnos en Samalayu-
los bigotes tiesos de González Ortega, los ojos claros de Manuel ca, donde no hay ni curanderos. En Paso del Norte debe haber mé-
Doblado, la expresión de malicia oriental de Santiago Vidaurri y, dico.Y si no, lo conseguimos en Franklin, al otro lado de la frontera.
en el fondo, la figura de un hombre alto, rubio, con una larga barba -·Ya estoy bien. No más fue un desmayo.

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-Espero que no nos topemos con los bárbaros, porque ya casi con los sentimientos que se desbordaban en ese instante por los
no traemos escolta. Varios hombres enfermaron. Se quedaron alli pliegues de tu rostro, cuya expresión pudiste contemplar en las fac-
con los vientres inflamados, tensos. Quizá no sobrevivan. ciones del telegrafista como en un espejo antes de que se retirara:
Juárez llevó la mano bajo la camisa para palparse el estómago; el hombre estaba sorprendido de verte sonreír por primera vez en
Lo encontró blando, normal, quizá tan sólo demasiado húmedo. su vida.
No, no se había desvanecido a causa de la comida y el agua turbia, El escándalo empezó en las calles de alrededor del palacio en
sino por culpa del zumbido y la cruel premonición que éste le cuanto se supo la hazaña. ¡Vencimos!,gritaban hombres y mujeres.
trajo. Toñito. ¿Será verdad?, se preguntó. Maldito exilio. Maldita ¡Detuvimos a los invasores! ¡Viva México! ¡VivaJuárez! ¡Viva Ig-
invasión. Malditos franceses. Si hubiéramos podido resistir, dete- nacio Zaragoza! Zaragoza era impasible y parco, tanto como tú, y
nerlos en Puebla. Si no hubiera muerto Zaragoza ... Cerró los ojos. no hacía ninguna referencia a que aquél era el primer triunfo en
No quería seguir la enumeración de quimeras, ni que Iglesias con- la historia de las armas mexicanas ante un contingente extranjero,
tinuara dándole las malas noticias del momento. Procuró concen- una probadita de la gloria. Qué agradable era la experiencia de la
trarse en el galope de los caballos, intentando calcular su número, victoria y cómo lo disfrutó el pueblo aunque haya sido tan sólo
pero lo distrajo el cosquilleo de las gotas de sudor en caída libre por unos cuantos días, ¿recuerdas? Durante una, casi dos semanas, por
su piel. Más tarde, entre la modorra del bochorno, las voces de los la calle veías en los rostros que las preocupaciones se habían esfu-
miembros de la escolta lo hicieron recordar otras voces, entusiastas mado; hombres y mujeres te saludaban con devoción, con orgullo
éstas, ruidosas, bullangueras, que resonaron por todas las calles de de que fueras su mandatario; hasta la gente decente y los mochos se
la capital al conocerse la noticia de la victoria del 5 de mayo del olvidaron entonces de que eras un indio zapoteco encaramado a la
año 62. , silla presidencial y te veían pasar envuelto en tu traje negro, ya no
¿Recuerdas, Pablo? Estabas en tu despacho cuando oíste los pa4'<:~ con temor ni desprecio, sino con respeto y admiración. Las noches
sos marciales del encargado del telégrafo en el palacio. Nadie sabrá ,, de la ciudad se llenaron de música, tronar de cohetes, bailes,versos
jamás a qué niveles de angustia descendiste durante esos momentos: celebratorios, cantos y risas.Sí, sólo fueron unos cuantos días,pero
de expectativa. Se trataba de· un parte de guerra, no tenías duda: jamás olvidarás aquella sensación de gloria. ·
un telegrama de Puebla, el informe del primer encuentro impor- Luego Zaragoza había muerto de tifo.Y si no hubiera muerto,
tante con los invasores enviado por el general Zaragoza. ¿Había aún viviría, pensó Juárez y el absurdo de la frase le despertó muy
sido de nuevo una derrota? Todos tus músculos se endurecieron, el adentro una sonrisa de burla que no llegó a sus labios.Alzó los pár-
estómago se te contraía y distensaba en fuertes espasmos, sudabas, pados para encontrar la cara fatigada de Iglesias,a Lerdo dormido,
aunque entonces no hacía este calor. Sin embargo, los malestares se quizá soñando con la adolescente que le había sorbido el seso en
fueron en cuanto escuchaste la voz del telegrafista pidiéndole paso Chihuahua, y al secretario atisbando el desierto detrás de la cortina.
al centinela del despacho presidencial; en su timbre vibraba una Prieto y Manuel Ruiz viajaban en otra carroza desde que el pre-
cadencia cantarina, alegre: una musicalidad que sólo podía prove- sidente los había marginado de los asuntos importantes al advertir
nir de la victoria. Cuando le franquearon la entrada te encontró sus simpatías por González Ortega. Camilo venía en el pescante
con el rostro imperturbable y el espíritu tranquilo. Caminó hasta junto al cochero. ¿Cuándo llegaremos al fin?,se preguntó. ¿Cuándo
tu escritorio y después de pedir permiso te extendió un papel. acabará esta peregrinación? Cerró de nuevo los ojos y en su men-
El parte de guerra era escueto: "Se detuvo el avance de los france- te se dibujó el rostro de Zaragoza, los ojillos vivaces detrás de los
ses", decía Zaragoza en pocas líneas. Palabras pobres, comparadas quevedos. Ni siquiera él pudo entender cómo ocurrió la victoria,

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pensó. Ni él, ni los otros generales. Íbamos dispuestos al sacrificio, beber mi orina como los bárbaros?,se preguntó Juárez desesperado.
señor. A ser derrotados con dignidad. Pero Lorencez se precipitó Acaso sea la única manera.
y se arruinó solo al atacarnos por el ángulo menos indicado. El -Don Benito.
azar había sido. O la fortuna. Como también fue azar o fortuna No, no se trataba de una alucinación de la modorra. Era el co-
que el joven general cayera enfermo de muerte cuatro meses des- ronel. Ahora lo reconocía, lo mismo que el trote de su cabalgadura
pués. ¿Habría él vencido en Puebla por segunda vez, en lugar de .
l.
junto a la ventana del coche. Abrió los ojos. Era media tarde, pero
sacrificar el armamento y entregar a los hombres como González ; sus compañeros dormían rendidos en los asientos. Cuando corrió
Ortega? Quizá sí, quizá no.Juárez resolló. Se limpió el sudor de los la cortina se sorprendió al ver las manchas verdes de algunos arbus-
dedos en el casimir del pantalón. Apretó los párpados. tos en la tierra amarillenta. Pérez Castro sonreía, apuntaba hacia el
Acaso lo único que importa es que Zaragoza nunca perdiera la horizonte con el brazo extendido.
fe en nuestras armas, se dijo.Y, sobre todo, que haya muerto con -Estamos a salvo,señor. Ése es Paso del Norte.
el sabor de la victoria en los labios. La única victoria. La de él. Un De lejos no lucía mayor que una aldea: algunas casas de adobe
solo triunfo seguido de una derrota tras otra en este rosario sinies- o sillar con techos de teja alineadas en un puñado de calles.La más
tro al que no se le ve el fin.Juárez se estremeció con violencia. El alta debía ser la iglesia. Nada impresionante, excepto que al norte,
rostro del mitológico Héroe de Puebla se fugó de su mente. Había del poblado corría el rumor del río Bravo.Eso fue lo que de inme-
caído en la cuenta de que nunca, ni siquiera en la guerra anterior, diato atrajo la atención del presidente: la hilera irregular de álamos
se había visto tan derrotado como ahora, sin recursos, sin ejército. y uno que otro sauce que bordeaba el caudal.Ahí hay agua, agua en
La idea lo aterrorizaba y para escapar de ella abrió los ojos. Lerdo e abundancia, se dijo, y su lengua, como si ya presintiera la proximi-
Iglesiaslo miraban; habían advertido su estremecimiento, la palidez dad del líquido, se despegó del paladar.Aspiró el aire del desierto y
de su semblante. Para disimular,Juárez se dirigió al secretario que j por primera vez en muchos días encontró rastros húmedos, olores
seguía atisbando el desierto detrás de la cortina. de estiércol y vegetación.distamos salvados. Gracias a Dios. Los
-¿Dónde estamos? franceses de Brincourt no se atreverían a internarse en el desierto
-En medio de la nada. que él acababa de cruzar; ni siquiera los cazadores de África, con
toda su experiencia en el Sahara.Y si lo hicieran,jamás osarían ata-
carlo en la frontera a unos pasos de los norteamericanos, que inclu-
-Don Benito. so reponiéndose de su guerra civil serían un enemigo funesto para
Tras nueve días de viaje se hallaba tan fatigado que la voz del Napoleón. Sí, concluyó.Aquí la República puede estar segura.
coronel Pérez Castro le sonó como parte de su duermevela. Tenía -Señores, se acabó la pesadilla.Pueden ustedes despertar.
la lengua unida al paladar con una plasta terrosa. Continuaba su- -¿Eh?
dando, a pesar de que su última ración de agua se había agotado -Que dejamos atrás el infierno. Llegamos a nuestro oasis.
la noche anterior. Qué sed, Dios mío. Don Ramón Canales 1@\{ En tanto sus acompañantes se desperezaban, Juárez recordó su
había contado allá en Samalayuca que los fronterizos a veces de- / : salida de la ciudad de México poco más de dos años antes y la
bían beber su propia orina o la de sus caballos para sobrevivir. E.sj: comparó con la llegada a ese pueblo en la frontera. Entonces un
un remedio que aprendimos de los malditos indios. Apenas termi- mundo de gente viajaba conmigo. ¿Dónde están ahora? Sin con-
naba de decirlo cuando su tez curtida enrojeció, acaso porque en tar a Margarita, a su yerno y a sus hijos, al partir de México había
ese instante reparó en que hablaba con otro indio. ¿Me atrevería a venido con él media ciudad. ¿Te acuerdas, Pablo? A la cabeza de

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aquel interminable tren humano te habías comparado con Moisés Primero sopesaron las posibilidades de ayuda por parte de
dirigiendo a su gente al éxodo. Quién te habría de decir que igual Washington: los afanes de Matías Romero no habían dado resultado
que él ibas a acabar atravesando el desierto, pero ya casi solo, apenas hasta ahora. Los Estados Unidos se sostenían en su posición neutral,
con un puñado de colaboradores derrotados y maltrechos. aunque el secretario de Estado Seward, primero por instancias del
Los lugareños salieron de sus casas para ver el paso de la escolta, presidente Lincoln y después de su asesinato por las del sucesor, ya
primero, y en seguida las carrozas negras, preguntándose en cuál de había enviado a Napoleón III algunas amenazas veladas en caso de
ellas vi;ijª'ba el ~andamás del país. Llevaban esperándolo tres días, que persistiera en mantener sus ejércitos en México.

-
pues tuis Terra~a~;había enviado varios jinetes a anunciar el arribo
del gobleffüj a la frontera.
'
Sin embargo, el coronel no detuvo la pro-
cesión en el pueblo: como si hubiera adivinado los deseos del jefe
-Según don Matías, Johnson simpatiza con nosotros, pero no
hará nada hasta que su país recupere la estabilidad ahora que ha
concluido la guerra -apuntó Iglesias.
siguió de largo hasta el Bravo, donde, junto con sus colaboradores, -Eso quiere decir que seguimos solos en esto.
Juárez bajó del coche y se agachó a refrescarse, a lavarse la arena del También comentaron los reportes enviados desde la capital: la
camino que traía metida entre los dientes, a beber en el río hasta gente decente, el clero y demás mochos aparentaban estar muy
acabar por fin con esa sed inmensa, sin hacer caso del asombro de contentos con Maximiliano de Habsburgo y Carlota, aunque se-
algunos fronterizos que contemplaban incrédulos a un indio bajito guían inquietos por sus decisiones políticas. La Iglesia, con apoyo
de levita negra, chaleco de lino, sombrero de copa, guantes blancos del Vaticano, ya le presentaba oposición abierta en ciertos frentes.
y bastón en mitad del desierto y en plena canícula. -Quién lo iba a creer -exclamó Manuel Ruiz-, ese Quet-
zalcóatl de pacotilla está resultando el mejor aliado de las leyes de
la República.
Después de la cena y la bienvenida sin discursos a cargo del jefe -No es más que un fantoche. No tiene idea de dónde se ha
político y el señor cura, que no dejaba de observar a Juárez con metido -dijo Juárez meditabundo.
cierta suspicacia, instalados en la casa que Terrazas había dispuesto '. Según los últimos informes del agente del gobierno republi-
para ellos, sostuvieron su primera junta formal desde su salida de la '~: cano en la corte del emperador, los mismos mochos minaban los
¡d
ciudad de Chihuahua. Alrededor de una vasta mesa de madera, a •.'J cimientos del imperio, traicionando así al hombre por quien se
la luz de tres lámparas de petróleo que hacían bailar sus sombras en sentían traicionados.
los muros de piedra, sentados en sillas rectas con respaldo de tron- -En su carta, don Manuel Silíceo asegura que todos conspi-
co, el presidente en la cabecera, los miembros del gobierno de la ran contra él -afirmó Lerdo-, empezando por el bastardo Al-
República enumeraron los últimos acontecimientos para determi- monte.
nar cuál era su situación. No alzaban la voz, discutían con cal- -Vaya alacrán que se echó al seno el pobre hombre --se burló
ma. Mientras los contemplaba,Juárez tuvo la sensación de estar en Prieto.
una reunión social y no en solemne acuerdo con sus ministros y Finalmente pasaron revista a las nada alentadoras noticias de la
otros colaboradores. Iglesias y él fumaban sendos puros. Sobre la guerra: casi todo el país estaba en manos de los invasores, con excep-
mesa brillaban a la luz de las lámparas una botella de ese mezcal ción de algunos aislados focos de resistencia, sobre todo en el norte.
que ahí llamaban sotol y varios vasos medio llenos. Prieto, Lerdo -El asedio de los franceses es constante y no se sabe cuánto
y el secretario particular garrapateaban palabras en sus respectivos tardarán en caer los últimos de los nuestros -dijo Manuel Ruiz-.
pliegos de papel. El ejército republicano está prácticamente diezmado. Jesús Gonzá-

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lez Ortega sigue fuera de México buscando recursos para detener --¿Que no es tonto? No sabe en qué día vive. Ni siquiera tie-
la invasión. ne nociones de lo que dice la Constitución. Ya ven cómo llegó el
-Por fortuna, ojalá se quede por allá. año pasado a exigir la presidencia de un día para otro. Y cuando
Al escuchar el comentario de Sebastián Lerdo, Manuel Ruiz y le hicimos ver que se había adelantado doce meses al término del
Prieto intercambiaron miradas. periodo establecido, nomás se disculpó diciendo que se le confun-
-Porfirio Díaz, prisionero desde la caída de Oaxaca. En cuanto dieron las fechas.
a López Uraga yVidaurri, ya se hallan bien asimilados en el campo -¿Y usted cree, don Sebastián, que pueda torearlo otra vez
enerrugo. como hace un año?
-Aunque veo dificil que les den mando de tropa -dijo el -No se trata de torearlo -intervino Juárez-, sino de quitarlo
presidente-. Los traidores son mal vistos en cualquier partido. de en medio de manera definitiva. González Ortega no va a tomar
Pero no eran los pormenores de la guerra los que inquietaban a el mando, de eso me encargo yo. Por lo pronto, según él tiene licen-
Juárez.Yalos conocía de antemano. Lo que en realidad le preocupa- cia de su puesto, porque la pidió y nosotros se la concedimos. Pero
ba era el tiempo que restaba a su mandato. Ese día era 14 de agosto la licencia no incluía permiso para que se quedara a vivir en el ex-
del 65, es decir, le quedaban tres meses y medio como presidente tranjero durante tantos meses.Así que, desde mi punto de vista, el
constitucional. Poco más de cien días que, estaba seguro, transcu.• hombre abandonó sus funciones y podemos tratarlo como desertor.
rrirían con la sombra de Jesús González Ortega planeando sobre Lerdo fijó en el presidente una mirada de inteligencia y apenas
su cabeza. En cuanto José María Iglesiaspuso el tema a discusión, pudo reprimir la sonrisa que volvía sus ojos más saltones. Iglesias
Guillermo Prieto y Manuel Ruiz se disculparon y abandonaron la ií lanzó al techo una bocanada de humo. El secretario particular bos-
estancia.Juárez sintió un vacío en el estómago. Sacudió la ceniza ·~ tezó. En la entrada sonaron dos golpes.Al abrirse la puerta, apareció
de su puro en el suelo, le dio una fumada y en seguida se enjuagó 'Í 1 una mujer madura con un candelabro triple en la mano.
las encías con un trago de sotol. El aguardiente resbaló lento por su ,\, -Perdonen la interrupción los señores. Sus habitaciones están
garganta, llenándolo de un agradable fuego interior. listas.
-Señor -Sebastián Lerdo de Tejada lucía impaciente-, ni si" ~ La mujer dejó las bujías sobre una repisa y desapareció en la
quiera lo dude: no puede dejarle el mando a ese mamarracho pol''/ oscuridad del pasillo. La estancia se hundió en el silencio durante
muy Héroe de Calpulalpan que sea. No tiene la capacidad. >yú'' varios segundos, hasta que Juárez retomó la palabra.
-No, señor -se le sumó Iglesias-. Es necesario que perma- -Bueno, deben estar cansados. Creo que merecemos dormir
nezca usted al mando. Un cambio en estos momentos podría ses : en una cama después de tantas noches a la intemperie, ¿no creen?
fatal para la causa republicana. -Pero, señor -dijo Iglesias-, no hemos decidido qué vamos
-Pero, para lograrlo, hay que hacer algo ya. a hacer con González Ortega. En tanto transcurren los días algunos
-No podemos confiarnos en que González Ortega ande fuera indecisos pueden ir pasándose de su lado, sobre todo los que no lo
de México. El día menos pensado vuelve para decirnos que ya le tienen a usted en buena estima.
toca a él. En mala hora lo eligió el Congreso como titular de la -Ya don Sebastián y yo estamos dándole vueltas a la manera
Suprema Corte. de resolver el problema -respondió Juárez- ..No se preocupen,
-No importa su cargo. Estamos en guerra. señores.Aunque ahora estemos más derrotados y solos que nunca,
-Él cree que sí importa, y no anda tan errado. Además no es yo les aseguro que de Paso del Norte nuestro gobierno va a salir
tonto. fortalecido y con nuevos bríos.Vámonos todos a descansar.

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Pero no pudiste dormir ni esa noche ni las siguientes, Pablo, porque de Estados Unidos para ser embarcado en Matamoros o Tampico
no estabas acostumbrado a que al caer el sol el aire se mantuviera rumbo a Europa; los impuestos aduanales generaban alrededor de
tan caliente como sólo podías imaginarlo en las llamas eternas del cincuenta mil pesos al mes yVidaurri se quedaba con todo aunque
averno; porque los moyotes, como nombraban los lugareños a los el gobierno federal siguiera en bancarrota. Al exigirle esos ingresos,
zancudos, no dejaban de chuparte la sangre ni siquiera cuando tenías primero te dio largas y luego se negó, por lo que mandaste traer las
encendido el puro, al grado de que nunca supiste cómo conseguían fuerzas de Guanajuato en tu auxilio. Manuel Doblado llegó con mil
traspasar la tela del mosquitero y, sobre todo, porque en cuanto quinientos hombres, y entonces Vidaurri fingió que te organizaba
pretendías cerrar los ojos se te venían encima todas las angus- una recepción, pero cuando al fin te atreviste a entrar en Monte-
tias que durante lajornada habías logrado eludir entregado a tu tra- rrey encontraste la noticia de que los artilleros guanajuatenses ha-
bajo, que entonces se limitaba a redactar cartas y más cartas para tus bían sido aprehendidos y el cacique se ocultaba en la ciudadela del
agentes en el extranjero y en la capital, y para los generales que conti- obispado, una fortaleza que desde las alturas dominaba el panora-
nuaban vivos y con tropa. Luego, cuando creías que al fin el sueño iba ma completo de la ciudad. Pactaron una entrevista para arreglar los
a apoderarse de tu mente y de tu cuerpo, comenzaba aquel zumbido ,. problemas y en ellaVidaurri te exigió que las tropas de Doblado se
en tus tímpanos a manera de preámbulo para el desfile de imágenes ;j replegaran a Saltillo y que tú te establecieras en Monterrey bajo su
del pasado que venían a confirmarte una vez más lo solo y derrota- ~( protección. ¿Te creía imbécil, Pablo?, ¿pensaba que te someterías a
do que te hallabas. González Ortega era un fantasma permanente en \ su supuesto amparo cuando desde la Guerra de Reforma te había
los cuadros que te presentaba la duermevela; otros eran Doblado y i dado la espalda? La cólera te dominó y a los pocos minutos de
Vidaurri, lo que al despertar te parecía extraño, pues Doblado había ,'¡ iniciada la entrevista la diste por concluida, sólo para que el hijo
muerto unos meses atrás en Nueva York, adonde, como González1~i, de Vidaurri, un mocetón agreste y brutal, sacara su pistola para
Ortega, había ido en busca de ayuda para la República mientras. "' amenazarte en medio de un tropel de insultos donde quizá el más
conspiraba para sacarte de la silla presidencial. Su repentina muerte ,, leve fue aquel de "pinche indio alzado". Por fortuna, Sebastián
te había sorprendido, pero al enterarte de ella no experimentasté ·~ Lerdo había alistado de antemano el coche y pudieron abordarlo
tristeza sino alivio. De Vidaurri sólo sabías que había encontrado su:¡¡ antes de que el encuentro terminara a tiros. Salieron de Monterrey
s,itiojunto a Maximiliano, donde ocupaba un puesto administrative, .·~ a todo galope, y después te informaron que Vidaurri y los suyos
Esas eran las desventajas de estar tan lejos y en medio del desierto; 1 festejaron tu huida con borrachera, música y fuegos artificiales,
la correspondencia y las noticias llegaban con semanas o meses de : mientras a ti la bilis se te desparramaba al punto de que en Saltillo
retraso. Sólo los envíos procedentes de Estados Unidos arribaban 'ii caíste en cama enfermo de cierta gravedad. Tu desquite fue simple,
con cierta regularidad, por eso tu comunicación con los partidarios y como te revolvías en la fiebre Lerdo e Iglesias se ocuparon de él:
que se hallaban en los estados fronterizos era más constante. mediante un decreto independizaste de Nuevo León al estado de
Santiago Vidaurri te había hecho la vida imposible desde tu lle- Coahuila, después diste la orden para que Jesús González Ortega
gada a sus dominios a mediados del año 64. Primero, al saber que y José María Patoni unieran sus ejércitos y se pusieran en movi-
ya estabas en Saltillo, no fue a recibirte ni envió nota de bienvenida: miento rumbo a Saltillo y declaraste la entidad del cacique en es-
era su manera de hacerte saber que no te quería cerca. Después tu- tado de sitio. Vidaurri en respuesta hizo pública una carta donde
viste un altercado con él por los recursos que ingresaban a la aduana los franceses invitaban a los habitantes de Nuevo León a unirse
de Piedras Negras, que entonces eran cuantiosos porque a causa de al imperio, y propuso un plebiscito para que la gente decidiera.
la Guerra de Secesión por ahí cruzaba todo el algodón sureño f La lectura de esa carta lo exhibió ante ti como lo que era, un

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traidor, y así se lo hiciste saber al pueblo en un manifiesto. Luego¡ las derrotas de tus huestes, que se volvían más constantes, comenzó
aunque González Ortega demoraba su llegada a Saltillo de modo la verdadera desbandada. Ante la cercanía del ejército invasor varios
intencional con el fin de perjudicarte favoreciendo aVidaurri, con de tus colaboradores fueron a territorios más seguros, otros optaron
las tropas de Patoni y Doblado te sentiste con suficiente respaldo por la ruta del exilio rumbo a los Estados Unidos, como Francis-
y marchaste de nuevo sobre Monterrey, pero antes de que llegaras co Zarco y Manuel Doblado, quien tras perder una batalla viajó
el cacique huyó a Texas con el tesoro del estado en compañía de a Nueva York, y tú decidiste enviar allá también a tu esposa Mar-
sus incondicionales. garita y a tus hijos bajo el cuidado de Pedro Santacilia. Después,
Sólo así, con el enemigo de los ojos orientales fuera del país, con tu caravana inicial reducida a unos cuantos coches y carretas,
pudiste establecer tu gobierno en esa ciudad. Por un tiempo tú y abandonaste Monterrey el 15 de agosto del 64 con los balazos
los tuyos estuvieron tranquilos, y en ciertos días incluso felices. Los de los partidarios de Vidaurri zumbando alrededor de tu carruaje.
ingresos de la aduana, gracias al tráfico del algodón de los confe- Viajaron hacia el oeste, por los caminos más ardientes que podías
derados, eran buenos para mantener al gobierno y tu familia se ij imaginar, en busca de un sitio pacífico y alejado de los franceses
hallaba en pleno crecimiento: en Monterrey nació tu hijo Antonio, l'
desde donde pudieras seguir girando órdenes que a nadie le inte-
el pilón de tu prole, y tu primera nieta, María, hija de Nela y Pedro. resaba obedecer. Dejaron atrás Monclova y en la zona lagunera, en
Santacilia. Ahí recibiste también, como si se tratara de algo muy un rancho denominado El Gatuña, comisionaste a unos militares y
lejano, la noticia. del desembarco en Veracruz de Maximiliano de lugareños para que se hicieran cargo de las carretas con el archivo
Habsburgo y su esposa Carlota, los nuevos emperadores del país de la nación, pues en esos días tantos papeles no eran sino un lastre
que tú creías gobernar, y más adelante la de su llegada a la capital que volvía tu marcha lenta en exceso.Ya más ligero tanto de carga
tras un viaje terrible por los caminos de su nueva patria, esos que. como de movimiento, en territorio del estado de Durango con-
tú bien conocías, donde hasta una rueda del carruaje perdieron vocaste a una junta de generales con el fin de realizar un último
quedando a merced de los bandoleros que asolaban los alrededores esfuerzo y formar un solo contingente de los restos dispersos de
de la capital. El nuevo Quetzalcóatl, el descendiente del emperador 1 las fuerzas republicanas: lo que quedaba de la guarnición de Saltillo
Carlos V o el Deseado -como lo llamaban los miembros de tu ·· tras una deserción masiva, cerca de un millar de duranguenses y las
gobierno en alusión a su primer discurso en Veracruz que inició· fuerzas de Zacatecas de González Ortega. Así, en la hacienda de
con las palabras: "Mexicanos, vosotros me habéis deseado ... "- Santa Rosa se creó el ejército de occidente, al mando de tu rival
había tenido que pasar su primera noche en la ciudad de México político, con José María Patoni como segundo.
encima de una mesa de billar, pues el lecho imperial que le prepa- Tras enviarlos en busca de un enemigo que se hallaba por todas
raron estaba infestado de chinches. Sólo esa noticia, que te arrancó partes, tú y el gabinete viajaron a Nazas. Llegaron el 15 de septiem-
en su momento una carcajada corta, pudo aliviar un poco el ma- bre a Noria Pedriceña, donde, a modo de celebración de una inde-
lestar de saber que Maximiliano y Carlota habían sido recibidos pendencia que parecía esfumarse un poco más cada jornada, diste
con una lluvia de flores, cantos y poemas, bajo decenas de arcos un discurso parco ante unos lugareños entusiasmados por la visita
triunfales, por los principales ciudadanos capitalinos, los mismos de su presidente, y al otro día en la hacienda del Sobaco Guillermo
que habían ido a despedirte al palacio mostrándote sus respetos y ~: Prieto fue quien tomó la palabra en una comida amenizada por la
1
su solidaridad. · música de un conjunto rural, echando al aire sus versos patrióticos
La llegada de Maximiliano y Carlota marcó el inicio del de- más sentidos que le sirvieron para recibir una ovación campesina.
rrumbe del gobierno de la República en Monterrey. Con ella y con Qué ironía, ¿no, Pablo?, el gobierno republicano celebraba la in-

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dependencia del país en medio de una fuga interminable, en ca,. Unidos que, aun en guerra civil, podían disuadir a los invasores
serios casi despoblados, tratando de mantenerse con vida, mientras de que fueran en tu persecución. Chihuahua. Ahí mandaban aún
Maximiliano de Habsburgo, el supuesto gobernante impuesto por los republicanos liberales con Luis Terrazas a la cabeza. Ahí estarías
un ejército invasor, como lo supiste más tarde, lo celebraba seguro por el momento.
menos que en la cuna de la gesta, en Dolores Hidalgo, con decenas
de orquestas en las calles, un banquete multitudinario, fuegos artifi-
ciales, campanas al vuelo, bebida para todos y regocijo general de la -¿Piensa dar un mensaje para celebrar la independencia? -pre-
población, porque, según él mismo, el Deseado no sólo se sentía ya guntó Lerdo.
mexicano sino además miembro de la estirpe de los libertadores de El presidente no respondió. Continuó con la vista fija en uno de
la nación, Hidalgo, Morelos y Guerrero, y se vestía de charro para los pliegos de papel que atiborraban su mesa de trabajo. Ese día por
celebrar las fiestas patrias. la mañana había arribado el correo con un nutrido número de car-
En Nazas, unos días después recibiste la noticia que decidió tas y llevaba horas leyéndolas, tomando apuntes para dictar después
tu suerte y tu siguiente destino: el 21 de septiembre, aunque sus las respuestas, sin interrumpirse más que con el fin de ir a orinar al
fuerzas aventajaban en número al enemigo por lo menos cuatro patio o beber un vaso de agua, pues no terminaba de saciar la sed
veces, Jesús González Ortega y José María Patoni habían sido des- '¡ que le había entrado en el camino del desierto a pesar de vivir en
pedazados por los franceses en la batalla del cerro de Majoma, cerca ·1· Paso del Norte desde hacía un mes.
del pueblo de Sombrerete, y el flamante ejército de occidente se Cuando llegó al último sobre, su rostro se iluminó con un li-
había convertido en humo, pues los sobrevivientes desertaron en} gero aire de alegría. Venía de Nueva York. Noticias de la familia.
el acto dispersándose hacia los cuatro puntos cardinales. No puede Lo había identificado desde que le entregaron todo el mazo, pero
1'
ser, fueron las únicas palabras que salieron de tus labios cuando Jo~ prefirió dejarlo al final para disfrutar de su contenido sin interrup-
María Iglesias te leyó el comunicado. ¿Está usted seguro, señor Igle- ciones. No obstante, apenas rasgó el sobre apareció el zumbido
sias?El informe no deja lugar a dudas, don Benito: la República se junto a sus tímpanos. La mano comenzó a temblarle de manera casi
ha quedado sin ejército. imperceptible, pero lo suficiente como para que se diera cuenta de
¿Qué hacer ante semejante sentencia, Pablo? Era como quedarte/ que las palabras que iba a leer eran terribles. Desdobló las hojas y al
desnudo en una plaza llena de hombres enfurecidos que pretendie- ! ver la letra de su yerno comprendió que sus temores no lo engaña-
ran matarte a palos: no había defensa posible ni sitio adónde Ü:· ban. No era Margarita quien escribía. Ella no había podido hacerlo.
González Ortega cada vez se convertía más en un inútil, un estorbo, ¿Debido a la tristeza? Pasó los ojos por la primera carilla rápido,
Por unos minutos te envolvió la nostalgia de otros tiempos y ex.•. casi sin leer. Le dio vuelta. En la segunda hoja su vista reparó en el
trañaste ya no al triunfador Zaragoza, sino al Héroe de las Derrotas inicio de una frase:"No sabe el dolor de mi corazón por tener que
Santos Degollado, quien tras un revés de esa magnitud habría reor- avisarle esta desgracia". No se detuvo; bajó una línea, otra, hasta
ganizado de inmediato otro ejército para continuar la guerra; pero que con el pecho dándole tumbos dio con el nombre: Antonio.
Degollado ya no estaba y en el bando republicano no había nadie " ... murió nuestro querido Antonio y su madre está deshecha ... "
con sus capacidades mágicas para hacer surgir cientos de hombres." Soltó los pliegos sobre la mesa y fijó la vista en el vacío de la pared
··~
de la nada.Todo se te volvió negro, ¿recuerdas? El mapa del territo-: de enfrente. Murió mi hijito. Era verdad.
rio mexicano se pintaba con los colores de la bandera francesa y la -¿Malas noticias? -un tono de preocupación vibraba en la
única ruta libre era hacia el norte, hacia la cercanía con los Estados. voz de Lerdo.

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Por la ventana de la estancia se alcanzaba a ver una calle solitaria, chón, miró hacia todos los rincones como si hubiera oído un ruido
sin empedrado, cuya tierra blancuzca parecía humear con el sol de dentro del cuarto, luego se cubrió los ojos y empezó a sollozar,
septiembre. El cencerro agudo de una cabra campanilleaba cerca, ahogándose en su soledad.Y entonces avanzaste hacia ella, Pablo, y
A lo lejos se oía la risa de un niño. Al fondo, el rumor del Bravo al tropezar con la mesa de noche sin moverla comprendiste que la
se concentraba por momentos en gemidos lúgubres. El presidente imaginación era inútil, que los vuelos del pensamiento sólo servían
dejó su mesa de trabajo y abandonó la estancia con tranco firme para crear espejismos semejantes a los que, decía la gente, provoca-
ante la mirada interrogante de Lerdo. En la puerta se cruzó con ba aquel desierto donde igual que tu mujer en Nueva York poco a
Guillermo Prieto, quien le traía unos documentos a firmar, y pasó poco te ibas secando en la más absoluta soledad.
de largo sin dirigirle la palabra.Afuera de la casa de gobierno se ha- -Señor presidente, ¿qué intenta hacer?
llaba Camilo, en cuclillas y con la espalda recargada en el muro; se 1 El coronel Pérez Castro lo miraba extrañado, pero sólo cuando
.'
levantó para seguir a su patrón, pero él lo detuvo con un ademán, .. a'dvirtió una ligera chispa de burla en sus pupilas,Juárez comenzó a
Deseaba estar solo, que nadie lo acompañara en su sentimiento por ¡ sentir el movimiento del río entre las piernas. Había entrado en el
ahora, que ninguno de los miembros del gobierno ni de la escolta .1 Bravo-·~y...•.. el agua
, ... .. .
le daba más arriba de la cintura. \
lo vieran quebrarse, sufrir, llorar como una mujer. Porque entonces 1)
sí estabas a punto de abrirte, Pablo, esa hinchazón que nacía bajo
tus costillas y ascendía hasta la garganta no era sino un gran sollozo -Si te sirve de consuelo, Benito -Prieto lo miraba con triste-
que reventaría en grito de un momento a otro. Llegó a la orilla za-, creo que ahora sí está cercano el día en que podrás reunirte
del pueblo, a unas cuantas varas de la ribera. Del otro lado del )¡ con Margarita.
Bravo estaban los Estados Unidos, el país que le había quitado ya -No estoy tan seguro, Guillermo.
dos hijos. Primero Pepe. Ahora Toñito. Se talló el rostro con las -No se deje usted caer, señor presidente -Lerdo, serio, cir-
manos. En seguida abrió la boca en un grito mudo que, no obstan-. cunspecto, intentaba parecer animado.
te, le lastimó la garganta. El corazón que se le había desencadenado -Estoy caído, pero me tengo que levantar. No me queda otra.
como una tempestad. Se acercó al río para llenar sus pulmones -Yo pienso igual que Prieto, Benito -el rostro de Manuel
con el aire húmedo. Pobre Margarita. Cómo debe estar sufriendo. Ruiz era de velorio-. Quizá muy pronto puedas reunirte con los
A lo lejos escuchó la voz de Iglesias, quizá dando indicaciones a tuyos, aquí en México o en Nueva York. Tu prestigio internacional
los elementos de la guardia para que no dejaran solo al presidente. va en aumento. La oferta de asilo de los yanquis y el título de Be-
La risa infantil se oía ahora cerca, a su espalda. El cencerro de la nemérito que te dieron los colombianos te llegan en un momento
cabra cloqueó un par de veces y un caballo relinchó, pero juárez importante. Es como si con ello estuvieran coronando tu desem-
no lo escuchó. Ya no se hallaba en Paso del Norte: el rumor del peño presidencial.
agua lo había transportado a Nueva York, al interior del número -Eso no compensa mi pérdida, Manuel.
210 de la calle 13, donde su esposa, acostada y envuelta en varias -Ya lo sé. Aunque creo que justo ahora deberías valorar esa
mantas, se deshacía en llanto en la penumbra de su habitación. pérdida y los honores que se te otorgan para decidir con serenidad.
Él trató de acercarse al lecho. Quería hacerle una caricia en la cabe- --Espero que no vuelvas sobre lo mismo.
za, darle un abrazo, decirle que también se encontraba destrozado, Como de costumbre, los asuntos de trabajo no daban margen a
que no estaba sola en aquello. Pero ella no puede verme. No sa- las cuestiones personales. Después de que el presidente regresara de
be que he venido. Margarita se incorporó a medias sobre el col- su cuarto con un pantalón seco y limpio, los integrantes del gabi-

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nete le dieron el pésame por la muerte de su hijo. Lerdo había leíd. necesario movernos al otro lado de la frontera, pero de cualquier
la carta de Pedro Santacilia en cuanto Juárez abandonó la estanc~ modo es reconfortante saber que tenemos un lugar seguro a sólo
e informó a los demás su contenido. Todos se pusieron serios y, siJllJ un tercio de legua de aquí.
decir más que las fórmulas de rigor, fueron abrazando uno a un~ 1
-En cuanto a la guerra, seguimos en lo mismo -dijo Igle-
1

aljefe, cuyo rostro no reflejaba emoción alguna. Después tomaroal sias-. Los franceses no se mueven de Chihuahua, aunque estoy
asiento en torno a la mesa y durante unos minutos permanecierom convencido de que no intentarán atacarnos. Los nuestros intentan
en silencio. Cuando Iglesias mencionó que el comandante militaf,l reagruparse en varios estados...
de Franklin,Texas,le había vuelto a mencionar que el edificio H~~ -Si no hay cambios sustanciales, prefiero no saber de la
Milis estaba a disposición del presidente de México, si era necesario guerra.
que se asilara en los Estados Unidos, todos olvidaron el luto y la,, -Usted manda, Benemérito.
seriedad para continuar con sus funciones gubernamentales. '¡ Iglesias lo dijo con orgullo, mas el rostro del presidente per-
-Creo que es innecesario seguir hablando del tema, Manuel ..·\ maneció imperturbable; si acaso, una expresión de incomodidad
-¿Por qué, Benito? +-preguntó Prieto-. ¿Ya decidiste qu~; ensombrecía su mirada'.La decisión del Congreso colombiano de
hacer? declarar que Juárez "ha merecido bien de la América" le parecía en
En el asunto de la sucesión presidencial, nadie en la estancia estos instantes excesiva.
tenía por secreto que tanto Manuel Ruiz como Guillermo Prieto! -No me gustan los títulos honoríficos.
eran partidarios de que Juárez cediera el poder al terminar su pe"I) -Pues aunque no le guste, desde mayo los colombianos ya le
riodo a Jesús González Ortega. cambiaron el nombre -dijo Iglesias-.Y nosotros sin saberlo por
-No, no he tomado una decisión. estar metidos en el sobaco del desierto. En todos lados lo llaman ya
-Entonces ¿por qué no lo hablamos? -insistía Prieto. así.Tiene que conformarse.
-Porque ya conozco tu postura y la de Manuel, Guillermo, -Además -dijo Prieto con cierta sorna-, no se trata de un
Y ustedes conocen la mía, la de Lerdo y la de Iglesias.No creo que título como el de los caballeros de la Orden de Guadalupe, ni de
haya argumentos nuevos de ninguna de las partes. los que anda repartiendo el Deseado.
-Pero ¿no te gustaría reunirte con tu familia? -Ni siquiera lo compare, señor Prieto.
-Tanto como a ti. Pero primero tengo que sacar del país a unos -No discutamos por eso -dijo el presidente-. ¿Hay algo
franceses y a un austriaco. más?
Prieto miró al presidente con la boca abierta. Sus ojos reflejaban -Lo de su discurso para celebrar la independencia -apuntó
decepción. Se rascó la barba enmarañada y repasó con la palma de Lerdo.
la mano su camisa moteada de lamparones de sudor. -Creo que no es necesario un discurso. Con un brindis basta.
-A ver, tenemos que concluir varios pendientes antes de que Además, si sumamos un discurso a la declamación de los versos
caiga la noche. Señor presidente, ¿qué le respondo al comandante de nuestro poeta, el asunto se vuelve interminable. Ya ven el año
de Franklin y al general Carlstom respecto a lo del asilo? pasado.
-Lo mismo de hace unos días:que se le agradece la oferta, pero -De cualquier manera, algo tendrá que decir durante el ban-
que mientras el gobierno continúe seguro en Paso del Norte voy quete.
a permanecer aquí. Al general yo mismo le escribí. Sólo envíele -Ya se me ocurrirá. ¿Nada más? Muy bien, señores.Voy a des-
una nota para reiterarle nuestro agradecimiento. No creo que sea cansar un rato.

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Habías llegado al punto más bajo en tu trayectoria, pero algo ' un teatro después de ganar la guerra, mientras que en un escenario
te decía que el siguiente paso sería para ascender. Sí, algo te lo de- semejante tú habías celebrado la victoria contra los conservadores
cía y no era el título de Benemérito ni la simpatía que te brinda- veinticuatro horas antes de la Nochebuena del año 60. Ese pensa-
ban los militares yanquis del otro lado de la frontera, sino una suer- miento te llevó a recordar las Vidas paralelas de Plutarco, uno de tus
te de voz interior muy tenue que sólo escuchabas en los instantes libros más preciados, pero después de pensarlo bien te diste cuenta
de absoluto silencio y perfecta inmovilidad, Pablo. Los vientos fa- de que los puntos de contacto entre tú y Lincoln eran pocos, salvo
vorables comenzarían a soplar pronto. No sabías si vendrían del el hecho de haber salido ambos de la nada, ganar sus respecti-
interior del país en forma de nuevos ejércitos constituidos con la vas guerras civiles y haber habitado una misma época. Según los
unión de las guerrillas que aparecían por todos lados de manera informes que desde Washington enviaba Matías Romero, por su
espontánea, del corazón mismo del imperio espurio que se desmo- despacho desfilaban sin descanso simpatizantes de la causa que no
ronaba por sí solo debido a la ineptitud del nuevo Quetzalcóatl, o llegaban a concretar nada, como el general Ulises Grant, el general
de fuera, sobre todo del norte, donde un gobierno amigo manio- Sherman y el general J. M. Schofield, quien, a punto de encabezar
braba bajo el agua con el fin de ahuyentar a los invasores con base una expedición a México, recibió orden del secretario de Estado
en indirectas diplomáticas. Maximiliano seguía dependiendo por Seward de viajar a París para presionar a Napoleón 111con el fin
completo de Napoleón 111,pues aunque varias veces le había dado \ de que sacara sus tropas de México. Según te escribían tus agentes
instrucciones al general Bazaine de formar un ejército imperial 1¡,1 en Francia, ahora que era evidente la victoria de los norteños en la
constituido por mexicanos, el francés desconfiaba de los militares ii' guerra civil estadunidense, Napoleón 111lucía harto de su aventura
mochos al grado de que había utilizado su influencia en la Corte] mexicana y planeaba para muy pronto la repatriación masiva de
\·'
para enviar al Tigre de Tacubaya como embajador a Constanti- ;¡. sus ejércitos. Pero mientras éstos estuvieran en territorio mexicano
nopla y a Miramón, quien tenía poco de haberse integrado a J.aa,:('1 seguirían peleando contra ti y, como lo comprobabas a diario, de
fuerzas del imperio, a estudiar artillería a Berlín. Pero la ausencia' 1 parte de los Estados Unidos sólo podías esperar buenas intenciones
de un ejército propio no era el principal problema del Desead~.í\ y frases de aliento.
ni siquiera sus constantes choques con el Vaticano y con el arzo-\J Había sido también en Chihuahua, meses atrás, donde leíste
hispo Labastida, que no perdonaban que hubiera ratificado algu.•/' la carta con el aviso terrible de la muerte tras larga enfermedad
nas Leyes de Reforma, entre ellas la nacionalización de los bienes' de tu hijo Pepe, tu negrito, el más apegado a ti de todos tus hijos
eclesiásticos, sino la cuestión económica. Según tus agentes en la y, en consecuencia, a quien más amabas. Eso sí te partió por dentro
capital, el imperio se hallaba en quiebra y cada día se hundía más en varias partes y tardaste semanas en asimilar las consecuencias de
porque Maximiliano no estaba dispuesto a realizar economías y la noticia. Tu cuerpo sufría junto con tu espíritu y estuviste a punto
gastaba el dinero de los empréstitos franceses en sus ceremonias de caer enfermo, pero lograste sobreponerte para no dar otro dolor
cortesanas. a tu mujer, ¿recuerdas? Te sirvieron de desahogo las cartas febriles
Desde varios meses antes de emprender el camino del desierto que le escribías a tu yerno y a Margarita, donde llamabas a tu hijo
rumbo a Paso del Norte, en Chihuahua habías recibido la noticia desaparecido "mi encanto, mi orgullo y mi esperanza".
de la muerte de Lincoln, que no cayó como bofeteada en tu rostro Pero el duelo llegó a su fin definitivo cuando de sorpresa apa-
sólo porque a esas alturas ya ningún revés político te afectaba tanto. reció en Chihuahua Jesús González Ortega, a quien no veías desde
Lo que sí pensaste fue en que las ironías históricas se sucedían una que lo habías enviado a buscar enemigos al mando del Ejército
tras otra: al presidente de los Estados Unidos lo habían asesinado en de Occidente. Llegó con ínfulas de gran señor y, tras apenas salu-

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darte, se sentó en el escritorio destinado al presidente de la Su- ¿o nomás era estúpido? El brote iracundo te impidió escuchar las
prema Corte, ése que ni siquiera tocó durante los años previos, primeras frases del plan de Lerdo, y cuando al fin tus oídos se abrie-
Dejó pasar unos días, y el 30 de noviembre del 64 entró resuelto ron, el hombrecillo de los ojos de sapo se reía de la cara que pon-
al despacho de Sebastián Lerdo de Tejada a dejarle un documento. dría González Ortega cuando le mostrara el calendario.
Cuando Lerdo le preguntó de qué se trataba, el general dijo: -Pero va a venir a molestar en un año con este asunto del
-Como este día concluye el periodo presidencial del señor cambio de poderes.
Juárez, por medio de este escrito le pido que me diga si la presi- -No tenga cuidado, señor -te tranquilizó Lerdo-. Muchos
dencia se me va a entregar hoy o hasta mañana. de los nuestros están cayendo como insectos en la guerra. ¿Quién
El ministro de Relaciones primero le lanzó una mirada donde le asegura a este generalete que vivirá un año más?Y si vive, ya se
se mezclaban la burla y el coraje, para luego pedirle que le explicara nos ocurrirá algo para sacarlo del juego entonces.
de qué carajos estaba hablando. González Ortega entonces citó la Sin embargo, González Ortega no parecía dispuesto a arriesgar el
Constitución en el artículo que se refería al periodo presidencial físico en el campo de batalla. Se quedó en Chihuahua una tempo-
reglamentario, que señalaba el término para el 30 de noviembre rada hasta que, aburrido por la inactividad, solicitó al gobierno per-
del cuarto año de ejercicio. Sebastián Lerdo calculó en su mente 1
miso para viajar por territorio extranjero, para no ser capturado por
las fechas y sonrió. · el enemigo, a cualquier punto del país donde hubiera republicanos
-No se preocupe, general. En la tarde tendrá mi respuesta por en pie de guerra con el fin de unirse a ellos, aunque tú sabías,Pablo,
escrito. que permanecería en los Estados Unidos conspirando o tratando
Lerdo ya sabía lo que iba a escribir: unas pocas sumas y restas le J de establecer contacto con los franceses, y no regresaría sino doce
bastaron para definir que, si bien tú habías asumido la presidencia)!¡ meses más tarde a reclamar la presidencia. Lerdo volvió a sonreír, y
.1
en junio del 61, tu periodo reglamentario no empezó sino hasta ' esta vez tú hiciste lo mismo, cuando terminaron de redactar entre
diciembre, por lo que apenas se hallaban al final del tercer año. Sin los dos el documento que autorizaba al general y presidente de
que se le borrara la sonrisa del rostro fue a verte y te halló redac- la Suprema Corte de Justicia a viajar, sólo a viajar, por territorio
tando una de tus tantas cartas. extranjero a alguna zona republicana de México hasta que el go-
-Don Benito, ya mostró el cobre este ... animal. bierno lo llamara para encargarle algún servicio. Al terminar de
Como pusiste cara de no haber comprendido, te narró la visita i' escribirlo, lo firmaste con la certeza de que ese documento serviría
que había recibido unos minutos antes. Tus rasgos se transformaban para enterrar después a ese caudillo inútil que se había convertido
conforme oías el relato sin que la sonrisa inmóvil en la boca de en una verdadera monserga.
Lerdo de Tejada te diera mucha confianza. ¿Te acuerdas, Pablo?, por Tras cruzar la línea fronteriza González Ortega se fue al norte
unos segundos se borraron de tu cerebro todas las preocupaciones, ,, en compañía de su hermano, y a partir de ese día durante un año
las esperanzas y hasta los proyectos, porque una sola sensación te meditaste la mejor estrategia para librarte de él sin que pareciera
colmó por dentro: la ira. ¡Cómo se atrevía ese infeliz!, ¡si él era cul- un acto de autoritarismo presidencial. Tendría que ser una medida
pable de que la República careciera de ejército tras haberlo perdi- desesperada, como años antes,' cuando declaraste la moratoria; una
do en dos ocasiones, primero después del sitio de Puebla y luego medida factible de tomarse en medio del torbellino de la guerra;
en la batalla de Majoma! Además, nunca había ejercido su puesto algo que no causara la división interna de los republicanos, o al
de presidente de la Suprema Corte y, para colmo, llegaba con un menos que no los dividiera al grado de desconocerte. A tu fa-
año de anticipación a pedir que le dejaras tu lugar. ¿Estaba loco?, vor estaban las facultades extraordinarias que te había conferido el

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,,
¡'

Congreso durante su última sesión y el símbolo en que habías eri- . ¿Cuántas versos le faltarán?, se preguntó y observó cada uno
gido tu propia persona durante tanto tiempo de resistencia. ¿Qué de los rostros a su alrededor. El comandante del ejército del país
importaba el sacrificio de ese caudillo en declive si estaba en juego !1, vecino, luciendo su uniforme de gala, miraba a Guillermo Prieto
la salvación del país?, ¿qué importaba su prestigio como Héroe ¡ sin entender palabra, con una sonrisa boba y una expresión de
de Calpulalpan y Silao, como vencedor del Joven Macabeo, si tu ,1 1
cansancio en las pupilas. De tanto en tanto, cuando por el tono
apuesta era tu propio prestigio como salvador de México? Debías de los versos creía que el acto se acercaba a su fin, amagaba un
deshacerte de los escrúpulos legales y jugar con la ley y la Cons- aplauso, mas al advertir qt,le el declamador arrancaba una nueva
titución por una vez, ¿no? Debías borrarlo de tu horizonte y, ¿por estrofa con mayor enjundia recogía decepcionado las manos. en el
qué no?, de la historia nacional con un plumazo. Un año estuviste regazo. Mejor será que se acomode bien en su silla, comandante,
pensando cómo y ahora era el momento de hacerlo. pensó Juárez. Esto va para largo. Si supiera que yo he escuchado sus
composiciones durante una década, seguro sentiría lástima por mí.
El solterón empedernido de Sebastián Lerdo de Tejada estaba en
¿A qué hora llegó esta multitud?, se preguntó el presidente lleno de un extremo de la mesa, rodeado de varias damas que escuchaban
asombro mientras Guillermo Prieto asestaba a la concurrencia la al poeta sin parpadear. Lerdo también se fingía atento a las palabras
segunda estrofa de su oración poética. Hombres, mujeres, ancianos de Prieto, aunque Juárez lo conocía bien y sabía que tan sólo espe-
y niños rodeaban la mesa a espaldas de los convidados al banquete, · raba un poco de silencio para desplegar sus dotes de seductor con
se apretujaban unos con otros, empujaban a los de adelante con el alguna de las mujeres. ¿Y Manuelita?, ¿no que lo flechó tan duro?
fin de no perder una sola de las palabras del poeta de la República. Lerdo se había enamorado de una muchacha en Chihuahua con
¿De dónde salieron? Cuando veníamos para acá no vi sino arena la que mantenía correspondencia, e incluso le había dicho a Juárez
y más arena, dunas solitarias, una detrás de otra, peñascos áridos .. que sus intenciones eran matrimoniales, pero por lo visto no tenía
Cualquiera diría que la gente brotó debajo de ellos. Entonces lo remedio.
animó la idea de que la población de México era inagotable, de El vate continuó prodigando rimas y epítetos unos minutos
que mientras hubiera mexicanos ocultos en los rincones inaccesi- más. En un arranque de afectación levantó su vaso hacia el cielo,
bles del país, los ejércitos republicanos seguirían en pie de guerra fijó la mirada en las mujeres y sonrió. Ellas se ruborizaron; una de
hasta vencer a los invasores. las más viejas se estremeció sintiéndose privilegiada de estar tan
Cruzó una mirada con José María Iglesias, quien también se cerca de la grandeza, y el presidente, que no perdía detalle, se mor-
mostraba sorprendido y contento por la cantidad de personas pre- dió el labio con disgusto. La oración poética comenzaba a declinar.
sentes. El ministro levantó su copa de coñac, cortesía de la guar- Ahora Prieto, tras exaltar a la patria, articuló varias loas a Juárez y
nición militar yanqui de Franklin, e inclinó la cabeza en señal de la concurrencia en pleno volteó hacia el homenajeado, quien se
brindis. En seguida, sonriendo con sorna, señaló con los ojos al encerraba detrás de su rostro de piedra. Con los músculos tensos,
poeta. Pero el presidente no sentía deseos de compartir la burla; muy quieto sobre la silla, escuchó el verso final, luego los aplausos
al contrario, le molestaba mucho que Prieto hubiera desoído su que le parecieron interminables y los gritos de quienes llenos de
insinuación de abstenerse de lances poéticos durante el festejo de entusiasmo brindaban por el presidente de México.
la independencia nacional y, aún más, que algunos de los invitados -Gracias, Guillermo, por tus palabras.
de honor comenzaran a dar señales de inquietud o aburrimiento -Mis pobres versos sólo repiten la verdad, Benito. Nada de lo
ante la verborrea del vate. que dicen es falso.

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Prieto tomó asiento junto a la dama que momentos antes se ha- estómago. Había logrado olvidar el dolor por un rato, pero la ima-
bía sacudido de emoción y recibía sus comentarios con una amplia gen de su pequeño Antonio, a quien había visto por última vez casi
sonrisa. Se rascaba la barba enmarañada, agitaba con los dedos el al- recién nacido, regresó torturante a su cerebro. De pronto se sintió
boroto de su cabellera y se arrimó para decir algo al oído de la mu- harto de todo. No quería pensar. No deseaba oír el discurso de don
jer. Juárez lo contempló tratando de dominar su molestia. Hacia Pablo Miranda acerca de los momentos aciagos que vivía la patria,
ya tiempo que el poeta de la República le desagradaba, tanto por i' ni de la esperanza que mantenía en pie la República.
su aspecto cada vez más desaliñado, como por sus opiniones den ••·L Buscó a Lerdo con la mirada, pero ya no lo vio donde había es-
tro del gobierno. Pero desde que se había declarado partidario de', tado unos minutos atrás.Tampoco vio a las damas. Seguro anda con-
González Ortega lo aborrecía. ¿Cómo es posible que un hombre.' fundido entre la gente para después irse a pasear con ellas a la orilla
como él apoye a ese fantoche?, se preguntaba. del río, se dijo. Este don Sebastián no cambiará. Iglesias seguía en
-¿Qué le pareció la carne asada, señor presidente? -Pabldl su sitio, aunque ya daba señales de cansancio: contemplaba su copa
Miranda, uno de los vecinos importantes de Paso del Norte, se";i de coñac con cara de sueño, y de tanto en tanto bajaba la vista para
sentó a su lado. d revisar la hora en el reloj que extraía del bolsillo de su chaleco.
-Muy buena, aunque me gustó más ese guisado de chivo en siji:¡ Prieto, sin hacer caso del discurso, hablaba al oído de la vieja a su
sangre; ¿cómo le llaman? .1.1fl lado con gesto seductor.
-Fritada de cabrito. Como verá, por acá no tenemos muchl;\¡ La voz de don Pablo Miranda tronó contra Maximiliano de
variedad en la cocina, pero nuestras carnes son de lo mejor. Es 1111, Habsburgo arrancando un murmullo a la multitud, y el presidente
comida del desierto. lo único que deseaba era salir de ahí, huir para estar solo. Echó
-Oiga, don Pablo. ¿Y toda esta gente? hacia atrás la silla con intención de levantarse, pero cuando se dio
-Son de los pueblos de los alrededores. De este y del otro l~d.1\ cuenta de que había atraído los ojos de algunas personas se quedó
de la frontera. Mexicanos que quedaron allá después de la guer quieto. No podía abandonar a su pueblo. Debía decir el brindis por
del 47. Supieron que estaba usted con nosotros y se vinieron a ce• la independencia, llenar a la gente de esperanza, asegurarles que el
lebrar aquí la Independencia. Algunos caminaron sus buenas leguas triunfo estaba cerca. ¿Mas cómo hacerlo?, ¿cómo, Pablo, si te consi-
bajo el sol. Están ansiosos por escucharlo, don Benito. ·:~\ derabas más derrotado que nunca, si se te habían muerto dos hijos
-Ya escucharon la poesía de don Guillermo Prieto. Yo prefes] varones en el transcurso de ese año infame y tus ejércitos sólo su-
riría no hablar hoy. frían reveses y tus generales más capaces estaban fuera de combate?,
-Lo entiendo, por la desgracia que sufrió, pero la gente ... ¿cómo celebrar la independencia cuando el México independiente
-Si acaso haré un brindis. no era sino un miserable pedazo de desierto?, ¿cómo mostrarte op-
-Como usted diga. Entonces, si me permite, yo sí quiero echar timista cuando González Ortega, el Héroe de Calpulalpan y Silao, el
un discursito que preparé. ídolo de los mexicanos, te acechaba para arrebatarte la presidencia?
El hombre se puso de pie y fue hasta la cabecera de la mesa, Los aplausos a las palabras de don Pablo Miranda lo sacaron
donde golpeó varias veces su copa con un cuchillo hasta que atrajo de su pensamiento. El presidente apuró su copa y en seguida un
la atención de los comensales y de la gente que los rodeaba. Carras- hombre volvió a llenarla. Tomó otro trago y se puso de pie. Había
peó para aclararse la garganta e inició con un pésame público pa- llegado su turno de hablar.
ra el presidente por la pérdida de su hijo menor. Juárez escuchó las
primeras palabras y fue como si una mano le arañara el interior del

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Todo está consumado, te decías semanas más tarde repitiendo extrañabas más que nunca. Gemiste sin que tu gemido traspasara
frase que desde tus clases de historia sagrada allá en la Oaxaca df\1 la barrera de los labios apretados y abrazaste el aire del cuarto, pero
tu adolescencia te resultó musical en labios de Antonio SalanuM de inmediato el gesto te avergonzó. En tanto caminabas en tor-
cuando apenas eras un aprendiz de la lengua de los blancos. Todo no al lecho te preguntaste qué te hubiera dicho tu mujer acerca
está consumado. No fue castilla el idioma en que la escuchaste pri• del paso que acababas de dar, que se reafirmaría al día siguiente
mero, sino latín: consumatum est, mas en aquel tiempo aún no sab'- cuando se enviaran los documentos a los gobernadores y jefes mi-
distinguirlos bien y para ti ambos poseían el prestigio y la magia litares republicanos, cuando la imprenta comenzara a imprimir.
de la autoridad. Todo está consumado, murmurabas aquella noche Es una cábala horrible,Juárez. Un enjuague, la trampa de un pres-
mientras el zumbido en los tímpanos envolvía tus palabras. Apret, tidigitador político. Pobre de la mula rematada, pobre del general
taste los párpados con molestia y respiraste varias veces mientras tMI'; González Ortega, le tengo lástima por lo que va a sentir. Pero sólo
tallabas la frente con las yemas de los dedos, seguro de que ah~ así podías quitártelo de encima; era tu deber. Qué bueno que lo
sí podrías dormir aunque fuera un poco, pues tras varias horas ca) hiciste, Juárez.
intensa discusión entre Lerdo, Iglesias y tú habían concluido el ne. ' La péndola del reloj de pared crujió y no precisaste verlo para
gocio iniciado en San Luis Potosí más de dos años antes, al promes saber que ya eran las cuatro de la madrugada del 1º de noviembre
diar el 63, acerca de prorrogar o no tu mandato como presidente.' del 65. La casa de gobierno estaba hundida en el silencio. Desabo-
Sebastián Lerdo de Tejada había puesto punto final al decreto qui tonaste tu camisa blanca mientras te preguntabas si en realidad ese
anunciaba que Benito Juárez no dejaría el mando del gobier• golpe frustraría las aspiraciones de Jesús González Ortega, o si por
Ya no hay marcha atrás y que sea lo que Dios quiera, dijo José Ma.4 el contrario sería la mecha que encendería una guerra civil entre
ría Iglesias al leer el documento definitivo. A partir de mañana .•• . los republicanos. Sacaste los brazos de las mangas y un ardor extra-
desata el incendio político entre los nuestros, y seguro Maximiliano \ ño, no muy fuerte, te escoció la espalda. Sentías la piel de gallina.
y los franceses no escatimarán esfuerzos para atizarlo. Ya veremos · Es el cansancio, te dijiste. Trataste de evadirlo pensando en los ar-
cómo reacciona nuestra gente al leer los bandos. gumentos que esgrimirán tus opositores. Dirán lo que ya insinuó
Veremos, te repetías mientras a la luz de una vela de sebo ob- Guillermo Prieto: que no pude resistirme a la dictadura, que ya lo
servabas de pie la soledad de tu cama. Te dolían los músculos de la veían venir, que desde que pedí facultades extraordinarias al Con-
espalda; al quitarte el saco el aire envolvió tu camisa empapada en greso lo tenía en mente, que nunca he gobernado como lo manda
sudor provocándote una sensación de desamparo, un estremecí- la Constitución, que se trata de un golpe de Estado contra la Carta
miento que no supiste si debías atribuir a la tensión en que habías ' Magna, que no soy sino otro revolucionario más, dispuesto a afe-
vivido las últimas jornadas o al frío que por momentos ya se dejaba rrarme al poder hasta la muerte. Terminaste de desnudarte, doblaste
sentir rudo sobre Paso del Norte. Sólo cuando notaste las palpita- con cuidado el pantalón sobre una silla y te metiste por la cabeza
ciones de tu torrente sanguíneo en las sienes, la rigidez del cuello, la ropa de dormir. Siguiendo tu rutina de cada noche, los botines
la resequedad en los ojos y la sed, esa sed que no te abandonaba quedaron uno junto al otro a los pies de la silla, las medias sobre
por más agua que bebieras, reconociste que te hallabas al límite el pantalón y revisaste que todas las prendas estuvieran extendidas.
del agotamiento. Contemplabas tu lado del colchón con arrugas Luego apagaste la vela y te dirigiste con movimientos calmos ha-
en la cubierta, la almohada con un hueco apenas disimulado en el cia la cama. Al levantar las cobijas la ausencia de tu mujer te llenó
centro y el extremo contrario liso, como si nadie hubiera dormido de un nuevo resentimiento y, con el corazón palpitando fuerte, tu
ahí jamás. Margarita, clamaste con el pensamiento. Esa noche la cuerpo se introdujo entre las sábanas heladas.

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Te resultaba imposible conciliar el sueño. La indecisión anterior no se hubieran quedado siempre en ese respeto distante que impli-
se había convertido, con el asunto resuelto, en una suerte de re- caba una relación entre superior y subordinado.
mordimiento que te roía los intestinos. Era cierto, el general Jesús Te habría gustado quizá acompañarlo a una de sus campañas
González Ortega había dejado de inspirarte respeto hacía tiempo, contra Miguel Miramón para ser testigo de la estatura monstruosa
mas la admiración que le habías tenido en otra época te generaba que según sus partidarios alcanzaba al enfrentar la muerte. Sí, verlo
cierta pena. Cada uno de los tres documentos que se publicarían en acción, contemplar de qué estaban hechos los héroes, atestiguar
en unas cuantas horas constituía una puñalada al prestigio y a la su desprecio por la existencia cuando se jugaba la victoria de una
carrera de ese caudillo que había tenido la osadía de ponerse contra batalla y el porvenir de la República. Porque era González Ortega
ti. En ellos se le acusaba de deserción como soldado, de abandono quien había salvado la República durante la última guerra, y no tú,
de funciones como titular de la Suprema Corte y se ordenaba a Pablo, era preciso que lo reconocieras. Tú no habías sido más que
los republicanos aprehenderlo en cuanto pisara territorio nacional. el presidente, el símbolo, la cabeza visible de una administración
Lo que no mencionaban los escritos era el remate de la jugada, la que no habría podido sobrevivir sin hombres así. Si él hubiera
joya de la corona, la intriga que en el gabinete sólo Sebastián Lerdo flaqueado entonces tal vez ni siquiera estarías en Paso del Norte
y tú conocían: el arraigo de González Ortega en Nueva York por resistiendo a la invasión. Acaso ni existirías. Sus errores verdaderos
órdenes de un juez estadunidense, debido a la demanda que había habían venido después, en tiempos de paz, y en la lucha contra las
interpuesto en su contra un militar de nombre William H. Allen huestes de Maximiliano de Habsburgo. En la Guerra de Reforma,
por incumplimiento de contrato. El militar alegaba que el zacate- González Ortega fue inmenso, intachable, y tú lo admirabas, por
cano le debía algunos miles de dólares de ciertos servicios que le eso te habría gustado ir con él a pelear contra el enemigo a Silao,
había prestado y el juicio se prolongaría lo suficiente para impedir a Calpulalpan, no como su superior sino mezclado entre los com-
el regreso de tu rival político antes de que todo el campo liberal batientes, entre los hombres del pueblo a quienes él sabía impulsar
diera por definitiva tu prórroga en la presidencia. Lo que no sabía como nadie. Pero nunca tuviste esa oportunidad porque dirigir un
nadie, excepto Lerdo y tú, y González Ortega ni siquiera sospecha- gobierno implica encadenarse a una silla, a una mesa de trabajo, a
ba, era que el demandante, un alcohólico incapaz de mantenerse un recinto, ya sea casa, carruaje, choza de ranchería o palacio mien-
con un trabajo honrado, era el padre de la novia de Matías Romero, tras son otros los que conquistan en los campos de batalla la gloria
quien lo había convencido de participar en la conjura. De ese mo- y el verdadero amor del pueblo, otros como Jesús González Ortega,
vimiento maestro derivaría el fin de la trayectoria militar y política tu víctima, tu rival vencido.
de tu rival. Un fin deshonroso. De ésta va a ser muy dificil que se Su voz es semejante a un trueno, te dijo una vez Ignacio Za-
levante usted, general Ortega, pensabas. Hemos llevado a cabo su ragoza. Al oírla los soldados se estremecen, en seguida se paralizan
asesinato político. presas de la incertidumbre, pero al final reaccionan como si recibie-
Ese pensamiento no te causaba placer, sino angustia, ¿por qué? ran el golpe de un rayo. Entonces pierden el miedo, se olvidan de
Giraste el cuerpo sobre las sábanas y escuchaste crujir las hojas de todo y sólo piensan en aplastar al enemigo. Es una voz que hipno-
maíz que rellenaban el colchón. Te cubriste los ojos con la almo- tiza. Así debió ser la voz de los héroes de la Antigüedad. Eso había
hada de plumas. Por más que te esforzabas, no podías dejar de ver dicho Zaragoza, el otro gran héroe de tus ejércitos, cuando militaba
frente a ti el rostro soberbio del Héroe de Calpulalpan. Hubie- a las órdenes de González Ortega. ¿Qué habría pensado el joven de
ras querido tratarlo con mayor frecuencia, Pablo, conversar con él los quevedos de este golpe a su antiguo jefe si aún viviera?, ¿habría
como amigos, establecer entre ambos un poco de intimidad. Ojalá estado de acuerdo? Tal vez, con su parquedad habitual, te habría di-

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cho: Estoy con usted, señor presidente, prorrogar su mandato es ¿cómo no temerle por eso mismo? Así son los gigantes, admirables
necesario para nuestra causa. Pero el remate contra don Jesús, ¿no le y temibles a la vez, su sombra nos protege y nos oprime, nos sos-
parece excesivo e innecesario?, ¿para qué declararlo desertor, fuera tienen sobre sus hombros fuera del alcance del enemigo, pero en el
de la ley, y ordenar su aprehensión si regresa a territorio nacional momento menos pensado pueden caernos encima y aplastarnos.Yo
cuando ya no tiene oportunidad de causar daño?, ¿no le parece te admiraba, Jesús. Eras uno de los hombres que me hacían sentir
que es ensañarse demasiado con alguien a quien usted y yo tanto orgulloso de ser su contemporáneo. Sin haber escuchado nunca el
admirábamos? trueno de tu voz en una arenga de batalla, estaba hipnotizado por
Sí, aceptaste entre sueños. Yo también lo admiré. Incluso lo qui- ti igual que el más humilde de tus soldados. Después te admiré y te
se. ¿Cómo no amarlo si salió de la nada cuando más desesperados temí por igual, hasta que tus errores, tu ambición y tu ingenuidad
estábamos para convertirse en el huracán que nos dio el triunfo me obligaron a despreciarte. ¿Por qué sucede eso con los hombres?
indiscutible contra los mochos?, ¿cómo no postrarnos a sus plantas Quienes primero despiertan nuestra admiración, nuestro cariño, el
si fue el vencedor de Miramón, aquel joven invicto que parecía se- día menos pensado se alzan contra nosotros convertidos en rivales
ñalado por Dios para destrozar nuestros ejércitos?, ¿cómo no estarle peligrosos. Me sucedió con Miguel Lerdo, con Manuel Doblado,
agradecido si por sus triunfos pude dejar sin ratificar aquel acuerdo ahora contigo, general Ortega, y con Guillermo Prieto y con Ma-
con los Estados Unidos que comprometía nuestra soberanía? Diste nuel Ruiz. ¿Será mi destino?, ¿o se trata sólo de que así es la lucha
otros giros en la cama. El sueño comenzaba a generarse en el fondo por el poder?, ¿me pasará lo mismo con el hermano menor de Mi-
de tu cerebro y todo parecía indicar que sería por primera vez en guel, Sebastián Lerdo, con José María Iglesias, con el buen Porfirio?
muchos meses profundo y tranquilo. En política no existen lealtades permanentes. Nadie es realmente
A punto de dormirte, el recuerdo del tratado entre Melchor de fiar. Todo hombre está solo. Estoy solo. Tú también, general.
Ocampo y el ministro norteamericano Robert M. Me Lane te pro- Y en este mano a mano saliste perdiendo.
vocó un espasmo en el vientre, y en ese preciso instante compren- Bostezaste contento de poder hacerlo. Al fin el cansancio te
diste por qué te angustiaba el golpe contra el general zacatecano: rendía de verdad. Luego extendiste la mano hacia el lado vacío de
estabas acumulando errores, Pablo, equívocos que de momento no la cama e imaginaste, sentiste, la tibieza del cuerpo de tu mujer. La
presentaban consecuencias pero que acaso en el futuro tus enemi- negrura se apoderaba poco a poco de tu mente. Escuchabas ya las
gos revivirían con el fin de atacarte, de manchar tu buen nombre risas de tus hijos, la voz de Pepe, los balbuceos de Toñito, las pala-
o hasta de empañar tu memoria en la historia del país.Ya llevabas bras de consuelo de Margarita, y al comenzar por fin a entrar en
varios: el Tratado Me Lane-Ocampo, la suspensión de pagos de la el sueño tu máscara de piedra se distendió en un esbozo de sonrisa
deuda y ahora este golpe al vicepresidente cuya legitimidad mu- que, sin que te dieras cuenta, se tornó más y más amplia cuando en
chos iban a poner en duda, eso era seguro. Y con la última jugada tu inconsciente se proyectaba la imagen del general Jesús González
no sólo eliminabas a González Ortega, sino perdías a varios de tus Ortega encadenado y de rodillas.
colaboradores y amigos: Guillermo Prieto se marcharía y Manuel
Ruiz, Tío Ruicito, quienes estaban contigo desde los tiempos de
la Revolución de Ayuda.Y seguro también se te iban a voltear José
María Patoni y Miguel Negrete. ¿Cuántos más?
No, no puedo sentir remordimientos, te dijiste dando un ma-
notazo al aire. González Ortega nos dio mucho, es verdad, pero

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