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Tomás Barrero

Universidad de los Andes

Alberto Lleras: democracia, tradición y compromiso intelectual

En donde todavía no actúa la democracia es


por sí solo un programa liberal obtener su
predominio.
Donde ya actúa, utilizar intensamente sus
métodos para fines concretos del Estado no
es un programa pero es un procedimiento
liberal.

Alberto Lleras

En las confusas circunstancias de la renuncia de López Pumarejo en 1945


el nombre de Alberto Lleras surgió de boca de liberales y conservadores,
casi que naturalmente, para hacerse cargo de la presidencia. Liberal,
colaborador de López a lo largo de la obra reformadora gestada desde la
convención de 1929 y amigo personal del presidente, Lleras interpretó
desde el principio su misión con lo que podríamos llamar un espíritu
netamente republicano. Esa nueva actitud representaba una
transformación en la estrategia liberal y no simplemente una diferencia
personal con López. En su mensaje al Congreso anunciando la renuncia a
la Presidencia en 1945 y posteriormente en una entrevista al periódico El
liberal, el combativo orador de los años 30 y artífice de la tesis del gobierno
de partido se había inclinado bajo el peso de las circunstancias históricas
a favor de una política de “colaboración nacional” con ministerios mixtos y
un plan de gobierno que incluía a la oposición. López y Lleras reconocían
implícitamente las bondades del gobierno de “Unión Nacional” que tres
lustros antes impusiera Olaya Herrera como estrategia para la reconquista
liberal del poder. En ambos casos, 1930 y 1945, la única forma de
mantener el orden político y la gobernabilidad apuntaba a desdibujar las
diferencias doctrinarias entre liberales y conservadores.
Crítico de esos linderos políticos en ambos periodos, Jorge Eliécer Gaitán
había insistido en tiempos de la “Unión Nacional” y de la República
Liberal por igual en que las nuevas divisiones políticas debían establecerse
en términos de dos métodos, incompatibles entre sí, de tratar los sistemas
de producción: el individualista del liberalismo clásico y el socialista. El
liberalismo clásico, manchesteriano, había quedado relegado por las
divisiones sociales cada vez más notorias entre quienes poseían los medios

1
de producción y quienes solamente aportaban su capital de trabajo. El reto
del liberalismo consistía en adaptarse al nuevo enfoque socialista sin dejar
de lado la doctrina defendida a sangre y fuego durante las interminables
guerras del siglo XIX. En 1931, como parte de uno de sus discursos más
representativos en el que defiende la intervención estatal durante el
gobierno de Olaya, Gaitán intenta sintetizar ambos componentes en su
liberalismo “izquierdista”. Mientras la defensa de las libertades
individuales se resume en “postulados” “exclusivamente políticos” que
representan el patrimonio liberal, el enfoque socialista es indispensable
para enfrentar los problemas económicos del mundo contemporáneo:

“Pues bien, en lo económico y lo social somos integralmente socialistas y


andan equivocados todos los que pretenden establecer incompatibilidad
entre el liberalismo y el socialismo colombiano. Por el contrario, son
movimientos afines que deben fundirse y luchar al unísono. Digo más: son
una sola y poderosa fuerza, a cuyo vértice afluyen la doctrina de los
principios democráticos, las libertades humanas, eso que en los partidos
no puede ser olvidado ni despreciado, o sea el sentimiento, el panorama
psicológico en el que se refleja la vida”1.

El liberalismo clásico, como impulso sentimental, “complementa” la


perspectiva científica y humanística que solo el socialismo puede brindar.
Apegado sentimentalmente a las luchas decimonónicas por la libertad de
palabra y opinión, el líder del liberalismo izquierdista se plegaba a
“fenómenos de determinación histórica” que el método socialista permitía
elucidar.

Lleras y López se opusieron a tal síntesis a lo largo de su carrera política


por considerarla contradictoria e inaplicable2. Sin embargo, el diagnóstico
de Gaitán sobre el liberalismo clásico me parece una herramienta
indispensable para entender el viraje del discurso liberal de la tesis del
gobierno de partido defendida con ingenio y fuerza retórica por López en
1938 a la posibilidad de conciliación de 1945 y al papel posterior de Lleras
en el Frente Nacional. El tradicionalismo liberal reside en un compromiso
ya no pasional sino puramente intelectual con un sistema democrático y

1 “Nacionalismo e izquierdismo” en Jorge Villaveces (editor) Los mejores discursos de Jorge


Eliécer Gaitán. Editorial Jorvi, Bogotá, 1958, pp. 105.
2 Para una presentación completa de las complejas relaciones entre el régimen liberal de

López y la idea de revolución, tan presente en la política y la cultura de los años 30, ver
el texto de David Jiménez “Revolución: imágenes, ideas relatos” en Rubén Sierra (editor).
República Liberal: sociedad y cultura, Universidad Nacional, Bogotá, 2009. Para una
presentación panorámica del anticomunismo de Lleras, otros liberales y conservadores,
ver el texto de Rocío Londoño “El anticomunismo en Colombia” en Rubén Sierra (editor).
La restauración conservadora. 1946-1957, Universidad Nacional, Bogotá, 2012.

2
unas instituciones republicanas. Esas instituciones, que para Gaitán no
son más que el medio de buscar una sociedad más justa, para López y
sobre todo para Lleras se transforman en una tradición imposible de
abandonar que adquiere matices cada vez más conservadores.
Determinada en gran parte por las vicisitudes de la política internacional,
la transformación de la posición liberal oficialista parece reconocer, a veces
a regañadientes, a veces con entusiasmo, los méritos de la tradición
republicana y democrática que se opone a la revolución comunista
asociada con la vertiente socialista del liberalismo de Gaitán. El
republicanismo de los liberales se vuelve contrarrevolucionario y
tradicionalista en este sentido de la palabra. El sarcástico López de los
años veinte y el combativo crítico del republicanismo de 1938 es el
sosegado estadista de la propuesta de Frente Nacional en 1956. A su lado,
el amanuense de la Revolución en marcha parece haber aprendido la
lección política imprescindible: si las libertades individuales entraron en la
vida pública y constitucional del país durante la República Liberal, la
lucha contrarrevolucionaria solamente podrá consolidarse con una síntesis
histórica la doctrina anticomunista de ambos partidos.

En este escrito sólo perseguiré un cabo de esta enmarañada madeja


histórica, su hilo propiamente ideológico. Intentaré interpretar las
diferencias entre la posición del oficialismo liberal a través del tiempo en
términos de tres elementos que creo fundamentales en el debate liberal y
que Lleras menciona en su discurso de aceptación de la presidencia en
1945: una defensa liberal de la democracia, un reconocimiento del valor de
la tradición bajo la forma del republicanismo y una actitud netamente
intelectual en cuanto a las ideas políticas. El compromiso intelectual al
que se refiere Lleras toma forma cuando se pone en el contexto de la
crítica a la democracia liberal desde las disidencias conservadora y liberal
de los años 30 y 40 personificadas en Gaitán y Alzate, respectivamente.
Para Lleras la democracia es una condición de posibilidad de la política
misma, es una tradición que debe preservarse ante el caos, la sorpresa y la
revolución. El valor de la tradición republicana puede rastrearse desde las
punzantes críticas al republicanismo en los años cuarenta a la
recuperación por parte de Lleras de tesis republicanas con respecto a las
libertades y la legitimidad políticas y al origen y función de los partidos,
elementos que se harán explícitos a nivel internacional en todo su trabajo
político como Secretario de la OEA y nacionalmente en su crítica a la
dictadura populista de Rojas y en su defensa del Frente Nacional.
Primero me ocuparé del medio intelectual en el que Lleras adelantó su
gobierno de 1945 con el objetivo de mostrar cómo se relaciona su
argumento a favor de la democracia con elementos de las disidencias
conservadora y liberal de su época. A continuación me concentraré en las
afinidades cada vez más explícitas entre Lleras y algunas tesis
republicanas con respecto a los derechos políticos que reafirman la idea de
Lleras como un liberal clásico, tanto en su defensa del orden político

3
mundial como en su defensa de la tradición republicana en Colombia.
Tomando como base algunos de los principales discursos de Lleras como
secretario de la OEA, en la tercera sección ilustraré el indispensable
aspecto internacional de ese liberalismo clásico resaltando su carácter
anticomunista. Luego me ocuparé del valor de la tradición en el ámbito
nacional del pensamiento político de Lleras desde su discurso del 45 a su
oposición a Rojas. La democracia se transforma entonces en una tradición
y juega un papel muy semejante a cualquier defensa de la tradición en el
partido conservador involucrando elementos como la tradición literaria y la
religión. Finalmente rastrearé los elementos de este liberalismo clásico,
contrarrevolucionario, enemigo del populismo y defensor de la tradición
republicana en algunos de los discursos más importantes de Lleras con
respecto al Frente Nacional.

1. Oficialismo y disidencia

La transformación del liberalismo oficialista no se produjo de la nada.


Respondía a una disputa ideológica en diversos frentes: con el oficialismo
conservador en cabeza de Laureano Gómez y con las disidencias de ambos
partidos. La conservadora, que había tenido sus orígenes con los
Leopardos y cuya figura más atractiva probablemente sea Alzate
Avendaño; la liberal liderada indiscutiblemente por Jorge Eliécer Gaitán.
Uno podría pensar que en el centro del debate contra la república liberal
estaban los problemas nacionales, pero un recorrido por algunos de los
textos más representativos de la época revela, por el contrario, una actitud
“internacionalista” de todos los bandos en disputa.
Independientemente del recrudecimiento de la violencia política o, mejor,
de manera indirecta y alusiva, Gómez, Alzate Avendaño, Villegas y Gaitán
parecen más interesados en interpretar la guerra, tomar partido con
respecto a una de las facciones y solamente como resultado de esa
elección, pronunciarse sobre los grandes problemas nacionales. Buena
parte de la elite política sentía como un deber ideológico proclamarse a
favor o en contra del fascismo o del comunismo para luego abordar
problemas como la tenencia de tierra o la legitimidad de la democracia3. No
resulta posible establecer divisiones ideológicas en la política colombiana

3 Desde las furiosas diatribas de Gómez a favor del franquismo durante el gobierno de
Santos (cf. “Conflicto de dos culturas” en Ricardo Ruiz Santos (compilador) Laureano
Gómez. Obras Completas, Tomo IV, Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1986.) al perspicaz
análisis de la realidad rusa desarrollado por Gaitán en 1942 (cf. “Rusia y la democracia”
en Jorge Mario Eastman (compilador) Jorge Eliécer Gaitán. Obras selectas, Parte 1,
Cámara de Representantes, Bogotá, 1979), pasando por el elogio del fascismo y del
nazismo de Villegas (No hay enemigos a la derecha, Casa Editorial Arturo Zapata,
Manizales, 1937) y de Alzate (“La candidatura de Ospina Pérez” en Jorge Mario Eastman
(compilador), Gilberto Alzate Avendaño. Obras selectas, Parte 1, Cámara de
Representantes, Bogotá, 1979) a finales de los 30, el debate político colombiano parece
completamente atravesado por la segunda guerra mundial, por sus motivos y su
desarrollo.

4
de esa época sin tomar en consideración la disputa entre totalitarismo y
democracia. Desde la defensa puramente táctica de la democracia de
Alzate y Villegas hasta la distinción entre democracia como forma de
gobierno y como forma de organización económica de Gaitán, el debate
recurrente era el mismo. Y Lleras no pudo sustraerse a él. De esa disputa
heredaría una repugnancia por toda clase de regímenes totalitarios y una
concepción contrarrevolucionaria de la democracia. Pero también una idea
del liberalismo como un conjunto de compromisos intelectuales.

a) Totalitarismo y democracia

Lo llamativo de la posición de Lleras es que, primero como miembro del


gabinete y del congreso y luego como presidente, se aleja del diagnóstico
político de muchos de los miembros de su generación, tanto liberales como
conservadores, con respecto a la guerra. A saber, la tesis de que el viejo
liberalismo decimonónico y heredero de la Revolución Francesa se
encuentra en crisis moral, económica y política. Desde la derecha, Villegas
y Alzate defienden las posibilidades de intervención estatal que el nazismo
y el fascismo han puesto de manifiesto. Desde la izquierda, Gaitán
argumenta a favor del socialismo como un método científico para entender
los nuevos hechos económicos y sociales. Desde los dos flancos se ataca,
en síntesis, la vieja comprensión liberal-individualista del mundo, el
hombre y la política.
En un texto de 1942, Lleras toma posición frente a todas las formas de
totalitarismo. Lejos tanto de la derecha como de la izquierda, defiende el
ideal de democracia como un fin en sí mismo, independientemente de las
vicisitudes de la situación mundial:

“Las democracias no se asemejan entre sí, por lo mismo que los hombres
ilustres buscan diferenciarse. Pero la calidad misma de la democracia se
podría resumir en la ausencia de sorpresa. El régimen totalitario, el
dictatorial, el despótico, conducen al ciudadano de sorpresa en sorpresa,
gratas unas, otras detestables. La democracia no debe tener sorpresas, y
las leyes tienen esa misión: anticipar cómo deben ocurrir las cosas, por
qué cauce han de rodar naturalmente los hechos, y adiestrar al ciudadano
en la esgrima contra el azar, la estupidez o la perfidia. Es un régimen de
previsión, porque es inteligente. Es lento y parece torpe ante los fenómenos
sociales relámpagos que provoca la decisión de un iluminado. Pero prevé
también que el que gobierna sea tan veloz para el éxito como para el
fracaso. Es un régimen viejo, porque es la acumulación de toda la
experiencia humana, desde el despotismo de la tribu hasta el régimen

5
parlamentario. Lo preveía todo, menos lo que escapa a su límite natural:
es decir, el proceso internacional.”4

Lo que debemos a la democracia es un progreso gradual que excluye el


arrebato revolucionario y la idea misma del líder iluminado. La lenta
previsión democrática se opone al fulgurante ascenso del totalitarismo y es
una especie de defensa de los pueblos contra sus propios impulsos
irracionales. La actitud de Lleras ante el totalitarismo no parece estar
basada en el realismo político sino en lo que ingeniosamente Alzate
denunció como “supersticiones jurídicas” de la generación del Centenario5.
Para Lleras el totalitarismo no indica ni por un momento el agotamiento de
la democracia liberal. La democracia liberal es una condición de
posibilidad de cualquier organización política. Los nuevos hechos
económicos y sociales deben interpretarse y resolverse desde la vieja
estructura que la guerra está poniendo en duda. La continuidad liberal de
1945 es el producto de esa convicción. Y en esa convicción reposa una
defensa implícita de la tradición: la democracia es el sistema de gobierno
que permite avanzar sin destruir la tradición. Los totalitarismos nazi,
fascista o soviético destruyen “la acumulación de toda experiencia
humana”, no son más que tendencias suicidas desde un punto de vista
histórico. La actividad política posterior de Lleras reafirmará este elemento
tradicionalista ahora bajo las presiones externas de la Guerra Fría, como
veremos. A pesar de esta reticencia a debatir la legitimidad de la
democracia con sus coetáneos, Lleras y el oficialismo liberal incorporarán
en su ideología un elemento de las derechas de los 30: la necesidad de
adelantar una tesis contrarrevolucionaria.

b) Democracia y contrarrevolución

El discurso de la república liberal recurrió al vocabulario de la revolución6.


Con todos los matices que uno pueda señalar, la retórica oficial de López y
su idea misma de la “Revolución en Marcha” no dejan muchas dudas al
respecto. No en vano los jóvenes conservadores de los 30, compañeros de
andanzas juveniles de Lleras7, reaccionaron ideológicamente diseñando
una estrategia contrarrevolucionaria que se opusiera a las tendencias

4 Alberto Lleras “Liberalismo y totalitarismo”. En Obras selectas de Alberto Lleras. Tomo


IV, Aníbal Noguera (ed), Federación Nacional de Cafeteros, Flota Mercante
Grancolombiana, Presidencia de la República, Bogotá, 1987, p. 172.
5 “La candidatura de Ospina Pérez” Jorge Mario Eastman (compilador) Gilberto Alzate

Avendaño. Obras selectas, Parte 1, Cámara de Representantes, Bogotá, 1979, p. 81.


6 Para una discusión amplia de las acepciones del término “revolución” y de sus

implicaciones ideológicas y estéticas, ver David Jiménez “Revolución: imágenes, ideas


relatos” en Rubén Sierra (editor). República Liberal: sociedad y cultura, Universidad
Nacional, Bogotá, 2009.
7 Para una historia detallada del medio social y la vida cotidiana de los Leopardos, los

Nuevos y los centenaristas ver Ricardo Arias Los leopardos. Una historia intelectual de los
años 1920, Ediciones Uniandes, Bogotá, 2013.

6
“comunistas” de la República liberal. Una síntesis útil de esta posición la
encontramos en Alzate Avendaño cuando defiende la candidatura de
Mariano Ospina Pérez en 19378:

“No hay que equivocarse. Del antiguo liberalismo sólo queda el rótulo y un
vago fondo mitológico, que tienen cierta vigencia sentimental para las
muchedumbres. Pero el régimen, lo que llamaban los centenaristas con
escasa novedad literaria “la nave del estado”, no se encuentra anclado en
el malecón de Mánchester, sino que se dirige entre tumbos hacia las
dársenas rusas. El área ideológica de los antiguos partidos está
rebasada.[…] El gobierno imperante en Colombia pertenece a la izquierda.
Cada vez acentúa más su filiación revolucionaria.”

La retórica contrarrevolucionaria es igualmente clara en Villegas o Gómez,


pero Alzate tiene la virtud de fundamentarla en una comprensión política
realista (en el sentido de Maquiavelo). Los conservadores deben ser
capaces de influir en las masas, de inspirar un movimiento popular que,
haciendo un uso estratégico del sufragio universal, sea capaz de detener la
revolución liberal en el poder. La democracia tiene entonces una tarea
contrarrevolucionaria.
Aunque se encuentre en la otra orilla ideológica, este mensaje calará
profundamente en Lleras. Lo opuesto al lento orden democrático es la
revolución disolvente y disociadora. El conflicto mundial muestra que el
mundo conocido por nosotros se encuentra en peligro debido al ímpetu
revolucionario. La lucha entre democracia y revolución no es otra cosa que
el reflejo político de la lucha entre civilización y barbarie9:

“Las grandes revoluciones humanas no necesitan armas. No debemos


declarar vencido un orden intelectual y moral en el mundo, porque haya
sido derrotado. No estamos tampoco ante un cambio que la humanidad
tenga que realizar y que a lo sumo, extendido al universo, soportaría. Decir
que ha quebrado el orden democrático, la civilización cristiana, el mundo
de nuestra tradición porque no fue capaz de resistir la máquina guerrera,
es un escamoteo de la verdad. El proceso ha sido más elemental. La
dictadura totalitaria no es una novedad, ni un ingenioso recurso político,
ni un invento prodigioso. Es un sistema viejo como las sociedades
humanas, pero que no ha tenido aplicación sino para la guerra.”

No debe sorprendernos entonces el anticomunismo posterior del Lleras


secretario de la OEA y del Frente Nacional, tendencia ideológica que parece

8
“La candidatura de Ospina Pérez” Jorge Mario Eastman (compilador) Gilberto Alzate
Avendaño. Obras selectas, Parte 1, Cámara de Representantes, Bogotá, 1979, p. 85.
9 Alberto Lleras “Liberalismo y totalitarismo”. En Obras selectas de Alberto Lleras. Tomo

IV. Aníbal Noguera (ed), Federación Nacional de Cafeteros, Flota Mercante


Grancolombiana, Presidencia de la República, Bogotá, 1987, p. 170.

7
responder a lo que Gaitán llamara el “quiste psicológico”10 de los liberales
oficialistas. Ese prejuicio está esbozado en el debate del oficialismo liberal
con el liberalismo disidente de los años 40 y parece una herencia
intelectual de la disputa ideológica con los conservadores. Lleras
incorporará el elemento contrarrevolucionario pero no la admiración por el
fascismo. El liberalismo se definirá entonces como una defensa de la
civilización liberal, de sus valores (incluida la libertad religiosa) frente al
atropello y el horror que una revolución significa. En su tono e ímpetu nos
hará recordar las encendidas diatribas de Villegas, Alzate y Gómez en
contra de la disolución moral y social producida por la República liberal.
Conservadores, disidentes y oficialistas, y liberales oficialistas le temerán a
la revolución como a la muerte. La retórica de la revolución no volverá a
hacer parte durante mucho tiempo del discurso liberal oficialista. La
cerrada defensa de una concepción austera de la democracia, ese lento
pero seguro sistema político, será su recurso retórico predilecto.

c) Liberalismo y compromiso intelectual

Ocupado del mismo tipo de problemas, es decir, del papel del liberalismo
frente al totalitarismo y nacionalismo imperantes en Europa, Jorge Eliécer
Gaitán desarrollará durante los 30 y los 40 un elaborado análisis
histórico-económico de los orígenes y alcance del liberalismo clásico que
resulta esclarecedor para ilustrar por qué éste puede ser entendido ante
todo como un compromiso intelectual. A la retórica contrarrevolucionaria
de Alzate, Villegas y Gómez, Gaitán opondrá un genuino estilo
revolucionario. A las críticas a todas las formas de totalitarismo de Lleras,
Gaitán opondrá una defensa sostenida y minuciosa de la Rusia comunista.
La lucha no es, para Gaitán, entre la civilización liberal y la barbarie
totalitaria. La lucha es entre el modelo liberal de libertades (la libertad
política y la libertad de conciencia) y las contradicciones inherentes a la
falta de libertad económica11:

“Cierto es que hay que ganar la guerra, sí, pero victoria que no lleve un
contenido ideológico de justicia, no es victoria que se gana, sino guerra que
se pierde. No puede ni debe haber victoria si sólo ha de servir al
imperialismo; no puede haber victoria si las batallas se ganan sólo para
que los hombres sigan devorados por la tragedia mecánica, perdiendo cada
día su individualidad.”

La defensa de Lleras de la democracia es, por tanto, incompleta. Se


fundamenta en las libertades abstractas, es decir, en las libertades como

10
“Rusia y la democracia” en Jorge Mario Eastman (compilador) Jorge Eliécer Gaitán.
Obras selectas, Parte 1, Cámara de Representantes, Bogotá, 1979, p. 277.
11
“Rusia y la democracia” en Jorge Mario Eastman (compilador) Jorge Eliécer Gaitán.
Obras selectas, Parte 1, Cámara de Representantes, Bogotá, 1979, p.304.

8
conceptos heredados de la Revolución Francesa. Desconoce los conflictos
propios de la libertad económica develados por el enfoque científico que
solo el socialismo puede ofrecer. El hombre liberal está condenado a
ejercer sus libertades en el vacío. Intentará defender la democracia como
concepto pero nunca podrá defenderla como estructura social realizable.
Desde el izquierdismo liberal, la posición oficial se ve como un compromiso
abstracto con ideales que no tienen en cuenta el tipo de libertad que surge
cuando se tiene una seguridad económica garantizada por el Estado. Eso
permite entender por qué el compromiso de los liberales clásicos con la
democracia formal les impide comprometerse con la democracia real
(encarnada en la seguridad económica). La defensa de la democracia es,
entonces, puramente intelectual o, como lo denomina Gaitán, está
incrustada en “el panorama psicológico” del liberalismo. Mientras el
criterio puramente psicológico de adhesión a unas ideas abstractas puede
ser compatible con el individualismo liberal y con la búsqueda de la
estabilidad de la que habla Lleras, el liberalismo revolucionario de Gaitán
implica un compromiso con la rebeldía y la justicia12:

“Esta verdad se hace más incuestionable si tenemos en cuenta que para


mirar los hechos existen dos criterios: el libre, el rebelde, el franco, que es
el criterio liberal y el otro, o sea el conservador, profundamente distinto,
que enfoca la vida pero reduciéndola; que siente desdén por la rebeldía;
que quiere el orden no como medio sino como fin, olvidando que éste por sí
mismo nada significa, ya que hasta el cadáver tiene un orden para su
descomposición y que el único orden posible es el que actúa en las
relaciones vitales, el ordenamiento en la justicia, el que se traduce en
felicidad humana.”

No creo injusto clasificar a Lleras a partir de esta descripción como un


liberal más interesado en el orden como valor de una tradición republicana
que en el orden justo. Su defensa de la democracia parece entonces una
defensa de un ideal liberal republicano pero no de una perspectiva liberal-
socialista del mundo económico y social. El orden político viene primero, la
justicia después. El orden es la tradición y la tradición es republicana.

2. La tradición: López, Lleras y el republicanismo

Comentando un homenaje de Eduardo Santos a Carlos E. Restrepo en


1942, Lleras se atreve a criticar el gobierno republicano como “un ensayo
de debilitar el liberalismo, sustrayéndole sus mejores cabezas directivas,
para hacer perdurar un conservatismo moderado y purificado, en el

12 Ibid.

9
ejercicio del poder”13. Ese ensayo, el del republicanismo como estrategia
política, fracasó. Pero el republicanismo como ejercicio de convivencia
condujo a una nueva distinción ideológica donde los partidos dejaron de
diferenciarse por sus posiciones más sectarias y sacaron de la discusión
política “todas las cuestiones fundamentales”14. El republicanismo se
transformó de una opción política inviable en una actitud intelectual
acerca de cómo establecer las fronteras entre los partidos políticos. Y,
desde ese punto de vista, fue para el liberalismo oficialista un elemento
fundamental e imprescindible en la tradición democrática colombiana, una
herencia política invaluable y genuina.
Los textos del liberalismo parecen recoger este cambio de postura de la
hostilidad ideológica manifiesta a la comprensión de la lección republicana
como lo puede comprobar quien se enfrente con los discursos de López
durante su primera presidencia y los discursos de Lleras al reemplazarlo
en 1945. Las diferencias entre las dos versiones del liberalismo a primera
vista son profundas e irreconciliables. En primer lugar porque hay una
distinción tajante de la concepción del papel del gobierno en la lucha
política. En segundo lugar porque las nociones de legitimidad tampoco
parecen coincidir en uno y otro caso. Con respecto al gobierno de partido
Lleras, en lo que parece un acto de contrición, dedica buena parte de sus
discursos del 45 al 46 a mostrar que es producto de un error de
perspectiva histórica. Con respecto a la legitimidad, parece transformar
una idea radical basada en la movilización social en un reconocimiento de
derechos muy semejante al que usan algunos conservadores y Restrepo.
Ambas rectificaciones apoyan la tesis del liberalismo como un tipo de
compromiso intelectual con una tradición política defensora de las
libertades individuales (las políticas y las de conciencia).

a) El gobierno de partido

Entre el gobierno liberal como fuerza política inmanente a la disputa y


como agitador de ideas al gobierno republicano como garante de la lucha
política (fuerza trascendente a la ideología) la diferencia no es poca.
Restrepo, el presidente republicano, insiste una y otra vez en que un
gobierno vigilante de que los intereses de los partidos se mantengan a raya
ya es una gran transformación. En una carta de 1911 a Tomás Quevedo
expresa esa tesis de una manera ingeniosa:

“Si Ud. me lo perdona, hago una rectificación de palabras al contenido de


su carta: lo que el país necesita no es “liberalizarse”, sino republicanizarse,
y sólo cuando olvidemos los rótulos gastados, y adoptemos este común,

13 “Republicanismo y liberalismo” En Obras selectas de Alberto Lleras. Tomo IV, Aníbal


Noguera (ed), Federación Nacional de Cafeteros, Flota Mercante Grancolombiana,
Presidencia de la República, Bogotá, 1987, p. 274.
14 Op.cit., p. 275.

10
puede decirse que habremos dado un paso en firme hacia ideales más
civilizados y a la constitución de agrupaciones menos rígidas e
intransigentes.”15

Esta idea misma de “civilización” va a jugar un papel preponderante tanto


en el discurso de López como en el discurso de Lleras. Para el López de los
30 la civilización será el producto natural de las reformas del liberalismo en
el poder, para Lleras está inscrita en la tradición de la República y como
dice Restrepo no pertenece a ningún partido político. En oposición a la idea
de política articulada en torno al concepto de poder defendida por los
Leopardos y Alzate, López y Restrepo están intentando evitar el uso de la
fuerza y las vías de hecho en política. Son civilistas y por esa razón en el
liberalismo de López y en el republicanismo de Restrepo encontramos un
elemento en común: la política es el campo de la persuasión y la
persuasión sólo es posible cuando la fuerza o la coacción no están
presentes. Pero detrás de esa semejanza hay un punto de contraste sobre
el que Lleras va a proponer una interpretación de la cultura colombiana
que choca con la de López en su etapa más combativa pero se apoya en la
de Restrepo. En Colombia no hay condiciones históricas para que el
gobierno de turno defienda su obra sin incurrir en fraude, nuestra
democracia es todavía muy primitiva como para impedir la coacción16. El
error histórico de López, y por el que Lleras también se hace responsable,
está en haber pensado el gobierno de partido en el contexto de un sistema
democrático parlamentario, más evolucionado que el nuestro, podría servir
a nuestras humildes necesidades políticas17:

“En anterior ocasión hice públicas algunas de las reflexiones que me han
llevado a la conclusión de que el gobierno de un solo partido no le conviene
a la Nación en el período actual de su evolución política, aunque pueda
ser, como es, y principalmente dentro del sistema parlamentario, una
etapa superior, más seria y responsable del ideal democrático. He
confesado, pues, con cándida espontaneidad, el abandono de una tesis
que fue muy cara para mí durante mucho tiempo, y por la cual libré más
de un combate apasionado. Como abstracción, como filosofía política,
nada más claro, en verdad, que quien solicita el voto para un conjunto de
propósitos e iniciativas de gobierno, y obtiene la mayoría de los sufragios,
asuma la responsabilidad de ejecutar su programa hasta tanto que la
opinión, decepcionada o insatisfecha, le retire su apoyo. Pero es ésta una

15
Orientación Republicana, II, Imprenta editorial, Medellín 1930, página 319.
16
Alberto Lleras. “El gobierno y los partidos”. En Alberto Zalamea (Ed.). Alberto Lleras.
Sus mejores páginas. Biblioteca básica de cultura colombiana. Bogotá. 1959. Páginas 61-
62.
17
Alberto Lleras. “Último mensaje de 1946”. En Alberto Zalamea (Ed.). Alberto Lleras. Sus
mejores páginas. Biblioteca básica de cultura colombiana. Bogotá. 1959. Páginas 106-
107.

11
tesis que contiene el pecado original de nuestras leyes, el de adelantarse
audazmente por sobre una realidad social incapaz de sostenerlas.”

La diferencia entre el parlamentarismo ideal y nuestra democracia es


cultural, es “nuestro hombre” en “nuestras aldeas insignificantes” y en
nuestra pobreza e incultura. La nuestra es una política pasional y sectaria,
por lo que el primer compromiso democrático debe ser con la civilización
de los hábitos políticos consuetudinarios. Es para ese hombre para quien
no resulta practicable el gobierno de partido porque puede transformarse
en engaño y violencia. En Colombia tal forma de organización no tiene el
control de la opinión pública, sino de la clientela política que funciona
como preservación de un poder ilegítimo y no como rotación de ideas.
Además, la oposición ya no puede cumplir su función en el contexto de un
gobierno de partido porque todas sus demandas son producto del
desespero y el desasosiego por no tener herramientas para hacerse
escuchar. El camino que le quedaría a los opositores o bien es la
subversión y las armas (como se puede ver en el siglo XIX) o bien la
resignación y la falta de interés político (como sucedió con el liberalismo
durante la hegemonía conservadora según el López de los veinte). Por el
contrario, para Lleras la colaboración entre los partidos se establece como
una verdad histórica inapelable en contraste con la abstracción de la tesis
del gobierno de partido. El gobierno no puede ejercer el papel de
reformador sin haber asumido antes el de civilizador y haber suplantado el
gobierno presidencialista con ribetes despóticos por un gobierno plural o
múltiple con equilibrio de fuerzas paritariamente representadas18. Ese es
un argumento republicano con implicaciones claras. En consonancia con
su defensa de la democracia, Lleras considera que el liberalismo
colombiano debe deponer sus intereses reformistas para abrazar un
régimen de estabilidad institucional y garantías electorales donde el
gobierno debe estar por encima de los partidos. Esa es su responsabilidad
si se decide por la civilización y la tolerancia. Y esto trae consecuencias
para la idea de legitimidad que defendiera López a lo largo de los 30.

b) Legitimidad, mayoría y derecho

El gobierno de partido ve la legitimidad como una cuestión de mayorías.


Los intereses de los grupos sociales son los que usan a los partidos como
instrumentos y se convierten en genuinas ideas políticas. Requieren un
intérprete para transformarse en programas políticos, pero preexisten a los
partidos políticos y no adquieren legitimidad debido a ellos. Sean cuales

18
En el contexto de esta discusión Lleras cita como ejemplo laudable la propuesta de
Nicolás Esguerra en 1897 de un “Ejecutivo Plural”. Como sabemos, Nicolás Esguerra
participó en el movimiento republicano. Ver Alberto Lleras. “Último mensaje de 1946”. En
Alberto Zalamea (Ed.). Alberto Lleras. Sus mejores páginas. Biblioteca básica de cultura
colombiana. Bogotá. 1959. Páginas 112-113.

12
sean las diferencias entre el López reformador y Gaitán, parecen coincidir
en este punto. López interpreta esos intereses en términos reformistas,
Gaitán pretende despertar la conciencia de clase, pero ambos dan por
sentado que sin esos intereses, el conservatismo y el liberalismo no son
grupos representativos sino, en palabras de López “emociones petrificadas,
que se espían y se odian, se miden y se injurian, y no tienen más visión
que neutralizarse.”19. En sus discursos, el liberalismo oficialista de los
años 30 quiere encauzar ese interés mediante un ejercicio de pedagogía
política, un criterio político “experimental”: despertar a la opinión pública,
hacerla interesarse en los problemas nacionales excitándola desde el
gobierno, consultándola en cuanto a las reformas, respetando su carácter
netamente popular. Una de las ideas más interesantes de López durante
su primera administración es justamente la de combatir las élites políticas
tradicionales señalando su carácter exclusivista y burocrático. La
Revolución en marcha pretende restituir a la opinión pública el derecho a
pronunciarse sobre los problemas nacionales sin necesidad de recurrir a
una tradición intelectual específica. A López poco le interesa si el
liberalismo colombiano es francés o inglés. Le interesa, por el contrario,
promover un ejercicio de popularización de la política que reconozca la
preeminencia de los intereses de los grupos sociales por encima de lo que
los políticos piensen o crean. Si se me permite la expresión, López quiere
“desintelectualizar” la política colombiana, es decir, abandonar las
disputas de identidad ideológica que no respondan a intereses sociales
representativos y abandonar toda discusión ideológica que no sea útil para
la coyuntura. No es ésta una tesis nueva en el partido liberal y puede
encontrarse en autores como Manuel Murillo Toro con respecto al tema del
sufragio universal. En la versión de Murillo Toro, a votar se aprende
votando y no apelando a la autoridad intelectual de una élite20; en versión
de López Pumarejo, para resolver problemas sociales hay que escuchar a
los movimientos sociales y no a quienes consideran estar intelectualmente
por encima de ellos.
El republicanismo, por su origen elitista, defiende la idea de que el derecho
adquirido y formalizado es el origen de toda legitimidad, incluida la
política. Esta tesis tiene sus raíces, según creo, en José Eusebio Caro
quien, en el contexto de su lucha con el utilitarismo y egoísmo liberales,
sostiene una defensa de la tradición a través del derecho. Una vez
consignada como derecho, la libertad religiosa (la libertad de los católicos
de escoger una educación para sus hijos) como origen de toda libertad se

19
Alfonso López “Mensaje al Congreso nacional en la instalación de sus sesiones
ordinarias de 1938.” En Benjamín Ardila Duarte (editor). Alfonso López Pumarejo,
polemista político. Instituto Caro y Cuervo. Bogotá. 1986. P. 86.
20 Manuel Murillo Toro. “El sufragio universal”. En Jorge Mario Eastman (editor). Manuel

Murillo Toro. Obras selectas. Colección “Pensadores políticos colombianos”, Cámara de


Representantes. Imprenta Nacional. Bogotá. 1979. Páginas 90, 92-93.

13
transforma en una realidad nacional, no sujeta a los vaivenes de la disputa
política21:

“Somos el partido conservador…¿Conservador de qué? Preguntáis.


Conservador de todo lo que debe conservarse: conservador de la república;
conservador de la sociedad; conservador de los principios, de las bases
eternas de toda sociedad y de toda república.
Esos principios eternos de toda sociedad y toda república se resumen en
una sola palabra, en un solo principio.
Esa palabra, ese principio único es el derecho.
Sí; el derecho, el derecho común, el derecho universal, el derecho
permanente, el derecho positivo, el derecho absoluto, el derecho
imprescindible.
El partido conservador no quiere la democracia en cuanto es democracia,
sino en cuanto es derecho”.

Así pues, la tradición marca la necesidad de salvaguardar la libertad de


conciencia. Una respuesta que encaja perfectamente en la descripción de
Gaitán de libertades abstractas e individuales. En consecuencia, el
derecho constitucionalmente garantizado es el obstáculo que debe salvar
cualquier interés social o económico que pretenda convertirse en una
fuerza política legítima y eso vale tanto para Caro como para Restrepo y
Lleras. Los partidos políticos deben definirse entonces en el orden de
intereses económicos y sociales que estén cobijados en la Constitución y
que ninguna movilización social, por mayoritaria que sea, puede pretender
cambiar. Esa defensa de derechos parece ser para los republicanos más
una garantía de respeto para las minorías que un criterio popular de
gobierno. Al proteger a las minorías los republicanos terminan
protegiéndose a sí mismos porque el republicanismo es ante todo un
pequeño movimiento modernizante y elitista sin apoyo popular pero con
intereses económicos y sociales muy bien identificados. Y la defensa de las
minorías es un tema muy sensible para Lleras en 1946 por varias razones.
En primer lugar, como principio de equilibrio político y respeto a la
oposición conservadora. En segundo lugar, por aspectos coyunturales que
tienen que ver con el hecho de que el gobierno de Ospina Pérez será un
gobierno minoritario (no suma la misma cantidad de votos que Turbay y
Gaitán juntos) y debe convivir con ese hecho como parte de su práctica
política. En tercer lugar, porque Lleras también cree que las diferencias
entre los partidos deben redefinirse por los nuevos intereses sociales y
económicos y no por los viejos lemas de batalla (como la religión). Luego
de garantizar la libertad de conciencia, el compromiso de Lleras es con las
libertades políticas. Si quisiéramos resumir en una sola frase las

21 “El partido conservador y su nombre”. En Simón Aljure Chalela (editor). Escritos


histórico-políticos de José Eusebio Caro. Volumen 12. Ediciones Fondo Cultural Cafetero,
Bogotá 1981, páginas 193-194.

14
diferencias entre el liberalismo de los 30 y éste de mediados de los 40,
podríamos decir que para López parece como si la democracia se
controlara sola por medio del sufragio universal, como si el derecho fuera
redefiniéndose en virtud de los cambios sociales mientras que para Lleras
la democracia en Colombia siempre tiene que reconocer tradiciones
culturales (como la religión y la participación política) consignadas en la
forma de derechos. El derecho tiene componentes inmodificables que
pueden ayudarnos a probar que somos no “una democracia accidental,
sino eterna”.
Es tal vez debido a eso que Lleras cuando acepta la presidencia en 1945 se
presenta como un funcionario más, encargado de velar por los intereses
nacionales, una posición mucho más cercana al escueto discurso de
posesión de Restrepo en 1910 que a la arrogancia combativa de López en
1934. Su credo fundamental es el de la neutralidad ideológica del
gobierno que va a presidir, su equidistancia de los movimientos políticos. A
lo largo de su subsiguiente carrera política recalcará una vocación
republicana como su principal propósito:

“Voy a servir las ideas liberales desde esa altísima posición. Esas ideas no
están vinculadas, en manera alguna, al ejercicio del Poder, y son
preexistentes al hecho político que las hizo llegar al Gobierno de la Nación.
En todo caso, pueden vivir, viven y vivieron fuera del amparo oficial, y no
se extinguieron ni con la persecución de los gobiernos, ni con las derrotas
en las guerras civiles. El partido es el canal en donde confluyen todas las
ideas afines, y no es sino un instrumento para ejecutarlas, en el Gobierno
o en la oposición, y para concentrar las opiniones individuales que,
aisladas, no podrían prevalecer sin desatar la anarquía. El partido a que
pertenezco me puede imponer, y de hecho me impuso, compromisos
ineludibles en el servicio de sus ideas. Pero no tengo con él ningún
compromiso que salga del territorio intelectual, ni existe entre él y yo una
solidaridad que no pueda ser examinada a plena luz, o cuyas
consecuencias redunden en un privilegio indebido para mis copartidarios
contra otros colombianos.”22

Ese servicio sería corto: un año de gobierno, durante el cual Lleras


presenciaría el final de la Segunda Guerra Mundial y la estructuración del
mundo en dos bloques. La defensa de la tradición republicana adquiriría
entonces tintes continentales y anticomunistas. Lo que en los años de
guerra había sido una defensa de la experiencia humana se transformaría
en la defensa de la experiencia política liberal en América.

3. La división del mundo

22Alberto Lleras. “Propósitos”. En Alberto Zalamea (Ed.). Alberto Lleras. Sus mejores
páginas. Biblioteca básica de cultura colombiana. Bogotá. 1959. Páginas 26-27.

15
En la Conferencia de Chapultepec en 1945, antes de asumir como
presidente de la República, Lleras presenta con singular agudeza su
diagnóstico sobre la situación americana ad portas de la paz mundial. En
oposición diametral al análisis socialista de Gaitán, el futuro secretario de
la OEA sostiene que América Latina ha comenzado a surgir como bloque
económico y que está cerca de resolver los problemas sociales
fundamentales del mundo contemporáneo. El único eslabón suelto en este
progreso sostenido es la inestabilidad democrática:

“La otra cara de la moneda es la política. Claro que se han hecho avances,
porque el pueblo —que algo se va educando— empieza a saber cuáles son
los caminos que le pueden llevar al triunfo de la democracia. Pero la
democracia sigue siendo para nosotros no un hecho cumplido sino un
ideal por conquistar.”23

La premura del desarrollo económico y la posibilidad de atender


necesidades hasta entonces insatisfechas hacen que el hombre americano
se deje seducir por la solución fácil, por el atajo del totalitarismo. En lo
que constituye una especie de descripción anticipada de la fascinación que
ejercerá el populismo de Rojas sobre el pueblo colombiano años después,
Lleras se expresa de la siguiente manera:

“Con un poco de nazismo traducido al aborigen que algunos tienen en la


cabeza, con un retozón espíritu anarquista que a otros encabrita, con
ambición en las manos y corazón ligero en quienes hacen de capitanes del
pueblo, no todo en nuestras repúblicas avanza a la democracia.”24

El principal problema americano es político. Se reduce a la defensa de la


tradición democrática continental. Ese diagnóstico marca un orden
necesario de solución. Primero sostener las libertades individuales, luego
avanzar a la justicia social como producto de la solidaridad entre clases y
entre países ricos y pobres. La fórmula totalitaria es vacía porque hace
caso omiso de los principios morales que han orientado la historia política
americana. La prioridad de la política, con todas sus categorías liberales e
individualistas, propuesta por Lleras contrasta agudamente con el método
socialista de Gaitán.
En su discurso de ese mismo año ante la ONU en San Francisco, Lleras irá
todavía más lejos en esta dirección. El sistema dictado por el espíritu
liberal en América no es otra cosa que la perfección del sistema europeo.
El “sistema americano” de solución de conflictos es el desarrollo natural
del liberalismo clásico europeo que tanto criticara Gaitán:

23 Alberto Lleras “Hora de América” en Alberto Lleras. Antología. Tomo V. Villegas


Editores. Bogotá 2006, p. 49.
24 Ibid.

16
“Nosotros no somos, en realidad, sino una rama joven de la civilización
cristiana y occidental. No hay nada en nuestra cultura ni en las formas de
nuestra vida política y social en que un hombre del Viejo Mundo no pueda
reconocer la primitiva razón del esfuerzo. Al genio o a la voluntad de sus
antepasados. Pero por un explicable fenómeno, las grandes antítesis que
creó el pensamiento político occidental vinieron a resolverse, sin grandes
luchas, en síntesis americanas, en un ambiente más favorable a la
expansión ilimitada del hombre.”25
T

América es la esperanza del mundo porque es el reducto de “la civilización


clásica”. Aislada de la conflagración europea, esa civilización ha florecido
en las repúblicas americanas, último bastión de los principios liberales en
tiempos inciertos. Lo que a los europeos les tomó siglos de guerras se ha
conseguido en América con un acuerdo pacífico entre las voluntades de
países independientes. El principio fundamental de ese acuerdo es evitar
tanto las agresiones extra-continentales propiciadas por la última guerra,
como la agresión continental de origen nacionalista. La libertad de América
se construye por oposición a los regímenes totalitarios. La superioridad
moral de los valores liberales sobre el delirio totalitario, ya expuesta por
Lleras en sus polémicas con las derechas y las izquierdas colombianas
durante la guerra, se transformará en uno de los pilares de la organización
americana en tiempos de paz.
La implicación económica del argumento la extraerá Lleras como primer
presidente del Frente Nacional durante la III Reunión del “Comité de los
21”. Se resumirá en un llamado estratégico a la solidaridad entre el país
más rico del planeta y sus vecinos subdesarrollados: la colaboración
económica entre Estados Unidos y América Latina no es un ejercicio de
buena voluntad sino de consolidación de la “civilización libre de
Occidente”26. La solidaridad económica es la única defensa real contra la
amenaza oriental del comunismo. El desarrollo es el verdadero antídoto
contra la revolución marxista en este hemisferio.
Dividido el mundo en dos bloques, el “tremendo poder moral de Occidente”
deberá imponerse como nuestra inevitable tradición política e intelectual
en el combate contra la barbarie totalitaria de Oriente:

“El conflicto, y no por iniciativa del Occidente, se plantea por la existencia


de un sistema político, económico, social y filosófico de una fuerza
expansiva y agresiva sin precedentes entre los imperialismos conocidos,
porque es una totalitaria y determinista concepción de la historia que
implica su aplicación a toda la humanidad. Del otro lado, el concepto es el
de libertad de la persona humana para buscar su felicidad por el sistema
que juzgue mejor, es decir, una posición defensiva de la más grande

25 Alberto Lleras “Estamos obligados a ser audaces en nuestros experimentos” en Alberto


Lleras. Antología. Tomo V. Villegas Editores. Bogotá 2006, p. 76.
26 Alberto Lleras “América: su desarrollo económico y su integración social” en Alberto

Lleras. Antología. Tomo V. Villegas Editores. Bogotá 2006, p. 380.

17
conquista del hombre contra el empleo de la fuerza a su capacidad de
deliberación.”27

El hombre moldeado por la tradición de la Revolución Francesa en América


se enfrenta al desatino comunista. El hombre-masa del totalitarismo,
disciplinado por el rigor militar de su visión del mundo, se enfrenta al
hombre libre, desemejante a otros hombres libres, pero convencido de la
inviolabilidad de sus derechos.
Lleras tendría la oportunidad de poner a prueba su compromiso
intelectual con las libertades individuales en el marco de la política
colombiana durante la dictadura de Rojas. Combatió esta forma criolla de
totalitarismo a partir de una reelaboración de sus ideas gestadas durante
los años 30 y 40 que quedarían plasmadas con singular claridad en su
defensa del proyecto político del Frente Nacional como una defensa de la
tradición (civilización) ante la barbarie (un gobierno dictatorial). En su
actuación nacional Lleras habría de encontrar motivos no solo políticos,
sino propiamente culturales para esa defensa de la civilización cristiana y
occidental.

4. El valor de la tradición

López criticó a Los Nuevos su cultura libresca y alejada de las necesidades


reales del país a finales de los veinte. Lo que era controversia ideológica en
los veinte se transformó en posición política en los 30 traducida en la idea
de que las reformas liberales no tenían las limitaciones que imponía un
gran desarrollo económico o cultural. Desde su punto de vista las guerras
civiles y la pobreza material habían impedido un desarrollo cultural rico y
diverso en toda América Latina. A lo largo de su defensa de las tesis
liberales como presidente electo y como presidente en ejercicio, López
insistió en la necesidad de pasar por alto la tradición que impedía una
política ajustada a las necesidades de los tiempos.
En sus textos sobre educación, por ejemplo, se queja de una universidad
que busca perpetuar la tradición de los cuatro doctorados profesionales y
desconoce las demandas prácticas del país. Cuando se refiere a lo que nos
identifica ante el mundo, por ejemplo, se limita a señalar que Colombia es
reconocida como una nación democrática y que el pueblo colombiano
muestra una “sana afición política”. Sea que consideremos o no al López
de esa época como un revolucionario, resulta obvio al menos que comparte
con los revolucionarios la idea de que las revoluciones se hacen para
modificar una tradición y no para preservarla. De hecho, la forma en que
López lee la tradición política colombiana revela que está mucho menos
interesado en reconocer tradiciones comunes (nacionales) y mucho más en

27 Alberto Lleras “El occidente tiene que avivar y estimular su tremendo poder moral” en
Alberto Lleras. Antología. Tomo V. Villegas Editores. Bogotá 2006, págs. 350-351.

18
establecer diferencias ideológicas genuinas. La tradición, como la
recibimos y aceptamos, impide pensar con acierto los problemas del país.
Desde su posesión de 1945, Lleras asumió una posición completamente
diferente. Con más intereses en la literatura, la poesía y las letras,
manifestó la necesidad de preservar toda esa cultura que a López nunca
pareció interesarle. El López del Doctorado Honoris Causa en la Nacional
relata sus peripecias vitales pero no defiende una determinada tradición
cultural. El Lleras de todas las épocas tiene una especie de debilidad
estética (y no sólo política) por la tradición. La tradición ordena, da sentido
histórico, establece pertenencia, civiliza. Una muestra interesante de esta
actitud vital puede encontrarse en un significativo pasaje de su discurso
de la aceptación del Doctorado Honoris Causa otorgado por la Universidad
del Cauca28:

“Nuestro tiempo está formado por el de los que nos antecedieron y es parte
del tiempo de nuestros sucesores. Colombia no es un territorio, una
población, unas instituciones políticas, unas cifras de producción y
consumo, una serie de hechos actuales, sino, principalmente, lo que fue, y
las sucesivas transformaciones hacia lo que es y va a hacer en el futuro.
Sin nuestras guerras, nuestra devastación, nuestros experimentos
frustrados, nuestras mutilaciones, nuestros dolores, nuestros sacrificios,
lo que hoy tenemos no sería sino un conjunto de inexplicables
contradicciones.”

Parece como si para López y Gaitán esas contradicciones fueran lo único


que tenemos (un síntoma de la necesidad de un cambio) y como si para
Lleras se presentaran por desconocimiento del hilo conductor de la
tradición. En este sentido preciso, Lleras se encuentra mucho más cerca
de los dos Caro, de Marco Fidel Suárez, de Laureano Gómez o de los
Leopardos que de su antiguo jefe político. A Lleras le interesa
genuinamente preservar una cultura en la que se mueve con facilidad y
que a López le resulta ajena e impostada. Este reconocimiento de la
tradición se profundizará con el tiempo hasta el punto de acercar a Lleras
al discurso de la oposición conservadora durante la República liberal. Hay
un pasaje de su crítica a Rojas en el famoso Discurso del Tequendama que
parece no dejar dudas al respecto29:

“Nosotros, los colombianos, recibimos de los organizadores de la nación un


patrimonio que no hizo otra cosa que consolidarse en medio de las más
complejas dificultades, y dentro del cual estarán incorporadas las
instituciones jurídicas que fijaban con harta precisión una serie de

28 Alberto Lleras. “La tradición”. En Alberto Zalamea (Ed.). Alberto Lleras. Sus mejores
páginas. Biblioteca básica de cultura colombiana. Bogotá. 1959. Página 45.
29 Alberto Lleras. “Discurso del Tequendama”. En Alberto Zalamea (Ed.). Alberto Lleras.

Sus mejores páginas. Biblioteca básica de cultura colombiana. Bogotá. 1959. Página 137.

19
garantías para el habitante de nuestro suelo y una clarísima de
limitaciones para el Estado en sus relaciones con las personas.
Cualquiera, es cierto, puede tratar de dilapidarlo, pero hay muchos más
con la obligación de transmitirlo intacto, acrecido a las generaciones
innumerables de colombianos, las de nuestros inmediatos sucesores o
aquellas aún no nacidas.”

El destino de la nación está indisolublemente ligado a su origen y su


tradición democrática. La democracia se aprecia en calidad de un
patrimonio cultural y como patrimonio que es cumple el mismo papel de la
libertad religiosa o de la unanimidad moral de los conservadores.
Por supuesto, podríamos ver las diferencias entre las distintas fases del
liberalismo (la combativa, la del compromiso intelectual) como una
cuestión de grado. Mientras el liberalismo combativo cree que el papel de
la democracia es permitir a los grupos sociales redefinirse, identificarse de
una u otra forma, el liberalismo intelectualizado de Lleras que he
intentado caracterizar considera que esa redefinición siempre es parcial,
debe responder a una historia cultural, política y religiosa. Pero ese grado
de divergencia muestra una actitud intelectual diferente, actitud a la que
Lleras confina su compromiso con las ideas liberales al asumir la
presidencia en 1945. Todo esto parece confirmar el diagnóstico de Gaitán
con respecto al liberalismo clásico: al ocuparse del caso colombiano Lleras
es un ejemplo del liberal de la Revolución Francesa cuyo credo se articula
en la tradición de las libertades individuales, tal como permitían prever
sus discursos internacionales. En la siguiente sección intentaré darle
sustento a esta idea utilizando como pretexto algunos de sus escritos
sobre el Frente Nacional.

5. Alberto Lleras y el espíritu del Frente Nacional

Lleras defiende el papel del liberalismo clásico en la creación y


consolidación del Frente Nacional de dos maneras. En primer lugar hay
que distinguir liberalismo y populismo y eso es lo que Lleras hace en sus
más brillantes discursos contra el gobierno de Rojas. Su defensa es de la
tradición republicana y sus valores enfrentada a la irrupción de un
populismo advenedizo, enfermedad contagiosa en América Latina. Este
primer movimiento le permite distanciar el Frente Nacional del populismo
de derecha. En segundo lugar, hay que combatir el socialismo
revitalizando la idea clásica de libertades individuales. Su ataque es el de
un liberal para el que la libertad económica es un producto de las
libertades individuales. Con este segundo movimiento busca separar el
Frente Nacional del populismo de izquierda encarnado en las revoluciones
marxistas.

20
a) Lleras contra Rojas: liberalismo y populismo de derecha

Quiso la suerte histórica que el crítico del totalitarismo como desfiguración


de la tradición liberal americana tuviera que enfrentarse en su propia
patria con un dictador no solo populista sino inmensamente popular.
Apoyado en su liberalismo cerrero y en sectores tan diversos como los
estudiantes, la Iglesia y los industriales, Lleras se transformó en el
opositor oficial de Rojas y escribió varios de los discursos más mordaces
contra la dictadura.
Finalmente, el 10 de mayo de 1957 Rojas Pinilla se retiró de la presidencia
de Colombia. El 20 de mayo Lleras se pronunció públicamente sobre la
caída de la dictadura. Su intervención tuvo por objeto dar un parte de
tranquilidad. Aquellos colombianos que preveían una catástrofe como la
del 9 de abril exageraban. Colombia estaba volviendo a sus orígenes. La
caída de la dictadura era el resultado lógico de nuestra historia y de
nuestra conducta republicana. No había nada que temer.
El trabajo apremiante para Lleras era desmontar la dictadura a nivel
puramente institucional, pero también a nivel político. Y lo primero que
debía hacerse era desactivar las dos herramientas con las que Rojas
intentó perpetuarse en el poder. En primer lugar, la república debe
garantizar la libertad de expresión que la dictadura limitó con controles y
censura. En segundo lugar, Rojas pretendió crear el mito de su
popularidad dando la impresión de democracia, inventándose plebiscitos
cuyo único objetivo era el de consolidarse en el poder y utilizar todo un
aparato de propaganda propio de los regímenes totalitarios. Bajo el
pretexto de darle toda la responsabilidad política a un solo colombiano, ese
régimen transformó a todos los demás en irresponsables. El trabajo
propiamente ideológico de Lleras consistirá en apuntalar los viejos
principios políticos liberales bajo la forma de un gobierno conjunto de los
partidos tradicionales.
El populismo de Rojas desconoció un hecho fundamental de la tradición
política colombiana que el Frente Nacional viene a rectificar: la opinión
política solamente puede expresarse a través de dos canales, el liberal y el
conservador. Dice Lleras al explicar la reforma constitucional en 1958:

“¿Qué dice la nueva Constitución, la que ustedes votaron, la que no se


fabricó en las academias ni en las convenciones, sino que se pudo llevar
directamente al pueblo porque era el traje a la medida exacta de su
circunstancia presente? Que los partidos, los dos que son contemporáneos
de la nacionalidad, los únicos que hemos conocido como canales, y a veces
como despóticos amos de la opinión, gobernarán conjuntamente porque se
teme que no sean capaces de hacerlo de otro modo, sin incurrir en abusos
y conducir a la nación a graves desastres.”30

30Alberto Lleras. “El Frente Nacional I”. En Alberto Zalamea (Ed.). Alberto Lleras. Sus
mejores páginas. Biblioteca básica de cultura colombiana. Bogotá. 1959. Página 180.

21
El Frente Nacional es la receta colombiana contra el populismo. Pero para
que el gobierno conjunto resulte realmente reconocible a nivel popular,
Lleras debe añadir el necesario ingrediente religioso a los componentes
puramente liberales e individualistas:

“La nación son ustedes. La nación son millones de hombres y mujeres


pobres en su inmensa mayoría, que soportan los rigores de la vida áspera
y hasta hoy desprovista de esperanzas, que trabajan silenciosamente en
los campos, ruidosamente en los talleres, opacamente en las oficinas y
negocios, sostenidos por la Fe en la misma Divinidad, alentados por una
solidaridad patriótica asombrosa y en cuyos labios no se oye desde hace
años, sino la plegaria, el clamor, el grito de paz.”31

Tal síntesis genuina y tradicionalista de los dos partidos requiere, tal como
50 años antes el republicanismo, un proceso pedagógico y civilizatorio32.
Tal vez el precio que haya que pagar a los conservadores para garantizar el
Frente Nacional sea el de instituciones liberales basadas en el
individualismo y Religión católica como base popular. La civilización liberal
solo puede ser cristiana.

b) El Frente Nacional y su anticomunismo

Tal como sostuviera a nivel panamericano, la desigualdad social y


económica es para Lleras el caldo de cultivo de movimientos totalitarios. Lo
que a nivel panamericano debía ser una colaboración entre el país rico y
sus vecinos pobres, a nivel colombiano se refleja en el principio de
solidaridad entre clases sociales. Ese principio de solidaridad aparece muy
temprano en su pensamiento político cuando como ministro de Gobierno
de López en 1936 debe enfrentarse a las acusaciones conservadoras de
fomentar el comunismo mediante la creación de sindicatos33. Reaparece
luego en sus escritos sobre política internacional. Y es uno de las
motivaciones fundamentales cuando defiende, años después, el
experimento de gobierno conjunto entre liberales y conservadores.
En un discurso en Medellín en 1972, Lleras presenta lo que podemos
considerar un balance del Frente Nacional, en ese momento en crisis. Los
partidos tradicionales están moribundos y no parece haber un espacio

31 Op. Cit. pág 182.


32 Alberto Lleras. “El Frente Nacional II”. En Alberto Zalamea (Ed.). Alberto Lleras. Sus
mejores páginas. Biblioteca básica de cultura colombiana. Bogotá. 1959. Página 193.
33 Para una discusión de este anticomunismo liberal ver Rocío Londoño “El
anticomunismo en Colombia” en Rubén Sierra (editor). La restauración conservadora.
1946-1957, Universidad Nacional, Bogotá, 2012, páginas 70-72.

22
para hablar a su favor. Sin embargo, Lleras defiende el liberalismo en los
siguientes términos34:

“Liberal ¿para qué y por qué?¿Aún tienen importancia las amenazas a la


libertad individual y las violaciones de los derechos humanos? Es cierto
que el hombre y la mujer de nuestra era no parecen perseguir ciegamente
otra cosa que la seguridad en el trabajo, es decir, la certidumbre de su
esclavitud, la casa propia, la educación de los hijos, así sea en el más
ferrado sectarismo, y desde luego, precios bajos para lo que tienen qué
comprar y altos para lo que les corresponda vender. ¡Y que gobierne quien
quiera!”

Siguiendo el orden impuesto por la controversia con el socialismo, Lleras


considera que el compromiso intelectual, la misión del liberalismo no es la
reforma económica. Es la reforma económica y social que se produce
gracias a la garantía de las libertades políticas. El orden inverso, advierte
Lleras, produce una revolución socialista. Mientras tanto debemos
conformarnos con una idea “pequeña” y “burguesa”, la del Frente
Nacional. El evidente tono sarcástico resuena contra el eco de la
orientación socialista de Gaitán. El liberalismo reconoce su orientación
histórica individualista. El Frente Nacional debe prolongarse hasta 1978
para garantizar la estabilidad de un sistema en el que las libertades
“preciosas”, como la de prensa, puedan preservarse. El experimento de
liberales y conservadores debe ser una barrera de contención del ímpetu
revolucionario. Hay que desarrollar las reformas sociales desde la tradición
bipartidista y republicana35:

“Pero se podría objetar, las cosas que hay por hacer son principalmente
reformas sociales radicales, imposiciones drásticas al concepto de derecho
de propiedad, distribución del ingreso más equitativamente y todos los
pasos conducentes a crear una sociedad más igualitaria. Esos
planteamientos son, en su esencia, más socialistas que liberales, pero si
les ha llegado su tiempo, como yo lo creo, y conmigo muchos colombianos,
lo fundamental es que para ejecutar las reformas no se rompa el marco
republicano y liberal de nuestras instituciones, no se resuelva el problema
con la dictadura del proletariado, ni se lance sobre el poder una oclocracia
ignorante y fatua, violenta y vengativa que consumiría las energías
nacionales en una revuelta escandalosa y un planificado desorden.”

El argumento a favor del liberalismo es de corte moral. Y la defensa de los


partidos tradicionales en tiempos de crisis es la defensa de la probidad de
34 Alberto Lleras “Alternativas para una coalición”. En Obras selectas de Alberto Lleras.
Tomo VI. Aníbal Noguera (ed), Federación Nacional de Cafeteros, Flota Mercante
Grancolombiana, Presidencia de la República, Bogotá, 1987, p. 350.
35 Op. Cit., p. 356.

23
los próceres liberales y conservadores. Pero la moral de la que habla Lleras
es la vieja moral, la que para Gaitán, los Leopardos y Alzate entró en crisis
con el desarrollo del capitalismo contemporáneo. El Frente Nacional es esa
estructura sobria y adusta en la que el liberalismo clásico encuentra su
natural defensa ante el absurdo ideológico de un socialismo democrático.
Si para Villegas no hay enemigos a la derecha, para Lleras no hay amigos a
la izquierda36:

“La libertad es incompatible con la revolución, porque se trata apenas de


una concepción pequeño-burguesa que está al servicio del capitalismo y es
su fruto. La prensa libre es la primera víctima.”

El socialismo es antidemocrático, por lo tanto antiliberal e ilegítimo como


opción política. Es posible reconocer en la lucha contra el socialismo en el
siglo XX la lucha del siglo XIX por la libertad de conciencia y por las
libertades políticas. El liberalismo clásico ya no se opone al régimen
conservador sino a los movimientos revolucionarios. Es el liberalismo que
cree que las reivindicaciones sociales tienen su momento y que la única
reforma legítima debe producirse en el contexto de los viejos pactos y
alianzas de la tradición política republicana. El tipo de liberalismo que
condenó el populismo derechista de Rojas por violentar nuestra tradición
condena también la revolución comunista.

36
Op. Cit., p. 359.

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