Está en la página 1de 404

Divina Voluntad Volumen 1

DIVINA VOLUNTAD

VOLUMEN 1

TABLA DE CONTENIDO

CUADERNO DE “MEMORIAS DE LA INFANCIA” Julio, 15-1926 6


EL REINO DEL “FIAT” EN MEDIO DE LAS CRIATURAS 24
1. Comienzo de la narración: Novena de preparación a la Navidad 30
2. 1er. EXCESO DE AMOR
Jesús en el Seno del Padre. El Decreto eterno de la Encarnación. 31
3. 2º. EXCESO DE AMOR
Jesús en el seno de su Madre Santísima. El Amor lo reduce a la
estrechez y a la inmovilidad. 33
4. Conclusión de la Novena 35
5. Jesús empieza su obra en el alma: la sustrae y la aparta del mundo
exterior. 37
6. Jesús prosigue su obra en el alma: La aparta de sí misma, purificando
todo el interior de su corazón 41
7. Jesús conduce al alma a la verdad de su nada. 44
8. El alma se duele de los pecados y las faltas cometidas; pero Jesús no
quiere que pierda más el tiempo pensando en su pasado. 47
9. Las criaturas deben desaparecer a la vista del alma, la cual debe mirar
solo a Jesús y obrar solo con Jesús y por Jesús 50
10. La criatura debe morir así misma para vivir solo en Jesús: Necesidad
del espíritu de mortificación y de la Caridad. 53

1
Divina Voluntad Volumen 1

11. El alma debe, como primera cosa, hacer morir en todo y para todo la
propia voluntad, mortificándola constantemente en todo. 56
12. Jesús quiere que el alma se enamore del padecimiento por su Amor:
Por eso la lleva a sumergirse en el mar sin límites de su Pasión. La
primera visión de Jesús doliente. 66
13. Jesús quiere que el alma toque con la mano la propia nada y se
disponga a la más profunda humildad: y por eso la priva de todo
consuelo y gracia sensible, ocultándose a ella. 72
14. El alma experimenta que no es capaz de nada sin Jesús, y que todo lo
debe a Él. Jesús, el verdadero Director Espiritual, la instruye sobre el
modo de comportarse en el estado de oscuridad y abandono, en la
oración, en la comunión y en las visitas a Jesús Sacramentado. 77
15. Jesús solicita al alma, para enriquecerla y embellecerla más y unirla
más íntimamente a Sí, sostener una terrible lucha contra los demonios.
89
16. Luisa supera una terrible prueba, luchando contra los demonios. 98
17. Luisa ve a Jesús doliente una segunda vez y acepta el estado de Víctima
115
18. La Víctima comienza a hacer su función, tomando parte en las penas de
Jesús, coronado de espinas, para reparar por los pecados,
especialmente de soberbia. Comienza para Luisa el ayuno. 123
19. Sufrimientos de parte de la familia. Sumo temor y repugnancia de
Luisa, de que los demás puedan percatarse de sus sufrimientos y de
cuanto le sucedía: pero el Señor hace que lo adviertan. 127
20. La cruz de saber que los propios padecimientos son conocidos por los
demás: y ésta fue también una pena de Jesús. 139
21. Luisa se ve obligada a estar en cama por períodos de tiempo; Se
acentúa la posibilidad de comer. Es llamado por primera vez el
Confesor, el cual la libera del estado de petrificación. 144
22. Una nueva cruz durísima para Luisa: la sujeción, como Víctima a la
potestad de los Sacerdotes. Sufrimientos penosísimos que tuvo que
soportar por parte de ellos. 149

2
Divina Voluntad Volumen 1

23. Luisa se somete, con la Gracia, a las penas y contradicciones que le


vienen de los Sacerdotes. Jesús, sirviéndose de la epidemia del cólera,
le pone al pie de candil, haciendo pública su condición de Víctima.
157
24. Cambio de Confesor. La primera obediencia que el nuevo Confesor le
impuso fue el sujetarse como Víctima a los sufrimientos, solo con su
autorización. 166
25. Jesús solicita a Luisa ofrecerse como Víctima perpetua, en continuo
estado de sufrimiento, para ahorrar a los hombres nuevos merecidos
castigos y en especial una guerra y para preparar así la vía a nuevas
Gracias de santificación para ella. 174
26. Luisa, de ahora en adelante Víctima perpetua, queda definitivamente
en cama, sola y solo para Jesús. 182
27. Jesús llama al alma a una perfecta conformidad con su Voluntad;
quiere en ella un absoluto desasimiento de todo y una perfecta
pobreza. 190
28. Una nueva cruz de Luisa: el devolver siempre todo el alimento y al
mismo tiempo el padecimiento del hambre. El Confesor le prohíbe
continuar en el estado de Víctima. 194
29. Resistencia de Luisa a Jesús, que la quiere en los padecimientos,
porque falta el consentimiento del Confesor: pero finalmente Jesús se
impone, comunicándole el estado de sufrimientos y dándole para el
Confesor, como prueba de que es su Voluntad, el anuncio de la guerra
entre Italia y África. 200
30. Jesús comienza a preparar a Luisa al desposorio místico que le
promete. 207
31. Retrato que Luisa hace de la divina belleza de la Humanidad Santísima
de Jesús, como se le aparece. 214
32. Por primera vez el alma sale del cuerpo, atraída irresistiblemente por
Jesús. Sufrimientos que en este estado comunica Jesús al alma.
219
33. Participación que Jesús comunica a Luisa de sus indecibles amarguras y
dolores por las diversas clases de pecados con que es ofendido.
225
3
Divina Voluntad Volumen 1

34. Participación que Jesús hace a Luisa de sus inefables dulzuras,


asistiendo a escenas llenas de consuelo de los santos Misterios de la
Religión. 232
35. La Santa Misa y sus efectos; en particular la resurrección de los
muertos, con sus cuerpos. 234
36. Últimos preparativos para el Desposorio Místico. 242
37. El Desposorio Místico. 249
38. Jesús da al alma cuatro reglas de vida. 252
39. Impresiones de Luisa después de haber contemplado la Gloria de los
Ángeles y Santos en el Cielo. 258
40. Pena y amargura insoportables de Luisa, al tener que vivir todavía en la
cárcel del cuerpo, desterrada de la Patria. 263
41. Heroísmo de Luisa al aceptar el volver a su cuerpo en la tierra, dejando
el Cielo tantas veces. 266
42. Jesús prepara a Luisa a la renovación del Desposorio Místico, en el
Cielo, con la sanción de la Santísima Trinidad; por eso le habla de las
tres Virtudes Teologales. La Fe. 273
43. Prosigue sobre las tres Virtudes Teologales. La Esperanza. 280
44. Prosigue sobre las tres Virtudes Teologales. La Caridad. 284
45. Último preparativo al Desposorio: el anonadamiento de sí y el ansia de
padecer siempre más. 289
46. La renovación del Desposorio místico, en el Cielo, en presencia de la
Santísima Trinidad. 291
47. La inhabitación de las Divinas Personas en el alma de la que toman
posesión y a la cual se dan en posesión. Entonces fue cuando hicieron a
Luisa el DON DEL DIVINO QUERER. 294
48. Tercer Desposorio: el Desposorio de la Cruz.300
49. Jesús da a Luisa el verdadero dolor de los pecados. 307
50. Luisa obtiene con su padecimiento que un hombre muerto no se
condene, y no solo esto, sino que siga con vida. 310
51. Valor de la Cruz. Jesús le renueva a Luisa varias veces la crucifixión.
313
4
Divina Voluntad Volumen 1

52. Los valores de la Cruz. En lugar de la Cruz que ha tenido hasta ahora,
Luisa recibe otra mucho más grande. 319
53. Nuevas participaciones de Luisa en las penas de la Pasión de Jesús.
325
54. El Juicio de la Cruz. 327
55. Luisa hace la confesión de sus pecados a Jesús. 332
56. Efectos de la Gracia de la confesión hecha a Jesús, renovada más veces.
340
57. Termina la narración. La nueva guerra entre Italia y África. 344
58. Los diversos modos con que Jesús habla a Luisa. 349
59. Prosigue la Novena del Nacimiento, con la cual empezó el volumen.
364
60. 3er. EXCESO DE AMOR
El Amor devorador. 366
61. 4o. EXCESO DE AMOR
El Amor obrante, que le renueva a Jesús desde el primer instante de
su Vida las penas de su Pasión. 369
62. 5o. EXCESO DE AMOR
El Amor abandonado en amarga soledad. 373
63. 6o. EXCESO DE AMOR
El Amor sofocado y confinado en las tinieblas del pecado y de la
ingratitud. 377
64. 7o. EXCESO DE AMOR
El Amor no correspondido y herido por la ingratitud de las criaturas.
381
65. 8o. EXCESO DE AMOR
El Amor mendicante, gimiente y suplicante. 384
66. 9o. EXCESO DE AMOR
El Amor agonizante que quiere ser vencedor. 389

5
Divina Voluntad Volumen 1

CUADERNO DE “MEMORIAS DE LA
INFANCIA”1

J.M.J FIAT

Julio, 15-1926

Mi Jesús, Amor mío, Madre mía celestial y


Soberana Reina, venid en mi ayuda, tomad en
vuestras manos mi pobre corazón; ¿no veis cómo
sangra por la dura batalla de tener que comenzar
desde el principio, la relación de mi pobre
existencia, desde mi infancia?.

A cualquier costo quisiera rehuir este


dolorosísimo y duro sacrificio, tanto más duro por
inesperado; pero una nueva obediencia sale al
campo para atormentar mi pobre e insignificante
existencia. Jesús y Madre mía, venid en mi
ayuda, de lo contrario siento que mi voluntad
1
Pequeña autobiografía de la infancia, que Luisa escribió por imposición de su Confesor
D. Benedetto Calvi.
6
Divina Voluntad Volumen 1

quisiera salir al campo de nuevo, para tener vida


y poder decir un “no” tajante a quien me ordena.

Ah, Jesús, ¿permitirás acaso que yo tenga


que vérmelas con mi querer, después de tanto
tiempo que Tú con tanto celo lo tienes ligado a
tus pies como don y triunfo de tu pequeña hija?.

Me han obligado a orar para saber de Ti si


debo o no hacerlo y Tú en vez de estar conmigo,
me has dicho:

- “Esto servirá para hacer conocer la tierra


que debía iluminar el Sol de mi Voluntad, para
formar su Reino”.

¡Ah, Jesús, qué me importa hacer conocer mi


pequeña tierra!

A Ti debe importarte que se conozca tu


Querer, ¿no es verdad, oh Jesús?

Pero Jesús ha hecho silencio y ha


desaparecido y yo pronuncio con toda la intensa
amargura de mi alma “¡FIAT! ¡FIAT! y comienzo.

Comienzo, pues, expresando lo que me han


dicho, los de mi misma familia.

7
Divina Voluntad Volumen 1

Nací en 1865, el 23 de abril, Domingo in


Albis, por la mañana; la misma noche me
bautizaron. Decía mi madre que yo nací al revés,
pero ella no sufrió nada en el parto, tanto que yo,
en los encuentros y circunstancias de mi pobre
vida, acostumbraba decir:

¡Nací al revés! ¡Es justo que mi vida sea al


revés de la vida de las otras criaturas!2.

Así, recuerdo que en mi tierna edad de tres o


cuatro años hasta cerca de los diez, era de
temperamento asustadizo y era tanto el temor
que no podía estar sola ni dar un paso sola; pero
la causa de esto era que desde la edad de tres
años, en las noches tenía casi siempre sueños de
terror. Soñaba en el demonio que me causaba tal
miedo que me hacía temblar; muchas veces
soñaba que me quería llevar consigo y me
arrastraba con fuerza y yo hacía todos los
esfuerzos por huir; y en el mismo sueño yo
sudaba frío, me escondía, me refugiaba en los
brazos de mi mamá; luego en el día me quedaba
la impresión de los sueños y un miedo tal como si
de todas partes quisiera salir el demonio.

Ahora creo que esto me hizo bien, porque


desde esa tierna edad yo rezaba muchas
“Avemarías” y “Padre nuestros” a todos los Santos
2
Luisa nació en Corato, Provincia de Bari.
8
Divina Voluntad Volumen 1

cuyos nombres conocía, para que me dieran la


gracia de no hacerme soñar en el demonio; y si
me daban el nombre de otro Santo que yo no
conocía, inmediatamente añadía un “Pater”, si era
varón; un “Ave” si era mujer, porque decía que si
no los honraba a todos, me harían soñar en el
demonio.

Recuerdo que las siete “Avemarías” a la Madre


Dolorosa las rezaba siempre desde esa edad, de
modo que tenía una larga serie de “Pater” y “Ave
María”; y por eso mientras las otras niñas y mis
hermanitas jugaban, yo me quedaba un poco a
un lado de ellas o bien junto con ellas porque
tenía miedo, pero no tomaba parte en sus juegos
inocentes, para rezar mis largas “Ave” y “Pater”…

Recuerdo también que alguna vez soñaba en


la Virgen que lanzaba de mí al demonio y una vez
me dijo:

- “Hija mía, llora, que ha muerto mi


Hijo”.

Yo quedé conmovida y Le compadecía; pero


esto me hacía infeliz. Cuando llegué a una edad
más capaz en que podía hacer la meditación, leer,
no podía apartarme por el miedo y por lo mismo
no podía hacer lo que quería.

9
Divina Voluntad Volumen 1

Pues bien, habiéndome hecho hija de María a


la edad de once años, un día, mientras quería
orar y meditar, me sorprendió el miedo, estaba
por huir a donde mi familia, sentí en mi interior
una fuerza que me detenía y oí en el fondo de mi
alma una voz que me decía:

- “¿Por qué temes?

¿Está cerca tu Ángel a tu lado, está


Jesús en tu corazón, está la Madre Celestial
que te tiene bajo su manto; entonces, por
qué tienes temor?

¿Quién es más fuerte: tu Ángel Custodio,


tu Jesús, tu Madre Celestial o el enemigo
infernal?

Por eso no huyas, sino quédate y ora y


no tengas miedo”.

Esto que escuché en mi interior3 me dio tanta


fuerza, valor y firmeza que se alejó el miedo y
cada vez que me sentía sorprender por el temor,
oía repetirse la misma voz en mi interior y sentía
que me llevaba como con la mano mi Ángel, la
Soberana Reina y el dulce Jesús; me sentía
triunfante en medio de ellos, de modo que adquirí
tal valor que me alejó todo el miedo; mucho más
3
Estas “voces” pueden considerarse probablemente como las primeras intervenciones de
lo Sobrenatural en la vida de Luisa.
10
Divina Voluntad Volumen 1

ya que los sueños miedosos cesaron del todo. Así


pude quedarme sola, caminar sola, ir sola al
jardín cuando estaba en la granja4, mientras que
antes, si iba allá, con solo ver moverse la rama de
un árbol, ya huía, porque pensaba que encima
estaba el demonio.

Recuerdo que un día, evocando el miedo de


mi tierna edad y los muchos sueños del enemigo
que hacían infeliz mi niñez, decía a Jesús:

- “¿Para qué haber pasado, Amor mío, mi


edad infantil con tanto miedo, con tantos malos
sueños que me hacían temblar, sudar y amargar
una edad tan tierna?.

Yo no entendía nada, ni creo que el enemigo


tuviera ningún propósito, en una edad tan
tierna”; y Jesús me dijo:

- “Hija mía, el enemigo entreveía algo en ti


con que Me podrías servir para algún asunto
de mi grande Gloria, con lo que él debía recibir
una gran derrota jamás sentida; tanto más
cuanto que veía que, por mucho que se
esforzaba, no podía hacer entrar en ti ningún
afecto o pensamiento menos puro, porque yo
le tenía cerradas las puertas y él no sabía por
dónde entrar; viendo esto se enfurecía y
4
La granja de la familia: una posesión agrícola a unos 27 Km. De Corato, llamada “Torre
Desesperada”, en la región de Murgia.
11
Divina Voluntad Volumen 1

trataba de aterrorizarte, sin poder otra cosa,


con sueños espantables y de miedo.

Tanto más que al no saber la causa de mis


grades designios sobre ti, que debían servir a
la destrucción de su reino, se ponía muy
atento para indagar esa causa, con la
esperanza de poder hacerte daño en toda
forma”.

Nuestro Señor ha sido muy bueno conmigo,


dándome padres buenos y que tenían el mayor
cuidado de no hacernos oír ni siquiera una
palabra de blasfemia o menos honesta5. Me
amaban pero con amor digno y serio. Recuerdo
que mi padre, siendo niña, nunca me tomó en
brazos y que yo no le di besos ni los recibí de él;
ni tampoco a mi madre recuerdo haberla besado
y ya de grande ella me puso en la cama, por tener
que irse a la granja y estar ausente por largos
meses; al despedirse hizo ademán de querer
besarme y yo, al ver eso, antes que lo hiciera le
besé en la mano y ella se abstuvo de hacer ese
desahogo materno.

5
El padre de Luisa fue Vito Nicola Piccarreta y la madre Rosa Tarantini, ambos de
Corato. Para su matrimonio hubo necesidad de recibir una dispensa, porque tenían
cierto grado de parentesco. De su matrimonio tuvieron cuatro hijas: María, Raquel,
LUISA y Angela. Esta última vivió siempre con Luisa y no se casaron. Los padres
murieron con pocos días de diferencia, en 1907: la mamá el 19 de marzo y el papá como
tres semanas después (Vol. VII, 13-III y 9-V-1907).
12
Divina Voluntad Volumen 1

Mi padre y mi madre eran ángeles de pureza y


de modestia. Fueron generosos con sus
dependientes:

El dolo, el engaño no tenían un lugar en


nuestra casa. Era tanto el cuidado que nunca
nos confiaron a personas extrañas, sino siempre
con ellos. Yo tengo el presentimiento que el
bendito Jesús habrá premiado tanta virtud,
dándoles por morada la Patria Celestial.

Recuerdo también que yo era de


temperamento tímido y si venían a visitarnos
algunos parientes u otras personas, yo me
escapaba a la parte alta, para no hacerme
encontrar o bien me escondía detrás de una cama
y oraba y salía cuando me llamaban y me decían
que se habían ido; y cuando mi mamá iba a
visitar a los parientes y quería llevarme consigo,
yo lloraba porque no quería ir:

Yo y otra de mis hermanitas como del mismo


temperamento, nos contentábamos de quedarnos
solas encerradas con llave, antes que salir. Esta
timidez no me hacía tomar parte en nada, ni en
fiestas, ni en diversiones, aun inocentes, que se
acostumbran en las familias; era la sacrificada de
la vergüenza y si los míos me obligaban estaba en
cruz, porque la vergüenza me hacía extrañas
todas las cosas.
13
Divina Voluntad Volumen 1

Pues recordando todo esto, que en algún


modo hacía infeliz mi niñez, el dulce Jesús me
dijo:

- “Hija mía, también la vergüenza con que


rodeé tu tierna edad fue uno de los más
grandes celos de amor por ti; no quería que en
ti entrase nadie, ni el mundo ni las personas;
quería hacerte extraña a todos. Quería que no
tomaras parte en nada y que nada te diera
gusto, porque habiendo determinado desde
entonces que debía formar en ti el Reino del
FIAT Supremo y debiendo tú tomar parte en
las fiestas y en las alegrías que hay en Él, era
justo que ninguna otra fiesta te alegrara y así
quedas privada de los placeres y diversiones
que hay en la tierra.

¿No estás contenta?”.

Pero a pesar de que era vergonzosa y tímida,


era de temperamento vivaz, alegre; saltaba, corría
y hasta hacía impertinencias.

Después, a la edad de cerca de doce años,


comenzó otro período de mi vida:

Comencé a oír la voz interior de Jesús,


especialmente en la Comunión. La primera la
14
Divina Voluntad Volumen 1

hice a los nueve años y el mismo día recibí el


Sacramento de la Santa Confirmación6.

Después no raras veces se hacía sentir en mi


interior cuando recibía la Santa Comunión. A
veces permanecía horas enteras arrodillada, casi
sin movimiento después de la Comunión y oía la
voz interior que me reprochaba si no había sido
buena, atenta; y si en el curso del día había
estado alguna vez distraída, oh, cómo me
reprendía y acababa por decirme:

- “Y sin embargo Me dices que Me amas; ¿y


dónde está este tu amor?”.

Yo me sentía morir al oír decir esto y prometía


ser más atenta y Jesús añadía:

- “Veré, veré si es verdad…; las palabras no


Me bastan, sino que quiero los hechos”.

La Comunión llegó a ser mi pasión


predominante. En ella encontré todos mis
afectos. Estaba cierta de oír hablar a Nuestro
6
Fue el Domingo “In Albis” de 1874. Luisa se había preparado desde hacía mucho
tiempo; había frecuentado la Iglesia Matriz para aprender mejor las nociones del
catecismo y en los exámenes se mostró superior a las de su edad y se le asignó a ella el
premio. El Arcipreste, D. Filippo Furio, dirigió a los pequeños que hacían la primera
Comunión, palabras cálidas de fe y de amor hacia el Prisionero Eucarístico. La pequeña
Luisa lloró de ternura y con gran devoción se acercó por primera vez a recibir a Aquel que
debía hacerla su Víctima y Hostia viviente. Había venido de Trani el Arzobispo y
aprovechó para impartir la Santa Confirmación, a los que se habían demostrado buenos y
preparados. Entre los primeros estuvo Luisa. (De un esbozo de “Biografía” escrito por
Mons. D’Oria, Arcipreste de Corato).
15
Divina Voluntad Volumen 1

Señor; y cuánto me costaba estar privada de


ella…, por la familia para ir junto con ellos a la
granja y tenía que estar largos meses sin Misa y
sin Comunión.

¡Cuántas veces rompía en llanto al ver


árboles, flores, la Creación toda…!

Decía entre mí:

- Las obras de Jesús están a mi alrededor;


sólo Jesús no está conmigo… ¡Ah, háblame tú,
flor, tú, sol, tú, cielo, tú, agua cristalina que
corres a nuestro pequeño lago, habladme de
Jesús; sois obras de sus manos, dadme noticias
de Él…!

Y me parecía que todas me hablaran de Él.


Toda cosa creada me hablaba de cada cualidad
de Jesús y yo con lágrimas, pues no podía recibir
Al que todas las cosas amaban y sabían narrar
tan bien de la belleza, del amor, de la bondad de
Jesús, lloraba y llegaba hasta a enfermarme.

También en la meditación escuchaba la voz


de Jesús, pero alguna vez me faltaba; en cambio
en la Comunión, nunca. Y cuantas veces
meditando me quedaba dos o tres horas sin poder
apartarme; cuando leía el punto y me detenía, oía

16
Divina Voluntad Volumen 1

en mi interior la voz de Jesús, que tomando la


actitud de Maestro me explicaba la meditación.

Desde entonces el amable Jesús me daba en


mi interior lecciones sobre la Cruz, sobre la
mansedumbre, sobre la obediencia, sobre su Vida
oculta…

A propósito de su Vida oculta, recuerdo que


me decía:

- “Hija mía, tu vida debe estar entre


nosotros en la casa de Nazaret. Si trabajas, si
oras, si tomas alimento, si caminas, debes
tener una mano en Mí, la otra en nuestra
Madre y la mirada en San José, para ver si tus
actos corresponden a los nuestros, de modo
que puedas decir:

Hago primero mi modelo sobre lo que hace


Jesús, la Madre Celestial y San José y después
lo sigo. Según el modelo que has hecho,
quiero Yo ser repetido por ti en mi Vida
oculta; quiero encontrar en ti las obras de mi
Madre, las de mi amado San José y mis
mismas obras”.

Yo quedaba confundida y Le decía:

- “Mi amado Jesús, yo no sé hacer”.


17
Divina Voluntad Volumen 1

Y Él:

- “Hija mía, valor, no te abatas; si no sabes


hacer pídeme que Yo te enseñe y en enseguida
te enseñaré; te indicaré el modo como
hacíamos, mis intenciones, el amor continuo
de los tres, pues Yo como mar y ellos como
riachuelos estábamos llenos, de modo que
uno desbordaba en el otro, tanto que teníamos
poco tiempo para hablarnos; estábamos tan
absortos en el amor.

¿Ves qué rezagada estás?

Tienes mucho que hacer para alcanzarnos;


te conviene mucho silencio y atención y Yo no
te quiero rezagada, sino en medio de
Nosotros”.

Así pues, cuando no sabía hacer preguntaba


a Jesús y Él me enseñaba en mi interior. Trataba
casi siempre, lo más que podía, de apartarme de
la familia para estar sola, para mantener el
silencio; tomaba mi trabajo y le pedía a mi mamá
que me permitiese ir arriba y ella me lo concedía.

De modo que mi mente estaba en la casa de


Nazaret y miraba ya al uno, ya al otro y me
confundía al verlos tan atentos en sus humildes
18
Divina Voluntad Volumen 1

labores, tan absortos en las llamas de amor, pues


se elevaban tan alto que sus trabajos quedaban
incendiados y transformados en amor; y yo
maravillada pensaba entre mí:

- Ellos aman tanto ¿y cuál es mi amor?

¿Puedo decir que mis trabajos, mis plegarias,


el alimento que tomo, los pasos que doy, son
llamas que se alzan al Trono de Dios y forman
ríos desbordados en el mar de Jesús?

Y viendo que no lo eran quedaba afligida; y


Jesús en mi interior me decía:

- “¿Qué haces? No te aflijas; poco a poco


llegarás. Yo estaré sobre ti y tú sígueme y no
temas”.

Si yo quisiese referir todo lo que pasé en mi


interior durante mi niñez, me alargaría
demasiado; tanto más cuanto que en el Primer
Volumen escrito por mí, sin precisar la época,
antes o después, cuando fui pequeña o cuando
fui más grande, hay una alusión al trabajo de la
Gracia en el fondo de mi alma, porque se me dijo
así: que no importaba que no pusiera el orden en
la edad, ni lo que había sido antes ni lo había
sido después, con tal que dijera lo que en mí
había pasado; tanto más cuanto que después de
19
Divina Voluntad Volumen 1

tantos años me resultaba difícil guardar el orden


de lo que había pasado en mi interior. Y ahora,
para no caer en repeticiones, paso adelante.

Recuerdo que, de chica, tenía una como


obsesión de querer hacerme religiosa7 y como
acudía a las religiosas para la escuela, sentía por
ellas un afecto un poco exagerado y las amaba
porque quería ser como una de ellas; pero en mi
interior sentía una desaprobación por este afecto
y al paso que prometía no amar a nadie más sino
a Jesús, recaía de nuevo y Jesús volvía a
hacerme amargos reproches. Es el único afecto
que recuerdo haber sentido en mi vida de manera
especial, ya que después no he sentido amor por
nadie.

¡Qué tiranía es un afecto natural y tal vez


hasta inocente, para el pobre corazón humano! Lo
recuerdo con terror; los reproches interiores me
ponían en cruz; me parecía que mi afecto tenía en
cruz a Jesús y Jesús en cambio me ponía a mí en
cruz y por eso no gozaba de la verdadera paz,
porque es propio de la naturaleza humana hacer
la guerra a un pobre corazón. Tener paz y amar a
las personas de manera especial es algo que no
existe en el mundo y si existe significa no tener
conciencia, aunque fuere con un fin santo o
indiferente.
7
Luisa estaba entre los 11 o 12 años; hizo solo el primero y segundo año de la escuela
primaria, con las Hermanas de la Inmaculada Concepción (llamadas “d’Ivrea”).
20
Divina Voluntad Volumen 1

Pero el bendito Jesús puso fin a esto


inmediatamente y he aquí cómo. Una mañana
pedí a mi mamá que me mandara a hacer una
visita a la Superiora y lo obtuve con dificultad y
sacrificio. Al entrar pedí que hicieran salir a la
Superiora y se me respondió que estaba ocupada
y no podía salir; al oír esto yo quedé como herida.
Fui a la iglesia a desahogar mi pena con Jesús y
Él tomó de esto ocasión para hacerme poner
punto final.

Me habló de su amor y de la inconstancia del


amor de las criaturas y como quería que acabara
absolutamente con esto, me dijo que:

- “Cuando un corazón no está vacío, Yo lo


rechazo y no puedo comenzar la obra que he
dispuesto hacer en el fondo del alma”…

¿Quién puede referir todo lo que me dijo en


mi interior?

Recuerdo que di el asunto por terminado y mi


corazón quedó imperturbable, sin saber ya amar
a nadie.

Después rogaba siempre a Jesús que me


permitiese llegar a ser religiosa y cuando Lo
sentía en mi interior le preguntaba muchas veces
21
Divina Voluntad Volumen 1

si llegaría a realizarse mi vocación religiosa y


Jesús me aseguraba diciéndome:

- “Sí, te daré este gusto; verás que has de


ser religiosa”.

Yo quedaba muy contenta al oír lo que Jesús


me aseguraba y trataba de disponer a la familia
para obtener el consentimiento, la cual era
contraria, especialmente la mamá; hasta llegaba
a llorar y me decía que me daría gusto si quisiera
hacerme religiosa de clausura, pero nunca
consentiría en que fuera de las religiosas de vida
activa.

Yo empero, a decir verdad, quería hacerme


religiosa de vida activa, porque las que conocía
habían sido mis maestras8, pero sobrevino mi
larga enfermedad9 y puso fin a mi vocación;
muchas veces me lamentaba, con Jesús y Le
decía:

- “Sin embargo me decías una mentira, hacías


burla de mí, prometiéndome que llegaría a
hacerme religiosa”.

8
Tuvo un nuevo desengaño de estas religiosas; después se dirigió a Trani, con el
propósito de pedir la admisiónen las Clarisas del monasterio de San Juan (de clausura).
No fue aceptada, porque su madre habló de su precaria salud física. Luisa tenía como 14
años.
9
Nada supieron decir nunca los médicos de lo que Luisa llama “enfermedad”…, que la
tuvo por 64 años enteros en cama, hasta su muerte.
22
Divina Voluntad Volumen 1

Y Jesús muchas veces me aseguró que me


decía la verdad, afirmándome:

- “Yo no sé engañar ni me sé burlar; la


llamada que Yo te hacía era más especial:

¿Quién es aquella que haciéndose monja,


aun en la vida religiosa más rigurosa, no puede
caminar, ni tomar aire, ni gozar de nada?

Y ¿Cuántas veces en la vida religiosa,


hacen que entre el pequeño mundo y se
divierten magníficamente, mientras que a Mí
me dejan a un lado…?

Ah, hija mía, cuando Yo llamo a un cierto


estado de vida, Yo sé cómo realizar mi
llamada. El sitio es para Mí indiferente10, el
hábito religioso para Mí no cuenta, cuando en
la sustancia del alma, está lo que debería estar
si hubiera entrado en la vida religiosa; y por
eso te digo que eres y serás la verdadera
monjita de mi Corazón”.

10
Ya sea en Corato, ya en otra parte, se puede vivir en el Divino Querer en todas partes;
pero se debe vivir como vivió Luisa. “Créeme, mujer, que es llegada la hora en que ni en
este monte ni en Jerusalén, adoraréis al Padre… Ya llega la hora y es ésta, cuando los
verdaders adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los
adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu y los que le adoran han de adorarle en
Espíritu y en Verdad” (Jn 4, 21, 23-24).
23
Divina Voluntad Volumen 1

EL REINO DEL “FIAT” EN MEDIO DE LAS


CRIATURAS

– LIBRO DE CIELO –

LA LLAMADA A LA CRIATURA AL ORDEN,


A SU PUESTO Y A LA FINALIDAD PARA LA
CUAL FUE CREADA POR DIOS

VOLUMEN I

J. M. J.

En el nombre del Padre y del Hijo y del


Espíritu Santo.

Por pura obediencia comienzo a escribir.

Tú sabes, oh Señor, el sacrificio que me


cuesta hacerlo y que me sometería a mil muertes
antes que escribir una sola línea de las cosas que
han pasado entre Tú y yo.

24
Divina Voluntad Volumen 1

¡Oh mi Dios!

Mi naturaleza se estremece, se siente


aplastada y casi deshecha al sólo pensarlo.

¡Ah, dame la fuerza, oh Vida de mi vida, a fin


de que pueda cumplir la santa obediencia!

Tú, que diste la inspiración al confesor, dame


la gracia de poder cumplir lo que me es mandado.

¡Oh Jesús, oh Esposo, oh fortaleza mía!

A Ti me dirijo, a Ti vengo, en tus brazos me


introduzco, me abandono, me reposo. ¡Ah,
consuélame en mi aflicción y no me dejes sola y
abandonada!

Sin tu ayuda estoy cierta que no tendré fuerza


de cumplir esta obediencia que tanto me cuesta,
me vencerá el enemigo y temo ser repudiada
justamente por Ti por mi desobediencia.

¡Ah! Mírame y vuelve a mirarme, oh Esposo


santo en estos tus brazos, mira de cuántas
tinieblas estoy circundada, son tan densas que
no dejan entrar ni siquiera un átomo de luz en mi
alma.

25
Divina Voluntad Volumen 1

¡Oh! mi místico Sol Jesús, resplandezca esta


luz en mi mente a fin de que haga huir las
tinieblas y pueda libremente recordar las gracias
que has hecho a mi alma.

¡Oh! Sol eterno, manda otro rayo de luz a lo


íntimo de mi corazón y lo purifique del fango en el
cual yace, lo incendie, lo consuma en tu Amor, a
fin de que él, que más que todo ha probado las
dulzuras de tu Amor, pueda claramente
manifestarlas a quien está obligado.

¡Oh! mi Sol Jesús, manda otro rayo de luz


aun sobre mis labios para que pueda decir la
pura verdad, con la única finalidad de conocer si
eres verdaderamente Tú, o bien ilusión del
enemigo, pero, ¡oh! Jesús, cuán escasa de luz me
veo aun en estos brazos tuyos.

¡Ah! conténtame, Tú que tanto me amas


continúa mandándome luz. ¡Oh! mi Sol, mi bello,
propiamente quiero entrar en el centro a fin de
quedar toda.

Todos los libros presentados en la obra “Libro


de Cielo” han sido traducidos directamente del
original manuscrito de Luisa Piccarreta. En este
26
Divina Voluntad Volumen 1

primer volumen presentamos los primeros cuatro


libros escritos por Luisa.

El día 28 de Febrero de 1899, ella recibe la


orden de su confesor, Don Gennaro Di Gennaro
de comenzar a escribir conforme Jesús le habla, y
además, escribir todo lo que había pasado entre
ellos hasta ese momento, así que el libro N° 1 es
el único que no fue escrito conforme Nuestro
Señor le hablaba. Aunque es en forma continua,
se distinguen varios temas muy bien definidos,
pero no queremos marcarlos para no alterar la
forma como lo escribió.

Al inicio de este volumen se encuentran las


dos primeras meditaciones de la novena de
navidad, las siete restantes se encuentran al
final; por lo dicho anteriormente queremos dejar
el orden que ella usó al escribir dicho volumen,
por lo que aparentemente queda inconclusa, pero
al final se encuentran las meditaciones que
faltan. Además, esta novena se pone completa al
final del volumen.

Abismada en esta luz purísima. Haz, oh Sol


divino, que esta luz me preceda delante, me siga
junto, me circunde por doquier, se introduzca en
los más íntimos escondites de mi interior, a fin de

27
Divina Voluntad Volumen 1

que consumiendo mi ser terreno, lo transformes


todo en tu Ser Divino.

Virgen Santísima, Madre amable, ven en mi


auxilio, obtenme de tu, y mi dulce Jesús, gracia y
fuerza para cumplir esta obediencia.

San José, amado protector mío, asísteme en


esta circunstancia. Arcángel San Miguel,
defiéndeme del enemigo infernal que tantos
obstáculos me pone en la mente para hacerme
faltar a esta obediencia. Arcángel San Rafael y tú,
mi ángel custodio, vengan a asistirme y a
acompañarme, a dirigir mi mano a fin de que
pueda escribir sólo la verdad.

Sea todo para honor y gloria de Dios, y a mí


toda la confusión. ¡Oh, Esposo santo, ven en mi
ayuda!

Al considerar las tantas gracias que has


hecho a mi alma me siento toda espantada, toda
llena de confusión y vergüenza al verme aún tan
mala e incorrespondente a tus gracias. Pero mi
amable y dulce Jesús, perdóname, no te retires
de mí, continúa derramando en mí tu Gracia, a

28
Divina Voluntad Volumen 1

fin de que puedas hacer de mí un triunfo de tu


Misericordia.

Jesús, Jesús, Jesús

29
Divina Voluntad Volumen 1

1. Comienzo de la narración: Novena de


preparación a la Navidad

Y ahora comienzo

- Novena de la Santa Navidad. A la edad de


diecisiete años me preparé a la fiesta de la Santa
Navidad practicando diferentes actos de virtud y
mortificación, honrando especialmente los nueve
meses que Jesús estuvo en el seno materno con
nueve horas de meditación al día, referentes
siempre al misterio de la Encarnación.

María, María, María

30
Divina Voluntad Volumen 1

2. 1er. EXCESO DE AMOR

Jesús en el Seno del Padre. El Decreto eterno


de la Encarnación.

Como por ejemplo, en una hora me ponía con


el pensamiento en el paraíso y me imaginaba a la
Santísima Trinidad:

Al Padre que mandaba al Hijo a la tierra, al


Hijo que prontamente obedecía al Querer del
Padre, y al Espíritu Santo que consentía en ello.

Mi mente se confundía tanto al contemplar


un misterio tan grande, un amor tan recíproco,
tan igual, tan fuerte entre Ellos y hacia los
hombres, y en la ingratitud de estos,
especialmente la mía, que en esto me habría
quedado no una hora sino todo el día, pero una
voz interna me decía:

31
Divina Voluntad Volumen 1

“Basta, ven y mira otros excesos más


grandes de mi Amor.”

Luisa, Luisa, Luisa

32
Divina Voluntad Volumen 1

3. 2º. EXCESO DE AMOR

Jesús en el seno de su Madre Santísima. El


Amor lo reduce a la estrechez y a la
inmovilidad.

Entonces mi mente se ponía en el seno


materno y quedaba estupefacta al considerar a
aquel Dios tan grande en el Cielo y ahora tan
humillado, empequeñecido, restringido, que casi
no podía moverse, ni siquiera respirar. La voz
interior me decía:

“¿Ves cuánto te he amado? ¡Ah! dame un


lugar en tu corazón, quita todo lo que no es
mío, porque así me darás más facilidad para
poderme mover y respirar en tu corazón.”

Mi corazón se deshacía, le pedía perdón,


prometía ser toda suya, me desahogaba en llanto,
sin embargo, lo digo para mi confusión, volvía a
33
Divina Voluntad Volumen 1

mis habituales defectos. ¡Oh! Jesús, cuán bueno


has sido con esta miserable criatura.

Jesús, Jesús, Jesús

34
Divina Voluntad Volumen 1

4. Conclusión de la Novena11

Y así pasaba la segunda hora del día, y


después, poco a poco el resto, que decirlo todo
sería aburrir. Y esto lo hacía a veces de rodillas y
cuando era impedida a hacerlo por la familia, lo
hacía aun trabajando, porque la voz interna no
me daba ni tregua ni paz si no hacía lo que
quería, así que el trabajo no me era impedimento
para hacer lo que debía hacer.

Así pasé los días de la novena; cuando llegó la


víspera me sentía más que nunca encendida por
un insólito fervor, estaba sola en la recámara
cuando se me presenta delante el niño Jesús,
todo bello, sí, pero titiritando, en actitud de
quererme abrazar, yo me levanté y corrí para
abrazarlo, pero en el momento en que iba a
estrecharlo desapareció, esto se repitió tres veces.

Quedé tan conmovida y encendida de amor,


que no sé explicarlo; pero después de algún

11
Las últimas siete horas de la Novena las puso Luisa por obediencia al final de este
primer volumen.

35
Divina Voluntad Volumen 1

tiempo no lo tomé más en cuenta y no se lo dije a


nadie; de vez en cuando caía en las
acostumbradas faltas. La voz interna no me dejó
nunca más, en cada cosa me reprendía, me
corregía, me animaba, en una palabra, el Señor
hizo conmigo como un buen padre con un hijo
que tiende a desviarse, y él usa todas las
diligencias, los cuidados para mantenerlo en el
recto camino, de modo de formar de él su honor,
su gloria, su corona. Pero, ¡oh! Señor, demasiado
ingrata te he sido.

María, María, María

36
Divina Voluntad Volumen 1

5. Jesús empieza su obra en el alma: la


sustrae y la aparta del mundo exterior.

Después el divino Maestro da principio, pone


su mano para desapegar mi corazón de todas las
criaturas y con voz interior me decía:

“Yo soy el único que merece ser amado;


mira, si tú no quitas este pequeño mundo que
te rodea, esto es, pensamientos de criaturas,
imaginaciones, Yo no puedo entrar libremente
en tu corazón, este murmullo en tu mente
sirve de impedimento para dejarte oír más
clara mi voz, para derramar mis gracias y para
hacerte enamorar verdaderamente de Mí.
Prométeme ser toda mía y Yo mismo pondré
manos a la obra; tú tienes razón en que no
puedes nada, no temas, Yo haré todo, dame tu
voluntad y eso me basta.”

Y esto sucedía más frecuentemente en la


comunión, entonces le prometía ser toda suya y
le pedía perdón por que hasta aquel momento no
lo había sido, le decía que verdaderamente lo

37
Divina Voluntad Volumen 1

quería amar y le rogaba que no me dejase nunca


más sola sin Él. Y la voz continuaba:

“No, no, vendré junto contigo a observar y


dirigir todas tus acciones, movimientos y
deseos de tu corazón.” 12

Todo el día lo sentía sobre de mí, me


reprendía de todo, como por ejemplo si me
entretenía demasiado platicando con la familia de
cosas indiferentes, no necesarias, la voz interna
me decía:

“Estas pláticas te llenan la mente de cosas


que no me pertenecen a Mí, te circundan el
corazón de polvo, de modo que te hace sentir
débil mi Gracia, no más viva.

¡Ah! imítame a Mí; cuando estaba en la


casa de Nazaret mi mente no se ocupaba de
otra cosa que de la gloria del Padre y de la
salvación de las almas; mi boca no decía otra
cosa que discursos santos, con mis palabras
buscaba reparar las ofensas al Padre, trataba
de asaetear los corazones y atraerlos a mi
amor, y primariamente a mi Madre y a San
José, en una palabra, todo nombraba a Dios,
todo se obraba por Dios y todo a Él se refería.
12
Luisa tenía cerca de 12 años; la narración de ahora en adelante prosigue con
orden.

38
Divina Voluntad Volumen 1

¿Por qué no podrías hacer tú otro tanto?”

Yo quedaba muda, toda confundida, trataba


por cuanto más podía de estarme sola, le
confesaba mi debilidad, le pedía ayuda y gracia
para poder hacer lo que Él quería, porque por mí
sola no sabía hacer otra cosa que mal. Si durante
el día mi mente se ocupaba en pensar en
personas a las cuales yo quería, enseguida me
reprendía diciéndome:

“¿Esto es lo bien que me quieres? ¿Quién


te ha amado como Yo?

Mira, si tú no terminas con esto Yo te


dejo.”

A veces me sentía dar tales y tantos reproches


amargos, que no hacía otra cosa que llorar.
Especialmente una mañana, después de la
comunión me dio una luz tan clara sobre el gran
amor que Él me daba y sobre la volubilidad e
inconstancia de las criaturas, que mi corazón
quedó tan convencido, que de ahí en adelante ya
no ha sido capaz de amar a ninguna persona.

Me enseñó el modo de como amar a las


personas sin separarme de Él, esto es, con mirar
a las criaturas como imagen de Dios, de modo
39
Divina Voluntad Volumen 1

que si recibía el bien de las criaturas, debía


pensar que sólo Dios era el primer autor de aquél
bien y que se había servido de la criatura para
dármelo, entonces mi corazón se unía más a
Dios; si recibía mortificaciones debía mirarlas
también como instrumentos en las manos de Dios
para mi santificación, por esto mi corazón no
quedaba resentido con mi prójimo.

Entonces, por este modo sucedía que yo


miraba a las criaturas todas en Dios, por
cualquier falta que viera en ellas jamás les perdía
la estima, si se burlaban de mí me sentía
obligada con ellas pensando que me hacían hacer
nuevas adquisiciones para mi alma; si me
alababan, recibía con desprecio estas alabanzas
diciendo: “Hoy esto, mañana pueden odiarme,
pensando en su inconstancia.” En suma, mi
corazón adquirió una libertad que yo misma no sé
explicar.

Luisa, Luisa, Luisa

40
Divina Voluntad Volumen 1

6. Jesús prosigue su obra en el alma: La


aparta de sí misma, purificando todo el
interior de su corazón

Cuando el divino Maestro me liberó del


mundo externo, entonces puso mano a purificar
el interior, y con voz interna me decía:

“Ahora hemos quedado solos, no hay ya


quien nos disturbe, ¿no estás ahora más
contenta que antes que debías contentar a
tantos y tantos?

Mira, es más fácil contentar a uno solo,


debes hacer de cuenta que Yo y tú estamos
solos en el mundo, prométeme ser fiel y Yo
verteré en ti tales y tantas gracias, que tú
misma quedarás maravillada.”

Luego continuó diciéndome:

“Sobre ti he hecho grandes designios,


siempre y cuando tú me correspondas, quiero
hacer de ti una perfecta imagen mía,
comenzando desde que nací hasta que morí;

41
Divina Voluntad Volumen 1

Yo mismo te enseñaré un poco cada vez el


modo como lo harás.”

Y sucedía así:

Cada mañana, después de la comunión me


decía lo que debía hacer en el día. Lo diré todo
brevemente, porque después de tanto tiempo es
imposible poder decirlo todo. No recuerdo bien,
pero me parece que la primera cosa que me decía
que era necesaria para purificar el interior de mi
corazón, era el aniquilamiento de mí misma, esto
es, la humildad.

Y continuaba diciéndome:

“Mira, para hacer que Yo derrame mis


gracias en tu corazón, quiero hacerte
comprender que por ti nada puedes, Yo me
cuido muy bien de aquellas almas que se
atribuyen a ellas mismas lo que hacen,
queriéndome hacer tantos hurtos de mis
gracias; en cambio con aquellas que se
conocen a sí mismas Yo soy generoso en
verter a torrentes mis gracias, sabiendo muy
bien que nada refieren a ellas mismas, me
agradecen y tienen la estima que conviene,
viven con continuo temor de que si no me
corresponden puedo quitarles lo que les he
dado, sabiendo que no es cosa de ellas; todo lo
42
Divina Voluntad Volumen 1

contrario en los corazones que apestan de


soberbia, ni siquiera puedo entrar en su
corazón, porque inflado de ellos mismos no
hay lugar donde poderme poner, las miserables
no toman en cuenta mis gracias y van de caída
en caída hasta la ruina.

Por eso quiero que en este día hagas


continuos actos de humildad, quiero que tú
estés como un niño envuelto en pañales, que
no puede mover ni un pie para dar un paso, ni
una mano para obrar, sino que todo lo espera
de la madre, así tú te estarás junto a Mí como
un niño, rogándome siempre que te asista, que
te ayude, confesándome siempre tu nada, en
suma, esperando todo de Mí.”

Entonces buscaba hacer cuanto más podía


para contentarlo, me empequeñecía, me
aniquilaba y a veces llegaba a tanto, de sentir
casi deshecho mi ser, de modo que no podía
obrar, ni dar un paso, ni siquiera un respiro si Él
no me sostenía.

43
Divina Voluntad Volumen 1

Jesús, Jesús, Jesús

44
Divina Voluntad Volumen 1

7. Jesús conduce al alma a la verdad de


su nada.

Además me veía tan mala que tenía vergüenza


de dejarme ver por las personas, sabiendo que
soy la más fea, como en realidad lo soy aún, así
que por cuanto más podía las rehuía y decía
entre mí:

“¡Oh, si supieran cómo soy mala, y si


pudieran ver las gracias que el Señor me está
haciendo (porque yo no decía nada a nadie) y, que
yo soy siempre la misma, oh, cómo me tendrían
horror!”

Después, en la mañana cuando iba de nuevo


a comulgar, me parecía que al venir Jesús a mí
hacía fiesta por el contento que sentía al verme
tan aniquilada; me decía otras cosas sobre el
aniquilamiento de mí misma, pero siempre de
manera diferente a la anterior.

Yo creo que no una, sino cientos de veces me


ha hablado, y si me hubiera hablado miles de
veces tendría siempre nuevos modos para hablar
sobre la misma virtud.
45
Divina Voluntad Volumen 1

¡Oh! mi divino maestro, cuán sabio eres, si al


menos te hubiera correspondido cuan ingrata he
sido. Pero confieso que mi mente ha tratado
siempre de captar la verdad, como la voluntad de
practicarla, cuando Jesús me ha hablado pero
que luego he perdido mucho, ya la una como la
otra y no he podido llevar a cabo hasta el término
cuanto Jesús me pedía; por esto me humillaba
cada vez más, confesando mi incapacidad y
prometiendo luego más atención y buena
voluntad, pero con todo, si no era ayudada por
Jesús no lograba hacer el bien con la perfección
que él quería.

Y precisamente por esto él me ha dicho


muchas veces:

“Si tú hubieras sido más humilde y


hubieras estado más cerca de mí, no habrías
hecho tan mal aquella obra, pero como a veces
has pensado principiarla, proseguirla y
terminarla sin mí, te da resultado, si bien con
todo tu disgusto, no conforme a mi querer.

Por eso invócame al comienzo de toda


acción que emprendas tenme siempre
presente para hacerla conmigo, y así se llevará
a perfecto cumplimiento; sepas que haciendo
siempre así adquirirás la más profunda
46
Divina Voluntad Volumen 1

humildad; de lo contrario volverá a entrar en


ti la soberbia y esta sofocará el germen
plantado en ti por la hermosa virtud de la
humildad”.

Con estas palabras, me dio tanta luz de


gracia que me hizo comprender cuán feo es el
pecado de la soberbia, que es la mayor ofensa que
se le puede hacer y la más horrenda ingratitud,
porque enceguece de tal manera al alma que la
hace caer en la más enorme impiedad causando
así su total ruina.

María, María, María

47
Divina Voluntad Volumen 1

8. El alma se duele de los pecados y las


faltas cometidas; pero Jesús no quiere
que pierda más el tiempo pensando en su
pasado.

Me hizo entender como era feo el pecado, la


afrenta que este miserable gusano había hecho a
Jesucristo, la ingratitud horrenda, la impiedad
enorme, el daño que le había venido a mi alma.
Quedé tan espantada que no sabía qué hacer
para reparar, hacía algunas mortificaciones,
pedía otras al confesor, pero pocas me eran
concedidas, así que todas me parecían sombras y
no hacía otra cosa que pensar en mis pecados,
pero siempre más estrechada a Él.

Tenía tal temor de alejarme de Él y de actuar


peor que antes, que yo misma no sé explicarlo. No
hacía otra cosa cuando me encontraba con Él que
decirle la pena que sentía por haberlo ofendido, le
pedía siempre perdón, le agradecía porque había
sido tan bueno conmigo y le decía de corazón:
“Mira, ¡oh! Señor el tiempo que he perdido,
mientras que habría podido amarte.” Entonces no
sabía decir otra cosa que el grave mal que había

48
Divina Voluntad Volumen 1

hecho; finalmente, un día reprendiéndome me


dijo:

“No quiero que pienses más en el pasado,


porque cuando un alma se ha humillado,
convencida de haber hecho mal y ha lavado su
alma en el sacramento de la confesión y está
dispuesta a morir antes que ofenderme, el
pensar en ello es una afrenta a mi
Misericordia, es un impedimento para
estrecharla a mi Amor, porque siempre busca
con su mente envolverse en el fango pasado y
me impide hacerle tomar el vuelo hacia el
Cielo, porque siempre con aquellas ideas se
encierra en sí misma, si es que busca pensar
en ellas; y además, mira, Yo no recuerdo ya
nada, lo he olvidado perfectamente, ¿ves tú
alguna sombra de rencor de parte mía?”

Y yo le decía:

“No, Señor, eres tan bueno.” Pero sentía


rompérseme el corazón de ternura.

Y Él:

“Y bien, ¿querrás mantener delante estas


cosas?”

Y yo:
49
Divina Voluntad Volumen 1

“No, no, no quiero.”

Y Él:

“Pues bien, hija mía ¿Por qué quieres


volverte todavía al pasado? Cuánto mejor sería
que pensáramos en amarnos recíprocamente.
Por eso, trata de ahora en delante de
contentarme y estarás siempre en paz”.

Luisa, Luisa, Luisa

50
Divina Voluntad Volumen 1

9. Las criaturas deben desaparecer a la


vista del alma, la cual debe mirar solo a
Jesús y obrar solo con Jesús y por Jesús

De ahí en adelante no pensé más en eso,


hacía cuanto más podía por contentarlo y le pedía
que Él mismo me enseñase el modo como debía
hacer para reparar el tiempo pasado.

Y Él me decía:

“Estoy pronto a hacer lo que tú quieres.


Mira, la primera cosa que te dije que quería de
ti era la imitación de mi Vida, así que veamos
qué cosa te falta.”

Y yo:

“Señor”, le decía, “me falta todo, no tengo


nada.”

Y Él:

“Y bien”, me decía, “no temas, poco a poco


haremos todo. Yo mismo conozco cuán débil
eres, pero es de Mí que debes tomar fuerza.”
51
Divina Voluntad Volumen 1

(No lo recuerdo en orden, pero como pueda lo


diré) Y agregaba:

“Quiero que seas siempre recta en tu


obrar, con un ojo me debes mirar a Mí y con el
otro debes mirar lo que estás haciendo; quiero
que las criaturas te desaparezcan del todo. Si
te vienen dadas ordenes, no mires a las
personas, no, sino debes pensar que Yo mismo
quiero que tú hagas lo que te es ordenado,
entonces con el ojo fijo en Mí no juzgarás a
ninguno, no mirarás si la cosa te es penosa o
te gusta, si puedes o no puedes hacerla;
cerrando los ojos a todo esto los abrirás para
mirarme sólo a Mí, me llevarás junto a ti
pensando que te estoy mirando fijamente y me
dirás:

“Señor, sólo por Ti lo hago, sólo por Ti


quiero obrar, no más esclava de las criaturas.”
Así que si caminas, si obras, si hablas, en
cualquier cosa que hagas, tu único fin debe ser
de agradarme sólo a Mí. ¡Oh! cuántos defectos
evitarás si haces así.”

Otras veces me decía:

“También quiero que si las personas te


mortifican, te injurian, te contradicen, la
52
Divina Voluntad Volumen 1

mirada también fija en Mí, pensando que con


mi misma boca te digo:

“Hija, soy propiamente Yo que quiero que


sufras esto, no las criaturas, aleja la mirada de
ellas, sino sólo Yo y tú siempre, todas las
demás destrúyelas. Mira, quiero hacerte bella
por medio de estos sufrimientos, te quiero
enriquecer con méritos, quiero trabajar tu
alma, volverte similar a Mí. Tú me harás un
regalo, me agradecerás afectuosamente, serás
agradecida con aquellas personas que te dan
ocasión de sufrir, recompensándolas con algún
beneficio”.

Haciendo así caminarás recta ante Mí,


ninguna cosa te dará más inquietud y gozarás
siempre paz.”

Jesús, Jesús, Jesús

53
Divina Voluntad Volumen 1

10. La criatura debe morir a sí misma para


vivir solo en Jesús: Necesidad del espíritu
de mortificación y de la Caridad.

Después de algún tiempo en que traté de


ejercitarme en estas cosas, a veces haciendo y a
veces cayendo (si bien veo claro que aun me falta
este espíritu de rectitud y siempre quedo más
confundida pensando en tanta ingratitud mía),
Jesús me habló y me hizo entender la necesidad
del espíritu de mortificación, (si bien me recuerdo
que en todas estas cosas que me decía, me
agregaba siempre que todo debía ser hecho por
amor suyo, y que las virtudes más bellas, los
sacrificios más grandes, se volvían insípidos si no
tenían principio en el amor).

La Caridad, me decía:

“Es una virtud que da vida y esplendor a


todas las demás, de modo que sin ella todas
están muertas y mis ojos no sienten ningún
atractivo y no tienen ninguna fuerza sobre mi
corazón; estate pues atenta y haz que tus
obras, aun las mínimas estén investidas por la
Caridad, esto es, en Mí, conmigo y por Mí”.
54
Divina Voluntad Volumen 1

Ahora vayamos directamente a la


mortificación.

“Quiero”, me decía, “que en todas tus


cosas, hasta las necesarias sean hechas con
espíritu de sacrificio. Mira, tus obras no
pueden ser reconocidas por Mí como mías si
no tienen la marca de la mortificación, así
como la moneda no es reconocida por los
pueblos si no contiene en sí misma la imagen
de su rey, es más, es despreciada y no tomada
en cuenta, así es de tus obras, si no tienen el
injerto con mi cruz no pueden tener ningún
valor.

Mira, ahora no se trata de destruir a las


criaturas, sino a ti misma, de hacerte morir
para vivir solamente en Mí y de mi misma
Vida. Es verdad que te costará más que lo que
has hecho, pero ten valor, no temas, no lo
harás tú sino Yo que obraré en ti”.

Entonces recibía otras luces sobre la


aniquilación de mí misma y me decía:

“Tú no eres otra cosa que una sombra, que


pasa rápidamente, la cual, mientras quieres
tomarla te huye. Por eso si quieres llegar a
hacer en mí algo grande, estímate siempre
55
Divina Voluntad Volumen 1

nada; complaciéndome en tu verdadera


humillación, derramaré en ti mi Todo”

Yo me sentía tan aniquilada que habría


querido esconderme en los más profundos
abismos, pero me veía imposibilitada para
hacerlo, sentía tal vergüenza que quedaba muda.
Mientras estaba en este reconocimiento de mi
nada, Él me decía:

“Ponte junto a Mí, apóyate en mi brazo, Yo


te sostendré con mis manos y tú recibirás
fuerza. Tú estás ciega, pero mi luz te servirá
de guía. Mira, me pondré delante y tú no harás
otra cosa que mirarme para imitarme.”

María, María, María

56
Divina Voluntad Volumen 1

11. El alma debe, como primera cosa,


hacer morir en todo y para todo la propia
voluntad, mortificándola constantemente
en todo.

Siendo Dios sumamente perfecto en Sí


mismo, no puede en absoluto, saliendo fuera de
Sí aspirar a que su obra no tienda siempre a la
máxima perfección. Ahora bien, si todo lo que ha
sido creado por Dios apunta a esto y no puede
naturalmente dejar de tender a su mejoramiento,
mucho más la criatura dotada de inteligencia y
voluntad, no debe nunca dar poca importancia a
su perfección, si ansía que Dios tenga que
encontrar en ella su complacencia.

Esta criatura, formada por Dios a su imagen


y semejanza, puede verdaderamente alcanzar la
máxima perfección requerida por Dios, si está en
todo en uniformidad con la voluntad de Dios y
corresponde a las gracias otorgadas por Él.
Ahora bien, si el Señor está cerca de mí, si quiere
que me apoye en su brazo, si con todo su
atractivo me insta arrojarme en sus paternos
brazos y quiere que de Él deba obtener toda la
fuerza para el bien obrar, ¿No sería yo necia e
57
Divina Voluntad Volumen 1

insensata si rehusara esta gracia y no


correspondiera a su santo Querer?.

Por eso yo, más que toda otra criatura, me


siento en el deber de seguir siempre a mi amable
Jesús, que me dice:

“Por ti misma, eres verdaderamente ciega,


pero no temas; mi luz más que nunca será tu
guía, más aún, Yo mismo estaré en ti y contigo
obrando cosas maravillosas; entonces sígueme
en todo y verás. Por ahora me pongo delante
de ti como espejo y tú no harás más que
mirarme para imitarme, pero no pierdas de
vista mi Persona.

La primera cosa que quiero que


mortifiques es tu voluntad, aquel “yo” se debe
destruir en ti, quiero que la tengas sacrificada
como víctima ante Mí para hacer que de tu
voluntad y de la mía se forme una sola.

¿No estás contenta con esto?

Prepárate, pues, a las contradicciones que


te sean dadas por Mí mismo y por las
criaturas”.

58
Divina Voluntad Volumen 1

Sí Señor, pero dame la Gracia, porque veo


que por mí nada puedo. Y Él continuaba
diciéndome:

“Sí, Yo mismo te contradiré en todo, y a


veces por medio de las criaturas”.

Y sucedía así, por ejemplo: Si en la mañana


me despertaba y no me levantaba en seguida, la
voz interna me decía:

“Tú descansas, y Yo no tuve otro lecho que


la cruz, pronto, pronto, no tanta satisfacción”.

59
Si caminaba y mi vista se iba un poco lejos,
pronto me reprendía:

“No quiero, tu vista no la alejes de ti más


allá que la distancia de un paso a otro, para
hacer que no tropieces”.

Si me encontraba en el campo y veía flores,


árboles, me decía:

“Yo todo lo he creado por amor tuyo, tú


priva a tu vista de este contento por amor
mío”.

Aun en las cosas más inocentes y santas,


como por ejemplo los ornamentos de los altares,
las procesiones, me decía:

“No debes tomar otro placer que en Mí


solo”.

Si mientras trabajaba estaba sentada, me


decía:

“Estás demasiado cómoda, ¿no te acuerdas


que mi Vida fue un continuo penar? ¿Y tú? ¿Y
tú?”.
Enseguida, para contentarlo me sentaba en la
mitad de la silla y la otra mitad la dejaba vacía, y
algunas veces en broma le decía:

“Mira, oh Señor, la mitad de la silla está


vacía, ven a sentarte junto a mí.”

Alguna vez me parecía que me contentaba, y


sentía tanto gusto que yo misma no sé decirlo.

Algunas veces que estaba trabajando con


lentitud y desganada me decía:

“Pronto, apúrate, que el tiempo que


ganarás apurándote vendrás a pasarlo junto
conmigo en la oración”.

A veces Él mismo me indicaba cuánto trabajo


debía hacer, y yo le pedía que viniera a
ayudarme.

“Sí, sí”, me respondía, “lo haremos juntos a


fin de que después que hayas terminado
quedemos más libres”.

Y sucedía que en una hora o dos hacía lo que


debía hacer en todo el día, después me iba a
hacer oración y me daba tantas luces y me decía
tantas cosas, que el querer decirlas sería
demasiado largo.

Recuerdo que mientras estaba sola


trabajando, veía que no alcanzaba el hilo para
completar aquel trabajo y que tendría necesidad
de ir con la familia para buscarlo, entonces me
dirigía a Él y le decía:

“En qué aprovecha amado mío el haberme


ayudado, pues ahora veo que tengo necesidad de
ir a la familia, y puedo encontrar personas y me
impedirán venir de nuevo, y entonces nuestra
conversación terminará”.

“Qué, qué,” me decía, “¿y tú tienes Fe?”


“Sí”.

“Pues no temas, te haré terminar todo”.

Y así sucedía, y luego me ponía a rezar.

Y a la hora de la comida, al punto me decía:

“Pronto, pronto, no te hagas esperar;


quiero que comas por amor a mí y mientras
tomas el alimento que se une al cuerpo, me
rogarás que una mi amor al tuyo, de modo que
mi espíritu venga a unirse a tu alma y toda
cosa tuya quedará santificada por mi Amor…”.

Si llegaba la hora de la comida y comía


alguna cosa agradable, súbito me reprendía
internamente diciendo:

“¿Tal vez te has olvidado que Yo no tuve


otro gusto que sufrir por amor tuyo, y que tú
no debes tener otro gusto que el mortificarte
por amor mío? Déjalo y come lo que no te
agrada.”

Y yo en seguida lo tomaba y lo llevaba a la


persona que ayudaba en el servicio, o bien decía
que ya no quería y muchas veces me la pasaba
casi en ayunas, pero cuando iba a la oración
recibía tanta fuerza y sentía tal saciedad, que
sentía náusea de todo lo demás.

Otras veces para contradecirme, si no tenía


ganas de comer me decía:

“Quiero que comas por amor mío, y


mientras el alimento se une al cuerpo, pídeme
que mi Amor se una con tu alma y quedarán
santificadas todas las cosas.”
En una palabra, sin ir más lejos, aun en las
cosas más mínimas trataba de hacer morir mi
voluntad para hacer que viviera sólo para Él.
Permitía que hasta el confesor me contradijera,
como por ejemplo:

Sentía un gran deseo de recibir la comunión,


todo el día y la noche no hacía otra cosa que
prepararme, mis ojos no se podían cerrar al
sueño por los continuos latidos del corazón y le
decía:

“Señor, apresúrate porque no puedo estar sin


Ti, acelera las horas, haz que surja pronto el sol
porque yo no puedo más, mi corazón desfallece
por el gran deseo de la Santa Comunión...”

Él mismo me hacía ciertas invitaciones


amorosas con las que me sentía despedazar el
corazón; me decía:

“Mira, Yo estoy solo y sufro sin ti; no


sientas pena de que no puedes dormir, se trata
de hacer compañía a tu Dios, a tu Esposo, a tu
Todo que es continuamente ofendido, ¡ah! no
me niegues este consuelo con tu amorosa
compañía, a fin de que los latidos de tu amor,
uniéndose a los míos, vengan a mermar en
parte, la amargura que me causan las muchas
ofensas que recibo día y noche y Yo no te
dejaré sola en tus sufrimientos y aflicciones,
sino que te corresponderé con mi compañía.”

Mientras estaba con estas disposiciones, por


la mañana iba con el confesor y sin saber por
qué, la primera cosa que me decía era:

“No quiero que recibas la comunión.”

Digo la verdad, me resultaba tan amargo que


a veces no hacía otra cosa que llorar; al confesor
no me atrevía a decirle nada, porque así quería
Jesús que hiciera, de otra manera me reprendía,
pero yo iba con Él y le decía mi pena:

“Ah Bien mío,

¿Para esto la vigilia que hemos hecho esta


noche, que después de tanto esperar y desear
debía quedar privada de Ti?

Sé bien que debo obedecer, pero dime,

¿Puedo estar sin Ti?

¿Quién me dará la fuerza?


Y además,

¿Cómo tendré el valor de irme de esta iglesia


sin llevarte conmigo?

Yo no sé qué hacer, pero Tú puedes remediar


todo.”

Mientras así me desahogaba sentía venir un


fuego junto a mí, entrar una llama en el corazón,
y lo sentía dentro de mí, y en seguida me decía:

“Cálmate, cálmate, heme aquí, estoy ya en


tu corazón, ¿de qué temes ahora? No te aflijas
más, Yo mismo te quiero enjugar las lágrimas,
tienes razón, tú no podías estar sin Mí, ¿no es
verdad?”

Yo entonces quedaba tan aniquilada en mí


misma por esto, y le decía que si yo fuera buena
Él no lo habría dispuesto así, y le pedía que no
me dejara más, que sin Él no quería estar.
Luisa, Luisa, Luisa
12. Jesús quiere que el alma se enamore
del padecimiento por su Amor: Por eso la
lleva a sumergirse en el mar sin límites de
su Pasión. La primera visión de Jesús
doliente.

Después de estas cosas, un día, después de la


comunión lo sentía en mí todo amor, y que me
amaba tanto, que yo misma quedaba maravillada,
porque me veía tan mala e incorrespondiente, y
decía dentro de mí:

“Al menos fuera buena y le correspondiera,


tengo temor de que me deje (este temor de que me
deje lo he tenido siempre y aún lo tengo, y a veces
es tanta la pena que siento, que creo que la pena
de la muerte sería menor, y si Él mismo no viene
a calmarme no sé darme paz) y en cambio quiere
estrecharse más íntimamente a mí.”

Y mientras así me lo sentía dentro de mí, con


voz interna me dijo:
“Amada mía, las cosas pasadas no han sido
más que un preparativo, ahora quiero venir a
los hechos, y para disponer tu corazón para
hacer lo que quiero de ti, esto es, la imitación
de mi Vida, quiero que te internes en el mar
inmenso de mi Pasión, y cuando tú hayas
comprendido bien la acerbidad de mis penas,
el amor con el que las sufrí, quién soy Yo que
tanto sufrí, y quién eres tú, vilísima criatura,
ah, tu corazón no osará oponerse a los golpes,
a la cruz que Yo, sólo por tu bien le tengo
preparada, más bien al sólo pensar que Yo, tu
maestro, he sufrido tanto, tus penas te
parecerán sombras comparadas con las mías,
el sufrir te será dulce y llegarás a no poder
estar sin sufrimientos”.

Mi naturaleza temblaba al solo pensar en los


sufrimientos, le pedía que Él mismo me diera la
fuerza, porque sin Él, me habría servido de sus
mismos dones para ofender al donador.

Y Jesús, toda bondad y dulzura:

“Esto, mi amada, desde luego, porque sino


te sintiese en cualquier cosa que se emprende,
un cierto arrebato de amor, ciertamente no se
la podría llevar a cabo; y quien la emprende de
mala gana, aun cuando la lleve a término, no
recibirá de mí la recompensa. Sepas que tú,
para enamorarte de mi Pasión, antes de nada
deberás considerar con calma y reflexión todo
cuanto he padecido por ti, a fin de que puedas
formarte juicio conforme al mío del verdadero
Amor, que nada omite por el bien de la
persona amada”.

Entonces me puse toda a meditar la Pasión, y


esto hizo tanto bien a mi alma, que creo que todo
el bien me ha venido de esta fuente. Veía la
Pasión de Jesucristo como un mar inmenso de
luz, que con sus innumerables rayos me herían
toda, esto es, rayos de paciencia, de humildad, de
obediencia y de tantas otras virtudes; me veía
toda rodeada por esta luz y quedaba aniquilada al
verme tan desemejante de Él. Aquellos rayos que
me inundaban eran para mí otros tantos
reproches que me decían:

“Un Dios paciente, ¿y tú? Un Dios humilde


y sometido aun a sus mismos enemigos, ¿y
tú? Un Dios que sufre tanto por amor tuyo, y
tus sufrimientos por amor suyo, ¿dónde
están?”

A veces Él mismo me narraba las penas


sufridas por Él, y quedaba tan conmovida que
lloraba amargamente. Un día, mientras
trabajaba, estaba considerando las penas
acerbísimas que sufrió mi buen Jesús, mi
corazón me lo sentía tan oprimido por la pena,
que me faltaba la respiración; temiendo que me
sucediera algo quise distraerme asomándome al
balcón, vi hacia la calle, pero, ¿qué veo? Veo la
calle llena de gente y en medio a mi amante Jesús
con la cruz sobre la espalda – quien lo empujaba
por un lado y quien por el otro, todo agitado, con
el rostro chorreando sangre – que levantaba los
ojos hacia mí en actitud de pedirme ayuda.

¿Quién podrá decir el dolor que sentí, la


impresión que hizo sobre mi alma una escena tan
lastimera?

Rápidamente entré en mi habitación, yo


misma no sabía dónde me encontraba, el corazón
me lo sentía despedazar por el dolor, gritaba y
llorando le decía:

“¡Jesús mío, si al menos te pudiera ayudar, te


pudiese liberar de esos lobos tan enfurecidos! ¡Ay!
al menos quisiera sufrir esas penas en lugar tuyo
para dar alivio a mi dolor. Ah, mi Bien, dame el
sufrir, porque no es justo que Tú sufras tanto y
yo, pecadora, esté sin sufrir.”
Desde entonces, recuerdo que se encendió en
mí tanto deseo de sufrir que no se ha apagado
hasta ahora. Recuerdo también que después de la
comunión le pedía ardientemente que me
concediera el sufrir, y Él a veces, para
contentarme, me parecía que tomaba las espinas
de su corona y las clavaba en mi corazón; otras
veces sentía que tomaba mi corazón entre sus
manos y lo estrechaba tan fuerte, que por el dolor
sentía que perdía los sentidos.

Cuando advertía que las personas se podrían


dar cuenta de algo y a Él dispuesto a darme estas
penas, pronto le decía:

“Señor, ¿qué haces? Te pido que me des el


sufrir pero que nadie se dé cuenta.”

Durante algún tiempo me contentó, pero mis


pecados me hicieron indigna de sufrir
ocultamente, sin que nadie se diera cuenta13.

13
Esta primera visión la tuvo a la edad de 13 años más o menos.
Jesús, Jesús, Jesús
13. Jesús quiere que el alma toque con la
mano la propia nada y se disponga a la
más profunda humildad: y por eso la priva
de todo consuelo y gracia sensible,
ocultándose a ella.

Recuerdo que muchas veces después de la


comunión me decía:

“No podrás verdaderamente asemejarte a


Mí sino por medio de los sufrimientos. Hasta
ahora he estado junto a ti, ahora quiero
dejarte sola un poco, sin hacerme sentir.

Mira, hasta ahora te he llevado de la mano,


enseñándote y corrigiéndote en todo, y tú no
has hecho otra cosa que seguirme.

Ahora quiero que hagas por ti misma, pero


más atenta que antes, pensando que te estoy
mirando fijamente, pero sin hacerme sentir, y
que cuando vuelva a hacerme sentir vendré, o
para premiarte si me has sido fiel, o para
castigarte si has sido ingrata.”
Quedaba tan espantada y abatida por esta
noticia, que le decía:

“Señor, mi todo y mi Vida, ¿cómo podré


subsistir sin Ti, quién me dará la fuerza?

Cómo, después que me has hecho dejar


todo, de modo que siento como si nadie
existiera para mí, ¿me quieres dejar sola y
abandonada?

¿Qué, te has tal vez olvidado de cuán mala


soy, y que sin Ti nada puedo?”

Y por esta recriminación, tomando un aspecto


más serio, agregaba:

“Es que te quiero hacer comprender bien


quién eres tú. Mira, lo hago por tu bien, no te
entristezcas, quiero preparar tu corazón a
recibir las gracias que he diseñado sobre ti.

Hasta ahora te he asistido sensiblemente,


ahora será menos sensible, te haré tocar con la
mano tu nada, te cimentaré bien en la
profunda humildad para poder edificar sobre ti
muros altísimos, así que en vez de afligirte
deberías alegrarte y agradecerme, pues cuanto
más pronto te haga pasar el mar tempestuoso,
tanto más pronto llegarás a puerto seguro; a
cuantas más duras pruebas te sujetaré, tantas
gracias más grandes te daré.

Así que, ánimo, ánimo, y después pronto


vendré.”

Y al decirme esto me parecía que me bendecía


y se fue.

¿Quién podrá decir la pena que sentía, el


vacío que dejaba en mi interior, las amargas
lágrimas que derramé?

Sin embargo me resigné a su Santa Voluntad,


parecía que de lejos le besaba la mano que me
había bendecido diciéndole:

“Adiós, oh Esposo santo, adiós.”

Veía que todo para mí había terminado, ya


que sólo lo tenía a Él, y faltándome Él no me
quedaba ningún otro consuelo, sino que todo se
convertía en amarguísimas penas; es más, las
mismas criaturas me recrudecían la pena, de
modo que todas las cosas que veía, parecía que
me decían:
“Mira, somos obras de tu amado, y Él, ¿dónde
está?”

Si miraba agua, fuego, flores, hasta las


mismas piedras, en seguida el pensamiento me
decía:

“Ah, estas son obras de tu Esposo, ellas


tienen el bien de verlo y tú no lo ves.”

“¡Ah! obras de mi Señor, denme noticias,


díganme, ¿dónde se encuentra? Me dijo que
pronto volvería, pero quién sabe cuándo”.

A veces llegaba a tan amarga desolación que


me sentía faltar la respiración, me sentía helar
toda y sentía un escalofrío por toda mi persona, a
veces se daba cuenta la familia y lo atribuían a
algún mal físico y querían ponerme en
tratamiento, llamar a médicos; a veces insistían
tanto que lo lograban, pero yo, sin embargo,
hacía cuanto más podía para quedarme sola, así
que pocas veces lo advertían.

Recordaba también todas las gracias, las


palabras, las correcciones, las reprensiones, veía
claramente que todo lo obrado hasta ahí, todo,
todo había sido obra de su Gracia y que de mí no
quedaba más que la pura nada y la inclinación al
mal.

María, María, María


14. El alma experimenta que no es capaz
de nada sin Jesús, y que todo lo debe a Él.
Jesús, el verdadero Director Espiritual, la
instruye sobre el modo de comportarse en
el estado de oscuridad y abandono, en la
oración, en la comunión y en las visitas a
Jesús Sacramentado.

Sería una falsaria si no afirmara que todo lo


que se ha obrado hasta aquí no ha sido sino en la
plena gracia otorgada a mí en gran abundancia
por el Señor pues de lo mío no hay más que pura
nada y la inclinación al mal.

Y en verdad, ¿Quién me sustrajo de las


frivolidades del mundo sino mi amable Jesús?

¿Quién me hizo sentir aquel fuerte impulso a


hacer la Novena de Navidad con nueve
meditaciones diarias sobre el misterio de la
encarnación de Jesús, con la cual tuve tantas
luces superiores y gracias celestiales?
¿De quién aquella voz que interiormente
comenzó a hablarme en lo íntimo del corazón, a lo
largo de dicha Novena y que luego a continuado
hasta hoy sin darme tregua ni paz sino hacía
prontamente lo que me pedía?

¿Y el modo utilizado para hacerme enamorar


de Él, haciéndose ver de mí en forma de
graciosísimo niño?.

Y el hacerme de maestro enseñándome,


corrigiéndome, reprochándome, para inducirme a
despojar el corazón de las pequeñas afecciones,
infundiéndome el verdadero espíritu de
mortificación, de Caridad y de oración, con lo que
me abrí camino para internarme en el mar
inmenso de la Pasión de Jesús, y de lo cual
adquirí la dulzura en el padecer y la verdadera
amargura en la falta de sufrimiento, ¿No ha sido
toda gracia suya, su don, más aún obra
verdadera de Jesús?.

Y ahora que quiere bromear conmigo


sustrayéndose de mi vista, toco con la mano que
sin Él no sentía más el amor tan sensible,
aquellas luces tan claras en la meditación, de
modo que permanecía hasta dos o tres horas,
hacía cuanto más podía por hacer lo que hacía
cuando lo sentía, porque oía repetir aquellas
palabras:

“Si mi eres fiel vendré para premiarte, si


ingrata para castigarte.”

Así pasaba a veces dos días, a veces cuatro,


más o menos como a Él le agradaba, mi único
consuelo era recibirlo en el sacramento.

Ah, sí, ciertamente ahí lo encontraba, no


podía dudar, y recuerdo que pocas veces no se
hacía oír, porque tanto le pedía y volvía a pedir y
lo importunaba, que me contentaba, pero no
amoroso y amable, sino severo.

Después que pasaban aquellos días en aquel


estado descrito arriba, especialmente si le había
sido fiel, me lo sentía regresar dentro de mí, me
hablaba más claramente, y como en los días
pasados no había podido concebir dentro de mí ni
una palabra, ni oír nada, entonces entendí que no
era mi fantasía, como muchas veces lo pensaba
antes, tanto que de lo dicho hasta aquí no decía
nada ni al confesor ni a ninguna otra alma
viviente.
Sin embargo hacía cuanto más podía para
corresponderle, porque de otra manera me hacía
tanta guerra que no tenía paz.

¡Ah Señor, has sido tan bueno conmigo, y yo


tan mala aún!.

Siguiendo con lo que había comenzado, me lo


sentía dentro de mí, lo abrazaba, me lo
estrechaba, le decía:

“Amado Bien, mira cuán amarga me ha


resultado nuestra separación.”

Y Él me decía:

“Es nada lo que has pasado, prepárate a


pruebas más duras; por esto he venido, para
disponer tu corazón y fortificarlo. Dime, hija
de mi Querer14, todo lo que has pasado, tus
dudas y temores, todas tus dificultades, para
poderte enseñar el modo de como comportarte
en mi ausencia.”

Entonces le hacía la narración de mis penas


diciéndole:

14
Por primera vez Jesús le da ese nombre.
“Señor, mira, sin Ti no he podido hacer nada
bien, la meditación la he hecho toda distraída,
fea, tanto que no tenía ánimo de ofrecértela.

En la comunión no he podido estar las horas


enteras como cuando te sentía, me veía sola, no
tenía con quien entenderme, me sentía toda
vacía, la pena de tu ausencia me hacía probar
agonías mortales, mi naturaleza quería
despacharse pronto para huir de esa pena,
mucho más que me parecía que no hacía otra
cosa que perder el tiempo, y el temor de que al
regresar Tú me castigaras por no haber sido fiel,
entonces no sabía qué hacer.

Además, la pena de que Tú eres


continuamente ofendido, y que yo no sabiendo
cuando, como antes me enseñabas, hacer esos
actos de reparación, esas visitas al santísimo
sacramento por las ofensas que Tú recibes.

Entonces dime, ¿cómo debo hacer?”

Y Él, instruyéndome benignamente me decía:

“Has hecho mal al estarte tan turbada, ¿no


sabes tú que Yo soy espíritu de paz?
Y la primera cosa que te recomiendo es no
disturbar la paz del corazón; cuando en la
oración no puedes recogerte, no quiero que
pienses en esto o aquello, como es o como no
es, haciendo así tú misma llamas a la
distracción.

Más bien, cuando te encuentres en ese


estado, la primera cosa es que te humilles,
confesándote merecedora de esas penas,
poniéndote como un humilde corderillo en
manos del verdugo, que mientras lo mata le
lame las manos; así tú, mientras te ves
golpeada, abatida, sola, te resignarás a mis
santas disposiciones, me agradecerás de todo
corazón, besarás la mano que te golpea,
reconociéndote indigna de esas penas, después
me ofrecerás aquellas amarguras, angustias y
tedios, pidiéndome que los acepte como un
sacrificio de alabanza, de satisfacción por tus
culpas, de reparación por las ofensas que me
hacen.

Haciendo así tu oración subirá ante mi


trono como incienso olorosísimo, herirá mi
corazón y atraerá sobre ti nuevas gracias y
nuevos carismas.
El demonio viéndote humilde y resignada,
toda abismada en tu nada, no tendrá fuerza de
acercarse. He aquí que donde tú creías perder,
harás grandes adquisiciones.

Respecto a la comunión no quiero que te


aflijas de que no sabes estar, haz cuanto
puedas para recibirme bien, agradéceme
después de haberme recibido; pídeme las
gracias y ayudas que necesitas y del resto no
te preocupes ya que lo que te hago sufrir en la
comunión no es sino una sombra de las penas
que sufrí en el Getsemaní, ¿qué será cuando te
haga partícipe de los flagelos, de las espinas y
de los clavos?

El pensamiento de las penas mayores te


hará sufrir con más ánimo las penas menores;
entonces, cuando en la comunión te
encuentres sola, agonizante, piensa que te
quiero un poco en mi compañía en la agonía
del huerto.

Por tanto ponte junto a Mí y haz una


comparación entre tus penas y las mías, mira,
tú sola y privada de Mí, y Yo también solo,
abandonado por mis más fieles amigos que
están adormilados, dejado solo hasta por mi
Divino Padre, y además en medio de penas
acerbísimas, rodeado de serpientes, de víboras
y de perros enfurecidos, los cuales eran los
pecados de los hombres, y donde estaban
también los tuyos, que hacían su parte, que
me parecía que me querían devorar vivo, mi
corazón sintió tanta opresión que me lo sentí
como si estuviera bajo una prensa, tanto que
sudé viva sangre.

Dime, tú ¿cuándo has llegado a sufrir


tanto?.

Entonces, cuando te encuentres privada de


Mí, afligida, vacía de todo consuelo, llena de
tristezas, de afanes, de penas, ven junto a Mí,
límpiame esa sangre, ofréceme esas penas
como alivio de mi amarguísima agonía.
Haciendo así encontrarás el modo de
entretenerte conmigo después de la comunión;
no que no sufras, porque la pena más amarga
que puedo dar a mis almas queridas es el
privarlas de Mí, pero tú, pensando que con tu
sufrir me das consuelo, estarás contenta.

En cuanto a las visitas y actos de


reparación, tú debes saber que todo lo que
hice en el curso de los treinta y tres años,
desde que nací hasta que morí, lo continúo en
el sacramento del altar.
Quiero nacer en el corazón de todos los
mortales y por eso obedezco a quien del Cielo
me llama a inmolarme en el altar; me humillo
esperando, llamando, amaestrando,
iluminando y el que quiere puede confortarse
tomándome Sacramentado; a éstos doy
consuelo, a aquellos fortaleza y ruego por eso
a mi Padre que los perdone; estoy ahí para
enriquecer a los unos, para desposarme con
los otros, velo por todos; defiendo a quien
quiere ser defendido por Mí; divinizo a quien
quiere ser divinizado; lloro por los incautos y
por los disolutos; me hago adorante
perpetuamente para reintegrar la armonía
universal y para cumplir el supremo designio
divino, cual es la Glorificación absoluta del
padre, en el perfecto homenaje exigido por Él,
pero que no se le da por parte de todas las
criaturas por quienes me he sacramentado.

Por eso quiero que tú, en correspondencia


a este mi infinito Amor al género humano, me
hagas diariamente treinta y tres visitas, para
honrar con ellas los años de mi Humanidad
pasados entre vosotros y por vosotros todos,
hijos míos, regenerados con mi preciosísima
Sangre, y que, con eso, te unas a Mí en este
Sacramento, teniendo como mira el hacer
siempre mis intenciones de expiación, de
reparación, de inmolación y de adoración
perpetua.

Estas treinta y tres visitas las harás


siempre, en todos los tiempos, en cada día y
en cualquier lugar donde puedas encontrarte,
pues Yo las aceptaré como si fueran hechas en
mi Presencia sacramental…

Esto lo harás en todos los momentos del


día, el primer pensamiento de la mañana
debes hacer que vuele a mí, Prisionero de
Amor, para darme tu primer saludo de Amor
por mí, y de ahí la primera visita confidencial
en la que tú a mí y yo a ti nos preguntemos
mutuamente cómo hemos pasado la noche y
nos animaremos mutuamente; y así, tu último
pensamiento y tu último afecto de la noche
será venir nuevamente a mí a fin de darte la
bendición y te haga reposar en mí, conmigo y
por mí; y tú entre tanto me darás el último
beso de amor, con la promesa de unión
conmigo sacramentado.

Las otras visitas me las harás como mejor


se presente la ocasión más propicia para
concentrarte toda en mi Amor”.
Mientras Jesús me hablaba así, yo sentía
bajar a mi corazón un no sé qué de Gracia, la
cual trabajaba en mí de tal manera que me hacía
sentir el corazón como derretido de amor y la
mente poblada de tantas ideas que se perdía en
una inmensa luz de amor, por lo que me atreví a
suplicarle así:

“Mi buen Maestro, por gracia Te suplico, ah,


que estés conmigo y siempre más de cerca, a fin
de que, bajo tu dirección, tome la actitud y la
costumbre de hacer lo bueno, ya que conozco por
experiencia que todo puedo contigo, pero sin Ti
soy incapaz de hacer algo de bueno, sino solo
capaz de hacer todo el mal…”.

Y Jesús siempre benigno, me repuso:

- “Sí, sí que te contentaré en esto, como te


he satisfecho en tantas otras cosas. Yo quiero
solamente tu buena voluntad y por mi parte,
cualquier ayuda que quieras de Mí, te la daré
de muy buena gana y copiosamente”.

Ah, ¡cuán bueno ha sido conmigo el dulce


Jesús, porque jamás sus promesas han dejado de
cumplirse! Más aún, tengo que decir la verdad:
El ha dado y ha hecho por mí más de cuanto
me había prometido, por eso he logrado
contentarlo; y lejos de mi cualquier duda o
perplejidad de corazón sobre su obra si me
dijeran que lo que se obra en mí no es sino fruto
de la fantasía, porque en aquellos días pasados
en la privación de mi Jesús no podía concebir ni
siquiera un buen pensamiento ni decir una
palabra informada por el espíritu de Caridad, ni
sentía por alguien ningún atractivo de bien.

Luisa, Luisa, Luisa


15. Jesús solicita al alma, para
enriquecerla y embellecerla más y unirla
más íntimamente a Sí, sostener una
terrible lucha contra los demonios.

Durante el tiempo en que Jesús se ha unido


cada vez más a mí, me ha hablado y se ha hecho
ver, he comprendido bien que Jesús, cuando
viene con modos insólitos, no tiene en mira otra
cosa que disponer mi alma a nuevas y pesadas
cruces; en efecto, primero la atrae a Sí con los
ardides de su Gracia, con lo que el alma se siente
vinculada de amor y luego le presenta el objetivo
de sus atractivos, a fin de que no me atreva a
oponerme en lo más mínimo.

Y en verdad, un día, después de la


Comunión, me sentí más íntimamente unida a Él
con los lazos dorados del amor y me hizo una
cantidad de amorosas preguntas y entre otras:

- “¿Me amas tú verdaderamente?


¿Estás dispuesta y pronta a hacer lo que
Yo quiero de ti?

Si quisiera de ti, todavía, el sacrificio de la


vida, ¿estarías dispuesta, por amor mío, a
aceptarlo de buen ánimo?

Sepas que, si estás pronta a hacer todo lo


que Yo quiero, haré de ti y por ti lo que tú
quieres de Mí”.

Y yo:

- “Sí que te amo, mi Amor y mi Todo:

¿Puede haber, acaso objeto más bello, más


santo, más amable que Tú, mi Bien?

Y luego, ¿por qué preguntarme si estoy o no


pronta a hacer lo que Tú quieres, mientras desde
hace mucho tiempo Te he entregado mi voluntad,
Te he pedido que no me ahorres nada, aunque
quisieras hacerme pedazos y estoy dispuesta, con
tal que pueda darte siempre gusto?

Yo me he abandonado a Ti, Esposo santo;


obra por tanto en mí y sobre mí libremente como
mejor te agrade, haz de mí lo que Tú quieras,
pero dame siempre nueva Gracia, pues por mí
sola nada puedo”.

Y El:

- “¿Pero verdaderamente estás pronta a


todo lo que Yo quiero de ti…?”.

A esta reiterada pregunta suya, yo me sentía


oprimida, me veía confundida y anonadada; pero
confiando en El, con valor le dije:

- “Mi siempre amable Jesús, en mi nulidad yo


estoy como vacilante y temblorosa, pero
desconfiando de mí, confío animosamente en Ti,
de quien siento que me viene la prontitud de
ánimo que me hará afrontar y superar cualquier
obstáculo y prueba”.

Y Jesús a mí:

- “Pues bien, quiero purificar tu alma de


todo mínimo lunar que pudiera impedir mi
Amor en ti; quiero probar tu fidelidad hacia
Mí, para poder tenerte como toda mía; quiero
comprobar que todo lo que Me has dicho es
verdad… Por eso quiero ponerte bajo la prueba
de una durísima batalla; pero en esta tú nada
tienes que temer; pues Yo seré tu brazo y tu
fuerza y no sufrirás ningún desastre, ya que Yo
combatiré junto contigo y por ti.

La batalla, pues, está pronta; los enemigos


están en un tenebroso escondrijo, ideando la
más áspera acción de guerra y Yo les daré
libertad de asaltarte, de atormentarte, de
tentarte en toda forma, a fin de que cuando tú
te hayas liberado, gracias a las armas de tus
virtudes, que arrojarás contra los vicios
opuestos por ellos, éstos quedarán
escarnecidos para siempre y tú te encontrarás
en posesión de mayores virtudes y tu alma
retornará como un rey, que después de haber
vencido en la batalla, retorna glorioso a su
reino, adornado de coronas, medallas y
méritos, trayendo consigo inmensas riquezas.

Así tu alma, embellecida y enriquecida de


nuevos méritos, tendrá de Mí no solo nuevos
dones sino que Yo mismo Me daré a ella.
Ánimo, pues, que Yo, después de alcanzada la
victoria de la lucha sostenida contra los
demonios, inmediatamente formaré en ti mi
estable y perenne morada y así estaremos
siempre unidos.

Es verdad que Yo te pongo en una prueba


muy dolorosa y en una encarnizada y
sangrienta lucha, ya que los demonios no te
darán reposo ni tregua, ni de día ni de noche;
pero tú entre tanto ten siempre en la mira
cuanto Yo te propongo.

En mi Nombre darás inicio a la pugna;


durante el combate este Nombre será
continuamente invocado por ti, pues te servirá
de baluarte de seguridad: y lo pondrás como
sello al cumplimiento de tu más dolorosa
prueba, comenzada, sostenida y terminada
victoriosamente en mi Querer, que quiere
hacerte enteramente semejante a Mí; y no hay
otro camino ni otro medio de alcanzar esto, si
no es a través de indecibles e inmensas
tribulaciones, las cuales después te serán bien
recompensadas”.

¿Quién puede decir, ahora, cómo quedé


consternada y asustada al oír del buen Jesús
presagiarme la encarnizada guerra que debía
sostener contra los demonios?

Sentí que se me helaba la sangre en las


venas, que se erizaban uno a uno todos los
cabellos; mi imaginación se llenó toda ella de
negros espectros, que me figuraba en acto de
querer devorarme viva; ya me parecía que estaba
rodeada por todo lado de espíritus infernales…
En este estado de tanto dolor y angustia, me
volví a mi Jesús diciéndole:

- “Señor mío, ¡ten piedad de mí! Ah, no me


dejes sola y tan abatida de ánimo; ¿no ves que los
demonios se acercan a mí con tanta rabia, que
ciertamente no dejarán de mí ni siquiera el polvo?

¿Cómo podré resistirles si Tú Te alejas de mí?

Te es bien conocida mi frialdad e


inconstancia en el bien; soy tan mala que no sé
hacer sino el mal sin Ti, mi Bien; Dame al menos
nueva Gracia y tan abundante que no pueda
ofenderte más.

¿No sabes Tú cuál es la pena que más


desgarra mi alma?

Ah, es el solo pensar que Tú puedas dejarme


sola en la diabólica prueba, por lo cual me siento
atemorizar y desfallecer por el miedo…

¿Quién me dará en tal caso, ánimo para


aventurarme en el anunciado combate?
¿A quién dirigiré mi súplica, Gracias a la cual
pueda obtener la enseñanza práctica para
derrotar al enemigo?

Pero desde ahora bendigo tu Santo Querer y


con las palabras de tu Madre Santísima y mía,
dirigidas por Ella al Arcángel Gabriel, Te digo con
todo el ímpetu de mi corazón:

He aquí tu esclava, hágase en mí según tu


palabra, que es de vida Eterna”.

Ante tales palabras, Jesús volvió a decirme:

- “No te aflijas tanto, sabe que jamás


permitiré que ellos te tienten por encima de
tus fuerzas; y sabe también que jamás Yo
pongo a las almas en batalla con ellos, para
hacer que perezcan; en efecto antes mido sus
fuerzas, otorgo mi Gracia eficaz y luego las
introduzco en la áspera batalla y si algún alma
a veces cae no es nunca por falta de mi Gracia,
sino porque no ha querido mantenerse unida a
Mí, mediante la continua oración; sin ésta ha
ido mendigando de las criaturas la sensibilidad
confusa de mi Amor, sin considerar que solo
Yo puedo llenar y saciar el corazón humano; o
bien fundándose el alma en su propio juicio, se
ha apartado no poco de la vía segura de la
obediencia, creyendo con soberbia que su
juicio era más exacto y más equilibrado que el
juicio de quien es guía de almas en mi
remplazo… No es de extrañarse que almas de
tan duro temperamento se derrumben”.

“Te recomiendo, pues, antes de todo, la


constante oración, aun cuando tuvieres que
sufrir penas de muerte, sin descuidar las
oraciones que acostumbras hacer; más aún,
cuanto más próxima te veas del precipicio,
tanto más Me invocarás con la oración
confiada, en la plena certeza de ser ayudada
por Mí.

Además quiero que de ahora en adelante


abras tu corazón al Confesor, descubriéndole
todo lo que se desarrolle en ti; en sus manos
pondrás ciegamente la solución del problema
de tu futuro, sin desaliento; y de cuanto se te
diga, no dejarás nada de poner en práctica,
recordando entonces lo que te digo ahora, que
serás rodeada de densas tinieblas y te
encontrarás como quien no tiene ojos, por lo
cual necesita de una mano amiga que le guíe…
Para ti el ojo será la voz del Confesor, que
como luz y viento disipará las tinieblas; la
mano será la obediencia, que te hará de guía y
de sostén para hacerte llegar a puerto seguro.
Por último te recomiendo valor; quiero que
entres con intrepidez en batalla, porque lo que
más hace temer a un ejército enemigo es el
observar el valor y la fuerza con que los
adversarios se aventuran a fuerza con que los
adversarios se aventuran a la pelea,
afrontando sin temor alguno los más siniestros
ataques.

Así los demonios, nada temen más que un


alma adiestrada con su valor, que se basa en
Mí y que apoyada en Mí va contra ellos,
haciéndose invicta exterminadora de quien se
le pone delante, de modo que, aterrados y
asustados, quisieran precipitadamente darse a
la fuga, pero no pueden, porque atados por mi
Voluntad, están obligados a sufrir el más
grande tormento y su más vergonzosa
rendición…

Ánimo, pues, ánimo, que si Me eres fiel te


suministraré siempre con más abundancia mi
Gracia y nueva fuerza, a fin de salir victoriosa
sobre ellos”.
Jesús, Jesús, Jesús

16. Luisa supera una terrible prueba,


luchando contra los demonios.

¿Quién puede decir, ahora, el cambio que se


dio entonces en mi interior?

¡Ay de mí, qué horror se apoderó de mí!

El Amor a mi amable Jesús, que poco antes


sentía vivamente en mí, se convirtió en odio atroz,
el cual me causaba una pena indecible, pues el
alma sentía destrozarse al pensar que aquel
Señor, que había sido conmigo tan benévolo,
ahora venía a mí como aborrecido y blasfemado,
como si se hubiese convertido en el más cruel
enemigo; y luego el no poder más mirarlo en sus
imágenes, porque sentía ímpetu de odio, el no
poder tener en la mano coronas del Santo
Rosario, ni besarle, porque estaba movida a
reducirla a pedazos, requería tal resistencia que
la naturaleza temblaba de pies a cabeza…

¡Oh Dios, qué amarguísima pena!

Yo creo que si en el infierno no hubiera más


penas, la sola pena de no poder más amar a Dios
sería la que formaría el infierno, con lo horrible
que fue, que es y que será.

El demonio a veces me ponía delante todas


las Gracias que el Señor me había otorgado, como
si hubiera sido un divertido trabajo de mi fantasía
y luego me impulsaba a entregarme a la vida libre
y más cómoda; otras veces me las manifestaba
como verdaderas y me reprochaba diciéndome:

- “¿Ves el gran bien que Jesús quería para ti?

Y ahora mira la recompensa que te ha dado a


cambio de tu correspondencia a sus Gracias,
dejándote, como ves, en nuestras manos; ahora
eres nuestra, toda nuestra; para ti todo ha
terminado, habiéndote vuelto como un juguete
infantil; ya no hay que esperar que Él pueda
volverte a amar…”.

Con estas palabras infernales de Satanás, yo


me sentía como abrumada por un indecible
enfado contra el Señor y por una extrema
desesperación de salvación, tanto que teniendo a
veces imágenes en las manos, la fuerza del enfado
y de la desesperación me impulsaba a romperlas
en pedazos; sino que en el mismo acto de hacerlo
derramaba ardientes lágrimas o al mismo tiempo
besaba y volvía a besar los pedazos de dichas
imágenes.

Si se me preguntara cómo ocurría esto, no


sabría responder otra cosa, sino que me sentía
obligada a hacer lo uno y lo otro; pero me
convenzo ahora de que el acto de romperlas me
venía del demonio con ímpetu irrefrenable,
mientras que el acto de besarlas lo sentía como
efecto de la Gracia que obraba en mí.

Por eso recapacitando, inmediatamente


después, en lo que acontecía en mí, sentía el
alma destrozada de dolor; y los demonios,
advirtiendo lo que hacía, creyéndose
correspondidos, hacían fiesta, se echaban a reír y
haciendo una bulla endiablada de gritos y ruidos
ensordecedores, me decían:

- “¿Ves cómo te has hecho nuestra?


No nos queda más que llevarte al infierno en
alma y cuerpo, ¡y verás que lo haremos cuanto
antes!”.

Pero los infelices no veían mi interior, que


estaba siempre unido a mi Jesús, al cual Le
amaba inmensamente y por eso besaba y volvía a
besar aquellos pedazos de imágenes, llorando.

Ellos que son totalmente ajenos a la oración,


siempre que me veían postrada en tierra, para
orar, se enfurecían tanto que me tiraban ora el
vestido ora la silla en que estaba apoyada y me
infundían tal temor que a veces me hacían
interrumpir la oración, creyendo que así podía
librarme de ellos.

Y todo esto sucedía especialmente por la


noche y luego me iba a la cama; y para conciliar
el sueño oraba mentalmente y ellos, tal vez
percatándose, me molestaban quitándome de
encima cobijas, sábana y almohada y yo sin
poder cerrar los ojos para dormir, me quedaba en
vela, como el que sabe que tiene junto a sí a un
cruel enemigo que ha jurado quitarle a cualquier
costo la vida y que espera la hora propicia para
lanzarle el golpe fatal de muerte.
Me sentía, pues, obligada a tener los ojos
siempre abiertos, a fin de poder percatarme de
cuándo vendrían para llevarme al infierno y
entonces habría opuesto a su infernal propósito
la más fiera resistencia… En este estado de
ánimo, mis cabellos se erizaban, como espinas
sobre mi cabeza; toda mi persona era presa de un
sudor frío que, helando la sangre en las venas lo
sentía penetrar hasta la médula de los huesos y
los nervios contraídos me hacían producir ciertos
movimientos convulsivos, por el temor…

Otras veces me sentía llevada a tales


tentaciones de suicidio que, encontrándome junto
a algún pozo, me sentía impulsada a echarme
abajo; o bien, al ver un cuchillo u otra cosa
mortífera, sentía deseos de matarme con ellos,
para poner fin a tal estado de vida; sin embargo
consciente yo del arte diabólico, huía evitando así
el peligro en que me veía; pero me tocaba oír
estas voces diabólicas:

- “¡Es inútil tu vida después de haber


cometido tantos pecados!

¡Tu Dios te ha abandonado, ya que Le has


sido infiel!” y, mientras decían esto me hacían
creer como si realmente hubiese cometido tantas
maldades, que jamás un alma en el mundo
habría cometido tantas y que por eso no habría
ya que esperar Misericordia… Hasta en el fondo
de mi alma oía repetirme:

- “¿Cómo puedes tu, vivir, tan enemiga de


Dios?

¿Conoces al Dios que has ultrajado tanto,


blasfemado y odiado?

Te has atrevido a ofender al Dios inmenso


que te rodea por todas partes”.

¿Y no piensas que te has atrevido a ofenderlo


bajo sus mismos ojos?

Y ahora que has perdido al Dios de tu alma,


¿quién te dará ya paz, quién de nosotros,
enemigos tuyos y de Él, te librará…?

Al oír esto experimentaba en mí tanta pena


que me sentía morir y derritiéndome toda yo en
lágrimas, me esforzaba por orar lo mejor que
podía, pero los demonios, para acrecentar mi
terror, me molestaban con inusitados
hostigamientos, golpeándome en todas las partes
del cuerpo, pinchándome los miembros con no sé
qué armas punzantes y aún me sofocaban el
cuello de tal modo que me hacían creer ya
próxima la muerte…

Una de aquellas veces, mientras me postraba


a orar al buen Jesús para que usara su
Misericordia conmigo y que me sostuviera con
nueva fuerza, para resistir a tan diabólica prueba,
sentí que de debajo de la tierra me tiraban los
pies y luego que se abría la tierra delante de mí y
que salían de ella unas llamas rojizas que me
cubrieron toda, pero al retirarse de mí hicieron
violencia para hundirme en la tierra; mas a la
invocación de Jesús me dejaron incólume y libre.

Después de haber sufrido todo lo que he


narrado y otras cosas todavía peores, tales que
me creía como muerta, vino mi siempre
piadosísimo Jesús a hacerme recobrar y a darme
nuevo vigor de vida y luego me reanimó,
haciéndome comprender bien que en todo aquel
caso no había habido ninguna ofensa, puesto que
mi voluntad había tenido tanta repugnancia al
mal que me hacía experimentar una pena
amarguísima al solo pensamiento de la sombra
del pecado; me exhortó luego a no dar jamás
oídos al demonio, que es espíritu malvado y por
eso mentiroso y después de haberme dicho:
“Ten paciencia todavía para sufrir otras
molestias, que luego se te dará completa paz”,
se me desapareció dejándome sola, pero toda
recreada con nuevo espíritu.

Este acercamiento de Jesús con sus


consoladoras y alentadoras palabras, ocurría de
cuando en cuando y especialmente cuando me
veía casi al fin de la vida, o bien cuando me debía
exponer a más ásperos y nuevos tormentos
diabólicos y entonces más que nunca se hacía ver
dodo festivo e irradiando centellas de luz suprema
que a quien es investido de ella le es imposible no
tener toda la capacidad de aprender la Verdad.

Después me encontré de nuevo expuesta a la


prueba de nuevas luchas y llena de dudas, por lo
cual caía en un estado, el más triste y angustioso.

¿Y qué decir del demonio adverso a la


Comunión?

Basta decir que utilizaba todo arte para que


no la recibiera, intentando convencerme de que
después de tantos pecados de odio contra Dios
era una descarada osadía acercarme a recibir al
Dios Sacramentado y que si me atrevía a
comulgar, Jesús no vendría a mí, sino el más
nefando demonio, que después de crueles
tormentos, me causaría la muerte eterna.

Pero es verdad, asimismo, que después de la


Comunión sufría penas indecibles y mortales, de
modo que a duras penas podía recobrarme, ya
que me reducía a un estado de inmovilidad,
aunque en seguida me rehacía, no bien invocado
el nombre de Jesús, o bien si me llamaba la
obediencia dada de no permaneceré en ese
estado15; así pues triunfaba en mí ya sea la
obediencia ya la invocación de Jesús, que me
hacían experimentar alivio y gran consuelo en
medio de tan acerbas penas.

No obstante también rogaba al Confesor que


me hiciese abstener de la Comunión, para no
experimentar aquellas angustias de muerte, pero
él se imponía y me ordenaba, en precepto de
santa obediencia, que necesariamente debía
hacerla; pero no pocas veces me abstuve,
previendo la guerra que me harían los demonios y
a veces la hacía sin preparación y casi sin acción
de gracias para no sufrir tanto…

Luego por la noche, mientras trataba de orar


o meditar, los demonios primero me apagaban la
lámpara y luego emitían rugidos tan
15
Son las primeras veces que Luisa se ve reducida a este estado de inmovilidad o petrificación,
del que, durante toda su vida, cada día deberá ser liberada con la obediencia.
desgarradores, o bien voces tan lastimeras como
si vinieran de moribundos, que me hacían
asustar y omitir la oración.

Es imposible decir lo que hacían estos perros


infernales contra mí, no solo para infundirme
terror, sino además, para hacerme dejar de lado
cualquier bien espiritual, en el transcurso de
cerca de tres años en los que sufrí esta dura
lucha16 excepto alguna semana de tregua, tregua
por lo demás que no cesaba del todo, sino que
solo se mitigaba en parte.

Quien no ha sido sometido por el Señor a tan


diabólicos combates, ciertamente con dificultad
creerá en dichas pruebas lamentablemente
soportadas por mí; a quien me preste fe y quiera
saber cómo llegaron a cesar esas pruebas, le diré
cómo el Señor, mi Jesús, en una Comunión que
hice me enseñó el modo que se ha de emplear
para alejar a estos espíritus infernales y he aquí
cómo: reducirlos a su extremo envilecimiento, no
solo despreciándolos y no haciéndoles ningún
caso, como si fueran menos que las mismas
hormigas, sino también concentrándome
totalmente en Dios por medio de la oración y la
contemplación, introduciéndome especialmente
en las sacratísimas llagas de Jesús, conformando
16
Desde los 13 o 14 años hasta los 16, en que aceptó el estado de víctima.
mi espíritu al de Jesús doliente en su Humanidad
para reintegrarle al hombre no solamente la
Gracia perdida, sino también para elevarlo a la
Vida sobrenatural y al espíritu de Jesús
triunfante, que en su Humanidad venció al
mundo, a la carne y al demonio haciéndose
Víctima de Amor, de expiación, de reparación, de
satisfacción y de propiciación ante su Eterno
Padre, al cual ofrece su Corazón, en el que
palpitan de amor todos sus hijos, redimidos con
su preciosísima Sangre y restituidos a nueva Vida
de Gracia.

Y en verdad, no bien comencé a hacer cuanto


Jesús me había enseñado, sentí infundírseme
tanta fuerza y valor que se atenuó en pocos días
todo temor.

Por lo tanto, cuando los demonios hacían


estrépitos y alborotos, les decía con desprecio:

- “Bien se ve que vosotros, infelices, no tenéis


otro oficio que éste y para pasar el tiempo os
ejercitáis en tonterías y disparates; proseguid no
más, que cuando estéis bien cansados tomaréis
reposo… Yo, mis despreciables, tengo que hacer
algo muy distinto, porque por medio de la oración
quiero abrirme camino para introducirme en las
llagas sacratísimas de Jesús, a fin de obtener
más amor al sufrimiento”.

Y ellos, más furiosos, hacían alborotos más


fuertes, se acercaban y, afectando ostentación de
fútil violencia, fingían acercarse a mí para
llevarme consigo, mientras sus bocas de infierno
vomitaban un hedor horrible y un tufo tan
sofocante, que infestando toda mi persona me
causaba internamente un escalofrío que trataba
de reprimir dándome ánimos y con fuerza les
decía:

- “¡Sí que sois embusteros!

Fingís tener poder sobre mí para llevarme con


vosotros, pero si eso fuese verdad, lo habríais
hecho desde el primer día; pero como todo esto es
falso, porque lo que os da el Altísimo Dios es todo
para mi mayor bien, por eso cantáis siempre el
mismo estribillo, hasta que no reventéis de rabia
y de enojo…

Yo entre tanto me valgo de todos vuestros


tormentos para obtener el mayor número de
conversiones de pecadores, ya que para este
efecto he aceptado del buen Jesús el padecer,
solo a condición de poder aplicar mis
sufrimientos en provecho de las almas, por medio
de mi voluntad identificada con La de Dios”.

Ante estas palabras, se ponían ellos a aullar y


a gruñir como perros atados a la cadena, que la
quisieran despedazar para abalanzarse en
seguida contra el ladrón que se avecina.

Y yo con más calma que antes, les decía:

- “Y qué, ¿no tenéis más que hacer?

Habéis errado vuestras cuentas ciertamente,


ya que no dais con vuestros cálculos, pues se os
ha arrebatado un alma que, arrepintiéndose, ha
vuelto a los brazos de Jesús, mi Bien; por eso
tenéis razón de lamentaros”.

Y si lanzaban silbidos de lamentos, yo como


si los compadeciera, burlándome de ellos les
decía:

- “Los pobres desgraciados no se sienten


bien…; por eso quiero procuraros un verdadero
alivio a vuestro mal tan grande”; y de inmediato
me postraba a orar con fervor por la conversión
de más obstinados pecadores, haciendo por ellos
muchos actos de amor a mi Misericordiosísimo
Jesús, pidiéndole en correspondencia las almas
más perversas; pero los demonios, al advertirlo,
buscaban todos los medios para apartarme de la
oración; pero yo, aplicando este padecimiento en
reparación de tantos ultrajes que continuamente
se hacen al buen Dios, les decía con sonrisa de
burla:

- “Raza de lo más vil, ¿no os avergonzáis de


descender a estas bajezas para infundirme temor
y distraerme, que no son más que pura nada?

¿Por eso no os hacéis tomar por seres viles de


burla y de bufonadas?”.

Y ellos mordiéndose los labios, blasfemaban y


descargaban sus invectivas contra mí, tratando
de inducirme a blasfemar y odiar al buen Dios.

Y yo, que sentía penas indecibles, oyendo que


injuriaban el Nombre santo de Dios, me ponía a
considerar la Bondad del Señor, que merece todo
el amor de los seres dotados de razón y la pena
amarguísima que me habían causado luego la
transformaba en alabanzas, ofreciéndolas a Dios
en reparación de las blasfemias que se le hacen
por parte de quien se acuerda de Él solo para
blasfemarlo y decía con fervor:
- “Aceptad estos mis actos de amor y
reconocimiento, en satisfacción por el desamor e
ingratitud que como afrenta os hacen los
pecadores…”.

Pero ellos no se detenían todavía, a tal punto


que utilizaban todo posible arte para moverme a
desesperación; y yo les decía:

- “No me preocupo ni de Paraíso ni de


infierno; me urge solo amar y hacer amar
también de otros a mi buen Dios.

El tiempo presente se me ha concedido no


para pensar en el futuro, sino solo para
corresponder a Quien me ha prevenido en bondad
y amor, para hacérmelo siempre más propicio. El
Paraíso y el infierno los dejo en sus manos y Él,
que es tan bueno, me dará lo que más me
conviene para poder glorificarlo siempre más…

Y luego –les decía- sabed que esta es doctrina


enseñada por mi buen Maestro Jesucristo, el cual
me ha hecho conocer que el medio más eficaz
para obtener el Paraíso es el declarar
continuamente no querer jamás tener la voluntad
de ofender a Dios, aun a costa de la propia vida,
así como despreciando la vana aprensión de
haber hecho mal pero cuando en esto falta la
voluntad, lo que es harina de vuestro costal, oh
desgraciados que queréis venderla a los necios
para poner en su ánimo dudas y temores y esto
no para que amen más a Dios sino para
inducirlos a la total desesperación…

Pero sabed que yo no pretendo perder el


tiempo considerando si he hecho el mal o no, sino
que me basta la intención no retractada de querer
amarlo siempre más; ante cualquier ofensa a Dios
me es suficiente la declaración hecha en
contrario, lo que me da la verdadera calma y la
paz y me libera de todo temor y mi alama se
siente más libre para recorrer los cielos en busca
del único y sumo Bien mío”.

¿Quién puede decir la rabia de que fueron


presa los demonios, viendo que todas sus artes y
astucias resultaban en su daño y confusión y
donde creían ganar salían perdiendo?

Mi alma, en cambio, de las mismas


tentaciones y astucias diabólicas, sentía que en
vez de perder adquiría más fuerte amor hacia
Dios y el prójimo, ya que siguiendo la enseñanza
recibida de Jesucristo, cuando ellos me
golpeaban, me humillaba agradeciendo a mi Dios
y aceptando todo lo que sufría en penitencia de
mis pecados, ofreciéndole como actos de amor, de
reparación y de expiación por las muchas ofensas
que de continuo se cometen en el mundo…; y
muchas veces cuando los demonios me tentaban
de suicidio, les decía:

- “Ni a vosotros, ni a mí, es dado destruir la


propia vida; a vosotros solo os es dado
atormentarme, para hacerme ganar más, pero no
se os da la facultad de poder quitarme la
existencia, que yo, para vuestro despecho, quiero
vivir siempre en Dios para poder amarle más,
para ser siempre útil en socorrer espiritualmente
a mi prójimo, al cual aplico cuanto me es dado
sufrir de vosotros”.

Finalmente comprendieron que no había para


ellos esperanza de obtener nada y más bien
advirtieron que hacían grandes pérdidas de almas
y por eso comenzaron a hacer largas treguas, a
fin de reemprender el áspero combate cuando yo
menos lo esperara.
María, María, María
17. Luisa ve a Jesús doliente una segunda vez
y acepta el estado de Víctima

Entre tanto comenzó para mí una nueva vida


de sufrimientos que intentaré referir del mejor
modo.

La familia, viéndome muy deteriorada, quiso


llevarme al campo para hacerme recobrar la
salud; pero Dios ahí me llamaba para someterme
a un nuevo estado de vida. Encontrándome,
pues, en el campo, los demonios, un día quisieron
hacer la última tentativa, que me resultó tan
penosa que me hizo perder las fuerzas y
desmayarme, tanto que hacia la tarde perdí
totalmente los sentidos17 quedándome reducida
casi a un estado de muerte y en esto se me hizo
ver Jesús rodeado de innumerables enemigos,
entre los cuales había unos que Lo golpeaban
ásperamente, otros le daban de bofetadas y entre
otros uno que Le clavaba las espinas en la
cabeza, otro que Le rompía las piernas y los
brazos y Lo maltrataron de tal modo que Lo

17
En esta visión de Jesús, Luisa perdió los sentidos la primera vez.
redujeron casi a pedazos; y después, todo molido,
Lo pusieron en brazos de la Virgen Santísima.

Y como esto ocurrió no muy lejos de mí, la


Virgen Madre, después de tomarlo en sus brazos,
toda Ella dolorida y desatada en un mar de
lágrimas, me invitó a acercarme diciéndome:

“¿Ves, hija mía, a qué me Lo han


reducido a mi Hijo…?

Considera un poco cómo tratan los


hombres a su Señor, Creador y sumo
Benefactor: no Le dan tregua ni reposo y
ahora me Lo dan todo deshecho. Considera
las enormes ofensas que cometen tratándole
de este modo y los terribles castigos que
Dios, su Padre, lanzará sobre ellos…”.

Entre tanto traté de reconocerlo en ese


penoso estado y Lo miré todo sangre, todo llagas
y su cuerpo todo herido y reducido a estado de
muerte, por lo cual experimenté en mí tal pena
que, si me hubiese sido dado, habría querido mil
veces morir, sufriendo en mí la misma Pasión
acerbísima de Jesús, con tal de no ver ya sufrir
tanto, tanto a mi amado y amante Jesús; a la
vista de esto tuve vergüenza de mis levísimos
sufrimientos que me causaron los demonios, en
comparación de los de mi Jesús infligidos por los
hombres.

La Santísima Virgen mientras tanto,


viéndome tan conmovida, me añadió todavía
llorando:

- “Acércate a besar las llagas de mi


dulcísimo y sumo Bien; y en tanto, dime,
¿quisieras hacerte Víctima por su Amor?

¿Quisieras sufrir en vez de Él, que tanto


sufre por ti, las ofensas que Le hacen los
hombres perversos y malvados?

Ofreciéndote tú como Víctima Le darás


alivio y consuelo en su tanto dolor; ¿no
estás tú dispuesta a este sacrificio por Amor
de Él, que tanto te ama?

Al ver esto experimenté en mí tal


anonadamiento que no se puede creer… me veía,
en efecto, tan mala o indigna, que no me atrevía a
pronunciar palabra de asentimientos; y después
sentí que temblaba toda yo y una debilidad tan
extrema, que apenas sentía un hilo de vida, tanto
más cuanto que a lo lejos veía a los demonios que
reunidos en consejo se alistaban y alborotaban,
decididos a que, si yo aceptaba el hacerme
Víctima para aliviar a Jesús, ellos me harían la
carnicería cruel que los hombres ya habían hecho
con mi Señor.

Este anuncio me causó tan indecibles dolores


y contorsión de nervios, que creí morir; pero ya
un tanto recobrada, me acerqué a besar a todas
las llagas de mi Jesús, las cuales, conforme las
besaba se cicatrizaban y sanaban; y mi Señor,
que poco antes me parecía casi muerto, recobró
nueva vida; y al mismo tiempo yo recibí tales
luces acerca de las ofensas que se hacen a Jesús
y tal atractivo de amor hacia mi sumo Bien, que
en mi corazón me decidía a hacerme Víctima,
aunque tuviera que sufrir mil atroces muertes,
pues un Señor tan bueno merecía todo de mí en
correspondencia a su Amor tan grande.

Todo esto ocurrió mientras silenciosamente


besaba sus llagas, ya que siguiendo mis miradas
las miradas moribundas de Jesús, notaba al
contemplar sus ojos, cómo sus miradas adquirían
vivacidad y me lanzaban tales flechas y dardos
encendidos de amor, que penetrando al fondo de
mi corazón no podían menos de esperar de mí la
correspondencia a las tantas invitaciones que
internamente me hacía percibir mi Jesús.
Añádase además a esto que la Santísima Virgen
me daba tales estímulos de simpatía hacia Jesús
que no me es posible expresar…

Me hacía comprender cómo había que llegar a


ser una sola cosa con Jesús; pero no sabría decir
de ninguna manera cómo esto tomaba desarrollo
en mi ánimo. Pero es cierto que una mirada más
penetrante de Jesús con un rayo de vívida luz,
reanimó de tal manera mi espíritu que sentí
adquirir nueva vida; y luego Jesús vino a
decirme:

“¿Has observado tú las enormes ofensas


que me hacen la mayor parte de los hombres?

Todos, quien más, quien menos, transitan


por los caminos de la iniquidad, por lo cual,
sin advertirlo, muchísimos de ellos
propendiendo siempre al mal, caerán de
abismo en abismo en el caos infernal.

Ven conmigo a ofrecerte, también tú, ante


la Divina Justicia ultrajada, como Víctima de
reparación por las muchas ofensas que
siempre se cometen, a fin de que mi Padre
Celestial quiera hacerse propicio otorgándonos
la conversión de los pecadores, que a ojo
cerrado beben de la fuente envenenada del
pecado… Pero sabe que tienes delante un
doble campo, el uno de sufrimientos más o
menos atroces y el otro de singularísimas
Gracias.

Si rechazas el primero, no podrás


ciertamente participar de las Gracias que se
prometen a quien haya combatido
valerosamente; pero si aceptas, sabes que Yo
no te dejaré sola, sino que vendré a ti a sufrir
todo lo que de ultraje se Me hace de parte de
los hombres, lo cual es ciertamente una Gracia
singularísima que se ha otorgado a pocos, ya
que no están dispuestos a entrar en el centro
del campo de los sufrimientos.

En segundo lugar es Gracia también


singularísima, pues te prometo sublimarte a
tanta gloria cuantos sufrimientos te sean
comunicados por Mí.

En tercer lugar te daré por ayuda y como


guía y consuelo, a mi Santísima Madre, a
quien le es dado concederte cualquier Gracia,
más aún, el tesoro de las Gracias, a medida de
tu correspondencia.

¿Te parece poco, tal vez, este inmenso


Bien mío?
Pues bien, haz la prueba y te encontrarás
elevada por sobre todos los mortales”.

Con estas palabras, me pareció que me


confiaba a su Santísima Madre, la cual de buen
ánimo y con rostro alegre, me aceptaba y yo
también con gratitud, me ofrecí a Jesús y a la
Santísima Virgen, pronta a sujetarme a todo lo
que se deseaba de mí.

Recuperada luego, de este primer acto


respetuoso de conformidad de mi voluntad con la
de Jesús, me encontré por primera vez inmersa
en tales penas de anonadamiento de mí misma,
como jamás había experimentado hasta ese
momento.

Me veía menos que un mísero gusanillo, que


no sabe hacer más que arrastrarse a duras penas
en la tierra y por eso me volví al Señor diciéndole:

- “Ayúdame Tú, oh mi buen Jesús, pues tu


Omnipotencia en mí y fuera de mí, me hace tanto
peso que me aterra… Veo bien que si Tú no me
alientas, mi nada acabará por disolverse. Dame,
pues, el padecer, que lo acepto, pero te ruego que
me des mayor fuerza, ya que en este estado más
que nunca me siento morir”.
Desde aquel día tuve una mayor Gracia y
ayudas de lo alto; las visitas del Señor se
alternaban con las de la Virgen Santísima, con un
casi continuo movimiento de va y viene, según
que me presentaban batalla los demonios, los
cuales, cuanto más dispuesta me veían a
padecer, tanto más furiosos se manifestaban…18.

Es inútil decir que si los sufrimientos


padecidos hasta aquí de parte de los demonios
han sido indecibles, ahora parecen casi una
sombra en comparación con las más leves penas
aceptadas de manos de Jesús con ánimo
dispuesto a expiar y reparar las muchísimas y
gravísimas ofensas que hace el hombre a Dios;
pero yo que confío en Dios, que aterra y motiva,
que aflige y consuela, estoy dispuesta a sufrirlas
por su mayor Gloria y por el bien de mi prójimo,
como lo quiere el Señor.

Luisa, Luisa, Luisa

18
En un cuaderno intitulado “Peripecias de un alma que tiende a la perfección” hablando en
tercera persona dice: “que había sido llamada por Dios a abrazar el estado de Víctima desde la
edad de 16 años”.

“Desde 1882, en que le había elegido como Víctima…”. (Volumen V, 14-4-1904)


18. La Víctima comienza a hacer su
función, tomando parte en las penas de
Jesús, coronado de espinas, para reparar
por los pecados, especialmente de
soberbia. Comienza para Luisa el ayuno.

No habían pasado sino pocos días desde que


me había sometido al estado de Víctima, después
de tantas invitaciones reiteradas de mi Jesús y de
la Virgen madre, cuando sentí por segunda vez
que perdía los sentidos, mientras el Señor se me
hizo ver con la corona de espinas en la cabeza y
todo bañado en sangre y acercándose a mí me
dijo benignamente:

“Hija mía, mira qué me hacen sufrir los


hombres por completo desamorados de Mí. Es
tan grande su soberbia en estos tristes
tiempos que hasta el aire que respiramos me
lo han infestado; más aún es tal el hedor de
este aire que no solo se ha esparcido por todas
partes, sino que ha llegado hasta el Trono de
mi Padre, allá en los Cielos…
Como puedes considerar, el estado de
estos miserables tiende a hacer cerrar para
ellos las puertas del Cielo; ellos ya no tienen
ojos para conocer la Verdad, porque del pecado
de soberbia ha venido el ofuscamiento total de
sus mentes y la depravación del corazón, por
lo cual se han dejado llevar a toda
intemperancia y torpeza; y Yo en vista de su
perdición, sufro acerbas penas e indecibles
aflicciones y dolores.

Ah, dame tú un alivio y una reparación por


tantas injurias que se Me hacen
continuamente…

¿No quisieras tú al menos mitigar los


dolores que me causa esta corona de
punzantes espinas?”.

Ante esta visión y estas palabras experimenté


en mí tal anonadamiento y vergüenza de mí
misma, que en seguida le respondí:

- “Mi dulcísimo Jesús, al verte así bañado en


sangre y al oírte hablar con tanto dolor, estoy tan
confundida y he experimentado tal espanto, que
no he pensado en absoluto en pedirte esta corona
para poder aliviarte en tantas penas; pero ahora
que suavemente me es ofrecida por Ti, Te la
agradezco y al mismo tiempo Te ruego me des
nueva gracia para poder padecer como conviene”.

Entonces Jesús se quitó la corona y después


de haberla clavado en mi cabeza, animándome a
sufrir bien, se me desapareció.

Ahora, ¿quién puede expresar los acerbos


dolores que experimenté al volver en mí?

A cada movimiento de la cabeza, los dolores


se hacían cada vez más agudos y sentía que los
pinchazos me penetraban en los ojos, en las
orejas, detrás de la nuca y hasta en la boca, que
se cerró de tal modo que me impedía poder tomar
cualquier alimento. En este estado de
sufrimientos estuve de dos a tres días y por tanto
sin alimento por no sentir más acerbos dolores; y
cuando estos se mitigaron y tomaba alguna cosa
para reanimarme, en seguida mi Jesús me
apretaba sensiblemente la cabeza con su mano y
las penas se renovaban con más intensidad de
sufrimientos y dolores, de modo que a veces
llegaba a perder totalmente los sentidos.

Al principio este estado de Víctima fue para


mí doblemente angustioso, ya sea por lo que
sufría para complacer a mi buen Jesús, ya
también por las continuas inquietudes que se me
presentaban de parte de la familia, pues ésta, al
verme sufrir tanto y sin poder lograr inducirme a
tomar algo de alimento, persistía en creer que yo
me había procurado este mal por no querer ya
permanecer en el campo y, naturalmente,
atribuían todo rechazo de alimento a un mero
capricho mío y para hacer que volviéramos en
seguida a la ciudad. Por este doble motivo de
sufrimientos mi naturaleza quería resentirse, ya
que no era verdad lo que me atribuía la misma
familia; y luego el Señor, justamente me
reprendía, pues no quería en mí este
resentimiento y si no, me amenazaba con que me
retiraría su Gracia.

Jesús, Jesús, Jesús


19. Sufrimientos de parte de la familia.
Sumo temor y repugnancia de Luisa, de
que los demás puedan percatarse de sus
sufrimientos y de cuanto le sucedía: pero
el Señor hace que lo adviertan.

Una noche, más que en otra época, mientras


estábamos en la mesa y yo en tal estado de
sufrimientos que no podía abrir la boca para
tomar ningún alimento, la familia, primero de a
buenas y después con enojo, me instaban a
obedecer, pero yo, como no podía contentarla, me
puse a llorar y para no ser vista me dirigí a otra
habitación y allí seguí llorando y suplicando a mi
Jesús y a la Virgen Santísima que me
concedieran ayuda y fuerza para soportar esta
prueba; pero mientras hacía esto perdí los
sentidos, exclamando de corazón:

- “Oh mi buen Dios, ¡qué dura pena es el


tener que soportar a la familia, irritada conmigo
por tan injusta causa!
Ah, no permitas que tengan que verme más
en este estado de sufrimientos, porque siento tal
vergüenza de ser vista en este estado, que
preferiría más bien la muerte que hacer conocer
lo que pasa entre yo y Tú, mi Dios. Y esto lo
siento tan vivamente en mí, sin saber decir el por
qué, que no puedo menos de ir a esconderme en
sitios donde no pueda ser vista de nadie.

Cuando luego me veo sorprendida de


improviso y tanto que no tengo tiempo de ocultar
mis penas y mis dulces y amargas lágrimas, me
siento como aniquilar y disolverse mi ser como
nieve al fuego y en este estado, toda yo siento en
mí un no sé qué de calor no natural, que primero
me hace derramar copioso sudor y luego me hace
helar y temblar de frío.

Ah, mi buen Jesús, Tú solo puedes remediar


este estado mío, haciéndome permanecer siempre
oculta a las miradas de los demás y haciendo
creer a mi familia que yo me aparto de ellos solo
para orar y no por otro motivo; y que este anhelo
sea conocido solo por Ti, mi Dios”.

Mientras así me desahogaba en lágrimas y en


oraciones y votos, Jesús se hizo ver en medio de
innumerables enemigos, que Le dirigían toda
clase de insultos y entre ellos había quienes Lo
pisaban bajo sus pies, quien Le tiraba de los
cabellos y otros que blasfemaban de Él con
vituperables y diabólicos sarcasmos… Me parecía
que mi amable Jesús quería escapar de debajo de
esos fetidísimos pies, mirando a su alrededor
como en busca de alguna persona que con mano
amiga Lo liberase, pero veía que no encontraba a
nadie que se prestara para ese efecto.

Luego yo, considerando la gran ofensa que se


hacía a Jesús, lloraba amargamente y habría
querido meterme entre aquellos lobos rapaces,
para liberar a mi Jesús, pero no me atrevía,
conociéndome incapaz y por eso de lejos hacía
fervorosas instancias ante Jesús para que me
hiciera digna de sufrir en vez de El aquellas
penas o que al menos me hiciera participar de
ellas, exclamando:

- “Ah, oh Jesús, si pudiera yo tomar sobre mí


estas penas para aliviarte y liberarte de estos
enemigos…!”.

Pero mientras decía esto, esos furibundos


enemigos, como si hubieran entendido mi
oración, se lanzaron con ímpetu contra mí, como
perros rabiosos, golpeándome, arrancándome los
cabellos y pisoteándome bajo sus pies; yo entre
tanto, aunque sufriendo, sentía dentro de mí un
contento, al ver que así podía procurar a Jesús
un poco de tregua; pero esos enemigos, viéndome
tal vez tan contenta, desaparecieron, mientras
Jesús se me acercó para compadecerme y yo para
compadecerle a Él, si bien no me atrevía a
proferir palabra.

En tanto Jesús, rompiendo Él primero


nuestro silencio, me dijo:

“Hija mía, todo lo que has visto hacer de


Mí, es nada y una pura nada en comparación
de todas las ofensas que continuamente se Me
hacen por la mayor parte del género humano,
ya que su ceguera los tiene engolfados en las
cosas terrenas y en forma tal que los hace
llegar a ser despiadados y crueles no solo
conmigo sino también con ellos mismos; han
repudiado toda verdad sobrenatural, dándose
con todas sus fuerzas en busca de oro, pero
esto los ha arrojado al fango de toda suciedad
y han caído en el total desprecio de su eterno
destino.

¿Quién, oh hija, pondrá dique a la


inundación de tan monstruosa ingratitud, que
se ensancha cada vez más en el mundo de los
falsos regalones?
¿Quién tendrá compasión de tanta gente
que Me cuesta Sangre y vive como sepultada
en la hediondez de las cosas terrenas?

Ah, tú ven conmigo a orar, a llorar y a


reparar las ofensas que hacen a mi Padre
tantos ciegos que son todo ojos para todo lo
que sabe a tierra, mientras no tienen mente y
corazón sino para despreciar y pisotear mis
numerosas Gracias, poniendo todo lo que ha
sido obrado por Mí para su provecho, bajo sus
inmundos pies, como si fuese vil fango…

Ah, levántate al menos tú sobre todo lo


que sabe a tierra; aborrece y desprecia todo lo
que no Me pertenece; enamórate cada vez más
de las cosas que saben a Cielo y así no te
hagan más impresión los insultos que te
vienen de la familia, ahora que Me has visto
sufrir a Mí insultos mucho más abominables;
solo toma en cuenta mi honor y el repararme
por tantas ofensas que se Me hacen
continuamente y luego considera la pérdida de
tantas almas.

¡Ah, no Me dejes solo en medio de tantas


penas que Me desgarran el Corazón…!
Pero sabe que todo lo que sufres ahora es
nada en comparación con todas las penas que
sufrirás después; ¿No te he dicho acaso y
repetido muchas veces, que quiero de ti la
imitación de mi Vida?

Mira cuán diferente de Mí eres todavía. Por


eso cobra ánimo y nada temas, que así podrás
llegar en cierto modo a ayudarme”.

Después de estas palabras de Jesús,


volviendo en mí, advertí que estaba rodeada de
personas de la familia que lloraban y se
conturbaban, temiendo que me encontrase al
final de la vida; por eso se apresuraron a llevarme
a la ciudad, a fin de hacerme examinar por los
médicos.

Ahora no sé decir la pena que sentí, al pensar


que la familia estaba consciente del mal físico que
se había apoderado de mí y por el cual tenía que
sujetarme a la visita del médico.

Me derretí, pues, en lágrimas y


lamentándome con mi Jesús, Le dije:

- “¿Cuántas veces, oh mi buen Jesús, no Te


he dicho que quiero padecer contigo, pero
siempre ocultamente?
Este es mi único contento y Tú ahora, ¿por
qué me privas también de esto?

Ah, dime, ¿cómo haré para hacer que mi


familia vuelva a la paz?

Tú solo, oh mi buen Jesús, puedes sugerirme


el modo de proceder… Ah, alíviame un poco a fin
de que ellos no tengan que afligirse tanto por mi
causa; ¿no ves cuán tristes se han vuelto?

¿No oyes lo que dicen y pretenden hacer?

Hay quien piensa de un modo, quien de otro;


quien quiere que use un remedio, quien otro.

Son todo ojos y siempre atentos a mi persona,


de modo que no me dejan ya sola, impidiéndome
así recobrar la paz perdida… ¡Ah, ayúdame en
tantas penas, una más amarga que otra, de tal
modo que me hacen sentir que me falta la vida!”.

A estas palabras, mi buen Jesús, con toda


dulzura me dijo:

- “Hija mía, no te aflijas tanto por esto,


sino trata más bien de abandonarte como
muerta en mis brazos; mientras tú tengas los
ojos abiertos para observar lo que hacen y
dicen las criaturas respecto de ti, sabe que no
puedo actuar libremente en ti.

¿Quieres, pues, fiarte de Mí?

¿Acaso no has experimentado cuánto te


quiero?

Pues bien, sabe que todo lo que permito


que te suceda, sea por medio de los demonios
o de parte de las criaturas, está dirigido por Mí
para tu mayor bien, que no tiende a otra cosa
sino a conducir tu alma al estado último para
el que te he elegido.

Por eso quiero que estés tranquilamente en


mis brazos y a ojos cerrados, sin mirar ni
investigar cuanto acontece a tu alrededor,
pues de lo contrario perderías el tiempo y no
podrás llegar al estado de vida al que estás
llamada.

Y en cuanto a las personas que te rodean,


no te preocupes; usa con ellas un profundo
silencio, sé benévola y sometida en todo; haz
que tu vida, tu pensamiento, tu palpitación y
tus respiraciones y afectos, sean continuos
actos de reparación, que aplacan a la Divina
Justicia, ofreciendo con ellos las molestias
que te causen las criaturas”.

Después de haberme así amaestrado, Jesús


desapareció. Entonces me concentré en mí
misma e hice cuanto más pude por resignarme a
la Divina Voluntad, aun cuando a veces llorara
amargamente, ya que fui puesta por la familia en
tales apreturas que fui obligada a someterme a la
visita del médico quien juzgó que mi enfermedad
no era otra cosa que un hecho totalmente
nervioso y por tanto se me ordenaron medicinas,
paseos, baños fríos y continuas distracciones y
entre tanto recomendó a todos que se cuidaran
bien de no moverme en lo más mínimo durante el
período de adormecimiento, pues en caso
contrario más bien me destruirían en vez de
aliviarme, si quisieran ponerme en otra posición
distinta de aquella en que me encontraba19.

Entonces, se suscitó de parte de la familia en


este tiempo, una tácita y disimulada guerra, pues
había quien me impedía ir a la iglesia, quien me
quitaba la libertad con su continua compañía
19
De aquí en adelante cuando Luisa era arrebatada a la contemplación de Jesús, caía en un
estado de petrificación física; su cuerpo quedaba privado de toda función vital y como
“congelado”; años después escribe – a esto se añadió que su alma, atraída por Jesús en su
visión, lo que ocurría casi todas las noches, salía del cuerpo y volvía a la vida solo cuando al
otro día, le daba la obediencia un Sacerdote, la mayoría de las veces el Confesor. De todos
modos las diversas visitas médicas no dieron resultado: En Luisa no había ninguna
enfermedad; y permaneció en cama ante todo por el hecho de que era sorprendida por el
adormecimiento y luego por el estado continuo de sufrimientos como Víctima.
incluso en casa; quien me presionaba para
hacerme tomar las medicinas y todos los demás
expedientes ordinarios del médico y quien,
finalmente, quería hacerme la guardia hasta en la
noche. Después de lo cual les fue fácil a ellos
percatarse de todo lo que me sucedía muy a
menudo.

Después de un largo período, sin poder más


me animé a lamentarme así con mi Señor:

- “¡Oh, cuán penoso me es, mi amado Jesús,


el modo como se porta conmigo mi familia,
porque ha llegado a privarme aun de las cosas
para mí más queridas; en efecto estoy privada de
todo y hasta de tus mismos Sacramentos!

¿Quién jamás habría pensado que yo tuviera


que llegar a este estado de vida, sin poder más
acercarme a Ti en el Sacramento, ya sea para
visitarte ya para recibirte sacramentalmente?

¡Quién sabe dónde irá a acabar este estado de


vida!

Ah, dame Tú, ¡oh Jesús, nueva ayuda y


fuerza, de lo contrario la naturaleza me vendrá a
menos…!”.
Y Jesús haciéndose ver, inmediatamente me
decía:

- “Valor, hija mía, estoy Yo en tu ayuda;


¿qué temes?

Piensa que también Yo he sufrido de parte


de todo grupo de personas y de éstas, hubo
quien pensaba de un modo y quien de otro y a
tal punto que las cosas más santas que Yo
hacía eran juzgadas por ellas aviesamente
como defectuosas y aun malas y hasta llegaron
a decirme que Yo estaba endemoniado, tanto
que Me hacían mirar por los otros con ojos
torvos y me tenían entre ellos de mala gana,
maquinando la manera y el medio de quitarme
lo más pronto la vida, porque mi presencia se
había hecho para muchos intolerable, porque
servía de reprensión para los malvados,
mientras que de mucho consuelo para los
buenos.

Entonces, ¿no quieres tú hacerte


semejante a Mí, que te quiero hacer partícipe
de los sufrimientos que padecía de parte de las
criaturas?”.

Y yo a Él:
- “Todo lo abrazo por amor tuyo…”.

María, María, María


20. La cruz de saber que los propios
padecimientos son conocidos por los
demás: y ésta fue también una pena de
Jesús.

Pasé así bastantes años, sufriendo siempre ya


de parte de los demonios20, ya de parte de las
criaturas, ya de parte de Jesús, que me ponía a
participar de sus penas; y en este estado llegué a
veces a sufrir de tal modo que me avergonzaba de
mí misma y sobre todo, experimentaba en mí
gran bochorno de hacerme ver de cualquier
persona.

Verdaderamente para mí ha sido siempre un


gran sacrificio el aparecer en una conversación
aun familiar, incluso cuando me encontraba en
estado de perfecta salud; pero ahora, más que
nunca, encontrándome en estado de sufrimiento,
experimento tal vergüenza y tal turbación de
espíritu que me hace entontecer.

20
“En el transcurso de cerca de tres años…”, ha dicho antes: desde los 13 o 14 años hasta los
16 en que acabó esta prueba poco a poco.
Entre tanto la familia viendo que a nada
conducían los remedios ordenados por el primer
médico, procuró hacerme visitar todavía por
otros, que no lograron mejorar mi salud; y yo,
derramando siempre amarguísimas lágrimas, Le
decía a mi amable Jesús:

- “Señor, ¿no ves cómo mis sufrimientos se


hacen cada vez más patentes a todos?

No solo la familia, sino también los extraños


saben mis cosas y yo, que me veo por esto
totalmente confundida… me parece que todos los
que me ven me señalan con el dedo, como si
hubiese cometido alguna maldad o bien como si
mis sufrimientos fuesen los más contagiosos, lo
que me hace experimentar penas indecibles; yo
no sé decirte en verdad qué ha sucedido en mí,
pues muchísimas veces vuelven a agitarme estas
malas aprensiones, que, al fin, si se va al fondo,
son falsas.

Ah, Tú solo, oh Jesús puedes liberarme de


esta notoriedad y de esta aprensión mía; en Ti
está el hacerme padecer a ocultas; ¡Te ruego, Te
conjuro, por tu Bondad, escúchame
favorablemente!”.
Primero Nuestro Señor fingió no escucharme,
por lo cual se aumentaron en mí las penas, pero
después, compadeciéndose, me dijo con toda
Bondad:

- “Hija mía, ven a Mí, que te quiero


consolar; tienes razón de quejarte así, porque
sufres, pero es necesario que recuerdes cuánto
más he sufrido Yo por tu amor. También mis
sufrimientos fueron hasta cierto punto del
todo ocultos; pero cuando, después, la
Voluntad de mi Padre quiso hacerme padecer
públicamente, pronto fui al encuentro de todo
desprecio, oprobio y confusión, hasta ser
despojado de los vestidos y desnudo aparecí
en medio de un numerosísimo pueblo.

¿Podrías tú ahora imaginar mayor


confusión que ésta?

Sin embargo mi naturaleza sentía en sí


viva esta especie de confusión, pero mi mirada
estaba fija en la Voluntad de mi Padre y
ofrecía la pena y los sufrimientos en
reparación de las muchas ofensas que hacen
los hombres, cometiendo las más nefandas
acciones en presencia del Cielo y de la tierra
sin ninguna vergüenza y más bien las cometen
a ojos vista y con aires de ostentación, como
si hubiesen llevado a cabo alguna obra
grandiosa… y Yo, a pesar de todo esto, decía a
mi Padre:

“Padre Santo, acepta mi confusión y mis


oprobios en reparación de las muchas culpas
que cometen tantos que descaradamente y sin
freno Te ofenden públicamente, con grave
escándalo de los niños pequeños; perdónales,
pues y dales supremas luces, para que vean la
fealdad del pecado y, convirtiéndose vuelvan
al sendero de la virtud…”.

Ahora, si tú quieres imitarme, ¿no debes


participar en esta especie de sufrimientos
tolerados todavía por Mí, por el mayor bien de
todos?

¿No sabes que los más hermosos regalos


que puedo dar a las almas que se Me han
hecho más queridas, son las cruces y las penas
que Me tocaron tan de cerca?

Tú eres todavía niña en la vía de la Cruz y


por eso te sientes demasiado débil, pero
cuando te hayas hecho más grandecita y hayas
conocido bien cuán precioso es el desnudo
padecer, entonces se hará más vivo en ti el
deseo de sufrir; apóyate, pues en Mí y
descansa, que así adquirirás fuerza y amor al
padecer”.

Luisa, Luisa, Luisa


21. Luisa se ve obligada a estar en cama
por períodos de tiempo21; Se acentúa la
posibilidad de comer. Es llamado por
primera vez el Confesor, el cual la libera
del estado de petrificación.

Después de haber pasado alrededor de seis o


siete meses en este estado de sufrimientos, se
acrecentaron todavía más, tanto que me vi
obligada a estar en cama, ya que muy
frecuentemente perdía los sentidos y la boca se
me estrechaba tanto que me impedía totalmente
tomar algún alimento y apenas si lograba ingerir
alguna gota de bebida, que era devuelta en
seguida por los continuos conatos de vómito, que
por lo demás siempre se presenta en los mayores
sufrimientos.

Entre tanto como no se conseguía nada con


medicamentos en el curso de dieciocho y más
días de curación, se pensó en llamar al Confesor
21
Por la cronología de la vida de Luisa, estos hechos se dan a la edad de 17 años,
probablemente después de la Novena del Nacimiento.

Estamos en el año de 1883 y Luisa comienza su vida en la cama. De manera definitiva Luisa
quedará en cama a los 22 años de edad (desde principios de 1888).
con el único fin de confesarme. Habiendo venido
éste y al encontrarme en estado de casi
petrificación, me dio la obediencia de abandonar
el estado de adormecimiento mortal y,
haciéndome la señal de la Cruz, me ayudó a salir
del entorpecimiento nervioso; y cuando me
recobré del todo me preguntó:

- “Dime, ¿qué es lo que tienes?”.

Y yo, callando lo medular, le dije solo:

- “Padre, esta debe ser cosa del demonio…”.

Y el Confesor, sin otra pregunta y sin ninguna


vacilación, me dijo:

- “No temas, que no es el demonio y si lo


fuera, el Sacerdote en nombre de Dios lo
expulsaría de ti”.

Entonces logró darme el usual movimiento de


los brazos, a hacerme abrir libremente la boca y
hacerme tomar algún alivio.

Habiéndose luego retirado el Confesor, me


puse a considerar que todo lo que se había
obrado en mí había que atribuirse a la santidad
de este santo Sacerdote y lo tuve casi por un
milagro, tanto que entre mí y con enorme
contento, decía:

- “Mira, que si hubiese durado un poco más


de tiempo en aquel estado, ciertamente habría
puesto fin a mi vida, mientras que ahora me
siento renacida a nueva vida…”.

Doy siempre gracias y las daré a Dios por


haberme devuelto la salud gracias a la santidad
de este su ministro. Pero no puedo ocultar que
en aquel estado de muerte estaba del todo
resignada y que ahora, aun viéndome libre, no
experimento un cierto pesar de no estar ya
muerta; pero el Señor no lo permitió, ya que tenía
que cumplir sus designios sobre mí y por eso en
el día dio señales de que me quería por Víctima
perenne haciéndome sorprender de cuando en
cuando por aquel estado de antes, pero me
recobraba por mí misma.

Después se restableció mi salud y durante


otro período pude ir a la iglesia, para cumplir mis
deberes religiosos22.

En este intervalo, al comulgar y recibir a


Jesús en el Sacramento, me decía cuando debía
22
Su parroquia, Santa María Greca; fue entonces cuando se hizo Terciaria Dominicana con el
nombre de MAGDALENA. Tenía 18 años.
ser puesta a participar de sus penas y
sufrimientos y muchas veces me determinaba la
hora en que debía venir Él a participármelas;
anunciadas las penas y luego participadas por
Jesús y sufridas por mí, no pensaba yo decírselo
al Confesor, pues creía que al solo pensamiento
de querer manifestarlo al Confesor, me volvería el
alma más soberbia de este mundo, aunque
consciente de la santidad de mi Padre espiritual y
esto por un lapso de tiempo, ya que del estado de
sufrimientos participados por Jesús me
recobraba sin ninguna ayuda humana, pues todo
lo hacía Jesús.

Después ocurrió que, al comunicarme Jesús


sus penas y dolores, ya no pude como antes
recobrarme por mí misma, tanto que la familia
tuvo un día que mandar a buscar de nuevo al
Confesor, el cual después de haberme hecho
recobrar los sentidos, me dijo:

- “De ahora en adelante, cuando vayas a la


iglesia o antes de comulgar o cuando hayas
terminado la acción de gracias, ven al
confesionario, a fin de darte la bendición de
gracia, para hacer que siempre te recobres del
estado de sufrimiento, sin que yo vaya a tu casa”.
Jesús, Jesús, Jesús
22. Una nueva cruz durísima para Luisa: la
sujeción, como Víctima a la potestad de
los Sacerdotes. Sufrimientos penosísimos
que tuvo que soportar por parte de ellos.

Una mañana, entre otras, el Señor, después


que recibí la Santa Comunión, me dio a entender
que en el día sería sorprendida por el estado de
adormecimiento total, ya que me invitaba a
hacerle compañía participando de las penas que
sufría por las ofensas de los hombres malvados.

Y yo, sabiendo que el Confesor no estaba en


la ciudad, le dije en seguida:

- “Mi buen Jesús, si quieres comunicarme tus


penas, Tú mismo deberás tener la bondad de
hacerme recobrar, pues en caso contrario la
familia no podrá enviar por el Confesor, porque
este se encuentra en el campo”.

El Señor, todo bondad, me dijo:


- “Hija mía, tu confianza debe estar puesta
toda en Mí; está tranquila y enteramente
confiada y resignada, porque la una y la otra,
puestas en Mí, vuelven el alma luminosa,
haciendo que las otras pasiones estén en su
puesto, de modo que, atraído Yo por aquellos
rayos de luz, comunicados por Mí mismo,
tomo posesión del alma y la plasmo toda en
Mí, para hacerla vivir de mi misma Vida”.

No pude oponer mis palabras a las suyas y


por eso tuve que resignarme a su Santa Voluntad
y ofrecí la Comunión ya hecha como la última de
mi vida; dando, pues, el último adiós a Jesús en
el Sacramento, salí de la iglesia y si bien
resignada, sentía no obstante cierto desconsuelo
en mí, pensando en lo que estaba por sucederme;
por eso todo ese día no hice otra cosa que llorar y
pedir al Señor que me comunicara nueva Gracia
para hacerme recobrar en caso de que estuviese
por perder los sentidos.

Y de hecho, ese mismo día fui sorprendida


por aquel estado mortal, que me resultó
demasiado amargo, porque con una cruz nueva y
pesadísima me encontré reducida a ese estado;
cruz que yo misma juzgo y estimo como la más
grave y pesada de cuantas he debido sufrir hasta
este momento.
Mientras entré a ese estado de mortal
sufrimiento, me resigné del todo a hacer la
Voluntad de Dios y a disponerme a bien morir.
La familia entre tanto, viéndome en ese estado y
que sufría tanto, trató de enviar por otro
Sacerdote, que tal vez podría tener la caridad de
hacerme recobrar; pero quien por una razón,
quien por otra, casi todos a quienes se les pidió
cooperar, rehusaron venir a casa y así tuve que
pasar la friolera de diez días en esa continua
petrificación de vida mortal, pero sin morir.

Finalmente al undécimo día, se prestó el


Confesor con quien me había ido a confesar para
la primera Comunión cuando yo era todavía
pequeña23. Este vino y me hizo recobrar, como la
otra vez me había hecho volver en mí, mi propio
Confesor.

En esta recuperación comprendí dos cosas:


la una que no era la santidad sola del Sacerdote
la que me hacía recobrar los sentidos, sino sobre
todo la potestad dada por Dios al Sacerdote, como
su ministro; y la segunda cosa que aprendí fue el
advertir los designios de Dios sobre mí, que era
para involucrarme en la red subjetiva de sus
ministros.
23
El Canónigo D. Michele De Benedictis.
Desde aquí tuve una larga guerra de parte de
los Sacerdotes24; y hubo en efecto quien dijo que
todo mi estado era una ficción y esto para
hacerme tener por santa; quien decía que yo era
merecedora de palos y así no tendría ya que caer
en ese estado de verdadero fingimiento; quien me
creía endemoniada y quien decía muchas otras
cosas más, no hablar de las cuales es siempre
bueno; y por eso yo no sabía cómo proceder, ya
que si la familia, para no hacerme padecer tanto
en ese estado, consideraba su deber ir en busca
de algún Sacerdote para hacerlo venir, Dios sabe
a cuántos extraños rechazos se vio sometida, al
punto que ya no podía más, en especial mi pobre
madre que por mí ha derramado un río de
amarguísimas lágrimas…

En cuanto a mí, callo; solo digo que el Señor


perdone a todos los que me han dado motivo de
mayor sufrimiento y recompense
centuplicadamente a los que han sufrido
conmigo, especialmente a mi madre.

Imagínese, pues, cuán amarga me ha


resultado esa sujeción: que para recobrarme deba
tener absoluta necesidad del Sacerdote.

24
Esta guerra contra Luisa, cada vez más franca, iniciada desde entonces, se prolongó por
toda su vida, hasta hacerla condenar en sus escritos, en 1938.
¡Sabe Dios cuántas veces Le he rogado,
derramando amarguísimas lágrimas, que me
liberara de tan dolorosa sujeción a su Ministro!

¿Y cuántas veces Le he resistido cuando


estaba por pedirme el estado de Víctima,
deseando que aceptara sobre mí sus acerbísimas
penas?

Entonces, más que nunca me hacía violencia


a mí misma para resistir, diciéndole a mi buen
Jesús:

- “Señor, aceptaré el estado de Víctima al que


Tú me llamas, cuando me hayas prometido que
Tú mismo me harás recobrar sin la venida del
Sacerdote; de lo contrario no quiero someterme a
un juego tan pesado”.

Y resistí así, cuanto pude hasta el tercer día;


¿pero quién puede resistir a Dios, si El lo quiere
incondicionalmente?

En los tres días de resistencia opuesta hacia


mi Dios, muchas veces salía con estas
expresiones contra sus promesas, diciéndole con
cálidas y amargas lágrimas:
- “Señor, Tú ya no cumples tu palabra dada…
Cómo, decías que todo se desarrollaría entre Tú y
yo sola y ahora quieres hacer intervenir a un
tercero para hacerme recobrar, con lo cual estaré
obligada a hacer conocer lo que pasa entre Tú y
yo.

Y decir que esto no es susceptible de suceder


cuando Tú me pones en condición de no poder
recobrarme…

¿No has notado los tantos rechazos extraños


y las humillaciones que la familia ha tenido que
sufrir, injustamente, de los Sacerdotes que no
nos creen nada?

Se puede ciertamente, prescindir de ellos y


así estaremos contentos; es decir, contenta yo al
aceptar tus sufrimientos sobre mí, cuantas veces
lo quieras y al mismo tiempo más contento Tú,
que me harás recobrar cuando quieras y así no
podrás estar descontento de mí, porque estarás
contento de mi condescendencia en hacer tu
Querer…”.

Pero por más que yo decía, Jesús callaba y


fingiendo escucharme, parecía querer acceder en
todo lo que, según yo, era justo y santo; pero en
cambio, vino a decirme:
- “Hija mía, no temas; Yo soy El que da las
tinieblas y El que da la luz; ahora ha sido el
tiempo de las tinieblas, pero el tiempo de la
luz vendrá pronto. Sabe además, que mi
costumbre es manifestar mis obras por medio
de los Sacerdotes; a ellos les he dado el poder
conocer bien, juzgar y animar al alma a
proseguir sin perplejidades, si todo está según
el criterio de la Revelación o bien hacer
suspender y dejar todo lo que se juzgue no
estar conforme al criterio de esas
revelaciones…”.

Es inútil decir que ante las palabras de Jesús


debí callarme y, sumisamente sujetarme sin más
a su expreso Querer; ¿pero puedo callar ahora a
quien estoy obligada a manifestar todo en
precepto de obediencia, cuántas extrañezas y
contradicciones he debido soportar en el curso de
alrededor de cuatro años?25.

Y esto sea dicho porque así se me ordena y no


para reprobación de los Sacerdotes que en este
período me sujetaron a pruebas durísimas: basta
decir que se llegó a hacerme estar en el estado de
sufrimientos, de inhabilidad, de inmovilidad y de
petrificación hasta dieciocho días continuos y
25
Hasta la edad de 20 o 21 años.
algo así, lo que fue para mí verdaderamente
estado de muerte sin morir, ya que inhabilitada
para cualquier movimiento, no podía tomar ni
una gota de agua, ni satisfacer las necesidades
naturales; en una palabra, fue darme, todavía
viva en manos de los Sacerdotes, que a su
voluntad y a mi despecho me hacían estar viva en
estado de verdadera muerte.

Dios solo sabe lo que pasé en aquellos cuatro


años de verdadero martirio.

Y cuando algún Sacerdote tenía a bien


llamarme a la vida, no usaba conmigo la caridad
de decirme:

“Ten paciencia, haz la Voluntad de Dios…”,


sino más bien represiones y reprimendas, como
las que se hacen a veces a los caprichosos y a los
desobedientes, que actuando a su propio talante
luego se han encontrado en la vía del mal.

María, María, María


23. Luisa se somete, con la Gracia, a las
penas y contradicciones que le vienen de
los Sacerdotes. Jesús, sirviéndose de la
epidemia del cólera, le pone al pie de
candil, haciendo pública su condición de
Víctima.

¡Oh, cuán mala he sido y lo soy todavía


porque me quejo de nuevo vivamente cuando se
me tacha, si bien sin razón, de alma caprichosa y
desobediente!

Si yo quisiese investigar la razón por la cual,


aun sin querer resentirme, tengo siempre vivo
este sentimiento en mí, debería encontrarla en la
causa eficiente de ser muy desemejante todavía,
en mi pensar y obrar, del de mi siempre amable
Jesús.

Él, que en toda su Vida ha sido


verdaderamente el blanco de toda especie de
contradicciones, no ha guardado nunca en sí el
más pequeño resentimiento, sino siempre
imperturbado ha debido con plena calma soportar
en paz insultos sobre insultos, afrentas sobre
afrentas y éstas innumerables y por todo el curso
de su Vida; y yo, en cambio – tengo también
vergüenza de decirlo – he derramado quién sabe
cuántas veces amarguísimas lágrimas y me he
lamentado con mi dulcísimo Jesús, hasta
resentirme con Él y hacerle cuanto más podía,
resistencia, para conseguir que no me sujetase a
sus ásperas penas y sufrimientos, para no ser
golpeada al vivo con la tacha de caprichosa y
desobediente.

Pero cuán bueno ha sido el Señor conmigo,


miserable y mala, pues a pesar de mi resistencia,
fingiendo primero que no se preocupaba de mí y
sin decirme nada, se alejaba un poco y muy luego
de improviso venía a sorprenderme en mi
desolación causada por su alejamiento y mientras
con sus dulces mimos y caricias me inducía a
cumplir su santo Querer, haciéndome caer de
nuevo en brazos del mortal sufrimiento
comunicado directamente por mi amable Jesús; y
cuando venía el Confesor26 a hacerme volver en
mí, este con tono severo me decía:

- “No quiero que recaigas más en este estado”.

Y yo, de ningún modo resentida, le decía:

26
El Padre Cosma Loiodice, Agustino. Poco después de estos hechos, este su Confesor debió
dejarla y se sujetó a los cuidados de D. Michele De Benedictis.
- “Padre mío, no está en mi poder caer o no
caer en este estado de adormecimiento mortal.

Es verdad que soy caprichosa, desobediente y


buena para nada, pero digo la verdad, que la
pena más desgarradora para mí es no poder
obedecer; y con razón, Padre mío, siento esta
pena, porque me veo privada de la virtud que ha
sido la joya más fúlgida y preciosa de mi Jesús,
sin la cual jamás seré grata a Él.

¡Oh, cuánto me disgusta y qué pena


experimento al verme tan desemejante a Él!

¿Qué bien puede hacer, qué bien obrar un


alma desobediente?”.

Ante estas humillantes palabras, que me


salían del fondo del corazón en el que sentía
palpitante de amor a mi amado Jesús, el
Confesor con alguna expresión de aliento, me
dejaba más contenta que en las otras ocasiones
que había venido.

Pero a pesar de este aliento obtenido poco


antes, de mala gana opinaba que si el Señor no
me hubiese asegurado que Él mismo me liberaría
del susodicho estado sin la intervención del
Confesor, aun aceptando en mí sus penas y
sufrimientos en reparación de los muchos
pecados que continuamente comete la mayor
parte de los hombres, estaba dispuesta a
oponerle toda resistencia, a fin de obtener cuanto
yo me proponía. Pero la criatura propone de un
modo y Dios, en su inescrutable Sabiduría, hace
que la misma criatura ejecute todo lo que ha
dispuesto para ella.

Y así, Dios en este período hizo que el cólera


comenzase a hacer de día en día cada vez más
estragos, tanto que se llenaron de temor los
habitantes de nuestros buenos pueblos27; y un
día yo, más que nunca me puse a suplicar con
fervor al Señor que hiciera cesar este flagelo de la
justa e inexorable ira de Dios, enojado a causa de
las innumerables afrentas cometidas por los
hombres malvados.

Pues mientras así imploraba, se hizo ver mi


amable Jesús y me dijo:

- “Bien, Yo estoy por contentarte, con


tal que quieras ofrecerte como Víctima de
reparación, sufriendo de buena gana cuanto de
grave y doloroso se transmita a tu alma y a tu
cuerpo”.

27
Fue el año de 1887.
Yo entonces a Él:

- “Señor, si el mal pasara entre Tú y yo,


estaría prontísima a aceptar todo lo que Tú
quieras hacer conmigo; por el contrario, no
puedo, pues Tú bien sabes cómo piensan y se
comportan los Sacerdotes conmigo”.

Y Jesús con mucha benignidad me respondió:

- “Hija mía, Si hubiese querido opinar


sobre lo que los hombres estaban por hacer
con mi Humanidad, ciertamente no habría
obrado la Redención del género humano, pero
en cambio yo no tuve otro propósito que su
eterna salvación. Fuel el grande Amor que Me
devoraba, el que Me hizo hacer el sacrificio de
todo y de todos; y las mismas penas y
sufrimientos, los mismos dolores y disgustos
que las criaturas Me daban injustamente con
su modo de pensar y actuar contra Mí, los
ofrecía Yo a mi Eterno Padre por la salvación
eterna de ellas.

¿Te has olvidado que Yo quiero de ti la


imitación de mi Vida?

Sepas que para imitarme en todo lo que


hice en el curso de 33 años, no solo debes
someterte a mis trabajos, a las
contradicciones, penas, dolores y sufrimientos
de muerte, sino que también debes sufrirlos
del modo como fueron soportados por Mí.

Con esta condición se pide de ti la


imitación de mi Vida, si lo quieres; Por el
contrario, con imitarme a tu modo, no es ni
será nunca de mi agrado todo lo que puedas
hacer.

El acto más bello y más grato a Mí es el


que hace incondicionalmente el alma, en
cuanto que se sujeta de tal modo que ya no
tiene su voluntad en el obrar, sino que en todo
y para todo depende de mi Voluntad; procura,
pues, hacer este acto heroico de morir a tu
voluntad y de vivir siempre en la Mía, a fin de
que puedas encontrar en ti las más gratas
complacencias28.

Por ahora quiero que te hagas Víctima de


amor, de reparación y de expiación por los
mismos seres que no solo te son contrarios,
sino también de gran molestia, considerando
que ellos son hijos míos, redimidos con mi
propia Sangre y si tú verdaderamente sintieras
28
Es la primera vez que Jesús le habla explícitamente del vivir EN SU Divina Voluntad, que
será la misión a la cual la destina, siendo Luisa la primera.
amor; deberías también sujetarte a darlo todo
por su salvación”.

A estas justas palabras de Jesús, ¿podía yo


oponerle resistencia?

Por eso acepté el estado de Víctima que


quería de mí… Y en efecto, hasta la noche fui
sorprendida por el estado de sufrimiento,
comunicado por Él y en el que permanecí por tres
días sin recobrarme en absoluto.

Después ya recobrada no se oyó hablar más


del cólera, excepto a pocos alocados, que tuvieron
que pagar su tributo a la muerte. Pero la mayor
parte de los ciudadanos fueron sacudidos por
este flagelo de Dios, al punto que el Confesor,
cuando vino a hacerme recobrar, se me puso a
decir bromeando:

- “En estos días pasados, ha estado entre


nosotros un gran misionero, el cual ha hecho
mucho bien en su ministerio de predicador; se
han visto efectivamente postrarse a nuestros pies,
ciertas caras; que tal vez en su vida no se había
dignado jamás ni siquiera pasar por delante de
una iglesia, por haber sido siempre reacias a todo
sentimiento religioso, mientras que a la llamada
de este excelente predicador se han rendido a la
Gracia, de la que se han producido frutos de vida
eterna…”.

Le pregunté que dónde predicaba este


misionero; y él:

- “No solo en todas las iglesias, sino también


fuera de ellas, es decir en la plaza, en los
corrillos, en las tiendas, en casa: en una palabra
en todos los lugares ha llegado su poderosa
palabra y con tal unción de Gracia que muchos
se han reducido a penitencia”.

Y yo:

- “¿Cómo se llama este misionero?”.

El me repuso:

- “Lleva un hermoso nombre; de todos se hace


llamar D. Coletto, flagelo de Dios”, con que quería
indicar el cólera.
Luisa, Luisa, Luisa
24. Cambio de Confesor. La primera
obediencia que el nuevo Confesor le
impuso fue el sujetarse como Víctima a
los sufrimientos, solo con su
autorización.

Entre tanto me estaba preparando el Señor


otra mortificación, la cual vino a golpearme
después del susodicho cólera y fue la de tener
que sujetarme al rápido cambio del Confesor, que
como era religioso fue llamado por sus superiores
a la vida más cerrada del convento; y yo, que
estaba contenta con él, ya que hasta aquí ha sido
el único que no me ha dado que sufrir, porque
toda aquella alharaca a que me he referido antes
fue hecha por los otros Sacerdotes mientras éste
se hallaba en el campo, especialmente en el
tiempo en que circulaba el cólera, a decir verdad
sufrí mucho con el anuncio de su partida; no que
tuviese el más pequeño afecto, sino solo porque
me encontraba en gran necesidad de recurrir a él
y como más fácil de prestarse a la caridad de
hacerme recobrar.
Muy dolorida, entonces recurrí al Señor
manifestándole mi amarga pena.

Y Jesús como de costumbre, todo dulzura,


me dijo:

- “Hija mía, no te aflijas por esto; siendo


Yo el dueño de los corazones, puedo volverlos
y revolverlos como Me place. Si él como
Confesor, te ha hecho bien, no ha sido otra
cosa que un mensajero mío que recibía todo de
Mí y te lo daba a ti como Yo disponía; y así lo
haré con los otros: es decir los dispondré para
que vayan a ti y les daré todas las Gracias que
sirvan para el efecto.

¿Entonces, de qué tienes temor?

Hija mía, ¿cuántas veces tengo que


repetirte que mientras tú tengas ojos para
mirar ahora la izquierda, ahora a la derecha y
pongas ya en una ya en otra cosa tu mirada,
no podrás caminar bien y expeditamente en la
vía del Cielo?

Si no fijas tus ojos solo en Mí, andarás


siempre cojeando; el influjo de mi Gracia no
podrá hacerse realidad en ti: por eso quiero
que estés con santa indiferencia respecto de
las cosas que te rodean, pero siempre atenta a
complacerme, ejecutando todo lo que quiero
de ti; de lo contrario, no podrás tener sobre
los otros la preferencia en el estado de
Víctima”.

Reflexionando bien en las palabras


escuchadas de los labios de Jesús, mi corazón
adquirió tal fuerza que ya no hice caso del
alejamiento del Confesor, aunque había hecho
tanto bien a mi alma.

Pues Dios me inspiró sujetarme a la dirección


del que me confesaba cuando yo era todavía
niña29, de esta elección no me he arrepentido
nunca y, más bien con mucha frecuencia, he
clamado a Dios:

- “Seas siempre bendito, oh Señor, que me


has confundido, ya que Te has servido de lo que a
mí me parecía contrario y casi perjudicial a mi
alma, mientras considerado todo, ha resultado un
hecho maravilloso para tu mayor Gloria y para el
bien de mi alma. Siempre así, mi Dios!”.

Y en verdad resultó que a este Ministro de


Dios, propuesto por Él y llamado por mí, comencé
a abrirle mi corazón, que había estado siempre
29
D. Michele De Benedictis.
cerrado a todos los otros Confesores, a los cuales,
por más esfuerzos e insistencias que me hacían y
por más que yo misma me esforzaba por abrirles
mi corazón, no sé decir que restricción del
corazón sentía, por la cual difería cada vez
abrirme, hasta este punto, porque al solo
pensamiento de tener que decir a los otros cosas
que pasaban entre mí y Jesús, experimentaba tal
rubor y resistencia que era igual que si quisiera
declarar los más sucios pecados, que por Gracia
de Dios no conozco, ni jamás he sentido ni
siquiera su tufo30. A este Confesor en cambio,
muchas veces me abrí de modo que le hice
conocer todo detalladamente, aunque sin orden.

Si se me preguntase la razón por la cual


había sentido tanta resistencia a abrirme antes,
por toda respuesta diría: no sé decirlo… Si por
parte del Confesor, creo que no, porque él era tan
bueno, tan de confiar y tan paciente en oírme,
que habría tomado con todo esmero el cuidado de
mi alma, en caso de que hubiera estado dispuesta
a abrirme con él acerca de las cosas que pasaban
entre mí y Jesús; él era todo ojos sobre mí, a fin
de que caminara por la recta vía de la virtud. Por
mi parte tampoco lo creo, porque sentía en mi
30
Esta cruz de tener que decir o escribir todo cuanto pasaba entre ella y Jesús, fue por toda
su vida particularmente sufrida por Luisa. “Lo sustancial – atestigua el P. Annibale M. Di
Francia – es que esta alma está en una lucha tremenda entre un prepotente amor al
ocultamiento y el inexorable imperio de la obediencia, al que debe absolutamente ceder. Y la
obediencia la venció siempre…”.
alma tan grave opresión que experimentaba toda
la necesidad de liberarme y también el ansia de
saber cómo él pensaba al respecto; pero esto, lo
repito, me fue imposible hacer.

Por eso, estimo que la razón por la cual no


haya podido abrirme antes de ahora ha sido por
la sola permisión y Voluntad de Dios, para
obligarme a referir todo el curso de mi vida al
actual Confesor del que ahora estoy hablando.

Empero este tenía una aptitud enteramente


especial para saber penetrar no solo en mi
interior, sino también plena voluntad y paciencia
en oírme, por lo cual, al encontrar en él esta
buena disposición, poco a poco me animé a
abrirle todo mi interior, haciéndole leer como en
un libro, hoja por hoja, más aún, palabra por
palabra, todas las Gracias que el Señor me había
comunicado, tanto más cuanto que mi buen
Jesús muchas veces me obligaba a manifestar
todo lo que me decía y sucedía en mí; y cuando a
veces sentía gran resistencia en manifestar algo,
en seguida me reprendía vivamente, hasta
amenazarme con que se retiraría; y pues el
decirme esto era lo mismo que hacerme sentir la
pena más atroz, por el temor de que me
abandonara, superé toda dificultad, haciéndome
de verdad mucha violencia a mí misma.
Lo mismo digo de parte del Confesor, que
estaba siempre atento a preguntarme ya una cosa
ya otra. En efecto, a veces me preguntaba de
dónde provenía ese mi adormecimiento, cuál era
su causa, cuáles los efectos; y a veces, viéndome
reacia, me ordenaba en precepto de obediencia,
poniéndome delante el temor de que pudiera vivir
en la más diabólica ilusión, mientras que
declarando todo – añadía – “estaremos ambos
más seguros y tranquilos, ya que el Señor no
permite nunca que un Ministro suyo, que quiera
actuar rectamente en la búsqueda de la verdad,
se pueda engañar, cuando el alma es obediente”.

Luego otras veces me parecía respecto de


esto, que Jesús y el Confesor se hubiesen
entendido entre sí, antes que Jesús me sujetara a
algún sufrimiento, puesto que advertía que el
Confesor, al preguntarme, estaba ya al tanto de la
verdad, por lo cual me decía entre mí:

- “Es mejor decir esto, antes que callarlo,


tanto más cuanto que él ya lo conoce y
enteramente cómo ha ocurrido en mí; pero si lo
callare, quién sabe si se movería a cambiar su
método de dirección…”.
Todo esto, no sucedía en cambio con el
Confesor de los años pasados, el cual no solo no
me hacía ninguna pregunta sino que tampoco
trataba de indagar la verdad respecto del estado
de petrificación que tenía lugar en mí, ni si esto
ocurría por obra de Dios o del demonio o bien si
era un hecho enteramente natural, causado por
una enfermedad corporal. En una palabra no me
preguntaba nada, ni yo le decía nada; pero con
acuciosidad cuidaba incansablemente de
averiguar si estaba o no resignada a la Voluntad
de Dios en soportar la cruz que el Señor me había
enviado y sufría mucho cuando no me
encontraba del todo paciente en soportarla.

Mientras que el segundo Confesor que tomó


mi dirección, como supo que el Señor al hacerse
ver, me preguntaba si quería sujetarme al estado
de Víctima, antes que nada me ordenó que debía
decir a Jesús, antes de aceptar el estado de
sufrimiento:

- “Señor, no puedo ni debo aceptar el


padecimiento al que quieres sujetarme, si antes
no tengo licencia del Confesor. Si quieres, anda
primero a él y pídele su consentimiento, a fin de
que no tenga que resentirse conmigo”.

Jesús, Jesús, Jesús


25. Jesús solicita a Luisa ofrecerse como
Víctima perpetua, en continuo estado de
sufrimiento, para ahorrar a los hombres
nuevos merecidos castigos y en especial
una guerra y para preparar así la vía a
nuevas Gracias de santificación para ella.

Entonces, una mañana después de la


Comunión me dijo mi amable Jesús:

- “Hija mía, las iniquidades que


comenten los hombres son tales y tantas, que
la balanza de mi Justicia ha perdido en forma
excesiva su equilibrio. La preponderancia del
mal me hace salir fuera con la equivalencia de
los flagelos que lanzaré sobre ellos,
especialmente una guerra tremendamente
feroz, en la cual y por lo cual haré de la carne
humana una inaudita carnicería…

- ¡Ah, sí – proseguía, llorando -, les he


dado cuerpos para que fueran otros tantos
santuarios en los que pudiera deleitarme
muchísimas veces y en vez de ello, los han
transformado en cloacas de podredumbre,
cuya pestilencia es tan grande que me han
obligado a alejarme totalmente de ellos!

¡He ahí, hija mía, la recompensa a tanto


Amor mío y a tantas penas sufridas por ellos!

¿Quién jamás en el mundo ha sido tan


generoso en ayudarlos y ahora en dilatar tanto
la justa venganza?

¡Ah, nadie ha sido semejante a Mí!

Entre tanto, ¿cuál es la causa de su


perversión tan grande?

No otra, hija mía, que el demasiado bien


que siempre he nutrido por ellos; pero ahora
intentaré reducirlos a su deber con los más
despiadados castigos”.

Ante estas dolorosas palabras de Jesús, sentí


que mi corazón desbordaba de amargura y se
destrozaba de dolor al considerar que un Dios tan
bueno tenga que ser tan vilipendiado por los
ingratos y malvados hombres, con lo que Le
obligaban, para eludirlos, a esconderse en mi
corazón como lugar de refugio.
Sin embargo, ¿quién puede expresar ahora
toda la pena y amargura que sentía en mí al
pensar que los hombres estaban por ser
castigados con el flagelo de la guerra y que me
parecía como si yo misma tuviese que sufrir…?

Y además sentía una gran ansia de soportar


yo esos castigos en vez de ver sufrir a los otros,
penas, dolores y muerte de guerra.

Traté, por eso, de aplacarlo con toda clase de


excusas, en cuanto podía y luego Le añadí:

- “Oh Esposo santo, ahórrales los flagelos


que tu Justicia tiene preparados y si la
multiplicidad de sus iniquidades es tan grande,
como Tú dices, todavía está el mar inmenso de tu
Sangre, en el cual puedes hacerlos sumergir; así
ellos saldrán purificados y tu Justicia quedará
satisfecha.

Por ahora y por siempre, si no tienes lugar


donde deleitarte, ven siempre a mí, que Te ofrezco
todo mi corazón, a fin de que encuentres en él
reposo y delicia, si bien tengo que añadir por
desgracia, que también mi corazón es como un
depósito de vicios; pero estoy dispuesta en virtud
de tu eficacísima Gracia, a purificarlo y hacerlo
ser como Tú quieres.
Ah, mi Bien, aplácate, que si fuere necesario
y útil, incluso el sacrificio de mi vida, oh, cuán de
buena gana lo haría con tal que puedas ver a tus
imágenes sin tu atroz castigo!”.

Jesús entonces, cortándome la palabra, volvió


a decirme:

- “Hija amada de mi Corazón, si de buena


gana te ofreces a sufrir, no ya como en el
pasado, es decir a intervalos de tiempo, sino
de continuo, ciertamente Yo perdonaré a los
hombres:

¿Pero sabes cómo?

Te pondré en medio, entre mi Justicia y


las iniquidades de los hombres y cuando eche
mano de mi Justicia enviándoles rayos de
flagelos para castigar su iniquidad,
encontrándote tú en medio, serás golpeada por
ellos y quedarán los hombres inmunes de los
golpes de mi Justicia.

Si quieres acceder a tanto, estoy pronto a


perdonar a los hombres; si no, no podrás
verme aplacado, ni podré ya abstenerme por
mucho tiempo”.
Quedé consternada y toda confundida, tanto
que la naturaleza se estremecía y temblaba, pero
viendo que Jesús esperaba de mí una respuesta
afirmativa, Le dije, casi obligada a hablar:

- “Oh, mi divinísimo Esposo, de mi parte


estaría dispuesta a cualquier sacrificio, ¿pero
cómo se remediará de parte del Confesor, si me
ordena que no debo sujetarme al padecer sin un
previo consentimiento suyo?

¿Será ahora posible que el padecer venga


todos los días, si me sujetase sin su obediencia?

Si, de todos modos, quieres que me someta a


cumplir este sacrificio sin su obediencia, estoy
pronta, con tal que mi recuperación dependa no
de él sino solo de Ti, mi Sumo Bien”.

Entonces Jesús, verdadero Esposo de


perfectísima obediencia y que todo ha sacrificado
por el máximo decoro de esta virtud, me dijo:

- “Nunca suceda, hija mía, que se actúe


contra esta mi esposa de sangre; más bien
acércate al Confesor y pídele su obediencia.
Si él quiere oírte, le dirás punto por punto
lo que te he dicho y además añadirás que todo
esto no será solo para el bien de las criaturas
que viven actualmente en pecado, sino
también para el bien de las que están por venir
al mundo31 y sobre todo para tu mayor bien, a
saber que te sujetes a estos ininterrumpidos
sufrimientos, casi mortales, ya que en este
futuro estado al cual estás por someterte,
gracias a la obediencia, te purificaré de tal
modo que tu alma será hecha digna de
elevarse a formar conmigo el místico
Desposorio y después de todo esto haré tu
última transformación en Mí, para llegar a ser
los dos juntos como dos cirios derretidos al
mismo fuego, que transfundidos el uno en el
otro, vendrán a ser un solo cuerpo y así unidos
por el único pensamiento, por el único amor y
por la misma obra de reparación, nos
trasformaremos Yo en ti y tú en Mí, de tal
modo que quedes tú crucificada en Mí,
conmigo y por Mí…

¿No estarías tú contenta si pudieras decir:


Jesús, mi Esposo, está crucificado en mí y yo,
su esposa, crucificada en Él?

31
Piénsese en estas primeras alusiones que Jesús hace a Luisa sobre la misión única a la cual
la destina, como depositaria y dispensadora, fundadora de una estirpe y modelo del Reino del
“FIAT” Divino en medio de las criaturas.
Entonces sí que podrás decir que no hay
cosa que te haga distinta de Jesús”.

Persuadida entonces, de la razón que me


expuso Jesús, cuando vino el Confesor le
manifesté todo lo que había oído de Jesús y
también eso de querer hacerme sufrir sin límite
de tiempo, lo cual si por un lado yo lo tuve por
verdadero, por otro me convencí de que dichos
sufrimientos tendrían la duración de unos
cuarenta días y no más.

Pero, a mi pesar, desde ese día hasta el


momento en que escribo ha pasado doce años
que continúo en este estado de sufrimiento, ¡y
quién sabe cuánto duraré todavía!32.

¡Pero sea siempre bendito el Señor y sean


siempre adorados sus inescrutables juicios!

A mí me queda por decir que si hubiese


comprendido que tendría que pasar
continuamente en cama, tal vez no me habría
32
Preciosa indicación para la cronología de la vida de Luisa: Este primer volumen lo escribió
en 1899: por eso QUEDO DEFINITIVAMENTE EN CAMA en 1887. Los “40 días” y la indicación
que más adelante hace de un primer día del año apenas después, nos llevan a precisar que
Luisa se hizo Víctima perpetua en cama, hacia la mitad de noviembre de 1887; tenía 22 años.
Hay todavía otra confirmación: al comienzo (Pág. 1) dice: “Cuanto ha pasado en el transcurso
de 16 y más años…”: es el comienzo de 1883: estamos en la Navidad de 1882 (Novena del
Nacimiento: TODAVÍA en la edad de 17 años) (“Y más años”: desde que empezó a oír la voz de
Jesús). Esto confirma la fecha del comienzo del Volumen.
(Cfr. Vol. VIII, 8 abril, 1908)
(Cfr. Vol. IX, 14 oct. 1909)
sujetado tan fácilmente al estado de Víctima
perpetua, ya que mi naturaleza se habría
asustado a tal punto que difícilmente hubiera
tenido el valor de someterme a tan grande
sacrificio; y otro tanto puedo decir, sin duda, del
Confesor, el cual, si hubiese conocido el sacrificio
que le tocaba hacer todas las mañanas para
hacerme recobrar, ciertamente no habría
condescendido en hacerme estar hasta el tiempo
que Dios hubiese querido.

Puedo también afirmar que siempre he sido


amante de este mi dulce padecer y siempre más
resignada, cuando he estado en continuas penas,
dolores y sufrimientos, que cuando estaba
privada de ellos.

Sin embargo, cuando comencé a vivir en el


estado de Víctima perenne no conocía todavía la
preciosidad de la Cruz, porque ésta me fue dada a
conocer por el Señor a lo largo de estos doce
años.

María, María, María


26. Luisa, de ahora en adelante Víctima
perpetua, queda definitivamente en cama,
sola y solo para Jesús.

Volviendo ahora al Confesor, a quien le había


manifestado todo lo que el amabilísimo Jesús
quería de mí, él me dijo:

- “Si todo lo que me has dicho es


verdaderamente Voluntad de Dios, séate
concedida la santa obediencia, pues en realidad
por mi parte se puede hacer el sacrificio de
hacerte recobrar cada mañana; y si hay algún
impedimento, lo encuentro en mi respeto
humano, que con la Gracia del Señor será
vencido por mí”.

Entonces mi alma se alegró mucho, pensando


que las criaturas estaban por ahorrarse el terrible
flagelo de la guerra, si bien la naturaleza
comenzaba a temblar y tanto, que me hizo pasar
algún día en la más grande tristeza. Por eso a la
mañana siguiente me dirigí a la iglesia y habiendo
recibido a Jesús en mi corazón, Le dije:
- “Dulcísimo Jesús, mira en qué mar
tempestuoso está inmersa mi alma; en vez de
estar en tranquila paz para agradecerte las luces
dadas al Confesor, por las cuales ha tenido a bien
concederme la obediencia de llevar a cabo cuanto
Tú quieres de mí, sin embargo estoy conturbada y
muy confundida, primero, por el estado de
sufrimiento al que estoy por someterme y luego –
y esto es más alarmante para mí -, porque tendré
tal vez que estar en ese estado sin recibirte ya a
Ti, que eres mi Vida…

¿Quién podrá, mi Bien, resistir sin Ti?

¿Me dará acaso, otro la fuerza para resistir, si


no me es dada por Ti, que eres toda la fuerza,
para poder encontrar un consuelo a mis penas y
sufrimientos, si no me es dado acercarme a Ti en
el Sacramento?”.

Mientras así me desfogaba con Jesús en mi


corazón, por la pena de sus futuras privaciones,
me derretí en un mar de llanto; Jesús, entonces,
compadeciéndose de mí, me dijo afablemente:

- “Hija mía, no temas; Yo ya conozco tu


debilidad y he preparado nuevas y especiales
Gracias que sostendrán tu fragilidad.
¿No soy acaso Yo Omnipotente en todo, de
manera que puedo suplir muy de otro modo la
privación de recibirme en el Sacramento?

Resígnate entonces y poniéndote como


muerta en mis brazos paternos, ofrécete como
Víctima voluntaria para reparar las muchas
ofensas que Yo recibo continuamente del
género humano; así podrás hacer que Yo
ahorre a los hombres los merecidos flagelos,
pues si voluntariamente haces el sacrificio
completo de ti misma, dándote como Víctima
de amor, de expiación y de reparación en mis
brazos por la salvación eterna de todos, te
prometo que ni un solo día siquiera te haré
estar sin venir a visitarte…

Si hasta ahora has sido tú la que has


venido a Mí, de ahora en adelante, te aseguro,
seré Yo quien infaltablemente vendré cada día
a ti a visitarte; estas visitas podrán ser breves;
pero serán siempre saludables y de gran
consuelo para tu alma.

¿Estás contenta?

Y ya que me es conocida tu adhesión a mi


Voluntad, sabe que desde este momento eres
ya Víctima perenne en estado de menores o
mayores sufrimientos, según que Yo lo quiera
y lo requiera la reparación debida a las culpas
que se cometen por las criaturas”.

Ahora, ¿quién puede decir las Gracias que el


Señor comenzó a hacerme?

Querer narrar todo lo que mi amante Jesús


ha hecho conmigo hasta ahora, desde que acepté
el perenne estado de Víctima, me es realmente
imposible, especialmente si se quisiese conocer
clara y detalladamente dichas Gracias. Solo
indicaré por ahora en resumen, las que han
hecho mayor mella en mi corazón; y luego
sucesivamente, según que lo recuerde, contentaré
a la santa obediencia, que sin piedad me ha
obligado a narrar las más íntimas Gracias, que
por mi gran vergüenza demoro tanto en revelar.

Y antes que ninguna otra cosa hablaré acerca


de la antedicha promesa que me hizo Jesús, que
ella ha sido siempre irreprochable, porque desde
el principio hasta este momento no ha fallado y
creo que lo será sin duda hasta el fin.

Recuerdo bien que desde el primer día en que


me clavé en el lecho, me decía amorosamente:
- “Amada de mi Corazón, Yo te he
querido poner en este estado para poder venir
más libremente a conversar contigo. En
efecto, primeramente te liberé del mundo
exterior y luego de toda ocasión de tratar con
las criaturas; después purifiqué tu interior de
modo que no quedó en ti ni un pensamiento
ni un afecto más de tierra y en lugar de ellos
puse en ti pensamientos y afectos
enteramente celestiales, desbordantes de amor
hacia Mí; y ahora que todo te ha llegado a ser
extraño y Yo contigo enteramente familiar;
quiero identificarte conmigo, de modo que no
solo el alma sino también el cuerpo puedan
estar a mi disposición y hacer del uno y de la
otra perpetuo holocausto delante de Mí.

Si no te hubiese confinado a esta camilla,


no habrías podido tener el bien de ser visitada
con tanta frecuencia por Mí, ya que habrías
debido antes desempeñar los deberes de
familia, con gran sacrificio tuyo y luego
retirarte al oratorio de tu corazón y esperar
una fugaz visita mía.

Ahora, ya no; hemos quedado solos y no


hay quien pueda obstaculizar nuestra
conversación y también las mutuas
comunicaciones de nuestros dolores y
nuestras penas y a mi semejanza podrás
participar en cuanta alegría y contento Me
vienen de los pocos buenos y en cuanta
amargura, dolores y trabajos Me vienen de los
malvados.

De ahora en adelante mis consuelos serán


tuyos y los tuyos serán míos; asimismo mis
aflicciones y las tuyas se comunicarán
recíprocamente y puestas en común de tal
manera que se haga desaparecer el “tuyo” y el
“mío”, sino que el “tuyo” y el “mío” será
llamado “nuestro”.

En una palabra, tú tomarás interés en mis


cosas como si fueran verdaderamente tuyas y
Yo igualmente en las tuyas, que, por cierto,
son también mías, excepto tus
imperfecciones…

“¿Sabes tú cómo he hecho Yo y cómo me


comportaré contigo?

Al igual que un rey que se haya desposado


recientemente con una noble reina, el cual,
ansiando estar siempre cerca de ella, si por
poco tiempo se ve obligado a alejarse de ella,
su mente y su corazón están en continuo
movimiento para ella, por lo cual trata de
despachar lo más pronto posible todo negocio,
para volver pronto a ella; una vez vuelto, es
todo ojos a ella, para descubrir si alguna
sombra de amargura hubiere en ella; y si
quiere hablarle, hace que se aparte de las
personas que la rodean, la toma consigo, la
lleva a su habitación, cierra las puertas y pone
fuera a una persona de su mayor confianza
para hacerles la guardia, a fin de que nadie se
atreva a interrumpir su conversación o bien
escuchar sus coloquios secretos.

Estando así solos, se comunican todo


entre sí y si alguien imprudentemente quisiere
quitarles la paz y causarles algún estorbo,
sería inmediatamente alejado del rey como
perturbador de su alegría y luego severamente
castigado. Así he procedido contigo,
poniéndote en este estado; por eso, ¡ay!, del
que quisiese apartarte del mismo, pues no solo
me causaría disgusto, sino que sería también
castigado por Mí.
¿Y tú estás contenta con esto?”.

Luisa, Luisa, Luisa


27. Jesús llama al alma a una perfecta
conformidad con su Voluntad; quiere en
ella un absoluto desasimiento de todo y
una perfecta pobreza.

Si a tantas gracias que mi amado Jesús me


ha otorgado hasta ahora no quisiese
corresponderle con el más reconocido amor,
merecería ser llamada con el nombre más abyecto
de toda casta humana; y por el Cielo y por la
tierra sería señalada con el dedo a las futuras
generaciones como el alma más ingrata que haya
existido hasta ahora y como la más vil entre todos
los réprobos, si no secundara en todo y para todo
su Santísimo Querer.

Y de verdad, ¿qué no se diría de un pobre


andrajoso que rehusara que un riquísimo señor
ponga en bloque común sus inmensos bienes con
los pocos y sucios andrajos de aquel, con el único
fin de quererlo hacer dueño al igual que él,
respetando la simple condición de poner el
cuidado conveniente e interesarse de todo como
de cosa suya propia?
Vendría a ser así la fábula de la ciudad digna
de ser transmitida a las futuras gentes, las cuales
incluso al referirla no la creerían verdadera…

Así ni más ni menos, ha hecho conmigo


Jesús:

Ha puesto en bloque común todos sus


infinitos bienes con mis imperfecciones y me ha
hecho dueña de lo suyo y Él dueño de mi nada,
pero a condición de que tome cuidado de los
suyo, que otorga gratuitamente, mientras Él a
costa de inmensos sacrificios ha comprado de
mí…

¿Qué cosa?

Tengo vergüenza de decirlo:

No solo mi nada, sino las mismas


imperfecciones, que quiere reducirlas a
perfección.

¡Oh, cuánto no estoy obligada con Él!

El que no se ha cansado jamás, ni se cansa,


ni se cansará de repetirme siempre que me
encuentra diferente de Él:
- “Yo quiero de ti perfecta conformidad
con mi Voluntad, de modo que tu voluntad
venga a disolverse totalmente en la Mía”.

Y más, cuantas veces notaba en mí aun el


más pequeño apego a cosas indiferentes, me
presionaba dulcemente a apartarme diciéndome:

- “Hija mía, de ti ansío un absoluto


desasimiento de toda cosa que no sea mía, o
sea todo lo que sabe a tierra quiero que lo
tengas como estiércol y podredumbre, que te
dé horror aun el mirarlo, porque las cosas
terrenas, mientras no sean de absoluta
necesidad, el solo tenerlas en torno y mirarlas
con complacencia congelan el corazón y
obscureciendo las cosas del Cielo impiden que
se realice el místico Desposorio que desde
hace un tiempo he prometido que quiero hacer
contigo.

Sepas que Yo nada aprecié de las cosas de


acá abajo, excepto las puramente necesarias;
por eso Me sujeté a la desnuda pobreza, que
también quiero que tú la practiques,
despreciando todo lo que no te sea necesario…
En esta camilla, imitándome en la pobreza,
debes considerarte más que una verdadera
mendiga y solo así podrás decirte
efectivamente pobre; jamás entre en ti el ansia
de adquirir, porque quiero que en ti esté la
verdadera pobreza afectiva, con la cual nada
ansíes, nada tomes si no te fuere
absolutamente necesario y de esto, incluso
agradéceme primero a Mí y luego a tus
donantes. Por eso quiero que de ahora en
adelante, estés a lo que se te da, sin pedir otra
cosa, porque podría ser estorbo a tu mente
deseando lo que no te fuere dado; pero con
santa indiferencia abandónate a la voluntad
ajena sin pensar si te viene bien o mal”.

Y esto, en la práctica, a decir verdad, me


costó desde el principio el más grande sacrificio,
pero en seguida noté que sin pensar en esto o
aquello y sin pedir nada, se me daba cuando
tenía verdadera necesidad de ello.
Jesús, Jesús, Jesús
28. Una nueva cruz de Luisa: El devolver
siempre todo el alimento y al mismo
tiempo el padecimiento del hambre. El
Confesor le prohíbe continuar en el
estado de Víctima.

Entre tanto, superada esta dificultad, el


Señor quiso someterme a otra prueba más
penosa, que es la siguiente:

Por los continuos padecimientos que


directamente me comunicaba Jesús, tuve que
sufrir continuos conatos de vómito, cada vez que
tomaba alimento; en este estado, mientras la
familia me daba algo de alimento, que yo
inmediatamente rechazaba, sentía debilitárseme
el estómago tanto que no se puede explicar; pero
recordando lo que Jesús me había dicho:

- “Confórmate con lo que se te da”, no me


atrevía a pedir otra cosa y sentía en mí tal
vergüenza como si la familia debiera reprocharme
diciéndome:
- “¿Cómo, acabas de vomitar y ya quieres
comer de nuevo?”.

Por esto decía entre mí:

“No pediré nada si no me lo traen ellos


mismos; caso contrario el Señor nos cuidará”.

Y así pasaba, contenta de poder sufrir algo


por amor de Jesús, ofreciendo todo en reparación
de todas las ofensas que se cometen con la gula.

Después el Confesor, no sé por qué,


advirtiendo que era víctima de conatos de vómito,
me ordenó tomar todos los días quinina, la que
me excitaba más el apetito, pero por no poder
tomar ningún alimento sin que se me diera,
sentía que se me destrozaba el estómago de tal
modo que me sentía en estado de muerte sin
nunca morir; y todo esto me duró por cerca de
cuatro meses, hasta que mi amado Jesús me
ordenó:

- “Dirás al Confesor que no te haga tomar


ni alimento ni quinina cada vez que vomitas,
pues él, iluminado por luz superior, estará de
acuerdo en que no tomes ni lo uno ni lo otro”.
Y así fue, porque el Confesor me concedió no
tomar más nada; pero después, para no hacer
que parezca rara, me dijo:

- “De ahora en adelante quiero que tomes la


comida una sola vez al día”.

Haciendo así, quedé más tranquila; me pasó


el hambre, pero no el vómito, pues siempre, cada
vez que tomo la comida, todavía me veo obligada
a vomitarla después de un corto tiempo33.

Pero muchas veces mi amado Jesús me ha


dicho reiteradamente:

- “Di al confesor que te dé la obediencia de


no comer más”; pero por más que lo haya dicho,
siempre me ha rehusado, diciéndome:

- “Haz cuenta que se te da de comer con el fin


de poder hacer uno o más actos de mortificación
al día, siempre en reparación de las muchas
ofensas que el Señor recibe por la gula de los
hombres”.
33
En los primeros tiempos esto ocurría por períodos de tres o cuatro días, pero de ahora en
delante de modo continuo y definitivo; después de pocos minutos de haber comido, vomitaba
siempre todo, intacto y bello de aspecto, sin que resultara nada repugnante y viviendo así en
total AYUNO hasta la muerte, salvo alguna breve excepción. (Véase Vol. XI, 29 -septiembre-
1912). De este modo Jesús repite en Luisa: “Yo tengo una comida que vosotros no
sabéis… Mi alimento es hacer la Voluntad del que me envió y acabar su Obra” (Jn 4, 32-
34); y si quiere que Luisa coma es para justificar – por causa de ella - que continúe dando las
cosas necesarias a las gentes, caso contrario haría “morir de hambre” a los pueblos (Vol. XII,
12 -agosto-1918).
Mas no pasaron sino pocos días, cuando el
Señor volvió a repetirme:

- “Quiero que presentes de nuevo al


Confesor la petición de que te abstengas de
tomar cualquier alimento, pero hazlo con
santa indiferencia, es decir dispuesta a hacer
lo que la santa obediencia quiera o no
concederte”.

Obediente a la voz de mi Jesús, en cuanto


vino el Confesor le manifesté todo, pero, no sé por
qué, no solo me fue negado esto, sino que
también me impuso la prohibición de tener que
estar en tales sufrimientos, como si esto
dependiera de mí.

Pero, si no me equivoco, creo que el Confesor,


recordando que yo le había dicho que el Señor me
llamaba al estado de Víctima por un tiempo
indeterminado, que yo creí alrededor de cuarenta
días, la repetida petición de abstenerme de comer
debió hacer que juzgase no ser verdad ni mi
estado de sufrimientos en que el Señor me puso,
ni la última propuesta de no tener que comer
más, como quería mi amante Jesús; o bien el
Confesor, por razones desconocidas para mí, vino
a esta resolución, que yo no debo estar más en
este estado de Víctima, añadiendo que, si volviere
a caer en el estado de sufrimientos, no vendría
más para hacerme recobrar.

A decir verdad, yo, ante estas palabras del


Confesor, me sentía muy dispuesta a cumplir la
santa obediencia, tanto más cuanto que la
naturaleza reclamaba el derecho de ser aligerada
del peso de tantos dolores y sufrimientos
mortales, en que caía con frecuencia y que
naturalmente no se puede desear ni soportar sin
una especial ayuda divina.

Y luego, el tener que sujetarme a todo y hasta


para las cosas más repugnantes pero sin embargo
necesarias a la naturaleza, es un verdadero
sacrificio34 que si no se hiciese por Voluntad de
Dios – a Él debo el poder darle la correspondencia
del amor inmenso que ha prodigado en gran
abundancia –, ciertamente que hasta los más
grandes Santos habrían resistido.

De mi parte, pues, experimenté un gran


consuelo y me disponía a hacer en todo la santa
obediencia, pero estaba también pronta y
dispuesta a estar confinada en mi camilla, en

34
¡Piénsese qué significa estar por 64 años en una cama (sin ni siquiera una laceración de
decúbito), sin estar enferma de enfermedad natural! ¡Dependiendo esto de voluntaria
obediencia! Esto es lo que ella llama “su estado habitual”.
(Cfr. Vol. 8º., 8 – V – 1908)
caso que el Señor quisiera tenerme en este estado
de Víctima, ya que experimentaba la bondad de
su Querer, que me procuraba la verdadera
resignación y uniformidad con su Santa
Voluntad, que sabe hacer cambiar la naturaleza a
las cosas y hasta lo amargo que lo convierte en
dulce.

María, María, María


29. Resistencia de Luisa a Jesús, que la
quiere en los padecimientos, porque falta
el consentimiento del Confesor: pero
finalmente Jesús se impone,
comunicándole el estado de sufrimientos
y dándole para el Confesor, como prueba
de que es su Voluntad, el anuncio de la
guerra entre Italia y África.

Aceptada, pues, de buen ánimo la obediencia


de no querer más estar en cama en estado de
Víctima, empecé a hacer resistencia a mi siempre
amable Jesús, cuando se hizo ver para
comunicarme sus penas, diciéndole:

- “Amado Bien mío, mi negativa a padecer no


debes llevarla a mal:

¿Qué quieres de mí?

La obediencia me lo prohíbe y así, no puedo


ya sujetarme; pero si Tú quieres que haga tu
Voluntad, ilumina al Confesor para que se
disponga a concederme lo que Tú quieres; caso
contrario haré su expresa voluntad, oponiéndome
con hostil obstinación a tu Voluntad; más aún
creeré que no eres el amable Jesús”.

Pues bien, el Señor quiso ponerme en la más


cruda prueba, ya que me hizo pasar toda una
noche en contraste con Él, porque fue un
continuo ir y venir con el fin de sorprenderme de
improviso, pero me mantuve en mis trece toda la
noche y cuando Él venía, en seguida Le decía:

- “Amor mío, ten paciencia:

Se requiere la obediencia del Confesor para


que Tú puedas comunicarme tus sufrimientos y
por lo mismo no me obligues a que adhiera mi
voluntad a la Tuya; podrás reducirme al
aniquilamiento de mí misma, comunicarme tus
penas, todos los dolores y sufrimientos que
quieras, pero nunca con el consentimiento de mi
voluntad, ya que ésta no se someterá a la Tuya
sin la obediencia”.

Y así en esta oposición permanecí hasta la


mañana, en que me sentía perfectamente libre de
todo sufrimiento, creyendo que el Señor había ya
dado por vencida la prueba; pero no fue así, ya
que en un instante, mientras estaba inmune de
todo sufrimiento, mi amado Jesús me atrajo a Sí
de tal manera que, perdiendo los sentidos, ya no
pude hacerle más resistencia, porque me
encontré tan ligada a Él que, por más oposición
que hubiese podido hacerle, no habría podido ni
siquiera separarme en lo más mínimo de Él,
siendo yo la nada y por tanto habría resultado
vana toda lucha y resistencia Al que es el Fuerte
de los fuertes y el Omnipotente.

Estando así en estrecha unión con Jesús,


sentía en mí tal vergüenza por las muchas
negativas que le había dado, que me sentía
totalmente aniquilada y por eso con vergüenza le
dije:

- “Perdóname, Esposo Santo, si Te he hecho


tanta resistencia, que no habría habido si la
obediencia no me la hubiese ordenado”.

Y Jesús, muy afablemente, me dijo:

- “Hija amada de mi Amor; no temas que


Yo me dé por ofendido, ni Me ofendo por lo
que hace al Confesor que te ha dado esta
obediencia, pues quien con delicadeza de
conciencia ejerce su ministerio debe hacer uso
de todo arte y prueba para ponerse al seguro
de la responsabilidad moral que se requiere de
los buenos y aun de los malos. Vuelve por lo
tanto en calma y vive siempre abandonada en
Mí. Ven conmigo; hoy es primero de año; ven,
que quiero darte los aguinaldos”. (Era en
verdad primero de año)35.

Entonces Él se aproximó tanto a mí que me


juntó a Sí y acercando sus labios a los míos
derramó un líquido, dulcísimo más que leche y
besándome y volviéndome a besar
afectuosamente, sacó de su Corazón un anillo
diciéndome:

- “Admira bien y contempla este anillo que


te he preparado para cuando haga contigo mis
nupcias, porque te desposaré en mi Fe… Por
ahora te ordeno que continúes viviendo en el
estado de Víctima y quiero que digas al
Confesor que es mi Voluntad que continúes
viviendo en este estado de sufrimientos; y
como señal evidente de que soy Yo el que te
habla, sabe que la guerra interrumpida entre
Italia y África continuará todavía, hasta que él
no te dé la obediencia de mantenerte en el
estado de Víctima, por el cual no solo no la
haré continuar, sino que también cuanto antes
vendrá la pacificación de ambas partes”.

35
Primer día del año 1888.
Después que Jesús habló así, desapareció
dejándome como revestida de un ropaje de
sufrimientos, los cuales me penetraban hasta la
médula de los huesos, tanto que no pude ya
recobrarme de aquel estado casi mortal sin la
intervención del Confesor; por lo cual la familia,
viéndome en ese estado, pensó en enviar por él,
mientras yo, así dolorida, pensaba en lo que diría
el Confesor al encontrarme contra su prohibición
en estado de mayores sufrimientos; ¿pero qué
hacer?

Cierto que no estaba en mi poder el


recobrarme, ya que el licor lácteo derramado por
Jesús me procuraba tal amor hacia Él, que me
sentía languidecer de amor y de dolor juntamente
y además sentía tanta saciedad y dulzura, que
después que el Confesor me hizo recobrar, me
obligó a tomar un poco de alimento ofrecido por
la familia, el cual no podía en absoluto bajar al
estómago y se requirió por eso la imposición de la
santa obediencia para hacérmelo deglutir; pero
luego en seguida fui obligada a vomitar, mezclado
todavía al dulcísimo licor que derramó en mí
Jesús.

Pero en este acto sentí en mi interior a Jesús,


que casi bromeando me decía:
- “¿Tal vez no te ha bastado lo que he
derramado en ti, no estás satisfecha con
ello?”.

Y yo, toda llena de rubor y vergüenza, Le dije:

- “¿Qué quieres de mí, oh mi buen Jesús, si


ha sido la obediencia la que me ha obligado a
alimentarme, lo que me ha hecho luego derramar
también tu alimento que era tan dulce y
delicioso?”.

Después el Confesor, sin hacerme ninguna


pregunta sobre lo ocurrido, se alejó de mí
diciéndome:

- “Vendré en cuanto tenga un poco de tiempo


libre”.

Y yo, que no solo he estado indiferente sino


también muy reacia a la injerencia del Sacerdote
en los hechos que pasan entre mi Dios y yo, me
puse en seguida a dar gracias a mi siempre
amable Jesús, que había permitido no hacerme
pedir nada sin saber lo que me estaba preparado
el día siguiente, en que volviendo el Confesor con
ceño insólito y sin primero interrogarme, comenzó
de inmediato a impacientarse conmigo y a
llamarme “alma desobediente” y añadió:
- “El hecho tuyo de caer en mortal desmayo,
hay que juzgarlo, como lo es, pura enfermedad y
no fenómeno sobrenatural, si fuese cosa de Dios,
ciertamente no te habría hecho faltar a la
obediencia, ya que Él es tan apegado a esta bella
virtud, que nada quiere que se haga sin la
obediencia.

Y ahora, en vez del Confesor, llamarás a los


médicos, los cuales se preocuparán, por medio de
su ciencia, de liberarte de este estado nervioso”.

Cuando él hubo terminado su reprimenda, yo


me puse a narrarle a propósito todo lo acaecido y
lo que el Señor me había ordenado decirle.

A esto el Confesor mudó de opinión y me


aseguró que no había que poner en duda cuanto
le había dicho en nombre de Jesús, ya que la
guerra interrumpida entre Italia y África era más
que cierta; por eso añadió:

- “En cuanto a la aludida pacificación: si


como tú dices, haciéndote Víctima, será en
breve…, si es de Dios no puedo ponerlo en duda,
pero si fuere de otros… lo veremos”.
Diciendo esto, me concedió la obediencia de
sujetarme al expreso Querer de mi buen Jesús,
repitiéndome:

- “Veremos ahora si no seguirá adelante esta


guerra y si en seguida hacen las paces entre sí”.

Después de cuatro meses el Confesor tomó de


los periódicos noticias precisas acerca de la
mencionada pacificación, anunciada antes por
Jesús y viniendo a mí me dijo:

- “Sin daño alguno de ambas partes, se ha


terminado la guerra pendiente entre Italia y
África, pacificándose del todo las dos”.

Este hecho, anunciado antes y verificado


después, hizo que el Confesor quedase
convencido de la intervención de lo Alto y me dejó
en mi paz, que no se puede tener cuando se pone
resistencia al Querer de Dios.

Luisa, Luisa, Luisa


30. Jesús comienza a preparar a Luisa al
desposorio místico que le promete.

Mi buen Jesús entre tanto, desde entonces no


hizo otra cosa que predisponerse al místico
Desposorio que ya me había prometido,
visitándome con más frecuencia y cuando tres,
cuando cuatro y más veces al día, conforme era
de su agrado36; y más aún, a veces realizaba un
continuo ir y venir. Me parecía que actuaba como
un enamorado que no puede estar sin pensar en
su esposa, sin amarla y visitarla muy a menudo,
tanto que llegaba a abrirse conmigo diciéndome:

- “Mira, te amo tanto que no sé estar sin


venir a ti; me siento casi inquieto sin verte y
hablarte de cerca y abiertamente, pensando
que tú estás sola sufriendo tanto por mi Amor;
por eso he venido a ver si tienes necesidad de
alguna cosa”.

Y diciendo así me levantaba Él mismo la


cabeza, me acomodaba la almohada, me rodeaba
el cuello con su brazo y abrazándome me besaba
y volvía a besar muchas veces; y como entonces
36
Así Jesús mantuvo la palabra dada, como la misma Luisa atestigua quince años después de
estos hechos (Vol. Ivo. 16 – XI – 1902)
estábamos en verano, para mitigarme el
demasiado calor, emanaba de su suavísima boca
un hálito que me aliviaba por entero o bien
agitaba alguna cosa que tuviera en la mano y
alguna vez también un borde de la sábana que
me cubría, para que me refrescase y luego
inmediatamente me preguntaba:

- “¿Cómo te sientes ahora?

Ciertamente que te sentirás mejor, ¿no es


verdad?”.

Y en respuesta Le decía:

- “Tú lo sabes, mi amado Jesús, que de


cualquier modo que estés conmigo, estoy siempre
bien”.

Y cuando al venir me encontraba débil de


fuerzas por los continuos sufrimientos, en
especial cuando el Confesor venía hacia la noche,
se me acercaba y de su boca derramaba en la mía
un licor lácteo o bien me hacía apegarme a su
sacratísimo Costado, del cual me hacía tomar
torrentes de dulzura y de fuerza, los cuales luego
me hacían probar delicias de Paraíso.
Y viéndome en este estado de suma delicia,
me decía con toda su inefable Bondad:

- “Quiero ser precisamente Yo tu Todo,


haciéndome saludable alimento no solo de tu
alma sino también de tu cuerpo”.

¿Quién puede expresar con verdad todo lo


que yo experimenté de celestial Amor después de
tantas insólitas Gracias de Paraíso?

Si yo tuviera que decir todo, como el


dulcísimo Jesús me las había comunicado, no
solo me haría pesada, sino que me alargaría
demasiado, con lo que no tendría tiempo de
poderlas referir, ni el Confesor de poder oírlas
todas… me limito por eso a decir en resumen, lo
que sea suficiente para hacer conocer
superficialmente el estado de un alma que está en
plena posesión de Dios37, abriéndose camino a la
Voluntad de su amado Jesús, Esposo
deliciosísimo del Alma.

Así pues, espontáneamente me ocurre


exclamar con toda la vehemencia del corazón y
decir a mi Jesús:

37
Téngase presente que estos escritos son queridos por Jesús para hacerla describir a ella
misma (le dirá un día), y la perfección a la que ha hecho llegar su alma; por eso Luisa no
puede dejar de aparecer. (Cf. Vol IIo., 22 de septiembre 1899)
¡Oh, cuán gratas y suavemente deliciosas me
han sido las comunicaciones de espíritu de
Jesús!

Mientras otras veces con dolor, he exclamado


asimismo:

¡Oh, cuán amargas son y angustiosas las


penas, dolores y sufrimientos de que me ha
colmado mi doliente y amargado Jesús!

Pero si éstas (las unas y las otras) no fueran


coherentes entre sí, el alma, hecha
verdaderamente Víctima de amor, de expiación y
de reparación, no podría durar por tanto tiempo
en vida, sino que deshaciéndose su cuerpo, el
espíritu iría muy pronto a reunirse con el de su
Dios.

Por eso, después de haber experimentado


tantas dulzuras y amarguras juntas, las seguía
mi justo y lastimero lamento, cuando parecía que
se alejaba de mí; y cuando a veces se me escondía
por alguna hora y yo me encontraba en
sufrimientos mortales, me parecía como si no Lo
hubiese visto al menos desde hace cien años y
por eso me quejaba diciéndole:
- ¡Ah, oh Esposo santo, ¿cómo así Te haces
esperar tanto de mí?

¿No ves que yo no puedo resistir sin Ti?

¡Ah, ven a reanimarme al menos con tu


presencia, que es para mí luz, es fuerza y es
todo!”.

Otras veces sentía tanta pena por la privación


de pocas horas de mi Jesús, que me parecía como
si desde hace años y años no se hubiera hecho
ver y por eso en mi pena me derretía en
amarguísimas lágrimas.

Y Él, entonces, se hacía ver, me compadecía,


me enjugaba las lágrimas, me abrazaba y besaba,
diciéndome:

- “No quiero que llores. Mira, ahora estoy


contigo, dime, ¿qué quieres?”.

Y yo a Él:

- “No ansío otra cosa que a Ti; y dejaré de


llorar cuando me hayas prometido que no Te
harás esperar tanto y tanto de mí. Tú lo sabes,
oh mi buen Jesús, cuán penosa es mi espera,
cuando yo Te llamo y Tú no vienes pronto a
aliviarme, a fortificarme, a animarme con tu dulce
presencia”.

Y Jesús:

- “Sí, sí, te contentaré”; y al punto


desapareció.

Otro día, mientras yo había vuelto a


lamentarme y a rogarle que no se hiciera esperar
tanto, viendo que no dejaba de llorar, me dijo:

- “Ahora quiero en verdad, contentarte en


todo: Me siento tan atraído hacia ti, que no
puedo menos de secundar tu deseo… Si hasta
ahora te he quitado la vida exterior y Me he
manifestado a ti, ahora quiero conducir hacia
Mí tu alma y así podrás seguirme más de
cerca, gozarme y estrecharte más
íntimamente a Mí y podré manifestarte todo lo
que no se ha hecho contigo en el tiempo
pasado”.

Jesús, Jesús, Jesús


31. Retrato que Luisa hace de la divina
belleza de la Humanidad Santísima de
Jesús, como se le aparece.

Una mañana, no recuerdo muy bien, creo que


habían pasado cerca de tres meses desde que
empecé a estar continuamente en la cama,
mientras estaba en mi acostumbrado estado vino
mi dulce Jesús con un aspecto todo amable,
como un joven como de dieciocho años, ¡oh cómo
era bello! Con su cabellera dorada y toda rizada,
parecía que encadenaba los pensamientos, los
afectos, el corazón. Su frente serena y amplia,
donde se miraba como dentro de un cristal el
interior de su mente y se descubría su infinita
sabiduría, su paz imperturbable. ¡Oh cómo me
sentía tranquilizar mi mente, mi corazón, es más,
mis mismas pasiones ante Jesús caían por tierra
y no se atrevían a darme la mínima molestia...

Ah, sí, si solo ver a Jesús tan bello y la


infusión tan grande de paz que se comunica al
alma ¿qué será ver y poseer su divinidad?.
Creo que no se puede ver a Jesús así de bello
si el alma no está en la más perfecta calma, en la
más profunda humildad y en el más ardiente
amor de Él, tanto que al más pequeño hálito de
turbación Jesús se retira del alma.

En cambio cuando el alma en su interior


experimenta una paz y calma imperturbable, a
pesar de que en torno tiene toda clase de
desastres y la guerra más cruel, Jesús tan bello
no solamente está a la vista de ella, para hacerla
continuar siempre imperturbada, sino que busca
en ella también su reposo que no le dan otros ya
perturbados.

Entonces yo lo contemplaba y volvía a


contemplar en aquel aspecto y no me saciaba de
contemplarle y de exclamar: ¡Oh, cuán bellos son
sus ojos purísimos, centelleantes de luz todavía
más pura, pero no como la de nuestro sol, que si
se lo quisiera mirar fijamente heriría nuestra
vista! la de mi Jesús, no; mientras es más que luz
del sol, se puede fijar muy bien la mirada en Él
sin que se debiliten las pupilas de nuestros ojos
al mirar aquel esplendor, sino más bien se
sienten más fortificadas.

Si se fija la mirada y con sólo mirar el interior


de su pupila, de un color celeste oscuro, no se
puede ya dejar de mirar un prodigio tan
misterioso de belleza, oh, cuántas cosas me decía.

Es tanta la belleza de sus ojos que una sola


mirada suya basta para hacerme salir fuera de mí
misma y hacerme correr tras Él por caminos y
por montes, por la tierra y por el cielo, basta una
sola mirada para transformarme en Él y sentir
descender en mí algo de divino, que tantas veces
me ha hecho exclamar:

Oh, mi bellísimo Jesús, oh mi todo, si solo en


los pocos minutos en los que te haces ver así de
mí comunicas a mi alma tanta paz, por lo cual se
pueden sufrir tormentos y mares de penas, de
dolores, de martirios y sufrimientos los más
humillantes, con la más perfecta tranquilidad de
espíritu, que está siempre en una mezcla de paz y
de dolores, ¿qué será en el paraíso gozar de tu
visión beatífica, sin mezcla de dolores?.

¿Quién puede decir además la belleza de su


rostro adorable?

Su piel blanca, parecida a la nieve teñida de


un color de rosas de las más bellas; en sus
mejillas sonrosadas se descubre la grandeza de
su persona, con un aspecto majestuosísimo y
todo divino, que infunde temor y reverencia y al
mismo tiempo da tanta confianza, que en cuanto
a mí, jamás he encontrado persona alguna que
me dé al menos una sombra de la confianza que
da mi amado Jesús, ni en mis papás, ni en los
confesores, ni en mis hermanas.

Ah sí, ese rostro santo, mientras es tan


majestuoso, al mismo tiempo es tan amable y esa
amabilidad atrae tanto que el alma no tiene la
mínima duda de ser acogida por Jesús, por cuán
fea y pecadora se vea.

Bella es también su nariz afilada,


proporcionada a su sacratísimo rostro. Graciosa
es su boca, pequeña, pero extremadamente bella,
sus labios finísimos de un color escarlata,
mientras habla contiene tanta gracia que es
imposible poderlo describir.

Es dulce la voz de mi Jesús, es suave, es


armoniosa, mientras habla sale de su boca un
perfume tal que parece que no se encuentra sobre
la tierra, es penetrante, en modo que penetra
todo, se siente descender por el oído al corazón, y
oh, cuántos afectos produce, ¿pero quién puede
decirlo todo?

Además es tan agradable que creo que no se


pueden encontrar otros placeres como los que se
pueden encontrar en una sola palabra de Jesús.
La voz de mi Jesús es potentísima, es obrante y
en el mismo acto que habla obra lo que dice. Ah
sí, es bella su boca, pero muestra más su
hermosa gracia en el acto de hablar, entonces se
ven sus dientes tan nítidos y bien alineados y
exhala su aliento de amor que incendia, saetea,
consuma el corazón. Bellas son sus manos,
suaves, blancas, delicadísimas, con sus dedos
proporcionados y que mueve con una maestría
tal, que es un encanto.

¡Oh, cómo eres bello, todo bello, oh mi dulce


Jesús!

Lo que he dicho de tu belleza es nada, es


más, me parece que he dicho muchos desatinos,
¿pero qué quieres de mí?

Perdóname, es la obediencia que así lo quiere,


por mí no me hubiera atrevido a decir ni una
palabra, conociendo mi incapacidad.
María, María, María

32. Por primera vez el alma sale del


cuerpo, atraída irresistiblemente por
Jesús. Sufrimientos que en este estado
comunica Jesús al alma.

Si no hubiese habido un severo precepto de


obediencia, digo francamente que jamás me
hubiera movido a continuar la actual humillación
de poner por escrito las extrañas escenas de mi
vida, las cuales de día en día se hacen cada vez
más insólitas y, como les parece a otros, casi del
todo extravagantes.

No obstante, sin poder proceder de otro modo,


me apresto a decir que mi amado Jesús, después
que se hizo ver y en cierto modo contemplar con
aquel aspecto poco antes descrito tan malamente
por mí, emanó de su boca un hálito suavísimo y
de olorosa fragancia de Paraíso, que me invistió
toda, así el alma como el cuerpo y en virtud de
aquel hálito me llevó en pos de Sí y en menos de
lo que se dice, hizo salir mi alma de cada parte
del cuerpo, dándome un cuerpo simplicísimo,
todo resplandeciente de purísima luz y junto con
Él, alzó su rapidísimo vuelo, recorriendo la gran
vastedad de los Cielos.

Ahora bien, como era la primera vez que me


sucedía este maravilloso fenómeno, mientras el
alma salía del cuerpo, comencé a exclamar:

- “¡Ahora sí que ha venido el Señor a llevarme,


por lo cual, ciertamente, ahora muero!”.

Cuando me vi fuera del cuerpo, mi alma


experimentaba la misma sensación que cuando
estaba todavía en el cuerpo:

Con esta diferencia, que el cuerpo unido al


alma percibe toda sensación por medio de los
sentidos y el tacto remite sus percepciones a la
capacidad de las potencias del alma, mientras
que en este caso el alma capta por sí toda
sensación y comprende al instante todo lo que
atraviesa y penetra, aunque fuere la más
abstrusa e imperceptible cosa y esto ya sea que
esté lejos o cerca, pero siempre que lo quiera
Dios.

Lo primero que sintió mi alma al salir del


cuerpo, fue cierto temor y temblor al seguir el
vuelo de mi amado Jesús, que continuaba
llevándome detrás de aquel su hálito de Paraíso
mientras me decía:

- “Si has experimentado tanta pena estado


alguna hora privada de mi presencia visible,
ahora vuela y ven conmigo que quiero
consolarte siempre y embriagarte de mi
Amor”.

¡Oh cuán hermoso fue que el alma se


acoplara al modo de Jesús a lo largo de la bóveda
de los Cielos!

Me parecía como si se apoyase en Jesús y que


Jesús me sostuviese a fin de no hacerme caer y
para tenerme siempre detrás de Él, que si bien
me precedía, sin embargo estaba muy unido a mí,
de modo que yo Lo seguía apoyada en Él y Él en
mí, mientras con su dulce hálito me sostenía y
me llevaba detrás de Sí. En una palabra digo que
en mí tengo toda la representación visible de lo
acaecido, pero no tengo la expresión para
manifestarlo.
Después de haber recorrido la inmensidad de
los Cielos, mi amado Jesús, que encuentra sus
delicias en la compañía de los hombres, hizo que
me encontrara en su compañía en ciertos lugares
donde la iniquidad de los hombres estaba más
inundada de maldades.

¡Oh, cuánto se cambió entonces el aspecto


dulcísimo de mi amado Jesús!

¡Oh, cuánta pena no entró venenosamente a


amargar su sensibilísimo Corazón!

Entonces Lo vi con más claridad que otras


veces padecer indecibles sufrimientos; vi su
adorable Corazón jadear como el de un
moribundo que muere de pavor y luego casi
desvanecido; y al verlo reducido a ese lamentable
estado Le dije:

- “¡Mi adorable Jesús, cuánto has cambiado!


Me presentas la figura de un moribundo; apóyate
en mí, hazme partícipe de tus acerbísimas penas;
no resiste más mi corazón verte solo y en medio
de tanto sufrimiento”.

Entonces Jesús, como recobrando la


respiración me dijo:
- “Ah, sí, amada mía, te toca ayudarme,
pues no puedo más”.

Y diciendo esto me atrajo más íntimamente


hacia Sí y de sus labios derramó en mi boca una
amargura tal que me causó penas del todo
mortales, al punto de sentirme como si muchos
cuchillos, punzadas de lanza, flechas, dardos y
saetas penetraran de parte a parte mi alma…

En este estado de sufrimiento, que es el más


atroz de los suplicios, mi amado Jesús hizo entrar
de nuevo mi alma al cuerpo y se me desapareció.

¿Quién puede expresar las penas


desgarradoras que sintió mi cuerpo al contacto
del alma que reingresaba en él?

Solo lo puede decir Jesús, que tantas y tantas


veces me las ha comunicado y luego mitigado,
pues otros en el mundo no solo no pueden aliviar,
pero ni imaginar tampoco a fondo lo que se sufre.

Por este punto de la historia de mi alma, que


seguidamente quién sabe cuántas veces saliendo
de mi cuerpo ha seguido a mi Amado, se puede
conjeturar cómo la muerte tantas otras veces se
ha burlado de mí, miserable, que soy tan indigna
todavía de morir, pero vendrá, vendrá pronto…,
vendrá el tiempo en que ya no se burlará de mí,
sino que seré yo quien se burlará de ella
diciéndole:

Una vez he jugueteado contigo, pero te he


castigado y te he triturado tan bien que te he
pagado en la misma moneda mil y cien veces más
aún he tenido completa victoria…

Y con razón digo esto, porque si no hubiese


sido por Jesús – el cual a veces, después de haber
comunicado directamente sus desgarradoras
penas a mi alma, me ha hecho recobrar ya sea
con el acercamiento a su Corazón que es vida
para mí o tomándome en sus brazos que para mí
son fortaleza o bien derramándome un dulcísimo
licor de su boca -, ciertamente estaría ya muerta,
puesto que las penas comunicadas directamente
al alma son tal vez mucho más desgarradoras que
las comunicadas al cuerpo.
Luisa, Luisa, Luisa
33. Participación que Jesús comunica a
Luisa de sus indecibles amarguras y
dolores por las diversas clases de pecados
con que es ofendido.

Así pues, Jesús cuando veía que


naturalmente no podía ya permanecer más en
vida, porque llegaba a los últimos extremos de
ella, me ayudaba Él mismo para no dejarme
sucumbir, pues me habría hecho exhalar el alma
con el último aliento. A veces, Jesús actuaba
directamente o por obra del Confesor a quien
sugería venir más presto a hacerme recobrar38.

Pero digo la verdad y es que aquellas penas,


gracias a la obediencia se mitigaban en cierto
modo, pero no como cuando Jesús obraba sobre
mí y en mí. Recuerdo muy bien que las más de
las veces, cuando Jesús quería comunicarme las
más dolorosas penas, hacía salir al alma del
cuerpo y llevándola consigo, me hacía reparar los
muchos pecados que cometían los hombres, ya
sea de blasfemia o contra la Caridad y de
38
En el Vol. IX (1 de octubre 1909), dice que en los años pasados Jesús quiso 4 o 5 veces
llevarla definitivamente, pero se interpuso el Confesor, para que dejara a la Víctima en la
tierra.
cualquier otro género y me comunicaba parte de
aquel amargo veneno que Él ya sentía en su
totalidad en Sí como efecto causado por tantos
pecados.

A mi modo de pensar, puedo decir, sin duda


de errar, por el efecto producido en mí, que el
pecado de impureza es el que más ofende y
amarga al Corazón de Jesús.

Al derramar Él en mí una pequeña parte de


aquella su amargura, sentía que entraba en mí
una materia tan nauseabunda, pútrida,
maloliente e insípida, a tal punto que sentía mi
cuerpo exhalar tal fetidez que impresionaba de tal
manera el estómago que si no tomaba en seguida
alguna cosa para vaciar esa podredumbre
mezclada con el alimento, desfallecía…

Y no es preciso creer que todo esto acontecía


solo cuando Jesús, en general, me hacía observar
las maldades que cometen solamente los que son
tenidos por grandes y públicos pecadores, sino
también y de manera particular cuando me
llevaba en pos de Sí a las iglesias, en las que
también es ofendido mi amable Jesús… Oh, cómo
conmovían tan malamente su Corazón las obras
en sí tan santas, pero ejecutadas con tanto
descuido; las oraciones vacías de espíritu interior;
la piedad fingida, aparentemente devota, la
hipocresía, parecían inferir más insultos que
honor a mi Jesús.

Ah, si, las obras tan malamente realizadas,


causaban náuseas a aquel Corazón tan santo,
puro y recto. Oh, cuántas veces no ha
prorrumpido en quejas conmigo, diciéndome:

- “¡Hija mía, mira, hasta de parte de quien


se dice devoto, cuántas ofensas y cuántos
insultos se Me hacen, hasta en los lugares
santos e incluso al recibir los mismos
sacramentos! Por eso, en vez de recibir
Gracias y de salir de la iglesia purificadas,
estas almas salen más manchadas de culpas y,
por tanto, sin mi bendición…”.

Y al mismo tiempo me hizo observar a ciertas


personas que comulgaban sacrílegamente; fuera
de esto, Sacerdotes que celebraban el Santo
Sacrificio de la Misa por costumbre, por espíritu
de interés y en pecado mortal, lo que causa
horror decirlo… ¡Oh, cuántas veces más Jesús me
ha hecho ver escenas tan dolorosas a su Corazón
que lo hacían casi agonizar!

A veces, mientras el Sacerdote celebraba tan


sacrosanto Misterio de Amor y consumía la
Víctima, Hostia de propiciación, Jesús era
obligado a salir lo más pronto de su corazón,
enfangado en miserias espirituales…

Otras veces, llamado a bajar de lo alto de los


Cielos a encarnarse en la Hostia por medio de las
palabras potenciales del Sacerdote, tenía náuseas
de la hostia todavía no consagrada y sostenida
por las manos impuras y sacrílegas de quien, con
autoridad de Él mismo, Lo intimaba a descender
con indecisión; y Jesús, por no faltar a su
palabra, se encarnaba en aquella hostia que
destilaba podredumbre primero de impureza y
luego sangre de deicidio… ¡Oh, cuán lamentable
me parecía entonces el estado Sacramental de
Jesús!

Me parecía como si quisiese escapar de


aquellas manos inmundas, pero sin embargo
estaba forzado por su misma promesa a estar ahí,
mientras las especies del pan y del vino no se
hubieran consumido bien en el estómago más
nauseabundo todavía que las manos que tan
indignamente Lo habían tocado muchas veces…
Pero al consumirse las sagradas especies venía a
mí y se abría conmigo quejándose así:

- “Ah, sí, hija mía, hazme derramar en ti


una porción de mi amargura, pues ya no puedo
contenerla solo en Mí; ten compasión de mi
estado, que ha llegado a ser demasiado
doloroso. Ten entonces paciencia; suframos
un poco juntos”.

Y yo:

- “Señor, estoy pronta a sufrir contigo, más


aún, si se me diese la capacidad de tomar yo
todas tus amarguras, oh, cuán de buena gana lo
haría por no verte sufrir más”.

Jesús entonces, mientras yo le decía esto,


derramaba de su boca en la mía la parte de
amargura que podía contener en mí y añadía:

- “Hija mía, es nada lo que he derramado


en ti de mis amarguras, como tú eres capaz de
recibir; ¡pero cuántas y cuantas otras almas
quisiera que estuvieran dispuestas al mismo
sacrificio que tú has hecho por amor mío! No
porque Yo pudiera derramar en ellas toda la
amargura que ha sufrido mi Corazón, sino al
menos para tener la satisfacción de ser
correspondido con amor y benevolencia toda
filial”.

Con todo no se puede expresar en palabras


cuán amargo era aquel copioso derramamiento de
Jesús, cuán venenoso y repugnante, por la
podredumbre tan fétida y nauseabunda, que a
veces, por más esfuerzos que hacía mi estómago
se resistía a sostenerlo y mientras trataba de
echarlo abajo, un fuerte amago me lo empujaba
arriba, hasta la garganta; pero el amor que sentía
por Jesús no me lo hacía derramar siempre
porque me ayudaba y sostenía su Gracia.

Y ahora, ¿quién puede decir los sufrimientos


que me producían esta efusiones de Jesús?

Eran tales y tantas que, si no me hubiese


sostenido, fortificado y robustecido, ciertamente
habría sido ya víctima de la muerte. Sin embargo
repito que Jesús no derramaba en mí sino una
mínima parte de la amargura absorbida por Él, ya
que la criatura no puede contener ni amargura ni
dulzura juntas cuantas puede contener mi
amabilísimo Bien. Por eso Él solo admite y tolera
la plena amargura que Le causa el pecado.

Así pues, con dolor he exclamado siempre


ante esta consideración:

¡Oh, cuán repugnante y mortífero es el


pecado!
¡Ah, si todos con pleno conocimiento de él
experimentaran también en su esencia su efecto
venenoso y lleno de amargura, a fin de que
habiéndolo conocido bien lo evitaran como
horrible monstruo que sale del infierno…!.

Jesús, Jesús, Jesús


34. Participación que Jesús hace a Luisa
de sus inefables dulzuras, asistiendo a
escenas llenas de consuelo de los santos
Misterios de la Religión.

Si la obediencia me ha inducido a hablar en


resumen acerca de las escenas dolorosas que mi
siempre amable Jesús me ha hecho observar,
para hacerme partícipe de sus amarguísimas
penas, no puedo pasar en silencio aquellas
escenas muy consoladoras que arrebataban mi
corazón, cuando me ponía aparte de las inefables
e inauditas dulzuras espirituales, haciéndome ver
a los buenos y santos Sacerdotes que con fervor y
con espíritu de verdadera humildad se dirigían a
la celebración de los Misterios Sacrosantos de
nuestra religión.

Viéndoles celebrar con profunda


consideración de cuanto de precioso se desarrolla
en el breve espacio de una media hora, me movía
muchísimas veces a exclamar en el colmo de mi
afecto hacia mi amado Jesús:
- “¡Oh, cuán alto, grande, excelente y
sublime es el ministerio sacerdotal, al que le es
dado tan excelsa dignidad, no solo de tratar
contigo, mi Jesús, tan de cerca, sino también de
inmolarte a tu Eterno Padre como Víctima
propiciatoria de amor y de paz!”.

Oh, cuán consolador se me hacía el


contemplar y volver a contemplar juntos a un
santo Sacerdote celebrando la Santa Misa y a
Jesús en él; estaba transformado de tal modo que
se veía a una sola persona, más aún, parecía que
no era el Sacerdote, sino el mismo Jesús el que
celebraba el divino Sacrificio y a tal punto que a
veces la Persona de Jesús hacía que se ocultara
totalmente en Sí el Sacerdote, tanto que yo veía
solo a Jesús celebrando la Santa Misa mientras
yo Lo escuchaba… Entonces sí que era muy
conmovedor oír a Jesús recitar con aquella
unción de Gracia las oraciones, moverse con
digna compostura y realizar las santas
ceremonias, tan puntual y exactamente que
suscitaba en mí el más sublime asombro de tan
alto y tan santo ministerio.

¿Quién puede explicar cuántas Gracias


recibía yo, cuánto bien me hacía ver celebrar las
Misas con devoción y atención toda divina y
cuántas luces y carismas divinos comprendía yo
entonces y que ahora quisiera pasar en silencio?

Pero no puedo menos de referir en resumen


alguna cosa, ya que la obediencia me lo impone y
más que todo el mismo Jesús, que mientras estoy
escribiendo, moviéndose en mi interior se ha
puesto a reprocharme el que por falta de voluntad
habría querido omitir todo. Y ahora, con la mayor
confianza en Él para que me sugiera cuanto estoy
por escribir, he exclamado:

- “¡Oh, cuánta paciencia se requiere


contigo, oh mi buen Jesús! Pues bien, Te
contentaré, mi dulce Amor, pero lo haré ayudada
de tu Gracia, ya que me siento no solo indignada
de hablar sobre un Misterio tan profundo y tan
sublime, sino también incapaz de decir algo de
cuanto concierne a tan alto Misterio”.

María, María, María


35. La Santa Misa y sus efectos; en
particular la resurrección de los muertos,
con sus cuerpos.

Digo, pues, que mientras escuchaba el divino


Sacrificio, Jesús me hacía comprender que en la
Misa, considerada bien hasta el fondo del Misterio
que se desarrolla, está encerrado todo el Misterio
de nuestra sacrosanta Religión… Ah, sí, la Misa
nos hace advertir todo y nos habla tácitamente al
corazón de todo el infinito Amor de Dios con
expansión inaudita, dispensado para provecho de
los hombres.

Ella nos recuerda siempre nuestra Redención


cumplida; nos hace recordar parte por parte las
penas que Jesús padeció por nosotros, ingratos a
su Amor; nos hace comprender que Él, aun
estando contento de haber muerto una sola vez
en la Cruz por nosotros, quiere difundirse todo Él
siempre más en el Amor inmenso, gracias a la
institución de este perenne Sacrificio para
continuar todavía su estado de Víctima, en la
Santa Eucaristía.
Jesús me ha hecho comprender que la Misa y
la Santa Eucaristía son perenne memoria de su
Muerte y de su Resurrección y que comunica no
solo a nuestra alma, sino también a nuestro
cuerpo el remedio de una vida inmortal. La Misa,
por consiguiente y la Eucaristía nos dicen que
nuestros cuerpos deshechos e incinerados
mediante la muerte resucitarán en el día final a
Vida inmortal, que para los buenos será gloriosa
y para los perversos colmada de tormentos, ya
que éstos no habiendo vivido con Cristo no
resucitarán en Él, mientras que los buenos,
habiendo estado en vida en la intimidad con
Cristo, resucitarán casi a la par con el mismo
Jesús.

Después me hizo comprender bien que lo más


consolador que se encierra en el Sacrificio de la
Misa – el más excelente de todos los otros
misterios de nuestra santa religión –, es Jesús en
el Sacramento y su Resurrección; está en
concomitancia con la Pasión y Muerte del mismo
Jesús, místicamente se renueva en nuestros
altares, tantas veces cuantas se celebra el
sacrosanto Sacrificio de la Misa; y Jesús en el
Sacramento, oculto bajo los ázimos
sacramentales, se da realmente a los
comulgantes para ser su compañero y Vida, a lo
largo del peregrinaje de esta vida mortal y gloria y
Vida sempiterna por medio de su Gracia en el
seno de la Santísima Trinidad, de la que
participarán nuestras almas unidas a nuestros
cuerpos.

Estos Misterios son tan profundos, que


solamente en la Vida inmortal nos será dado
comprenderlos plenamente. Ahora, Jesús en el
Sacramento nos da una parte pequeña de aquella
comprensión que nos será dada allá en los Cielos
y lo hace de muchas maneras para que sea
accequible a nosotros.

En primero lugar la Misa nos pone en la


consideración de la Vida, Pasión y Muerte de
Jesús, a la que sigue su gloriosa Resurrección,
pero con la diferencia de que esto fue realizado
por la Humanidad de Cristo en el curso de 33
años, realmente transcurridos en las diversas
vicisitudes de la vida, mientras que en la Misa,
místicamente y en un breve espacio de tiempo se
renueva todo eso, en estado de verdadero
anonadamiento, en que las especies
sacramentales contienen a Jesús vivo y
verdadero, mientras no se hayan extinguido;
luego de lo cual ya no existe la real Presencia de
Él Sacramentado en nuestros corazones, sino que
vuelve al seno de su Divino Padre, como cuando
resucitó de la muerte.
Y luego, consagradas de nuevo en la Misa
otras especies, baja de nuevo a tomar el estado de
Víctima de paz y de amor propiciatorio, por el
cual se renueva su estado Sacramental para
provecho de nosotros los viadores y para
satisfacción y Gloria de su Eterno Padre.

Así, en el Sacramento, nos recuerda la


resurrección de nuestros cuerpos a la Gloria, ya
que, como Él, al cesar el estado sacramental pasa
a residir en el seno de Dios Padre, así las almas
humanas, al cesar el estado de la vida presente,
pasarán a hacer eterna morada en el Cielo en el
seno de Dios, mientras nuestros cuerpos
quedarán extinguidos al par de las especies
sacramentales, como si ya no tuvieran existencia;
pero después con el prodigio de la Omnipotencia
de Dios, en el día de la Resurrección Universal
adquirirán la vida y, unidos a la propia alma irán
juntos a gozar, si son buenos, de la eterna
beatitud de Dios; en caso contrario irán lejos de
Dios, a sufrir los más atroces y eternos
tormentos.

Si todo lo que se ha dicho es efecto


maravilloso que emana como de fuente
limpidísima del Sacrificio de la Misa, ¿cómo los
cristianos no se acostumbran a sacar provecho de
él?

¿Se puede tener algo más consolador y


saludable de parte de nuestro buen Dios, para un
corazón que ama pues no solo alimenta al alma
para hacerla digna del Cielo, sino que comunica
al cuerpo la prerrogativa por la cual podrá a su
tiempo deleitarse con los gozos eternos de su
Dios?

Me parece que en el gran día ocurrirá el


fenómeno natural que se presenta a la vista de
quien está contemplando el cielo, que está todo
estrellado, mientras se avecina la hora de la
aparición del sol… ¿Qué sucede?

El sol al aparecer en deslumbrante luz


absorbe en sí la luz de todas las estrellas y
mientras éstas desaparecen a la vista del
observador, queda cada una con su luz propia y
en su propio puesto, tanto que, al ponerse el sol,
como si recibieran nueva vida empiezan de nuevo
a resplandecer en el firmamento…

Así las almas: investidas como estrellas, de la


luz comunicada por el mencionado Sacrificio y
Sacramento de Amor, cuando se encuentren en el
Juicio Universal en el valle de Josafat, antes que
llegue Jesús, Sol eterno de Justicia, cada una de
ellas será espectadora de todas las otras almas y
en cada una se observará la luz adquirida y
comunicada de tan santo Sacrificio y de tan
sacrosanto Sacramento de Amor, pero al aparecer
Jesús, Juez y Sol Eterno de Justicia, en su
inmensa luz absorberá en Sí a todas las almas
bienaventuradas que resplandecen como estrellas
y las hará existir siempre en Él, haciéndoles
nadar en el mar inmenso de todas las
perfecciones de Dios.

¿Y qué será de las almas privadas de esta


divinísima luz?

Me alargaría demasiado si quisiera responder


a esta pregunta, pero si el Señor lo quiere, lo haré
en otra ocasión, así como me reservo el decir
alguna otra cosa que Jesús me ha hecho conocer
acerca del susodicho objeto de Amor.

Ahora digo solamente que Jesús me ha hecho


comprender que los cuerpos unidos a las almas
que tienen luz resplandeciente, estarán
eternamente unidos con Dios; en cambio los que
estén unidos a las almas oscurísimas y
tenebrosas, por falta de luz no adquirida por la
participación debida y querida de este Sacrificio y
Sacramento de Amor, serán arrojados y
sumergidos, privados de la luz de la Gracia, en
las más densas tinieblas, de conformidad con su
ingratitud cometida conscientemente contra tan
grande Donador; allí, bajo la esclavitud del
príncipe de las tinieblas, Lucifer, serán
atormentados eternamente por el remordimiento
más terrible y desgarrador.

Luisa, Luisa, Luisa


36. Últimos preparativos para el
Desposorio Místico.
-

Ahora, volviendo a lo de antes, digo que en


estas salidas que hacía mi alma del cuerpo, si
bien Jesús me ponía parte de sus acerbísimas
penas que sufría por la mala correspondencia al
Sacrificio y Sacramento de Amor de parte de
tantos ingratos, no obstante, en virtud de la luz
de Gracia que siempre infundía Jesús en mí, yo
estaba enormemente encendida en santos deseos
de querer unirme cada vez más a Él.

Jesús, también por su parte me renovaba con


frecuencia las dulces promesas ya dichas acerca
de las místicas Nupcias que cuanto antes quería
celebrar conmigo, por lo cual me sentía animada
muchas veces a solicitarle diciéndole:

- “Ah, oh Esposo dulcísimo, hazlo pronto; no


se demore por más tiempo mi íntima unión
contigo. Mira que no puedo más; mis ansias son
tan ardientes que me siento devorar totalmente…
Ah, estrechémonos con más fuertes vínculos de
amor, de modo que nadie nos pueda separar ni
por un solo instante”.

Pero Jesús, que si bien me infundía el


ardiente anhelo de efectuar este místico
Desposorio, me repetía:

- “Todo lo que es terreno debe eliminarse,


todo, todo, no solo de tu corazón sino también
de tu cuerpo. Tú no puedes entender cuán
nociva es al alma la más pequeña sombra
terrena y cuánto impide mi Amor”.

Con estas palabras de Jesús, me puse


decidida y Le dije en seguida:

- “Señor, a lo que parece, tengo todavía algo


que eliminar para agradarte perfectamente, ¿pero
por qué no me la dices? Tú lo sabes si no estoy
pronta a hacer todo lo que quieres”.

Pero mientras decía esto, tuve un rayo de luz


de Jesús, por el cual advertí que Jesús quería
hablar de un anillo de oro que tenía en el dedo y
en el cual estaba su imagen de crucificado; y yo
inmediatamente Le dije:

- “Oh, Esposo santo, estoy más que nunca


dispuesta a quitármelo del dedo si tú lo quieres”.
Y Él:

- “Sepas que teniendo Yo que darte un


anillo más precioso y más bello, en el que
estará impresa más al vivo mi imagen, de
modo que cada vez que lo mires, tu corazón
recibirá nuevas flechas de Amor, tu anillo ya
no te es necesario”.

Yo entonces, más que contenta, ya que no


sentía en mí ninguna pasión, rápidamente me lo
quité diciéndole:

- “He aquí, Esposo santo, que Te he


contentado; dime si hay otra cosa que sea de
impedimento a nuestra indisoluble y eterna unión
que quieres hacer conmigo”.

Después de una larga espera y una


diligentísima preparación, con mezcla de
suavísimas consolaciones y de no poco padecer,
llegó finalmente el suspirado día de la mística
unión con Jesús, amado Esposo de mi alma.
Como bien lo recuerdo, faltaban pocos días para
que se cumpliera el año en que Jesús me tuvo
continuamente en cama.
Era el día de la Pureza de María Santísima 39.
La noche precedente, mi amante Jesús se me hizo
ver con insólito afecto y todo festivo y
hablándome con mayor intimidad, tomó en sus
manos mi corazón, lo miró y volvió a mirar
muchas veces y después de haberlo examinado
bien y como desempolvado lo puso de nuevo en
su puesto; luego tomó una vestidura de extrema
belleza, que parecía como si tuviera un fondo todo
de oro finísimo, mezclado con varios colores y me
vistió con ella; tomó además dos preciosas joyas,
como si fueran aretes y enjoyó mis orejas; me
adornó el cuello y los brazos con collares de oro y
de joyas preciosas y luego me ciñó la cabeza con
una bellísima corona de inmenso valor,
enriquecida de joyas las más preciosas,
resplandecientes de vivísima e insólita luz.

Me parecía a mí que aquellas luces producían


entre ellas un sonido tan armonioso que con
claras notas hacían comprender que hablaban de
la belleza, del poder, de la bondad, de la caridad y
majestad de Dios y de todas las virtudes de la
Humanidad de mi Esposo Jesús…

¿Quién puede referir lo que yo comprendí


mientras mi alma nadaba en un mar inmenso de
consolación?
39
En los antiguos misales, esta fiesta se encuentra el 16 de octubre como la fiesta de la
Purísima. Era el año de 1888 y Luisa tenía 23 años.
Sería del todo imposible de expresarse. Paso
por eso a declarar lo que me decía Jesús,
mientras me ceñía la frente:

- “Dulcísima esposa, esta corona con que


te ciño la frente te es dada por Mí a fin de que
nada te falte para hacerte digna de ser mi
esposa; pero Me la cederás después de
cumplido nuestro Desposorio, para
devolvértela en el Cielo en el momento de tu
muerte”.

Finalmente Jesús tomó un velo, con el que


me cubrió desde la cabeza a los pies y así me dejó
en la consideración más profunda de mí misma,
en la de tan precioso ropaje y adornos puestos
por el mismo Jesús a mi mísera persona y por
último, en la consideración de los diversos
significados concernientes a cada ornato con que
Jesús quiso ataviarme la noche que precedió a
nuestro místico Desposorio.

En cuanto a mi persona, digo que no ha


habido jamás un hecho y requerimiento de mi
vida que me haya hecho encontrar en un episodio
tan irregular, que me hizo sentir el grave peso que
un Dios pueda dar a una criatura que se diga
amante de su Dios… ¡Oh, qué efecto
verdaderamente extraño no tuvo que sufrir
entonces mi espíritu!

En efecto, en vez de sentirse sublimado al


excelso acto de Jesús, cumplido en mi persona,
ocurrió todo lo contrario, de modo que me hizo
tocar la nulidad de mí misma.

El aniquilamiento que sentía de mí fue tal,


que me creí fuera de mi propio ser, de tal modo
que me vino a la mente que esto era
verdaderamente el morir; y en este
anonadamiento recurrí a mi amado Jesús,
rogándole que usara conmigo su nueva
Misericordia, ya que en mi gran confusión no
pensaba que era un Dios Él que adornaba con
tan preciosas prendas y joyas a la última de sus
predilectas esclavas, a las que no solo que no
cuadra un adorno así y todavía y sobre todo que
un Dios haga de sirviente nupcial, el Dios a cuya
señal obedecen todas las criaturas; y por tanto Le
supliqué que usara benignidad conmigo en su
Misericordia.

En cuanto al significado que se encerraba en


tantos adornos, tomados cada uno por separado,
los paso en silencio, ya que poco recuerdo
después de tanto tiempo.
Solo digo que el velo con el que me cubrió
Jesús desde la cabeza a los pies fue de pánico
para los demonios, los cuales mientras observaba
cuanto Jesús hacía en mi persona, no bien me
vieron cubierta con el velo, se quedaron
asustados y aterrados a tal punto que no se
atrevieron no solo a acercarse a mí, sino que se
dieron a la fuga llenos de espanto, para no
molestarme más, habiendo perdido toda su
audacia y temeridad.

Jesús, Jesús, Jesús


37. El Desposorio Místico.

Vuelvo siempre a las andadas y con el mismo


estribillo, para decir que por más difícil que
encuentre poner por escrito todo cuanto ha
pasado entre Jesús y yo, sin embargo en mi deseo
de estar a lo ordenado por obediencia, me
conviene vencer toda resistencia.

Vuelvo, pues, a tomar el hilo de la narración


del atavío de mi pobre persona, hecho en la
víspera de la Fiesta de la Pureza de María
Santísima por mi amante Jesús, atavío que fue de
gran pánico y terror para los demonios, los cuales
llenos de espanto se dieron a la fuga, mientras los
Ángeles de Dios, al mismo tiempo bajo la
impresión de insólita veneración a mí y de tal
modo que yo quedé confundida y llena de
vergüenza como si hubiese cometido alguna gran
irregularidad, se acercaron a mí y me hicieron
compañía y guardia hasta el retorno de mi
amante Jesús.

Entonces, a la mañana siguiente, lleno de


majestad vino a mí con más insólita afabilidad y
dulzura, junto con María Santísima y Santa
Catalina40 e hizo señas a los Ángeles para que
cantaran un dulcísimo himno, todo celestial; y
mientras ellos cantaban, Santa Catalina se acercó
a mí para asistirme en la celebración de mis
nupcias místicas con Jesús, mientras mi dulce
Madre María Santísima reanimándome
dulcemente, me tomó la mano para hacer que
Jesús me pusiera en el dedo el preciosísimo anillo
nupcial. Cumplido este acto, Jesús con su más
inefable bondad, me abrazó y me besó muchas
veces e hizo que hiciera lo mismo también su
Madre y Madre mía Santísima.

Me mantuvo después en un celestial coloquio


de Amor, en el que me manifestó todas las finezas
y atractivos de Amor que Él siente hacia mí; y yo,
sumida en la más grande confusión,
considerando la nulidad de mi amor, le dije:

- “Jesús, Te amo; Tú sabes cuánto Te amo


yo”.

En seguida la Santísima Virgen me hizo


considerar y luego comprender bien la
extraordinaria Gracia que Jesús me había hecho,
uniéndome indisolublemente a Él y me exhortó a
40
¿Por qué Santa Catalina? Tal vez porque es Terciaria Dominicana y Doctora de la Iglesia…
la más tierna correspondencia de amor que debía
tener para con mi siempre amable Esposo Jesús.

María, María, María


38. Jesús da al alma cuatro reglas de vida.

Finalmente, mi Esposo Jesús se puso a


darme nuevas reglas de vida, para hacerme vivir
más íntimamente unida a Él, siguiéndome con
mayor perfección de lo que he hecho en el tiempo
pasado. Estas reglas que me fueron dadas por
Jesús no me es fácil exponerlas bien en términos
técnicos, sino solo en resumen y de acuerdo con
la aplicación y el ejercicio práctico que
diariamente, con la Gracia de Dios, no he
omitido.

1) Digo, pues, que Jesús ante todo me


impuso un desasimiento total de todo lo creado y
hasta de mí misma, como si tuviese que vivir en
perfecto olvido de todas las cosas, para hacer que
mi interior se dispusiese a tener siempre fijo el
dulce recuerdo de Él y un afecto vivo y palpitante
de amor hacia Él, a fin de que, complaciéndose en
todos los actos, forme en mi corazón estable
morada. Fuera de Él – me dijo – no debía conocer
a nadie más, ni amigos, ni siquiera a mí misma;
solo en Él debía despertarse el recuerdo de todo y
de todos, ya que en Él no puede dejar de
encontrarse la criatura; y para llegar a esto,
añadió que debía obrar siempre con santa
indiferencia y descuido de cuanto pudiera
acontecer en torno a mí, es decir, obrar siempre
rectamente y con la mayor sencillez, sin tener en
cuenta el pro y el contra que pudiese venirme de
las criaturas.

Luego en la práctica, si a veces no hacía todo


esto, mi dulce Jesús, reprendiéndome
severamente, me decía:

- “Si no llegas al desapego efectivo y no


solo efectivo, sino también afectivo, no podrás
ser totalmente investida de mi Luz; pero si en
cambio te despojas de todo afecto terreno,
llegarás a ser como un tersísimo cristal, que a
través de sí hace pasar la plenitud de la luz;
así mi Divinidad, que es Luz, entrará en ti”.

2) En segundo lugar me dijo que yo no debía


vivir más en mí misma, sino sola y toda en Él, es
decir, viviendo despegada de mí misma; debía
tener siempre cuidado de investirme del
verdadero espíritu de fe, merced al cual debía
procurar conocerme cada vez más a mí misma,
para desconfiar de mi propia capacidad, que no
es buena para hacer nada por mí misma y
conocer cada vez más a mi Jesús, para poder
confiar cada vez más en Él.

“Y después que te hayas conocido a ti


misma y Quién soy Yo – me dijo – la
consecuencia será que con mucha frecuencia
salgas de ti misma, para sumergirte en el mar
inmenso de mi Providencia. Y así tú, como
una pequeña esposa cuyo Esposo es tan celoso
que no quiere permitirle tomar el más
pequeño placer con otros, te mantendrás
siempre unida a Mí; y así como ella está
siempre con el rostro vuelto a su Esposo, para
hacer que no pueda dudar de ella, así tú Me
darás absoluto dominio sobre ti, tanto si
quisiera acariciarte, colmarte de carismas, de
besos, de Amor, como también si quisiera
golpearte, afligirte y aplicarte cualquier pena.

Deberás sujetarte a todo por mi Amor,


siempre en tu plena libertad, porque
tendremos en común penas y alegrías; y más
aún, estaremos en competencia sobre quién de
nosotros dos sabrá tomar más penas sobre sí
sin ningún otro fin sino el de complacernos y
darnos gusto recíprocamente”.

3) En tercer lugar, no debe darse en ti tu


voluntad, sino solo la Mía, que deberá estar y
dominar como un Rey en su palacio real; de lo
contrario pronto se harán sentir los
desacuerdos de un amor inepto, del cual
surgirán densas sombras que pondrán en ti las
faltas de armonía y de semejanza en el obrar,
que no quiere la común nobleza que debe
reinar absolutamente entre Yo y tú, mi esposa;
y esta nobleza reinará en ti si de cuando en
cuando tratas de entrar en tu nada, es decir, si
llegas a tener perfecto conocimiento de ti, no
para detenerte en eso, sino que, conocida tu
nulidad, deberás hacer de todo y cuanto antes,
por entrar en el infinito poder de mi Voluntad,
de la cual obtendrás todas las Gracias que
necesites para elevarte en Mí, para hacer todo
conmigo, sin tenerte en cuenta a ti, que del
todo quiero que desaparezcas en Mí.

4) En cuarto lugar, de ahora en adelante


quiero que entre tú y Yo, no haya ese “tú” y
“Yo”; por consiguiente, ya no se dirá “harás
tú”, “haré Yo”, sino “haremos nosotros”. El
“tuyo” y “mío” debe también desaparecer y de
todo se dirá “nuestro”, ya que tú como mi fiel
esposa, tomarás parte común y guiarás las
suertes del mundo. Todos los redimidos de mi
Sangre han llegado a ser hijos y hermanos
míos y como son míos, serán también hijos y
hermanos tuyos y como hijos serán amados
por ti, como por una verdadera madre.

Es verdad que estos hermanos e hijos nos


costarán muchas penas, porque la mayor parte
se han hecho muy díscolos, muy extraviados y
muchos también licenciosos; pero tú tomarás
como yo sus merecidas penas sobre ti y a
costa de los más dolorosos sacrificios, tratarás
de ponerlos a salvo, haciendo de tal modo que
les conduzcas a mi Corazón, cubiertos con los
méritos de las penas que tú has sufrido y
bañados todos con tu sangre y mi Sangre; en
vista de lo cual, mi Padre Celestial no solo
usará con ellos de Misericordia y perdón, sino
que también, si están perfectamente contritos,
muchos como el buen ladrón tomarán muy
pronto eterna posesión del Paraíso.

Finalmente, en la medida en que te


desprendas de todo lo que no es puramente
mío, te encontrarás siempre más inmersa en
mi absoluta Voluntad, en la cual adquirirás la
plenitud de mi Amor, gracias al conocimiento
de mi Esencia, que de día en día se hará
siempre más viva en ti; y entonces más que
nunca, como al reverberante reflejo de la luz
se ven en un espejo las imágenes, así en Mí
encontrarás realmente ordenadas todas las
criaturas que tienen espíritu de inteligencia y
de amor de tal modo que a un solo golpe de
vista las verás a todas y conocerás el estado de
conciencia de cada una de ellas, con lo cual tú
luego, como madre más que amorosa, en el
verdadero espíritu de Misericordia que es
espíritu mío y de mi Madre, harás el máximo
sacrificio, inmolándote por ellas; y este
sacrificio será como un manto que te cubra
por entero, como a mi verdadera imitadora y
fiel esposa.

Luisa, Luisa, Luisa


39. Impresiones de Luisa después de haber
contemplado la Gloria de los Ángeles y
Santos en el Cielo.

¿Quién puede, ahora, referir las finezas de


Amor que mi amable Jesús me ha hecho
pródigamente, más aún, con exceso, desde el día
en que contrajo conmigo el Desposorio místico y
me dio las nuevas reglas de vida?

¡Oh, cuántas y cuántas veces, trasportando


mi alma consigo, me ha hecho entrar al Paraíso,
para luego oír los cánticos de los Espíritus
bienaventurados, que incesantemente alzan
himnos de gloria y de agradecimiento a la Divina
Majestad!

Y yo he contemplado en Dios a los diversos


coros de los Ángeles y a las diversas órdenes de
Santos, todos los cuales están inmersos en la
Divinidad de Dios, el cual en su Inmensidad casi
los ha absorbido y los ha identificado a todos en
Él.
Mirando luego en torno al Trono de Dios, me
parecía ver muchas luces brillantísimas,
infinitamente más resplandecientes que el sol,
que hacían ver admirablemente y comprender
todos los atributos y virtudes de Dios, inherentes
a su infinita Esencia, común a las Tres Divinas
Personas. Comprendí además que los espíritus
bienaventurados, aun mirándose en todas
aquellas luces, ora en su conjunto, ora pasando
sucesivamente de una a otra, quedan arrebatados
en aquella y por aquella Luz, pero no llegan
jamás a comprender perfectamente a Dios,
porque es tan grande la Majestad, la Inmensidad
y la Santidad de Dios, que la mente creada por
todos los interminables siglos de la Eternidad, no
llegará a comprender a Dios que es por excelencia
el Ser increado e incomprensible.

Ahora bien, de cuanto vi y comprendí digo


que los espíritus angélicos y los Bienaventurados
comprensores, mirándose en aquella Luz, venían
a participar de las virtudes de aquellas.

Como nosotros, expuestos al sol en pleno


medio día no solo somos impregnados de los
rayos del mismo sino también calentados, así los
Ángeles y Santos del Paraíso, en presencia del
Eterno Sol, Dios, son impregnados de la Luz
Eterna, de tal modo que se asemejan a Dios, pero
con esta diferencia:

Que todo lo que Dios contiene en Sí es


esencialmente suyo por naturaleza y
esencialmente infinito, mientras que los Espíritus
angélicos y los Bienaventurados comprensores 41
tienen por participación todo lo que contienen y
en cantidad limitada y en la medida de su propia
capacidad.

De modo que Dios es el infinito, el increado y


eterno Sol que se da todo Él sin perder nada de
Sí, mientras las criaturas son hechas partícipes
de todo, por lo cual se asemejan al eterno Sol,
hecho en ellas sol de pequeñísima magnitud o
grandeza…

En cuanto a lo que yo he referido, me parece


haber dicho muchos desatinos, ya que lo que se
pueda aprender en aquella feliz morada, no se
puede en absoluto repetir en nuestro limitado
lenguaje y por eso se tiene solo el concepto, la
idea, pero faltan los vocablos y expresiones para
exponer realmente el tema tal como se lo ha
aprendido.

41
N.T. Comprensores, se refiere a los Santos que ya están en el Cielo, gozando de las
Bienaventuranzas Eternas.
De ahí que al alma, si salida del cuerpo a
poco es transportada a aquel Reino feliz, al volver
luego a su propia cárcel del cuerpo, le es
imposible decir todo lo que ahí ha visto y
comprendido; sin embargo en la mente tiene toda
la impresión de lo que ha percibido.

Me parece que al alma que haya tenido en sí


la impronta de lo que Dios quiera hacerle
comprender al llevarla a la Patria Celestial, por
poco que haga, le queda la impresión que puede
tener un niño que apenas sabe balbucir, después
de haber asistido a un gran espectáculo teatral…;
quisiera decir muchas cosas acerca de lo que más
le ha impresionado, pero sin lograr decir ni una,
al fin, avergonzado, queda totalmente sin palabra.
Así yo debería, más bien quedarme en silencio,
porque no sé decir más que desatinos sobre
desatinos, si no fuese por la obediencia que se me
impone.

Por eso sigo diciendo que a veces me


encontraba en aquella dichosa Patria paseando
junto con Jesús, mi Esposo amado, en medio de
los coros de los Ángeles y de los Santos y como
era nueva esposa todos unidos nos formaban
corona, nos acompañaban y al mismo tiempo
participaban de las alegrías de nuestro
Desposorio celebrado. Me parecía entonces como
que dieran al olvido sus gozos para ocuparse de
los nuestros; y Jesús, mostrándome a los Santos
les decía:

- “Esta alma ha llegado a ser un triunfo y


un portento de mi Amor en virtud de su
correspondencia a mi Gracia”; y enseñándome
luego a los Ángeles les decía:

- “Ved que todo ha superado mi Amor por


ella”; luego me hacía poner en el asiento de
Gloria, del que Jesús me había hecho digna y me
decía:

- “He aquí tu puesto de Gloria; nadie te lo


podrá quitar”.

Entonces yo creía que no estaba para volver


más a la tierra; pero, ay, mientras estaba casi
convencida de eso, he aquí que a una señal de
Jesús, me volvía a encontrar, en menos de lo que
se dice, encerrada en el muro de este cuerpo.
Jesús, Jesús, Jesús
40. Pena y amargura insoportables de
Luisa, al tener que vivir todavía en la
cárcel del cuerpo, desterrada de la Patria.

¿Quién puede decir cuán penoso era a mi


espíritu el tener que permanecer en el cuerpo,
pues todas las cosas terrenas, puestas en
comparación con las del Cielo parecían, más aún,
me daban la sensación, de una verdadera
podredumbre?

Y hasta las cosas que son el deleite de los


sentidos de los demás, me eran muy fastidiosas y
llenas de amargura; a tal punto que las personas
más queridas y más respetables, a quienes quién
sabe cuánta cortesía y amabilidad habría
mostrado los otros para darles entretenimiento
con su conversación, para mí eran no solo
indiferentes sino aburridas.

Solo el mirarlas como imágenes de Dios me


las hacía soportables, aunque el alma no hubiera
experimentado la más mínima sombra de
satisfacción y de contento. Y precisamente por
esto mi corazón se había vuelto tan inquieto y
agitado que no hacía más que lamentarse con mi
Jesús entre las continuas ansias y deseos del
Cielo; y en mi interior experimentaba tal pena, tal
amargura y tal aburrimiento de las cosas de acá
abajo, que todo me corroía el alma, de tal modo
que creía imposible poder continuar viviendo acá
abajo.

Pero la obediencia, que estaba al día de todas


mis cosas, me contuvo y refrenó muy bien, con la
orden de no desear en absoluto el morir, sino de
estar en obediencia por cuanto lo hubiese querido
Dios. Y así lo hice y por más que estaba en mi
poder, traté de alejar de mi mente aun el
pensamiento de la muerte, a pesar de que en mi
interior se había fijado una continua jaculatoria
de ansias y deseos ardientes de la Patria
Celestial; y por eso mi corazón, vencido en gran
parte por la obediencia, se aquietó, pero no del
todo, pues de cuando en cuando hacía sus
escapatorias; y en esto, confieso la verdad, tuve
no pocas faltas; ¿Pero qué podía hacer, si me
resultaba casi imposible contenerme del todo?

Y por eso fue para mí casi un verdadero


martirio ese continuo luchar, para utilizar todo
medio, a fin de frenar mis ansias, pero eso –
repito – me resultaba casi imposible.
Mi amado Jesús, de nuevo, me decía:
- “Esposa mía, cálmate; ¿qué es lo que
tanto te hace desear el Cielo?”.

Y yo:

- “Quiero estar siempre contigo; no tengo


ánimos para estar más separada de Ti, no solo
por un día, pero ni siquiera por un solo instante;
por eso a cualquier costo quiero ir contigo”.

“Pues bien – me decía Jesús – si es por esto,


te contentaré con estar siempre contigo”.

Y yo a Él:

- “Si así fuere, sí que me contentaría, pero


aquí Tú te pierdes de vista y así es lo mismo que
si me dejases, mientras que en el Cielo no es así,
porque allí no podrás nunca eclipsarte de mí,
porque la experiencia me es una prueba cierta de
cuanto digo”.
María, María, María

41. Heroísmo de Luisa al aceptar el volver


a su cuerpo en la tierra, dejando el Cielo
tantas veces.

Para quien no lo sepa, diré que Jesús sabe


bromear mucho con las criaturas, como tantas
veces ha bromeado conmigo; y he aquí cómo:

Mientras me encontraba en estas benditas


ansias, Jesús venía a mí, todo apresurado y me
decía:

- “¿Quieres ahora venir conmigo?”.

Y yo:

- “¿A dónde?”.
Y Él:

- “Al Cielo”.

Y yo:

- “¿Me lo dices de verdad?”.

“Pues sí; hazlo pronto – me decía -, no


demores más”.

“Pues bien, si es así, ya vamos – respondía yo


-, aunque temo que Tú tengas deseos de bromear
conmigo”.

Y Jesús entonces:

- “Pues no, pues no; te lo digo de verdad:


vamos, que quiero llevarte conmigo”.

Diciendo así atraía al alma hacia Sí, de modo


que yo sentía que salía del cuerpo, en un
santiamén y siguiendo a Jesús alzaba el vuelo al
Cielo… Oh, cuán contenta estaba entonces mi
alma; creía que debía dejar para siempre la tierra,
mientras me parecía un sueño la vida
transcurrida en el padecer tolerado por amor de
Jesús; y mientras se llegaba a lo más alto de los
Cielos y se oía el delicioso canto de los
Bienaventurados compresores y pedía a Jesús
que me introdujera pronto en la feliz morada, Él
disminuía lentamente la carrera para alargar el
tiempo… En vista de esto, en mi interior entraba
la sospecha de que no debía ser verdad la entrada
que tenía que hacer con Él a la Patria Celestial y
decía entre mí:

- “Esto me parece que es una broma de


Jesús…”; y para asegurarme le decía de cuando
en cuando:

- “Jesús querido, hazlo pronto; ¿por qué has


moderado la carrera?”.

Y Él:

“¿Ves, ves allá un pecador que está por


perderse? Bajemos otra vez a la tierra; vamos
a intentar reducir esa alma a penitencia; quién
sabe si se convierte. Roguemos, pues, juntos,
a mi Eterno Padre que use de Misericordia con
ella; ¿no estás pronta a sufrir cualquier pena
por la salvación de un alma que me cuesta
tanta Sangre?”.

Y yo, a estas palabras de Jesús me olvidaba


de mí misma, olvidaba la carrera hecha hacia el
Cielo, el canto escuchado de los celestiales
Comprensores y respondía a Jesús:

- “Sí, sí, cualquier cosa que quieras estoy


pronta a sufrir con tal que se salve esa alma”.

Entonces Jesús, en un abrir y cerrar de ojos,


me hacía encontrarme con Él junto al pecador y
buscando todas las formas de convertirlo, le
presentaba a la mente las más poderosas razones
para su salvación y para hacer que se rindiese a
la Gracia, pero lamentablemente resultaron vanas
nuestras esperanzas.

Entonces Jesús, muy afligido, me decía:

- “Esposa mía, ¿quieres tú tomar sobre ti


las penas debidas a él?

Si tú entras otra vez al cuerpo para sufrir,


la Divina Justicia podrá aplacarse y así podré
usar con él Misericordia. Como ya has visto,
nuestras palabras no le han movido en lo más
mínimo; ni tampoco las razones; no nos queda
hacer otra cosa que sufrir las penas debidas a
él, las cuales son los medios más poderosos
para satisfacer a la Divina Justicia ofendida y
para hacer que el pecador se rinda a la Gracia
de su conversión”.
Así dijo Jesús y al consentir yo a sus
palabras, me encontraba de nuevo en el cuerpo…
Me es imposible decir qué sufrimientos sentí
cuando me encontré en contacto con mi cuerpo:

Basta decir que, como si no pudiese ya


contener a mi espíritu, sentía que mi cuerpo se
expandía y se dilataba todo, mientras al mismo
tiempo el espíritu se sentía como comprimido,
deprimido y privado de vida y como en acto de
exhalar el alma; pero no lo podía. Solo Jesús era
testigo de todo lo que yo sufría entonces y podría
decir cuán desgarradoras y atroces penas
toleraba mi alma y mi cuerpo.

Pero vive Dios, que después de algunos días


de sufrimientos, Jesús me hacía ver a ese
pecador convertido, a esa alma ya salvada y me
decía:

- “¿Estás contenta como lo estoy Yo?”.

Y yo:

- “Sí, sí…”.

¿Mas quién puede indicar cuántas veces


Jesús ha repetido conmigo estas bromas?
A veces me hacía entrar al Paraíso y después
de poco me decía:

- “Esposa mía, tú no te has acordado de


hacerte dar la obediencia por el Confesor, para
venirte conmigo; ahora es necesario que
retornes al cuerpo para tomar esta
obediencia”.

Y yo:

- “Estaba ciertamente obligada a obedecer al


Confesor mientras el alma se encontraba en su
cuerpo y estaba bajo su dirección, pero ahora que
estoy contigo siento el deber de obedecerte
solamente a Ti, mi Esposo, que eres
verdaderamente el primero entre todos los
Confesores”.

Y Jesús, plácidamente:

- “No, no, esposa mía; quiero que tú


obedezcas al Confesor”…

Y así, ora por un pretexto, ora por otro, me ha


hecho tantas y tantas veces volver de nuevo a mi
cuerpo.
Pero estas bromas de Jesús, me resultaban
de una amargura tal, que hacían de mí presa de
uno como resentimiento y arrogancia, por lo cual
ya no me los renovó con tanta frecuencia. Y en
este estado de continuo padecer en la cama y
entre las alternativas, ya de ansia de querer ir
con Jesús al Paraíso, ya de ardentísimo deseo de
querer tenerlo siempre conmigo en la tierra, ya
por el retorno que hacía mi alma al juntarse con
mi pobre cuerpo, mi martirio fue continuo.

Luisa, Luisa, Luisa


42. Jesús prepara a Luisa a la renovación
del Desposorio Místico, en el Cielo, con la
sanción de la Santísima Trinidad; por eso
le habla de las tres Virtudes Teologales.
La Fe.

Finalmente una mañana, después del lapso


de estos tres años42, Jesús me hizo benignamente
entender que el Desposorio hecho conmigo en la
tierra, quería ratificarlo con la Confirmación del
Padre y del Espíritu Santo, en presencia de toda
la Corte Celestial y me intimó que yo misma tenía
que prepararme bien a tan señalada Gracia; y por
mi parte hice cuanto estaba en posibilidad para
disponerme bien. Pero en verdad, siendo yo tan
miserable e inepta para hacer ni aun la sombra
de bien, con instancias continuas supliqué al
Altísimo Artífice, que Él mismo pusiese mano a la
obra de la más santa purificación de mi alma; de
lo contrario nunca habría logrado hacerlo como
se me pedía.

42
No se puede saber a qué se refiere: no por cierto al tiempo transcurrido en el lecho, porque
casi un año después de haber permanecido en él, recibió el Desposorio y once meses después
el Matrimonio.
Y esta Gracia me fue otorgada la víspera de la
Natividad de María Santísima43; he aquí de qué
manera:

Aquella mañana, mi siempre amable Jesús


todo Él apresurado, para disponerme Él mismo a
lo que había exigido; y no sé por qué comenzó a
alejarse continuamente de mí; en efecto venía
apresuradamente, me hablaba de la FE y en
seguida me dejaba sola… Y mientras me hablaba
sentía infundirme en mí tal vida de Fe, que mi
alma, tan burda como era antes que me hablara
Jesús, se sentía tan llena de nitidez que podía
penetrar hasta Dios.

Y así, consideraba ora el Poder, ora la


Santidad, ora la Bondad, ora otro de los atributos
divinos… Dispuesta así mi alma, en un mar de
estupor decía:

- “Omnipotente Dios, ¿qué omnipotencia


delante de Ti no queda vencida?

Santidad Excelsa de Dios, ¿qué otra santidad,


por más sublime que sea, se atreverá a mostrarse
en tu presencia?”.

43
El 7 de septiembre de 1889; Luisa tenía 24 años.
Bajando luego a considerar mi miseria y
tocando mi nada y la nulidad de las cosas
terrenas, que delante de Dios desaparecen como
sombra de niebla al golpe del viento, me veía
apenas como un pequeñísimo microbio, envuelto
en ligerísimo polvo, que para ser destruido y
deshecho bastaría la más pequeña acción de
cualquier otro gusanillo…

Viéndome así, ya no me atrevía a estar en


presencia de la tremenda Majestad de Dios, pero
su infinita Bondad, me atraía a Sí como imán y
en su infinita Bondad exclamaba mi alma:

- “¡Oh, cuánta Santidad, cuánto Poder y


cuánta Misericordia se encierran en Dios, el cual
nos atrae a Sí con su equivalente Bondad!”.

Y digo esto, porque mientras me parecía que


la Santidad Lo rodeaba todo, que el Poder lo
sostenía todo, que la Misericordia Lo conmovía
todo y que la Bondad Lo animaba todo, por
dentro, Lo rodeaba por fuera, al considerar
individualmente cada uno de los Atributos, los
encontraba todos del mismo valor, pero del todo
incomprensibles, inmensurables etc. a la mente
humana.
Mientras me encontraba embebida en tan alta
consideración, volvía de nuevo mi Jesús y se
ponía a hablarme de la ESPERANZA cristiana,
diciéndome primeramente:

- “Para obtener la FE, hace falta creer.


Sin creencia no puede darse Fe.

Como en lo alto del hombre está la cabeza,


que lo debe dirigir en todas sus operaciones, así
en el culmen de toda otra virtud se necesita de la
Fe que ordena todo; pero como la cabeza sin el
sentido de la vista no podría evadir las tinieblas y
toda otra confusión, de modo que si quisiera
dirigir cualquier operación del hombre en estado
de total ceguera lo empujaría a donde no lo
habría empujado si hubiese tenido la vista, así el
alma sin la Fe no podría hacer otra cosa que ir de
precipicio en precipicio. Ahora bien, como la
vista le sirve al hombre de guía en todas sus
operaciones, así la Fe es para el alma Luz que
ilumina, sin la cual no se puede recorrer el
camino que lleva a la vida Eterna.

Pues bien, para tener Fe, el hombre necesita


tener primero tres cosas: el germen de la Fe,
bondad del mismo germen y desarrollo del
mismo.

- El germen se deposita en nosotros


merced al conocimiento que se tiene acerca del
objeto de la Fe, ya que ciertamente no se puede
pensar en una cosa si no se ha tenido primero, al
menos algún conocimiento de la misma.

- La bondad del germen de la Fe debe


retenerse en quien deposita en nosotros este
mismo germen, ya que podrá ser verdadero
germen de Fe si es digna de Fe la persona que lo
da; falso germen, si fuese falsificado por cualquier
fin en la raíz. Y si surgiere en nosotros alguna
incertidumbre respecto del objeto del que se nos
da noticia o bien acerca de la noticia no exacta,
debe tenerse como objeto dudoso de Fe.

- Asegurado entonces el germen de la Fe y


la bondad del mismo, es necesario que sea
cultivado para hacerlo crecer y desarrollarse bien
hasta su madurez, ya que cesa de ser objeto de fe
cuando se tiene la íntima persuasión de la
verdad.

Poniendo en la bondad del germen de la Fe


toda su garantía y todo nuestro empeño para que
el germen crezca y se desarrolle cada vez más
hasta la madurez, viene a producirse en nosotros
la virtud hermana de la Fe, cual es la santa
Esperanza de ver alcanzado el término de la Fe y
de la misma Esperanza, en el objeto de Fe ya
conquistado. De modo que yo puedo decir que la
noticia de Dios pone en mí el germen de la Fe; de
esta semilla, bien cultivada, nace, crece y se
desarrolla cada vez más la Luz que se reproduce
por el germen de la Fe. La Luz de la Fe me da
todas las particularidades de este Dios, Sumo
Bien mío; me revela su Bondad, el atrayente
Amor con que me llama a Sí, para gozar de Él y
me hace ver en exhibición también todos los
beneficios que me puede hacer.

De manera que la noticia de su existencia


para mí hace el germen de la Fe; la Fe que crece
en mí me acerca cada vez más a este Ente
Supremo, haciéndome conocer en parte la
excelencia sin medida de todo Atributo suyo,
Quién es Él en Sí y fuera de Sí y además todo lo
que Él me puede dar, lo cual pone en mí la
semilla de la santa Esperanza; y de esta semilla,
bien cultivada, vendrá la posesión, porque quien
cree firmemente, espera y actúa, ya posee. La Fe
y la Esperanza operante ponen el germen del
amor hacia el Ente sumamente benéfico y este
Ente, en correspondencia, hace nacer en nosotros
el germen de la Caridad cristiana, merced a la
cual, se vuelve operante, semejante al Hombre
Dios”.

Jesús, Jesús, Jesús


43. Prosigue sobre las tres Virtudes
Teologales. La Esperanza.

Ahora, reiterándome desde el comienzo, digo


que Jesús, hablándome de la santa Esperanza me
hacía comprender que esta virtud suministra al
alma una vestidura diamantina, por la cual se
hace invulnerable no solo a los dardos lanzados
por sus enemigos, sino también imperturbable
ante cualquier acontecimiento, ya que todo lo que
pueda sucederle lo recibirá con tranquilidad de
ánimo, sabiendo bien que todo ha sido dispuesto
por Dios, nuestro Sumo Bien.

Oh, cuán bello es ver a esta alma investida de


la bella virtud de la Esperanza, porque al
desconfiar ella de sí misma, se la ve toda confiada
y apoyada en su Amado, por lo cual, desafiando a
los más fieros enemigos, con la mayor simplicidad
y prudencia, se hace reina de sus pasiones, pues
ha ordenado todo bien en su interior y con tal
maestría que el mismo Jesús queda encantado; y
entonces, puesto que la ve obrar con firme
esperanza en Él y con ello siempre más valerosa e
inviolablemente invicta y fuerte en superar todo
obstáculo y toda prueba, le comunica nuevas
Gracias, ayudas y socorros.

Ahora digo que mientras Jesús me daba


lecciones sobre la Esperanza, comunicaba
también a mi inteligencia una luz clarísima, pero
en seguida se apartaba, mientras yo me
encontraba toda sumida en esta luz y ocupada en
considerar cuanto se refería a esta bella virtud…

¿Más quién puede expresar lo que yo


comprendía de ella?

Diré solo que todas las virtudes sirven para


embellecer el alma; pero no tienen en sí aquel
germen que nacido y crecido se estrecha siempre
más a Dios y por el cual la Esperanza dice al
alma:

- Acércate a tu Dios y serás iluminada por Él;


acércate a Él y serás purificada, etc.; y así la Fe
viene a aumentarse cada vez más, la pureza a
conquistar el candor todo celestial; sin el cual
(aquel germen) será vacilante en la Fe e
inconstante en las otras virtudes, mientras que
siguiendo a la Esperanza en sus ascensiones
espirituales, toda virtud se hace siempre firme y
estable, como los altos montes que no pueden
moverse de su sitio.
Me parece que el alma investida de la santa
Esperanza se hace inmóvil como los más altos
montes, a los cuales no causa daño ni la
intemperie del aire, ni los ardores del sol, ni los
vientos más impetuosos, ni los desbordamientos
de los lagos, mares y ríos, producidos por los
impetuosos aluviones al disolverse grandes
masas de nieve; y además a esta alma investida
de esperanza no le hace daño ni la tribulación, ni
la tentación, ni la pobreza, ni la enfermedad ni
otros incidentes de la vida pueden llegar a
asustarla ni siquiera por un solo instante.

Y se dice a sí misma:

- Puedo tolerar todo, sufrir todo y obrar


confiada y con la Esperanza en Dios.

La santa Esperanza, pues, hace al alma casi


omnipotente e inmóvil, invencible y casi
inmutable, ya que el siempre amable Jesús, en
vista de ella, le otorga la perseverancia final,
hasta que no haya tomado posesión del eterno
Reino de los Cielos; y entonces el alma
abandonando toda Fe y toda Esperanza se
sumerge enteramente en el inmenso océano de su
Sumo y Eterno Bien.

María, María, María


44. Prosigue sobre las tres Virtudes
Teologales. La Caridad.

Mientras me perdía y me ahogaba en el mar


inmenso de las divinas esperanzas, mi amado
Jesús, haciéndose ver de nuevo por mí, me
hablaba de la Caridad, que es la más excelente de
todas y que con las otras dos virtudes debe
hermanarse y de tal modo que se hagan como
una sola virtud, mientras son tres virtudes
distintas entre sí…:

“Y en efecto, por poco que mires y


consideres bien el fuego, tendrás en seguida
una pálida idea de estas tres virtudes unidas
entre sí, porque tan pronto como llega a
encenderse el fuego, lo primero que se
presenta a nuestra vista es la luz, que inunda
de vívido fulgor todo el contorno, el cual es
símbolo de la Fe que Yo he infundido en el
alma cristiana por medio del Santo Bautismo.

En segundo lugar, sientes que se difunde


en todo el entorno, juntamente con la luz,
además el calor; pero luego a medida que ésta
viene a languidecer, hasta casi extinguirse,
sientes que el calor que emana este fuego
adquiere mayor vigor, a tal punto que no se
consume del todo.

Así es con las tres virtudes teologales:

LA FE se enciende en el alma a la primera


noticia que ella tiene acerca del Ente
Supremo; después crece y se desarrolla,
gracias a la ascensión perenne que hace el
alma hacia Dios, su Sumo Bien, con lo que
viene a adquirir la luz intelectual que se
difunde expansivamente de todo Atributo
divino a su criatura.

Esta criatura, iluminada por este


esplendor de viva Fe, ambiciona lo alcanzable
del objeto, el cual le da confianza de poder
procurarse un Bien tan grande como es Dios;
luego trata de investigar el camino más idóneo
para la facilidad de una adquisición tan grande
y toda llena de ESPERANZA, va pasando de la
mañana a la noche de un monte a otro monte,
atravesando valles y extensísimas llanuras,
vadea lagos y ríos, navega por los más altos e
inmensos mares, por el espacio de meses y
años, con el único fin de adquirir no solo la
benevolencia sino también la posesión de su
Dios; y este deseo operante de llegar a la
posesión de Dios se llama AMOR, unido a las
dos hermanas, la FE y la ESPERANZA.

Así, oh mi amada esposa, en las tres


virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad,
te he delineado la Trinidad de las Divinas
Personas, de las que tú pronto y sin duda
harás perenne adquisición, procurándote
estable y perpetua morada en ti”.

Después de un intervalo de pocos minutos,


mi siempre amable Jesús se hizo ver de nuevo y
continuó diciéndome:

- “Esposa mía, si la FE es luz y sirve de


vista al alma, la ESPERANZA es el alimento de
la Fe y suministra al alma la energía y deseo
ardiente de conquistar los bienes que hay en la
visión de la Fe y además da al alma el valor
para afrontar arduas empresas, pero siempre
con tranquilidad de espíritu y con perfecta paz
se hace perseverante en explorar todo camino
y medio adecuado que le pueda dar buen éxito.
Y en cuanto a la CARIDAD, es la sustancia de
la que emerge la luz y el alimento de la Fe, sin
la cual no se podría tener ni Fe ni Esperanza,
como igualmente, sin el fuego no se podría
tener ni la luz ni el calor.
Y ella, como ungüento lenitivo se expande
y penetra por todas partes, llevando a efecto
de madurez las ansias de la Esperanza y las
miras de la Fe, ya que en las dulzuras de su
amor hace balsámico y dulce el padecer y a tal
punto que hace que el alma llegue a la avidez
de este padecer.

Por tanto, el alma que posee la verdadera


Caridad, al obrar ella en el amor y por el Amor
de Dios, difunde en torno a sí el olor celestial
que ha obtenido del mismo Dios, de modo que,
si todas las virtudes vuelven al alma como
solitaria y rústica, la Caridad por ser sustancia
que emana luz, calor y olor suavísimo, no solo
infunde en todos como ungüento balsámico,
los efectos más que aromáticos, sino que une,
más aún, funde los corazones gracias al
inmenso amor que ella tiene hacia Dios.

Esto es lo que hace sufrir con alegría los


más agudos tormentos, tanto que el alma que
se transforma toda en el Amor llega a no poder
ya vivir sin el desnudo padecer y de ahí a
exclamar, cuando está privada de él:

- “Oh mi Esposo Jesús, sostenme con flores,


apriétame con la dureza de los puños, es decir del
padecer ya que mi alma languidece más por Ti y
no puede satisfacerlo sino en tu dulce padecer…

¡Ah, dame, Jesús, más tu áspero padecer, ya


que mi corazón ya no sufre verte padecer tanto
por la vehemencia del amor, que sostiene tu
Corazón por nuestro amor!”.

Y Jesús a mí:

- “La Caridad mía es fuego que abrasa y


que consume y cuando echa raíces en algún
alma Ella hace todo; no da importancia a las
mismas virtudes y las estrecha íntimamente a
Sí, de modo que se hace reina de todas las
virtudes, reinando y enseñorándose sobre
todas y ya no se decide a ceder a otras la
supremacía”.

Luisa, Luisa, Luisa


45. Último preparativo al Desposorio: el
anonadamiento de sí y el ansia de padecer
siempre más.

¿Quién puede decir lo que hubo detrás de


aquellas dulces y atractivas palabras de Jesús?

Solo puedo decir que en mí se encendió tal


ansia de padecer que se hizo, diría, casi natural el
codiciar cualquier pena y sufrimiento, tanto que
desde entonces he juzgado como la más grande
desventura el estar privada de sufrimiento.

Después de haber hecho las acostumbradas


reflexiones sobre cuanto me fue dicho por Jesús,
Él se hizo nuevamente ver y oír de mí,
diciéndome:

“Esposa mía, ahora es necesario que


tengas la predisposición y superioridad de
ánimo, que te haga llegar más y aceptar más el
anonadamiento de ti misma; esto debe
preceder al grande e incentivo deseo que
tienes de querer padecer siempre más.
Sabe que el anonadamiento de ti misma te
hace merecer no solo la gracia del padecer
sino que te dispone el alma a saber padecer
bien todo, en todo lo que pueda tocarla muy
de cerca. Además de esto, el deseo de padecer
suple el verdadero y real padecer y, a falta de
éste, el anonadamiento de ti misma te servirá
de penoso manto que suplirá cualquier
padecimiento más alto y más áspero”.

Jesús, Jesús, Jesús


46. La renovación del Desposorio místico,
en el Cielo, en presencia de la Santísima
Trinidad.

Finalmente, mientras estaba considerando el


razonamiento del dulce Jesús, que infunde en el
alma mucho más que la verdad que manifiesta de
palabra y me incitaba con un ardiente deseo de
recibir la gracia de poder hacerme suya, toda
suya, conforme a su Voluntad, Él retornó y en un
santiamén me sacó fuera de mí y mi alma
siguiendo los atractivos deliciosos de su Amor,
superaba junto a Él, toda dificultad que se
encuentra al atravesar los Cielos; y casi sin
advertir el trayecto efectuado desde la tierra, se
encontró en el Paraíso, en presencia de la
Santísima Trinidad y de toda la Corte Celestial,
para en seguida proceder a la renovación del
Místico Desposorio realizado ya en la tierra entre
Jesús y mi alma el día de la Fiesta de la Pureza
de la Virgen María, su Madre, la cual, unida a
Santa Catalina, asistió a la primera ceremonia.
En cambio ahora, fiesta de la Natividad de la
misma Santísima Virgen, once meses después44,
Jesús quiere que se tenga la confirmación de las
Tres Divinas Personas y por eso sacó un anillo
adornado con tres preciosísimas piedras, la
primera blanca, la segunda roja, la tercera verde;
después lo entregó al Padre, el cual lo bendijo y
luego lo devolvió a su Hijo Unigénito y mientras el
Espíritu Santo me sostenía la mano derecha,
Jesús puso en mi dedo anular el mencionado
anillo y luego de inmediato fui admitida al beso
de las Tres Divinas Personas, las cuales, una
después de otra, me impartieron una especial
bendición.

¿Quién podría expresar la confusión que


experimenté, ya sea cuando me encontré en
presencia de la Santísima Trinidad, ya durante la
realización de dicha ceremonia?

Digo únicamente que el encontrarme en


presencia de la Santísima Trinidad y el caer de
bruces en tierra fue un solo acto y habría
quedado así postrada quién sabe cuánto, si mi
Jesús, Esposo de mi alma, no me hubiese
reanimado y levantado para ponerme enhiesta en
Su Presencia; lo cual producía de una parte el
44
El 8 de septiembre de 1889; Luisa tenía 24 años. Es importante esta fecha (como se verá en
la siguiente nota) porque fue el momento en el que le fue concedido EL DON DEL QUERER
DIVINO.
máximo júbilo y contento a mi corazón, de otra,
me sentía como abrumada y aniquilada delante
de tanta Majestad, la cual me infundía temor
reverencial y alegría inefable e inexpresable en la
eterna Luz que emana la Esencia y Santidad de
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

De las otras cosas me conviene guardar


silencio, para no decir otros despropósitos, más
de cuantos he dicho hasta ahora, ya que nuestro
lenguaje humano no tiene vocablos capaces de
hacer comprender, ya sea de palabra, ya por
escrito, todas las impresiones divinas que tocaron
mi alma.

María, María, María


47. La inhabitación de las Divinas
Personas en el alma de la que toman
posesión y a la cual se dan en posesión.
Entonces fue cuando hicieron a Luisa el
DON DEL DIVINO QUERER.

Paso, pues, a narrar lo que siguió al regreso


de mi alma al cuerpo, el cual me tuvo casi del
todo en el atractivo virtual de cuanto había
sucedido en mí y como muerta sentía tantos
dolores y penas que me hacían casi presagiar mi
próxima muerte.

Sino que Jesús, después de pocos días, me


hizo rehacer del todo y recuerdo que al recibir la
Comunión, haciéndome perder los sentidos del
cuerpo con las potencias del alma, advertí que
estaba delante de mí la Santísima Trinidad, como
la vi en el Cielo y en seguida las potencias del
alma se postraron a adorarla, haciéndome
confesar mi propia nada, ya que entonces me
sentí tan hundida en mí misma, que no me
atrevía a balbucir ni siquiera una palabra,
cuando una voz de en medio de Ellos se puso a
decirme:

“Cobra ánimo; no temas. Estamos para


confirmarte como nuestra y tomar total
posesión de tu corazón”.

Mientras oía esta voz, vi a la Santísima


Trinidad que entraba en mí y se posesionaba de
mi corazón, diciéndome:

“He aquí que en tu corazón formamos


nuestra estable y perenne morada”.

Cuál fue el cambio que se produjo en mí, no


sabría explicarlo, porque me sentía como
divinizada, sin vivir ya en mí, sino que Ellos
vivían en mí y yo en Ellos, a tal punto que me
parecía como si mi cuerpo llegaba entonces a ser
habitación del Dios viviente en mí y por tanto
sentía la Real presencia de las Tres Divinas
Personas, que sensiblemente actuaban en mi
interior45; oía Su voz que saliendo fuera de mí
golpeaba clara y sonora en mi oído.

Y todo esto sucedía precisamente como


cuando hay personas en una habitación contigua
a otra, desde la cual se oye claramente todo lo
que dicen entre ellas, sea por la proximidad del
lugar, sea por las voces que, sonoras, se hacen
oír afuera de la propia habitación…

Fue entonces cuando mi amado Jesús vino a


decirme que yo debía buscarle siempre a Él en
toda necesidad, no en otra parte ni fuera de mí
sino siempre dentro de mí, más aun en lo íntimo
de mi corazón; y efectivamente desde entonces Lo
he buscado siempre en mi corazón y Lo he
45
Nuestro Señor le explica 32 años después (Vol. XIII., 5-XII-1921):

“Es justo y necesario que Yo hable de ti. Estaría bien que un ESPOSO, EL CUAL DEBE
CELEBRAR DESPOSORIO CON SU ESPOSA, deba tratar con los demás y no con ella,
siendo necesario que se confíen sus secretos, que uno sepa lo que tiene el otro, para
que los padres doten a esos esposos y que por anticipado el uno se acostumbre a las
maneras del otro?”.

Yo añadí: - “Dime, Vida mía, ¿quién es mi familia? ¿Cuál es mi dote y tu dote?”.

Y Sonriendo respondió: - “Tu familia es la Trinidad; ¿no te acuerdas que en los primeros
años de cama, te conduje al Cielo y delante de la Trinidad Sacrosanta hicimos nuestra
unión? Y ella te DOTO DE TALES DONES QUE TU MISMA NO LOS HAS CONOCIDO
TODAVÍA; Y LO QUE TE HABLO DE MI QUERER DE SUS EFECTOS Y VALOR, SON
DESCUBRIMIENTOS DE LOS DONES CON QUE DESDE ENTONCES FUISTE DOTADA. De
mi dote no te hablo, porque lo que es tuyo es mío. Y luego, después de pocos días
bajamos del Cielo las Tres Divinas Personas, tomamos posesión de tu corazón y
formamos en él nuestra perpetua morada; tomamos las riendas de tu inteligencia, de
tu corazón y de ti misma y todo lo que tú hacías era un desahogo DE NUESTRA
VOLUNTAD CREADORA EN TI, eran CONFIRMACIONES DE QUE TU QUERER ESTABA
ANIMADO DE UN QUERER ETERNO. El trabajo está ya hecho; no queda sino hacerlo
conocer, para hacer que no solo tú sino también los demás puedan tomar parte en
estos grandes bienes; esto lo estoy haciendo, llamando ora a un ministro mío, ora a
otro y también a ministros de partes lejanas…”.
encontrado; otras veces, habiendo salido fuera de
mí, al llamarlo me ha respondido con prontitud y
me ha hablado abiertamente, como pueden
hablar entre sí dos personas.

Pero debo confesar que a veces Él se ha


ocultado de tal manera que no se hacía sentir
más y entonces después de haberlo invocado y
buscado por algún tiempo sin sentirlo en mí ni
moverse ni pronunciar palabra, me he atrevido a
recorrer Cielos, tierra y mar para ir en busca de
Él; pero a veces, mientras me encontraba en el
fervor del recorrido y otras en el ardor de las
lágrimas por la intensidad del deseo y en las
penas más inenarrables por haberlo perdido,
Jesús me ha hecho oír su Voz en mi interior:

“Yo estoy aquí contigo, no Me busques en


otra parte; estoy en ti reposando, pero velo
por ti”.

Y yo, entre el asombro y el contento de


sentirlo dentro de mí, Le decía:

- “Jesús, mi Bien, ¿cómo así esta mañana me


has hecho recorrer una y otra vez Cielos, tierra y
mar a fin de encontrarte, mientras tú estabas
dentro de mí?
¿Por qué no me has dicho al menos ‘estoy
aquí’ y yo no me hubiera fatigado tanto
buscándote donde no estabas?

Mira, dulce Bien mío, amada Vida mía, mira


qué cansada estoy, ya no tengo fuerza, me siento
desfallecer…; ¡ah, sostenme entre tus brazos, que
me siento morir!”.

Jesús entonces, todo Caridad, me levantaba


tomándome en sus brazos, para hacerme alguna
vez reposar, pero de todos modos me restituía las
fuerzas perdidas.

Otras veces, mientras Jesús estaba oculto en


mí y yo necesitada de Él Lo buscaba, se hacía ver
dentro de mí y luego salía del interior de mi
corazón; pero en el momento de salir, veía yo
claramente no ya a Jesús sino a todas las Tres
Divinas Personas, ya en forma de tres
hermosísimos Niños, ya como un solo cuerpo con
tres cabezas distintas, pero de una misma belleza
única y del todo atractiva…

¿Quién puede expresar mi contento,


especialmente cuando estos tres Niños se hacían
estrechar entre mis brazos?
Yo le daba besos ora al Uno, ora al Otro y
Ellos me correspondían con sus besos; y luego,
Uno se apoyaba en mi hombro derecho, el Otro en
el izquierdo y el tercero se me ponía delante…

Mientras así yo gozaba de Ellos, en medio de


la más grande admiración y asombro que pueda
darse a la criatura de parte de su Dios, crecía mi
admiración comprobando que mientras miraba al
Uno, miraba en este Uno a los Tres y viceversa:
mirando a todos Tres, se formaba de ellos Uno.

Otra maravilla era que cuando tenía a Uno de


ellos en mis brazos o a todos los Tres juntos,
sentía siempre el mismo peso, pues sentía tanto
peso al tener al Uno cuanto teniéndolos a los Tres
juntos; es más sentía tanto amor por Cada uno
de Ellos, cuanto por los Tres y tanto me atraía a
Sí Cada uno separadamente, cuanto todos los
Tres juntos.

Era uno el modo de atracción, porque como


era el del Uno así era el del Otro… Y ahora las
cosas que por cierto habría debido pasar en
silencio, ya que he mencionado muchas y por
extenso, no puedo dejar de obedecer a quien tomó
la dirección de mi alma y prosigo.
Luisa, Luisa, Luisa
48. Tercer Desposorio: el Desposorio de la
Cruz.

Ahora, volviendo de nuevo, diré que mientras


Jesús se dignaba hablarme muchas veces de su
Pasión, trataba de predisponer mi alma a la
imitación de su Vida, diciéndome:

“Esposa mía, además del desposorio ya


cumplido nos queda ahora por hacer otro,
llamado Desposorio de la Cruz. Sepas que las
virtudes se vuelven dulces y amables cuando
son animadas y fortalecidas en el injerto de la
Cruz. Antes de mi venida a la tierra, las
penas, los oprobios, los dolores, la pobreza, la
enfermedad y todo género de cruces entraban
en la categoría de una verdadera confusión e
infamia, pero desde que fueron sufridas por
Mí.

Todas llegaron a ser santificadas y


divinizadas por mi contacto, de modo que
cambiaron de aspecto, en cuanto que se
hicieron dulces y gratas y el alma que tiene la
ventaja de poseer alguna de ellas, se estima
más que honrada y esto porque ha recibido mi
divisa haciéndose así hija de Dios.

En cambio experimentaba lo contrario


quien mira y se detiene en la corteza de la
Cruz, pues encontrándola muy amarga, toma
disgusto de ella y se lamenta, ya que la recibe
como si le fuese dada sin razón: pero quien ha
penetrado adentro, encontrándola muy
gustosa y saludable, forma en ella su felicidad.

Esposa mía, no ansío otra cosa que


crucificarte cuanto antes, ya sea en el alma,
ya en el cuerpo”.

Mientras Jesús se expresaba así, sentía yo


que se me infundían tales ansias de ser
crucificada con Él, que muy a menudo repetía:

- “Jesús mío, Amor mío, crucifícame pronto


contigo”.

Y cuando Él regresaba, la primera pregunta


que Le hacía y que juzgaba más importante era
acerca de las penas y los dolores de mis pecados
y la gracia de ser crucificada con Él; y me parecía
que si obtenía esto, podría estimarme lo más
satisfecha, porque creía que con esto lo obtendría
todo.
Una mañana, finalmente mi amantísimo
Jesús se presentó delante de mí, en forma de
Crucifijo y me dijo que quería verdaderamente
crucificarme con Él; y mientras decía esto, vi que
de sus sacratísimas llagas salían rayos de luz en
los que se descubrían los clavos que se dirigían
hacia mí…; entonces era tan grande el deseo de
que Jesús me crucificase, que me sentía
consumir toda por el amor de padecer, pero en
ese momento fui sorprendida por un gran temor
que me hizo temblar de pies a cabeza y comenzar
luego a sentir tal anonadamiento de mí misma,
que me creí del todo indigna de recibir tan rara
Gracia, por lo cual ya no me atrevía a decir:

“Señor, crucifícame contigo”… Jesús, entre


tanto, parecía esperar mi consentimiento para
comunicarme tan señalada Gracia y permanecí
un rato en este conflicto; pero mientras en lo
íntimo de mi alma sentía un deseo tan grande y
ardiente de pedir esta Gracia, por otra parte
sentía toda mi indignidad y la naturaleza que
temblaba con temor y espanto se abstenía de
pedir a Jesús el ser crucificada.

Y en este estado de ánimo, mi amado Jesús


me incitaba intelectualmente a aceptar esta
Gracia, al punto que conociendo entonces su
Querer, me animé a decirle:

“Esposo Santo y Crucificado Amor mío, ah, Te


ruego que me concedas al fin la Gracia de ser
también yo crucificada contigo; y al mismo
tiempo Te pido que no hagas aparecer
exteriormente ninguna señal de la Gracia que me
haces… Sí, dame pronto todo tu sufrimiento y
dolor, dame tus llagas, pero que todo lo que
pueda sobrevenirme quede oculto a los demás y
que solo lo conozcamos Tú y yo”.

Y así me fue otorgada la Gracia solicitada; y


al momento aquellos rayos de luz, junto con los
clavos, se desprendieron de Jesús crucificado y
vinieron a herirme manos y pies, mientras otro
rayo de luz más resplandeciente, junto con una
lanza, vino a traspasarme el corazón.

¿Quién podría explicar mi gran contento y al


mismo tiempo mi dolor, sobre todo otro dolor, que
experimenté en aquel feliz momento?

Al igual que el gran temor y temblor que poco


antes había invadido mi alma, fue grande la paz,
el contento y el dolor que experimenté; y este
último fue tan agudo y lo sentía en las manos, en
los pies y en el corazón, que me hacía presentir
ya próxima la muerte… Sentía que los huesos de
las manos y los pies se rompían en pequeñísimos
pedazos, porque experimentaba la acción del
clavo dentro de cada herida; pero no puedo
menos de afirmar también que esas llagas me
procuraban tan dulce contento que no sé
expresarlo con palabras y mi asombro se hizo
vivísimo al sentir que se me comunicaba tal
energía y fuerza que, mientras por el dolor me
sentía morir, al mismo tiempo era sostenida y
fortificada por el mismo dolor de modo que no me
hacía morir.

Es más, mientras exteriormente no aparecía


nada, en mi cuerpo sentía los más angustiosos
dolores; y cuando vino el Confesor para llamarme
a la obediencia y tuvo que aflojarme los brazos,
que por la contracción de los nervios estaban
petrificados, experimenté dolores mortales en los
puntos donde los rayos de luz junto con los
clavos y la lanza me habían tocado.

Y el Confesor mandó por obediencia que estos


dolores cesaran en seguida; y en efecto, siendo
tan agudos que me hacía perder totalmente los
sentidos, al instante se mitigaron en gran
manera…
¡Oh prodigio de la santa obediencia, tú has
sido todo para mí!

Oh, cuántas veces me he encontrado en


conflicto de oposición con nuestra hermana la
muerte y la obediencia, haciéndome calmar la
atrocidad de toda angustia y dolor de muerte, me
restituía pronto la vida; y digo francamente que si
estos dolores, ante la obediencia del Confesor no
se hubieran mitigado en algo, difícilmente me
habría sometido a la autoridad de él. Pero sea
siempre bendito el Señor, que ha concedido tal
poder a sus ministros, que sustraen incluso a la
muerte su presa. Por eso mi aspiración es que
todo haya sido de su mayor Gloria y para
salvación de las almas.

Debo hacer notar también que, cuando salía


de mi mortal sopor, no se veía ninguna de dichas
señales en mi cuerpo, mientras que volviendo a
adormecerme veía claramente impresas las llagas
de mi Jesús y así me parecía como si esas llagas
de Jesús crucificado se hubiesen engastado en
mis manos, pies y corazón, de tal modo que me
hacían ver como si fueran las mismas de mi
Jesús.

De cuanto he dicho hasta aquí, todo se refiere


solo al Desposorio de la Cruz y de las penas que
sufrí en la primera crucifixión, porque las otras
que sufrí en el curso de los años siguientes son
tales y tantas, que me sería imposible
enumerarlas todas; pero puesto que se desea que
ponga algo por escrito, referiré lo mejor que
pueda las más importantes y que más de cerca
me afectaron, respecto de las ya mencionadas
crucifixiones soportadas hasta 1899.

Jesús, Jesús, Jesús


49. Jesús da a Luisa el verdadero dolor de
los pecados.

Pero ante todo, hay que observar que,


siempre que Jesús retornaba después de
haberme hecho sufrir la crucifixión,
reiteradamente Le decía:

- “Mi amado Jesús, ah, dame el verdadero


dolor de mis pecados, a fin de que, consumidos
por el dolor y arrepentimiento de haberte
ofendido, puedan ser borrados de mi alma y
también de tu memoria. Sí, mi Bien, dame tanto
dolor cuanto ha sido mi atrevimiento en
ofenderte; más aún, haz que el dolor supere el
afecto dedicado al pecado, para que eliminado y
destruido este afecto por el dolor, pueda yo
estrecharme más íntimamente a Ti”.

Y Jesús, mientras una vez le pedía esta


Gracia, me dijo benignamente:

- “Ya que tanto te disgusta el haberme


ofendido, quiero Yo mismo disponerte al dolor.
Así podrás comprender la fealdad del pecado y
lo amargo del dolor que causa a mi Corazón.
Por eso di conmigo estas palabras: SI YO
TRASPASO EL MAR, EN EL MAR ESTAS
SIEMPRE TU, SI BIEN NO TE VEO; PISO LA
TIERRA Y TU ESTAS BAJO MIS PIES;
PEQUÉ…”.

Y Jesús, en voz baja, como llorando, añadió:

- “Sin embargo te amé y al mismo tiempo


te conservé…”.

Mientras Jesús me sugería estas palabras,


llegaba a comprender tantas cosas que me es
imposible repetirlo todo… Digo solamente que,
antes que nada comprendí la inmensidad, la
grandeza y la presencia de Dios en toda cosa y
que en virtud de este tributo suyo no se le escapa
ni aun la sombra de nuestro pensamiento y más
todavía, mi nada puesta en comparación con una
Majestad tan grande y tan santa, se reduce a
menos que sombra.

En la palabra “PEQUÉ” comprendí la fealdad


del pecado y mi maldad y temeridad, por la
enorme ofensa hecha a Él, al posponerlo a la
satisfacción de un momento; luego fui herida de
tan vehemente dolor al oír las palabras:
“SIN EMBARGO TE AMÉ Y CONSERVÉ”,
que me sentí morir, porque Él me hizo
comprender el inmenso Amor que me tenía,
incluso en el mismo acto en que Lo ponía por
debajo de un leve placer, con el que Lo ofendía y
casi le daba la muerte…

¡Ah, Señor, en la medida en que has sido


bueno conmigo, yo he sido ingrata y mala contigo!

¡Ah, muévete a piedad de mí, haciéndome


sentir siempre tanto dolor de mis pecados, cuánto
ha sido y será siempre tu Amor hacia mí!.

María, María, María


50. Luisa obtiene con su padecimiento
que un hombre muerto no se condene, y
no solo esto, sino que siga con vida.

Desde el momento en que mi amabilísimo


Jesús me hizo comprender cuánta maldad hay en
quien comete el pecado y cuánta maldad y
atrevimiento encierra en sí quien osa estimar a
Dios menos que un vilísimo placer, no solo me
guardaba de caer en cualquier mínimo defecto,
sino que tenía horror aun de la sombra del
pecado que involuntariamente hubiese podido
presentarse a mi pensamiento. Y en cuanto a los
cometidos en el pasado, sentía tal horror y
vergüenza, que me hacía creer la más pérfida de
todos, de modo que desde entonces, cuando se
me aparecía mi Jesús, no hacía otra cosa que
pedirle siempre más dolor de mis pecados y la
realización de la crucifixión prometida.

Y una mañana, mientras se hacía sentir cada


vez más viva en mí el ansia de padecer siempre
más, vino el amabilísimo Jesús y poniéndome
fuera de mí, transportó mi alma a que viera un
hombre que era asesinado a golpes de revólver y
ya estaba para exhalar su alma y para convertirse
en presa del infierno. Entonces Jesús, en su más
profunda tristeza, me hizo compenetrar de tal
modo consigo, hasta hacerme comprender la
amarguísima aflicción de su Corazón por la
pérdida de aquella alma.

¡Oh, si el mundo conociera cuánto sufre


Jesús por la perdición eterna de las almas, estoy
segura de que los hombres, por ahorrar al menos
a Jesús un dolor tan desgarrador, emplearían
todos los medios posibles para no perderse para
siempre!

Pues bien, mientras me encontraba con Jesús


en medio de aquella explosión de balas, Él me
estrechó más contra Sí y me susurró al oído:

- “Esposa mía, ¿no quieres ofrecerte como


víctima por la salvación de esta alma y tomar
sobre ti las penas que merece por sus
gravísimos pecados?”.

Y yo:

- “De muy buena gana, mi Jesús, tomo sobre


mí todo lo que él ha merecido, pero a condición
de que Tú lo salves y le restituyas la vida”.
Sí, dijo Jesús y me hizo volver al cuerpo y me
sentí sumida en tales y tantos sufrimientos, que
yo misma no sé cómo pude seguir sobreviviendo.

Me encontraba más de una hora en este


estado de sufrimiento, cuando Jesús permitió que
viniera mi Confesor a llamarme a la obediencia y
hacerme reaccionar, pero estaba tan dolorida que
con dificultad pudo lograr que le obedeciera; me
preguntó la causa de tantos sufrimientos y yo le
conté todo lo que poco antes había visto,
indicándole además el sitio de la región en que
había ocurrido el homicidio; y éste a su vez
confirmó el homicidio acaecido precisamente en el
lugar indicado por mí y añadió que todos lo
daban por muerto.

Pero yo le dije que no podía tenerse por


muerto, desde el momento en que Jesús “me
había prometido no solo salvar su alma, sino que
lo mantendría en vida; y tan cierto que para
obtener esto, tuve que trabajar mucho con la
Gracia del Señor, para que no saliera su espíritu
del cuerpo…”.

En efecto, se vino después a saber que, por


más que todos lo tenían por muerto, comenzó
luego a reanimarse y poco a poco recobró la
salud, al punto de que todavía sigue con vida.
Sea siempre bendito el Señor.

Luisa, Luisa, Luisa


51. Valor de la Cruz. Jesús le renueva a
Luisa varias veces la crucifixión.

Volviendo ahora a los ardientes deseos que


sentía de ser crucificada con Jesús y esto por
amor a mi Sumo bien y para expiación y
reparación de mi pasado, Jesús vino a mí
haciéndome de nuevo como otras veces salir de
mí: transportó mi alma hasta los santos lugares
donde Él padeció su dolorísima Pasión y al
recorrer aquellos santos lugares se nos
presentaron a la vista muchas cruces y mi amado
Jesús me dijo:

“Esposa mía, si todos supieran qué


inapreciable bien contiene en sí la Cruz y
cómo hace preciosa al alma, todos la
ambicionarían necesariamente, porque quien
tiene la gracia de poseerla, adquiere con ella
una joya de inestimable valor. Basta
solamente decirte que Yo, al venir del Cielo a
la tierra, no escogí las riquezas y los placeres
de la vida, sino que tuve como más preciadas y
más íntimas hermanas la Cruz, la pobreza, las
ignominias y el más cruel padecer, tanto que a
su vista deseé siempre ardientemente que se
acercara pronto el tiempo de mi Pasión y
muerte de Cruz, ya que en ésta puse la
salvación de las almas”.

Mientras Jesús me habla así, me hacía


experimentar todo el gusto y alegría juntos que Él
hubo de participar en su padecer y de tal modo
que sus palabras inflamaron mi corazón en
ardentísimo deseo de padecer y al mismo tiempo
de un arrobamiento y ansia de que me hiciese lo
más pronto semejante a Él crucificado; por lo
cual traté con toda la fuerza y la voz que tenía en
mí, de suplicarle así:

- “Ah, Esposo Santo, dame el padecer, dame


tu Cruz, para que pueda conocer mejor cuánto
me amas, pues si no, estaré siempre viviendo en
la incertidumbre de si tu Amor es todo para mí,
que he renunciado a todo por Ti”.

Entonces Jesús, complaciéndose más que


nunca en mis súplicas permitió que me
extendiese sobre una de aquellas cruces ya vistas
y cuando estuve bien extendida Le supliqué que
viniese a crucificarme; y Él amablemente tomó un
clavo y comenzó a traspasar con él mi mano y de
cuando en cuando me preguntaba:
- “Qué, ¿te duele mucho? ¿Quieres que no
continúe?”.

“No, no Amadísimo, continúa: aunque me


duela, pero estoy contenta de que Tú me
crucifiques”.

Pero en ese mismo instante tuve casi el


presentimiento de que Jesús no continuaría, por
lo cual Le dije:

- “¡Jesús, Jesús, hazlo pronto, hazlo pronto,


no lo dilates tanto!”.

Y así aconteció, ya que cuando Él comenzó a


clavarme la otra mano, los brazos de la Cruz se
acortaron, mientras que antes eran
proporcionados a la necesidad; y así Jesús me
desclavó la otra mano y me dijo:

“Esposa mía, es preciso encontrar otra


Cruz; por eso, levántate y toma fuerzas por
ahora”.

¿Cómo describir la mortificación que


experimenté en mí?

Fue tanta que en mi más grande confusión


exclamé:
“¡Ah, sí, No soy todavía digna de un
padecimiento tan grande…!”.

Y decir que estos juegos se repitieron por


varias ocasiones, de modo que si alguna vez los
brazos de la Cruz eran adecuados, no lo era la
largura de la Cruz, mientras que otras veces
hacía que faltase alguna cosa necesaria para el
cumplimiento de mi crucifixión… En una palabra,
para no crucificarme Jesús encontraba siempre
algún pretexto, para postergarla para otro tiempo.

Oh, cuánta amargura no ha experimentado


mi alma en estos repetidos contrastes con mi
Jesús y cuántas veces no me he lamentado
justamente con Él, porque me negaba todo su
verdadero padecer; por lo cual con frecuencia
con mi ánimo como nunca amargado, le decía:

- “¡Amado mío, a lo que parece, ¡todo termina


en broma! En efecto, me has dicho que me
llevarías una vez para siempre al Cielo y tantas
veces me has hecho volver a la tierra para habitar
este cuerpo. Me has dicho también que deseabas
crucificarme, para hacerme asemejar a Ti y sin
embargo nunca me haces llegar a la completa
crucifixión…!”.
Y Jesús:

“Se hará, se hará pronto; no dudes de Mí,


pues se hará”.

Jesús, Jesús, Jesús


52. Los valores de la Cruz. En lugar de la
Cruz que ha tenido hasta ahora, Luisa
recibe otra mucho más grande.

Finalmente una mañana, el día de la


Exaltación de la Cruz46 vino Jesús y todo Él
festivo me transportó de nuevo a los santos
lugares de Jerusalén y después de haberme
hecho considerar muchas cosas concernientes al
misterio y las virtudes de la Cruz, comenzó
afablemente a decirme:

- “¿Quieres, tú, amada mía, ser toda


bella?

Contempla la Cruz, pues ella te dará los


lineamientos más bellos que pueden
encontrarse en el Cielo y en la tierra, tanto
que hacen enamorar de Dios, que contiene en
Sí todas las infinitas bellezas. Quieres Ser
colmada de inmensas riquezas y no por breve
tiempo, ¿sino por toda la eternidad?

46
Es el 14 de septiembre; posiblemente el año 1890.
Pues en ti ha entrado el ansia de poseer el
Cielo con todas sus riquezas: enamórate cada
vez más de la Cruz, que ella te suministrará
todas las riquezas, comenzando por los más
mínimos centésimos, cuales son los más
pequeños sufrimientos y de cualquier especie,
hasta las más incalculables sumas como las
que procuran las cruces más pesadas… Entre
tanto los hombres, por haberse hecho tan
ávidos de procurarse la más pequeña ganancia
de una mera paga temporal, que pronto
tendrán que abandonar, no se preocupan en
absoluto de adquirir un centésimo de bien
eterno; y cuando Yo, compadeciéndome de
ellos por el descuido que tienen de todo lo que
se refiere al bien eterno, benignamente les
ofrezco la ocasión de aprovechar de él, ellos en
vez de serme agradecidos, Me menosprecian y
Me ofenden con su obstinación.

¿Ves, hija mía, cuánta ceguera en la pobre


humanidad?

En la Cruz en cambio están incluidos todos


los triunfos y las más grandes adquisiciones y
victorias. Tú, en tanto, no tengas otra mira
que la Cruz, porque Ésta bastará y suplirá
todo.
Por eso hoy día quiero contentarte,
crucificándote completamente sobre la Cruz
que hasta ahora no bastaba para hacerte
extender bien. Sepas que esta Cruz es la que
ha atraído sobre ti los dulces hechizos de mi
Amor y la que Me induce a crucificarte
completamente en ella.

Por eso, la cruz que has tolerado hasta


ahora, Me la llevaré al Cielo, para tenerla
como prenda de tu amor y mostrarla a toda la
Corte Celestial como testimonio de tu amor
por Mí; y Yo, en lugar de ésta, haré bajar del
Cielo sobre ti otra más pesada y dolorosa, a fin
de satisfacer tus ardientes ansias de padecer y
para hacer que vengan pronto a completarse
mis eternos designios sobre ti”.

Después que Jesús dijo esto, se me presentó


delante la Cruz ya vista otras veces por mí y yo,
llena de gran contento, me acerqué en seguida a
ella, la tomé para depositarla en tierra y luego me
extendí sobre ella; y mientras me disponía así
para ser crucificada, se abrió el Cielo y al punto
descendió el Evangelista San Juan, trayendo la
Cruz de la cual Jesús me había ya hablado; luego
llegó la Reina Madre, con muchísimos Ángeles
que le formaban corona y cuando se me
acercaron, me quitaron de encima de la cruz y me
acostaron sobre la otra traída por San Juan, que
era más grande. Un Hielo de muerte se apoderó
de toda mi persona, aunque en el corazón sentía
una nueva llama de amor, que me hacía codiciar
mucho el padecer de la Cruz… Entre tanto un
Ángel, a una señal de Jesús tomó rápidamente la
primera cruz y se la llevó al Cielo, mientras
Jesús, comenzó a crucificarme con su propia
mano; y mientras la Reina Madre me asistía, los
Ángeles y San Juan se acercaron para presentar
los clavos y lo demás que se necesitaba para el
efecto de mi crucifixión.

En el acto de crucificarme, el benignísimo


Jesús me mostraba tal contento y alegría, que
habría querido sufrir no una sino mil
crucifixiones y además otras penas, para
acrecentarle cada vez más aquel dulce contento; y
al mismo tiempo me parecía ver el Cielo todo
como preparado a una nueva fiesta de gloria para
mí y esto por haber procurado a Jesús aquel
contento y a las almas del Purgatorio liberación y
copiosa ayuda y a los pecadores arrepentimiento
de sus malas obras, además de la conversión de
muchos otros, ya que mi amado Esposo Jesús
hizo a todos partícipes del bien que se operaba
gracias a mi buena disposición para todos los
sufrimientos inherentes a la crucifixión.
Luego que todo estuvo concluido, me sentí
como si nadara en un mar de contentos,
mezclado con un mar de penas y dolores
inauditos.

La Reina Madre, volviéndose a Jesús Le dijo:

- “Hijo mío, hoy es día de gloria; por eso


quiero que le participéis todas vuestras penas
y que, como complemento de cuanto se ha
hecho, su corazón sea traspasado por la lanza
y se renueve a su cabeza la coronación de
espinas”.

Y Jesús, obedeciendo a su Madre, tomó una


lanza y con ella me traspasó el corazón de parte a
parte, mientras los Ángeles, tomando una corona
de espinas, Le presentaron a la Virgen Santísima,
la cual, con el mayor contento suyo y mi gran
satisfacción, me la clavó benignamente en la
cabeza.

¡Qué memorable día fue aquel para mí!

Puede decirse verdaderamente día de sumo


gozo y de sumo dolor, ¡día de indecibles penas y
de inefables alegrías!
En cuanto a mi contento, basta decir que
Jesús durante toda la jornada no se movió de mi
lado por sostener mi natural fragilidad, la cual
sin su Gracia, habría desfallecido por lo acerbo de
las penas y sufrimientos; y para mayor contento
mío, Jesús permitió que las muchas almas del
Purgatorio, que gracias a la aplicación de mis
penas habían sido enviadas al Paraíso,
descendieran del Cielo en compañía de los
Ángeles, para que, rodeando mi lecho, me
recrearan con sus cánticos celestiales,
particularmente con el llamado “el cántico de
alegría”, que se entona en rendimiento de gracias
a Dios allá en el Cielo, llamado también “himno
de acción de gracias”.

María, María, María


53. Nuevas participaciones de Luisa en las
penas de la Pasión de Jesús.

Después de cinco o seis días de intensísimas


penas, con gran pesar mío advertí que de día en
día comenzaron a decrecer y habrían cesado del
todo, si no hubiese hecho ardorosa insistencia
ante mi Esposo Jesús para que al menos
contemporizara, con lo que sentí en mí tan
excesivo amor al dulce padecer que comencé a
manifestarlo a mi buen Jesús y al mismo tiempo
a suplicarle que me renovase la crucifixión ya
sufrida; y Jesús por su parte, complaciéndose en
mí, de cuando en cuando me contentaba
transportando de nuevo mi alma a los lugares
santos de Jerusalén y ya más, ya menos, me
participaba las penas sufridas por Él durante los
días de su Pasión y muerte de Cruz.

Me hacía, pues, sufrir, ora su flagelación, ora


la coronación de espinas, ora me hacía
experimentar los padecimientos que Él tuvo que
sufrir al llevar el pesado madero de la Cruz al
Calvario y a veces también la crucifixión…
Complaciéndose Jesús en hacerme sufrir ora
uno, ora otro de estos misterios y a veces en un
solo día toda su Pasión, me procuraba el
acrecentamiento de mi sumo contento y de mi
extremo dolor.

En cambio resultaba más que nunca penoso


y desgarrador a mi corazón cuando me tocaba ver
sufrir a Jesús y yo sin ese dolor, sino solo como
espectadora de su grande padecimiento, por lo
cual deliraba en ansias de poder tomar al menos
una parte de sus dolores…

¡Oh, cuántas y cuántas veces me encontré


con la Reina Madre viendo sufrir a Jesús penas
acerbísimas, a causa de las ofensas que se
cometen por parte de hombres malvados y más
malvados que los mismos Judíos que Lo
apresaron y le dieron la muerte!

¡Ah, sí, entonces fue cuando más que nunca


me convencí de que es verdad que para quien
ama, resulta más fácil sufrir que ver sufrir a la
persona amada!.
Luisa, Luisa, Luisa
54. El Juicio de la Cruz.

Y precisamente por esto yo me sentía movida


por el amor a mi amado Jesús, a suplicarle que
me renovase muchísimas veces estas
crucifixiones y esto para aligerarle al menos en
parte sus penas; y Jesús me decía:

“Amada mía, la Cruz bien soportada y


ardientemente deseada, hace distinguir bien a
los predestinados de los réprobos, los cuales
son tan recalcitrantes a todo padecimiento.
Sepas que en el día del Juicio Universal, los
amantes de la cruz, al verla aparecer, oh
cuánto se alegrarán, mientras que los réprobos
serán heridos y asaltados por un horrible
espanto.

Desde ahora, amada mía, se puede sin


duda aseverar si alguien deberá ser uno de los
salvados o eternamente perdido, pues si al
presentarse la cruz, la abraza y Me sigue con
resignación y paciencia y de cuando en
cuando la besa, dando gracias Al que se la ha
enviado, es señal evidente y más que segura
de estar en el número de los salvados; pero si
por el contrario, al presentarse la Cruz, la
persona se irrita, la desprecia y quisiera a toda
costa sustraerse a ella, Cruz ya merecida a
causa de sus perversidades, puede tenerse
como señal cierta de que camina por la vía del
infierno.

Y así, los réprobos, si a vista de la Cruz me


ofenden en vida, en el día del Juicio más que
nunca blasfemarán de mí al ver aparecer la
Cruz, que les infundirá eterno terror.

La Cruz además, hija mía, es el distintivo


del verdadero cristiano. Ella lo dice todo
porque como un libro abierto hace distinguir
con claridad y sin ningún tipo de engaño, al
santo del pecador, al perfecto del imperfecto,
al fervoroso del tibio.

La Cruz, además comunica a quien está


bien dispuesto, una luz tal, que desde ahora no
solo hace distinguir al bueno del culpable y
hace conocer también quién deberá ser más o
menos glorioso en el Cielo y quién deberá
ocupar en él un puesto más o menos
eminente.
Fuera de esto, todas las virtudes ante la
excelencia de la Cruz, se vuelven sumisamente
humildes y reverentes; ¿y sabes cuándo
adquieren mayor lustre y esplendor?, cuando
están bien acopladas con ella”.

¿Cómo poder expresar con palabras las


muchas llamas de amor a la Cruz, que Jesús al
hablar infundió en mi corazón?

Basta decir que experimenté tales ansias de


padecer, que si Jesús no hubiese apaciguado mi
corazón renovándome muy a menudo la
crucifixión, ciertamente me hubiera martirizado
entre los más atroces tormentos del amor. Debo
añadir que, a veces, después de haberme
renovado Jesús estas crucifixiones, me decía:

“Amada de mi Corazón, ya que anhelas tan


ardientemente la fragancia que emanan los
dolores de mi Cruz, Yo no solo te doy
satisfacción crucificándote el alma,
comunicándote todo dolor, sino que deseo
marcar también tu cuerpo con el sello
evidente de mis llagas sangrientas; si no fuese
así, renuncia a poder manifestar a todos
cuánto Me amas. A este fin, quiero enseñarte
la siguiente oración, que tú harás para obtener
esta Gracia:
Yo me presento al Trono de la Santísima
Trinidad y como bañada en la Sangre de
Jesucristo, me atrevo a postrarme en señal de
profunda adoración y suplicarte que por los
méritos de las preclarísimas virtudes de Jesús
y de su Divinidad, se digne concederme la
Gracia de ser siempre crucificada”.

Ahora, como siempre he tenido aversión a


todo lo que pudiera aparecer externamente, como
todavía persiste, así en el momento en que Jesús
me infundía mayor ansia de ser crucificada a su
placer, no me atrevía a oponerme a que me
crucificara en el alma y en el cuerpo; pero
reconociendo en seguida cuanto aceptaba
descuidadamente en el entusiasmo, con ánimo
resuelto Le decía a Jesús:

“Esposo santo, no aparezcan nunca señales


externas en mí; y si a veces sin reflexión alguna
pude haber aceptado algo que se deje ver, nunca
he tenido el ánimo de consentir en ello, porque Tú
sabes cuánto he deseado siempre la vida oculta.
Por eso te ruego que, cuando quieras renovarme
la crucifixión, esos dolores sean permanentes y
sin ningún alivio. Solo esto ansío, esto me basta
y no señales externas, las cuales me harían
agotar de vergüenza”.
Si me atormentaba mucho el pensamiento de
que ciertas señales pudieran manifestarse
externamente, tanto más cuanto que sin
consideración había consentido implícitamente en
la voluntad de Jesús, no menos me atormentaba
el pensamiento de los pecados pasados; por esto
volvía con mucha frecuencia a pedir a Jesús el
dolor y la Gracia de su perdón y así, volvía a
decirle que me quedaría tranquila y contenta
cuando Él me haya dicho con sus propios labios:

“Te son perdonados todos tus pecados”.

Jesús, Jesús, Jesús


55. Luisa hace la confesión de sus pecados
a Jesús.

Y Jesús bendito, que nada sabe negar cuando


lo que se pide redunda en nuestro provecho
espiritual, una mañana mostrándose más
condescendiente de lo acostumbrado, me dijo:

“Esta mañana quiero hacer Yo mismo la


función de Confesor. Tú me confesarás todas
tus culpas y al hacer esto, te haré comprender
una por una todas las ofensas que Me has
hecho y todos los dolores que Me has causado
con tus pecados. Se pretende que
comprenderás, en cuanto es accesible a la
inteligencia y voluntad humana, qué es en sí
el pecado, a fin de que tomes la resolución de
morir antes que volver a ofenderme.

Por lo tanto entra en tu nada; considera


que el nada se ha enfrentado al Todo y que el
Todo habría podido hacer desaparecer de la faz
de la tierra al nada, que se ha hecho tan
infame que se ha enfrentado con su Creador;
no obstante este nada no solo ha sido tolerado
por el Todo, sino incluso amado… Sal ahora
fuera de tu nada y con arrebato de amor hacia
tu amante Señor, recita el “yo pecador”.

Yo, habiendo entrado a la nada de mí misma,


llegué a descubrir toda mi miseria y todas las
culpas cometidas y encontrándome ante la real
presencia de Cristo Juez comencé a temblar de
pies a cabeza hasta faltarme la fuerza para poder
pronunciar las palabras del “yo pecador”; y
habría quedado sumida en la más grande
confusión, sin decir una palabra, si mi Señor
Jesucristo no me hubiese infundido nueva fuerza
y valor diciéndome:

“Hija de mi Amor, no temas, que si ahora


soy tu Juez, soy también tu Padre. Valor pues
y vamos adelante”.

Con esto, toda llena de confusión y de


humillación, recité el “yo pecador”; y como me
veía toda cubierta de culpas, dando un vistazo a
todo el pasado, descubrí en él como más grave la
ofensa inferida a mi Señor por haber alimentado
en mí algún acto de mera soberbia y entonces Le
dije:

- “Señor, me acuso ante tu Majestad, de


haber pecado de soberbia”.
Jesús entonces me dijo:

“Acércate a mi amoroso Corazón, aplica el


oído y escucharás el desgarro cruel que has
causado con este pecado a mi generoso
Corazón”; y yo, toda temblorosa, apliqué el oído
a su Corazón…

¿Quién puede expresar lo que sentí y


comprendí en pocos instantes?

Mi corazón temblando de amor comenzó a


palpitar tan fuertemente, que me parecía que
habría querido romperse el pecho; y
efectivamente me pareció luego como si se hiciera
pedazos por el dolor y rompiéndose en pedazos
quedara casi destruido.

Y después de haber experimentado todo esto,


exclamé varias veces:

- “¡Ay, cuán cruel es la soberbia humana, que


si pudiera, llegaría a destruir al mismo Ser
Divino!”.

La soberbia humana se me figuraba entonces


como un mísero gusano que, teniendo comodidad
para estar al pie de un gran Rey, se alzara y se
hinchara de tal modo que llegara a creerse algo
grande y que movido de suma audacia comenzara
poco a poco a trepar, subiendo a rastras por los
vestidos del Rey, hasta llegar a su cabeza,
viéndola ceñida con corona de oro, se la quisiera
quitar de la cabeza para ceñirse la suya y luego
despojarlo de sus vestiduras reales, destronarlo y
finalmente utilizar todo medio para quitarle la
vida..

Este gusano que no conoce ni su propio ser,


tanto que en su soberbia no llega ni siquiera a
pensar que para ser aniquilado bastaría solo que
el Rey se percatara de su audaz proyecto, para
pisotearlo bajo uno de sus pies, hundiendo así en
un solo instante todos sus sueños dorados, que
por ser ilusión de su cabeza calenturienta por la
soberbia, movería a desdén y compasión a un
tiempo a quien fuera menos orgulloso que él; el
cual sería tenido no solo por el más malvado e
ingrato, sino también por el más temerario y
presuntuoso…

Era precisamente yo, que me veía, ese mísero


gusano a los pies del Rey Divino, por lo cual
sentía llenárseme el alma de tal confusión y de tal
disgusto de la ofensa que le había irrogado, que
experimentaba en mi corazón el atroz desgarro
sufrido por Jesús a causa de mi soberbia…
Después de esto Jesús me dejó sola y yo
continué considerando la fealdad del pecado de
soberbia que me causó tales penas y tan al vivo,
que me es imposible expresarlo con palabras.

Cuando hube considerado bien cuanto me


había sido dicho por Jesús, Él retornó y me hizo
proseguir la confesión y yo, temblando más que
antes, hice la acusación de mis pensamientos, de
mis palabras practicados no según su expresa
voluntad, además de los pecados de omisión; me
acusé de todo con tal pena y amargura de ánimo,
que me sentí como aterrada en la pequeñez de mi
ser, por la osadía y audacia tenida al ofender a
aquel Dios tan bueno, el cual en el momento
mismo en que Le infería ofensas, me asistía, me
conservaba y me alimentaba; y si hubiese podido
notar en Él algún enojo contra mí, no se reducía
sino al odio sumo que Él tiene del pecado.

En cambio, su bondad conmigo, pecadora, ha


sido siempre inmensa y a tal punto que llegó a
excusarme delante de la Divina Justicia,
poniendo a la vista mi incapacidad y fragilidad,
con lo cual me hacía obtener en cambio nuevas
Gracias y fuerza para obrar mejor, lo que era
como quitar el muro de división que había
surgido a causa del pecado, entre mi alma y Dios.
Oh, si todos conocieran la bondad de Dios y
la fealdad del pecado, todos los hombres lo
desterrarían sin más de la faz de la tierra; y ellos
movidos de intenso remordimiento y dolor, o
moriría o bien conociendo la infinita bondad de
Dios, se arrojarían en ella como en un mar
inmenso de Gracias, las más selectas, destinadas
a su bien y santificación.

Cuando Jesús vio que por la gran pena y


amargura del pecado ya no podía continuar, se
retiró de mí, dejándome sumida en la
consideración del mal hecho con el pecado y en
aquella manifestación más profunda de su
bondad, al excusarme ante la Justicia de su
Padre, haciéndome obtener nuevas Gracias.

Después de un largo rato, Jesús volvió de


nuevo para hacerme continuar la acusación, la
cual, interrumpida de cuando en cuando, llegó a
su fin después de más o menos siete horas.
Cuando el amabilísimo Jesús puso término a mi
acusación, dejó el aspecto de Juez y recobró el de
Padre amorosísimo; y como me había reducido al
extremo agotamiento de fuerzas y de vida por el
dolor experimentado por la ofensa hecha a mi
Dios y más todavía por la comprensión de que mi
dolor, por más grande que haya sido, no era
suficiente para hacerme doler como convenía,
Jesús para reanimarme me dijo:

“Quiero Yo suplir por ti, aplicando a tu


alma el mérito de mi dolor, sufrido allá, en el
huerto de Getsemaní; solo esto puede bastar
para satisfacer a la Divina Justicia ofendida
por ti”.

Entonces me pareció que estaba más


dispuesta para recibir de Jesús la absolución de
mis pecados y por eso llena de humildad y
confusión a sus pies, Le dije:

- “Sumo Dios, si es inmenso el mal que he


hecho contra Ti cometiendo el pecado, igualmente
infinita juzgo que es tu Misericordia que me
perdona… Pero desearía que fuese infinitamente
grande el número de mis potencias y sentidos y
que como otras tantas lenguas cantaran
alabanzas y un “Hosanna” perenne a tu infinita
Misericordia. ¡Ah, Padre Santo, perdóname la
gran injusticia cometida contra Ti pecando y
perdóname en tu paterna Gracia!”.

Y Jesús:
- “Prométeme no pecar más alejando de ti
toda sombra de mal, que pudiera de nuevo
ofenderme”.

- “Ah, sí, prometo mil y mil veces morir


antes que ofenderte nunca a ti, mi Creador, mi
Redentor y mi Salvador, nunca más, nunca
más…”.

Entonces Jesús alzó su bendita diestra y


pronunció las palabras de la absolución,
haciendo derramarse sobre mi alma un río de su
preciosísima Sangre.

María, María, María


56. Efectos de la Gracia de la confesión
hecha a Jesús, renovada más veces.

Después que Jesús hubo lavado mi alma en


su preciosísima Sangre en virtud de las palabras
de la absolución, me sentí como renacida a nueva
vida y más que nunca inundada de la plenitud de
su Gracia, que me dejó luego tal impresión, que
no la podré olvidar jamás. Basta decir que
siempre que lo recuerdo, siento primeramente
como si surgiera en mi alma una insólita alegría y
recorrerme un escalofrío en toda yo, al reflejo de
la Gracia otorgada por mi Señor, la cual en todas
las más pequeñas vicisitudes se me presenta de
continuo a la mente, como si ahora mismo se me
hubiese otorgado.

Con esto, el pleno recuerdo del pasado, con


todos sus más pequeños detalles, me hace entrar
en un profundo recogimiento y vivas ansias de
poder corresponder, lo más posible, a las muchas
y tan singulares Gracias que el Señor me ha
hecho y continúa haciéndome todavía, así para
fortalecerme en el estado de víctima, como para
disponerme bien a vivir en su Divina Voluntad,
para lo cual se requiere altísima Gracia divina y
enorme actividad de mi parte, que siendo nada,
debo tomar el Todo de Dios y luego sudar y
trabajar para transfundirlo en los demás47 a la
manera de un médico que se empeñase en
inyectar la sangre de un individuo sano en las
venas de un enfermo para devolverle la salud
corporal. Así como este debe también tomar de
Dios su Gracia y aplicarla a los espíritus
enfermos, para hacer que luego todo vuelva a
Dios.

Y para hacer que esto se realizara en mí, mi


amabilísimo Jesús primeramente me condujo a
Sí, haciendo antes que me alejara de todo lo que
de algún modo me distrajese de Él; luego me
redujo al estado de Víctima perenne, siempre
dispuesta, cada vez que lo quisiese, a tomar sobre
mí una parte de las penas, dolores y sufrimientos
de que está continuamente sobrecargado el
pacientísimo Jesús, sea para satisfacer a la
Divina Justicia, ya tan ofendida por el continuo
prevaricar del género humano, sea para impedir
que pueda poner mano a los más despiadados
flagelos.

47
Son las primeras alusiones a la explicación de lo que es vivir en la Divina Voluntad.
Conmigo, para hacerme recobrar las fuerzas
perdidas, usa de las Gracias más singulares,
como, entre otras, la de la mencionada
absolución, la cual me ha sido impartida por
Jesús muchas veces y en la cual ha tomado ora el
aspecto de un Sacerdote que, como tal, primero
me confesaba, haciéndome sentir en mi alma
diferentes efectos y después, terminada la
confesión, se hacía reconocer tal como era Él; ora
tomaba el aspecto del Confesor, tanto que,
creyendo que hablaba con él, le abría mi corazón
para hacerle conocer el estado de mi alma, con
sus temores, dudas, penas, angustias y
necesidades, pero después, por las respuestas
que me daba y por la suavidad de su Voz, pero
intercalada entre la del Confesor y la suya, por el
trato afable y por los efectos internos que yo
experimentaba de un modo diferente a los
ordinarios, venía a descubrir que Aquellos no
eran otro que Jesús.

Luego otras veces, se me manifestaba desde


el principio de un modo enteramente inefable y
me ordenaba hacer la Confesión, ya sea
ordinaria, ya extraordinaria y finalmente me
absolvía…
Si tuviese que decir todo cuanto ha pasado
entre Jesús y yo, no solo me alargaría demasiado,
sino que se lo tomaría como fábula; por eso paso
a referir otras cosas, que sean más notorias.

Luisa, Luisa, Luisa


57. Termina la narración. La nueva guerra
entre Italia y África.

Recuerdo que, después de todo lo que he


dicho, Jesús me tuvo enterada de la segunda
guerra que debía darse entre Italia y África, nueve
meses antes que se trabaran entre sí en combate;
y he aquí cómo:

El bendito Jesús, haciéndome salir fuera de


mí, me trasportó en pos de Sí, haciéndome
recorrer un larguísimo camino, sembrado todo él
de cadáveres humanos, inmersos en su propia
sangre, que a manera de río inundaban el
camino, cadáveres que, como Jesús me hizo ver
con enorme horror mío, estaban abandonados y
expuestos a pleno cielo descubierto y a la
rapacidad de los animales carnívoros, ya que no
había quien se ocupara de darles sepultura…

Y yo entonces, llena de espanto, me di a


preguntar a mi Jesús:

“Esposo santo, ¿qué quiere decir todo lo que


ahora me haces ver?”.
Jesús me respondió:

- “Sabe que el próximo año habrá guerra.


Los hombres se han entregado a todo vicio
abandonados a las pasiones más carnales para
ofenderme y Yo quiero tomar mis justas
venganzas sobre sus mismas carnes que
apestan todas a pecado”.

Yo no tuve duda ninguna de cuanto me


afirmaba Jesús; no obstante esperaba que en el
transcurso de los nueve meses, los hombres
carnales pondrían freno a sus pasiones y que
Jesús en vista de su arrepentimiento suspendería
la preanunciada guerra.

¿Pero qué decir de tantos y tantos que,


enfangados en sus pasiones, en vez de
arrepentirse se vuelven cada vez peores?

Tanto que, pasado el período de prueba


concedido por el buen Jesús, primero se comenzó
a oír hablar de guerra e inmediatamente después,
en realidad se combatía fuertemente entre Italia y
África con evidente daño de ambas partes.

Entonces yo, más que nunca, me ofrecí al


buen Jesús, a fin de que evitara tantas víctimas;
pero por más que le rogaba y le suplicaba
insistentemente que tuviera piedad de tantas
almas que, muriendo en la guerra se
encontrarían en la presencia de Dios sin estar en
su Gracia y por eso se precipitarían en el
infierno…

Jesús no me dio oídos en anda; sino que


haciéndome salir fuera de mí, mi alma mientras
Lo seguía se encontró en un instante en Roma,
donde escuché la voz de tantos y tantos
presuntuosos, que decían estar enteramente
convencidos de que Italia alcanzaría victoria
sobre África…

Entre tanto Jesús, después de haber


atravesado las calles de Roma y escuchado
cuanto acabo de decir, me hizo entrar en unión
con Él, a la sala del Parlamento donde los
diputados mantenían calurosas discusiones sobre
el modo que debían tener para llevar adelante la
guerra y asegurarse con ello la ansiada victoria; y
se proseguía la discusión con tanta ampulosidad
de palabras, fanatismo y soberbia que daba
compasión el oírlos… Pero lo que me hizo más
impresión fue el oír que todos estos eran sectarios
y que actuaban bajo la presión del demonio, al
que habían vendido sus almas, a fin de
adueñarse del éxito feliz de la guerra.
Entre tanto, al conocer todo esto, me sentí
horrorizada y con mucho dolor exclamé:

“¡Qué tristes y malvados hombres, en tiempos


más tristes que ellos!”.

Me parecía que entre ellos regía el reino de


Satanás, ya que toda su confianza en vez de
ponerla en Dios y en su propia actitud requerida
para lo necesario, la ponían toda en el demonio,
del que se esperaban segura victoria.

Ahora refiero que, mientras ellos estaban


inmersos en las más vivas y calurosas
discusiones, para conciliar las varias
divergencias, pues una tendía a alejarse cada vez
más de la otra a medida que se discutía, el
bendito Jesús que, sin ser visto, estaba entre
ellos, al oír sus nada felices propuestas, derramó
amarguísimas lágrimas sobre su mísero estado.
Y ellos, después de haber logrado la decisión
menos mala, pero sin Dios, sobre el modo
práctico de proceder en la guerra, como si la
victoria fuese ya de Italia, presuntuosos más que
nunca se jactaban de la seguridad de la victoria…
Entonces Jesús, como si ellos estuvieran
atentos para escucharle, les dijo en tono de
amenaza:

- “Vosotros todos os fiáis de vosotros


mismos y Yo por eso os humillaré, para que
podáis comprobar cuán grande es el daño que
se obtiene actuando sin invocar la ayuda y la
intervención de Dios, que es el Autor de todo
bien. Esta vez por lo mismo, la victoria no
será de Italia, sino que le tocará ser
completamente derrotada”.

¿Quién puede decir, ahora, cuánto sufrió mi


corazón con estas palabras de Jesús y los medios
utilizados ante Él para que se aplacase o al
menos la guerra no pasara adelante?

Como siempre me ofrecí cual víctima de


expiación, a fin de que derramase sobre mí las
más acerbas penas y los dolores más pungentes a
condición de que ahorrase a Italia tan grave
castigo. Pero Jesús me dijo:

- “Seré siempre duro, de modo que el


África obtenga la victoria sobre Italia. Solo te
concedo que el África vencedora no se vuelque
sobre la tierra italiana para continuar la lucha,
como justo castigo merecido por Italia, sea por
la vida muy licenciosa que vive, sea por la Fe
ya perdida, por lo cual no espera en Dios, sino
en el diablo”.

Todo lo hasta aquí referido, con otras


circunstancias, presenté a la obediencia del
Confesor, quien replicó:

- “No me parece cierto que Italia haya de ser


derrotada por África, porque ella en su
civilización posee toda clase de armas ofensivas y
defensivas, por lo cual la victoria debe ser nuestra
y no del África atrasada, que está absolutamente
privada de armas aptas para la guerra”.

Pero cuando, lamentablemente, el resultado


de la guerra vino a confirmar cuanto Jesús me
había asegurado, Él añadió a lo dicho
anteriormente:

- “Hija mía, no hay dictamen, no hay


prudencia ni fuerza que valga, si no es obtenida
de Dios”.
Jesús, Jesús, Jesús
58. Los diversos modos con que Jesús
habla a Luisa.

Podría ahora terminar la narración de las


cosas más relevantes, que me han sucedido
desde la edad de cerca de dieciséis años hasta
hoy, si el Confesor no me hubiese obligado a
poner por escrito el modo que Jesús ha tenido de
hablarme.

Primeramente digo que son varios estos


modos, pero yo los reduzco apenas a cuatro, que
son los siguientes:

EL PRIMER MODO que tiene Jesús cuando


hace aprender al alma lo que Él quiere, tiene
lugar cuando hace salir al alma de su cuerpo, lo
que puede ocurrir de manera instantánea o bien
insensible.

EN EL PRIMER CASO el alma sale de su


cuerpo en un relámpago y es tan repentino que el
cuerpo se levanta como para seguir al alma, pero
después permanece como muerto, mientras el
alma sigue a Jesús, recorriendo todo el universo,
tierra, mares, montes, cielo y hasta las regiones
del Purgatorio y la Mansión eterna de Dios, pero
siguiendo siempre la dirección que toma Jesús.

EN EL SEGUNDO CASO, en que el alma sale


del cuerpo, es más tranquilo; efectivamente,
parece que el cuerpo insensiblemente queda
como adormecido en presencia de Jesús y el alma
en el momento que Jesús parte, Lo sigue a donde
quiera que va.

Así en el primero como en el segundo modo el


cuerpo queda petrificado y ya no siente nada de
las cosas externas, aunque se convulsionase todo
el mundo, le punzaran sus miembros, los
quemaran y hasta los hicieran pedazos. Y en
estos dos casos puedo asegurar que me he
encontrado fuera del cuerpo y tan lejos que del
lugar donde me había transportado Jesús, veía al
Confesor que acudía a casa para hacerme
recobrar; y yo desde los últimos confines de la
tierra, del Purgatorio y hasta del Paraíso, al
mandato de Jesús (que quería de mí perfecta
obediencia al Confesor) en un abrir y cerrar de
ojos me volvía a encontrar en el cuerpo.

Empero las primeras veces, temiendo no


hacerlo a tiempo, me angustiaba, me afligía y me
afanaba toda para volver al cuerpo, en el
momento que el Confesor me hiciera recobrar,
por medio de la obediencia. Pero confieso que
nunca estuve en el caso de no retornar al cuerpo
cuando el Confesor se ha dirigido a mi cama y
que si Jesús no hubiese urgido a mi alma que
tornara al cuerpo, hubiera estado renuente a la
voz del Confesor, porque se trataba, nada menos,
que de dejar a Jesús, mi Sumo Bien, para acudir
a la voz de la obediencia. Por eso al despedirme
de Él, Le decía:

- “Voy al Confesor, que me llama a la


obediencia; pero Tú, mi Amado, vuelve pronto
apenas él se retire; Te ruego, no me hagas esperar
mucho”.

Ahora añado que mi alma, en estos dos


casos, no tiene necesidad de que Jesús le hable,
para hacerse entender, porque por medio de una
luz que comunica a mi inteligencia me hace sin
más comprender todo lo que quiere imprimir en
ella… ¡Oh, qué bien nos entendemos, cuando nos
encontramos los dos juntos!

Este modo intelectual de Jesús para hacerse


entender por el alma es rapidísimo. Basta decir
que en un instante se aprenden muchas y
sublimes cosas, más que leyendo libros enteros
por toda la vida; y luego es tan alto y tan sublime,
que resultaría imposible a cualquier inteligencia
humana expresar en palabras todas las
impresiones de cuanto ha aprendido el alma en
un solo instante.

Oh, qué sumamente sabio e ingenioso


Maestro es Jesús, que en un abrir y cerrar de
ojos hace aprender tantas cosas cuantas otros no
llegarían a hacerlas aprender ni después de años
y años de lecciones, ya que un maestro de la
tierra no tiene el poder no solo de explicar todas
sus ciencias pero ni siquiera el de atraer toda la
atención del discípulo, ni el de infundir en la
mente de los demás algo sin esfuerzo y fatiga.
Jesús en cambio, tiene tanta dulzura, tanta
afabilidad de trato y tanta suavidad en sus
palabras, que apenas lo descubre el alma, se
siente tan atraída a Él, que no puede menos de
correr detrás con la mayor voluntad, por lo cual,
sin advertirlo, se encuentra transformada en Él,
de modo que no distingue su ser del Ser Divino.

¿Quién podría expresar lo que el alma


aprende en este instante de transformación?

Se requeriría el mismo Jesús o al menos un


alma que haya experimentado estas
transformaciones mientras estaba en vida y que
ahora se encuentre en estado de perfecta gloria,
porque quien está rodeado por el muro de este
cuerpo, aunque haya poseído la Luz divina por la
cual se hubiera sentido todo abismado en Dios,
sin embargo, poseyéndola, al sentirse en el acto
de entrar de nuevo en el cuerpo como envuelto en
las más densas tinieblas, si quisiera intentar
decir algo, le resultaría imposible referirlo tal
como le ha sido comunicado, sino muy tosca e
imperfectamente… Para dar una idea me imagino
un ciego de nacimiento, que un buen día
recibiese la vista por pocos instantes y que en
cortísimo tiempo recorriera todo el universo, en el
cual rápidamente viera las cosas más
sorprendentes, tanto de minerales como de
vegetales y animales, además de la inmensa
extensión del cielo, todo poblado de innumerables
astros, pero que luego, a los pocos instantes
volviera a la misma ceguedad de antes.

Pues, digo:

¿Podría él referir a los demás lo que ha visto y


con lenguaje del todo adecuado?

¿A cuántas burlas no estaría sujeto, si en vez


de trazar un esbozo quisiera describir más
detalladamente todo lo que vio apenas y solo en
pocos instantes?.
Justamente así le sucede al alma cuando,
después de haber recorrido cielo y tierra, al volver
a entrar al cuerpo y sin ver ya nada como aquel
pobre ciego, desearía encerrarse en el silencio en
vez de hablar, ya sea por la vista perdida ya por el
temor de disparatar. Así el alma, cuando vuelve
al cuerpo, vive gimiendo y desconsolada por el
estado de violencia al que debe someterse, porque
mientras se siente compelida a abalanzarse a su
Sumo Bien, por la atracción que Jesús ejerce en
el alma, la cual no ansía otra cosa sino estar
unida con Dios antes que hablar en forma
desordenada de cosas que exceden su capacidad
y su estado actual, que es más infeliz que aquel
que hubiera perdido la vista corporal.

Pero, por obediencia, digo, tal vez hablando


descabelladamente, que estando así las cosas,
paso ahora a explicar lo mejor que puedo EL
SEGUNDO MODO que tiene Jesús de hablar al
alma. Y es como sigue: estando el alma en el
cuerpo, ve fuera de él la persona de Jesús, ya
Niño, ya Joven y ya Crucificado etc., y Jesús,
como nosotros emite de su boca palabras que el
alma siente sensiblemente que llegan a sus oídos
y ella a su vez responde a Jesús, de modo que a
veces se da una conversación tal como se la
puede hacer entre dos personas… Pero la palabra
de Jesús es muy mesurada, tanto que apenas
pronuncia cuatro o cinco palabras y otras veces
incluso una sola y rarísima vez por largo tiempo;
pero en aquellas palabras tan breves, ¡cuánta luz
no infunde en el alma!.

A mí me ha parecido ver un pequeñísimo


riachuelo que se ha desplegado en un vastísimo
mar. De modo que una palabra de Jesús ha
producido en mí tanta inmensidad de luz que
hace que el alma quede como absorbida por
aquella luz de verdad, al punto de hacerla como
suya.

Si a todos los sabios del mundo se les


concediera escuchar tan solo una palabra de
Jesús, estoy segura de que todos quedarían
estupefactos, confundidos y sin palabra e
incapaces de saber qué responder.

Afirmo ahora que con este modo de hablar,


Jesús manifiesta al alma más fácilmente sus
verdades, porque habiendo usado un lenguaje
apropiado a la inteligencia de ella, el alma no
tiene necesidad de andar buscando vocablos para
comunicarla a los demás, ya que puede usar bien
los mismos vocablos usados por Jesús. En
cambio cuando el alma aprende estas verdades
por comunicación enteramente intelectual, se
encuentra con mucha dificultad para
manifestarlas a los demás, porque le resulta
imposible expresarse con palabras.

Por este motivo Jesús, para adaptarse a la


naturaleza humana, lo más hace uso de la
palabra, porque de otro modo la criatura, repito,
no se abriría con los demás, por estar con duda
de caer en el error; y habla según la capacidad y
el lenguaje de cada alma.

En una palabra, Jesús procede como un


Maestro doctísimo y sapientísimo, el cual posee
en grado superlativo todas las ciencias y si quiere
impartir lecciones a otros, hablará ciertamente la
lengua conocida y hablada por el alumno, pues si
no, la verdad científica jamás sería aprendida por
él o al menos sería necesario que antes le hiciese
aprender aquella lengua y así renovarse desde el
principio y luego enseñar la ciencia que se había
propuesto hacer aprender.

Oh, qué bueno es Jesús, que aun siendo


sapientísimo se adapta a la capacidad de todos y
tanto que no se desdeña de abajarse a enseñar a
los ignorantes que desearían aprender de Él las
verdades necesarias para la consecución de la
salvación eterna; y mucho menos soberbio si
tuviera que comunicar sus verdades a personas
muy doctas y en forma superior, ya que Él no
tiene otra mira sino la de hacer conocer, apreciar
y poner por obra sus verdades y no quiere que
nadie quede privado de ellas.

EL TERCER MODO que emplea Jesús para


hacer aprender a las almas sus verdades consiste
en participarles su misma sustancia.

Me parece que acontece como cuando Dios


creó el mundo de la nada, que a una sola palabra
suya todas las cosas salieron a la existencia,
mientras a otra palabra suya omnipotente toda la
creación fue puesta en orden, tal cual “desde la
eternidad” había sido prefijado por Él. Así ocurre
con el alma a quien Jesús le habla palabras de
Vida eterna: crea, en el acto mismo que comunica
sus verdades, porque en su deseo de que el alma
se enamore de su belleza, Jesús le dice:

“¿Quieres tú saber todo lo bello que soy?

Por más que tu mirada pudiese registrar


todas las bellezas esparcidas en toda la tierra y
en los mismos Cielos, jamás encontrarías
belleza semejante a mi belleza…”.

Con estas palabras de Jesús, el alma siente


como si entrase en ella algo de divino, al que se
siente adherirse, porque es atraída por Jesús
como belleza sobre toda otra belleza y al mismo
tiempo siente que pierde todo atractivo por todas
las cosas bellas de acá abajo, pues por más bellas
y preciosas que fueran, puestas en comparación
con la belleza de Jesús, descubre en ella la
infinita diferencia y por tanto se entrega a ella, en
ella se transforma, en ella piensa siempre,
quisiera hablar siempre de ella, ya que se siente
toda investida de ella, enamorada y más aún
transfundida en ella…; y digo más, que si el
Señor no obrase un milagro, el alma dejaría de
vivir, estallando su corazón de puro amor a la
vista de la belleza de Jesús, para volar lo más
presto a Él, en el Cielo y deleitarse en su belleza.

Pero yo misma que he experimentado todas


estas emociones, con todos los atractivos de la
belleza de Jesús, no sé qué mismo digo: si estimo
lo que he dicho como otros tantos despropósitos;
no puedo sin embargo dejar de sostener que no
haya quedado en mí una impresión sobrenatural
y de tal modo que me hace deducir esta verdad:
toda belleza terrena, ante la vista de la de mi
amabilísimo Jesús, llega a eclipsarse, como las
estrellas al aparecer el sol; y por tanto Jesús me
hace juzgar la belleza de las cosas creadas como
una bagatela y cosa de pasatiempo.
De cuanto he dicho de la belleza de Jesús,
otro tanto y más todavía podría decir de la
Pureza, de la Caridad, de la Bondad, de la
Sencillez y de todas las otras virtudes de Jesús
como también de todos los Atributos de Dios, ya
que al hablar al alma, hace entrar en ella,
además de la parte comunicativa de sus virtudes,
los infinitos atributos de su Divinidad.

Un día, entre los otros, Jesús me dijo:

- “¿Ves cuán puro soy Yo? También en ti


quiero esta pureza”.

A estas palabras de Jesús, acompañadas del


esplendor candidísimo de su Pereza, toda divina,
sentí entrar en mí tal pureza, como si la Pureza
de Jesús se hubiese totalmente transfundido en
mí, de modo que desde entonces comencé a vivir
como si ya no tuviese cuerpo, porque me sentía
toda embriagada de su fragancia, me adormecía
con su perfume balsámico, corría mi espíritu
detrás de su aroma de Paraíso, me renovaba con
la frescura de su aire saturado de perfumes…

Mi cuerpo, hecho partícipe de la pureza vital


del alma junto con sus potencias, se volvió muy
sencillo por la corrección de sus sentidos, porque
la náusea de la impureza se posesionó tanto de
mí, que si de entonces en adelante hubiese
podido solo de lejos percibir cualquier sensación
menos pura, involuntariamente el estómago se
me hubiese excitado, mostrando fuertes conatos
de vómito.

En una palabra, el alma, a la que Dios haya


hablado de su Pureza, viene a transformarse en
ella y tanto que siente que no puede ya vivir en sí,
sino que vive y actúa en Jesús, pues Él ha
tomado morada estable en ella. Pero no puedo
menos de decir que cuanto he afirmado de la
Belleza y Pureza de Jesús transfundidas en mí,
son meros despropósitos, puesto que la
inteligencia y la capacidad humana son
impotentes para expresar con lenguaje humano lo
que no lo podría hacer ni siquiera el lenguaje
angélico; tanto es su sublimidad. Con esto, si no
logro expresarme bien de la impresión sentida al
admirar la Belleza, Pureza y todas las otras
virtudes, lo mismo hay que decir de los Atributos
divinos que mi buen Jesús de cuando en cuando
ha querido comunicar a mi alma.

Oh, cuán deseable es la participación de las


virtudes y Atributos de Dios que Jesús otorga al
alma, de modo enteramente creativo, gracias a la
cual el alma se encuentra en posesión de cuanto
le es dado aprender, aun cuando sea en un abrir
y cerrar de ojos.

En cuanto a mí, daría todo lo que hay en el


Universo, si fuera dueña de él, por tener una sola
de tan selectas comunicaciones, por las cuales el
alma se acerca cada vez más a Él, que la sublima
a la comprensión intuitiva de los
Bienaventurados y Ángeles del Paraíso.

EL CUARTO MODO que tiene Jesús de hablar


al alma consiste todo él en la comunicación de
corazones, gracias al ejercicio continuo y jamás
interrumpido de sus más heroicas virtudes, al
estar entonces el alma siempre atenta a procurar
la mayor complacencia de Dios, hecho huésped
de su corazón.

Internamente Jesús, estando en reposo, pero


siempre vigilante en el íntimo escondite de su
corazón, la llama a veces a su deber sin articular
palabra, ya que estando el Uno y la otra como
fundidos e identificados, Le basta un solo
movimiento interior para hacerse comprender;
pero otras veces Jesús hace uso también de la
palabra, que hace llegar a los oídos del cuerpo,
dándole a comprender todo lo que Él quiere.
Y este modo de hablar que tiene Jesús con el
alma que Lo ha hecho Dueño absoluto de su
corazón, acaece muchísimas veces, una vez que
Él ha tomado enteramente para Sí la dirección de
esta alma, por lo cual la despierta si la ve
soñolienta durante el cumplimiento de sus
deberes, la incita dulcemente a retomar de buena
gana lo que hubiere podido descuidar por
desagrado y pronto la hace oír su palabra de
amonestación si la ve distraída, afligida,
desconsolada o bien perdiendo el tiempo, faltando
a la Caridad, etc. Etc. Y esta su palabra basta
para hacerla volver en seguida en sí misma, para
reencontrarse más en Dios y hacer su Santa
Voluntad.

María, María, María


59. Prosigue la Novena del Nacimiento,
con la cual empezó el volumen.

Y así habría podido poner fin a todas las


Gracias que mi amabilísimo Jesús ha querido
otorgarme en abundancia a mí, última de sus
esclavas, en el transcurso de cerca de dieciséis
años, desde el momento en que hice el propósito
de hacer la Novena del Santo Nacimiento con
nueve meditaciones al día, concernientes a los
grandes misterios de su Encarnación. Sino que
mi Confesor al considerar el inicio de este
manuscrito y precisamente en el punto donde
dije:

“…Así he pasado la segunda hora de


meditación y luego una a una la tercera hasta la
novena, que omito para no hacerme pesada…”
ahora me ha ordenado escribirlas por extenso,
para que - como él me dice – se llene aquella
laguna que ya se hizo contra su querer.

Y pues me conviene obedecer siempre, aun


contra mi razón, que es la de no poder hacer este
trabajo a causa de mi incapacidad y de la
distancia de tiempo, que me ha hecho casi olvidar
cuanto Jesús me hacía practicar, sin más
confiando en Él, tomo la pluma y expongo:

Luisa, Luisa, Luisa


60. 3er. EXCESO DE AMOR

El Amor devorador.

En este tercer exceso siento que la voz


interna de Jesús continúa diciéndome:

“Hija mía, apoya tu cabeza sobre el seno


de mi Madre Santísima y en él considera mi
pequeña Humanidad. Aquí mi Amor a la
criatura casi Me devora; son los incendios, los
océanos, los inmensos mares del amor de mi
Divinidad que Me reducen a cenizas, Me
inundan y que excesivamente superan todo
límite, tanto que se elevan por todas parte y
envuelven todas las generaciones, desde la
primera hasta la última de las criaturas… Y mi
pequeña Humanidad, aunque devorada por
tantas llamas de Amor, se vuelve también Ella
devoradora en el mismo Amor”.

“¿Pero sabes tú qué es lo que mi eterno


Amor Me quiere hacer devorar?
Ah, sí, si me eres fiel, bien que lo sabrás,
porque lo probarás: ¡las almas todas! Y
entonces, hija mía, estará contento mi Amor,
cuando en Él las devorará a todas, pues siendo
Dios debo obrar como Dios, abrazando en todo
y por todo a cada alma que pueda venir a la
existencia, pues mi Amor no Me daría paz si
excluyera alguna”.

“Sí, hija mía, mira con atención en el seno


de mi Mamá; fija tu mirada en mi Humanidad
ya concebida y allí encontrarás tu alma ya
concebida conmigo y las llamas de mi Amor
que te han incendiado toda en Amor por mí y
que sólo se detendrán cuanto te hayan
consumado en Mí.

¡Oh, cuánto te he amado, te amo y te


amaré eternamente!”.

Oyendo a Jesús que me habla de este modo,


yo me siento perdida en medio de tanto Amor y
no sé cómo corresponderle; pero entonces la voz
interna vuelve a sacudirme diciéndome:

“Hija mía, esto aún es nada en


comparación con lo que hace mi Amor… Así
pues, estréchate a Mí, dale tus manos a mi
querida Madre, para que te tenga aún más
estrechada a su seno materno y entre tanto da
otra mirada a mi pequeña Humanidad,
concebida en el tiempo para concebir a las
almas para la Eternidad. Esto hará que puedas
considerar el cuarto exceso de mi Amor que se
hace Operativo”.

Jesús, Jesús, Jesús


61. 4o. EXCESO DE AMOR

El Amor obrante, que le renueva a Jesús desde


el primer instante de su Vida las penas de su
Pasión.

“Hija mía, si tú quieres pasar de mi Amor


tan devorador a mi Amor obrante, Me verás
sumergido en un abismo sin fondo de
sufrimientos… Considera que cada alma
concebida en Mí, Me trajo el fardo de sus
pecados, de sus debilidades y de sus pasiones
y mi Amor Me impuso que tomara el fardo de
cada una, por lo cual, después de haber
concebido en Mí sus almas, concebí también
sus penas y las satisfacciones que cada una de
ellas debía dar a mi Padre Celestial; por eso no
debe asombrarte que mi Pasión haya sido
concebida junto conmigo… ¡Mira con atención
en el seno de mi Mamá y verás cuánto y cómo
siento a lo vivo la crueldad de tantas penas!”.

“Mira mi cabecita, rodeada por un


trenzado de espinas, las cuales,
traspasándome cruelmente, Me hacen
derramar de mis ojos ríos de ardientísimas y
amarguísimas lágrimas… ¡Ah, muévete tú a
compasión de Mí, secándome los ojos de
tantas lágrimas, tú que tienes los brazos libres
para poder hacérmelo!

Y estas espinas, hija mía, no son sino el


trenzado cruel que Me forman las criaturas
con los pensamientos malos que se aglomeran
en sus mentes.

¡Oh, con cuánta crueldad Me hieren! ¡Oh,


qué larga coronación de nueve meses!”.

“Y como si eso no bastante, Me crucifican


manos y pies, ya que Me hacen satisfacer a la
Divina Justicia por ellos que, recorriendo toda
senda perversa y cometiendo toda clase de
injusticias en el tráfico transitorio de esta
vida, la pasan en toda clase de ganancias
ilícitas; y en este estado no Me es posible
poder mover ni una mano, ni un dedo, ni un
pie y estoy siempre inmóvil, sea por la
perenne crucifixión que sufro, sea por el
espacio demasiado angosto en el que vivo ¡y
esta larga crucifixión la sufrí por nueve largos
meses!”.
“¿Sabes tú, hija mía, por qué la coronación
de espinas, al igual que la crucifixión, se Me
renuevan en cada momento?

Porque el género humano no deja de


maquinar proyectos malvados y de realizar
malas acciones, las cuales, tomando la forma
de espinas y clavos, con aquéllas Me traspasan
las sienes y con éstos una y otra vez las manos
y los pies”.

Y de este modo, Jesús, en el afán y el dolor,


sigue narrándome lo que sufrió en su pequeña
Humanidad cuando estuvo en el seno de su
Madre Santísima, de penas, dolores y martirios;
pero continúo, pues mi corazón no soporta el
seguir pensando en todo lo que Jesús sufrió por
nosotros en esos nueve meses por nuestro Amor.
Y aunque llorando amargamente viéndolo así, su
voz me sacude de nuevo y como un lamento en
mi corazón me dice:

“Hijos míos, ¡cuánto quisiera abrazarlos


para corresponderles por el amor penante que
sienten por Mí…!

Pero aún no puedo hacerlo, pues como


ven, estoy encerrado en este espacio que Me
obliga a la inmovilidad; quisiera acercarme a
ustedes, pero no Me es concedido, pues por
ahora no puedo caminar… Hijos de mi primer
Amor penante, vengan ustedes muy a menudo
a Mí y abrácenme, que después, cuando salga
del seno materno, iré Yo a ustedes y entonces
los abrazaré y estaré con cada uno”.

Pero mientras con la fantasía me imagino


estar con Él en el seno de su Mamá y Me Lo
abrazo y Me Lo estrecho fuerte, fuerte a mi
corazón, todo dolorido, escucho de nuevo su voz
en mi interior que me dice:

“Basta así por ahora, hija mía; pasa más


bien a considerar el quinto exceso de mi Amor,
que aunque sea vilipendiado por todos y hecho
vano, no retrocede jamás, ni se detiene, sino
que supera todo y sigue siempre adelante”.

María, María, María


62. 5o. EXCESO DE AMOR

El Amor abandonado en amarga soledad.

Jesús me llama a considerar el quinto exceso


de su Amor y yo apresto el oído del corazón para
escuchar su voz, doliente pero creadora que
internamente me dice:

“Hija mía, no te separes de Mí, no Me dejes


solo; mi Amor desea ardientemente estar en
compañía: y haz de saber que éste es otro
exceso de mi Amor, pues así como mi
Divinidad forma esencialmente la unión más
íntima que se puede dar, así también mi
Humanidad unida Hipostáticamente al Verbo
mío Eterno, no puede en su naturaleza no ser
llevada a deleitarse con la compañía de las
criaturas”.

“Has notado que tan pronto fui concebido


en el seno de mi Mamá, al mismo tiempo
engendré a la Gracia a todas las criaturas
humanas, a fin de que concebidas en Mí,
creciesen a la par conmigo en Sabiduría y
Verdad. Es por eso que amo su compañía y
quiero estar en continua correspondencia de
Amor con ellas y comunicarles muy a menudo
el más palpitante testimonio de mi Amor.

Quiero estar continuamente en suave


coloquio de Amor con ellas, para tenerlas al
corriente de mis alegrías y de mis dolores.
También deseo darles a conocer que he venido
del Cielo a la tierra, no para otra cosa que para
hacerlas plenamente felices y porque deseo
por tanto estar como un hermanito entre ellas,
para obtener de ellas benevolencia y amor y
para dar de nuevo a cada una todos mis
bienes, mi propio Reino, a costa de los más
duros sacrificios, incluido el de mi muerte
para darles Vida; deseo en fin entretenerme
con ellas, colmándolas de besos y de las más
tiernas caricias de Amor”.

“Pero, ay, sabe que en cambio de mi Amor


no recibo más que continuos dolores y penas;
y en efecto, hay quien escucha de mala gana
mi Palabra de Vida Eterna, quien rehúye mi
compañía, hay quien se desvincula de mi
Amor, quien Me huye, quien se hace el sordo,
por lo que Me reduce al silencio; pero hay más:
hay quien directamente Me desprecia y Me
ultraja”.

“Los primeros no se preocupan de mis


bienes y de mi Reino y pagan mis besos y mis
caricias con la despreocupación y el olvido de
Mí y así, el entretenimiento amoroso que
debería tener con ellos, se reduce a silencio y
abandono… Pero los segundos, que son los
más, convierten mi Amor por ellos en
amarguísimo llanto, que naturalmente es
desahogo de mi Corazón, porque no sólo se ve
apagado, sino vilipendiado, despreciado y
ultrajado.

¡Y añadir además que estoy entre las


criaturas siempre y sin embargo estoy siempre
solo! ¡Oh, cuánto Me pesa la soledad forzada
que ellas Me procuran con su abandono, con
hacerse sordas aún a la más breve palabra mía
y con impedirme todo desahogo de Amor!
Estoy siempre solitario, triste y taciturno,
porque si hablo, no hay nadie que Me escuche
para nada”.

“¡Ah, hija mía, suple tú a mi Amor


defraudado no dejándome nunca solo, en esta
soledad mía!
Dame el bien de hacerme hablar y ser
escuchado, dando oído a mis enseñanzas. Haz
de saber que Yo soy el Maestro de los maestros
y si tú Me escuchas, oh, cuántas cosas no
aprenderás de Mí; y al mismo tiempo Me harás
cesar de llorar, haciendo que Me deleite en
Amor contigo… Dime, ¿no quieres tú
deleitarte en Amor conmigo?”.

“Jesús, sí, quiero serte siempre fiel, Te lo


prometo; por eso me abandono en Ti y Te
compadezco y Te amo, porque a pesar de ser tan
magnánimo que quieres hacer feliz contigo mismo
a la criatura, ésta Te ha dejado solo, sin ningún
alivio y en la más terrible soledad”.

Pero nuevamente escucho la voz de mi Jesús


en mi corazón:

“Basta por ahora y pasa a considerar el


sexto exceso de mi Amor”.
Luisa, Luisa, Luisa
63. 6o. EXCESO DE AMOR

El Amor sofocado y confinado en las tinieblas


del pecado y de la ingratitud.

“Hija mía, mi intimidad sea contigo;


acércate cada vez más a Mí y pídele a mi
querida Madre que te haga un poco de sitio en
su seno materno, para que tú misma puedas
comprobar el doloroso estado en que Me
encuentro”.

Con el pensamiento, por tanto, me imagino


que mi Madre Reina, queriéndome demostrar su
más grande y maternal afecto hacia mí, me tiene
unida en su seno a su dulce y afable Jesús, en
Ella encarnado y me parece encontrarme ya en su
seno, inseparablemente unida a Jesús… Pero es
tanta la oscuridad que reina allí, que desde luego
me resulta imposible ver sus facciones…; sólo
siento su suspiro encendido de Amor, mientras
que en mi interior me sigue diciendo:
“Hija mía, considera otro exceso de mi
Amor: Yo soy la Luz Eterna y fuera de Mí no
hay otra luz más resplandeciente. Considera
un poco el sol, cuando se halla en su total
resplandor y sin embargo no es más que una
sombra de mi Luz Eterna. Pues bien, esta mi
Luz Eterna, por Amor a la criatura, se eclipsa
completamente en Mí, por causa de mi
Humanidad asumida.

¿Ves en qué oscura prisión Me ha reducido


el Amor?”.

“Sí, es por Amor a la criatura que así Me


he confinado, esperando que se vea un rayo de
luz; pero he tenido que aguardar
pacientemente durante nueve largos meses en
tan densa noche; pero noche sin estrellas,
noche sin reposo, siempre despierto en espera
de la luz del sol que no Me llega todavía… ¡Qué
pena siento! La estrechez de la prisión no Me
da espacio para poder moverme lo más
mínimo y esto Me causa indecible fatiga… La
falta de luz que ninguna cosa Me deja ver, Me
da tanta pena que hasta Me quita también el
respiro, el cual lo recibo lánguidamente por
medio del respiro de mi Mamá”.
“¿Pero sabes tú quién Me ha traído a esta
prisión?

¿Quién Me ha quitado la luz y quién Me


hace languidecer cada vez más en mi respiro?

Ha sido el Amor que siento por la criatura;


son las tinieblas de las culpas de las criaturas,
pues cada culpa es una noche más para Mí; es
la dureza del corazón humano, en el que no
entra ningún arrepentimiento; es la negra
ingratitud, que como monstruo infernal, Me
sofoca la respiración; y uniéndose todos juntos
Me forman un abismo sin fondo, de oscuridad,
de sofocación, de dolores inauditos… ¡Qué
pena!”.

“¡Oh, exceso de mi Amor no


correspondido!

Tú Me has hecho pasar de una inmensidad


de Luz Eterna a una profundidad de densas
tinieblas y a una estrechura tal que Me priva
de libertad para poder respirar…”.

Mientras Jesús me dice todo esto siento que


gime, pero con gemidos sofocados por la
estrechez del espacio y yo quisiera deshacerme en
lágrimas por la compasión y darle un poco de luz
con mi amor, como Él lo pide…

¿Pero quién pudiera decir lo que Jesús y


nuestra Madre Santísima sufrieron juntos por
Amor a las criaturas?

Mas en tanto dolor y pena, mi siempre


amable Jesús me hace escuchar en el interior de
mi corazón su dulce palabra:

“Así basta por ahora; pasa más bien al


séptimo exceso de mi Amor”.

Jesús, Jesús, Jesús


64. 7o. EXCESO DE AMOR

El Amor no correspondido y herido por la


ingratitud de las criaturas.

“Hija mía, no quieras dejarme solo en


tanta soledad y en tanta oscuridad; no quieras
salir del seno de mi Mamá para que consideres
bien el séptimo exceso de mi Amor”.

“Escúchame: en el Seno de mi Padre


Celestial Yo era plenamente feliz; no había
bien que Yo no poseyera: alegría, felicidad,
todo estaba a mi disposición… Los Ángeles
reverentes Me rendían culto de suma
adoración y todos estaban pendientes de mis
gestos.

Pero el exceso de mi Amor por el género


humano se podría decir que Me hizo cambiar
de fortuna:

Me despojé de todas mis alegrías y


felicidades, Me desprendí de todos mis bienes
y de toda celestial comodidad, para revestirme
con todos los males de las criaturas, a fin de
proporcionarles mi felicidad eterna, mis
alegrías y mis gozos eternos”.

“Sin embargo, este cambio hubiera sido


bien ligero para Mí si no hubiera encontrado
en ellos la más monstruosa ingratitud y
obstinada perfidia.

¡Oh, cómo mi Amor quedó sorprendido


ante tanta ingratitud!

¡Oh, cuánta pena Me da la obstinación y la


perfidia humana, las cuales son para Mí más
que espinas, las más hirientes a mi Corazón, el
cual tuvo que sufrir, desde mi Concepción,
inenarrables heridas que seguiré sufriendo
hasta el último momento de mi Vida! Mira,
fíjate bien: mi Corazoncito ¡en cuántas espinas
se encuentra!

¡Observa las heridas que Le hacen y la


Sangre que de Él mana a torrentes! ¡Ah, qué
pena, cuántos dolores siento!”.

“Hija mía, tú no Me seas también ingrata,


puesto que la ingratitud es la pena más dura y
más cruel para tu Jesús; la ingratitud es más
que cerrarme en la cara la puerta del corazón
para dejarme afuera, todo congelado de frío,
sin amor…”.

“Y, sin embargo, mi Amor, ante tanta


perversidad del corazón humano, no se ha
detenido; por el contrario, se dispone a otro
Amor más elevado, que Me hace ser
mendicante, gimiente y suplicante; y esto,
hija mía, es el octavo exceso de mi más
profundo Amor”.

María, María, María


65. 8o. EXCESO DE AMOR

El Amor mendicante, gimiente y suplicante.

“Hija mía, no Me dejes solo; sigue


apoyando tu cabeza sobre el seno de mi Mamá,
que también desde fuera sentirás mis gemidos
y mis súplicas; pero verás que ni mis gemidos
ni mis súplicas moverán a compasión por mi
Amor a la ingrata criatura; y Me verás
entonces, pequeñito todavía, extender mi
mano como el más pobre de los mendigos,
pidiéndoles por piedad sus almas, al menos
como limosna. De esta forma espero atraer a
Mí sus afectos y sus corazones congelados por
el egoísmo.

Mi Amor, hija mía, quiere vencer a


cualquier precio el corazón del hombre; y por
eso, viendo que éste, después de haber usado
el séptimo exceso de mi Amor, era todavía
reacio, haciéndose el sordo y sin preocuparse
ni de Mí ni de mis bienes, Me he decidido a ir
más allá”.
“Mi Amor hubiera debido detenerse ante
tanta ingratitud, pero no; quiso desbordarse
hasta más allá de sus límites y ya desde el
seno materno hago llegar mi voz suplicante a
cada corazón; uso los modos más insinuantes,
las palabras más dulces y penetrantes y las
plegarias más conmovedoras para tocar las
fibras del corazón humano…, y para obtener,
¿sabes tú qué cosa?, el corazón de la criatura,
a la cual digo:

‘Hija mía, dame tu corazón, que es mío y


Yo te daré todo lo que quieras, hasta Mí
mismo, con tal de que Me des a cambio tu
corazón, aunque esté frío de amor; Yo lo
calentaré al contacto de mi Corazón y lo
convertiré en llamas, en llamas que destruyen
en ti todo afecto que no sea de Cielo. Si he
bajado del Cielo para encarnarme en el seno
materno, sabe que lo he hecho precisamente
para hacerte entrar en el seno de Mi Padre
Celestial…

¡Ah, no Me lo niegues, no hagas vanas mis


esperanzas, que serán para ti certezas de
bienes infinitos…!´.
Pero a pesar de esto, viendo a la criatura
todavía reacia a mi Amor y que incluso Me ha
vuelto la espalda y se ha alejado de Mí, he
tratado de detenerla y con los gemidos más
tiernos y suplicantes y uniendo mis manitas,
he buscado disuadirla, diciéndole con una voz
sofocada por los sollozas:

‘Ah, ¿ves, alma mía, que Yo no soy sino el


pequeño mendigo, que no pido otra cosa de
limosna sino sólo tu corazón?

¿Pero, será posible, hija mía, que no


quieras tú comprender que este modo de obrar
mío no es sino el exceso más grande de mi
Amor no correspondido?

¿Qué el Creador, para atraer a la criatura a


su Amor, tome aspecto de pequeño niñito para
no atemorizarla y que llegue a pedirle de
limosna su deforme corazón y que viéndola
recalcitrante y reacia y que no se lo quiere
dar, le ruegue, le suplique, gima y llore…, esto
no te mueve a compasión?

¿No ablanda tu corazón?´.

“Y, sin embargo, hija mía, la criatura


racional parece que ha perdido del todo el uso
de razón, pues mientras debería quedar
ahogada en las llamas de mi Amor Divino,
trata por el contrario de deshacerse de él, para
ir en busca de los más bestiales amores, por
los que tendrá que precipitarse en el caos
infernal, en el que mucho más amargamente
llorará por la eternidad”.

Escuchando esto que Jesús me dice, ¿cómo


es posible que no me sienta llena de ternura y al
mismo tiempo me sienta horrorizada y
estremecida, pensando en la ingratitud humana y
en sus tristísimas consecuencias, irreparables y
eternas?

Pero mientras me hallo sumergida en esta


consideración tan amarga, vuelvo a escuchar en
mi interior la voz de mi Jesús que me dice:

“Y tú, hija mía, ¿no querrías darme tu


corazón?

¿Querrías tú acaso que también por ti llore


y rompa en gemidos y súplicas, para lograr la
posesión de tu corazón?”.

Y mientras Jesús me dice todo esto sollozando,


mi corazón colmado de una ternura indecible por
su Amor incorrespondido, Le responde con todo el
amor de que es capaz:

“¡Mi amado Jesús, ya no llores más!

Sí, sí que te doy no sólo el corazón, sino toda


mí misma; no vacilo en dártelo, sino que para
hacerte un don más agradable quisiera primero
quitar de mi frío corazón todo lo que no es tuyo.
Dame por tanto Gracia eficaz para hacerlo
semejante al Tuyo, para que puedas tomar en él
estable y perenne morada”.

“Está bien, hija mía; ahora ya es tiempo de


que pases más adelante… Entra a considerar el
noveno exceso de mi Amor”.

Luisa, Luisa, Luisa


66. 9o. EXCESO DE AMOR

El Amor agonizante que quiere ser vencedor.

“Mi estado actual, hija mía, se hace cada


vez más doloroso. Si Me amas, procura que tu
mirada esté siempre fija en Mí, para que
puedas aprender bien todo lo que te he
enseñado, con el fin de procurar a tu Jesús
algún alivio en tantas penas que sufre; aunque
fuese una sola palabra tuya de amor, una
caricia o un beso afectuoso, a fin de que mi
Corazón tenga el dulce contento de sentirse
correspondido con amor, el cual dará tregua a
mi amarguísimo llanto y a las duras
aflicciones que sufro”.

“Escucha, hija mía:

Después de haber dado al hombre tantas


pruebas de Amor, habría debido plegarse al
contacto con mi verdadero y sublime Amor;
pero en vez de eso Me paga tan mal que Me
hace así pasar a otro excesivo Amor, que para
Mí será el más doloroso si no fuere
correspondido”.

“Hasta ahora el hombre no se ha dado por


vencido y por eso al octavo exceso de mi Amor
hago seguir el noveno, que consiste en las
ansias más amorosas, en los suspiros más
encendidos de Amor por él y en los deseos más
ardientes de quererme desaprisionar del seno
materno para correr tras él y después de
haberlo detenido en el borde del mal, anhelo
abrazar y estrechar a este hombre ingrato de
mi Amor, para hacer que se enamore de mi
Belleza, de mi Verdad y de mis Bienes eternos,
de los cuales quiero a toda costa hacerlo
eterno poseedor”.

“Este inestimable designio mío reduce a


mi pequeña Humanidad, aún no nacida, a una
agonía tal que Me hace llegar al último suspiro
de mi Vida, que si no hubiera sido sostenida y
socorrida por mi Divinidad, que es inseparable
de Ella por la Unión Hipostática, ya a estas
horas hubiera exhalado el último respiro. La
Divinidad, comunicándole continuamente la
Vida, la sostuvo en esta agonía de nueve
meses, que habrían de decirse más de muerte
que de Vida”.
“Este, hija mía, es el noveno exceso de mi
Amor, que no fue sino un continuo agonizar
desde el primer instante en que mi Divinidad
entró en el seno materno, para tomar los
despojos humanos y esconder en ellos la
esencia misma de mi Divinidad; pues si no, en
vez de amor, infundiría temor a la criatura,
que mi Amor desea desposar”.

“Pero, ¡ay, qué larga agonía no fue acaso


para Mí, la de esperar durante nueve largos
meses a esta criatura!

¡Oh, cómo mi Amor Me sofoca y Me reduce


a un continuo morir!”.

“Te repito, hija mía, que si mi Humanidad


no hubiese recibido de la Divinidad ayuda y
fuerza para sostener el Amor inmenso que
enteramente Me devora, se hubiese
desdichadamente reducido a cenizas y
consumido por el Amor Operante, que Me ha
hecho cargar con el fardo enorme de las penas
debidas por cada criatura, juntamente con las
satisfacciones exigidas por la Divina Justicia y
con el Amor mendicante, gimiente y
suplicante… Y, ¿qué cosa? El corazón frío e
insensible de las criaturas”.
“Por esta razón mi Vida en el seno de mi
Madre Santísima se ha hecho tan dolorosa,
que ya no soy capaz de estar lejos de la
criatura… Anhelo acercarla, a toda costa, a mi
pecho, para hacerle sentir mis latidos
encendidos de Amor, para abrazarla con mi
más tierno y entrañable afecto, para hacerla
dueña de mis bienes eternos… Y sabe que si no
fuese por ti en este momento confortado,
antes aun de que pudiese salir a la luz del día
Me quedaría de hecho consumido por el exceso
de este nuevo Amor mío”.

“Mírame fijamente en el seno materno y mira


cómo Me he vuelto tan pálido; escucha mi voz
que se vuelve como la de un agonizante, cada
vez más débil; siente el palpitar de mi
Corazón, que tan acelerado en sus latidos está
ahora casi sin pulsaciones… Guárdate de
separar la mirada de Mí, pues obsérvame bien,
Yo siento que ahora en este momento Me
estoy muriendo… ¡Sí, Me muero y Me muero
de puro Amor!”.

“Jesús, Amor mío, inseparable de Ti, ¡yo


también siento que me estoy muriendo de amor
por Ti!
¡Después de tus palabras se escucha el
silencio, un silencio sepulcral…!

¡Jesús mío, Amor mío, Vida mía, Todo mío,


no Te mueras, que yo siempre Te amaré; nunca,
nunca más te dejaré, a costa de cualquier
sacrificio! ¡Pero dame siempre las llamas de tu
Amor, para poder amarte siempre más y
consumirme cuanto antes toda tuya en amor por
Ti, mi sumo y eterno Bien!”.

Esta agonía de nueve meses ha llevado a


Jesús al punto de sentirse morir cuando estaba
por nacer; de hecho, Él ha nacido a esta vida
nuestra de muerte para hacernos primero sujetar
a la muerte de nuestra voluntad y después
hacernos nacer a la verdadera Vida de su Divina
Voluntad, la Vida Eterna. Y Jesús, en el
momento solemnísimo de su Nacimiento, se dirige
a todos nosotros, hijos y hermanos suyos, de este
modo:

“Hijos míos, renacidos para mi Amor,


ánimo, levántense y vivan a la Vida de mi
Divina Voluntad y de mi Amor;
correspóndanme en todo y así como Me han
hecho compañía a lo largo de los nueve meses
en honor de mi Nacimiento con las nueve
consideraciones de los Excesos de mi Amor,
continúen así a hacerme compañía siempre
durante las 24 Horas de mi Pasión, hasta mi
muerte sobre la Cruz; en ellas comprenderán
ustedes otros excesos más sublimes de mi
Amor, aprenderán a amarme y a darme
reparación y a vivir mi Vida y Me serán un
continuo consuelo en las dolorosísimas penas
que recibo de parte de las criaturas ingratas.

Y en este mundo serán ustedes los


verdaderos amantes de mi sepultura y en la
muerte tendrán la mejor parte de mi Gloria.”

Jesús, Jesús, Jesús

Nihil obstat Imprimatur


Canonico Annibale Arzobispo Giuseppe M. Leo
M. Di Francia Octubre de 1926
Eccl.