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La Revolución Sensual
©Axel Cipollini/Laura Orsina
HacerelAmor.org

La mayoría de nosotros vivimos desconectados de nuestro cuerpo y de nuestros


sentidos. Puede parecer una afirmación exagerada pero casi toda nuestra
atención está en nuestros pensamientos, en nuestra interpretación del mundo.
Intentamos controlar nuestras vidas, queremos aprender herramientas que nos
hagan sentir seguros y empoderados, pensamos que la cosas más importantes
son los resultados, lograr objetivos. En realidad, de esta manera no vivimos el
presente, no vivimos de verdad; analizando y clasificando constantemente
nuestra experiencia del mundo la empobrecemos, y sustituimos el modelo a la
realidad, reemplazando la pobreza del mapa por la multiplicidad del territorio.
Incluso pensamos que los sentidos y el cuerpo sólo son medios, simples
herramientas al servicio de la mente y la función racional. De hecho, toda o
casi toda nuestra educación y nuestra cultura están basadas en eso.

Hemos olvidado nuestra naturaleza animal, nuestra capacidad de relacionarnos


con nosotros mismos, con el entorno y con los demás con espontaneidad,
intensidad y presencia real. Nadie nos enseña que es indispensable afinar y
confiar en nuestra capacidad de sentir, simplemente sentir, sin analizar, sin
poner nombres, sin querer lograr nada, sin ejercer control o poder. Detrás de
nuestros sueños de control existe un territorio desconocido y lleno de maravillas
por descubrir que pocos conocen. Por eso no tiene un verdadero nombre.

Estamos hablando de la vida sensual, de la sensualidad. Normalmente


relacionamos esta palabra con la sexualidad, pero esta última es solo una
pequeña parte de la vida sensual (ni mucho menos la más importante).
Es cierto que hay muchas imágenes estereotipadas sobre el concepto, pero lo
que nos interesa aquí es su significado originario: la parte del vivir consciente
que se enfoca en los sentidos y en las emociones.

Hablando de sexualidad… más de un tercio de las personas sufren problemas


sexuales. Según algunas estadísticas, el porcentaje de población afectado por
disfunciones de carácter sexual en España giraría en torno al 40%. Este es, sin
duda, un dato preocupante que puede ser interpretado de diferentes formas. En
primer lugar, unas cifras tan elevadas parecen evidenciar que, en términos
generales, algo no funciona bien. Quizás el núcleo del problema se halle en la
educación sexual que (NO) existe en nuestro país. Los contenidos eventuales se
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limitan a nociones de anatomía, anticoncepción y enfermedades de transmisión


sexual. Nadie habla de placer, de educación sensual, o emocional, nadie nos
enseña a conocer nuestros cuerpos y a usar conscientemente nuestros sentidos
para vivir auténticas relaciones físicas y emocionales con los demás y con
nosotros mismos.

En consecuencia, el único modelo de comportamiento sexual que queda es la


pornografía, que a través de internet tiene una difusión masiva, también entre
los adolescentes.
La pornografía no es negativa solo porque enseña una sexualidad irreal, vulgar,
extrema, literal, falsa, ni porque no nos enseña el amor.
El problema es que propone modalidades automáticas, violentas, estereotipadas,
cerebrales, sin atención al otro, sin presencia, sin escucha. La pornografía es, en
realidad, la expresión de la falta de una verdadera libertad sexual y sensual, es
expresión de una cultura patriarcal que anula los sentidos, los cuerpos reales y
las emociones verdaderas.

Volviendo al tema de las disfunciones sexuales, para resolverlas a menudo se


buscan soluciones parciales, muchas veces enfocadas en el aumento de la
estimulación y en la perpetuación de una sexualidad muy genitalizada, que ni
siquiera se acerca al problema de base, a la raíz del conflicto. Es obvio que hay
mucha gente que no pretende profundizar en su sexualidad y sólo busca un
remedio rápido y superficial que le saque del apuro. Pero estamos convencidos
de que también existe otro grupo de personas, cada vez más numeroso, que
quiere plantearse un cambio duradero, profundo y transformador para vivir de
otra manera su sexualidad y que, sin embargo, no sabe por dónde empezar.
A nuestro juicio, la sexualidad es algo que no se puede considerar de forma
aislada a nuestra manera de vivir y sobre todo a nuestra manera de
relacionarnos con el mundo. Está profundamente vinculada a la capacidad de
sentir nuestro cuerpo y nuestras emociones. La sexualidad es comunicación y
no hay posibilidad de comunicar si no hay escucha. Escucha en el sentido de
presencia activa a todas las sensaciones, no de expresión y comprensión verbal.

Sobre la base de estas consideraciones, hemos desarrollado el proyecto de


Hacer el Amor con la Vida, porque creemos que estos tiempos necesitan de una
verdadera Revolución Sensual, un nuevo paradigma que tenga en cuenta el ser
humano en su totalidad, impulse el desarrollo de su capacidad de sentir, física y
emocionalmente, y lo acompañe en el descubrimiento de una sexualidad plena
y feliz, más allá de las normas, las ideas o lo que “debería ser”.
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Entonces, ¿dónde empezaría el camino? En nuestro cuerpo y en la escucha de


nosotros mismos. Podemos comenzar ahora, en este momento, haciendo un
recorrido por nuestro cuerpo, empezando por el vientre, dándonos cuenta de
cuánta tensión almacenamos ahí y de cómo es nuestra respiración. Es probable
que sea superficial y cortada o que nos demos cuenta de que ni siquiera
estamos respirando. Si estamos sentados, podemos probar a sentir los puntos de
contacto con la silla; si estamos de pié, el contacto con el suelo. Este sencillo
acto de presencia ya es suficiente para empezar a relajar el cuerpo y volver a
“habitarlo”. Podemos volver a repetirlo, durante unos segundos, muchas veces
al día, sin que nadie se entere o de que tengamos que “encontrar el tiempo”
para hacerlo. Hay muchos momentos que podemos aprovechar: andando por la
calle, conduciendo, tomando una ducha, antes de dormirnos o recién
despertados. ¡Éste puede ser el primer paso, y el más importante, hacia nuestra
propia revolución sensual!

Desde allí, podemos entrar en comunicación con el otro: su piel, la


temperatura, la textura, el olor, su respiración, su tensión o relajación. Con
curiosidad, presencia y relajada atención, dejándonos sorprender por el paisaje,
siempre desconocido, de su cuerpo.