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LA INNOVACIÓN, CUESTIÓN DE PROGRESO Y BIENESTAR SOCIAL PARA

EL PAÍS
QUE LAS EMPRESAS ADELANTEN PROCESOS DE INNOVACIÓN ES UN
FACTOR QUE GARANTIZA EL PROGRESO ECONÓMICO.
Por: DOMINGO

28 de octubre 2018 , 10:32 a.m.

Cuando uno accede a internet y busca la palabra ‘innovación’, el buscador devuelve cientos de
miles de resultados con una característica particular: están todos acompañados por la
imagen de una bombilla. Así se sugiere que el acto de innovar parte de esa chispa de genio
que aparece en el momento más inesperado. Como por arte de magia.

La realidad es que una gran idea por sí sola no tiene validez alguna si no se hace algo con ella;
si no lleva enraizado un arduo trabajo (previo y posterior) de análisis, desarrollo, aplicación y
difusión que genere beneficios reales; y para cuantas más personas, mejor.

Ese es el principio básico de los procesos de innovación que, en la actualidad, están asociados
estrechamente con los indicadores de progreso de una nación y juegan un papel cada vez más
importante como factor de competitividad mundial.

Como ya vaticinaba en 1934 el reconocido economista austro-estadounidense Joseph Alois


Shumpeter, primero en introducir este concepto, “la innovación juega un papel primordial
como motor de crecimiento económico”.

Un siglo después, la I+D+i (Investigación, Desarrollo e innovación) ocupa una parte esencial
en los planes de gobierno y políticas públicas de todos los países desarrollados y los que buscan
serlo. Pero, más allá: la innovación es la producción de nuevos conocimientos que generan
valor.

En un mundo cada vez más globalizado y competitivo, la innovación no consiste únicamente


en la incorporación de tecnología, aunque las empresas de esta industria han sido los grandes
referentes en los procesos de innovación de los últimos 20 años –Facebook, Apple o Google
son solo algunos ejemplos–. Sino que debe ser el origen
para prever las necesidades reales de las personas y detectar los servicios y productos de mayor
calidad que estas requieren.

Colombia destina menos del 0,8 por ciento de su producto interno bruto (PIB) a proyectos de

innovación. Una cifra considerablemente baja

Eso, en todas las áreas que comprenden la vida. De esta forma, la innovación no solo se
traslada a los ámbitos de lo económico y lo empresarial, sino que debe permear también lo
social (sanidad, educación, movilidad, generación de empleo, transporte, etc.).

Se trata de un factor determinante de la nueva economía del conocimiento en la que estamos


inmersos –The knowledge-based economy, como la definió el educador austriaco Peter
Drucker– y la actual sociedad de la información, donde el capital y la mano de obra dejan de
ser los únicos indicadores de crecimiento económico.

Aparece entonces el capital intangible, como son el propio conocimiento, la formación


(entiéndase como educación) y los recursos intelectuales como parte de esos procesos de
innovación. Esto con el fin de generar, además de riqueza, bienestar social.

En este sentido, fortalecer los planes de innovación resulta esencial para los países. Una
competencia que debe ser compartida entre el Estado, las empresas y los mismos individuos de
una sociedad que requiere, asimismo, inversión y voluntad política. “Existe una correlación
directa entre el compromiso del gobierno a innovar y sus políticas en I + D + i, y su habilidad
de atraer y retener a organizaciones innovadoras”, asegura en una columna en la revista Forbes
Joe Harpaz, presidente y jefe de operaciones de Modernizing Medicine, una de las principales
compañías internacionales de software aplicado a la medicina.

Para lograr ese impulso, apunta en otra columna Clara Inés Pardo, directora ejecutiva del
Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología, es fundamental generar un ecosistema
bien fundamentado de innovación con una visión integral en la que se definan los roles de cada
una de las partes interesadas.
En este esquema, la profesora de la Universidad del Rosario propone que el Estado sea el
“encargado de brindar lineamientos claros para promover y fortalecer la innovación”; el sector
productivo, “de motivarse por la innovación como una estrategia para mejorar su
competitividad y rentabilidad en la medida que aporta a la sociedad y productividad del país”;
la academia, “como productor de ciencia y tecnología”, y la sociedad, “como garante de valorar
esos procesos como elemento clave de su bienestar social y calidad de vida”.

El Estado debe ser el encargado de brindar lineamientos claros para promover y fortalecer la

innovación; el sector productivo, de motivarse por la innovación


El requisito de innovar
La innovación constante dentro de las empresas y las naciones ha dejado de ser una cuestión
de moda para convertirse en un imperativo internacional: no hay Estado que pueda
garantizar la felicidad plena y prosperidad de sus ciudadanos si no innova para
brindarles servicios de mayor calidad.

De la misma forma que no hay empresa capaz de aguantar los desafíos de la globalización si no
les apunta al talento humano y la creatividad como fórmula para combatir la volatilidad de los
mercados.

Israel, por ejemplo, uno de los Estados que más emprendimientos, patentes e innovación
generan a nivel mundial –una curiosidad, la aplicación Waze, con más de 65 millones de
usuarios en el mundo, es israelí–, cuenta con una Autoridad de la Innovación encargada de las
políticas a este respecto.

Su labor principal es la de impulsar la cooperación entre empresas y universidades con el fin de


generar procesos de innovación. Se apoya en un sistema de inversión que financia proyectos y
startups e incentiva la consecución de alianzas en I + D + i entre centros de investigación y el
sector productivo.
35% de los recursos es el rubro total de innovación que aporta hoy el sector privado

colombiano. En el resto de los países de la OCDE es del 65 al 75 %.

El Estado israelí invierte un 4,3 por ciento de su producto interno bruto (PIB) en esa área, que
representa el 40 por ciento de sus exportaciones. Es la sede de 5.000 nuevas empresas
dedicadas a la innovación tecnológica, con una población de apenas 8 millones de habitantes.

El nivel de inversión en actividades de innovación en Colombia, en cambio, es todavía bajo,


aunque es la quinta economía de América Latina más innovadora entre 18 países.

A pesar de eso, destina menos del 0,8 por ciento del PIB a esta área y únicamente el 35 por
ciento de esos recursos provienen del sector privado, según el Índice Mundial de Innovación,
publicado en julio y que realizan anualmente la Universidad de Cornell (Estados Unidos) y la
Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (Ompi).

Las empresas en países miembros de la Ocde, a la que Colombia acaba de adherirse,


aportan entre un 65 y un 75 por ciento.

Los retos en el país son todavía enormes, entre ellos fortalecer el papel de las universidades y
los centros de investigación, así como generar mayores incentivos estatales para que el sector
empresarial se involucre cada vez más en esta carrera mundial por el progreso y el bienestar.
Solo así, con inversión y compromiso, las grandes ideas se convierten en realidad.