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OPINIÓN
LA CUARTA PÁGINA

La enfermedad institucional de España


La politización del sector público es uno de los factores que más claramente puede socavar la legitimidad
de un sistema democrático. Pero no es política lo que sobra en este país, sino corporativismo
VÍCTOR LAPUENTE GINÉ 15 AGO 2012 - 00:03 CET

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En su artículo de hace unos días, José Antonio Gómez Yáñez


diagnosticaba la enfermedad institucional más grave que sufre
España: la extensa politización de nuestras organizaciones públicas.
Un ejército de individuos —que deben su cargo sobre todo al cultivo
de relaciones personales y políticas— ha ido ocupando las capas
superiores de nuestras instituciones públicas, desde el CGPJ a las
cajas de ahorros, pasando por cualquier nivel administrativo, entidad,
empresa u organismo público o semipúblico. Pero ¿por qué los
gestores de entidades públicas no pueden ser directamente
dependientes de aquellos que legítimamente han ganado las
elecciones? ¿No forma parte la gestión pública del sano intercambio

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democrático?

No solo no forma parte, sino que la politización del sector público es


uno de los factores que más claramente puede socavar la legitimidad
de un sistema democrático. De los trabajos de pensadores como
RAQUEL MARÍN
Alexis de Tocqueville, Woodrow Wilson o Max Weber cristalizó hace
mucho tiempo en Occidente la idea de que es necesario trazar una
línea clara de separación entre la política y la administración dentro de los aparatos estatales.
Pero ha sido durante las dos últimas décadas cuando se han empezado a acumular estudios
que muestran las bondades de establecer un cortafuegos entre la esfera política y la
administrativa, entre el proceso de toma de decisiones (que se beneficia de la energía
política) y el proceso de implementación de dichas decisiones (que se beneficia de la
imparcialidad política). Aquellos gobiernos cuyas administraciones están menos politizadas
prestan sus servicios de forma más eficiente y, a la vez, presentan niveles de corrupción
significativamente más bajos.

Por el contrario, administraciones fuertemente politizadas, como la agencia federal para


gestión de emergencias (FEMA), bajo el mandato de George W. Bush (que estaba dirigida por
Michael Brown, cuya mayor experiencia de gestión se circunscribía a la Asociación
Internacional del Caballo Árabe), tienden a ser altamente ineficientes, como atestigua la
criticada actuación de la FEMA durante el desastre del huracán Katrina. En España la crisis
ha puesto de manifiesto los costes de la politización en la pobre (y en algunos casos
fraudulenta) gestión de varias instituciones en todos los poderes del Estado y paraEstado.

Los problemas de la politización para la buena gestión pública están Los partidos
presentados de forma magnífica en uno de los libros más influyentes
colonizan la
de los últimos años en ciencia de la administración: The politics of

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presidential appointments, de David E. Lewis. Como argumenta administración


Lewis, el problema más serio no es tanto que las personas
pública y la política
nombradas políticamente sean menos “capaces” que los
funcionarios de carrera, aunque eso también se puede dar, claro. El está colonizada por
problema principal es que la existencia de un número elevado de administradores
cargos que dependen de la confianza de sus superiores políticos públicos
genera incentivos negativos en todos los niveles organizativos. Los
que están arriba no tienen ni el tiempo —las rotaciones directivas en
entornos politizados son más elevadas que en administraciones no politizadas— ni los
incentivos suficientes para invertir esfuerzos en adquirir los conocimientos adecuados para
gestionar de forma eficiente el área bajo su dirección. Los que están abajo (y no pertenecen al
partido o a la facción gobernante) carecen de incentivos para dar lo mejor de sí mismos e
intentar progresar en la jerarquía organizativa. De esta forma, en lugar de una orientación
hacia los resultados, cunde la desmoralización en la tropa y el cultivo de las relaciones
políticas y personales entre los oficiales.

En resumen, creo que existen sólidos argumentos y evidencia de contextos muy diversos
corroborando el diagnóstico de Gómez Yáñez: la politización es una “metástasis” que está
dañado seriamente el quehacer de nuestras instituciones públicas, con lo que, para salir de
esta, “España afronta algo más profundo que subir o bajar impuestos o prestaciones, requiere
una radical reforma de su política e instituciones”. Sin embargo, discrepo de Gómez Yáñez en
que el origen de esta enfermedad se encuentre en nuestros partidos políticos, el “núcleo de
todo esto”, según su opinión. Quizás nuestros partidos no son ejemplares, pero no conozco
país donde no exista una crítica al funcionamiento anti-democrático de los partidos políticos,
sobre todo de los mayoritarios.

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En mi opinión, la diferencia clave entre España y otros países —o, para ponerlo en términos
más genéricos, entre los países desarrollados con aparatos estatales más politizados (como
España, Grecia, Italia, Portugal, Francia o Bélgica) y los países desarrollados con
administraciones más profesionalizadas (como Dinamarca, Suecia, Reino Unido, Nueva
Zelanda, Canadá o Australia)— radica en el marco legislativo de su función pública. En primer
lugar, las regulaciones en países como el nuestro admiten que un grueso número de niveles
administrativos quede en manos de personal de confianza política. Por ejemplo, no tiene
sentido que el gerente de un hospital sea elegido siguiendo un criterio político, como en
muchas ocasiones han denunciado expertos en nuestro sector público como Francisco
Longo. Es decir, sufrimos una fuerte politización “desde arriba”. Otros países, por el contrario,
imponen límites al avance de la política en las estructuras administrativas usando diversos
mecanismos, como la creación de una dirección pública profesional e independiente.

En segundo lugar, padecemos también la denominada politización Aquí no existe


“desde abajo”; es decir, nuestros funcionarios pasan con enorme
mejor plataforma
facilidad a desempeñar cargos de responsabilidad política. Se trata
esta de una cuestión ausente del debate público. ¿Qué premios o para entrar en la
castigos reciben aquellos empleados públicos que dan el salto a la política profesional
carrera política? Las diferencias dentro del contexto de la OCDE son que ser funcionario
profundas. Por una parte, los países anglosajones y nórdicos (pero
también otros con sectores públicos dinámicos, como Alemania o
Corea) intentan separar las carreras profesionales de funcionarios y de políticos. De esta
forma, los empleados públicos pueden volcar sus energías en la mejor manera de llevar a
cabo sus actividades —en lugar de, por ejemplo, granjearse contactos personales con sus
superiores políticos—. Estos países desincentivan el salto a la política imponiendo límites a
las actividades políticas de los funcionarios y costes para aquellos empleados públicos que

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quieren regresar a la carrera funcionarial después de su aventura política.

Por el contrario, en los países del arco mediterráneo (pero también otros con conocidos
problemas de clientelismo, como Austria, Bélgica, México o Japón) se admite una integración
de las carreras funcionarial y política. El caso español es paradigmático: no solo no se
penaliza a aquellos funcionarios que dan el salto a la política sino que… se les premia.
Váyase tranquilo a hacer carrera política que, si no le sale bien, podrá volver a su puesto de
trabajo cuando lo desee, porque se lo vamos a guardar a modo de confortable red protectora.
Como consecuencia, en países como España no existe mejor plataforma para entrar en la
política profesional que ser funcionario. Irónicamente, los empleados que deberían mantener
una mayor neutralidad política y prestar los servicios públicos de la forma más imparcial
posible son aquellos que tienen más facilidades —que ninguna otra profesión que se me
ocurra— para hacer carrera política. Si se “meten en política” —entendiéndolo en el sentido
más genérico posible— los funcionarios españoles no tienen nada que perder y mucho que
ganar: un enorme abanico de cargos de designación política con mayor poder y mejor
retribuidos que el suyo. Si la política es una lotería donde solo pueden ganar, es normal que
muchos funcionarios decidan jugar.

Estas son, desde mi punto de vista, las causas de la “metástasis” institucional que sufre
España. Una metástasis que se puede combatir con una medicina similar a la aplicada en los
países que han frenado la politización y han logrado una separación más efectiva de las
carreras profesionales de empleados públicos y políticos. Una medicación barata
económicamente, pero costosa en términos políticos. Para empezar, la mayoría de ministros
de nuestro Gobierno —y de nuestra élite política en general— son funcionarios. A pesar de
vivir tiempos de sacrificios, resulta difícil que quieran poner límites a las futuras carreras
políticas de sus correligionarios en los grandes cuerpos de la Administración pública. En

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definitiva, el problema de España no es solo que los partidos políticos hayan colonizado la
Administración pública sino más bien que nuestra política está colonizada por
administradores públicos. No es política lo que sobra en España, sino corporativismo.
Víctor Lapuente Giné es profesor en el Instituto para la Calidad de Gobierno de la Universidad de Gotemburgo.

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