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EL ULTRAINDIVIDUALISMO COMO UNA LIMITACIÓN A LA

FUNDAMENTACIÓN DE LOS DERECHOS SOCIALES

SEBASTIÁN BETANCOURT RESTREPO

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA LATINOAMERICANA


FACULTAD DE DERECHO
DERECHOS HUMANOS Y DERECHO INTERNACIONAL HUMANITARIO
MEDELLÍN
2007
EL ULTRAINDIVIDUALISMO COMO UNA LIMITACIÓN A LA
FUNDAMENTACIÓN DE LOS DERECHOS SOCIALES

SEBASTIÁN BETANCOURT RESTREPO

ENSAYO CON BASE EN LA CONFERENCIA “EL CARÁCTER FUNDAMENTAL


DE LOS DERECHOS SOCIALES”, DICTADA
POR EL DOCTOR RODOLFO ANDRÉS CORREA VARGAS

PROFESOR
RODOLFO ANDRÉS CORREA VARGAS

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA LATINOAMERICANA


FACULTAD DE DERECHO
DERECHOS HUMANOS Y DERECHO INTERNACIONAL HUMANITARIO
MEDELLÍN
2007
EL ULTRAINDIVIDUALISMO COMO UNA LIMITACIÓN A LA
FUNDAMENTACIÓN DE LOS DERECHOS SOCIALES

El ultraindividualismo es un fenómeno producto del clásico Estado liberal de


Derecho, el cual cuenta entre sus principales características la no intervención del
Estado en los asuntos de los particulares. En virtud de ello su tarea se ve reducida
a garantizar la libertad, seguridad e integridad física y moral de los coasociados.
Como el Estado tomó una posición prácticamente marginal ante el desarrollo de
las relaciones políticas, sociales y económicas de los sujetos, la libertad sofocada
por los antiguos regímenes absolutistas tomó una dirección egoísta, en la cual
reinan los intereses particulares y antojadizos de cada persona, desencadenando
con ello en no pocas ocasiones consecuencias adversas tanto para el Estado
como para los ciudadanos. Será, entonces, el objeto de este ensayo presentar
unas nociones básicas de este suceso, enmarcadas dentro del pensamiento de
uno de los grandes pensadores liberales: Adam Smith, para luego indicar algunas
pautas que hacen del ultraindividualismo un obstáculo para el fundamento de los
derechos sociales.

La figura del individualismo en Smith gira en torno a su concepto de división social


del trabajo, entendido como el cúmulo de procesos y cadenas productivas que le
permiten al individuo acceder a los bienes y servicios, que a juicio del economista
escocés son “indispensables y necesarias”1 para el desarrollo de la vida y del
sujeto. La división social del trabajo se fundamenta en objetivos e intereses
particulares, las cuales se ven cumplidas con la labor del hombre como ente
productivo. Lo anterior también opera estrechamente ligado al comercio, y
consecuentemente, con la libertad de cada sujeto para comerciar y contratar,
puesto que el movimiento de mercancías y servicios activa los engranajes de la
división social del trabajo. Los hombres, dentro de la división social del trabajo, se
desenvuelven en un ambiente de total aislamiento y anonimato, en el sentido de
que su actividad no va dirigida a las necesidades o requerimientos de una persona
concreta, sino que su trabajo es impersonal, merced a que apunta a satisfacer la
demanda del mercado. Esta incomunicación obedece del mismo modo a que,
como se ha dicho anteriormente, el individuo obra a través de sus egoístas
intereses para obtener un excedente, el cual permitirá –además de cumplir sus
metas personales– mantener en constante dinámica el flujo mercantil,
perpetuando así la división social del trabajo.

1
SMITH, Adam. La riqueza de las naciones. Citado por: Gutierrez, Germán. Ética y economía en
Adam Smith y Friedrich Hayek. San José : Editorial Departamento Ecuménico de Investigaciones
(DEI). 1998. p. 93.
Las ocupaciones que el hombre ejecuta dentro de la división social del trabajo se
configuran a partir del uso deliberado de dos elementos: su capital, en primer
lugar; y su fuerza de trabajo, por otra parte. Ambos tienen, dentro de las relaciones
económicas, igual relevancia. Smith esgrime que el Estado no puede entrometerse
bajo ninguna justificación en el ámbito decisorio del sujeto por dos motivos: es
imposible desde todo punto de vista que el cuerpo político ni mucho menos una
persona natural pueda introducirse en el fuero interno de un sujeto para alterar sus
intereses o para interferir en su comportamiento; en segundo lugar, y tal vez el
argumento más importante, porque con ello el Estado estaría en una
extralimitación de sus funciones, pues siendo una institución política con vocación
policiva y mínima, garantiza únicamente la vida de los asociados, el derecho a la
propiedad privada y la facultad de cada individuo de celebrar contratos. En
consecuencia, todo intento por parte del Estado de inmiscuirse en los asuntos de
los particulares sería contraproducente, puesto que irrumpir arbitrariamente en los
deseos de las personas llevaría a un trastorno del funcionamiento de la división
social del trabajo, lo que equivaldría a atar la “mano invisible” que lleva el control
del mercado, generando con ello, según arguye Smith, el empobrecimiento de los
individuos y de las naciones, producto de la torpe intervención del cuerpo político,
cuando ha sido la no intromisión de éste el hecho que ha posibilitado el superávit
en los países. Germán Gutiérrez así lo expresa:

“Si la división social del trabajo, aquella prodigiosa construcción no intencional humana, ha
permitido multiplicar la capacidad del trabajo y a las naciones civilizadas un nivel de vida
mucho mayor al de las épocas anteriores, ello es una de las pruebas de que la economía
dejada a sus propias leyes, lo que Smith llama un estado de ‘libertad natural’, es más
efectivo que cualquier intento bien intencionado de dirigirla.”2

Como se desprende de lo dicho líneas arriba, toda injerencia en el arbitrio


personal, o cualquier obstaculización del curso normal de la economía es lesiva
para la libertad personal. De allí que el Estado de Derecho garantice con carácter
excluyente y cerrado los derechos individuales y civiles, las prebendas de índole
procesal y la igualdad formal, impidiendo con ello cualquier brote de igualdad
material. Gracias a ello, el cuerpo político se libra de la satisfacción de
necesidades básicas inocultables a través de los derechos sociales, que le
permitirán al ser humano construir su proyecto de vida, ya que el Estado
gendarme da por sentado que en virtud de la igualdad ante la ley y el derecho a la
propiedad, los ciudadanos tienen herramientas más que idóneas y eficaces para
acrecentar las riquezas no solo propias, sino también las de la Nación. Es lo que
Gregorio Peces-Barba tilda como “La negación del reduccionismo liberal”.
Entendiendo por reduccionismo el estudio de los derechos fundamentales
descartando de entrada una de las dos perspectivas desde las cuales se puede
abordar su análisis: “Por un lado, la reflexión ética que considera a los derechos
como un camino para hacer posible la dignidad humana y la consideración de
2
GUTIÉRREZ, Germán. Ética y economía en Adam Smith y Friedrich Hayek. San José : Editorial
Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI). 1998. p. 100.
cada uno como persona moral; y por otro lado, la jurídica, que recoge y explica la
incorporación de los derechos al Derecho positivo.”3 El Liberalismo, al ser un
producto del iusnaturalismo moderno, concibe al Derecho solo en su dimensión
ética, ya que los derechos son anteriores tanto al Derecho positivo como al cuerpo
político. Y por último, negación, en cuanto que esta postura reconoce y respalda
algunos derechos y deshecha otros, por motivos doctrinarios4. El principal
argumento en el caso que nos ocupa sería, básicamente, la vulneración de la
libertad individual. No hay cabida aquí para los derechos sociales, pues el Estado
al solventar las necesidades básicas de los ciudadanos estaría interponiéndose en
su arbitrio, cosa que no debería hacer, ya que brinda a través de su reducido
catálogo de derechos los medios para que los particulares puedan subsistir.

Pero ya, en nuestra época, el individualismo, al ir de la mano con el


neoliberalismo, de igual manera se constituye en una traba a la fundamentación
de los derechos sociales en cuanto a que esta corriente política de la década de
1980 está trasladando la titularidad de los derechos fundamentales, y por ende, de
los derechos sociales, del ser humano al consumidor. La crisis que atraviesa el
Estado social de Derecho impide que el cuerpo político asuma la carga económica
que traen consigo, ya que en el ámbito interno el Estado no puede sufragar dichas
prestaciones gracias al déficit fiscal que sufre. De allí que no se entrometa en la
economía y ceda al sector privado las funciones que antes llevaba a cabo. El
sujeto de Derecho, en cuanto consumidor, es titular tan solo de aquellas
prebendas que su poder adquisitivo le permita alcanzar, ya que derechos como la
seguridad social, la vivienda digna, la salud o la educación dependen del capricho
de la entidad privada que los ofrece, mediante un contrato de adhesión. Salta a la
vista el interés de lucro y el poder económico que existe en la intención de no
fundamentar los derechos sociales, ya que la carencia de sustento de estos
derechos provoca un menoscabo en su fuerza normativa y los desconocería como
la realidad que son, siguiendo los parámetros del profesor Peces-Barba.

El individualismo de fines del siglo XX y comienzos del XXI ha sido denominado


ultraindividualismo en cuanto el Estado ya no es mínimo sino minúsculo y es un
objeto de manipulación de las transnacionales que, en virtud de la globalización y
valiéndose del crítico momento que franquea el Estado social de Derecho,
subyugan los intereses propios de cada Nación al sobreponer las ambiciones de
una junta directiva ajena a la realidad de vejaciones que los ciudadanos sufren
diariamente, por concebir, por ejemplo, el derecho a la salud como un rentable
negocio, sin considerar el desmedro de la calidad de vida del ser humano que ello
genera. Todo ello bajo la mirada indiferente del Estado.

3
PECES-BARBA, Gregorio. Curso de derechos fundamentales. Teoría general. Madrid : Imprenta
Nacional del Boletín oficial del Estado. Primera reimpresión. 1999. p. 39.
4
Ibídem. p. 59.
BIBLIOGRAFÍA

GUTIÉRREZ, Germán. Ética y economía en Adam Smith y Friedrich Hayek. San


José : Editorial Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI). 1998. 227 p.

PECES-BARBA, Gregorio. Curso de derechos fundamentales. Teoría general.


Madrid : Imprenta Nacional del Boletín oficial del Estado. Primera reimpresión.
1999. 720 p.

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