Está en la página 1de 27

“El

Señor me reveló que dijésemos


este saludo: “El Señor te dé la paz”
(Test 23)



Módulo 3: La paz franciscana,
experiencia y conquista
Introducción

La paz no es tema marginal en la espiritualidad franciscana, ella hace parte esencial


del camino emprendido por Francisco, Clara, los primeros hermanos y hermanas.
Dicha experiencia es expuesta esplendorosamente en las fuentes opusculares y
hagiográficas, es desde estas fuentes desde donde reflexionaremos.

Podemos decir que desde los orígenes del Movimiento franciscano se inició un
camino lento y seguro hacia una civilización de la paz y este hecho resuena de una
manera comprometedora y clara en una sociedad abiertamente competitiva en el
tener, el saber, el poder que nos hace agresivamente violentos.
La violencia ha signado pues nuestra cultura revistiendo las relaciones con armas,
palabras agresivas y actitudes que rompen los más elementales derechos para la
convivencia y la civilidad.

El Hermano Francisco fue un cristiano que vivió el evangelio de manera concreta,


proponiéndolo con actitudes, más que con palabras a sus conciudadanos y a la
sociedad que lo vio caminar por sus plazas, calles y caminos. No era Francisco un
devoto abstracto que cerrando los ojos a la realidad pretendiera un encuentro con el
absoluto, era un contemplativo que miraba en la realidad concreta la presencia o
ausencia de las semillas del Verbo.

La paz es pues en Francisco y sus primeros hermanos y hermanas, una experiencia


de Dios que se llevaba dentro, traduciéndose en lo concreto de un saludo: “Paz y
Bien” y en actitudes con todo aquel que se encontraren: “sean pacíficos y
mesurados”.

Las paredes y el techo que se vienen abajo le hablaron en su corazón al hermano


Francisco, las discordias entre las autoridades civiles y eclesiásticas de su ciudad
también, la guerra civil de una importante ciudad, las asechanzas de un lobo feroz en
otra, la matanza entre cristianos y musulmanes, la amenaza de unos ladrones, en fin,
estaba en contacto directo con la realidad y frente a ella no se comportaba como un
místico ingenuo, se comportaba como un cristiano cuya única propuesta era el amor,
y de allí emanaban la Justicia, la solidaridad y la paz.

Francisco vive en una sociedad altamente conflictiva, no toma una posición de


indiferencia frente a los conflictos, se ubica ante ellos con una actitud evangélica y
actúa en consecuencia, no se encierra a orar por los problemas, los afronta e
interviene en la medida de sus posibilidades con una profunda creatividad, parece
que se da cuenta de su papel como ciudadano, confiesa que es vergonzoso ver como
se pelean el obispo y el alcalde sin que nadie haga nada por evitarlo, escribe cartas
invitando a la cristiandad a entrar en la lógica de Jesús.
La vivencia del Evangelio lleva a Francisco a asumir la paz como experiencia íntima
y como un trabajo que debe acometer todo cristiano que de verdad sea seguidor de
Jesús, por ello la entendió como un valor absoluto que exige experiencia y
conquista, así se pierda la vida en el intento de construirla, es así como en más de
una ocasión propone tratados de paz, anima a los contrarios al respeto y la
convivencia, acoger la diversidad como una riqueza y un gran don del Señor. Ofrece
estrategias para la escucha, el perdón, la memoria, la verdad, la compasión y el
dialogo.

Quienes pertenecemos al movimiento franciscano tenemos la enorme tarea de construir un


mundo pacifico inspirados en las practicas ancestrales de nuestro movimiento, utilizando
herramientas como la palabra, la oración, la música, la meditación, la poesía, la danza, la
pintura, los espacios de concertación; en fin todo aquello que nos permita a los seres
humanos entendernos y propiciar escenarios de paz.

Para ello es fundamental reconocer que somos en esencia seres relacionales, que somos a
imagen de Dios trinidad, hombres y mujeres para la comunidad y que para esto es esencial
reconocer la dignidad de nuestros semejantes, incluyendo sus diferentes formas de pensar,
sentir y actuar.

Además de lo anterior se hace imprescindible el ponernos de acuerdo como sociedad en las


normas que nos han de regir para lograr una convivencia basada según palabras de
Francisco en la cortesía, en el amor gratuito, la justicia y la solidaridad. Asumiendo la
fragilidad de aquellos con quienes convivimos en actitud de misericordia y respeto. Dicha
actitud nos llevará a la experiencia lúdica de relaciones amplias, desprevenidas, gratuitas,
alegres y generosas.

Somos pues los franciscanos portadores de un espíritu sano, positivo, marcado por un
inmenso amor hacia hermanos y hermanas y sobre todo si estos están en condiciones de
desventaja o si son diferentes y contrarios a nuestras lógicas, dice Francisco en la Regla: “y
gócense, cuando conviven con gente de baja condición y despreciada, con los pobres y los
mendigos de los caminos”. Traemos pues en nuestras manos, nuestras palabras, nuestros
ojos, nuestros pensamientos, la buena noticia, las bienaventuranzas del Reino. Seamos
practicantes de paz, con experiencia de paz y una opción de vida pacífica.

Es urgente un conocimiento profundo de nuestra identidad pacifica, comprometida en la


construcción de una sociedad en Justa Paz entre los seres humanos, con todo lo creado y
con Dios.
Enrique Martínez Lozano. Sacerdote diocesano, es psicoterapeuta,
teólogo y sociólogo, tiene el don de articular psicología y espiritualidad, de
un modo senillo, a la vez que profundo y eficaz. Su trabajo asume y
desarrolla la teoría transpersonal y el modelo no-dual de cognición. Anuncia
del Evangelio, traduciendo su mensaje a la sensibilidad de hoy. Los
comentarios a cada texto bíblico son una síntesis del libro “Otro modo de
leer el Evangelio”, Editorial Desclee de Bouwer, Bilbao, 2015.

1. En los Evangelios

En esta primera parte cada uno de nosotros vamos a encontrar un procesos propositivo en el
que se hace referencia a la relación de la paz con los evangelios y en donde se presentan
unas lecturas que se acompañan al final de cada ellas una de pregunta que permita
enriquecer la metodología introspectiva de actividades reflexivas. Iniciemos entonces el
desarrollo de dicha relación.

“Felices los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios” (Mt 5,9).

Esta bienaventuranza, se encuentra en el conocido Sermón de la Montaña, que es una joya


de sabiduría, en él se describe el reino de los cielos, la persona de Jesús y el perfil del
discípulo. Como podemos ver la paz no es una tema marginal, sino que muestra el trabajo
por la paz como una vocación especialísima, es decir, es una importante llamada a una
nueva vida, que llena de alegría, de gozo y felicidad a aquellos que han sido llamados por la
cercanía con el Padre.

La bienaventuranza se comprende como las actitudes características de la novedad de la


propuesta de Jesús: un nuevo estilo alternativo a la cultura dominante de violencia, entre
otros, que nace de una comprensión profunda de lo que somos. Quien nos habla es Jesús,
un hombre sabio, alguien que ha “visto” y por eso nos puede ayudar a “ver”, de este modo
podemos percibir la verdad que encierra la felicidad y la vida que ofrece.

Desde una perspectiva espiritual, es decir, no-dual, la expresión “trabajar por la paz”, se
refiere a aquellos que se saben y se viven constituidos por la Presencia Originante (Dios).
Unidos en esa identidad compartida (somos diferentes pero somos lo mismo) se presentan
como esa Presencia ecuánime, amorosa, serena y pacificadora; porque han caído en la
cuenta de que no tienen una vida de la cual se apropian (apego), sino que son la vida que se
expresa en forma concreta, se descubren así mismos como “hijos de Dios”, como el propio
Jesús. Justo en esa identidad compartida se alcanza la felicidad.

Actividad reflexiva: ¿Me reconozco como hijo de Dios, cuando respondo al llamado de
trabajar por la paz?

“Cuando entren en una casa, digan primero: Paz a esta casa. Si hay allí alguno digno de
paz, la paz descansará sobre él. De lo contrario, la paz regresará a ustedes” (Lc 10, 5-6).

6
El saludo con el que se han de presentar los discípulos es el saludo judío por excelencia:
“Shalom”. Desear la paz, es el deseo de bien en todas las dimensiones -de ahí paz y bien- de
la persona. La palabra paz recorre todo el Evangelio, desde el anuncio mismo del
nacimiento de Jesús hasta los relatos de apariciones: “¡Gloria a Dios en lo alto y en la
tierra paz a los hombres amados por él! (Lc 2, 14); “La paz esté con ustedes” (Lc 24, 36).
Del principio al final toda la vida de Jesús es paz. No es extraño que las primeras
comunidades hablaran de: “Jesús, es nuestra paz” (Ef 2,14).

No hay duda que Jesús fue un hombre de paz, aun en medio de los conflictos violentos que
incluso, acabarían con su propia vida. No fue por tanto una paz superficial, externa, que
tiene como polo opuesto el conflicto y la inquietud, sino la paz profunda, que puede abrazar
todos los vaivenes que aparece en la experiencia concreta. En este sentido, la paz es otro
nombre de nuestra identidad, y es estable precisamente porque esa identidad se halla
siempre a salvo, también cuando ocurre lo más doloroso desestabilizador.

Los seguidores de Jesús no ofrecen una “paz” superficial, que en cualquier momento podría
venirse a bajo, sino que “Y la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, cuidará
sus corazones y sus pensamientos”(Fil 4, 7) y que trae siempre de la mano el descanso, la
serenidad, como podemos experimentar en cualquier momento. Lo único que produce
desasosiego es nuestra resistencia a lo que es. En cuanto somos capaces de de aceptar,
incluso aquello que nos aparecía inaceptable, llegamos a la rendición completa, la paz se
hace presente: porque, tras las luchas que conlleva la resistencia, hemos llegado a nuestra
“casa”, la casa que compartimos con Jesús y con todos los seres.

Actividad reflexiva: ¿Cuándo experimento la paz que trae la aceptación?

“Les he dicho esto para que gracias a mí tengan paz. En el mundo tendrán luchas; pero
tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

Esta es una frase pletórica de sentido: la certeza de la paz (Shalom) y la confianza en medio
de cualquier dificultad. El texto nos recuerda que habrá que luchar y dificultades, pero la
victoria ya está lograda. No es una victoria de uno sobre otro, sino sobre la ignorancia, que
nos mantenía esclavos a cerca de nuestra identidad.

Si por “mundo” entendemos “engaño”, la victoria no puede ser otra que la que nos libera de
él. Una victoria que no se encuentra ni fuera ni lejos, sino tan cerca de nosotros como
nuestra misma identidad. ¡Tengan valor!, porque si yo he vencido, también ustedes vencer.

Actividad reflexiva: ¿Cuál es, en mi, la fuente de la paz y de la confianza?

“La paz les dejo, les doy mi paz, y no como la da el mundo. No se inquieten ni se
acobarden”. (Jn 14, 27)

7
Junto con la promesa del Espíritu Santo, Jesús ofrece a sus discípulos la paz. Shalom, que
debe de entenderse como plenitud de vida y gozo, comunión definitiva, la paz que nada ni
nadie puede quitar. La expresión “mi paz” parece señalar el contraste con la llamada pax
romana, que ciertamente no era “paz” para los discípulos de Jesús, del tiempo de la
redacción del Evangelio de San Juan.

El contraste explicito entre la paz de Jesús y la paz del mundo recuerda las palabras de
Pablo en la carta a los filipenses: “Y la paz de Dios, que supera todo lo que podemos
pensar, cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús” (Fil 4,7).

La paz del mundo es aquella que depende de o que ocurre en el exterior y, en consecuencia,
oscila según los acontecimientos. Se trata de una paz condicionada y, por eso mismo,
impermanente. Es una “paz” que experimenta el ego mientras las cosas salen a su gusto,
pero que desaparece en cuanto se hace presente cualquier realidad que lo frustra.

La paz de Jesús por el contrario, es permanente, por que no es un objeto que deba su
existencia a una serie de condiciones, sino que es una con Dios. Podemos decir que la paz
de la que se habla aquí es otro nombre de Dios y, por tanto, de nosotros mismos en la
medida que estemos en unidad con Dios. Por tanto ocurra lo que ocurra en el exterior, si
estamos unidos a Dios interiormente, la paz es permanente y ecuánime, es estable.

La clave es la unidad con Dios y en la identidad que tengamos con él, allí podemos
escuchar esas palabras: “No se inquieten ni se acobarden”. Porque ahí, nos hallamos
seguros, aunque el ego, según sus parámetros se sienta amenazado.

Por lo dicho anteriormente, la paz aparece en cuanto aceptamos la Presencia Divina en


nuestro interior, de inmediato emerge la paz que nada ni nadie puede quitar. El secreto está
en que no importa lo que suceda.

Actividad reflexiva: ¿Dónde se fundamenta mi paz?

“La sal es buena; pero si la sal pierde el sabor, ¿con qué la sazonarán? Ustedes tengan
sal y estén en paz con los demás” (Mc 9, 50).

Este versículo del Evangelio de Marcos nos presenta la palabra: sal, para invitarnos a vivir
en paz. La sal es la fidelidad al mensaje de Jesús, que nos habla de “hacerse como niño”, el
último de todos y el servidor de todos, ocupando el último lugar. Ésta es justamente la
condición que hace posible una auténtica construcción de la paz en un grupo humano.

Pues lo que destruye la convivencia es la ambición, en cualquiera de sus formas y, en


último término, la identificación con el yo. Desde su egocentrismo, el yo puede ver a los
otros como rivales potenciales. Sólo en la medida en que vamos socavando las bases del
ego, es posible la desegocentración, que permite hacerse el servidor y de esta manera crear
condiciones de paz.

Actividad reflexiva: ¿Cómo vivo mi llamado al servicio por la paz?


8
Fray Jesús Sanz Montes, Ofm. Es el actual Arzobispo de Oviedo.
Estudió Economía y Derecho Mercantil, hizo el servicio militar e incluso
trabajó como empleado de banca antes de ingresar en el Seminario
Conciliar de Toledo en 1975,1 donde realiza los estudios institucionales
teológicos (1975-1981). Es Bachiller en Teología por la Facultad de
Teología del Norte de España (Burgos 1981). En 1981 ingresa en los
Franciscanos el 11 de septiembre de 1982 en Arenas de San Pedro
(Ávila) y la profesión solemne el 14 de septiembre de 1985 en Toledo.

2. La novedad del Franciscanismo frente a otros movimientos que trabajan por la


paz

El concepto de paz que genera la espiritualidad franciscana de otros conceptos pacifistas no


son homologables con el franciscanismo. En este sentido debemos decir que el
franciscanismo aprende de Francisco de Asís a construir una verdadera cultura de la paz, y
este factor referencial lo hace inasimilable para otras claves que también enarbolaran el
valor de la paz. Por este motivo no podemos reducir la paz franciscana a un pacifismo que
tuviera hipotecas ideológicas de diverso índole, contento solo con desarmar al enemigo en
nombre de la paz, sin renunciar a la propia violencia interior, como así lo expresa San
Francisco en la admonición 15: “Son verdaderamente pacíficos aquellos que, en medio de
todas las cosas que padecen en este mundo, conservan la paz en su alma y en su cuerpo”;
un pacifismo que fuera deudor de determinados poderes políticos, económicos y culturales
y que no abogase de veras por una paz integral, sino solo pretendiese vencer al adversario
destruyendo sus trincheras mientras consigue para la propia una subvencionada ampliación.
Jesús nos dirá que hay situaciones en las que es mejor poner la otra mejilla (Cf Mt 5,39).

La segunda premisa, en estrecha relación con la anterior, sitúa claramente cuál es la fuente
en la que bebe el franciscanismo para poder acoger y expresar integral e integradoramente
la paz. Trabajar por la paz desde el franciscanismo se asienta en esa novedad que es
rastreable y reconocible en Francisco de Asís: el corazón pacificado por haber abrazado y
haberse dejado abrazar por un Dios encarnado que nos da y nos enseña una paz diferente a
la que ofrece el mundo -aquella que depende de lo que ocurre y, en consecuencia, oscila
según los acontecimientos externos, es decir, está condicionada-; por el hombre concreto
con su nombre, su situación, sus heridas y esperanzas; la creación como ámbito de belleza y
gratitud en la que descubrir el hermanamiento de los seres por un común Creador. Estos
factores, que describen temáticamente la espiritualidad de la paz propia del franciscanismo,
son los que nos permiten definir la paz franciscana en su convergencia y divergencia con
otros movimientos de paz1.

Trabajo personal y del equipo:

1. Analiza el hecho personal que afecte profundamente, en este momento, tu vida e


intenta afrontar ese conflicto de forma no violenta.
1
Cfr. Sanz Montes, Jesús, Franciscanismo y cultura de la paz
http://documentosepiscopales.blogspot.com.co/2007/05/franciscanismo-y-cultura-de-la-paz.html
9
2. Analizar un hecho de la familia, del trabajo o del entorno que esté afectando la vida
de la comunidad o de la Iglesia, entre todos/as, afrontarlo de modo no violento

3. Analizar un hecho social que afecte vitalmente a todos, hoy y aquí, y buscar el
modo de afrontarlo de forma no violenta.

4. En todos los casos, analizar causas, consecuencias, formas de actuación hasta ahora,
nuevas alternativas, opciones y acuerdos que se han tomado. Marcar tiempos de
evaluación y confrontación de nuevo.

5. La espiritualidad paz y de la gratitud nos ayuda a superar, las pequeñas violencias


de la vida diaria en la familia, en el trabajo y en la comunidad o grupos en los que
nos movemos. Sugerir actitudes concretas.

3. El mundo violento que rodeó a francisco, hijo de Bernardone2

Para poder situar en su justa medida la aportación del franciscanismo a la cultura de la paz,
nos sirve inestimablemente comprender cuáles eran los retos y ambigüedades que Francisco
de Asís tuvo que afrontar cuando vivía en un mundo de conflictos en los cuales participó de
alguna medida. No solo los que tuvo que afrontar sino también en aquellos en los que
participó formando parte de ellos sin más3.

Hay que subrayar que Francisco no adoptó una posición de entreguismo a la nueva
sociedad postfeudal emergente, ni tampoco se distanció de ella por una motivación de
carácter social o política4. Él participó de aquel desenfadado surgimiento de carácter
económico a través de la boyante empresa de telas de su padre, que tenía también
inevitablemente consecuencias políticas y culturales. Implicó una toma de posición, pero
sin una especial carga ideológica: ni cuando estaba zambullido en la bonanza empresarial
del negocio de su padre, ni cuando decidió cambiar drásticamente de rumbo abrazando una
vida de pobreza evangélica.

“Francisco no fue un profeta frustrado, ni un demagogo propio de la época, ni un


heterodoxo de conveniencia, ni un clásico disidente. No gritó contra nadie ni exigió nada a
nadie, no quiso reformar ni a la Iglesia ni a los cristianos. Quiso reformarse a sí mismo y a
los voluntarios que se le unían. Francisco fue un revolucionario, pero la diferencia entre un
revolucionario profesional y social y el revolucionario Francisco consiste en que el primero
impone o trata de imponer por la fuerza y por todos los medios a su alcance sus esquemas y
sus principios, mientras que Francisco únicamente se impone a sí mismo y a los que

2
Transcrito de http://documentosepiscopales.blogspot.com.co/2007/05/franciscanismo-y-cultura-
de-la-paz.html
3
Cf. A. Fortini, «Signori e servi», Nova vita di San Francesco (Carucci. Roma, 1981) 5-52.
4
Cf. S. Clasen, «Franziskus von Assisi und die soziale Frage», Wissenschaft und Weissheit 15
(1952)109-121.
10
libremente quieren seguir su ideal, su proyecto y su personal revolución”5.

Un repaso atento de aquella sociedad en la que Francisco nace y crece, nos permite dibujar
los diversos matices con todos sus claroscuros, con sus convergencias y divergencias. El
despertar comercial en el siglo XII, la emancipación de las ciudades con el movimiento
comunal frente al decadente feudalismo, el imperio del dinero y la emergencia de los
nuevos ricos, los conflictos entre gremios y las guerrillas entre ciudades rivales, son
algunos de los rasgos de aquella sociedad tardomedieval6.

Tal sociedad estaba fuertemente estructurada según una jerarquía de estamentos cerrados y
definidos, que tenían sus deberes y sus derechos, sus honores y sus obligaciones, su
psicología, su cultura y su sensibilidad7. Y sin embargo, esa sociedad no gozaba de una
armonía serena en la que las diversas realidades sociales pudieran convivir
complementariamente, sino más bien de modo patente o soterrado se daba una
conflictualidad ambiental de hondo calado. Francisco “no solo conoció personalmente el
conflicto de los diversos estamentos sociales, sino que vivió y participó en las guerras entre
su lugar natal y Perusa, en donde se defendía no tanto los intereses ciudadanos cuanto los
intereses del papa y del emperador, es decir, que la guerra no era simplemente cuestión
local, era fundamentalmente guerra de principios, de sentimientos y de serias convicciones
religiosas y políticas”8.

Esto nos impone referir un hecho que tan solo vamos a apuntar. Porque a un hijo de aquella
sociedad ha debido sucederle algo que ha introducido una importante variante en su
trayectoria plegada a los usos y costumbres, a los anhelos y ensueños de aquella época.
Ciertamente que le sucedió algo. Tras la cárcel de Perusa, en la que tuvo que experimentar
durante casi un año la pobre duración de unos proyectos y ensueños que tienen en su
entraña la fecha de caducidad, Francisco inició un proceso de lenta pero tenaz apertura
hacia lo que pudiera dar respuesta no engañosa a lo que le palpitaba en el corazón.

¿Cómo fue el proceso vocacional del Poverello? Una mañana, en la misa a la que asiste en
la iglesita de la Porciúncula, Francisco escucha con una fuerza inédita el Evangelio de la
misión de los Apóstoles: el discípulo de Jesús es mensajero de paz, como peregrino
desarmado y pobre, que anuncia la Buena Noticia de la salvación9. Era el punto de partida
de su vida evangélica. Tras casi dos años de búsqueda y de espera, por fin Dios le revelaba
su Palabra, ante la cual exclamaría: “esto es lo que quiero, lo que busco, lo que en lo más
íntimo del corazón anhelo poner en práctica”10.

5
J. A. Merino Abad, Humanismo franciscano, 176.
6
Cf. J. Sanz Montes, «Raíces laicas de la espiritualidad de san Francisco», Verdad y Vida 181 (1988)
87- 107; E. Leclerc, El retorno al Evangelio (Aránzazu. Oñate, 1994) 13-30.
7
Cf. J. Sanz Montes, «Raíces laicas de la espiritualidad de san Francisco», Verdad y Vida 181 (1988)
87- 107; E. Leclerc, El retorno al Evangelio (Aránzazu. Oñate 1994) 13-30.
8
J. A. Merino Abad, Humanismo franciscano, 178. Cf. D. Flood, Francisco de Asís y el movimiento
franciscano (Aránzazu. Oñate, 1996) 102-105.
9
Cf. Mt 10,5-15.
10
1 Celano 22
11
Es importante rastrear el proceso vocacional de Francisco de Asís11, para ver cómo Dios se
hace encontradizo, se hace esperar, le dirige su Palabra o le dice su Silencio. Porque en este
requiebro de presencia y de ausencia, de voz y de acallamiento, Dios se deslizó en aquella
biografía para asomarla al destino para el que nació12. Serán todos los registros humanos y
creyentes de aquel hijo de Pietro Bernardone los que se convocarán en la respuesta
esperada por el Señor que le llamó.

Trabajo personal y/o en equipo:

1. Complementar con otros datos cronológicos de la vida de Francisco de Asís.

2. ¿Creemos que el diálogo fraterno y respetuoso en la vida cotidiana y en los lugares


de conflicto, de tensión, de desesperación, de discordia de intolerancia y de
marginación es el camino franciscano para curar las heridas y recomponer las
fracturas? Sustentar.

3. De qué manera podemos trabajar incesantemente en la pacificación de nuestro


corazón y en la reconciliación con la propia historia.

4. Cómo podemos vivir unas relaciones interpersonales exentas de violencia o


competitividad entre nosotros y en nuestro trabajo con los demás.

4. La paz en los opúsculos

4.1. En las admoniciones13

Vamos ahora a dar una mirada a las admoniciones que tratan siempre de un único y mismo
tema: vivir sin nada propio, “vivere sine proprio” (RnB 1,1; RB 1,l), y esto entendido no
sólo con referencia a las cosas materiales y externas, sino y sobre todo, como un proceso de
desarraigo del ego. Aunque no podemos imitar aquí y ahora la pobreza exterior tal como la
vivió san Francisco, sí podemos imitar, siempre y en todas partes, su pobreza interior. Este
es el punto en el que Francisco nos aporta la diferencia en el trabajo por la paz: combatir
primero la propia violencia para ser “Verdaderamente pacíficos aquellos que, en medio de
todas las cosas que padecen en este mundo, conservan la paz en su alma y en su cuerpo”.
La pobreza interior es y será el núcleo y eje central de toda ascesis franciscana, de todo el
ser y actuar franciscano: vivir “sine proprio”, sin nada propio. Y esto quiere decir pura y
simplemente: no yo, nada para mí; Dios, sólo Dios, todo para Dios. Renunciar a todo, en el
sentido de desprendernos, abandonar todo, incluso a nosotros mismos; desapropiarnos de

11
Véase el libro de A. M.ª Fernández Pinedo, La experiencia cristiana de Francisco de Asís y la
identidad franciscana (Aránzazu. Oñate, 2004).
12
Cf. J. Sanz Montes, «El silencio y la palabra. Dos modos de comunicación en Dios y en el hombre»,
Revista Católica Internacional Communio 23 (2001) 207-237; Th. Matura, Una ausencia ardiente
(Claretianas. Madrid, 1989).
13
Cfr. ESSER, Kajetan, en Selecciones de Franciscanismo, síntesis del comentario a cada admonición.
12
nuestros deseos, exigencias y pretensiones; no apropiarnos de nada ni retener nada para
nosotros mismos. Todo esto es parte integrante de la pobreza interior. La desapropiación,
de la que habla Francisco con gran penetración y concretez es lo que hace la diferencia a la
hora de promover la paz.

Kajetan Esser: La vasta bibliografía del padre Kajetan Esser, uno de los grandes
franciscanólogos de la Orden, abarca tanto cuestiones espirituales del mundo franciscano
como el análisis y la revisión de la historia del movimiento iniciado por san Francisco.
Esser nace en Düsseldorf-Hamm el 28 de febrero de 1913. Bautizado con el nombre de
Johannes, adoptó en el momento de su ingreso en la orden el nombre de Kajetan. Tras el
noviciado realizó estudios de filosofía y teología en Mönchengladbach. Su trabajo de fin de
carrera versaba sobre el testamento de san Francisco. El profesor Autbert Stroick (OFM)
fue quien suscitó en Esser un interés especial por la figura del santo y los escritos de éste.

4.1.1. La admonición 11º

“Nada debe disgustar al siervo de Dios fuera del pecado. Y sea cual sea el pecado que una
persona cometa, si el siervo de Dios, no teniendo caridad, pierde la paz y se aíra por ello,
atesora para sí culpas. El siervo de Dios que no se aíra ni se turba por cosa alguna, vive
rectamente, sin nada propio. Y dichoso quien nada retiene para sí, restituyendo al césar lo
que es del césar, y a Dios lo que es de Dios”.

En estas palabras de Francisco nos muestra como debemos comportarnos con la persona
que actúan de modo diferente a nuestra manera de pensar y obrar. Con mucha frecuencia
perdemos la paz y condenamos con dureza y no queremos saber nada con aquellos que
tienen comportamientos diferentes a los nuestros. Francisco nos descubre aquí el motivo de
semejante comportamiento: quienes así actúan, se creen mejores, están orgullosos de su
presunto tesoro de virtudes, piensan que son especiales. Considerándose “mejores”, se
creen estar por encima de quienes negativamente, los juzgan desde arriba y los condenan.
Están íntimamente convencidos de que a ellos nunca podría ocurrirles tales cosas. Son los
fariseos de hoy, llenos de vanidad por sus méritos piadosos y repletos de desprecio hacia
los demás: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres!” (Lc
18,11).

La raíz de esta actitud es, naturalmente, el egoísmo, el enamoramiento de uno mismo. En


tales personas todo gira en torno a su propio “ego”, hasta la piedad. No son siervos de Dios,
sino siervos de su propio ego. Los tesoros que creen poder exhibir y con base a los cuales
se alzan por encima de los demás, son, como afirma aquí Francisco con toda nitidez, un
atesorar culpas, que ellos acumulan para su propia perdición.

4.1.2. Admonición 14

“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3). Hay
muchos que permanecen constantes en la oración y en los divinos oficios y hacen muchas
abstinencias y mortificaciones corporales, pero por una sola palabra que parece ser una
injuria para sus cuerpos o por cualquier cosa que se les quite, se escandalizan y en seguida

13
se alteran. Estos tales no son pobres de espíritu; porque quien es de verdad pobre de
espíritu, se odia a sí mismo y ama a los que le golpean en la mejilla (cf. Mt 5,39)”.

Vamos a detenernos un momento sólo en esta frase de la admonición: “Por una sola
palabra que parece ser una injuria para sus cuerpos o por cualquier cosa que se les quite,
se escandalizan y en seguida se alteran” La vida diaria, la experiencia de la vida nos podrá
a prueba. San Francisco fino conocedor de las almas y guía experimentado, no se deja
engañar por las obras y apariencias externas. Sabe perfectamente que hay muchas personas
que hacen muchas obras externas esto sólo para servir a su propio “ego”, a su propia
vanidad y orgullo, recreándose y contemplándose en el destello de sus buenas obras.
¡Francisco señala aquí un peligro muy real! Hasta en las prácticas de piedad, que deberían
ser sólo y exclusivamente un servicio divino, puede ser uno idólatra del propio “yo”.
Incluso estas prácticas pueden hacerse por vanagloria, para que las observen los demás y le
admiren a uno.

Esta divinización del propio “yo”, fácilmente instalable en la vida de piedad y de querer
hacer el bien a los demás, no puede mantenerse oculta. Y es asombrosa la precisión con que
El Pobrecillo indica los síntomas que ponen de manifiesto esta actitud trastocada. El
primero: quienes obran movidos por esta actitud, se escandalizan y permanecen alterados
durante días por una sola palabra que parece ser una injuria para sus cuerpos, para su
querido ego. En realidad, no es una injuria, simplemente parece serlo. Y, ante ella, se salen
en seguida de sus casillas y ya no se recobran. Cuando se les dice algo que no les sienta
bien, se irritan y manifiestan claramente con su comportamiento, con el semblante, con
interminables lamentaciones, que se les ha ultrajado, que se ha actuado injustamente con
ellos, y que están muy ofendidos por la injuria inferida a su “santa persona”.

¿Por qué no viven sin nada propio? Porque, en realidad, han convertido sus obras solidarias
y humanitarias, sus buenas acciones, en un dominio del que se sienten orgullosos, que
llevan siempre consigo y con el que esperan obtener reconocimiento. Permanecen siendo
esclavos de su propio “yo”.

4.1.3. Admonición 15

“Dichosos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). Son verdaderamente
pacíficos aquellos que, en medio de todas las cosas que padecen en este mundo, conservan
la paz en su alma y en su cuerpo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo”.

Si de verdad queremos la paz debemos desapropiarnos de codicia, ambición y ansia


incontrolada de poder. Debe estar dispuesto a ser punto de contradicción, como lo fue el
Sabio de Nazaret, Francisco, Gandhi, Martín Luther King y tantos otros pacifistas que han
muerto buscando la no-violencia. En este mundo dominado y determinado por el egoísmo,
se tendrá que sufrir y padecer muchas cosas desagradables. Esta constante desapropiación
es pesada. Lo sabemos todos por propia experiencia. Nuestro “yo”, acostumbrado a la
dualidad, se rebela contra contra la Unidad; no quiere la desapropiación y desprecia la
humildad. Si el “yo” se enseñorea de nosotros, somos presa de la discordia y angustia.
Entonces dejamos de vivir en paz y serenidad, con eso, se destruye a la vez la paz con
nosotros nosotros mismos, con los otros seres humanos, con la naturaleza y con Dios.
14
Francisco nos indica algo muy importante a este respecto: la paz y la discordia o angustia
germinan en el corazón del hombre, de cada individuo. Vivimos en la paz que el mundo no
puede dar ni quitar. Si nuestro “yo” se rebela y nuestro corazón se perturba, entonces la
discordia y la angustia hacen presa en nosotros. Así resulta cierto el antiguo adagio: “Quien
controla su corazón, controla el corazón del mundo”. Y esto vale también para la vida
cotidiana en la familia, el trabajo y los grupos. Cuanto más pacíficos son todos y cada uno
de sus miembros, tanto más y “la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar,
cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús”. (Flp 4,7).

El apóstol San Pablo nos invita a estar unidos a Dios, para ser uno con él: “Pero el que se
une al Señor, se hace un solo espíritu con él” (1 Cor 6,17). Quien busque sentirse en la
unidad con el Todo será capaz de entregarse a la causa de la paz, aun sea contra el forcejeo
de su propio “yo”. ¿Nos sentimos en esto suficientemente responsabilizados, incluso frente
a nuestro desordenado “yo”? ¿Estamos profundamente convencidos de que éste es el
camino para la vivencia auténtica de nuestra condición de hijos de Dios, el camino hacia la
bienaventuranza? “Felices los que trabajan para la paz, porque a ésos los va a llamar Dios
hijos suyos”, ¡y van a serlo!

La paz estará mucho más garantizada si en particular fuéramos suficientemente pobres, es


decir, si no estamos excesivamente preocupados por la propia honra y por defenderla.
¿Estamos nosotros, como franciscanos y “siervos de Dios y seguidores de la santísima
pobreza” (RB 5,4), dispuestos a eso? Sin la voluntad decidida por un sin propio radical, por
una auténtica pobreza en el espíritu, no puede haber paz alguna entre los hombres ni en
nuestro metro cuadrado. Jesús nos dirá que la felicidad está cuando se toma opción por ser
pobres en el espíritu (Mt 5,3).

Trabajar por la paz, supone experimentarla primero en nuestros corazones y luego también
en nuestras familias y lugares de trabajo, debemos superar toda ambición desordenada y
afán de poder, y como el Señor “ser humildes de corazón” (Mt 11,29). Las palabras de
Francisco: “Todo cuanto padecen en este mundo, por amor de nuestro Señor Jesucristo”,
adquieren aquí un nuevo significado: debemos amar la insignificancia. No debemos
presumir de nada ni buscar la estima de los hombres. No debemos constituirnos en medida
para los otros. Hemos de estar dispuestos a recorrer el camino más sencillo. Sólo entonces
seremos fieles al sin propio y humildad y al santo Evangelio. ¿Quién podrá negar que
entonces se cegarían en nuestra vida personal y en la social las fuentes de la discordia?

Estos son cuestionamientos que se nos plantean a partir de la presente exhortación. Tratan
de la rectitud de nuestro corazón, de la rectitud de nuestro comportamiento. Son muy
adecuados en cuanto nos indican el camino a seguir.

Pero sabemos por experiencia que es difícil seguirlas. Los hechos prácticos y concretos
hablan un lenguaje a veces demasiado duro. No olvidemos que detrás de ellas ha de estar el
trabajo de crecimiento personal y la vida en el espíritu, nos confirma las palabras de apóstol
de loa gentiles: “Él es nuestra paz, que hizo de los dos pueblos uno... Viniendo nos anunció
la paz a los de lejos y a los de cerca” (Ef 2,14.17). Él se ofreció por la paz. Procuremos
estar, en todo cuanto hacemos, prontos a seguir las huellas de Jesús, en quien queremos, por
15
amor suyo, “conservar la paz interior y exterior”.

También debemos plantearnos, de cómo debemos comportarnos cuando nos encontremos o


hayamos de vivir con personas que abiertamente no colaboran en la causa de la paz o que,
peor aún, la combaten, alterando y destruyendo, haciendo insoportable si no imposible la
vida familiar, de trabajo y social. En tal situación, estamos llamados al más íntimo y
estricto seguimiento de Cristo. Precisamente entonces deberemos reflexionar con particular
atención y seguir aquella exhortación de Francisco de Asís: “Consideremos atentamente,
todos los hermanos, lo que dice el Señor: “Amen a sus enemigos y hagan bien a los que los
odian” (Mt 5,44). Pues también nuestro Señor Jesucristo, “cuyas huellas debemos seguir”
(1 Pe 2,21), llamó amigo a su traidor y se entregó de buena gana a los que lo crucificaron.
Amigos nuestros son, pues, todos aquellos que injustamente nos proporcionan tribulaciones
y angustias, afrentas e injurias, dolores y tormentos, el martirio y la muerte. A todos ellos
debemos amarlos mucho, pues por lo que nos hacen, alcanzamos, la vida eterna” (RnB
22,1-4).

Nos parece importante, adentrarnos en el camino de la espiritualidad, más concretamente lo


que se está empezando a llamar “inteligencia espiritual”. Para responder a la exhortación de
San Francisco. ¡Sin duda alguna! En este contexto vemos con claridad que la espiritualidad
y particularmente el carisma franciscano es la clave para la paz; una clave que destrona a
nuestro propio ego; una clave que vence al nefasto espíritu de este mundo; una clave, en
fin, que tiene como causa y objetivo la unidad con los otros seres humanos, unidad con las
creaturas y con Dios. Siempre que el hombre esté dispuesto a seguir, en la causa de la paz,
la espiritualidad se actualiza y se recrea.

4.2. En la Regla Bulada14

“No litiguen ni se enfrenten a nadie de palabra (cf. 2Tim 2,14), ni juzguen a otros, sino
sean apacibles, pacíficos y mesurados, mansos y humildes, hablando a todos honestamente,
según conviene… En toda casa en la que entren, digan primero: Paz a esta casa (cf. Lc
10,5)”. (RB 3,10-14).

Este texto de la Regla Bulada, está hablando de las relaciones interpersonales. El Pobrecillo
está orientando para que las relaciones no sean tensas con cualquier clase de persona
violentas o que de alguna manera fomentan la violencia, especialmente a través de las
palabras y en los juicios y condenas que se emiten de los demás.

Por el contrario, nos pide que seamos “apacibles, pacíficos y mesurados, mansos y
humildes, hablando a todos honestamente, según conviene”, es hermosa frase de la forma
de vida, es una ilustración de lo que debe ser la minoridad, a la vez los adjetivos presentes
tienen un fuerte origen biblico; dichos términos los podemos ver en dos grupos, el primero
sería: “apacibles, pacíficos y mesurados”, que se acercan más a la idea de construir paz,
mientras que el segundo: “mansos y humildes, hablando a todos honestamente”, insistir
más bien en la humildad virtud necesaria en el trabajo de crecimiento personal, recordemos

14
Cfr. URIBE, Fernando, “La Regla de San Francisco, Letra y espíritu”. Editorial Espigas, 2006,
Murcia.
16
que la paz es un don y una conquista, proceso ligeramente previo a la construcción de la
paz. Los términos que propone Francisco indican el proceso de desarraigo del ego,
disposición para el amor, apuntando a la no-violencia como actitud de vida.

Si analizamos el texto con cierto detenimiento, podemos concluir que Francisco tiene la
idea de paz bien clara y que la expresa con deversos términos como para no dejar escapar
ningún matiz; de otra parte, y como lo hemos ido insistiendo, la paz no es una proclamación
teórica o demagógica, sino que aparece encarnada en el ser humano y fundida en la persona
que construye la paz, al ser traducida al texterior en términos relacionales, aún en la forma
de hablar a los demás. El valor de la encarnación o personalización de la paz se acrecienta
si se tiene en cuenta que las diversas actitudes tienen raíces biblicas: 2 Timoteo 2, 14 y en
el Sermón de la Montaña. El texto de la Regla que estamos comentado logra presentar el
prototipo de persona hecha toda de paz, es decir, que ha recibido ese don de la paz deseado
por el Pobrecillo en la Bendición al hermano león.

La frase con la que termina: “hablando a todos honestamente15, según conviene”, no es otra
cosa la manifestación de la capacidad de tener relaciones pacíficas con las demás personas.
Podemos notar que para Francisco hay una extrecha relación entre poseer la paz y
anunciarla, así lo decia: “Que la paz que anuncian de palabra, la tengan, y en mayor
medida, en sus corazones. Que nadie se vea provocado por ustedes a ira o escándalo, sino
que por su mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia.
Pues para esto hemos sido llamados” (TC 58,4). Sólo quien tienen el don de la paz en el
corazón lo puede comunicar de modo eficaz a los demás sin necesidad de mayores
esfuerzos. Hablar a los demás “según conviene”, nos muestra la capacidad que se debe de
tener de acomodar el lenguaje -el discurso- a la condición del de las personas y manifiesta
además que la actitud de cortesía no está en desacuerdo con la minoridad, sino que por el
contrario van juntas.

Podemos ver más ampliamente este contenido en el capítulo 11 de la Regla no Bulada, el


cual es una larga exhortación para que velemos por las buenas relaciones de los
franciscanos entre sí y con las demás personas; está muy bien sustentado con muchas
fuentes bíblicas16.

15
La palabra “honestamente” en el medioevo, tiene el sentido de cortés, elegante, gentil,
caballerosamente.
16
“Y guárdense todos los hermanos de calumniar y de enfrentarse a nadie de palabra (cf. 2Tim 2,14),
sino, más bien, esfuércense por guardar silencio, siempre que Dios les dé la gracia. Y no litiguen entre sí
ni con otros, sino procuren responder humildemente, diciendo: Soy un siervo inútil (cf. Lc 17,10). Y no
se aíren, porque todo el que se deja llevar de la ira contra su hermano será condenado en el juicio; el que
llame a su hermano «imbécil», será condenado por la asamblea; el que le llame «renegado», será
condenado al fuego del quemadero (Mt 5,22). Y ámense mutuamente, como dice el Señor: Éste es mi
mandamiento: que os améis mutuamente, como yo os he amado (Jn 15,12). Y muestren con obras (cf.
Sant 2,18) el amor que mutuamente se tienen, como dice el apóstol: No amemos de palabra y de boca,
sino con las obras y de verdad (1Jn 3,18).
Y no hablen mal de nadie (cf. Tit 3,2); no murmuren ni difamen a otros, porque está escrito: Los
murmuradores y difamadores le son odiosos a Dios (cf. Rom 1,29-30). Y sean modestos, mostrando una
total mansedumbre con todos los hombres (cf. Tit 3,2); no juzguen, no condenen. Y, como dice el Señor,
no se fijen en los más pequeños pecados de los demás (cf. Mt 7,3; Lc 6,41), antes, al contrario,
17
Testamento 23: “El Señor me reveló que dijésemos este saludo: “El Señor te dé la paz”

Francisco también se sentía llamado por Dios a ser pregonero de la paz como lo demuestra
en su frecuente uso de encabezamiento de sus cartas:

Segundo Carta a los Custodios: “A todos los custodios de los Hermanos Menores a
quienes llegue esta carta, el hermano Francisco, el más pequeño de los siervos de Dios:
salud y santa paz en el Señor”.

Segunda Carta a los Fieles: “A todos los cristianos religiosos, clérigos y laicos, hombres y
mujeres, a cuantos habitan en el mundo entero, el hermano Francisco, su siervo y súbdito:
mis respetos con reverencia, paz verdadera del cielo y caridad sincera en el Señor”.

Carta a Fray León: “Hermano León, tu hermano Francisco: salud y paz”.

Carta a las autoridades de los Pueblos: “A todos los podestá y cónsules, jueces y
regidores de todos los lugares de la tierra, y a todos aquellos a quienes llegue esta carta, el
hermano Francisco, vuestro pequeñuelo y despreciable siervo en el Señor Dios, les desea
a todos ustedes salud y paz”.

En la perfecta alegría:

“Un cierto día el bienaventurado Francisco, estando en Santa María, llamó al hermano
León y le dijo:
–Hermano León, escribe.
Éste le respondió:
–Ya estoy listo.
–Escribe –le dijo– cuál es la verdadera alegría:
Llega un mensajero y dice que han venido a la Orden todos los maestros de París. Escribe.
«En esto no está la verdadera alegría».
También que han venido todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos, y también
el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: «En esto no está la verdadera alegría».
Y dice también que mis hermanos han ido entre los infieles y los han convertido a todos a
la fe. Y que, además, yo he recibido de Dios tanta gracia, que sano enfermos y hago
muchos milagros. Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.
Pero, ¿cuál es la verdadera alegría?
Vuelvo de Perusa y, en medio de una noche cerrada, llego aquí; es tiempo de invierno, está
todo embarrado y hace tanto frío, que en los bordes de la túnica se forman carámbanos de
agua fría congelada que golpean continuamente las piernas, y brota sangre de sus heridas.

consideren atentamente los propios en la amargura de su alma (Is 38,15). Y empéñense en entrar por la
puerta estrecha (Lc 13,24), porque dice el Señor: Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a
la vida y son pocos los que lo encuentran (Mt 7,14)” (Regla no Bulada 11).

18
Y todo embarrado, aterido y helado, llego a la puerta; y, después de golpear y llamar un
buen rato, acude el hermano y pregunta:
–¿Quién es?
Yo respondo:
–El hermano Francisco.
Y él dice:
–Largo de aquí. No es hora decente para andar de camino; no entrarás.
Y, al insistir yo de nuevo, responde:
–Largo de aquí. Tú eres un simple y un inculto. Ya no vienes con nosotros. Nosotros somos
tantos y tales, que no te necesitamos.
Y yo vuelvo a la puerta y digo:
–Por amor de Dios, acogedme por esta noche.
Y él responde:
–No lo haré. Vete al lugar de los crucíferos y pide allí.
Te digo que, si he tenido paciencia y no me he turbado, en esto está la verdadera alegría, y
la verdadera virtud y la salvación del alma.
El tema de la alegría es la verificación de no perder la paz y serenidad, así concluye el
relato: “Si he tenido paciencia y no me he turbado, en esto está la verdadera alegría, y la
verdadera virtud y la salvación del alma”. Francisco quiere mostrar que es en el momeno
de la prueba donde se debe evidenciar la paz mostrándolo a través de la verdadera Alegría.
Poseer la paz y no perderla ante un dificultad, era el gran ideal de Pobrecillo, mostándolo
con obras, como a él le gustaba decir.

Actividad reflexiva: ¿Cuál es la alegría verdaderamente espiritual?

5. La paz en las Hagiografías

Bien sabemos que Francisco de Asís fue un gran conocedor del Santo Evangelio, eso queda
sustentado porque sus escritos (opúsculos), están siempre con referencias de la Sagrada
Escritura, por eso mismo acogiendo las indicaciones hechas por Jesús a sus discípulos en el
el discurso de la misión, esta disposición de saludar anunciando la paz, indica, para el
Pobrecillo y sus hermanos que deberían ser hombres pacificados y heraldos de la paz.

El interés por paz está en la raíz histórica del movimiento franciscano; según el testimonio
de sus biógrafos Francisco enviaba a sus primeros hermanos a anunciar la paz y la
penitencia:

Primera biografía de Celano 29: “Francisco envía a los hermanos a anunciar La Paz y la
penitencia: "Por este mismo tiempo ingresó en la Religión otro hombre de bien, llegando
con él a ser ocho en número. Entonces, el bienaventurado Francisco los llamó a todos a su
presencia y platicó sobre muchas cosas: del reino de Dios, del desprecio del mundo, de la
negación de la propia voluntad y del dominio de la propia carne; los dividió en cuatro
grupos de a dos y les dijo: “Marchad, carísimos, de dos en dos por las diversas partes de la
19
tierra, anunciando a los hombres la paz y la penitencia para remisión de los pecados. Y
permaneced pacientes en la tribulación, seguros, porque el Señor cumplirá su designio y su
promesa. A los que os pregunten, responded con humildad; bendecid a los que os persigan;
dad gracias a los que os injurien y calumnien (cf. 2 R 10,10-12), pues por esto se nos
prepara un reino eterno”.

1 Cel 23 b.: “En toda predicación que hacía, antes de proponer la palabra de Dios a los
presentes, les deseaba la paz, diciéndoles: “El Señor os dé la paz”. Anunciaba
devotísimamente y siempre esta paz a hombres y mujeres, a los que encontraba y a quienes
le buscaban. Debido a ello, muchos que rechazaban la paz y la salvación, con la ayuda de
Dios abrazaron la paz de todo corazón y se convirtieron en hijos de la paz y en émulos de la
salvación eterna”.

Tres Compañeros 26: “Como más tarde él mismo atestiguó (Test 23), había aprendido,
por revelación divina, este saludo: «El Señor te dé la paz». Por eso, en toda predicación
suya iniciaba sus palabras con el saludo que anuncia de la paz.

Y es de admirar -y no se puede admitir sin reconocer en ello un milagro- que antes de su


conversión había tenido un precursor, que para anunciar la paz solía ir con frecuencia por
Asís saludando de esta forma: «Paz y bien, paz y bien». Se creyó firmemente que así como
Juan, que anuncio a Cristo, desapareció al empezar Cristo a predicar, de igual manera este
precursor, cual otro Juan, precedió al bienaventurado Francisco en el anuncio de la paz y no
volvió a comparecer cuando éste estuvo ya presente.

Dotado de improviso el varón de Dios del espíritu de los profetas, en cuanto desapareció su
heraldo, comenzó a anunciar la paz, a predicar la salvación; y muchos que habían
permanecido enemistados con Cristo y alejados del camino de la salvación, se unían en
verdadera alianza de paz por sus exhortaciones”.

Leyenda Mayor, de san Buenaventura 3, 2: “Al comienzo de todas sus predicaciones


saludaba al pueblo, anunciándole la paz con estas palabras: «¡El Señor os dé la paz!» Tal
saludo lo aprendió por revelación divina, como él mismo lo confesó más tarde. De ahí que,
según la palabra profética (Is 52,7) y movido en su persona del espíritu de los profetas,
anunciaba la paz, predicaba la salvación y con saludables exhortaciones reconciliaba en una
paz verdadera a quienes, siendo contrarios a Cristo, habían vivido antes lejos de la
salvación”.

La reconciliación entre el Podestá y el Obispo de Asís: (LP 84) “En este mismo tiempo,
estando enfermo y predicadas y compuestas ya las alabanzas17, el obispo a la sazón de Asís
excomulgó al podestá18; éste, enemistado con aquél, había hecho, con firmeza y de forma

17
Después de haber sido compuesto el Las alabanzas, hoy conocido como “Cántico del Hermano Sol”.

18
EL Podestá, se puede entender como el Alcalde de la ciudad de Asís y, posiblemente fuera Opórtolo.
20
curiosa, anunciar por la ciudad de Asís que nadie podía venderle o comprarle, ni hacer con
él contrato alguno. De esta forma creció el odio que mutuamente se tenían. El
bienaventurado Francisco, muy enfermo entonces, tuvo piedad de ellos, particularmente
porque nadie, ni religioso ni seglar, intervenía para establecer entre ellos la paz y armonía.

Dijo, pues, a sus compañeros: “Es una gran vergüenza para vosotros, siervos de Dios, que
nadie se preocupe de restablecer entre el obispo y el podestá la paz y concordia, cuando
todos vemos cómo se odian”. Por esta circunstancia añadió esta estrofa a aquellas
alabanzas:

“Loado seas tú, mi Señor,


por aquellos que perdonan por tu amor
y soportan enfermedad y tribulación.
Bienaventurados aquellos que las sufren en paz,
pues de ti, Altísimo, coronados serán”.

Después llamó a uno de sus compañeros y le dijo: “Vete donde el podestá y dile de mi parte
que acuda al obispado con los notables de la ciudad y con toda la gente que pueda reunir”.

Cuando el hermano partió, dijo a otros dos compañeros: “Id y, en presencia del obispo, del
podestá y de toda la concurrencia, cantad el Cántico del hermano sol. Tengo confianza de
que el Señor humillará sus corazones, y, restablecida la paz, volverán a su anterior amistad
y afecto”.

Cuando todo el mundo estaba reunido en la plaza del claustro del obispado, los dos
hermanos se levantaron y uno de ellos tomó la palabra: “El bienaventurado Francisco ha
compuesto en su enfermedad las alabanzas del Señor por las criaturas para gloria de Dios y
edificación del prójimo. Él os pide que las escuchéis con gran devoción”. Y empezaron a
cantarlas. El podestá en seguida se pone en pie, junta sus brazos y manos y con gran
devoción y hasta con lágrimas escucha atentamente como si fuera el Evangelio del Señor,
pues sentía hacia el bienaventurado Francisco gran confianza y veneración.

Al final de las alabanzas del Señor, el podestá habló al pueblo: “En verdad os digo que no
sólo perdono al señor obispo, al que debo reconocer por mi señor, sino que perdonaría al
asesino de mi hermano o de mi hijo”. Y, arrojándose a los pies del señor obispo, le dijo:
“Por el amor de nuestro Señor Jesucristo y de su siervo el bienaventurado Francisco, estoy
dispuesto a daros por todas mis ofensas la satisfacción que deseéis”. El obispo le tendió las
manos y le levantó, diciendo: “Mi cargo exige en mí humildad, pero tengo un carácter
pronto a la cólera; te pido me perdones”. Los dos se abrazaron y besaron con gran ternura y
afecto.

Los hermanos admiraron, una vez más, la santidad del bienaventurado Francisco, pues se
había cumplido a la letra lo que había predicho acerca de la paz y concordia de aquellos dos
personajes. Todos los testigos de la escena consideraron como un gran milagro, por los
méritos del bienaventurado Francisco, el que tan pronto los visitara el Señor y el que, sin

21
recordar palabra alguna ofensiva, hubieran pasado de tan gran escándalo a tan leal
avenencia. Nosotros que hemos vivido con el bienaventurado Francisco, damos fe de que,
si él decía: “Tal cosa está sucediendo o sucederá”, su palabra se cumplía casi a la letra. Con
nuestros ojos hemos contemplado lo que sería muy largo de escribir y narrar.

La visita de Francisco al Sultán (cf. 1 C 57): Volvióse a la iglesia de Santa María de la


Porciúncula, y al poco tiempo se le unieron, muy gozosos, algunos letrados y algunos
nobles. Siendo él nobilísimo de alma y muy discreto, los trató con toda consideración y
dignidad, dando con delicadeza a cada uno lo que le correspondía. Dotado de singular
discreción, ponderaba con prudencia la dignidad de cada uno. Pero, a pesar de todo, no
podía hallar sosiego mientras no llevase a feliz término el deseo de su corazón, ahora más
vehemente. Por esto, en el año trece de su conversión marchó a Siria con un compañero, al
tiempo en que la guerra entre cristianos y sarracenos crecía a diario en dureza y crueldad, y
no temió presentarse ante el sultán de los sarracenos.

¿Quién será capaz de narrar la entereza de ánimo con que se mantuvo ante él, el acento que
ponía en sus palabras, la elocuencia y seguridad con que respondía a quienes se mofaban de
la ley cristiana? Antes de llegar al sultán fue apresado por sus satélites: colmado de ultrajes
y molido a azotes, no tiembla; no teme ante la amenaza de suplicios, ni le espanta la
proximidad de la muerte. Y he aquí que, si muchos le agraviaron con animosidad y gesto
hostil, el sultán, por el contrario, lo recibió con los más encumbrados honores. Lo agasajaba
cuanto podía y, presentándole toda clase de dones, intentaba doblegarle a las riquezas del
mundo; ante el tesón con que lo despreciaba todo, como si fuera estiércol, estupefacto, lo
miraba como a un hombre distinto de los demás; intensamente conmovido por sus palabras,
le escuchaba con gran placer. Como se ve, el Señor no dio cumplimiento a los deseos del
Santo, reservándole la prerrogativa de una gracia singular.

VER EL SIGUENTE VIDEO, de cómo por la simplicidad de la mirada Fray Junipero logra
que Nicolás levante el asedio que tenía contra Colestrada:
https://www.youtube.com/watch?v=ys72hqKTukM

El episodio del lobo de Gubbio (cf. Flor 21):

Cómo San Francisco amansó, por virtud divina,


un lobo ferocísimo

En el tiempo en que San Francisco moraba en la ciudad de Gubbio, apareció en la comarca


un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los
hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas
veces se acercaba a la ciudad. Todos iban armados cuando salían de la ciudad, como si
fueran a la guerra; y aun así, quien topaba con él estando solo no podía defenderse. Era tal
el terror, que nadie se aventuraba a salir de la ciudad.

San Francisco, movido a compasión de la gente del pueblo, quiso salir a enfrentarse con el
lobo, desatendiendo los consejos de los habitantes, que querían a todo trance disuadirle. Y,
haciendo la señal de la cruz, salió fuera del pueblo con sus compañeros, puesta en Dios toda
22
su confianza. Como los compañeros vacilaran en seguir adelante, San Francisco se
encaminó resueltamente hacia el lugar donde estaba el lobo. Cuando he aquí que, a la vista
de muchos de los habitantes, que habían seguido en gran número para ver este milagro, el
lobo avanzó al encuentro de San Francisco con la boca abierta; acercándose a él, San
Francisco le hizo la señal de la cruz, lo llamó a sí y le dijo:

-- ¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni
a nadie.

¡Cosa admirable! Apenas trazó la cruz San Francisco, el terrible lobo cerró la boca, dejó de
correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los
pies de San Francisco. Entonces, San Francisco le habló en estos términos:

-- Hermano lobo, tú estás haciendo daño en esta comarca, has causado grandísimos males,
maltratando y matando las criaturas de Dios sin su permiso; y no te has contentado con
matar y devorar las bestias, sino que has tenido el atrevimiento de dar muerte y causar daño
a los hombres, hechos a imagen de Dios. Por todo ello has merecido la horca como ladrón y
homicida malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti y toda la ciudad es enemiga
tuya. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer las paces entre tú y ellos, de manera que tú no les
ofendas en adelante, y ellos te perdonen toda ofensa pasada, y dejen de perseguirte hombres
y perros.

Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y
bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco. Díjole
entonces San Francisco:

-- Hermano lobo, puesto que estás de acuerdo en sellar y mantener esta paz, yo te prometo
hacer que la gente de la ciudad te proporcione continuamente lo que necesites mientras
vivas, de modo que no pases ya hambre; porque sé muy bien que por hambre has hecho el
mal que has hecho. Pero, una vez que yo te haya conseguido este favor, quiero, hermano
lobo, que tú me prometas que no harás daño ya a ningún hombre del mundo y a ningún
animal. ¿Me lo prometes?

El lobo, inclinando la cabeza, dio a entender claramente que lo prometía. San Francisco le
dijo:

-- Hermano lobo, quiero que me des fe de esta promesa, para que yo pueda fiarme de ti
plenamente.

Tendióle San Francisco la mano para recibir la fe, y el lobo levantó la pata delantera y la
puso mansamente sobre la mano de San Francisco, dándole la señal de fe que le pedía.
Luego le dijo San Francisco:

-- Hermano lobo, te mando, en nombre de Jesucristo, que vengas ahora conmigo sin temor
alguno; vamos a concluir esta paz en el nombre de Dios.

23
El lobo, obediente, marchó con él como manso cordero, en medio del asombro de los
habitantes. Corrió rápidamente la noticia por toda la ciudad; y todos, grandes y pequeños,
hombres y mujeres, jóvenes y viejos, fueron acudiendo a la plaza para ver el lobo con San
Francisco. Cuando todo el pueblo se hubo reunido, San Francisco se levantó y les predicó,
diciéndoles, entre otras cosas, cómo Dios permite tales calamidades por causa de los
pecados; y que es mucho más de temer el fuego del infierno, que ha de durar eternamente
para los condenados, que no la ferocidad de un lobo, que sólo puede matar el cuerpo; y si la
boca de un pequeño animal infunde tanto miedo y terror a tanta gente, cuánto más de temer
no será la boca del infierno. «Volveos, pues, a Dios, carísimos, y haced penitencia de
vuestros pecados, y Dios os librará del lobo al presente y del fuego infernal en el futuro».

Terminado el sermón, dijo San Francisco:

-- Escuchad, hermanos míos: el hermano lobo, que está aquí ante vosotros, me ha
prometido y dado su fe de hacer paces con vosotros y de no dañaros en adelante en cosa
alguna si vosotros os comprometéis a darle cada día lo que necesita. Yo salgo fiador por él
de que cumplirá fielmente por su parte el acuerdo de paz.

Entonces, todo el pueblo, a una voz, prometió alimentarlo continuamente. Y San Francisco
dijo al lobo delante de todos:

-- Y tú, hermano lobo, ¿me prometes cumplir para con ellos el acuerdo de paz, es decir, que
no harás daño ni a los hombres, ni a los animales, ni a criatura alguna?

El lobo se arrodilló y bajó la cabeza, manifestando con gestos mansos del cuerpo, de la cola
y de las orejas, en la forma que podía, su voluntad de cumplir todas las condiciones del
acuerdo. Añadió San Francisco:

-- Hermano lobo, quiero que así como me has dado fe de esta promesa fuera de las puertas
de la ciudad, vuelvas ahora a darme fe delante de todo el pueblo de que yo no quedaré
engañado en la palabra que he dado en nombre tuyo.

Entonces, el lobo, alzando la pata derecha, la puso en la mano de San Francisco. Este acto y
los otros que se han referido produjeron tanta admiración y alegría en todo el pueblo, así
por a devoción del Santo como por la novedad del milagro y por la paz con el lobo, que
todos comenzaron a clamar al cielo, alabando y bendiciendo a Dios por haberles enviado a
San Francisco, el cual, por sus méritos, los había librado de la boca de la bestia feroz.

El lobo siguió viviendo dos años en Gubbio; entraba mansamente en las casas de puerta en
puerta, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno. La gente lo alimentaba
cortésmente, y, aunque iba así por la ciudad y por las casas, nunca le ladraban los perros.
Por fin, al cabo de dos años, el hermano lobo murió de viejo; los habitantes lo sintieron
mucho, ya que, al verlo andar tan manso por la ciudad, les traía a la memoria la virtud y la
santidad de San Francisco.

Trabajo personal y/o en equipo:

24
El trabajo de agente de paz desde nuestra espiritualidad estaría encaminado en crear
condiciones que permitan anidar la justicia y la convivencia en los grupos humanos, como
requisito previo para cualquier tipo de paz social.

- Que tan conveniente es intervenir directamente en los esfuerzos políticos de la


pacificación, como negociar acuerdos, pactar treguas y cosas por el estilo.

Para trabajar en favor de la paz es indispensable partir de una persona que está a a haciendo
un proceso de pacificación personal, según las características que anota Francisco:
apacibles, pacíficos, moderados, mansos,...
- Qué proponemos qué debemos hacer cómo proceso personal?

Lo que Francisco llama "la verdadera paz del espíritu", se expresa en el desarraigo del
propio "yo" y encuentra su verdadera dimensión en la reconciliación personal consigo
mismo, con los otros, con la creación y con el Sumo Bien, entendida como paz cósmica;
- ¿qué acciones concretas podemos hacer para llegar a estas reconciliaciones?

La verdadera paz del espíritu, que los franciscano como hombres y mujeres de paz,
promueven a todo nivel (personal, social, fraterno, eclesial) tiende a crear en todos la
mentalidad de paz, y la vez, condiciones de salud, bienestar, prosperidad, realización de sí
mismo, seguridad y tranquilidad espiritual y social, gozo en el Señor.

La insistencia de Francisco sobre el ser pacíficos en el corazón (este es nuestro plus) como
requisito previo a cualquier trabajo a favor de la paz,
- ¿De que manera debe constituirse en la clave “iniciática” prioritaria tanto a nivel
pedagógico, como de experiencia personal?

6. Medios concretos

En esta última parte de este sexto modulo, se proponen diferentes caminos que pueden ser
utilizadas como herramientas en la construcción de la cultura de paz, herramientas

6.1. El reto de la gratuidad compasiva

Es de esos retos menores, ocultos, pero profundos que envuelven el todo de la vida, que
proporcionan una perspectiva para enfocar el todo de la realidad. La gratuidad, para que sea
agradable al alma de la persona y aceptable por cualquiera ha de ser compasiva. Una
gratuidad altanera, soberbia, displicente, pierde valor y, con frecuencia, es rechazada, ante
el asombro de quien la otorga (le doy algo y me lo devuelve, hago caridad con él y me
muerde la mano).

Los franciscanos/as hemos pretendido ser especialistas en la pobreza, tratando de imitar al


Pobrecillo de Asís. Pero quizá nos habría ido mejor si nos hubiéramos especializado en la
gratuidad compasiva. La voz “gratuidad” no está en ninguno de los índices que acompañan
a los escritos franciscanos. Sin embargo, puede decirse que la vida de Francisco ha estado

25
amasada en esa gratuidad compasiva de la que hablamos. Basta asomarse al compendio de
su pensamiento que son las llamadas Admoniciones.

Ahí queda claro que, para Francisco, la fuente de la gratuidad compasiva es “el Cuerpo de
Cristo”. Así se muestra desde la primera admonición. Él cree que mediante el Cuerpo de
Cristo “el Señor está siempre con sus fieles”, la vida está acompañada. De esta gratuidad
compasiva de Dios brota similar actitud en el hermano franciscano. Por eso, dice, es una
insensatez apropiarse de los valores que uno tiene porque vienen del Señor y su
generosidad. Y porque eso se refleja en cada hermano/a, ha de “obedecer caritativamente”,
es decir, se ha de poner a disposición del hermano sin pedir nada a cambio. Esta gratuidad
ha de estar hecha de renuncia al propio lucro y a la propia gloria porque si estas entran en el
espacio de la persona desplazan a la gratuidad y a la compasión. La gratuidad ha de tener el
rostro de las obras contantes y sonantes, no solamente de los buenos deseos, no ha de ser
envidiosa, alterable, sino paciente y sencilla. Uno de los rostros elementales de la gratuidad
es que no se hable mal de un hermano que no está presente. Se ha demostrar sobre todo
cuando el hermano está en fragilidad y no puede devolverte el bien que le haces. Y un
elemento que jamás puede faltar es que ha de ser humilde, porque la altanería la hace polvo.
Si el lector franciscano se asoma a los Avisos desde esta perspectiva, comprobará su
hondura de pensamiento.

La fe celebra habitualmente la resurrección, y así debe ser, como triunfo de Jesús y


esperanza de nuestro propio triunfo. Pero también podría celebrarse al modo franciscano
como tiempo de gratuidad compasiva. Porque no otra cosa es la resurrección de Jesús: el
tiempo de ahora en que Dios se nos ha dado en Jesús gratuita y compasivamente.

Dice el escritor Manuel Vicent: “Si el mundo está tan mal hecho, queda al alcance de
cualquiera la posibilidad de reinventarlo. Basta con crear ante la muerte un instante de
belleza o de compasión a cambio de nada”.

6.2. Otros medios

Lista de medios concretos para ir construyendo esa cultura de paz, propuesta por Fr. José
Rodríguez Carballo, Ministro General de la OFM19:

ü Trabajar incesantemente en la pacificación de nuestro corazón y en la reconciliación


con la propia historia.

ü Vivir unas relaciones interpersonales exentas de violencia o competitividad entre


nosotros y en nuestro trabajo con los demás.

ü Evitar la acumulación y favorecer la solidaridad concreta con los pobres.

ü Invertir en "banca ética" o en diferentes iniciativas de economía social.

19
J. RODRÍGUEZ CARBALLO, OFM, El compromiso de los hermanos menores por la
justicia y la paz: SEL FRAN 102 (2005) 386-388.
26
ü Apoyar proyectos de desarrollo y de ayudas coyunturales a los empobrecidos, tanto
a nivel nacional como internacional. Pero cuidando que esos proyecto de desarrollo
no sean paternalistas sino que respondan a las verdaderas necesidades de los pobres
e intervengan ellos en su gestión.

ü Ayudar a los pobres a que “tomen mayor conciencia de su propia dignidad humana
y la protejan y acrecienten” (CC.GG. OFM 97,2).

ü Anunciar la reconciliación y la conversión a quienes amenazan vida y la libertad.

ü Organizar programas de educación para la paz en nuestros colegios, parroquias, en


la pastoral juvenil, en los campos de trabajo...

ü Sensibilizar a la opinión pública hacia el bien de la paz basada e la justicia a través


de la predicación, catequesis de jóvenes y adultos, jornadas de reflexión y de
retiro...

ü Formarnos y formar en la utilización crítica de los medios de comunicación,


buscando los medios apropiados (que no suelen ser los que están en manos de
grupos poderosos de comunicación) para una información veraz y ofrecerla a los
demás.

ü Crear instancias de reflexión sobre la paz.

ü Apoyar a los grupos y movimientos, tanto eclesiales como sociales que trabajan por
una paz con justicia (contra el comercio de armas; cancelación de la deuda externa;
firma por parte de los gobiernos de los países ricos de la Convención Internacional
para los derechos humanos de los trabajadores migrantes y familias; defensores de
derechos humanos; defensa del medio ambiente, etc.).

ACTIVIDADES DE FIN DE MÓDULO


o
o
o
o
o
o
o
o
o
o ¿Hasta qué punto nos sentimos identificados como franciscanos con los
esfuerzos sólidos y no violentos por la paz?

- Com
Comparta el texto en el próximo encuentro presencial.

27