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Cesare Beccaria nació y murió en Milán 15 de marzo de 1738

y el 28 de noviembre de 1794, respectivamente. Fue un


literato, filósofo, jurista y economista italiano, y padre de
Giulia Beccaria, quien a su vez fue madre de Alessandro
Manzoni.

También es reconocido porque fue uno de los más


importantes inspiradores del movimiento de reforma del
antiguo derecho penal continental, un derecho caracterizado
en toda Europa por su extrema crueldad, por su arbitrariedad
y su falta de racionalidad. Es también un pilar imprescindible
para la comprensión de la vasta reforma ilustrada del siglo
XVIII, inspirada en las ideas de autonomía, emancipación y lucha contra el despotismo.

Su principal obra sobre los delitos y las penas publicada en 1764, critica la severidad y
abusos de la ley criminal, especialmente la pena capital y la tortura, consiguió una gran
popularidad y se tradujo a todas las lenguas europeas. Sus escritos proporcionaron guías
jurídicas para las reformas de los códigos penales de muchos países europeos, llegando
su influencia también a los Estados Unidos. Fue el primero en defender la educación
como un medio para reducir el crimen.
Esta obra está compuesta por 47 capítulos, los cuales son:

I. ORIGEN DE LOS DELITOS

Beccaria dentro de este capítulo hace mención a un tipo de tratado social, que se da entre
los hombres vagos e independientes, los cuales están de acuerdo en entregar parte de su
independencia a un régimen encargado de salvaguardar el estado de paz, al que recién
había entrado la creciente sociedad cansados de estar en constante estado de guerra.

Retomando autores como Rousseau, defiende la ley por encima de todo, afirma que se
necesitan ciertas sanciones punitivas, prescritas en leyes imparciales y equitativas, que
no se pueden violar y no deben ser establecidas por la voluntad de un juez.

II. DERECHO DE CASTIGAR

Al ser el gobernante el legítimo depositario de la soberanía, está facultado por los


integrantes del gran pacto, para poder castigar los delitos, con la finalidad de contrarrestar
los atentados de los hombres que sean enemigos de la salud pública y es en este sentido,
donde nace uno de los principios más importantes, el cual dice que más justa es la pena,
mientras más sagrada o inviolable sea la seguridad que el soberano tenga consagrada a
sus súbditos.

Es en este sentido en el que Beccaria señala, que toda norma fuera de éste principio es
solo parte de la tiranía desmedida del gobernante, quien al estar envestido con esta
facultad, pierde toda dimisión de su encomienda, condenando a todo aquel ser humano,
que se atreva a desafiar su voluntad, por lo que la justicia debe ser siempre, solo el medio
para mantener unidos estos intereses particulares de los hombres.

III. CONSECUENCIAS

Primera.- El autor nos dice que la función de imponer sanciones debe estar a cargo de un
legislador porque este era y es en la actualidad el representante legítimo de los
integrantes del pacto y que como parte de la primera consecuencia enumerada así por
Beccaria, es un motivo de seguridad para los infractores, de que ningún juez, en un
arranque de cólera o venganza, podría imponer una sanción que le satisficiera en estos
lapsos de irracionalidad desmedida.

Segunda.- Que los intereses de los integrantes del pacto, deben estar a la mirada de
todos, para poder así evitar cualquier violación de los mismos, que sería el principio de
una anarquía desmedida, contraria en toda proporción al interés público

Tercera.- No se trata de que los hombres prueben la atrocidad de las pena como medida
de prevención cometer este error, representa atentar contra este principio de una vida
ejemplar, ya que el soberano estaría automáticamente gobernando a un gran número de
esclavos y no ciudadanos conformes con el resultado de su apuesta por un entorno mejor
y más equitativo.

IV. INTERPRETACIÓN DE LAS LEYES

Analogía e interpretación de la ley penal, son unas de las constantes de la cotidianidad,


que no están permitidas a los juzgadores, pues si tuvieran esta capacidad, se convertirían
automáticamente en legisladores; el juzgador, recibe la codificación, como un dogma
sagrado, el cual no tiene derecho a cuestionar y que principalmente, está obligado a llevar
a pie de la letra por ser estos resultado de la voluntad de los hombres, plasmada por el
pueblo a través del legislador.

Podemos concluir, que la interpretación de la ley penal, solo se puede realizar de manera
literal, ya que de lo contrario, estaríamos seguramente, frente a los sentimientos más
oscuros y desmedidos del juzgador, quien al igual que el infractor, está sujeto a una serie
de elementos subjetivos inherentes a él, mismos que no puede controlar a su voluntad.

V. OSCURIDAD DE LAS LEYES

La perfección de las leyes, no solo radica en el excelente análisis y contemplación de los


aspectos que regulará o si cumple verdaderamente con el objetivo social; Beccaria señala
en este apartado, que uno de los problemas irrenunciables de la ley, es al igual que la
interpretación de los textos donde ha sido plasmada, la redacción de las leyes en lenguas
ajenas al pueblo donde se aplicaran y desde luego, la poca publicidad de la misma, entre
los integrantes del pueblo donde será aplicada, señalamiento que es obviamente
realizado, dentro del entorno de la Europa de mediados del siglo XVII.

Señala el autor, que un pueblo que no tiene la capacidad de plasmar sus leyes en un
texto, jamás tendrá la posibilidad de conformarse como una sociedad prospera y con
todas las oportunidades de crecer sólidamente, razón por la que creía firmemente que la
recién creada imprenta, jugaría un papel de gran importancia, sacando del anonimato de
las bibliotecas de unos cuantos, esas modificaciones legales que para muchos eran
desconocidas, a pesar de que debían estar sujetos a lo señalado por estos textos.

VI. PROPORCIÓN ENTRE LOS DELITOS Y LAS PENAS

Beccaria nos dice que la proporción que debe existir entre las penas y delitos debe ser
conforme al daño que cada acción produzca pues no todos los delitos dañan de igual
manera a la sociedad; entonces cuanto mayor sea el delito, mayor deberá ser la pena
correspondiente.

Existe una escala de delitos, cuyo primer grado consiste en aquellos que destruyen
inmediatamente la sociedad, y el último en la más pequeña injusticia posible cometida
contra los miembros particulares de ella. Por ese motivo, también debe existir una escala
de penas, que deben ser proporcionales a los delitos cometidos.

VII. ERRORES EN LA GRADUACIÓN DE LAS PENAS

En este capítulo, explica que la verdadera medida de los delitos es el daño hecho a la
nación. Es decir, cuanto más grande daño se halla hecho a la nación, mayor será el delito,
y por lo tanto, la pena. Algunos opinan que la graduación de los delitos debe considerarse
según la gravedad del pecado. Eso es un error, ya que la gravedad del pecado depende
de la malicia del corazón de cada uno; y ningún ser humano puede saber que siente el
corazón de otro. El único ser capaz de tener ese conocimiento es DIOS.

VIII. DIVISIÓN DE LOS DELITOS

La verdadera medida de los delitos es el daño hecho a la sociedad. Hay distintos tipos de
delitos. Si se los clasificara en tres grupos, según la gravedad, podríamos decir que los
más graves son aquellos que destruyen inmediatamente a la sociedad o a quien la
representa. En el segundo grupo se encontrarían los delitos que ofenden la privada
seguridad de un ciudadano en la vida, en los bienes o en el honor. Y en el tercer grupo
estarían las acciones contrarias a lo que cada uno está obligado a hacer o no hacer.

IX. DEL HONOR

Todos sabemos que el honor es considerado como un elemento subjetivo, es decir, es


algo que difícilmente podemos saber que tan extenso es, que tanto fue dañado, pero que
hoy en día podemos encontrar en la mayoría de las legislaciones, como uno de los
derechos de las personas y que por tanto se han convertido en bienes tutelados por la ley,
tal es el caso de nuestra legislación civil, tanto federal como local, donde se señala que el
honor es uno de los derechos irrenunciables del hombre.

X. DE LOS DUELOS

En ocasiones la ley es incapaz de dirimir algunos de los conflictos suscitados entre los
hombres y ni las advertencias de muerte a quien participará en ellos, logró erradicar esta
práctica, a la que nadie que fuera emplazado a ella se podía negar, pues se haría
acreedor a una sanción mayor que la propia muerte: el deshonor.

Difícilmente se negaría a participar en duelo, una persona que sabía estaba sujeta a ser
blanco de insultos, injurias y desprecios si no lo hacía; por lo que en cierto lapso de la
historia del derecho, este fue uno de los problemas a los que se debía de encontrar
solución, la cual según Beccaria, se encontraba en castigar al provocador, pues la otra
persona, aún en contra de las leyes, debió defenderse en legítima defensa.

XI. DE LA TRANQUILIDAD PÚBLICA

En este capítulo Beccaria nos explica que entre los delitos de la tercera especie se
encuentran aquellos que turban la tranquilidad pública de los ciudadanos. La función de
los policías es evitar que se turbe la tranquilidad pública; pero los policías no pueden
obrar con leyes arbitrarias, ya que si eso sucediera se abriría una puerta a la tiranía. Se
deben manejarse con un código que circule entre las manos de todos los ciudadanos, de
modo, que los ciudadanos sepan cuando son culpables, y cuando son inocentes.

XII. FIN DE LAS PENAS

Podríamos decir que aun en la actualidad, los países más desarrollados del globo
terráqueo, no han sido capaces de delimitar cual es el fin real de las penas que su
legislación impone a quienes desafían el orden social, pues en algunos casos como el de
los Estados Unidos de Norteamérica, la finalidad es castigar a quien infringió la
normatividad y en casos como el de nuestro país, la finalidad es readaptar al individuo a la
sociedad que en algún momento ofendió con sus actos.

En este sentido En el Tratado de los Delitos y las Penas, el autor nos explica, que la
finalidad real de las penas, debe ser el no permitir que el infractos continué desafiando el
marco legal de la sociedad, no continúe haciendo daño a los ciudadanos, los cuales
deben ser persuadidos por la imposición de la pena justa a este "reo", para que se
sustraigan de cometer alguna falta de carácter similar.

XIII. DE LOS TESTIGOS

Cualquier persona que esté en uso de razón, podrá coincidir que en cualquier legislación
penal, se debe explicar cuáles son las reglas para poder tomar como confiable el
argumento de un testigo; según Beccaria, el verdadero delito deja pruebas tangibles de su
comisión, aspecto que hay que tomar en cuenta, ya que un testimonio está compuesta de
palabra, que con el paso del tiempo no logran más que la fijación de su discurso, en la
memoria de quienes lo escuchan.

La importancia de valorar el grado de veracidad del testimonio del declarante, radica en


que la importancia que puede resaltar de los hechos, depende del grado de carga que
tuvieron estos en sus sentidos y que seguramente pueden recibir un cargo extraordinario
con la serie de comentarios que se puedan realizar dentro de la comunidad, en torno al
delito que esté en litigio, con lo que se puede concluir que cumpliéndose con estas
suposiciones, estaríamos frente a la testimonia de toda la sociedad y no de un individuo
que ha valorado los hechos con la mayor objetividad posible.

XIV. INDICIOS Y FORMAS DE JUICIOS

Este capítulo explica que mientras más pruebas se traen, es mayor la probabilidad del
hecho, ya que la falsedad de una prueba no influye sobre la otra. Existen dos tipos de
pruebas: las perfectas y las imperfectas.

 Las pruebas perfectas son aquellas que con la muestra de una sola basta para
determinar que el individuo fue culpable.
 En cambio, las pruebas imperfectas son aquellas que no demuestran con exactitud
que el individuo fue culpable.

Es necesario para penar al individuo la suma de pruebas imperfectas que fueran


necesarias para lograr una prueba perfecta. De las pruebas imperfectas que el reo pueda
dar alguna explicación y no lo hace, se convierten en pruebas perfectas.

XV. ACUSACIONES SECRETAS

En este capítulo se explica que mencionar el repudio a las denuncias secretas está por
demás, pues dentro de una dinámica lógico-jurídica, estamos claros que esta práctica no
es compatible con el sistema legal descrito, además por supuesto, de que es inmoral y
sinónimo de traición.

Es más, solo necesitamos ejemplificar esta acción sobre nuestra persona, para encontrar
la respuesta: nadie sea quien sea, se puede defender de una acusación hecha en
secreto, ya que si se permitió esta contradicción con el sistema jurídico, seguramente
también secretas serán la mayoría de diligencias sobre la acusación.

XVI. DEL TORMENTO

El autor señala que en algún tiempo todas las penas tenían una íntima relación con el
aspecto económico, lo que generó muchos atropellos a los derechos de la sociedad, pues
el juzgador con tal de conservar sus prerrogativas, prefirió convertirse en un empleado
más del sistema hacendario, en un abierto gesto de incondicionalidad hacia el soberano,
en lugar de velar por el cumplimiento puntual de la ley.
Con el anterior supuesto, el señalado de cometer alguno de estos delitos, debía
preocuparse por demostrar su inocencia, condición que generalmente no se alcanzaba,
pues esto representaba la privación del soberano, de allegarse de mayores recursos
económicos, juicio que Beccaria califica como ofensivo, teniendo en contraparte el
informativo, que no es otra cosa que el realizado según lo manifestado por las leyes.

XVII. DEL ESPIRITU DEL FISCO

El autor señala que en algún tiempo todas las penas tenían una íntima relación con el
aspecto económico, lo que generó muchos atropellos a los derechos de la sociedad, pues
el juzgador con tal de conservar sus prerrogativas, prefirió convertirse en un empleado
más del sistema hacendario, en un abierto gesto de incondicionalidad hacia el soberano,
en lugar de velar por el cumplimiento puntual de la ley.

Con el anterior supuesto, el señalado de cometer alguno de estos delitos, debía


preocuparse por demostrar su inocencia, condición que generalmente no se alcanzaba,
pues esto representaba la privación del soberano, de allegarse de mayores recursos
económicos, juicio que Beccaria califica como ofensivo, teniendo en contraparte el
informativo, que no es otra cosa que el realizado según lo manifestado por las leyes.

XVIII. DE LOS JURAMENTOS

El concepto del juramento, al igual que otros tantos, representa uno de los grandes
errores permitidos por el legislador, ya que esta formalidad utilizada hoy en día en algunos
países en sus distintas variantes, en nada garantiza que el indiciado diga la verdad que
sabe, sobre los hechos que se analizaran en busca de la integración correcta del cuerpo
del delito, peor aún, si el susodicho es culpable del acto o hecho constitutivo del delito.

En este mismo orden de ideas, Beccaria señala erróneo sería pretender, que el acusado
juegue un papel en el que contribuya a su propia destrucción, razonamiento que toma
mayor fuerza, cuando reflexionamos que quienes implementaron esta práctica, sabios
jurisconsultos de sus épocas, violentaron una y otra vez su disposición; éste análisis
seguramente también lo hicieron en su oportunidad los indiciados, por lo que
seguramente no tuvieron otra elección, más que elegir entre ser mártires o malos
cristianos.

XIX. PRONTITUD DE LA PENA

La sentencia y aplicación de las penas debe ser lo más pronto posible, señalamiento que
consideramos es correcta, ya que la pena no es otra cosa que la consecuencia del delito y
aplazar su aplicación, no representa otra cosa que la separación cada vez más errónea
de estos dos conceptos, íntimamente ligados, tanto en la teoría como en la práctica.

Con un sentido totalmente humanista, Beccaria resalta la necesidad de terminas con el


suplicio del acusado, el cual de ser sentenciado con una tardía innecesaria, entraría en
una etapa de tortura psicológica, al estar inmerso en la incertidumbre sobre la pena a la
que se hará acreedor, a lo que suma la necesidad de no dar tiempo a que el inculpado
pueda modificar o destruir los elementos que servirán para decretarle la culpabilidad.

XX. VIOLENCIAS

En este capítulo se explica que hay dos tipos de atentados: contra la persona, y contra la
hacienda.

 Los atentados contra las personas deben ser penados con castigos corporales.
 Los atentados contra la seguridad y libertad de los ciudadanos son uno de los
delitos más graves; por ese motivo, el rico no debe poder poner precio a los
atentados contra el pobre.
XXI. PENAS DE LOS NOBLES

Este capítulo explica que todos los nobles que hayan cometido idénticos delitos, deberán
ser penados con idénticas penas; sin importar el nivel social o de riqueza de cada
ciudadano; sus creencias, religiones, color de piel, etc.

XXII. HURTOS

Dentro de este capítulo el autor nos dice que los hurtos que no van acompañados de
violencia, deberían ser castigados con penas pecuniarias; ya que aquel que intenta
enriquecerse con bienes ajenos, debería ser empobrecido de lo propio. Pero
normalmente, los hurtos lo producen individuos que no tienen riqueza, por lo que no
pueden ser empobrecidos. Pero tampoco debe dejarse de castigarlos. Cuando los hurtos
van acompañados de violencia, las penas deben ser pecuniarias y corporales.

XXIII. INFAMIA

Este capítulo nos dice que la infamia es un signo de la desaprobación pública, que priva al
reo de la confianza de la patria y de los votos públicos. Las penas de infamia no deben
ser demasiado frecuentes, porque los efectos reales de las cosas de opinión siendo muy
continuos debilitan la fuerza de la opinión misma. Tampoco las penas de la infamia deben
recaer sobre un gran número de personas a un tiempo, porque la infamia de muchos se
transformaría en la infamia de ninguno.

XXIV. OCIOSOS

Para entender mejor este apartad, tendríamos que entender que es lo que Beccaria
pretendió dar a entender con el termino ocioso; para el autor el ocioso es aquel que no
contribuye en nada ni a la riqueza ni al desarrollo de la sociedad como tal, el cual define
claramente en el desarrollo de este capítulo como ocioso político, ente que debe ser
castigado de manera especial.

Dentro de los castigos que deben ser aplicados al ocioso, está en primer lugar el
destierro, aunque siempre con la oportunidad de probar su inocencia y sumando nuestra
aportación como segunda opción, la capacitación obligatoria del acusado en algún oficio
que le permita lograr su manutención, aunque dentro de nuestro marco jurídico sería
inconstitucional.

XXV. DESTIERROS Y CONFISCACIONES

En este capítulo se explica que todo aquel ciudadano que turbase la tranquilidad pública
debe ser proscripto de la sociedad. Los ciudadanos proscriptos de la sociedad pueden
perder sus bienes, o parte de ellos. Hay casos en los que se impone la perdida de todos o
parte de los bienes del individuo, por la gravedad del delito cometido; y hay casos en los
que el individuo no puede ser privado de sus bienes. La pérdida de todos los bienes se
produce cuando la proscripción impuesta por la ley anula todas las relaciones que existen
entre la sociedad y el individuo delincuente.

XXVI. DEL ESPÍRITU DE FAMILIA

Este capítulo explica que si una asociación está hecha por familias, serán hombres los
padres de familia, y esclavos la esposa y los hijos. En cambio, si la asociación es de
hombres, serán todos ciudadanos.

XXVII. DULZURA DE LAS PENAS

Beccaria transmite que el fin de las penas no es torturar al individuo que cometa un delito.
Tampoco es deshacer un delito, ya que eso es imposible. Simplemente, el fin de las
penas, es impedir al reo a cometer nuevos delitos, y tratar de que ningún ciudadano
cometa esos delitos; por ese motivo son penados. La forma de penar a un reo debe ser
aquella que produzca la impresión más eficaz y duradera sobre los ánimos de los
hombres, de modo que no cometan los delitos; no debe ser penado un reo con una tortura

XXVIII. DE LA PENA DE MUERTE

En algunos países la pena de muerte no es un derecho; sino es como si se tratase de una


guerra de la nación contra el ciudadano penado, ya que se busca su destrucción. Por lo
general, con la pena de muerte se utiliza cuando un ciudadano, aun estando privado de la
libertad, tiene todavía tales relaciones y tal poder que podría seguir perjudicando a la
nación.

XXIX. DE LA PRISIÓN

El autor explica que la prisión es una pena que debe estar antes a la declaración del
delito, pero sólo la ley determina los casos en que un hombre es merecedor de la pena.
La cárcel es un lugar donde un reo debe cumplir con su pena por haber cometido un
delito, pero no puede ser torturado ni castigado ahí dentro.

XXX. PROCESOS Y PRESCRIPCIÓN

En este capítulo se explica que una vez conocidas las pruebas es necesario conceder al
reo un tiempo y los medios oportunos para que este se justifique. Pero ese tiempo debe
ser breve, de modo que no perjudique a la prontitud de la pena.
XXXI. DELITOS DE PRUEBA DIFÍCIL

Este capítulo nos manifiesta que hay delitos en los que pareciese que las leyes y el juez
tuviesen interés en probar el delito. Hay algunos delitos, que al mismo tiempo son
frecuentes en la sociedad, y de prueba difícil; como el adulterio, la pederastia, y el
infanticidio.

XXXII. SUCIDIO

Beccaria nos dice que el suicidio es un delito que no puede admitir una pena propiamente
dicha; ya que si se quisiera castigar a alguien, tendría que penarse o a un inocente o al
difunto, algo ilógico. Sería inútil penar al suicidio, ya que sólo podría penarse al individuo
una vez fallecido, y el único capaz de lograr eso es DIOS.

XXXIII. CONTRABANDOS

Beccaria explica que el contrabando es un delito que ofende al soberano y a la Nación;


pero su pena no debe ser infamante, ya que no causa infamia en la opinión pública. El
contrabando nace de la ley misma, ya que al aumentar los impuestos aduaneros,
aumenta la tentación de realizar el contrabando.

Si los impuestos aduaneros fueran pequeños, seguramente habría menos contrabando,


ya que los ciudadanos no se arriesgarían tanto como si los impuestos aduaneros fueran
altos.

XXXIV. DE LOS DEUDORES

En este capítulo se explica que hay dos tipos de deudores en quiebra: el quebrado
doloso, y el quebrado inocente.

 El quebrado doloso debe ser castigado con la misma pena que le corresponde a
un falsificador de moneda.
 El quebrado inocente no, ya que no tiene intención de cometer un delito.
XXXV. ASILOS

Las fuerzas de las leyes deben estar pegadas a cada ciudadano; y no debe existir ningún
lugar independiente de las leyes dentro de la frontera de un país. De los asilos salieron
grandes revoluciones en los estados y en las opiniones de los hombres. Esto puede
deberse a que en los asilos no hay leyes que mandan, por lo que pueden formarse leyes
nuevas y opuestas a las comunes.

XXXVI. DE LA TALLA

Aquí nos habla sobre si es bueno o no recompensar a aquel ciudadano que atrape a un
reo. Si el reo se encuentra en otra nación, el soberano estimula a los ciudadanos a
cometer un delito, ya que se están metiendo en territorio ajeno. Si el reo se encuentra
dentro de la Nación, se demuestra la propia debilidad.
XXXVII. ATENTADOS: COMPLICES E IMPUNIDAD

El autor nos dice que si bien las leyes no castigan la intención, los delitos que comienzan
con alguna acción que manifiesta la voluntad de hacerlo también merece ser penado;
pero este último debe recibir una pena menor que el anterior. Cuando hay varios
cómplices de un delito, el ejecutor sufrirá la mayor pena, y los cómplices serán castigados
con una pena menor a la del ejecutor.

XXXVIII. INTERROGACIONES SUGESTIVAS Y DISPOSICIONES

En este capítulo se explica que las interrogaciones sugestivas son aquellas que se le
realizan al reo y sugieren una respuesta inmediata. Estas interrogaciones no deben ir al
centro del hecho directamente, sino que deben ser indirectas.

XXXIX. DE UN GÉNERO PARTICULAR DE LOS DELITOS

En este capítulo se explica que anteriormente había un género de delitos que cubrió de
sangre humana a Europa.

Que aunque el autor no lo mencione se cree que se refería a la serie de supuestos delitos
juzgados por la inhumana inquisición.

XL. FALSAS IDEAS DE UTILIDAD

El autor, en este capítulo explica que una fuente de errores y de injusticias son las falsas
ideas de utilidad que se forman los legisladores. Falsa idea de utilidad es aquella que
querría dar a una muchedumbre de seres sensibles la simetría y el orden que sufre la
materia brutal e inanimada.

XLI. COMO SE EVITAN LOS DELITOS

Se explica que el fin de toda buena legislación no es castigar los delitos. Sino, evitarlos y
que no hiciera falta castigarlos.

Un buen método de prevenir los delitos es el de interesar a la corporación de los


ejecutores de las leyes más en la observancia de estas que en su corrupción. Otro
método es el de recompensar la virtud, de modo que el ciudadano sienta que no sólo
cumple para ser castigado, sino para ser premiado. El mejor método es el de perfeccionar
la educación.

XLII. DE LAS CIENCIAS

Este capítulo explica que los progresos en las ciencias, facilitando las comparaciones de
los objetos, contraponen muchos sentimientos los unos a los otros.

XLIII. MAGISTRADOS

Con respecto a los magistrados, el autor explica que otro buen método de evitar los
delitos es interesar al consejo, más a su observancia que a su corrupción. Mientras lo
compongan más cantidad de miembros, mejor funcionará. Ya que será más difícil la
usurpación sobre las leyes, porque los miembros se controlarán entre ellos.

XLIV. RECOMPENSAS

El autor, en este capítulo explica que otro medio de evitar los delitos, es recompensando
la virtud. Esa recompensa estimularía a los ciudadanos a dejar de cometer delitos.

XLV. EDUCACIÓN

Se explica en este capítulo que otro método de evitar los delitos es perfeccionando la
educación. Este es el método más seguro, pero también el más difícil.

Quien se preocupe por la excelsa educación de sus gobernados, recibiera a cambio


además de una sociedad libre del analfabetismo, una sociedad respetuosa de las leyes,
capaz de generar sus propias fuentes de riqueza y por tanto, ocupada en la forma de
avanzar cada vez más y no en la forma de cometer delitos, sin tener que ser sancionado
por estas acciones.

XLVI. DEL PERDÓN

El perdón en la antigüedad fue una de las máximas actividades de los soberanos de la


edad media, faceta que considera Beccaria, debiera estar en manos del legislador y no
del ejecutor de las leyes, pues se estaría cayendo en una especie de impunidad, no
benéfica para la nación pues se le exigiría al gobernante a medir todos los casos con la
misma vara.

En este mismo orden de ideas, el autor señala que si se puede aplicar el perdón, pero
este debe estar establecido en los códigos, para que de ser necesaria su invocación,
estén a la mano las reglas que la ley señala para tal efecto.

XLVII. CONCLUSIÓN

Cesare Beccaria en el último capítulo de su obra nos dice que para que una pena no sea
violencia de uno o de muchos, contra un particular ciudadano; debe ser esencialmente
pública, pronta, necesaria, las más pequeña de las posibles, en las circunstancias
actuales, proporcionada a los delitos, dictada por las leyes para que así ninguna nación se
vea vulnerable ante castigos aplicados sin ninguna razón lógica y sin piedad alguna.

Web grafía:

Biografía de Cessare Beccaria. Extraído de:


https://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/5652/Cesare%20Beccaria

Tratado de los delitos y las penas. Extraído de:

https://earchivo.uc3m.es/bitstream/handle/10016/20199/tratado_beccaria_hd32_2015.pdf?
sequence=1