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“El Problema de la validez de las prohibiciones convencionales de

enajenar en el Derecho civil chileno”.

A).- PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA.

La mera relación de carácter directo existente entre el propietario y la cosa que


es objeto de su dominio, puede ser afectada por cláusulas y convenciones que
modifiquen de manera importante el contenido que el Ordenamiento jurídico estipula
prima facie respecto de la misma, en alguna de sus facultades fundamentales.1

De este modo, por ejemplo, el propietario puede verse limitado en su ius


disponendi por una convención especial, que determine una prohibición de enajenar de
carácter absoluto o relativo. Entonces tiene que cumplir ese deber fundamental de
abstención, prosiguiendo, lo quiera o no, al frente de la relación de dominio. Pero el
contenido y cumplimiento de esa cláusula precisa de determinadas consideraciones, que
a su vez generan una serie de importantes y debatidos problemas.

Como se sabe, las prohibiciones de disponer pueden tener un origen


estrictamente legal, judicial o meramente voluntario.

Las prohibiciones de disponer de origen legal son aquéllas que las normas
imponen generalmente por razones de interés público superior.

Las prohibiciones voluntarias de disponer son aquéllas establecidas por las


partes con ocasión de un negocio jurídico, del cual se infiere directamente la prohibición
de enajenar. En ellas, se centra el interés en el presente trabajo.

Así, como se ha dicho, el que transfiere su propiedad, por cualquier título que
sea, puede imponer al adquirente cualesquiera limitaciones, siempre que no sean
contrarias a la esencia del dominio o estén prohibidas por la ley. De entre ellas, son
1
Tanto en el planteamiento del problema como en la presentación de las diversas posiciones adoptadas
por la doctrina y la jurisprudencia para solucionarlo, se ha tenido a la vista las exposiciones efectuadas en
los siguientes textos: Peñailillo Arévalo, Daniel. “ Los bienes. La Propiedad y otros derechos reales”.
Editorial Jurídica de Chile”. 3° Edición. 2002. Alessandri, Somarriva y Vodanovic. “Tratado de los
Derechos Reales. Bienes”. 6° edición, 2001. Rozas, Fernando. “Derecho Civil. Los bienes”. Edit. Distrib..
Forense, Santiago, 1984.

1
especialmente relevantes, las prohibiciones de disponer, defectuosamente reguladas en
el Derecho civil chileno y que por ello han suscitado importantes controversias en la
doctrina y la jurisprudencia.

En efecto, han sido muy discutidas entre los tratadistas la conveniencia y licitud
de las prohibiciones voluntarias de disponer, aduciéndose, para ello, todo género de
argumentos en pro y en contra.

Los que sostienen su licitud y conveniencia se apoyan en el principio de libertad


de contratación y de disposición, que no puede quedar coartado- dicen- por
consideraciones ajenas a esta base fundamental del tráfico jurídico. Por otra parte, se
sostiene que en nada ataca la línea institucional primaria de la propiedad la
circunstancia de que alguna de las facultades que la integran quede limitada por
convenciones o acuerdos de los particulares.

Los que sostienen, en cambio, su inconveniencia aducen gran número de


argumentos, traídos de todos los campos. Unos, apoyándose en la última consideración
apuntada, la toman como argumento para defender su tesis, y estiman que- como quiera
que cercenan una de las principales características del dominio- debían ser suprimidas,
o, por lo menos, restringidas de modo superlativo. Otros dicen que el estancamiento que
todas las prohibiciones de disponer originan, entorpecen al comercio, yendo en contra
de la circulación de la riqueza, base de la economía. Otros alegan que provocan
situaciones jurídicas ambiguas, dando lugar a una imprecisión en la propiedad; que
pueden constituir, y efectivamente constituyen, una fuente abundante de numerosos
conflictos. Otros, por último aducen el testimonio de las fuentes romanas, donde las
prohibiciones de enajenar parece que, en principio, tenían la firme repulsa del
legislador.

En síntesis, se tiene entendido que la facultad de disposición es de orden público,


y garantiza, en último término, la libertad de comercio y la libre circulación de la
riqueza. El establecimiento de trabas a la disposición podría significar una alteración
substancial al sistema económico, que podría adquirir caracteres verdaderamente
feudales.

2
La consideración anterior, por un lado, y la libertad de los particulares de
contratar cualquier convenio, por otro, ha planteado el problema de la validez o nulidad
de las estipulaciones acordadas por voluntad de los particulares, destinadas a limitar esa
facultad de disponer.

El problema aludido se torna complejo, pues el Código civil chileno, en ciertos


casos, prohíbe la cláusula de no enajenar (arts. 1126, 1964, 2031, 2415) y en otros la
permite (arts. 751, 793, 1432), sin embargo, no contiene una prohibición ni una
permisión genérica, con carácter expreso, por lo que la duda surge respecto de las
situaciones no reguladas, que además, en este caso, se dan con bastante frecuencia en la
práctica contractual entre particulares.

Con el propósito de comprender cabalmente el problema y debido a que pueden


presentarse algunas dificultades para tener al alcance la legislación chilena que
reglamenta esta materia, se transcriben, a continuación, las disposiciones pertinentes del
Código civil chileno.

a).- Disposiciones del Código civil chileno que niegan validez a las
estipulaciones limitativas de la facultad de disposición.

Artículo 1126: Si se lega una cosa con calidad de no enajenarla, y la


enajenación no comprometiere ningún derecho de tercero, la cláusula de no enajenar se
tendrá por no escrita.

Artículo 1964: El pacto de no enajenar la cosa arrendada, aunque tenga la


cláusula de nulidad de la enajenación, no dará derecho al arrendatario sino para
permanecer en el arriendo, hasta su terminación natural.

Artículo 2031: No vale en la constitución del censo el pacto de no enajenar la


finca acensuada, ni otro alguno que imponga al censuario más cargas que las
expresadas en este título.

Toda estipulación en contrario se tendrá por no escrita.

3
Artículo 2415: El dueño de los bienes gravados con hipoteca podrá siempre
enajenarlos o hipotecarlos, no obstante cualquiera estipulación en contrario.

b).- Disposiciones del Código civil chileno que reconocen validez a las
estipulaciones limitativas de la facultad de disposición.

Artículo 751: La propiedad fiduciaria puede enajenarse entre vivos y


transmitirse por causa de muerte, pero en uno y otro caso con el cargo de mantenerla
indivisa, y sujeta al gravamen de restitución bajo las mismas condiciones que antes.

No será, sin embargo, enajenable entre vivos, cuando el constituyente haya


prohibido la enajenación; ni transmisible por testamento o abintestato, cuando el día
prefijado para la restitución es el de la muerte del fiduciario; y en este segundo caso si
el fiduciario la enajena en vida, será siempre su muerte la que determine el día de la
restitución.

Artículo 793: El usufructuario puede dar en arriendo el usufructo y cederlo a


quien quiera a título oneroso o gratuito.

Cedido el usufructo a un tercero, el cedente permanece siempre directamente


responsable al propietario.

Pero no podrá el usufructuario arrendar ni ceder su usufructo, si se lo hubiese


prohibido el constituyente, a menos que el propietario le releve de la prohibición.

El usufructuario que contraviniere a esta disposición, perderá el derecho de


usufructo.

Artículo 1432: La resolución, rescisión y revocación de que hablan los artículos


anteriores, no dará acción contra terceros poseedores, ni para la extinción de las
hipotecas, servidumbres u otros derechos constituidos sobre las cosas donadas, sino en
los casos siguientes:

4
1º Cuando en escritura pública de la donación (inscrita en el competente
registro, si la calidad de las cosas donadas lo hubiere exigido), se ha prohibido al
donatario enajenarlas, o se ha expresado la condición;

2º Cuando antes de las enajenaciones o de la constitución de los referidos


derechos, se ha notificado a los terceros interesados, que el donante u otra persona a su
nombre se propone intentar la acción resolutoria, rescisoria o revocatoria contra el
donatario.

3º Cuando se ha procedido a enajenar los bienes donados, o a constituir los


referidos derechos, después de intentada la acción.

El donante que no hiciere uso de dicha acción contra terceros, podrá exigir al
donatario el precio de las cosas enajenadas según el valor que hayan tenido a la fecha
de la enajenación.

Por otra parte, la jurisprudencia chilena se encuentra tan dividida como la


doctrina, por lo que podemos encontrar sentencias que se pronuncian en los más
diversos sentidos.2

En el derecho comparado también se ha discutido el asunto, aunque algunas


legislaciones lo han solucionado expresamente. Como ejemplo paradigmático de estas
últimas, podemos citar el caso italiano.

El artículo 1379 del Código Civil italiano dispone: “La prohibición de enajenar
establecida por contrato tiene efecto solamente entre las partes y no es válida si no
estuviese contenida dentro de convenientes límites de tiempo y si no respondiese a un
interés apreciable de una de las partes”.

Desde otra perspectiva, la doctrina comparada y muchas legislaciones históricas,


establecen a este respecto una clara distinción, según se trate de negocios jurídicos a
2
Como ejemplo, se pueden revisar las siguientes sentencias publicadas en la Revista de Derecho y
Jurisprudencia de Chile: RDJ., t. 7, p. 175, t. 13, p. 429; Rev. del Notariado, año I, Nº 1, p. 227.RDJ., t.
46; t. 81, sec. 2ª, p. 58, en este caso por ser absoluta y perpetua. RDJ:, t. 68, secc. 2ª, p. 71. RDJ., t. 13, p.
429.

5
título gratuito o a título oneroso. Conforme a esto, se ha sostenido que en los negocios
jurídicos a título gratuito aparece más conforme con la naturaleza de las cosas la
admisibilidad de las prohibiciones de enajenar. En cambio, en los onerosos, choca, por
así decirlo, con la seguridad del tráfico. De todas maneras, el Derecho ha exigido
determinadas condiciones, siendo las principales la temporalidad –para evitar la
prohibición perpetua de disponer, contraria a la esencia misma del dominio- y la
existencia de una causa o motivo serio y legítimo que lo autorice.

Por otra parte, un sector importante de la doctrina comparada ha planteado que


se requiere, además, para la validez de las cláusulas de inalienabilidad, que exista un
interés legítimo, pues si la prohibición de enajenar no estuviese fundada en motivos
razonables, será contraria al espíritu informador del Derecho, según el cual el dominio
debe ser en principio libre.

En lo que concierne al Derecho civil español, en principio, hay que reconocer la


licitud de los pactos de no enajenar, como amparados por el principio de libertad de
contratación, que proclama el artículo 1255 del Código civil español; y con más razón
hay que admitir las prohibiciones de enajenar en las transmisiones gratuitas mortis
causa.3

Pero la validez de tales cláusulas no es nunca ilimitada. El artículo 785, número


2º, priva de eficacia a las disposiciones testamentarias que contengan prohibición
perpetua de enajenar, o aun prohibición temporal fuera del límite que el artículo 781
señala para las sustituciones fideicomisarias (no pasar del segundo grado o hacerse a
favor de personas que vivan al tiempo del fallecimiento del testador). Y se ha afirmado
por la doctrina civil española que, por razones de analogía, ha de ser aplicada la misma
doctrina a las transmisiones entre vivos.

Como dice Roca Sastre, la prohibición de disponer, impuesta caprichosamente y


sin causa o motivo que la justifique, no favorece a nadie, equivaliendo a la destrucción
arbitraria de una potestad jurídica.4
3
La exposición del problema y las soluciones propuestas en el Derecho civil español, se ha extraído de
los siguientes textos: “Compendio de Derecho Civil Español” de Federico Puig Peña; Sistema de Derecho
Civil de Luis Diez- Picazo y Antonio Gullón; “Derecho Hipotecario” de Roca Sastre y “Derecho Civil
Español Común y Foral” de José Castán Tobeñas.
4
Ob. Cit. P. 388.

6
De este modo, como punto de partida, se establece la distinción, según que
parezcan consignadas en los negocios jurídicos de carácter gratuito o en los de matiz
oneroso.

A) En los negocios jurídicos gratuitos, como en las donaciones entre


vivos y los actos testamentarios de este orden, no hay inconveniente alguno, dice
la doctrina, en reconocer la validez de las prohibiciones de enajenar, siempre,
claro está, que reúnan éstas dos circunstancias:

1º. Que no supongan una prohibición perpetua de disponer. La Jurisprudencia


española, en efecto, ha estimado absolutamente prohibida toda cláusula testamentaria o
de donación en la que se imponga la inalienabilidad perpetua. En orden a los
testamentos, esta prohibición está determinada en el artículo 705 del Código civil
español, conforme al cual no surtirán efecto “las disposiciones que contengan
prohibición perpetua de enajenar, y aun la temporal, fuera del límite señalado en el
artículo 781”, o sea el que señala para las sustituciones fideicomisarias, las cuales-
como es sabido- no podrán pasar del segundo grado ni hacerse a favor de persona que
no viva al tiempo del fallecimiento del testador.

En orden a las donaciones, la Jurisprudencia estimó absolutamente prohibida la


cláusula imponiendo la inalienabilidad perpetua. Una resolución determinó no
inscribible una donación con cláusula perpetua de no enajenar, apoyándose en el
artículo 785, por entender que, aunque el precepto se halla en el tratado de las
sucesiones, debe ser aplicable a las donaciones que contengan dicha prohibición
absoluta.

2º. Que las prohibiciones de disponer vengan justificadas por un interés serio y
legítimo. Ahora bien, este interés, de acuerdo con la Jurisprudencia y la doctrina, puede
ser del donante, del donatario o de un tercero. Será del donante cuando, por ejemplo,
quiera garantizar el derecho del usufructuario que se reserva los bienes donados. Esta
justificación de la prohibición impuesta por el donante en beneficio es, en sentir de
algunos autores, el punto de vista histórico de toda la Jurisprudencia, favorable a las
cláusulas de inalienabilidad.

7
También puede haber interés serio y legítimo a favor del donatario, ya que la
prohibición puede estar orientada en el sentido de protegerle contra su inexperiencia, no
permitiéndole, por ejemplo, enajenar hasta que no llegue a la mayoría de edad o a una
edad determinada.

Finalmente, puede tenerse en consideración el interés de un tercero. Planiol, a


este respecto, pone el caso de la inalienabilidad establecida con el fin de garantizar que
el legatario cumplirá la obligación de renta vitalicia a que están afectos los bienes en
provecho de otra persona, debiendo cesar la inalienabilidad a la muerte del beneficiario
de la renta.

Es necesario, pues, como decimos, que la inalienabilidad venga justificada por


un interés serio y legítimo. Afirma muy bien De Diego que, si la prohibición de enajenar
es genérica e indeterminada y no está impuesta en beneficio de una persona
individualmente considerada ni por razones atendibles, la prohibición será un nudum
praeceptum, sin carácter obligatorio para el heredero.

b) En cuanto a los negocios jurídicos a título oneroso. Se ha dicho con


anterioridad que las prohibiciones de disponer, establecidas en las convenciones a título
oneroso, no determinan la aquiescencia del legislador lo mismo que las a título gratuito,
pues las circunstancias y consideraciones son diferentes.

Este diverso trato entre unas y otras ha quedado plasmado en la legislación


hipotecaria, a cuyo tenor no tienen acceso al Registro, sin perjuicio de que mediante
hipoteca o cualquier otra forma de garantía real se asegure su cumplimiento. De este
precepto se infiere que la consideración que en adelante merece al legislador una
prohibición de disponer en negocio oneroso es la de una simple cláusula de matiz
obligacional, de alcance relativo y sin trascendencia real alguna ni repercusión contra
terceros.

“Algunos autores han llegado a lamentar esta disciplina; pero creemos que
merece una crítica favorable, si bien reconocemos que, en algún caso aislado- como

8
sucedería, por ejemplo, en la establecida para garantizar la obligación de pagar el precio
aplazado en la compraventa- cumpliría una misión altamente provechosa”5.

Como dice Roca Sastre, es preciso, para la validez de la prohibición de disponer,


que se establezca en consideración a alguna persona a quien se pretenda favorecer con
ello, o bien que responda a una causa o razón justificada o finalidad apreciable.

Esta orientación la confirma el Tribunal Supremo de España, en múltiples


sentencias, en cuanto declara inadmisibles los pactos de no enajenar concebidos en
términos absolutos, mas no aquellos que obedecen a un interés digno de protección y,
refiriéndose, a bienes determinados, fueren convenidos en consideración a un interés
legítimo, siempre y cuando las leyes no las prohíban expresamente.

La doctrina y jurisprudencia españolas han establecido reiteradamente que las


prohibiciones de disponer deben obedecer a un interés serio y legítimo, no pueden
establecerse por capricho o arbitrariamente porque atentan contra la libre circulación de
los bienes, si bien no es necesario que la causa de la prohibición se haga constar de
manera expresa o tácita. Ahora bien, de mantener este requisito no exigido por ningún
texto del Código civil ni de la Ley Hipotecaria, la consecuencia lógica sería la pérdida
de eficacia de la prohibición en cuanto aquel interés llegase a desaparecer.

La doctrina española ha sostenido que la necesidad de que concurra un interés


para el establecimiento de una prohibición de disponer es un residuo histórico del
Derecho Romano y las Partidas cuya pervivencia en el Código civil español es cuando
menos dudosa. Parece contradictorio que una sustitución fideicomisaria, que comporta o
se basa en una prohibición de disponer, no exija la presencia de aquel interés, y una pura
prohibición de disponer sí.

B).- ANÁLISIS Y EVALUACIÓN DE LAS ARGUMENTACIONES QUE


SE HAN PRODUCIDO SOBRE EL PROBLEMA, EN LA DOCTRINA CIVIL
CHILENA.

5
Puig Peña, Federido. Compendio de Derecho civil español. Ediciones Pirámide. 3ª edición. Madrid,
1976, p. 147.

9
El problema se ha discutido, en síntesis, en los siguientes términos:

1.- Por algunos autores se sostiene la validez de estas cláusulas, argumentando


que:

a) No hay una prohibición expresa de carácter general, en relación


con estos pactos, y es principio establecido el que en Derecho privado se puede
efectuar todo lo que no está expresamente prohibido por la ley.

En este caso, se trata de un argumento a partir de principios. Como expresa


Francisco Javier Ezquiaga: “La argumentación por medio de los principios es muy útil
para los tribunales, ya que cuando los usa no hay duda de que está aplicando normas,
además son las normas más importantes, lo que da a su argumentación gran fuerza
persuasiva y, por último, la generalidad de su enunciación otorga un amplio margen de
apreciación al juez para fijar su contenido en función de sus necesidades”.6

El principio invocado en este argumento es el de la Autonomía de la Voluntad y


su corolario, el principio de Libertad Contractual. Como ocurre en otros casos, este
principio informador de la legislación, no se encuentra recogido en un precepto
concreto y es necesario efectuar una operación de inducción a partir de una serie de
artículos del Código civil chileno, específicamente los artículos 12, 1545 y 1560, entre
otros. Por ello, podemos concluir que se trata de un auténtico principio general en
materia contractual, obtenido por inducción de algunos artículos relativos a aquélla y
que la informan.7

b) Hay ocasiones en que la ley prohíbe expresamente esta cláusula,


por lo tanto, a contrario sensu, en los demás casos no mencionados
expresamente por el legislador, se concluye que están permitidas.

6
Ezquiaga, Ganuzas, Francisco Javier. “La Argumentación en la Justicia Constitucional Española”.
HAAE/IVAP. Oñati, 1987.
7
Ezquiaga Ganuzas expresa que “Al estar la mayoría de los principios reconocidos en textos positivos, el
mayor problema que se plantea es el de fijar su contenido, es decir, el de interpretarlos para utilizarlos
como criterio interpretativo de otros preceptos. En este sentido, la argumentación por medio de los
principios no se diferenciaría de la argumentación sistemática o de la analogía más que por la mayor
generalidad con la que están enunciados los principios, lo que, por un lado, dificulta su interpretación
pero, por otro, facilita su empleo al estar el intérprete más libre para fijar su contenido”. Ob. cit., p. 90.

10
Se aduce, en este caso, el argumento a contrario, que consiste, según Tarello, en que
“dado un enunciado normativo que predica una calificación normativa de un término
perteneciente a un enunciado destinado a un sujeto o a una clase de sujetos, se debe
evitar extender el significado de aquel término de tal modo que comprenda a sujetos o
clases de sujetos no estricta y literalmente incluidos en el término calificado por el
primer enunciado normativo”. 8

No se trata de un argumento decisivo, ya que como se verá en el desarrollo del trabajo,


este argumento también es invocado por las otras posiciones que pretenden dar solución
al problema analizado. Dejamos la explicación, para más adelante.

c) Si el propietario puede desprenderse del uso, goce y disposición,


caso en el que enajena la cosa, con mayor razón podría desprenderse de sólo esta
última facultad.

Se trata del argumento a fortiori. Según Tarello, es un procedimiento discursivo


por el que “dada una norma jurídica que predica una obligación u otra calificación
normativa de un sujeto o de una clase de sujetos, se debe concluir que valga (que sea
válida, que exista) otra norma que predique la misma calificación normativa de otro
sujeto o clase de sujetos que se encuentran en situación tal que merecen, con mayor
razón que el primer sujeto o clase de sujetos, la calificación que la norma dada establece
para el primer sujeto o clase de sujetos”. A partir de esto, el argumento a maiori ad
minus es, para él, “el argumento a fortiori aplicable a las calificaciones ventajosas,
como por ejemplo los derechos, las autorizaciones”; y el argumento a minori ad maius,
“el argumento a fortiori aplicable a las calificaciones desventajosas, como por ejemplo
los deberes”. 9

8
Tarello, G. “L`interpretazione della legge”. Milán, 1980, pp. 347-349). Sobre este punto, Ezquiaga
precisa: “Sin embargo, aunque quizás con una redacción más simple, todos los autores coinciden en
señalar que el argumento a contrario se basa en la presunción de que si el legislador ha regulado
expresamente una hipótesis, entonces esa regulación se refiere a esa hipótesis y sólo a ella... Pero lo más
frecuente y acertado es considerar que por medio del argumento a contrario lo que se rechaza es cualquier
otra hipótesis distinta a la expresamente contemplada por el legislador, y no sólo la hipótesis contraria; en
concreto, se opina que la regulación no se extiende a las demás especies del mismo género no
mencionadas en el texto”. Ob. cit., pp. 165-166.
9
Tarello, G. Ob. cit. pp. 355-356. Perelman recoge literalmente la definición del argumento a fortiori
dada por Tarello y a continuación señala que el argumento a maiori ad minus se aplica a las
prescripciones positivas y el a minori ad maius se aplica a prescripciones negativas. Perelman, Ch. “La
lógica jurídica y la nueva retórica”, trad. esp. Madrid, 1979, p. 79.

11
Castán señala que el argumento a fortiori, “de razón mayor o más fuerte” se
apoya en que “los motivos que hayan inspirado determinada disposición legal se den
más evidente y palpablemente que en la hipótesis aludida por el legislador, en aquella
otra que el legislador no previó”, que tiene dos variedades: A maiori ad minus, que se
aplica a leyes permisivas y se resume en “si la ley autoriza lo más, implícitamente
permite lo menos”; y a minori ad maius, que se aplica a las leyes prohibitivas y se
resume en “si la ley prohíbe lo menos, con mayor razón prohíbe lo más”.10

El argumento a fortiori exige, como condición previa para su utilización, el


silencio del legislador sobre la hipótesis dudosa. Cuando se aplica el argumento a
fortiori hay que contar con dos hipótesis: la prevista expresamente por el legislador en
un precepto por él elaborado; y aquélla a la que se quiere dar una respuesta en el sentido
de encontrarle una regulación jurídica por medio, precisamente, del argumento a
fortiori. Por lo tanto, el legislador ha guardado silencio sobre una de las dos hipótesis,
en concreto sobre la que se plantea en forma de problema jurídico al intérprete. El
argumento a fortiori, más que un argumento interpretativo en sentido estricto, es un
método de integración, un método para llenar lagunas legales. 11

El problema surge al intentar precisar en qué consiste la “mayor razón”, dando


lugar a interesantes cuestiones teóricas y lógicas. Es muy difícil responder a esta
interrogante, abstractamente.

En este caso, se emplea el argumento a fortiori, en su variante a maiori ad minus.


En efecto, el legislador chileno no se ha pronunciado acerca de la validez de las

10
Castán Tobeñas, J. “Teoría de la aplicación e investigación del Derecho”. Madrid, 1947, pp. 255 y 262.
11
De esta manera lo expresa Ezquiaga Ganuzas, en su obra citada, p. 152-153. Al respecto, agrega: “ El
argumento a fortiori se basa en la “mayor razón” y en la presunta voluntad del legislador. Casi todos los
argumentos interpretativos considerados lógicos o cuasilógicos, y el argumento a fortiori, no es una
excepción, encuentran su justificación última en la voluntad del legislador, es decir, se considera que la
conclusión obtenida por medio del argumento refleja la voluntad (implícita) del legislador. Por lo tanto,
cuando, como sucede con el argumento a fortiori, el legislador no recoge una hipótesis concreta, se
entiende que no es que estemos en presencia de una laguna legal, de una imprevisión del legislador, sino
que éste ha querido llamar la atención sobre algunos casos más frecuentes o típicos que son los
mencionados, pero que implícitamente estaba teniendo en cuenta todas aquellas hipótesis que merezcan
con mayor razón que las previstas, la regulación dictada. En definitiva, es esta mayor razón lo que
constituye el núcleo del argumento y lo que en el fondo lo justifica, es lo que se presume que tuvo en
cuenta el legislador para no incluir ciertas hipótesis en la previsión legal, el hecho de merecer con mayor
razón que las previstas, la consecuencia jurídica); y es también el elemento tenido en cuenta por el
intérprete para extender la regulación legal a hipótesis no expresamente recogidas en el texto elaborado
por el legislador”.

12
estipulaciones limitativas de la facultad de disposición, sin embargo, en diversas normas
(se trata de leyes de carácter permisivo) autoriza al propietario a desprenderse de las
facultades inherentes al dominio, incluida la facultad de disposición. Por lo tanto, si está
permitido lo más (desprenderse de todas las facultades del dominio, incluida la de
disposición) debe concluirse que con mayor razón está permitido lo menos (limitar la
facultad de disposición, puesto que se trata sólo de limitar y no de privar, y únicamente
una facultad, no todas).

d) Por último, el Reglamento del Registro del Conservador de


Bienes Raíces permite precisamente inscribir, en el Registro correspondiente,
“todo impedimento o prohibición referente a inmuebles, sea convencional, legal
o judicial, que embarace o limite de cualquier modo el libre ejercicio del derecho
de enajenar”. (art. 53, Nº 3).

De acuerdo a este argumento, debemos concluir que las prohibiciones de


enajenar de origen convencional, son válidas, puesto que el propio Reglamento del
Registro Conservatorio de Bienes Raíces permite inscribirlas. De lo contrario, carecería
de sentido esta autorización reglamentaria, ya que se estarían inscribiendo disposiciones
contractuales nulas. Se trata del empleo del argumento apagógico, en su variante de
principio de la eficacia del texto a interpretar.

El argumento apagógico se define como aquél argumento que permite rechazar


una interpretación de un documento normativo de entre las teóricamente (o prima facie)
posibles, por las consecuencias absurdas a las que conduce.12

El principio de la eficacia del texto a interpretar exige y justifica la


consideración de absurdas, y el consiguiente rechazo, de todas aquellas interpretaciones
que supongan privar de eficacia al texto a interpretar o a otro precepto del
ordenamiento, puesto que se parte de que el legislador es un ser racional entre cuyos
atributos esenciales estaría el de que “el legislador no hace nada inútil”.13

12
Tarello, G. Ob. cit. p. 369.
13
Ost., F. “L`interprétation logique et systématique et le postulat de rarionalité du législateur”. Bruselas,
1978, p. 138.

13
De esta manera, estamos rechazando aquella alternativa de interpretación que
sostiene que las cláusulas convencionales de no enajenar son nulas, puesto que de
sostenerla, ésta y otras disposiciones del ordenamiento que se refieren a ellas, se
tornarían ineficaces.

2.- Otros, en cambio, rechazan las cláusulas convencionales de no enajenar,


estimándolas nulas; señalan, entre otras, las siguientes razones:

a) La libre circulación de la riqueza, la prescripción de trabas más


bien propias de la época feudal, establecida en diferentes disposiciones del
Código y en el Mensaje, es uno de los propósitos fundamentales perseguidos por
el legislador civil. Ello se refleja en el Mensaje que acompañó al texto del
Código Civil chileno, donde se alude a estos fines, dejando de manifiesto
claramente cuál era la voluntad del legislador, como se consigna en los
siguientes párrafos que a continuación se transcriben:

“Pero admitido en toda su extensión este principio, pugnaría con el interés


social, ya embarazando la circulación de los bienes, ya amortiguando aquella solicitud
en conservarlos y mejorarlos, que tiene su más poderoso estímulo en la esperanza de
un goce perpetuo, sin trabas, sin responsabilidades, y con la facultad de transferirlos
libremente entre vivos y por causa de muerte...”

“Es una regla fundamental en este proyecto la que prohíbe dos o más usufructos
o fideicomisos sucesivos, porque unos y otros embarazan la circulación y entibian el
espíritu de conservación y mejora, que da vida y movimiento a la industria. Otra que
tiende al mismo fin es la que limita la duración de las condiciones suspensivas y
resolutorias, que en general se reputan fallidas si tardan más de treinta años en
cumplirse”.

En este caso, en principio, la posición analizada invoca simultáneamente los


argumentos teleológico y psicológico. Se explicará esto, a continuación.

Al aludir a una supuesta voluntad del legislador, se esgrime el argumento


psicológico. El argumento psicológico sería aquél por el que se atribuye a una regla, el

14
significado que se corresponda con la voluntad del emisor o autor de la misma, es decir,
del concreto legislador que históricamente la redactó. 14

Cuando se recurre al argumento psicológico lo que se pretende es otorgar al


precepto que plantea dudas interpretativas el significado que se corresponda con la
voluntad de su autor (del legislador en sentido amplio). Para apreciar, por tanto, el valor
argumentativo del recurso a los trabajos preparatorios se debe determinar si existe una
voluntad del legislador y si en los trabajos preparatorios puede encontrarse la voluntad
del legislador. 15

En cuanto al argumento teleológico, se trata de determinar cuál es la finalidad de


la normativa dictada por el legislador, más específicamente aquí, se recurre al fin
general de la materia regulada.. “Se pone el acento en el carácter de medio de los
preceptos pero para alcanzar un objetivo común a todos los que regulan una materia o
institución. Para los autores que la defienden la finalidad de toda norma jurídica hay
siempre que referirla a los principios de la materia, sin que el intérprete pueda aislarla
de esos”.16

La finalidad de un precepto puede establecerse de diversas maneras: por los


trabajos preparatorios, por la exposición de motivos, expresada en una disposición, por
la remisión de un norma a otra, por el elemento sistemático de interpretación, o incluso
por el contexto social o económico.17

Si la finalidad no la encontramos en un artículo específico, es posible acudir a la


inducción, procurando determinar el fin perseguido por medio del análisis de diversas
disposiciones, aunque surge el problema de delimitar su ámbito, pues se toma en cuenta
el contexto.

14
Tarello, ob. cit. p. 364. “Otro problema distinto es el determinar qué documentos pueden exteriorizar la
voluntad del legislador. No cabe duda que los más importantes son los trabajos preparatorios, pero
también existen documentos, como las exposiciones de motivos y los preámbulos, que eventualmente
podría manifestarla”.
15
Ezquiaga. Ob. cit. pp. 193-194.
16
Carbone, C. L`interpretazione delle norme costituzionali. Padua, 1951, p. 16.
17
“Es evidente que la finalidad de un precepto puede estar expresada en el propio precepto, pero cuando
éste enuncia la finalidad de toda una materia o institución el objetivo de la regulación adquiere gran
relevancia ya que, desde criterios teleológicos, va a servir para establecer el significado de todos los
demás preceptos que forman parte de esa regulación”. Ezquiaga Ganuzas. Ob. cit. p. 372.

15
Un medio típico de establecer la finalidad de una regulación es acudiendo a las
exposiciones de motivos.18 “En ocasiones, cuando la finalidad se obtiene por medio de
la exposición de motivos, puede confundirse con la voluntad del legislador que se
considera a veces asimismo expresada en las exposiciones. La diferencia entre ambos
usos de las exposiciones de motivos residiría en la amplitud diferente de su función
interpretativa. Por medio de un argumento psicológico que tome como fuente la
exposición de motivos se puede optar por uno de los significados de un texto de
comprensión difícil; por medio de un argumento teleológico que utilice el mismo medio
lo que va a quedar establecida es la finalidad que el legislador pretendió otorgar a esa
regulación, es decir, la finalidad para la que ese texto es un medio”. 19 Esta última
situación, corresponde más bien a la argumentación en análisis.

b) Si en determinados casos las cláusulas de no enajenar están


expresamente permitidas, de ello cabe concluir que a contrario sensu, en los
casos no reglamentados, se encuentran prohibidas.

Nuevamente, se invoca el argumento a contrario, cuyo concepto ya se ha dado, pero


para justificar otra alternativa de solución.. El argumento a contrario es considerado un
instrumento de la interpretación lingüística o literal que sirve para motivar o proponer la
denominada interpretación restrictiva, impone como condición para su utilización el
silencio de la ley y se basa en la presunta voluntad del legislador. 20 Más adelante, se
expondrán otras consideraciones respecto a este argumento, puesto que también es
esgrimido por la tercera alternativa de solución al problema de validez de las
prohibiciones convencionales de enajenar.

c) El art. 1810, dando a entender también que sólo la ley puede


prohibir enajenar, dispone que pueden venderse todas las cosas cuya enajenación
no esté prohibida por ley.

18
Con carácter general puede decirse que el preámbulo y la exposición de motivos son declaraciones que
suelen anteceder al articulado de algunos documentos normativos, en las que el legislador explica los
principios a los que responde, la finalidad perseguida o, en general, los motivos que le han conducido a
aprobar esa regulación y no otra. Ezquiaga Ganuzas, o. Cit. p. 185.
19
Ezquiaga Ganuzas, ob. cit. p. 373.
20
Ezquiaga Ganuzas. Ob. cit. pp. 167-168.

16
Artículo 1810: Pueden venderse todas las cosas corporales o incorporales
cuya enajenación no esté prohibida por ley.

No es un buen argumento, puesto que se trata de una errónea interpretación


literal de esta disposición legal, puesto que en ningún caso, puede concluirse que las
prohibiciones legales de enajenar son las únicas válidas. En efecto, bien sabemos que
también pueden tener un origen judicial, y que además otras disposiciones legales
incluso hacen referencia a las prohibiciones convencionales de enajenar. El artículo
1810 del Código civil, únicamente prohíbe vender las cosas cuya enajenación esté
prohibida por ley, nada dice respecto a las prohibiciones de enajenar que tengan otro
origen.

d) En cuanto a la disposición del art. 53 del Reglamento del


Conservador de Bienes Raíces, como se trata de una norma reglamentaria no
puede dársele eficacia en lo que no se acomode a la ley, y rechazándose estas
cláusulas por la ley (el Código), el Reglamento no podría establecerlas. (Debe,
sin embargo, tenerse en cuenta que se ha sostenido que habiéndose dictado el
Reglamento, como lo fue, en virtud de una disposición del Código, art. 695,
tendría fuerza de ley).21

Artículo 695: Un reglamento especial determinará en lo demás los deberes y


funciones del Conservador, y la forma y solemnidad de las inscripciones.

Artículo 53 del Reglamento: Pueden inscribirse.


3º Todo impedimento o prohibición referente a inmuebles, sea convencional,
legal o judicial, que embarace o limite de cualquier modo el libre ejercicio del derecho
de enajenar. Son de la segunda clase el embargo, cesión de bienes, secuestro, litigio,
etc.

Este argumento da por supuesto lo que intenta demostrar, ya que sostiene que el
Código civil prohíbe las cláusulas convencionales de no enajenar, que es justamente lo
que se discute. Por otra parte, está claro que el reglamento tiene rango legal, asunto que
ya fue resuelto por los tribunales y que está de acuerdo a las disposiciones
21
V., a este respecto, Gaceta de 1911, t. II, pp. 912 y sgtes.

17
constitucionales vigentes y que no se analizarán aquí, por razones de pertinencia y
extensión.

En esta posición, las cláusulas voluntarias de no enajenar adolecerían de nulidad


absoluta por falta o ilicitud del objeto (arts. 10, 1461, 1466 y 1682 C.c.).

Artículo 10: Los actos que prohíbe la ley son nulos y de ningún valor, salvo en
cuanto designe expresamente otro efecto que el de nulidad para el caso de
contravención.

Artículo 1461 inciso 3º: Si el objeto es un hecho, es necesario que sea física y
moralmente posible. Es físicamente imposible el que es contrario a la naturaleza, y
moralmente imposible el prohibido por las leyes, o contrario a las buenas costumbres o
al orden público.

Artículo 1466: Hay asimismo objeto ilícito en las deudas contraídas en juego de
azar, en la venta de libros cuya circulación es prohibida por autoridad competente, de
láminas, pinturas y estatuas obscenas, y de impresos condenados como abusivos de la
libertad de la prensa, y generalmente en todo contrato prohibido pos las leyes.

Artículo 1682: La nulidad producida por un objeto o causa ilícita, y la nulidad


producida por la omisión de algún requisito o formalidad que las leyes prescriben para
el valor de ciertos actos o contratos en consideración a la naturaleza de ellos y no a la
calidad o estado de las personas que los ejecutan o acuerdan, son nulidades absolutas.

Hay asimismo nulidad absoluta en los actos y contratos de personas


absolutamente incapaces.

Cualquiera otra especie de vicio produce nulidad relativa, y da derecho a la


rescisión del acto o contrato.

3.- Finalmente, hay quienes aceptan la validez de estas cláusulas de no enajenar


en términos relativos; si se establecen por un tiempo no prolongado, y existiendo alguna
justificación.

18
a).- Se señala como importante para ello la norma del art. 1126, a contrario
sensu, al que se le confiere una aplicación general.

Otra vez, se acude al argumento a contrario. Aquí merece la pena recalcar que es
difícil atribuirle a este argumento, un carácter lógico. Cada vez que se invoca este
argumento, hay un silencio legislativo, que puede ser colmado tanto a través del
argumento a contrario como del argumento analógico. “El hecho de optar por uno o por
otro se justifica exclusivamente en base a una presunción: respetar la voluntad del
legislador, voluntad que en ningún caso ha sido expresada ya que el texto a interpretar
guarda silencio acerca de la hipótesis que plantea la duda interpretativa”.22

b).- Parte de la doctrina afirma que esta última parece ser una posición
razonable, pues se facilitan las relaciones contractuales y no tiene consecuencias
desfavorables para el desarrollo económico. Así, con ella quedaría desvirtuado el
argumento del atentado al principio de la libre circulación de los bienes que, por su
naturaleza general y no meramente de un particularismo dispositivo, pareciera ser la
razón más contundente para negar validez a estos pactos.

En este caso, se está invocando el argumento pragmático. Se trata de “un


argumento consecuencialista, es decir, un argumento que consiste en establecer la
verdad o el valor de la tesis que se defiende (en nuestro caso, de la interpretación o el
significado que se propone) a partir de las consecuencias favorables que de ella se
derivan , o la falsedad de la tesis defendida por el adversario o la inconveniencia de otra
interpretación o significado posible) por las consecuencias desfavorables que de ella se
derivan”. 23

Las consecuencias que se consideran favorables o desfavorables al poner en


práctica una argumentación pragmática pueden ser de diverso tipo: sociales,
económicas, morales, etc.

22
Ezquiaga Ganuzas, ob. cit. pp. 169-170.
23
Ibídem, p. 276. Añade que “Lo característico del argumento pragmático es que el que lo utiliza no
siente la necesidad de justificar ni la bondad de las consecuencias, ni el nexo que une la causa con las
consecuencias. Sobre ambos aspectos, se considera que existe una especie de consenso, obtenido a través
de nociones ligadas a las ideas de lo normal, lo previsible o lo razonable”.

19
El argumento pragmático sirve para apoyar una interpretación. Normalmente el
argumento pragmático sirve, no tanto para rechazar interpretaciones (aunque también) ,
como para apoyar interpretaciones concretas. Estas se justifican, o bien por razones de
tipo práctico en general, o bien porque interpretado de otro modo el precepto quedaría
vacío de contenido.24

Aquí se argumenta pragmáticamente, remitiéndose a las consecuencias


económicas favorables que generaría la aceptación de la validez de las prohibiciones
convencionales de enajenar por tiempo limitado, puesto que se respetaría la libertad de
los agentes económicos al contratar, quienes velarían por sus propios intereses, y a la
vez, se protege la libre circulación de los bienes.

c).- La jurisprudencia parece aceptar la validez de la estipulación, por tiempo


limitado y prudente, y con justificado motivo.

Aquí se esta aduciendo el argumento de autoridad. De acuerdo a Tarello, el


argumento de autoridad o ab exemplo, es aquél “por el que a un enunciado normativo le
es atribuido aquel significado que ya le había sido atribuido por alguien, y por ese sólo
hecho”.25

El argumento de autoridad implica, por tanto, puesto que se recurre a él, un


desacuerdo, o al menos la posibilidad de discrepancias, respecto a la atribución de
significado a un enunciado normativo. Pero, al mismo tiempo, se parte siempre de un
acuerdo acerca de la autoridad de que está investida la Autoridad invocada. En
definitiva, consiste en utilizar la opinión de una persona a favor de una tesis propia, pero
al no proporcionar más que opiniones esta forma de argumentación obtiene una fuerza
mayor o menor en función del prestigio que se le reconoce a la autoridad invocada.26

Se apela al argumento de autoridad, puesto que se está invocando la solución


adoptada por la jurisprudencia ante el problema que se intenta resolver. Al revisar las
resoluciones de los tribunales, sobre el punto, es posible afirmar que se trata de un
recurso a la jurisprudencia como ejemplo. Aquí, es preciso hacer notar que según el
24
Ver ob. cit. p. 280.
25
Tarello, G. O. Cit. p. 372.
26
Perelman, Ch. Y Olbrechts-Tyteca, L. Ob. cit. pp. 410, 471 y Ost, F. Ob. cit. p. 135.

20
artículo 2 del Código civil chileno: “Las sentencias judiciales no tienen fuerza
obligatoria, sino respecto de las causas en que actualmente se pronunciaren”. En
consecuencia, el ordenamiento jurídico chileno regula esta materia de manera diferente
a la que lo hace el derecho español.

Además de todas las debilidades y críticas que se han planteado a la utilización


del argumento de autoridad, y que por numerosas y sabidas no se reproducen aquí, no se
debe olvidar que los tribunales chilenos se han pronunciado sobre este problema, en los
más diversos sentidos, ya reconociendo validez a las estipulaciones limitativas a la
facultad de disposición, otras veces negándoles valor, e incluso aceptándolas, pero por
tiempo limitado.

Conforme al contenido de la estipulación, se trata de una obligación de no hacer.


Supuesta su validez, si el deudor la infringe, es decir, enajena el bien de que se trata,
sería aplicable el artículo 1555 o, eventualmente (según el alcance que se le confiera a
ese texto, punto cuyo análisis pertenece a la Teoría de las obligaciones), el artículo
1489.

Artículo 1555. Toda obligación de no hacer una cosa que resuelve en la de


indemnizar los perjuicios, si el deudor contraviene y no puede deshacerse lo hecho.

Pudiendo destruirse la cosa hecha, y siendo su destrucción necesaria para el


objeto que se tuvo en mira al tiempo de celebrar el contrato, será el deudor obligado a
ella, o autorizado el acreedor para que la lleve a efecto a expensas del deudor.

Si dicho objeto puede obtenerse cumplidamente por otros medios, en este caso
será oído el deudor que se allane a prestarlo.

El acreedor quedará de todos modos indemne.

Artículo 1489: En los contratos bilaterales va envuelta la condición resolutoria


de no cumplirse por uno de los contratantes lo pactado.

21
Pero en tal caso podrá el otro contratante pedir a su arbitrio o la resolución o el
cumplimiento del contrato, con indemnización de perjuicios.

Por esto último es que también ha podido decirse que la cláusula implica una
verdadera condición resolutoria, que se cumple (opera) cuando el obligado a no
enajenar, enajena. Entonces, respecto del tercero adquirente, le alcanzarán o no sus
efectos, en conformidad a lo previsto en los artículos 1490 y 1491. (En lo que concierne
a la inscripción de la prohibición cuando recae sobre inmuebles y los efectos de esa
inscripción no nos detendremos).

Artículo 1490: Si el que debe una cosa mueble a plazo, o bajo condición
suspensiva o resolutoria, la enajena, no habrá derecho de reindicarla contra terceros
poseedores de buena fe.

Artículo 1491: Si el que debe un inmueble bajo condición lo enajena, o lo grava


con hipoteca, censo o servidumbre, no podrá resolverse la enajenación o gravamen,
sino cuando la condición constaba en el título respectivo, inscrito u otorgado por
escritura pública.

C).- PROPUESTA DE SOLUCIÓN AL PROBLEMA.

Soy partidario de reconocer la validez de las cláusulas convencionales de no


enajenar, en aquellos casos en que no se encuentran expresamente prohibidas por el
legislador, siempre que no se pacten con una duración indefinida (este carácter
vulneraría una facultad esencial del derecho de dominio, protegida
constitucionalmente).

Para ello, me apoyo en los siguientes argumentos:

1.- Esta solución respeta el principio de libertad contractual, que es uno de los
principios fundamentales que informan el derecho civil patrimonial (y que se encuentra
consagrado en numerosas disposiciones del Código civil chileno, como por ejemplo, los
arts. 12, 1545 y 1560, además de su correspondiente fundamento constitucional en el

22
artículo 19 de la Constitución Política de la República). (Argumento a partir de
principios).

2.- A su vez, esta alternativa de solución no vulnera el principio de libre


circulación de la riqueza, que inspira la legislación relativa al derecho de bienes y la
regulación contractual, ya que se reconoce validez a las estipulaciones limitativas de la
facultad de disposición, en la medida que se establezcan con una duración determinada
y razonable. (Argumento a partir de principios).

3.- La solución propuesta implica consecuencias favorables relevantes en el


plano económico, pues se respeta la libertad de los agentes económicos en sus
negociaciones y, por otra parte, no se obstaculiza el tráfico mercantil de los bienes.
(Argumento pragmático).

4.- De acuerdo a la historia fidedigna del establecimiento del Código civil


chileno, la voluntad del legislador fue reconocer la validez de las cláusulas
convencionales de no enajenar, en la medida que ellas no vulneraran el principio de
libre circulación de la riqueza. Ello se puede comprobar fácilmente al revisar las notas
correspondientes en los diversos anteproyectos de Código civil, y en el mensaje del
Presidente de la República que acompañó al proyecto de Código. (Argumento
psicológico).

5.- Una de las finalidades perseguidas por la normativa contenida en el Código


civil, en materia de derecho de bienes y de contratos, está representada por el respeto al
autonomía de la voluntad y la prohibición de trabas que obstaculicen la circulación de
los bienes. Esta solución es compatible con dicha finalidad. (Argumento teleológico).

6.- El titular del derecho de dominio está facultado constitucional y legalmente


para disponer de los atributos del dominio (facultades de uso, goce y disposición) a su
entero arbitrio, en la medida que no sea contrario a la ley, las buenas costumbres y el
orden público. Si puede disponer de todas las facultades esenciales inherentes al
derecho de dominio, con mayor razón, podrá limitar alguna de ellas. (Argumento a
fortiori).

23
7.- Diversas disposiciones del Código civil y del Reglamento del Registro
Conservatorio de Bienes Raíces permiten la inscripción de las prohibiciones
convencionales de enajenar. Dichas normas legales y reglamentarias carecerían de
objeto y eficacia, si tales prohibiciones fuesen nulas. (Argumento apagógico).

La refutación de los argumentos esgrimidos por la posición que rechaza la


validez de las cláusulas convencionales de no enajenar y por la posición que les
reconoce validez de forma absoluta, ya se ha efectuado en el punto anterior, por lo que
no se reproducen nuevamente, para evitar redundancias.

D).- CONCLUSIÓN.

La legislación chilena no regula, de manera general, la validez de las cláusulas


convencionales de no enajenar. Algunas disposiciones del Código civil chileno las
reconocen como válidas, y otros artículos del mismo cuerpo legal, en otros casos, las
prohíben.

La doctrina se encuentra dividida frente al punto, y la jurisprudencia se ha


pronunciado en diversas ocasiones al respecto en términos contradictorios y vacilantes,
por lo que ni siquiera es posible sostener que exista una opinión dominante.

El problema es importante, ya que estas estipulaciones son relativamente


frecuentes en la práctica contractual.

Mi propuesta de solución consiste en reconocer validez a las prohibiciones


convencionales de enajenar, siempre que se establezcan por un período determinado y
razonable.

Para sostener esta alternativa de solución me apoyo, entre otros, en los siguientes
argumentos:

1.- Esta solución respeta los principios de libertad contractual y de libre


circulación de los bienes, los cuales son principios fundamentales que inspiran el

24
derecho civil patrimonial, y que incluso cuentan con reconocimiento constitucional y
legal.

2.- Diversas disposiciones del Código civil chileno y del Reglamento del
Registro Conservatorio de Bienes Raíces, permiten la inscripción de las prohibiciones
convencionales de enajenar, por lo tanto, implícitamente les reconocen validez; de lo
contrario, tales normas carecerían de sentido.

3.- En el Mensaje que acompañó el Proyecto de Código civil de Chile y en los


distintos anteproyectos, se deja constancia que la finalidad de la nueva normativa en
materia contractual es garantizar el principio de autonomía de la voluntad en la
contratación, y eliminar las trabas que obstaculicen la libre circulación de los bienes.
Esta alternativa de solución concuerda con tal finalidad.

4.- Con la solución propuesta se favorecen las transacciones económicas, al


respetar la voluntad e intereses de los contratantes y al no obstaculizar el tráfico
mercantil y el intercambio de bienes y servicios.

5.- El titular del derecho de propiedad puede disponer libremente de todas las
facultades inherentes al dominio, pues se trata incluso de un derecho protegido
constitucionalmente, por ende, con mayor razón podrá introducir limitaciones a una de
aquellas facultades que le confiere su derecho.

25