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ESPECIALIZACIÓN EN

ADOLESCENCIA

MÓDULO Nº 2: PERSPECTIVAS
DE ANÁLISIS DEL PROCESO
ADOLESCENTE
PROF.: DRA. GRISELDA CARDOZO

VECCO, LUCIANO
D.N.I. 34328913

-2018-
Contextos socio-históricos de los paradigmas adolescentes en los enfoques de las políticas

Los seres humanos en nuestro crecimiento y desarrollo pasamos por una etapa a la cual se
la denominó “adolescencia”, y en la que el sujeto “atraviesa un tiempo de cambios y
transformaciones que posibilitarán el logro de la “identidad” (Arce, 2015, p. 15). No obstante, los
diferentes enfoques desde los cuales se concibió y se concibe la adolescencia desde las políticas 2

públicas han variado a través del tiempo, y en relación a los cambios políticos, sociales, económicos
y culturales de las sociedades humanas.

Para la realización de este trabajo, partimos de la noción de que “los conceptos de


adolescencia y juventud corresponden a una construcción social, cultural y relacional, que a través
de las diferentes épocas y procesos históricos y sociales han adquirido denotaciones y
delimitaciones diferentes” (Dávila León, 2004, p. 86). Por ello, analizaremos los paradigmas que
establece Dina Krauskopf (2003) en los enfoques de las políticas: tradicional, reactivo, y el inclusivo,
el cual concibe a los jóvenes como actores estratégicos del desarrollo, ciudadanos y productores de
cultura. Este análisis partirá desde una óptica socio-histórica, es decir que se buscará relacionar cada
paradigma con el contexto histórico en los cuales surgieron.

Si bien los jóvenes existieron a lo largo de la historia de la humanidad, es en el siglo XIX, con
las transformaciones políticas, económicas y sociales, cuando apareció el término adolescencia. Tal
como expresa Cardozo (s.f.) “la adolescencia se asienta en la transformación cultural surgida como
expresión social luego de los cambios socio-económicos que introduce la revolución industrial” (p.
4). En las sociedades de los siglos anteriores no se tenía una noción de adolescencia, “sino que
ejecutaban ritos de iniciación que al ser transitados por los jóvenes, quedaban a partir de ese acto
ubicados como adultos” (Lerner, 2008, p. 71).

Precisamente, el siglo decimonónico fue una época de grandes transformaciones políticas,


económicas y sociales. Las revoluciones burguesas de 1820, 1830 y 1848 en Europa afianzaron el
liberalismo que trajo como consecuencia: en lo político y económico, la consolidación de los
Estados-Nación y de la economía capitalista; y en lo social, el apuntalamiento de la burguesía como
principal clase dominante en detrimento de las antiguas aristocracias, y el crecimiento de un
proletariado industrial. Este fenómeno fue acompañado de la Segunda Revolución Industrial1 que

1
La Primera Revolución ocurrió en la segunda mitad del siglo XVIII, y se dio única y exclusivamente en Gran
Bretaña (N. de A.)
cobró impulso a partir de 1850, principalmente en Europa, Estados Unidos y Japón. De esta manera,
el mundo quedó organizado de acuerdo a la “división internacional del trabajo”, donde estaban los
países industriales, productores de manufacturas, y los países destinados a explotar y proveer de
materias primas a los primeros (tal es el caso de América Latina).

Con la concepción del término adolescencia, se concibió el denominado paradigma 3

tradicional, que toma a este período de la vida como un momento de preparación para el futuro
(Cardozo, s.f., p.4). En este contexto en el que surge el primer paradigma, el tradicional. Como las
nuevas industrias demandaban mano de obra especializada y educada, los nuevos Estados liberales-
capitalistas buscaron para preparar a los niños y adolescentes para su futura inserción en el trabajo
y fueron considerados “carentes de madurez social e inexpertos” (Cardozo, s. f., p. 5). Es a partir de
este momento en que la preparación de los jóvenes se apoyó en un nuevo sistema educativo público
y obligatorio. Tal como sostiene Arce (2015):

“Es entonces cuando la generación de sujetos que finalizaban su infancia, se ve en


la necesidad de entrenarse para adquirir habilidades acordes a los requerimientos
laborales, tarea de la que ya no se encargará la familia como venía sucediendo, sino
será el estado mediante la creación de sistemas educativos el encomendado de
‘formar’ a quienes luego deberán salir al salvaje y competitivo mundo laboral”. (p. 6).

Una características, y en cierta medida, defecto del paradigma tradicional es la postergación


de los derechos de los niños y adolescentes. A partir de esto, tal como afirma Krauskopf (2003) “se
prolonga la dependencia infantil, se limita la participación y se genera la distinción-oposición entre
menores y adultos” (p. 14). Es decir, al considerarlos carentes de madurez, la posibilidad para los
Estados de que estos sujetos puedan tomar decisiones o participar activamente en la vida cívico-
social, es prácticamente nula.

Los cambios sociales y culturales de la segunda mitad del siglo XX que influyeron en los
jóvenes, produjeron una nueva mirada sobre ellos, dando paso al paradigma reactivo. Precisamente
es en este momento que se dio lo que Hobsbawn (2003) denomina “La Revolución Cultural”. Este
autor explica que, hasta ese momento:

“La inmensa mayoría de la humanidad compartía una serie de características, como


la existencia del matrimonio formal con relaciones sexuales privilegiadas para los
cónyuges (el “adulterio” se considera una falta en todo el mundo), la superioridad del
marido sobre la mujer (“patriarcalismo”) y de los padres sobre los hijos, además de la
de las generaciones más ancianas sobre las más jóvenes, unidades familiares formadas
por varios miembros, etc”. (Hobsbawn, 2003, p. 323).

Entre los fenómenos más destacados de la Revolución cultural hallamos el aumento de


personas solteras, el acrecentamiento de divorcios, y la reducción del número de hijos. Sin 4

embargo, lo más importante que ocurre es en cuanto a la sexualidad. Margulis et al (2003) afirma
que a partir de la década de 1960 “se inicia un brusco cambio en las pautas culturales relacionadas
con la afectividad y la sexualidad: la posibilidad de separar la sexualidad de la procreación ingresa
en el horizonte cultural de millones de personas” (p. 50). En este sentido, las prácticas sexuales
fuera del matrimonio, sobre todo en las generaciones más jóvenes, se vuelve cada vez más habitual
en esta época, tanto para heterosexuales (en especial, en la mujer), como en homosexuales.

Asimismo, vemos la aparición de la denominada “Cultura Joven”. Los jóvenes comenzaron


a tomar conciencia sobre los problemas sociales (desigualdad y pobreza), como del contexto
belicista de esa época (Guerra Fría). Esto llevó a que fueran adoptando un papel más activo en la
vida política, y a luchar por ideales como la igualdad social, la paz mundial, la eliminación de la
propiedad privada, el cuidado del medio ambiente. La Revolución Cubana (1958), liderada por los
jóvenes Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara, el movimiento estudiantil del Mayo francés (1968), o
la expansión del movimiento “hippie”, son claros ejemplos de la preponderancia que iba tomando
las nuevas generaciones juveniles en la sociedad.

Por otro lado, y en relación a la nueva autonomía que iba cobrando la juventud, Hobsbawn
(2003) menciona un nuevo fenómeno: “el héroe cuya vida y juventud acaban al mismo tiempo” (p.
326), lo cual, según este autor va a ser muy característico en el ámbito artístico-musical,
especialmente en el rock:“Buddy Holly, Janis Joplin, Brian Jones de los Rolling Stones, Bob Marley,
Jimmy Hendrix y una serie de divinidades populares cayeron víctimas de un estilo de vida ideado
para morir pronto”. (Hobsbawn, 2003, p. 326). En relación con lo que sostiene este autor, podría
pensarse que las conductas de riesgo, como el consumo de alcohol y drogadicción, en los jóvenes
se vuelven más habituales que en épocas pasadas.

En relación a lo último, es a partir de los años ‘50 y ‘60 cuando el consumo de drogas y
alcohol se expande en las culturas juveniles. Tal es el caso del Cannabis que, según Luna-Fabritius
(2015), alcanzó su punto máximo en la década de 1950, sobre todo, en la cultura “hippie” como
producto del desencanto provocado por los conflictos bélicos. Pero será en la década de 1960 y
1970 cuando la moda se expande “y se estima que los jóvenes consumidores de Cannabis ampliaron
sus intereses y se prepararon para experimentar con otras drogas como la dietilamina de ácido
lisérgico (LSD), las anfetaminas, la cocaína y la heroína”. (Luna-Fabritius, 2015, p. 27).

Es en este contexto que se comienza a mirar a la adolescencia como etapa-problema. Los


problemas de salud sexual, y otros comportamientos, sostiene Krauskopf (2003), “modifica así el 5

paradigma que establecía la equivalencia ‘adolescencia=edad más sana’ por el paradigma


‘adolescencia=etapa de riesgo” (p. 14). La mirada hacia los jóvenes se van a dar desde problemas
que comienzan a tener mayor eco en la sociedad: embarazo, delincuencia, drogas, deserción
escolar, pandillas, etc.

El paradigma reactivo va a ligado a la “patologización” de esta etapa de la vida (Cardozo,


s.f.). Las conductas de riesgo llevaron a la estigmatización criminalizante de la adolescencia y la
juventud, por lo que es necesario, en cuanto a políticas públicas, prevenir este tipo de conductas. Al
igual que el tradicional, excluye de estos sujetos en la toma de decisiones y la participación social.

Los últimos paradigmas que presenta Kraukopf conciben a los adolescentes desde una
mirada positiva, en contraste con el reactivo: los adolescentes como actores estratégicos del
desarrollo, ciudadanos y productores de cultura. Con respecto a ser actor estratégico, este enfoque
“da un valor prominente a la participación juvenil como parte crucial de su desarrollo”. (Kraukopf,
2003, p. 14). En otras palabras, favorece la participación activa de los jóvenes fomentando la toma
de decisiones y prácticas sociales que promuevan su desarrollo cognitivo.

En cuando a la juventud ciudadana, y relacionado con el enfoque anterior, este se concretó,


según Krauskopf (2003), con la Convención de los Derechos del Niño, y que fortaleció la mirada de
los niños y adolescentes como sujetos con derechos, “incluyendo con más fuerza la participación de
niños, niñas y adolescentes como sujetos con capacidades y derechos para intervenir de forma
protagónica en su presente y aportar al desarrollo colectivo” (Krauskopf, 2003, p. 15).

Por último, cuando habla la autora sobre los adolescentes como productores de cultura,
considera que “las culturas juveniles poseen saberes, prácticas y potenciales que pueden contribuir
a la sociedad en general”.

En suma, estos tres últimos enfoques promueven la inclusión social de los jóvenes
haciéndolos sujetos de derechos políticos, civiles, culturales, sociales y económicos, con lo cual
podríamos encerrarlos en un paradigma denominado “Participativo”. Claramente, las
transformaciones que se dieron en los últimos decenios del siglo XX incidieron en la formulación de
este paradigma. Tal como mencionamos anteriormente, los jóvenes comenzaron a tomar conciencia
de las problemáticas que afectaban a las sociedades: guerras, desigualdades e injusticias. Desde
movimientos combativos, como el hipismo o los grupos armados guerrilleros, hasta expresiones
artísticas, como el rock n´ roll, los jóvenes buscaron romper los cánones tradicionales de la sociedad
6
capitalista de fines del siglo XIX.

En este trabajo hemos observado cómo los cambios sociales, políticos y económicos fueron
plasmando distintas formas de concebir a los jóvenes: desde un paradigma de transición, en el cual
las sociedad occidentales, en relación con el afianzamiento del capitalismo económico de fines del
siglo XIX, veían esta etapa de la vida como periodo de paso, donde había que preparar a los sujetos
para la adultez; pasando por uno más reactivo, donde los jóvenes y adolescentes son vistos desde
una mirada criminalizante en base a las problemáticas que empiezan a surgir en la segunda mitad
del siglo XX, hasta un paradigma participativo, en el cual estos pasan a ser sujetos de derechos con
la posibilidad de participar activamente en los asuntos políticos, civiles, económicos y culturales. En
suma, estos enfoques van en concordancia con los aconteceres históricos de su época, por lo que
podemos afirmar que las percepciones sobre adolescencia y juventud, responden a los contextos
socio-histórico, tal como afirmamos al comienzo de este trabajo.

Bibliografía

Arce, S. (2015) Algunas reflexiones para entender el proceso adolescente en la Actualidad. Uso
interno de la Carrera de Especialización en Adolescencia. Fac. de Psicología y FFyH. UNC.

Cardozo, Griselda. (s.f.). De los enfoques tradicionales a los enfoques contemporáneos de la


adolescencia y la juventud. Córdoba: Universidad Nacional de Córdoba.

Cardozo, Griselda. (s.f.). Retratos del adolescente de hoy…Nuevas lecturas acerca de la


“adolescencia” y del ser “adolescente”. Córdoba: Universidad Nacional de Córdoba.

Dávila León, Oscar. (Diciembre, 2004). Adolescencia y Juventud: De las nociones a los abordajes.
Última Década, (21), 83-104.

Hobsbawn, E. (2003). Historia del siglo XX. (5º ed.). Buenos Aires: Crítica.

Krauskopf, D. (2003). Participación social y desarrollo en la adolescencia. (3º ed.). Recuperado de


http://www.mcj.go.cr/ministerio/juventud/archivos/documentos/PARTICIPACION%20SOCIAL%20
Y%20ADOLESCENCIA.pdf.

Lerner, H. (2008) Ser o Estar adolescente. Interrogantes y cuestiones de la contemporaneidad, pp.


65-85, en Rother Hornstein comp., Buenos Aires, Psicolibro Ediciones.
Luna-Fabritius, A. (2015, septiembre-diciembre). Modernidad y drogas desde una perspectiva
histórica. Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales. Recuperado de
www.revistas.unam.mx/index.php/rmspys/article/download/51787/46941

Margulis, M. (2003). Juventud, Cultura y Sexualidad. Buenos Aires: Editorial Biblos.