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Rev. Per. Neurol.

- Vol 2 Nº 2-3 1996

EDITORIAL

Dr. Pedro Ortiz C. (*)

Siempre que se presente la ocasión, no vacilaremos en destacar la enorme importancia


de la investigación neurobiológica y la relevancia de sus hallazgos como sucesos que
de uno u otro modo tendrán algún impacto en nuestro quehacer clínico en un futuro tal
vez cercano, inclusive bajo las condiciones en que se atienden los pacientes en los
servicios médicos especializados del mundo subdesarrollado.

Sin embargo, conviene destacar también ciertas noticias que vienen del mundo
desarrollado respecto de la atención medica en si. Una de ellas refiere el hecho de que
«Desde el advenimiento de DSM-III (...), existe preocupación respecto de que el arte y
la habilidad de la entrevista se han deteriorado. Quienes toman los exámenes orales
para el American Board of Psychiatry and Neurology han visto demasiados (too many)
médicos que actúan como si la serie de preguntas basadas en los criterios del DSM-IV
constituyera una entrevista clínica.» (...) «Muchas técnicas de entrevista contribuyen a
establecer una buena relación (con el paciente), especialmente si se practican desde el
comienzo de la entrevista. Una de las técnicas más potentes es (...) responder a las
emociones del paciente (...). El incumplimiento de esto es quizás el aspecto más débil
del desempeño de los candidatos que se presentan a los exámenes» mencionados.»
(Sadock y Kaplan, 1995).

Otra nos revela la creciente preocupación porque «Conforme la tecnología y la


complejidad de la medicina se han incrementado, la atención medica se ha vuelto mas
institucionalizada y su prestación se ha despersonalizado. (...) Hay una idea
ampliamente aceptada de que la cada vez más compleja ciencia y tecnología de la
medicina es responsable de la perdida de la compasión en medicina, como si hubiera
algo inherentemente contradictorio entre ciencia y humanidad, entre tecnología y
piedad.» (Wyngaarden y Smith, 1988).

Aunque las citas se refieren a campos conexos o más amplios respecto de la


neurología, no por eso podemos dudar siguiera que de hecho existe una situación
similar en nuestra especialidad, Así, en las salas de emergencia se puede comprobar
las serias dificultades que se tienen en la atención de los pacientes con problemas
neurológicos, debido en gran medida a una insuficiente evaluación semiológica de esta
clase de enfermos.

Siempre se ha tratado de explicar esta situación, que en todo caso es la de un


constante declive en una suerte de descuido personal, de un exceso de confianza en
los exámenes auxiliares. Quienes buscan explicaciones más generales, la encontraran
en la complejidad del sistema nervioso, la ausencia de procedimientos más simples de
examen, y hasta en las condiciones de los hospitales y servicios, incluidas las del
propio profesional.

Sin duda, entonces, que las causas son muchas y de distinto grado de complejidad.
Por ahora, sin embargo, queremos resaltar un problema que es inherente a la practica
neurológica, y que, según nos parece, no ha recibido la atención debida, o no se ha
reparado en la magnitud de su trascendencia.

Nos referimos al problema de la «despersonalización del paciente» y la «cosificación de


la enfermedad». Ambos problemas no son nuevos. Pero su simple denuncia parece no
ha logrado llamar la atención de los médicos, menos ha producido alguna respuesta o
sugerencia por lo menos comprensible o aceptable tendiente a superar estas graves
desviaciones del pensamiento y la actitud de los médicos respecto de los enfermos.
Así, se puede apreciar que la respuesta al creciente avance de las neurociencias, que
tiende a reducir la actividad humana a los procesos químicos y funcionales que ocurren
en la masa neural -en el cerebro, en las sinapsis, sin mayores especificaciones-, se
puede neutralizar buscando el apoyo de las ciencias de la conducta, de la ecología, la
antropología, y aun de la economía. El resultado es empero tan desalentador como el
crecimiento de la adicción a drogas a pesar de las campanas de moralización cada vez
más incisivas.

Como decíamos se trata de destacar un aspecto que nos parece fundamental, más en
neurología y psiquiatría fue en otras especialidades. Y es la imposibilidad de explicar al
hombre -al enfermo- con sólo el auxilio de las ciencias naturales. Como todo el mundo
sabe, las ciencias naturales son las ciencias de lo general y abstracto; no tratan de lo
particular y concreto. A la ciencia natural le importa la combinación entre moléculas,
las características de las células, el metabolismo de la glucosa, el consumo de energía,
la transmisión sináptica, pero en general, de cualquier molécula, célula, tejido o
sinapsis. Es como si dijéramos al científico natural no le interesa el metabolismo de un
roedor en particular, sino de cualquier roedor, de todos los roedores, sin especificar a
ninguno de ellos. Para cualquier lógico de la ciencia, es un contrasentido, o un sin
sentido, una ciencia de lo individual.

En cambio, a la neurología -a la medicina- le interesa resolver el problema de un


individuo en particular, el problema de una persona y únicamente de ella. El
neurólogo, por ejemplo, tiene que explicar el curso de los procesos patológicos al
interior del enfermo que tiene ante sí. Sólo parcialmente está interesado en la
enfermedad llamada meningitis tuberculosa. Pero si tiene que estar totalmente
interesado en saber explicar en que consisten realmente los cambios que hace dos
semanas empezaron produciendo dolor de cabeza, alza térmica, luego confusión y
finalmente estupor y rigidez de nuca. Este proceso debe ser explicado en términos,
patológicos anatómicos, fisiológicos, inmunológicos, etc. tal como han sucedido dentro
de esta persona, y no a una población de personas en la cual estadísticamente habían
60% con cefalea, 30% con rigidez de nuca, en 10% se encontró BK en el LCR, etc., y
se sabe que las meninges estuvieron modificadas en cierta forma cuando sé las estudió
post-morten.

Igualmente, todo cuanto decida investigar en esta persona, y todo cuanto pueda hacer
para aliviarle, tendrá que decidirse teniendo en cuenta su propia historia, y sólo como
modelo la historia natural de la enfermedad.

Lógicamente que para los filósofos de la ciencia, la medicina así concebida no es una
ciencia. Pero, ¿por qué no puede haber una ciencia de lo individual?. Más aún, todo lo
que la ciencia natural haya logrado avanzar, no es para beneficio de la naturaleza en
general, sino para beneficio de los hombres, de cada uno de los hombres. Y si algo
tienen que sufrir estos seres individuales, más se debe a sus condiciones de vida que a
la etiología en sí. Seguramente la meningitis no se debe sólo a una determinada
bacteria, sino a las condiciones de la persona que vive en tal o cual condición. Y lo que
decimos para explicar un paciente dado, vale también para explicar la historia personal
de cada médico.

Eso tampoco es algo nuevo. Si hay una pérdida de humanidad por parte de los
médicos, su causa debe estar fuera de ellos, es decir, «los problemas fundamentales
están en su mayor parte (...) dentro de la sociedad como un todo. El médico es
largamente un reflejo de la sociedad... Los rasgos básicos del carácter están bien
desarrollados al tiempo que el estudiante ingresa a la escuela médica.» (Wyngaarden,
ob. cit.). Luego, una vez que hemos sido estructurados por la sociedad, cada uno de
nosotros ya no es un animal superior cualquiera. Es lo que puede o debe llamarse
mejor una personalidad. Y la ciencia de una personalidad no puede ser ni la biología, ni
la neurología, ni la sicología natural. Se necesita pues de un conjunto de ciencias
humanas para explicar y más para intervenir sobre las personas. Si pudiera llegar el
día en que entendamos que la medicina es una ciencia humana, y por lo tanto la
neurología también, ¿no sería así más lógico evitar la confusión entre enfermedad y
enfermo, entre el tratamiento del dolor de cabeza y el tratamiento del paciente con
dolor de cabeza?.

Pero llegar a usar este concepto, simple sólo en apariencia, requiere andar el largo
camino de humanizar la ciencia. Lo cual, en realidad, significa humanizar al hombre,
mejor dicho, a todos y cada uno de los hombres.

REFERENCIAS

1. Kaplan, H. I. y Sadock, B. J. Eds. (1995) Comprehensive Textbook of Psychiatry/ VI. Williams & Wilkins,
Baltimore, Pag. 522.

2. Wyngaarden, J.B. y Smith, L.H. Eds. (1988) Cecil Textbook of Medicine. Saunders, Filadelfia. Pag.7