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La pregunta por la investigación literaria.

Rumiación genealógica de una palabra


Jaime del Palacio

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Cada palabra tiene una historia sangrienta.
“¡Oh Señor! ¡Qué investigables/ son tus caminos...”, dice Calderón en mitad del siglo XVII. ¿Por qué los
vestigios de Dios habrían de ser rastreables? (investigación < lat. in + vestigo, vestigio)
No lo son. Calderón entiende con esa declaración la insondabilidad de Dios, su inescrutabilidad, su
indescifrabilidad fundamentales (AUTORIDADES).
Pero una cuestión técnica, científica es, en cambio, también investigable, pesquisable; sobre ella se pueden
“hacer diligencias para descubrir una cosa” (DRAE). Es que en investigación convive la presencia del
vestigio y la imposibilidad de su huella. ¿Qué es investigación?
Investigatio, -onis es en latín la acción y el efecto de investigar, pero en Suetonio algo puede ser
descubierto mediante la investigación, mientras que en el San Pablo de la Vulgata (y en Calderón): O altitudo
divitiarum sapientiae et scientia Dei: quam incomprehensibilia sunt iudicia eius, et investigabiles viae eius.
(ROM 11:33)
¿Por qué este doblez? Porque la ambigüedad está siempre presente en el prefijo indoeuropeo in-, inclusivo,
y la partícula negativa (excluyente) in-.
Porque investigación responde como sustantivo a la “Pesquisa o averiguación que se hace en alguna
materia para saber la verdad, el secreto y otra cosa.” En tanto adjetivo (investigable), debe entenderse “Lo
que no es capaz de ser averiguado.” (AUTORIDADES). Ello hasta el siglo XVIII.
La polisemia del campo semántico se perdió; persiste el solo sentido unívoco. Investigable es un adjetivo
“desusado”: “Investigación. Del lat. investigatio, -onis. 1. f. Acción y efecto de investigar. Básica. 1. La que
tiene por fin ampliar el conocimiento científico, sin perseguir, en principio, ninguna aplicación práctica.”
“Investigar. Del lat. investigare. 1. tr. Hacer diligencias para descubrir una cosa. 2. [tr.]Realizar actividades
intelectuales y experimentales de modo sistemático con el propósito de aumentar los conocimientos sobre una
determinada materia. Investigable. Del lat. investigabilis. 1. adj. Que se puede investigar. 2. Del lat. in, negat.,
y vestigare, hallar, inquirir. 1. adj. desusado. Que no se puede hallar.” (DRAE)
Entre Suetonio, San Pablo y nosotros se ha operado una transvaloración de lo investigable.

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También: las palabras son el efecto de las voluntades que actúan o reaccionan en ellas.
En investigación resuena la ausencia de otro término que, salvo el español, la mayor parte de las lenguas
romances y algunas no romances importaron del francés.
Recherche, research o ricerca dejaron a investigation, investigation e investigamento en la tarea de una
búsqueda cuidadosa de la huella (vestigio), en español investigación se cargó de responsabilidades... y de
confusión. Mientras que en recherche (<circare) se escuchan todavía las pisadas de los gladiadores dando la
vuelta en la arena del circo, en investigación se oye el fragor de las armaduras con que se embestía durante el
sitio de una ciudad (fr. investir) y reacciona el rumor de los ropajes talares con que la jerarquía nobiliaria y
eclesiástica se investía (lat. investire).
El español renunció a recherche, pero también confundió investio (revestir, arropar) con invertere en
invertir, “Específicamente, emplear dinero o capital en cierta cosa: ‘Había invertido todo su capital en
acciones de la compañía que quebró’” (MOLINER).
En investigación late también, apenas, caquéctico, moribundo, uno de los sentidos que el francés conservó
para investir: “Poner toda su energía en una acción, una actividad, una relación personal.” (ROBERT). De ahí
la escasa legitimidad, en español, de la investidura freudiana: “Movilización y transformación por el aparato
psíquico de la energía pulsional, lo que tiene como consecuencia vincular a esta última a una o varias
representaciones inconscientes.” (LAROUSSE PSY).

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Lo importante no es lo que una palabra significa sino lo que se quiere que ella signifique cuando se la
enuncia. Cuando en la Academia investigación es calificada por literaria, entonces su acaloramiento la lleva

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a intentar meterse en la cama de la investigación matemática, vergonzosa y subrepticia, con la secreta
esperanza de que la ciencia la preñe para luego acusarla de estupro y, a la vez, parirle un hijo ilegítimo, pero
natural.
La investigación literaria, hoy, aspira al rigor de la misma manera en que las prostitutas pompeyanas
imponían en los muros de sus cubículos tarifas exactas según sus habilidades y su experiencia. (“Soy tuya por
dos ases de bronce”; “Lais chupa por un as y medio”. Grafitos).
La filología, transformada en semiótica, estructuralismo, arte de la desconstrucción, sigue siendo el “aborto
de la diosa filosofía con un idiota o con un cretino” (NIETZSCHE, 1). La “pululante caterva” de los
investigadores literarios “se regocija con el gusanito que ha conquistado y permanece indiferente ante los
verdaderos problemas e incluso ante los problemas más urgentes de la vida”. (NIETZSCHE, 2)
“...todas las ciencias del espíritu, e incluso todas las ciencias que estudian lo vivo, tienen que ser
necesariamente inexactas si quieren ser rigurosas” (HEIDEGGER, 1).

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¿Qué decimos entonces cuando enunciamos ‘investigación literaria’? Decimos solamente embestir y sitiar
(<fr. investir). Establecemos la dualidad investigador/objeto; uno/otro... Decimos la pretensión de verdad
teológica: La investigación literaria confunde el método con la Revelación. Rechazamos la posibilidad de un
intelecto superior: la investigación desproblematiza la literatura, anula su investigabilidad.
Un nihilismo reactivo niega la vida del texto y se sustituye a él en el pretexto. Una lógica de carnicería
convierte en admirable el trabajo del carnicero, el filo del cuchillo, la precisión de la chaira. El texto se reduce
a un artefacto que las herramientas de la investigación (el método) pueden desarmar pieza por pieza con el
propósito de extraer el alma de un no autor, pero sí de un actante.
Una vez todas las partes desconstruidas, el texto queda sepultado en aceite de motor y viruta metálica, en
estopa sucia y serrín negro.

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Investigación aparece tímidamente, indecisa, en las lenguas romances.
A pesar de su prosapia latina y de su uso esporádico (Covarrubias no la documenta en su Tesoro de 1611),
investigación no ingresó en Occidente sino con la modernidad: “Cuando aventuré la palabra investigación
quise hacerle un servicio a la lengua francesa.” (ROUSSEAU).
Littré, celoso de sus etimologías, documenta investigación desde el siglo XV (“Rousseau se equivocaba al
creer que había sido él quien había dado investigación a la lengua francesa.” LITTRÉ). Acaso Rousseau no
erraba: su investigación se refería a un campo específico que hasta entonces la experiencia humana
desconocía: Que de dangers, que de fausses routes dans l’investigation des sciences! (ROUSSEAU).
Asociada a la ciencia, investigación encontró su felicidad: olvidó el incómodo parentesco con sus ancestros
y la ridícula insondabilidad de su adjetivo.
A lo largo del siglo XVII, contemporánea de la piratería inglesa, investigación ganó patente de corso en la
modernidad plena del siglo XVIII.
La hermenéutica de Dilthey, fiel a la ilusión moderna, adoptó para la explicación el modelo de
inteligibilidad tomado de las ciencias naturales y derivó la interpretación de la comprensión (ciencias del
espíritu). Con ello se justificaba plenamente la investigación literaria que en la aposición sentía la tibieza del
manto protector de la ciencia.
“Ahora, en cada conocer se debe tropezar con palabras eternizadas, duras como piedras, y uno se rompe una
pierna antes que una palabra”. (NIETZSCHE, 3).

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Ricoeur propone una hermenéutica de la interpretación literaria y con ello devuelve a la literatura (el texto) su
carácter investigable.
Hoy —gracias a Nietzsche y a Saussure—, la explicación no deriva ya de las ciencias naturales, sino del
pensamiento sobre el lenguaje.
“Texto es todo discurso fijado por la escritura”.

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Pero todo texto es de algún modo habla, oralidad, realización de la lengua en un acontecimiento discursivo.
El texto es la producción de un discurso singular por un hablante singular. La fijación por la escritura ocurre
en el mismo lugar del habla.
Quevedo pudo asegurar de su leer: “Vivo en conversación con los difuntos / y escucho con los ojos a los
muertos.” Pero el texto es una clase especial de habla.
La lectura tiene con el texto una relación de naturaleza completamente distinta a la del interlocutor de la
conversación. El texto oculta al lector y al escritor.
La escritura es la realización comparable al habla, la sustituye y, en cierto modo, impide su desarrollo. De
la liberación de la escritura en relación con el habla surge el texto. Pero todo texto está preñado de discurso;
es una referencia a él. Mediante la función referencial, el lenguaje devuelve al universo los signos que la
función simbólica había sustraído a las cosas (GUSTAVE GUILLAUME).
Todo discurso se encuentra vinculado al mundo, ¿de qué hablaríamos si no hablásemos de mundo?
(RICOEUR).
En el discurso del habla el sentido muere en la referencia, y ésta, en el acto de mostrar; en el texto, la
referencia hacia la acción de mostrar se interrumpe. El texto no carece de referencia: el acto de lectura en
tanto interpretación realiza su referencia. Gracias a la diferición de la referencia que ocurre en la lectura, el
texto queda en el aire, fuera del mundo, sin mundo. Esta anulación de la relación con el mundo hace posible
que cada texto sea libre de relacionarse con todos aquellos textos que sustituyen la realidad circunstancial
mostrada por el habla viva.
“Esta relación intertextual, junto con la disolución del mundo sobre el que se habla, da lugar al cuasimundo
de los textos o literatura”. (RICOEUR).
Podemos, como lectores, tratarlo sólo como si no tuviera mundo ni autor, sólo en relación consigo mismo,
con su estructura; explicarlo. Podemos propiciar que se realice en forma de habla, reincorporándolo a la
comunicación viva; interpretarlo.
“Dilucidar el habla quiere decir no tanto llevarla a ella, sino a nosotros mismos al lugar de su esencia, a
saber: al recogimiento en el advenimiento apropiador (Ereignis). HEIDEGGER 2.

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La investigación literaria de la Academia es hoy en día nada más que explicación arrogante.
La investigación literaria de la Academia separa el texto del lector, multiplica la oposición lingüística que
da sentido a las pequeñas estructuras lingüísticas y las amplifica de tal manera que las convierte en la
dualidad texto/lector.
La investigación literaria de la Academia quiere trasladar el sentido de apropiación de las tecnociencias al
campo del texto.
Si el análisis estructural no tiene como propósito revelar la semántica profunda, viva, entonces se reduce a
un juego estéril, una combinatoria insignificante que atrapa en su pesantez la vitalidad de la vida.
“Así, en todas las áreas, menos la estrictamente filológico-histórica, la fabricación de “investigación”
humanística es precisamente eso, fabricación. Las ilusiones resultantes en la Academia son calamitosas”.
(STEINER).

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Ricoeur propone un nuevo sentido de apropiación, el que late en la propuesta de Heidegger.
“Entiendo aquí por apropiación el hecho de que la interpretación de un texto desemboca en la
interpretación de sí de un sujeto que, a partir de ese momento, se comprende mejor, de otra manera o,
sencillamente, comienza a comprenderse” (RICOEUR, 74).
Esto supone la culminación de la intelección del texto en una intelección de sí. Apropiación mutua;
restauración del habla en el texto. Llevarnos a nosotros mismos a su esencia. En la reflexión hermenéutica —
o en la hermenéutica reflexiva—, la constitución de uno mismo y la del sentido se dan al mismo tiempo.
Abolición de la dualidad. Afirmación de la vida propia y de la del texto en el acto de lectura. Interpretación
apropiativa; apropiación interpretativa. La lectura es como la ejecución de una pieza musical.

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La apuesta hermenéutica no puede ser otra que la recuperación de la investigabilidad para la investigación.
Convivencia del prefijo in- negativo e inclusivo en plenitud. Luz y sombra, explicación e insondabilidad:
interpretación.
La hermenéutica como puesta en acto de un entendimiento responsable, de una aprensión activa y no
predominio de lo secundario. Invertir el propio ser en el proceso de interpretación (STEINER).
Porque el torso arcaico de Apolo, que “aún fulge como un candelabro”, te contempla, y porque esa mirada
te ciega; “porque no hay un sitio que no te mire: Has de cambiar tu vida” (RILKE)
“Artículos sobre, estudios, libros sobre, siempre sobre alguien, sobre autores, sobre obras, sobre las ideas
de los demás; informes ampliados, comentarios inútiles o mediocres; aun cuando fueran notables eso no
cambiaría nada. Nada personal, nada de original; todo es derivado. ¡Ah! Valdría más hablar de uno mismo
con nulidad que con talento de otro. Una idea que no es vivida, que no discurre de la propia fuente, no vale
nada. ¡Qué espectáculo descorazonador esta humanidad de préstamo, cerebral, sabia, que vive como parásito
del espíritu!” (CIORAN).

AUTORIDADES.- Diccionario de Autoridades. Editorial Gredos, Madrid, 1984.


CIORAN.- Cioran, Cahiers 1957-1972. Gallimard, París, 1997.
COVARRUBIAS.- Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española [1611]. Ediciones
Turner, Madrid, s/f.
DRAE.- Diccionario de la Real Academia Española, Madrid, 1992.
GRAFITOS.- Priapeos, Grafitos amatorios pompeyanos..., Gredos, Madrid, 1981.
HEIDEGGER:
1. Martín Heidegger, “La época de la imagen del mundo”.
2. De camino al habla. Odós, Barcelona, 1987, p. 12.
ROBERT,- Petit Robert. Dictionaire de la Langue Francaise. Le Robert, París, 1991.
LAROUSSE PSY.- Dictionaire de la Psychanalyse. Larousse-Bordas, Paris, 1997.
LITTRÉ.- Le Littré, Dictionaire de la langue francaise classique, CD-Rom, Paris, 1996.
MOLINER.- María Moliner, Diccionario de uso del español. Gredos, Madrid, 1996 (CD-Rom).
NIETZSCHE:
1. F., Nietzsche, Carta a Deussen, octubre de 1868. Citado por J. Deschamps en la introducción a La
généalogie de la morale. Editions Fernand Nathan (Les intégrales de philo), París, 1981, p. 56.
2. Carta a Rhode, noviembre, 1868, Id.
3. Aurora 1, 47.
RICOEUR.- Paul Ricoeur, “Qué es un texto”, en Historia y narratividad, Editorial Paidós, Barcelona, 1999.
El punto 6 de este trabajo no es sino un perífrasis de algunos puntos dilucidados por Ricoeur en el texto
citado.
RILKE.- “A un torso arcaico de Apolo”, Nuevas poesías. Segunda Parte.
ROUSSEAU.- Citado por Littré, op. cit.
STEINER.- George Steiner, Presencias reales, Ediciones Destino, Barcelona, 1989.

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