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UNA TRADICIÓN: LAS POSADAS

El presente texto es de la autoría del Prof. Plácido Santana Olalde, primer cronista de
Comonfort, Gto. En él nos hace un cuadro, necesariamente colorido, del Chamacuero de
las primeras décadas del siglo XX, alrededor digamos que de los años treinta. Si cuando lo
redactó había una nostalgia evidente en sus descripciones, hoy, veintidós años después,
quienes lo leemos experimentamos lo mismo en mayor escala.

En Chamacuero, según se cuenta, los frailes de nuestro Padre Francisco de Asís, que
construyeron el Convento y la Iglesia, festejaron con humildad y devoción la Natividad del
Señor y por el año de 1780 las veintiocho familias de españoles se reunían en el claustro
del convento, para realizar las Posadas. Confeccionaban faroles de papel de china de
forma cilíndrica, de diferentes colores, a los cuales se les colocaban velas en su interior
antes de colgarlos. Los cantos, desde luego, eran hermosos pues tenían el corte del
villancico español y algunos villancicos criollos incomparables. Se fabricaban estrellas de
armazón de carrizo y se forraban con papel de china iluminándolas después. Al terminar
la Posada se rompía la piñata, que representaba el mal y se repartía fruta.

Andando el tiempo, ya bajo la administración de los clérigos, que por cierto eran tres, uno
de ellos se encargaba del Santo Rosario, pedía a los niños asistentes que, al final de cada
misterio, se tocara un pitillo de hojalata que, para tal efecto, se le ponía agua; las niñas
tocaban un pandero. Poco a poco se realizaron cambios, como el que los niños portaran
una bastón alto al cual, en lo alto, ataban un guaje simulando llevar agua. Al término de la
Posada se les regalaban colaciones, de aquellas granuladas, que en el centro tenían una
semilla de cilantro, pintadas de colores vegetales; desde luego las colaciones eran de
azúcar. También se les repartían sus aguinaldos que conseguían las catequistas con
anterioridad. Otra costumbre de esa época era la de poner en el centro del claustro un
árbol a manera del de Navidad, pero éste tenía, en lugar de esferas, ropita que se repartía
a los niños más necesitados de entre los que acudían a la doctrina.

Por entonces también se hacían las Posadas en la casa de don Francisco Macías, frente al
Jardín Principal, donde hoy son las casas de don Pepe Carracedo y de don Manuel Nieto,
pes estas dos casas eran una sola, amplia y bonita; aquí don Pancho Macías y su esposa
doña María, que por cariño la llamaban Mariquita por su amabilidad y don de gente, decía
que aquí se rezaba y se pedía la Posada en el gran patio de su casa. Al terminar se rompía
la piñata, se repartía la fruta a las personas mayores y una canastita de cartoncillo con
pétalos de papel crepé, simulando una rosa, su contenido eran colaciones y galletas; a los
niños les regalaban sus envoltorios de papel de china de colores, con sus dulces y galletas.
Otro lugar inolvidable, de estas tradiciones es la casa grande de la hoy calle de Ocampo,
casa de españoles y que, al final, ocupó el español don David Fernández, que también
ocupó el Sr. Cienfuegos y don José Pesquera, en esta bella casa se reunían la amistades,
como doña Juana Olalde, esposa de don Isabel Olalde, Juanita Vázquez y otras personas
del pueblo, todas ellas muy animosas que integraban el grupo de la Acción Católica de la
Parroquia y realizaron las Posadas. Como en la casa de don Pancho Macías, también se
rompían piñatas y se les repartían a todos los niños sus dulces, envoltorios de papel de
china de diferentes colores.

Olvidaba decir que los pitillos de hojalata que tocaban los niños en esta época los hacía
don Julio Morín que vivía en la casa de Ciro Morín que está detrás del hoy Centro de
Salud.

Por los años cincuenta llegó a la Parroquia de San Francisco el Sr. Cura don José Reyna y
las Posadas dejaron de realizarse en el claustro.

Para entonces en la calle de Juárez, en el No. 36 de la antigua numeración vivía el Ing.


Antonio Hernández, este Ingeniero, con su familia, inicia a pedir Posada en esta calle que
menciono, con mucho entusiasmo y, además, invista a todos sus vecinos a participar y al
final los obsequia con ponche y aguinaldos. Aquí ya se usan gorritos de cartoncillo
impresos, serpentinas y confeti. Después de algunos años el Ingeniero Hernández se
cambia a Salamanca y dejan de realizarse.

Decía que con la llegada del Sr. Cura José Reyna el Santo Rosario se efectúa en la
Parroquia y, al final de cada misterio se siguen tocando los pitillos de hojalata y están
organizadas un grupo de muchachas vestidas con sus atuendos de pastoras y sus panderos
con los que acompañan, con su ritmo, los villancicos que con anterioridad ensayaron. Al
término del Rosario salen a la calle, donde ahora se pide Posad y que se adorna con
tendederos de cortinas de papel de china, picados con esmero. Cada calle se compromete,
según el día que le toca y tal parece que tienen competencias y, además, son muchos los
niños que ocurren al acto religioso, los cantos de la jornada son acompañados con música.
Cuando los Santos Peregrinos son aceptados, a los músicos, pastores y Vicarios se les
regala con una cena tradicional de ricos buñuelos de harina, enmielados o remojados en
un caldillo de agua de piloncillo hervido. A las personas y a los niños se les regala su fruta,
aguinaldos y piñata. Grandes colotes tejidos de carrizo se vacían a cada momento, pues es
demasiada la gente que acude con entusiasmo. Así son los nueve días de estas jornadas
decembrinas que culminan con la Misa de Gallo.

Antes de estos festejos, tal vez veinte años atrás, una familia quedó en los recuerdos por
festejar bien las fiestas decembrinas y que también eran aceptados a participar los niños
del pueblo y otras personas. La casa de don Simón Elías era muy visitada, se pedía la
Posada y se cantaban viejos villancicos al compás de la música, pues el señor Elías tenía
una Orquesta, y su casa es de patio grande. No faltaban los aguinaldos y ponches para los
asistentes, fueran niños o adultos. En la mayoría de estos festejos ya se repartían las
velitas de colores y las pequeñas luces que al quemarse son toda una fantasía de diminuta
lluvia de estrellitas. Ya por todos lados se gastan las serpentinas y el confeti, se saborean
las dulces y las limas del lugar que fama inmensa le dieron a Chamacuero.

El tiempo pasa, las personas se van y la tradición y los recuerdos quedan. Aquello fue otra
cosa, hoy el Rosario lo tiene a su cargo alguna persona; ya no hay pastoras, poca gente se
interesa, falta ponerle amor a las cosas; algunas calles se adornan otras no. Hoy se baila y
se disfruta haciendo a un lado las viejas costumbres. Son demasiados los centros y salones
de festejos. Sólo diremos que las personas cambian y los recuerdos quedan.

“Chamacuero del Dr. Mora”

Plácido Santana Olalde

Cronista de Comonfort, Gto.

Febrero de 1996.

A manera de glosa creo que, por el tiempo transcurrido, ya cabe comentar que a mí me
tocó asistir a hermosas Posadas en dos domicilios diferentes, a veces, incluso el mismo
día, durante muchos años asistimos, mi hermano y yo, a las posadas que se realizaban en
la casa de la Sra. Imelda De Santiago, en la calle Allende, creo que el sistema era el mismo
que se aplica en la actualidad, al ser nueve posadas, cada día le toca solventar los gastos a
una familia diferente, preferentemente familia de los niños que asistían. En mis recuerdos
infantiles hay un patio enorme al fondo de esa casa, donde corríamos y jugábamos
durante un rato, coincidentemente la casa tenía algunas habitaciones con puerta o
ventana hacia el patio, en esos espacios se ubicaban quienes contestan la petición de
Posada. Alguna vez uno de esos cuartos estaba lleno de granos de sorgo hasta una altura
considerable y nuestra imprudencia nos tuvo un rato brincoteando en este material hasta
que el señor José González nos puso en orden amablemente. A cierta hora nos
convocaban a pedir posada, previamente nos habían entregado nuestras velas y nuestras
luces de bengala, un par de niños y no necesariamente grandes ni robustos cargaban el
Misterio de puerta en puerta entre el jolgorio de nuestra informalidad infantil. Se nos
advertía que las chispas festivas de las luces de bengala, era para cuando se concedía
posada a los peregrinos, pero era común prenderlas desde que las recibíamos. Luego
rompíamos dos o tres piñatas, mismas que se fabricaban con ollas de barro creadas
exprofeso para piñatas, luego nos entregaban nuestro envoltorio, uno de dulces y otro de
fruta. De rato regresábamos a nuestras casas, alrededor de las ocho de la noche, con la
ilusión de regresar al día siguiente a repetir este ritual. Ignoro durante cuántos años y
hasta que año se celebraron Posadas en esta casa, estoy seguro de que para el medio
centenar de niños que asistimos debe ser un recuerdo bien grabado en nuestra memoria.
Por esas épocas, y estoy hablando de los años setenta, pero un poco más tarde se
celebraban las Posadas en la Casa de don Moisés Olalde, Él y su esposa doña Chelito
Pérez, nos recibían en una habitación donde nos apretujábamos gustos una veintena de
chamacos de la calle Luis Cortazar, a los que nos añadíamos mi hermano y yo, que
vivíamos a la vuelta de la esquina. Contrario a la Posada que recién describí, aquí con don
Moy se iniciaba todo rezando el Rosario, ritual que para la impaciencia de nuestros años
infantiles parecía extremadamente largo, pero todos permanecíamos y nos
comportábamos con el respeto esperado. Después de ofrecernos un ponchecito don
Moy, con una capacidad y personalidad que me sigue sorprendiendo, organizaba juegos
para aquellos niños y adolescente, en los que no era necesario moverse de su lugar, y con
los que pasábamos mucho rato riendo y disfrutando. Hacia las diez de la noche, al menos
mi hermano y yo, regresábamos a nuestra casa con nuestros envoltorios. Ignoro también
durante cuantos años don Moisés Olalde organizó posadas para sus niños vecinos, pero
me atrevo a imaginar que la presencia de tantos chamacos habrá tenido un significado
especial par él y su señora esposa.

También estoy seguro de que había, en muchos barrios y calles otras posadas, que
seguramente habrán tenido su similitud con las que describo, a final de cuentas lo
importante es el motivo que las origina y cómo éstas celebraciones se integran en los
valores y los recuerdos de cada uno de nosotros.