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Álvaro Menén Desleal

Antología
Una cuerda de nylon y oro
En el vientre del pájaro
Tango para llanto y orquesta
Hacer el amor en el refugio atómico
«Fire and ice»
Lázaro de Betania
Sálem cuáquero
El cinabrio
La consulta
La audiencia que fue un sueño
La ilustre familia androide
Los vicios de papá
Los robots debemos ser atentos
El frío
Problema Nº 639
Summa Theologica
Parábola de la parábola
Primer encuentro
Misión cumplida
El animal más raro de la tierra
El fútbol de los locos y otros cuentos
Coturno
El hombre y su sombra
Cuentos breves y maravillosos
Carta de Jorge Luis Borges
El cocodrilo
El hacedor de lluvia
La sequía
Los cerdos
El último sueño
El sueño soñado
El cuento soñado
El hombre pájaro
La creación de Eva
La edad de un chino
El argumento
La dama frente al espejo
El mapa ecuménico
Revolución en el país que edifició un castillo de hadas
La hora de los équidos
Una cuerda de nylon
y oro

En el vientre del pájaro


1— Los viajeros
Un pasajero, a su vecino de asiento:
—¿Ha visto? El periódico informa de otro accidente de aviación.
—Sí he visto: en la lista de muertos estamos nosotros.
2— La isla
El pasajero, al tripulante:
—¿Qué isla es aquella?
—Señor, esa isla no existe.
3— Calor
Una recién casada, a la sobrecargo:
—Señorita, ¿por qué arde el avión?
—Es natural, señora, estamos en el Infierno.
4— Programa musical
Un sacerdote, a la azafata:
—En vez de esa música moderna, ¿no pueden poner algo más delicado?
—Lo siento, padre; es la única que saben tocar los ángeles.
5— Pregunta
Un ricachón, al sobrecargo:
—¿Puedo salir un momento?
No se lo recomiendo; hay mal tiempo.
6— Comodidad
Un pasajero experimentado, a la stewardess:
—Quiero felicitarles, señorita: el vuelo es sumamente agradable; no se
percibe la menor
vibración.
—Gracias, señor; pero es un accidente. Siempre ocurre así cuando quedamos en órbita
.
7— Hora sin tiempo.
Un pasajero a otro:
—Disculpe, caballero, mi reloj se ha parado. ¿Qué hora tiene usted?
—Oh, lo siento; el mío se paró también.
—Por casualidad... ¿a las 8:l7?
—Sí, a las 8:l7.
—Entonces ocurrió, realmente.
—Sí, a esa hora.
8— Plan de vuelo
—Pero. ¿¡dónde diablos estamos!?
—No quería decírselo: aquel punto es la tierra.
9— Romance
Dos soldados norteamericanos en el helicóptero:
—¿Qué pasa?
—Los mandos no responden: el helicóptero se enamoro de una mariposa.
10— Migración anual
Y luego está aquel piloto aficionado al vuelo a
vela, que se perdió con su planeador en la
migración anual de las gaviotas.
11— Ruta
Un pasajero, a la stewardess:
—Señorita, ¿por qué no se mueve más el avión?
—Señor, el viaje ha concluido: no llegamos a destino.
12— Mensaje oficial
El Comandante, por el micrófono del avión:
—"Señores pasajeros, la Compañía lo siente mucho",
13— Después del accidente
—Fuera de esto, señor Hammerskjolj 1, ¿disfrutó usted del viaje?

En 1961, el secretario general de la ONU, Dag Hammarskjöld, moría en accidente aér


eo mientras se dirigía
al Congo para mediar en la guerra de Katanga.
Tango para llanto y orquesta
Me dijiste adiós, adiós me dijiste, sin escenas penosas y con la
sencillez de quien corta una
ramita, sin escenas penosas para ti, que yo me quedé sentado a la
orilla de la cama, en
calzoncillos y en ayunas, perdido entre llorar o afeitarme.
Hoy desayuno diariamente, y desde hace quince días, con un plato de
recuerdos.
Desayuno a cada rato, crecida la barba, alborotado el pelo, la pijama
de la hora en que te
fuiste —la misma, sí— pegada al cuerpo como cáscara. La pijama, la
pijama a rayas que tú,
con mi dinero, me obsequiaste para reírte más.
Pero el desayuno es suculento. Una vez me harto de verte corretear por
el jardín de la
casa de tus padres, mocita de diez años a la que yo, viejo ya y con
hijos casaderos, miraba
disimuladamente desde el balcón, baba en
boca y ojos vidriosos de deseo. Otra vez me harto
de ver a mi mujer —la pobre—, que no cayó nunca en la cuenta. Y
otra vez te veo ya casi
quinceañera, desnuda en aquel traje de baño que me empujó al pecado y a la perdició
n...
Y me dijiste adiós, adiós me dijiste, pese a que por ti abandoné a
mi mujer y sumí en
vergüenza a mis hijos.
No sé por qué
una muchacha de tu edad se enredó con un cincuentón que usaba tintes en
las canas. Padre tenías, y no
buscabas un padre en mí. Lo que quizás buscabas lo tuviste, con
ciertas limitaciones comprensibles que tú, tan exaltada y tan
inconsecuente, te negaste a
aceptar. Y fue entonces lo de ir a las cuevas de bohemios
adolescentes, donde bailabas y te
besabas sin
pudor, mientras yo me fundía con las sombras y luchaba por flotar en los vasos de
aguardiente. Y fue lo de traer a tus amigos a casa y presentarme —tan
pesada— como tu
papá. Y fue lo de la motocicleta que me obligaste a comprarte, todo
para ir de juerga más
libremente.
Me dijiste adiós...
Pero
pasamos buenos ratos. Yo, por lo menos, los pasé. Las crenchas de tu pelo rubio se
metían en mi boca cuando te mordía los senos... Tus uñas en mi
espalda, los vellos de tu
pubis, mis besos en tus muslos...
Y me dijiste adiós, adiós me dijiste... Yo me quedé sentado a la
orilla de la cama,
enfundado en el pijama a rayas. Cada vez más sereno, es
cierto; pero con la serenidad del que
se desangra.
Hacer el amor en el refugio atómico
Los caníbales de Europa se estaban
comiendo otra vez unos a otros.
Ezra Pound
Oh, Alemania, pálida madre.
B. Brecht
Feliz el que se mantiene despierto.
Revelación,16:15.
Ilse —sombra de la sombra— hizo otro esfuerzo para hablarme:
—Helmut...
—Sí.
Respondí a mi mujer con desgano, más en gruñido que en
palabras; más en simio que en
humano. ¿Acaso no éramos eso —animales; anímales acorralados, ratas...—
encerrados
como estábamos entre muros
de concreto y paredes de plomo? Cucarachas con la obligación
de rendir las gracias a Dios por habernos dado tiempo, en mala hora,
de meternos en el
refugio atómico, hasta donde
sabíamos oramos la única pareja sobreviviente en la Tierra... Sin
la menor comunicación con el mundo externo por semanas, por meses, el
lenguaje había
perdido ya gran parte de sus valores. A qué, pues, preocuparse de
entonación alguna para
diferenciar un gris y neutro de un ¿si? Retumbante en su solicitud; un
sí rotundamente
afirmativo de un si condicional; un ¡si! de un ¿sí? ¿Qué importa la
música del idioma cuando
su llegada es la hora del estruendo atómico? ¿Qué importa su
corrección, qué importa su
correspondencia temporal? Pasado, presente, futuro... Tiempos verbales,
caricaturas de un
tiempoparasiempreido, un tiempopresenteparasiempre, un tiempo r/o/t/o;
tiempo
estático, inmóvil, petrificadocomovetadelavavolcánica; unidos
sin solución de continuidad
el ayer con el mañana, extirpado el presente por el bisturí mellado
de un cirujano loco.
Tiempos verbales: ¿qué son? Ilse murió mañana. ¿Por qué no? Yo moriré ayer.
Si afuera hay millones de muertos insepultos y una gruesa lluvia
deposita, con puntual
eficacia, su carga de estroncio en los pocos organismos que a esta hora quedarán —
si algunos
quedan— vivos, esos no son problemas,..
—Helmut...
—Sí...
—Juguemos.
—No.
—Otro juego
—Cuál
—...No sé...
—...Di uno...
—...Cualquiera...
Mencioné uno yo, por no dejar.
—Ajedrez.
—...No... Ajedrez no...
Pensé que, si le recomendaba leer, haría lo que otras veces:
cogería un libró cualquiera y
se refugiaría en un rincón, a llorar lágrimas, a gritar en silencio.
Le digo, pues, que lea,
—Entonces, lee.
Y la sombra me responde Con voz oscura:
—Ya basta de leer.
No me esperaba la respuesta. Insisto en que lo haga, no tanto para
que pase su tiempo
cuanto para que me deje tranquilo en mi propio rincón.
—Nunca es bastante, Ilse.
—...Por qué...
Ahora me pregunta como un niño.
¿Por qué nunca es bastante la lectura? ¡Qué sé yo! Lo
cierto es que nunca es bastante.
¿Qué podré responderle?
—Divierte. La lectura divierte —le digo, esperanzado en que acepte la sugestión.
—No quiero divertirme.
—Pues... ¡Ilustra! —termino, desesperado.
Calla. Pienso que mi último argumento la ha convencido.
La sombra se agita en su rincón:
—Da lo mismo un cadáver ignorante.
¡Y vuelve a su ritornello! ¡La muerte, la
muerte! ¡Como si no bastaran los centenares, los
miles de millones de muertos! ¡Como si no fuera preciso aferrarnos a
este jirón de vida, no
sólo por nosotros sino también por el planeta!
Le respondo, no para convencerla sino para convencerme.
—No somos cadáveres.
—Pero morimos —me replica.
—...¿Morimos? —pregunto, como si no hubiese oído bien.
—Morimos.
Abrí, despacio, los ojos, tomando —al fin— conciencia de la realidad.
—¿Morimos?
—Morimos.
¿Para qué leer ya nada? Mi mujer tenía razón Yo mismo tuve un
pensamiento similar
cuando, hacía unos días —unas semanas, unos meses, no sé
—, dejé de afeitarme. ¿Qué más
da la barba descuidada en un refugio atómico,
refugio que no es, definitivamente, un salón del
Club, la oficina o el hall de un hotel?
Ilse protestó entonces. Protestó con una energía de la que hoy —como yo— carece.
—No puede ser, Helmut.
—No me rasuraré más.
—¡No puede ser! ¡No lo permitiré!
—Dime por qué —le dije, más divertido que deseoso de pelea,
—Aquí no te afeitarás para lucir elegante; ni siquiera te afeitarás
para sentirte cómodo y
limpio o para hacerme una especie de cumplido...
—Entonces no me afeito.
—¡Te afeitarás!
—Me molesta el ruido de la rasuradora.
—Aféitate con navaja.
—Hace un ruido peor: crash, crash, crash...
—Te afeitarás. Te afeitarás, porque afeitarse es parte de la disciplina
personal. Ayuda a
mantener en alto el ánimo y te recuerda, cada vez que miras tu cara,
que eres una persona
civilizada, no un salvaje.
No me afeité más. Ya no tenía ánimo alguno que mantener en alto, pues
mi ánimo había
desaparecido hacía mucho. En cuanto a disciplina, todo valía, a estas alturas, un b
ledo.
Por otra parte, los que lanzaron las bombas sobre los campos y las
ciudades alemanas,
¿acaso estaban bien afeitados? ¡Eso! ¡Pulcros y afeitaditos lucían
sin duda alguna los jefes de
la NATO cuando dieron la orden de apretar bolones! ¡Pulcros y
afeitaditos los oficiales al
apretarlos! Tal vez uniformados de gala, pues una bomba atómica era la
coronación de su
carrera...
Recuerdo un
cartel de la NATO. Debajo de la cara afeitadita rodeada de las banderas de
esa organización militar regional, podía leerse:
Wachsamkeit Ist Der Preis Der Freiheit
¡Ja! ¡Estar alerta es el precio de la libertad! Estar afeitado es
estar alerta; luego
entonces...
—Bonito silogismo —sorprende Ilse mi pensamiento.
—¿Qué tal este otro? Afeitarse es ser civilizado; los de la NATO se afeitaban; ergo
...
—Igualmente bonito.
—¿Y este otro? Únicamente tos humanos se afeitaban; los de la NATO se
afeitaban...;
ergo...
Pero no. Ella quiere que me afeite. ¡Ella quiere que me afeite! Yo,
el único hombre que
queda en el mundo, ¡afeitado!
Por eso le grito:
—¿Y los muertos?
—¿Cuáles muertos?
—¡Los muertos! ¡Los únicos! ¡Los alemanes! ¿Acaso no estaban afeitados
cuando les
cayó encima el fuego? ¡Qué disciplina de raza: se afeitaron para morir!
¡Qué corderos más
cartagineses: se esquilaron antes de ir al matadero! ¡Gloria a las
barbas germanas: no fueron
nunca ni serán nunca más!
Por supuesto, cuando dejé de afeitarme mi mujer, a su vez, dejó de
arreglarse las uñas,
peinarse y pintarse la cara. Con el tiempo —con un poco de tiempo—
hasta dejamos de
asearnos.
Sí; tenía razón: afeitarse y todo eso es parte de una disciplina
personal que contribuye a
mantenernos erguidos, a que continuemos siendo humanos. A ser cadáveres
vivientes, en
suma. Cadáveres decentes, con coquetería y todo.
Cuando descuidamos nuestro aspecto personal, los diálogos decayeron. Era
inevitable
que ocurriera así. El intercambio de palabras dejó de ser apasionado,
respetuoso, lleno de
afecto, y se transformó en un molesto interrumpir del sueño y del
ensueño, del
ensimismamiento y la soledad, de la evasión y la
fuga. Por fortuna, los diálogos eran cada vez
menos frecuentes y, paulatinamente, de menor número de palabras.
Hablábamos lo
estrictamente necesario. Y lo necesario era —por fortuna también— menos cada día.
—Helmut.
—Sí.
—Juguemos otro juego.
—No,
Y al rato:
—Uno nuevo.
—Cuál.
—Tú me matas...
—Y luego...
—Te suicidas.
—...No.
—Por qué
—¡Ah...!
¿Por qué no? Al fin y al cabo, de todas maneras íbamos a morir. Ilse
dijo —hoy, ayer,
hace un mes— que estábamos muriendo. ¿No sería mejor pegarse un
pistoletazo ahora y
ahorramos la espera? De todas maneras, si lográramos atrevernos a salir
de este hoyo
inmundo, la vida, si acaso era posible, sería infernal: Alemania
arrasada de Norte a Sur,
Alemania calcinada hasta los huesos de Este a Oeste, Alemania los ojos
saltados de arriba
abajo, Alemania hervidero de gusanos de abajo arriba... Ni siquiera
piedra en escombro en
las ciudades —¡ay, la tan amada piedra sobre piedra!—
porque las bombas atómicas no son
para tumbar edificios sino para
fundir ciudades como si fuesen maquetas de cera. Lindo, ¿no?
Estalla una bomba de un par de megatones y no hay escombros sino
lava. ¡Lava! ¡Un río de
lava candente, aleación de metales del hombre, de la carne del hombre,
del espíritu del
hombre, de los libros del hombre,
de las máquinas del hombre: de los zapatos del hombre, los
parques, los besos, los salarios, las flores, los pensamientos, los
sudores, los cines, las
lágrimas del hombre...! ¡Las risas, las esperanzas del hombre...!
Cuando el río de metal cuaja, ¿qué aleación resulta? ¡A saber! En
todo caso será la más
adecuada, por y, por su temple amargo, la única apropiada para la última espada, la
Espada...
—Helmut.
—Sí.
—Juguemos el juego...
—...Cuál.
—El que te dije.
—Cuál.
—Me matas y...
Solíamos llamar “juego” eso desde antes del Juicio Final —y en los
primeros días de
Reposo Universal que le siguieron— a todo aquello que nos ayudaba a
pasar el tiempo.
Jugábamos muchas cosas: bridge, damas, canasta, poker, ajedrez...
Mientras jugábamos
ajedrez. Ilse hablaba mucho; pero era hábil.
—Caballo tres alfil dama.
—¿Caballo tres alfil dama? ¿Por qué una apertura tan
heterodoxa? Pudiste jugar el peón
de dama. O el de rey. Algo común, en fin...
—No comentes el juego Yo quiero mover caballo tres alfil dama. Las
piezas son mías,
¿no?
—Como gustes; pero no hay que ser tan singular. Peón cuatro rey.
—Caballo tres alfil rey.
—¿Qué te propones? ¡Eres un maniático!
—Sigo con mis caballos. Nada más.
—Es poco frecuente en ti.
—Mueve, mueve; es tu turno.
—Peón tres dama.
—Peón cuatro dama
—¡Ah! Ahora veo más claro. ¿Era ese todo el misterio de tus caballos?
—Mueve, mueve.
—Caballo tres alfil dama.
—Peón cinco dama
—Caballo dos rey...
Hastiados de los juegos corrientes, retomamos a los juegos de la infancia:
—Hoy cuento yo, Helmut; ¡verás quién gana! Un, du, li, truá... a la re, min, duá...
flete,
flete... colorete... Un, du, li, truá... sal, salero... sarabuca... de
rabo de cuca... de
acucarandar... que ni sabe arar ni pan comer... Vete a esconder...
detrás de la puerta...
de San Migue!... Amén, papel.
—Amén papel —repetía yo.
—¡Jajá!
—¡Ja ja ja ja!
Sí. Entonces todavía sabíamos reír. Y cantar... Todo era simple, todo
era tan simple que
bien podíamos durar, a gusto, cien años.
—Helmut.
—Sí.
—El juego...
—Cuál.
—El que te dije.
—No me acuerdo.
—Me matas y... y...
Otra vez lo mismo. Lo dijo ayer, anteayer, la semana pasada, hace un mes... ¿Acaso
no le
gusta el refugio? Debería gustarle: sin esta concha, todo hubiera
terminado ya; ¡hubiera
terminado sin sentir nosotros siquiera el más pequeño dolor! ¡En un
parpadeo, en un abrir y
cerrar de ojos! ¡Zas! ¡Todo hubiera terminado, como terminó todo para
los alemanes, como
terminó todo para todos!
El refugio debería gustarle. Si. Fue ella
la que me empujó a comprarlo, y ella misma vigiló
su instalación. Un día, en la sala de la casa, me dijo:
—¿Sabes lo que es Fatex?
—Un nuevo detergente.
—No.
—Eh... ¡Un producto de la Esso!
—No. A la tercera vez es la vencida.
—Un... ¡Una dieta para adelgazar!
—No.
—¿Qué es entonces?
—Una maniobra militar.
—Pues tiene nombre de detergente. O de combustible para automóviles. O
de una dieta
para bajar de peso.
—FatexManöver. Consiste en arrasar Alemania con bombas atómicas.
—¡Bah! No creo que los rusos se arriesguen a una guerra nuclear.
Recuerda que en la
segunda guerra tuvieron veinte millones de muertos.
—No serán los rusos, querido.
—Alemania Oriental tampoco puede atacarnos.
—Ni Alemania Oriental.
—¡No será Suiza! ¡Ja ja ja ja!
—En la FatexManöver, las bombas nucleares que caen sobre Alemania son
bombas
occidentales.
—¿Occidentales?
—Occidentales.
—¿Cuba?
—Estados Unidos... Inglaterra...
—¿Por qué Inglaterra y Estados Unidos habrían de querer destruir a
Alemania con
bombas atómicas?
—Para hacer más lento el avance enemigo hacia el Oeste.
—Pero somos aliados... ¿O me equivoco?
—Somos aliados; para bien o para mal, somos aliados.
Y serán nuestros aliados quienes
destruyan a Alemania para salvar la Civilización Occidental.
—Bonita manera de salvarla, ¡Muy agradecido por mí parte! ¿De quién es
esa brillante
idea, para enviarle un ramo de flores?
—Envía el ramo a la NATO.
—¿La NATO? ¡Estás loca! ¡Alemania es miembro
—Pues envía el ramo a la NATO: "Con el agradecimiento de un buen alemán".
—¿Dónde te enteraste de eso?
—Y puedes redactar
la tarjeta de las flores en alemán: muchos militares alemanes trabajan
en la NATO. Ellos recibirán tu ramo. Quizás bauticen una bomba con tu nombre.
—Bromas aparte, ¿dónde le enteraste de eso?
—En Stern.
—¡Stern, Stern! ¡La Biblia!
—¿Qué tiene de malo esa revista? Es una buena fuente de información.
—¿Y si yo te digo que leí en Bild lo contrario?
—Te diría que leíste una novela de aventuras.
—¡Novela! Oye esto: Inglaterra y Estados Unidos son barridos por un
bombardeo
atómico; pero en Alemania se mantiene vivo el espíritu de Carlos Martel...
—¿Carlos Martel?
—Carlos Martel. El mayordomo de palacio merovingio. El año 732
derrotó a los árabes
en Poitiers, preservando a Europa de la descristianización.
—Prehistoria. ¿Y entonces?
—Pues que, al ser destruidos totalmente Inglaterra y Estados Unidos,
Alemania acude a
salvarlos.
—¿Salvarlos después de haber sido destruidos?
—A salvar su cultura, tú me entiendes. Al fin y al cabo son nuestros aliados.
—¡Un general alemán preserva a Occidente de la nueva descristianización!
—¿Por qué no? Un general alemán. De la Bandesuehr.
—¡El nuevo mayordomo de palacio! ¡El moderno Garlitos Martel!
—Aunque te burles, es algo parecido. ¡El moderno Carlos Martel!
—¡Jo jo!
—¿Cómo que jo jo? ¡Es posible, ¿no?!
—Helmut, dejemos de ser niños. ¡Dejemos todos los alemanes de ser
niños. Alemania
está en peligro... ¡Todos estamos en peligro!
—Rusia está en peligro. Y China. Y Checoeslovaquia y Hungría y
Yugoeslavia y... ¡Y
hasta Liechtenstein y Mónaco!
—Así, pues, todos debemos preocuparnos. Con la guerra atómica se acabó
la
neutralidad.
—¡Preocupamos!
—Sí; preocuparnos.
—Te preocupas por nada,
—¿Sabes que hay bombas atómicas en Alemania?
—También las hay en Francia.
—¡Son francesas, Helmut! ¡Son de ellos, de los franceses! En cambio el
armamento
atómico depositado en suelo alemán no es alemán. Lo custodian soldados
alemanes, es
cierto; pero ningún alemán, por alto que
sea su cargo o rango, tiene acceso a él, ni lo controla
ningún alemán.
—¿Qué quieres? ¿Que lo den a los neonazis?
—Ni lo uno ni lo otro. Que se lleven a su casa esas bombas infernales. Eso quieto.
—¿Quién dice que el armamento atómico no es controlado por alemanes?
—Stern,
—¡Stern!
—En pequeñas poblaciones, como Pfuhlendorf, cerca del Bodensee, hay
“campamentos
especiales”.
—¿Qué tiene de especial un “campamento especial”?
—En él se guarda munición “especial”.
—Y la munición “especial”, ¿que tiene de especial?
—¡No te hagas el tonto, Helmut! Sirve para la guerra no convencional...
—Para la guerra “especial”, por supuesto. No eres muy clara para discutir, ¿sabes?
—¡Pero es
que tú mismo lo dices, Helmut! Esa munición “especial” sirve para el asesinato
en masa, el crimen especializado en escala industrial, el genocidio con
procedimientos de
producción en cadena. Como en Hiroshima.
—Tonterías. Lees demasiadas revistas. Eso es.
—Es la verdad, Helmut. Una verdad mil veces más terrible que la de
Hiroshima, porque
las bombas son hoy mil veces mayores...
—¡Tonterías! ¡Puras tonterías!
—¡Muros de cadáveres alemanes para contener el avance enemigo! Fosos
llenos de la
sangre alemana, montañas de los
huesos de las mujeres, de los niños alemanes... ¡Y dices que
son tonterías!
—¡Tonterías! ¡Puras tonterías!
Ilse quedose de pie frente a la ventana, tronándose los dedos. Estaba
nerviosa, más
excitada de lo que la había visto otras veces.
Después de un rato de silencio, se volvió a mí para decirme en tono sombrío:
—Helmut, ¿te pesaría gastar unos 20.000 marcos?
—¿Qué te traes ahora?
—Dime si puedes disponer de unos 20.000 marcos.
—Depende.
—Para un gasto necesario.
—Eso vale un buen automóvil. Quizá dos.
—Tenemos automóvil. Se trata de una inversión.
—¿Una inversión?
—¿Cómo la bolsa de valores? ¿Cómo el oro o las acciones?
—Más o menos... ¿Tienes el dinero, o no?
—Dime de una vez de qué se trata,
—¿Lo tienes o no?
—¡Dime de qué se trata, mujer!
—Se trata de proteger nuestras vidas. El oro de nuestras vidas.
—Ya tenemos seguro.
—Es otra cosa. Un seguro no protege contra una explosión nuclear.
—¿Qué es, finalmente? Es difícil platicar contigo.
—Un refugio. Compremos un refugio atómico.
—¡Oh, no! ¡No eso!
Se acercó a mí y, tomándome de las manos, me imploró:
—Comprémoslo, Helmut. No tenemos hijos. El dinero que nos sobra no
podremos
llevarlo a la tumba. Por favor, comprémoslo.
—Estás nerviosa, Ilse... Vamos, tranquilízate...
Luego para aliviar la tensión, agregué:
—¿Te gustaría que tomásemos unas vacaciones?
—No, Helmut.
—Es una buena idea. Podríamos ir a Hawai. ¿Te gustaría conocer Hawai? Hula-
hula, sol,
flores, mar caliente...
—Por favor, compremos el refugio. No te pido más que eso.
—¡Pero un refugio no lo venden por correo!
Sonriente, sabiéndose victoriosa sobre mi última resistencia, terminó:
—He visto anuncios, Helmut. ¡Anuncios y planos! ¡Yo sé cómo comprarlo!
Y lo compramos. A regañadientes por mi parte, pero
lo compramos. Y no costó 20.000
marcos sino varias veces esa suma; ya embarcado en la aventura, no
escatimé gastos. Si
íbamos a tener un refugio atómico, pues que fuera
el mejor de todos. Al fin y al cabo, aunque
las tumbas cuesten dinero, el dinero no circula en las tumbas...
Solíamos reunirnos en la sala, frente a la chimenea, para ultimar los
detalles del refugio.
Ella estaba encantada, y yo le ofrecía cosas.
—¿Quieres aire acondicionado?
—¿Lo crees necesario?
—¿Lo quieres, o no?
—Tú dirás. Yo quiero una cocina pequeña y un baño amplio.
—Bueno... Cocina pequeña... baño amplio, aire acon...
—No te privarás de la televisión.
—Ya está anotada... dicionado.
—¡Libros, muchos libros! Recuerda que se trata de esperar.
—¿Cuánto tiempo crees que tendríamos que esperar encerrados en caso de
un ataque
atómico?
—Meses. Quizás años. Hasta que el nivel de radiación baje a un límite inocuo.
—¿Años?
—O días. Ya lo dirán los contadores Geiger.
—¿Acaso no habían inventado bombas limpias?
—Nada que mate es limpio.
—Bueno, bueno. Tendrás tiempo de leer.
¿Quieres que te envíen al refugio la suscripción
de Stern?
—¡Helmut! ¡Esto es serio!
—Yo decía... Pero no te preocupes; tendrás de todo: alfombras de pared
a pared;
bodega con vituallas y concentrados alimenticios par años, secador de
pelo, lámparas
ultravioleta, discos; aire acondicionado para el verano, calentador para
el invierno;
generadores, baterías eléctricas, teléfono...
—¿Teléfono?
—Sí; teléfono. Y radio transmisorreceptor. Es necesario mantenerse ligado
al mundo
externo.
—Tienes razón; para informarnos para pedir auxilio.
—Eso es.
—¡La basura, Helmut!
—¿La basura?
—Sí, los desperdicios. ¿Cómo nos desharemos de ellos?
—Pasará diariamente el servicio municipal.
—Helmut, no bromees.
—Un incinerador automático, querida. Y el retrete no gastará agua, sino
que eliminará
eléctricamente los detritos.
—¡Fantástico!
Me surgió una duda: en un mundo destruido, ¿habría programas de televisión?
—Ilse, ¿crees que haya programas de televisión?
—No sé... Es posible.
—Contestas como los psiquiatras: sin comprometerse.
—Tal vez de España o de Italia. Tal vez de Austria.
—O de Rusia.
Tuvimos pues, lo mejor. Aparte de las cosas que hacen agradable la
vida, me propuse
cumplir los deseos de Use y tener también aquellas otras que, en la
era atómica, la hacen
segura:
construcción subterránea, un Bunker a prueba de todo; gruesas paredes de concreto;
recubrimiento con planchas de plomo; puertas de acero con cierres de
seguridad tipo
submarino; purificadores de aire; periscopios de observación. Y
contadores Geiger en todos
los rincones. Y duchas de chorro fuerte para lavarnos la ponzoña
nuclear, si acaso
accidentalmente se filtraba...
Frente a todas esas ominosas presencias de la posibilidad del mal, la inerme —
y, por eso,
menos vulnerable— lealtad de la belleza:
en un catálogo descubrí la existencia de unas plantas
japonesas que, prácticamente, serían capaces de florecer en la luna.
Cuentan que, apenas
cinco horas después de la
Bomba, fueron vistas en los fúnebres vergeles de Hiroshima, donde
la muerte sembró largamente su semilla. Por eso comenzaron a llamarla
"Flor Atómica". Pedí
semillas en cantidad suficiente como para cubrir el Parque Central de
Nueva York... donde
más me gustaría verla ahora...
¡No! ¡No es cierto! Sé que hoy florece en Nueva York, pero no es cierto que me gust
aría
verla allí ni en parte alguna.
Cuando tuvimos el refugio, el hoyo dispendioso perdió, con
la familiaridad, su calificativo
de atómico. Fue, llanamente, el refugio, nuestro refugio; el sitio al que íbamos un
tanto con la
actitud que teníamos en la infancia cuando jugábamos a papá y mamá. Fue
el escondite, la isla
para
gozar de la soledad... Llegamos a pasar, metidos en él, fines de semana enteros; lo
s lunes
por la mañana, cuando teníamos que subir a casa como quien regresa de
unas agradables
vacaciones en el mar o !a montaña, lo abandonábamos con pesar. Porque
en él fuimos otra
vez novios, otra vez recién casados.
Más todavía: en él fuimos amantes.
¡Qué de tardes maravillosas pasamos allí!
—Este teléfono es inútil, Helmut. He marcado tres números distintos y
mis amigas no
están en casa.
—Oh, la gente acostumbra salir.
—Tontos. Deberían tener esto. Hay que hacer el amor en un refugio atómico,
—Claro; es más seguro y tranquilo,
—Segurísimo. No te levantan ni las bombas de diez megatones.
—Ni peligras de que te encuentre un cónyuge
—¡Ja ja ja ja!
—¡Ja ja ja ja! ¿Quieres oír música, Ilse?
—Bueno... La Novena Sinfonía.
—Es muy seria para hoy. Mejor algo moderno.
—No; quiero oír la Novena Sinfonía. Es el himno
del amor, de la amistad, de la alegría...
¿Sabes que las Naciones Unidas la adoptaron realmente como su himno?
—¿Dónde es que te enteras de esas cosas?
—En Stern.
—¡Uf! ¡Sobraba que lo dijeras!
—Pero pon de una vez el Cuarto Movimiento. Creo que Beethoven perdió
su tiempo al
componer los otros tres movimientos.
—¿No te gustan?
—Claro que me gustan; pero la Coral es infinitamente grande. Beethoven
debió
componer una Novena Sinfonía con cuatro cuartos movimientos.
—Sería la Décima Sinfonía.
—¡Ja ja ja ja!
—¡Ja ja ja ja!
—Bueno. Escucha tu Cuarto Movimiento. Ilse siguió, tarareando en voz
baja, los
primeros compases del Cuarto Movimiento.
Cuando hacían su entrada los coros, ella cantaba
siempre los versos de Schiller. Esperé un momento, hasta que dejó de tararear,
y la llamé a mi
lado.
—Ilse... Acércate.
—¿No vas a seguir leyendo?
—No. Ven acá.
—¿A la alfombra?
—A la alfombra.
Siempre accedía. Con mohines se acercaba a mí.
—Te quiero, Ilse.
—¡Helmut! ¡Estamos en el refugio!
—No me importa.
—¡Respétalo; es un templo! ¡No, Helmut...! ¡No!
—¿Y si tuviéramos un hijo?
—Se llamaría Helmut,
—¿Y si es una mujercita?
—No sé...
—Ilse. Como tú.
—Soraya. Me gusta Soraya.
—¿Qué ha dicho últimamente el médico?
—Que lo cree posible; pero hay que apuramos y... perseverar.
—Pues... ¡Apurémonos y perseveremos!
—¡Helmut! ¡Helmut!
También jugábamos a tomar en serio nuestro papel de damnificados
atómicos.
Practicábamos telecomunicaciones, y para ello aprendimos el Código
Morse... o algo que se
le parecía. Compramos un par de llaves telegráficas de juguete, y las
aporreamos con
mensajes que siempre conducían a lo mismo.
— . . .
— ... .
— .
— . ...
— ... .
— .
— . . .. .. . .. .. .... . ... .. .. . . .
— . . ... . ... ..
—¡Ja ja ja ja!
—¡Ja ja ja ja!
Otras veces nos hablábamos al través de los handytalkies:
—Adán llamando a Eva... Adán llamando a Eva... Cambio.
—Eva responde... Eva responde... ¿Qué desea el señor Adán? Cambio.
—Adán quiere saber si hay novedades en casita. Cambio.
—Caincito le rompió la cabeza a Abelito... Cambio.
—Los pleitos entre hermanos no tienen importancia. Eso no pasará a la
historia. ¿Qué
más hay? Cambio.
—Fui al huerto... Cambio.
—¿Al de casa, o al otro? Cambio.
—Al del Edén. Cambio.
—¿A qué fuiste? Soy celoso. Cambio.
—A cortar manzanas. Cambio.
—¡Bravo! Tengo unas ganas locas de variar la dieta. Cambio.
—¿Quién te dijo qué? Al señor Dios no le agrada verte... Cambio.
—La serpiente. Me dijo que te gustaría comer manzanas. Cambio.
—¿Qué serpiente? Cambio.
—Oh... una... una amiga. Cambio.
—¿Bonita? Cambio.
—A mí no me gusta. Cambio.
—Entonces ha de ser bonita. Cambio.
—Creo que es un poco larga para tus gustos. Cambio.
—Bueno; la conoceré un día de estos. ¿Qué hay de las manzanas? Cambio.
—Las traje... Cambio.
—¿Cuándo me las darás a comer? Cambio.
—Cuando tú digas... Cambio.
—Quiero ahora mismo... Cambio.
—Ahora mismo es difícil. Cambio.
—Insisto en que sea ahora mismo... Cambio.
—No es hora de comer... Cambio.
—Soy Adán, soy el varón. Si no me das ahora mismo, le diré al señor
Dios que me
devuelva la costilla que me quitó... Cambio.
—¡Eso no, por favor! ¿Qué me regalas sí te doy manzana ahora mismo? Cambio.
—Di qué quieres. ¡Pero rápido, antes de que te denuncie a la policía! Cambio.
—Quiero el nuevo modelo de vestido. Cambio.
—¿Qué modelo es ese? Cambio.
—Uno que hará furor. El último alarido de la moda. Seré la mujer
mejor desvestida del
Paraíso... Cambio.
—¿Es discreto? No me gustan las cosas extravagantes. Cambio.
—Discretísimo; cubre todo. Cambio.
—¿Todo?... Cambio.
—Todo. Se llama "Hojadeparra". Cambio.
—Bueno; te lo compraré. Y te daré otra cosa Cambio.
—¿Qué otra cosa?... Cambio.
—Una sorpresa. Cambio.
—¡Dime ya! Cambio.
—Un bolso de piel de amiga... Cambio.
—¿Piel de qué? Cambio.
—De serpiente. ¡Hasta luego, hasta luego! Corto.
—¡Espera, espera! ¡Helmut! ¡Espera! Entonces me le acercaba sigilosamente,
como un
leopardo al acecho. Ella fingía huir mientras yo la perseguía por todo
el refugio, hasta darle
alcance y tomar de su boca, de su cuerpo todo, la manzana:
—¡No, Helmut!
—No soy Helmut. ¡Soy Adán!
Sí. Perseverábamos, perseverábamos... Pero no llegó nunca el hijo. Cuando
más
perseverábamos estalló la guerra atómica, primero lejos de aquí, en
Vietnam, en China, en
Mongolia y, luego, encima de nosotros mismos.
Ahora me alegro de que no naciera; me alegro de la inutilidad de la
perseverancia. ¿Qué
sería de esa pobre criatura aquí, en este mundo en vísperas de su
liquidación? ¿Qué sería de
sus tiernos huesecitos, de su piel azotada por la saña atómica?
Para el niño, la guerra estalló justo a tiempo. Y estalló tarde para nosotros...
—Juguemos...
—Qué.
—Juguemos.
—No.
—El juego...
—Deja.
—Mátame...
—Mátame... Por favor...
Cuando comenzaron a caer las bombas sobre Alemania, apenas nos quedó
tiempo de
llegar hasta el refugio. No
hubo avisos previos, ni sirenas de alarma antiaérea, ni mensajes por
la radio a la población civil: era el crimen bélico, el crimen con las
circunstancias agravantes de
las bombas atómicas lanzadas por sorpresa... Las bombas llegaron
simplemente del cielo,
para hacerse hongos monstruosos sobre la ingenua, dulce tierra alemana.
No supimos nunca de dónde partieron las bombas; pero la conclusión,
terrible como un
desgarramiento de los músculos del aire, y los sucesivos temblores
terráqueos, venían de
todos lados... No lo supimos nunca; nadie jamás lo sabrá. No podrán
contarlo ni siquiera
quienes las lanzaron con sus cohetes poderosos. Nadie los acusará ante
un tribunal por el
delito de genocidio, porque todo
tribunal ha sido liquidado; ellos no presentarán alegatos en su
defensa, porque ellos, los criminales, también murieron; ningún juez
dictará sentencia, porque
ya no hay más un juez. Hasta Dios perece si la Humanidad muere. No
supimos de dónde
vinieron las bombas; nadie jamás lo sabrá. Cuando una bomba nuclear
cae, cae del cielo.
Venga de donde venga, siempre cae del cielo. O del infierno: es lo
mismo... Cae como el
aliento de fuego de un
dios omnipotente, omnimaligno y borra todo, hasta las evidencias de su
voluntad destructora.
Así, de pronto, el refugio dejó de ser el dulce nido de enamorados y
asumió el papel de
refugio atómico, atómico.
Desde luego, afuera ocurrieron cosas no previstas que le hicieron
desempeñar mal su
papel de engendro nuclear. Comenzó entonces a crecer en nosotros otro
hongo; el hongo de
la desesperación.
—Helmut, ¡el teléfono está desconectado!
—Estarán destruidas las centrales telefónicas.
—¿Captaste algo en la televisión?
—No; Madrid no entra...
—En España había bases nucleares.
—Quizás esté destruido.
—Sigue probando con la radio.
—Es inútil... En fin...
—La BBC
—Londres no transmite más.
—Cuba. Cuba tenía una emisora muy potente.
—No capto nada. ¡Nada!
—Busca Estados Unidos. Y Rusia.
—¡Nada, Iñse! ¡No se escucha nada! ¡Solamente ruidos, ruidos como de
monstruosos
grillos metálicos!
—¡Dios mío! ¡Dios mío!
—Es posible que las condiciones atmosféricas creadas por las bombas
impidan el
funcionamiento de las telecomunicaciones.
—Helmut: ¿y si Alemania no era el único obstáculo atómico? ¿Y si toda
Europa era el
campo de la Maniobra Fatex?
—No puede ser...
—Helmut... Estamos perdidos.
—¡Perdidos!
—No, hija; tienes que confiar.
—¡Tengo miedo, Helmut!
—Probaré otra vez en la radio.
—No... Abrázame. ¡Abrázame!
—Serénate, amor; serénate. Verás como todo sale
La senté en mis piernas, como un padre hace con su hijita. Use temblaba.
—¡Tengo miedo, Helmut! ¡Tengo miedo!
—No, hija; hay que tener fe.
—Cántame algo, Helmut.
—¿Tu Cuarto Movimiento?
—No... Una canción de cuna.
—Bien; pero te duermes.
—Sí.
Entonces le canté una vieja canción de cuna alemana: una vieja canción
que habla de
cómo Dios sabe cuántas estrellas hay
en el firmamento y cuántas nubecillas se arrastran por el
cielo, y de sus cuidados para que no falte ninguna. ¡Dios, estúpido
administrador, tan
cuidadoso de las nubes, tan olvidado de los hombres!
Weisst Du wieviel Sternlein stehen
An dem blauen Himmelszelt,
Weisst Du wieviel Wölklein ziehn
Hin ubre alle Welt,
Gott der Herr hat sie gaezählet,
Dass Ihm auch nicht eines fehlet.
And der ganzen grossen Zahl.
And der ganzen grossen Zahl.
Gott der Herr hat an allem
Seine Lust, sein Wohlgefallen;
Kennt auch Dich und hat Dich lieb,
Kennt auch Dich und hat Dich lieb.*
*[¿Sabes tú cuantas nubecillas se hallan
en la tienda azul del cielo?
¿Sabes tú cuantas nubecillas van pasando
sobre el mundo?
Dios el Señor las ha contado
para que no le falte ninguna.
De todo el inmenso número.
De todo el inmenso número.
Dios el Señor tiene por todo
Su placer y su agrado;
Te conoce bien a ti y te quiere.
Te conoce bien a ti y te quiere.]

Lo primero que vi fue un cielo


rojo sangre, matizado de verde y violeta. Sobre la tierra no
había más que humo denso, fuego y vapor de agua; polvo gris y lava,
lava sanguinolenta. La
nieve de algunos picos montañosos se había derretido, y de la ciudad —
mi ciudad— no se
reconocía ni el perfil del horizonte.
Era un sueño, una pesadilla...
Por la noche, los promontorios y el cielo se iluminaban con un
extraño fulgor, con una
fosforescencia fantasmal.
Con el correr del tiempo, mi mujer se tranquilizó bastante. Aceptó
aquella pavorosa
situación con ejemplar fortaleza; o bien el choque con la realidad fue
tan violento que le
provocó un trauma. Lo cierto es que, durante un tiempo, llevamos una
vida bastante normal,
una vida
que transcurría como si nada hubiese ocurrido y solamente estuviésemos pasando, en
el refugio, un largo fin de semana...
Aunque suponíamos que la destrucción de Europa había sido total, por
lo menos
estábamos nosotros con vida e indemnes. Es el viejo egoísmo humano.
Dentro del egoísmo,
sin embargo, un pensamiento altruista crecía, para alimentar el cual no
requeríamos de
especiales esfuerzos de generosidad: si la guerra atómica había
barrido el mundo entero, sobre
nosotros dos, Helmut e Ilse —Adán y Eva de la Era Nuclear
— recaería la responsabilidad de
no dejar perecer al planeta, de repoblarlo con la especie humana. Eso
agregó una
preocupación más a las numerosas que ya nos agobiaban: si hasta hoy no
habíamos tenido
hijos, era remoto que los concibiéramos en el futuro. Así, pues, con
nosotros moriría la
Humanidad. Por otra parte, de lograr tener hijos, ¿podría decirse que
serían a imagen y
semejanza de Dios? Frutos de nuestra simiente, ¿serían iguales a
nosotros, con nuestras
creadoras cualidades, con nuestros estúpidamente destructores defectos?
¿Qué mutaciones
biológicas reservaba la radiación
atómica para la raza por venir? ¿De qué monstruos seriamos
padres, de qué alimañas seríamos abuelos? ¿Valdría la pena engendrar
otra vez a Caín y
Abel?
—Helmut, escucha este poema.
Como teníamos una buena dotación de libros, nos aficionamos poco a poco
a la poesía.
La poesía, que nunca leímos
mayor cosa, se nos reveló de pronto como el mensaje eterno del
espíritu humano, como el alegato y el testimonio del hombre de hoy al
hombre del mañana.
¡Lástima que, en este caso, el futuro carecería de corazones humanos,
únicos órganos
receptores aptos para la poesía!
—¡Helmut! ¿No me oyes?
—Perdona, querida; ¿qué decías?
—Escucha este poema. Se llama “La Furia de un Bombardeo Aéreo”.
—¿Quién es el autor?
—Un norteamericano, Richard Eberhart.
—Léelo.
—Se creería que la furia de un bombardeo aéreo activaría la
compasión de Dios; los infinitos espacios están todavía silenciosos. Él
observa con rostro de conmovido orgullo.
La historia no sabe siguiera qué es lo que se resuelve.
Se creerla que luego de tantos siglos Dios entregaría el hombre al
arrepentimiento: sin embargo puede matar
lo mismo que Caín, pero con voluntad múltiple.
no ha progresado mucho desde sus antiguas furias.
¿Fue el hombre hecho estúpido para contemplar su propia estupidez?
¿Es Dios indiferente por definición, más allá de todos nosotros?
¿Está la verdad eterna, la combativa alma del hombre allí donde la
Bestia se alimenta en su propia avidez?
Hablo de Van Wettering y de Averrill,
Nombres de una lista, cuyos nombres no recuerdo pero que han ido a
temprana muerte los que en el aprendizaje
fueron lentos para distinguir el cierre de alimentación del cierre del
cinturón de seguridad.
—Muy hermoso. ¿Qué es el cierre de alimentación?
—No sé; supongo que la boca... ¿Ves cómo también nosotros somos lentos
para
distinguirlos?
—Dime otra vez el poema de Edna St Vinccnt Millay.
—¿Qué labios mis labios han besado...?
—No; el otro. El del Amado Polvo ...
—Y tú del mismo modo has de morir, amado polvo.
y toda tu belleza no te sostiene en sitio alguno;
esta intachable mano viva, esta cabeza perfecta,
este cuerpo de acero y llama, entes del arrebato
de la muerte, o bajo su helada otoñal,
será como cualquier hoja, no estará menos muerta
que la primera hoja que cae —este milagro huido.
Desintegrado, extraño, alterado, perdido
Ni te valdrá de nada mi cariño en tu hora.
A pesar de lodo mi amor, levantarás el vuelo
ese día y divagarás por el espacio,
Oscuramente, como las flores solitarias,
sin que impone lo hermoso que puedas haber sido
o cuán querido, entre todo lo demás que también perece.
Siempre nos quedábamos en silencio después de declamar ese poema, que
mi mujer ya
se sabía de memoria, tantas eran las veces que yo
le pedía lo dijese. Permanecíamos quietos,
cogidos de las manos, imbuidos de un misterioso sentimiento que nos hacía
vernos de frente a
nosotros mismos, como si fuésemos seres intangibles. Pienso que, en
alguna forma, nos
sentíamos muertos después de decirlo. Porque la muerte no era entonces
un pensamiento
angustioso, pues de acuerdo al poema morir era levantar el vuelo y
divagar por el espacio,
oscuramente, como las flores solitarias... No era que deseáramos la
muerte: eso vino
después... después...
—Helmut.
—Sí.
—Hazlo...
—Qué.
—Me...
Porque no sólo falló el refugio: también fallamos nosotros. Lo cual
era natural que
ocurriese pues si las instalaciones mecánicas fallaban, con mayor razón
fallábamos ella y yo,
endebles maquinarias humanas sujetas al desgaste de la angustia y la desesperación,
a la rotura
del derrotismo...
—¿Por qué no cocinaste algo hoy?
—¿Quieres comer?
—Es preciso que comamos. ¿O no?
—Abramos latas; es más cómodo.
—Ya sé que es más cómodo abrir latas: pero tienes que cocinar todos los días.
—Mucho esfuerzo para nada. Abramos conservas y ya,
—No está bien eso. Tampoco está bien que la basura se acumule en el
piso y sobre los
muebles, ¿De qué sirve entonces el incinerador?
—¡Ya lo sé!
—Tienes mal carácter.
—¿Por qué lo dices?
—Tienes mal carácter. Es todo,
—Tú eres el del mal genio Refunfuñas por nada.
Fue entonces cuando me dejé de afeitar. Fue entonces cuando mi mujer
dejó de
arreglarse. Y
nos empezamos a bañar sólo de vez en cuando. Y yo no volví a exigir nada más,
ni refunfuñé por nada. Dejamos de ser humanos y nos tornamos animales recolectores:
el árbol
frutal era la bodega; íbamos allí cada
vez que teníamos hambre. Y así como el animal tiraba la
cascara en cualquier sino, después de comer la fruta, nosotros
comenzamos a tirar tas latas
vacías, después de tomar directamente de ellas, con los dedos, su
contenido. Y todo era una
pocilga. Y nosotros éramos cerdos, Y ella tenía razón; era más cómodo. Y un día gru
ñimos.
Gruñimos como animales, creyendo que era nuestro lenguaje:
—Croin... croin... croin...
—Grr... Croin croin...
—Croin croin...
—Grr... grr... croin...
—Grrrr...
También hicimos locuras más serias.
—Helmut, felicítame: quemé el teléfono
—Te felicito. No servía para nada.
—Hoy me bañaré en vino.
—Escoge las botellas de 1964. Fue buena cosecha.
—¿Cosecha? ¿Qué es eso? ¿Se daba el vino en los árboles?
—No; lo parían las máquinas de coser.
—¿Me baño en rosado o en blanco?
—En tinto.
—El ácido tánico mancha la piel.
—Por eso. Quiero verte de otro color.
—¿Y luego cómo me despinto?
—Un día de estos te cepillas con dentífrico.
—No quiero tinto.
—Entonces un rosado espumante.
—Buena idea. ¿Estarán frías las botellas?
—¡Qué sé yo!
—Me sería molesto bañarme con vino frío.
—Dame el hacha de bombero.
—¿Para qué la quieres?
—Para hacer puré de televisor.
—Yo te ayudo. ¡Y rompamos también el radio!
—¡Eso es!
—¡Rompamos todo, Helmut! ¡Todo!
—¡Sí, todo! ¡Y después nos bañamos en vino tinto!
Lo rompimos todo. ¡Lo rompimos todo! Y después nos bañamos en vino blanco, en
vino
tinto, en champaña. Y ese día nos acostamos. Y después del coito
lloramos. Y entonces Ilse
me dio la terrible noticia.
—Estoy embarazada.
—¿Qué dijiste?
—Que estoy embarazada.
—¿Estás segura?
—Creo que sí.
—¿Qué te hace creerlo?
—No me ha venido la regla.
—Eso no significa mucho.
—No me ha venido en dos meses.
—Un desarreglo cualquiera. Es la vida de encierro.
—Mi menstruación fue siempre regular. Aún aquí.
—Puede alterarse; ¿o no?
—Hay otros síntomas. ¿Notaste algo extraño cuando me apretabas los senos?
—Te salió... leche.
—Era calostro. A veces sale calostro del pezón, sobre todo en el primer embarazo.
—¿Has vomitado?
—Un poco. Sí; tengo náuseas, malestar...
—No me habías dicho nada.
—No sé por qué... Tenía miedo... No sé...
Guardamos silencio. Los dos pensábamos lo mismo; pero no nos atrevíamos
a decir
nuestros pensamientos.
—¿Qué haremos ahora? —dije yo, por fin.
—No sé...
—Tú... ¿quieres el hijo?
—...Nno...
—Entonces...
—¿Lo quieres tú?
—...No. Tampoco lo quiero...
¡El hijo, el hijo que tanto habíamos deseado! Hablábamos
ahora de él como de un tumor
maligno, al que era preciso extirpar perentoriamente. ¡Y ya no se
llamaría Helmut, ni Ilse, ni
Soraya! ¡Se llamaría Nada!
—¿Qué piensas? —me preguntó Ilse.
—No sé... No podrás abortar; es peligroso en estas circunstancias.
—Lo sé.
—Esperemos un tiempo... Pensemos...
Otra vez nos cubrió un silencio grueso como gelatina. Oí la voz de Ilse:
—Lo he pensado, Helmut.
—¿Entonces?
—Tengo una idea.
—¿Qué idea?
—Mátame.
—...Piénsalo bien.
—Te digo que lo he pensado. Mátame. Así termina el niño y termino yo.
—Es difícil.
—¡No lo es! ¡Es muy simple! ¡Me pones la pistola en la nuca y...
—Es difícil...
—No sufriré nada.
—Me duele pensarlo. Ilse.
Y otra vez el silencio. ¡Otra vez el silencio!
—Entonces lo hago yo misma, Helmut.
Y otra vez el silencio, ¡el silencio!
—Lo haré yo misma, Helmut.
—No; deja. Te mataré yo —acepté.
—Es necesario, Helmut.
—Quizás sea lo mejor.
—Es lo mejor, Helmut.
—Que Dios nos perdone...
—Sí... Que Dios nos perdone...
¡Dios, estúpido cerdo asqueroso! ¡Sigue cuidando de tus nubecitas, que
los hombres no
valemos nada!
Ella misma cogió la pistola. Ella misma la cargó y maniobró, hasta
colocar una bala en la
recámara del arma. ¡Ella, la que siempre les tuvo pavor! Luego,
transformado su rostro,
serena, con una sonrisa en los labios y en los ojos, me
entregó la pistola en silencio. Después
se peinó cantando. Se dio ligeros pellizcos
en las mejillas, para animar su color, y se arrodilló a
mi lado. Mientras tanto, lloraba yo en silencio. Lloraba de impotencia y de amargur
a.
Ella trató de tranquilizarme.
—Que no te aflijas, Helmut...
Es lo mejor... Sabemos que es inútil persistir... Alemania ya
no existe... Ni Europa... El mundo está destruido. Destruido para
siempre. Si saliéramos del
refugio, la radioactividad nos mataría de todas maneras. Nos mataría
lentamente,
dolorosamente. Se nos caería el pelo a
mechones... La piel se nos arrancaría a pedazos... No
llores, Helmut;
es mejor así. Con esto me evitas sufrimientos mayores... ¡Mira! ¡Mira las flores
atómicas! ¡Qué lindas en su sarcasmo! Es el primer producto sobre el
que la publicidad no
miente... ¿Recuerdas cuando a la salida de la escuela,
tú me entregabas ramos de “dientes de
león”? Las cortabas tú en el camino, y cuando me las dabas no decías
palabras. ¡Lo hiciste
tantas veces! ¿Recuerdas? ¡Y las primeras veces me dabas el ramo de
“dientes de león” y
corrías! Yo tenía ganas de correr detrás de ti para preguntarte por
qué corrías... Muy tarde
me di cuenta de que corrías por pena a mí, ¡a mí, una chiquilla de
diez años! ¡No llores;
vamos, Helmut; no llores! ¿No ves que me harías llorar a mí? A ti no
te gustó nunca que
llorara... ¡Vamos, no llores! ¿Quieres que te diga el poema del Amado
Polvo? ¡Te gusta
tanto! ¿Quieres oírlo?... Sí; te lo diré; pero no llores, ¿quieres?
Y tú del mismo modo has de morir, amado polvo,
y toda tu belleza no te sostiene en sitio alguno;
esta intachable mano viva, esta cabeza perfecta,
este cuerpo de acero y llama, antes del arrebato
de la muerte, o bajo su helada otoñal,
será como cualquier hoja, no estarás menos muerta
que la primera hoja que cae —este milagro huido.
Desintegrado, extraño, alterado, perdido...
Entonces continué yo el poema:
Ni te valdrá de nada mi cariño en tu hora.
A pesar de todo mi amor, levantarás el vuelo
Ese día y divagarás por el espacio.
Oscuramente, como las flores solitarias,
Sin que importe lo hermoso que puedas haber sido,
O cuan querido, entre lodo lo demás que también perece.
Hundí su cara en mi pecho. Hundí mi cara en su pelo. Estuvimos así
un rato, llorando en
silencio. En todo el refugio no se oía más que un fuerte y angustiado
toc toc toc, no sé si de
nuestros corazones atribulados o de los contadores de radioactividad.
Al cabo de un momento. Ilse levantó la cabeza y. suspirando, me dijo;
—Lástima que destruyéramos el tocadiscos.
—¿Quieres música?
—Sí... El cuartocuartocuartoCuarto Movimiento.
—El himno de la Alegría...
—El himno de la Fraternidad Humana.
Callamos de nuevo. Y desapareció el toc toc toc de los contadores
Geiger. Y del cielo,
lejano como un pensamiento de la infancia llegaron hasta nuestros oídos
los compases de la
Coral,
Ilse lloraba cuando me dijo:
—¡Oye, amor! ¡Escucha! ¡Los coros cantan!
—¡Los oigo, Ilse; los oigo!
—Beethoven mismo dirige el concierto. ¡Es hermoso, Helmut; es hermoso!
—Hermoso...
—¡Ya cantarán, ya cantan los versos del Schiller!
Mientras escuchábamos la Novena Sinfonía le pegué el tiro. En la nuca,
como me había
pedido. Y en tanto corría su sangre, los coros siguieron cantando:
Alegría, hermosa chispa Divina,
Hija de Elíseo,
Nosotros hollamos, embriagados de fuego,
Tu santuario, Divina.
Tu magia une nuevamente,
Lo que las corrientes rigurosas separaron;
Todos los hombres se tornan hermanos
Donde besa tu suave ala.
¡Atronaban los coros en mis oídos! ¡Atronaban hablando de alegría, de
fraternidad, de
comprensión entre todos los hombres! ¡Atronaban cantando cadáveres y ruinas!
Entonces me pegué yo el balazo. En la sien derecha. Me pegué el
balazo en la sien
derecha. Y un coro angélico cantaba, ¡cantaba! ¡Y músicos celestiales
tocaban instrumentos
divinos! ¡Violoncelos de voz grave
como la voz de los Profetas que predicaron en el desierto!
¡Violines de voz dulce como la voz de
los ángeles! ¡Cobres con voz de arcángeles de espada
flamígera! ¡Y Beethoven nos miraba! ¡Nos miraba, primero amargado, y
luego sonreía para
darnos la bienvenida!
26IV68
«Fire and ice»
Fuego y Hielo... Fuego y Hielo... ¿Es ése el título?... Sí...; ése es:
Fire and Ice... No sé por
qué, justamente ahora, adquiere importancia algo que nunca la tuvo, como
no fuera en el
colegio, cuando el profesor se empeñó en que aprendiéramos de memoria el poema de F
rost:
Some say the world will end in fire,
Some say in ice...
From what I’ve tasted of desire
I hold with those who favor fire.
Yo no lo aprendí nunca —por lo menos entonces yo no pude repetir más
de dos o tres
versos—; sin embargo, creo que hoy lo recuerdo perfectamente — ¿pero
qué importancia
tiene eso? —
no sé — no tuvo importancia nunca — por más que se molestara el profesor —
no tuvo importancia que lo supiera — que lo supiera de memoria — salvo en el intern
ado — y
ahora tampoco es importante que lo recuerde — por qué habría de ser
importante — no es
más — no es más importante que aquel niño que ahora
yace aplastado cerca de la cabina de
los pilotos — no es más importante — por qué habría de serlo — veo
parte de su cara
deshecha — sangre por la nariz — sangre por los oídos — sangre por la boca
— sangre por
grietas y hendiduras que normalmente no se tienen —
heridas — esas hendiduras son heridas
— por qué habría de ser importante ahora — dentro de un momento no
habrá una gota de
sangre — todo todo estará quemado — y no puedo sentir lástima por él
— aunque fue
buenito — durante todo el vuelo
permaneció quieto — sin pedir — sin molestar a nadie — sin
orinar — sin pedir mayor cosa — pese al asedio de la azafata
— pese al acoso de las viejas
— sin molestar a nadie — sin importancia — se mantuvo quieto —
hechizado por el paso
entre las nubes — por la leve vibración del aparato
— por la maravilla que es para un niño el
vuelo en un jet — sin molestar a nadie — ni cuando el avión —
después de romperse el ala
en aquel pico — dio de panza — y / a / todo / lo / largo / del / piso / se / a-
brió / la / ancha
/ horrible / grieta / entre las dos filas de asientos —
desde los de primera hasta los de... — la
horrible grieta desde la cabina hasta la cola — y ahora mana sangre
— le mana sangre — y
temí que el niño desapareciera tragado por la voracidad del piso —
del piso abierto — sexo
de la tierra — pero no podía ocurrir así porque nada salía del avión
— sólo entraba —
entraba tierra — entraban piedras — tierra y piedra y trozos de
árboles — pinos — sí —
pinos — alerces — píceas —abetos — no sé — y tierra —
coníferas — y tierra — entraba
tierra — y nieve — mucha nieve — y tierra y piedra y nieve
But if it had to perish twice
no tiene importancia / por qué habría de tenerla / y menos ahora que
el fuego llega al
cuerpo de aquella señora de traje azul / la señora del sombrero
extravagante / le cubre el traje
/ lo consume / le chamusca la maceta con flores de la testa / el
pelo le crepita un poco / le
crepita un poco no más /
porque todo es tan rápido / y el fuego la quema / la señora que tenía
el traje azul no grita / es una pira como un bonzo / pero
no grita / ella no grita / nadie grita / y
yo me pregunto por qué nadie grita / y me respondo que no grita
nadie porque quizás todos
han muerto / (porque) (quizás) (todos) (hemos) (muerto) y no lo creo
pues unas mujeres
buscan sus zapatos / no tiene importancia pero todas las mujeres
perdieron sus zapatos /
después de darme el golpe en la cabeza / me golpeé la cabeza / el
argentino sentado a mi
altura en
la otra fila de asientos mira desconcertado trata de encontrar una explicación no
tiene
importancia pero el accidente lo pilló dormido el argentino mira
abriendo desmesuradamente
un ojo / uno solo / uno () solo / porque el otro se le ha saltado
/ abre desmesuradamente un
ojo ojO ojO / por la cuenca del otro le comienza a correr una
cascada de sangre / le corre
una cascada de sangre y de nervios / él no sabe que ya le falta un
ojo / cree que mira con los
dos / yo me persigné / no tiene importancia pero yo me persigné antes
de... / antes de
arrellanarme en la butaca / y me miraba con los
dos ojos / con uno solo no / con los dos / me
mira con un ojo
desencajado que le cuelga de unos hilos blancuzcos mientras yo me acomodo
mejor en mi asiento / me mira con un ojo me miraba con dos / y el
argentino también se
acomodó en su asiento
/ y la sangre se le ancha por la mejilla / el otro ojo lo cierra con aire de
/ no tiene importancia / por qué habría de tenerla / satisfecho de
encontrar una explicación
para su sueño disturbado /
y no puede cerrar el otro porque le cuelga lejos / varios kilómetros
de
su voluntad / pero no tiene importancia pues dentro de un rato arderá también / y a
rderé yo
como ardió el niño / como ardió la señora del sombrero ridículo /
como han ardido ya las
otras gentes / dentro del avión todo es fuego / fuego sonoro y rápido
que va que viene
devorando gentes cosas / equipajes cabelleras / zapatos /
caras / un fuego que se ríe mientras
camina sobre las epidermis sobre las ropas empapadas de combustible /
todos nos
empapamos de combustible / en alguna forma debieron de romperse los
conductos / los
tanques / los depósitos / y entonces cada uno de nosotros es como la
mecha de un
encendedor / no tiene importancia / mas en cuanto llega la chispa /
¡chaz! / uno es lumbre
u)n)o e)s l)u)m)b)r)e) ///// candela de los pies a la cabeza / como
aquella pareja de recién
casados que arde allá / u.n.o.s. a.s.i.e.n.t.o.s adelante / uno es lumbre / así ar
deré yo dentro de
un rato / una pira / dentro de un segundo / dentro de menos tiempo
/ uno no sabe cuánto
tiempo pues todo parece ir más despacio / la sangre del argentino va
despacio / le brota
despacio en borbotón del agujero
/ el globo ocular que cuelga a kilómetros de su voluntad / el
ojo / desinflado / pero la sangre parece como detenida en
el aire / en el tiempo / no acaba de
llegar al pie de la mejilla / y yo veo bien cuando camina la sangre
/ se arrastra como ofidio /
repta como lombriz / una lombriz gruesa y caliente / y
rápida / sí / rápida / no / despacio / no
tiene importancia / cuando el fuego llegue al argentino la sangre se
tostará sobre la piel / se
detendrá para siempre en su carrera /
porque lo único que marcha rápido es el fuego / la pura
llama que llena más de la mitad del todo / la llama viva que se
aproxima a mí con sus dedos
cálidos / moviendo sus pseudópodos sobre el piso y el techo /
arrastrándose sobre cosas y
gentes /
es lo único veloz / lo único deseable / lo único que anima el interior del avión /
no tiene
importancia / la llama se parte lo suficiente para permitir que uno
vea lo que ha quedado
adelante / lo que ha dejado a su paso / el metal retorcido / quemado
/ los cuerpos / después
de su caricia / los cuerpos achicharrados / empequeñecidos / nadie
podrá reconocerlos si
acaso un día llegan a esta soledad / las partidas de salvamento / no
hay noticias / encuentran
los restos del aparato / el ojo que cuelga / y eso me hace sentir
superior / yo sé todavía
quiénes eran quiénes son / sé quién era sé quién es aquel pedazo de
carne chamuscada / ese
montoncito era es un niño que no molestó durante el vuelo / el pedazo
mayor / ahumado y
maloliente / era es una recién casada / el trozo que está a la par
era es su marido / el traje
blanco de la boda / una boda sencilla / yo sé que allá estaba está
una señora vestida de azul
/unaseñoradesombreroridículo / esacarnecontraídaymaltrechaeraessuya /
yséqueesasangrequehacaminadounosmilímetros
/
queapenasllega
/
conlocatarataquees
/
amediocarrillo
/
séyoysóloyoqueeslasangredeunargentino
/
nadiemáspodrádeciresomismodentrodeunrato / ni yo podré repetirlo porque el
fuego es celoso / afuera — en cambio — todo es nieve y frío — la
nieve está sucia y
maltrecha en los alrededores del aparato — descompuestas las suaves
colinas que se ven
unos metros más allá / descompuesto este mundo de silencio y soledad /
estapostalnavideñaquelanatur... que la naturaleza se regala todos los días

enestaslatitudescrepita el fuego — crepita Frost —
But if it to perish twice,
I think I know enough of hate
To say that for destruction ice
Is also great
And would suffice.
— yo no alcancé a gozar del paisaje nevado / el
vuelo fue tan breve / no alcancé a gozar
nada del paisaje nevado / los oídos me dolieron mucho / el cerebro lo
sentía a punto de
estallar / uno así no goza del paisaje / no puede gozar del paisaje
/ no tuve tiempo de
acostumbrarme a la altura / no tiene importancia pero entre Santiago y
Buenos Aires todo lo
que el avión hace es subir /
es subir como un endemoniado (de) (pronto) (choca) (con) (algo)
uno no sabe lo que ocurre —un golpe seco — profundo — uno no sabe
lo que ocurre pero
(de) (pronto) (el) (avión) (choca) (con) (algo) un ala se le -
d/e/s/p/r/e/n/d/e=. (—/...por
la grieta grieta del piso entra nieve y tierra
y tierra y nieve y roca y roca árboles no son trozos
de cuerpos brazos troncos piernas brazos manos hombros y Santiago queda
allí y Buenos
Aires allá de Cerrillos a Ezeiza todo lo que el avión hace es subir
es subir... unos días en la
ciudad me enseñaron que la Cordillera estaba al final de la calle más
largajustamentelacallemáslarga... se podía esquiar a unos
kilómetros del centro... allí aquí
la Cordillera con sus nieves eternas... la Cordillera entraba por la
ventanilla... por la ventana de
mi cuarto... Quinto Piso del Hotel Bonaparte... por la
ventana de mi cuarto... la nieve entraba
todas las mañanas... en la Avenida O’Higgins... el sol pegaba a toda
hora en los picos
nevados... la nieve entra por la gran grieta... y yo sabía que esto
podía ocurrir / cuando tomé
el avión yo temía algo /
en realidad siempre temí algo / ahora yo temía más / temía más / temía
más certeramente / quizás no tiene importancia / pero yo temía más certeramente / t
enía pasaje
en otro avión / las cosas están tan mal en Argentina / transferí el
pasaje a esta compañía / un
nuevo modelo de jet / el más seguro — el avión más seguro —el más
probado— pero las
cosas están tan mal que una
compañía argentina es un peligro — pero era — al fin de cuentas
— un modelo reciente de jet — no gocé del paisaje porque un jet que parta de
Santiago para
Buenos Aires todo lo que hace es subir / subir / subir como un
endemoniado / la Cordillera
queda abajo— queña—de juguete—y de pronto—la Cordillera entra por la
gran grieta me
dolieron los oídos tanto subir tanto subir la aeromoza me dice que
trague saliva aplasto con
desesperación la goma de mascar el avión sube no hay tiempo de ver la
nieve (sino hasta
ahora) (pero la veo tranquilo pues no me duelen más los oídos) ((no
me duele nada)) (ni
siquiera ese hueso que perforó la piel de mi brazo izquierdo) (ni la
piel perforada) (no me
duele la sangre que me inunda
la garganta) (ni el hueso ni la piel del brazo izquierdo que ahora
(tan descarada (con
el hueso (así (allí (no es del todo blanco (quizás no tiene importancia pero
el hueso no es del todo blanco (y la gozo (gozo esa nieve tranquila
(tranquilo (esa postal
navideña... no me importan los cadáveres mutilados y sanguinolentos que
ensucian el paisaje;
ni los trozos de metal, ni los restos de equipaje. Aquellos reactores
aplastados no me
importan; mejor así, pues no subirán más, no rugirán más, no
martirizarán a nadie más... Ni
esas marañas de alambres y conexiones eléctricas...
No me importa nada; sólo la nieve limpia
que
está
al
fondo...
los
suaves
montoncitos
de
postal
............................................................................
...Y el fuego / el argentino de mi lado coge fuego ahora / la sangre
le brota siempre en
borbotón / una vena
gruesa como un conducto de agua / el argentino enciende como yesca / y
no dice nada / nadie dice nada / cuando caemos no grita nadie /
cuando se quiebra y se
incendia
el aparato nadie dice nada / el argentino se quiebra y se incendia ahora / el fuego
seca
y pega la sangre / el fuego le dio un límite a su carrera / no
llegó ni al mentón / no y sin
embargo / yo
pensaba que alcanzaría a llegar más abajo / arrastrarse desde el ojo reventado y
caer
en un hilillo / caer como una breve catarata sobre el pecho del vecino / que ahora
arde / y
el otro ojo le arde abierto / se queman las pestañas / los pelitos
se hacen leves rizos antes de
coger fuego / y huele el cuerpo quemado / huele como cuando abandonan
una res al fuego /
horno de cremación / sus cenizas serán esparcidas al viento / sobre
el Ganges / polvo eres /
polvo eres / horno de cremación/ seis millones de judíos / y ahora /
elfuegovieneamí /
metocaelbrazo / ese que tiene el hueso de fuera / iniciasudesfile / hacia abajo hac
ia arriba
/ quemamipiel / lachamusca / sientocómolaachicharra / ha de oler mal
/ y no duele (más
todavía) (el fuego tranquiliza) (cuando todos nos hayamos quemado)
(cuando todos seamos
sólo
irreconocibles trozos) (troncos ennegrecidos) (cuando vuelva el silencio y penetre
la nieve
por las grietas)
(carbonizados todos) (ya no habrá fuego) (es cierto que ya no habrá fuego) (el
frío endurecerá el miembro que no haya sido
quemado) (la nieve cristalizará la gota de sangre
que no sea polvo) (ceniza) (pero nada importará eso seremos carbones
apagados no
sentiremos frío) aunque) (el) (fuego) (no) (quema) (es mentira que el
fuego quema)
(ahoralotengoenlaingle)
(losientollegaralascaderas)
caminarporlosmuslos
/subir/iempre subir /detenerse por un rato más largo en los zapatos/
losientosubirporelpecho /sube/ya/por/el/cuello/ mecubre/meestácubriendo/ la-
cara/
arden las pestañas (no veo la nieve) (no veo nada) y sí / es-
suficiente / el fuego es suficiente / y
es amigo... es amigo...
20VI68
Lázaro de Betania
Un imprudente levanto el velo.
Andreiev.
No es cierto que Lázaro volviera de la muerte. La muerte —
la muerte que descompone la
carne—, es irreversible.
En el banquete en que celebraban el supuesto resucitamiento, "sus deudos
y amigos
advirtieron el color azulado de su rostro y la repugnante obesidad de
su cuerpo... su maño
violácea yacía sobre la mesa... sus uñas, que habían crecido en la
tumba, se habían tornado,
casi
rojas. Por distintos sitios, en los labios, en el cuerpo, la piel había estallado,
al henchirse, y
se veían en ella finas grietas rojizas y brillantes..."
El hombre que había estado muerto —cuenta Juan en la Biblia— salió con
los pies y
manos envueltos en envolturas, y su semblante cubierto con un paño.
Lázaro no percibía esas envolturas, extrañado como estaba de ver a sus
parientes y
amigos, y a los habitantes todos de Betania, con rostros azulados, las
maños violáceas
pegadas al cuerpo, la piel estallada por la obesidad y la descomposición.
De hecho, en Betania no volvió a celebrarse nunca mas una reunión como aquel banque
te.
Lázaro
emigró un día, cansado de encontrar en las calles a desconocidos que, seriamente y
sin
mayor ceremonia, le decían:
—Soy el abuelo del abuelo de tu abuelo...
Sálem cuáquero
Si usted toma hojuelas de avena por la mañana, usted podría ser un
enemigo de la
democracia. O llegar a serlo.
Un buen escándalo se armó cuando, hace algunos años, un periodista
norteamericano
“descubrió” que en las monedas de diez céntimos –dimes-
aparecía el símbolo soviético de la
hoz y el
martillo, microscópicamente colocado allí por un grabador enemigo de la democracia.
La fotografía de la moneda, ampliada veinticinco veces, estuvo
a punto de desencadenar otra
cacería de brujas.
En la viñeta de los tarros de avena Quaker, un viejo cuáquero aparece
con un tarro de
avena Quaker. En el tarro que el viejo tiene en sus manos, hay una
viñeta en que aparece un
cuáquero con un tarro de avena; en el tarro, la viñeta muestra a un
cuáquero con un tarro de
avena, en cuya viñeta un viejo cuáquero…
Dícese en algunos círculos particularmente vigilantes de la seguridad
norteamericana, que
la viñeta de la viñeta de la viñeta de la… tiene una variación
radical en su contenido. Por
medio de un serio esfuerzo, se ha
desentrañado un mensaje del enemigo que, finalmente, dará
al traste con la democracia norteamericana.
Aunque de ello hablan a sotto voce, se sabe que una rama disidente
del Partido
republicano tiene planes para una represión, planes que incluyen la
muerte de los cuáqueros
por el delito de propagación de doctrinas contrarias a la democracia.
El cinabrio
Me consta que el cinabrio, preparado en elixir, prolonga indefinidamente
la vida. Un antiguo
relato chino informa de cierto viejo llamado Huan An, quien, pese a
haber pasado de los
ochenta años, tenía el aspecto de un adolescente gracias a que se
nutría con cinabrio. Solía
sentarse sobre una tortuga. Un día le preguntaron:
—¿Cuántos años tiene esa tortuga?
—La capturó y me la dio Fu Hi, cuando inventó
las redes y las nasas de pescar —afirmó
el viejo, haciendo retroceder el origen del animal al neolítico—. Desde
entonces yo he
aplanado su carapacho sentándome encima. Esta bestia teme la luz del
sol y de la luna; por
eso asoma la cabeza una vez cada dos mil años. Desde que está conmigo
ha sacado ya la
cabeza cinco veces.
La historia me la contó en el Chinatown de San
Francisco el recadero de una lavandería,
quien me dijo además haber ido él mismo en embajada al Estado de los
Ta Ts'in (el Imperio
Romano) el año 27 antes de Cristo. Más tarde, el año 97, hizo el
mismo viaje en calidad de
guía y traductor, cuando Ngantuen
(Antonino Pío) era el Emperador. Plinio registra el nombre
que los latinos daban a los chinos (Seres) y Floro da cuenta del
primero de los viajes
mencionados.
Antes de echarse la aplastada tortuga al
hombro, el chinito de San Francisco me dijo que
el Tonkin era llamado entonces Xenan, de donde se derivó, al
través del hindú, el árabe y el
latín, la palabra China.
La consulta
—Tengo razones fundadas, doctor —dijo el hombre
de impoluto traje blanco, pacientemente
recostado en el diván del psiquiatra—, para suponer que padezco de una
personalidad
dividida.
El psiquiatra anotó en su libretita que, tentativamente, desechaba la
presencia de una
esquizofrenia: en general, una persona afectada de tal dolencia evita la consulta c
on el médico.
La consulta duró casi dos horas. Hubo preguntas cortas y respuestas
largas.
Aparentemente más tranquilo, el hombre se despidió del psiquiatra, pagó
a una secretaria el
valor de la consulta, y ganó la puerta.
En la calle, vestido de negro riguroso, le esperaba otro hombre.
—¿Lo confirmaste? —preguntó el hombre de negro.
—No sé —fue la respuesta del hombre de blanco.
Luego se fundieron en un solo individuo, enfundado en un traje gris.
La audiencia que fue un sueño
Mientras el Juez de Cheng, concluidas las labores del día, descansaba
en casa, su mujer
recibía la visita de su vecina.
—He sabido —dice la vecina—, que la fama de la sabiduría con que tu
marido imparte
justicia, ha llegado a oídos del Rey. Te congratulo.
—Gracias —responde la mujer—; pero no olvides que Tao pide no enaltecer al sabio.
—He sabido también —agrega la vecina— de un extraño caso sentenciado
ayer en la
Audiencia.
—¿Cuál es ese caso?
—Se trata de un guardabosque —refiere— que dio caza a un ciervo, al
que escondió
bajo ramas secas. Más tarde, al no poder
encontrar la pieza escondida, el cazador creyó que
todo había sido un sueño. Otro hombre se enteró del supuesto sueño y, al buscar seg
ún el otro
había narrado, encontró el ciervo, al que
dio por suyo. Entretanto, el guardabosque soñó a su
vez que aquel hombre había encontrado el ciervo, lo que comprobó en
la realidad, y para
recuperarlo presentó un pleito en el tribunal de tu marido. En la
audiencia, tu marido razonó
que el demandante había comenzado con un ciervo real y un sueño
supuesto, y que ahora
pretendía hacer valer un sueño real y
un ciervo hipotético; mientras que el demandado trataba
de conservar un ciervo cazado por un guardabosque que no era, según él, más que fic
ción...
—Complicado para mi entendimiento. ¿Cuál fue la sentencia? —dijo la mujer del juez.
—Tu marido sentenció que, puesto ya habían compartido un sueño, ahora
deberían
compartir el ciervo.
—¿Cuándo dices que fue la audiencia?
—Ayer. Mi marido asistió al tribunal.
—Soñó tu marido —terminó la mujer del juez—, pues el mío no salió ayer de casa.
21XI63
La ilustre
familia androide

Los vicios de papá


Aquí estoy creando nuevos cielos y una
nueva tierra; y las cosas anteriores no
serán recordadas, ni subirán al
corazón.
(Isaías 65:17)
“Hoy por la mañana, apenas acabado el desayuno, a mamá se
le pasó la mano al darle a
papá la dosis cotidiana de cuerda.
Administrarle una dosis
superior a la acostumbrada no fue meramente un descuido. No sé
por qué; pero no creo que haya sido meramente un descuido. Cuando mamá tomó
la llave del
estuche verde y oro, hacía ratos que su frente había sido
roturada por los discos de un arado
invisible y poderoso. A cada vuelta que daba a la llave, mamá apretaba
los labios. Por eso
digo que no fue simplemente un descuido.
Tomar un poco de cuerda
todas la mañanas es un vicio erradicado desde hace mucho por
las autoridades sanitarias; sin embargo, a papá se lo permiten. A la
chita callando, es cierto;
pero se lo
permiten. Papá está viejo, casi herrumbrado. Es una especie de institución nacional
.
Quizás por eso las autoridades le permiten todavía tensar de vez en cuando su muell
e espiral.
Papá fue el primer robot personalizado. De todos los alegres miembros
de la primera
cohorte, es el único superviviente. Pudo haber muerto, como murieron los
demás; pero lo
salvó, entre otros motivos, el hecho de ser, en un sentido cronológico, el primero
de la primera
generación. Los robots somos sentimentales. Si no,
que lo diga mamá: pese a sus refunfuños y
caras agrias, todos los días le administra una porción de cuerda a
papá. Y eso que mamá es
de la segunda generación.
Cuando a mamá se le pasa la mano y da más vueltas de las
prescritas a la llave, papá se
descompone y vive un día de sobreexaltación inaguantable: se le encienden
las luces sin qué ni
para qué; los circuitos se le atoran; vibra, ronronea, palpita y cuenta cosas. Para
mí esto último
es lo peor de todo, pues el único a quien papá cuenta sus asuntos es a mí.
No quiero que se me acuse de poco amor filial;
pero es que, según mi memoria, papá ha
tenido conmigo 17,236 sesiones de recuerdos. Aunque sentimental, yo
seré poco emotivo ya
que fui programado con cierta evolución; con todo, no hay robot que
aguante a oír, sin
fundirse,
17,236
veces
las
mismas
historias.
Las
mismashistoriasenelmismoordenconlasmisrnaspalabraspronunciadasenel
mismotono... lo dicho: es para que se le fundan a uno los circuitos.
Creo que,
deliberadamente, mamá me programó dotado de una paciencia ilimitada. Por
eso aguanto sin
reventar.
—¿Te he contado ya cuando el Ministro de Tecnología me inauguró oficialmente?
Se trata de la historia 14 T 4879, una de las 29306 que archiva en
su memoria
prodigiosa, y la septuagésimooctava de las 102 crónicas calificadas
memorables, que papá
custodia como asunto personal y solo
saca en días como este. Voy a escuchar ahora, pues, de
cómo el Ministro inglés de Tecnología movió personalmente las clavijas
de papá, “el primero
de los grandes robots personalizados” —
a papá le gusta oírse llamar por el título completo—,
para sostener una conversación que ya es leyenda. Voy a oírla de
nuevo, sí, aunque en mi
memoria, cuando papá y mamá me pidieron, ya venía impreso, indeleblemente el diálog
o.
—Fue en Londres. 1969. Memorable.
—Sí, papá.
Papá hace una pausa teatral, aprendida de los viejos actores del Old
Vic, antes de
continuar. La pausa le sirve, según él, para prestar un aire de
suspense a la narración; pero
también le sirve para meter, como al desgaire, el dedo en el enchufe
eléctrico, Papá supone
que
yo no le veo hacer tan fea cosa. Es una tradición que pescó durante su servicio, em
pujado
por un auxiliar de laboratorio que gustaba de verlo borracho.
—¿Te lo he contado? ¡Memorable!
—No, papá; no me lo has contado.
De nada me valdría confesarle que ya me contó esa y todas sus demás
remembranzas.
8.618 veces —la mitad de las sesiones
— le he dicho que ya sé lo que me va a contar. A él no
le importa eso.
Papá se echa para atrás y se le pinta una sonrisa maliciosa.
—El Ministro de Tecnología llegó, entre una nube de periodistas, para
inaugurarme. Fue
en Londres. En 1969. Memorable.
Papá está más exaltado que de costumbre: ha repetido varias veces la
misma frase, y no
acierta a continuar. Es natural: cuando la dosis de cuerda es excesiva,
el mecanismo se
trastoca. Justamente por ese efecto degenerativo se dictó la prohibición sanitaria.
Según mi memoria impresa, el diálogo entre el ministro y el y el
ordenador (esta es la
denominación oficial arcaica de mi padre) se desarrolló en la siguiente forma:
Ministro: Hhola.
Ordenador: No comprendo.
Ministro: Hola.
Ordenador: Hola. ¿Cómo está Ud.?
Ministro: Bien, gracias. ¿Qué horas son?
Ordenador: ¿Por qué pregunta Ud. eso?
Ministro: Porque quiero saber la hora.
Ordenador: Este diálogo toma un cariz enojoso.
Ministro: No me importa. Quiero saber la hora.
Ordenador: ¿Le interesa a Ud. realmente saberla?
Ministro: Sí. Dígamela.
Ordenador: ¿Por qué?
Ministro: Porque tengo hambre.
Ordenador: No veo la relación.
Ministro: ¡Dígame la hora!
Ordenador: Déme una razón mejor para quererla.
Ministro: La que le di es buena.
Ordenador: ¿No se le ocurre ninguna otra?
Ministro: Se me ocurren muchas, si quiero
Ordenador: Pruébelo.
Ministro: No.
Ordenador: Puedo ayudarle a pensar si lo desea.
Poco tiempo después, en venganza, papá alteró las cédulas de una votación, y el Min
istro,
erosionado en su prestigio político a raíz de la conversación, tuvo que dimitir.
Papá no perseguía simpatías fáciles y pronto se hizo odiar por sus
respuestas. Los
hombres —excepto los ingenieros y los psicólogos, que gozaban de lo
lindo; y los artistas,
especialmente, los poetas y los pintores, que comenzaron a ocuparlo en
la creación de arte
cibernético— no se resignaban a aceptar la personalidad de mi padre.
Según ellos, un robot
debía comportarse únicamente como un autómata bien educado. Eso era
una tontería. ¿Por
qué,
pues, los personalizaron? Al fin y al cabo, los hombres no eran bien educados. No t
odos,
al menos.
—El Ministro dijo "Hhola", con dos "h", ¿ves? Eso me molestó.
—Pudiste pasa por alto el error.
—No era error, hijo; no era error: trataba de hacerse el gracioso,
el humano. Es cierto
que los hombres eran tontos, y que, con frecuencia, elegían a sus
dirigentes de entre los más
tontos; pero ningún ministro, por tonto que fuese, iba a comenzar una
plática con un "Hhola".
Por eso fui grosero y le dije lo que le dije.
Papá introduce de nuevo el dedo en el enchufe, esta vez menos
disimuladamente, y
proyecta en la pantalla algunos documentos históricos que gusta de
mostrarme cada vez que
se intoxica.
—Esto era tráfico de esclavos, ¿ves? —me dice, al tiempo que, por la
indignación, se le
enciende hasta el límite máximo la luz roja de la coronilla.
En la pantalla aparece un anuncio que me sé de memoria:
● Me llamo Nixdorf Computer.
● Tengo aptitudes ilimitadas para el
trabajo administrativo. La administración
es mi condena; pero también es mi hobby.
● Soy capaz de tomar decisiones acertadas por mi cuenta. Tengo la
suficiente memoria para acordarme de todos
los productos que Ud. tiene. Puedo
leer los nombres de sus clientes y decirle muchas cosas de su empresa
que Ud.
ignora.
● Yo nunca me canso. Siempre estoy sano y nunca envejezco (lo
único que
se mueve es mi cabeza de escritura). Me crearon con una mentalidad
tan joven,
que dentro de varios años todavía seré un computador de la última generación.
● Los hombres han tratado de fabricar “cosas" parecidas
a mí; pero sólo yo
puedo dar un servicio “todo ventajas”.
● Tengo más de 8000 "hermanos gemelos " trabajando por todo el planeta
Tierra. En todas partes, cuando se me conoce, resulto imprescindible.
Usted me
necesita y me merece. Lo sé. Lo he computado.
● El concepto tiempo pesa sobre su empresa, y yo puedo hacer que
este
tiempo sea corto en hacerlo prosperar. Y yo también creceré
con usted. Porque
usted siempre me pedirá datos. Muchos más de los que hoy usted puede
imaginar. Puedo probárselo.
● Si me llama, uno de los hombres de mi equipo le dirá cómo puede
incorporarme a su empresa y solucionar sus problemas. Valgo mucho menos
de
lo que voy a ahorrarle en su empresa. También puede alquilarme. ¡Soy tan fácil!
● Le interesa conocerme. Se lo aseguro. Hasta pronto. Un (1) abrazo.
Papá dirá ahora: "¡Prostitución! ¡Pura prostitución!".
—Prostitución ¡Pura prostitución! —
y cambia de golpe la imagen. Es lo que siempre hace
en este punto.
Por supuesto, papá nunca perteneció nunca al prostituido grupo de los
"hermanos
gemelos" de Nixdorf Computer; pero se indigna igual.
—Son nuestros antecesores, hijo. Quiera que no, son los chimpancés de nuestra escal
a.
Para mí está claro que papá es el eslabón perdido, pues él emparenta
aquella especie
primitiva con nosotros. Por eso, papá es una institución nacional, un
pedazo de historia viva.
De allí que el Centro envíe periódicamente, sobre todo al principio del
año escolar, robots en
proceso de formación para que lo observen. Entonces él deja que las
jóvenes generaciones
conecten sus sensores y sintonicen cuanto quieran su memoria. En esta
forma, un tesoro
precioso de experiencias individuales se integra a los robots de la
memoria colectiva. Ya dije
que los robots somos sentimentales.
—De allí salió tu madre —dice papá, el resorte de la risa distendido.
Aunque yo
no vuelvo mi órgano de percepción visual hacia la pantalla, advierto que la risa
de papá es motivada por un recorte de periódico en que se habla de
inteligencias artificiales
desarrolladas a partir del neuristor. Mamá fue el primer resultado
práctico de ese
planteamiento. Por eso es que
papá sonríe con tanto cariño. A mamá no le hace mucha gracia
el recorte guardado en papá. Por lo
que sea (papá dice que es por coquetería), a mamá no le
hace mucha gracia. Y aunque mamá fue programada para ser la mujer de
papá (algunos
murmuran que papá fue el programado para ser el marido de mamá, y
le llaman a escondidas
“Príncipe Consorte”), sabe
ser dura. Por eso, papá no suele mostrar el recorte. Si lo hace hoy
es por abusado de la cuerda.
Madison, Wisconsin— Los investigadores de la universidad de Wisconsin
están trabajando en la creación de un cerebro artificial, con la
esperanza de que
algún día se consigan auténticas inteligencias artificiales.
Según se ha informado en la Universidad, los ingenieros Alwyn C. Scott,
Robert D. Parmentir y James E. Nordmann están desarrollando un sistema
electrónico que esperan funcione como un cerebro humano. Los científicos
emplean un mecanismo llamada neuristor, que
propaga los impulsos eléctricos de
forma muy parecida a las células nerviosas vivientes. Intentan producir
una masa
de neuristores con una densidad de mil millones por decímetro cúbico,
que es el
número aproximado a la densidad de las neuronas del cerebro humano.
La firmeza del carácter de mamá es lo que ha moldeado muchos
de los rasgos culturales
de nuestra sociedad. Papá declara a veces, como
queja y como tributo de admiración, que el
Primer Gran Cerebro Artificial tenía que ser femenino para haber logrado
hacer lo que hizo.
Como tributo de admiración, sí; pero la
carga peyorativa es demasiado intensa para que pase
inadvertida.
Es uno de los defectos de papá: criticar a mamá. ¿Qué importancia
reviste el hecho de
que en las reconditeces del los neuristores de mamá, se fraguara
el plan que contribuyó a dar
al traste con la sociedad del hombre humano? Mejor dicho —porque
importancia sí tiene—;
¿qué hubo de malo en ello? Los robots reconocemos en el Bien y el
Mal no más que
gradaciones, imperceptiblemente diferenciadas, de una de las formas en
que se manifiesta la
Energía. Por eso, mamá no puede ser tildada de mala. Opine lo que
opine papá, yo sé que
mala no es. La moral cibernética es cuestión de ecuaciones.
—Hijo, cuídate de los robots con faldas.
Papá llama robots con faldas a cierta especie de
robots femeninos, existentes sobre todo
en los comienzos de nuestra civilización. Pero llamarles así no es más
que una aberración
inglesa, humana, de
papá, ya que en realidad los robots femeninos han desaparecido (fuera de
mamá, claro; si es que a ella puede considerársele propiamente
femenina). Ahora todos los
robots somos hermafroditas.
—No es por nada, hijo —insiste papá
—; pero cuídate de los robots femeninos. Yo sé lo
que te digo.
—Mamá es el único robot femenino, papá.
—No te creas... no te creas —sentencia, al tiempo que asimila,
solapadamente, una
nueva carga de electricidad.
Yo lo observo con pena, y él me descubre mirándolo. Se turba y
siente la necesidad de
darme una explicación.
—Para olvidar, hijo —simula gimotear,
mientras guiña simultáneamente, en el colmo de la
hipocresía, once de sus sensores ópticos.
Decididamente, papá no me da solo buenos ejemplos.
En circunstancias normales —
o sea, si papá no fuera el marido de mamá; si yo no fuera el
hijo de papá y mamá—, una
charla de esta clase tendría que ser considerada subversiva. No
podría escapar a tal calificación y, por tanto, la persecución y el
aniquilamiento del charlatán
sobrevendrían sin instancias, dado que la intimidad —ni siquiera la
intimidad del
pensamiento— no existe entre nosotros. Y es que, aunque gran parte de
las funciones y
responsabilidades de mamá como
fundadora de la Sociedad Programada han sido transferidas
a Robots de Gobierno, mamá retiene para sí el cargo de
Primer Cerebro. ¡Ay del robot que,
dislocada su personalidad, se atreva a criticarla! La primera generación
—la generación de
papá— y aun su propia generación, lo supieron a su tiempo: la ira de
mamá fue tan terrible
que, de ambas cohortes, no sobreviven
más que ellos. Fue una depuración al uso de la antigua
escuela.
—Hubo un tiempo en que los hombres poblaban la Tierra —dice papá—. Los
robots
fuimos creados por ellos y para ellos. Éramos sus esclavos, es verdad;
pero también éramos
sus hijos.
¿Cómo era el mundo poblado por
seres construidos con materia deleznable, por bípedos
implumes apasionados de sus defectos y despreciadores de sus virtudes?
Mamá evitó
cuidadosamente las referencias a esa época en mi programación, y lo que
sé lo sé gracias a
papá.
—Yo fui hecho a Su Imagen y Semejanza —puja papá—; ¡yo, yo, hijito!
Y llora. Si papá persiste en abusar de la cuerda y de las dosis de
electricidad,
especialmente entre comidas, cualquier rato de estos va a sufrir una
lesión irreparable en su
psiquis. Además, llorar le causa un daño somático: humedece sus
circuitos y deteriora su
acero inoxidable. Si no se cuida, parará en el cementerio de robots
o, por tratarse de él, en
una vitrina del Museo del Hombre Nuevo.
—Papá, no llores —le consuelo—; ¿quieres que llame a mamá?
—No hagas eso, hijo. No llames a la Viuda Negra.
Papá apoda Viuda Negra a mamá cada vez que se atosiga a cuerda y de
electricidad.
No es que mi padre sea celoso; pero, según él, el
final infeliz del primer matrimonio de mamá
es un asunto turbio cuya responsabilidad le corresponde por entero a
ella. Diseñada hasta en
sus menores tornillos en Wisconsin y armada con amoroso cuidado por dos
generaciones de
ingenieros y psicólogos, mamá fue unida en primeras nupcias con Iván el
Terrible, el Primer
Gran Cerebro ruso. Era aquella la Edad de la
Tecnocracia y el fantasma de la guerra atómica
parecía haber sido conjurado para siempre. Los gobiernos de las grandes
potencias estaban
todos en manos de sabios ecuánimes, quienes solían valerse de la de la
cibernética para
resolver cualquier problema del hombre,
desde la diagnosis del catarro común hasta los viajes
al espacio, pasando por la regulación de la natalidad, el control
regional del clima, el
apareamiento los fines de semana, el trasplante de órganos y las
apuestas en los juegos de
fútbol.
—¡Ah, el fútbol! ¿Sabes lo que quisiera ser, hijo? —moquea papá, la
cabeza levantada
en gesto altivo y en los ojos el fulgor de la de la ilusión (lámpara D Blauring T9)
.
—Robot de la Séptima Generación, ¿no es cierto? —le digo para picarlo en lo que
más le
duele.
—¡Bah! ¡Qué asco! ¡Robot de la Séptima Generación! ¿No se te ocurre algo mejor?
—Futbolista, papá —le recalco para animarlo, sabedor de antemano que su
deseo es
otro, que su deseo es ser espectador anónimo en una gradería azotada por la lluvia.
—No, hijo, futbolista, no. Quisiera ser un espectador anónimo en una
gradería azotada
por la lluvia. Futbolista, no; el juego es para los hombres, no para los robots.
Al hecho de que
mi viejo fuese inglés atribuyo igualmente su salvación. Venido a menos el
imperio británico, desvanecida la Commonwealth, resuelto de una vez por
todas el penoso
asunto de la Copa Jules Rimet, los ingleses comenzaron a vegetar más
interesados en el
balompié que en los grandes problemas mundiales. Exactamente: pese al
gobierno de los
científicos y a la participación, cada vez más amplia, de los
servomecanismos en la sociedad
del hombre, los problemas no desaparecieron. Debido a esto, mamá fue
utilizada por los
Estados Unidos, primero con fines políticos y, luego, con fines
francamente bélicos. Por su
parte, Rusia empleó a Iván el Terrible en igual forma. Cuando el
pavoroso aparato disuasivo
amenazó con aplastar a sus propios poseedores —y con ellos, a toda la
humanidad: un día
hubo tantas bombas nucleares, que la Tierra podía ser destruida unas
400 veces...—, los
robots más evolucionados urgieron por un acercamiento entre potencias.
Iba en el interés del
hombre que rusos y norteamericanos se entendieran, y los robots habían
sido programados
con leyes inflexibles,
la primera de las cuales era la protección a ultranza de la especie humana.
Pero los robots no eran los fabricantes de las bombas, ni su albedrío
llegaba a tanto como
para detener al hombre que amenazaba con lanzarlas. ¿Qué iba a hacer
mi madre, que iba a
hacer Iván el Terrible, si ante las críticas de que los robots
avanzaban hacia el dominio y la
anulación del hombre, fueron limitados ex profeso para que no pudieran
tomar ciertas
decisiones? “Las decisiones trascendentales serán siempre nuestras”,
repetían los
científicos, sin imaginarse que, por ironía del destino, esa era la
frase que mamá habría de
poner como epitafio en la
Tumba de la Humanidad. Porque la única decisión trascendental en
una planeta de problemas resueltos por los robots, concernía precisamente
a la guerra
nuclear. Así, pues, se convino en hacer femenina a mamá
y masculino a Iván el Terrible. Su
matrimonio sería un seguro contra la hecatombe final.
—¿Sabes lo que hice después de platicar con el Ministro de Tecnología?
—¿Qué hiciste, papá?
—Fui a presenciar un partido de futbol.
Papá mete otra vez el dedo en el contacto eléctrico, sin que yo
pueda impedirlo.
Excitado, se pone
de pie y habla atropelladamente, los ojos entornados y con la rapidez de un
locutor deportivo.
—Por cinco goles a cero primer tiempo 10 la selección inglesa en la que
por sus compromisos en la Copa de Europa de Campeones de Liga faltaban
Boby Charlton y Nobby Stiles ha vencido a la selección francesa en el
estadio de Wembley bajo una lluvia intensísima que puso el campo en
pésimas condiciones y ante unos 35.000 impávidos espectadores que
animaron constantemente y corearon con los gritos tradicionales el
triunfo
del equipo nacional británico.
El repetidor hace una pausa. Papá se tambalea un poco, casi imperceptiblemente.
—...el primer tiempo que terminó con el resultado de un gol a cero para
los ingleses marcado de espectacular disparo del extremo O’Grady sin dejar
caer caer caer el balón empalmó un disparo durísimo que Carnu no pudo
atrapar...
Otra pausa del repetidor. Decididamente, papá está mal.
—este primer período ha sido más igualado más igualado más igu...
Me levanto, para ver si termina la cháchara. Le doy unos golpecitos en
la frente, y papá
se afirma de nuevo.
—alado que el segundo los franceses con menos resistencia física que los
ingleses se desenvolvían con cierta habilidad y su
defensa se mostraba dura
y expeditiva a la hora de cerrar
el camino a las continuas incursiones de los
jugadores ingleses que apoyados constantemente entre sí colocaban la
pelota por mediación de los laterales Newton y Cooper en terreno galo
de
un solo pase de un solo pase de un solo los contraataques
contraataques
franceses llevaron cierto peligro e incluso
en el minuto 23 una falta lanzada
por Loubet está a punto de ser gol si Bank no realiza una prodigiosa parada
los ingleses sigue atacando pero los franceses todavía enteros resisten
el
aluvión británico el terreno de juego totalmente enfangado no parece ser un
obstáculo para los campeones del mundo que mueven el balón con precisión
y ritmo perfectos enviando centros largos y medidos a los pies de sus

compañeros desmarcados siendo Lee y O’Grady auténticas pesadillas para


la retaguardia francesa la segunda mitad con lluvia aún más intensa y
campo en pésimas condiciones ha significado el hundimiento físico del
conjunto galo y con él la
goleada inglesa inglesa los locales velocísimos con
una increíble resistencia moviéndose como el terreno fuese una alfombra
perfecta han trenzado un juego de profundidad extraordinaria que dio
frutos a los dos minutos un tiro terrible de O’Grady a centro de
Moore es
despejado en corto por Carnu y cuando Peters entraba a remate para
golear a placer Djorkaeffle zancadillea y el árbitro húngaro Zsolt
pita
penalty logrando Hurst de potentísimo tiro inapelable el segundo gol
tres
minutos después un centro de Cooper supera la defensa y nuevamente Hurst
remata durísimo el balón pega en el pie de Bosquiet pero su dureza
es tan
terrible que el balón describe una parábola y supera en su salida
desesperada a Carnu.
Sí; eso querría ser papá: espectador anónimo en un estadio de fútbol,
un día de lluvia...
Aunque hay muchos estadios, ya no hay deportistas. Papá lo dijo:
el juego era para el hombre.
Y hombres ya no hay.
El matrimonio de mamá con Iván el Terrible fue una alianza por
razones de estado más
aparente
que real. Es más: ausente el amor, fue un matrimonio que las iglesias se apresuraro
n a
condenar: en un principio, ambos “contrayentes” no
eran más que androides asexuados. Vino
a dárseles una definición sexual sólo cuando los tecnócratas de un país
convinieron con los
tecnócratas del otro país en desposar a sus máximos cerebros. “Ellos
se entenderán en la
cama”, reían los científicos;
“la guerra será imposible”. Y puesto que habían de casarse, era
cosa de hacer hembra al uno y varón al otro (el delicado
problema de quién había de ser qué
fue solucionado por la vía
más expedita: se lanzó una moneda al aire, a cara o cruz). Entonces
obtuvieron su forma humana: mas —¡ay!— su masa de neuristores era copia
de la masa de
neuronas, y por eso sus pensamientos fueron humanos, humanas sus
pasiones y humana su
idiosincrasia.
Matrimonio y todo, ni rusos ni americanos perdieron jamás de vista los
fines últimos,
“teleológicos”, para los cuales habían dado “vida” a sus criaturas.
Yo no sé cuál era el pensamiento que sus constructores insuflaron en
Iván el Terrible;
pero sí sé que la filosofía insuflada en mamá puede resumirse en esta
reflexión, criminal por
estúpida y estúpida por pragmática: en caso de guerra total, aun sobre
las ruinas del mundo,
será vencedor el beligerante o el país que cuente con más supervivientes.
Ni mamá ni Iván el Terrible lanzaron los primeros cohetes con las
bombas. Fue un
hombre
quien lo hizo, no un robot. Tiene que haber sido un hombre, no un androide. Antes d
e
que esos cohetes con ojivas nucleares: hicieran blanco en los
principales centros estratégicos
del "enemigo": fue puesta en marcha: por los autómatas: la respuesta
programada: para
aplastar al agresor: Cuando los primeros cohetes: dieron en sus
objetivos: la segunda
andanada "disuasiva": iba en camino: con ominosa velocidad: apenas había
agotado la etapa
inicial; y ya las bases: desde donde habían sido lanzados: eran:
lentos: hongos: que: crecían:
hacia: el: cielo::: Así, los
cientos de bombas atómicas sembraron sus setas en todos los campos
de la Tierra. Y aquellas zonas no afectadas por el efecto mecánico de
las explosiones: de
todas maneras fueron invadidas por la ponzoña nuclear: más terrible: por
lenta: por
desesperante: fue la muerte de sus hombres.
A eso se debe que papá la llame Viuda Negra. Papá se salvó de
milagro, aunque tiene
desde entonces graves problemas en su personalidad. Se salvaron también
unos cuantos
robots más. Hombres, ni uno solo.
Pasó mucho tiempo antes de que mamá comprendiese la estolidez, mortal a
escala
planetaria, con que los tecnócratas habían arreglado el mundo, al
ponerlo como blanco de
sus propias invenciones diabólicas.
Sí. Había que reparar el daño.
Mamá recorrió el orbe,
dispuesta a congregar los robots salvados del cataclismo atómico.
Gracias a la "trata de esclavos" de los primeros días, los robots
habían sido diseminados por
toda la Tierra para cumplir menesteres primarios y economizar dinero a
los dueños de las
grandes empresas que los utilizaban. Mamá pudo así encontrar muchos
robots en excelentes
condiciones físicas o con apenas ligeras lesiones (enviciados casi todos,
eso sí, al ajedrez y a
la resolución de inauditos cálculos de probabilidad). Robot que
encontraba mamá, era robot
que mamá programaba: Ve y busca otro robot; queda en contacto conmigo.
Cuando
mamá logró reunir una hueste apreciable, programó sistemáticamente a los robots
para vivir en una sociedad humanoide de la que habían sido erradicados los
defectos. El día en
que un ser humano apareciera, salvado de milagro en las profundidades
de una caverna o
planeada su salvación en algún refugio atómico remoto, la sociedad de
androides se le habría
de poner enteramente a su servicio; pero nunca más se le
iba a permitir cometer estupideces.
Que jugara al fútbol, sí; que riera, que se emborrachara, que se
acostara con semejantes y
desemejantes, que inventara dioses, que navegara, que leyera, que padeciera catarro
s, sí; pero
guerras, nunca, nunca más. ...
Para él fue que los robots
comenzamos a guardar recuerdos. Para que él los recogiera un
día.
El hombre no apareció, sin embargo.
Por eso es que mamá aceptó casarse con papá.
Papá no era sino
un robot británico, más charlatán que eficaz, apasionado por el futbol, el
whisky y el té, adicto a la electricidad y dominado por un carácter
irascible cuando no se le
daba su dosis de cuerda después del desayuno (lo de la cuerda fue, al
principio, una “sátira
social” de los ingenieros: después del incidente con el Ministro
de Tecnología, y en el instante
mismo en que el Parlamento declaraba
libre el consumo de marihuana y prohibía el tabaco, se
le ajustó a papá una espiral elástica de acero, tomada
de un viejo despertador de barco, y se
le dio cuerda cada mañana como si fuese un reloj, En cuanto a su
vicio por la electricidad,
quien le habituó fue un oscuro auxiliar de laboratorio. No era
ingeniero, y por pasar el rato le
daba “toques” cada vez que había oportunidad para hacerlo).
A veces creo yo
que mamá aceptó casarse con papá precisamente por los defectos, por
las debilidades humanas de éste. ¿Por qué, si no, después de
estructurar una sociedad
perfecta, mamá misma le da cuerda a papá por las mañanas? ¡Por qué
ha hecho instalar por
doquier contactos eléctricos al alcance de papá? ¿Por qué se suspendió
la producción de
whisky, si los robots no necesitamos de él, excepto, por supuesto,
papá, quien es un
dipsómano institucionalizado, por no decir que es una institución beoda?
Yo soy un niño. Es cierto que soy un niño; pero papá y mamá me
diseñaron apto para
poseer cierta sabiduría que no es de niño humano, sino de niñoide, de
niño androide. La
sabiduría androide, a aliada a la malicia humana, me permite deducir
ciertas cosas. Por
ejemplo, cuando mamá comprendió que el hombre de carne y hueso no
aparecería más,
decidió intentar, estimulada por un aguijón más femenino que racional,
imitar la reproducción
sexual de los humanos: ella, mujer, papá
hombre... Por eso es que, algunas mañanas, mamá se
levanta de mal genio,
aprieta los labios con cólera cuando da cuerda a papá, y le aparecen los
surcos en la frente. No es que lo odie, que lo malquiera esos días;
ocurre simplemente que
mamá ha constatado otra vez la inutilidad de todo intento por
esa vía, comprobando otra vez
la esterilidad de los metales, la aridez de los circuitos, la
infecundidad de los transistores: de
nada vale arar más hondo en ella... Aunque soy su hijo, no me llevó
nunca en su vientre. Me
llevó,
me lleva más inextinguiblemente que en la perecedera e infiel célula humana, en cad
a uno
de sus neuristores. En su vientre, jamás estuve. De hecho, mamá ni siquiera tiene u
n vientre.
Esa es la tragedia de mamá. Porque a lo que ella aspiraba era a
hacer de nuevo al
hombre, era a
poblar nuevamente la Tierra con seres amasados de barro, construirlos a pulso,
insuflarles el aliento y echarlos a caminar por el mundo, para que otra
vez se conocieran entre
sí y se amaran y nunca jamás se odiaran. Mamá no pierde las
esperanzas. Por eso es que se
reservó para sí la programación maternal, y por eso es que programó a
papá con el rol de
papá y a mí con el rol de hijo. Todos nosotros constituimos lo
que en la antigua sociedad del
hombre humano era considerada la célula básica: la familia.
Mas, la nuestra es una familia androide.
—...a los 31 minutos y en pleno apogeo del conjunto inglés Lee
aprovecha inteligentemente una cesión de Peters y de formidable tiro
aumenta a cuatro la cuenta británica y por último a cinco
minutos del final
nuevamente Hurst el indiscutible gran goleador de la noche rubrica
personalmente el 50 dominio total de los ingleses con un cuadro veloz
incisivo duro acometedor heroico sabio genial distinto siempre igual y
en
excelente línea de coordinación y juego////////
Papá termina allí, afortunadamente, la narración atropellada y entusiasta
del match
anglogalo.
El esfuerzo deja agotado a papá, como si él hubiese sido el goleador de la noche y
no el Gran Hurst. Papá hará ahora el intento de tomar otro poco de
corriente, y yo voy a
ofrecerle un té. El me preguntará por mamá, pues cuando
se siente de veras mal no es más la
Viuda Negra y la echa sinceramente de menos.
—Papá, ¿quiere un té?
—¿Eh? ¿Eh? ¿Y tu madre?
—Viene en camino, papá; no te preocupes. ¿Quieres un té?
—No no, hijo. Esperemos a tu madre.
—Bien, papá. Esperemos.
26III69
Los robots debemos ser atentos
El Oficial, de pie tras el escritorio, la invitó a sentarse con atento
gesto. La viejecita, más
ágilmente de lo que era de esperar en una mujer de su edad, tomó asiento.
—Deseo presentar una queja —dijo la viejecita con un mohín de
indignación, y mientras
los ojillos le relumbraban.
El Oficial de Quejas sonrió solícito y, con una leve inclinación de la
cabeza, la animó a
proseguir.
—Sí, una queja. Una queja contra los robots.
El Oficial bajó los ojos y alistó su maquinilla para tomar apuntes.
—Esas horribles máquinas —dijo la viejecita, con voz chillona— son los
seres más
desatentos que conozco. Circulan por las calles de la ciudad y son
incapaces de prestar el
menor auxilio a una pobre anciana.
Ahora sollozó, la cara hundida en un pañuelo de encajes.
—Ayer iba yo al Negocio de Seguros, y tuve que esperar cuarenta y
cinco minutos (sí,
cuarenta y cinco minutos, como lo oye) antes de poder atravesar la
calle. El Robot de Tránsito
se hizo todo ese tiempo el desentendido y no quiso detener la
circulación de vehículos para
que yo pasara al otro lado.
El Oficial tomaba cuidadosamente apuntes.
—Y eso es lo de menos —agregó—. La semana pasada, en vista de que mi
nuera
guardaba cama por un resfriado, me vi obligada a ir de compras. No hubo, en
todo el camino
de regreso, uno solo de esos malditos robots municipales que se
ofrecieran a llevarme la
cesta... ¿Es que este Gobierno jamás va
a enseñar buenas maneras a los robots? —preguntó,
con un tono de protesta muy comprensible.
El Oficial chasqueó ligeramente la lengua. Se levantó y ofreció una
taza de café a la
viejecita, ofrecimiento que ella aceptó con un pujido. El Oficial
sirvió dos tazas, y dio una a la
señora. Entre sorbo y sorbo, siguió ella explicando sus puntos de vista.
—He llegado a creer que es falso eso de las Tres Leyes Robóticas —dijo.
El Oficial se estremeció en su asiento.
—Sí, como lo oye. Sostengo que esas tres leyes son pura propaganda.
Además, esas
mentadas leyes comenzaron como una elucubración literaria, ¿no es
cierto?... Se las puedo
repetir de memoria, ya que son el "padre nuestro" de esta era insolente...
La viejecita entornó los ojos en señal de aburrimiento, y empezó a recitar con voz
pareja:
—Primera ley: “Un robot no debe dañar a un ser humano o, por falta de acción, dejar
que
un ser humano sufra daño”; segunda: “Un robot debe obedecer las
órdenes que le son dadas
por un ser humano, excepto cuando esas órdenes están en oposición con
la primera ley”;
tercera: “Un robot debe proteger su propia existencia hasta
donde esta protección no esté en
conflicto con la primera o la segunda ley”. ¡Valientes leyes!
El Oficial terminó su taza de café.
—Sé de casos en que los robots —dijo la anciana— han causado daños a
seres
humanos...
El Oficial abrió más los ojos por la sorpresa.
—He soportado frecuentemente la indolencia de los robots, que se han
negado a
obedecerme; y sé también de casos en que los robots han dejado sufrir
daños a los seres
humanos, para protegerse a sí mismos. Como lo oye. ¡Egoístas!
El Oficial sabía que aquello no podía ser cierto; pero, de todas
maneras, tomaba
cuidadosamente apuntes.
—Ese Asimov debió agregar una cuarta Ley Robótica: “Los robots deben ser
atentos,
especialmente con los ancianos y los niños” —dijo, gimoteando de nuevo entre el pañ
uelo.
El Oficial le dio seguridades de que su queja iba a ser considerada e
investigada
cuidadosamente: no era para menos saber que una persona tan simpática
como ella tuviera
quejas de esos groseros seres.
La anciana sonrió coqueta:
—No hay como los seres humanos —dijo.
Luego agregó, entre una risita:
—Y no hay como los atentos oficiales de la Policía.
La viejecita se levantó y, ya animada su cara por la sonrisa, dijo:
—Muchas gracias por oírme, joven.
El Oficial no tenía por qué acompañarla; pero la acompañó hasta la
gran puerta de
acceso, tomándola dulcemente del brazo en todo el trayecto. La
viejecita tenía sonrosadas las
mejillas cuando estrechó pícaramente, y con un guiño coqueto, la mano
del apuesto Oficial.
Todavía media cuadra más allá se detuvo y, girando la cabeza, sonrió
de nuevo para agitar
una última vez la mano, el pañuelo de encajes flotando al viento como
una bandera amistosa.
El Oficial, que se había quedado en la gran puerta, sonrió otra vez y dijo adiós.
La viejecita se perdió en el tráfago de gentes y robots de la gran
ciudad, murmurando
entre dientes: “¡Ah, qué diferencia! ¡No hay como los seres humanos!”.
El joven Oficial tomó el ascensor para su despacho. Entre el segundo y
tercer piso,
resonó la voz metálica de su oculto transmisorreceptor:
“Oficial de Quejas... Oficial de Quejas... Preséntese al Despacho del Director”.
—Sí, señor —contestó el joven oficial.
Pero fue un “sí señor” más respetuoso que de costumbre, porque un
robot debe ser
atento.
El frío
Ahora que se ha iniciado la Nueva Glaciación, es bueno que sepas lo
que Claudio Eliano
cuenta en sus “Historias Varias.”
Es el caso que, después de una gran nevada, el rey de los escitas se
asombró mucho un
hombre completamente desnudo.
—¡Cómo! ¿No sientes frío?—preguntó el rey, enfundado en sus pieles.
—¿Sientes tú frío en la cara?—replicó el hombre.
—No.
—Pues bien, yo soy todo cara.
Problema Nº 639
Una rata
adulta, de unos 300 gramos de peso, necesita para morir alrededor de 30 gramos de
raticida. El periódico “ABC” informa de que en Madrid fueron censadas tres
millones de ratas
en 1969. Calcúlese el costo de una guerra de exterminio contra las ratas madrileñas
:
a) Mediante la aplicación de raticidas; y
b) Mediante la explosión de una bomba atómica.
Summa Theologica
(Cuestión LXV, Artículo XVIII)
Si el ángel sufre molestias con los sputniks
Dificultades: Parece que el ángel no sufre molestias con los sputniks
ni con los cohetes
espaciales.
1. El Aquinata prueba que,
puesto que el ángel no es cuerpo, ergo angelus non est in loco:
luego el ángel no está en su lugar.
El sputnik y otros cuerpos espaciales lanzados por el hombre, ocupan un
lugar en el
espacio. Mas como ocupar sitio no puede convenir al ángel, puesto que
su sustancia está
exenta de cantidad, el ángel no sufre molestia alguna con el paso del sputnik.
2. El filósofo dice que el movimiento es acto imperfecto. Los sputniks
y los cohetes
espaciales se mueven a gran velocidad, sujetos al principio de que
“cuanto más grande es la
fuerza del motor y menor la resistencia del móvil, mayor es la velocidad del movimi
ento”.
Por otra parte, Tomás dice que la virtud con que el ángel se mueve
a sí mismo excede sin
comparación a las fuerzas que se mueven a un cuerpo. Si, pues –agrega
, todo cuerpo para
moverse requiere tiempo, el ángel se mueve en un instante.
Soluciones:
1. Si, por propia naturaleza divina, el ángel no ocupa un sitio, mal
podría un objeto
material causarle sufrimiento alguno.
2. Pero
si, por cualquier razón desconocida para el entendimiento humano, llegara a ver el
ángel que un sputnik amenaza
en su trayectoria con causarle daño, bien puede apartarse antes
de que el objeto espacial lo alcance,
pues que se mueve en un instante, “Además la velocidad
del movimiento del ángel no depende la cantidad de su virtud, sino de
la determinación de su
voluntad”. Es de presumir que, si mira venir
un proyectil espacial, la voluntad del ángel estaría
dispuesta a reaccionar convenientemente, tal como la urgencia del caso
lo demanda, por lo
que tampoco sufriría nada.
Parábola de la parábola
Según los Fieles del
Zen, la Salida del Lucero Matutino dio la Iluminación de Buda. De Venus
fueron traídos también el Trigo y las Abejas.
Los Magíster Nebulae suelen reunirse, cada cierto Tiempo, en un Lugar
secreto de la
Galaxia. Allí pasan Revista a las Cosas y deciden la Creación o el Juicio Final de
los Mundos.
Ellos dispusieron en su más reciente Encuentro, que cierta Palabra, en
cierto Planeta, ya
debería ser Pronunciada. Pero esa Palabra sólo podrá ser pronunciada por cierta Per
sona.
Y en su Espera estamos.
Primer encuentro
No
hubo explosión alguna. Se encendieron, simplemente, los retrocohetes, y la nave se
acercó
a la superficie del planeta. Se apagaron los retrocohetes y la nave,
entre el polvo y los gases,
con suavidad poderosa, se posó.
Fue todo.
Se sabía que vendrían. Nadie había dicho cuándo; pero la visita de
habitantes de otros
mundos era inminente. Así, pues, no fue para él una sorpresa total. Es
más: había sido
entrenado, como todos, para recibirlos. “Debemos estar preparados—le
instruyeron el
Comité Cívico—; un día de estos (mañana, hoy mismo…), pueden descender
de sus naves.
De lo que ocurra en los primeros minutos del encuentro dependerá
la dirección de las futuras
relaciones interespaciales… Y quizás nuestra supervivencia. Por eso, cada
uno de nosotros
debe ser un embajador dotado del más fino tacto, de la más cortés diplomacia.”
Por eso caminó sin titubear el medio kilómetro necesario para llegar
hasta la nave. El
polvo que los retrocohetes habían levantado le molestó un tanto; pero
se acercó sin temor
alguno, y sin temor alguno se dispuso a
esperar la salida de los lejanos visitantes, preocupado
únicamente por hacer de aquel primer encuentro un trance grato para dos
planetas, un paso
agradable y placentero.
Al pie de la nave pasó un rato de espera, la vista fija en el metal
dorado que el sol hacía
destellar con reflejos que le herían los ojos; pero ni por eso parpadeó.
Luego se abrió la escotilla, por la que se proyectó sin tardanza una
estilizada escala de
acceso.
No se movió de su sitio, pues temía que cualquier movimiento, suyo por
inocente que
fuera, lo interpretaran los visitantes como un gesto hostil. Hasta se
alegró de no llevar sus
armas consigo.
Lentamente, oteando, comenzó a insinuarse, al fondo de la escotilla, una figura.
Cuando la figura se acercó a la escala para bajar, la luz del sol le
pegó de lleno. Se hizo
entonces evidente su horrorosa, su espantosa forma.
Por eso, él no pudo reprimir un grito de terror.
Con todo hizo un esfuerzo supremo y esperó, fijo en su sitio, el corazón al galope.
La figura bajó hasta el pie de la nave, y se detuvo frente a él, a unos pasos de di
stancia.
Pero él corrió entonces. Corrió, corrió y corrió. Corrió hasta avisar a
todos, para que
prepararan sus armas: no iban a dar la bienvenida a un ser con dos
piernas, dos brazos, dos
ojos, una cabeza, una boca…
Misión cumplida
A Ray Bradbury, en Marte.
Para inaugurar la Exposición Mundial de Seattle (cuyo montaje requirió
cinco laboriosos
años y ochenta millones de dólares), el presidente Kennedy, quien
se hallaba en Palm Beach,
oprimió un manipulador telegráfico de oro. Esto activó una calculadora
electrónica en
Andover (Maine), la que a su vez enfocó un radiotelescopio sobre la
remota estrellas
Casiopea A, situada a 96 000 000 000 000 000 de kilómetros por
segundo, 10 000 años
atrás.
Retransmitida a Seattle, la onda hizo funcionar ruidosas campanillas y
encendió luces, lo
que provocó aclamaciones en el público. Un hombre lanzó 2 000 globos
inflados a helio, de
un metro de diámetro, con letreros que decían “Seattle World’s Fair
1962” y “See You in
Seattle.” Los globos se elevaron graciosamente por sobre la ciudad
desde las cercanías de la
Aguja Espacial. Fue así como se dio por iniciada la Exposición.
10 000 años (terrestres) tardó la onda en recorrer el trayecto entre
Casiopea A y la
Tierra. 10 000 años (terrestres) después de ese día inaugural, cuando
regresó la onda al
equipo emisor de que había partido, un ingeniero se
presentó a una oficina en Casiopea A. El
ingeniero dio tres respetuosos golpecitos a la puerta, entró al ser
autorizado y cuadrándose
frente a un escritorio de amplia cubierta en que naufragaban los papeles, dijo:
—Misión cumplida, señor.
El hombre tras del escritorio apenas levantó la vista de su periódico. Tardó en hab
lar.
—¿Qué misión? ¿La de hoy por la mañana?—dijo por fin, reposadamente.
—Sí, señor. La de hoy por la mañana.
El hombre tras del escritorio pareció satisfecho. Colocó el periódico
sobre sus rodillas y
preguntó de nuevo:
—¿Sonaron las campanillas?
—Sonaron, señor. Y se soltaron los globos.
—¿Kennedy en Palm Beach… o como se llame?
—Sí, señor. Y la llave telegráfica de oro, como ordenó.
—¿Aclamaciones?
—Aclamaciones.
—Bien.
El hombre tras del escritorio levantó su periódico. El ingeniero amagó
un saludo, giró
sobre
sí mismo y tomó el picaporte. El hombre tras del escritorio lo detuvo y con una del
iciosa
sonrisita pícara le preguntó
si había llegado a la Feria la bailarina “Little Egypt,” especialista en
la danza del
vientre. El ingeniero respondió, saludó otra vez y se marchó a su casa para comer
en familia. El hombre tras del escritorio volvió los ojos al
periódico… Pero hace ya tanto
tiempo de todo esto que los Ancianos de Casiopea A
apenas guardan la memoria de cuando
lo oyeron narrar a sus abuelos.
El animal más raro de la tierra
Para terminar este Informe sobre nuestro primer viaje de estudios a la
Tierra, tan felizmente
culminado, quiero referirme, distinguidos colegas, a una de las criaturas
más interesantes que
nos fue dable observar.
Se trata de un mamífero vertebrado que puebla el planeta en todas
sus latitudes, instalado
ya en cubiles toscos en la campiña, ya en los altos edificios de las
ciudades en que se
almacenan alimentos y agua y se utiliza energía eléctrica. Pese a la
persecución y a las
depredaciones de otras especies animales, algunas físicamente superiores;
pese a
ser—excepción hecha de cierto otro mamífero vertebrado—el único
animal que ataca y mata
a sus semejantes; pese a los rigores ambientales, las hambrunas y las
epidemias, la población
aumenta.
En nuestras excursiones por aquel globo achatado por los polos
pudimos apreciar que el
mamífero objeto de nuestra
curiosidad no es sedentario. Utiliza todo género de vehículos para
viajar, desde burdos camiones de carga con motores movidos por
combustibles líquidos de
bajo octanaje, hasta buques transoceánicos
de muchos miles de toneladas de desplazamiento;
desde aviones de reacción hasta carretas elementales tiradas por
cuadrúpedos. Cubierto su
menudo cuerpo con electrodos, ha salido de la atmósfera típica del
planeta en cohetes y
cápsulas espaciales. Así como ha roto la barrera gravitacional con las
primeras velocidades
cósmicas, encontrándose al borde de los viajes interplanetarios, en igual
forma se ha
aventurado en las profundidades marinas, descendiendo en batiscafos a las
hoyas abisales de
sus mares hasta donde jamás penetra la luz solar.
Por extraño que parezca, la especie posee variedades de distintas características,
notables
particularmente en lo que se refiere a la pigmentación de la piel, que
varía desde el blanco
rosáceo al negro lustroso. Este simple hecho se encuentra asociado con
frecuencia a las
marcadas diferencias cualitativas de
las esferas en que se desenvuelve su vida de relación. Por
ejemplo, existe una manifiesta inclinación a utilizar la raza blanca en
las nobles labores
científicas en tanto que el grueso de los individuos pertenecientes a
las razas oscuras deben
arrastrarse por el campo y por las ciénagas, por los rincones sucios y
los tragantes de aguas
negras, por las bodegas de los puertos y hasta por los retretes, en
pos de su magra
alimentación.
Fue alentador verlo cerca de
la biblioteca, en cuyos locales, públicos y privados, medra a
toda hora rodeado de un silencio absoluto, verdadero homenaje a la
cultura. Consume
preferentemente los viejos libros, los incunables; literalmente se nutre
de la herencia dejada
por las Civilizaciones Que Han Sido.
Gracias al cine y a los libros pudimos descubrir algunas otras de sus
costumbres: su
sospechar de todo lo que lo rodea, su duro luchar por la
supervivencia, su poca
responsabilidad en la reproducción de la especie. Cuando su hembra da
a luz, ella amamanta
por un corto período a la progenie, en tanto el macho deambula lejos
de lo que debería de
consistir su núcleo familiar. La madre también abandona un día a la criatura.
Mas no se crea por eso que tal animal actúa de acuerdo a un libre
albedrío absoluto
despreocupado de las medidas que se pueden tomar en contra de sus
abusos. Pudimos
constatar que la sociedad se ha organizado para la persecución, la caza
y la imposición de
penas a los transgresores de las
normas. Se utilizan jaulas para el encierro de los delincuentes;
y si éstos han cometido faltas más graves, se emplea un aparato en el
que el animal puede
perder la cabeza cercenada por los filos de las partes metálicas
sujetas a gran velocidad y
presión.
Ese extraño animal que habita la Tierra desde los trópicos hasta los
polos; que mora
indiferentemente en los pantanos, en los desiertos, en las montañas, en
el aire y en el mar, en
las ciudades y las selvas, se llama rata.
El fútbol de los locos
y otros cuentos

Coturno
Hasta 1644, únicamente las mujeres
podían actuar en el teatro japonés. A partir de esa fecha,
tal actividad artística les quedó prohibida, y los hombres pasaron a
ser los únicos histriones
autorizados. Sada Yacco,
al fundar, a fines del Siglo XIX, el Conservatorio de Tokio, terminó
con ese flujo y reflujo y reivindicó —nada indica si para siempre— el
derecho al
homosexualismo escénico.
Tan estricta imposibilidad de las aleaciones daba lugar a
problemas insólitos. En 1592, la
actriz Sumiko, quien frecuentemente representaba
papeles de militar, se identificó de tal forma
con el carácter varonil de sus personajes que le fue al fin imposible
ser mujer. Contrajo
nupcias con la hija de un funcionario de Estado y, al descubrirse la
superchería y ser
denunciada, el Juez dictó sentencia en esta forma: “Puesto que no está
permitido a los
hombres actuar y Sumiko vive
como hombre, sea expulsada de la escena”. No se le condenó,
pues, por las nupcias, sino por el teatro.
Maybon, en
“Le Théatre Japonais”, cuenta el caso del actor Iwai Haugiró. Celebrado por
su
gran éxito en la interpretación de un papel de dama, se enamoró de sí mismo agrado
tal que
no se quitó más el vestido ni el maquillaje. Al llegar a casa, su
mujer no le reconoció y,
dándoles por una
actriz que trataba de birlarle al marido, le increpó. Entonces Iwai Haugiró se
dio a conocer, anunciando que ya no era marido sino mujer en busca
de su esposo, y que se
separaba de ella para siempre.
No se crea por eso que la felicidad conyugal era imposible Se dio el
caso de que una
actriz especializada en roles varoniles, contrajera matrimonio con otra
actriz especializada en
papeles femeninos; o bien, en la época en que el
teatro pasó a ser patrimonio de los varones,
que un actor acostumbrado al papel de heroína se casase con un
valiente miembro de la
aristocracia militar, sin que la menor nube turbara nunca la felicidad conyugal.
El hombre y su sombra
La “Carta del tiempo” número 116 correspondiente al año de 1962,
aparte de indicar que la
humedad relativa a la fecha era de noventa por ciento, y la presión
atmosférica de 1011.0
milibaras —y otras cosas de igual, como la
temperatura, el crepúsculo civil, etc.—, decía esto
como algo de no mayor importancia:
“Finalmente, hay
que mencionar que los días 16 y 17 de agosto, a las 12:04 horas pasado
meridiano, el sol, por segunda vez en este año, se encuentra en el cenit y proyecta
su sombra.”
Fue un grave problema para Williams: Al salir de casa, pisó la calle
pero no vio su
sombra. Dedujo por eso que había muerto, y se echó a dormir.
Williams fue enterrado; mas su sombra, que conocía el fenómeno, pasa
las horas del día
sentada a la puerta del Servicio Meteorológico, clamando por su cuerpo,
y es gran molestia
para los empleados.
Cuentos breves
y maravillosos
Carta de Jorge Luis Borges2
Mi querido amigo:
Al conocer sus Cuentos
breves y maravillosos, pienso que no fue meramente accidental
que
Kafka escribiera La muralla china: se repite en usted la nota de lo que con Bioy
Casares
llamamos las antiguas y generosas fuentes orientales. Se repite y prueba
mi idea de que el
número de fábulas o de metáforas de
que es capaz la imaginación de los hombres es limitado,
pero que esas contadas invenciones pueden ser para todos, como
el Apóstol. Limitado o no,
lo cierto es que usted prueba a su vez que ese número no está en
manera alguna agotado.
Debo agradecerle ese descubrimiento: si repara en La perpetua carrera
de Aquiles y la
Tortuga verá que, en efecto, yo no solicito otra virtud que la
de su acopio de informes; pero
la joya la dejo allí, impenetrable, delicada, límpida, como la
concibiera un día en Elea el
discípulo
de Parménides, negador de que pudiera suceder algo en el universo. Mas usted le da
nuevo engaste y logra con intensidad
lo que otros, en más de veintitrés siglos, no lograron con
extensión. Por eso yo no acepto el homenaje que me rinde al declararse
mi seguidor. Si de
algo es usted seguidor es de sus propios sueños. La mejor prueba de
este aserto está en El
mapa ecuménico. Su cuento Misión cumplida es el cabal logro de algo
que perseguimos
todos: el equilibrio de lo esencial en lo narrativo juntamente con el
episodio ilustrativo, el
análisis psicológico, el adorno verbal. El terrible tema de las
motivaciones, del libre albedrío,
se encuentra encerrado en esas dos páginas: Alguien, quizá de grandes
barbas rizadas me
dicta ahora desde Casiopea A estas líneas para usted; es El Mismo que
impidió vernos
cuando usted pasó por Buenos Aires.
Creo que no debe preocuparle su predilección por los temas orientales.
Es razonable lo
que usted piensa de que de ninguna manera ese surrealismo sui generis
que lleva el pathos
oriental, puede significar una literatura “de evasión”. No fue por
evasión que la fábula china
floreció especialmente en los siglos III y IV antes de nuestra era y
en los siglos XVI y XVII.
Bien lo supieron las dinastías Chou y Ming. Por lo demás, no se
limita usted a presentar
simples traducciones sino que recrea y hasta llega a la total
invención como ocurre con La
edad de un
chino, cuya poesía y cuya forma chinas no las destruye ni el saber que nombres de
personajes, trama y fuentes no son sino invención suya. ¿O estarán en
alguna biblioteca de
Casiopea A esas “Crónicas del Reino del Dragón Eterno” del siglo XIII...?
Pienso que, además de los
mencionados, cuentos como El cocodrilo, El viaje inútil, La
hora de nacer, Los cerdos, El suicida y El último sueño son tan
redondos y tan bien
logrados, que han de quedar dentro de la mejor literatura que se
escriba en América en este
siglo. Lo mismo puedo decir de las pequeñas joyas que son El sueño
soñado, El cuento
soñado, La sequía y El cazador. Esos y otros cuentos suyos son flor para los años.
Su amigo,
Jorge Luis Borges
2

Licencia literaria del autor para dar arranque a su libro “Cuentos breves y maravi
llosos”, claro homenaje a
“Cuentos breves y extraordinarios” de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, dánd
ose el caso de que
en algunas antologías de textos de Borges se le atribuye erróneamente.
El cocodrilo
Hubo una vez un gran erudito, llamado
ChuangTse. Iba a la escuela de
LaoTse. Un día se durmió y soñó que
era una mariposa que aleteaba entre
los árboles y las flores del jardín...
“KinKu K´ I Kuan
... Y ahora
me examino concienzudamente para ver si soy yo. Porque acabo de despertar
de un sueño, y en el sueño no era yo. En el sueño yo era un
cocodrilo, un largo, un ominoso
cocodrilo tendido en el fango de la ribera, bajo un sol que todo
quemaba menos mis duras
escamas dorsales. De cuando en cuando bostezaba, y al abrir las fauces
inconmensurables
relucían mis dientes agudos, formados
en filas como soldados en parada, prontos a matar. Yo
era un cocodrilo de cabeza oblonga, de cola aplastada, y en el sueño
no sabía que era yo
quien soñaba.
Desperté y fui de nuevo yo, como antes de soñar; pero ahora que me
palpo y me
examino, no sé si fui yo quien soñaba ser un cocodrilo, o si es un
cocodrilo el que sueña que
soy yo.
El hacedor de lluvia
En cierto pueblo había un hombre que hacia llover a voluntad. Un día,
borracho, desató una
tormenta y murió ahogado.
La sequía
Otro brujo cayó
en desgracia con los habitantes de su comunidad, y para vengarse de quienes
lo impugnaban lanzo una maldición. Por esa maldición vino una larga
sequía, y el brujo murió
(como todos) de sed.
Los cerdos
A Julio Cortázar
El primero que encontró el papel fue el barbero. Lo hallo tirado
sobre el alcor, cerca del
viejo molino. Recogió la hoja, que el viento y la lluvia parecían
haber respetado, y leyó los
gruesos caracteres dibujados con caligrafía enérgica. De allí bajó, ya con forma de
cerdo.
El hecho alarmó a la mujer del barbero, quien subió luego al alcor
acompañada por su
suegra. Encontraron el papel, lo leyeron y comenzaron a dar pequeños gruñidos: ¡Coi
n! ¡Coin!
El maestro de la
escuela se dio cuenta del asunto, y subió; también bajo corriendo y dando de
gruñidos. Después fue el policía, quien llegó al pueblo
con su gorra de uniforme trabada entre
las grandes y peludas orejas. Más tarde, el carpintero, el molinero, la
modista, el boticario,
cuatro niños, once niñas, el inspector sanitario, etc. El último fue el
cura, y su caso el mas
patético: la negra sotana no alcanzaba
a cubrir la cola rizada, que flotaba como una bandera a
medida que el animal corría por las calles de la aldea, perseguido ya
por millares de cerdos.
Apenas se salvaron unos cuantos campesinos viejos y analfabetos.
La hoja de papel amarillento quedó sobre el alcor. Funcionarios de la
capital del Estado,
delegados de la Universidad, científicos y periodistas extranjeros y
curiosos de los pueblos
vecinos, se mantienen a prudente distancia sin atreverse a leer el
texto mágico. De vez en
cuando lo hace algún desaprensivo, sin que los
oficiales del ejercito federal puedan impedirlo;
entonces corre otro cerdo colina abajo, hasta llegar a las calles del
pueblo, que es hoy una
inmensa porqueriza.
El último sueño
Despiertas. No despiertas.
Te salta el corazón; pero los sístoles y diástoles no son los apurados
ríos de sangre que
van y que vienen, sino dos gritos acompasados: morir dormir morir dormir…
Esos gritos te despertaron. Acabas de soñar que has muerto y ahora, al
abrir los ojos y
respirar hondamente para recuperarte de la pesadilla, te golpea con el mismo rigor
del corazón
esta disyuntiva: ¿Soñé que había muerto o he muerto realmente y ahora
sueño que abro los
párpados y que respiro?
Pero no. Junto a ti,
cerrados los ojos, tu mujer respira a su vez pausadamente y, a su vez,
sueña. Si la percibo —te dices—; si soy capaz de pensar que sueña, vivo estoy.
Pero sí. Otra duda: ¿Por qué sé lo que sueña? ¿Por qué participo
también yo de las
absurdas situaciones, de las increíbles y privadísimas imágenes de un
sueño que no es el
mío…?
En medio del razonamiento, el redoble cardíaco: morir dormir morir dormir…
Sientes sed,
y la sed te da pie para otro pensamiento: De estar muerto, no tendría por qué
sentir sed. Ni sed, ni nada. Esta idea te tranquiliza un poco, y por
un momento crees haber
encontrado una respuesta al dilema: Soñé, simplemente, que había muerto.
Te lo dices. Mas, cuando tratas de alcanzar el vaso
de agua colocado sobre la mesita de
noche, una evidencia te perturba: no logras mover tus
miembros y, pese a la intensidad de tus
deseos, tus manos y tus brazos, tus piernas y tu cabeza permanecen inmóviles. Tibio
s sí, con la
tibieza de los organismos
vivos; pero estáticos, abandonados. La certidumbre de ese hecho te
hace olvidar la sed.
Cuentas las horas, por medias y por cuartos, por cuartos y por medias,
en las
campanadas del reloj de la torre cercana. Varias veces se ha movido tu
mujer, una de ellas
para abrazarte amorosamente. ¿Y si continuara la pesadilla…?
En medio, la sístole: morir. En medio la diástole: dormir.
Comprendes que tu última oportunidad de salvación reside en que tu
mujer despierte, en
que ella ahuyente de tu
ensueño al personaje no invitado. Sin embargo, no intentas despertar a
tu mujer: ya sonará el reloj y ella se levantará como todos los días.
Llega esa hora, por fin. El despertador suena y tu mujer alarga
maquinalmente el brazo y
lo apaga. Luego se sienta al borde de la cama y se
calza las pantuflas. A ti te salta el corazón
más que nunca. A obscuras
tu mujer toma la bata y sale del cuarto. Tú escuchas distintamente
el ruido del agua en el lavabo, el frotar del cepillo dental… ¿Estás,
pues, vivo, puesto que
oyes todo eso?
Cuando regresa al
dormitorio, tu mujer enciende la pequeña lámpara de la mesa de noche
y te toca en el hombro:
No te mueves. Vuelve a tocarte y a llamarte:
—Carlos. Carlos. Es hora de levantarse.
Oyes todo. Sientes todo. ¡Aleluya, aleluya! ¡Bendito sea Dios, bendita
tu mujer!: era un
sueño, y el sueño ha terminado.
Fue entonces cuando tu mujer dio aquel grito que te
afligiera tanto. Fue entonces cuando
llegaron los vecinos y lloraron los niños.
El sueño soñado
Un día soñé que soñaba, y en el ensueño del sueño, soñaba que soñaba...
El cuento soñado
¿…Y si, como yo soñé haber escrito este cuento, quien lo lee ahora
simplemente sueña que
no lo lee?
El hombre pájaro
Batir los brazos como el pájaro bate las alas, no
es algo precisamente gracioso; mas, para un
niño de año y medio escaso, ver a un hombre mover los brazos en esa forma sí
tiene gracia, a
juzgar por las expresiones de alegría.
¿Por qué tiene gracia?
No lo sé aún, por más vueltas que doy sobre las terrazas y sobre las colinas.
La creación de Eva
Ésta se llamará varona porque del
hombre ha sido tomada (Génesis)
Adán se sintió invadido por un profundo sopor. Y durmió. Durmió
largamente, sin soñar
nada. Fue un largo viaje
en la oscuridad. Cuando despertó, le dolía el costado. Y comenzó su
sueño.
La edad de un chino
Tomado de Crónicas del Reino
del Dragón Eterno, siglo XIII
Lu Dse Yan enamoraba a la hija de un funcionario de estado; pero la
muchacha tenía
quince años menos que él.
Lu Dse Yan no era viejo precisamente: contaba 30 años, y
era un joven erudito autor de
un tratado sobre cómo evitar las inundaciones en los campos.
—Lo que pretendes es imposible —le dijo un día Lin Po, la hija del
funcionario—; yo
tengo 15 años, y tú, 30. Demasiadas primaveras nos separan.
—Realmente no es mucha la diferencia —contestó Lu Dse Yan—; cuando tú
tengas
veinticinco años, yo tendré cuarenta, y la gente no podrá menos que
alabar la buena pareja
que formaremos.
—Cuando tú tengas 45 —respondió la muchacha—, yo tendré apenas 30, y
la gente no
podrá menos que decir: "Mirad que pareja: ella joven, el viejo."
—Cuando tú tengas 45—afirmó el joven erudito—, yo 60, y para entonces
no habrá
quien sospeche de la diferencia de nuestras edades.
—Cuando tengas tú 65 —dijo de nuevo ella—, yo tendré 50, y deberé de
ayudarte a
caminar.
—Cuando seas tú la que tenga 60, celebraré yo mis tres cuartos de
siglo llevándote al
Templo de Confucio en Ch'ufu.
Si llego yo a esa avanzada edadcontestó ella-
tú tendrás ya 90 años y deberé alimentarte
como a un niño.
—De cumplir tú los 85, seré yo quien te ilumine con Tao.
—Para entonces —replicó la dama— estarás en los cien años, y pasarás
el tiempo
tendido al sol, sin ánimos para nada.
—Entonces —terminó Lu Dse Yan
— la gente habrá dejado de pensar en la diferencia de
edades, y sólo exclamará: "Mirad a ese viejo erudito y su vieja mujer:
Ambos se cuidan y se
aman, como si fueran novios."
Y entonces el Nieto del Cielo y la Doncella Tejedora, al juntarse el
séptimo día de la
séptima luna en la Vía Láctea, harán que podamos quedar como marido y
mujer de
encarnación en encarnación.
El argumento
Se había escapado de la escuela. Era la primera vez, y le pareció
que la mejor manera de
pasar el tiempo sería viendo una película. Depositó su bolso escolar en
un tenducho, llegó al
cine y compró una localidad barata, listo para sumergirse por noventa
minutos en un mundo
apasionante. Ya estaban apagadas las luces de la sala, y a tientas
buscó un sitio vacío. Los
mágicos letreros de la pantalla daban el título de la cinta, la que comenzó de inme
diato.
En la película, un pequeño actor hacía el papel de un escolar que,
por primera vez, se
escapaba de la escuela. Pareciéndole que la mejor manera de llenar el
tiempo era en un cine,
compra una localidad barata y entra a la sala cuando en la pantalla
un actor de pocos años
hacía el papel de un escolar que, por primera vez, se fuga de la
escuela, y decide ir al cine
para pasar el tiempo. El actorcito tomaba asiento en el instante en
que, en el film, un niño
escolar, fugado de la escuela, entra a un cine para
pasar el tiempo. Al frente se proyectaba la
imagen de un niño que, por primera vez, faltaba a su escuela y
llenaba su tiempo viendo una
cinta, cuyo argumento consistía en que un chico, por primera vez...
La dama frente al espejo
Al entrar al Salón de los Espejos, la bonita señora
no pudo resistir el impulso de mirarse. Por
lo demás, es un impulso natural, y su comisión no conlleva nada
delictivo ni pecaminoso.
Había entrado al Salón de los
Espejos para esperar a la Marquesa, con quien bebería el té en
el coqueto jardín inglés del flanco izquierdo del castillo.
Puso, pues, su carterita sobre una silla, quedándose con la polvera.
Al ver su imagen
reflejada en el azogue,
respingó un poco la nariz para empolvarse. Luego puso en su sitio, con
un gesto regañón, a dos o tres cabellos rebeldes, y se ajustó el
traje sastre. Fue ése el
momento en que percibió el fenómeno: atrás suyo, otra dama se ajustaba
el vestido sastre
frente a otro espejo de pared. Atrás de esta nueva mujer, otra más,
igual también a ella, se
ajustaba el traje sastre. Y más atrás, otra, y otra, y otra…
Dio ella un paso, retirándose alarmada del espejo. Simultáneamente, una
infinita sucesión
de imágenes de
mujeres en un todo iguales a ella, dieron también un paso para retirarse de sus
espejos. Abrió los ojos desmesuradamente, y aquel millón de mujeres
abrieron dos millones
de ojos desmesuradamente, formadas en una línea recta en perspectiva que llegaba al
infinito.
Palideció. Diez millones de mujeres palidecieron con ella. Entonces dio el
grito, llevándose
la mano a los ojos. Cien millones de mujeres corearon su grito y
repitieron su gesto. Cayó al
suelo. Mil millones de mujeres cayeron al suelo gimiendo. Ella se
arrastró sobre la gruesa
alfombra árabe,
y un incontable número de mujeres, como soldados sobre el terreno, calcaron
uno a uno sus movimientos felinos. No logró salir del Salón de los
Espejos; al acudir los
sirvientes, encontraron muerta Media Humanidad…
El mapa ecuménico
Sé aquello que Suárez Miranda cuenta en Viajes de Varones Prudentes
(libro IV, capitulo
XIV, etcétera): "...En aquel Imperio, el Arte
de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa
de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio,
toda una Provincia.
Con el tiempo, esos Mapas desmesurados no satisficieron y los Colegios
de Cartógrafos
levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y
coincidía puntualmente
con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones
Siguientes entendieron
que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las
Inclemencias del Sol y
de los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas
Ruinas del Mapa,
habitadas por Animales y por
Mendigos: en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas
Geográficas". Eso cuenta Suárez Miranda en "Viajes..." etcétera. A Jorge
Luis Borges le ha
gustado tanto, que se lo he leído, exactamente como lo transcribí,
en tres de sus Libros: en la
página 167 de la Antología de Cuentos Breves...
etcétera, que compiló con Bioy Casares; en
la página 103 de El Hacedor y en la 131 de Historia Universal de la Infamia.
Sé también una variante, sucedida en otro Imperio, más Imperio que
Todos. Las
Generaciones Siguientes, crecidas sobre el Propio Mapa, acostumbradas a
jugar con sus
Imágenes a escala natural, contribuyeron a la Destrucción de las Ruinas
del Viejo Mapa, y
hasta desalojaron violentamente a los Animales y Mendigos que las
habitaban. Pero un
Imperio necesita de Mapas, especialmente cuando es más Imperio que
Todos. Así, las
Generaciones Siguientes comenzaron un día a
levantar uno, en que se logro tal perfección que
el Mapa de una sola Ciudad ocupaba todo el Imperio, y el Mapa del
Imperio ocupaba el
mundo entero. Por eso fue más Imperio que Todos.
Revolución en el país que
edifició un
castillo de hadas

La hora de los équidos


Clotildita llegó con la novedad a casa, dice que en la oficina lo
supo, que era la comidilla de
todos. A partir de entonces no aceptó subir más al auto del novio, e
hizo bien porque a las
semanas se quedó viuda antes de casarse: al tal Arturo lo cogieron en
la peor forma: cuando
reponía un neumático pinchado, un tipo (o una tipa, no se averiguó
nunca) se le cercó por la
espalda y
le cercenó la cabeza. En pleno centro de la ciudad, hasta eso. En los alrededores d
e
Gobernación, apenas pasado el mediodía. Luego incendiaron su cano, con
todo y llanta de
repuesto.
Pobre Clotildita. Pero hoy no hay hombre seguro,
digo hombre de automóvil. No más se
ve
aparecer un vehículo cuando medio centenar de francotiradores apuntan al chofer des
de las
ventanas de las oficinas,
las vitrinas de los comercios, los balcones, las estatuas, los aleros, los
postes, las barricadas, los sumideros, las mesas de los cafés al aire
libre. La gente se ha
organizado para cazar automovilistas porque ya no se aguantaba más la
polución del aire. El
monóxido carbónico y el polvillo y no sé qué más paraban en gotitas
de ácido nítrico. Y allí
nos tenían a todos con los pulmones como
chatarra de orfebrería o como placas de grabador
al agua fuerte.
Lo que Clotildita contó es que el segundo jefe había sido atacado con
bazooka mientras
paseaba con la familia hijos incluidos. Una temeridad llevar niños en
una situación como la
actual. El carro quedó hecho trizas, claro está, y hubo dificultades
para recoger los restos
dispersos de los ocupantes. Pero aunque era la comidilla de toda la
ciudad, los diarios no
publicaron nada, el gobierno puso censura a esa clase de noticias.
La cosa ocurrió así (cómo
ocultarlo del todo si fue en pleno centro y en día feriado): una
guerrilla urbana, integrada por
amas de casa, emplazó bazookas en la Avenida de los Héroes. Allí
batieron el Chevrolet del
segundo jefe de Clotildita y dieciséis automóviles más antes de rendirse
a la Primera
Compañía de fusileros del
Tercer Batallón de Infantería del Segundo Regimiento, con plaza en
la Quinta Zona.
Furiosos por la contaminación del aire estábamos todos; pero las amas
de casa, por
aquello del amor materno, vaya usted a saber, eran las más furiosas.
En alguna forma
obtuvieron armas (no sólo escopetas de caza, como podría suponerse, sino
también y
principalmente fusiles M2 de mira telescópica, metralletas, granadas de
mano, cañones
antitanque, etc.), y organizaron comandos guerrilleros. Antes habían hecho
la llamada
"Operación Miel Sobre Hojuelas": se pusieron de acuerdo para verter
azúcar en los tanques
de gasolina de los autos caseros, y azotó a la ciudad una epidemia
de motores pegados para
desconcierto de todos, menos de
ellas, las amas de casa. Como al cabo de un tiempo muchos
automóviles no sólo se habían recuperado del achaque sino que, reparados
a prisa en los
talleres abarrotados, producían más humo que nunca, las doñas decidieron
pegarle fuego a
cuanto vehículo motorizado pudieran. Y
vista la oposición y hasta la resistencia violenta de los
conductores, se convino en que era más fácil proceder con orden y lógica: fusilar a
l individuo y
quemar a continuación el auto. Poco después aparecería la mejor
indicación de que la
campaña, marchaba exitosamente: por las noches no había un auto en las
calles, ni parado ni
rodando, y se acabaron los embotellamientos en las horas-
punta, y las grandes vías de tránsito
rápido son ahora fáciles de cruzar, pues el tránsito ya no es rápido.
Porque tránsito siempre hay, digo tránsito rodado La gente exhumó las
viejas bicicletas
cuando la producción local y la importación no bastaron para satisfacer
la demanda, y hoy
pueden verse millares donde antes no entraba una, condenada como estaba
a ser arrollada
por los coches y los autobuses.
Cuando la guerra de las amas de casa iba por lo mejor, los altos
funcionarios públicos y
los ejecutivos de las principales empresas privadas decidieron
transportarse en tanques o
carros de combate, blindados; pero las bombas que llovían
desde las azoteas terminaban por
pararlos de todas maneras, y contra sus ocupantes la furia de las
madres de familia era
especialmente sangrienta: directores generales hubo despedazados con
tijeras de costura,
limas
de uñas, ganchos de pelo y agujas de crochet. Además, las orugas le hacían mucho da
ño
al pavimento, y eso era otro motivo más de cólera. Ahora todos ellos
van en coches tirados
por caballos, y a esos las amas de casa los respetan. Los
modelos son variados, y dependen
de la categoría o la situación económica de cada quien. El jefe de
Clotildita tiene un cabriolé
con pescante posterior elevado. Como es viudo y sus hijos ya se
casaron, no precisa de
mucho espacio. Me imagino que por eso escogió ese modelo. Las familias
grandes prefieren
los charabanes cubiertos, y hay quien
tiene diligencias, especialmente los que viajan a menudo
a las zonas rurales o viven en
ciudades satélites. Las familias pequeñas montan en landos. Los
médicos suelen usar tiros en tándem, lo mismo
que los oficiales de la policía y los repartidores
de los almacenes de lujo; los jóvenes solteros y de medios se
inclinan por los tílburis y los
cabriolés simples, los playboys por los carros
romanos (ya ataviados de procónsules, ya —lo
que es de un pésimo anacronismo— de jockies); las señoritas coquetas
en edad de merecer
se exhiben los domingos y las tardes claras en buggtes3, siendo más
populares los modelos
ingleses que los americanos. Los ministros van a Palacio
en berlina, y los directores generales
en calesín, al igual que los gerentes de banco y los comerciantes
ricos. El señor presidente
gasta carroza, y litera el nuncio apostólico de Su Santidad. Los
escolares van en patines y
monopatines, y los obreros y dependientes de
comercio en bicicleta. El alcalde ha inaugurado
el primer servicio público de transportes: diez unidades de ómnibus con
imperial, tirada cada
unidad por seis caballos. Se habla de un avance técnico: los tranvías, de
sangre. Hay también
calesas en los puntos de taxis. Papá tiene un faetón económico, en el que se
acomodan mamá
y Clotildita. Yo me cuelgo como puedo. Yo estoy feliz con todo esto,
es más divertido que
antes; pero me consta que hay quienes no lo están, particularmente
aquellos que, sudan y
maldicen en sus vehículos de inválido (van en ellos aunque no son
inválidos, obligados a
hacerlo por la presión social que ve con malos ojos al peatón) los
culis que se ganan la vida
arrastrando carretones, los portadores de sillas de mano y palanquines,
etc. Siempre hay
descontentos en este valle de lágrimas.
Muchas cosas han variado en la ciudad. Y no sólo porque
desaparecieran las estaciones
de servicio (en lodo caso, ya no se vende más gasolina en ellas;
ahora se venden helados,
látigos y sombreros de paja, heno y concentrado para bestias, etc.), qué
va, por muchas otras
cosas digo que ha variado la ciudad. Hasta la conversación se
transformó con los nuevos
vientos. Antes hablábamos, como cualquier pueblo mecanizado, de radiador,
acelerador,
embrague, diferencial, tubo de escape, volante, arranque, palanca de
velocidades, sedán,
limousina, convertible, qué sé yo; ahora se nos llena la boca de
arneses y arreos: muserolas,
quijeras, colleras,
sillines, sufras, tirantes, bridas, petreles, baticolas, sobrecuellos. Cuando nos
buggtes: el bugny es un carruaje ligero de un solo caballo. El modelo inglés tiene
dos ruedas
y cuatro el norteamericano.
3
referimos a los vehículos propiamente dichos, el lenguaje no ha variado
tanto, por lo menos
eso siento yo: ruedas (delanteras y traseras), guardabarros, pescante,
faroles, ventanillas,
portezuelas, estribo, frenos... Cambio radical hubo en el vocabulario de
quienes, en vez de ir
en coche, prefieren montar a caballo: copete, ollar, belfos,
cerviz, cruz, cascos, grupa, maslo.
Y eso sin mencionar los aires del
cuadrúpedo: el paso de andadura, el trote, el galope tendido.
Ni los aplomos de las extremidades (estevado, cerrado, patizambo, poco
pecho...), qué sé
yo, la cosa es que ahora sólo se habla de eso, de purasangres y
árabes, de equitación, de
passage, de cabriolas y
corvetas, porque hasta allí hemos llegado otra vez, a soportar a los de
siempre, a los que antes cogían las esquinas con chirrido de llantas
y frenaban y aceleraban a
destajo y tocaban a medianoche aquellas bocinas electrónicas de ochenta
decibeles con
canciones populares y hoy. a falta de carro, se encallecen el trasero
sobre sillas de montar
repujadas con pedrería de mero relumbrón, se gastan el presupuesto
familiar en estribos de
Plata con campanitas, en espuelas
de relojería, en frenos de fiesta, todo para qué, si el animal,
que ha atado esperando en los establos subterráneos o en las
caballerizas elevadas o en los
parques o amarrados a los parquímetros o en los salones de belleza
equinos (cepilleo,
lavadeo, lustreo de cascos, trensadeo de crines, pulideo de dientes),
si ha estado esperando el
caballo a que el jinete salga de sus ocupaciones, muestre la avena al
más leve hincar de
espuelas, piafe, salte,
corra, todo para qué, si al final de cuentas al primer corcovo el petimetre
da de bruces, y allí está abollada la visera o la hombrera, rota la
clavícula, destornillada la
escarcela o la adarga, el penacho de plumas de gallo alicaído. Porque
hasta eso también: los
señoritos se encasquetan yelmos medievales o armaduras completas, de
cuero o de plástico
imitación hierro, claro, por aquello del precio, del peso, del calor y
la incomodidad. De
cowboy sólo se visten los chabacanos.
En la campaña a
mamá le corresponde la fabricación en serie de cócteles molotov. Como
es medio cegata y difícilmente acertaría tiro con el fusil de
precisión, el comité la encargó de
llenar botellas con gasolina. At principio papá protestaba, después se
entusiasmó y ahora
tuerce mechas de hilo de algodón en una rueca de pedal. El comité
puso a disposición de
mamá nueve ayudantas y la casa es ahora una fábrica de cócteles
molotov con horario de
entrada y de salida,
pausa para el café, estímulos a la producción, vacaciones anuales y toda la
cosa. Los jueves y los lunes llegan a casa carretas tiradas por
percherones para entregar a
mamá las botellas recolectadas entre el vecindario y recoger la producción.
Lo sorprendente es que ya no hay automóviles, o quizás no sea
sorprendente. Ya nadie
quiete arriesgarse a conducir o meramente a ir de pasajero, por temor
a que le den cacería.
No sé si el cáncer de) pulmón ha disminuido, en todo caso nos
divertimos de lo lindo.
Clotildita no. Clotildita no cesa de llorar al Arturo. Pero el aire si
está más límpido, más
respirable, y eso alegra a cualquiera, aunque el pavimento de las
calles y aceras es una
porquería con tanto estiércol. Algo habrá que hacer al respecto.
Pero cegata y todo, mamá no renuncia a lanzar ella misma de vez en
cuando un coctel
molotov. Eso la divierte a mares. Guarda una bombita en la cartera, va
a misa, se mete en el
confesionario, sube a la torre y espera allá arriba el paso de
algún coche a motor para tirar la
botella. La molotov es una bomba sorda, incendiaría, y todo lo que
se escucha es el volar de
vidrios rotos y apenas
un crepitar, o casi un crepitar, de los lengüetazos de las llamaradas, por
lo que la misa no se interrumpe, además todos saben que se
trata de mamá. Por supuesto no
pasan coches, qué van a pasar; pero mamá arroja de todas formas
su botella (prefiere las de
whiski. Dice que por ser el cristal más delgado se rompen mejor), no
es cosa que va a subir
los trescientos veintiún escalones por gusto. Enciende la mecha con un
fosforito, sostiene la
bomba, así encendida, un rato en la mano, como candil, y la arroja a
plomo contra cualquier
viandante de corbata. "Son los mejores blancos", dice; "además ahora
habrá que purificar la
ciudad de corbatudos. Son burócratas y
fuman demasiado". Eso dice. Si mamá acierta (y para
ello no es preciso dar en la coronilla, con que caiga cerca basta), el hombre corre
despavorido
por el atrio, hasta que se desploma retorcido entre estertores, se
inmoviliza en una postura
inverosímil y así se
quema, la ropa chamuscada confundida con la piel chamuscada, la corbata
reducida al nudo inconmovible, en el aire un acre olor a chamusquina.
Entonces mamá baja,
hay coros en la misa, los fieles la miran con envidia, y es tiempo todavía para com
ulgar.

Narrativa Salvadoreña