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Isabel Morant (Dir.

)
Historia de las mujeres
en España y América Latina
BIBLIOTECA UNiVERSilARIA
GRANADA

N° Bibliográfico^-ál£í2L¿Zl/
Isabel Morant (Direaora)
Mónica Boíufer (Secretaria) N^Ejempla />/f/f:?Z¿

VOLUMEN I
Historia de las mujeres
María Árigeles Querol
en España y América Latina
Cándida Martínez
Dolores Mirón
VOLLJMEN II
Reyna Pastor
Asunción Lavrin El mundo moderno
VOLUMEN I I

Margarita Ortega
Asunción Lavrin
Pilar Pérez Cantó Volumen coordinado por:
Margarita Onega
Asunción Lavrin
VOLUMEN I I I Y I V
' Pilar Pérez Cantó .

Guadalupe Gómez-Ferrer
Gabriela Cano
Dora Barrancos
Asunción Lavrin

CÁTEDRA
HISTORIA/SERIE MENOR
Hijos omnipotentes y madres peligrosas.
El modelo católico y mediterráneo
LUISA A C C A T I

L A H I S T O R I A Y LAS M U J E R E S . ,• ,

Los puntos cmciales de la Edad Moderna son: el descubrimiento de


América, la conquista del Nuevo Mundo, los conflictos religiosos que
llevan a lafracturadel cristianismo, el nacimiento de los Estados moder-
nos y el nacimiento de la ciencia moderna. No exammaré estos aconte-
cimientos porque es posible encontrados en cualquier buen manual es-
colar, me limitaré a intentar comprender de qué manera conciemen
específicamente a las mujeres. La ciencia histórica, de hecho, nos ha en-
señado que todos somos protagonistas de la historia, aunque en los tra-
tados de paz y de guerra, en las leyes emanadas o revocadas o cambiadas
figura sólo la firma de unos pocos. A las mujeres, en esta historia de los
manuales, sólo las encontramos en posiciones muy elevadas de la escala
social (reinas como Isabel de Castilla, Isabel de Inglaterra, Catalina de
Rusia y María Teresa de Austria) o muy elevadas en la escala religiosa
(santas como Teresa de Avila e Inés de la Cmz). Basta descender un poco
hacia los estratos sociales más bajos de la población y las mujeres desa-
parecen. Esta ausencia ha sido puesta de relieve entrefinalesdel siglo xix
y la primera mitad del XX, tanto en el ámbito político como en el histo-
nográfico, por los movimientos políticos feministas y por la investiga-
ción llevada a cabo por las mujeres y concerniente a las mujeres. Esta crí-
tica política ha sido muy importante; si en la actualidad hay mujeres, en
'as universidades y en la investigación, que se ocupan de estos temas se
ío debemos a este primer feminismo. Aun así, hoy nuestro problema ha

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cambiado, hay que afinar la crítica, haceria en profiandidad, comprender paces empero de proporcionarle márgenes de libertad y de afirmación
el sentido de la ausencia más que padecería como una exclusión. individuales. Por lo demás, los papeles sociales de las mujeres y de los
La ciencia histórica, como cualquier otro sector de la ciencia, debe hombres están en continua evolución y, de generación en generación,
servir antes de nada para vivir mejor resolviendo los problemas. Así pues, tienen que volver a ser examinados y vividos según las exigencias socia-
una historia de las mujeres debe proporcionar temas de reflexión que re- les que se presentan. La historia, es decir, el conocimiento del pasado,
ftiercen la autoestima de las mujeres y, por consiguiente, que les aporten nos ayuda a valorar mejor las nuevas elecciones para evitar que los cam-
elementos útiles para elaborar la herencia de su propio pasado; para supe- bios sean traumáticos y que los vínculos entre nosotros, nuestros padres
rar los aspectos negativos y valorizar los positivos de su historia. y las personas de las generaciones precedentes se mantengan, pero, al
La primera observación que ha de hacerse es que el material sobre el mismo tiempo, puedan estar felizmente superados. La historia de las
que se construyen los libros de historia, a saber, registros parroquiales, ac- mujeres, igual que la historia de los hombres, es un instmmento que
tas notariales, tratados de paz, declaraciones de guerra, relaciones diplomá- permite guardarse las espaldas y no sentirse sin pasado.
ticas, discusiones teológicas y/o políticas, sirven para definir y regular jurí- Es verdad que, en el Antiguo Régimen, las mujeres no definían las
dicamente una realidad que precede, delimitada, de hecho, por las mujeres. categorías de la teología, de la filosofía, de la naturaleza y de las insti-
Algunos ejemplos: un registro panoquial sirve para asignar un hijo/a al pa- tuciones del poder, pero eso no significa que las mujeresfiaeranajenas
dre, pero la definición de la relación entre el hijo/a y la madre es preaden- a toda la construcción de lo simbólico. Su participación es operativa
& y no tiene necesidad de escrimra sino para señalar la matemidad de he- siempre y ha de buscarse indirectamente. E l problema no es la ausen-
cho. Así ocune con los matrimonios en el Antiguo Régimen, el contrato cia de pensamientos de las mujeres, sino más bien la manera indirecta
es ratificado entre dos cabezas de familia hombres pero las posibilidades en que estos pensamientos entran en la simbolización. Dicho de otro
de una dinastía dependen de la fertilidad de las esposas, más que de cual- modo, los pensamientos de las mujeres no se toman en consideración
quier acuerdo escrito. Una dinastía tendrá la posibilidad de perpetuarse o en la misma medida que los de los hombres, no se toman en conside-
no según los herederos traídos al mundo por las esposas que, de tal mane- ración de manera consciente, pero ahí están. La psicología nos ha en-
ra, condicionan las elecciones más que ninguna otra. Está bien no olvidar señado que en los primeros seis años de vida tienen lugar todas las ex-
que los documentos sobre los que trabaja la historia sirven precisamente periencias que constituirán el núcleo básico de nuestra personalidad,
para marcar los condicionamientos de los hombres respecto de una reali- que precisamente estas experiencias guiarán de hecho los comporta-
dad condicionada inprimis por las mujeres; por lo tanto, los escritos están mientos y las elecciones de nuestra vida adulta. En el nacimiento y en
centrados en los hombres por compensación respecto al modo en que las los primeros años, los niños están encomendados a sus madres y a las
mujeres se apropian con fiierza e indiscutiblemente de la realidad. demás mujeres de la familia {al menos sucedía así en la Edad Moder-
En las áreas desarrolladas, hoy, la vida es menos precaria y mucho na), de modo que la aportación histórica de las mujeres en la defini-
más larga, la mortalidad por parto apenas se da, la mortalidad por cir- ción simbólica del conocimiento es tan importante como la de los
cunstancias inherentes al nacimiento y la infantil han disminuido casi hombres, su influencia está profundamente arraigada en los hombres.
hasta desaparecer, y por tanto los condicionamientos impuestos por las
mujeres a la sociedad ya no son tan rígidos, imperiosos y determinantes
como antaño. La matemidad ya no es una fijerza aplastante que influ- MADRES Y MEDITERRÁNEO I > ^
ye en el tejido social en su totalidad, se ha convertido en una posibili-
dad entre otras, realizable o no, realizable más o menos, gestionada con Los países del área del Mediterráneo tienen una historia y una
equilibrio desde el interior de la vida de cada mujer y en el interior del antropología que los auna y los distingue, histórica y antropológica-
proyecto social colectivo. Por consiguiente, por los motivos de que ha- rnente, del norte de Europa. Dos son las formas de evolución del lu-
blábamos antes, las mujeres ya no tienen necesidad de concentrar su gar reservado a las mujeres en el cuadro de referencia social: una, en
energía en la matemidad y el cuidado de los hijos, y pueden y quieren el norte de Europa, sitúa a la mujer en el seno de una pareja conyu-
renegociar su papel en la sociedad. La matemidad ha perdido poder en gal; la otra, en el sur, coloca a las mujeres ante todo en el papel de
términos absolutos pero cada mujer ha adquirido poderes limitados, ca- í^adres y a los hombres en el papel de hijos, en una pareja donde la

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como España (a diferencia de lo que sucede en los países protestantes)
descendencia es garantía de la fecundidad del linaje paterno (Lacoste- además de las palabras hay otro lenguaje decisivo: las imágenes sagra-
Dujardin, 1993). Esta diversidad viene de lejos, tiene su origen en la das. En efecto, también las imágenes sagradas transmiten normas, con-
Edad Moderna, en el momento de los conflictos entre católicos y pro- densan los significados y, aún más que las palabras, suscitan emocio-
testantes; constituye, pues, una herencia de larga duración. En la se- nes (Barocchi, 1962; Pacheco, 1649). Todos ven las imágenes, pero po-
gunda mitad del siglo xvi, mientras en los países protestantes del nor- cos conocen la teología que está detrás de ellas, pocos, pues, controlan
te de Europa el culto marianofiaeaboUdo, en las áreas católicas del sur plenamente el mensaje: el poder de quien las configura es, por lo tan-
de Europa el centro de devoción sigue siendo la Virgen, es más, este to, indirecto y aquel sobre quien se ejerce no es consciente de su pro-
culto de la Madre por excelencia pasa a ser más importante que antes. cedencia.
Así, a partir de finales del siglo xvi, las mujeres protestantes del norte
En países católicos como España, la teología y el arte sacro son dos
de Europa, se piensan —y se las requiere— para que sean sobre todo
campos de competencia masculina particularmente exclusiva. Aunque
esposas y sólo después madres, mientras 'que las mujeres católicas se
las imágenes sagradas representan a menudo mujeres, la hegemonía so-
ven sobre todo madres y sólo accidentalmente como esposas; corres-
bre estas imágenes y sobre las normas que transmiten pertenece a hom-
pondientemente, el hombre de referencia para las áreas protestantes es
bres, pero no a todos los hombres sino a un número restringido de
ei mando antes que el hijo, mientras que para las áreas católicas es el hijo,
hombres cñihes, los eclesiásticos. Estos hombres no llegarán a ser már-
a pesar de la existencia del marido.
tires, ni elegirán ser padres, cumpliendo así con un compromiso social;
Nos encontramos, pues, frente a una diversidad de la manera de respecto a las mujeres son y siguen siendo sólo hijos. Por lo tanto, en
entender el papel matemo. Es un papel de mediación entre padre e lo referente a quienes encargan las estatuas, estamos ante un universo
hijo, entre individuo y sociedad: la matemidad garantiza la descenden- masculino filial cerrado. También son hombres quienes hacen las imá-
cia y la continuidad del gmpo. Por lo tanto, la manera diferente de en- genes, pero los pintores no son necesariamente célibes y su universo
tender un papel como el matemo, que se halla en el centro de una di- no está separado del de las mujeres, como ocurre en el caso de los sa-
námica relacional, lleva consigo una manera diferente de entender to- cerdotes célibes.
das las relaciones sociales.
Cuando vemos una Virgen podemos ser tocados por su belleza,
La centralidad de la madre y de la relación madre-hijo no es sólo pre-
pero al mismo tiempo en nuestra mente (aunque no seamos religiosos)
rrogativa del catolicismo, como observábamos, es una prerrogativa an- se presenta una asociación de ideas que parecen contrarias: Virgen-Madre
tropológica del área mediterránea, común, pues, también a ortodoxos, (Beauchesne, 1932-1980). Este binomio parece paradójico si nos deja-
judíos y musulmanes, y que por lo demás forma parte del mito de los mos llevar por el efecto de realidad de las imágenes, esto es, si pensa-
orígenes antiguos grecorromanos de toda la cultura occidental. mos que las imágenes sagradas pertenecen a un universo masculino-
Podemos decir que la madre mediterránea precede y condiciona la filial-simbólico-normativo, en el que las mujeres no tienen ningún po-
centralidad de la madre en la simbología católica, judía, islámica y or- der ni ninguna presencia, nos damos cuenta de que Virgen-Madre no
todoxa, por lo cual esta madre puede pasar a ser un útil medio de com- es tanto un modelo imposible para las mujeres, sino una prohibición
prensión recíproca y de comparación entre las diferencias religiosas, para los hombres. La asociación de palabras Virgen-Madre significa
culturales y sociales. Esta confrontación hará emerger analogías con que la madre sigue siendo siempre virgen para los hijos, es decir, es un
nuestras experiencias de las relaciones madres-hijos y nos ayudará a dis- objeto sexual imposible para ellos; la madre es sagrada, o sea, prohibi-
tanciamos de la idea de que el mundo de las mujeres es todo igual y de ' da para los hijos (Claude Lévi-Strauss, 1947, 1962; Héritier, 1994). El
que el Occidente es uniforme. cuho mariano es un escenario en el que se representa el conflicto, en-
tre hombres, sobre la manera de respetar la prohibición del incesto.
Para los eclesiásticos hijos-célibes, la única manera de no cometer in-
L A P R O H I B I C I Ó N D E L I N C E S T O Y LA M A D R E S I M B Ó U C A
cesto es la castidad, es decir, no tener relaciones con mujeres porque
En la educación de los niños, los padres y los educadores usan todas son la madre; la fecundidad es un objeto único y le pertenece a
sobre todo las palabras para enseñar las reglas del conocimiento, las I^ios. Para los laicos que se forman en una familia, en cambio, se trata-
del derecho y las del comportamiento moral. Pero en países católicos

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ría de desplazar la experiencia afectiva y sensual con la madre, constmi- imitar al padre en una unión con otra mujer diferente de la madre son
da en la niñez, a otra mujer no prohibida sexualmente; este desplaza- las dos fijerzas que guían el crecimiento de los hombres (me refiero
miento es lo que permite que nos convirtamos en adultos, porque nos a las personas de sexo masculino) en la cultura occidental. Estas dos
separa de la madre y hace de ella un sujeto autónomo, individualiza- fuerzas elementales se enlazan en la experiencia de cada individuo, son
do, semejante pero diferente de otros sujetos igualmente autónomos e partes de un equilibrio dinámico (Chasseguet-Smirgel, 1990).
individualizados que serían las otras mujeres. Los teólogos, cuando ha- La reforma gregoriana ha introducido históricamente (por motivos
blan de la Madre, la consideran únicamente como un contenedor de económico-políticos) en la antropología del Occidente cristiano una
los hijos; de hecho, para ellos la mujer es sólo madre, nunca esposa. escisión entre estas dos fiierzas, las ha separado y puesto en contradic-
Los pintores, en cambio, nos muestran que la Madre por excelencia no ción (Kempf, 1992). De hecho, la reforma gregoriana en el siglo x i ins-
deja de ser asociada a las mujeres reales, y no falta una proximidad afec- tituye el celibato eclesiástico como condición necesaria del sacerdocio,
tiva fuerte entre la mujer primer objeto real del hijo, la madre, y la es- y el celibato es una renuncia a la paternidad y/o una exclusión de la pa-
posa. Así pues, no deja de haber un enlace entre la madre, primer ob- ternidad. La exclusión de la paternidad es un modo drástico y necesario,
jeto de amor, y las demás mujeres, que son otros objetos de amor su- en ta fundación de la cultura occidental, para limitar el acceso a los re-
cesivos, sujetos de una nueva y diferente historia afectiva. Para poder cursos y concentrar la riqueza. El primer recurso básico es precisamente
vivir serenamente la propia vida conyugal es necesario que no haya la fecundidad de las mujeres, análoga y siempre confrontada con la fer-
una contradicción insalvable entre amor materno y amor conyugal. tilidad de latierra.Sin embargo, la exclusión de la paternidad, la imposi-
Así, por ejemplo, Velázquez, en la Sagrada Familia, que se conserva bilidad de imitar y seguir al padre complican y comprometen la capaci-
en el Prado, usa a su esposa como modelo para la Madre por excelen- dad de superar el vínculo con la madre. De tal manera, la maduración de
cia y a su hijo como modelo para el Niño Jesús. Y en La adoración de sí mismo, necesaria para evitar el incesto y hacerse adultos, se complica.
los Reyes Magos, también en el Prado, se representa a sí mismo como La elección social de excluir de la patemidad a los eclesiásticos introdu-
Gaspar; su suegro, Francisco Pacheco, es Melchor; su mujer Francis- ce dificultades que el imaginario religioso nos muestra.
ca es la Virgen, y el Niño Jesús es su hijo. Los pintores, al contrario
de los teólogos, muestran que, aunque haya una continuidad afecti- La imposición del celibato como condición del sacerdocio tiene
va, hay, no obstante, una diversidad física entre la madre y la esposa, una primera consecuencia negativa en el rechazo del papel positivo
a condición de que se reconozca la específica subjetividad de las mu- del padre y la atribución al mismo de una sexualidad negativa. Carna-
jeres y de que no se las reduzca a todas a la función reproductiva ma- lidad y concupiscencia se convierten en sinónimo de fealdad y obsce-
terna. Para que madre y esposa puedan ser dos personas distintas, el nidad, y la vida conyugal es considerada de menor valor que la ecle-
desplazamiento de persona debe formar parte de un proyecto de vida siástica. Entre los siglos x i y x i i i , junto a las imágenes de María, era di-
que el célibe no riene; es necesario que la esposa sea una nueva inter- fundida la iconografía del seno de Abraham, en donde éste aparece
locutora y no una pura reedición de las tareas maternas relativas a los como un padre afectuoso que acoge entre sus brazos a los elegidos, el
cuidados de los hijos. E n suma, que sea otra persona diferente, sexual- lugar paradisíaco es representado como un regreso al regazo paterno
mente accesible. (Baschet, 2000). Esta imagen desaparece en el siglo x i v , cuando la pro-
tección, el lugar feliz de la unidad originaria, son absorbidos comple-
tamente por las representaciones mañanas, en particular, el seno de
Abraham es sustituido por las Vírgenes de la Misericordia y por las Vír-
E L H O M B R E C É U B E , LA M A D R E Y LAS D I F I C U L T A D E S ' genes con el manto (figura 1). En el siglo xii se afirma el culto de Ma-
PARA A C E P T A R LA P R O H I B I C I O N D E L I N C E S T O • --ü/. na. La pérdida de la patemidad por parte de los célibes tiene como
consecuencia una unión cada vez más simbiótica con la madre y una
Cualquier sociedad se basa en una renuncia inicial, en la renuncia hipervaloración de la condición de hijo. E l hijo (el eclesiástico célibe)
al amor de los padres y en la separación de ellos, en la renuncia al in- que sigue siendo hijo pasa a ser moralmente superior al padre, en vir-
cesto y la añoranza idealizada de la unión infanril con ellos. E l deseo tud de su unión con la madre. En el siglo xii da comienzo un culto es-
inalterable de reencontrar la unidad perdida con la madre y el deseo de pecífico, el culto de la Inmaculada Concepción, que estaría ligado a

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orígenes, desplazarán la imaginación simbólica situándola en el hijo y
en la madre representada como contenedor del hijo. El franciscano Pe-
dro de Alva y Astorga es el máximo representante de esta tendencia,
durante la Edad Moderna; de hecho, escribe cuarenta volúmenes, in fo-
lio, sobre el tema {Pedro de Alva y Astorga, 1640, 540-593; véase tam-
bién Accati, 1998, 77,57,80).
La gran canridad de imágenes, la gran diversidad de las representa-
ciones de la Virgen entre los siglos xii y xvi nos muestran el fragor de
la conrienda entre padres e hijos, entre laicos y eclesiásticos, por la he-
gemonía sobre la madre, por la hegemonía sobre la fertilidad y la nque-
za que la madre representa. Una conrienda que estallará, afinalesdel
siglo XVI, en las guerras de religión y en las luchas entre orientaciones
doctrinales contrapuestas, conflictos estos que fueron particularmente
violentos y sanguinarios.
A finales del siglo xvi, en las áreas católicas, que han permanecido
fieles a la Iglesia de Roma, la Contrarreforma reafirma que la condición
moral del hombre célibe es superior a la del hombre casado. Y mientras
se piensa que las imágenes sagradas son un instrumento educativo pri-
mario, la imagen de la Inmaculada Concepción se convierte en el ico-
no más significativo de la Contrarreforma {Friburgi Brisgoviae, 1923,
pág. 729; Male, 1932). La Reforma protestante, en cambio, va a abolir
el cehbato eclesiásrico, el culto de las imágenes sagradas y el culto de
María. Estos elementos dan comienzo a una diversidad que dura des-
de hace cuatrocientos años y que todavía hoy riene el mismo plantea-
miento de fondo. Desde este momento cambia, pues, la colocación de
lo materno en los dos contextos, en el norte y en el sur de Europa.
los monasterios benedictinos y franciscanos en particular, los cuales ¿Por qué es importante esta distinción? Porque la imaginería reli-
defenderán que la Virgen estuvo exenta del pecado original, desde el giosa cristiana está articulada metafóricamente sobre las relaciones ele-
primer instante de su concepción, por los méritos del Hijo. Los méri- mentales del parentesco, las cuales son significativas de las relaciones
tos de la pasión y muerte de Cristo, por otro lado, se consrituyen políticas. La relación entre madre e hijo es de dependencia absoluta;
como un tesoro de un valor inestimable que la Madre-Iglesia puede de hecho, el niño está sometido totalmente a la madre; en su condi-
vender bajo la forma de indulgencias (Le Bachelef y M. Jugie, 1927, ción de ser indefenso el hijo ve en la madre a alguien que cubre sus ne-
vol. I I I , t. I I , col. 2-\l\'¿\, 1991, 265-293). Los soberanos españo- cesidades y hace que se sienta satisfecho y feliz, pero la madre es tam-
les, por su parte, insistirán para que el Papa apmebe el dogma de la In- bién quien puede hacerle pasar hambre, no cuidade, abandonado y
maculada Concepción {que sería finalmente proclamado en 1854 con destmirlo. La dependencia del niño, necesitado de la madre, es la pri-
la encíclica Ineffabilis Deus). Los dominicos, sin embargo, defienden la mera y más profunda experiencia del poder, en su forma más despóti-
hipótesis de que María contrajo el pecado original, pero fije santifica- ca, sin posibilidad de que exista ningún tipo de contrato o pacto. El
da in Utero matris y no en el momento de la concepción. De esta posi- ejercicio del poder por parte de la madre es voluntario, pero, al mismo
ción de Alberto Magno, a la que los dominicos permanecerán fieles tiempo, está próximo al poder ineludible de la naturaleza, de modo
hasta la proclamación del dogma, deriva una diversificación; los fi^an- qtie puede ser confundido con el poder de Dios, al menos en la expe-
ciscanos, bastante antes de la Contrarreforma, y los jesuítas, desde sus tiencia afectiva con el hijo. Una sociedad que elige como punto de re-

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así ocurre, por ejemplo, en la pintura de Giotto (1267-1337), entre
ferencia —metafórico— esta relación primaria se da un fundamento otros, en Desposorios de la Virgeny San José, de la Capilla de los Scroveg
autoritario, de hecho imagina que el poderoso se encargará de cubrir en Padua, o en Desposorios de la Virgen, de Rafael, de la Pinacoteca de
las necesidades de los subditos, los cuales, para bien y para mal, depen- Brera en Milán. Pero con todo San José no consigue nunca convertir-
derán de la magnanimidad del que riene el poder; los subditos se en- se en el verdadero marido de María, la dificultad de pensado así es
comiendan al poder como los niños se encomiendan a la madre, sin grandísima en el imaginario crisriano a causa de la posición preemi-
ninguna posibilidad de condicionarla. La Contrarreforma católica eli- nente y de poder de los hombres célibes sobre las mujeres. Entonces
girá y afirmará, más que antes, la mariología como punto de referencia los pintores, para poder imaginar la sexualidad femenina y la concep-
doctrinal y, como veremos, en los orígenes del Estado modemo cató- ción natural, la desplazan una generación, y de hecho, en los siglos x i v
hco, el Papa se identificará, más que antes, con el poder benévolo y y XV, la concepción es representada primero como la pareja de los
protector de la madre, asumiendo su autoridad positiva, mientras deja abuelos de Cristo, esto es, Ana y Joaquín, padres de María, y después
al soberano la identificación con el poder despótico, arbitrario y, si se como María concebida como hija. En 1473, Bartolomeo Vivanni pin-
da el caso, violento, que sería propio de la madre primaria. ta, para la iglesia misma de Santa María Formosa, tanto !a pareja de los
Viceversa, una sociedad que asuma como punto de partida una re- padres, Ana y Joaquín, en El encuentro de San Joaquín y Santa Ana en la
lación entre personas adultas como la relación conyugal, intenta darse Puerta Dorada (1473), como la hija, María, fmto de su unión, a su vez
un flindamento contractual. Y, aunque se mantiene muy marcada la embarazada, en la Virgen de la Misericordia (1473). En otras palabras, la
disparidad de poder, entre hombre y mujer, existen márgenes, más o concepción es representada de dos maneras: por una parte la pareja, de
menos relevantes, de definición y redefinición de la relación. En cual- los padres, modelo para quien desea tener hijos y descendencia; por
quier caso, se trata de una relación basada en la elección {todo lo con- otra, la concepción pasiva como fruto contenido y vientre contenedor,
dicionada que se quiera) y no en la necesidad, se trata de una relación metáfora (derivada de la gravidez) de la protección para quien quiere
que puede ser interrumpida si deja de haber acuerdo y donde están quedarse célibe dentro de la Iglesia Madre. Curas y monjas se quedan
previstos derechos y deberes intercambiables. La mujer-esposa, por so- en la condición de hijos sin descendencia, amparados de la guerra y del
metida y dependiente que sea, está menos a la merced del marido de parto, curas y monjas se identifican con la fiinción protectora del vien-
lo que lo está un niño respecto a la madre. tre matemo: protegidos y protectores.
Con la Contrarreforma desaparecerán las viejas imágenes y, a lo lar-
go del siglo X V I I , se afirmará otra imagen de la Concepción, de la que
L A C O N C E P C I Ó N I N M A C U L A D A Y E L M A T R I M O N I O D E L O S PADRES se darán a conocer muchos ejemplos {Levi d'Ancona, 1957; Confor-
ti, 1997; Radler, 1990; Ellena 2002). En esta nueva —y única— imagen
El proceso de maduración es difícil, para todos y en todo lugar es de la Virgen de la Contrarreforma, ésta se muestra sola, blanquísima,
difícil separarse de los padres, tanto para los hombres como para las jovencísima y, de manera invisible pero simbólica, está grávida desde
mujeres. La separación pasa por el reconocimiento de su unión conyu- la etemidad. Esta representación la encontramos en Velázquez, Zurba-
gal, pero los hijos están excluidos de esa inrimidad. Las imágenes que rán, Murillo, Ribera (figura 2), Guido Reni y otros, pasando por las nu-
representan la Inmaculada Concepción, en las áreas de cultura católi- merosas Inmaculadas de Tiepolo. En todas ellas prevalece la imagen
ca, nos muestran el aumento progresivo de las dificultades para pensar monásrica de la concepción. Este modo de representar la concepción,
en el amor entre los padres, desde el siglo xv hasta el xvii. Y, sin em- de hecho, excluye a la pareja conyugal (tanto a María y José como a
bargo, conseguir pensar en la pareja de los padres y su unión es impor- Ana y Joaquín); el origen del ser está en la madre sola y en la condición
tante para lograr constmir otra posible pareja, una pareja nuestra dife- de dependencia absoluta del hijo. La gravidez es obra de Dios y la ma-
rente y semejante a la de los padres: se trata del cambio de generación. dre es un contenedor sin mancha, sin responsabilidad en la genera-
Los pintores, en el arte sacro, nos representan esta dificultad tal como ción del hijo. Así, desde el siglo x v i i en adelante, en las Concepcio-
la viven los hombres; se trata de aceptar que la madre no es toda para nes se verá a una jovencita, grávida en la mente de Dios pero sin nin-
sí misma, sino también la esposa del padre. La imagen del Desposorio gún signo realista de la concepción: madre e hijo son indistinguibles.
de María yjosé la encontramos frecuentemente desde el siglo xiv al xvi

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£n el siglo XVII católico, las imágenes sagradas nos hacen ver en qué
niedida parecía más difícil que antes pensar en la concepción como
una acción de la pareja de padres. Ni siquiera se logra pensar en la gra-
videz como una pareja madre-hijo; la desaparición del vientre turgen-
te de la Virgen, la desaparición del contenido de su vientre, hace de la
madre un envoltorio, una cascara que condene al hijo; no es ya una
persona autónoma, sino la contenedora del hijo.
¿Qué es lo que provoca este cambio de las imágenes entre el siglo xv
y el XVII? En 1563, cuando concluye el Concilio de Trento, en los paí-
ses católicos el matrimonio pasa a ser materia exclusiva de la autoridad
eclesiástica. Efectivamente, el Concilio de Trento transfiere las normas
del matrimonio legírimo, desde la autoridad de los padres y los nota-
rios, a la autoridad exclusiva del Papa y los obispos. Y este nuevo y ab-
.joluto predominio de la Iglesia en materia de matnmonio es el que lleva-
á al predominio de la imagen eclesiástica (Friburgi Brisgoviae, 1923). Así,
na madre indisolublemente vinculada al hijo en el matrimonio mísd-
, en una unión semejante a la madre-Iglesia y el hijo-cura-célibe, se
invierte en el icono del matrimonio, ocupando el lugar de la pareja
e los padres. E l debilitamiento de la pareja conyugal, ya implícito en
carácter de superioridad reconocida al celibato con ocasión de la re-
rma gregoriana, se acentúa mucho más ahora. Cuando las normas
el matrimonio pasan a ser materia exclusiva de la autoridad eclesiásti-
la imagen monástica de los hijos célibes se convierte paradójica-
ente en el símbolo del matrimonio entre madre y padre,
A partir de 1563 y hasta 1854 (año de proclamación del dogma de
Inmaculada Concepción), la capacidad de cada hombre para poder
pensar en la pareja de los hombres y en la concepción de sí mismo se
pone a pmeba duramente y esta dificultad se perpetúa todavía hoy. De
hecho, el desplazamiento de la madre a otra mujer se hace casi impo-
sible desde el momento que la educación, de manera más resuelta que
nunca, produce la negación del padre y representa a la madre, no
como una persona, sino como una especie de cascarón que envuelve
al hijo, desde la etemidad y para la etemidad.
La Inmaculada Concepción es la Virgen de los jesuítas, y por tan-
ha tenido un peso enorme en la educación de los españoles, pero
bien de los franceses, los italianos y los austríacos, y, en estos paí-
s, ha hecho de lo matemo, representado como bien exclusivo y dis-
ponible de los hijos, una presencia cultural imperiosa y obsesiva. Es
inútil señalar cuánto compromete semejante imaginario religioso las
relaciones de pareja. Esta es una diversidad intema de las relaciones so-
iales dentro de Europa, donde conviven dos orientaciones: por una

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parte, la del norte, donde la relación guía es la matrimonial, y, por sobrenatural. La ley del soberano no se confronta con la ley de Dios,
otra, la del área donde la relación guía es la relación madre-hijo; y de sino que es sólo el ñuto de la voluntad del rey. La razón es un instm-
aquí surgen no pocas dificultades políticas, puesto que a estas dos re- mento útil para la comprensión, pero no es determinante para la vo-
laciones les corresponde un modo diferente de entender las relaciones luntad; la ley es esencialmente un mando que ejerce la autoridad para
de poder. hacer que la obedezcan, se puede hablar propiamente de ley cuando
hay una decisión imperativa de la voluntad: «no existe sin la voluntad
' • ¡i de alguien que mande» (Suárez, 1967,1, 1, 2; I I , 2, 13).
Los JESUITAS, L A M A D R E Y L A N A T U R A L E Z A " - Francisco Suárez, además de autor de textos políticos, lo es tam-
C O M O MECANISMO DIVINO ' ' bién de una teología mariana y, como todos los jesuítas y todos los so-
beranos españoles de la Contrarreforma, es defensor del dogma de la
Cuando una parte de la cristiandad deja de reconocer la autoridad Inmaculada Concepción y firme partidario de su proclamación (Suá-
de la Iglesia de Roma y los soberanos protestantes se niegan a someter- rez, ed. Bourassé, 1862, 458-482; Dessi, 1991, 265-293). ¿Cuál sería el
se a las órdenes del Papa, en particular en materia de matnmonios, la motivo?
supremacía del poder espiritual del Papa se acaba. Como consecuencia La Virgen, como todo símbolo dominante, condensa muchos sig-
de ello, el poder temporal del emperador del sacro romano imperio nificados, representa de hecho a la madre natural y lo materno, a la
pierde su índole sagrada absoluta. E l equilibrio entre autoridad y po- Iglesia, la carne y el cuerpo del hijo en cuanto ser humano, a la esposa
der, entre poder espiritual y poder temporal se pone en entredicho. La de Dios y la fertilidad contenida por el útero, el repetirse de la fertili-
abdicación de Carlos V en 1556 es un acontecimiento cmcial; de he- dad y, por lo tanto, a las comunidades como sujeto colectivo que si-
cho, a partir de este momento se les plantea a los soberanos el proble- guen reproduciéndose a lo largo del tiempo (de aquí la capacidad de
ma de tener una autoridad temporal capaz de legirimar el poder del so- proteger reinos, ciudades y comunidades). El pueblo que deposita su
berano. El Estado laico modemo, en sus orígenes, tuvo necesidad de poder en las manos del soberano es contenido y condicionado por la
sacralizar la política para conferirse autoridad y de que el derecho del Iglesia ante saecula, es decir, antes del tiempo histórico, antes del naci-
soberano a gobernar descendiese directamente de Dios, sin pasar a tra- miento, en la mente de Dios. E l condicionamiento del Papa, pues, pre-
vés de la investidura papal. En la parte protestante asistimos a una di- cede a cualquier ley humana y, por tanto, el Papatienefacultad de vincu-
recta sacralización del soberano, y, en la parte católica, a un nuevo y lar a la ley o de dispensar del vínculo de cualquier ley. Dicho de otra
más estrecho vínculo entre la Corona y el pontificado: los reyes de Es- forma, Suárez piensa que el pueblo depende del Papa más allá y por
paña son, y más que nunca, católicos. encima de la dependencia del rey.
Los teólogos jesuítas teorizan la importancia de la mediación papal La Inmaculada es una esposa, ya antes del matrimonio, y está grá-
entre la voluntad divina y la autoridad polírica. Todos los poderes vie- vida en la mente de Dios; sus hijos, el pueblo, le son confiados en pri-
nen de Dios, pero no le son conferidos de manera directa al soberano mera instancia a ella, y por consiguiente es ella la primera responsable:
—dice Suárez. Por derecho de naturaleza el poder político le pertene- aunque sigue siendo una responsable extema porque no llega a ser
ce al pueblo, el poder es cedido por el pueblo como comunidad, «por nunca esposa de ningún hombre, mientras es madre real de todos los
todo el pueblo entero o por el cuerpo de la comunidad» al soberano hombres, al margen de las leyes. La insistencia de la Corona de Espa-
que lo ejerce (Suárez [1613] 1970, I I I , II, 5). ña para obtener del Papa la proclamación del dogma debe enlazarse
En la Edad Media, el pensamiento dominante era el de Santo To- con el deseo de que la Iglesia asuma esta tarea de esposa inocente al
más, según el cual la ley promulgada por los soberanos debía reflejar la lado de la Corona. Si por una parte —como Suárez piensa— las leyes
ley impresa por Dios en la naturaleza y la razón debía iluminar al so- hechas por los reyes y los gobernantes no están ligadas con las leyes de
berano en este esftierzo por imitar a Dios, a la racionalidad divina. Para Dios porque sólo dependen de la voluntad del soberano, por otra con-
Suárez, en cambio, las leyes promulgadas por los soberanos son actos cebir y nacer continúan siendo firmemente leyes divinas introducidas
de voluntad del soberano que recibe el poder del pueblo y obra para en la naturaleza, y estas leyes no pueden ser cambiadas por ningún go-
alcanzar sólo el bien común terrenal, separado e independiente del fin bernante, ni del Viejo ni del Nuevo Mundo. A propósito de esto, Suá-

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como depositaría universal de esta voluntad, que está antes de las leyes
rez llega hasta a criticar a Santo Tomás; dice que, en verdad, no tiene formuladas por los reyes, como depositaría de los pueblos, antes de
senrido hablar de «leyes» cuando nos referimos a la naturaleza, puesto que sean definidos por las leyes humanas.
que en la naturaleza no hay quien manda y quien obedece, sino que En el caso de la Inmaculada Concepción, la hipótesis de que Ma-
todo se desarrolla necesariamente: las leyes no son leyes, sino procesos ría haya nacido sin contraer el pecado original perfecciona la absoluta
necesarios. dependencia respecto a Dios, el hecho de que sea pura esclava del Se-
Suárez dice que la ley requiere la capacidad de obedecer, «las cosas ñor (aticilla Domini); la exención del pecado original, en efecto, impli-
que carecen de la razón no son propiamente capaces de ley, así como ca que, además de no haber tenido ningún contacto determinante con
no son capaces de obediencia. Por consiguiente, la potencia de la capa- José, ni siquiera haya heredado ninguna determinación de su padre, Joa-
cidad divina y la necesidad natural que encontramos en estas cosas re- quín. El hijo procede directamente de Dios sin que su madre lleve consi-
sulta ser llamada ley [por Santo Tomás] por metáfora» (Accati, 1998). go huella alguna ni de su marido (José) ni de su padre (Joaquín); esta
Bajo esta perspectiva, la madre Iglesia (esto es, los hijos célibes y sin ausencia absoluta de ligámenes masculinos la desvincula de toda respon-
descendencia), al igual que la madre natural (esto es, la mujer en la sabilidad respecto a las leyes humanas. Si el marido de la madre o el pa-
pura condición natural sin marido y sin padre), está grávida en la men- dre de la madre han promulgado leyes, la madre no es, en cuanto madre,
te de Dios desde la etemidad, es decir, pertenece, no a las leyes emana- responsable de estas leyes, sino que responde sólo a Dios y de manera ne-
das por los gobernantes, sino a las leyes naturales, o sea, a las que, se- cesaria. Tanto José como Joaquín eran judíos y María en la hipótesis de la
gún Suárez, no son propiamente leyes porque no es posible obedecerías Concepción Inmaculada ya no tiene ningún tipo de vínculo con ellos,
voluntariamente. Dicho de otra forma, los hijos nacen de las madres por de manera que el hijo que nacerá de ella ya no tendrá orígenes judíos,
voluntad de Dios y de sus leyes. En la realidad se enfrentan dos volun- sino que pertenecerá a la nueva religión, al crísdanismo.
tades: por un lado, la razón de los soberanos y de sus subditos, y éste La doctrina de la Inmaculada Concepción responde a un proble-
es el ámbito de las leyes humanas emanadas de los gobemantes que ma preciso de los reyes españoles del siglo xvii. La principal preocupa-
pueden ser contradichas; por otro, la voluntad de Dios que organiza la ción de los reyes de España es la asimilación del Nuevo Mundo, y ésta
realidad, pero en sus leyes, mando y obediencia coinciden, y a ella obe- era una de las preocupaciones tanto de Suárez como de todos los que
decen el Papa, los sacerdotes y las madres. El punto cmcial es que ei sosüenen el dogma de la Inmaculada Concepción.
Papa y los sacerdotes obedecen voluntariamente, mientras las madres Efectivamente, si María hubiera sido santificada en el útero, como
obedecen involuntariamente, ejecutan el proceso biológico preordena- querrían Santo Tomás y los dominicos, llevaría la huella del pecado
do por Dios. onginal, esto es, estaría determinada por su padre Joaquín y, a través de
Suárez pone en valor la función de mediación del Papa; el punto él, por la tradición judía del Viejo Testamento. La concepción inmacu-
de apoyo real de la simbología mariana es la madre real, y esto consti- lada, en cambio, separa al hijo de la cultura de sus padres y lo introdu-
tuye un momento esencial del poder del Papa respecto al poder del ce en la nueva tradición crístiana. La Inmaculada Concepción, con su
rey. Efectivamente, tanto la esposa (del rey) como la madre (del Papa) concepto mecanicista de la maternidad, era una devoción útil para asi-
ponen en relación, respectivamente, al marido y el hijo con el univer- milar a los numerosos pueblos no cristianos descubiertos en el Nuevo
so necesario de la naturaleza, regulado por la voluntad absoluta de Mundo. Losfi-anciscanos,al igual que los jesuítas, se implicarían en la
Dios. La mujer empero está en una relación aleatoria con el marido evangelización del Nuevo Mundo; así, por ejemplo, el franciscano Pe-
(puede escapar a la voluntad de determinaría del mismo, tanto por dro de Alva y Astorga, autor de las síntesis maríológicas que encontra-
elección como por violencia); en cambio, la madre está en una rela- mos en los debates y de muchos de los textos relativos a la Concep-
ción de necesidad con el hijo. No hay duda de que tanto la concepción ción, había pasado una larga parte de su vida en Lima.
como la gravidez y el parto pertenecen a las necesidades de las leyes or- El pacto bíblico ha sido estipulado por un Dios de los judíos (que
denadas por Dios. Así pues, el Papa es identificado con el carácter ab- significa norma abstracta, justicia original) y dos seres humanos, Adán
soluto del poder matemo, un poder ilimitado y universal. En la inter- y Eva. Eva es la que rompe la armonía con Dios. Pero la Eva bíblica,
pretación de los jesuítas y de Suárez, la Iglesia, como las madres, reci- en la ley de sus padres, puede contribuir a recomponer el pacto origi-
be las órdenes de la Voluntad divina y se sitúa, en absoluta pasividad,
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nal, enmendando su error a través de la obediencia a Adán, el dolor del La unión conyugal y el uso de la fecundidad de Eva por parte de
parto y la observancia de las normas relativas a la sangre, contenidas en Adán implicaba concupiscencia, mientras que el uso de la fecundidad
el Levídcoy el Deuteronomio (Bakarai, 1991; Destro. 1994). En el pac- de María, por parte de Cristo, en la gravidez, no comporta concupis-
to del Nuevo Testamento, Eva ya no puede participar en la recomposi- cencia. Por lo cual la condena del placer sexual permanece, no existe
ción de la justicia, la nueva Eva, María, no tiene ninguna responsabili- ninguna norma que haga de la sexualidad una cosa buena y respetable,
dad subjetiva, su redención depende del hijo, de los méritos del hijo. la unión conyugal era y seguirá siendo impura, mientras que la repro-
La figura de la mujer se reduce así a la figura de la madre y ya no se ducción era y sigue siendo obra de Dios. De esta manera, el matrimo-
toma en consideración el papel de la mujer como esposa, como ocu- nio católico tridentino se presentará no tanto como una celebración de
rre en el caso de la primera Eva. La cualidad que distingue a María res- la unión de los padres, sino como celebración de la matemidad y de la
pecto a Eva es la obediencia sin límites a Dios. La responsabilidad de unión madre-hijo; de hecho, la reproducción es considerada la única
las mujeres es enajenada a sus hijos, de manera que la recuperación justificación del matrimonio, que se considera una unión sucia y mo-
de la justicia original se hace imposible para ellas. De hecho, son los ralmente sospechosa. Ahora, más que nunca, los hijos serán el objeti-
méritos del hijo los que hacen de María una nueva Eva redimida. vo único de la unión conyugal, y será a un gmpo de hijos —de verda-
Dado que —según Suárez— no existe ley sin la voluntad de man- deros hijos— a los que se les encomendará el control del matrimonio.
do, no existe ley sin alguien que la obedezca voluntariamente y no por El punto de referencia doctrinal de este matrimonio tridentino será la
necesidad. Así escribe que: «La subordinación y la sujeción de las co- cita de San Pablo, donde se dice que «el mando ame a su esposa como
sas irracionales a Dios es llamada obediencia en sentido lato y metafií)- Cristo ha amado a la Iglesia»; fijera de la metáfora debemos entender
rico, ya que más bien se trata de cierta forma de necesidad natural» que Cristo es el hijo y la Iglesia es la Madre y que el amor del hijo por
{Suárez, 1967, I I , 1, 13). Por ello, pues, la madre, y también la Virgen, la madre se convierte en modelo del amor entre hombre y mujer, en el
no tiene mérito propio y no obedece sino como los seres animales o matrimonio. Lo cual, por un lado, nos conduce al escenario de la rela-
las cosas, sin responsabilidad. Dios, sin embargo, no puede dejar de te- ción —madre-hijo— en el área mediterránea, y, por otro, nos lleva a
ner una voluntad libre, hay mandatos de Dios que no implican la ne- considerar las especificidades de los países católicos —su carácter ma-
cesidad a los que debe corresponder una manera de obedecerie por tricéntrico— respecto a los protestantes.
elección y no por necesidad. Los hombres que optan por el celibato, En efecto, en el cristianismo medieval, como en el de la primera
los eclesiásticos, eligen voluntariamente la condición de hijos. Para sos- modernidad, los hombres {personas de sexo masculino) estaban dividi-
layar una dificultad de las madres, se hacen instrumentos conscientes dos en eclesiásticos célibes, identificados con la unión originaria con la
de los designios divinos y hacen que sean operativos. rnadre, y laicos identificados con el padre e implicados en la vida fami-
Así pues, la última palabra le corresponde no a quien manda sino liar. Esta distinción, a la que ya hemos aludido, concierne a toda la
a quien obedece a la voluntad másfiaerte,y la de Dios es más fijerte Europa cristiana por lo que se refiere a la Edad Medieval y a la prime-
que la del soberano. Por ello, el rey tiene todo el poder que logra im- ra Edad Moderna. Al final del siglo x v i , con el Concilio de Trento, esta
poner, pero la autoridad le es conferida por el Papa. división entre célibes y eclesiásticos subsiste para los católicos y deja de
existir para los protestantes. Se crea una gran diferencia cultural entre
contextos católicos y protestantes precisamente en lo concemiente al
L A M A D R E A N U L A D A P O R E L H I J O , LA ESPOSA A N U L A D A
tnatrimonio y al papel de la madre, una diferencia que continúa exis-
tiendo todavía hoy. Es más, en el siglo xvi, la diversidad, en cierto sen-
POR E L MARIDO •'
tido, era menor de lo que lo es hoy y su subsistencia consolida a lo lar-
go del tiempo maneras diferentes de interpretar las relaciones elemen-
El celibato, reafirmado en el Concilio de Trento, seguirá siendo
tales de la parentela. Esta diversidad es subestimada cuando hablamos
una condición de superioridad moral respecto a la condición de hom-
de Europa y de cultura occidental como si se tratase de una realidad
bre casado; pero los eclesiásticos, privados para siempre de la patemi-
H o m o g é n e a . Como observábamos antes, afinalesdel siglo x v i , en los
dad natural, adquieren, en cambio, el control absoluto del matrimonio
contextos católicos, la Contrarreforma reafirma que el celibato es con-
y de lo referente a la vida matrimonial.

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dición de valor moral superior a la de un hombre casado, mientras que
en los contextos protestantes es abolido el celibato eclesiástico y cesa
la dependencia respecto a la Iglesia romana. La abolición del culto ma-
riano corresponde a la abolición de la supremacía de la institución ro-
mana de la que María era símbolo.
En el ámbito de las relaciones humanas reales, para los hombres ca-
tólicos, la relación con las mujeres, necesaria para la paternidad, signi-
fica una pérdida de autoridad y de poder, puesto que la condición de
hijo célibe se considera moralmente superior a la condición de padre
casado: sólo los célibes tienen acceso al pontificado, cargo público que
goza de la mayor autoridad. Mientras que en el ámbito protestante el
matrimonio se convierte en un deber social y civil extendido a todos
los hombres, lo cual debía condicionar positivamente la autoridad y el
poder social de los hombres, haciendo del padre una figura con mayor
valor que la del hijo célibe. En algunas carreras, como las militares y las
públicas, no estar casados constituía un grave perjuicio, que podía ac-
tuar negativamente para el buen desarrollo de la carrera. E l triángulo
elemental del parentesco, constituido por padre-madre e hijo/a se sub-
divide según uno u otro contexto; en el católico la figura dominante
será la madre y en el protestante el padre, como vemos ocurre en la re-
presentación. En los contextos católicos, contrariamente a una opi-
nión extendida, no es la familia el modelo de vida que se considera su-
perior, sino el celibato casto del Papa, hombre ligado, en la realidad,
no a la esposa sino sólo a la madre.
Esto nos lleva de nuevo a las imágenes y las representaciones pic-
tóricas de la Concepción anteriores a la gran fractura entre católicos
y protestantes. Poco antes de la crisis, entre finales del siglo xv y co-
mienzos del XVI, como veíamos antes, había dos representaciones de
la concepción, de la Concepción Inmaculada: María (madre por ex-
celencia) grávida y la pareja formada por los padres de María, los
abuelos de Cristo, Ana y Joaquín, que se encuentran y se besan bajo
la puerta de oro dejerusalén (figura 3); en estas imágenes se represen-
ta la concepción pasiva de la hija y la concepción activa de los pa-
dres. La imagen de una unión positiva y sagrada, como se significa
también en los Desposorios de la Virgen, es el signo de lo mucho que el
universo paterno del matrimonio y de la fertilidad humana se había
acercado al valor reconocido a la vida monástica y célibe, y, a la vez,
de cómo aspiraba a situar en el mismo plano las dos elecciones de
tipo de vida: el celibato y la unión conyugal. Cuando, tras las guerras
de religión, el Concilio de Trento sanciona la división entre católicos
y protestantes, las dos confesiones religiosas se identificarán de ma-
[ra 3. Eugenio Cajés, Abrazo vn la Puerta Dorada, siglo xvi, Madrid, Real Academia
de Bellas Artes de San Femando.

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ñera distinta: una, con la representación de la Concepción, como fii- papa el papel de representante de Cristo, mientras que los protestantes
sión de madre e hijo; la otra, con la representación de la Concep- (de diferentes maneras según las orientaciones) reconocen a los gober-
ción, como unión de Ana y Joaquín. Los protestantes elevan el ma- nantes cristianos esta herencia sin necesidad de la mediación papal. Po-
trimonio y a la pareja paterna a modelo de unión para todos, pero al demos observar que los Estados modemos, en el siglo xvii y hasta lle-
sacar el matrimonio de la esfera de lo sagrado lo inscriben en el ám- gar a la laicidad del Estado, han usado la fijerza carismática que les pro-
bito del poder civil y político patrilineal, anulando así la subjetividad porcionaba el imaginario religioso, no poca de la autondad moral de
femenina matema a favor del poder masculino paterno. Es importan- los reyes procede del imaginario papal. En el imaginario religioso cris-
te notar que tanto Ana como Joaquín, padres de María, como María tiano, tanto católico como protestante, lo divino se encama en Cristo,
yJosé son parejas de judíos, y el matrimonio para la religión y la cul- esto es, en un hombre, lo cual excluye a las mujeres de cualquier for-
nia de mediación activa y subjetiva. De modo que, en la pareja conyu-
tura judías es un deber sagrado, la concupiscencia y el placer de la
gal de los padres judíos, Ana yjoaquín son los intérpretes, ante los hi-
unión son signos positivos de la coherencia con el orden divino del
jos, de las leyes divinas, es decir, de las normas abstractas de un Dios
mundo. Estas dos parejas desaparecen del universo figurativo de las
separado del mundo: Joaquín interpreta las leyes escritas de la Biblia y
religiones; para los protestantes desaparecen junto a todas las imáge- Ana interpreta las leyes naturales de la sangre y el cuerpo. Mientras, en
nes sagradas, mientras que para los católicos son suplantadas por la la pareja conyugal protestante, el marido, en vez de limitarse a interpre-
imagen de la Inmaculada Concepción idealizada de la Contrarrefor- tar la ley abstracta, se sabe perteneciente al sexo que la encama, así su
ma. La encarnación de lo divino en lo humano, diversidad fiinda- autoridad «natural» le permitirá anular toda específica mediación feme-
mental inconciliable entre judaismo y cristianismo, perdura en los nina: el carácter contractual implícito en la pareja conyugal será com-
contextos católico y protestante: en el católico permanece centrada promerido si no anulado por la «divinidad» atribuida al marido y al pa-
en el hijo célibe; en el protestante, en cambio, todos los hijos han de dre de losfiaturoshijos. No cabe duda de que el protestantismo en sus
convertirse en padres, es decir, ya no están excluidos de la patemidad orígenes dio importancia a las mujeres y quiso valorizar la pareja con-
y, por lo tanto, la encarnación de lo divino se desplaza pasando de la yugal y el matrimonio respecto a la vida monástica, pero la idea de que
procreación a la patemidad. E n el contexto católico, la unión carnal lo divino se encama en lo humano y de que este humano es masculi-
seguirá siendo una unión impura y lo bendecido en el sacramento no e inmortal ha mostrado bien pronto sus rasgos autoritarios y las pe-
del matrimonio es elfiaturode la unión camal, o sea, la procreación; ligrosas derivas políticas que podían darse a raíz de ello. A la pregunta
la concupiscencia sigue siendo un mal tolerado con vistas a los hijos, que algunas histonadoras se han hecho sobre si es más difícil la situa-
evitable sólo con la castidad. E n el contexto protestante, el matrimo- ción de las mujeres católicas o la de las protestantes, se puede contes-
nio es un deber que ya no es sagrado sino un deber civil. Dicho de tar diciendo que no se trata de un problema cuantitativo, sino cuali-
otro modo, la unión conyugal pierde, respecto al matrimonio judío tativo. En ambos casos, efectivamente, se lleva a cabo la anulación
de Ana yjoaquín, la luminosidad carismática y el carácter de relación de lo femenino en lo masculino, implícito en la noción misma de en-
humana en relación directa con Dios: relación de mediación e inter- camación de lo divino en el hombre. Para los católicos la mujer se
pretación de la ley divina en la que desempeñan un papel de intér- enajena en el hijo, y para los protestantes la esposa se enajena en el
pretes de la ley tanto el hombre como la mujer, tanto el padre como marido-padre.
la madre.
El crisüanismo era una nueva interpretación del Viejo Testamento,
pero judíos y crisdanos nunca han estado de acuerdo sobre un punto EL
C O N O C I M I E N T O EXPERIMENTAL
decisivo. Para los judíos, la esfera de lo divino y la esfera de lo huma-
no están netamente separadas; ningún ser humano puede tener prerro-
gativas divinas, y por tanto ni siquiera Cristo, el Hijo por definición, De la profiinda crisis del cristianismo que tiene lugar en la segun-
puede ser Dios. En cambio, para los crisdanos. Dios se encama en 3 mitad del siglo xvi y que produce dos diferentes desarrollos teoló-
Cristo y el Papa y los eclesiásticos son los herederos y administradores f^o-políticos, nace también el pensamiento cienrífico que se afirmará
de esta autoridad divina encamada. Los católicos reconocen sólo al ^ o pensamiento de la modernidad y el progreso en el xviii. Este

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pensamiento —que es nuestro pensamiento contemporáneo— se fun-
da, desde sus primeros inicios, en la experiencia sensible, en los experi-
C R I S I S D E LAS C E R T I D U M B R E S Y M I E D O D E L O S LÍMITES
mentos, en la observación de la realidad y, por lo tanto, entra en con-
tradicción con la idea teológico-cnstiana que pretende que las normas
Si entre los diferentes significados del culto mariano tomamos
son reveladas por Dios en la Biblia y que los intérpretes de la Biblia, los
como punto de referencia el papel matemo, que es la base real del sím-
eclesiásticos, son los depositarios de la verdad. bolo, encontramos una imagen que ilustra con extraordinaria capacidad
La «naturaleza» ya no es el lugar donde Dios inscribe leyes ines- de síntesis el sentido profiando de la incipiente impropiedad del símbo-
crutables y mecánicas a las que obedecer, como pensaba Suárez, smo lo mariano. Se trata de La muerte de la Virgen de Caravaggio (figura 4),
que se convierte poco a poco en el objeto conocible de la investiga- que se conserva en el Museo del Louvre, en París. Este pintor ejerció
ción de los científicos. Las leyes de la naturaleza, lejos de ser inaltera- un gran influjo en toda la pintura de su tiempo, incluida la española,
bles, pueden cambiar segiin nuestra capacidad de avanzar en la inves- sin embargo, esto fue así en lo referente a la técnica y el tipo de luz,
tigación y nuevos descubrimientos pueden contradecir convicciones más que en lo relativo a la interpretación de los temas sagrados; en este
arraigadas; por lo demás, la experimentación puede hacer de noso- terreno, Michelangelo Merisi, // Caravag^o, fue siempre sumamente
tros interiocutores de la naturaleza, podemos afi-ontar enfermedades particular y su libertad de expresión, a menudo, le costó desagradables
e intervenir en los procesos biológicos entrando en relación con las rechazos por parte de algunos eclesiásticos.
leyes naturales. La vida y lo materno pasan a ser objeto de estudio, la En 1582, el cardenal Paleottí publicó un Tratado de arte donde se
descripción de sí mismas de las mujeres, ya se trate de señalar sínto hace un análisis, puntual, sobre lo que había establecido el Concilio de
mas o de narrar su propia historia, se convierte en un elemento mdis- Trento en lo referente a las imágenes sagradas; en él se pregunta, y es-
pensable para el conocimiento como no lo había habido nunca an tablece, las normas a las que deben atenerse los artistas al pintar los temas
tes. El pensamiento ciemífico, con no pocas vacilaciones, no pocos sagrados (Paleotti, 1528, ed. Barocchi, 1962). En primer lugar, se dice
errores y tantas involuciones, restituye, de manera progresiva, el va- que deben respetar la tradición figurativa, es decir, evitar las noveda-
lor abstracto a la norma, que puede ser utilizable por todos, sin que des, las formas que puedan sorprender y confundir a los fieles, y, en se-
nadie pueda encarnarla de manera absoluta. La ley, como norma úni- gundo lugar, se dice que todos los personajes representados han de te-
ca y universal del pensamiento científico, tiene muchas analogías ner un aspecto digno y adecuado a lo que representan.
con el Dios-Ley abstracto del monoteísmo judío y, ciertamente, el re- Se piensa que Caravaggio conoció el Tratado de arte de Paleotti, pero
greso al Antiguo Testamento, que recorre los fermentos innovadores surge la duda de que el pintor no siguiese los consejos de éste, llevándo-
antes de la Reforma y de la Contrarreforma, tuvo una influencia con le la contraria, como sugiere Ferdinando Bologna, en un texto significa-
sistente. tivamente titulado: LincreduUtá di Caravag^o (Bollad Boringhieri, 1992).
Sin Hombre-Dios encamado (que comprende también a las muje Especialmente en lo referente a las imágenes sagradas hace cosas que
res), sm eclesiásticos (personas de sexo masculino) que saben lo que es eran muy nuevas, representa a la Virgen y los santos de manera poco
verdadero y lo que es falso, resulta evidente que las experiencias sensi- habitual y clásica, pero, sobre todo, de manera no apropiada a la dig-
bles son dos, porque dos son los sexos que constituyen la humanidad, nidad de los personajes. La tarea del pintor es reproducir la realidad y
los hombres y las mujeres. La experiencia sensible de ser padre es irre- naturaleza —afirma Caravaggio. Pero, precisamente, a raíz de las
ducible con el sujeto femenino y la experiencia sensible de ser madiv 'oisiones culturales y políticas suscitadas por el concepto de naturale-
es irreducible con el sujeto masculino, así como la experiencia sensibU —a las cuales aludíamos antes—, el «naturahsmo» del pintor tiene
de ser hijo o de ser hija. Aun así, cuando en el siglo xvii el pensamie" que, aunque fuera inconscientemente en él, era significativo de un
to cienrifico modemo empieza a abrirse camino, inevitablemente, se ***ntexto cultural, cargado de grandes cambios y fuertes tensiones.
produce una profunda tirantez, los puntos de referencia son sometidoí . La historiografía que se ocupa del tema, sin embargo, defíende una
a discusión, el poder de la Iglesia, su capacidad de garantizar el más all-^ |**ca mecánica de la relación entre hechos artísticos y hechos cultura-
y la centralidad protectora de lo matemo pierden sentido, y esto se'-^ si los años en que Caravaggio pintaba fueron los años de la Con-
causa de desaliento.

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tfaireforrna, entonces la cultura de Caravaggio no pudo ser sino la de
la Contrarreforma y, principalmente, porque el artista trataría materias
jgjjgiosas y su religiosidad debía de ser respetuosa con el ideario religio-
so. De aquí la idea de que Caravaggio fiie un seguidor de Ignacio de
Loyola, Felipe Neri o Carlos Borromeo. Sin embargo, debe ser tenida
en cuenta la posibilidad de que «en el contexto sociocultural en el que
vivía, su intervención representara un momento dialéctico y no fuese
sólo un simple reflejo de la tendencia dominante» (Bollati Boringhie-
d, 1992, 11-16). No tenemos información directa sobre las conviccio-
nes ideológico-religiosas de Caravaggio, y hemos de conformamos con
obtener las noticias sobre él indirectamente, a través de quienes esta-
ban a su alrededor. No obstante, una cosa es cierta, los cuadros que le
dieron problemas al pintor son aquellos de tema sagrado y siempre por
ei mismo motivo: el pintor era fiel en primer lugar a la realidad, aun-
que esto comportase prestar poca atención a la tradiciónfigurativare-
comendada por Paleotd. Entre 1605 y 1607, Caravaggio vio cómo eran
rechazadas algunas de sus obras. La muerte de la Virgen sería descolgada
del lugar en el que se encontraba, en la iglesia carmelitana de Santa
María della Scala en Roma, a causa de la «cortesana» que le había ser-
vido de modelo para «la persona de la Virgen»; los padres carmelitanos
la juzgaron inaceptable y Caravaggio se crearía fama de pintor «escm-
puloso», es decir, de «pintor que no tiene escrúpulos para suscitarlos en
¡os otros». En lugar del cuadro de Caravaggio es expuesto uno de Car-
io Saraceni que también representa La muerte de la Virgen, pero cuyo as-
pecto es muy otro: «una Virgen radiante, sentada en una especie de si-
lla gestatoria y no tumbada en el lecho de muerte, reza con las manos
unidas sus últimas plegarias, elevada sobre los apóstoles que lloran dis-
puestos en círculo y con los ángeles que la esperan en la gloria del cie-
lo que penetra en la estancia». De manera muy disdnta la había inter-
pretado Michelangelo Merisi: «La muerte de la Virgen era para Caravag-
gio la reunión dolorosa de un gmpo de gente cualquiera, alrededor
del cadáver de una mujer cualquiera, tendido en una mesa.» E l con-
trato le pedía al pintor que representara el «misterium», o sea, el mila-
gro de una muerte; sin cormpción del cuerpo, la Virgen se transforma
en el tránsito directo al Paraíso en cuerpo y alma. Pero «Caravaggio cre-
yó oportuno restringir aquel sagrado "misteri", reduciéndolo a la do-
liente humanidad de una muerte común» y, así, el «tránsito de la Vir-
gen se convierte en la muerte de una mujer» (Bollad Boringhieri, 1992,
62-72, 112 y 43). Podemos decir que el tránsito de la Madre por exce-
lencia se convierte en la muerte común de una madre común, la muer-
Figura 4. Michelangelo Merisi da Caravaggio, La muerte de la Virgen, 1605-1606. te de la carne misma, y i . - . ! • • ; . • ,•
París, Museo del Louvre.

89
duración está marcada en el tiempo. Análogamente, el vientre hincha-
Examinemos el cuadro en sus detalles, a la luz de las consideracio-
do por el agua toma el lugar del vientre de la gravidez, un vientre hin-
nes histórico-polídcas a propósito del concepto de naturaleza de Suá
chado de muerte en lugar de un vientre hinchado de vida. La muerte de
rez y los jesuítas.
]a Madre por excelencia ya no es percibida como momento de tránsito
En lugar de las severas y alegóricas escenas fúnebres donde los prc
hacia U vida eterna, en una condnuidad, reconfortante, entre vida mun-
sentes rezan y los ángeles se disponen a llevar al cielo a una María com-
dana y vida del más allá. La intensidad emotiva de este cuadro radica en
puesta y/o durmiente, Caravaggio propone la brutalidad de un hecho
una nueva y diferente percepción de la muerte, la verdadera muerte de
de crónica de sucesos, donde la muerte aparece como umbral realista de
la Madre por excelencia se convierte en metáfora de una muerte sin más
la degradación física. Como modelo para la Virgen tomará el cadáver
allá, definiriva, sin inmortalidad. La muerte de la Virgen de Caravaggio
de una prostituta, recién encontrada ahogada en el río. E l cuerpo, que
expresa el final de una época, es la muerte de una ilusión, la ilusión de
está boca arriba, expuesto a las miradas en medio de la calle, el vientre
la inmortalidad. J?:
hinchado por el agua y rodeado por una mulritud, casual, representa la
imagen de referencia del cuadro. En la pintura, en lugar de la multitud Caravaggio, con la sensibilidad adivinatoria del artista, advierte
están los apóstoles, representados, sin embargo, de una forma intencio- toda la gravedad del conflicto con los protestantes, entre Sarpi y Bellar-
nadamente imprecisa que hace de ellos personajes anónimos; un cielo mino, entre jesuítas y dominicos, entre neoescolásüca y ciencia galilea-
raso de madera, una almohada, una silla y una jofaina de cobre mar- na, en torno a la naturaleza-madre, y nos muestra la otra cara de la mo-
can cual contraseñas domésricas un espacio indefinido: ni el fondo ni neda, la otra cara de la devoción y la idealización de la Madre. Los ex-
la parte anterior proporcionan paredes a la escena, que queda así al aire cesos del culto católico mariano son una de las principales causas del
libre, expuesta al público sin discreción. E l cuerpo desmadejado de la conflicto religioso, contienen la incapacidad de aceptar los límites hu-
Virgen muerta es el centro expresivo de la imagen: un vesrido rojo de- manos que la madre, con el nacimiento, nos entrega. E l hijo que ha
sordenado, una manta marrón echada por encima con descuido, las habitado y comido el cuerpo de la madre, no sin rencor, sigue preten-
piernas y los pies desnudos, suspendidos en el aire, un brazo abierto y diendo de adulto arrancade la vida para hacerse inmortal y, así, la usa
abandonado sobre la almohada, el rostro terroso reclinado hacia un y la desgarra, sin respeto, hasta destmída. La presencia, en una posi-
lado, el cadáver que yace sobre una mesa —y acaso sea éste el detalle c i ó n de mayor relieve, respecto a los apóstoles, de la Magdalena, acu-
más angustioso del cuadro— parece un cadáver recogido del suelo y rrucada al lado de María, no deja dudas sobre la voluntad del pintor de
colocado allí sin ningún esmero. Nadie está rezando, pero como con- representar en común la castidad de una de ellas y la promiscuidad
trapartida, a diferencia de los tránsitos y de las dormiciones tradicionales, de la otra, para ponerías en continuidad entre sí y mostrar cómo la idea-
todos están traspasados por un auténtico dolor. En particular el más lización exasperada de lo femenino-materno es una forma bmtal de
joven (tal vez Juan, a quien sabemos que Cristo había encomendado a uso y abuso de las mujeres. La suntuosa cortina escarlata, que ocupa
su madre) está de pie, detrás de la mujer muerta, recogido en su man- casi la mitad del cuadro en la parte alta, está en abierto contraste con
to, apoya la cabeza en una mano, agrandada por un reflejo de luz, y su la pobreza de la silla y la mesa, la cortina tiene el tono áulico y la au-
acritud es pensativa. También María Magdalena, la única mujer presen toridad del drapeado, como una púrpura cardenalicia. Pero la mano
te, muy cerca de la muerta, parece desesperada. En primer término, del pintor la ha levantado y lo ha hecho de golpe, las cuerdas revolo-
una jofaina refleja la luz y una secuencia de colores rojos, que parten tean aún, detrás están la muerte y la bmtalidad sin ilusiones, tal como
de la cortina roja que domina la escena, van, del vestido de la Virgen, las conocemos en la naturaleza.
al más pálido de la Magdalena y llegan hasta el resplandor cobrizo de En la naturaleza, la muerte es cormpción del cuerpo; como el vien-
la jofaina. La jofaina es, en el arte sacro, un objeto ligado con las esce- tre, también los pies y los tobillos de María están ya hinchados y defor-
nas de la natividad de María y, en general, evoca el parto y el agua del Oiados. Posándose sobre el cuadro, en un pnmer impacto, la mirada
parto, el recipiente con agua es una metáfora del vientre matemo y de ^0 ve más que el cuerpo tendido sobre una mesa, de hecho las piemas
la naturaleza, con su función acogedora y su fertilidad, de donde bro- y los pies sobresalen de la mesa y el cuerpo, levantado respecto al sue-
ta la vida. La jofaina vacía se convierte aquí en metáfora de una muer- fO> parece no apoyarse en ninguna parte, a pesar de lo cual la naturale-
te definitiva: la vida dura el riempo que dura la carne matema, cuya í*a y el realismo de la imagen no sufren mengua alguna, no hay nada

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que pueda hacer pensar en una elevación alegórica como las que en-
contramos en los tránsitos más devotos y canónicos: la figura es hori-
zontal y no hay ningún ángel que produzca un movimiento ascensio-
nal. En efecto, ya no es lo sagrado lo que la levanta sino que son la pie-
dad, el dolor y el abatimiento de los presentes los que la sostienen,
actitudes que no se le niegan ni siquiera a quien muere oscuramente
después de haber vivido oscuramente, como una prostituta.
Mijail Bajtin había estudiado una figura grotesca presente en las ca-
tedrales medievales: la vieja encinta como imagen de la inmortalidad y
la continuidad de la vida (Bajtin, 1991). Este cuadro de la Edad Moder-
na, en cambio, representa a una mujer joven encinta y muerta, en cier-
to sentido la perspectiva se ha invertido; la vida dura lo que dura una
persona. Es el final de la ilusión, de que la madre es omnipotente, el fi-
nal de la capacidad de la Iglesia de proteger de la muerte.
En el mismo periodo, es decir, entre 1605 y 1607, es rechazada tam-
bién La Virgen de la serpiente o de los Palafreneros de Caravaggio (figura 5),
que después de tan sólo un mesfiaedescolgada del altar de los Palafre-
neros en San Pedro. Los motivos son siempre los mismos, la represen-
tación no se considera bastante digna respecto a los personajes repre-
sentados; el pintor no tiene escrúpulos a la hora de turbar el ánimo de
los devotos con representaciones inusuales y sorprendentes. Santa An.i
parece una vieja campesina, oscura y mgosa por el efecto del sol duran
te el trabajo en el campo; María, unafijertey joven pueblerína, y la ser
píente no tiene el aspecto insidioso del bíblico animal reptante, sino
que parece «una inocua culebra de monte» (Longhi, 1982). Pero, sobre
todo, el niño tiene proporciones del todo inusuales, no es el habitual
lactante que no se sujeta por sí solo y que a la fuerza tiene que perma-
necer en los brazos de su madre. Aquí el niño tiene tres o cuatro años,
se sostiene por su propio pie y sujetarlo le cuesta trabajo a María, que,
en el esflierzo, pone en evidencia su florída corporeidad. La Virgen de
la serpiente es una Inmaculada Concepción y la manera en que la Virgen
aplasta a la serpiente se refiere a un momento preciso en la larguísima
disputa en tomo a este tema. Quienes eran favorables a la proclama
ción del dogma de la Inmaculada Concepción (entre los cuales descue-
llan los jesuítas) pretendían que la Virgen no hubiera tenido nunca el
pecado original, transmitido por los padres, sino que había sido exen
ta de pecado, desde el momento de la concepción. Si así fuera —obje
tan los adversarios del dogma, entre ellos los dominicos—, Cristo no
la habria redimido del pecado original, como en cambio hizo redi
miendo a toda la humanidad. La respuesta de los favorables al dogni.:
de la Inmaculada Concepción es que la Virgen había sido exenta, poi ^'«ura 5. Michelangelo Merisi da Caravaggio, La Virgen de bs Pa!afrenm)s, 1605-1606.
Roma, Galería Borghese.

92 93
los méritos Rituros del hijo. La Virgen en el cuadro aplasta a la serpien-
Todavía hoy, para los eclesiásricos, hay una madre «polírica», in-
te del pecado precisamente gracias a la ayuda del hijo, es ella quien
mortal y siempre grávida que acoge a cualquier hijo, esta imagen atañe
pone el pie sobre la cabeza de la serpiente, pero el pie del hijo sobre el
a los eclesiásticos y a los gobemantes aliados suyos; pero hay, también,
suyo impnme la fuerza necesaria para aplastada. La imagen puede evo-
una madre «cienrífica», mortal y grávida, que acoge sólo a los hijos que
car otro tema que estaba presente en las disputas sobre el dogma, en la
quiere. Estas dos representaciones, a menudo, entran en contradicción
primera década del siglo xvii, el de la corredención: puesto que María ha
entre sí, dando lugar a algunos problemas que son propios de las mu-
proporcionado la carne en que Crísto se hizo hombre, compartió los
jeres modernas, de muchas mujeres del sur de Europa y de muchas
sufrimientos del hijo en la pasión y, por tanto, es comdentora. La idea
mujeres del tercer mundo que vienen a Europa. La tesis que sostene-
de la colaboración entre madre e hijo, presente en la iconografía de la
mos es que la centralidad de lo matemo, con todas sus ambigüedades
Inmaculada Concepción del siglo xvii, en virtud de que los jesuítas si-
polírícas y religiosas, desempeña aún un papel importante tanto en los
guen prevaleciendo, va a expresarse en una nueva representación, en la
países de cultura católica como en los países del tercer mundo, y de
que la madre y el hijo se hallan fundidos: la Virgen idealizada, toda
manera particular en el área de! Mediterráneo.
vestida de blanco, está suspendida en el Cielo, grávida desde la etemi-
dad y por la etemidad en la mente de Dios. Este ripo de representación
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se convierte en un cliché estereotipado, al margen de la varíedad de
pintores que la repiten, desde Velázquez a Muríllo, desde Guido Reni EPÍLOGO. L A PERDURACIÓN D E U N MODELO .¡

a Tiepolo, pasando a ser un auténtico icono de la Contrarreforma


(Male, 1932). En esta representación, el niño desaparece en el vientre, Tomemos un ejemplo mediterráneo contiguo a España, pero no
está fiindido y conflindido con la madre. católico: Argelia en los años setenta del siglo pasado. Observemos el
cuadro que propone Camille Lacoste-Dujardín, una antropóloga sen-
Así pues, la idea de Caravaggio de agrandar al niño y ponerío de sible a los temas feministas, en el cual podremos reconocer un sustra-
pie, haciéndolo capaz de prescindir de la madre y, al mismo tiempo, to cultural común, no sólo a España sino a todo el sur de Europa, y po-
de representar a la madre mientras ayuda al hijo, en un difícil trance dremos confrontar este caso que, aun siendo diferente, tiene concomitan-
sin tenerio en brazos y dando autorídad a la figura de ella y a la de él, cias con la interpretación simbólica que el catolicismo da de la relación
era una manera de interpretar la Inmaculada Concepción que, verda- madre-hijo. Este sustrato común debe ser relacionado con lafiaertein-
deramente, iba contra la corríente de la época. Es la inversión de la ten- fluencia que el mundo árabe ha tenido en el sur de Europa, y este con-
dencia a la fusión que defiende la ortodoxia, la separación de madre e tacto es renovado hoy por los flujos migratorios continuos desde los
hijo es lo opuesto de la fusión: Caravaggio ve a dos personas, dos suje- países árabes hacia Europa.
tos diferentes uno de otro y capaces de caminar cada uno por sus pro-
pios medios. Creo que esta autonomía subjetiva es lo que debió turbar Camille Lacoste-Dujardin dice que, en el ámbito magrebí, la niña
profundamente a los eclesiásticos, mucho más que el aspecto rústico y es educada para ser reservada y modesta, debe moderarse con la comi-
la alusión a una realidad que no les interesaba mirar, así el rechazo se da y obedecer, sobre todo, obedecer. A la edad de seis años empieza a
produce, ya antes de que la imagen pudiera ser leída, intermmpiéndo- hacer las tareas domésticas. La madre forma a la hija en la escuela de la
la. La inmortalidad, garantizada por la unión mística paradisíaca y om- sumisión y desanima toda veleidad de independencia. Es más, la ma-
nipotente con la Madre, no es sólo una ilusión religiosa y un fantasma dre tratará de convencer a la hija de que está en peligro y de que cons-
psicológico: es, también, laftientebásica del poder político de los ecle- tituye un peligro para su familia. Por consiguiente, para evitarse riesgos
siásdcos. La madre por excelencia representa la fertilidad, la matemi- a sí misma y evitárselos a los demás, la mujer joven debe ponerse bajo
dad, la naturaleza, esa naturaleza que Suárez considera puro instm- la protección de los hombres (padre y hermanos) y aceptar la suprema-
mento de Dios, lugar donde están contenidos todos los posibles hijos cía de éstos. La madre no es una aliada de la hija, a menudo es una fi-
y objeto de control de los hijos célibes eclesiásricos. La madre real es el gura opresiva que aterra a la hija haciendo del pudor y la vergüenza
punto de conjunción entre leyes divinas de la naturaleza y leyes huma- una verdadera obsesión. Acostumbrándola a la sumisión, la madre cree
nas de los soberanos obrar en interés de la hija a la que sabe desuñada a la obediencia,
también después de casarse. Pero, de hecho, las madres actúan como

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«agentes de la dominación masculina de la que así se convierten en posible para tener hijos varones, y es igualmente obvio que se estable-
cómplices» (Lacoste-Dujardín, 1999, 83). La tesis principal de la autora cerá un vínculofiaerteentre la madre y estos varones. E l nacimiento de
es que las madres de los hijos varones son las principales enemigas de •m varón recompensa a la mujer por los largos años de sumisión y tam-
las mujeres. De hecho, el libro se dtula Las madres contra las mujeres. bién la recompensará por la herida en su narcisismo que le han causa-
La situación de las mujeres, sin embargo, no debe ser vista aislada do el escaso interés y el escaso amor de su madre hacia ella. E l naci-
de la de los hombres, puede decirse que la sexualidad, en su conjunto, iento del primer varón es un acontecimiento de mucha mayor im-
es vista no como un fenómeno individual, sino como un recurso que portancia en la vida de una mujer que el matrimonio. Este híjo varón
es manejado colectivamente. es esperado e intensamente deseado, no sólo porque posibilita a la ma-
Éste sería un primer punto de comparación con la simbología reli- dre adquirir un peso social, sino, también, porque permite a la mujer
giosa católica que hemos examinado en las páginas precedentes. La expresar sentimientos intensos, que no tiene que contener, realizándo-
idea colectiva de lo matemo se corresponde con la metáfora religiosa se así, al menos en parte, como mujer.
de la matemidad como una especie de «útero de Dios» que ha de tra- Esta descripción trae a la memoria las infinitas representaciones
tarse en el ámbito de los preceptos religiosos. pictóricas de la Virgen con el Niño, desde las populares a las de la pin-
Camille Lacoste-Dujardin analiza también el valor que se concede tura más intelectualizada; desde Giovanni Bellini a Murillo, en todas
a la virginidad de la mujer que ha de ser esposa; la virginidad es consi- el objeto de devoción son, precisamente. Madre e Hijo, en ausencia de
derada como un derecho del marido, lo que significa que la muchacha José, quien por lo demás, como todos saben, no es el verdadero padre
es expropiada de su cuerpo y que la salvaguardia del himen es una del Niño. La Sagrada Familia, como hemos dicho, es una representa-
cuesrión que atañe a toda la familia. Es decir, que la sexuahdad es pues- ción infinitamente menos frecuente que la Virgen con el Níño.
ta bajo el control social y no se deja nunca bajo el control individual, La relación madre-hijo en los primeros tiempos después del naci-
ni siquiera es vinculada a la afectividad, los deseos y las pulsiones de miento está caracterizada por una intensa relación simbiótica que pro-
una joven son considerados peor que indecorosos, para ella no hay longa el vínculo habido durante el embarazo y se continúa en una lac-
condiciones intermedias, o es virgen o es cormpta. Del mismo modo, tancia que dura largo tiempo. La ausencia de un vínculo satisfactorio
en el matrimonio la sexualidad queda al servicio del gmpo, que es el de pareja entre hombre y mujer —y el escaso aprecio de que son obje-
que dicta las normas de la castidad y la procreación. Así, los aspectos to las chicas por parte de la familia— hace que se instaure una relación
biológicos y de la libido quedan subyugados a lo social; el fin del ma- intensísima entre madre e hijo, una relación a la que ni la madre ni el
trimonio es el refiierzo de la casa paterna y del grupo patrilineal, y los hijo lograrán renunciar del todo. Este vínculo está destinado a perma-
necer como el más importante de la vida, tanto para ella como para él,
deseos de la libido son considerados indecorosos y están por ello
y será de tal modo que no dejará cabida a relaciones afectivas de igual
prohibidos. El matrimonio, pues, no significará, en absoluto, «la con
o análoga importancia.
sagración de una pareja» (Lacoste-Dujardin, 1999, 98).
En la descripción de la antropóloga francesa no es difícil ver el mis- La importancia de esta relación es también la base antropológica
mo predominio de lo materno que hemos visto expresarse en la cultu- del culto mariano. No por azar es un culto constmido y practicado en
ra católica, en donde la madre, y no la esposa ni tampoco la mujer, se primer lugar por hombres, que vivían en los monastenos masculinos
sitúa en el centro de la devoción, familiar y social. Como consecuen de la Alta Edad Media y la modernidad (entre ellos estaban, como sa-
cia de ello —observa además—, para una mujer argelina el matrimo- bemos, los franciscanos, los dominicos y los jesuítas); estas órdenes,
nio es sólo un paso obligado para llegar a la matemidad. Marido y existentes aún hoy, cuentan entre ellos a los autores más incondiciona-
mujer están inmersos de tal manera en la gran familia patrilineal que les de este culto.
resulta difícil constituir un vínculo de pareja autónomo (Lacoste- Cuando crecen, afirma Camille Lacoste-Dujardin, los varones son
Dujardin, 1999, 181). prepotentes, coléricos y bmtales hacia las madres y las hermanas; sin
En este contexto, sólo un hijo varón confíere a la mujer el único embargo las madres toleran su agresividad como una señal de virilidad,
estatus considerado digno. Y, puesto que sólo los hijos varones propor- sm mayores reticencias y se diría que incluso complacidas. Este tipo de
cionan a la madre poder y dignidad, es obvio que las mujeres harán lo madre, completamente dedicada al hijo, es la que puede bloquear su

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de la naturaleza, de los misteriosos e inescmtables designios de Dios.
desarrollo, su exceso de matemage puede convertirse en un auténtico
La represión de la sexualidad femenina le impide a la madre desarrollar
obstáculo para la maduración del mismo. En efecto, un hijo varón de
y manifestar sentimientos de implicación afectiva y sensual para con el
una madre desbordante que lo tiene pegado a sus faldas y de padre
marido, de tal modo al hijo le falta una señal visible de consenso y
autontario y dominador pero lejano y sin una relación positiva de pa-
probación del poder del padre. Los sentimientos positivos de la espo
reja con su esposa es el que encuentra grandes dificultades en indivi-
son, efectivamente, los únicos capaces de dar autoridad al poder que
dualizarse como sujeto. La madre habla del padre sobre todo para evo-
el niño lo ve bien y comprende pronto su naturaleza con el naci-
car su poder punitivo y su papel de detenfador de la ley, de modo que
iento de sus hermanos— el padre ejerce sobre la madre. Si no hay
el principal sentimiento hacia el padre es el miedo: el padre coincide
una relación de pareja o si la relación de pareja está gravada por prejui-
con la ley religiosa próxima a Dios.
cios negativos y despectivos, el niño no puede sino llegar a la conclu-
Éste creo que es el punto en que la dependencia de la madre se
sión de que el poder del padre es pura violencia. La diferencia entre un
traslada al contexto social; en esta complicidad de la madre respecto a
modelo de hombre fuerte y un modelo de hombre violento radica en
la prepotencia del hijo emergen las consecuencias del aislamiento de
la actitud de la madre hacia el marido. De hecho, cuando el padre
las mujeres, de su marginación y de la centralidad de la madre respec-
cuenta con el afecto y la estima de la madre y el hijo reconoce que la
to a la esposa. No poca agresividad de los hijos expresa, por un lado, la
madre tiene un vínculo positivo con el padre, deberá afrontar el hecho
frustración de las madres, y, por otro, la exasperación respecto a un
de que la madre no sea una parte de los hijos sino una persona capaz
vínculo opresivo que no les deja nunca la posibilidad de ser libres y
de hacer elecciones y mantener vínculos sociales y deberá admitir que
que se prolonga en el tiempo mucho más allá de las necesidades infan-
estos vínculos son anteriores a los hijos, es más, comprenderá que es-
tiles. La veneración de esta madre agobiante y engorrosa, como toda
tos vínculos condicionan el nacimiento de los hijos. El hijo que ve a la
veneración, es sin duda ambivalente: al ser una mezcla inquieta de gra-
madre amar al padre y la ve, además, sexualmente atraída por él, debe-
titud y miedo hace sentirse a los hijos protegidos y oprimidos, al mis-
rá reconocer que la prohibición del incesto no es una ley impuesta
mo tiempo. Precisamente, la ambivalencia de los sentimientos consti-
sólo por el padre, sino que esta norma, que hace que la madre sea
tuye, según nuestro entender, el punto de conjunción entre los senti-
siempre virgen y sexualmente inaccesible para el hijo, no es una prepo-
mientos domésticos y familiares y los sentimientos hacia los demás, es
tencia del padre, sino el resultado de un acuerdo entre los padres. Se-
decir, los sentimientos sociales. E l cuadro que hemos ido comentando
gún la madre logre —o no— representar al padre como un hombre
nos muestra la ausencia del padre en la vida del hijo niño o, mejor di-
amado (y aquí la educación desempeña un papel importantísimo), el
cho, pone ante nuestros ojos la ausencia del marido de la madre en la
hijo pensará en las leyes como acuerdos necesarios y convenientes para
vida del hijo niño. Se ha hablado a menudo del «padre ausente», pero
todos, o bien pensará en las leyes como arrogantes privilegios de quien
tal vez fuera más preciso hablar del «marido de la madre ausente». La
es más fuerte. Respetar las leyes querrá decir respetar a los demás. Ser
puntualízación es pertinente porque se trata de la misma persona, pero
fijertes significará tener la capacidad de controlarse y de ser justos con
vista desde dos puntos de vista, el del hijo y el de la madre. Sin duda,
los demás y, en primer lugar, con la propia madre, libre de manifestar
en esta ausencia hay una analogía política pnmana con el imaginario
sus sentimientos no sólo hacia sus hijos.
religioso cnstiano, al que venimos aludiendo. El padre está presente en
realidad, el verdadero ausente es el marido de la madre, y es en esta Si el padre resulta un hombre aceptado por la madre, hacerse adul-
ausencia en la que se basan las dificultades del desarrollo emocional del tos significará para los hombres imitar al padre y convertirse en hombres
hijo. La analogía con el imaginario religioso cnstiano-católico es parti- capaces de tratar y contratar las relaciones humanas, en pnmer lugar con
cularmente evidente, la ausencia del «mando de la madre» está ejem- las mujeres y después con los demás personajes del entomo social. La ca-
plarmente representada por la figura de San José, mando rechazado y pacidad masculina de procrear, reconocida como una capacidad que se
humilde servidor de la verdadera pareja madre-hijo. La inconsistencia ejerce en la pareja de los padres, ya no será una misteriosa fuerza divi-
del papel marital de José hace que sea particularmente potente y a un ^ que domina como una amenaza a todas las mujeres, sino simplemen-
tiempo particularmente lejano el Padre Celestial, am'fice de la gravidez, te una capacidad adulta, ajena al mundo de los niños, ligada a un papel,
con lo cual la paternidad desaparece en los mecanismos omnipotentes ^1 del padre. La colocación del padre en el imaginano religiosotieneuna

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importancia decisiva respecto al crecimiento moral del individuo, es de- te irritable y se vuelven prepotentes y sádicos, al estar acostumbrados
cir, respecto a la posibilidad de cada cual de interiorizar la ley, esto es, a llevar siempre las de ganar. Como escribe Lacoste-Dujardin: «Ha-
de descubrir dentro de sí una conciencia moral y una voluntad propia biendo estado lejos de su marido, la madre ha estado cerca de su
de respetar a los demás. Puesto que la madre es un objeto primario de hijo, pero esta situación ha predeterminado la distancia de su hijo
amor, el primer «otro» es el padre, la condena de la concupiscencia es, respecto a su respectiva esposa: así, el círculo se cierra y los mismos
pues, una señal de respeto del padre inadecuado. papeles, las mismas dificultades se repiten de generación en genera-
En cambio, en el caso en que la madre no acepta al padre sino que ción» (Lacoste-Dujardin, 1999, 181). La glorificación de la madre es
lo soporta, hacerse adulto equivale a hacerse violento y señorear sobre un desequilibrio que tiene como consecuencia la opresión de las mu-
la madre como si fiaera una criada que se justifica cuidando de los hi- jeres. Los hombres no pueden instaurar una relación de pareja con
jos, culpable de una oscura dependencia del padre. Una dependencia mujeres cuya influencia temen.
sexual que es recíproca en la procreación pero que la madre se repre- El carácter meramente instmmental de la mujer es revelado clara-
senta y percibe como una dependencia vergonzosa. Considerar culpa- mente por las palabras de una canción de bodas: «Ofi^ece siete hijos
ble la concupiscencia también en la pareja conyugal de los padres le- [varones] a tu madre» —piden al novio las mujeres casadas que tienen
gítimos, como hace el imaginario cristiano, corresponde a culpabili- la edad de la madre. En otras palabras, la esposa trae al mundo a los hi-
zar el deseo femenino como hace el imaginario magrebí del que habla jos en nombre y sustitución de la madre del marido. «Toda la dinámica
Lacoste-Dujardin. se desarrolla como si los hombres usaran a las madres como una carta
La antropóloga observa cómo la influencia que las madres ejercen que se juegan contra las esposas; de esta manera contribuyen en la divi-
sobre los hijos, en Argelia, les autoriza a ejercer un considerable poder sión del poder de las mujeres, pero se condenan también a seguir siendo
dentro del mundo de los hombres; por su parte, las madres pueden hijos sin convertirse en maridos» (Lacoste-Dujardin, 1999, 185).
obtener auténticos contrapoderes a través de los hijos, pero hacién- A falta de relaciones de igualdad entre hombre y mujer en la pare-
dolo participan en la reproducción del dominio masculino. Si se tra- ja, la influencia agobiante y pasional de las madres sobre sus hijos pro-
ta de una revancha, se ejerce esencialmente sobre otras mujeres, en duce lo que Lacoste-Dujardin llama «poliandria subterránea de las ma-
especial las nueras y, en menor medida, las hijas, mientras las madres, dres»; desde un punto de vista senrimental, la madre es la esposa de sus
entre otras cosas, no adquieren poder real en la administración de la numerosos hijos. Este concepto, al que la autora apenas hace alusión,
sociedad. suscita una reflexión. La poligamia de los hombres magrebíes y el don-
La nuera no tiene posibilidad alguna de ocupar un lugar entre juanismo de los hombres españoles,fi^anceseso italianos tienen sensi-
madre e hijo con igual dignidad que ellos; está dominada por el ma- bles analogías; si bien no es irrelevante que en un caso se trate de au-
rido y por la madre de éste en determinados aspectos y, a veces, está téntico matrimonio y en el otro de vínculos ocasionales, la tendencia
dominada por una alianza de ambos, que se unen contra ella. Madre compulsiva de los hombres a la infidelidad es imitación, en ciertos as-
pectos, del poder de las madres de rodearse de numerosos hijos a los
e hijo viven en una especie de culto recíproco que excluye a otras
que no se conceden nunca de manera exclusiva.
mujeres de la familia, en especial a la mujer del hijo. La madre, por
lo demás, es considerada la única persona capaz de defender a los hi- La tesis ftjndamental del trabajo de Lacoste-Dujardin es:
jos de las malas intenciones de esposas indignas y engatusadoras, la
hasta que las madres continúan siendo madres-antes-de-nada, los
madre es considerada, durante toda la vida, como un «valor refugio».
hombres, consiguientemente, siguen siendo hijos-antes-de-nada, y
Las cuentas mal ajustadas (e imposibles de ajustar) con las madres la relación heterosexual más satisfactoria, más profunda y más rica
dan lugar a que los hombres sean agresivos y frágiles. La infancia que- afectivamente será siempre la relación madre-hijo (Lacoste-Dujar-
da como el paraíso perdido de la afectividad y crea una imagen ma- din, 1999, 304).
terna tan fijerte que permite perpetuar la dialéctica infantil en las re-
laciones con las mujeres. Los hombres así educados, o son víctima de Sucede a veces, dice nuestra autora, que son los padres más que las
una regresión, que los hace dependientes de las mujeres, con las que niadres quienes se preocupan por sus hijas, además de ser más lúcidos
se comportan como sifiaeranniños, o adoptan una actitud fácilmen- por lo que se refiere a sus intereses y de ser capaces de concebir para

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ellas proyectos más ambiciosos. Estos padres sueñan para sus hijas las la correlación mujer-tierra y donde los puntos de referencia han cam-
profesiones más cualificadas, profesiones liberales, quieren para ellas biado. También en nuestros días, para muchos emigrantes, el cambio
propiedades o gestiones en el comercio y la industria. No obstante, crucial es precisamente el que se produce pasando de economías agrí-
esta comprensión masculina de los intereses de las mujeres parece li- colas de subsistencia basadas en la riqueza natural a economías indus-
mitada a los hombres-padres, mientras los hombres-maridos reputan triales basadas en la producción manufacturera de la riqueza.
esenciales las tareas domésticas de las mujeres y ven como temporales La sociedad industrial ya no tiene necesidad de la máxima fecundi-
o secundarias otras actividades. «Los hombres-maridos todavía son de- dad posible de las mujeres, sus «productos», los hijos, cada vez son me-
masiado profundamente hombres-hijos-de-madres-antes-de-nada para nos útiles, a pesar de lo cual —y aquí está la máxima contradicción de
modificar su comportamiento y favorecer una relación de amistad con su vida actual— los hijos siguen siendo un «producto» valioso y que
esposas que sean contemporáneamente esposas y madres» (Lacoste- sólo ellas saben hacer. Las mujeres reaccionan ante esta situación de
Dujardin, 1999, 325). dos maneras contrarias, algunas se resguardan en el modelo matemo e
Esta última observación permite poner de relieve un aspecto que intentan recuperar el poder perdido (entre ellas han de incluirse algu-
reviste un particular ínteres para mí. En los contextos donde prevalece nas feministas que se identifican con el símbolo de María-Madre sim-
la alianza simbólica madre-hijo es necesaria una revaloración de la fi- bólica), otras aspiran al cambio; éstas son las que imprimen en lo ma-
gura del padre, así como una alianza padre-hija, que permitan poder temo un sentido diferente del de poder absoluto y poder simbólico y
afrontar los juegos de poder político-religiosos que la sostienen. La mu- lo asumen como lo que es, una capacidad relevante de las mujeres
jer objeto de la ciencia y la mujer científica son hijas de un padre que y una tarea social indispensable, lejos de un destino místico.
ha conseguido redimensionar sus pretensiones de inmortalidad y ha
logrado aceptar los límites de la vida de que su madre le ha hecho de-
BiBLlOGRAl-ÍA
positario. Estas hijas bien acogidas por sus padres ya no tendrán nece-
sidad de traer al mundo a pequeños dioses para sentirse menos frustra-
AccATl, L . , // mostró (la beüa. Padre e madre neU'educazione cattoüca dei sentimenti. Milán,
das, sino que sencillamente traerán niños al mundo. Cortina, 1998.
El cuadro de Argelia que hemos tomado en consideración nos — «La diversidad original y la dlvenidad histórica: sexo y genero entre poder y autori-
muestra relaciones madre-hijo muy parecidas a las que conocemos dad", en S. Tubert (ed,), Del sexo al genera. Los equivocas de un concepto, Madrid, Cáte-
dra, 2003, págs. 215-249.
bien y que, en absoluto, son ajenas a nuestra experiencia. Entre otras
A L V A Y ASTORC;A, P., Biblioteca virginalis, Madrid, 1640.
cosas, el esquema del catolicismo sigue siendo todavía hoy un esque- BAJTIN, M . , La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, Madrid, Alianza, 1991.
ma basado en la relación predominante madre-hijo y el culto mariano BAKARAI, R . , Les injortunes de Dtnah: le livre de la génération. Lag}'necologieJuive au Moyen
goza de vasta populandad, así como de una notable influencia políti- / í e c París, Cerf;i991,
ca, además de religiosa. Por lo demás, ya hemos observado que este es- B A R O C C H I , P. (ed.), Trallati d'arte del Cinquecento, vol. I , Barí, Laterza, 1962.
quema matemo, independientemente del catolicismo, es común al B A S C H E T , J . , Le sein du pere. Abraham et la patemité dans l'ocádent medieval, París, Galli-
área del Mediterráneo, y el ejemplo de Argelia tiene el fin de subrayar- mard, 2000.
BESUTTT, G . , Bibliographia mariana, Roma, Herder, 1950-1980.
lo. El hecho de que este esquema prevalezca presenta factores antropo-
B O L O G N A , F . , L 'incredulitá del Caravaggio, Turin, Bollad Boringhieri, 1992.
lógicos, factores institucionales-religiosos y factores históricos. Pro- C E C C H E L L I , C , Mater Chrisli, Roma, Ferrari, 1946-1950; Concilium Tndentinum, Tomus
fundas razones, pues, insertan la condición de las mujeres del sur de Nonus. Concilii Tridentini Aclorumpars sexta, sessio octava (XXIV), 11 novembris 1563.
Europa en este cuadro de referencia, y no en el cuadro de referencia Friburgi Brisgoviae, 1923 (la referencia para el matrimonio es San Pablo, Carta a los
Efesios 5, 25).
angloamencano en el que se basan muchos análisis y también nume-
^HASSEGUEJ-SMÍRGEL, y, La maladie d'idéaliié, París. Éditions Universitaires, 1990.
rosos propósitos políticos. - Les deux arbres du jardin. Essais Psychanaütiques sur le role du pére etdela mere dans la psyche'.
En la soleada y fértil área del Mediterráneo, la intensidad de la re- París, Des temmes, 1995.
lación madre-hijo es la misma que la de la relación tierra-fmtos. El * - O N F O R T I , C , LO specchio del cielo. Forme, stgnifieati, lecniche efunzioni della cupola dal Pan-
cambio de la relación madre-hijo está estrechamente ligado al cambio Aeon al Novecento, Milán, Electa, 1997.
acaecido al pasar del mundo agrícola al industrial, donde ya no se da L'E FioREs, S. y D E M E O , S., NUOVO dizionario di mariolopa, Cinisello Balsamo, Edizio-
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