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SERMON DE LAS SIETE PALABRAS


2018

IGLESIA CRISTIANA SOCIEDAD DE JESUS

+JOSE FERNANDO MONTOYA P.

OBISPO PREPOSITO.
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INTRODUCCION

Muy apreciados hermanos y amigos de Colombia y a quienes, través de la


internet, puedan unirse a este mensaje.

La tarde del viernes Santo nos sobrecoge a todos porque constituye un momento
Universal en el cual nuestra fe entra en comunicación con el sublime misterio de
Cristo que muere en la cruz. Más allá, nos une un Gran Silencio porque la
muerte de Cristo es tesoro inagotable para todo bautizado que quiera vivir con
profundidad los misterios y anhelos del mismo maestro que ha dado su vida en
rescate por todos .

Entremos en este silencio. Dejémonos guiar por esta invitación que nos hace la
tradición cristiana y la iglesia misma. Escuchemos en este silencio las palabras del
Señor desde la cruz. Es el silencio cósmico, es la misma hora en que los elementos
de la naturaleza exclaman que viene un orden nuevo. El cielo se oscureció,
tembló la tierra, el velo del templo se rasgo. Se abrieron los sepulcros y es
presentida la transformación de la creación entera.

Pudiéramos decir, que esta es, en verdad, una tarde ecuménica . Esta tarde no
hace distinciones. La muerte del Señor concierne a todo bautizado, concierne a
toda forma de iglesia y por eso no es tarde para exclusiones para sentirnos mejor
o peor para avasallar en la fe.

Tarde de profunda reflexión. Tarde para evaluar la profundidad de nuestra


entrega, la sinceridad de nuestro proceder, los anhelos verdaderos en los cuales se
funda nuestra peregrinación cristiana. Con razón podemos llamar a la tarde del
viernes Santo, tarde del discernimiento, tarde del encuentro, tarde de la
misericordia enseñada para ser compartida. Tarde para compartir en el dolor
de Cristo las esperanzas del mundo y la consecución de una humanidad nueva.

El Hijo del hombre confesado por el cristianismo, nos convoca desde todos los
puntos de la Tierra para contemplarlo y saberlo en verdad como el maestro que
ha dado la vida por todos. Que nuestro entendimiento se acerque con humildad y
sencillez, para comprender las palabras del Señor Crucificado en estos últimos
momentos de su vida terrena. Que nuestra voluntad establezca firmes propósitos,
ante una revisión de vida fuerte y total como la que hoy se nos propone desde la
cruz. Que nuestra memoria no olvide el precio que tenemos, con el cual hemos
sido comprados: la sangre de Cristo. El nos ha comprado por su sangre
derramada, El nos ha comprado y nos ha redimido por el misterio de su cruz.

Que nos conmueva en esta tarde el llamamiento a la unidad cristiana. Cuando yo


sea levantado en alto, atraeré a todos hacia mí. Nos lo ha dicho el Señor. Y en esta
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tarde se cumple esta voluntad suya. Con reverencia elevamos los ojos hacia la
cruz para recordar que desde allí nos vienen palabras de vida, palabras que son
una buena noticia de salvación para los que están lejos y también para los que
están cerca.

En la tarde del viernes Santo queda explícita nuestra liberación. Hoy se abre a
nuestros ojos la comprensión de las cadenas que nos atan, de las ataduras que nos
sumergen en las tinieblas de la existencia: La separación que crea el odio. Los
rencores que siembran muerte. La corrupción que engendra pobreza. La
desesperanza que borra los caminos. La ira que aniquila las relaciones humanas.
Las causas del malestar interior que produce fisuras en las relaciones fraternas.

La muerte del Señor es un momento extremo en el cual toda la vida humana entra
en claridad. Esta muerte está al servicio nuestro, antes de nuestra propia muerte.
Es como si nos miramos en en un espejo para dilucidar nuestro propio proceso
del morir. Si hoy fuera ese día ¿Tendríamos la suficiente calma para
entregarnos con paz en las manos de nuestro Dios y Señor? O por el contrario, ¿
estamos tan angustiados por el mundo y por nuestra cotidianidad que, en
verdad, nuestra situación ante la muerte, es de oscuridad total? ¿Sabemos
identificar el camino hacia la muerte provocada, cuando nuestros hermanos
padecen la tiranía, el desplazamiento, la ruina que produce la corrupción, la
exclusión, la segregación, el aborto, la eutanasia, la exclusión por el género?

La muerte del señor es Luz para el mundo. Es Luz sobre tu vida y sobre mi vida.
Al escuchar sus palabras renovemos una vez más el deseo de ser fieles al
Evangelio, a la misericordia que nos ha venido por Cristo.

Actualicemos una vez más nuestra fidelidad al misterio Pascual de Cristo por el
cual somos Salvados. El sermón de las siete palabras es un acto piadoso que debe
motivarnos para vivir con esperanza en este día la muerte del Señor. Vayamos
más allá, no nos quedemos en la sola piedad. Sea hoy este un momento
privilegiado para preparar nuestros corazones, los cuales encontrarán el gozo
inmenso de la celebración Pascual en la noche santísima en la que celebramos el
triunfo de Jesús sobre la muerte.

Tu cruz adoramos señor y tú Santa resurrección alabamos y glorificamos, he aquí


que por el Madero de la Cruz vino la alegría al mundo entero. Cristo por
nosotros se sometió incluso a la muerte y una muerte de cruz.

Gracias a ti, Señor de la gloria, por permitirnos acercarnos a tu cruz para


escuchar tus santas palabras. Traspasa nuestro corazón helado por la muerte, frío
por el olvido, masacrado por la desesperanza, aturdido por la soledad,
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insensible por la prisa. Sofocado por la injusticia, triste por la inmoralidad,


confundido por el relativismo.

Renuévanos con espíritu firme, prepara nuestro corazón para celebrarte vivo y
verdadero en la santa Pascua. Pero sobre todo, que mi corazón pueda verte vivo
y verdadero en la vida de los hermanos y en la comunidad creyente que
peregrina en este mundo. Danos a todos entrañas de misericordia, alegría
caridad y solidaridad para que estas palabras resuenen siempre en en lo más
profundo de nuestra existencia.

Quiero adorarte con la santa voluntad de poner en tus manos los destinos de
nuestros pueblos, el dolor de nuestros jóvenes que luchan por su futuro, el amor
de nuestras madres y el esfuerzo de todos por hacer de este mundo, un mundo
más justo y fraterno.

Adorada sea la Palabra del Hijo de Dios, ahora y por todos los siglos.
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Primera palabra
"Padre, perdónales porque no saben lo que hacen". (Evangelio de San Lucas
capítulo 23, 34)

Jesús ha sido crucificado. Los evangelios nos muestran algunos rasgos de lo que
sucede en la intimidad humana y espiritual de Jesús. Y es sobresaliente, su actitud
ante el padre Dios. Ante él, reconstruye sin vacilación, cada uno de los momentos
de su vida, en especial estos últimos momentos llenos de desprecio y de crueldad.
En el calvario, y desde la Cruz, Jesús ora. Toda su vida ha sido un caminar en el
amor del Padre. Su diálogo con él es intenso, marcado por la inmensa sinceridad
de quién está próximo a partir de este mundo.

Esta primera palabra es oración por cada uno de aquellos que han traicionado a
Jesús o que han contribuido para que se encuentre clavado en la cruz. Es oración
por quienes le han condenado, por quienes han omitido la justicia, desconociendo
su dignidad de ser humano.

En Jesús se encuentran los rostros de todos los seres humanos qué son condenados
a todas las formas de inhumanidad y violencia. Rostros que a veces nos parecen
sin importancia, muy cotidianos, pero que caminan a nuestro lado en nuestras
ciudades, que atraviesan nuestras plazas, que luchan desde la mañana hasta el
atardecer en nuestros campos. Rostros en los cuales no descubrimos batallas y
miedos. Rostros a los cuales no damos la suficiente importancia, porque están
ahí, porque son los mismos de todos los días. Rostros que expresan la depresión y
la tristeza. Rostros de un largo caminar. Rostros en los cuales la esperanza ha sido
aniquilada. Rostros que nos obligan a interrogarnos, porque también nosotros
hemos contribuido con nuestra injusticia a las huellas que llevan, a las marcas que
los acompañan. Y esos rostros nos miran, nos interpelan. Lo hacen con la misma
mirada de Jesús. Mirada que en algún momento se desvía hacia la eternidad, hacia
la plenitud para orar y suplicar.

Jesús ora con una oración de fe y esperanza. Sus ojos se desvían de lo qué es
evidente, la injusticia, para pedir perdón." Padre, perdónales porque no saben lo
que hacen". Acude a la paternidad de Dios, a su misericordia. Eleva su corazón al
padre en oración ascendente.

Con esta oración, Jesús pone en evidencia nuestra incapacidad y nuestra torpeza
para reconocer el plan de Dios, su voluntad, su querer para con nosotros. Sí pide
perdón es porque nuestra insensatez es grande, ha hecho daño, ha destruido
mancillado, ha dejado de lado lo importante. Si pide perdón, es porque Jesús es
sabedor de nuestra maldad, de nuestra incapacidad para ver en los
acontecimientos y en los hechos el mismo acontecer de Dios. Y más grave aún,
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nuestra incapacidad para ver a Dios en el hermano, en el débil, en el que ha sido


considerado de segunda o de tercera, en aquel a quien no se reconocen sus
derechos, la vida, su derecho a ser diferente.

Queremos ver a Dios materializado en el mundo, en la creación, en el arte, en la


religión. Pero, ¡Cuánto nos cuesta reconocerlo en el hermano!

Esta primera palabra, es un verdadero acto penitencial presidido por Jesús desde
la cruz. Es el primer acto penitencial a las puertas del nacimiento de la Iglesia. Por
eso, ante esta palabra quedan al descubierto todas nuestras actitudes inhumanas e
injustas. Con razón Jesús dice que no sabemos lo que hemos hecho. Jesús mismo
nos disculpa. Es sabedor de nuestra condición y fragilidad.

Mientras seamos peregrinos en este mundo, tendremos siempre la tentación de ir


por nuestro camino y apartarnos del deseo del padre. Tendremos la tentación de
no hacer su voluntad, de no querer caminar por los caminos de la adultez y
madures humana y cristiana. De ir vendiendo nuestra libertad y conciencia al
mejor postor.

Pero esta súplica de Jesús entraña, igualmente, una gran esperanza. Se pide perdón
porque hay esperanza. Porque la esperanza es el horizonte de lo nuevo. Es camino
de renovación. Jesús pide perdón porque sus ojos están llenos de esperanza. Su
corazón es la fuente de toda esperanza. Y la esperanza no defrauda. Y está
esperanza es el camino de lo posible. En Dios todo es posible. El perdón de Dios
es la posibilidad de Vida nueva. Comienzo de la vida nueva. El perdón inaugura
el mundo de la fraternidad, de la comunidad que se construye, de la sociedad
que asegura sus valores en la reconciliación.

El perdón de Dios es camino renovador. Jesús entonces pide para nosotros ser
renovados en actitudes, en pensamientos, en injusticia, en nuestra propia
conciencia.

Con la esperanza surge un nuevo pacto, una nueva manera de ver el mundo.
Estamos aquí, ciertamente, para dejarnos conducir por el amor misericordioso que
todo lo perdona que todo lo puede, pero que, sobre todo, nos lleva a caminar con
la madurez de quien se ha comprometido en el seguimiento de Jesús para en todo
amar y servir.

El perdón está en la actitud, pensamiento y obrar de los seguidores de Jesús.


Seguir a Jesús es estar dispuesto a pedir perdón y a perdonar. Seguir a Jesús es
pedir perdón y es andar en el horizonte de quien revisa su vida en examen
permanente de conciencia para mirar equivocaciones, vicios, pecados y
maldades, incongruencias, desaciertos, injusticias, crueldades e indiferencias .
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Acudimos al perdón, porque este es un gran tesoro que está reservado para
nosotros en la plenitud de Dios, tesoro que también llega a las manos de
nuestros hermanos cuando lo compartimos. Perdona nuestras ofensas, como
también nosotros perdonamos, decimos con frecuencia en la oración del Padre
nuestro.

La esperanza es un nuevo comienzo y este se origina no en el remordimiento, no


en los sentimientos de culpa, sino en el propósito firme de transformación
interior. Si todos los males provienen del interior del ser humano, es lógico que
toda esperanza se origina también en este importantísimo espacio de
transformación nuestro interior. Si nuestro interior está lleno esperanza,
entonces tenemos la gran fortaleza de aquellos que logran asumir las
adversidades con luminosidad, sin temor, con auténtica valentía espiritual. La
esperanza no defrauda cuando esta viene de Dios, cuando es regalo que proviene
de su ternura y de su certeza.

Ser perdonado es iniciar el recorrido de la esperanza. Ser perdonado es estar


reconciliado, esa haber vuelto a la unidad. Y para recibir el perdón es necesario
retornar a la misma vida de Jesús. Si no sabemos lo que hemos hecho es porque
hemos olvidado el proceder de Jesús. Bien pudiéramos traducir: perdónanos,
Padre, porque hemos olvidado lo que nos ha enseñado tu Hijo. El nos ha
anunciado el evangelio de la vida, nos ha mostrado sus actitudes que nos
transforman, sus palabras que nos dan vida, su amor que nos da identidad, su
entrega que nos confirma en la verdad y en la caridad.

Con las mismas palabras de Jesús hemos de pedir perdón a Dios por todo aquello
que no es de Dios en nuestra vida: Perdón por nuestra mediocridad, perdón por
nuestra irresponsabilidad, perdón por nuestra insensibilidad, perdón por dejar
dejar pasar lo importante en la construcción de nuestra vida y comunidad, perdón
por juzgar inicuamente, perdón por no ser solidarios con el hermano, perdón por
promover a los artífices de la guerra, perdón por no oponernos a los traficantes de
la vida, perdón por no decir no ante los males anunciados o previstos, perdón por
nuestra vida familiar caracterizada por el egoísmo individualista, perdón por
nuestra relaciones sociales indiferente ante el dolor del hermano, perdón por la
corrupción política, perdón por no ser profesionales es honestos, perdón por una
iglesia acomodada al tiempo, perdón porque los consagrados en tu iglesia están
llenos de cobardía ante la inmoralidad generalizada, perdón por no discernir lo
que es humano, perdón por no asumir lo que nos da identidad de hijos de Dios,
perdón por nuestra ireflexión, perdón porque queremos hacer de la naturaleza
humana una caricatura jugando con el género de nuestros niños y niñas de esta
generación, perdón por apostarle al aborto, a la eutanacia, al desplazamiento y a la
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desaparición forzada, a la trampa y a la componenda para acceder al poder.


Perdón por creer que el prestigio y la fama son el alimento del alma.

Gracias, Cristo Jesús, porque nos presentas en esta tarde ante el padre Dios
implorando por nosotros. Tu súplica es ardiente y misteriosa. Tu súplica nos ha de
estremecer siempre. Sabedor de nuestras maldades, no nos abandonas a nuestra
suerte sino que nos lanzas a la búsqueda del perdón esperanzador. Tu súplica por
nosotros es invitación al retorno.

En tu corazón no caben las divisiones, las separaciones inútiles, los rechazos


crueles, exclusiones o segregaciones. Tu súplica por nosotros nos dice que por el
perdón retornamos al padre Dios, retornamos a todo lo bueno, retornamos a la
ternura, a la fraternidad. El mundo roto y herido encuentra un camino de
regreso por medio del perdón pedido y del perdón recibido. Tu súplica de
perdón reúne lo disperso, congrega a los separados, atrae los distantes, da
calor a las relaciones que se enfriaron por el egoísmo o el interés particular.

Hoy te pedimos perdón, renuévanos con el espíritu firme, el espíritu de santidad


que proviene de ti. Que no olvidemos que nos has hecho para ti y que toda
nuestra vida ha de conformarse en ti. Que esto significa el Perdón pedido para
nosotros y recibido por tu hijo desde la cruz, Perdón que cambia el horizonte de la
vida, porque llena de esperanza porque llena de vida y de paz.

También nos pedimos perdón entre nosotros, muestra y claro signo de la


abundancia de Dios que nos perdona. Que nuestras manos se tiendan en un
abrazo fraterno, pidiendo perdón, como las de Jesús están abiertas en la cruz
pidiendo perdón por nosotros al padre misericordioso.
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Segunda palabra:
" Hoy estarás conmigo en el paraíso". (Evangelio de San Lucas 23, 43)

La condena a muerte de Jesús, la vía dolorosa, la crucifixión, se ejecutaron con


una marcada intención política. Jesús y los crucificados con él, son motivo para
anunciar al pueblo el sometimiento. El Imperio Romano reclama obediencia ciega,
sometimiento absoluto, tiene brazos fuertes y dominantes qué atenazan a los
pueblos satélites, entre ellos el pueblo judío.

Pero también la condena de Jesús tiene un trasfondo religioso. Y en este telón de


fondo, se encuentra la estructura religiosa de Israel que obedecía imperiosamente
la ley de Moisés. A Jesús se le acusa de no ser fiel a la ley, de blasfemia, de
interponer su pensamiento al de los sacerdotes y expertos en las tradiciones de su
pueblo. Las acciones de Jesús, su proceder y enseñanza, causaron honda
conmoción en los líderes religiosos y espirituales del pueblo.

En la cruz, crucificado entre ladrones, Jesús es un signo claro de las autoridades


para todo el pueblo. Quién se revela va a la cruz. Quién no se someta al templo y a
la estructura religiosa será condenado a muerte. Toda la comunidad está
amenazada, es sometida. ¿Qué esperanza tiene el pueblo? ¿Qué esperanza tienen
los pobres? A la cruz se va por rebeldía política, también se va por cuestionar el
mundo de lo religioso.

Con Jesús también son crucificados dos malhechores. Uno a su derecha y otro a su
izquierda. Nos pareciera que estos son simples datos. Pero estar a la derecha o a la
izquierda de Jesús significa haber tomado una opción, Y ¿ por qué no?, una
posición radical frente al seguimiento de Jesús. En el juicio definitivo, serán
bendecidos los que estaban a la derecha porque procedieron según el amor y la
misericordia. Venid benditos de mi padre a poseer el reino preparado para
vosotros desde la fundación del mundo.

Los malhechores se dirigen a Jesús, y cada uno muestra esta radical opción. Es lo
mismo que sucede en la comunidad humana y cristiana. Hay quienes desean
signos extraordinarios de la presencia actuante de Dios, signos inmediatos, que al
no verlos, llevan a pensar que Dios está distante, que es sólo un mito, una de
tantas ideologías. Piden intervenciones de Dios, aún sin la fe. Intervenciones sin el
compromiso humano, actos cercanos a la magia y por encima de lo humano. Estos
son los que critican a los creyentes, a los que todos los días escrutan la voluntad
divina para construir, amar y servir a la humanidad.

Uno de los malhechores reconoce en Jesús algo más qué a un hombre crucificado.
Ve en Jesús al hombre condenado injustamente. Sus ojos ven más allá y reconocen
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al Mesías Salvador. Y decía:" Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu reino".


Jesús le contesto:" En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso".

Reconocer al Mesías y, en consecuencia, asumir actitudes de este encuentro es la


gran necesidad, urgencia y suplica de la comunidad cristiana. Seguimos un Mesías
herido, maltratado crucificado. Un Mesías qué ha hecho silencio ante sus
verdugos. No seguimos a un ilusionado por su propia vanidad, ansioso de poder.
No seguimos a un publicista, autodenominado salvador. Jesús es el testigo fiel y
humilde, amigo de los pobres y de los pequeños, hombre marginal que ha amado a
los pobres de este mundo, que ha renunciado a todo prestigio, a toda fama para
hacerse querer, para ser tenido en cuenta.

En la cruz ha acogido misericordiosamente a un malhechor. Lo ha escuchado, pero


sobre todo le ha prometido que hoy estará con él en el paraíso. Hemos de ser muy
cuidadosos con nuestra imaginación. Pues el paraíso es estar allí mismo con Jesús,
es haber encontrado la plenitud de lo humano en él, la realización de una
humanidad que no se queda estancada. Y esta realización, no simplemente es
una realización final. El final de los tiempos empieza hoy, con Jesús, en él y con él
ya se hace presente.

El malhechor ha pronunciado una confesión de fe. Es la misma que hacen los


miembros de la comunidad cristiana cuando ponen su esperanza en Jesús, más
que en las estructuras humanas, vivos en el mundo, pero no deudores del mundo.
Acuérdate de mi, cuando vengas con tu Reino. Caminantes y peregrinos en la
tierra, comprometidos con todo lo humano, pero con los ojos puestos en la
eternidad. Haciendo las cosas como si dependieran solamente de lo humano, pero
dependiendo todas ellas absolutamente de Dios.

El paraíso es promesa. El paraíso es esperanza. El paraíso es camino toda vez que


lo entendamos como Jesús mismo. Al pie de la Cruz hemos de orar y pedir a Jesús
que nuestra radicalidad opción fundamental sea seguirlo siempre, servirlo
siempre, buscarlo en todos los acontecimientos de la vida. ¿Adónde vamos a ir?:
las palabras de vida eterna las posee Jesús y nos la regala, como ha regalado el
reino al al malhechor que fue crucificado con él.

Si bien los seres humanos construimos escenarios que interpretamos como


paraísos en orden a nuestro confort, disfrute y goce, el paraíso nos es anunciado
desde la cruz, desde el calvario. Se rompen así los cálculos humanos. No podemos
inventar el paraíso.
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El paraíso es una promesa a los que se esfuerzan diariamente por el amor, para los
constructores de la Paz en medio de adversidades, para los promotores de la
justicia en medio de desigualdades, incomprensiones e intolerancias.

El paraíso es la gran verdad que está hoy ya con nosotros en la alegría de saberse
los acogidos y bendecidos por Jesús. No quedaremos confundidos ni defraudados
cuando construimos una humanidad justa, centrada en los verdaderos valores que
defienden la vida, la ternura, la infancia, a la mujer, a los trabajadores, a los
pequeños. a los inmigrantes, a los explotados.

Jesús desde la cruz da ánimo al malhechor. No lo deja defraudado. Y en él, ofrece


a todos los hombres que se reconocen en limitación por el pecado y por su historia
de muerte. la posibilidad de un mundo nuevo. El paraíso es el anuncio desde el
presente de una vida transformada, de una vida luminosa por la gracia, por el
amor, por la reconciliación. Sólo en Jesús esto es posible. Sólo en Jesús realizamos
nuestra auténtica humanidad.

Acudimos a ti, Jesús, qué tienes la marca inconfundible de la autoridad, para


suplicarte que nos regales tu reino, que nos admitas en él. Tú das al malhechor la
liberación presente, la cual es anuncio de la liberación plena y futura.

La liberación del hombre y de la mujer ha comenzado ya, has venido a traernos


vida pero sobre todo a liberarnos de todo lo que está inmerso en las
profundidades de la idolatría, del pecado, del odio, de la incomprensión, de la
ignorancia, de todo aquello que está en el ámbito de las cosas no queridas por
Dios.

Los pueblos de la Tierra quedarán siempre sorprendidos por esta escena de tu


Sagrada pasión. El último de los hombres, el malhechor, es acogido por tu corazón
amorosos. Acógenos así también. Míranos cargados de maldad, de desprecio, de
injusticia. Egoísmo e ignominia. Somos el malhechor de hoy, el rostro de la
crueldad, tenemos las manos vacías de amor y por eso con tu perdón, con tu
acogida, no mires nuestra maldad. Acuérdate de nosotros en tu plenitud para que
no seamos devorados por la muerte.

Hoy nos regalas una palabra para luchar contra la desesperanza. Los corazones
que luchan sin tregua por el bien y por la paz, por la justicia y el amor, encuentran
un motivo para seguir esperando. Hoy estarás conmigo en el paraíso. Hoy las
cadenas se rompen, hoy no estamos solos. Nos das la seguridad de que con tigo
avanzamos en el tiempo a puerto seguro, con rumbo determinado. Los paraísos
construidos por nosotros nos engañan, falsean nuestro ser, nuestra esperanza y
nuestra alegría
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Gracias, porque con tus palabras encontramos motivos para seguir luchando. No
nos vencerá el pecado, no nos vencerá la mentira, no nos vencerá la injusticia. No
nos vencerá nuestro propio remordimiento, no nos vencerá nuestra propia
imagen tantas veces prefabricada por una cultura enferma, saturada de imágenes
peregrinas, amañadas según el comercio y la publicidad, según los intereses
oscuros del poder, de los regímenes políticos, de los ideólogos de la muerte. No
nos vencerá la alienación en la que hemos sido criados e instruidos.

Que nunca me avergüence de ti, que acoja el testimonio del malhechor que reclamó
desde la cruz reconociéndote como hombre justo.

Que ante el mundo y los hombres yo pueda indicar qué tú eres el Salvador y el
Mesías en quién la historia tiene su verdadero significado. Sálvame, Jesús, de la
tiranía que hoy quiere suprimir tu nombre y tu cruz, que hoy quiere ocultar tu
palabra salvadora desde la cruz, que hoy quiere vanagloriarse de sus
consecuciones humanas, sin tenerte en cuenta y sin tener en cuenta al Dios
altísimo.

Líbrame de aceptar paraísos falsos o artificiales, donde mi conciencia y mi vida


queden alienadas, atrapada en una red mortal.

Hoy el ladrón al pie de la cruz soy yo. Hoy te miro y te imploró. No me


abandones, Jesús, déjame ir contigo y estar contigo. Dame valor cuando el
mundo venga a preguntarme por mi fe, cuando venga a pedirme razón de la
esperanza.

Que no tema levantar mi mano para mostrarte como el camino que lleva a la vida
plena y verdadera, que no me avergüence de tu cruz, que no la oculte, que no la
deje guardada en el rincón de los olvidos o de los signos caducos. Hoy soy el
malhechor que implora fortaleza, porque la alegría que tú me das hoy, es, con
todo, el anuncio, el reflejo de la alegría sin fin, cuando tú me abraces en tu reino.
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Tercera palabra
" Mujer: ahí tienes a tu hijo". Luego dijo al discípulo:" ahí tienes a tu madre".
(Evangelio de San Juan 19, 26 - 27)

La condena de Jesús pone ante nuestros ojos el desprecio al que eran sometidos los
ajusticiados en la época del Imperio Romano. Jesús es arrancado de los suyos,
también los suyos lo han abandonado.

Junto a la cruz se encuentran su madre, algunas mujeres y el discípulo al que tanto


quería. El cuarto evangelio, que llamamos de Juan, no dice el nombre de la madre
de Jesús, tampoco dice el nombre del discípulo al que tanto quería. Desde aquí
nos preguntamos, ¿qué desea el evangelista del cuarto Evangelio cuando leemos
con profundidad este texto Santo? Es como si quisiera que nosotros diéramos
nombre a la madre de Jesús y al discípulo. La madre de Jesús es madre de
todos, en ella identificamos el amor, la ternura, la presencia fiel y permanente
ante el crucificado. En el discípulo vemos al seguidor fiel que acoge la palabra
del amor, del reino y está allí sin temor.

En razón de los otros evangelios, Mateo, Marcos y Lucas, sabemos muy bien que
el nombre de la madre de Jesús es María, y por San Ireneo de Lyon
afirmamos que el autor del cuarto evangelio es Juan. Ya desde la época post
apostólica, transmitimos este nombre y lo identificamos con uno de los primeros
apóstoles seguidores de Jesús.

A pesar del silencio arrollador de esta hora definitiva, junto a la cruz hay una
verdadera comunidad de amor en el Calvario. La madre de Jesús, María, nos
lleva a pensar en el gran amor materno qué siempre la unió a su hijo. En Jesús
vemos al hijo que ama a su madre con corazón fiel. El discípulo al que Jesús
tanto quería es el amigo fiel y el seguidor incondicional hasta la cruz, las
mujeres no son meras acompañantes, son también seguidoras de Jesús. Ellas
también configuran esta comunidad.

En la cruz, entonces, no hay sólo personajes, están unidos por un amor que se
hecho más fuerte que la muerte. Con toda razón comprendemos el por qué de esta
palabra: “ahí tienes a tu madre, ahí tienes a tu hijo”, es lo lógico. Surgen de un
amor fresco y vivo, inagotable que está por encima de la muerte y por encima de
la separación que ha desatado con la condena a muerte de Jesús. Este amor es el
origen de la verdadera comunidad cristiana que sabe amar y acoger a los de
cerca y a los de lejos, amor que ha de iluminar a la comunidad humana, luz para
todos los pueblos y agua para la sed en todos los caminos de la historia. Este
amor no tiene medida. No tiene miramientos. No hace acepción de personas. Es
como si el evangelista, nos quisiera regalar, en el testimonio de Jesús, de María su
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madre, de Juan y de las Santas mujeres, cómo y cuál es el contenido de la


sangre que circula en las arterias de la comunidad: un amor que no puede vencer
la muerte, que no puede vencer el poder y que está más allá de la misma
estructura ritual o cultural religiosa de los seres humanos.

"He ahí a tu hijo". Esta es una palabra indicativa para todo grupo humano que en
la humanidad y en la fe se constituye como comunidad, en servicio y protección
de otros. En la cruz, es la madre la que recibe esta palabra, en la historia de
todos los tiempos y de todos los pueblos, es palabra para aquellos que, en
nombre de Dios y en nombre de la iglesia, acogen, reciben, sirven, aman y son
ministros de la reconciliación y servidores del pan y de la Santa Eucaristía. Son los
grupos de hermano que oran, son la experiencia de la vida religiosa que sirve con
el ánimo y el corazón limpio de lucros. Son las comunidades parroquiales que
viven en el día a día la proclamación, la alabanza, la liturgia, la acogida y la
peregrinación, acogiendo a los pobres, llevando el aliento de la esperanza,
especialmente a los abatidos y abandonados de los hombres.

Qué gran misericordia para que él que recibe esta palabra y no la olvida, para
hacerla viva en la comunidad cristiana, en la iglesia de Dios, que la obedece
haciendola efectiva en el corazón de la iglesia, de la humanidad, para con todos
aquellos que han sido excluidos, abandonados, conducidos al olvido y a la
inhumanidad. Todos somos la faz de la iglesia que peregrina en el tiempo. Todos
somos, especialmente en comunidad, el rostro maternal de Dios, el mismo rostro
de la madre de Jesús que acoge al hijo triste, al hijo abandonado, al hijo venido a
menos.

“He ahí a tu hijo”. Palabra que cierra los lazos de la comunidad, que nos hace
fuertes, sólidos ante el lobo disfrazado de oveja que viene a destruir al rebaño.
Esta es la cara de la misericordia, del perdón, de la acogida, de la comensalidad

Es la palabra inaugural con la cual se crea la verdadera comunidad de familiar. Es


palabra consecuente con la vida de pareja en el amor de los esposos. Cuando
Dios regala al matrimonio un hijo resuenan estas palabras para los padres: “He ahí
a tu hijo”. La consecuencia de ello debe ser siempre un amor pleno y total, un
amor desinteresado porque educa, un amor que lleva de la mano hacia la madurez
cristiana y humana, que siembra la semilla de la esperanza, que entrega las
herramientas de la labranza en el mundo para transformarlo y hacerlo mejor. Es
palabra comprometedora que lleva a los padres al trasnocho y al desvelo, a la
humildad, al diálogo sincero, a dar sin medida por el amor de los hijos. Palabra
que no excluye el llamado de atención y la puesta en orden, e inclusive el castigo
justo y discernido para conducir al buen sentido.
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Esta es la palabra misteriosa que no cae en el corazón de los que promueven el


aborto, de los que no valoran la vida, de los que piensan que la vida humana es
un accidente en el planeta, como si todos y cada uno fuéramos bacterias que
ofenden la ecología. De los que piensan que venimos de la nada y volvemos a la
nada. De los que piensan que importaría muy poco eliminar seres humanos o
suprimirlos en aras del número, en aras del consumo o de los recursos.

"He ahí a tu madre". Palabras que convoca la madurez del discípulo, para
coger a la madre de Jesús. Desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.
Palabra dirigida al varón, al hombre honesto y limpio que sabe a coger con
ternura y dignidad a la madre, a la mujer, a la esposa, a la compañera. No es la
palabra para un niño, es palabra para quién racionalmente puede servir en el
camino de la vida como protector de la mujer, con respeto, con altura. Esta es la
palabra que rechazan los feminicidas, los tratantes de blancas, los explotadores
de la mujer, los que no la reconocen en su capacidad e inteligencia, los que
delinquen con la mujer convirtiéndola en contenedores de droga, en objetos para
el placer.

Junto a la cruz, también hay mujeres piadosas que acompañan a Jesús. Sus
corazones y vida han estado siempre dispuestos a seguirlo y acompañarlo.
Algunas, hasta ayudaban a Jesús con sus bienes. Corazones nobles. Amigas
inseparables. Escuchas atentas de la palabra de Jesús y testigos fieles del reinado
de Dios. Ellas no son un dato curioso en el relato. Su presencia nos dice de una
fidelidad que no teme al tirano del imperio, al gobernador, que tampoco teme a
los sacerdotes del templo. Están allí por encima de todo miedo, por encima de
toda autoridad. Retan con su proceder todo lo instituido. Si están cerca de Jesús
rechazan y protestan la injusticia cometida en Jesús. Lo aman, le sirven están con
él pase lo que pase. Esto es el verdadero seguimiento. También consuelan con su
presencia a Jesús, cómo lo consuela a su madre y el discípulo al que tanto quería.
Ellas también forman parte de esta comunidad amorosa en el Gólgota.

Hoy estamos llamados a discernir el Gólgota. Son tantos los lugares donde se
sufre, donde se padece la desesperanza, donde se sufre la inhumanidad, donde
se padece la ruina, donde son arrojados tanto seres humanos a los que se
considera sin valor.

En todos estos lugares surge también la palabra convocante de Jesús para


hacernos corresponsables los unos de los otros. Jesús está clavado en la cruz,
abandonado de los suyos. Pero lo acompaña su madre, y el discípulo al que tanto
quería y unas mujeres piadosas. ¡Son tan pocos sus acompañantes! pero tienen
la gran calidad del amor incondicional y firme, aquel que nada ni nadie puede
romper.
16

¡Cómo es de importante que nos preguntemos hoy por nuestra comunidad


cristiana, familiar, humana, inclusive política!. Cuántas veces somos
espectadores, no artífices comprometidos. Esperamos recibir pero no dar. Así
las comunidades pierden su horizonte cristiano y humano, espiritual y de
servicio. Los principales miembros de la comunidad son los débiles, los niños,
los ancianos, los hambrientos, los que no cuentan. He ahí, comunidad humana y
cristiana, los grandes tesoros que Dios te entrega para que encuentres tu razón
de ser, razón de existir.

Hoy comunidad humana y cristiana, eres el rostro de la madre de Jesús que


recibe al hijo. Al miembro de la comunidad desvalido, aquel que no cuenta, aquel
que deambula por la ciudad sin rumbo, aquel que ha sido fulminado por el rayo
de la indiferencia, del maltrato, de la violación, de la pedofilia.

Mira comunidad humana tu propio rostro, y si está endurecido por La


indiferencia, no tienes el rostro de la madre de Jesús. Puedes tener el rostro del
explotador, del corrupto, del enemigo de lo bueno, del lobo o del saqueador.

Tu rostro está llamado a ser bendecido por el rostro de María siempre virgen.
Porque en tu, comunidad, eres llamada a tener un rostro virginal sin mancha ni
arruga, fresco como el alba, para que todos se alegren contigo y todos quieran
estar contigo bebiendo de la leche y de la miel qué surgen de tu abundancia en el
amor y en la caridad, porque tus brazos son el signo de la bendición y del perdón,
porque tus manos, son las manos que expresan el amor de Dios, porque tu corazón
noble, comprometido y tierno es el terreno donde Dios sembró la palabra para
hacerla germinar en tremenda cosecha de paz y justicia.

Hoy en el corazón de la comunidad humana resuenan estas palabras: “He ahí a tu


madre”. Acoge y respeta a la mujer, ella es testigo ferviente de toda vida que
comienza, del inicio de la ternura. Sin la mujer, la comunidad humana y cristiana
está enferma, sus miembros recogerán la ruina de la enfermedad y de la muerte.
La mujer maltratada por el hombre engendra la terrible patología del madre-
solterismo, el triste camino del aborto, mujeres frustradas por su género que
tampoco quieren compartirlo con sus hijos, mostrándoles el espejo arruinado de
su feminidad.

A pesar de las tinieblas, el amor de Jesús, de su madre, del discípulo, de las


santas mujeres es un amor intacto, es un amor revelado y entregado. Es un amor
sublime qué se hace profecía para todos los miembros de la comunidad humana
y cristiana. A pesar de las dificultades y del dominio de los poderosos y del
sarcasmo religioso, este amor edifica y lanza hacia el futuro en la esperanza.
17

¡Qué gran regalo nos ha hecho Jesús al darnos a su madre desde la cruz como
madre! En María, virgen y madre, se no da la fortaleza para la comunidad que
en todo debe amar y servir a sus hijos, a sus miembros debe mostrar el rostro
misericordioso de Dios mismo que habita en ella.

¡Qué misión tan grande nos ha entregado Jesús al darnos a su madre para
proteger con la ternura, con la bondad, con el servicio y con el cuidado diligente
todo lo que favorece la vida, todo lo que promueve la ternura, todo lo que es
acogida. brazo abierto, palabra fraterna, amor desinteresado, reconciliación, y
cercanía. Los miembros de la comunidad cristiana somos los hijos de la
comunidad que hemos de defender a la madre, a la mujer, y a todo lo que es
digno de ser amado y respetado por los hijos de Dios, en y para los hijos de Dios

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos que por tu Santa Cruz redimiste al


mundo. Que al darnos a tu madre nos muestras en ella el rostro limpio del
servicio, de la generosidad, de la acogida, el rostro virginal de los que no se
dejan engañar por la tiranía del odio, por la guerra, por el sin sabor del
menosprecio. Te adoramos y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz, y con la
cruz de cada día, has hecho de nosotros los responsables de los hermanos en
orden crecimiento humano y espiritual.

Danos tu entereza madre bendita, Santa María, madre fuerte, madre virginal,
madre sincera, madre valiente al pie de la Cruz. Que sepamos recoger el
valor de Juan y de las Santas mujeres para llevarlo a nuestro corazón cuando
tantos nos quieren alienar y usar en beneficio de sus intereses particulares

Hoy estamos anhelantes en el calvario. Deseamos y pedimos tu Santo Espíritu


para construir la comunidad humana y cristiana con la misma entereza de tu
discípulo amado, y de las santas mujeres. Queremos reproducir la imagen de tu
santa madre en nuestra comunidad y en nuestra vida. Te pedimos que en nombre
de ella podamos ser fieles en el servicio, en la cogida, el perdón, en la misericordia.
Tu madre es la viva imagen de la iglesia. Imagen siempre renovada, imagen
siempre viviente del proceder del padre Dios en ti.

Danos ser fieles como el discípulo al que tanto querías, para no salir huyendo ante
los poderosos que condenan, ante los poderes del mundo que inclusive hablan en
tu nombre, buscando intereses egoístas y personales. Hoy, en la cruz, te alabamos,
te bendecimos y te glorificamos por María, nuestra madre, Santa Señora, virgen de
la ternura, vestida del sol y coronada de estrellas.
18

Cuarta palabra

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Evangelio de San Mateo 27, 46).

Las palabras de Jesús en la cruz son palabras benditas. Ellas son el faro luminoso
que ilumina a la humanidad y la comunidad y cristiana que hoy mira hacia el
calvario. Sus palabras son camino verdad y vida, esperanza para todo aquel que
experimenta soledad tristeza y muerte.

Las palabras y las actitudes de Jesús desde la cruz son esperanza para las tinieblas
que envuelven los corazones desgarrados por la injusticia y por la maldad. Este
grito de dolor y de angustia por parte de Jesús, iguala a Jesús con toda la
humanidad, la de todos los tiempos. La que suplica hora pidiendo misericordia.

“Dios mío, Dios mío”, es el grito desgarrador de muchos hombres y mujeres de


este comienzo del milenio que se preguntan por su futuro, por el de sus padres
sus hijos y comunidades. La encrucijada de la historia pareciera hacer a la
humanidad, en más de una ocasión, una mala jugada, cuando todo se creía
resuelto nos vemos en la necesidad de volver al punto de partida. Jesús ora a su
padre y padre nuestro, porque El es dueño de todo, el consuelo que no falla en
los momentos de dolor y desespero.

En esta situación extrema de abandono y desolación se encuentra Jesús. Los suyos


lo han abandonado. Su soledad es la del que lo ha perdido todo. Ha sido
arrancado de la comunidad de los creyentes, de la fe de Israel, para ser tenido
como blasfemo y como malhechor.

La condena en la cruz especifica este motivo: Jesús muere como un desecho de la


sociedad, como un rebelde, como un maldito expulsado de la fe por parte de los
sacerdotes de su época. Jesús es condenado y asesinado en nombre de Dios. Los
suyos lo abandonaron y su comunidad de fe lo condena por blasfemo. Jesús se
siente abandonado.

El mismo Dios parece no responder ante la causa de Jesús. El interior de Jesús


pareciera quebrarse, pareciera que reclama a Dios mismo el por qué de este
momento, el por qué de esta situación, el por qué de este abandono. Es
impensable desde la tradición católica que Dios haya abandonado a su hijo.
Cuelga del terrible patíbulo de la Cruz por causa de la humanidad, El lo ha
permitido en el ejercicio de nuestra libertad y anchura ante la elección por el amor
o el odio.
19

Si esto fuera, así la Santísima Trinidad sería una fábula, una mentira inventada
los teólogos y por la iglesia. El hombre Jesús, que también es Dios, hora
suplica y exclama. Pide ayuda, porque esta es la situación de todo aquel que ha
sido cercado, burlado, humillado, y despreciado.

¡Cómo nos cuesta sentir a Dios cuando puerta se nos han cerrado, cuando somos
alejados de los nuestros, cuando la injusticia nos cierra el paso a la felicidad!.
¡Cómo nos cuesta sentir la misericordia cuando el ultraje y la explotación hacen
de las suyas en la existencia humana. Así comprendemos negrito repetido de
tanto y de tantas en la historia! ¿Por qué, Dios mío?.

Nuestro Dios y Señor nos ha dotado de una inmensa libertad y de la capacidad


para discernir, para observar en nuestro proceder si somos servidores suyos,
hermanos y amigos de la vida humana. ¿Cuántas veces somos los causantes de
este grito, porque cerramos las puertas al hermano que necesita de nuestra
ayuda y de nuestra presencia? Es más, ¿Cuántas veces confabulamos para hacer
más pesada la vida del hermano?, ¿Cuántas veces queremos que tropiece y
caiga para placer nuestro, en signo de nuestro poder y altanería egoísta?

Jesús recibe todas las maldades posibles, habidas y por haber, estando en la cruz.
¡Qué baje de la cruz y se salve, qué baje de la cruz y nos salve! A otros has
salvado y ¿no se puede salvar a sí mismo?

Dios se vale de ti y se vale de mí para expresar su amor, su ternura y


generosidad en la vida y persona del hermano que sufre. Estas palabras de Jesús
en la cruz son el eco universal de la angustia de todo el que sufre. Donde posemos
la mirada, el dolor humano nos interpela, nos convoca. Esta el la hora de mirar
deque está hecho nuestro corazón. Los corazones de piedra no oirán el latido
frenético del corazón de Jesús clamando universalmente por todos los sufrimientos
que se derraman en el mundo, en las encrucijadas mortales.

Toda la estructura jurídica, religiosa y económica cerró el paso a Jesús y lo


condenó. La angustia de Jesús se dibuja en este grito, en este reclamo que surge
de lo más profundo de su humanidad bendita.

El padre no ha abandonado a Jesús. El padre está delante Jesús bendiciendo con


su fortaleza este momento arrollador y mortal. El padre sostiene al hijo en las
promesas, en la seguridad de que El resucitará al tercer día. Jesús vencerá toda
estructura humana sembrada con la muerte y el egoísmo. La muerte no podrá
vencer al justo. La muerte no tiene el dominio sobre la vida.
20

La comunidad cristiana esta llamada a servir de fortaleza en los momentos de


dolor, de encrucijada en la vida de los hermanos. La comunidad cristiana es la
iglesia misma que con sus manos y cariño acoge a todo aquel que padece el
dolor, la muerte y la ruina.

La comunidad cristiana es el brazo de Dios, de Jesucristo. En ella está la fuerza


del Espíritu Santo para apoyar a todo aquel que ha perdido las fuerzas, que se
siente desvalido.

Esta misión grande de la comunidad cristiana es la respuesta que Dios da a todo


aquel que clama en medio de su dolor, de su muerte. Si la comunidad cristiana y
la iglesia olvidan esto, se convierte en una estación de servicios. Desaparece de
su rostro el rostro misericordioso de Jesús. La comunidad cristiana ha de servir
cuando las puertas se han cerrado para los hermanos, cuando la enfermedad
amenaza, ella es acción vital cuando las estructuras económicas y políticas
abusan y abandonan la dignidad humana. La comunidad cristiana, entendida
como el cuerpo del Señor, es el instrumento de Dios para aliviar la angustia del
ser humano, cuando llama a Dios, preguntando ¿ por qué?

Este grito de Jesús, esta pregunta al Padre, ha tenido la respuesta mayor que
pudiera esperarse. La respuesta más grande y sublime con la cual el Padre Dios
ha respondido: Dios al tercer día lo resucitó y no lo dejó bajo el poder de la
muerte. No lo dejó bajo el poder y triunfo del Imperio Romano. No lo dejó bajo la
estructura religiosa que lo condenó por blasfemia. No lo dejó bajo el dominio de
los sacerdotes manipuladores de los sacrificios y de las ofrendas. No lo dejó bajo
el dominio de los intérpretes de la ley llamados saduceos y fariseos. No lo dejo
bajo el dominio de la cruz, signo del poder imperial, patíbulo en el que eran
condenados los enemigos del imperio. No lo dejó en la tumba, lo liberó de la
corrupción. La muerte, por el amor de Dios Padre no tuvo dominio sobre él.

¡Qué maravillosa es la respuesta del Padre, respuesta que contradice aquella


teología que afirma que Dios abandonó a su hijo en la cruz. No lo abandonó. Dios
aceptó la vida de su hijo, inclusive su angustia. El eclipsamiento de su presencia,
esta noche oscura del alma y del sentido era para demostrarnos que nada nos
puede separar de su amor infinito y misericordioso.

Ha sido así para decirnos, de manera profética, que todo aquel desamparado
tiene motivos para seguir esperando. Que todo aquel que está atado por cadenas
mortales, puede esperar su liberación. Que la muerte, ni los secuaces de la
muerte, tienen poder sobre la vida y El mismo es la vida. Después de la tormenta
viene el remanso de la paz. De las tinieblas ha de surgir una luz maravillosa para
todo aquel que se siente aturdido, abrumado, oprimido, solo y desesperado. La
21

oración de Jesús ha precedido este momento de angustia. Y en su oración ha


suplicado que se haga la voluntad del Padre y no la suya.

Hoy, con verdadero sentimiento, hemos de poner en las manos de Dios y en su


voluntad santísima nuestra angustia, nuestra desesperación, el sentirnos acosados
y molidos por los acontecimientos, por la pobreza, por la miseria. Dios no nos
abandona. Sus manos tienen nuestra vida en la suyas, nuestro destino está en su
misericordia y en su amor providente. El es el Señor de la justicia y no permitirá
que nuestros pies se calcinen caminando por la tierra estéril.

En tus manos bondadosas de Padre y amigo, depositamos el dolor tantos padres y


madres de familia que vieron partir a sus hijos rumbo a la guerra y no volvieron.
El corazón padres desgarrados por sus hijos en el consumo de la droga y en la
delincuencia. Los sentimientos heridos de tantos hogares aniquilados por la
separación de los esposos. La tristeza y angustia de muchas mujeres violadas.
Tantas familias heridas por el feminicidio. Tantos corazones que sufren porque sus
hijos no tienen oportunidad laboral, académica y económica. Hoy presentamos a
todos los pueblos de la Tierra especialmente aquellos que son víctimas del
desplazamiento forzado. Miles de hermanos que sufren porque sus vidas no tienen
el valor de ser productivas para la comunidad internacional. Tantos niños victimas
de maltrato laboral y sexual. Tantos hermanitos abortados y no nacidos por opción
perversa de sus madres.

Confiamos en ti, Dios nuestro, en la noche oscura cuando nos sentimos


abandonados. Perdona nuestra inconsecuencia, si hemos dudado de tu
misericordia, perdona nuestra queja en la noche oscura.

Tú estás más cerca que nunca en nuestra vida y existencia. Acompáñanos en el


dolor, en el sufrimiento. Abre nuestros ojos para saber que estás cerca, que te has
hecho carne con nosotros para caminar con nosotros, para sentir con nosotros. Tu
hijo en la cruz sufre con nosotros, llora con nosotros, dirigiéndose a ti .

Tú eres la respuesta sublime y maravillosa ante todo dolor humano. Respondes


con el sí de la resurrección a todo aquel que en este momento se ve en la sin
salida. Tú respondes con la resurrección ante toda la miseria fruto de la avaricia,
del egoísmo, de la falta de fraternidad, de la manipulación de hermanos por
hermanos.

Cuándo los caminos se hayan cerrado, ayúdanos a entender qué tú eres el


camino verdadero y sin discusiones qué nos lleva a la felicidad. Cuando llegue
la angustia, el sentirnos perdidos y a punto de perecer, ven en nuestra ayuda y
regálanos tu fortaleza porque sin ti nada podemos hacer.
22

Hoy Jesús desde la cruz inaugura para nosotros un tiempo nuevo de esperanza.
Por encima de tu angustia y de tu clamor al Padre está la vida nueva de la
resurrección. Gracias a ti, que esperaste las maravillas de Dios, porque esta se
hicieron vivas y encarnadas en tu amor salvador.
23

Quinta palabra

“Tengo sed”. (Evangelio de San Juan 19, 25 29).

La pasión de Jesús tiene la lentitud propia los actos humanos que calificamos
como maldadosos y crueles. Porque así es la maldad humana. Se complace en ver
sufrir al enemigo, en ver sufrir a la víctima.

Colgado en la cruz, Jesús experimenta la sed propia de los de los condenados a


muerte. Esta sed es la expresión y el resultado de la crueldad de los azotes, de la
corona de espinas, de los clavos que lo sujetan a la cruz.

Los elementos de la naturaleza, poco a poco se van apartando de la vida de Jesús.


Y el agua, que tanto abunda en la naturaleza, también se va apartando de Jesús.
Los labios de Jesús están secos y su piel marchita. Al final de la pasión veremos un
hombre deshidratado, como diría algún teólogo: un pellejo de piel y huesos
colgado de la Cruz.

Lo ha dado todo, lo ha entregado todo, y de su humanidad quedará muy poco. Me


han tratado como a un cacharro inútil. Nadie vela por mi vida. Puedo contar mis
huesos. Realidad que expresa la sed que acompaña el suplicio de la Cruz.

Vemos a Jesús sediento, lo vemos crucificado, lo vemos coronado de espinas, lo


vemos traspasado, lo vemos azotado. Lo vemos en peregrinación hacia la plenitud
y hacia la resurrección. Lo vemos en el camino oscuro. Lo vemos frente a la
voluntad del padre. Lo vemos humillado. Y lo vemos mirándote a ti y a mí
pidiéndonos de beber. El que un día dio agua viva a la samaritana, sigue siendo el
surtidor de agua qué salta hasta la vida eterna. Vengamos a esta fuente inagotable
y bebamos de ella. Bebamos del sediento, bebamos del crucificado, bebamos del
humillado, bebamos de su vida santa y bendita, bebamos de su amor
misericordioso, bebamos de su entrega traspasada por la vida auténtica y molida
por nuestras rebeliones. Bebamos de su justicia. Bebamos del manantial de su
sangre que libera y quita el los pecados de la humanidad.

La sed de Jesús, es la analogía real de la sed que Dios tiene de nuestra vida. Dios
tiene sed de nuestro amor, de nuestra solidaridad universal. La sed de Jesús nos es
presentada hoy cómo palabra Santa, cómo palabra que calcina nuestra avidez de
goce, del disfrute de placer, tras placer. De alegría barata. El placer nos es dado
como don de Dios para experimentar su gratuidad. Hacemos del placer una burla
cuando lo llenamos de fango, de humillación y manipulación en la persona de los
hermanos por su pobreza y carencia. Lo hacemos tiniebla cuando los usamos para
derrocar nuestra propia dignidad y altura moral.
24

La sed de Dios también es la demostración de cómo nos quiere crear. Nos quiere
conformar con el proceder de su hijo. Tengamos los mismos sentimientos y las
actitudes de Jesús.

Jesús es el modelo de la creación de Dios. Y si nos dejamos crear, realizamos ell


designio Salvador. Dios tiene sed que nos dejemos moldear por sus manos, por
su palabra, por su poder creador. Esta es la verdadera justicia. Esto nos hace
justos y esto nos lleva a tener en nuestro cuerpo y en nuestra mente su palabra.
El proceder del justo que, hoy desde la cruz, nos dice tengo sed. Porque la sed
de Jesús es la misma sed de Dios.

La sed de Jesús es el clamor de tantos hermanos que sufren el desamparo. Es la


súplica de todo aquel que toca la puerta esperando que le abran. Es la esperanza de
todo el que envía hojas de vida ser recibido. Es la fila interminable de todo aquel
se acerca un hospital ser atendido. Es la marcha de inmensa muchedumbre
esperando ser acogido en pueblo extranjero porque su país está en guerra.

La sed de Jesús está presente hoy en todos los rincones de la Tierra dónde hay
calamidad humana por desastres naturales, por accidentes, desvío de fondos, por
prevaricato, por corrupción indolente.

La sed de Jesús es la tuya y la mia cuando hemos perdido la esperanza en el


panorama político. Cuando sabemos que ante de los destinos de los pueblos se
desata la corrupción como un mal imparable, defendido y patrocinado por los
mismos corruptos.

La sed de Jesús está presente en el malestar diario de tantos hermanos que ya no


quieren vivir, a quienes la depresión y la enfermedad lanzan por caminos de
suicidio, adicción a la droga, a la ludopatía, al comercio y trata de personas. Está
presente en el anhelo insatisfecho de una vida digna y con los derechos
garantizados. Esta sed es real y la vemos en quien desea y promueve el desarrollo
de la comunidad y la sostenibilidad de los recursos.

La sed humana se nos hace presente en el discernimiento qué hacemos


cotidianamente, cuando no nos conformamos con una vida mediocre, con una
vida llevada al ruedo del sin sentido, a la faena que muele nuestra vida para
dejarla seca y amargada.

Esta esta sed nadie la puede calmar, sólo Dios con su amor. sólo Dios con su
ternura, sólo Dios con su acogida.

Los brazos de Dios están esperándote para dulcificarte, para hacer de tus días
mares de esperanza. Sus brazos te están diciendo que nada te podrá calmar sino
25

sólo su amor. La ternura de Dios no es un consuelo para personas alienadas, su


ternura es libertad, su ternura es horizonte nuevo, su ternura es paz, su ternura es
salud.

Dios nos acoge y quiere que comamos y bebamos con El. Esto es lo que hacen los
amigos. Los amigos calman su sed unos a otros. Los amigos comparten la mesa, y
en el compartir se expresa la ternura, el calor humano, se sacia nuestra hambre y
nuestra sed. Vayamos a Jesús, comamos con él, el cenará con nosotros y servirá el
vino de su amistad para calmar nuestra sed, nuestra soledad, nuestra ansia de
sentirnos queridos y estimados. ¿ Quién como Dios?, sólo Dios. ¿Qué puede haber
más grande que el amor misericordioso?: sólo el amor de Dios en Jesús.

La sed de Jesús nos invita a dialogar con seriedad y verdad ante nuestro Dios.
Quién es humilde y reconoce su sed podrá recibir los consuelos que vienen de
Dios. La soberbia humana nos dice que todo lo podemos, que todos lo hemos
alcanzado. Quien tiene sed se sabe peregrino y acude a Jesús la fuente de agua viva
para calmar la sed de su existencia.

Ante esta palabra de Jesús, hemos de pedir, suplicar, implorar el don de la fe, pues
sabemos que la fe calma nuestra sed. Con ella vivimos la radicalidad del Evangelio
y de la vida nueva que nos ha traído Jesús.

Si tenemos sed de la fe, si tenemos sed del Evangelio, resucitará en nosotros la sed
del servicio. Sirviendo hemos de calamar la sed de una vida que a veces nos parece
inútil, sin rumbo, sin sentido. Esta sed me ha de llevar al hermano para
encontrarme con su real necesidad, con su humanidad maltratada. Me llevará a
promover todo lo bueno, todo lo justo, todos lo santo que hay en la comunidad
cristiana. Esta sed es la misma sed de la justicia por la cual recibimos el
experimentar muy de cerca el amor misericordioso y la acogida del Padre Dios

Tiene sed quien busca a Jesús, quien no se conforma con la sola experiencia
religiosa, quien desea hablar con Jesús, seguir tras sus huellas, caminar con él, vivir
con él. Aquí se hace la diferencia entre una vida religiosa cultural y una vida en
seguimiento de Cristo. De esta manera se calma la sed de quienes comprenden y
saben del valor de las aguas bautismales. Sólo así es posible una humanidad
nueva. La vida cristiana como seguimiento es compromiso permanente, es oración
sin tregua, es caridad permanente y sin límites, es perdón y reconciliación en todo
momento, es acogida, es responsabilidad en lo grande y en lo pequeño, es pan
partido y vino generoso.

La sed de Jesús orienta también su invitación maravillosa a acercarnos a beber de


su sangre en el cáliz de la Nueva Alianza. Que nuestra sed se vuelva eucaristía, se
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vuelva encuentro de la comunidad cristiana, de la iglesia que, al partir el pan, tiene


el gozo de reconocerlo.

Me acerco hoy al Calvario sin agua pidiéndote a ti me des de beber. Tú eres el


agua viva. A ti que está sediento dame entregarte mi vida para que calmes tu
sed. Perdóname si a tu sed doy el vino amargo de mi pecado, de mi egoísmo,
de mi maldad. Perdóname si si a tu sed sólo acudo con el reclamo egoísta y no
con la entrega generosa a mis hermanos.

Muchas veces he golpeado la roca del mundo pidiendo que me de agua, sólo he
obtenido polvo y arena, vientos, tempestades, dolores y callos en mis manos.

Hoy acudo a ti carne sedienta de Jesús qué te has vuelto pan y vino para
alimentarme y alimentar al mundo. Para calmar mi hambre y mi sed. Dame de ti
que eres agua que calma la sed de una existencia llena de angustia, molida por
los por los horrores de la inhumanidad.

Dame de ti, que se cumpla la promesa: que si bebo de ti soy un surtidor de agua
para la vida eterna. Y libérame del miedo qué implica renunciar a todo aquello
que me aparta de ti, que eres la verdad, de tu amistad, de tu ternura. La
humanidad de todos los tiempos te ha acercado una esponja empapada en
vinagre. Yo tampoco puedo calmar tu sed en la cruz. Con tu sed has querido
calmarla mía, satisfacer ese vacío qué va conmigo en mi peregrinación, que
acompaña todos los pueblos a lo largo de la historia.

Dame de ti mismo que eres agua viva. Dame tu palabra que es espada de dos
filos y que llega hasta el fondo del alma.

Hazme humilde para que, como el ciervo vaya veloz a tu encuentro y calme mi
sed de ti en tu corazón manso y pacífico. Saciado en ti, déjame ir a mis
hermanos para calmar también su sed Y sea yo instrumento de tu misericordia
en el consuelo de mis hermanos.

Que las aguas del bautismo fluyan de mi palabra, de mi mirada, de mis manos,
de mis pisadas. Porque estas aguas fueron don tuyo para mi vida verdadera.
Que estas aguas hoy, emerjan de mí como un verdadero manantial de vida para
construir el santuario de tu nombre, tu iglesia, que es una, santa, católica y
apostólica.
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Sexta palabra

“Todo está consumado” (Evangelio de San Juan 19, 30)

Las siete palabras de Jesús en la cruz, nos abren las puertas para comprender el
misterio de Dios creador. ¿Qué mejor manera de entender, desde la fe, el proceder
de Dios en Jesucristo?

Dios se complace en crearnos todos los días de la nada. Por ello es tan importante
discernir en el día a día si nos dejamos crear por Dios, si dejamos que él nos revele
de día en día, de hora en hora, su misericordia infinita. La soberbia consiste en no
dejarse crear, no querer ver este amor misericordioso, el no querer ver el rostro del
Dios viviente en los acontecimientos del mundo, de la historia de los hermanos, en
la comunidad cristiana, en Santa la iglesia de Dios.

Y puesto que Dios es creador, el máximo de la creación resplandece en el hijo de


Dios. Por él y para él fueron creadas todas las cosas. Todo se mantiene en él. Él es
la medida del juicio, del amor, de la verdad. Y todos hemos de crecer hasta la
estatura de Cristo en sabiduría, amor, plenitud y gozo.

Estas palabras de Jesús, son el compendio sublime y maravilloso de las cosas de


Dios, de todo lo que ha hecho, lo visible y lo invisible. Todo está consumado
porque el Padre Dios ha llevado a plenitud en el mundo. En Jesús nos ha revelado
la humanidad verdadera. En el Hijo nos ha revelado como ser sus hijos. En el Hijo
de sus complacencias, está el cómo se complace en nosotros.

En Jesús la humanidad entera llega a su madurez. Con esto se indica hacia dónde
tendemos todos los seres humanos. Cómo caminar y vivir en la verdad. En Jesús
se ha consumado la humanidad. La humanidad alcanza su máxima meta en la
creación en la en la medida de Jesús. Nos preguntamos, entonces, ¿qué esperanza
tiene la humanidad, hacia dónde se dirige?, y la respuesta nos es dada. Nos
encaminamos a tener el modo de ser de Dios en Jesucristo. Y esta es la
consumación.

Pero es imposible entender la consumación, si no entendemos el querer de Dios en


la vida humana. Su querer es reinar en cada hombre, en cada mujer, cada niño, en
cada anciano. Su reinado es establecer en el corazón del hombre el proceder que se
ha revelado En Jesucristo.

Esta es la creación de Dios, creación siempre nueva y renovada porque todos los
días, en cada hora e instante, El quiere reinar y, a través nuestro, revelarse a la
humanidad. Esto es lo que está consumado, nos muestra su reino en Jesús. Es más,
cuando la comunidad cristiana predica a Jesucristo no lo puede predicar fuera de
28

esta perspectiva del reino. Hablar de Jesús es hablar del reinado de Dios y hablar
de su reinado presente es hablar de la consumación que Dios ha hecho en Jesús, la
cual es ya presente y futuro, peregrinación y meta y que se nos hace palpable en el
seguimiento de Jesús, en su camino glorioso desde de la cruz a la resurrección.

La teología de la Cruz, nos lleva a comprender el significado del abajamiento, de la


entrega, del anonadamiento de Jesús. La cruz, que era un instrumento de tortura y
de muerte, ha venido a ser instrumento de triunfo. El hijo del hombre ha vencido
la muerte. Esta es el anti reino. Jesús ha sometido a la muerte y la ha aniquilado
por su entrega, por su servicio, por su amor sin límites, por su confianza en Dios,
por su oración sin tregua, por su sacrificio, porque siempre en sus labios brilló la
verdad. La cruz ha venido a ser el testimonio del reinado de Dios enn Jesucristo.
Otro tanto hemos de decir del bautizado que carga su cruz y sigue a Jesús, para
llamarse su discípulo y para ser digno de él .

La consumación no fue un camino de paz. A Jesús se le ha hecho la guerra. Jesús


ha respondido con paz y humildad. Es el cordero de Dios que, enmudecido, no
abría la boca. Esta consumación tiene el sello de la sangre derramada con valor.
Sangre vertida como amor. Sangre como servicio, que lava los pies y purifica la
conciencia, que da sentido a la historia personal y comunitaria, que construye una
comunidad de discípulos desde el servicio y no desde el poder.

Todo está consumado, porque el Padre ha revelado el camino nuevo y


verdadero para mostrarnos una verdadera humanidad. ¿Dónde está el hombre?:
está en la consumación, es decir, en permitir que Dios reine en todo momento,
en toda hora, en toda circunstancia. ¿Dónde está el hombre?: lo vemos en
Jesucristo que es la consumación del Padre. Lo vemos en el camino de la
santidad, lo vemos en la iglesia pobre, amiga de los débiles, servidora de la
justicia, peregrina con los que peregrinan, iglesia servidora del Evangelio,
iglesia anclada en el mundo sin ser del mundo.

El mundo siempre vivirá los dolores de parto. El mundo llega a su consumación


cuando tenga el rostro perfecto del Salvador. Tú y yo tendremos el rostro de Cristo
cuando dejemos de contar con nuestras solas fuerzas para la construcción de la
santidad. En vano se cansan los albañiles si tu no construyes la ciudad.
Recordamos aquí el legado espiritual de San Ignacio de Loyola de hacer todas las
cosas cómo si dependieran de nosotros, pero hacerlas todas ellas cómo si el
hacerlas dependiera totalmente de Dios. De esta manera la consumación es una
verdadera vocación, en la cual todo está puesto en las manos de Dios, su destino
está en El, su meta en El, su finalización en El. Sin eludir nuestra responsabilidad y
libertad gozosa.
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Ante el rostro de Dios ponemos nuestros proyectos, nuestras esperanzas.


Contamos con El en todo y para todo, Esta es la actitud del hombre orante, del
hombre que comprende su destino no a la luz de sí mismo y de su soberbia, sino
a la luz del amor creador que todo lo puede, que todos lo ennoblece e ilumina.

En el Santo Evangelio, el Señor nos ha dicho qué somos llamados a ser luz del
mundo y sal de la Tierra. Si todos los días recordamos esto, entonces nuestra
vida tendrá mucho que dar y que entregar. Es una lástima, que en los caminos de
de la misma religión, preguntemos más por el pecado que por la luz y por el
sabor tiene la vida del seguidor de Cristo. Sí preguntamos por la luz y por el
sabor de la vida del cristiano, es porque éste tiene mucho para dar: alegría,
amistad, fraternidad, compromiso, fidelidad, ternura, esperanza,
discernimiento, sacrificio y el don máximo de la propia vida.

El camino de la consumación es camino para esforzados. Con razón vemos que la


consumación se realiza en la entrega total. Se ha realizado en la cruz. Y por ello la
cruz es signo de la plenitud de aquel que se acoge y camina en los deseos de
Dios. Un cristianismo sin cruz es un remedo de plenitud. Un cristianismo sin
cruz es un cristianismo tibio, flojo, mediocre, temeroso, espantado y cobarde.

La consumación en la cruz nos está diciendo que la cruz es la carta de invitación


para ver las grandes maravillas de Dios, cumplidas y realizadas, no sólo en su
Hijo, sino en la comunidad humana y cristiana. En ti y en mí, realizando los
designios de Dios, su voluntad y su reino porque hemos acogido el camino de la
cruz cada día. Es el camino de la vida de aquellos que perdonan, que viven por
la reconciliación, que no se reservan ser señores sino servidores humildes y
sencillos.

Enséñanos, Dios y Señor nuestro, el gran valor de la Cruz. Muéstranos tus manos
clavadas al madero y tus pies traspasados para entender que sin la cruz no hay
consumación. Que la cruz de cada día es el distintivo cristiano de quien te
sigue y se adhiere a ti, camina contigo, va contigo hacia el calvario para llevar a
plenitud la obra de Dios en el mundo. Pues quieres que todos los hombres se
salven, que todos, y cada uno, llegamos a la plenitud de la vida, en el amor, en el
servicio, en la resurrección y esto está marcado por la vida que lleva la cruz, sin
escandalizarse del amor.

Hoy, al caer la tarde del viernes Santo, permítenos descubrir cuál es nuestra
Cruz. Cuál es mi cruz. No permitas que salgamos huyendo de ella. Los tuyos
huyeron desde la víspera de la pasión. No permitas que yo huya en este
momento, cuando te veo atado, amarrado y crucificado, unido a la cruz de la
cual ya no te puede separar. Dame llegar a la consumación por el camino
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correcto: el tuyo. No el mío que tantas veces es un simulacro, una


representación, y no una verdadera entrega. Perdona en mí, mi flaqueza, mi
debilidad por no cargar con la cruz de cada día, al evitar el comprometerme y
salir al encuentro del débil, y de los aplastados por la injusticia y el abandono.
Inclusive, por no salir al encuentro de mí mismo, aceptando tu luz para entregarla
al mundo.

Gracias, Señor, por los mártires este comienzo del milenio. Su sangre derramada,
como la tuya, es prenda de la consumación que Dios ha querido en tu hijo y que
hoy sigue siendo profecía en tantos hijos tuyos asesinados por causa de la
justicia, por causa de la fe, de la fidelidad a ti y por amor a tu Evangelio. Los
mártires de hoy, Señor, son el evangelio viviente de la consumación. ¿A quién
vamos a ir?, sólo tú tienes palabras vida eterna de vida eterna.
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Séptima Palabra
“Padre en tus manos comiendo mi espíritu” (Evangelio de San Lucas 23,46).

Hemos acompañado a Jesús en la vía dolorosa. Lo hemos acompañado y nos ha


estremecido su silencio y su humildad ante el verdugo y ante quienes lo han
condenado a muerte. El silencio de Jesús es un grito a todas las épocas. Jesús
cuelga de la Cruz vencido y agotado. Su triunfo es de Dios. Sus palabras han sido
un diálogo con el Padre, no menos esta palabra: “Padre, en tus manos encomiendo
mi espíritu”.

Esta palabra contradice de una manera sorprendente y tajante las intenciones de


quienes han puesto a Jesús en la ignominia y en el inmenso suplicio de la Cruz.
Han despojado a Jesús, pero no han podido despojarlo de su espíritu.

Nos ha costado entender que el espíritu es el gran regalo de Dios, es un modo de


ser. Y este modo de ser en Jesús no es un invento suyo, no es una casualidad, no es
una casualidad, no es un azar. El espíritu que encomienda al Padre es toda su
obra: es su predicación, son sus milagros, es la liberación del pobre que clamaba, es
la liberación del mal de aquel estaba sometido a la acción del maligno. Su espíritu
es la misma actividad de Dios en El, como reino, como su reinado. Su espíritu es
Dios reinando y mostrándose al mundo en plenitud de vida, en plenitud de
humanidad.

El sermón de las siete palabras, pareciera llegar su conclusión, cuando se proclama


última palabra de Jesús en la cruz. Pero esto no es así. Dios quiere reinar en el
corazón todo hombre. Y por eso la oración de Jesús nos incluye a ti y a mí en el
Calvario. Sí Jesús encomienda su espíritu al Padre, nos está encomendando,
porque su espíritu, su modo de ser, el modo de ser de Dios, tenga su
cumplimiento en tu vida y en mi vida.

Para poder llegar a este momento de encomendar su espíritu, Jesús se ha vaciado


completamente de sí mismo. Sólo podemos contemplar un cuerpo destrozado,
traspasado y herido, molido y aniquilado, de lo humano no queda nada. Pero
queda lo más importante, su espíritu. Dios obra, realiza el gran milagro, lo
imposible para los hombres ha sido posible por Dios. Lo que los hombres no
querían ver ahora, lo pueden ver en el crucificado, que es el Salvador, que es el
camino, la vía regia para llegar el corazón del Padre. La tierra temblará, el velo del
templo se rasgará, y la naturaleza expresará esta novedad cósmica. El espíritu de
Jesús dará orden al caos, traerá la alegría, derramará su claridad sobre las tinieblas
que se ha cernido sobre la tierra en la hora de la cruz.
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Estas palabras son más que un testamento. El Padre Dios, que es providente, por
el Espíritu Santo, sigue regalándonos su modo de ser, como lo entregó a Jesucristo,
el primogénito de todos los hombres. Nuestro corazón está invitado abrir las
puertas de nuestra humanidad para qué entre el soplo maravilloso y refrescante
que crea un mundo nuevo, una vida nueva, y una comunidad cristiana renovada. S
Jesús nos ha encomendado y, con nosotros, su espíritu que habitar en cada una de
nuestras palabras, obras y pensamiento. De este modo la vida cristiana es
Jesucristo entre nosotros, amando, dándose, mostrándonos su rostro adorable y
pacificador. Su mirada sigue buscando nuestros ojos para interrogarnos y
proponernos la gran parábola de su vida. Sus manos siguen partiendo el pan de su
misericordia y continúa sirviéndonos el vino de su entrega y de su gozo.

El cristianismo es entendido, muchas veces, como un conjunto extenso de normas


de principios, de dogmas. Estos son, en verdad, algunos elementos que orientan
el camino religioso. Pero la verdad es que el cristianismo es el modo de ser de Dios
en Jesucristo. Si no se posee el espíritu de Jesús, nuestra fe es sólo una puesta en
escena de una religiosidad cultural. Esto describe al cristiano mediocre, al hombre
que tiene frente así la religión para justificar su conciencia, cuando la vida le hace
pasadas fuera de cálculo, fuera de su programa. Es, simplemente, un refugio para
la terrible soledad humana, donde aún no ha llegado o no se quiere dejar llegar la
misericordia de Dios.

El espíritu de Jesús alienta el ser misionero de la iglesia y de la comunidad


cristiana. Anima el encuentro de los hermanos. Fortalece debilidades de la
comunidad que se reconoce Santuario de este espíritu. Pues Jesús mismo por su
espíritu está presente en la comunidad. El espíritu robustece a los débiles, sana a
los heridos, nos recuerda la intención de la palabra de Jesús, pero, sobre todo, nos
recuerda su modo de sentir, de pensar y obrar.

¡Cómo es de importante que entendamos esta oración de Jesús al Padre! Jesús ha


orado y el Padre lo ha escuchado. Fruto de esta oración es el envío del Espíritu
Santo sobre los Apóstoles y sobre la iglesia. Jesús no nos ha dejado huérfanos. Esta
oración ha sido escuchada, cuándo en la vida sacramental de la iglesia recibimos,
por la acción del Espíritu Santo, el mismo espíritu que hoy encomienda al padre.
¿De qué sirve la iglesia y sus sacramentos, si no transmiten el modo de ser de Dios
en Jesucristo?¿ De qué sirve la catequesis, el magisterio eclesiástico, la vida
misionera, si no es para comunicar este modo de ser?

Poseer el espíritu de Jesús es el motivo vocacional de todos los tiempos. Poseer


este modo de ser, es dejarse amar por Jesús, es descubrirlo a El, seguirlo, amarlo
servirlo, comer con El, es estar donde El está. Los estremecimientos y los
terremotos que se suscitan en la vida de la iglesia como anti testimonio, son el
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reflejo de que no interesa el modo de ser de Jesucristo. Que no se dialoga con El,
que no se aprende de El, que no sabemos dónde encontrarlo. Hoy nos
preguntamos con San Ignacio de Loyola: ¿Qué he hecho por Cristo, qué hago por
Cristo, qué puedo hacer por Cristo? Sólo puedo hacer lo que me inspire su amor, lo
que me inspire su vida, el seguirle y amarlo.

Encomienda su espíritu al Padre Dios, y con ello va también su gran experiencia


de amor al padre. Jesús ha sido como el niño de la casa que, en diminutivo,
habla con su Padre. ¡Cuántas veces rehusamos hablar con Dios, por parecernos
distante, cuando en verdad está cerca de nosotros, queriéndonos hacer
experimentar su paternidad amorosa!

Así como Jesús encomendó su espíritu, nos faltan revisar si nuestra vida se está
conformando a la de Cristo, en seguimiento fiel. A esto corresponde el examen
diario de conciencia. Dar gracias a Dios: pedir que abra nuestros ojos para ver
sus maravillas, realizadas en el día a día. Que abra nuestro entendimiento para
mirar nuestra maldad, y recorrer en un espacio de tiempo nuestro proceder en el
egoísmo, en la discriminación, en la injusticia, en la falta de solidaridad. Mirar
en el día a día cómo nos apartamos de El haciendo de nuestra vida un pantanero
lleno de muerte. Hacer el propósito de lanzar de nosotros todo mal, y pedirle
que nuestro proyecto de vida se ajuste a su vida.

Padre y Señor, mira nuestra vida, no permitas que nos separemos. Llévame de tu
mano, porque sin ti la vida es miseria, la vida se empequeñece, la fraternidad
ruina se vuelve ruina, la comunidad cristiana es sólo un grupo social, a lo
máximo, un club de amigos.

Danos entender en profundidad tu manera de ser, tu sentimiento, tu obra, y tu


pensamiento. Síguenos mostrando tu intimidad amorosa con nuestro Padre Dios.
De esta manera, yo no recurriré a otro espíritu que no sea el tuyo, garantía
auténtica del camino de la peregrinación hacia la casa del Padre, alegría de los
hermanos que se sientan a la mesa a compartir el pan de tu cuerpo y de tu sangre.
.

En este viernes santo, cuando celebramos tu muerte, no pase desapercibido que tu


espíritu no da el sentido de tu amor a toda prueba, en tu vida entregada por
todos, por ti, por mí, por los de ayer y por los de mañana.

En este viernes santo, permíteme recoger las semillas de tu entrega para


plantarlas en mi vida, en mi familia, entre mis amigos, en la iglesia, en el
ministerio, en la predicación, en la enseñanza, en el silencio, en el dolor, en la
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soledad y en la enfermedad, en mi propia caducidad. Pero sobre todo, donde mi


carne mimada hace repulsa a la conversión, donde mi maldad, por rebeldía, quiere
las semillas pútridas de la muerte.

Gracias, Señor, porque tus heridas nos han curado. Gracias, Señor, por tu entrega,
por tus palabras, que ellas revistan de vida esta carne mimada que soy yo y esta
injusticia qué va conmigo, aniquilando la paz, el amor y la ternura. Sondea mi
corazón y llénalo de tu luz para que pueda irradiar en el mundo tu propia luz,
esa que no se apaga, esa que no tiene ocaso, esa que no pudo vencer la muerte ni
la cruz. Esa misma luz que, en la mañana de la resurrección, hizo que
comprendiéramos la cruz y la amaramos, no como instrumento de muerte
sino como signo de la vida verdadera que eres tú mismo.

Gracias, Señor, por tu amor infinito, gracias porque eres la ventana llena de luz
por la cual comprendemos a Dios, por la cual nos acercamos a El para recibir de
El mismo el abrazo de la reconciliación y del perdón. Gracias, Jesús, porque eres
la carne viviente del Dios que camina con nosotros en la historia y en el tiempo.
Gracias porque eres el esplendor del amor y la verdad.
.

+JOSE FERNANDO MONTOYA P

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