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contracultura

Es una cultura de signo negativo o la agresión a los valores de la cultura imperante. En casi
todos los países, dada su composición multinacional y pluricultural,
surgencontraculturas sustentadas por grupos menores dentro de la sociedad —minorías
étnicas, parcialidades religiosas, capillas políticas, grupos intelectuales o artísticos—
enfrentados contra la cultura dominante y contra las categorías deontológicas que ella sustenta.
Esos grupos se distinguen por los valores que defienden, la forma del lenguaje, la
indumentaria, las costumbres y el afán estridente de mantener y profundizar sus diferencias con
la cultura oficial, diferencias que son parte de la autoafirmación del grupo y del orgullo individual
de sus miembros.
Las subculturas, en cambio, son sistemas de ideas, creencias, costumbres y
comportamientos discrepantes de la cultura oficial sostenidos por grupos dentro de la sociedad.
No son cualitativamente mejores ni peores que la cultura oficial, sino simplemente disonantes.
Se diría que entre la contracultura y la subcultura más que diferencias de naturaleza las hay de
grado, ya que la primera ataca frontalmente a la cultura oficial y busca sustituirla mientras que
la segunda discrepa de ella aunque de una manera u otra convive con el establishment.
La contracultura y la subcultura se insertan necesariamente en el marco de un esquema
cultural más amplio y de mayor calado. Los conceptos mismos decontracultura y
de subcultura presuponen la existencia de una cultura principal, respecto de la cual ellas son
expresiones contrarias o discrepantes. Sus activistas, aunque en alguna medida participan de
la cultura imperante, tienen creencias, actitudes, costumbres y formas de comportamiento
diferentes de las establecidas en la sociedad. Si esa discrepancia es más aguda se puede
hablar de contracultura, es decir, de una cultura no sólo disidente sino contrapuesta a la cultura
oficial.
El que la cultura sea “imperante”, “dominante”, “oficial” o “principal” no significa
necesariamente que sea mejor, sino simplemente que ejerce la hegemonía en un momento
dado y en un espacio determinado; como tampoco son forzosamente inferiores o menos válidas
las expresiones contraculturales y subculturales que se le oponen.
Tanto los promotores de la contracultura como los de la subcultura, en cuanto combaten las
categorías y comportamientos de la sociedad dominante o disienten de ellos, tienen entre sí
lazos muy intensos determinados por la causa común que les motiva.
Los protagonistas de las contraculturas y subculturas —
los beats, los beatniks, losyippies, los hippies, los punks, los zippies y todos esos grupos de
extravagantes comportamientos— aparecieron como expresión de protesta o de evasión de los
jóvenes contra la >sociedad de consumo, el adocenamiento de los seres humanos y los
atosigantes convencionalismos sociales. Allí se originó el loco anhelo de libertad que tomó
forma en sus creaciones literarias o artísticas, en su música, en sus costumbres, modos de
vestir, diversiones y estilos de vida. Esos grupos contestatarios eran vectores de la
inconformidad con los “valores” de la sociedad burguesa: el amor al dinero, la obsesión por
acumular riqueza, el hedonismo, el consumismo, la inequidad, la molicie, la dilapidación, el
culto a la desigualdad y el egoísmo económico.
En diversos lugares y épocas han surgido manifestaciones contraculturales y subculturales.
En los Estados Unidos, como expresión de la profunda inconformidad con el sistema social,
advino a comienzos de los años 50 del siglo anterior el movimiento beat —o la beat
generation, según la expresión acuñada en 1948 por Jack Kerouac, uno de sus inspiradores—
integrado por un grupo de escritores, músicos, directores de cine y pintores estadounidenses
que asumieron una postura radicalmente iconoclasta y anticonvencional, expresada en su obra
literaria, su música, sus artes plásticas y su estilo de vida. Esa actitud revelaba un profundo
desencanto con la sociedad que les tocó vivir y por eso se inclinaron hacia las religiones
orientales, las drogas, el sexo, el jazz y el alcohol, como medios de evasión de la que para ellos
era la sofocante sociedad norteamericana de la década de los 50, afectada entre otros males
por la depresión económica, los estragos de la Segunda Guerra Mundial, las tensiones de la
>guerra fría,el >macartismo y la amenaza de la bomba atómica. Su literatura fue subversiva. La
poesía y la prosa de Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William S. Burroughs y Lawrence
Ferlinghetti inspiraron también un activo movimiento de protesta social que tuvo todas las
características de una contracultura, cuyo impacto en los años posteriores fue notable dentro y
fuera de los Estados Unidos.
El término beat proviene de la expresión inglesa “beaten down”, que quiere decir
“derrotado”, “golpeado” o “fracasado”. En esta triple connotación lo utilizó por primera vez
Kerouac en 1948, aunque el “bautizo” oficial del nuevo movimiento intelectual se produjo con el
artículo de John Clellon Holmes titulado “This is de Beat Generation”, publicado en el "The New
York Times" el 16 de noviembre de 1952.
La generación beat fue la de quienes se consideraban injustamente tratados, lesionados o
vencidos por la organización social norteamericana de esos años. Lo cual les condujo a
aislarse de la sociedad y a refugiarse en las profundidades del subjetivismo individual.
La Universidad de Columbia en Nueva York fue la cuna del movimiento beat. Sus
principales exponentes fueron Jack Kerouac —jugador de fútbol norteamericano—, Allen
Ginsberg —un tímido homosexual—, William S. Burroughs —drogadicto—, el poeta negro Le
Roy Jones —fanático del jazz—, Lucien Carr, John Clello Holmes, Hal Chase, Herbert Huncke,
Neal Cassady, Lawrence Ferlinghetti, John Arthur Maynard, Peter Orlovsky, Carl Solomon,
Philip Lamantia, Michael McClure, Gregory Corso, Gary Snyder y muchos otros escritores,
poetas, músicos, pintores y cineastas iconómacos, que pasaban buena parte de su tiempo en
los clubes de los recovecos neoyorquinos para leer sus poesías, escuchar música y matar el
tedio de la vida.
En esos clubes los músicos Dizzy Gillespie, Thelonius Monk, Charlie Parker, Max Roach y
Miles Davis marcaron una nueva era en el jazz. Kerouac, Ginsberg y sus compañeros, influidos
a la distancia por el poeta francés Arthur Rimbaud, tomaron deljazz los mitos del artista solitario
y torturado y se perdieron en las brumas de la melancolía, la ensoñación, la libertad intelectual,
la emancipación sexual —especialmente homosexual—, la rebeldía, la droga y la bohemia.
Bajo los efectos de la benzedrina, Kerouac escribio su “On The Road”, que fue el libro
emblemático delmovimiento beat y que representó una suerte de manifiesto universal de la
juventud contestataria, anhelante de huir del agobiante convencionalismo del establishment. Y
la heroína fue la fuente de inspiración de Burroughs en sus libros “Junky” y “Naked Lunch”.
En la febril búsqueda vital emprendida por los beat, en la cual se entretejían párrafos
literarios con armonías de jazz y dosis de heroína o benzedrina, ellos trataban de encontrar las
fórmulas de la nueva organización social.
De la palabra beat se formó el despectivo beatnik, que designaba a los miembros de los
grupos bohemios aficionados al jazz que solían reunirse en los recovecos de Nueva York. Eran
seres desarraigados de la familia, que vivían una vida de nomadismo, carecían de empleos
formales y se sentían exiliados en su propia sociedad. Por eso insurgieron contra la american
way of life, la sociedad de consumo, las reglas y los estereotipos sociales, la atosigante presión
de los convencionalismos. Todos eran jóvenes iconoclastas y, algunos de ellos, brillantes.
Repudiaban la jerarquía de valores de la sociedad capitalista, eran desertores de la “patria
boba” —para usar la expresión del poeta colombiano del nadaísmo, Gonzalo Arango— y
renegados del patriotismo convencional.
La historia de la palabra beatnik es muy curiosa. La acuñó Herb Caen en el diario“San
Francisco Chronicle” el 2 de abril de 1958. Este periodista se propuso unir maliciosamente las
palabras beat y sputnik, para sugerir que los seguidores y practicantes de la
contracultura beat “estaban en órbita”, pero en órbita filocomunista... Nació así el estereotipo
del beatnik, que se plasmó en algunos actores de cine de aquellos años, especialmente Marlon
Brando y James Dean, con su imagen juvenil, rebelde y aventurera.
El combate contra la mojigatería, la ruptura de los tabúes sociales, la valorización de lo
trivial, la promoción del pop art, la propuesta de nuevos paradigmas éticos y estéticos, el
ambientalismo y el pacifismo formaron parte de la contracultura beat. Sus activistas acudieron a
la marihuana y a otros alucinógenos y sustancias psicodélicas para producir una intensa
estimulación de las potencias psíquicas. Caminaron por una ruta de rebeldía y protesta.
Marcaron una relación diferente entre padres e hijos. Profundizaron la brecha entre las
generaciones pero, al mismo tiempo, estimularon a los padres para buscar un mejor diálogo
con sus hijos.
Remando contracorriente, los beats y los beatniks, enfrentados a los crudos nacionalismos
de la época, proclamaron el hombre universal en el marco de un generoso internacionalismo
descalificador de los linderos nacionales y, en su comprometido activismo por la paz —con el
lema que alcanzó resonancias planetarias: haz el amor, no la guerra—, quisieron cerrar la boca
de los fusiles con una flor.
Todos estos movimientos dirigidos contra la autoridad —contra toda autoridad: autoridad
política, religiosa, ética, estética—, que entrañaban un cierto <anarquismoingenuo, fueron
netamente occidentales puesto que en la Unión Soviética y los países de su bloque la
generación beat, los beatniks, los beatles, los punks y todos estos movimientos olían a
burguesía y capitalismo.
Surgido en Inglaterra a finales de los años 50, el conjunto musical inglés de losBeatles —
integrado por cuatro jóvenes de Liverpool: John Winston Lennon, en la guitarra rítmica; Richard
Starkey, mejor conocido con el nombre de Ringo Starr, en la batería; James Paul McCartney,
como bajista; y George Harrison, en la guitarra solista— revolucionó la música rock y pop y
creó una subcultura que tuvo réplicas e imitaciones en muchos lugares del
mundo. Lo “pop” (proveniente de la palabra inglesa popular) es aquello que es de gusto
general, contrapuesto a lo elitista. Los festivales populares de música se extendieron por todas
partes. Aún se recuerda el impactante concierto de losBeatles en la calle Groffefreiheit del
barrio St. Pauli de Hamburgo en abril de 1962. Fue notable el organizado en agosto de 1969 en
Woodstock, que reunió en paz y armonía a medio millón de hippies durante tres días locos, en
lo que fue el punto culminante del movimiento hippie.
Escribió alguna vez Gabriel García Márquez (1927-2014), refiriéndose a la presencia de los
Beatles, que “todo cambió entonces: los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las
mujeres aprendieron a desnudarse con naturalidad, cambió el modo de vestir y de amar y se
inició la liberación del sexo y de las drogas para soñar”.
En 1965 surgió en Holanda una versión subcultural: el movimiento provo, de carácter
antiautoritario y anticonsumista, inclinado hacia la acción política directa para desmontar la
sociedad de consumo. Sus líderes formularon públicamente sus propuestas en marzo de 1966
en un happening —reunión libre— de protesta con ocasión de la exagerada y costosa
parafernalia del matrimonio de la reina Beatriz. Ellas contenían los denominados “planes
blancos” con soluciones alternativas a las deficiencias de la sociedad de consumo holandesa —
entre ellas, la utilización de bicicletas en lugar del uso y abuso de automóviles—. Las metas de
los provos, que no eran muy ambiciosas, fueron definidas por Bernard de Vries: “Nos gustaría
poder transformar la sociedad, pero no tenemos fuerzas suficientes para ello. Únicamente
estamos capacitados para provocar una discusión de una amplitud sin precedentes”. Pero el 13
de mayo de 1967, después de casi dos años de acción, en un happening celebrado en
Amsterdam se decidió poner fin al movimiento provo holandés. Sin embargo, dos años
después, como réplica del mayo francés, aparecieron fugazmente los kabouters para hacer una
crítica pública, desde una perspectiva de izquierda, al orden social imperante en Holanda, en
un intento dar base a una nueva subcultura.
Movimientos similares se dieron en Londres en junio de 1965, que reunieron a los más
importantes exponentes del underground británico y europeo. A la reunión celebrada en el
Albert Hall de Londres acudieron Ernst Jandl, Harry Fainlight, Adrian Mitchell, Dan Richter, Mike
Horovitz, Allan Ginsberg y otros exponentes de la contracultura y de la subcultura de aquellos
años. A finales de 1966 el club londinense UFO, punto de referencia del underground, publicó
el semanario "International Times" en el que se recogían todas las expresiones contestatarias
inglesas de ese tiempo. Sus protagonistas no dejaron de ocupar la pintoresca tribuna de Hyde
Park para lanzar al aire sus proclamas. Pero estos movimientos no llegaron muy lejos.
En cambio, el movimiento conocido como el “mayo francés” —que fue la rebelión estudiantil
que estalló en París en 1968, a la que se unieron obreros y pequeños grupos anarquistas,
trotskistas y maoístas— tuvo resonancias contraculturales de alcance mundial y réplicas en
lugares lejanos del planeta, como la Universidad de Columbia en Nueva York —donde el factor
desencadenante de las protestas estudiantiles fue la guerra de Vietnam y la lucha en defensa
de los derechos civiles en el año de la muerte de Martin Luther King—, o la huelga general en
Roma, o las movilizaciones de estudiantes en la España franquista y en Alemania occidental, o
los trágicos sucesos de Tlatelolco en México el 2 de octubre de 1968, o el “cordobazo” de
Argentina contra la dictadura militar del general Juan Carlos Onganía, o la >”primavera de
Praga” en agosto del 68.
Fue un movimiento romántico y espontáneo, que careció de líderes y de organización. Por
eso no tuvo las consecuencias revolucionarias que pudo tener dada la magnitud de la
movilización popular. Sus ideólogos fueron, a la distancia, el filósofo marxista heterodoxo
estadounidense de origen alemán, Herbert Marcuse (1898-1979), y el filósofo existencialista
francés Jean-Paul Sartre (1905-1980).
Marcuse, viejo profesor de Harvard, de Columbia, de Brandeis y de la Universidad de
California, vislumbró el derrumbe soviético y la crisis del mundo occidental capitalista. Sus
libros “Eros y Civilización”, “El marxismo soviético” y “El hombre unidimensional”fueron de
lectura obligada en los medios universitarios de los años 60. Fue duro crítico de la versión
estalinista del marxismo y del orden social y económico del capitalistismo avanzado —con
su sociedad unidimensional, en la cual el consumismo podaba todo sentido crítico del ser
humano—. En la coyuntura política de esos años, el pensamiento de Marcuse fue capaz de
galvanizar y fundir viejas y nuevas inconformidades que guardaba en su seno la sociedad
francesa. Por eso la juventud se pronunció, en el curso de la rebelión callejera de mayo, lo
mismo contra el gaullismo conservador, bonapartista y autoritario que contra la izquierda
tradicional y esquemática, que permanecía anclada en el añejo dogmatismo estalinista. Otra de
las fuentes de inspiración de la juventud francesa fue el pensamiento de Sartre. Sus ideas
ejercieron gran influencia sobre la juventud universitaria e inspiraron la rebelión de mayo.
Socialista irrevocablemente independiente —que en 1964 rechazó el premio Nobel de literatura
para no comprometer su independencia—, Sartre combatió con la misma fuerza los excesos
del <capitalismoque del >estalinismo. Criticó abiertamente las intervenciones militares
soviéticas en Hungría (1956) y en Checoeslovaquia (1968). Su pensamiento contestatario,
plasmado principalmente en sus libros “El ser y la nada” (1943) y “Crítica de la Razón
Dialéctica”(1960), ejercieron determinante influencia sobre la juventud francesa del 68.
El movimiento comenzó el 2 de mayo en la Universidad de Nanterre, que fue clausurada por
las autoridades como respuesta a la participación de los estudiantes en las manifestaciones
obreras por el día del trabajo. Al mismo tiempo abrieron un expediente contra el estudiante
Daniel Cohn-Bendit, mejor conocido como Dany “el rojo”,líder del Mouvement 22 mars. Al día
siguiente la Sorbona se estremecía por la agitación estudiantil. Una masa juvenil se juntó en
sus patios para protestar por la clausura. La policía francesa, a petición del Rector, desalojó por
la fuerza a los manifestantes. Éstos se tomaron las calles del barrio latino, levantaron
barricadas y se enfrentaron violentamente contra la gendarmería. Fue el comienzo del mayo
francés. Vinieron luego las huelgas en los liceos. Una movilización de cincuenta mil jóvenes
recorrió desde elbarrio latino hasta la plaza de l´Etoile, por el centro de París, en protesta contra
el gobierno y el orden social franceses. El día 13 las principales centrales sindicales —CGT,
CGC, FEN, SNE, FO, CFDT— decretaron una huelga nacional de trabajadores. Esa noche la
multitud se adueñó de París y la paralizó. Varias fábricas fueron tomadas por los obreros. El 20
de mayo Francia estaba convulsionada y el gobierno de De Gaulle, al borde del colapso. Pero
el día 25 las centrales sindicales, algunas de las cuales estaban controladas por el Partido
Comunista Francés, traicionando al movimiento estudiantil, levantaron la huelga a cambio de
ventajas salariales —plasmadas en losacuerdos de Grenelle celebrados con el gobierno— y
desactivaron la insurrección. De Gaulle aprovechó la coyuntura para disolver la Asamblea
Nacional y convocar elecciones anticipadas. Los gaullistas desfilaron por los Campos Elíseos
en apoyo al gobierno. Enseguida se prohibieron las manifestaciones públicas. Y todo volvió a la
normalidad. El 23 de junio, con el triunfo electoral del gobierno y sus aliados, se cerró la
maravillosa jornada rebelde de los estudiantes.
En sus reclamaciones, ellos mezclaban reivindicaciones universitarias con demandas
nacionales. Eran cosas propias de la espontaneidad, desorganización, falta de estrategias y
ausencia de conducción política del movimiento. El profesor Luis Enrique Otero de la
Universidad Complutense de Madrid, en su análisis del mayo francés, sitúa las cosas en su
justo lugar: “aquella noche en un mitin, Cohn Bendit declaraba '¡me ha divertido bastante
desfilar junto a los crápulas estalinistas!'. Frase que podría sintetizar la ambivalencia del mayo
del 68 entre las reivindicaciones y las formas de actuación de los estudiantes y las pretensiones
de la izquierda tradicional, que no dejaba de mirar con un fuerte recelo la ocupación de la calle
por estudiantes no encuadrados bajo su disciplina”.
Si bien la parisiense no fue, en realidad, una jornada revolucionaria, sí fue un hermoso
movimiento rebelde de la juventud parisina que tuvo ecos fuera de las fronteras de Francia,
especialmente en los círculos intelectuales y universitarios, y que “inflamó el planeta” y lanzó
una “consigna universal” de rebeldía, como escribió por esos años uno de los protagonistas del
68, Daniel Cohn-Bendit. El mayo francés no fue realmente revolucionario, en la auténtica
significación de la palabra, porque cuando él se apagó las cosas volvieron a su cauce normal.
El propio Cohn-Bendit, mejor conocido como Dany “el rojo”, explicó más tarde que
la “espontaneidad incontrolable” del alzamiento fue el obstáculo insuperable para hacer
del mayo francés una revolución social con efectos irreversibles, ya que “no pudimos sacar
provecho de la acción que habíamos desencadenado”.
El conservador gobernante francés Charles De Gaulle, contra quien se habían dirigido
muchos de los dardos juveniles —”no es lo mismo la voluntad general que la voluntad del
general”, se pudo leer en las paredes de París—, estuvo ausente de Francia en los primeros
días del alzamiento y a su retorno declaró en el aeropuerto de Orly, en clara alusión a la
insubordinación estudiantil, que “el recreo ha terminado”. Disolvió la Asamblea Nacional y, en
las elecciones anticipadas celebradas el 23 de junio, alcanzó un gran triunfo político, aunque
cometió después el error de convocar a un referéndum, que en el fondo buscaba la aprobación
nacional a su política, y el pueblo francés votó mayoritariamente en contra, con lo cual De
Gaulle se vio obligado a dimitir el 28 de abril de 1969.
Recuerdo que Jean-Paul Sartre interpretó esos hechos como la explosión de voluntad de
los jóvenes de “no entrar en el sistema que les han preparado sus padres”; que el sociólogo
español Jesús Ibáñez afirmó que “el mayo del 68 triunfó mediante su fracaso”y que el profesor
Luis Enrique Otero de la Universidad Complutense, con referencia al reconocimiento de los
derechos de la mujer, la liberalización de las costumbres, la democratización de las relaciones
sociales y generacionales, la destrucción del autoritarismo en la enseñanza y la eliminación del
<confesionalismo en la educación pública y en la vida política, que fueron conquistas nacidas
de las movilizaciones, dijo que el “mayo del 68 fracasó como revolución, pero transformó la
sociedad francesa”.
En realidad, la jornada rebelde creó un factor nuevo en la vida social de Francia y de otros
países, que fue el activismo político estudiantil, y despertó nuevas sensibilidades,
especialmente en la gente joven, contra el discurso político dominante, las jerarquías
convencionales, las anquilosadas maquinarias burocráticas y la gerontocracia gobernante,
sensibilidades que se expresaron dramáticamente en los <graffiti, carteles, panfletos y
consignas que en aquellos días se esparcieron a los cuatro vientos del planeta.
Y es que durante aquellos inquietos días las paredes de París hablaban. Para la juventud
insubordinada ellas eran la única prensa libre. Fueron célebres los centenares de >graffiti que
se escribieron para exponer las ideas, sentimientos, frustraciones y esperanzas de la
juventud: “prohibido prohibir”; “seamos realistas: exijamos lo imposible”; “cuando el sabio
señala la Luna, el imbécil mira el dedo”; “trabajador: tienes 25 años, pero tu sindicato es del
siglo pasado”; “el patrón te necesita, tú no necesitas al patrón”; “no le pongas parches, la
estructura está podrida”; “los que hacen las revoluciones a medias no hacen más que cavar sus
propias tumbas”.
El >New Age Movement, que surgió en Inglaterra a mediados de los años 60 del siglo
anterior, con sus actitudes heterodoxas, su visión utópica del mundo y sus extrañas
inclinaciones y costumbres —alquimia, yoga, chamanismo, adivinación, viajes astrales,
ocultismo, astrología, percepción extrasensorial, cartomancia, mitología, artes marciales,
acupuntura—, trabajó por el advenimiento de una época de armonía y progreso e impulsó
reivindicaciones feministas, ecologistas y espirituales. Estuvo vinculado sobre todo con la
música, sin descuidar los libros, revistas, vídeos, talleres de arte, exposiciones plásticas y otros
quehaceres intelectuales. Su vocación de cambio le llevó a chocar contra la cultura imperante
en Europa y los Estados Unidos y por eso representó también una expresión de contracultura.
En los años 60 apareció en los Estados Unidos la contracultura yippie impulsada por
jóvenes rebeldes norteamericanos que, al igual que otros grupos radicales pacifistas —
como Chicago Seven y Students for a Democratic Society (SDS)—, eran profundamente
anticapitalistas, contrarios a la guerra y postulaban la libertad para los negros, el pleno empleo,
la eliminación de la polución, el control de la natalidad, el aborto, la promoción de las artes, la
legalización de las drogas y el desarme de la policía. Cumplieron una intensa actividad en
contra de la guerra de Vietnam, especialmente en los campus universitarios de Michigan,
Berkeley y Columbia. En sus luchas solían exhibir la efigie del Che Guevara.
La palabra yippie se formó como acrónimo de Youth International Party, que fue un partido
político de ficción fundado por Abbie Hoffman y de Jerry Rubin, dos jóvenes violentos de ideas
anarquistas, aunque en realidad más que un partido político fue un grupo teatral anarquista.
Los yippies, junto con otros grupos pacifistas y activistas de los derechos civiles,
promovieron una abierta lucha contra la guerra de Vietnam. Atacaron los símbolos del
capitalismo norteamericano y produjeron graves incidentes y desórdenes. Tuvieron una notable
creatividad y talento para la publicidad. Hicieron espectaculares actos para lograr visibilidad
pública. Un día irrumpieron en la Bolsa de Valores de Nueva York y desde sus balcones
echaron a la sala billetes de un dólar e interrumpieron el trabajo de los corredores de bolsa, que
se disputaban los billetes que caían sobre sus cabezas. La institución quedó en ridículo. En otra
ocasión, Jerry Rubin se presentó en una reunión de la House un-American Activities
Committee disfrazado de Santa Claus. En agosto de 1968 los lídres yippies organizaron una
poderosa y agresiva manifestación contra la convención nacional del Partido Demócrata
norteamericano en Chicago. Su protesta estaba principalmente dirigida contra la candidatura
presidencial de Hubert Humphrey, quien respaldaba la política del presidente Lyndon Johnson
en Vietnam. Vietnam era por esa época el tema contencioso fundamental. Como resultado de
los violentos choques contra la policía durante varios días de disturbios resultaron 119
gendarmes y 110 manifestantes heridos o golpeados y 589 arrestados. Hoffman, que había
pronunciado inflamados discursos e instigado a la multitud para que asaltara la convención, fue
detenido, enjuiciado y condenado a cinco años de prisión. Pero, con su gran capacidad
histriónica, aprovechó el juicio para combatir al establishment: compareció ante la corte vestido
con una toga sobre un uniforme de policía, para significar que el sistema judicial
norteamericano no era otra cosa que un brazo policial y represivo del capitalismo.
Hoffman sostenía que la lucha no era entre clases sociales, como afirmaban los marxistas,
sino entre edades y que, consecuentemente, el “motor” de la historia era la edad y no la
estratificación social.
Otro movimiento juvenil contestatario, portador de una subcultura, fue el de los
>hippies. Ellos fueron parte de la ola de rebeldía de la juventud iniciado en San Francisco de
California en la segunda mitad de la década de los 60 del siglo pasado, que se extendió
después a otros lugares del mundo. Recibieron mucha influencia de lageneración beat —
incluso heredaron el lema make love not war—, especialmente de dos de sus exponentes: Jack
Kerouac y Allen Ginsberg. Su adhesión a un tenue anarquismo no violento, la preocupación por
el medio ambiente, su vida comunitaria y nómada, el rechazo a la concepción mercantil y
materialista de la vida, su repugnancia por la formalidad burguesa, su práctica sexual
promiscua y desordenada —porque así lo mandaba la naturaleza—, su modo pobre,
estrafalario y pintoresco de vestir, el consumo de drogas alucinógenas, el frenesí del rock y su
peculiar estilo de vida les condujeron a chocar contra el >establishment y a formar
una subcultura políticamente atrevida y antibelicista, que rechazaba los convencionalismos
sociales, la violencia, la guerra, el racismo, el >machismo, la discriminación de las minorías, el
lujo, el consumismo y los falsos valores de la sociedad capitalista. Pero, irónicamente, el
consumismo norteamericano ejerció su venganza contra el movimiento hippie: empezó a
comercializar con su imagen, vestuario, literatura, música y adornos, con lo cual obtuvo muchas
utilidades.
A mediados de los años 70 surgió en Inglaterra la subcultura punk caracterizada por el
individualismo, el antiautoritarismo, el pacifismo, la libertad de pensamiento, el igualitarismo, la
libre apreciación de la ética, la protección del medio ambiente, la defensa de los derechos de
los animales y una cierta actitud subversiva contra los valores socialmente aceptados y contra
las instituciones de gobierno. Se inició como un movimiento contra determinados estilos de
música —prog rock, heavy metal— y luego adoptó posturas de cuestionamiento contra el orden
social y político establecido.
Desde el punto de vista político el movimiento punk se aproximó al <anarquismo. De
Inglaterra éste pasó a los Estados Unidos en los años 80, donde creó su propio estilo musical
denominado hardcore, con movimientos más rápidos, sonoros y agresivos, seguido después
por otros géneros musicales como el skate punk rock y el straight edge rock. En los Estados
Unidos también adoptó actitudes inconformistas y cuestionadoras de la >sociedad de
consumo, de la comercialización de todo, el racismo, el autoritarismo, el militarismo, la
promiscuidad sexual y el consumo de tabaco y drogas (aunque abogó por la legalización de
éstas). Criticó el conformismo que inculcan a sus feligreses las religiones y las iglesias. Acusó a
los medios de comunicación de asumir un peligroso control social, especialmente a la
>televisión, a la que vio como una especie de “opio” de la sociedad, que la adormece para que
acepte resignadamente su suerte. Postuló el “hazlo por tí mismo” (do it yourself) como medio
de evitar la mediatización de los órganos de <comunicación de masas. Todas estas y otras
postulaciones y metas se plasmaron en la música punk y, en algunos casos, en el activismo
político de los impulsores de esta subcultura.
Esos generosos y optimistas muchachos, en medio de “smart-drinks”, incienso y las
palabras de los augures de la buena suerte, convirtieron al Club Heaven de Londres que
frecuentaban —y que se parecía más a un mercado argelino que a un club nocturno— en el
templo del pensamiento zippy. Con sobra de ingenuidad y buenas intenciones, ellos
consideraban que >internet era un lugar privilegiado para alcanzar sus metas de cambiar al
mundo, establecer un nuevo sistema económico basado en la cooperación, servir los fines de la
solidaridad humana, impulsar el hedonismo y la espiritualidad y crear una fraterna comunidad
mundial.
En los años 90 aparecieron en Inglaterra los >zippies, portadores de una curiosa y
contradictoria subcultura. Ellos fueron, según algunos observadores, una suerte de versión
informática y digital de los hippies de los años 60. Por eso se los llamó
tambiéncyberhippies. Mark Dery afirmó que ellos eran “una combinación de los niños de las
flores de los 60 y los tecnólogos de los 90”. Herederos directos de la contracultura hippiede los
años 60 y denominados, por eso, “neo-hippies”, los zippies suelen utilizar lo que sus
antecesores menospreciaron en su momento: la tecnología de última generación; y se alejan,
por tanto, de la “tecnofobia” de los >hippies y de sus otros predecesores.
La palabra zippie se formó con las siglas de Zen-inspired professional
pagans (profesionales paganos inspirados en Zen). En su pensamiento se da una extraña
mezcla de tecnología y misticismo religioso oriental. Zen es una variante del budismo hindú
desarrolllada en China y Japón, que a través de la meditación y la contemplación trata de ver el
mundo tal como es. Pagano, por definición, es el idólatra y politeísta. Y los zippies lo son no
sólo de las deidades zen sino también de los “dioses tecnológicos” que reinan en
el ciberespacio. Cultivan la idolatría de los íconos cibernéticos, surgida al amparo de la
revolución digital de nuestros días y fruto del impacto de la tecnología electrónica en la
sociedad y en la cultura.
El pensamiento zippy trata de combinar la cultura científica ultramoderna —informática,
robótica, algoritmos, la física cuántica de Max Planck, fractuales— con el >deísmo, la búsqueda
del nirvana, la emancipación de los sentidos, el hedonismo y un romántico anarquismo. Cosas
que, en la cultura convencional inglesa, aparecían como incompatibles.
Mantienen una actitud crítica de protesta y rechazo contra los dueños de la información
electrónica y buscan democratizarla. Son vectores de una subcultura cibernética. Hablan de
una “nueva ética” y profesan una diferente filosofía de la vida individual y social. Luchan por la
libertad en el ciberespacio y plantean que la información debe ser libre, que el acceso a los
ordenadores y a la red debe ser irrestricto, que hay que descentralizar la información, que el
ciberespacio no debe ser controlado por grandes empresas transnacionales, que la prestación
de los servicios informáticos no debe ser tan excluyente ni tan onerosa. Puesto que Buda, el
filósofo fundador del budismo, sostuvo que la fuente del sufrimiento es el deseo de poseer,
los zippies no ponen mucho énfasis en el derecho de propiedad privada, que es uno de los
pilares fundamentales de la cultura imperante.
Pero hay también subculturas que han surgido por el otro lado de la cultura dominante y
que no se oponen a ella sino que cuestionan su falta de firmeza en la aplicación de sus
principios. Tal fue el caso de los hewnies (highschool educated-white-males), hombres blancos
de clase media que, con una mezcla de racismo y reivindicación socio-económica, sostenían en
los años 90 del pasado siglo en los Estados Unidos que las verdaderas víctimas del sistema
político y económico eran los hombres blancos de la clase media, cuyo nivel de vida, a su
criterio, se hundía sistemáticamente bajo el peso de las prestaciones del gobierno a favor de
las minorías y de los grupos que sobreviven con base en la ayuda social del Estado.
Los hewnies odiaban a las víctimas históricas de la discriminación: los negros, los hispanos, los
homosexuales, las lesbianas, los desocupados, los inmigrantes, los feministas, los ecologistas.
Y postulaban la reducción drástica de los programas de ayuda social y la supresión de las
medidas que favorecían política y económicamente a esas minorías. Se sientían ignorados por
el gobierno y querían la totalidad de los Estados Unidos para ellos.

Bibliografia:
Enciclopedia de la política Rodrigo Borja

LUIS RUIZ AJA / ¿Contra qué luchas?


Las páginas de un libro esconden las causas por las que miles de hippies se desnudaron ante el
mundo para cambiarlo. Ahora, el mundo sigue haciendo jirones sus prendas... ¿Qué ha sido de la
contracultura? ¿Qué queda? Luis Ruiz Aja, santanderino, sociólogo y director de La Noche es Joven,
firma ese libro en el que te lo cuenta todo.
TEXTO:/MARTA SAN MIGUEL

Jimi Hendrix. Hombres y mujeres desnudos. Drogas psicodélicas. Festival de Woodstock. Flores y
faldas contra la Guerra de Vietnam. Collares y paz, barbas... Tópicos y leyendas aparte, el
movimiento hippie no fue otra cosa que un sarampión para la clase política que veía, en la década de
los 60, cómo jóvenes estadounidenses (y más tarde países europeos como Francia, Holanda o
Alemania) reventaban con sonrisas un sistema basado en la producción, el dinero, el militarismo, el
mercado, las multinacionales y la falta de libertades. Ataviados con porros, libros de Kerouac,
margaritas, un fuerte olor corporal y temas como 'Whole a lotta love' de Led Zeppelin, los jóvenes
promulgaban a los cuatro vientos la existencia de otra forma de vivir, luchando contra cualquier
represión que se escondía en el recién estrenado Welfare State (estado de bienestar).

El movimiento 'hippie' (término que surgió en un periódico de San Francisco) supone el máximo
estandarte del Counter Culture, que traducido al castellano (equívocamente) se conoce como
Contracultura. En realidad, el término hace referencia a la 'cultura a la contra', y se trata de la
columna vertebral del libro de Luis Ruiz Aja (Santander, 1971). Licenciado en Ciencias Políticas y
Sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, Luis Ruiz reflexiona desde la distancia del
tiempo pasado para profundizar en un movimiento que, si bien está lleno de leyendas y mitos, es un
ejemplo en la actualidad sobre cómo actuar ante un sistema que no convence. Lo hace en 'La
Contracultura. ¿Qué fue?¿qué queda?', obra editada por Mandala y que cuenta con el prólogo de
Pepa Roma, escritora y periodista que acompaña a otros nombres propios como Fernando Sánchez
Dragó en entrevistas reveladoras.

Mileuristas silenciosos

El famoso 'Mayo del 68' fue una consecuencia más de este caldo de cultivo juvenil que traspasó las
fronteras del Atlántico para entregar a los jóvenes franceses una herramienta para reaccionar contra
el sistema. Una reacción que los franceses han vuelto a demostrar recientemente echándose a la
calle en masa para protestar contra la ley de contratos y que ponía, aún más si cabe, otra zancadilla
hacia la estabilidad laboral. En España, los jóvenes también la reciben, hasta el punto de haber
creado un nuevo término para definir un estrato social: los 'mileuristas'. Según Luis Ruiz, en España
«no hay tradición participativa, ya que heredamos una carencia democrática». Además, a diferencia
de los franceses que cuentan «con apoyos institucionales para independizarse y entrar en la vida
adulta», los españoles viven en una cultura en la que el paro, la vivienda, y la herencia recibida de
una dictadura dificultan esta transición e incluso la protesta que podría cambiarla: «No hay
conciencia colectiva y la tradición participativa que existe en el país vecino aquí no la hay, la
sociedad no está vertebrada», asegura Luis Ruiz que en la actualidad dirige, como técnico de
juventud, los talleres de La Noche es Joven del Ayuntamiento de Santander.

¿Qué queda?

La contracultura encuentra hoy pequeños movimientos como el okupa o el antiglobalización en un


maremágnum de tendencias en las que no falta la imitación a aquellos años de lucha por la libertad.
Queda ahora «el neohippismo, pero no el real, sino uno superficial y estético. De ahí surge el
término 'BoBo', el Bohemio Burgués que gasta millonadas para conseguir un look cuidadosamente
desaliñado». Movimientos formales aparte (donde las etiquetas, definiciones y el concepto
'alternativo' pacen con absoluta calma), la cultura oficial que impera es «una mezcla en la que prima
lo que se criticaba entonces, es decir la supremacía de la competitividad, y el materialismo; y por
otro lado los valores no materiales que van tomando fuerza como la participación ciudadana o la
igualdad».

Ahora, cabe preguntarse cuál sería la contracultura que nosotros dejaremos en herencia a los
jóvenes del futuro. La conclusión de la obra de Luis Ruiz invita a analizar el espíritu de los
movimientos de los 60 para descifrar que «vivimos bajo los patrones de la sociedad burguesa de los
sesenta y pero también de la más 'underground', no ha habido un cambio social, no se han destruido
las clases, siguen los convencionalismos, la sociedad de consumo...» Entonces, cabe preguntarse
¿Contra qué luchas?

LUIS RUIZ/AUTOR DEL LIBRO DEL LIBRO 'LA CONTRACULTURA: ¿QUÉ FUE, QUÉ QUEDA?'
(MANDALA EDICIONES)

Sarkozy, recientemente proclamado presidente de Francia, basó buena parte de sus discursos de
final de campaña en la denostación y demonización de la herencia de Mayo del 68, a la que llegó a
culpabilizar de los principales males que aquejan a la actual nación gala: relativismo intelectual y
moral, pérdida de las buenas costumbres, crisis del sistema educativo..., e incluso de la introducción
del cinismo en la sociedad y la política; asi como del culto al rey dinero, a la especulación y
beneficios a corto plazo, y a las derivas del capitalismo financiero...

Este discurso catastrofista, coincidente con el que desplegó la revolución neo-conservadora de los
80, choca frontalmente con otro -también frecuente- basado en la exaltación de 'aquellos
maravillosos años', en los que una oleada de romanticismo invadió los países industriales y todo se
inundó de amor, paz, libertad y flores, mientras sonaba la mejor música de la historia del rock y
todos los jóvenes hacían el amor y la revolución pacífica, como nos cuentan -otra vez- los muchos
actuales papás que dicen haber estado en mayo del 68 que -curiosamente- triplican en número a la
cantidad de jóvenes que realmente lo hicieron)...

Este discurso mitificador, viene siendo aprovechado -aún hoy- por las industrias de la moda,
música, series de TV..., para lanzar periódicos revivals de la 'década prodigiosa'. De ahí que se hable
de la aparición de un cierto neo-hippismo, pero basado principalmente en aspectos estéticos y
superficiales, en detrimento de otros importantes aspectos ideológicos/filosóficos que aportaron los
movimientos contraculturales de finales de los 60. Todo ello está dando lugar -según algunos
autores- a un nuevo perfil social: el de los 'jipiócritas' o bo-bos (bohemios-burgueses), que se gastan
verdaderas fortunas en adquirir los bienes materiales más 'underground' y 'alternativos' del
mercado.

Esta primera controversia entre mitificadores y demonizadores del 68, se entrecruza con otra según
la cual: unos defienden que estos movimientos fracasaron al desaparecer sin dejar nada alterado ni
acceder al poder; mientras que otros (entre los que también hay defensores y detractores como
Sarkozy) consideran que las repercusiones de la Contracultura están siendo de vital importancia
(positiva o negativa) en nuestra realidad actual... A partir de ahí, y tras constatar la existencia actual
de esos cuatro discursos opuestos, cabe preguntarse si alguno de ellos es acertado y por qué -40
años después- esos movimientos juveniles siguen levantando tantos odios y pasiones.

Mi opinión, al respecto (producto de haber analizado a fondo estos movimientos con la objetividad y
perspectiva que da el no haber pertenecido a aquella generación) es la de que se tiende a
sobredimensionar su importancia y magnitud (no olvidemos que solamente una minoría -
privilegiada en lo cultural y económico- de los jóvenes los protagonizó). Hasta el punto de que se les
achaca virtudes y defectos de nuestra sociedad actual que, en realidad, se deben a fenómenos
estructurales y procesos de cambio social mucho más profundos, que vienen gestándose y
desarrollándose en las últimas décadas, y de las que la propia Contracultura del 68 sería -a su vez-
un producto: globalización, desarrollo de la sociedad de la información, posmodernidad, proceso de
secularización... El exagerado discurso electoral de Sarkozy al respecto es un buen ejemplo de lo que
digo.

Por otro lado, considero que tampoco se puede minimizar la importancia de aquellos movimientos,
sobretodo por los aspectos novedosos que introdujeron: En efecto, a finales de los 60 fueron
muchos los países (USA, Francia, Holanda, Checoeslovaquia, Alemania etc) que vieron como
estallaba en su seno una serie de movimientos de protesta contra los valores establecidos,
trabajando subterráneamente en la creación de formas alternativas de vivir, consumir y producir.
No estaban protagonizados por sectores desfavorecidos, sino por jóvenes de alto nivel cultural y
social. Ello -además de plantear un reto importante al orden establecido- sorprendió a los analistas
de distintas tendencias: tanto a marxistas (que no lograban explicarlos según la teoría de clases)
como a liberales, que venían preconizando el fin de las ideologías y del conflicto social, tras la
bonanza económica y el aparente 'consenso de bienestar' de principios de los 60.

Además, el hecho de que la Contracultura no alcanzase ninguna plataforma o cuota de poder no la


deslegitima o invalida; dado que no era ése su objetivo, al no tratarse de una revolución política,
sino cultural. Como tal, si bien no alteró directamente las estructuras de poder, consiguió dejar
huellas en las actitudes, valores, comportamientos, arte, ideologías y formas de vida actuales;
acabando con muchos tabúes y convencionalismos.

Aspectos tan actuales como la ecología, el pacifismo, el feminismo, la extensión de los derechos
civiles, el orientalismo y la búsqueda de una espiritualidad no-institucionalizada, o de una gestión
más participativa y comunitaria de las políticas públicas..., tienen su germen en los movimientos
seseintayochistas.

Solamente en el campo socio-político, el legado contracultural es muy importante: Además de


condenar -ya en aquellos años- todas las formas de represión (internas y externas) y totalitarismo
(de izquierdas y derechas); también ha influenciado la aparición de Nuevos Movimientos Sociales
(como el reciente antiglobalizador), de nuevos partidos (como los verdes); ha reformulado el eje
izquierda-derecha añadiendo nuevas contradicciones a la tradicional 'capital-trabajo'; ha extendido
nuevas formas de protesta y organización ciudadana al margen de los partidos; y ha obligado a éstos
a revisar sus programas y agendas, incluyendo cuestiones posmaterialistas (el nuevo alcalde de
Santander y su interés por políticas medioambientales es un ejemplo de cómo estos nuevos valores
influyen en los partidos clásicos de izquierdas y también de derechas).
Por tanto, la herencia contracultural no es inexistente, pero tampoco es tan profunda como
pretendía dicho movimiento, que cayó en la ingenuidad de buscar un cambio de valores tan radical
(se hablaba de mutación, más que de revolución). Creyendo, además, que dicho cambio iba a bastar
para alterar la injusta estructura social, creando un mundo mejor..., y todo ello regado con las prisas
e impaciencia juvenil patente en el slogan que popularizaron el grupo musical The Doors:
«¿queremos todo y lo queremos ahora!». Lo que ocurrió, sin embargo, fue que -tras una década- el
movimiento de protesta se fue apagando y cayendo en la decadencia: la lucha pacífica
(desobediencia civil) degeneró en terrorismo, la liberación sexual en negocio pornográfico, de los
ensayos de vida en comunas se aprovecharon muchas sectas destructivas, la búsqueda interior y
misticismo derivó muchas veces en drogodependencia... y la contracultura en general se convirtió en
una moda.

Como resulta habitual en los movimientos alternativos, la contracultura acabó siendo devorada por
el 'sistema' al que se oponía. En dicha crisis influyeron muchos aspectos del hostil entorno: el
tremendo poder de banalización y absorción que tienen el Marketing y los Medios de
Comunicación; la dura -y sucia- represión que sufrió la Contracultura por parte de los poderes
públicos; la crisis del petróleo; la 'revolución conservadora' que surge en los 80 como reacción a los
valores contraculturales... Pero no sólo hay que achacar la crisis a factores externos, sino también a
debilidades del propio movimiento: falta de pragmatismo y exceso de visionarismo, negativismo
(dificultad para pasar de la crítica a las propuestas en positivo), gusto por la provocación y lo
extravagante (en ocasiones sin un transfondo o fin claro)...

Todo ello produjo en la sociedad de los 60 un choque generacional y cultural muy fuerte entre unas
propuestas contraculturales demasiado avanzadas para su época y una sociedad oficial aún
demasiado rígida y puritana. Los ecos de ese choque aún siguen vigentes, como comentaba al inicio
del artículo.

Considero, para acabar, que el principal legado de la Contracultura fue su labor de 'Pepito Grillo'.
Frente a visiones autocomplacientes y etnocéntricas, que se vanagloriaban de vivir en la sociedad
capitalista occidental como el mejor de los escenarios posibles; la Contracultura nos mostró las
contradicciones de la sociedad de consumo, recordándonos que 'otro mundo es posible'.

Por ello, creo conveniente tratar de trascender el dilema entre mitificadores y demonizadores, y
echar una nueva -y serena- ojeada al ideario contracultural. Así advertiremos que, junto a una parte
del movimiento frívola e inmadura, condenada a su auto-destrucción, convivía una vertiente más
creativa, de importantes críticas y propuestas que podrían ser muy útiles ante la crisis de
legitimidad de nuestras democracias y la necesidad de replantear las instituciones y formas socio-
culturales existentes, con el fin de transformar sus aspectos más autoritarios, burocráticos y
tecnocráticos.

La contracultura es un paradigma que nos permite comprender el devenir de expresiones


culturales alternativas a un sistema. Incluye manifestaciones artísticas, científicas, sociales,
filosóficas, económicas y políticas, contrarias o diferentes a la Cultura Oficial, a la cultura del
sistema; es una forma específica de ver la realidad, establece límites a lo hegemónico, formula
interrogantes, introduce enigmas en el imaginario social.
La Contracultura se funda en el hecho de que el hombre desde siempre fue capaz de una
comprensión e interpretación de la Cultura y del Universo; se puede comprender, interpretar y
descifrar creencias y valores dominantes que afectan al individuo y a la sociedad en una época
determinada; en este sentido el hombre es el lugar de la hermenéutica. La Contracultura aparece
muchas veces sumergida y marginal por la enorme fuerza del imaginario social del sistema que
establece creencias, gustos, morales, patrones anquilosados, los que a su vez crean modelos de
conducta y de «comportamientos correctos» que originan represiones muchas veces feroces y
terribles que no sólo pertenecen al pasado. Es al interior de este infierno que la Contracultura se
mueve para marcar nuevas tendencias y lograr cambios; no sólo en el sistema que asfixia y
oprime, sino lograr que ese caminante que es el hombre se encuentre algún día a sí mismo. Si bien
se ha insistido casi exclusivamente en la Contracultura bajo su aspecto artístico, musical,
cinematográfico, pictórico, etc., el movimiento real nos muestra que esta noción está presente en
todas las áreas de la Cultura que no sólo es arte sino que incluye todas sus expresiones.

Quaderns de filosofia i ciència, 39, 2009, pp. 73-82 Filosofía y contracultura José Luis Herrera
Zavaleta XXX