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Autorización o prohibición de prácticas adivinatorias, maleficios y magia

Prof. J.R. AJA SÁNCHEZ


A favor del respeto de templos, estatuas, prácticas o tradiciones paganas
Máster ‘Del Mediterráneo al Atlántico: la construcción de Contra toda forma de paganismo
Europa entre el Mundo Antiguo y Medieval’ (Curso 2017-2018) Contra sacrificios o prácticas cultuales paganas
Contra los templos
Asignatura: EL FINAL DEL POLITEISMO Y LA PREVALENCIA DEL Contra los ídolos (estatuas) y/o los templos
CRISTIANISMO: EL CASO DE EGIPTO

C.TH., XVI.10: Leyes contra el paganismo, los sacrificios y los templos 1

CONSTANTINO (del 307 al 22-05-337)

• No está probada una ley general constantiniana que prohibiera sacrificar, pese a que parece aludirse
a ella en 16.10.2 (cf. infra). Los sacrificios tradicionales seguirán practicándose en Roma y en otras
muchas partes hasta al menos el año 390, como atestiguan numerosos textos e inscripciones (p.e,
en Deir el-Bahari, entre 324-357, por parte de un colegio de herreros 2). No obstante, Libanio o
Eusebio de Cesarea, aluden a esta ley. Los testimonios son pues contradictorios y dividen a la
historiografía moderna. La legislación -como ahora se verá- sólo prueba la prohibición de los
sacrificios domésticos y/o nocturnos.
• 11.36.1 (02-11-313/17-04-314) (Pars Occ.; extendida a la Pars Or. en 324) Contra los malefici 3. Se
endurecen las posibilidades de apelación judicial de aquellos que hayan sido condenados por delitos
de hechizos y conjuros.
• 9.40.1 (03-11-313/17-04-314) (Pars Occ.; extendida a la Pars Or. en 324) Contra los malefici. Se
autoriza la tortura contra los penados por delitos de maleficios.
• 9.16.2 (15-05-319) (Pars Occ.; extendida a la Pars Or. en 324) Autoriza los sacrificios públicos
tradicionales y la aruspicina pública (realizada en público y a la luz del día), pero prohíbe ésta en el
ámbito privado de las casas particulares (implícitamente prohíbe tanto el acceso de arúspices a las
casas privadas como los sacrificios domésticos, que eran el pretexto para la aruspicina privada). Esta
ley y la siguiente, no reprimían los sacrificios y la aruspicina privada por ser considerados ritos
paganos, o por ser una práctica de la religión tradicional, sino por representar una amenaza política
en potencia, a saber, conspirar contra el emperador. Esta prevención legislativa ya existía de hecho
desde época de Octavio Augusto.
• 9.16.1 (01-02-320) (Pars Occ.; extendida a la Pars Or. en 324) Autoriza los sacrificios públicos
tradicionales y la aruspicina pública, pero prohíbe ésta en el ámbito privado de las casas particulares
si tiene fines adivinatorios (como en el caso anterior, implícitamente prohíbe tanto el acceso de
arúspices a las casas privadas como los sacrificios domésticos, que eran el pretexto para la aruspicina
privada). Así pues, aparenta ser una ley que confirmaba la anterior del 319, pero no obstante
introducía novedades en la definición jurídica de la aruspicina privada (a la que se conceptúa de
crimen público), su represión penal y los castigos que comportaba. En la ley queda implícito el
estímulo a la delación de este crimen como método de prevención, y este mismo objetivo tiene la

1 Esta legislación religiosa puede seguirse en todos sus aspectos y detalles en los 2 vols. preparados por R. Delmaire, F. Richard y un
equipo del CNRS a partir del texto latino de Th. Mommsen y de una traducción de Jean Rougé (en adelante, Delmaire, coord., 2005):
Les lois religieuses des empereurs romains de Constantine à Théodose II (312-438), vol. I: Code Théodosien livre XVI (Th. Mommsen,
text latin; J. Rougé, traduction, R. Delmaire, introduction et notes), Paris, SC 497, 2005; y vol. II: Code Théodosien livre I-XV, Code
Justinien, Constitutions sirmondiennes (Th. Mommsen, P. Meyer, P. Krueger, text latin; J. Rougé, R. Delmaire, traduction; R. Delmaire,
introduction et notes), Paris, SC 531, 2009. Ésta edición supera en muchos sentidos a la de C. Pharr et alii, The Theodosian Code and
the Sirmondian Constitutions, Nueva York, 1952, que en todo caso sigue siendo válida y útil.
2 Cf. Supplementum Epigraphicum Graecum (SEG) XLI 1612-1615 = SB XX 14508-14511.
3 O sea, hechizos, encantamientos, maleficios, que pretendan el daño sobre las personas o sus propiedades.
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pena que ahora se establece tanto para el arúspice como también –y esto es nuevo- para el que
solicita la consulta: la concrematio o crematio (la muerte por fuego), que entra en la categoría se
summum supplicium. En fin, se reconoce que el rito es lícito, siempre y cuando se haga en público;
en secreto, despierta sospechas, y es perseguido.
• 16.10.1 (17-12-320/08-03-321) (Pars Occ.) Autoriza la aruspicina pública expresamente para buscar
el significado (interpretatio) de ciertos prodigios que afectaban a la figura del emperador,
principalmente los rayos que alcanzaban el palacio imperial o a cualquier edificio público (publica
fulgura, o fulguralia). En adelante, esta clase de incidentes debían ser registrados oficialmente e
interpretados por arúspices. Se intentaba que esta clase de sucesos extraordinarios no fueran
instrumentalizados por potenciales enemigos políticos. Confirma la prohibición de los sacrificios
domésticos con fines adivinatorios. Como en las dos leyes anteriores, la motivación de ésta es
nuevamente política: la seguridad del emperador, prevenir conspiraciones contra su persona.
• 9.16.3 (23-12-321) (Pars Occ.) Contra la magia destinada a hacer daño. Distingue entre magia nociva
(la que se castiga) y benéfica (se permite), cuyos objetivos define. No hay aquí una restricción a las
tradiciones paganas; se trata sólo se legislar contra las malas prácticas existentes en ellas. Aunque
autorizada por Constantino, esta magia benéfica, que pretende curar enfermedades mediante
conjuros, amuletos, etc., es condenada por los autores cristianos. Con sus sucesores acabará
haciéndose sospechosa y causará numerosas condenas a los que la practicaban.
• 16.2.5 (25-12-323) (Pars Occ.) Los sacrificios públicos permanecen autorizados, p.e., en los
aniversarios de los emperadores (pero en 324 Constantino prohibirá que se organicen en su nombre;
sólo se pasarán por alto aquellos que los gobernadores organicen en su propio nombre).

CONSTANTE (337-350), [MAGNENCIO (Enero 350 al 11-08-353)] y CONSTANCIO II (337 a 361)

• [Ley perdida 4] [Magnencio] (Pars Occ.) Se autorizan los sacrificios nocturnos (sin duda para obtener
el favor de los senadores paganos de Roma).
• 16.10.2 (341) (Pars Occ.). Prohibición de ofrendar sacrificios nocturnos o de prácticas cultuales
paganas (lenguaje contenido, “diplomático” y vago): “Que cese la superstición, que sea abolida la
locura de los sacrificios (Cesset superstitio, sacrificiorum aboleatur insania). Quien se atreva a
celebrar sacrificios contra la ley del divino príncipe nuestro padre (Constantino I) y contra esta
decisión nuestra, será objeto del castigo apropiado y de una sentencia inmediata”. Se apela pues a
una supuesta legislación general constantiniana contra los sacrificios. El término superstitio se
emplea también en 9.16.1 (vid. supra).
• 16.10.3 (01-11-342) (Pars Occ.) El paganismo debe ser destruido, pero deben respetarse los templos
extra-muros de Roma, que son el origen de las festividades que han dado lugar a los juegos teatrales,
carreras de carros y concursos musicales y artísticos (“Nam cum ex nullis uel ludorum uel circensium
uel agonum origo fuerit exorta, non convenit ea convelli”).
• 11.36.7 (09-12-344) (Pars Or.) Contra los maleficios.
• 16.10.5 (23-11-353) (Ambas Pars) Contra los sacrificios nocturnos: Aboleantur sacrificia nocturna
Magnentio auctore permissa et nefaria deinceps licentia repellatur (“Que sean abolidos los sacrificios
nocturnos permitidos por decisión de Magnencio, y que en el futuro esta autorización criminal sea
rechazada”).
• 16.10.6 (19-02-356) (Ambas Pars) Contra los sacrificios y contra la adoración de ídolos (estatuas):
firmada por Constancio II y su César Juliano: Poena capitis subiugari praecipimus eos, quos operam

4 La conocemos porque la menciona expresamente 16.10.5 (cf. infra), del año 353, que la abole.
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sacrificiis dare uel colere simulacra constiterit (“Ordenamos someter a la pena capital a los individuos
convencidos de estar consagrados a los sacrificios o de haber concedido honores a las estatuas”).
• 9.42.2 (08-03-356) (Ambas Pars) Contra la magia.
• 9.16.5 (04-12-356) (Ambas Pars) Contra las prácticas mágicas (magicis artibus), la adivinación y los
maleficios.
• 16.10.4 (01-12-356/7) (Ambas Pars) Prohibición de entrar en los templos y contra los sacrificios:
Placuit omnibus locis adque urbibus universis claudi protinus templa et accessu vetito omnibus
licentiam delinquendi perditis abnegari. Volumus etiam cunctos sacrificiis abstinere.
• 9.16.4 (25-01-357) (Ambas Pars) Contra los maleficios y la magia, y contra las consultas a magos,
arúspices y astrólogos.
• 9.16.6 (05-07-357) (Ambas Pars) Contra la magia, la adivinación y los maleficios.
• 9.42.4 (27-08-358) (Ambas Pars) Contra los maleficios.

VALENTINIANO I (26 -02-364 al 17-11-375) y VALENTE (28-03-364 al 09-08-378)

• 9.16.7 (09-09-364) (Pars Occ.) Prohíbe los ritos y sacrificios nocturnos y las prácticas mágicas.
• 16.2.18 (17-02-370) (Pars Occ.) Abolición de las leyes del emperador Juliano concernientes a la
religión. Por vez primera en el Código se emplea el término paganus con el sentido de “pagano”.
• 9.16.8 (12-12-370) (Ambas Pars) Prohíbe la enseñanza de la astrología; contra las prácticas
adivinatorias públicas o en privado.
• 9.16.9 (29-05-371) (Pars Occ.) Autoriza la aruspicina pública relacionada con los sacrificios oficiales
(“ninguna práctica religiosa reconocida por nuestros ancestros tiene naturaleza criminal”); prohíbe
la aruspicina destinada a dañar.
• 9.16.10 (06-12-371) (Pars Occ.) Contra los maleficios. Derechos de los senadores procesados en
asuntos de magia.

GRACIANO (24-08-367 al 383), VALENTINIANO II (375 al 392) y TEODOSIO I (379 al 17-01-395)

• 16.2.23 (17-05-376) (Pars Occ.) Privilegios de los clérigos cristianos. Los obispos o los clérigos en
general deben ser juzgados por tribunales eclesiásticos en asuntos de religión; en los demás casos lo
serán por tribunales ordinarios. Se establece así un precedente que será confirmado por Teodosio I
en 384 (Sirm. 3), en 398 (CJ 1.4.7, afectando ahora también a Oriente), y en 399 (C.Th., 16.11.1).
• 16.1.2 (28-02-380) (Pars Or.) Ley firmada por Teodosio I en Tesalónica, en la cual se declaraba al
cristianismo religión oficial del Imperio. Supuso el punto de inflexión de todo el proceso anterior que
venía encumbrando al cristianismo y haciendo retroceder al paganismo. En realidad, la literalidad de
la constitutio teodosiana ordenaba que todos los súbditos (cunctos populo, quos clementiae nostrae
regit temperamentum) profesaran el cristianismo niceno -o católico, ortodoxo-. Muy en particular –
se decía en el edicto- los cristianos arrianos, que de no hacerlo serían declarados herejes. Este
relevante edicto se expresaba en los términos siguientes: Edictum ad populum Urbis
Constantinopolitanae. Cunctos populos, quos clementiae nostrae regit temperamentum, in tali
volumus religione versari, quam divinum Petrum apostolum tradidisse Romanis religio usque ad nunc
ab ipso insinuata declarat, quamque pontificem Damasum sequi claret et Petrum Alexandriae
episcopum, virum apostolicae sanctitatis; hoc est ut secundum apostolicam disciplinam
evangelicamque doctrinam Patris et Filii et Spiritus Sancti unam deitatem sub parili maiestate et sub
pia Trinitate credamus. Hanc legem sequentes Christianorum Catholicorum nomen iubemus amplecti,
reliquos vero dementes vesanosque iudicantes haeretici dogmatis infamiam sustinere, nec

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conciliabula eorum ecclesiarum nomen accipere, divina primum vindicta, post etiam motus nostri,
quem ex coelesti arbitrio sumpserimus, ultione plectendos.
• 16.10.7 (21-12-381) (Pars Or.) Contra los sacrificios diurnos y nocturnos con fines adivinatorios, y
menos en el interior de una capilla o de un templo (fanumque templum).
• 16.10.8 (30-11-382) (Pars Or.) Debe respetarse un templo que sirve como local a las asambleas
locales (conventus urbis) y sus votaciones, así como también deben respetarse las estatuas que lo
ornamentan: “Toma medidas [tú, Palladio, dux de Osrhoene] para que nadie interprete esta libertad
de acceso al templo como un permiso para realizar en él sacrificios prohibidos con prácticas
adivinatorias” (usus sacrificiorum). Esta ley es la segunda en la que un emperador tardorromano se
preocupa por preservar los templos o las estatuas como patrimonio monumental de las ciudades
(ver supra 16.10.3, del 342).
• 16.10.9 (25-05-385) (Pars Or.) Contra los sacrificios con fines adivinatorios malignos: “Que ningún
mortal se arrogue audazmente el derecho de hacer sacrificios para obtener, por el examen del hígado
y el presagio de las vísceras, la ilusión de una vana promesa o, lo que es peor, para intentar conocer
el porvenir mediante esta execrable práctica. Se advierte que quienes quebranten esta ley se
expondrán a suplicios particularmente crueles (acerbioris supplicii cruciatus).
• 9.16.11 (16-08-389) (Pars Occ.) contra los maleficios y la magia.
• 16.10.10 (24-02-391) (Ambas Pars) Contra el paganismo (afecta a Roma; dirigida al Prefecto de la
Ciudad Albino). Es la primera ley teodosiana contra toda forma de culto pagano:
 Que nadie se contamine ofrendando víctimas
 Que nadie sacrifique una víctima inocente
 Que nadie entre en los templos, estén en los caminos o en la Ciudad
 Que nadie venere estatuas hechas por la mano del hombre
 Que nadie vaya de templo en templo
 Que nadie rinda culto a las estatuas
 Multas severas a los jueces y autoridades que se vean inmersos en esta clase de
delitos y no cumplan todo lo anterior
• 16.10.11 (16-06-391) (Ambas Pars) Contra el paganismo (afecta a Egipto; dirigida a Evagrio, Prefectus
augustali, y Romano, comes Aegypti) 5.
 Que a nadie le sea concedida la posibilidad de sacrificar
 Que nadie ronde los templos
 Que nadie rinda culto a los santuarios
 Que nadie acceda a los templos para honrar a los dioses o realizar ritos sagrados
 Penas pecuniarias severas a los jueces que trasgredan esta ley
• 16.10.12 (08-11-392) (Ambas Pars) Se reiteran las leyes contra el paganismo (afecta a Oriente;
dirigida al Prefecto del Pretorio Rufino). Texto largo. Primera vez en las leyes que se usa el término
gentilis con el sentido de “pagano”. No volverá a usarse hasta el año 425.
 Que nadie absolutamente rinda culto a las estatuas mediante sacrificios.
 Idem a los dioses familiares, Lares y Penates, al Genio, a los árboles sagrados.
 Que nadie practique ninguna de las formas acostumbradas de rendir culto pagano
(se detallan a continuación una a una), y menos dentro de un santuario (templum et
aedes)

5 Sozomeno (7.15.5) subraya la responsabilidad de estos dos oficiales en la medida adoptada por el poder imperial, al que informaron

de los conflictos entre paganos y cristianos en Alejandría, y a partir de los cuales el emperador dio orden de honrar a los cristianos
asesinados y destruir los templos, causa de los desórdenes (id., 7.15.7-8). El mismo discurso, con algunos matices, en Ruf., HE, 2.22;
Eunapio, Vida de los sofistas, 6.11.2; Sóc., 5.16.10.
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 Penas severas a los jueces, defensores civitatis y curiales de las ciudades que no
cumplan todo lo anterior.
“Que nadie, sea cual sea su origen o su rango en las dignidades humanas, ejerza un cargo público o
esté revestido de un título honorífico, sea poderoso por razón de su nacimiento o humilde por sus
orígenes, en cualquier lugar o ciudad, ose sacrificar una víctima inocente a las estatuas privadas de
alma, o bien, llevados por una impiedad más discreta, ose venerar un altar llameante, o un genio con
vino joven, o a los penates con perfume, encendiendo lámparas, quemando incienso, colgando
guirnaldas. Si alguien osa inmolar una víctima en sacrificio o consultar sus vísceras palpitantes, será
considerado culpable de lesa majestad, y podrá ser denunciado por no importa quién, soportando
una condena apropiada… Basta en efecto para la importancia del crimen querer violar las leyes de la
naturaleza escrutando cosas ilícitas, buscando averiguar aquellas que están ocultas, atreviéndose a
hacer lo que está prohibido, buscando conocer el final de la existencia de otros, asegurando el deseo
de su muerte”.

ARCADIO (enero de 395 al 01-05-408 en Oriente) y HONORIO (enero de 395 al 15-08-423 en Occidente)

• 9.16.12 (01-02-409) (Pars Occ.) Contra los astrólogos. Se ordena que sean expulsados de Roma y de
todas las ciudades.: “si los astrólogos (mathematici), una vez que sus libros de falsedades han sido
reducidos a cenizas por el fuego en presencia de los obispos, no están dispuestos a revertir su fe al
culto de la religión católica y no regresar nunca más a sus antiguas aberraciones, Nosotros
ordenamos que sean expulsados no sólo de Roma sino también de todas las ciudades... [En caso de
que transgredan la ley] serán deportados” 6.
• 16.10.13 (07-08-395) (Pars Or.) Contra el paganismo y los heréticos cristianos (afecta a Oriente;
dirigida al Prefecto del Pretorio Rufino). Se aprecia un progresivo aumento de la dureza y el detalle
de las leyes dirigidas contra el paganismo (desde 16.10.10 hasta ésta): se detallan o especifican cada
vez más y mejor la identidad de los afectados e implicados por estas leyes, los castigos y penas que
sufrirán los culpables, las autoridades responsables de su aplicación, incluso las que éstos sufrirán si
trasgreden ellos mismos las disposiciones o no se esfuerzan lo suficiente en aplicarlas (con mucho
empeño); la propia extensión de los textos va aumentando desde la anterior 16.10.12.
 Que nadie tenga la menor oportunidad de acceder a un santuario (fanum) o un
templo (templum), sea cual sea, o de celebrar sacrificios en cualquier lugar o
momento.
 Penas severas y muy detalladas a los gobernadores provinciales, curiales de
cualquier rango, defensor civitatis, procuradores y autoridades locales que no
cumplan todo lo anterior.
Paganus vuelve a ser utilizado con el sentido de “pagano” desde su uso en el año 370 en 16.2.18.
• 16.10.14 (07-12-396) (Pars Or.) Contra el paganismo. Se recortan los privilegios de los sacerdotes
paganos (privilegia si qua concessa sunt antiquo iure sacerdotibus ministris praefectis [v.g., praefecti
sacrorum] hierofantis sacrorum siue quolibet alio nomine nuncupantur, penitus aboleantur…”).
• 15.1.36 (01-11-397) (Pars Or.) Contra los templos. “Nosotros ordenamos que todos los materiales
que se dice provienen de la demolición de templos sean utilizados para las necesidades indicadas
(construcción de calzadas, acueductos y murallas), de manera que todos los trabajos alcancen su
completo desarrollo”.

6 Numerosos autores cristianos se pronuncian sobre la aversión que les producían los astrólogos y los que acudían a ellos para
consultarlos (cf. más evidencias en C.Th. 9.16.12, n. 1); los libros de astrología eran equiparados a los libros de magia. La ley constata
una vez más la práctica de la cremación pública de libros prohibidos existente desde los inicios del Imperio, y también que los obispos
actuaban en esta ley de Occidente como representantes del orden público que detentaban en Oriente los defensores civitatis.
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• 16.10.15 (29-08-399) (Pars Occ.) Deben respetarse los ornamentos (estatuas) de los edificios públicos
(templos) como obras de arte: “Del mismo modo que Nosotros prohibimos los sacrificios, también
queremos que los ornamentos de los edificios públicos [v.g., templos y estatuas] sean
salvaguardados” (Sicut sacrificia prohibemus, ita uolumus publicorum operum ornamenta seruari).
• 16.10.16 (10-07-399) (Pars Or.) Contra los templos rurales, “si hay templos en la campiña, que sean
destruidos evitando el gentío y los disturbios. Tirándolos y eliminándolos se evitará todo fundamento
para la superstición” (Si qua in agris templa sunt, sine turba ac tumultu diruantur. His enim deiectis
atque sublatis omnis superstitioni materia consumetur)”.
• 16.10.17 (20-08-399) (Pars Occ.) Deben respetarse las fiestas y banquetes públicos según las
tradiciones antiguas y siempre que en ellos no se incluyan sacrificios o supersticiones penadas,
incluidas las torturas en los espectáculos.
• 16.10.18 (20-08-399) (Pars Occ.) Deben respetarse los templos vacíos ya de todo lo que es ilícito
(estatuas, objetos…), para que permanezcan intactos, pero se amenaza con penas severas a quien
en ellos ofrende sacrificios o haga prácticas cultuales paganas.
• 16.11.1 (20-08-399) (Pars Occ.) Las causas religiosas entre clérigos cristianos deben ser juzgadas por
tribunales eclesiásticos, las restantes por los tribunales ordinarios. Estos límites de la jurisdicción
eclesiástica ya fueron establecidos en el 376 (16.2.23, vid. supra), y reafirmados en Oriente en 398
(CJ 1.4.7) y en 452 (Novella 35 de Valentiniano III). San Ambrosio (CSEL, Ep. 75) se refirió a una ley no
conservada de Valentiniano I que reservaba a los obispos las causas de asuntos concernientes a la fe
de la Iglesia.
• 16.10.19 (15-11-407) (Pars Occ.) Contra el paganismo
 Supresión de los subsidios públicos a los templos y a su clero
 Destrucción de las estatuas (simulacra) que aún existan en los templos y capillas (in
templis fanisque) y que hayan recibido o sigan recibiendo culto religioso (¿contradice
la ley anterior 16.10.18?)
 Destrucción de los altares en todas partes (arae locis omnibus destruantur)
 Traspaso de los templos a uso público y útil que aún existan en las ciudades y dentro
o fuera de los pueblos (quae in ciuitatibus uel oppidis uel oppida sunt)
 Prohibición de banquetes (convivia) y ceremonias en honor de ritos sacrílegos
(sacrilegi ritus)
 Se delega en los obispos la facultad de actuar y hacer cumplir lo anterior, y se castiga
a las autoridades locales que sean negligentes en estas tareas de represión.

TEODOSIO II (01-05-408 al 28-07-450 en Oriente).

• 16.10.20 (30-08-415) (Pars Occ., luego Pars Or.) Contra los templos y los cleros paganos (sacerdotales
paganae superstitionis). Medidas confiscatorias de bienes, propiedades e impuestos, una parte de
los cuales irá destinada “a la Iglesia venerable, pues la religión cristiana los reclamará para en ella en
justicia…” (ad uenerabilem ecclesiam, christiana merito religio…). La ley iba dirigida en principio a
Cartago y a las provincias de África, pero acaba involucrando a todas las ciudades de los dominios del
dominus. Con estos fondos la Iglesia sufragará el costo de las transformaciones de los antiguos
templos en iglesias (cf. 16.10.20 n. 3).
• 16.10.21 (07-12-415) (Pars Or.) Contra el paganismo. Exclusión de creyentes paganos (gentiles, con
sentido de “paganos”) de la milicia y de toda clase de cargos administrativos y de gobierno.
• 16.10.22 (09-04-423) (Pars Or.) Se reafirman y confirman todas las leyes anteriores contra todas las
formas de paganismo que aún puedan sobrevivir (paganus qui supersunt).

pág. 6
• 16.10.23 (08-06-423) (Pars Or.) Contra los sacrificios “execrables en honor de los demonios” de los
paganos que resten (Paganos qui supersunt, si aliquando in execrandis daemonum sacrificiis fuerint
comprehensi…)
• 16.10.24 (08-06-423) (Pars Or.) Debe respetarse a los paganos que no pretendan nada contra el
Estado. TEXTO IMPORTANTE, dado lo avanzado de la época: “Demandamos a los cristianos que
realmente lo sean o afirmen serlo, que, abusando de la autoridad de la religión, no se atrevan a poner
las manos sobre los judíos y paganos (iudaeis ac paganis) que vivan en paz y no pretendan nada
sedicioso y contrario a las leyes”. Aquellos que infrinjan este mandato, y aquellos jueces, oficiales o
autoridades locales que lo permitan, serán castigados con multas y forzados a compensar los daños
causados a las víctimas.

VALENTINIANO III (425 al 16-03-455)

• 16.10.25 (14-11-435) (Pars Or.) Se recuerdan las penas contra los sacrificios y contra los templos
(fana, templis, delubra) que se practiquen o se mantengan intactos todavía 7. Se ordena que los
templos sean destruidos y purificados con la colocación de cruces (signi). Es la primera ley que ordena
sin ambages la destrucción y purificación de los templos. TEXTO IMPORTANTE, “Nosotros ordenamos
que en virtud de un decreto de los magistrados todos sus santuarios, sus templos y sus capillas, si
queda aún alguna que esté intacta, sean destruidos y purificados mediante el añadido de símbolos
de la venerable religión cristiana (collocatione uenerandae christianae religionis signi expiari)”. La ley
termina advirtiendo que cualquiera que se tome a la ligera esta disposición será castigado con la
pena de muerte.

7 Las fuentes muestran que los sacrificios seguían siendo clandestinos, a pesar de las leyes que los prohibían.
pág. 7
APÉNDICE-1: LOS “EDICTOS” DE NICOMEDIA Y MILÁN.

La versión latina de Lactancio del edicto de Galerio dice:

“Entre las demás disposiciones que siempre tomamos por el bien y el interés del Estado, hemos
deseado aquí reparar todas las cosas de acuerdo con las leyes y la disciplina pública de los romanos,
y de asegurar que incluso los cristianos, que abandonaron las prácticas de sus ancestros, retornen al
buen juicio. En verdad, por algún motivo u otro, a esos cristianos les asedió tal autoindulgencia y
les poseyó tal insensatez, que dejaron de seguir las prácticas de los antiguos, costumbres que sus
propios ancestros pudieron haber instituido, y en su lugar actuaban como les parecía, dictaban sus
propias leyes para sí mismos, y se reunían con personas muy variadas en áreas diversas. Cuando se
promulgó nuestra orden estableciendo que debían volver a las prácticas de los antiguos, muchos se
vieron en peligro, y muchos incluso murieron. Muchos otros perseveraron en su forma de vida, y
vimos que ni prestaban a los dioses el culto y veneración debidos, ni lo hacían al dios de los
cristianos. En virtud de nuestra afable clemencia y tradición eterna, por la cual es costumbre habitual
conceder clemencia a todo el mundo, hemos creído oportuno extenderles también a ellos nuestra
más pronta indulgencia, de modo que los cristianos puedan restablecer sus lugares de encuentro, con
la condición de que no actúen desordenadamente. Mediante otra carta a los funcionarios
detallaremos las condiciones que deben respetar. Consecuentemente, de acuerdo con nuestra
indulgencia, deberán rezar a su dios por nuestra salud y por la seguridad del Estado, de modo que el
Estado se vea a salvo por todos los frentes y ellos puedan vivir a salvo y seguros en sus propias
casas” (Lact. De mort. pers., 35.2).

La versión griega del edicto de Galerio en Eusebio es más completa:

«El emperador César Galerio Valerio Maximiano, Augusto Invicto, Pontífice Máximo, Germánico
Máximo, Egipcio Máximo, Tebeo Máximo, Sármata Máximo cinco veces, Persa Máximo dos veces,
Carpo Máximo seis veces, Armenio Máximo, Medo Máximo, Adiabeno Máximo, Tribuno de la
Plebe veinte veces, Imperator diecinueve veces, Cónsul ocho veces, Padre de la Patria, Procónsul; y
el Emperador César Flavio Valerio Constantino Pío Félix Invicto, Augusto, Pontífice Máximo,
Tribuno de la Plebe, Imperator cinco veces, Cónsul, Padre de la Patria, Procónsul; y el Emperador
César Valerio Liciniano Licinio Pío Félix, Invicto Augusto, Pontífice Máximo, Tribuno de la Plebe
cuatro veces, Imperator tres veces, Cónsul, Padre de la Patria, Procónsul, a los habitantes de sus
propias provincias, salud [falta el nombre de Maximino Daia, que rehusó aplicarlo en sus dominios,
ya que el edicto debían firmarlo los cuatro tetrarcas, y no todas las ediciones del texto de Eusebio
contienen el nombre y títulos de Licinio, dada la damnatio memoriae que el obispo palestino ejerció
contra él].
Entre las otras medidas que Nosotros hemos tomado [protocolariamente, los cuatro tetrarcas, pero
en la práctica sólo Galerio] para utilidad y provecho del Estado, ya anteriormente fue voluntad
nuestra enderezar todas las cosas conforme a las antiguas leyes y orden público de los romanos y
proveer a que también los cristianos, que tenían abandonada la secta de sus antepasados [v.g., el
paganismo, la religión del Estado], volviesen al buen propósito.
Porque, debido a algún especial razonamiento, es tan grande la ambición que los retiene y la locura
que los domina, que no siguen lo que enseñaron los antiguos, lo mismo que tal vez sus propios
progenitores establecieron anteriormente, sino que, según el propio designio y la real gana de cada
cual, se hicieron leyes para sí mismos, y éstas guardan, habiendo logrado reunir muchedumbres
diversas en diversos lugares.
Por tal causa, cuando a ello siguió una orden Nuestra de que se cambiasen a lo establecido por los
antiguos, un gran número estuvo sujeto a peligro, y otro gran número se vio perturbado y sufrió toda
clase de muertes.
Mas como la mayoría persistiera en la misma locura y viéramos que ni rendían a los dioses celestes
el culto debido ni atendían al de los cristianos, fijándonos en nuestra benignidad y en nuestra
constante costumbre de otorgar perdón a todos los hombres, creímos que era necesario extender
también de la mejor gana al presente caso nuestra indulgencia, para que de nuevo haya cristianos y
compongan las casas en que se reunían, de tal manera que no practiquen nada contrario al orden
público. Por medio de otra carta mostraré a los jueces lo que deberán observar.

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En consecuencia, a cambio de esta indulgencia Nuestra, deberán rogar a su Dios por nuestra
salvación, por la del Estado y por la suya propia, con el fin de que, por todos los medios, el Estado
se mantenga sano y puedan ellos vivir tranquilos en sus propios hogares» (Euseb., HE, 8.17.1-10).

Por su parte, el Edicto de Milán promulgado por Licinio, en la versión de Lactancio, dice:

“Habiéndonos reunido felizmente en Milán tanto yo, Constantino Augusto, como yo, Licinio
Augusto, y habiendo tratado sobre todo lo relativo al bienestar y a la seguridad públicas (ad
commoda et securitatem publicam), juzgamos oportuno regular, en primer lugar, entre los demás
asuntos que, según nosotros, beneficiarán a la mayoría, lo relativo a la reverencia debida a la
divinidad (divinitatis reverentia); a saber, conceder a los cristianos y a todos los demás la facultad
de practicar libremente la religión que cada uno desease (ut daremus ut Christianis et omnibus
liberam potestatem sequendi religionem quam quisque voluisset), con la finalidad de que todo lo
que hay de divino en la sede celestial se mostrase favorable y propicio tanto a nosotros como a todos
los que están bajo nuestra autoridad. Así pues, con criterio sano y recto, hemos creído oportuno
tomar la decisión de no rehusar a nadie en absoluto este derecho, bien haya orientado su espíritu a
la religión de los cristianos, bien a cualquier otra religión que cada uno crea la más apropiada para
sí, con el fin de que la suprema divinidad (summa divinitas), a quien rendimos culto por propia
iniciativa, pueda prestarnos en toda circunstancia su favor y benevolencia acostumbrados. Por lo
cual, conviene que tu excelencia sepa que nos ha parecido bien que sean suprimidas todas las
restricciones contenidas en circulares anteriores dirigidas a tus negociados, referentes al nombre de
los cristianos y que obviamente resultan desafortunadas y extrañas a nuestra clemencia, y que desde
ahora todos los que desean observar la religión de los cristianos lo puedan hacer libremente y sin
obstáculo, sin inquietud ni molestias. Hemos creído oportuno poner en conocimiento de tu diligencia
esta disposición en todos sus extremos, para que sepas que hemos concedido a los propios cristianos
incondicional y absoluta facultad para practicar su religión. Al constatar que les hemos otorgado
esto, debe entender tu excelencia que también a los demás se les ha concedido licencia igualmente
manifiesta e incondicional para observar su religión en orden a la conservación de la paz en nuestros
días, de modo que cada cual tenga libre facultad de practicar el culto que desee. Hemos actuado así
para no dar la apariencia de mantener la más mínima restricción con algún culto o alguna religión.
Además, hemos dictado, en relación con los cristianos, la siguiente disposición: los locales en que
anteriormente acostumbraban a reunirse, respecto a los cuales las cartas enviadas anteriormente a tu
negociado contenían ciertas instrucciones, si alguien los hubiese adquirido con anterioridad, bien
comprándoselos al Fisco, bien a cualquier persona privada, les deben ser restituidos a los cristianos
sin reclamar pago o indemnización alguna y dejando de lado cualquier subterfugio o pretexto.
Asimismo, quienes los adquirieron mediante donación, los deben restituir igualmente a los cristianos
a la mayor brevedad posible. Además, si aquellos que los adquirieron mediante compra o donación
reclaman alguna indemnización de nuestra benevolencia, deben dirigirse al Vicario para que,
mediante nuestra clemencia, se les atienda. Todos estos locales les deben ser devueltos a la
comunidad cristiana por intermedio tuyo sin dilación alguna.
Por otra parte, puesto que es sabido que los mismos cristianos poseían no sólo los locales en que
solían reunirse, sino también otras propiedades que pertenecían a su comunidad en cuanto persona
jurídica, es decir, a las iglesias, y no a personas físicas, también éstas, sin excepción, quedan
incluidas en la disposición anterior, por lo que ordenarás que, sin pretexto ni reclamación alguna,
les sean devueltas a estos mismos cristianos, es decir, a su comunidad y a sus iglesias, de acuerdo
con las condiciones arriba expuestas, a saber: que quienes las devuelvan gratuitamente, según hemos
dispuesto, pueden esperar una indemnización por parte de nuestra clemencia. En todo lo referente a
la susodicha comunidad cristiana, deberás mostrar tu eficaz mediación para que nuestro decreto se
cumpla con la mayor rapidez posible, a fin de que también en este asunto se muestre la preocupación
de nuestra clemencia por la paz pública. Todo esto se hará para que, según hemos expresado más
arriba, el favor divino que nos asiste y que en tan graves circunstancias hemos experimentado, actúe
siempre de manera próspera en nuestras empresas con el consiguiente bienestar general. A fin de
que puedan llegar los términos del decreto, muestra de nuestra benevolencia, a conocimiento de
todos, deberás ordenar su promulgación y exponerlo en público en todas partes para que todos lo
conozcan, de modo que nadie pueda ignorar esta manifestación de nuestra benevolencia» (Lact. De
mort. pers., 48.2-12).

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El Edicto de Milán en versión de Eusebio dice:

«Al considerar, ya desde hace tiempo, que no se ha de negar la libertad de la religión, sino que
debe otorgarse a la mente y a la voluntad de cada uno la facultad de ocuparse de los asuntos divinos
según la preferencia de cada cual, teníamos mandado a los cristianos que guardasen la fe de su
elección y de su religión.
Más como quiera que en aquel rescripto en que a los mismos se les otorgaba semejante facultad
parecía que se añadían claramente muchas y diversas condiciones, quizás se dio que algunos de
ellos fueron poco después violentamente apartados de dicha observancia.
Cuando yo, Constantino Augusto, y yo, Licinio Augusto, nos reunimos felizmente en Milán y nos
pusimos a discutir todo lo que importaba al provecho y utilidad públicas, entre las cosas que nos
parecían de utilidad para todos en muchos aspectos, decidimos sobre todo distribuir unas primeras
disposiciones en que se aseguraban el respeto y el culto a la divinidad, esto es, para dar, tanto a los
cristianos como a todos en general, libre elección en seguir la religión que quisieran, con el fin de
que lo mismo a nosotros que a cuantos viven bajo nuestra autoridad nos puedan ser favorables la
divinidad y los poderes celestiales que haya.
Por lo tanto fue por un saludable y rectísimo razonamiento por lo que decidimos tomar esta nuestra
resolución: que a nadie se le niegue la facultad de seguir y escoger la observancia o la religión de
los cristianos, y que a cada uno se le dé facultad de entregar su propia mente a la religión que crea
que se adapta a él, a fin de que la divinidad pueda en todas las cosas otorgarnos su habitual solicitud
y benevolencia.
Así era natural que diéramos en rescripto lo que era de nuestro agrado: que, suprimidas por
completo las condiciones que se contenían en nuestras primeras cartas a tu santidad acerca de los
cristianos, también se suprimiera todo lo que parecía ser enteramente siniestro y ajeno a nuestra
mansedumbre, y que ahora cada uno de los que sostienen la misma resolución de observar la
religión de los cristianos, la observe libre y simplemente, sin traba alguna.
Todo lo cual decidimos manifestarlo de la manera más completa a tu solicitud, para que sepas que
nosotros hemos dado a los mismos cristianos libre y absoluta facultad de cultivar su propia
religión.
Ya que estás viendo lo que precisamente les hemos dado nosotros sin restricción alguna, tu
santidad comprenderá que también a otros, a quienes lo quieran, se les da facultad de proseguir
sus propias observancias y religiones -lo que precisamente está claro que conviene a la tranquilidad
de nuestros tiempos-, de suerte que cada uno tenga posibilidad de escoger y dar culto a la divinidad
que quiera. Esto es lo que hemos hecho, con el fin de que no parezca que menoscabamos en lo más
mínimo el honor o la religión de nadie.
Pero, además, en atención a las personas de los cristianos, hemos decidido también lo siguiente:
que los lugares suyos en que tenían por costumbre anteriormente reunirse y acerca de los cuales
ya en la carta anterior enviada a tu santidad había otra regla delimitada para el tiempo anterior, si
apareciese que alguien los tiene comprados, bien a nuestro tesoro público, bien a cualquier otro,
que los restituya a los mismos cristianos, sin reclamar dinero ni compensación alguna, dejando de
lado toda negligencia y todo equívoco. Y si algunos, por acaso, los recibieron como don, que esos
mismos lugares sean restituidos lo más rápidamente posible a los mismos cristianos.
Más de tal manera que, tanto los que habían comprado dichos lugares como los que los recibieron
de regalo, si pidieren alguna compensación de nuestra benevolencia, puedan acudir al magistrado
que juzga en el lugar, para que también se provea a ello por medio de nuestra bondad.
Todo lo cual deberá ser entregado a la corporación de los cristianos, por lo mismo, gracias a tu
solicitud, sin la menor dilación. Y como quiera que los mismos cristianos no solamente tienen
aquellos lugares en que acostumbraban a reunirse, sino que se sabe que también poseen otros
lugares pertenecientes, no a cada uno de ellos, sino al derecho de su corporación, esto es, de los
cristianos, en virtud de la ley que anteriormente he dicho mandarás que todos esos bienes sean
restituidos sin la menor protesta a los mismos cristianos, esto es, a su corporación, y a cada una de
sus asambleas, guardada, evidentemente, la razón arriba expuesta: que quienes, como tenemos
dicho, los restituyan sin recompensa, esperen de nuestra benevolencia su propia indemnización.

pág. 10
En todo ello deberás ofrecer a la dicha corporación de los cristianos la más eficaz diligencia, para
que nuestro mandato se cumpla lo más rápidamente posible y para que también en esto, gracias a
nuestra bondad, se provea a la común y pública tranquilidad.
Efectivamente, por esta razón, como también queda dicho, la divina solicitud por nosotros, que ya
en muchos asuntos hemos experimentado, permanecerá asegurada por todo el tiempo.
Y para que el alcance de esta nuestra legislación benevolente pueda llegar a conocimiento de todos,
es preciso que todo lo que nosotros hemos escrito tenga preferencia y por orden tuya se publique
por todas partes y se lleve a conocimiento de todos, para que a nadie se le pueda ocultar esta
legislación, fruto de nuestra benevolencia» (Euseb., HE, 10.5.2-14).

pág. 11
APÉNDICE-2: EL CICLO DE EDICTOS DE TOLERANCIA.
El Edicto de Milán fue el último de una serie de decretos que intentaron poner punto final a la persecución
dioclecianea y abrir un periodo de tolerancia religiosa. Los protagonistas de estos intentos fueron:
• La persecución decretada por el emperador Valeriano en 257 se vio detenida en junio de 260, cuando
aquél fue capturado en batalla y ejecutado. Su hijo Galieno (260-268) dejó sin efecto la persecución,
inaugurando así una «pequeña paz de la Iglesia». Esta paz no se vio perturbada, salvo por
persecuciones aisladas y ocasionales, hasta que Diocleciano se convirtió en emperador.
------------------ Antes y después del s. IV ---------------------------------------------------------------------------------
Majencio (emitió una ley hacia 308 estableciendo el fin de las persecuciones en su territorio; luego, en
el verano del 311, inició –también en las provincias occidentales que gobernaba - un programa para
restituir a los cristianos sus propiedades).
• Galerio (en abril del 311 emite su edicto de tolerancia ya mencionado, también de aplicación sólo en
las provincias occidentales que gobernaba, el cual permitía la existencia de la religión cristiana y sus
reuniones en comunidad).
• Maximino Daia (rehusó aplicar el edicto de tolerancia de Galerio en Oriens, y su actitud fluctuará
mucho:
o en junio u octubre del 311, comunicó verbalmente a los gobernadores provinciales de Oriente
el contenido del edicto de Galerio, aunque rehusando hacerlo mediante un mandato escrito; su
Prefecto de Pretorio Sabino fue el encargado de comunicárselo a todos los gobernadores
orientales mediante una carta escrita en latín;
o Sin embargo, el mismo octubre del 311, se renueva la persecución en sus territorios orientales:
emite una orden contra las celebraciones cristianas en las tumbas de sus difuntos, y acepta las
peticiones de diversas ciudades para expulsar a los cristianos de ellas (Nicomedia, Antioquía,
etc.). Como efecto de ello, se paralizan las reconstrucciones de iglesias en Oriens.
o En diciembre del 312, respondiendo a una carta de Constantino, utiliza de nuevo a Sabino para
confirmar que los cristianos dejen de ser perseguidos; finalmente, en el verano del 313,
promulgó un edicto -cuando Licinio ya había publicado en Nicomedia el “de Milán” en forma
epistolar- que garantizaba a los cristianos practicar su culto, construir sus propias iglesias y
recibir todas sus propiedades confiscadas).
• Constantino (emitió una ley en el verano del 306 estableciendo el fin de las persecuciones en su
territorio; en el verano del 311 -y en las provincias bajo su mando- impulsa un programa de restitución
a los cristianos de sus propiedades confiscadas; luego, en noviembre o diciembre del 312, envió una
carta al procónsul de África, Anulino, para que llevara a efecto la restitución de bienes y propiedades
a las iglesias de la región, y otra carta a Maximino, a la que añade una ley pro-cristiana que emite junto
con Licinio; finalmente, a principios de febrero del 313, se reúne con Licinio en Milán para emitir
ambos el “Edicto de Milán”: Licinio lo publicó el 13 de junio en versión epistolar en Nicomedia
(versión recogida por Lactancio), y a finales del verano, o ya en otoño, se publica con el mismo formato
en Palestina (versión de Eusebio).
Constantino es pues el único que desde el inicio y hasta el final mostró su apoyo a los cristianos. Hay autores
que minusvaloran o minimizan la función de Constantino en la promulgación del Edicto de Milán y su
encuentro con Licinio en el 313, pero hay otros que piensan que el edicto lleva todas las marcas de un
documento eminentemente constantiniano.

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APÉNDICE-3: SOBRE LA APLICACIÓN EFECTIVA DE LAS LEYES TEODOSIANAS.
Dada la reiteración de ciertas leyes anti-paganas, cabe dudar de la efectiva aplicación de las leyes. ¿Hasta qué
punto se aplicaban realmente?
a. Para empezar, no podemos subestimar el efecto que las leyes anti-paganas tenían sobre la opinión pública,
así como la percepción de lo que entrañaban: debemos tener en cuenta a este respecto la escenificación
que rodeaba la lectura pública de las leyes en los centros urbanos, la parafernalia oficial que conllevaba, y
la solemnidad del acto en sí.
b. Pese a todo, muchos autores han planteado la cuestión de hasta qué punto la creciente legislación a favor
del cristianismo a partir de Constantino fue eficaz en el proceso de cristianización y de erradicación de
otras formas de compromiso religioso.
i. La reiteración de las leyes, que es muy llamativa en el caso de la legislación religiosa, se interpreta
normalmente como un signo de su falta de cumplimiento y, en general, del fracaso del sistema
legislativo imperial para ejercer la autoridad y controlar los abusos.
ii. Los contemporáneos se quejaban de que las leyes no se cumplían, y este lamento se encuentra
también de forma reiterada en los códigos legislativos. En una ley ya citada de las Constitutiones
Sirmondianas se incluye un extenso preámbulo lamentando la laxitud de los magistrados y senados
municipales de África en ejecutar las leyes contra herejes, cismáticos y no cristianos (Sirm. 14, a.
409). Y no es extraño encontrar al final de las leyes provisiones de multas y otros castigos para
los funcionarios encargados de ponerlas en práctica que se mostraran negligentes (así, 16.2.39;
2.40; 5.12; 5.24; 5.30, etc.).
iii. La repetición de las leyes no es, necesariamente, un síntoma de su ineficacia, sino la expresión de
una cultura de gobierno proclive a la intervención estatal. Las leyes responden a peticiones
individuales, bien formuladas directamente o a través de la oficina de los gobernadores, los
vicarios o los prefectos, y, aunque tuvieran el carácter de leges generales, normalmente se
aplicaban para el caso que las había propiciado. La demanda reiterada de leyes sobre una cuestión
acerca de la cual ya existían pronunciamientos anteriores indica, más bien, el deseo de quien hacía
la solicitud de actualizar el vigor de las leyes existentes y de asegurarse de su efectividad.
iv. A veces, lo que a primera vista parece una repetición no lo es tanto cuando se analizan los detalles
y se ven los matices; a veces se puede estar pidiendo la confirmación de una línea política, por
ejemplo, cuando cambia el emperador, o, simplemente, cuando un iudex (el gobernador de una
provincia) quiere cerciorarse del espíritu de una ley precedente.
c. En fin, pensamos que esta legislación fue sobre todo la coartada de la Iglesia para actuar ella misma en el
proceso de erradicación del paganismo (sus obispos, abades, monjes y, en última instancia, seguidores), y
que la aplicación de las leyes se hizo eficaz sólo cuando la Iglesia (sus líderes) se involucró a fondo en la
aplicación efectiva de las leyes, convirtiéndose en brazo ejecutor de la misma. Esto ya estaba en cierto
modo reconocido en C.Th.:
v. 16.11.1, del 399: establecía que las acciones judiciales relativas a cuestiones de religión fueran
remitidas y asumidas por los obispos, el resto, de acuerdo a las leyes ordinarias (Quoties de
religione agitur, episcopos conuenit agitare; ceteras uero causas, quae ad ordinarios cognitores
uel ad usum publici iuris pertinent, legibus oportet audiri).
vi. 16.10.19, de 407: se delega en los obispos –por la autoridad que les da la Iglesia- la facultad de
actuar y hacer cumplir las leyes relativas a la destrucción de estatuas y altares, la confiscación de
templos para un buen uso público, la realización de sacrificios, ceremonias o ritos prohibidos.
vii. Zacarías de Mitilene, Vita Severi (obispo de Antioquía), 32-35: da cuenta de un ritual público de
destrucción y quema de objetos paganos sagrados obtenidos tras la purga anti-pagana que sufrió
Alejandría en el 489:
• los magistrados, los líderes de la sociedad alejandrina y los oficiales imperiales en
Alejandria y Egipto no participan, sólo están como espectadores y testigos, mientras que

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es la Iglesia, el obispo de la ciudad en concreto el protagonista, quien ha reunido
previamente a la población en una plaza pública del centro de la ciudad, el que dirige el
“espectáculo” y actúa.
• Lo que se describe es a primera vista la aniquilación de un lugar de culto pagano aún
activo (Alejandría). Se realiza mediante una purga y destrucción masiva y sistemática de
ídolos, objetos sagrados y libros, los cuales, tras ser exhibidos uno a uno, se les insulta,
mutila, rompe y quema (un estallido de violencia iconoclasta que ha debido de llevar
horas), ya que se consideraba que, incluso sacados de sus lugares de adoración respectiva,
aún albergaban poderes demoníacos paganos.
• Una vista más atenta y profunda del suceso nos indica que lo que se relata es la prueba
irrefutable del triunfo de la Cristiandad sobre los demonios paganos. Lo que se escenifica
–de forma ceremonial y ritual- es el final del pasado pagano de la metrópoli (ver Hahn,
2015: 129-132).
• A partir de aquí, los rituales de despaganización en la Antigüedad Tardía, al menos hasta
el reinado de Justiniano, serán dominio de la Iglesia.
d. Antes de estos hechos, en el año 435, una ley (C.Th., 16.10.25) ordenaba que los templos fueran destruidos
y purificados con cruces cristianas bajo el mando de oficiales y magistrados. En realidad, ordenaba en
esencia lo que ya venía reiterando la legislación desde tiempo atrás. Pero es ahora cuando el Estado y la
agenda de la Iglesia convergen finalmente en una misma vía.

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APÉNDICE-5: LAS PERSECUCIONES ANTERIORES A LA DEL EMPERADOR DECIO.
1. Nerón (c. 62-64, y abarca la Urbs). Es la primera que se hace contra creyentes cristianos al decir de
Suetonio y Tácito.
• Con anterioridad, el Estado romano, o la opinión pública en general, no parece haber
distinguido entre judíos y cristianos, creyéndolos parte del mismo magma religioso. Así, la
intervención de Claudio a raíz de los altercados que se produjeron en alguna sinagoga de
Roma entre creyentes cristianos y judíos (Suet., Claudio, 25.4), acabó con la expulsión de los
cabecilla de ambos bandos de la Ciudad, o sea, de los “alborotadores judíos”.
Suetonio en concreto (Nerón, 16.2) dice que los cristianos fueron perseguidos bajo pena de muerte durante
el reinado de Nerón por considerarse que formaban parte de una secta cuyas creencias religiosas eran una
superstición reciente y maléfica (supertitio nova ac malefica), lo que venía a significar que era considerada
socialmente peligrosa, un factor de desestabilización social y una amenaza para la religión pública oficial.
Tácito por su parte (Ann., 15.44) relacionó la persecución de los cristianos por Nerón con el gigantesco
incendio que sufrió Roma en el verano del 64. El historiador señalaba al respecto que los christiani fueron
–a instigación del emperador- acusados y castigados “no tanto por el incendio cuanto por un delito de odio
al género humano (odium humani generis)”, y que su execrable superstición había contaminado la Ciudad
con actos atroces y vergonzantes. Como es sabido, los dos autores trasladan muy probablemente a sus
lectores una imagen de la “secta” cristiana más acorde con la de su propia época (finales del siglo I-inicios
del II) que con la que debería existir todavía a mediados del s. I.
2. El periodo de la dinastía Flavia fue un periodo marcado por la tolerancia del Estado romano. No tenemos
en la actualidad razones o evidencias firmes para creer en una planificada persecución de Domiciano contra
los creyentes cristianos, y sobre la cual tanto cargaron las tintas los escritores cristianos. Sí hubo acciones
aisladas de magistrados locales contra algunas comunidades cristianas, sobre todo en Asia Menor (cf. Ap.
2.13, y el trabajo de L. Thompson, The Book of Revelation: Apocalypse and Empire, Oxford-Nueva York,
1990: 95-115).
3. Siglo II. Como es sabido, Plinio el Joven (es decir, Gaius Plinius Caecilius Secundus, sobrino del
naturalista Gaius Plinius Secundus, y que vivió entre los años 62 a 120 d.C.) mantuvo una amplia
correspondencia con el emperador Trajano 8. Cuando fue enviado por éste a la provincia de Bitinia y el
Ponto como legado imperial con facultades de gobernador (111-113 d.C.), una de las tareas que tuvo que
afrontar fue dar curso judicial a las crecientes denuncias contra los cristianos, que formaban una comunidad
numerosa en la zona del Ponto 9, de manera que en una de las epístolas enviadas al emperador le consultó
qué hacer con este asunto: “Nunca he participado en procesos contra los cristianos. Por eso, tampoco sé
hasta qué punto se suele penalizar e investigar en este terreno” 10. Es decir, la cuestión religiosa no era la
crucial o la preferente, ni para él ni para nadie que poseyera autoridad. Él mismo nos aclara y reconoce
que sus indagaciones en este tema fueron expresamente dirigidas hacia todo lo que pudiera delatar a los
cristianos como grupo de conjura política, y en esta dirección no encontró nada con fundamento. Plinio se
limitó a ejecutar a los elementos más fanáticos de la secta. Desde luego encausó a todo el que no abjurara
de semejante creencia, pero para él era una simple superstición miserable y absurda (superstitio prava et
immodica; en Ep. X.96.7), de la cual en el fondo lo único que rechazaba y le preocupaba era, como diría
su contemporáneo Tácito, la alteración del bien común (utilitas publica; en Ann., XV.44.5). El propio
emperador parece que prohibió específicamente tratar de descubrir a los miembros de la secta y ordenó
ignorar las denuncias anónimas contra ella (Ep., X.97):
“Has seguido el procedimiento que debías... En efecto, no puede
establecerse una regla con valor general que tenga, por así decido, una
forma concreta. No han de ser perseguidos; si son denunciados y

8 Ha sido de nuevo recopilada y traducida recientemente por J. González, “La correspondencia entre Trajano y Plinio”, en J. González,
J.C. Saquete (coords.), Marco Ulpio Trajano, emperador de Roma. Documentos y fuentes para el estudio de su reinado, Sevilla, 2003,
p. 15-75.
9 Epifanio (Panarion, 42) dice que Sínope tenía obispo ya por esas tempranas fechas.
10 G. Plinio, Ep. X.96.1: Cognitionibus de Christianis interfui numquam: ideo necio quid et quatenus aut puniri soleat aut quaeri.
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encontrados culpables, han de ser castigados, de tal manera, sin
embargo, que quien haya negado ser cristiano y lo haga evidente con
hechos, es decir, suplicando a nuestros dioses, consiga el perdón por su
arrepentimiento, aunque haya sido sospechoso en el pasado 36. Sin
embargo, los panfletos presentados anónimamente no deben tener
cabida en ninguna acusación”.

En otras palabras: en la madeja enredada e inextricablemente unida que era el binomio religión-Estado en
el mundo romano, tal y como ya he comentado más arriba, a Plinio le preocupaba sobre todo mantener la
estabilidad del segundo componente del binomio.
El mismo criterio de actuación tuvo diez años después el procónsul de Asia, Licinio Silvano Graniano -en
el año 121-122-, cuando el consejo provincial le presionó para que hiciera algo con los cristianos, quizá
algún tipo de purga contra la nueva religión: el magistrado envió una carta al emperador -esta vez a
Adriano, que se encontraba en esas fechas en Germania o Britania-, solicitándole algunas directrices 11. La
respuesta de Adriano fue dirigida por carta al sucesor de Graniano, Cayo Minucio Fundano (123-125), y
siguió el modelo anteriormente establecido por Trajano a instancias de la epístola de Plinio relacionada
con el mismo asunto (comentada antes), es decir, que las causas contra los cristianos debían atenerse a los
procedimientos normales; que antes de condenarlos se debía demostrar su culpabilidad; que los procesos
deberían instruirse sólo si existían delitos concretos; y que la falsa acusación debería ser severamente
castigada 12.
“Por consiguiente, si los habitantes de una provincia pueden sostener con
firmeza y a las claras esta demanda contra los cristianos, de tal modo que les
sea posible responder ante un tribunal, a este solo procedimiento habrán de
atenerse, y no a meras peticiones y gritos... Si alguno los acusa y prueba que
han cometido algún delito contra las leyes, dictamina tú según la gravedad de
la falta. Pero si —por Hércules!— alguien presenta el asunto por calumniar,
decide acerca de esta atrocidad y cuida de castigarla adecuadamente”.

Los cristianos fueron perseguidos en diversas ciudades del Imperio por diversos motivos, entre otros, influyó mucho la
opinión pública, o la imagen negativa que ésta tenía de los cristianos (dependiente en parte de la opinión negativa que se
tenía del judaísmo, del que se creían que aquéllos formaban parte). La simple presión que la población ejercía sobre las
autoridades locales acababa en bastantes ocasiones con apresamientos y ejecuciones de miembros de la “secta”. Estaba
extendida la idea de que los cristianos querían destruir a los dioses tradicionales, o que al menos les faltaban al respeto,
como también al emperador y al gobernador de turno. Pero las intervenciones contra ellos tuvieron en general un carácter
local y esporádico. No puede hablarse de leyes explícitas o de persecuciones generales al menos con anterioridad a la
mitad del siglo III (persecución de Decio).

11 Sobre todos estos detalles ver A. Birley, Adriano, Barcelona, 2003 (orig. inglés 1997), p. 169-70.
12La respuesta epistolar de Adriano al procónsul fue conocida y valorada por los escritores cristianos, p.e., por Justino (cf. Eusebio
de Cesarea, HE, IV.8.6 y 9.3).
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