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Malvinas: el acuerdo infame


septiembre 17, 2017 Argentina Destacado

A un año de la firma del acuerdo entre el Reino Unido y el gobierno argentino, figuras de la
política, excombatientes y referentes de los derechos humanos brindaron una conferencia de
prensa para manifestar su repudio a la política de desmalvinización llevada adelante por el
macrismo.

Por Hector Bernardo – Sep 14, 2017


E l 13 de septiembre de 2016, el gobierno argentino de Mauricio Macri, a través de su
viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Foradori, firmó un acuerdo por el que se
comprometió a cumplir con las pretensiones británicas sobre las islas Malvinas.

Referentes políticos, como Alicia Castro y Guillermo Carmona, lo rechazaron desde que tomó
estado público. El gobierno nacional se negaba a reconocer que lo firmado fuera un acuerdo y
aseguraba que era “sólo una hoja de ruta”, lo que fue desmentido recientemente por la propia
primera ministra británica, Theresa May.

Este miércoles, figuras de la política, excombatientes y referentes de los derechos humanos


convocaron a una conferencia de prensa para denunciar la política de desmalvinización llevada
adelante por el gobierno macrista y repudiar el acuerdo.

La conferencia fue convocada por Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, Guillermo
Carmona, vicepresidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados,
Alicia Castro, exembajadora ante el Reino Unido, y Ernesto Alonso, referente del Centro de Ex
Combatientes de Malvinas de La Plata (CECIM). También participaron el diputado nacional
Axel Kicillof, el diputado nacional por Tierra del Fuego Oscar Martínez, y los diputados del
Parlasur, Oscar Laborde y Daniel Filmus.

Carmona aseguró que “el martes 13 de septiembre de 2016 es una fecha infausta, en la que se
concretó un acuerdo entre el gobierno argentino y el del Reino Unido, que no dudamos en
calificar como ‘acuerdo infame’. Este implica la subordinación de la Argentina a los intereses
británicos, y la consagración de una situación de cesión de soberanía en la cuestión Malvinas”.

“A un año de este acuerdo, Argentina ha sufrido enormes retrocesos en su reivindicación de


soberanía por la cuestión Malvinas”, afirmó.

El diputado Carmona señaló que “es necesario remarcar que ha sido obviada la legal y
constitución revisión del Congreso sobre este acuerdo binacional”. Además, “reiteramos el
rechazo al acuerdo, reclamamos que la Cancillería argentina vuelva atrás en relación con este
acuerdo y solicitamos, una vez más, la interpelación al ministro de Relaciones Exteriores”.

Por su parte, la exembajadora Alicia Castro resaltó que “el acuerdo que se firmó hace un año
entre nuestra Cancillería y la de Gran Bretaña representa un retroceso enorme en relación a la
política de Malvinas”.

“Este retroceso es parte de la política de entrega en relaciones exteriores que lleva adelante este
gobierno. En el acuerdo del 13 de septiembre de 2016 se establece que se van a remover todos
los obstáculos para el crecimiento económico de las islas en lo que hace a hidrocarburos, a pesca
y navegación. He sido embajadora en el Reino Unido y puedo asegurarles que esto plasma
literalmente el reclamo y la pretensión británica en relación con la explotación de los recursos
naturales en las islas Malvinas. Esto significa el desmantelamiento de todas las medidas
jurídicas, administrativas y legales que ha tomado la Argentina para proteger los recursos
naturales de 40 millones de argentinos”, señaló.

La exembajadora remarcó que “este año hemos visto gestos, acciones políticas y simbólicas de
desmalvinización. Han desaparecido, en muchos casos, las islas Malvinas y la Antártida de
nuestros mapas. Se está rematando el edificio del Instituto Antártico Argentino, lo que es
favorable a la pretensión británica sobre el territorio antártico argentino. No se ha protestado más
sobre la explotación de la pesca, ha avanzado la exploración de hidrocarburos con la presencia
de grandes compañías petroleras y ha avanzado la militarización de las islas”.

Por su parte, el Premio Nobel, Pérez Esquivel, aseguró que “no puede ser que un gobierno haga
estas cosas a espalda del pueblo”, y remarcó que “la entrega de la soberanía de las islas Malvinas
sería una traición a la patria. Esto no lo podemos permitir porque hay un reclamo legítimo sobre
la soberanía de las islas”.

“La gran base militar británica en las islas es una amenaza no solo para Argentina, sino para toda
la región”, concluyó Esquivel.

Por último, el referente del CECIM, Ernesto Alonso, señaló que “en Tierra del Fuego los
excombatientes están haciendo una jornada de duelo en el monumento que representa a las islas
usurpadas en 1833 y han bajado la bandera a media asta para repudiar este acuerdo nefasto”.

“Hemos visto en estos últimos tiempos, a partir de la asunción del gobierno de Macri, que
despareció la denuncia contra los ejercicios permanentes que Gran Bretaña hace en los territorios
usurpados”, afirmó.

Alonso aseguró que está en la intención del Reino Unido avanzar hacia la Antártida. “Cuando
uno llega a Malvinas, ve en el museo que allí tienen que dice: ‘Esta es la puerta de entrada a la
Antártida’. Estamos asistiendo a un plan sistemático de entrega de nuestro patrimonio nacional,
un plan sistemático de entrega de nuestra soberanía”, concluyó.

http://www.diariocontexto.com.ar/2017/09/14/malvinas-el-acuerdo-infame/

Los tratados de paz por la


guerra de las Malvinas
sábado, 26 de enero de 2013

La Argentina ha estado siempre a los pies de Gran Bretaña. Casi trescientos años de historia lo
demuestran. Una guerra en un pedregal remoto, excusa para la renovación del sometimiento
económico.

Las Islas Malvinas son argentinas. Cierta la afirmación. Quizá nadie tenga dudas sobre ello. A
nadie inquieta que repitamos que las Malvinas, fueron, son y serán argentinas. La discusión
central se entabla en quién ejerce los derechos soberanos sobre aquel pedregoso territorio. En esa
partida, la Argentina lleva las de perder. Nuestra idiosincrasia nos doblega y nos pone de
rodillas. El Reino Unido toma renueva sus ventajas.

Los ingleses tienen puestos sus ojos en nuestra tierra desde mucho antes de lo que podemos
imaginar. Apenas, las invasiones inglesas de principios de siglo XIX son una muestra de lo
rebuscado, persuasivo y pirata que es el anglosajón.

Un silgo antes, específicamente en 1711, se publica en Londres un folleto titulado “Una


propuesta para humillar a España”. Una declaración de política internacional para nuestra
América, donde se delineaba que las zonas mineras del Alto Perú debían ser segregadas de las
planicies de Buenos Aires, para debilitar la fuerza laboral por falta de los alimentos que se
proveían desde las pampas.

Las Invasiones Inglesas persiguieron ese objetivo, sobre un plan trazado por William Pitt,
Ministro de la Corte Británica, en 1804. Conquistada Buenos Aires, se formaría un ejército con
criollos para cruzar a Chile. Obtenido Chile, se iría por mar para quedarse con el Perú. Otra
vertiente tomaría la Gran Colombia y se reunirían todos, finalmente, en Perú. Cualquier similitud
con el plan y ejecución del General San Martín, no debe entenderse como mera coincidencia.

Pero la historia de manual de primaria tuvo para nosotros otras narrativas. Algo más novelesco y
aventurero, que implicaba aventuras de valientes lanzando aceite hirviendo. En todos los
espacios en blanco de esos manuales, se ocultaron los vejámenes que los invasores propinaron a
la población nativa. Violaciones y demás sufrires que cesaron cuando el virrey Sobremonte hizo
entrega del tesoro de la Real Hacienda, con el que estaba escapando a Córdoba. Los británicos se
fueron, vencidos por criollos enardecidos de la lucha armada. Pero, no sólo se llevaron el oro y la
plata, sino que además, para 1809 Buenos Aires se vio obligada a abrir el comercio para restituir
las cuentas fiscales. Se instaló en nuestra tierra la “British Commercial Room”, en lo que se
constituyó en una conquista económica imperial, que favoreció que Londres se apropiara vía
balanza de pagos del metálico que aún quedaba luego del saqueo de 1806. Menos de un año de
libre cambio bastó para que el virrey Cisneros proclamara que los británicos y sus negocios
deberían abandonar el Río de la Plata. Fue para Mayo de 1810. Se acercaba otra fecha que los
manuales de historia harían burla artera basada en sueños de libertad y firmeza criolla. El acta de
la Junta de Gobierno del Primer Gobierno Patrio fue redactada por un inglés, Alexander
Mackinnon. No era cualquier inglés que buscaba quedar en la historia como liberador de Buenos
Aires. Él había fundado la “British Commercial Room”. ¿Qué mejor forma de quedarse por estas
tierras haciendo negocios que derrocando a quién lo quería expulsar?

El 9 de diciembre de 1824 América se libera definitivamente de las tropas realistas luego de la


batalla de Ayacucho, en las pampas de la Quinoa en Perú. Casi dos meses después, la Argentina
se ata de pies y manos con los bretones al firmarse el “Tratado de Amistad, Comercio y
Navegación entre el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y las Provincias Unidas”.
2 de febrero de 1825, continuación formal de la dependencia económica imperial. Dicho tratado
establece que las relaciones comerciales entre los firmantes no cesarían ante un eventual
rompimiento entre los gobiernos; ambas partes gozan de la libre navegabilidad y operabilidad
comercial en todos los puertos, parajes y ríos (para esta época las Provincias Unidas no contaban
con flota suficiente para llegarse hasta el Támesis); los súbditos británicos tenían garantizados
sus derechos civiles y comerciales, garantías de las que los propios nativos no gozaban. Algo
más de cien años después, el Tratado es ratificado en el Pacto Roca-Runciman de 1933.
Festejamos la posibilidad de introducir nuestras carnes en las tierras de cielos grises mientras
ellos se aseguran la ratificación de un tratado que les es, evidentemente, muy favorable.

Se podría decir que la Segunda Guerra Mundial corrió el eje de los intereses británicos. También
se podría decir que para esa época, las condiciones económicas del mundo fomentaron para
nuestro país un devenir histórico propicio que produjo un industria incipiente, premios Nóbel de
Medicina, el reactivo nuclear Cóndor II y condiciones sociales benignas para las fuerzas
laborales más la nacionalización de Bancos y Ferrocarriles. Ante este contexto, Harry S. Ferns,
profesor de la Universidad de Birmingham sentencia, en su libro “Argentina” de 1973, Editorial
Sudamericana, que la Argentina debe ser devastada mediante una guerra civil para que puedan
continuar los intereses británicos. Posteriormente, el 22 de enero de 1976, Lord Franks vierte en
un documento público al reino británico, que la presidente en ejercicio estaría dispuesta a tomar
medidas socio-económicas a favor de la Nación Argentina, lo que representaría medidas hostiles
con para el gobierno inglés.

¿Sería ingenuo pensar que la campaña terrorista de 1973 a 1976 y el posterior Golpe de Estado
más el macabro accionar del Proceso de Reorganización Nacional, nada tengan que ver con la
defensa, cobertura y potencial desarrollo de los negociados ingleses en la Argentina? ¿Qué pasó
en la Argentina con los investigadores, con los productores, con las privatizaciones desde
entonces?

La historia siguió. Pasaron el desembarco y la fiebre triunfal de la Plaza de Mayo colmada,


vitoreando a Galtieri. Se silenció en un eco sórdido el “si quieren venir que vengan, le
presentaremos batalla”. Pasó el frío, la mala alimentación, la falta de plan, la falla de lo planeado,
la lógica de la punta de playa. Quedan, aún, las minas enterradas en las playas de la Soledad y La
Gran Malvina. Quedan los recuerdos y las pesadillas de niños devenidos en hombres como
consecuencia del horror y del terror del conflicto bélico. Ahogada sigue la masacre del Belgrano
y perdidos los Fondos Patrióticos, totalmente, devaluados. Olvidados están todos, los heridos, los
muertos, los suicidados.

Un día se festejó la reanudación de las relaciones internacionales. Se podía volver a Malvinas.


Fuimos. Vimos, recordamos, lloramos, sin saber que esa posibilidad vino de dos tratados
firmados con el enemigo de siempre. Se firmaron dos tratados con el Reino Unido a principios
de los años noventa. El “Tratado Anglo-Argentino de Promoción y Protección de Inversiones” se
firmó el 11 de diciembre de 1990. Anteriormente, el 15 de febrero de ese mismo año se suscribió
la “Declaración Conjunta de las delegaciones de la Argentina y el Reino Unido”. Ambos tratados
someten económica, militar y socialmente a nuestro país ante las fauces sedientas de los leones
ingleses. Todo convalido sin mayor publicidad por el Congreso de la Nación, sólo con el voto en
contra del diputado Luis Zamora. Ambos tratados perpetúan el concepto de extracciones de
materias primas y vaciamiento sistemático de nuestras riquezas. Ambos tratados eliminan la zona
de exclusión y comprometen al intercambio militar y comercial pesquero, hipotecando las
riquezas hídricas y creando una Argentina-británica. La reina inglesa lo había anticipado en su
discurso de 1989 en el Congreso sajón: la restitución de las relaciones bilaterales con Argentina
serán beneficiosas para los intereses de la corona. Ambos tratados otorgan al Reino Unido un
control sobre el Atlántico Sur. Ambos tratados son la penalidad impuesta al derrotado en una
guerra que no debió haber sido. Penalidad a la que seguimos sometidos en un silencio que nos
podría convertir en cómplices.

La historia que no se cuenta en los manuales se repite tramposa de forma cíclica. Usurpación,
saqueo, aniquilación, fraude, subrogación comercial, desarrollo imperial. No podemos con ellos,
somos lo que somos. Seguimos de rodillas, atados de pies y manos. Las Malvinas siguen siendo
argentinas, mientras nos vacían de contenido.
Siguen en vigencia los Tratados de Rendición Incondicional de la Argentina ante Gran Bretaña
firmados en 1990 en Madrid y Londres por Domingo Cavallo. (del Dr. Walter Moore)

La consecuencia escandalosa más reciente de estos tratados es la imposición británica de no


colocar radares en la zona de la Patagonia Argentina, de manera de no poder alertar a nuestras
fuerzas armadas de una invasión de nuestro espacio aéreo o de las costas en nuestro mar
territorial.

Esta exigencia es legal por lo aprobado al siniestro

Acuerdo (Tratado) Anglo-Argentino firmado por Domingo

Cavallo, el 15 de febrero de 1990 en Madrid y

publicado en las páginas 1 y 4 del diario La Nación de

Buenos Aires, el 16 de febrero de 1990 (ejemplar nº

42.486), refrendado por Carlos Menem, Carlos Ruckauf,

León C. Arslanián y Guido Di Tella

En el Anexo IV referido a la Seguridad en la Navegación la Argentina se compromete, entre


otras cosas, más duras aún, a informar a las tropas inglesas de todos sus movimientos en el área,
“con el fin de identificar aeronaves en vuelo, en especial en la vecindad de las zonas costeras”.

Dicho “Acuerdo”, titulado “Declaración conjunta de las delegaciones de la Argentina y del Reino
Unido” sirvió para transformar la Capitulación Argentina en Malvinas, o sea la pérdida de una
batalla en la “Rendición Incondicional” de nuestro país ante el invasor británico, pero en su
apresuramiento, no lo designaron como Tratado para eludir a su tratamiento por el Congreso, por
lo cual lo convenido en este, no es obligatorio para la República Argentina.

Conforme a lo que establece el artículo 5º, A, B y C esta “Declaración Conjunta” los Británicos
y se aseguran que nuestro país no tenga posibilidades de devolverles el golpe (que entonces
contó con la solidaridad total de América Latina con excepción de Chile), pues Carlos Menem
firmó ese documento que le da una supremacía bélica total a Gran Bretaña[1] sobre el territorio
de nuestro país pues en el retorcido lenguaje diplomático, les otorga el derecho de controlar
todos los actos de las Fuerzas Armadas de la República Argentina, costosos para hacer
innecesario que los británicos mantengan efectivos militares, navales y aéreos para defender las
Islas Malvinas de un eventual ataque, y además se les dio el a controlar todo el Atlántico Sur y el
único paso bi-oceánico natural, además de permitirles proyectarse sobre nuestro Territorio
Antártico. Todo lo cual detalla magistralmente el Dr. Julio González en su libro “Los tratados de
paz de la Guerra de las Malvinas” (ahora agotado, pero se encuentra en proceso de re edición).
Pero no termina allí esta infamia, sino que Domingo Cavallo, promovido por Menem de
Canciller a Ministro de Economía, unos meses después, el 11 de diciembre de 1990, firma en
Londres, el Tratado Anglo-Argentino de Promoción y Protección de Inversiones, (y este sí,
aprobado por todos los diputados y senadores de ambas cámaras con la única disidencia total del
Diputado Nacional Luis Zamora) gracias al cual los británicos cobran su “Botín de Guerra” y la
Argentina entrega su soberanía económica y monetaria a Gran Bretaña.

Basándose en las disposiciones de dicho tratado, (según la información recopilada por el V.


Comodoro Horacio Ricciardelli, ex combatiente en las Islas Malvinas [2]), la Argentina permitió
que 2.000 empresas británicas radicadas en diferentes países del Commonwealth (en especial a
Canadá, Nueva Zelanda y Australia,) y también en Estados Unidos, Holanda y Francia, pero casi
todas con sus casas centrales en Londres, no sólo se apoderen de toda la riqueza de la Argentina,
sino que logren la quiebra de 108.000 empresas industriales, que se suman a las 18.000 que
habían desaparecido con Martínez de Hoz y las 40.000 que borró del mapa Alfonsín.

Así fue que, por la pérdida de una batalla, la de Malvinas, se le impusieron a la Argentina
condiciones más duras que las impuestas a Alemania después de la primera Guerra Mundial
mediante el Tratado de Versalles, y esto cual ha generado el estado actual de postración
económica, espiritual y moral de nuestro pueblo, con el claro propósito de que la plutocracia
usurera británica nos esclavice en forma permanente.

Gabriel Spinazzola – Abril 2008

Inspirado y sustentado en “Los Tratados de Paz por la Guerra de las Malvinas”, Julio C.
González, Ediciones Del Copista, Buenos Aires, 2005.

http://feraxe.com.ar/2009/09/los-tratados-de-paz-por-la-guerra-de.html

Fuente: https://argentinavorticegeopoliticomundial.blogspot.com.ar/2017/09/el-ultimo-
adios-malvinas.html

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