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La ética es un ideal de la conducta humana, que orienta a cada persona

sobre lo que está bien, lo que es correcto y lo que debería hacer, entendiendo
su vida en relación con sus semejantes, en busca del bien común. Hoy día el
hablar de ética y sus problemas es un asunto que se ha generalizado, esto
debido principalmente a la gran amplitud de las malas prácticas que se han
presentado en gran parte de los países, por parte de los profesionales que
ofrecen sus servicios, así como de las diversas instituciones públicas y
privadas que al no tener límites en su toma de decisiones sobre explotan los
recursos con los que cuentan.
En el ámbito de la filosofía, se conoce como ética, según Millán-Puelles
(1996): “…a una rama de esta disciplina, que se especializa en estudiar el
comportamiento humano, en términos de la bondad o maldad que puede
albergar un individuo dentro de sí y en su actuar” (p. 65). De esta manera, la
ética coloca el foco en las acciones humanas, a través de la variedad de
valores humanos como el bien, el deber, la virtud, así como la felicidad.
igualmente, la ética se encarga de estudiar la moral de una sociedad,
entendida como un sistema de normas, que tienen adopción individual y social.
En este sentido, la ética se interesa en descubrir cuáles son los rasgos o
motivos por los cuales un grupo social prefiere un sistema moral por sobre
cualquier otro.
De acuerdo a la literatura filosófica, la ética tendrá como objeto único el
comportamiento humano, que sea consciente, tanto en lo privado como en lo
público, es decir, que correspondan a la decisión individual y sobre los cuales
pueda ejercer control, a través de la razón. Sin embargo, la ética no es una
rama filosófica que se limite a observar el comportamiento del hombre, sino
que dicha observación se hace con el fin de emitir un juicio sobre éste,
determinando si es un comportamiento correcto, incorrecto, inapropiado, justo,
bondadoso o malvado.
En este sentido, la filosofía también señala que el sentido ético hará que
el individuo cobre conciencia del alcance de sus actos, en relación a si estos
son correctos o no, de acuerdo al esquema de valores humanos, éticos y
morales que contempla el sistema moral de la sociedad a la que pertenece.
En palabras de Savater (1991), en su obra Ética para Amador, la ética no es
otra cosa que “el arte de discernir lo que conviene y lo que no conviene” (p.
13). De esta forma, un individuo ético será aquel que sepa diferenciar entre el
bien y el mal, escogiendo generalmente el bien.
Con referencia a los orígenes históricos sobre las primeras reflexiones
acerca de la ética, Rodríguez Luño (1991), manifiesta:
…ésta es atribuida al célebre filósofo Platón, quien lo aborda desde
distintos ámbitos. Una muestra de ello lo constituyen algunas de sus
obras, como por ejemplo sus diálogos Gorgias y Fedón. Así mismo,
en su más importante obra, La República, Platón reflexiona sobre
la ética que debe existir en la polis, enfocándose tanto en la Ética
individual, como en la ética pública, como requisitos indispensables
para el cumplimiento de las Leyes y el funcionamiento de la
República (p. 45).

Posteriormente, el más destacado discípulo de Platón, Aristóteles


también se interesaría por el tema del pensamiento y accionar humano,
abordándolo en su obra Ética para Nicómaco, postulando que la máxima meta
del humano es alcanzar la felicidad, la cual se obtiene de la perfección, que no
es otra cosa que el buen actuar. De esta forma, para Aristóteles el objetivo
máximo de un ser humano será alcanzar la bien y la felicidad. Durante la Edad
Media prevalecieron dos nociones sobre el fin último del ser humano. Por un
lado, se continuó con la visión aristotélica que dictaba la obtención del bien y
la felicidad.
Sin embargo, a esta concepción de la ética se unió también la
cosmovisión cristiana, sentando además que el hombre se realizaba
totalmente por medio de la caridad, la cual se edificaba en la medida en que
el individuo pudiese vivir cónsono con los mandatos evangelistas. De esta
época histórica resalta la obra de San Agustín de Hipona, así como la de Santo
Tomás de Aquino. Por su parte, en la Edad Moderna, la ética filosófica vuelve
su mirada hacia las nociones clásicas y antiguas, promoviendo una relectura
de las obras platónicas, aristotélicas e incluso estoicas y epicúreas sobre la
Ética y el máximo propósito de la vida del hombre. Durante esta época,
resaltan grandes filósofos como Descartes y Spinoza. No obstante, es Kant
quien plantea un punto de quiebre, planteando que la Ética esta solamente
relacionada con la moral, sacando de la ecuación a la felicidad, por
considerarla una entidad subjetiva.
En cuanto a las acepciones y analogías entre ética y moral, el asunto
fundamental del que la ética se ocupa es la felicidad humana, mas no una
felicidad ideal y utópica, sino aquella que es asequible, practicable para el
hombre. Al menos así aparece en lo que se podría llamar la tradición clásica
de pensamiento moral desde Aristóteles hasta Kant, excluyendo a éste último.
Según Spaemann (1995):
Como todo ser vivo, el hombre no se conforma con vivir
simplemente. Pretende vivir bien. Una vez garantizado el objetivo
de la supervivencia, se plantea otros fines. Para comprender el
significado de lo ético, lo primero que hace falta es entender que la
finalidad de la vida humana no estriba sólo en sobrevivir, es decir,
en continuar viviendo; si la vida fuese un fin en sí mismo, si
careciese de un “para qué”, no tendría sentido (p. 23).

Tener sentido implica estar orientado hacia algo que no se posee en


plenitud. Ciertamente algo de esa plenitud hay que poseer para aspirar
inteligentemente a ella: al menos algún conocimiento, a saber, el mínimo
necesario para hacerse cargo de que a ella es posible dirigirse. Con todo, el
dirigirse hacia dicha plenitud se entiende desde su no perfecta posesión. Soy
algo a lo que algo le falta. Cuando el hombre piensa a fondo en sí mismo se
da cuenta de que con vivir no tiene suficiente: necesita vivir bien, de una
determinada manera, no de cualquiera. Dicho de otro modo: vivir es necesario,
pero no suficiente.
Por supuesto que para conseguir esto hace falta una generosa inversión
de esfuerzo inicial, superar la resistencia e imprimir en los primeros pasos un
especial ímpetu para que dejen profundamente marcada la huella que facilite
y oriente otros pasos en esa misma dirección. Ocurre lo mismo al ponerse a
andar, una vez vencida la inercia al primer paso, el segundo cuesta menos, y
así sucesivamente, hasta que llega un momento en que lo que más cuesta es
detenerse. En la vida moral pasa algo parecido. Conseguir una virtud exige,
primero, una orientación inteligente de la conducta: saber lo que uno quiere y
aspirar a ello eficazmente, poniendo los medios. Hace falta emplear un
esfuerzo moral, eso que se entiende como fuerza de voluntad.
Cuando ese modo de obrar se hace constante en la conducta de la
persona y ésta se habitúa, ya no es necesario el derroche inicial, y actuar
según esa pauta requiere cada vez menos empeño. Siempre hace falta un
esfuerzo, al menos para mantener la trayectoria sin que se tuerza ni se pierda,
pues por lo mismo que se adquiere “la repetición de los actos respectivos” un
hábito puede perderse si se deja de poner por obra. Pero el esfuerzo necesario
para mantener un hábito ya consolidado es menor que el que se consume en
adquirirlo por vez primera. En este sentido según Lorda (1999): “se ha dicho
que la ética es una facilitación de la existencia” (p. 19).
De allí que, según la concepción aristotélica, la ética tiene que ver con lo
que uno acaba siendo como consecuencia de su obrar libre. Si el obrar sigue
al ser y el modo de obrar al modo de ser, no menos cierto es que también el
ser “moral” es consecuencia del obrar, y parte sustantiva de la identidad como
personas se constituye como una prolongación ergonómica de lo que se va
haciendo consigo mismo, si bien esto no excluye que en las personas hay algo
hecho no por ellas, de suerte que, más que autores de la propia biografía, bien
puede decirse que se es coautor.
Por lo tanto, ambos fines, el subjetivo y el objetivo, es decir, lo que el
agente desea lograr con su acción y lo que de suyo logra si ésta se lleva a
efecto conforman lo que se podría llamar la sustancia moral de la acción y,
entre ellos, es el fin subjetivo el más importante en la valoración ética global.
De esta suerte cabe decir que no puede ser bueno algo que se hace en contra
de la propia conciencia subjetiva. Pero eso no significa que lo sea todo lo que
se hace de acuerdo con ella, como lo manifiesta Laun (1993):
El primer deber que cualquiera puede encontrar en su conciencia
moral, si mira bien, es el de formarla para que sea una buena
conciencia, es decir, estudiar, buscar la verdad, consultar con las
personas prudentes para salir de dudas, etc. (p. 63).

Las reglas del buen hacer, acción llevada a cabo conforme a los
imperativos de la razón instrumental constituyen, sin duda, deberes
profesionales. Y esto no es en modo alguno ajeno al orden general del deber
ético. Aún más, las obligaciones éticas comunes para cualquier persona son,
además, obligaciones profesionales para muchos. Al menos así se ha visto
tradicionalmente en ciertas profesiones de ayuda como el sacerdocio, la
educación y, en no menor medida, la medicina o la enfermería. En último
término, esto se puede decir de todas las profesiones honradas, pues en todas
se da, de manera más o menos directa, la índole del servicio a las personas.
Pero en ésas es más patente, para el sentido común moral, que no es posible,
por ejemplo, ser un buen maestro sin intentar ser buena persona. Es verdad
que no se educa, o no se ejerce buena medicina, sólo con buenas intenciones,
pero tampoco sin ellas.
Con referencia a los valores en la sociedad actual, ciertamente, se vive
en una sociedad que muestra un franco deterioro en la capacidad de
convivencia entre los seres humanos (y de éstos con la naturaleza), y bien se
podría achacar este deterioro a la pérdida de ciertos valores “tradicionales”, en
especial, aquellos que supuestamente han forjado la nacionalidad y la cultura:
el trabajo, la vida en familia, la honradez, la educación, la libertad, el
patriotismo, el respeto a los demás, la solidaridad y la paz. Pero quizás el
problema central no reside en los valores que no se cumplen, sino en los
valores que efectivamente se cumplen. Al respecto, Barrio (1997), manifiesta:
Por eso, se tiene que hablar de los valores centrales de nuestra
sociedad, aquellos que en estas lamentaciones casi nunca se
mencionan. Estos son: la competitividad, la eficiencia, la
racionalidad instrumental, el egoísmo, la masculinidad patriarcal y,
en general, los valores de la ética del mercado y del patriarcado.
Los podemos sintetizar en un valor central, el valor del cálculo de la
utilidad propia, sea por parte de los individuos o de las
colectividades que se comportan y que calculan como individuos;
como son los Estados, las instituciones, las empresas y las
organizaciones corporativas y gremiales en general. Estos son los
valores que se han impuesto en nuestra sociedad actual con su
estrategia de globalización, y su expresión más extrema se
encuentra en las teorías sobre el “capital humano” (p. 89).

Su vigencia no se cuestiona e incluso es protegida por todo un aparato


de leyes, en lo civil y en lo penal. Desde esta perspectiva, no hay ninguna crisis
de estos valores. La crisis más bien se debe ver como crisis de la convivencia
humana que estos valores incuestionados está provocando. El deterioro está
en otra parte. Al imponerse este cálculo de utilidad propia en toda la sociedad
y en todos los comportamientos, se imponen a la vez las maximizaciones de
las tasas de ganancias, las tasas de crecimiento y de la perfección de todos
los mecanismos de funcionamiento en pos de su eficiencia formal.
La necesidad de la convivencia aparece incluso como un obstáculo frente
a estos valores. Vistos desde el cálculo de utilidad propia, todas las exigencias
de la convivencia aparecen como obstáculos, como distorsiones del mercado.
Para los valores vigentes de nuestra sociedad la convivencia y sus exigencias
son irracionalidades, son distorsiones. Desde esta perspectiva del cálculo de
utilidad propia, lo indispensable es inútil. Lo indispensable es la convivencia,
la paz, el cuidado de la naturaleza, pero este indispensable para la vida no
entra y no puede entrar en el cálculo de utilidad, por lo tanto, es inútil.
Por eso, para que los discursos sobre la recuperación de los valores
tradicionales no sea simple moralina, es necesario, urgente; reconocer los
verdaderos valores dominantes de la sociedad actual y el impacto que estos
generan en las relaciones humanas. Antes que “volver a los valores” se
necesita una nueva racionalidad, tanto económica como de la convivencia. Se
necesita también una nueva economía para la vida que sea suelo fértil para
nuevos valores, como aquellos de la igualdad real, la solidaridad, la justicia y
la democracia real, los valores de una economía social y solidaria.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Aristóteles. (1993). Ética Nicomaquea. Étiica Eudemia. Madrid.

Barrio, J. (1997). Moral y democracia. Algunas reflexiones en torno a la ética


consensualista. Pamplona.

Laun, A. (1993). La conciencia. Norma subjetiva suprema de la actividad


moral. Barcelona.
Lorda, J. (1999). Moral. El arte de vivir (6° ed.). Madrid.

Millán-Puelles, A. (1994). La libre afirmación de nuestro ser. Una


fundamentación de la ética realista. Madrid.

Rodríguez Luño, A. (1991). Ética general. Pamplona.

Spaemann, R. (1995) (4ª ed.) Ética: cuestiones fundamentales. Pamplona.