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El apego.

El apego (attachment) es aquel vinculo que se


establece con un cuidador principal (normalmente la
madre y el padre pero si no están puede ser hacia
aquella figura que ejerza de cuidador) y que prevalece
por encima de otras necesidades biológicas. Aunque
desarrollaremos apego hacia diferentes figuras a lo
largo de nuestra vida, el que más cuenta y el principal
es aquel que se establece entre madre (o sustituto) e
hijo. El apego se entiende como un vínculo con un lazo
afectivo muy fuerte que determinará el desarrollo
posterior de la personalidad del niño, su forma de
relacionarse con los demás y con todo lo que le rodea.
El apego también influirá en como se ve a si mismo.
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El apego y sus subtipos aparecen en todos los países
y culturas, pero es probable que algunas culturas
potencien más un tipo que otro por los estilos
educativos que predominen.
Los antecedentes del estudio del apego proceden de
la etología, por ejemplo los experimentos de Barlow
con crías de chimpancé (prefieren una madre de felpa
que no alimenta a una de metal que si alimenta, luego
se prioriza el apego sobre otras necesidades básicas)
o los estudios sobre la impronta en animales (por
ejemplo los patitos que siguen instintivamente a la
primera figura que ven al nacer).
Bowlby entendía el apego como un proceso en el que
los niños utilizan a los adultos como fuentes de
bienestar y seguridad y que refleja unas operaciones
de influencia biológica (evolutivamente es una
conducta que mantiene la supervivencia del infante).
Ejemplos de conductas de apego son: Lloros,
sonrisas, vocalizaciones, contactos extensos e
íntimos, vigilancia y seguimiento visual de la figura de
apego, conductas de aproximación y seguimiento,
comunicación desinformalizada y basada en gestos.
Estas conductas de apego son internalizadas para
construir modelos internos del mundo, las personas y
él mismo. Estos modelos internalizados luego tienden
a operar de forma automática.
El desarrollo del apego.
El apego se verá influenciado por muchos factores a
parte de la simple interacción entre madre e hijo (que
es el factor principal). Por ejemplo, las características
de la madre (su personalidad, experiencias vitales,
etc…) influirán en como ella trate a su hijo, pero el
temperamento del niño (si es un niño fácil o difícil, si
llora mucho o poco, si tiene problemas para
alimentarse, si no duerme…) afectarán también, no
solo a como el niño reaccione a la madre sino que la
conducta de la madre será condicionada por este tipo
de temperamento. Es más probable que haya
problemas de apego o conductas más distantes ante
niños con un temperamento difícil. Debemos recordar
que el temperamento no es lo mismo que la
personalidad (aunque estén muy asociados) ya que el
temperamento es de base biológica y se da ya al
nacer.
El apego se desarrolla en 4 fases.
– Etapa 1 (del nacimiento a los 2 meses):
La respuesta social del niño es indiscriminada, acepta
a todo aquel que le ofrezca comodidad.
– Etapa 2 (de los 2 a los 7 meses):
Respuesta social discriminada (prefiere las personas
de la familia pero no protesta si se van los padres). La
fase 1 y 2 corresponden a un apego en construcción.
– Etapa 3 (de los 7 a los 30 meses): Apego
específico que se entiende como: Dolor ante la
separación y angustia ante las personas extrañas
(aversión a la persona extraña que busca acercarse a
él). Esta es la fase más estudiada.
– Etapa 4 (30 meses en adelante):
Asociación enfocada a una meta, ya no se entristece
ante la partida del cuidador y puede trabajar para
conseguir metas compartidas. Las fases 3 y 4
corresponden al apego propiamente dicho.
Tipos de apego y sus consecuencias.
Existen dos tipos de apego: El seguro y el inseguro
(dividido en tres grupos).
– Apego seguro: Hay expresiones de
afecto verbales y físicas frecuentes por parte de los
padres. Los cuidadores responden a las necesidades y
demandas del niño, le ofrecen mayor estimulación. El
adulto se muestra consistente, estable y seguro. El
niño crece confiando en sí mismo y en los demás, será
más autónomo y tendrá mejores competencias
sociales.
– Apego inseguro: La madre tiene
carencias en cuanto al cuidado del hijo.
Apego evitativo: El niño confiará en si mismo pero no
en los demás.
Apego ambivalente: Idea negativa de uno mismo y
positiva de los demás.
Apego desorganizado: Idea negativa de si mismo y de
los demás.
Efectos de la perdida de apego: Antes de los 6
meses no son graves pero a partir de los 6 meses y
hasta los dos años (etapa 3 de la construcción del
apego) si pueden aparecer problemas. Las
separaciones breves frecuentes son algo a lo que el
niño debe acostumbrarse, pero una perdida de la
figura de apego prolongada pueden tener efectos
bastante severos en la personalidad del niño aunque
no tienen porque en un principio significar patología
mental grave en la adultez, sin embargo hay
situaciones como las adopciones o largas
hospitalizaciones que pueden causar efectos a largo
plazo en el niño:
– A corto plazo → Estrés, agitación y
depresión. Fases:
1 Fase de protesta: De una hora a una semana. El niño
lucha activamente por recuperar la figura (lloros,
huidas, aferramiento a objetos…). Rechazo casi
total de la ayuda que se le ofrece. Si se produce
un reencuentro con la figura en esta fase el apego
se acentúa y también se acentúa el rechazo a los
extraños.
2 Fase de ambivalencia (o desesperación):
Ambivalencia ante los nuevos cuidadores, el niño
parece haber perdido la esperanza. Pueden
aumentar las conductas regresivas y los síntomas
sustitutivos. Si la figura de apego reaparece en
esta fase puede ser recibida con aparente
desinterés (u hostilidad) y esto tardará en
vencerse tanto más como tiempo haya pasado.
3 Fase de adaptación (o desapego): El niño se interesa
de nuevo por lo que le rodea. Se olvida de las
figuras de apego originales y puede incluso
establecer nuevos vínculos afectivos.
– A largo plazo → En los casos en los que
el niño no se adapte a la situación y no establezca
nuevas figuras de apego los efectos a largo plazo son
bastante severos: retraso intelectual (más profundo en
el lenguaje), problemas en las relaciones sociales e
incluso mortalidad.
Como observar el apego.
Ainsworth diseñó un experimento específico para
esto, es conocido como el experimento de la situación
extraña (1960). La situación extraña consistía en una
habitación con dos ventanas y una puerta diseñada
para evaluar la interacción del bebé (entre 10 y 24
meses) con el entorno nuevo (y extraño) de la
habitación, con la madre y con un sujeto extraño para
él, alternando situaciones en los que están presentes
uno o más de estos elementos. Así evaluaban los
tipos de apego de cada niño y las conductas que se
asociaban. El experimento tiene al menos 8 fases y
dura por lo menos 30 minutos. Aquí tenéis la
descripción de las 8 fases del experimento y hay
varios videos en youtube que la emulan. Los
resultados del experimento de Ainsworth mostraron la
existencia de tres tipos de apego principales: Apego
seguro que aparecía en un 65% de los casos, el
apego evitativo (rechazante o huidizo) que se daba en
un 20% de los casos, el apego ambivalente o
resistente presente en un 10-12% de los niños del
experimento y con un porcentaje muy bajo el apego
desorganizado o desorientado (3-5%). Según los
experimentos de Ainsworth estos grupos de apego
tenían unas características diferenciales:
APEGO SEGURO → Exploran tranquilamente y de
forma activa mientras están solos con la figura de
apego (la madre). Hay ansiedad ante la separación y
alivio con el reencuentro, son afectuosos y hay
contacto físico cuando la madre regresa. Entonces se
calman y siguen explorando lo que les rodea. Son
sociables con los extraños mientras la madre está
presente. Son niños cooperativos y las madres son
receptivas y amables.
APEGO EVITATIVO → Hay poca ansiedad ante la
separación con la madre y poco interés en el
reencuentro. Sí lloran cuando están solos (pero no si
hay un extraño). Aceptan que les reconforten los
extraños aunque también pueden ignorarlos, pero
suelen ser muy sociables con ellos. Este apego
aparece ante madres lentas en respuesta a las
necesidades del niño y frías (hay poco contacto
afectivo).
APEGO AMBIVALENTE → Los bebes tratan de
mantenerse cerca de la figura de apego mientras está
presente y exploran muy poco. Hay ansiedad ante la
separación (e incluso antes), se muestran muy
dependientes de la madre cuando está, lloran cuando
la madre no está y luego no logran calmarse ante el
reencuentro, la madre no les consigue consolar, se
muestran molestos por el abandono por lo que se
mantienen cerca de la madre cuando esta regresa
pero a la vez rechazan su contacto físico. Son
extremadamente cautelosos con los extraños incluso
estando presente la figura de apego. Son niños muy
difíciles de tranquilizar. Este apego aparece ante
madres quisquillosas, incoherentes o que miran en pro
de su propia conveniencia (y no la del hijo).
DESORGANIZADO → Es una combinación de los
patrones resistente y ambivalente. El reencuentro
provoca reacciones extrañas y desorganizadas. Son
niños con una elevada inseguridad. Pueden
permanecer inmóviles por ejemplo o acercarse a la
figura de apego para luego alejarse cuando esta se
aproxima. Este apego es muy poco frecuente y se da
ante madres intrusivas, insensibles o abusivas.
Se ha encontrado que la frecuencia de los tipos de
apego es diferente en la edad adulta, así en adultos
nos encontramos con un patrón evitativo en un 25% de
los casos, un apego seguro en un 56% y uno
ambivalente en un 19%. Así pues aumentan los
patrones de apego no seguro según un estudio de
Hazan y Shaver (1987).
Por último comentar que el apego se asocia a
hormonas como la oxitocina, que el apego entre un
bebé y su padre puede ser tan fuerte como el que se
da ante una madre y que como ya hemos visto, de
nosotros va a depender el como nuestro hijo vea el
mundo cuando crezca y como se relacione con él.
Puede que pensemos que cuando son pequeños no
entienden lo que ocurre a su alrededor pero lo cierto
es que todo lo que hagamos en la crianza de un hijo
(lo entienda o no el niño) va a afectar a su futuro y a su
desarrollo. Debemos ser afectuosos y cálidos,
comprensivos y cercanos, calmados y alegres si
queremos que el niño desarrolle un apego seguro que
le permita relacionarse fácilmente con su entorno
social cuando crezca. A medida que se hacen mayores
es importante combinar todo esto con unas rutinas
diarias, con unas normas y límites establecidos y no
caer en el error de la sobreprotección que tiene
también efectos muy negativos sobre la autoestima,
autonomía y confianza del hijo.

DESARROLLO PSICOLÓGICO
(Escuela de padres. Tema 1)

Introducción

Para poder educar a nuestros hijos resulta muy útil conocer, en líneas generales,
cuáles son las etapas por las que pasan durante su desarrollo hacia la edad adulta.

Cuando se habla de desarrollo psicológico se incluyen: el desarrollo cognitivo, afectivo,


sexual y social. Para focalizar los aspectos más propios de una edad específica, hemos
diferenciado las etapas de este desarrollo por tramos de edad:

 0-2 años, la primera infancia.


 2-5 años, la segunda infancia.
 5-11 años, la tercera infancia (o niñez).
 11-16 años, la primera adolescencia.

Hay que tener en cuenta que éstas etapas son indicativas y que muchas veces
las características de una se solapan con las de otra.
En cada etapa veremos la importancia de la figura de los padres como personas
que pueden facilitar el crecimiento de sus hijos y ayudarles a desarrollar su
propio potencial.

0-2 años: "Yo y mis padres".

Durante sus primeros meses de vida, el bebé se abre a un mundo totalmente


nuevo y por conocer: no solamente las cosas y las personas que le rodean son
todo un descubrimiento, sino su propio cuerpo es una herramienta que todavía
no conoce ni sabe controlar bien. El niño puede, por ejemplo, pegarse con la
mano involuntariamente, a causa de la falta de coordinación y control sobre sus
propios movimientos, o puede asustarse de su primer estornudo, ya que
todavía está descubriendo los sonidos de su cuerpo y de su propia voz.

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Tabla 1.- Esquema del desarrollo motor durante el primer año.

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Tiempo
Movimientos

Partes del
cuerpo

1-3 Boca,
Succión, para tomar la leche, movimiento de los labios y lengua. Abre y cierra los
ojos y meses
párpados, sigue la luz. Sonrisa social. Se asusta con ruidos.
oídos.

3-5 meses
Empieza a tener la cabeza recta y a rotarla en diferentes direcciones. Puede estar
Cuello, sentado, si se apoya en un cojín o en una mecedora. Puede agarrar pequeñas
espalda, cosas usando toda la mano.
brazos.
6-9 meses
Puede estar sentado sin ayuda. Ahora las manos están libres para explorar todo el
Tórax, entorno: hay voluntad de coger y llevar los objetos a los ojos y a la boca. Empieza
piernas, a tener preferencia por una de las dos manos.
manos.
Hay cada vez una mayor coordinación entre las partes del cuerpo. Empieza el
9-12 Pies,
dedos, movimiento: el niño se arrastra por el suelo, empieza a ponerse de rodillas, gatea
meses (cada vez menos frecuente desde que duermen boca arriba) y finalmente empieza
lengua. a levantarse. Utiliza los dedos, sobre todo el pulgar (haciendo la pinza) con mayor
precisión, siendo capaz de coger cosas muy pequeñas, como una hormiguita, o de
hacer rotar los objetos entre sus dedos, para estudiarlos mejor. Ya produce una
buena variedad de sonidos.

En el primer año de vida la figura materna (que suele ser la madre, pero que puede
ser también la abuela, la niñera o quién pase la mayor parte del tiempo con el niño) es
la que tiene el papel fundamental en el desarrollo armónico del niño. El recién nacido
considera a la madre como una prolongación de sí mismo, fuente de satisfacción de
sus propios deseos y necesidades. La madre le proporciona ante todo nutrición física:
pecho o biberón, lo importante es que lo coja en brazos con cariño mientras come, de
forma que el niño perciba el contacto físico con ella como gratificante. La presencia
constante de esta persona adulta, interviniendo positivamente cada vez que el niño
encuentra una dificultad (está con sueño o tiene hambre o quiere que le cojan o que le
cambien), ayudándole en la

superación de sus miedos y en el logro de sus objetivos, favorece que el niño


desarrolle un sentimiento de seguridad. De esta forma, la madre integra con sus actos
(suaves, amorosos y pacientes) las capacidades todavía muy limitadas de su hijo. La
relación inicial que se crea entre madre e hijo es muy importante para el bebé, ya que
servirá de "modelo" para otras relaciones futuras. A parte de la nutrición física, la
figura materna proporciona alimento cognitivo para las actividades motoras,
sensoriales y mentales del niño: cada vez que interacciona con él, cuando juega, lo
coge en brazos, le enseña cosas, le canta, le deja explorar la cara y su pelo, le habla,
le mueve los brazos o las manos, le proporciona objetos para jugar, le ayuda a
cambiar posición, etc. La madre, sin tener a veces conciencia de ello, estimula y crea
las condiciones favorables para la manipulación y la exploración del ambiente. Un
indicador importante para saber si un niño es feliz, lo tenemos a partir de los dos o
tres meses, cuando aparece la sonrisa ya no solamente como respuesta a una
necesidad satisfecha, sino de forma relacional, como expresión de alegría en relación
con un objeto externo, por ejemplo un rostro conocido que esté enfrente de él, se
mueva, sonría o le hable.

Muchos padres desearían tener un "manual de instrucciones de uso" a la salida del


hospital y de camino hacia casa con un pasajero nuevo más en el coche (por cierto,
llevado en un cuco o silla homologada y no en brazos). La observación, la curiosidad y
la paciencia, junto con el amor e interés hacia su hijo, nos indicarán muchas veces el
camino a seguir.

El padre, físicamente presente desde el principio en la educación de su hijo, entra en


el espacio psicológico del bebé de forma más lenta y progresiva. Esto quiere decir que
su importancia aumentará en la medida en que él comparta las actividades ya
descritas: satisfacer necesidades (también un hombre puede dar el biberón o cambiar
y vestir al niño) y facilitar el desarrollo de su inteligencia sensitivo-motora,
interactuando con él y favoreciendo la exploración del entorno. Durante los primeros
meses, la boca es el órgano de satisfacción y de exploración más importante: debido al
placer que le proporciona la comida y en general la succión, así como el gusto que
siente al explorar todo lo que es nuevo llevándoselo a la boca, la parte que es más
sensible al placer es la zona oral. En este período la forma de comunicación más
importante es la no-verbal, que se realiza a través del tacto y del contacto visual.

Poco a poco, el niño adquiere conciencia de que sus padres son algo distinto de él.
Además empieza a ser capaz de pensar en las cosas y en las personas que conoce sin
estar ellas presentes (10-12 meses). Tal capacidad de "recordar" algo o alguien no
físicamente presente, le permite empezar a asociar, de forma rudimentaria, los objetos
con un nombre o sonido que les identifique: estamos a la puerta del lenguaje verbal y
por lo tanto de otra forma de relacionarse con los otros y el mundo.

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3

Tabla 2.- Desarrollo del lenguaje.

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Edad Denominación Ejemplos


1-3 meses

El niño hace prueba de sonidos con su "Ajos" propia voz: pueden ser simples letras, como

la "g", "j" "k".


3-5 meses

Empiezan la actividad de vocalización: el entona niño produce sonidos y se escucha a sí

mismo.
6-9 meses

El niño repite sílabas fonéticas como "ba-ba" silabea "ta-ta" o "ma-ma". Todavía son "pruebas" y

no tienen siempre intencionalidad específica.


9-18
Más de 18 meses

lenguaje telegráfico

frases complejas

Ahora el niño utiliza más de una palabra: "silla ita" por ej. quiere decir "quita esa silla". Cada
palabra indica una parte de la situación y el niño distingue entre sujeto y acción.

Empieza la formulación de frases más complejas y uso "habitual" de la gramática (con


"creaciones" incorrectas pero siguiendo la regla intuitivamente aprendida): "No cabo" o "no
sabo" por no quepo o no sé.

2-5 años: “Yo y los otros niños”.

El mundo se amplía y empieza a crecer cada vez más alrededor del niño. Su progresiva
libertad de movimiento le permite explorar todo lo que le rodea de forma
relativamente autónoma, ya que ahora puede andar, subirse a una silla, bajar
escaleras, correr, dibujar, saltar,...

El niño domina muchas palabras y manifiesta su constante curiosidad por conocer los
nombres de los objetos, su funcionamiento, preguntando sin parar el "¿Por qué?" de
las cosas. Es la edad de las preguntas: "¿Por qué el cielo es azul?", "¿Por qué el agua
moja?", "¿Por qué sale el sol?"... Muchas veces los adultos se sienten agotados frente
a estos "asaltos de curiosidad".

Otras veces, simplemente no saben contestar o están cansados de justificar todo lo


que dicen o piden al niño que haga. Entonces a veces utilizan su autoridad sin más:
"¿Por qué tengo que comer?", "Porque lo digo yo", "Porque sí". Lo ideal sería
argumentar nuestras respuestas de forma sencilla y comprensible pero también lógica,
para que el niño se sienta satisfecho de la respuesta y sobre todo aprenda a dialogar.

Uno de los nuevos intereses que los niños manifiestan es relativo a las diferencias
sexuales anatómicas. Niños y niñas descubren, por ejemplo veraneando en la playa,
haciendo pis o jugando a médicos y enfermeras, que tienen órganos genitales
diferentes. Este interés está motivado exclusivamente por curiosidad y no hay que
temer que la exploración, propia o del otro sexo, tenga repercusiones en el desarrollo
normal del niño. Desde un punto de vista educativo es importante saber que, una vez
satisfecha esta curiosidad, los niños no suelen prestar mayor interés en el tema. Es
durante este período cuando suele llegar la pregunta tan difícil para los padres:
"¿Cómo nacen los niños?"

Afectivamente el niño empieza a relacionarse de forma significativa también con los


hermanos y otras personas de la familia, ampliando su círculo afectivo primario.
Cuando sus hermanos son de edades cercanas, entonces pueden ser buenos
compañeros de juego. La creatividad se dispara, ya que todo puede "ser como" otra
cosa: la silla puede ser un caballo, una niña con un pañuelo en la cabeza puede ser la
abuela, un niño con un bastón se transforma en un domador de leones. La actividad
fantástica, que el niño realiza a través de la fabulación o escuchando la lectura de un
cuento antes de dormirse, contribuye al desarrollo de su pensamiento. Hay que tener
en cuenta que a veces, la tendencia de los niños a "contar historias" está muy
relacionada con este placer de inventar un cuento, y no tiene la intención de engañar o
mentir a los padres. A veces simplemente confunden la "realidad" con la "fantasía". El
niño es aún muy egocéntrico, es decir, se cree el centro del mundo: de esta forma, la
realidad es como él la percibe o como, a veces, se la inventa. Por ejemplo, si alguien
adulto usa gafas porque no ve bien, el niño se las quita y dice, "¡Claro que ves bien!"
porque no diferencia entre la visión del "otro" y la suya. Si él ve, el otro tiene también
que ver. El niño percibe el mundo a través de sus propios ojos. Todavía no es capaz de
ponerse desde el punto de vista de los demás. Esta perspectiva se adquiere
progresivamente durante el proceso de maduración cognitiva.

La guardería es un ambiente que suele facilitar la socialización con otros niños de la


misma edad. Nuevas figuras de adultos significativos coordinan la convivencia de todos
los niños según reglas comunes, y éstos aprenden las primeras normas sociales, como
la de ponerse en la fila para subir al tobogán.

Un importante avance en la autonomía del niño se verifica cuando aprende a


controlar sus necesidades fisiológicas de ir al baño. Este verdadero logro para el
niño, debería de ser reforzado positivamente por los padres cuando se consigue. Sin
embargo, no hay que regañarlo si el control de

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orina se retrasa hasta los 6 años. Tampoco hay que regañar cuando hay "accidentes",
por ejemplo cuando el niño está demasiado ocupado en jugar y "se le olvida", porque
lo único que se consigue es un sentimiento de frustración y vergüenza por su
incapacidad de controlarse; además le creamos inseguridad en relación con el
ambiente. Simplemente hay que "recordarles" periódicamente si tienen necesidad de
orinar, hasta que ellos sean capaces de darse cuenta y controlarse solos.

Durante estos años, empiezan los primeros celos en la familia, sobre todo si nace un
hermanito pequeño, ya que el tiempo y las atenciones de los padres no son dedicadas
exclusivamente hacia él como antes. La progresiva asunción de este cambio familiar
contribuirá en forma positiva a la salida de su egocentrismo, en la medida en que
perciba que sus padres siguen queriéndole y el hermano no le ha "sustituido" frente a
ellos.

Algunos celos pueden manifestarse también hacia el progenitor de su mismo sexo, ya


que a veces el niño puede percibirle como un "rival" en el amor del otro miembro de la
pareja. La superación de este problema afectivo, llamado complejo de Edipo, se
resuelve a través de una progresiva identificación de la niña con la madre (para que el
padre la quiera) y del niño con el padre (para que la madre le quiera). Cada uno
asume e interioriza un determinado rol sexual y social de niño o niña.

Ahora no solamente considera a los demás como "otros", sino que toma conciencia de
su propia individualidad y de su diferencia con respecto a los demás: el "quiero" y
sobre todo el "No quiero" son las palabras que más resuenan en la casa. Estas frases
no tienen el sentido de provocar, ni tampoco de llevar siempre la contraria. Los niños
necesitan decir "no" para ver que "pueden decir no", que pueden tener una voluntad
independiente. La necesidad de definir el poder del "yo" hace que, además de expresar
sus deseos, el niño marque lo que es su propiedad con el adjetivo posesivo "mío", aún
cuando esto no corresponde a la realidad y quizás ese objeto del que quiere
apoderarse sea de su hermano. No es egoísmo ni mal genio: su hijo está entrenando
sus fuerzas para ver la capacidad que tiene de modificar el entorno según sus gustos,
y también está buscando los límites a su voluntad, si es que existen. Aquí el papel de
los padres es muy importante, dado que son ellos los que marcan esos límites, por lo
menos hasta que no lo hagan el entorno físico y sobre todo el entorno social en el
futuro. Los niños necesitan saber que su voluntad tiene unos límites. Por esta razón,
por ejemplo, cuando aparecen las rabietas es importante que el adulto tenga clara la
respuesta que quiere dar a su hijo. Firmeza no quiere decir autoritarismo. Los padres
pueden decir que no, con tono seguro y tranquilo, aún cuando el niño se eche al suelo
llorando como un desesperado (normalmente en un lugar público, como en el
supermercado o en la calle, y también en casa cuando hay invitados), intentando por
todos los medios que los padres cedan a su voluntad y le den lo que quiere. En estos
casos, si queremos que esta conducta desaparezca del repertorio de sus
comportamientos, lo mejor es ignorarle completamente. Entonces el niño entenderá
que "no es ésta la forma" de pedir algo. Por lo contrario, si

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nos sentimos condicionados por la presencia de otras personas, por lo que pensarán o
dirán de nosotros, y damos al niño lo que pide a gritos para que se calle, estamos
reforzando su conducta: es una forma de confirmarle que con este modo de actuar, al
final obtiene el resultado buscado. Es importante que los padres tengan claros estos
límites - y que no sea el niño el que los regule - ya que son necesarios para su buen y
normal desarrollo. El intentar "desafiar" les confiere un sentido de iniciativa personal.

5-11 años: "Voy a la escuela: maestros y compañeros".

La entrada en la escuela marca un hito importante en la evolución del niño: que


empiece a “sentirse grande”. Toda su curiosidad y energías se centran en el
aprendizaje, gracias a las habilidades de leer y escribir que adquiere. La vida es ahora
como una aventura: su pensamiento se hace cada vez más flexible, capaz de poner
en relación ideas y conceptos nuevos. El niño descubre el sentido del tiempo y la
historia, la grandeza del espacio físico y la geografía; los números superan de mucho
los dedos de las dos manos y las operaciones matemáticas le llevan progresivamente a
la abstracción mental; su cuerpo responde como nunca, coordinando los movimientos
necesarios en las varias actividades físicas que realiza; las actividades manuales se le
dan de maravilla, ya que sus dedos tienen una precisión hasta entonces desconocida, y
sus dibujos parecen “casi” una obra de arte. Son felices cuando los padres se
asombran con él por sus descubrimientos o cuando se alegran de los trabajos
realizados, reconociendo su esfuerzo por hacerlo bien.

El radio de acción del niño es cada vez más amplio: al ambiente familiar se añaden la
escuela y el barrio. En la escuela el niño se encuentra inmerso en un contexto más
estructurado con respecto a la guardería, con normas sociales necesarias para el
aprendizaje de todos. El maestro, nueva figura de adulto significativo, es admirado por
sus conocimientos, a veces temido por su autoridad (aunque no debería serlo, si la
autoridad está bien entendida y utilizada) y otras muchas veces es imitado como
modelo positivo. El niño suele compartir con los padres los sucesos de su quehacer
diario, cuando éstos demuestran su interés en escucharles: “Papá, ¿sabías que...?”. Es
también la edad en que empiezan los acertijos: “Mamá, adivina: ¿qué hacen...?”. Los
padres a veces están ocupados, cansados por el trabajo o pueden tener
preocupaciones. No obstante, sería conveniente que, aunque durante poco tiempo, les
dedicaran atención exclusiva, para que así los niños sigan percibiendo que son
importantes y queridos por ellos. Hay que tener en cuenta también que los niños
tienen “antenas” y perciben mucho más de lo que los adultos podemos imaginar. Esto
significa que en toda situación de dificultad, preocupación o conflicto se debería
siempre intentar tranquilizar al niño, asegurándole que el afecto de ambos padres por
él, sigue constante.

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Conversar con ellos y escucharles significa ante todo dialogar y al mismo tiempo
darles la oportunidad de ejercitar su capacidad narrativa: mientras los niños pequeños
suelen contar un evento en forma de episodios sucesivos “ ...y luego ocurrió esto,... y
después esto otro, y luego... etc...”, ahora se nota una labor de construcción
lingüística mucho más estructurada, con frases complejas, palabras nuevas,
entonación específica y una gran riqueza en los detalles descriptivos.

Aparte de la escuela, los niños necesitan poder seguir jugando. Es importante que los
padres sigan dejando a sus hijos del verdadero "tiempo libre", para que puedan jugar
con sus amigos o correr al aire libre, cuando esto sea posible. No toda actividad tiene
que ser estructurada, ya que se puede sobrecargar al niño con exigencias de adultos:
pretender que vaya a la escuela, practique un deporte, estudie un instrumento
musical, se dedique a una actividad manual y prepare la clase del día siguiente, todo
en una tarde, sería agobiante para cualquiera de nosotros. El objetivo principal de este
período debería ser el ofrecerles alternativas, abrirles puertas para que vean lo que
existe a su alrededor, descubrir posibles intereses y ensayar las propuestas que la vida
diaria nos ofrece... pero con tranquilidad.

Las actividades lúdicas se hacen más complejas. Aparecen los juegos de equipo, que
antes hubieran sido imposibles de plantear. Los niños de esta edad consideran a los
otros niños, no solamente como compañeros de juego, sino como verdaderos colegas
con quienes organizarse en equipo para ganar el partido. Los niños entienden y
aprenden el significado de las reglas del juego: saben que deben ser respetadas para
que el juego funcione y controlan que los demás las respeten. Aprenden a ponerse en
el punto de vista de "los otros" para prevenir sus movimientos, defender su campo y
organizar "estrategias de ataque"; sobre todo aprenden a colaborar con el resto de su
equipo para mejorar las posibilidades de victoria. Todo esto es posible porque los niños
de esta edad ya no son tan egocéntricos como los pequeños, sino que saben cambiar
su perspectiva para imaginarse como otra persona puede ver el mundo y qué es lo que
él haría "si estuviera en su lugar".

Los grupos suelen ser formados por niños del mismo sexo, ya que en este período no
hay especial interés en el otro "bando". Durante este período de latencia, en el que
casi no existen intereses de carácter sexual, toda la energía es concentrada en las
actividades de aprendizaje y socialización ya descritas, hasta llegar a la adolescencia.

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Tabla 3.- Desarrollo sexual (según S. Freud).

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Tiempo Estadio Parte del cuerpo Ejemplo

0-24 meses Oral Boca. Succionar, chupar.

2-3 años Anal Esfínteres. Control de las deposiciones.


Complejo de Edipo.
3-5 años Fálico Presencia o ausencia del
Identificación sexual y social con
órgano masculino.
el progenitor del mismo sexo.
No interés específico para niños
5-11 años Latente -
del otro sexo.
11 años en Interés sexual hacia pares del
Genital Genitales.
adelante otro sexo.

11-16 años: "Yo, mis amigos y el mundo".

La adolescencia suele ser un período bastante temido por los padres, sobre todo por
los importantes y rápidos cambios que se verifican en sus hijos.

¿Cómo hay que comportarse frente a esta transformación?

En realidad, la adolescencia es una etapa como otras, solamente que un poco más
compleja, ya que abarca casi todos las facetas de la vida. Nuestros hijos van siendo
cada vez más independientes, personalidades autónomas que quieren probar sus
propias capacidades de ser personas independientes en este mundo. También nosotros
la hemos pasado... Uno de los cambios más fáciles de percibir es el crecimiento
físico que se produce, conocido como "estirón". A veces los cambios fisiológicos son
tan rápidos que ni ellos mismos tienen tiempo de asumirlos.

El interés para los miembros del otro sexo se hace muy fuerte: atracción, curiosidad y
verdaderos enamoramientos que a veces les descolocan. Estas pruebas de relaciones
de pareja, que se dan sobre todo a partir de los 15- 16 años, son muy importantes ya
que ayudan a madurar una identidad sexual propia y definida. Esta capacidad de
compartir la propia identidad e intimidad, son condiciones que favorecen una relación
futura, emotivamente estable y humanamente constructiva.

A nivel de las estructuras mentales, el desarrollo del pensamiento permite la creación


de hipótesis y el desarrollo de una lógica por deducción. Ahora

su cerebro tiene todas las herramientas necesarias para poder entender y participar a
la creación de la cultura y del conocimiento humano. Es una experiencia estupenda,
que les confiere un sentido muy grande de libertad mental. Las preguntas de carácter
moral se vuelven muy importantes: todo lo cuestionan, porque quieren saber lo que
realmente vale. Es importante que los padres conozcan esta necesidad que sus hijos
tienen de verificar todo lo que les han enseñado: no quieren rechazar de entrada la
educación recibida, sino que necesitan elegir personalmente si asumir, rechazar o
modificar lo que hasta ahora han aceptado desde fuera sin mucha reflexión, como
parte de su propia identidad. Una posición definida y relativamente estable será
alcanzada solamente en la adolescencia tardía, ya a las puertas de la edad adulta.
Muchos jóvenes suelen recuperar de forma autónoma y como resultado de una
elección personal, muchas de las enseñanzas recibidas de sus padres.

El desafío más fascinante de la adolescencia es éste: la definición de una identidad


propia, única, capaz de relacionarse con los otros de forma crítica y creativa. Con este
objetivo, los chicos necesitan buscar respuestas fuera de su hogar y círculos
tradicionales: hacen nuevas amistades, cultivan ciertas pasiones o intereses, hacen
"pruebas" de identidad, cambiando de estilo de vestir, de tipo de peinado, de forma de
andar por la calle... Los amigos y el grupo son muy importantes, ya que son los foros
que les permiten realizar estas tentativas de exploración social, en busca de su lugar
en este mundo. Normalmente cambian "muchas pieles", antes de encontrar la que
mejor se ajusta a su manera de ser.

Éste es un período de transición irrenunciable para quien quiera llegar a ser una
persona adulta y madura, capaz de hacer sus propias elecciones en la vida. Es ahora
cuando muchos adolescentes empiezan a tener claro lo que les gustaría hacer de
mayor y empiezan a asumir de manera gradual la responsabilidad de sus propias
acciones.

La adolescencia es un banco de pruebas importante de las bases sobre las que se ha


ido asentando la relación con los hijos a lo largo de su niñez: un clima de diálogo en
la familia suele ser la mejor forma de solucionar conflictos que, muchas veces, no son
más que incomprensiones.

A pesar de que la comunicación sea una herramienta fundamental para una pacífica
vida familiar, esto no garantiza - ni falta hace que lo haga - que en determinadas
ocasiones haya claros enfrentamientos. Con este panorama, es ante todo importante
que comprendamos una cosa: cuestionar a los padres no significa dejar de quererles.
Cuestionar a los padres significa tomar distancia de lo que ellos representan: su niñez,
su dependencia, su incapacidad para tomar decisiones por si mismos. Significa buscar
un camino propio, ensayando vías alternativas a las asumidas como únicas y correctas
hasta entonces. Significa arriesgarse, asumiendo también que uno puede equivocarse.
Es natural que todo esto nos genere cierta angustia: aunque confiamos en nuestros
hijos, tenemos miedo por su inexperiencia en las cosas de la vida o por la gente con la
que podría encontrarse. Tener

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miedo es parte de esta ardua tarea de ser padres: tendremos que asumir que, a
veces, hay que pasar miedo. Es verdad que existe la posibilidad de no dejarles salir:
no dejarles salir del hogar, de nuestro control, de nuestra protección, de nuestros
miedos. Habrá que ver si merece la pena, ya que el precio a pagar será alto: hacer de
nuestros hijos unas personas inseguras, dependientes e incapaces de tomar decisiones
en su propia vida o, por lo contrario, hacer que se escapen por completo de nuestro
control.
¿Cómo comportarse entonces?

Existen diferentes estilos educativos, es decir, diferentes maneras de educar a los


hijos. No existe una manera válida siempre y para todos, ya que cada uno de nosotros
es único e irrepetible. Habrá que evaluar y adecuar nuestras pautas educativas
conforme a la situación y personalidad específica con la que estamos en relación, en
este caso, a nuestro hijo adolescente.

Nuestro objetivo fundamental sigue siendo el de crear las condiciones para que nuestro
hijo madure, es decir, para que gradualmente y progresivamente vaya tomando
decisiones sobre sí mismo, su vida presente y sus proyectos futuros. Será él quien,
poco a poco, llegará a ser plenamente responsable de su vida y creador de su futuro.

Sin embargo, el camino hacia la libertad de ser plenamente uno mismo, no es del todo
recto. Los adolescentes a veces tienen conductas de riesgo, es decir,
comportamientos que pueden perjudicar su salud. Conducir de forma poco prudente,
beber en exceso o tomar algunas pastillas en las fiestas, fumar o incluso probar
drogas, son comportamientos cuya explicación no es sencilla ni unívoca. Razones de
carácter social, la influencia del grupo, el carácter del individuo, la educación recibida y
otras características pueden facilitar o alejar del chico de tales situaciones. Un rasgo
psicológico común que tienen los adolescentes es el de tener una generalizada
sensación de invulnerabilidad, que les hace minimizar los riesgos existentes en una
determinada situación o comportamiento. En este sentido, el clásico papel de los
padres, expresado en su famoso "ten cuidado...", sigue siendo el más adecuado.
Aunque parezca que están cansados de oír siempre lo mismo cada vez que salen, en el
fondo saben que sus padres piensan en ellos y son un poco insistentes porque en el
fondo les desean lo mejor. Es importante que los hijos sigan percibiendo que pueden
recurrir a sus padres en caso que tengan algún problema de difícil solución, tan solo
para pedirles consejo.

Por otro lado, estos mismo adolescentes suelen tener un alto grado de idealismo:
muchos valoran la amistad como un sentimiento casi sagrado y pueden establecer
vínculos amistosos muy estrechos, otros buscan el amor de su vida y lo darían todo
para él o ella; algunos desarrollan un profundo sentimiento religioso, otros se afilian a
una determinada ideología política o social. El hecho común a todas estas experiencias
es que se puede pensar, sentir y creer en algo de forma muy profunda y universal: se
lo permite su pensamiento, así como su corazón.

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La búsqueda de modelos es otro rasgo importante: el personaje ideal, muchas veces


objeto de imitación, puede ser un futbolista o una modelo (visto lo que nuestra
sociedad propone últimamente), un cantante o una bailarina. Es suficiente con entrar
en la habitación de nuestros hijos y ver cuales son los pósteres colgados en la pared,
para adivinar algunos de sus modelos actuales. Los modelos siempre proponen
valores, sean estos transmitidos de forma directa o indirecta. Si queremos que
nuestros hijos tomen en consideración la existencia de valores alternativos a los que
están de moda, o que tan solo abran un poco su abanico de posibilidades morales, será
importante proponer "modelos alternativos". En esta etapa más que nunca, las
palabras no son suficientes: es necesario que las propuestas de los adultos sean
coherentes con un modelo de vida. Desde siempre, pero ahora con mucho más fuerza,
la coherencia entre hechos y palabras es la que marca la diferencia entre lo que
merece la pena aceptar y lo que no.

Quizás nunca como en la adolescencia aprendemos que los hijos hay que "dejarles
ir", poco a poco, pero irremediablemente. Lo hemos hecho cuando han empezado a
dar sus primeros pasos, cuando han aprendido a conducir su bicicleta y ahora nos lo
piden psicológica y afectivamente. Esto no significa perderles, sino dejarles llegar a ser
lo que pueden y quieren ser. Y para ello necesitan espacio, un espacio vital amplio,
donde empezar a extender las alas y a volar. Educar, en el fondo, no significa otra
cosa que hacer a las otras personas libres. Es curioso notar que la palabra "educar"
significa "conducir afuera": hemos caminado con nuestros hijos de la mano hasta
ahora; pronto estarán a la puerta de la edad adulta, listos para emprender su propio
camino.

Este artículo ha sido elaborado por Margherita Brusa, pedagoga. y Concha Bonet Luna, pediatra y revisado
por el equipo de la web de la AEPap

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