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LOS

ENCUENTROS
EN LAS
TORMENTAS
DEL
HUESPED
Este libro va al reencuentro de la memoria: la ciudad, el
poema y el am or relegados por el paso del tiempo; imágenes
que se tornan míticas, heridas latentes confrontadas a la
realidad de los cam bios históricos.
El desarraigo ante un país que no tiene retorno, la muerte o
naufragio del paisaje, la irrupción petrolera, rodean la
atmósfera de los textos y señalan, a la vez, las limitaciones
de la elocuencia ante lo destruido: "ya no debemos — amigo
de la palabra / (...) / enaltecer m ás de esas visiones / donde
no florece el agua".
La obra conquista la fusión de dos países antagónicos y
aparentemente excluyentes. Un hecho poéticamente posible
cuando "Un lago muere / como un ángel / con osam enta de
espejos".
CO LECC IO N D ELTA
V 8 6 / . ífi/
£ .6 ^
HESNOR RIVERA

LOS ENCUENTROS
EN LAS TORMENTAS
DEL HUESPED
POEM AS

FUNDARTE
Fondo E d ito r ia l F u n d a rte , 1988

LOS ENCUENTROS EN LAS TORMENTAS DEL HUESPED


Hesnor Rivera
Colección “ Delta” , N? 22
Diseño: Elisabeth Cornejo
Corrección: J. R. Cova España
ISBN 980-253-041-7
Impresión: Cromotip
Fondo Editorial Fundarte, 1988

FUNDARTE
Dirección de Publicaciones
Edif. Tajamar, (Pent-House)
Parque Central, Av. Lecuna
Caracas, Venezuela

Apartado Postal 17559


Caracas 1015 A.
mis padres, a mi esposa,
mis hijos, a mis amigos.
Los poemas contenidos en este volumen, fueron
escritos, en su casi totalidad, entre 1982 y 1986.
Tres de ellos, “ Otras Reiteraciones” , “Contrapunto
de las Nostalgias” y “En las Afueras de Varsovia” ,
no corresponden a ese lapso. El primero fue escri­
to en 1960, poco después de mi regreso de Francia
y Alemania, pero el original se extravió desde en­
tonces entre otros papeles y fue a comienzos de
este año de 1987 cuando logré rescatarlo. El se­
gundo y el tercero datan de mediados y fines de
los años ’70 y también estuvieron extraviados has­
ta hace poco. “En las Afueras de Varsovia” fue com­
puesto durante una permanencia de varios días en
tierras de Polonia, a mediados de 1979.
H. R.
I
LO S E N C U E N R O S
E N LA S T O R M E N T A S
D E L H U ESPED

A Jesús Soto
LO S EN CU EN TRO S E N LAS TO RM ENTAS
D E L H U ESPED

Ya no habrá más oportunidad


alguna para el nuevo encuentro.

Sin embargo sigo estando al borde


de retornar al sitio de las grandes partidas.
Y es apenas ahora cuando me pregunto
¿cuál encuentro — para qué y con quién
y en qué lugar que no haya conocido
cuando me construí las ocasiones perdidas
como quien se fabrica una casa
levantada siempre desde el comienzo
mismo sobre sus propias ruinas?

Aquella vez las naves tendieron


los hilos de sus redes maternas
sobre el barrio del puerto donde
la infancia entretenía el ocio
de los árboles errantes bajo el ruido del viento.

¿Dónde quedaba el sur —-por dónde el norte?


El sol salía a cada instante
por cada uno de los lados por donde había horizontes.
Y bastaba entonces dar un paso
para oír crujir las hojas secas del cielo.
Y una vez traspuestas las aldeas
de elevada tristeza — frías
como el brillo de los astros
que envuelve a los infiernos difuntos
debía producirse con seguridad el encuentro.

Aquella vez las locomotoras y los caballos


solían estacionar justo en la orilla
oceánica de los más bellos parques.

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Y es ahora cuando me atrevo
a preguntarme apenas ¿era allí por azar
donde florecerían las novias
como la rama del relámpago
que sale de la astromelia encantada?
¿Era allí donde la amante pasearía
su plumaje de animal escarlata
— sus túnicas de corolas en celo.
Su piel desnuda como las anémonas
o los girasoles que tanto me recuerdan
el sistema de la adorada furia
con que la perla daba a luz a las islas?

¿Era allí por azar donde he debido


preguntarme cuál encuentro
— -para qué y con quién y en qué lugar
desconocido donde pueda
asegurar que ya no habrá más retornos?

Ahora vuelvo a ver la piedra


multicolor que cría la soledad
en el centro de sus largas órbitas.

La oportunidad era entonces la centella


que le ilumina la palidez del rostro
a la misericordia doméstica.
La oportunidad era la bestia
de las cuatro esquinas sobre el lomo florido.
La oportunidad era la daga
que se entreteje en medio de los ojos de araña
del suicida por lo demás siempre en ciernes.
La oportunidad era solamente el alba
que entraba de repente en casa
como para que comprobáramos a diario
que si desaparecían los nombres
aún nadie por fortuna había muerto.

Por su parte el encuentro no era


más que la pequeña rama de muérdago
— la mandràgora o la penca de pezuñas felinas
puesta para espantar a los malos designios
sobre las ventanas y las puertas
por donde se podía partir verdaderamente
de algún modo hacia el mundo.
E l encuentro no era más que el vacío
con que la esperanza adorna
su parecido con los truenos
que se muerden en las calles la cola.
E l encuentro no era más que lengua
de pavo real o caracol malherido.
No era más que el pañuelo labrado
para que estampara allí su rostro
de semilla frenética la sangre
con que cuenta sus lesiones siempre nuevas el tiempo.

El encuentro era la contraseña


secreta válida para emprender
sin preguntas un encuentro con nada.

Pero seguramente ya no habrá más


oportunidades — me repito sin convicción
pero mirando con insistencia el pasado.

Aquella vez la torre y sus campanas


hechas con las hebras sentimentales
que llevan en las patas para sus nidos los pájaros
venían como para encontrar el sosiego
tendiéndose al pie de las tormentas del huésped.
Los aeroplanos entonces se entretenían
dibujando en el cielo con sus acrobacias
místicas los nombres siempre amados
de mujeres que jamás existieron.

Sólo cuando empezaba la noche


el río golpeaba contra las murallas
de la santidad sus canciones antiguas.

Después en cada puerta se presentía


el encuentro — en cada lecho tendido
con encajes de inmemoriales naufragios
la oportunidad con alas predispuestas
a salir al encuentro de otro encuentro
Y es ahora cuando me pregunto apenas
¿cuál encuentro — para qué y con quiér.
y en qué lugar más o menos distante
de la casa todavía echada
para empollar su descendencia de escombros?

El sol ya no salía a cada instante


porque no había por ningún lado horizontes.

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LA B E R IN T O D E LAS A PA R IEN C IA S

Perdimos hace tiempo el rumbo.


Perdimos — alma extraña— el rastro
de sus ocultamientos más esplendorosos
que el alba donde beben los árboles.
No le escucho al porvenir el fuego
con que tejía tu mirada la noche
de la desaparición en camino.

¿Qué es lo que realmente


perdimos? Algo de improviso
se cae de las paredes
en cuyas aguas volaban
los delfines colorados del sueño.
Las palmeras con colmillos de lámpara.
Las canoas con vaivén de doncellas.

Las paredes mismas se han caído


contra el bosque y el bosque se recuesta
como un caballo inválido
contra el cerco de sus alas finales.
Es evidente que han cambiado
de sitio los huesos vegetales
donde se afincaban mis sentidos
para sobrepasar de un salto
la zona arrebatada del tiempo.

Perdimos para siempre la noche.


La desolada noche de los ámbitos
bañados por el agua celestial
del asombro — los espacios
barridos por el polvo del ímpetu
que hace crecer las flores
y el plumaje de las piedras del riesgo.
Perdimos hace tiempo el rumbo y no importa
nada ahora que la música
vuelva a pasar con su bastón y su porte
de guía inagotable
hacia las calles más bellas.
Hacia los malecones con barcas
donde aprenden los héroes
la fatiga de la lucha
frente a la alucinación del retorno.

No importa nada porque advierto


que las casas — las tabernas.
E sa loca ventana que da vueltas
como la taraba de los desarraigos
deshecho el marco ardiente
de los paraísos emplumados de helechos.
Y el mar que carga a cuestas
su corazón de náufrago — que arrastra
por los suelos su túnica bordada,
y desbordada por las viudas
pendientes del final de los viajes.
Y hasta las tormentas que todavía
acechan su oportunidad ocultas
en la calma de unas antiguas sombras
no son más que recuerdos. Textos
de un calor transparente. Huellas
que se quedaron sin la arena aparente
donde echar a descansar tanto brillo.

¿Qué es lo que realmente


perdimos. Dónde sigues alma
extraña gobernando el misterio
de no estar y de estar en todas partes?

Si me atreviera a desafiar
el vacío cruzado por la órbita
de las furias con cara
de animal de convento.
Si me atreviera a descubrir la ruta
de la realidad donde lloran
como gatos en celo los jardines.
Donde los hospitales cantan
verdaderos prodigios por las bocas
de la herida del hambre.
Donde no se parte
ni se regresa nunca
como si ya se estuviera en el pasaje
inmóvil para el gran desfile
del laberinto de las apariencias
que embellecen la muerte.
Si me atreviera volvería
con seguridad a preguntar por tus señas.
Por el río de las cuatro puertas.
Por la puerta del cerro donde empiezan
los arcos. La ciudad
— el mundo con sus cielos sangrantes.
Los cielos con la alcoba en el centro
donde estás tendida satisfaciendo
por turnos mis necesidades
amorosas. Las de antaño.
Las de ahora — las que no se formulan.
Las de las aventuras y desventuras
siempre como es debido a destiempo.

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IN V EN C IO N ES
A Celalba.

Era el tiempo de las invenciones


vehementes. Habíamos
descubierto que las palabras
en su. vaivén de la imaginación
a la memoria solamente servían
para ganar perdiendo
— para perder ganando.

Y hablábamos de comarcas
que se adornaban con el lustre
de los animales de feria. De ese
modo logramos deducir
la composición por piezas
de la eternidad concebida
para justificar los giros
de la ciudad en torno de la puerta
cotidiana, de la taberna más bella.

Enloquecíamos para llenar


de significación el hastío
de las multitudes sin rumbo.
¿Qué es el hambre? Un caballo
de peltre que se astilla cuando
galopa bajo el sol de la tarde.

¿Qué es la noche? La pradera


llameante donde se multiplican
las palmeras amadas por los elefantes
enanos. ¿Y la copa? Nada más
que el punto donde el amor
recobra su soledad primitiva.

De ese modo logramos adivinar


el peso exacto de la realidad

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donde lás astromelias existen.
Donde las mujeres que jamás
existieron visten su desnudez
con la rama de la existencia infinita.

De ese modo moríamos


para vivir a fondo sobre
la superficie del hallazgo de estar
perdiendo sin solemnidades el tiempo.

¿Qué es el puerto? La alcoba


con espejos donde se exhibe el pubis
de la adolescente atisbada desde
la ventana a oscuras
de una inocencia sin manchas.
La montaña es el buque
que camina sobre los propios lomos
de sus pesadillas donde
no dejan de brillar las estrellas.

Era el tiempo de viajar sin siquiera


remover la piedra de las ilusiones
para entonces perdidas ganándole
a las palabras la apuesta
sobre el enigma sin sentido
de su plenitud insaciable.

Recogimos en la selva las flores


más áseme jabíes al veneno
de las serpientes que se confeccionaban
con los ruidos de las hojas sus alas.

Y era entonces hermoso


conversar — gritarles cara
a cara a los esbirros que embrollan
la serenidad de los infiernos nocturnos
que la libertad es la fiera
roja con que el corazón del suicida
enaltece el delirio
de las ciudades insomnes.
Era el tiempo de las invenciones
vehementes. ¿Qué es el viento?
Un amanecer que pasa sólo
para que los árboles suenen — sólo
para que la eternidad no moleste
con las apariciones y desapariciones
de una realidad ilusoria.
SO LEM N ID A D ES SOM BRIAS

A Marcos Miliani

Vuelvo a abordar el barco horrible


que sin descanso me acosa. ¿Cómo
olvidar. Cómo caminar de nuevo
sin sentir la necesidad de volar
por adentro del arco luminoso
que rodea al corazón de los otros? Todos
han venido a traspasar
la solemnidad de la sombra
con que brilla alrededor esta casa.
Por eso estoy más o menos ausente.
El transeúnte me pregunta
sobre la significación de unos
astros comparables al ruido
de las piedras de un río.
E l transeúnte me pregunta
sobre la realidad que odio.
Sobre los manojos de helio tropos
alados que se le ponen
sobre la frente y sobre el pecho a los muertos.

Ese barco terrible que jamás


me abandona — que me persigue y no alcanzo
marca sin parar el tiempo
de partir o llegar — de intentar el retorno
a pesar de que jamás me he marchado.
Por su causa olvido ahora los nombres
de las ciudades — de las personas
que jamás he visto. De la magia
que me permitía adivinar sin equívocos
la forma de los alimentos — el peso
de los sueños para el hambre de los seres
que por amados hace tiempo murieron.

21
T EN TA C IO N ES D E V IA JE

A Luis García Morales

Tendría que volver de nuevo


sobre el rumbo del camino con árboles
que huelen a caminantes domésticos.

Allí sin duda encontraré la huella


de las.patas de los rosales festivos.
Los rastros de los dedos de fábula
de aquellas embarcaciones sangrantes
en que vinieron para cada cerro
las enramadas desde donde sopla
como un humo de esperanza la tarde.

Allí veré de nuevo el rostro


ya parecido al velo de los martirios triunfantes
de aquella adolescente para cuyo hastío
sin nombre me robé muchas veces
las clavellinas de las casas lejanas.

Tendría que retomar el atajo


de la inocencia silvestre para cuyos ojos
los insectos y los pájaros eran hijos
del calor retenido por las piedras
hasta bien entrada por los patios el alba.
Para cuyo corazón el viento vestido
con las hojas y la flor de la acacia
descendía de la proximidad del agua.
Allí la puerta que se abría sólo
empujada por el crecimiento del bosque
guardaba no sin malevolencia cándida
los tesoros de algún mundo sobre
cuyo tiempo cernía su llovizna el olvido.

(Todavía la tabla donde se aplanchaban


los sueños -—donde se armaba como
con alambres el relámpago de iluminar
por las noches la soledad de la sala.
Y. toda, la madera olía a respiración
de océano. A muelle de algún puerto
virginal donde comiencen los éxodos.
A moluscos salobres floreciendo
en el cuerpo de las doncellas
que no son y han debido ser nuestras.

Todavía la cama con espuertas


de trampa para cazar al náufrago.
Y las sábanas roídas por el polvo marítimo.
Todo el hilo tejido a manera
de máscara para un festín antiguo
susurraba los himnos de las nupcias
con la miseria en reposo).

Tendría que retomar la calle


con cabeza impertinente de río.
Frente a su silencio pasa sin parar
■—-como si estuviera viva— la muerte
de las tentaciones del viaje.
CONTRAPUNTO D E LA S N O STA LG IA S

A Miyó Vestrini

Una vez más hay fiestas y el espacio


trasciende olores grávidos. El del aceite
— siempre el mismo— de las papas fritas
en París. E l de Anne-Mi cuando estaba
a punto de convertirse en la primera
amante bajo un cielo sin patrias.

Aún no existían domicilios con números


para la soledad de aquel día.
Y a menudo me asaltaban nombres
que no se correspondían con los seres
y las cosas vistos como al fondo
de una ciudad muy lejana.

(El olor a sopa vuelve a bajar


dando saltos por la escalera
de la buhardilla de la Place Courcelle).

Una vez más hay fiestas y recuerdo


otras ciudades que ahora miro. Huelo sus faldas
de doncellas municipales dormidas
entre los brazos de los ruidos de un himno.

Es de noche y el rayo que desciende


de la catedral al ojo de la piedra
de antaño tiene otro nombre
que no se corresponde con la realidad
de la zona. Se llama arroyo
de los largos hastíos. Virgen
de la túnica rota por los sitios
que más miran los transeúntes
convertidos en asesinos secretos.
Anne-Mi baja ahora de la jaula
de sus alondras con ojos
de adolescente búlgaro. No es el nombre
que se corresponde con el final de la calle.
Ni con el de la ventana donde
canta un guitarrista tejiendo
guirnaldas para los hijos perdidos.

No es el nombre que se corresponde con nada.


Lago. Corazón. Lecho de redes.
Diente de marfil del vagabundo en la sombra.
Pálida — pálida loba de terciopelo
que me asalta con la ferocidad
helada de las remembranzas.

Una vez más las fiestas huelen


a despojos de pescados fritos
sobre las brasas del muelle. Estás muy solo
y ladras — capitán de la goleta encarnada.

No había ni siquiera puertas


para la profundidad del invierno.
(Olía a vaho de entrepiernas de vituallas
marchitas. A melena de animal
vigilante de las casas queridas).

No se correspondían los nombres


en el espacio que agoniza y da vueltas
como la cola de un reptil golpeado
por la piedra subrepticia del tiempo.
E L TRA N SEU N TE IN M O V IL

A Ramón Palomares

Hoy no han pasado barcos frente


a la ventana donde mi anticuada
inexperiencia sigue espiando
los movimientos de los pájaros
de un porvenir menos lúcido.

Hay fiesta. Las palmeras


de los hoteles de lujo se convierten
en sombrillas de fuego que silban
sobre los transeúntes inmóviles.
En las laderas del fondo suena
como un trueno la música de quienes
abandonaron a los seres amados
buscando en realidad ser amados.

Hoy no han pasado barcos y oigo


a mis espaldas las voces
de las propias promesas como
el canto de viejos animales
muy mansos: Ahora debes no
embriagarte más con las heces
venenosas que la desesperanza
te ofrece en hojas de cristal
semejantes al agua. Debes sobre
todo olvidar los ladridos
de las sirenas del viaje
que te llama para que te vuelvas
el héroe o el enamorado
correspondido sin trámites
por las doncellas de todos
los paseos intemporales del mundo.

No debes por ningún concepto


cultivar más el desvelo para
seguir tratando de descubrir la piedra
que ennoblece el vicio. El lado
sacramental de la furia.
E l vértice donde el ángel
cobra ya el porte de la pluma
del que cae para siempre en la sombra.

Hoy no han pasado barcos


y sin embargo vuelvo a ver
a la dama de antaño que corre
sobre las olas perseguida
por un fuego de serpientes vivas.
Vuelvo a ver esas islas de vientres
negros como el de la desolación
de las noches futuras — rojos
como el rostro de las diosas
perdidas. Altos y al mismo tiempo
con la profundidad de los árboles.
Vuelvo a ver la estrella que sale
de otras comarcas. De otra latitud
con verdaderas fieras donde
debo morirme. Donde debo
salvarme para que se me pierda
definitivamente la inocencia.

Corro el riesgo deliberado


de que desde esa fiesta de enfrente
me apoden para siempre a gritos
el transeúnte sin razones inmóvil.

Hoy no han pasado barcos y el viento


mete de contrabando nubes
para que alguna lluvia como siempre
apague la eternidad de los puertos.
NOM BRE D E LAS V ISIO N E S

Antes de conocerte pude


dar con tu nombre — con tus señas
atmosféricas de divinidad
de montaña. Supe de antemano
que los dioses del azar estaban
detrás de tus sentidos confundiéndote.

Por eso cuando subiste la escalera


para alcanzar a oír mis versos
sobre las noches del sur supusiste
que el hallazgo del nombre era
el comienzo de una larga
adivinanza maligna en torno
del amor y la muerte. Sobre fechas
e itinerarios de un viaje donde
la ternura resultaba ser un signo
de debilidades y culpas.

Más tarde en cualquier parte siempre


encontrabas un libro con historias
de genealogías dudosas. Con cifras
referentes a nuestros antepasados comunes.

Por eso huimos. Esa estrella


mortificante nos hizo caminar
demasiado bajo el cielo de los altiplano;
cruzando por los patios de bodegas
siniestras. Por las salas de hospitales
sin rumbo. Corriendo por los callejones
de los baños públicos —-de las rifas
clandestinas que empiezan sólo
con el primer canto del gallo. Por mercados
donde se vendían animales
inútiles como la escolopendra
a rayas semejantes
a las de los trajes de bañó antiguos.
Como la serpiente que sabía
cantar remedando el acento
de las cotorras. De los gatos en celo.
De las tías solteras cuando
cuentan sus aventuras perdidas.

Huimos. Pero tus sentidos


se sabían de memoria el orden
de las confusiones heredadas.
Los pasos de las ceremonias
que consagran el caos como
cumbre de las desapariciones místicas.

Por eso comprendo todavía


no sin inquietud tus desmanes
amados: te bañabas desnuda
lo mismo en el océano a la hora
de siesta que a la medianoche
en la arena de la red de trillas
de los contrabandistas invictos.

Te acostabas a mirar las bahías


para que se incendiaran los barcos.

Huimos como perseguidos


por la estrella de tus visiones
de sombra. Pasando por entre gentes
que bailaban una música infame.
Por pensiones donde se refugiaban
ancianos desde la infancia huérfanos.
Por establos para caballos
sin dueño. Por las avenidas
de los iluminados que inventan
talismanes de hierba para conjurar
la furia descomunal de los santos
— la oscura sedosidad de los diablos.
Perseguidos finalmente
olvidamos nuestros nombres. Nuestra
fuerza para evocar el destino
en los hechos que nos puedan
ocurrir hace tiempo en el mundo.
C O N FESIO N ES TA RD IA S

Para Adriano González León

H e vuelto a la ciudad donde antaño


la locura tocaba una campana
en las puertas de las casas amadas.

Había poco espacio entonces


para andar — como era necesario— sin rumbo.
Por eso sin parar volábamos
desde un parque recién nacido a otro parque.
Desde el cielo recién volado hacia el bosque.
Desde el bosque recién perdido hacia el mundo.

Por esos días fue cuando los bares


abrieron para siempre la cámara
de las confesiones tardías — los bares
contraían febrilmente el contagio
del ruido de nuestro desvelo insaciable.
Los bares asumieron la imagen
del navio de fuego o la ventana
con la rama de trinitaria en el mástil.

Allí cantaba el gallo de la pasión inconstante.


Allí venían a morir las centellas.
Las tormentas vegetales del alba.
La noche — toda la noche con su caja
de voces atribuibles a mujeres
que nos abandonaban a diario
a pesar de que nunca llegaron.

Cuando levantaron las torres


con sótanos y laberintos previstos
para la demencia de algún joven suicida
nos pudimos percatar del tormento
de la memoria y de sus enfermedades
que dañan a la palabra y su sombra.

31
Era el tiempo de las hambres cuidadas
y engordadas como el árbol
del fruto de los infiernos perdidos.
Era el tiempo de las desobediencias
congénitas — de la intemperancia heredada
como la piedra de apariencias sanguíneas
que protege en su ebriedad a los náufragos.

Bebíamos con ferocidad guitarras


revestidas con la sonoridad de las viudas.
Bebíamos la letra de las desventuras
escrita por los lobos eternos.
Bebíamos raíces de animales
desaparecidos para siempre.

Ahora cuando vuelvo a la ciudad


donde tanto atisbamos a las inmigrantes
con cara de novias hace mucho olvidadas
pienso una vez más en la casa
que jamás tuvimos — en la muerte
que los demonios del azar no nos dieron.

Todos los viajes se habían


a su tiempo en realidad cumplido.
No existían si se quiere razones
de algún modo válidas para acogerse
al regreso. Pero a veces es bueno
verle la espalda donde cicatriza
el delirio al corazón que nos nació bebiendo
en la campana llena de relámpagos
— los que nos alumbraron en la soledad las rutas
por donde el porvenir moriría
y los olvidos por donde empieza el pasado.
II
D O M IC IL IO D E S O M B R A S

A Juan Sánchez Peláez


D O M IC ILIO D E SOM BRAS

El sol ha comenzado con el año


dándole un brillo vegetal a las cosas.
Huele a restos de festín en el puerto.
Y el aire se ha quedado quieto
en el polvo de los espacios vacíos
de la ciudad. Pareciera esperar
que le contaran la historia
de las maravillas. De repente
llaman a la puerta de la memoria
manos como entrenadas
para tocar la guitarra. Se desencadena
sobre el pecho atormentado del lago
la calma de los bellos comienzos.

Estás desnuda frente al porvenir


sirena de los sueños ardientes.
La realidad te acecha como el perro
que te impide conducir los navios
a la rada de los encantamientos nocturnos.

Allí canta el pájaro que llena


de sentido a la bandera extendida
sobre la casa desde cuya arboleda
sale como una tela de color el alba.
Allí vuelas tú misma destejiendo
las hebras de las fábulas que me enseñaron
desde antes de nacer a amarte.

E l año ha comenzado sonando


la campana del sol sobre el techo
de la soledad de las calles.
El camino por donde me vine
preguntando por el nombre de las cosas
y los seres perdidos. Sobre alguna playa
con grandes manchas de petróleo y oro
deben permanecer intactas
las huellas de la aventura implorante.

Comíamos raíces de animales


insomnes. Piedras por su blancura
parecidas al corazón de la ola.
Bebíamos aceites. Roñes rojos
como la piel de la perla desconocida
que buscaron mis antepasados
por debajo de la cabellera
de sus islas a flote. Bebíamos puñados
de relámpagos de algún modo prescritos
para espantar las fiebres y la muerte.

Los timoneles habían olvidado su oficio.


Los marinos se adentraron a ciegas
en las fauces de los pantanos hirvientes
Los buzos sólo recordaban
sus nombres si se tendían bocarriba
para ver entre lágrimas los astros.
Desde entonces cavan con obstinación
sepulcros. Largas zanjas. Redes
alucinantes para las pesadillas
semejantes al río que traspone
las tierras de este día al siguiente.

Había naturalmente casas.


Domicilios de sombras donde
mujeres todavía de luto repetían
canciones de gramófono. Leyendas
invariables sobre náufragos hundidos
entre selvas de lirios con alas
y pezuñas de serpiente embriagada.

Había bares. Grandes enramadas


donde nunca se apagaba el fuego
de cocinar las vituallas — los tallos
y las hojas de los delirios endémicos.
¿Dónde estabas entonces sirena
encadenada al cuello de botella
de las tempestades enormes?

Cuando comienza un año vuelvo


a pensar en los puntos de partida.
En un puerto donde todo es retorno.
En la ciudad desde cuyo pasado
viene sonando como el sol sobre el agua
todo el brillo de tus pechos de fábula.
LA S RUED AS D E L LA B E R IN T O

A José Antonio Castro

E se barco no ha debido partir


dejándome abandonado entre las ruedas
de este laberinto de las disculpas
por mis empedernidos retardos.

No ha debido marcharse sin ensayar


un juego de signos y señales
convincentes — una palmera
que se abre como fuego fatuo de feria.
Una pisada de fábula semejante
a la de un tigre en la playa. Una
bandera que cante con la voz
en falsete de las heroínas
— todo eso con que se anuncia el final
del gran viaje a cuyas
consecuencias sin querer me resigno.

Ese barco no ha debido partir


sobre todo ahora cuando estaban
arregladas todas mis cuentas
con los empresarios de la nocturnidad
ofensiva. Con los traficantes que devoran
hasta las sobras del aire. Con los dueños
del infierno de perros que se roban
hasta el giro de la sombra
de sus propias alas. No ha debido
no esperar que mi debilidad
por la confusión de las cosas
extremas me retuviera aún
en los pasillos de aquella lavandería
parecida a una fábrica de ángeles
con sabor a hierbas. O en la sala
mortuoria con olor a desperdicios
de flores a donde volverían
para despedirme los deudos
habituados hace mucho a la muerte.

(¿D ebo recordarlos? . . . Traían


en un cesto de helechos papeles
de colores para hablar del pasado.
Con las patas de los ojos andaban
pregonando historias sobre animales
marítimos. Leyendas sobre propiedades
perdidas en la noche de los grandes
relámpagos. De facultades ahogadas
bajo el peso de una larga inocencia).

Ese barco no ha debido partir


y sería necesario ahora
que volviera sobre sus pasos.
Que regresara al punto de partida
donde aguardan los que sólo
creen en la soledad terminante.

He llegado alguna vez a tiempo


pero nada más que en la pesadilla donde
se dobla y se desdobla la carrera
por las mismas calles con mujeres
de luto. Por los malecones
donde pareciera que el calor
se bebe gota a gota la esperanza
de vivir apenas lo debido.
Por entre mástiles y poleas
de cielo que destruyen los indicios
hasta de sus propias apariencias de pájaros.

Corro por las encrucijadas donde


confluyen las culpas. Llego tarde
a pesar de mi meticulosa conciencia
sobre la intemporalidad de las causas.
Ese barco no ha debido partir
sobre todo batiendo tanta música.
Tanto resplandor de ceremonias
públicas como para que se comprendiera
que estaba abandonando a la suerte
de su desolación terrena
apenas o nada más que un náufrago.
BA ILA R IN A D E ANTAÑO

A Martica

Bailábamos. Todavía
en los cuartos anda aquel
espejo en cuyo fondo se congeló
tu gracia de adolescente
salvaje junto con el asombro
de mi corazón — se asomaba
a mis ojos vueltos pura
mano para atrapar el salto
de tus senos a simple vista recientes.

Bailábamos en los patios


como en el centro del proscenio
más espectacular del mundo.
En las salas de las casas solas
abandonadas por sus huéspedes
que no soportaron por más tiempo
los ruidos de la luna anidada
desde el atardecer
en las altas hojas del techo.

Llevabas en el pelo flores


cogidas en los pozos del alba
Las rosas con que se les alumbra
la memoria de los milagros
a un santo. Aquellos delirantes lirios
que exhalaban por ráfagas
el fuego de llovizna apetecido
por la voracidad de los sueños.

Bailamos todavía. El viento


saca de las ramas pedazos
de la eternidad que no alcanza
a convertirse como siempre en pájaros.
(Había sillas con espalda

41
de doncellas a punto
de morir de nostalgia. Y unas
fieras que adormecían sus deslumbres
en el regazo de almidones
azules pegados contra
el cuerpo de las furias del trópico).
Y laten como pugnando
por salir aún vivas de la noche
del espejo las dos pequeñas sombras
enlazadas en los bailes de antaño.
Hablan como entonces por señas
sobre los amores prohibidos
con que la inocencia inventa
el paraíso de encontrarse más tarde.

Alguien alrededor va silbando


para llenar el aire de recuerdos.
LA PU ERTA D E LO S POEM AS

El poema que estaba colgado


de tu puerta como en lo alto
de una pared muy lejana decía:

“ Te hubiera amado si los viajes


que emprendiste fueran todavía menos
inútiles frente a los tiempos que pasan.
Te hubiera amado si fueras
tan inútil como parecías al comienzo. Fin” .

Releo de memoria la historia


de los que como yo desaparecen.
Trato de recordar los viajes — esa forma
de andar solo en todas partes.
Los vicios y las virtudes contraídos frente
a la enormidad de los paisajes más puros.

Yo te inventé bajo la poca sombra


de una palmera en mis sueños.
Y ha sido más bien triste detenerse
frente a las circunstancias que te atañen.

Cuando hice que crecieran


a mi alrededor las penínsulas
maquinales de los desolados
había regresado a los sitios
casi crueles de la partida inminente.

Pero ¿dónde entonces te habías


entretenido comiendo flores
imaginarias — formas de pájaros
itinerantes parecidos
a mi desaparición necesaria?
Busco la respuesta entre ruinas
domésticas. Pierdo el tiempo
revolviendo el rastrojo delirante
de un pasado todavía pendiente.

Por eso en este instante en que me parece


que ya no tengo fuerzas
ni siquiera para atestiguar mi existencia
toco sin embargo y una vez más la puerta
detrás de cuyas hojas deben estar
los poemas junto a ti esperándome.
CO M IENZO D E LA IN E X IST E N C IA

Ya has regresado a tu origen.


AI comienzo donde nunca estuve
pero que a través de tu cuerpo
y tus palabras comprobé que era frío
y ardiente — común y sin embargo
extraño. Blanco y negro y celeste
aunque terreno y sobre todo siempre
desconocido y como necesitando
que se lo invente sin descanso a diario
para que no comience nuestra muerte.

Amo estas contradicciones como


te hubiera amado si en realidad
existieras. Amo pregonar
tu existencia porque de lo contrario
el mundo se reduciría al hecho
de ver pasar el viento. De andar entre
amigos marchitos y fantasmas
largos como la sombra singular
que cabe en la botella del viaje.

Y a has debido regresar a tu aldea


de cerros con campanas. De catedrales
paridas. De dioses que se bañan
desnudos en la transparencia
de los arroyos y en el silencio
de la soledad donde florece el eco.

Amo estas cosas más reales


que el día derramado afuera
como una arena líquida. Como un fuego
en el agua que remeda la serenidad
de tus labios opuestos. La tormenta
que ilumina tus ojos y las piernas
de tus corazones extremos.
Amo la necesidad de que tu regreso
al comienzo sea la explicación
verdadera de esos barcos que vuelan.
De ese árbol que me sigue
como un perro en la noche.
De esa estrella que se posa sobre
el hombro de mi final más próximo.
IT IN E R A R IO

En los aeropuertos el viento


se ha quedado más tranquilo
que mi espíritu. Sube desde el mar
el fuego con que deben comenzar
las catástrofes. Y te sigo esperando
desde antes de que se inventaran
los viajes. Desde antes
de que yo tuviera la más mínima
noción del tiempo. Desde antes
de que me golpeara con sus manos
solares el convencimiento
de que ahora envejezco sin tregua
hacia un porvenir más bien trágico.

Una anciana desciende cantando


la escalera hasta el vuelo
que la llevará a Madrid — a los bellos
océanos cuyo recuerdo me hastía.
Dos enamorados dejan
que la soledad los encubra en medio
de esta luz de pasadizos marchitos
En medio de este ruido de animales
que zarpan. En medio de mi certeza
de que tú has perdido hasta el deseo
de embarcarte ni siquiera en el aire
de tormenta que recorre estos días.
De que has perdido los boletos.
La contraseña ■— el pase
de salir hacia la eternidad
en cuya majestad aún confío.

Y te espero. Te espero siempre


con evidentes ganas de convertirme
en la piedra donde se detengan

47
todos los retornos del mundo.
En el estanque donde se ahogue
la ilusión de que llegues. La esperanza
de que ya has llegado y el manto
del azar invicto no me ha permitido
verte cuando dijeron tu nombre.

Un niño corre por mi misma vía


llorando por las alas del corazón
que se le cayó hace un instante.
Un marino medita sobre los países
que conoció cuando el tiempo existía.
Y corro a esperarte una vez más.
A ver que no has llegado. Que pasaste
hace horas sobre las cenizas
de mis grandes deseos y ni siquiera
he sabido decirte que es inútil
y es tan bueno y absurdo y es
muy bello que llegaras de pronto
y para siempre ahora.
SOM BRAS D E L TIEM PO

No se trata de la soledad dejada


por tu presencia como la oscura huella
de un incendio por el cielo de un bosque.
Como los despojos de ceniza que cuelgan
los bellos meteoros en las ramas
de las ciudades frondosas.

Se trata de las sombras del tiempo.


La de los ojos como flores malignas
canta todavía tendida en los dinteles
de los malecones que no mueren
así no existan barcos ni naufragios
ni animales que vuelan con la gracia
de los mensajes mortales. La del vestido
fabricado con las telas del corazón de la piedra
te nombra todavía parada en ese parque
recubierto de plumas como el pie de la infancia.
(Ya murieron las mujeres tocadas
con sombreros concebidos a partir
del hilo que cultivan las perlas.
Y a desaparecieron los trágicos
bebedores de brandy amenizado con guitarras
parecidas al mueble del tesoro perdido).

Se trata del amor y su pierna


con alas como rueda de antaño
para que las extravagancias corran más a prisa
que la sangre de las ilusiones baldías.
Se trata de encontrarte y que la muerte
no oscurezca la casa. No le ponga rayas
de envejecimiento al rostro
de los antifaces queridos. No se meta
a revolverle la intención de los seres
inmortales que protegen los giros
de nuestras desapariciones constantes.
SED UCCIO N SIN O R IG E N

A las madrugadas que salen


de las ramas de las tempestades distantes
se superponen con sus flores
de calor cristalino
las que alimenta el cielo.

Y al fondo como detrás


de una pared levantada
con la mezcla radiante
de los más contrarios climas
sigue flotando la desnudez obsesiva
de tu sombra ciegamente amorosa.

Y a pesar de que nunca en realidad


te transformas. De que nunca
verdaderamente has cambiado
yaces de todos modos distinta.
Sólo parecida a ti misma
por el hecho incontrovertible
de que se te sigue en todas
partes amando. De que se te sigue
en todas partes buscando
tal y como la desesperación te ha
concebido a partir del instante
de perderte cuando estabas más cerca.

En los océanos con seguridad por eso


la naturaleza insiste en dispensarte
favores. No se sabe por qué suerte
de encontrados designios eres
la misma que serías más tarde
— la que fuiste en los puertos en donde
comienzan las irremediables partidas.

50
E l lento torbellino de substancias
rabiosas con que se viste
sobre el mar la nostalgia.

Por ejemplo en las noches no se sabe


por qué juego de endemoniados destellos
dejas de ser la que debía estar
en el sitio donde terminan los viajes.
Y te vuelves cielo de insumisión
— navio que no espera por dioses
y no toma para nada en cuenta
a tantos inestables huéspedes. A sus señas
por azar parecidas a la caricia
en el vacío de alguna golondrina tardía.

A los días — a los tiempos que brotan


poco a poco de la piedra de una edad
inconstante se superponen con su atuendo
de viudos sin final ni comienzo
los que se bañan en la remembranza
de la llama de sus propias cenizas.

Y por encima o más bien por debajo


de la capa de viento donde bailan
como doncellas al borde del desmayo
las más bellas banderas tú multiplicas
tu seducción sin origen — tus rasgos
de mujer de algún modo desde siempre
desnuda para ser poseída sobre
la inclemencia de los cambios mortales.

Y una vez más — tal como sucederá


ese día en que se exterminen
al enfrentar su significación las palabras—
da vueltas el corazón a sus manos.
Así amasa con pedazos
de una realidad ordinaria
la forma por lo menos de tu vientre
de muchacha sagrada — de tu cadera
con brillos de centellazo en un bosque.
Por lo menos de tus muslos de aguacero
recordado frente a un fuego doméstico.
Por lo menos la atmósfera de ese
equilibrio sin querer inestable
a cuya sombra de inflorescencias marítimas
se te sigue como ahora y ahora
para siempre y en todas partes amando.
SIGNOS DE LA AMADA

¿Cómo saludar la forma


de tus palabras si nunca
hablaste. Si te mantenías
— como la sencillez de la eternidad—
en silencio? Adiviné
que tu presencia debía pertenecer
al centro del tiempo de otro tiempo.
A la inutilidad de un mundo sólo
comprensible para la extravagancia
de mi nostalgia constante.

Y estabas cerca como enseñándome


países que jamás conociste
— ciudades donde las neblinas
tenían como estrellas las flores.
Tenían como puro sortilegio
de evitar la solicitud del abismo
simples fórmulas de la soledad
como las visitas a domicilios distantes
— casas amigas donde se cultivaba
desde la antigüedad el hábito
de organizar las cosas según
la inevitable duración de las noches.

No hablabas y sin embargo


al lado de tus ademanes radiantes
— al lado de tu gracia de piedra
cuando apenas los volcanes la inventan
Al lado de tus sueños como
de tempestad inmemorial recién salida
del aire. Junto a los latidos
de tu extraña conformidad de víctima
pude entender que hay que enfrentarse
sin más armas que la palabra a la muerte.
Converso desde entonces a solas.
Me interrogo entre las dobles paredes
de los aposentos amoblados
por la imaginación y la memoria
sobre experiencias insólitas. Sobre
heroicidades protagonizadas
por quienes leen sin dificultad tu tiempo
que es el de mis referencias más sólidas.

Y ahora cuando pretendo


descifrar conversaciones comunes
no entiendo. Deduzco apenas
que me hablan de comarcas perdidas.
De grandes poblaciones nómadas
que se buscan sin descanso
como yo en tu silencio.

Por eso ahora si me preguntaran


cómo se podría llamarte — cómo
era el otro tiempo de los tiempos.
Como eran los indicios. Ni siquiera
me atrevería a responder
que todavía en realidad existes.
III
OTRAS REITERACIONES

A la memoria del poeta


Rodolfo Moleiro.
OTRAS REITERACIONES

— I—

No habrá que detenerse ahora


cuando todo ha pasado. La ciudad
camina alrededor como un perro
que no encuentra su víctima.
Pasa detenida en el vértigo
de su velocidad siempre oscura.
Se esconde en una multitud
semejante — porque brilla— al desierto.

Cuando vuelvan al azar los otros


dioses que han huido del cielo
todo destellará de nuevo como
el ojo de las bestias felices
— se han detenido en la puerta
de una muerte sin nombre. Sopla
de repente sobre la ciudad la llama
que cae desde algún meteoro
fabricado con las hojas de un barco.
Todo sin embargo ha pasado

— li­

cuando todo ha pasado la fiebre


de los árboles lame con sus manos
las ruinas de las visiones próximas.

El viento ahora es un gran grito


que coloca con violencia a la casa
siempre en el centro — justo en medio
del naufragio de un signo.
La casa es el cansancio. La cola
de la serpiente en llamas
por donde se regresa avanzando
como con sed al brillo de la arena.

Todo ha pasado y sin embargo


la noche todavía está lejos.

— III —

Si la ventana gira como un pájaro


Si se tumba como un navio
enloquecido por la necesidad
de beberse hasta la piel de un recuerdo
es que ya es imprescindible pararse .
justo en el bosque donde empiezan
y terminan los laberintos del tiempo.

Todo ha pasado y por el día


se ve hasta en el paisaje el lecho
de la soledad donde hubo flores
como un pañuelo que arde
cuando lo mojan las lágrimas.

— IV —

La arena de la luna se filtra


por entre las rendijas de la sombra
con los murmullos de la tela
de la amada imposible. E s agua
porque la casa deja salir sonidos
de campanas en duelo. Porque el techo
se come durante las tormentas
las sobras del relámpago.

La memoria se detiene y golpea


con su postrer nostalgia un muro
de seres que de improviso cantan. :
— V—

No habrá que detenerse porque todo


ha pasado. Y entonces quien se asome
a la puerta que dejó en sus manos
la ciudad verá sólo fantasmas
— ciertas casas que tocan la trompeta
de la gran despedida. Ciertos
barcos que tocan la bocina
de los grandes regresos. Cierta noche
que se instala en la arena
para que duerman en los ojos los astros.
PREAM BULOS

A César David Rincón

Ya no habrá más ciudades


como la de la luz que inunda
los portales construidos
por la propia mirada — la rama
de ventana pura donde
se posa siempre la necesidad
de encontrar a otras gentes.
Otros puntos de partida
hacia unas aventuras menos
cercanas como lo fuera aquella
buscada a ciegas tan lejos.

E l puente de la novia amada


hasta por los gatos de las calles
nocturnas ahora es sólo
una laguna de memoria
bajo cuyos arcos pasan
navios rojos de carbón
comestible — navegan dando tumbos
hacia la puerta del polo
donde inventan su esfera
los animales y las flores
de la constelación del deseo.

No habrá más parques ni habrá


circos con apariencia de alcoba
o por lo menos de blancura
tendida para que descanse
el suicida. Para que los gallos
enloquezcan al transeúnte
de la voz solitaria. Para
que la noche se dé vuelta
sobre el sol de su vientre
y amanezca de repente el tiempo
de la felicidad implacable.
Ya no debemos rasguear más
las cuerdas enlutadas del mástil
a cuya sombra de atardecer arbóreo
los exploradores de antaño
tendían sus ruidosas fiestas
de fantasmas — de bestias
enredadas en cópulas mortales.

No debemos transitar más el fuego


partiendo desde su corazón
hacia las orillas del viento
ni desarmar una vez más los huesos
de la copa siempre a punto
de echar los dados y los dedos
de las predicciones celestes

Ya no debemos — amigo de la palabra


y sus túnicas para el goce
de las virginidades salvajes—
enaltecer más esas visiones
donde no florece el agua.
Donde los astros soplan
grandes globos de sombra.
Donde hasta la arena se apaga.

Porque todavía alrededor


— al otro lado de la piel
de este puerto enlunado. Bajo
los esqueletos de hojas negras
de los callejones sin salida.
En el fondo de ese camino
que se resiste a ser río
la aventura bate en círculos
el ala de inventar otro mundo.
De descubrir otras ciudades
con paredes y raíces de palmas
entretejidas con los tallos del oro.
Puentes sobre cuyas espaldas
bailan mujeres desvestidas
por el sol de otros tiempos extraños.
EN E L PA T IO D E L NAVIO

Al Maestro Prieto

Ante el mar — bajo el mar. Por


los costados de las alas
de sus murallas celestes
la isla ya no sale a comer
como antaño en las manos
de su propia inocencia. Ya
no saca su cabeza de piedra
para que las tempestades
bajen a posarse en sus hombros
Ya no eleva los silbos
de sus vendavales tejidos
con los hilos de la perla
y el sábalo — la túnica
de los atardeceres con que enjugó
el recuerdo a los capitanes
que amaron a sus diablos
en las costas del Japón y el Mar Rojo.
Con que vistió el corazón
a los héroes que nadaban
de cerro a cerro mientras
entonaban serenatas indígenas.

Ante el mar — sobre el mar ahora


la isla ladra frente a los ojos
de perro de los funcionarios
y de los gobernadores
que poblaron de mercaderes
las cuatro esquinas del viento.
Los ladrones aplastan con la pata
de sus malos pasos
las guitarras que todavía se echan
a cantar bajo el sol de la arena.
Hace apenas unas horas
un banquero vendía por metros
la muerte de la espuma enredada
en las barbas de Juangriego.

Desde el mar — desde su esencia


de fantasma de caracol parido
para la conjunción de un astro
y una ola sólo a solas
el Maestro Prieto y un pariente
mío que habla con los veleros
reconstruyen con palabras
el ámbito de pedernal
relampagueante del tiempo.
Reconstruyen la puerta de la casa
por donde se entra al patio
del navio que sale
para regresar al puerto
del porvenir incesante.

Al lado de ellos la isla


es sombra de sus cuerpos
— cátedra y cuaderno de los sueños
más reales. Pecho de ventana
para sus canciones que saben
de mil modos espantar a la muerte.
LO S LA G O S

A Vicente Gerbasi

Alrededor de nuestras casas


crecían lagos. Cuando las hierbas
de sus barbas todavía brillaban
en sus corazones los peces se aprendían
de memoria el canto de los pájaros
para alabar la transparencia
de los amores del agua.

Un lago crece
como la espalda
donde se mira la respiración el cielo.

Alrededor de nuestras casas


crecían costas iluminadas
por lirios de mejillas sangrientas
Los astros se escondían detrás
de la humareda del árbol
listo ya para zarpar hacia donde
el amanecer es un puerto.

Un lago crece
como la botella
por cuya boca silba
como los vendavales el tiempo.

Alrededor de nuestras casas


agonizan lagos — se oyen
desde lejos sus latidos
de animal que se espanta
de la piel los fantasmas.

E l agua se convierte en ausencia.


Los peces evaporan la luna
de su fuego en la sombra
— entre las raíces que amarraban
en el pasado a las islas.
Un lago muere
como un ángel
con osamenta de espejos.

Alrededor de nuestras casas


crece ahora como un pantano
de cenizas poco a poco el silencio.

65
PO R V EN IRES NOCTURNOS

I
Por aquel tiempo había gentes
que disputaban a. los pájaros
y a las serpientes sus frutos.
Gentes que sabían cómo
se come el agua de las hojas
caídas de la centella en vuelo.

En cada casa aparentemente


intacta las necesidades
amontonaban ruinas. Eran
los días — quién lo diría— heroicos
del porvenir conocido. Del tiempo
recostado a una piedra
porque se cansó de perseguir
a sus víctimas — a sus perros
hambrientos de otros tiempos.

Sobre aquellas calles crecieron


de repente fantasmas como castillos
con patas de ladrillos y tablas
podridas por cuestiones de origen.

Y entonces fue cuando las gentes


vieron que en el puerto todo
se movía como iluminado
por lámparas de palmeras
colgadas hasta morir de las piernas

Ya no se recuerda más nada.


La gente come sólo sombras.
Y hoy el puerto es apenas la antesala
de las despedidas sin retorno.
II
No pidas que recuerde ahora
otra noche más bella
que la que nos espera desde antaño
a la vuelta de todos estos días.

Yo la he visto cuando andaba


por tu ausencia llamándome desde
la orilla de unas tardes tan planas
como el agua cuya superficie
quemaban. A esa noche
la he visto en muchos parques
con navios que jamás se despiden
— en ciudades con astros que deambulan
por sus calles como perros realengos.
En puertos donde crecen árboles
alimentando sus velas luminosas
con los restos de los puros retornos.

A esa noche la he visto pidiéndome


de rodillas sobre las brasas
de sus propias lágrimas que te invente
para que los porvenires no mueran.

No me pidas que recuerde.


Desde hace tiempo los atardeceres
llevan en sus ruedas flores
— brillos tan distantes como
los de tus ojos para que la noche
a expénsas de tu olvido comience.

67
TO D O E L SO L D E LAS SOM BRAS

A Rómulo Aranguibel

Ya no son sino sombras. Hojas


que se arrastran desprendidas
de sus lejanos ecos.
Lluvia que es apenas recuerdo.
Cielo quemado detrás de su horizonte.

Ahora frente a estos ojos


que se van tornando ausentes
por entre las resinas de una
memoria cada vez más inmóvil
se pasea sin embargo tu imagen:
sobre una copa todavía humeante
rezas endemoniadamente
los poemas finales.
Ensimismados los devoradores
de conejos y frituras sin brillos
no te escuchan a pesar
de que tus palabras enloquecen
las apariencias del solsticio
sin astros — de la noche y sus pasos.

Y a no son sino sombras. La muchacha


desnuda entre las flores
de un altar altamente maligno
nos contempla ahora. Sus miradas
hablan los idiomas relativos
al riesgo del amor entre viajes.
A la necesidad de estar solos
en todas partes para que el canto
sea la piedra bienaventurada
de la juventud que no cesa.
Después no quedaría más
remedio que enfrentar el tiempo
— el agua de la muerte que gotea
sobre el fuego de la mano encantada.

¿Qué habríamos ganado


con perecer de antemano?
¿Qué habríamos ganado con dejar
en los labios de las intemperancias
más bellas esa copa todavía
rebosante de sílabas que arden
al contacto con los sentidos
de los seres amados?

Hace tiempo emprendimos


el retorno hacia el punto
de partida que desconocemos y donde
nos espera todo el sol de las sombras.
CUESTIONES SECRETAS

Los mares de algún río y las noches


de una sombra constante asedian
en la soledad mis sentidos
si insisten en descubrir tus orígenes.

Si insisten en descubrir tus orígenes


el cielo se desprende del ala
de la rosa desconocida
que te envuelve como el día a los ojos.

No repetiré tu nombre a esta hora


para que no se espante el goce
verdadero de las cuestiones secretas.

No repetiré la mentira sin límites


de haberte por desventura hallado
para exacerbar la necesidad de buscarte.

Para exacerbar la necesidad


de buscarte el agua de los barcos
se podía convertir en campana
que despertara en el amanecer las tormentas.

Para exacerbar la necesidad


de perderte la gran oscuridad
me ofrecía una ventana en la noche
desde donde ver hacia los días de antaño.

Desde donde ver hacia los días de antaño


mi corazón abría como un árbol
las hojas de sus dedos insomnes.

Abría hacia la desesperanza los ojos


sintiendo en vano afuera tu existencia
como materia intemporal de este mundo.
AVENTU RAS EX TER N A S

Había volado
sobre la ciudad un río.

Por eso
el fuego pugnaba
ferozmente por guarecerse en la sombra
de los suburbios insomnes.

Niños por nacimiento


noctámbulos arrojaban
desde
los árboles
piedras para que volaran
los pájaros
de la soledad en el agua.

Llovió terriblemente entonces


antes
y después
de unos 16 minutos seguidos.

Cuando volvió a salir el sol detrás


• de algunos
cerros
antiguos
las cosas tenían otros nombres -— desde
esa
fecha
el tiempo
corre
para ■ . ...........
atrás
buscando debajo del horizonte su nido.

71
PIEDRA DE LAS MALICIAS

A Alfonso Montilla

La tarde deja una


vez más frente
a la puerta
láminas
de una transparencia anticuada.

Nada ha sucedido
desde el día
en que la belleza se volvió
menos clara
que la mansedumbre
de un animal para el sueño.

Revuélvele
los cabellos
a los trinos de las trinitarias
que bajan a comer
en la mano
de cualquier mujer que ames.

Entonces
cuando
corra
frente a la ventana
el horizonte en su potro
verás cosas más nuevas
que los puros recuerdos.

La tarde
entra por los corredores
cantando
como una virgen loca. De ese modo
logra que otros
tiempos vengan
a sacarte de los ojos la noche.
Escribo sobre
láminas rojas.
Sale de las letras
el ámbito
donde está tu nombre desorbitando
por pura casualidad a los astros.
Cuando terminen de pasar
los mercados con sus caras
de caballos de carga
ya habrá empezado otro día. Ya se habrán
marchitado
otras memorias
y en las calles el sol
se alimentará de hojas secas.
Nada
ha sucedido
sin embargo porque no has vuelto
piedra de las malicias
amadas.
¿Tendrías otra casa
al otro lado del mundo.
Al otro lado del barco
que ha partido hacia donde
tu belleza es un puerto
— un golfo
practicable
sólo para quienes se desnudaron de toda
soledad para poder seguir amándote?
La tarde trae
una vez más
por el lado del agua la envoltura
de helechos donde
las memorias ponen
sus retoños de pájaros — lluvias en cuyos dedos
se teje
y se desteje
el misterio
de la fugacidad que no cambia.
IV
CIRCUNSTANCIAS DEL EXODO

A la memoria de Carmen Rivera de Núñez,


mi tía y madrina margariteña.
CIRCU NSTANCIAS D E L EXO D O

E l mar saltaba como un perro con alas


frente a la puerta de la casa. Adentro
las paredes y los pisos olían
a tierra desprendida del corazón de las islas.

En los baúles de tablas cupieron


todos los amados despojos.
Los serruchos del carpintero marino
entre los velos de una novia ya muerta.
Las alpargatas y los trastos
de pescar al amparo de la luna en el alba.
Las tijeras entre los retazos de tela
recortados por la costurera
desde entonces insomne.

¿Dónde quedaba verdaderamente el oeste?


¿Hacia dónde caminaba el sol
con sus patas de animal siempre hambriento?

E l patriarca menudo como los guijarros


empollados por las olas
en las playas del patio
leía día y noche — sin entenderlos nunca—
mapas heredados de sus antepasados
los príncipes de las tribus errantes.

El patriarca tostado por el fuego


de las razas antiguas — seco
como los peces atrapados
en las redes de piedra de los acantilados
encendía por el atardecer la lámpara
de remendar el velamen
de su memoria semejante a un naufragio.
¿Pero dónde quedaba verdaderamente
el rumbo de los bergantines
con mástiles todavía floridos
quitándole a la noche sus relámpagos?
¿Dónde la ruta de las naves dementes
con proas talladas en forma de sirena
para encantar a los tesoros
que brillan en los puertos finales?

Cuando el mar — la mar océano


paró de golpe al viento y se echó a cantar
la serenata trágica del éxodo
se impuso la necesidad
de cerrar para siempre las puertas
desvencijadas de los miedos domésticos.
ROSARIO O LOS CORRUPTOS

A Luis Buitrago Segura

Cuando uno ha nacido en medio de una dictadura ya antigua


y creció entre gentes poseídas por la férrea voluntad
de volverse monstruosamente ricas a como dé lugar
hay que preguntarse ¿es que vas a morir alma de dios
pobre diablo creyendo todavía en las volteretas mágicas
del azar y en sus combinaciones de payaso de aldea?

Es ahora cuando te percatas de que por andar leyendo


en la relación cambiante de los seres y las cosas
los libros que jamás se escribieron no aprendiste a contar.
No te diste cuenta de la red de arquitecturas aéreas
que tejían con sus dedos de virgen las delicadas computadoras
ni de las apasionadas maneras con que los banqueros
hablan sobre saldos y cámaras de compensación y encajes
para referirse no a la moral del oro de sus maquinaciones
alquímicas sino a las garras de la ruina cada vez
más siniestra que les comen el corazón y el hígado
a los bienaventurados perdidos en los pliegues de su propia miseria.

Es ahora cuando te percatas de que tu memoria


está llena de animales que desaparecieron. De doncellas
con alas de tela transparente aniquiladas por la lepra
del llanto mientras esperaban al héroe que se debatía
contra los fantasmas de los primeros diluvios.

Perdiste el tiempo consultando la letra menudita


que está al pie de la página de cada piedra. De cada
puerta doméstica concebida para asentar historias
de padres y de hijos que jamás se conocen y de novias
que recitan cantigas para los desafueros del forastero sin alma.
Consultando en fin los índices de las hojas y las flores del árbol
por entre cuyas ramas asoman sus cabezas los astros.

Entre tanto la ciudad ya había amamantado a otros héroes.


Por tus ciudades nativas ya Rosario — por ejemplo—

79
exhibía la noche artificial de sus ojos y su cabellera
de bailarina gitana mientras improvisaba las gestas
en forma de almanaque de los caballeros corruptos.

Si tú te entretenías y habías envejecido tratando


de descifrar la significación de las manchas de petróleo
en tus pantalones de caqui ¿cómo podías aspirar
a comprender el brillo heroico de las uñas de Rosario
más enceguecedor que el de los diamantes robados?
¿Cómo pretendías comprender la dimensión patriótica
del jet set y las batallas libradas en sus arenas
por la noble Leonor — la heroína abroquelada en sus trajes
del color del dólar? ¿N i la demencia impagable
con que rubricó sus mejores hazañas la princesa Carmen
— la loca de la libido caída? ¿N i los trabajos
y las penas del escudero negro doblegado bajo el peso creciente
de su patrimonio estimado justo en un ciento de millones sonantes?

Y ahora resulta que además de haber sido estafado


corres el mortificante riesgo de que se te declare culpable.
De que se te maldiga para siempre si es que intentas
levantar el dedo de la acusación contra los ladrones
de la mesa redonda — la misma de firmar falsos créditos.
Pagos y comisiones por obras y diligencias públicas ni siquiera
iniciadas. Viáticos por viajes que jamás se emprendieron.
Jubilacioes copiosas por enfermedades y defunciones apócrifas.

Todo eso te ocurre y te seguirá fatalmente ocurriendo


por haber nacido como naciste. Por haber crecido como por obra
y gracia del azar y de la providencia todavía amados.
Y sobre todo porque envejeciste y estás a punto de morirte
sin haber comprendido la embriaguez sagrada de los hippies.
N i el estructuralismo ni la semiótica ni los trucos
horripilantes de la alienación y la sociedad de consumo.
Ni las encuestas ni la cultura de masas y el feminismo y los
[blue-jeans.

Ahora no es que debas resignarte pero al menos tendrás


que morderte la lengua mientras ves a la heroína Rosario y sus
[ huestes

80
fabricarse estatuas por haber convertido — mediante técnicas
contables extraídas de los modernos arcanos— a las formas
más vulgares del crimen en modelos de honradez sin soslayos
— en paradigma invulnerable de honorabilidad ciudadana
incluido el fabuloso prodigio de transformar en algo útil
la locura ajena poniéndola al servicio de la estafa perfecta.
Perdiste el tiempo y en este instante en que ves a la nación
dando brincos como un pájaro al que acaban de robarle las alas
tendrás que poner a tono con la época al menos
lo que te resta de muerte bebiendo a grandes sorbos
el veneno del terror y del sexo — devorando sin grima
las porquerías exigidas por la sobrevivencia si es que quieres
asistir a las epifanías de los brujos del porvenir inmediato.

81
EN LAS AFUERAS D E VARSOVIA

E l hombre va empujando a ciegas


su enorme soledad por la ruta
tendida entre la claridad de Varsovia
y el laberinto de mi memoria del trópico.

A los lados vuelan girasoles. Alguien


le corta al viento su plumaje de trigo.
Y hay bosques construidos como con la ternura
necesaria para que los enamorados
vuelvan a inventar la inocencia.
Hay una casa entre cuyas ruinas
habla la noche —-cantan los fantasmas
paridos por la voracidad de las guerras.

E l hombre pasa sigilosamente


silbando para desorientar al árbol
que lo observa — que lo mira por las hojas
con ganas de que apague el brillo
de los ruidos de su propio silencio.

Lleva una corbata sobre cuyos colores


todavía muy vivos lloraron las mujeres
amadas por sus antepasados heroicos.

¿Cómo te llamas pedazo de ilusión


perdido para la verdad de los sueños?
¿Quién te aguarda en la ciudad
que empieza ahora a respirar por sus lámparas?
¿A dónde llevas ese rostro de antaño
todavía cubierto por la máscara
del cansancio de lo que harás mañana?
Y estamos sin embargo demasiado lejos
como para ponernos a adivinar el pasado.

Y así como me obsesiona esa imagen


de un partido de fútbol visto al pasar
el tren entre Avignon y Marsella
— la imagen de las jóvenes desconocidas
y por lo tanto adorables que me decían
adiós desde el pequeño parque
de una aldea perdida entre Milán y Florencia
del mismo modo me atormenta ahora
el paisaje del hombre que camina vestido
por la ausencia de su propia sombra.
Ese río que me llama a gritos
para que mi corazón coma del grano
y del mendrugo de pan abandonados
como joyas de un tesoro sin brillos
sobre el piso del atardecer en Varsovia.

Pero estamos demasiado lejos


como para ponernos a desenredar
memorias entre cuyos rojos hilos
está oculta la semilla del tiempo
que nos correspondía en realidad al comienzo.

Suena una campana en lo alto


de la soledad de una torre en el campo.
Pasa también un niño — sale
de un rincón del vacío narrando
sus aventuras con barcos y caballos
al perro que le inventa a su lado
la imaginación como un espejo mágico.

Y reaparecen las encrucijadas


que se golpean con la voz la frente
como para recordarnos que partimos
hacia zonas donde somos del vértigo
— pura transparencia en cuya sola cara
no cabe nunca la intención del regreso.
¿Cómo te llamas. Quién te espera?
¿A dónde llevas la insignificancia
de laberintos hechos con pedazos
de ilusión dejados como piedras
a orillas de los caminos que enlazan
a la ciudad con su muerte de antaño?

Y estamos nuevamente demasiado


lejos como para que intentemos
encontrar la respuesta — demasiado
lejos de nuestra misma imagen
que nos vuelve de repente la espalda.

Un hombre va empujando a ciegas


su enorme soledad por el viento.

84 I
INDICE

I. LOS ENCUENTROS EN LAS


TORMENTAS DEL HUESPED

Los Encuentros en las Tormentas del H uésped................................ 11


Laberinto de las Apariencias .............................................................. 15
Solemnidades Sombrías ........................................................................ 18
Invenciones ....................................................................... . 19
Tentaciones, de V ia je .................................. .......................................... 22
Contrapunto de las N ostalgias.............................................................. 24
El Transeúnte Inm óvil.......................................................................... 26
Nombre de las Visiones ...................................................................... 28
Confesiones T ard ías............................................................................... 31

II. DOMICILIO DE SOMBRAS

Domicilio de Som bras.......................................................................... 35


Las Ruedas del Laberinto .................................................................. • 38
Bailarina de Antaño ............................................................................. 41
La Puerta de los Poemas .................................................................... 43
Comienzo de la Inexistencia .............................................................. 45
Itinerario ................................................................................................ 47
Sombras del T iem p o ............................................................................ 49
Seducción sin Origen .......................................................................... 50
Signos de la A m ad a............................................................................... 53

I II . OTRAS REITERACIONES

Otras Reiteraciones ............................................................................... 57


Preámbulos ............................................................................................ 60
En el Patio del N a v io .......................................................................... 62

83
Los Lagos .............................................................................................. ....64
Porvenires Nocturnos ...............................................................................66
Todo el Sol de las Som bras.................................................................. ....68
Cuestiones Secretas ...................................................................................70
Aventuras Externas ...................................................................................71
Piedra de las M alicias...............................................................................72

IV. CIRCUNSTANCIAS DEL EXODO

Circunstancias del Exodo ........................... ..........................................77


Rosario o los Corruptos ...........................................................................79
En las Afueras de Varsovia ................................................................ .... 83

86
ESTE LIBRO SE TERM INO DE
IM P R IM IR E N LOS TA LLERES
DE CROMOTIPj E N CARACAS,
EL DIA 30 DE ENERO DE
COLECCION DELTA

1 Los cuadernos del Destierro


Falsas Maniobras
Derrota Rafael Cadenas
2 Contra el espacio hostil Alfredo Silva Estrada
3 Entreverado Baica Dávalos
4 Discurso salvaje J. M. Briceño Guerrero
5 El Bazar de la Madama Alfredo Armas Alfonzo
6 Sumario de Somaris Gustavo Pereira
7 Cuatro Ensayos sobre el hombre
contemporáneo Hernando Track
8 El Cuaderno de Blas Coll Eugenio Montejo
9 Por cuál causa o nostalgia Juan Sánchez Peláez
10 Trópico Absoluto Eugenio Montejo
11 Myesis ]uan Liscano
12 Amante Rafael Cadenas
13 Anotaciones Rafael Cadenas
14 Holadios Jonuel Brigue
15 Antología poética Luis Beltrán Guerrero
16 Salto Angel Ida Gramcko
17 Antología Paralela Juan Calzadilla
18 Hace mal tiempo afuera Salvador Garmendia
19 Domicilios Juan Liscano
20 Vivir contra morir Gustavo Pereira
21 Mar amargo Arnaldo Acosta Bello
22 Los encuentros en
las tormentas
del huésped Hesnor Rivera
23 Metástasis del verbo Oswaldo Trejo
Alegres provincias Ramón Palomares
Hesnor Rivera (M aracaibo, Estado Zulia, 1928) se licenció en Letras en la
U niversidad del Zulia.
Residió en Chile de 1949 a 1951 donde estuvo en contacto con el
movimiento surrealista. En 1955 ingresó al diario "El Panoram a" y allí
trabajó hasta 1958. Viajó a París como corresponsal de varios diarios del
país y regresó en 1960 como director del diario "El Panoram a", cargo
que m antuvo hasta 1987.
En 1977 ganó por concurso la cátedra de literatura medieval española, en
la Universidad del Zulia, cátedra que sigue atendiendo hasta la fecha.
Su obra es extensísima. Ha publicado En la red de los éxodos, (1963,
L.U .Z .); Puerto de escala (1965, L .U .Z .); Superficie del enigma (1968,
L .U .Z .); N o siempre el tiempo siempre (1975) y Las ciudades nativas
(1977) - Dirección de Cultura de la Universidad del Zulia. M onte A vila
le publica en 1977 Persistencia del desvelo.
En 1978 publica Elegía a m edias (Dirección de Cultura de la Universidad
del Zulia) y El visitante solo (Editorial del Lago) am bas obras obtuvieron
el Premio Nacional Coñac de Poesía 1979. Sus últim as obras son La
muerte en casa (1980, Cuadernos de M araven) y El acoso de las cosas
(1982, Corpozulia).