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¿CÓMO SABER QUÉ ES REALMENTE

UNA INTUICIÓN Y CÓMO CULTIVARLA?

POR: ALEJANDRO MARTÍNEZ GALLARDO

LA INTUICIÓN ES LA FACULTAD COGNITIVA MÁS ALTA DEL


SER HUMANO Y EXISTEN MÉTODOS PARA CULTIVARLA

La intuición es la función más alta de la inteligencia, según ha sido


definida por Platón y el Buda. Un modo de conocimiento penetrante que
permite trascender la inferencia lógica y la percepción sensorial.

En el caso de la filosofía platónica, el término que traduce como


intuición es "noesis", el cual se opone a "dianoia", el término usado para
el pensamiento lógico matemático o discursivo. Es la intuición la que
permite conocer directamente las ideas, que en la filosofía platónica son
las verdades que están más allá del mundo cambiante material –el cual
es una sombra o reflejo de las ideas o formas arquetípicas–. La noesis es
una facultad del alma que la lleva a la similitud con lo divino –lo cual es la
meta de la filosofía platónica.

En el budismo, según señala el maestro budista Alan Wallace, lo


más cercano a nuestra palabra "intuición" es "jñana" en sánscrito y "ye-
she" en tibetano; estas palabras pueden traducirse como "gnosis" o
"sabiduría", pero tienen –especialmente ye (originario), she sabiduría– la
connotación de una sabiduría o conciencia primordial. Jñana en el
budismo mayahana es también la décima perfección (paramita), es decir,
el último catalizador de la iluminación o trascendencia del sufrimiento.

Wallace señala que la intuición, como es entendida en esta


tradición, es un modo de conocimiento primordial que siempre está ahí,
esperando a ser descubierto, como el Sol detrás de las nubes –y es
especialmente lo que se desvela en sistemas de meditación avanzados,
como el mahamudra y el dzogchen–. Y habría que agregar que también
es lo que se alcanza en el vipashyana, la técnica de meditación que
permitió al Buda alcanzar la iluminación –de la mano del samadhi, según
recupera la tradición budista–. Vipashyana significa literalmente "ver
intensamente" (el prefijo vi es un énfasis y pasyana es una declinación de
uno de los verbos para "ver"), pero que podemos traducir como visión
interna o visión clara (en inglés usaríamos insight)–. Lo interesante de
esto es que la práctica del vipashyana no necesariamente está asociada
con lo que pensamos en Occidente superficialmente que es la intuición –
una especie de conjetura emocional, presentimiento, hunch–; la práctica
de vipashyana, además de la indispensable relajación y atención plena
asociada al llamado "mindfulness", requiere de análisis, razonamiento e
inteligencia (que se vuelve transracional).

Como señala Alan Wallace, Aristóteles distinguió entre las


emociones y la razón –pero no hay esta distinción en el budismo, "cada
vez que se habla de la mente se debe pensar 'corazón-mente'"–. Esta es
la esencia también del bodhicitta o espíritu del despertar, el cual es al
mismo tiempo inteligencia y compasión. "La separación de corazón y
mente es artificial", dice Wallace. Esta misma unión entre el corazón y la
mente es reflejada en el taoísmo y en la medicina china tradicional,
donde se usa el mismo término para mente y corazón (xin) y se
considera que, de hecho, es el corazón quien lleva la función ejecutiva de
una persona.

Esto nos hace reflexionar que la intuición no existe necesariamente


en oposición a la razón, no es que desarrollar la razón sea abandonar la
facultad intuitiva. Al contrario, como Platón nos diría, la intuición se
alimenta y necesita de la razón, si bien luego la intuición trasciende por
mucho a la razón y se aventura a zonas donde la razón ya no
comprende. Igualmente es una completa fantasía epistemológica la
noción de que la razón es masculina y la intuición es femenina
(evidentemente, no es ni una ni la otra). Si acaso las mujeres
desarrollan más la intuición, esto no tendría que ver con la cualidad
femenina de la intuición, sino con procesos de sensibilización hacia
mecanismos de conocimiento que no están centrados solamente en el
cerebro, los cuales pueden obviamente fomentarse cuando una persona
no bloquea sus emociones –culturalmente los hombres han sido
educados a no mostrar y, por lo mismo, no poner atención a sus
emociones, ni tampoco al dolor de su cuerpo, lo cual podrá atrofiar una
sensibilidad más holística o lo que podemos llamar "pensar con el
corazón"–. Asimismo hay que señalar que, siguiendo lo que hemos
expuesto aquí en base a la tradición platónica y budista, mucho de lo que
normalmente llamamos intuición no lo es; es solamente instinto,
conjetura, adivinanza, superstición y proyección. La intuición es un
conocimiento que podemos describir como una resonancia con el objeto
mismo que conocemos o con la inteligencia universal en la cual
participamos. Es un conocimiento de la realidad tal como es, no una
aproximación. En este sentido, podemos comparar la intuición en el
sentido platónico y budista con lo que en la tradición esotérica occidental
se ha asociado con la imaginación creativa, imaginación activa o
imaginatio vera según se encuentra en la obra de William Blake,
Paracelso o Henry Corbin, entre otros, la imaginación que es vista no
como fantasía sino como un órgano de percepción que accede a
realidades más sutiles como por una resonancia con la mente divina o
universal, siendo el hombre un microcosmos.

Para concluir queda responder a la pregunta que se suelen hacer


muchas personas de cómo saber cuándo confiar en la intuición, pregunta
que no tiene realmente sentido, ya que la intuición que es realmente
intuición está más allá de toda duda: uno puede confiar en ella siempre,
porque es la inteligencia pura y primordial. Intuir es percibir con la luz del
universo. Sin embargo, sí es importante confiar en que existe esta
intuición, esta inteligencia primordial; de otra manera, difícilmente
podremos perfilarnos en un camino hacia ella. No obstante, muchas
personas dudarán que existe tal cosa como una inteligencia primordial
intrínseca en el universo: la inteligencia del hombre es para los
materialistas un accidente en la cima de una evolución movida por el
azar. Lo expuesto aquí se basa en y se entiende solamente desde la
visión de que la conciencia es el aspecto más fundamental de la realidad:
todo ocurre como experiencia iluminada por nuestra capacidad de darnos
cuenta, y no podemos decir que nada exista independientemente de esta
cualidad cognitiva que es la esencia del ser. Notablemente, el médico y
alquimista suizo Paracelso se refirió a la intuición como lumen naturae, la
luz de la naturaleza. La conciencia como una especie de savia luminosa
que fluye por la anatomía del hombre–universo: no a través "de la carne
ni la sangre, sino de las estrellas en la carne y la sangre" es que el
hombre alcanza a "distinguir la eterna sabiduría de lo temporal".
En lo que concierne a cómo desarrollar la intuición podemos
apoyarnos en el budismo, donde particularmente se entrena a la mente
para desarrollar funciones más elevadas de conocimiento –aunque éstas
son más un des-cubrimiento o des-velo de la propia naturaleza que se ve
oscurecida por los hábitos inmemoriales de la mente–. Como explica
Alan Wallace, la técnica fundamental para refinar la mente que tienen las
tradiciones contemplativas de la India es el samadhi, la concentración y
pacificación de la atención que, como han descubierto cientos de miles
de meditadores por milenios, al concentrar y pacificar también purifica o
va eliminando las aflicciones y contaminantes (kleshas, en sánscrito) que
en este caso podemos decir que ocultan u oscurecen la facultad intuitiva
original. La meditación, el samadhi, según la tradición budista, hace
primero que nos relajemos o calmemos; esto a su vez nos da estabilidad
–como la estabilidad necesaria para apuntar un telescopio al cielo para
observar un fenómeno estelar–, lo cual, a su vez, se traduce en claridad
o viveza. Relajación: estabilidad: claridad. La claridad, la alta resolución
de la mente, nos permite ver las cosas como son y acceder a la
naturaleza misma de la conciencia –que es descrita fundamentalmente
como luminosidad– y, por lo tanto, resonar con la conciencia primordial
que es omnisciente. No sólo en el budismo, sino también en el
hinduismo, todos los poderes o logros mentales (siddhis) –que en
Occidente llamamos psíquicos, extrasensoriales o paranormales– son
fruto principalmente de la inmovilidad de la mente, de la atención
sostenida, la cual se describe como produciendo una especie de fuego o
calor (tapas, en sánscrito).

Para concluir resta decir que la intuición es, paradójicamente, la


naturaleza más básica de conciencia y a la vez el culmen del
entrenamiento de la mente –aquello que hace que trascendamos la
mente y la disolvamos en la conciencia pura–. Así entonces, la intuición
es algo que se cultiva fundamentalmente a través de la meditación, pero
no sólo mediante las llamadas técnicas del mindfulness sino,
necesariamente, también a través del cultivo de la sabiduría, el análisis y
el discernimiento. Incluso de la moralidad y la virtud, como muestra el
esquema de los tres pilares que constituyen el óctuple noble sendero del
Buda que lleva al despertar: sin shila (disciplina, moralidad), sin actuar
bien y no generar karma negativo que luego nos persiga, no podremos
conseguir la paz suficiente para profundizar en el samadhi; sin el
samadhi, no podremos conseguir la inteligencia o discernimiento (prajna)
que nos permite conocer y entrar en consonancia con la realidad.
Evidentemente, la intuición no es algo que dependa siempre de una
práctica específica o de niveles dentro de un sendero espiritual. Puede
haber flashes de intuición, pero éstos son seguramente fruto de antiguos
karmas, y difícilmente logran estabilizarse y convertirse en una base
cognitiva si no son cultivados –y cultivar la función más alta de la mente
requiere cultivar todas las otras–. El mismo Buda alcanzó de manera
espontánea en su adolescencia el primer dhyāna (una dimensión más
sutil de la realidad, según el budismo), seguramente en una especie de
flashback de vidas previas. Pero viviendo en el palacio de placer de su
padre olvidó esto y luego tuvo que aprender técnicas ascéticas para
reingresar a los dhyānas y finalmente despertar bajo el árbol Bodhi, en
ese eterno instante que, queremos pensar, resuena aún hoy a través del
tiempo cuando alguien medita y tiene una intuición de la verdad.

Twitter del autor: @alepholo - Imagen: Harald Dastis


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