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VENEZUELA ¿UNA ENCRUCIJADA SIN SOLUCIÓN?

J. Alberto Navas Sierra


Primer presidente ejecutivo, Cámara de Comercio Colombo-Venezolana (COMVENEZUELA, Bogotá)
Ex profesor de ‘Derecho Internacional Público’ y ‘Relaciones Internacionales. Instituto tecnológico de
Monterrey (ITESM), Guadalajara (México).
Medellín, Marzo de 2019

Contenido:
La petrificación internacional del caso venezolano; ¿Evitar cuál guerra?; ¿Cuál solución
interna?; ¿Y entonces ¿la vía armada qué?; ¿Y Colombia qué?; El 23 de febrero a la luz
del Derecho Internacional Público; ¿Cuál es la legítima defensa nacional en juego?;
¿Ayuda humanitaria o imperialista?; ¿Existe una deuda histórica entre Venezuela y
Colombia?; ¿Venezuela poseída por la santería afro-cubana?

La petrificación internacional del caso venezolano


Los cruentos hechos ocurridos el pasado sábado 23 de febrero dentro de Venezuela y en sus
dos más importantes corredores fronterizos en nada han cambiado el aparente, por lo demás
patético inmovilismo de la política internacional respecto de la crisis general que padece
dicho país, su pueblo en particular. La realidad parece asemejarse a un extraño torneo de
ajedrez disputado simultáneamente en dos tableros, Consejo de Seguridad de las NN. UU.,
y Grupo de Lima, en los que dos jugadores, EUA y Rusia-China, compiten de antemano
para quedar en tablas. En el primer caso, en la referida fecha estas dos últimas ‘potencias’
impidieron que se votara en el Consejo de la ONU la propuesta estadounidense de exigir
nuevas elecciones libres y verificables en Venezuela como última opción pacífica de
solución de la larga crisis humanitaria en está sumergido dicho país.
Conforme había acontecido en la sesión del 17 de enero pasado, en uso de su derecho al
veto Rusia y China lograron enrocar y alentar la sobrevivencia del régimen madurista.
Gracias a ello, en las sesiones dl 26 y 28 de febrero de este año el ministro de Relaciones
Exteriores de N. Maduro compadeció ante dicho organismo como víctima y no como
victimario de los cruentos actos de represión del 23 de febrero. En la última de las citadas
sesiones, el aludido canciller aceptó por primera vez la existencia de una crisis humanitaria
en Venezuela calificándola como un subproducto del bloqueo y sanciones económicas
estadounidense pero nunca como resultado del desgobierno y corrupción generales de su
gobierno. Añadió que el régimen recibiría la prometida ayuda rusa pero nunca permitiría el
ingreso de la ‘otra ayuda’ liderada por EUA., por ser el caballo de Troya imperialista
escogido para invadir a Venezuela.
Por su parte, en el tablero del Grupo de Lima, conforme se evidenció durante su reunión en
Bogotá del pasado 25 de febrero, la mayoría de sus miembros acallaron la pretensión de los
EUA., de encabezar una intervención armada que, con el pretexto de forzar el reingreso de
una primera ayuda humanitaria, iniciaría el desmoronamiento del régimen dictatorial
venezolano.
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Paradójicamente, el reconocimiento internacional mayoritario que favorece al presidente


interino Guaidó —50 o más países frente a los 10 que apoyan a Maduro— no juega aún un
papel relevante en ambas partidas. Como en los más álgidos momentos de la Guerra Fría, el
uso del comodín del veto por Rusia-China, no sólo sirvió para congelar el statu quo de la
ingobernabilidad que padece Venezuela, si no que perpetuó la desprotección, con riesgo de
exterminio paulatino, de la población que no apoya al régimen madurista. Por lo pronto
quedó manifiesto que ambas potencias aliadas del régimen de N. Maduro buscan
salvaguardar sus reales intereses en Venezuela que no serían otros que las inmensas
inversiones y deudas impagada (entre US$ 50 a US$ 70 millardos) de las que ambas son
titulares. En virtud de tal punto muerto, el caso venezolano hace rato se asemeja a las aún
recientes Guerras Yugoeslavas y en especial a los genocidios de Kosovo, Sudán, Siria o
Yemen.
Por fuera de toda lógica política, pese al reconocimiento internacional mayoritario que
favorece a J. Guaidó 5 a 1, el régimen madurista continúa ejerciendo como el gobierno al
menos ‘oficial’ y por ende legítimo de Venezuela en todos los foros internacionales y
organismos de las NN. UU, incluida la OEA. Frente al gobierno legítimo que lidera J.
Guaidó, tal prelación asimétrica quedó patentizada el 4 de marzo en la declaración del
portavoz del Secretario General de la ONU, Stéphane Dujarric cuando se congratuló con la
‘buena noticia’ de la no detención, como estaba pregonado por el régimen, del presidente
Guaidó luego de su reingreso semi clandestino al país. Repitiendo el guion de lo dicho el 14
de enero pasado —cuando la primera retención del recién juramentado presidente
interino— el citado portavoz hizo un nuevo llamado a las ‘partes’ …a abstenerse de
cualquier retórica o acción que pueda aumentar las tensiones ya existentes… presumiendo
que a ambas correspondía igual obligación para transitar un supuesto … camino hacia la
recuperación (¡!). Con tal desparpajo, como portavoz del máximo responsable de la
seguridad internacional demostró una ignorancia crasa sobre la aterradora crisis venezolana
creada y acentuada desde la usurpación del Estado. No menos deplorable resultó que S.
Dujarric calificara la Asamblea Nacional de agente ad latere en la solución de tal crisis
desconociendo con ella era el único bastión de la representación popular y el último poder
aún legítimo en Venezuela. Igualmente, al pregonar el Sr. Dujarric …una solución pacífica
negociada que refuerce la gobernanza democrática, los derechos humanos y el estado de
derecho en Venezuela reprodujo la reticente postura mantenida por la Comisión de
Derechos Humanos de la misma NN. UU., bajo dirección de la expresidente chilena M.
Bachelet, quien continúa negándose a investigar y sancionar a un régimen ilegítimo y anti
democrático que es el único que desde abril del 2017 viola sistemáticamente el Derecho
Humanitario.
Tampoco pareció muy congruente con el supuesto reconocimiento internacional que el
presidente Guaidó fuera recibido en forma privada por 3 de sus aliados del Grupo de Lima
(Brasil, Argentina y Panamá) durante su gira suramericana realizada entre el 28 de febrero
y el 4 de marzo pasados. Más explícito fue el paraguas diplomático dado a Guaidó por
varios embajadores europeos a su llegada cuasi clandestina al aeropuerto de Maiquetía el 4
de marzo pasado con el que pudo eludir la captura e enjuiciamiento anunciado al haber
desobedecido la prohibición que tenía del régimen de salir del país.
Como en todos los precedentes históricos similares, la citada indolencia diplomática
internacional deja la solución de la crisis venezolana en manos de los propios nacionales—
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como lo repite sin cansancio la llamada tesis ‘pacifista’ y ‘no intervencionista’— y en su


caso en una intervención militar aliada en favor de cualquiera de las dos facciones. Esto
último siempre y cuando la potencia hegemónica del caso puedan anular —una vez más
gracias al derecho de veto y poderío militar— la injerencia en el conflicto de las restantes
‘potencias’, tal cual lo propone la tesis intervencionista. Los actuales casos de Siria y
Yemen son suficientemente ilustrativos en tal sentido. [Volver al índice]

¿Evitar cuál guerra?


Al dejar en manos de los venezolanos la solución de su tremenda encrucijada como una
alternativa supuestamente no violenta, la comunidad internacional elude admitir, no sin un
alto cinismo, que hace rato existe en dicho país una doble guerra abierta, una interna y otra
externa. Con ello las potencias y los organismo internacionales implicados reiteran su
política respecto de Siria, Sudan, Yemen y en su momento Cuba, Irán o Corea del Norte.
Desde los últimos tiempos de la última presidencia del comandante H. Chávez se inició una
sistemática e implacable ‘guerra a muerte’ de la oposición venezolana. La misma se
implementó por la vía económica —expropiaciones y confiscaciones sumarias— pero sobre
todo por la vía armada, cosa que acentuó y han llevado al extremo N. Maduro y sus
cómplices. Desde septiembre de 2008 la Administración del presidente estadounidense,
Donald Trump y el Congreso de dicho país, iniciaron la imposición de una larga y cada vez
más abultada lista de sanciones individuales y colectivas —diplomáticas, económicas y
políticas— contra el régimen maduristas y sus principales funcionarios. A las mismas se
han unido los países del Grupo de Lima y la Unión Europea.
Perdida la esperanza de una auto depuración del régimen venezolano los objetivos
explícitos de este asedio externo no son otros que el cese de las violaciones al Derecho
Humanitario y la restauración democrática e institucional en el país. Sin embargo, como lo
demuestran los citados casos cubano, norcoreano e iraní, al lograr sostenerse en el poder el
régimen madurista ha recrudecido la violación sistemática del derecho humanitario
haciendo recaer sobre los venezolanos, especialmente de la oposición, el peso y castigo de
las aludidas sanciones externas.

¿Cuál solución interna?


Así las cosas, al ahondarse la encrucijada venezolana sin que pueda vislumbrarse una
solución a corto plazo que no sea cubanizar o norcoreizar del todo a Venezuela, cabe
indagar qué queda por hacer para agotar la tan reclamada solución interna, al menos desde
la atalaya opositora al actual régimen. Con un incompresible grado de miopía —si no de
cinismo—, curiosamente los defensores de la vía interna asimilan esta o bien con una
opción pacífica e incluso negociada. En ambos casos, ignorando la brutal política represiva
del régimen madurista.
¿Por qué continuar ignorando que desde el pasado 5 de enero, cuando N. Maduro se
perpetuó inconstitucionalmente como presidente de la República Bolivariana de Venezuela,
se consumó la ruptura del pacto político nacional y se deshizo el contrato social de 1999.
Este último asalto al poder del Estado estuvo precedido por dos actos, igualmente
inconstitucionales e ilegítimos: el inicial despojo —luego reversado 3 días después— por el
Tribunal Supremo de Justicia de todos los poderes de la Asamblea Nacional junto a la
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anulación de la inmunidad parlamentaria de sus miembros (29 de marzo y 1 de abril de


2017) a lo que siguió la convocatoria irregular, elección fraudulenta y supuesta reasunción
de la soberanía popular por la Asamblea Constituyente Nacional (1 de mayo, 30 de julio y 4
de agosto del 2017, respectivamente).
Paralelamente, la restauración institucional venezolana se inició el 10 de enero pasado
cuando la Asamblea Nacional, como único vestigio de la representación popular electa
democrática el 6 de diciembre de 2015, decretó válidamente la destitución del presidente
usurpador N. Maduro y llamó al presidente de la misma a asumir el cargo, como
efectivamente lo hizo Juan Guaidó el 23 de enero siguiente (art. 233 de la Constitución
Bolivariana, CB). La ruptura del ‘hilo constitucional’ —como fue dado decir por el mismo
régimen— y el inicio paralelo de la restauración democrática, son las dos caras de la misma
moneda que no es otra que la profunda encrucijada institucional venezolana.
Por lo tanto, desde tales fechas todos los actos del gobierno de N. Maduro y demás ramas
del poder a éste subordinadas, son de plano inconstitucionales, ilegales y nulos (art. 138
CB). A partir de la última fecha citada, rechazadas por el régimen todas las alternativas de
solución negociada de la crisis venezolana, la restauración democrática e institucional en
Venezuela sólo es posible mediante una rebelión popular total, la vía armada o una mezcla
de ambas. Cualquiera de ellas tiene suficiente respaldo jurídico-constitucional.
En primer término, la rebelión popular total no sólo está prevista sino, llegado el caso
extremo, ordenada por la misma constitución del 99, el tan vapuleado librillo azul que
desde el comandante Chávez todos sus energúmenos seguidores, Maduro y Cabello en
particular, esgrimen como el más potente talismán mientras vociferan públicamente en
defensa de la ‘revolución bolivariana’.
Desgastada la opción de una mediación internacional vinculante y descartada por lo pronto
una intervención armada extranjera unilateral, la ‘rebelión final popular’ surge como
imperativo político que supere la última y no menos agotada fase de meras protestas
callejeras que tantos muertos y penurias arrastraron, al menos desde abril de 2017. El
levantamiento popular a través de paros y huelgas nacionales ha mostrado históricamente
ser un medio legítimo y conclusivo de regímenes de oprobio y tiranía. Tal es el anuncio
hecho por J. Guaidó el día de su regreso a Venezuela el pasado 4 de marzo. No cabe duda
que el ya acusado efecto del ‘cerco externo’ sobre el régimen parecería ser un oportuno
acicate para el éxito del levantamiento popular.
El poder de convocar tal movilización popular nace desde el momento en que J. Guaidó se
juramentó para ejercer legítimamente el poder presidencial en Venezuela. Nada, ni siquiera
el rapto del Estado encabezado por N. Maduro, le impide hacerlo pues la constitución
bolivariana le obligan en primer término a convocar la rebelión popular y dar cumplimiento
imperativo al mandato que ordena a todo ciudadano, investido o no de autoridad, a luchar
para restaurar la constitución de ser esta derogada por un acto de fuerza o por cualquier otro
medio distinto al previsto en ella (art. 333/1-2; CB).
Complementariamente, los art. 130 a 135 y 350 de la misma Carta imponen a Guaidó
efectuar tal llamado pues es obligación de cada venezolano ‘…honrar y defender a la patria
….resguardar y proteger la soberanía, la nacionalidad, la integridad territorial, la
autodeterminación y los intereses de la Nación’. Si no fuera suficiente, el pueblo
venezolano está obligado ‘…a desconocer cualquier régimen, legislación o autoridad que
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contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos


humanos’. Todos estos deberes están en concordancia con la reivindicación de los taxativos
‘principios fundamentales’ de los art. 1 a 7 y con los ‘derechos’ civiles, políticos,
culturales, económicos y ambientales incluidos en los art. 43 a 135 de dicha CB.
Pero son los delitos constitucionales cometidos por N. Maduro y cómplices desde
comienzos de abril del 2017 hasta la fecha los que fundamentan el deber de Guaidó de
llamar a la rebelión popular total. Tales delitos son ampliamente conocidos y están
suficientemente documentados, entre ellos: los alevosos asesinatos callejeros durante la
represión del derecho de protesta colectiva, las detenciones ilegales, la tortura y los juicios
sin debido proceso, el masivo exilio forzado de ya casi 4 millones de compatriotas, la
inanición alimentaria y el abandono médico sanitario de grandes masas poblacionales, el
continúo saqueo de las finanzas públicas, el vaciado del rico tesoro público a nivel federal,
estatal y municipal, el abandono y quiebras dolosas de las empresas del Estado y el
ocultamiento en el exterior a nombre propio de parte de la riqueza y fondos del país.
Todavía más, la creación de las llamadas Fuerzas de Acciones Especiales (FAES)
supuestamente como una división de la Policía Nacional Bolivariana que en vez de
combatir el terrorismo, el tráfico de drogas y la delincuencia organizada, han sido usadas
como un instrumento paramilitar del régimen para perseguir y asesinar selectiva los
opositores. Todavía más grave y lesivo del orden constitucional y político interno ha sido la
patente de corso dada a cuerpos de mercenarios extranjeros para operar en el territorio
venezolano sin autorización de la Asamblea Nacional (art. 187/11) —cubanas, Hezbolá,
ELN y FARC, entre los conocidos— dedicados a coadyuvar en el exterminio clandestino
de la población civil opositora. Una y otra cosa conforman delitos de terrorismo de Estado
que violan expresamente los art. 13/1-2 de la constitución del 99.
En consecuencia y sin perjuicio de lo que una futura ‘comisión de la verdad histórica’
constate, serán imputables a N. Maduro y sus cómplices los asesinatos de Estado que a
comienzos de marzo de 2019 sumaban no menos de 15 mil presos políticos, civiles y
militares (400 por mes) que han pasado por la puerta giratoria del temido Servicio
Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), de los que casi 8 mil permanecen en
paradero desconocido. Igualmente se imputarán al régimen no menos de 600 asesinatos
callejeros y encubiertos cometidos durante la represión de las protestas populares
producidas desde abril de 2017 cuando se iniciaron las protestas contra N. Maduro. A estas
se habrán de sumar los casi 300 mil muertos no clasificados —de los que 6 mil fueron a
manos de la policía y el ejército— como legado consolidado del régimen bolivariano que
han convertido a Venezuela en el segundo país más violento del mundo y el primero en
América Latina.
Por otra parte, el mantenimiento de la irregular Asamblea Nacional Constituyente, el
desconocimiento de hecho de los poderes y decisiones de la Asamblea Nacional, la
reincidencia de viejas prácticas de chantaje e intimidación personal o familiar de
funcionarios públicos y mandos militares, todo ello con el exclusivo objeto de conservar el
precario respaldo popular que aún pudiera quedarle al régimen, N. Maduro y cómplices
incurren en el máximo delito en contra del Estado, el casi olvidado delito de ‘lesa patria’,
en su tiempo de ‘lesa majestad’ (art. 29/1-2 y 261 de la CB).
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Al eludir mañosamente toda opción efectiva de mediación internacional que facilitara la


restauración constitucional pacífica del país, el régimen de N. Maduro contradice y viola
gravemente los principios y obligaciones constitucionales que se dice son propios del
Estado venezolano a nivel internacional como son ‘…la solución pacífica de los
conflictos…, [el] respeto de los derechos humanos y solidaridad entre los pueblos en la
lucha por su emancipación y el bienestar de la humanidad… la más firme y decidida
defensa de estos principios y …la práctica democrática en todos los organismos e
instituciones internacionales’ (art. 152, CB).
Al insistir en la vía interna como única salida a la encrucijada venezolana, los gobiernos
que apoyan al régimen madurista como aquellos que lo reconocen se resisten a responder
preguntas como estas:
¿Cuántas más masacres, persecuciones, desapariciones y enjuiciamientos sumarios serán
necesarios que ocurran en Venezuela para que de una vez por todas se acepte que existe el
legítimo derecho a la defensa armada popular que precisamente ponga fin al estado de
guerra civil abierta e impunemente ejecutada desde los ámbitos más oscuros del poder
ilegitimo madurista? (Art. 130; 156/2,7-8; 232/1; 236/5).
¿Por qué y por cuánto tiempo más el pueblo soberano venezolano debe continuar tolerando
la consumada ocupación del territorio nacional y consecuente usurpación de la soberanía
popular por parte de unos cada vez mayores contingentes militares, paramilitares y
mercenarios extranjeros que son aceptados y pagados por el régimen madurista para
perpetuase en el poder?
¿Tiene sentido y mayor alcance una opción pacifista soft que reclama sin mayores razones
esperar indefinidamente la deserción mayoritaria de los altos mandos y tropas oficiales a
cambio de una impunidad perpetua de todos los delitos, de Estado y comunes que les serían
imputables a aquellos en su debido momento? [Volver al índice]

Y entonces ¿la vía armada qué?


Como se advirtió atrás, una vez agotada o en su momento aplacada brutalmente la rebelión
popular total, asimilado por el régimen las sanciones externas y en tanto no se permute el
apoyo militar de que goza el régimen, la solución armada surge inevitable e
irreversiblemente como la última vía de solución de la actual encrucijada venezolana. Tal
opción ni siquiera está prohibida sino incluso prevista constitucionalmente; potestad que
está reservada a la Asamblea Nacional y al presidente interino Guaidó.
Discutir el uso de la opción armada parte de un presupuesto lógico-político propio del
Estado-Nación moderno sustentado sobre la ficción del pacto político o contrato social
contenido en una constitución escrita, como es el caso de la Venezuela bolivariana. El
mismo presupone la renuncia y transferencia al Estado por los asociados del ejercicio de la
fuerza física —armada— que este debe ejercer en monopolio para cumplir con dicho pacto
político. El uso absoluto y arbitrario de tal poder estatal por un presidente ilegítimo y la
falta total de tal potestad de quien es el presidente legítimo del país, singulariza una
aberración asimétrica en la estructura y funcionamiento del Estado venezolano que sólo
podría solucionarse por vía armada en tanto N. Maduro y sus cómplices utilicen a sus
anchas tal predominio armado para perpetuarse en el dominio ilegitimo del poder mediante
el exterminio de sus opositores.
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Entonces ¿por qué continuar desconociendo que el presidente J. Guaidó tiene un mandato
constitucional que le obliga, llegado el momento, a recuperar —incluso por la vía armada—
el monopolio de la ‘fuerza pública’ y ejercer como único comandante en Jefe de las armas
de la Nación sin la cual no podría lograr la restauración constitucional y democrática del
país?
En tal sentido el presidente Guaidó empezó por hacer un obligado llamado a los mandos y
tropas actualmente sumisos al régimen recordándoles el deber constitucional que tenían de
reconocerle como Comandante en Jefe de todos los cuerpos armados del país. No obstante,
la tan esperada insurrección de los altos mandos militares y tropas —incitada por todas las
vías dentro y fuera de Venezuela—, si bien podría evitar, acortar o hacer menos cruenta las
otras opciones, sólo sería legítima de consumarse como una decisión corporativa de
reconocimiento del presidente interino como Jefe de Estado y no precisamente como un
cambalache que garantice —al menos a los altos mandos— una impunidad perpetua por su
complicidad en los delitos de Estado que ya les son imputables.
La referida y muy esperada deserción de los altos mandos militares resultaría desde todo
punto de vista preferible a la opción de un golpe militar encabezado por dichos jerarcas,
hasta ahora el principal sostén del régimen madurista. Para la Casa Blanca, el Kremlin y el
Zhongnanhai esta sería una opción ‘limpia’ para evitar una intervención militar abierta
encabezada por EUA., que garantice a las dos potencias para entonces ex madurista sus
interese económicos en Venezuela. Aunque de seguro Rusia y China condenarían en el
Consejo de Seguridad de la ONU dicho golpe, mediante el derecho a veto los EUA.,
tendrían mano abierta para imponer y sostener el nuevo régimen militar lo que para muchos
estrategas resultaría inevitable hasta tanto se termine de erradicar los ‘combos’
paramilitares estatales y extranjeros.
Anunciado como un gobierno de transición con la promesa de unas ‘próximas’ elecciones
libres, a EUA., no le resultaría difícil permutar la fidelidad exigible a tales mandos
golpistas a cambio de una impunidad perpetua por los crímenes que les sean imputables.
Esta opción, que bien podría llamarse la tentación ‘egipcia’, tendría que resolver
previamente cómo y cuándo se dejaría de lado al presidente interino J. Guaidó. No menos
relevante resultar conocer el rol que este último y sus inmensa mayoría de seguidores
asumirían de perpetuarse en el poder la ‘junta’ y ‘líder’ golpista como aconteció en Egipto
desde julio del 2013.

¿Es el presidente interino un auténtico jefe de Estado?


Los dos anteriores futuribles son por lo pronto eso, dos meras especulaciones. Por ello, de
no darse ni la deserción ni el golpe militar y en tanto continúe la resistencia al régimen
madurista, se impone responder esta pregunta clave que los partidarios de la vía interna-
pacifista y la mayoría de los 50 o más gobiernos que han reconocido el gobierno de Guaidó
eluden responder .
Por lo pronto es bien notorio que más que ser, J. Guaidó no puede aún ejercer como
auténtico jefe de Estado. Y per no serlo plenamente lo es apenas a medias pues está
circunstancialmente impedido para ejercer todos los deberes y poderes constitucionales que
le permitan cumplir con el mandato político que aceptó al ser investido como presidente
interino de Venezuela, así haya sido y siga siendo legitimado en las calles y plazas del país.
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Pero si J. Guaidó no logra consumar dicho mandato, este tendrá que resignarse con pasar a
la historia como un mero presidente provisional cuyo papel histórico, vivo o muerto, fue
apenas servir para la perpetuación de la tiranía bolivariana en su país. Pero igualmente,
llegado tal caso, los 50 países que lo reconocieron de seguro no podrán negar la pifia
cometida al no haber acertado en apoyar —hasta las últimas consecuencias— una causa y
un hombre que apenas fue un frustrado símbolo de resistencia enfrentado a una detestable
tiranía.
Enfrentar esta asincronía del estatus del presidente Guaidó supondría aceptar que como tal
es un jefe de Estado pleno en ‘potencia’ y vocación demostrada con valentía al luchar como
está luchando para hacerse con los atributos de los que aún carece para ejercer a plenitud
todos su poderes. Por ello, parece urgente la designación de un gabinete, al menos de crisis
o reducido, incluido la designación de un vicepresidente que pueda sustituirlo —como bien
podría necesitarse—, como también la conformación del requerido ‘Consejo de Defensa de
la Nación’ con cuyo concurso debe ejercer como comandante en jefe de las fuerzas armadas
del país (art. 236/3 a 7, 23 de la CB).
Pese los anteriores considerandos, el objetivo de recuperar y asumir totalmente la jefatura
armada del país impone una salvedad realista. La aludida asimetría en atributos de poder
militar obra en favor de N. Maduro y J. Guaidó y se manifiesta en no menos de 200 mil
efectivos armados (en las tres armas: marina, fuerza aérea y ejército), 2 millones de
integrantes de los ‘colectivos armados’ civiles y un número indeterminado de mercenarios
extranjeros a los que habría que sumar los que, llegado el momento, podrían caer de Cuba,
Nicaragua y Rusia en su defensa. En este sentido, aunque los datos al respecto son variables
y dispersos, basta recordar que en octubre del 2018 el jefe del Comando Estratégico
Operacional de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana de Venezuela (CEOFANB),
General Remigio Ceballos Ichaso, alardeó desde San Antonio del Táchira sobre el
despliegue de 100 mil hombres integrantes de las ‘Tropas Especiales de las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Cuba’ —conocidas como Avispas Negras— a lo largo de los
2.219 kilómetros de la frontera con Colombia, operativo que contó con el apoyo de Rusia y
China; una vez más sin la autorización de la Asamblea Nacional.
Frente a los anteriores recursos, Guaidó sólo contaría con los 700 o más efectivos armados
exmaduristas que por lo demás se encuentran refugiados en Colombia. Cualquier aprendiz
de la estrategia y táctica militares sabría que frente a tal asimetría fáctica, por fuera de la
esperada deserción de mandos y tropas maduristas, sólo cabe al gobierno interino pactar
una alianza militar externa. Escapa al objeto de este texto los incontables imprevisibles que
habría que tomar en cuenta al momento de pactar el socorro armado externo y en particular
las decisiones exigidas para un ejercicio efectivo del mando militar supremo de la Nación
en el escenario de tan profunda encrucijada nacional
No obstante, la alianza militar externa requeriría la autorización de la Asamblea Nacional,
precisamente bajo la modalidad de ‘misiones extranjeras’ (art. 187/11, CB). Esto es lo que
justamente ni pudo ni puede hacer Maduro para disfrazar el ingreso y operación en el país
del combo de mercenarios (cubanos, ELN, FARC, Hezbolá) utilizados desde los tiempos
del presidente H. Chávez.
Si bien no está taxativamente previsto en la CB., que estas tropas deban quedar en principio
bajo mando venezolano, obviamente si lo estarían bajo la autoridad última y superior del
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presidente interino y en su caso del Consejo de Defensa (Art. 156/8; 236/ 4 a 6 y 23). El
incremento de desertores oficialistas haría posible una mayor participación en el mando de
las tropas aliadas.
Si bien resultaría dado esperar que una intervención armada externa en Venezuela forzarían
de inmediato la intervención del Consejo de Seguridad de la ONU., la experiencia histórica
permitiría suponer que el Consejo quedaría impedido, una vez más, de asumir su rol de
garante de la paz internacional. De exigir Rusia y China la suspensión de las hostilidades,
EUA., vetaría la aprobación de las resoluciones del caso anulando con ello la aplicación de
algunas de las medidas previstas los art. 41 a 48 de la Carta y las Res. 377, 1950; 2006,
1965, entre las principales.
Muy probablemente, sería dado esperar que la inacción del Consejo se perpetuaría al menos
hasta tanto Rusia y China estimen que sus deudas e inversiones en Venezuela quedarían
adecuadamente garantizadas tras la caída del régimen madurista. Tal cosa podría estar
anticipándose en las conversaciones que inesperadamente iniciaron en Roma el 19 de
marzo el viceministro de relaciones exteriores ruso, Serguéi Riabkov, y el enviado especial
de EUA., para Venezuela, Elliott Abrams. [Volver al índice]

¿Y Colombia qué?
Por fuera de otros gobiernos que deseen o se vean forzados a participar en tal alianza
militar que de seguro liderarían los EUA., la participación de Colombia aparece casi
imperativa desde diferentes puntos de vista. Por fuera de su posición táctica fronteriza,
estarían los compromisos externos asumidos por el país desde finales de mayo del 2018
como ‘socio global’ de la OTAN. Si bien dicho estatus es altamente simbólico dentro de la
Alianza, Colombia contrajo el ineludible deber de coadyuvar a la estabilidad y la seguridad
del área euro-atlántica a través de la cooperación y la acción común con los Estados
miembros de tal Organización, uno de ellos, los EUA. Con ello Colombia se obligó a
asegurar la protección y la promoción en el continente de las libertades fundamentales y los
derechos humanos, la salvaguarda de la libertad, la justicia y la paz interna a través de la
democracia y el mantenimiento de los principios del derecho internacional y humanitario.
Desde el lado de su soberanía territorial el actual gobierno colombiano podría aprovechar la
erradicación definitiva del refugio-santuario que desde el comandante H. Chávez, gozan en
Venezuela el ELN, las disidencias de la FARC y otros narco traficantes para delinquir
impunemente en Colombia. En particular, el narco cultivo y tráfico de estupefacientes, la
venta de armamentos y el secuestro de connacionales; delitos que nutren los bolsillos de los
altos jerarcas y familiares del régimen madurista. Dado que la complacencia remunerada
con impunidad que han hecho los gobiernos bolivarianos con tales grupos delictivos
implica una renuncia tácita a su soberanía territorial, según el ya citado Capítulo VII de la
Carta delas NN. UU., Colombia posee el derecho a aplicar una legítima defensa punitiva
(art. 51) conforme lo hizo en marzo de 2008 sobre la provincia ecuatoriana de Sucumbios.
Por otro lado, una intervención militar solidaria de EUA., al lado de las tropas colombianas
está prevista en el Acuerdo militar del 2009 que es de obligado cumplimiento para ambas
partes. Igual apoyo está pactado en los convenios militares de EUA., con Brasil del 2010.
Pero de todas formas a nadie escapa que de fracasar la opción militar la tiranía bolivariana
se ad eternum en el poder. A pesar de ser otros tiempos y otros los medios disponibles, los
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espejos de ‘Bahía Cochinos’ y la interminable guerra civil siria pesan demasiado en los
mencionados tableros en los que hoy se juega el destino de Venezuela. [Volver al índice]

El 23 de febrero a la luz del Derecho Internacional Público


El ‘punto ciego’ que nubla la visión de la actual encrucijada venezolana no ha permitido
una oportuna discusión de las implicaciones que a la luz del derecho internacional público
tuvo la brutal represión que el régimen madurista llevó a cabo el pasado 23 de febrero
contra sus connacionales y ayuda humanitaria emplazados en los corredores fronterizos con
Brasil y Colombia.
En principio, tales acontecimientos internacionalizaron el estado de guerra civil de facto
que existe en Venezuela. Al hacerlo, el régimen ilegitimo puso de manifiesto que además
de violar el derecho humanitario no vacila ni dudará en violentar principios y normas
explícitos del derecho internacional público. Si como ha sido anunciado el presidente
Guaidó y su cadena de voluntarios deciden reintentar la introducción de las ayudas
humanitarias, internacionales o propias —que continúan acrecentándose al menos en la
frontera colombiana— y de no producirse la rebelión del alto mando militar, resultaría
previsible tanto el escalonamiento de la represión civil interna y muy seguramente la
precipitación de una intervención unilateral militar desde el exterior.
Los disparos ininterrumpidos efectuados por las fuerzas militares –Guardia Nacional o
Ejército venezolanos— por algo más de 5 horas desde al menos de 4 puestos fronterizos
sobre los territorios de Brasil y Colombia y en contra de venezolanos, periodistas
internacionales y algunos nacionales de ambos países, constituyeron una infraganti
violación del espacio terrestre de Colombia y Brasil. Según N. Maduro, tal manifestación e
intento de introducir una ayuda humanitaria no aceptada por el régimen, fueron motivos
suficientes para ordenar la represión que concluyó con el asesinato de no menos de 30
connacionales y casi 400 heridos certificados al 26 de febrero de 2019. De estos, 15 y 100
ocurrieron en el lado brasileño, 3 de ellos indígenas ‘permones’. A los anteriores se debe
sumar un número aún incierto de venezolanos masacrados o heridos en los 24 Estados
venezolanos que ese mismo sábado se solidarizaron con las marchas humanitarias
fronterizas.
No siendo suficiente tan brutal represión, N. Maduro no ha negado que fueron sus tropas o
colectivos armados los que quemaron en el perímetro de tránsito fronterizo colombo-
venezolano 2 gandolas con matrícula venezolana que transportaban parte de la aludida
ayuda humanitaria. Tales camiones a lo sumo debían haber sido sometidos a los controles y
registros aduaneros que corresponde a cargamentos de tipo humanitario. Hasta tanto tales
camiones y mercancías no hubieran sido revisados y aforados, el régimen madurista no
podía haber declarado la existencia de un delito contra la seguridad nacional que, a lo
sumo, habría sido apenas contra los intereses del régimen madurista. En vez de ello, este
optó por presumir tal delito y se ordenó ejercer injustificadamente un derecho de
autodefensa preventiva, incurriendo de paso en las aludidas violaciones del territorio
soberano de Brasil y Colombia, países con los que Venezuela no está en estado de guerra.
Como sucedió en tantas manifestaciones similares, la reacción de los indignados
venezolanos contra las tropas venezolanas por el cierre total fronterizo no pasó de ataques
con piedras y supuestamente cocteles molotov caseros y la remoción de algunas vallas o
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parapetos. Como también consta en el largo prontuario antidemocrático de N. Maduro, la


represión indiscriminada llevada a cabo el 23 de febrero no guardó la debida
proporcionalidad a que estas estaban obligadas sus tropas según las normas y usos del
derecho humanitario internacional (Protocolos I y II de 1977 del Convenio de Ginebra
sobre Derecho Humanitario).
Aunque la historia reciente de las relaciones fronterizas entre Venezuela con Brasil y
Colombia ha estado plagada de mutuas acusaciones de violaciones territoriales, nunca las
mismas estuvieron enmarcadas en un abierto y prolongado tiroteo unilateral, muertos y
heridos como los ejecutados desde el lado venezolano por las tropas y colectivos armados
maduristas este 23 de febrero. Ese prolongado tiroteo sobre los territorios de Brasil y
Colombia configuró el doble ‘delito de agresión’ unilateral e ‘incitación a la guerra’. Tales
actos están condenados por la Carta de la NN UU., (art. 2/4 y 51) y son objeto de sanción y
castigo internacional. La Enmienda de Kampala del 2010 que adicionó el Estatuto de Roma
por el que se creó la Corte Penal Internacional, recalificó tales agresiones como ‘crimen
contra la paz’. El art. 16 bis de esta Enmienda faculta a la Corte Penal Internacional a
juzgar tales actos como delitos de lesa humanidad una vez entre en vigencia la misma.
Si bien en virtud del principio de no retroactividad penal, N. Maduro y su régimen
escaparían a ser juzgados por la Corte Penal Internacional conforme a la citada enmienda,
ello no implica que el acervo de delitos de lesa humanidad que les serán imputables a los
mismos, entre ellos el nuevo genocidio del 23 de febrero pasado, no puedan ser juzgados
por la Corte Penal Internacional de prosperar las demandas que ya cursan en dicho tribunal
y las que luego se añadan. Haber efectuado o en su caso haber provocado el incendio de las
aludidas gandolas con matrícula venezolana durante su tránsito internacional, constituyó un
agravante de los delitos de agresión perpetrados y del bien jurídico humanitario contenido y
protegido en dichos cargamentos.
Si para ejecutar los aludidos delitos el régimen madurista utilizó, como todo indica, los
llamados ‘colectivos armados’, los ‘agentes’ o asesores militares cubanos y mercenarios
extranjeros (ELN, FARC y Hezbolá), es manifiesto que se tipificó adicionalmente el no
menos grave delito de terrorismo de Estado clasificado de lesa humanidad (art, 5, 7.1,
revisión de 2009 del Estatuto de Roma). Lo anterior, por cuanto tales mercenarios actuaron
por fuera de todo escalafón y mando militar regular.
Adicionalmente, la escena macabra de N. Maduro y sus adjuntos en la tribuna pública
celebrando las masacres fronterizas que estaban perpetrándose ese sábado 23 de febrero,
que fue trasmitida a todo el mundo, es una evidencia más de la responsabilidad directa e
inexcusable que recae sobre todos ellos por tales crímenes. Tal cual tendrá que ser tomado
en cuenta en su debido momento por la Corte Penal Internacional. [Volver al índice]

¿Cuál es la legítima defensa nacional en juego?


De acuerdo con el Capítulo VII de la Carta de la NN. UU., el intempestivo y prolongado
tiroteo como la quema de vehículos y carga humanitaria facultó ipso facto a Brasil y
Colombia al uso del derecho de legítima defensa territorial en contra de Venezuela. La
doctrina jurídica y la jurisprudencia de la Corte Internacional de Justicia han reiterado que
el derecho a la legítima defensa, unilateral o colectiva, es inmanente o consustancial a la
soberanía del Estado y es de por sí anterior a la tipificación incluida en la carta de la ONU.
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A su vez, está aún latente la Res. 1368 (2001) del Consejo de Seguridad que a partir de los
ataques del 9/11 a las Torres Gemelas de Nueva York, vinculó el terrorismo con el derecho
a la legítima defensa; derecho mucho más explícito si el delito de agresión está agravado
por el de terrorismo de Estado como aconteció el pasado 23 de febrero. No obstante, en
principio resulta poco entendible que tanto Brasil como Colombia hayan prescindido de
ejercer ipso facto el legítimo derecho de autodefensa territorial que les asistía; cosa que
bien podría entenderse como consecuencia de la improvisación y temeridad de ambos
gobiernos al momento de prestar sus territorios para intentar la introducción en Venezuela
de la referida carga humanitaria.
Tal renuncia no es lo que precisamente ha caracterizado por decenas de años el
enfrentamiento palestino-israelí o el más reciente indio-pakistaní. Resulta también poco
comprensible que a la fecha, luego de concluida la reunión del Grupo de Lima, ni Brasil ni
Colombia hayan anunciado siquiera que se reservaban el derecho a ejercer las acciones
jurídicas, políticas y militares de las que eran titulares de volverse a repetir las referidas
agresiones territoriales del pasado 23 de febrero. Esto bien podría acontecer de intentar
próximamente el gobierno de J. Guaidó reintroducir dicha ayuda humanitaria por vías
fronterizas con el apoyo de Brasil o Colombia. [Volver al índice]

¿Ayuda humanitaria o imperialista?


Admitido un estado de guerra interior y exterior en Venezuela, carece de todo alcance
ideológico tildar de ‘política’ y más aún de ‘imperialista’, antes que humanitaria, la ayuda
internacional puesta a disposición del presidente interino Guaidó en las fronteras de Brasil
y Colombia. No obstante, la manera atípica como se ha iniciado la confrontación interna
venezolana, distorsiona las connotaciones internacionales de la misma. Pese el reducido
reconocimiento externo al régimen de Maduro (en principio 10 gobiernos), ha sido una
práctica milenaria que los gobiernos que reconocen a uno u otro bando que disputan el
poder en un país, otorguen a estos diferentes tipos de apoyos que van desde los meramente
simbólicos hasta la alianza militar total. La ayuda humanitaria suele situarse a medio
camino entre ambos extremos.
Lo único cierto es que ha sido el presidente interino el primero en recibir tal ayuda
humanitaria de parte de sus ‘aliados’, EUA., y El Salvador por ahora. En virtud de la
aparente estructura bicéfala del gobierno venezolano, tanto la ayuda internacional dada a
Guaidó como la que Rusia sigue prometiendo a Maduro, además de humanitarias ambas
son también políticas por estar destinada a paliar las extrema inseguridad alimentaria y
carencias médico-hospitalaria que afecta a más de 350 mil venezolanos. Por mera lógica, si
la ayuda internacional que reciba Guaidó es o tiene que ser imperialista por venir
mayoritariamente de los EUA., la ayuda rusa —tantas veces prometida a Maduro— por
fuerza tendría que ser igualmente imperialista. Pero extremando el argumento, mal podría
tildarse de imperialista el socorro económico que diariamente se da en los países
latinoamericanos a los millones de venezolanos expatriados y que en el caso colombiano
puede alcanzar ya el 1% del PBI.
Sin embargo, por tratarse hasta ahora de un enfrentamiento civil asimétrico en el que el
presidente interino Guaidó no cuenta con ningún control territorial efectivo, tal ayuda
humanitaria tenía que ser por fuerza emplazada fuera de Venezuela, prima facie en una o en
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las tres fronteras terrestres del país (Brasil, Colombia o Guayana). No obstante, el carácter
supuestamente imperialista de esta primera ayuda humanitaria desaparecerá a partir del
momento en que la misma se nutra con ayudas procedentes de otros países como serían las
donaciones de Colombia, Brasil, Chile y Perú. Pero esta ayuda nunca podrá ser imperialista
cuando el gobierno interino —así este no haya aún designado un ministro de Finanzas—
disponga efectivamente de los ingresos y recursos externos que le han sido embargados al
régimen madurista. Entonces, conforme le ordena la CB (art. 3, 236/1-2), como jefe de
Estado, J. Guaidó deberá optar prioritariamente por solventar la angustia alimentaria y
sanitaria de su pueblo (art. 83 y 88, CB) importando desde terceros países lo que sea para
socorrer a quienes lo necesiten, seguramente sin tomar en cuenta si se trata o no de sus
copartidarios.
Pero para cumplir con dicho mandato el presidente interino por ahora tiene la obligación
constitucional subsidiaria de lograr el ingreso de la primera y demás ayudas humanitarias, a
través de las fronteras terrestres, marítimas o aéreas. Pese a su posición asimétrica frente al
régimen madurista, el presidente J. Guaidó deberá continuar contando con sociedad civil
(algo más de 600 mil voluntarios) para cumplir adecuada y oportunamente con este
superior mandato político de socorrer a los afectados por tan extremo abandono estatal (art.
135 de la CB). Forzado el razonamiento anterior, en tanto N. Maduro no permita el ingreso
de tal ayuda internacional, sólo queda al presidente Guaidó forzar nuevamente su ingreso
terrestre fronterizo, antes que intentarlo por vía aérea, fluvial o marítima. Esta opción no
podrá soslayar un involucramiento decisivo —incluso armado— de los países y gobiernos
vecinos que decidan sustentar tal propósito y los que, como EUA., decida aliarse para
garantizar tal objetivo y deber. [Volver al índice]

¿Existe una deuda histórica entre Venezuela y Colombia?


Es común escuchar a diario en Colombia el agradecimiento de los venezolanos y dirigentes
de la oposición refugiados en el país por la postura radical del gobierno nacional frente al
régimen madurista y en especial por la acogida dada a más de un millón de ellos. Sin
embargo, no está de más recordar un largo capítulo de la historia común que unió hace
poco más de 200 años a las entonces rebeldes Capitanía General de Venezuela y Virreinato
de la Nueva Granada; historia que siempre han ignorado los ideólogos y tutores de la
‘revolución bolivariana’.
El 2019 es el año de la conmemoración bicentenaria de la independencia definitiva de la
actual Colombia. La misma se logró con la participación de Simón Bolívar, otros oficiales y
tropas venezolanas. Sin embargo, antes y después del 7 de agosto de 1819, sin el aporte
económico, tropas y hombres novogranadinos, la independencia de Venezuela difícilmente
habría sucedido tal cual aconteció 2 años después en Carabobo. Y sin el concurso de los
políticos, oficiales, soldados y Hacienda de la entonces rebautizada Cundinamarca,
definitivamente la gloria de Bolívar no habría jamás la que fue.
En octubre de 1812 el coronel S. Bolívar se refugió en Cartagena de Indias. Su impericia
militar en la defensa de Puerto Cabello había precipitado la caída de la primera república
venezolana. Tras entregar al Precursor Francisco de Miranda —su jefe superior— al
‘pacificador’ español Domingo Monteverde, consiguió para él y colegas de conspiración un
salvoconducto para abandonar Venezuela. En un ‘manifiesto’ que luego se hizo célebre dio
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lecciones de patriotismo a los insurgentes cartageneros. Estos le brindaron tropas, dinero y


armas para que luego de varias escaramuzas en los bajos del río de La Magdalena librara la
que se llamó, no sin eufemismo, ‘batalla de Cúcuta’ que permitió liberar dicha plaza
fronteriza, la misma donde el pasado 23 de febrero tuvo lugar una de las últimas masacres
del régimen madurista. En consonancia con estos éxitos, el Congreso de las Provincias
Unidas de la Nueva Granada reunido en Tunja, presidio por Camilo Torres, le nombró
ciudadano de la Confederación, le ascendió a Brigadier —comandante— de los Ejércitos
del Norte y puso a sus órdenes tropas, armas y dinero con las que, desde Cúcuta, Bolívar
anunció con pompa que regresaba a liberar a su patria.
Justo en Cúcuta, su compatriota Antonio Nicolás Briceño, un energúmeno sanguinario que
había escapado junto a Bolívar y que era apodado El Diablo, le presentó a este el plan que
había elaborado en enero de 1813 en Cartagena dirigido a emprender una reconquista
arrasadora de todo lo español peninsular y canario. Para motivar la tropa, los ascensos
militares se concederían según el menor o mayor número de cabezas de enemigos
degollados, siendo 20 el mínimo para ascender a Alférez. Desde Barinas y como anticipo
de su plan Méndez envió a Bolívar y su adjunto el coronel cartagenero M. del Castillo,
ambos todavía en Cúcuta, la cabezas de 2 octogenarios españoles que el mismo había
decapitado proponiéndole en una carta, que escribió con la sangre de sus víctimas
inocentes, ajusticiar sin juicio previo a todos los enemigos de la revolución.
Aunque Bolívar rechazó esta macabra oferta, el 15 de junio de 1813, desde Trujillo, lanzó
una proclama y luego su tremendo ‘decreto a muerte’. Supuestamente guiado y protegido
por Dios, marchó hacia Caracas —lo que la historiografía canónica bolivariana denominó
eufemísticamente ‘campaña admirable’— fusilando sin juicio ni clemencia a cuantos
enemigos caían a su paso. Tras recuperar la capital, el ya confirmado como Libertador por
las Municipalidades de Mérida y Caracas, como le había propuesto El Diablo, en febrero de
1814, ordenó el arresto indiscriminado de no menos de 3 mil ‘europeos y canarios’ (estos
últimos sus enemigos de casta) cuyos bienes fueron confiscación y repartidos. Mediante
rifas, cuyas fichas escrutaban niños, los encargados de cumplir con esta ‘degollina’ general,
usaron sables o picas —pues la pólvora escaseaba— para masacrar sin juicio previo a 823
de estos prisioneros en Caracas, 430 en La Guaira, 200 en Valencia y el resto en localidades
menores, órdenes de las que no escaparon ni los ancianos ni los enfermos recluidos en los
hospitales de tales municipalidades.
Excesos tan brutales fueron condenados sin atenuantes en Inglaterra y Francia cuyos
políticos y ciudadanos miraban aterrorizados que tanta barbarie superaba con creces los
peores tiempos del Terror revolucionario francés, aunque no los muy similares de la
revolución haitiana que había inspirado el decreto a muerte. Todavía hoy estremece releer
los testimonios de adversarios y propios que relatan las escenas de pánico, el olor fétido de
la sangre que corrió por las calles sin desaguadero, los éxodos masivos y la desolación
cuasi apocalíptica que en tales días cundió por toda Venezuela.
Incapaz de confrontar la furia revanchista de las tropas españoles al mando del no menos
sanguinario J. Tomás Boves y acorralado en el Oriente, Bolívar no pudo evitar que el
corsario italiano Giovanni Bianchi se escapara con las 24 cajones de plata labrada, joyas y
objeto del culto que le había confiado y que fueron parte del ‘tesoro de la revolución’
acumulado durante su ‘campaña admirable’ y saqueo de Caracas. Depuesto y obligado a
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abandonar Venezuela, en septiembre de 1814 Bolívar se refugió de nuevo en Cartagena de


Indias
A finales de noviembre de 1814 Bolívar compadeció en Tunja ante el Congreso
novogranadino para dar cuenta sobre la campaña de reconquista pero también caída de
Venezuela bajo sus manos. Una vez más Camilo Torres le encomendó la rendición de la
remisa y federalista Santafé de Bogotá presidida por A. Nariño. El 12 de diciembre
siguiente sus tropas tomaron y saquearon dicha capital. A finales de enero de 1815 el
Congreso de Tunja le nombró General de la Confederación de la Nueva Granada
despidiéndose de los bogotanos con la promesa de libertar nuevamente su patria
venezolana. En Cartagena enfrentado con los líderes de dicha plaza, en abril de 1815
Bolívar se embarcó para Jamaica anticipándose al arribo de la ‘expedición pacificadora’
española al mando de Pablo Morillo integrada por 65 navíos y 15 mil hombres.
Durante 1816 Bolívar organizó en Haití las dos llamadas ‘expediciones de Los Cayos’ que
le permitieron invadir y operar por casi 3 años en el Oriente venezolano. En febrero de
1819 instaló en Angostura el primer congreso patriota venezolano compuesto por 23
diputados de las 6 únicas provincias no sumisas al Pacificador Morillo al que luego fueron
admitidos 3 delegados de la Provincia novogranadina del Casanare. Dicho congreso le
designó Jefe Supremo de una República que aún no existía y Capitán General de los
ejércitos de Venezuela y de la Nueva Granada. En calidad de tal, Bolívar asumió el mando
de las tropas llaneras — en realidad ‘partidas’ o ‘guerrillas’ como lo eran todas que
operaban en tales llanuras— que invadieron la Nueva Granada y cuya campaña había
organizado en Casanare el Brigadier General F. P. Santander.
El 10 de agosto de 1819, al día siguiente de la Batalla de Boyacá, por segunda vez Bolívar
entró triunfante en Santafé de Bogotá. Sin contar con la aprobación de los novogranadino,
antes de regresar a Angostura y dar inicio a su plan íntimo de unificación de Venezuela y la
Nueva Granada, rebautizó esta última como Departamento Cundinamarca y designó a F. P.
Santander como presidente. Días antes había enviado a Angostura con el General de
Brigada A. J. de Sucre, también venezolano, el millón de pesos-oro fuertes que encontró en
las arcas coloniales abandonas en su huida por el virrey J. de Sámano. Este tesoro, que
equivaldría a US$ 944 millones a precios actuales, lo utilizó Sucre en las Antillas en la
compra de los armamentos y aprovisionamientos que hacía rato faltaban para continuar la
campaña que concluyó con la victoria de Carabobo en 1821. Disuelta la Unión Colombia
en 1830 nunca se pidió ni exigió a Venezuela el reembolso de dichos dineros.
El 17 de diciembre de 1819, sin contar con la debida representación novogranadina, Bolívar
y el antioqueño F. A. Zea, entonces su alter ego civilista, forzaron en Angostura la Unión
de Venezuela y la Nueva Granada como República de Colombia de la que Bolívar fue
designado presidente y Zea vicepresidente. A finales de agosto de 1821, un congreso
‘general’ que tardo casi 2 años en reunirse en la fronteriza Villa del Rosario de Cúcuta,
ratificó dicha Unión. El 23 de febrero pasado, 198 años después, sobre el puente Tienditas
allí emplazado, el régimen madurista asesinó a varios de sus connacionales y quemó parte
de la ayuda humanitaria recibida por J. Guaidó.
Desde finales de 1820 hasta mayo de 1829 Bolívar vivió y mandó a sus anchas en y desde
la ahora llamada Bogotá a secas. De ella partió a finales de 1821 para forzar la anexión de
los entonces Quito y Guayaquil a la Unión Colombia y luego coronarse libertador del Perú
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y creador de la República de Bolívar, a continuación Bolivia para la que redactó su


Constitución y cuyo primer presidente fue su compatriota A. J. de Sucre. Como lo había
imaginado su preceptor, F. de Miranda, desde Lima, Bolívar intentó imponer una
constitución cesarista que bajo el modelo boliviano regiría una pretendida Confederación
Andina que él gobernaría como presidente vitalicio a lo largo de la espina dorsal andina,
desde la desembocadura del Orinoco hasta la cumbre de Potosí. Detrás de su proyecto
constitucional subyacía el que llamó un ‘hábil despotismo’ que ocultaba el miedo, casi
aterrador, que Bolívar tenía de ver triunfante una ‘pardocracia’ anárquica regida por las
‘castas’ de mestizos; el estrato al que precisamente perteneció el comandante H. Chávez.
Dictador del Perú, en septiembre de 1826 Bolívar regresó a Bogotá de paso para Venezuela
para tratar de conjurar la rebelión de la Cosiata y que lideró J. A. Páez un año antes en
Valencia. Desde Cúcuta Bolívar rechazó la corona con la que Páez y aliados de rebelión le
habían tentado so pretexto de sometimiento. Después de casi 10 meses de una plácida
estadía en su patria, Bolívar retornó a Bogotá dejando sin sanción la insubordinación
venezolana que precipitaría la disolución de la Unión colombiana.
Sin los votos requeridos para reformar la constitución a finales de agosto de 1828 Bolívar
fue declarado dictador por algunos de sus seguidores bogotanos. Si bien logró escapar a un
atentado y enviar al exilio al General F. de P. Santander, su leal vicepresidente de tantos
años, Bolívar hizo ejecutar a dos connotados militares novogranadinos que se alzaron en
contra de su dictadura, el Almirante J. P. Padilla —quien en 1823 selló definitivamente la
independencia de Venezuela en Maracaibo— y J. M. Córdoba, el antioqueño héroe de
Ayacucho que aseguró la independencias de Perú y la futura Bolivia. A finales de 1828
Bolívar marchó hacia Quito y derrotó al Perú que pretendió reincorporar la provincia de
Guayaquil a dicha república.
De regreso a Bogotá en enero de 1829 renunció ante el Congreso y partió para Cartagena
dispuesto a refugiarse en Europa. En medio del vacío de poder que dejó la renuncia del
entonces vituperado Dictador Bolívar, su compatriota, General R. Urdaneta, ministro de la
Guerra, aceptó encargarse de la presidencia de la agonizante Unión Colombia y se apresuró
a llamar a Bolívar quien se negó a regresar. A mediados de diciembre de 1830 Bolívar
murió en San Pedro Alejandrino vestido con la camisa roída del español J. de Mier que lo
acogió en su hacienda de Santa Marta. Dictó entonces su última proclama dirigida a los
‘colombianos’ rogando para que se consolidara la unión.
Temiéndose que Bolívar pudiera encabezar desde Colombia una expedición de
sometimiento de Venezuela, el Congreso venezolano bajo el control de A. J. Páez le
declaró proscrito con prohibición de ingresar al país. Durante 12 años sus restos
permanecieron casi ocultos en diferentes sitios de la catedral samaria por el temor a ser
profanados. En abril de 1842, el mismo dictador J. A. Páez decretó la repatriación de su
cadáver que llegó a Caracas a mediados de diciembre de dicho año, donde siempre quiso
ser sepultado. Entonces se le restituyó el título de Libertador y se le declaró padre de la
patria. [Volver al índice]

¿Venezuela poseída por la santería afro-cubana?


En julio de 2010, cuando la inflación venezolana del 31% era de lejos la más alta de
América Latina, el comandante H. Chávez ordenó la exhumación de los restos de S.
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Bolívar para comprobar su verdadero aspecto físico y si, como creía, había sido envenado
con arsénico por los neogranadinos de entonces, cosa que no logró demostrar el equipo de
forenses dirigido por un español dela Universidad de Granada. Curiosamente, durante los 4
siguientes años, 15 de los venezolanos que tuvieron que ver con tal exhumación, incluido el
propio H. Chávez, perecieron o murieron trágica o inesperadamente.
Quizás no es muy conocido el culto esotérico que con el nombre de San Bolívar se instaló
en Venezuela desde el siglo XIX. Tampoco es un secreto en este país que tanto el
comandante H. Chávez como sus principales sucesores fueron y son adictos a la santería y
ritos anexos. Menos desconocido es que fue con los paleros y babalawos de Cuba con los
que Chávez se inició en el Changó y sus rituales afrocubanos Lukumí, los que luego instaló
en Caracas y cuyos santeros repartió como asesores entre los ministerios, organismos
gubernamentales y empresas estatales, PDVSA en particular.
Circulan testimonios sobre los muchos ritos de conjura realizados por el presidente Chávez
en supuesta defensa de la revolución y perpetuación de su régimen, entre ellos los llevados
a cabo en el 2002 en Mozambique y la isla de Aves. Otros aseguran que con la exhumación
del cadáver de Bolívar —que se llevó a cabo a las 3 a.m. como ordenan tales rituales—,
Chávez satisfizo una exigencia ritual del ‘palo mayombe’. Resulta al menos curioso que
luego de haber manoseado tales restos casi poseído por el éxtasis, el Comandante
bolivariano padeciera el fulminante cáncer de próstata y colon que lo llevó a la tumba,
precisamente en Cuba. Igualmente extraño pareció la muerte súbita acaecida poco después
del prestigioso médico Rafael Marquina que le diagnosticó tal enfermedad. En todo caso
fue en La Habana y no en Venezuela donde el comandante Chávez decidió morir.
¿Será que tales nexos santeros, más que los ideológicos, pudieran explicar que Venezuela
haya favorecido al régimen cubano con no menos US$35 millardos? Cifra que equivale casi
al doble de la deuda de Cuba con la actual Rusia —heredera de la antigua URSS—
acumulada durante 30 años (1961-1991). Igualmente, entre otras aberraciones ¿explicaría
que actualmente Venezuela deba importar gasolina y que parte de ella sea reenviada casi
gratis a sus congéneres bolivarianos de Cuba y Nicaragua cuando los venezolanos tienen
que hacer largas colas cada día para abastecerse del tal combustible? ¿Ahondaría tales
incógnitas el hecho grotesco que la guardia pretoriana que protege a N. Maduro y sus
émulos palaciegos sean todos miembros de las fuerzas mercenarias cubanas? Y todavía
más, que sea un solo oficial de tales fuerzas, alias Asdrúbal de la Vega Orellana, el que da e
impone todas las órdenes militares y de policía en Venezuela, entre ellas las de represión y
exterminio de la oposición, empezando por la persecución de los jóvenes oficiales de las
fuerzas armadas del país que sean o parezcan sospechosos de ‘traición’ al régimen?
A últimas ¿será que los triunviros N. Maduro, D. Cabello y B. Rodríguez han podido
blindarse anulando la maldición que desde el Panteón Nacional bolivariano continúa
irradiando el sarcófago de Bolívar sobre la casi totalidad de los venezolanos? Si tal
acontece, para los familiarizados con tales rituales esotéricos les será fácil predecir que en
tanto no se realice una limpieza espiritual a fondo del país será harto difícil la posibilidad
de éxito del presidente interino Guaidó. [Volver al índice]