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Sólo le pido a Dios

que el dolor no me sea indiferente,


que la reseca muerte no me encuentre
sin haber hecho lo suficiente.

También lo decía Pemán28:

Porque el aire está lleno de silbidos


y el tiempo se hace corto y el mundo se hace estrecho,
la ternura es más honda y es más viva la fe.
Quisiera hacer de prisa los bienes que no he hecho,
quisiera amar deprisa las cosas que no amé.

Algunos tal vez consideren que su vida deja tras de sí un saborcillo grato y de realización,
en tanto que otros sentirán que la balanza se inclina hacia el arrepentimiento y la
insatisfacción. Quienes han estado insatisfechos con su vida, con toda probabilidad
estarán perturbados al morir29. Tal vez sientan resentimiento o culpabilidad sobre
frustraciones o errores anteriores en sus relaciones personales. Muchas veces aparecen
sentimientos de culpa y la idea fantástica de la muerte como un castigo por malas
acciones cometidas. Hasta qué punto pueda ayudarse a los moribundos aliviando los
temores profundos, provocados por el sentido de culpa ante el castigo por malas acciones
imaginadas, a menudo en la primera infancia, es una cuestión aún no decidida. La
institución eclesial del perdón de los pecados, de la absolución de los moribundos, es
signo de la comprensión intuitiva de la frecuencia con la que se producen temores por
culpabilización en relación con el proceso de la agonía, temores para los que Freud fue
en realidad el primero que ofreció una explicación científica. Quizá se vean obligados a
reconocer que las esperanzas que abrigaron en vida nunca se cumplirán, quizá piensen en
una jubilación que nunca llegó. En cambio, muchos serán los que miren hacia atrás con
placer, que equilibren con ecuanimidad el peso final de la balanza de sus propios valores.
Ahora pueden dejar la vida sin arrepentimientos. Todas estas sensaciones se
entremezclan en el mencionado poema “Mirada retrospectiva”, del poeta chileno
Guillermo Blest Gana30.
Se oye con frecuencia que quien ha estado en trance de morir “ve” la película de su
vida en unos segundos y –comentaremos más adelante– cómo las personas que van a
morir necesitan hablar de su vida y ello tiene su explicación. Para Malherbe, relatar la
vida, le da un sentido31. Relatar la vida no es lo que se recita, sino lo que se narra. Narrar
no es fabular. No se cuenta cualquier cosa cuando se cuenta la vida. Y no se narra de
cualquier manera, aunque uno no la cuente nunca dos veces de la misma manera, lo cual,
además, resulta imposible Es indispensable contar su vida, porque la vida está hecha de
acontecimientos que se suceden y que no siempre tienen lazos bien claros entre ellos.
Estos acontecimientos que se suceden, que son vividos por la misma persona, piden que
se los unifique. Contar su vida permite unificar la dispersión de nuestros encuentros, la

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multiplicidad disparatada de los acontecimientos que hemos vivido.
Contar su vida es un verdadero trabajo: es explicarse a sí mismo; intentar decir que se
es, diciendo que se ha sido y que se quiere ser. Es poner en perspectiva acontecimientos
que parecen accidentales. Es distinguir en el propio pasado lo esencial de lo accesorio, los
puntos firmes. Contar su vida permite subrayar momentos más importantes e igualmente
minimizar otros. Se puede, en efecto, gastar más o menos tiempo en contar un
acontecimiento que en vivirlo. Para contar es necesario escoger lo que se quiere resaltar
y lo que se quiere poner entre paréntesis. El relato crea una inteligibilidad, da sentido a lo
que se hace. Narrar es poner orden en el desorden. Contar su vida es un acontecimiento
de la vida, es la vida misma que se cuenta para comprenderse.
Para este autor, esto es así de tal manera que puede considerársele la base de la
psicoterapia, que consiste en relatar e inventar (crear y encontrar) una nueva armonía
que reubique una serie de fragmentos deshechos y echados aquí y allá32.
José Ángel Valente33 ha sabido comprimir toda una biografía en un bello poema titulado
“El moribundo”, de “La memoria y los signos”:

El moribundo vio
pasar ante sus ojos signos
oscuros, rostros olvidados,
aves de otro país que fuera el suyo
(mas en un cielo extraño).
Por la ventana abierta entró el terrizo
color de la tormenta.
Oyó el rumor de los olivos
lejos, en su infancia remota,
azotados ahora.
quebrase el aire en secos estallidos.
Vio los campos, el sol,
el sur, los años, la distancia.
Opaco el cielo se extendía
sobre una tierra ajena.
Y con voz lenta
reunió lo disperso,
sueños, gestos y nombres,
calor de tantas manos
y luminosos días
en un solo suspiro,
inmenso, poderoso,
como la vida.
Rompió la lluvia al fin el cerco oscuro.
Dilatase el recuerdo.
Puede el canto

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dar fe del que en la lucha
se había consumado.

Por otra parte, para Lavelle34, la muerte es una “realización”, es decir, es el


cumplimiento final que da sentido a toda la vida. La muerte tiene un carácter de
solemnidad, no solo porque abre ante nosotros este misterio de lo desconocido en el que
cada ser tiene que penetrar totalmente solo, ni porque ésta lleva al extremo la idea misma
de nuestra fragilidad y miseria, sino porque suspende todos nuestros movimientos y da a
todo lo que hemos hecho un carácter decisivo e irreformable. Ésta no es la abolición de
la vida, sino su realización. Da, a todos nuestros actos, una gravedad eterna,
mostrándonos, de golpe, la imposibilidad de darles el mínimo retoque.

MUERTE Y RELIGIÓN

Oh, esa luz sin espinas que acaricia


la postrer ignorancia que es la muerte.
Aleixandre35

El mundo moderno plantea más que nunca interrogantes acuciantes y angustiosos sobre
la muerte. La visión fatalista alentada por la religión ya no es aceptada ni aceptable
porque todo indica que la sociedad nunca estuvo tan bien armada en el eterno combate
que mantiene contra la fatalidad humana.
En efecto, la doctrina católica sobre las “postrimerías” (cielo, infierno, purgatorio,
limbo), tan atronadora antes en los ejercicios espirituales, misiones y sermones, cada vez
se hace más discreta. Paralelamente, cada vez son menos comunes los oyentes capaces,
no ya de creerlo sino de interesarse y los predicadores suficientemente convencidos para
atreverse a hablar. Nuestra época se da cuenta de que la teología ha respondido
temerariamente a muchas cuestiones cuya profundidad desconocía y que más que
resolverlas las ahogaba36. Así, decía Unamuno que escapar a la muerte ha sido el núcleo
de las religiones.
Hoy, que las promesas místicas ya no resultan verosímiles, los modelos religiosos son
menos eficaces para apaciguar la angustia.
Parece que vivimos en los tiempos de la “muerte de Dios”. Esa debió ser la idea que
inspirase a José Luis Hidalgo37 en su poema “Si supiera, Señor...”:

Si supiera, Señor, que Tú me esperas


en el borde implacable de la muerte,
iría hacia tu luz, como una lanza
que atraviesa la noche y nunca vuelve.

Pero sé que no estás, que el vivir solo

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