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Si hay una cuestión inquietante que los familiares (y a veces también los enfermos)

preguntan con insistencia es precisamente ésta: cómo será el final. Los familiares desean
saber los acontecimientos que pueden suceder y la forma en que los podrán hacer frente.
De una manera más general, preguntas de este tipo revelan, de una forma más o menos
encubierta, el miedo que todos y cada uno de nosotros tenemos a la muerte, aunque en
este momento se vaya a consumar en otra persona.

¿Y cómo será el final?


Recuerda que eres el autor de un drama, tal y como lo quiere el amo: corto si lo
quiere corto, largo si lo quiere largo; si quiere que hagas el papel de enemigo, de cojo,
de soberano o de particular, muestra capacidad para representar bien tu papel; te
corresponde interpretar bien el personaje que te ha sido confiado, pero el escogerlo le
corresponde a otro.
Epícteto15

Ahora que el bardo del morir amanece sobre mí,


abandonaré todo aferramiento, anhelo y apego,
entraré sin distracción en la consciencia clara de la enseñanza
y proyectaré mi consciencia al espacio de la Rigpa no nacida;
Al dejar este cuerpo compuesto de carne y sangre
lo conoceré como una ilusión transitoria.
Padmasambhava16
(Libro tibetano de los muertos)

En el momento de la muerte, hay dos cosas que cuentan: lo que hayamos hecho en la
vida y el estado mental en que nos hallemos entonces.
En el caso del cáncer, la muerte llega de una forma más o menos “esperada”, aunque
repetidamente conjurada. Desde el punto de vista práctico, puede decirse que existen tres
posibilidades por lo que respecta a la llegada de la muerte17:

Primera posibilidad
La más frecuente es cuando la muerte sucede después de un período de continuo y
progresivo deterioro físico, de un agotamiento de las propias energías. Sucede una
diseminación metastásica de la enfermedad tumoral que llega a invadir órganos vitales,
como riñón, hígado, cerebro, entre otros, que conduce a un estado tóxico por
insuficiencia funcional de estos órganos. Los últimos días se caracterizan entonces por
una progresiva obnubilación del enfermo, que tiende a desconectarse cada vez más de lo
que le rodea, adormeciéndose cada vez de una forma más continua y profunda.
Escuchemos la voz de J. A. Valente18 en su poema “El vuelo alto y ligero” (1998):

ME CRUZAS, muerte, con tu enorme manto

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de enredaderas amarillas.

Me miras fijamente
Desde antiguo
me conoces y yo a ti.

Lenta, muy lenta, muerte, en la belleza


tan lenta del otoño.

Si esta fuera la hora


dame la mano, muerte, para entrar contigo
en el dorado reino de las sombras.

La muerte suele llegar pocas horas o días después.


Esta situación es muchas veces deseable, ya que el enfermo no se da cuenta de lo que
está sucediendo y el sufrimiento físico y psíquico están ausentes. La eventual ayuda de
algún sedante cubrirá la posibilidad de algún episodio de lucidez dolorosa.
En opinión de Hinton19, 94% de los moribundos entra en coma entre 6 horas y 6 días
antes de la muerte. Para este mismo autor, el sufrimiento durante el proceso de morir es
variable; en ocasiones, no es fácil constatar cuán intenso es el dolor y la pena de los
pacientes moribundos; el grado en que una persona sufre molestias de tipo físico en sus
últimos momentos depende de su grado de consciencia… la mayoría de los pacientes
llegan a embotarse poco a poco y al cabo de cierto tiempo se encuentran al margen de lo
que sucede… el recuerdo de las molestias recientes se desvanece, la percepción se halla
un poco obnubilada y el futuro inmediato no está tan penetrado por la firme convicción
de que el dolor puede regresar de nuevo. En las últimas etapas, el estado de alerta se
hace cada vez menos común20.

Segunda posibilidad
La segunda posibilidad es que las cosas se sucedan como en el apartado anterior, pero sin
adormecimiento ni obnubilación del paciente. La situación es entonces más delicada, ya
que el enfermo está consciente hasta el final, supone un mayor impacto para la familia y
requerirá mucho más apoyo y dedicación por parte del equipo terapéutico.
De todas formas, esta manera de morir puede ser tremendamente positiva para alguna
persona, que, siendo consciente de su situación y habiéndola asumido y aceptado
serenamente, puede dar un sentido a esta, la última fase de su vida, y que puede
significar un crecimiento personal. La Dra. Kübler Ross, que, como se ha dicho, ha
dedicado su vida profesional al estudio de los moribundos, tituló uno de sus libros: “La
muerte, último peldaño de crecimiento”.
Para los enfermos, este periodo puede ser una oportunidad para avanzar en el proceso
de aceptación facilitada, a veces, por el propio deterioro. Dice Montaigne21: “Observo

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que a medida que me adentro en la enfermedad caigo de manera natural en cierto
desdén por la vida. Encuentro que cuesta más digerir la resolución de morir cuando se
tiene salud que si se tiene fiebre. [...] El salto del malestar al no estar no es tan grave
como el que va de estar en estado dulce y floreciente a otro arduo y doloroso”.
Son los casos en los que el enfermo puede vivir su propia muerte, algo a lo que muchas
personas no quieren renunciar. Vivir la muerte quiere decir aproximarse en estado de
vigilia, de curiosidad lúcida, a una experiencia que no es nunca la experiencia de la
muerte misma sino más bien la experiencia de las vivencias de los tiempos previos a su
advenimiento. Es participar de la pre-muerte propia forjando acciones con miras al dejar
de vivir que se aproxima. Y también el poderse expresar. Así lo expone de manera muy
bella Francisco Pino22 en su poema “En ese instante” (de “Más cerca”):

Concédeme, Señor, en ese instante


que ha de llegar, en ese instante último,
llevar al infinito inconcebible
lo poco del lenguaje.
Concédeme, Señor, en ese instante
un nombre conocido para aquello
que contemple, y decirle y al decirle
saber de mí y hallarme.
Tendré miedo, Señor, si en ese instante
nada puedo nombrar con la palabra
que abrió a mi entendimiento un horizonte
y a la vez una margen.
Concédeme, Señor, algo que ponga
como orillas a tus infinidades
que a márgenes hermosas y a ternuras,
Señor, me acostumbraste.
Concédeme, mi Dios, en ese instante
una palabra mansa que me entregue
lo ignoto como en este a lo invisible.

Dice Alizade23 que cuando alguien accede al hecho de vivir su muerte, ese alguien puede
dirigir su atención a los preparativos del tránsito vivo-muerto. Habrá de atender los
movimientos internos de un cuerpo desfalleciente, dolido, entre otros, el cual, por
múltiples carriles endógenos, comunica en una suerte de partes instantáneos los cambios
biológicos que están sucediendo. El cuerpo dice que está transitando el camino que lleva
al final de su vida y, a pesar de ello, la catectización (relativo a la catexis) del entorno no
cesa y el último acto recibe tumultuosos y numerosos sucesos anímicos.
El sujeto que vive su muerte, actúa. La muerte por venir es esperada en forma activa.
Existe una toma de decisiones, una serie de actos que espontáneamente exigen ser
llevados a cabo. Conforman estos el trabajo preparatorio de la muerte. Trátase de un

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territorio psíquico que pone a prueba al sujeto, en tanto lo insta a ejercer figuras de
despedida: testamento, legados, donaciones, regalos en vida, consejos, aprestos
familiares, venganzas finales, justicias, entre otros. Lo externo se pone en orden como
una vía preparatoria para que, a su vez, lo interno también lo esté. La casa se ordena, las
valijas para la partida se preparan. Lejos de estar vacías, contienen preocupaciones,
dudas, avisos, esperanzas, opiniones, ilusiones, proyectos para los que quedan, creencias
en el más allá, entre otras.
Así lo describe el poeta José María Valverde24 en Elegía para mi muerte en “Hombre
de Dios”:

[...]
Se quedarán mis cosas sin mí desconcertadas.
Seguirá mi tristeza paseando
por rincones de sombra.
En mi amada ventana del sillón y la mesa
seguirán los ocasos cayendo como siempre,
y el chopo del jardín, crecido ante mis ojos,
morirá y volverá como cuando yo estaba...
En penumbra, mis versos hablarán en voz baja.
Se secarán mis libros poco a poco,
oliendo a fruta vieja.
Diminutas reliquias de mi vida
–una flor en un libro, un verso en alguien–
seguirán, como piedras disparadas,
conservando mi fuerza en este mundo
cuando yo me haya ido.
... Y os quedaréis vosotros, muchachas, pero un día
os marcharéis también.
[...]

Al final, Juan Ramón Jiménez25 nos dice que hasta la poesía misma terminará por
desaparecer y morir:

¡También tú, poesía mía,


como mi cuerpo, que te ha dado alma,
te habrás de deshacer –¿en qué?– del todo;
y esta organización perfecta y mágica
será ruina –¿de qué?– un día!

¡Anda a los corazones, y da en ellos,


como mi cuerpo bajo tierra,

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rosas de luz y amor, enrédate
a las vidas, como un rosal divino,
puebla el mundo ideal de estrellas bajas!

El moribundo habita su tiempo de morir y ejerce la pulsión de vida hasta casi el último
momento. El tiempo de estar muriendo permite que se lleve a cabo cierta elaboración del
duelo de perder la vida y que penetre en el alma el sentimiento de aceptación de la
finitud. Cuando la muerte se aproxima, esta elaboración ayuda a que la pulsión de vida
renuncie ya a su actuar preparatorio y dé cabida, como expresa Alizade, a la invasión
necesaria de la pulsión de muerte, la cual, de manera cabal, conduce a ese sujeto a su
morada final.
Ante la pregunta de “¿a usted cómo le gustaría morir?”, los hombres se dividen en los
que desearían una muerte por sorpresa, repentina, sin darse cuenta y los que, por el
contrario, preferían saberlo con antelación, arreglar sus cosas, “vivir su muerte”. Por lo
tanto, antes de considerar el caso concreto de cada persona en trance de morir, habrá que
suponer que muchos enfermos terminales no quieren, en principio, renunciar a seguir
creciendo hasta el final y a morir con sentido.
Algunos poetas han expresado de forma muy bella su deseo de vivir su muerte como,
por ejemplo, Bergamín26:

Señor, yo quiero morirme


como se muere cualquiera:
cualquiera que no sea un héroe,
ni un suicida, ni un poeta
que quiera darle a su muerte
más razón que la que tenga.
Quiero morirme, Señor,
igual que si me durmiera
en Ti; como cuando niño
me dormía, sin que apenas
supiese yo que era en Ti
y por Ti que el alma sueña.
[...¡
Por eso quiero, Señor,
morir sin que ella lo sepa.
Quiero morirme, Señor,
como si no me muriera.

Y también Leopoldo Lugones27

Yo quisiera morir como las rosas

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en la blancura del deshojamiento.
Irme suave y cordial, callado y lento
en la quietud conforme de las cosas.
Prolongar por las calles arenosas
del jardín, ya macilento,
la blandura de mi deshojamiento
en la melancolía de las rosas.

La elección de una muerte repentina tiene que ver con el pánico que se tiene
generalmente a la muerte, sobre todo, con el miedo al sufrimiento de que muchas veces
va precedida.
En opinión de Blanco Picabia, un gran y universal problema es el que se refiere al
temor al sufrimiento vinculado a la enfermedad letal. En 1974, 90% de la población
americana deseaba que su muerte fuera súbita y sin agonía, aunque eso perjudicara a los
supervivientes. Y este deseo se basa únicamente en el miedo al dolor que presuponían
que debía existir en esas circunstancias. Por ello, el cáncer era con mucho la enfermedad
más temida por los encuestados en aquel momento. Quizás la actitud ante el sida se haya
aproximado actualmente a la que entonces se expresaba ante el cáncer28. Un estudio de
Feifel, realizado casi veinte años antes, arrojaba datos idénticos; cuando se les preguntó a
los encuestados cómo les gustaría morir, la respuesta casi universal que dieron fue: un
rápido y tranquilo abandono de la existencia. El 90% manifestó que deseaba morir
repentinamente para evitar el sufrimiento. El deseo comúnmente expresado era el de
dejar de existir tranquilamente durante el sueño, si bien hubo algunos que deseaban un
pequeño lapso para despedirse29. Cada vez predominan más estas personas y la vieja
sentencia “A subitanea et improvisa morte libera nos Domine” (líbranos, Señor, de la
muerte imprevista y súbita), no tiene hoy ninguna vigencia. Entre las excepciones,
podemos citar los inquietantes versos de M. Domínguez30:

Antes de partir quisiera


besar aquellos ojos que
vi de soledad en la siesta.
Casi sin darme cuenta
cayó la tarde, que más tarde
se hizo obscura, que
más tarde se hizo negra.

Muchas personas temen realmente el proceso de morir, más que la muerte misma. Así se
explicaba Quevedo hablando de este asunto31:

“Si la muerte no tiene otra cosa mala que los ansiosos pensamientos del ánimo y
los dolores tormentosos del cuerpo que la preceden, la que viene antecediendo las

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ansias, aquella que arriba presto previniendo los dolores será buena”.

Esto pasa cuando el tramo final de la vida se va ensombreciendo progresivamente, como


dice Tolstoi en La muerte de Ivan Ilich32: “Conforme el dolor ha ido en aumento, toda
la vida ha ido de mal en peor”, pensaba. Había un punto luminoso allí, atrás, en el
comienzo de la vida, y luego todo era más y más negro, y se sucedía con mayor y mayor
rapidez. “Inversamente proporcional al cuadrado de las distancias de la muerte”,
pensaba Ivan Ilich. Y esta imagen de la piedra que cae cuesta abajo a creciente velocidad
se le metía en el alma. La vida, la serie de torturas en aumento, vuela más y más rápida
conforme se acerca el fin, al más terrible dolor. “Caigo rodando...”. Y también Jovell33:
“No tenía mucho sentido seguir viviendo para comprobar cómo cada día que pasa es
un día más en el que vas a menos”.
Es más fácil imaginar los dolores atroces que puede tener una persona a través del
lenguaje poético. De esta manera describe su dolor el buen cura-poeta Martín Descalzo34

¡Los caballos, los caballos, Dios mío!


He escuchado esta noche sus pisadas,
galopando hacia mí, en oleadas
como un viento de crines hacia el frío.

Un sonar de relinchos como un río,


espumosos los belfos, las miradas
sanguinolentas, rojas las ijadas,
ángeles del furor y del vacío.

¿Son necesarios tantos para esta


batalla del morir? ¡Si yo no quiero
resistir a la furia de sus rayos!
Me dormiré sin esperar respuesta.
Tú ya sabes de sobra que te espero.
¡Sin caballos, Dios mío, sin caballos!

Algo similar pensaba Unamuno mirando a su pequeño hijo Raimundo, enfermo


desahuciado, cuando ve en el sueño la imagen de la muerte, la tranquilidad definitiva y la
única solución al incomprensible dolor35:

El sueño que no acaba


duerme tranquilo
que es del dolor la muerte
tu único asilo.

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