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LA ÉTICA.

La ética es un factor importante en la sociedad debido que se incorpora en el contexto en el


que se desarrolla la misma.; se podría citar a Primo Levi, a continuación se mencionara una
introducción de su bibliografía. Primo Levi (Turín, 1919-1987) nació en el seno de una
familia judía asentada en Piamonte. En 1941 se graduó en Química en la Universidad de
Turín, una actividad que compaginaría posteriormente con su actividad literaria. Tras
participar en la resistencia antifascista del norte de Italia, fue capturado y deportado al
campo de concentración de Auschwitz, donde trabajó como esclavo en una planta
industrial. Tras la liberación del campo por el Ejército Rojo, en 1945, y un azaroso periplo
por el este de Europa, Levi regresó a Turín, donde publicó su primer testimonio sobre los
campos de exterminio nazis, Si esto es un hombre (1947). Siguieron La tregua (1963) y Los
hundidos y los salvados (1986), reflexiones también sobre la experiencia del horror, que
conforman la Trilogía de Auschwitz. Asimismo, entre sus obras destacan los cinco libros de
cuentos: Historias naturales (1966), Defecto de forma (1971), El sistema periódico (1971),
Lilit y otros relatos (1975) y Última navidad de guerra (2000).

Levi murió, aparentemente por suicidio, el 11 de abril de 1987, aunque algunos amigos y
biógrafos han cuestionado el veredicto. La cuestión sigue fascinando a los críticos literarios
debido a la mezcla característica de oscuridad y optimismo en la escritura de Levi, quien no
dejó nota de suicidio.

Como referente a un desarrollo de su obra se podría mencionar lo ocurrido en Alemania; La


Trilogía de Auschwitz no es una obra más, de las muchas que se han escrito, sobre los
horrores del nazismo y sus campos de concentración. Es una novela cuya lectura resulta
necesaria no solo por lo que Levi, un superviviente del horror en un campo de exterminio,
nos cuenta, sino por la forma en la que nos trasmite sus testimonios. El mismo Levi, en los
preliminares de Si esto es un hombre, nos confiesa: «Este libro mío, por lo que se refiere a
detalles atroces, no añade nada a lo ya sabido por los lectores de todo el mundo sobre el
inquietante asunto de los campo de destrucción. No lo he escrito con intención de formular
nuevos cargos; sino más bien de proporcionar documentación para un estudio sereno del
alma humana».

A finales del curso pasado me propusieron dar en el colegio donde trabajo una charla sobre
literatura, la idea era hacerlo sobre los libros que yo mismo escribo, pero me pareció un
tema con el que no acababa de sentirme cómodo y propuse darla sobre Primo Levi (Turín,
1919 – 1987). Durante una temporada importante de tiempo estuve bastante interesado por
el tema de los campos de concentración y el nazismo, y leí bastante bibliografía sobre el
tema. Y siempre, por más libros que leía, me pareció que el testimonio más relevante de
todos era al que había llegado primero, el de Primo Levi, cuyo libro Si esto es un hombre lo
leí con unos veinticinco años. Lo compré en la FNAC de Callao, y ya no recuerdo de dónde
había sacado la referencia. Los otros libros que componen su llamada Trilogía de
Auschwitz los leí de la biblioteca de Móstoles, y entre un libro y el siguiente pasaron años.
Luego también leí algunos de sus libros de relatos, como Lilít y otros relatos o El sistema
periódico, que completaban los tres anteriores con información y detalles que habían
quedado fuera de ellos.

Durante muchos años, mis padres fueron suscriptores del Círculo de Lectores. En algún
momento, a comienzos del nuevo milenio iniciaron una colección de la memoria que me
interesaba: libros sobre la vida de los judíos durante la ocupación alemana, sobre los
campos de concentración nazis o soviéticos; siempre relatos testimoniales; la colección
estaba a cargo de Antonio Muñoz Molina, gran conocedor del tema. La colección se quedó
a media porque Muñoz Molina se fue a vivir a Nueva York, y dejó de hacer los prólogos.
Llegué a comprar seis u ocho libros de esta colección, y creo que aún tengo dos sin leer.
Así que compré en el Círculo de Lectores, en un volumen, la Trilogía de Auschwitz, que ya
había leído; y en vez de releerla de forma inmediata, se la dejé a algunos amigos. Es ahora,
en este verano de 2015, cuando yo he tomado el libro para leerlo. Creo que es una buena
experiencia leer los tres libros seguidos, su sentido de la unidad es muy fuerte. Primo Levi
pertenece a una familia de Turín de origen judío sefardí, pero no eran judíos practicantes.
En realidad, Levi llega a interesarse por su identidad judía después de que las leyes raciales
se aprobaran en Italia en 1938. En 1941 se licenció en Química por la universidad de Turín,
summa cum laude. En septiembre de 1943 se une a un grupo de partisanos. La Milicia
fascista le captura el 13 de diciembre de ese año y al declararse como «ciudadano italiano
de origen judío» elude ser fusilado, pero es entregado al ejército de ocupación alemán.

El 22 de febrero de 1944 es enviado en un tren a Auschwitz, entonces el nombre de un


lugar desconocido. De los 650 judíos de este tren sobrevivieron 20.

“Entre las 45 personas de mi vagón tan sólo 4 han vuelto a ver su hogar; y fue con mucho el
vagón más afortunado.” (pág. 30)

Levi llega al campo de la Buna-Monowitz, un campo relativamente pequeño, perteneciente


al complejo de Auschwitz. El choque de la realidad del campo con su experiencia vital es
enorme: desnudo, con la cabeza rapada, tras evitar la selección que le hubiera condenado de
forma directa a la cámara de gas, ingresa en el campo. Allí no va a encontrarse con la
solidaridad de los compañeros, sino con las burlas por ser nuevo, por tanto vulnerable y con
pocas posibilidades de aguantar muchos meses. Esta sensación de extrañeza está
magistralmente explicada en Los hundidos y los salvados, el tercer libro de la trilogía, más
ensayístico: “Se ingresaba creyendo, por lo menos, en la solidaridad de los compañeros en
desventura, pero éstos, a quienes se consideraban aliados, salvo en casos excepcionales, no
eran solidarios: se encontraba uno con incontables mónadas selladas, y entre ellas una lucha
desesperada, oculta y continua. Esta revelación brusca, manifiesta desde las primeras horas
de prisión –muchas veces de forma inmediata por la agresión concéntrica de quienes se
esperaba que fuesen los aliados futuros-, era tan dura que podía derribar de un solo golpe la
capacidad de resistencia. (…) Rara vez ocurría que su llegada fuese saludada no digo ya
como la de un amigo sino por lo menos como la de un compañero en desgracia; en la mayor
parte de los casos, los antiguos (y uno se hacía antiguo en tres o cuatro meses, el paso a esa
categoría era rápido) manifestaba fastidio o abierta hostilidad. El «nuevo» (…) era
envidiado porque parecía tener todavía el olor de su casa. Era una envidia absurda porque,
en realidad, se sufría mucho más durante los primeros días de prisión que después, cuando
ya la costumbre por una parte y la experiencia por otra permitían armarse algún reparo. Era
ridiculizado y expuesto a bromas crueles, como sucede en todas partes con los «reclutas» y
con las ceremonias de iniciación en los pueblos primitivos. Y no hay duda de que la vida en
el Lager comportaba una regresión, reconducía a comportamientos, precisamente,
primitivos.” (pág. 412-413).

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