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Los anónimos

Fue una tarde cuando en el


departamento de Silvia, mientras
revisabamos las reprografías de los
negativos del archivo, apareció esta
foto, casi de inmediato enmudecí, Elva
y July por un momento dejaron de
hacer lo que estaban haciendo y
postraron sus ojos en la imagen que
proyectaba el cañón desde la
computadora; era apenas mayo del
2014, o eso creo, de la fecha no estoy
tan seguro, lo que recuerdo es que el
tiempo corría deprisa por diversos
motivos personales y de trabajo en
cada uno de nosotros.
Ese día todos coincidimos en
que se trataba de una gran fotografía,
quizá una de las mejores que se hayan
tomado dentro del fotoperiodismo
mexicano.
Intencionada o accidental es una gran
imagen, esta capta la manera
intempestiva en que se atraviesa un
fotógrafo delante del sujeto de interés
que intentaba retratar Montero: un
soldado con su uniforme negro, en su
mano izquierda porta una
ametralladora mientras usa una
máscara antigas; tal vez observa a Montero mientras realiza la foto.
Su mano derecha lleva un anillo que brilla lo suficiente para quedar registrado en el negativo de
35mm, al fondo un camión con soldados contrasta con los tonos que se hacen presentes en la
toma. Del fotógrafo solo se puede reconocer una parte de su rostro, su oreja, su ceño fruncido
y la frente amplia que se conjugan con el efecto del “barrido” que la cámara registró sobre el
negativo. Es difícil reconocer a cada uno de los sujetos presentes en la toma, la insignia del
camión tampoco se hace visible a simple vista, los otros cuatro individuos sentados dentro del
camión se pierden en las sombras, nadie es reconocible, sólo se sabe quien fue el autor de
dicha imagen: Montero.
¿Qué es lo que está ocurriendo en esa foto? Por sí sola la imagen no proporciona más
información de la que observamos con nuestros propios ojos, hay que seguir por otro camino
ya que en su momento la foto tampoco fue publicada en La Nación ni en ningún otro periódico;
a más de sesenta años de haber sido tomada los hechos que giran alrededor de esta imagen
no parecen tan distantes.
Fue la tarde del 7 de julio, un día después de los comicios presidenciales de 1952, que
ocurrieron hechos de violencia en la capital mexicana. Durante estos días el país había vivido
una reñida campaña electoral que enfrentaba al candidato Efraín González Luna del Partido
Acción Nacional (PAN) en alianza con Fuerza Popular (FP), a Vicente Lombardo Toledano al
frente del Partido Popular (PP), a Miguel Henríquez Guzmán por la Federación de Partidos del
Pueblo Mexicano (FPPM) y a Adolfo Ruiz Cortines por el Partido Revolucionario Institucional
(PRI).
Las elecciones se llevaron en “calma” de acuerdo con la prensa, los candidatos pudieron emitir
sus respectivos votos sin contratiempos, la seguridad estuvo a cargo de ejército que hacía
revisiones votante por votante con el fin de evitar hechos violentos.
Miguel Henríquez general retirado del Ejército mexicano había pretendido contender desde
1946, pero una “discusión” con Ávila Camacho lo disuadió de seguir por ese camino, o al
menos así lo relata Lázaro Cárdenas en sus memorias; al final fue Miguel Alemán será elegido
para darle continuidad al proyecto institucional de la Revolución mexicana, todo bajo un nuevo
esquema de partido, una de las tantas razones por las que surge el PRI.
Henríquez causaba polémica, se le relacionaba con el círculo íntimo del ex presidente
Cárdenas, se le acusaba de no ser mexicano, mientras la prensa hacía pública su labor
castrense durante el levantamiento armado de Saturnino Cedillo en contra del Presidente
Cárdenas; según Excélsior él mismo había ordenado la ejecución de Cedillo. Los estudiantes
del Politécnico simpatizaban con él, dentro del sector obrero causaba opiniones encontradas,
tenía presencia en las zonas campesinas del centro-norte del país.
La izquierda se hallaba dividida y algunos militantes del Partido Comunista Mexicano (PCM)
votarían por él, o por lo menos una parte de la izquierda partidista, otro tanto ya se hallaba en
la clandestinidad o concentrada en algunas agrupaciones que habían surgido después de la
crisis que sufre el PCM en 1947 y que terminará por fraccionarlo, casi desaparece, su principal
pecado: haber apoyado la campaña de Miguel Alemán en 1946. Las Normales y sus
Federaciones Estudiantiles surgidas durante el Cardenismo habrán de elegir la clandestinidad
frente a este nuevo escenario.
Henríquez y su campaña avanzaban. La del PAN también, su presencia era fuerte entre los
campesinos de la zona del Bajío y Jalisco, además de contar con el apoyo de los católicos, sólo
Toledano parecía naufragar en la aventura presidencial, la CTM apoyaría a Ruiz Cortines,
académicos y estudiantes de la UNAM también se pronuncian a su favor, lo mismo los
maestros.
A las 9 de la mañana del día 7 de julio de 1952, los periódicos capitalinos hablaban de “las
elecciones más pacíficas que había tenido México en 50 años”, hacía las 12 del día la FPPM
daba como vencedor a Henríquez y a las 2 de la tarde el PRI proclama su victoria, de esto deja
constancia Montero en su Diario de un fotorreportero; la FPPM llamaba, invitaba, a sus
seguidores a acudir a la “fiesta de la victoria” ese mismo día a las siete de la noche, su sede se
encontraba muy cerca de la Alameda por lo que el evento estaba planteado realizarse en dicho
lugar; al mismo tiempo que el PRI daba a conocer su triunfo el Departamento Central de D. F.
comunicaba que la concentración de la FPPM no estaba autorizada y la policía estaba
autorizada para disolver cualquier acto que no estuviese aprobado por el Departamento
Central.
Hacía las 6 de la tarde, según Montero y la prensa de la época, comenzaron una serie de
desmanes promovidos por “individuos” que se infiltraron en la convocatoria del evento
promovido por la FPPM, estos, de acuerdo con el parte que la policía da a los reporteros, se
hallaban ya bajo la influencia de sustancias alcohólicas por lo que fue necesaria la intervención
de la policía y el ejército. Durante horas se escenificó una auténtica batalla campal en las calles
aledaña a la Alameda, algunas tanquetas del Ejército fueron quemadas, los gases
lacrimógenos se esparcieron desde Donato Guerra y Avenida de la Reforma hasta la Alameda.
Soldados, “guaruras”, agentes secretos y granaderos forman parte de esta batalla. Se rumora
que hay disturbios en otras ciudades, que hay sectores del Ejército dispuestos a levantarse en
armas. Miguel Alemán declaró que se debe mantener el orden y que no que se permitiría
ningún hecho de violencia que dañase el proceso electoral. Al final de la gresca hay un número
de muertos que oscila de los siete a los tres, más de treinta heridos y muchos detenidos,
algunos hablan de doscientos, publican sus nombres, sus fotos. Al final fueron estudiantes,
campesinos, gente que transitaba por la calle y hasta niños, de acuerdo con Montero. El
Politécnico declaraba que investigará a los estudiantes que participaron en los hechos con el fin
de expulsarlos de la institución, en caso de hallarlos culpables de haber participado en actos
violentos. A Henríquez se le obliga a abandonar la escena pública, retiro forzoso hasta el día de
su muerte, algunos de sus partidarios son encarcelados, sólo queda el registro de sus nombres
en los periódicos.
Montero se pregunta ¿Qué raro?... Qué raro que no hubiese policías o soldados lesionados o
heridos después de la larga tarde en que se reprime a los henriquistas… Al final todos quedan
anónimos en las fotos de aquel día, lo que no queda anónimo son los hechos que relatan y
testifican sus fotos…

Iván Alberto Hernández Cortés, octubre del 2014.