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TALLER DE LECTO-ESCRITURA UNIVERSITARIA: 1ra FICHA DE

LECTURA

Nicolás López Alonso, 4.910.331-2

Texto: ODDONE, Juan; PARÍS, Blanca. (1971). La Universidad uruguaya


desde el militarismo a la crisis (1885-1958), t. 2. Montevideo: Dpto. de
publicaciones Universidad de la Republica.

El fragmento seleccionado para la primera entrega de la ficha de lectura


constituye un breve pasaje inserto dentro de una obra de especial extensión,
conformada por cuatro nutridos tomos, que se proponen emprender una
documentación e investigación historiográfica acerca de la Universidad de la
Republica. Sus autores Juan Oddone y Blanca Paris en el tomo segundo, que
es el que nos compete, analizan la estructura interna de la universidad
adentrándose en los más íntimos aspectos de la docencia y la investigación de
los distintos centros de enseñanza.

Dentro de ese esquema nos detendremos particularmente en el área de


las ciencias jurídicas y las ciencias sociales, en el periodo transcurrido entre los
años 1885 y 1958.

Aunque la obra no lo tome como una línea argumentativa en sí misma,


una de las observaciones permanentes que introducen los autores en la reseña
histórica de la docencia universitaria, es la influencia que ejercen los principales
acontecimientos políticos nacionales (verbi gracia, la atmosfera de conciliación
y concordia en el último año del régimen de Máximo Santos) sobre la vida
universitaria (el retorno a la Facultad tras el exilio, de calificados juristas
insignes). Quizá sobre este punto se le puede reprochar la falta de
consideración de una influencia inversa, desde los centros de formación de
pensamientos (que en definitiva es la universidad) sobre el devenir político de
27 un país.
Otras de las ideas centrales que se desprenden de la lectura de las
cerca de 90 páginas relativas a la facultad de derecho y ciencias sociales, y
que reviste especial interés, es ese incontrastable fenómeno que vincula
indisolublemente la orientación filosófica de la cátedra con las más profundas
convicciones personales de la conciencia independiente del docente que la
imparte. Esto que planteado así parecería una perogrullada (un observador
apresurado podría decir que siempre existió una influencia reciproca entre la
orientación de la cátedra y las convicciones del docente) en realidad no deja de
ser una de las particularidades y sello distintivos que marcaron a las cátedras
de toda la primera mitad del siglo veinte (al menos dentro de la facultad que
analizamos). El alma de la clase es el alma del profesor reflejada, es el
centralismo personalista del docente. La relativización predomínate
actualmente, que en su discurso es tendiente a la objetividad, si bien puede
dejar traslucir cierta inclinación personal del docente no representa ni la sombra
del fenómeno al que nos referimos. La descripción de un caso concreto puede
ayudar a comprender. La cátedra de derecho constitucional, dirigida por el viejo
Justino Jiménez de Aréchaga (el primero de la conspicua familia), se alzó como
primer baluarte más combativo de la clara profesión espiritualista que él mismo
le imprimiera, enfrentándose al extendido positivismo spenceriano que
impregnaba todas las áreas de la enseñanza. Ahora bien, luego del
fallecimiento del insigne maestro, la cátedra tomo un rombo completamente
distinto, de la mano de un docente que supo imprimir con el mismo rigor sus
convicciones filosóficas (siempre fundada en la más elevada formación
intelectual): se trata de Juan Andrés Ramírez, que en contraste con el anterior
catedrático invoco la teoría histórica de la constitución, y procuró acercarse
más a la realidad. Este fenómeno se puede advertir con otras cátedras donde
54 figuras de alto relieve marcaron auténticos mojones: en la de Economía
Política, Eduardo Acevedo, en la de Derecho Penal el joven Irureta Goyena, en
Filosofía del Derecho, Vaz Ferreira…
TALLER DE LECTO-ESCRITURA UNIVERSITARIA: 2da FICHA DE
LECTURA

Nicolás López Alonso, 4.910.331-2

Texto: PLATON (1949). Apología de Sócrates. Diálogos. Patricio de Azcarate


(trad.) Buenos Aires: El ateneo.

Intentaremos a continuación hacer una exposición en extremo sucinta y


simple de una de los clásicos inmortales de todos los tiempos, como lo es sin
duda el dialogo platónico “El sofista o del ser”. En principio tomaremos como
hilo conductor y centro de referencia lo que consideramos el problema filosófico
sustancial que se enfrenta, en detrimento de otros elementos. Hecha esta
apreciación, decimos que en “El sofista” Platón emprende el análisis hacia la
más pura ontología, indagando acerca de la idea del no-ser: ¿es posible sin
ofender a la razón sostener que el no-ser es?

Se afirma comúnmente y sin objeciones que la forma de cambio no es


reposo. ¿Aquí no se escabulle la idea de un no-ser dentro de la estructura del
cambio? Sin embargo se puede refutar que existe la forma de cambio, pues
también participa del ser. Retomando; el cambio, si no es reposo se puede
convenir que es diferente del reposo, ergo, no es lo mismo (la diferencia es la
condición de participación de las formas, así se puede hablar distinguiendo
categorías máximas como ser, movimiento, reposo, diferente y mismo sin
confundirlas pero relacionándolas a la vez). En efecto, se deduce que el
cambio es lo mismo (en tanto es idéntico a sí mismo, de lo contrario no podría
haber conocimiento del cambio) y no es lo mismo (pues por ejemplo es
diferente del reposo). Así se va desatando la idea de negación en Platón.

81 Respecto de cada forma hay mucho de ser (las formas son infinitas, en
tanto que los números son formas, hay infinitas formas) pero también hay una
cantidad infinita de no ser. Esto es crucial para entender que la forma de la
diferencia es la idea de la negación en Platón (no la concibe como
contrariedad). Esa es la jugada de Platón para evitar el parricidio a
Parménides. La negación no implica necesariamente la contrariedad. Lo no
grande no necesariamente es lo pequeño, puede ser lo igual. Puede haber lo
contrario de todo menos del no-ser. La idea de lo contrario del ser no hay que
admitirla. Aquí puede verse la concepción parmenidia: “no admitamos algo que
no es” decía Parménides, entendiendo el “no es” en el sentido de lo contrario
al ser. Esa misma concepción del la negación como contrariedad no permitiría
a su vez el discurso falso, es decir la unión de nombres y verbos de forma tal
que el verbo enuncia del sujeto algo con apariencia de ser que en definitiva no
es (“Teetetes está sentado “/ “Teetetes vuela”).

La concepción del NO-SER oscila entre lo-diferente-del-ser y lo-


diferente (que acabamos de visualizarlo entre la forma de cambio y la de
reposo). La idea de lo diferente para Platón esta parcelada, y una de las
subformas que incluye es la de lo diferente del ser. Empero, lo verdaderamente
trascendente es que el NO se vincula con lo diferente. La revolución en la idea
platónica de la negación, tira por borda la lógica tradicional. En el caso de
Platón algo puede ser y no ser. Esta concepción es peligrosa porque pone en
cuestionamiento la propia idea que esboza Platón sobre la negación.

La forma de método que permea por toda la obra para exponer el


argumento es la dialéctica clásica o conversación que procede desde una
definición poco adecuada o otra más adecuada o de la consideración de
ejemplos particulares a una definición universal. Puede decir que se trataba de
un proceso inductivo. En conclusión es un gran logro conceptual el de Platón,
108 que de una ontología positiva hace posible la negación dentro de ella. Se
rompe con el concepto del tercero excluido: o bien p es verdadera o bien p es
falsa, no hay una tercera opción. Platón sugiere una nueva lógica en definitiva,
ser y no ser no son contradictorios.
TALLER DE LECTO-ESCRITURA UNIVERSITARIA: 3ra FICHA DE
LECTURA

Nicolás López Alonso, 4.910.331-2

Texto: CASSINELLI MUÑOZ, Horacio. “El interés legitimo como situación


jurídica garantida en la Constitución uruguaya”. En: Perspectivas del Derecho
Público en la Segunda Mitad del Siglo XX, en Homenaje a Enrique Sayagués
Laso. Madrid: Instituto de Estudios de Administración Local, 1969, tomo III, p.
283 y ss.

El eminente jurista y docente uruguayo Cassinelli Muñoz emprende el


análisis de una particular situación jurídica subjetiva, desde la óptica de la
constitución: el interés legítimo. En primer lugar, a diferencia de lo que sucede
con el derecho subjetivo, no es una situación jurídica que haya sido
protagonista de toda la historia constitucional de nuestro país; de hecho recién
se introduce el concepto por la ley constitucional promulgada en 1952,
recibiendo el influjo de la doctrina italiana.

En Uruguay la distinción entre el interés legitimo y el derecho subjetivo


se encuentra ligado a planteos sustantivos de gran trascendencia, pues
interpretar la expresión derecho en un sentido subjetivo y la noción de interés
legitimo condiciona el ámbito de aplicación de ciertas disposiciones
constitucionales de natural relevancia e impacto como la acción de nulidad de
los actos administrativos y las declaraciones de inconstitucionalidad de las
leyes. En vista de este fundamento, Cassinelli centra su estudio en la
regulación de las garantías constitucionales a favor de los titulares de un
135 interés legítimo.

Inicia con una aproximación a esta situación jurídica subjetiva,


señalando las técnicas de atribución de la titularidad de interés legitimo, la
estructura del interés legitimo como situación jurídica sustancial, el concepto de
lesión de interés legitimo, entre otras nociones básicas para luego adentrarse
definitivamente en la enumeración de las garantías jurídicas.

Es allí donde podríamos marcar un cierto matiz con la posición del autor:
cita dentro del título “garantía contra el ejercicio insatisfactorio de la función
legislativa” el recurso de referéndum interpuesto contra determinados actos
legislativos como garantía esencial ante las lesiones del interés legítimo. Nos
preguntamos ¿el argumento para sostener un referéndum contra una ley debe
ser el control jurídico de la regularidad de las leyes o es un control por una
cuestión de conveniencia e interés político, que en definitiva no se ejerce por
juristas especializados sino por el Cuerpo Electoral? Si bien el instituto
regulado constitucionalmente hace silencio al respecto no parece del todo
acertado identificarlo en esencia como una garantía del interés legítimo.

Precisamente esa misma es la función que cumple la declaración de


inconstitucionalidad de los actos legislativos, que a primera vista, si se
compara con la legitimación para entablar la acción de nulidad de los actos
administrativos parece incomprensible: mientras que esta procede ante la
violación de un derecho subjetivo o de un interés directo, personal y legitimo, la
declaración de inconstitucionalidad se limita a esta última hipótesis, omitiendo
como legitimación activa la violación de un derecho subjetivo. Sobre este punto
Cassinelli aporta un análisis por demás interesante y original: señala que una
reflexión serena conduce a concluir que esta fórmula es la única coherente con
la teoría de los derechos fundamentales de la constitución. Esto es así porque
generalmente los derechos subjetivos reconocidos en la constitución no están
162 precisamente limitados, sino que se encomienda al legislador la tarea de definir
los límites. El exceso del legislador en el ejercicio de esa potestad no ha de
calificarse como una violación del derecho subjetivo sino como ejercicio
ilegitimo de un poder discrecional. La observación de Cassinelli es sin duda
uno de los principales aportes de este breve estudio.
TALLER DE LECTO-ESCRITURA UNIVERSITARIA: 4ta FICHA DE
LECTURA

Nicolás López Alonso, 4.910.331-2

Texto: JIMENEZ DE ARECHAGA, Justino (1946). La Constitución Nacional,


tomo III. Montevideo: Organización Medina.

La Constitución Nacional, obra de profusa extensión, reúne las


condiciones requeridas para considerarla, tal como indica Korzeniak (opinión
que por otra parte compartimos) el mayor aporte a la ciencia del derecho
constitucional uruguayo. En sus 11 volúmenes emprende la ardua tarea, nunca
antes iniciada, del estudio sistemático y completo de nuestra Constitución,
haciendo de su obra la visita obligada para cualquier curioso o estudioso del
derecho público. En esta oportunidad, nos limitaremos a hacer una brevísima
exposición sobre uno de los puntos analizados en su tercer tomo.

Declara el art. 72 de la Constitución de 1942 (vigente en la época que


Justino impartía sus cursos y conservado sin modificaciones en el actual art.
82):

La Nación adopta para su Gobierno la forma democrática


republicana. Su soberanía será ejercida directamente por el Cuerpo
Electoral en los casos de elección, iniciativa y referéndum, e
indirectamente por los Poderes representativos que establece esta
Constitución; todo conforme a las reglas expresadas en la misma.

189 En primer lugar Jiménez de Aréchaga comienza por recordar que tal
como se desprende de este articulo, la Constitución no confunde la Nación con
el Cuerpo Electoral.

La Nación es la raíz del poder, la sede de la soberanía (art. 4, “la


soberanía en toda su plenitud existe radicalmente en la Nación”), en tanto el
Cuerpo Electoral, es el mecanismo para el ejercicio de cierto modo particular
de soberanía. No siendo en sí mismo el Cuerpo Electoral, el Soberano, se le
encomendó no obstante la realización de ciertos actos de soberanía (casos de
elección, iniciativa, referéndum), siempre ajustados a límites de competencia,
de forma, de fines.

Ahora bien parecería que la única diferenciación jurídica que surge de la


relación entre el Cuerpo Electoral y los Poderes Representativos con la
soberanía, se explica a través del término “directamente” asociado al Cuerpo
Electoral e “indirectamente” asociado a los Poderes Representativos. En
efecto, el constituyente colocó al Cuerpo Electoral en un grado de mayor
proximidad con respecto al titular de la soberanía, que el resto de los órganos.
Una distancia separa al Cuerpo Electoral y a la Nación y otra a los demás
poderes y a la Nación.

Concluye Jiménez de Aréchaga que el Cuerpo Electoral no es sino un


órgano representativo de la Nación, y aun si se quiere, el órgano mas
inmediatamente representativo de la Nación que los que integran los otros
poderes del gobierno.

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TALLER DE LECTO-ESCRITURA UNIVERSITARIA: 5ta FICHA DE
LECTURA

Nicolás López Alonso, 4.910.331-2

Texto: HEIDEGGER, Martin (1967). ¿Qué es metafísica? Xavier Zubiri (trad.)


Buenos Aires: Ediciones Siglo Veinte.

Si bien el titulo del texto puede inducir a pensar que Heidegger hablara
acerca de la metafísica, el autor renuncia a esto anunciando que va a dilucidar
un determinado tema metafísico. Este es el camino que encuentra el autor para
que luego de sumergirnos en la metafísica misma, esta se nos ponga de
manifiesto.

La existencia de la comunidad de investigadores, maestro y discípulos


está determinada por la ciencia, y a su vez por su propósito de abrazarse al
“ente en total” y rechazar y abandonar la cuestión de la nada: lo que hay que
inquirir es tan solo en “ente” y por lo demás, nada. ¿Por qué preocuparse por la
nada? La ciencia nada quiere saber de la nada, empero sorprendentemente
recurre a ella para expresar su propia esencia. Frente a esto, asevera
Heidegger, no hay que abandonar la interrogante: ¿qué pasa con la nada?

Empieza siendo caracterizada como no-ente, lo que no-hay en un


concepto proveniente de la propia ciencia que excluye a la nada. Se hizo ver a
la negación como una determinación de la nada; si es así el acceso a la nada
es a través del entendimiento, por tanto la lógica (estructura de pensamiento)
debería ser la vía para la comprensión de la nada. “Todo lo contrario” – señala
Heidegger - el pensamiento no puede hacer de la nada un objeto de estudio.
Aun así, hay en la existencia un temple de ánimo que coloca inmediatamente al
243 hombre frente a la nada: este es para Heidegger la angustia. La angustia
patentiza a la nada, pues su carácter indeterminado (no hay angustia por esto o
por otro, la indeterminación es su esencia) y su estado impersonal (caemos en
la angustia como “uno” mas) hace de la angustia una experiencia radical de la
nada. En la angustia se nos escapa el ente en total y por tanto también
nosotros mismos, de ahí que sea impersonal. Solo queda el puro existir, y nos
vemos rodeados por la nada.

Ahora bien la única respuesta a la interrogante planteada solo puede


provenir de nuestra entrevista directa con la nada. La nada no es un ente,
tampoco es dado como objeto, ni es la angustia es una aprensión de la nada,
sino un mero temple del ánimo que con pone en relación con ella. Con la nada
al paso, se nos permite visualizar al ente en tanto ente. Sin la patencia de la
nada no es posible el “yo” ni la libertad. La nada ya no es ese impreciso
enfrente al ente sino que se nos descubre como perteneciendo al ser mismo
del ente. La angustia no aniquila al ente en total: la nada nos sale al paso aun
con el ente en total, en tanto este se nos escapa. La patencia de la nada
permite la patencia del ente en total, posibilita por tanto la relación de la
existencia con el ente. Existir es estar sosteniéndose frente a la nada. Es licito
preguntarse entonces: ¿No habríamos de estar perennemente angustiosos
para poder existir? Responde Heidegger: la nada, con su originalidad
permanece casi siempre disimulada para nosotros, pues nos perdemos en el
ente en total y nos precipitamos en la pública superficie de la existencia. La
angustia esta dormitando, pero funcionando continuamente y posibilitando la
existencia

De este modo, la interrogante por la nada pone frente a nuestros ojos la


metafísica misma. La cuestión acerca de la nada es de tal índole que abraza a
la metafísica entera: es ir más allá del ente, es trascender, y eso es
270 precisamente lo que hace a la metafísica inherente a la naturaleza del hombre.
“No es una disciplina filosófica especial, ni un campo de divagaciones: es el
aconteciendo radical en la existencia y como tal existencia.