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Trabajo Práctico de literatura hispanoamericana

Profesor: Enrique Foffani

Alumno: Gabriela Paula Vallejo

Turno noche. Comisión “B”.

Las ciudades hidalgas de Indias


Tras el acto fundacional, las sociedades urbanas descubrieron que estaban colocadas en una
opción entre el sistema de sus metrópolis, un poco marginales, y el sistema de la Europa
mercantilista. Fue su aparición, junto con el peligro de las insurrecciones indígenas, lo que
perpetuó el carácter militar originario de algunas fundaciones. El peligro un levantamiento de los
indios se mantuvo latente en muchas ciudades y obligó a sus pobladores a mantenerse en pie de
guerra.

El gobierno colonial no podía sino ser pesado, a causa de la lejanía de las metrópolis, de la singular
burocracia que predominaba en ellas y, sobre todo, de la complejidad de los problemas que cada
día le planteaba al gobierno central cada rincón del mundo colonial. Los funcionarios ejercían un
extraño poder, porque sus actos estaban permanentemente vigilados por otros funcionarios y
nadie sabia cuál era el que gozaba del favor de la corona. Se diferenciaban las grandes capitales
de otras más pequeñas. No sólo eran los primeros centros de poder sino también centros de
actividad cultural, o mejor dicho, centros de elaboración de ideas.

La actividad económica de la ciudad-emporio, puerto y feria diversificó sus actividades, y fue, plaza
militar unas veces o sede administrativa o centro cultural. Se organizó alrededor de la ciudad todo
el sistema de la producción, tanto agropecuaria como minera. Pero, sobre todo, se intensificaron
las actividades intermediarias. Así se fueron construyendo los grupos económicos con los que se
iría comprometiendo el destino de la ciudad.

Por el progresivo desarrollo, las ciudades fueron perdiendo la fisonomía primitiva, ajustando a las
condiciones reales las funciones prestablecidas que le habían sido fijadas cuando fueron
fundadas, proceso que se desarrolló desde la fundación hasta la mitad del siglo XVIII. En el mundo
en el que se establecieron, estaban destinadas a ser ciudades burguesas y mercantiles. Pero la
fuerza del proyecto originario las constreñía para que fueran ciudades marginadas del mundo
mercantil. Así se constituyeron como ciudades hidalgas, porque hidalgos quisieron ser los grupos
dominantes que se formaron en ellas.

La formación de una sociedad barroca

Fueron nuevas ciudades las que se constituyeron en las ciudades de Indias durante los dos siglos
que siguieron a las fundaciones, las únicas ciudades vivas, porque las que se organizaron en las
zonas de producción, rurales o mineras, eran tan rígidas que tuvieron pocas posibilidades de
acomodación dentro del sistema.

Las ciudades de los señores urbanos (que ellos concebían como corte), garantizaban la
continuidad de las costumbres y ese ejercicio de la vida noble que se había grabado en su
memoria de emigrantes del mundo peninsular del siglo XVI.

En las ciudades, los señores constituyeron una subsociedad frente a la que formaban otros
sectores en los que predominaban castas sometidas junto a algún europeo o criollo marginado. El
conjunto fue una sociedad barroca, escindida en privilegiados y no privilegiados.

A diferencia de lo que ocurría en las ciudades burguesas del mundo mercantil europeo, se
constituían en las Indias unas sociedades duales, sin sectores medios; y el proceso social más
intenso que trabajaría subterráneamente esas sociedades fue la sorda formación de los sectores
medios y burgueses que irrumpirían en el siglo XVIII. Para esa época, muchos hidalgos de Indias
comenzaron a abandonar su particular concepción social, y muchos de ellos se transformaron en
burgueses.

Pero durante los dos siglos que siguieron a las fundaciones defendieron su condición de
privilegiados y su estilo de vida. Un estilo de vida ficticio, puesto que la hidalguía fue, en rigor, una
ideología del grupo fundador a la que traicionaban en los hechos cediendo a las exigencias de su
propósito primario que era la riqueza, única vía de ascenso social. Y por ser ficticio imprimió a las
sociedades urbanas un aire cortesano y no burgués que contradecía la realidad.

En esa sociedad urbana dual, la hidalguía indiana llegó a construir una oligarquía poderosa. Pero
no llegó a ser una clase cerrada. La carrera tras la riqueza y el poder impidió que se consolidaran
los grupos urbanos fundadores. Pero en muchas ciudades, sus herederos fundaron linajes que
obtuvieron el reconocimiento.

Partícipes de la condición hidalga fueron los grupos intelectuales que se formaron en muchas
ciudades con mayor o menos brillo. Muchos de sus miembros pertenecieron al clero. La sola
posesión de una sólida cultura revelada en obras, o en la conversación o en la enseñanza, prestaba
un testimonio de superioridad que confirmaba la condición hidalga.

Lo que quedaba por debajo del conjunto de los hidalgos –ricos y pobres, reales y virtuales- era la
otra subsociedad. Blancos, europeos, generalmente dedicados a los negocios financieros o al
pequeño comercio. Por debajo de todos estaban los grupos sometidos, indios, negros, mestizos y
mulatos, que se ocupaban en las ciudades de toda clase de menesteres.

Los mestizos fueron el elemento corrosivo del orden formal de la sociedad barroca de Indias, el
que minaría la sociedad dual urbana. El mestizaje conspiraba contra ella, facilitado por las
crecientes posibilidades de ascenso económico. Y en ese mismo proceso adquirió autonomía un
sector criollo blanco que descubrió lo anacrónico de la estructura social elaborada hasta ese
momento. Unidos, ambos factores precipitaron la crisis de la sociedad hidalga en la segunda mitad
del siglo XVIII.
Los procesos políticos

El poder obraba cada día para constituir y fortalecer el orden urbano. Trajeron funcionarios con
experiencia administrativa para montar la joven burocracia, misioneros, y sobre todo, cuantos
útiles, herramientas, muebles y objetos podían ser necesarios para poner en movimiento la vida
de la ciudad; para que dejara de ser, cuanto antes, una aldea o la promesa de una ciudad.

Pero eran asuntos públicos los que sacudían la existencia cotidiana: los conflictos entre el gobierno
civil y el religioso, los conflictos jurisdiccionales, desencadenados a veces por las causas sociales.
Pero lo que más alteró la vida de las ciudades fueron los episodios de la lucha por el poder y los
privilegios.

Hidalguía y estilo de vida

En Indias, la conquista dibujó un mapa social que prefiguraba la situación de las clases
privilegiadas. Lo que en Europa era un sector marginado por el proceso de la vida socioeconómica,
encontró en América su homólogo en un sector sometido y marginado de una sola vez por la
conquista. Los colonizadores se encontraron instalados en una situación de privilegio que el
patriciado de la sociedad europea había tenido que lograr trabajosamente a través de un proceso
de señorialización feudo-burguesa. El mundo mercantil prosperaba, pero las ciudades hidalgas de
Indias fingían ignorarlo. El designio de consolidar la situación de privilegio prevalecía en la
mentalidad de los grupos hidalgos.

No tardaron mucho las ciudades de Indias en diferenciarse. Por su magnitud e importancia, las
ciudades de amplia jurisdicción se diferenciaron de las ciudades menores.

La riqueza fue siempre el factor decisivo, pero era necesario que no estuvieran muy a la vista las
fuentes.

Frente al poder social y económico de la clase que heredaba los privilegios de la conquista, la
posición de los demás sectores acusaba una tremenda inferioridad. Bajos niveles de vida
predominaban en los barrios de castas. Pero las ciudades ofrecían resquicios por donde los grupos
sometidos podían escapar hacia mejor suerte: hubo una picaresca indiana, respuesta obligada a
las condiciones impuestas por la sociedad hidalga.

La actividad económica fue el eje de vida urbano, y ella impuso ciertas reglas a su desarrollo, en
casi todas partes de la rígida estructura de la sociedad barroca. Las actividades económicas
creaban zonas de contacto en las que el dinero facilitaba el acercamiento de los distintos sectores
sociales. Esa fuerza que llamaba al realismo a una sociedad que se quería mantener estática
dentro de un orden ilusorio, operaba con más vigor en las ciudades que fueron desde el principio
preferentemente mercantiles. El mercado era el núcleo fundamental de la vida.

En los puertos se constituyeron los grupos económicos más poderosos. Forjaron el tipo del
burgués mercantil, que había de constituir un modelo cada vez más aceptado a medida que se
desarrolló la vida colonial.
Una concepción épica de la vida fue el primer rasgo de la mentalidad conquistadora. Pasado el
momento crucial de la conquista, fue evidente que era necesario insertar esa posición dentro de
un orden estable que asegurara la condición de privilegio.

El conquistador poseía un sistema de ideas sociales de las que se había impregnado en su país de
origen. Llegado al nuevo mundo, la sociedad que se constituía estaba tajada en dos. La sociedad
dual fue un principio inconmovible, sostenido por el estado y fortalecido por la aceptación de las
obligaciones impuestas por los sentimientos caritativos con los que se deslindaban
responsabilidades morales.

El respeto a la voluntad popular –entendiendo por pueblo al grupo conquistador- fue el tercer
rasgo de la mentalidad conquistadora.

América no era un lugar para arraigarse sino un lugar de paso, para obtener riquezas y alcanzar
una posición social de la que se esperaba disfrutar en la metrópoli.

Cuando el conquistador se transmutó en colonizador, el rasgo más vigoroso de la nueva


mentalidad fue la ideología del ascenso social. Era, sin duda, una ideología, puesto que entrañaba
una imagen de la sociedad y del papel y las posibilidades que el individuo tenía de ella.

En el seno mismo de la clase dominante, el distingo entre peninsulares y criollos introdujo una
constante inestabilidad. El criollo fue adquiriendo con la tierra un compromiso cada vez más vivo,
que entrañaba la conciencia del arraigo y que se fortalecía generación tras generación. Los
mestizos contribuían a la inestabilidad porque instalaban un puente entre los dos grandes sectores
sociales.

La conjunción entre el apego a las formas y la apelación a la fuerza configuró la mentalidad de los
colonizadores trasmutados en hidalgos.

Las ciudades criollas


Las ciudades latinoamericanas comenzaron a volcarse, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII,
hacia una economía más libre, más abierta y aburguesada, en la que cobraban vigor nuevas ideas
sociales y políticas. Poco a poco disminuía el cerco que las mantenía encerradas dentro de las
ideas y formas de vida de sus metrópolis, y las nuevas formas económicas desencadenaban en los
puertos y capitales actividades nuevas.

El progreso fue una palabra de orden. Pero no entraba fácil en los grupos hidalgos, ya que, para
ellos, la economía era inmóvil. Peninsulares ilustrados o comerciantes llegados al instaurarse el
comercio libre identificaron la libertad mercantil con el progreso y se manifestaron progresistas
hasta que descubrieron las proyecciones que esa actitud podía tener en las colonias. En ellas, la
palabra progreso adquirió un sentido mucho más explosivo que en las metrópolis, y quienes la
pronunciaron con la intención de cambio fueron sobre todo los burgueses y criollos, la naciente
burguesía criolla, cuya formación como grupo social sacudió la sociedad tradicional.
La sociedad latinoamericana había empezado a acriollarse. Las burguesías urbanas conquistaron
rápidamente un puesto de vanguardia y, a fines del siglo, constituyeron la primera élite social
arraigada que conocieron las ciudades latinoamericanas. Su destino era permanecer en sus
ciudades e imponer en ellas sus proyectos económicos, sus formas de vida y su región. No mucho
después pensaron en la independencia política, y la alcanzaron a través de revoluciones urbanas.

Una ola de movilidad social se manifestó prontamente. Se aceleró el proceso de cambio y se


consolidó una nueva economía. Las ciudades progresaron, se estancaron o retrocedieron en su
desarrollo, según las funciones que les tocó asumir en el nuevo sistema.

La ciudad criolla nació bajo el signo de la Ilustración y su filosofía. La ciudad fue escenario de
fuertes tensiones porque las ideologías expresaban las tendencias sociales, económicas y políticas
de grupos inestables para quienes el poder era garantía de un sustancioso predominio. Hubo
tradicionalistas, progresistas, reformistas y revolucionarios.

Con la independencia y las guerras que acompañaron al proceso de la organización del nuevo
orden político, la economía rural sufrió rudos golpes. Fue el desarrollo mercantilista lo que más
profundamente modificó el ordenamiento económico. Crecía el mercado interno, marcadamente
en las ciudades, creando expectativas de acrecentar las importaciones y exportaciones. Pero todo
ese desarrollo contradecía el régimen monopolista que las metrópolis mantenían.

Una sociedad criolla

Entre los factores que provocaron la crisis de la ciudad barroca no sólo se encuentra el impacto
mercantilista, sino también el anudamiento entre las generaciones que provocaba sustanciales
modificaciones en la estructura de la sociedad. Los criollos crecieron en significación social,
agregándose a ellos ciertos grupos de indios, negros, zambos y otros cruces.

Crecía el grupo de los arraigados, cuyo arraigo se acentuaba con el tiempo. Era una sociedad
justamente arraigada la que se estaba constituyendo. Pero ese no era el único signo de la
metamorfosis social. La sociedad acriollada era sustancialmente móvil y su empuje dejaba al
descubierto las falacias del orden instaurado por los conquistadores y colonizadores.

Era una sociedad desorganizada, inestable, pero sin duda creciente. Fue el resultado del
desequilibrio entre un mundo rigurosamente ordenado a la manera europea y otro apenas
ocupado donde el que se instalara podía gozar de libertad.

En las últimas décadas del siglo XVIII las sociedades urbanas y el mundo rural organizado cobraron
conciencia de esta sociedad informal, autóctona y criolla que crecía incontrolada. Eran la gente
“campestre”, de hábitos rudos, ajena a la refinada urbanidad de la gente de la ciudad.

El criollismo pareció patrimonio de las sociedades rurales, y fue esgrimido polémicamente contra
las sociedades urbanas, a las que se acusaba de cosmopolitas y extranjerizantes. Así nació una
especie de querella entre campo y ciudad, destinada a durar largo tiempo. Sin embargo, las
ciudades habían sufrido un proceso social semejante al de las zonas rurales, y también allí se
habían acriollado sus sociedades. Sólo que en ellas no daba el tono las clases populares sino los
nuevos grupos burgueses.

Tanto en las colonias españolas como en las portuguesas se había ido formando una clase alta
criolla, nacida en la tierra y comprometida con ella, y numéricamente mucho mayor que los
grupos peninsulares. Firmemente asentada en sus privilegios, se mostró orgullosa y soberbia.

A medida que crecía la burguesía criolla se desvanecía la ilusión de la sociedad barroca. Una nueva
concepción de la vida lucharía por imponerse en esta sociedad que se había arraigado, compuesta
de “criollos naturales” y de blancos criollos, y que había encontrado en la burguesía criolla una
élite ajustada a los requerimientos y a las posibilidades de la época que se abría con la crisis de los
imperios de España y Portugal.

Poco a poco las ciudades comenzaron a politizarse. Los grupos se dividieron según las ideologías –
progresistas o tradicionalistas- y las tensiones crecieron en la vida urbana. Esa politización delineó
los frentes de combate y cuajó en los movimientos revolucionarios, movimientos urbanos que
encabezaron generalmente las nuevas burguesías criollas, sin perjuicio de que a veces echaran por
delante figuras no comprometidas.

Los años que siguieron a los movimientos emancipadores modificaron la fisonomía de las
ciudades. Forzadas por su expansión y por su desarrollo demográfico, debieron empezar a
preocuparse por los problemas que aparecían en ellas. Menos en el Brasil que en el mundo
hispánico, los funcionarios progresistas tomaron nota de los trastornos cotidianos que ocasionaba
el desorden urbano y algunos empezaron a aplicar modernas ideas para racionalizar lo que hasta
entonces se había desarrollado espontánea y desordenadamente.

Reformas y revoluciones

La expansión de la sociedad criolla y su acelerada integración fue el resultado de una coyuntura


favorable que crearon los grupos reformistas de las metrópolis y gracias a ella se manifestó la
diferenciación de una nueva élite desprendida del nuevo conjunto: las burguesías criollas
ilustradas.

La política reformista era hija de la Ilustración, una filosofía fundada en la razón, que aspiraba a
lograr que fuera la razón, y no en las costumbres, la que gobernara el mundo. Era, pues, una
filosofía aristocratizante, que distinguía entre las minorías selectas y el vulgo. A esas minorías
selectas, instruidas e iluminadas por la luz de la razón, era a las que correspondía el gobierno. Y
como su principal preocupación debía ser que la sociedad contara en todos los ámbitos con gentes
como ellas, la educación fue un objetivo fundamental.

Las reformas educacionales no debían consistir solamente en alfabetizar grandes masas. Más
importante era seleccionar a los mejores e inculcarles las nuevas ideas. El fin de la educación debía
ser la ampliación de las minorías selectas, impregnadas de las nuevas ciencias físicas y naturales,
comprensivas de las perentorias necesidades de una sociedad injusta y estancada.