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El concepto de shalom (paz) en

el judaísmo
por David Acrich

Definir el concepto de paz en su terminología hebrea es complejo.


Este vocablo, shalom, no solo se detiene en un simple significado
de paz como tal, sino que lo nutre de significado, refiriéndose
también a conceptos como integridad, perfección, plenitud, obra
concluida (shelemut), sosiego, calma, armonía, prosperidad. Ello,
en vez de restar coherencia a la condición de paz, la enriquece,
dotándole de connotaciones éticas importantes: ¿puede existir la
paz sin un estado de plenitud, armonía y sosiego entre sus
partícipes? ¿Puede un escenario bélico hacer suyas, acaso, dichas
connotaciones? Para el judaísmo bíblico la paz, shalom, es la mayor
de las bendiciones, es la máxima expresión del jésed (bondad,
amor). Era el estado primigenio desde la Creación, en el Gan
Eden/Jardín del Edén, donde animales y humanos convivían
pacíficamente. Y será, también, el estado al que se aspira para el
“postrer de los días”, como lo recuerda la profecía de
Yishayahu/Isaías: “El lobo morará con el cordero… La vaca y el
oso comerán juntos, y juntas descansarán sus crías…” (11/6-
8). La paz se convierte en una de las más grandes bendiciones que
El Eterno otorga a los humanos: “Yo formo la luz y creo la
oscuridad; hago Shalom y creo el mal” (Yishayahu/Isaías 45/7). O:
“El Eterno bendecirá a su pueblo con Shalom” (Tehilím/Salmos
29/11). La máxima expresión de Paz es el Dios mismo, quien,
como se repite con constancia en las plegarias diarias del judaísmo,
“hace la paz en las alturas y hará la paz sobre nosotros y sobre
todo su pueblo de Israel”, o como evoca Mishlé/Proverbios: “Sus
caminos son caminos deleitosos y todas sus sendas son de paz”
(3/17). Shalom es, también, uno de los sagrados nombres para
referirse a El Eterno: el héroe Guideón proclama a Dios con el
epíteto “El Eterno-Shalom” (Shoftím/Jueces, 6/24).

Entre los estados ideales de paz plena del Jardín del Edén y la
plenitud pacífica mesiánica que proclama el profeta para los días
postreros, se encuentra la realidad, en la que diariamente tenemos
que convivir los humanos y las sociedades. La Torá no se escabulle
de dicha realidad social, propone una serie de normas y
comportamientos que buscan, precisamente, llegar algún día a ese
estado mesiánico ideal. Las Mitsvot/preceptos se convierten así en
el óptimo proceder para lograr, escalonadamente, dicho estado
ideal: de allí que se condene matar, robar, oprimir a los desvalidos,
explotar al siervo; y que se aliente el amor al prójimo (“amarás a tu
prójimo como a ti mismo”), las leyes de tsedacá (justicia social) y
de protección a los más débiles. Son pasos que se proyectan al
futuro, que aspiran llegar al estado mesiánico en que “convertirán
sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará
nación contra nación su espada, ni se adiestrarán más para la
guerra” (Yishayahu/Isaías 2/4).

Con la aspiración a la plenitud del shalom el judaísmo no pretende


excluir, en la realidad social, todas las guerras, o pretende que se
ponga “la otra mejilla” ante la agresión. El hombre y su pueblo
tienen el derecho a defenderse ante su peligro de extinción. En la
Torá, inmediatamente después que aparece la bendición de la paz
por parte Divina, como culminación de todas las bendiciones, Dios
insta a la lucha en términos sobrecogedores: “Y daré paz en la
tierra, y os acostaréis sin temores; … y la espada no pasará por
vuestra Tierra. Y perseguiréis a vuestros enemigos, … que caerán
por la espada” (Vayicrá/Levítico, 26/6-8). Ahora bien, el estado
bélico para la Biblia y el judaísmo no es una situación ideal, y ante
su necesidad se deben seguir ciertas normas. Ante todo se debe
tener presente la prohibición del derramamiento de sangre, como se
estipula en Bereshit/Génesis y varias veces a lo largo de toda la
Torá: “Quien derrama la sangre de un hombre, también su sangre
será derramada, porque Dios hizo al hombre a su imagen” (9/6).
Solo el peligro ante tu propia muerte, o el peligro de la desaparición
de tu pueblo y tu Fe como tal, te permiten optar por el estado
bélico. Ante determinados pueblos la Torá justifica la guerra:
“Borrarás la memoria de Amalek de debajo del cielo
(Debarím/Números, 25/19)” porque “os acometió en el camino
matando por la espalda a los rezagados, y se aprovechó de que
ibais cansados y debilitados, sin temor de Dios” (25/18). También
con relación a los moabitas y los amonitas: “no buscarás nunca la
paz ni la prosperidad de ellos” (Devarím/Deuteronomio 23/7) por
cuanto “no salieron a recibiros con pan y agua en el camino
cuando salisteis de Egipto, y encomendaron a Balaam … la misión
de maldecirte” (23/5). En contraposición, en el mismo capítulo se
advierte que a determinados pueblos no se les debe atacar: “No
aborrecerás al edomita porque tu hermano es, ni tampoco al
egipcio, porque extranjero fuiste en su tierra” (23/8).

Se justifica, pues, en determinados casos, tomar las armas. Sin


embargo, la Torá reconoce que no es el estado ideal ni un acto
moral. Éste corresponde a la paz, en todo su sentido. Por algo la
Torá repite, con sus distintas variantes, el término paz, shalom,
hasta 237 veces. En Devarím/Deuteronomio se puntualiza:
“Cuando emprendieres la guerra contra tus enemigos, te
guardarás de toda cosa mala” (23/10). Dado que se tiene que
llegar a un estado que no es el ideal, al menos la actitud de los
soldados debe ser lo más correcta y ética posible. Incluso “Cuando
te acerques a una ciudad para combatirla, primero le ofrecerás la
paz. Y si respondiere aceptando la Paz, … la gente que en ella se
hallare, será tributaria y te servirá. Mas si no aceptaren la paz,
combatirás contra ella y la sitiarás … herirás a todo varón suyo a
filo de espada…” (Devarím/Deuteronomio, 20:10-20). Se presenta
en la Torá un constante conflicto entre el ideal ético de la paz y la
realidad social que exige el enfrentamiento bélico, con toda la
complejidad que ello conlleva. Por un lado se exige la paz, como
recuerda el Salmo 34 de Tehilím/Salmos “aléjate del mal y haz el
bien, pide la paz y persíguela” (15); y por otro, se alienta la guerra
en momentos necesarios. A este respecto RaMBaM/Maimónides
(siglo XII) explica (Hiljot Melajím, 5) que no se puede hacer la
guerra hasta que no se haya intentado la paz. Incluso se debe
distinguir entre una guerra como mandato divino (mitsvá) y la
guerra opcional, tal como sería la guerra de expansión, que aunque
no existe prohibición explícita hacia ellas, los sabios afirman que
para ejecutarlas se precisa recibir el visto bueno de un alto tribunal,
que testifique que es justificable un derramamiento de sangre. En
Pirké Avot/Ética de nuestros Padres, se recuerda: “¿Quién es el
valiente? El que domina sus pasiones, pues está escrito: ‘el hombre
que sabe refrenar su cólera vale más que el héroe; el que domina
su espíritu es superior a quien conquista una ciudad’” (4/1). Por
tanto, la valentía no estriba en la conquista de pueblos, en guerras
por la supremacía, sino en dominar los propios instintos, en no
actuar irreflexivamente. Incluso cuando la necesidad social te
obliga a romper el estatus de la paz y tomar las armas, las
consecuencias se hacen notar, a pesar de la victoria. No únicamente
con relación a las muertes de soldados y civiles, al dolor de las
familias, a la pérdida de infraestructura civil o económica, al precio
de la reconstrucción después de la batalla, sino también a las
consecuencias espirituales. El Rey David, al final de su reinado
estaba dispuesto a construir la Casa de Dios, pero este mérito le fue
negado por el mismo Eterno: “Y dijo David a Shelomó/Salomón:
‘Hijo mío, he tenido en mi corazón el anhelo de edificar una casa
al nombre de El Eterno; pero vino a mí (Su) palabra diciendo: Tú
has derramado sangre en abundancia y has llevado a cabo grandes
guerras. No edificarás una casa a Mi nombre…’” (Dibré
Hayamím/Crónicas I, 22/7-8). Entonces David encomendó la
misión a su hijo Shelomó (cuyo nombre deriva de shalom). Esto nos
demuestra que la guerra, aunque sea por supervivencia y por ideales
éticos, no es del todo vista positivamente por El Eterno. David fue
un combatiente durante toda su vida, por lo que no se ajusta al
espíritu de la paz que promulga la Torá y la construcción del
Templo. Del mismo modo se recuerda en Shemot/Éxodo (20:25)
que fue prohibida la utilización del hierro (cincel) para la
construcción de altares a Dios, pues éste era el mineral por
excelencia de las armas de guerra.

La concepción del judaísmo en cuanto a que la guerra es inmoral y


destructiva y que la paz es el estado éticamente óptimo en un
mundo perfecto, fue una idea, en su momento histórico,
socialmente revolucionaria, cuando pueblos enteros luchaban por la
conquista de tierras, la hegemonía y la superioridad militar. No
obstante, el propio profeta de la paz, Yishayahu/Isaías, quien ¡se
había manifestado desnudo! para prevenir a Yehudá y a su rey que
no se subleve contra el Reino de Israel en el norte (20/3), cambia de
parecer cuando las tropas de Sanjerib/Senaquerib asedian
Yerushalayim/Jerusalem y amenazan a Yehudá con su destrucción.
Entonces Yishayahu comprende que la guerra es inminente cuando
el pueblo y sus creencias están en peligro de desaparecer, por lo que
anima al rey Jizkiyahu/Ezequías y a su pueblo, hasta la victoria. El
“perseguidor de la paz” fundamenta los criterios que conllevan a
una guerra justificada. “Cada cosa tiene su momento oportuno y su
tiempo bajo el cielo … tiempo de guerra y tiempo de paz”, escribe
Shelomó/Salomón en Kohelet/Eclesiastés (3/1-8).

En el Talmud no solo se ensalza la paz como el valor supremo de la


Torá (“Toda la Torá sólo existe en aras de la paz”), sino que
además se exige de todo sabio que difunda la paz. El sabio
talmúdico Hilel toma a Aharón el Cohén/Sacerdote como referencia
para atribuirle las cualidades del hombre pacífico: “Sé de los
discípulos de Aharón, ama la paz y procura la paz…” (Pirké Avot,
1/12). La misión del cohén, como lo demostró Aharón, era la de
bendecir al pueblo, acercarlo a la armonía Divina, y llenar de
verdadero sentido a la paz. Está escrito: “La ley de la verdad estaba
en su boca. … Andaba conmigo por el camino de la paz y
la integridad…” (Malají/Malaquías, 2/6).

También Moshé/Moisés, promotor de la justicia, comprende que


ésta no pude manifestarse en su totalidad si no va acompañada de la
paz. Cuando Dios le promete que le dará en sus manos a Sijón, rey
de Jeshbón, primero Moshé procura la paz: “Permíteme pasar por
tu territorio. Andaré derecho por el camino, … Solamente te pido
que nos dejes pasar, … en dirección a la tierra que El Eterno nos
ha dado” (Devarím/Deuteronomio, 2/25-29). Sólo cuando su
petición fue respondida negativa y agresivamente, Moshé emprende
el camino de la guerra. El midrash talmúdico subraya que este acto
se ajusta al versículo de los Salmos: “aléjate del mal y haz el bien,
pide la paz y persíguela.” El discípulo de Moshé, Yehoshúa/Josué,
también acostumbraba a enviar misivas con propuestas de paz antes
de emprender la guerra por la conquista de la Tierra de Israel.

Es interesante anotar que actuaciones en búsqueda de la paz antes


de emprender el camino bélico, lo encontramos en personalidades
judías a través del acontecer histórico. En la historia contemporánea
destaca Albert Einstein quien, además de científico y Premio
Nobel, fue un ferviente pacifista. Estableció la Fundación
Internacional Einstein de Resistencia a la Guerra. Pero al enterarse
de las atrocidades de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial,
renunció al Comité para la Cooperación Internacional y alentó a
las naciones libres a que se armaran para defenderse. Comprendió
en su momento (en especial cuando se sospechó que los nazis
experimentaban con los átomos de uranio para crear un arma
devastadora) que la paz, el pacifismo, no puede entenderse como la
renuncia a la libertad de las naciones y la pasiva aceptación de
genocidios. Otra oferta de paz contemporánea puede encontrarse en
la Declaración de Independencia del Estado de Israel: “Extendemos
nuestra mano a todos los estados vecinos y a sus pueblos en una
oferta de paz y buena vecindad, y los exhortamos a establecer
vínculos de cooperación y ayuda mutua con el pueblo judío
soberano asentado en su tierra. El Estado de Israel está dispuesto
a realizar su parte en el esfuerzo común por el progreso de todo el
Medio Oriente.”

Podría entenderse la paz, desde la perspectiva judía, no como lo


contrario a la guerra, sino más bien a todo acto violento: un estado
de plenitud, bienestar, sosiego y armonía; un ideal y la búsqueda de
dicho ideal. No basta con amar la paz; hay que buscarla. En aras del
camino de la paz (“mipné darké shalom”) habrá, quizás, que
renunciar a otros estadios prácticos o positivos. Por tanto, es
responsabilidad de los dirigentes, políticos y espirituales, de
promover dicha paz, como lo sentencia repetidamente el Talmud:
“Talmidé jajamim marbin shalom baolam” (discípulos de la
sabiduría acrecientan la paz en el mundo.)

Está escrito en Pirké Avot: “Raban Shimón ben Gamliel dice: sobre
tres bases el mundo perdura: la Justicia, la Verdad, y la Paz”
(1/18). De aquí se colige que la paz debe complementarse con otros
valores de la ética judía. El Talmud (Taanit 4, 35) reconoce que la
paz, la justicia y la verdad se complementan armoniosamente, al
punto de fusionarse en una misma cosa: asentada la justicia, logra
asentarse la verdad y puede constituirse la paz. “Diga cada cual la
verdad con su prójimo; ejecutad juicios de verdad y de paz en
vuestros portales” -sentencia el Profeta Zejariá/Zacarías (8/16). Es
innegable que la paz debe ir acompañada de la justicia, pues de lo
contrario aquélla perdería su validez y su sentido como tal. Según
el midrash, el mundo fue creado en la condición de Ley, justicia,
pero El Eterno asumió cuán estricta sería la vida humana con solo
justicia, por lo que agregó el Jésed (bondad, piedad…) Este
binomio de Justicia y Jésed es lo que conlleva al estado de paz, un
estado que se debe desear a todos: integridad, armonía, plenitud;
bienestar, salud, libertad. Por algo en el judaísmo (y en otras
culturas semíticas) se saluda y se despide con el enunciado shalom.

Otro tanto sería con relación a la verdad. “Amad la verdad y la


paz” –sentenció el profeta Zejaría/Zacarías (8/19). Imposible
concebir un mundo ético y espiritual, y mucho menos un estado de
paz, sin la verdad. No obstante, el judaísmo reconoce que vivimos
en un mundo complejo, donde la mentira existe. Por tanto el
Talmud reconoce que en “aras de la paz” la verdad puede verse
afectada: “Por el bienestar de la paz la verdad puede quedar
sometida” (Yebamot 65b).

Hay otro valor ético que se amalgama con el del shalom: el amor.
Quizás este sea el punto de partida de la paz: el amor, el no desear
el mal al prójimo. Si deseas el bien de todos y respetas las creencias
e idiosincrasias de todos los pueblos y culturas, no habrá suficiente
razón para romper con el estado de paz y preparase para la guerra.
Las prescripciones del judaísmo demandan respeto a todos.
RaMBaM/Maimónides lo reafirma cuando escribe que la salvación
no es patrimonio único de los judíos, sino que todas las naciones
tienen parte en ella. Por ello, explican los sabios talmudistas, que
Dios creó a Adam/Adán como único ancestro de la Humanidad,
para que nadie pueda atribuirse ser superior o mejor que los demás.
El judaísmo basa su creencia en un Dios que ama a las personas
individualmente, por sí mismas, con sus ideologías y diferencias. Y
le corresponde a los seres humanos, por tanto, imitar Su proceder.
Cuando ello se logre se estaría iniciando la era en que “no habrá ni
envidia ni guerra”, como recuerda RaMBaM, bajo el amparo del
Mashíaj/Mesías, quien con razón también es nominado “Príncipe
de la paz” (Sar Shalom) y “Divulgador de la paz” (Mashmía
Shalom) (Yishayahu/Isaías, 9/5 y 52/7). VOLVER A INICIO

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