Está en la página 1de 2

EL CONEJITO TRAVIESO

Relájate, quédate quietecito y escucha. Escucha con gran atención este cuento sobre un
conejito al que no le gustaba ir al colegio, hasta que un día aprendió una importante lección.
¿Quieres saber cuál fue? ¡Vamos a ver si lo descubrimos!
Pues... en una pradera mágica que se extendía a los pies de una
montaña nevada vivían unos encantadores y peludos conejitos. El líder era
tan mayor que su pelaje se había vuelto de un gris plateado y le llamaban
Plata Vieja. Todos lo querían y respetaban mucho.
Una neblinosa mañana de otoño, al asomar él la cabeza fuera de la
conejera para echar un vistazo a la pradera, unos jóvenes conejos que
estaban deseando aprender de él, se acercaron para pedirle si podía
pasarles parte de su sabiduría.
—¡Por qué no! —respondió Plata Vieja moviendo el hocico—. De acuerdo, empezaré
mañana. Presentaos a la una y os enseñaré todo cuanto sé, sobre todo a evitar que os cacen. ¡Es lo
más importante de todo! ¡Y no lleguéis tarde!
Al día siguiente todos los conejos llegaron a la una en punto para recibir sus clases, salvo un
travieso conejito llamado Pip que pensó que no valía la pena dejar de jugar para aprender. Sólo
quería divertirse. Día tras día Pip continuó yendo a la laguna a jugar con los patos. Brincaba lo más
alto que podía para que las mariposas que pasaban por ahí se fijaran en él. Y también se iba al
bosque para saltar sobre las hojas otoñales y crear melodías al hacerlas crujir bajo sus patitas.
Pero un día, mientras estaba jugando y bailando, pasó por encima de una red tendida en el
suelo cubierta astutamente con ramas y hojas. ¡Era una trampa! De pronto la red se cerró a su
alrededor y lo aprisionó formando con él una bolita.
—¡Socorro! ¡Me han cazado! —chilló el conejito aterrado.
Aquella noche la madre de Pip al ver que su hijo no volvía a casa, le pidió preocupada a Plata
Vieja que salieran a buscarlo. El líder envió a los conejos a inspeccionar los lugares donde Pip solía
jugar y él mismo se ocupó de ir allí donde sabía que los cazadores tendían las trampas.
Poco después de iniciar la búsqueda, oyó unos pasos humanos. Se acercaba un hombre,
¡parecía un cazador! Plata Vieja alarmado fue corriendo a revisar la siguiente trampa y encontró en
ella al pequeño y entristecido Pip encerrado en la red del cazador. Rápidamente el sabio y viejo
conejo mordisqueó con sus largos y afilados dientes las cuerdas. Justo cuando los pasos del cazador
casi se oían encima de ellos, Plata Vieja consiguió romper con los dientes la última hebra de la red y
¡liberó a Pip! Se fueron corriendo tan rápido como sus patitas se lo permitían. La madre de Pip lloró
de felicidad al ver que su hijo no había sufrido ningún daño.
—¡Qué contenta estoy de que estés a salvo! —gritó—. ¡Qué susto me has dado!
—Lo siento mucho, mamá —respondió Pip aferrándose a ella.
—No pasa nada, hijo. Pero, ¿ves ahora por qué es tan importante escuchar a los demás? Hay
algunas cosas en la vida que realmente necesitas aprender.
—¡Sí, mamá, ahora me doy cuenta! —repuso Pip—. ¡Lo siento mucho, Plata Vieja! —le dijo al
líder—. Te prometo que no voy a saltarme nunca más ninguna clase.

Todos nos beneficiamos al escuchar la sabiduría de aquellos que la han adquirido con la experiencia y
que son lo bastante generosos como para compartirla con nosotros. Una persona sabia sabe que hay
un tiempo para jugar y un tiempo para aprender.

Dharmachari Nagaraja
Cuentos budistas para ir a dormir
Barcelona : Oniro, cop. 2008