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CAPÍTULO 3

d) La comunidad, carta de recomendación del apóstol


(3/01-03).

1 ¿Comenzamos de nuevo a recomendarnos a


nosotros mismos? ¿O quizás necesitamos, como
algunos, de cartas de recomendación para
vosotros o de parte de vosotros?

Pablo ha hablado de su labor apostólica de la palabra.


Pero le asalta la preocupación de que podría ser mal
interpretado, como si quisiera recomendarse a sí
mismo, o insistir, todavía más en la propia
recomendación. Pablo ha tenido que oír, de vez en
cuando, observaciones inamistosas en este sentido
(5,12). A la pregunta que él mismo se hace responde
el apóstol con una nueva pregunta. Los adversarios de
Pablo se introducen desde fuera en las comunidades a
base de cartas de recomendación y toman consigo
cartas de este género cuando van fuera 27. Pero nadie
podrá decir de Pablo que se haya servido de tales
medios. Pablo tiene muy poca necesidad de cartas de
recomendación y se preocupa muy poco de
recomendarse a sí mismo. Es incluso posible que los
corintios se hayan dejado arrastrar contra Pablo por
culpa de algunas cartas de recomendación que sus
adversarios llevan consigo.

3 Nuestra carta sois vosotros: escrita en nuestros


corazones, conocida y leída por todos los
hombres.

Pablo no necesita cartas de recomendación de ninguna


especie, porque tiene una carta de recomendación de
una clase muy diferente y del más alto significado. Es
la Iglesia de Corinto, de la que todos saben que Pablo
es el fundador y pastor. Pablo acuña una frase
expresiva y una imagen gráfica y sensible. Pero, como
ocurre con frecuencia en él, no desarrolla la
comparación de una forma precisa. Se le comprende
con dificultad, porque sugiere, a medida que escribe,
nuevos pensamientos y nuevos puntos de
comparación. La idea central de la comparación está
claramente expresada cuando Pablo dice: «Conocida y
leída por todos los hombres.» La afirmación es altiva.
Todo el mundo conoce la iglesia de Corinto y sabe que
Pablo es su apóstol. Pero en esta línea metafórica no se
inserta bien el giro «escrita en nuestros corazones». Si
la carta está escrita en el corazón de Pablo, ya no es
una prueba visible para los demás hombres. Y, a pesar
de ello, la concisa frase tiene un valor inestimable para
nosotros. Pablo da a conocer con ella cuán cara y
valiosa es para él la Iglesia de Corinto. La lleva en su
corazón.

3 Es evidente que sois una carta de Cristo,


redactada por nosotros, escrita no con tinta, sino
con el espíritu del Dios viviente, no en tablas de
piedra, sino en tablas de corazones de carne.

La imagen continúa. No es Pablo el que ha escrito esta


carta. Es una carta de Cristo, testimonio de su poder,
porque es Cristo, no el apóstol, quien ha fundado la
Iglesia de Corinto. Es Cristo quien ha elegido y llamado
a los creyentes, quien ha santificado a los santos y
quien los llevará a la plenitud. Pero no es menos cierto
que esto aconteció y acontece en la Iglesia y mediante
la cooperación del apóstol que, por lo mismo, puede
decir de la carta que ha sido escrita mediante su
trabajo y sus fatigas.

Una carta de esta clase se diferencia por completo de


cualquier tipo de escrito humano. La diferencia radica
en dos notas y circunstancias características. No ha
sido escrita con tinta, sino con el espíritu del Dios
viviente. Doquiera la Iglesia exista, existirá siempre en
virtud de la gracia de Dios creadora, no en virtud de la
voluntad humana. La Iglesia es siempre «la Iglesia del
Dios viviente» (lTim 3,15).

Para describir la otra característica se acude a


reminiscencias veterotestamentarias. La carta no ha
sido escrita en tablas de piedra, sino en corazones
humanos. Pablo piensa aquí en la contraposición entre
antigua y nueva alianza, que expondrá más adelante
(3,6s). En el monte Sinaí el dedo de Dios escribió los
mandamientos en tablas de piedra (Ex 31,18). Pero ya
los profetas advierten que los mandamientos deben
escribirse en los corazones. Así, Jeremías dice de la
nueva alianza: «Pondré mi ley en su interior y sobre
sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos
serán mi pueblo» (Jr 31[38],33). El Evangelio fue
escrito en los corazones de los corintios, para crearlos
de nuevo. Por eso la Iglesia de Corinto, como nueva
creación de Dios, ha pasado a ser una carta de
recomendación para los apóstoles. Una vez más
aparecen unidos Cristo, Espíritu y Dios, en la obra de la
redención (véase el comentario a 1,21s).
...............
27. Las cartas de recomendación eran tan usadas en la antigüedad
como en nuestros días. El mismo Nuevo Testamento alude a esta
costumbre repetidas veces. El perseguidor de los cristianos, Saulo,
iba a Damasco con cartas de recomendación del consejo supremo
(Act 9,2; 22,5). Según Act 15,23-29, Pablo y algunos otros
discípulos recibieron cartas de recomendación de Jerusalén para
Antioquía. El mismo Pablo escribe cartas de recomendación (la
carta a Filemón es de este género) o, al menos, inserta en sus
cartas algunas líneas con recomendaciones (2Cor 8,16-24; Rom
16,1s; ICor 4,17; 16,3). Por tanto, el Apóstol no reprueba
absolutamente la costumbre, pero sí el modo y manera con que lo
utilizan sus adversarios.
...............

2. LA ANTIGUA ALIANZA Y LA NUEVA (3/04-18).

En 3,3 se enuncia brevemente el motivo de la


contraposición entre el Antiguo Testamento y el Nuevo.
Ahora se amplía este pensamiento y se inserta en el
tema central de la carta, que pone de relieve la
gloriosa naturaleza del ministerio y del servicio
neotestamentario comparándolo con el servicio y el
ministerio veterotestamentario

a) La capacidad para el ministerio es un don de Dios


(3,4-5).

4 Tal es la confianza que tenernos ante Dios por


medio de Cristo. 5 Y no es que por nosotros
mismos seamos capaces de poner a nuestra
cuenta cosa alguna; por el contrario, nuestra
capacidad procede de Dios...

La seguridad del apóstol de que su carta de


recomendación es la Iglesia de Corinto no es seguridad
nacida de la conciencia de su propia fuerza y de su
capacidad humana, sino confianza en Dios.

Pablo se niega incluso a atribuirse la capacidad de idear


y planear, y mucho más aún la posibilidad de llevar a
cabo lo planeado. Toda capacidad procede de Dios y
viene dada a través de Cristo. El mismo Cristo dice:
«Sin mí, no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).

b) La letra y el espíritu (3,6-8).

6...que incluso nos capacitó para ser servidores


de la nueva alianza, no de letra, sino de espíritu;
pues la letra mata, mientras que el espíritu da
vida.

Dios ha hecho llegar, en Cristo, el tiempo de la


salvación y ha fundado la nueva alianza. Esto es obra
de Dios. Y Pablo es su servidor y colaborador, no por
sus propias fuerzas, sino porque Dios le ha capacitado
para ello.

ALIANZA NUEVA: La expresión nueva alianza procede de


la profecía de Jeremías: «Mirad que vienen días -
oráculo de Yahveh- en que yo pactaré con la casa de
Israel y con la casa de Judá una nueva alianza... los
padres rompieron mi alianza y yo hice escarmiento en
ellos... Esta será la alianza que yo pacte con la casa de
Israel: pondré mi ley en su interior y sobre su corazón
la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo»
(Jr 31[38],31-34). Este oráculo era mu y conocido
justamente en la época neotestamentaria. En la
teología judía de aquel tiempo se cita con frecuencia y
se comenta en la escuela. El Nuevo Testamento acepta
la afirmación del profeta de acuerdo con esta
esperanza. El mismo Jesús se refiere a ella, cuando en
la cena habla de su sangre derramada como de la
«sangre de la alianza» (Mc 14,24). Pablo habla con
absoluta claridad de la «nueva alianza» (lCor 11,25;
como Lc 22,20). Sirviéndose del relato sobre Moisés
(Ex 34,29-25) explica aquí Pablo la superioridad de la
preeminencia de la gloria del nuevo ministerio
apostólico frente al ministerio sacerdotal de la ley
veterotestamentaria. Según el relato del Éxodo, Moisés
recibió en el monte la ley de los diez mandamientos,
escrita en tablas de piedra. Moisés descendió del
monte con el rostro iluminado por un resplandor divino,
de tal modo que los israelitas sintieran temor ante él.
Por eso, Moisés tuvo que poner un velo sobre su rostro
28.

De acuerdo con este antiguo relato, Pablo describe el


contraste entre la antigua alianza y la nueva
primeramente como un contraste entre letra (escritura)
y espíritu. Llama a la antigua alianza letra y escritura,
aludiendo a que la ley entregada a Moisés estaba
escrita en tablas. Estas tablas de piedra contienen,
según PabIo, sólo algo escrito y prescrito, pero no la
fuerza necesaria para hacer brotar una vida auténtica.
Esto era la antigua alianza, con las exigencias de la ley.
Contiene muchos preceptos, pero no da fuerzas para
cumplirlos. La nueva alianza, en cambio, da también,
como un don divino, el espíritu de Dios que, como el
espíritu íntimo del hombre, es alegría y fuerza de
acción.

Pablo compara el contraste entre la antigua alianza y la


nueva con el que existe entre la muerte y la vida.
Nadie cumple la ley y nadie puede cumplirla. Pero el
que la quebranta es reo de pecado. Es, incluso, reo de
muerte ante la santidad y la justicia divina. En última
instancia, lo único que puede hacer, siempre, la ley
dura y desnuda, es matar. Así, la antigua alianza está
siempre en la muerte. Por el contrario, el espíritu que
se envía en la nueva alianza, da la vida 29. Que la
nueva alianza es fuerza y vida, totalmente distinta de
la alianza antigua y de la ley escrita, es algo que
supieron ya por propia experiencia los oyentes de
Jesús, cuando, según el Evangelio, advirtieron, en la
actuación del Señor, que «enseñaba como quien tiene
autoridad y no como sus escribas» (Mt 7,29).
...............
28. Pablo practica este género de exposición tal como le enseñaron
a interpretar el Antiguo Testamento como rabino en su escuela
teológica. En el Nuevo Testamento hay algunas pruebas de su
sabiduría rabínica. Así, por mencionar sólo algunas de sus
interpretaciones, Rom 4,1 25 y Gál 3,6-14, sobre la fe de Abraham;
ICor 10,1-11, sobre la marcha de Israel por el desierto como una
exhortación para la Iglesia; Gál 4,21-31, sobre Agar y Sara como
imágenes o tipos de Israel y la Iglesia. Similarmente, perícopas
como Heb 3,7-11, sobre la marcha de Israel por el desierto como
imagen de la peregrinación del pueblo de Dios; Heb 6,20-7,28,
sobre Melquisedec como figura de Cristo. 29. Cf. 1Co 15,56; Ga
3,10; Rm 8,2.
...............

7 Pues si aquel servicio de la muerte, grabado


con letras sobre piedras, fue glorioso, de suerte
que los hijos de Israel no podían fijar la vista en
el rostro de Moisés, a causa de la gloria de su
rostro, a pesar de ser perecedera, 8 ¿cuánto más
glorioso será el servicio del espíritu?

También la antigua alianza, la alianza de la ley, tenía


su gloria, como nos hace saber aquel antiguo relato.
Los israelitas no podían fijar la vista en el rostro
glorioso y resplandeciente de Moisés. Con todo, Pablo
acentúa: aquella gloria era perecedera. Desapareció, al
cabo de algún tiempo, del rostro de Moisés. Cuando se
habla de la gloria de Dios se quiere expresar la
soberana majestad de Dios. Dios manifestó su gloria en
la antigua alianza mediante acciones maravillosas en
medio de su pueblo. El dominio soberano de Dios al
final de los tiempos manifestará su gloria ante el
mundo entero 30. El Nuevo Testamento dice que Cristo
volverá de nuevo en su propia gloria y en la del Padre,
pero añade, además, que esta gloria se manifestó ya y
se manifiesta en Cristo 31. Si la antigua alianza
contiene su gloria, ¡cuánto más la contiene la nueva,
que es alianza del espíritu y de la vida! El servicio
apostólico, que se prolongará en el servicio sacerdotal
de la Iglesia, puede contribuir a establecer esta gloria
que, ya desde ahora revelada, sigue avanzando y
llegará, finalmente, a una plenitud eterna.
...............
30. Cf. Ex 33,185; 40,34-38; Sal 19,2; Is 42,8; Sal 57,6; Is 40,5. 31.
Cf. Mt 24,30; 16,27; Jn 1,14.
...............

c) Condenación y justificación (3,9-10).

9 Pues, si el servicio de la condenación fue gloria,


¡con cuanta más razón abundará en gloria el
servicio de la justificación!

La antigua alianza y la nueva se contraponen, además,


entre sí, en cuanto la una es servicio de la condenación
y la otra de la justificación. La antigua alianza es
alianza de la ley, que pone siempre al hombre frente a
sus obligaciones y le obliga a declararse convicto de
culpa, porque no alcanza a cumplir su deber. Y así,
siempre acaba por condenar al hombre como culpable.
Desde luego, tampoco en la nueva alianza puede el
hombre justificarse ante Dios por sus propias fuerzas.
Pero al hombre que se sabe pecador, le concede Dios
la justificación por amor de Cristo, que ha muerto por
la ley y el pecado. Ha hecho cuanto era necesario por
nosotros y, como hermano nuestro, nos abre de nuevo
a la gracia de Dios. Aquí sólo se insinúa la idea, que
será desarrollada en todo su alcance y profundidad en
la carta de Pablo a los Romanos (Rom 3,21-31).
Consiguientemente, la nueva alianza es la alianza de la
justificación. La conclusión, una vez más, es ésta: si ya
aquella alianza de la condenación tenía su gloria,
¡cuánto más debe tenerla la nueva alianza de la
justificación! Pues del mismo modo que se debe privar
al pecador de la gloria de Dios, de ese mismo modo
debe concederse ésta, como propia, al hombre
justificado.

10 Porque lo que entonces [en la antigua alianza]


fue glorificado, no quedó glorificado a este
respecto, comparado con esta gloria tan
extraordinaria [de la nueva alianza].

Pablo intercala una observación. Acaba de decir que


también la antigua alianza tuvo su gloria. Pero ahora
añade, limitando la afirmación, que, comparada con la
extraordinaria gloria de la alianza nueva, no era, en
realidad, una verdadera gloria. La antigua alianza
queda obscurecida ante la nueva.

d) Lo perecedero y lo verdadero (3,11).

11 Y si lo que era perecedero se manifestó


mediante gloria, ¡con cuánta más razón se
manifestará en gloria lo que es permanente!

Desde otro punto de vista, la antigua y la nueva


alianza aparecen como lo perecedero y lo permanente,
como la verdad preliminar y la verdad definitiva. La
antigua alianza llegó a su término en la nueva. La
nueva permanecerá para siempre, hasta el final de los
tiempos. Si, pues, también la alianza antigua,
perecedera, tuvo su gloria, mucho más debe tener su
gloria la alianza nueva y verdadera.

e) Ocultación y sinceridad (3,12-13).

12 Teniendo, pues, esta esperanza, actuamos con


plena franqueza...

La nueva alianza contiene la gloria y la justificación


como bienes ya presentes. Es cierto que por ahora
están todavía ocultos y sólo son conocidos en la fe. Con
todo, de la fe brota la esperanza de que recibirá
también la gloria futura y plena. Apoyado en esta
seguridad, la actuación del apóstol se desenvuelve con
toda franqueza. Esta palabra indica una abierta
sinceridad, tanto ante los hombres como ante Dios.
Consciente de ser servidor de Dios, puede el cristiano,
y también puede el apóstol, defender su causa ante
todos los hombres, con libertad y firmeza. El cristiano
tiene el derecho y la posibilidad de decirlo todo,
también ante Dios. Como hijo de Dios, se presenta
ante él con la confianza de un hijo ante su padre.
Puede y se le permite decirlo todo (Ef 3,12; Heb 4,16).
Ya desde ahora, y cada día, puede el cristiano tener
esta valentía ante Dios, y con esta misma seguridad de
la fe podrá presentarse un día ante el juicio divino 32.
También Pablo tiene esta sinceridad de poder decirlo
todo. La tiene ante los hombres, a quienes anuncia
todo el Evangelio abiertamente y sin reservas. La tiene
ante Dios, pues puede esperar con confianza la
justificación.
...............
32. Cf. Rm 8,33s; 1Jn 2,1.
...............

13 Y no como Moisés, que se ponía un velo sobre


el rostro para que los hijos de Israel no fijaran la
vista en el final de una cosa perecedera.

El contraste entre la antigua alianza y la nueva es, en


fin, el contraste entre ocultación y sinceridad. Esto se
deduce, según Pablo, del relato del Éxodo, que narra
una vez más que Moisés se puso un velo sobre el
rostro. La sinceridad del apóstol se hace bien patente
comparándole con Moisés. Según el relato, Moisés
ocultó su rostro ante el pueblo. Pablo deduce de aquí
algo que la Biblia veterotestamentaria no dice, a saber,
que Moisés quiso ocultar ante el pueblo la desaparición
del resplandor pasajero de su rostro. Lo cual
demuestra, en opinión de Pablo, el carácter caduco y
transitorio de toda la alianza antigua, tomada en
bloque.

Pablo, en cambio, no tiene necesidad de ninguna clase


de ocultación. No tiene temor a que desaparezca la
gloria del ministerio apostólico, pues permanece para
siempre. El apóstol puede hablar, pues, con toda
libertad, a cara descubierta, con la cabeza bien alta.

f) Israel y la Iglesia (3,14-18).

14 Pero sus inteligencias fueron embotadas.


Porque hasta el día de hoy, en la lectura del
Antiguo Testamento, sigue sin descorrerse el
mismo velo, porque éste sólo en Cristo queda
destruido.

Pablo encuentra que aquel relato revela más cosas


todavía. Los israelitas no vieron ni advirtieron que el
resplandor del rostro de Moisés era pasajero. Israel
estaba y está ciego. No conoció, ni conoce en la
actualidad, que toda la gloria de la alianza antigua era
transitoria y ha pasado. Desde Moisés hasta el día de
hoy -el día de Cristo- Israel sigue padeciendo la misma
ceguera. Del mismo modo que entonces había un velo
sobre el rostro de Moisés, también ahora hay un velo
sobre la Biblia de Israel, sobre el libro del Antiguo
Testamento, cuando se Ie lee. Este velo oculta a Israel
el conocimiento verdadero de la Biblia. No sabe que la
ley veterotestamentaria, como tal, ha pasado. No sabe
que el Antiguo Testamento alude a Jesús como Mesías,
que lleva a Cristo y encuentra su final en Cristo. El velo
encubridor no se alza, a pesar de todo el celo de Israel
por la ley, pues sólo se descorre en Cristo.

15 Hasta hay, pues, cuantas veces se lee a


Moisés, permanece el velo sobre sus corazones.

Pablo tiene conocimiento de una verdad aún más


profunda. Ve el velo primero sobre el rostro de Moisés,
luego sobre el Antiguo Testamento, cuando se le lee, y
ahora, finalmente, sobre los corazones de los judíos
cuando leen a Moisés, de tal modo que no llegan a
conocer la verdad. El apóstol recalca siempre lo
mismo: que entre Dios y los israelitas se interpone un
velo, de suerte que no ven ni entienden.

16 Pero «cuantas veces uno se vuelve al Señor,


se quita el velo» (Éx 34,34).

Existe una posibilidad de que se descorra el velo y


desaparezca el impedimento. También esto lo
encuentra expresado Pablo en la historia de Moisés. De
Moisés se dice que cuantas veces hablaba con Dios, se
quitaba el velo. Esto significa, para Pablo, que Israel
debe convertirse a su Señor con ánimo entero, sincero
y creyente. Entonces acabará su ceguera. Se apartará
el velo de sus ojos y de su corazón, cuando se vuelva a
Cristo. La historia de la salvación se comprende a la luz
de la fe.

La interpretación que hace Pablo de la historia de


Moisés difiere de nuestra interpretación actual. Pero
¿es que por ser diferente debe ya ser falsa? ¿No puede
ocurrir que, a través de lo desacostumbrado, lleguemos
también nosotros a un nuevo descubrimiento? Es
posible que Pablo parta de lo que veía y oía siempre
que entraba en una sinagoga. Por reverencia al
sagrado libro los hombres piadosos ponían la Biblia
sobre un tapiz y ellos mismos se tapaban la cabeza y el
rostro y se cubrían con preciosos mantos para la
oración cuando leían los textos sagrados (tal como lo
hacen los judíos en la actualidad). Pablo ve aquí una
dolorosa realidad: el libro sagrado está encubierto para
Israel y el mismo corazón de Israel está velado.
¡Cuántas fatigas se ha impuesto el Apóstol para
adoctrinar a Israel y para demostrarle que su esperado
Mesías ha llegado ya en Cristo Jesús! Pero toda su
fatiga ha sido en vano. Con profundo desengaño y
tristeza reconoce Pablo la tragedia del judaísmo. Israel
aprecia los escritos sagrados del Antiguo Testamento
sinceramente y por encima de todas las cosas. Lee sin
cesar el libro sagrado. Se lo explican sin descanso en
los servicios litúrgicos. Pero no conoce el verdadero
sentido de este libro. Los judías veneran a Moisés como
fundador de la antigua alianza, pero no reconocen que
Moisés da testimonio de que el Mesías ha llegado en
Jesucristo y que es el mismo Moisés el que procura
llevar a una alianza nueva. Se niegan a reconocer a
aquel que puede quitarle la venda de los ojos y que les
llevaría a una gloria mucho mayor que la que tuvieron
Moisés y toda la alianza antigua.

Con tenue, pero clara esperanza, que en otras


ocasiones expresa con mayor firmeza, prevé aquí
Pablo, a pesar de todo, el fin de la ceguera de Israel y
su conversión. Existe la posibilidad de que este pueblo
cambie. También para Israel existe el reconocimiento
de la verdad y la conversión a su Señor, Cristo. De este
futuro -acaso lejano- habla la carta a los romanos: «El
encallecimiento ha sobrevenido a Israel parcialmente,
hasta que la totalidad de los gentiles haya entrado (en
la Iglesia). Y entonces todo Israel será salvo» (Rm
11,25-26). ¿Cuándo sucederá esto? Nadie lo sabe. Es
derecho exclusivo de Dios alzar el velo y curar la
ceguera de Israel, cuando conozca que ha llegado el
tiempo de ello.

17 El Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu


del Señor, hay libertad.

Israel debe convertirse al Señor Cristo. Aquí añade


Pablo una observación. Este Cristo no es tan sólo una
persona de la historia pasada, sino una realidad
actualmente viviente. Tiene poder para actuar sobre
aquel que se dirige a él y a él se adhiere. En efecto,
Cristo está presente en la Iglesia y en el mundo como
el Espíritu que crea la nueva alianza. Volverse al Señor
significa, pues, experimentar este Espíritu viviente y
darle espacio. Esto es, pues, lo que Israel debe hacer.
Debe recibir a este Cristo como al Espíritu. Pero
Espíritu significa tiempo nuevo y, por lo mismo,
también liberación del yugo de la ley antigua 33.

Cristo no está presente sólo porque se le recuerda, a la


manera como están presentes los antepasados en la
memoria, llena de admiración y gratitud, de los
hombres. Cristo no está presente tampoco porque sus
palabras siguen enseñando, o a causa de su ejemplo
heroico o santo de fe y de obediencia a Dios, al modo
como están presentes en nuestras tradiciones
espirituales las grandes figuras de la humanidad. Cristo
está presente en todas las épocas como el Espíritu
poderoso, real y operante. Y así, él es ahora la
justificación, la vida y la plenitud de la Iglesia.

Por eso mismo, Cristo significa también la libertad de la


Iglesia y de todos los creyentes que hay en ella. Cristo
es la liberación frente a la ley antigua, frente al pecado
y frente a la muerte. Es libertad para todo cristiano
también como libertad respecto de la letra. Es libertad
asimismo frente a cualquier intento de someter a un
dominio humano la inmediatez de la fe en Dios y ante
Dios. Pero, en la Iglesia, la palabra libertad no debe ser
mal entendida. Libertad no es libertinaje. Ya la
predicación de la libertad de Pablo fue mal interpretada
en este sentido. Su respuesta fue: la libertad no es
libertad frente a la ley de Dios, sino libertad para Dios
y para el servicio del prójimo (Rom 6,1,15.22). No
puede omitirse en la Iglesia la predicación de la
libertad. Hay una virtud de la libertad, a la que se debe
arriesgar la fe. Lo decisivo aquí no es la prescripción
eterna sino la entrega interna. Aquí no vige ya el
servicio de los labios, sino la oración del corazón. No la
confianza en las obras propias, sino la seguridad en el
amor dadivoso de Dios.
...............
33. El texto 3,17 no se refiere a la tercera Persona de la Trinidad,
con todo, véase el comentario a 1,22.
...............

18 Y nosotros todos, con el rostro descubierto,


reflejando como en un espejo la gloria del Señor,
su imagen misma, nos vamos transfigurando de
gloria en gloria como por la acción del Señor, que
es Espíritu.

Al cerrar Pablo la línea de sus pensamientos los


amplifica y los corona. Expone lo que aconteció y sigue
aconteciendo en la Iglesia, en contraposición al
endurecimiento de Israel. La Iglesia no oculta su
rostro, sino que puede estar ante el resplandor de Dios
con el rostro descubierto. La gloria de Dios se descubre
ante ella, y ella la puede soportar sin quedar ciega
como los israelitas. Dios está lleno de gracia para ella.
Con todo, sigue siendo verdad que Dios es el
misterioso, también para sus elegidos. La Iglesia no
puede conocerle en su vida y su esencia más íntima.
Sólo puede captar su imagen como en espejo y verle
en espejo. Dios es el invisible y sólo se le puede ver y
conocer a base de imágenes y semejanzas.

El conocimiento de Dios no es una mera aceptación de


ideas sobre Dios recibidas de los hombres. Es el mismo
Dios viviente el que actúa en el conocimiento. Así, la
Iglesia se va transformando y asemejando a la imagen
de Dios que está ante ella, no, desde luego, de una
vez, sino gradualmente, y tendiendo a esa meta final.
Los rasgos del pecado y de la muerte se van borrando.
De la filiación divina de Jesús dimana la filiación divina
de los creyentes. Todo esto lo lleva a cabo Cristo, que
está presente en la Iglesia y el mundo, como Espíritu
viviente. Y todo llegará a la plenitud cuando -esto es lo
que Pablo quiere decir- en la nueva venida de Cristo,
los vivos y los muertos se transformen en la
resurrección general y sean recibidos en la gloria de
Dios.

Pablo utiliza repetidas veces expresiones como éstas, o


parecidas, para describir el futuro, que él creía. Así, por
ejemplo: «Nuestra patria está en los cielos, de donde
aguardamos que venga como Salvador al Señor,
Jesucristo, que transfigurará el cuerpo de esta humilde
condición nuestra, conformándolo al cuerpo de su
condición gloriosa, según la eficacia de su poder para
someter a su dominio todas las cosas» (Flp 3,20-21). O
también: «Y como hemos llevado la imagen del hombre
terreno, llevaremos también la del celestial... No todos
moriremos, pero todos seremos transformados» (lCor
15,49.51) 34.
...............
34. Para comprender bien las palabras y las imágenes utilizadas
por Pablo debería recordarse que el apóstol se acomoda a las ideas
de los judíos de su tiempo, referentes al futuro. Así, en el libro de
Daniel 12,3 se dice que en la plenitud de los últimos tiempos «los
doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que
enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la
eternidad». También en el libro de Henoc (que no forma parte del
canon veterotestamentario) se dice en 38,4 y 10 que en la
resurrección y la plenitud «el Señor de los espíritus hará brillar su
luz sobre el rostro de los santos, los justos, los elegidos... Serán
transformados de belleza en magnificencia, y de luz en resplandor
de la gloria». La diferencia entre la esperanza judía y la esperanza
de Pablo está en que Pablo no espera la gloriosa renovación sólo
como algo futuro, reservado al tiempo de la resurrección y del
juicio final. Para él, la plenitud de los últimos tiempos ha
comenzado ya y se ha iniciado la transformación, a pesar de todas
las deficiencias del ser y el estado cristiano en el mundo. Esto es
posible por la fuerza del Espíritu, que ya ha sido dado con
abundante plenitud. Y lo que ha comenzado, sea ciertamente
llevado a su perfección.