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Juan Sebastián Ocampo Murillo

Seminario concepto de Belleza en Platón


Docente: Bayron Osorio
Título: La actualidad del pensamiento de Platón.
Muchas veces a la hora de abordar a personajes consagrados dentro del panteón de la historia
de la filosofía occidental, nos debemos enfrentar a los mismos procesos históricos que los
han erigido con halo de solemnidad a la eternidad y, con ello, a lecturas e interpretaciones
que en últimas pueden esconder las intensiones del autor. Si hacemos un análisis
hermenéutico, podríamos inferir que la construcción del texto se da en tres niveles: la
reflexión que se vuelca sobre la propia realidad, que se exterioriza en un lenguaje lógico, que,
en segundo lugar, está imbuido dentro de la tradición literaria y los artificios narrativos
propios de la época y, ya en últimas, la recepción y apropiación por parte del lector. Es pues,
que podríamos hallar diversidad de Platón a lo largo de las épocas: el de Plotino, el de Agustín
de Hipona, los neoplatónicos de la Royal Society, etc. Sin embargo, la singularidad de la obra
platónica tiene unas particularidades sobre las cuales merece detenerse.
Muy en boga está la caricatura sobre el “mundo de las ideas”: un Demiurgo que calca de la
forma más perfecta posible sobre la materia todas las disposiciones celestes, aunque con el
contacto mundano todas estas tiendan hacia la degeneración; es evidente que este tipo de
representaciones sobre la obra platónica se hayan extrapolado al plano de la moral, las buenas
costumbres y, en términos generales, lo que compete a la libertad y al reino de la razón
práctica. No obstante, se debe tener en cuenta que la filosofía de Platón en su conjunto es una
reflexión sobre el hombre y sobre el cosmos y, evidentemente, dentro del espíritu de las
religiones indoeuropeas sobre la cual se hilvanó su obra, sería poco factible desligar estos
dos aspectos de la divinidad, del accionar de los dioses. Incluso se ha señalado el influjo de
los pitagóricos en la construcción de su aparataje conceptual; ello no es una idea
descabellada, pues esta escuela tenía como tarea estudiar la estructura perenne que se esconde
detrás de las contingencias naturales a través de ejercicios matemáticos y geométricos, ello
solo era posible en la medida en que dentro del hombre se desenvolvía todo el conjunto de
las disposiciones universales que facilitaban el ejercicio intelectivo a la hora de encontrar lo
perenne e irreversible.
La pregunta sobre la Belleza, la Verdad y la Bondad en Platón no está deslindada de la
inmanencia del alma con el cosmos, con todo el conjunto de los seres naturales y de las
disposiciones más dignas y loables que acarrean una vida virtuosa que propende hacia lo
absoluto y la totalidad. La idea es inmanente a todo, y el revelar constante de la misma, a los
hombres que se encuentran dispuestos al contacto con la verdad, brinda las condiciones para
dotar de sentido a la vida: es por ello que podríamos aducir que la inmanencia platónico es
una inmanencia trascendental, debido a que estos trascendentales, son juicios que parten de
la unión íntima con lo sublime, del juego dialéctico entre lo finito y lo infinito y resarcen en
el mundo la unidad original, devuelven a la vida lo que es Bueno, Bello y Verdadero en sí.
Bien indica Platón:
Todo lo que es alma tiene a su cargo lo inanimado, y recorre el cielo entero, tomando
unas veces una forma y otras otra. Si es perfecta y alada, surca las alturas, y gobierna
todo el Cosmos. Pero la que ha perdido sus e alas va a la deriva, hasta que se agarra
a algo sólido. donde se asienta y se hace con cuerpo terrestre que parece moverse a
sí mismo en virtud de la fuerza de aquélla. Este compuesto, cristalización de alma y
cuerpo, se llama ser vivo. y recibe el sobrenombre de mortal. El nombre de inmortal
no puede razonarse con palabra alguna; pero no habiéndolo visto ni intuido
satisfactoriamente, nos figuramos a la divinidad, como un viviente inmortal, Que
tiene alma, que tiene cuerpo, unidos ambos. de forma natural. por toda la eternidad.
Pero. en fin, Que sea como plazca a la divinidad, y que sean estas nuestras palabras
(Fedro, 246c).
Esto puede decir muchas cosas para el mundo de hoy. El ser humano contemporáneo, imbuido en el
paradigma del capitalismo posindustrial no ha perdido sentido, como creen algunos gurús de la
sociología como Baumann, cuya teoría es más líquida que la sociedad que él pretende diagnosticar,
incluso parecería la radiografía de un reaccionario que añora unos valores tradicionales e
idealizaciones incrustadas en el pasado, pero esto no compete al texto; más bien, es fidedigno que el
hombre de la contemporaneidad ha terminado por absorber todos los imaginarios decimonónicos
sobre el progreso técnico, la individualidad a ultranza y la cosificación del hombre, de una manera
que le lleva a creer en estos hasta el punto que es consciente que su estilo de vida es absurdo, pero
tampoco considera más posibilidades a las dadas por el modo de producción material y simbólico que
se reproduce de manera objetiva y subjetiva. Como Marx había indicado en 1868, el gran triunfo del
capitalismo descansa en sus reticencias metafísicas y argucias teológicas; el régimen de la mercancía
no solo produce y reproduce valores de uso que se enfrentan en el mercado como valores de cambio
abstractos, sino que las relaciones entre los hombres quedan reducidas a ser relaciones entre cosas, la
mercancía parece algo vivo que domina al ser humano que la ha creado, es similar al fetiche que
esculpían los primitivos, nacía de su accionar técnico, pero se posaba con hálito de sacralidad sobre
la vida de cada uno de sus adoradores y constructores.
El mundo moderno que elevó sus cimientos sobre el triunfo definitivo sobre los dioses, no hizo más
que revestir de solemnidad toda la vida material del hombre; muchos psicólogos sociales dicen
acertadamente que estos últimos siglos de irreligión son eminentemente religiosos; hay estrellas
artificiales y arbitrarias que dan sentido a la vida de los hombres. La invitación platónica, a pesar de
ser tachada de manera muy inocua de idealismo, es realmente revolucionaria, pues incita a pensar lo
divino que se desenvuelve en el ser humano y que lo une de forma íntima con la totalidad del cosmos
y de sus semejantes; eso divino que es un chispazo que se manifiesta en lo singular, que es un
momento de la plenitud ontológica, de lo Bueno, Bello y Verdadero. La teoría de conocimiento
platónica es una herramienta para abocar hacia lo más elevado que se concretiza en nuestra dimensión
existencial: en la medida en que conocemos al mundo, conocemos lo Bello, lo Bello que habita en
todo y en nosotros mismos, y no esas verdades fragmentarias que nos han domesticado y adiestrado.

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