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Génésis 21

Fue una mañana de otoño. El sol se filtraba tenuemente a través del ventanal. Yo, en ese
cómodo sillón me dispuse a leer el capítulo 21 del libro de Génesis.

De repente, sin darme cuenta, me encontré dialogando con Ismael.

Sí – dijo Ismael – Fue terrible. Yo estaba triste, desesperado. Pero lo peor fue cuando mi
madre se alejó de mí. Creo que pensaba que yo iba a morir y no quería verlo. ¡Mi propio padre
nos había echado de nuestro hogar! Todo por lo que le dijo su esposa, Sara. Claro, yo sólo era
el hijo de “la esclava”. Pero hasta nos habíamos circuncidado juntos, mi padre y yo… Además
él no debía hacernos eso… ¿A dónde podríamos ir y sobrevivir? Sólo nos había dado algo de
pan y un odre con agua, en el desierto… ¿Cuánto podría durar?

Sé que yo había actuado mal al burlarme de Isaac, pero es que yo estaba celoso… él era el hijo
de la promesa. Yo sólo el hijo de Agar, la esclava de Sara.

También mi madre parece que no había actuado bien. Tal vez se sentía superior a su ama
cuando había quedado encinta y me tendría a mí, sin embargo eso quería Sara…, que mi
madre les diera descendencia… ¡si ella no era fértil y además ya era anciana! Sin embargo, a
pesar de esto, Dios hizo el milagro, Sara queda embarazada aunque tenía avanzada edad y
nace Isaac, como se le había prometido.

Realmente esto mucho no me gustó.

Y… sí, ¡no me agradó!

La cuestión es que ahí estábamos, yo bajo un arbusto y más lejos mi madre. Y fue tanta mi
angustia que, aunque ya era un muchachito, comencé a llorar fuertemente.

Entonces pasó algo, veo que mi madre se levanta y viene hacia mí, eso fue suficiente para
hacerme sentir bien. Luego me dijo que ella cobró ánimo porque supo que Dios le decía que
no temiera, que me sostuviera, que avanzáramos juntos, que Él haría de mí una gran nación. Y
justo, justo encontró una fuente de agua, llenó el odre y me dio a beber. Claro, sentí que el
alma me volvía al cuerpo, pude saciar mi sed y mi madre estaba a mi lado. Y realmente, Dios
cumplió su promesa, porque luego me casé con una egipcia y fui padre de doce príncipes.

Al ver que la mirada de Ismael se perdía en una nube de recuerdos, le pregunté incisivamente:
¿No sentís aun enojo, resentimiento? Ismael dirigió la mirada hacia mí, y con una rara sonrisa
siguió hablando como si nadie lo hubiera interrumpido...

Uno de los momentos más reveladores fue durante la sepultura de mi padre, creo que allí
pude comprender muchas de las situaciones que no entendía. Luego de un tiempo pude
comprender el cuidado y el amor del Dios de mi padre, y pude entender el temor de Sara.
Logré ver que en el desierto que casi acaba con mi existencia, pude encontrar una forma de
vida, una esposa, y por qué no también, una promesa que se me había negado. Al ver hoy a
mis hijos e hijas puedo entender que no hay mayor bendición que la de un Dios que ame
como el Dios de mis padres...

El sol a través del ventanal, volvió a sorprenderme, y ya estaba sin la compañía de Ismael.
Entonces comencé a pensar... ¿Cuántas hijas y cuántos hijos viven sin poder superar el
rechazo, el abandono y la marginación? y me pregunté si la vida de un "huérfano" con padre
podría arrojar un poco de esperanza y consuelo para ellos...