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Palabras de San Martin (holograma de Museo)

¡Qué lindo verlos aquí…! Creo que no merezco presentación… ¿o sí? Mi nombre es José
Francisco de San Martin. Quiero que conozcan mi casa. Mi lugar en el mundo.
Les voy a mostrar algunos objetos, que para mí tienen un valor inmenso, que acompañaron
esos días donde la libertad era un anhelo.
Allá, sobre la esquina de aquella pieza, pueden observar el cóndor.
El cóndor es emblema de libertad y señor de la cordillera, que guió nuestros pasos con su
vuelo sereno y aseguró el destino de la gesta libertadora para los pueblos de América.
¿Vieron ese sable que está en esa pared? Es una réplica del sable corvo. Lo compré en
Inglaterra, porque era el arma necesaria e ideal para los combates de a caballo. Fue siempre
instrumento de libertad. Jamás para peleas entre hermanos o sometimientos. El resto de su
historia, seguro la conocen.
Mi sable, prolongación de mi brazo, siempre certero y ético .
Otros de los elementos fundamentales que acompañaron la gesta es esa bandera, que pueden
ver ahí, es la primera bandera para los pueblos independientes de América.
Nació una noche buena como señal de augurio, en medio de los deseos fraternos de paz y los
brindis con buen vino mendocino. El espíritu de las mujeres que la hicieron fue el que mantuvo
siempre en alto el espíritu de mis soldados.
Cada uno de sus elementos encierra un profundo simbolismo. El sol, símbolo de unidad
nacional. El campo blanco, el color de la nieve de nuestras montañas, símbolo de pureza. El
gorro frígido, emblema de transgresión y libertad. Las manos entrelazadas, simboliza la unión
fraternal. La pirca de piedras, simboliza nuestra cordillera. Los laureles, emblema de la victoria.
La pica, simboliza el trabajo. El campo azul, representa el cielo sin nubes. Esta es nuestra
humilde y soberana bandera de la libertad americana.
Ustedes se preguntaran qué es ese traje, y qué es que llegará de él. Solo les puedo decir que la
disciplina y el valor de esos hombres fueron la admiración del mundo entero. Más allá de las
batallas, rescato por sobre todas las cosas la alegría con la que me trasladaron enfermo desde
Mendoza a Chile, de aguar un turno 60 valientes e incansables granaderos, me concedieron
alas aún enfermo. De lo que mis granaderos son capaces, sólo yo lo sé. ¿Habrá quien los iguale,
quien los supere? No. Solo sobrevivieron 120 de los que pelearon por la independencia.
Años después, en 1826, solo 78 pisaron Buenos Aires a las órdenes del Coronel Félix Bogado, y
de esos 6 de mis maravillosos granaderos formaron parte de la escolta residencial. Esos
hombres, también son eternos.
Que orgulloso el verlos acá, en este lugar, que elegí cuando solo era salitre y médanos. Ahora
está muy poblado. En ese entonces vivía muy poca gente, pero suficientemente cariñosa,
trabajadora y solidaria.
Siempre supe que este era mi lugar en el mundo desde que lo pedí en donación, pero también
lo extrañe siempre, hasta en los últimos días en la culta Europa. Confieso que lo soñé así: mi
chacra, convertida en espacio para escuelas, industrias, comercios, barrios, bibliotecas y
bodegas.
También soñé volver para ocupar un rincón en mi chacra y ser presencia inmortal en el fuego,
como si en esa luz, volviera a nacer mi imagen para escuchar el ruido de mi pueblo pujante.
Me despido sabiendo que en esa llama estaré eternamente entre ustedes, porque siempre lo
quise así.