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Columnistas

Domingo 17 de marzo de 2019

Por un puñado de aplausos


"La iniciativa de Piñera tiene el peor de los motivos: alcanzar el aplauso de
quienes creen que los niños que serán controlados por el Estado son los de
otra clase, otra dicción, otra vestimenta, otras costumbres, otro sitio".

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Carlos Peña

¿Es correcto permitir el control de identidad -el control policial- a niños de catorce años?

No, no lo es. Y ese proyecto -si se presenta- debe ser rechazado.

Las razones sobran.

Desde luego, una sociedad democrática debe, por principio, evitar hasta donde eso sea
posible la intromisión del Estado en el cuerpo o el quehacer de las personas. Las personas en
una sociedad de esa índole son ciudadanos y no súbditos, y la libertad de locomoción de que
disponen, de moverse de un lugar a otro llevando el aspecto que prefieran o expresar lo que
sienten, inmunes a la opinión o la conducta de los demás, es uno de los derechos más
básicos que se dispone en la ciudad.

El Presidente -en un momento de sinceridad que fue casi un lapsus - ejemplificó las bondades
de la medida que propone (y en la que tantas esperanzas, no exactamente relacionadas con
la seguridad, abriga) diciendo que de esa forma la policía podría controlar los desmanes en
una protesta; pero como el supuesto del control de identidad es que no haya habido
desmanes (puesto que el control es para impedirlos), lo que el Presidente está
inconscientemente promoviendo, en el ejemplo, es un control de la protesta misma. Controlar
un discurso antes que haya injuria, es simplemente controlar el discurso; del mismo modo,
controlar una protesta antes de que haya desmanes equivale simplemente a controlar la
protesta; pero, ¿desde cuándo es razonable controlar un acto de protesta que no constituye
una infracción de la ley?

Se dirá que tolerar el control de identidad a niños y niñas es un sacrificio trivial al lado de los
beneficios que con él se obtendrían; pero un argumento como ese es obviamente falaz y
esconde una petición de principio (parte afirmando lo que debería demostrar), porque lo que
aquí se discute es si efectivamente en un Estado democrático dar mayores facultades de
intrusión a la policía -sin que haya delitos de por medio- es una cuestión baladí. Y,
obviamente, no lo es: ¿desde cuándo decidir que el poder coactivo del Estado y la amenaza
de su ejercicio puedan emplearse contra alguien que no ha infringido la ley es un asunto
trivial?

"Quien nada hace, nada teme", intervino el ministro del Interior; pero se equivoca.

Se equivoca flagrantemente.

Porque en la sociedad chilena hay muchas personas, entre ellos los jóvenes pobres, que no
han hecho nada y tienen sobrados motivos para temer los prejuicios de la policía (y de
muchas otras personas, claro está) que, en una especie de automatismo cultural, suelen ver
delincuentes o personas al borde de delinquir sobre la base del aspecto, las costumbres u
otros marcadores socioculturales. En un Estado democrático, las facultades de intromisión de
la policía -en ausencia de un delito flagrante- deben ser reducidas a su menor expresión,
porque esa es la única forma de evitar que los prejuicios que anidan los seres humanos -y los
policías a veces son humanos, demasiado humanos- acaben sustituyendo los criterios de la
ley. ¿Acaso no se advierten los prejuicios de clase que por medio de este tipo de facultades se
infiltran en la relación de los agentes del Estado con las personas?

Lo que parece ocurrir es que el Presidente (movido por esa pulsión tan suya, aprendida sin
duda en sus años de infancia, de buscar la aprobación inmediata) está confiando en la idea
que la audiencia de los matinales aplaudirá espontáneamente esta iniciativa. Y es probable
que así sea. Pero ello ocurre porque la mayor parte de las personas piensa que los afectados
por estas medidas siempre serán los otros. Este prejuicio consistente en que al hablar de
niños o niñas a los que la policía podría controlar nunca son los propios sino siempre los
ajenos (los de otra clase, otro sitio, otras costumbres, otras familias, otra dicción) descansa a
su vez en la idea, obviamente errónea, que la de delincuente es una categoría social que es
posible identificar ex ante, una forma de identidad, la de delincuente potencial, que se lleva a
la vista y que se puede precisar con antelación a cualquier conducta. Pero ocurre que un
Estado democrático (y sus autoridades) debe renunciar a la creencia de que existe la
categoría social de delincuente cuyos integrantes podrían identificarse con la sagacidad
suficiente. Aunque sea difícil de entender, un Estado democrático solo debe llamar delincuente
a quien el Estado probó que infringió la ley, de manera que esa categoría siempre es ex post y
nunca ex ante. Se es delincuente siempre de manera retroactiva.

Pero -se argüirá luego de todo lo anterior-, ¿acaso las personas no demandan seguridad en
su vida cotidiana, moverse y transitar sin la amenaza de ser agredidos o violentados?

Por supuesto que sí, y esa quizá sea una demanda central de la vida colectiva; pero el desafío
consiste, y el talento de quienes manejan el Estado se prueba -la oposición debiera
demandarlo-, en brindar ese bien sin sacrificar lo que lo legitima y sin seguir maltratando,
ahora en niños y niñas, la inmunidad personal.