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MARCOS WINOCUR

HISTORIA SOCIAL
DE LA
REVOLUCION CUBANA
( 1952- 1959)
Las clases olvidadas
en el análisis histórico

FAC U LTAD DE ECONOMIA, UNAM

HISPANICAS
Primera edición: 1979
Segunda edición: 1989

D R S 1989 Universidad Nacional Autónoma de México


Facultad de Economía
Ciudad Universitaria 04510, México, D.F.

Impreso y hecho en México

ISBN 84-7423-078-0
INTRODUCCIÓN

Con la historia contemporánea ocurre que vive el prota­


gonista junto al historiador. Vive físicamente o su recuerdo lo
hace por él. Y el historiador, no decimos el cronista, pertur­
bado por esa presencia, tiende menos a pisar el apagado al­
fombrado de los archivos y más a dejarse aturdir por el griterío
de la calle. De ahí los riesgos de abordar un tema contempo­
ráneo. Y junto a los riesgos la tentación de asumirlos. Pues, en
cuanto el historiador logra poner un poco de silencio en su
cabeza, no cesa de asombrarse: esto y esto otro, y lo de más
allá, ¡tanto y tanto ha quedado sin decirse!
Así vi las cosas desde un comienzo, cuando hace ocho años
emprendí la tesis bajo la dirección de Pierre Vilar. El tema
no podía ser más contemporáneo: las clases en la revolución
cubana, período de insurrección contra la dictadura, años cin­
cuenta. Cedí, pues, a la tentación y asumí los riesgos. Mi pro­
puesta fue aceptada en el marco de la entonces École Pratique
des Hautes Études de París. Pude así participar del seminario
dictado por Pierre Vilar en aulas siempre colmadas y, en fin,
tuve el privilegio de trabajar a su lado durante tres, años.
El tema escogido era ya Historia. Cualquiera que fuera
el destino ulterior de la isla de los cubanos, el ciclo insurrec-
tivo contra la dictadura se había cerrado. Pero todavía el
ruido de armas aturdía. Y esto contó para mi elección. No se
trataba de todas las clases, sino de prestar oídos a las caídas
en un olvido donde hasta hoy permanecen: burguesía azucarera
y clase obrera cubanas. Curioso fenómeno. Eran reconocidas
antes de los años cincuenta como los dos boxeadores sobre el
ring. Y después de los años cincuenta. Una reaparecía fugaz­
mente para ser expropiada y la otra ponía manos a la construc­
ción del socialismo. Que es como decir: terminada la pelea, el
árbitro levantaba el brazo de la clase obrera declarándola ven­
cedora. Pero tanto ésta como la burguesía azucarera se eclip­
saban en los rounds decisivos, librados durante los años cin­
cuenta. ¿Qué había sido de ellas? Y también se trataba de las
masas rurales. No desaparecían del escenario histórico pero se
las presentaba sin iniciativa social: como despertadas a la revo­
lución más que accediendo a ésta en función de las propias
necesidades de clase. ¿Qué había pasado?
Fui a averiguarlo sobre el terreno. Una investigación his­
tórica tiene en cuenta la bibliografía existente sobre el tema,
pero no se basa en ella. Tanto para la tesis como para este
trabajo se ha recurrido a un conjunto de fuentes donde cuen­
tan censos, colecciones de publicaciones periódicas, documen­
tos oficiales, crónicas, informes, correspondencia. Y sobre el
terreno vi las gentes y el país, las huellas de aquel torbellino
de los recientes años cincuenta, sin dejar de recoger testimo­
nios directos. Conté en todas las instancias con la mejor volun­
tad del Instituto de Historia de Cuba, dirigido entonces por
Julio Le Riverend.
Y bien, regresé a mi escritorio y a mi máquina de escribir •
con una bolsa de información a procesar. El relevamiento y
fichaje de prensa había sido particularmente ilustrativo. En
fin, la incorporación historiográfica de clase obrera, burguesía
azucarera y masas rurales de la sierra replanteaba la proble­
mática de la revolución cubana.
Por cierto, no cabe aquí oponer las convicciones que asis­
tan sobre la dirección en que trabaja la Historia. Puede que en
una vida no se cambien, pero la realidad es más rica que toda
convicción. «Gris es la teoría, pero verde es el árbol de la
vida», había escrito un hombre de letras de los siglos XVIII
y XIX, y gustaba repetir un revolucionario del siglo XX. Cada
campana que suena tiene sus razones y de ellas difícilmente
nos enteramos sin prestar atención al tañido. Y éste forma
parte de la realidad, aun de aquella destinada a desaparecer.
De donde el lector encontrará en las páginas que siguen
testimonios y evidencias recogidos desde los más diversos án­
gulos. Queremos saber de la situación social de los pobladores
de la sierra al momento mismo en que deviene teatro de gue­
rra. Cederemos la palabra tanto a Fidel Castro como a Pedro
A. Barrera Pérez, comandante de operaciones del ejército de
Fulgencio Batista. Y, contra todo cuanto pudiera suponerse,
las versiones no son, como sus armas, encontradas.
Nada han perdido con ello las convicciones. La versión de
hechos y situaciones, en cambio, verificada por un examen
cruzado, ha ganado. No puedo dejar de asociar aquí al pro­
fesor Ruggiero Romano, a quien permítaseme evocar a través
de un recuerdo personal. Tenía en su casa un perro a quien
mucho estimaba, de nombre Orly. Un día en que yo recorría
los estantes de su biblioteca, reparé en varios libros que trata­
ban sobre gatos. Le manifesté mi extrañeza y él, que había
puesto su mirada crítica sobre mis trabajos, contestó signifi­
cativamente: «Hay que conocer al enemigo».
No he olvidado estas y otras palabras suyas, como tampoco
las de Fierre Vilar. Todavía un nombre se asocia a estas pá­
ginas, a través de tantas conversaciones e intercambios sobre
la problemática latinoamericana, el de Georges Fournial, cuya
amistad me dispensó generosamente en esos años de trabajo de
tesis en París.
En cuanto a la viabilidad metodológica del proyecto, una
constatación ¡inicial dio su medida. Masas rurales de la sierra
y clase obrera están en la isla'y en la época estructuralmente
imbricadas, y ambas reconocen en la tercera, la burguesía azu­
carera, su explotador. De ahí que sea accesible su tratamiento
de conjunto. Quedan fuera otros sectores sociales, notoriamen­
te la pequeña burguesía. Precisamente, sobre ella se ha venido
insistiendo en la crónica y en la bibliografía al punto de no
dejar escuchar al resto. Y, no obstante, queda pendiente su
estudio de clase. Pero en todo caso las urgencias no son las
mismas. Hoy debe tenderse a restablecer un equilibrio, ce­
diendo la palabra a quienes permanecían en silencio.
Pues ¿qué ha venido ocurriendo? La pequeña burguesía se
ha dejado oír no a través de estudios que la traten específica­
mente, sino en todo cuanto se refiera a la revolución cubana.
En fin, siendo el caso de encontrarse la bibliografía en fase
polémica cuyo centro lo impone la presencia viva o reciente de
los protagonistas... se cae, aun sin quererlo, dentro de un de­
terminado marco de clase.
Fidel Castro... no era hace cuarto de siglo el dirigente que
luego sé revelara, adhiriendo al socialismo, sino representativo
de un movimiento de emancipación nacional, el 26 de Julio.
Fidel Castro abogado, Raúl Castro estudiante, Ernesto Gueva­
ra médico y otros cuadros de primera línea, caídos en la lucha,
como Frank País, maestro, y Abel Santamaría, quien ha cur­
sado estudios, a más de su extracción de tipo burgués, apa­
recen en ese entonces como hijos de las aulas universitarias y
de su entorno. Tal cual en otros países del continente latino­
americano, en ellas se genera una fuerte corriente pequeñobur-
guesa con tendencia a radicalizarse. Otros cuadros del 26 de
Julio reconocían distinta extracción de clase, pero en todos se
dejaba sentir la impronta de la organización política de la cual
muchos provenían, el Partido Ortodoxo. Representaba éste la
oposición pequeñoburguesa y los jóvenes del 26 de Julio creían
posible la revitalización de sus contenidos en la fidelidad a la
memoria del líder del Partido Ortodoxo, Eddy Chibas. Éste,
en esfuerzo por sacudir la conciencia de las masas, se había sui­
cidado teatralmente ante un micrófono de radio al final de una
de sus alocuciones. Había sido el protagonista de la oposición
cívica. Esa muerte exaltaba su memoria.
Fidel Castro, Raúl Castro y Ernesto Guevara han recono­
cido esta filiación pequeñoburguesa y las limitaciones que im­
plicaba} Como fuere, un hecho resulta indiscutible: un sector
radicalizado de la pequeña burguesía encabezó la revolución
cubana en el período. Y naturalmente se ha tendido a destacar
su rol. Pero debe repararse en otro hecho no menos indiscuti-
do: sin la respuesta positiva del resto del contexto social, la
pequeña burguesía hubiera quedado en camino en solitaria y
fracasada revuelta. Y de esto poco y nada se ha hablado.
Por eso se trata aquí de las otras clases. Esto es, intentar
poner de relieve la actitud y el rol de la clase obrera, las masas
rurales y la burguesía azucarera en el período de los años cin­
cuenta. Cuando, entre el golpe de Estado de Fulgencio Batista
y la caída de su régimen y secuelas, se crean condiciones para
un subsiguiente cambio: las masas reclamando una reforma
agraria cuyo comienzo tuvo por escenario la sierra durante la
guerra civil, mientras un ejército de nuevo tipo y el protago­
nista de la oposición armada, Fidel Castro, como así un ala
del 26 de Julio y otras corrientes políticas, se colocan a la altu­
ra de la demanda social sin temer por las consecuencias.

M. W .

1. Marcos Winocur, «L’assaut á la caserne Moneada», La Nouvelle Cri-,


tique, París (julio 1973).
UN PAÍS DE ROSTRO VUELTO HACIA AFUERA

Gente «muy mansa y muy temerosa, desnuda como dicho


tengo, sin armas y sin ley». Así describe Cristóbal Colón a los
indígenas cuando su arribo a Cuba. Cultivaban la tierra a su
manera. Con un palo puntiagudo abrían un hoyo en el suelo y,
de una en una, dejaban caer en él la semilla. Los descubrido­
res y acto seguido los conquistadores, motivados por otros
intereses, venían tras la ruta del oro. Pronto se desengañaron.
No era en la isla donde debían buscarlo, sino en el México de
Moctezuma. Pero la tierra cubana era fértil. Y la explotación
agropecuaria fue retomada y reordenada por mano de quienes
se hicieron propietarios, los llamados hacendados. Cedió en­
tonces la explotación colectiva indígena a la parcelación te­
rrateniente, y el igualitarismo tribal dio paso a diversas for­
mas de sometimiento. Vinieron el caballo y el arado. Y el
hacha de hierro. Cedió la floresta, se levantaron construccio­
nes a la manera europea. Y como los indígenas no resistían
el trabajo forzado, pronto arribaron en su reemplazo negros
africanos traídos en las bodegas de los barcos.
Configúrase así la conquista como una ruptura. Todo el
entonces continente americano puede ser tomado como un
conjunto autónomo y aislado del resto del globo hasta sobre­
venir los hechos del descubrimiento y la conquista. ¿Cuál era
su característica fundamental? El no haber accedido la pobla­
ción indígena a la sociedad de clases. Apenas si podrá consi­
derarse a incas y aztecas como en transición. Para el resto de
las tribus — tal el caso cubano de tainos, siboneyes y guanata-
beyes— el estadio social donde corresponde ubicarles es an­
terior a la sociedad de clases, esto es, la comunidad primi­
tiva.
Por el contrario, las naciones coloniales europeas como Es­
paña, Portugal e Inglaterra, se desarrollan por la época en ple­
na sociedad de clases. Transcurren los tiempos modernos y
el viejo mundo, un pie puesto en el feudalismo y otro en el
capitalismo, conforma un conjunto históricamente más avan­
zado que el americano. Y bien, los conquistadores se dan así
con un doble fenómeno: por un lado, una alta disponibilidad
de mano de obra y, por otro lado, un desnivel histórico que
presenta al indígena en estado de indefensión. Canoas frente
a carabelas, arcos y flechas contra armas de fuego... y ello
cuando los indígenas despiertan del sopor: considerando a los
conquistadores como enviados de los dioses, les habían abier­
to las puertas.
Como resultado sobrevendrá la reducción del conjunto
americano a subconjunto del conjunto europeo. O,, en otras
palabras, el establecimiento del régimen colonial. Y bajo el
signo del trabajo forzado. Es decir, la extrapolación histó­
rica: fuera de época se reimplanta la esclavitud como domi­
nante observándosela en plantaciones, minas y otras labores.
Va tomando diversas denominaciones y mantos jurídicos; sin
por ello excluirse otras formas de sometimiento.
Todo esto se aplica a la isla de los cubanos con el agra­
vante de que la ruptura operada por la conquista sé da — como
en la vecina isla de Santo Domingo — en términos de extermi­
nio. De los 80.000 indígenas estimados para 1515 el número
de sobrevivientes no supera los 1.350 hacia 1570. Es el resul­
tado del trabajo forzado, las migraciones y el abandono de
las zonas de alimentación, las epidemias, la guerra, cuando no
el desesperado suicidio colectivo.
La conquista es un hecho de armas encargado por los mer­
cados del viejo mundo. Una masa de productos urgía por entrar
en circulación. Y el oro, ese comodín que pone toda mercancía
al alcance de la mano, era requerido al efecto. Vendría al viejo
mundo como botín de la conquista americana. Fueron los mer­
cados quienes pusieron audacia, fiebre y codicia en la cabeza
de descubridores y conquistadores: encontrar el oro tentando
las rutas que hubiere menester para volcarlo a la circulación
a partir del viejo mundo, tal fue uno de los imperativos de
los siglos xv y xvi.
La colonia aparece como continuidad de la conquista. Pero
su índole es otra. No es un hecho de armas, sino operado en
el dominio de la producción. La finalidad es la explotación de
riquezas extrafronteras, circunstancia que — ya veremos cómo
en el caso cubano— tipifica el fenómeno. Dícese que la espada
del conquistador fue trocada en instrumento de labranza. Cabe
agregar que éste iba a ser manejado por alguien en cuyas ma­
nos otro lo había depositado. De ese alguien y de este otro nos
ocuparemos, que es decir de las clases sociales. Van creán­
dose bajo la colonia para proyectarse sobre la república. Y con
mayor razón si de la isla de los cubanos se trata, considerando
lo tardío del planteo independentista.
Y bien, con el curso de las generaciones el hacendado es­
pañol pasó a ser padre, luego abuelo. Sus descendientes cada
vez menos se sintieron ligados a una patria lejana y cada vez
más a una tierra a la cual asociaban esfuerzos y ambiciones.
Iba creciendo el sentimiento de nacionalidad entre quienes se
constituían en la clase criolla poseedora por excelencia: terra­
tenientes ganaderos y azucareros. Estos últimos eran, además,
propietarios del rudimentario trapiche de molienda de caña y
luego de los más evolucionados ingenios. Ganado primero,
exportándose como tasajo, azúcar después. Desde fines del si­
glo xviii la isla se convierte en la primera productora mun­
dial. También para la exportación se cosechan tabaco y café.
Por su parte, el ganado no desaparece, pero se irá subordi­
nando: los bueyes serán para transportar las cañas de azúcar y
la carne para nutrir un creciente mercado interno.
En efecto, de año en año la población registra elevados
incrementos. Que responden, más que a la tasa de crecimiento
demográfico, a la inmigración. Había un problema a resolver.
La mano de obra. ¿Quién reemplazaría a los indígenas? El
mercado mundial tomó nuevamente la palabra. Necesitaba el
azúcar, proveerá la mano de obra. Hacia 1512 se detecta un
primer cargamento de esclavos africanos con destino a Cuba.
Lo temprano de la fecha da una idea de la perspectiva de fra­
caso que los indígenas planteaban ante la empresa esclavista
metropolitana.
Había dado comienzo el volver a «llenar» la isla. Proceso
que se extenderá a lo largo de los cuatro siglos que abarca la
colonia, de más en más a impulso de una economía de planta­
ción. Para 1841 se calcula que se ha superado el millón de ha­
bitantes donde su 43,3 % es de raza dé color. Venidos de ul­
tramar, hombres blancos y negros van cubriendo el país de
occidente a oriente. Unos esclavos, para la plantación. Otros
libres, estableciéndose como campesinos en el entorno del la­
tifundio, formando parte de la pequeña burguesía de los cen­
tros poblados, ingresando como asalariados en diversas manu­
facturas o integrándose al sector cada vez más numeroso de
trabajadores manumitidos del ingenio. Y esto último se da a
medida que un nuevo hecho conmueve a la colonia en sus
raíces: la revolución industrial toca las costas de Cuba,
Corre el siglo xix y los mercados del mundo reclaman más
azúcar. Y así como antes proveyeran mano de obra esclava,,
ahora aportan tecnología. De la tracción y la fuerza motriz
animal se pasa a las máquinas. Mientras la caldera a vapor se
instala en la molienda, en el transporte azucarero se va licen-
ciando al buey y la carreta en beneficio del ferrocarril. Y tam­
bién el esclavo será finalmente despedido para acto seguido
ser reingresado como asalariado. Cesará entonces la importa­
ción de negros africanos y serán abiertas de par en par las
puertas a la inmigración.
Un país en vías de remodelación. Pero hasta cierto punto
y tomando un cierto rumbo. Intacta se conserva la institu­
ción del latifundio así como las relaciones que, teñidas de
rasgos feudales, se han trabado entre campesino y señor de la
tierra. Tampoco se renuevan las técnicas de cultivo. Ciertamen­
te, los ingenios significan una apertura capitalista. Peto este
nuevo tipo de desarrollo no es dictado en función de las ne­
cesidades del mercado interno, sino de la demanda de ultra­
mar, cuyo requerimiento es uno: el azúcar. Y tanto insistir
en él la economía de la isla quedará remodelada como de
monoproducción.
Será en el siglo xx. Mientras tanto otro país ha dejado
sentir su presencia, los Estados Unidos. Todavía Cuba es co­
lonia cuando su comercio con la isla supera en varias veces el
de ésta con España. Y las inversiones norteamericanas espe­
ran la república. La vecindad con los Estados Unidos sig­
nará en adelante la vida de la isla amalgamándose con su
destino azucarero: es con ese rumbo que partirá la mayor par­
te del producto. Ya a fines de siglo podía afirmarse la coinci­
dencia geográfica con la histórica: la isla se encuentra, luego
de emprender dos guerras por la independencia, tan lejos de
España como cerca de los Estados Unidos. Y es dentro de esas
nuevas proporciones que se inaugura la república en 1902.
Para conocer su rostro nada mejor que echar un vistazo a
la capital, La Habana. Una ciudad de playas privadas y barrios
residenciales exclusivos. Una ciudad de lujo pero donde el
rasgo que le da su fisonomía debe buscarse en otra parte.
Hotelería y diversiones de todo orden, la última palabra para
el turista. La Habana no mira hacia dentro, no se ve a sí
misma como capital-de Cuba. La Habana se contempla en el
mar. Es hasta cierto punto natural. Con una economía pen­
diente de los compradores de fuera, difícilmente se pondrán
los ojos dentro, en un poco y nada significativo mercado inte­
rior de consumo.
Día tras día La Habana se colma de gentes venidas del
vecino del norte, y esto contribuye a la fisonomía de sus ciu­
dadanos: ¿qué se puede ofrecer al turista de dinero fácil?
Muchas novedades. Desde las playas tropicales a la artesanía
doméstica, desde la gastronomía local a los cuerpos mulatos.
Y bien, el turismo se erige, luego del rubro exportaciones, en
la gran fuente de divisas, al punto de ser llamado por los
cubanos su «segunda zafra».
Un rostro vuelto hacia fuera con que La Habana responde
por el país. No le venía del siglo xx sino de mucho antes.
Prácticamente del día. de su fundación en el siglo x v l La
geografía tenía entonces la palabra porque el hombre aún no
había dado la suya. Tomemos el caso de las comunicaciones,
el transporte y el comercio. Todo dependía de encontrar un
buen puerto natural. Es decir, los muelles se construían don­
de la naturaleza lo consentía. Y bien, como escala hacia el
próximo continente, el mejor emplazamiento se consideró so­
bre el extremo occidental del país. Allí fue levantada La
Habana. Puerto antes que nada, punto de reunión a partir
del siglo x vn de la flota de Indias. Fortaleza contra piratas.
Y ciudad capital, asiento de la autoridad colonial. Que es de­
cir comerciantes y armadores de barcos, funcionarios, curas y
soldados, marinos y prostitutas. Porque una necesidad lo im­
ponía. El oro de los aztecas debía ser transportado hacia el
centro mundial de la circulación en Europa.
Convocada por el tráfico comercial y por la geografía, allí
se dio cita la demografía. Y Lá Habana no tardó en asumir
el destino que conservaría con el transcurso de los siglos: polo
burocráticó-militar.
Por la capital había pasado el conquistador — Diego Ve-
lázquez, el primero, fue su fundador en 15 15 — , luego el ca­
pitán general al mando de la colonia, más tarde el presidente
de la república nacida en 1902. Bajo la colonia se levantó la
fortaleza del Morro, sobrevenida la república su lugar lo pasó
a ocupar el cuartel Columbia. Es donde se concentra la fuerza,
de donde invariablemente parten los golpes de estado. De sus
cuadros militares surge el por un cuarto de siglo «hombre
fuerte» de Cuba, el sargento Fulgencio Batista.
Polo burocrático-militar, puerto, centro de atracción tu­
rística, la capital tiende de más en más a desprenderse del
entorno rural. Zafra, eso ocurre en «otro país» que se des­
cubre en cuanto se marcha hacía el oriente. Y, llegados los
años cincuenta, también a ese «otro país» pertenecen huelgas
y acciones armadas. Envuelta La Habana en rumor de muelles
y de multitudes de visitantes, separada por los muros del cuar­
tel Columbia, parecía que, salvo la agitación en torno a su
universidad, nunca le llegarían los ecos de cuanto por enton­
ces agitaba al pueblo y sacudía la república.
La burguesía cubana se integraba al mercado mundial dán­
dose allí con los competidores que actuaban dentro del área
de la oferta internacional del azúcar. Hecho particularmente
sentido a contar del siglo xix, cuando los valores de exporta­
ción de la isla fueron cobrando peso en relación al total co­
mercializado en el mercado mundial. Pero el siglo xrx es to­
davía para los cubanos tiempo de. colonia española. Que la
burguesía traducía en estos términos: obstáculos en el acce­
so al mercado mundial. Antes debía pasar el hacendado por
las oficinas recaudadoras del estado colonial, sin contar que,
en la medida que subsistieran trabas al libre comercio, la me­
trópoli española se erigía como intermediario ante el mercado
mundial. Y a su vez esos obstáculos guardaban una significa­
ción precisa: recortar la cuota de la burguesía azucarera en la
apropiación del plustrabajo.
Como se sabe, plustrabajo significa trabajo no retribuido.
En otras palabras, la diferencia entre el- valor alcanzado por el
producto en el mercado y el valor del trabajo retribuido como
salario al trabajador libre o como manutención al siervo o
al esclavo.
De la extracción a la realización del plustrabajo, en cada
uno de los dos extremos un personaje se veía importante. El
hacendado, quien se decía: yo produzco; agregando: vendo lo
más y lo más caro que puedo. Y la demanda internacional,
quien se decía: yo encargo el producto; agregando: compro
lo que necesito y cuanto más barato pueda. Naturalmente, es
el segundo quien imponía las reglas del juego. Contra suyo
nada podía el hacendado. Le quedaba, eso sí, un recurso: vol­
verse contra los intermediarios con quienes tropezaba en su
camino el plustrabajo. Como vimos, se trataba de la metrópoli
española y también había otros: la iglesia cuyas cargas imposi­
tivas se agregaban a las del estado colonial; el capital usurario
cuyos intereses debía, sin contar fletes por transporte ultra­
marino y pagos para amortizar las inversiones en bienes de
capital, los dos últimos abonados a compañías extranjeras.
Todos, de una u otra manera, eran competidores del hacen­
dado en la disputa por el plustrabajó que éste extraía a los
productores directos.
El hacendado era, pues, un singular personaje en singular
posición. A un costado tenía las masas de explotados, del otro
costado contaban sus competidores. Viviendo las alternativas
de la colonia no menos le concernían los avatares del mercado
mundial. Y llegado el siglo xix: urgido a mecanizarse y a
aceptar nuevas relaciones con los campesinos, obligado a con­
sentir la ampliación del sector de trabajadores libres en el
ingenio cuando aún no ha dejado de ser amo de esclavos... el
hacendado se encuentra en el centro de las contradicciones o,
en otras palabras, es el protagonista de la colonia. Lo es en lo
económico y social, y lo será en lo político.

S i g l o x i x : L a e x p a n s ió n a z u c a r e r a
PARA LA APERTURA REPUBLICANA

Viviendo la colonia y asomados hacia fuera, los hacenda­


dos están en posición de unlversalizar su visión y, en esa me­
dida, madurar una conciencia de clase. Conocen sus intereses
y quienes se los disputan. Y, entre éstos, reconocen al enemi­
go vulnerable: el imperio español. Traducirán, pues, política­
mente: la defensa de esos intereses pasa por la independencia.
De ahí que los hacendados asuman el rol dirigente en la guerra
patria estallada en 1868 y que se prolongará hasta 1878.
Ciertamente, no son los únicos. Por su lado la pequeña
burguesía de las ciudades, y en particular sus elementos ilus­
trados, había ya por entonces tomado la nueva perspectiva
bajo el ejemplo revolucionario del resto del continente y la
influencia del pensamiento radical de la época. Pero le faltaba
el potencial social y económico necesario para la empresa.
La Historia aguardaba en Cuba a los hacendados..Vemos aquí
recorrer los nombres de quienes encabezaron la guerra esta­
llada en 1868. Carlos Manuel de Céspedes, el primero en dar
el grito de libertad en La Demajagua, quien para la posteridad
será conocido como el Padre de la Patria; Francisco Vicente
Aguilera, Francisco Maceo Osorio, Pedro Figueredo, Donato
Mármol, Calixto García, Vicente García, Félix Figueredo, Luis
Figueredo, Manuel Calvar, Jaime Santiesteban, Julio y Beli-
sario Grave de Peralta, Ricardo Céspedes, Tomás Estrada Pal­
ma, Bartolomé Masó y.otros. Hacendados, o de alguna manera
conectados a sus intereses, son pioneros y nombres sobresa­
lientes de aquella guerra.
Mientras tanto, la burguesía azucarera irá aceptando el
punto nodal de la transición social que le ha impuesto el si­
glo x ix : no más esclavos. Pues ¿quiénes sino ellos formarán
fila en los ejércitos y a qué precio irían a enrolarse sino al de
su emancipación? Y así la abolición del trabajo forzado re­
gistra tres aspectos, a saber:

a) como consecuencia de la mecanización operada en el


ingenio: crecimiento del sector de trabajadores libres en de­
trimento del sector esclavo, proceso in crescendo a lo largo
del siglo;
b) como urgencia de la coyuntura política a fines de la
década del sesenta en la provincia de Oriente, cuna del mo­
vimiento independentista;
c) como acto jurídico que otorga sanción definitiva y uni­
versal a través de una resolución del gobierno de la colonia en
la década del ochenta.

También extrafronteras el andamiaje esclavista se había


sentido sacudido, comenzando por el tráfico. Ya en 1817 Es­
paña suscribía ante la industrial Inglaterra el compromiso de
cesar la trata en sus dominios y en 1835 le otorgaba el dere­
cho de apresar en alta mar los barcos de bandera española que
contravinieran la prohibición. Claro está, el tráfico proseguía
ilegalmente. Pero se hacía difícil y, en consecuencia, caro. Un
esclavo pasó a valer en precios constantes de $400 en 1840
a $1000 en 1860. La idea del asalariado se abría paso en la
mente del hacendado. Comprar más manutención del trabaja­
dor forzado durante todo el año llegó a resultar una inversión
más desventajosa que el pago de un salario por los meses de
zafra.
Y con esto se removía el gran obstáculo para emprender
francamente la tarea de liquidar el régimen colonial. Hubo, no
obstante, hacendados de mentalidad conservadora, quienes no
aceptaron la idea de independencia al precio de la abolición
de la esclavitud. Y salieron al paso con una propuesta anexio­
nista: se trataba, sí, de separarse de España, mas para unirse
a los estados de la confederación sureña, donde regía la escla­
vitud. La guerra de secesión acabó con estas ilusiones en 1865.
En el continente el norte imponía al sur la abolición. Y enton­
ces tres años después los hacendados cubanos de mentalidad
renovadora tomaron la iniciativa. Lanzando por la borda toda
solución de compromiso, se alzaron en armas contra el poder
colonial español. Y una de sus primeras medidas fue emanci­
par a los negros que se incorporaban a las filas patriotas.
Nos damos, pues, con un hecho operado en el campo de
las fuerzas de producción, a saber: las innovaciones tecnológi­
cas aplicadas a la molienda del azúcar. Y cómo ese hecho va
a repercutir sobre las relaciones dominantes de producción, de
tipo esclavista, y en los acontecimientos políticos. Esclavo por
asalariado y sumisión a la colonia por lucha independentista
son cambios correlativos a otros cambios: caldera a vapor en
lugar de fuerza motriz animal, aparatos de hierro en lugar de
madera y extracción al vacío en lugar de hacerlo a cielo
abierto. Por lo demás, el aumento de productividad hizo cre­
cer sin pausa a lo largo del siglo los volúmenes de producción,
y con ello se reforzó el peso de la burguesía azucarera en la
sociedad colonial.
Mecanizarse fue la voz de orden dada por el mercado mun­
dial en el siglo xix. Ahora bien, no en toda la isla se acató
con igual ritmo. En el occidente se habían concentrado las ma­
yores inversiones en el azúcar, las cuales disponían en conse­
cuencia de mejores medios para importar la maquinaria.,En
oriente de la isla, en cambio, una más débil concentración de
la riqueza hacía en la época más lenta y difícil de financiar la
nueva tecnología. Agravaban este estado de cosas las deudas
que pesaban sobre un buen número de propiedades terrate­
nientes de la zona. Y así, en el siglo xix, mientras en las pro­
vincias occidentales sobre 760 ingenios había 660 que fun­
cionaban con calderas a vapor, en las provincias centrales y
orientales sólo lo hacían 266 sobre 756.
La situación tomó entonces un nuevo giro. Dentro de la
misma clase de los hacendados se generó un campo competi­
tivo. Localizado geográficamente, tendía a desplazar de los
mercados a quienes no alcanzaran a tiempo a mecanizarse. La
condición desfavorable en que se colocaba a los orientales pue­
de medirse según las siguientes cifras comparativas de rendi­
miento promedio, obtenidas para la molienda de 1860 en
tres tipos de ingenios. Dotado de fuerza motriz animal (escla­
va): 11.843 arrobas. Semimecanizado: 41.630 arrobas. Me­
canizado; 80.391 arrobas (1 arroba = 11,5 kg).
Como se recordará, el camino de la independencia pasaba
por sacudirse la metrópoli en tanto que competidora. A me­
dida que avanzaba el proceso de mecanización y cobraban
fuerza como clase los hacendados insistentemente se pregun­
taban: ¿quién hace el negocio, nosotros o la metrópoli? Pero,
claro está, sobre la isla se proyectaba un ejército de ocupación
pocas veces visto en los dominios de la corona española, la
reserva de un estado imperial que se aferra a una de sus últi­
mas colonias. Nadie dudaba cómo la pregunta sería contestada
y qué alto precio costaría a quienes osaran formularla de
viva voz.
Ciertamente, y por lo demás, resultaba irritante mantener
un ejército extranjero sobre propio suelo., la esclavitud cedía
como argumento antiindependentista mientras las ilusiones
anexionistas se desvanecían y los hacendados en conjunto
adquirían mayor peso y conciencia de clase, sin contar el ejem­
plo de las repúblicas americanas. Todos factores que obraban
en el mismo sentido: acceder a la emancipación y al gobierno
propio. Pero todavía se vacilaba sobre la ocasión de desenca­
denar la guerra. Y con mayor razón los hacendados, occiden­
tales. Con el logro de la mecanización tenían á la vista la
coyuntura de un próspero giro a sus empresas, lo cual de mo­
mento tendía a hacerles olvidar la pregunta «estructural» de
¿quién hace el negocio, nosotros o la metrópoli?
Faltaba algo, algo que irresistiblemente empujara hacia el
encuentro con la Historia. Y fue dado por la perspectiva que se
alzaba ante los hacendados orientales, donde no se excluía
la amenaza de ruina. A la pregunta ¿quién hace el negocio,
nosotros o la metrópoli? se agregaban para ellos inquietantes
interrogantes: ¿nosotros o los hacendados occidentales?, ¿no­
sotros o los acreedores hipotecarios? Del mercado mundial no
podían deshacerse ni tampoco de los competidores de su clase.
Y estaban los orientales obligados a responder al reto de la
mecanización que uno y otros les arrojaban. No contaban ha­
cerlo con éxito a partir del capital, insuficiente para reinvertir a
ritmo rápido en importaciones de maquinaria. Ni tampoco po­
dían recurrir a la superexplotación de la mano de obra escla­
va, ya en declinación. No quedaba otra alternativa, fueron a
las armas. De ellas esperaban no sólo deshacerse de metrópoli
y acreedores, sino hacerse del estado y desde él manejar una
política de importaciones que anulara la desventaja sufrida en
la carrera por la tecnificación.
Fue así que la guerra patria estalló por oriente en 1868. En
ese paso los hacendados de la zona representaban no sólo sus
intereses, sino los de la nación entera. Con retraso de medio
siglo, ahora el momento revolucionario se apuraba. Pero, a
pesar de prolongarse las hostilidades por diez años, no se
logró ganar en igual medida a la nación entera. En occidente
los hacendados se mostraron en general reticentes. Finalmen­
te la relación de fuerzas se inclinó a favor del imperio que
concentraba sus fuerzas militares y, perdida la guerra para los
cubanos, el dominio colonial continuó vigente.
No fue muy alentador el recuento para los hacendados
orientales. En lugar de la salida a un conflicto de raíz econó­
mica, fue la tierra asolada, las familias diezmadas. El senti­
miento independentista continuó vivo. Pero la empresa ya no
suscitaría entusiasmo entre los hacendados. Y así, cuando años
después de una segunda guerra patria tenga lugar, encontrará a
su cabeza a hombres de muy distinta extracción social, como
serán el abogado José Martí, el ínicialmente sargento Máximo
Gómez., el mulato arriero de muías Antonio Maceo y otros.
Mientras tanto no se trataba sólo de España, sino de los
Estados Unidos. Geográficamente están a un paso de la isla:
180 km separan ambas costas. Y económicamente han venido
reduciendo las distancias. Hacia 1860 el comercio exterior
cubano se distribuía como sigue: 62 % a los Estados Unidos,
22 % a Inglaterra y 3 % a España (el 13 % restante corres­
pondía a otros países con quienes no existía tráfico regular).
Este dominio norteamericano en la posición compradora se
explica, pues su industria refinadora de azúcar se abastecía
en Cuba. Y tiempo después, hacía 1895, se constata en la
isla una considerable inversión de capitales norteamericanos
del orden de los 50 millones de dólares. Que, por lo demás,
debe ser vista en perspectiva: veintisiete años después se ha­
brán radicado por un monto veinticuatro veces mayor, en el
orden de los 1.200 millones de dólares. Y ello significará
para la década del veinte una cifra récord entre los países la­
tinoamericanos.
En efecto, los Estados Unidos vienen actuando de muy
distinta manera que España. Ésta se reducía a exportar mer­
cancías, aquéllos han pasado a exportar capitales. Han variado
las formas del expansionismo. De modo que a fines de siglo los
cubanos se dan con una singular variante dentro de las luchas
independentistas latinoamericanas, resultante de lo avanzado
de la época y del vecino que les tocara en suerte. No hay a su
frente un poder, sino dos. Y cada uno viene actuando a su
manera.
Han corrido diecisiete años desde el fin de la primera
.guerra patria cuando se inicia la segunda. Corre 1895 y es
nuevamente por la provincia de Oriente. Ya no bajo la tutela
de los hacendados, sino contando como dirigentes a hombres
de otra extracción social y otra mentalidad, más bien ligados
a los intereses de las masas rurales, clase obrera y pequeña
burguesía. Da la impresión de ser esta última el orientador
ideológico. Sin embargo, a la hora de las negociaciones, los
hacendados harán sentir una presencia que escatimaron en el
curso de esta segunda guerra patria. Y para entonces habrá
muerto en el campo de batalla José Martí, líder cívico de la
independencia.
Pero su pensamiento refleja la singularidad de aquel mo-
mentó histórico. José Martí, ya declarada la guerra contra el
imperio español, no pierde de vista al otro poder y, en carta
postuma e inconclusa fechada dos días antes de morir y con­
siderada como su testamento político, escribe: «impedir a
tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por
las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más,
sobre nuestras tierras de América».
¿Qué importancia tenía esta cuestión para el líder cívico?
Él mismo lo subraya a renglón seguido: «Cuanto hice hasta
hoy, y haré, es para eso»; De modo que, lejos de tratarse de
una actitud circunstancial, signaba su vida. Y, para dar más
fuerza al concepto, insistía en la misma carta con vehemencia
inusitada y casi insultante: «impedir que en Cuba se abra,
por anexión de los Imperialistas de allá y los españoles, el
camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos ce­
gando, de la anexión de nuestros pueblos de América al Nor­
te revuelto y brutal que les desprecia».
El texto y la vocación que de él trasciende son terminan­
tes. No obstante, no era proclamada a voces. Debe repararse
que se trata de una carta privada. Por el contrario, ninguna
denuncia contra el expansionismo norteamericano se encuentra
en el documento público más importante de la época, el lla­
mamiento a la liberación, conocido como manifiesto de Monte:
cristi. Fue suscrito en 1895 por el general Máximo Gómez y
por José Martí. ¿Por qué la diferencia? Pues bien, es el últi­
mo de los nombrados quien, a renglón seguido de la carta
que venimos comentando, se encarga de explicitarlo: «En si­
lencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay
cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de procla­
marse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias
para alcanzar sobre ellas el fin». Está Claro: una cuestión de
táctica.
No había razón, mientras fuera posible, de irritar al vecino
del norte. Se trataba más bien de llegar hasta sus corrientes
de opinión y ganarlas para la causa de la libertad de Cuba: Y la
ocasión se presentó con el ofrecimiento de sus columnas que
eí diario norteamericano New York Herald hizo a José Martí.
No era el caso de rehusar la tribuna ni tampoco de revelar una
prevención hacia la política expansionista de los Estados
Unidos.
Fue entonces que su pluma — fechando la nota el 2 de
mayo de 1895, bajo su firma y la del jefe militar, general Má­
ximo Gómez— escribió: «Los Estados Unidos, por ejemplo,
preferirían contribuir a la solidez de la libertad de Cuba, con
la amistad sincera a su pueblo independiente que los ama y
les abrirá sus licencias todas». Y párrafos más adelante: «estas
legiones de hombres [cubanos] que pelean por lo que pelea­
ron ellos [los norteamericanos ] ayer, y marchan.sin ayuda a la
conquista de la libertad que ha de abrir a los Estados Unidos
la Isla que hoy les cierra el interés español».
Como se advierte, no es únicamente el tono, sino el con­
cepto. Del 2 al 18 de mayo, fecha esta última de la carta
antes citada, corren apenas dieciséis días de diferencia, vivién­
dose siempre las alternativas de la guerra. Y de la nota perio­
dística a la carta, el líder cívico expresa ideas difícilmente
conciliables: al New York Herald abrir la isla a los Estados
Unidos, en documento privado cegarles el camino. Difícilmen­
te conciliables salvo si se las considera a la luz de la misma
confesión del autor: «hay cosas que para lograrlas han de
andar ocultas».
¿Por qué ocultas?
Y aquí, además del señalado efecto extrafrontera's, caemos
en plena problemática de clases. José Martí no echa la expe­
riencia en saco roto. El proyecto de liberación nacional pasa­
ba por aquello que la primera guerra independentista no logra­
ra por reticencia.de los hacendados occidentales: la unidad de
lá nación entera contra el ocupante español. De modo que se
trataba ahora más que nunca de acumular sobre el polo revo­
lucionario todas las fuerzas posibles para obtener una relación
de fuerzas favorable.
¿Cuál fue la respuesta de los hacendados? Vimos que los
diez años de la primera guerra les había agotado, especialmen­
te a los orientales. Había que regañarlos, venciendo en ellos no
sólo una subsecuente tendencia hacia el conformismo, sino
otras reservas. Esta segunda guerra que los hacendados no
dirigían ¿qué clase de negocio era? Por ejemplo: ¿qué signi­
ficaba esa activa participación de los obreros del tabaco junto
a José Martí? ¿No sería militarmente más seguro y política­
mente más prudente asumir la tarea independentista bajo la
protección de los Estados Unidos?
Contra este renacimiento de la corriente anexionista entre
los cubanos se levantaba sin vacilaciones José Martí. Pero «en
silencio ha tenido que ser y como indirectamente» porque, a
la vez, la revolución no podía darse el lujo de prescindir de
los hacendados. Y ¿cómo atraerlos a su seno denunciando
abiertamente la política anexionista norteamericana cuando los
hacendados estaban tentados de considerarla, si no un bien,
un necesario mal menor?
Tres, años después de la muerte de José Martí el anexio­
nismo se imponía. Desde ambas orillas. No únicamente por
constituir la materialización de una arrolladora realidad impe­
rialista, sino facilitada desde la misma isla: «doy a usted la
seguridad más completa de la cooperación del ejército cubano
con las fuerzas militares de los Estados Unidos». Tal el texto
dirigido al presidente norteamericano con la firma de uno de
aquellos hacendados que se había levantado en armas en 1868,
Tomás Estrada Palma. Texto que fue ratificado por el Consejo
de gobierno (revolucionario) de Cuba el 11 de marzo de 1898.
Y, como un eco, él 20 de abril comenzó el bloqueo de la isla
por la flota de guerra norteamericana. Dos meses antes otro
hecho había contribuido en el mismo sentido: la voladura de
uno de sus barcos anclado en el puerto dé La Habana, el
acorazado Maine.
Tres años bacía que duraba esta segunda guerra hispano-
cubana. La intervención del vecino del norte precipitó su de­
senlace en semanas. Y fue este mismo país quien a renglón
seguido y de acuerdo con las estipulaciones del Tratado dé
París (1898), procedió por el término de cuatro años a la
ocupación de Cuba. Cesada ésta en 1902 quedará vigente la
Enmienda Platt, agregada a la Constitución, por la cual los
Estados Unidos se reservaban el derecho de continuar intervi­
niendo militarmente en la isla.
Cerrábase así el capítulo de las luchas independentistas de
la colonia. Tomadas ambas guerras en conjunto, es notorio que
el espíritu heroico de 1868 ha cedido al espíritu de concilia­
ción de 1898. Uno y otro, a la apertura y al cierre, son encar­
nados por el hacendado. Convencido a la postre que debía
dejar de ser amo de esclavos, y ese costado de su personalidad
vertirlo al capitalismo, lo hizo pactando las condiciones con lós
inversionistas norteamericanos, a saber:

a) no se dispondrían otras industrias nativas de significa­


ción que no pertenecieran al rubro azucarero, salvo las ya exis­
tentes destinadas igualmente a la exportación (tabaco, ron);
b) el hacendado cubano continuaba como señor terrate­
niente e inversor azucarero, compartiendo esta posición con el
capital norteamericano;
c) el capital norteamericano se hacía cargo de las inver­
siones en servicios públicos, destilerías de petróleo, minería,
bancos; y compartiendo con el capital nativo otros rubros
(turismo, ganadería).

Claro está, no fue un pacto en el sentido usual de la pala­


bra, resultado de deliberaciones convocadas al efecto y luego
formalizado sobre un papel. Fue un pacto entre clases, no ad­
quiriendo las formas de un acto jurídico pero dotado de tanto
imperio como si lo fuera; la mejor garantía de su cumplimiento
es qué correspondía a una relación de fuerzas dada. Y de
ahí que su letra, ausente en el papel, haya quedado indeleble­
mente grabada en el devenir de la sociedad cubana.
Bajo tales condiciones el hacendado continuó siendo el pro­
tagonista nativo. Como otrora, subordinado extrafronteras.
Por cierto que en virtud de otros mecanismos y en otra me­
dida: lo que va de colonia a semicolonia y de esclavismo inde­
pendiente a capitalismo dependiente. Como semicolonia la
isla guardó formalmente la independencia política. Pero las
palancas del poder estaban fuera. Y dictaban la fórmula si­
guiente: monocultivo (del azúcar), más cuota (de ese produc­
to), más no-industrialización (diversificada según las necesida-
dees del mercado interno y autosuficiente), más tarifas aduane­
ras preferenciales.
¿Cuál es el desarrollo de la fórmula? Más o menos como
sigue. Los Estados Unidos, en expansión industrial, necesitan
imperiosamente una ración de azúcar que por el momento su
producción doméstica no tiene posibilidades de cubrir. Los
Estados Unidos, en expansión territorial, encuentran al alcan­
ce de su mano un suelo feraz, Cuba. Conclusión: Cuba puesta
a abastecer de azúcar a los Estados Unidos. Vale decir, el mo­
nocultivo. Tal es el primer paso de la fórmula.
En un segundo paso resulta que los Estados Unidos no
necesitan cualquier cantidad de azúcar sino una que, aun re­
gistrando incrementos periódicos, sea fija, determinada por su
capacidad de consumo y la concurrencia de otros abastecedores
menores. De ahí la necesidad de establecer una cuota', tanto
compran los Estados Unidos y ni un gramo más.
En un tercer paso se concluye que si los cubanos están ab­
sorbidos por la producción azucarera y cuentan con un com­
prador seguro, no tienen tiempo ni tampoco necesidad de le­
vantar fábricas. A cambio de la dulce mercancía todo lo ma­
nufacturado lo proveen los Estados Unidos, desde el comesti­
ble envasado al automóvil. De ahí la no-industrialización cuba-,
na, entendida como unilateralización azucarera de tecnología
y reposición de maquinaria subordinada al exterior.
Y, por fin, la competencia de otros abastecedores de bienes
de consumo (manufacturas, etc.) o materias primas (petróleo,
etcétera), que no fueran norteamericanos, quedaba neutrali­
zada con las tarifas aduaneras preferenciales establecidas a fa­
vor de los Estados Unidos. Era el cuarto paso y con él la fór­
mula se cerraba sobre Cuba.
Una vez cubierta la cuota norteamericana la isla quedaba
en libertad de realizar ventas a distintos países que concurrían
al mercado mundial. Ahora bien, éste, en principio más elásti­
co, llegaba a saturarse. En suma, cuota norteamericana más
mercado mundial conformaban un total al cual en definitiva
debía adecuarse el volumen de la producción azucarera de la
isla. Por su parte, volumen y precios se ligaban estrechamente.
Una gran afluencia de azúcar cubano — del primer país pro­
ductor— sobre el mercado mundial hacía bajar los precios tan­
to en éste como respecto de la cuota norteamericana.
Cuenta habida de estos aspectos complementarios y del an­
tes visto pacto de clases interfronteras; monocultivo más cuota
más no-industrialización más tarifas aduaneras preferenciales
era igual a Cuba.
Un organismo consultor de los círculos norteamericanos, el
Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, en informe
preparado sobre el terreno que elevara en 1951 al gobierno de
la isla, pudo así expresarse: «Pocos países dependen de su co­
mercio exterior en tan alto grado como Cuba. En realidad,
mientras no se tenga idea exacta de la medida én que esa
nación constituye un organismo exportador basado sobre un
monocultivo, será imposible comprender los problemas bási­
cos de su posible desarrollo económico».1

C a r a c t e r iz a c ió n d e fu e n t e s

Con el tránsito de la colonia a la república iremos a con­


centrar la visual sobre los años cincuenta del siglo. Con ello
no hacemos sino responder al cambio operado en el ritmo his­
tórico. Éste se acelera llegada la instancia revolucionaria al
punto de cubrir en pocos años las distancias políticamente no
recorridas en siglos. Tal aceleración produce en el historiador
el efecto contrario, obligándole a disminuir el paso.
Todavía una cuestión metodológica referida a las fuentes.
Con frecuencia recurriremos a la consulta directa de la pren­
sa. Tratándose de la burguesía azucarera se utilizará con pre­
ferencia el órgano mensual empresario Cuba Económica y Fi­
nanciera. Si bien existía en la época otra publicación, Cu-
bazúcar, vocero de la Asociación Nacional de Hacendados, la
primera, con mayor audacia y claridad que la segunda, fue
reflejando la real situación de deterioro. Cuba Económica y
Financiera, revista empresarial sin filiación de entidad alguna,
cedió sus páginas a la corriente opositora que se abría paso en
el seno de la burguesía azucarera, mientras los directivos de la
Asociación Nacional de Hacendados, más ligados al compro­
miso con el gobierno, no la dejaron oír hasta los tramos finales
del período.
Cuba Económica y Financiera, como prensa especializada,
contaba con canales propios de venta a través de las suscrip-

1. Banco Interamericano de Reconstrucción y Fomento, Informe sobre


Cuba (Estudios y recomendaciones de una misión económica y técnica,
Francis Adams Truslow, jefe, 1950), Washington, 1951, t. III, libro V III,
cap, 40, p. 3.
dones. Era en ese sentido prototípica. Una prensa «entre nos»
los hombres de negocios, donde la clase se confiesa. Y cuyas
columnas presentan sus intereses y la defensa de éstos en
constante primer plano. Distinto ocurre con la «gran prensa»,
orientada por las mismas clases pero con un tercero como des­
tinatario: el hombre de la calle y para quien casi todo se en­
mascara.
Otro caso es el de la revista semanal de actualidades Bo­
hema, la de más vasta difusión en la isla y de mayor tiraje en
la época entre los países del área del Caribe. Llegó en una
edición al récord absoluto de un millón de ejemplares. Un
fuerte populismo teñía sus páginas, que en ocasiones le sig­
nificaba un compromiso a favor de reivindicaciones sentidas
por las masas. De ahí su aceptación y características duales tí­
picas de una actualidad pequeñoburguesa corriente. Bohemia
se había plegado al anticomunismo de los años de guerra fría
y en ello le iban otros réditos: el respaldo de la Sociedad In-
teramericana de Prensa y muchas voluntades dentro de las
esferas norteamericanas. Bohemia permanecía fiel a una tra­
dición democrática interna que, en las difíciles condiciones vi­
vidas en la isla durante los años cincuenta, le llevaba a reflejar
hechos que el resto de la prensa comercial silenciaba. Y que
naturalmente contribuía a mantenerle su masa de lectores. De
ahí que sus características duales — populismo, anticomunis­
mo, democratismo— le situaban en un área de protección dada
por influyentes amigos y por su prestigio, acumulado en casi
medio siglo de ediciones.
La medida de ese prestigio puede catarse incluso hoy. Bo­
hemia es, si no el único, uno de los contados rótulos qué ha
sobrevivido a los torbellinos de la revolución cubana y que al
presente continúa editándose en la .isla. El resto de la prensa
— no sólo de los sectores que pasaron a la contrarrevolución,
sino del mismo 26 de Julio o del partido de los comunistas,
como fueran respectivamente los rotativos Revolución y
Hoy— ha finalmente desaparecido. Una conserva su tradicio­
nal rótulo y presentación, la revista Bohemia.
Ahora bien, otro elemento aquí nos interesa. Bajo el ré­
gimen de Fulgencio Batista -—que llegó a complacerse a través
de su prensa en mostrar fotografías de cadáveres mutilados
por «fallidos actos terroristas» que se sabía eran resultado de
la tortura— ese prestigio, que hacía a su autodefensa, reco­
nocía límites: una gaffe en la información podía ser pretexto
suficiente para que el régimen se decidiera a la clausura per­
manente de Bohemia. Y esta situación da aún mayor valor a
su testimonio. No sólo por la masa de información inestimable
que sus columnas proporcionaban semana a semana, sino en
razón de la amenaza pendiente sobre su cabeza. Ella le impo­
nía un severo control sobre la veracidad de la información y
cuidarse de no caer en exageraciones opositoras.
De modo que dos serán los registros de prensa preferente­
mente escogidos. Para conocer el pensamiento de la burguesía,
Cuba Económica y Financiera. Y para evaluar el desarrollo
de los hechos bajo la dictadura, Bohemia.

S ig l o x x : La r e st r ic c ió n a z u c a r e r a
PARA EL EPÍLOGO REPUBLICANO

Y bien, la república cubana del siglo xx. De década en dé­


cada la burguesía azucarera conoció altibajos. Los buenos
años veinte de «la danza de los millones» cuando no se sabía
de restricciones en los mercados. Los malos años treinta cuan­
do, a partir de la crisis mundial, los precios cayeron vertical­
mente. Y los años cuarenta de recuperación modesta, favore­
cidos por las compras que provocara.la segunda gran guerra.
Era la historia de siempre: no bastaba producir, había que co­
locar el azúcar en los mercados. Los buenos años hacían olvi­
dar la competencia, los malos la volvían sobre el tapete.
Dentro de ese último marco desembocamos en nuestro
tiempo corto de la década del cincuenta. Condicionada por la
necesidad de colocar el azúcar, Cuba oscilaba entre dos polí­
ticas: zafras libres, sin limitación, y zafras restringidas por
debajo de la capacidad productiva de la isla. La década del
cincuenta experimentó ambas. Libre hasta 1952, la zafra reco­
lectada ese año batió todos los récords alcanzando los
7.012.000 de toneladas." Pero este suceso, lejos de aportar
la riqueza, planteó serios problemas: por primera vez des­
de 1941 la zafra pudo ser sólo parcialmente colocada en un
volumen de 4.859.000 de toneladas,3 Vale decir, el 30,6 %
de la producción azucarera de 1952 quedó como excedente
para ser vendido en años subsiguientes. La consecuencia no
se hizo esperar: vuelta a la política de zafras restringidas a
partir de 1953.
¿Cómo repercutió este cambio? Catastrófico para la eco­
nomía cubana, calificó un comentarista en el tradicional Diario
de la Marina. Y pasaba a enumerar: la contracción se agravó,
disminuyó el ingreso nacional, la recaudación fiscal, las expor­
taciones y las importaciones, que lo hicieron de 517,6 millones
a 489 millones, cerrándose el balance de pagos internacional
con déficit; el ingreso azucarero total bajó de 4 11,5 millones
a 253,9 millones, y los correspondientes a los agricultores de
144 millones a 125,4 millones; cifras dadas en peso cubano
a la par del 'dólar.4

2. Anuario azucarero de Cuba, 1959, en Hugh Thomas, Cuba or the


pürsuii of freedom, Eyre and Spotriswoode, Londres, 1971, p. 1564.
3. Instituto Cubano de Estabilización del Azúcar, Compilación esta-
dística, en Michel Gutelman, L’agriculture socialisée h Cuba, Maspero, Pa­
rís, 1967, p. 38.
4. José Antonio Guerra, «La industria azucarera cubana: 1932-1957»,
Diario de la Marina, La Habana (15 septiembre 1957). Citado en Raúl Ce-
pero Bonilla, Política azucarera (1952-1958), Editora Futuro, México, s.d.,
p. 69. Prólogo firmado por el autor en La Habana, 2 de agosto de 1958.
Más que exhaustiva verificación estadística, importa la cita
en tanto que muestra de cómo una corriente de alarma por los
efectos de la restricción azucarera buscaba eco en la opinión
pública. Y en la ocasión se echaba mano al principal órgano
de la «gran prensa» de la isla. Si bien las cifras manejadas por
el comentarista lo son de manera incompleta, no por ello sus
conclusiones son menos rigurosas. Tal se desprende de la com­
pulsa estadística a que hemos sometido los rubros citados y
otros que hacen al termómetro de la economía de un país.5
Todos denuncian sensibles bajas acentuadas en los dos años
subsiguientes (1954-1955) componiendo el tablero de un de­
terioro económico general, sin llegar a la crisis. Y, en fin, se
agrega el incremento en. los niveles de desocupación. De toda
la década, 1955 fue el año de más corta zafra: 69 días.6
¿Qué hacer? La respuesta llegó desde el mundo de los
negocios. «Cuba ha de competir o perecer», proclamaba edito­
rialmente y asumiendo el hecho de la superproducción azuca­
rera registrada, la revista empresarial Cuba Económica y Fi­
nanciera en 1952.7
Ciertamente, no era la única alternativa. Podía comenzar

Los precios del azúcar son dados'en centavos de pesos cubanos por unidad
de peso (libra) inglesa.
5. «Ingreso nacional cubano (1952-1958)», Cuba Económica y Finan­
ciera, La Habana, XX XIV , n." 404 (noviembre 1959), p. 15; Cepero Bo­
nilla, op. cit., p. 185; Anuario azucarero de Cuba, 1959; Compilación esta­
dística, en M. Gutelman, op. cit., pp. 38-39; «Editoriales. El intercambio
cubano-americano», Cuba Económica y Financiera, X X XIII, n.° 386 (mayo
1958), p. 3 Fuentes procesadas en Marcos Winocur, Cuba: sucre, café et
révólution (tesis del tercer ciclo), Hachette, París, 1975.
6. «Primer fórum nacional sobre la reforma agraria», séptima sesión
(5 de julio de 1959), en Antonio Núñez Jiménez, La ley de reforma agra­
ria y su aplicación, Delegación de Gobierno, Capitolio Nacional, La Haba­
na, s.d., p. 7.
7. «Editoriales. O competimos o perecemos», Cuba Económica y Fi­
nanciera, X X VII, n.° 318 (septiembre 1952), p. 3.
por buscarse otras espaldas que soportaran el peso de la mala
hora. Desde hacía un tiempo no se abonaba a los trabajadores
azucareros un rubro salarial llamado diferencial, convenido en
la década del cuarenta. Pero ése era el límite...; más allá, fren­
te a una clase obrera de reconocidas tradiciones de lucha y que
recibía su ración dentro del deterioro económico general, era
no sólo difícil sino peligroso. Incluso se trataba de un límite
precario que la burguesía azucarera no alcanzaría a conservar.
El diferencial debió ser restituido, al menos en parte, luego de
una violenta huelga estallada en vísperas de la zafra de 1956.
Fallaba, pues, la posibilidad entrevista de incrementar plus-
trabajo vía superexplotación y compensar así menores entra­
das causadas por la contracción.
Otra alternativa consistía, como el mundo empresarial lo
manifestara al jefe de estado, en «promover un inmediato de­
sarrollo económico por otros cauces».8 Por otros cauces: sig­
nificaba incrementar y diversificar los cultivos no azucareros
e industrializarse. De ese modo, al tiempo que se creaban fuen­
tes de trabajo, se sustituían importaciones. Ahora bien, los
países compradores lo eran siempre y cuando, por igual valor
del azúcar adquirido, fueran vendedores a Cuba. Y si Cuba se
ponía a producir bienes de consumo sustituyendo importacio­
nes, no había manera de colocar el azúcar.
Un ejemplo será ilustrativo. Proviene de la revista empre­
sarial que titula «Nuevos ataques injustos contra Cuba».9 Un
senador norteamericano, Frank Carlson, exhortaba al Con­
greso a reducir la cuota de importación de azúcar cubano adu­
ciendo que la isla había anunciado la construcción de dos mo­
linos harineros. Según el senador, ello implicaría restricción a

8. «Exposición de las clases económicas al jefe de estado», Cuba


Económica y Financiera, XXIX, n.° 343 (octubre 1954), p. 20.
9. «Nuevos ataques injustos contra Cuba», Cuba Económica y Finan­
ciera, X X XII, n.“ 373 (mayo 1957), p. 8.
las compras cubanas de harina norteamericana. La revista em­
presarial reaccionaba vivamente: si ese punto de vista predo­
minara — decía— nuestro país «tendría que resignarse a ver
“congelada” su economía, de una parte por la limitada cuota
azucarera norteamericana y la competencia mundial, y de otra
para mantener su mercado interno sin cambio alguno en bene­
ficio de los exportadores extranjeros».30 Conjugando los ver­
bos en presente, eso era lo que estaba ocurriendo. Por lo de­
más, la burguesía azucarera no tenía ningún interés en cambios
en el mercado interno que de contragolpe hicieran peligrar sus
ventas al exterior. De modo que otra de las alternativas, cul­
tivos e industrialización que produjeran sustitución de impor­
taciones, resultaba vetada.
No quedaban mayores opciones. La burguesía marchó ha­
cia el planteo de una agresiva competencia en los mercados
exteriores, a saber: lanzar todo el azúcar capaz de producirse
a la venta. Implicaba un regreso a las zafras libres, con sus
consiguientes riesgos. Por lo pronto, la caída en los precios.
Pero no se excluía la perspectiva de romper el círculo de los
compradores tradicionales y, en desafío a la guerra fría de
los años cincuenta, intentar el intercambio con los países so­
cialistas u otros en vías de desarrollo. No era una apuesta
fácil, mas no se advertía otro camino: las zafras restringidas
conducían a la asfixia. De todos modos, aclaremos desde ya,
no se llegó a rebasar los marcos formulativos, pues antes que
nada era preciso — como veremos— mover obstáculos de ín­
dole política. Y'cuando se hizo, derribando la dictadura, fue
tarde: la audacia competitiva de los hacendados había queda­
do muy atrás, devorada por el torbellino revolucionario.
Mientras tanto, las zafras restringidas eran bien vistas en
los mercados exteriores. Conducían a la isla a una política

10. Ibid.
pasiva ante los competidores. Unos se destacaban, los cultiva­
dores de remolacha azucarera (y de caña) norteamericanos.
Frente al proveedor número uno impugnaban con renovada
fuerza de año en año la cuota que su país había asignado a la
isla. No en balde ya en los años cuarenta un autor clásico cu­
bano había titulado: «De la remolacha enemiga».11
Las zafras restringidas significaban, pues, un primer obs­
táculo para el intento de una política azucarera expansiva. Un
segundo obstáculo lo configuraba el Convenio (internacional)
de Londres, que rigiera entre enero de 1954 y diciembre de
1958. Se trataba de un instrumento regulador, en cuya virtud
la mayoría de los países productores de azúcar acordaron dis­
tribuirse una participación en el mercado mundial. Sus de­
fensores argumentaban que de ese modo se evitaban los efec­
tos nocivos de la competencia y los azares de la demanda y
la oferta incontroladas, todo en vistas a asegurar a cada país
la colocación de un volumen mínimo de azúcar e impedir la
caída de los precios internacionales.
El Convenio de Londres venía así a articularse con las
zafras restringidas. ¿Cuánto azúcar producir? Exactamente
(descontando una pequeña porción para el consumo interno)
la suma de dos volúmenes. Uno, la cantidad fijada en la cuo­
ta norteamericana. El otro, el tonelaje regulado para los cu­
banos en virtud del Convenio de Londres. En fin, una mo­
desta seguridad erá el precio de renunciar a la competencia.
Ahora bien, esta modesta seguridad no dio los resultados
previstos por los defensores del instrumento internacional.
Los precios azucareros cayeron en 1954-1955, es decir, no
bien comenzara a aplicarse. En cuanto a la participación cu­
bana en el mercado mundial, disminuyó en el 16,8 % del

11. Fernando Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar,


Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1963, cap. «De la remolacha
enemiga», p. 521. Publicado originalmente en 1940.
cuatrienio 1954-1957 respecto al mismo lapso 1951-1953.12
Las críticas arreciaron. Se detectan desde los más diver­
sos ángulos. El III Fórum Nacional Azucarero reunido en la
Universidad de La Habana (1955), que congregara a hacen­
dados, colonos (pequeños y medianos cultivadores de caña),
técnicos y otros representantes.13 La revista de actualidades
Bohemia14 y la empresarial Cuba Económica y Financiera,15
He aquí tres ópticas diferentes que se conjugan en la crítica
del Convenio de Londres y, a la vez, de las zafras restringi­
das: un autorizado y específico fórum, un órgano popular y
otro del mundo de los negocios. Era este último precisamen­
te quien resumía la situación: «con zafras cada día más res­
tringidas, con el aumento ininterrumpido de la producción en

12. «El convenio azucarero internacional para 1959-1963», Cuba Eco­


nómica y Financiera, X X X III, n.° 393' (diciembre 1958), pp. 31-32. Cf. Ce-
pero Bonilla, op. cit., pp. 178-179.
13. Mario del Cueto, «Problemas de la industria básica cubana. Fi­
guras, trabajos y acuerdos del III Fórum Nacional Azucarero», Bohemia,
La Habana, XLVII, n.° 51 (18 diciembre 1955), pp. 98-100 y 170-172.
14. Baldomero Casas, «Un análisis de la situación azucarera. La restric­
ción azucarera es un error que nos va a traer desastrosas consecuencias»,
Bohemia, XLV, n.° 16 (16 abril 1953), pp. 16 y 84-86; José Pardo Liada,
«Azúcar, politiquería y especulación», Bohemia, XLVII, n.° 34 (21 agos­
to 1955), p. 72.
15. Baldomero Casas Fernández, «Es factible la zafra libre», Cuba
Económica y Financiera, X X X, n.“ 347 (febrero 1965), p p .'41-43; Luis
José Abalo, «Ensayos de pronóstico económico. Las necesidades y posi­
bilidades futuras de la economía nacional», Cuba Económica y Financiera,
X X X, n.° 353 (agosto 1955), pp. 11-14; Juan de Dios Tejada Sainz, «Opio
para azucareros», Cuba Económica y Financiera, XXX, n.° 352 (julio 1955),
pp. 35-36; «Nuevos motivos de inquietud», Cubazúcar, La Habana (abril-
mayo 1957); «Opiniones azucareras internacionales», Cuba Económica y
Financiera, XXXII, n.° 374 (junio 1957), p. 43; Baldomero Casas Fer­
nández, Alejandro Suero Falla, Federico Fernández Casas y Luis Mendoza,
firmantes de artículos varios publicados en Cuba Económica y Financiera,
Bohemia o Prensa Libre, en el mismo sentido dé oposición a la política
azucarera oficial, eran hacendados, propietarios de uno o varios ingenios.
otras áreas, con precios que declinan en todos los mercados y
con el dogal de un convenio azucarero internacional, el mer­
cado americano adquiere para nosotros una importancia vital.
La defensa, por tanto, de este mercado — concluía— es un
imperativo económico y social».16
Llama la atención la expresión usada en el último párra­
fo: «La defensa...». ¿Es que la cuota norteamericana estaba
amenazada? Pues, si así fuera, ese elemento en el contexto
general sería trascendente. En efecto, hemos constatado:

a) un deterioro económico general de la década del cin­


cuenta, el cual afectaba incluso a la burguesía;
b) la perspectiva de tentar una agresiva política de com­
petencia:
c) dos obstáculos a remover, las zafras restringidas y el
Convenio de Londres.

Y bien, en razón de c no se ha logrado siquiera ensayar


b a fin de remediar a cuando se advierte un peligro mayor:
retroceder incluso en las posiciones conquistadas. Y — como
lo señala a modo de conclusión Cuba 'Económica y financie­
ra— en la más importante, la cuota norteamericana.
Veamos, pues, este último punto. Con alarma, la isla iba
registrando las noticias de ultramar. La revista empresarial
titulaba: «Los remolacheros americanos y la batalla de las cuo­
tas». ¿Por qué batalla y en qué consistía? Veintidós estados
norteamericanos — daba cuenta la revista empresarial:— pa­
saban a beneficiarse de 343.066,8 hectáreas asignadas por el
Departamento de Agricultura para siembra remolachera. Sobre
estos estados (que cubren el 67 % del área territorial de los
Estados Unidos y abarcan el 40 % de su población) se lan­

16. Juan de Dios Tejada, «La defensa de la cuota azucarera de Cuba


en los Estados Unidos. Un poco de historia y una pauta», Cuba Económica
y Financiera, XX XIX, n.° 343 (octubre 1954), p. 20.
zaba en especial una campaña publicitaria: norteamericanos,
consumid el mejor, el azúcar norteamericano.17 «No ha dejado
de sorprender aquí — editorializaba en otra ocasión la revista
empresarial— y nada favorablemente, el descubrimiento de
que la ayuda americana está fomentando cultivos de caña en
varios sitios del hemisferio occidental, Oriente y África, de
paso que también impulsa las siembras de remolacha en al­
gunos países de la zona templada. Y desde que el prominen­
te azucarero mister Kemp descorrió ese velo, ante el Sugar
Club de Nueva York días atrás — agregaba la revista empre­
sarial— , en Cuba se comenta el hecho con evidente amar­
gura.» 18
La burguesía azucarera se sentía desplazada. El tono ofre­
ce los matices de una ruptura... se recordará: «Cuba ha de
competir o perecer». ¿Qué se decía desde la otra orilla? Nue­
vamente un senador americano salía a la palestra, sin reparos
en hacerse oír a través de Bohemia: «así como los cubanos
tienen que defender sus intereses — enfatizaba el represen­
tante por Louisiana, Alien J. Ellender— , ¡yo tengo que de­
fender los de mis electores! Yo represento en el Senado ame­
ricano una vasta zona productora de azúcar de. los Estados
Unidos. Y tengo que demandar aquí todo lo que tienda a
beneficiarla». Y añadía el senador: «Cuba se ha excedido en
la producción [... ] Los que permitimos producir a vuestro
país somos nosotros».19
La última frase, no por insolente, era menos cierta: había

17. Juan de Dios Tejada y Sainz, «Los remolacheros americanos y


la batalla de las cuotas», Cuba Económica y Financiera, X X IX , n.° 344
(noviembre 1954), p. 45.
18. «Editoriales. El intercambio cubano-americano», art. cit.
19. Vicente Cubillas, jr., «¡Sensacional! ¡Exclusivo! Habla el enemigo
n.° 1 de Cuba. Los cubanos defienden sus intereses. Yo defiendo los de
mis electores», Bohemia, XLVII, n.° 10 (6 marzo 1955), pp. 30-32 y 97;
«Azúcar. Cambio de táctica», Bohemia, XLVII, n.° 12 (20 marzo 1955),
p. 80.
que pedir permiso al vecino del norte antes de dar luz verde
al azúcar, pues ¿de qué servía producirlo si el principal clien­
te rehusaba comprarlo? Y éste, por boca del senador, lanzaba
a los cubanos: señores, os habéis excedido en la producción.
Y no lo decía en 1952, tras una zafra libre, sino en 1955, en
pleno régimen de restricción azucarera. Pues claro: todavía en­
tonces los cubanos continuaban pagando culpas viejas, colo­
cando en el mercado mundial los excedentes de aquella zafra
libre de 1952.
Era así un factor de arrastre, incidiendo como agravante
en el trasfondo general: un deterioro económico sobre el cual
será necesario insistir.
La producción de los años cincuenta se encontraba en
alza respecto de las dos décadas anteriores. Pero nuestros ín­
dices de comparación no pueden detenerse ahí. Pues, no obs­
tante la relativa recuperación, el azúcar registraba niveles del
mismo orden que tres décadas atrás. Si tomamos el sexenio
de zafras restringidas y lo comparamos con otro de tres déca­
das atrás, obtenemos estos índices. Promedio anual de pro­
ducción azucarera 1925-1930: 4.749,8 toneladas. Promedio
anual de producción azucarera 1953-1958: 4.981,5 tonela­
das.20 Como se ve, son cifras del mismo orden. El término de
estancamiento aquí no es exagerado. Sólo que, en ese lapso
de tres décadas, la población — no obstante haber cesado el
flujo inmigratorio— no había tenido la gentileza de estan­
carse y, lejos de ello, había crecido en el orden del 70 % .21

20, Hugh Thomas, op. cit., pp. 1563-1564.


21. Censo del año 1945. Informe general, P. Fernández y Cía., La
Habana, 1945, p. 811; Fernando González Q. y Jorge Debasa, Cuba: eva­
luación y ajuste del censo de 1953 y las estadísticas de nacimiento y
defunciones entre 1943 y 1958. Tabla de mortalidad por sexo, 1952-1954,
Centro Latinoamericano de Demografía, serie C, n.° 124, Santiago de
Chile, junio 1970, p. 29 (tabla de población 1943-1957); Censos de pobla­
ción, viviendas y electoral. Informe general. 1953, Tribunal Superior Electo­
Para un país no industrializado y no diversificado en sus
cultivos, que importaba los bienes de consumo en función de
sus ventas de azúcar, convertido éste así en la moneda inter­
nacional cubana, ello significaba más bocas que alimentar y
menos que poner en ellas. Para un país cuya fuente de tra­
bajo número uno era la zafra, ello representaba más brazos
disponibles y nada que hacer con ellos. No en balde 1955 ha­
bía arrojado el saldo de una zafra de sólo 69 días de ocupación
para la masa obrera, según se consignara, y no muy prósperos
negocios para la burguesía. La producción cayó ese año al
más bajo nivel de la década, a 4.404.000 toneladas.22
Era precisamente luego de esta zafra que se formulaban
las declaraciones del senador norteamericano Alien J. Ellen-
der. Por lo demás, las perspectivas futuras no aparecían como
alentadoras.
Las perspectivas futuras... con ellas volveremos a la pre­
gunta formulada párrafos atrás, y cuya respuesta venimos in­
tentando: ¿es que la cuota norteamericana estaba amenaza­
da? La trascendencia de la pregunta -—recordemos-— residía
en que, bloqueada virtualmente la participación cubana en el
mercado mundial conforme a lo estipulado en el Convenio
de Londres, quedaba una esperanza: la cuota norteamericana.
Pues ella, de tiempo en tiempo, sufría incrementos en fun­
ción del alza en la demanda en los Estados Unidos. Y bien, la
hora de los esperados incrementos sonó en 1956. Sólo que...
pero antes aclaremos: para los cubanos, cuota norteamerica­
na significaba los volúmenes que en su virtud, tejían asigna­
dos y el derecho a conservar íntegra la proporción que había

ral, Oficina Nacional de los Censos Demográfico y Electoral, P. Fernández


y Cía., La Habana, acuerdo del 22 de agosto de 1955.
22. Anuario azucarero de Cuba, 1959, en Hugh Thomas, op. cit.,
p. 1564.
determinado esos volúmenes. Esa proporción había llegado a
cubrir en una época más del noventa por ciento de la deman­
da norteamericana, y luego disminuido al 43,20 % que se
registraba en 1956. Pero ese año — como decíamos— llegó
la noticia de nuevos incrementos en la cuota... con una
disminución en la proporción: del 43,20 % se bajaba al
29,59 % , disposición a regir durante cinco años a contar de
1957. Vale decir, durante ese período Cuba dejaría de ven­
der un estimado de 2.419,275 toneladas de azúcar que co­
rrespondía a la diferencia (13,61 % ) que se le había supri­
mido. La pérdida o, mejor dicho, lo que se dejaría de ganar
en esos cinco años a causa del cercenamiento de la cuota én
su proporción dentro del mercado norteamericano, se estima­
ba en unos 240 millones de dólares.23
Estaba la mano de los competidores, ninguna duda cabía:
ellos cubrían lo que a los cubanos se cercenaba. Y muy espe­
cialmente los dueños de casa, los remolacheros norteameri­
canos quienes — se ha visto— contaban con la defensa de sus
intereses en el seno mismo del organismo de decisión, el Con­
greso de los Estados Unidos.
Nada más significativo que mostrar la evolución compa­
rativa entre la producción remolachera de ese país y sus com­
pras de azúcar cubano. Tomaremos dos sexenios: el de zafras
restringidas de los años cincuenta y el que inmediatamente
le antecede, registrando las variaciones porcentuales de uno
a otro.
Producción remolachera norteamericana 1947-1952: 9.835
millones de toneladas. Idem 1953-1958: 11.952 millones de
toneladas. Aumento:■ 17,71 % . Ventas azucareras cubanas en
el mercado norteamericano (cuota) 1947-1952: 16.810,7 mi­
llones de toneladas. ídem 1953-1958: 15.680,8 millones de

23. Cepero Bonillo, op. cit., p. 69.


toneladas. Disminución: 6,12 % .24 Vale decir, acusaban ten­
dencias contrarias: la primera en alza, la segunda en baja.
«Cuba ha de competir o perecer.» Era otra forma de ex­
presar el veredicto dado por el Banco Internacional de Re­
construcción y Fomento en su informe sobre la isla, ya cita­
do: «Pocos países dependen de su comercio exterior en tan
alto grado como Cuba». Ese estado era tolerable — y tole­
rado— si los negocios se mantenían prósperos. Pero llegados
los tiempos de las vacas flacas... las voces de los hacendados
se fueron dejando oír. Una crítica que iba subiendo de tono.
Contra la zafra restringida, contra el Convenio de Londres,
contra las medidas tomadas en los Estados Unidos. Por la
apertura de nuevos mercados. Uno de los hacendados se fer
licita de las ventas de azúcar (200.000 toneladas) a la Unión
Soviética, operadas en 1955.25 Pero este hecho dentro, de la
política oficial aparece como una excepción. Y1 así las críticas
van convergiendo hacia el plano político, contra el gobierno
de las zafras restringidas, firmante del Convenio de Londres,
y de la pasividad ante los Estádos Unidos: el gobierno de
Fulgencio Batista.
«Guerra de los dos azúcares», se había complacido en lla­
marla ya en los afíos cuarenta un autor clásico cubano, Fer­
nando Ortiz.26 Ahora bien, estos azucareros cubanos de la
caña que entreveían la salida en enfrentar competitivamente
a los azucareros norteamericanos de la remolacha ¿habían
acumulado como clase la fuerza necesaria para lá empresa?
La respuesta es afirmativa. No cabe, sin embargo, medir esa'

24. Agricultural statistics, 1958, Department of Ágriculture, United


States, Government Printing Office, Washington, 1959, p. 81, cuadro 115;
Agricultural statistics, 1966, Department of Agriculture, United States,
Government Printing Office, Washington, 1966, p. 86, cuadro 126; Com­
pilación estadística, en M. Gutelman, op. cit., p. 38.
25. B. Casas Fernández, «Es factible la zafra líbre», art. cit.
26. F. Ortiz, op. cit., p. 94.
fuerza en función de la expansión azucarera. Ello fue válido
en el siglo xix, mas no en el siglo xx, luego que la produc­
ción se estancara. Otro índice proporciona la respuesta. La
burguesía cubana se había convertido en «expropiadora» de
los capitales azucareros norteamericanos de la isla. Éstos, y
otros también de origen extranjero, estuvieron dispuestos a
vender los ingenios menos tecnificados y rentables, reinvir-
tiendo en distintos rubros, como la ganadería. Y así nos da­
mos con las siguientes proporciones invertidas:

a) en 1939 el 55,07 % de la zafra fue producto de ca­


pitales norteamericanos y el 22,42 % de capitales cubanos
(el 22,51 % restante correspondió a inversores españoles, ca­
nadienses, ingleses, holandeses y franceses);
b) en 1958 el 62,13 % de la zafra es'producto de ca­
pitales cubanos y el 36,65 % de capitales norteamericanos
(el 1,22 % restante corresponde a inversores españoles y fran­
ceses).27

Continuaba siendo patrimonio del capital norteamericano


poco más de un tercio de las inversiones azucareras existentes
en la isla. En un período de expansión «cubanizadora» coin­
cidente con el planteo de una disputa por mercados, uno se
focalizaba como el competidor: el capital norteamericano. Ca­
ñero en ía isla, remolachero en su país de origen, no era tra­
dicionalmente bien visto en razón de las franquicias obteni­
das sobre suelo cubano y del privilegio de que gozaba para
elegir el espectro de mayor rentabilidad, situaciones acentua­

27. Anuario azucarero de Cuba, 1958, en Antonio Núñez Jiménez,


Geografía de Cuba, Editorial Nít .ional de Guba, Editorial Pedagógica, La
Habana, 19653, p. 287; «Primer fórum...», en A. Núñez Jiménez, La ley
de reforma agraria y su aplicación, pp. 15-16. «Evoluciona la propiedad
de los ingenios», Cuba Económica y Financiera, X X VIII, n.° 331 (oc­
tubre 1953), p. 19.
das bajo el gobierno de Fulgencio Batista. Y a cuya política
de 2afras restringidas agregaba un nuevo motivo: el reparto
inequitativo de los cupos de molienda. Fue así como un sec­
tor de los hacendados, los llamados propietarios de pequeños
ingenios, levantó su voz para reclamar «igual tratamiento que
esos intereses [extranjeros, los cuales son] objeto de privi­
legios».2* Para el propio resguardo llegaron a fundar un Co­
mité Ejecutivo de los Pequeños Ingenios Cubanos, reiterando
las críticas a la política oficial azucarera y frente a la actitud
no solidaria de la Asociación Nacional de Hacendados.29
Otrora, en el siglo pasado, la contradicción entre grandes
y pequeños hacendados se había localizado geográficamente,
en desventaja para los de oriente. La región desde entonces
se hubo de recuperar constituyendo un denso polo producti­
vo. Ya no geográficamente, la contradicción en el seno de la
clase continuaba vigente sobre idéntica base: la diferencia de
poder económico entre las unidades productoras del azúcar.
Claro está, la situación no puede parangonarse. No se trataba
de la posición asfixiante a que había sido conducido un sector
otrora, ni ahora la coyuntura llevaba a los hacendados a ser
protagonistas. Pero, en su medida, la contradicción interna
de clase obraba sobre la contradicción externa aportando un
elemento más para el planteo de una política audazmente com­
petitiva.
De esta última contradicción precisamente se trata. El
desarrollo capitalista había sido dado a la isla en función de
una división internacional del trabajo, particularizado por co­
mercializar la mitad o más de la monoproducción azucarera a

28. Tony Deláhoza, «No queremos ser víctimas de los poderosos de


la industria, afirma Luis de Armas, líder del grupo de ingenios cubanos
de pequeñas compañías», Bohemia, XLÍV, n.° 36 (7 septiembre 1952),
pp. 62-63 y 95.
29. Ibid.
un solo país, el vecino del norte. Una relación de tipo bila­
teral pero regida unilateralmente por una de las partes, los
Estados Unidos vía su Congreso. Con esa situación heredada de
sus antepasados se daban los hacendados. Habían hecho trans­
ferencia del poder de decisión, ciertamente, Pero no firmado
la rendición incondicional. Y, en esa medida, guardaban ca­
pacidad para generar contradicciones extrafronteras.
¿Qué decía en esencia aquel pacto de clases bajo cuyo sig­
no había nacido a principios de siglo la república azucarera?
Ustedes —los cubanos— producen; nosotros —los norteame­
ricanos— compramos. Y he aquí lo irritante: mientras la vo­
luntad azucarera cubana se afirmaba, la voluntad compradora
norteamericana se debilitaba. Es lo que antes vimos: mientras
la burguesía nativa reinvertía en el rubro, el vecino del norte
venía disminuyendo, de reajuste en reajuste, las proporciones
de la cuota asignada a la isla, hasta dar en la quita de 1956,
Era irritante. Y ello ¿qué trascendencia tenía? Todo de­
pende de ubicar el carácter,de la clase. No componían los ha­
cendados una burguesía nacional (interesada en la evolución
del mercado interno). Tampoco conformaban una de las lla­
madas burguesías compradoras (agentes de negocios del ca­
pital extranjero). La burguesía azucarera cubana al promediar
el siglo se situaba, si se quiere, en un punto intermedio.
Intentaremos sistematizar. Utilizaremos dos combinato­
rias que arrojarán una resultante final. Llamaremos a a la bur­
guesía nacional y b a la burguesía compradora. En virtud de
rasgos coincidentes u opuestos respecto de a y b, la burguesía
azucarera cubana se reagrupa en dos combinatorias:

1) a semejanza de a y a diferencia de b contaban sus


intereses propios;
2) a semejanza de b y a diferencia de ¡3 era dependiente.

Resultante final de las combinatorias 1 y 2: sin pretender


romper el status impuesto por el mercado mundial, la bur­
guesía azucarera no dejaría, llegado el caso, de defender sus
posiciones. Dualidad que le otorgaba alta sensibilidad frente
a la coyuntura.
De ahí que lo irritante no fuera un mero estado de ánimo,
sino que pesara sobre las decisiones de la clase. Pero veamos
todavía un poco sobre su estructura y de qué manera lo
dual en la burguesía azucarera cubana era componente de
arrastre. Cotitular de la monoproducción del país, se erigía
como máxima expresión nativa de capitalismo monopolista.
Contra ella la competencia de sus compatriotas se tornaba
vana. Interfronteras ocupaba así un lugar de privilegio que
debía al proyecto del mercado mundial, y que en consecuen­
cia agradecía. Extrafronteras, el panorama era otro. A la bur­
guesía azucarera cubana le era aplicada la misma vara con que
ella medía a sus compatriotas. Como capitalismo d ep en d ien te
no era admitida a integrarse en igualdad de condiciones al
mercado mundial. Y aquí el proyecto no resultaba ya de su
agrado.
Con los buenos tiempos la burguesía azucarera tendía a
olvidarse de su condición dependiente (se recordará: vía di­
recta regulación estatal en el caso norteamericano o en virtud
de la demanda-oferta en otros mercados, la colocación del
producto se subordinaba a resortes extrafronteras, sin contar
la provisión de insumos, maquinaria, petróleo y tecnología
sujetos a importación). Con los malos tiempos la burguesía
azucarera llegaba a pensar que de poco valían sus prerrogati­
vas interfronteras si no marchaban los negocios extrafronteras
y entonces, vivamente tocada por su condición dependiente,
la clase se volvía contra los competidores del mercado mun­
dial.
¿Hasta qué punto? Ello dependería de cuánto arriesgaba
y de la coyuntura del momento histórico. Si la perspectiva era
arruinarse, no vacilaría en acudir a cualquier medio, inclusive
el dumping, que es, como se sabe, arma de guerra declarada
por los mercados. Y en esta audacia los hacendados irían a
reivindicar la memoria de sus bisabuelos de 1868. Si solamen­
te se trataba de un recorte de beneficios y la coyuntura no se
presentaba favorable, tal vez la actitud de los hacendados en
definitiva fuera conciliadora. Y en esta prudencia reivindicaría
la memoria de sus abuelos de 1898.
De modo que muy variadas actitudes podría llegar a asu­
mir la burguesía azucarera. Y bien, arribados los años cin­
cuenta, ¿qué situación impresiona dibujarse? De un recorte
de beneficios, ciertamente. Pero que encendía las luces rojas
de peligro: en medio de las zafras restringidas importaba una
amenaza de asfixia. De ello dan cuenta estadísticas antes cita­
das y que corresponden a los sexenios 1947-1952 y 1953-
1958. Los remolacheros norteamericanos estaban a la ofen­
siva no sólo por boca de sus representantes en el Congreso
de los Estados Unidos, sino en la base: en la producción de
azúcar. Y venían desplazando a los cañeros cubanos del mer­
cado de su país sin dar muestras de ceder en la presión com­
petitiva. La mejor prueba la dieron los hechos posteriores.
Una crisis política (1960) dio ocasión al Congreso de los Esta­
dos Unidos para suprimir la cuota de compras azucareras en
Cuba. Y no fue para dejar a los ciudadanos norteamericanos
reducidos a un menor consumo del producto, sino para ceder
ese inmenso espacio dejado vacante (del orden de los tres mi­
llones de toneladas) a los competidores, comenzando por casa:
los remolacheros norteamericanos.
¿Con qué situación impresiona, pues, que nos damos a
medida que avanzan los años cincuenta? No por cierto la as­
fixia en los términos que se planteaba para los hacendados
orientales en 1868, pero sí como tangible amenaza a corto
plazo.
De ahí que escuchemos las voces, en ocasión airadas, de
los hacendados. Claro está, no eran los únicos ni fueron los
primeros en manifestarse. La demanda por cambios en la po­
lítica económica era general e insistente a medida que trans­
curría el período. Desde la clase obrera hasta los sectores no
azucareros de la burguesía, pasando por los demás producto­
res o intermediarios, urbanos o rurales, todos tenían su ra­
ción dentro del deterioro económico. Y a todos concernía ese
común destino de los cubanos, el azúcar.
Los propios hacendados recurrían al argumento del des­
contento general para abonar sus tesis. Veamos un ejemplo.
Un propietario de ingenios, manifestando su disconformidad
con las zafras restringidas, citaba en su abono la opinión de
diversos sectores sociales del entorno: los colonos (campesi­
nos cultivadores en el llano) que le abastecían de caña, los
trabajadores afectos a la maquinaria y los comerciantes de
la jurisdicción.30 Ningún esfuerzo costará encontrar en el res­
to de la prensa comercial — en la medida en que ésta podía
expresarse bajo una dictadura— la protesta expresada desde
el ángulo de los particulares intereses de clase. Había, pues,
una presión social generalizada que, desde la base hacia la
cúspide de la pirámide, actuaba sobre la burguesía tras la de­
manda de cambios en la política económica. Una expresión
combativa lo había constituido la ya citada huelga general
azucarera en vísperas de la zafra de 1956.
Pero ambos factores no deben confundirse. Obraba la
presión social generalizada y obraba la burguesía desde sus
propias contradicciones e intereses de clase. Es así como he­
mos tomado a los. hacendados en tres momentos de defini­
ciones políticas colocados bajo el signo común de una idén­
tica tarea histórica, la independencia nacional. Nos referimos
a la primera y segunda guerras emancipadoras (1868-1878 y

30. «Opiniones azucareras internacionales. Cuba», Cuba Económica y


Financiera, X X X III, n.° 384 (marzo 1958), p. 45.
1895-1898) y . al torbellino revolucionario de los años cin­
cuenta. Como se expresara, la burguesía perdió la iniciativa
social en el segundo momento. Sin embargo, su actitud en el
tercer momento no está limitada a dejarse arrastrar por los
acontecimientos, sino que aporta desde el ángulo de sus inte­
reses y contradicciones de clase. Y si el torbellino de la guerra
civil apurará sus decisiones, no es menos cierto que ésta la
encuentra armada de una voluntad azucarera: en el interior
de la isla reinVirtiendo en detrimento del capitalismo extran­
jero, y en el exterior en actitud de disputa por los mercados.
Y aun cuando la iniciativa social hubiera escapado de sus
manos, mientras los hacendados no veían amenazada su pree­
minente posición monopolista, nada obstaba a utilizar el tor­
bellino de los años cincuenta como respaldo nacional para
el planteo de una agresiva competencia extrafronteras. Torbe­
llino revolucionario, decíamos. Pero esto se hizo claro des­
pués. Mientras tanto, aparecía como torbellino a secas.
La burguesía azucarera no lo temía. Como en tiempos de
la colonia, el hacendado se veía protagonista. Y en verdad
continuaba siéndolo. Había hecho slogan de sí mismo a tra­
vés de los mass media, de su «gran prensa», slogan que la calle,
repetía e incluso la letra de canciones de moda: sin azúcar
no hay país. Como el azúcar tenía dueño... el razonamiento
era claro para todos: el azúcar se erigía en destino y la bur­
guesía en condición para el ser nacional.
Nada más cubano que el azúcar, el hacendado su dueño:
nadie más cubano que el hacendado. Todo lo demás pasaba
por un monótono mapa: cañas, ingenios, esclavos de ayer u
obreros de hoy, tierras, ferrocarriles, puertos. De todo el ha­
cendado se sentía poseedor o por lo menos que, dentío de
la isla, servía a sus fines. Sin azúcar no hay país resumía su
filosofía. Y si algo faltaba era sacar la cabeza fuera de la
isla y decírselo a los remolacheros del vecino del norte. En
otras palabras, una actitud.de agresiva competencia. Todo se
venía conjugando en ese sentido. Entonces, si algo faltaba, fue
dado por la palabra «oficial» de la clase cuando el patriarca
azucarero, el mayor productor de todos, no sólo de la isla sino
del orbe entero, salió a la palestra.
¿Quién era? Julio Lobo. En realidad, ya le conocemos.
Aquel hacendado que vimos páginas atrás argumentar contra
las zafras restringidas en nom bre d e sus colonos, obreros del
ingenio y comerciantes del entorno, ése era Julio Lobo. Ya
en tal actitud aparecía clara la inteligencia de colocar la na­
ción, a través de una gama de sus sectores sociales, tras el
hacendado. Corría marzo de 1958. Tras huelgas, brotes in­
surgentes y lucha armada en la sierra, la guerra civil poco
después sacudirá al país de un extremo al otro. Es hora de
dar un paso al frente. Y para esa misma época Julio Lobo
hará algo mác: salir al encuentro de los remolacheros en casa
de éstos.
El N ew York Herald Tribune, en la época que nos ocupa
uno de los más importantes cotidianos norteamericanos, nos
ofrece su semblanza: «En Cuba donde azúcar es todo, y más
que todo sinónimo de nación, Mr. Lobo es simplemente “Ju­
lio” para los hombres de negocios, los conductores de taxis
y los miles de empleados de sus once ingenios. Internacional-
mente, es el Rey del Azúcar [ . . . ] para sus enemigos su exis­
tencia se presenta por sí sola como una violación de las res­
tricciones internacionales contra los cariéis. Mas, tal cual el
proverbio de los negocios predica, “busines alone is n ot a
c n m e , J ». 31
He aquí el trazo de una pluma periodística. Julio Lobo,
figura patriarcal en la tierra del azúcar. Julio Lobo, el rey,
el más poderoso, controvertido y temido internacionalmente.

31. David Steinberg, «Lobo dreams of benefits for Cuba in plan to


modernize sugar milis», New York Herald Tribune (23 marzo 1958), sec­
ción 2: Financial-Business, pp. 5-6.
Pues bien. Esta figura —remarca el mismo comentario perio­
dístico— deja el silencio impuesto a sus cuarenta años de
vida activa como hombre de negocios, para salir a la pública
palestra. Poco, en efecto, le hubiera costado publicar una so­
licitada o un anuncio comercial más, del tamaño y precio que
fuera. No, esta vez él personalmente concede la entrevista en
inusual descarga del peso de su autoridad. Tampoco era cues­
tión de hacerlo a través de un diario cubano, sino del New
York Herald T ribune,32
Era, pues, la tribuna dirigida a los norteamericanos. La
ocasión se prestaba, pues Julio Lobo acababa de adquirir in­
genios azucareros por valor de 24,5 millones de dólares, com­
prendiendo un ferrocarril, factorías, etc.33 ¿Qué decía el entre­
vistado? «Debemos modernizarnos o morir.» Otra vez la
situación planteada en términos de alternativa dramática. Con
una variante; «modernizarnos».
Ahora bien, todo el mundo sabe lo que en buen romance
significa: bajar los costos. Y bajar los costos es esencialmen­
te para eso: ganar mercados, desplazar la competencia. «De­
bemos modernizarnos o morir» no era, pues, sino otra alter­
nativa conocida: «competir o perecer». Mas, como se ha
señalado, la tecnificación no proporcionaba grandes posibili­
dades y, en realidad, para competir hacía falta otra cosa: de­
cidirse a producir azúcar a capacidad plena y lanzarlo tod o al
mercado, esto es, el sistema de las zafras libres. Es lo que, en
otros términos, concluía en definitiva Julio Lobó: «Estamos
firmemente convencidos que del reto al azúcar hoy día puede
responderse con un consumo aumentado, en lugar de una pro­
ducción disminuida».34
Tales los párrafos que por su parte elige la revista em­

32. Ibid.
33. Ibid.
34. Ibid.
presarial para reproducir en süs páginas, añadiendo este co­
mentario: «Precisamente esta es la posición que ha adoptado
Cuba Económica y fin an ciera durante largos años. No es res­
tringiendo zarras, ni defendiendo exclusivamente el precio
como mejor se sirve a nuestra industria azucarera. Estos dos
sistemas son negativos, tanto a cortó como a largo plazo,
pues a menor producción mayor costo por unidad y mayor
oportunidad damos á otros países para aumentar su capa­
cidad».35
Hemos seguido la actitud de la burguesía azucarera a tra­
vés de manifestaciones recogidas en la prensa del período, re­
matando en las declaraciones de Julio Lobo. Declaraciones
que se expresan con motivo de sus reinversiones azucareras.
Es precisamente esta cuestión la que se encuentra en la base,
necesariá para medir si la burguesía se iba en palabras o si
en principio ya acompañaba de hechos sus manifestaciones de
descontento. Y bien, la actitud asumida por Julio Lobo coin­
cidía con la observada en general en el seno de la clase. ,
Cierto que los hacendados habían sido acusados de pre­
ferir prudentes reinversiones en inmuebles en Miami o New
York, en bonos dél gobierno federal norteamericano o bien
del atesoramiento dé dólares en bancos extranjeros.36 Quizás
optaran por ello antes que reinvertir en industrias no azuca­
reras. Pero la tendencia general de las dos ultimas décadas
era expansiva: la «cubanización» de las inversiones extran­
jeras del azúcar al punto de haber triplicado en ese lapso la
capacidad productiva. Todo indicaba una voluntad azucarera
que, arribada la crítica coyuntura de los años cincuenta, mo­
torizaba una situación competitiva originaria, pasando a un
planteo de guerra por los mercados que tenían por destinata­
rios los remolachéros del norte.

35. «Opiniones azucareras internacionales. Cuba», art, cit., p. 39.


36. Informe sobre Cuba, t. I, cap. 4, pp. 9-10 y cap. 24, pp. 22-23.
Guerra por los mercados. Pero no sólo ésa, la «de los
azúcares». Otra guerra, en el sentido más propio de la pala­
bra, conmovía por entonces al país y se libraba en la provin­
cia de Oriente, en cuyas montañas se hacía fuerte la guerrilla
comandada por Fidel Castro. Curiosamente, en el mismo ejem­
plar del New York Herald Tribune donde Julio Lobo había'
lanzado su desafío anti-remolachero, se cronicaba y apreciaba
el estado de la lucha armada. «La Mguerra total” comenzará
el primero de abril, dicen los rebeldes cubanos dirigidos por
Fidel Castro. Fue un ultimátum directo a la dictadura del pre­
sidente Fulgencio Batista. La osada proclama rebelde de “gue­
rra total” —continuaba el rotativo norteamericano— parece
a primera vista como destinada a hacer ruido, a la luz de sus
comparativamente escasas cohortes en las montañas de la
provincia de Oriente. Sin embargo, se trata de un manifiesto
que debe ser tomado en serio en vista del hecho de que los
rebeldes se han batido tenazmente contra las tropas de Batista,
y además de que su espíritu revolucionario parece haber cala­
do hondo rápidamente en Cuba.» 37
No se equivocaba el diario norteamericano. La fuerza de
la guerrilla instalada en las montañas cubanas no podía medir­
se por el número de sus efectivos, sino por el apoyo crecien­
te con que contaba, por la solidaridad que le llegaba, incluso
desde los núcleos de la burguesía azucarera, especialmente en
la provincia de Oriente. Y, en cuanto a la población en gene­
ral, venía sufriendo no sólo el deterioro de las condiciones
económicas, sino el peso de una dictadura, tal cual el New
York Herald Tribune califica al gobierno de Fulgencio Batista.
Una mecánica de protesta-represión-protesta iba en ascenso,
cobraba las formas más agudas, pues la dictadura no conocía

37. «Cuba rebel threat», New York Herald Tribune (23 marzo 1958),
sección 2: Politics-Financial, p. 2.
límites en el empleo de la represión, ni el pueblo cejaba en su
respuesta.
Fue entonces cuando la burguesía azucarera prestó aten­
ción. ¿Qué estaba pasando en la isla? ¿Qué significaba todo
ese ruido de armas? ¿Quién era este Fidel Castro, especie de
Robin Hood de las montañas de Oriente? Uno que bien pron­
to podía suceder en el gobierno a Fulgencio Batista. Y que
tenía la audacia que le faltaba a éste, el hombre de la zafra
restringida, de la firma del convenio de Londres, de la pasi­
vidad frente a los remolacheros del norte.
Ahora bien, este Fidel Castro tenía audacia, pero quizá
demasiada para el gusto de la burguesía. Y ésta, para recon­
siderar políticamente sus posiciones, exigió ciertas garantías.
Fidel Castro las dio. «Nuestro movimiento 26 d e Julio —de­
cía un reportaje publicado en la revista norteamericana
Look— nunca proclamó la nacionalización de las inversiones
extranjeras aunque yo, por mis veinte y tantos años, p erso ­
nalmente abogué por la nacionalización de los servicios pú­
blicos. La nacionalización nunca puede ser tan beneficiosa
como una correcta inversión privada, sea criolla o extranjera,
que lleve como finalidad la diversificación de nuestra econo­
mía. Sé que la revolución —agregaba Fidel Castro— parece
una medicina amarga a muchos hombres de negocios. Pero
después del primer shock encontrarán que ella les significa­
ba un beneficio, no más recaudadores de impuestos ladrones,
no más jefes y oficiales del ejército hambrientos de exacciones
que les chupan la sangre. Nuestra revolución es tanto moral
como política.» 38
La nacionalización de las compañías eléctrica y telefóni­
ca, propiedad de capitales norteamericanos, había sido pro­

38. Fidel Castro, «Inside Cuba’s Revolution», reportaje de Andrew St.


George, Look (4 febrero 1958), pp. 24-30.
puesta por Fidel Castro en 1953 cuando pronunciara su ale­
gato frente a los magistrados que lo juzgaban por el asalto
al cuartel Moneada, alegato conocido como La historia m e
absolverá. Por esos años —tanto en 1953 como en 1958-—
Fidel Castro no había adherido al socialismo. No forzaba las
cosas cuando en lugar de nacionalizaciones colocaba como
programa honradez administrativa y, por encima de todo, vo­
luntad de tranquilizar a los capitales, fueran nacionales o ex­
tranjeros. Y ésta no era una declaración aislada, sino típica
de esa hora.39 Cuando, en los primeros meses de 1958, Fidel
Castro tiene ocasión de expresarse repetidamente en la prensa
norteamericana y, a través de ella, llegar tanto a la opinión
pública del vecino país como a los sectores empresariales de
la isla. Éstos accedían a esa prensa en razón de encontrarse
vedado expresarse localmente, dada la censura que en Cuba
se abate en 1958.
Era un momento histórico donde la revolución advertía
la proximidad del enfrentamiento militar decisivo y, con éste,
la necesidad de acumular en un polo todas las fuerzas sociales
capaces de cerrar paso o, cuando menos, restar apoyo a la
dictadura. O, dicho en otras palabras, aislar al enemigo. Era,
pues, un momento de necesario repliegue programático. Difí­
cilmente los hacendados se plegarían —o declararían una neu­
tralidad objetivamente favorable a la revolución— a , quien
pregonara nacionalizaciones. Y, así, el paso siguiente a las
declaraciones por la prensa —tanto las de Julio Lobo como
las de Fidel Castro— es la firma de un pacto donde queda
concretado el frente político antibatistiano. Su texto da cuen­

39. Fidel Castro, «Why we Sght», Coronel, Chicago (febrero 1958),


pp. 80-87; «Inside Cuba’s Revolution», art. cit.; «Castro on eve of his big
bid», Life (14 abril 1958), pp. 26-27; «Cuba this man Castro», Time
(14 abril 1958), pp. 35-36; Fidel Castro, La Revolución Cubana, recopila­
ción de Gregorio Selser, Palestra, Buenos Aires, 1960, «Cuestionario de
Jules Dubois», pp. 147-151 (el cuestionario corresponde a 1958).
ta del repliegue programático y de la voluntad unitaria. Como
telón de fondo, ya sabemos: la «guerra de los dos azucare?» y
la guerra civil en fase de agudo y decisivo enfrentamiento en
la Sierra Maestra.
No sin vicisitudes se arribó al que se bautizara como Pac­
to de Caracas, fechado el 20 de julio de 1958.40 Permanecerá
vigente hasta la caída del régimen y, no obstante ausencias
que pueden destacarse entre los firmantes, constituye el do­
cumento fundamental de unidad de las fuerzas de oposición.
Junto a Fidel Castro figuraban connotados representantes de
corrientes políticas tradicionales como Carlos Prío Socarrás
•—el presidente depuesto por el golpe de estado de 1952— y
personalidades sin partido como José Miró Cardona. Nombres
vinculados a las altas esferas de negocios que operaban en la
isla, contaban en el momento de requerirse amplitud en el
movimiento antidictatorial.41 El Pacto de Caracas convocaba
a la nación entera, con expresa mención de los hacendados.
¿Cómo respondieron éstos en conjunto? Un proceso cuyos
rasgos sobresalientes se ha intentado dibujar a lo largo de
la década culminaba. De más en más la burguesía azucarera
fue traduciendo las expectativas económicas en definición po­
lítica. Y ésta fue apurada por un hecho que súbitamente tor­
nó dramática la situación. En diciembre de 1958 la guerra
civil se extendía desde la Sierra Maestra en oriente hacia el
centro del país, por cuya causa no podía darse comienzo á la

40. El Pacto de Caracas reclamaba explícitamente la unión de obre­


ros, estudiantes, miembros de las profesiones liberales, comerciantes, indus­
triales, colonos, campesinos y hacendados. Texto incluido en L a Revolu­
ción Cubana, «Documento de unión de las fuerzas oposicionistas», pági­
nas 152-155.
41. Fidel Castro, Discurso pronunciado por el primer ministro del go­
bierno revolucionario (1-2 de diciembre de 1961), Comisión de Solidari­
dad con la Revolución Cubana de la República Argentina, Buenos Aires, s.d.
Edición cubana en Obra revolucionaria.
zafra. Ésta en peligro, la burguesía azucarera en bloque aven­
tó toda duda: que cayera Fulgencio Batista. Desde luego, el
compromiso se remontaba a meses atrás, cuando la firma del
Pacto de Caracas.
Dejemos que dos de sus partidarios, quienes ocuparon
altos cargos en el gobierno, nos hagan el relato de esas sema­
nas finales de 1958 en el marco de la Asociación Nacional de
Hacendados. Con cierta amarga ironía, explican: «Se discutía
con inusitado patriotismo si debía o no exigírsele al presi­
dente Batista que renunciara. Se describía la situación y se
planeaba la forma de ubicarse mejor junto a la revolución con
frases como éstas: “Señores, la revolución es. un hecho. No
debemos permanecer alejados de quienes están llamados a es^
calar el poder” . Algunos [hacendados], más listos, descu­
brían que desde hacía rato estaban, en contacto con el 26 de
Julio. Otros, los más comprometidos con el gobierno, se jus­
tificaban con un: “No vamos a conspirar contra Batista, sólo
a proteger nuestros intereses que son los de la nación”».42
Fulgencio Batista... en tal trance puede pensarse que ya
nadie estaba dispuesto a brindarle apoyo. Pocos días antes
de su caída, sin embargo, el senador norteamericano Alien
J. EJlender, de visita a La Habana, declaró a la prensa
que él estaba decididamente a favor de Fulgencio Batista y
en contra de Fidel Castro, llamando a este último «bandido».43
Como’ se recordará, el senador era el defensor de los intereses
de sus representados, los remolacheros norteamericanos...

42. Jorge García Montes y Antonio Alonso Ávila, Historia del Par­
tido Comunista de Cuba, Ediciones Universal, Miami, 1970, p.p. 546-547.
43. «Enemigo público n.° 1 de Cuba», Bohemia, LI, n.° 10 (8 mar­
zo 1959), p. 19.
Si el hacendado del ingenio y del cañaveral había madu­
rado su proceso autoconsciente de clase desde aquella ubica­
ción privilegiada que le permitía unlversalizar la visión, a su
hora tuvo la réplica. También el obrero del ingenio y del ca­
ñaveral —y de otras ramas de la producción— fue accedien­
do a ese, punto, bien que por otros medios: no por el reparto
del plustrabajo, sino a partir de una toma de conciencia: que
ese era también su trabajo, sólo que no retribuido.
De ahí a comprender que su suerte es compartida con
todos los productores directos del mundo, no había sino un
paso. Y el paso fue dado. El obrero cubano unlversalizó a su
turno la visión y la contrastó con la del hacendado. Sin azú­
car no hay país, había éste hecho slogan y lo repetía, en el
curso de discusiones laborales, por boca del presidente de su
Asociación Nacional, «Sí, pero sin obreros no-hay azúcar», fue
la réplica del dirigente proletario cubano Jesús Menéndez.
En otras palabras, la huelga. La clase obrera reivindicaba
salir del indiferenciado panorama en que, junto a máquinas y
tierras, le había colocado la burguesía azucarera y rescataba
su personalidad de productor directo: sin sus' brazos, sin su
fuerza de trabajo, ni una caña se tumbaba, ni un gramo se
molía. Por eso, la huelga: en su virtud los términos se inver­
tían: sin azúcar no hay país y sin obreros no hay azúcar. Lue­
go, sin obreros no hay país. Y si de éste venían proclamán­
dose sus dueños los hacendados, el siglo xx vio, ya en las
primeras décadas, cómo el proletariado cubano cuestionaba ese
título de propiedad heredado de épocas de la colonia.
Ahora bien, mientras el grueso de la clase obrera descien­
de en línea directa de la masa de esclavos del ingenio y del
cañaveral, una rama del árbol creció en forma autónoma. Nos
referimos a los trabajadores del tabaco. Su cultivo y manu­
factura fue conocido en la colonia, compitiendo con éxito y
adquiriendo renombre en los mercados del mundo. A diferen­
cia del azúcar, no conoció en general asentamiento latifun­
dista, sino a través de pequeños y medianos propietarios, lla­
mados vegueros. Y no empleó mano de obra esclava, sino
libre. A mediados del siglo pasado, cuando el trabajo forzado
todavía se prolongaba en el azúcar, se contaban 15.000 asa­
lariados armadores de cigarros en Cuba,
Allí se ganaron voluntades para la segunda guerra inde-
pendentista, bajo el influjo de José Martí. Fue éste quien, rei­
terando alusiones a silencio y unidad, al ayer del primer in­
tento emancipador y al presente y futuro de nueva propuesta
donde contaba la clase obrera, se expresara a fines de siglo:
«Lo que hacemos el silencio lo sabe. Pero eso es lo que de­
bemos hacer todos juntos, los de mañana y los de ayer, los
convencidos,de siempre y los que se vayan convenciendo, los
que se preparan y los que rematan, los trabajadores del libro
y los trabajadores del tabaco: ¡juntos, pues, de una vez, para
hoy y para el porvenir, todos los trabajadores!».
Advino la república. La clase obrera fue creciendo en
número y organización, al tiempo que adquiría variada expe­
riencia. Movimientos reivindicativós o de carácter insurrecti-
vo, huelga política o accionar legal, solidaridad y coordinación
con los pobladores rurales en sus demandas por la tierra, la
gimnasia fue rica y reconoce pocas pausas. Una central única
de trabajadores tomó cuerpo, adhiriendo a las posiciones de
la III internacional.
Dentro de ese contexto se destaca la huelga general po­
lítica que, articulada con un pronunciamiento cívico-militar,
derribó la dictadura de Gerardo Machado y, luego de algunas
alternativas de transición, dio paso a un gobierno dé nuevo
tipo, hechos que tuvieron lugar en la segunda mitad de 1933.
Fue éste uno de los malos años que siguieron a la crisis mun­
dial. La producción azucarera descendió de zafras anuales
entre cuatro y cinco millones de toneladas —1925-1930— a
una del orden de los tres millones de toneladas en 1931 para
pasar a otras entre dos y dos y medio millones de toneladas
anuales en 1932-1936. Y ni que hablar de los precios donde
la caída fue vertical, registrándose los más bajos del siglo.
Como ocurrief-a luego en los años cincuenta, ello no dejó
de repercutir en los planos social y político, creándose un
momento histórico revolucionario. Vale decir que, si hasta
ahora tomábamos 1868-1878, 1895-1898 y 1952-1959, nada
obsta a intercalar completando: 1868-1878, 1895-1898, 1933-
1934 y 1952-1959.
La huelga general política de 1933 —que, desatada en
agosto, fuera del tiempo de zafra, desplazó su centro a los
trabajadores del transporte— mostró la fuerza que en el seno
de la sociedad había cobrado la clase obrera. Como resultado
del movimiento popular asumió un gobierno nacionalista de
izquierda, presidido por Raúl San Martín y orientado por su
ministro Antonio Guiteras. Este gobierno intentó desatar al­
gunos nudos de la dependencia, audacia que dio con su caída
en enero de 1934.
D e' donde el momento histórico revolucionario, abierto
en 1933, se cierra en 1934. Todavía la isla bajo la sombra
de la Enmienda Platt, los acontecimientos se suceden bajo
presión: ¿intervendrán los norteamericanos como en ocasio­
nes anteriores? No lo hacen militarmente, pero sí a través de
la misión de Summer Welles (y su continuador Jefferson Caf-
fery). El dictador Gerardo Machado, incapaz de «reacomodar»
el país luego del shock azucarero, tiene los días contados. Está,
pues, en el orden del día la cuestión de su relevo. Para re­
solverla sin que la relación cubano-norteamericana resultara
afectada en sus pautas tradicionales, Summer Welles llega a la
isla en mayo de 1933. Los documentos de la época —sus me­
morándums de entrevistas, gestiones ante el entonces sargen­
to Fulgencio Batista y toda una intensa actividad desarrollada
dentro de la vida cubana— trascendieron en su momento y
más tarde fueron oficialmente publicados en buena parte, se­
gún la ley norteamericana, por el Departamento de Estado.
En medio de este ajetreo, con barcos de guerra de los
Estados Unidos a la vista de La Habana, crece el movimiento
popular. Derroca al dictador Gerardo Machado y en un se­
gundo paso —no obstante las presiones-— consagra al citado
gobierno nacionalista de izquierda. Por una vez el movimien­
to popular conmueve La Habana. La ciudad pasa a ser cen­
tro de los acontecimientos. Pero el polo burocrá tico-militar
no tardaría en operar el cierre. Por factores que no entramos
aquí a analizar, son las presiones de extrafronteras quienes
en definitiva se imponen. Es cuando aparece en escena como
«hombre fuerte» Fulgencio Batista, Consuma un golpe de
estado derribando al gobierno nacionalista de izquierda en
1934.
Cuartel Columbia mediante, fue la primera vez. Con igual
procedimiento se hará luego con el gobierno en 1952. Transcu­
rridas menos de dos décadas, la memoria de los cubanos con­
servaría fresco el recuerdo de la experiencia vivida: shock
azucarero, golpe de Fulgencio Batista. La combinación de los
años treinta se reedita en los años cincuenta. Y ello contri­
buye —en todos los niveles sociales— a desconfiar de la re­
ceta de amarga medicina.
Mientras tanto, una vez reglada la cuestión del relevo de
Gerardo Machado y comprobada la eficacia del golpe de esta­
do, la Enmienda Platt fue derogada en 1934. Nuevos meca­
nismos políticos se ponían en funcionamiento. La Habana era
sede de una misión militar norteamericana y en Guantánamo,
provincia de Oriente, estaba instalada una base naval donde
regía el principio de extraterritorialidad a favor de los Esta­
dos Unidos. Pero la pieza fundamental de los nuevos meca­
nismos políticos era el golpe de estado.
Cuando se prendían las luces rojas de peligro, el gobierno
civil era derribado. Ocurrió en 1934. Y también cuando
amenazaban encenderse, como en 1952. El golpe es aquí pre­
ventivo. Impide las elecciones convocadas para ese año e
instaura la dictadura militar que habrá de consagrar un cli­
ma de violencia desde antes desatado, De la década del cua­
renta a la del cincuenta las formas democráticas se venían
deteriorando en coincidencia con la evolución de la situación
internacional. Cuando, entre 1946 y 1949, la guerra fría se
echaba a andar por el mundo y sus pasos tocaban costas cu­
banas.
Precedido por el asesinato del portuario Aracelio Iglesias,
el 20 de enero de 1948 se produjo el crimen de Jesús Me-
néndez. Negro, comunista como el anterior nombrado, diri­
gente de los trabajadores del azúcar, su desplazamiento de la
conducción gremial resultaba difícil de operar, salvo elimi­
nación física. Y tal ocurrió ese día sobre el andén de la esta­
ción ferroviaria de Manzanillo, provincia de Oriente. Al co­
nocerse la noticia —cuenta en sus memorias Francisco García,
un obrero del ingenio azucarero— «fue la rabia mal conte­
nida: salté de la locomotora, no quise creer, di un puntapié
a un montón de cañas»; y luego fue el recuerdo: cuando el
compañero asesinado había escuchado de boca del presidente
de la Asociación Nacional de Hacendados aquello de sin azú­
car no hay país, y dado por respuesta: «sí, pero sin obreros
no hay azúcar».1
La guerra fría tocaba costas cubanas. Una primera medi­
da: reprimir el movimiento obrero, de excepcionales tradicio­
nes dé lucha en el Caribe. Pero la guerra fría no venía sola,
sino al encuentro de algo que le esperaba en tierra: crujía la
estructura económica cubana tras el shock de las zafras res­
tringidas .
A esta cita es convocado Fulgencio Batista. Es el «hom­
bre fuerte», capaz de administrar guerra fría y shock. Con los
tanques en la calle, concurre en la madrugada del 10 de mar­
zo de 1952. No tardará en conocerse su decisión de restrin­
gir la producción azucarera y de inmediato es bienvenido por
la guerra fría. Francis L. McCarthy, gerente de la agencia
norteamericana de noticias United Press, se expresa con cla­
ridad días después del golpe: «el problema del comunismo o
la democracia tendrá que ser solucionado algún día en el cam­
po de batalla».2 ¿Cómo se entendían por entonces estas pa­
labras? Para muchos el «algún día» no sonaba lejano. Casi
se confundía con el presente mismo: estaba en curso la gue­
rra de Corea.
El articulista hacía los elogios de Fulgencio Batista, al
punto de compararlo con Napoleón Bonaparte. Claro que los
elogios no venían solos, sino acompañados de una recomen­
dación: a la larga —escribía— si el nuevo mandatario «es
realmente un demócrata, se verá precisado a declarar ilegal
al Partido Comunista en Cuba».3 El consejo fue seguido, y
más allá. Como es usual en estos casos se acabó por ilegali-

1. Francisco García, Tiempo muerto. Memorias de un trabajador azu­


carero, texto abreviado, Instituto del Libro, La Habana, 1969, pp. 81-83.
2. Francis L. Me Carthy, «Historia de una revolución (Batista: ¿dicta­
dor o demócrata?), 2 “ parte», Bohemia (6 abril 1952), pp. 60-61 y 74-75.
3. Ibid.
zar a toda la oposición. Y en cuanto al plano internacional,
Fulgencio Batista no fue menos coherente: sellando su ali­
neación con los Estados Unidos en la guerra fría, rompió re­
laciones con la Unión Soviética.
¿Cómo reaccionó el pueblo cubano frente a la dictadura?
Conocido es el desenlace: tras años de luchas dio por tierra
con Fulgencio Batista y ello significó cubrir un momento his­
tórico decisivo para los destinos de la nación. Pero el 10 de
marzo de 1952 no podía en rigor hablarse de oposición al
golpe de estado. Ciertamente, el país se sintió conmovido y
hubo pronunciamientos, como el de la Universidad. Pero no
se fue mucho más allá. Pocos salieron a la calle. Y no tar­
daban en regresar desalentados a sus casas. De modo tal que
los niveles declarativos de la protesta fueron escasamente
traspuestos. No hubo masiva movilización y, faltando la uni­
dad necesaria para cerrar el paso a los golpistas, éstos se im­
pusieron con facilidad. Por lo demás, el gobierno civil se ha­
bía desmoronado sin ofrecer resistencia y la corriente liberal
mayoritaria (Partido Ortodoxo) tampoco fue capaz de dar
proporcionada respuesta a la asonada militar. Y en cuanto
al movimiento obrero, una difícil situación le había llevado
a replegarse.
Vimos la ofensiva desatada contra los trabajadores orga­
nizados en los años de guerra fría. Los sindicatos fueron asal­
tados, cegada su vida democrática, los fondos copados y, pro­
tegida por la policía, una burocracia gangsteril se adueñó de
sus direcciones. Y en ese clima fue posible consumar la divi­
sión del movimiento obrero.
Los trabajadores fueron tomados por sorpresa. Años de
luchas reivindicativas legales —favorecidos por la coyuntura
internacional de la segunda guerra— se vieron bruscamente
cortados. El movimiento obrero no alcanzó a organizar la re­
sistencia. Y ese estado de desarme —que se venía reflejando.
incluso en la formación ideológica de los cuadros— favoreció
las acciones en su contra y forzó el repliegue.
A todo esto no fue ajena la situación vivida por los co­
munistas, quienes tradicionalmente venían ocupando la direc­
ción de los sindicatos. Una polémica a nivel internacional tuvo
lugar a poco de terminar la segunda guerra. Earl Browder,
del Partido Comunista de los Estados Unidos, sostenía que,
dadas las condiciones creadas por la victoria aliada, no resul­
taba necesario mantener las organizaciones políticas de la
clase obrera. Dicho en lenguaje de izquierda, se trataba de
una posición «liquidadora». Jacques Duelos, del Partido Co­
munista de Francia, fue el encargado de refutar y en su do­
cumento aludió al Partido Socialista Popular (comunista) de
Cuba, afirmando que se encontraba influido por el browde-
rismo. Este último partido —si bien con reservas de forma—
admitió el error, tal cual quedó expresado a través de su por­
tavoz Fundamentos.
La subsiguiente guerra fría acabó por demostrar la inconsis­
tencia del browderismo. Pero no es seguro que sus efectos
-—no obstante la postura autocrítica— hayan sido desterra­
dos del partido de los comunistas cubanos. Pues, ¿qué exigía
la hora de los obreros frente a la ofensiva desatada en su
contra? Levantar defensas. Y ¿qué inculcaba el browderis­
mo? Precisamente lo contrario: abatir las defensas.
Fue así como a secretario general de la CTC (Confedera­
ción de Trabajadores de Cuba) llegó a ser promovido Eusebio
Mujal, quien vino a dar nombre a la corriente sindical gangs-
teril: el mujalismo. Éste se imponía y dejaba allanado el ca­
mino para el golpe de estado. El 10 de marzo de 1952 el
mujalismo amagó con una huelga general de resistencia, mas
no pasó del gesto y no tardó en alinearse junto al flamante
dictador.
No podía ser de otro modo. Es sabido que la burocracia
sindical carece de futuro sin el sostén del aparato estatal. Los
matones no bastan para evitar las asambleas de los trabaja­
dores y deben saber que gozan de impunidad, que los jueces
cerrarán los ojos o carecerán de pruebas para condenar por­
que la policía jamás las proporcionará. Y a cubrir los costos
concurren «fondos especiales» provenientes de las arcas del
estado. Y bien, producido el golpe de estado, el mujalismo
no se iba a resignar a la orfandad. Incluso le favorecía el
cambio político: en adelante no sólo se.apoyaría en la poli­
cía —como hasta entonces venía sucediendo bajo el gobierno
civil— sino en las bayonetas del general Fulgencio Batista.

La e s t r u c t u r a . d e c l a s e

La nueva coyuntura política de los años cincuenta se al­


zaba ante la clase obrera. Ella irá dando sus propias respues­
tas. Pero antes de entrar a considerarlas ¿cómo era el titular
de esas respuestas? O, en otros términos, su estructura de
clase. Difiere de la clásica imagen del proletario europeo. In­
tentaremos reunir rasgos que cooperen a visualizarla. Para
proponer, así sea provisionalmente, una clasificación en nive­
les en el interior de la estructura, se han combinado tres cri­
terios: localización en sentido de lo urbano a lo rural, c o n ­
centración por empresa y grado de especialización (maquina­
ria, etc.).
Un prim er nivel corresponde al obrero industrial salvo en
la rama del azúcar, cuya especificidad demanda se trate apar­
te. Típicamente ligado a la maquinaria, de la más alta con­
centración registrada en la época por establecimiento, se agru­
pa como sigue:

a) en catorce fábricas de ramas varias como textil, ta­


bacalera y alimentación, reuniendo cada una entre 500 y algo
más de 2.000 operarios;4 industria de la construcción; do­
mina como propietario la burguesía cubana (no azucarera);
b) servicios públicos como electricidad, teléfonos, trans­
portes; refinerías de petróleo y minas (situadas fuera de radio
urbano pero cuyo tipo de obrero se asimila al resto); domina
como propietario el capital norteamericano.
Un segu n d o nivel se integra con empleados de comercio
mayor, administración pública, bancos e infraestructura turís­
tica; repartidos en las ciudades, concentración media y desli­
gados del manejo de maquinaria.
Un tercer nivel cuyá característica común es la más baja
concentración y donde, si se manipulan máquinas, no son del
tipo gran industria. Nos referimos a los asalariados de manu­
facturas, comercio menor, talleres de reparación, todos de
menos de 500 dependientes por establecimiento; donde se
cuentan los llamados chinchales —cubanismo usado para sig­
nificar pequeño negocio— cuyo personal se reduce a un par
de asalariados.
Un cuarto nivel localizado decididamente en el agro en
fundón de la plantación de base latifundista donde, sin ser
el único, gobierna el cultivo de la caña de azúcar y su apén­
dice fabril de la molienda. Aquí se inscriben:

á) cien mil proletarios del sector industrial más desarro­


llado (161 ingenios);
b) cuatrocientos mil macheteros que durante tres meses
al año se dan cita en la zafra 5 y además en otras recolecciones

4. Banco de Fomento Agrícola, Industrial y Comercial, relevamiento


censal de 1954, en Carlos Rafael Rodríguez, «La defensa de la economía
cubana», Universidad Popular, segundo ciclo, Defensa de Cuba, La Ha­
bana, julio 1960, p. 157.
5. Las estadísticas coinciden en redondear esas cifras para la mano
de obra empleada en la época en la zafra.
de tipo colectivo (café, etc.), si bien en estas últimas en mu­
cho menor número.

Una movilización de fuerza de trabajo excepcional, vís­


ta una vez por año, tal es la zafra. En el más breve tiempo
posible deben cortarse las cañas y de inmediato el ingenio
molerlas, a fin de que no pierdan en su concentración de azú­
car. Prácticamente se recurre a toda la fuerza de trabajo dis­
ponible en un esfuerzo que tiene pendiente al país entero.
Dentro de los macheteros distinguimos dos sectores. Uno
está integrado por obreros agrícolas temporeros y el otro sec­
tor se inserta a partir de una distinta extracción de clase: los
pequeños campesinos. Es el caso, que veremos más adelante,
de los agricultores cafetaleros de la provincia de Oriente,
Obligados por compulsión económica a dejar la parcela para
concurrir a vender una parte de su fuerza ,de trabajo, partici­
paban como asalariados en las recolecciones colectivas. No por
ello perdían la condición originaria de productores individua­
les pero, bien que temporalmente, se integraban en el seno
de Ja clase obrera.
Había, pues, el fenómeno de la movilidad horizontal tras
trabajo. Penoso deambular entre zafra y zafra, cíclico desem­
pleo llamado «tiempo muerto». Al hombre del «tiempo muer­
to» que ños ocupará especialmente en el oriente del teatro de
operaciones militares, se le puede reencontrar una vez que
ha dejado atrás los ingenios enmudecidos, en cualesquiera de
dos extremos: subiendo a la sierra para intentar un cultivo
propio o esperando sea tiempo de otras recolecciones, o bien
marchando a la ciudad en búsqueda azarosa: trabajador de la
construcción, vendedor ambulante, sin faltar la mendicidad.
En fin, se trataba de una movilidad horizontal que hacía de
correa de transmisión entre clase obrera y pequeño campesi­
nado, al punto de confundir sus límites en la base de la pi­
rámide social. Fuera de este circuito, gozando de mayor asen­
tamiento, existían otros tipos de obreros rurales, como el peón
de la explotación ganadera.
Es así como la movilidad horizontal, nacida de un estado
de necesidad, ligada a la estructura específica de la clase obre­
ra cubana, d e p or sí agitaba. Verdadero revulsivo en el seno
de las masas, se presentaba como el vehículo para su radica-
lización actuando a favor del «contagio» de la ideología de
los trabajadores.
Sin pretender otorgarles funcionalidad fuera del ámbito
de este trabajo, quedan consignados rasgos que nos dibujan
al titular a través de su estructura de clase. Volvemos, pues,
a los términos de una pregunta formulada líneas atrás: ¿cómo
se fue dando su reacción frente a la nueva coyuntura política?

A c c io n a r d e l a c l a s e y co yun tura p o l ít ic a

Y bien, se dejaba sentir el deterioro económico. Desde


hacía años la curva de crecimiento demográfico subía por el
ascensor mientras que la producción azucarera lo hacía por la
escalera. Un paulatino desequilibrio que al correr de la déca­
da del cincuenta sufre un brusco agravamiento en virtud de
la política adoptada de zafras restringidas. Con ellas se con­
gela la producción azucarera y, en lugar de subir,, la vemos
detenida en un piso, cuando no llegando a descender varios
escalones. Mientras tanto, ia curva demográfica continúa su
viaje por ascensor. Incrementado de año en año, el deterioro
económico alcanza su pico en 1955. Como se recordará, se
trata de una de las zafras de más corta duración en lo que va
de décadas, significando una disminución de salarios del orden
del 23 96. Y esto —-conjugado con oscilaciones de los precios
internacionales y estancamiento en el nivel de las exportacio­
nes— repercutió en los ingresos de la población como dan
cuenta, sector por sector, las estadísticas publicadas en la re­
vista empresarial.6 El deterioro económico trajo malestar social,
y éste buscó las vías para su expresión, cada vez más explo­
sivas.
Con toda su fuerza se hará aquí presente lo que hemos
dado en llamar el cuarto nivel dentro de la estructura de la
clase obrera cubana: los trabajadores azucareros, quienes se
lanzarán a la huelga en diciembre. Eran los más afectados por
la reducción de la zafra anterior (enero-marzo de 1955) y, a
punto de iniciarse una nueva (enero-marzo de 1956), su des­
contento se cristalizó en una reivindicación: un diferencial en
función de los precios de venta del azúcar al exterior, reivindi­
cación que se integraba al salario, y que había sido conquis­
tada en tiempos de Jesús Menéndez. La burguesía azucarera
(y los inversionistas norteamericanos) rehusaban pagar ese di­
ferencial desde hacía cuatro años.
Meses antes de la zafra, en agosto de 1955, en pleno
«tiempo muerto», suceden choques en el central azucarero
Washington, propiedad de altos funcionarios del gobier­
no, en Manacas. El saldo es de varios heridos, siguiendo una
inmediata repercusión por la provincia de Las Villas: 'el 3
de septiembre una asamblea obrera de asistencia unánime es
disuelta por el ejército a la voz de «¡Tiren abajo y a matar!».
El recuento de la crónica lleva a Bohemia a comentar en la
misma edición: «Iniciativas de huelga comenzaban a germi­
nar» ,7
El ambiente estaba agitado. En el mismo septiembre es­
talla una huelga dentro del segu n do nivel: los empleados ban-
carios. Tuvo la virtud, a más de su significación como lucha,
de desenmascarar ante vastos sectores a la dirección mujalista
de la CTC. La actitud entreguista de ésta fue denunciada inclu­

6. «Ingreso nacional cubano (1952-1958)», art. cit.


7. «En Cuba. Azucareros. Palabras en la CTC. "Rigurosamente exac­
to”», Bohemia (11 septiembre 1955), pp. 69-71.
so por federaciones que hasta entonces le respondían: «ísj¿
hay justificación —decían dirigentes del gremio de la elec­
tricidad— para que la CTC rebaje la dignidad de los traba­
jadores llamándoles a romper un movimiento, acto que tiene
la calificación de rompehuelgas». Y los dirigentes telefóni­
cos: la CTC se sitúa «como un vehículo que se pliega a la
clase patronal» .e
Y a todo esto venía sumándose una creciente moviliza­
ción estudiantil. Paros en las casas de .estudio (universitarias
y secundarias), enfrentamiento en las calles con la policía, des­
tacándose un insólito acontecimiento: la represión televisada.
En efecto, el 4 de diciembre un grupo de estudiantes irrum­
pió en el campo de juego del estadio del Cerro, en La Habana,
desplegando un cartel donde se demandaba la libertad de sus
compañeros presos. De inmediato fueron cercados por la poli­
cía y apaleados ante los miles de espectadores en el estadio y
a los ojos del país todo, que seguía el match por televisión.
Y bien, en ese clima se declara la huelga azucarera, en di­
ciembre de 1955.
¿Cuáles fueron sus características y significación dentro
del proceso? Hemos intentado sintetizar en los puntos que
siguen.

1) La huelga concierne al cuarto nivel, el económica y


socialmente más importante, de lejos, en Cuba.
2) Toma características insurrectivas: en las formas de
violencia que adopta y por la evolución de su contenido, de lo
reivindicativo a lo político. Veamos sucintamente el primer
elemento, las formas asumidas por la huelga azucarera, según
lo comenta en la época Bohemia-, «los huelguistas tomaron
los ayuntamientos [... ] obreros y soldados chocaron repeti­

8. «En Cuba. Bancarios. "No hemos perdido la guerra...”», Bohemia


(18' septiembre 1955), pp. 75-76.
das veces [ .. . ] tránsito paralizado a consecuencia de dos va­
gones volcados. La población, amedrentada, no salía de sus
casas [.. . ] los festejos de fin de año no pudieron celebrar­
se [ . . . ] cartel en la fachada [de un local sindical, dejado por
la policía]: “Se prohíbe la entrada a los obreros azucareros”
[ . . . ] cortada la luz eléctrica, el ejército acuartelado, obstrui­
da la comunicación con el exterior, las calles desiertas, llenas
de vidrios, piedras y muebles,- el tren paralizado, cerrado el
comercio [ .. . ] fueron obligados a barrer las calles [ tres con­
cejales oficialistas]».9 Estos brochazos de crónica correspon­
den a las poblaciones de Colón, Sagua la Grande, Quemado de
Güines, Marta Abreu, Santo Domingo, Cienfuegos y Placetas,
repartidas por diferentes zonas azucareras de la isla.
Tal, pues, la violencia que en sus formas asume la huelga
azucarera. Configurando características insurrectivas, señalá­
bamos otro elemento: la evolución de su contenido, de lo rei­
vindica tivo en dirección a lo político. De tal suerte —consig­
na Blas Roca— «las masas no gritaban solamente por el pago
del diferencial, sino también por la derrota de la tiranía. ¡Aba­
jo el gobierno criminal!, era la consigna repetida por las ma­
sas que se trababan en lucha por las calles».10 Vale decir: el
signo nuevo (acompañado por las formas de violencia) es esta
evolu ción del contenido hacia lo oolítico. No obstante, con­

9. José Lorenzo Fuentes, «¡Nos quieren arrebatar el diferencial! —di­


cen los trabajadores azucareros», Bohemia (25 diciembre 1955), pp. 72-73;
Conrado Rodríguez, «La industria azucarera ha obtenido fabulosas ganan­
cias», Bohemia (25 diciembre 1955), p. 71; «En Cuba. Obreros. La lucha
por el diferencial», Bohemia (1 enero 1956), pp. 68 y 73-74; José Lorenzo
Fuentes, «La huelga azucarera», Bohemia (8 enero 1956), pp. 62-63 y 88;
«En Cuba. Obreros. "No quiero ciudades muertas"», Bohemia (8 ene­
ro 1956), pp. 69-70 y 72-74.
10. Blas Roca, La Revolución Cubana (VTII Conferencia del Partido
Socialista Popular de Cuba, informe del 21 de agosto de .1960), Funda­
mentos, Buenos Aires, 1961, p. 20.
tinuaba predominando lo reivindicativo: al obtenerse la sa­
tisfacción parcial de la demanda salarial el movimiento cesó.
3) El cambio en el ánimo de los trabajadores entrañaba
su incorporación al proceso. Quienes no habían dejado sus
hogares cuando el golpe de estado de Fulgencio Batista -—en
1952—, ahora —en 1955— se enfrentaban con la dictadura
y aun desarmados, se hacían dueños de la situación, ocupaban
lugares de trabajo y centros poblados, a los que declaraban
«ciudades muertas».11 Si bien esta línea de acción no era por
el momento convergente con la de Fidel Castro, éste valoró
la significación de la huelga azucarera cuando —desde su exi­
lio en tierras mexicanas, mientras organizaba la expedición
armada del yate Granma— supo referirse a ella en los si­
guientes términos: «el país estaba convulsionado por la heroi­
ca rebeldía estudiantil y el formidable movimiento de los
obreros azucareros en demanda del diferencial».12
4) La participación solidaria de otros sectores sociales.
La FEU (Federación Estudiantil Universitaria) —en conflicto
permanente con la dictadura desde sucedido el golpe-— con­
vocó, luego de una serie de paros en las casas de estudio y
manifestaciones callejeras, a una demostración nacional de
protesta. Consistía en un paro general de-actividades (labora­
les, docentes, profesionales), recabándose el apoyo «no sólo
de la masa obrera, sino de la industria, el comercio y la ciu­
dadanía en general».13 Este paro es programado para el 14
de diciembre, pocos días antes de estallar la huelga azucarera.
Obtuvo un eco relativo. Pero, más allá de sus resultados inme­
diatos, anticipaba y contribuía a una voluntad unitaria que, a

11. «En Cuba. Obreros. "No quiero ciudades muertas”», art. cit.
12. Fidel Castro, «El Movimiento 26 de Julio», Bohemia (1 ju­
nio 1956), y reproducido en Fidel Castro, La Revolución Cubana, p. 109.
13. «En Cuba. Estudiantes. Cinco minutos históricos», Bohemia (25 di­
ciembre 1955), pp. 64-65.
más de la solidaridad estudiantil, llegó a abarcar a otros sec­
tores: en las zonas azucareras el pequeño comercio cerró las
puertas, sacerdotes ofrecieron sus iglesias como refugio a la
persecución policial (dos obreros fueron muertos, uno de ellos
a culatazos), los profesionales y, en general, la pequeña bur­
guesía se adhirió solidariamente al movimiento. Un ejemplo:
en Sagua la Grande —da cuenta Bohemia— «la iglesia, la
sociedad Yacht Club, el Casino Español y el Centro de Deta­
llistas fueron ocupados militarmente, debido a que las “clases
vivas” apoyaban sin reservas el movimiento».14 Se gesta en
estas acciones la unidad que tres años después —en 1958—
será instrumento decisivo para derribar la dictadura.
5) La recuperación del movimiento obrero no es extraña
a los comunistas, quienes venían trabajando clandestinamente
en la organización de los Comités pro Defensa de las Deman­
das Obreras y por la Democratización de la CTC. Éstos juga­
ron su rol en diversos movimientos y -—destaca Blas Roca—
«muy especialmente en la huelga azucarera de diciembre
de 1955».15 Fue ese año en que tales organizaciones realiza­
ron clandestinamente un congreso nacional dándose una direc­
ción a ese nivel y contando con la presencia de alrededor de
200 delegados obreros.16
6) Las direcciones sindicales mujalistas fueron desbor­
dadas por los trabajadores ante quienes fue claro el acuerdo
entre los dueños del azúcar, la dictadura (que inicialmente
dictaminara en contra de la petición obrera del diferencial) y
los muj alistas, quienes —comentó Bohemia— «sentían tem­
blar la tierra bajo sus pies».17

14. «En Cuba. Obreros. "No quiero ciudades muertas"», art. cit.
15. Blas Roca, op. cit., p. 31.
16. Joaquín Ordoqui, Elementos para la historia del movimiento obre­
ro en Cuba, Dirección Nacional de Escuelas de Instrucción Revoluciona­
ria, La Habana, 19625, pp. 37-38.
17. «En Cuba. Obreros. “No quiero ciudades muertas”», art. cit.
7) El gremio azucarero obtuvo parcialmente la satisfac­
ción del rubro salarial cuya demanda le llevara a la huelga.
Ahora bien, la experiencia estaba hecha: las masas podían en­
frentarse con la dictadura y ésta verse obligada a retroceder.
Andrés Valdespino, comentarista de Bohem ia, pudo entonces
valorar cómo el régimen «se encontró en una dramática encru­
cijada ante la rebelión nacional del sector más importante y
numeroso del país. Para un gobierno cuya legitimidad se dis­
cute a diario y cuya impopularidad nadie discute, las persoéc-
tivas de una huelga general no eran cosa de juego».18

¿Cómo evolucionaba entretanto la coyuntura política?


Dado el golpe, un vacío se produjo y caracterizó el campo de
la oposición. Mientras los partidos burgueses no acertaban a
dar respuesta adecuada al hecho de fuerza que les había arrin­
conado, los trabajadores y su partido habían sido obligados a
retroceder como resultado del mujalismo. ¿Quiénes —qué
clase y a través de qué dirigentes— cubrirían ese vacío? ¿Por
qué vías se emprendería el accionar oolítico en el nuevo te­
rreno que se planteaba?
Tales cuestiones fueron interrogante al otro día del golpe.
Pero recién entraría a vislumbrarse las respuestas a casi año
y medio después, en la madrugada del 26 de julio de 1953.
Ese día, luego de minuciosa preparación, algo menos de dos
centenares de jóvenes dirigidos por Fidel Castro marcharon al
asalto de dos cuarteles emplazados en la provincia de Oriente,
el Moneada en la ciudad de Santiago y el de Bayámo.
No se trataba de cualquier asalto a cualquier cuartel. La
operación estaba concebida como el inicio de una insurrección
popular. Tomaba de blanco inicial a dos emplazamientos mili­

18. Andrés Valdespino, «Más allá del diferencial», Bohemia (22 ene­
ro 1956).
tares, con cuya captura se esperaba cortar las comunicaciones
y obtener las armas por sorpresa a fin de repartirlas de inme­
diato entre los civiles. Puede argumentarse que no estaban
aún creadas las condiciones para emprender la tarea, pero la
operación militar no marginaba las masas, sino que contaba
con ellas como su fundamento. En este punto se diferenciaba
la empresa encabezada por Fidel Castro de una concepción
conspirativa, la cual ya se había hecho presente en el escenario
de la oposición antidictatorial y sería reiterada después por
distintos grupos insurrectivos.
Tampoco la elección del punto para iniciar la acción -—que
en definitiva debía extenderse a toda la isla— quedó librada
al azar. En oriente, como réplica al occidente burocrático-mili-
tar, se había creado un polo productivo-demográfico de juego
institucional más libre. El centro urbano correspondía a la
capital, Santiago. Las tradiciones independentistas prestaban
marco histórico, mientras el valor estratégico estaba dado por
la distancia que se ponía respecto del cuartel Columbia de La
Habana y la presencia en Oriente de los desplazamientos mili­
tares citados, los cuales se procuraba copar de entrada. Ya en
ese primer paso la operación falló. Ninguno de los dos cuarte­
les cayó en manos de los atacantes. No obstante, la repercu­
sión política fue de primer orden. Comenzó así a darse res­
puesta a las cuestiones que la hora planteaba:

a) asumían la vanguardia de la lucha antidictatorial sec­


tores radicalizados de la pequeña burguesía;
b) se apuntaba una nueva dirección en el campo oposi­
tor, que surgía con Fidel Castro y su movimiento 26 de
Julio-,
c) se proponía la vía armada como idónea para enfren­
tarse con la dictadura.

Por lo demás, a medida que se conocen los pormenores,


queda a descubierto el grado de la naturaleza represiva del ré­
gimen: decenas de prisioneros fueron fusilados luego de tor­
tura tras los muros del cuartel Moneada a contar de la tarde
de ese mismo 26. Nunca la isla en su medio siglo de vida re­
publicana había conocido tamaña descarga represiva. La tar­
de del 26 daba así razón a la madrugada del 26: contra la
dictadura no cabía sino la vía de la insurrección. Y es de tal
suerte como los dos hechos relevantes del lapso 1953-1955 se
articulan tras un objetivo común: dar por tierra con el régi­
men. El asalto a los cuarteles Moneada y de Bayamo señalaba
la vía armada a las masas, y la huelga azucarera incorporaba a
éstas a la resistencia.
Fue una conjunción de este tipo la que cobró vida casi
tres años y medio después a partir de la Sierra Maestra de
la provincia de Oriente con el arribo del yate Granma, el
2 de diciembre de 1956. A su bordo venía, y desembarcó en
costas cubanas, una expedición compuesta de 82 hombres.
Habían partido de México días antes y al frente marchaba
nuevamente Fidel Castro. Obradas ciertas rectificaciones tác­
ticas y habiendo madurado las condiciones, se trataba una
vez más de insurreccionar el oriente.
Luego de fracasar la operación de asalto a los dos cuar­
teles, Fidel Castro había caído prisionero para luego ser juz­
gado y condenado a quince años de reclusión. Pero la cárcel
no pudo retenerlo. Una campaña popular le devolvió, junto
a otros presos políticos, la libertad. Fue una amnistía que
caracterizó una breve tregua. Ante la continúidad de un des­
contento, cuyo tono hacía presagiar nuevos enfrentamientos
protagonizados por las masas, la dictadura no tardó en retornar
a la represión habitual. Comenzó entonces a temerse por la
vida de Fidel Castro, a quien funcionarios del gobierno hacen
objeto de provocación. Decide, pues, partir al exilio: «me
marcho de Cuba —declaró en julio de 1955— porque me han
cerrado todas las puertas de la lucha cívica».
En trance de cerrarse la tregua que Caracterizara él dicta­
do de la amnistía, era, en efecto, la continuidad del proceso
general de agotamiento de la legalidad vivido bajo Fulgencio
Batista. Contra éste se alzaba Fidel Castro y, en las mismas
declaraciones, agregaba con particular énfasis: «de viajes como
éste no se regresa, o se regresa con la tiranía descabezada a
los pies».19
El 2 de diciembre de 1956 el yate Granma toca costas
cubanas; a su bordo, la expedición mandada por Fidel Castro.
Ha transcurrido un año y medio desde que éste dejara su pa­
tria, y durante ese lapso se han venido registrando las luchas
populares descritas: las huelgas azucarera y bancaria, las mo­
vilizaciones estudiantiles y cívicas. Cabría agregar los comba­
tes por la tierra, frente a una ola de desalojos rurales desa­
tada precisamente en zonas colindantes al desembarco del
Granma. Fidel Castro -—de regreso en un momento de ten­
sión en el ánimo de las masas y encarnado en la figura de
oposición a la dictadura— es bien recibido por sus compatrio­
tas. Tanto en general, cuando se difunde por la isla la noticia
de que el combate armado se ha entablado, como en particu­
lar: en ese teatro de operaciones bélicas que fue la Sierra
Maestra, donde la población rural soldó una alianza militar
con Fidel Castro. ¿Por qué esa alianza? Los pobladores rura­
les necesitaban defenderse, abatir el brazo armado que los
expulsaba de sus tierras y asesinaba. Esto es, las patrullas
enviadas en operaciones por el ejército de la dictadura y de
las cuáles se servirían los latifundistas para operar los desa­
lojos.
Y estos pobladores rurales ¿quiénes eran? La respuesta
la dan los pequeños campesinos, cultivadores en la zona del

19. «Una carta de Fidel Castro (La Habana, julio 7 de 1955)», en


Fidel Castro, La sierra y el llano, Casa de las Américas, La Habana,
1969, p. 69.
café y de otros frutos menores; como así nuevamente el
cuarto nivel de la estructura de la clase obrera. Cuarto nivel
que dejamos en el llano, lo reencontramos en la sierra, des­
plegando las características señaladas: movilidad horizontal,
interpenetración clasista. Como fruto de este último fenó­
meno, colocado entre el pequeño campesino y el proletario, se
daba el tipo precarista, así llamado por carecer de todo título
o derecho jurídico para asentarse sobre una parcela.
Este precarista se veía precisado' a vender parte de su
fuerza de trabajo para poder subsitir. Ya tendremos ocasión
de examinarlo en detalle más adelante. Por ahora señalemos
cómo en el precarista —tipo muy difundido en la provincia
de Oriente— vinieron a conjugarse los ya examinados facto­
res estructurales de movilidad con la coyuntura de una nueva
ola de desalojos rurales, producida en la sierra luego del des­
embarco del yate Granma.
De modo que si la clase obrera se había hecho presente
en las ciudades y en el llano de los cañaverales, tampoco es­
taba ausente de la sierra. Por lo demás, el eco de los movi­
mientos reivindicativos de los trabajadores azucareros —y en
particular la huelga de 1955— no tardaba en llegar desde el
llano hasta lo alto de las montañas. Y de éstas descendía
ahora otro eco, el de la guerrilla de Fidel Castro.
Una ciudad, antes que ninguna, supo recoger ese eco:
Santiago de Cuba. Capital de la provincia de Oriente, segunda
ciudad de la isla, aglutinaba en su torno un "polo opuesto a
La Habana. Hacía unos cuatro años, el asalto del cuartel
Moneada. Santiago había espiado la subsecuente masacre de
prisioneros ocurrida tras los muros del cuartel. Y más tarde
había presenciado la sublevación de los militantes del 26 d e j u ­
lio, el 30 de noviembre de 1956.
Fallida esta sublevación, se trató de hacer llegar ayuda
a los expedicionarios del Granma, desembarcados dos días
después. De Santiago partieron —organizada ahora la soli-
claridad, como antes dirigida la sublevación, por el joven
Frank País— voluntarios, armas y abastecimientos para la
guerrilla de la Sierra Maestra.
Santiago-Sierra Maestra —ligados por la proximidad geo­
gráfica— se constituyen en el eje revolucionario del país a
contar de 1957. Bautizada como «Capital de la Rebeldía»,
Santiago paga caro el honor de ese título: la represión la
toma como blanco. Los crímenes y las torturas de militantes
se suceden. Ya el 4 de enero de 1957 una manifestación de
mujeres vestidas de negro recorre sus calles, portando en alto
un cartel: «Cesen los asesinatos de nuestros hijos».20
Deterioro económico, malestar social: en Santiago, un
factor agudizaba este último más que en ningún otro pun­
to de la isla, lo ponía al rojo vivo: la represión.
Promediando 1957 los acontecimientos se precipitan.
Frank País dirige desde la clandestinidad la resistencia. El
30 de julio su escondite es detectado por la policía, cayendo
junto a otro compañero. Santiago se siente vivamente heri­
da, y la tormenta se desata. Nada será más elocuente que la .
síntesis cronológica de los hechos sucedidos en esos días,
poco y mal conocidos.
Santiago, 31 d e julio. Al grito de «¡libertad!», una ma­
nifestación de mujeres recibe al embajador norteamericano
Earl Smith, de visita oficial a la ciudad, entregándole una
nota donde se pide cesen los Estados Unidos su apoyo al go­
bierno de Fulgencio Batista.21

20. «Año nuevo. Las madres cubanas. En Cuba», Bohemia (13 ene­
ro 1957), p. 72; Hugh Thomas, op. cit., p. 912.
21. Carlos M. Castañeda, «El embajador en Santiago (31 de julio
de 1957). Tal cual se produjo el sonado incidente ocurrido la víspera de
la imposición de la censura de prensa», Bohemia (2 febrero 1958), pá­
ginas 64-66.
Santiago, 1-5 d e agosto. Vestido con el uniforme color
verde olivo de comandante guerrillero, es sepultado Frank
País junto a su compañero Raúl Pujol. Un cortejo que ocupa
catorce cuadras acompaña los féretros. Desde el mediodía del
día primero los comercios mantienen cerradas sus puertas.
A los soldados que intiman la reapertura —^reporta B ohe­
mia— «igual contestación: el portazo en las mismas narices».
Ese día -—relata Vilma Espín, militante del 26 d e Julio—
«ocurrieron cosas insólitas: al paso del cortejo un oficial de
la Marina de Guerra que estaba junto a un jeep se cuadró y
saludó militarmente. Cerca del cementerio había un carro
(automóvil) microonda patrullero del ejército. Cuando vie­
ron la multitud que avanzaba [ . . . ] huyeron a todo correr».
En el cementerio la bandera cubana fue puesta a media asta
y la bicolor del 26 d e Julio colocada en el mausoleo inde-
pendentista. Comienza la huelga general. Choques armados.
Patrullas militares, rompiendo puertas y vidrieras, intentan
en vano forzar la reapertura. «El hijo del conocido industrial
“Pepín” Bosch —informa Bohemia— fue conducido al cuar­
tel Moneada, como rehén, para garantizar el funcionamiento
de las fábricas de Hatuey y Bacardí.» La huelga general se ex­
tiende por la isla, en particular a las provincias de Oriente,
Camagüey y Las Villas. La Habana no se pliega a la huelga.
Las garantías constitucionales (formalmente vigentes) son sus­
pendidas y es establecida la censura de prensa a fin de evitar
que el gobierno —reconocerán luego portavoces oficiales—
«se hubiera desplomado en la primera semana de agosto» (cit.
Humanismo). Por su parte, el periodista norteamericano Jules
Dubois comentó: « [ l a agitación y la huelga general] amena­
zaron su caída». Y Ernesto Guevara: «marcó un viraje en
toda la estructura del movimiento revolucionario [ . . . ] Este
fenómeno popular sirvió para que nos diésemos cuenta que
era necesario incorporar a la lucha por la liberación de Cuba
el factor social de los trabajadores».22 Intentando nuevas con­
clusiones:

1) La lección de las masas. Un hecho era que la gue­


rrilla había prendido en la sierra, y otro no menos cierto
resultaba que, sin extenderse la insurrección a lo largo de la
isla, la dictadura no sería derribada. El instrumento clave —se
le había visto operar con neto sentido político a partir de
Santiago— era la huelga general revolucionaria. Como surgé
de la cita de Ernesto Guevara, ello no pasó inadvertido para
la guerrilla mandada por Fidel Castro.
2) El carácter predominantemente espontáneo de esta
huelga, que representaba una dóble faz. Por un lado, eviden­
ciaba hasta qué punto el estado insurrectivo había madurado
en el ánimo de las masas: sin consigna reivindicativa alguna
de por medio y sin que la orden fuera lanzada por movimien­
to alguno, había estallado la huelga general en repudio al
crimen. La decisión había sido tomada por propia cuenta de
las masas, en momentos en que los féretros de Frank País y
de su compañero desfilaban por las calles de Santiago, ya
entonces una ciudad enlutada. Si la huelga azucarera —en
1955— había significado un cambio respecto de la actitud
de las masas cuando el golpe de estado —en 1952—, esta
huelga general —en 1957— marcaba un nuevo avance dentro

22. «La muerte de Frank País (30 de julio de 1957)», Bohemia (2 fe­
brero 1958), pp. 60-62; Vilma Espín, «Vilma evoca a Frank País», Revo­
lución, La Habana (1 diciembre 1963); «Un reportaje especial dé En
Cuba», Bohemia (18-25 enero .1959), p. 5; Ildegar Pérez-Segnini, «Análisis
del informe de Jules Dubois sobre la situación de la prensa en Cuba»,
p. 87; Jules Dubois, «La situación de lá prensa en Cuba» (informe a la
Sociedad Interamericana de Prensa, New York, 9 de septiembre de 1957),
Humanismo, México, VI, n.° 7. (enero-febrero 1958), p. 67; Ernesto Che
Guevara, «Proyecciones sociales del Ejército Rebelde», en Obras, 1957-
1967, Casa de las Américas, La Habana, 1970, t. II, pp. 13-14.
de] mismo proceso: la creación de condiciones subjetivas re­
volucionarias. Pero hablábamos de una doble faz, dentro de
su carácter de dominante espontaneidad. En efecto, por el
otro lado, virtualmente sin conducción, el movimiento se ago­
taba luego de días de resistencia sin que la caída de la dicta­
dura fuera propuesta claramente como objetivo.
3) No sólo en razón de su contenido, sino de su exten­
sión, se advierte el cambio sobre la huelga de diciembre de
1955 (limitada al sector azucarero). En esta ocasión, encon­
trándose ya concluida la zafra, el movimiento cubre los cen­
tros poblados sobre los dos tercios del territorio del país, abar­
cando parte de los n iveles prim ero, segu n d o y tercero de la
clase obrera.
4) Un rasgo ya observado se confirma y acentúa. Las
masas trabajadoras cuentan con la solidaridad a la par, inclu­
so en la iniciativa, de la pequeña burguesía (que cierra sus
negocios). Y se agregan ahora sectores no azucareros de la
burguesía industrial, quienes venían manifestando su oposi­
ción al régimen desde tiempo atrás; así, declarada la huelga,
presenciamos cómo el hijo de un fuerte y conocido industrial
de Santiago marcha como rehén del ejército, hasta tanto su
padre consienta en reabrir sus fábricas.
5) El descontento generalizado y la acción revoluciona­
ria llegan a golpear dentro mismo de las instituciones edifi­
cadas para la salvaguarda de «el orden», que en Cuba se lla­
maba Fulgencio Batista. De ello dan cuenta los episodios pro­
tagonizados por un oficial de marina y luego por los patrulle­
ros del ejército, cuando el sepelio de Frank País.
6) Si la huelga azucarera de diciembre de 1955 amena-
zába convertirse en un peligro para el régimen, la huelga ge­
neral de agosto de 1957 directamente lo constituyó. De esto
dan cuenta portavoces del propio gobierno y testimonios tan
insospechados como el del periodista norteamericano Jules
Dubois. Vale decir, los síntomas se hacían claros: por un
lado las masas pasaban a la acción, mientras por el otro lado
el régimen daba muestras de debilidad y descomposición in­
terna: sus mecanismos se atascaban, las medidas represivas
no surtían efecto. En fin, la correlación de fuerzas se incli­
naba contra Fulfiencio Batista.

Y bien, un nuevo par de hechos —como antes el asalto


al cuartel Moneada y la huelga azucarera (1953-1955)— se
complementan y concurren a idéntico objetivo, esta vez a un
más alto nivel: el desembarco del Granma que replantea la
lucha armada en distinto escenario, y la huelga a partir de
Santiago que incorpora a los trabajadores a una lucha cuyo
contenido fundamental no lo constituye lo reivindicativo, sirio
lo político (1956-1957).
La revolución irá finalmente a golpear las puertas del
reducto de Fulgencio Batista, el cuartel Columbia en La Ha­
bana. Tres huelgas —dos ya examinadas— escalonan ese pro­
ceso. Precedido por el conflicto bancario y por una intensa
movilización estudiantil, el paro azucarero de diciembre de
1955. Precedida de una escalada del crimen, bajo el impacto
emocional de la muerte de Frank País, la huelga general de
agosto de 1957. De la tercera nos toca ahora ocuparnos; deján­
dose sentir desde antes, es declarada en enero de 1959.
Estamos hacia fines de 1958, y ella se encuentra en el
orden del día. El llamado Pacto de Caracas —firmado el
20 de julio de 1958 y que consagra a nivel político el frente
antidictatorial— así plantea la estrategia común de lucha:
«derrocar la tiranía mediante la insurrección armada, refor­
zando en un plazo mínimo todos los frentes de combate, ar­
mando a los miles de cubanos que estén dispuestos a comba­
tir por la libertad. Movilización popular de todas las fuerzas
obreras, cívicas, profesionales, económicas, para culminar el
esfuerzo cívico en una gran huelga general, y el bélico en
una acción armada, conjuntamente con todo el país».23
La huelga general reaparecía. Cuando el 26 de julio de
1953, a ella se proyectaba acudir una vez capturados los cuar­
teles Moneada y de Bayamo, según lo ha puntualizado Fidel
Castro en el discurso conmemorativo a veinte años de esa
fecha.24 Cuando el 2 de diciembre de 1956, el desembarco
del yate Granma y la sublevación de Santiago debían combi­
narse con la llamada a la huelga general. Fidel Castro lo
había planteado desde tierras mexicanas, antes de hacerse a
la mar: «una insurrección apoyada en una huelga general re­
volucionaria que venga de la base».25
Cierto es que en ambas ocasiones no estaban aún dadas
las condiciones para dar ese paso y que, como lo ha puntua­
lizado Ernesto Guevara, «predominaba una mentalidad que
hasta cierto punto pudiera llamarse subjetivista; confianza
ciega en una rápida explosión popular, entusiasmo y fe en
poder liquidar el poderío batistiano por un rápido alzamiento
combinado con huelgas revolucionarias espontáneas y la sub­
siguiente caída del dictador».26 Tampoco ha llegado el momen­
to de lanzar la consigna de paralizar el país cuando el 9 de abril
de 1958 se intenta en vano, fracasando —explica Ernesto
Guevara— «por errores de organización, entre ellos princi­
palmente la falta de contactos entre las masas obreras y la
dirección, y su equivocada actitud. Pero la experiencia —agre­

23. Fidel Castro, L a Revolución Cubana, «Documento de unión...»,


p. 153.
24. Fidel Castro, E l pueblo cubano protagonista de la revolución (dis­
curso del 26 de julio de 1973), Ateneo, Buenos Aires, 1973, p. 15.
25. Cit. en Rene Depestre, «El asalto al Moneada: revés victorioso
de la revolución latinoamericana», Casa de las Américas, La Habana, XIV,
n.° 81 (noviembre-diciembre 1973).
26. Ernesto Che Guevara, «Notas para el estudio de la ideología de
la Revolución Cubana», en Obras t. II, p. 95.
ga— fue aprovechada [...]■ enseñó a sus dirigentes [del
26 d e Julio] una verdad preciosa que era, y que es, que la
revolución no pertenecía a tal o cual grupo sino que debía
ser la obra del pueblo cubano entero».27 De modo que:

a) la huelga general no estuvo ausente de la estrategia


guerrillera; entre 1953 y 1958 fue reiteradamente planteada,
mas sin alcanzar éxito;
b) se convinieron rectificaciones dictadas por las expe­
riencias del llano, particularmente a partir dél segundo mo­
vimiento de huelga (agosto de 1957);
c ) obradas éstas, y en la medida que se fue fortaleciendo
y prestigiando el Ejército Rebelde como poder militar de la
revolución, se hizo posible alcanzar el objetivo de derribar la
dictadura culminando civilmente con el tercer movimiento de
huelga (enero de 1959).

Tuvo lugar una suerte de convergencia catalizadora. La


huelga general llegó a plantearse como exigencia de los he­
chos y reencuentro para el Ejército Rebelde. No ya como idea
a priori, sino confrontada en vivo y alumna de una clase obre­
ra en acción. No sólo como apoyo civil de la actividad militar,
sino en pie de igualdad con ésta, tal cual se deja formulado
en el líneas atrás recordado Pacto de Caracas. En fin, que el
movimiento de huelga respondiera a la propia dinámica de
clase: menos despertada ésta por un hecho ajeno (asalto al
Moneada, desembarco del Granma) y más «que venga de la
base», según se ha citado y llegara a puntualizar en una oca­
sión Fidel Castro.
Y bien, producida la convergencia cívico-militar a nivel

27. Ernesto Che Guevara, «Proyecciones sociales...», en Obras, t. II,


p. 14.
nacional, el tiem po corto precipitó su desenlace. 1958: desde
diciembre se sabía que no habría zafra. No sólo la guerra
civil, sino su componente de culminación: la actitud del cuar­
to nivel de la clase obrera era definitiva: no habría zafra con
Fulgencio Batista. De modo que si —como se viera en otro
capítulo— toda duda se aventó entonces del ánimo de los
hacendados sobre la inconveniencia de seguir sosteniendo a
la dictadura, y a ello no fue ajeno el hecho de la zafra en pe­
ligro, el marco de decisiones lo prestaba la clase obrera: los
macheteros se cruzaban de brazos.
Y así se llegó a los últimos días de 1958. De la Sierra
Maestra habían partido dos expediciones, una al mando de
Camilo Cienfuegos y la otra dé Ernesto Guevara. No obstante
no superar entre ambas los trescientos hombres, llegaron rá­
pidamente al centro de la isla. El país vuelto contra el régi­
men, las masas abrían paso a los efectivos del Ejército Re­
belde. Y éste cobraba las victorias sobre los desmoralizados
cuerpos enemigos. El 31 de diciembre por la noche, viendo
perdida la situación, Fulgencio Batista abandona la isla no
sin antes dejar sucesores.
Una maniobra de palacio sin futuro y que da ocasión a la
sierra para convalidar la voluntad ya en marcha del llano,
lanzando la consigna de la huelga general. Como comandante
así lo hizo Fidel Castro desde su cuartel general de la Sierra
Maestra, el primero de enero de 1959. En una de sus pro­
clamas, dirigida en especial y tributando merecido homena­
je a la ciudad con la cual se había trabado el eje insurrectivo,
así decía: «Santiago de Cuba: ¡contamos con tu apoyo! Desde
hoy a las 3:00 de la tarde la ciudad debe quedar totalmente
paralizada. Todo el mundo debe abandonar su trabajo en so­
lidaridad con los combatientes^ que te van a liberar. Sola­
mente la planta eléctrica debe continuar laborando pará que
el pueblo pueda orientarse a través de sus radios. Santiago de
Cuba: repetimos: serás libre porque te lo has ganado y por­
que no es justo que los soldados de la tiranía continúen ho­
llando con sus botas esas calles que ha bañado tantas veces la
sangre revolucionaria».28
En fin, el país entero se paralizó bajo la consigna de:
«¡Todo el poder al Ejército Rebelde!». Y Fidel Castro pudo
así, un año después, en su discurso del 18 de noviembre de
1959, «afirmarlo con toda la autoridad que nos da el haber
sido actores de aquellas horas decisivas: fue la huelga gene­
ral la que destruyó la última maniobra de los enemigos del
pueblo; fue la huelga general la que nos entregó las fortalezas
de la capital de la república; y fu e la huelga general la que dio
io d o el p o d er a la revolución »?9
Y bien, en el movimiento participan los cuatro n iveles
de la clase obrera, cubriendo la totalidad del territorio, inclu­
so La Habana.
Por vez primera los trabajadores se presentan organizati­
vamente coordinados y respondiendo a una dirección sindical
clandestina unificada. Es un factor que asegura el éxito de la
huelga general, y que precisamente estuvo ausente en el fa­
llido intento del 9 de abril de 1958. Las organizaciones que
vienen actuando en desafío al aparato burocrático-mujalista
de la CTC, integran finalmente una dirección superior que,
sin discriminaciones ideológicas, contempla en su seno las co­
rrientes opositoras a Fulgencio Batista. Se trata notoriamente
de los ya mencionados Comités pro Defensa de las Demandas
Obreras y por la Democratización de la CTC, y del Frente
Obrero Nacional —surgido a iniciativa del 26 d e Julio—, los
cuales pasan a constituir el FONU (Frente Obrero Nacional

28. Granma, suplemento dedicado a Radio Rebelde (8 marzo 1973),


p. 29.
29. Fidel Castro, discurso del 18 de noviembre de 1959 ante el
X Congreso de la CTC, en Manual de capacitación cívica, MínFar, La
Habana, 1960. El subrayado me pertenece,
Unido). Y éste cumple su rol en la huelga general de enero
de 1959.
Podemos ahora recapitular los tres grandes movimientos
que se dan en el período, agrupados según los tres siguientes
cuadros: 1) elementos para su descripción; 2) objetivo y re­
sultados; 3) precisiones complementarias.

El balance de los tres cuadros quizá pudiera compendiar­


se advirtiendo dos o tres casilleros del último nivel: una
huelga insurreccional que logra su objetivo. Con ese desen­
lace todo el resto puede que parezca obvio. Históricamente,
sin embargo, interesa la constatación de los resultados en
tanto que eslabón de un proceso. Y, no obstante que un rá­
pido recorrido por el último nivel de los tres cuadros basta
para advertir el grado óptimo, recién cuando entramos a la
comparación inter-niveles nos alcanza la idea de cómo se ac­
cedió a ese grado a través de un proceso.
Y cuyo signo es la progresividad. Un movimiento aporta
y avanza cualitativamente sobre aquel que cronológicamente
le precede. De tal modo, la optimización es fruto de «pedir
prestado» a quien antes se exigió para llegar hasta donde las
condiciones se lo permitían. Que el Ejército Rebelde aparezca
en el último casillero de la columna cuatro del tercer cuadro
es elocuente. Los movimientos de huelga parecen estar espe­
rando el peso de su presencia para jugar la carta decisiva. In­
cluso se diría que tienen dificultad en contenerse, desbordán­
dose en la espontaneidad registrada en el segundo nivel de
los cuadros, tras ser azuzadas las masas por el auge de la
represión. Y a la vez que el Ejército Rebelde aparezca en el
señalado último casillero es elocuente en otro sentido. Indica
cómo no se hace esperar en vano: actuará en el momento
óptimo, aquel que recolecta los aportes •anteriores, notoria­
mente el de los casilleros primero y segundo de la columna
cuatro del segundo cuadro: deterioro. Ha sido sembrado con
Descripción de los tres grandes movimientos de huelga
habidos en los años cincuenta

Época de Duración Area Gremios Niveles Acatamiento Carácter


la huelga adheridos intervinientes obrero * del conflicto
de la clase
obrera

19 55 entre 1 rural del azúcar cuarto masivo de pacífico


diciembre y 2 semanas evoluciona a
formas violentás

1957 6 días urbana huelga primero, masivo, rápidamente


agosto general segundo salvo occidente adopta
y tercero formas violentas

1959 1 semana ** urbana huelga todos masivo violento


enero y rural general a pacífico ***

* No se han obtenido los porcentajes de absentismo laboral correspondiente a los días de huelga.
** Como huelga general debe ser considerada a partir de su declaración el primero de enero. No obstante, el
movimiento es un hecho a medida que avanza diciembre; desde entonces se ha ido dejando de trabajar en distintas
zonas y la zafra, que debía comenzar ese mes, no lo ha hecho.
*** Evolución marcada por la suerte corrida porel régimen y la marcha del Ejército Rebelde. Mientras la
huelga se combina con la insurrección general contra la dictadura, es violenta. Producido el derrumbe batistia-
no y la ocupación militar del territorio por el Ejército Rebelde, se toma de apoyo a éste, y pacífica.
Objetivo y resultados de los tres grandes movimientos de huelga
habidos en los años cincuenta

Época de Objetivo Resultado Resultados mediatos


la huelga inmediato
Descripción Calificación Sobre la Sobre la clase Sobre el
del reclamo dictadura obrera Ejército Rebelde

19 5 5 ' reimplanta­ reivindi- positivo deterioro la incorpora


diciembre ción de cativo- (logro a la resistencia
diferencial laboral parcial) antidictatorial
agregado
al salario

19 57 contra la político negativo deterioro la coloca revaloriza


agosto represión a la ofensiva la huelga como
instrumento
político

19 59 liquidación político positivo extinción la ubica como- confluye


enero de la dicta­ (en grado protagonista de decisivamente
dura insurreccional) la revolución a otorgarle
y secuelas el poder

Cuadro 3

Precisiones complementarias respecto de los tres grandes movimientos


ae huelga habidos en los años cincuenta

Época de Actitud del


la huelga Promotor Precedentes
sindicalismo del movimiento Contexto social
oficialista inmediatos

19 55 desfavorable Comités pro Defensa . huelga bancaria


diciembre solidaridad
Demandas Obreras y agitación de la pequeña
y Democratización CTC estudiantil
burguesía
del entorno

19 57 en contra declarado . auge de la


agosto solidaridad
espontáneamente represión de la pequeña
burguesía;
y, en oriente,
de los sectores
no azucareros
de la burguesía

19 59 en contra ’ FONU victorias todas las clases nativas


enero
del Ejército Rebelde acuerdan el cese
de la dictadura
profundidad por las dos primeras huelgas al punto de fructi­
ficar en el corazón de la dictadura, dentro de sus institutos
militares. Allí la semilla crece, cobra vida propia y toma nom­
bre: desmoralización. Y de ésta se servirá a su hora el Ejér­
cito Rebelde.
Intégrase así una relación que tentados estamos de llamar
dialéctica. El accionar del Ejército Rebelde es p reced en te —y
tal figura en el cuadro— del tercer movimiento de huelga.
Y su victoria es a la vez co n secu en te de aquel factor de de­
terioro en la medida en que ha sido francamente acusado por
el enemigo.
Fácil es continuar interrelacionando entre sí los casilleros.
Hay veces en que, sin dejar la misma columna, se establece
una suma: rural más urbana igual a rural y urbana. Otras
veces se trata de corregir un factor en cuanto tiene de nega­
tivo y así nos damos con una resta: huelga política menos
espontaneidad igual a huelga política y organizada. Tal re­
sulta el pensamiento de Fidel Castro cuando desde la Sierra
Maestra señalaba: «la huelga espontánea que siguió al asesi­
nato de nuestro compañero Frank País no venció a la tiranía,
pero señaló el camino a la huelga organizada».30
Así, pues, los caminos que en el período fueron llevando
al «rojo vivo» de que hablara el recordado Frank País. No
advinieron por generación espontánea, sino por acumulación
de fuerzas. Allí donde cada acción de masas contaba, donde
cada experiencia quedaba registrada, donde ■condiciones fa­
vorables y voluntad de crearlas eran integradas en una: se
hacía lo que había que hacer.

30. Fidel Castro, discurso desde la Sierra Maestra difundido por


Radio Rebelde los días 18-19 agosto de 1958, en Nuevo curso de ins­
trucción revolucionaria, n.° 3, FAR, La Habana, 1966, p. 115.
Estructura de clase y perído de tiem po corto (1952-1959)
continuarán ocupándonos, ahora respecto de las masas rura­
les. Una cuestión inicial de terminología. Venimos enume­
rando: burguesía azucarera, clase obrera, masas rurales. De
las dos primeras nadie duda en cuanto a su carácter. La ter­
cera, en cambio, parece desafinar: ¿por qué masás a la par de
clases? Aquí el término de masas debe entenderse no exclu-
yente sino ampliamente comprensivo del concepto de clase, en
razón de la gama abarcada: el p eq u eñ o cam pesino en variada
y compleja tipología, casos fronterizos como el denominado
precarista y, en fin, el poblador rural cayendo dentro del cir­
cuito sierra-llano, esto es, una compartida condición de o b re­
ro agrícola, como se adelantara en el capítulo anterior.
Nos circunscribimos desde luego a una región, la que fue
teatro primigenio de la lucha armada, las montañas de orien­
te. Y se excluye del concepto de masas rurales a campesinos
medios y ricos, así como a latifundistas. En cambio, se hará
hincapié en los signos específicos y distintivos de la zona en
función de los hechos acaecidos a partir del desembarco del
Granma. A los conceptos asociativos de campesino-proletario,
rural-urbano, sierra-llano, se agregarán otros: latifundio-mini­
fundio, supervivencias feudales-despegue capitalista; y las
múltiples relaciones del nuevo poder militar —guerrilla' pri­
mero, Ejército Rebelde después— con distintos factores de
orden sociohistórico o político: pauperismo, movilidad hori­
zontal, desalojos masivos, tradiciones agrarias, bandolerismo,
represión. ¿Cómo se interactuaban? ¿Influyeron estos facto­
res sobre el desarrollo del poder militar? En fin, el concepto
de masas rurales tiene que ver con todo eso, otorgando un
tratamiento específico de clase que resulta difícil de rotular,
sin provocar equívocos, bajo el clásico término de campesi­
nado.
Y bien, hemos hablado del azúcar y hecho referencia al ta­
baco. Toca su turno al café. También cultivo de plantación, a
su hora conoció de la mano de obra forzada. Tuvo un marca­
do incremento en la producción a contar de comienzos del
siglo xix, cuando el arribo a la isla de cultivadores blancos
que huían de la rebelión dé esclavos estallada en la vecina
Haití. Su fase manufacturera reconoce un tratamiento más
simple que el tabaco o el azúcar, agotándose en el secado de
los granos.
El café se asentó en Cuba sobre diversos tipos de propie­
dad: pequeños y medianos campesinos, campesinos ricos y la-
tifundistás. Sobre predios . de estos últimos se fueron dando
varias modalidades de arrendamiento de parcelas. Conforme
las categorías establecidas en las dos leyes de reforma agraria
(17 de mayo de 1959 y 4 de octubre de 1963) se considera
en general pequeño campesino a quien posea una parcela de
menos de 25 hectáreas; campesino medio, 25-67 hectáreas; y
campesino rico 67-402 hectáreas; de ahí en adelante se esti­
ma que existe propiedad latifundista. Como el azúcar y el
tabaco, aun cuando en menor medida, significaba el café tra-
dicíonalmente un producto para la exportación. Y, concentra­
da sobre una zona, la producción nacional en un 88 % co­
rrespondía, según censó dé 1946, a la provincia de Oriente.1

1. Cifra indicada como promedió. Para el año 1945 sé indica el 90,7 %


Este último dato será significativo. Como vimos, por
oriente de la isla desembarcó la expedición armada de 82
hombres que arribó a bordo del yate Granma, en 1956. No
era concebible que ese grupo fuera a derrocar la dictadura. De
modo que el porvenir militar dependía:

a) en una primera instancia de la respuesta de los po­


bladores de la zona y esto, en términos de producción, que­
ría decir café;
b) de la respuesta más general que en una segunda ins­
tancia diera la isla toda y esto, en términos de producción,
quería decir azúcar.

Parte. del contenido de los dos puntos, en particular el


segundo, ha sido ya visto al abordarse el comportamiento de
la burguesía azucarera y de los trabajadores. Mientras tanto,
nos ocupa el punto .a: la geográficamente localizada, en la
zona oriental, primera instancia del café (y de otras recolec­
ciones menores) donde un personaje veremos destacarse: el
pequeño campesino.
Pues, ¿quiénes habitaban la zona dé desembarco del yate
Granma? Pregunta que, en términos dé producción, se formu­
la así: ¿quiénes cultivaban y quiénes recogían el café? Y cu­
yas respuestas esclarecerán esta cuestión: la integración do­
minante en sus filas y el abastecimiento del Ejército Rebelde
en la Siefra Maestra de la provincia de Oriente.
«El que quiera conocer otro país, sin ir al extranjero,
que vaya a Oriente; que se vaya a las montañas de Oriente

de Ja producción cafetalera nacional, correspondiendo a doce jurisdiccio­


nes municipales —entre ellas El Cobre en plena Sierra Maestra—: de la
provincia de Oriente (.Memoria del censo agrícola nacional, 1946, P. Fer­
nández y Cía., La Habana, 1951, p. 191).
[ . . . ] Que monte en una muía pequeña y de cascos firmes y
se adentre por los montes donde la luz es poca a las tres de
la tarde y los ríos, de precipitado correr, se deslizan claros
por el fondo de los barrancos, con las aguas frías como si
vinieran del monte. Allí encontrará no sólo una naturaleza
distinta, sino también costumbres diferentes y hasta hombres
con sentido diverso de la vida.»2 Así describía la región
Pablo de la Torriente-Brau, un periodista que en los años
treinta recorrió los parajes tras un reportaje sobre las luchas
campesinas que por entonces se dieron en el llamado Realen­
go 18.
Allí en ese «otro país», se instalaban miles de caficulto-
res. Zonas montañosas de difícil acceso, recorridas a lomo de
mulo. Esta particular conformación del terreno y el señalado
vehículo animal hacían lentas y difíciles las comunicaciones y
el transporte de cargas. Además, significaban una incidencia
particular sobre el caficultor: le obligaban a dedicar parte de
la tierra al pastoreo, lo cual reducía su área de explotación y
le incrementaba los costos. Y era indispensable, so pena de
verse imposibilitado de concurrir a los secaderos y luego a los
centros de almacenamiento. Había caficultores que se veían
forzados —por lo reducido de la parcela o por carecer de fon­
dos para adquirir ganado mular— a recurrir al alquiler de los
animales, llegado el momento del transporte de los granos, lo
cual les resultaba más oneroso aún.
Ahora bien, no era precisamente la tierra lo que sobraba
en la zona (Sierra Maestra de la provincia de Oriente). Según
la Asociación Nacional de Caficultores, presente en el Primer
Fórum Nacional de la Reforma Agraria (La Habana, 1959),
el mínimo rentable para la explotación de café comprendía

2. Pablo de la Torriente-Brau, Realenga 18 (y Mella, Rubén y Ma


chado), Nuevo Mundo, La Habana, 1962, p. 67.
una extensión de 26,8 hectáreas.3 ¿Y qué ocurría? De los da­
tos proporcionados por la misma entidad, surge que el pro­
medio por parcela cultivada no sobrepasaba el tercio d el míni­
mo vital. La tierra se presentaba así como de baja rentabilidad,
influyendo además —según informa el Banco Internacional de
Reconstrucción y Fomento— 4 el atraso en los métodos de
cultivo: insuficiente empleo de abonos, operación de secado
de los granos sobre barro —-lo cual incidía negativamente
en la calidad— , ausencia total de arados de discos, tractores
u otra maquinaria, realizándose las labores agrícolas en for­
ma manual.
A todo esto debía sumarse todavía el fenómeno de la
erosión. Y, en la base misma de la economía de plantación,
el latifundísmo acaparaba las mejores tierras. Provocábase así
por un lado el éxodo de los pequeños campesinos hacia es­
pacios marginales de abrupta fisonomía y, por el otro lado,
aparejaba su apiñamiento*(alta concentración demográfica) so­
bre un excedente no acaparado de tierras que fueran media­
namente aptas parados cultivos.
De modo que una serie de elementos se reunían en la
base:

a) áreas de explotación del café por debajo del mínimo


considerado rentable;
b) difícil comunicación y transporte;
c) necesidad de ganado mular;
d) dedicación de parte de la parcela a pastoreo oalqui­
ler de las bestias;
e) asentamiento de los pequeños productoressobre tie­
rras marginales o sobre dominios del latifundista;

3. «Primer fórum...», en A. Núñez Jiménez, op. cit., sesiones de 3


y 9 de julio, p. 6.
4. Informe sobre Cuba, t. III, cap. 44, p. 10.
/) erosión;
g) métodos atrasados de cultivo.

Una serie de elementos de base determinaba así que en


la zona los pequeños caficultorés constituyeran una masa em­
pobrecida. Nótese cómo la extensión tope considerada en ge­
neral para la parcela de un pequeño campesino. (25 hectáreas)
coincide virtualmente con el mínimo rentable para la explota­
ción del café (26,8 hectáreas). Pero ¿qué venía a resultar?
Que la masa de los pequeños caficultorés no excedía el tercio
de tales extensiones.
Contra el empobrecimiento, por salir de él y capitalizarse,
luchaba este campesino. ¿Con qué resultados? Se verá en se­
guida. Antes debemos tocar el régimen de trabajo y propie­
dad bajo el cual se desenvolvía, cuyas combinatorias arrojan
las tipologías campesinas del medio.'

Q u ié n e s co n vo can

Diferentes situaciones podían presentarse para el pequeño


(y, en ocasiones, para el medio) caficultor.

1) Según el cam pesino fuera-.


a) propietario de la parcela;
b) arrendatario;
c) precarista: sin título alguno que legitimara su pre­
sencia y proporcionara amparo jurídico, ocupante de tierras
de propiedad del estado, de latifundistas o de campesinos ri­
cos; en unos casos consensualmente, en otros como «usurpa­
dores».
2) Según el campesino-.
a) fuera propietario de la plantación y de los instrumen-
■tos de trabajo (incluido el ganado mular);
b) detentara sólo el usufructo de la plantación pertene­
ciendo ésta en propiedad al arrendador, el cual, o un tercero,
proporcionan al campesino arrendatario los instrumentos de
trabajo.

3) Según el ca m p esin o:
a ) fuera propietario de la cosecha íntegra;
b ) entregara parte de ésta como pago en especie de
arrendamiento.

4) Según el campesino/.
a) realizara el mantenimiento del cafetal y la recolec­
ción exclusivamente mediante su trabajo y el de su familia;
b) empleara mano de obra asalariada temporera para la
recolección.

Las combinatorias de estas situaciones entre sí arrojan los


diferentes casos observados én la zona. Tomemos uno de
los económicamente más favorables que podían presentarse,
y que surge de la combinatoria la-2a~3aAb: en función de 4b
(empleo de mano de obra asalariada para la recolección), el
campesino se sitúa en extractor directo o primario de plus-
trabajo. Otros casos, económicamente menos favorables, son
los siguientes. La combinatoria lb-2b-3b-4a o bien le (pre­
carista consensual)-2¿>-3¿,-4íZ: en función de 3 b (entrega de
parte de la cosecha como pago del arrendamiento), el arren­
dador, generalmente latifundista, extrae plustrabajo como ren­
ta en especie.
La combinatoria la-2a-3a-4a: en función de los cuatro ele­
mentos, propietario y productor directo se confunden en la
personalidad del campesino y, en consecuencia, en la fase
productiva no hay apropiación de plustrabajo. La combina­
toria 1b-2b-3b-4b: en función de 3b (entrega de parte de la
cosecha como pago en especie del arrendamiento) y dé 4b (em­
pleo de mano de obra asalariada) el campesino en fase pro­
ductiva es, a la vez, extractor y objeto de plustrabajo.
Naturalmente, estas combinatorias no eran las únicas, pero
se contaban entre las frecuentes. Hacían al régimen bajo el
cual el caficultor desarrollaba su producción. Deben a la vez
relacionarse con la fase subsiguiente, la circulación. En ésta
hemos distinguido una primera instancia, el recorrido a lomo
de muía hasta los secaderos y centros de almacenamiento.
Y luego dos instancias más se agregan: una segunda (todavía
dentro de los límites del país) y una tercera (donde intervenía
el mercado exterior) completando ambas la fase de la circu­
lación.
Detengámonos en la segunda instancia. Otros agentes ha­
cen aquí su aparición. Pues en tod os los casos, cualesquiera
que sean las combinatorias elegidas, los pequeños cultivado­
res del café caían bajo una común dependencia inherente a
la segunda instancia. Llegado el café (o, en su caso, el maíz,
cultivado en surcos paralelos, u otros frutos menores como
frijoles, plátano, o los tubérculos malanga, yuca y boniato) a
los centros de almacenamiento, una compañía comercializa-
dora los adquiría a los productores, haciendo de intermediaria
entre éstos y el mercado. Naturalmente, al serle vedado el
acceso p or sí al mercado, el productor quedaba a merced de
■la compañía comercializadora... que por lo general era con­
trolada por el latifundista.
De modo que la apropiación del plustrabajo se daba a
favor del latifundista por diferentes vías:
a) a través del arrendamiento;
b) a través de las compañías comercializadoras;
c) y, todavía, cerrando el circuito, a través de la tienda
de raya o de ramos generales (igualmente controlada por el
latifundista) donde el caficultor debía proveerse de todo —-des­
de alimentos a útiles de labranza— a los precios fijados por
la tienda que, dado lo aislado del medio, actuaba virtualmen­
te sin competencia.

Es posible que algún caficultor intentara escapar a este


circuito de índole económica. Había entonces un remedio a
mano, el estado lo proporcionaba: la guardia rural. Era, por
lo demás, una de las formas de retribuir los servicios presta­
dos por el estado. Un día la guardia rural «se. alzaba con un
puerquito» del campesino o bien —en caso de reincidencia—
le quemaba el bohío, llevándose esta vez consigo todo lo que
podía. Si la guardia rural no era suficiente, el latifundista crea­
ba su propio aparato represivo, encarnado en la figura del
mayoral, a quien más adelante veremos en acción.
Había, además, la institución del endeudamiento. La tien­
da no rehusaba en general la entrega de mercancías. Pero de­
jaba atado al campesino con una deuda de día en día crecien­
te y que podía ser exigible compulsivamente —guardia rural
de por medio y sin pasar por autoridad judicial urbana— en
cualquier momento. Era, pues, un nuevo motivo de inseguri­
dad, de cercenamiento de su libertad individual —1pues colo­
caba al campesino a merced de un tercero-— y, llegado el caso,
de efectivo despojo. El mismo mecanismo funcionaba á favor
del latifundista, pues éste con frecuencia se constituía en
acreedor del campesino por alquiler de tierras, de instrumen­
tos de labranza o ganado mular, o bien en concepto de prés­
tamos en dinero o en especie.
Párrafos atrás, al tratar de los elementos de base, obser­
vamos que los pequeños campesinos eran tanto centrífuga­
mente lanzados sobre tierras marginales, como centrípetamen­
te concentrados sobre parcelas que fueran medianamente ap­
tas para el cultivo. Entre los primeros predominaban los
propietarios o los precaristas «usurpadores» de predios del
estado. Entre los segundos predominaban los arrendatarios
sobre tierras del latifundista. Y estos últimos eran, en la zona
de sierra que nos ocupa, una numerosa capa sobre la cual
-—en tanto que objeto directo de plustrabajo y en tanto que
asentados sobre una plataforma algo más favorable en razón
de la calidad de la tierra— se ejercía un control específico: el
contrato de arrendamiento.
Predominaba el llamado de colonato, donde no sólo la
parcela alquilada era de propiedad del latifundista, sino tam­
bién la plantación, con cuyo producto (cosecha), en propor­
ción de una tercera parte a un 40 % , se abonaba el precio del
arrendamiento. ¿Qué significaba este hecho de mantener el
latifundista la propiedad sobre la plantación? Le relevaba de
toda indemnización al pequeño campesino llegado el día de su
partida por extinción o rescisión del contrato. Y, en efecto,
este tipo de cláusulas se encuentra virtualmente en todo con­
trato de colonato (también usual en algunas modalidades de
aparcería).
Por lo demás, como se ha visto, regía el pago en especie.
El tenedor de la tierra conservaba sólo una parte de lo. cose­
chado, otorgando el resto en pago del alquiler. Este tipo de
operaciones restringía la circulación" monetaria y reducía la
posibilidad de transacción comercial para el campesino tene­
dor de la tierra.
El caso del caficultor era particularmente significativo. Un
cafetal insume de cuatro a cinco años de trabajos y cuidados
hasta que la planta comienza a dar frutos (la cual prolongará
su vida fértil por veinte o treinta años más), Pero si él con­
trato se firmaba por diez años, o menos, o bien, si s<? trataba
de un precarista que podía ser desalojado en cualquier mo-
mentó, una parte de la fuerza de trabajo empleada por el pe­
queño campesino durante los primeros cuatro o cinco años,
dejaba luego de amortizarse en capital a su favor y pasaba,
como plustrabajo, a manos del latifundista. Pues éste, a par­
tir de un momento dado, a más de las rentas en especie que
hubiera percibido como precio del arrendamiento, se hacía con
un cafetal que agregaba a los de su. plena propiedad y usu­
fructo.
Desde ya este tipo de modalidades creaban en fase pro­
ductiva un estado de dependencia del arrendatario hacia el
arrendador. Quedaba así neutralizada la ventaja relativa —y
revertida ésta a favor del latifundista— de que hubiera par­
tido el pequeño campesino al contar con tierras medianamen­
te aptas para el cultivo. En fin, úna dependencia que se con­
tinúa y refuerza en cuanto examinemos otras cláusulas, fre­
cuentes en los contratos en cuestión.
Por ejemplo los que el administrador Juan Barquilla, a
nombre de la finca «La Fermina», hacía firmar a los campe­
sinos arrendatarios en el barrio rural de Florida Blanca, tér­
mino municipal de Alto Songo. En su artículo 9: «El día en
que el colono dejase enyerbar su plaza o fuese perjudicial a
la finca p or cualquier c o n c e p to , será despedido de ella sin que
tenga derecho a reclamación alguna». En el artículo 14: «Al
colono que se le descubra un hurto de frutos en la finca, será
expulsado inmediatamente.de la hacienda, sin que tenga de­
rechos a ninguna reclamación en plantíos ni mejoras que haya
hecho».
En el barrio rural de Guama, término municipal de El
Cóbre: «Estipulación C. Como precio del arrendamiento, pa­
gará el arrendatario a The Cuba D evelopm en t Co., el 40 %
del café que se produzca anualmente en la porción de terre­
no arrendado. El café será entregado seco, sano y limpio, li­
bre de todo costo para la Compañía arrendadora y no tendrá
más del 12% de .granos negros [ . . . ] Estipulación J . El
arrendatario no podrá extraer ningún fruto o producto del
terreno arrendado por otro medio que no sea precisamente
las embarcaciones que designe el administrador de la Com­
pañía arrendataria. La compañía tendrá derecho preferente de
opción para la compra de toda clase de productos y frutos
provenientes del lote arrendado».
En Loma del Gato, término municipal de Alto Songo,
contrato impreso para uso de Lucinda Guibert, viuda de Du-
mois, de la finca-cafetal «La Josefina»: «Apartado 3. Para
mantener el mayor orden posible en la finca, queda termi­
nantemente prohibido promover discusiones políticas o de
ningún género en la misma». Y por donde quiera una cláu­
sula común e invariable: «Se rescinde este contrato sin que el
colono tenga derecho alguno a reclamar indemnización, ni por
siembras, ni por plantas, ni por frutos [ . . . ] quedando la co­
lonia bajo el dominio del dueño de la finca».5
La interpretación de estas cláusulas es obvia.- De parte
de los latifundistas del café había la clara voluntad de consa­
grar contractualmente la dependencia del pequeño productor
arrendatario.
He aquí cómo se venían sumando factores: falta de me­
dios, atraso tecnológico, lo inaccesible del terreno —aquí la
geografía todavía manda—, la tienda de raya, la no disponi­
bilidad de dinero más el endeudamiento, -y finalmente rema­
tar con la circulación de mercancías .controlada por otras ma­
nos. Cada factor por su lado contribuía a cercar al campesino
y su suma decretaba la dependencia.
Todo ello formaba parte de un sistema de apropiación
del plustrabajo y de represión anexa, tan organizado como el
mejor, no obstante la dispersión de los cultivadores. El cam­

5. César Vilar, «Sobre el problema del café en Cuba», Fundamentos,


La Habana, IX, n.° 93 (noviembre 1949), pp. 1021-1022.
pesino veíase privado, en definitiva, de su libertad. Pero no
de cualquier manera, sino de una específica: atado a la tie­
rra. Por la serie de factores que hemos venido explicitando,
donde uno de ellos resalta: la imposibilidad de acceder por
sí (y competitivamente) al mercado.
Pues aquí el nudo de la cuestión no reside tanto en la
fase productiva como en la de circulación. El campesino era
explotado a la par del asalariado, mas —en tanto que pro­
ductor individual— p or otros m ed io s: reduciéndole toda po­
sibilidad de realizar por sí el producto en mercancía.
Por lo demás, los controles económicos se establecían con
precisión: entre el mínimo con que se retribuía al campesi­
no su producto, que debía permitirle sobrevivir, y un tope,
donde no sólo iba la ganancia de quien se apropiaba del plus-
trabajo, sino un freno a la capitalización del campesino. Como
mejor podía, éste sobrevivía sobre una parcela. Una serie de
elementos de base, antes vistos, no proporcionaban la mejor
plataforma para el take-off. Pero no era todo. Sobrevolaba la
plataforma un conjunto de factores; de específica funcionali­
dad, aplastando contra ella al campesino. No sólo el despe­
gue era difícil, sino que estaba vedado.
Vimos recién de qué factores se trataba: bloqueo del
mercado, represión anexa,, contratos, todo lo cual, en conjun­
to, configuraba la atadura a la tierra. Y había más aún. Como
consecuencia de la existencia de esta masa de pequeños cam­
pesinos y de su apiñamiento se daba él fenómeno del mini-
fundismo. Sabido es que éste no es sino la otra cara, opuesta
y a la vez necesaria, del latifundismo. Pues, en verdad, nada
se comprende si no se parte del hecho primario: la economía
de la isla, de plantación. Y esto, en términos de organización
social del trabajo, se traducía en deformación llevada a los
límites: a la altísima concentración de mano de obra requerida
durante las semanas de zafra se oponía, de inmediato, termi­
nada ésta, un altísimo grado de desocupación y de dispersión
de esa misma mano de obra. El país entero, surcado de inge­
nios de un extremo al otro, vivía la deformación crónica.
Y no había vuelta que darle: el «azucarero del mundo» debía
estar provisto para abastecer el mercado exterior. Pero ¿cómo
hacer para que cientos de miles de voluntades se reunieran
un día y otro día se mandaran a mudar? Una de las respues­
tas la proporcionaba el cultivo de tipo minifundísta.
Queremos decir: objeto de una alta fragmentación en el
reparto de la explotación de la tierra, aun cuando no necesa­
riamente a título de propiedad. Por el contrario, más fre­
cuente era encontrar al pequeño campesino abonando de un
tercio al 40 % de su cosecha como precio del arrendamiento
de una parcela sobre tierras de propiedad de latifundistas
(que podían abarcar varios miles de hectáreas) o de campe­
sinos ricos. Tal es, pues, el alcance que damos a la expresión
cu ltivo minifundista. Y a partir de cuyo concepto se irán con­
figurando las relaciones de producción vigentes en la zona que
nos ocupa, la Sierra Maestra.
¿Qué tipo de vínculo se traba entre el gran propietario
de plantación y el asalariado temporero? Si se trata de un
obrero agrícola, la pregunta no admite vacilaciones: de tipo
capitalista. Pero ¿y si sé trata de un pequeño campesino?
Pues, en efecto, el cultivador minifundista ingresaba con
frecuencia en el contingente multitudinario que abatía el caña­
veral. En virtud de qué mecanismos allí era atraído, lo vere­
mos en seguida. Antes queremos examinar, a la luz de la
personalidad social del pequeño campesino, de qué manera
jugaba sobre su condición originaria el hecho de incorporar­
se como asalariado a la zafra.
Y aquí nos topamos con la necesidad de contrastar un
modelo teórico del capitalismo con aquella realidad, y ver en
qué medida se corresponden. En El capital ha abundado al
respecto Marx. Tomaremos un párrafo que al autor no dis­
gustaba se citara, pues, además de figurar originariamente en
El capital, se encuentra reproducido en el Ariti-Dühring, de
Engels. Y, como es sabido, este último sometió, antes de re­
mitirlo a la imprenta, el manuscrito íntegro a su amigo-y
maestro, quien, además, escribió para el Anti-Dübring uno
de los capítulos referidos a la economía política. No hay, pues,
riesgos de traicionar el contexto original en la extracción del
párrafo: citamos a un Marx autorizado por Marx.
El texto expresa cómo, para la generación del capital, es
necesario dar «con el obrero libre, libre en un doble sentido,
pues de una parte ha de poder disponer libremente de su
fuerza de trabajo cómo de su propia mercancía, y, de otra
parte, no ha de tener otras mercancías que ofrecer en venta;
ha de hallarse, pues, suelto, escotero y libre de todos los
o b jetos necesarios para realizar por cuenta propia su fuerza
de trabajo».
¿Qué surge de contrastar la personalidad social del pe­
queño campesino dentro de este modelo teórico? Que el culti­
vador minifundista:

a) tiene otras mercancías distintas a su fuerza de tra­


bajo para ofrecer en venta: las obtenidas sobre su parcela;
b) en ningún supuesto dispone librem en te de su fuerza
de trabajo en el sentido de ponerla, como propia mercancía,
a disposición del capitalista: la índole de su condición social
■—productor individual— excluye la venta de su fuerza de
trabajo;
c) no obstante, el latifundista le obliga a la venta de su
fuerza de trabajo mediante la compulsión económica: el ejér­
cito de reserva se integra con la mano de obra del cultivador
minifundista;
d) el pequeño campesino es, pues, forzado a un servi­
cio personal (enmascarado tras la retribución de un salario)
que se presta en época de recolección sobre las tierras del
latifundista.
Explícitemos un tanto la figura que aquí surge, y cuyos
contornos se rematan en el último punto, retomando el ele­
mento salario. Pagado al campesino, es retribución al corte (o
transporte, etc.) de caña en zafra (o en otras recolecciones de
temporada). Una doble faz se muestra. Por un lado, produce
el desnivel sin el cual la compulsión económica no actúa. No
basta que el pequeño campesino sobreviva a duras penas so­
bre la parcela. Es necesario, además, que la retribución sala­
rial m ejore esa situación para decidirlo (a él o a sus hijos) a
abandonar temporalmente sus propios cultivos en períodos
de relativa inactividad (que no coincidan con la cosecha sobre
la parcela y, en efecto, por ejemplo, zafra y recolección cafe­
talera se escalonan en el calendario, una entre diciembre y
marzo, la otra por agosto).
Favorecía precisamente esta situación el hecho de que un
pequeño cultivador de café en la Sierra Maestra —zona que
en especial nos ocupa— , disponiendo de un par de hectáreas
o incluso de sólo fracción de hectárea, necesitaba de la fuer­
za de trabajo de sus hijos únicamente en época de recolección.
Para el resto (mantenimiento del modesto cafetal) se bas­
taba el jefe de familia. ¿Qué hacían, pues, sus hijos? Mar­
chaban a la zafra, caían en el circuito ambulatorio sierra-llano.
Doble faz muestra el salario temporero. Por un lado, se­
ñalábamos, crea el desnivel necesario para que la compul­
sión económica actúe en particular sobre el excedente de
mano de obra en el seno de la familia del pequeño cultivador.
Y, por el otro lado, el salario temporero nunca debía asumir
una entidad tal que permitiera iniciar un proceso de capitali­
zación al pequeño campesino. Pues, en ese caso, no tendría
necesidad de interrumpir el asentamiento sobre la parcela, aca­
bando por desertar del ejército (de mano de obra) de reserva.
Lo cual no obstaba para que, si en los hechos estaba bloquea­
do el take-off capitalista, fuera conveniente guardar la ima­
gen: significaba un acicate accesorio para dejar temporalmen­
te los cultivos propios. Partía, así, el campesino: arrojado por
una necesidad y tras una ilusión, la de capitalizarse. -La pri­
mera acabará devorando la segunda, pues antes que nada está
el subsistir. Y al año siguiente será el recomenzar.
El salario es, aplicado a la personalidad integral del pe­
queño campesino cultivador minifundista, la otra cara de la
compulsión económica. Las luchas obreras habían logrado su
incremento a través del tiempo, mas sin romper el esquema
original; y, llegados los años cincuenta, el deterioro económi­
co general hacía el resto.
«¿Qué había, pues, en el fondo de una relación de este
tipo? Un servicio personal. La compulsión económica actúa
aquí con la misma fuerza que la sanción jurídica que hace,
bajo un sistema feudal clásico, ocurrir a prestar un servicio
personal un número determinado de días a la semana sobre
las tierras del señor. Aquí se trata de un número determinado
de días al año, los que dura la recolección. Pero —se objetará
aún— el siervo los prestaba gratuitamente, en cambio el culti­
vador minifundista cubano recibe en pago un salario. Y bien,
por esos motivos la ,relación se encuentra enmascarada: si
tomada bajo el más estricto lente, aislando las semanas de
recolección, aparece como capitalista. Pero esa visión es par­
cialmente engañosa. El campesino posee una personalidad que
no se agota en ese lapso.
Pues, separadamente, es ambas cosas: productor indepen­
diente y asalariado. Mas, unitariamente ¿qué aspecto domi­
na en su personalidad? Asalariado contra su voluntad y por
escaso término, productor independiente en permanente frus­
tración, ninguno de los dos extremos de las relaciones de
producción capitalistas logra atraparle: le vemos d esp edido
de la recolección ajena y, sin embargo, reincidir en ella con
la voluntad de q u erer, él, a su turno, emerger como un capi­
talista del agro, p eso s d e la zafra mediante. Y, año a año, le
vemos no p o d er realizar su proyecto, pues las trabas de tipo
feudal se lo niegan una y otra vez.
El testimonio de Fidel Castro viene a colación, dando
cuenta de esa situación' sobre el teatro mismo de la guerra,
en la Sierra Maestra. «Nosotros pensamos —dice refiriéndo­
se al pequeño caficultor de las faldas de la montaña— que
aquél era un tipo de trabajador verdaderamente heroico.
¿Cómo trabajaba? Trabajaba en el llano quince días, reunía
quince o veinte pesos, compraba sal, un poco de manteca, re­
gresaba a las lomas; y así, durante años.» 6
Hemos hecho referencia a trabas de tipo feudal. ¿Cuáles
eran? Recapitulando, señalemos fundamentalmente dos:

d) la atadura a la tierra en función del bloqueo impues­


to por el latifundismo a la libre circulación de mercancías;
b) un servicio personal prestado sobre las tierras del
latifundista.

Y, así, el concepto de supervivencias feudales se impone.


Claro está, en nuestro caso histórico la alternativa no
consiste en feudalismo o no-feudalismo, sino: feudalismo mori­
gerado por la instancia histórica que lo niega, el capitalismo.
Desde Hegel en.adelante, y muy particularmente desde que
Engels refutó a Dühring, se sabe que la negación no entraña
la destrucción de su opuesto. Ella destruye una parte de aque­
llo que niega (discontinuidad del proceso histórico) y, por un
tiempo, conserva otra parte (continuidad del proceso histó­
rico).

6. Fidel Castro, «Discurso pronunciado...», op. cit. (1-2 de diciembre


de 1961). Por su parte, Ernesto Che Guevara: «los campesinos de la
sierra nó tienen animales vacunos y, en general, toda su dieta ha sido
de subsistencia, dependiendo del café para lograr los artículos industriales
que necesitan o algunos comestibles imprescindibles como la sal, que no
existe en la sierra» («Un año de lucha armada», en Obras, t. II, p. 353).
Pues bien, ¿qué hereda la república de su antecesora la
colonia? Las estructuras de tipo feudal que el capitalismo
m ono p rodu ctor p o n e a su servicio Tarea que se venía cum­
pliendo desde que las relacione? de producción esclavistas
comenzaron a desagregarse y dar lugar al desarrollo de un
sector de trabajadores libres a partir del ingenio.
Ahora bien, la liquidación de las relaciones de produc­
ción esclavistas varió la problemática, pues ya no se trataba
de un secto r de trabajadores asalariados libres, sino de la
masa que accedía a esa condición. Pues, por un lado, no era
viable generalizar lo que hasta entonces se dosificaba: el de­
salojo rural (como fuente número uno de proletarización); y,
por el otro lado, la masa de trabajadores forzados había que­
dado librada a su suerte. Nacía el tiem po m uerto y el terra­
teniente quedaba relevado de proveer a la manutención de los
esclavos durante todo el año. Inevitablemente parte de esta
masa tendería a instalarse sobre una parcela. Otro debía ser,
pues, el mecanismo que condujera la mano de obra hacía la
zafra (y hacia otras recolecciones sobre latifundios), y luego
la despidiera con un «hasta la próxima».
Fue, en efecto, el mecanismo que venimos explicando, en
cuyo interior juega la relación latifundio-minifundio. Hemos
visto así al pequeño campesino (o a integrantes de su familia)
marchar a la recolección sobre predios del terrateniente: a
partir de una condición feudal heredada, morigerarse ésta, vía
inserción capitalista de semanas de trabajo asalariado.
Ahora bien, la supervivencia feudal connota no sólo:

a) m origeración, sino
b) coparticipación y
c) enmascaramiento.

Coparticipación en la medida en que las relaciones de


producción teñidas por' la supervivencia feudal son parte de
uña formación. económico-social donde ellas coexisten, inter­
pone tradas, con otras de tipo capitalista. Y enmascaramiento
en el sentido de que los rasgos feudales no se consagran netos
en el interior de una normatividad jurídica, sino tras una
compulsión económica donde el salario, en realidad, como se
ha relacionado, es un salario-cebo.
Por lo demás, poco significaba que fuera cobrado en di­
nero. De momento, satisfechas las necesidades mínimas, el
campesino de las montañas de oriente concurría con el circu­
lante al mercado a por semillas u otros elementos para una in­
versión que no iría a rescatarle de su estancamiento. Distinto
era el caso del llamado colono azucarero, cultivador del llano,
mucho más protegido por la legislación y que desenvolvía su
actividad dentro de otras condiciones.
Ahora bien, si lo capitalista no era lo dominante en las
relaciones de producción en la sierra, a nivel de desarrollo
autoconsciente se dejaba sentir con fuerza. El pequeño cam­
pesino era tocado por una solidaria corriente interclasista.
No se encontraba solo a la hora de la zafra. Durante unas
semanas cientos de miles de brazos se abatían sobre la caña.
Zafra cumplida, sólo un reducido contingente contaba con
fuente de trabajo en ingenio, en cañaveral o en distintas ex­
plotaciones agrícola-ganaderas. Los demás —recordemos—
caían en el tiem po m u erto , forzados nueve meses de muy pre­
caria actividad. ¿Qué hacían, dónde iban? Partían a levantar
otras cosechas de temporada en la sierra o en el llano, como
el café, arroz, cacao u otros frutos menores. O tras ocasiona­
les empleos en núcleos urbanos, llegando incluso a La Haba­
na. O bien, y a esto se veían reducidos no pocos, hacerse de
una microparcela cualquiera e intentar una economía de sub­
sistencia hasta la próxima zafra. Este desocupado, este hijo
del tiem po m uerto, se mal instalaba donde podía, incluso a
la vera délos caminos, en las guardarrayas (franjas dejadas li­
bres entre una y otra extensión cultivadas).
Contribuían estas situaciones a crear los fenómenos socia­
les del nomadismo (movilidad horizontal) y de la proletari-
zación (movilidad vertical). Ambos fenómenos se consituían
en las coordenadas del precarista. Ocupante sin título alguno,
se esforzaba por prolongar su paso por tierras que no le per­
tenecían. El desalojo era la constante amenaza que pendía
sobre su familia, sobre sus no menos precarios cultivos, re­
comenzados una y otra vez, sobre su bohío, esa mil veces pre­
caria vivienda. Ciertamente, jugaba la falta de tierras dispo­
nibles, especialmente en la zona cafetalera que fuera el inicial
teatro de operaciones de la guerrilla. Era, además, una zona
que ciertas compañías querían desalojar para explotar el gra­
no por su cuenta.
Pero otra era la razón profunda de la permanente situa­
ción sufrida por los precaristas. La misma razón que hacía
abandonar su parcela al pequeño campesino, la que llevaba a
deambular al obrero agrícola: era preciso que buena parte de
la población estuviera condicionada por la inseguridad y el
pauperismo de modo tal que, llegada la zafra (u otras cose­
chas sobre latifundios), se precipitara tras un salario.
El poblador rural va y viene en función de las migracio­
nes temporeras de trabajo, no de su voluntad. Se trata, pues,
de una movilidad que, lejos de entrañar libertad de desplaza­
miento, es hija de la necesidad. Si por el campesino fuera, no
iría a la zafra, sino al mercado aportando sus productos. Pero
esto último le está vedado, mientras que a lo primero está
obligado.
Tres tipos sociales. Dos de ellos constituidos por los pe­
queños campesinos y los obreros agrícolas. Unos a partir de
una parcela, otros a partir del trabajo asalariado témporero.
Para unos aferrarse a la parcela era lo esencial, y en función
de ella bajaban al llano. Para los otros no había parcela esta­
ble posible y, zafra concluida, el resto era subsistir hasta la
próxima. Inversa era, pues, la dirección que tomaban. Pero,
bajando o subiendo la sierra, en el mismo camino se cruzaban.
Compartían un destino, el azúcar, el café. Campesinos pobres
(e incluso medios), obreros agrícolas, a todos llegaba el eco
del cañaveral. Todos pertenecían a la raza de los explotados,
fuera por las compañías comercializadoras de granos y de
frutos, por el latifundista, por el ingenio. Todos identificaban
un enemigo común, la guardia rural: con una mano expulsaba
a los obreros agrícolas sin trabajo que intentaban una econo­
mía de subsistencia, con la otra «se alzaba con un puerquito»
de la finca del campesino, a quien, si por el momento no iba
a desalojar, por lo menos hacía objeto de una exacción.
Y un tercer tipo social, a mitad de camino entre el pe­
queño campesino y el obrero rural: el precarista del tipo
«usurpador». ¿Qué era? Un documento oficial y libre de apre­
ciaciones de tipo subjetivo como el censo agrícola de 1946,
acotaba: «no existiendo disposición legal que le ampare en
el disfrute de la tierra en que se encuentra». Y no podía—ya
por 1946— dejar de reconocer: «durante los últimos años se
ha intensificado el problema social que implica este tipo de
tenencia».7 Insistimos: ¿qué era el precarista? Lo que le de­
jaban ser: un cultivador sujeto a la voluntad de un tercero.
Y, si era desalojado, tendía a proletarizarse.
De esta situación y, en general, del contexto brindado por
la sierra de oriente, una variedad de fuentes aporta. Aparte
de relatos y crónicas se cuentan estudios especializados, así
como la información procesada por el INRA (Instituto Na­
cional de la Reforma Agraria), la prensa de la época (comer­
cial y clandestina), los censos y diversos informes oficiales,
los cuales proporcionan el ángulo de la demografía o de la
producción, los debates parlamentarios, los partes de guerra,
proclamas y declaraciones, efe., escapando a este trabajo ha­
cer su relación pormenorizada.

7. Memoria del censo agrícola, 1946, p. 93.


Q u ié n e s acuden

Una muestra elocuente de las fuentes lo constituye el jue­


go de dos testimonios provenientes de las antípodas. Uno co­
rresponde al jefé militar del bando rebelde, Fidel Castro, y el
otro al coronel Pedro A. Barrera Pérez, comandante de opera­
ciones (entre enero y agosto de 1957) del ejército de la dic­
tadura. Uno ha sido publicado por un órgano virulentamente
«anticastrista», editado hasta hace unos años en Caracas, Bo­
hemia Libre (como réplica de la Bohemia que continuó pu­
blicándose en Cuba), y el otro pertenece a una intervención
radiotelevisada —luego editada por el gobierno— de. Fidel
Castro. Las citas irán in extenso a fin de afectar lo menos po­
sible el sentido de visión de conjunto que proporcionan.
Dice así el coronel Pedro A. Barrera Pérez, refiriéndose al
momento de desembarco del yate Granma-, «En aquellos días
estaba en plena efervescencia un viejo problema que jamás
tuvo solución, y que se agravaba por momentos. Desde tiem­
po inmemorial todo el vasto territorio de la Sierra Maestra se
hallaba dividido entre un pequeño grupo de familias que
tenían la propiedad de fincas de dos y tres mil caballerías
(1 caballería: 13,4 hectáreas). Alrededor de 8.00Dkm2 dé tie­
rra feraz, malamente explotada en toda su riqueza, estaba
ocupada por más de cuarenta mil habitantes, con un prome­
dio de cinco por familia, que vivían regidos por sistemas pri­
mitivos, al extremo que no conocían ni remotamente la civi­
lización imperante en las demás zonas de Cuba.
»TradicionaImente la tierra se dividía entre los vastagos
de cada familia -—continúa expresándose el jefe batistiano— ,
que ocupaban, sin más trámites, pequeñas parcelas de terre­
no donde levantaban su bohío y sembraban aquello que más
fácilmente sirviera para el sustento, como el maíz y la malan­
ga. Ajenos a los litigios legales, permanecían en los predios
que ocupaban sin importarles otra cosa que tener hijos y es­
perar a que los mismos crecieran para que les sirvieran de
ayuda en las labores agrícolas, hasta tanto formaran a su vez
otras familias, que irían a repetir la ininterrumpida historia.
ȃste era el tipo denominado precarista; pero no eran
solamente ellos los qué residían en las abruptas regiones de
la Sierra Maestra. También había los pequeños propietarios
—se precisa seguidamente— que mediante préstamos banca-
rios obtenían para sus fines los aperos de labranza, semillas y
equipos necesarios para un mejor rendimiento de las mismas.
Existían los llamados mayorales, que con grupos de emplea­
dos de los terratenientes, cultivaban las tierras y vivían en
los bateyes [tipo de alojamiento rural] con algo más de co­
modidades que los precaristas, a los que mantenían a raya,
tratando de evitar que extendieran el terreno que ocupaban.
»Surgían así, de estas luchas —se relata seguidamente—,
constantes pugnas entre precaristas, los mayorales y sus hom-.
bres de confianza, con el resultado de que pereciera unas ve­
ces el mayoral o alguno de sus hombres y otras el precarista,
al que quemaban la casa o lo asesinaban».8
Aquí interrumpimos el testimonio del coronel Pedro
A. Barrera Pérez para retomarlo más adelante. Como a tra­
vés de un film, viejos conocidos hemos visto desfilar sobre el
terreno de la Sierra Maestra: ancestral latifundismo, cultivador
minifundista, atraso en los métodos agrícolas, alta concentra­
ción demográfica, aislamiento, cultivos en zonas abruptas,
economía de subsistencia, imágenes del precarista (en procura
de tierras, su desamparo jurídico, etc.) y del pequeño propie­
tario.
Haremos un flash retrospectivo. Ha aparecido un nuevo

8. Pedro A. Barrera Pérez, «Por qué el ejército no derrotó a Cas­


tro» (versión de) Rodolfo Rodríguez Zaldívar, Bohemia Libre, Caracas
(agosto 1961); cit. en J. García Montes y A. Alonso Ávila, op. cit.,
pp. 553-554.
factor que desde páginas atrás pesaba como signo de interro­
gación: viviendo tan mal, siendo objeto de tanto abuso, ¿cuál
era la reacción del pequeño campesino? Y bien, la respuesta
se hace presente: la lucha armada venía siendo, desde mu­
cho antes del desembarco del yate Granma, tradición en la
zona.
Y en general en la provincia de Oriente. Alguna vez he­
mos hecho referencia a Realengo 18. Ocurrió en los años
treinta. Quien gobernaba en los años cincuenta, el general
Fulgencio Batista, había pretendido ya entonces desalojar a
varios miles de pequeños cultivadores asentados en el predio
que llevaba por nombre Realengo 18. Movilizó al efecto sus.
tropas. Y los campesinos lo hicieron por su lado: sé armaron
y recurrieron a la más vasta solidaridad. Resultado: las tro­
pas, como vinieron, se fueron, sin desalojar.
Había ocurrido en los años treinta. Pero desde entonces
la memoria se renovaba. Cada vez que en la provincia de
Oriente una familia era desalojada, se erguía el ejemplo de los
campesinos del Realengo 18: invictos salieron de sucesivas
conspiraciones y conservaban sus tierras. Ejemplo que, por
otra parte, no era aislado: estaban las jornadas de Ventas de
Casanova, El Cobre, Las Maboas.
Una viva tradición de luchas agrarias se recogía en la Sie­
rra Maestra. El coronel Pedro A. Barrera Pérez señala cómo
allí ellas tenían.nombre y-apellido. «Tanto los precaristas
como los pequeños propietarios —nos informa—- tenían lí­
deres, que utilizaban todos los recursos para vencer a los con­
trarios. Eran hombres de extraordinaria agilidad, valor y re-,
sistencia, capaces de subir o bajar las más abruptas montañas
con agilidad felina, sostener fieras riñas con sus enemigos y
ejecutar cualquier labor sobresaliente entre los demás. Entre
los líderes precaristas ocupaban primer plano Crescencio Pé­
rez y dos de sus hijos, Eutimio Guerra y otros. Por los pro-
pietarios, de pequeñas haciendas se destacaba Chichi Mendoza
con un grupo de hombres de su misma formación.» 9
Por alguna razón la cabeza de Crescencio Pérez —-junto a
las de Fidel Castro y Raúl Castro— había sido puesta a pre­
cio por el gobierno. Cuando los acontecimientos se precipi­
tan en la sierra, Crescencio Pérez sabe de qué se trata: entre
dictadura y latifundistas hubo y hay siempre algo más que
coincidencias. Es bajo ella que los latifundistas reinician sus
ofensivas, cuando mejor pueden disponer no sólo de sus ma­
yorales, sino de la guardia rural y, en la ocasión, del ejército.
Si Fidel Castro viene a defenderlos sobre sus parcelas, a cas­
tigar la mano de los asesinos, reponer a las familias expulsa­
das sobre sus tierras, bienvenido sea. Crescencio Pérez se
pondrá a sus órdenes-. Incluso para llegar lo más lejos posi­
ble, a derribar al dictador Fulgencio Batista. Que por lo de­
más ya él se había levantado hacía veinte años contra aquel
otro dictador que supieron tirar abajo, Gerardo Machado.
Todo esto hizo que el 26 d e Ju lio, encabezado por Fidel
Castro, estuviera desde tiempo atrás en contacto con rurales
de la zona, particularmente Crescencio Pérez. Y explica que
para éste el día del desembarco fuera como un día de fiesta.
Una colaboradora de Fidel Castro, Celia Sánchez, narra cómo
una madrugada arriba a casa de Crescencio Pérez y le dice:
«Crescencio, levántese; Fidel llegó por aquí y usted se tiene
que ir con toda la gente suya a esperar a que llegue, sin de­
cirle nada a nadie». Y el relato continúa: «Crescencio, de lo
más apacible, dijo: “Un momento”. Fue al cuarto y al rato
salió ¡de punta en blanco! con zapatos bajos, guayabera [ca­
misa típica cubana], lacito y un sombrero de fieltro, como si
hubiéramos estado en una fiesta y no en el campo. Y con su
revólver a la cintura».10

9. Ibid.
10. Félix Guerra y Froilán Escobar, «Che sierra adentro», Unión, La
Éste era Crescendo Pérez. La anécdota describe a la vez
el respeto que, sin conocerlo personalmente, experimentaba
por Fidel Castro. Así, los contactos mantenidos desde hacía
tiempo habían arrojado como resultado su colaboración acti­
va para el plan inicial del desembarco del Granma. Éste, en
efecto, era esperado en determinados lugares de la costa con.
camiones, gasolina y jeeps. Además, «el día tres [al día si­
guiente del desembarco] por el mediodía —relata otro enton­
ces rural, Guillermo García, luego comandante—, se empe­
zó a hacer patrullas en la zona y a reorganizar al campesi­
nado, avisándoles que si salía gente armada que había que
prestarle protección [... ] En la zona organizamos a toda la
juventud».11
La cita no pudo tener lugar como estaba previsto, pues el
ejército .batistiano sorprendió a los 82 hombres mandados por
Fidel Castro, quienes se habían visto obligados a desembar­
car en otro paraje que el convenido, y los diezmó.
Pero los rurales de la sierra necesitaban de Fidel Castro.
Y dieron con él y con sus compañeros que aún quedaban en
pie de lucha, les protegieron del ejército que rastreaba toda
la zona para darles caza. No es exagerado decir que, poniendo
en riesgo sus vidas, salvaron las de aquel grupo de sobrevi­
vientes del Granma —apenas más de una docena— que se­
rían el embrión del Ejército Rebelde. Y bien, si las puertas
de los bohíos se abrían para recibir a aquellas gentes de la
ciudad —por un tiempo extraño injerto en las montañas—
era en función de esa alianza socio-militar de objetivos muy
precisos, cuyo garante había salido Crescendo Pérez.
Varias páginas atrás nos preguntábamos sobre el abaste­

Habana, XI, n.° 1 (marzo 1972), pp. 111-112 y 127; Carlos Franqui, El
libro de los doce, Instituto del Libro, La Habana, 1967, pp. 56 y 105.
11. C. Franqui, op. cit., p, 96.
cimiento de los efectivos de Fidel Castro, sin cuyo funciona­
miento inútiles resultan las victorias militares. Si el soldado
no tiene resueltos los problemas de alimentación, etc., su fin
es previsible. Pero si de guerrilleros se trata —quien debe
reclutar sus compañeros de armas en el medio donde actúa-—
está totalmente excluido procurarse la manutención entrando
a saco a los productores rurales. Debe, pues, para sobrevivir,
contar con el apoyo y auxilio de éstos.
Hemos visto la plataforma económica y social sobre la
cual se asentaba la población rural de la zona. Hasta qué pun­
to le estaba vedado el progreso. Luego intentamos dar las
pautas de su proceso de autoconciencia, que reposaba sobre
esa asfixia económica y sobre una original interpenetración
clasista. De todo este panorama se infiere que en general es­
taban dadas las condiciones objetivas para un tipo de lucha
prolongada. Concurría asimismo una viva tradición y gimna­
sia para emprender esa lucha, siempre en función de lo rei-
vindicativo, esto es, la defensa de la tierra.
Todo esto fue proporcionando un marco, y dentro suyo
se tendieron las líneas. La cuestión, sin embargo, no se agota
en estos términos. Pues hemos hablado de una alianza militar
entre rurales de la sierra y la expedición de Fidel Castro.
Y esto supone una masa de voluntarios (de uniforme para
formar filas y sin uniforme para el abastecimiento, la infor­
mación sobre los pasos del enemigo, la comunicación con los
centros urbanos, la guía por terrenos difíciles e inexplorados)
dispuestos a dejar el habitual plano civil donde, en cierta
medida, las desgracias de siempre tienden a soportarse con
resignación. Pero he aquí que los males se vieron súbitamen­
te agravados o, si se quiere, se daban ahora condiciones obje­
tivas en particular.
¿De qué se trataba? De una ola de desalojos rurales ins­
tados por los latifundistas del café y operados por la mano del
ejército de Ja dictadura, mediante asesinatos en masa de
pequeños campesinos. Ni los desalojos ni el crimen eran extra­
ños en la sierra, recuérdense las declaraciones del coronel Pe­
dro A. Barrera Pérez. Pero ahora todo subía de grado. No
se trataba de casos individuales, sino de una ola abarcando
decenas y decenas de familas. Tampoco se trataba de un cri­
men aislado, sino de asesinatos en masa. Y no bastaba la
mano de los mayorales, se recurría ahora al ejército, aprove­
chando su presencia en la sierra. Pues el pretexto lo brindaba
la expedición del Granma.
Pero reintegremos la palabra al oficial de la dictadura.
«Cuando el grupo comandado por Fidel Castro era buscado
en la sierra —continúa la narración— , en la que se habían
dispersado después del ataque de "La Alegría del Pío”, al­
gunos de los terratenientes se pusieron de acuerdo con deter­
minados oficiales designados para la búsqueda y captura de
los invasores fugitivos, a fin de darle un matiz político a la
antigua cuestión planteada y obligar a los propietarios a aban­
donar las tierras que ocupaban, bajo la acusación de estar en
connivencia con Fidel Castro.
»Uno de aquellos oficiales destacados en la región, irres­
ponsablemente, hizo una incursión por una zona conocida por
“Palma Mocha”, en la que había alrededor de cuarenta fami­
lias precaristas —prosigue el relato— y procedió a quemar las
casas y matar a los cabezas de familia que pudo capturar, con
el pretexto de que estaban cooperando con los expediciona­
rios; Los supervivientes de esa masacre, en su mayoría muje­
res y niños, se refugiaron en dos ranchos miserables en las
cercanías de la playa de “Chivirico”. Éste y otros hechos por
el estilo propició que los líderes precaristas de la sierra toma­
ran el acuerdo de entrevistarse con Fidel Castro para brindar­
le apoyo, a cambio de que los ayudara a vengarse de aquellos
abusos.
»Fue así como localizaron al grupo disperso —-agrega la
narración— y lo condujeron a la loma llamada “Caracas ,
donde después de varias reuniones llegaron a ponerse de
acuerdo. Surgía de esta manera una nueva fuerza, con el res­
paldo de hombres que conocían palmo a palmo el complicado
escenario montañoso.» 12
Hasta aquí el coronel del régimen, jefe de operaciones
militares. Permítasenos ahora agregar, también in extenso,
el testimonio del jefe del bando revolucionario, Fidel Castro,
quien, refiriéndose a los mismos hechos, consigna: «Cuando
llegamos, por la mañana, una caravana enorme de campesinos
venía bajando de todo aquello. Eran campesinos que estaban,
como a diez kilómetros del lugar donde se había llevado a
cabo la acción [toma de un puesto militar en La Plata, Sie­
rra Maestra, 17 de enero de 1957], no habían sabido nada de
lo que había pasado. Cuando nosotros les preguntamos: ¿qué
pasó? Desde luego, ya nosotros sabíamos cuál .era la causa de
aquello [ . . . ] que un tal cabo Basol había estado por el río
Palma Mocha, diciéndoles a los campesinos que se fueran de
allí, que iban a bombardear al otro día.
»Aquella patrulla ---precisa seguidamente la narración—
estaba parando en casa del mayoral de la compañía Viti; ha­
bía aprovechado la presencia de la expedición que ellos ya
daban por liquidada; nadie sabía que estábamos por allí; sin
embargo, aprovecharon esa circunstancia para desalojar a los
campesinos. Ningún avión había bombardeado ni iba a bom­
bardear, y era absurdo ponerse a bombardear unas lomas allí
sin más ni más. Sin embargo, a todos los campesinos, por
todo el río de Palma Mocha hacia arriba, en la falda del Tur­
quino, el cabo les había dicho que iban a bombardear al otro
día, al objeto de que los campesinos- todos abandonaran sus
casas; después iban con una patrulla, quemaban todas las
casas y desalojaban, sencillamente, a los campesinos.

12. «Por qué el ejército...», art. cit.


»Figúrense: cuando nosotros, subiendo por el río Palma
Mocha —prosigue el jefe revolucionario—, al amanecer, vi­
mos una corriente de campesinos, algunos con siete hijos,
cuatro hijos, diez hijos, bajando, y nos topamos con ellos, y
les digo: "¿Por qué bajan?”, dicen: “van a bombardear aquí”.
Yo les decía: “es mentira; ¿cómo ustedes van a creer eso, si
nadie sabía ayer que nosotros estábamos por aquí, nadie sabía
que íbamos a atacar ese cuartel, que lo atacamos de madru­
gada? Esto Jo han hecho para hacerles abandonar a ustedes
esta región. Regresen otra vez”. Y los campesinos, ¡figúren­
se!, cuando nos vieron a nosotros de verdad por allí, que
habíamos atacado un cuartel, más creyeron que era cierto que
iban a bombardear aquello.
»Muy pocos —agrega Fidel Castro— fueron los que su­
bieron [.. . ] incluso habían aprovechado aquella circunstancia
de la expedición para desalojar».
Esto ocurría por enero'de 1957. Tiempo después —rela­
tado el hecho por Bohemia— 14 ocurrió el caso de las Maboas.
En la provincia de Camagüey —vecina a la de Oriente— unos
250 pobladores rurales; integrados por familias completas,
ocuparon d e m otu proprio una extensa zona que había sido
objeto de desmonte por parte de King Ranch Co. —capitales
norteamericanos— y de la Francisco Sügar Co.
Allí se instalaron, montaron guardia, se organizaron y
elevaron su voz en demanda de justicia por una. tierra que
les había sido negada. Pues, en efecto, una pregunta salta a
los ojos: ¿de dónde salía toda esa gente? ¿Es concebible que

13. Fidel Castro, «Discurso pronunciado...», op. cit. (1-2 diciem­


bre 1961); Ernesto Che Guevara, «Combate de La Plata», en Obras, t. I,
p. 213.
14. Luis Rolando Cabrera, «En el realengo "Las Maboas”. 250 cam­
pesinos- en pie de lucha por un pedazo de tierra cubana», Bohemia, L, n.° 9
(2 marzo 1958), pp. 46-48, 113-115 y 128.
una población rural asentada regularmente sobre parcelas las
abandone para emprender semejante aventura?
La respuesta la proporciona uno de los campesinos ocu­
pantes, presentado por Bohemia, Elpidio Barrera: «tiene mu­
jer y seis hijos que fluctúan entre ios 17 y 7 años, viviendo
en el camino real en Hato Estero. Trabaja donde encuentra
y cuando encuentra». Y la revista comenta: «Elpidio es uno
de tantos. Como él hay cientos y miles».15
De modo que por un lado había una población flotante y
sin empleo estable, la población rural del tiem po muerto.
Y por el otro lado la oferta de tierra era virtualmente nula.
Por eso ocurrían casos como el de Las Maboas. Una fracción
desmontada y buena para cultivar era un imán. Y con mayor
fuerza actuaba si —como en la emergencia— una organización
campesina respaldaba y asumía la responsabilidad por la ocu­
pación «ilegal».
Venían entonces las luchas por la tierra. Y un fenómeno
colateral: el bandolerismo. Poco antes del arribo del Granma
a costas cubanas había sido muerto por la guardia, rural un
personaje que por años cometiera asaltos al frente de una
banda, de nombre Edesio y apodado «El Rey de la Sierra
Maestra». No era un delincuente común sino un típico ban­
dido social.16
Tampoco se trataba de un hecho aislado. Son frecuentes
las crónicas dedicadas a un estado de alzamiento armado «por
la libre», rayano en la delincuencia, observado especialmente
en las montañas orientales, donde en 1958 se abre el llamado
Segundo Frente Frank País, que mandara Raúl Castro. Fren­
te a este fenómeno la guerrilla reaccionó con energía, no ex­

15. Ibid.
16. Rubén Castillo Ramos, «¡Exclusivo! Muerto Edesio, el Rey de. la
Sierra Maestra», bohemia, XLVIII, n,° 33 (12 agosto 1956), pp. 52-54 y 87.
cluyendo la aplicación de la pena de muerte, tanto en aquellas
zonas como en la Sierra Maestra.17
Vale decir, con el correr del tiempo, en medio de las con­
diciones favorables descritas y al calor de sucesivos éxitos en
encuentros militares, la autoridad de la guerrilla se fue afir­
mando en 1957-1958, al punto de establecer áreas de su ex­
clusivo gobierno. Naturalmente, esta situación preocupó al
régimen, el cual se dio a intensificar la represión. Consciente
de que los efectivos de Fidel Castro se sostenían gracias al
apoyo prestado por la población rural, fue contra ésta que
la dictadura ensayó sus golpes.
¿Y cuál es el mayor castigo que puede abatirse contra un
campesino? Quitarle de las tierras donde se asienta. De modo
que represión y desalojos rurales iban de la mano y, con ellos,
el aumento de la población flotante.
La represión en la sierra pasa, así, por cuatro momentos.

1) Luego del desembarco del Granma —entre diciem­


bre de 1956 y enero de 1957— este hecho es tomado como
pretexto para desalojar en zonas adyacentes de la Sierra Maes­
tra. La mano ejecutora es el ejército pero el objetivo no es
de índole militar, sino económico: el despojo de tierras ocu­
padas por campesinos en beneficio de latifundistas, quienes
instigan la represión.
2) Advertida por la dictadura la alianza Fidel Castro-
Crescencio Pérez, la represión se dirige contra quienes sean
convictos o sospechosos de brindar ayuda a los guerrilleros.
Éstos se encuentran en fase de desplazamiento nómada, pues
ningún lugar les significa refugio seguro. Y así, deambulando
los guerrilleros y recibiendo el entorno rural golpes represivos

17. Ernesto Che Guevara, «Lucha contra el bandidaje», en Obras,


t. I, pp. 324-327.
que aquéllos aún no están en condiciones de parar, se extien­
de un período entre el 17 de enero y el 28 de mayo de 1957.
Fecha la primera del inicial encuentro a que se atreviera la
guerrilla, el ataque con éxito al puesto militar de La Plata.
Y la segunda, fecha del asalto.— también con resultado posi­
tivo— contra el pequeño cuartel de El Uvero. La significa­
ción de ambas fechas es la siguiente: la primera da a conocer,
dentro del entorno rural, la supervivencia en pie de guerra
del grupo guerrillero y desata la represión militar; mientras
que la segunda lo hace saber al país y determina el abandono
por parte del ejército de una considerable zona en las monta­
ñas, pues ya no se encuentra en condiciones de controlar con
el sistema de puntos fortificados aislados y de patrullas con
escaso apoyo logístico. Queda, pues, una zona librada a la
autoridad de la guerrilla; cesa su fase, nómada y, sobre el área
en cuestión, la población rural quedará al abrigo de la repre­
sión.
3) Pero ello no quería decir que la dictadura fuera a
permanecer de brazos cruzados. ¿Y qué hizo? Administrar
más represión, en dosis hasta entonces desconocida, abarcan­
do un más extenso radio y empleando otros medios. No podía
llegar por vía terrestre, ensayó la aérea. Fue así cómo, previo
lanzamiento de octavillas ordenando la evacuación de toda la
región sudoriental, ésta fue bombardeada desde el aire con
cargas explosivas e incendiarias. Fue entonces el éxodo, calcu­
lando Bohemia en 6.000 los pobladores afectados, quienes
fueron concentrados por el ejército en un paraje situado en
las estribaciones de la Sierra Maestra, llamado Minas de Buey-
cito. Otros contingentes fueron trasladados y alojados en
c " 'i:ago.18 Todo esto ocurría en los primeros días de junio

18. Luis Rolando Cabrera, «Éxodo en la Sierra Maestra. Seis mil


rubanos dejan sus hogares en doliente caravana», Bohemia, XLIX, n.” 24
(16 junio 1957), pp. 74 77 y 90-91; Rubén Castillo Ramos, «Odisea en
del mismo año (1957) y por entonces la ciudad capital de
la provincia de Oriente se encontraba ya muy sensibilizada
frente a la represión. Apenas un mes después —recuérdese—
será la huelga general con motivo del asesinato de Frank País.
Los pobladores rurales refugiados en Santiago fueron recibi­
dos solidariamente por las gentes de la ciudad, sin distinción
de clase. Es entonces cuando los sectores no azucareros de la
burguesía santiaguera —dedicados, entre otros, a los rubros
de fabricación de ron y tabaco— se ven enfrentados pública­
mente al gobierno a través de un ácido intercambio episto­
lar entre las instituciones cívicas y el ministro de Goberna­
ción, Santiago Rey. Mientras aquéllos protestan por el auge
represivo que se abate sobre la ciudad, el ministro acusa a
los sectores propietarios de oportunismo, insinuando su en­
cubierta complicidad con Fidel Castro.19 En fin, todo contri­
buye a crear un clima adverso a la ordenada «reconcentración
campesina», que obliga al régimen a levantar la medida. Los
pobladores rurales regresan a sus tierras y viviendas con una
nueva experiencia que fortalece su decisión de resistencia a
la dictadura.20
4) De aquí en más el gobierno se verá obligado a consi­
derar a la guerrilla un hecho militar, y aquélla irá evolucio­

la sierra. Después del Uvero», Bohemia, LIV, n.° 29 (20 julio 1962),
pp. 18-21 y 111.
19. «Odisea en la sierra...», art. cit.; y los artículos siguientes de
Bohemia, XLIX, ri.° 23 (9 junio 1957): «¡Exclusivo! La marcha del
hambre frente a las Naciones Unidas», pp. 52-53 y 102; «Documentos para
la historia. Mensaje al presidente Batista d e, las Instituciones Cívicas de
Santiago de Cuba», pp. 66-67 y 94; «Telegrama de las instituciones feme­
ninas de Santiago de Cuba al presidente de la República», p. 67; «Res­
paldo del Comité Conjunto de Instituciones Cubanas», p. 67; «Respuesta
del Dr. Santiago Rey, ministro de Gobernación, a las instituciones de
Oriente», p. 67.
20. Ernesto Che Guevara, «Guerra y población campesina», en Obras,
t. I, pp. 158-159.
nando hasta constituir un cuerpo armado que alcanzará unos
300 efectivos para mediados de 1958, y será conocido como
Ejército Rebelde. La represión entrará entonces en un nuevo
momento: el régimen no buscará ya imponer el terror entre
la población rural, sino un enfrentamiento decisivo con el
Ejército Rebelde. Éste tendrá lugar en el lapso 25 de mayo-
6 de agosto de 1958, teniendo como resultado la derrota de
las tropas de la dictadura.

Vimos que Fidel Castro y sus hombres habían golpeado


a las puertas del bohío, y que éstas se hubieron de abrir. Pues
bien, a medida que se di'eron desalojos y éxodo de pobladores
rurales, la situación brindó perspectivas de más en más favo­
rables: la guerrilla encontraba a su hom bre ya en camino. Por
peor que viva el campesino sobre una parcela, será su asidero
y su esperanza. Difícilmente la cambiará por un fusil. Pero
todo cambia si la tierra falta. Y más aún si la poca de que
ha podido hacerse el rural la pierde de la noche a la mañana.
Toda resignación es entonces proclive a devenir en furia:
quien le ofrezca un fusil le encontrará receptivo.
Ciertamente, estaba de por medio la represión. Pero ésta
había apuntado mal. No eran los campesinos desalojados
—recuérdese el narrado encuentro en Palma Mocha—- quienes
esperaban a Fidel Castro, sino Crescencio Pérez. Cuando la
represión reparó en este último y puso precio a su cabeza,
ya era tarde. No sólo había errado el momento, sino dado
razón a Crescencio Pérez y a Fidel Castro: sólo una mano
armada podía contestar los abusos, el desalojo y los crímenes.
He aquí cómo la represión brindó lo que faltaba: una
coyuntura desencadenante. Pauperismo, movilidad, de tiempo
atrás existía una estructura social de por sí favorable, sobre
la cual hemos abundado. De alguna manera, la estructura
generaba espontáneamente movimientos, cuya expresión dege­
nerada —y muy sintomática— era el bandolerismo: caer en
la delincuencia conservando como pretexto la motivación so­
cial: que se robaba a los ricos para distribuir entre los po­
bres.
Y desde luego se venían generando —en buena dosis tam­
bién espontáneamente—- las acciones regionales de resistencia
en la Sierra Maestra. Pero éstas podían contra los mayorales
y contra la guardia rural: no contra el ejército. Contra él ha­
cía falta un igual, y fue el Ejército Rebelde.
CONCLUSIONES

Julio Lobo, rey, de gesto paternalista, el país es el azúcar


y el azúcar es él. Jesús Menéndez y su réplica: «sin obreros
no hay azúcar». Crescencio Pérez, su revólver a la cintura,
vistiéndose de fiesta para recibir al visitante que le trae la
guerra. Tres personajes que a su hora juegan su rol histórico
y a la vez son prototipos de la clase. De ellos se ha procurado
captar la imagen en un flash, ubicado cada uno en el capítulo
donde se tirató de su respectivo sector social: burguesía azu­
carera, proletariado, masas rurales de la sierra. De por vida
consecuentes a su clase, la pintan de cuerpo entero y, por
encima de sus individualidades, corresponden al plano social
de época. Claro está, los protagonistas del plano político son
otros: Fidel Castro y Fulgencio Batista. Les hemos visto «en
acción» y quizás ése sea el mejor retrato. ¿Podría,^ no obstan­
te, intentarse un flash contraponiendo una figura a la. otra?
Por una de esas «astucias» del devenir histórico, ningu­
no de los dos representaba lo que era. Fulgencio Batista, de
origen humilde, llegará a general catapultado, mas su carrera
es la de un sargento; y para más datos mulato en un país don­
de se practica la discriminación racial. Fulgencio Batista era
creación y, en tanto que tal, tolerado por el alto mundo de
los negocios de la isla. Pero que jamás le consideró uno de
sus pares, sino el instrumento de gobierno, un «hombre fuer­
te», con el cuartel Columbia tras suyo, útil y propio para
mancharse las manos. Fidel Castro, de hogar rico, hijo de un
propietario terrateniente, va a la capital a estudiar leyes y se
gradúa de abogado; naturalmente, es de raza blanca. El rever­
so de la medalla. El alto mundo de los negocios no tiene re­
paros para recibirlo entre los suyos, sólo que con el tiempo
se crearía un inconveniente: los mandatos ordenando la ex­
propiación de ese mundo llevarían la firma de Fidel Castro.
Así, la «astucia» del devenir histórico consiste en los papeles
trocados. Fulgencio Batista para el rol de ganar la confianza
popular, Fidel Castro para el rol de no despertar la descon­
fianza del alto mundo de los negocios.
Fidel Castro, Fulgencio Batista, Julio Lobo, Jesús Me-
néndez, Crescencio Pérez: figuras de una época, el trasfondo
lo proporciona la república semícolonial cuyos componentes,
heredados dé la colonia y remodelados, u otros originales, re­
conocen la contrapartida en el invariable reclamo: por la in­
dependencia. Tras ella, cuatro nombres encarnan otros tantos
momentos revolucionarios. Carlos Manuel de Céspedes y lue­
go José Martí, en el siglo pasado, y en el presente Antonio
Guiteras —década del treinta— y Fidel Castro, parten todos
de una raíz común. Varía el adversario, la tarea histórica per­
manece incumplida. Carlos Manuel de Céspedes se bate con­
tra un imperio al modo antiguo, España. José Martí entra en
escena sobre la transición misma, cuando dos frentes se han
abierto: el tradicional imperio y el recién llegado imperalis-
mo al modo moderno, los Estados Unidos. Con este último
se encuentran Antonio Guiteras y luego Fidel Castro. Con el
transcurso del siglo, el paso de un adversario a otro. Y la
consigna permanece siempre invariable: la emancipación na­
cional.
Persiguiendo su logro se articula la línea fundamental de
contradicciones: contra los explotadores d e fuera. Las fechas
pueden determinarse con precisión. El 24 de octubre de 1868
CONCLUSIONES 1.41
es el levantamiento La Demajagua e inicio de la primera gue­
rra por la independencia. La segunda guerra, tras idénticos
objetivos, tampoco alcanzará resultados. Las tareas de libera­
ción nacional, luego de tanto esperar, se cumplirán al prome­
diar este siglo y entonces lo harán aceleradamente. Iniciadas
en 1959 luego del derrocamiento de Fulgencio Batista, un año
después se ven agotadas. En el poder se encuentra el Ejér­
cito Rebelde, una coalición de fuerzas políticas donde se des­
taca el 26 d e Julio y como primer ministro Fidel Castro. La
revolución encara entonces otras tareas. Una nueva línea fun­
damental de contradicciones se pone en marcha: contra los
explotadores d e dentro. También aquí las fechas pueden de­
terminarse con precisión. El 13-14 de octubre de 1960, al
decretarse la extensión de las nacionalizaciones al capital nati­
vo (y dictarse la reforma urbana), la meta pasa a ser el socia­
lismo.
Nuestro trabajo se mueve dentro de la primera línea de
contradicciones, considerando que la . lucha antibatistiana
(1952-1959) se inscribe dentro de la empresa de liberación
nacional. Ello y otras aspectos conexos se han tratado de sis­
tematizar en el cuadro 4.
Un período de siete años (1952-1959) inserto en casi un
siglo (1868-1960). Ubicado su contexto exterior — tanto en
el precedente cuadro como antes en una clasificación de ele­
mentos de semicolonia— nos volvemos hacia su interior. Así
sea provisionalmente, es posible ensayar una períodización
política dentro de este período de tiem po corto (cuadro 5).
E l períod o que abarca la lucha an tibatistian a
integrado dentro de la em presa de liberación nacional,
correlacionados los regím enes por lo s cuales p asa la isla:
colonial, sem icolonial, república dem ocrática, socialista

1868 1868 1868


primera guerra
de independencia
1878 |

colonia 1895
segunda guerra
de independencia
1898
luchas de
1902 LIBERACIÓN liberación
nacional
1902 an tes de la
toma del poder
1933
gobierno
república nacionalista
semicolonial de izquierda
1934

N ACIO N AL 1952
lucha antibatistiana
1959 1959 1959
1959 1959
tareas de
liberación
república
nacional
democrática d esp ués de la
toma del poder
1960 1960

1960
república
socialista
C uadro 5

Periodización en el interior del tiempo corto


m arcada p or los hechos políticos

1.1.1 Del golpe de estado — 10 de marzo de 1952— al asalto al


Moneada — 26 de julio de 1953— : planteo de la insurrec­
ción armada;

1.1.2 del asalto al Moneada a la amnistía, mayo (primera quince-


cena) de 1955: tramo excepcionalmente caracterizado por
un contenido con dominante pacífico;

1.1.3 de la amnistía a la huelga azucarera, diciembre (segunda


quincena) ; de 1955: primera expresión de resistencia de
masas;

1.1.4 de la huelga azucarera al desembarco del G ran m a —-2 de


diciembre de 1956— : inicio del levantamiento rural en
oriente;

1.1.5 del desembarco del G ran m a a la huelga de Frank País,


agosto (primera semana) dé 1957: incorporación de la cla­
se obrera a la lucha antibatistiana;

1.1.6 de la huelga de Frank País al Pacto de Caracas y a la de­


rrota militar decisiva del régimen, culminada en agosto
(primera semana) de 1958;

1.1.7 del Pacto de Caracas y la derrota militar decisiva del régi­


men a la huelga general revolucionaria y a la entrada del
Ejército Rebelde en La Habana, el 2 de enero de 1959.
El acontecer es rico, la evolución sostenida. Diferentes
vías, distintos escenarios y actores, gradaciones diversas. Una
constante: no hay pausas, o, apenas, entre tramo y tramo,
algo así como un respiro para la subsiguiente adecuación de
tácticas. Hechos políticos que se dan contemporáneamente a
hechos económicos no menos relevantes, producto de las de­
cisiones del estado en materia de política azucarera. Sobre la
base de estos últimos, un nuevo cuadro.

C uadro 6

H ech o s económ icos en él interior d el tiempo corto

1.2.3. 1952. Zafra libre cuyos resultados son excedentes azucare-


ros a colocarse en años subsiguientes.

1.2.2 1953-1959. Tanto para posibilitar la comercialización de ta­


les excedentes, como cuenta habida de la oferta in cres­
cendo en el. mercado mundial, adopción del régimen de za­
fras restringidas. Como instrumento regulador internacio­
nal, Cuba adhiere al Convenio de Londres. Disminución en
la proporción de compras azucareras de los Estados Unidos
a Cuba.

Puede ahora establecerse una correlación a partir de los


hechos económicos. El primer paso será advertir la repercu­
sión de éstos sobre las condiciones económicas generales —ca­
restía y contracción en el consumo, desempleo, etc., su inci­
dencia en el nivel de vida— para, en un segundo paso, cons­
tatar la respuesta de las masas: tanto su evolución anímica
como los hechos políticos que en consecuencia ellas producen.
Correlación entre hechos económ icos, caracterización económ ica,
caracterización su b jetiva de m asas y hechos políticos en el tiempo corto

Tiempo Hechos Caracterización Caracterización Hechos


corto económicos económica subjetiva políticos
de masas

1952 1.2.1 zafra deterioro descontento 1.1.1 golpe-Moncada


libre, etc. silencioso

1953 1953 1953 1.1.2, 1.1.3, 1.1.4 Moneada


pico del descontento — amnistía-huelga 1955—
deterioro expresado G ranm a
1956 1956

1.2.2 zafras 1956 1956 1.1.5, 1.1.6, 1.1.7 Granm a


restringidas, recuperación exasperación —huelga 1957—
etc. en términos irreversible Pacto Caracas y derrota militar
relativos dictadura — huelga 1959—
1959 1959 1959 1959 y Ejército Rebelde en La Habana
Dentro de este último panorama se corre el riesgo de per­
derse. ¿Dónde consideramos el punto de partida? En el he­
cho subsecuente a la superproducción azucarera cubana: las
zafras restringidas. El Convenio de Londres es el complemen­
to y la disminución en la proporción de la cuota norteame­
ricana la gota que derrama la copa. Pero la espina atrave­
sada en la garganta de los cubanos es haber sido forzados a
la contracción azucarera. Pues ésta es igual a deterioro eco­
nómico y, con él, el descontento. Y bien, para eso es llamado
el «hombre fuerte» Fulgencio Batista. Se ha insistido en que
su golpe de estado cortó un proceso cívico en ascenso, ■con­
vocadas elecciones generales para el segundo semestre de
1952. El golpe se adelanta con ese objetivo, es cierto. Pero
un proceso de ese tipo se torna peligroso cuando factores irri­
ta tivos hacen temer por su radicalización.
Y de precaverse contra factores de ese tipo se trataba.
Ni bien conocida la gigantesca zafra libre y sus excedentes in­
vendibles, es el golpe de 10 marzo de 1952. Cuando se sabía,
fuera de toda duda, que los mecanismos del mercado mundial
impondrían la contracción azucarera a partir de la próxima
zafra. Cierto que los gobiernos civiles estaban desprestigia­
dos por la corrupción, y ello facilitó la obra de los conjura­
dos. Pero Fulgencio Batista viene a otra cosa. Coincidiendo
con los requerimientos hemisféricos de la guerra fría, su tarea
ningún gobierno civil sería capaz de encarar. La tarea de decir
a los cubanos: resígnense al deterioro que les traerá la con­
tracción azucarera.
De donde este fenómeno sea reivindicado por nosotros
en el punto de partida: bien que ^hayamos adelantado una
periodización entre hechos políticos, de inmediato hemos pa­
sado a poner de relieve los hechos económicos para contra­
poner unos a otros. La resultante ha sido un redimensiona-
miento: a la apertura del tiem po corto no aparece el golpe
batistiano, sino un conjunto interactuado de oferta azucarera
en alza en el mercado mundial, chocando con la zafra gigante
cubana de 1952 para arrojar el nuevo signo del período: polí­
tica de forzada contracción azucarera.
Zafras restringidas... ¿qué son sino una serie de «malas
cosechas»? Con la diferencia de que no cabe echarle la culpa
a la naturaleza, con la semejanza de que el mercado mundial
actuaba sobre la isla con tanto imperio como la naturaleza.
En suma, el tiem po corto descompensando el proceso en la
base: la relación entre la isla y el mercado mundial. O, dicho
en otras palabras, un tiem po corto que cuestiona el conteni­
do de la larga duración cubana.
Fue así en los años treinta cuando, a raíz de la crisis mun­
dial, precios y volúmenes de producción azucarera cayeron
verticalmente. Y con ellos la dictadura de Gerardo Machado,
generándose un movimiento popular convergente sobre el
nuevo gobierno de Raúl Grau San Martín y Antonio Guite­
ras. Pero entonces el ánimo de las masas pudo ser revertido
mediante el golpe de estado y el terror. Otras circunstancias
históricas gobernaban interfronteras, y extrafronteras la ' si­
tuación presentaba el reverso: los años treinta del auge del
fascismo, mientras que los años cincuenta, tras su derrota,
dejan ver más claramente la perspectiva de un mundo nuevo
y de las nuevas relaciones, a trabar con él.
El tie?npo corto de las «malas cosechas» reconoce amplios
entornos. Permítasenos una referencia a modo de ilustración.
Ernest Labrousse ■ —recogiendo la tradición de los historiado­
res de la revolución francesa de 1789—- ha articulado perío­
dos donde un tiem po c o r to , ya dejándose escuchar los aires
marselieses, juega el rol de detonante. Allá, en la Francia del
a n d en ré.gime, relaciones de producción caducas se caen a
pedazos. Aquí, en la isla azucarera, el trasfondo lo brinda la
dependencia, también históricamente trasnochada. Y si los
niveles no han llegado a grado de saturación, lo que falta lo
brindará el elemento sorpresa hecho valer en situación ínter-
nacional favorable y frente a un Fulgencio Batista no menos
torpe que Luis XVI. Y llegan, en uno y otro caso, las «malas
cosechas». Es el detonante. En la campiña francesa raramente
se verá al pueblo ir a rogar en procesión por las lluvias ni en
la isla azucarera resignarse al mercado mundial; echará las
culpas al poder político que ha dejado llegar las cosas al ex­
tremo de que una serie de «malas cosechas» basta para des­
compensar el proceso de larga duración.
No se trata de elaborar una lista de semejanzas y otra de
desemejanzas. Bien sabemos que toda comparación funciona
aquí mutatis mutandi. De otra cosa se trata: colocar la gesta
de los cubanos en el marco de las revoluciones contemporá­
neas, sacándola del estereotipo escolar de los barbudos ba­
jando de las montañas. Y a ese efecto tanto da tomar la revo­
lución francesa como cualquier otra del tipo contemporáneo
donde el clímax político es alcanzado a través de mecanismos
compartidos.
Allá se marchará a la toma de la prisión parisina, aquí
será tras el cortejo fúnebre de Frank País... la irritabilidad
no cede: sólo lo lograría el terror y no hay quien lo adminis­
tre. Cuando —alguien lo subrayó a propósito de la revolu­
ción rusa— los de abajo han quebrado la obediencia y los
de arriba han Cesado en la autoridad.
Y en ese registro se inscribe el ya comentado cuadro 7.
Bien que el motor —deterioro económico de las zafras res­
tringidas— entre en desaceleración en los años 1957-1958, es
ya tarde: la superestructura manda sobre la base. La dinámica
social ha adquirido un ritmo tal que, de por sí, constituye
factor generador. Habrá una recuperación económica en tér­
minos relativos en los años indicados, mas sus efectos son
nulos sobre el ánimo popular.
Iiicide en esto el grado alcanzado. Grado superlativo del
descontento que es la exasperación y del cual no es fácil ha­
cer regresar a las masas. Y no menos incide a esa altura del
proceso el accionar revolucionario que azuza precisamente en
el sentido de la exasperación. En los años 1957-1958 es
cuando el Ejército Rebelde, el 26 d e Julio y Fidel Castro lle­
nan definitivamente el vacío producido desde el golpe de
estado en el campo de la oposición, adquiriendo prestigio y
autoridad. Dejan de ser vistos como un grupo romántico de
«robins hood» de la sierra, para devenir la contrapardda de la
dictadura.
Tenemos, pues, en juego factores que se interrelacionan y,
según avanza el proceso en el interior del tiem po corto, mu­
tuamente se ceden espacio. En la base el mercado mundial y
el motor que pone en marcha en la isla: las zafras restringi­
das. Y en la superestructura política marchan al encuentro las
condiciones subjetivas de masa y la voluntad del hombre tra­
ducida en accionar revolucionario organizado.
Ahora bien, a estas consideraciones no se arriba sino a
través de una visión ampliada: la que resulta de incorporar
al mapa social las clases olvidadas: proletariado y burguesía
azucarera; más la consideración en capacidad de decisiones
autónomas de las masas rurales. ¿Y qué viene a resultar?
Pasan a primer plano las propias necesidades, intereses y con­
tradicciones de clase como fundamento de las decisiones polí­
ticas.
En ese sentido el punto de arranque es común. Cualquie­
ra que sea la clase, invariablemente se trata de lo específico
reivindicativo, conectado en la emergencia al factor de base
antes relacionado, el deterioro económico de las zafras res­
tringidas. Los obreros exigen mejores salarios, los poblado­
res rurales tierra y trabajo, los hacendados se resisten a acep­
tar un giro recesivo a sus negocios. Así es como, a medida
que avanzan los años cincuenta y aun antes de estar ganadas
las masas por un estado de exasperación, asistimos a violen­
tos movimientos de huelga, ocupaciones de tierras, agresivas
actitudes en la disputa por los mercados. Corren los años cin­
cuenta y tras la agudización de lo reivindicativo van aflorando
líneas de contradicciones: la clase obrera y las masas rurales
contra la burguesía azucarera (y contra todo poder terratenien­
te: los pobladores de la sierra contra los latifundistas del café,
etcétera), y ésta contra sus competidores, especialmente los
remolacheros norteamericanos.
Es un cuadro de situación que encuentra a la burguesía
azucarera tomada entre dos fuegos. Para cualquiera resulta
una incómoda posición. A esta clase corresponde, pues, la de­
cisión: zafarse pactando con un enemigo. Y así se determina
su actitud cuando la huelga de 1955. Tiene a mano el estado
autocrítico (pronunciado a su favor en el pleito salarial) y
de su lado está la dirección sindical mujalista, en posición de
negociar la entrega del movimiento. No obstante, la burguesía
azucarera prefiere pactar con los trabajadores. Ha hecho su
elección: plantear el enfrentamiento con el otro enemigo, los
remolacheros del norte. Y no excluye de sus planes llegar a
contar, en su puja extrafronteras, con el apoyo de la nación
toda, incluida la clase obrera. Que por su parte —y tal pre­
ocupación comparten los pobladores rurales— coinciden sus
intereses en cuanto preservar la fuente de trabajo; y ésta se
ciega en la medida en que la restricción opera sobre las zafras.
Es así como, no obstante la agudización de lo reivindica­
tivo, las masas se avienen al compromiso. El proletariado
acuerda poner fin a la huelga de 1955 tras la satisfacción
parcial de las exigencias salariales. No distinta es la actitud
de los pobladores de la sierra. Quieren la tierra pero, incluso
bajo la protección armada del Ejército Rebelde, aceptan por
el momento poner límite a sus exigencias de reforma agraria:
reposición de los desalojados y expropiación de los latifun­
distas sólo en caso de tratarse de personeros o cómplices de
la dictadura. De modo que las líneas de contradicción clasis­
tas encontrarán en el período su modo coexistente y, un paso
más allá, la común traducción política: contra la dictadura de
Fulgencio Batista.
¿Quién, sino ella, acabárá por aparecer como ía respon­
sable de los males? Por la mano de su ejército se ha desalo­
jado y asesinado a los pobladores de la sierra. A su amparo
ha culminado la tarea mujalista, acompañándola también del
crimen. Su política económica sirve al capital extranjero, an­
tes que al nativo. Y, en fin, es el gobierno de las zafras res­
tringidas sobre quien se concentra la responsabilidad por el
deterioro económico que sufre el país en su conjunto.
De ahí que los movimientos comiencen bajo una faz rei-
vindicativa para terminar apuntando sobre la dictadura. Las
grandes huelgas, que sufren tan neta evolución: de una a otra
es como decir de lo laboral a lo político, de lo salarial a lo
insurreccional. Los pobladores de la sierra recurriendo a las
armas para recuperar tierras y seguridad, mas no quedando en
ello sino dirigiéndolas en definitiva a derrocar la dictadura.
Y, en su medida, es también la actitud que adoptan los ha­
cendados, quienes, luego de contribuir a minar la autoridad
del gobierno con crecientes críticas a su política económica,
acaban en bloque por volver la espalda a Fulgencio Batista.
En 1957-1958 hay exasperación y hay compromiso. Una
domina el plano político, el otro gobierna el plano social y,
desde ambos, otorgan relieve propio al período. La exaspe­
ración no es ciega sino consciente y clara en la formulación
del objetivo: derrocamiento de la dictadura. Y a este último
se somete el compromiso clasista.
Una vez cumplido el objetivo, el postbatistato desobliga­
rá a los contratantes. Quedarán con las manos libres. Y en­
tonces se sabrá quién hizo negocio. Si la burguesía azucarera,
logrando restringir la tarea de liberación nacional a su pleito
con los remolacheros norteamericanos. Si las masas rurales
accediendo a la tierra a través del instrumento jurídico de la
reforma agraria. Si la clase obrera obteniendo mejores sala­
rios y enderezando los acontecimientos hacia la apertura so­
cialista. El tiempo lo diría. Y, en todo supuesto, no sería
tiempo perdido: la isla no recordaba, desde épocas del dic­
tador Gerardo Machado, otro gobernante más proclive a fa­
vorecer los intereses extranjeros, represión mediante. Consti­
tuía ya un beneficio el hecho de la salida de Fulgencio Batista.
A ese objetivo cada clase aportará a través de mecanismos
que le son propios. Con respecto a las masas rurales de la
sierra es notorio cómo actúan dinámicamente, contribuyen­
do a ponerlas en camino. El pauperismo ha aflojado los lazos
con una tierra donde capitalizarse resulta poco menos que
vano intento. Pero este factor, de por sí, no es de grado su­
ficiente para hacer dejar la parcela con ánimo revulsivo; se
adiciona la falta de oferta de tierras en el entorno y otros
componentes de orden más específico aún que irán a interac-
tuarse entre sí. Nos referimos a la movilidad horizontal del
circuito sierra-llano, que otorga un rasgo nómada. También
pesan las tradiciones agrarias, que han familiarizado con el
manejo del arma y valorizado a los ojos del poblador rural
la movilización solidaria para la defensa de la tierra, más de una
vez librada con éxito. El bandolerismo, variante degenerada,
no por eso dejando de contribuir como desagregante del con­
formismo. Y, por fin, la gota que desborda la copa: los desa­
lojos y la represión masivos, coincidentes con el desembarco
del Granma'.
Convergen estos factores dentro de un proceso general de
proletarización, y coyunturalmente colocan al poblador rural
en la situación límite: reaccionará de más en más favorable­
mente a la convocatoria de la guerrilla. Y lo hará en defensa
propia: antes convencido por su estado de necesidad que por
la proclama de los hombres venidos de la ciudad. Éstos así
acaban por comprenderlo.
De ello rinden testimonio ciertas reflexiones de Ernesto
Guevara. Como se recordará, nos advierte sobre una menta­
lidad dominante entre los hombres que desembarcaron del
Granma, y que consistía en esperar una respuesta casi auto­
mática de las masas para culminar rápidamente en el derro­
camiento de Fulgencio Batista. Ha sido visto cómo los hechos
no concordaron con este esquema y antes bien otras alterna­
tivas aguardaban, notoriamente las exigencias de lo reivin-
dicativo. De cómo los hombres venidos de la ciudad rectifica­
ron su punto de vista originario, el mismo Ernesto Guevara
da cuenta en otro texto: «la reforma agraria no fue invento
nuestro, fue conminación del campesino, quien la impuso a
la revolución».1
De este último testimonio las propias necesidades y con­
tradicciones de clase surgen dotadas de la fuerza necesaria
para dar actualidad programática y, en consecuencia, trasto­
car la estrategia. Con ello queremos puntualizar las siguientes
cuestiones. Necesidad de las masas rurales: la tierra. Contra­
dicciones: contra los latifundistas que la acaparaban. Y, bien
que ceñidas al compromiso clasista del período, he aquí el
rol de las contradicciones: imponen —retomamos el término
usado por Ernesto Guevara— la reforma agraria. Y quienes
llegaron a la sierra para levantar en armas a sus pobladores
se dan con que éstos no serán tanto despertados a la revolu­
ción como los guerrilleros a la realidad social: no habrá derro­
camiento de la dictadura sin antes atender a los intereses de
clase.
Claro está, las citas recién traídas corresponden a una
época en que su autor aún no se planteaba la revolución con­
tinental. A este propósito permítasenos una aclaración. El es­
tudioso —o simplemente el hombre que ha vivido los acon­
tecimientos políticos latinoamericanos que van de los años
sesenta a los setenta— podrá encontrar citas de diferente con­

1. Ernesto Che Guevara, «Proyecciones sociales...», en Obras, t. II,


p. 18 (texto abreviado).
tenido a las aquí traídas. Su manejo no es simple —en gene­
ral se trata de juicios emitidos postperíodo— y debe distin­
guirse si las dicta el pasado o un cierto presente. Pues la
regla es una: verificar los dichos con los hechos, las interpre­
taciones con la Historia.
Las sierras orientales tienen, y transmiten de padres a hi­
jos, circuitos propios, marcados por los tipos de producción
imperantes. Con ellos se dieron los hombres venidos a bordo
del Granma. Una senda conduce de la sierra al llano y otra
del llano a la ciudad. El llano está en la encrucijada de la
zafra. De ella el pequeño campesino no regresa a la sierra tal
cual vino. Vuelve con elementos que en su ánimo contribu­
yen a morigerar lo que son los típicos individualismos de su
clase y el aferrarse a la propiedad privada de la tierra, sin
otra perspectiva que capitalizarse. Que, por lo demás, era
para el pequeño campesino de la sierra bastante ilusorio,'y
la prueba es que al año siguiente lo tendremos de regreso a
la zafra o a la recolección de café-en predio ajeno. En fin, un
circuito que pone a las masas rurales en movimiento y donde
los obreros venidos de la ciudad o residentes en el llano —a
quienes hemos visto organizarse desde años atrás y actuar sin
titubeos en la huelga azucarera de 1955— tiene concertada
puntual cita.
Dejarán caer una palabra en los oídos del pequeño cam­
pesino y le encontrarán receptivo. Necesitado como fuerzá
de trabajo, rechazado de la competencia, es natural que así
sea en el hombre de la Sierra Maestra. Pues allí —primigenio
teatro de guerra, asentamiento del Ejército Rebelde y escena­
rio luego de batallas decisivas— las relaciones de producción
parecían navegar contra la corriente: en lugar de participar
del capitalismo llevado a todo lo largo de la isla por el inge­
nio —esa fábrica de azúcar— permanecían sus pobladores
sumergidos en el pozo de las supervivencias feudales, sobre
las cuales nos hemos extendido. En esas condiciones el pe-
CONCLUSIONES

queño campesino quedaba expuesto al «contagio» dé la ideó-


logía proletaria, pasando sin transición a absorber una pers­
pectiva radicalizada: los «crescencios pérez» no vacilarían en
medios para lo reivindicativo ni les asustaría que su logro
pudiera conducir más lejos de tierra y trabajo a secas.
En fin, si de calibrar el rol de la clase obrera se trata, lo
primero a tomar en cuenta es esto: no se circunscribía su
presencia a las empresas típicamente manufactureras de la
ciudad y a los ingenios del llano sino que, en su medida, se
dejaba sentir en la sierra. Y lo segundo a considerar hace a
su actividad específica en el período: de una a otra huelga
pasó a gobernar el llano. Hasta el momento en que el Ejér^
cito Rebelde entra en La Habana, ningún movimiento llega
a tener la importancia y cubrir el país a la manera de sus gran­
des huelgas. El recuento de fechas habla de por sí. 1955,
1957, 1959: bajo dictadura y mujalismo un paro masivo
cada dos años (en realidad es menos: cada año y medio).
Y bien, se ha intentado poner de relieve el rol de la cla­
se obrera en el período. Conforme lo dejara enunciado el Bao
to de Caracas, el triunfo requería una conjunción de lucha
armada y paralización del país. No habrá derrocamiento de
la dictadura mientras el Ejército Rebelde no baje al llano y la
isla sea ganada de oriente a occidente, de la Sierra Maestra a
La Habana. Y el Ejército Rebelde no tendrá ese camino has­
ta tanto la clase obrera, en el centro de un coniunto de ac­
ciones cívicas y de masa, lo deje expedito.
Más se visualiza el rol del proletariado en el período en
cuanto el historiador se pregunte por las razones del; triunfo
militar. Todo hombre de uniforme sabe qué factor determina
la victoria de un bando: la relación de fuerzas. Ahora bien,
si tomamos el hecho de armas decisivo, aquel que otorga irre­
versiblemente la primacía al Ejército Rebelde, los primeros
datos son desconcertantes. Nos referimos a la batalla conti­
nuada que se da entre mayo y agosto de 1958 en la Sierra
Maestra, y al número de efectivos que se cuentan de cada
lado. Veamos el hecho de armas. Tras el fallido intento de
huelga general del 9 de abril, cree llegado su turno Fulgencio
Batista. Y decide pasar a la ofensiva en un esfuerzo supremo,
movilizando las fuerzas disponibles. Cerca el territorio rebel­
de y comienza a avanzar paso a paso. Es el encuentro militar
decisivo y ambos bandos lo saben. Y bien, al cabo de algo
menos de dos meses y medio, los cuerpos armados de la dic­
tadura emprenden la retirada. Es la derrota de Fulgencio Ba­
tista.
¿Qué había pasado? Comencemos por destacar los datos
primarios. ¿Cuántos hombres hay en pie de guerra? 10.000
del lado de Fulgencio Batista, 300 del lado de Fidel Castro.
¿Armamento? Malo e insuficiente en el Ejército Rebelde, mo­
derno en el bando de la dictadura. Por ello decíamos que los
primeros datos aparecen desconcertantes, al punto que Ernes­
to Guevara llegó a calificar esa victoria como «increíble».
Ahora bien, estos datos no pueden ser tomados al pie
de la letra. Lejos están de reflejar la relación de fuerzas. Tras
Fidel Castro había —-lo hemos subrayado— no únicamente
un ejército uniformado, sino otro no uniformado. El segundo
aprovisionaba al primero, constituía su vasta retaguardia, sus
ojos y oídos a la vanguardia. No estamos en condiciones de
estimar su número, pero hacen muchas veces 300. En cambio,
los 10.000 batistianos son muchos menos. También lo hemos
explicado: estaban desmoralizados al punto de pelear poco
y mal o, lisa y llanamente, negarse a pelear y desertar, como
lo consignan los partes de guerra de ambos bandos.2 Como

2. «Documentos de la tiranía», anexos del libro Che, Instituto del


Libro, La Habana, 1969, pp. 141-269; Fidel Castro, discurso difundido
por Radio Rebelde los días 18-19 de agosto de 19'58, en Nuevo curso de
instrucción revolucionaria. Los diarios de guerra llevados por Camilo
Cienfuegos y Ernesto Guevara en las expediciones que bajo sus mandos
se sabe, un soldado en esas condiciones vale por medio, cuar­
to o aún menos de un soldado. Lejos está, pues, la aritmética
de. «bajo bandera» de aportarnos la realidad. Tras Fulgencio
Batista había muchos menos y tras Fidel Castro muchos más.
Se diría que, entre resta por un lado y suma por el otro,
se había llegado a una suerte de equilibrio de fuerzas. Lo tes­
timonia a nuestro entender lo prolongado de la lucha y el
hecho de que en los momentos culminantes los rebeldes lle­
garan al extremo de encontrarse sitiados en un área de unos
pocos kilómetros. Cuando, lo expresa Fidel Castro, un error
y era la derrota.3 Son evidencias, y en particular la última,
de un equilibrio de fuerzas. Un bando en relación de supe­
rioridad respecto del otro puede consentir errores y conser­
va su capacidad de recuperación. En las condiciones descritas,
no era el caso: un punto más de ajuste del cerco significaba
el aniquilamiento para los rebeldes, mientras que los sitiado­
res habían llegado al máximo del esfuerzo de que eran ca­
paces.
Claro está, dada una situación de equilibrio, todo factor
pasa a gravitar y puede decidir la suerte de las acciones. El
fiel de la balanza se inclinará hasta con el peso de una plu­
ma. Aquí debe, pues, completarse el recuento. Jugaban a
favor de los rebeldes su moral; la situación geográfica que
brindaban las escarpadas sierras, de difícil accesibilidad; la
acertada conducción político-militar de su jefe; y otros facto­
res. Pero el decisivo, que llev ó al equilibrio d e - 300 contra
10.000, no se encuentra allí sino en el campo de Fulgencio
Batista. Un ejército que pelea mal, o no lo hace y llega su
tropa a desertar, poco importa el número de los efectivos:
no sirve.

parten luego de la derrota batistiana desde la Sierra Maestra hacia La Ha­


bana, confirman ese panorama en el bando de la dictadura.
3. Fidel Castro, La Revolución Cubana.
¿Por qué ese ejército había llegado a tal estado al pro­
mediar 1958? Hemos señalado la causa: el desgaste produ­
cido por un continuo hostigamiento. Allí donde, junto a las
acciones militares, se inscriben las cívicas que suelen no guar­
dar la brillante memoria de los hechos de armas. Un día es el
juramento de fe democrática convocado en la colina universi­
taria de La Habana, donde silenciosamente miles de personas
testimonian su repudio al golpe. Otro día es la demanda de
justicia para los prisioneros políticos, efectuada por doquier
y ante los mismos estrados de los tribunales. Tal el caso del
juicio de quienes fueran capturados luego del desembarco del
Granma, proceso celebrado en Santiago; y cuyo voto absolu­
torio en disidencia hace célebre al magistrado Manuel Urru-
tia, al punto de valerle la presidencia de la República a la
caída de Fulgencio Batista. Mención especial merece la cam­
paña por la amnistía que llegó a aprovechar la coyuntura
electoral de la reelección del dictador (votado como candidato
único, 1954) para exigir- de viva voz la libertad de Fidel Cas­
tro y demás presos, forzando finalmente la presión de masas
las puertas de las cárceles.
No escapa a este recuento la constante rebeldía estudian­
til, sus manifestaciones recorriendo las calles habaneras, don­
de se inscribe el nombre del líder universitario caído José
Antonio Echeverría; ni tampoco falta cierta actividad de los
partidos políticos tradicionales, donde se destaca la persona­
lidad de Pelayo Cuervo, mandado asesinar. Y el componente
de mayor peso: las huelgas, con los movimientos de 1955 y
notoriamente de 1957. Tampoco se circunscriben las accio­
nes civiles al ámbito urbano. Hemos dado cuenta de ocupa­
ciones de tierras que ocurren en diversos puntos de la isla
en los años cincuenta, reflejadas a su manera en la prensa.4

4. Aparte del citado caso d e' Las Maboas, según relatara Bohemia
(1958), ver para provincia de. Oriente: «Geoíagia. Presos 135 campesinos.
En cuanto a las acciones militares, ocupa el primer plano
el Ejército Rebelde en las montañas de Oriente. No son, sin
embargo, las únicas. La base naval de Cienfuegos se subleva
en operación coordinada de militares y civiles, sin prosperar,
pero concurriendo igualmente al desgaste del régimen por hos­
tigamiento.
Un país, su pueblo —clase obrera, masas rurales, pe­
queña burguesía, como sectores sociales más representativos
por su caudal— va separando de su seno, como si se tratara
de un cuerpo extraño y nocivo, a los institutos represivos del
régimen. Hostigadas permanentemente por un conjunto de
acciones militares y cívicas, rodeadas por un clima general
de repudio, las tropas batistianas llegan finalmente a la sie­
rra si no vencidas, debilitadas. Van a librar su ofensiva de
mayo-agosto de 1958 en curiosa posición: a la defensiva. Allí
han sido colocadas. Si son 10.000 que cercan a 300, no es
menos cierto que 6.000.000 cercan a su vez a los 10.000: el
país está contra el régimen. Cada soldado batistiano acaba por
sentirse como el integrante de un ejército de ocupación. Y ese
estado de cosas afloja su brazo al punto de hacerle bajar el
arma antes de decidirse a jugar su vida.
Otro es el panorama en el bando rebelde, donde se está
dispuesto a morir. Falta la moral elemental del soldado en el
bando batistiano, salvo en algún cuerpo que mantiene el es­
píritu de profesionalidad, como la tropa al mando del co­
mandante José Quevedo. Es ilustrativo recordar el episodio,
que enmarca el atascamiento definitivo de la ofensiva guber­
namental de mayo-agosto de 1958. Terminará esta tropa por

Creyendo tener derecho, pretendieron ocupar una finca de propiedad ajena».


Alerta, La Habana (25 julio. 1953), pp. 1 y 7; «Consultivo. Los litigios por
tierras. Podrá el Ejecutivo resolver reclamaciones sobre desalojos con car­
gos al fondo especial», Alerta (17 julio 1953), pp. 1 y 12; «Municipio de
San Luis», Diario de Cuba, Santiago (1 febrero 1956); etc.
rendirse luego de un último esfuerzo de combate, llegando
luego su comandante a ser ganado políticamente por Fidel
Castro. Y bien, a poco que se examinen las razones del des­
enlace militar, se constata: nunca llegaron los abastecimientos
y refuerzos que, para salvarse del agotamiento, insistentemen­
te reclamaba el comandante José Quevedo. ¿Por qué? Las
razones convergen sobre el mismo factor de desmoralización:
a esa altura no hay quién en el ejército batistiano ose subir
a batirse en la sierra por más órdenes que su alto mando im­
parta desde La Habana.
Escuetamente se ha relatado una serie de acciones civi­
les de oposición al régimen cumplidas antes de iniciarse las
batallas militares decisivas. De ahí su valor. No quiere decir
que faltaran después, acompañando y afirmando las victorias
del Ejército Rebelde. Recordamos a título de ejemplo el boi­
cot a las elecciones de noviembre (primera quincena) de 1958.
Fulgencio Batista ha designado un candidato a presidente.
Pretende crear la impresión de otorgar una salida electoral al.
país. El repudio es masivo, estimándose que alrededor del
75 % de los inscritos se abstiene de votar.
¿Dónde estaba aquella impunidad batistiana de 1952?
Quedaba atrás junto al silencio de las masas que entonces
facilitara el golpe de estado. ¿De dónde venía la debilidad
batistiana de 1958? Otra vez de las masas: había cesado su
silencio para exigir en alta voz el final de la dictadura.
Acción militar, acción civil, una necesitaba de la otra.
Y en cuanto a la clase obrera, nos damos con el mismo juego
que respecto de las masas rurales. Allí hacía sentir su pre­
sencia en el seno de otro sector social, no obstante un esce­
nario que le era ajeno: no existía un solo establecimiento
fabril en la sierra. Y aquí tenemos a la clase obrera repercu­
tiendo dentro de un enclave más extraño aún: los cuarteles.
En suma, el proletariado cubano aporta a la revolución en
los siguientes frentes:
a) en las huelgas de 1955 y notoriamente de 1957 como
principal agente del desgaste que, dentro de la continuada
contienda civil que se da en el período, corroe el poder ba-
tistiano;
b) dada la específica estructura de clase que la vincula
a las masas rurales de oriente, interaccionado con éstas y, en
esa medida, haciéndose presente en la sierra, teatro de la
guerra de guerrillas (1956-1958);
c ) protagonista civil del segundo escenario de lucha ar­
mada, el llano, abriendo camino al Ejército Rebelde destine}
a La Habana (1958);
d) en la huelga final (declarada el primero de enero de
1959) decidida y puesta en marcha desde diciembre funda­
mentalmente en cuanto a no levantar la zafra, coadyuvando
a precipitar la elección de los hacendados de desligarse en
bloque de Fulgencio Batista;
e) en la misma huelga en el remate de la dictadura y
secuelas, al dar cumplimiento a una de las dos grandes ver­
tientes planteadas dentro de. la táctica revolucionaria, según
se acordara en el Pacto de Caracas.

De donde el acceso al poder del Ejército Rebelde encuen­


tra al proletariado cubano movilizado, se diría en pie de
guerra. Lo que ocurre después tiene que ver con ese grado
alcanzado en las condiciones subjetivas de masa. Los momen^
tos históricos subsiguientes plantearán las tareas de liberación
nacional y de paso al socialismo; y la audacia que agotará las
primeras y la decisión de adoptar el segundo tendrán en la
clase obrera su protagonista.
Y bien, las clases olvidadas cuya revaloración histórica,
decíamos, enriquece el panorama. A modo" de conclusiones
hemos pasado revista a las masas rurales de la sierra y al .
proletariado cubanos. Queda por considerar la cúspide de la
pirámide social, la burguesía azucarera. Por supuesto, su par-
ticipación en el período se da en distinta medida a las clases
recién mencionadas y a la que cupo a la pequeña burguesía
en sus sectores radicalizados. Para éstos y respecto de masas
rurales y proletario, un rol que puede calificarse de decisivo,
en tanto que el jugado por la burguesía azucarera se ubica
más bien como de refuerzo.
Ahora bien, la última expresión califica un específico y
complejo espectro de cuyo análisis aquí se trata. Como recor­
dábamos, lo reivindicativo, en función de los intereses de
clase, no está ausente en los hacendados. Informa y da con­
tenido a sus planteos. ¿Qué nos interesa de éstos? Funda­
mentalmente dentro de dos registros:

a) lo reivindicativo como actitud en defensa propia que


la clase propietaria por excelencia de un país dependiente se
ve forzada a asumir frente al mercado mundial;
b) y en tanto consecuencia sobre el plano político en
horas decisivas para la suerte de la nación.

Es el punto b quien da realce al punto a e informa para


qué sirve a en el caso de nuestro país y período. Un pleito
por mercados ¿queda en tal o tiene que ver en el destino
cubano? Hemos adelantado una respuesa afirmativa y cali­
brado el grado de la consecuencia política, llamándola de re­
fuerzo. Una expresión que presupone en un solo enunciado
una necesidad: sumar en dirección al objeto del momento his­
tórico —el derrocamiento de la dictadura— sin entrar a dis­
criminar en qué medida y tras cuáles fines el recién venido
hace su aporte.
Cuando se está empeñado en una guerra sin cuartel
—aquello de regresar «con la tiranía descabezada a los pies»
no era una bravata— difícilmente se dude: todo lo que suma
es bienvenido. Máxime si, como vimos, la situación se apre­
cia llegada a un punto de equilibrio de fuerzas que un bando
CONCLUSIONES

se apresta a romper a su favor. Nos referimos a la ofensiva


militar batistiana de mayo-agosto de 1958. En medio de ella,
Fidel Castro no descuida lo político. Siete meses atrás se
permitió romper con representantes de corrientes de partidos
tradicionales. Ahora, en situación, si no desesperada, difícil
—cercado militarmente y su movimiento 26 d e Julio bajo
los efectos del fallido llamamiento a la huelga del 9 de abril—
se recompondrá un acuerdo con políticos, donde figuran con­
notados hombres de confianza de la burguesía azucarera. Es
así como se abren consultas y relaciones que epilogarán el
20 de julio al prestar Fidel Castro su acuerdo al texto, en
adelante conocido como Pacto de Caracas.
¿De dónde viene ese nombre? Precisamente, tiene que
ver con lo característico de la situación. Cercado el Ejército
Rebelde, difícilmente alguien atravesará las líneas enemigas
para recoger la firma de Fidel Castro. De modo que éste
brinda su conformidad por radio desde su cuartel general en
la Sierra Maestra, comunicándose con exiliados cubanos resi­
dentes en la capital de Venezuela. Tal conformidad es tenida
por firma.
Hay también el hecho de la fuerza que otorga la unanimi­
dad. Tal cual fue relacionado, la actitud de los hacendados
se fue desvelando gradualmente. Primero, elementos aislados
hicieron oír su voz de protesta. Luego, úna corriente m rn-
ritaria se compuso en el seno de la burguesía azucarera. Y fi­
nalmente la clase en bloque, luego que su palabra «oficial»
sea dicha por boca de Julio Lobo, vuelve las espaldas a la
dictadura. Y bien, a medida que un paso sucede a otro, el
desgaje de los hacendados cobra un valor adicional: completa
el aislamiento del enemigo. Otorga la unanimidad social al
bando de la revolución. Compone un panorama que permiti­
rá proclamar inter y extrafronteras: el país está contra Ful­
gencio Batista.
Y esto último irá cobrando especial relieve a medida del
transcurso de 1958. Este año no significa el desplome de la
dictadura como un asunto que compete únicamente a los cu­
banos, sino el arribo al punto límite para la decisión de los
Estados Unidos. ¿Debían intervenir? En la segunda mitad del
año se hizo claro que Fulgencio Batista no ofrecía garantías
de estabilidad. En caso de operarse su relevo ¿quién le suce­
dería? Para el Departamento de Estado cabían dos alternati­
vas: dejar que los acontecimientos siguieran su curso o bien
intervenir para garantía de que ningún control dejara de
funcionar. Nos referimos a una vasta gama que va desde los
económicos —la cuota azucarera y el reguardo de las inver­
siones norteamericanas— a los militares —la misión instala­
da en La Habana y la base de Guantánamo— , sin olvidar los
requerimientos de una política internacional occidentalista.
Y bien, es así cómo la posibilidad de intervenir se baraja en
el Departamento de Estado y en otras altas esferas guberna­
mentales en esa segunda mitad del año 1958.
La intervención militar norteamericana no es un hecho
que pueda sorprender. Y menos en esa zona del globo, a
180 km de las costas de los Estados Unidos. Como referi­
mos en el primer capítulo, Theodore Roosevelt protagonizó
una de las más sonadas, ya en 1898. Desde entonces hubo
otras en la isla hasta arribados los años treinta. De ahí en
adelante la política intervencionista se desplazó hacía los gol­
pes de estado, como también se indicara. Éstos reemplazaron
a los marines. Pero no del todo. Sí por alguna circunstancia
la posibilidad del golpe de estado quedaba bloqueada, no es­
taba excluido retornar in extremis al viejo método.
Fue así cómo en 1954 un cuerpo armado invadió la centro­
americana Guatemala, colaboró eficazmente en el derroca­
miento del mandatario cuestionado, Jacobo Arbenz, y llevó
al jefe de la expedición, Carlos Castillo Armas, a la presi­
dencia. Otra operación de ese tipo fue intentada en 1961 con
el cuerpo armado que desembarcó en Bahía de Cochinos en
Cuba, sin lograr sus objetivos. Y un tercero, a cargo de mari­
nes, se registra en 1965 en la República Dominicana. De todos
estos episodios la responsabilidad fue asumida, aludiendo a
razones de seguridad hemisférica, por los Estados Unidos.
De modo que la intervención militar extranjera en las
áreas del Caribe y Centroamérica no era cosa del pasado y,
llegados los años cincuenta, continuaba pesando en las deci­
siones políticas. Toda empresa debía medir su dosis de auda­
cia en estos términos: ¿y si intervienen los Estados Unidos?
En cuanto a Cuba, bien que remontando su aparición a fines
de siglo, el fantasma había regresado con los recientes años
treinta. Fue cuando el gobierno nacionalista de izquierda
orientado por Antonio Guiteras. A la espera de los aconte­
cimientos La Habana vio anclar barcos dé guerra de los Es­
tados Unidos. Tras esa presión y otras canalizadas por la
misión Summer Welles, finalmente el golpe de estado se pro­
dujo elevando a la categoría de «hombre fuerte» al sargento
Fulgencio Batista.
Fidel Castro tuvo presente la eventualidad. Mayor era el
peligro a medida que la dictadura perdía estabilidad y la
guerra civil cobraba vigor. Un doble argumento proporciona­
ban las circunstancias a los Estados Uñidos: restablecer el
orden en su vecino y asegurar una zafra en nombre de su
abastecimiento de azúcar. Si se agregaba un tercer argumento,
el de un ejército de «comunistas» tomando el poder a 180 km
de sus costas, mientras la burguesía ponía el grito en el
cielo viéndose al borde de la expropiación... difícilmente se
conciben dudas en la decisión del Departamento, de Estado.
Pero la situación era otra. La burguesía azucarera tenía
pendiente su pleito con los remolacheros norteamericanos y,
encontrándose en fase de expansión, no miraba con buenos
ojos al capital extranjero sobre suelo cubano. Y, aun cuando
desconfiara, no alcanzó a medir el peligro que significaba el
Ejército Rebelde, dándose por satisfecha con las explicado-
nes programáticas que ofreció Fidel Castro. En esas condi­
ciones, advirtiendo el insalvable descrédito de la dictadura,
actuó de distinta manera que sus antepasados de 1898. No
era la ocasión para ningún reparto ni los hacendados estaban
en disposición de ello. De modo que no prohijaron la inter­
vención militar del vecino del norte para resolver problemas
que afectaban a la nación cubana. De ahí la importancia que
asumen las decisiones políticas de la burguesía azucarera. Pá­
rrafos atrás vimos a ésta como sector social que, restándose
al batistato, arroja la unanimidad opositora. Ahora la encon­
tramos en misión específica, a su medida, como parte inte­
grante del mundo de las relaciones internacionales: contribuir
a alejar el peligro de intervención.
En diciembre de 1958 las opciones para evitar la catás­
trofe azucarera no eran más que dos: desplazamiento de Ful­
gencio Batista o intervención norteamericana. La burguesía se
resolvió por la primera de las opciones. De ahí que la revo­
lución estuviera interesada objetivamente en desarrollar la
línea de contradicciones extrafronteras, aun al precio de pos­
poner las masas parte de sus reivindicaciones.
Así, pues, se entiende la convocatoria que el Pacto de
Caracas hace a los hacendados y cómo, entre sus firmantes
junto a Fidel Castro, se encuentren connotados políticos vincu­
lados a la burguesía azucarera, como el ex-presidente Carlos
Prío Socarrás y José Miró Cardona.5 Encontrándose ambos en
1958 exiliados en los Estados Unidos, saldrán de garantes
del Ejército Rebelde ante el Departamento de Estado.

5. José Miró Cardona será ungido como primer ministro del gobierno
surgido en enero de 1959, luego del triunfo del Ejército Rebelde. Perma­
necerá en el cargo poco más de un mes, siendo reemplazado .por Fidel
Castro. José Miró Cardona, como la mayoría de los firmantes del Pacto de
Caracas, se exiliará luego en los Estados Unidos. Dos años después, en
abril de 1961, aparecerá como cabeza civil de la fracasada expedición de
Bahía de Cochinos, sin llegar a desembarcar en Cuba.
CONCLUSIONES

¿Cómo llegó a darse la contingencia? Una serié dé inci-,


dentes, sucedidos en la segunda mitad del año, involucraron
a ciudadanos norteamericanos residentes en Cuba, algunos
miembros de la dotación de la base de Guantánamo, provin­
cia de Oriente. Llegan incluso a ser tomados prisioneros por
el Ejército Rebelde, sin conocimiento de Fidel Castro. Ente­
rado éste, ordena de inmediato les sea devuelta la libertad y
garantizada en adelante su seguridad. El hecho es que este
incidente, como otros, quiere ser aprovechado por la dicta­
dura, arreciando en su propaganda sobre el «comunismo» y
«antinorteamericanismo» del Ejército Rebelde y de Fidel
Castro.
La cuestión toma vuelo en la prensa, y es este último
quien debe salir al paso de las versiones. Fidel Castro emite
un documento donde explica malentendidos y revela manio­
bras de funcionarios del régimen y del gobierno norteame-
ricano destinadas a provocar incidentes o desnaturalizar otros,
a fin de dar pretexto a la intervención. En el mismo docu­
mento se reafirma la soberanía cubana y se hace constar el
agradecimiento a la gestión de civiles exiliados en los Estados
Unidos. Sin nombrarlo, se individualiza entre éstos a un in­
sospechado occidentalista, el recordado José Miró Cardona,6
Tampoco se trata de la única acción en conjunto que se em­
prendiera en el exterior. Ya con anterioridad civiles exiliados
habían contribuido al cese de la ayuda militar norteamericana
al ejército de la dictadura. Fue éste un golpe que le privó de
elementos de combate, y tal vez mayor resultó su efecto psi­
cológico: contribuyó a la desmoralización de sus tropas, tal
cual en uno de sus libros de memorias lo reconoce Fulgencio
Batista.
De todo esto salían gafantes los hacendados. No obstaba

6. Fidel Castro, La Revolución Cubana.


en la otra orilla el pleito planteado con los compatriotas re-
molacheros. ¿Qué le preocupaba en la emergencia al gobierno
de los Estados Unidos y a su encargado de relaciones exte­
riores, el Departamento de Estado? Más que la suerte par­
ticular de los remolacheros —cuyos abogados defienden sus
intereses en el Congreso— le importa la suerte general del
occidentalismo. ¿La disputa entre cañeros cubanos y remola­
cheros norteamericanos? Un pleito entre occidentalistas. Por
lo demás, la sangre no había llegado al río. La burguesía azu­
carera de la vecina isla sigue, pues, siendo asesora de con­
fianza para el Departamento de Estado. Y bien, los hacenda­
dos han venido inclinándose hacia el bando rebelde para, fi­
nalmente, abandonar a la dictadura a su suerte y dejar en
libertad de acción a Fidel Castro. Ello tranquiliza al gobierno
de los Estados Unidos y contribuye a que su decisión sea por
la no-intervención.
En el recuento de estas conclusiones hemos pasado 'de las
masas rurales y el proletariado a la burguesía azucarera. No
faltamos de advertir, como asimismo respecto de la pequeña
burguesía, del distinto grado de participación en el acaecer
del período. Valorando sus actitudes, y la de otro grupo so­
cial de cuya actividad se ha tratado, hemos confeccionado el
siguiente cuadro.
Cabe completar el cuadro 8 con una referencia sobre el
comportamiento dinámico de los componentes. Claro está, el
de refuerzo no sustituye ni desplaza al decisivo, pero coyun-
turalmente puede ponérsele a la par, y tal fue el caso antes
puntualizado de la burguesía azucarera.
Los hacendados cubanos apostaron y perdieron. Jugaron
a que el torbellino de los años cincuenta sirviera a sus inte­
reses — «que son los intereses de la nación», como todavía se
decía en vísperas de la caída de Fulgencio Batista— y el
torbellino fue más fuerte, arrastrándolos hacia un juego don­
de las apuestas serían más altas que sus intereses. La revo-
C uadro 8

Grado de participación y época de incorporación de sectores sociales,


los que se muestran más activos, al proceso revolucionario
del período 19 5 2 -19 5 9

Sector social Época de Componente Componente


incorporación decisivo' de refuerzo

núcleos
radicalizados 1953
pequeña X
burguesía grueso de 1958
la clase

dase obrera gradual entre


X
1955 y 1959

de la sierra
en oriente 1956-58
masas
X
rurales
a nivel 1958
nacional

núcleos en oriente
1957
no azucareros
X
de la a nivel
1958
burguesía nacional

hacendados
individual­ desde 1952
burguesía
mente X
azucarera
1958
en bloque *

* Como se destacara, incorporación debe entenderse aquí más bien


como apartam iento del batistato, es decir, adopción de una actitud de
neutralidad que objetivam ente era favorable a la revolución.
lución dio en 1952-1959 con un impensado aliado y la bur­
guesía azucarera aceleró la marcha hacia un destino por en­
tonces más impensado aún. Tumbada la dictadura, el período
cede lugar a los subsiguientes. Otros serán los objetivos y las
contradicciones de clase dominantes a partir de 1959. No
aceptará la burguesía azucarera y terrateniente pagar el precio
de la reforma agraria para continuar gozando de apoyo en
su disputa por los mercados. Toda tarea de liberación nacio­
nal acabará por serle irritante y rápidamente será cancelado
el compromiso establecido con las masas rurales y la clase
obrera, alistándose la burguesía junto a su reciente adversa­
rio, el capital extranjero.
Pero esta es ya otra historia. Y nuestras notas no van más
allá de un período de la revolución cubana, y no tratan sino
de las clases olvidadas. Tal vez en adelante lo sean menos.

Argentina, n o v iem b r e d e 1977.


ÍNDICE

I n t r o d u c c i ó n ............................................................................. .. ..7

Un país de rostro vuelto hacia afuera . . . 1 3

1. La burguesía a z u c a r e r a ............................................21
Siglo x ix : La expansión azucarera para la apertura
r e p u b lic a n a ............................................................22
Caracterización de fuentes . . . . . . 35
Siglo xx: La restricción azucarera para el epílogo
re p u b lic a n o ............................................................37

2. La clase obrera . . . . . . . . 65
La estructura de c l a s e ...........................................73
Accionar de la clase y coyuntura política . . . 76

3. Las masas rurales ............................................................ 101


Quiénes convocan ....................................................106
Quiénes acuden . . . . . . . . 123

C o n c lu s i o n e s .................................................................... 139