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Homilía de Nuestro Padre Servando Nieto Guerrero

Octubre 4, 2018
A los hermanos en la casa general

En el mensaje del Evangelio de hoy, como cada mensaje que Cristo nos da,
en cualquier parte del Evangelio, es muy profundo. Cuanto debemos preguntarnos
si realmente recibimos a Cristo cada día en nuestra mente, en nuestro corazón, su
palabra, el contenido profundo de su palabra: Sepan que el Reino de los cielos ya
se acerca, arrepiéntanse y crean en el Evangelio. Muchas veces pensamos que se
tiene que arrepentir los malos, los viciosos, los adúlteros, los ladrones, los asesinos,
los de otros países que no han oído nunca del Evangelio, pero no nos examinamos
nosotros si realmente hemos recibido hasta el fondo de nuestro corazón el
Evangelio de Jesucristo. Porque recibir el Evangelio de Jesucristo es recibir al
mismo Cristo y vivir la vida de Cristo.
Podemos ahora tomar como referencia el contenido de la primera lectura,
tomado del libro de Job, la primera lectura, un hombre de fe. Estaba tirado en un
basurero lleno de llagas. Había sido un hombre rico y feliz humanamente hablando,
abundancia de todo, esposa, hijos, ganados, terreno, cosechas, etc., y de pronto
Dios permite que el demonio le quite todo, y lo toque a el mismo en su cuerpo, no
en su alma, porque nunca lo hizo dudar de la fidelidad de Dios. ¡Eso es recibir el
Evangelio! ¡Eso es recibir el Evangelio! Allí tirado donde estaba, hecho toda una
llaga, dice: Yo sé que mi defensor vive y que yo lo voy a ver con estos mismos ojos
el día de la resurrección.
¡Qué hermoso es cuando un cristiano, religioso, religiosa, laico, sacerdote,
quien sea, piensa siempre, vive y se expresa de esta manera! Cuanta fe
necesitamos para, realmente, recibir a Jesucristo, que es el mismo Evangelio vivo
que viene de parte del Padre.
Hoy celebramos la fiesta de San Francisco de Asís, un santo muy bonito, muy
conocido, muy querido, pero no imitado. Porque así nos gustan los Santos a
nosotros: Qué bonita la virgen, pero allí que se quede la Virgen, dicen las
muchachas, con su virginidad, yo me voy a buscar quien quiere gozar de mi
virginidad. Así somos. San Francisco: ¡qué chulo, tu rostro seráfico, tus manos todas
sangrantes, las llagas de Cristo! Y lo contemplo, y hasta siento como que ya me
salió sangre del corazón, ya estoy chorreando en sangre, pero mi vida ¿cómo anda?
¡siempre resistiéndome a lo difícil, sacándole la vuelta a lo difícil y buscando lo fácil!
El relajo; Hablar hasta por los codos cuando es silencio; comerme lo mejor; buscar
lo más fácil cuando es la hora de trabajar; no cumplir con las tareas, hacer como
que cumplo, pero allí nada más para taparle el ojo al macho, pero no cumplo en
realidad. Y así estamos todos, caminamos en rastra, a veces hasta los pies
físicamente arrastramos. Hay jóvenes que digo: Será un viejito de cien años
¿porque arrastra los pies? El otro día hasta le cambie los zapatos a uno a ver si ya
no se oía que arrastraba tanto los pies. Las sillas en el comedor ¡grrrw! Y no se nos
puede meter en nuestra cabecita que podemos hacer menos ruido. No. ¡Al hay se
va! Por eso engordamos para todos lados. Nuestras carnes se van para allá y para
acá, la panza para enfrente y las pompas para atrás, como las calabazas que guían
y se trepan por aquí y por allá. ¡No! ¡Ascesis!
Fíjense como le hizo “Francisco de Asís” que era orgulloso, pedante, rico,
creído, como el peor de nosotros. Pero Dios lo tocó con su gracia y él se dejó tocar,
se dejó tocar.
“Si de algunos de todos los seres deformes he importunados del mundo, se
apartaba instintivamente con horror, Francisco, era de los leprosos. Un día que
paseaba a caballo por las cercanías de Asís le salió al paso uno (un leproso) y por
más que le causaba no poca repugnancia y horror, para no faltar, como transgresor
del mandato, a la palabra dada, saltando del caballo corrió a besarlo, y al extenderle
el leproso la mano en ademán de recibir algo, Francisco, besándosela le dio dinero,
volvió a montar el caballo, miró luego a uno y otro lado, y aunque era aquél un
campo abierto, sin estorbos a la vista ya no vio al leproso.” Era Cristo en forma de
leproso. “Leno de admiración y de gozo por lo acaecido, pocos días después trata
de repetir la misma acción. Se va al lugar donde moran los leprosos y se tumba
dando dinero a cada uno y les besa la mano y la boca. Así toma lo amargo por dulce
y se prepara varonilmente para realizar lo que le espera.”
Que nosotros por la intercesión de San Francisco de Asís, que ruega por
nosotros en el cielo, seamos capaces de tomar por dulce lo amargo, por fácil lo
difícil, y entonces sí empezaremos a caminar por el camino del Evangelio, por el
camino de la santidad.