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SUCRE:
DE LA GLORIA AL MARTIRIO

Biografía de Antonio José de Sucre,


Gran Mariscal de Ayacucho
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Dedicatoria

A mis hijos:
Orlando José, José Gabriel y Tania Amaya.
A mi esposa Lucy,
A mis padres,
A mis suegros y cuñados,
A todos mis familiares.
A mí amada Venezuela,
A mí adorada Bolivia,
Al Perú que tanto admiro
Y, de manera muy especial,
A la memoria del Gran Mariscal de Ayacucho,
Antonio José de Sucre y su Ejército de Héroes.
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Agradecimientos

Al Comandante Hugo Chávez Frías:


Por enseñarnos a querer a Bolívar.
A Bolivia y Venezuela:
Por darme la oportunidad de servir
a la hermosa causa de la revolución
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ÍNDICE

Presentación.............................................................11
Introducción.............................................................13
Capítulo I: Berruecos: Cita con la muerte............15
La última travesía......................................................17
Junio mortal...............................................................36
Capítulo II: Venezuela: la forja de un héroe.........47
El linaje de los Sucre-Alcalá......................................52
Sucre en Caracas........................................................58
Sucre al servicio de la revolución..............................62
Capítulo III: Sucre precursor del Derecho
Internacional Humanitario.....................................71
La Guerra a Muerte....................................................73
Sucre, el mediador de Bolívar....................................80
Los Tratados de Armisticio y Regularización
de la Guerra:
El alma de Sucre pintada en un papel........................90
Capítulo IV: Pichincha, “Ecuador en la Cima
de la Libertad”........................................................113
La independencia de Guayaquil...............................118
La Campaña de Pichincha........................................120
Rumbo al Sur...........................................................122
El sabor agridulce de la guerra:
Yaguachi y Huachi...................................................127
Guayaquil frente a un mar de intrigas......................139
Quito: la hora de la verdad.......................................143
La Batalla de Riobamba...........................................156
El camino de las dificultades....................................158
Composición de las fuerzas beligerantes.................162
Pichincha: ruge el volcán de la libertad...................167
La Capitulación de Pichincha..................................173
Sucre atrapado (para siempre) en Quito..................178
8
Capítulo V: Ayacucho, “Cumbre de la
Gloria Americana”.................................................183
Las campañas de Intermedios..................................185
Sucre arriba al Perú..................................................189
El Libertador en Lima..............................................193
La Batalla de Junín...................................................194
La victoria no aleja las dificultades..........................195
Corpahuayco............................................................201
Sucre toma posesión del terreno..............................205
La Batalla de Ayacucho...........................................206
Sucre vencedor y magnánimo:
La capitulación de Ayacucho...................................219
Capítulo VI: Bolivia, la obra maestra..................229
Olañeta y el final de la causa realista en América....241
El camino de la Asamblea Deliberante....................243
La instalación de la Asamblea.................................253
Bolívar arriba al Alto Perú.......................................267
La apoteosis de Potosí..............................................269
La soberana decisión de la Independencia...............271
La primera presidencia de Sucre..............................281
La presidencia constitucional...................................302
Cobija (La Mar) primer puerto de Bolivia...............304
El motín de Chuquisaca, Sucre se despide
de Bolivia.................................................................307
Capítulo VII: El último suspiro de Abel..............343
El crimen al descubierto...........................................353
La reacción de Obando.............................................357
El juicio de los hombres...........................................363
El tribunal de Cruz Verde.........................................370
Anexos.....................................................................373
Fuentes consultadas...............................................389
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Gran Mariscal de Ayacucho. Luis Cadenas (1895).


Colección Museo Bolivariano de Caracas.
Foto: Orlando Rincones
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PRESENTACIÓN
El Mariscal Antonio José de Sucre, fue el segundo
presidente de la República de Bolivia. Originario de la
ciudad venezolana de Cumaná, hijo de Vicente Sucre
y Urbaneja y de María Manuela de Alcalá, nacido en
1795. A sus 15 años se fue a la capital de Venezuela,
Caracas a estudiar ingeniería militar, allí participó en
la revolución y estuvo con Bolívar, cuando éste fue
a Nueva Granada, actual Colombia, con la misión
libertaria.
Fue uno de los héroes de la independencia latinoamericana
más laureados y admirados. Se destacó notablemente en
las numerosas victorias que logró en los campos de batalla
evidenciando su talento innato para dirigir tropas. De esta
manera consiguió triunfos fundamentales para liberar
al continente del dominio español, siendo la Batalla
Ayacucho su mayor obra bélica. Como político ejerció,
entre otros varios cargos, la presidencia de Bolivia y
se preocupó por los servicios públicos y el correcto
funcionamiento de la administración pública.
También impulsó políticas relacionadas con la abolición
de la esclavitud y un mejor trato hacia los indígenas.
Asimismo, resaltó como diplomático llegándose a
transformar en el precursor del derecho internacional
humanitario.
Fue una de las figuras más completas de la época
independentista. El historiador Tomás Polanco Alcántara
en su biografía del Mariscal Sucre manifestó que, “el
símbolo de la continuidad de Bolívar era Antonio José
de Sucre. Paulatinamente, por su talento personal,
por sus dotes intelectuales y por su espíritu, digno y
limpio, Sucre se fue convirtiendo en el complemento
indispensable de Simón Bolívar”. Respetado por los
argentinos, los chilenos y los peruanos, admirado por los
bolivianos y quiteños, sin enemigos en Venezuela y en
la Nueva Granada y con todos sus antecedentes, Sucre
12
estaba destinado a ser el natural sucesor de Bolívar. Sin
embargo eso no sucedería. De camino a Quito, adonde
iba a reunirse con su familia, fue emboscado y asesinado
el 4 de junio de 1830 en la sierra de Berruecos, ubicada
en Colombia. Al escuchar las noticias de su muerte
Bolívar dijo: “Lo han matado porque era mi sucesor”.
El Ministerio de Trabajo, Empleo y Previsión Social
del Estado Plurinacional de Bolivia se complace en
presentar el libro Sucre: de la gloria al martirio del
historiador venezolano Orlando Rincones Montes
(Caracas, 24 de junio de 1968), documento importante
para estudiar no sólo la figura del Gran Mariscal de
Ayacucho sino también para comprender el surgimiento
de la nación boliviana tras la Guerra de la Independencia
librada en estas tierras contra la corona española.

Ministerio de Trabajo, Empleo y Previsión Social


La Paz, octubre de 2018
13
INTRODUCCIÓN
Escribir sobre la vida y obra de Antonio José de Sucre
resultará siempre una empresa complicada, muchos
autores, empezando por el propio Libertador Simón
Bolívar, han abordado extensamente todos los campos
de su polifacética figura.
No obstante lo anterior, a 223 años del natalicio del Gran
Mariscal de Ayacucho, hemos asumido el trascendental
reto de presentar desde Bolivia -fruto hermoso de su
obra y de la firmeza de sus ideas- un sencillo pero
significativo homenaje a la excelsa vida del hombre,
del estadista y del guerrero, figura ilímite de la gloriosa
empresa de la libertad americana. Este homenaje no es
otro que el libro que hoy tienen en sus manos Sucre: de
la Gloria al Martirio.
La vida de Sucre fue un arduo y permanente batallar, una
lucha constante en medio de dificultades y tormentas que
pocos habrían sido capaces de superar. Su envidiable talento,
su infatigable actividad y su fe irrenunciable en Bolívar y
en la causa de la revolución americana le permitirán salir
airoso en medio de las más grandes adversidades.
Sin embargo, pese a sus múltiples y reconocidas
virtudes, la paradigmática figura de Sucre es poco
conocida, especialmente entre los más jóvenes.
El 3 de febrero de 2005, en el acto de lanzamiento
del Programa de Formación de Médicos Integrales
Comunitarios de la Misión Sucre en Caracas, Venezuela,
el comandante eterno de la Revolución Bolivariana,
Hugo Rafael Chávez Frías, hacía la siguiente reflexión:
Sucre es poco conocido en Venezuela…hay
que ir a las semillas de Sucre, a su origen…
Debemos hacer un compromiso, debemos
todos ser como Sucre, un ser noble, el general
del soldado como lo llamó Bolívar (Salame,
2009:499).
14
Pero esta situación acontece no sólo en Venezuela,
lamentablemente Sucre es también poco conocido en
Bolivia. Pese al respeto y al cariño que despierta la sola
mención del nombre de Sucre en todos y cada uno de los
habitantes del ahora Estado Plurinacional, el Gran Mariscal
de Ayacucho es todavía un personaje profundamente
desconocido para el ciudadano común. Pese a que su
nombre está asociado a un sinfín de instituciones, de toda
índole, es muy poco lo que los bolivianos sabemos acerca
de la vida y obra de Antonio José de Sucre.
Ser como Sucre demanda conocer a Sucre. La presente
obra, más que una elaborada biografía, pretende ser una
mirada apasionante y emocionada, desde la dimensión
del héroe inmaculado, pero también desde la de ese
noble ser humano conducido irremediablemente al
holocausto por los enemigos de Colombia, de Bolívar
y de la unidad continental.
Desde Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia el lector
encontrará plasmados en estas líneas los momentos
estelares en la vida de Sucre: sus años mozos en
Venezuela, sus comienzos en las filas de la Revolución
Americana, los Tratados de Regularización de la Guerra,
el triunfo de Pichincha, la apoteosis de Ayacucho y su
trascendental desempeño como fundador y presidente
de Bolivia, todo ello precedido y sucedido a la vez
por el abominable crimen de Berruecos, un atrevido
gesto literario que pretende mover tempranamente las
emociones del lector al colocarlo de entrada frente a
lo trágico, a lo absurdo, a lo cruel y al despropósito
de aquellos que vanamente pretendieron con su
eliminación física borrarlo de la historia. En pocas
palabras, una vida heroica y fecunda, pero condicionada
por un signo trágico que le acompañó de principio a fin.

ORLANDO RINCONES
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CAPÍTULO I
BERRUECOS:
CITA CON LA MUERTE

“Sucre es caballero en todo; es la cabeza


mejor organizada de Colombia; es metódico;
capaz de las más altas concepciones; es el
mejor general de la República, y el primer
hombre de Estado.
Sus ideas son excelentes y fijas; su moralidad
ejemplar; grande y fuerte su alma.
Sabe persuadir y conducir a los hombres;
los sabe juzgar”
Simón Bolívar
Diario de Bucaramanga,
11 de mayo de 1828
16
17
Corrían los primeros días del mes de diciembre del
año 1839 y la ciudad de Pasto se convertía de nuevo
en el epicentro de un hecho de gran trascendencia para
Colombia y la América. No se trataba esta vez de la
rebeldía y de las sublevaciones armadas que la hicieran
célebre en tiempos de la independencia, no, se trataba
de la estremecedora, franca y terminante declaración
instructiva de un detenido ante un juez de esa ciudad,
una declaración que abría de par en par una de la heridas
más hondas y dolorosas en la historia americana:
“En Pasto, a 2 de diciembre de dicho año (1839), el
señor Juez, en virtud de lo mandado, hizo comparecer
a su juzgado a un hombre preso en el cuartel San
Agustín, en este lugar, a quien libre de prisiones se le
exigió bajo su palabra conteste verdad a las preguntas
que deben hacérsele, y prometiéndolo así se le
interrogó:
“Preguntado cómo se llama, de donde es natural
y vecino, y qué edad, estado y oficio tiene, dijo:
llamarse Apolinar Morillo, natural de Venezuela, y
avecindado en Cali, de cosa de cincuenta y cinco
años de edad, de estado soltero y su ocupación
ha sido el servicio de las armas, hasta obtener el
grado de Coronel, de que se haya retirado gozando
la tercera parte de su sueldo, y responde.
“Preguntado quién le prendió, en dónde y por qué
causa, dijo: que fue preso en Cali de orden del señor
Gobernador de aquella provincia, y que expresaba
ser por resultar cómplice de la muerte del
General Antonio José de Sucre”. (Aristeguieta,
1974: 86-87; Villanueva, 1995: 510-511)

La última travesía
El 15 de mayo de 1830, en medio de la lluvia y el frío
18
de Bogotá, un celebérrimo hombre parte de esa ciudad
con destino al sur, le anima un firme e irreversible
deseo de retornar cuanto antes al seno de su familia. El
ansioso viajero lleva en su rostro la tristeza de recientes
frustraciones y en su brazo y mano derecha las huellas
de la ingratitud de los hombres1. Se trata del Gran
Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, quien
después del Congreso Admirable, y de la frustrada
negociación con Venezuela en procura de mantener la
integridad de Colombia, siente que ya nada tienen que
hacer en la Nueva Granada y fija ahora su atención en
regresar a su hogar en Quito, engalanado hace casi un
año ya con la presencia de un pequeño retoño: Teresa
Sucre Carcelén2, su hija con la Marquesa de Solanda.
Como si no fueran ya muchas -y muy pesadas- las
cargas que el joven héroe lleva sobre sus hombros, un
profundo dolor azota su corazón: la desilusión de no
haber podido encontrar a Bolívar en Bogotá antes de
la partida de éste hacia la costa atlántica colombiana.
Mi General: cuando he ido casa de ud. para
acompañarlo, ya se había marchado. Acaso es esto
un bien, pues me ha evitado el dolor de la más penosa
despedida. Ahora mismo, comprimido mi corazón,
no sé qué decir a ud. Mas no son palabras las que
pueden fácilmente explicar los sentimientos de mi
alma respecto a Ud.; Ud. los conoce, pues me conoce
mucho tiempo y sabe que es no es su poder, sino su
amistad la que me ha inspirado el más tierno afecto
a su persona. Lo conservaré, cualquiera que sea
la suerte que nos quepa, y me lisonjeo que ud. me
conservará siempre el aprecio que me ha dispensado.
Sabré en todas circunstancias merecerlo.

1 Heridas producidas en el motín de Chuquisaca (Bolivia) el 18 de


abril de 1828.
2 Nacida en Quito el 10 de julio de 1829 (Villanueva, 1995: 479).
19
Adiós, mi General, reciba ud. por gaje de mi
amistad las lágrimas3 que en este momento
me hace verter la ausencia de Ud. Sea Ud. feliz
en todas partes y en todas partes cuente con los
servicios y con la gratitud.
De su más fiel y apasionado amigo4,
A.J. de Sucre
(Sucre a Bolívar. Bogotá, XVIII-V-1830. En:
Sucre, 1981: 560-561)
No marcha sólo el Mariscal, lo secunda una pequeña
comitiva: el diputado por Cuenca D. Andrés García
Tellez5 y su sirviente “el negro Francisco”, los sargentos
Ignacio Colmenares y Lorenzo Caicedo (asistente de
Sucre) y dos arrieros que conducen las mulas con los
equipajes. Las ciudades de Neiva, Popayán, Pasto y
Quito se encuentran en la bitácora de los viajeros.
Desoyendo miles de advertencias; incluyendo la del
propio Vicepresidente y buen amigo, Domingo Caicedo;
Sucre desiste de viajar por vía marítima, a través del
Puerto de Buenaventura, y emprende una larga y
peligrosa travesía por una ruta, que si bien es cierto
conoce suficientemente (por haberla transitado varias
veces), es la célebre morada de decenas de bandoleros
y enemigos de la Patria, nos referimos al camino
Neiva-Popayán-Pasto. Desesperado por colocar el
menor número de horas posibles entre él y su familia,
Sucre desestima concejos y rechaza escoltas tomando,
tercamente, el camino que lo conducirá a la muerte.
Pero la suerte de Sucre estaba echada mucho antes
de partir de Bogotá, independientemente del camino
3 Negrillas del autor
4 Para este y todos los documentos insertos en la presente obra se
respetan la ortografía y redacción original.
5 Diputado ante el Congreso Admirable
20
que seleccionara en su tránsito hacia Quito la muerte
esperaba por él, así lo habían decidido lapidariamente
los enemigos de Bolívar y de la unidad colombiana6.
Pese al tiempo transcurrido, las oscuras fuerzas
complotadas contra Bolívar en septiembre de 1828 no
habían cesado su actividad7. Frustrado el magnicidio y
seguido el debido proceso a los conspiradores8, era de
esperarse que la estabilidad política retornara a la Nueva
Granada, sin embargo el “Clan Septembrista” continuaban
obrando activamente para acabar con el padre de la Patria
(Rumazo, 1976). Asociados en una suerte de “Club” que
funcionaba en el centro de Bogotá (Barona, 2006: 123), los
liberales antibolivarianos habían puesto ahora su atención
en Sucre, único hombre capaz de sostener la Integridad
colombiana. El legítimo sucesor de Bolívar, y depositario
de su más tierno afecto, tenía los días contados.
Un testimonio importante sobre la naturaleza y origen
del complot lo ofrece José María Quijano Wallis9,
diplomático, abogado y político colombiano de amplia
trayectoria en Europa (especialmente en Italia), quien
recoge en sus memorias una serie de confidencias
privadas que en su momento le hiciera el ex presidente
colombiano (1882) don Francisco Javier Zaldúa. Sobre
el particular tema del asesinato de Sucre refiere:
En Bogotá se había establecido el Comité directivo
antibolivariano que tenía sucursales o dependencias

6 185 años del asesinato del asesinato del Mariscal Sucre. Publicado
en el Diario La Razón (La Paz), p.E15, el 7 de junio de 2015. Suplemento
“El Animal Político”. Disponible en: http://www.la-razon.com/index.
php?_url=/suplementos/animal_politico/anos-asesinato-Mariscal-
Sucre_0_2283971747.html
7 Nos referimos a la noche del 25 de septiembre de 1828,
8 Hechos que derivaron en la expulsión del Vicepresidente Santander
de Colombia.
9 Nacido en Popayán el 20-7-1847, fue miembro de la Real Academia de
Jurisprudencia, presidente de la Academia Colombiana de Jurisprudencia y
miembro de la academia Colombiana de Historia.
21
en varios puntos de la República. Este Comité
existía desde 1827, y se había conformado para
combatir la dictadura de Bolívar (...) En una de
las reuniones nocturnas del Comité, los directores
contemplaron la situación política en relación con
el viaje del General Sucre para el Ecuador, con
el objeto ostensible, según se decía, de impedir
la separación de este Departamento de la Gran
Colombia (...) Después de una larga deliberación
que duró hasta las cuatro de la mañana, el Comité
directivo decretó, por unanimidad, la muerte del
General Sucre. (Pérez y Soto, 1924b: 302-303)
El Club de asesinos no da respiro a Sucre. Antes de su
partida es vigilado por decenas de ojos criminales en
la ciudad de Bogotá; los forajidos lo acechan en todas
partes, siguen sus pasos, toman nota de sus aprestos
y del volumen de su comitiva; cualquier información
es importante para asegurar el éxito de la empresa
fratricida. Ciertamente son días oscuros y de infeliz
recordación para la Patria, cuando el más preclaro de
sus arquitectos hallábase convertido en codiciada pieza
de cacería.
Adoptada la fatal resolución, los conjurados activan
un plan para acorralar a Sucre y reducirlo, sea cual
fuere el camino que éste decidiera tomar. Al respecto
el general Tomás Cipriano Mosquera, presidente de la
Nueva Granada (1845-1849) y de los Estados Unidos
de Colombia (1863-1864 y 1866-1867), refiere en sus
memorias lo siguiente:
El bogotano don Genaro Santamaría fue de los
asistentes al famoso “Club” instalado en casa
de don pancho Montoya, y concurrió a la sesión
donde se decretó el asesinato de Sucre, y refería,
“que adoptada esa medida, se comunicó a Obando
para suprimirlo si iba por Pasto; al General
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Murgueitio, si iba por Buenaventura y al General
Tomás Herrera10, si iba por Panamá”. (Cova, 1995:
254; Barona, 2006: 124)
Sucre no tenía escapatoria, una vez que el héroe
abandona la ciudad y toma el camino del sur varias
postas son despachadas en diferentes direcciones. Casi
junto con Sucre sale de Bogotá una posta privada con
pliegos escritos por Luis Montoya, la misma se dirige
a Neiva para anunciar la puesta en marcha del mariscal
y su grupo. De Neiva a Popayán parten otros emisarios
con la noticia, y de allí a Pasto -a manos de Obando-
para acelerar los preparativos finales del magnicidio.
Los emisarios de la muerte habían cumplido su
cometido, el camino del Mariscal Sucre hasta Pasto
estaba minado y la macabra función, dirigida ahora por
Obando, lista para su acto final (Rumazo, 1976).
José María Obando, natural de Guengué (Corinto)
en el Cauca colombiano, había servido en el Ejército
Realista bajo las órdenes de Sebastián de la Calzada,
pero en febrero de 1822, aprovechando el cese general
de hostilidades pactado entre Sucre y Tolrá, celebra un
armisticio de un mes con el general venezolano Pedro
León Torres y se dirige a Cali para conocer a Bolívar
(Duarte, 2008). Una vez en Cali el Libertador le trató
con deferencia y le inculcó ideas republicanas por lo
que no tardó en cambiar de bando y unirse a las filas
republicanas. Si bien es cierto que en 1822 Obando
(en ese entonces teniente coronel) abrió las puertas
de Pasto al Ejército Libertador, es también cierto que
esto fue lo único que hizo por la causa independentista.
Influenciado por Santander (que lo asciende a coronel
sin haber librado una sola batalla por la libertad) la
adscripción de Obando a Bolívar duraría muy poco.

10 Militar y patriota panameño que combatió en Ayacucho (9-12-1824)


como capitán del Batallón Voltígeros de la División Córdova. Llegó a ser
presidente de la Nueva Granada (1854).
23
Bajo el pretexto de sostener la Constitución de Cúcuta11,
el 12 de octubre de 1828, Obando se alza junto a José
Hilario López en contra del gobierno del Libertador y
-lo más grave e insólito aún- atenta descaradamente
contra la soberanía de su patria al procurar el apoyo del
Perú para su causa. La Mar (presidente peruano nacido
en Cuenca) había invadido con un poderoso ejército las
provincias del sur de Colombia y Obando “siempre en
contubernio con la traición” (Aristeguieta, 1974: 41)
está dispuesto a cooperarle. En su primera proclama
revolucionaria en Timbío (12-10-1828) Obando
manifiesta: “La poderosa Perú marcha triunfante sobre
ese ejército de miserable (el Ejército de Colombia)”,
asegurando descaradamente que “El Perú triunfante
de Bolivia o de Colombia marchaba a proteger su
alzamiento” (Restrepo, 1858: 149-150; Le Gouhir,
1924: 3). La derrota del Perú en Tarqui (27-2-1829),
a manos del glorioso y magnánimo Sucre, impidió
que Obando consumase su parricida plan de aliarse a
las fuerzas extrajeras para combatir a sus hermanos
de Colombia12 (Aristeguieta, 1974: 38). El Libertador
pacificará Pasto y Popayán dando una amnistía a los
rebeldes y brindando un nuevo espaldarazo a Obando,
noble gesto que no tardará en devolver el general
“colombiano” derramando la sangre de Abel13.

11 Nos referimos a la segunda Constitución de la Gran Colombia, sancionada


por el Congreso General de esa nación el 30 de agosto de 1821, en Villa del
Rosario de Cúcuta.
12 Aún sin Bolívar y Sucre en la vida política de Colombia, Obando va a
continuar conspirando en contra de su patria. En 1841 se dirige a Gamarra
en éstos términos: “Hace cinco meses que nos anunciaron la marcha de
usted para acá, y esta esperanza ha hecho hacer movimientos que se han
frustrado (…) Guayaquil puede ser tomado sin ningún esfuerzo (…) no
marchen separados como en 1829, que produjo ser batida la vanguardia
(…) Marche hasta Pasto, que todos los pueblos del Ecuador lo bendecirán
y nosotros seremos obligados a un eterno reconocimiento” (Aristeguieta,
1974: 41).
13 Sobre Obando Bolívar comenta a O´Leary: “Más malo que López,
peor si es posible. Es un asesino, con más valor que el otro (José Hilario
López); un bandolero audaz y cruel; un verdugo asqueroso, un tigre feroz,
24
Los temores expresados por el Vicepresidente Caicedo
unos meses atrás se confirmaban dramáticamente: “el
puñal del 25 de septiembre puede afilarse otra vez…Yo
temo hasta por el General Sucre” (Cova, 1995: 254).
El juicio de la historia demanda conocer a los miembros
del “Club”, instancia separatista que operaban en la
Nueva Granada con las mismas intenciones que Páez en
Venezuela, es decir en procura de constituir en ambas
secciones de Colombia repúblicas independientes.
La lista es larga, en ella sobresalen los nombres del
ya mencionado Luis Montoya, así como de Manuel
Antonio Arrubias, Ciprián Cuenca, Ángel María Flores,
Vicente Azuero y el doctor Juan Vargas, uno de los
editores del periódico bogotano El Demócrata, perverso
instrumento mediático antibolivariano que cumpliría el
repugnante rol de enlodar la imagen de Sucre ante la
opinión pública, justificando así, de alguna manera, su
inminente eliminación (Rumazo, 1976: 230).
El martes 1 de junio de 1830, fecha para la cual ya debía
haberse consumado el crimen, el número 3 de El Demócrata,
solicita temerariamente y sin mayores escrúpulos que
Obando “haga con Sucre, lo que no hicimos con Bolívar”,
no sin antes verter decenas de injurias, calumnias y
descalificaciones sobre el inmortal héroe de Ayacucho.
A continuación la transcripción del repugnante artículo
aparecido en las páginas 4 y 5 del citado pasquín:

SEDICIÓN CRIMINAL
Acabamos de ver con asombro, por cartas que he­mos
recibido en el correo del sur, que el General A. José
no saciado todavía con toda la sangre colombiana que ha derramado. Por
último, son dos forajidos (Obando y López) que deshonran el ejército a que
pertenecen y las insignias que llevan; dos monstruos que preparan nuevos
días de luto y de sangre a Colombia en compañía con su digno amigo, el
obispo de Popayán” (Luis Perú de Lacroix, Diario de Bucaramanga: 94).
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de Sucre ha salido de Bogotá ejecutando fielmente
las órdenes de su amo, cuando no para elevarlo otra
vez, o a lo menos para su propia exaltación sobre las
ruinas de nuestro nuevo gobierno. Antes de salir del
Departa­mento de Cundinamarca empieza a manchar
su huella con ese humor pestífero, corrompido y
ponzoñoso de la disociación. Cual otro Leocadio
lleva el proditorio intento de minar la autoridad del
gobierno en su cuna, ridiculizándole y burlándose
aún de su misma generosidad. Bien cono­cíamos su
desenfrenada ambición, después de haberle visto
gobernando a Bolivia con poder inviolable; y bien
previmos el objeto de su marcha acelerada, cuando
di­jimos en nuestro número anterior, hablando de las
últi­mas perfidias de Bolívar, que éste había movido
todos los resortes para revolucionar el sur de la
República. Pero hablemos de lo que actualmente
sucede.
Va haciendo alarde de su profundo saber, fundado
en que no se le permitió entrar a Venezuela
temiendo el influjo de sus talentos. Se lisonjea
de observar una política doble y deslumbradora.
Afirma que los liberales y pueblo de Bogotá, es
lo más risible, lo más ridículo que ha visto, que
son entusiastas de boca y nada más, puesto que
el general Portocarrero, dejando toda su tropa en
S Diego, volvió solo a la ciudad, estuvo en una
posada pública, sin que nadie osase decirle una
palabra: que se reunieron unos pocos liberales,
cuando ya la tropa había manifestado irse para
Venezuela. En fin, osa decir, denun­ciando sus
aleves intentos, que si todos los pueblos son así,
está seguro de cantar victoria en todos ellos. Dice
además contra el gobierno, que el actual Excmo.
Sr vice­presidente de la República sólo tiene
26
capacidad para oír demandas verbales; que carece
de talentos para inter­venir en el gobierno, pues que
actualmente no sabe lo que debe hacerse: niega la
aptitud de todos los ministros y tiene el descaro
de asegurar que en toda la Nueva Gra­nada no hay
quien pueda desempeñar estos destinos. Se burla
de que se piense en la restauración del orden; y
manifiesta su conato, su decisión por separar los
pue­blos del sur.
Sería difícil marcar cuál de estas aserciones es
más fatua, más atrevida, más subversiva, más
calumniosa, más llena de esa voraz ambición que le
destroza las en­trañas, y que en vano procura cubrir
con una risa falaz y maligna. ¡Ved, colombianos,
el más digno de los Gene­rales de Colombia! Pero
él tiene razón cuando dice que en vano se procura
restablecer el orden; él está al cabo de todos los
planes para insurreccionar las tropas, él mismo es
un agente de esta intriga, él ve en la generosidad
de nuestro gobierno apenas debilidad e ineptitud.
Ya empiezan a germinar las consecuencias de no
haberse permitido al pueblo, el 7 del corriente,
amarrar a los factores descubiertos y ocultos
del motín que dio ocasión a la alarma de aquel
día, para juzgarlos y castigarlos, pro­ bados que
hubiesen sido sus crímenes. El 7 de mayo pudo
haberse hecho célebre en nuestros anales destru­
yendo del todo las esperanzas de Bolívar y
asegurando la estabilidad de Colombia y de su
gobierno. Bolívar es hoy, un Vesubio apagado,
pronto a romper su cráter vomitando llamas de
odio, de destrucción y de venganza. Su explosión
es temible; y puede lanzar al gobierno republicano
y a la libertad al caos del olvido. Sucre, Carreño,
Luque, Portocarrero y otros pérfidos mariscales,
27
son bocas que verterán la sangre, terror y espanto
de que está hirviendo el fondo de aquel volcán.
Pero no importa: nuestro valor y la unión de
intereses con la gloriosa Venezuela, ligarán la
mano el encargado de prender la mecha de aquel
incendio. Puesto que el benemérito general Mariño
ha tenido la generosidad de ofrecer que auxiliará
con sus bayonetas las provincias del Socorro,
Pamplona, y Casanare que le han pedido su apoyo,
y a cualesquiera otra que lo llamen, es llegado
el momento de hacerse firme nuestro gobierno,
por la parte del Norte uniendo sus esfuerzos con
Venezuela, para perseguir a todo el que armado o
de cualquier otro modo pernicioso, quiera sostener
llenándose de execración, las consabidas perfidias
de Bolívar o de Sucre su inmediato sucesor.
Los pueblos del interior, que sirven obedientes
al go­bierno y sin peligro, no tendrían motivo
de armarse; pero afortunadamente se levantan
batallones con qué auxiliar, si fuera preciso a
nuestros compatriotas del sur, bien oprimidos aún
por el general Flores. Las car­tas del sur aseguran
también que este general marcha­ ba sobre la
provincia de Pasto para atacarla; pero el va­leroso
general J. M. Obando, amigo y sostenedor firme
del gobierno y de la libertad, corría igualmente
al encuentro de aquel caudillo y en auxilio de los
invenci­bles pastusos. Puede ser que Obando
haga con Sucre, lo que no hicimos con Bolívar14,
y por lo cual el gobierno está tildado de débil, y
nosotros todos, y el gobierno mismo carecemos
de seguridad. El Cauca entero y Antioquia
sostienen las instituciones; y nada debemos temer
de los oprimidos habitantes del Magdalena, cuya
exasperación sólo espera el momento de sacudir
14 Negrillas del autor.
28
la tiranía. Si el gobierno desechando cierta dosis
de prudencia, toma mayor actividad y energía y se
une con Venezuela contra sus comunes enemigos
afianzará bien, bien su estabilidad y el orden
público.
“No paz con los tiranos
Que es muerte solapada
Afilan más la espada
Brindando su amistad”
Lo diremos más claro: es preciso no confiar en
hombres que han merecido la confianza de un
déspota ¡Tiemble el gobierno, si se rodea de
semejantes víboras! Repetiremos mil veces, que el
gobierno debe desconfiar siempre de los amigos
de Bolívar. Sólo debe reposar en la buena fe de
ciudadanos siempre rectos servidores a la patria, y
nunca a los partidos. (Pérez y Soto, 1924a: 12-13)
Sobran las palabras ante semejante panfleto, sin embargo,
en medio del odio y la hiel que destila el vil documento,
vale destacar algunos absurdos argumentos con los
cuales los conjurados intentan justificar el horrendo
crimen que van a cometer. Dejando a un lado el cúmulo
de improperios y descalificaciones hacia Sucre, resalta
en primer lugar el empeño de erigir -sobre una montaña
de calumnias- una imagen totalmente distorsionada del
Gran Mariscal: los conspiradores presentan al epónimo
héroe venezolano como un agente del “despotismo”
de Bolívar, que intenta o “elevarlo” nuevamente (a
Bolívar), o cuando menos “su propia exaltación” (la
de Sucre), ¡Una infamia del tamaño del continente que
ambos liberaron¡ bien es sabido que ninguno de los dos
héroes ambicionaba el poder, para 1830 ambos ansiaban
retirarse de la carrera pública, y en el particular caso de
Sucre el ejercicio del mismo le resultaba “repugnante”. En
segundo lugar, los blasfemos redactores de El Demócrata
29
muestran a un Sucre prepotente y mordaz, mofándose de
la docilidad de la Nueva Granada y de su gobierno, ardid
que persigue claramente generar indignación y repulsa en
un pueblo que sólo tenía motivos para admirar y adorar
al joven mariscal. En tercer lugar, ellos (los conjurados),
que son precisamente los que pretenden formar un nuevo
país en el centro de Colombia, utilizan el descabellado
argumento de que Sucre pretende separar los pueblos del
sur (Ecuador), colocando así al vencedor de Ayacucho
como un factor de peligro que atenta contra la soberanía e
integridad del país. Para colmo de las ironías El Demócrata
tiene la desfachatez de presentar a Obando como el
protector de la Patria “ante la amenaza de Flores desde
el sur” ¡A Obando, el mismo que unos meses atrás, junto
a José Hilario López, se había confabulado con el Perú en
contra de su propia patria, Colombia¡ Ahora El Club, y su
panfleto El Demócrata, pretenden elevarlo y convertirlo
en el nuevo héroe de la Nueva Granada, como para que
nadie pueda colocar sospecha sobre él ¡Que vergüenza¡
degradan al héroe y exaltan al nefasto traidor que sería su
victimario.
La transfiguración o transformación de un
héroe inmaculado en el hombre abominable que
describía El Demócrata, era la tarea forzosa que
había que llenar a cualquier precio, ineludible
en el maldiciente escritor, a quien nada sería
capaz de contener, con tal de asegurar un fin
político (…) Cumplían la operación preliminar
de la degradación, de amenguarlo, envilecerlo,
escarnecerlo, revolcarlo en el fango y hacerlo
odioso y despreciable, para no verse expuestos,
ante el asesinato consumado, a la execración
general, por aparecer sacrificadores impíos de una
víctima preclara. (Pérez y Soto, 1924a: 21)
Entretanto, ajenos totalmente a lo que acontecía en
Bogotá, la pequeña caravana continúa su lento pero
30
decidido avance a través de los Andes, descienden
desde los 2.600 msnm de Sata Fe y llegan a la calurosa
ciudad de Neiva, allí se alojan en la casa del gobernador,
el general José Hilario López, acérrimo enemigo de
Bolívar15.
Descansan, comen y hasta tiempo hay para conversar
y discutir acaloradamente de política. López no se
impacienta sabe que Sucre no llegará lejos, él mismo
-días antes al recibir la posta- había tramado ahogar a
Sucre a su paso por el río Magdalena, para su rabia
y frustración no encontró quien aceptara la criminal
comisión. López despacha la comitiva a Popayán con
la seguridad que su “socio” Obando terminaría, más
pronto que tarde, con la tarea encomendada por el
tenebroso “Club” de Bogotá.
En todo este tiempo Obando se había mantenido muy
activo en Pasto, incluso desde el mes de marzo había
entablado comunicación con el supuesto “enemigo”
de la integridad de la Nueva Granada, el general
Juan José Flores, tratando de aprovechar los propios
resentimientos y temores de este jefe hacia Sucre para
adscribirlo y comprometerlo en sus planes parricidas:
“Pongámonos de acuerdo, don Juan; dígame si quiere
que detenga en Pasto al General Sucre o lo que deba
hacer con él” (Rumazo, 1976: 233). En abril insiste
nuevamente con el jefe del sur proponiendo un
encuentro entre ambos:
Ayaldeburu lleva a usted un recado de las miras
preventivas de don Antonio José; el peligro es más
grande de lo que se piensa. Si las cosas se ponen
15 Acerca de J. H. López Bolívar comenta a O`Leary: “López, es malvado,
es un hombre sin delicadeza y sin honor, es un fanfarrón ridículo, lleno
de viento y de vanidad; es un verdadero don Quijote. Lo poco que ha
leído, lo poco que sabe, le hace creer que es muy superior a los demás; sin
talento, como sin espíritu  militar, sin valor y sin conocimiento alguno de
la guerrera, se cree capaz de mandar y poder dirigir un ejército. Todo su
saber consiste en el engaño, la perfidia y la mala fe: en una palabra, es un
canalla” (Luis Perú de Lacroix, Diario de Bucaramanga: 94).
31
de peor data, querría hablar con usted; para ello yo
iría a Tulcán, si a usted le parece; pero de un modo
tan privado que sólo usted y yo sepamos nuestro
viaje. (Rumazo, 1976:233)
Por último, en mayo, Obando en su desesperación
recurre a una vil calumnia en contra de Sucre para
presionar a Flores: acusa al Mariscal de traición a
la Patria, asociándolo directamente al más reciente
enemigo de Colombia: “El general Sucre lleva la
intención de sustraer el sur y ponerse bajo la protección
del Perú (…) Cuide usted mucho de esto y cuente con
el Cauca y con mi mismo para estorbar tal suceso”
(Aristeguieta, 1974: 59-60). En similares términos,
Obando se comunica con su amigo el general Murgueitio
en Buenaventura: “Otro riesgo vamos a correr con el
regreso del general Sucre. Este general ha ofrecido
que si la República se separa, sustrae el Sur y se pone
bajo la protección del Perú. ¿Qué le parece a usted este
golpecito? ¡Vaya mi amigo, se prostituyó Colombia¡”
(Barona, 2006: 144-145). Era prácticamente el mismo
lenguaje y los mismos argumentos de El Demócrata, el
disparatado cuento de la separación del sur, en este caso
no sólo para sustraerlo de Colombia, sino para colocarlo
bajo las banderas de su último y más enconado rival. La
determinación de Obando era clara, con Flores o sin él,
Sucre no pasaría con vida de Pasto.
La travesía de Neiva a Popayán se cumplió lidiando
con no pocas dificultades. Empinadas y agrestes
montañas ofrecieron a los viajeros caminos tan
estrechos que sólo permitían el paso de una mula.
Jhon P. Hoover (1995) describe el trayecto de la
siguiente manera:
Al cruzar el alto pico de Guanacas, Sucre pudo ver
a la vera del camino huesos humanos y retazos de
ropas esparcidos, pues el sendero tenía sus peligros:
las tormentas y los fríos repentinos. Calaveras
32
con dientes amarillos y ojos vacíos lo miraban
pasar. De vez en cuando, veía mulas agotadas que
habían sido abandonadas por sus dueños y que
estaban esperando que la muerte acabara con sus
sufrimientos. (Hoover, 1995: 352)
Al cabo de algunas jornadas Sucre y sus acompañantes
arriban a Popayán, la ciudad prócera de Colombia16,
aquí (a diferencia de Neiva) serán recibidos por buenos
y sinceros amigos, como en efecto lo eran los Mosquera:
Joaquín, Tomás y Manuel, patriotas y bolivarianos
como pocos en el Cauca17. No obstante las caras amigas
que le rodean, Sucre percibe un ambiente enrarecido
en la ciudad, como si algo terrible hubiera pasado o
estuviera por ocurrir, era la estela fría y pestilente de
la muerte, esa que lo acompañaba y guiaba sus pasos
desde Bogotá; estaba allí, se podía sentir, o al menos el
Gran Mariscal la advertía por primera vez.
Las postas que arriban a Popayán -poco antes que
Sucre- traen siniestras instrucciones desde Neiva y
Bogotá, una de ellas debía ser remitida a la brevedad
posible al general Obando. Como era urgente, porque
Sucre y su delegación se movían con prontitud, le
encargan la epístola al canónigo Manuel Mosquera y
este, ingenuamente, la diligenció hasta Pasto con un
extraordinario que salía para allá. Al poco tiempo,
ya habiendo salido Sucre de esa ciudad, el canónigo
Mosquera se dará cuenta del gran error que ha cometido
al recibir la cínica y reveladora respuesta de Obando:
“He recibido tu carta; te la aprecio Sucre no pasará de
aquí ”(Rumazo, 1976: 232).

16 Así se conoce a Popayán por el elevado número de próceres y mártires


que aportó a la causa de la independencia, tal es el caso de Camilo Torres,
Francisco José Caldas, Manuel Castrillón, Francisco Ulloa y Pedro Valencia.
Adicionalmente vale resaltar que Popayán ha sido cuna de 16 gobernantes
colombianos.
17 Joaquín Mosquera será posesionado, por esos días, presidente de la
República
33

José María Obando (por José Espinoza Prieto, 1843)18 y José Hilario
López (por Félix Nadar, 1857)19 actores fundamentales en la Trama
Infernal de Berruecos

En vano no pocos amigos y allegados a la causa


bolivariana interponen sus buenos oficios y sinceras
recomendaciones ante el Mariscal Sucre para que éste
aborte su plan de viaje a través de Pasto y tome el camino
de Buenaventura, la posibilidad de un atentado contra
su vida era un secreto que corría de boca en boca en
Popayán, “Conducido por un destino fatal, él de ningún
modo accedió fundándose en los ardientes deseos que
tenía de unirse a su familia, y de ver si podía evitar la
separación del sur” (Restrepo, 1858: 339).
Los frívolos pero bien intencionados pretextos con
los cuales se pretendió retener al Mariscal -como la
inexistencia de caballería para los bagajes- surtieron
poco efecto con un hombre acostumbrado a sobreponerse
a las dificultades. El valiente hijo de Cumaná20 rechaza

18 https://en.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Mar%C3%ADa_Obando#/
media/File:Jos%C3%A9_Mar%C3%ADa_Obando_by_Espinosa.jpg
19 https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9Hilario_L%C3%B3pez#/
media/File:General_Jos%C3%A9_Hilario_L%C3%B3pez.jpg
20 Población ubicada en el oriente de Venezuela, en la cual Sucre vería la
34
además la oferta del comandante de la plaza de Popayán
de esperar unos días hasta que fuera posible reunir para
él una escolta de 24 dragones, el carácter humilde de su
ser, y la impaciencia por llegar cuanto antes a Quito, le
hacen descartar de plano este apreciable ofrecimiento
(Dietrich, 1995; Restrepo, 1858; Villanueva, 1995).
Desoyendo todo, Sucre y su comitiva parten de Popayán
el 28 de mayo.
Una vez Sucre hubo arreglado los inconvenientes
que retardaron su viaje por unos días, numerosas
personas salieron a despedirlo y que muchas
mujeres piadosas derramaron bendiciones y hasta
agua bendita sobre su persona. No les cabía duda
que era la despedida para un hombre que viajaba
para convertirse en un cadáver. Había comenzado
el trayecto final de aquella marcha infernal hasta la
muerte. (Paz, 2005: 337)
El mismo día de la partida de Sucre, la población de
Buesaco (Pasto) sería testigo de una infausta reunión:
el general José María Obando, encontrándose en
compañía del comandante Antonio Álvarez, hace
llamar a su residencia al Teniente Coronel Pablo
Morillo, veterano oficial de la independencia21, pero
devenido a menos en este tiempo luego de ser expulsado
del Ecuador por sus opiniones políticas. Una vez allí,
el controvertido militar de origen venezolano 22 sería
impuesto, de forma inmediata, de una nefasta comisión
por parte de Obando:
La patria se halla en el mayor peligro de ser
sucumbida por los tiranos, y el único medio de
luz por vez primera el 3 de febrero de 1795. En la actualidad es la capital
del Estado Sucre.
21 Destacó de manera particular en las campañas de Bomboná y Pasto
(1822).
22 Morillo fue señalado como responsable de múltiples abusos y atropellos
contra la población pastusa, incluyendo el asesinato de decenas de personas.
35
salvarla es quitar al General Sucre, quien viene
de Bogotá a levantar el Ecuador para apoyar el
proyecto de coronarse Libertador, y es preciso que
usted hoy mismo marche con una comisión a lo
de José Erazo en el Salto de Mayo. (Aristeguieta,
1974: 87-88)
José Erazo, mestizo de unos treinta años de edad,
natural de Taminango era un sujeto de baja calaña,
avezado criminal, bandolero, salteador de caminos y
ex guerrillero realista, había convertido las montañas
que unen Popayán y Pasto en su feudo particular.
Erazo era uno de los hombres de confianza del general
Obando y por lo tanto su protegido, llegando incluso
a conferirle el grado de “Comandante de la Línea de
Mayo” (Rumazo, 1976: 241). La casa de este bandido,
en Salto de Mayo, era una especie de alcabala en
donde se imponía el pago de un “peaje” a cambio de
no ser asaltado. Obando da a Morillo un papel con
instrucciones precisas para Erazo, el malhechor era
una pieza importante en la trama infernal de los nuevos
septembrinos (Cova, 1995, Rumazo, 1976; Irisarri,
1866).
Mí estimado Erazo:
El dador de ésta le advertirá de un negocio
importante, que es preciso lo haga con él. Él le
dirá de viva voz todo, y manos a la obra. Oiga
todo lo que le diga, y usted dirija el golpe.
Suyo
José María Obando. (Barona, 2006: 169)

Del comandante Álvarez recibe también Morillo una


misiva con instrucciones para Erazo, los conspiradores
deseaban asegurarse que Morillo, brazo ejecutor del
magnicidio, fuese diligentemente atendido:
36
Querido Erazo:
El comandante Morillo, que es el conductor de
ésta, me hará el favor de atenderlo y servirle en
cuanto pueda, pues es amigo mío. Vea usted en lo
que le pueda servir.
Su amigo,
Antonio Mariano Álvarez. (Barona, 2006: 169)

Victima y victimario se ponían en marcha el mismo


día, pronto se cruzarían sus caminos antes del asalto
final en Berruecos, para el héroe de Pichincha los días
estaban contados.

Junio mortal
La caravana de Sucre prosigue su camino, en algunas
ocasiones en medio de alturas que oscilan entre los 500
y 1000 msnm, en otras a través de verdísimos valles
lejos de riscos y despeñaderos. La temporada de lluvias
había perdido vigor y el calor a ratos sofocaba a los
viajeros, sin embargo, al entrar a las inmediaciones de
Mercaderes -en algún tiempo considerada como “la
capital maicera de Colombia”- pudieron disfrutar de
una agradable temperatura que promediaba los 20º. En
el pueblo de Mercaderes “pobre, de casas pintadas de
un blanco ya sucio” (Rumazo, 1976: 234) descansan y
pasan la noche, era el 1º de junio del año 30, el mismo
día en que El Demócrata derramaba toneladas de
injurias sobre la egregia figura del Gran Mariscal.
Al igual que Sucre y su comitiva, la conspiración avanza.
Entre la espesura de infinidad de trochas, senderos
y caminos, los hijos de la oscuridad se desplazan
furtivamente; bien desde Popayán, bien desde Pasto;
estrechan el cerco, rodean a su presa, copan todas las
entradas y salidas posibles, en fin terminan de tejer la
fatídica celada de cual Sucre no tendrá escapatoria.
37
El rompecabezas mortal de Berruecos incorporaba
nuevas y definitivas piezas, el coronel Juan Gregorio
Sarría irrumpe en escena al frente de una importante
comisión: proveer los hombres y las armas para llevar a
cabo el magnicidio. Sarría23, siervo fiel de Obando, era
producto de ese particular sistema de pactos y alianzas
establecidos por Obando en 1822 con los principales
jefes guerrilleros de la zona (nos referimos a la Sierra,
Patía, Mercaderes, Tambo y Timbío, entre otras). A
cambio de la fidelidad de estos jefes, Obando respetó
sus territorios y defendió sus intereses ante el Gobierno
Central, estableciendo por demás una red de prestación
de favores que lo consolidaron como el máximo
caudillo regional (Torres y Rodríguez, 2008:192).
Sarría -el hijo de Timbío- no escapó a este sistema de
reciprocidades establecidas por Obando, cayó en él y
pasó a convertirse rápidamente en compañero, guardián
y amigo leal del caudillo, un vínculo que ni la fatalidad
ni los castigos pudieron romper (Rumazo, 1976: 237).
El miércoles 2 de junio Sucre y su grupo retoman la
marcha, avanzando por las inmediaciones del río
Mayo “Desde medio día, todo se vuelve descender
y descender, en medio de prodigiosa vegetación
tropical” (Rumazo, 1976: 239). El paisaje, ciertamente
exuberante, es poco apreciado por los viajeros, hay
agotamiento en el grupo pese a haber descansado la
jornada anterior en Mercaderes. Antes de caer la noche
arriban al Salto de Mayo, paso obligado entre Pasto y
Popayán, a una casucha que hace las veces de pensión
y posada, los recibe su dueño y anfitrión José Erazo.
Erazo y su mujer, Desideria Meléndez, atienden con
especial deferencia a Sucre y su comitiva, de seguro el

23 “Sarría hombre de baja extracción como Erazo, tan ignorante como


él, pues ni leer sabía; se referían de él hechos atroces, y su corazón se
comparaba al de un tigre; su religión era una mezcla de religión, fanatismo
e impiedad, la menos mala de las tachas que se le ponían era la de
saqueador de la haciendas de Popayán” (Irisarri, 1866: 124).
38
Mariscal ya conocía de las fechorías y malas andanzas
de su anfitrión, sin embargo esta terrible reputación
no pareció inquietarle esa noche. Erazo exhibió ante
su célebre huésped un comportamiento diligente que
no hizo levantar ninguna sospecha especial, además
tres hijos (dos jóvenes y una pequeña niña) brindaban
un cierto aire familiar a aquella humilde morada.
El singular cuadro de la noche del 2 de junio en el
Salto de Mayo se completaba con cuatro soldados del
Vargas24 que allí se recuperaban de diferentes dolencias
(Rumazo, 1976: 239) ¿Qué podría pasar? Todo parecía
encajar dentro de los límites de la “normalidad”.
Dejando de lado preocupaciones o temores Sucre
descansó profundamente la penúltima noche de su vida.
A la mañana siguiente, muy temprano, son ensilladas
las bestias para iniciar el lento ascenso desde “lo
profundo del río Mayo” hacia La Venta; en el camino
un viajero que viene de Pasto se cruza con la caravana
pasando prácticamente desapercibido, se trataba del
ángel de la muerte: Pablo Morillo (Rumazo, 1976).
Pablo Morillo arriba al Salto de Mayo y de inmediato
entrega las instrucciones de Obando y de Álvarez a
Erazo, le explica además los detalles del plan que tiene
pre concebido, Morillo está decidido a cumplir su
criminal comisión, sólo requería el apoyo “logístico”
de Erazo. Ambos forajidos discuten largamente sobre
la conveniencia o no de llevar a cabo el plan, Erazo
al parecer se encuentra un poco intimidado con la
empresa, dada las características de tan insigne víctima
¡no por pudor¡ sino por las consecuencias que tal
felonía le podían acarrear en el corto o mediano plazo.
Luego de mucho charlar, Erazo finalmente accede
a colaborar, siempre y cuando Juan Gregorio Sarría
-el hombre de confianza de Obando- tome parte con
ellos en el complot; la presencia de Sarría representaba
24 Se trata de Nicolás Mora, Mateo Jolla, Agustín Romero y José Fuentes
(Pérez y Soto, 1924d).
39
para Erazo la garantía de que contaría con el apoyo
incondicional del caudillo del Cauca, sea cuales fueran
los resultados de la fatídica empresa. Aceptada sin
novedad las condicionantes de Erazo, el bandolero
procedió a coordinar los detalles finales del plan
fratricida (Rumazo, 1976; Aristeguieta, 1974).
Ese mismo día 3 de junio, Morillo y Erazo completan
la nómina requerida para cumplir su cometido: Juan
Cuzco y Andrés Rodríguez (peruanos) y Juan Gregorio
Rodríguez (neogranadino) -todos ex soldados de
la independencia- son los sicarios contratados para
consumar el crimen, de dónde aparecieron y quién los
consiguió es aún todo un misterio (Cova, 1995: 258-
259; Le Gouhir, 1924: 4). Ante las autoridades, casi
una década después del crimen, Morillo y Erazo se
señalarán mutuamente de haber facilitado a los tiradores.

Cuadro. Nro.1: Declaraciones de Morrillo y Erazo


Sobre el origen de los tres tiradores de Berruecos
Pablo Morillo José Erazo
“…Que instruido Erazo “…Que Morillo encon-
de todo salió de la casa, tró para su compañía a
y a poco volvió con tres Andrés Rodríguez, Juan
hombres armados de Cuzco y Juan Gregorio
fusiles, a quienes no Rodríguez.”
conocía el que declara.”
(1839) “…Morillo se puso en
marcha del Salto a la
Venta en la noche del 3
de junio, acompañado de
los tres hombres que ha-
bía conseguido, los que
iban armados de fusiles”
(1841)
Fuente: Un Grano de Arena (F. P. Aristeguieta, 1974: 86-87).
40
Sin embargo, no son pocos los autores y estudiosos
del crimen de Berruecos que ubican la responsabilidad
en Sarría, ya que parte de su “cometido” era llevar a
los ejecutores del crimen al sitio exacto y armarlos
(Rumazo, 1976: 237). Los menos refieren que los tres
sicarios pudieron cruzar desde Ecuador25, posiblemente
en compañía del coronel Manuel Guerrero, el enviado
de Flores. Sea cual fuera el origen de estos tres hombres,
los cierto es que el robustecido grupo de facinerosos se
dirige rápidamente hacia las montañas de La Venta tras
las huellas de Sucre, allí se deberá consumar sin mayor
dilación el brutal asesinato.
Sucre y sus compañeros de viaje recorrieron los 10
kilómetros que separaban Salto de Mayo de La Venta
en tres horas, un excelente tiempo si tomamos en
cuenta la sinuosidad del camino. Al llegar a La Venta
-también conocida como Quemada26- los esperaba una
gran sorpresa: Erazo se encontraba allí.
Todos los espantos de la noche anterior volvieron
a surgir cuando, al entrar, tropezó de nuevo con
el espeluznante Erazo, a quien recordaba haber
dejado atrás, en Salto de Mayo, y no haber visto
pasarle en ningún lugar. (…) Asco y repentina
exasperación invadieron el alma de Antonio José.
(Dietrich, 1995: 258)
Considerablemente sorprendido Sucre aborda a Erazo y
le dice: -Usted será brujo o el diablo, porque dejándolo
yo atrás vengo a encontrarlo delante de mí, sin saber

25 Como “desertores del Ejército del Sur” los quiso presentar Obando en
sus primeras comunicaciones posteriores al crimen. El historiador José
María Samper señala al respecto: “Una partida de caballería enviada con el
más grande misterio desde el Ecuador, le acechaba (a Sucre) en su camino”
(F. P. Aristeguieta, 1974: 65-67).
26 El nombre de “La Venta” se debe a que en ese lugar existía, desde hace
mucho tiempo, una casa en donde se vendía comida y se ofrecía hospedaje
a los viajeros. En una ocasión la casa se quemó y pasó a conocerse el sitio
desde ese entonces como “Venta Quemada” .
41
por dónde ha llegado usted aquí- Erazo esgrime fútiles
argumentos y Sucre aumenta su desconfianza ¿Qué
motivos pueden haber traído a este pillo tan rápidamente
hasta la Venta? ¿Por qué en la mañana no se ofreció a
acompañarlo si iba para La Venta también? ¿Qué oculta
Erazo? Algo raro y oscuro había en todo esto, siente
nuevamente el frío de la muerte, el que lo estremeció
en Popayán y que le ha acompañado todo el camino.
Evitando la oscuridad de la noche, cómplice perfecta
en cualquier delito, decide quedarse en Venta Quemada
y no avanzar más, al menos no por ese día (Rumazo,
1976; Dietrich, 1995; Cova, 1995; Aristeguieta, 1974;
Irisarri, 1866).
Sobre las tres de la tarde arriba a Venta Quemada el
coronel Juan Gregorio Sarría, Sucre y el teniente José
María Beltrán -plaza del Vargas y quien allí se encontraba
sólo de paso27- salen a saludarlo cariñosamente. Sarría
está acompañado del comerciante cubano Manuel Jesús
Patiño quien se dirigía a Popayán. Sucre conoce a Sarría
desde las campañas de 1822, y conoce también su mala
reputación, la presencia de este lúgubre personaje en
Venta Quemada y su asociación inmediata con Erazo
no podía ser casual. Lejos de intimidarse el vencedor de
Pichincha afronta la situación y, ocultando sus recelos,
decide convidar a comer y a beber a los recién llegados,
lo mismo que a Erazo, tal vez así pueda conseguir
más información sobre las verdaderas razones de la
presencia allí de estos siniestros personajes (Irisarri,
1866; Aristeguieta, 1974; Rumazo, 1976).
Reunidos en torno a la mesa los hombres hablan de
todo y de nada, en especial sobre la situación política
del sur y la de Colombia en general. Sucre les invita
a quedarse y a pasar la noche con él pero sólo Patiño
acepta, los otros dos se excusan, el uno por asuntos
27 Trasladaba las municiones atrasadas del Batallón Vargas, movilizado en
esa región ante la amenaza de que el Ejército del Sur (Ecuador) atacara
Pasto.
42
muy urgentes que debe realizar en Popayán y el otro
porque debe regresar a su casa en Mayo esa noche.
La premura de estos forajidos, adictos al licor y a la
comida fácil, levanta nuevas sospechas en Sucre, habla
con Colmenares y Caicedo para que tengan listas las
armas y vigilen toda la noche, el Gran Mariscal está
convencido, ahora sí, que algo malo esta por ocurrir.
Tomados los recaudos correspondientes Sucre se
apresta a descansar la última noche de luminosa
existencia en la hacienda La Alpujarra.
Protegidos por las sombras Erazo y Sarría apuran su
camino a Salto de Mayo, en un punto denominado Las
Guacas se encuentran con un impaciente Morillo que
los esperaba junto a los tres sicarios armados. Los seis
hombres toman nuevamente dirección a La Venta, el
Gran Mariscal de Ayacucho tenía las horas contadas
(Rumazo, 1976).
Durante el camino, los criminales evalúan varias
opciones para acabar con la vida del joven héroe;
algunos eran partidarios -por ejemplo- de asesinarlo
de una vez en su lecho de La Venta, otros preferían
un choque menos directo con la víctima; finalmente
se impone el criterio de matarle “a cara descubierta´´
en una emboscada. Con este propósito internáronse
los forajidos en la montaña de Berruecos, dirigiéndose
hasta el punto que Erazo había calculado como el más
adecuado para llevar a cabo el fatídico propósito: una
estrechez del camino en medio de la sombría montaña
conocido como El Cabuyal o la Vuelta de La Jacoba
(Aristeguieta, 1974; Rumazo, 1976: 242; Le Gouhir,
1924: 4; Cova, 1995: 260; Restrepo, 1858).
Aprovechando lo tupido de los matorrales el grupo se
camufla dentro del bosque y toma posiciones. Sarría
dispone el modo como deben colocarse los tiradores,
Erazo los acomoda a cada uno en su respectivo lugar,
con serenidad pasmosa ensayan una y otra vez,
43
incluyendo a Morillo quien dirigirá el piquete de
asesinos. Revisado el plan por última vez, Sarría carga
las armas con los cortados28 que él mismo ha preparado,
luego los malhechores se dispersan, en especial Erazo
y Sarría que salen del lugar rumbo a Mayo, los otros
cuatro quedan en el sitio, camuflados, a la espera de
Sucre y su comitiva (Rumazo, 1976:243; Cova, 1995:
259; Aristeguieta, 1974:88-89).
Amanece el 4 de junio de 1830, día triste y desgraciado
para la historia de América, Sucre se levanta temprano,
desayuna y manda a ensillar las cabalgaduras, su deseo
es llegar cuanto antes a Pasto, sabe que desde ese punto
estaría tan sólo a un paso de Quito y de los brazos de
su amada Mariana Carcelén. Era propicio el ambiente
para disfrutar de los primeros y refrescantes aires del
amanecer, así como “del soberbio espectáculo de estás
serranías, magníficamente salvajes” (Cova, 1995: 260),
el grupo se demora un poco y sale entre las siete y ocho
de la mañana.
La marcha es compacta, adelante va el sargento
Colmenares con los arrieros, luego el diputado García
Trelles con su criado el “Negro Francisco” y más
retrasados Sucre y Caicedo. El andar se hacía lento y
pesado por todas las dificultades que ofrecía un camino
estrecho y pantanoso.
El camino, de ascenso, muy angosto y con fango
resbaloso, fuerza a remontar la pequeña cordillera,
para descender luego, por entre barrancos, hasta
entrar en la selva fría de Berruecos. Por ella, la
ruta era “un angosto desfiladero o un sendero
pantanoso –la vía aquella fue abandonada después
por mala y peligrosa- el cual se rompe en estrecha
vereda, entre ascensos y bajadas; el boscaje
oscurece y mantiene húmedo el sendero, sin que

28 Pedazos de plomo cortados a cincel (Rumazo, 1976:244).


44
se pueda entrar o salir por otros puntos que no sean
sus dos bocas de monte: la una, Berruecos, que da
el nombre a la región, y la otra, La Venta”. Dentro,
los puntos del trayecto se denominan La Capilla,
El Cabuyal y La Jacoba. (Rumazo, 1976: 243-244)
En medio de las dificultades señaladas, el avance del
pequeño pero compacto grupo era firme y decidido,
habían superado ya el punto denominado La Capilla
-distante una hora a pie de La Venta-, sin embargo, la
estrechez del camino no permitía mayores libertades y
sólo era posible avanzar de uno en uno, en fila india.
Los viajeros se habían internado media legua hacia
las entrañas de la montaña -en dirección al caserío de
Berruecos29- cuando, después de superar una empinada
y fangosa cuesta, arriban a la angostura de El Cabuyal.
A este lugar llegaron todos muy dispersos y con un
ritmo de avance lento por el esfuerzo de la subida,
Caicedo incluso tuvo que apearse del camino para
componer los bagajes y los estribos de su cabalgadura,
entre otros contratiempos. Entre tanto, en las alturas,
ocultos tras la maleza, los sicarios esperan que aparezca
la inconfundible figura del Gran Mariscal.
El silencio de la mañana se rompe repentinamente:
primero una voz que grita “¡General Sucre¡”, luego
un detonación, e inmediatamente tres más. Herido
en el pecho por el certero disparo de Morillo, el
más laureado de los capitanes de la independencia
americana cae de su mula con el corazón destrozado,
antes alcanza a exclamar: “Ay, balazo… ¡”. Los otros
disparos estuvieron de más; dos de ellos alcanzaron
superficialmente la cabeza perforando su sombrero,
el tercero, menos preciso, hirió el cuello de la mula.
Una esquirla o cortado rozó su cuello, seguramente
producto de la primera descarga.
29 En la actualidad la ciudad de Berruecos (caserío en aquel entonces)
es la capital del municipio La Arboleda en el Departamento de Nariño
(Colombia).
45
La pluma se baña en lágrimas al escribir este
postrer, tristísimo episodio de la historia del Héroe;
inmolado infamemente en una montaña, a los
treinta y cinco años de edad; cuando mejor dotado
tenía su grande espíritu de generosos pensamientos
por la Patria, y de dulces afectos por su familia y
su Libertador. (Villanueva, 1995: 508)
En medio de aquel estrecho camino, sobre un charco de
sangre y con la cara clavada al suelo, la vida del Gran
Mariscal duró tan sólo pocos segundos, los suficientes
para que se agolparan en su memoria imágenes de
su luminosa existencia: su juventud en Venezuela,
Cumaná, Caracas, sus primeras campañas por la
independencia, Bolívar, la regularización de la guerra,
la victoria de Pichincha en Ecuador, la apoteosis de
Ayacucho en el Perú, la presidencia de Bolivia, Tarqui y
de nuevo Bolívar el Libertador, depositario absoluto de
su afecto y de su lealtad. La película pasa rápidamente,
no hay tiempo, su vida expira, no llega el recuerdo
hasta Mariana, todo desaparece, una vida luminosa se
apaga en Berruecos…el cielo llora, la Patria clama,
Colombia muere.
Desde Cartagena, al pie del Cerro de la Popa, al
conocer la ingrata noticia, un desconsolado Bolívar
exclamará: “¡Santo Dios! se ha derramado la sangre
de Abel” (Pérez y Soto, 1924a: 72).
46

Asesinato de Sucre. Óleo de Pedro José Figueroa (1835). Colección


Banco de la República de Bogotá30.

30 http://micolegio.com/micartelera/merici/post04_de_junio_asesinato_
de_antonio_jose_de_sucre
47

CAPÍTULO II
VENEZUELA:
LA FORJA DE UN HÉROE

“El Gran Mariscal de Ayacucho es


valiente entre los valientes, leal entre
los leales, amigo de las leyes y no del
despotismo, partidario del orden, enemigo
de la anarquía y, finalmente, un verdadero
liberal”.
Bolívar acerca de Sucre
Diario de Bucaramanga,
11 de mayo de 1828
48
49
La pintoresca escena se repetía a diario en la Cumaná
de finales del siglo XVIII: ataviadas con ropas ligeras y
asistidas por sus esclavos, las familias acomodadas de
la ciudad se rendían ante las refrescantes y cristalinas
aguas del río Manzanares, maravilloso torrente que
separaba la ciudad en dos realidades contrapuestas
antes de desembocar en el Mar Caribe31. La familia
Sucre Alcalá era una de las asiduas asistentes a estas
jornadas de sano esparcimiento; allí, en medio del
Manzanares, el quinto hijo de Vicente de Sucre y
Urbaneja y de María Manuela de Alcalá, el pequeño
“Antoñito” Sucre, disfruta la compañía de su madre
y la de sus hermanos, construyendo entre risas y
travesuras un mundo infantil, ajeno a los rigores de la
sociedad colonial y a lo que será su inminente destino
como uno de los grandes capitanes de la independencia
americana.

Puente sobre el río Manzanares (Cumaná-Venezuela) en 1878. Foto


reproducción de litografía de H. Neum32.

31 “Mansamente corre el Manzanares, río de aguas trasparentes, bajo


un puente largo, angosto, destartalado, dividiendo en dos la ciudad. El
Manzanares es una verdadera línea divisoria, casi una raya fronteriza, y
los dos barrios de la ciudad, Santa Inés (barrio de la aristocracia criolla) y
Nuestra Señora de Altagracia (barrio pobre de los descendientes guaiqueríes)
viven disputando por las tradicionales rivalidades de todas las parroquia”
(Cova, 1995:23-14).
32 Disponible en http://bibliotecadigital.udo.edu.ve
50
Al pie de una colina sin verdor se erige Cumaná, una
pequeña ciudad plana, ardiente y polvorosa, de escasos
18.000 habitantes, al menos así la describió Alexander
Von Humboldt en 1799, en su obra “Viaje a las regiones
equinocciales del Nuevo Continente”. El naturalista
alemán agrega:
Ningún campanario, ninguna cúpula que pueda
atraer de lejos la mirada del viajero (…) Las
llanuras circundantes, principalmente las del lado
del mar, tienen un aspecto triste, polvoriento y
árido, al paso que una vegetación fresca y vigorosa
manifiesta desde lejos las sinuosidades del río
que separa la ciudad de los arrabales: a un lado la
población de razas europeas y mixtas; al otro la
de los indígenas de color cobrizo (…) La colina
del fuerte San Antonio, aislada, desnuda y blanca,
exhibe una gran masa de luz y de calor radiante. En
lontananza, hacia el sur, se prolongan una vasta y
sombría serie de montañas. (Rumazo, 1976:14-15)
Pero no todo era paz, tranquilidad y armonía en la
segunda ciudad más importante de la Capitanía General
de Venezuela. El mismo año del nacimiento de Antonio
José de Sucre (1795) una conspiración de negros
cimarrones, morenos libres y zambos, desarrollada
en las ciudades de Carúpano, Río Caribe y Cumaná
(Brito, 1990), estremeció los cimientos de la sociedad
colonial. Por si esto fuera poco, noticias llegadas
desde la occidental provincia de Coro anunciaban el
estallido, ese mismo año 95, de la rebelión de zambo
José Leonardo Chirinos33. En medio de una dinámica
social signada por las severas condiciones de vida que
el régimen colonial imponía a pardos, mulatos, zambos,
indios y negros esclavos34, el estado de disconformidad
33 Dos años después sería develada en Caracas la rebelión de Manuel Gual
y José María España.
34 Se estima que para 1810 en Venezuela unos 12.000 españoles europeos,
51
de estos grupos era generalizado de un extremo a otro
del país. En este contexto el grupo más oprimido era,
sin lugar a dudas, el de los negros esclavos, tal como lo
refleja la siguiente descripción elaborada por Humboldt
en 1799:
La Plaza principal viene destinada a la venta de
esclavos. Antes de ofrecerlos a los compradores,
mójanlos en agua de coco para ponerlos más
lustrosos; la dentadura indica la edad, lo mismo
que en las bestias. Se los exhibe, semidesnudos,
en tarimas especiales. Los negros –unos mil en
la Cumaná de aquellos días- padecen esclavitud
a perpetuidad. Parecerían el último fragmento
soterrado de la masa social. (Rumazo, 1976: 15)
De la mano de su familia el pequeño Antonio José
debe haber presenciado este triste espectáculo muchas
veces, sin comprender seguramente bajo qué derechos
unos pocos hombres se apropiaban de la vida de otros
hombres para venderlos como mercancías, para él eran
personas normales, como aquellos que trabajaban en su
casa y le cuidaban con tanto cariño. Complejo y confuso
panorama para el joven Antoñito que, por ahora,
prefiere jugar con sus hermanos y dejarse llevar por la
comodidad que le ofrecía una vida sin privaciones.
Y es que realmente, como refiere Hoover (1995) sobre
Antonio José y sus días infantiles, “Pocos provincianos
nacieron dentro de un marco de riqueza, honores y
distinciones familiares mayores”. El futuro héroe de
Ayacucho había venido al mundo el 3 de febrero de 1795,
en el seno de una familia distinguida y de reconocida
fidelidad a la Corona Española, descendientes directos
de los primeros conquistadores -por la rama materna-

controlaban un heterogéneo andamiaje social constituido por 172.727


blancos criollos, 407.000 pardos, 25.590 indios no tributarios, 33.362
negros libres y manumisos, 24.000 esclavos cimarrones y 87.800 esclavos
negros (Federico Brito Figueroa, citado por Acosta, 2009:38)
52
y poseedores de una rica trayectoria militar –por el
lado paterno-, argumentos más que suficientes para
considerar que “los Sucre se encontraban entre las gentes
más encumbradas (de Cumaná)” (Hoover, 1995: 9).
El linaje de los Sucre-Alcalá
La procedencia del apellido Sucre se remonta al siglo
XV35 y al parecer tuvo su origen en Flandes (Bélgica).
En el siglo XVII Carlos Adrian de Sucre y d’Ives (1641-
1712), hijo de Antonio de Sucre, señor de Preux, y de
Adriana d’Ilves, es nombrado por Carlos II de España
“Caballero de la Orden de Alcántara” y Marqués de
Preux. En el campo militar, Carlos A. de Sucre llegó
a ostentar diferentes rangos y responsabilidades:
Capitán de Infantería de Walona, Coronel de Caballería,
Gobernador militar de Gerona, Maestre de Campo de
los Ejércitos Reales de Cataluña, Teniente General,
miembro del Consejo de Guerra y Gobernador y Capitán
General de la ciudad y provincia de Cartagena de Indias
(Vargas, 1995; Valles, 2001: 15; Cova, 1995: 22).
Un hijo de Carlos A. Sucre será el fundador de la familia
Sucre en Venezuela; nos referimos a Carlos de Sucre
y Pardo, nacido en Flandes y adscrito también, desde
muy temprana edad, al servicio de las armas. Sucre y
Pardo fue soldado en el ejército de Cataluña, Alférez de
Caballería, Capitán de Infantería, Sargento Mayor de la
ciudad de Cádiz y Coronel de Infantería, grado con el
cual fue remitido a América en 1709. En Cartagena de
Indias (bajo las órdenes de su padre) fue Teniente del
rey y Gobernador interino de Cartagena (1711), además
de ejercer también el cargo de Gobernador de Santiago
de Cuba (1715). El año de 1729 es el de su arribo

35 “La familia Succre o Sucre, como se llamó después, remonta su


genealogía hasta Juan de Succre que vivió en el siglo XV y en el servicio
de la Casa Soberana de Borgoña, y es el padre de Andrés de Succre que fue
Maestre-Sala del Rey Católico don Felipe el Hermoso (…) Los de Succre
fueron Señores de Bellaing, Wadeigne, Lucron, Villers-Burel, La Mothe y
otros varios feudos y lugares en el de Cambressy.Flandes” (Cova, 1995: 21).
53
Venezuela, se le destina como Gobernador de Nueva
Andalucía, Cumaná y Cumanagoto, pasando en 1731 a
Guayana. En 1746 es ascendido a Capitán General y es
trasladado a Madrid, ciudad en donde lo sorprenderá la
muerte (Valles, 2001: 15-16; Vargas, 1995).
En su pasantía por Venezuela Carlos de Sucre tuvo dos
hijos: Vicente y Antonio de Sucre y Estrelles, el primero
de ellos fue sucesor de su padre en los cargos que este
ejerció en América, mientras que el segundo siguió la
carrera militar; llegando incluso a desempeñarse como
segundo jefe militar de Cumaná y gobernador interino
de esta provincia en 1792; su hijo, el Coronel de
infantería y Comandante del Cuerpo de Nobles Húsares
de Fernando VII, Don Vicente de Sucre y Urbaneja,
será el padre de Antonio José de Sucre y Alcalá, futuro
Gran Mariscal de Ayacucho (Valles, 2001; Cova, 1995).
Si bien es cierto que la rama materna de Sucre no está
tan marcada por el militarismo, hay también militares y
es igualmente noble y distinguida. La familia Alcalá era
descendiente de hidalgos españoles, contando entre sus
antepasados al Conquistador Diego Hernández de Serpa,
designado por Felipe II Gobernador y Capitán General
de Nueva Andalucía y Cumaná en 1568. El primer Alcalá
en Cumaná fue Juan Alcalá, quien fue militar (capitán)
al igual que su hijo Pedro y su nieto Diego Antonio.
Otros Alcalá fueron igualmente notables, sacerdotes
y filántropos resaltan entre ellos, todos ofrendaron un
inmenso e invalorable tributo a la ciudad de Cumaná
(Rumazo, 1976:13; Valles, 2001: 16).
Con estos antecedentes familiares no podía escarpar
el pequeño Antoñito a una vida de comodidades y
distinción, un camino seguro en donde la carrera de
las armas sería su inexorable destino. Sin embargo,
a diferencia de todos sus antepasados, Antonio José
no servirá en los ejército del rey, su compromiso será
-desde muy temprana edad- con la causa de la libertad,
54
al igual que lo hizo su padre, pero ya como comandante
en 1810.
Don Vicente Sucre educó a sus hijos bajo férreos
principios morales y espirituales, fue un hombre de
honor -en todo el sentido de la palabra-, y generoso
como pocos, no es de extrañar entonces que Antoñito
heredara de él ese virtuosismo que tanto enalteció su
descollante carrera pública.
Rezan las crónicas de aquellos tiempos, que en
el año de 1822, habiendo llegado a Cumaná de
guarnición el batallón Orinoco, era su segundo
jefe uno de los esclavos de don Vicente de Sucre
de nombre Anselmo, quien inmediatamente le
llevó un pequeño saco que contenía la cantidad de
300 pesos, diciéndole que ese era el valor de su
libertad. Ya para ese entonces había alcanzado don
Vicente Sucre el grado de Coronel de la República.
El Coronel convidó a almorzar al Comandante
(segundo) del batallón Orinoco al siguiente día,
quien tuvo que aceptar en la mesa el lado derecho
de Sucre, por exigírselo así el Coronel. En el plato
tenía los 300 y su carta de libertad con estas frases
al pié: “Un libertador, un soldado de la República,
no puede ser esclavo. Eres mi compañero de
armas”. (Pesquera, 1910: 13-14)
Pero la vida del futuro héroe será un camino lleno de
obstáculos y duras pruebas. Antes de iniciar sus estudios
formales Antonio José va a chocar por vez primera con
la fatalidad: su madre (Doña María Manuela de Alcalá
y Sánchez Vallenilla), el objeto de su más tierno afecto,
muere cuando él apenas alcanza los siete años de edad.
A partir de ese fatídico momento la vida del hijo pródigo
de Cumaná comenzará a cambiar vertiginosamente.
Para mayor desgracia, con la pérdida de su madre
Antoñito pierde también el hogar que lo vio nacer. Don
55
Vicente Sucre no tardó en casarse nuevamente, lo hace
con una parienta cercana de María Manuela: Doña
Narcisa Márquez Alcalá, con ella y sus primeros hijos
se muda Don Vicente a una casa situada en la cabeza
del puente sobre el río Manzanares, en la Parroquia de
Altagracia (Cova, 1995; Rumazo, 1976). En este nuevo
hogar Antonio José verá nacer a seis medios hermanos,
frutos todos de esta nueva unión.
Pese a que en aquella amplia casona su familia crecía
rápidamente, Antoñito se sentía solo y desamparado, su
golpeado espíritu infantil no puede borrar el recuerdo
de su madre, su ausencia lo convierte en un muchacho
triste y melancólico, “No hay en él esa fogosidad
característica de los chicos cumaneses, sino más bien
la dulce mansedumbre de esos niños en cuyo semblante
parece adivinarse la falta de las ternuras maternales”
(Cova, 1995: 37).
Pese a la reciente desgracia familiar, el pequeño
Antonio José debe comenzar a estudiar y Cumaná
no ofrece muchas alternativas para un joven de su
abolengo. Al parecer, conforme entraba el siglo XIX,
las dos opciones educativas que llegaron a existir en la
ciudad se fueron diluyendo – bien por falta de atención
o por temor de las autoridades coloniales- nos referimos
a la Escuela de Primeras Letras de Cumaná, fundada
por la tía abuela de Antonio José, Doña María de
Alcalá Rendón, y al único Colegio existente en la villa,
institución que el Gobernador Máximo de Bouchet trató
infructuosamente de convertir en universidad36 (1778).
Según testimonio de J. J. Dauxión-Lavayse la situación
educativa de Cumaná en 1807 era la siguiente:
Esta villa no tiene ningún establecimiento público
para la educación de la juventud. Es sorprendente

36 Pese a que ya se impartían algunas asignaturas como Filosofía, Teología


y Derecho Civil, la Corona Española no estaba dispuesta a permitir el
establecimiento de una nueva Universidad en Venezuela (Rumazo, 1976).
56
hallar algunos conocimientos entre estos habitantes,
en un estado tal de cosas. Los más ricos la reciben
en Caracas y la mayor parte en casa, de maestros
de escuelas particulares, donde ellos aprenden
la gramática castellana, el cálculo, los primeros
elementos de la geometría, el dibujo, un poco de
latín y música. (Vargas: 33; Rumazo, 1976: 16)
El pequeño Antonio José no escapó a la realidad
relatada por Dauxión-Lavayse, es más que seguro que
la instrucción de primeras letras y de álgebra básica
las recibió en su propia casa, sin embargo, según el
estudio “Primeras Armas de la familia Sucre” de José
Antonio Ramos37, el futuro Mariscal también asistió a
un curso elemental de ingeniería que fundó en Cumaná
el español Juan Pires y Correa (Castellanos, 1998: 8;
Cova, 1995: 38).
Para la familia Sucre-Alcalá esta precaria educación no
era suficiente, el futuro de Antoñito está en Caracas,
una reunión familiar así lo decide, en especial por la
conseja y el apoyo de su tío José Manuel. En la capital
de la Capitanía General de Venezuela el joven Sucre,
ya de 13 años, estará bajo los cuidados de su padrino de
bautizo, el clérigo Antonio Patricio Alcalá, arcediano
de la Catedral de Caracas, y podrá cursar estudios en
la universidad, o en alguna de las varias Escuelas de
Ingeniería que según Rafael María Baralt38 existían en
aquella ciudad. Era, sin lugar a dudas, la mejor opción
educativa que podía tomar la familia Sucre-Alcalá, sin
descuidar la posibilidad de iniciar al joven en la carrera
de las armas.
A orillas del mar, en las costas de Cumaná, la despedida
familiar para Antonio José fue muy emotiva, todo
37 Publicado en el Boletín número 20 de la Academia Nacional de la
Historia (Venezuela) y citado por J.A. Cova (1995:38).
38 Historiador, filósofo, poeta, escritor, y político venezolano citado por
Rumazo (1976:16)
57
un acontecimiento podríamos decir, hermanos, tíos,
amigos y su señor padre, Don Vicente Sucre, junto a su
esposa Narcisa Márquez, todos presentes para desear lo
mejor al adolecente que partía rumbo al Puerto de La
Guaira, principal vía de entrada a la ciudad de Caracas
desde el Caribe.
En La Guaira su padrino espera pacientemente, sabe
que el trayecto por mar desde Cumaná toma su tiempo
y recién llegado el pequeño allí aún deberá conducirlo
hasta la no distante capital. Una vez arriba el joven
Sucre, el trayecto hacia Caracas se verifica a través del
cerro Waraira Repano (Ávila), un camino largo pero a
su vez muy hermoso por el exuberante marco natural
que ofrece la montaña y la contemplación, a un costado,
del mar Caribe. Al frente, la gran ciudad que pronto
será el epicentro de la revolución hispanoamericana se
hace visible a los ojos del futuro Gran Mariscal.

Puerto de la Guaira en el Período Colonial. Severuksen (2012)39

39 Disponible en: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Puerto_de_


La_Guaira.png
58
Sucre en Caracas
Con apenas trece años de edad el joven Sucre se
encuentra ya en la capital de la Capitanía General de
Venezuela, una ciudad inmensa y moderna comparada
con su natal Cumaná, se instala en la misma residencia
de su padrino40 -muy cercana a la Plaza Mayor- y al
poco tiempo ocupa ya un lugar en la recién fundada
Escuela de Matemáticas e Ingeniería Militar que
regenta el liberal coronel español José Tomás Mires41,
un veterano jefe militar que incuba ideas progresistas y
revolucionarias en sus estudiantes42.
Además de los conocimientos de aritmética, algebra,
topografía, dibujo lineal, geometría y construcción
civil que de forma entusiasta él mismo imparte en su
escuela, Mires sembrará en el futuro héroe de Ayacucho
la devoción por la causa de la libertad, una influencia
que será determinante para todo el resto de su vida43.
El destino y sus caprichos querrán perpetuar esta
relación mucho más allá de las aulas de clases, trece
años después Mires y Sucre volverán a encontrarse,
ésta vez en medio de la Campaña de Quito, la misma
que culminará con el triunfo de las armas patriotas en
la gloriosa Batalla de Pichincha, para ese entonces el
cumanés ya no será un jovenzuelo, ahora se erige como
40 Entre las esquinas de Cují y Salvador de León.
41 En no pocos textos se hace referencia a Mires como José y en otros tantos
como Tomás, nosotros utilizaremos ambos nombres (Nota del autor).
42 Mires participa en las conspiraciones previas al 19 de abril, estuvo junto
a Bolívar cuando este pierde el Castillo de Puerto Cabello. Caída la Primera
República Mires recibe de Miranda el mando del ejército patriota, luego es
apresado por los realistas y conducido a Cádiz (España) y de allí a Ceuta
(África). De regreso en América se reincorpora a la lucha y triunfa en La
Plata y Pitayó. Participa en la campaña de Pichincha bajo las órdenes de
Sucre quien recomienda su ascenso a General de División. Participa en la
Campaña de Pasto y en 1829 lucha junto a Sucre en Tarquí y cae prisionero
de los peruanos, posterior a lo cual es asesinado en Guayaquil (Fundación
Polar, 1992b).
43 Durante este período también se cuenta como uno de sus maestros de
ingeniería al Brigadier Juan Salcedo (Castellanos, 1998: 8).
59
uno de los oficiales más brillantes de Colombia al punto
que, ante la ausencia de Bolívar, es el supremo director
de la guerra en los territorios que antes ostentaba la
Real Audiencia de Quito. El sabio maestro servirá bajo
las órdenes de su antiguo discípulo y éste lo elevará a
su lado como uno de sus principales lugartenientes.
Durante su corta pasantía en Caracas Sucre fue testigo
de dos importantes acontecimientos: por una parte
la visita en 1808 de una delegación enviada por José
Bonaparte, el nuevo monarca español impuesto por la
invasión napoleónica, y, por otra, el arribo a Caracas de
Don Vicente Emparan (antiguo gobernador de Cumaná
entre 1792 y 1804) para asumir el cargo de Gobernador y
Capitán General de la Provincia de Venezuela, designado
éste por la Junta Suprema Central de España defensora
de los intereses de Fernando VII (Castellanos, 1998:
8-9). Ambas visitas convulsionaron la ciudad, la gente
se movilizó en torno a ellas, bien para aplaudirlas o bien
para rechazarlas, sendas propuestas representaban ideas
políticas contrapuestas, pero intereses monárquicos al fin.
Sin embargo, grandes cambios se avizoran en el
horizonte político de la Venezuela de 1808-1810. En
medio de la crisis generada en la península por la
invasión francesa y el cautiverio del rey, los patriotas
caraqueños aprecian en esta coyuntura la oportunidad de
romper definitivamente con la Corona ¡una revolución
se encuentra en proceso de gestación¡ En medio de
esta vorágine, y desde su mocedad, Sucre trata de
comprender el momento histórico que vive el país sin
llegar a sospechar que, a la vuelta de pocos años, el
mismo liderará junto a Bolívar la gesta independentista
americana.
El tiempo transcurre vertiginosamente y diferentes
acontecimientos se suceden sin parar. A casi dos años
desde su arribo a Caracas, Antonio José siente que el
estallido revolucionario es inminente, en ese entendido
60
alista sus cosas para retornar a Cumaná y ponerse
al servicio de la patria en la tierra que lo vio nacer.
Sus maletas no van vacías, llevan las enseñanzas de
Mires, el ardor revolucionario de sus contemporáneos
caraqueños y los recuerdos de uno que otro amor
juvenil.
El jueves 19 de abril de 1810 (jueves Santo), a muy
tempranas horas de la mañana, el Cabildo de Caracas
se reúne sin previa convocatoria del Capitán General
Empara, no obstante los regidores Valentín Ribas y
Rafael González invitan al Capitán General a presidir la
Asamblea. El vicepresidente del Ayuntamiento, José de
las Llamozas, explica que había convocado el Cabildo en
vista de las sucesivas victorias de las armas francesas en
España, el cautiverio de Fernando VII y la extinción del
poder central, circunstancias ante las cuales se imponía
la necesidad de constituir un gobierno representativo
del pueblo venezolano. Vicente Emparan negó todos los
señalamientos expuestos y defendió el accionar de las
Cortes de Regencia, los argumentos del experimentado
gobernante fueron sólidos y convincentes. Pensando
que había salido airoso de la comprometedora situación
Emparan abandona rápidamente del Cabildo con
dirección a la Catedral para dirigir los oficios religiosos de
jueves Santo, entre tanto, en la Plaza Mayor de Caracas44,
en medio de la muchedumbre que espera del inicio de
la celebración litúrgica, un grupo de jóvenes conjurados
aguardan por el Capitán General. El patricio Francisco
Salias se abre paso entre la multitud y justo en las puertas
del templo alcanza a Emparan, lo toma fuertemente del
brazo y con profunda determinación grita:
-“¡Os llama el pueblo a cabildo…señor!”.
Armado de soberbia Emparan regresa al Cabildo y se
asoma al balcón del mismo para consultar al pueblo
reunido en la Plaza Mayor:
44 Hoy Plaza Bolívar de Caracas.
61
- “¡Señores! ¿Están vuestras mercedes contentas
conmigo? ¿Quieren vuestras mercedes que les
gobierne?”.
La respuesta del pueblo fue negativa gracias al decidido
influjo de Madariaga, Anzola y Palacios. Emparan,
entre el despecho y la sorpresa, respondió:
-“¡Pues yo tampoco quiero mando!”
Con estas palabras comienza el principio del fin
de la autoridad española en Venezuela, una Junta
revolucionaría de gobierno asumirá el poder político
y militar: la Junta Suprema de Caracas, en principio
defensora de los derechos de Fernando VII pero muy
pronto autónoma, soberana, liberal. Muy pronto los
venezolanos comienzan a regir su destino con medidas
radicales de gobierno que rompen con el pasado realista,
entre las más radicales la prohibición del tráfico de
esclavos, la libertad de comercio, el equipamiento de
las fuerzas armadas, el envío de misiones diplomáticas
para el reconocimiento de la Junta en el exterior45
y la convocatoria de un Congreso Constituyente que
terminará por declarar la independencia definitiva de
Venezuela el 5 de Julio de 1811.
Las principales regiones y ciudades de Venezuela se
pliegan a la Junta de Caracas, sólo la provincia de
Maracaibo es fiel a la causa peninsular, pero bastará
y sobrará su disidencia para constituirse como el
auténtico Talón de Aquiles de la revolución.
Mientras esto ocurre en Venezuela, el resto de América
se embriaga también del sentimiento libertario, aquel
que viera por primera vez la luz en Chuquisaca, el 25
de mayo de 1809. Las principales capitales del Nuevo
45 En la Misión enviada a Londres viajan Simón Bolívar, López Méndez
y Andrés Bello. Esta comitiva, además de conferenciar con el gobierno
inglés para el reconocimiento de la Junta, lleva el encargo de contactar al
Generalísimo Francisco de Miranda, un encuentro que cambiará la vida de
Bolívar y el futuro de la revolución independentista hispanoamericana.
62
Mundo (con la excepción de Lima) se plegarán a esta
corriente “juntista”, la generación de próceres de 1809-
1810 ha cumplido, la bandera de la libertad ondea en casi
todos nuestros puertos, cabildos, cuarteles y escuelas,
una nueva y hermosa sensación que no perdurará mucho
tiempo en el corazón de los americanos (Fundación Polar,
1992C: 390-394; Ramos, 2012: 123-124; Castellanos,
2010:69-72; Aragol y Muñoz, 2010: 55-57).

Sucre al servicio de la revolución


En 1809, junto a su hermano Pedro y a otros
jóvenes cumaneses, Sucre inicia su carrera militar
incorporándose como cadete a la Compañía de Húsares
Nobles de Fernando VII en Cumaná. Su ascenso será
rápido y bajo las banderas de la patria pues es la Junta
de Gobierno de Cumaná (émula de la de Caracas)
quien le confiere en 1810 el empleo de Subteniente de
Milicias Regladas de Infantería, grado ratificado por
la Junta de Caracas el 6 de agosto de ese mismo año,
el futuro héroe de la independencia obtiene su primer
empleo militar apenas a los 15 años de edad.
En 1810 toda la familia Sucre-Alcalá se alista bajo
las banderas de la revolución, su padre, sus tíos y
sus hermanos engrosan con ardor y entusiasmo la
filas de la patria. Pero este no fue el único aporte de
los Sucre-Alcalá, los 150 esclavos con que contaban
sus haciendas se incorporan al ejército republicano y
casi todos sus bienes materiales son entregados para
sustentar los gastos de la guerra.
Ante la amenaza realista de Fernández de La Hoz y su
escuadra armada y equipada en Puerto Rico, la Junta
de Gobierno Cumaná46 designa al coronel Vicente
de Sucre como Jefe Militar Superior para preparar la

46 Denominada también Supremo Poder Ejecutivo de Cumaná (Villanueva,


1995: 49).
63
defensa de la Provincia, en este momento cumbre para
la revolución don Vicente no está solo, junto a él se
encuentra su benjamín, Antonio José, hecho un hombre
ya y sumando sus primeros aprendizajes en el arte de
la guerra.
El joven Sucre instruye a los reclutas, organiza
maestranzas, consigue caballos, alista las provisiones,
prepara la defensa de la plaza -al igual que lo hará
pocos años después en Pichincha y Ayacucho-, allí
está el futuro paladín de la independencia americana,
desarrollando una instrucción práctica y una serie
de conocimientos que no olvidará jamás y que
perfeccionará al punto de convertirse en el primer
estratega militar del continente. Sus méritos en esta
pequeña campaña no pasarán desapercibidos, en el año
1811 es remitido a la Isla de Margarita a desempeñar el
cargo de Comandante de Ingenieros, es también el año
de su ascenso a Teniente. En 1812 Sucre forma parte de
la expedición de 18 buques preparada en Cumaná para
someter a los reaccionarios de la vecina ciudad y puerto
de Barcelona, en esta campaña dará rienda suelta a sus
dotes de organizador y de mediador, sumando cientos
de adeptos a la causa patriota. Para ese entonces, a sus
17 años, desempeña ya el cargo de Comandante de
Artillería (Villanueva, 1995; Fundación Polar, 1992c;
Pesquera, 1910: 10).
Pero no todo son éxitos y alegrías en la recién
proclamada república venezolana, los españoles están
decididos a recuperar la totalidad de su territorio a
cualquier precio. La contra ofensiva realista es feroz,
pueblos y ciudades enteras arden bajo el fragor de una
guerra espantosa desatada por las temibles huestes de los
comandantes realistas Boves47, Cerveriz, Antoñanzas y

47 Sanguinario caudillo realista, asentado en los llanos venezolanos, quien


bajo la promesa de libertad y riquezas levantara numerosas partidas de
caballería entre los mestizos, pardos y negros, es decir entre los excluidos
de la sociedad colonial y post colonial. Murió en la Batalla de Urica (5-
64
Zuazola, en ese terrible contexto la guerra va a pasar
una elevada factura a los Sucre-Alcalá. Pedro Sucre,
el gallardo hermano de Antonio José, cae al frente del
Batallón Colombia en el Sitio de la Puerta (1814),
muere fusilado después de haber sido hecho prisionero,
igual suerte corren sus hermanos Francisco y Carlos
-también fusilados- y Vicente, asesinado mientras se
recuperaba de sus heridas en un hospital. La madrastra
de Sucre y sus hermanas no tuvieron mejor suerte, la
primera prefiere lanzarse al vacio en su casa antes que
caer en manos de las hordas de Boves (1814), mientras
que una de sus hermanas muere de miedo y la otra es
ultrajada y asesinada por los realistas.
Escenas terroríficas se desarrollan cada día. A los
patriotas delatados por insurgentes se les despalma
y se les hace caminar sobre arenas encendidas; el
desorejamiento se ha convertido en una institución
y Antoñanzas y Zauzola ofrecen en cartelones
públicos un peso por cada oreja insurgente.
También se mutilan a los muertos y hasta más de
un valiente patriota es desollado vivo en presencia
de estos monstruos48. (Cova, 1995: 46)
Durante los primeros cuatro años de la Guerra de
Independencia (1810-1814) Sucre perderá, al menos,
14 miembros directos de su familia, muchos de ellos
ajusticiados o pasados por las armas sin fórmula de
juicio, sin embargo su corazón no albergará sentimiento
alguno de rencor o venganza hacia los españoles, la
nobleza de espíritu, aunque profundamente adolorido,
está por encima del odio.
En 1814, librada la batalla de Maturín, gloriosa
para las armas republicanas, se propuso el General

12-1814) luego de haber sido el terror de los patriotas durante la segunda


república.
48 Cova (1995), cita como referencias en esta parte a Level de Goda
(Memorias) y Blanco Fombona (Bolívar y la Guerra a Muerte).
65
Sucre, entonces Coronel, recorrer el campo de
batalla; en su excursión encontró dos españoles
bajo un árbol, con los fusiles apoyados en el tronco;
el uno catalán, se llamaba Palau, el otro sargento
Rodríguez. El General Sucre les advirtió el
inminente peligro de muerte que corrían si alguna
partida patriota los encontraba. A esta advertencia
replicó Palau “Que vengan, que vengan, que
nosotros no pasamos de aquí, como Cristo no pasó
de la cruz”; y mostrándole los pies, que tenían
sumamente hinchados, probaron la imposibilidad
en que se encontraban para huir. El General Sucre
ordenó inmediatamente a su ordenanza echar pie
á tierra, e hizo montar a los dos españoles para
conducirlos al campamento. (…) Llegados al
cuartel general, se empeñó Bermúdez en pasar
por las armas a aquellos infelices, pero el General
Sucre se opuso enérgicamente diciendo: “Salvad
el nombre de la República que es más glorioso que
ganar una batalla”.
A su poderosa mediación, basada en los dogmas
del cristianismo y en la magnanimidad liberal,
se le conservó la vida a aquellos dos prisioneros,
quienes, agradecidos, se consagraron al servicio
de la Independencia, muriendo Palau en Cumaná,
ejerciendo el destino de alcaide de la cárcel, bajo
el régimen republicano, y Rodríguez, en la acción
de Matará49, peleando a favor de la libertad con
el grado de Primer Comandante (Pesquera, 1910:
15-16).
Desde el año 1812 Sucre está en campaña lejos de
su hogar. En apenas dos años de carrera castrense

49 Se refiere a la célebre batalla de Corpahuayco, librada por Sucre y sus


hombres en Huamanga-Perú, el 3 de diciembre de 1824, 6 días antes de
la batalla de Ayacucho. El sacrificio de hombres como Rodríguez evitó la
aniquilación del Ejército Unido Libertador aquel trágico día para las armas
patriotas.
66
su capacidad y múltiples aptitudes lo han llevado
a servir, nada más y nada menos, en el Estado
Mayor del Generalísimo Francisco de Miranda,
experimentado militar y patriota venezolano, curtido
en la Guerra de Independencia de los EE.UU y en
los campos de la Revolución Francesa, precursor del
ideal independentista hispanoamericano y mentor
del proyecto Patria Grande Americana. Gracias a las
gestiones emprendidas por la Junta de Caracas en 1810
Miranda fue traído desde Londres para ponerse al
frente de los ejércitos de Venezuela. En su decisión de
emprender esta nueva aventura influyó sobre manera
el ímpetu revolucionario y la pasión desenfrenada de
unos de los integrantes de la célebre misión diplomática
enviada a la capital inglesa con ese expreso motivo, nos
referimos a Simón Bolívar, el futuro Libertador.
Sucre actúa junto a Miranda en Valencia y los Valles
de Aragua, su permanencia al lado del Generalísimo
representará un nuevo espacio aprendizaje en el campo
militar, esta vez bajo la escuela europea de la guerra,
aquella que tan bien conocía y practicaba Miranda.
La táctica y la estrategia, pero también la probidad,
el orden y la economía en la administración de los
ejércitos, los aprenderá Sucre de este inesperado e
insuperable maestro, avezado en la conducción de
tropas y en el trazado de grandes campañas militares
en África, Europa y América. El tiempo no tardará en
demostrar lo bien que supo asimilar el joven oficial
cumanés estas enseñanzas (Villanueva, 1995).
Sucre y el Generalísimo combaten con valor y
entusiasmo en Valencia, en los Guayos y en los Valles
de Aragua, sin embargo las fuerzas realista comandadas
por Domingo Monteverde son más experimentadas
y están mejor preparadas, la derrota patriota es
inevitable. Sucre asiste con respeto a la capitulación de
Miranda en la Victoria, es una lección de humanidad
67
que no olvidará jamás pues el Generalísimo quiso
evitar un derramamiento de sangre mayor. Cae así
la Primera República de Venezuela y Sucre retorna a
Cumaná, de allí sigue a Trinidad (frente a las costas de
Cumaná), país que lo acogerá por corto tiempo pues
pronto retornará al teatro de operaciones de la Segunda
República (1813-1814).
En la biografía de Sucre elaborada por Bolívar
en 1825 (Resumen sucinto de la vida del General
Sucre) después de conocer el triunfo de Ayacucho, el
Libertador describe el desempeño de Sucre durante los
años difíciles de la Segunda República -y posteriores-
de la siguiente manera:
Cuando los generales Mariño, Piar, Bermúdez y
Valdés emprendieron la reconquista de su patria,
en el año 13 por la parte oriental, el joven Sucre
les acompañó a una empresa, la más atrevida y
temeraria. Apenas un puñado de valientes que no
pasaban del ciento, intentaron y lograron la libertad
de tres provincias. Sucre siempre se distinguía
por su infatigable actividad, por su inteligencia y
por su valor. En los célebres campos de Maturín
y Cumaná, se encontraba de ordinario al lado de
los más audaces, rompiendo las filas enemigas,
destrozando ejércitos contrarios con tres o cuatro
compañías de voluntarios que componían todas
nuestras fuerzas. La Grecia no ofrece prodigios
mayores. Quinientos paisanos armados, mandados
por el intrépido Piar destrozaron ocho mil
españoles en tres combates en campo raso. El
General Sucre era uno de los que se distinguían en
medio de estos héroes. El General Sucre sirvió en
el E.M.C del Ejército de Oriente desde el año 1816
hasta el de 1817, siempre con aquel celo, talento y
conocimientos que lo han distinguido tanto. Él era
el alma del ejército en que servía. Él metodizaba
68
todo: él lo dirigía todo; más con esa modestia, con
esa gracia con que hermosea cuanto ejecuta. En
medio de las combustiones que necesariamente
nacen de la guerra y de la revolución, el General
Sucre se hallaba frecuentemente de mediador, de
consejero, de guía, sin perder nunca de vista la
buena causa y el buen camino. Él era el azote del
desorden y, sin embargo, el amigo de todos. Su
adhesión al Libertador y al Gobierno lo ponía a
menudo en posiciones difíciles, cuando los partidos
domésticos encendían los espíritus. El General
Sucre quedaba en la tempestad semejante a una
roca combatida por las olas, clavados los ojos en su
patria, y sin perder no obstante el aprecio y amor de
los que combatían. (Sucre, 1973: 41-42; Colectivo
de Autores, 2008: 7-8; Claure, 2009: 11-12)
Vuelto a la patria, Sucre actúa como edecán del jefe
patriota Santiago Mariño, a su lado asiste a la reunión
de los Ejércitos de Oriente y Occidente (1814),
combatiendo luego bajo las órdenes del general José
Francisco Bermúdez en Maturín. Junto a Bermúdez
escapa a Margarita, y luego a las Antillas, huyendo
del “pacificador” Pablo Morillo50. Arriba a Cartagena
de Indias (costa atlántica colombiana) en donde se
distingue notablemente entre los defensores de esa
plaza durante el asedio a que fue sometida, por espacio
de más de tres meses, por parte de las fuerzas de Morillo
y Morales.
Antes de recibir su ascenso a General de Brigada en el
año 1819, de manos del vicepresidente de Venezuela
Don Francisco Antonio Zea51, Sucre habrá participado

50 Una vez restaurado Fernando VII en su trono, una de las primeras


medidas que adopta es la reconquista de América. El 16 de febrero de 1815
Pablo Morillo, “El Pacificador”, sale de Cádiz al frente de una expedición
militar compuesta por 18 buques de guerra, 41 transportes y 15.000 tropas
veteranas. Su segundo es el temible brigadier Francisco Tomás Morales.
51 Ratificado por Bolívar en febrero de 1820.
69
ya en nueve importantes campañas militares en la
patria que lo vio nacer: la de Barcelona (1811) con
su padre Vicente; la del Centro (1812) con Miranda;
cuatro campañas en Oriente junto a Mariño, Ribas y
Bermúdez (1813-1814/1814/1816-1817/1817-1819);
la del Centro (1814) con Mariño; la del Centro a
Oriente (1814) conocida como “la emigración a
Oriente” y la de Guayana (1817) con Bolívar. A esto
hay que sumar su participación, en 1815, en la referida
defensa de Cartagena (Claure, 2009:29). Con méritos
más que suficientes para pasar a la posteridad como un
distinguido y valeroso oficial de la independencia -en
apenas ocho años de carrera militar- el mejor aporte de
Antonio José de Sucre a la causa de la emancipación
americana está aún por venir, esta vez desde los remotos
e inmortales campos de Pichincha y Ayacucho.
70
71

CAPÍTULO III
SUCRE: PRECURSOR DEL DERECHO
INTERNACIONAL HUMANITARIO

“Los sucesos en los cuales intervino como


Comisionado el noble General, que por
cierto, fueron varios y muy trascendentales,
demuestran de una manera palmaria la
superioridad de Antonio José de Sucre.
Es que él es el gran heredero de un
patrimonio inmenso dentro del orden
moral que no admite límites ni cálculos.
Es la lección más poderosa, el ejemplo
más patético contra la desunión y las
anarquías colectivas.
Numa Quevedo
Sucre y la Cultura
Caracas-Venezuela, 1975
72
73
Transcurridos los dos primeros lustros del siglo XIX, la
guerra horrorosa, la guerra terrible, la que no conoce de
clemencia ni de perdón, cubría con su doloroso manto
a toda Venezuela. Desde 1810 una vorágine de ejércitos
–tanto realistas como patriotas- había teñido de sangre
el suelo de la antigua Capitanía General arrasando,
sucesivamente, dos repúblicas venezolanas en medio
de esa tempestad. Los fatídicos años de 1812 y 1814
marcaron el momentáneo final del sueño republicano
en un país que se preciaba de estar entre los primeros
que alzaron su voz a favor de la causa de la libertad.
No obstante, en 1813, Bolívar -quien desde la pérdida
de la primera república venezolana se había puesto al
servicio de la independencia de la Nueva Granada- se
empeña en reconquistar su patria organizando una gran
campaña militar desde el vecino país. Para tan temeraria
empresa recibe el apoyo incondicional del Congreso de
Tunja (Nueva Granada) y de una generación de próceres
neogranadinos de reconocido valor y patriotismo, tal es
el caso de Ricaurte y Girardot, entre muchos otros. El
héroe venezolano emprende entonces desde Cúcuta lo
que la historia conoce como la Campaña Admirable.
El futuro Libertador se encuentra por vez primera al
frente de un gran ejército (colombo-venezolano),
bien organizado y equipado, con una vanguardia de
560 hombres, dirigida por Girardot y Urdaneta, y una
retaguardia compuesta por 883 efectivos, a las órdenes
de José Félix Ribas (Rourke, 1942: 112-113). Ahora
como supremo conductor de la guerra es su prioridad
llevar la libertad a su patria, pero también la justicia
ante las múltiples vejaciones, atropellos y atrocidades
cometidas por los realistas contra su pueblo.
La Guerra a Muerte
La guerra desarrollada por las huestes realistas fue
cruel e inhumana, desde el estallido mismo de la
revolución. Jefes como Monteverde, Zuazola, Yañez,
74
Cerveriz, Fernández de la Hoz, Boves, Morales y
Pablo Morillo “el pacificador” no conocieron la piedad,
llegando a cometer los más atroces y brutales crímenes
que recuerde la historia del Nuevo Mundo contra los
patriotas venezolanos.
Todas las narraciones, aún las escritas más tarde
por españoles imparciales, están llenas de orejas,
lenguas y narices cortadas a todos los habitantes de
una aldea, de hombres a quienes se les desollaban
las plantas de los pies y se les obligaba a andar
sobre pedazos de vidrio, cajas llenas de orejas
humanas distribuidas por los generales entre los
soldados del rey para llevarlas como escarapelas
en el sombrero. Hubo un general que gustaba
de levantar pirámides de huesos, de coser los
prisioneros uno con otro por la espalda, de destripar
las mujeres embarazadas. (Ludwig, 1952: 110)
En carta dirigida por el temible comandante Cerveriz al
jefe realista Monteverde le señala:
V.S. no debe ignorar que los sucesos de Maturín
han encendido un fuego terrible en la provincia y
así no hay más que no dejar con vida a ninguno
de estos infames criollos que fomentan estas
disensiones. Yo le aseguro a V.S. que ninguno de
los que caiga en mis manos se escapará. (Diez de
Medina, 2011:88)
En el bando patriota las reacciones ante esta política
genocida no se hicieron esperar. Antonio Nicolás
Briceño, hombre de leyes, diputado del Primer Congreso
de Venezuela y uno de los signatarios de la Declaración
de Independencia (1811), emigra de Venezuela luego
de la caída de la Primera República (1812) y se radica
en la Nueva Granada, específicamente en Cartagena de
Indias, donde le reconocen el grado de coronel y desde
allí sueña con una campaña que libere a Venezuela
75
del yugo realista. Briceño alienta en sus hombres un
espíritu de venganza contra los españoles estableciendo
un sistema ascensos militares en función del número
de cabezas de realistas que le sean presentadas. Sus
métodos no son aprobados por Bolívar, sin embargo,
por su elevado patriotismo, es incorporado al ejército
expedicionario y se le da el mando de la caballería. El
9 de abril Briceño fusila dos españoles y con su sangre
firma comunicaciones para Bolívar y para Manuel del
Castillo. Bolívar condena esta atrocidad y lo manda a
apresar, es muy tarde ya, Briceño opera por su cuenta
al frente de un puñado de hombres y busca reunirse con
sus parientes en Barinas -los Briceño Angulo- fervientes
republicanos que organizan un gran movimiento para
liberar a Venezuela. Finalmente, el 15 de mayo de 1813,
Briceño es derrotado por el jefe realista José Yañez, él
y 12 de sus oficiales caen prisioneros y son juzgados
en Barinas.
Recién llegado Bolívar a Trujillo (14 de junio de 1813)
luego de su paso por San Cristóbal y Mérida (donde
fue aclamado Libertador) se entera que en Barinas
el comandante español Antonio Tizcar instruyó a sus
hombres “no dar cuartel a los vencidos” autorizando
con ello toda suerte de abusos y atropellos contra
los patriotas (Rourke, 1942; Diez de Medina, 2011).
Entre las víctimas de Tizcar se encuentran Juan José
Briceño Angulo, fusilado el 22 de mayo, y Antonio
Nicolás Briceño, fusilado a mediados de junio, no sin
antes dejar escuchar su valeroso y decidido clamor:
“fusílenme pronto para no sufrir más tiempo por los
tiranos de la patria” (Fundación Polar, 1992ª: 447).
En tan complejas circunstancias, agobiado por la
crueldad demencial de sus adversarios, Bolívar se
ve irremediablemente obligado a declarar la “Guerra
a Muerte” a los españoles (junio de 1813), tal como
lo había advertido días atrás desde Mérida. La ciudad
76
de Trujillo es el escenario para el repudiable pero
necesario decreto que desatará una guerra sin cuartel,
en Venezuela y la Nueva Granada.

SIMÓN BOLÍVAR
Brigadier de la Unión, General en Jefe del
Ejército del Norte, Libertador de Venezuela
A sus conciudadanos:
Venezolanos:
Un ejército de hermanos, enviado por el soberano
Congreso de la Nueva Granada, ha venido a
libertaros, y ya lo tenéis en medio de vosotros,
después de haber expulsado a los opresores de
las provincias de Mérida y Trujillo.
Nosotros somos enviados a destruir a los
españoles, a proteger a los americanos, y a
restablecer los gobiernos republicanos que
formaban la Confederación de Venezuela. Los
Estados que cubren nuestras armas, están regidos
nuevamente por sus antiguas constituciones y
magistrados, gozando plenamente de su libertad
e independencia; porque nuestra misión sólo se
dirige a romper las cadenas de la servidumbre,
que agobian todavía a algunos de nuestros
pueblos, sin pretender dar leyes, ni ejercer actos
de dominio, a que el derecho de la guerra podría
autorizarnos.
Tocado de vuestros infortunios, no hemos podido
ver con indiferencia a las aflicciones que os hacían
experimentar los bárbaros españoles, que os han
aniquilado con la rapiña, y os han destruido con la
muerte; que han violado los derechos sagrados de
77
las gentes; que han infringido las capitulaciones y
los tratados más solemnes; y, en fin, han cometido
todos los crímenes, reduciendo a la República
de Venezuela a la más espantosa desolación. Así
pues, la justicia exige la vindicta, y la necesidad
nos obliga a tomarla. Que desaparezcan para
siempre del suelo colombiano los monstruos
que lo infestan y han cubierto de sangre; que
su escarmiento sea igual a la enormidad de su
perfidia, para lavar de este modo la mancha de
nuestra ignominia, y mostrar a las naciones del
universo, que no se ofende impunemente a los
hijos de América.
A pesar de nuestros justos resentimientos contra
los inicuos españoles, nuestro magnánimo corazón
se digna, aún, abrirles por última vez una vía a la
conciliación y a la amistad; todavía se les invita a
vivir pacíficamente entre nosotros, si detestando
sus crímenes, y convirtiéndose de buena fe,
cooperan con nosotros a la destrucción del
gobierno intruso de España, y al restablecimiento
de la República de Venezuela.
Todo español que no conspire contra la tiranía
a favor de la justa causa, por los medios más
activos y eficaces, será tenido por enemigo,
y castigado como traidor a la patria y, por
consecuencia, será irremisiblemente pasado
por las armas. Por el contrario, se concede un
indulto general y absoluto a los que pasen a
nuestro ejército con sus armas o sin ellas; a los
que presten sus auxilios a los buenos ciudadanos
que se están esforzando por sacudir el yugo de la
tiranía. Se conservarán en sus empleos y destinos
a los oficiales de guerra, y magistrados civiles
que proclamen el Gobierno de Venezuela, y se
78
unan a nosotros; en una palabra, los españoles
que hagan señalados servicios al Estado, serán
reputados y tratados como americanos.
Y vosotros, americanos, que el error o la perfidia
os ha extraviado de la senda de la justicia,
sabed que vuestros hermanos os perdonan y
lamentan sinceramente vuestros descarríos, en la
íntima persuasión de que vosotros no podéis ser
culpables, y que sólo la ceguedad e ignorancia
en que os han tenido hasta el presente los autores
de vuestros crímenes, han podido induciros a
ellos. No temáis la espada que viene a vengaros,
y a cortar los lazos ignominiosos con que os
ligan a su suerte vuestros verdugos. Contad con
una inmunidad absoluta en vuestro honor, vida
y propiedades; el solo título de americanos será
vuestra garantía y salvaguardia. Nuestras armas
han venido a protegeros, y no se emplearan
jamás contra uno solo de nuestros hermanos.
Esta amnistía se extiende hasta a los mismos
traidores que más recientemente hayan cometido
actos de felonía; y será tan religiosamente
cumplida, que ninguna razón, causa, o pretexto
será suficiente para obligarnos a quebrantar
nuestra oferta, por grandes y extraordinarios
que sean los motivos que nos deis para excitar
nuestra animadversión.
Españoles y Canarios, contad con la muerte, aún
siendo indiferentes, si no obráis activamente en
obsequio de la libertad de América. Americanos,
contad con la vida, aun cuando seáis culpables.
Simón Bolívar.
Cuartel General de Trujillo, 15 de junio de 1813.-3º
(Bolívar, 1978e: 231-233; Bolívar, 2009: 68)
79
Bolívar tratar de dilatar la aplicación del decreto pero
el torbellino de sangre desatado por los realistas se lo
impide. El jefe patriota no se siente cómodo con lo
que las circunstancias le han obligado a hacer, ofrece
nuevas oportunidades a los realistas para que cesen
sus armas y se sumen a la causa de la libertad. Desde
San Carlos (actual capital del central estado Cojedes),
el 28 de julio del año 13, Bolívar lanza un ultimátum
desesperado:
…Por última vez, españoles y canarios, oíd
la voz de la justicia y de la clemencia. Si
preferís nuestra causa a la de los tiranos, seréis
perdonados, y disfrutareis de vuestros bienes,
vida y honor; y si persistís en ser nuestros
enemigos, alejaos de nuestro país, o preparaos
para morir. (Bolívar, 1978e: 236)
Todo es en vano, como nunca se había visto antes una
guerra sin cuartel y sin piedad se desata a lo largo y
ancho del territorio venezolano.
Tres años después, su convicción de abolir el decreto
y culminar la Guerra a Muerte se hacen patente en su
“Proclama” dirigida a los habitantes de Caracas desde
Ocumare de la Costa (6 de julio 1816): “La guerra a
muerte que nos han hecho nuestros enemigos cesará
por nuestra parte: perdonamos a los que se rindan,
aunque sean españoles (…) Ningún español sufrirá la
muerte fuera del campo de batalla, ningún americano
sufrirá el menor perjuicio por haber seguido el partido
del rey” (Bolívar, 1978e: 312). Sin embargo la definitiva
abolición de la Guerra a Muerte y la regularización de
la guerra no llegarán sino hasta 1820, de la mano de su
más grade e incondicional colaborador: Antonio José
de Sucre.
80
Sucre, el mediador de Bolívar
Las campañas militares de los años 1817, 1818 y 1819
fueron particularmente favorables para las armas patriotas,
tanto en Venezuela como en la Nueva Granada; El Juncal,
San Félix y Boyacá fueron triunfos que cambiaron
definitivamente el curso de la guerra; sin embargo, el éxito
de estas campañas, por extraño que parezca, comienza
a fraguarse fuera de territorio colombo-venezolano,
concretamente en la República de Haití.
A finales de 1815 Bolívar se encuentra en la ex colonia
francesa de Haití (independiente desde 1804), arriba
procedente de Jamaica en donde vivió sumido en la
miseria y estuvo a punto de ser asesinado. Sin embargo,
no todo fue negativo en esa etapa aciaga de su vida,
la redacción de su célebre Carta de Jamaica52 “Obra
del genio profético que después de un siglo ha recibido
la ejecutoria de la posteridad” (Diez de Medina, 2011:
157) bien valió las penurias sufridas.
El 2 de enero de 1816 Bolívar se reúne con el presidente
haitiano Alexander Petión, le cuenta sobre los éxitos
y fracasos de la campaña emancipadora y sus planes
para continuar la lucha contra España. Bolívar esgrime
argumentos convincentes y recibe del presidente
haitiano todo el apoyo necesario para la liberación de
Venezuela. Petión, de padre francés y madre negra, era
un militar de academia formado en Francia, amante de
la libertad y la justicia social. El héroe venezolano no
ocultará su admiración por este noble hombre de color
y recibirá de él concejos y lecciones que marcarán su
vida, como la referida a la libertad de los esclavos:

52 “Bolívar aborda en forma maestra todos los problemas d América, en


esta carta escrita en breves días, sin contar con libros, ni documentos de
que echar mano. Se adelanta a todas las posibilidades, y con mirada zahorí
penetra en la sociología y la psicología de los diversos pueblos de América
y predice exactamente sus características, y su desarrollo futuro, en forma
tal que hoy mismo es el asombro de los doctos” (Diez de Medina, 2011:
157).
81
Y cuando alcanza (Bolívar) el apoyo concreto,
decisivo, del presidente haitiano, escucha
estático cómo éste, en un rasgo de nobleza
que ha recogido la Historia, impone una
noble condición: cuando triunfen los patriotas
en la empresa que van a acometer, habrá de
decretarse la libertad de los esclavos. No exige
nada más este gran espíritu, en el cual puede
más la fuerza del idealismo que el volumen de
la dádiva espléndida. Los barcos, las armas, los
víveres, todo se pagará con una sola moneda:
la libertad de los negros. (Rumazo, 1973:120)
Pese al apoyo incondicional del presidente haitiano,
organizar una expedición militar que libere a Venezuela
no será una fácil tarea para el Libertador. El principal
obstáculo que debe superar es la intransigente actitud
de los jefes orientales venezolanos (en especial Mariño
y Bermúdez) que se niegan a someterse a su autoridad.
Finalmente, con el apoyo del almirante curazoleño Luis
Brión, Bolívar logra sortear esta adversidad y organiza
la primera de sus dos expediciones desde territorio
haitiano: la Expedición de los Cayos (marzo 1816).
En medio de este contexto Sucre se encontraba
también en Haití, arribó allí con el grupo proveniente
de Cartagena de Indias junto al general Bermúdez, el
cumanés se contaba ya dentro de los oficiales de rango
medio de la revolución ostentando el grado de Teniente
Coronel. Sin embargo, pese a su elevado talento y a
sus intachables servicios, Sucre aún no brillaba con luz
propia, permanecía -por ahora- a la sombra de rudos e
inflexibles jefes como Mariño y Bermúdez.
En Haití, cuando los ánimos se caldean más de la cuenta,
Sucre se manifiesta descontento e incómodo con la
disidencia de sus paisanos y la falta de respeto hacia la
autoridad de Bolívar, personaje emblemático a quien ya
82
ha comenzado a admirar. Antes que confrontar a sus jefes
Sucre decide salir de Haití y refugiarse junto a un grupo
compañeros venezolanos en la isla británica de Trinidad, su
tiempo no ha llegado aún, muy pronto el joven y brillante
oficial saldrá del anonimato, nada más y nada menos que de
la mano del propio Libertador (Sherwell, 1995).
En Julio de 1816 Bolívar -previo paso por la isla
venezolana de Margarita en donde es reconocido como
“Jefe Supremo”- desembarca en las playas de Ocumare
(región centro norte costera de Venezuela), su propósito:
revertir la historia y reconquistar Venezuela. Le acompañan
en la empresa un grupo de impetuosos y valerosos
oficiales, entre los que destacan Manuel Piar, Santiago
Mariño, Francisco Antonio Zea, Pedro María Freites,
Pedro Briceño Méndez, Manuel Valdés, Diego Ibarra,
Juan Bautista Bideau, Carlos Chamberlain, Juan Baillío,
Carlos Eloy Demarquet, Renato Beluche, Bartolomé
Salom, Pedro León Torres, Carlos Soublette, Sir Gregor
MacGregor y Henry Ducoudray-Hostein, entre otros.
Por su oposición a Bolívar José Francisco Bermúdez y
Mariano Montilla fueron excluidos de la expedición, sin
embargo, más pronto que tarde, estos dos insignes jefes
se convertirán en aliados incondicionales del Libertador.
La campaña en tierra firme no es del todo exitosa.
Asediado por Morales Bolívar se ve forzado a regresar
al mar y salvar así su vida, los planes de tomar Caracas
en una semana se vienen abajo. Tras el Libertador
queda un pequeño grupo de combatientes (600
hombres) que continuarán la lucha bajo las órdenes
del comandante escocés Sir Gregor Mac Gregor53,

53 “Bolívar logró enrolar en Londres trescientos hombres, y luego hizo


venir mil ingleses con otros oficiales (…) Poco después, seis mil británicos
se unen a Bolívar” (Ludwig, 1952: 141). Ya para 1817 habían arribado a
Venezuela, procedentes de Inglaterra, varios miles de oficiales, sargentos
y soldados europeos (ingleses, irlandeses, escoceses, franceses, alemanes
y otros) conformando lo que la historiografía conoce como La Legión
Británica, que lejos de constituir una sola unidad conformaron diferentes
cuerpos del Ejército Libertador, tales como Cazadores, Húsares, Lanceros,
83
mismos que serán decisivos poco tiempo después en
la batalla de El Juncal (27-9-1816). Pese a la relativa
derrota sufrida en el terreno militar, la breve campaña
dejará un saldo político y social muy importante para la
historia venezolana: Bolívar decreta, en dos proclamas
sucesivas (2 de junio y 6 de julio de 1816), la libertad
absoluta de los esclavos, la primera en Carúpano y la
segunda en Ocumare (Rumazo, 1973).

SIMÓN BOLÍVAR
Jefe Supremo y Capitán General de los Ejércitos
de Venezuela y Nueva Granada, &,&.
A los habitantes de Río Caribe, Carúpano y Cariaco
Considerando que la justicia, la política, y la Patria
reclaman imperiosamente los derechos imprescindibles
de la naturaleza, he venido en decretar, como decreto,
la libertad absoluta de los esclavos que han gemido
bajo el yugo español en los tres siglos pasados (…)
Simón Bolívar
Dado en el Cuartel General de Carúpano, a 2 de junio
de 1816. (Bolívar, 1978e: 310)
A los habitantes de la provincia de Caracas
…Esa porción desgraciada de nuestros hermanos que
ha gemido bajo las miserias de la esclavitud ya es
libre. La naturaleza, la justicia y la política piden la
emancipación de los esclavos; de aquí en adelante sólo
habrá en Venezuela una clase de hombres, todos serán
ciudadanos…
Simón Bolívar
Cuartel General de Ocumare, 6 de julio de 1816.
(Bolívar, 1978e: 312)
Infantería Ligera y Rifles, entre otros.
84
A todas estas, Sucre se encuentra aún en Trinidad
y enterado en abril que la expedición bolivariana ha
zarpado finalmente desde el puerto haitiano de los
Cayos de San Luis (31-3-1816) decide, junto a otros
patriotas venezolanos allí exilados, partir lo más pronto
posible a territorio venezolano para incorporarse a
la lucha. La premura casi le cuesta la vida a Antonio
José, la nave en que viajan no era la más apta para la
travesía y naufraga en medio de una tempestad. Sucre
salva milagrosamente la vida aferrado a alguna pieza
de madera sobre la cual llega a tierra firme, sus días
no podían terminar así, la providencia tenía reservado
para él un futuro lleno de gloria como príncipe de
la emancipación americana (Villanueva, 1995:70;
Sherwell, 1995: 28-29).
Superado milagrosamente el incidente del naufragio,
Sucre se presenta al general Mariño, este y sus
compañeros lo reciben con múltiples expresiones de
cariño. El recio jefe oriental concede a Sucre el comando
del Batallón Colombia y poco después le asigna la
jefatura de su Estado Mayor (Villanueva, 1995:70), los
patriotas orientales están decididos a liberar a Cumaná
y cuentan con las virtudes joven oficial. Durante todo
el año 1816, y parte del 17, Sucre participará en las
campañas orientales con esta responsabilidad, él es el
motor que mueve el ejército: planifica, organiza, dirige,
instruye, adiestra, consigue los recursos, a sus cortos
21 años es un torbellino de actividad, la misma que
desplegará en las venideras campañas de Pichincha y
Ayacucho (1822 y 1824).
Bolívar, después de haber sido expulsado alevosamente
del Puerto de Güiria por Mariño y Bermúdez, se refugia
nuevamente en Haití. El Libertador no desfallece, con
el apoyo de Petión organiza una nueva expedición
(la de Jacmel), sabe que en tierra firme cuenta con el
apoyo de Arismendi y Monagas, entre otros, además
85
conoce que la lucha en el occidente de Venezuela
no ha cesado gracias al accionar de Urdaneta, Páez
y Santander. A finales del año 1816 Bolívar llega
nuevamente a Margarita y de allí pasa a Barcelona
(31-12-1816), estableciendo su Cuartel General en esa
ciudad, en adelante el oriente del país será su centro de
operaciones.
Mientras el Libertador realiza inmensos esfuerzos
para concentrar las fuerzas patriotas (las de occidente
y oriente) en un solo y robusto ejército que pueda
hacer frente con éxito a Morillo, nuevas tempestades
se avizoran en el horizonte republicano. Las pugnas
internas entre los caudillos patriotas y el vertiginoso
avance de los realistas sobre Barcelona hacen temer lo
peor. Bolívar decide marchar más al sur -a Guayana-
al tiempo que Barcelona, a espera de auxilios desde
Cumaná, queda bajo resguardo de un batallón de
infantería comandado por el valeroso general Pedro
María Freites, la tormenta está pronta a estallar.
El coronel realista Juan Aldama llega a Barcelona, asedia la
ciudad e invita a la rendición incondicional de la plaza, su
oferta es rechazada, Freites y sus hombres están dispuestos
a morir antes que rendirse. Aldama no tuvo piedad,
con 4.300 hombres ataca sin cuartel a los republicanos
atrincherados en la “Casa Fuerte de Barcelona”54. La
resistencia de los patriotas es firme y heroica, se lucha
palmo a palmo, cuerpo a cuerpo, sin embargo la plaza
termina cediendo ante la abrumadora superioridad de los
atacantes. El general Freites es capturado y conducido de
inmediato a Caracas, donde es fusilado el 17 de abril de
ese año (Fundación Polar, 1992a: 603).
La caída de Barcelona representó una dolorosa pérdida
para la causa republicana, no obstante, la formidable

54 Nos referimos al Convento de San Francisco, especialmente


fortificado y acondicionado para resistir la embestida realista y brindar
protección y resguardo a los habitantes de la ciudad.
86
constancia de la armas patriotas será prontamente
recompensada con un nuevo lauro en la Batalla de
San Félix. El 11 de abril -en las inmediaciones de
aquella población del sur de Venezuela- el general
Piar, sin artillería y al frente de una tropa compuesta
mayoritariamente por indios (flecheros y lanceros),
despliega una extraordinaria estrategia que envuelve
y aniquila a las veteranas tropas del brigadier La
Torre. Los batallones Barbastro, Castilla y Victoria
son aplastados por los patriotas, setecientas bajas,
incluyendo 73 oficiales, contabilizan los realistas, La
Torre salva su vida milagrosamente y huye a Angostura.
La mancha de la jornada fue el ajusticiamiento, por
órdenes de Piar, de 300 prisioneros españoles, una
consecuencia más de la odiosamente necesaria Guerra
a Muerte (Rourke, 1942).
Lo que los realistas no podían conseguir por las armas
-sacar del camino a Bolívar- parecían los caudillos
patriotas empecinados en lograr. El 8 de mayo de
1817, a fuerza de engaños y manipulaciones, el general
Santiago Mariño y el canónigo chileno Cortés de
Madariaga logran reunir en la población de Cariaco en
el oriente venezolano, una suerte de junta o asamblea
que pretende desconocer la autoridad del Libertador.
El tristemente célebre Congresillo de Cariaco pretende
organizar al país bajo el sistema federal, con un
gobierno provisorio integrado por cinco personas
(entre ellas Bolívar) y con la jefatura del ejército y del
gobierno en manos de Mariño. El coronel Sucre, en
ese tiempo bajo las órdenes de Mariño, había recibido
instrucciones de unirse junto a su Batallón Colombia al
general Urdaneta para concurrir al sitio de la ciudad de
Cumaná, enterados estos dos oficiales de lo ocurrido en
Cariaco y del desconocimiento de la autoridad suprema
del Libertador, abandonan el ejército y se retiran a
Angostura en búsqueda de Bolívar, único jefe que
reconocen. Sucre ha apostado por la figura de Bolívar
87
por encima de la de sus jefes naturales en el oriente del
país (Villanueva, 1995; Diez de Medina, 2011; Hoover,
1995:97).
El Congresillo duró muy poco (12 días) debió al acecho
de las huestes del general realista Pablo Morillo. Sus
determinaciones fueron intrascendentes y Mariño, su
máximo auspiciador, fue derrotado por Morillo. Ante este
panorama el general Mariño pide a Bolívar una nueva
oportunidad en el ejército y éste se la da (Rourke, 1942),
no obstante no se confía plenamente y decide mover
estratégicamente algunas piezas en el ejército de oriente.
El 19 de septiembre de 1817 Bolívar designa a Sucre
Gobernador de la Plaza de la Antigua Guayana y
Comandante General del Bajo Orinoco, un mes más
tarde, el 7 de octubre, le nombra Jefe del Estado Mayor
de la División Cumaná que manda el bizarro general
Bermúdez (Andrade, 1995: 26), ambos oficiales se
complementarán perfectamente “constituyendo con sus
opuestas aptitudes una fuerza de guerra potentísima y
segura” (Villanueva, 1995: 72; Dietrich, 1995:30).
Adicionalmente, por órdenes directas de Bolívar, el
coronel Sucre deberá interceder ante Mariño para
asegurar su fidelidad y sumisión al gobierno.
…En caso de que el general Mariño se haya
adherido al gobierno voluntariamente, o porque
las circunstancias no le hayan permitido hacer otra
cosa, Vd. deberá procurar completar la reunión del
general Mariño con el gobierno. Y en caso de no
lograrse una completa y absoluta sumisión, sea del
general Mariño, sea de sus tropas, entonces estará
Vd. autorizado para regresar a mi cuartel general
a dar cuenta de su comisión. (Bolívar a Sucre.
Angostura, VII-X-1817. Bolívar, 1978a: 272)
Sucre cumple con éxito su misión y es felicitado por el
Libertador:
88
Mí querido coronel:
He recibido con mucho gusto su apreciable de 5
del corriente en Maturín, en que me participa los
asuntos ocurridos con el general Mariño y en que
Vd. se ha portado con la delicadeza y tino que
yo esperaba. Celebro infinito que Vd. haya visto
y tratado al general Mariño del modo que lo ha
hecho, sin desesperarlo, y con la consideración
que él se merece por su conducta en estos últimos
días, que me parece bastante favorable a nuestros
intereses comunes; sobre todo si logramos que el
general Mariño se reúna de nuevo al gobierno con
la sinceridad que él me ofrece… (Bolívar a Sucre.
Angostura, XI-XI-1817. Bolívar, 1978a: 275)
Para ese entonces Bolívar expresa ya un afecto muy
especial hacia Sucre, reconoce sus cualidades y no
escatima elogios hacia su persona. Sucre, por su parte,
se identifica en su correspondencia hacia el Libertador
como su “invariable apasionado amigo” y no vacila
en afirmar “Yo estoy resuelto, no obstante todo, a
obedecer ciegamente y con placer a Vd.” (Sucre a
Bolívar. Maturín, XVII-X-1817. Sucre, 1973: 12).
Son los primeros destellos de una poderosa y sincera
relación que tendrá como sustento natural la lealtad al
hombre y a los principios de la revolución:
Lealtad bien fundada y emotivamente proyectada: de
por medio existía la inquebrantable y perfectamente
lograda amistad, franco y anchuroso compañerismo
y respetuoso trato. No fue Sucre el subalterno sumiso
ni pasivo, pues a la característica impetuosidad de
su grande amigo sabía corresponderle con tino,
delicadeza, elegancia, crítica sutil y la más alta
consideración a la investidura y extraordinarias
cualidades del Héroe Supremo. Estas actividades
cautivaron a éste e hicieron crecer más su aprecio
89
y verdadera distinción del prócer oriental, hasta
inclusive haberlo aspirado en tenerlo como hijo.
(Miguel Angel Mudarra, citado por Numa Quevedo,
1975:93)
Los años 18 y 19 transcurrirán en Venezuela entre la
pacificación del oriente –con activa participación de
Sucre, Bermúdez y Mariño- , los intentos de Bolívar por
tomar Caracas y las acciones bélicas en los llanos centro
occidentales del país. Pese a este complejo escenario
bélico local, el contacto con los patriotas de la Nueva
Granada nunca se perdió y una vez consolidada la plaza
de Angostura Bolívar no duda en acudir al auxilio de
aquel país. Con un ejército de constituido básicamente
por los intrépidos llaneros Bolívar atraviesa el país,
cruza la frontera y asciende el Páramo de Pisba para caer
sobre las espalda de los realistas en Gámeza, Pantano
de Vargas y finalmente en Boyacá, el 7 de agosto de
181955. En esta épica gesta libertaria se distinguen de
manera particular Francisco de Paula Santander, Juan
José Rondón, José Antonio Anzoátegui, Cruz Carrillo,
Carlos Soublette, Ambrosio Plaza y el irlandés James
Rooke, comandante de la Legión Británica, fallecido
a consecuencia de las heridas sufridas en la batalla de
Pantano de Vargas.
Una vez materializada la liberación de la Nueva
Granada, y parte de la de Venezuela, Bolívar hace
realidad lo que avizoró en su Manifiesto de Cartagena
(1812), la unión de ambos estados en una sola gran
nación, nace así Colombia, la Grande, (17 de diciembre
de 1819), la guerra en adelante será entre dos Estados,
Colombia y España. Sucre no acompaña a Bolívar en

55 La expedición libertadora parte desde la “Aldea de los 70” en Angostura,


el 27 de mayo de 1819, y atraviesa Mantecal, Río Arauca, Tame, Chire, Pore,
Nunchía, Morcote, Paya, Labranza Grande, Llano de Miguel Plan, Pisba,
Socotá, Quebrada, Socha, Tasco, Corrales, Gámeza, Tapaga, Beteitiva,
Belén, Cerinza, Bonza, Santa Rosa, Duitama, Paipa, Toca, Chivata, Oicata
y finalmente Puente de Boyacá, el 7 de agosto de ese año 19.
90
esta campaña del 19, se encuentra -como dijimos ya-
luchando en el oriente de Venezuela, sin embargo a
partir del año 1820 su concurso al lado de Bolívar será
fundamental para la independencia americana.
Los Tratados de Armisticio y Regularización de la
Guerra: el alma de Sucre pintada en un papel
En 1819, mientras en América nacía una nueva
república: Colombia, fruto del esfuerzo y de la
convicción libertaria de sus hijos, en España Fernando
VII estaba decidido a recuperar sus posesiones
ultramarinas. El Monarca alistaba en Andalucía una
nueva incursión militar sobre el continente, 20.000
expedicionarios deberían poner fin para siempre a
la rebelión americana. Sin embargo, el germen de la
revolución liberal había invadido al ejército del rey y
ahora sus lanzas y espadas se volverían contra él.
El primero de enero de 1820, en Cabezas de San Juan
(Sevilla), Rafael del Riego –comandante del segundo
batallón asturiano-, se alza proclamando enérgicamente
la Constitución de 1812, desde la vecina Cádiz lo
respalda otro de los oficiales masones complotados con el
movimiento, el coronel Antonio Quiroga. La revolución se
extiende rápidamente, en Arcos de La Frontera es apresado
el Comandante General de las fuerzas expedicionarias,
el Conde de Calderón, mientras –paulatinamente- otros
territorios de la península van sumándose al movimiento
constitucionalista (Ramos, 2012; Castellanos, 1998).
Fernando VII está acorralado, el 7 marzo de 1820,
rodeado su palacio por una gran multitud y sin el
suficiente respaldo militar para reprimir al pueblo, toma
la decisión de emitir un decreto en donde anunciaba su
resolución de jurar la Constitución, comienza de esta
forma el Trienio Liberal.
En Venezuela, entre tanto, aún no se conoce el destino del
monarca y la guerra continúa con creciente intensidad
91
56
. Los patriotas, bajo el comando de Bolívar, avanzan
en los andes (Táchira, Mérida y Trujillo), mientras los
realistas, con Morillo, lo hacen en el centro-occidente
del país (Caracas, Valencia, Barquisimeto), la guerra se
ha vuelto extenuante para ambos bandos.
Para ese entonces Bolívar ha renovado su confianza
en Sucre, lo admira profundamente y no escatima en
elogios para con su persona. A O`Leary y a un grupo de
oficiales que salen a recibirlo en Cúcuta a su regreso de
Barranquilla y Cartagena les comenta acerca de Sucre:
Es uno de los mejores oficiales del Ejército; reúne
los conocimientos profesionales de Soublette,
el bondadoso carácter de Briceño, el talento de
Santander y la actividad de Salom; por extraño
que parezca, no se le conoce ni se sospecha de sus
aptitudes. Estoy resuelto a sacarle a la luz, persuadido
de que algún día me rivalizará. (Villanueva, 1995:
83; Rumazo, 1976:54: Sherwell: 31)
Cónsono con este pensar, Bolívar ha asignado varias
nuevas responsabilidades al ahora novel general y éste
las ha llenado todas a su completa satisfacción. Una de
las más importantes ha sido, sin lugar a dudas, la de
viajar a las Antillas a comprar de 3.000 a 4.000 fusiles
y otros pertrechos de guerra, lo ha hecho tan bien que
adquirió 4.200 y hasta dinero le sobró. Por enfermedad
del coronel Pedro Briceño Méndez, Sucre es designado
por el Libertador Ministro de Guerra y Marina y en
este carácter le acompaña en la campaña de los andes
venezolanos, llegando incluso a desempeñar el cargo de
Jefe del Estado Mayor General del Libertador. De esta
manera Bolívar cumple su promesa de sacar a Sucre del
anonimato –sin recelo alguno- lo que será retribuido

56 Conocedor ya de la noticia en mayo, Bolívar, desde su Cuartel General


en San Cristóbal, afirma en correspondencia enviada a Guillermo White
(1-5-1820): “Nuestra causa se ha decidido en el Tribunal de Quiroga”
(Castellanos, 2010:37; Rumazo, 1976:55).
92
con creces por el héroe cumanés (Villanueva, 1995;
Hoover, 1995).
La nueva realidad política de la Península Ibérica va a
propiciar un cambio radical en la estrategia de las armas
españolas en América. El nuevo régimen, con muchos
adeptos entre los más altos y destacados oficiales
realistas en el Nuevo Mundo, era partidario de impulsar
una política conciliadora que pusiera fin al conflicto y
contuviese lo que por la vía de la represión absolutista
parecía imposible evitar: la independencia generalizada
de las colonias americanas. En este sentido, las Cortes y
el Gobierno Liberar buscaron acercarse y congraciarse
con los patriotas americanos57. Como parte de este
acercamiento invitaron a los americanos, una vez jurada
la Constitución por los virreyes y capitanes generales58,
a mandar representante (diputados) ante las Cortes con
la intensión de que la América se involucrarse más en
los asuntos de la península y pudiera tener un espacio
propicio para plantear sus problemas particulares
(Castaño, 2012; Carrillo, 1969; Muñiz, 1853) .
Pero el punto central de la nueva política liberal se
ubicaba no en las Cortes sino en el propio campo de
batalla, consistía en concertar un cese de hostilidades con
los patriotas americanos, “por mar y tierra”, otorgándose
en caso de alcanzarse el perdón y “absoluto olvido de
lo pasado”, conforme a lo establecido en la Real Orden
del 11 de abril de 1820 (Castaño, 2012; Carrillo, 1969;
Muñiz, 1853). Más allá de los intereses del régimen
57 En una mala lectura de la realidad política de estos territorios llegaron
a pensar que la sola adopción de la Constitución de Cádiz (1812) colmaría
sus aspiraciones.
58 “En México el 27 de mayo el virrey Juan Ruiz de Apodaca, la Audiencia
y el gobernador, juran la Constitución; en la Capitanía General de Guatemala
el 24 de julio es proclamada nuevamente y designan representantes a las
Cortes liberales; en Cuba el jefe político y militar, Juan Manuel Cajigal,
es obligado por las masas y por parte de la oficialidad del ejército a jurar
la Constitución; en Ecuador Aymerich, capitán general de Quito, jura la
Constitución el 3 de septiembre; en el Perú las autoridades reales juran así
mismo la Constitución” (Castaño, 2012).
93
liberal, esta propuesta constituía una oportunidad única
para los independentistas en aras de lograr, al menos, un
armisticio que les permitiera reorganizar sus tropas de cara
a lo que debía ser la campaña final de la independencia
venezolana, así lo entendió Bolívar y en ese sentido
aceptó entrar en negociaciones con los realistas, siempre
y cuando se reconociera la independencia de Colombia
(Sherwell, 1995).
La nueva estrategia liberal no era del agrado de
Pablo Morillo, sin embargo, como militar obediente
y disciplinado acató las instrucciones llegadas desde
España. El 29 de mayo de 1820 el Ayuntamiento de
Caracas hace llegar una petición al Capitán General de
Venezuela, brigadier Ramón Correa para que se jure la
Constitución de Cádiz al igual que en las otras metrópolis
americanas. Notificado Morillo de esta solicitud se
traslada a Valencia y el 7 de Julio proclama “la Suprema
Ley de la Monarquía Española” (Carrillo, 1969). Jurada
la Constitución Morillo intensifica el acercamiento
iniciado con Bolívar desde el mes de junio.
La primera puerta la toca el general realista Miguel de
La Torre, quien desde la población de Bailadores escribe
al Libertador proponiendo un cese de hostilidades por
un mes, mientras arriba a Cúcuta la comisión designada
por Morillo para tratar todo lo referido al armisticio.
Bolívar acepta con satisfacción la propuesta pero
impone condiciones:
…Si el objeto de la misión de estos señores es otro
que el reconocimiento de la república de Colombia,
V.S. se servirá significarles, de mi parte, que mi
intención es no recibirlos, y ni aún oír ninguna otra
proposición que no tenga por base este principio.
(Bolívar a La Torre. San Cristóbal, VII-VII-1820.
Bolívar, 1978a: 466)
Más pronto que tarde Bolívar recibe una comunicación
del propio Morillo en donde le explica que sus
94
comisionados llevan instrucciones para explicarle “sus
deseos de paz y reconciliación”, añadiendo además
que había ordenado a todos sus jefes “suspender
hostilidades” (Villanueva, 1995: 84).
Los jefes patriotas se mostraron cautelosos y poco
confiados de las “buenas intenciones de Morillo”, el
jefe realista llegó incluso a enviar correspondencia a
varios de ellos y al Congreso en Angostura, sin embargo
Bolívar disipó todas las cavilaciones y respondió al
español en los siguientes términos desde su Cuartel
General en Cúcuta:
Tengo el honor de acusar la recepción del despacho
que V.E. se ha servido dirigirme con fecha 22 de
junio, desde su cuartel general de Valencia.
La República de Colombia se congratula de ver
rayar el día en que la libertad extienda su mano de
bendición sobre la desgraciada España, y de ver a
su misma antigua metrópoli seguirla en la senda
de la razón.
Resuelto el pueblo de Colombia, hace más de
diez años a consagrar el último de sus miembros
a la única causa digna del sacrificio de la paz, a
la causa de la patria oprimida, y confiado en la
santidad de su resolución expresada con la mayor
solemnidad el 20 de noviembre de 1818, de
combatir perpetuamente contra el dominio exterior
y de reconciliarse sino con la independencia, me
tomo la libertad de dirigir a V.E. la adjunta ley
fundamental, que prescribe las bases únicas sobre
las cuales puede tratar el Gobierno de Colombia
con el español.
Con la mayor satisfacción tengo el honor de
ofrecer a V.E. esta franca declaración como
preliminar de toda transacción entre nuestros
95
respectivos gobiernos, y como un testimonio de la
rectitud que caracteriza a nuestro sistema liberal
y representativo. El amor a la paz, tan propio de
los que defienden la causa de la justicia, no será
jamás ahogado por los dolientes clamores de la
humanidad, antes inmolada en el transcurso de
tantos horrores. V.E. puede contar con que no
serán oídos el resentimiento, ni el odio de aquellos
intereses particulares que V.E. conceptúa como
enemigos de la paz. Un solo grito resuena en
Colombia: el de la naturaleza que reclama todos
sus derecho hollados y hundidos hasta ahora en los
abismos del despotismo que ha convertido en vasta
desolación cuantos dominios fueron españoles.
El armisticio solicitado por V.E. no puede
ser concedido en su totalidad, sino cuando se
conozca la naturaleza de la negociación de que
vienen encargados los señores Toro y Linares.
Ellos serán recibidos con el respeto debido a su
carácter sagrado. Entre tanto, me refiero a mis
comunicaciones con el señor General Don Miguel
de la Torre.
Dios guarde a V.E. muchos años.
Simón Bolívar. (Bolívar a Morillo. El Rosario-
Cúcuta, XXI-VII-1820. Bolívar, 1978a: 476)
Al margen de las negociaciones, el Libertador marcha a
la costa atlántica colombiana (Cartagena y Santa Marta)
para activar las operaciones militares en aquella región,
el general Rafael Urdaneta y el coronel Briceño Méndez
se entenderán con los comisionados de Morillo. Pese al
interés de las partes, las negociaciones en Cúcuta no
fueron para nada favorables. Los términos y condiciones
que presentaron los comisionados de Morillo rayaban
en lo indigno; como la pretensión de que los patriotas
96
americanos reconocieran el Gobierno Liberal español
y juraran la Constitución, o como la de proponer que
bajo el armisticio los jefes patriotas quedaran con las
provincias que tuvieran bajo su poder subordinados,
con sus rangos y fuerzas al Ejército Realista y por ende
a la metrópoli española (Oropeza, 1988: 49-50). Los
representantes colombianos rechazaron de plano la
propuesta realista conforme a las condiciones sentadas
previamente por Bolívar, por ahora todo se difería.
Transcurrieron varios meses y las negociaciones
se mantenían estacionadas, sin embargo, Bolívar,
cada vez más convencido de la conveniencia para el
ejército patriota de un armisticio, escribe a Morillo
desde San Cristóbal para retomar negociaciones, no
sin antes recordarle las inaceptables condiciones que
él y sus comisionados quisieron proponer en Cúcuta:
“un armisticio semejante, sin ofrecer siquiera el
reconocimiento de nuestro gobierno, es demasiado
perjudicial a los intereses de la república” (Bolívar
a Morillo, San Cristóbal, XXI-IX-1820. Bolívar,
1978a: 496-497), pese a ello, el Libertador, a nombre
del Gobierno de Colombia, ofrece un nuevo puente
para zanjar las diferencias que pudieran persistir entre
ambos gobiernos. Desde Barquisimeto Morillo contesta
favorablemente al Libertador anunciando el envío de
delegados al Cuartel General de los patriotas59.
Durante todo este tiempo Sucre ha desplegado una
infatigable actividad en el marco de la campaña de
los andes venezolanos. De agosto a octubre recorre
junto al Ejército Libertador las poblaciones andinas
de San Cristóbal (27-8), Bailadores (29-9), Mérida
(1-10), Mucuchíes (4-10), Timotes (5-10), Mendoza
59 Inicialmente, Bolívar anunció en su correspondencia del 21 de
septiembre que establecería su cuartel general en San Fernando de Apure,
todo lo cual fue una estratagema para confundir al jefe realista mientras los
patriotas desarrollaban la campaña de los Andes. En posterior comunicación
le informará su nueva y verdadera ubicación fijando como punto para las
negociaciones Trujillo (Villanueva, 1995: 88).
97
(6-10), Trujillo y Valera (7-10), Santa Ana (12-10),
Carache (13-10), Burbusay (15-10), Boconó (16-10),
Trujillo (17-10), Valera (20-10), Betijoque (21-10),
Ceiba Grande y Betijoque (24-10), Valera (25-19),
Trujillo (26 al 31-10), para ese entonces continúa
desempeñando la cartera de Guerra y Marina en
atención a lo cual mantiene una fluida comunicación
con el Vicepresidente de Colombia, Francisco de Paula
Santander (Castellanos, 1998:40).
Pero la hora cumbre de Sucre, en el año 20, está por
llegar. El 9 de noviembre, desde Trujillo, el Libertador
lo comisiona -junto al coronel Ambrosio Plaza- para
conferenciar con los comisionados españoles y en tales
circunstancias asiste hasta el Cuartel General de los
realistas, el día 11 de noviembre, para entrevistarse
con Morillo, comisión que logrará el día 13. El jefe
realista transmite a los comisionados sus impresiones
sobre los términos y condiciones exigidos por Bolívar
para celebrar el armisticio, entretanto Sucre -haciendo
gala del carácter diplomático y sutil que lo caracteriza-
escucha con atención cada detalle y cada observación
de Morillo.
El informe que Sucre va a transmitir al Libertador es
tan completo, y tan excelsa su valoración acerca de las
impresiones del jefe realista, que no duda Bolívar un
segundo en designarlo, junto al coronel Pedro Briceño
Méndez y el teniente coronel José Gabriel Pérez,
para integrar la delegación que negociará con los
comisionados designados por Morillo60 los términos
del armisticio, en esta comisión Sucre asiste con el
rango de plenipotenciario (Rumazo, 1976: 56).
Por primera vez va a desplegar Sucre su actividad
60 La comisión realista estaba integrada también por tres representantes:
el Brigadier Ramón Correa, Jefe Superior Político de Venezuela; Don Juan
Rodríguez del Toro, Alcalde Primero de Caracas (pariente de la fallecida
esposa de Bolívar) y Don Francisco González de Linares (Dietrich, 1995:
42-43).
98
en una empresa que estuviese a la medida de su
talento.
La gestión que se le encomienda es, por otra
parte, grata de ser llevada a cabo. La prolongada
matanza ha terminado por embotar la sensibilidad
de cuantos ejercitan la guerra, pareciéndoles a los
más, que es inútil intento o cobarde sensiblería
pretender detener aquel torrente de sangre. Nuestro
héroe es una de las contadas personas que logran
mantener su fe en la razón, pareciéndole que ésta
terminará por abrirse paso a través de la insania
colectiva. (Oropeza, 1988: 51)
Ambas delegaciones se encuentran en Trujillo el 19 de
noviembre y, luego del correspondiente intercambio de
credenciales y demás formalidades, el día 22 comienzan
las arduas deliberaciones. Fueron cuatro días de
propuestas y contra propuesta hasta que finalmente, la
madrugada del 25 de noviembre, el tratado de armisticio
quedó redactado en los siguientes términos:

ARMISTICIO
Concluido entre el Libertador Presidente de
Colombia y el general en jefe del ejército
español.
Deseando los gobiernos de España y de
Colombia transigir las discordias que existen
entre ambos pueblos; y considerando que el
primero y más importante paso para llegar a
tan feliz término, es suspender recíprocamente
las armas para poderse entender y explicar han
convenido nombrar comisionados que estipulen
y fijen un Armisticio, y en efecto han nombrado,
S.E. el general en jefe del ejército expedicionario
de costa firme don Pablo Morillo, conde de
99
Cartagena, de parte del gobierno español, á los
señores jefe superior político de Venezuela,
brigadier don Ramón Correa, Alcalde primero
constitucional de Caracas, Don Juan Rodríguez
Toro y don Francisco González de Linares; y S.E.
el Presidente de Colombia, Simón Bolívar, como
jefe de la República, de parte de ella á los señores
general de brigada Antonio José de Sucre, coronel
Pedro Briceño Méndez, y teniente coronel José
Gabriel Pérez, los cuales habiendo canjeado sus
respectivos poderes el 22 del presente mes y año,
y hecho las proposiciones y explicaciones que de
una parte y otra se han deseado, han convenido
y convienen en el Tratado de Armisticio bajo los
pactos que constan de los artículos siguientes:
Art. 1º Tanto el ejército español como el de
Colombia suspenden sus hostilidades de todas
clases, desde el momento que se comunique la
ratificación del presente Tratado, sin que pueda
continuarse la guerra, ni ejecutarse ningún acto
hostil entre las dos partes, en toda la extensión
del territorio que posean durante este Armisticio.
Art. 2º La duración de este Armisticio será
de seis meses, contados desde el día en que
sea ratificado; pero siendo el principio y base
fundamental de él la buena fe y los deseos
sinceros que animan á ambas partes de terminar
la guerra; podrá prorrogarse aquel termino por
todo el tiempo que sea necesario, siempre que
espirado el que se señala no se hayan concluido
las negociaciones que deben entablarse y haya
esperanza de que se concluyan.
Art. 3º Las tropas de ambos ejércitos
permanecerán en las posiciones que ocupen al
100
acto de intimárseles la suspensión de hostilidades;
mas siendo conveniente señalar límites claros
y bien conocidos en la parte que es el teatro
principal de la guerra, para evitar los embarazos
que presenta la confusión de posiciones, se fijan
los siguientes:
1º.- El río de Unare, remontándolo desde
su embocadura al mar hasta donde recibe al
Guanape: las corrientes de este subiendo hasta
su origen; de aquí una línea hasta el nacimiento
del Manapire; las corrientes de este hasta el
Orinoco; la ribera izquierda de este hasta la
confluencia del Apure: éste hasta donde recibe á
Santo Domingo: las aguas de este hasta la ciudad
de Barinas, de donde se tirará una línea recta a
Boconó de Trujillo; y de aquí la línea natural de
demarcación que divide la Provincia de Caracas
del Departamento de Trujillo:
2º.- Las tropas de Colombia que obren sobre
Maracaibo al acto de intimárseles el Armisticio
podrán atravesar por el territorio que corresponde
al ejército español, para venir á buscar su reunión
con los otros cuerpos de tropas de la República,
con tal que mientras que atraviesen por aquel
territorio las conduzca un oficial español.
También se les facilitarán con este mismo objeto
las subsistencias y transportes que necesiten
pagándolos.
3º.- Las demás tropas de ambas partes que no
estén comprendidas en los límites señalados,
permanecerán como se ha dicho en las posiciones
que ocupen, hasta que los oficiales que por
una y otra parte se comisionarán, arreglen
amigablemente los límites que deben separar
101
el territorio en que se está obrando, procurando
transar las dificultades que ocurran para la
demarcación de un modo satisfactorio á ambas
partes.
Art. 4º Como puede suceder que al tiempo
de comunicar este Tratado, se hallen dentro de
las líneas de demarcación que se han señalado
en el artículo tercero algunas tropas ó guerrillas,
que no deben permanecer en el territorio que
estén ocupando, se conviene: 1º.- Que las tropas
organizadas, que se hallan en este caso se retiren
fuera de la línea de la demarcación, y como tal
vez se hallan algunas de estas pertenecientes al
Ejército de Colombia en las riberas izquierdas
del Guanape y del Unare, podrán estas retirarse y
situarse en Piritu ó Clarines ó algún otro pueblo
inmediato y 2º.- Que las guerrillas que estén en
igual caso se desarmen y disuelvan quedando
reducidos á la clase de simples ciudadanos los
que, las componían, ó se retiren también como
las tropas regladas. En el primero de estos
dos últimos casos se ofrece y concede la más
absoluta y perfecta garantía á los que comprenda,
y se comprometen ambos gobiernos á no
enrolarlos en sus respectivas banderas durante
el Armisticio, antes por el contrario permitirles
que dejen el país en que se hallan y vayan á
reunirse al ejército de que dependan al tiempo de
concluirse este Tratado.
Art. 5º Aunque el pueblo de Carache está
situado dentro de la línea que corresponde al
ejército de Colombia, se conviene en que quede
allí un comandante militar del ejército español
con una observación de paisanos armados que
no excedan de veinticinco hombres. También
102
se quedarán las justicias civiles que existen
actualmente.
Art. 6º Como una prueba de la sinceridad y
buena fe que dictan este Tratado, se establece
que en la ciudad de Barinas no podrá permanecer
sino un Comandante militar por la República con
un piquete de veinticinco hombres de paisanos
armados de observación, y todos los peones
necesarios para las comunicaciones con Mérida
y Trujillo y las conducciones de ganados.
Art. 7º Las hostilidades de mar cesarán
igualmente á los treinta días de la ratificación
de este Tratado para los mares de América, y a
los noventa para los de Europa. Las presas que
se hagan pasados estos términos se devolverán
recíprocamente y los corsarios ó apresadores
serán responsables de los perjuicios que hayan
causado por la detención de los buques.
Art. 8º Queda desde el momento de la
ratificación del Armisticio abierta y libre la
comunicación entre los respectivos territorios
para proveerse recíprocamente de ganados,
todo género de subsistencias y mercancías;
llevando los negociadores y traficantes los
correspondientes pasaportes a que deberán
agregar los pases de las autoridades del territorio
en que hubieren de adquirirlos, para impedir por
este medio todo desorden.
Art. 9º La ciudad y puerto de Maracaibo
queda libre y expedita para las comunicaciones
con los pueblos del interior, tanto para
subsistencias, como para relaciones mercantiles;
y los buques mercantes neutros ó de Colombia
que introduzcan efectos, no siendo armamento,
103
ni pertrechos de guerra, ó los extraigan por
aquel puerto para Colombia, serán Tratados
como extranjeros, y pagarán como tales los
derechos, sujetándose á las leyes del país.
Podrán además tocar en ella, salir y entrar por
el puerto los agentes ó comisionados que el
gobierno de Colombia despache para España ó
para los países extranjeros y los que reciba.
   Art. 10º La plaza de Cartagena tendrá la misma
libertad que la de Maracaibo, con respecto al
comercio interior, y podrá proveerse de él durante
el Armisticio para su población y guarnición.
Art. 11º Siendo el principal fundamento y
objeto primario de este Armisticio la negociación
de la paz, de la cual deben recíprocamente
ocuparse ambas partes, se enviarán y recibirán
por uno y otro gobierno los enviados o
comisionados que se juzguen convenientes á
aquel fin, los cuales tendrán el salvo conducto,
garantía y seguridad personal que corresponde á
su carácter de agente de paz.
Art. 12º. Si por desgracia volviere á
renovarse la guerra entre ambos gobiernos, no
podrán abrirse las hostilidades, sin que preceda
un aviso que deberá dar el primero que intente ó
se prepare á romper el Armisticio. Este aviso se
dará cuarenta días antes que se ejecute el primer
acto de hostilidad.
Art. 13º Se entenderá también por un acto
de hostilidad el apresto de expedición militar
contra cualquiera país de los que suspenden las
armas por este Tratado; pero sabiendo que puede
estar navegando una expedición de buques de
guerra españoles, no hay inconveniente en que
104
queden haciendo el servicio sobre las costas de
Colombia, en relevo de igual número de los que
componen la escuadra española, bajo la precisa
condición que no desembarquen tropas.
Art. 14º Para dar al mundo un testimonio
de los principios liberales y filantrópicos que
animan a ambos Gobiernos, no menos que para
hacer desaparecer los horrores y el furor que
han caracterizado la funesta guerra en que están
envueltos, se compromete uno y otro Gobierno
A celebrar inmediatamente un Tratado que
regularice la guerra conforme al Derecho de
Gentes, y á las practicas más liberales, sabias y
humanas de las naciones civilizadas.
Art. 15º El presente Tratado deberá ser
ratificado por una y otra parte dentro de sesenta
horas, y se comunicara inmediatamente á los jefes
de las divisiones por oficiales que se nombrarán al
intento por una y otra parte.
Dado y firmado de nuestras manos, en la ciudad
de Trujillo á las diez de la noche del día veinte y
cinco de noviembre de mil ochocientos veinte.
Ramón Correa.-Antonio José de Sucre.-Juan
Rodríguez de Toro.-Pedro Briceño Méndez
Francisco González de Linares.-José Gabriel Pérez.
El presente tratado queda aprobado y ratificado
en todas sus partes. Cuartel general de Carache
a veinte y seis de noviembre de mil ochocientos
veinte.
José Caparrós (secretario)
Pablo Morillo
SIMÓN BOLÍVAR
105
Libertador, Presidente de la República de
Colombia, &,&,&.
Se aprueba, confirma y ratifica el presente
Tratado en todas y cada una de sus partes.
Dado, firmado, sellado con el sello provisional
del estado, y refrendado por el Ministro de
la Guerra, en el cuartel general de Trujillo a
veinte y seis de noviembre de mil ochocientos
veinte.

Simón Bolívar
Pedro Briceño Méndez
Por mandato de S.E
(Sucre, 1973: 221-225).
Ante la imposibilidad de terminar la guerra de forma
definitiva el alma generosa de Sucre ha previsto -en
concordancia con Bolívar61 - cuando menos suavizar
los rigores de la misma, planteando que en adelante la
confrontación entre España y Colombia se desarrolle
“como lo hacen los pueblos civilizados”. El joven
héroe redacta de su propia mano los términos del
Tratado, un gesto que levantará su figura por encima
de todos los hombres de su tiempo “poniéndolo en su
magnitud humana al lado del Libertador” (Dietrich,
1995:45; Oropesa, 1988). Sin ocultar su asombro por
tan especial muestra de magnanimidad y filantropía, los
realistas aprueban el documento, casi en su integridad,
al tiempo de definirlo como: “un monumento glorioso
de humanidad, que hará honor eterno a sus autores”
(Villanueva, 1995: 102).
TRATADO DE REGULARIZACIÓN DE
LA GUERRA CE­LEBRADO ENTRE LOS
61 El 25 de noviembre de 1825 desde Trujillo Sucre escribe al Libertador:
“El tratado de regularización de la guerra lo propondremos hoy, tan
generoso, liberal y humano como Vd. desea” (Sucre, 1973: 221).
106
GOBIERNOS DE ESPAÑA Y COLOMBIA
Y FIRMADO EN TRUJILLO EL 26 DE
NOVIEMBRE DE 182062
Deseando los Gobiernos de España y de
Colombia manifestar al mundo el horror con que
ven la guerra de exterminio que ha devastado
hasta ahora estos territorios, convirtiéndolos
en un teatro de sangre; y deseando aprovechar
el primer momento de calma que se presenta
para regularizar la guerra que existe entre
ambos Gobiernos, conforme a las leyes de las
naciones cultas, y a los principios más liberales
y filantrópicos, han convenido en nombrar Co­
misionados que estipulen y fijen un tratado de
regularización de la guerra; y en efecto, han
nombrado el Excmo. señor General en Jefe
del Ejército expedicionario de Costa Firme,
Don Pablo Morillo, Conde de Cartagena, de
parte del Gobierno español, a los señores Jefe
Superior Político de Venezuela, el Brigadier Don
Ramón Correa, Alcalde primero constitucional
de Caracas, Don Juan Rodrí­guez Toro, y Don
Francisco González de Linares; y el Excmo.
señor Presidente de la República de Colombia
Simón Bolívar, como Jefe de la República, de
parte de ella, a los señores General de Brigada
Antonio José de Sucre, Coronel Pedro Briceño
Méndez, y Teniente Coronel José Gabriel
Pérez, los cuales autorizados com­petentemente
han convenido y convienen en los siguientes
artículos.

62 Documento 5175 del Archivo del Libertador Simón Bolívar.


Disponible en: http://archivodellibertador.gob.ve/escritos/buscador/spip.
php?article11723
107
Art. 1° La guerra entre España y Colombia se
hará como la hacen los pueblos civilizados,
siempre que no se opongan las prácticas de ellos
a alguno de los artículos del presente Tratado
que debe ser la primera y más inviolable regla de
ambos Gobiernos.
Art. 2° Todo militar o dependiente de un ejército
tomado en el campo de batalla aun antes de
decidirse ésta, se conservará y guardará como
prisionero de guerra, y será tratado y respetado
conforme a su grado hasta lograr su canje.
Art. 3° Serán igualmente prisioneros de guerra y
tratados de la misma manera que éstos, los que
se tomen en marchas, destacamentos, partidas,
plazas, guarniciones y puestos fortificados, aun­
que éstos sean tomados al asalto, y en la marina
los que lo sean aun al abordaje.
Art. 4° Los militares o dependientes de un
ejército que se aprehendan heridos o enfermos
en los hospitales, o fuera de ellos, no serán
prisioneros de guerra, y tendrán libertad para
restituirse a las banderas a que pertenezcan
luego que se hayan restablecido. Interesándose
tan vivamente la humanidad en favor de estos
desgraciados, que se han sacrificado a su patria
y a su gobierno, deberán ser tratados con doble
consideración y respeto que los prisioneros de
guerra, y se les prestará por lo menos la misma
asistencia, cui­dado y alivio que a los heridos y
enfermos del ejército que los tenga en su poder.
Art. 5° Los prisioneros de guerra se canjearán
clase por clase y grado por grado, o dando por
superiores el número de subalternos que es de
costumbre entre las naciones cultas.
108
Art. 6° Se comprenderán también en el canje,
y serán tratados como prisioneros de guerra,
aquellos militares o paisanos que individualmente
o en partidas hagan el servicio de reconocer u
observar, o tomar noticia de un ejército para
darlas al Jefe de otro.
Art. 7° Originándose esta guerra de la diferencia
de opiniones: hallándose con vínculos y
relaciones muy estrechas los individuos que
han combatido encarnizadamente por las dos
causas; y deseando economizar la sangre cuanto
sea posible, se establece que los militares
o empleados que habiendo antes servido a
cualquiera de los dos Gobiernos hayan desertado
de sus banderas y se aprehendan bajo las del
otro, no puedan ser castigados con pena capital.
Lo mismo se entenderá con respecto a los
conspiradores y desafectos de una y otra parte.
Art. 8° El canje de prisioneros será obligatorio,
y se hará a la más posible brevedad. Deberán,
pues, conservarse siempre los prisioneros dentro
del territorio de Colombia, cualquiera que sea
su grado y dignidad; y por ningún motivo ni
pretexto se alejarán del país llevándose a sufrir
males mayores que la misma muerte.
Art. 9° Los Jefes de los ejércitos exigirán que
los prisioneros sean asistidos conforme quiera el
Gobierno a quien éstos correspondan, haciéndo-
se abonar mutuamente los costos que causaron.
Los mismos Jefes tendrán derecho de nombrar
comisarios, que traslada­dos a los depósitos de
los prisioneros respectivos, examinen su situa-
ción, procuren mejorarla, y hacer menos penosa
su existencia.
109
Art. 10. Los prisioneros existentes actualmente
gozarán de los beneficios de este Tratado.
Art. 11. Los habitantes de los pueblos que alter-
nativamente se ocuparen por las armas de am-
bos Gobiernos, serán latamente respetados, y
gozarán de una y absoluta libertad y seguridad,
sean cuales fueren o hayan sido sus opiniones,
destinos, servicios y conducta con respecto a las
partes beligerantes.
Art. 12. Los cadáveres de los que gloriosamente
terminen su carrera en los campos de batalla,
o en cualquier combate, choque o encuentro
entre las armas de los dos Gobiernos,
recibirán los últimos honores de la sepultura,
o se quemarán cuando por su número, o por
la premura del tiempo, no puede hacerse lo
primero. El ejército o cuerpo vencedor, será
el obligado a cumplir con este sagrado deber,
del cual, sólo por una circunstancia muy grave
y singular podrá descargarse, avisándolo
inmediatamente a las auto­ridades del territorio
en que se hallan para que lo hagan. Los cadá­
veres que de una y otra parte se reclamen por
el Gobierno o por los particulares, no podrán
negarse, y se concederá la comunicación
necesaria para trasportarlos.
Art. 13. Los Generales de los ejércitos, los
Jefes de las divisiones y todas las autoridades
estarán obligados a guardar fiel y estricta­
mente este Tratado, y sujetos a las más severas
penas por su in­fracción, constituyéndose ambos
Gobiernos responsables a su exacto y religioso
cumplimiento, bajo la garantía de la buena fe y
del honor nacional.
110
Art. 14. El presente Tratado será ratificado y
canjeado dentro de sesenta horas y empezará
a cumplirse desde el momento de ratificación
y canje; y en fe de que así lo convenimos y
acordamos noso­tros los Comisionados de España
y de Colombia, firmamos dos de un tenor, en la
ciudad de Trujillo a las diez de la noche del 26 de
noviembre de 1820.
Ramón Correa. Antonio José de Sucre.
Juan Rodríguez Toro. Pedro Briceño Méndez.
Francisco González de Linares. José Gabriel
Pérez.
El presente Tratado queda aprobado y ratificado
en todas sus partes.
Cuartel general de Carache, 26 de noviembre de
1820.

Pablo Morillo
Josef Caparros, Secretario.
(Lugar de sello).
Se aprueba, confirma y ratifica, el presente
Tratado en todas y cada una de sus partes.
Dado, firmado y sellado con el sello provi­sional
del Estado, y refrendado por el Ministro de la
Guerra, en el Cuartel general en la ciudad de
Trujillo, a 26 de noviembre de 1820.
Simón Bolívar
Por mandato de S.E.
Pedro Briceño Méndez.
(Lugar del sello).
111
(Archivo del Libertador, Web; Villanueva, 1995:
102-105; Sucre, 1973: 226-229)
Después de siete años de “terror” la brutal Guerra
a Muerte llega a su fin, paradójicamente en el
mismo lugar donde las circunstancias obligaron su
institucionalización. Pablo Morillo -que se ve ya con
un pie de regreso en España- desea aprovechar el
clima cordial que han dejado las negociaciones para
conocer a su acérrimo adversario: Bolívar, así lo hace
saber a Sucre y éste, previa autorización del Libertador,
prepara todos los detalles para el sin igual encuentro
(Oropeza, 1988: 54-55).
El 27 de noviembre de 1820, Bolívar y Morillo se
encuentran en el pueblo de Santa Ana (a 56 Km
de la ciudad de Trujillo) y refrendan con un abrazo
inmortal los términos de los tratados de Armisticio y de
Regularización de la Guerra. Detrás de este triunfo de la
diplomacia y del Derecho de Gentes, emerge la figura
de un protagonista de excepción: Antonio José de Sucre.
Bolívar no será indiferente a la gloria conquistada
por su discípulo en el marco de las negociaciones
de Trujillo. En la biografía del Gran Mariscal que
el mismo escribirá desde Lima en 1825 (titulado:
Resumen sucinto de la vida del General Sucre), el
Libertador dejará a las generaciones venideras el más
grande testimonio de reconocimiento al novel general,
indiscutible precursor -a partir de ese momento- del
Derecho Humanitario Internacional.
Este tratado (de Regularización de la Guerra) es
digno del alma del General Sucre; la benignidad, la
clemencia, el genio de la beneficencia lo dictaron:
él será eterno como el más bello monumento de la
piedad aplicada a la guerra: él será eterno como
el nombre del vencedor de Ayacucho. (Citado por
Dietrich, 1995: 45)
112

Monumento alegórico al abrazo de Bolívar y Morillo en Santa Ana del


Táchira. Crédito de la foto: pueblosdevenezuela.com63

63 Disponible en: http://www.pueblosdevenezuela.com/Trujillo/PUTR-


SantaAna-PlazaBolivar.jpg
113

CAPÍTULO IV
PICHINCHA:
ECUADOR EN LA CIMA DE LA LIBERTAD

“Su ánimo recio, templado en combates y


campañas, en la preparación y ejecución de
las gestas guerreras de mayor complejidad, fue
puesto a prueba en múltiples oportunidades,
pero siempre conservó su imperturbable
serenidad y elevación, la prosecución de
sus ideales patrióticos, el anhelo continuo
de corresponder a la plena confianza que le
otorgaba el Libertador y el deseo y la voluntad
resuelta de vencer”
Rafael Bernal Medina
En su libro:
“Magnanimidad de Antonio José de Sucre”
114
115
El 25 de diciembre de 1808, un grupo de ilustres
quiteños64 se reúnen en la Hacienda de Chillos,
propiedad de Juan Pío Montufar -Marqués de Selva
Alegre- para analizar las preocupantes noticias que
llegaban desde la Metrópoli y tomar acciones, el grupo
evalúa la posibilidad de constituir en Quito una Junta
similar a las que se establecían en España para defender
los intereses de Fernando VII ante el incontenible
avance de las tropas de Napoleón. Adicionalmente, otro
tema de preocupación de los notables era la delicada
situación política y social que atravesaba el reino de
Quito, en ese sentido era urgente deponer al anciano
Presidente de la Audiencia, Don Manuel Urriez,
Conde de Ruiz de Castilla, quien no era ni la sombra
de su ilustre predecesor, el Barón de Carondelet65. Este
conjunto de reuniones secretas se constituyen en el
preludio del movimiento revolucionario que detonará
ocho meses después: la Revolución de Quito (Ponce,
2009; Rodríguez, 2011).
Llegado el año de 1809, la situación general de la audiencia
de Quito continuaba siendo sumamente compleja:
problemas económicos, denuncias de corrupción y una
incómoda subordinación a Santa Fe de Bogotá creaban
un caldo de cultivo completamente favorable para un
estallido social. Finalmente, las noticias llegadas desde
España anunciando la usurpación francesa del trono
fueron el detonante definitivo de la revolución.
64 Nicolás de La Peña, Francisco Javier Ascázubi, Pedro Montufar, el Dr.
José Luis Riofrío, el Capitán Juan Salinas, el cura local, los abogados Juan
de Dios Morales, Juan Pablo Arenas, Antonio Ante y Manuel Rodríguez de
Quiroga, entre otros (Rodríguez, 2011).
65 “Francois-Louis Héctor, barón de Carondelet Presidente de la
Audiencia de Quito de 1799 a 1807 fue el defensor más acérrimo del reino.
Este presidente era un distinguido administrador con amplia experiencia
en las indias; había servido en Guatemala y más tarde en Louisiana, donde
no sólo contribuyó al desarrollo económico de la región sino que también
integró exitosamente la antigua cultura francesa con la de la Monarquía
hispánica (…) Al final de una larga carrera militar Carondelet se abocó
al crecimiento y notoriedad del Reino de Quito como si se tratara de una
pincelada final de su vida pública” (Rodriguez, 2011).
116
La noche del 9 al 10 de agosto de 1809, en una reunión
efectuada en la casa de Manuela Cañizares, el grupo de
ilustres quiteños refrenda un acuerdo para conformar
una Junta de 36 miembros para gobernar en nombre
de Fernando VII, acto seguido, en la mañana del 10,
el capitán Salinas asumió el control militar de Quito y
tomó con sus soldados todos los edificios de gobierno,
arrestando a los funcionarios reales y comunicando al
Presidente Ruiz de Castilla su destitución. El golpe
se había ejecutado con gran eficacia y sin pérdidas
humanas que lamentar. A continuación se constituyó
la Junta, conformada, entre otros, por el Marqués de
Selva Alegre, en carácter de Presidente, y por el Obispo
José Cuero, como Vicepresidente (Paz y Miño, 2013;
Rodríguez, 2011; Ponce, 2009).
La Junta, a pesar de proclamar que gobernaba en
nombre de Fernando VII (bajo el principio político de
gobierno mixto que establece que ante la ausencia del
rey la soberanía recaía en el pueblo), tuvo una existencia
efímera, las demás provincias de la Audiencia lejos de
apoyarla la hostilizaron. Guayaquil, Cuenca y Popayán
levantaron fuerzas militares para poner fin a la aventura
revolucionaria de Quito, tan solo tres meses duró el
nuevo gobierno. Presionado por las derrotas militares
Juan Pío Montufar renuncia el 12 de octubre de 1809,
Ruiz Castilla asume de nuevo el mando con la oferta de
no tomar represalias contra los alzados y de mantener
la junta con el carácter de “provincial”. Las promesas
muy pronto se desvanecieron: la ciudad de Quito fue
ocupada por tropas de Guayaquil y por las enviadas
desde Lima por el Virrey Abascal. En medio de una
confusa situación que degeneró en una brutal represión
contra la población civil, los dirigentes de la Junta
fueron encarcelados y varios de ellos asesinados el 2 de
agosto de 1810 (Ponce, 2009).Pese a estos lamentables
acontecimientos el ardor revolucionario se mantuvo, y
en algunos casos se radicalizó, hasta 1812.
117
Los diferentes ensayos de gobernabilidad durante el
período 1809-1812 no pudieron ocultar el sentimiento
autonomista de Quito. Si bien la Junta Superior de
Gobierno instaurada el 22 de septiembre de 1810,
bajo la presidencia de Ruiz de Castilla, se proclama
subordina el Consejo de Regencia español (contando de
hecho con su venia) no muestra igual sumisión ante los
virreinatos vecinos de Bogotá y Lima. La Junta reclama
la total independencia de Quito de estos virreinatos y
del propio Presidente de la Audiencia nombrado por la
Regencia: Joaquín Molina y Zuleta.
El 4 de diciembre de 1811 se instala el Soberano
Congreso de Quito y dos meses y medio después, el 15
de febrero de 1812, bajo el calificativo de Pacto Solemne
de Sociedad y Unión entre las Provincias que forman
el Estado de Quito, promulga la primera Constitución
ecuatoriana, popularmente conocida como Constitución
Quiteña66. En este revolucionario documento, si bien se
reconoce al Rey de España como soberano, se aprueba
la creación de Estado Independiente con ocho provincias
y con una forma de gobierno popular y representativa.
Las alarmas se encienden en los reinos cercanos, lo cual
obliga a la Junta a tomar medidas más extremas y romper
definitivamente con la Regencia.
La vida de la Junta fue efímera y pese a que en medio
de la coyuntura emergieron nuevos líderes, como
Carlos Montúfar (hijo de Juan Pío Montúfar) llegado de
España como Comisionado Regio, los revolucionarios
ceden antes las fuerzas realistas lideradas por Toribio
Montes, ingresaron éstas a Quito el 8 de noviembre de

66 Para mayor información consultar artículo de Fabián Corral en El


Comercio de Quito: La Constitución quiteña de 1812, disponible en: http://
www.elcomercio.com/opinion/constitucion-quitena-1812.html y el artículo
de El Telégrafo de Guayaquil El “grito” tuvo su efecto: la soberanía.
Disponible en: http://www.telegrafo.com.ec/noticias/quito/item/el-grito-
tuvo-su-efecto-la-soberania.html
118
1812. El primero de diciembre de ese año las últimas
tropas quiteñas son derrotadas en Yaguarcocha, sus
líderes son apresados y fusilados, terminando con ello el
proceso revolucionario iniciado en 1808 y consumado
en 1809 (Ponce, 2009; Paz y Miño, 2013).
No obstante la debacle sufrida por los patriotas
quiteños, el sentimiento libertario en la mitad del
mundo seguiría latente y más pronto que tarde tendría
una nueva oportunidad para manifestarse, esta vez en la
estratégica Provincia de Guayaquil.

La Independencia de Guayaquil
El 9 de octubre de 1820 estalla en Guayaquil un
movimiento revolucionario cuyo manifiesto propósito
es el de romper el vinculo colonial entre la Provincia
de Guayaquil y el Imperio Español. El patricio
guayaquileño José de Antepara -amigo y activo
colaborador del “precursor” Francisco de Miranda-,
el Dr. Joaquín Olmedo y don José de Villamil, junto
a los oficiales venezolanos del batallón español 1ro
del Numancia, Luis Urdaneta y León Febres Cordero
(deportados desde Lima por sus inclinaciones pro
independentistas), son los artífices principales de la
exitosa conspiración.
Tomado el poder por los patriotas el primer paso
que se verifica es la constitución de una Junta de
Gobierno, en la misma el poeta Joaquín Olmedo
figura como Presidente, el coronel Gregorio Escobedo
como Jefe Superior de la Provincia y el coronel Luis
Urdaneta como Comandante del Ejército. La Junta
envía comisionados ante San Martin y Bolívar para
dar a conocer a los libertadores los pormenores de
los acontecimientos en Guayaquil y pedir su apoyo,
la respuesta de los dos esclarecidos jefes patriotas
no se hace esperar. El general San Martín envía dos
119
comisionados, Guido y Luzuriaga, para organizar el
ejército y los astilleros, pero también con la intención
de lograr la anexión de este puerto al Perú. Por su parte
el Libertador despacha al general José Mires (antiguo
maestro de ingeniería de Sucre) con 1.000 fusiles,
pólvora, espadas y pistolas, además de la estratégica
comisión de lograr la incorporación de esta provincia a
Colombia, tal como correspondía según el uti possidetis
juris67 a 1810 (Rumazo, 1976:60).
Consciente de que la presencia española en Quito y
Cuenca amenazaba la libertad de Guayaquil, la Junta
de Gobierno organiza una fuerza militar con el objeto
de liberar los territorios subordinados a la Audiencia de
Quito. Es así como nace la División Protectora de Quito
la cual, bajo el comando del coronel Urdaneta, estaba
constituida por el regimiento de infantería Libertadores
de Guayaquil y los escuadrones de infantería Daule y
Defensores de la Patria. Pese al entusiasmo y al fervor
patriótico68 desplegado por estas unidades poco o nada
pudieron hacer ante el empuje de las veteranas tropas
de mariscal Melchor Aymerich y del coronel Francisco
González, puestos ya en campaña sobre Guayaquil.
Luego del triunfo inicial de los patriotas en Camino
Real, en donde Febres Cordero vence al coronel
realista Antonio Fominaya, se suceden una serie de
sucesivos fracasos, como los de Huachi y Tanizagua
(Guaranda), lo que enciende las alarmas en Guayaquil.
Ante la necesidad de refuerzos, Olmedo solicita el
apoyo directo de Colombia.
Anoticiado de la compleja situación política y militar
de Guayaquil, hostigada por los realistas de Quito
y pretendida por el Perú de San Martín, Bolívar

67 Como poseías poseerás, principio para que los nuevos Estados respetaran
los límites territoriales establecidos para 1810, año en que se produce el
mayor número de pronunciamientos libertarios en América.
68 Su consigna era “Guayaquil por la Patria”.
120
decide cambiar de comisionado ante aquel gobierno
recurriendo sin dilación al más brillante y capaz de
todos los oficiales de Colombia y al que seguramente
estaba más imbuido de su pensamiento: el novel general
Antonio José de Sucre.
La Campaña de Pichincha
El 3 de febrero de 1820 la vida del general Sucre
arriba a un cuarto de siglo de existencia, sin embargo
no hay tiempo para celebraciones. El joven general
ha sido recientemente comisionado por Bolívar (11-
1-1820) para recibir de manos del general Manuel
Valdés el mando del Ejército del Sur (de Colombia),
la más grande responsabilidad de mando a él conferida
hasta ese momento, y precisamente en atención a esa
responsabilidad se encuentra ya en operaciones al sur
de Colombia -cerca de la indómita ciudad de Pasto-
brindando aliento y auxilio a las tropas patriotas
abatidas en la víspera en la quebrada de Genoy (Sucre,
1973: 559-560).
Sucre hace valer ante las autoridades realistas de
Popayán y Pasto los términos de los Tratados de
Armisticio y Regularización de la Guerra, firmados
por Bolívar y Morillo el año anterior en Trujillo. En
atención a los susodichos Tratados son liberados en
Pasto los prisioneros patriotas tomados con vida en
Genoy. Paralelamente, son tan exitosas las gestiones y
acercamientos de Sucre con los jefes realistas de origen
americano que hacían vida en aquella región que logró
que varios de ellos se pasaran al bando patriota, tal fue el
caso del coronel Simón Muñoz y las guerrillas de Paita
(Villanueva, 1995: 129). En estos afanes se encontraba
Sucre cuando recibe un despacho del Libertador,
fechado el 21 de enero de 1820, que lo comisiona
como jefe de la misión, diplomática y militar, ante los
gobiernos libres de “Guayaquil y demás Provincias
insurrectas al sur del Departamento de Quito” (Sucre,
121
1973: 562), un nuevo voto de confianza de Bolívar
hacia Sucre, uno que cambiará para siempre su vida y
el destino de América.

SIMÓN BOLÍVAR
Libertador Presidente de Colombia, &,&,&.
Animado de los deseos y sentimientos más puros
de amistad a favor de todos los pueblos y secciones
de la América que combaten por su libertad e
independencia, y muy particularmente respecto de
aquellos que por su situación e intimidad de sus
relaciones con Colombia están llamados a gozar de
una común y misma suerte: deseando por otra parte
manifestar la consagración entera de Colombia a la
grande causa de la Libertad y Unión, protegiendo
y sosteniendo por todos los medios a su alcance
los generosos esfuerzos de los que la defienden y
facilitar y abreviar el término feliz de tan gloriosa
lucha: consolidando los gobiernos que durante
ella se han establecido para que aparezcan con el
esplendor, fuerza y poder que los hagan respetar;
y considerando que el modo más seguro de lograr
tan importante objeto es cultivar, estrechar y
multiplicar las relaciones que existen entre los
diferentes gobiernos, y presentarles las ventajas
recíprocas que ofrece la unión invitándolos a ella.
Por tanto he venido en comisionar y por las
presentes comisiono al señor general de brigada
Antonio José de Sucre69 para que en nombre
del Gobierno y pueblo de Colombia pase cerca
de los Gobiernos y pueblos de Guayaquil,
Cuenca y cualquiera otro pueblo o provincia
del Departamento de Quito a felicitarles por
69 Negrillas del autor.
122
sus sucesos sobre el despótico poder español,
a ofrecerles la ayuda y cooperación activa de
Colombia y presentarles la Ley Fundamental de
esta República como el verdadero pacto social
que obrará la felicidad común de éstos y aquellos
países. Para todo lo cual autorizo, y confiero
plena facultad y poder para que conferencie,
trate y concluya con los expresados Gobiernos
de Guayaquil, Cuenca y cualquier otro pueblo o
provincia ya libre en el Departamento de Quito
a nombre del Gobierno y pueblo de Colombia,
los compromisos, convenios y arreglos que
más convengan a la unión general de todos en
una sola República y a la entera libertad del
Departamento de Quito, conformándose a los
poderes e instituciones que le he cometido en
esta misma fecha en virtud de los cuales y de
la presente ofrezco y protesto ratificar y cumplir
cuantos pacto o convenio celebrare.
Dado en Bogotá, a 21 de enero de 1821.- 11º
Simón Bolívar
(Sucre, 1973: 561-562)

Rumbo al Sur
Corren los primeros días de abril de 1821 y todo es
movimiento en el Puerto de Buenaventura (Cali)
sobre la costa pacífica colombiana. Allí se puede
identificar fácilmente la esbelta figura del general
Sucre desplegando entusiasta su inagotable actividad.
El jefe patriota está sin tiempo, le ocupan múltiples
diligencias, va de un lado a otro sin parar, prepara,
ordena, revisa, organiza, verifica por si mismo todos
los detalles, y no es para menos, está a punto de hacerse
a la mar con una División Auxiliar colombiana de mil
123
hombres -todos bien preparados y apertrechados- para
apoyar a la valerosa provincia de Guayaquil.
La misión de Sucre persigue dos objetivos fundamentales:
por una parte proteger la recién conquistada libertad de
aquel puerto ante la arremetida de Aymerich desde Quito
y, por otra, procurar su incorporación a Colombia, tarea
que inicialmente no había podido lograr su predecesor (y
antiguo maestro), el general Mires70. Sin lugar a dudas dos
comisiones que, por su elevada importancia, demandarán
toda su sapiencia de Sucre en el arte de la guerra, la
diplomacia y la negociación.
El dos de abril de 1821 la expedición colombiana se
hace a la mar. La corbeta Alejandro (22 cañones), dos
bergantines (de 18 cañones) y varias embarcaciones
de transporte enviadas desde Guayaquil conforman la
escuadra de auxiliares comandada por Sucre (Pereira,
2008a: 203; Villanueva, 1995:131).
Después de 28 días de una durísima travesía marítima,
sorteando contratiempos e imprevistos de todo tipo,
Sucre y 1.700 soldados colombianos desembarcan en
la Península de Santa Elena, al oeste de Guayaquil.
A pesar de haber hecho una selección cuidadosa de
los reclutas en Cali, desde Río Verde (Esmeraldas)
notificaba (Sucre) a su Ministro de Guerra que ya
se le había muerto un hombre. Como el paludismo
y la difteria habían comenzado a penetrar en la
tropa, en esa misma carta le decía que iba a dejar
en ese puerto unos 15 o 20 más. Pero eso no era lo
más grave. De Tumaco a Esmeraldas ya se había
presentado el problema de la falta de viento. Pero
de Esmeraldas a Guayaquil, trayecto que él mismo
había calculado antes que lo harían en siete días, las
famosas calmas tropicales se hicieron presentes.
70 Tal como correspondía en atención al principio del uti possidetis juris
por haber sido (al igual que Quito) parte integral del territorio del Virreinato
de la Nueva Granada para 1810.
124
Este fue un fenómeno que los marineros y su
personal de servicio no habían previsto. Cuando
esos pequeños barcos a vela empezaban a quedarse
quietos en medio del océano por horas y días,
sin que en esa época se conociese otro medio de
locomoción, entonces el general Sucre comprendió
el peligro. A eso se sumaba la inutilidad de los
timoneles que, cuando por casualidad soplaba algo
de viento, no sabían aprovecharlo. De ese modo
los víveres comenzaron a escasear, la carne y otros
alimentos sujetos a putrefacción a corromperse y el
agua, sobre todo, a disminuir rápidamente. Cuando
Sucre notó eso, ordenó un austero racionamiento
de todo. Pero el caso era que muchos soldados
se morían de hambre, y así se vieron forzados a
comer alimentos ya corrompidos. A eso se añadió
el mareo y el vómito no sólo entre los soldados
sino también entre los marineros. Po suerte, el día
en que el agua se agotó y todos habrían muerto de
sed, dos de los barcos descubrieron tierra, Era la
península de Santa Elena. (Andrade, 2009: 35)
Luego de desembarcar y asegurar el sustento de las
tropas y la atención a los enfermos, Sucre y sus hombres
emprenden una dura marcha de dos días (del 4 al 6 de
mayo), que los conduce finalmente hasta Guayaquil,
ciudad a la que arriban el día 7 de mayo.
Luego del emotivo recibimiento inicial y de los
primeros contactos oficiales, Sucre causa una gratísima
impresión en Guayaquil, la conducta discreta y
conciliadora del general venezolano, su criterio recto
y tranquilo, así como sus actitudes siempre sagaces y
medidas le granjean rápidamente numerosos adeptos
en la ciudad (Larrea, 1995:57). Con el correr de los días
la Junta de Gobierno se acerca más a Colombia y se
aleja del Perú de San Martín.
Sin valerse de presiones de ningún tipo, el 15 de mayo
125
de 1821, Sucre firma con los patriotas guayaquileños
Joaquín Olmedo, Francisco Roca y Rafael Jimeno un
histórico Tratado por medio del cual la Junta Superior
de Guayaquil “declara la provincia que representa
bajo los auspicios y protección de la República de
Colombia. En consecuencia, confiere todos sus poderes
a S.E. el Libertador Presidente para promover su
defensa y sostén de su independencia” (Artículo 2º del
Tratado con Guayaquil, Sucre, 1973: 327).
Aceptada la ayuda de Bolívar y la protección de
Colombia, Sucre es investido como Comandante
del Ejército Auxiliar de Colombia, sin tiempo que
perder el preclaro general comienza de inmediato
los preparativos para salir al encuentro del poderoso
ejército que amenaza la libertad de Guayaquil (Salamé,
2009: 56-57).
Pese al fervor patriótico que podía respirarse en
Guayaquil, las primeras intrigas y maquinaciones no
tardarían en florecer. A mediados de Julio de 1821, Sucre
va a sentir por vez primera, ahora como Comandante en
Jefe, el amargo sabor de la traición. Una conspiración
fraguada por los realistas de Guayaquil, en combinación
con un cuartel militar cercano a la ciudad y buena parte
de la escuadra patriota71, puso en jaque al puerto y a
la revolución. Entre los confabulados se encuentra el
teniente coronel venezolano Nicolás López, desertor del
Numancia, quien hacía poco se había puesto al servicio
de Sucre y de la independencia con un contingente de
600 hombres. López ganó rápidamente el favor de la
Junta y fue designado jefe de las tropas provinciales de
Guayaquil, ni el más suspicaz de los patriotas hubiese
podido imaginar una traición de su parte (Andrade,
2009: 37; Hoover, 1995:138).

71 Tratábase de un bergantín, una corbeta, dos goletas y diez lanchas


cañoneras, todas con sus hombres, bajo el mando del Teniente de Fragata
Ramón Ollague (Rumazo, 1976: 64; Larrea, 1995:143).
126
Para fortuna de la causa independentista, aquella felonía
chocó con la firme resistencia en el pueblo de Guayaquil
y con la oportuna reacción de Sucre, que voló con la
División colombiana desde su Cuartel General en
Zamborondón, para el total restablecimiento del orden
en la heroica ciudad. El coronel Cestaris terminaría
consolidando el triunfo de los independentistas
rindiendo la tropa sublevada, aunque sin poder evitar
que el comandante traidor escapara con un contingente
importante de hombres para unirse a Aymerich
(Villanueva, 1995: 134-135; Hoover, 1995).
Mientras esto ocurre en Guayaquil, el Mariscal Melchor
Aymerich, Gobernador y Presidente de la Audiencia de
Quito, no pierde tiempo y se apuesta estratégicamente en
Riobamba para preparar su ofensiva sobre Guayaquil.
Su plan consiste en atacar la ciudad portuaria a través
de la acción combinada de dos columnas: una que
vendría desde el sur, dirigida por el coronel Francisco
González, siguiendo la ruta Cuenca–Azoguez-Cañar-
Tambo-Suscal-Boliche-Yaguachi viejo- Babahoyo; y
la otra, comandada por el propio Aymerich, saldría de
Riobamba y bajaría hasta Babahoyo por Guaranda y
Balzapamba (Larrea, 1995: 73; Bencomo, 1991: 10).
Bajo ninguna circunstancia Sucre, quien ya había
solicitado refuerzos al general Pedro León Torres en
Colombia y al propio San Martín en el Perú, podía
permitir la fusión de esas dos divisiones españolas,
ambas combinadas sumarían cerca de 2.500 hombres,
debía actuar con prontitud y presentar batalla a algunos
de estos dos cuerpos. En consecuencia, el 7 de agosto
de 1821, el jefe patriota y sus hombres se ponen en
campaña y salen de Guayaquil rumbo a Babahoyo
(Villanueva, 1995), en esta localidad establecerá
Sucre su Cuartel General y afinará la estrategia para
hacer frente a los realistas, no sin antes dirigir -el día
11 de agosto- una emotiva proclama a los habitante
127
de Guayaquil en la cual reitera su firme voluntad de
vencer o a toda costa.
…En medio de los peligros: cuando las desgracias
consecuentes a una imprevisión alientan al
enemigo a invadirnos, yo me encargo de vuestra
suerte, fiado más en los esfuerzos que hagáis
por la libertad, que en mis débiles talentos para
lograrlo. Recibiendo el mando de las tropas que
deben salvaros he jurado con mis compatriotas,
que el suelo en que visteis la luz no será profanado
por los tiranos, o que ellos pisarán nuestras
cenizas; pero he resuelto también no conservar
esta autoridad sino mientras estéis amenazados.
(Sucre, 1973: 405)

El sabor agridulce de la guerra: Yaguachi y Huachi


La División realista que venía de Quito fue avistada
por primera vez el 12 de agosto, sin demora alguna
Sucre sale a su encuentro en la llanura de Palo
Largo, para ese entonces el general venezolano tenía
ya confirmación de que González con su División
habían salido de Cuenca. No obstante, los realista
sorpresivamente detienen su avance, está claro que lo
que pretenden es reunir ambas fuerzas para envolver a
los independentista entre dos fuegos. Con apenas 1.600
hombres, en su mayoría reclutas, el jefe patriota decide
marchar al sur -hacia Yaguachi- y atacar a la División
que avanza desde Cuenca, esta mucho menos numerosa
que la que conduce Aymerich desde Quito.
Sucre sale de Babahoyo en busca de González el 17 de
agosto, no sin antes realizar una serie de maniobras de
distracción para ocultar sus verdaderos movimientos,
una estrategia que le dará buenos dividendos a lo largo
de todas las campañas de 1822, 23 y 24 (Larrea, 1995,
Dietrich, 1995: 54; Villanueva, 1995, Rumazo, 1976).
128
El 19 de agosto los dos ejércitos se enfrentan en
Yaguachi. Sucre espera a la División de González
en las colinas de Cone y le tiende una emboscada.
El general Mires, segundo de Sucre, puesto al frente
de la vanguardia patriota (batallones Santander,
Libertadores y ½ escuadrón de dragones) se despliega
por los flancos derecho e izquierdo de la vanguardia
realista y la ataca enérgicamente, causándole graves
pérdidas y obligándola a replegarse hacia el grueso de
su División. Los realistas se reorganizan rápidamente
y adoptan la formación de cuadros para repeler el
ataque patriota. Pese al nutrido fuego de fusilería de las
huestes españolas, el intrépido Mayor Soler -al frente
varias compañías del Santander- ataca decididamente
la formación enemiga para doblegarla, los ibéricos
resisten el asalto y cierran filas, Soler y muchos de sus
hombres rinden allí su vida en un vano pero heroico
esfuerzo por allanar el camino de la victoria. Mires se
coloca a la cabeza de dos compañías del Libertadores
y ataca también a los realistas, los capitanes Morán,
Cabal, Lozano, Caicedo y Payares lo secundan.
Inútilmente las bayonetas patriotas tratan de hacerse
paso para doblegar la monolítica formación, los
adversarios, animados por sus no menos valerosos
jefes, se defiende con orden y gallardía. Los oficiales
patriotas Cabal, Vargas y Quintana riegan el campo
de batalla con su sangre, Mires es herido también en
un costado pero continúa luchando. La decidida voz
de mando de general en jefe patriota inspira en sus
hombres la resolución de dar el máximo de sí mismos
por la libertad de la Patria, incluso la inmolación de ser
necesario. Por su parte, en el bando realista, el teniente
coronel Francisco Tamariz, segundo de González, se
erige como dignísimo adversario, derrochando valor
y coraje a lo largo y ancho del campo de batalla.
Cuando las fuerzas parecían extinguirse, Sucre ordena
un último y decisivo ataque: Morán y el teniente Icasa
129
embisten violentamente a los realistas por los flancos
al tiempo que el comandante Cestaris con sus dragones
arrolla el centro de la formación enemiga. Pese a su
denuedo, los realistas no pueden resistir y finalmente
ven caer sus orgullosos estandartes. La victoria es
total, los monárquicos arrojan sus armas y se dan a la
fuga desordenadamente, dejando sobre el campo gran
número de bajas y todo tipo de pertrechos de guerra.
Los batallones Albión, Libertadores y Santander
emprenden la persecución de los dispersos (Larrea,
1995: 87; Hoover, 1995: Dietrich, 1995: 55-56;
Villanueva, 1995: 136-37; Hoover, 1995: 192).
En Yaguachi Sucre logra su primer lauro como
Comandante en Jefe, él es ahora mismo el amo y
señor del terreno, de las tropas, de los prisioneros,
del parque, de la victoria ¿Qué hará? ¿Cuál será su
proceder? Con todo el poder en sus manos para erigirse
en juez y árbitro de cada uno de los actores de la recién
finalizada contienda, Sucre elige transitar un camino
propio, diferente a todo lo que ha visto en los campos
de batalla. Entre los oficiales prisioneros se encuentra
el comandante Tamariz y Sucre, lejos de fusilarlo o
humillarlo, le devuelve su sable y lo invita a su mesa
como reconocimiento a su gallardía (Oropeza, 1988:
62-63; Dietrich, 1995: 56).
Sucre inaugura ese día todo un estilo de vencedor
magnánimo, sentando a comer a su misma mesa,
a su prisionero de guerra el coronel Tamáriz. Le
ofrece junto al primer brindis la espada que antes
le había sido arrebatada. La escena es de una
exquisita distinción. (Oropeza, 1988: 62)
Sucre va mucho más allá de la simple caballerosidad
con Tamariz. Adelantándose tres años a lo que serían los
términos de la Capitulación de Ayacucho, el hidalgo jefe
patriota invita al valeroso comandante realista -nacido
en Sevilla- a incorporarse a la causa de la libertad,
130
argumentando que “Colombia se vería honrada si
el juzgara posible entrar en cualquier momento en
los servicios de la República” (Dietrich, 1995: 56).
El oficial realista no sale de su asombro ante tamaña
muestra de generosidad y sin dudarlo acepta la oferta, se
haría colombiano, sin embargo pide no tomar las armas
contra España. Tamariz se retira a Cuenca en donde
contrae nupcias y se dedica a la vida civil, destacándose
particularmente en el manejo de la Hacienda Pública
rubro en el cual llegará incluso a ser Ministro del
Presidente Rocafuerte72. El destino y sus caprichos
colocarán de nuevo a Tamariz sobre un campo de
batalla, esta vez al lado de Sucre, como su subordinado,
cuando ambos soldados salgan del retiro y empuñen de
nuevo las armas para defender en Tarqui la integridad de
Colombia ante la invasión peruana de 1829 (Oropeza,
1988; Villanueva, 1995; Cova, 1995: 73).
Enterado Aymerich de la inesperada derrota de
González en Yaguachi, aborta su plan y decide regresar
apresuradamente a Quito, fue tal su premura y desorden
que Olmedo, presidente del triunvirato que gobernaba
Guayaquil, llegó a considerarlo también como una
derrota de los españoles.
Conseguida esta victoria, el General marchó por el
río a Babahoyo para cortar la retirada a la división
de Quito, que, ignorante de la derrota, se avanzaba
a Yaguachi para reunirse con la de Cuenca; pero
como retrocedió, luego que tuvo la fatal noticia, no
ha sido posible embarazarle su retirada a Sabaneta,
con lo cual evitó el encuentro, y aún tuvo el
arrojo de mantenerse firme en su posición. El
valiente General Sucre le provocó muchas veces
con diversos movimientos para que emprendiese
el ataque; pero el 20 del pasado se puso en una

72 Para ampliar esta información consultar:


http://www.diccionariobiograficoecuador.com/tomos/tomo8/t1.htm
131
retirada vergonzosa, y tan precipitada, como de una
derrota, dejando parte de sus bagajes, municiones
y armas, y un crecido número de dispersos, que se
presentan a cada momento a la caballería que los
persiguió. (José de Olmedo a Francisco de Paula
Santander, Presidente de Cundinamarca. Citado
por Villanueva, 1995:139)
La victoria de Yaguachi enciende el júbilo en
Guayaquil, todos renuevan su confianza en la causa
patriótica y en los auxiliares colombianos, ahora nadie
duda que se ha avanzado en la dirección correcta
al solicitar la protección de Colombia. La juventud
acude en masa para enrolarse en las filas del ejército,
otros dan sus aportes en especies o efectivo, al
parecer nadie quiere quedarse al margen del momento
histórico que vive Guayaquil, la ciudad entera y sus
habitantes quieren ser partícipe de esta fiesta patriótica
llamada independencia. En tales circunstancia Sucre
no tuvo inconvenientes para remozar su ejército y
salir en búsqueda de Aymerich, sin embargo, pese
al sentimiento triunfalista generalizado, lo hace con
cautela y tomando todas las previsiones del caso, sabe
que la División de Quito es mucho más fuerte que la
de González; son tropas veteranas, bien preparadas y
organizadas, conocedoras de la accidentada topografía
que separa Quito de Guayaquil; además, los realistas de
Quito duplican en número a los patriotas, un panorama
poco halagador y que hacía presumir una campaña no
exenta de tropiezos y dificultades.
El primero de septiembre de 1821, luego de adelantar las
gestiones para la incorporación definitiva de Guayaquil
a Colombia, Sucre abandona la ciudad portuaria y
da alcance al grueso de su División (1.300 hombres)
que marchaba ya rumbo al norte, bajo la dirección
de su segundo al mando, el general Mires. El día 5 el
Comandante en Jefe se une a sus tropas en Palolargo
132
y ese mismo día arriba con ellas a Guaranda. Al día
siguiente ocupa Guanujo y el 8 avanza a Totorillas. En
un osado movimiento, ese día 8, Sucre decide desviar
sus tropas del camino principal y tomar la izquierda,
en dirección al lado occidental del Chimborazo, la
maniobra tiene como propósito adelantarse a los
realistas y llegar antes que ellos a la población de
Mocha para cortar sus comunicaciones con Quito. El
jefe patriota busca también con esta operación proteger
las espaldas del coronel inglés Juan Illingworth, quien
siguiendo el plan de operaciones establecido había
salido ya sobre Latacunga (a 41 Km de Ambato) con
una fuerza de 300 hombres interponerse desde allí
entre los realistas de Quito y los de Riobamba. Sucre
entretanto continúa su avance y el día 9 de septiembre
ocupa Chuquipogyo (Sucre, 1973: 425; Larrea, 1995:
104; Villanueva, 1995: 139-140: Hoover, 1995: 143;
Rumazo, 1976: 64).
Las contra medidas de Aymerich73 no se hacen esperar.
El astuto jefe español ha instalado espías a lo largo
del camino y conoce los más recientes movimientos
de Sucre, razón por la cual procede a levantar su
ejército de Riobamba y toma rumbo el norte (Ambato)
moviéndose prácticamente en paralelo a los patriotas.
Anoticiado de que Sucre ha arribado a Totorrillas
-pisándole prácticamente los talones- Aymerich y su
ejército aceleran la marcha, deben cruzar el puente de
Mocha antes que lo hagan los patriotas de lo contrario
su tránsito hacia Quito quedará comprometido.
Finalmente, la mayor movilidad y conocimiento del
terreno por parte de los realistas les permite lograr su
cometido y llegan a Mocha antes que Sucre, salvando
de esta manera el paso a Quito. Repuestas sus tropas,
el día 11 de septiembre, Aymerich sale de Mocha
e inicia una marcha de flanco por Tisaleo y Pataló

73 Nacido en la ciudad española de Ceuta, a orillas del Mediterráneo.


133
hasta arribar a Pilahuin. Previo reconocimiento del
terreno, en el cruce del camino de Santa Rosa con la
vía Mocha-Ambato, Aymerich decide esperar a los
independentistas (Larrea, 1995: 104-105).
Luego de sortear el Páramo de Chimborazo, el 11 de
septiembre, los patriotas arriban a Pilahuin, tan solo a
cuatro leguas de Ambato. El general Sucre ordena bajar la
Cordillera y sobre las nueve y media de la mañana arriban
a Santa Rosa en su tránsito hacia Ambato. Al descender
la loma de Santa Rosa y Casigana Sucre descubre que
los realistas lo esperaban en la llanura de Huachi, el
mismo campo en donde González y Tamariz habían
derrotado - diez meses atrás- a las tropas guayaquileñas
conducidas por Urdaneta y Febres Cordero (Sucre, 1973:
425; Villanueva, 1995: 139-140; Larrea, 1995: 105;
Dietrich, 1995: 58; Hoover, 1995: 143).
Sucre se muestra reacio a empeñar una acción pues
el terreno accidentado y la posición aventajada de los
realistas no le brindan un panorama del todo favorable.
El joven general asume con responsabilidad el hecho
que su División (conformada mayoritariamente por
reclutas) es la única protección que tiene la ciudad
de Guayaquil, y a su vez la única esperanza de Quito,
sería inútil y temerario arriesgarla en un combate
dispar. Sucre prefiere reconocer las tropas del enemigo
-para develar su verdadera fortaleza y dimensión- y
en consecuencia obrar prudentemente, esperando la
evolución de Illingworth en Latacunga, es lo que le
aconseja su ya avezado espíritu militar.
Aymerich había ocultado el grueso de su infantería
en un bosquecillo y en los alrededores de una casona
allí ubicada, dejando al centro su poderosa caballería,
pero exhibiendo un número de efectivos inferior al
que realmente disponía pues algunos elementos de
este cuerpo habían sido también estratégicamente
camuflados. El grueso de los oficiales patriotas,
134
saboreando aún las mieles del triunfo de Yaguachi, se
encontraban prestos a luchar. El ímpetu y la excitación,
tanto de nóveles como de veteranos oficiales, en
especial del general Mires al frente de la vanguardia
patriota, los conduciría a caer en la trampa celosamente
tendida por Aymerych, el resultado no pudo ser más
desastroso.
Formando su infantería en tres columnas cerradas y
protegiéndola contra unos matorrales, Sucre emprende
el reconocimiento de las inmediaciones. Descubre
que la gran casona y la cerca de mampostería que la
circundaba le podían brindar al ejército patriota el
resguardo del cual adolecía por los flancos y la espalda,
en consecuencia ordena a Mires marchar sobre la casa
y apostar allí firmuemente la infantería. A toda estas,
Sucre se mantiene inquebrantable su determinación
de no comprometer una acción general, pese a que su
División era hostigada ya por algunos escuadrones
enemigos que la invitaban al combate (Sucre, 1973.
426; Andrade, 1995: 63).
Mientras el jefe patriota se ocupaba de ubicar al grueso
de la infantería española, el general Mires -desoyendo
las órdenes expresas de Sucre de mantenerse firme en
la posición que ocupaba- emprende una desordenada
persecución del enemigo con efectivos del batallón
Guayaquil, acción que imitó el batallón Albión
por la izquierda. Previendo lo peor, Sucre corre
desesperadamente sobre el Albión para tratar de
organizarlo y formarlo para el combate, lo consigue
a medias. Acto seguido trata de hacer lo propio con
el Guayaquil pero todo fue inútil, no hubo manera
de organizar adecuadamente a los reclutas quienes se
empeñan, junto al Santander, en repeler las múltiples
embestidas de la caballería realista. Observando que
la caballería enemiga se reorganizaba para infligir un
nuevo golpe sobre la derecha de sus vapuleados cuerpos,
135
Sucre ordena que un piquete de dragones, al mando del
comandante Rash les haga frente, logran su objetivo
y desalojan a los realistas de aquel lugar. El suceso
alentó a las tropas republicanas, sin embargo la ilusión
fue efímera, el comandante Gola con sus dragones
no tuvo igual suerte con los escuadrones realistas que
emergen por la izquierda, se trataba del grueso de la
infantería enemiga, formada en dos columnas cerradas,
apoyada en los flancos y por su espalda por numerosos
elementos de caballería. En la acción el comandante
Gola rinde heroicamente su vida y sus dragones son
rechazados, todo hace presumir que nada salvará al
ejército patriota de una inminente aniquilación (Sucre,
1973: 426- 427: Larrea, 1995: 111; Andrade, 1995. 63).
En medio de aquella masa de fuego y plomo Sucre,
como puede, trae al batallón Santander74 (o lo que queda
de él) para oponerlo a la infantería realista que acaba de
aparecer sobre el campo de batalla. A duras penas refuerza
las reliquias del Santander con algunos elementos que
logra rescatar del Guayaquil, unidad que se encuentra
inmersa en la más completa confusión. A fuerza de
pundonor y coraje los patriotas resisten, en especial
gracias al empeño del Albión, sin embargo este cuerpo
cede su posición ante el empuje de la masa de caballería
e infantería enemiga. La juventud de Guayaquil riega el
campo de batalla con su sangre, no bastan el entusiasmo
y valor para contener a los monárquicos, la trampa
tendida por Aymerich funcionó a la perfección. Entre
las muchas bajas patriotas que lamentar se cuenta la
del prócer José Antepara, devenido en edecán de Sucre,
quien cae heroicamente en medio del fuego cruzado

74 Esta unidad fue conformada cuidadosamente por el propio Sucre en Cali,


antes de partir del puerto de Buenaventura con destino a Guayaquil. Adopta
su nombre del hasta ese momento gran amigo del general venezolano, nos
referimos al vicepresidente Francisco de Paula Santander. “Sucre alistó
los primeros reclutas a los cuales comenzó a entrenar personalmente tanto
en gimnasia como en ejercicios formales, manejo y mecanismo de fusil,
escalamiento, etc.” (Andrade, 2009: 34).
136
del enemigo tratando de llevar instrucciones al flanco
izquierdo republicano (Sucre, 1973: 426).
Rodeado por todas partes, Sucre trata de rescatar
lo que puede de su infantería, para ese momento
la desmoralización y la derrota eran ya completas,
él mismo está contuso en la mano izquierda y el pie
derecho y su caballo herido de un disparo. Los esfuerzo
del Comandante en Jefe patriota son en vano, todo,
todo, está perdido, ahora solo se trata de resguardar la
vida, cosa que parece no importarle al joven general.
Súbitamente, dos edecanes y tres guías dan alcance a
Sucre en medio del campo de batalla y lo convencen
para salir de aquel atolladero. Como pueden se abren
paso en medio de la llanura, anegada ya de cuerpos sin
vida de uno y otro bando. El comandante Cestaris corre
con la misma suerte y junto a un puñado de dragones
sale de aquel infierno, es todo lo que logra salvarse de
los cerca de 1.000 hombres que entraron en combate.
Un total de 700 muertos sufrieron los patriotas (entre
ellos 17 oficiales), los demás fueron heridos o quedaron
prisioneros, como el propio general Mires (Larrea,
1995: 107; Sucre, 1973: 426-427).
Sucre, acongojado y maltrecho, sube la cordillera y se
retira a Babahoyo. Pese a la contundente derrota, el
intrépido general está dispuesto a reponer sus fuerzas
para defender Guayaquil a toda costa, sabe que los
realistas quedaron igualmente disminuidos y él cuenta
aún con los hombres de Illingworth, los restos de su
División, la pequeña guarnición de Cuenca y los
convalecientes que se recuperan en los hospitales. Si a
estos elementos se llegan a sumar los que puedan arribar
desde Colombia y Perú, podría entonces pensar en una
nueva ofensiva sobre Quito, antes sería sencillamente
impensable.
Olmedo ratifica su confianza en el jefe colombiano y le
hace llegar un mensaje de aliento “Mi querido amigo:
137
Pensar que los pueblos pueden conquistar su libertad
sólo con triunfos y sin hacer grandes sacrificios es un
delirio, desmentido en cada página de la historia”, a lo
que agrega: “El Gobierno está dispuesto a hacer todos
los esfuerzos y todos los sacrificios por salvar la Patria”
(Citado por Andrade, 1995: 64). Este optimismo, y el
fervor patriótico de Guayaquil y las provincias vecinas,
darán, más pronto que tarde, un nuevo impulso a la
campaña. Entretanto, Aymerich se retira hacia Quito
dejando sus tropas al coronel Carlos Tolrá.
Con la intención de procurar un canje de prisioneros
(los realistas capturados en Yaguachi por los patriotas
prisioneros en Huachi) Sucre, genio de la diplomacia
y experto en el arte de la negociación, había iniciado
desde el mes de octubre un positivo acercamiento con el
coronel Tolrá, avezado jefe que, pese al reciente triunfo,
se había mostrado en extremo cauteloso a la hora de
empeñar una acción decisiva sobre Guayaquil. La
prudencia del comandante realista se fundamentaba en
el conocimiento que tenía (a través de sus informantes)
del arribo a Guayaquil de tropas veteranas de Colombia
y de la presencia en ese puerto de la escuadra de Lord
Cochrane. Adicionalmente, los recientes triunfos de
Bolívar en Venezuela y de San Martín en el Perú75
habían desatado una seria preocupación en Tolrá quien
veía como nunca antes tambalear la hegemonía de
España en América.
Ante este delicado panorama, Tolrá asume como una
perentoria necesidad la de reorganizar y fortalecer su
ejército -ciertamente para no correr la misma suerte
que la de sus pares en Venezuela y Perú- en ese ánimo,
y gracias al previo acercamiento de Sucre, propone
al jefe patriota una entrevista en Babahoyo con el fin
de evaluar la posibilidad de una tregua. Ambas partes
75 Nos referimos al triunfo de Bolívar en Carabobo (24-6-1821) y a la
declaración de la independencia del Perú por parte de San Martín (28-7-
1821).
138
se reúnen el 19 de noviembre y un día después, el 20,
firman el acuerdo (Convenio de Sabaneta) por medio
del cual, entre otras disposiciones, se establece una
suspensión de hostilidades por 90 días, se marcan los
límites de las armas de ambos ejércitos y se autoriza
el arribo de tres comisionados españoles para hacer
conocer en Quito la situación política de América y el
estado de las negociaciones de ésta con España (Larrea,
1995. 132).
Bolívar no recibió con beneplácito la firma de este
tratado pues interrumpía las operaciones que él había
dispuesto iniciar desde Colombia para caer sobre el
norte de Quito76, ciudad a la cual aspiraba arribar a
fines de febrero.
…Si es cierto que VS y el coronel Tolrá han
convenido en el tratado de Babahoyo de 20
de Noviembre lo desapruebo, y VS no debe
observarlo ni cumplirlo pues no es obligatorio
ningún tratado sin la ratificación del Gobierno.
Además este tratado es perjudicial en la situación
actual, paralizando las fuerzas del mando de VS
que deben cooperar con la libertad de Quito. Así
yo repito a VS mi orden de 20 de Noviembre
fechada en Bogotá cuyo duplicado incluyo ahora
previniéndolo su exacto cumplimiento y añadiendo
a VS que está autorizado para obrar sobre Quito
por la dirección que estime más conveniente para
cooperar con el ejército que yo mando en persona,
y para hallarse sobre Quito del 20 al último de
Febrero para cuya época estaré yo sobre aquella
Capital con el ejército. (Bolívar a Sucre. Cuartel
General de La Plata, XXII-XII-1821. Larrea,
1995: 135-136; Pereira, 2008a: 218)

76 Bolívar desistió de realizar la travesía marítima entre Buenaventura


y Guayaquil debido a la amenazante presencia de las fragatas españolas
“Prueba” y “Venganza” en aguas del pacífico colombiano.
139
Pese al disgusto del jefe máximo de la revolución
americana, los tres meses representaban para Sucre un
tiempo más que suficiente para oxigenar y reorganizar
su diezmado ejército, además de brindarle la posibilidad
de recibir en ese lapso de tiempo el resto de los auxilios
solicitados al Perú y Colombia. Años más tarde el
Libertador reconocerá hidalgamente el verdadero valor
de este tratado77.
Con la llegada del nuevo y decisivo año de 1822 las
cosas comenzaron a marchar como las había calculado
acertadamente el joven general Sucre. En enero el
general San Martín decide finalmente enviarle refuerzos
y suministros: desde Piura parte a su encuentro una
fuerte División de 1.100 hombres, conformada por los
batallones Piura y Trujillo bajo el mando del coronel
altoperuano Andrés de Santa Cruz y Calahumana
y casi al mismo tiempo, desde Lima, Cochrane trae
1.500 fusiles enviados también por el Protector. Desde
Colombia había arribado ya el veterano batallón Paya
con 500 plazas y un selecto grupo de distinguidos
oficiales como José Leal y Diego Ibarra78, por citar sólo
dos. La campaña final sobre Quito tomaba un nuevo y
decisivo empuje, superando el inesperado desastre de
Huachi (Castellanos, 1998; Cova, 1995; Hoover, 1995;
Andrade, 1995: 66-67; Larrea: 137-138).

Guayaquil frente a un mar de intrigas


El 27 de noviembre de 1821, exactamente un año
después del abrazo de Bolívar y Morillo en Santa Ana,
77 Nos referimos a la mención que hace Bolívar sobre este suceso en la
biografía del Mariscal Sucre, escrita por él en el año 1825, al señalar:
“Su política logró lo que sus armas no habrían alcanzado. La destreza del
General Sucre obtuvo un armisticio del General español, que en realidad
era una victoria. Gran parte de la batalla de Pichincha se debe a esta hábil
negociación; porque sin ella aquella célebre jornada no habría tenido lugar”
(citado por Pereira, 2008a: 218).
78 Para ese entonces edecán del Libertador Simón Bolívar.
140
arriba a Guayaquil procedente de Lima el coronel
Tomás Heres, oficial venezolano, ex comandante del
célebre batallón realista Numancia y principal artífice
del paso de esta unidad al bando patriota en diciembre
de 1820. El coronel Heres, ahora expulsado del Perú por
San Martín, trae una comunicación a Sucre firmada por
varios oficiales venezolanos del Numancia solicitando
servir bajo las banderas de Colombia. Sucre y Bolívar
habían solicitado ya esta unidad (conformada casi en su
totalidad por venezolanos) a San Martín, sin embargo,
el Protector se había negado a desprenderse de ella
mientras perdurase la guerra en el Perú, no obstante
reconocer que pertenecía a Colombia (Fundación
Polar, 1992b: 454; Larrea, 1995: 138-141). La realidad
es que San Martín no podía entregar su mejor batallón
a Colombia pues abrigaba la esperanza de anexionar
Guayaquil al Perú, en ese sentido moverá sus piezas
estratégicamente, arriesgándose a entablar un peligroso
doble juego de intrigas y maquinaciones que podría
poner en peligro la libertad del Perú y la de todo el
continente.
Por esa misma fecha (finales del 21), llega también a
Guayaquil una “delegación” enviada desde Lima por el
Protector, la misma está integrada por el general peruano
Francisco Salazar, el coronel argentino Manuel Rojas y
el general peruano (nacido en Cuenca) José de La Mar,
futuro protagonista de la épica jornada de Ayacucho. La
delegación tiene un carácter “diplomático” y busca un
acercamiento a la Junta de Gobierno, sin embargo, los
verdaderos intereses que mueven a los comisionados
son los de avivar el “partido peruano” en Guayaquil
y preparar las condiciones para la incorporación
de este puerto al Perú. Salazar entrega a Sucre una
correspondencia del general Antonio Álvarez de
Arenales en donde éste informa al jefe colombiano
el inminente envío de los batallones peruanos Piura
y Trujillo, así como de un escuadrón argentino de
141
granaderos, el propio Arenales vendría al frente de
estos cuerpos. Anoticiado Sucre de esta auspiciosa
determinación del Gobierno de Lima, empieza de
inmediato las coordinaciones con el Ministro de Guerra
del Perú, Bernardo Monteagudo, para lograr que se
verifique el encuentro de los ejércitos de Colombia,
Perú y Argentina en algún punto de la Real Audiencia,
de preferencia en Cuenca. En un gesto de humildad y
desprendimiento, Sucre propone colocarse junto a sus
tropas bajo las órdenes de Arenales por ser este jefe
de mayor antigüedad y graduación (Rumazo, 1976:68;
Larrea, 1995: 138-139).
Pese a los positivos anuncios en el orden militar, la
agitación política se adueñó del Puerto de Guayaquil. El
enfrentamiento entre los partidarios de la incorporación
de la Provincia a Colombia y los que aspiraban su
unión al Perú estuvo a punto de derivar en una guerra
civil. Adicionalmente, el general La Mar79 había
sido designado Comandante General de la Plaza de
Guayaquil, lo que complicaba aún más las cosas para
el bando pro colombiano. Sucre, lejos de avivar los
sentimientos a favor de Colombia, combate esta actitud
sectarista, aplaca los ánimos y evita el pronunciamiento
de las unidades militares, ningún esfuerzo es subestimado
por joven general en aras de retornar a la paz interior. A
finales de diciembre Olmedo –más inclinado al partido
peruano que al colombiano- reconocerá la ecuánime
actitud del jefe colombiano, con la cual se evitaron
mayores males a la provincia y a la revolución (Rumazo,
1976: 69; Larrea, 1995: 138-139).
En medio de este tenso y caldeado ambiente, Sucre
debe centrar su atención y multiplicar sus esfuerzos
para prepara la decisiva campaña de Quito, algo muy
similar a lo que deberá experimentar a la vuelta de dos
79 El plan de San Martin era que el general La Mar asumiera el control
de la Provincia y de las tropas allí acantonadas una vez se materializará su
incorporación al Perú (Larrea, 1995: 139).
142
años en Lima en el marco de la campaña de Ayacucho.
El espíritu americanista del joven guerrero no le permite
ver al Perú como un adversario, sabe que el verdadero
enemigo de Colombia y de Guayaquil es el Ejército
Realista y éste, lejos de debilitarse, está reforzando su
posición. Desde Panamá ha arribado a Esmeraldas el
benemérito general Juan de la Cruz Mourgeón, héroe
de la patria española, veterano de Bailen, Albuera y de
la reconquista de Sevilla80, no viene solo, le acompaña
el batallón Tiradores de Cádiz con 800 plazas y
otros elementos traídos desde Panamá y Puerto
Cabello (Venezuela). Mourgeón81 llega además con el
nombramiento de Virrey de Santa Fe y Capitán General
de Quito dispuesto a impulsar los cambios militares y
políticos que reafirmen la propiedad de España sobre
esos territorios.
Desde principios de diciembre Sucre tiene noticias
del arribo del laureado general español a territorio
colombiano, no se inmuta, fiel a su estilo diplomático
y conciliador el hijo pródigo de Cumaná establece de
inmediato comunicación con el nuevo jefe realista,
resalta sus méritos y destaca el gesto de la liberación de
prisioneros patriotas82, pero deja también muy claro que
no existe más conciliación entre las partes en conflicto
que la independencia.
Me ha sido satisfactoria la noticia de haber llegado
V.E. a esa ciudad, porque siempre es lisonjero

80 Combates en el marco de la Guerra de Independencia Española frente a


la Francia de Napoleón (1808-1813).
81 En su duro tránsito hacia Quito, a través de la selva, Mourgeón sufre una
aparatosa caída cuyas secuelas le causará la muerte en abril de 1822. En
su corta gestión trató de conciliar con los quiteños y reforzó las posiciones
realistas ante la inminencia de la ofensiva patriota (Larrea, 1995).
82 Cabe resaltar que desde la derrota de Huachi, Sucre manifestó un
particular interés por el estado del general Mires prisionero de los realistas,
lo reclamó tanto a Aymerich como a Mourgeón y exigió para él un trato
digno durante su cautiverio. También estableció correspondencia directa
con su antiguo maestro, remitiéndole puntualmente sus haberes militares.
143
tener por enemigo un hombre liberal, más bien
que vasallos, que, o son ligados al servilismo, o
aunque humanos por sentimientos, no aprovechan
el uso de su filantropía. La retribución de V.S a
la conducta generosa de S.E. el Libertador de
Colombia, dando V.S. libertad a nuestros oficiales
que gemían en los calabozos sin subsistencia y sin
socorro alguno para corresponder a la indulgencia
medida de S.E. de licenciar a los oficiales
españoles prisioneros en la última campaña, es
muy estimable; y yo me hago un placer y una
obligación de agradecerla a V.S. (…) He visto
los objetos con que V.S. me significa que ha sido
enviado a estas provincias y me es complaciente
informar; que celoso el gobierno de Colombia de
la felicidad de ellas, me destinó con el único fin
de que cumpliese sus deberes liberando la parte
del sur en el departamento de Quito. Las tropas de
mi mando, en desempeño de esta confianza, van a
continuar una lucha santa y justa, en que no hay
otra conciliación que la independencia. Un país
devastado tanto tiempo por la guerra sangrienta y
desastrosa que ha sufrido, necesita de un Gobierno
propio, que anhelan sus pueblos para que remedie
los males de las convulsiones políticas…(Sucre a
Mourgeón. Guayaquil, XX-I-1822. Sucre, 1981:
70-72)
Acto seguido, el general Sucre se apresura a romper
la tregua y da marcha a su plan de operaciones para la
liberación de Quito, la tiranía tiene sus días contados en
“la mitad del mundo”.

Quito: La hora de la verdad


El 18 de enero Sucre emite un Decreto donde notifica
el término del Armisticio y la ruptura de hostilidades
(Larrea, 1995: 145), las razones de esta decisión son
144
expuestas a Mourgeón en su correspondencia del día
20 de enero desde Guayaquil:
…Su llegada ha terminado los motivos que nos
indujeron a la tregua ajustada en 20 de noviembre,
y de poner en ejercicio el párrafo 3º ; y habiendo
las tropas españolas quebrantado abiertamente el
artículo 7º, saliendo del teatro de sus operaciones
que clara, franca, y lealmente expliqué, y convino
el antecesor de V.S., nuestra dignidad sería ofendida
sufriendo una conducta siniestra, y por lo tanto
preferimos declarar con la misma claridad, franqueza
y lealtad, que esta infracción del armisticio nos ha
colocado en estado de guerra...(Sucre a Mourgeón.
Guayaquil, XX-I-1822. Sucre, 1981: 70-72)
Ese mismo día 20 de enero de 1822, Sucre sale en
campaña desde Guayaquil, no sin antes dirigir una
fervorosa proclama a los habitantes de Quito:
Quiteños¡- Al ajustar el Armisticio de noviembre,
pensamos un momento que la razón obtuviese por
si algún triunfo de los españoles, sin que la muerte
arrancara de sus manos el único pueblo que aún
oprimen en Colombia; pero preparativos hostiles,
vejámenes y violencias sucedieron a sus promesas
liberales, juzgando que el establecimiento de
ese código simulado, de ignominia para los
americanos, de inmoralidad y de horror, lisonjeara
vuestros deseos, y favoreciese sus maquinaciones.
La transgresión de aquel Tratado, la dignidad de
la República y los gritos de nuestros pueblos, nos
llaman a las armas: volvamos ansiosos a satisfacer
vuestros votos y cumplir nuestros deberes.
Quiteños¡- El Dios de los destinos y de la justicia,
ultrajado en sus altares, en sus ministros y en sus
más sagrados institutos, nos envía a vengar la
religión ofendida. La profanación del santuario
y la desolación de ese bello país, han irritado al
145
Cielo, que identificando su causa con la causa de
la libertad, manda en defensa de sus derechos la
espada de BOLÍVAR, y los Bravos de Carabobo.
Quiteños¡- No es sólo la independencia de
vuestra Patria el objeto del Ejército Libertador;
es ya la conservación de vuestras propiedades, de
vuestras vidas, la fe de nuestros padres, el honor
de la nación, que lo conducen a la victoria. Los
sacrílegos y los tiranos expiarán sus crímenes, y
el humo de nuestra sangre será el sacrificio que
os presentemos por vuestra dicha.
Cuartel General en Guayaquil, a 20 de enero de
1822.-12ª
Antonio José de Sucre (Sucre, 1974: 7-8)
Sucre va al encuentro de Santa Cruz, el cual debía
haber salido de Piura con su División el 15 de enero con
destino a Saraguro tomando la ruta de Piura-Sullana-
Supira-Suyo-Macará-Cariamanga-Gonzanamá-
Malacatos-Loja y Saraguro (Larrea, 1995:146).
El avance de Sucre, ahora en compañía del bizarro y
experimentado coronel Diego Ibarra83, es decidido
y firme, tramonta con su División la impenetrable
cordillera de Machala, la titánica empresa le cuesta más
de 150 hombres entre enfermos, muertos y desertores,
sin embargo, luego de una serie de distracciones y
maniobras para ocultar su posición y confundir a los
realistas apostados en Cuenca, arriba a Yulug (a 58 km
de Saraguro) el 5 de febrero. En esta localidad Sucre
se ocupa de reponer a su gente y de organizar mejor
al ejército. Entre las medidas adoptadas por Sucre está
la creación del batallón Yaguachi -para inmortalizar

83 El coronel Ibarra, estuvo activo desde las campañas de la Segunda


República en Venezuela (1813), participando en las principales contiendas
militares de ese país hasta 1819 cuando forma parte de la campaña
libertadora de la Nueva, distinguiéndose particularmente en las batalla de
Pantano de Vargas y Boyacá (Fundación Polar, 1992b: 505-506).
146
el primer gran triunfo de esta campaña- lo conforma
con personal de batallón Tiradores de Guayaquil y del
batallón Voluntarios de Guayaquil, colocando la unidad
bajo el mando del teniente coronel colombiano (nacido
en Venezuela) Carlos María Ortega, antiguo oficial del
Estado Mayor del Libertador Simón Bolívar (1814). El
6 de febrero se reanuda la marcha a Saraguro con los
batallones Albión y Yaguachi marcando el paso en la
vanguardia y con los Cazadores de Paya cubriendo la
retaguardia- Finalmente, el 9 de febrero, Sucre y sus
hombres llegan a Saraguro en donde, ese mismo día, se
produce el encuentro con la División peruana que había
partido de Loja dos días atrás (Larrea, 1995:146-147;
Villanueva, 1995: 148).
En medio del inminente conato de guerra entre el Perú
y Colombia por la posesión de Guayaquil, el Coronel
Santa Cruz fue tentado por San Martín a abandonar
la empresa libertaria de Quito y retornar a Lima. La
inexcusable actitud de San Martín chocó con la firme
determinación de Sucre para reclamar este cuerpo, o en
su defecto la presencia del Numancia como debía haber
correspondido desde siempre. Finalmente, Sucre con su
valerosa postura retuvo a la División peruana y, lo más
importante, evitó una guerra fratricida que sólo hubiese
favorecido a los intereses de España en América.
Al leer la nota de V.S de anoche, he visto que V.S.
poseyéndose de un absoluto espíritu de obediencia
a la orden que ha recibido para la retirada de su
división por el peligro que pueda amenazar a
Lima, se ha olvidado del peligro que en el acto
amenaza con esta retirada al más brillante Ejército
de Colombia, y con él a la República, y aún diré
al Perú (…) Arreglemos, pues, que en nuestros
mutuos peligros sean mutuos los auxilios, y si V.S.
no quiere convenir en esto, sea por las órdenes
que ha recibido, sea por otro motivo, yo estoy en
147
el caso de reclamar que los mismos buques que
V.S. me dice viene de Paita a buscarlo, traigan a su
bordo el batallón de Numancia y lo desembarquen
en aquel punto. En tanto, ni la división de V.S. se
retira, ni yo dejaré de ella con la misma libertad con
que se dispone en Lima de Numancia, y por tanto,
continuaré mis operaciones autorizado además por
los despachos del Excmo. Señor Protector (San
Martín), que ha puesto estas tropas a mis órdenes.
(Sucre a Santa Cruz. Cuenca, XXXI-III-1822.
Sucre, 1981: 79-81)
Con la concentración de los dos ejércitos en Saraguro
las fuerzas patriotas quedaban constituidas de la
siguiente manera:
Cuadro. Nro.2: Composición del Ejército colombo-
peruano
Batallones/
Cuerpo Hombres
Regimientos
Infantería TRUJILLO 500
PIURA 400
YAGUACHI 260
PAYA 600
ALBIÓN 200
Total 1960 hombres
Caballería GRANADEROS 100
DRAGONES 100
ESCUADRÓN
NRO.1 100
ESCUADRÓN
NRO. 2 100
Total 400 hombres
Artillería Una batería con 4 piezas de
campaña y 40 hombres
Fuente: Larrea, 1995: 147
148
Con un total de 2.400 hombres Sucre y Santa Cruz
marchan sobre Cuenca, plaza que los españoles
habían recientemente reforzado con los batallones
Constitución y Aragón. En las inmediaciones de Cuenca,
concretamente en la llanura de Tarqui, el coronel
realista Carlos Tolrá esperaba a los patriotas dispuesto
a presentar batalla, sin embargo, una vez enterado
de la efectiva reunión de los ejércitos de Colombia y
Perú en Saraguro, Tolrá decide desocupar la ciudad y
replegarse rápidamente hacia Riobamba, en su marcha
desesperada es perseguido por avanzadas patriotas que
le infligen todo tipo de daños y calamidades. El 21 de
febrero de 1822, Sucre y el Ejército Unido realizan su
entrada triunfal en Cuenca.
No se hubo bien apartado (Tolrá) de la ciudad, cuando
se dejaron ver a sus inmediaciones las descubiertas
de los patriotas. Los vecinos, exaltado el ánimo, y
prontos a favorecer a sus libertadores, dieron a vuelo
las campanas, y se arrojaron a las calles, plazas y
afueras de la ciudad, a recibir con palmas, y en medio
de frenéticas aclamaciones, al joven vencedor en
Yaguachi, que venía a la cabeza de las tropas aliadas
del Perú y Colombia (Villanueva, 1995:149).
Cuenca, tercera ciudad en importancia de la Real
Audiencia de Quito, profesaba una frenética adicción
a la causa libertaria y ofrecía todo tipo de facilidades
y recursos al ejército independentista, esta condición
permitió recuperar y fortalecer las filas republicanas
durante los casi dos meses que permanecieron
estacionadas allí las tropas.
Los días en Cuenca fueron de intensa actividad para
Sucre; el joven pero diligente jefe, además de ocuparse
de los cuidados del ejército y de la vigilancia del
enemigo, se encargó de la organización política y
administrativa de la provincia, exhibiendo por vez
primera sus cualidades de hombre de Estado.
149
En efecto, apenas se estableció el Ejército Unido en
Cuenca, Sucre designó al coronel Tomás de Heres
gobernador de la provincia (Andrade, 1995:84) y no
satisfecho con ello se dio a la tarea de proveer a la
ciudad de instituciones que garantizaran la estabilidad
y protección del colectivo, en especial de los más
vulnerables. En ese sentido, el 20 de marzo de 1822,
Sucre decreta la creación de la Corte Suprema de
Justicia de Cuenca (Castellanos, 1998:132) y seis días
después, en el acto de instalación de la misma, el futuro
héroe de Pichincha expresa:
Al entrar en este recinto augusto de donde la
justicia va a extender su mano benéfica hacia las
provincias que la República ha encargado a mi
dirección, yo siento en mi alma el santo respeto
que inspiran el honor y las leyes a los ciudadanos a
quienes la suerte ha puesto en sus manos la espada
que defienda la inocencia y la patria. Contemplando
que hoy existe en Cuenca un tribunal en que el
poder encuentra un dique contra el abuso de la
autoridad, me hallo como transportado cerca
del altar de la justicia, y tributándole, con este
homenaje, los deberes de un jefe republicano hacia
los pueblos que manda para procurarles su bien y
su dicha; mi corazón está más satisfecho, que si me
hallase en el momento colocado en el templo de la
victoria…(Sucre, 1981: 76)
Cónsono con este deseo de justicia, Sucre no toleró
ningún tipo de abusos contra la población civil,
mucho menos si estos provenían del interior de sus
propias tropas, en consecuencia, y como respuesta
al comportamiento indigno y bandolero de algunos
elementos del ejército, emitió un Bando (7º), el 29 de
marzo de 1822, en el cual se establecía una sanción de
200 palos al soldado que robara a cualquier ciudadano
“el valor de un real” y el de la pena de muerte “al que
150
robase el valor de más de un peso” (Art.2), además
de establecer el pago o retribución inmediata de lo
efectivamente ya sustraído, tanto a ciudadanos como a
comerciantes, por parte de efectivos del batallón Paya
(Art. 6)84.
En lo económico, pese al agotamiento de las cajas reales
y la necesidad urgente de recursos, una de las medidas
más importante y revolucionarias adoptada por Sucre
en Cuenca fue la suspensión del tributo indígena, por
considerarlo contrario al espíritu de la Constitución de
Cúcuta. El 10 de marzo de 1822, mediante un luminoso
Decreto, el jefe patriota establece que:
2º.- Los indios serán considerados en adelante
como ciudadanos de Colombia; y los tributos, que
hacían la carga más pesada y degradante de esta
parte desgraciada de América quedan abolidos
con arreglo a los decretos del Congreso General;
pero atendiendo a que las necesidades públicas y
los gastos de la guerra exigen procurar los créditos
caídos con la Tesorería, y que mientras se organiza
el sistema de Hacienda, deben procurarse todos
los medios de cubrir las erogaciones del Estado, el
administrador de tributos cobrará la deuda de los
años 20 y 21, que no ha sido satisfecha; y como
el gobierno desea aliviar a los indios en el abono
de las cantidades que tienen que satisfacer, les
rebaja la tercera parte de la deuda de los citados
años 20 y 21 y el administrador hará efectivo el
cobro de solo las dos terceras partes y encarecerá a
los ciudadanos para el más pronto ingreso de esta
deuda en la caja pública. (Sucre, 1974: 52)
Como los fondos para el sostenimiento de la tropa
eran aún escasos, a partir del 15 de marzo Sucre
destina la mitad de su sueldo para palear esos gastos,

84 Sucre (1981). De mi propia mano. Fundación Biblioteca Ayacucho.


Caracas-Venezuela.pp.77-78
151
varios oficiales imitaron la actitud desprendida del
Comandante en Jefe, entre ellos el coronel Andrés de
Santa Cruz (Salame, 2009: 65).
Más al norte, en Pasto, la campaña contra los realistas
continúa, ahora conducida personalmente por el
Libertador. En efecto, para el 26 de enero de 1822
Bolívar había arribado ya Popayán proveniente de
Cali85, en esa ciudad va a recibir dos importantes
adhesiones: por una parte la de su obispo, Salvador
Jiménez de Padilla (otrora fanático defensor de la
causa del rey) y, por otra, la del comandante realista
José María Obando -hombre valeroso y de reconocido
prestigio entre la gente del lugar- quien venía de celebrar
un importante armisticio con el general Pedro León
Torres y de entrevistarse recientemente con el mismo
Libertador en Cali (Duarte, 2008: 42-53). Sin lugar
a dudas Jiménez de Padilla y Obando representaban
dos elementos gran valor estratégico que en mucho
podían contribuir –como efectivamente lo hicieron-
al definitivo sometimiento de los rebeldes pastusos,
sin embargo, para desgracia de la causa americana,
ocho años más tarde Obando se convertiría en el autor
intelectual del más horrible y despreciable crimen con
que quedaría manchada para siempre la noble historia
de la independencia suramericana: el asesinato del
Mariscal Antonio José de Sucre.
La estadía de Bolívar en Popayán, al igual que la de
Sucre en Cuenca, fue un tiempo de organización y de
no pocas angustias; los refuerzos que Bolívar solicitaba
a Bogotá no terminaban de llegar, tuvo que enviar al
general Lara hasta esa ciudad para verificar la situación
de los auxilios; requería dinero, armas, municiones,

85 “…una vez fracasado su plan de viaje por el mar a causa de la presencia


de fragatas españolas, (Bolívar) toma la ruta de Popayán, donde, a
excepción de unos cuantos valiosos amigos, no encuentra ni ambiente,
ni auxilios; le hostilizan, se niegan a engrosar el ejército, casi todos son
sinceros realistas…” (Rumazo, 1973: 175).
152
ropa, calzado y recursos de todo tipo para atender al
ejército y a los centenares de heridos y enfermos que
a diario generaban las rudas condiciones de aquel
lugar. Finalmente, a mediados de febrero, el general
colombiano Manuel Valdés86 arriba a Popayán con
su División y luego de un breve descanso pasa a la
hacienda Miraflores para reunirse con la División del
general Torres.
Con la unión de estos dos cuerpos Bolívar parte el 8
de marzo rumbo al sur, al encuentro del jefe realista
Basilio García. Una vez repasado el río Juanambú,
y superado no pocas adversidades, Bolívar con su
ejército arriba a la llanura de Bomboná en donde, el
7 de abril de 1822, enfrenta a García en la sangrienta
Batalla de Bomboná87 (López, 1955; Duarte, 2008: 42-
53; Villanueva, 1995).
Después de la batalla ambos ejércitos quedaron
muy maltrechos -800 hombres perdieron la vida
en la encarnizada refriega88- y si bien Bolívar tomó
las formidables posiciones que antes ocupaba el
86 Valdés era natural del oriente de Venezuela y figuraba entre los principales
jefes de aquella región, sin embargo se presume que pudo haber nacido en la
cercana isla de Trinidad y Tobago.
87 El valeroso accionar del batallón británico Rifles, comandado por el
general Valdés, fue decisivo en la batalla, a tal punto que, a partir de esa
acción, fueron rebautizados por el Libertador Simón Bolívar como “Rifles
de Bomboná”.
88 En el bando patriota una de las más sentidas pérdidas que arrojó la batalla
de Bomboná fue la del general Pedro León Torres, uno de los protagonistas
principales de la jornada. Luego de una orden mal interpretada por él,
Torres fue revelado del mando por el Libertador, el general acató la decisión
obedientemente, sin embargo, solicita a Bolívar que al menos se le conceda
la oportunidad de luchar por la Patria como un simple soldado. Bolívar se
conmovió con el pedido, lo abrazó y le cedió su espada. Al frente de los
batallones Vargas y Bogotá Torres luchó con un valor incomparable ese
día, esgrimiendo con honor y coraje la espada de Bolívar. Después de la
batalla Torres fue ascendido a general de División. Lamentablemente, a
consecuencia de las heridas recibidas en la acción de Bomboná, el bizarro
general moriría cuatro meses después (22-8) en Yaquanqer, en aquel
entonces municipio de la Provincia de Pasto (Duarte, 2008; Villanueva,
1995: 158).
153
enemigo, no puede aseverarse que haya obtenido una
victoria total, de hecho no pudo avanzar sobre Pasto
como estaba contemplado en su plan de operaciones
original. Los realistas perdieron sus fortificaciones y
toda su artillería, en consecuencia, luego de ocho días
de negociaciones, ambos bandos transan una tregua,
retirándose los realistas a Pasto y Bolívar, muy a su
pesar, a Popayán (Hoover, 1995: 166; Dietrich, 1995:
65; Villanueva, 1995: 157-160).
Luego de una fructífera estadía en Cuenca, la cual fue
coronada con la adhesión de la provincia a Colombia89
(Hoover, 1995; Larrea, 1995), los primeros días de
abril Sucre levanta su ejército y retoma su marcha hacia
Quito -él mismo abandona la ciudad el día 12 junto a la
retaguardia- la primera alcabala que debe superar en su
camino a la capital es Riobamba.
Antes de abandonar Cuenca, Sucre, adscrito al juego de las
estrategias, había previsto que el coronel Diego Ibarra y el
comandante Cestaris se movilizaran separadamente hacia
el norte, hasta Alausí (a medio camino de Riobamba),
para distraer al enemigo y establecer guerrillas: “Los
continuos desplazamientos de la columna del Coronel
Ibarra de Tixán a Cajabamba y después entre Columbe
y Guamote, mantuvieron en completa incertidumbre
a los realistas durante el mes de marzo” (Larrea, 1995:
154). Tanto López de Aparicio como Tolrá cayeron en el
juego del jefe patriota y nada pudieron hacer para evitar
la concentración de sus tropas en Alausi (15 de abril) ya
que ellos se encontraban en Tixán, comprometidos con la
persecución de Ibarra, cuando Sucre salió efectivamente
de Cuenca. Los realistas finalmente se replegaron a
Riobamba a preparar la defensa de esta plaza.

89 “El 11 de Abril se convocó una reunión de Cabildo abierto a la


que concurrieron las autoridades y personas notables de la Ciudad,
resolviéndose en esta reunión que se publicara y jurara la Constitución de
Colombia, quedando así incorporada a ella la Provincia, de acuerdo a la
Ley de 1821” (Larrea, 1995: 154).
154
En Alausí recibió Sucre con beneplácito el refuerzo
de 200 veteranos colombianos, grupo comandado por
uno de los más brillantes auxiliares europeos llegados
a América: el coronel irlandés Daniel Florencio
O´Leary90. Este nuevo contingente se sumaban
también los 50 jinetes del capitán José Antonio Pontón,
despachado con anterioridad a esa región para espiar al
enemigo91 y recientemente incorporados por Ibarra a
sus filas (Larrea, 1995: 154).
Pero aún había nuevas incorporaciones que esperar en
el Ejército Unido. El Libertador Bolívar había dispuesto
que un batallón, bajo el mando del bizarro coronel
Córdova, saliera de Panamá con dirección a Guayaquil
para reforzar al ejército de Sucre. Bolívar prefirió este
destino para los hombres de Córdova antes que reforzar
su maltrecha División que operaba en Popayán, noble
proceder que demuestra claramente que no existía
ningún tipo de recelo de parte de Bolívar con respecto a
la gloria de su subordinado, ambos obraban en perfecta
sintonía y coordinación en torno a un objetivo común:
la libertad de América. Repuesto y remozado el ejército
colombo-peruano, el día 16 retomó su camino hacia
Riobamba. (Andrade, 1995; Villanueva, 1995).
No fueron pocos los obstáculos que la naturaleza
interpuso entre Sucre y la victoria, una prueba más para
su talento y determinación. Crestas empinadas, páramos
nevados, vientos gélidos, abismos, desfiladeros y
en general una agreste geografía, completamente

90 El más célebre de todos los edecanes que tuvo el Libertador se adscribió


con particular pasión a la causa americana. A Bolívar llegó a venerarlo
de una manera tan particular que posterior a su muerte recolectó toda su
correspondencia, en América y Europa, y gracias a ese esfuerzo las memorias
de O´Leary constituyen hoy la fuente más importante de documentos sobre
la vida, obra y pensamiento del Libertador. Los restos mortales de O´Leary
reposan al lado de los de Bolívar en el Panteón Nacional de Caracas-
Venezuela.
91 Pontón y sus jinetes venían de batir en fecha reciente (8 de marzo) al
escuadrón realista Dragones de Granada en Totorillas (Larrea, 1995. 154).
155
desconocida para la mayoría de los hombres venidos
desde las llanuras del Apure y el Casanare (Venezuela
y Nueva Granada).
Superados las dificultades que imponía el terreno, el 19
de abril el Ejército Unido se situó en las proximidades
de la Villa de Riobamba, los realistas lo esperaban
con un dispositivo defensivo celosamente preparado.
En efecto, el enemigo se apostó en una extensión de
2 kilómetros ubicada en el margen derecho del río
Chibunga, en las alturas de las colinas de Santa Cruz
y San Luis, muy cerca del paso de la quebrada de San
Luis, con una posta (destacamento) cerrando el paso
de la quebrada de Guaslán. Sucre había ocupado las
alturas de Punín y reconociendo inmediatamente las
posiciones del enemigo ordenó a Ibarra despejar la
quebrada, lo cual el jefe patriota ejecutó eficientemente
con tan solo 25 dragones. Lo escarpado de las colinas
Santa Cruz y San Luis, así como lo avanzado de la
hora, hizo desistir a Sucre de empeñar un ataque mayor,
prefirió esperar a la artillería –que venía retrasada- y
dar descanso a sus tropas. Los realistas, por su parte,
también excusaron el combate (Barrios, 1991: 23;
Rumazo, 1976: 74; Cova, 1995: 76; Villanueva, 1995:
152-153; Larrea, 1995: 155-156).
El día 20 una inusual estratagema realista marcó la
jornada. Varios oficiales españoles invitaron a sus
pares del Dragones a almorzar en Riobamba. Aceptada
(consulta o inconsultamente) la propuesta, fue
aprovechada la oportunidad por los realistas para atacar
de frente a los dragones patriotas con dos regimientos
de caballería, al tiempo que situaban un batallón de
infantería a sus espaldas. Los dragones resistieron
estoicamente el ataque y pasaron a la ofensiva por un
flanco del enemigo, logrando arrojar a sus impúdicos
adversarios sobre los pies de su propia infantería, más
allá de las márgenes del el río Chibunga. En la singular
156
jornada destacaron particularmente los comandantes
Rash y Jiménez, así como los capitanes Allende y
Morán (Villanueva, 1995:153; Larrea, 1995: 156).

La Batalla de Riobamba
Luego de realizar el día 20 un minucioso reconocimiento
del río Chibunga, Sucre y sus avanzadas logran ubicar
en Pantus un paso ideal para su ejército. El jefe patriota
ordena cuidar la posición y despliega espías, al tiempo
que realiza maniobras distractoras para ocultar al
enemigo los verdaderos movimientos de su División.
Al día siguiente, el 21 de abril, el ejército se pone en
marcha y atraviesa el rio, la operación se realiza con
tanto sigilo que es inadvertida por los realistas, al
menos hasta que los cazadores de la vanguardia patriota
(dirigida por el coronel Ibarra) coronó el paso de Pantus
y ocupó sus alturas, desplegándose inmediatamente
en posición de batalla. Los realistas, comandados
por López de Aparicio, rehusaron el combate y se
replegaron a Riobamba (Larrea, 1995).
El grueso del ejército patriota atravesó el río en completa
tranquilidad y avanzó rápidamente por el flanco
izquierdo de la ciudad tratando de ganar la espalda de
los realistas. En medio de un torrencial aguacero que
se desató en ese momento Sucre, queriendo provocar
la batalla, ordena a Ibarra que con sus dragones y
granaderos haga un reconocimiento del enemigo dentro
de la ciudad y corte su retirada, el bravo coronel ejecuta
la orden en compañía del teniente Olmos y del bravo
comandante rioplatense Ignacio Lavalle. Es poco lo
que encuentra Ibarra, el enemigo había abandonado la
ciudad protegido por su caballería.
Sin embargo, a poca distancia de la ciudad, el bravo
Lavalle -que se había adelantado en persecución del
enemigo- se encuentra repentinamente de frente con
157
toda la caballería enemiga, a espalda de una llanura.
Son en total tres escuadrones de caballería con 120
elementos cada uno. Consiente que una retirada hubiese
sido tan vergonzosa como inútil, Lavalle ordena formar
en batalla a sus 96 centauros y sable en mano da la
insólita orden de cargar al enemigo. Aquella maniobra
parecía un suicidio en masa pero fue ejecutada con
tanta osadía e intrepidez que sorprendió completamente
a los españoles. Al ver caer rápidamente a los más
valientes de sus hombres, los realistas volvieron caras
y retrocedieron buscando la protección de su infantería.
El coronel Tolrá, dispuesto a lavar la afrenta, se colocó
al frente de los tres regimientos de caballería y cargó
enérgicamente a los patriotas cuando éstos habían
abandonado ya la persecución del enemigo previendo
un ataque a dos armas. Para ese entonces entró en
escena el coronel Ibarra con sus 40 dragones y uniendo
fuerzas a Lavalle cargaron nuevamente a los realistas
utilizando la estrategia de volver caras súbitamente
contra el enemigo. En este nuevo choque los realistas
resistieron un poco más que en la primera embestida,
sin embargo, no pudieron aguantar por mucho tiempo
el empuje de los patriotas y la derrota fue total para
los hispánicos: 52 muertos (tres oficiales) y multitud de
caballos, armas y pertrechos abandonados en el campo
de batalla (Larrea, 1995: 158-165; Villanueva, 1995:
155; Andrade, 1995; Hoover, 1995).
…El Coronel Ibarra llenó su haber completa-
mente; el Comandante Lavalle ha conducido
su cuerpo al combate con un valor heroico,
con una serenidad admirable; sus oficiales el
Mayor Ruiz, que acompañaba al Comandante,
Capitán Supervi, y Tenientes Latus y Olmos, se
han distinguido particularmente. Los oficiales
de Dragones y su cuerpo han vengado la injuria
hecha por los españoles a su buena fe en el día
anterior… (Sucre a Santander. Cuartel General
158
en Riobamba, XXIII-VI-1822. Citado por La-
rrea, 1995: 163-165).
En su correspondiente parte Lavalle destaca también
la actuación del capitán Gruix, de los sargentos Díaz
y Vega y del granadero Lucero. En adelante Lavalle
será conocido como el León de Riobamba. El día 22, en
medio de aclamaciones y vítores del pueblo, el ejército
patriota ocupa Riobamba mientras el enemigo se ocupa
en una vergonzosa retirada.

El camino de las dificultades


Luego de un breve pero merecido descanso, el 28 de abril
el Ejército Unido reanuda su marcha y toma dirección a
Ambato. Al arribar a esta ciudad, el día 30, no encuentra
rastros del enemigo pero sí muchas muestras de júbilo y
fervor patriótico por parte de sus habitantes.
Sin tiempo que perder Sucre continúa su avance y el
2 de mayo arriba a Latacunga. En esta ciudad se le
incorpora la División del coronel Córdova (batallón
Alto Magdalena) que había arribado desde Panamá
y que no había podido darle alcance en Cuenca. Esta
unidad y su bizarro jefe serán decisivos en las jornadas
bélicas por venir (Bencomo, 1991: 24; Larrea, 1995:
166; Sherwell, 1995: 46-47).
También por esos días, al mando de una columna de 200
guerrilleros, arriba a Latacunga el comandante Cestaris,
este diligente y activo oficial de origen italiano había
seguido de cerca la evolución del Ejército Realista y da
parte a Sucre que el coronel López, ahora al mando de
los ibéricos por la momentánea renuncia de Tolrá92, había
establecido su Cuartel General en el pueblo de Machachi
y cubría los pasos de Jalupana y Viudita, bloqueando así
el acceso a la capital (Bencomo, 1991:25).

92 A consecuencias de la mala evolución de sus heridas.


159
Remozado el Ejército Unido con los nuevos efectivos
que han arribado desde Colombia, la campaña se
reanuda con nuevos bríos. Entre el 11 y 12 de mayo
Sucre abandona Latacunga con dirección al Norte,
el día 13 arriba a las faldas del Cotopaxi y, previo
reconocimiento del terreno, dispone una arriesgadísima
maniobra sobre su izquierda para flanquear las
posiciones del enemigo y alcanzar los valles de Chillo
(Bencomo, 1991: 25; Larrea, 1995: 167).
Cuatro días gastó Sucre en pasar desfiladeros,
barrancales y torrentes; atollábanse aquí y allá
hombres y caballos; en ciertos parajes tenían que
orillar vacios horribles, en cuyo seno desaparecían
los que no podían agarrarse de las rocas; otras veces
había que bajar al fondo de quebradas hondísimas
para subir de seguida a los ventisqueros, y marchar
rodeando siempre las agrias y escarpadas faldas del
Cotopaxi, con trabajos y miserias infinitas. Cuatro
noches hubieron de dormir aquellos hombres
abnegados y sufridos, sin cubiertos y adheridos al
borde de los despeñaderos. (Villanueva, 1995: 163)
Valiéndose de guías del lugar -como el indio Lucas Tipan,
valeroso contacto entre el Ejército Unido y los patriotas de
Quito- los independentistas avanzan por el cañón del Alto
Cutuchi hacia la garganta del Limpio-pongo.
…faldeando el Cotopaxi por el nor-occidente y
el Rumiñahui por el oriente, siguiendo la saliente
que va entre los ríos Pedregal y Pita, vadeando
éste y avanzando por la escarpada abra del Guapal.
(Larrea, 1995: 167)
Finalmente, el día 17, Sucre y el Ejército Unido
llegan al valle de Chillo. Los realistas -descifrando el
intrépido accionar del jefe patriota- habían abandonado
desde el día anterior sus posiciones para evitar que les
tomaran las espaldas y les cortaran su comunicación
con Quito, sin embargo mantuvieron bajo resguardo y
160
fortificaron el difícil paso de la colina de Puengasi93 que
se interponía entre los valles y la capital (Villanueva,
1995; Salame, 2009: 82; Dietrich, 1995: 68).
En el valle de Chillo el ejército patriota encontró un
merecido descanso en la Hacienda Chillo Compañía,
propiedad de la familia Montúfar94, la misma
propiedad que acogiera en 1808 las reuniones pro
revolucionarias auspiciadas por Juan Pío Montufar,
Marqués de Selva Alegre. Tres días permanecieron allí
los independentistas antes de emprender una nueva
maniobra para eludir el dispositivo defensivo realista e
intimarlos al combate.
Durante este período el general Mires retornó a filas
del ejército después de fugarse sorpresivamente de
su prisión en Quito. La alegría de Sucre fue muy
grande pues desde su captura había realizado, en vano,
múltiples solicitudes y gestiones ante Tolrá para su
liberación. El veterano oficial de origen español fue
incorporado inmediatamente a la División Colombiana
(Larrea, 1995).
Llegado ya el día 20, Sucre mueve su ejército buscando
las inmediaciones de Quito para presentar batalla.
El movimiento de tropas se efectuó con extremo
sigilo y los realistas sólo lo advirtieron cuando sus
intrépidos oponentes se encontraban en la pendiente
Sur del Puengasí. El 21 los patriotas descienden al
valle de Turumbamba, Sucre forma sus hombres en
posición de batalla, los realistas rechazan la invitación
y se apertrechan en el Fortín de Panecillo y a ambos
93 “La colina de Puengasí se encuentra situada entre el Valle de los Chillos
y el de Chillogallo, en dirección de Sur a Norte, desde Amaguaña hasta
Cumbayá, con una altura de más de 3.000 metros sobre el nivel del mar y
un desnivel de 620 metros con respecto al Valle de los Chillos y 270 al de
Chillogallo” (Larrea, 1995: 168).
94 Tal aseveración, así como el recorrido efectuado por Sucre y su ejército
previo a la Batalla de Pichincha, la encontramos en el artículo “Tras los
pasos de Sucre en el Pichincha” publicado por la redacción de El Comercio
de Quito, el 24 de mayo de 2010.
161
lados del camino principal que conduce a Quito, su
posición era realmente impenetrable. Una compañía
del Cazadores de Paya se aposta a 200 metros del
enemigo y lo incita al combate, sin arriesgar mucho
la artillería realista da una enérgica respuesta a los
atrevidos colombianos. Comprendiendo lo inútil de la
escaramuza Sucre ordena avanzar a sus tropas hacia
el pueblo de Chillogallo (Andrade, 1995: 100; Larrea,
1995: 168).
Los días 22 y 23 Sucre vuelve a desafiar a los realistas
sin éxito, sin embargo, el tiempo no se ha perdido del
todo; la amplia red de informantes desplegada a favor
de la causa independentista mantiene a Sucre al tanto
de los movimientos de Aymerich y de sus hombres,
incluso le hacen saber que éstos esperan la llegada
refuerzos de Pasto, posiblemente el veterano batallón
Cataluña, ante lo cual decide no esperar más y pasar a
la ofensiva, cortando cualquier posible comunicación
de la capital con el norte del departamento (Villanueva,
1995).
Durante la lluviosa noche del 23 de mayo -y la
madrugada del 24- con la mayor cautela desplegada
durante toda la campaña, Sucre pone en marcha a su
ejército y ejecuta una audaz maniobra para alcanzar el
valle de Iñaquito al norte de Quito, acción con la cual
aspira a coronar una estratégica posición entre Pasto
y la capital. Sucre ordena un movimiento envolvente
para lo cual sus hombres deben desfilar por las faldas
del volcán Pichincha, a cuyos pies se asienta la ciudad
de Quito (Rumazo, 1976: 75; Oropesa, 1995: 81;
Bencomo, 1991: 25-27).
Lenta pero decididamente, en medio de breñas, quebradas
y precipicios, las tropas patriotas avanzan tras los pasos de
su vanguardia, liderada esta vez por José María Córdova
y dos compañías del Magdalena. Pese a las dificultades
del terreno, Sucre ordena acelerar el paso y coronar el
162
sitio conocido como El Cinto (3265 msnm), la empresa
se asume como titánica ya que la lluvia torrencial caída
la noche anterior había vuelto los caminos resbaladizos
y difíciles de transitar, sin embargo, parecía no haber
obstáculos imposibles de superar para un ejército y un
jefe resueltos a vencer: a las ocho de la mañana del 24 de
mayo el Ejército Unido coronaba exitosamente las alturas
del Pichincha, bloqueando además las comunicaciones
entre Quito y Pasto (Bencomo, 1991: 27; Rincones, 2011;
Villanueva, 1995: 165).
Melchor Aymerich, astuto y experimentado militar
-con una larga hoja de servicios en Europa, África y
América- tenía conocimiento de todos los movimientos
de Sucre, y si bien en un principio lo había subestimado,
sus hábiles maniobras y su determinación le habían
demostrado que se enfrentaba a un rival de mucho
cuidado. El jefe hispano no cayó en la tentación de
enfrentar al Ejército Unido en un terreno que no le era
favorable (Turumbamba) optando por hacerse fuerte en
Quito. Sin embargo, hasta los más avezados guerreros
son movidos en situaciones de tensión por la ansiedad
o por la osadía: advertido desde el fortín de Panecillo
(al frente del Pichincha) del avance patriota, Aymerich
envía sus tropas a las falds del volcán para hacerles
frente, no escatima recursos de ningún tipo y entre
los cuerpos movilizados se encuentra el prestigioso
batallón Aragón, conformado por veteranos de la
Guerra de Independencia Española (Rincones, 2011).

Composición de las fuerzas beligerantes


Si bien Aymerich cuenta tan solo con 2.044 hombres
para hacer frente a los patriotas, se trata de tropas
veteranas, bien preparadas y mejor equipadas que las
independentistas. En la decisiva jornada Pichincha el
Ejército Realista atenderá a los a los siguientes mandos
y organización:
163
Cuadro. Nro.3: Estado Mayor del Ejército Realista

Comandante en Jefe Mariscal Melchor Aymerich


Coronel Luis de Alba
Coronel Vicente González
Ayudantes
Coronel Joaquín Germán
Capitán Vicente Ruiz
Coronel M.M. Martínez de
Estado Mayor
Aparicio
Teniente Coronel Patricio Brayn
Teniente Coronel Hermenegildo
Mendigurren
Teniente Coronel Francisco
Ayudantes
Pintado
Capitán José Jiménez
Sargento Mayor Pedro Tola

Fuente: Larrea, 1995: 178-179

Cuadro. Nro.4: Composición del Ejército Realista


Batallón/
Arma Comandante Hombres
Escuadrón
Coronel
ARAGON Joaquín 580
Valdez

Teniente
Infantería CAZADORES DE
Coronel 368
CONSTITUCIÓN
Juan Toscano

TIRADORES DE Coronel
487
CADIZ Damián Alba
164
DRAGONES Teniente Co-
DE LA REINA ronel Pascual
ISABEL Moles
Caballería
Teniente
GUARDIA DEL Coronel
92
1er Coman- PRESIDENTE Francisco
dante: Mercadillo
Coronel Carlos Teniente Co-
HÚSARES DE
Tolrá ronel Francis- 87
FERNANDO VII
2do Comandante co Alameda
Coronel Francis- DRAGONES DE Coronel Juan
co González 76
GRANADA Viscarra
ARTILLERÍA DE Coronel José
84
MONTAÑA Ovalle
GRUPO DE AR- Coronel
Artillería 120
TILLERÍA Benito
Fortín el Pane-
(9 Piezas) Fernández 150
cillo
Total 2044
Fuente: Larrea, 1995: 178-179

Del otro lado, el remozado Ejército Unido comandado


por Sucre, dispone de una importante ventaja numérica
sobre los españoles con un total de 2.718 efectivos,
distribuidos éstos en dos fuertes Divisiones organizadas
de la siguiente manera:

Cuadro. Nro.5: Estado Mayor del Ejército Unido


Comandante en General Antonio José de Sucre
Jefe
Ayudantes Coronel Juan Ilingworth
Teniente Coronel Daniel Florencio
O´Leary
Capitán Manuel Jordán
Capitán Juan María Gómez
Estado Mayor Coronel Antonio Morales
165
Ayudantes Teniente Coronel Francisco Jiménez
Teniente Coronel Ramón Chiriboga
Teniente Coronel Francisco Pintado
Capitán Manuel Oliva
Capitán Ramón Gómez
Teniente Juan de Dios Haro
Teniente Pedro Alarcón
Sub Teniente Eustaquio Blanco
Fuente: Larrea, 1995: 172-173

Cuadro. Nro.6: Mandos y composición de la


División Colombiana
Comandante General de Brigada José Mires
Agregados Coronel Tomás Yacson, Coronel León
Codero,
Tte, Cnel. Francisco Eugenio Tamariz.
Ayudante Tte. Cnel. José María Botero
Arma Batallón/ Comandante Hombres
Escuadrón
ALBIÓN Teniente 200
Coronel Juan
Infantería Mackintosh
PAYA Teniente Coro- 570
nel José Leal
YAGUA- Coronel Carlos 260
CHI M. Ortega
ALTO Coronel José 200
MAGDA- María Córdova
LENA
Caballería DRAGO- Coronel Caye- 150
Comandante: NES tano Cestaris
Coronel Diego LANCE- Teniente Co- 100
Ibarra ROS ronel Federico
Rash
Total 1480
Fuente: Larrea, 1995: 173-174
166
Cuadro. Nro.7: Mandos y composición de la
División Peruana
Comandante Coronel Andrés de Santa Cruz y Calahumana
Jefe de Esta- Coronel Luis Urdaneta
do Mayor
Ayudante José María Ugalde
Mayor
Ayudantes Tenientes Calixto Giraldo y José M. Frías
Auxiliares Abanderado: Teniente Domingo Mendoza
Capellán: Francisco Cisneros
Cabo de tambores: Pedro Sánchez
Maestro de Pitos: Bruno Arias
Cirujano: Dr. José del Rosario
Arma Batallón/Es- Comandante Hombres
cuadrón
TRUJILLO Teniente 520
Nro 2 Coronel Félix
Infantería Olazábal
PIURA Nro.4 Teniente 454
Coronel Fran-
cisco Villa
GRANA- Teniente
DEROS A Coronel Juan
CABALLO Lavalle
1er Escuadrón Teniente Ma- 64
Caballería nuel Latus
2do Escua- Capitán Alexo 60
drón Bruix
CAZADO- Teniente Co- 125
RES DEL ronel Antonio
PERÚ Sánchez
Artillería PIQUETE DE Capitán Pedro 15
ARTILLERÍA Arcina
Total 1238
Fuente: Larrea, 1995: 174-177
167
Cuadro. Nro.8: Total efectivos del Ejército Unido
División Colombiana 1480 hombres
División peruana 1238 hombres
Total 2718 hombres

Pichincha: ruge el volcán de la libertad


Cuando los primeros rayos del Sol comenzaban a calentar,
tímidamente, la mañana del glorioso 24 de mayo de 1822,
los 60.000 habitantes de Quito son estremecidos por el
rugir de los cañones y el toque desesperado de las cornetas
de combate. En efecto, luego de un merecido descanso,
Sucre comienza a mover sus tropas hacia las faldas del
Pichincha. El bizarro comandante José Leal, al frente
de una compañía del Cazadores de Paya, es enviado
en labores de reconocimiento, le sigue una compañía
del batallón Trujillo. No tardan los cazadores patriotas
en divisar los movimientos del enemigo, el grueso del
Ejército Realista -en perfecta y cerrada formación- trepa
aceleradamente por las lomas del Pichincha, dispuestos a
ocupar sus alturas y desalojar de allí a los independentistas
antes que estos bajen al valle de Iñaquito. Advertido
Sucre del movimiento del enemigo no duda en desplegar
en combate al grueso de la División Peruana para acudir
en auxilio de la valerosa compañía del Paya. Para ese
momento los cazadores colombianos ya han abierto fuego
sobre las columnas realistas deteniendo por instantes su
avance. Cuando el reloj marca las nueve y treinta de la
maña, la batalla decisiva para la liberación de Quito (y del
futuro Ecuador) ha comenzado (Villanueva, 1995: 166;
Larrea, 1995; Bencomo, 1991: 28).
Comprometido ya el combate, el esclarecido coronel
paceño Andrés de Santa Cruz y Calahumana cubre el
ala derecha patriota con todas las unidades peruanas
bajo su mando, adelanta a sus cazadores y, casi de
168
inmediato, hace lo propio con el resto de las compañías
del batallón Trujillo en un esfuerzo desesperado por
contener al brioso enemigo que se abalanza sobre ellos.
Para los elementos del Paya que iniciaron la refriega
el auxilio llega en el momento más oportuno pues
prácticamente habían agotado ya todas sus municiones
(Villanueva, 1995; Larrea, 1995; Bencomo, 1991).
Magnifico era en aquel momento el espectáculo.
Por la derecha trepaban los tercios castellanos
con sus fulgurantes armas, y vistosos uniformes,
llevando desplegadas por entre nubes de fuego las
antiguas y célebres banderas del Cid y de Pelayo,
dominadoras en otro tiempos de ambos mundos:
por el otro, las legiones de los descendientes de los
incas, descalzos y casi desnudos, como los héroes
de la fábula, con el gorro frigio de la libertad, y
el carcaj de sus mayores por timbre de sus armas;
flameando a todos los vientos el estandarte tricolor,
insignia de la joven Colombia, que llenaba ya con
su reputación, no sólo la América sino aún parte de
la Europa. Más arriba, la vanguardia de peruanos
y colombianos, cuyos fuegos se reflejaban como
brillantes llamas en las inmensas moles de nieve
que guarnecen la montaña; por un lado el fuerte
del Panecillo, atalaya de la ciudad, anunciando con
sus disparos de artillería que iba a decidirse por
las armas, entre españoles y americanos, la suerte
final de los antiguos dominios de Atahualpa; y
más allá, en el fondo del cuadro, en lo más alto
del Pichincha, el glorioso triunfador de Yaguachi
y de Riobamba, marcando con la punta del sable
a sus batallones el camino del honor. (Villanueva,
1995: 167)
El oportuno accionar del coronel Santa Cruz permite
mantener firme las líneas patriotas hasta el arribo de
dos compañías colombianas del batallón Yaguachi
169
comandadas por el coronel Antonio Morales, Jefe del
Estado Mayor del general Sucre. Entre tanto, con la
autorización de Sucre, el intrépido coronel Córdova
al mando de dos compañías del Magdalena intenta
una arriesgada maniobra para rodear la posición del
enemigo y caer sobre sus espaldas. El resto de la
infantería colombiana -mandada por el general Mires-
redoblaba su marcha en un intento desesperado por
llegar a tiempo a su cita con la gloria.
Ante la imposibilidad de utilizar la caballería en
aquellas agreste laderas, el desenlace de la épica jornada
de Pichincha iba a depender exclusivamente de la
pericia de la infantería colombo-peruana, esta arma no
defraudará a su Comandante en Jefe y se empeñará con
un denuedo extraordinario, sin embargo, comenzaban a
escasear ya las municiones y el parque -custodiado por
el batallón Albión- no terminaba de llegar.
Ante el empuje de la masa realista la primera línea
patriota comienza a ceder, el célebre batallón español
Aragón avanza sobre la izquierda republicana
coronando una ventajosa posición elevada y desde
allí se dispone a caer sobre su osado adversario. En
tan dramáticos momentos Córdova se extravía con sus
hombres, un barranco le impide culminar la maniobra
envolvente que había iniciado, desesperado debe
retroceder sobre sus pasos. Agotadas las municiones
el Trujillo y los cazadores del Paya ceden posiciones,
el Piura enviado en su auxilio retrocede también, son
momento de desesperación y desasosiego en las filas
patriotas.
Advirtiendo el boquete sobre la izquierda, el general
Mires, se pone al frente de la reserva republicana y sale
decididamente a bloquear el paso del enemigo. Sucre
respalda la intrépida acción de su antiguo maestro y
ordena que el resto del batallón Paya entre en socorro
de la primera línea cargando a la bayoneta. Ante el
170
ímpetu de los hijos de Bolívar, los realistas retroceden
y pierden los pocos metros que habían conquistado, sin
embargo el terreno les favorece y logran reagruparse
para cargar con más vigor a las ya exhaustas filas
patriotas (Larrea, 1995: 181).
Bajo el tronar de la artillería y el choque de los
sables, el campo de batalla va tiñéndose de sangre por
doquier. Durante más de dos horas ambos ejércitos se
emplean con un heroísmo sin igual, proezas de uno y
otro lado y muestras de bizarría que deberán pagarse a
un precio muy elevado. En filas patriotas el sargento
Manuel Salcedo, el teniente Molina y el sub teniente
Mendoza ofrendan tempranamente sus vidas sobre las
faldas del Pichincha, mientras que los capitanes Castro,
Cabal y Alzuru, el teniente Ramírez y los sub tenientes
Borrero y Arango son gravemente heridos. En el bando
realista, el hijo del propio Aymerich se cuenta entre los
fallecidos (Villanueva, 1995: 169-170).
Mención aparte merece la conducta del valeroso
e inolvidable hijo de Cuenca: el teniente Abdón
Calderón, precoz héroe de tan solo 18 años de edad
que colocándose al frente de sus tropas las guía con
excepcional osadía al combate portando en una mano el
estandarte del batallón Yaguachi y en la otra su espada.
Pese a recibir cuatro sucesivas heridas de bala que
destrozaron sus brazos y piernas, el teniente Calderón
se niega a retirarse de la línea de fuego, alentando a
sus hombres y dando vivas a la patria95. (Sucre, 1974:
157; Pesquera, 1910: 44-45; Larrea, 1995: 180-181,
Rincones, 2011).

95 Cinco días después de la batalla el joven teniente moriría en Quito a


consecuencias de sus heridas. Tal muestra de valor no pasaría desapercibida
ante los ojos del padre de la patria, Bolívar lo asciende póstumamente a
Capitán y decreta que en adelante el heroico batallón Yaguachi, al pasar
revista y mencionar su nombre, contesten todos sus efectivos al unísono:
“Murió gloriosamente en Pichincha, pero vive en nuestros corazones”.
171

Batalla de Pichincha. Mural de Luis Rodolfo Peñaherrera Bermeo.


Palacio Carondelet (Quito)96

En el momento cumbre de la batalla, la victoria parecía


inclinarse indefectiblemente hacia el bando realista. El
batallón Aragón con sus tres compañías se alista para
embestir desde la izquierda a los patriotas y asestar
así el golpe decisivo de la contienda. Sin embargo,
no contaban los españoles con que el destino y sus
caprichos les darían la espalda: el batallón británico
Albión irrumpe súbitamente en el campo de batalla con
el tan esperado parque y a partir de allí el curso del
combate cambiará drásticamente.
Apercibido del movimiento de los realistas sobre su
izquierda, Sucre moviliza contra ellos al recién llegado
batallón Albión. La enérgica y aguerrida embestida
del Albión tomó por sorpresa al opulento Aragón,
acostumbrado a saborear las mieles del triunfo en
Europa y América, repentinamente los ibéricos se
encontraron arrojados sobre el campo de batalla en una
posición desfavorable.

96 Disponible en: https://www.telesurtv.net/news/batalla-pichincha-bolivar-


sucre-ecuador-independencia-20180523-0065.html
172
Para mayor desdicha de los españoles, el impertérrito
coronel Córdova arriba al campo de batalla con sus dos
compañías, secundando así la colosal embestida de los
batallones Paya, Yaguachi y Albión.
Luego de un par de horas de combate, Sucre
continuaba recorriendo toda la línea invocando
a Bolívar para insuflar ánimo y valor entre
sus hombres, era consciente que hacía falta un
esfuerzo postrero para decidir la batalla, jugarse
una última carta en una especie de “todo o nada”,
el hombre escogido para tan delicada misión
fue el coronel Córdova quien con su particular
desprecio por la muerte aceptó el reto y cargó
sobre las más selectas unidades enemigas con el
batallón Magdalena. Los españoles resistieron
valerosamente aquella embestida titánica,
pusieron todos sus elementos y todas sus fuerzas
en aquella empresa y ni aún así pudieron torcer su
fatídico destino. Las líneas españolas comenzaron
a ceder (…) el empuje patriota rompió finalmente
aquella tenaz resistencia y el enemigo quedó en
desbandada total, perseguido hasta las calles de
Quito por unidades del Paya, del Yahuachi y del
Albión. (Rincones, 2011)
Ante el desastre de su infantería, Tolrá y la caballería
realista huyen apresuradamente hacia el norte en
búsqueda de la ciudad de Pasto, le persiguen muy de
cerca el comandante Cestaris y sus dragones quienes
habían sido comisionados por Sucre para custodiar
aquel estratégico paso.
Ya derrotados, los realistas se repliegan hasta el fortín
de Panecillo donde encuentran resguardo al interior de
sus murallas. Tras de sí los ibéricos dejan 400 cadáveres
y 190 heridos por tan solo 200 muertos y 140 heridos
de los patriotas. En total, en poder de los vencedores
quedan 1.700 fusiles, catorce piezas de artillería y
173
abundante parque, así como 1.260 prisioneros, de
ellos 160 oficiales de diferente graduación, cifras que
evidencian cuan esplendida ha sido la victoria del
Ejército Unido en las faldas del Pichincha (Barrios,
1991: 29).

La capitulación de Pichincha
Para cerrar con broche de oro la epopeya de Pichincha, no
pudo haber mejor epílogo que la generosa capitulación
concedida al día siguiente por Sucre a los vencidos,
digna del noble espíritu del soldado humanista que no
ve en la victoria derechos, sino compromisos para con
el vencido.
Los señores don Melchor Aymerich Mariscal de
Campo del Ejército Español y Capitán General
del Reino de Santa Fe y Antonio José de Sucre
General de Brigada del Ejército de Colombia, y
Comandante General de la División Unida del
Sur de la República, convencidos de la necesidad
de terminar la guerra que aflige estas provincias,
después que la victoria obtenida ayer por las
armas de la patria las pone, por consecuencia,
en posesión del territorio ocupado por las tropas
españolas, atendiendo el primero, a la falta de
comunicación con la península, la opinión
general del país a favor de la independencia,
teniendo presente las instrucciones del ministro
al Exmo. Señor general Mourgeón en 3 de abril
de 1821 y deseando conciliar su situación con el
honor del ejército de su mando, y considerando
el segundo, que la paz y el reposo de estos
pueblos exige cualquier transacción que la
cubra de los males de la guerra, convinieron
en nombrar comisionados que suficientemente
facultados, arreglasen una capitulación que
posesione a la república de Colombia de estos
174
territorios y salve el honor militar y los intereses
del ejército español, y en efecto nombraron al
Exmo. Señor general Aymerych, a los señores
coronel don Francisco González, coronel don
Manuel María Martínez de Aparicio, ayudante
general y jefe del Estado Mayor de la División
Española, y teniente coronel don Patricio Brayn
ayudante del mismo cuerpo, y el señor general
Sucre a los señores don Andrés de Santa Cruz
jefe de las tropas del Perú, y coronel Antonio
Morales jefe del Estado Mayor de la División
Libertadora, los cuales después de reconocer y
canjear sus poderes, convinieron en la siguiente
capitulación:

PROPOSICIONES DEL EJÉRCITO


ESPAÑOL
Será entregada a los Comisionados del señor
general Sucre la fortaleza del Panecillo, esta
ciudad y los almacenes militares existentes, con
el territorio y todo cuanto esté bajo la dominación
española al Norte y Sur de dicha ciudad.
Contestación
1º.- Concedido: el territorio al Norte de dicha
ciudad, se entiende cuanto está comprometido
en la demarcación del departamento de Quito.
2º.- Las tropas españolas saldrán de dicha
fortaleza con los honores de la guerra, y en el
sitio y hora que determine el señor general Sucre
entregarán sus armas, banderas y municiones.
Contestación
2º.- a las dos de la tarde se recibirá la
fortaleza, y en el puente se entregarán, banderas
y municiones.
175
3º.- Los señores oficiales conservarán sus
espadas, caballos y equipajes.
Contestación
3º.- Concedido,
4º.- En consideración a la bizarra conducta
que han observado ayer las tropas españolas,
y a comprometimientos particulares que pueda
haber en algunos individuos, así europeos
como americanos, se permitirá que los oficiales
y tropas que quieran pasar a España, lo hagan
por los puntos que estime a bien el gobierno
de Colombia, pudiendo quedarse aquellos que
gusten hacerlo, bien en clase de ciudadanos, bien
al servicio si son admitidos.
Contestación
4º.-Se permitirá el pase a España de los
oficiales y tropa que gusten hacerlo, pero
considerados como prisioneros de guerra
prestarán el juramento de no tomar las armas
contra los estados independientes del Perú y
Colombia en tanto no sean canjeados. Su viaje
lo harán por Guayaquil y Panamá.
5º.- De cuenta del gobierno de Colombia
correrán los gastos para conducir a la Habana,
o al primer puerto español, los oficiales y tropas
que por el artículo anterior sigan a Europa,
siendo obligación del gobierno español pagar
estos gastos en el primer punto de su dominación
al comisionado.
Contestación
5º.- Concedido
6º.- Como las tropas españolas que cubren
Pasto y se hallan en todo el territorio desde esta
176
ciudad a aquella están comprendidas en esta
capitulación y son prisioneros de guerra, se
nombraran dos comisionados por el Exmo señor
general Aymerich, y dos por el señor general
Sucre para que vayan a entregarse de las armas,
municiones y almacenes de los prisioneros, y de
todo cuanto allí exista, pero con atención a las
circunstancias de aquel país, el gobierno español
no puede garantizar la obediencia de este
artículo; y por tanto, en caso de resistencia el de
Colombia obrará según le dicte su prudencia y
justicia.
Contestación
6º.- Se nombrarán los comisionados de uno
y otro gobierno para entregar y recibir todos los
artículos de guerra en la dirección de Pasto y
en aquella ciudad que llevarán las órdenes más
(circunstanciadas) terminantes para que todo se
ponga a disposición del gobierno de la república
conforme al artículo propuesto.
7º.- Se permitirá también que los empleados
públicos y eclesiásticos, y los particulares que
quieran pasar a Europa, lo hagan costeándose de
su cuenta.
Contestación
Concedido
8º.- El señor general Aymerich queda en
libertad de marchar cuando y por donde quiera
con su familia, para lo cual será atendido con
todas las consideraciones debidas a su clase,
representación y comportamiento.
Contestación
Concedido
177
9º.- Se concederá una amnistía general en
materia de opiniones.
Contestación
Concedido
10º.- Después de la ratificación por ambas
partes del presente tratado, el señor general
Sucre podrá ocupar la ciudad, y fortaleza a la
hora y día que guste.
Contestación
10º.- Será ratificada esta capitulación en el
término de dos horas y las tropas libertadoras se
posesionarán de la ciudad a las tres de la tarde.
Cuyos artículos para la ratificación de las
partes contratantes firmaron dichos señores
comisionados en el palacio de gobierno de Quito
a 25 de mayo de 1822.
Francisco González.- Manuel María Martínez
de Aparicio.- Patricio Brayn.- Andrés de Santa
Cruz.- Antonio Morales.
Cuartel general en Quito, 25 de mayo de 1822
Ratificado y aprobado por mí se cumplirá en
todas sus partes fiel y rigurosamente.
MELCHOR AYMERICH
Cuartel general frente a Quito en 25 de mayo de
1822.
Aprobado y ratificado.
A. J. DE SUCRE
Es copia de su original
Santa Cruz
(Sucre, 1974: 140-143)
178
La victoria de Pichincha significó la liberación de
Quito y aseguró para siempre la libertad de Guayaquil;
en medio de la alegría y el entusiasmo por el triunfo
obtenido, ambos territorios se incorporarán de
inmediato a Colombia.
Los efectos de la victoria de Pichincha se hacen sentir
también en Pasto. El coronel Basilio García, enterado de
la capitulación de Aymerich, rendirá sus armas a Bolívar
y licenciará sus tropas, sin embargo, más pronto que
tarde, de la mano de Benito Boves y Agustín Agualongo
esta esquiva región volverá a levantar sus armas contra
la república, ameritando la organización de nuevas y
sucesivas campañas para reducirla, la primera de ellas
-y quizás la más compleja- a mediados del mes de
diciembre de 1822 dirigida por el propio general Sucre97.
Sucre atrapado (para siempre) en Quito
El 25 de mayo, en medio de una gran algarabía
popular, Sucre y su victorioso ejército entran a Quito.
Contrastando con los coloridos y vistosos uniformes de
sus prisioneros, el jefe patriota viste de forma sencilla
“pantalón de dril blanco, levita y capa de paño oscuro,
maltratado por la lluvia y la nieve, gorra militar del
mismo color guarnecida con un cordón de oro; y al cinto
la espada de la victoria” (Villanueva, 1995: 175). Los
que desde los adornados balcones de la ciudad buscan
afanosamente con la mirada al jefe de los patriotas, no
alcanzan a distinguirlo, quizás no sólo por su modestia,
sino también por su juventud.

97 La campaña de Pasto de 1822 fue particularmente ruda y sangrienta. En


las faldas del Guaytara se atrincheraron los tozudos realistas -unos 1.500
hombres- quienes utilizando la estrategia de guerra de guerrillas resistieron
bravamente a los patriotas. Luego de ver rechazada una avanzada patriota
en Cuchilla de Taindala, formada nada menos que por veteranos del Rifles,
Sucre organizó una División con sus mejores hombres y avanzó sobre ellos
para derrotarlos sucesivamente, en ese mismo punto y luego en la quebrada
de Yacuanquer, antes de entrar a Pasto el 24 de diciembre, ciudad en la cual
enfrentó una feroz resistencia, casa por casa, calle por calle, antes de rendirla
definitivamente ese día de noche buena (Villanueva, 1995: 183-185).
179
No obstante, en la medida que avanza la caravana por las
calles de la ciudad, los principales actores de la célebre
jornada de Pichincha van siendo identificados por el
colectivo y todas las miradas se depositan en la egregia
figura del general en jefe del Ejército Unido, en especial
la de las bellísimas féminas quiteñas a cuyo encanto
Sucre no podrá escapar. El joven general ya había sido
presa del amor en Guayaquil; la juvenil Pepita Gaenza y
la valerosa Tomasa Bravo98 habían tocado el corazón del
héroe, pero sería en Quito en donde el brillante general
se rendiría definitivamente al amor, la afortunada sería
la hermosa Mariana Carcelen, Marquesa de Solanda,
con quien finalmente se casará en 1828 y de cuya unión
nacerá una hija en 1829: Teresa Sucre Carcelén99.
Vencidos los realistas en el campo militar, tocaba ahora
la difícil tarea a los libertadores de edificar el nuevo
Estado republicano, en esta impostergable labor el
concurso de Sucre sería sumamente valioso, ahora
como Intendente de Quito.
Pese a que existen méritos por demás en el nuevo General
de División para para tan importante designación, él
parece no sentirse cómodo con la misma pues se ve
más como un militar que como un administrador o
estadista. A Francisco de Paula Santander, el 1 de julio
de 1822, le comunica desde Quito:

98 De esta apasionada relación nacería una niña: Simona, pequeña que fue
bautizada en la Catedral de Guayaquil el 20 de abril de 1822 por el padre Fray
Alipio Laram cuando Sucre se encontraba en campaña sobre Quito. Ante la
muerte de Tomasa Bravo en 1825, Sucre siempre se preocupó por el destino
de esta pequeña y desde Bolivia, a través de su amigo el coronel Vicente
Aguirre, sus deseos fueron quiso que se le brindara abrigo y protección,
lamentablemente no se supo más sobre el destino de la niña, presumiendo
que haya ingresado a una orden religiosa. Para mayor información ver:
http://www.eluniverso.com/2010/05/24/1/1445/sucre-tuvo-hija-guayaquil-
antes-batalla-pichincha.html
99 Teresita Sucre Carcelén vivirá poco tiempo. En 1831, un año después de
la muerte de su padre, cuando contaba tan solo con dos años de edad, muere
cuando resbala “accidentalmente” de los brazos de su padrastro, Isidoro
Barriga, y cae del balcón de su casa.
180
S.E el Libertador ha tenido la bondad de nombrarme
intendente de este departamento concediéndome
también el ascenso a general de división, yo tengo
el honor y un placer particular de protestar a V.E
mis servicios en estos nuevos empleos con que la
beneficencia del gobierno me ha favorecido.
Al mismo tiempo yo tengo el dolor de no poder
ofrecer al gobierno un desempeño tan exacto
en este destino cual requiere su importancia.
Educado en la milicia mis conocimientos no están
formados para dirigir a los pueblos a la felicidad
que mi corazón les desea, y sería una falta a mis
obligaciones como un ciudadano, si no lo expusiera
ante el primer magistrado de la república.
Al conferirme el Libertador la intendencia de
Quito, tuve la ingenuidad de confesarle mi
insuficiencia para llenar sus intenciones y las mías.
Vuelvo a hacer esta sincera manifestación a V.E
protestándole que si no obstante ella, el gobierno
quiere continuarme en un cargo para que no tengo
capacidad, dedicaré mi tiempo y mi trabajo más
asiduo a favor de un país que me es amado, y para
quien yo querría un Santander que hiciera su dicha.
(Sucre, 1974: 187-188)
Cuan equivocado estaba el joven general, nadie mejor
y más capaz que él para dirigir a los pueblos hacia su
felicidad ¡él a quien todos admiran y aclaman como
su redentor! El Libertador y los pueblos han decidido,
Sucre está llamado a ser el arquitecto fundamental
de las nuevas repúblicas. El héroe de Pichincha
desempeñará impecablemente sus tareas al frente de
la Intendencia de Quito, lo hará actuando siempre en
favor del pueblo y, en especial, de los más humildes,
de la misma brillante manera que lo hizo en Cuenca
y como lo hará próximamente en Bolivia. La infinita
modestia del héroe cumanés no podrá nunca ocultar
181
sus dotes excepcionales para erigir naciones en donde
antes tan solo reinaba el oprobio y la explotación.
Pese a la alegría que inunda al futuro Ecuador, y a
buena parte de los pueblos de América, la magna obra
de la emancipación aún no está culminada, desde el
Perú de los incas el Virrey José de La Serna y su invicto
Ejército Real del Perú amenazan la libertad de todo el
continente. En medio de las más difíciles y adversas
condiciones, Sucre será nuevamente el guerrero
designado para desafiar y vencer al fiero león español,
ésta vez la cita definitiva será en el inmortal campo de
Ayacucho.
182
183

CAPÍTULO V
AYACUCHO:
CUMBRE DE LA GLORIA AMERICANA

¡Soldados¡
Sobre el campo de Ayacucho habéis
completado la empresa más digna de
vosotros. 6.000 bravos del ejército
libertador han sellado con su constancia y
con su sangre la independencia del Perú y
la paz de América. Los 10.000 soldados
españoles que vencieron catorce años en
esta República, están ya humillados a
vuestros pies.
Antonio José de Sucre (1824)
184
185
Pese a que el 28 de julio de 1821 el laureado general
argentino José de San Martin proclamó la independencia
del Perú en Lima100, la dura realidad de la nación de
los Incas era que la totalidad de su territorio -con la
sola excepción de Lima y Trujillo- continuaba aún bajo
control español.
Después de evacuar Lima el 6 de julio de 1821, el Virrey
La Serna toma rumbo al Sur reuniéndose en Jauja con uno
de sus principales colaboradores, el general Canterac.
El destino final de La Serna es Cusco -antigua capital
del incario- allí va a establecer su cuartel general y va a
levantar un poderoso ejército de casi 20.000 hombres,
incluyendo en esta estadística a los 5.000 efectivos que
componían la guarnición del Alto Perú. La presencia de
La Serna en Cusco ponía en vilo la libertad del Perú, y la
de toda América, San Martín y el Gobierno Peruano lo
sabían, no obstante ello tardaron demasiado en eliminar
esa amenaza y, cuando trataron de hacerlo, sería ya
demasiado tarde (Markhan, 1925).
Las campañas de intermedios
Transcurrido el primer año de la declaración de la
independencia, la situación política al interior del
Perú, y más concretamente en Lima, no era la mejor.
San Martín concentró su atención en la política,
descuidando de hecho el aspecto militar, pero ni aún así
lograría contener el descontento de una sociedad que
ya comenzaba a percibir al ejército río platense como
una “fuerza de ocupación”.
San Martín, al asumir en agosto de 1821 el
“protectorado” del Perú se había hecho no sólo con
el mando militar del país, sino también con el mando
político, algo que no le perdonaría fácilmente una
oligarquía peruana ávida de acceder a los más
100 En Cusco y Cangallo, los patriotas peruanos habían proclamado la
independentista en 1814, sin embargo ambas intentonas fueron sofocadas
por el Ejército Real.
186
altos círculos del poder. Si bien San Martín tomó
medidas muy loables y significativas en temas
vitales como la educación, la hacienda, el comercio,
la libertad de imprenta, la división de los poderes y
la emancipación de los esclavos centró su accionar
en lo político -en detrimento de lo militar- con el
apoyo de su cuestionado y controversial Ministro
de Estado y Canciller, Bernardo Monteagudo. Es
que en los nuevos dirigentes “extranjeros” del
recién emancipado Estado existía un sentimiento
de desconfianza hacia la clase política limeña, de
la cual llegaron incluso a cuestionar su patriotismo
por no haber podido sacudir, por sí misma, el yugo
que les oprimía desde tres siglos atrás, como bien
sí lo hicieron otras metrópolis del continente.
(Rincones, 2016: 35)
En el plano castrense, la derrota sufrida por la División
de Domingo Tristán en la Batalla de Ica (7-4-1822)
a manos de Canterac encendía las alarmas en Lima.
Bolívar ese mismo año de 1822 ofrece su incondicional
apoyo a San Martín:
No es nuestro tributo de gratitud un simple
homenaje hecho al Gobierno y Ejército del Perú,
sino el deseo más vivo de prestar los mismos y
aún más fuertes auxilios al Gobierno del Perú, si,
para cuando llegue a manos de V.E. este despacho,
ya las armas libertadoras del Sur de América no
han terminado gloriosamente la campaña que iba a
abrirse en la presente estación.
Tengo la mayor satisfacción en anunciar a V.E.
que la guerra de Colombia está terminada, y que
su ejército está pronto a marchar donde quiera que
sus hermanos lo llamen, y muy particularmente a
la patria de nuestros vecinos del Sur.
(Bolívar a San Martín. Quito, 17-VI-1822. En:
O’Leary, 1883 XIX: 307)
187
San Martín no tarda en responder a Bolívar en estos
amables términos:
Yo acepto la oferta generosa que V.E. se sirve
en hacerme en su despacho del 17 del
pasado: el Perú recibirá con entusiasmo y gratitud
todas las tropas de que pueda disponer V.E., a
fin de acelerar la campaña, y no dejar el menor
influjo a las vicisitudes de la fortuna: espero que
Colombia tendrá la satisfacción de que sus armas
contribuyan poderosamente a poner
término a la guerra del Perú, así como las de
este han contribuido a plantar el pabellón de la
República en el Sud de su vasto territorio
(San Martín a Bolívar. Lima, 13-VII-1822. En:
O’Leary, 1883 XIX: 336).
Este apoyo se va a materializar en octubre de ese año con
el arribo al Callao de la División Auxiliar Colombiana
-al mando del Coronel Paz del Castillo- compuesta
por los batallones Vencedor, Yaguachi y Pichincha,
todos veteranos de la campaña libertadora del Ecuador.
Previamente, el 6 de julio de 1822, veinte días antes de
la controversial entrevista entre Bolívar y San Martín
en Guayaquil, Colombia y Perú firman un histórico
Tratado de Unión Liga y Confederación Perpetua,
documento precursor de la política bolivariana de
alianzas continentales101.
Después de la entrevista de Guayaquil, San Martín
decide retirarse del Perú -algún poeta habría dicho
que dos soles no pueden brillar en un mismo universo-
pero, más allá de aquello, lo que si era cierto es que
el ejército colombiano se encontraba en alza en ese
momento; sus triunfos en Boyacá (1819), Carabobo

101 En 1822 Colombia firmaría un Tratado similar con Chile y en 1823


con Argentina y México. En 1826 las Provincias Unidas de Centroamérica
(Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica) sellarían
también una alianza perpetua con la Colombia bolivariana.
188
(1821) y Pichincha (1822) significaron la liberación
de los actuales territorios de Colombia, Venezuela
y Ecuador; la euforia y el entusiasmo de sus tropas
no tenía comparación, habían atravesado miles de
kilómetros, desde las playas del río Orinoco hasta la
Cordillera de Los Andes, y, de seguro, habrían llegado a
la propia capital española de habérselo pedido Bolívar,
su venerado líder. Por el contrario el ejército de San
Martín, protagonista también de grandes campañas
militares en Argentina y Chile, no atravesaba su mejor
momento, año y medio de nociva inactividad en el
Perú había generado ya cierto grado de desgaste en sus
tropas.
A pesar de lo anterior, la Suprema Junta de Gobierno
del Perú, creada por el Congreso Constituyente peruano
para ejercer las funciones del Poder Ejecutivo, lanza
una temeraria ofensiva contra los realistas en el Sur del
país. En octubre de 1822 una gran expedición militar,
con participación de efectivos argentinos y peruanos,
parte hacia los puertos intermedios del Perú102 (viejo
proyecto de San Martín), en la apresurada operación
no participan tropas colombianas103. Liderada por el
general argentino Rudecindo Alvarado, la campaña
fue un completo fracaso, la fuerza expedicionaria
fue aniquilada, prácticamente en su totalidad, en los
campos de Torata y Moquehua (enero de 1823).
Ante el fracaso militar de la expedición a los Puertos
Intermedios, la opinión pública, y sectores castrenses
también, reclaman la inmediata presencia de Bolívar,
como única solución para contener la amenaza realista.
Tanto el Poder Ejecutivo como el Poder Legislativo
peruanos hacen gestiones, cada uno por su cuenta, para
102 Los puertos ubicados desde las costas de Arequipa hasta Tarapacá.
103 Ante la anarquía imperante en Lima Paz Del Castillo se negó a participar
en la campaña, evitando con ello también que las tropas de Colombia se
involucraran en las pugnas locales. Ver en Rincones (2016), el Capítulo I,
Lima 1823: el oscuro laberinto de la anarquía.
189
traer a Libertador venezolano y otorgarle el mando
absoluto de las operaciones contra los españoles, sin
embargo, el Presidente Riva-Agüero tenía otros planes
para los auxiliares colombianos, siempre priorizando
sus ambiciones personalistas antes que el interés de la
patria.
En 1823, ahora por instrucciones de Riva-Agüero,
la empresa libertadora de intermedios fue repetida,
en similares condiciones y objetivos, esta vez bajo el
comando de los generales Gamarra y Santa Cruz. Al igual
que en la campaña anterior la desorganización imperante
y la contradicción de intereses no propician la abierta
participación de las tropas colombianas. De nuevo la
expedición sería un completo fracaso104, de 5.000 hombres
sólo 800 llegaron con vida a la Caleta de Quilca.

Sucre arriba al Perú


Siete meses después de la primera (y poco antes de
la segunda) Campaña de Intermedios, Sucre arriba a
Lima. Imposibilitado el Libertador Bolívar de asumir
la dirección de las operaciones contra los españoles en
el Perú, por no recibir aún el correspondiente permiso
del Congreso de Colombia, envía al más brillante y
leal de sus oficiales, el general Antonio José de Sucre,
quien con su espléndido triunfo en Pichincha -un año
atrás- había liberado los territorios subordinados a la
Presidencia de Quito, hoy Ecuador.
Antes del arribo de Sucre al Callao, Bolívar dirige una
elocuente carta de presentación al Presidente Riva-
Agüero (13 de abril de 1823), en la cual no escatima
elogios para su comisionado.
104 Pese a ingresar a territorio del Alto Perú y conseguir un lance favorable
en Zepita (a orillas del lago Titicaca), los patriotas prefirieron retroceder al
enterarse de la unión de las fuerzas españolas (Valdés, Canterac y La Serna)
para ir tras ellos. Los españoles bautizaron esta campaña como “la campaña
del talón” pues siempre estuvieron pisando los talones de los patriotas.
190
Aseguro a Vd. Que este general servirá infinito al
Perú, si Vd. Quiere tener la bondad de emplear sus
luces, su actividad, su celo y aun su valor. Confieso
con franqueza que no ha dado Venezuela un oficial
de más bellas disposiciones, ni de un mérito más
completo. Aunque criado en la revolución, y sin
haber podido tener otra educación que la que da la
guerra, es propio para todo lo que se quiera. Yo he
confiado en él la dirección de nuestro ejército en el
Perú [...] Tanto en la dirección de la guerra como en
la ejecución de las medidas conciliatorias con
los españoles, puede servir el general Sucre a ese
gobierno, servicios que en épocas difíciles yo he
apreciado mucho porque el general Sucre ha sido
útil y puede ser útil siempre que sea empleado. Por
último decirle a Vd. Que en la instrucción que le he
dado, en todas ocasiones, ha sido la más sencilla,
autorizándole para que obrase según su conciencia
y buen juicio. Es hombre que puede merecer una
carta blanca, y ahora la lleva para el buen éxito de
su comisión. (Bolívar, 1978 II: 140)
El 2 de mayo de 1823 Sucre llega al Perú y recibe en
la Ciudad de los Reyes, todo tipo de consideraciones
y atenciones, es el hombre delegado por el Libertador
“Su misión está investida de un carácter diplomático, es
el Ministro Plenipotenciario de Colombia ante el Perú,
es la voz de Bolívar ante el Ejecutivo y Legislativo
peruano” (Rincones, 2016: 44-45).
Y ciertamente deberá recurrir el joven general a todas
sus dotes de diplomático y negociador ya que el Perú,
en ese momento, se encontraba dividido en diferentes
facciones, muchas de las cuales aspiraban el apoyo
de los auxiliares colombianos. En este delicado
contexto, el esfuerzo inicial de Sucre debió centrarse
en la conciliación y en evitar que sus tropas se vieran
envueltas en los conflictos internos de la nación andina.
191
En medio de esas pugnas internas destaca de manera
particular la peligrosa confrontación entre el Ejecutivo
y el Congreso, misma que colocó al Perú al borde de la
guerra civil ese mismo año de 1823. Por otra parte, si
bien es cierto que el pueblo y el ejército eran favorables
al auxilio colombiano y a la presencia de Bolívar, un
sector de la sociedad constituido por los emigrados de
Guayaquil se mostraba opuestos a la misma, era el sector
que impulsaba la incorporación del Puerto de Guayaquil
al Perú. El Ejecutivo, por su parte, más pronto que tarde,
se mostró receloso de Bolívar y de los colombianos, en
especial cuando Riva Agüero se dio cuenta de que éstos
no le apoyarían en su pugna con el Congreso.
Por otra parte Sucre, a su arribo a Lima, encontró
en pleno desarrollo los preparativos de la Segunda
Campaña de Intermedios. Riva-Agüero, ambicioso
y calculador, quiso adelantarse y evitar con un
contundente triunfo sobre los españoles el arribo de
Bolívar al Perú, su cálculo le salió, desde todo punto
de vista, errado.
Si bien en primera instancia Sucre vio con buenos ojos
la concepción de esta nueva campaña sobre los Puertos
Intermedios, no quiso involucrarse en ella y respetó
el hecho que era una iniciativa del Perú que estaba ya
suficientemente calculada y meditada. Adicionalmente,
Sucre rápidamente pudo percibir la “contradicción de
intereses”, entre los mandos militares situación que lo
hizo alejarse definitivamente del mando de la operación,
aunque prestó su apoyo a la misma trasladándose a
Arequipa.
Con tan solo diez días en Lima, Sucre eleva al Libertador
uno de sus primeros diagnósticos sobre la situación del
país, el mismo es contundente y revelador:
El Ejército no tiene jefes, el país está tan dividido
en partidos, como están las tropas de los diferentes
Estados que las forman: el Congreso y el Ejecutivo
192
están discordes y esto no puede traer buenos
resultados: no hay subsistencia para las tropas y
las pocas que se adquieren se mal invierten: los
materiales para mover al Ejército se hacen (si se
hacen) muy tardíamente; los medios de moverlo se
preparan aún con más lentitud, y a todo una parte
de la división Santa Cruz salió ya y la otra sale hoy
o mañana y si no le secundamos su operación,
es perdida esa expedición: en fin mil males asoman
para presagiar que todo esto se desbarata y en su
desmoronamiento la división de Colombia será
parte de las ruinas. Si Vd. Viene, es preciso que se
resigne a entrar en una nueva empresa para la cual,
como le he dicho antes, hay 12.000 hombres de
que Vd. puede formar un buen Ejército; pero tiene
que entrar en conciliar partidos y en remediar otros
tantos o más entuertos que en Colombia durante
la revolución. (Sucre a Bolívar. Lima, 15-V- 1823.
Sucre, 1981: 111)
Como era de esperarse, durante sus primeros días en
Lima, Sucre se reúne con el Presidente Riva-Agüero, la
impresión inicial que le deja el Jefe de Estado peruano
es buena y, pese a sus intrigas y traiciones, Sucre le
profesará una sincera amistad. En el ameno encuentro
el presidente Riva Agüero ofrece al joven general
venezolano el mando del ejército, a lo cual este replica
que los auxiliares de Colombia “venían a obedecer y
nunca a mandar” (Sucre, 1981).
Sólo un jefe como Bolívar tenía las luces necesarias
para conducir a buen término una campaña tan
ambiciosa como la que ofrecía el Perú, eso se lo
hizo saber (Sucre) también a Santa Cruz, quien
igualmente le buscó para ofrecerle el mando del
Ejército, aquí la única salida era Bolívar, sólo él
garantizaría la cohesión monolítica del Ejército
en torno a su incuestionable figura. Bolívar era
193
sinónimo de seguridad, de éxito, de victoria, el sólo
escuchar su nombre y presagiar su presencia unía
voluntades, eliminaba dudas, temores y disensos;
en medio de tantas tempestades sólo él podía llevar
a buen puerto a la indómita nave republicana.
(Rincones, 2016:48)
A todas éstas, Sucre continúa -como puede- alistando
a su división, el venezolano está dispuesto a auxiliar
a Santa Cruz y a Gamarra, pero la inminente invasión
de Canterac a Lima (junio-julio) genera un panorama
mucho más complejo para cualquier operación militar.
Sucre evacua la debilitada ciudad y se refugia junto a
los patriotas limeños en la Fortaleza Real Felipe del
Callao.
Desde el punto de vista militar, como ya hemos señalado,
la Segunda Campaña de Intermedios fue un completo
fracaso, la División Peruana fue aniquilada y Sucre
apenas pudo llegar con su ejército a Arequipa, lugar
donde él también estuvo a punto de ser pulverizado por
los realista, de no haber sido por el oportuno accionar
de la caballería patriota.
El Libertador en Lima
El 1 de noviembre de 1823 el Libertador Simón Bolívar
arriba a Lima y, desde ese mismo momento, asumirá
la conducción del ejército patriota, una singular fuerza
binacional, colombo-peruana, que en adelante se
denominará Ejército Unido Libertador.
Con Bolívar llegó el orden, el respeto y la acción
de gobierno a la hermosa ciudad que fundara
Pizarro en 1535. Villanueva (1995: 333) refiere
que el Libertador “limpió de forajidos los
campos; restableció la tranquilidad pública, las
garantías individuales, el derecho de propiedad y
la inviolabilidad de los hogares”. En este fecundo
período, la administración de justicia fue otra de sus
194
grandes preocupaciones, así como la posibilidad
de conformar una alianza ofensiva y defensiva
contra España y sus aliados, la idea de una gran
asamblea de pueblos libres comenzaba a tomar
forma en la mente privilegiada del Libertador.
(Rincones, 2016: 170)
Pese a las dificultades y amenazas, para la causa
libertaria de América se avecinan tiempos mejores. La
rebelión de Riva Agüero contra el Libertador y fuerzas
auxiliares colombianas es disuelta por la acción de
sus propios lugartenientes, ahora la atención de todos
podrá centrarse en el poderoso Ejército Real del Perú.
La Batalla de Junín
Después de un duro tránsito hacia el sur a través de la
Cordillera Blanca, el Ejército Unido Libertador tendrá
su primera prueba de fuego en las Pampas de Junín.
Al descender de la cordillera, las fuerzas lideradas por
Bolívar encontraron a las unidades realistas cerrándoles
el paso en una estrechez del camino en las inmediaciones
de la laguna de Reyes. La infantería, comandada por
Sucre, quedó rezagada detrás de la caballería por lo
cual no intervino en la acción. Después de una serie
de choques favorables a los realistas, la caballería
colombiana retrocedió precipitadamente ante lo cual el
Teniente General José de Canterac –comandante de los
españoles- cantó victoria anticipadamente y emprendió
una frenética persecución sobre los patriotas. Al mejor
estilo de los llaneros de Páez105 en las “Queseras del
Medio” los jinetes criollos volvieron cara al enemigo
y los atravesaron con sus largas lanzas. Los Húsares
peruanos, del comandante argentino Isidoro Suárez,
embistieron con inigualable bravura destrozando por
completo a la hasta entonces invicta caballería española.
105 José Antonio Páez (1790-1873). Destacado general y prócer de la
Guerra de Independencia de Venezuela, líder y referente indiscutible de los
indómitos llaneros venezolanos que patentizaran la estrategia de retroceder
y luego atacar a sus perseguidores.
195
El general Necochea, argentino también, jefe de la
caballería republicana, recibió 7 heridas y fue salvado
por un capitán español a quien antes él, en Maipú, le
había salvado la vida. Por su valor y extraordinario
desempeño en la acción de Junín, la caballería del Perú
fue bautizada por Bolívar, a partir de ese momento, con
el célebre nombre de “Húsares de Junín”.
Un derrotado y humillado Canterac corrió
desesperadamente hacia el Sur, a la ciudad de Cusco,
en busca de cobijo bajo el manto del Virrey. La Serna,
como astuto estratega, aprovechó el contratiempo para
recomponer sus fuerzas y con el concurso de la División
Valdés (empeñada por esos día en reducir a Olañeta en
el Alto Perú) y los restos de División de Canterac formó
un sólo cuerpo con tres poderosas divisiones, luego de
lo cual salió al encuentro del Ejército Libertador.
La victoria no aleja las dificultades
Después del extraordinario triunfo de las armas
patriotas en Junín, el Libertador Simón Bolívar debió
regresar, intempestivamente, a Lima. En una artera
jugada política de Francisco de Paula Santander106, el
Congreso de Colombia había revocado el mando de
Bolívar sobre el Ejército Unido Libertador, ahora la
dirección de las fuerzas patriotas quedaba en manos de
Sucre, previo al inminente y decisivo lance que debería
decidir el destino de todo el continente.
Ni Sucre ni nadie se encontraban a gusto con esta
nueva y accidentada situación. Primero Riva Agüero,
luego Torre Tagle y finalmente varios centenares de
oficiales peruanos y argentinos habían traicionado al
Ejército Unido Libertador, tal vez todas estas conjuras
eran previsibles por las duras condiciones en las cuales
se desarrollaba la guerra en el Perú, pero esperar este
accionar de la propia Colombia, de su Congreso, y
106 Vicepresidente de Colombia (la Grande) y para ese entonces encargado
del poder Ejecutivo por la ausencia del Libertador.
196
especialmente del hombre que más debía apoyarles,
era impensado. Toda la oficialidad manifestó su
incondicional apoyo a Bolívar y el desprecio a la
incomprensible medida, sin embargo, buscando
rescatar algo positivo en medio de la tragedia que
implicaba perder la dirección del Libertador, varios
jefes razonaron que era mejor que el Bolívar estuviera a
buen resguardo, en Lima o Bogotá, pues la posibilidad
de una derrota no era descabellada y si Bolívar caía
junto al Ejército la revolución independentista estaría
irremediablemente perdida.
Por su parte, para Sucre, la situación tenía sus propios
visos de complejidad. Posterior al triunfo de Junín
el cumanés había sido designado por el Libertador
para encargarse de recoger los heridos y atender los
hospitales, la tarea no fue en absoluto de su agrado,
aunque la cumplió con absoluta eficiencia. Durante
varios días Sucre fue centro de burlas y mofas por
su designación, “el héroe de Pichincha realizando un
trabajo que podía corresponder a un oficial subalterno”,
era uno de los dolorosos comentarios que se escuchaban
en el campamento patriota.
Fueron días difíciles para un susceptible Sucre y este no
tardó en manifestar su disgusto al Libertador, incluso
planteó la posibilidad de renunciar al ejército, tal era
su malestar.
(…) Convendrá usted, mi General, en que un
hombre que carezca de la delicadeza necesaria
para servir su destino no debe obtenerlo, y menos
vivir en la sociedad que guían el honor y la gloria.
Yo he sido separado de la cabeza del Ejército,
para ejecutar una comisión que en cualquier parte
se confía cuando más a un Ayudante General,
y enviado a retaguardia al tiempo en que se
marchaba sobre el enemigo; por consiguiente
se me ha dado públicamente el testimonio de un
197
concepto incapaz en las operaciones activas, y se
ha autorizado a mis compañeros para reputarme
como un imbécil o un inútil (…) No sé si al
conferirse semejante comisión se ha tratado de
abatirme; pero lo dudo infinito, y mi conducta me
persuade que no lo he merecido: tampoco sé, si
porque se me juzgue inepto; pero en tal caso, me
consuela que he servido a usted y al Ejército con
un celo especial, y que en la campaña he tenido una
absoluta consagración a todos los trabajos. Sea lo
que sea, mi General, esta comisión ha servido de
burlas y sátiras a los que no son mis amigos, y
de sorpresa a los que me estiman. Yo he sufrido
el tormento de que algún jefe me dijera, que
haberla aceptado era una indebida autorización
para que pudiesen ser tratados los demás casi
como criados (disculpe usted que use la misma
palabra): si esto se ha dicho a mi frente, es fácil
juzgar lo que se hable a mi espalda, e inferir qué
respetabilidad y qué concepto he de merecer a
mis compañeros (…) No sé cómo acabar esta
carta: entre la desesperación y el dolor, apenas
permiten pedir a usted que me conserve sus restos
de estimación, y que cualquiera que fuere mi
condición quiera usted contarme. Su fiel amigo,
humilde y obediente servidor. – A.J. DE SUCRE.
(Sucre a Bolívar. Jauja, XXVIII- VIII.1824. En:
Rey de Castro, 1883: 39-41; Shewell, 1995: 83-
84; Villanueva, 1995: 317-319; O`Leary, 1919:
147-150).
Pero la extraordinaria respuesta de Bolívar volvió a
colocar las cosas en su lugar y el joven oficial salió
fortalecido.
Mi querido General:
Contesto la carta que ha traído Escalona, con una
expresión de Rousseau cuando el amante de Julia
198
se quejaba de ultrajes que le hacía por el dinero que
ésta le mandaba: “esta es la sola cosa que usted ha
hecho en su vida sin talento”107. Creo que a usted
le ha faltado completamente el juicio, cuando ha
pensado que yo he podido ofenderle. Estoy lleno
de dolor por el dolor de usted, pero no tengo el
menor sentimiento por haberle ofendido.
La comisión que he dado a usted la querría yo
llenar; y pensando que usted lo haría mejor que
yo por su inmensa actividad; se la conferí a usted
más bien como una prueba de deferencia que de
humillación. Usted sabe que yo no sé mentir, y
también sabe que la elevación de mi alma no se
degrada jamás al fingimiento. Así, debe usted
creerme.
Antes de ayer (sin saber nada, nada de tal
sufrimiento), dije al General Santa Cruz que
nos quedaríamos aquí para dirigir esa misma
retaguardia, cuya conducción deshonra a usted,
y que usted iría adelante con el Ejército hasta las
inmediaciones del Cuzco o de Arequipa, según la
dirección de los enemigos; y en todo esto, yo no
veía ni veo más que el servicio, porque la gloria, el
honor, el talento, la delicadeza, todo se reúne en un
solo punto del triunfo de Colombia, de su Ejército
y la libertad de América.
Yo no tenía tan mala opinión de usted que pudiese
persuadirme de que se ofendiese de recorrer la
jurisdicción del Ejército, y de hacer lo que era útil.
Si usted quiere saber si la presencia de usted
por retaguardia era útil, eche usted la vista sobre
nuestro tesoro, sobre nuestro parque, nuestras
provisiones, nuestros hospitales y la columna
del Zulia: todo desbaratado y perdido en un país

107 Cursivas del autor.


199
enemigo, en incapacidad de existir y de moverse.
Y ¿Cuál es la vanguardia que yo he traído?
El Coronel Carreño la ha conducido. –El General
Santa Cruz me ha precedido de seis días.- Los
enemigos no nos podían esperar, ni nos esperaran
en un mes.
El Ejército necesitaba y necesita de todo lo que
usted ha ido a buscar y de mucho más. Si salvar el
Ejército de Colombia es deshonroso, no entiendo
yo ni las palabras ni las ideas.
Concluyo, mi querido General, por decir a usted que
el dolor de usted debe convertirse en arrepentimiento
por el mal que usted mismo se ha hecho en haberse
dado por ofendido de mí, con sus sentimientos.
Esas delicadezas, esas hablillas de las gentes
comunes, son indignas de usted: la gloria está en
ser grande y en ser útil108. Yo jamás he reparado
en miserias, y he creído siempre que lo que no es
indigno de mí, tampoco lo era de usted.
Diré a usted, por último, que estoy tan cierto de la
elección que usted mismo hará entre venirse a su
destino o irse a Colombia, que no vacilo en dejar a usted
la libertad de elegir. Si usted se va, no corresponde
usted a la idea que yo tengo formada de su corazón.
Si usted quiere venir a ponerse a la cabeza del
Ejército, yo me iré atrás, y usted marchará adelante
para que todo el mundo vea que el destino que he
dado a usted no lo desprecio para mí. Esta es mi
respuesta. Soy de corazón. BOLÍVAR
(Bolívar a Sucre. Huamanga, IV- IX-1824. En: Rey
de Castro, 1883: 41-42; Sherwell, 1995: 85-86).
Varios generales patriotas aspiraban detentar el mando
supremo del ejército, algunos de ellos con brillantes
108 Negritas del autor.
200
carreras, e incluso con mayor antigüedad en el Ejército
que Sucre, tal vez esta era la oportunidad que estaban
esperando, pero el pequeño mal entendido entre Bolívar y
Sucre solo vino a confirmar que el joven general venezolano
acaparaba todas las preferencias del Libertador.
Sucre no está dispuesto a defraudar la confianza en él
empeñada. Apenas transcurridos dos días de la partida
de Bolívar (8-9 de octubre) el vencedor de Pichincha,
en pleno uso de las facultades recibidas, convoca a una
junta de guerra en su Cuartel General de Challhuanca
para tratar el plan de operaciones a seguir. Desplegando
el dinamismo y la actividad que lo caracteriza, el nuevo
jefe patriota prepara, organiza e instruye diferentes
ordenes, despacha cuerpos de observación al Sur y, lo
que es más aún, despliega una amplia red de espionaje,
conformada por comunarios y gente del lugar, para
seguir todos y cada uno de los pasos del Ejército Real,
el nuevo Comandante en Jefe pone especial empeño en
conocer a su enemigo, así como también el terreno que
ha de pisar.
Entre tanto, en el campamento realista establecido en
Cusco, tampoco había un minuto de tranquilidad. A
la cabeza de un vigoroso ejército de 13.000 hombres,
el 22 de octubre de 1824, La Serna abre operaciones
contra los patriotas. Monet ocupa Paruro el 1º de
octubre y Valdés Agcha el día 3, el Ejército Real del
Perú emprende de esta manera su última campaña
militar en América (Sherwell, 1995: 90; Villanueva,
1995: 337; García, 1846: 208).
Parte fundamental de la estrategia de La Serna consistía
en aislar a los patriotas, para ello debía posicionarse
sobre su flanco derecho y cortar así sus comunicaciones
con el Norte del país, su centro de operaciones (Lima
y Trujillo). La Serna se dispone entonces a vadear y
cruzar el Apurímac, buscando las faldas occidentales
de la cordillera andina, para luego subir y envolver a
201
Sucre en medio de dos fuegos, desde el Norte y el Sur
(Rincones, 2016; Hoover, 1995).
Anoticiado de los movimientos del Virrey, Sucre
avanza decididamente hacia el Sur y llega a orillas
del Apurimac. Si bien su intención es llegar a Cusco
y desalojar al Virrey de la capital imperial, no cruza
el río, sabe que de hacerlo dejaría su retaguardia
comprometida, sin posibilidad de escape frente a
un adversario tan diestro y poderoso. Sucre prefiere
esperar a La Serna e incitarlo a cruzar el río, aunque
para ello deba fingir que está replegando sus fuerzas
Finalmente el ambicioso jefe español acepta el reto y
cruza el rio, entretanto Sucre retrocede buscando en
lugar más idóneo para presentar batalla.
Fueron casi dos meses de marchas, contra marchas y
escaramuzas, en varias oportunidades ambos ejércitos
llegaron a avanzar en paralelo, avistándose el uno al
otro y ubicándose prácticamente a tiro de fusil, sin
embargo un choque generalizado no parecía inminente
ya que el terreno no ofrecía un lugar adecuado para la
decisiva y tan buscada confrontación.
Bolívar era partidario de esperar a que pasara la
temporada de lluvias, no obstante dejaba en manos de
Sucre la decisión final acerca de lo que más conviniera
al ejército. El joven jefe, desde su Cuartel General en
Andahuaylas, decide dar continuidad a las operaciones
militares, los realistas no bajan la guardia y le preparan
una sorpresa.

Corpahuayco
Las avanzadas patriotas del general Miller y el
coronel Altahus daban cuentan del vertiginoso avance
del ejército español, en especial de la vanguardia
comandada por el intrépido Valdés. Para los patriotas
no hay tiempo que perder, después de aprovisionar a
202
sus tropas y a la caballería Sucre comienza a mover
su ejército con el tino y el acierto de los grandes jefes
militares.
En la acera del frente La Serna, otro gran estratega
militar, piensa y calcula bien todos sus movimientos,
la movilidad de su ejército es superior por la presencia
en él de un mayor número de efectivos peruanos, hecho
que sabrá aprovechar el veterano jefe, curtido en la
guerra hispano-francesa.
El 2 de diciembre los realistas alcanzas a los patriotas en
Matará. Aún frescas las huellas dejadas por el ejército
de Sucre en su recorrido, La Serna avanza sobre ellas
y acampa al borde de la meseta por donde horas antes
habían descendido los republicanos. Al siguiente día
retrocede un tanto para escapar del alcance visual de
su adversario y aprovecha el movimiento de Sucre
hacia Tambo Cangallo para colocarse a sus espaldas y
asecharlo más adelante con sus avanzadas.
En su tránsito hacia la rica región de Tambo Cangallo,
el Ejército Unido Libertador deberá cruzar la quebrada
de Corpahuayco (Collpahuayco), un estrecho pasadizo
que ofrece todo tipo de dificultades, Sucre lo sabe y
envía una avanzada para cerciorarse que el camino
está expedito, los hombres nunca regresan, el jefe
venezolano comienza a presentir que ha caído en una
trampa sin salida.
Sucre y sus oficiales no conocen el miedo, han
arriesgado mucho a lo largo de la campaña y durante
15 años ininterrumpidos de luchas, la quebrada
Corpahuayco es un obstáculo más de los muchos que
deberán de superar si desean una América libre. El 3
de diciembre el comandante patriota ordena avanzar
sobre la quebrada, entretanto los realistas, emboscados
alrededor del desfiladero con cinco batallones y cuatro
escuadrones de infantería, frotan sus manos presagiando
una anticipada victoria.
203
El futuro Mariscal de Ayacucho se apresura a
tomar posiciones en el lado norte del profundo
barranco y establece una bien sostenida línea de
defensa con su infantería, al tiempo que ordena
a sus divisiones desfilar por la derecha y bajar la
quebrada con prontitud. Los realistas emboscados
en aquel punto descargan todo su poder de fuego
sobre ellos. Comprendiendo rápidamente el
elevado grado de exposición de sus hombres, el jefe
patriota despacha varias compañías de cazadores
para proteger los puntos altos de aquel pasadizo
infernal, estas unidades se baten ardorosamente
con el enemigo permitiendo que las dos divisiones
principales de ejército -las de Córdova y La Mar-
logren traspasar la quebrada. La División Lara
(batallones Vargas, Vencedor y Rifles) no contó con
igual suerte al momento de cruzar el desfiladero,
la División Valdés (vanguardia realista) la embiste
con ferocidad causando una gran conmoción en
sus filas.
El batallón británico Rifles se reagrupa de la mano
de su bizarro comandante irlandés, el coronel
Arthur Sandes, y echa pie firme en tierra para
protagonizar una de las acciones más heroicas
de toda la gesta libertaria suramericana. Sandes
con sus hombres, al igual que Leónidas con sus
300 espartanos en las Termópilas, resiste la
embestida de todo el Ejército Real del Perú, con
la impecable serenidad e intrepidez que los hizo
célebres. La masa de fuego que resistió el Rifles no
tiene comparación en el marco de esta campaña,
fusilería y artillería se combinaban para derribar
aquella barrera humana que se interponía entre
la victoria realista y la salvación del Ejército
Libertador, sus hombres fueron cayendo uno a
uno, sin que ello minara la resistencia de aquella
monolítica formación. Todo se intentó contra
204
ellos, los mejores cuerpos del ejército español
fueron empleados para doblegarlos, Valdés estaba
desesperado, y a su vez admirado, ante tamaña
demostración de valor.
Luego de tres horas y media de tenaz resistencia
prácticamente todos los hombres del Rifles habían
muerto o estaban heridos. De las 700 bajas que
sufren sus filas, un total de 200 corresponden a
fallecidos, el resto se contabiliza entre heridos o
desaparecidos. Una de las pérdidas más sensibles
del Rifles durante la épica jornada del 3 de diciembre
fue la de su segundo comandante, el intrépido
mayor de origen inglés Thomas Duchbury, uno
de los mejores y más activos oficiales del ejército
de Colombia, el jefe patriota perece luchando
junto a sus hombres, tan solo a pocos instantes de
que el batallón Vargas y el bizarro general Lara
-comandante de la división- acudieran a salvar lo
poco que quedaba de aquella insigne unidad. Un
batallón y dos centenares de vidas heroicamente
sacrificadas para que el grueso de Ejército Unido
Libertador pudiera salvarse y con ello salvar el
destino de la América entera. (Rincones, 2015)109
Para colmo de males, el Ejército Unido Libertador
perdió en la acción varias mulas con provisiones,
vituallas y el grueso del parque, así como también una
pieza de artillería y buena parte de los equipajes con la
ropa y los uniformes de los oficiales. Esta pérdida pudo
haber sido mayor de no ser por la oportuna intervención
de Miller quien tomó varios animales con carga y los
puso a buen recaudo.
Los dos ejércitos quedaron separados tan sólo por la
quebrada, de esa forma descansarían esa noche para
109 Corpahuayco: Las Termopilas de América. Publicado en el Diario La
Razón (La Paz), p.E14, el 6 de diciembre de 2015. Suplemento “El Animal
Político”. Disponible en: http://la-razon.com/index.php?_url=/suplementos/
animal_politico/Corpahuayco-Termopilas-America_0_2393760643.html
205
retomar camino al día siguiente. Los patriotas se dirigen
a Tambo Cangallo y los realistas los siguen de cerca.

Sucre toma posesión del terreno


Los días subsiguientes fueron de duras marchas a través
de valles, montañas y desfiladeros. Ambos ejércitos
avanzaban en paralelo, tratando de forzar, en no pocas
ocasiones, un enfrentamiento final.
Pero, finalmente, la jugada maestra de Sucre se
verificaría justo antes de arribar a Quinua. El General
en Jefe patriota, conocedor ya por sus avanzadas de las
ventajas y desventajas que ofrecía el terreno, hace creer
a sus oponentes que ha tomando el Camino Real con el
grueso de su ejército en dirección a Huanta, de hecho
envía una columna en esa dirección para apresurar la
reacción de los realistas, la intención es distraerlos
mientras él con el grueso de su hombres toma una
posición más ventajosa en la vecina Quinua. La Serna
muerde el anzuelo y mueve sus tropas en dirección
a Huanta, mientras Sucre se desvía a la derecha y
toma dirección a Quinua, posesionándose en día 8 de
diciembre de la extraordinaria pampa conocida con el
nombre de Ayacucho, que en quechua significa “rincón
de los muertos”.
Al darse cuenta que había sido engañado, no le
quedó otra opción al Virrey que tomar el camino a
Huamanguilla, llegar a esa población y ubicarse en
las alturas del Condorcunca, al menos esa posición le
ofrecía una extraordinaria panorámica del campamento
patriota, asentado desde la víspera abajo en la pampa.
La noche del ocho transcurrió entre intimidaciones,
escaramuzas y choques de guerrillas, era evidente que
lo mejor lo estaban reservando ambos ejércitos para la
siguiente jornada.
206
La Batalla de Ayacucho
Amaneció el 9 de diciembre de 1824, día radiante y
hermoso como pocos, los ejércitos reciben con agrado
los primeros rayos del Sol y con esa energía se aprestan
a afrontar el decisivo lance de la independencia
americana.
Son las nueve de la mañana y un Sucre activo y presuroso
se encuentra recorriendo el campo de un extremo a
otro, miles de detalles de última hora demandan su
atención, son los minutos previos al choque final de
la gesta emancipadora y el joven General en Jefe (29
años) sabe que no tiene margen de error. Frente a sus
ojos, desde las faldas del Condorcunca, se despliega en
perfecta y vistosa formación el ejército más poderoso
y mejor organizado de todos cuantos pudo ostentar la
Corona Española en América.
Pese a aquello, y a que el adversario duplica el número
de sus efectivos, el general venezolano no parece
perturbarse, está sereno y transmite serenidad, tiene
una fe inquebrantable en el “Ejército de héroes” que le
legó Bolívar. En Ayacucho, como en Pichincha, Sucre
tiene en sus manos el destino de una nación, pero en
esta oportunidad, a diferencia de aquella, está en juego
también el destino de todo un continente.
Sucre desplegó sobre el terreno la totalidad de su
ejército, ubicando la División peruana de La Mar -con
los batallones número 1, 2 y 3 del Perú y la Legión
Peruana de la Guardia- en ala izquierda y la fuerte
División Colombiana de Córdova -con los beneméritos
cuerpos del Bogotá, Caracas, Voltígeros y Pichcincha-
en el ala derecha. Al centro, el joven jefe colocó a la
caballería de Miller, cuerpo que incluía los célebres
Húsares y Granaderos de Colombia, una fracción
de Granaderos de los Andes y los valerosos Húsares
de Junín. La retaguardia estaba a cargo del veterano
general Lara con tres cuerpos de élite: los batallones
207
Vargas, Vencedor y el mermado Rifles de Bomboná. En
total 5.780 hombres.
Desde las alturas del Condorcunca los realistas
cantaban una victoria anticipada. El orden de batalla
que presentó el Virrey incluía tres fuertes divisiones:
la de Vanguardia, comandada por el mariscal Jerónimo
Valdés, conformada por los célebres batallones Castro,
Centro, Cantabria y el 1º del Imperial Alejandro; la
1ª División de Ejército Real, al mando del mariscal
Monet, con los veteranos batallones Guías del
General, 2º del Regimiento Cusco, Infante, Victoria
y el laureado Burgos, unidad élite por excelencia de
la infantería española, con 16 condecoraciones en
su estandarte, entre ellas la del célebre triunfo sobre
los franceses en Bailén. Finalmente, la 2ª División
realista, al mando del mariscal Villalobos, con los
batallones Gerona ( 1ª y 2ª), el 1º del Regimiento
Cusco, el 2º del Imperial Alejandro y el batallón
Fernando VII (fernandinos). Monet se ubicó en el ala
derecha realista y Villalobos en la izquierda. Los 1600
hombres de caballería reforzaban cada cuerpo y cada
división española, allí había también elementos con
mucho renombre, como el Regimiento San Carlos, los
Granaderos de la Guardia, los Húsares de Fernando
VII y los Dragones de la Unión. El brigadier Valentín
Ferraz era el comandante de los centauros españoles.
Adicionalmente, las 14 piezas de artillería, al mando
del brigadier Cacho, fueron distribuidas en dos terribles
baterías que buscarían mermar con sus fuegos a las
unidades patriotas. En total 9.310 efectivos ¡casi el
doble de las fuerzas patriotas!
La estrategia del Virrey tenía varios componentes,
en primer lugar la División Valdés atacaría con todo
su poderío a la División peruana, buscando forzar la
posición de los independentistas, desalojarlos del
terreno y caer desde la izquierda patriota sobre la
208
División colombiana. La División Monet atacaría a
los colombianos simultáneamente cuando fuera rota
la resistencia peruana. Las dos baterías de cañones,
emplazadas sobre la parte norte y sur del campo, irían
hostigando a las divisiones republicanas. La División
de Villarroel estaría expectante para actuar cuando la
situación lo ameritara.
La estrategia patriota era mucho más simple, Sucre no
tenía muchas opciones, su gran ventaja era la posesión
del terreno, ese era su fuerte y en función de ello estaba
dispuesto a esperar a que los realistas descendieran de
las faldas de la montaña para ir arrasándolos conforme
ingresaran al campo de batalla.
Pero antes del inicio generalizado del combate se
produce un momento sublime, único en la epopeya
independentista, el saludo entre los combatientes de
ambos ejércitos.
Cerca de las nueve de la mañana de ese épico 9 de
diciembre un momento sublime copó la escena. El
Mariscal Monet, por medio de un parlamentario,
solicitó una entrevista con el general Córdova –su
amigo- antes del combate. Concedido el permiso
por Sucre, ambos jefes se entrevistaron y el jefe
realista le comunicó que varios de sus hombres,
quienes tenían familiares y amigos en el bando
patriota, querían despedirse de ellos. Sin pensarlo
dos veces Córdova comunica la novedad a Sucre y
éste gustoso autoriza la celebración del encuentro.
Hasta en los áridos campos de la guerra florecen los
más nobles sentimientos de humanidad: el general
Tur, el mismo que fuera ascendido por el Virrey
en Corpahuaico, solicitó verse con su hermano
(Vicente), quien habiendo casado con una señorita de
Lima se sentía americano de corazón, el comandante
Tur prestaba sus servicios en el Estado Mayor
General del Ejército Libertador. Los hermanos se
209
encontraron sobre el campo de batalla y luego de
algunos reproches iniciales ambos se fundieron
en un emotivo e interminable abrazo. Durante
media hora, más de medio centenar de oficiales,
jefes y soldados dejaron atrás sus armas y fueron
al encuentro de familiares y amigos en el bando
contrario. Los mediadores del encuentro, Monet y
Córdova, también departieron animadamente para
despedirse luego en medio de efusivas muestras de
fraternidad. Si un toque mágico y emotivo faltaba a
esta memorable jornada, la sensibilidad y los más
puros sentimientos de humanidad de los caballeros
de la guerra, lo acababan de brindar sobre la pampa
de Ayacucho. (Rincones, 2016: 187-188)
En vano fueron los esfuerzos de Monet para persuadir a
Córdova que dejara las armas y evitara la confrontación,
en el ánimo de los patriotas no existía la más mínima
posibilidad de una rendición, Monet lo entendió así y
de despidió del colombiano, no sin antes advertirle que
lo buscaría en el campo de batalla.
Ambos ejércitos se apresuran a tomar sus posiciones, las
bandas militares tocan sin cesar, los cañones comienzan
a vomitar fuego y las avanzadas de cazadores chocan
con intensidad, es el preludio de la confrontación final,
sin embargo, aún abría tiempo para un nuevo momento
pletórico de emotividad.
Con toda su opulencia y majestuosidad el Ejército
Real comienza su descenso desde las faldas del
Condorcunca, aquel sólo movimiento, perfecta y
marcialmente ejecutado, causa un efecto intimidante en
algunos de los cuerpos patriotas, Sucre lo percibe así y
se apresta a revertir la situación. Luego de recorrer toda
la línea en su corcel, el jefe patriota se ubica frente a sus
divisiones en un punto equidistante de la misma y lanza
una célebre arenga que quedará inscrita por siempre en
la historia bélica de la Humanidad.
210
Arenga de Sucre al Ejército Libertador antes
de la Batalla de Ayacucho
¡Batallón Nro. 2!
Me acompañásteis en Quito; vencistéis en
Pichincha, y distéis libertad a Colombia: hoy me
acompañáis en Ayacucho; también venceréis y
daréis libertad al Perú asegurando para siempre
la independencia de América¡
¡Legión Peruana!
Si fuísteis desgraciada en Torata y Moquegua,
salísteis con gloria y probasteis al enemigo vuestro
valor y disciplina; hoy triunfaréis y habréis dado
libertad a vuestra patria y a la América ¡
¡Compatriotas Llaneros!
Estoy viendo las lanzas del Diamante de
Apure, las de Mucuritas, Queseras del Medio y
Calabozo, las del Pantano de Vargas y Boyacá,
las de Carabobo, las de Ibarra y Junín ¿Qué
podré temer? ¿Quién supo nunca resistirles?
Desde Junín ya sabeís que allí (señala el cerro del
frente donde están los españoles) no hay jinetes,
que allí no hay hombres para vosotros, sino unos
mil o dos mil soberbios caballos con que pronto
remudareís los vuestros. Sonó la hora de ir a
tomarlos. Obedientes a vuestros jefes caed sobre
esas columnas y deshacedlas como centellas del
cielo. Lanza al que ose afrentaros ¡Corazón de
amigos y hermanos para los rendidos! ¡Viva el
llanero invencible! ¡Viva la libertad!
Heroico “Bogotá”
Vuestro nombre tiene que llevaros siempre a la
cabeza de la redentora Colombia; el Perú no ignora
que Nariño y Ricaurte son soldados vuestros;
y hoy no sólo el Perú, sino toda la América os
211
contempla y espera milagros de vosotros. Esas
son las bayonetas de los irresistibles Cazadores
de Vanguardia de la epopeya clásica de Boyacá.
Esa es la bandera de Bomboná, la que el español
recogió de entre centenares de cadáveres para
devolvérosla asombrado de vuestro heroísmo.
La tiranía (señalando el campo español) no tiene
derecho a estar más alta que vosotros. Pronto
ocuparéis su puesto al grito de Viva Bogotá
¡Viva la América redimida !
¡“Caracas”!
Guirnalda de reliquias beneméritas (de otros
cuerpos que forman ese) que recordáis tantas
victorias cuantas cicatrices adornan el pecho de
vuestros veteranos ¡Ayer asombrasteis al remoto
Atlántico en Maracaibo y Coro; hoy los Andes del
Perú se humillarán a vuestra intrepidez. Vuestro
nombre os manda a todos ser héroes. Es el de la
Patria del Libertador, el de la ciudad sagrada que
marcha con él al frente de la América. Viva el
Libertador ¡Viva la cuna de la libertad!
¡“Rifles”!
Nadie más afortunados que vosotros ¡Donde
vosotros estáis, ya está presente la victoria.
Acudísteis a Boyacá, y quedó libre la Nueva
Granada; concurristeis a Carabobo y Venezuela
quedó libre también; firmes en Corpahuayco,
fuisteis vosotros solos el escudo de diamantes de
todo el ejército libertador; y todavía no satisfecha
vuestra ambición de gloria, estáis en Ayacucho,
y pronto me ayudaréis a gritar: Viva el Perú libre
¡Viva la América independiente ¡
Al Voltígeros
Voltígeros…Harto sabe el Perú que nadie
aborrece tanto como vosotros el despotismo, y
212
que nadie tiene tanto que cobrarle. No contento
con hacernos esclavos a todos, quiso hacer de
vosotros nuestros verdugos, los verdugos de
la patria y de la libertad. Pero él mismo honró
vuestro valor con el nombre de Numancia, el
más heroico que España ha conocido, porque
quizás no encontró peninsulares que pudieran
honrarlo más que vosotros. He aquí el día de
vuestra noble venganza...Cinco años de sonrojo,
cinco años de ira, estallarán hoy contra ellos
en vuestros corazones y en vuestros fusiles.
Sucumba el despotismo. Viva la libertad ¡
Al Pichincha
Ilustre Pichincha…Esta tarde podréis llamaros
Ayacucho…Quito os debe su libertad y vuestro
general su gloria. Los tiranos del Perú no creen
nada de cuanto hicimos, y están riéndose de
nosotros. Pronto los haremos creer, echándoles
encima el peso del Pichincha, del Chimborazo
y del Cotopaxi, de toda esa cordillera, testigo de
vuestro valor y ardiente enemigo de la tiranía,
que hoy por última vez (señalando al campo
español) osa profanar con sus plantas. Viva la
América libre ¡
Al Vargas
Bravos del Vargas. Vuestro nombre significa
disciplina y heroísmo y del Cauca a Corpahuaico
harto habéis comprobado que lo merecéis. No
tuve la dicha de admiraros en Bomboná pero, aquí
está el Perú y la América entera a aplaudiros en
el mayor de los triunfos. Acordáos de Colombia
…del Libertador…Dadme una nueva palma
que ofrecerle a ambos en la punta de vuestras
bayonetas. Viva Colombia ¡Viva el Libertador!
213
Al Vencedores
Desde las orillas de Apure hasta las del Apurímac
habéis marchado siempre en triunfo. El brillo de
vuestras bayonetas ha conducido la libertad a
todas partes y el ángel de la victoria está tejiendo
en este instante las coronas de laurel con que
serán ceñidas vuestras sienes en este instante de
gloria para la Patria. ..¡Viva la libertad!…
A los cuerpos peruanos se dirigió enalteciendo
las prendas de sus comandantes: el Mariscal La
Mar, el intrépido Miller, el comandante Suárez,
haciéndoles presente que el 24 de mayo de 1822,
algunos soldados peruanos habían compartido
con los soldados de la Gran Colombia en la
jornada de Pichincha. Y luego les dijo:
El gran Simón Bolívar me ha prestado hoy su
rayo invencible, y la santa libertad me asegura
desde el cielo que los hemos destrozados solos
al común enemigo, acompañados de vosotros
es imposible que nos dejemos arrancar un
laurel, el número de sus hombres nada importa;
somos infinitamente más que ellos porque
cada uno de vosotros representa aquí a Dios
Omnipresente con su justicia y a la América
entera con la fuerza de su derecho y de su
indignación. Aquí los hemos traído peruanos
y colombianos a sepultarlos juntos para
siempre. Este campo es su sepulcro y sobre
él nos abrazaremos hoy mismo anunciándolo
al Universo. Viva el Perú libre…Viva toda la
América redimida…
¡Soldados!
De los esfuerzos de hoy, pende la suerte de la
América del Sur…Otro día de gloria va a coronar
vuestra admirable constancia ¡
214
(Sucre, 1976: 476-479; Sherwell, 1995:97-99;
Villanueva, 1995:376-378)
La alocución tuvo un efecto mágico y electrizante sobre
cada uno de los hombres del Ejército Unido Libertador,
todos los cuerpos -al unísono- estallaron en vítores y
aplausos para su General en Jefe y para el Libertador
Bolívar. Si algo faltaba para encender el entusiasmo en
aquellos hombres curtidos en mil combates, ese algo
se había producido a partir de las emotivas palabras de
Sucre, ahora el ejército patriota estaba listo para asalta
la gloria.
En el bando realista no hay tiempo para arengas, la
División Valdés, vanguardia realista, es la primera en
entrar en acción. La posesión de una casucha sobre
el extremo norte del campo se torna en un objetivo
estratégico de la contienda, al menos en esta parte
del terreno. La División peruana del general La Mar
resiste heroicamente. Los jinetes “morochucos” con
sus boleadoras refuerzan a sus paisanos peruanos,
sin embargo esto no parecer ser suficientes, Sucre
recibe continuos llamados de auxilio y no duda en
emplear toda su reserva para reforzar aquella posición.
Los batallones Vargas y Vencedor, veteranos de las
campañas de la Nueva Granada, entran en acción. La
línea no se rompe y por el contrario las tropas peruanas
comienzan a ganar terreno sobre el campo enemigo.
Aunado a la férrea e inesperada resistencia peruana, la
estrategia realista comienza a mostrar fisuras. Si bien la
batería de artillería dispuesta para ser emplazada en el
extremo norte del campo se logra instalar, la que debía
apostarse en la parte sur del mismo no logra instalarse.
Los fusileros colombianos impiden, desde su posición,
el emplazamiento de las piezas que deberían hostigar
a la División Córdova. Canterac, alertado ya de lo que
ocurre, ordena al Regimiento de Caballería San Carlos
reforzar a los infantes que en vano tratan de colocar
215
las piezas de artillería frente a la División colombiana.
El San Carlos llega al punto convenido y es recibido
con repetidas y certeras descargas de fusilería, todos
sus elementos son abatidos y quedan tendidos sobre el
campo de batalla.
El coronel realista Rubín de Celis, héroe de la guerra
hispano-francesa, se había mantenido expectante al
igual que toda la División Villarroel, sin embargo el
infortunio del San Carlos rompe su pasividad y decide
hacer justicia por su propia mano. Sin autorización de
sus superiores (Villarroel, Cantera, La Serna) Rubín de
Celis toma su batallón, el 1º del Regimiento Cusco, y al
2º batallón del Imperial Alejandro y se lanza al campo
de batalla a desafiar a los colombianos.
Los fusileros colombianos no se impacientan ni se
perturban por la súbita arremetida realista, por el
contrario esperan que estos se acerquen lo más posible
para optimizar las efectividad de las pocas cargas que
disponen, luego las bayonetas completarían la tarea.
No bastó el arrojo y la osadía de Rubín de Celis, él,
su segundo y todos sus oficiales caen abatidos. Las
tropas tratan de reordenarse aupados por la valentía de
sus jefes, pero el esfuerzo es inútil, los colombianos
cagan a la bayoneta y aniquilan cualquier vestigio de
resistencia realista. Rubín de Celis y sus dos batallones
quedan completamente destrozados sobre el ala derecha
del campo de batalla.
Un incrédulo La Serna no sale de su asombro, su bien
concebido plan de batalla ha sido roto por la osadía de
Celis y por la férrea resistencia de la División peruana.
No le queda otra al Virrey que echar el resto y recurrir
al bravo Monet y a toda la experiencia de sus laureadas
tropas europeas.
Monet recibe la orden de entrar en combate. Apremiado
por las circunstancias, y por el deseo de decidir la
batalla a favor de su causa, desciende vertiginosamente
216
del Condorcunca, en el proceso sus tropas chocan con
un inesperado adversario natural: una quebrada al pie
de la cordillera, que sin ser caudalosa o profunda se
constituirá en un obstáculo difícil de superar
Desde su privilegiada posición en el centro del campo
de batalla, Sucre observa la atropellada maniobra de
Monet y ve, con no poco asombro, como sus opulentas
unidades quedan atascadas en aquella quebrada,
situación que se complejiza aún más con el arribo de la
caballería realista.
Leyendo con precisión lo que sucedía en el campo de
batalla, Sucre ordena al bizarro general José María
Córdova que ataque con toda su División el centro
realista, comprometido en ese momento en el paso de
la quebrada, la orden no pudo ser mejor interpretada y
ejecutada. El ilustre hijo de Medellín se coloca al frente
de su División, desciende de su cabalgadura y lanza con
firmeza y entusiasmo la célebre orden que estremeció
a un continente: ¡ Soldados, armas a discreción; de
frente, paso de vencedores !.
Desplegando el mayor orden táctico visto durante la
jornada, las invictas tropas de Colombia siguen a su
joven y valeroso comandante de 24 años. Con un trote
lento pero sostenido, los batallones Caracas, Bogotá,
Pichincha y Voltígeros, de la Primera División de
Colombia, atraviesan el campo de batalla, desde el
costado derecho hasta el centro, estremeciendo toda
aquella majestuosa pampa bajo sus pies.
Con admirable estoicismo, ajena al fuego de los
fusiles y al estruendo de los cañones, la División
colombiana se planta a cien pasos de sus incrédulos
adversarios. El célebre Burgos, el Guías, el Segundo
del Primer Regimiento, el Victoria y el Infante, todos
quedan sorprendidos ante semejante demostración
de convicción y desprecio a la muerte. Sin romper su
formación los batallones patriotas reciben una nutrida
217
descarga de fusilería, varios jefes y oficiales caen
muertos o heridos al instante, los patriotas descargan
también sus fusiles, acto seguido el aguerrido Córdoba
ordena cargar a la bayoneta. El Segundo del Primer
Regimiento salió al paso de los independentistas pero
su esfuerzo no fue suficiente, el batallón es arrollado
y disuelto pese a la bravura y al arrojo que despliegan
sobre el terreno. El brigadier Juan Antonio Pardo,
segundo de Monet, cae herido y otros tres jefes de
cuerpo fallecen al instante. El resto de la División de
Monet intenta desesperadamente atravesar el barranco,
pero los mismos elementos que retroceden en busca de
resguardo se interponen en su camino. En su angustia
Monet toma un batallón y lo lleva al combate, recibe un
balazo pero no se rinde, sigue luchando sable en mano,
como intentando cambiar por sí mismo el fatal destino
de su División y la de todo el Ejército Real.
La batería realista que hostigaba a la División La Mar
es re direccionada para atacar a los colombianos. Una
lluvia de plomo cae sobre las aguerridas tropas de
Córdova, lo cual no impide que estos valerosos hijos
de la gloria continúen su decidido avance sobre el
enemigo.
En medio de aquella vorágine de fuego, plomo, sangre
y acero, el Comandante del batallón Caracas, Manuel
León, entiende que la batería española que los golpea
debe ser acallada cuanto antes, para lo cual se requiere un
sacrificio heroico que él está dispuesto a tributar. León
toma a sus mejores hombres -oficiales, jefes y tropas- y
se abalanza temerariamente sobre la batería. Uno de los
primero en caer gravemente herido es precisamente el
comandante León y varios de sus oficiales, en total 30
elementos del Caracas caen muertos o heridos antes de
consumar la toma de aquella batería.
A costa también de grandes pérdidas, el Pichincha, el
Bogotá y el Voltígeros empujan a sus tozudos oponentes
218
tras sus propios pasos. La Serna ya se imagina lo peor,
pero no está dispuesto a rendirse fácilmente. Ordena a
Ferraz que baje al campo con toda su caballería y que la
División Villalobos se incorpore totalmente a la lucha
contra los colombianos. En este momento se pelea en
todos los rincones del campo de batalla.
Sucre, inquieto, activo y diligente como siempre,
mueve también sus piezas. El General en Jefe patriota
lanza a los Húsares y a los Granaderos de Colombia
contra el centro realista, al tiempo que ordena al general
Lara que con sus lanceros refuerce a las extenuadas
tropas de Córdova. Con elementos del Vargas y del
Vencedor, Lara espera a la caballería realista a orillas
del Condorcunca, sus espigadas lanzas causan estragos
entre los avezados jinetes españoles. Entre tanto, al
otro extremo del campo, los batallones 1, 2 y 3 del Perú
y la Legión Peruana del coronel Plaza, con apoyo de
Trinidad Morán, cruzan las líneas enemigas y van tras
los realistas.
Para coronar la jornada, el impertérrito general Miller
rompe el costado derecho del centro realista con los
Húsares de Junín y asesta la estocada final a las otrora
invictas tropas ibéricas. Canterac tratando de limpiar
su honor mellado en Junín toma los dos batallones
del Gerona y se incorpora al combate, sin embargo
ya está todo decidido. El Virrey La Serna se baja de
su cabalgadura y trata infructuosamente, él mismo,
de reagrupar a sus tropas, no lo logra, todos huyen
despavoridos y seden el terreno a Córdova y sus
incansables guerreros.
Coronada las faldas del Condorcunca por las tropas
colombo peruanas, los principales jefes realistas buscan
resguardo en las alturas, todos con la excepción del
Virrey que ha caído ya en manos patriotas. Finalmente,
al filo de la noche y luego de largas deliberaciones,
los jefes realistas deciden deponer la lucha y capitular,
219
la larga y oprobiosa dominación colonial española en
América llega a su fin.

Sucre vencedor y magnánimo: La capitulación de


Ayacucho
Un Virrey ligeramente herido y derrotado yace junto
a una piedra custodiado por sus captores, espera el
arribo del jefe patriota para conocer cuál será su destino
final. La espera culmina pronto, Sucre aparece de la
nada y se postra frente a su oponente, era la primera
vez que el Virrey lo veía. Temeroso La Serna extiende
su espada ofreciéndola a Sucre y alcanza a decir:
“gloria al vencedor”, Sucre toma la espada y con la
misma la devuelve a su dueño exclamando: “honor al
vencido”. Un nudo se hace en la garganta de máximo
representante de la Corana Española en América, no
puede creer que su oponente haya sido un hombre
tan joven y tan noble. Podía esperar la pena capital o
un calabozo, pero el general venezolano le devuelve
su espada, y su honor, y dispone que de inmediato se
atiendan sus heridas, él mismo le acompaña a Quinua
para cerciorarse que sea adecuadamente atendido
y se le brinde comida y cobijo. Al descender de las
cabalgaduras en aquel pueblo, el Virrey se aproxima
a Sucre y sutilmente coloca sus manos en los hombros
del jefe patriota, pronunciando con sentida admiración
unas palabras que le salen de su corazón: “tan joven y
con tanta gloria”.
Pero el trato digno a los vencidos no fue una deferencia
especial para con el Virrey. Al final de la jornada La Serna,
el Teniente General Canterac, 4 Mariscales de Campo,
10 Brigadieres, 16 Coroneles, 68 Comandantes, 484
jefes y 6.000 tropas quedan en poder de los vencedores,
sin embargo ningún español fue encerrado, ninguno
encadenado, ninguno humillado, todos recibieron un
trato digno y humano, ya lo había anunciado Sucre
220
previo al inicio de la confrontación: “La justicia de
Colombia es la misma, antes que después de la batalla”.
Ante la solicitud de los oficiales realistas, Sucre concede
a los vencidos en Ayacucho una capitulación que supera
todas sus expectativas, más que una capitulación es un
monumento a la humanidad y a la piedad aplicada a
guerra, como exclamara el Libertador días después
desde Lima. Los que critican la excesiva generosidad
de este célebre documento, no alcanzan a comprender
que en Ayacucho, con este luminoso acuerdo, se inicia
el necesario e impostergable proceso de reconciliación
entre España y América.

CAPITULACIÓN DE AYACUCHO110
Ejército Libertador – Cuartel General de
Ayacucho
10 de diciembre de 1824
Don José Canterac, Teniente General de
los reales ejércitos de S. M. C., encargado
del mando superior del Perú por haber sido
herido y prisionero en la batalla de este día el
Excelentísimo señor Virrey don José de La
Serna, habiendo oído a los señores generales y
jefes que se reunieron después que, el ejército
español, llenando en todos sentidos cuanto
ha exigido la reputación de sus armas en la
sangrienta jornada de Ayacucho y en toda la
guerra del Perú, ha tenido que ceder el campo a
las tropas independientes; y debiendo conciliar a
un tiempo el honor a los restos de estas fuerzas,
con la disminución de los males del país, he
creído conveniente proponer y ajustar con el

110 Tomado de: Copia facsimilar Capitulación de Ayacucho – 9 de diciembre


de 1824-. Municipalidad de Lima Metropolitana. Julio 1983.
221
señor General de División de la República de
Colombia, Antonio José de Sucre, Comandante
en Jefe del ejército unido libertador del Perú,
las condiciones que contienen los artículos
siguientes:
1° El territorio que guarnecen las tropas
españolas en el Perú, será entregado a las armas
del ejército libertador hasta el Desaguadero, con
los parques, maestranza y todos los almacenes
militares existentes.
1º Concedido, y también serán
entregados los restos del ejército español, los
bagajes y caballos de tropas, las guarniciones
que se hallen en todo el territorio y demás fuerzas
y objetos pertenecientes al Gobierno español111.
2° Todo individuo del ejército español podrá
libremente regresar a su país, y será de cuenta
del Estado del Perú costearle el pasaje,
guardándole entretanto la debida consideración y
socorriéndole a lo menos con la mitad de la paga
que corresponda mensualmente a su empleo,
ínterin permanezca en el territorio.
2º Concedido; pero el Gobierno del
Perú sólo abonará las medias pagas mientras
proporcione transportes. Los que marcharen
a España no podrán tomar las armas contra
la América mientras dure la guerra de la
independencia, y ningún individuo podrá ir a
punto alguno de la América que esté ocupado
por las armas españolas.
3° Cualquier individuo de los que componen el
ejército español, será admitido en el del Perú, en
su propio empleo, si lo quisiere.
111 Negritas y cursivas del autor.
222
3º Concedido.
4° Ninguna persona será incomodada por sus
opiniones anteriores, aun cuando haya hecho
servicios señalados a favor de la causa del Rey,
ni los conocidos por pasados; en este concepto,
tendrán derecho a todos los artículos de este tratado.
4º Concedido; si su conducta no turbare
el orden público, y fuere conforme a las leyes.
5° Cualquiera habitante del Perú, bien sea
europeo o americano, eclesiástico o comerciante,
propietario o empleado, que le acomode
trasladarse a otro país, podrá verificarlo en virtud
de este convenio, llevando consigo su familia y
propiedades, prestándole el Estado proporción
hasta su salida; si eligiere vivir en el país, será
considerado como los peruanos.
5º Concedido; respecto a los habitantes
en el país que se entrega y bajo las condiciones
del artículo anterior.
6° El Estado del Perú respetará igualmente las
propiedades de los individuos españoles que
se hallaren fuera del territorio, de las cuales
serán libres de disponer en el término de tres
años, debiendo considerarse en igual caso las
de los americanos que no quieran trasladarse
a la Península, y tengan allí intereses de su
pertenencia.
6º Concedido como el artículo anterior,
si la conducta de estos individuos no fuese de
ningún modo hostil a la causa de la libertad y
de la independencia de América, pues en caso
contrario, el Gobierno del Perú obrará libre y
discrecionalmente.
223
7° Se concederá el término de un año para que
todo interesado pueda usar del artículo 5°, y no
se le exigirá más derechos que los acostumbrados
de extracción, siendo libres de todo derecho las
propiedades de los individuos del ejército.
7º Concedido.
8° El Estado del Perú reconocerá la deuda
contraída hasta hoy por la Hacienda del Gobierno
español en el territorio.
8º El Congreso del Perú resolverá sobre
este artículo lo que convenga a los intereses de
la república.
9° Todos los empleados quedarán confirmados
en sus respectivos destinos, si quieren continuar
en ellos, y si alguno o algunos no lo fuesen,
o prefiriesen trasladarse a otro país, serán
comprendidos en los artículos 2° y 5°.
9º Continuarán en sus destinos los
empleados que el gobierno guste confirmar,
según su comportación.
10. Todo individuo del ejército o empleado
que prefiera separarse del servicio, y quedare
en el país, lo podrá verificar, y en este caso sus
personas serán sagradamente respetadas.
10º Concedido.
11. La plaza del Callao será entregada al
ejército unido libertador, y su guarnición será
comprendida en los artículos de este tratado.
11º Concedido; pero la plaza del
Callao, con todos sus enseres y existencias, será
entregada a disposición de S. E. el Libertador
dentro de veinte días.
224
12. Se enviarán jefes de los ejércitos español
y unido libertador a las provincias unidas para
que los unos reciban y los otros entreguen los
archivos, almacenes, existencias y las tropas de
las guarniciones.
12º Concedido; comprendiendo las
mismas formalidades en la entrega del Callao.
Las provincias estarán del todo entregadas a
los jefes independientes en quince días, y los
pueblos más lejanos en todo el presente mes.
13. Se permitirá a los buques de guerra y
mercantes españoles hacer víveres en los puertos
del Perú, por el término de seis meses después de
la notificación de este convenio, para habilitarse
y salir del mar Pacífico.
13º Concedido; pero los buques de
guerra sólo se emplearán en sus aprestos para
marcharse, sin cometer ninguna hostilidad, ni
tampoco a su salida del Pacífico; siendo obligados
a salir de todos los mares de la América, no
pudiendo tocar en Chiloé, ni en ningún puerto de
América ocupado por los españoles.
14. Se dará pasaporte a los buques de guerra y
mercantes españoles, para que puedan salir del
Pacífico hasta los puertos de Europa.
14º Concedido; según el artículo
anterior.
15. Todos los jefes y oficiales prisioneros en
la batalla de este día, quedarán desde luego en
libertad, y lo mismo los hechos en anteriores
acciones por uno y otro ejército.
15º Concedido; y los heridos se
auxiliarán por cuenta del Erario del Perú hasta
225
que, completamente restablecidos, dispongan de
su persona.
16. Los generales, jefes y oficiales conservarán el
uso de sus uniformes y espadas; y podrán tener
consigo a su servicio los asistentes correspondientes
a sus clases, y los criados que tuvieren.
16º Concedido; pero mientras duren en
el territorio estarán sujetos a las leyes del país.
17. A los individuos del ejército, así que
resolvieren sobre su futuro destino en virtud de
este convenio, se les permitirá reunir sus familias
e intereses y trasladarse al punto que elijan,
facilitándoles pasaportes amplios, para que
sus personas no sean embarazadas por ningún
Estado independiente hasta llegar a su destino.
17º Concedido.
18. Toda duda que se ofreciere sobre alguno de
los artículos del presente tratado, se interpretará
a favor de los individuos del ejército español.
18º Concedido; esta estipulación
reposará sobre la buena fe de los contratantes.
Y estando concluidos y ratificados, como de
hecho se aprueban y ratifican estos convenios,
se formarán cuatro ejemplares, de los cuales
dos quedarán en poder de cada una de las partes
contratantes para los usos que les convengan.
Dados, firmados de nuestras manos en el campo
de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824.
José Canterac.
Antonio José de Sucre.
Firmada la capitulación, Sucre la remite al Libertador
Simón Bolívar acompañada de la siguiente misiva:
226
Excelentísimo Señor
El tratado que tengo la honra de elevar a manos
de V .E. firmado sobre el campo de batalla en
que la sangre del Ejército Libertador aseguró la
independencia del Perú, es la garantía de la paz de
esta República y el más brillante resultado de la
victoria de Ayacucho.
El Ejército Unido siente una inmensa satisfacción
al presentar a V.E. el territorio completo del Perú,
sometido a la autoridad de V .E. antes de cinco
meses de campaña.
Todo el Ejército real, todas las Provincias que éste
ocupaba en la República, todas sus Plazas, sus
parques, almacenes y quince Generales Españoles
son los trofeos que el Ejército Unido ofrece a V. E.
como gajes que corresponden al ilustre salvador
del Perú, que desde Junín señaló al Ejército los
campos de Ayacucho para completar la gloria de
las armas Libertadoras
(Sucre a Bolívar. Cuartel General en Ayacucho,
X-XII-1824. En: Sucre IV, 1976:483-484).
Con la Batalla de Ayacucho culmina el ciclo de luchas
emancipadoras en el “Nuevo Mundo”. Los dominios
de España en territorio continental de América quedan
reducidos tan sólo al Alto Perú, próximo destino
del valeroso y magnánimo general venezolano,
inmortalizado a partir de ahora como el Gran Mariscal
de Ayacucho.
227

Capitulación de Ayacucho. Museo del Banco Central de Reserva (Perú


Autor: Ángel Hernández (1924)112.

112 https://es.wikipedia.org/wiki/Capitulaci%C3%B3n_de_Ayacucho#/
media/File:Capitulaci%C3%B3n_de_Ayacucho1.jpg
228
229

CAPÍTULO VI
BOLIVIA:
LA OBRA MAESTRA

“La fiel historia os pintará en la posteridad


como el guerrero que con su espada salvó
un mundo del cautiverio, y como al
filósofo que con su pluma creó una nación,
dándole instituciones liberales.
¿Es acaso la primera vez que un gran
capitán, cubierto de laureles, pisando
trofeos militares, lleno de glorias y con un
poder inmenso, ha respetado los principios
de legitimidad conduciendo el pueblo
hacia el goce de una libertad racional?”
Casimiro Olañeta a Sucre
Chuquisaca (1826)
230
231
Luego del apoteósico triunfo de las armas patriotas en
Ayacucho, El Libertador y los congresos de Colombia y
el Perú colman de premios y reconocimientos al Ejército
Unido Libertador. Sin embargo, Sucre, máximo jefe de
los patriota en esa histórica contienda, rechaza todos
los premios materiales y tan sólo hace dos peticiones
Bolívar: la primera, que se le permita retornar al seno de
su hogar en Quito, para reencontrarse con su familia; la
segunda, que El Libertador le conserve para siempre su
amistad. La segunda petición se cumplirá a cabalidad,
la primera deberá esperar un tiempo pues es designado
para encabezar la campaña sobre el Alto Perú.
Pese a que se presumía que la rebelión del general Pedro
Antonio Olañeta en el Alto Perú estaba identificada con
la causa patriota, Sucre toma sus previsiones antes de
cruzar el Desaguadero113. El primer día de enero, desde
su Cuartel General en Cusco, decide establecer contacto
con las municipalidades del Alto Perú e informarles
que avanza sobre esos territorios con 10.000 bravos de
Colombia (y Perú) para garantizar su libertad y para
convocar de la manera más inmediata una asamblea
para que sean los propios altoperuanos los que decidan
sobre si, lo que más convenga a sus intereses..
Cusco, 1° de enero 1825
A las muy ilustres municipalidades de La Paz,
Cochabamba,
Chuquisa y Potosí.
La mano de la providencia ha prodigado al Perú
los bienes de la paz y de la libertad. El 9 de
diciembre en los campos de Ayacucho terminaron
la opresión y los males de este país. La más célebre
victoria ha dejado en poder del ejército libertador

113 Al momento de firmar la Capitulación de Ayacucho, el general Canterac


había advertido a Sucre que el general Olañeta era obstinadamente fiel a la
causa del rey Fernando VII.
232
todo el ejército real, las provincias que poseían,
sus guarniciones, parques, almacenes, la plaza del
Callao, en fin, todo cuanto pertenecía al gobierno
español en el Perú. Los documentos adjuntos
impondrán a V.S.M.I de sucesos tan felices.
Al llegar a esta ciudad he sido informado que
el señor general Olañeta y el señor general
Aguilera han proclamado en esas provincias la
independencia; pero no teniendo un aviso oficial
de ese país (no obstante que desde mucho tiempo
lo esperábamos como desenlace del anterior
estado de cosas) mando un jefe autorizado donde
esos señores para obtener un conocimiento
positivo.
S.E el Libertador no dudando del objeto que
se proponía el ejército del señor Olañeta desde
el mes de febrero pasado, ha declarado a sus
valientes tropas como parte del ejército unido
y como libertadores del Perú, y persuadido S.E
el Libertador del acendrado patriotismo de esos
pueblos y su amor ardiente por la causa de la
independencia, me ha hecho por ellas las más
encarecidas recomendaciones. Así es que, aunque
yo pienso que ya ellas estén ya pronunciadas por
la causa de la América, he resuelto marchar con el
ejército libertador para La Paz y Oruro, tanto por
ponerlas al abrigo de sugestiones enemigas, cuanto
por acercarme a los señores generales Olañeta y
Aguilera y arreglar de un modo definitivo y cierto
los términos en que ellas queden.
Me es agradable declarar a V.S.M.I y a todos
los pueblos que el ejército no lleva a esos países
la menor aspiración: sus armas no se ocuparán
sino de garantir su libertad; les dejaremos su
más amplio y absoluto albedrío para que
233
resuelvan sobre si lo que gusten 114, para que
se organicen del modo que más proporcione
su felicidad; y en fin, protesto que el ejército
no intervendrá sino en mantener el orden y
evitar los males de los partidos. Bajo estos
principios es que el ejército libertador marcha
al otro lado del Desaguadero para felicitar a
sus hermanos, para incorporarlos a la familia
americana y para estrechar los lazos que unan
nuestros intereses.
Sírvase V.S.M.I aceptar los sentimientos de respeto
y la muy distinguida consideración con que soy de
V.S.M.I.
A.J de Sucre
(Rey de Castro, 1883: 62-63)
Si bien desde finales de diciembre, y principios
de enero, ya habían llegado a la ciudad de La Paz
noticias acerca del favorable resultado de la batalla de
Ayacucho, la comunicación de Sucre vino a confirmar
con creces el espléndido acontecimiento lo cual,
aunado al anuncio del inminente arribo del Ejército
Libertador, tuvo el impacto de un cataclismo en el
Alto Perú.
Ante este nuevo panorama político-militar, la reacción
de las guarniciones realistas altoperuanas no se hizo
esperar. Al conocerse los generosos términos de la
Capitulación de Ayacucho (anexa a la comunicación),
así como la colosal envergadura del victorioso
ejército que avanzaba sobre ellos, los realistas del
Alto Perú no dudaron en plegarse a la causa libertaria.
El 14 de enero la guarnición de Cochabamba abraza
la causa republicana, lo propio hacen Valle Grande (2
de febrero), Santa Cruz (14 de febrero) y Chuquisaca
(22 de febrero). Ya antes lo había hecho también la de
114 Negrillas del autor.
234
Oruro, en este caso por la comunicación directa que
estableció Sucre con el coronel Arraya.
Poco antes de la partida del Ejército Libertador,
llegan noticias a Cusco que el coronel realista José
María Valdés (Barbarucho), uno de los lugartenientes
del general Olañeta, había cruzado Desaguadero
llegando a Puno con actitud hostil. No había tiempo
que perder, el 19 de enero de 1825 Sucre y su Ejército
Unido Libertador abren operaciones sobre el Alto Perú
(Villanueva, 1995).
El 21 de enero, al arribar a Quiquijana, llegan a manos
de Sucre bandos y oficios firmados por Olañeta en el que
ordena a los oficiales capitulados, a las autoridades y al
comandante del navío Asia que se nieguen a cumplir los
términos de la Capitulación de Ayacucho, anunciando
además el arribo de tropas de refuerzo desde España
(Villanueva, 1995: 430). Era la prueba que requería
Sucre para obrar de una forma más enérgica contra él,
y así lo hizo.
Antes de llegar a Puno (26 de enero) Sucre es
anoticiado del pronunciamiento de Cochabamba por la
independencia, con esa inyección de ánimo el héroe de
Pichincha y Ayacucho avanza aún más decididamente
hacia La Paz.
Luego de sortear hábilmente varios inconvenientes por
la crecida de los ríos que encontró en su camino, Sucre
cruza el Desaguadero el 7 de febrero y de inmediato
comienza a recibir muestras de afecto de parte de los
habitantes del Alto Perú, todos deseaban ver y saludar
a sus libertadores, “era la explosión del patriotismo de
aquel pueblo viril y heroico, el primero en invocar la
independencia de España, jurando morir en defensa de
la libertad” (Rey de Castro, 1883: 85).
Al llegar a Tiawanaku Sucre quedó impresionado con
las ruinas que daban vestigios de una gran civilización
235
anterior a la de los Incas115. Particularmente quedó
maravillado con La Puerta del Sol, luego de apreciarla
cuidadosamente ordenó que la levantaran del suelo y
le dieran una posición adecuada, instruyendo además a
las autoridades locales que procedieran a resguardarla
de todo daño (Villanueva, 1995: 434; Rey de Castro,
1883:85).
En Laja el vencedor de Ayacucho y su ejército
fueron recibidos por diferentes autoridades, con la
pompa y solemnidad que ameritaba la ocasión, más
allá de aquello el entusiasmo patriótico del pueblo
llano estuvo presente a lo largo de toda la jornada.
Los festejos continuaron hasta la propia ciudad de
La Paz116, urbe que se vistió con sus mejores galas
y preparó grandes banquetes y celebraciones para
agasajar al Ejército Unido Libertador. Sucre no sólo
quedó satisfecho e impresionado con tantas muestras
de afecto y consideración, sino también con la
hermosa ciudad y con su majestuoso centinela blanco:
el Illimani.
Embriagado de entusiasmo patriótico, el mariscal
Sucre no duda en brindar a las provincias del Alto Perú
su más grande demostración de apego a la justicia, a la
libertad y a la libre autodeterminación de los pueblos.
El 9 de febrero expide desde La Paz el célebre decreto
por el cual se convoca a la reunión de una Asamblea
Deliberante para decidir los destinos del Alto Perú.

115 “La cultura Tiwanaku se desarrolló al sur del lago Titicaca donde
se encuentra el centro político y ceremonial más importante. El proceso
que siguió Tiwanaku tiene sus bases en las culturas Pucara y Chiripa,
particularmente con esta última comparte el territorio, por lo que se puede
decir que Chiripa es el antecedente inmediato de Tiwanaku. Se considera
que Tiwanaku se desarrolló inicialmente entre los siglos I y IV de nuestra
era” (Medinacelli, 2009:18).
116 Desde finales de enero, José Miguel Lanza y sus guerrilleros de la
Republiqueta de Ayopaya habían ocupado la ciudad de La Paz.
236
ANTONIO JOSÉ DE SUCRE
GENERAL EN JEFE DEL EJÉRCITO
LIBERTADOR, &. &.
Considerando:
1°.- Que al pasar el Desaguadero el ejército
libertador ha tenido el sólo objeto de redimir las
provincias del Alto Perú de la opresión española,
dejándolas en la posesión de sus derechos.
2°.- Que no correspondiendo al ejército intervenir
en los negocios domésticos de estos pueblos,
es necesario que las provincias organicen un
gobierno que provea a su conservación, puesto
que el ejército ni quiere ni debe regirlas por sus
leyes militares, ni tampoco puede abandonarlas
a la anarquía y al desorden.
3°.- Que el antiguo Virreinato de Buenos Aires a
quien ellas pertenecían a tiempo de la revolución
de América, carece de un gobierno general que
represente completa, legal y legítimamente la
autoridad de todas las provincias, y que no hay
por consiguiente con quien entenderse para el
arreglo de ellas.
4°.- Que este arreglo debe ser el resultado de la
deliberación de las provincias, y de un convenio
entre los Congresos del Perú, y el que se forme
en el Río de la Plata.
5°.- Que siendo la mayor parte del ejército
libertador compuesto de tropas colombianas no
es otra su incumbencia, que libertar el país y dejar
al pueblo en la plenitud de su soberanía, dando
este testimonio de justicia, de generosidad, y de
nuestros principios.
He venido en decretar y decreto:
237
1°.- Las provincias que se han conocido con el
nombre del Alto Perú, quedarán dependientes
de la primera autoridad del ejército libertador,
mientras una asamblea de diputados de ellas
mismas delibere de su suerte.
2°.- Esta asamblea se compondrá de los
diputados que se eligieren en juntas de parroquia
y de provincia.
3°.- El doce de marzo próximo se reunirán
indispensablemente los ciudadanos de cada
parroquia en el lugar más público, y presididos
del alcalde del pueblo y cura párroco, elegirán
nominalmente cuatro electores, antecediendo
a esta diligencia el nombramiento de dos
escrutadores y un secretario.
4°.- Los votos se escribirán en un libro por el
secretario públicamente y serán firmados por
el votante; concluido el acto serán firmadas las
relaciones por el presidente, el secretario y los
escrutadores.
5°.- Para ser elector se requiere ser ciudadano
en ejercicio, natural o vecino del partido, con un
año de residencia y con reputación de honradez
y buena conducta.
6°.- Concluidas las votaciones que serán en un
solo día, se remitirán las listas de cada parroquia
a la cabecera del partido, dirigidas, cerradas y
selladas a la municipalidad, o al juez civil.
7°.- El veinte de marzo se reunirán a la cabeza
del partido la municipalidad, el juez, el cura y
todo ciudadano que guste asistir al acto de abrir
las listas de elecciones. Para ello se nombrarán
por la municipalidad o en su defecto por un juez
dos escrutadores y un secretario.
238
8°.- Abiertas públicamente las listas de
votaciones, y hecho el escrutinio de todas
las elecciones de las parroquias, resultarán
legítimamente nombrados por el partido, los
cuatro electores que tengan el mayor número de
votos. Habiendo igualdad de sufragios decidirá
la suerte: el jefe civil avisará a los que salgan
elegidos, y se les entregarán, como credenciales,
las listas originales o libros de las votaciones de
las parroquias.
9°.- Los cuatro electores de cada partido se
reunirán el treinta y uno de marzo en la capital
del departamento para el nombramiento de
diputados.
10°.- Sobre un cálculo aproximativo de la
población habrá un diputado por cada veinte o
veinticinco mil almas; así, el departamento de
La Paz nombrará dos diputados por el partido
o cantón de Yungas: dos por el de Caupolicán;
dos por Pacajes; dos por Sica Sica, dos por el
de Umasuyos, dos por el de Larecaja, y dos por
el de La Paz. El departamento de Cochabamba
tendrá dos diputados por cada uno de los
cantones de Cochabamba. Arque, Cliza, Sacaba,
Quillacollo, Misque, y la Palca. El departamento
de Chuquisaca dará un diputado por cada uno de
los cantones de Chuquisaca, Oruro, Carangas,
Paria, Yamparaes, laguna y Sinti. El departamento
de Potosí nombrará tres diputados por Potosí, tres
por Chayanta, tres por Porco, tres por Chichas, uno
por Atacama y otro por Lipes. El departamento
de Santa Cruz tendrá un diputado por cada uno
de los partidos, de Santa Cruz Mojos, Chiquitos,
Cordillera y Valle Grande.
11°.- Para ser diputado se necesita ser mayor
de 25 años, hijo del departamento, o vecino
239
de él con residencia de cuatro años, adicto a la
causa de la independencia, concepto público y
moralidad probada.
12°.- Verificada la reunión de los electores de
los partidos el 31 de marzo, y presididos por el
jefe civil, se procederá a nombrar un presidente
del seno de la junta, dos escrutadores y un
secretario, y verificado se retirará a el jefe civil.
En el acto mismo dará cada elector su voto
por tantos diputados, cuantos corresponden al
departamento, escribiéndose públicamente. En
el mismo día se hará el escrutinio y resultarán
diputados los que obtengan la pluralidad
absoluta de votos. Habiendo igualdad, decide
la suerte. Ningún ciudadano puede excusarse de
desempeñar el encargo de diputado.
13°.- La junta evitará todo cohecho, soborno,
seducción y expulsará de su seno a los que por
estas faltas se hiciesen indignos de la confianza
del pueblo. Todo ciudadano tiene derecho a decir
de nulidad; por consiguiente puede usar de él
ante la junta, debiendo decidirse el juicio antes
de disolverse. Disuelta la junta no ha lugar a
instancia alguna.
14°.- Las credenciales de los diputados serán
firmadas por todos los electores, y sus poderes
no tendrán otra condición que conformarse
al voto libre de los pueblos, por medio de la
representación general de los diputados.
15°.- Los partidos cuyas capitales no estén
libres, harán la reunión de sus electores en la
cabecera del cantón el mismo 31 de marzo, y
nombrarán los diputados que correspondan al
partido bajo las mismas formalidades que en la
junta del departamento; pero si hubiese dos o
más partidos libres, se reunirán los electores de
240
ellos en el punto central, que elija el presidente
del departamento para hacer las elecciones. Los
partidos que vayan libertándose nombrarán sus
diputados en esta misma forma.
16°.- Los diputados estarán reunidos en Oruro
el quince de abril para que sean examinadas sus
credenciales, y si se hallan presentes las dos
terceras partes, es decir, treinta y seis diputados,
se celebrará la instalación de la asamblea
general del Alto Perú el diecinueve de abril.
17°.- El objeto de la asamblea general será
sancionar un régimen de gobierno provisorio
y decidir sobre la suerte y los destinos de estas
provincias como sea más conveniente a sus
intereses y felicidad; y mientras una resolución
final, legítima, legal y uniforme, quedarán
regidas conforme al artículo primero.
18°.- Toda intervención de la fuerza armada en
las decisiones y resolución de esta asamblea,
hará nulo los actos en que se mezcle el poder
militar: con este fin se procurará que los cuerpos
del ejército estén distantes de Oruro.
19°.- El ejército libertador respetará las
deliberaciones de esta asamblea con tal que ellas
conserven el orden, la unión, concentren el poder
y eviten la anarquía.
20°.- Una copia de este decreto se remitirá al
gobierno del Perú y a los gobiernos que existen en las
provincias del Río de La Plata protestándoles que no
teniendo el ejército libertador miras ni aspiraciones
sobre los pueblos del Alto Perú, el presente decreto,
ha sido una medida necesaria, para salvar su difícil
posición respecto de los mismos pueblos.
Dado en el cuartel general de La Paz a 9 de
febrero de 1825.
241
A.J de Sucre
(Sucre, 1981: 209-212)
El decreto fue acogido con frenético y loco entusiasmo
por los habitantes de La Paz. Hasta ahora los
acontecimientos se han desarrollado de una forma
auspiciosa para Sucre y su Ejército Libertador, queda
sólo por solucionar el tema de Olañeta y su obstinada
rebelión pro monárquica.

Olañeta y el final de la causa realista en América


El general Pedro Antonio Olañeta luchó fielmente al lado
del Virrey La Serna hasta febrero de 1824. Junto al Virrey,
entre otras campañas, rechazó a los ejércitos auxiliares
argentinos (1810-1815), a las expediciones peruanas a
Puertos Intermedios (1822 y 1823) y combatió tenazmente
a los guerrilleros del Alto Perú y sus republiquetas (1809-
1823). Fue un jefe funcional a la corona y al Virrey, pero a
partir de la caída de Fernando VII en 1820 y la imposición
de un gobierno liberal, la relación comenzó a deteriorarse
hasta el definitivo rompimiento (rebelión) en febrero de
1824. Si bien el pronunciamiento de Olañeta era en contra
del régimen liberal instaurado en la península, y en defensa
de los intereses del rey en el Perú, su alzamiento en armas
contra el gobierno de Lima fue tremendamente favorable
a la causa patriota, el Virrey La Serna debió dirigir parte
de su ejército para reducir a su ex subordinado, al tiempo
que Bolívar avanzaba decididamente desde el Norte del
Perú.
Olañeta, fiel a Fernando VII, trató de engañar a Bolívar
pues este presumía que su rebelión era patriótica, así se
lo hizo saber el Libertador a través de varias cartas en
las que saludaba su rebelión y lo asumía desde ya como
parte del Ejército Unido Libertador. Olañeta se valió de
esta situación para ganar tiempo y preparar la defensa
de su territorio, contra patriotas y españoles liberales.
242
Sin embargo, los días de Olañeta estaban contados.
Traicionado primero por su sobrino, Casimiro Olañeta,
y luego por su lugarteniente, Carlos Medina Celli, el
general realista ve con angustia como su ejército se
desmorona a pedazos, las esperanzas de éxito para las
armas del rey quedan reducidas a un milagro, el cual no
llegará jamás.
En marzo Sucre se encuentra ya en Oruro y el día 24,
desde Condo, abre operaciones contra Olañeta: 1.450
infantes; 818 elementos de caballería; 200 infantes
y 84 caballos que se incorporaron en Lagunillas;
una columna de Cochabamba con 200 hombres; un
escuadrón con 200 Dragones de Charcas; el Batallón
Número 1 del Perú con 250 hombres y finalmente
180 infantes y 130 Dragones acantonados en Santa
Cruz. Las fuerzas de Olañeta apenas llegaban a 1.300
hombres.
Acorralado en las afueras de Potosí -la Villa Imperial
se encontraba ocupada ya por 6.000 efectivos del
ejército colombiano- Olañeta se prepara para resistir,
sin embargo, su principal y más enconado adversario
emergerá de sus propias filas. A finales de marzo, el
coronel Carlos Medinacelli, enviado por el propio
Olañeta a la fortaleza de Cotagaita para reforzar
esa posición, se rebela y abraza la causa patriótica,
acompañando su accionar con un extemporáneo
grito libertario. Anoticiado de la adversa situación en
Cotagaita, un incrédulo Olañeta decide ir rápidamente
en busca de quien fuera hasta ese momento su principal
colaborador. Medinacelli, envalentonado por el
automático respaldo de sus hombres, no se atrinchera
en la fortaleza y sale también al encuentro de su ex jefe.
Olañeta y Medinacelli chocan en Tumusla el primero
de abril de 1825, producto de este confuso encuentro
muere el general Olañeta y con él espira el último
vestigio del absolutismo español en América.
243
El camino de la Asamblea General Deliberante
Derrotado Olañeta, el camino de la Asamblea General
Deliberante convocada por Sucre parecía expedito, no
obstante, un nuevo e inesperado obstáculo aparecía
en el norte de la importante reunión: la oposición del
Libertador Bolívar.
Días antes de cruzar el Desaguadero, el 1º de febrero
de 1825 (desde Puno), Sucre había dirigido una carta a
Bolívar en donde le informa su intención de convocar una
Asamblea Deliberante una vez entrara a la ciudad de La
Paz. El Libertador recibió la correspondencia a finales
de febrero y de inmediato contestó enérgicamente la
misma, sin dejar lugar a dudas de cuál era su posición.
(…) Ni Vd., ni yo, ni el Congreso mismo del
Perú, ni de Colombia, podemos romper y violar
las bases del derecho público que tenemos
reconocido en América. Esta base es que los
gobiernos republicanos se funden entre los límites
de los antiguos virreinatos, capitanías generales,
o presidencias como la de Chile. El Alto Perú es
una dependencia del virreinato de Buenos Aires:
dependencia inmediata como la de Quito de Santa
Fe. Chile, aunque era dependencia del Perú, ya
estaba separado del Perú algunos años antes de la
revolución, como Guatemala de Nueva España.
Así es que ambas a dos de estas presidencias
han podido ser independientes de sus antiguos
virreinatos; pero Quito ni Charcas pueden serlo
en justicia, a menos que, por un convenio entre
partes, por resultado de una guerra o de un
Congreso, se logre entablar y concluir un tratado.
Según dice, Vd. piensa convocar una asamblea de
dichas provincias. Desde luego, la convocación
misma es un acto de soberanía. Además llamando
Vd. estas provincias a ejercer su soberanía, las
separa de hecho de las demás provincias del Río
244
de la Plata. Desde luego, Vd. logrará con dicha
medida la desaprobación del Río de la Plata,
del Perú y de Colombia misma, que no puede
ver con indiferencia siquiera que Vd rompa los
derechos que tenemos a la presidencia de Quito
por los antiguos límites del antiguo virreinato. Por
supuesto, Buenos Aires tendrá mucha justicia, y al
Perú no le puede ser agradable que con sus tropas
se haga una operación política sin consultarlo
siquiera (…)
(Bolívar a Sucre, Lima, XXI-II-1825. En: Bolívar,
2009: 290-293)
Ante la situación planteada en el Alto Perú la posición
de Bolívar era muy compleja. El Libertador era en ese
momento Presidente de Colombia y Dictador del Perú
y como tal su prioridad era defender los intereses de
ambos territorios, pero sin que ello implicara perjudicar
los intereses de sus vecinos y potenciales aliados, en
especial cuando estaba de por medio un principio ya
establecido y aceptado por todos, como lo era el del
uti possidetis juris. Además, desde el punto de vista
político y militar, no era este el mejor momento para
entrar en disputas territoriales entre países hermanos
que pudieran conducir a un enfrentamiento fratricida.
Por una parte España, con el apoyo de la Santa Alianza,
preparaba una nueva invasión a América del Sur para
restablecer sus antiguos dominios, y por otra, el gran
vecino de Norte, los Estados Unidos, se mostraba cada
vez más interesado en expandir sus territorios hacia
el Sur, proclamando desde 1823 la famosa doctrina
Monroe que proclamaba una “América para los
americanos”.
No obstante, si alguien en el mundo podía entender
y asimilar con creces el discurso y el pensamiento
de Bolívar ese era Antonio José de Sucre. Con
humildad, con respeto, pero especialmente con sólidos
245
y contundentes argumentos, Sucre defiende ante su
mentor la propuesta de la Asamblea, que no era otra cosa
que defender el derecho de los altoperuanos a su libre
autodeterminación. Sin meditar mucho, Sucre escribe
desde Potosí una respuesta “sincera, dolida, franca y
ecuánime” (Castellanos, 1998: 238) al Libertador.

Mi General:
Hace una hora que recibí la carta de Ud. del 21 de
febrero. Ella me ha dado un gran disgusto, pero no
con Ud. sino conmigo mismo que soy tan simple
que doy lugar a tales sentimientos. Este disgusto
es lo que Ud. me habla en cuanto a las provincias
del Alto Perú, respecto de las cuales he cometido
un error tan involuntario; pero mi solo objeto fue
cumplir las intenciones de Ud. Mil veces he pedido
a Ud. sus instrucciones respecto del Alto Perú y se
me han negado dejándome en abandono; en este
estado yo tuve presente que en una conversación
en Yucán (pueblo cerca de Yanahuanca) me dijo
Ud. que su intención para salir de las dificultades
del alto Perú era convocar una asamblea de estas
provincias. Agregando a esto lo que se me ha dicho
de oficio de que exigiese de Olañeta que dejara al
pueblo en libertad de constituirse, creí que éste
era el pensamiento siempre de Ud.; nunca me
figuré que se trataba de Buenos Aires porque ¿Qué
pueblo, qué orden ni Gobierno había en Buenos
Aires? además, ¿Por qué esta misma carta que Ud.
me escribe ahora no la hizo tantas veces que le he
pedido órdenes sobre este país? ¿Yo soy adivino
para penetrar qué es lo que se quiere después de
haberse mostrado otra cosa? Ud. sabe, mi general,
que yo no tengo aspiración ni mira alguna ni en éste
ni en ningún país; mi solo desvelo es complacer a
246
Ud. en su carrera de salvarnos. He creído en mi
corazón que el corazón de Ud. es todo por el bien
de la América y persuadido de esto he creído que
el examen de otras materias pudiera ser mal, y así
he pensado que me tocaba únicamente obedecer y
seguir al genio que ha tomado a su cargo nuestra
redención.
Yo me acuerdo que el día que pasé el Desaguadero
dije que el emprender nuevos compromisos me iba
a costar mil disgustos y ya empiezo a sentirlos.
Por amistad a Ud. y por amor a la patria vine a
estas provincias contra toda mi voluntad, pues mis
deberes como colombiano y como general estaban
satisfechos en el Desaguadero. Yo creo haber dicho
a Ud. que me había de pesar el venir a estos países,
cuya situación iba a ponerme en compromisos.
Después de estar aquí y no sabiendo qué hacer
sin presentarme con un aire aborrecible al pueblo,
tomé el camino más noble y generoso que fue
convocar la asamblea general de las provincias; y
yo, aunque no sé ni quiero saber estas cosas de los
pueblos, veo mi paso bajo diferente aspecto que Ud.
Ud. dice que la convocación de esta asamblea es
reconocer de hecho la soberanía de las provincias,
y ¿No es así en el sistema de Buenos Aires en
que cada provincia es soberana? ¿Salta, Córdova,
Tucumán, La Arrioja, Santa Fe, etc., etc., etc., no
tienen sus gobiernos independientes y soberanos?
¿Por qué pues una provincia con 50.000 almas ha
de ser allí gobernada independiente y federada,
y cinco departamentos con más de un millón de
habitantes no han de congregarse para proveer a
su conservación y a tener un Gobierno provisorio
mientras ven si se concentra el Gobierno general?
Éstas son cuestiones que no me tocan ni que yo he
247
indicado siquiera, pero son las que tuve presente
para pensar que Ud. juzgaba por la necesidad
de convocar aquí una asamblea, que si era para
constituir las provincias independientes, organizase
el Gobierno, y si para que fuesen de Buenos Aires,
que sirviesen como una masa para que a ellas se
agregaran las demás provincias del Río de la Plata,
y forzarlas así de un modo suave a entrar en orden.
Yo no sabía que hubiera ya Congreso en Buenos
Aires, ni creo que lo hay sino en nombre; yo estoy
ya lidiando con los de por allí y lo veo así.
En mi triste opinión encuentro haber hecho un
servicio al país, a Buenos Aires y a la América con
la convocación de esta asamblea. Estas provincias
siguiendo el funesto ejemplo de disolución de
Buenos Aires ya me han incomodado; los cabildos
se han creído representantes de la soberanía en el
sistema federal que han concebido, y por fuerza
los tengo que mantener en unión. Además yo vi
que Ud. mismo pidió en Guayaquil a una asamblea
su deliberación respecto a una sola provincia de
80.000 almas. En fin, mi general, yo puedo haber
errado, pero sin intención alguna; al contrario mi
objeto ha sido complacer a Ud. y servir tanto a este
país como al Perú, y a Buenos Aires, y a la América
con un paso que evitaba las facciones y tumultos.
Mi decreto está concebido en cuanto a lo esencial,
sobre estas palabras que tengo en dos cartas de
Ud. “que la suerte de estas provincias será el
resultado de la deliberación de ellas mismas, y
de un convenio entre los Congresos del Perú y el
que se forme en el Río de la Plata”. Confieso que
tengo una falta de inteligencia en las palabras de
política y que sólo me he guiado por mi sentido
común, pero con la mejor buena fe.
248
Después de todo la tal asamblea sólo tiene poderes
para organizar su Gobierno provisoriamente, hasta
saber en qué quedan Buenos Aires y el Perú; parece
una cosa que no puede negársele, el que ellas se
preserven del contagio de disolución de que Ud.
mismo querría guardarlas, y que es tan fácil de
entrar en estos países.
Por último he tenido la buena fortuna de que la
ocupación de los departamentos de Potosí y
Chuquisaca por los españoles han impedido las
elecciones, y que por tanto no se verificará la
reunión de la asamblea para el 19 de abril, sino
el 25 de mayo, para cuyo tiempo estará Ud. aquí
y le dará el giro que quiera al negocio. Esta gente
creo seguirá los consejos que Ud. les dé, y en este
caso es mejor que esté reunida la asamblea para
que haya una deliberación legítima. Desde ahora
sí le advierto que Ud. ni nadie las une de buena
voluntad a Buenos Aires porque hay una horrible
aversión a este vínculo; si Ud. tiene idea, de unirlas
puede decir a Buenos Aires que mande un fuerte
ejército para que lo consigan, pues de otro modo
es difícil.
Yo he dicho a Ud. mi General, mil veces que
toda mi ambición está cifrada en acabar la guerra
con los españoles e irme a mi casa de simple
ciudadano. Por fortuna esta guerra está concluida,
sólo existe por rendirse un cuerpo de 270 hombres
que en un par de semanas estarán sometidos.
Sobre estos principios marcharé en mi conducta
ulterior. Yo no he ofrecido a nadie encargarme de
mando de pueblos, y en consecuencia he resuelto
estar aquí hasta el 15 o 20 mientras arreglo esta
provincia, seguiré a Chuquisaca y estaré diez días
con la misma ocupación allí; luego me voy para
249
La Paz y sin pararme para Arequipa. Como general
del ejército está a mi arbitrio elegir mi residencia.
Añadiré a Ud. más, y perdóneme por nuestra
amistad, en el correo enviaré mi renuncia del
mando del Ejército Unido, y me reduciré al mando
del ejército de Colombia ya que Ud. dice que no
tiene facultades para aceptar la renuncia de éste,
la que he mandado por triplicado al gobierno de
Bogotá. Así yéndome a Arequipa después de haber
concluido aquí los españoles, habré cumplido
mi único, mi único y mi único compromiso en
esta guerra. Atendiendo desde allí al ejército de
Colombia y tratando de conservar el orden en
los cuerpos de tropas peruanas que quedan aquí,
llenaré mis deberes; lo demás no es mi negocio ni
puede serlo. No entendiendo el manejo de pueblos
sería un desatino tomar sobre mi responsabilidad
asuntos que me iban a causar disgustos. No crea
Ud. mi general, que esto lo haga por orgullo;
ignorando la conducta que deba usar me expongo
a sentimientos que no debo recibir. Yo no soy
para hombre público; Ud. mismo me cita un paso
falso en el Callao, y sería un tonto después que he
logrado alguna estimación como soldado, perderla
por meterme a hombre político. Es verdad, mi
general, que mi conducta en el Callao fue tan
incierta porque estando opuestas mis opiniones
con las órdenes de Ud. preferí obedecer a Ud.
como soldado, cuyos deberes son siempre pasivos
en esos negocios.
Vea Ud. ahora mismo, mi general, lo que sucede
¿Qué necesidad tengo yo de pasar otro disgusto
como el que tengo hoy, por asuntos en que toda mi
aspiración se reduce a complacer a Ud. y servir al
país? no, mi general, yo no debo ser sino un simple
250
ciudadano: terminada la guerra de los españoles
debo seguir a mi corazón. En esta semana escribiré
al gobierno de Buenos Aires y le manifestaré los
motivos en que he fundado mi decreto; les expresaré
que ninguna ambición o mira me ha conducido,
sino el bien de la América y el evitar la anarquía
a estos pueblos; y les diré que respecto a que la
asamblea no se reunirá hasta el 25 de mayo, ellos
pueden tomar sus medidas en todo. Estoy cierto,
mi general, que cuando Ud. venga aquí aprobará
la convocación de esta asamblea; este paso ha sido
un bien para Ud., para el ejército, para la América,
para mí, y aun para acabar la guerra. O’Connor
salió esta mañana para ponerse a la cabeza de los
1.700 hombres que están en la lava y destruir los
270 hombres que tiene Barbarucho; le he prevenido
que acabada esa cosa ponga un batallón en Tupiza,
otro en Tarija y el Regimiento de Dragones donde
haya pastos. El Número 2o está aquí; el Número
1o va a Chuquisaca y los Húsares de Junín irán a
Cochabamba. Ruego a Ud., mi General, que si esta
carta lo molesta algo me perdone; nunca piense
Ud. que yo lo incomode; únicamente juzgue que
quiero ponerme a cubierto y mostrar mi buena fe
en todo.
Soy suyo de corazón.
Muy fiel amigo, humilde servidor.
A.J. de Sucre
(Sucre a Bolívar, Potosí, IV-IV.1825. En:
Castellanos, 1998:233-238; Sucre, 1981:293-297)
La sinceridad y sólidos argumentos de Sucre hacen
reflexionar a Bolívar, Aunado a ello, el Gobierno de
Buenos Aires prácticamente había renunciado a sus
derechos sobre el Alto Perú al autorizar, en febrero, al
general Antonio Álvarez de Arenales para que pactara
251
con los jefes de aquellas provincias cualquier arreglo,
dejándolas en libertad “para que acordasen lo que más
conviniera a sus intereses y gobierno” (Castellanos,
1998: 223). Con este panorama, y el respaldo
incondicional del Congreso peruano, el 16 de mayo
de 1825, desde Arequipa, Bolívar emite un decreto
ratificando el decreto de Sucre y la convocatoria a una
Asamblea General.

SIMÓN BOLÍVAR
Libertador Presidente de la República
de Colombia, Libertador de la del Perú y
Encargado del supremo mando de ella, etc.
Considerando:
1° Que el soberano Congreso del Perú ha
manifestado en sus sesiones el más grande
desprendimiento en todo lo relativo a su propia
política y a la de sus vecinos:
2° Que su resolución de 23 de febrero del
presente año manifiesta explícitamente el respeto
que profesa a los derechos de la Repúblicas del
Río de la Plata y provincias del Alto Perú;
3° Que el Gran Mariscal de Ayacucho, General
en Jefe del Ejército Libertador, convocó al entrar
en el territorio de las provincias del Alto Perú
una Asamblea de Representantes;
4° Que el Gran Mariscal, don Juan Antonio
Álvarez de Arenales, me ha manifestado que el
Poder Ejecutivo de las Provincias Unidas del Río
de la Plata le ha prevenido colocarse aquellas
provincias en aptitud de pronunciarse libremente
sobre sus intereses y gobierno;
5° Que siendo el objeto de la guerra de Colombia
252
y del Perú romper las cadenas que oprimían a
los pueblos americanos para que reasuman las
augustas funciones de la soberanía y decidan
legal, pacífica y competentemente de su propia
suerte, he venido en decretar y
Decreto:
Artículo 1° Las Provincias del Alto Perú, antes
españolas, se reunirán, conforme al decreto del
Gran Mariscal de Ayacucho, en una Asamblea
General para expresar libremente en ella
su voluntad sobre sus intereses y gobierno,
conforme al deseo del Poder Ejecutivo de las
Provincias Unidas del Río de la Plata y de las
mismas dichas provincias.
Artículo 2° La deliberación de esta asamblea no
recibirá ninguna sanción hasta la instalación del
nuevo Congreso del Perú en el año próximo.
Artículo 3° Las provincias del Alto Perú
quedarán entre tanto sujetas a la autoridad
inmediata del Gran Mariscal de Ayacucho,
General en Jefe del Ejército Libertador, Antonio
José de Sucre.
Artículo 4° La resolución del Soberano Congreso
del Perú de 23 de febrero citada, será cumplida
en todas sus partes sin la mayor alteración.
Artículo 5° Las provincias del Alto Perú no
reconocerán otro centro de autoridad por ahora
y hasta la instalación del nuevo Congreso
Peruano sino la del gobierno supremo de esta
República.
Artículo 6° El Secretario General queda
encargado de la ejecución de este decreto.
Imprímase, publíquese y circúlese
253
Dado en el Cuartel General de Arequipa, a 16 de
mayo de 1825.-4° y 6°
(Bolívar, 2009: 297-298)
Ahora quedaba totalmente allanado el camino de la
Asamblea Deliberante y con ello el de la independencia
del Alto Perú.

La instalación de la Asamblea
El estado de guerra en que se encontraba el país
durante el primer trimestre de 1825 había retrasado
significativamente los preparativos para la asamblea,
especialmente en lo referente a la elección de los
diputados y a la escogencia de la fecha y sede para las
deliberaciones. En Chuquisaca y Potosí esta situación
era particularmente compleja debido a que allí había
corrido a atrincherarse Olañeta con los últimos residuos
de su ejército.
Eliminada ya toda amenaza realista, el Mariscal Sucre se
dio tiempo para atender algunos temas administrativos del
país, de manera muy particular se mostró preocupado por
el estado de la instrucción pública y de la administración
de justicia, más pronto que tarde, a menos de cien días
desde su arribo al Alto Perú, Sucre tomará acciones muy
concretas en ambas materias
La Asamblea se había diferido varias veces, las fechas
de 19 de abril, 9 de mayo, 25 de mayo, 24 de junio y
1º de julio fueron las alternativas propuestas por Sucre
para la reunión, sin embargo ésta logró al fin reunirse el
10 de julio en Chuquisaca.
En su tránsito de Potosí a Chuquisaca, Sucre coincidió
con el general Antonio Álvarez de Arenales y su
comitiva, quien traía instrucciones del Gobierno de
Buenos Aires que coincidían plenamente con la decisión
del joven jefe venezolano en torno a la Asamblea
254
Deliberante. En medio de todo tipo de festejos y
agasajos por parte de los pueblos liberados, los dos
héroes marcharon juntos a Chuquisaca, al encuentro de
la Asamblea General Deliberante.
Ya en Chuquisa, el 1º de julio de 1825, el Mariscal
Sucre dirige un emotivo mensaje a la augusta Asamblea
General, próxima a iniciar sesiones en esa ciudad,
centro de luces de la América del Sur. El mensaje
resume cinco meses de vivencias y de impecable
gestión administrativa del vencedor de Ayacucho al
frente de los destinos del Alto Perú.

MEMORIA QUE EL GENERAL EN


JEFE DEL EJÉRCITO LIBERTADOR,
ENCARGADO DE LOS DEPARTAMENTOS
DEL ALTO PERÚ, PRESENTA A LA
ASAMBLEA GENERAL DE LOS MISMOS
EL DIA DE SU INSTALACIÓN

Señores:
La victoria de Ayacucho puso bajo sus alas
a todos los pueblos americanos, que después
de quince años de una constante y desastrosa
lucha, gemían aún bajo el poder de la España.
Los destinos de las provincias del Alto Perú,
junto con las demás de la parte meridional del
Nuevo Mundo, fueron fijados sobre el campo de
batalla. El ruido de la guerra parecía no deberse
oír más en estas regiones, y que el brillo de las
armas vencedoras alcanzaría a dar bastante luz
a los enemigos que sojuzgaban este país, para
conocer sus intereses y deponer sus esperanzas
de dominarlo más. Con rivales menos obstinados
que los españoles no se habrían visto en el Perú,
después de Ayacucho, los aparatos militares;
255
pero estaban reservados al Ejército Libertador
la dicha y el placer de visitar los pueblos que
fueron la cuna de la libertad americana, y que
admirase su heroico patriotismo.
Los acontecimientos del año pasado en
estas provincias por la guerra civil entre los
españoles; los actos del jefe que abrazó el
partido servil mostrando de algún modo que
su verdadero objeto era la independencia; sus
relaciones con las personas más acreditadas en
la revolución y sus últimas protestas de amistad
a S.E. el Libertador, persuadieron al Ejército
Unido que en 9 de diciembre había terminado
absolutamente sus operaciones. El general
Olañeta, faltando a su palabra y a la buena fe
con que lo considerábamos, recordó que era
español, y no contentándose con la suerte que
los destinos señalaban a estos países levantó en
su desesperación nuevos estandartes de guerra,
forzando a nuestro ejército a una nueva campaña.
El Libertador, persuadido de la sinceridad de
Olañeta, me redujo en sus instrucciones sobre el
Alto Perú a exigir de este general su declaración
franca y formal por la independencia, dejando a
los pueblos la libertad de pronunciarse respecto
de su gobierno como más conviniera a sus
intereses, y obedeciendo a la voluntad de ellos,
expresada legítima y legalmente. Tan convencido
estaba el Libertador de que el jefe español
abrazaría la causa de América, que por segunda
y tercera vez se negó a dar otras instrucciones
que aquellas. Yo mismo lo creí tanto, que
pensando en el descanso del ejército, acantonaba
los cuerpos al norte del Desaguadero, enviando
mensajeros que transigiesen y entendiesen en las
condiciones que pidiera.
256
Repentinamente fui sorprendido con la invasión
de las tropas de dicho general al departamento
de Puno: entonces mi deber me señaló que
la defensa del Bajo Perú exigía no tener más
límites territoriales que la destrucción total de
los enemigos en cualquier parte que estuvieran
en contacto con nosotros. Marche a la cabeza
de algunos bravos, y colocado al sur del
Desaguadero, experimenté más que nunca que
mis respetos políticos de traspasar los antiguos
límites del Perú eran tan fundados cuanto que mi
posición iba a complicarse con negocios fuera
de mis alcances. No me es deshonroso, señores,
que formado en medio de la revolución y de la
guerra, mi educación es la de un soldado, y que
apenas conozco estos negocios.
Situado en el departamento de La Paz, sin órdenes
de gobierno alguno que reglase mi conducta, y
sin saber a qué cuerpo político correspondían
estas provincias, puesto que la República del
Río de la Plata, de que dependían al tiempo de
la revolución, estaba dividida formando tantos
estados, cuantos eran sus pueblos principales;
ignorando que se hubiese instalado allí un
congreso de la provincias que han querido
reunirse, e incierto del partido que debía abrazar
para impedir la disolución y la anarquía, pensé
que debía entregar el país a sí propio, para
organizarse a la sombra del Libertador y del
Ejército Unido.
El gobierno del Perú no se había encargado
hasta entonces de la dirección de los negocios
de estos departamentos; carecía de noticias de
la reunión del congreso de Buenos Aires y por
grande que fuese mi respeto a la integridad del
Río de la Plata sobre los límites de su antiguo
257
virreinato, encontraba que allí cada provincia
tenía su legislatura propia, soberana y hasta ahora
independiente, y juzgué que cinco provincias con
más de un millón de habitantes, componiendo la
mayor parte de la populación de aquel virreinato,
eran bien dignas de formar una asamblea propia
que proveyese a su conservación. Todos mis
embarazos abrían cesado resolviéndome a dirigir
el Alto Perú por un gobierno militar; pero ni este
es propiamente un gobierno ni yo podía presentar
a los primeros hijos de la revolución las leyes de
la milicia como los bienes que ellos esperan de
nuestra victoria. Además, la convicción en que
estaba de lo odioso que se había hecho en otros
países el poder militar, aún en manos de sus
libertadores, me instaba a desprenderme de una
autoridad que yo aborrecía y que podía hacernos
caer en el mismo peligro que deseaba evitar.
Estas son las razones a dar el Decreto de 9 de
febrero en La Paz convocando a la Asamblea
General, que aunque en algún modo parezca
usurpatorio de las atribuciones del poder
supremo, no es sino la expresión de circunstancias
complicadas. En aquel decreto se expresó clara
y sencillamente que entre tanto fuese sancionado
el gobierno y los principios que rigiesen el Alto
Perú por una deliberación final, legítima y legal
de los departamentos, y por un arreglo con el
gobierno del Perú y con el de las provincias de
la Unión Argentina, los departamentos serían
dirigidos por la primera autoridad del Ejército
Unido, que reside en S.E. el Libertador, único jefe
de quien inmediatamente dependen las fuerzas
peruanas y colombianas con que yo arrojaba al
enemigo del territorio, y tomaba posesión de él.
Señores: vosotros mismos, vuestros vecinos y la
América toda juzgarían de las miras rectas que
258
me han guiado en un asunto cuya delicadeza se
ha complicado progresivamente con nuestros
triunfos.
Cada día encuentro nuevos motivos que justifican
mis medidas. Las continuas revoluciones de los
pueblos, por una parte, y por otra la de las tropas
españolas del Alto Perú al acercarse el Ejército
Libertador, habrían indefectiblemente causado
el aislamiento de cada uno de los departamentos,
sin mi resolución anticipada de concentrarlos.
Sin la esperanza de un gobierno general y propio
que sujetase las pasiones y refrenase el desorden,
la anarquía se habría apoderado del Alto Perú, y
este, en lugar de los bienes de la libertad, habría
encontrado la ruina, la desolación y la muerte. Así
otros pueblos, llamados a ser felices, han caído
en el desorden, por haber pretendido realizar la
quimérica idea de fijar sus instituciones sobre
principios exagerados, para gobernar a hombres
que, nacidos en la más horrible esclavitud, no
podían pasar, sin convulsiones, a una libertad
ilimitada. Yo pensaba, además, que manteniendo
así reunidas las provincias, sobraba tiempo para
cuando por su resolución quisieran seguir el
ejemplo de la Unión Argentina, mientras que
desunidas, se multiplicaban las dificultades
de llegar al término de la revolución, y de
constituirlas legal y tranquilamente.
Mientras los departamentos libres formaban
las juntas parroquiales y de provincia,
preparándose todo para la organización de la
asamblea, el ejército se ocupaba de redimir los
pueblos subyugados por los peninsulares; y el
29 de marzo, a los cien días de haber dejado
nuestros soldados su campo de fortuna y de
gloria, marchando sobre cuatrocientas leguas,
259
flamearon sus banderas en la elevada cumbre
del Potosí. El completo triunfo de la libertad, fue
el premio de nuestros bravos: un mundo entero
acabó de sacudir el yugo de una nación opresora,
la justicia decidió por fin esta contienda gloriosa
de la razón contra el despotismo, y el Alto Perú,
recobrando sus derechos, vio el fruto de dieciséis
años de sacrificio y el restablecimiento de la paz.
El 19 de abril estaba designado para la
inauguración de la asamblea en que el Alto Perú
tomase posesión de sus libertades; pero la guerra
lo impidió porque la invasión de los enemigos a
Chuquisaca en el mes de marzo, la ocupación de
Potosí, y la invasión de Santa Cruz por el Brasil,
embarazaron las elecciones. El retardo que
necesariamente debía causarse en la reunión de
este cuerpo, no fue inoportuno, porque sabiendo
al entrar en Potosí que se había instalado un
Congreso en Buenos Aires, y que el Libertador
venía a estas provincias, pude invitar a aquél a
entrar en relaciones con el supremo jefe del Perú
y los representantes del Alto Perú, para que la
deliberación sobre estos países recibiese aquellas
formalidades que requieren tan importantes
actos. Esta fue mi conducta en las difíciles
circunstancias en que me hallaba; digo difíciles,
señores, porque siendo yo general colombiano
me era prohibido manifestar opiniones propias
entre el choque de los deseos de las provincias con
el deseo de los limítrofes. Afortunadamente se
presentó en Potosí el señor general delegado del
supremo gobierno argentino, y me manifestó que
las ideas de su comitente estaban perfectamente
de acuerdo en sus credenciales e instrucciones,
con mi decreto del 9 de febrero. Que él había
pensado consultar a las provincias para que
libremente se decláransen sobre sus intereses y
260
Gobierno; y que el más vehemente anhelo del
gobierno argentino era preservar el Alto Perú de
la anarquía y de la disolución, lo cual se había
obtenido por mis providencias.
Esta declaración del gobierno del Río de la
Plata, por medio de su delegado, confirmada por
la Ley de 9 de mayo, y el decreto del Soberano
Congreso del Perú de 23 de febrero, sirvieron
de nuevo estímulo a mi marcha. Ya no pensé
sino en aguardar al protector del culto de las
Leyes, al Libertador Bolívar, para que más
dignamente abierto el templo de los derechos del
hombre, entrasen en él los escogidos del pueblo
al ejercicio de sus deberes sagrados. Yo debía
reservar este acto augusto al celoso defensor de
la soberanía nacional.
El Libertador, por su excesiva moderación y
delicadeza, juzgó que su presencia en El Alto
Perú, podría interpretarse como un obstáculo a
la completa y absoluta libertad de la asamblea
en sus deliberaciones, y reservándose visitar
las provincias, cuando estas hayan pronunciado
libremente su voto y ha expedido el decreto de
16 de mayo, por el cual, señores, estáis ahora
congregados. A nombre del salvador de la
América y en nombre del Ejército Libertador,
tengo el dulce placer de felicitar en vosotros
a los departamentos del Alto Perú; a esos
departamentos que después de desgracias sin
número, y a costa de sacrificios heroicos, sobre
la sangre de los mártires de la patria presentan
al mundo el hermoso espectáculo de un pueblo
que, inerme y desamparado de toda ayuda fue el
primero que llamó este hemisferio a la libertad.
Cuánta satisfacción señores, debe inundar
vuestras almas, al contemplar los queridos de
261
vuestro pueblo para decidir de su destino. El
Alto Perú deposita en vosotros su suerte: cien
generaciones esperan de vosotros su dicha; y
el mundo político va a observar la conducta de
los primogénitos de la Revolución. Vuestras
deliberaciones deben ser tan meditadas, cuánto
importa a vuestros intereses y a los de la América,
cuya paz futura pende en gran parte del equilibrio
del poder de los estados que la forman. Tuve la
fortuna de ser uno de los defensores del antiguo
imperio de los hijos del sol; he combatido por
vuestros derechos y por lo mismo mi corazón
está ya unido a vuestra felicidad.
Debo daros, señores, una idea de mi conducta
gobernativa en el pequeño período de mi
administración, después de haberos sometido mi
conducta política. Los soberbios enemigos que
por tres siglos poseyeron la tierra de los incas,
y que por catorce años de victorias humillaban
a sus vengadores, han sido destruidos. Los
departamentos han visto derramar la sangre
de sus hijos y aniquilar sus antiguas riquezas.
Enormes contribuciones para sostener una guerra
de dieciséis años y persecuciones constantes a los
partidarios de la independencia han agotado las
fuentes de la prosperidad pública. La agricultura
está limitada escasamente a producir el mero
consumo de los habitantes; el comercio obstruido
absolutamente; las artes reducidas a sus primeros
ensayos y las ciencias convertidas en la enseñanza
del error o del crimen. Este triste estado del país
hace que el tesoro público se halle exhausto, y
el Ejército Libertador ha tenido que someterse a
las privaciones indispensables en situación tan
aflictiva. El ejército, ¡este cuerpo que justamente
262
se ha llamado la virtud armada! ha preferido
sufrir miserias, que exigir gravámenes a sus
hermanos; así ninguna contribución ha pesado
hasta hoy sobre un ciudadano. Las escasas rentas
comunes respecto de la fuerza existente, los
caudales que generosamente ha franqueado la
República peruana, para realizar la campaña del
Alto Perú y la más estricta economía, han bastado
a las erogaciones públicas.
Convencidos que el crédito nacional consiste
en la justicia, buena fe y observancia religiosa
de los pactos y la confianza de los prestamistas,
he cubierto escrupulosamente cuanto se ha
franqueado al erario. Los departamentos solo
deben una parte de los pagamentos de los cuerpos
destinados a liberarlos, y las cantidades suplidas
por el Bajo Perú, que todo hace una pequeña
suma, cuya satisfacción es justo que pese sobre
aquellos que han contribuido a la prolongación de
la guerra, después del 9 de diciembre. Los buenos
ciudadanos se lamentarían si el pueblo sufriera
quebrantos para cubrir la deuda que han causado
sus enemigos, que a un tiempo se han bebido su
sangre y sus tesoros.
Aunque muy limitado de poderes, he creído
dentro de mis obligaciones oír el clamor de
los pueblos para aliviarlos de una parte de las
contribuciones nuevamente exigidas por los
españoles, con el nombre de arbitrio de guerra,
y casi todas las demás están reducidas a la mitad,
y algunas absolutamente extinguidas; de resto
continúa el antiguo régimen de hacienda.
Una resolución final ha permitido que los
ciudadanos se acerquen más fácilmente al
263
Gobierno para sus solicitudes, porque he
prohibido que los presidentes y gobernadores
exijan gaje alguno por decretos y todo acto
gubernativo, quitando así esa abusiva práctica
de obvenciones.
Los empleados de la lista civil han sido
reformados, lo mismo que los de hacienda,
y reducidos a aquellos que necesita la
administración Pública para su mejor despacho:
para esto se han aumentado algunos empleados
y disminuido otros, cuyos sueldos producen
anualmente una suma a favor del erario.
En todos los países ha sido siempre una
atribución exclusiva del Gobierno la provisión
de los empleos, pero yo creí que en el nacimiento
de los pueblos, bajo un sistema representativo,
los agentes del ejecutivo serían mejores cuanto
más fuera la confianza que de ellos tuvieran los
ciudadanos. Autorizado por el Libertador para
proveer los destinos, trasmití este poder a las
juntas calificadoras, creadas en los departamentos
por la concurrencia de los votos de todas las
corporaciones, y las personas propuestas por
ellas son las que desempeñan la administración
Pública. Las juntas calificadoras de quienes hice
esta confianza, y que conocían los sujetos y sus
aptitudes, habrán escogido los más acreedores
a las recompensas del Gobierno; si no, ellas
responderán a la patria. Me prometo que no han
traicionado su conciencia. Creo, señores, que mi
manejo en esta importante parte del Gobierno,
ha sido el más acertado.
La administración de justicia, sin la cual no puede
haber sociedad, recibirá en adelante todas las
264
mejoras de que es susceptible; de ella depende la
seguridad de los ciudadanos en sus propiedades
y libertad. En cuatro meses, y lleno de atenciones
militares, apenas he podido establecer los
juzgados, sin embargo, la Corte Superior de
Justicia, se instaló el 25 de mayo con todas las
atribuciones de la ley. Es de esperar de la probidad
de sus ministros toda justificación; difícilmente
llegará el caso de exigirles la responsabilidad de
la última ley a que están sujetos. Considérese,
por otra parte, que de los seis individuos que
componen la Corte, cuatro son electos diputados
para la asamblea general, y uno ha desempeñado
antes el Ministerio de Justicia en el Río de
la Plata; pienso, pues, que mi elección está
garantida por el voto público. El inmenso terreno
que forma la jurisdicción de esta Corte, me ha
hecho solicitar el establecimiento de otra en la
Paz, que comprenda aquel departamento, el de
Cochabamba y el gobierno de Oruro, mientras
la de Chuquisaca lo sea para este departamento,
Potosí y Santa cruz. Siendo estas Cortes de cinco
ministros, que no pueden formar sala de revista,
el recurso en tercera instancia puede establecerse
de un tribunal para otro.
No puedo, señores, lisonjearme de haber hecho
ningún establecimiento de beneficencia pública,
porque el tiempo no me ha permitido este
importante servicio, ni mi comisión por el Perú
y por Colombia era otra, que la de arrancar a los
españoles el territorio americano que poseían en
esta parte. En cien días cumplí estos deberes en
el alto Perú, y os presento vuestra patria sin un
enemigo. Me he limitado a recoger los materiales
que faciliten al poder supremo la propagación de la
265
enseñanza pública en las provincias. La creación
de una universidad en la Paz, se hará sin duda
por los medios que se van tomando para ello; el
colegio de aquella ciudad será mejorado con la
creación de nuevas cátedras prohibidas por el
sistema colonial, y aun será posible establecer otro.
Los colegios de Chuquisaca deben adelantarse
del mismo modo, y a uno de ellos, a quien faltan
rentas, puede proporcionársele suficientemente. En
Cochabamba, Santa Cruz y Potosí se ha mandado
trabajar en el proyecto de establecer colegios que
compitan con los de Chuquisaca y la Paz. En Potosí
y La Paz se podría crear, además, una dirección de
minería y una escuela de mineralogía, para lo cual
están pedidos los informes necesarios. Para estos
establecimientos se necesitan fondos considerables;
pero los hay bastantes en los departamentos, si la
autoridad legislativa, a quien corresponde, da los
decretos necesarios, a cuyo objeto se le someterán
los documentos que la ilustren para resolver.
Por último, señores, reclamo vuestra indulgencia
por los defectos de mi administración; debéis
considerar el contraste de situaciones en que me
he visto, las dificultades que me han rodeado, y
sobre todo mi inexperiencia en dirigir pueblos,
particularmente en circunstancias tan delicadas.
Por amor a la patria, he tomado sobre mí esta
carga, que es excesivamente pesada para un
hombre formado en la guerra. He gobernado
muy pocos meses, y en ellos no he omitido
diligencia para sofocar las pasiones y someterlas
a la ley. A ningún hombre se ha perseguido,
ninguna propiedad se ha atacado; ningún
ciudadano ha sido arrestado si no ha sido por la
ley. Entre los habitantes del Alto Perú no se oye
266
otra voz que la de reconciliación y amistad. Los
odios, consiguientes a una revolución, están casi
olvidados. La patria, la libertad, son los votos de
los ciudadanos; todos quieren un Gobierno que
haga su dicha; y por fortuna, la opinión pública
ha desterrado las ideas que con tantas ilusiones
de prosperidad y perfección, no harían en
nuestros países sino el despojo de la República:
una fatal experiencia lo ha demostrado En diez y
seis años de males, instruidos los hombres en la
escuela de las desgracias, ya deben aborrecer los
principios desorganizadores, amar la verdadera
y sólida libertad, respetar las leyes y someterse a
las autoridades legítimamente constituidas.
Ésta es, señores, la relación sencilla de mis
operaciones, desde que pasé el Desaguadero;
ella está escrita con la franqueza de un soldado:
mi conducta queda sometida a vuestro juicio; si
ella merece vuestra aprobación, reposaré dichoso
en el curso de mis días; pero si vuestra bondad
me atribuye algunos servicios a vuestra patria,
declaro que no son míos, sino de los legisladores
de Colombia, a quienes debo mis principios; del
Libertador Bolívar, que ha sido mi antorcha,
y del Ejército Unido, que es el protector de la
buena causa.
Cuartel General en Chuquisaca a 1º de julio de
1825
A.J.de Sucre
(Sucre, 1981: 329-339)
Aprobadas las credenciales de los 39 diputados
presentes en la inauguración117, sancionados los
117 Faltaban 9 diputados por llegar a Chuquisaca, el último de ellos,
Antonio Vicente Seoane (Santa Cruz), llegaría el mismo día 6 de agosto.
267
reglamentos de debates y definida la directiva de la
Asamblea (José María Serrano, Presidente; José María
Mendizábal Vicepresidente y Ángel Mariano Moscoso
y José Ignacio Sanjinés como Secretarios) se toma el
respectivo juramento a los asambleístas y el día 10 de
julio arrancan las deliberaciones en Chuquisaca Para
no influenciar con su presencia las deliberaciones de
la Asamblea, Sucre y todo su ejército se retiran el
día 2 de julio a Cochabamba (Diez de Medina, 1954:
198). Rápidamente el fervor patriótico comienza
a inclinar el tenor de las discusiones a favor de la
propuesta de la independencia. Las otras opciones que
estaban sobre la mesa de discusión eran la anexión al
Perú, la incorporación a Buenos Aires o prolongar la
subordinación a la Corona Española.
En Cochabamba el héroe de Ayacucho es recibido con
indescriptible entusiasmo patriótico. La ciudad y sus
vecinos le obsequian una guirnalda de oro y el Colegio
de Cochabamba una pluma del mismo metal “para que
sus hijos escribiesen las glorias de Ayacucho” premios
que remitió de inmediato a su nativa ciudad de Cumaná
(Rey de Castro, 1883: 106-107).
Bolívar arriba al Alto Perú
Mientras las deliberaciones avanzan en Chuquisaca,
Sucre y su comitiva salen de Cochabamba y continúan
su camino rumbo a Oruro y La Paz, el objetivo es dar
alcance al Libertador Simón Bolívar en Desaguadero
y escoltarlo en su tránsito hacia el Alto Perú. El paso
de Sucre por ambas ciudades estuvo revestido de gran
colorido, ahora, con la paz campeando a todo lo largo
y ancho del territorio nacional, se percibía un mayor
entusiasmo y fervor patriótico en la población, además
de la lógica emoción que generaba en todos el anuncio
de la inminente visita del Libertador.
El 6 de agosto Sucre y Bolívar se encuentran en
Desaguadero y de allí pasan inmediatamente hacia a La
268
Paz. En el altiplano paceño nadie se queda indiferente
ante el célebre visitante. Las diferentes poblaciones
del departamento rivalizan en halagos y atenciones al
Genio de América, pero serán los indígenas, ataviados
con sus mejores galas, los que mayores muestras de
agradecimiento y veneración tributen al héroe nacido
en la lejana Caracas.
En su camino a la ciudad de La Paz, Bolívar arriba a las
emblemáticas poblaciones Copacabana y Tiwanaku, en
la primera se dejó seducir por tapiz azul de mítico Lago
Titicaca, ante cuyas aguas se arrodilló, y en la segunda,
al igual que Sucre, quedó admirado con los vestigios
de la cultura Tiwanacota (Diez de Medina, 1954). El
18 de agosto, Bolívar, Sucre y su comitiva finalmente
arriban a La Paz.
Llegó por fin el deseado 18 de agosto en que hacía
su entrada a La Paz el Padre de la Patria, el inmortal
Bolívar. Desde el amanecer estaban las calles y
edificios del tránsito profusamente adornados
con ricas colgaduras, gallardetes y banderas
nacionales, mezcladas con las de Colombia y otros
Estados. De distancia en distancia se elevaban
arcos magníficamente decorados y ostentando
emblemas de la Libertad. (Rey de Castro, 1883:
109)
Muy temprano, ese día 18, la población comenzó a
concentrarse en El Alto para acompañar al Libertador
en su descenso a La Paz. Miles de personas,
provenientes de provincias cercanas como Viacha, Laja
y Mecapaca, se unieron al festejo en medio de bandas
y coloridos bailes desplegados en honor al redentor del
Nuevo Mundo. En Alto Lima, igualmente, le esperaba
la población con una gran variedad de danzas y
músicas indígenas. Antes de arribara la Plaza Mayor,
las Autoridades Eclesiásticas, del Ayuntamiento y el
Cabildo le esperaron en el Puente de Apumalda (hoy
269
Plaza de San Francisco) con un gran arco del triunfo.
Desde Alto Lima hasta este punto el Libertador
había recibido todo tipo de presentes118, aunado a las
“descargas de fusilería, el repique de campanas, el
estallido de millares de cohetes, cohetillos, los vítores,
los cantos y las orquestas, todo uníase en un hosanna
que transformaba a la heráldica ciudad” (Diez de
Medina, 1954: 96-99).
En medio de los agasajos y de los múltiples obsequios
que todos se afanaban por entregar a los héroes, Sucre
deja nuevamente constancia de su espíritu noble y
desprendido. El pueblo de La Paz presenta a Bolívar
una corona de oro y diamantes como sincero homenaje
a sus glorias, el Libertador la rechaza y la pasa a Sucre
diciendo que esa recompensa “toca al vencedor y héroe
de Ayacucho”, a lo que el ilustre jefe patriota reacciona
otorgándosela de inmediato a Córdova, cuya División
se encontraba acantonada en La Paz, por haber sido
este joven y benemérito general, en sus palabras, el
auténtico “héroe de Ayacucho”.
La apoteosis de Potosí
Bolívar y su comitiva continúan su tránsito hacia
Chuquisaca, en el camino visitan Oruro (25 de
septiembre) y Potosí (3 de octubre). Durante todo
el trayecto el prócer venezolano recibe múltiples
demostraciones de afecto, nadie escatima esfuerzos
para saludar y honrar a su libertador.
En Potosí fue particularmente emblemática su
ascensión al famoso “Cerro Rico”, allí, en medio de la
muchedumbre y de un nutrido séquito; donde resaltaba
la presencia de su maestro Simón Rodríguez (que lo
había acompañado todo el trayecto desde Lima), del
Mariscal Sucre, de los generales colombianos Miller,
118 Diez de Medina (1954:97) da cuenta que entre los más destacados
obsequios resalta un hermoso caballo blanco, de sangre árabe, que le entrega
la primera autoridad comunal.
270
Córdova, La Mar, Lara, O’Leary, Soublette, Silva, del
alto peruano Lanza y de los delegados enviados por el
gobierno de Buenos Aires119; pronunció un emotivo
discurso, al tiempo de coronar la famosa cumbre con
las banderas de Colombia, Perú, Argentina y Chile,
como señal irrefutable de la culminación de la gesta
independentista americana.
Venimos venciendo desde las costas del Atlántico y en
quince años de una lucha de gigantes hemos derrocado
el edificio de la tiranía, formado tranquilamente en
tres siglos de usurpación y de violencia. Las míseras
reliquias de los señores de este mundo estaban
destinadas a la más degradante esclavitud. ¡Cuánto no
debe ser nuestro gozo al ver tantos millones de hombres
restituidos a sus derechos por nuestra perseverancia y
nuestro esfuerzo¡ En cuanto a mí, de pie sobre esta
mole de plata, que se llama Potosí y cuyas venas
riquísimas fueron trescientos años el erario de España,
yo estimo en nada esta opulencia cuando la comparo
con la gloria de haber traído victorioso el estandarte de
la libertad, desde las playas ardientes del Orinoco, para
fijarlo aquí, en el pico de esta montaña, cuyo seno es
el asombro y la envidia del universo. (Diez de Medina,
1954: 139)
En medio de la algarabía generalizada, el Mariscal
Sucre -junto a Simón Rodríguez- era uno de lo más
emocionados. A petición expresa de varios de los
asistentes el joven jefe patriota obsequió al Libertador
una recitación de su célebre “Delirio en el Chimborazo”,
al finalizar la interpretación fue ovacionado por todos
y se fundió en un abrazo de gigantes con el Libertador.
Al caer la tarde todos bajaron del cerro para disfrutar el
gran banquete que les esperaba en la ciudad, no obstante
aquello, los pensamiento y el corazón de Sucre estaban
119 Nos referimos al general Carlos Arveal, al Dr. José Domingo Vélez
Díaz, al Dr. Domingo Oros, el coronel Manuel Dorrego y el teniente Cirilo
Díaz.
271
muy distantes de Potosí, su mayor anhelo era volver a
Quito para reencontrarse con su amada Marquesa de
Solanda, casarse con ella y restituir, de alguna manera,
la vida familiar que la guerra le había quitado. Más allá
de los nobles deseos de Sucre, Bolívar y el generoso
pueblo altoperuano tenían otros planes para el héroe de
Pichincha y Ayacucho.
La soberana decisión de la independencia
Mientras Bolívar y su comitiva se aproximan a
Chuquisaca, en el seno de la Asamblea General
continúan las deliberaciones. Fueron 10 intensas
sesiones de trabajo, desde su instalación en julio hasta
el 3 de agosto, a lo largo de las cuales se escucharon
argumentos a favor y en contra de una total separación
del Alto Perú, tanto de Lima como de Buenos Aires.
Después de un mes de debates la Asamblea, compuesta
mayoritariamente por abogados egresados de la Real y
Pontificia Universidad San Francisco Xavier, muchos
de ellos con pasado realista120, tenía prácticamente
lista su decisión. Para los primeros días de agosto
una comisión de la Asamblea había elaborado ya la
Declaración de Independencia, reservando para el día
6 -primer aniversario de la gloriosa batalla de Junín- el
gran momento de su promulgación.
Finalmente, se llegó al momento culminante. El
Presidente anunció que bajaría de la silla presidencial
mientras se votaba sobre la separación, unión con
las Provincias Unidas, o unión con el Bajo Perú,
decidiéndose cual era el deseo de las provincias.
Serrano pensaba que como él había sido uno de los
miembros más activos en las discusiones, alguien
más imparcial, no comprometido en el largo
debate, debería ocupar su sitio a fin de presidir la
votación. El general José Miguel Lanza, gran líder
120 De los 47 diputados presentes, sólo José Miguel Lanza y José Miguel
Ballivián habían luchado por la independencia.
272
de la guerrilla y el único veterano de distinción en
la Asamblea, fue invitado a ocupar la presidencia
durante este sublime momento. Lanza merecía
este honor porque era el único acto honestamente
patriótico de la asamblea de godos tránsfugas.
(Arnade, 1982: 226)
Aceptando la designación121 Lanza asume su puesto en
la presidencia de la Asamblea el glorioso 6 de agosto
de 1825 y de inmediato inicia el interrogatorio para la
votación, en base a las propuestas que estaban sobre la
mesa.
¿Los departamentos del Alto Perú se unirán a las
Provincias Unidas? Uno por uno, cada uno de
los cuarenta y siete delegados anunció su voto de
“no”. Ni un solo delegado votó en favor de esta
proposición. Esta fue la estéril cosecha que las
provincias de la Plata recogieron por sus años de
desatinos y abandono. Luego Lanza con su ronca y
no pulida voz militar, leyó la segunda proposición
a ser votada sobre si las provincias se unirían a la
República del Bajo Perú. Nuevamente el fuerte
sonido del “no” hizo eco en la sala de la corporación,
pero cuando el Presidente llamó el nombre de
Eusebio Gutiérrez, de La Paz, por primera vez,
en una voz clara, la palabra “si” fue escuchada.
La esperanza de que la separación sería aprobada
por una decisión unánime fue destruida por la
inadvertida convicción de Gutiérrez. De nuevo
resonó la palabra “no”, y luego hubo un momento
de tensión cuando Lanza llamó el nombre de José
María Mendizábal, el Vicepresidente, quien en
su discurso inicial había favorecido la unión con
Perú, pero quien había dicho que no estaba seguro
si ésta era una honesta y patriótica convicción.
121 Más que un justo homenaje al guerrillero pudo haberse tratado de una
maniobra urdida por el interés de algunos sectores para que este no emitiera
su voto.
273
Mendizábal, en su crudo estilo, dijo claramente
“no”. Uno necesita imaginación histórica para
decir que una ruidosa excitación corrió por toda la
larga y estrecha sala. Pero fue escuchado un “si”
cando el otro delegado por La Paz, Juan Manuel
Velarde, unióse a su colega Gutiérrez al votar a
favor de la unión de los Perús. El voto final fue
cuarenta y cinco a dos.
El gran momento llegó cuando Lanza anunció la
tercera proposición: si “los departamentos del Alto
Perú decláranse a sí mismos un Estado soberano e
independiente de todas las otras naciones en el Viejo
y Nuevo Mundo”. Era una lógica conclusión que ésta
sería aprobada por una abrumadora mayoría, pero
aún así, era un momento de nerviosismo. La gran
intriga de Casimiro Olañeta, José María Serrano
y Manuel María Urcullo estaba por llegar a una
realización victoriosa. Todos, salvo dos diputados,
clara y orgullosamente pronunciaron “si”. Por una
votación de cuarenta y cinco a dos la independencia
del Alto Perú fue declarada el sábado 6 de agosto,
en el bello salón de asambleas de la Universidad de
San Francisco Xavier. (Arnade, 1982: 226-227)

ACTA DE INDEPENDENCIA DE LAS


PROVINCIAS DEL ALTO PERÚ
Lanzándose furioso el León de Iberia desde
las columnas de Hércules hasta los imperios
de Moctezuma y de Atahualpa, es por muchas
centurias que ha despedazado el desgraciado
cuerpo de América y nutriéndose con su
sustancia. Todos los estados del continente
pueden mostrar al mundo sus profundas
heridas para comprobar el dilaceramiento que
sufrieron; pero el Alto Perú aún las tiene más
enormes, y la sangre que vierte hasta el día, es
274
el monumento más auténtico de la ferocidad de
aquel monstruo.
Después de diez y seis años que la América
ha sido un campo de batalla, y que en toda su
extensión los gritos de libertad, repetidos por
sus hijos, se han encontrados los unos con
los de otros, sin quedar un ángulo en toda la
tierra, donde este sagrado nombre no hubiese
sido el encanto del americano, y la rabia del
español, después que en tan dilatada lucha, las
naciones del mundo han recibido diferentes
informaciones de la justicia y legalidad con las
que las regiones todas de América han apelado,
para salvarse, a la santa insurrección: cuando los
genios de Junín y Ayacucho han purgado la tierra
de la raza de los déspotas; cuando en fin grandes
naciones han reconocido ya la independencia
de Méjico, Colombia y Buenos Aires, cuyas
quejas y agravios no han sido superiores a las
del Alto Perú: será superfluo presentar un nuevo
manifiesto justificativo de la resolución que
tomamos.
El mundo sabe que el Alto Perú ha sido, en el
continente de América, el ara donde se virtió la
primera sangre de los libres y la tierra donde existe
la tumba del último de los tiranos: que Charcas,
Potosí, Cochabamba, La Paz y Santa Cruz, han
hecho constantes esfuerzos para sacudir el yugo
peninsular; y que la irrectratibilidad de sus votos
contra el dominio español, su heroica oposición,
han detenido mil veces las impetuosas marchas
del enemigo sobre regiones que, sin esto, habrían
sido encadenadas, o salvándose sólo con el
último y más prodigioso de los esfuerzos.
El mundo sabe también, que colocados en el
corazón del continente, destituidos de armas,
275
y de toda clase de elementos de guerra, sin
las proporciones que los otros estados para
obtenerlos en las naciones de ultramar, los
alto peruanos han abatido el estandarte de los
déspotas en Aroma de la Florida, en Chiquitos,
Tarabuco, Sinti, en los valles de Sicasica y
Ayopaya, Tumusla, y en otros puntos diferentes;
que el incendio bárbaro de más de cien pueblos,
el saqueo de las ciudades, cadalzos por cientos
levantados contra los libres, en la sangre de
miles de mártires de la patria ultimados con
suplicios atroces que estremecerían a los caribes,
contribuciones, pechos y exacciones arbitrarias
inhumanas, la inseguridad absoluta del honor,
de la vida de las personas y propiedades, y un
sistema inquisorial, atroz y salvaje, no han
podido apagar en el Alto Perú el fuego sagrado
de la libertad, el odio Santo al poder de Iberia.
Cuando, pues, nos llega la vez de declarar
nuestra independencia de la España y decretar
nuestro futuro destino de un modo decoroso
legal y solemne, creemos llenar nuestro
deber de respeto a las naciones extranjeras, y
de información consiguiente de las razones
poderosas, y justos fundamentos impulsores
de nuestra conducta, reproduciendo cuanto han
publicado los manifiestos de los otros estados de
América con respecto a la crueldad, injusticia,
opresión y ninguna protección con que han sido
tratados por el gobierno español; pero si esto,
y la seguridad con que protestamos a presencia
del gran padre del Universo, que ninguna región
del continente de Colón ha sido tan tiranizada
como el Alto Perú, no bastante a persuadir
nuestra justicia, apelaremos a la publicidad
con que las regiones españolas y sus jefes más
principales, han profanado los altares, atacando
276
el dogma, han insultado el culto, al mismo
tiempo que el gabinete de Madrid ha fomentado,
desde la conquista, la más sólida y destructora
superstición: les mostraremos un territorio
con más de trescientas leguas de extensión de
norte a sur, y casi otras tantas de este a oeste,
con ríos navegables, con terrenos feroces,
con todos los tesoros del reino vegetal en las
inmensas montañas de Yungas, Apolobamba,
Yuracaré, Mojos y Chiquitos, poblado de los
animales los más preciosos y útiles para el
sustento, recreo e industria del hombre; situado
donde existe el gran manantial de los metales
que hacen la dicha del orbe, y le llenan de
opulencia, con una población, en fin, superior
a las que tienen las repúblicas Argentina, y la
de Chile; todo esto le mostraríamos y diríamos;
vez, por donde ha podido existir un floreciente
imperio, sólo aparece, bajo la torpe y desecante
mano de Iberia, el símbolo de la ignorancia, el
fanatismo, de la esclavitud e ignominia; venid
y ved, en una educación bárbara calculada
para romper todos los resortes del alma en una
agricultura agonizante guiada por sola rutina en
el monopolio escandaloso del comercio, en el
desplome e inutilización de nuestras poderosas
minas, por el barbarie del poder español, en el
cuidado con que en el siglo 19 se ha tratado de
perpetuar entre nosotros sólo los conocimientos,
artes y ciencias del siglo 8º. Venid, en fin y si
cuando contemple esa nuestros hermanos los
indígenas, hijos del grande Manco Capac, no se
cubren nuestros ojos de torrentes de lágrimas,
viendo en ellos hombres los más desgraciados,
esclavos tan humillados, seres sacrificados a
tantas clases de tormentos, ultrajes y penurias,
diréis, que respecto de ellos perecerían los
277
llotas ciudadanos de Esparta, y hombres muy
dichosos los Nigeros Ojandalams del Indostán,
concluyendo con nosotros, que nada es tan justo
como romperlos inicuos vínculos con que fuimos
unidos a la cruel España.
Nosotros habríamos también presentando al
mundo una nerviosa y grande manifestación de
los sólidos fundamentos con que después de las
más graves, prolijas, y detenidas meditaciones,
hemos creído interesar á nuestra dicha, no
asociarnos, ni á la república del Bajo Perú ni á la
del Río de la Plata, si los respetables Congresos de
una y otra, presididos de la sabiduría, desinterés
y prudencia, no nos hubiesen dejado en plena
libertad para disponer de nuestra suerte. Pero
cuando la ley de 9 de mayo del uno, y el decreto
de 23 de febrero del otro, muestran notoriamente
un generoso y laudable desprendimiento,
relativamente á nuestro futuro destino, y colocan
en nuestras propias manos la libre y espontánea
decisión de lo que mejor conduzca á nuestra
felicidad y gobierno; protestando á uno y otro
estado eterno reconocimiento, junto con nuestra
justa consideración y ardientes votos de amistad,
paz y buena correspondencia, hemos venido por
unanimidad de sufragios en fijar la siguiente.

DECLARACIÓN
La representación soberana de las provincias del
Alto Perú, profundamente penetrada del grandor
é inmenso peso de su responsabilidad para con
el cielo y con la tierra, en el acto de pronunciar
la futura suerte de sus comitentes, despojándose
en las aras de la justicia de todo espíritu de
parcialidad interés y miras privadas; habiendo
278
implorado, llena de sumisión y respetuoso ardor,
la paternal asistencia del Hacedor santo del
orbe, y tranquila en lo íntimo de su conciencia
por la buena fe, detención, justicia, moderación
y profundas meditaciones que presiden á la
presente resolución, declara solemnemente
á nombre y absoluto poder de sus dignos
representados: Que ha llegado el venturoso día
en que los inalterables y ardientes votos del
Alto-Perú, por emanciparse del poder injusto,
opresor y miserable del rey Fernando VII, mil
veces corroborados con la sangre de sus hijos,
consten con la solemnidad y autenticidad que al
presente, y que cese para con esta privilegiada
región la condición degradante de colonia de la
España, junto con toda dependencia, tanto de
ella, como de su actual y posteriores monarcas:
que en consecuencia, y siendo al mismo
tiempo interesante á su dicha, no asociarse á
ninguna de las repúblicas vecinas, se erige en
un Estado soberano é independiente de todas
las naciones, tanto del viejo como del nuevo
mundo; y los departamentos del Alto Perú,
firmes y unánimes en esta tan justa y magnánima
resolución, protestan á la faz de la tierra entera,
que su voluntad irrevocable es gobernarse por sí
mismos, y ser regidos por la constitución, leyes
y autoridades que ellos propios se diesen, y
creyesen mas conducentes á su futura felicidad
en clase de nación, y el sostén inalterable de
su santa religión Católica, y de los sacrosantos
derechos de honor, vida, libertad, igualdad,
propiedad y seguridad. Y para la invariabilidad
y firmeza de esta resolución, se ligan, vinculan y
comprometen, por medio de esta representación
soberana, á sostenerla tan firme, constante
279
y heroicamente, que en caso necesario sean
consagrados con placer á su cumplimiento,
defensa é inalterabilidad, la vida misma con los
haberes y cuanto hay grato para los hombres.
Imprímase y comuníquese á quien corresponda
para su publicación y circulación. Dada en la
Sala de sesiones en 6 de agosto de 1825, firmada
de nuestra mano, y refrendada por nuestros
diputados secretarios
Firmas:
José Mariano Serrano, diputado por Charcas,
Presidente,- José María Mendizábal, diputado
por La Paz.- Miguel José Cabrera, diputado por
Cochabamba.- Miguel Fermín Aparicio, diputado
por La Paz.- José Miguel Lanza, diputado por La
Paz.- Fermín Eyzaguirre, diputado por La Paz.-
Francisco Vidal, diputado por Cochabamba.-
Melchor Daza, diputado por Potosí.-Manuel
José Calderón, diputado por Potosí.- Dr. Manuel
Antonio Arellano, diputado por Potosí.- José
Ballivian, diputado por La Paz.- Dr. José Manuel
Pérez, diputado por Cochabamba.- Martín
Calderón, diputado por La Paz.- Dr. Juan Manuel
Velarde, diputado por La Paz.- Francisco María
Pinedo, diputado por La Paz.- José Indalecio
Calderón y San Ginés, diputado por La Paz.-
Casimiro Olañeta, diputado por Charcas.-
Manuel Anselmo de Tapia, diputado por Potosí.-
Manuel María Urcullu, diputado por Charcas.-
Dr. Rafael Monge, diputado por La Paz.- Eusebio
Gutiérrez, diputado por La Paz.- Nicolás de
Cabrera, diputado por Cochabamba.- Manuel
Martin, diputado por Potosí.- Manuel Mariano
Zenteno, diputado por Cochabamba.- Dionisio
de la Borda, diputado por Cochabamba.- Manuel
280
Argote, diputado por Potosí.- José Antonio
Pallares, diputado por Potosí.- José Eustaquio
Gareca, diputado por Potosí- José Manuel Tames,
diputado por Cochabamba.- Dr. Pedro Terrazas,
diputado por Cochabamba.- José María Dalence,
diputado por Charcas.- Melchor Paz, diputado
por Cochabamba.- Francisco Palazuelos,
diputado por Charcas.- Michel Vargas, diputado
por Cochabamba.- Antonio Vicente Seoane,
diputado por Santa-Cruz.- Manuel María García,
diputado por Potosí.- Marcos Escudero, diputado
por Cochabamba.- Mariano Méndez, diputado
por Cochabamba.-Manuel Cabello, diputado
por Cochabamba.- Dr. José Mariano Enríquez,
diputado por Potosí.- Isidoro Trujillo, diputado
por Potosí.- J. Manuel Montoya, diputado por
Potosí.- Ambrosio Mariano Hidalgo, diputado
por Charcas.- Martiniano Vargas, diputado por
Potosí.- Vicente Caballero, diputado por Santa
Cruz.- José Ignacio de San Ginés, diputado por
Potosí, secretario.- Ángel Mariano Moscoso,
diputado por Charcas, secretario.
(Arze, 2015: 163-168)
En medio del júbilo generado por la soberana e histórica
decisión, la Asamblea General continuó su trabajo,
sancionando leyes de fundamental importancia para
la naciente república122. El 11 de agosto se sancionó
la Ley en la cual se estableció, entre otras importantes
disposiciones, que “la denominación de nuevo Estado
es y será para lo sucesivo, República de Bolívar123…
La ciudad capital de la República y su departamento

122 Por ejemplo la Ley del 13 de agosto que establecía las bases políticas
del nuevo Estado.
123 La denominación se cambiará, en los días sucesivos, por el femenino
del término: Bolivia.
281
se denominaran en lo sucesivo Sucre”124. El 6 de
octubre la Asamblea General Deliberante cesa sus
funciones, no sin antes determinar que en ausencia de
Bolívar el Mariscal Sucre tendría el mando supremo
de la nueva República, algo que ya había ocurrido de
hecho desde el mismo momento en que el héroe de
Ayacucho cruzó el Desaguadero (Valencia, 1984: 567;
González, 1976: 151).

La primera presidencia de Sucre


La estadía del Libertador en Bolivia va a ser muy
corta -apenas cinco meses- los problemas políticos
en Colombia, seriamente amenazada en su integridad
territorial por el movimiento separatista venezolano
conocido como La Cosiata125, demandaban con
urgencia su presencia. El 29 de diciembre de 1825, en
concordancia con el decreto de la Asamblea General
Deliberante, Bolívar delega en el Mariscal Sucre “todas
las facultades y autoridad que le fueron concedidas
respecto del Alto Perú por el Poder Legislativo de la
República Peruana, y las decretadas por la Asamblea
General de esas provincias”, quedando Sucre de esta
manera “investido formalmente” con el poder supremo
de la República a partir del 1ro de enero de 1826.
Sucre acepta la designación, de forma “provisional”,
hasta el momento que se verificara el retorno de
Bolívar (Valencia, 1984: 572; Castellanos, 1998: 278;
Lofstrom, 2011: 80).
Si bien el Libertador, en su breve gestión como
Presidente de Bolivia, alcanzó a emitir medio
centenar de decretos –privilegiando sobre todas las
cosas los temas económicos y sociales- fue a Sucre

124 Ver en anexos Ley del 11 de agosto de 1825.


125 Movimiento liderado por el general venezolano José Antonio Páez que
procuraba la total separación de Venezuela de Colombia (la grande).
282
a quien correspondió la ardua tarea de materializar e
implementar las profundas y revolucionarias reformas
en ellos contenidos.
Quizás porque estaba, en efecto, convencido de
su incapacidad en el ramo de la administración
cívica, Sucre trabaja en los siguientes meses con
infatigable ahínco, y realizó una obra que casi
eclipsó su labor militar. (Dietrich, 1995: 194)
En los tres años y medio que transcurren desde febrero
de 1825 a agosto de 1828, y con el sólo paréntesis de
los cinco meses de gobierno del Libertador (agosto
1825-enero 1826) Antonio José de Sucre va a ejercer,
de hecho y en la práctica, el Mando Supremo Político
y Militar de los territorios antes subordinados a la
Real Audiencia de Charcas y conocidos a partir de su
desvinculación de Lima en 1776 como Alto Perú.
Sobre las viciadas estructuras heredadas de la Colonia,
gobernó Sucre aquel país con una consagración
absoluta y una eficiencia digna de todo elogio y
admiración, sobreponiéndose a las limitaciones que
imponía una economía de pos guerra y a las ambiciones
expansionistas de sus vecinos y otrora aliados.
Desde el mismo momento en que cruza Desaguadero
Sucre comienza a prepararse –sin saberlo- para lo que
será su futura administración. Tal como en sus grandes
campañas militares el joven jefe desea conocer bien
el terreno que está pisando, por ello no escatima
esfuerzos en estudiar todo a su alrededor; consulta a la
gente y a las autoridades, se interesa por identificar las
más urgentes necesidades de la población y se empeña
en levantar una estadística confiable sobre la cual
levantar sus futuros planes y programas (Lofstrom,
2010:83).
En poco más de un año de gestión, hasta la instalación de
la Asamblea Constituyente en mayo de 1826, la obra de
283
Sucre como arquitecto y supremo director de Bolivia es
inconmensurable, destacamos a continuación algunas
medidas:
• Organizó el primer censo del país en 1825.
• Organizó la Hacienda Nacional.
• Centralizó la renta.
• Convino en rebajar los derechos que se cobraban
en Bolivia a los productos del Perú para que los
productos bolivianos (como el estaño) no fueran
excesivamente gravados en Arica.
• Decretó la apertura de nuevos caminos,
carreteras y puentes.
• Separó la administración de justicia de los
cargos políticos y civiles.
• Creó tribunales de primera, segunda y tercera
instancia.
• Dictó una Ley de responsabilidad de jueces y
otra de procedimientos judiciales.
• Decretó la exclaustración voluntaria de frailes
y monjas.
• Dictó la Ley de Patronato Eclesiástico para
sujetar al clero a la obediencia de la potestad
civil.
• Decretó la abolición de los fueros, diezmos y
primicias.
• A través del Tesoro Público remodeló y fundó
nuevas iglesias y catedrales.
• Sobre estas reformas eclesiásticas escribió al
Papa León XII para explicárselas y obtuvo
la aprobación de Su Santidad y su bendición
apostólica.
284
• Fundó el periódico “El Cóndor de Bolivia”.
• Estableció el Colegio Militar.
• Creó la Escuela de Mineralogía.
• Reorganizó la Casa de la Moneda.
• Dio un gran apoyo a la minería adquiriendo
novedosos equipos y disponiendo todo lo
necesario para su impulso de esta actividad.
• En consecuencia de lo anterior, los ingenios
mineros aumentaron de 12 (período colonial)
a 32.
• Estableció un sistema postal en todo el país.
• Fundó Casas de Beneficencia y Orfanatos
Públicos en todos los departamentos.
• Reformó los Hospitales coloniales y duplicó
sus presupuestos.
• Emprendió la primera campaña de vacunación
en Bolivia (contra la viruela)
• Organizó la campaña de erradicación de la
Malaria en Mizque.
• Dio inicio a la transformación urbanística de
las ciudades
• Dio un impulso especial al Puerto de Cobija
(Puerto La Mar) dictado medidas especiales
para su acondicionamiento.
• Eximió de toda contribución a los habitantes
de Atacama, empobrecidos por la guerra.
• En La Paz dictó varias medidas para hacer
adelantar el cultivo de coca y rebajó los
impuestos que gravaban su consumo.
285
• Estableció la contribución directa126 (todos
pagan en función a sus rentas y propiedades) y
eliminó, al igual que en Ecuador, el oprobioso
tributo indigenal.
(Villanueva, 1995: 438-439; Quevedo, 1975: 171-172;
Lofstrom, 2010: 291-321)
Esta última medida (la abolición del tributo
indigenal), dictada por Bolívar en diciembre de 1825
e implementada por Sucre al año siguiente, fue de las
más polémicas, y de seguro la que mayor oposición
enfrentó127. El 2 de febrero de 1826 el periódico El
Cóndor de Bolivia reflejaba claramente este rechazo y
cuestionaba el disgusto de los sectores privilegiados:
Parece que algunas personas en esta ciudad han
recibido no bien el derecho de la contribución
directa, particularmente ciertas clases que todo
murmuran. Algunos han dicho que es ponerlos
tributarios como a los indios; y otros, que
no habiendo ellos pagado esta contribución
anteriormente, han empezado su condición de
nuevo…sin embargo preguntamos a los primeros
¿Por qué se han de creer de una clase privilegiada
al indio? Bajo un gobierno libre ¿Por qué han de
pensar que el indio, que es el más infeliz ha de
pagar al Estado más derechos que las otras clases
que son las que tienen goces, comodidades y
ventajas? (Johnson, 2008: 43)
Pero más allá de todas estas importantes medidas y
disposiciones, la administración de Sucre resalta por
126 Este sistema tenía tres ramas principales: a) Contribución personal
de tres pesos para todo hombre sin distinción de casta entre los 18 y 60
años (salvo militares en servicios, religiosos de claustro e inválidos; b)
Contribución sobre las propiedades en alquiler del 4% para las rústicas y
del 3% para las urbanas, o del 2% del valor si no estuviesen alquiladas y
c) Contribución sobre las rentas anuales que produzcan las ciencias, artes e
industrias ((Johnson, 2008: 42-43).
127 Ver en anexos el texto completo del decreto.
286
encima de muchas otras que habrán de venir durante
el período republicano por la atención especial que
dedicó a la educación regular. En las 13 semanas que
van del 3 de febrero al 5 de mayo de 1826, Sucre
dictó 13 decretos referentes a la creación de colegios
de ciencias y artes, más institutos para huérfanos y
huérfanas en todos los departamentos de la república,
así como al establecimiento de escuelas primarias en
todos los cantones (Fundación Polar, 1992: 646).
El 25 de mayo de 1826, después de la función
eclesiástica matinal, Sucre se dirige presuroso a la sede
del Congreso Constituyente, instancia legislativa que
debía instalarse ese día. En compañía de una diputación
de ese cuerpo, de los secretarios de gobierno y de sus
edecanes, el héroe de Ayacucho entra a la atiborrada
sala de sesiones y en su calidad de Jefe de Gobierno
dirige un amplio y lúcido mensaje al ilustre cuerpo
allí reunido. Sucre da cuenta pormenorizada de su
administración al frente de Bolivia a través de “un
documento clásico en que resaltan los principios
y liberales ideas del eminente demócrata que los
pronunciaba” (Rey de Castro, 1883: 72).

MENSAJE AL CONGRESO
CONSTITUYENTE DE BOLIVIA
Señor:
La reunión de los representantes de Bolivia
en un Congreso, es el suceso más lisonjero y
consolador para los amigos de un pueblo que entre
las oscilaciones borrascosas de la Revolución
va a llegar al término de sus esperanzas. Este
día marcado en los fastos de la América por
acontecimientos gloriosos, añade en el de
hoy el de instalarse en Chuquisaca el cuerpo
nacional de Bolivia, a los diecisiete años en que
287
este mismo pueblo convidó al Nuevo Mundo
a sacudir el ominoso yugo de la España, y al
género humano a cambiar la política dominadora
de algunas naciones por principios libres, dignos
del hombre. La República boliviana entra la
última en la representación de los estados de la
América; pero entra en ella bajo los auspicios de
la libertad, de la paz y de la victoria. Terminada
la Guerra de la independencia: asegurada
contra todo poder extranjero, disfrutando de
tranquilidad y orden, ella marcha a constituirse
bajo la égida de las leyes. Los representantes del
pueblo en ejercicio de la soberanía nacional, en la
posesión absoluta de las atribuciones que les ha
delegado la República, exentos de circunstancias
extraordinarias, y animados de un espíritu del
más sólido patriotismo, dictarán al naciente
Estado de Bolivia leyes sabias que hagan el bien
y prosperidad del país; leyes convencionales
que conformándose con las de la naturaleza
dejen al hombre el uso respectivamente libre
de sus facultades; leyes, en fin, que poniendo la
seguridad igual de las personas y propiedades
al abrigo de la ambición y del poder; hagan de
Bolivia, si es posible, el paraíso de la libertad.
Tal es, representantes, el deber que hoy os
impone vuestra patria: tal es la comisión que
habéis recibido de los pueblos Bolivia, la
América, el mundo os colmará de bendiciones,
si correspondéis a su confianza.
Representantes: al devolver al pueblo en nombre
del Libertador de Colombia, la autoridad de
que estábamos investidos por la voluntad de
la Asamblea General, por la del Perú, y por
vuestra situación, mi alma se dilata con el placer
288
de haberla ejercido en bien de vuestro país.
Facultados con el poder, sin ninguna traba, sin
ninguna ley, cabe a la República de Colombia el
orgullo de que sus hijos sean los primeros que en
el mundo americano llevaran a un país extraño
entre el estruendo de las armas y el brillo de la
victoria los principios de la soberanía del pueblo.
Si es acaso la primera vez que los guerreros
conducen fuera de su patria, a la par de los laureles
las garantías sociales; y que los ciudadanos han
encontrado en soldados extranjeros el apoyo de
sus derechos y el escudo de la justicia, vosotros
lo decidiréis, y juzgaréis también si ésta ha sido
la conducta generosa del Libertador Bolívar, y si
yo la he continuado del mismo modo cumpliendo
sus preceptos al traspasarme su autoridad. Debo
confesar que hemos gobernado un pueblo dócil
y de una moderación ejemplo; amante de la
libertad, él ha regado sus campos con la sangre
de sus hijos para obtenerla, y amigo del orden,
ha concurrido con todas sus fuerzas a consolidar
las instituciones con que el Gobierno le procura
ambos bienes, a que él se ha hecho muy digno.
Éste es, legisladores, el pueblo cuya dirección se
os confía; os la entrego en nombre del salvador de
la América en la más profunda paz, sofocados los
partidos y las pasiones que agitó la Revolución,
sin que una medida violenta, sin que el arresto
de una sola persona haya sido necesario para
conseguirlo. Vosotros haréis el complemento de
su dicha.
Para daros cuenta de mi administración en el
año transcurrido desde la reunión de la asamblea
general, me bastará presentaros la colección
oficial de las leyes, decretos y órdenes del
289
Gobierno, que someto a vuestra aprobación, o
reforma; y aunque los secretarios os darán razón
con informes detallados de los trabajos en los
diferentes ramos de la administración, lo haré
de aquellos negocios, cuya importancia reclama
vuestra preferente atención.
En virtud del decreto de la asamblea general
de 3 de octubre, el Gobierno de acuerdo con
la diputación permanente, nombró un enviado
extraordinario cerca del jefe de la República
Argentina, y otro al gobierno del Perú para
activar y negociar el reconocimiento de Bolivia
y expresar los sentimientos de gratitud de este
país a ambos pueblos por los servicios que de
ellos han recibido, y por su conducta noble
y franca hacia estos pueblos en sus decretos
de 23 de febrero y 9 de mayo. El primero no
había sido presentado aún de un modo oficial,
pero él ha obtenido seguridades de que Bolivia
será reconocida por el gobierno argentino al
momento que lo sea por el Perú, y existe también
en la República un ministro argentino que ha
repetido y protestado iguales sentimientos. El
Congreso Peruano, que se creyó instalado para
el 10 de febrero no lo estaba el 6 de abril, parece
que por falta de suficiente número de diputados;
pero el Gobierno de aquel Estado en todos sus
actos oficiales ha manifestado de un modo
explícito, no sólo un alto respeto a las libertades
de Bolivia, sino que ha admitido en su verdadero
carácter al enviado del Perú, y ha mostrado
una satisfacción de que el nacimiento de esta
República sea la obra del Ejército Libertador. La
falta de esta fórmula me ha causado el profundo
dolor de que llegase el momento señalado para
290
vuestra reunión sin poder presentaros el formal
reconocimiento por el Perú, como era mi más
vehemente anhelo. Ha sido, por tanto, que ha
tocado a vuestra representación y a vuestra
autoridad resolver la instalación del congreso
el día de hoy (a pesar de aquellos embarazos),
tomando sobre vuestras propias fuerzas, sobre
vuestra responsabilidad y sobre vuestros derechos
esta declaración. Me lisonjeo, no obstante, que
las diligencias del Libertador y del Gobierno
habrán a esta fecha conseguido este acto del
Perú, por el cual puedo también aseguraros que
aguardaba la República de Colombia, para no
sólo reconocer la independencia de Bolivia sino
estrechar las relaciones de amistad que deben
ligar firmemente ambos países y que han de
consolidar la unión eterna a que están llamados.
Existiendo Bolivia entre los estados americanos
y con sus representantes en el Congreso de
Panamá, pronto aparecerá en Europa con su
carácter de nación independiente.
La administración de justicia en los
departamentos de la República ha recibido un
impulso poderoso por el establecimiento de
tribunales y juzgados; pero su perfección es la
obra vuestra. La viciada legislación que rige
los pueblos se hace sentir sobre los tribunales
mismos, sin ser ellos culpables. Los códigos
necesitan, sobre todo, reformas esenciales.
Persuadido que un pueblo no puede ser libre,
si la sociedad que lo compone no conoce sus
deberes y sus derechos, he consagrado un
cuidado especial a la educación pública. En
medio de las escaseces y de las cargas de que
me he visto rodeado, se han llevado al cabo casi
291
totalmente las intenciones del Libertador en los
establecimientos de enseñanza. La generación
boliviana que ha de suceder a la que ha luchado
por la independencia, será el mejor apoyo de la
libertad de vuestra patria.
Los indígenas, esta parte originaria de nuestro
pueblo, la más digna del goce de los beneficios
de la independencia, oprimida todavía por la
costumbre de humillarlos, han sido rescatados
en gran parte de los ultrajes con que eran
tratados; pero ellos no están aún en la dignidad
de hombres. Toda la fuerza del Gobierno para
arrebatarlos de la injusticia y del crimen no ha
bastado para volver a esta clase infortunada de
su condición y abatimiento. Su abyección en tres
siglos de esclavitud los ha sumergido en males
de que sólo podrá sacarlos la protección del
cuerpo legislativo, y la ejecución de las medidas
y decretos del Gobierno en su favor y en el de su
educación.
El comercio y la industria han sido favorecidos
con la rebaja de derechos; la agricultura lo ha
sido también y merece leyes exclusivas dictadas
para fomentarla. La minería, que es la fuente de
la riqueza de esta República, ha recibido toda
la protección a que han podido alcanzar las
facultades del Gobierno consultadas con nuestra
situación: me prometo que la explotación en este
año duplique la circulación del numerario al
respecto de los años durante la Revolución; y este
aumento será, sin duda, progresivo, si la minería
es luego exenta de toda pensión particular. Las
escuelas de mineralogía, que el Gobierno se
propuso establecer, no están aún plantificadas
por la falta de profesores, instrumentos y
292
máquinas encargadas a Europa, y porque no ha
transcurrido ni el tiempo preciso para su venida.
La hacienda pública, que un sabio americano
ha llamado la sangre del cuerpo político,
exige una atención cuidadosa del Congreso
Constituyente. El Gobierno, simplificando el
sistema de rentas cuanto ha podido, le ha dado
mejoras considerables; pero está muy lejos de lo
que debe ser. Por la secretaría respectiva se os
presentarán todos los documentos necesarios para
informaros de las reformas que el Gobierno cree
más útiles y oportunas a aliviar al pueblo de las
contribuciones, sin perjuicio del erario nacional.
Al examinar el presupuesto del gasto común
anual, hallaréis que el Gobierno, conciliando la
economía más estricta, la asistencia regular de los
servidores del Estado y la Fuerza Armada que por
ahora es necesaria, ha calculado en 2.000.000 de
pesos el total de las erogaciones. Bajo el sistema
colonial daban mucho más estas provincias; pero
sufrían pechos y gravámenes que hacían gemir
a los habitantes. Os será placentero saber que, a
la vez que han desaparecido todas las pensiones
que se exigían a los pueblos durante la guerra
y de que es imposible una organización regular
de hacienda en el estado de trastorno de un país
que empieza, se han cubierto con las rentas
comunes todos los gastos, sin embargo que el
año pasado existió en este territorio un cuerpo
de tropas de 10.000 hombres que fue fielmente
pagado y regularmente vestido; de medio millón
de pesos que franqueó el Perú para realizar la
expedición que libertó estos departamentos, se
le ha reintegrado la mitad; y no se ha satisfecho
totalmente, porque contando con la noble
293
generosidad de aquel Gobierno he destinado a
formar fondos en diferentes establecimientos
públicos que carecían de ellos, algunos sobrantes,
con que serán aumentados considerablemente los
ingresos. El Gobierno ha creído que verificando el
establecimiento de la contribución directa en los
moderados términos que está dictada, y llevando
las aduanas a las fronteras, podrán quitarse las
alcabalas y dejar absolutamente libre el tráfico
interior. No calcula el Gobierno de menos interés
al bien del país, el que la lista civil, militar y
eclesiástica sean pagadas por el erario nacional,
y que todos los productos o rentas con que son
asistidos actualmente algunos de aquéllos, entre
en la tesorería pública. Nada es más justo que
el que las contribuciones pesen igualmente
entre los habitantes de Bolivia, en razón de sus
facultades y de las garantías que gozan, y nada
es tampoco más justo que la nación pague de un
fondo común a todos sus servidores.
Juzgando que un ejército sin moral es más
perjudicial que útil a una sociedad, he refundido
los cuerpos militares que existan en planteles,
que serán base dentro de un año para toda la
fuerza armada necesaria a las guarniciones de la
República en estado de paz. En tanto, los cuerpos
auxiliares de Colombia, cuya permanencia
solicitó la Asamblea General por su decreto de
4 de octubre, han servido al país con el celo e
interés de sus más predilectos hermanos. Aún el
Gobierno no sabe si el de Colombia consiente
en dejar en Bolivia por algún tiempo los 2.000
hombres de sus tropas que se le han pedido.
Será oportuno informaros que la gratificación
de 1.000.000 de pesos decretada por la
294
asamblea general al ejército vencedor en Junín y
Ayacucho, no está satisfecha: el Libertador, que
fue autorizado para obtenerlo por un empréstito,
creyó que este medio era el último a que había de
ocurrirse para llenar esta deuda; porque nunca es
justo dejar a la posteridad obligaciones onerosas.
Debo concluir, señores, hablando al cuerpo
nacional del acto más augusto de sus funciones:
la de nombrar el Jefe del Gobierno. La ley de
11 de agosto concedió al Libertador el Poder
Ejecutivo por todo el tiempo que resida dentro
de los límites de la República; y aunque puedo
aseguraros que él regresará a este país antes de
dos meses, su ausencia actual y sus atenciones
luego, demandan encargar el ejercicio del
gobierno a otra persona. La Asamblea General,
honrándome con su confianza, en el decreto de
3 de octubre se dignó exigir mi permanencia
en Bolivia, y solicitó para ello el accesit del
gobierno de Colombia, “con el objeto de que
el Congreso Constituyente me pueda confiar el
Supremo Poder Ejecutivo, según la voluntad de
la asamblea y la general de los pueblos”. En el
corto tiempo de mi administración, yo he pesado
mis fuerzas y mi capacidad para este delicado
encargo, y haría traición a mis sentimientos si
no declarase la insuficiencia que me conozco
para desempeñarlo. Ruego, pues, al Congreso
Constituyente que me desembarace de la
carga de gratitud que debería a los pueblos de
Bolivia si me encargaran de su dirección, y que
me ahorren del desagrado a que me reduciría
la necesidad de rehusar aquel puesto, si aún
se insiste en que lo ocupe. Representantes:
la elección del Jefe del Gobierno es el acto
295
público más delicado y más patriótico que os
ocurrirá en vuestras sesiones. Si la voluntad
del pueblo y su reconocimiento a los servicios
del Libertador lo condujeron a encargarle la
suprema magistratura, que otro extranjero no
merezca tal honor y tal confianza: el Libertador
puede ser digno de ella, porque sus principios
liberales, su moderación, su desprendimiento,
están justificados por su conducta en una serie
de años, que le han dado el derecho a ser
considerado el genio superior de nuestro siglo.
Cualquiera que fueren mis servicios a vuestra
causa, yo seré siempre un extranjero, porque mi
corazón y mi sangre pertenecen a Colombia. Yo
os conjuro, en nombre de Bolivia, para que la
elección de vuestro Gobierno sea toda nacional:
sea toda boliviana.
Representantes del pueblo: dejo en vuestras
manos la suerte de vuestra patria: me ausentaré
de vosotros, y en el seno de la mía, mis votos
serán siempre por la prosperidad de Bolivia.
Legisladores: os habéis proclamado el Congreso
Constituyente de la República: que la sabiduría
descienda sobre vosotros y presida vuestros
destinos.
Chuquisaca, 25 de mayo de 1826.
Antonio José de Sucre
(Sucre, 1981: 396-402)
Concluido el impecable mensaje de Sucre, la
contestación del Congreso no se hizo esperar. El
Presidente de la representación popular, el polémico
y elocuente Casimiro Oleñata, expresó, entre otros
esclarecidos conceptos, lo siguiente:
296
Desde que empezasteis a mandar en la República
Boliviana, se presenta en la historia esta nueva
nación como el documento justificativo de que
es posible la formación de las sociedades sin
pasar atravesando torrentes de sangre para llegar
al termino de organizarse. Cuando otros Estados
hacen esfuerzos, más o menos vigorosos, con
el objeto de asegurar su tranquilidad interior,
vos, General ilustre, habéis ahuyentado de entre
nosotros la anarquía: en la patria que lleva el
nombre del inmortal Bolívar jamás temblará
su sacrílego pendón. Vuestra administración
franca, pura e infatigable, la justicia en vuestras
providencias, y un conjunto admirable de
virtudes, es la lección más importante para
nuestros magistrados. Ellos tendrán que marchar
por esa senda de que vos sois el más notable
ejemplo. (Rey de Castro, 1883: 73)
Finalizada la augusta ceremonia, salió el Mariscal Sucre
con dirección al Palacio de Gobierno, diferentes temas
demandaban su atención, ese mismo día 25 por ejemplo
inauguró una casa para pobres, en donde además de
alimentación y cobijo se les brindaba vestido y calzado
a los más humildes (Villanueva, 1992).
En la noche el joven mandatario organizó un baile en
honor a la instalación de Congreso Constituyente. Fue
una velada espléndida, adornada con la belleza de la
mujer chuquisaqueña.
El día 26 los diputados del Congreso Constituyente
debían ocuparse de la designación del Jefe del Poder
Ejecutivo. La tarea no debió ser compleja pues la
designación recayó en El Mariscal Sucre, a través de la
promulgación de la siguiente Ley:
297
El Congreso General Constituyente de la
República Boliviana
Decreta:
1º. El Poder Ejecutivo de la República se encarga
al Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de
Sucre.
2º. Este poder lo obtendrá hasta que el Congreso
sancione la Constitución, la publique y mande a
observar.
3º. Los límites y facultades en el Ejecutivo se
designarán por una ley particular: y entre tanto
lo ejercerá el Gran Mariscal con las facultades
que hasta ahora.
Comuníquese a los Prefectos de departamentos
para su publicación, circulación y cumplimiento.
Dado en la Sala de Sesiones en Chuquisaca a 26
de Mayo de 1826.
Casimiro Olañeta, Presidente. Manuel Molina
Diputado Secretario. José Ignacio Sanjinés,
Diputado Secretario.
(Rey de Castro, 1883: 78)
Una comisión especial de diputados, a la cabeza
de Mariano Enrique Calvo, fue conformada por la
Asamblea para poner en manos de Sucre la referida Ley
y convencerle de que asuma la primera magistratura.
Al llegar ante el Jefe de Gobierno Calvo expresó:
Señor: El vicepresidente de la Asamblea tiene el
honor de presentaros este pliego a su nombre, y
deciros en el mismo que la patria está en el mayor
peligro. ¡Triste Bolivia, si vuestra moderación
prevalece a sus tiernos votos! Ella ha oído con
dolor que os tituláis extranjero. ¿Y lo será el que le
298
ha dado existencia, vida y libertad? Sean en hora
buena de Colombia vuestro corazón y sangre: pero
Colombia es la madre de Bolivia, y no extrañará
que partáis vuestros afectos con esta hija querida:
el amor baja aún más que sube. Podéis amar
vuestra madre, sin abandonar vuestros tiernos
hijos. El cielo os ha dado dos patrias, una natural
en Colombia, otra adoptiva en Bolivia. Séame
permitido decir: desde Ayacucho sois más de la
segunda que de la primera. Con todo ¿insistiréis
en rehusar el supremo poder que os ha delegado
la Asamblea? ¿Permitiréis que de vuestra cara
Bolivia se diga: ayer fue, y hoy ya no existe? ¿Las
provincias del Alto Perú, serán el desprecio y burla
de los Estados limítrofes? ¿Permitiréis que las
generaciones venideras maldigan hasta el nombre
de los primeros representantes? ¡Fundador de
Bolivia! Vuestra obra peligra, vuestra obra perece,
y se acaba para siempre, si venciendo vuestra
delicadeza y escrúpulos, si consultando los males
que nos acarreáis, si respetando vuestra fama
misma, no cedéis de una vez a la ley del Congreso,
a sus ruegos y votos, aceptando el mando que por
su voluntad y por su íntimo convencimiento os
ha delegado a la par. El que os habla, la comisión
que preside y la pública comitiva que traen, no os
abandonaran sin arrancaros un sí tan justo como
inevitable. (Rey de Castro, 1883: 78)
Emotivas palabras y sólidos argumentos que no
logran sin embargo convencer a Sucre. Con modestia,
humildad y ponderación sin igual, el célebre hijo de
Cumaná rechaza la alta dignidad con el Congreso quería
honrarle, no se considera competente para ejercer el
cargo, además de considerar que el Ejecutivo debería
recaer en manos de un natural de Bolivia. Al tiempo
299
de despedir a la comisión pidiéndole que manifieste
este su sentir al Congreso, se compromete a dirigirse
en forma escrita al cuerpo legislativo para dejar sentada
su posición ante tan honorable propuesta. Ese mismo
día Sucre escribe al Presidente del Congreso en estos
términos:
Excelentísimo señor: El Congreso Constituyente
ha empezado sus trabajos, humillándome con sus
bondades en la ley dictada este día, encargándome
del Poder Ejecutivo de la República. Si este
nombramiento colma mi deseo de justificar mi
administración en estos departamentos, por la
aprobación tácita del Cuerpo Nacional contraría
de otro lado mis sentimientos y mi conciencia, que
me aconseja no ejercer este cargo en que puedo
comprometer los destinos de vuestra patria Yo
amo a Bolivia como la hija querida del padre de
Colombia, y como un pueblo en donde, siendo
extranjero, he recibido constantes pruebas de
estimación que han excedido a la recompensa de
mis servicios; y la traicionaría, y correspondería
indignamente a la confianza que me dispensa el
Soberano Congreso, si no repitiese que, educado
en los cuarteles como un soldado, es evidente
mi incapacidad de dirigirla. Ruego, pues,
humildemente al Soberano Congreso que acepte
mi más cordial agradecimiento, y que oiga mis
súplicas reverentes para considerar como justas las
razones que me obligan a no admitir los favores
con que me oprime en el nombramiento de jefe del
Ejecutivo. (Rey de Castro, 1883: 79)
Culmina la misiva ofreciendo sus servicios tan solo
como Jefe del ejército auxiliar, si así lo demandara
Bolivia, y proponiendo que hasta la llegada del
Libertador se designe un triunvirato gubernativo. La
300
respuesta cae como un balde de agua fría en la sede
del Congreso, sin embargo este cuerpo no desiste en su
empeño de lograr el concurso de Sucre.
El día 27 una nueva comisión se dirige a la residencia
del Gran Mariscal, y de nuevo se plantea ante el héroe
de Pichincha y Ayacucho la necesidad imperiosa, y
vital, de que asuma las riendas de la nación, so riesgo
de grandes males, e incluso de cesar el Congreso. El
pueblo, enterado ya desde el día anterior de la negativa
de Sucre y de los peligros que ello podía representar
para el país, se agolpa en grandes cantidades a las
puertas del Congreso y del Palacio de Gobierno, se
vive momentos de verdadera tensión.
Una hora de discusión y la férrea resistencia de Sucre
no se rompía, sin embargo, cuando todo parecía
perdido, surge el espíritu generoso e hidalgo del gran
Capitán de la independencia Americana, que para no
dejar a la deriva la obra de su creación, acepta, de
manera condicionada, el mando de la República hasta
el retorno del Libertador Bolívar.
La tan ansiada respuesta afirmativa llega finalmente en
los siguientes términos:
Al Excelentísimo señor Presidente del Congreso
Señor:
Cuando el Congreso Constituyente ha llevado sus
confianzas por mi amor a Bolivia hasta enviar una
diputación de su seno, a ponerme en la alternativa
de aceptar el mando de la República o suspender
sus sesiones, y que sordos a mis ruegos y reflexiones
han insistido en ella. He creído entre mis deberes,
como americano, impedir una deliberación que
mancharía el decoro nacional; prestándome a aceptar
el desempeño del Poder Ejecutivo por solo el tiempo
301
que dilate el Libertador en volver a este país. Cuento
para esto con que el Gobierno de Colombia, amigo
sincero de estos pueblos, me lo apruebe.
La comisión del Congreso se habrá dignado
exponer a la representación nacional cuánto ha
sido el conflicto a que se me ha reducido; porque
declararé siempre que alistado desde mi infancia en
las filas que han combatido por la independencia,
no he aprendido sino los deberes de un militar, y
por consiguiente voy a colocarme entre muchos
errores al emprender una nueva carrera en el
gobierno de los pueblos. Así, pues, cuanto puedo
ofrecer a la República y a sus representantes
es una buena intención en el ejercicio del poder
supremo, una profunda obediencia a las leyes, y
una contracción constante para desempeñar mi
inmensa deuda a Bolivia, cuando deposita en mi
sus confianzas, y la dirección que en sus destinos
le dé el Congreso Constituyente.
Acepté, etc.
Chuquisaca, a 27 de Mayo de 1826.
Antonio José de Sucre.
(Rey de Castro, 1883: 80)
La noticia fue acogida por todos con un júbilo difícil de
explicar. Un eufórico Congreso Constituyente celebró
esta aceptación como una victoria muy particular. Vale
destacar que en todo momento el pueblo llano acompañó
los actos de envestidura de su nuevo Presidente, la
felicidad era generalizada, ellos tenían el gobernante
que deseaban y Sucre se encontraba en el privilegiado
lugar que la historia había reservado para él.
Va a ser esta una corta gestión de gobierno (mayo-
diciembre) antes de asumir formalmente la Presidencia
302
Constitucional. En ese breve pero fructífero tiempo,
el infatigable Sucre no ve un día de descanso: ordena
un levantamiento cartográfico de las tierras para
determinar cuáles eran aptas para el cultivo y para qué
tipo de cultivos (Salamé Ruiz, 2009: 303), construye
diques y represas de agua para mejorar la salubridad
pública, establece duras penas y sanciones contra
ladones, contrabandistas, malhechores y deudores,
funda la Policía (24-6-1826) y la Armada Boliviana
(19-11-1826) y decreta la construcción de nuevos
caminos, como el de Cochabamba a Yuacares y Mojos
(Salamé Ruiz, 2009: 314).

La Presidencia constitucional
El proyecto de Constitución que la Asamblea General
había encargado al Libertador en agosto del año 1825
estaba listo ya. Y es precisamente el día 25 de mayo
de 1826, el mismo día de la instalación del Congreso
Constituyente en Chuquisaca, cuando Bolívar, desde
Lima, culmina el proyecto y firma el mensaje dirigido
al Congreso boliviano. Ambos documentos, por su
importancia, no tardarían en llegar a Bolivia (Rey de
Castro, 1883; CAB, 2008).
El 11 de junio de ese año 26 arriba a la capital boliviana el
teniente coronel Belford Wilson, edecán del Libertador,
trae consigo el Proyecto Constitucional, el discurso de
Bolívar y una misiva dirigida a Sucre de importancia
sin igual: la que informaba el reconocimiento por parte
del Perú de la independencia de Bolivia128.
Tanto el mensaje del Libertador como el Proyecto
Constitucional son leídos el día 15 de junio en el
Congreso Constituyente, un mes después, el 12 de julio,
comienza la discusión del Proyecto. Luego de realizar
128 Ver anexos.
303
pequeñas modificaciones en algunos artículos, el 6 de
noviembre de 1826, el Congreso finalmente sanciona
la Constitución, Sucre la promulga y el 9 de diciembre,
luego de condicionar su permanencia en el poder por
un período sólo de dos años, el Mariscal jura sobre esa
Constitución su segundo mandato “oficial” al frente del
Ejecutivo de Bolivia (CAB, 2008: 53; Salamé Ruiz,
2009: 273; Cova, 1995: 183).
La nueva gestión de Sucre se va a caracterizar por
la continuidad que da a todas las disposiciones
por él adoptadas entre 1825 y 1826, y también por
implementar otras muy novedosas, tendientes todas
ellas a profundizar la revolución económica, política
y social que demandaba la más joven de las repúblicas
suramericanas.
Entre las medidas que asume el nuevo gobierno destaca
la profundización de la reforma eclesiástica, “el poder
o influencia del clero regular quedó prácticamente
destruido en 1827” (Lofstrom, 2010: 214), esta reforma
en particular reportó poder político para el gobierno,
recursos económicos (a través del control del diezmo
y otros cobros) e infraestructura para fundar centros
educativos y de beneficencia.
En materia educativa destaca el hecho que durante el
año 1827 Sucre hace realidad el establecimiento de
los Colegios Nacionales de Ciencias y Artes Pichincha
(Potosí), Junín (Chuquisaca) y San Simón de Ayacucho
en La Paz129.
En esta nueva gestión al frente del Estado, Sucre va
a continuar brindando todo su apoyo al impulso de
la minería, la agricultura, el comercio, la banca y a la
incipiente industria del país.

129 Colegios Nacionales que aún continúan plenamente vigentes en


nuestro país.
304
En medio de todas estas disposiciones y reformas, uno de
los temas que más copó el interés del joven presidente,
incluso desde su arribo al Alto Perú, fue el de potenciar
una salida al mar para Bolivia, desde sus propias costas,
en ese sentido Sucre no escatimó esfuerzos para el
establecimiento e impulso de un puerto boliviano en el
Pacífico, el lugar escogido fue Cobija.
Cobija (La Mar) primer puerto de Bolivia
En diciembre de 1825 Simón Bolívar firma en Chuquisaca
un decreto por medio del cual queda establecida la
intención de su gobierno de fundar un puerto en Cobija.
Bajo la denominación de Puerto La Mar, en homenaje
al general peruano-ecuatoriano, héroe en la celebérrima
Batalla de Ayacucho. El puerto viene a satisfacer una
necesidad histórica, que ya había sido perfectamente
identificada y estudiada por el Mariscal Sucre.
La dependencia de Bolivia del puerto peruano de Arica,
no era bien vista por Sucre. Si bien Arica había sido
la entrada y salida “natural” de todo tipo de productos
y mercaderías en tiempos de la Real Audiencia, en
especial de la plata que salía de Potosí, ahora la realidad
de estos territorios era diferente y como república
independiente Bolivia requería una salida propia al
pacífico. La Provincia de Atacama, adscrita a la joven
nación desde su nacimiento e incluso desde el período
colonial, era el único lugar que ofrecía varios puertos
naturales, como Mejillones, Loa y Cobija, consciente
de ello Sucre, tres meses antes del decreto de Bolívar,
designa una autoridad civil y militar para Atacama y
encomienda al coronel Francisco Burdett O`Connor
-segundo jefe del Estado Mayor del Ejército Unido
Libertador en Ayacucho- explorar la desértica región
para evaluar sus condiciones de cara al establecimiento
del futuro puerto boliviano.
305
En líneas generales Atacama era una región inhóspita
y con múltiples desventajas para acoger un centro
económico y comercial de envergadura, entre sus
principales limitantes destacaba la falta de agua
y forraje, las enormes distancias que la separaban
de los principales centros urbanos, como La Paz,
Cochabamba, Potosí y Chuquisaca, y lo escasamente
poblado de su territorio: nueve pequeños villorios, de
los cuales el más grande era el cantón de San Francisco
de Atacama130, comúnmente conocido como Chiu-Chiu
(Lofstrom, 2010: 326).
A pesar de las dificultades, O`Connor no se dejó llevar
por esa dura y compleja impresión inicial, visitó toda
la costa de Atacama y a principios de 1826 presenta
un informe131 al Presidente Sucre en donde destaca las
cualidades de Cobija para acoger el tan ansiado puerto
boliviano.
Los senderos hacia el interior generalmente eran
buenos, elevaba el informe, y pueden considerarse
adecuados para vehículos de rueda hasta 25
leguas de distancia a Potosí. La construcción de
las facilidades de puerto y la casa de aduana, la
provisión de agua, el mejoramiento del camino
hacia el interior y la construcción de postas,
costaría de acuerdo a la estimación de O`Connor,
300.000 pesos (Lofstrom, 2010: 328).
También por ese tiempo, el científico francés Alcides
D’Orbigny visita Cobija y puede apreciar las duras
condiciones que ofrece el entorno de esa localidad,

130 4.500 habitante en 1825.


131 Observaciones hechas por el coronel Francisco B. O`Connor en el
conocimiento que ha practicado de orden del Excelentísimo Sr. General
en Jefe Gran Mariscal de Ayacucho hecho en la provincia de Atacama, los
puertos de mar que comprende y el camino desde el puerto de Cobija hasta
la capital de Potosí. (Lofstrom, 2010: 327).
306
especialmente por la inexistencia de víveres y
provisiones, pero destaca su salubridad, el fácil tránsito
por las pendientes andinas que la rodean, la existencia
de buenos senderos y la relativa proximidad a Salta
y Tucumán, “donde los animales de carga eran más
abundantes y económicos que en Bolivia y Perú”
(Lofstrom, 2010: 326).
Adicionalmente, ya como puerto específicamente,
la bahía de Cobija tenía condiciones naturales que la
hacían una opción superior a Mejillones y Loa.
La bahía de Cobija está situada a una latitud de
aproximadamente de veintidós grados, treinta
minutos Sur, a mitad de camino entre Tocopilla y
Mejillones. El puerto, formado por un punto rocoso
bajo que se interna al mar y brinda protección de
los vientos del Sur, es seguro y libre de rocas, con
un buen fondo y anclaje para varios centenares de
barcos (Lofstrom, 2010: 325).
Pese a que en 1826 surge la atractiva posibilidad de
adquirir el puerto peruano de Arica, o de canjearlo con
el Perú por la península de Copacabana y la región del
Apolobamba, Sucre no quita la mirada de Cobija y toma
medidas más enérgicas y concretas para su población y
desarrollo: exime a los habitantes de Cobija del pago
de tributos directos por un año, sugiere al Obispo de
Potosí eximir también a los habitantes del pago de
derechos parroquiales, diezmos y primicias, nombra
un administrador para el puerto (1827) y reduce los
derechos de aduana como estrategia para fomentar
el comercio y la actividad general del puerto. Si bien
Bolívar había ordenado en 1825 que las importaciones
a través de Cobija pagaran el 8 por ciento ad valorem
con exención de derechos de alcabala, Sucre redujo
aún más esta medida, a tan solo el 2 por ciento, lo que
307
contrastaba enérgicamente con el 25 por ciento que se
pagaba en Buenos Aires o el 45 a 92 por ciento que se
cancelaba en Arica (Lofstrom, 2010: 334).
Como era de esperarse la actividad comercial llegó
a Cobija, barcos ingleses y franceses arribaron, vía
Valparaíso o Arica, al puerto boliviano. La gente
también empezó a poblar la costa, la mejora de caminos
y un sinfín de beneficios ofrecidos por el gobierno de
Sucre para los nuevos “colonizadores” contribuyó a
ello. La exención de impuestos se extendió por tres
años y a cada jefe de familia “fue dotado de un lote
de 1.000 varas cuadradas, dos mulas, dos vacas diez
ovejas y herramientas agrícolas” Lofstrom, 2010: 336).
Lamentablemente, todo el esfuerzo empeñado y todos
beneficios que ya empezaba a reportar el primer puerto
boliviano en el pacífico, se vieron repentinamente
afectados, como muchas otras actividades, por la
asonada golpista de abril de 1828 en Chuquisaca,
funesto hecho que enloda los primeros años de
existencia de la República y que derivó en la abrupta
salida del Mariscal Sucre del poder y de Bolivia.

El motín de Chuquisaca, Sucre se despide de Bolivia


Para mediados de 1828 el joven presidente había
dejado de ser ya una figura simpática para la burguesía
chuquisaqueña, su programa de reformas, en especial
aquellas que buscaban revertir siglos de injusticia
e inequidad -como el impuesto universal en lugar
del tributo indigenal- fueron mal acogidos por el
conservadurismo de las élites criollas y el detonante
para una impopular sublevación.
La percepción de la amenaza contenida en el
cambio económico y social junto a las ambiciones
308
políticas de la élite boliviana, transformaron la
fascinación inicial que sintió la clase dominante
hacia Sucre y sus ideales reformistas en una
intransigente oposición a ambos (Lofstrom, 2010:
488).
La decisión estaba tomada, al Mariscal Presidente había
que sacarlo a toda costa del poder y fracasados dos
intentos de magnicidio132, el único camino que quedaba
era el de una revolución, con apoyo extranjero133.
La artera conspiración –dirigida intelectualmente
por Casimiro Olañeta y otros tribunos- se pone en
marcha aprovechando una coyuntura muy particular: el
descontento y el desánimo de las tropas colombianas
tras tres años y medio de estancamiento e inactividad
en Bolivia.
En efecto, los vencedores de mil batallas en el continente
americano estaban padeciendo los males derivados
de una prolongada permanencia fuera de su patria
(Colombia) y la falta de actividad. Sucre, al asumir
la presidencia constitucional, había solicitado que un
contingente de 2.000 colombianos permaneciera en
Bolivia para resguardar la integridad del país mientras
se conformaba un ejército nacional. Estos hombres,
en muchos casos alejados de sus mandos naturales,
cayeron en múltiples vicios y se hicieron realmente
impopulares. Para colmo de males, sus pagos estaban
atrasados razón por la cual había un gran descontento
en la tropa acantonada en Chuquisaca.
Como antecedente, en los años 1826 y 1827 ya se habían
132 En ambos casos Sucre perdono la vida de quienes pretendieron
asesinarlo.
133 El general peruano Gamarra fue un activo aliado de Olañeta para
derrocar a Sucre pese a que en marzo, en una entrevista sostenida con
el presidente boliviano en Desaguadero, este le había asegurado que su
mandato cesaría ese año y regresaría a Colombia.
309
suscitado violentos motines protagonizados por la
tropas colombianas en Cochabamba (Granaderos) y La
Paz (Voltígeros), en ambos casos los sublevados fueron
reducidos, pero quedaba un halo de preocupación en
el gobierno, al punto de movilizar al presidente desde
la capital para garantizar el retorno a la calma y para
hacer frente, personalmente, al inusitado movimiento
de tropas que estos sucesos generaron al otro lado del
Desaguadero (Valencia, 1981).
El contexto internacional tampoco era favorable para
los ideales bolivarianos. En Argentina la Constitución
vitalicia del Libertador Bolívar era vista con recelo y
temor, mientras en el Perú, desde el año 1827, un nuevo
gobierno, anti-bolivariano, presidido por el general
La Mar, guiaba los destinos de la nación de los incas
(Miller, 2009).
La noche del 17 de abril de 1828, el comandante
argentino Guillermo Caínzo ingresa al Escuadrón
Granaderos de Colombia, del cual era plaza, y junto
a un puñado de oficiales peruanos y chilenos, reduce
a los centinelas e insubordina a una tropa, el golpe de
Estado estaba en marcha (Valencia, 198:188).
Como cada mañana, bien temprano, el médico cirujano
Miguel Luna se dirigió al cuartel de Granaderos para
pasar revista a los enfermos y repentinamente se
encontró en medio de una sublevación en marcha. El
galeno regresó rápidamente sobre sus pasos y se dirigió
al Palacio de Gobierno para informar al presidente.
Sucre se levantó de golpe, indignado y consternado por
la noticia, seguramente recriminándose por no haber
hecho nada cuando todos le habían advertido de las
andanzas de Casimiro Olañeta, Ignacio Bustos y otros
que se había constituido como líderes del partido anti
colombiano (Valencia, 1981; Vargas, 2009).
310
Secundado por el ministro de Relaciones Exteriores,
Facundo Infante, por su edecán, el comandante
Escalona, y por un puñado de lanceros, Sucre toma su
caballo, desenfunda la espada y se dirige a todo galope
al cuartel de Granaderos para contener la rebelión. Al
llegar a las inmediaciones de la guarnición allábanse
formados en la calle los soldados insurrectos que al
verle venir se replegaron al interior de la unidad militar,
sin embargo una pieza de artillería que protegía la
entrada fue apuntada sobre el presidente y su artillero, el
sargento Balisea, recibe la orden de disparar. Cargada la
pieza el sub oficial enciende la mecha, esta se consume
pero no se produce el disparo que a tan corta distancia
hubieses sido fatal. Intencionalmente Balisea cargó
mal el cañón para que este no funcionara, su lealtad, al
igual que la de varios obligados por las circunstancias,
estaba del lado del presidente (Pesquera, 1910: 106-
107; Salamé, 2009).
El cañón no disparó, Sucre se da cuenta de la favorable
jugada del destino y embiste la guarnición junto a su
reducido séquito. En medio de una lluvia de balas el
presidente ingresa al cuartel, un soldado agazapado
a la entrada levanta su fusil esperando el ingreso del
presidente para disparar, Escalona se da cuenta de
la situación, levanta su lanza y atraviesa al soldado
que queda clavado a la puerta, no obstante alcanza a
disparar y hiere a Escalona, el comandante se mantiene
firme en su cabalgadura y continúa su marcha al lado
del presidente, embistiendo con su caballo los soldados
que salen a su encuentro. Al llegar al patio una nueva
descarga de fusilería recibe a Sucre y sus hombres, esta
vez un disparo golpea su brazo derecho, otro roza su
cabeza y un tercero hiere la oreja de su brioso caballo.
Escalona y sus lanceros dispersan a los sublevados,
mientras Sucre, comprendiendo la gravedad de su
311
herida, toma dirección al palacio de gobierno. En el
camino casi desmaya, quiere pedir ayuda pero no
puede, sangra profusamente y a trompicones llega
a las caballerizas del Palacio de Gobierno donde es
asistido por sus ayudantes. Con su mano ensangrentada
el presidente busca apoyarse de la pared para no caer
de su impetuoso caballo, sin embargo el débil brazo
cede, el Mariscal cae, la huella de su mano derecha
-estampada con sangre en la pared- es testimonio fiel
del trágico destino del fundador de Bolivia, ese aciago
18 de abril de 1828 (Pesquera, 1910: 108).
El malogrado presidente es conducido a sus aposentos,
mientras los autores intelectuales del complot organizan
el nuevo gobierno. Varios centenares de fusiles fueron
repartidos por los alzados para asaltar el palacio, sin
embargo esto no se produjo nunca porque la población,
en especial las mujeres de Chuquisaca, protegieron al
Gran Mariscal.
Proclamando al coronel Pedro Blanco como jefe de
la rebelión los conjurados declaran a Sucre prisionero
y designan al coronel Acebey como prefecto del
departamento. Siguiendo el plan, Acebey se comunica
con Gamarra por medio de un oficio, solicitando su
protección para “uniformar las instituciones del Perú
y Bolivia, cuyo voto es destruir los tiranos y ser libre”
(Valencia, 1981: 190).
Mientras todo aquello sucedía, Facundo Infante se
dio modos para denunciar el golpe de Estado y enviar
emisarios al interior, uno de ellos llegó a Potosí en
donde la fidelidad de Francisco López de Quiroga para
con el presidente constitucional no se hizo esperar.
El coronel reunió un grupo de Cazadores a caballo
e infantería y con unos 300 hombres marchó sobre
Chuquisaca, a donde arribó el 21 de abril. El valeroso
312
general José Miguel Lanza, quien se mantuvo fiel al
gobierno y esperando una oportunidad para combatir
a los revoltosos y rescatar a Sucre, se incorporó a
las fuerzas de Quiroga una vez estas se asomaron a
Chuquisaca.
Anoticiados los rebeldes de la proximidad de López de
Quiroga y sus tropas, envían una comisión a negociar
la rendición de éstas a cambio de la vida de Sucre.
Los comisionados “de paz”: Calvimontes, Verdeza y
Molina, fueron al encuentro de López en la Recoleta,
con una nota firmada por Sucre en donde el Gran
Mariscal hacía responsable al otrora jefe realista del
orden de la capital, de la vida del presidente y de la
inviolabilidad de la Constitución. Los alzados pensaron
que esa nota obligaría a López rendir las armas, pero la
interpretación que dio el jefe “leal” a la instrucción fue
la que seguro motivó a Sucre escribir el documento,
López ordenó la inmediata detención de los tres
emisarios y a tambor batiente y bandera desplegada
marchó sobre la capital para cumplir la instrucción
recibida.
Con la firme resolución de restablecer el orden las
tropas leales entraron a la ciudad persiguiendo a los
revoltosos, calle por calle, esquina tras esquina. La
resistencia era firme y el combate se generalizó por
toda la ciudad, en ese contexto López de Quiroga
se dirigió presuroso a rescatar a Sucre mientras
José Miguel Lanza y sus hombres se abalanzaban
sobre cuartel de Granaderos para rendir el último
reducto rebelde. La victoria estaba prácticamente
consumada cuando el valeroso Lanza aparece a
las puertas del cuartel de Granaderos llamando
a la rendición, acto seguido una descarga de
fusilería sale del interior del cuartel y tumba
de su cabalgadura al emblemático héroe de las
313
republiquetas, una bala ha destrozado su pecho
pero no le mata instantáneamente. Finalmente los
Granaderos son reducidos y el cuartel cae en manos
leales. Lanza es conducido a su casa para recibir
atención médica pero pese a los esfuerzos de los
médicos, y tras ocho días de agonía, el famoso
guerrillero de la independencia deja de existir.
Sucre es rescatado por López de Quiroga y el orden
queda restablecido, sin embargo el presidente no
vuelve al poder, ha delegado el mando en el General
José María Pérez de Urdininea, presidente del Consejo
de Ministro, prefiere dar un paso al costado para que
el país retorne a la calma y la invasión peruana, para
“protegerlo” carezca de sentido. Junto a sus principales
ayudantes se retira al campo, a la hacienda Ñucchu,
para recuperar sus heridas y prepara su mensaje de
despedida al Congreso.
Si bien podemos aseverar que para el Mariscal Sucre
el de 1828 fue, en el terreno político, un año para el
olvido, en el plano afectivo y personal la situación fue
completamente diferente. Dos importantes sucesos
vienen a traer algo de alegría a la vida del héroe de
Ayacucho. Paradójicamente, mientras se sucedía la
rebelión en Chuquisaca, el 20 de abril se materializa
en Quito su matrimonio por poder con la Marquesa
de Solanda, Mariana Carcelén. Adicionalmente, ese
mismo año 28, nace en Chuquisaca su segundo hijo
en suelo boliviano134, Pedro César, fruto de su tórrido
romance con Manuela Rojas, ex de Olañeta y una de sus
más firmes defensoras en medio de la crisis de abril. La
hacienda de Ñucchu era propiedad de la familia Rojas.

134 Su primer hijo en Bolivia fue concebido en el año de 1825 con la


señorita paceña Rosalía Cortés y llevó por nombre José María. Antes, en
Guayaquil, en el año de 1822, nació su primera hija, Simona, fruto de una
fugaz y apasionada relación con la revolucionaria Tomasa Bravo.
314
Desde su exilio en Ñucchu, y con la ayuda de Manuela,
el convaleciente ex presidente de Bolivia prepara su
mensaje de despedida al Congreso y a Bolivia. Será un
luminoso documento en donde el padre y fundador de
la república boliviana dará cuenta de su gestión y de
todos los aspectos referidos a la crisis de abril.

ÚLTIMO MENSAJE DEL GENERAL


SUCRE
Señores:
El Congreso Constitucional fue convocado ex-
traordinariamente por el Consejo de Gobierno:
la incursión inesperada de un ejército extranjero
impidió su reunión. Con sus bayonetas obligó al
Gobierno a que, en lugar de aquél, se reuniera el
antiguo Congreso Constituyente, cuyos poderes
caducaron conforme a nuestras leyes el primer
domingo de mayo último, en que los pueblos
nombraron nuevos apoderados para la repre-
sentación nacional. Sin embargo, la ley de 9 de
enero del año pasado da legalidad a los actos de
este Congreso hasta el 6 de agosto y es por ello
que, aunque separado del gobierno desde que fui
herido, vengo hoy a presentarle una exposición
detallada de los sucesos, reservando, no obstan-
te, al Consejo de Ministros el ampliarla cuanto
fuere menester.
Recién terminaban las sesiones del Congreso
Constituyente, a principios de 1827, cuando el
partido que se apoderó de la Administración del
Perú empezó a trabajar sin descanso para intro-
ducir en Bolivia el descontento y la guerra civil.
Ningún medio perdonó para lograr su objeto,
pero los pueblos, satisfechos de sus institucio-
315
nes, se guardaron de las asechanzas, y despre-
ciando invitaciones desorganizadoras, conser-
vaban la paz y las garantías que les daban una
verdadera libertad. a la época de las elecciones,
en que comúnmente se agitan los espíritus, algu-
nos descontentos de Chuquisaca, que desnudos
de medios de vivir no pudieron optar a empleos,
formaron un partido, acaudillados por unos po-
cos aspiradores y levantaron el estandarte de la
discordia desde el instante de las elecciones pri-
marias. El gobierno peruano tenía situado sobre
nuestra frontera un fuerte cuerpo de tropas que
protegiese las insurrecciones; y aquellos descon-
tentos, no encontrando apoyo ni en nuestros pue-
blos, ni en nuestros soldados, traicionaron a su
patria, buscándolo entre bayonetas extranjeras.
Me hallaba en el departamento de la Paz cuando
empezaron esas turbaciones; y deseando, por
nuestra parte, mantener la buena armonía con
nuestros vecinos, tuve una conferencia con
el general peruano en el Desaguadero, el que
dándome protestas de que de ningún modo se
injeriría en nuestros negocios interiores, solicitó
el regreso a Colombia de los 1.000 soldados
auxiliares que permanecían en la República y
que infundían recelos y temores a su país. le
fue concedido, porque no sólo estaba resuelta
de antemano la vuelta de esas tropas, sino que
su marcha había hasta entonces dependido
del consentimiento del gobierno de Lima,
para transitar por Arica. Repetidos avisos
me anunciaron que del Perú se alentaba a los
descontentos a una insurrección, ofreciéndoles
protegerles con fuerza armada, y que de acuerdo
entre las tropas de las fronteras y los facciosos
316
se había señalado el momento del embarque
del batallón Pichincha para una rebelión en
Chuquisaca y una invasión. Los avisos no
eran bastantes para pruebas judiciarias, y no
permitiendo la debilidad de nuestras leyes
otras medidas, fue preciso esperar el tumulto;
porque si de un lado estaba satisfecho que la
opinión pública, respecto a la administración,
lo sofocaría y daría lugar a refrenar los díscolos,
de otro, aun ahora mismo tengo la confianza de
que estando yo a la cabeza del ejército nuestras
fronteras no serían traspasadas; y en todo caso
era la oportunidad de escarmentar a nuestros
vecinos para que jamás volvieran a mezclarse en
nuestros negocios. Se activó el despacho de los
auxiliares, reservando sólo sus dos escuadrones,
que unidos al ejército nacional, eran más
fuerza de la necesaria para arrojar dentro del
Desaguadero a los invasores.
Regresé de la Paz a Chuquisaca, donde la
guarnición excedía poco de tres docenas de
soldados. a la misma época se acercaban las
elecciones de los diputados para el Congreso
Constitucional; y aquellos descontentos,
despechados de su poco influjo en ellas,
ocurrieron a las vías de hecho. Sedujeron con
dinero y ofertas algunos cabos y sargentos
peruanos que había en la pequeña guarnición,
y comprando la osadía de algunos aventureros
errantes, forasteros de Bolivia, sorprendieron el
cuartel y estalló el motín de 18 de abril.
Mis deberes exigían sofocar este tumulto de
la tropa, y echándome sobre ella recibí estas
heridas, que estuvieron fuera de todo cálculo
para el caso de una invasión extranjera que ha
317
hecho de Bolivia un cadáver, y que abiertas
aún, han autorizado a los enemigos de la
República a imponerla condiciones degradantes
y vergonzosas. En medio de aquella desgracia
hubo la ocasión de conocer el espíritu público.
Las tropas, los pueblos todos corrían contra los
facciosos, y un entusiasmo, que difícilmente se
repetirá en Bolivia, justificó la adhesión de sus
habitantes a las leyes. Mientras los ciudadanos se
armaban para sostenerlas, el benemérito general
López, con 70 soldados del ejército nacional,
marchó de Potosí sobre Chuquisaca, y el 22 de
abril quedó el orden restablecido. La poca fuerza
que obtuvo este triunfo, prueba suficientemente
el ningún séquito de los tumultuarios.
Con excepción de tan lamentable acontecimiento,
la paz interior no sufrió alteración alguna. Los
departamentos no sólo quedaron fieles, sino que
desde luego obedecieron al Consejo de Ministros
que, conforme a la Constitución, me sucedió
en el gobierno de la república. Así, el motín
del 18 de abril quedó sofocado y terminado el
22; y con más destreza en los administradores,
la exaltación que produjo en los pueblos pudo
aumentar en un tercio la fuerza armada, cuando
fue necesario para las atenciones exteriores.
Entre tanto, el ejército peruano de las fronteras
pretextó dislocación en nuestro régimen, y
aprovechando el momento pasó el Desaguadero
el 1º de marzo, y lo que es inaudito en los anales
de los pueblos cultos, un cuerpo de tropas
amigas, que tantas veces había, lo mismo que
su Gobierno, protestado públicamente buena
armonía, se presentó en campaña contra el
Ejército boliviano, sin motivo de queja, sin
318
explicación alguna y sin precedente declaratoria
de guerra.
Desde mucho tiempo el Perú ha concebido miras
de usurpación y de refundir a Bolivia en aquella
República. Vosotros mismos estáis enterados
de que estos eran los objetos de una misión
diplomática que vino a esta capital el año de 26,
y que, obteniendo una absoluta negativa, fue el
origen de nuestras diferencias con aquel Estado.
Sabéis que por resultado se celebró un tratado de
federación que vosotros aprobasteis con algunas
restricciones y que, sin embargo, nunca recibió
la ratificación del ejecutivo, por considerarlo
perjudicial a los intereses de la nación.
Creyó el gobierno peruano que la negativa de la
fusión era sólo mía, y manteniendo esperanzas de
realizarla, puso en ejercicio la seducción, la intriga,
y últimamente se ha aventurado a probar la fuerza.
El comportamiento noble, generoso y heroico
del departamento de La Paz al entrar allí las
tropas agresoras, distinguiéndose siempre
como el adorno de la República: las firmes
repulsas de los pacíficos cochabambinos, en
medio de las bayonetas enemigas: la conducta
del departamento de Oruro: el desdén y odio
que les han manifestado los potosinos: el triste
silencio con que le han recibido los propietarios
y personas respetables de Chuquisaca; y la
solemne, enérgica y patriota protesta de los
diputados al Congreso Constitucional que se
hallaban ya en esta ciudad, han convencido a
los peruanos de que los hijos de Bolivia aman su
independencia y que no caerán ni en los astutos
y secretos lazos que se les preparan.
319
Al momento de la invasión, las fuerzas militares
eran suficientes a rechazarla. La necesidad
de concentrarlas, hizo que prudentemente
se evacuara el departamento de la Paz. Las
guarniciones todas marchaban al punto de
reunión con el grito de la venganza, y la victoria
era el resultado infalible, cuando al coronel
blanco, por resentimientos innobles con el
Gobierno, puso en problema la cuestión por
una defección escandalosa. Separándose, con el
regimiento de Cazadores a caballo que mandaba,
de la causa nacional y distrayendo una columna
para atenderlo en la provincia de Chichas,
debilitó al ejército de un cuarto de sus fuerzas.
Sin embargo, el entusiasmo que manifestaron
nuestros soldados en esta ocasión suplió al
número, y los campos de Oruro les ofrecieron
el triunfo.
En lugar del combate se iniciaron negociaciones
pacíficas en Paria con el general peruano: éste
exigió condiciones ignominiosas, que fueron
rechazadas. No quedaba otro arbitrio que librar
a las armas la decisión; y cuando la República
esperaba el resultado, vio con sorpresa destacar
casi todo el ejército contra el jefe disidente
situado en Chichas (distante más de cien leguas
a retaguardia), y cuya fatal y sospechosa medida,
si por una parte abandonó la mayor porción del
territorio al enemigo, por otra consumaba la
guerra civil. Las consecuencias fueron las que
debían esperarse. Los disidentes, por marchas
precipitadas, se unieron al enemigo; y el
desaliento y la desmoralización se introdujeron
no sólo en el ejército nacional, que se disminuía
diariamente, sino también en los pueblos que,
320
viéndose sin apoyo, desfallecían de su entusiasmo
y se plegaban a las bayonetas de los invasores.
Entre tanto, nuevas negociaciones se estipulaban
en Sorasora; y ellas habrían restablecido las
cosas manejadas diestramente por el encargado
de la Administración de la República; pero,
sin saber por qué, éste repulsó enteramente
las condiciones, y por tercera vez ofreció a los
bolivianos la victoria.
Repentinamente el teatro de operaciones del
ejército fue reducido al departamento de Potosí,
conservando a Santa Cruz y Tarija. El de
Chuquisaca lo invadió bruscamente la fuerza de
Blanco, unida a una columna peruana; y en esta
desgracia también fui yo envuelto, pues se me
arrastró brutalmente el 4 de julio del retiro en
que me curaba de mis heridas, para obligarme
a marchas y fatigas que me han agravado
considerablemente, después de haberme dado
ofertas y protestas de que no sería molestado.
Para este tiempo habían ya comenzado nuevas
estipulaciones, que fueron concluidas el 6 de julio
y que os presentará el Consejo de Ministros. Ellas
han, en verdad, ahorrado sangre, pero han también
humillado a Bolivia y cubierto de oprobio a los
que la redujeron a aceptarlas. La única sangre
derramada en esta campaña pertenece a Colombia,
cuyos hijos, llenando sus deberes por la libertad
e independencia de esta República, prefirieron
los combates a la vergüenza de sus aliados; y en
los pocos sucesos han justificado que la victoria
protege a los que se conducen por el honor.
Extraño yo a todos los acontecimientos desde la
invasión, por causa de mis heridas, y hasta el caso
321
de ignorar a veces dos semanas las ocurrencias,
he tenido que recoger estos informes para daros
algunas luces respecto al valor del tratado de 6 de
julio; mientras que, respondiendo en un juicio el
General en Jefe, que estaba a la vez encargado de
la administración de la República, se esclarezcan
los misterios de esta campaña, envuelta hasta
hoy entre la cobardía, la traición y la perfidia,
y en la que, a pesar de las desgracias, los restos
del ejército se han conservado sin mancha, y los
pueblos se han pronunciado constantemente por
la independencia.
Tengo una responsabilidad en la opinión
pública por el nombramiento de presidente del
Consejo de Ministros y antes de continuar debo
satisfacerla:
El artículo 82 de la Constitución concede la
presidencia del Consejo al más antiguo, pero
como no era éste nacido en Bolivia, elegí al
general Urdininea, ministro de la Guerra, que
sobre serlo, es también el general más graduado
de los que están dentro de la República: que
con algún crédito militar, era el llamado en las
circunstancias: que no tenía contra sí prevención
de los propietarios y de la parte sana: que
había sido aclamado de los facciosos por su
jefe, y a quien el gobierno peruano (por un
documento que original existe en mi poder y que
comprueba su moral y su política) había invitado
a insurreccionarse contra la administración.
Creí, pues, conciliar los partidos y las mismas
pretensiones extrañas con esa elección. Si
no he acertado, mi intención fue todo el bien
público. El Consejo de Ministros delegó en el
presidente sus facultades, creando así un poder
322
inconstitucional; y por sanos y disculpables que
hayan sido los deseos del consejo en su apurada
situación, los actos de este poder inconstitucional
son ilegales: toca al cuerpo legislativo ratificar
esta declaración, porque nada sería más peligroso
a las libertades públicas que el dar legitimidad a
los actos de un poder inconstitucional, que por
lo mismo es una usurpación y una trasgresión de
las leyes.
El general peruano, que por primera vez ve sus
armas obtener ventajas, ha apurado el uso de la
fuerza: se ha atropellado a cometer violencias.
Por el tratado de 6 de julio ha impuesto a Bolivia
condiciones más fuertes y ofensivas que un
conquistador. Se empieza por exigir al Gobierno
separar del servicio y expulsar de la República
a una porción de los más fieles servidores,
a pretexto de extranjeros, cuando el ejército
peruano, lo mismo que su Gobierno, está lleno
de ellos, y a la vez se le obliga a premiar a los
militares rebeldes. el general peruano, al pasar
el Desaguadero, protestó por diferentes notas no
injerirse en nuestros negocios domésticos, y que
la orden del día era respetar la independencia
de Bolivia; que sus objetos se limitaban a evitar
la anarquía y a salvar mi persona, que él creía
comprometida por el motín del 18 de abril; pero
en estas negociaciones el abuso de la fuerza
lo ha precipitado hasta exigir reformas de
nuestras instituciones: hasta impedir la reunión
del Congreso Constitucional: hasta coartar al
ejecutivo en sus relaciones exteriores: hasta
forzar al Gobierno a traspasar sus facultades,
concediendo indultos generales, que sólo
competen al Cuerpo Legislativo, y que si bien
323
son urgentes en la política y en las circunstancias,
siempre es un ataque a las leyes. En fin, con
escándalo de todos los hombres que siquiera han
soñado con la libertad, obliga a la representación
nacional a abrir sus sesiones y a deliberar bajo
de sus bayonetas, de estas bayonetas que han
hecho esta tártara irrupción del norte de Bolivia,
del mismo modo que los bárbaros del norte
de la Europa la hicieron en aquellos tiempos
salvajes, y que por lo mismo han manifestado
que su profesión es la alevosía, y los derechos
que reconocen, la fuerza. el otro pretexto de la
invasión, de salvar mi persona, es tan ridículo,
que no merece mencionarse en este papel,
y mucho menos cuando su comportamiento
conmigo, después de tantas protestas de respeto
y de consideración, es digno de sus principios,
de su educación y de su carrera, y menos decente
del que debía esperar de un cosaco. Él bien
sabía que nunca estaba mi persona más segura y
respetada que entre los pueblos de Bolivia.
Es por todo esto, señores, que, ni en medio de los
peligros, me degradaré yo a quebrantar nuestras
instituciones y a manchar mi administración por
un solo acto, cuando en toda ella no he traspasado
jamás una ley. Vosotros sabéis que después de
haber puesto las bases de la República por mi
decreto de 9 de febrero de 1825, y conducídola
hasta reunir el Congreso Constituyente, rechacé
las muestras de gratitud que quisisteis darme,
nombrándome presidente de ella; y repitiendo
este sentimiento unánime de la asamblea
general, pretendisteis comprometerme a aceptar
este puesto, pidiendo los votos a los pueblos
para justificar que vuestros intentos estaban
324
con sus deseos. Los sufragios casi uniformes
de los colegios electorales me elevaron a la
presidencia constitucional, mas mi ansia por la
vida privada me hizo rehusarla y la renuncié
segunda vez. Vosotros dictasteis entonces la
ley de 3 de noviembre de 1826, declarándoos
sin facultades para admitir la renuncia de un
destino dado por la nación entera y reservando
al Congreso Constitucional el aceptarla o no.
os protesté, por tercera vez, que sólo ejercería
la presidencia hasta entregarla, conforme a esta
ley, al Congreso Constitucional en su primera
sesión. Las circunstancias han impedido reunirse
las cámaras: mi presencia en Bolivia es azarosa
al Perú, que querría con este pretexto mantener
aquí sus tropas, cierto de que en cualquiera clase
que yo permaneciera, los pueblos y el ejército se
unirían cada vez más a mí para lavar muy pronto
la afrenta de las armas nacionales.
Debo, pues, por varios motivos, ausentarme de
la república; pero cumpliendo la ley de 3 de
noviembre, devuelvo la presidencia a la nación
por mano de la autoridad designada por esta ley,
resignándosela desde este momento entera y
totalmente en su primera sesión, y protestando
otra vez no recibirla jamás; dejando por testigo
de mi renuncia al Congreso Constituyente,
que a la vez será también testigo de que sola
y únicamente la dimito y entrego al Congreso
Constitucional nombrado por los pueblos,
conforme a nuestras leyes, el primer domingo de
mayo último.
Esta restricción, señores, es necesaria a mi honor
y al honor e independencia de Bolivia. Existe
en el territorio un numeroso cuerpo de tropas
325
enemigas, y podría creerse que arredrado por
ellas presentaba mi renuncia; podría asimismo
creerse que este Congreso se prostituyese a
hollar su misma ley de 3 de noviembre, y hasta
someterse a las pretensiones extranjeras para
que no se reúna el Congreso Constitucional.
Si las bayonetas enemigas, continuando el uso
del derecho bárbaro de la fuerza, os obligan a
traspasar vuestros deberes, apelo en nombre de la
nación a los Estados de América por la venganza,
porque está en los intereses de todos destruir este
derecho de intervención que se ha arrogado el
Perú, y que envolvería nuestro continente en
eternas guerras y calamidades espantosas; apelo
especialmente al Libertador, aclamado por la
república padre y protector de Bolivia, para que
defendiéndola de sus enemigos, la deje en libertad
de reformar sus instituciones, si lo cree necesario,
cuando no haya absolutamente dentro del
territorio ninguna fuerza extranjera que coarte su
voluntad. Es por tan poderosas consideraciones,
que ante la nación protesto solemnemente que,
cualquiera reforma hecha mientras las tropas
peruanas ocupen la república, es nula; y que
todo ciudadano, cualquiera militar, los tribunales
y corporaciones, están no sólo facultados
para desobedecerlas, sino para destruirlas y
restablecer el régimen constitucional, contando
para ello con el apoyo del protector de la
república, a quien dejo salvos los derechos que
le den nuestras leyes fundamentales para corregir
los trastornos que las facciones pudieran causar
en el país; para contener a los traidores que,
después de haber asesinado a sus hermanos en
la guerra de la Revolución, pretenden satisfacer
aún sus pasiones y se atreven a disputar el amor
326
a la libertad a los que la han fundado en América,
y a los que ésta debe la independencia y las
instituciones libres de que goza.
Del Perú se ha dicho que los bolivianos están
descontentos de la Constitución; y esta voz,
repetida por los agentes de allí entre nosotros,
y apoyada por un muy pequeño número de
individuos, ha hecho que algunos tímidos
se plieguen a las pretensiones de fuera por
deshacerla. Yo no he observado tal descontento
de la nación; pero si lo hay, toca a ella y no a
los extranjeros el declararlo. De mi parte haré
la confesión sincera de que no soy partidario
de la Constitución boliviana; ella da sobre el
papel estabilidad al Gobierno, mientras que de
hecho le quita los medios de hacerse respetar;
y no teniendo vigor ni fuerzas el presidente
para mantenerse, son nada sus derechos, y los
trastornos serán frecuentes. Registrad el discurso
que os hice cuando me llamasteis a prestar el
juramento de la Constitución, y encontraréis
que os dije que no era responsable ni del bien ni
del mal que hiciera. Estaba persuadido que un
principio de ella iba a causar alarmas, en tanto
que el ejecutivo, apoyado tan débilmente, no
podía contenerlas. Es por ello que os repito, que
evacuado el territorio de toda fuerza extranjera
y libres los pueblos para pronunciarse, el
Congreso Constitucional oirá la opinión pública,
tomará los medios de informarse de los votos
de la nación, y dictará con reposo las reformas
que sean análogas a los intereses y al bien de
Bolivia. Pero también repito, que jamás, jamás
reconoceremos reformas hechas en medio de las
bayonetas enemigas, y mucho menos de las de
327
un ejército que, hollando a Bolivia, la ofrecía
con palabras vagas respetar su independencia,
mientras que con hechos positivos ha abusado
escandalosamente de la fuerza para imponerla
condiciones ominosas; y que, en fin, no
pudiendo obtener la dominación, ha cifrado
su política en dividir a nuestros ciudadanos
y a nuestros militares, en introducirnos los
gérmenes de la anarquía, en formar partidos y
mantener la discordia, para que de este modo
ejerza su Gobierno un influjo que le valga por la
dominación.
No debo ocultar, señores, a la nación que hay
fundados motivos para creer que se asecha la
buena fe de los bolivianos con la lisonjera idea
de agregar a la República los departamentos
del Cuzco, Arequipa y Puna, y halagándola
con este engrandecimiento, por el mayor
territorio y población, por la mejora de sus
puertos, &, prepararle el golpe de su fusión en la
República peruana. En cualquiera negociación,
en cualquier convenio, echad la vista sobre la
misión diplomática que nos vino de aquel país
el año de 1826, y allí encontraréis las verdaderas
pretensiones.
Aquí debiera terminar mi mensaje a esta
legislatura extraordinaria, pero siendo el período
de la reunión ordinaria del Congreso, y como
me ausento del país, daré cuenta de los demás
negocios de la República, y tendré que ser
minucioso.
Hasta el 18 de abril en que ejercí el gobierno,
nuestras relaciones exteriores nos lisonjeaban.
El mismo Perú, que nos ha invadido, reconoció
328
la independencia, y protestó sus respetos a la
soberanía de la República. las dificultades que
habían ocurrido al gobierno argentino para
el mismo paso, y de que conoció la anterior
legislatura, terminaron del modo más amigable y
satisfactorio; y respectivamente han sido recibidos
ministros diplomáticos que aseguren fraternales
relaciones entre los dos estados. Estoy informado
que en estas circunstancias las autoridades
limítrofes argentinas se han conducido noblemente,
y los propietarios argentinos residentes en la
República han manifestado interés por nuestra
causa. El emperador del Brasil ha reconocido su
independencia de la manera más franca y cortés, y
pedido el mensajero diplomático que se le ofreció
para asegurar la mejor armonía y buena vecindad
entre los dos gobiernos. Colombia nos ha invitado
a una alianza defensiva entre las dos Repúblicas,
y habiéndola el ejecutivo aceptado, reservé el
nombramiento y las instrucciones del comisionado
que debía negociarla a la administración que me
suceda, pues siendo yo colombiano, y en vísperas
de regresar a mi país, debía proceder con esta
circunspección. Todo subsiste en el mismo pie,
excepto las relaciones con el Perú.
El Congreso autorizó al Ejecutivo para nombrar
diputados a la asamblea americana de Panamá.
Esta asamblea se trasladó a Tacubaya en México, y
el ministro de Relaciones Exteriores informará de
los motivos que han retardado la marcha de estos
diputados. Es urgente que ellos concurran lo más
pronto a las conferencias de Tacubaya.
En el departamento del interior la educación
pública es lo que ha hecho más progresos. los
colegios quedan establecidos y marchan bien
329
en todas las capitales de los departamentos,
donde también se han abierto escuelas de
enseñanza mutua que adelantan rápidamente, y
en tres de ellas las hay para ambos sexos. Las
escuelas primarias por el antiguo método se han
multiplicado en las provincias y cantones. Para
la enseñanza, el Gobierno ha dado un plan de
estudios análogo a la ilustración del siglo.
Los establecimientos de beneficencia se han
aumentado, y casi están completos los decretados.
Necesitan, sin embargo, perfeccionarse en su
régimen, para que los acogidos a ellos sean
más útiles. Sus rentas, como las de la educación
pública, son más que las que hubo esperanzas
de adquirir; pero los colegios necesitan aumento
para dotar suficientemente a sus profesores, si es
que ha de haberlos buenos y hábiles.
Una ley previno al ejecutivo ponerse en relaciones
con la Silla apostólica para atender a las necesidades
de la iglesia boliviana. El Gobierno ha procurado
cumplirla, manifestándolas al Sumo Pontífice, y
pidiendo las bulas para el obispo de la Paz, que
ha presentado. el obispado de Santa Cruz y la
Metropolitana subsisten vacantes. Tres decretos han
organizado las catedrales de la República, y ellos
darán la doble utilidad de servir de base al cuerpo
legislativo para siquiera modificar el impuesto de
diezmos tan oneroso a la agricultura. Las reformas
de los regulares están ejecutadas conforme a la
ley, y de los treinta y seis conventos de religiosos
que había en la República al encargarme de su
Gobierno, sólo quedan seis. Algunas correcciones
se han hecho en la administración de las rentas de
los monasterios, pero aún no se ha podido cumplir
del todo lo preceptuado por la ley a este respecto.
330
El Gobierno dictó una resolución organizando
la policía, pero todo en ella está aún en la
infancia, incluso los presidios, cárceles y casas
de corrección.
La agricultura iba mejorando, y, después de
diez años de desolación, se veían ya hasta sobre
los caminos ganados y campos cultivados. la
invasión que hemos sufrido, ha causado un
retroceso más penoso que grande. Las exacciones
que padecieron los capitalistas en la guerra de
la Revolución, los retraía de toda empresa, y
fue necesaria la conducta más circunspecta del
Gobierno, para no exigir jamás un centavo de
empréstito forzoso o de contribución, ni tomar
la menor parte de la propiedad de un ciudadano,
aun en las mayores urgencias, para restablecer así
la confianza. El ejército agresor ha trastornado
todas las garantías e introducido de nuevo la
desconfianza.
La minería ha participado de este mismo mal
después que iba convaleciendo de sus atrasos.
La explotación de metales en el año último
ha excedido en un tercio sobre muchos de los
anteriores. Si las garantías se restablecen de
una manera sólida, este ramo importante de la
riqueza pública progresará rápidamente.
El comercio ha recibido las mejoras que trae
consigo la paz, y para protegerlo, el Gobierno
atendía con eficacia al tráfico por el Puerto
de Cobija, cuyo establecimiento merece una
atención especial del cuerpo legislativo, para
que la República no sufra en las internaciones de
efectos de ultramar las condiciones caprichosas
de nuestros vecinos.
331
El Congreso Constituyente sometió al Libertador
la elección de la capital de la República, y por
su contestación, que se someterá al congreso, él
prefiere a Cochabamba, como el punto señalado
hasta por la naturaleza misma. En consecuencia,
el Gobierno mandó construir allí los edificios
para el cuerpo legislativo, y sin las ocurrencias
de esta guerra estarían concluidos. Sin embargo,
como poco les falta, considerada Cochabamba
como la capital de la República, se reunirá allí el
Congreso Constitucional.
La legislatura ordinaria debía ocuparse
preferentemente de las leyes que exige la
Constitución para completar el régimen
interior de la República, y de que el Congreso
Constitucional no dio sino las más esenciales.
el ejecutivo, en virtud de una autorización, ha
dictado algunos reglamentos.
La Hacienda pública no ha recibido mejoras
en el cambio del sistema de impuestos. Los
directos, que sustituyen a los indirectos del
régimen anterior, han producido descontento,
y dejan comparativamente un considerable
déficit; pero el Gobierno ha observado tan
apurada economía, que, a pesar de esto, no
sólo ha atendido a los gastos comunes con las
rentas ordinarias, sino que con ellas ha cubierto
fuertes sumas de gastos extraordinarios, no
comprendidos en el presupuesto general, tales
como el despacho de las tropas auxiliares y el
abono de una parte de la deuda exterior. la deuda
exterior, según la última liquidación del Perú,
alcanzó por todo a 224.000 pesos, los mismos
que aquella República traspasó a favor de los
cuerpos colombianos que existían en ésta, y a
332
quienes los debía por sus sueldos de los años de
1823 y 1824. El Congreso decretó un empréstito
para este pago y el de las gratificaciones al
ejército libertador, pero no habiéndose realizado,
se ha suplido a estos gastos con más de 100.000
pesos de las rentas comunes. Se debe, pues, una
considerable cantidad a aquellos cuerpos. en el
mes de abril se había de tal modo calculado el
arreglo de las entradas con las erogaciones para
fin de junio, teniendo corrientemente los gastos,
que por una resolución del día 12 se destruyó
aun el descuento que se hacía a los empleados
por contribución directa, y que indebidamente
continuó desde el año pasado. Hasta el
mismo mes de abril en que me separé de la
administración, los intereses del crédito público
habían sido fielmente satisfechos, lo mismo que
la centésima parte designada por la ley para su
amortización. Con todo esto, el ejecutivo no ha
consumido sino muy poco más de tres cuartos
de la cantidad que le señaló el Congreso para los
gastos ordinarios de la República.
El ministro de Hacienda someterá a la
representación nacional un decreto de 12 de
junio del año pasado, por el que se dispuso
emitir a la circulación 1.000.000 de pesos en
vales del empréstito interior, por cuenta de los
2.000.000 del empréstito mandado levantar por
el Congreso, y cuyos vales destinó el ejecutivo
a pagar las gratificaciones del ejército. De estos
vales, sólo están circulando 500.000, que con
los 3.000.000 del crédito público, forma el total
de la deuda interior. Otro decreto de 12 de junio
habilitó los vales y billetes para comprar con
ellos las propiedades públicas, las de educación,
333
las de beneficencia, y para redimir censos de
manos muertas. Los resultados han sido tan
benéficos a los ciudadanos, como a aquellos
establecimientos, al mismo tiempo que de una
utilidad suma al erario, según informará oportuna
y detalladamente el ministro.
En medio de las urgencias y escaseces, el Ejecutivo
ha podido llevar al cabo el establecimiento de
las casas de rescate que fueron decretadas; y sus
economías habían producido hasta abril un fondo
efectivo excedente de 200.000 pesos que daban
productos considerables a las tesorerías, a la vez
que eran de gran provecho para los mineros, por
el aumento de precios a los metales.
Por el ministerio será informado el cuerpo
legislativo que la ley de indemnización, es no sólo
defectuosa, sino injusta. Se han dado recompensas
indebidas, y privado de ellas a personas que
merecen la más alta consideración por sus
padecimientos y servicios. Sin las reformas que
esa ley tuvo, por observaciones del Ejecutivo,
las indebidas indemnizaciones habrían hecho
subir hoy la deuda interior a más de 10.000.000;
mientras los tres habían bastado, si llenando los
objetos que se propuso el Ejecutivo al presentar
el proyecto, no hubiera recibido tanta extensión.
Ignoro el estado de la Hacienda después de abril,
porque desde el 18 hasta hoy no he conocido
de ninguna medida. Se me ha informado que
la ocupación de algunos departamentos por el
ejército peruano ha disminuido más de la mitad
de las entradas y atrasado por consiguiente los
pagos. Si esto es natural, es también muy raro
que en las negociaciones con los agresores,
no sé con qué facultades, los encargados de la
334
Administración les han cedido los productos de
los tres más ricos departamentos, a menos que
hayan arrancado esta condición de sus bayonetas,
en cuyo caso este despojo violento caracteriza a
nuestros invasores. Se me ha también instruido
que las tesorerías, de que en algún momento
se han apoderado los tumultuarios, han sufrido
disipaciones, igualándose así a sus protectores.
Las tropas nacionales constaban en abril
último de 2.300 infantes, 800 hombres de
caballería y 100 artilleros, según consta en los
estados existentes en el Ministerio de Guerra;
y todos regularmente vestidos y provistos
en sus necesidades. Había, además, los dos
escuadrones colombianos con 300 plazas y 200
hombres del batallón Pichincha, que no habían
podido marcharse por falta de buque. De esta
fuerza, existían para formar un cuerpo activo de
operaciones 1.800 hombres de los tres batallones
que estaban en la Paz, y 200 infantes de Pichincha
con 300 soldados a caballo de Colombia, y 400
lanceros allí y en Cochabamba; 100 artilleros
con las correspondientes piezas de batalla en
Oruro; 300 infantes en el depósito de Potosí con
más de 300 cazadores a caballo, y cerca de 100
Granaderos en Chuquisaca, resto del escuadrón
de la guardia, que es decir, 3.500 hombres de
fuerza efectiva, y sin contar la guarnición de
Santa cruz, y las milicias activas de allí, y las
de Tarija, que se pusieron sobre las armas. La
defección del coronel de cazadores a caballo el
17 de mayo, sustrajo de esta fuerza, incluso la
que lo atendía desde Potosí, como 800 hombres.
El resto, deducidas las bajas accidentales, estuvo
en los campos de Paria.
335
Los almacenes se hayan suficientemente
provistos de armas, municiones y pertrechos.
Incluso los fusiles últimamente comprados, había
5.000 en los depósitos, es decir, descontados los
que tenían las tropas en manos. Únicamente
faltaban caballos en el ejército, que sólo tenía
600 propios; pero los había abundantemente
en el país, prontos para cualquiera urgencia, y
con la facilidad de reemplazarlos con 500 que
le llegaron al Gobierno en el mes de mayo por
contratas en la República Argentina y otros 500
están en Santa Cruz, correspondientes al estado.
El ejército nacional estaba para recibir 1.000
reclutas que venían de los departamentos y
que no pudieron antes enrolarse en las filas por
falta de medios para sostenerlos, en razón de
los gastos que causaban las tropas auxiliares;
y éstas no se habían ido desde agosto del año
pasado, porque el gobierno peruano después
que recibió su existencia y la de aquella nación
por esas mismas tropas, les rehusó el embarque
por Arica. Era menester que ellas evacuasen el
territorio, para que los ingresos produjeran con
qué aumentar las nacionales.
Los cuerpos colombianos que pidió la asamblea
general para guarniciones de la república, que el
Congreso Constituyente solicitó de nuevo por
cuidados con sus vecinos, y que a pesar de esto
yo nunca pedí, estuvieron prontos a marchar
un año ha; y aunque se les ofreció cubrirles sus
ajustes y gratificaciones antes de embarcarlos,
prescindieron de este reclamo, y unos marcharon
ya, y otros están en marcha sin ser pagados. el
cuerpo legislativo valuará lo sagrado de esta
deuda para disponer los medios de llenarla.
336
La nación y la América, juzgarán si la fuerza que
existía al tiempo de la invasión bastaba a rechazarla;
a lo menos, si aprovechándose de la moral y del
entusiasmo que las animaba en Paria, sus directores
hubiesen preferido el honor de defender la patria
a una existencia manchada. Para colmo de las
maldades, entre tan sorprendentes acontecimientos,
el ejército boliviano, que se formaba sobre las
más sólidas bases de la moral y disciplina, ha
sido contaminado por un fatal ejemplo. Se ha
premiado a los caudillos de una defección con
que clavaron un puñal a su patria, y éste es un
terrible obstáculo para que la fuerza armada de la
República vuelva al mismo brillo con que empezó
su carrera. en medio de tantas calamidades, parece
que un triste desengaño va por fin uniendo los
espíritus de los militares disidentes con los fieles,
y que la reconciliación sucederá a las rivalidades.
Consolidada esta unión, y con esmero de los jefes,
los cuadros del ejército bastarán a subirlo a 6.000
soldados que debe mantener la República sobre
las armas, hasta hacerse respetar por los que no
reconocen otro derecho que el de la fuerza, y que la
nación puede sostener con sus rentas corrientes, si
se sigue la economía que estaba establecida; porque
en adelante ni ajustes atrasados, ni gratificaciones,
ni transportes de cuerpos auxiliares, ni otra porción
de gastos extraordinarios absorberán los ingresos
comunes.
En la parte de guerra me he extendido en
detalles, porque las circunstancias así lo exigen.
El ministro de este departamento presentará
oportunamente los estados y relaciones del mes
de abril, y los de las fuerzas, armas y pertrechos
existentes.
337
Después de haber dado una minuciosa cuenta
de los sucesos y de la situación de la República,
me resta informaros que, habiendo cumplido mi
promesa de permanecer en Bolivia, hasta agosto
de 1828, me ausento hoy de regreso para mi
patria. Conforme al artículo 82 de la constitución,
queda el Poder Ejecutivo en el Consejo de
Ministros nuevamente organizado por decreto
de hoy, mientras que la representación nacional
aprueba el vicepresidente de la República que
en virtud de las atribuciones constitucionales
del presidente, propongo en este pliego, que
dejo cerrado en vuestras manos y que contiene
otros tres de los candidatos que, conforme a
nuestras instituciones, debo presentar al Cuerpo
Legislativo.
Me despido, señores, de vosotros y de Bolivia; y
no dudo que sea para siempre, porque cuento que
al instante reuniréis el Congreso Constitucional,
ante quien de hecho está sometida mi renuncia,
y por quien de hecho me considero, desde
el momento de su instalación, exonerado
eternamente de la presidencia. Juzgo que
aprovecharéis el tiempo de vuestras sesiones, y
que la dignidad, la firmeza y el patriotismo las
guíen con tanta sabiduría, moderación y amor al
bien público, como en 1826.
Al separarme, haré una confesión ingenua que
servirá de ejemplo a mis sucesores. Desde
que estoy encargado del gobierno de Bolivia,
mis sentimientos todos los he sometido a mis
compromisos con ella. Aún en las cuestiones que
han ocurrido con los limítrofes, no he conocido
otro lenguaje que el que exigía mi puesto
público, y por él han callado mis inclinaciones
338
particulares. Siguiendo los principios de un
hombre recto, he observado el de que en política
no hay ni amistad ni odio, ni otros deberes que
llenar, sino la dicha del pueblo que se gobierna,
la conservación de sus leyes, su independencia
y su libertad. Mis enemistades o mis efectos
han sido, en mi administración, los enemigos o
amigos de Bolivia. Aun el presente documento,
que es mi último acto público, va marcado por
este proceder.
No concluiré mi mensaje sin pedir a la
representación nacional un premio por mis
servicios que, pequeños o grandes, han dado
existencia a Bolivia, y que lo merecerán por
tanto.
La Constitución me hace inviolable; ninguna
responsabilidad me cabe por los actos de mi
gobierno. Ruego, pues, que se me destituya
de esta prerrogativa, y que se examine
escrupulosamente toda mi conducta. Si hasta el
18 de abril se me justifica una sola infracción de
ley; si las cámaras constitucionales juzgan que
hay lugar a formación de causas constitucionales
juzgan que hay lugar a formación de causa al
Ministerio, volveré de Colombia a someterme al
fallo de las leyes. Exijo este premio con tanta
más razón, cuanto que declaro solemnemente
que, en mi administración, yo he gobernado: el
bien o el mal, yo lo he hecho; pues, por fortuna
la naturaleza me ha excluido de entre esos
miserables seres que la casualidad eleva a la
magistratura, y que, entregados a sus ministros,
renuncian hasta la obligación de pensar en los
pueblos que dirigen.
339
Los ministros sólo han tenido aquí la
organización de los ramos de su departamento,
en los cuales han gozado de toda la amplitud
que les era necesaria. Al despedirme, pido esta
recompensa a los representantes de la nación; y
si por respeto a la ley la rehúsan al presidente de
Bolivia, que no la nieguen a su gran ciudadano,
que con tanta consagración ha servido y que la
implora como la garantía que lo ponga a cubierto
de las acusaciones, con que la maledicencia y la
envidia querían calumniarlo.
Aún pediré otro premio a la nación entera y a
sus administradores: el de no destruir la obra
de mi creación, de conservar por entre todos
los peligros la independencia de Bolivia, y de
preferir todas las desgracias y la muerte misma
de sus hijos, antes de perder la soberanía de la
República que proclamaron los pueblos y que
obtuvieron en recompensa de sus generosos
sacrificios en la Revolución.
De resto, señores, es suficiente remuneración
de mis servicios, regresar a la tierra patria
después de seis años de ausencia, sirviendo con
gloria a los amigos de Colombia; y aunque por
resultado de instigaciones extrañas lleve roto
este brazo, que en Ayacucho terminó la Guerra
de la independencia americana; que destrozó
las cadenas del Perú y dio ser a Bolivia,
me conformo cuando en medio de difíciles
circunstancias tengo mi conciencia libre de todo
crimen. Al pasar el Desaguadero encontré una
porción de hombres divididos entre asesinos y
víctimas, entre esclavos y tiranos, devorados
por los enconos y sedientos de venganza.
Concilié los ánimos, he formado un pueblo
340
que tiene leyes propias, que va cambiando su
educación y sus hábitos coloniales, que está
reconocido de sus vecinos, que está exento de
deudas exteriores, que sólo tiene una interior
pequeña y en su propio provecho, y que
dirigido por un gobierno prudente será feliz.
al ser llamado por la asamblea general para
encargarme de Bolivia, se me declaró que la
independencia y la organización del estado
se apoyaban sobre mis trabajos; para alcanzar
aquellos bienes en medio de los partidos que
se agitaron quince años y de la desolación del
país, no he hecho gemir a ningún boliviano;
ninguna viuda, ningún huérfano solloza por
mi causa; he levantado del suplicio porción de
infelices condenados por la ley, y he señalado
mi Gobierno por la clemencia, la tolerancia
y la bondad. Se me culpará acaso de que esta
condescendencia es el origen de mis mismas
heridas; pero estoy contento de ellas, si mis
sucesores con igual lenidad acostumbran al
pueblo boliviano a conducirse por las leyes,
sin que sea necesario que el estrépito de las
bayonetas esté perennemente amenazando la
vida del hombre y asechando la libertad. En el
retiro de mi vida veré mis cicatrices, y nunca me
arrepentiré de llevarlas, cuando me recuerden
que para formar a Bolivia preferí el imperio de
las leyes a ser el tirano o el verdugo que llevara
siempre una espada pendiente sobre la cabeza
de los ciudadanos.
Representantes del pueblo: hijos de Bolivia: Que
los destinos os protejan. Desde mi patria, desde
el seno de mi familia, mis votos constantes serán
por la prosperidad de Bolivia.
341
Chuquisaca, 2 de agosto de 1828.
Antonio José de Sucre
(Sucre, 1981: 485-503)
Con la mente puesta en el retorno a casa, ese mismo día
2 de agosto, Sucre abandona Chuquisaca. El 25 llega al
puerto de Cobija y, luego de supervisar la partida de las
últimas tropas colombianas, se embarca en la fragata
británica Porcospin (Villanueva, 1995:478; González,
1976: 186) rumbo al Callao, puerto al que arriba el 10
de septiembre, previo paso por Arica.
No demora mucho en el Callao -ni siquiera baja de
la fragata- sabe que una confrontación entre Perú y
Colombia es inminente y pese a que su deseo es arribar
cuanto antes a Quito, ofrece su concurso al gobierno
del Perú para mediar en aquel conflicto. No aceptada
la intermediación, el 12 de septiembre parte rumbo a
Guayaquil. Su herida en el brazo ha mejorado pero su
movilidad es casi nula (González, 1976).
En Guayaquil, Sucre es recibido el 25 en medio de
múltiples expresiones de cariño y consideración. El
30 se encuentra ya en Quito, en brazos de adorada
Mariana. Serán solo cuatro meses de retiro y felicidad
ya que la patria reclamará nuevamente sus servicios en
los campos de Tarqui (1829) y en la presidencia del
Congreso Adimirable de Colombia (1830). Después de
aquello más nunca volverá a ver a su esposa (Hoover,
1995).
342

Hacienda Cantu Ñucchu, Municipio Yotala (Chuquisaca), 21 Km al sur


de la Ciudad de Sucre. Foto: Orlando Rincones (2010).
343

CAPÍTULO VII
EL ÚLTIMO SUSPIRO DE ABEL

Conocidos son todos los detalles de este


horrible crimen, el mayor que registran los
sangrientos anales de la América Latina,
porque el joven Mariscal, vencedor de
Ayacucho, fue quien coronó la obra de la
emancipación del Continente, y consolidó
la libertad de América, y fue además el
primer militar de la independencia, y una
de las figuras más altas y más puras de la
pléyade gloriosa de la Epopeya Americana
Francisco Javier Zaldúa (1882)
344
345
Sobre las 8 y 30 de la mañana del 4 de junio de 1830,
una detonación estremece la montaña de Berruecos,
inmediatamente un grito y tres detonaciones más se
dejan escuchar. Lorenzo Caicedo, el fiel asistente
de Sucre, un tanto retrasado por problemas con su
cabalgadura, escucha todo a la entrada de El Cabuyal,
los estallidos lo estremecen y presintiendo lo peor se
lanza temerariamente por aquel fangoso y estrecho
camino en búsqueda del Gran Mariscal.
Sucre permanecía inerte en el suelo en medio de un
charco de sangre, Caicedo llegó lo más pronto que
pudo pero era tarde ya, no había nada que hacer, en
medio de aquel lúgubre paraje suspiró por última vez
el Abel de América. Sobreponiéndose a la impresión
de aquel patético cuadro, Caicedo alza instintivamente
la mirada y tiene tiempo de avistar a los asesinos, eran
cuatro, todos con fusil y uno de ellos con espada al
cinto, fue fugaz pero los vio, como ellos lo vieron y lo
identificaron a él también. Caicedo sabe que nada puede
hacer solo frete a cuatro forajidos armados, retrocede
sobre sus pasos en busca de auxilio, de pronto ellos
gritan: -“Párate Caicedo”- ante lo cual el fiel asistente,
al verse descubierto, apresura la marcha hacia La Venta
en busca de auxilio (Rumazo, 1976; Restrepo, 1858).
Del resto de la comitiva poco o nada que comentar:
García Trelles al escuchar los disparos pica la mula
para salir cuanto antes de allí y salvar su vida, a
diferencia de Caicedo nada le importa el destino que
le haya correspondido al Mariscal Sucre y corre por su
vida. Colmenares, más adelantado, piensa que Trelles
y los demás están “cazando”; extraña deducción del
militar, y más extraño aún que no sintiera siquiera
sospechas de que algo fatídico ocurría. Al ser alcanzado
y rebasado, primero por Trelles –sin mediar palabras en
su desesperación- y luego por la mula de Sucre, sola y
herida en el cuello, recién entra en alarma y dispone
346
que los arrieros vayan al lugar a ver qué aconteció.
Los dos hombres no tardan en regresar con la horrible
noticia y el sombrero del Mariscal perforado por las
balas asesinas. El sargento recién cae en cuenta que se
trata de un magnicidio, y en vez de dirigirse al lugar
del crimen para auxiliar a Sucre o para perseguir a sus
asesinos, sale apresuradamente del sitio rumbo a Olaya-
Pasto (Rumazo, 1976: 245; Cova, 1995; Villanueva,
1995; Dietrich, 1995; Hoover, 1995).
Todos salen de aquel tenebroso lugar -incluso los
asesinos- dejando atrás el cuerpo sin vida del héroe
que tantas glorias deparara a la causa de la libertad
americana, solo y abandonado a su suerte se confundirá
con el silencio sepulcral de la selva de Berruecos.
Veinticuatro horas quedó tendido en aquel antro
espantoso, con la cara sobre la húmeda tierra, sin
una almohada donde reposar su cabeza, cargada de
gloriosos laureles; sin tener a su lado una mano
acariciadora que cerrara sus ojos; aquellos ojos
que un día lucieron, como faros, en los campos de
la guerra; sin un compañero; ni luces, ni flores, ni
sudario, ni sepultura. Pues todos lo abandonaron en
el primer momento, temerosos de ser igualmente
asesinados. (Villanueva, 1995: 508)
El mismo día del crimen el fidelísimo Caicedo trató
de recuperar el cuerpo. Llegó rápidamente a La Venta,
contó lo ocurrido y solicitó la ayuda de los que allí
se encontraban, no tuvo respaldo inicialmente por el
temor que infundía la posibilidad cierta de que los
asesinos del Mariscal estuvieran aún merodeando por
el lugar. Finalmente, luego de muchas cavilaciones,
el Teniente Beltran y el comerciante cubano Patiño lo
acompañan junto a pequeño grupo de vecinos. Llegan
a El Cabuyal, ven el cuerpo tendido de medio lado
sobre un charco de sangre, la escena es escalofriante,
de repente algo suena dentro del bosque, una rama rota,
347
algún animal que busca protección ante la presencia
humana, Caicedo se asusta y entra en un estado de
pánico gritando: -“Ahí están los asesinos”- cunde el
terror de manera generalizada, la mayoría corre, aún
para los que están armados como Beltrán y Patiño el
lugar no es seguro, abortan la misión y todos vuelven a
La Venta (Villanueva, 1995; Rumazo, 1976).
No será sino hasta el siguiente día (24 horas después del
suceso) cuando Caicedo pueda conseguir de nuevo apoyo,
esta vez se trata de un solo hombre: Domingo Martínez,
el mayordomo de la hacienda La Alpujarra, quien decide
acompañarlo a cambio de media onza de oro. Llegan
hasta el cuerpo del Gran Mariscal, se arrodillan con
respeto y luego Caicedo limpia cuidadosamente el rostro
ensangrentado de aquel noble y esclarecido hombre,
“el general del soldado” como lo llamara Bolívar, el
cuerpo sin vida del vencedor de Pichincha y Ayacucho
era asistido, sin pompa ni ceremonia, por un soldado
humilde y sencillo, como los muchos que condujo a la
victoria en los inmortales campos de la emancipación
americana. Levantan el cuerpo y lo llevan hasta un
prado vecino dentro del mismo bosque conocido como
La Capilla, lugar utilizado usualmente como cementerio
por los vecinos del sector. Caicedo y Martínez cavan una
pequeña fosa, no muy profunda, desvisten al jefe para
preservar sus últimas pertenencias y acto seguido cruzan
sus brazos sobre el pecho y lo envuelven con su capa, lo
alzan en peso y lo colocan dentro de la precaria tumba.
Culminado el proceso cubren el cuerpo con tierra, ramas
y helechos, colocando una rústica cruz de madera,
amarrada con bejucos, para marca el lugar donde se ha
dado cristiana sepultura al paladín de la independencia
suramericana. Caicedo retoma el camino a Pasto y
en Olaya dará alcance al resto de la aún atemorizada
comitiva (Cova, 1995: 261; Villanueva, 1995: 508-509;
Rumazo, 1976: 246-247).
348
Infames asesinos hicieron que el ínclito vencedor
de Ayacucho, el segundo capitán de la América del
Sur, y el que aseguró su independencia, y adornado
también de grandes virtudes cívicas, muriese de este
modo en una oscura montaña, que fueses privado de
los honores decretados a su alto rango militar; y que
debiese su sepultura a la fidelidad y compasión de
un humilde asistente. (Restrepo, 1858)
A Salto de Mayo llega rápidamente la noticia de la
muerte de Sucre, a media mañana de ese mismo día
4, la trae de oficio una posta enviada por el teniente
Beltran desde La Venta, solicitando además el apoyo
del “comandante” Erazo para proteger las municiones
y perseguir a los asesinos. Sarría toma el oficio y sale
inmediatamente hacia Popayán para dar parte a José
Hilario López de lo ocurrido, mientras Erazo, para
cuidar las apariencias, sale en la tarde para La Venta a
fin de “apoyar” a Beltran (Barona, 2006).
Los asesinos corren a tropezones por la espesura del
bosque, atraviesan senderos intraficables para evitar
ser vistos por los vecinos o viajeros, avanzan sin parar
hasta llegar a Salto de Mayo, allí les espera Erazo
tal como habían acordado la noche anterior. Según
las posteriores declaraciones de Desideria Meléndez
(mujer de Erazo), en la tarde de ese día los criminales
alojados en su casa comentan eufóricos la fechoría
realizada y reciben de Apolinar Morillo el pago del
miserable premio que había previsto Obando para
sicarios y colaboradores ¡40 pesos¡ 10 para cada uno
de los tres tiradores contratados y 10 más para Erazo.
Morillo debía salir ahora hacia Popayán para enterar
por sí mismo a López de la culminación exitosa del
“negocio”, no sin antes despachar una nota para
Obando -a través de Erazo y Álvarez135- dando cuenta

135 Erazo y Morillo sabían de antemano que a La Venta llegaría el


comandante Antonio Mariano Álvarez enviado por Obando para “perseguir
349
de lo sucedido en los siguientes términos: “La mula
de su encargo ya está cogida…” (Rumazo, 1976:245).
Las noticias del monstruoso asesinato llegan a Pasto al
día siguiente, 5 de junio, y de inmediato Obando y sus
seguidores comienzan a tomar las medidas necesarias
para que no se descubran nunca, ni los autores ni
los ejecutores de aquel indignante crimen (Irisarri,
1866:140).
Una de las primeras cosas que hace Obando es enviar
al comandante Antonio Álvarez y a Fidel Torres
(secretario) para verificar la veracidad de la noticia,
claro está debe actuar como la autoridad que es y cuidar
las apariencias, envía por tanto un centenar de hombres
del batalló Vargas junto a Álvarez para investigar el
hecho y “perseguir” a los asesinos (Rumazo, 1976:
247). A la cinco de la tarde del día siguiente, 6 de junio,
en presencia de Álvarez, Patiño, Martínez y algunos
vecinos del lugar, el Dr. Alejandro Floot, cirujano del
Vargas, realiza la exhumación del cadáver y verifica la
existencia de tres heridas por arma de fuego: una sobre
el corazón y dos más superficiales en la cabeza. El
primer impacto mató al instante al héroe de Pichincha
y Ayacucho, fue el disparo realizado por Morillo
(Villanueva, 1995; Rumazo, 1976).
Acto seguido, Obando pone a correr la noticia con su
versión de los hechos, necesita deslindar responsabilidades
rápidamente, sin embargo su torpeza -o su nerviosismo-
lo hace caer en contradicciones, ofreciendo el mismo día
dos versiones diferentes de lo sucedido:
Al Prefecto del cauca le manifiesta lo siguiente:
República de Colombia –Comandancia General
del Cauca.- Cuartel General de Pasto a 5 de junio
a los asesinos”. En sus declaraciones del 4 y 5 de noviembre Erazo señala
que Álvarez lo mandó a llamar a La Venta y que allí junto a Fidel Torres le
entregó 50 pesos enviados por Obando: 30 para gratificar a los asesino y 20
para él “para que supieran guardar sigilo” (Barona, 2006:229-230).
350
de 1830- Al Señor Prefecto del Departamento
del Cauca.-Señor.- Ahora que son las 8 de la
mañana acabo de recibir de la hacienda de
Olaya, en esta jurisdicción, una noticia, que al
expresarla ¡me estremezco¡ ella es que el día de
ayer se ha perpetrado un horrendo asesinato en
la persona del General Antonio José de Sucre en
la montaña de La Venta, por robarlo.- El parte es
tan informe, que apenas comunica el seceso sin
detallar ningún particular; sino que un tal Diego
pudo escapar y fugar. En este mismo momento
marcha para ese punto el segundo Comandante
dl batallón Vargas con una partida de tropa
para que asociado con las milicias de Buesaco,
inquiera el hecho, haciendo conducir el cadáver
a esta ciudad para su reconocimiento. Al mismo
tiempo ordeno a este Jefe, que escrupulosamente
haga todas las averiguaciones necesarias; que
tale esos montes y persiga a los fratricidas hasta
su aprensión. Ellos probablemente deben haber
seguido a esa Ciudad, cuando se cree que los
agresores han sido desertores del Ejército del
Sur que pocos días ha, he sabido han pasado
por esta Ciudad136. El esclarecimiento de este
inesperado le es al Departamento del Cauca y a
sus autoridades tan necesario, cuanto que en las
presentes circunstancias puede ser este fracaso,
el foco de calumnias para alimentar partidos con
mayores miras.- Dios guarde a US.-José María
Obando. (Irisarri, 1886: apéndice I)
Mientras, al general Juan José Flores le comunica lo
siguiente:

136 Negrillas del autor.


351
(PÁGINA 7 DEL MANIFIESTO DEL
GOBIERNO DE SUR)
Pasto junio 5 1830.-Mi amigo.- He llegado al
colmo de mis desgracias: cuando yo estaba
contraído puramente a mi deber, y cuando un
cúmulo de acontecimientos agobiaban mi alma,
ha sucedido la desgracia más grande que podía
esperarse. Acabo de recibir parte que el General
Sucre ha sido asesinado en la montaña de La
Venta ayer 4: míreme U. como hombre público,
y míreme por todos aspectos, y no verá sino un
hombre todo desgraciado. Cuanto se quiera decir,
va a decirse, y yo voy a cargar con la execración
pública. Júzgueme U. y míreme por el flanco que
presenta siempre un hombre de bien, que creía
en este General el mediador en la guerra que
actual se suscita.
Si U. conociera esto con todo su frente, U. vería
que este suceso horrible acaba de abrir las puertas
a los asesinatos; ya no hay existencia segura
y todos estamos a discreción de partidos de
muerte. Esto me tienen volado: ha sucedido en las
peores circunstancias, y estando yo al frente del
Departamento: todos los indicios están contra
esa facción eterna de esa montaña137; quiso la
casualidad de haber estado detenida en La Venta la
comisaría que traía con algún dinero, quedó esta allí
por falta de bestias, y es probable hubiesen reunido
para este fin; pero como mandé bestias de aquí a
traerla, vino esta, y llegaría la partida cuando no
había comisaría, llegando a este tiempo la venida
de este hombre. En fin, nada tengo que poder decir
a U. porque no tengo que decir sino que yo soy
desgraciado con semejante suceso.
137 Ibidem
352
En estas circunstancias, las peores de mi vida,
hemos pensado mandar un oficial y al capitán
de Vargas para que puedan decir a U. lo que no
alcanzamos.
Soy de U. su amigo.- José María Obando. (Irisarri,
1886: apéndice II)
El peso de un crimen tan abominable era demasiado
insoportable, incluso para la conciencia de un
hombre acostumbrado a la muerte como El Tigre
Obando, el otrora oficial realista cae en la trampa de
su desesperación: por un lado, en medio del mayor
cinismo, le manifiesta al Prefecto del Cauca que se cree
que los agresores han sido “desertores del Ejército del
Sur” y, por el otro, el mismo día, a Flores le señala
como posibles culpables a “esa facción eterna de esa
montaña”. Si los agresores eran, o podían ser, militares
provenientes del Ecuador ¿Por qué no le manifestó eso
a Flores, el máximo jefe y responsable de ellos? ¿Por
qué plantearlo al prefecto y contar a su “amigo” Flores
otra historia? ¿Acaso preparaba Obando desde ya el
terreno para incriminar a Flores?
Por lo pronto Obando, Morillo, Sarría, Erazo, Álvarez,
Torres y López saldrían ilesos de esta coyuntura, no así
los tres sicarios contratados para consumar el crimen:
todos morirán en un lapso muy breve de tiempo138. Según
testimonio de Cruz Meléndez -hijastro de Erazo- Juan
Cuzco muere a los pocos días en casa de Erazo139, Andrés
Rodríguez encontrará la muerte viajando a Taminango
y Juan Gregorio Rodríguez fallecerá en el cuartel San
Camilo de Popayán a manos de las tropas de Obando en
la acción de Palmira (Barona, 2006: 241-242).

138 Irisarri (1866), Le Gouhir (1924:3) y Cova (1995:263) plantean que los
tres fueron envenenados.
139 En sus declaraciones Desideria Meléndez declarará que estos tres
hombres eran soldados licenciados que trabajaban como peones de Erazo
en tareas agrícolas.
353
En suma, termina siendo cierto que los muertos si
hablan, porque las muertes dichas tienen el poder
de convertirse en indicios y en esa condición
de señalar a alguien, según a quien convengan.
En este caso, únicamente a Obando, como gran
determinador del magnicidio. (Barona, 2006: 243)
Si bien al año siguiente (1831) Morillo, Sarría y Erazo
fueron apresados en Popayán por sospechas en torno
a su posible participación en el asesinato de Sucre, no
van a durar mucho tiempo en prisión: Obando hace
valer todo su influjo sobre las autoridades locales y
sus cómplices logran salir indemnes de la cárcel, tan
rápidamente que no alcanzó el tiempo ni siquiera para
tomarles una declaración (Irisarri, 1866: 241-242).
El resto de los conjurados evadirá por años la justicia al
amparo de revoluciones y conflictos armados, todo lo
que se intentó (o lo que se pensó intentar) contra ellos
se diluyó en medio de terribles tempestades, incluyendo
la del conflicto colombo-ecuatoriano por la posesión de
Pasto (1832). La justicia de los hombres tardará, pero
finalmente llegará.
El Crimen al descubierto
El año 1839 vio surgir en la Nueva Granada una de
las tantas contiendas civiles que desangraron a la joven
república después de la desintegración de Colombia (la
Grande), nos referimos específicamente a la Rebelión
de los Conventos, o de los Supremos (1839-1842),
conflicto político-religiosos que tuvo su origen en
Pasto y que pronto se irradio a buena parte del resto
del País. En el marco de esta confrontación un hecho
absolutamente casual va a dejar al descubierto a los
principales protagonistas de la trama infernal de
Berruecos.
Luego del triunfo del general Pedro Alcantara Herrán
(futuro presidente de la Nueva Granada) sobre las
354
montoneras rebeldes en la batalla de Buesaco, las
guerrillas pastusas continuaron sembrando el terror
en aquella indómita región. Uno de los principales
referentes de estos grupos armados era el perverso y
habilidoso guerrillero Juan Andrés Noguera, a quien
Herrán desea reducir como diera lugar. En pos de tal
objetivo, y al igual que lo hicieran los realistas en
su momento y José María Obando después, Herrán
busca la alianza con otros guerrilleros de zona, uno
de los favorecidos con esta medida fue el tristemente
célebre José Erazo, amigo personal de Noguera,
reincorporando .por Herrán al ejército gubernamental.
El plan era sencillo, atraer a Noguera por la vía de
Erazo, sin embargo este último comienza a jugar
un doble juego que rápidamente es detectado por el
gobierno y Herrán ordena su captura bajo los cargo de
traición (Paz, 2005).
Capturado Erazo por fuerzas gubernamentales a finales
de ese año 1839, es conducido a Pasto para ser juzgado
en consejo de guerra, la comisión debe internarse en
la montañas de Berruecos y al pasar por lugar exacto
en donde ocurrió el crimen del Gran Mariscal de
Ayacucho nueve años atrás, es decir por la angostura de
El Cabuyal o La Jacoba, el oficial que lo lleva detenido
comienza a hacerle preguntas sobre aquel hecho, e
incluso “maliciosamente” lo persuade de que el motivo
de su detención era por la muerte de Sucre. Erazo se
pone nervioso y sus respuestas son muy contradictorias
lo que levanta serias sospechas en el oficial140. Al llegar
a Pasto la novedad es comunicada al comandante
Manuel Mutis, quien se interesa de inmediato en tan
delicado asunto y acude a la celda de Erazo por mayor
información. Sin mucho esfuerzo Mutis consigue que
Erazo cuente todo, este revela los nombres de los
implicados en la conjura mortal e incluso la existencia
de documentos incriminadores, como las órdenes
140 Probablemente el coronel Gregorio Forero
355
escritas de Obando y Álvarez que aún conservaba en
su poder (Barona, 2006: 174-176; Irisarri, 1866: 244-
245).
Acompañado de los coroneles Vicente Bustamante y
José Lindo, Mutis hace repetir a Erazo su confesión
anterior, con este contundente testimonio, y ahora con
testigos de lo que ha revelado, Mutis delata a Erazo ante
el gobernador de la provincia el día 4 de noviembre,
ese mismo día y al siguiente rinde sendas declaraciones
ante las autoridades, el crimen queda develado.
Erazo trató de hacer lo imposible, encubrir a Obando,
pero cayó en nuevas y peores contradicciones, además
las dos órdenes que se encontraron en su casa y que tan
celosamente custodiaba su mujer, Desideria Meléndez,
eran dos pruebas contundentes contra El Tigre del
Cauca. Poco a poco fue develando todo el bandolero,
sus dos declaraciones de noviembre y las posteriores
que aportaría a lo largo del juicio van a confirmar la
existencia de una trama mortal orquestada por Obando.
Trató Erazo de ocultar en parte, y vino al fin a
decir en sus dos declaraciones y en su confesión,
que ocupa las fojas del proceso, desde la tercera
hasta cuarte, desde la octava hasta la undécima, y
desde la centésima trigésima sexta, lo siguiente:
que en el mismo día que llegó el general Sucre al
Salto de Mayo, llegó también el coronel Morillo,
llevando dos cartas, una del general Obando y otra
del teniente coronel Antonio Mariano Álvarez,
las cuales no eran sino unas credenciales que le
habrían dado, para que por ellas Erazo le auxiliase
en la empresa, que el mismo Murillo le diría de
viva voz; que este le aseguro que no se trataba
de otra cosa que de asesinar al Gran Mariscal.
(Irisarri, 1866:246)
El Juez de Pasto “libró exhorto al Juez de Popayán para
que remitiera preso a Obando y ordenó la captura de los
356
demás que aparecían como cómplices” (Barona, 2006:
169-170141). Pablo Morillo es capturado en Cali el 14
de noviembre de 1839, y para el día 2 de diciembre se
encuentra en Pasto rindiendo declaración.
Preguntado si sabe o tiene noticia de la muerte
del General Antonio José de Sucre, ejecuta en la
montaña de La Venta, y si sabe quiénes sean los
autores y cómplices de este asesinato, dijo: que
habiendo venido el que declara expulsado de
Ecuador por sus opiniones políticas en el año de
treinta, se encontró en esta ciudad (Pasto) con el
General José María Obando que tenía el mando
de las tropas de todo el departamento del Cauca,
según el sistema que entonces regía, y después
de haberle obligado a que volviese al servicio en
las tropas de su mando, lo llamó un día, que sería
uno de los últimos de mayo o primeros de junio
del referido año 30, a la pieza de su habitación,
y a presencia del Comandante Antonio Mariano
Álvarez se insinuó del modo siguiente: “La patria
se halla en el mayor peligro de ser sucumbida por
los tiranos, y el único medio de salvarla es quitar al
General Sucre142”. (Aristeguieta, 1974:87)
Morillo no se guarda nada, lo cuenta todo con lujo
de detalles, en especial lo referido a las dos órdenes
escritas recibidas de manos de Obando y Álvarez para
Erazo. El ahora prisionero señala personas, lugares
y fechas con la precisión y coherencia que sólo un
protagonista de los hechos podía tener. Involucra
a Obando, a Álvarez, a Erazo, a Sarría y a los tres
pistoleros en el complot. En sus declaraciones Morillo
nunca renunció a su rol de principal comprometido
con el golpe, es más expresó que en un determinado
momento, ante las dudas que por instantes asaltaron a

141 Citando a Ruiz Rivas.


142 Cursivas del autor.
357
sus cómplices, estuvo dispuesto a continuar sólo pues
ya estaba comprometido con la empresa.
Sin que existiera un acuerdo previo, las declaraciones
de Morillo coinciden casi íntegramente con las de
Erazo, así como también con las de los otros testigos
citados a declarar: Desideria Meléndez, su hijastro
Cruz Meléndez, los soldados que estaban enfermos
en Mayo, el comerciante cubano Patiño, los miembros
de la comitiva de Sucre, etc., todo vino a confirmar
lo expuesto por Morillo, declaraciones, confesiones,
careos, documentos, nuevos asesinatos, todo apuntaba
a una trama infernal urdida por Obando y ejecutada por
Pablo Morillo.

La reacción de Obando
Obando se encontraba en Bogotá cuando llegó con mucha
fuerza a aquella capital la noticia de que “ya estaba
descubierto el asesinato de Sucre por declaraciones y
la orden original firmada por Obando”, sin embargo
la novedad no sorprendió al general pues su esposa lo
había puesto sobre aviso ya, enviándole una posta con
la noticia apenas ésta fue dada a conocer en Popayán
por el coronel Bustamante. El 5 de diciembre de 1839,
por su propia voluntad, Obando abandona Bogotá y se
dirige a Pasto, vía Popayán, para comparecer ante la
justicia (Obando, 1842: 216).
El 17 de diciembre (noveno aniversario de la muerte
del Libertador Bolívar) Obando arriba solo a Popayán,
conoce ya la existencia de una orden de aprensión
en su contra instruida desde Pasto pese a lo cual el
veterano guerrillero no se intimida, llega a la plaza
principal y notifica al gobernador su presencia en esa
ciudad. Ese día nada pasó, el general se dirigió a su
casa para buscar documentos y preparar su defensa.
El 18 de diciembre, el Juez Jaime Arroyo hacer valer
358
el mandato contra Obando y cuando el reloj marca las
diez de la mañana, estando en compañía de los letrados
Romualdo Liévano y Joaquín Mosquera, Obando es
capturado y conducido a prisión. Obando no pasa más
que unas pocas horas en la cárcel, algunas diligencias
bastaron para argumentar algunas “irregularidades” en
el procedimiento de aprensión y el caudillo es puesto
en libertad en la noche de ese mismo día. Sin embargo,
el Juez Arroyo no se da por vencido fácilmente, al día
siguiente, 19 de diciembre, Obando recibe la visita
del capitán José Joaquín Lemos quien trae órdenes de
conducir al caudillo hasta Pasto, el general no se opone,
está muy seguro de sí mismo, toma sus cosas y parte
junto a una pequeña comitiva hacia Pasto, a través de
las montañas de Berruecos (Obando, 1842: 218-222).
Las contiendas civiles en los alrededores de La Venta
impiden el paso de la comitiva hacia Pasto, parecía una
ironía ¡el paso a través de las montañas de Berruecos
no era seguro para Obando¡ en tal sentido el capitán
Lemos, luego de esperar dos o tres días en Mercaderes
y de notificar su incómoda situación, decide regresar
a Popayán con su conducido. El 5 de enero de 1840
el pequeño grupo arriba a la hacienda Las Piedras
-propiedad de Obando y distante sólo tres leguas de
Popayán- allí el gobernador Castrillón asigna casa por
cárcel al ya cautivo general, estropeando de esta manera
su intención de volver a la ciudad (Obando, 1842: 225).
A la rebelión que desde Pasto estremecía al Cauca
se suma, el 18 de enero, el alzamiento en Timbío, el
gobierno sospecha que la larga mano de Obando puede
estar detrás de estos acontecimientos, en especial para
evadir sus responsabilidades con la justicia. Pese a estas
presunciones el general Herrán (su adversario directo
en la disputa por la presidencia de la república) envía
emisarios a Obando para ganar su apoyo contener estas
revueltas. Lejos de aquello, el 22 de enero, Obando se
359
va de Las Piedras y se pone a la cabeza de las fuerza
alzadas en Timbío junto a la incondicional lanza de
Juan Gregorio Sarría (Rumazo, 1976; Barona, 2006;
Obando, 1842).
La rebelión de Obando duró menos de un mes, tiempo
suficiente para poner sobre las armas a unos 600
hombres y sostener con éxito algunos combates frente
a las tropas del gobierno comandadas por Herrán.
Consciente de sus reveses y de que las fuerzas de
Obando crecían como la espuma en un terreno que les
era por demás absolutamente favorable, Herrán toma el
camino de la conciliación, ofrece una amnistía general
y garantías para que Obando -junto a él- pueda llegar
a Pasto a presentarse ante las autoridades. Después
de negociar personalmente ambos caudillos (4 y 5 de
febrero de 1840), se alcanza el cese de hostilidades y
ambos generales marchan a Pasto el día primero de
marzo (Obando, 1842: 229-259).
El 9 de marzo Herrán y Obando arriban a la indómita
ciudad de Pasto, de inmediato el Juez de Hacienda,
Dr. Vicente Merino, ordena el encarcelamiento de éste
último, fijando como sitio de reclusión la propia casa
del sospechoso toda vez que no encuentra garantías para
ello en el cuartel de San Francisco. El martes Santo, 14
de abril de 1840, el Fiscal de la causa, teniente coronel
Juan Masutier, arriba a Pasto para imponer los cargos a
Obando y tomar su confesión (Obando, 1842). Seguro
de sí mismo el dueño del Cauca rindió declaración
descalificando al Fiscal, al principal testigo (Morillo) y
restando importancia a las órdenes encontradas en casa
de Erazo:
¡Un testigo y un papel¡ He aquí las grandes
pruebas con la que se me quiere llevar al suplicio.
Un testigo y un papel; pero ¡qué testigo y qué
papel¡ Un testigo como Morillo (…) Un papel que
á nada dice, pero al que las bayonetas tuvieron la
360
virtud de hacerle hablar primores y decir cuánto
han querido. (Obando, 1842: 258)
Obando rebatió todos los argumentos de la fiscalía,
alegó que las órdenes por él firmadas correspondían a
otro momento histórico (la campaña contra el bandido
Noguera en 1828) y cuestionó los tiempos, lugares y
fechas citadas por Morillo en su declaración, echando
mano a su profundo e incuestionable conocimiento
de aquella región. Sin embargo, no contó el general
Obando con que los testimonios de los demás testigos
lo sepultarían, en especial el de Desideria Meléndez,
mujer de Erazo y celosa cancerbera ¡durante diez años¡
de las órdenes escritas que hoy constituían la principal
prueba de su culpabilidad. Consciente de que el crimen
no prescribe, aquella humilde mujer, de tan cuestionable
y dudosa reputación como su marido, guardó en rústica
bóveda la única prueba que podría salvar el pellejo de
su compañero de vida (y de ella misma) una vez que
se descubriera la trama infernal de la cual fue testigo
¿Guardaría con tanto celo una orden para proceder
contra Noguera? Una orden que ni siquiera implicó
la desaparición física del famoso bandido en aquel
momento. Incuestionablemente, la orden de Obando
para proceder en contra de la vida del Gran Mariscal de
Ayacucho había sido real y constituía ahora, junto a los
testimonios de los declarantes, un indicio contundente
de su culpabilidad (Aristeguieta, 1974: 94-95).
Más allá de los argumentos esgrimidos por Obando
en su defensa, Sucre estaba muerto, alguien le había
asesinado ¿Qué decía a esto Obando? Pues muy
sencillo, el argumento inicial y contradictorio de 1830
inculpando a la “facción de la montaña” era cambiado,
diez años después, por el de un autor intelectual
foráneo: el general Juan José Flores.
Flores recibió correspondencia de Obando en
marzo, abril y mayo (ver capítulo I) en ella se
361
informaba acerca del “peligro” de Sucre y se
consultaba qué hacer con él. Incluso Obando
fue más allá: propuso un encuentro secreto para
tratar el tema, a lo que Flores contestó: “Aunque
estoy bastante destruido, acepto la entrevista
que me propones en Tulcán; vente, pues, cuanto
antes (…) juntos acordaremos todo los que nos
pueda interesar; obraremos como hermanos”
(Rumazo, 1976: 257). A pesar de la respuesta
Flores no acude a la entrevista, envía al coronel
Guerrero, el supuesto “misterioso” emisario de
Flores que cruzó la frontera antes del crimen.
Sin duda fue prudente Flores en su proceder
con Obando, supo cuidar sus espaldas y cuando
lo vio necesario publicó las cartas que recibió
de Obando en 1830, como él mostró también
su comprometedora respuesta. Si bien estos no
constituyen elementos suficientes para inculpar
al general venezolano presidente del Ecuador,
al menos si lo hacen conocedor y encubridor de
la trama mortal. Flores pudo detener la conjura,
sin embargo dejó que Obando obrará con total
impunidad, Sucre era un claro adversario
político para él en el sur pero era también su
amigo personal y objeto de su más grande afecto,
al punto de hacerlo padrino de su pequeña hija
con la Marquesa de Solanda: teresita. La actitud
del prócer, de lucida y célebre, actuación en
Carabobo y Tarqui, es a todas luces cuestionable.
La defensa de Obando no prospera, su discurso
acalorado y sus maniobras no debilitan la solidez de
las pruebas en su contra, ahora él mismo se define
como la “inocente víctima” de un complot urdido por
el gobierno de Márquez con la participación de Herrán,
sus horas en prisión están contadas, el caudillo tomará
el camino de la rebelión.
362
El 5 de julio de 1840, bajo el amparo de la noche y
aprovechando la distracción generada en la ciudad
por una fiesta que se celebraba cerca de su casa, José
María Obando se fuga de su arresto domiciliario; su
incondicional Sarría y sus cómplices Álvarez (en el
hospital militar) y Torres (en la cárcel) huyen también
con él (Obando, 1842: 310). Al día siguiente Obando se
alza en armas en el Timbío (Rumazo, 1976: 248).
Sin embargo, esta nueva aventura militar va a ser
particularmente adversa para Obando. El 11 de julio de
1841, en La Chanca (Cali), el general rebelde sufre una
dolorosa derrota, debiendo retirarse apresuradamente.
Entre sus bajas se cuenta Sarría, gravemente herido
de un lanzazo. Ya de retorno en Pasto no encuentra
descanso ni sosiego, se ve acosado por el enemigo
desde Popayán y Tuquerres, no quedándole otra opción
que la de buscar la protección de su antiguo aliado: el
Perú.
Una trabajosa marcha en medio de la selva debe
acometer Obando para salvar su pellejo; atraviesa los
ríos Putumayo y Marañón padeciendo durante semanas
penurias y calamidades de todo tipo. Finalmente, el 3
de febrero de 1842, Obando llega a Trujillo (Perú), de
allí pasa a la capital143 (Lima) ciudad en donde gozará
de asilo político por un buen tiempo antes de emigrar
a Chile. Gracias a un indulto del gobierno de su íntimo
amigo José Hilario López, Obando regresa a la Nueva
Granada en 1849 y ocupa diferentes cargos políticos y
militares, llegando incluso, a la vuelta de unos pocos
años (1853), a ocupar la presidencia de la República.
Sin embargo, el crimen y la mentira tienen patas cortas,
lo que la justicia de los hombres no logró, ni en el 30 ni
en el 40, lo conseguiría la justicia divina, acá mismo en
la tierra, como debe ser.
143 En este tiempo publica en Lima su libro “Apuntamiento para la
Historia”, una especie de auto biografía en donde, entre otras cosas, se
defiende de la causa que se le sigue por el asesinato del Mariscal Sucre.
363
El juicio de juicio de los hombres
El 18 de agosto de 1842, el Consejo de Guerra reunido
en Bogotá emite su veredicto: Por su responsabilidad
directa como autor material del crimen cometido contra
la persona del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio
José de Sucre, Apolinar Morillo es sentenciado a
la pena capital; Erazo, Sarría, Torrez y Alvarez son
hallados culpables en grado de complicidad. José
María Obando es señalado como “principal autor del
asesinato”, sin embargo no se emite sentencia contra
éste toda vez que se encuentra prófugo en el Perú. El
Consejo sugiere solicitar al Ejecutivo que, a través del
Encargado de Negocios de la Nueva Granada en Lima,
se “reclame enérgicamente la persona de aquel reo y
demás cómplices en el mencionado asesinato que se
encuentren en dicho territorio” (Rumazo, 1976: 255).
La Corte Suprema de Justicia ratificó la sentencia
contra Pablo Morillo toda vez que el acusado “se
halla convicto y confeso de sus delitos” (Villanueva,
1995: 513). Por su parte el ahora presidente de la
Nueva Granada, Pedro Alcántara Herrán, negó el
beneficio de la conmutación de la pena alegando
que “todos estos hechos y las demás circunstancias
agravantes de tan atroz delito se hallan comprobados
por las declaraciones, ratificaciones y careos…”.
Adicionalmente, Herrán señala en sus consideraciones
que por el hecho de haber escapado o muerto los demás
implicados, Morillo, “como principal ejecutor del
crimen” es “el único reo presente en quien pueden
ejecutar las leyes su acción” (Villanueva, 1995:513).
En medio de la más impecable solemnidad, y bajo la
mirada atenta y expectante de tres batallones del ejército
y miles de ciudadanos, el 30 de noviembre de 1842, a
las cuatro y treinta de la tarde, es fusilado Pablo Morillo
en la Plaza Mayor de Bogotá. Para agregar un toque
adicional de dramatismo a la ya espectacular escena,
364
Morillo, al pie de la bandera, mientras se da lectura a
su sentencia, grita a toda voz y confiesa su crimen, pero
señala que lo hizo por mandato de Obando. A través del
capellán que lo asistía en sus horas finales Morillo hará
circular un documento titulado “a mis conciudadanos,
a mis compañeros de armas, a la humanidad entera”,
en él se arrepiente del crimen cometido y perdona
a Obando por involucrarlo en esta trama infernal
(Villanueva, 1995, Pérez y Soto, 1924a, Rumazo, 1976).
Ubicado el reo en el paredón, cuatro tiradores –al
igual que en Berruecos- apuntan sus armas contra la
humanidad de aquel hombre que una vez se contara
en medio de las filas de la patria. Una voz de mando
ordena fuego: cuatro detonaciones estremecen la
capital de la Nueva Granada, cuatro balas mortales
dicen JUSTICIA, Morillo ha sido ejecutado (Rumazo,
1976).
A MIS CONCIUDADANOS144
a mis compañeros de armas, a la humanidad
entera,
Dentro de pocos instantes no quedará de mi sino
la memoria, lo único que me sobrevivirá y que
quisiera librar de la ignominia con la sangre que
voy a derramar en el patíbulo. Nada deseo ya,
nada más apetezco sino el que mi nombre no
sea pronunciado con horror ni excecrado por la
posteridad,...........................................................
Cometí, es verdad, un delito, pero mi corazón no
participó de él; mi acción fue criminal, pero mis
sentimientos jamás lo fueron..............................
Un destino funesto quiso que el ex-General José
María Obando, que tenía meditado el asesinato
del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José

144 Se respeta, como a lo largo de toda la obra, la ortografía y redacción


original del documento (Nota del Autor).
365
de Sucre, de acuerdo con otros señores, cuyos
nombres no debo espresar en estos momentos,
mas cuando la opinión pública los señala con el
dedo, me escojió por instrumento, para entender
en aquel crimen perpetrado en un hombre justo a
quien yo respetaba.
Acostumbrado a obedecer ciegamente las órdenes
superiores, no tuve bastante discernimiento para
meditar en la naturaleza y consecuencias de
la orden que se me daba, mucho más cuando
me rodeaban multitud de circunstancias que
impedían evadirme. Bastaba que emanara del
Comandante General del Departamento en
donde me hallaba, es decir, de una autoridad
legal, de Obando, en quien el Supremo Gobierno
tenía depositada su confianza, para que yo no
pensara más que en obedecer. Si mi voluntad
la repugnaba, mi sumisión me compelía a
ejecutarla, tanto más, cuanto que, al darme la
órden que debía conducir los ejecutores, se hizo
valer como resultado de su ejecución la salud de
la patria, de esta patria, objeto exclusivo de todas
mis afecciones y en cuyo objeto había ofrendado
desde muy temprano, mis haberes, mi sangre y
mi vida....
el que me tendió el lazo que hoy me arrastra al
suplicio, sabía bien, que hablarme de la salud de
la patria era privarme de toda reflexión sosegada
y comprometerme sin restricción y sin reserva.
Más, apenas la víctima había sido immolada,
reconocí que era un crimen execrable
en el que se me había complicado no un servicio
a mi patria: cuando oí la maldición que de todas
partes se lanzaba sobre los perpetradores de
aquel atentado; entonces vi servicios anulados,
mi reputación que tan cuidadosamente había
366
procurado conservar, enteramente destruida,
mancillado mi honor militar tantas veces
aplaudido, y ennegrecido con la sangre de un Jefe
ilustre, cuyo valor admiraba y cuyas virtudes me
encantaban; entonces conocí en toda su estensión
el horror de mi infortunio. El remordimiento
emponzoñó mi existencia, sin gozar en adelante
un momento de paz.
La idea implacable de aquel hecho, me ha
perseguido incesantemente, en la noche, en el
día, en la vigilia, y en el sueño: jamás, ni un
instante, me ha dejado de reposo..............y el
remordimiento más penetrante que las balas que
atravezaron la víctima inocente, ha despedazado
constantemente mi corazón.
Yo perdono al ex-General José María Obando
el haberme arrastrado al abismo donde me
encuentro: esta acción, cuyo valor solamente
puede medirse por la intensidad del largo martirio
moral que he sufrido durante doce años, y por el
trance final que lo colma; esta acción, digo, será
de algún mérito ante Dios misericordioso que me
espera, en quien confío. Mis días acaban de ser
contados, y la eternidad se abre ante mí. En este
momento, próximo a comparecer delante del
Juez que lee nuestros corazones, y que no puede
ser engañado, declaro solemnemente, que cuanto
he expresado y confesado en mi proceso es
verdad en toda fuerza; que nada he disfrazado ni
alterado,; mi boca es el órgano de la verdad, pués
hablo a la hora del desengaño, en el momento
de la severa realidad, cuando nada tengo que
esperar ni temer de los hombres. Mi conducta
desde que se inicio el juicio, manifestará al
mundo entero, mi sinceridad, y que es la verdad
pura, la que he proferido, y la que rindo este
367
último homenaje, cuando el mundo desaparece
a mis ojos, cuando ya el ánimo no abriga amor,
ni odio, temor ni esperanza. Yo mismo me he
presentado: he marchado de pueblo a pueblo,
cuando así era preciso para adelantar la causa,
sin que haya podido intimidarme la certidumbre
de la pena merecida que me aguardaba. Tomé
las armas en defensa del Gobierno contra
Obando mismo, cuando ya se me seguía la
causa: fuí preso, arrojado e indultado por éste
atrozmente en Popayán, hasta que me llevó a La
Chanca, en donde fuí rescatado milagrosamente,
después de haberme arrancado por la violencia
en el calabozo, en donde me sumerjió lleno de
prisiones, una carta en que me hacía retractar de
lo que había expuesto en su contra en el proceso
que se siguió en Pasto, y cuyo documento no me
fué posible dejar de dar en aquellos instantes,
en que se me amenazaba con la muerte, que
dí por salvar mi vida, y que hoy doy por nulo
y de ningún valor ni efecto. Desde entonces
había permanecido libre, y libre he venido
a esta capital a que me impongan la pena que
voy a sufrir......................................................
La conciencia me urgía, mi alma ansiaba por
el término de sus sufrimientos, y mi voluntad
toda estaba resignada al golpe de la justicia. Yo
debía satisfacer con mi vida el crímen de que
fuí instrumento por haber conducido la órden
en que se disponía el asesinato; y no puedo
menos de confesar, que el Consejo de Guerra,
compuesto de compañeros de armas y algunos
amigos personales, la Corte Suprema y el Poder
Ejecutivo, han llenado religiosamente su deber.
Conciudadanos queridos: hermanos en patria,
leyes y religión. En nombre de Dios piadoso,
delante del cual me veré humillado y confundido,
368
os suplico me perdonéis, y no recordéis mi nombre
para maldecirlo................No fué la perversidad, ni
mi ánimo depravado y reflexivo el que me redujo
a delinquir; la más triste y deplorable desgracia,
rodeada de mil aparatos imponentes fué la que
me precipitó.......................Compadeceos de mí en
vez de abrumar mi infeliz memoria con el baldón.
Imitad al Redentor, a ese Dios más agraviado que
vosotros, que al ver mi dolor, y al oir mi súplica, me
abre los brazos y me perdona. Alabo y bendigo su
providencia, que me manda la muerte en medio de
los mayores auxilios; que me ha dado tiempo para
arrepentirme y purificarme, y para pedirlos, partido
el corazón, bañado en lágrimas y con el rostro en
tierra, mil veces perdón.
Compañeros de armas: amigos queridos,
perdonadme igualmente....¡ que mi desdichado
ejemplo os sirva para reflexionar, que vuestra
obediencia no es, ni debe ser, enteramente pasiva
y servil: que la razón, las leyes y la justicia
universal le han prescrito límites que no es
posible traspasar sin delinquir¡......................
Marcho ya para el suplicio...................Adiós
para siempre...................; que mis años y el
sacrificio del único bien que me restaba, la vida,
aplaquen la sombra de Sucre.................satisfagan
la justicia y la humanidad ¡...............................
Que a la misericordia de Dios se una la de los
hombres................................
En la capilla del Cuartel de San Agustín, a 28
de noviembre de 1842
Apolinar Morillo.



369
PROCLAMA
Soldados!
Más de doce años hace que se cometió el mayor
crimen con que queda manchada la noble
historia de la Revolución de Independencia de
las Repúblicas Sud- Américanas. Sí, más de
doce años hace, que fue alevosamente asesinado
el Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de
Sucre, uno de los más esclarecidos generales
de la antigua Colombia: el que ganó la célebre
batalla de la guerra de Independencia en los
campos de Ayacucho. Sus crueles enemigos
habían burlado la pena de la ley, pero no así la de
sus conciencias, que los ha devorado en silencio.
Yo oí decir al mismo Morillo cuyo cadáver veis
ahí, que desde que cometió aquel crimen, no
había disfrutado un instante de tranquilidad.
Sus cómplices han tenido un fin horroroso, y
los que aún viven, después de haber bañado en
sangre y lágrimas a su Patria, por sustraerse del
condigno castigo, vayan atormentados por sus
propios remordimientos, esperando despavoridos
el momento en que la ley divina o humana se
cumpla con ellos. Y ciertamente que se ha de
cumplir, porque los grandes crímenes jamás
quedan impunes, y tarde o temprano cae sobre
la cabeza de sus autores el castigo merecido. El
Coronel Morillo hizo largos servicios a la Patria,
es verdad; pero todos los borró con su crimen, y
vedle ahí cual acaba su existencia, el más triste y
miserable de los hombres.

Bogotá, 20 de noviembre de 1842


General Joaquín París
(Pérez y Soto, 1924c: 357-358)
370
Los demás cómplices en el complot criminal de
Berruecos tendrán también, en su mayoría, un trágico
final: al vertiginoso fallecimiento de los tres tiradores
(Cuzco y los dos Rodríguez), al menos dos de ellos
envenenados, se suma la muerte de Antonio Álvarez
en medio de la guerra de rebelión; la de Erazo quien
muere de fiebre en la prisión de Chágres (Panamá)
a donde fue remitido junto a su esposa Desideria
Meléndez; y la de Sarría, fallecido en su pueblo a
consecuencia de la herida recibida en La Chanca, luego
de agravar su salud el tiempo que estuvo recluido en el
castillo de Bocachica (Barranquilla). A este cuadro se
sumará, más pronto que tarde, José María Obando con
su trágico final.

El tribunal de Cruz Verde


Un año duró Obando en la presidencia de la Nueva
Granada antes de ser derrocado. Regresa al Cauca
y ante el advenimiento de un régimen conservador
en Bogotá se asocia a su antiguo adversario, Tomas
Cipriano Mosquera, para enfrentar el gobierno de
Mariano Ospina Rodríguez, en lo que constituirá su
última campaña militar.
Según cuenta el historiador colombiano José María
Cordovez Moure , el 29 de abril de 1861, muy temprano
en la mañana, sale Obando de Boyacá con 380 hombres
y toma el camino hacia Bogotá para auxiliar a las
fuerzas de Mosquera. Atraviesa la sabana y arriba a
“Tres Esquinas de Bermeo” lugar donde toman un
breve descanso y se informan de la situación de las
tropas de gobierno. Retomada la marcha el coronel
Cuellar sugiere tomar el camino de El Rosal para ir
al encuentro de las tropas de Mosquera, así lo hace
Obando dirigiéndose, sin saberlo, a un destino mortal
(Barona, 2006).
371
Las tropas del gobierno habían sido anoticiadas de la
presencia de Obando; el coronel Heliodoro Ruiz les
esperaba emboscado en tres puntos estratégicos: “El
Rosal”, “Tierra Negra” y “Cruz Verde”. La escena de
Berruecos parecía repetirse 31 años después, hombres
emboscados al acecho de sus víctimas, El Cabuyal era
ahora El Rosal. Cubiertos por la maleza las fuerzas
gubernamentales rompen fuego en aquel camino, a
diferencia de Sucre Obando al menos tiene tiempo de
reaccionar, la infantería y la caballería irrumpen en
escena, todo es confusión, las fuerzas de Obando están
envueltas en el más completo desastre, el Tigre decide
huir.
Se alejó del campo de combate con probabilidades de
salvación, cuando al pasar por un puente inclinado y
resbaladizo cayó el caballo en una zanja; el capitán
Aldana, que lo acompañaba, alcanzó a oír las palabras
de Obando con que invocó a la Virgen del Carmen. El
caballo del general salió del atolladero y echó a correr
hacia el sur, asustado por los gritos de los vencedores
que se acercaban, y cuando Aldana se ocupaba en
cogerlo llegó un lancero a donde estaba Obando y
le dio una lanza, sin atender las voces de éste que se
declaraba rendido. (Barona, 2006: 113-114)
El sitio de Cruz Verde se convirtió en el patíbulo de
Obando, la sentencia se ejecutó rápidamente. Al primer
lanzazo sobrevinieron varios más, en total seis, uno
de ellos en la nariz, otro, el más mortal, atravesó los
pulmones y el hígado, en todos y cada uno de ellos iba
inserto un reclamo de justicia ante una vida dedicada a
violencia y a la barbarie.
Como si esto no fuera poco, el destino tenía preparada
una nueva sorpresa para Obando, ahora en los postreros
momentos de su agitada y turbulenta existencia. El
caudillo no murió al instante como Sucre, agonizó,
y aún ahogándose con su propia sangre tuvo la
372
oportunidad de pedir un sacerdote para arrepentirse
de sus pecados. De las filas gubernamentales emerge
un joven capellán para darle los Santos Óleos, se trata
del padre Antonio José de Sucre, sobrino del héroe de
Pichincha y Ayacucho, quien al mirar al cielo y levantar
su brazo derecho baja el telón de uno de los episodios
más trágicos y repugnantes de la historia americana:
“José María Obando, yo te absuelvo, en el nombre del
padre, del hijo y del Espíritu Santo” (Cova, 1995: 263;
Dietrich, 1995: 266; Pérez y Soto, 1924a:138).
373

ANEXOS
374
375
LEY DEL 11 DE AGOSTO DE 1825
La Asamblea General del Alto Perú, deseando acreditar
pública, expresiva y solemnemente su eterna gratitud
y reconocimiento eminentemente justo al inmortal
Libertador de Colombia y del Perú Simón Bolívar, al
valiente y virtuoso Gran Mariscal de Ayacucho y al
Excelentísimo Libertador vencedor de los vencedores
de Guaqui, Vilcapugio, Aroma, Sipesipe y Torata.
Deseando igualmente perpetuar en la memoria de los
alto peruanos que a tan heroicas, generosas, nobles
manos debe esta región su existencia política, su
libertad y la reunión del cuerpo que ha deliberado sobre
su futura suerte, ha venido en decretar y decreta todo lo
que sigue:
1. La denominación del nuevo Estado es y será
para lo sucesivo República de Bolívar.
2. El Alto Perú expresa al Continente entero
que en razón de su ilimitada confianza en
el Libertador de Colombia y del Perú, le
reconoce por su buen padre y mejor apoyo
contra los peligros de desorden, anarquía,
tiranía, invasiones injustas y ataque cualquiera
al carácter de Nación, de que se ha investido
por voto unánime de sus Representantes.
3. S.E. el Libertador tendrá el Supremo Poder
Ejecutivo de la República por todo el tiempo
que resida entre los límites de ella, y donde
quiera que exista fuera de éstos, tendrá los
honores de protector y Presidente de ella.
4. El seis de agosto memorable porque en él
aprendió el Ibero feroz en los campos de Junín
a huir en el Perú de las Legiones inmortales
mandadas por el Libertador, será consagrado
en Fiesta Cívica, y se celebrará anualmente en
todo el territorio de la República.
376
5. El nacimiento del Libertador anualmente
será una fiesta cívica en todo el territorio de
la República; mas esta Resolución no tendrá
efecto, sino después de la vida de S.E.
6. El retrato de S.E. el Libertador será
colocado en todos los Tribunales, Cabildos,
Universidades, Colegios, Escuelas y Casas de
pública enseñanza, para que su vista recuerde
la memoria del Padre de la Patria, y estimule la
imitación de sus excelsas virtudes.
7. En cada una de las Capitales de los
Departamentos de la República se colocará la
estatua ecuestre de S.E. el Libertador sobre una
columna.
8. El Gran Mariscal de Ayacucho, como encargado
inmediato del mando de los Departamentos de
la República, mandará forjar y presentará a su
Excelencia el Libertador una medalla de oro
tachonada de brillantes de diámetro que juzgue
más adecuado, para que en el anverso de ella
el Cerro de Potosí, y al Libertador colocado
al término de una escala formada de fusiles,
espadas, cañones y banderas, en actitud de
fijar sobre la cima de dicho cerro la gorra de
la Libertad, y en el reverso entre una guirnalda
de oliva y laurel la siguiente inscripción: La
República de Bolívar agradecida al héroe cuyo
nombre lleva.
9. El día 9 de diciembre será consagrado en Fiesta
Cívica en todo el territorio de la República en
celebridad y grata memoria de la inminente
gloriosa jornada de Ayacucho.
10. El aniversario del nacimiento de S.E. el Gran
Mariscal de Ayacucho será también celebrado
anualmente como fiesta cívica en todo el
377
territorio de la República después de los días
de su existencia.
11. El retrato del Gran Mariscal de Ayacucho será
colocado a la izquierda de S.E. el Libertador de
Colombia y del Perú en todos los lugares y con
los mismos objetos que lo expresa el Art. 6º de
este decreto.
12. El Gran Mariscal de Ayacucho será reconocido
primeramente General de la República con la
denominación de Capitán General, hasta que
la ley determine la correspondiente al último
grado militar del Estado.
13. Su Excelencia gozará también del título de
Defensor y gran Ciudadano de la República de
Bolívar.
14. La Ciudad Capital de la República y su
Departamento se denominará en lo sucesivo
Sucre.
15. El presidente de este Departamento queda
encargado de mandar a construir y presentar a
S.E. el Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José
de Sucre, a nombre del Congreso una medalla de
oro guarnecida de diamante del mismo diámetro
que crea bastante para que en su anverso se grave
a S.E. arrancando al Perú figurado por una vicuña
de entre las garras de un león, y al reverso la
siguiente inscripción: La República Bolívar a su
defensor Héroe de Ayacucho.
16. Una estatua pedestre del Gran Mariscal de
Ayacucho será colocada sobre una columna en
cada una de las capitales de los departamentos
de la República.
17. Se mandará a construir una gran lámina
de oro en cuyo centro se vea una hermosa
378
joven indígena símbolo de América, sentada
sobre los despojos de un León, y bajo de un
pabellón formado de los Estandartes de todos
los Estados del Continente; esta joven estará
abrazando con la diestra al Libertador, y con la
siniestra al Gran Mariscal de Ayacucho, y estos
dos héroes se verán en actitud de decorarla
con la gorra de la Libertad, y pisando grillos,
y cadenas despedazadas. En los costados de
gravarán los nombres de los otros Generales
y Jefes que concurrieron a las acciones de
Junín y Ayacucho, al pie los nombres de todos
los Comandantes y Oficiales que se hubiesen
distinguido en ambas; esta lámina se colocará
en la Sala de Sesiones de la REPÚBLICA DE
BOLÍVAR.
18. Todo hombre que hubiese combatido por
la libertad en Junín o Ayacucho se reputará
natural y ciudadano de la República de Bolívar.
19. Un millón de pesos será distribuido
oportunamente por S.E. el Libertador al
Ejército Unido Libertador Vencedor en Junín y
Ayacucho como un pequeño premio de su valor
y servicios hechos a la América en general, y a
esta República en particular.
20. Para que el premio establecido en el artículo
anterior tenga su debido fin y cumplimiento,
se autoriza plenamente a S.E. el Libertador,
a efecto de que por medio del Agente o
Agentes que tuviese a bien nombrar, negocie
un empréstito de la cantidad necesaria para
realizar el premio, afianzando el pago con los
fondos de la República.
Comuníquese a Su Excelencia el Gran Mariscal de
Ayacucho para su publicación y cumplimiento.
379
Dado en la sala de sesiones de Chuquisaca a 11 de
agosto de 1825. José Miguel Serrano, Ángel Mariano
Moscoso, Dip. Secretario, José Ignacio San Ginés, Dip.
Sec.
Copia
Ángel Mariano Moscoso, Dip. Sec. José Ignacio San
Ginés. Dip. Sec.
(Arze, 2015: 171-174)
380
LEY DEL 13 DE AGOSTO DE 1825
La Asamblea General del Alto Perú
Considerando:
PRIMERO: que al haberse pronunciado el Alto
Perú independiente y constituídose en Estado Libre
y Soberano conforme a la voluntad general de sus
Departamentos, necesita darse forma de Gobierno,
que sirva de base al provisorio indicado por el Gran
Mariscal de Ayacucho en la convocatoria de nueve de
febrero, ratificada por el Libertador de Colombia y del
Perú en su decreto de diez y seis de mayo del corriente
año.
SEGUNDO: que así por analogía a las formas que se
han dado los Estados limítrofes del continente, como
por los principios de civilidad y justicia que envuelve
el régimen popular representativo, es este el más
conforme a la felicidad y mejor administración del
Estado Alto Peruano, cuyas partes ni se separan por
enormes distancias, ni su todo es un cuerpo de magnitud
ingente y deforme.
Decreta:
PRIMERO: El Estado del Alto Perú se declara en su
forma de Gobierno, Representativo Republicano.
SEGUNDO: Este Gobierno es concentrado, general y
uno para toda la República y sus departamentos.
TERCERO: Él se expedirá por los tres poderes:
Legislativo, Ejecutivo y Judiciario, separados y
divididos entre sí.
CUARTO: El Legislativo residirá en un Congreso
Nacional de representantes elegidos, convocados y
reunidos en la forma que se determina por la ley.
QUINTO: El Ejecutivo será regulado por la misma
ley: quedando por ahora establecido según el decreto
381
de diez y seis de mayo, ya citado y conforme a lo
prescrito por la Asamblea en su resolución de premios.
SEXTO: El Judiciario está en los tribunales constituidos
y en los que en adelante se establezcan por la ley.
SEPTIMO: El objeto de estos tres grandes poderes
será proteger y respetar los sagrados derechos del
hombre en su libertad, seguridad y propiedad.
Imprímase, etc.
(Arze, 2015: 174-176)
382
ABOLICIÓN DEL TRIBUTO INDIGENAL
Y ESTABLECIMIENTO DE UN REGIMEN
TRIBUTARIO
SIMÓN BOLÍVAR
Libertador de Colombia y del Perú, etc.

Considerando:
1. Que proclamadas por la asamblea de estas
provincias su absoluta independencia, libertad
e igualdad civil, dejaron de existir las clases
privilegiadas.
2. Que debe abolirse toda contribución degradante
a la dignidad de ciudadano.
3. Que la impuesta a los indígenas exclusivamente,
con el nombre de tributo, gravita sobre la clase
más miserable de la sociedad.
4. Que la contribución directa distribuida entre
todos los ciudadanos, con proporción a las
propiedades que poseen, a las ciencias o artes
que profesan, y a la industria de cada uno, los
hace concurrir de un modo equitativo e igual al
sostenimiento de las cargas del Estado: oída la
diputación permanente:
Decreta:
1. La contribución impuesta a los indígenas por
el gobierno español con el nombre de tributo,
quedará abolida luego que se haya enterado el
tercio vencido en el presente mes de diciembre.
2. Se establecerá en la decretada república
boliviana desde el mes de enero entrante, la
contribución directa, que se entenderá: 1º
personal; 2º contribución sobre los productos
383
de las propiedades; y 3º sobre las rentas anuales
que produzcan las ciencias, artes e industrias, a
los profesores de ellas.
3. Esta contribución durará por un año, y se
extinguirá o moderará según que el poder
legislativo establezca el sistema permanente
de hacienda.
4. Todo hombre, indistintamente, desde la edad
de diez y ocho años, hasta la de sesenta, pagará
3 pesos de contribución personal.
5. Se exceptúan de la contribución personal
los militares en servicio activo, los regulares
que vivan dentro de sus claustros y los
absolutamente inválidos, física o moralmente
con tal que no sean propietarios.
6. La contribución personal se satisfará por mitad
en cada semestre.
7. Los predios rústicos contribuirán anualmente
el cuatro por ciento sobre la cantidad en que
estuvieren arrendados. Los cultivados por
sus propios dueños contribuirán el tres por
ciento sobre la cantidad que producirían en
arrendamiento.
8. Los predios urbanos contribuirán el tres por
ciento sobre el arrendamiento que se evalúe.
9. Las contribuciones correspondientes a los predios
rústicos y urbanos deben satisfacerse por mitades
en cada semestre por los poseedores de aquellos,
quienes harán los descuentos a los propietarios o
censualistas en sus respectivos casos.
10. Los profesores de ciencias, artes y de cualquier
otra industria contribuirán en proporción de los
productos que se calculen a su profesión.
384
11. Los ministros de justicia, los militares que no
estén en servicio activo y demás empleados
que tengan por cualquier ramo una renta
anual pagadera de la hacienda pública,
contribuirán proporcionalmente un tanto por
ciento sobre sus respectivas rentas, conforme
al decreto de esta fecha sobre descuento a los
empleados.
12. Los empleados de la lista civil y los de los
establecimientos públicos que prescriben
sus rentas de otros fondos que no sean los
de la hacienda nacional, contribuirán con
la misma proporción que señala el artículo
anterior.
13. En toda contribución que gravite sobre
rentas civiles y militares, quedará a cargo de
las tesorerías respectivas sus descuentos y
recaudación en todos los meses.
14. Toda contribución sobre rentas que se paguen
en clavería o por otros fondos que no sean
los de la hacienda pública se descontará y
recaudará por las oficinas correspondientes,
que deberán pasar por su producto a la tesorería
departamental en todos los meses.
15. Los abogados, los médicos, los cirujanos, los
escribanos y los boticarios contribuirán el
cuatro por ciento anual sobre la ganancia de
quinientos pesos que se le calcule.
16. Los maestros mayores de cualquier arte u
oficio contribuirán el dos por ciento sobre la
ganancia de doscientos pesos. Los oficiales
de cualquier arte y oficio, y los jornaleros,
contribuirán también el dos por ciento anual
sobre las ganancias de cien pesos que se les
calcula.
385
17. Los almaceneros (sean nacionales o extranjeros)
de efectos de Europa, sobre la ganancia de seis
mil pesos; los tenderos sobre la ganancia de
mil doscientos anuales, contribuirán el seis por
ciento.
18. Los tenderos de efectos del país, sobre
la ganancia anual de trescientos pesos,
contribuirán el tres por ciento.
19. Los presidentes y gobernadores pasarán al
gobierno una razón circunstanciada de los
contribuyentes que residan en sus respectivos
departamentos y provincias, designando la
suma que corresponda a cada uno por sus
propiedades, industria, &.
20. El gobierno nombrará los recaudadores de
la contribución que se establece por este
decreto. Gozarán un tanto por ciento que se
designará con el título de su nombramiento,
sobre la que recaudasen. La recaudación de
las contribuciones y enteros en las tesorerías
departamentales se hará por semestre, con
arreglo a las razones que el gobierno les
pase de los contribuyentes y de la cuota que
corresponde a cada uno.
21. Un reglamento particular, que tenga por base
el artículo anterior, prescribirá detalladamente
el modo de verificar la recaudación y entero de
la contribución.
22. Los recaudadores o cobradores que defraudaren
al Estado o a los ciudadanos el valor de diez
pesos, estarán sujetos a la pena señalada en el
decreto dado en el Perú a doce de enero último,
y mandado observar en estas provincias.
23. El secretario general interino queda encargado
de la ejecución de este decreto.
386
Imprímase, publíquese y circúlese.- Dado en
el palacio de gobierno, en Chuquisaca, a 22 de
diciembre de 1825.
Simón Bolívar. Por orden de S.E.
Felipe Santiago Estenós
(Arze, 2015: 185-188)
387
MISIVA ANUNCIANDO EL
RECONOCIMIENTO DE LA INDEPENDENCIA
DE BOLIVIA POR PARTE DEL PERÚ

Simón Bolívar, Libertador Presidente de la República


de Colombia, Libertador de la del Perú y encargado del
mando supremo de ella, etc.
A S. E. el Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de
Sucre, encargado del mando supremo de la República
de Bolivia, etc.
Grande y buen amigo:
Es inexplicable mi gozo al participar el reconocimiento
de la independencia y soberanía de la República de
Bolivia por la del Perú.
Señora de sí misma, puede escoger entre todas las
instituciones sociales, la que crea más análoga a su
situación y más propia para su felicidad. Un pueblo que
acaba de nacer, y que ha sacudido con las cadenas que
lo aherrojaban, las leyes del gobierno español, puede
recibir todas las mejoras que le dicte su sabiduría.
Bolivia tiene la ventura en sus manos. Yo saludo
cordialmente a esa nueva nación, y os felicito, grande
y buen amigo, porque veis recompensados en parte
vuestros eminentes servicios y vuestros esfuerzos para
elevarla al puesto que hoy ocupa.
Cuando tuve la dicha de visitar esa tierra afortunada,
los representantes del pueblo me honraron
pidiéndome un proyecto de Constitución. Bien sabía
que esta empresa era muy ardua y bien superior a
mis fuerzas; pero ¿qué rehusaré yo a ese Estado? He
bosquejado el que me tomo la libertad de enviaros,
con una alocución a los ciudadanos de Bolivia como
un homenaje de mi gratitud, y una prueba de mi
respeto.
388
Dado, firmado y refrendado por mi Secretario general
en el cuartel general de Lima, a 25 de Mayo del año mil
ochocientos veinte y seis.
Bolívar.
(Rey de Castro, 1883: 89-90)
389
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