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Una religión Tóxica.

Adaptación del texto de Wanda Rodríguez Mangual


Psicopedagoga Profesora de psicología pastoral; coordinadora del Dpto de Desarrollo Humano en el
Seminario de Misiones Extranjeras de los Misioneros de Guadalupe en el D.F.

Tenemos diferentes imágenes de Dios que no siempre responden a un Dios potencializador de la


espiritualidad. Existe la imagen del Dios que nos da su amor condicionado: Si me porto bien y cumplo los
mandamientos, entonces Dios me ayuda y me amará. También está la imagen del Dios exigente,
perfeccionista, el Dios vengativo, castigador; el Dios que pide sumisión irracional, el resuélvelo todo, el
controlador… La lista es inmensa. Estas imágenes de Dios dañan y afectan la vida en todas sus
dimensiones (personal, familiar, social, espiritual). Detrás de estas imágenes se encuentran creencias
religiosas a las que llamo creencias tóxicas, porque envenenan la mente y el corazón y no nos dejan
madurar, ni a nivel humano ni espiritual. Estas creencias tóxicas pueden generar personalidades
dependientes y sumisas, neuróticas y ansiosas, miedosas y pasivas; o bien personalidades agresivas,
dominantes, vengativas, controladoras. Son el reflejo de una imagen distorsionada de Dios que más bien
se identifican con un genio todopoderoso y maligno. Lo delicado de todo esto es que, como dicen los
hermanos Linn, nos llegamos a parecer al Dios que adoramos pues si este es el arquetipo, cualquier
construcción elaborada que se funde en el miedo jamás permitirá desarrollar una vida integrada y plena
tanto a nivel personal como social. Esta distorsión es el resultado, por ejemplo, de una educación
rigurosa y moralista producto de una espiritualidad que coloca a la perfección como el ideal de todo
creyente y el menosprecio del cuerpo y control absoluto de las pasiones como las armas para alcanzar
tal perfección.

Las personas más propensas a mostrar esta clase de creencias tóxicas son aquellas que han sufrido
experiencias traumáticas que no han podido superar, las que provienen de familias disfuncionales, las
que tienen muy baja autoestima, o las que son extremadamente tímidas. Tienen como característica
común el tratar de evadir la realidad y la responsabilidad de la vida. Entre las conductas que se observan
en las personas que tienen este tipo de creencias se encuentran la actividad religiosa compulsiva, la
pasividad ante la vida y la intolerancia extrema tanto en opiniones como en formas de expresar la fe del
mismo modo se ve plasmado en el mundo laico por ejemplo: intolerancia a la homosexualidad a otras
formas de pensar, sentir, trabajólicos, y el estoicismo del deber por el deber. Estas creencias religiosas
generan una fe y una cultura tóxica o insana porque nos alejan de nuestra propia realización y
oportunidad de equivocarnos y pueden favorecer tanto la adicción religiosa y el abuso espiritual como
el abuso de autoridad y toda sumisión con un fondo de miedo e ignorancia.

¿Qué es la adicción religiosa y el abuso espiritual? Primero expliquemos lo que es la adicción y el abuso
en general. La adicción es una dependencia a cualquier sustancia o proceso (alcohol, drogas, comida,
sexo, etc.) que utilizamos para escapar de una realidad interna o externa que nos resulta dolorosa e
insoportable. La adicción nos ayuda a escapar, se vuelve el centro de la vida y desplaza al Yo más
profundo. Cuando somos adictos a algo, nos hacemos vulnerables a la manipulación. Porque si dependo
compulsivamente de algo que otra persona puede ofrecerme, puede manipularme. En eso consiste el
abuso: Es toda situación donde una persona que tiene poder (llámese dinero, conocimiento, autoridad,
influencias, etc.) priva de la libertad a otra, la usa o daña, física o emocionalmente.

Cuando hablo de adicción religiosa, de abuso espiritual de autoritarismo y sumisión, hago referencia al
poder que tiene la religión o el poder (empresarial, civil, familiar etc.) para convertirse en adicción y para
manipular. Como dicen los Hermanos Linn: Podemos utilizar la religión o el poder exactamente de la
misma forma en que usamos drogas o alcohol, para escapar de la realidad interior.
Expliquemos cómo puede suceder esto. El ser humano tiene unas necesidades fundamentales y en la
medida que trabaja para satisfacerlas, crece y se desarrolla. Entre las necesidades fundamentales está la
seguridad, reconocimiento, sentido de pertenencia y la búsqueda del sentido último de la vida. Puras
entregas gratuitas que fundan la confianza con la cual el ser humano puede desarrollarse. La religión y
el poder responden a estas demandas por dos razones fundamentales. Primero, porque las
organizaciones religiosas o laicas (equipos de fut bol, partidos políticos, iglesias) tienen la capacidad de
ser generadoras de satisfactores (recompensas): Liderazgo, poder, reconocimiento, estatus, compañía,
actividades recreativas, sentido de la vida, etc. Todos elementos importantes y necesarios para la
satisfacción de las necesidades humanas. Segundo, porque la religión y el sentido de pertenencias a
cualquier comunidad se organizan alrededor de un conjunto de creencias, normas y rituales que se
constituyen en un sistema bien integrado de significados que dan respuesta al misterio de la existencia
e indigencia humana tanto mayor cuando se trata del ámbito de lo sagrado. De aquí extrae su fuerza y
autoridad. Este sistema de significados, que a su vez genera satisfactores, promueve patrones de
conductas y de sentimientos que son productos de las creencias que lo sostienen. Estos sistemas se
transmiten a través de ideologías, catecismo, devocionarios, homilías, documentos institucionales, etc.
y se van convirtiendo en los marcos de referencia que brindan al creyente o bien miembro, coherencia,
satisfacción y sentido último de la existencia.

Hablando desde la espiritualidad, para dar ejemplo claro a todo esto, el creyente adulto que va creciendo
y madurando en autonomía y capacidad reflexiva, vive su religión, su fe o su rol con autoridad tomando
en cuenta este sistema de creencias pero los asume desde la libertad que da el discernimiento, el juicio
crítico y el mismo proceso de desarrollo psicológico. Cuando la persona se aferra a estos sistemas de
creencias como los únicos, cuando no es capaz de confrontarlos con la vida y de cuestionarlos y
cuestionarse; cuando mantiene una actitud infantil, pasiva, acrítica y dependiente hacia esos puntos de
referencia y a la institución que los representa, está renunciando a una parte central de sí mismo: A su
propio YO. Está renunciando a su libertad y a su derecho de dialogar e interpelar. Ya no piensa por sí
mismo, otros piensan por él. Ese sistema le da seguridad, le da significados, pero no lo ayuda a
desarrollarse. La persona se vuelve víctima del abuso espiritual, oprimida y opresor porque permite que
otros (llámese tradición religiosa, institución política, guía espiritual, maestro académico) le indiquen la
manera de llegar a la plenitud, la forma única de vivir su fe, le señalen cuál es la verdadera espiritualidad.
Viven lo que Bonet llama infantilismo eclesial. Podemos entonces definir el abuso espiritual y al
autoritarismo como el hecho de controlar o imponer una forma específica de llegar o tener acceso a Dios
y a la realización personal y esta forma generalmente es la del ministro, líder político, sacerdote o
cualquier persona de autoridad. La persona puede ser víctima de abuso espiritual, pero a su vez también
puede ser abusivo con él mismo y con otros.

Además del riesgo de ser víctimas del abuso espiritual y de poder, la persona puede correr el riesgo de
refugiarse en la religión, o cualquier institución a manera de adicción. Cuando la persona tiene carencias
significativas; cuando tiene una baja autoestima o heridas emocionales sin resolver (como puede ser el
abuso sexual, el maltrato físico y/o psicológico) o una incapacidad seria para enfrentarse a los conflictos
y retos que la vida presenta, puede buscar en la religión o en actividades laicas y lúdicas las recompensas
o el alivio que no encuentra en su vida cotidiana. Con frecuencia se utilizan las prácticas religiosas para
evitar enfrentarse a los aspectos más dolorosos de la vida. Las personas que sufren de adicción religiosa,
son propensas a convertirse en víctimas de abuso espiritual y opresor de los demás como los son los
estados totalitarios y las dictaduras políticas.

¿Cómo sanar la adicción religiosa y el abuso de autoridad? El primer paso implica revisar nuestros mapas
mentales. Cuando nacemos somos un libro en blanco. Nuestros padres, primero y la familia y los
educadores después, escriben en él reglas, valores, formas de expresar sentimientos, formas de ver e
interpretar la vida, imágenes de Dios, de la religión, de la sociedad. Son elementos que nos ayudan a
adaptarnos al mundo en el que nos desenvolvemos. Todo lo que escriben en nuestro libro se convierte
en patrones de conducta tanto internos como externos. Se convierten en nuestros mapas mentales, en
las guías que nos acompañan siempre y nos dan seguridad. Pero es indispensable revisarlos por varias
razones: primero, nosotros vamos cambiando: personalidad, intereses, necesidades, etc. Segundo, la
realidad que nos rodea también va cambiando: escuela, amigos, experiencias, las condiciones políticas,
económicas y sociales, etc. El mundo cambia y nuestros conceptos de Dios, de religión y de cualquier
autoridad también cambian.

Tercero, no todos los mensajes que recibimos de niños son funcionales o racionales; lo que nos
funcionaba de niños no necesariamente nos funcionará de adultos. Mientras más exacto es el mapa de
una ciudad más fácil será encontrar lo que busco; mientras más preciso, más efectivo. Para que nuestros
mapas nos ayuden a crecer hacia la madurez y plenitud, tienen que estar de acuerdo o ajustarse a nuestra
realidad interna y externa. Hay que revisar que nuestros mapas mentales no estén diseñados en función
del miedo y la ignorancia pues esto es lo que permite que inconscientemente desarrollemos una
espiritualidad tóxica.

Revisar los mapas implica un trabajo serio de introspección para descubrir aquellas creencias que hacen
daño. Las creencias son los filtros a través de los cuales leemos o interpretamos la realidad. Si nuestras
creencias son irracionales, nuestra lectura de la realidad será defectuosa. Por ejemplo: Si nuestra imagen
de Dios es distorsionada, generará creencias erróneas que pueden dañar mi persona, mi vida espiritual
y a otros. Por ejemplo, si yo creo que Dios es un policía que me vigila para cacharme en el error y
castigarme, entonces puedo creer que todas las cosas malas que me suceden vienen como castigo divino,
porque soy una persona pecadora y lo mismo haré con los demás como líder político o cualquier rol que
desempeñe. Voy a vivir mi vida desde el recelo y miedo al castigo y no desde la seguridad de saber que
tenemos la capacidad de amar y ser amados, perdonar y ser perdonados con un modo de proceder sin
misericordia.

Se hace indispensable tomar conciencia y revisar las conductas y sentimientos que hay detrás del abuso
espiritual y la adicción a la autoridad. Detrás de nuestros comportamientos generalmente hay dos ideas
que causan daño y que están estrechamente relacionadas: La primera es que existen sentimientos
buenos y malos y que los malos hay que esconderlos, reprimirlos, no hay permiso para sentirlos. La
segunda es que en la vida hay situaciones dolorosas y conflictivas que tenemos que evitar; hay que
buscar lo bueno y placentero y evadir lo negativo. Ambas son creencias irracionales que llevan a la
desintegración y que no facilitan el crecimiento en sus diferentes dimensiones. Podríamos sustituir estas
dos ideas por otras más positivas. Podríamos reescribir en nuestro mapa las siguientes ideas: 1) Los
sentimientos no son buenos o malos, simplemente son, nos indican que algo pasa en nosotros y que
debemos buscar en nuestro interior lo que nos quieren decir. No hay que tenerles miedo, hay que darnos
permiso para sentirlos, ponerles nombre y descubrir qué nos dicen sobre nosotros mismos. De esta
manera sentimientos como el odio, vergüenza o culpa, nos pueden ayudar a conocernos mejor. Pensar
por ejemplo que Dios no nos castiga por sentirlos. Lo que hacemos con ellos es lo que puede hacer daño
personal y social. 2) No debemos tenerle miedo a las situaciones dolorosas o conflictivas. La vida es en sí
misma dualidad. Como dice Ruskan:

El día y la noche de las emociones, lo caliente y lo frío de las relaciones, los altos y bajos de la felicidad,
el incesante entrelazamiento de placer y dolor”.

La dualidad forma parte de la naturaleza humana y tenemos que aprender a vivir con ella. Vivir buscando
solamente lo placentero evitando el dolor, no conduce a la felicidad. El dolor, las pérdidas y los conflictos
son parte de la vida e indispensables para crecer y madurar. Hay que aprender a integrar las experiencias
dolorosas procesándolas.

Tomar conciencia de las imágenes distorsionadas que tenemos de Dios o de cualquier rol personal y de
las creencias tóxicas que las sostienen, aceptar los sentimientos, reconocer la dualidad de la vida
integrándola a la experiencia cotidiana, son elementos que favorecen el crecimiento y la madurez y nos
permiten vivir en equilibrio. Si los incorporamos a nuestra forma de interpretar la vida y vivir la fe,
tendremos más herramientas para combatir el abuso espiritual y al autoritarismo. Podremos construir
una imagen arquetípica más acorde las capacidades humanas y al desarrollo integral personal
llevándonos al crecimiento comunitario. Estaremos más aptos para vivir una espiritualidad que nos
ayude a procesar la vida. Una espiritualidad que nos ayude a comprender que en la experiencia de la
vida podemos descubrir el lugar donde el ser humano puede ser completamente él mismo, sin necesidad
de renunciar ni a sus sentimientos, ni a su personalidad.

Podemos romper el círculo de la adicción y del abuso espiritual. Necesitamos valorarnos y aceptarnos
como somos. Reconocer nuestras cualidades y limitaciones. Si confiamos en nosotros mismos estaremos
más dispuestos a manejar nuestros sentimientos, tomar conciencia de lo que nos sucede, integrar las
experiencias dolorosas y a entrar dentro de nosotros para revisar nuestros mapas mentales. Si
comenzamos a trabajar en esa dirección, empezaremos a vivir la vida de manera más saludable. Crecer
y madurar es un proceso que nunca termina, estamos en proceso de ser personas hasta la muerte.
Todavía tenemos oportunidad de cambiar… somos responsables de nosotros mismos y de la vida de los
demás.
Diciembre 2017

Caro,

¿Dónde está la raíz del miedo?1

Yo creo que en Dios, sí, en una falsa imagen de Dios que nos inspira miedo en vez de confianza.

Tristemente no son pocas las personas cuyas experiencias se han desarrollado en un clima de auténtico
miedo. Un miedo que ha marcado profundamente sus vidas, de tal manera y a tal grado que toda su
experiencia de alteridad, de encuentro con el otro, es un reflejo de su relación con el miedo de Dios: No
pueden evitar sentirle como un ser amenazador y peligroso ante el cual lo mejor que se puede hacer es
protegerse, estar siempre alerta y procurar no salirse de la regla. Este miedo, este miedo a Dios, se
traduce en toda una manera de vivir, una disposición afectiva desde la cual ética y psicológicamente nos
relacionamos con nosotros mismos y los demás, un miedo desde el cual interactuamos y formamos toda
dimensión humana: la religión, la política, la economía, la estética…

Para estas personas, lo importante es “estar a mano” con Dios o con cualquier otra persona. Lo que guía
sus acciones y relaciones es mantenerse dignos de él, no transgredir sus mandatos, expiar cuanto antes
los errores cometidos y sobre todo, no tener deudas. Es una relación fundamentada en méritos y castigos
que desembocan en una relación de competencia continua con el otro. Esto nos va sacando de la realidad
y las posibilidades de nuestra propia humanidad limitada y falible, nos van sumergiendo en una ideología
abstracta y en consecuencia dejamos de experimentar la fe encarnada en algo o en alguien. Una
existencia auténtica de ética viva se transforma en un rito muerto, en una existencia inauténtica a través
de una serie de hábitos y signos que nos “dan seguridad” y garantías a costa de ir perdiendo con nosotros
su sentido, nuestro contacto con el otro, nuestra propia libertad. Es un ego que permanece velado, pues
son mis actos quienes le dan sentido a mi vida, el otro aquí no solo es una amenaza sino que sale
sobrando, el otro es un absurdo que me estorba, la comunidad, la común unión y el encuentro con el
otro, desde aquí, resulta imposible.

El miedo a Dios se hace todavía más angustioso cuando se piensa en la muerte. Mientras uno
vive correctamente, es como si estuviera «protegido» frente a él, porque de alguna manera le
complacemos, pero lo terrible de la muerte es que se cae ya sin remedio en manos de ese Dios, del que
en realidad nunca nos sentimos verdaderamente amados, pues su amor era condicional, en el fondo lo
que nos hacía dignos era propiamente nuestro esfuerzo, la salvación la alcancé yo: Dios no es más que
un monstruo inútil y amedrentador, que me hizo imperfecto y, si me equivoco, lo hago por algo mismo
que él puso en mí. Estas personas creen en Dios, pero casi preferirían que Dios no existiera. La vida sería
así más tranquila, se podría vivir con más libertad. Esto ha resultado en la increencia de muchos y hasta
el agnosticismo y el ateísmo, desgraciadamente, muchos de ellos, quienes no tienen trabajada su
espiritualidad han cambiado una angustia teológica por una secular: ¿no es muy cansado tener que
enfrentarse al misterio, al futuro y a la inseguridad con nuestras propias fuerzas? A otros tantos les basta
con saberse autores de su propio destino, lo cual también coincide con la propuesta del evangelio, sin
embargo, cuando no se ha superado el miedo esta experiencia desoladora también lleva a otros, poco

1
Libre adaptación de Javier Riegwlen en diciembre de 2017 a partir del texto original Me da miedo
el Dios miedo de Pedro Miguel Lamet, publicado en su columna El alegre cansancio del blog 21 la
revista cristiana de hoy el 24 de octubre de 2017.
http://blogs.21rs.es/lamet/2017/10/me-da-miedo-el-dios-miedo/
orientados, a la angustia y gran frustración de habérselas con sus propias fuerzas y recursos que son
limitados y no lo pueden todo. Esto al menos resuelve que después de la muerte no habría nada y,
tendríamos al menos la seguridad de no caer en esa posibilidad terrible del sufrimiento eterno ya que, a
fin de cuentas, uno obtiene lo que siembra, cosa que no necesariamente es ley.

Por otra parte, los que se han identificado en el amoroso encuentro de Dios que revela Jesús, viven de
otra manera muy distinta: Experimentan en Dios un Papá-mamá, Misterio de amor fascinante, alguien
que desea y busca por todos los medios nuestro bien y felicidad total. Lo primero que experimentan ante
el otro, en su propia experiencia de alteridad es una disposición buena y vivible, Dios no es miedo,
sino una confianza grande, una alegría inmensa. Dios es lo mejor. Alguien que nos comprende, nos ama
y perdona como ni siquiera nosotros mismos nos podemos comprender, amar y perdonar. En esta
relación, en esta manera de entendernos y relacionarnos con la alteridad no hay deudas ni obligaciones,
todo es gracia pues ese amor es un darse sin condiciones y sin posibilidad de condicionar. Esta confianza
en Dios, en el otro, lo cambia todo. Es el encuentro amoroso con el otro lo que me salva de mi angustia,
de mi soledad y sin sentido. Dios, el amor del otro, es motivo de mi felicidad, es la salvación ya dada sin
que lo tenga que merecer, esto lo transciende todo pues no importa aquello que yo haga o deje de hacer
pues mi vida solo tiene sentido cuando es compartida con el otro; esto es lo que me salva de todo aquello
que me hace sentirme y vivirme perdido. Para estas personas, lo verdaderamente importante es
reconocerse amado todo el tiempo y por todo, de reconocer la belleza en el cosmos y la experiencia de
la vida que es avasallante, desafiante, dolorosa, alegre… Se trata entonces de cuanto soy yo capaz de
reconocer ese amor, el esfuerzo de experimentarlo merece la pena pues va en ello la calidad de mi vida
y la de los demás, pero no hay parámetro, en esta experiencia no se llevan cuentas la invitación a
corresponderle es siempre libre, aquí el reto de asumirse como proyecto es siempre abierto. Se trata de
abrirme al otro, de reconocer el amor en nuestra vida, sentir y gustar a Dios-amar, que se da todo el
tiempo y en todos, aun en aquellos momentos, experiencias y personas en quien no parece estar y es
más difícil hallar la belleza, la bondad y el amor. La vida es un don en sí mismo, lleno de valor y sentido
en el cual puedo confiar y esperar; nuestro único trabajo consiste en contemplar este amor, agradecerlo
y compartir la bondad de tanto bien recibido. Lo importante es abrirse a la belleza, belleza que nos
conmueve y entre deja ver el misterio, lo inefable, lo sagrado de la existencia y de la comunión del
cosmos pues el otro, para mi es sujeto y me encuentro con él en una relación de sujeto a sujeto, no como
un objeto. Dios no trae malos recuerdos, al contrario, da seguridad. Es un alivio y un consuelo saber que
está ahí, siempre de nuestra parte, siempre inspirando en nosotros fuerza y alegría para vivir. La primera
conversión que se necesita es este paso del miedo a la confianza. Hacer las paces con la vida pasada y
decidirse a abandonar el camino del temor que es tan grande y lo tenemos tan introyectado en nuestro
mundo y manera de relacionarnos que muchos no se atreven ni siquiera a tirar tan grande horror por la
borda. Es bien triste que no nos atrevamos a creer del todo en la bondad infinita y en el amor
incondicional e incondicionado de Dios, del otro... Aquellos han no han podido descubrir que Dios
siempre es más grande que todas nuestras imágenes de la divinidad y que no podemos cerrarlo en
conceptos, palabras o prácticas. El amor es más grande que todas nuestras desgracias y miserias.
Necesitamos detenernos ante lo que significa para nuestras vidas y la vida de todas las cosas un Dios-
amor que se nos ofrece como amor encarnado,
irradiando sólo paz, gozo y ternura. Este Dios es infinitamente mejor de lo que nos creemos. Lo espera
todo, lo puede todo, lo perdona todo, desea todo lo mejor, es humilde, paciente y silencioso. Es más
cercano, más comprensivo, más amigo, más alegre, más vivo de lo que nosotros
podemos sospechar aun cuando ya somos capaces de reconocerlo. Nuestra gran equivocación es pensar
que no necesitamos de Él, que no necesitamos del otro: que yo puedo salvarme a mí mismo por mis
propios méritos, esfuerzos y recursos. Que yo puedo decidir mi propia vida y la de aquellos que hacen el
mal, sin entender que hacen el mal precisamente porque no reconocen el amor, como yo mismo lo
hago…Que no necesito a los otros, que Yo soy Dios pues me basto a mí mismo: creer que nos salvaremos
y seremos felices con un poco más de poder, con un poco más de dinero, de suerte y popularidad pues
esto nos hace sentirnos seguros. No entendemos que ocuparnos de ser más, poder más y tener más…
nos cierra a los otros, a las demás creaturas, y particularmente, a aquellas que considero indignas, malas,
no suficientes… ese es el espíritu del miedo, contrario a Dios: una manera de relacionarse fiscalista, de
méritos, una ética de retribución… La persona sensible, sensata y despierta sabe que no se puede
contemplar todo el entramado de nuestra realidad: se fía de los demás, necesita los demás, se abre a
Dios, se abre al encuentro con el otro. Tiene motivos para hacerlo pues sabe que no lo puede todo, no
procede soberbio ni orgulloso, sino con sencillez y es gentil. Sabe que la vida humana está siempre en
manos del otro y ello nos invita a esperar y confiar.

Ten presente que para vivir con más amor que temor se necesita valor, valor para asumir la libertad
autentica de la gratuidad en la que todo está permitido, pero evidentemente no todo aprovecha ni nos
lleva a la común unión, a la justicia. La opción es siempre tuya, las consecuencias son para todos: Que
ese amor y esa confianza radical te lleve siempre a vivir lo mejor de ti en encuentro con el otro y que
ante el pecado, el desamor y la desgracia te inspire virtud. Ten presente siempre que eres mayor que tu
pecado, eres más grande y bella que todos tus peores momentos. Que ese amor redentor alimente tu
nobleza para saber que estás llamada a grandes cosas, eres un disparo a la eternidad: tú eres el sueño
de Dios; se creativa, descubre nuevas formas de comunión en las que nos lleves a entender que todos
somos uno en el otro y no hay nada que pueda alejarnos de ese amor.

Deseo, con todo el amor del que he sido testigo, que tu propia vida sea testimonio de esperanza, fe y
amor.

Javier.

Lecturas recomendadas:

Linn, Dennis y otros. (1995). Las buenas cabras, cómo sanar nuestra imagen de Dios. México: Patria.
Linn, Matthew y otros. (1997). Sanando el abuso espiritual y la adicción religiosa. Buenos Aires:
Lumen, México, 1997.
Bonet, José-Vicente, Teología del “gusano”, Sal Terrae, España, 2000.