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DIÓCESIS DE SAN CRISTÓBAL

VICARIA REDENCIÓN DEL SEÑOR


PARROQUIA SAN JUAN BAUTISTA DE UREÑA
PASTORAL DE CATEQUESIS

AÑO 2019

PRESBITERO: LUIS USECHE


SEMINARISTA: JOSE LUIS PEREIRA
LAICO: ROSA PRADA
 CONTENIDO 7. Vida nueva y eterna
 INTRODUCCIÓN
8. Llamados a la santidad
 ORACION DEL CATEQUISTA
 INDICE DE TEMAS 9. Nuestra vida una
celebración
1. PRIMERA PARTE 10. Unidos a Cristo
1. Necesidad de Dios 11. Padre Nuestro que…
2. Llamados a la Salvación 12. La vida cristiana
3. Jesucristo, nuestro Salvador 13. Vivir según Cristo
4. Camino de Salvación Segunda Etapa: itinerario de fe
5. Seguir a Cristo Catequesis de preparación intensa
(CONFIRMACION)
2. SEGUNDA PARTE:
14. Nacer de nuevo
Primera Etapa: Itinerario de Fe
15. Piedras vivas
Catequesis de preparación remota
(Bautismo) 16. Luz del mundo
SACRAMENTOS DE NUESTRA IGLESIA 17. Es Cristo quien vive en mí
CATOLICA.
18. Nos queremos bautizar
1. Dios Uno y Trino
19. Vivir nuestro Bautismo
2. Somos imagen y semejanza de Dios
20. Mi cuerpo verdadero comida
3. Dios de misericordia
3. TERCERA PARTE
4. Dios se hace hombre
1. Fortalecidos por el Espíritu
5. Vive para siempre
2. El Espíritu es quien nos congrega
6. El Espíritu Santo nos reúne en la Iglesia
3. El sacramento de la madurez cristiana
4. GLOSARIO
INTRODUCCIÓN

La catequesis persigue el doble objetivo de “hacer madurar la fe inicial y educar


al verdadero discípulo por medio de un conocimiento más profundo y sistemático
de la persona y el mensaje de Nuestro Señor Jesucristo”.
Esta preocupación de la Iglesia la hemos acogido como nuestra, especialmente cuando
pensamos en la catequesis de preparación a los Sacramentos, ya que notamos en la mayoría
de quienes se acercan a celebrarlos un profundo desconocimiento religioso, que nos exige
buscar nuevas formas para responder a las situaciones concretas que viven.
Conscientes de la importancia de estos momentos en el proceso de maduración de la fe, se ha
elaborado esta guía con el propósito de que sean estudiados y reflexionados por
los catequistas que animan la fe de quienes se preparan para celebrarlos, como también por
todos aquellos que anhelan vivir esta experiencia de encuentro con Jesucristo vivo, Nuestro
Maestro.
La seriedad y el compromiso que exige este caminar hacia la vida cristiana nos ha hecho pensar
en un tiempo prudente de preparación para que los contenidos doctrinales sean bien asimilados
por quienes se preparan a celebrar los Sacramentos, y la experiencia de espiritualidad se haga
con plena conciencia, asumiendo de esta manera los compromisos de cada uno de los
Sacramentos.
Presentamos estas catequesis de preparación a los Sacramentos de Iniciación
cristiana de ADULTOS en tres partes siguiendo la experiencia del Catecumenado en la Iglesia,
como un camino gradual de maduración en la fe.
El primer tiempo comprende la PRE CATEQUESIS o el anuncio del Kerigma con el que pretende
dar al aspirante una instrucción doctrinal y espiritual que le permita comprender el amor de Dios
que se expresa de manera concreta en la Muerte y Resurrección de Jesús. (DGC 62).
El segundo tiempo comprende un itinerario DE FE EN DOS ETAPAS; la catequesis remota en
el que se hace énfasis sobre lo que el candidato debe CREER, CELEBRAR, ORAR Y VIVIR.
La segunda etapa es la catequesis próxima a la celebración de los Sacramentos del Bautismo
y la Eucaristía, en la que se profundiza sobre el sentido y exigencias de los Sacramentos.
El tercer tiempo corresponde a una reflexión profunda sobre la espiritualidad de la vida cristiana,
por esta razón hemos considerado oportuno aprovecharla como tiempo fuerte de preparación
al Sacramento de la Confirmación.
El tiempo de preparación es solo el inicio de un proceso de crecimiento en la fe, de una vida
nueva que exige una constante actitud de conversión y una estrecha Comunión con Dios y con
la comunidad. “Las catequesis que se presentan a continuación están dirigidas a los adultos,
que al oír el anuncio del Misterio de Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo en sus corazones,
consciente y libremente buscan al Dios vivo y emprenden el camino de la fe y la conversión.
ORACION DEL CATEQUISTA
Dios de amor, Creador de todas las cosas,
nos llamas a estar en relación contigo y con los demás.
Te agradezco por llamarme a ser catequista,
por la oportunidad de compartir con los demás
lo que me has donado (dado).
Que todos aquellos con quienes comparto el don de la fe
hallen las maneras en que estás presente en todas las cosas.
Que lleguen a conocerte a ti, el único verdadero Dios,
y a Jesucristo, quien has enviado.
Que la gracia del Espíritu Santo guíe mi corazón y mis labios,
para que permanezca constante en mi amor y alabanza por ti.
Que yo sea testigo del Evangelio y ministro de tu verdad.
Que todas mis palabras y acciones reflejen tu amor.
Amén.

ORACION DE LOS CATEQUIZANDOS


"Por favor, ayúdame a dar lo mejor de mí..."
Bueno, Señor, aquí estamos tus hijos que deseamos saber más Ti. Te damos gracias por
la oportunidad de recibir una educación que me ayudara a fortalecer: mi Fe, Confianza,
Amor, hacia Ti y a mi hermano. Te doy gracias por las capacidades físicas e intelectuales
que facilitarán mi aprendizaje catequético.
Por favor, ayúdame a dar lo mejor de mí, sobre todo a hacer responsable con las clases,
la asistencia y la atención necesaria a cuando hemos de saber.
Ayúdame a ser riguroso y atento en mis estudios, que no ignore ni pase nada importante
por alto.
Ayúdame a mantener mis prioridades en orden, para que mis esfuerzos no se distraigan
en actividades objetables, que mis intenciones no se pierdan en el raudal de eventos y
compromisos sociales.
Ayúdame a ser generoso con otros que también estudian, que les ofrezca mi ayuda allá
donde pueda servir y que permita aceptar la ayuda de los demás cuando yo tenga
problemas.
AYUDAME A SER UN MISIONERO TUYO.
AMEN.
PRIMERA PARTE.
Necesidad de Dios, llamados a la Salvación, Jesucristo, nuestro Salvador,
Camino de Salvación
"PADRE, esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a
tu enviado Jesucristo" (Jn 17,3). "Dios, nuestro Salvador... quiere que todos los hombres se
salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1Tm 2,3-4). "No hay bajo el cielo otro
nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4,12), sino el nombre
de Jesús.
La vida del hombre: conocer y amar a Dios
Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha
creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada. Por eso, en todo
tiempo y en todo lugar, se hace cercano del hombre: le llama y le ayuda a buscarle, a conocerle
y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la
unidad de su familia, la Iglesia. Para lograrlo, llegada la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo
como Redentor y Salvador. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus
hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada.
Para que esta llamada resonara en toda la tierra, Cristo envió a los apóstoles que había
escogido, dándoles el mandato de anunciar el Evangelio: "Id, pues, y haced discípulos a todas
las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles
a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo" (Mt 28,19-20). Fortalecidos con esta misión, los apóstoles "salieron a
predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las
señales que la acompañaban" (Mc 16,20).
Quienes, con la ayuda de Dios, han acogido el llamamiento de Cristo y han respondido
libremente a ella, se sienten por su parte urgidos por el amor de Cristo a anunciar por todas
partes en el mundo la Buena Nueva. Este tesoro recibido de los Apóstoles ha sido guardado
fielmente por sus sucesores. Todos los fieles de Cristo son llamados a transmitirlo de generación
en generación, anunciando la fe, viviéndola en la comunión fraterna y celebrándola en la liturgia
y en la oración (cf. Hch 2,42).
Transmitir la fe: la catequesis
Muy pronto se llamó catequesis al conjunto de los esfuerzos realizados en la Iglesia para hacer
discípulos, para ayudar a los hombres a creer que Jesús es el Hijo de Dios a fin de que, creyendo
esto, tengan la vida en su nombre, y para educarlos e instruirlos en esta vida y construir así el
Cuerpo de Cristo (cf. San Juan Pablo II)
"La catequesis es una educación en la fe de los niños, de los jóvenes y adultos, que comprende
especialmente una enseñanza de la doctrina cristiana, dada generalmente de modo orgánico y
sistemático con miras a iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana"
Sin confundirse con ellos, la catequesis se articula dentro de un cierto número de elementos de
la misión pastoral de la Iglesia, que tienen un aspecto catequético, que preparan para la
catequesis o que derivan de ella, como son: primer anuncio del Evangelio o predicación
misionera para suscitar la fe; búsqueda de razones para creer; experiencia de vida cristiana:
celebración de los sacramentos; integración en la comunidad eclesial; testimonio apostólico y
misionero.
"La catequesis está unida íntimamente a toda la vida de la Iglesia. No sólo la
extensión geográfica y el aumento numérico de la Iglesia, sino también y, más
aún, su crecimiento interior, su correspondencia con el designio de Dios
dependen esencialmente de ella".
Los períodos de renovación de la Iglesia son también tiempos en los que a la catequesis le
corresponde un mayor empeño. Así, en la gran época de los Padres de la Iglesia, vemos a
santos obispos consagrar una parte importante de su ministerio a la catequesis. Es la época de
san Cirilo de Jerusalén y de san Juan Crisóstomo, de san Ambrosio y de san Agustín, y de
muchos otros Padres cuyas obras catequéticas siguen siendo modelos.
El ministerio de la catequesis saca energías siempre nuevas de los concilios. El Concilio de
Trento constituye a este respecto un ejemplo digno de ser destacado: dio a la catequesis una
prioridad en sus constituciones y sus decretos; de él nació el Catecismo Romano que lleva
también su nombre y que constituye una obra de primer orden como resumen de la doctrina
cristiana; este Concilio suscitó en la Iglesia una organización notable de la catequesis; promovió,
gracias a santos obispos y teólogos como san Pedro Canisio, san Carlos Borromeo, san Toribio
de Mogrovejo, san Roberto Belarmino, la publicación de numerosos catecismos.
JESUSCRISTO CAMINO DE SALVACION, POR MEDIO DE LOS SACRAMENTOS
El "ser" y el "hacer" de la Iglesia
Para comprender correctamente lo que representa y lleva consigo la afirmación al decir que la
Iglesia es "sacramento de salvación", el concilio vaticano II no pretendió ofrecer una definición
de la esencia de la Iglesia, sino más bien indicar cómo debe ser su modo de actuar.
Es decir, lo que está en juego, en esta afirmación conciliar, no es tanto lo que la Iglesia es en sí,
sino el modo de su actuación en este mundo. Sin olvidar que esto, en última instancia, afecta y
determina lo que es la esencia misma de la Iglesia. O sea, el "ser" se comprende aquí a partir
del "actuar".
La Iglesia es lo que tiene que ser cuando actúa como tiene que actuar para que los humanos
encuentren salvación y solución para sus vidas. Una Iglesia que actúa de forma que en ella los
hombres no encuentran solución a sus problemas últimos y definitivos, no encuentran solución
a sus preguntas más determinantes, y no ven en ella esperanza alguna, esa Iglesia no es que
actúe mal, sino que no es ya la Iglesia que Dios quiere, es decir, la Iglesia que tiene su origen
en Jesús y que prolonga en el tiempo y en la historia la presencia de Jesús en el mundo.
Dicho más claramente, la Iglesia deja de ser la Iglesia cuando actúa en esta vida de manera que
en ella la gente ya no ve un signo de esperanza y de futuro, la esperanza y el futuro que se
refiere a esta vida, pero que también trasciende esta vida y es capaz de dar un sentido pleno a
la vida de las personas.
No existe, por tanto, una esencia permanente e inmutable de la Iglesia. Porque la historia de los
hombres no es inmutable, sino cambiante. De ahí que la Iglesia, por más que tenga el deber de
conservar un pasado y una tradición que le ha sido dada, nunca puede olvidar que su ser está
siempre orientado a un fin que históricamente cambia, se modifica, sufre profundas
transformaciones y, por tanto, exige modificaciones y las debidas adaptaciones.
¿SACRAMENTO???’
El significado y poder de los sacramentos va más allá de lo que aparece a la percepción
de los sentidos: esos signos dan la gracia para que los hombres puedan recibir la misma
vida y santidad de Dios.
Los sacramentos son gestos, símbolos, acciones –como lavar y ungir, partir el
pan y compartir la copa- que pueden captarse con los sentidos, pero cuyo
significado y poder va mucho más allá de ellos.
Como señala el Catecismo de la Iglesia católica, Cristo mismo ha instituido estos
signos exteriores y sensibles para dar su ayuda y su gracia a las personas de todos los tiempos;
para comunicar, a través de la Iglesia, la vida divina.
Los sacramentos incluyen tres dimensiones relacionadas con esa vida eterna, enseña santo
Tomás de Aquino: son signos que rememoran la Pasión de Cristo (la victoria sobre el poder
del pecado y de la muerte), demuestran la gracia (la verdadera vida ya en este mundo)
y pronostican la gloria futura (la plenitud definitiva de la vida).
En los sacramentos, la Iglesia participa ya en la vida eterna, aunque aguardando la feliz
esperanza del cielo.
Los sacramentos suponen la fe, pero “a la vez la alimentan, la robustecen y la expresan por
medio de palabras y cosas”, indica la Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio
Vaticano II.
No simplemente significan la gracia de Dios, sino que la causan. A través de ellos, el Espíritu
cura y transforma a los que lo reciben uniéndolos vitalmente al Hijo de Dios, deificando.
El Concilio de Trento define el sacramento como “un símbolo de algo sagrado, una forma
visible de la gracia invisible, con poder para santificar”.
En esta línea, el Concilio Vaticano II subrayaría más tarde que celebrar los sacramentos “prepara
perfectamente a los fieles para recibir con fruto la misma gracia, rendir el culto a Dios y practicar
la caridad”.
Los sacramentos santifican eficazmente a quienes los reciben dignamente, obran por el hecho
mismo de que la acción es realizada, en virtud de la obra salvífica de Cristo. Como señala Santo
Tomás de Aquino, “el sacramento no actúa en virtud de la justicia del hombre que lo da o
que lo recibe, sino por el poder de Dios”.
Por eso, siempre que un sacramento es celebrado conforme a la intención de la Iglesia, el poder
de Cristo y de su Espíritu actúa en él y por él, independientemente de la santidad personal
del ministro.
Pero, aunque los ritos visibles bajo los cuales los sacramentos son celebrados ya significan y
realizan las gracias, los frutos de los sacramentos dependen también de las disposiciones
del que los recibe, destaca el Catecismo de la Iglesia Católica. Las acciones simbólicas son ya
un lenguaje, pero es preciso que la Palabra de Dios y la respuesta de fe acompañen y vivifiquen
estas acciones. La persona debe abrirle las puertas a Dios, que siempre respeta su libertad.
Sin embargo, los sacramentos se reciben a menudo sin las disposiciones necesarias para
aprovechar todos sus frutos y a muchas personas les resulta difícil comprender su sentido.
Existen siete sacramentos instituidos por Jesús: Bautismo, Confirmación, Eucaristía,
Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio.
El Concilio de Trento cifró en siete los sacramentos de la Nueva Ley instituidos por Cristo, que
corresponden a las etapas y momentos importantes de la vida del cristiano en una cierta
semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida espiritual.
Los tres sacramentos de la iniciación cristiana -el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía-,
los sacramentos de la curación -la Penitencia y la Unción de los enfermos y los que están al
servicio de la comunión y misión de los fieles -el Orden sacerdotal y el
Matrimonio- dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe.
Los sacramentos forman un organismo en el que cada uno tiene su lugar vital,
aunque la Eucaristía ocupa un lugar único porque todos los demás están
ordenados a éste como a su fin, indica santo Tomás.
Cristo actúa en los creyentes de distintas maneras a través los sacramentos: por el Bautismo,
los asume en su propio Cuerpo comunicándoles en el Espíritu la filiación divina; por
la Confirmación los fortalece en el mismo Espíritu para que puedan confesarle ante los
hombres.
Por la Penitencia, perdona sus pecados y les va sanando de sus enfermedades espirituales; por
la Unción, conforta a los enfermos y moribundos; por el Orden consagra a algunos para que, en
su nombre, prediquen, guíen y santifiquen a su pueblo; por el Matrimonio purifica, eleva y
fortalece el amor conyugal del hombre y la mujer; y todo este sistema mana de la Eucaristía,
que contiene al mismo Cristo. Abandonar la práctica sacramental es cerrarse a los signos visibles
eficaces que Dios ha escogido para alimentarnos de Él.
El santo Cura de Ars afirma, en un sermón sobre el pecado: “Hemos abandonado también
a Dios, desde el momento en que ya no frecuentamos los sacramentos”. Y en otro sobre
la perseverancia, asegura: “En cuanto una persona frecuenta los sacramentos, el demonio
pierde todo su poder sobre ella”.
La definición tradicional de un sacramento es la siguiente: “Un sacramento es un signo
visible, instituido por Cristo, para dar la gracia.”
Dentro de esta definición hay tres puntos importantes:
Un signo visible: Una acción es realizada por un ministro (por lo general el sacerdote). Por
ejemplo, cuando un bebé es bautizado en la iglesia el sacerdote derrama agua sobre su cabeza
y, al mismo tiempo dice las palabras “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo”. Eso es un signo visible.
Instituido por Cristo: El Señor Jesucristo dio instrucciones a su iglesia para ofrecer los siete
Sacramentos a sus seguidores.
Por ejemplo, su directiva a Sus discípulos en el Evangelio de Mateo (28/19), “Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo”.
Para dar gracia: La gracia es un don gratuito de Dios de Sí mismo para darnos poder y control
en nuestra vida y en las decisiones que tomamos una vez que nos hemos comprometido a él
con fe.
Para nosotros los católicos, el SACRAMENTO DEL BAUTISMO es el primer paso en un viaje
de por vida de compromiso y discipulado. Si somos bautizados como infantes o adultos, el
bautismo es la forma de celebrar y promulgar el abrazo de Dios por intermedio de la Iglesia.
El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad rica que comprende: El perdón del
pecado original y de todos los pecados personales. El nacimiento a la vida nueva, por la cual el
hombre es hecho hijo adoptivo del Padre, miembro de Cristo, templo del Espíritu Santo. La
incorporación a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y la participación del sacerdocio de Cristo.
Nos da el nacimiento a la vida divina: nos hace herederos del cielo.
Los pasajes bíblicos que aluden al bautismo son:
Mt.28,19
“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,”
Mc.16,16
“El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.”
Hch.16,33
“En aquella misma hora de la noche el carcelero los tomó consigo y les lavó las heridas;
inmediatamente recibió el bautismo él y todos los suyos.”
Hch.22,16
“Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre.”
1Cor.1,13-16
“¿Está dividido Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados
en el nombre de Pablo? ¡Doy gracias a Dios por no haber bautizado a ninguno de vosotros fuera
de Crispo y Gayo! Así, nadie puede decir que habéis sido bautizados en mi nombre. ¡Ah, sí!,
también bauticé a la familia de Estéfanas. Por lo demás, no creo haber bautizado a ningún otro.”
1Pe3,21
“a ésta corresponde ahora el bautismo que os salva y que no consiste en quitar la suciedad del
cuerpo, sino en pedir a Dios una buena conciencia por medio de la Resurrección de Jesucristo,”
CONFIRMACIÓN
Fortalece y acrecienta la vida divina: nos convierte en soldados de Cristo
La Confirmación es un sacramento católico del compromiso cristiano maduro y una
profundización de los regalos del bautismo.
Es uno de los tres sacramentos de iniciación para los católicos. Con mayor frecuencia se asocia
con los dones del Espíritu Santo.
La Confirmación perfecciona la gracia bautismal; es el sacramento que da el Espíritu Santo
para:
– Enraizarnos más profundamente en la filiación divina.
– Incorporarnos más firmemente a Cristo.
– Hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociándonos todavía más a su misión.
– Ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras.
Los pasajes bíblicos que aluden a la confirmación son:
Sab.9,17
“Y ¿quién habría conocido tu voluntad, si tú no le hubieses dado la Sabiduría y no le hubieses
enviado de lo alto tu espíritu santo?”
Hch.8,14-17
“Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra
de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan.
Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no había
descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor
Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.”
Hch.19,1-6
“Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó las regiones altas y llegó a Éfeso donde
encontró algunos discípulos; les preguntó: «¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando abrazasteis la
fe?»
Ellos contestaron: «Pero si nosotros no hemos oído decir siquiera que exista el
Espíritu Santo.» Él replicó: «¿Pues qué bautismo habéis recibido?». «El bautismo
de Juan», respondieron.
Pablo añadió: «Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo
que creyesen en el que había de venir después de él, o sea en Jesús.» Cuando oyeron esto,
fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.
Y, habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a
hablar en lenguas y a profetizar.”
2Cor.1,21-22
“Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que
nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones.”
Heb.6,1-2
“Por eso, dejando aparte la enseñanza elemental acerca de Cristo, elevémonos a lo perfecto, sin
reiterar los temas fundamentales del arrepentimiento de las obras muertas y de la fe en Dios; de
la instrucción sobre los bautismos y de la imposición de las manos; de la resurrección de los
muertos y del juicio eterno.”

EUCARISTÍA
Alimenta la vida divina.
La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, es decir, de la obra de la salvación
realizada por la vida, la muerte y la resurrección de Cristo, obra que se hace presente por la
acción litúrgica.
Bajo las especies consagradas del pan y del vino, Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente
de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad.
Los católicos creemos que la Eucaristía o Comunión, es a la vez un sacrificio y una
comida.
Creemos en la presencia real de Jesús, que murió por nuestros pecados.
A medida que recibamos Cuerpo y la Sangre de Cristo, también somos alimentados
espiritualmente y nos aproximamos a Dios.
La Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo:
– Acrecienta la unión del comulgante con el Señor.
– Le perdona los pecados veniales y lo preserva de pecados graves.
– Puesto que los lazos de caridad entre el comulgante y Cristo son reforzados, la recepción de
este sacramento fortalece la unidad de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.
Los pasajes bíblicos que aluden a la eucaristía son:
Jn.6,30-35
“Ellos entonces le dijeron: «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra
realizas?
Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: «Pan del cielo les dio a
comer.»
Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo;
es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del
cielo y da la vida al mundo.»
Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.» Les dijo Jesús: «Yo soy
el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no
tendrá nunca sed.»”
Jn.6,48-58
“«Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es
el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que
yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.»
Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no
bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.
Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.
Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma
vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que
coma este pan vivirá para siempre.»”
RECONCILIACIÓN O PENITENCIA O CONFESIÓN
Nos devuelve la vida divina perdida por el pecado.
El Sacramento de la Reconciliación Católica (también conocida de Penitencia o Confesión)
tiene tres elementos: la conversión, la confesión y la celebración.
En ella encontramos el perdón incondicional de Dios; como resultado, estamos llamados a
perdonar a los demás.
La confesión individual e íntegra de los pecados graves seguida de la absolución es el único
medio ordinario para la reconciliación con Dios y con la Iglesia.
Los efectos espirituales de este sacramento son:
– La reconciliación con Dios por la que el penitente recupera la gracia;
– La reconciliación con la Iglesia;
– La remisión de la pena eterna contraída por los pecados mortales;
– La remisión, al menos en parte, de las penas temporales, consecuencia del pecado;
– La paz y la serenidad de la conciencia, y el consuelo espiritual
– El acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate cristiano.
Los pasajes bíblicos que aluden a la confesión son:
Mt.16,19
“A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la Tierra quedará atado en los
Cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos.”
PROV 28,13-14
"Ocultar sus faltas no conduce a nada, el que las reconoce y renuncia a ellas se hace
perdonar. 14.Feliz el que nunca pierde el temor: el que endurece su conciencia caerá en
la desgracia."
Hch.19,18
“Muchos de los que habían creído venían a confesar y declarar sus prácticas.”
2Cor.2,6-11
“Bastante es para ese tal el castigo infligido por la comunidad, por lo que es mejor,
por el contrario, que le perdonéis y le animéis no sea que se vea ése hundido en
una excesiva tristeza.
Os suplico, pues, que reavivéis la caridad para con él. Pues también os escribí con la intención
de probaros y ver si vuestra obediencia era perfecta.
Y a quien vosotros perdonéis, también yo le perdono.
Pues lo que yo perdoné -si algo he perdonado- fue por vosotros en presencia de Cristo, para que
no seamos engañados por Satanás, pues no ignoramos sus propósitos.”
Sgo.5,16
“Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis
curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.”
1Jn.1,8-9
“Si decimos: «No tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si
reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y
purificarnos de toda injusticia.”
UNCIÓN DE LOS ENFERMOS
Mantiene la vida divina en los sufrimientos de la enfermedad grave o la vejez.
El Sacramento Católico de unción de los enfermos, antes conocida como extremaunción, es un
ritual de curación apropiado no sólo física, sino también para el caso de enfermedad mental
y espiritual.
La gracia especial del sacramento de la Unción de los enfermos tiene como efectos:
– La unión del enfermo a la Pasión de Cristo, para su bien y el de toda la Iglesia;
– El consuelo, la paz y el ánimo para soportar cristianamente los sufrimientos de la enfermedad
o de la vejez;
– El perdón de los pecados si el enfermo no ha podido obtenerlo por el sacramento de la
Penitencia;
– El restablecimiento de la salud corporal, si conviene a la salud espiritual;
– La preparación para el paso a la vida eterna.
Los pasajes bíblicos que aluden a la unción de los enfermos son:
Mc.6,12-13
“Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían
con aceite a muchos enfermos y los curaban.”
Lc.13,12-13
“Al verla Jesús, la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.» Y le impuso las manos.
Y al instante se enderezó, y glorificaba a Dios.”
1Cor.12,9
“a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones, en el único Espíritu;”
Sgo.5,14-15
“¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren
sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor.
Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera
cometido pecados, le serán perdonados.”
ORDEN SACERDOTAL
Perpetúa los ministros que transmiten la vida divina.
El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confirmada por Cristo a
sus apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos: es,
pues, el sacramento del ministerio apostólico.
En el Sacramento del Orden, o la ordenación, el sacerdote es ordenado por votos para dar
lugar que sirva a otros católicos trayéndoles los sacramentos (especialmente la
Eucaristía), anunciando el Evangelio, y proporcionando otros medios para la santidad.
Comprende tres grados: El episcopado, el presbiterado y el diaconado.
La Iglesia confiere el sacramento del Orden únicamente a varones (viris) bautizados, cuyas
aptitudes para el ejercicio del ministerio han sido debidamente reconocidas.
A la autoridad de la Iglesia corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a uno a recibir
la ordenación.
Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la
misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la Fe a los
hermanos (cf. Lucas. 22, 32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de
conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado
como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.
Los pasajes bíblicos que aluden al orden sacerdotal son:
Lc.10,16
“Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza;
y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.”
Lc.22,19
“Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Este es mi cuerpo que es
entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.»”

Jn.15,5
“Yo soy la vid; vosotros los sarmientos.
El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer
nada.”
Hch.6,6
“los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos.”
Hch.15,2-6
“Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos;
y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles
y presbíteros, para tratar esta cuestión.
Ellos, pues, enviados por la Iglesia, atravesaron Fenicia y Samaria, contando la conversión de
los gentiles y produciendo gran alegría en todos los hermanos.
Llegados a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia y por los apóstoles y presbíteros, y contaron
cuanto Dios había hecho juntamente con ellos.
Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron para decir que
era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés.
Se reunieron entonces los apóstoles y presbíteros para tratar este asunto.”
Hch.20,17
“Desde Mileto envió a llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso.”
Hch.21,18
“Al día siguiente Pablo, con todos nosotros, fue a casa de Santiago; se reunieron
también todos los presbíteros.”
1Tim.4,14
“No descuides el carisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante
la imposición de las manos del colegio de presbíteros.”
1Tim.5,17
“Los presbíteros que ejercen bien su cargo merecen doble remuneración, principalmente
los que se afanan en la predicación y en la enseñanza.”
MATRIMONIO
Perfecciona el amor humano de los esposos y les da las gracias para santificarse en el
camino hacia la vida divina.
La alianza matrimonial, por la que un hombre y una mujer constituyen una íntima comunidad
de vida y de amor, fue fundada y dotada de sus leyes propias por el Creador.
Para nosotros los católicos, el sacramento del matrimonio, o el santo matrimonio, es una señal
pública de que uno se entrega totalmente a esta otra persona.
También es una declaración pública acerca de Dios: la unión de amor entre marido y mujer habla
de los valores familiares y también los valores de Dios.
Los efectos del Matrimonio son:
Origina entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo, de modo que el matrimonio válido
celebrado y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás.
Los cónyuges reciben una gracia propia del sacramento por la que:
– Quedan como consagrados por un sacramento peculiar para los deberes y la dignidad de
su estado.
– Se fortalece su unidad indisoluble.
– Se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial conyugal y en la acogida y
educación de los hijos.
Entre bautizados, el matrimonio ha sido elevado por Cristo Señor a la dignidad de sacramento.
Los pasajes bíblicos que aluden al matrimonio son:
Gén.2,18-25
“Dijo luego Yahveh Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda
adecuada.»
Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó
ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que
el hombre le diera.
El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del
campo, más para el hombre no encontró una ayuda adecuada.
Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió.
Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne.
De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el
hombre.
Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi
carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.»
Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen
una sola carne.
Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro.”
Mt.19,3-9
“Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a
su mujer por un motivo cualquiera?»
Él respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, ‘los hizo varón y hembra’, y
que dijo: ‘¿Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se
harán una sola carne?’
De manera que ya no son dos, sino una sola carne. pues bien, lo que Dios unió no lo separe el
hombre.»
1Cor.7,39
“La mujer está ligada a su marido mientras él viva; más una vez muerto el marido, queda libre
para casarse con quien quiera, pero sólo en el Señor.”
Ef.5,3
“La fornicación, y toda impureza o codicia, ni siquiera se mencione entre vosotros, como conviene
a los santos.”
Ef.5,5
“Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso -que es ser idólatra-
participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios.”
Ef.5,21-33
“Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo.
Las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo
es Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo.
Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos
en todo.
Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella,
para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela
resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa
e inmaculada.
Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos.
El que ama a su mujer se ama a sí mismo.
Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo
mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo.
‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una
sola carne.’
Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.
En todo caso, en cuanto a vosotros, que cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer,
que respete al marido.”
Heb.13,4
“Tened todos en gran honor el matrimonio, y el lecho conyugal sea inmaculado; que a los
fornicarios y adúlteros los juzgará Dios.”
LOS SACRAMENTOS SON UN REGALO DE DIOS
Todo es don, todo es regalo.
El Señor nos dio la vida, nos guía en el camino, es un Padre amantísimo para
nosotros, Su ternura nos excede.
¿Qué más se podría pedir?
Sin embargo, Él sabe que el camino es largo y muchos los obstáculos.
El enemigo es hábil e incansable.
Va a tratar por todos los medios de impedir nuestro regreso a Aquél de quien procedemos.
Y desde Su Omnipotencia y Sabiduría eternas, el Altísimo supo desde siempre que no podemos
resistir solos.
Entonces, en la plenitud de los tiempos, se compadeció de nosotros y descendió de la Eternidad
a nuestro tiempo, para iluminarnos el camino.
Porque Él es la Luz del mundo.
“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran Luz” (Isaías 9, 1-2).
Y ese Dios enorme, ya Hombre, se dignó caminar nuestros pasos, tomar nuestra lucha, trabajar
nuestros trabajos, enseñándonos cómo hacer cada cosa y cómo enfrentar nuestros desafíos.
Siempre como Hombre, pero mirándonos con Sus tiernos ojos de Dios.
No desoyó ninguna súplica, no siguió de largo frente a ningún dolor.
Ninguna hipocresía pudo engañarlo.
Ninguna maldad pudo doblegar Su Amor.
Su Sagrado Cuerpo fue torturado hasta la saciedad, pero ningún clavo o espina pudieron vencer
Su pureza y santidad.
Y después de salir vencedor del pecado y de la muerte, quiso legarnos Su fortaleza.
Para que fuéramos puros y santos como Él nos deseaba.
Y nos dejó Su Gracia Santificante por medio de siete Sacramentos.
¡Cuánta Su bondad, cuánta Su generosidad!
Para este Dios amante nada parece ser demasiado ni suficiente.
Gracias, Dios nuestro, por conocer nuestra debilidad y darnos los medios para convertirla en
fortaleza que nos acerca a Ti.
Nos pediste ir por el camino angosto, pero con los Sacramentos Tu Misericordia lo ensancha
para nosotros.
Gloria y alabanza a Ti, dulce Señor, porque no desdeñas nuestra miseria y pobreza y nos
extiendes siempre Tu mano amable y generosa.
SACRAMENTO, SIGNO Y SÍMBOLO
Como es bien sabido, el término "sacramento" se ha aplicado en la teología cristiana para
designar los rituales religiosos, que son centrales en la vida de la Iglesia, y que han sido definidos
como "signos eficaces de la gracia". Así, efectivamente, se vienen entendiendo los sacramentos
desde el siglo XII, concretamente a partir del libro de las Sentencias, de Pedro Lombardo.
Ahora bien, si los sacramentos son signos, para entender lo que queremos decir cuando
hablamos de la Iglesia como sacramento, lo primero que se ha de precisar es el concepto de
"signo".
Pues bien, según la explicación comúnmente usada, un signo es una realidad sensible (visible,
audible, tangible...) que nos remite y nos pone en relación con otra realidad que no es del orden
de lo sensible, sino que, de la manera que sea, no está a nuestro alcance inmediato.
En su formulación más técnica, el signo se define como la unión de "significante"
y un "significado".
Por ejemplo, las palabras son signos. Ahora bien, en la "palabra" (un signo que
constantemente utilizamos), el significante es el fonema que se pronuncia al decir
esa palabra. Y el significado es el concepto al que nos remite el fonema que oímos. Cuando el
significante (fonema) se une con el significado (concepto), entonces tenemos el signo. Que
siempre es indicador de un "referente", la realidad, objeto, persona... a la que nos referimos con
cada palabra o en cada frase (conjunto de palabras).
Pero ocurre que, si el sacramento se reduce a puro signo, tropezamos con una dificultad. De
acuerdo con lo dicho sobre el signo, éste se sitúa necesariamente al nivel del conocimiento, ya
que el significado es siempre un concepto, una idea, algo estrictamente mental y, por tanto, del
orden de lo cognoscitivo.
Eso, por supuesto, es enteramente necesario en la comunicación humana. Sin lenguaje, o sea
sin los signos mediante los que nos comunicamos unos a otros lo que sabemos o queremos
decir, la comunicación entre los seres humanos sería imposible.
Pero sabemos que, en la vida humana, más determinantes que las "ideas" o los conceptos, son
las "experiencias" que vivimos. Experiencias que nos configuran ya desde antes de nacer. Como
es bien sabido, la comunicación entre la madre y el hijo que lleva en sus entrañas es decisiva,
para el futuro de ese hijo, desde las primeras semanas de la gestación.
Por eso un hijo amado y deseado por la madre es y será completamente distinto de un hijo
rechazado y hasta despreciado por la madre. Señal evidente de que entre la madre y el hijo se
establece una profunda y determinante comunicación ya antes de que el feto o, más tarde, el
recién nacido pueda entender, mediante conceptos, lo que la madre lo quiere o lo desprecia.
Y es que el amor, el afecto, la empatía, el gozo y el disfrute de la vida, o, por el contrario, el odio,
los deseos de venganza, el desprecio, el resentimiento, todo eso no se comunica entre los
humanos mediante "signos" lingüísticos y conceptuales, sino de otra forma. Por eso, en la
comunicación humana, son más importantes los "símbolos" que los "signos".
Ahora bien, mientras que un signo es la comunicación de un "concepto", el símbolo es la
comunicación de una "experiencia". Por eso los símbolos son tan decisivos, sobre todo, cuando
se comunican las experiencias que entrañan una "totalidad de sentido" para la vida de las
personas.
Porque en la vida de los humanos, más decisivo que "saber" definir el amor es "amar" y sentirse
"amado". Como más destructivo que "saber definir el odio" es "odiar".
De ahí que Paul Ricoeur, acertadamente, ha dicho que, mientras el signo es Lógos (palabra). el
símbolo es BIOS (vida).
Además, en todo este ámbito de realidades humanas, es fundamental caer en la cuenta de que
todos los seres humanos vivimos experiencias que no se pueden comunicar mediante signos,
es decir, mediante la "información" que proporcionan las palabras y los discursos. Tales
realidades solamente se pueden transmitir mediante el "contagio" que desencadenan los
símbolos.
Una madre no enseña a amar a su hijo echándole discursos sobre la estructura profunda de la
relación interpersonal. La madre educa en el amor amando, besando, acariciando, mediante el
tacto amoroso y cálido de la intimidad. Así hemos aprendido todos a amar y ser amados.
Y de la misma manera, resulta evidente que a otras personas no se les hace
felices predicándoles sobre la felicidad, sino contagiando la felicidad que uno vive.
Como nadie logra que el otro se sienta querido porque se le explica la más
depurada teoría sobre el amor. Se siente querido el que experimenta el cariño
que contagia la persona que ama de verdad a quien se relaciona con ella.
Por eso es más importante la mirada que el ojo. Porque el ojo pertenece al orden de los signos,
mientras que la mirada es símbolo. El ojo "informa", la mirada "contagia" o, si se prefiere,
desencadena la corriente de vida que une y funde a las personas.
Para la mentalidad de muchas personas, quizá poco formadas en este orden de conocimientos,
el símbolo no coincide con lo real.
De ahí, las sospechas y hasta el malestar que tales personas experimentan cuando oyen decir
que los sacramento son símbolos. Porque hay quienes tienen la impresión de que, si las cosas
son así, estamos vaciando los sacramentos de un determinado contenido de algo real.
Es decir, si un sacramento, por ejemplo, la eucaristía, se explica como un símbolo, hay quienes
temen que, de esa forma, lo que se está haciendo es negar la presencia real de Cristo en ese
sacramento.
Quienes piensan de esa forma dan a entender que no comprenden adecuadamente lo que es el
símbolo. Seguramente la mentalidad científica, tan predominante en nuestra cultura, nos dificulta
la adecuada comprensión de la relación entre "sacramento" y "realidad".
Esta comprensión defectuosa queda resuelta cuando se recuerda que el símbolo es siempre
comunicación, no de "ideas" y, menos aún, de "cosas", sino que es comunión de "experiencias".
Ahora bien, las "cosas", los objetos, o se dan tal cual, como son en su realidad tangible, o no se
dan. Si yo doy un billete de cien “simbólicamente", el hecho real es que no doy ese dinero. Porque
el dinero es una cosa. Y eso no se puede comunicar mediante un símbolo.
Pero, cuando hablamos de símbolos, no nos referimos a nada de eso. Nos referimos a
"realidades", pero de otro orden. Tan real como el dinero es el amor. Pero, ¿cómo se puede
expresar y comunicar el amor entre dos personas? Se puede comunicar dando cosas: dinero,
joyas, objetos de valor, etc. Pero todo eso expresa amor (y no interés) en la medida, y sólo en la
medida, en que mediante tal objeto se expresa una experiencia. Y entonces, el objeto (un ramo
de flores, por ejemplo) se convierte en símbolo.
Pero hay más. Porque, si todo este asunto se piensa más despacio, pronto se advierte que en
la vida humana hay realidades que solamente se pueden expresar y comunicar simbólicamente.
Las grandes experiencias, que dan sentido a la vida, sólo pueden adquirir su manifestación más
real y verdadera mediante símbolos.
De ahí que, en el caso de los sacramentos, las experiencias que se transmiten a través de ellos
solamente pueden resultar auténticamente reales mediante las expresiones simbólicas que, en
cada cultura, sirven de vehículo a la experiencia en cuestión.
Esa es la razón por la que los sacramentos, además de "signos", son también "símbolos" eficaces
de la comunicación de Dios y de nuestra comunicación con Dios.
SACRA MENTALIDAD DE LA IGLESIA
La Iglesia no existe para sí misma, sino para los hombres y mujeres de este mundo. Esto,
obviamente, quiere decir que la Iglesia es ella misma cuando se comunica con los seres
humanos de cada tiempo y de cada cultura.
Ahora bien, la comunicación con los humanos se realiza mediante signos y
símbolos. Lo cual quiere decir que la Iglesia es, por su misma razón de ser,
sacramento, es decir, signo y símbolo de comunicación con la humanidad.
En segundo lugar, es necesario comprender que, por más verdadero que sea que
la Iglesia tiene que ser comunicación de mensajes ideológicos o de conocimientos (las verdades
de la fe), en todo este asunto es importante comprender que lo primero y principal que la Iglesia
tiene que comunicar y contagiar son experiencias.
Se trata de las experiencias fundamentales de la vida: la fe-confianza, el amor, la esperanza, la
paz, la bondad, etc.
Esto quiere decir que, en la Iglesia, más importantes que los signos (las verdades) son los
símbolos (las experiencias).
En tercer lugar, si tanto los signos como los símbolos son siempre expresiones culturales, de ahí
se sigue que la Iglesia, si es que quiere ser ella misma en cada tiempo y en cada cultura, no
tiene más remedio que adaptarse, en cada momento histórico, en cada cultura y en cada
sociedad, a las mediaciones significativas y simbólicas que viven y utilizan las gentes de los
distintos tiempos y culturas de la humanidad.
Por eso no es imaginable que la Iglesia pueda ser fiel, a sí misma y al designio de Dios sobre
ella, si sus dirigentes se empeñan en mantener e imponer una uniformidad de expresiones
significativas y simbólicas que sean idénticas en todo el mundo.
Los signos y los símbolos no se imponen por decreto, sino que son manifestaciones
fundamentales de la vida, de la cultura y de la sociedad.
Por eso, si es que la Iglesia toma en serio que ella es y tiene que aparecer como sacramento de
salvación, la Iglesia tendría que comportarse, vivir y aparecer ante la gente de forma que no
hiciese falta presentar el mensaje mediante numerosas y eruditas teologías especializadas, al
alcance de los sabios y entendidos de este mundo.
La Iglesia-sacramento tiene que ser y vivir de tal forma que se meta por los ojos de la gente. Y
que la gente la vea y la sienta como algo que les es connatural y propio. De no ser así, algo muy
seria falla en la Iglesia.
IMPORTANCIA DE LO VISIBLE EN LA IGLESIA
A veces, se dice que lo meramente externo y visible en la Iglesia no es determinante para que
ella sea lo que tiene que ser y cumpla con su misión en este mundo.
En este sentido, se afirma que, a fin de cuentas, lo mismo da que el papa o el obispo vivan en
un palacio o pasen la vida en una vivienda corriente, más o menos como la casa que puede tener
cualquier ciudadano.
Y algo parecido se dice de los lugares de culto, de las vestimentas y medios de transporte, de la
forma de presentarse en público y así sucesivamente.
Por el contrario, si somos consecuentes con la sacra mentalidad de la Iglesia, debe quedar bien
claro, de una vez por todas, que lo visible de la Iglesia, es decir, lo que entra por los sentidos y
lo que todo el mundo percibe, no es cosa sin importancia o algo meramente accidental. Lo visible
y palpable de la Iglesia es una categoría estrictamente teológica.
Es decir, se trata de algo que toca el ser mismo de la Iglesia como sacramento. Y, al mismo
tiempo, eso que se mete por los ojos de la gente debe estar siempre organizado de forma que
espontáneamente lleve a los hombres y mujeres a percibir que Jesús y su mensaje siguen
presentes en el mundo y en la historia.
Esto quiere decir que la organización externa de la Iglesia, su derecho, sus
costumbres, su funcionamiento, su estilo de vida, sus pautas de comportamiento
y, en general, todo lo que en ella es perceptible debe estar organizado y debe
funcionar de tal manera que la gente, al ver todo eso, se sienta espontáneamente
movida y motivada para pensar que el Evangelio sigue adelante en este mundo.
Por otra parte, es decisivo tener presente que todo lo dicho no es algo meramente aconsejable
desde el punto de vista de la ética o de la espiritualidad. Lo que aquí está en juego es la
efectividad de la Iglesia, es decir, en esto la Iglesia se juega el ser o no ser de su misión en el
mundo.

Tomás de Aquino lo supo explicar con una de sus formulaciones magistrales:


"LOS SACRAMENTOS SON CAUSA (DE AQUELLO PARA LO QUE ESTÁN INSTITUIDOS)
EN CUANTO QUE LO SIGNIFICAN"
Es decir, en la Iglesia, la "causalidad" está ligada a la "significatividad". Dicho de otra forma: la
Iglesia produce y causa ante la gente aquello que la gente percibe que la Iglesia significa, lo que
la Iglesia expresa, lo que los humanos perciben en ella y en su forma de aparecer y manifestarse
en la sociedad.
Utilizando la vieja clasificación de causalidades de la teología escolástica, se puede afirmar que
la causalidad de la Iglesia no es "eficiente", sino "ejemplar".
Tal es, en efecto, la cualidad propia de los sacramentos como causa de salvación. Lo que nos
viene a decir que la Iglesia-sacramento es causa de salvación en la medida, y sólo en la medida,
en que es una institución ejemplar para los ciudadanos de una determinada cultura y de una
sociedad concreta.
Ahora bien, la consecuencia que se sigue de lo dicho es fuerte. Porque eso nos viene a decir
que en la Iglesia tienen que cambiar muchas cosas y se tiene que producir una reforma muy
profunda, si es que sinceramente se quiere que la Iglesia sea eficaz en el cumplimiento de la
misión que tiene que llevar a cabo en este mundo: la salvación, ser "sacramento de salvación".
Por una razón que entiende cualquiera, a saber: los valores que son significativos para las gentes
de la cultura actual no son ya los mismos que tenían significación y ejemplaridad para los
hombres y mujeres de tiempos pasados.
Por ejemplo, en los tiempos del antiguo régimen, el poder monárquico y la autoridad impositiva
eran valores que los ciudadanos acogían como lo más natural del mundo. Valores, por eso
mismo, en los que los fieles cristianos veían lo mejor y hasta lo más ejemplar que podían hacer,
que era, ni más ni menos, que someterse al soberano, sin disentir ni protestar.
Hoy ya la gente no piensa así. Ni ve en la sumisión un valor supremo. De ahí que mientras la
Iglesia siga actuando sobre la base de una teología y una ley que obligan al sometimiento
incondicional, es seguro que la Iglesia no cumplirá con su dimensión sacramental. Y, lo que es
peor, la Iglesia es y será una institución carente de credibilidad, ya que, al proceder de esa forma,
se ve privada de la ejemplaridad necesaria para poder interesar a los fieles y, menos aún, a
quienes se resisten a creer en ella.
Y otro ejemplo en el mismo sentido, quizá más elocuente que el del poder, es el que se refiere a
la nueva mentalidad sobre el sexo y todo lo que la sexualidad abarca en la vida de las personas.
Nadie duda ya de que, en este orden de cosas, estamos asistiendo a un cambio tan profundo y
tan rápido que, como es bien sabido, la mayoría de la población, cuando oye los sermones,
discursos y consignas de la Iglesia sobre la vida sexual, lo menos que hace es
sonreír con aire de displicencia, si no es que se llega a la indignación y al
desprecio.
Es importante caer en la cuenta de que, cuando ocurre esto, estamos ante un
fallo que no es sólo de orden "moral", sino además se trata de una desviación "teológica" en el
sentido más fuerte y propio de esa palabra.
Y lo peor de todo, en este asunto, es que no se ve camino para un posible encuentro entre el
discurso eclesiástico y la mentalidad moderna. Al contrario, se trata de caminos contrapuestos
que cada día se alejan más y más el uno del otro.
Y, por último, a los dos ejemplos anteriores, se ve como algo evidente añadir el "desajuste
sacramental" que padece la institución eclesiástica en su forma de aparecer públicamente ante
las gentes de nuestro mundo y en la sociedad actual. Para decirlo con más claridad, se trata de
la imagen de ostentación, pompa y boato con que, por lo general, los obispos, los cardenales y
el papa aparecen en los medios de comunicación y ante las multitudes que tantas veces
congregan en actos públicos y diariamente en sus vestimentas, lugares de residencia, medios
de transporte, títulos e insignias que utilizan, lugares que ocupan, etc. Siempre los primeros y
siempre de forma llamativa y sin miedo al ridículo que mucha gente advierte en semejantes
formas de conducta pública.
Nada de eso es intranscendente desde el punto de vista "teológico". Porque afecta, de forma
muy clara y determinante, a la imagen, al signo y, por tanto, al sacramento que es la Iglesia.
Ciertamente, semejante imagen está muy lejos de aquello y de Aquél a quien los sucesores de
los apóstoles tienen que hacer presente o deben representar.
A fuerza de "vanidad ingenua" y acumulada, por la fuerza y la debilidad (ambas cosas) del
"parecer" superpuesto al "ser", la sacra mentalidad de la Iglesia ha quedado mortalmente herida.
Lo que es tanto como decir que la misión salvadora de la Iglesia -si es que el concilio vaticano II
dijo la verdad- ha sido reducida y en gran medida anulada.
Y lo que se dice de las leyes, hay que decirlo - con más razón - de la teología, de la moral, de la
espiritualidad y de la liturgia. Si la Iglesia sigue enseñando que para acercarse a Dios hay que
mortificar lo humano y hay que despreciar las cosas de este mundo, es seguro que la Iglesia no
será vista como sacramento (signo o símbolo) de salvación.
En definitiva, se trata de comprender que, si el sacramento es "signo" o "símbolo" (de algo, para
alguien), la Iglesia significa y simboliza, ante los más amplios sectores de la sociedad, cosas que
poco a nada tienen que ver con aquello que ella, por su propia misión y destino, tiene que
significar y simbolizar ante los hombres.
He aquí uno de los problemas más fuertes que la Iglesia tiene que afrontar y resolver en este
momento.
SEGUNDA PARTE
Primera Etapa: Itinerario de Fe
¿Qué significa que Dios es Uno y Trino?
Significa que Dios es uno solo, pero que en Dios hay Tres Personas, distintas
entre sí, que tampoco se reparten la única divinidad, sino que cada uno de ellas es enteramente
Dios (cf. CIC 253-254).
Se trata del misterio de la Santísima Trinidad, misterio central de la fe y de la vida cristiana.
Es el misterio de un solo Dios en tres Personas, misterio imposible de entender y de captar
cabalmente, menos aún de explicar, pues se trata de la esencia misma de Dios. Y ésta es una
verdad que sobrepasa infinitamente las capacidades intelectuales del ser humano.
Cuéntese que mientras San Agustín se encontraba en la playa preparándose para dar una
enseñanza sobre el misterio de la Santísima Trinidad, vio a un niño tratando de vaciar el agua
del mar en un hoyito que había hecho en la arena. Al preguntarle San Agustín qué estaba
haciendo, el niño le respondió que estaba tratando de vaciar el mar en el hoyito, a lo que le
contestó el Santo: “Pero, ¡estás tratando de hacer una cosa imposible!” Y el Niño le replicó: “No
más imposible de lo que es para ti entender o explicar el misterio de la Santísima Trinidad”. Y
con estas palabras el Niño desapareció.
Así es nuestro intelecto: tan limitado como es el hoyito para contener el agua del mar, sobre todo
cuando trata de explicarse verdades infinitas como el misterio Trinitario.
Es por ello que el misterio de la Santísima Trinidad no puede ser conocido a menos de que Dios
nos lo dé a conocer. Y Dios nos lo ha dado a conocer al revelarse como Padre, como Hijo y como
Espíritu Santo: Tres Personas distintas, pero un mismo Dios.
Sin embargo, lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo. Y
aquí en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario (Dios Uno y Trino) de
una manera velada, incompleta, pero en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a
Dios tal cual es.
Aunque las Tres Divinas Personas son inseparables en su ser y en su obrar, al Padre se le
atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación. Es así como el
Espíritu Santo en su obra de santificación en cada uno de nosotros, nos va haciendo cada vez
más semejantes al Hijo, y el Hijo nos va revelando al Padre y nos va llevando a Él. “Nadie
conoce al Padre sino el Hijo y aquéllos a quienes el Hijo se los quiera dar a conocer” (Mt.
11, 27).
EL HOMBRE A IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS.
¿Qué cosa significa: ¿Dios nos ha creado a su imagen?
 Decir que Dios nos ha creado a su imagen significa que:
 Él ha querido que cada uno de nosotros manifieste un aspecto de su esplendor infinito;
 Él tiene un proyecto sobre cada uno de nosotros;
 cada uno de nosotros está destinado a entrar, por un itinerario que es propio, en la
eternidad feliz. La criatura es imagen de Dios por el hecho de que participa de la
inmortalidad –no por su naturaleza, sino como don del Creador. La orientación a la vida
eterna es lo que hace al hombre el correlativo creado por Dios.
 La dignidad del hombre no es algo que se impone a nuestros ojos, no es mensurable ni
se puede cualificar, escapa a los parámetros de la razón científica o técnica; sin embargo,
nuestra civilización, nuestro humanismo, no han progresado sino en la medida en que
esta dignidad ha sido universal y plenamente reconocida siempre más
personas” (Card. Joseph Ratzinger, Discurso al Consejo Pontificio para la
Pastoral de la salud, 28 de noviembre 1996).
¿En qué sentido el hombre es creado a “Imagen de Dios”?
“El hombre es creado a imagen de Dios en el sentido de que es capaz de conocer y de amar, en
la libertad, al propio Creador. Es la única criatura, sobre esta tierra, que Dios ha querido por sí
misma y que ha llamado a participar, por el conocimiento y el amor, de su vida divina. El, en
cuanto creado a imagen de Dios, tiene la dignidad de persona: no es cualquier cosa, sino alguien,
capaz de conocerse, de donarse libremente y de entrar en comunión con Dios y con las otras
personas” (Compendio del Catecismo, n. 66).
¿Cuáles dimensiones de la persona implica el ser creado a Imagen de Dios?
 Implica todo el hombre y cada hombre.
 En particular:
 su dignidad;
 la unidad de su cuerpo y alma;
 su ser hombre o mujer;
 su relación con Dios, consigo mismo, con las otras personas, con el mundo.
 Es, por tanto, el hombre en su totalidad que ha sido creado a imagen y semejanza de
Dios. La Biblia presenta una visión del ser humano en la cual la dimensión espiritual es
vista junto a la dimensión física, social e histórica del hombre.
¿En qué modo el ser a imagen de Dios implica la dignidad del hombre?
 Implica su dignidad en cuanto que constituye su fundamento. El hombre encuentra el
fundamento último de su propia dignidad propiamente en su ser creado a imagen de Dios.
 El fundamento de la auténtica y plena dignidad, ínsita en cada hombre, está en su ser
creado a imagen y semejanza de Dios. “La dignidad de la persona humana se radica en
la creación a imagen y semejanza de Dios. Dotada de alma espiritual e inmortal, de
inteligencia y de libre voluntad la persona humana está ordenada a Dios y llamada, con
su alma y su cuerpo, a la felicidad eterna” (Compendio del Catecismo, n. 358).
 Tal dignidad así fundamentada, distingue al hombre esencialmente de todos los demás
seres creados (por eso se habla de diferencia ontológica en el plano del ser y no sólo en
el plano funcional del actuar- entre los seres humanos y el resto del mundo). La Biblia
pone en evidencia esta diferencia ya desde las primeras páginas, cuando afirma que Dios,
después de haber creado las cosas de este mundo, dice: “Y Dios vio que era cosa buena”
(Gn 1, 26), pero, después de haber creado al hombre, exclama: “Dios vio cuanto había
hecho, y he ahí que, era algo muy bueno” (Gn 1, 31).
¿Cómo se relacionan en el hombre el ser imagen de Dios con su comunión con dios?
 El ser creado a imagen de Dios es el fundamento de la orientación del hombre hacia Dios.
De hecho, sobre esta semejanza radical al Dios uno y trino es que se fundamenta la
posibilidad de la comunión del hombre con la Santísima Trinidad. Así lo ha querido Dios
mismo. El Dios uno y trino ha querido de hecho compartir su comunión trinitaria con
personas creadas a su imagen. Aún más, es por esta comunión trinitaria que el hombre
ha sido creado a imagen de Dios. Es fin del hombre por tanto conocer, amar y servir a
Dios en esta vida y gozar de El en la otra vida, y amar al prójimo como Dios lo ama.
 “Creado a imagen de Dios, el hombre expresa la verdad de su relación con
Dios creador también mediante la belleza de sus propias obras artísticas”
(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2501).
¿Por qué el ser imagen de Dios implica también nuestra relación con las
otras personas?
 Precisamente porque Dios es Trinidad, comunión de tres Personas en la única naturaleza
divina, también la persona, creada a imagen de Dios, es también capaz de relación con
las otras personas, es un ser que:
 tiene una orientación fundamental hacia las otras personas;
 está llamado a formar con ellos una comunidad.
 “El ser humano es por tanto verdaderamente humano en la medida en que actualiza el
elemento esencialmente social en su constitución, en cuanto persona dentro de grupos
familiares, religiosos, civiles, profesionales y de otro género, que juntos forman la sociedad
circundante a la cual pertenece” (CTI, n. 42).
 El matrimonio constituye una forma elevada de comunión entre las personas humanas y
una de las mejores analogías de la vida trinitaria. Aún más “el primer ejemplo de esta
comunión es la unión procreativa del hombre y de la mujer, que refleja la comunión
creativa del amor trinitario” (CTI, n. 56). Cuando un hombre y una mujer unen su cuerpo y
su espíritu en una actitud de total apertura y donación de sí, forman una nueva imagen de
Dios. Su unión en una sola carne no responde simplemente a una necesidad biológica,
sino a la intención del Creador que les conduce a compartir la felicidad de ser hechos a
su imagen (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2331).
 La misma humanidad, en su dignidad originaria (de la cual es símbolo Adán), está hecha
a imagen de la divina Trinidad. “Todos los hombres forman la unidad del género humano,
por el común origen que tienen de Dios. Dios, además, ha creado “de uno solo todas las
naciones de los hombres” (Hch 17, 26). Todos, además, tienen un único Salvador y están
llamados a compartir la eterna felicidad de Dios” (Compendio del Catecismo, n. 68).
¿De qué manera el hombre participa del señorío de Dios sobre el mundo?
 Participar del señorío de Dios sobre el mundo significa que el hombre:
 ejerce tal señorío sobre la creación visible sólo en virtud del privilegio que Dios le ha
conferido;
 reconoce en Dios el creador de todo, y rinde alabanza y da gracias por el don de la
creación glorificando el nombre de Dios;
 no es el señor principal sobre el mundo. Dios, el creador del mundo, es el Señor por
excelencia sobre el mundo. El hombre es un señor subordinado (señorío ministerial y
subordinado);
 es designado por Dios para ser su colaborador, administrador. El hombre está llamado
por Dios a ejercitar, en nombre de Dios mismo, una administración responsable sobre el
mundo creado. Tal administración “debe medirse con la solicitud por la calidad de vida del
prójimo, comprendida la de las generaciones futuras, y exige un religioso respeto de la
integridad de la creación” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2415);
 en cuanto administrador, debe dar cuentas de su gestión, y Dios juzgará sus acciones.
 Tal señorío se realiza en el respeto hacia la creación: el hombre, como imagen de Dios,
no es un dominador del mundo. La administración humana del mundo creado es en
cambio un servicio realizado mediante la participación del gobierno divino.
“Los seres humanos realizan tal servicio adquiriendo un conocimiento
científico del universo, ocupándose responsablemente del mundo natural
(incluso los animales y el ambiente) y salvaguardando su integridad
biológica” (CTI, n. 61).
 El mismo trabajo humano “proviene inmediatamente de personas creadas a imagen de
Dios y llamadas a prolongar, las unas con las otras y para las otras, la obra de la creación”
(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2427), colaborando con Dios creador.

DIOS DE MISERICORDIA
La palabra misericordia tiene su origen en dos palabras del latín: miserere, que significa tener
compasión, y cor, que significa corazón. Ser misericordioso es tener un corazón compasivo. La
misericordia, junto con el gozo y la paz, son efectos del perdón; es decir, del amor.
Un palpable ejemplo de este tipo de amor misericordioso es el de Dios que siempre está
dispuesto a cancelar toda deuda, a olvidar a renovar. Para educarnos en el perdón debemos
constantemente recordarlo.
Los católicos acogemos un conjunto de verdades que nos vienen de Dios. Esas verdades han
quedado condensadas en el Credo. Gracias al Credo hacemos presentes, cada domingo y en
muchas otras ocasiones, los contenidos más importantes de nuestra fe cristiana.
Podríamos pensar que cada vez que recitamos el Credo estamos diciendo también una especie
de frase oculta, compuesta por cinco palabras: “Creo en la misericordia divina”. No se trata aquí
de añadir una nueva frase a un Credo que ya tiene muchos siglos de historia, sino de valorar
aún más la centralidad del perdón de Dios, de la misericordia divina, como parte de
nuestra fe.
Dios es Amor, como nos recuerda san Juan (1Jn 4,8 y 4,16). Por amor creó el universo; por amor
suscitó la vida; por amor ha permitido la existencia del hombre; por amor hoy me permite soñar
y reír, suspirar y rezar, trabajar y tener un momento de descanso.
El amor, sin embargo, tropezó con el gran misterio del pecado. Un pecado que penetró en el
mundo y que fue acompañado por el drama de la muerte (Rm 5,12). Desde entonces, la historia
humana quedó herida por dolores casi infinitos: guerras e injusticias, hambres y violaciones,
abusos de niños y esclavitud, infidelidades matrimoniales y desprecio a los ancianos, explotación
de los obreros y asesinatos masivos por motivos raciales o ideológicos.
Una historia teñida de sangre, de pecado. Una historia que también es (mejor, que es,
sobre todo) el campo de la acción de un Dios que es capaz de superar el mal con la
misericordia, el pecado con el perdón, la caída con la gracia, el fango con la limpieza, la
sangre con el vino de bodas.
Sólo Dios puede devolver la dignidad a quienes tienen las manos y el corazón manchados por
infinitas miserias, simplemente porque ama, porque su amor es más fuerte que el pecado.
Dios eligió por amor a un pueblo, Israel, como señal de su deseo de salvación universal, movido
por una misericordia infinita. Envió profetas y señales de esperanza. Repitió una y otra vez que
la misericordia era más fuerte que el pecado. Permitió que en la Cruz de Cristo el mal fuese
derrotado, que fuese devuelto al hombre arrepentido el don de la amistad con el Padre de las
misericordias.
Descubrimos así que Dios es misericordioso, capaz de olvidar el pecado, de arrojarlo lejos.
“Como se alzan los cielos por encima de la tierra, así de grande es su amor para
quienes le temen; tan lejos como está el oriente del ocaso aleja Él de nosotros
nuestras rebeldías” (Sal 103,11-12).
La experiencia del perdón levanta al hombre herido, limpia sus heridas con aceite
y vino, lo monta en su cabalgadura, lo conduce para ser curado en un mesón. Como enseñaban
los Santos Padres, Jesús es el buen samaritano que toma sobre sí a la humanidad entera; que
me recoge a mí, cuando estoy tirado en el camino, herido por mis faltas, para curarme, para
traerme a casa.
Enseñar y predicar la misericordia divina ha sido uno de los legados que nos dejó el Papa San
Juan Pablo II. Especialmente en la encíclica “Dives in misericordia” (Dios rico en misericordia),
donde explicó la relación que existe entre el pecado y la grandeza del perdón divino:
“Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que ´Dios amó tanto... que le dio su Hijo
unigénito´, Dios, que ´es amor´, no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia.
Esta corresponde no sólo con la verdad más profunda de ese amor que es Dios, sino también
con la verdad interior del hombre y del mundo que es su patria temporal” (Dives in misericordia
n. 13).
Creo en la misericordia divina, en el Dios que perdona y que rescata, que desciende a nuestro
lado y nos purifica profundamente. Creo en el Dios que nos recuerda su amor: “Era yo, yo mismo
el que tenía que limpiar tus rebeldías por amor de mí y no recordar tus pecados” (Is 43,25). Creo
en el Dios que dijo en la cruz “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34), y
que celebra un banquete infinito cada vez que un hijo vuelve, arrepentido, a casa (Lc 15). Creo
en el Dios que, a pesar de la dureza de los hombres, a pesar de los errores de algunos
bautizados, sigue presente en su Iglesia, ofrece sin cansarse su perdón, Creo en la misericordia
divina, y doy gracias a Dios, porque es eterno su amor (Sal 106,1), porque nos ha regenerado y
salvado, porque ha alejado de nosotros el pecado, porque podemos llamarnos, y ser, hijos (1Jn
3,1).
¿DÓNDE ENCONTRARNOS CON LA MISERICORDIA DE DIOS?
El padre Eugenio Lira en su libro ¡Venga a mí! nos recuerda cinco medios para experimentar a
este Dios rico en misericordia.
Lugares de encuentro con La Divina Misericordia
- MEDITACIÓN ORANTE DE LA PALABRA DE DIOS
El Magisterio de la Iglesia nos recomiende la lectura asidua de la Palabra de Dios, ya que en ella
Dios conversa con nosotros. Por eso el Salmista proclama: Antorcha para mis pies es tu Palabra,
luz en mi sendero (Sal 119,105).
Si, por nuestro bien debemos conocerla, meditarla, vivirla y anunciarla, a la luz de la Tradición
de la Iglesia y del Magisterio: “Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica,
será como el hombre prudente que edificó sobre roca (Mt 7, 24)
Sin embargo, hay quienes no le dan importancia; y mezclando la fe con supersticiones, dejan
que cualquier libro o película les confunda y les arrebate esa preciosa semilla. Otros se
entusiasman de momento, pero al no ser constantes están débiles, y cuando les llega un
problema, lo dejan todo. En cambio, quienes reciben la Palabra de Dios, y confiando en su
eficacia la meditan con la guía de la Iglesia y la alimentan con los Sacramentos y la oración, dan
tal fruto, que son capaces de resistir la adversidad, sabiendo que los sufrimientos de esta vida
no se comparan con la felicidad que nos espera.
- CELEBRACIÓN DE LA LITURGIA
En la Liturgia está presente Cristo, quien, uniéndonos por el Bautismo a su
Cuerpo, que es la Iglesia, nos permite ofrecerlo y ofrecernos juntamente con Él,
para participar, con la fuerza del Espíritu Santo, en su alabanza y adoración al
Padre, fortaleciéndonos en la unidad, y llenándonos del poder transformador de Dios para ser
signo e instrumento de salvación para toda la humanidad, participando también de lo que será
la Liturgia celestial. De entre los miembros de este Cuerpo, el Señor llama a algunos para que,
a través del sacramento del Orden sacerdotal representen a Cristo como Cabeza del Cuerpo,
anunciando la Palabra de Dios, guiando a la comunidad, y presidiendo la liturgia, especialmente
los sacramentos, entre los que destaca la Eucaristía, donde Él se nos entrega para comunicarnos
todo el poder salvífico de su pasión, muerte y resurrección, por el que nos une a la Santísima
Trinidad y a toda la Iglesia; con la Virgen María y los santos, con el Papa, con el propio Obispo,
con todo el clero y con el pueblo de Dios entero, dándonos la esperanza de alcanzar la vida
eterna y resucitar con Él el último día, fortaleciéndonos así para vivir el amor y ser constructores
de unidad en nuestra familia y en nuestros ambientes, siendo solidarios particularmente con que
más nos necesitan.
- LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE MISERICORDIA
Esto es mi cuerpo. esta es mi sangre (Mt 26, 26-28). El que come Mi carne y bebe Mi sangre,
tiene vida eterna (Jn 6, 54). Por eso, el propio Jesús exhortaba a santa Faustina: No dejes la
Santa Comunión, a no ser que sepas bien de haber caído gravemente... Debes saber que Me
entristeces mucho, cuando no Me recibes en la Santa Comunión. Mi gran deleite es unirme con
las almas. Has de saber, hija Mía, que cuando llego a un corazón humano en la Santa Comunión,
tengo las manos llenas de toda clase de gracias y deseo dárselas al alma.
En el año 304, durante la persecución de Diocleciano, en Abitina, 49 cristianos fueron arrestados
un domingo mientras celebraban la Eucaristía. Cuando el procónsul les preguntó por qué habían
desobedecido la prohibición del emperador, sabiendo que el castigo sería la muerte, uno de ellos
respondió: “sin la Eucaristía dominical no podemos vivir”. A los cristianos de hoy, el Papa
Benedicto XVI nos ha dicho: “Participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan
eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una
necesidad... es una alegría”. En ella podemos encontrar “la energía necesaria para el camino
que debemos recorrer cada semana”
Procuremos comulgar con frecuencia, participando siempre en la Misa Dominical. Dediquemos
también algunos momentos a visitar al Santísimo Sacramento. “Es hermoso estar con Él –decía
San Juan Pablo II- y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25),
palpar el amor infinito de su corazón”. Y si tenemos conciencia de estar en pecado grave,
recordemos que antes de Comulgar debemos primero recibir el sacramento de la Reconciliación.
- LA CONFESIÓN: EXPERIENCIA DE MISERICORDIA
No es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno sólo (Mt 18, 14). El pecado nos
degrada, nos aleja de Dios y de los hermanos, y nos arrebata la vida. Pero Dios, que nos sigue
amando, nos busca y nos ofrece en el Sacramento de la Penitencia el perdón que nos reconcilia
con Él y con la Iglesia “Como se deduce de la parábola del hijo pródigo, la reconciliación es un
don de Dios, una iniciativa suya” Y “todo lo que el Hijo de Dios obró y enseñó para la
reconciliación del mundo, no lo conocemos solamente por la historia de sus acciones pasadas,
sino que lo sentimos también en la eficacia de lo que él realiza en el presente”.
Esto, gracias a que la tarde de Pascua, el Señor Jesús se mostró a sus apóstoles
y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos (Jn 20, 22-23). Por
eso, San Pablo afirma: “Dios nos ha confiado el misterio de la reconciliación... y la palabra de
reconciliación” (2 Cor 5, 18 s.). En el Sacramento de la Penitencia, el Padre, con la fuerza del
Espíritu Santo, a través de sus sacerdotes que son presencia y prolongación de Jesús Buen
Pastor, corre hacia nosotros para abrazarnos y colmarnos de su amor, y la Iglesia se alegra por
la vuelta de aquél hermano que estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido
hallado (Lc 15, 32).
Jesús es el cordero de Dios que, con su sacrificio, quita el pecado del Mundo (Cfr. Jn 1, 29. Por
eso, Él, que ha venido no para condenar, sino para perdonar y salvar (Cfr. Jn 3, 16), nos invita a
acercarnos con confianza a la confesión, donde por su voluntad, el Sacerdote, ministro de la
Penitencia, actúa “in persona Christi”. Así se lo comentó a Santa Faustina: El sacerdote, cuando
Me sustituye, no es él quien obra, sino Yo a través de él; Como tú te comportarás con el confesor,
así Yo Me comportaré contigo.
- LA ORACIÓN
Una persona subió con entusiasmo a un pequeño barco, con el deseo de aventurarse en el mar.
Al zarpar, con emoción sintió la brisa y admiró la inmensidad y la belleza del océano. Pero
después, a causa del movimiento, experimentó un terrible mareo. Entonces, el capitán le dijo: “si
no quiere sentirse mal, mire hacia arriba”. ¡Qué buen consejo para quienes surcamos el gran
mar de la vida!: miremos hacia arriba, para no marearnos, ni con los bienes del mundo, ni con
las crisis y problemas. Y mirar hacia arriba es hacer oración, escuchando a Jesús que nos dice:
Permaneced en mí, como yo en vosotros (Jn 15,4).
“Para mí, -escribe Santa Teresa del Niño Jesús- la oración es un impulso del corazón, una
sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor, tanto en la prueba
como en la alegría” . Necesitamos orar para pedir ayuda, dar gracias, alabar, adorar, contemplar,
y escuchar a Dios, abriéndole el corazón a Él y al prójimo. ¡En la oración, es Dios quien nos
busca para saciar nuestra sed de una vida plena y eternamente feliz! De ahí que Santa Teresa
de Ávila diga: “Si alguien no ha empezado a hacer oración...yo le ruego por amor de Dios, que
no deje de hacer esto que le va a traer tantos bienes espirituales. En hacerla no hay ningún mal
que temer y sí mucho bien que esperar”.
Habla con tu Dios que es el Amor y la Misericordia Misma, exhortó el Señor a Santa Faustina.
Pero ¿cómo orar?; con humildad, confianza y perseverancia. Pidan y se les dará, ha prometido
Jesús. Sin embargo, quizá alguno diga: “Muchas veces he pedido y no he recibido. Orar no sirve
para nada”. Pero seguramente lo que le sucede es aquello que Santa
Teresa describe así: “Algunos quisieran tener aquí en la tierra todo lo que desean y luego en el
cielo que no les faltase nada. Eso me parece andar a paso de gallina, escarbando entre el
basurero”. ¡No perdamos el tiempo, ni entorpezcamos nuestro camino!; creer en Dios es fiarse
de Él, sabiendo que nos da lo que más nos conviene, no para una alegría pasajera, sino para
nuestra felicidad plena y eterna.
Cuestionario práctico
1. ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Es algo que ya doy por supuesto o es una presencia viva
y que guía todas mis acciones?
2. ¿Soy sencillo en mis relaciones con Dios? ¿Creo que él me puede transformar
con su gracia? ¿Creo que Dios está conmigo en los momentos difíciles, aunque
no lo sienta sensiblemente?
3. ¿Me esfuerzo por conocer más a Cristo a través de los Evangelios y de la
frecuente recepción de los sacramentos, especialmente la confesión y la Eucaristía?
4. ¿Puedo decir que de verdad amo a Cristo, Señor de la misericordia? ¿Cómo es mi amor por
él: ¿de sentimiento, superficial, de fe y voluntad, de palabras o de obras?
5. ¿Qué es para mí el sacramento de la penitencia o confesión? ¿Una obligación molesta? ¿Un
medio para tranquilizar momentáneamente mi conciencia? ¿una magnífica oportunidad para
encontrarme con Cristo y sentir su misericordia infinita? ¿Un camino para reconciliarme con Dios
y recibir su perdón?
DIOS SE HIZO HOMBRE Y SE QUEDO CON NOSOTROS PARA SIEMPRE.
“No tengamos miedo de contemplar la Cruz como un momento de derrota, de fracaso”, señaló
el Santo Padre Francisco. “Pablo, cuando hace la reflexión sobre el misterio de Jesucristo, nos
dice cosas fuertes. Nos dice que Jesús se vació a sí mismo, se aniquiló a sí mismo, se hizo
pecado hasta el final, asumió todos nuestros pecados, todos los pecados del mundo: se convirtió
en un descartado, en un condenado”.
“Pablo no tenía miedo de mostrar esta derrota y también esto puede iluminar un poco nuestros
peores momentos, nuestros momentos de derrota. Pero también la Cruz es un signo de victoria
para nosotros cristianos”.
Para explicar mejor esta paradoja de la Cruz, el Santo Padre recurrió al libro de los Números, en
el que se narra el Éxodo del pueblo de Israel de Egipto a la Tierra Prometida, previo deambular
por el desierto durante 40 años.
En ese contexto se produjo un suceso que el Papa definió como una profecía de la Cruz de
Cristo. En un momento de desesperación, el pueblo de Israel comenzó a murmurar contra Moisés
y contra Dios. Se produjo entonces una infestación de serpientes que mordieron a muchos
israelitas.
Francisco recordó que, desde tiempos antiguos, la serpiente simboliza a Satanás, el Gran
Acusador. Entonces Dios ordenó a Moisés hacer un báculo coronado por una serpiente de
bronce para que todos los que habían sufrido la mordedura de las serpientes se curaran al
mirarlas, ya que Dios dijo a Moisés que alzaría a la serpiente causante de la muerte para dar
salvación.
Para el Pontífice se trata de “una profecía” que hace referencia directamente a la Cruz: “Jesús,
cargado de todos los pecados, derrotó al autor del pecado, derrotó a la serpiente”.
“En aquel momento, Satanás quedó destruido para siempre. Ya no tiene fuerza. La Cruz, en
aquel momento, se convirtió en signo de victoria”.
El Papa continuó: “Nuestra victoria es la Cruz de Jesús, victoria ante nuestro enemigo, la gran
serpiente antigua, el Gran Acusador”. En la Cruz “hemos sido salvados en aquel recorrido que
Jesús quiso hacer hasta lo más bajo, pero con la fuerza de la divinidad”.
Además, recordó las palabras de Jesús a Nicodemo: “Cuando sea alzado, atraeré a todos a mí”.
Subrayó: “Jesús alzado y Satanás destruido. La Cruz de Jesús debe ser para nosotros la
atracción: mírala, porque es la fuerza necesaria para ir adelante”.
“Aquella serpiente antigua que fue destruida, todavía grita, todavía amenaza. Como decían los
padres de la iglesia, es un perro encadenado: no te acerques y no te morderá, pero si te acercas
a acariciarlo porque la fascinación te lleva a él como si fuera un cachorrillo,
prepárate: te destruirá”.
Por lo tanto, “la Cruz nos enseña que en la vida hay derrota y victoria. Debemos
ser capaces de tolerar el fracaso, de llevar con paciencia los errores, y también
nuestros pecados, porque Él ha pagado por nosotros”.
“Hoy sería bello que, en casa, con tranquilidad, dediquemos 5, 10, 15 minutos a ponernos
delante del crucifijo, o de aquello que tengamos, o del rosario, y mirarlo: es nuestro signo
de derrota que provoca las persecuciones, que nos destruye, y también es nuestro signo
de victoria, porque en ella Dios ha vencido”. PAPA FRANCISCO.
Evangelio comentado por el Papa Francisco:
Juan 3:13-17
Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre,
para que todo el que crea tenga por él vida eterna.
Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no
perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se
salve por él.
EL ESPIRITU SANTO NOS REUNE EN LA IGLESIA
«¡Qué sorprendente misterio! Hay un solo Padre del universo, un solo Logos del universo y
también un solo Espíritu Santo, idéntico en todas partes; hay también una sola virgen hecha
madre, y me gusta llamarla Iglesia» (Clemente de Alejandría, Paedagogus 1, 6, 42).
El día de Pentecostés un grupo de hombres y mujeres paralizados por el temor, se reunió a orar
y descendió sobre ellos el Espíritu Santo, transformándolos en hombres y mujeres valientes,
audaces, dispuestos a dar la vida por Jesús y su mensaje. Al manifestarse la fuerza del Espíritu
comienza para ellos una nueva manera de vivir. Allí nace la Iglesia, la misma que hoy nos reúne.
En los días que siguieron a Pentecostés, los discípulos tomaron conciencia poco a poco de que
habían recibido el Espíritu de Jesús resucitado. Por eso, decimos que en este momento se inició
una nueva era, donde todas las promesas sobre el Espíritu Santo, comenzaron a verificarse con
fuerza y evidencia sobre los apóstoles. Él asumió la guía invisible, pero en cierto modo
«perceptible», de quienes después de la partida del Señor Jesús, sentían profundamente que
habían quedado huérfanos. Éstos, con la venida del Espíritu Santo, renovaron su confianza y se
fortalecieron para realizar la misión que les había sido dada.
Este mismo Espíritu es el que sigue asistiendo hoy a la Iglesia con su presencia viva en cada
comunidad. Gracias a su don, hoy es posible amar hasta dar la vida, perdonar las ofensas, orar
sin cesar y celebrar cotidianamente la Pascua del Señor que sigue manifestándose de diversas
maneras. El desafío para nosotros es aprender a reconocer sus signos presentes en nuestra
comunidad, vida cotidiana y sociedad.
El Espíritu Santo que obró en ellos, lo sigue haciendo continuamente en cada uno de nosotros.
El Espíritu de la verdad ilumina al espíritu humano, como afirma San Pablo: «Todos hemos
bebido de un solo Espíritu» (1 Co 12, 13). Su presencia crea una conciencia y una certeza nueva
con respecto a la verdad revelada, permitiéndonos participar así en el conocimiento de Dios
mismo. Él nos lleva a la verdad completa (Jn 14, 26). Él impulsa a la comunidad cristiana a un
conocimiento siempre mayor y mejor de Jesús y de su mensaje.
Al referirnos al Pueblo de Dios nos remontamos al Antiguo Testamento donde se
narra la historia de Israel, el pueblo elegido por Dios. Entre Dios y los israelitas se
realiza una alianza, un pacto de amistad; en esta alianza, Israel se comprometió
a reconocer a Yahvé como su único Dios, a entregarse a él y Dios se comprometió
a mantener a Israel como su pueblo, a guiarlo hacia la tierra prometida y darle la salvación.
La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, es el mismo pueblo de Israel, pero constituido por una
nueva alianza o pacto. No cambia ni Dios ni el pueblo; se renueva el pacto que se establece
entre ambos. Jesús es el mediador de esta nueva alianza. De la muerte de Jesús en la cruz y
del don del Espíritu brota el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia.
Este pueblo, en el que Dios reina, está formado por todos los bautizados y constituye una
comunidad de hermanos en donde no hay diferencias de clase social, de nacionalidad, de
color de piel o de sexo. Es un pueblo de libres no de esclavos; un pueblo de iguales no de
siervos.
ESPÍRITU SANTO, AMOR DE DIOS QUE SE REGALA
El término “Espíritu” traduce el término hebreo “Ruah” que significa soplo, aire, viento. En las
Escrituras encontramos diferentes nombres que se le dan al Espíritu Santo, uno de ellos es
“Paráclito” que se traduce habitualmente como el defensor. También se representa con distintas
formas.
El Espíritu Santo es la presencia de Dios desde la creación del mundo a través de sus dones y
frutos. Él se manifestó a través de los profetas en.
El A.T, por su obra el Hijo amado se encarna y camina junto a nosotros, es quien
unge a Jesús en su Bautismo. Ese Espíritu, el mismo que llega a nosotros en Pentecostés,
acompaña y anima nuestra Iglesia desde que se formó, inspirándola y guiándola. El Espíritu
Santo, es quien nos anima, y nos regala sus dones de un modo particular por medio del
sacramento de la confirmación.
El Señor ha querido enviarlo para que nos enseñe a orar, fortalezca nuestra fe y nos anime
cuando te sientas débil y desalentado (Rom 8,26). Él te regalará la Gracia de sus dones, los
cuales darán frutos si lo dejas actuar en tu vida.
Entonces ya sabes que, el Espíritu “sopla” en verdad y por Jesucristo camino, verdad y vida, Él
te da la esperanza y acrecienta tu capacidad para amar. Te lleva al corazón del Padre.
Podemos decir que el Espíritu Santo, cumple dos roles fundamentales, por una parte, nos
renueva internamente y nos santifica; es decir, nos abre a la Gracia de Dios, nos ayuda a
entender el querer del Señor en nuestra experiencia.
Podemos asegurar que nuestra fe en la acción del Espíritu se transforma en compromiso vivo,
el Espíritu Santo, sella en nosotros el discipulado de Jesús y nos hace apóstoles, testigos de
Cristo en medio de la ciudad, en cada una de las experiencias que nos toque vivir. Gracias al
Espíritu, sus dones y frutos, nos convertimos en misioneros de la Buena Noticia en medio del
mundo, somos llamados a proclamar con nuestra vida “lo que hemos visto y oído” (1 Jn 1,1),
aprendiendo a discernir la voluntad del Señor en lo que somos y hacemos.
“Cuando venga el consolador, el Espíritu de la verdad que yo les enviaré y que procede del
Padre, él dará testimonio sobre mí. Ustedes mismos serán mis testigos, porque han estado
conmigo desde el principio” (Jn 15, 26 -27).
el catecismo nos recuerda: 1830. La vida moral de los cristianos está sostenida por los dones
del Espíritu Santo. Estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir
los impulsos del Espíritu Santo. 1831. Los siete dones del Espíritu Santo son:
sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Tu espíritu
bueno me guíe por una tierra llana (Sal 143,10). Todos los que son guiados por
el Espíritu de Dios son hijos de Dios... Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y
coherederos de-Cristo(Rm8,14.17) 1832. Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en
nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera
doce: ‘caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre,
fidelidad, modestia, continencia, castidad’

SIGNOS QUE REPRESENTAN AL ESPÍRITU SANTO:


EL VIENTO O SOPLO
El viento simboliza al Espíritu de libertad, el viento sopla suave como una brisa o fuerte, como
una tempestad. Cuando Israel huía de la esclavitud de Egipto, el viento sopló toda la noche sobre
el mar rojo, hasta que éste se retira. (Ex 14, 21-22).
Realidad misteriosa, llena de energía, de poder y dinamismo (Jn 3, 8).
LA PALOMA SÍMBOLO DE LA PAZ que comunica el Espíritu, Bautismo de Jesús (Mt 3,16)
AGUA
El agua tiene una función purificadora, limpia, hace renacer la vida. Fecunda la tierra seca,
apaga la sed y purifica el corazón del hombre. (Jn 7, 37-39).
En el principio el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. (Gn 1,1).
Jesús es bautizado por el agua y por el Espíritu (Mt 3, 13-17).
FUEGO
El fuego calienta la casa, reúne amigos en torno a una fogata. El fuego del Espíritu ardía en el
corazón de los discípulos que recibieron al Espíritu Santo. -(Hch:2,3-4). Da luz y calor, al mismo
tiempo que abrasa y purifica (Lc 3, 16).
VIDA NUEVA Y ETERNA
LA EUCARISTÍA EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
El ofrecimiento y el sacrificio hechos a Dios como gesto de agradecimiento, de súplica, de
reparación de los pecados, representan en el Antiguo Testamento el contexto preparatorio
remoto de la última Cena de Jesucristo. Ésta es evocada por la figura del siervo de Yahveh, que
se ofrece en sacrificio, derramando su sangre para la nueva alianza (cf. Is 42,1-9; 49,8), en
substitución y en favor de la humanidad. También las comidas religiosas de los hebreos,
especialmente la pascual, memorial del Éxodo y del banquete sacrificial, servían para expresar
el agradecimiento a Dios por los beneficios recibidos y para entrar en comunión con Él gracias a
las víctimas del sacrificio (cf. 1 Cor 10,18-21). También la Eucaristía hace entrar en comunión
con el sacrificio de Jesucristo. Además, en la tradición y en el culto hebraicos, la bendición
(berakà) constituía, por un lado, la comunicación de la vida de Dios al hombre, y, por otro lado,
el reconocimiento, con asombro y adoración, de la obra de Dios de parte del hombre. Esto
sucedía mediante el sacrificio en el templo y la comida en la casa (cf. Gn 1,28; 9,1; 12,2-3; Lc
1,69-79). La bendición era al mismo tiempo eulogia, es decir alabanza a Dios, y eucaristía, es
decir, acción de gracias; este último aspecto terminará por identificar en el cristianismo la forma
y el contenido de la anáfora o plegaria eucarística.
Los hebreos consumían también una comida sacra o sacrificio convival (toda; cf.
Sal 22 y 51), habitual en tiempos de Jesús, caracterizado por la acción de gracias
y por el sacrificio incruento del pan y del vino. Se puede comprender así otro
aspecto de la última Cena: el del sacrificio convival de acción de gracias. El rito
del Antiguo Testamento sobre la sangre derramada en el sacrificio constituye el tema de fondo
de la alianza que Dios gratuitamente establece con su pueblo (cf. Gn 24,1-11). Preanunciado por
los profetas (cf. Is 55,1-5; Jer 31,31-34; Ez 36,22-28) y absolutamente necesario para
comprender la última Cena y toda la revelación de Cristo, este mismo rito lleva un nombre (berit,
traducido en griego por diatheke) que indicará también el conjunto de los escritos del Nuevo
Testamento. En efecto, el Señor sancionó en la última Cena la alianza, su testamento con sus
discípulos y con toda la Iglesia.
Los signos proféticos y el memorial preanunciados en el Antiguo Testamento (la cena en
Egipto, el don del maná, la celebración anual de la Pascua) se cumplen en los sacramentos
o misterios de la Iglesia. En ellos está contenida la potencia divina de la santificación, de
la transformación y de la divinización de la muerte y resurrección del Señor, celebrada el
domingo y cotidianamente en la Pascua cristiana. Dice San Ambrosio: “Ahora, presta
atención si es más excelente el pan de los ángeles o la carne de Cristo, la cual es
indudablemente un cuerpo que da la vida... Aquel evento era una figura, éste es la verdad”

EL ÚNICO SACRIFICIO Y SACERDOCIO DE JESUCRISTO


El hecho histórico de la última Cena es narrado en los evangelios de San Mateo (26, 26-28), San
Marcos (14, 22-23), San Lucas (22, 19-20) y por San Pablo en la primera carta a los Corintios
(11, 23-25), que permiten comprender el sentido del acontecimiento: Jesucristo se entrega (cf.
Jn 13,1) como alimento del hombre, ofrece su cuerpo y derrama su sangre por nosotros. Esta
alianza es nueva porque inaugura una nueva condición de comunión entre el hombre y Dios (cf.
Hb 9,12); además es nueva y mejor que la antigua porque el Hijo en la cruz se entrega a sí mismo
y a cuantos lo reciben les da el poder de ser hijos del Padre (cf. Jn 1, 12; Gal 3, 26). El
mandamiento “Haced esto en conmemoración mía” indica la fidelidad y la continuidad del gesto,
que debe permanecer hasta el retorno del Señor (cf. 1 Co 11, 26).

Cumpliendo este gesto, la Iglesia recuerda al mundo que entre Dios y el hombre existe una
amistad indestructible gracias al amor de Cristo, que ofreciéndose a sí mismo ha vencido el mal.
En este sentido la Eucaristía es fuerza y lugar de unidad del género humano. Pero la novedad y
el significado de la última Cena están inmediata y directamente relacionados con el acto redentor
de la cruz y con la resurrección del Señor, “palabra definitiva” de Dios al hombre y al mundo. De
este modo, Cristo, con su deseo ardiente de celebrar la Pascua, de ofrecerse (cf. Lc 22, 14-16),
se transforma en nuestra Pascua (cf. 1 Co 5,7): la cruz comienza en la Cena (cf. 1 Co 11, 26).
Es la misma persona, Jesucristo, que, en la Cena en modo incruento y en la cruz con su propia
sangre, es sacerdote y víctima que se ofrece al Padre: “sacrificio que el Padre aceptó, cambiando
esta entrega total de su Hijo, que se hizo “obediente hasta la muerte” (Flp 2,8), con su entrega
paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrección, porque el Padre es
el primer origen y el dador de la vida desde el principio”.[15] Por este motivo no puede separarse
la muerte de Cristo de su resurrección (cf. Rm 4, 24-25), con la vida nueva que surge de ella y
en la cual somos sumergidos en el bautismo (cf. Rm 6,4).
En la memoria de la Iglesia, en el centro de la celebración eucarística, están las
palabras de la presencia de Jesús en medio a nosotros. “Esto es mi cuerpo, ...
éste es el cáliz di mi sangre”. Jesús se ofrece a sí mismo como verdadero y
definitivo sacrificio, en el cual alcanzan su cumplimiento todas las imágenes del Antiguo
Testamento. En Él se recibe lo que siempre había sido deseado y jamás había hallado
realización.

Pero Jesús, a la luz de la profecía (cf. Is 53, 11s.) sufre por la multitud y demuestra que en Él se
cumple la espera del verdadero sacrificio y del verdadero culto. Él mismo es aquel que, estando
delante de Dios, intercede, no por sí mismo, sino en favor de todos. Esta intercesión es el
verdadero sacrificio, la oración, la acción de gracias a Dios, en la cual nosotros mismos y el
mundo somos restituidos a Dios. La Eucaristía es, por lo tanto, sacrificio a Dios en Jesucristo
para recibir el don de su amor.

Jesucristo es el Viviente y está en la gloria, en el santuario del cielo donde ha entrado gracias a
la propia sangre (cf. Hb 9,12); se encuentra en el estado inmutable y eterno del sumo sacerdote
(cf. Hb 8,1-2), “posee un sacerdocio perpetuo” (Hb 7, 24 s), se ofrece al Padre y en razón de los
infinitos méritos de su vida terrena continúa a irradiar la redención del hombre y del cosmos que
en Él se transforma y recapitula (cf. Ef 1,10). Todo esto significa que el Hijo Jesucristo es
mediador de la nueva alianza para aquellos que han sido llamados a la herencia eterna (cf. Hb
9,15). Su sacrificio permanece para siempre en el Espíritu Santo, el cual recuerda a la Iglesia
todo lo que el Señor ha realizado como sumo y eterno sacerdote (cf. Jn 14, 26; 16, 12-15). San
Juan Crisóstomo advierte que el verdadero celebrante de la divina liturgia es Cristo: Aquel que
ha celebrado la Eucaristía “en la última cena, ése mismo es el que lo sigue haciendo ahora.
Nosotros ocupamos el puesto de los ministros suyos, más el que santifica y transforma la ofrenda
es Él”. Por lo tanto, “no es una imagen o una figura del sacrificio, sino un sacrificio verdadero”.
Dios se ha dignado aceptar la inmolación de su Hijo como víctima por el pecado y la Iglesia ora
para que el sacrificio aproveche para la salvación del mundo.
El Memorial del Misterio Pascual Hacer memoria de Cristo significa ciertamente recordar toda su
vida, porque en la Misa se hacen presente, en cierto modo durante el curso del año, los misterios
de la redención; pero especialmente, según San Pablo, la humillación (cf. Flp 2), el amor supremo
que lo ha hecho obediente hasta la cruz. Cada vez que comemos su cuerpo y bebemos su sangre
anunciamos su muerte, hasta que Él vuelva (cf. 1 Co 11,26), y también su resurrección (cf. Hch
2,32-36; Rm 10,9; 1 Co 12,3; Flp 2,9-11). De ahí que Él es el Cordero pascual inmolado (cf. 1
Co 5,7-8), que permanece de pie porque ha resucitado (cf. Ap 5,6).
La institución de la Eucaristía ha comenzado en la última Cena: las palabras que allí pronuncia
Jesús son la anticipación de su muerte; pero también ésta restaría vacía, si su amor no fuera
más fuerte que la muerte, para llegar a la resurrección. He aquí el motivo por el cual la muerte y
la resurrección son llamadas en la tradición cristiana mysterium paschale. Esto significa que la
Eucaristía es mucho más que una simple cena; su precio ha sido una muerte que ha sido vencida
con la resurrección. Por ello, el costado abierto de Cristo es el lugar originario del cual nace la
Iglesia y provienen los sacramentos que la edifican, el bautismo y la Eucaristía, don y vínculo de
caridad (Jn 19,34). Así, en la Eucaristía adoramos al que estuvo muerto y ahora “vive por los
siglos de los siglos” (Ap 1,18). El Canon Romano expresa esto inmediatamente
después de la consagración: “Por eso, Señor, nosotros, tus siervos, y todo tu
pueblo santo, al celebrar este memorial de la pasión gloriosa de Jesucristo, tu
Hijo, nuestro Señor; de su santa resurrección del lugar de los muertos y de su
admirable ascensión a los cielos, te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes
que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de vida eterna y cáliz de eterna
salvación”.
Durante la ‘cena mística”, en la persona de Jesucristo coexisten como pasado el Antiguo
Testamento, como presente el Nuevo Testamento y como futuro la inmolación inminente. Con la
Eucaristía entramos en otra dimensión temporal no ya sujeta a nuestras categorías. Entramos
en un tiempo en el cual el futuro, iluminando el pasado, se nos ofrece como estable presente;
por lo tanto, el misterio de Cristo, alfa y omega, se hace contemporáneo a cada hombre en todo
tiempo. El tiempo se ha abreviado (cf. 1 Co 7,29), esperamos la resurrección de los muertos y
ya vivimos en el cielo: “Este misterio hace que la tierra se transforme en cielo”.
La Presencia permanente del Señor
En todos los sacramentos Jesucristo actúa a través de signos sensibles que, sin cambiar la
apariencia, asumen una capacidad de santificar. En la Eucaristía, Él está presente con su cuerpo
y sangre, alma y divinidad, entregando al hombre toda su persona y su vida. En el Antiguo
Testamento Dios, a través de sus enviados, señalaba su presencia en la nube, en el tabernáculo,
en el templo; con el Nuevo Testamento, en la plenitud de los tiempos, Él viene a habitar entre
los hombres en el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14), siendo realmente Emanuel (cf. Mt 1,23) habla
por medio del Hijo, su heredero (cf. Hb 1,1-2).
San Pablo, para explicar lo que sucede en la comunión eucarística, afirma: “Más el que se une
al Señor, se hace un solo espíritu con Él” (1 Co 6,17), en una nueva vida que proviene del Espíritu
Santo. San Agustín ha profundamente comprendido esto, pero antes que él Ignacio de Antioquía
y, después, muchos monjes, místicos y teólogos. La Divina Liturgia es esta presencia de Cristo
“que reúne a todas las criaturas”, las convoca en torno al santo altar y “providencialmente las
une a sí mismo y entre ellas”. Dice San Juan Crisóstomo: “Cuando estás por acercarte a la Santa
Misa, cree que allí está presente el Rey de todos”. Por ello la adoración es inseparable de la
comunión.

¡Grande es el misterio de la presencia real de Jesucristo!


LLAMADOS A LA SANTIDAD, NUESTRA VIDA ES UNA CELEBRACION, UNIDA A CRISTO.
Hay muchos tipos de santos. Además de los santos oficialmente reconocidos por la Iglesia,
muchas más personas corrientes están escondidas de los libros de historia y aún así, han sido
decisivas para cambiar el mundo. Incluyen a muchos cristianos cuyo martirio es un signo de
nuestro tiempo. “Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar,
en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio.” La santidad es vivir los
misterios de la vida de Cristo, “morir y resucitar constantemente con él,” y reproducir en la propia
existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su cercanía a los últimos, su pobreza
y otras manifestaciones de su entrega por amor. “Permite al Espíritu Santo que forje en ti ese
misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy,” en la misión de construir el reino
de amor, justicia y paz universal
La santidad es tan diversa como la humanidad; el Señor tiene en mente un camino
particular para cada creyente, no solamente para el clero, los consagrados, o los
que viven una vida contemplativa. Todos estamos llamados a la santidad,
cualquiera que sea nuestro papel, “viviendo con amor y ofreciendo el propio
testimonio”, y en las ocupaciones de cada día, vueltos hacia Dios. Entre las formas de dar
testimonio están los “estilos femeninos de santidad”, de mujeres santas famosas y también de
tantas mujeres “desconocidas u olvidadas” que han transformado sus comunidades. Además de
los grandes desafíos, la santidad crece a través de gestos pequeños: rechazando las críticas,
escuchando con paciencia y amor, diciendo una palabra amable a una persona pobre.
La santidad te mantiene fiel a lo más profundo de ti mismo, libre de toda forma de esclavitud, y
dando fruto en nuestro mundo. La santidad no te hace menos humano, ya que es un encuentro
entre tu debilidad y el poder de la gracia de Dios. Pero necesitamos momentos de soledad y de
silencio ante Dios, para enfrentarnos a nuestro yo verdadero y dejar entrar a Dios.
Nuestra regla de vida en este camino, debe ser un apoyo para nuestra debilidad a la hora de
recorrerlo en lo concreto de nuestra vida cotidiana, en nuestro quehacer en el mundo. Con ella
podremos confrontar nuestra vida como cristianos católicos, y orientar nuestro ser hacia la
santidad de vida a la que todos estamos llamados. En ella encontraremos indicaciones para ir
ordenándonos hacia nuestro fin. Indicaciones que orientan pero que nunca se imponen, que nos
enseñan a ser fieles respetando la libertad de cada uno.
La regla de vida que ahora se presenta no es un fin, es simplemente un instrumento válido que
nos ayuda a no torcer el renglón. Para que sea útil hay que decidirse a escribir. En ella más bien
se nos muestra la meta: Permanecer en el amor de Dios. Cuando uno se ha encontrado con
Jesús, surgen muchas preguntas, como ocurre en los evangelios: Gente que ha oído hablar de
Cristo y se le acerca, que ya le conoce y quiere saber algo más de él, que se interesa por sus
palabras y pide que se las explique, que de modo aparentemente fortuito se encuentra con él.
También nosotros tenemos algunas inquietudes que le presentamos al Señor: Maestro, ¿dónde
vives?; Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?; Maestro,
enséñanos a orar.
Estas tres peticiones son las que guían nuestra regla de vida que consta, por ello, de tres partes.

a-) Maestro, ¿dónde vives? Ese es el primer paso para entablar una relación con alguien: saber
dónde podemos encontrarlo para ir en su busca. Nuestro corazón está buscando a Dios, pero
con el desconcierto que hay a nuestro alrededor, con tantas llamadas a las más variopintas
propuestas, no es fácil discernir el lugar en el que Dios habita.
La respuesta a nuestra primera pregunta será un Venga y lo veras. Cristo nos invita a ser sus
discípulos. Ya le hemos visto, le hemos escuchado, hemos compartido con él momentos de
nuestra vida y hemos oído palabras verdaderas que hablaban de vida eterna y de un Reino que
vendrá y colmará todos nuestros deseos de felicidad. Creemos en él y en sus promesas, por eso
ahora nuestra pregunta es:
b-) ¿qué he de hacer para heredar esa vida eterna que vienes a ofrecernos?
La amistad con Cristo nos abre unas perspectivas de plenitud que no podíamos imaginar y por
esta razón es necesario poner en juego toda nuestra vida, entregarle lo poco que somos, para
que él nos transforme y nos haga capaces de hacer obras grandes, mayores incluso que las
realizadas por él en la tierra.
El discípulo, como Jesús, ora y nunca pierde su relación íntima con el Padre y el
Espíritu que habita en él y le mueve a actuar. Hallamos a Jesús apartándose de
la multitud y buscando la soledad y el silencio para orar y encontrarse con su
Padre. El discípulo también descubre en él esa misma necesidad de oración, de
mayor intimidad con aquel que le da la vida.
c-) Maestro, enséñanos a orar porque nosotros no sabemos. Esta es la súplica que le
dirigimos al Señor. Ya sabemos dónde vives, sabemos incluso lo que quieres que hagamos. ¡Ven
en nuestra ayuda para que podamos llevarlo a cabo, muéstranos tu amor, enséñanos más cosas
sobre ti! ¡Así, conociéndote te amaremos más y amándote a ti, amaremos todo lo que tú amas,
estaremos en comunión contigo y permaneceremos en tu amor! ¡Muéstranos cada vez más tu
Verdad y hazla vida en nosotros!
Sí, a pesar de las dificultades
Es posible que, en nuestro afán de seguir a Jesucristo, el desánimo se convierta en uno de los
peores enemigos. Sin embargo, tenemos la certeza de que inquietándose nadie puede añadir ni
un solo día a su existencia... No se turbe tu corazón ni se acobarde.
Los miedos y las ansiedades son profundamente humanos, pero pueden llegar a mermar la
confianza de la fe. El Señor nos invita muchas veces en el evangelio a confiar y no temer.
Cada uno ha recibido los dones necesarios, y los dones del Espíritu Santo nunca se agotan. El
Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Él nos hace conformes a Jesús, capaces, por lo
tanto, de una relación fiel con el Padre. Él inspira, sustenta y guía cada uno de nuestros
pasos. Cristo no ha venido al mundo para condenarlo, sino para que toda persona se salve.
Respetando nuestra libertad, nos pide nuestro consentimiento, nuestro sí.
Sí, como María Espera el mismo sí rotundo que un día una joven de Nazaret le ofreció. ¡Feliz la
que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor! Se llamaba
María. Es nuestro ejemplo y guía en el camino, a veces oscuro, de la fe; modelo de todo aquél
que quiere crecer en el amor de Dios. Ella nos señala el camino y nos da ánimos para recorrerlo,
acudiendo a nuestro lado incluso cuando no nos quedan fuerzas para llamarla.
Lucas 1, 26-38
Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a
una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen
era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó
por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María,
porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a
quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios
le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no
tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El
ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su
sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel,
tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban
estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor;
hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.
María se dejó guiar por la fe. Ésta la llevó a creer a pesar que parecía imposible lo anunciado. El
Misterio se encarnó en ella de la manera más radical que se podía imaginar.
Sin certezas humanas, ella supo acoger confiadamente la palabra de Dios. María
también supo esperar, ¿cómo vivió María aquellos meses, y las últimas semanas
en la espera de su Hijo? Sólo por medio de la oración y de la unión con Dios
podemos hacernos una pálida idea de lo que ella vivió en su interior.
Celebramos el Sí de Maria, y buscamos la santidad con alegría, no sin antes recibir los
Sacramentos que son la vía de nuestra salvación. Desde el bautismo, un cristiano es un hijo de
Dios. La formación que proporciona la Prelatura fortalece en los fieles cristianos un vivo sentido
de su condición de hijos de Dios y ayuda a conducirse de acuerdo con ella: fomenta la confianza
en la providencia divina, la sencillez en el trato con Dios y con los demás.
Es importante tener en la cuenta que la santidad y amor a Dios «Es en medio donde debemos
santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres», decía San Josemaría. La familia, el
matrimonio, el trabajo, la ocupación de cada momento son oportunidades habituales de tratar y
de imitar a Jesucristo, procurando practicar la caridad, la paciencia, la humildad, la laboriosidad,
la justicia, la alegría y en general las virtudes humanas y cristianas.
El cristiano no debe «llevar como una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de
una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social». Por el contrario,
señalaba san Josemaría, «hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene
que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios».
Quien conoce a Cristo encuentra un tesoro que no puede dejar de compartir. Los cristianos son
testigos de Jesucristo y difunden su mensaje de esperanza entre parientes, amigos y colegas,
con el ejemplo y con la palabra. «Al esforzarnos codo con codo en los mismos afanes con
nuestros compañeros, con nuestros amigos, con nuestros parientes, podremos ayudarles a
llegar a Cristo».
Juan 4:34-36
Jesús les dijo*: Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra. ¿No
decís vosotros: `` ¿Todavía faltan cuatro meses, y {después} viene la siega”? He aquí, yo os
digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos que {ya} están blancos para la siega. Ya el segador
recibe salario y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra se regocije juntamente
con el que siega.
Juan 16:20-24
En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, pero el mundo se alegrará; estaréis
tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. Cuando la mujer está para dar a luz, tiene
aflicción, porque ha llegado su hora; pero cuando da a luz al niño, ya no se acuerda de la
angustia, por la alegría de que un niño haya nacido en el mundo. Por tanto, ahora vosotros tenéis
también aflicción; pero yo os veré otra vez, y vuestro corazón se alegrará, y nadie os quitará
vuestro gozo.
LA SANTIDAD DA FELICIDAD.
“Pero si hay algo –dice el Papa Francisco– que caracteriza a los santos es que son realmente
felices. Han encontrado el secreto de esa felicidad auténtica, que anida en el fondo del alma y
que tiene su fuente en el amor de Dios. Por eso, a los santos se les llama bienaventurados. Las
bienaventuranzas son su camino, su meta, su patria”.
“Las bienaventuranzas son el camino de vida que el Señor nos enseña “y “son el perfil de Cristo
y, por tanto, lo son del cristiano”, aseguró. Y subrayó de ellas: “la mansedumbre” es la que “nos
acerca a Jesús y nos hace estar unidos entre nosotros”.
Y señaló que hoy se podrían añadir otras bienaventuranzas
“Bienaventurados los que soportan con fe los males que otros les causan y
perdonan de corazón; bienaventurados los que miran a los ojos a los marginados
mostrándoles cercanía; bienaventurados los que reconocen a Dios en cada
persona y luchan para que otros también lo descubran; bienaventurados los que protegen y
cuidan la casa común; bienaventurados los que renuncian al propio bienestar por el bien de otros;
bienaventurados los que rezan y trabajan por la plena comunión de los cristianos… Todos ellos
son portadores de la misericordia y ternura de Dios, y recibirán ciertamente de él la recompensa
merecida”.
El Papa recuerda también que “la llamada a la santidad es para todos” y pide a “nuestra Madre
del cielo, Reina de todos los Santos”, que seamos “bendecidos en nuestros esfuerzos y
alcancemos la santidad en la unidad”.
PADRE NUESTRO… (Catecismo de la Iglesia Católica)
Jesús nos enseñó esta insustituible oración cristiana, el Padre nuestro, un día en el que un
discípulo, al verle orar, le rogó: “Maestro, enséñanos a orar” (Lc 11, 1). La tradición litúrgica de
la Iglesia siempre ha usado el texto de San Mateo (6, 9-13).
Oración por excelencia de la Iglesia, el Padre nuestro es “entregado” en el Bautismo, para
manifestar el nacimiento nuevo a la vida divina de los hijos de Dios. La Eucaristía revela el sentido
pleno del Padre nuestro, puesto que sus peticiones, fundándose en el misterio de la salvación
ya realizado, serán plenamente atendidas con la Segunda venida del Señor.
“PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO”
¿Por qué podemos acercarnos al Padre con plena confianza? (2777-2778; 2797)
Podemos acercarnos al Padre con plena confianza, porque Jesús, nuestro Redentor, nos
introduce en la presencia del Padre, y su Espíritu hace de nosotros hijos de Dios. Por ello,
podemos rezar el Padre nuestro con confianza sencilla y filial, gozosa seguridad y humilde
audacia, con la certeza de ser amados y escuchados.
Podemos invocar a Dios como “Padre”, porque el Hijo de Dios hecho hombre nos lo ha revelado,
y su Espíritu nos lo hace conocer. La invocación del Padre nos hace entrar en su misterio con
asombro siempre nuevo, y despierta en nosotros el deseo de un comportamiento filial. Por
consiguiente, con la oración del Señor, somos conscientes de ser hijos del Padre en el Hijo.
¿Por qué decimos Padre “nuestro”? (2786-2790; 2801)
“Nuestro” expresa una relación con Dios totalmente nueva. Cuando oramos al Padre, lo
adoramos y lo glorificamos con el Hijo y el Espíritu. En Cristo, nosotros somos su pueblo, y Él
es nuestro Dios, ahora y por siempre. Decimos, de hecho, Padre “nuestro”, porque la Iglesia de
Cristo es la comunión de una multitud de hermanos, que tienen “un solo corazón y una sola alma”
(Hch 4, 32).
¿Con qué espíritu de comunión y de misión nos dirigimos a Dios como Padre
“nuestro”? (2791-2793; 2801)
Dado que el Padre nuestro es un bien común de los bautizados, éstos sienten la urgente llamada
a participar en la oración de Jesús por la unidad de sus discípulos. Rezar el Padre nuestro es
orar con todos los hombres y en favor de la entera humanidad, a fin de que todos conozcan al
único y verdadero Dios y se reúnan en la unidad.
¿Qué significa la expresión “que estás en el cielo”? (2794-2796; 2802)
La expresión bíblica “cielo” no indica un lugar sino un modo de ser: Dios está más
allá y por encima de todo; la expresión designa la majestad, la santidad de Dios,
y también su presencia en el corazón de los justos. El cielo, o la Casa del Padre,
constituye la verdadera patria hacia la que tendemos en la esperanza, mientras
nos encontramos aún en la tierra. Vivimos ya en esta patria, donde nuestra “vida está oculta con
Cristo en Dios” (Col 3, 3).
LAS SIETE PETICIONES
¿Cómo está compuesta la oración del Señor? (2803-2806; 2857)
La oración del Señor contiene siete peticiones a Dios Padre. Las tres primeras, hacia Dios, nos
atraen hacia Él, para su gloria, pues lo propio del amor es pensar primeramente en Aquel que
amamos. Estas tres súplicas sugieren lo que, en particular, debemos pedirle: la santificación de
su Nombre, la venida de su Reino y la realización de su voluntad. Las cuatro últimas peticiones
presentan al Padre de misericordia nuestras miserias y nuestras esperanzas: le piden que nos
alimente, que nos perdone, que nos defienda ante la tentación y nos libre del Maligno.
¿Qué significa “Santificado sea tu Nombre”? (2807-2812; 2858)
Santificar el Nombre de Dios es, ante todo, una alabanza que reconoce a Dios como Santo. En
efecto, Dios ha revelado su santo Nombre a Moisés, y ha querido que su pueblo le fuese
consagrado como una nación santa en la que Él habita.
¿Cómo se santifica el Nombre de Dios en nosotros y en el mundo? (2813-2815)
Santificar el Nombre de Dios, que “nos llama a la santidad” (1Ts 4, 7), es desear que la
consagración bautismal vivifique toda nuestra vida. Asimismo, es pedir que, con nuestra vida
y nuestra oración, el Nombre de Dios sea conocido y bendecido por todos los hombres.
¿Qué pide la Iglesia cuando suplica “Venga a nosotros tu Reino”? (2816-2821; 2859)
La Iglesia invoca la venida final del Reino de Dios, mediante el retorno de Cristo en la gloria.
Pero la Iglesia ora también para que el Reino de Dios crezca aquí ya desde ahora, gracias a la
santificación de los hombres en el Espíritu y al compromiso de éstos al servicio de la justicia y
de la paz, según las Bienaventuranzas. Esta petición es el grito del Espíritu y de la Esposa: “Ven,
Señor Jesús” (Ap 22, 20).
¿Por qué pedimos “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”? (2822-2827; 2860)
La voluntad del Padre es que “todos los hombres se salven” (1Tm 2, 4). Para esto ha venido
Jesús: para cumplir perfectamente la Voluntad salvífica del Padre. Nosotros pedimos a Dios
Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo, a ejemplo de María Santísima y de los santos.
Le pedimos que su benevolente designio se realice plenamente sobre la tierra, como se ha
realizado en el cielo. Por la oración, podemos “distinguir cuál es la voluntad de Dios” (Rm 12, 2),
y obtener “constancia para cumplirla” (Hb 10, 36).
¿Cuál es el sentido de la petición “Danos hoy nuestro pan de cada día”? (2828-2834; 2861)
Al pedir a Dios, con el confiado abandono de los hijos, el alimento cotidiano necesario a cada
cual, para su subsistencia, reconocemos hasta qué punto Dios Padre es bueno, más allá de toda
bondad. Le pedimos también la gracia de saber obrar, de modo que la justicia y la
solidaridad permitan que la abundancia de los unos cubra las necesidades de los otros.
¿Cuál es el sentido específicamente cristiano de esta petición? (2835-2837; 2861)
Puesto que “no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios” (Mt 4,
4), la petición sobre el pan cotidiano se refiere igualmente al hambre de la Palabra de Dios y
del Cuerpo de Cristo, recibido en la Eucaristía, así como al hambre del Espíritu Santo. Lo
pedimos, con una confianza absoluta, para hoy, el hoy de Dios: y esto se nos
concede, sobre todo, en la Eucaristía, que anticipa el banquete del Reino
venidero.
¿Por qué decimos “Perdona nuestras ofensas como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden”? (2838-2839; 2862)
Al pedir a Dios Padre que nos perdone, nos reconocemos ante Él pecadores; pero confesamos,
al mismo tiempo, su misericordia, porque, en su Hijo y mediante los sacramentos, “obtenemos
la redención, la remisión de nuestros pecados” (Col 1, 14). Ahora bien, nuestra petición será
atendida a condición de que nosotros, antes, hayamos, por nuestra parte, perdonado.
¿Cómo es posible el perdón? (2840-2845; 2862)
La misericordia penetra en nuestros corazones solamente si también nosotros sabemos
perdonar, incluso a nuestros enemigos. Aunque para el hombre parece imposible cumplir con
esta exigencia, el corazón que se entrega al Espíritu Santo puede, a ejemplo de Cristo, amar
hasta el extremo de la caridad, cambiar la herida en compasión, transformar la ofensa en
intercesión. El perdón participa de la misericordia divina, y es una cumbre de la oración cristiana.
¿Qué significa “No nos dejes caer en la tentación”? (2846-2849; 2863)
Pedimos a Dios Padre que no nos deje solos y a merced de la tentación. Pedimos al Espíritu
saber discernir, por una parte, entre la prueba, que nos hace crecer en el bien, y la tentación,
que conduce al pecado y a la muerte; y, por otra parte, entre ser tentado consentir en la
tentación. Esta petición nos une a Jesús, que ha vencido la tentación con su oración. Pedimos
la gracia de la vigilancia y de la perseverancia final.
¿Por qué concluimos suplicando “Y líbranos del mal”? (2850-2854; 2864)
El mal designa la persona de Satanás, que se opone a Dios y que es “el seductor del mundo
entero” (Ap 12, 9). La victoria sobre el diablo ya fue alcanzada por Cristo; pero nosotros oramos
a fin de que la familia humana sea liberada de Satanás y de sus obras. Pedimos también el don
precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo, que nos librará
definitivamente del Maligno.
¿Qué significa el “Amén” final? (2855-2856; 2865)
“Después, terminada la oración, dices: Amén, refrendando por medio de este Amén, que significa
“Así sea”, lo que contiene la oración que Dios nos enseñó” (San Cirilo de Jerusalén).
LA VIDA CRISTIANA SEGUN CRISTO
Cristo resucitado vive en los cristianos
Cristo es el centro de la vida cristiana, que es vida in Ecclesia, familia de Dios. La Iglesia es, en
efecto, la “extensión” o la continuación de la acción de Cristo resucitado, gracias a la unción de
los cristianos por el Espíritu Santo, según las dimensiones del tiempo y del espacio, de las épocas
y de las culturas.
Cristo presente en los cristianos, es el título de una homilía pronunciada por san Josemaría. Es
Cristo que pasa, 102-116): eso es la Iglesia, y en ella estamos llamados a ser no ya otro Cristo,
sino el mismo Cristo en unión con todos los cristianos de todos los tiempos. La vida de Cristo es
vida nuestra, afirma san Josemaría (n. 103).
Cristo resucitado es el alfa y el omega, cabría decir, el origen de todo y el punto final de la
evolución y de la transformación del mundo; y no por la mera dinámica intrínseca de la creación
material o del espíritu humano (Cristo no es el fruto de la evolución ni tampoco del progreso
humano), sino por la fuerza atractiva de la Cruz y de la Resurrección (cfr. Jn 12, 32). Esto no
significa que Cristo desprecie u olvide nuestra colaboración. Al contrario, cuenta
con ella, la de cada uno y especialmente la de aquellos que son, por el bautismo
y gracias al Espíritu Santo, miembros suyos. Todos estamos llamados a
colaborar en esa “atracción” que ejerce Cristo sobre todas las cosas.
Jesucristo, centro de la vida cristiana
Los cristianos colaboramos en esa tarea inmensa −vivir la vida de Cristo en el mundo− que tiene
su centro en la Resurrección y se hace posible por la Eucaristía. Lo hacemos con el fundamento
de la vida de la gracia. Y la Iglesia desea que lo hagamos del modo más consciente y pleno
A esto estamos llamados cada uno de los fieles cristianos, según nuestra condición y dones en
la Iglesia y en el mundo. Contando con nuestras flaquezas y pequeñeces, procuramos vivir el
amor mismo del Corazón, ahora glorioso, del Señor, que sigue teniendo su predilección por los
más débiles y se identifica con ellos (cfr. Mt 25, 35 ss.). Esto quiere decir que nuestra
identificación con Cristo pasa por “identificarle” a Él en los más necesitados, acercarnos a ellos,
servirle a Él en ellos, como subraya el Papa Francisco (cfr. EG, n. 270).
La resurrección del Señor se revive sacramentalmente en la celebración litúrgica más importante:
la vigilia pascual. La estructura de la celebración con sus característicos elementos (como el rito
del lucernario, las lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento, y la liturgia bautismal) expresa
la realidad de la Resurrección, sus consecuencias en nosotros, su capacidad para cambiar y
transformar los corazones y la creación entera.
Ahora bien, Cristo solo puede ser el centro de nuestra vida cristiana si es contemporáneo
nuestro, y esto se deriva sencillamente del hecho de que Él vive ahora con nosotros, o más bien
nosotros con Él. Según san Agustín, Cristo también se hace contemporáneo nuestro
cuando le recibimos en los necesitados
Este es uno de los significados principales de la terminología “Misterio de Cristo”: el plan salvífico
de Dios uno y trino, que se ha hecho visible y operativo en la Iglesia, a partir de la encarnación
del Verbo por la acción del Espíritu Santo. Tal es el contexto en que estamos llamados a revivir
los “misterios” −ahora en plural− de la vida de Cristo, muchos de los cuales contemplamos en el
rezo del rosario, como momentos intensivos de ese único “Misterio” o “sacramento” de salvación.
Cristo en el centro de la evangelización
La centralidad de Cristo resucitado en la vida cristiana se prolonga y completa con su centralidad
en la evangelización. Cristo es el centro de la misión de la Iglesia en todas sus formas: anuncio
de la fe, celebración de los sacramentos, existencia cristiana como vida de servicio a las
personas y al mundo, centrado en la caridad.
LA VIDA CRISTIANA SEGÚN CRISTO
La vida cristiana católica no consiste solamente en cumplir unos cuantos preceptos, es acercarse
a la vida de la gracia para parecerse cada vez más a Cristo Jesús.
El modo que tiene cada hombre de unirse con Dios es parecerse al Hijo de Dios: Jesús. Esto se
realiza por la gracia que nos mereció en la Cruz.
El Sermón del Monte acaba con recomendaciones positivas que se pueden resumir en una cosa:
Vivir en presencia de Dios, vivir cara a Dios.
De vivir cara a Dios surgirá el dar limosna, hacer oración, ayuno, usar bien el dinero, no perder
la serenidad.
En resumen, dice el Señor: -Tratad a los demás como queréis que os traten; en esto consiste la
Ley y los profetas. (Mt. 7, 12).
El que así obra alcanzará la vida eterna, aunque el camino sea estrecho. Dará
frutos buenos y abundantes, construirá sobre roca y no sobre arena, de modo que
las dificultades no le destruyan. San Mateo nos dice que «al terminar Jesús este
discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza porque lo enseñaba con
autoridad y no como los escribas» (Mt. 7, 28-29). Esta reacción es lógica, pues indica el modo
divino, concreto y práctico de alcanzar la felicidad en esta tierra y en el cielo.
El resumen de la vida cristiana lo hizo el propio Jesús cuando resumió los mandamientos en:
AMAR A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS Y AL PRÓJIMO COMO A UNO MISMO.
LA IDENTIFICACIÓN CON CRISTO
La vida moral cristiana no se reduce al cumplimiento de una serie de sabios preceptos. Aunque
esto es necesario, la vida cristiana es mucho más. San Pablo lo explica frecuentemente diciendo
que es «VIVIR EN CRISTO». Esta vida es semejante a la unión de un sarmiento a la vid como
indica el mismo Jesús, o como la de un miembro que forma parte de un cuerpo vivo. Estos
ejemplos ilustran que en el alma del cristiano hay una nueva vida. Dios está presente en el alma
de un modo nuevo. El medio para estar Dios en el alma es la gracia, que es un don de Dios por
el que está presente en el alma y la vivifica. Como dice San Pedro, el hombre, con la gracia, se
hace «participante de la naturaleza divina».
Así, podemos comprender mejor los testimonios de Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la
Vida». (Jn. 14, 6). En Jesús la humanidad y la divinidad están unidas tan íntimamente, que es
una sola Persona. La humanidad del Señor ha sido asumida por la Segunda Persona de la
Santísima Trinidad, el Hijo, el Verbo de Dios. Es imposible una unión mayor entre lo humano y
Dios. El modo que tiene cada hombre de unirse con Dios es parecerse al Hijo de Dios: Jesús.
Esto se realiza por la gracia que nos mereció en la Cruz. Por la gracia se borra el pecado, se
sanan las heridas y debilidades humanas y además el hombre se va pareciendo cada vez más
a Cristo. Si el hombre es muy fiel a Dios llegará a identificarse cada vez más con Cristo. Esto es
obra de la gracia, pues como dijo Jesús: «El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho
fruto, porque sin Mí, no podéis hacer nada» (Jn. 15, 5).
«Vivo yo, pero no yo: es Cristo quien vive en mí.»
EL CONCILIO VATICANO II EXPRESA ADMIRABLEMENTE ESTAS IDEAS.
«El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado… El que es imagen
de Dios invisible es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la
semejanza divina deformada por el primer pecado. En Él, la naturaleza humana, asumida, pero
no absorbida, ha sido elevada en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su
encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. (GS, 22).

Segunda Etapa: Itinerario de fe

Catequesis de preparación intensa (CONFIRMACION)


NACER DE NUEVO
Hechos 4,23-31: “Se pusieron a orar y quedaron llenos del Espíritu Santo y
anunciaron la palabra de Dios con valentía”
Salmo 2: “Dichosos los que esperan en el Señor”
San Juan 3,1-8: “El que no nace del agua y del Espíritu, no puede ver el Reino
de Dios”
Evangelio según san Juan 3, 1-8
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús
de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede
realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él.» Jesús le respondió: «En verdad, en
verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.» Dícele Nicodemo:
«¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre
y nacer?» Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu
no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es
espíritu. No te asombres de que te haya dicho: Tenéis que nacer de lo alto. El viento sopla donde
quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del
Espíritu.»
El 'renacer de lo Alto', renacer del Espíritu que dio vida al primer núcleo de los primeros cristianos,
cuando 'aún no se llamaban así'. Tenían un solo corazón y una sola alma. Una comunidad en
paz. Esto significa que en esa comunidad no había lugar para el chismorreo, para las envidias,
para las calumnias, para las difamaciones.
El amor cubría todo. Para calificar una comunidad cristiana sobre esto, debemos preguntarnos
cómo es la actitud de los cristianos. ¿Son mansos, humildes? ¿En esa comunidad hay disputas
entre ellos por el poder? ¿Disputas de envidia? ¿Hay chismorreo? No están en el camino de
Jesucristo. Esta peculiaridad es muy importante, muy importante, porque el demonio busca
separarnos siempre. Es el padre de la división.
Y esto es lo que explicaba Jesús a Nicodemo: este nacer de lo Alto. Porque el único que puede
hacer esto es el Espíritu. Esta es obra del Espíritu. La Iglesia la hace el Espíritu. El Espíritu hace
unidad. El Espíritu nos empuja hacia el testimonio. El Espíritu te hace pobre, porque Él es la
riqueza y hace que tú cuides de los pobres. Que el Espíritu Santo nos ayude a caminar en este
camino de renacidos por la fuerza del Bautismo.
¿Nacer de lo alto? Pero, ¿Qué significa esta pregunta y afirmación de Cristo? ¿Acaso un espíritu
puede engendrar algo? Efectivamente. Da a luz a un nuevo ser, pero como hijo de Dios. Como
dice el Catecismo en el número 782 "nacer de lo alto significa ser miembro de este cuerpo no
por el nacimiento físico, sino por el "nacimiento de arriba, del agua y del Espíritu", es decir, por
la fe en Cristo y el Bautismo.
En qué conflictos doctrinales se metería Cristo con los judíos de ese tiempo pues decir que era
necesario nacer de lo alto significaba introducir nuevas doctrinas difíciles de interpretar y que
además venían dichas por el "hijo del carpintero". Qué gran ejemplo de Cristo en enseñarnos
cómo se transmite su palabra dada por su Padre. Deja de lado los conocimientos eruditos de los
judíos y les predica la verdadera doctrina de la salvación. El bautismo que les abrirá las
puertas del Reino de Cristo y les hará verdaderos hijos de Dios.
Nosotros como bautizados hemos recibido esta gracia de Dios. Ya somos sus hijos merecedores
de su herencia, del cielo y sobre todo de su amor. Ahora como hijo de Dios debemos hacer honor
a nuestro nombre cuidando el gran tesoro de la gracia. No podemos derrochar la magnífica
herencia que se nos tiene preparada por un placer terrenal pasajero. Podemos
conservar el nombre de hijos de Dios manteniendo limpia nuestra vida de gracia,
que significa amistad con Cristo. ¿Cómo trataríamos a un amigo que tanto
queremos y estimamos? De la misma forma hay que tratar a Cristo, como un
amigo que quiere corresponder a su amistad.
Nicodemo, porque fue de noche a ver a Jesús, es como un discípulo oculto de Jesús que va de
noche para que nadie se dé cuenta de que quiere encontrarse con Jesús y entablar un diálogo
con el maestro; y entonces Jesús empieza a decirle a Nicodemo que hay que nacer del agua y
del Espíritu, cuando nos dice eso el evangelio, ¿En qué pensamos? En el bautismo.
¿Qué plantea Jesús? dice Jesús: Mire, el hombre entra en una nueva realidad, hay una nueva
dinámica, por el bautismo el ser humano entra en una nueva relación con Dios, y esa relación
con Dios, hace que viva una nueva manera de ser, que es a la manera de Dios. Es decir, el ser
humano obra, ya no mundanamente, paganamente, sino divinamente, “Jesusmente”. Esa es la
nueva dinámica, nosotros por el bautismo entramos en una nueva relación con Dios y esa nueva
relación nos lleva a una nueva manera de vivir, de obrar y actuar, nos introduce en una nueva
relación y por tanto una nueva manera de vivir.
Una nueva dinámica de ser y de vivir, se llama la solidaridad, la fraternidad, mientras el mundo
piensa en un egoísmo, en el retener y acaparar, el cristiano está pensando en cómo ser solidario,
fraterno y cómo ayudar.
San Juan nos dice, que el ser humano es, cristo céntrico. Explico esto, si yo entro en una nueva
relación con Dios, yo comienzo a funcionar en clave de Dios, es decir que mi vida gira en torno
al Señor, no a otros intereses, no a otras comprensiones, no a otros valores, sino en torno al
amor y la misericordia de Dios que se ha desbordado en la cruz de Jesús. Por eso al final del
evangelio se habla de eso, cuando el hijo de Dios sea levantado en lo alto, es decir en la cruz.
El hombre no gira en torno a los intereses, a los valores, a las ambiciones del mundo, no; el que
se ha introducido en Dios, girará en torno a los valores del evangelio, en torno a Dios. la lucha
del cristiano, es cómo cada vez más nuestro corazón está en sintonía con Él, porque siempre
estarán llamándonos los ‘valores’ del mundo a funcionar como el mundo funciona y esa es la
lucha constante, es lo que nos plantea el evangelio.
Cuando usted conoce lo que usted vale a la luz de Dios, cuando reconocemos lo que valemos
como seres humanos, descubrimos lo que vale el otro ser humano, cuando usted descubre eso,
de ahí se desprenden cualquier cantidad de cosas… ¿Por qué obrar en justicia? Pues la
respuesta está en Mateo que nos dice, miren la medida que ustedes usen, la usarán con ustedes,
no haga a los demás lo que no quiere que le hagan a usted.
Estas sentencias del evangelio son claves en la dinámica del ser humano, la experiencia de Dios
genera una actitud en la existencia que la puedo leer en cosas, en hacer a los demás lo que
quiero que me hagan a mí, en amar, etc… Pero eso es como el desprenderse de una actitud mía
del mundo y eso depende de la experiencia que se tenga con Jesús. Ahí está la clave, donde yo
descubro la vida y la redimensión de la existencia, con esa experiencia de Dios. Por eso giro en
torno de Dios y mi vida está en torno al Señor, no en torno a otras cosas.
Por eso Jesús dice, mire las cosas de lo alto, sólo las entienden los que estén en la dinámica de
Dios, quienes no están en ese camino, entenderán sólo las cosas de aquí del mundo. Por eso
usted tiene que nacer de lo alto: Lo que nace del Espíritu es Espíritu, lo que nace de la carne es
carne, es eso, es entender otra dinámica.
Recuerden que, ustedes y yo en el bautismo, vivimos una experiencia, que no es
una realidad futura; la experiencia con el amor de Dios, de las maravillas del
Reino, no es algo que va a vivir en el futuro, no, porque es algo que estamos
viviendo en el presente; en otras palabras, ustedes y yo estamos llamados a vivir
todos los días nuestro bautismo. Estamos llamados cada mañana, cada tarde, cada noche a
decir: “Señor, mi corazón es tuyo. Yo sumerjo cada vez más mi vida en ti Señor, yo sumerjo
mi corazón en la manifestación plena de tu amor en tu cruz, sumerjo ahí mi corazón para morir
a mí mismo y muriendo a mí mismo tener una vida nueva”, como lo dice San Pablo en la carta a
los romanos en el capítulo seis. Debemos hacer eso todos los días.
¿Cómo tener una vida nueva? Pues muriendo a usted mismo para renacer con Él, es decir,
¿Cómo morir a mi egoísmo? ¿Cómo morir a esto que plantea el mundo? Debemos luchar y morir
a todo eso y decirle Señor te reconozco todos los días como mi señor y mi salvador, enséñame
a obrar de tu manera y dame la suficiente fe y convicción de que esto que hago, de que esta
forma en la que obro, es la manera correcta, dame la convicción ayúdame a ser profundamente
cristiano, ser cada vez más cristiano, cada vez más parecidos a Jesús.
Por eso el bautismo tiene esas dos realidades profundas e inseparables, es el signo
sacramental cuando a ustedes y a mí nos echaron el agua, nos ungieron en el óleo y con
el crisma nos consagraron para Dios y ese es el signo espiritual, pero el sacramento lo
vivo todos los días de mi existencia. Y eso es inseparable, el agua y el aceite son inseparables
de vivirlos todos los días, decir: Señor he sido consagrado para ti, ayúdame a vivir como cristiano,
ayúdame a vivir en esa dinámica.
Porque esto es importante, porque cuando uno mira en la realidad del mundo, ustedes y yo
vivimos como en una burbuja, pero la realidad del mundo es distinta, es complicada pues los
corazones de algunos seres humanos están un poquito desarticulados. Las maneras de vivir de
la cultura de este mundo, es fruto de una acción del ser humano, de un actuar particular del
hombre, la cultura no aparece misteriosamente, no… los hombres son los responsables de esto
y eso es fruto de una manera de obrar del ser humano, de una manera de cómo está compuesto
el corazón del ser humano, pero si seguimos por ese camino es crónica de una muerte
anunciada.
Si seguimos obrando como hombres lejos de Dios en este planeta, vamos a acabar con todo,
hay muchos rapaces y también hay gente buena, pero esas personas buenas, lamentablemente
no tienen el dedo puesto en el botón que lleva a la destrucción, son los malos quienes parecieran
tener el control.

PIEDRAS VIVAS
1DE PEDRO 2,4-5
Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, más para Dios
escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa
espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por
medio de Jesucristo.
Jesús es una piedra angular. Él es Aquel sobre quien edificamos nuestras vidas,
Él es Aquel en quien colocamos nuestras vidas; una piedra que no se puede
mover, una piedra que no se puede sacudir. Siempre me sorprende cómo la moda
cambia cada año. No puedo decir cuántas veces me han dicho anticuado, que lo
que llevo puesto ya no está de moda. Estoy seguro de que no estoy al tanto de la última moda,
pero puedo decirte que hay algunas prendas viejas, que, como creyente, simplemente no quieres
que te atrapen. Pedro nos dice que dejemos a un lado la prenda de malicia; el deseo de infligir
una lesión, la prenda de engaño; distorsionando la verdad para engañar, la prenda de la
hipocresía; fingiendo ser quien no eres, la prenda de la envidia, codiciando las ventajas o los
éxitos o las posesiones de otra persona. Y la prenda de calumnia, atacando la reputación de
alguien con sus palabras o por escrito. Estas son prendas que siempre están fuera de moda y si
las usas, debes quitártelas y ponerlas a un lado y vestirte con las prendas de la gracia.
¿Cómo construyes una vida que resista las tormentas y los terremotos de la vida? Bueno,
digamos que José está a punto de compartir esa verdad, la cual comienza con una parte crítica
y continúa a medida que alineamos cada pared y cada habitación con ese bloque de construcción
espiritual.
Imaginen, ustedes que son padres, no sólo te persiguen a ti, sino que tus hijos también están
involucrados en esto. Y, por cierto, hoy en día, aquellos que se hacen llamar cristianos niegan a
Cristo mucho antes de que se sumerjan en brea y se incendien. Estos fueron aquellos individuos
que se mantuvieron firmes y honestos siguiendo a Jesucristo.
Pedro está escribiendo a un grupo de creyentes para avisarles que la persecución está en
camino. Ahora bien, en este punto de su carta Pedro les ha recordado a sus lectores algunas
verdades esenciales. Veamos algunas de ellas: primero que nada, Pedro dijo que fuiste elegido
por Dios. Santificado por su Espíritu por su obediencia a Jesucristo, y va a ser tiempo de
obedecer a Cristo. Has recibido un nuevo nacimiento por la misericordia de Dios. Tienes una
herencia que nunca puede perecer, estropearse o desvanecerse; está guardado en el cielo para
ti y está custodiado por Dios mismo. Debes demostrar que tu fe es genuina al soportar estas
pruebas. Debes estar preparado para la acción viviendo tus vidas separadas para Dios.
Recuerda que has sido redimido. Jesucristo te compró de la esclavitud por su muerte y su
sepultura y resurrección.
Para mí siempre es interesante que Pedro no sólo te diga que te prepares para la persecución,
él también te dice que, ahora que vives tu vida, mientras esperas la persecución, debes
asegurarte de hacer lo que Dios te ha llamado a hacer, uno con el otro. Él les recuerda que eres
parte del Cuerpo de Cristo y que debes demostrar un amor profundo y sacrificado por otros
creyentes. Asegúrate de que tus viejos hábitos se dejen de lado como una prenda de vestir vieja
y sucia. Debes estar dispuesto para no ser recogido y necesitas seguir anhelando la leche
espiritual pura de la Palabra de Dios, que obtendrás si estas conectado de una manera personal,
íntima y significativa con Dios uno y trino, eso es lo primero. Y luego, en segundo lugar, deben
estar conectados de manera: íntima, real y significativa el uno con el otro en el Cuerpo de Cristo.
Y en este pasaje de las Escrituras, Pedro usa las imágenes de un edificio y las piedras que se
utilizan para construir un edificio y construye la imagen de esa conexión con Cristo y la conexión
entre ellos. Pedro describe a Jesús en esa palabra que le encanta usar. Él lo describe como una
“Piedra viviente”. Hasta ahora nos ha dicho que tenemos una esperanza viva y nos ha dicho que
necesitamos anhelar la leche espiritual pura de la Palabra que es la Palabra de Dios viviente y
perdurable, es viva y está activa. Es más aguda que cualquier espada de dos
filos. Y ahora, él dice que confíes en alguien que también está viviendo. El Santo
Evangelio de Juan dice: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.”
(Juan 1: 4) y Pedro está diciendo lo mismo. Confías en Jesús, Él es Aquel que
resucitó de entre los muertos, Él es quien conquistó la muerte misma, Él es Aquel que fue
devuelto a la vida. En Él estaba la vida y también es el dador de vida y cuando tú vas a Él, tú
vienes a la “Piedra viviente”.
Ahora las imágenes aquí, cuando Pedro usa la palabra “piedra” no son sólo imágenes de piedras
viejas sino la piedra angular. Mira el pasaje del Antiguo Testamento que usa Pedro para apoyar
esto. Isaías capítulo 26:16 dice: “por tanto, el Señor dice así: He aquí que yo he puesto en Sion
por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que
creyere, no se apresure.” Las piedras angulares (piedra de 69 pies de largo, 12 pies de alto y 13
pies de ancho bastante grande) fueron cuidadosamente elegidas y fueron muy costosas. Con
mucho cuidado, fueron colocados en su lugar.
Jesús es la piedra angular, no sólo es el dador de vida, sino que es esa piedra sobre la que el
edificio está construido y alineado, porque cuando se estableció la piedra angular, allí se
alinearon las paredes. ¿Oyes lo que Pedro está diciendo? Jesús es la piedra angular, Él es la
piedra viviente, Él es Aquel sobre quien edificamos nuestras vidas, Él es Aquel en quien
alineamos nuestras vidas, Él es Aquel en quien profundizamos, Él es esa base firme que, cuando
llegan las tormentas, cuando sopla el viento, nada puede movernos, no por quiénes somos, sino
por quién es Jesús; una piedra que no se puede mover, que no se puede sacudir y ese es nuestro
fundamento, Jesucristo, la piedra en Sion, elegida y preciosa piedra angular, y el que confía en
Él, nunca será avergonzado.
El que confía en Él nunca se avergonzará y nunca nadie avergonzará a aquel que pone su
confianza en Jesucristo como piedra angular de la vida. Esa persona nunca será humillada,
nunca será deshonrada, nunca se decepcionará. Tal vez tú piensas, ¿cómo que no vendrá la
persecución? ¿Acaso no envolvían a los cristianos en pieles de animales y les lanzaban perros
salvajes, los mojaban y les prendían fuego? ¿No los asesinaban en cruces? Eso suena un poco
humillante para mí. Pero hoy quiero decirte que eso no es humillante cuando sabes que en tu
siguiente aliento estarás frente a la Piedra viviente y te dirá: “Bienvenido a casa. He preparado
y comprado la eternidad sólo para ti. Esa fue sólo una existencia temporal. Ven y disfruta
el cielo conmigo por la eternidad”

LUZ DEL MUNDO, Y CRISTO QUE VIVE EN MI


Jesús describen la misión de sus discípulos de todos los tiempos, a través de las metáforas de
la sal y de la luz.
“Cada uno de nosotros está llamado a ser luz y sal en el propio ambiente de la vida cotidiana,
perseverando en la tarea de regenerar la realidad humana en el espíritu del Evangelio y en la
perspectiva de Reino de Dios. Sal, para dar sabor a la vida con la fe y el amor que Cristo nos ha
dado y luz, para iluminar el mundo”, invitándonos a invocar siempre la protección
de María Santísima, “primera discípula de Jesús y modelo de los creyentes que
viven cada día en la historia su vocación y misión”.
"Nuestra Madre, nos ayude a dejarnos siempre purificar e iluminar por el Señor,
para transformarnos también en sal de la tierra y luz del mundo"
Las palabras de Jesús que describen la misión de sus discípulos en el mundo. Mt 5,13-16. Él
utiliza las metáforas de la sal y de la luz, y sus palabras están dirigidas a los discípulos de todo
tiempo, por lo tanto, también a nosotros.
Jesús nos invita a ser un reflejo de su luz, a través del testimonio de las obras buenas. Y dice:
“Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean
sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”. (Mt 5,16). Estas palabras subrayan
que nosotros somos reconocibles como verdaderos discípulos de Aquél que es Luz del mundo,
no en las palabras, sino por nuestras obras. En efecto, es sobre todo nuestro comportamiento
que - en el bien y en el mal – deja un signo en los demás. Por lo tanto, tenemos una tarea y una
responsabilidad por el don recibido: la luz de la fe, que está en nosotros por medio de Cristo y
de la acción del Espíritu Santo, no debemos retenerla como si fuera de nuestra propiedad. En
cambio, estamos llamados a hacerla resplandecer en el mundo, a donarla a los demás mediante
las obras buenas. ¡Y cuánto tiene necesidad el mundo de la luz del Evangelio que transforma,
cura y garantiza la salvación a quien lo recibe! Pero esta luz nosotros debemos llevarla con
nuestras obras buenas.
La luz de nuestra fe, donándose, no se apaga, sino que se refuerza. En cambio, puede debilitarse
si no la alimentamos con el amor y con las obras de caridad. Así la imagen de la luz se encuentra
con aquella de la sal. En efecto, la página evangélica nos dice que, como discípulos de Cristo
somos también “sal de la tierra” (v. 13). La sal es un elemento que mientras da sabor, preserva
el alimento de la alteración y de la corrupción – ¡en los tiempos de Jesús no había heladeras!
Por lo tanto, la misión de los cristianos en la sociedad es aquella de dar “sabor” a la vida con la
fe y el amor que Cristo nos ha donado y, al mismo tiempo, mantener lejos los gérmenes
contaminantes del egoísmo, de la envidia, de la maledicencia, y demás. Estos gérmenes arruinan
el tejido de nuestras comunidades, que deben en cambio resplandecer como lugares de acogida,
de solidaridad y de reconciliación. Para cumplir esta misión es necesario que nosotros mismos,
en primer lugar, seamos liberados de la degeneración corruptiva de los influjos mundanos,
contrarios a Cristo y al Evangelio; y esta purificación no termina nunca, debe ser realizada
continuamente, hay que hacerla todos los días.
Cada uno de nosotros está llamado a ser luz y sal en el proprio ambiente de la vida cotidiana,
perseverando en la tarea de regenerar la realidad humana en el espíritu del Evangelio y en la
perspectiva de Reino de Dios. Que nos sea siempre de ayuda la protección de María Santísima,
primera discípula de Jesús y modelo de los creyentes que viven cada día en la historia, su
vocación y misión. Nuestra Madre, nos ayude a dejarnos siempre purificar e iluminar por el Señor,
para transformarnos también en “sal de la tierra” y “luz del mundo”.
El padre Pío de Pietrelcina es uno de aquello y tantos Santos. Un hombre sencillo, de orígenes
humildes, “conquistado por Cristo” (Filipenses 3,12), como escribe de sí el apóstol Pablo, para
hacerse un instrumento elegido por el poder perenne de su Cruz: poder de amor por las almas,
de perdón y reconciliación, de paternidad espiritual, de solidaridad concreta con los que sufren.
Los estigmas, que le marcaron en el cuerpo, le unieron íntimamente con el Crucificado-
Resucitado. Auténtico seguidor de san Francisco de Asís, hizo propia, como el
Pobrecillo, la experiencia del apóstol Pablo, tal y como la describe en sus Cartas:
“con Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”
(Gálatas 2, 19-20); o también: “en nosotros actúa la muerte, en vosotros la vida”
(2 Corintios 5,12). Esto no significa alienación, pérdida de la personalidad: Dios no anula nunca
lo humano, sino que lo transforma con su Espíritu y lo orienta al servicio de su designio de
salvación. El padre Pío conservó sus propios dones naturales, y también su propio
temperamento, pero ofreció todo a Dios, quien de este modo pudo servirse de ellos libremente
para prolongar la obra de Cristo: anunciar el Evangelio, perdonar los pecados y curar a los
enfermos en el cuerpo y en el espíritu.
Como les sucedió a Jesús, la verdadera lucha, el padre Pío no tuvo que librar el combate radical
contra enemigos terrenales, sino contra el espíritu del mal (Cf. Efesios6,12). Las “tempestades”
más grandes que le amenazaban eran los asaltos del diablo, de los cuales se defendió con la
“armadura de Dios”, con “el escudo de la fe” y “la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios”
(Efesios 6,11.16.17). Permaneciendo unido a Jesús, siempre tuvo en cuenta la profundidad del
drama humano, y por eso se ofreció y ofreció sus tantos sufrimientos, y supo gastarse en el
cuidado y alivio de los enfermos, signo privilegiado de la misericordia de Dios, de su reino que
viene, es más, que ya está en el mundo, de la victoria del amor y de la vida sobre el pecado y la
muerte. Guiar a las almas y aliviar el sufrimiento: así se puede resumir la misión de san Pío de
Pietrelcina, como dijo el siervo de Dios, el Papa Pablo VI: “Era un hombre de oración y de
sufrimiento” (A los padres Capuchinos, 20 de febrero de 1971).
El padre Pío atraía al camino de la santidad con su mismo testimonio, indicando con el ejemplo
el “binomio” que nos conduce a ella: la oración y la caridad.
Ante todo, la oración. Como todos los grandes hombres de Dios, el padre Pío se convirtió él
mismo en oración, con el alma y con el cuerpo. Sus jornadas eran un rosario vivido, es decir, una
continua meditación y asimilación de los misterios de Cristo en unión espiritual con la Virgen
María. Se explica así la singular presencia en él de dones sobrenaturales y de sentido práctico
humano. Y todo tenía su culmen en la celebración de la santa misa: en ella, él se unía plenamente
al Señor muerto y resucitado. De la oración, como de una fuente siempre viva, brotaba la caridad.
El amor que él llevaba en el corazón y transmitía a los demás estaba lleno de ternura, siempre
atento a las situaciones reales de las personas y de las familias. Especialmente hacia los
enfermos y dolientes, sustentaba la predilección del Corazón de Cristo, y precisamente de ella
tuvo origen y forma el proyecto de una gran obra dedicada al “alivio del sufrimiento”. No se puede
entender ni interpretar adecuadamente esta institución si se la separa de su fuente inspiradora,
que es la caridad evangélica, animada a su vez por la oración.
NOS QUEREMOS BAUTIZAR
Todos somos discípulos misioneros
En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del
Espíritu que impulsa a evangelizar. El Pueblo de Dios es santo por esta unción que lo
hace infalible «in creyendo». Esto significa que cuando cree no se equivoca, aunque no
encuentre palabras para explicar su fe. El Espíritu lo guía en la verdad y lo conduce a la salvación.
Como parte de su misterio de amor hacia la humanidad, Dios dota a la totalidad de los fieles de
un instinto de la fe —el censo fidei— que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios.
La presencia del Espíritu otorga a los cristianos una cierta con naturalidad con las realidades
divinas y una sabiduría que los permite captarlas intuitivamente, aunque no
tengan el instrumental adecuado para expresarlas con precisión. En virtud del
Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en
discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que
sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería
inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados
donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe
implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en
un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la
evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva,
no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den
muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha
encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos «discípulos» y
«misioneros», sino que somos siempre «discípulos misioneros». Si no nos convencemos,
miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de
Jesús, salían a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). La samaritana,
apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron
en Jesús «por la palabra de la mujer» (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro
con Jesucristo, «enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios» (Hch 9,20). ¿A
qué esperamos nosotros?
Por supuesto que todos estamos llamados a crecer como evangelizadores. Procuramos al mismo
tiempo una mejor formación, una profundización de nuestro amor y un testimonio más claro del
Evangelio. En ese sentido, todos tenemos que dejar que los demás nos evangelicen
constantemente; pero eso no significa que debamos postergar la misión evangelizadora, sino
que encontremos el modo de comunicar a Jesús que corresponda a la situación en que nos
hallemos. En cualquier caso, todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito
del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía,
su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida. Tu corazón sabe que no es lo mismo la
vida sin Él; entonces eso que has descubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una
esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a los otros. Nuestra imperfección no debe ser una
excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y
para seguir creciendo. El testimonio de fe que todo cristiano está llamado a ofrecer implica decir
como san Pablo: «No es que lo tenga ya conseguido o que ya sea perfecto, sino que
continúo mi carrera y me lanzo a lo que está por delante» (Flp 3,12-13.
Hoy que la Iglesia quiere vivir una profunda renovación misionera, hay una forma de predicación
que nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas
que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos. Es la predicación informal
que se puede realizar en medio de una conversación y también es la que realiza un misionero
cuando visita un hogar. Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor
de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el
trabajo, en un camino. En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es
un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas,
las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de
esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de
un modo narrativo, pero siempre recordando el anuncio fundamental: el amor
personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo
ofreciendo su salvación y su amistad. Es el anuncio que se comparte con una
actitud humilde y testimonial de quien siempre sabe aprender, con la conciencia
de que ese mensaje es tan rico y tan profundo que siempre nos supera. A veces se expresa de
manera más directa, otras veces a través de un testimonio personal, de un relato, de un gesto o
de la forma que el mismo Espíritu Santo pueda suscitar en una circunstancia concreta. Si parece
prudente y se dan las condiciones, es bueno que este encuentro fraterno y misionero termine
con una breve oración que se conecte con las inquietudes que la persona ha manifestado. Así,
percibirá mejor que ha sido escuchada e interpretada, que su situación queda en la presencia de
Dios, y reconocerá que la Palabra de Dios realmente le habla a su propia existencia.
No hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con
determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido
absolutamente invariable. Se transmite de formas tan diversas que sería imposible
describirlas o catalogarlas, donde el Pueblo de Dios, con sus innumerables gestos y se
comunica sólo a través del anuncio persona a persona. Esto debe hacernos pensar que, en
aquellos países donde el cristianismo es minoría, además de alentar a cada bautizado a anunciar
el Evangelio, las Iglesias particulares deben fomentar activamente formas, al menos incipientes,
de inculturación. Lo que debe procurarse, en definitiva, es que la predicación del Evangelio,
expresada con categorías propias de la cultura donde es anunciado, provoque una nueva
síntesis con esa cultura. Aunque estos procesos son siempre lentos, a veces el miedo nos
paraliza demasiado. Si dejamos que las dudas y temores sofoquen toda audacia, es posible que,
en lugar de ser creativos, simplemente nos quedemos cómodos y no provoquemos avance
alguno y, en ese caso, no seremos partícipes de procesos históricos con nuestra cooperación,
sino simplemente espectadores de un signo, es sujeto colectivo. Por consiguiente, si el Evangelio
se ha encarnado en una cultura, ya no estancamiento infecundo de la Iglesia.
TERCERA PARTE

FORTALECIDOS POR EL ESPÍRITU


3. El sacramento de la madurez cristiana
Reunidos los apóstoles alrededor de Santa María, con la efusión del Espíritu Santo se revela
plenamente la Santísima Trinidad. La Confirmación nos introduce de lleno en el misterio de Dios,
Uno y Trino, y nos invita a dejar que la Tercera Persona de la Trinidad haga crecer en nosotros
la vida nueva en Cristo. Es el Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, Espíritu de Verdad y de
Amor, que nos abre al misterio de Dios que es Comunión de Amor y que nos invita a participar
de su vida íntima. Es ésta la vida auténtica a la que estamos llamados, aquella que anhela con
todo ardor nuestro corazón. Es la vida en el seno de Dios, que como recuerda bellamente San
Juan, es Amor, «y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor “Dios lo
ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”.
El Espíritu había sido prometido a los Apóstoles por el mismo Señor Jesús. Para cumplir su
misión el Señor les había anunciado que enviaría sobre ellos «la Promesa de mi Padre». Ellos
debían permanecer en Jerusalén hasta ser «revestidos de poder desde lo Alto». ¿A qué se
refería el Señor con «la Promesa del Padre», ¿este «poder de lo Alto»? Se refería al Espíritu
Santo, que Él mismo junto con el Padre envió sobre sus Apóstoles y discípulos. La misión de
expandir el Evangelio de la Reconciliación a todas las culturas y a todos los pueblos es una tarea
y empresa que no podían realizar solos, sino sólo con la fuerza del Espíritu divino. El Espíritu
continúa su misión en la Iglesia. Precisamente, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo
y del Espíritu Santo, «sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha
sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la
Comunión de la Santísima Trinidad».
El Espíritu, agente principal de la Evangelización
Es evidente que toda gracia es siempre don de Dios, que es quien toma la iniciativa para
ayudarnos a asemejarnos cada día más al Señor Jesús. Pero como sabemos bien, Dios quiere
nuestra cooperación. En esa dinámica, el Espíritu Santo es quien suscita, sostiene y acompaña
nuestra libre cooperación para cumplir el Plan que tiene para cada uno de nosotros. Lo señalaba
el Papa Pablo VI cuando decía que «no habrá nunca evangelización posible sin la acción del
Espíritu Santo… puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la
evangelización». En Pentecostés vemos cómo la evangelización tiene como protagonista no a
los apóstoles, sino al Espíritu Santo que actúa en aquellos que humilde y decididamente
cooperan con Él prestándole sus mentes, sus corazones y sus labios.
El Espíritu del Señor es el que enciende los corazones en el fuego del divino amor y los lanza al
anuncio audaz, decidido, valiente. Con la fuerza de lo Alto los apóstoles fueron capaces de ser
testigos veraces de Aquél a quien habían visto, oído y tocado con sus manos para encender con
ese mismo fuego de amor otros corazones. «Ciertamente —afirmaba el Papa Benedicto XVI—
el Señor pide nuestra colaboración, pero antes de cualquier respuesta nuestra se necesita su
iniciativa: su Espíritu es el verdadero protagonista de la Iglesia. Las raíces de nuestro ser y de
nuestro obrar están en el silencio sabio y providente de Dios». Sabemos, por experiencia, que
las técnicas de evangelización pueden ser muy buenas, «pero ni las más perfeccionadas podrían
reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no
consigue absolutamente nada sin Él»
MARÍA COLABORADORA DEL ESPÍRITU SANTO
María Santísima, la siempre Virgen, es «la obra maestra de la Misión del Hijo y
del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos». El Espíritu Santo preparó a
María con su gracia, en Ella el mismo Espíritu realiza el designio benevolente del
Padre. Asimismo, en Santa María el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre, hecho hombre
para la salvación de la humanidad. Por medio de Nuestra Madre el Espíritu Santo comienza a
poner en Comunión con el Señor Jesús a los hombres. Ella, que estaba presente con los Doce
que «perseveraban en la oración, con un mismo espíritu”, continúa intercediendo por nosotros y
guiándonos hacia una eficaz colaboración con el Espíritu.
La Virgen María es modelo de colaboración con el Espíritu Santo. A lo largo de su vida su
respuesta fiel es guía valiosa y esperanzador aliciente para cooperar con el Espíritu en la misión
de anunciar al Señor Jesús. Siempre abierta al Espíritu, no pone trabas, y su «Hágase» es
modelo de respuesta generosa. En la naciente Iglesia los Apóstoles reunidos en torno a Ella
recibieron el don pleno del Espíritu, y bajo sus cuidados maternales continuaron con la misión
del Hijo, que realiza el Espíritu Santo en la Iglesia hasta el día de hoy y hasta el fin de los
tiempos. Junto a María, de su mano, aprendemos a vivir en apertura a las mociones de Dios, a
tener una vida espiritual intensa, a comunicar a los demás aquella vida interior que recibimos de
quien es la Vida, en resumen, aprendemos a ser dóciles y auténticos colaboradores del Espíritu
Santo, para que otros también tengan vida y la tengan en abundancia.
Reflexionar sobre la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas es una invitación a renovar
nuestro esfuerzo y compromiso por poner todos los medios para estar abiertos a su acción
vivificadora. Implica hacer todo esfuerzo para avanzar por el camino de una auténtica
conversión, respondiendo en primer lugar a la vocación a la santidad a la que todos somos
llamados, con la mirada puesta el horizonte de la participación en la Comunión Divina de
Amor. Implica también poner todo nuestro esfuerzo y empeño para que desde una vida cada
vez más evangelizada y reconciliada, podamos dar un testimonio elocuente y convincente de la
presencia de Dios en nuestras vidas. Nada de esto se puede hacer sin la apertura al Espíritu de
Amor, y, por el contrario, abiertos al fuego intenso y ardoroso del Espíritu, que como en
Pentecostés bajó en llamas sobre Santa María y los Apóstoles, seremos capaces de proclamar
la Buena Nueva de la Reconciliación a todas las gentes. En nuestro caso, podremos anunciar
al Señor Jesús con decisión y valor en las diversas circunstancias de nuestra vida cotidiana y en
toda ocasión, a «tiempo y a destiempo».
EL ESPÍRITU ES QUIEN NOS CONGREGA
Como lo había prometido Jesús antes de marcharse de nuevo al cielo, desde allá nos envía,
junto con su Padre, al Paráclito. Es San Lucas quien nos relata su venida: “Llegado el día de
Pentecostés estaban todos reunidos en un lugar, cuando de repente sobrevino del cielo un ruido
como de viento impetuoso, que llenó toda la casa. Y aparecieron unas como lenguas de fuego
que se posaron sobre cada uno de ellos. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2, 1-
5).
El Espíritu Santo:
a) Iluminó el entendimiento de los Apóstoles en las verdades de la fe, y los
transformó de ignorantes, en sabios;
b) fortificó su voluntad, y de cobardes los transformó en valerosos defensores de
la doctrina de Cristo, que todos sellaron con su sangre.
El Espíritu Santo no descendió sólo para los Apóstoles, sino para toda la Iglesia, a la cual enseña,
defiende, gobierna y santifica.
Enseña, ilustrándola e impidiéndole que se equivoque- Por eso Cristo lo llamó “Espíritu de
verdad” (Juan 16, 13);
La defiende, librándola de las asechanzas de sus enemigos;
La gobierna, inspirándole lo que debe obrar y decir;
La santifica con su gracia y sus virtudes.
Es muy significativo que los Apóstoles, en el primer Concilio, en Jerusalén, invocaron la autoridad
del Espíritu Santo como fundamento de sus decisiones: “Nos ha parecido al Espíritu Santo y a
nosotros. (Hechos 15, 28).
Ejemplos prácticos de esta asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia hay muchos:
Ningún Pontífice Romano ha errado en sus decisiones dogmáticas;
Siempre se han desencadenado contra ella graves males, pero entonces suscita eminentes
varones que los contrarresten;
Los perseguidores de la Iglesia nunca han podido hacer daños irreparables, y han tenido un fin
desastroso
Nunca han faltado cristianos de eminente santidad.
Su acción en la Iglesia es permanente: “Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que
esté con vosotros eternamente” (Juan 14, 16). Tal fue la promesa de Cristo.
El Espíritu Santo vive en el alma en gracia
“La Iglesia, por tanto, instruida por la palabra de Cristo, partiendo de la experiencia de
Pentecostés y de su historia apostólica, proclama desde el principio su fe en el Espíritu Santo,
como aquel que es dador de vida, aquél en el que el inescrutable Dios trino y uno se comunica
con los hombres construyendo en ellos la fuente de vida eterna” En nuestra santificación
intervienen las tres Personas divinas, porque el principio de las operaciones es la naturaleza y
en Dios no hay más que una sola Esencia o Naturaleza. Por ser el Espíritu Santo, Amor, y por
ser la santificación obra fundamentalmente del Amor de Dios, es por lo que la obra de la
santificación de los hombres se atribuye al Espíritu Santo.
Esta santificación la realiza principalmente a través de los sacramentos, que son signos sensibles
instituidos por Jesucristo, que no sólo significan, sino que confieren la gracia.
La vida divina que nos santifica, nace, crece y sana por medio de los sacramentos. Son, pues,
los medios de salvación a través de los cuales nos santifica, principalmente, el Espíritu Santo.
Así, el Espíritu Santo inhabita en el alma del justo y distribuye sus dones, pues “no es un artista
que dibuja en nosotros la divina substancia, como si El fuera ajeno a ella, no es de esa forma
como nos conduce a la semejanza divina, sino que El mismo, que es Dios y de Dios procede, se
imprime en los corazones que lo reciben como el sello sobre la cera y, de esa forma, por la
comunicación de sí y la semejanza, restablece la naturaleza según la belleza del modelo divino
y restituye al hombre la imagen de Dios” (San Cirilo de Alejandría)En efecto, cuando el alma
corresponde con docilidad a sus -inspiraciones, va produciendo actos de virtud y frutos
innumerables -San Pablo enumera algunos como ejemplo: caridad, gozo, paz,
longanimidad, afabilidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, modestia,
continencia, castidad (cfr. Gal. 5, 22)-, derramando abundantemente su gracia en
nuestros corazones:
habita en el alma y la convierte en templo suyo;
la ilumina en lo referente al conocimiento de Dios;
la santifica con la abundancia de sus virtudes, gracias y dones;
la fortalece en el bien y reprime sus malas inclinaciones;
la consuela (por eso es llamado “Espíritu Consolador”).
Son muy expresivos los textos de la Sagrada Escritura en este sentido. Entre ellos se pueden
entresacar algunos:
Cuando venga el Espíritu Santo os enseñará todas las verdades” (Jn. 14, 26).
“Fuisteis santificados, fuisteis justificados por el Espíritu Santo” (I Cor. 6, 11).

Las notas de la verdadera Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica


a) Debe ser una, porque Jesucristo no quiso fundar sino una sola Iglesia con una sola doctrina y
un solo jefe.
Jesucristo prometió a Pedro que sobre él edificaría su Iglesia (“. – . edificaré mi Iglesia Mt. 16,
18), no sus Iglesias. Expresa su deseo de que todos los hombres formen “un solo rebaño bajo
un solo pastor” (Jn, 10, 16), y manifiesta que “Todo reino dividido sí mismo, será desolado” (Mt.
12, 25).
Y San Pablo, recomendando a los fieles de Efeso una estricta unidad, emplea la fórmula: —Un
solo Señor, una fe, un bautismo” (4, 5), en que está claramente indicada la triple unidad: de
doctrina (una fe); de gobierno (un solo señor) y de culto (un bautismo).
b) Debe ser santa, porque Cristo la fundó para santificar a los hombres
Jesucristo manifestó la fuerza santificadora de su doctrina: “Yo les he comunicado tu doctrina;
santificándolos en verdad; la palabra tuya es la verdad misma” (Jn. 17, 17), y San Pablo declara:
“Jesucristo amó a su Iglesia y se entregó para santificarla, a fin de hacerla comparecer santa e
inmaculada” (Ef. 5, 27) .
c) Debe ser católica, porque Cristo la estableció para todos los pueblos y para todos los tiempos.
“Id y enseñad a todas las naciones- (Mt. 28, 19). -Yo estaré con vosotros hasta la consumación
de los siglos”. “Me serviréis de testigos hasta los confines del mundo” (Hechos 1, 8),
La expresión Iglesia Católica (universal) aparece por vez primera en San Ignacio de Antioquía
(Smyr, 7, 2) y ya en el S.VI se ha convertido en nombre propio de la Iglesia.
La Iglesia no es católica por el hecho de estar actualmente extendida por toda la superficie de la
tierra y contar con un crecido número de miembros. La Iglesia era ya católica la mañana de
Pentecostés, cuando todos sus miembros cabían en una reducida sala…
Esencialmente, la catolicidad no es cuestión de geografía, ni de cifras… Es primordialmente una
realidad intrínseca a la Iglesia (Henry de Lubac, catolicismo).
d) Debe ser Apostólica, ya que, si la catolicidad nos presenta la presencia de Cristo en todo el
mundo, la apostolicidad nos habla de su continuidad a través de los siglos. La Iglesia es
Apostólica porque todos sus elementos esenciales proceden de Cristo a través de los Apóstoles,
y están garantizados por una sucesión ininterrumpida hasta el fin de los tiempos. La apostolicidad
es uno de los argumentos más utilizados para mostrar la legitimidad de la misión de la Iglesia:
¿Cómo es posible tener por pastor a aquél que no sucede a nadie, y que es ya
de entrada un extraño y profano?” (San Cipriano, EP. 64, 3, l).
Esta continuidad profunda de la Iglesia a través de los siglos constituye uno de
los signos más claros de la asistencia divina.
EL SACRAMENTO DE LA MADUREZ CRISTIANA
El sacramento de la Confirmación es uno de los tres sacramentos de iniciación cristiana. La
misma palabra, Confirmación que significa afirmar o consolidar, nos dice mucho. En este
sacramento se fortalece y se completa la obra del Bautismo. Por este sacramento, el bautizado
se fortalece con el don del Espíritu Santo. Se logra un arraigo más profundo a la filiación divina,
se une más íntimamente con la Iglesia, fortaleciéndose para ser testigo de Jesucristo, de
palabra y obra. Por él es capaz de defender su fe y de transmitirla. A partir de la Confirmación
nos convertimos en cristianos maduros y podremos llevar una vida cristiana más perfecta, más
activa. Es el sacramento de la madurez cristiana y que nos hace capaces de ser testigos de
Cristo. El día de Pentecostés – cuando se funda la Iglesia – los apóstoles y discípulos se
encontraban reunidos junto a la Virgen. Estaban temerosos, no entendían lo que había pasado
– creyendo que todo había sido en balde - se encontraban tristes. De repente, descendió el
Espíritu Santo sobre ellos –quedaron transformados - y a partir de ese momento entendieron
todo lo que había sucedido, dejaron de tener miedo, se lanzaron a predicar y a bautizar. La
Confirmación es “nuestro Pentecostés personal”. El Espíritu Santo está actuando continuamente
sobre la Iglesia de modos muy diversos. La Confirmación – al descender el Espíritu Santo sobre
nosotros - es una de las formas en que Él se hace presente al pueblo de Dios. Institución El
Concilio de Trento declaró que la Confirmación era un sacramento instituido por Cristo, ya que
los protestantes lo rechazaron porque - según ellos - no aparecía el momento preciso de su
institución. Sabemos que fue instituido por Cristo, porque sólo Dios puede unir la gracia a un
signo externo.
Además, encontramos en el Antiguo Testamento, numerosas referencias por parte de los
profetas, de la acción del Espíritu en la época mesiánica y el propio anuncio de Cristo de una
venida del Espíritu Santo para completar su obra. Estos anuncios nos indican un sacramento
distinto al Bautismo. El Nuevo Testamento nos narra como los apóstoles, en cumplimiento de la
voluntad de Cristo, iban imponiendo las manos, comunicando el Don del Espíritu Santo,
destinado a complementar la gracia del Bautismo. “Al enterarse los apóstoles que estaban en
Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan.
Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran al Espíritu Santo; pues todavía no había
descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en nombre del Señor
Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían al Espíritu Santo”. (Hecho. 8, 15-17;19, 5-6).
El Signo: La Materia y la Forma Dijimos que la materia del Bautismo, el agua, tiene el significado
de limpieza, en este sacramento la materia significa fuerza y plenitud. El signo de la Confirmación
es la “unción”. Desde la antigüedad se utilizaba el aceite para muchas cosas: para curar heridas,
a los gladiadores de les ungía con el fin de fortalecerlos, también era símbolo de abundancia, de
plenitud. Además, la unción va unido al nombre de “cristiano”, que significa ungido. La materia
de este sacramento es el “santo crisma”, aceite de oliva mezclado con bálsamo, que
es consagrado por el Obispo el día del Jueves Santo. La unción debe ser en la frente. La forma
de este sacramento, palabras que acompañan a la unción y a la imposición individual de las
manos “Recibe por esta señal de la cruz el don del Espíritu Santo” (Catec. no.
1300). La cruz es el arma con que cuenta un cristiano para defender su fe.
COMO DEBE SER UN CATOLICO CRISTIANO MADURO EN SU FE.
 Pone los medios para conocerse cada vez mejor a sí mismo
Aunque en términos absolutos no puede hablarse de un católico maduro, ya que la madurez
necesita del paso de los años, aunque sí que puede hablarse también de un joven maduro en
términos relativos.
Para maduro se requiere:
 Buscar un equilibrio entre la razón y la afectividad, cultivando la libertad y la
responsabilidad.
 Educar la imaginación y vivir en el presente.
 Educar los impulsos y los estados de ánimo.
 Aprender a aceptar la realidad, los propios defectos, los errores del pasado y a las
personas que nos rodean.
 Evitar las malas comparaciones con los demás, sin estar pendientes de “qué dirán”.
 Mostrarse a los demás, con sencillez.
 Aprender a tomar decisiones, sin precipitaciones y sin miedos exagerados a equivocarse.
 Procurar cultivar el sentido del humor y el optimismo.
LA MADUREZ ESPIRITUAL
Se logra a través de parecernos cada vez más a Jesucristo. Después de la salvación,
cada cristiano comienza el proceso de crecimiento espiritual, con la intención de ser más
maduro espiritualmente. Según el apóstol Pablo, es un proceso continuo que nunca
terminará en esta vida. En Filipenses 3,12-14, hablando de pleno conocimiento de Cristo,
Pablo dice: "No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por
ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo
mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo
que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del
supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús". Al igual que Pablo, hemos de proseguir
continuamente hacia un conocimiento más profundo de Dios en Cristo.
La madurez cristiana requiere un reordenamiento radical de nuestras prioridades,
cambiando de complacernos a nosotros mismos para agradar a Dios y aprender a
obedecerle. La clave de la madurez es la coherencia y la perseverancia en hacer
aquellas cosas que sabemos que nos acercan a Dios. Para ello es importante el
conocimiento bíblico, los mandamientos, LOS SACRAMENTOS, la oración, la comunión
con los hermanos, y el servicio. Debemos además tener claro, que todo esto lo podemos
lograr, solo con la ayuda del Espíritu Santo dentro de nosotros. Gálatas 5,16 nos dice que
debemos "caminar en el Espíritu". La palabra griega usada aquí para "caminar" significa
en realidad "caminar con un propósito a la vista". Más adelante en el mismo capítulo,
Pablo nos dice una vez más que debemos "caminar por el Espíritu". Aquí, la palabra
traducida "caminar" tiene la idea de tomar las cosas "paso a paso, un paso a la vez". Es
aprender a caminar bajo la instrucción de otro, del Espíritu Santo. Ser lleno del Espíritu
significa que caminamos bajo el control del Espíritu. En la medida que nos sujetemos más
y más al control del Espíritu, también veremos un aumento en el fruto del Espíritu en
nuestras vidas Esto es característico de la madurez espiritual.
Cuando llegamos a ser cristianos católicos, recibimos todo lo que
necesitamos para la madurez espiritual. Pedro nos dice que "Como todas
las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por
su divino poder [de Dios], mediante el conocimiento de aquel que nos llamó
por su gloria y excelencia" (2 Pedro 1,3). Sólo Dios es nuestro recurso y todo el
crecimiento viene por gracia a través de él, pero somos responsables de escoger
obedecer. Pedro nuevamente nos ayuda en esta área: "vosotros también, poniendo toda
diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al
conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la
piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en
vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento
de nuestro Señor Jesucristo" (2 Pedro 1,5-8). La esencia de la madurez espiritual es el
ser eficaces y fructíferos en el conocimiento del señor Jesús.
GLOSARIO

Abitinae:Los Mártires de Abitina (o Abitinian Mártires ) eran un grupo de


49 cristianos encontrado culpable, en el año 304, durante el reinado del
emperador Diocleciano , de tener culto dominical celebrado ilegalmente en Abitinae , una
localidad de la provincia romana de África .
ANAFORA O PLEGLARIA: (del griego ἀναφορά, 'repetición') es una figura retórica que
consiste en la repetición de una o varias palabras al principio de un verso o enunciado.

BERIT-DIATHEKE: La palabra hebrea que significa "pacto" o "alianza", es uno de los términos
fundamentales de la teología bíblica.

CATEQUESIS: La Catequesis es una de las formas de servicio a la Palabra de Dios y se inscribe


dentro del Ministerio Profético. Es una acción eclesial destinada a los miembros de la comunidad
cristiana que han recibido el anuncio de fe.
CATECHESI TRADENDAE: Exhortación Apostólica de su santidad JUAN PABLO II al
Episcopado al Clero y a todos los fieles de la iglesia sobre la catequesis en nuestro tiempo.

DIOCLECIANO EN ABITINIA: El emperador de la época (304) había amenazado con la muerte


a los cristianos que no entregaran las Sagradas Escrituras para ser quemadas, por haberse
reunido para celebrar la eucaristía dominical en contra de lo establecido por la autoridad

EULOGIA: En el uso eclesiástico el término eulogia se ha aplicado al objeto bendecido. En los


primeros tiempos se utiliza en ocasiones para denotar la Sagrada Eucaristía, y en este sentido
es especialmente frecuente en los escritos de San Cirilo de Alejandría. El origen de este uso se
halla, sin duda, en las palabras de San Pablo (1 Cor. 10,16).

FORTUITO: La palabra fortuito hace referencia a algo que sucede de forma casual e
inesperada. Lo fortuito es aquello que ocurre y, en muchas ocasiones, se considera inverosímil.
Los acontecimientos fortuitos son aquellos que se escapan de las previsiones humanas, de ahí
que sean tan inesperados.

INCRUENTO: Que no produce o no muestra derramamientos de sangre.


INFLIGIR: Es ‘causar daño o imponer castigo’

Intrínseco: es un término utilizado frecuentemente en Filosofía para designar lo que


corresponde a un objeto por razón de su naturaleza y no por su relación con otro.
Se llama denominación intrínseca la manera de ser que conviene a una sustancia como tal y no
en sus relaciones. Se habla también de certeza y evidencia intrínseca, posibilidad intrínseca,
gloria intrínseca de Dios, etc. Intrínseco se denomina a aquello que es esencial.
LOGOS: Palabra, razón, tratado y ciencia; entre los griegos DIOS, como fuente de las ideas;
los católicos; verbo: en SAN JUAN designa al VERBO encarnado venido a encarnarse (JN
1.2.14).
MANSEDUNBRE:Uno de los Frutos del Espíritu Santo (Gálatas 5:22) Este fruto
es el beneficio espiritual de la comunión con Dios. Mansedumbre es la virtud que
modera la ira y sus efectos desordenados. Es una forma de templanza que evita
todo movimiento desordenado de resentimiento por el comportamiento de otro.

MEMORIAL: El relato de la institución de la eucaristía menciona que CRISTO ordeno a los


Apóstoles “HACER ESTO EN MEMORIA MIA” (Lc 22, 19)

MONTANISTA: En los orígenes conservaban la fe común, las escrituras, la adhesión a la


iglesia, pero su pretensión de encarnar la única y verdadera iglesia de espíritu suscitando la
separación de la iglesia de muntanos y de sus partidarios.
PRELATURA: Derecho canónico antiguo: En sentido muy amplio, toda persona, civil o
eclesiástica, revestida de autoridad. En sentido amplio: todo clérigo que posee a título propio la
jurisdicción ordinaria en el fuero externo.

REMISION: Acto por el que DIOS perdona sus pecados dando su gracia que renueva al
pecador, lo desvía de su pecado y lo vuelve a DIOS.

SACRAMENTALIDAD: La Iglesia es sacramento. El concilio vaticano II resaltó esta dimensión


decisiva en su documento más doctrinal “La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea un
signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano.”
(Lumen Gentium 1).

TEOLOGICO: Conocimiento de las cosas divinas en general; ciencia del verdadero DIOS;
revelación divina revelad en el conjunto de libros inspirados; alabanza de DIOS bajo la
inspiración de DIOS mismo.

VARIOPINTA: Que se ocupan del estudio- la realidad rica de las Iglesias orientales, además de
ser “un homenaje a las Iglesias del Oriente cristiano, católicas y ortodoxas, y a sus numerosos
mártires y confesores de la fe”.

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