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Taller

Una Jornada Por la Crónica

Ronald G. Soria

Diciembre de 2017

Guayaquil

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Presentación

La crónica es un género periodístico, ni mejor ni peor que otros, pero sí el más literario de los géneros. La crónica también llamado periodismo narrativo, periodismo literario o no ficción- rompe con algunos esquemas del periodismo tradicional para explorar en otras formas de investigación social y escritura. De la literatura, la crónica se nutre de estructuras, diálogos, climas y escenas, construcción de personajes, tensión narrativa. De las ciencias sociales, incorpora el método etnográfico, la imaginación sociólogica, la intención por comprender las tramas y dinámica sociales. Los contenidos del taller están dedicados a trabajar conceptos y herramientas vinculados a la crónica periodística y a la producción y edición de textos producidos por los talleristas. La comprensión y desarrollo de los conceptos y herramientas vinculados al género y su historia permitirán al tallerista ampliar sus horizontes de escritura y salirse de los corsets de la redacción tradicional, tanto periodística como académica, para buscar su propia voz.

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El Gran Golpe

Estoy convencido de que escribir una crónica periodística equivale a dar un gran golpe. Pero no me refiero al simple “golpe periodístico”, tras el cual corren diariamente millones de reporteros del mundo en busca de una exclusiva efímera. Cuando hablo de un gran golpe pienso en asaltantes de bancos, desvalijadores de cajas fuertes, ladrones de piezas de museo. El cronista debe buscar eso mismo: quedarse

para sí con un valioso botín. Si el encargo es hacer el perfil de un personaje público, de nuestro alcalde o de una bailarina famosa, nuestro objetivo será rescatar lo más valioso que pueda tener esa persona. Pero, ¿cómo vamos a saber qué es lo más valioso de nuestro alcalde

o de una bailarina famosa? El primer error sería

preguntárselo a ellos mismo: la persona nunca nos lo va

a decir. Generalmente ni ellos mismo lo saben. Y si lo

saben, lo más seguro es que no lo querrán mostrar. Lo

mismo sucede con los bancos. El banco nunca te va a decir: “nuestro tesoro está en el segundo piso, en la puerta 4 a la derecha”. Por eso es que tenemos que dar un gran golpe. Con las crónicas de viaje sucede igual. A la hora de enfrentarnos a un lugar, bien podríamos quedarnos con el anuncio publicitario. Muchos lo hacen,

y terminan hablándonos del buen clima que hay en la

Costa del sol, de la bohemia que se vive en París, de lo

cosmopolita que resulta Londres, de la pintoresca pobreza de América Latina o de la fuerza económica de China. Cada ciudad, ya sea una megalópolis o una pequeña aldea, se ha inventado su propio eslogan que esconde el verdadero tesoro. Cuanto más escondido,

mejor el botín. Para el cronista, la noticia es la anécdota

y la anécdota la noticia. Por eso, para dar un gran golpe hay que tener la ambición de querer darlo. Y luego, como en todo asalto, hay que idear un buen plan.

¿Qué necesitamos?

Apenas sabemos cuál será nuestro objetivo, ya sea un país asiático o nuestro alcalde o una bóveda secreta, empezamos a planificar la misión. Rápidamente nos daremos cuenta: se necesitan los mismos elementos para asaltar un banco que para escribir una pieza de

periodismo narrativo.

gran vicio del cronista debiera ser la información. La útil y la innecesaria. La inteligente y la boba. La elegante y la basura. Nunca se sabe de qué lado de nuestra informano esté dispuesto a tomar riesgos, sólo terminará robando su propio botín. Una y otra vez. ·

· Información.
· Información.

Más que otros, el

Memoria.
Memoria.

Muchos periodistas suelen usar la memoria

como un archivo de fracasos, acumulando ejemplos donde se ve claramente que el periodismo es efímero y no sirve para mucho y es mejor dejar todo como está. Pero cuando uno quiere dar un gran golpe, debe usar la memoria como una bodega de soluciones, de escapatorias, de sucesos a asociar. A diferencia de esos escritores que quieren convencernos que el mundo partió con ellos, el cronista que quiere dar un gran

golpe, sabe que el mundo viene de mucho antes. ·

Paciencia.
Paciencia.

La espera suele ser una actividad asociada a

los jubilados y los pescadores. Pero el que quiera escribir periodismo narrativo tiene la obligación de esperar el momento justo para dar el gran golpe. La inmediatez de la entrega diaria es el peor enemigo de alguien que quiere cometer un buen asalto. En la lucha por ganar tiempo de espera nos jugamos buena parte

de la historia a contar.

detalle es una de las pocas obsesiones que el cronista suele reconocer en público. En el periodismo narrativo el detalle revela, aporta y le da peso al relato. Un dato mínimo, pero certero, puede ser la ganzúa ideal para

dar el gran golpe.

consagrados cronistas insistan en hacernos creer que sus éxitos son de ellos, y nada más que de ellos, uno nunca está sólo: ni siquiera cuando se viaja sin compañía. La labor de un buen editor, de un buen ayudante en la investigación, de alguien que aporte en la verificación de datos, o en propuestas claves para el

· Detallista.
· Detallista.

La obsesión por el

· Apoyo.
· Apoyo.

Por mucho que algunos

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trabajo, son fundamentales para terminar armando una buena historia. Parece que estuviéramos solos, pero pobre del que realmente se lo crea. Es posible que algún purista reclame sobre la teoría del Gran Golpe, alegando que a diferencia del ladrón de bancos, la moral del cronista está más cerca de la verdad que del delito, y por lo mismo deben funcionar de manera diferente. Una discusión que hace rato parece zanjada.

No por nada se hizo famosa Janet Malcolm con el comienzo de su libro “El periodista y el asesino”: “Todo periodista que no sea demasiado estúpido o demasiado creído para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. Es alguien que se alimenta de la vanidad, la ignorancia o la soledad de la gente, se gana su confianza y los traiciona sin ningún remordimiento”.

¿Por dónde entrar?

Empezar no es lo mismo que entrar. Como veremos más adelante, el comienzo es determinante para escribir una buena historia, pero antes de eso debemos entrar a ella. A la hora de elegir la forma por donde entraremos al personaje, o a la historia, se pone a prueba nuestra aventura. Les cuento la historia de un periodista que le tocó ir a cubrir una carrera de Fórmula Uno, en Sao Paulo. Lo más seguro, como terminó sucediendo, era que aquel fin de semana se coronaría campeón el español Fernando Alonso. Más allá de la noticia de su victoria, le habían encomendado mostrar el interior de la Fórmula Uno. Su botín, entonces, era rescatar la esencia de uno de los espectáculos deportivos más importantes del planeta. Cuando iba en el avión el reportero repasaba los elementos que tenía para dar el gran golpe. Si contaba la carrera de principio a fin, estaba compitiendo con un centenar de reporteros que desde hace 20 años van a todas las carreras y repiten siempre la misma historia. Reporteros que ya pueden escribir sus artículos casi durmiendo, como dice Kapuscinski. Entonces, decidió centrar su historia en seguir al peor piloto de la carrera. De esa manera, pensaba, podía llegar a lo más valioso del circuito. Porque, ¿cuál es la esencia de la Fórmula Uno? Es el triunfo, la competitividad al máximo, la glorificación de la rivalidad. El rendimiento medido en milésimas de segundo. Los auspiciadores pagando fortunas por poner el logo de su empresa en pilotos y autos triunfadores, que están siendo vistos en directo por más de mil millones de personas. Para escribir de triunfos, se puede partir por la derrota. Entonces al chileno Juan Pablo Meneses le salió algo así:

Fabiana, la encargada de prensa del equipo Minardi, queda muda unos segundos. Cuando sale de la sorpresa me devuelve la pregunta: -¿Quieres entrevistar a Robert Doornbos? Aunque en realidad, por su forma de preguntarlo, la traducción más exacta sería: ¿De verdad quieres entrevistar al perdedor de Robert Doornbos? Hoy es viernes en los suburbios de São Paulo. Dentro del Autódromo José Carlos Pace, en honor del ex piloto brasileño y conocido popularmente con su antiguo nombre de Interlagos, es el día de pruebas para la carrera del domingo. Por la zona de paddock, donde se pasean mecánicos y periodistas y modelos y gerentes de las empresas auspiciantes, hay tensión. Fernando Alonso pasa corriendo, arrancando de los micrófonos que lo esperan a la salida del baño. Juan Pablo Montoya camina inflando el pecho y negándose a dar entrevistas. Michael Schumacher, pese a la mala campaña, recibe una lluvia de flashes cada vez que se le ocurre caminar desde el garage de Ferrari a su camarín. Kimi Raikkonen habla de la puesta a punto mientras su mánager le cuelga la gorra de la McLaren. Niki Lauda despacha sus comentarios en directo para Alemania. En ese entorno, triunfalista y competitivo como pocos, hay corredores que se mueven sin recibir casi ninguna atención. Y hay un piloto, el holandés Robert Doornbos, el peor corredor de la temporada, al que le hacen tan pocas entrevistas que su propia encargada de prensa te pregunta si es cierto que quieres hablar con él.

Cuando logras entrar a una historia por un lado sorpresivo, las posibilidades para el relato aumentan sin medida. Seguramente, siguiendo a Alonso, Meneses habría logrado ver mucho menos de lo que terminó

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teniendo enfrente por estar con el peor. Un gran golpe, por lo general, se logra gracias a dar con una entrada sorpresiva. Así traspasas esquivando las barreras de contención que te frenarán el reporteo: Alonso vive rodeado de un equipo de prensa, de asesores y de guardaespaldas. El peor de la Fórmula Uno está agradecido que lo entrevistes. Uno no existe sin el otro. Las puertas anchas y oficiales de la entrada principal suelen ser un adorno. Pasa con los castillos, con las cárceles, con las universidades. Con las historias también. Cuando llega la hora de enfrentarse a una historia, es fundamental olvidarse de la entrada con adornos. El desafío de buscar esa otra entrada, además, hace que vayamos renovando el interés en el trabajo. En

la medida que tenemos más información, más posibilidades habrá de encontrar entradas diferentes. Hay periodistas que dicen: pero a mí no se me ocurre una entrada diferenteHay que tener claro que el cronista no es un ser venido desde Marte, por mucho que Bradbury haya popularizado sus “Crónicas marcianas”. Desde siempre, y tal como ya lo dijo Tom Wolfe, el periodismo es un oficio. Y se aprende ejercitándolo. Ya se sabe que la base de la creatividad es la información. Y si el cronista es valorado por su trabajo creativo, entonces debe estar constantemente informándose. Esa es otra herramienta que facilitará las cosas para buscar una buena forma de entrar.

¿Qué sacar?

Cuando ya tenemos lo necesario para hacer el trabajo, y hemos podido entrar a la historia por una puerta lateral, es la hora de decidir qué llevarse. Qué sacar. Los asaltantes de bancos suelen medir su botín según el dinero que entra en sus bolsas: cuando están llenas, es hora de huir. ¿Cuándo un cronista decide que debe partir? La mexicana Alma Guillermoprieto tiene la teoría que uno debe reportear y entrevistar hasta el punto que todos los testimonios se comiencen a repetir. Ahí estaría la señal de que es hora de partir. Los reporteros de diarios, en cambio, lo miden en base al reloj: todo lo que alcance a conseguir antes de la hora del cierre me viene bien. Hay veces que hacer una entrevista sirve, básicamente, para darnos cuenta de que nada de lo que nos dijo esa persona nos aportará en el relato. Una vez dentro de la historia, es muy importante ir separando lo que nos puede servir o no. Es fácil enviciarse. Juan Pablo Meneses, periodista chileno, suele contarn en sus talleres una experiencia en Ciudad del Este, la ciudad que está en la Triple Frontera entre Paraguay, Brasil y Argentina; famosa porque allí ocurre el mayor tráfico de productos ilegales del cono sur, y zona que

alguna vez Estados Unidos pensó bombardear en busca de Bin Laden (es una zona dominada por comerciantes musulmanes y la leyenda dice que ahí descansan muchas células dormidas de Al Qaeda). “Fui haciendo una lista de cada cosa que me llamaba la atención. A los pocos días tenía hojas y hojas llenas de datos que, si bien me parecían importantes, luego me di cuenta que no aportaban mucho y resultaban más bien redundantes. Todo lo anotaba y lo grababa. Una noche, de vuelta a mi hotel, en un momento el taxista se detiene y me pregunta qué ando buscando. Ciudad del Este es chica, y poca gente se queda más de una semana en un hotel. No le contesté. Entonces apagó la radio del auto, se giró, y me dijo: “¿Andas buscando un pasaporte? Yo te puedo vender un pasaporte falso”. Inmediatamente la mayoría de las cosas que había anotado perdieron valor. Ya no eran necesarias. Las dejé tiradas, y me quedé con el ofrecimiento del que sería un pasaporte uruguayo y llevaría mi foto, pero con otro nombre. Finalmente había decidido rescatar menos cosas, pero más contundentes. Si llenamos las bolsas con todo lo que encontramos en el camino, después no las podremos levantar.

¿Cómo salir?

Un trabajo limpio es cuando no se nota que hubo trabajo. Una máxima que se puede usar para los actores, pero que es fundamental en el trabajo de la

crónica. Muchos nuevos cronistas se queman los dedos coleccionando citas célebres para pegar en sus textos, frases inteligentes que van separando en cuadernos de

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apoyo, y preguntas astutas para lucirse frente a los entrevistados. La inseguridad cubierta con la estridencia del falso erudito. Todo ese ruido, termina dejando la obra con terminaciones gruesas: el trabajo de un cronista será valorado por el botín que se ha conseguido, y no por el trabajo en sí. A nadie, salvo a los ingenieros, les interesará un puente construido laboriosamente y con metales nobles, pero que no conduce a ninguna parte. Con la crónica es igual. En la medida que siga siendo pensada como un género para periodistas, que sólo consumen periodistas, publicado en revistas distribuidas entre periodistas, seguirá importando más la calidad del puente antes de que comunique con algo. Por lo mismo, el mejor premio para un cronista (más allá de los premios en dólares que regalan las grandes corporaciones a los trabajos más correctos), es un premio íntimo: haber logrado dar con esa esencia, sin que el resto se diera cuenta. De haber

tocado una fibra nueva, en el cuerpo que muchos pasaron antes. Nunca es fácil salir de una historia. Ni en las relaciones de parejas, ni en el reporteo de una crónica. Cuando uno se involucra, nunca deja completamente un tema. Y el cronista, a diferencia del reportero o del novelista, debe involucrarse: meter los pies en el barro, las manos en la masa, y la cabeza en la boca del león. No cómo un superhéroe, traje que suele encandilar a los cronistas nuevos y que destruyó la obra de los cronistas viejos, sino como un minero que busca carbón picando bajo el mar. O como el médico forense, que besa a sus hijos en la puerta del colegio antes de ir a su trabajo. Es un recuerdo íntimo, mezcla de satisfacción y nostalgia. Porque hay algo que el cronista debe saber de antemano: en el lugar que dará el gran golpe hay un buen botín, pero ahí también quedará parte de su vida. Para siempre.

La reportería.

El trabajo de la calle

Para salir a hacer

1 Una vez que tienes el tema

Lo que sigue es la investigación. Existe la opción de que te lances a desarrollar el trabajo de campo de manera directa. Lo ideal es que saques un poco de tiempo para documentarte previamente, bien sea a través de publicaciones -escritas o audiovisuales- o a través de personas que conozcan a fondo la materia sobre la cual vas a tratar. De esa manera acumulas conocimientos que te permiten explorar mejor a tus personajes y

2 Hablemos de las técnicas

desenvolverte en el entorno que les tocó en suerte. Si te corresponde trabajar un perfil de Angelina Jolie, lo mínimo que debes saber es que es una importante actriz de cine. Planear tu historia antes de afrontar el trabajo de campo no implica que vayas con criterios preconcebidos e inmóviles, sino que orientes tus pesquisas, prepares mejor tus preguntas, sepas por dónde moverte y a quiénes buscar.

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Existen las técnicas para desarrollar el trabajo de campo, pero como nos lo recuerda Juan José Hoyos, otro gran cronista, este colombiano, ninguna sirve si el investigador no tiene una sensibilidad especial para relacionarse con la gente e interesarse por lo que ella cuenta. El etnógrafo polaco Bronislaw Malinowsky, a quien el propio Hoyos suele citar, lo resume así:

“capacidad de sumergirse sin prejuicios en la cultura de los otros, con el fin de comprenderla y aprehenderla”. Norman Sims, importante estudioso del periodismo literario, habla de la inmersión. Es la capacidad de sumergirse en un tema tanto tiempo

3 Saber observar

Es necesario saber observar. Todo el que tiene ojos, mira. Pero observar va más allá de las meras pupilas. No es un ejercicio del ojo sino de la inteligencia y de la sensibilidad. Es poder ver más de lo aparente. La

4 Saber escuchar

También es imprescindible saber escuchar. Estar pendientes de todo lo que los personajes dicen.

5 Lo de las entrevistas

Aparte de la observación, el trabajo de campo implica la realización de entrevistas. Es importante planear los cuestionarios, para no dejar ningún aspecto esencial por fuera y obtener información suficiente y de calidad. Ahora bien: no hay que ser rehén de las entrevistas. No basta con escuchar al personaje diciendo que va a misa todos los domingos: hay que procurar ir a misa con él,

6 La grabadora

Muchos grandes periodistas y escritores critican, con algo de razón, el uso de la grabadora. García Márquez, por ejemplo, decía que “las grabadoras no oyen los latidos del corazón”. Y Gay Talese afirma que “yo

como sea posible y necesario, para comprenderlo y recrearlo de manera cabal. No existe un tope que podamos plantear como dogma. A veces te toca conseguir todo el material en una sola sesión de trabajo y a veces puedes hacerlo en muchos días o inclusive meses y años. Eso depende del tema, de tu tiempo y de tus objetivos, lo mismo que de la periodicidad del medio (si es que trabajas para alguno). Lo cierto es que mientras más convivas con tu materia, más posibilidades tienes de conocerla a fondo y describirla de manera profunda.

observación es importante porque permite describir a los personajes y recrear los espacios en los cuales se desenvuelven.

verlo actuar en ese escenario. El testimonio es definitivo pero hay que ir más allá. La realidad no es sólo lo que oigo sino también lo que veo. Y en ese sentido, es deseable acompañar a nuestros personajes en los espacios por los cuales se mueven, pues no en todas partes se comportan de la misma manera.

mismo he sido entrevistado por jóvenes reporteros que manejaban grabadoras. Como permanecía sentado contestando sus preguntas, podía verlos medio escuchando, tranquilos, relajados, porque sabían que

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las pequeñas ruedas de plástico estaban girando”. También hay defensores de la grabadora. Dicen que, al fin y al cabo, es una mera herramienta, como la libreta de apuntes. El problema no es ella misma sino el manejo que le demos. Un bolígrafo, por ejemplo, puede servir para escribir una novela formidable o para arrancarle los ojos a la vecina. La grabadora puede

permitirnos recordar sonidos, gritos, palabras, que pueden servirnos después para la recreación de las atmósferas. Si se utiliza razonablemente y el personaje está de acuerdo, ¿cuál es el problema? De todos modos, lo importante es tener claro que no siempre se puede usar, ya que a veces cohíbe o predispone a nuestros interlocutores.

“La construcción del personaje”

Constantin Stanislavski

RESUMEN: Hay que tener en cuenta el momento histórico en que vives. Y la situación teatral en la que vive. Era lo más normal ver actores estereotipados repitiendo un código de gestos-tipo, voces engoladas y actitudes previstas y catalogadas en un fácil y reconocible cliché. S. propone básicamente un trabajo de búsqueda interior para huir del estereotipo y la falsedad en la

interpretación de un papel. Un actor debe olvidar los estereotipos vistos en otros actores y en la vida real y procurar buscar la sinceridad en su actuación y en su personaje. La búsqueda debe partir de él mismo, por intuiciones personales que procedan de su interior y por estímulos o ayudas externas que confirmen y estimulen esas características que aflorarán en el exterior.

1 Hacia un caracterización física

Casi inconscientemente iremos encontrando trazos del nuevo carácter del personaje, que irán determinando sus modos externos-internos de mostrarse al público. Un tic puede provocar cambios en la personalidad o percepción de la personalidad por parte del público del personaje. El personaje se puede ir consiguiendo de forma intuitiva o mecánicamente, por medios puramente técnicos, simplemente externos. Cada uno

2 El vestuario del personaje

desarrolla una caracterización externa a partir de sí mismo, de otros, tomándolo de la vida real o imaginaria, según su intuición, su observación de sí mismo y de los demás. La extrae de su propia experiencia de la vida, o de la de sus amigos, de cuadros, grabados, dibujos, libros, cuentos, novelas o de cualquier simple incidente; no existe diferencia. La única condición es que no pierda su yo propio interior.

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En los primeros ensayos del Teatro de Arte de Moscú, Tortsov (S.) propone una mascarada. Vemos cómo cada uno de sus alumnos elige vestuario y maquillaje. Kostia lleva a cabo el trabajo más interesante. Hasta el final no tiene claro de qué personaje va a participar en esa mascarada, pero experimenta un proceso de búsqueda. Siente cosas. Al final coge una bata raída, se embadurna de maquillaje cara, peluca, manos y traje y se le pone una mala leche encima bestial. Es un crítico. El crítico que vive dentro de sí mismo. Se muestra suspicaz, orgulloso, despreciativo y altivo, maleducado, sarcástico y ofensivo. Kostia era muy tímido pero se atreve a eso y más dentro de la piel de ese personaje

3 Personajes y tipos

1.- Análisis de la “mascarada” uno a uno. Hay actores que se enseñan a sí mismo. Lo que creen mejor de sí, lo exhiben al público. No se acercan al personaje sino que hacen que el personaje se acerque a ellos. Otros siguen determinados clichés que han visto o aprendido. 2.- Siguen los comentarios de la mascarada. “clichés generalizados que, en teoría, representan a unos personajes. Se han tomado de la vida; existen en realidad, pero no contienen la esencia de un personaje

4 Contención y control

Habría que eliminar todos los gestos superfluos, innecesarios, ampulosos, estereotipados. Hay que procurar reproducir la vida interna del personaje que está representando. CONTENCIÓN Y ACABADO. Habla

5 Dicción y Canto

La palabra es música y hay que explorar cada sonido, cada fonema, cada letra, cada sílabaPropone una frase y se juega con las pausas. Según dónde las ponga suena de una manera u otra, se tiene una intención u otra. Hay actores que pronuncian cosas ininteligibles

que se ha ido construyendo. “Aquella segunda vida que parecía haberse estado desarrollando paralela a la mía de costumbre era una vida secreta, sobconsciente. Dentro de ella se había estado expandiendo la tarea de búsqueda de aquel hombre extraño cuyas ropas había encontrado por casualidad” Después del trabajo visto en la sala deensayos, el dirctor Tortsov le abraza y felicita. Kostia está radiante, contento. “me llenó de alegría. Estaba contento porque había experimentado cómo podía vivirse la vida de otra persona, había aprendido lo que significaba sumergirse en un personaje. Esa es una cualidad de una enorme importancia para un actor”

y no están indiviudalizados.” “pueden utilizarse las emociones, sensaciones e instintos propios incluso aunque se esté dentro de otro personaje, porque los sentimientos de Kostia mientras representaba eran suyos” 3.- El director de la Escuela trabaja con Vania el viejo”. Lo trabaja explicándole las limitaciones físicas de los ancianos. Luego el alumnado intenta ponerlas en práctica.

del actor italiano Salvini, que en un Otelo fue in crescendo en su personaje hasta cautivar al público. No lo entregó todo desde el principio. Se dosificó sabiamente.

en escena. Vocales Consonantes. Los de canto muchas veces entran en contradicción con los de dicción. Habría que unir esas dos disciplinas para que no fuera la una contra la otra.

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Entrevista a Jon Lee Anderson

Es un periodista estadounidense que se ha especializado en temas latinoamericanos y más recientemente en las guerras posteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Es un especialista con los perfiles. Ha realizado libros de hasta 1000 páginas, con personajes como Fidel Castro, el Che, Gabriel García Márquez, Augusto Pinochet, Saddam Hussein y Hugo Chávez. El inicio de uno de estos es considerado como una de las mejores entradas de un libro, el de Fidel.

- ¿Cuándo es suficiente?

- ¡Nunca!

P. ¿Cuándo sabes que tienes suficiente material y que has terminado de hacer el reportaje?

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R. Soy muy perfeccionista y siempre creo que me falta

material. Siempre estoy con la soga al cuello que ponen los editores de la revista a la hora del cierre. Es necesario, porque si no se sigue indagando hasta que la luna se vuelve azul. Siempre hay una persona más por entrevistar. En general, hay un momento de conclusión y me siento bien con el producto final. Hay epifanías durante el reporteo. Son momentos en que estás hablando con alguien y dice algo que te hace

como un “clic” en el cerebro. Muchas de las cosas que has escuchado antes se iluminan de repente. Uno va adquiriendo lo que yo llamaría ―intuición instruida‖. Los encuentros con las personas sirven para lograr algunas de sus verdades. Si consigues algunas de sus verdades es cuando sientes que has logrado lo que estabas buscando.

P. ¿Cuándo comienzas a escribir un reportaje?

R. No escribo hasta que no he terminado de reportear.

Tomo notas y a veces escribo escenas en mi mente, pero son como impresiones que no siempre entran en el artículo fi nal. Los días en los que no consigo romper con el mundo, doy vueltas alrededor de la mesa hasta que corto los lazos con las cosas que me apetecería

hacer en lugar de escribir. Cuando lo logro, entro como en un trance que me permite escribir durante todo el día. Esta noche, por ejemplo, he regresado al hotel a las 2 de la madrugada y he estado escribiendo hasta las siete. Estaba cansado, pero después de un rato se supera el cansancio.

Cocineros, a cocinar

ELEMENTOS DE LA NARRACIÓN

Personalización.

Una de las claves

del Periodismo Narrativo es la personalización. Es decir,

lograr que 3 o 4 personas representen un fenómeno

colectivo. Si decimos que 480 personas murieron en el

hipermercado de Cuenca, estamos dando una cifra que

no nos afecta. Pero si decimos que la señora Elida Pérez

y sus dos niños de repente vieron que se caía una viga

incendiada del techo, intentaron caminar hacia la

puerta y un grupo de guardias las repelieron y las

Arquitectura.

La gracia de todo buen

trabajo de periodismo narrativo es la arquitectura de la

nota. Muchas veces uno se detiene a pensar cuál es la

arquitectura que más conviene para un texto. Y a veces

sale rápido y, otras veces, no sale en seguida. En el

momento en que uno encuentra la arquitectura, de

veras, uno encuentra todo. Cuando se te ocurre un tema

y la arquitectura, todo a la vez, es maravilloso, porque

tienes lo que vas a decir y el modo de narrarlo. Cuando

obligaron a retroceder, y vieron los cadáveres

llameantes de dos o tres amigas cercanas que estaban

allí a su lado

transforma en comunicable, real, de mayor intensidad.

Contagia y puede identificar un conflicto que afecta a la

especie humana en términos generales y como tal es

importante. La importancia de la personalización, es

porque gran parte de la base del Periodismo Narrativo

se cuenta a partir de personajes.

Es así como el drama y la tragedia se

se te ocurre al mismo tiempo el principio y el fin del

relato, es maravilloso. Hay que tener en cuenta la frase

inicial, que debe agarrar al lector de la solapa y no

soltarlo del cuello. Le decimos al lector: "Aquí te tengo y

no te suelto y aquí te quedas y no dejo que pierdas la

atención ni un instante". Y le debemos dar mucha

importancia al final, que debe estar todo

interrelacionado con el inicio: como en una sinfonía,

que los acordes se van oyendo todos a la vez. Estamos

hablando de un texto donde el autor tiene que tener

una especie de control constante sobre lo que está

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haciendo, sobre cada una de las palabras que usa,

sobre cada una de las escenas que pone, y control

sobre el comportamiento de cada uno de los

personajes. La desventaja del periodismo narrativo, con

relación a la novela, es que no puedes poner palabras

de mentira. Por eso, es un trabajo más difícil el

periodismo narrativo. En las novelas puedes inventar.

Acá nada. Por eso el arranque y el cierre son tan

fundamentales.

La Recreación de la NOTICIA

El reportaje es un texto informativo que incluye elementos noticiosos, declaraciones de diversos personajes, ambiente, color, y que, fundamentalmente, tiene carácter descriptivo. Se presta mucho más al estilo literario que la noticia. Una novela entera puede escribirse con la técnica del reportaje; incluso un reportaje puede convertirse en una novela de hechos reales. Ese es el caso de Noticia de un secuestro, de García Márquez, o la ya clásica A sangre fría de Truman Capote. Normalmente, el reportaje parte de una

recreación de algo que fue noticia y que en su momento no pudimos o no quisimos abarcar por completo. Pueden darse reportajes intemporales sobre hechos o costumbres que, sin ser noticia, forman parte de la vida cotidiana, la política, la economía, los espectáculosAsí por ejemplo, sobre el funcionamiento de los taxis en la ciudad, sobre los hijos de los políticos que han heredado la vocación de sus padresNo parece necesario que se entronquen con la actualidad noticiosa, si se aborda cuestiones de interés para el lector.

Reportaje de urgencia.

A menudo hay reportajes

que parten de un hecho ocurrido en el día. Ejemplos: la identificación del primer caso de gripe porcina en el país. Ningún diario se conformó con solo sacar la noticia. ¿Las razones? Al mediodía del día anterior, todos los noticieros de televisión acabaron con “el

hecho” noticioso. Al día siguiente era necesario que cada periódico apostase al valor agregado. Es por eso que periodistas como Álex Grijelmo, autor del Libro de estilo de El País (España) y de otros tantos más, recomienden que “cuanto más difundido consideremos un hecho, menos podremos ofrecerlo como el formato de noticia.

Variedades.

Las variedades de reportajes son

infinitas. Podremos hablar, entre los más habituales, de reportajes de interés humano (centrados en personas o comunidades), de interés social (sobre los servicios o la cultura de una sociedad), de interés noticioso

El dilema de la entrada.

El principal problema

del periodismo escrito, tal como en la noticia, consiste

(relacionados con un hecho concreto, sobre noticia del día o en fechas anteriores), o de opiniones (basado en las consideraciones que merezcan un hecho o determinadas personas), o de interés didáctico (que explica cómo funciona o cuál es el origen de determinado asunto o cosa).

en acertar con la entradilla. A diferencia del otro género, para este no disponemos del elemento

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noticioso. Grijelmo dice que un periodista debe competir cada mañana con el cruasán que cada lector degusta en el bar o en la cocina de su casa mientras sujeta el periódico con la otra mano. Si no captamos la atención del receptor de nuestros mensajes, su mirada se irá inmediatamente al cruasán; y cuando regrese al periódico, lo hará para buscar una información diferente a la que ya perdió la partida esa mañana. Muchas notas periodísticas mueren así, tristemente, cada mañana. Es por eso que el redactor habrá de volcar su imaginación para hacerse con la mirada del lector y lograr que no abandone el artículo hasta que llegué al punto final. Ahí está el reto, sobre todo, de ese primer párrafo. ¿Cómo elegirlo? Lo mejor es echar un vistazo, sin consultar las notas, a todos los apuntes que hemos retenido mentalmente sobre el tema en cuestión. De toda la reportería obtenida debemos tener un par de anécdotas, un hecho extraño, un chiste, una situación

El arranque humano.

Los reportajes adquirirán

mayor interés desde el inicio si tienen un arranque humano concreto. Una corresponsal de Tokio del The Washington Post recurrió a este esquema para informarnos sobre la prohibición de los trasplantes cardiacos en Japón: El corazón de Hirofumi Kiuchi, de 23 años, estaba fallando, y él sentía que también le

dramática, una paradoja, la descripción de un espacio. Esa es la materia prima de la dichosa entrada. Si no hallamos nada relevante en las anotaciones, siempre cabe el recurso de la metáfora. De la frase escrita con brillantez para retratar la realidad. Un ejemplo: La violencia juvenil tiene cuatro tumbas en Madrid. En ellas descansan Ricardo Rodríguez, David Martín, David González y David Alfonso. Ninguno tenía al morir más de 20 años, ninguno había cometido delito alguno. Todos, sin embargo, fueron víctimas de un azote que, agazapado detrás de de una insignia neonazi o una navaja de doble filo, les sorprendió de noche, en lugares concurridos y sin que nadie les prestase ayuda. Sobre esto de la entrada, Gabriel García Márquez dijo alguna vez (1979): “Con el primer párrafo hay que atraer, hay que quedarse con el lector. Mi método de lectura es muy útil como método de escritura: calculo dónde se va a aburrir el lector y procuro no dejar que se aburra”.

fallaba su país. Su única esperanza era una trasplante de corazón, pero en Japón está prohibido. Kiuchi, al borde la muerte, se metió en un avión rumbo a Los Ángeles el 22 de julio de 1993. Cuatro días después se le trasplantó el corazón de un joven estadounidense fallecido en un accidente de circulación. A la semana, Kiuchi decía: “Si me hubiese quedado, estaría muerto”.

Qué no hacer.

El grave problema de muchos

periodistas ecuatorianos es que captan mal el mensaje. Entienden que esto del “arranque humano” es una cuestión sencilla, y resuelven el dilema de la entrada con el sencillo: María Dolores nunca se imagino que ese sería su último díaHay entradas de entradas. La única vez que aquella frase me pareció acertada, fue con un reportaje de Byron Rodríguez, en una nota que apareció publicada en El Comercio de Quito, en 1998:

Roberto Cervantes nunca imaginó que iba a encontrar

un ataúd enmohecido en la mitad de su pequeña sala. Al principio pensó que se trataba de una pesadilla con olor a flores podridas que arrojó el mar. Pero cuando se restregó los párpados con los dedos de su mano izquierda, la imagen se aclaró. Dio unos pasos, palpó la fría tapa del ataúd y de golpe recordó que en el sueño escuchó un ruido de agua, de olas que golpean el acantilado. El llanto de su hija Karol, de dos años, fue la primera señal. Después escuchó los lamentos de María Tenorio, su esposa. Entonces tuvo la certeza de que los difuntos vecinos entraron en su hogar

El envoltorio de los datos.

Los números son

fríos. Los personajes, cálidos. Por tanto, con la adecuada mezcla entre uno y otro podemos templar nuestros textos. Así ocurrió en un reportaje sobre el problema del tránsito en Lima: Animal -le gritó la señora

Estefanía Castro al chofer de un micro de la ruta 190,

línea Santísimo Salvador, antes de bajarse en la tercera cuadra de la avenida Grau. Unos quince segundos antes, el conductor había frenado intempestivamente. Ni siquiera para recoger pasajeros. Eso ya es una costumbre, de eso ya nadie se queja. Lo hizo para conversar con otro chofer que estaba en el sentido opuesto. Charlaron por varios segundos; de cervezas y

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mujeres, de papeletas y policías. Parecía que los pasajeros no existían. Las bocinas sonaban. Cada día,

casi dos millones de personas pasan al menos una hora

a bordo de un medio de transporte público. En abril, la

Policía Nacional del Perú realizó la primera gran encuesta a choferes y cobradores de la gran Lima:

hombres entre 20 y 60 años que cubren rutas por toda

la capital. El objetivo era encontrar el camino para

La entradilla sorpresa.

La sorpresa constituye

un elemento fundamental entre las herramientas del periodista. La entradilla ha de sorprender en la noticia,

entender qué sucede. Saber cuándo y por qué olvidaron que formaban parte de una sociedad.

El autor de este reportaje corto, de los que se pueden publicar cualquier día de la semana, recurre a los resultados de un informe, pero no por eso la narración es fría y distante. Es más, nos sentimos parte de ese problema.

en el reportaje y en cualquier otro género. A veces sorprende una frase, a veces una palabra. Y a veces, la entradilla entera:

El pisito de los Aznar

Venturas y desventuras de cuatro familia presidenciales en La Moncloa, un palacio que no se deja gobernar.

Se alquila. Zona Moncloa, 550 metros cuadrados habitables. Muy luminoso. Amueblado, tres plantas, seguridad 24 horas. Piscina. Pista de tenis y bulbito. Vistas a la sierra. Salida directa a la M-30 y carretera de La Coruña. Condiciones especiales para presidentes de gobierno. Servicio compuesto por 18 personas. Este reportaje se publicó luego de que el matrimonio Aznar-Botella haya declarado que La Moncloa, el palacete donde les tocó residir a José María Aznar entre

La entradilla-calendario.

Frente a la

imaginación y la búsqueda de sorpresa, a menudo topamos con un recurso aburrido y no muy aconsejable para empezar un reportaje; consiste en dar fecha a la que nos remontamos. Por ejemplo: 30 de junio de 1991. Son las nueve de la mañana. El juez Baltasar Garzón acaba de entrar en su despacho. Le espera una mala noticia

El hilo argumental o eje.

Todo reportaje ha de

estructurarse con una intensión. De esa forma, cada párrafo ha de estar conectado sutilmente con el anterior, de modo que llevemos al lector de la mano por el camino que nosotros hemos escogido. Conviene que

El párrafo del sabor.

Ese es el párrafo final, es

como la pepa de oro al fondo del arroyo. Este puede ser una frase corta o de varias líneas, de lo que no se puede

1996 y 2004 como presidente del gobierno español, no parece un lugar adecuado para que viva una familia. El truco de describir las condiciones del inmueble como si se tratara de un aviso por palabras resulta muy eficaz:

sorprende al lector, y además refleja las idílicas características de un lugar que, si lo encontráramos descrito así entre los anuncios breves, jamás imaginaríamos real. Ni juzgaríamos inapropiado para vivir en él.

Por mucho que nos esforcemos, es una entrada fría. Así, el reportaje no significará nada al lector. Mientras no se presenta al personaje central no captamos su interés. Es diferente si utilizamos otro recurso narrativo: Al juez Baltasar Garzón le esperaba una mala noticia cuando llegó a su despacho aquel 30 de junio, a las nueve de la mañana.

el hilo conductor, una especie de columna vertebral, se muestre ya en la entradilla. Deberá aparecer durante la narración y servir para el colofón, que cuidaremos como lo más preciado del reportaje.

salvar es de su buena elaboración. Como las especias en cualquier plato, es el sabor que permanecerá en el paladar unos segundos, el regusto que el lector se

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llevará junto con el del café. Después de haber saboreado un buen párrafo final, al lector no le importará haber aplazado su contacto con el cruasán del que hablábamos en páginas anteriores. El remate apuntala la tesis de todo reportaje. Este es un ejemplo de cómo una poco elaborada salida, afecta a una buena entrada:

Entradilla: Todo indica que frente al chalé de los Tellechea hubo un lindo jardín, con plantas cuidadas y un césped luminoso. Hoy la imagen se asemeja más al abandono. Los yuyos ganaron la batalla y cuatro ovejeros nerviosos que corren y se rompen las narices contra el portón invitan a la retirada. Hubo una buena vida para la familia antes del 22 de agosto. Y otra vida desde entonces. Salida: Gibson, de 32 años, vive con su mujer y dos hijos chiquitos. Tiene un perrazo negro que es muy manso, pero se transforma en el demonio cuando él se lo pide. En los últimos meses gastó 4.500 pesos en rejas y otros 850 en un sistema de alarmas. "Así hay que vivir", dice.

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Los Cinco Sentidos del Periodista

El olfato:

Los olores y los malos olores, el aroma que caracteriza a un persona, a un lugar. El penetrante o poco perceptible hedor que queda luego de la desgracia.

Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo, el oficial de artesano, como la esposa del maestro;

El Perfume,

1.-

Subasta de niñas en el corazón de Brasil Ramy Wurgaft. Mato Grosso (Brasil)

La estancia se hallaba vacía pero en el ambiente todavía

flotaba un olor a sudores rancios, a tabaco cimarrón y a miedo. Esparcidos por el piso estaban los papelitos en que los compradores habían garabateado sus

apreciaciones: gostosa (linda), magrinha (esmirriada),

dragao (dragón o fea)

bolsillo, Aparecido chasqueó la lengua en señal de negación. "El trato era que usted echaba un vistazo y nada más", dijo.

Mi acompañante estaba ansioso por retirarse de allí.

Cualquier ruido proveniente de la calle le hacía abrir mucho aquellos ojazos que destacaban en el fondo oscuro

de su piel. "Dése prisa que si esos bishos (animales)

vuelven estamos perdidos". Obviamente se refería a los

Cuando quise llevarme uno al

apestaba la nobleza entera y, si, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor.

hombres que un tiempo atrás habían manoseado, olisqueado y aquilatado a una veintena de chiquilinas, que ahora estarían haciendo su camino hacia los paraísos del turismo sexual en Recife, Salvador o Fortaleza. La indignación me hizo apretar los puños. Entonces, lo que aquel músico brasilero me había contado en un bar de Madrid no era producto del alcohol que ingerimos, sino la pura y mísera verdad. En el corazón del Brasil persiste una forma de esclavitud que tiene como víctimas a las niñas impúberes. Ni el heroico esfuerzo de más de 60 ONG ni el aumento de los operativos policiales han impedido que el mercadeo de menores. Réplica actualizada del tráfico de esclavos africanos, que duró en Brasil hasta 1888 se propague

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como una epidemia, con las dimensiones que tiene en

Tailandia.

2.-

Sonia María fue ―santa‖ por cuatro meses

En el pueblo de San Pablo, en Santa Elena, el cuerpo de una menor de 15 años fue desenterrado dos veces. Los parientes y pobladores le hicieron un altar. La adolescente murió el19 de abril de 1999 y la sacaron de la tumba.

Una fuerte brisa con olor a sal levanta las cortinas blancas de lo que algunos vecinos de la familia De la Cruz- Borbor, a la entrada de San Pablo, en Santa Elena, identifican como la capilla de Sonia María. Al otro lado queda al descubierto unas zapatillas color tierra, cuyas tiras alguna vez fueron rojas, un vestido blanco y una fotografía grande donde aparece una sonriente Sonia María a sus 15 años. "Aquel que recivió un milagro de la sierva que se apunte en la secretaría", se lee en unos de los carteles colgados entre varias imágenes de santos y vírgenes. El pequeño salón de 1,80 metros por 1,50, de paredes de bloques, pintadas de color blanco y en cuyo interior estuvieron

3.-

Los vaqueros, el orgullo de dominar el campo

hasta el sábado 30 de julio los restos de Sonia María, la segunda de los seis hijos de la familia De la Cruz- Borbor, está iluminado por una fluorescente. Un olor a orinas pega fuerte en las narices en el sitio donde por casi cuatro meses cerca de 40 personas prendían velas y repetían unos cuantos santos rosarios. "Yo no creo que fuera santa, ella era una persona como yo, como otras niñas de San Pablo", dice Shirley Holguín, de 14 años, compañera de Sonia María, estudiante que cada mañana llegaba con algo de atraso y uniforme a medio planchar a la escuela Carlos Julio Arosemena Tala, en las afueras del pueblo, a 14 kilómetros de Santa Elena.

Detrás de la leche o del queso manabita hay un personaje aferrado a la tierra que le da trabajo, pero donde se le quita futuro. El vaquero solamente sobrevive.

Sus botas negras no pueden esquivar el estiércol y los

charcos de orina de vaca que se desparraman por todo el

establo. Lo inundan con su olor, con su presencia, que a él

no le importa. Lizardo García Cedeño tiene nombre de

presidente. Él no lo sabe o no lo recuerda porque ya, a sus

26 años, siente olvidados esos días en que, en su pueblo

manabita de La Unión, terminó la primaria, la única

educación formal que posee.

García se hizo bachiller en el "colegio" del campo, de la

tierra fértil, con el olor de la leche espumosa y recién

exprimida de la teta de una vaca. Una educación que lo

convirtió en vaquero a los 14 años, luego de las lecciones

que le dio su padre sobre cómo evitar que una vaca

hortelana (las que se pasan de huerta propia a huerta

ajena, según los campesinos) dañe la alambrada o la

técnica para ordeñar siempre por la izquierda para evitar

una patada desleal.

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4.-

Tres horas en las que el centro huele a sazón

De 12:00 a 15:00 el almuerzo atenúa las actividades diarias en este sector de la ciudad

Religiosamente -ni un minuto antes ni uno después- Paulo Vega sube cada día hasta el último piso de la jefatura del Cuerpo de Bomberos, en Nueve de Octubre

y Escobedo, para hacer sonar la sirena que señala que

es mediodía en Guayaquil. Algún distraído aprovecha para colocar a punto su reloj, pero para una parte de las cerca de 500 mil personas que cada día llegan al centro, aquel ulular -parecido al grito de algún animal herido- les anuncia que es la hora del lunch. Pero decir una hora es una falacia. Dura 180 minutos y el tiempo que cada empresa da a sus empleados es de 30 minutos. En ese lapso, en las calles crece el ritmo de

la gente yendo y viniendo, mientras en las oficinas

ocurre lo contrario: si hasta antes hubo 9 ventanillas abiertas en uno de los bancos cercanos, de 12:00 a 15:00 solo atienden 4. "Las niñas están en la hora del lunch", dijo la tarde del lunes pasado José Vásquez, algo enojado al ver la larga fila en una de las agencias bancarias ubicadas en el Unicentro. En esa hora -que ya quedó claro no es una hora- el olor a coles hervidas y carnes guisadas desborda los locales y se traslada a veredas y aceras cercanas. No está demás decir que el área comercial de la ciudad huele a sancocho blanco o a caldo de bolas, dos de los platos que más se prepararon el jueves, como menú en cinco de diez comedores.

El gusto:

Las sensaciones gustativas, la evocación de lejanas imágenes del sabor, la comprobación

Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”.

El Amor en los Tiempos del Cólera Gabriel García Márquez

1.-

El imperio de la Inca

Por Daniel Titinger y Marco Avilés |

Color orina y sabor a chicle. Él no lo dijo, pero quizá lo pensó. Muchos lo piensan. En abril de 1999, el recién llegado a Lima presidente del directorio de The Coca- Cola Company, M. Douglas Ivester, tuvo que probar en público para el públicola gaseosa que los peruanos preferían. Entrevista de rigor. La prensa esperaba el trago definitivo. Él no lo dijo, pero quizá lo pensó: la bebida gaseosa más bebida en todo el mundo había sido derrotada, lejos de casa, por una desconocida. El

brindis fue la claudicación: Coca-Cola no podía competir con Inca Kola, así que sacó la billetera y la compró. Perder, comprar, todo depende del envase con que se mire. Lo cierto es que la compañía que había hecho añicos a la Pepsi en Estados Unidos, y que en menos de una semana desbarató el imperio de esta bebida en Venezuela, que facturaba más de diez mil millones de dólares al año, que pudo conquistar el enorme mercado

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asiático, que auspiciaba en exclusiva los mundiales de fútbol y las olimpiadas, que distribuía botellas etiquetadas en más de ochenta idiomas, que alguna vez hizo de Buenos Aires la ciudad más cocacolera del mundo, que se había adueñado de Columbia Pictures, que estuvo a punto de comprar American Express, que fue publicitada por The Beatles y Marilyn Monroe, y que hacía que el emperador de Etiopía, Haile Selassie, subiera a su avión sólo para ir a comprarla a países vecinos, es decir, la Coke, nunca logró convencer del todo el paladar de un país tercermundista llamado Perú. Primera plana del día siguiente: «Presidente de Coca- Cola brinda con Inca Kola». Era Goliat arrodillándose ante David luego de la pedrada en la frente. El gigante maquilló bien la herida. M. Douglas Ivester tomó Inca Kola con una enorme sonrisa: el sabor dulce de la derrota. ¿Dulce? «Demasiado. La gaseosa es horrible, no me gusta», respondió Gregory Luboz, francés en el Perú, a una de las preguntas que lanzamos por Internet. «It‖s bubble gum. How do you like that

2.-

Cangrejos: entre lo criollo y las fórmulas gourmet

En los guayaquileños su consumo se acerca a lo ritual. A la receta clásica se suman otras especialidades gastronómicas. Si se trata de la sazón, no hay secretos:

comino, ajos enteros, trozos de cebolla blanca, orégano, perejil y hasta yerbita. Algunos experimentan con cerveza, otros con gaseosa y unos cuantos con tamarindo. Todo dentro de un gran recipiente con agua que hierve hasta el punto de ebullición. Entonces ocurre el milagro:

la esencia de los ingredientes se fusiona con los sabores propios del cangrejo en un aroma picante y marino que provoca.

thing?», escupió Ingrid, asqueada, desde Alemania. «Una rara avis, por su color y sabor indefinible», escribió el catalán Óscar del Álamo en su estudio La Fórmula mágica de Inca Kola para el Institut Internacional de Governabilitat de Catalunya. ()Empiezan a despedirse los comensales del Wa Lok. «Imagínate que la gente que se va al Asia se lleva Inca Kola, aun si pesa mucho», dice Liliana Com sorbiendo té chino de su taza. En sus manos, dos páginas del libro Los chifas en el Perú, escrito por la periodista Mariella Balbi. «La Inca Kola reemplazó al té en el chifa peruano», lee Com. Hasta se diría que es buena para la digestión: «Dorada, dulce y con cierto sabor a hierbaluisa». ¿Hierbaluisa? Planta aromática originaria del Perú, de tallo corto y subterráneo. Puede medir hasta dos metros de altura. El neurólogo Fernando Cabieses, especialista en medicina tradicional, escribe en uno de sus libros que la hierbaluisa es digestiva, combate los gases intestinales (pedos) y es antiespasmódica. Bajativo perfecto para la comida peruana: picante, pesada, ácida, deliciosa.

Ahí termina el ritual de la preparación; lo que sigue es una actividad en la que interviene el comensal, pero sobre la mesa. Entonces la ceremonia se vuelve minuciosa, detallista: la idea es descubrir cada hilo de carne. Se trata de escarbar en los lugares recónditos de todas las partes del cangrejo. Si se desea -pocos lo omiten- se acompaña con un plato de arroz humeante y otro de salsa picante. En Guayaquil son más los comedores en los cuales el cangrejo se prepara y se sirve de esta manera. Un plato que se conoce como cangrejo criollo, donde también es esencial meter las manos, ensuciárselas. Esto es parte del ceremonial.

Variedad de entradas y salidas

El Expreso de la sieta Por: Roberto Walsh

Entrada:
Entrada:

El 9 de febrero de 1966 la locomotora 682 del Ramal

060, Ferrocarril Urquiza, salió a las nueve de la mañana

de la capital correntina arrastrando seis vagones de pasajeros y cuatro de carga y correspondencia. Su

destino era Mburucuyá, a 178 kilómetros de distancia.

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Llegó el día siguiente a las 10.47 de la mañana,

empleando veinticinco horas cuarenta y siete minutos,

con un promedio algo inferior a siete kilómetros la hora. No es un caso excepcional, sino apenas reciente, en la

historia del tren más chico, más lento, más exasperante

Salida:
Salida:

Hoy, en sus tres viajes semanales de ida y tres de

vuelta, las ocho locomotoras del trencito transportan mensualmente unos tres mil pasajeros. La carga

despachada de Corrientes oscila de 40.500 kilos (enero

1966) a 92.000 kilos (junio 1965); y la carga recibida, de 12.000 kilos (diciembre 1965) a 58.500 kilos (agosto

1965). Se despacha harina, arroz, aceite, yerba, vino. Se

recibe maíz, naranjas, almidón de mandioca. No es demasiado. Pero en muchas zonas del campo, es

lo único que se mueve.

y más divertido del mundo.

Pura estación y poco tren nos dice el conductor del

taxi que a las cinco de la madrugada nos deja frente al edificio de lo que, para los correntinos, será siempre el

Ferrocarril Económico o, simplemente, "el trencito".

Es cierto que el trencito ya nunca llega a horario.

Cuando eso ocurría, en la antigüedad, el paisanaje lo festejaba disparando sus revólveres al aire. Pero

también es cierto que siempre llega, porque un tren

casi mágico, como este, va tripulado por gente casi mágica, como la que nosotros conocimos. Y es

indudable que el día que desaparezca, desaparecerá

con él un objeto de cariño para muchos, y acaso el único tema que infaliblemente hace sonreír a cualquier

correntino.

Ciudad Juárez: la muerte imparable Por: Pablos Ordaz

ENTRADA:
ENTRADA:

Hasta hace 20 minutos tenía 14 años y se llamaba Raúl. Estaba parado en la esquina de su casa, charlando con dos amigos. Un coche apareció muy lentamente por el final de la calle llena de gente. Cuando estuvo a su altura, dos hombres -ni jóvenes ni viejos, ni guapos ni feos, nunca nadie ve nada en Ciudad Juárez- se bajaron y apuntaron sus armas sobre él. Un tiro, dos, tres Ahora ya no tiene 14 años ni se llama Raúl. Sólo es el

SALIDA:
SALIDA:

Casi al alba. Los policías se muestran exultantes, aunque el paisaje de fondo no es muy alentador. Chavales que manejan pistolas, roban coches, merodean por las calles sin asfalto en busca de su próxima víctima. El 40% de los muchachos de Ciudad Juárez ni estudia ni trabaja. Una buena parte sólo espera su turno de matar o morir. Su sueño es un carro del año, un buen revólver con las cachas de oro. Muchos mueren así, con el sueño de que un cantante famoso de

último muerto de esta ciudad maldita donde el único negocio que florece es el de las funerarias. Un tiro, dos,

tres

Raúl escuchando los disparos, bajando a la calle, descubriendo justo lo que el presentimiento le iba diciendo al oído. Su hijo de 14 años, estudiante de secundaria, desplomado entre la acera y un Ford Thunderbolt de color crema. Con la cabeza destrozada a balazos.

Así hasta 25. Los perros ladrando. El padre de

narcocorridos le dedique una letra bien chingona a

cada uno de ellos. La patrulla regresa al hotel. Ya se divisa el alba cuando la voz del comandante da un nuevo parte:

"Se acaba de recibir un aviso. Han encontrado el cuerpo calcinado de un hombre encima de un contenedor de

basuras. Diríjanse a la calle

El octavo muerto de este fin de semana tampoco tendrá

nombre.

".

La vida de un pueblo lejos de todo norte

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Piquete trágico: historias de los habitantes de Las Heras Por Leila Guerriero

ENTRADA:
ENTRADA:

-Yo nunca pensé en matarme. Siempre pensé "¡pucha, por qué nací!", pero nunca "me voy a matar", como hicieron esos chicos que se mataron acá. Porque por todas las cosas que me pasaron, yo ya tendría que

estar muerta. La chica tenía 19, unas malas caricias por parte del tío allá en su infancia, un padre casi desconocido y una madre por la que estaba contenta: era marzo de 2002 y

la mujer había dejado de vender su propia carne para

lucrar con las carnes ajenas: ya no era prostituta y había alcanzado las aguas tranquilas de un empleo en

el matadero de Las Heras, esa ciudad ubicada en medio

SALIDA:
SALIDA:

Una noche de tantas, en noviembre de 2002, en un burdel muy chico y tan oscuro de Las Heras, Leo Mattioli atronaba en la rockola y tres o cuatro mujeres - las botas largas, la carne afuera- se meneaban con aburrimiento. La encargada -rubia, pocos dientes- fumaba en la barra. Y entonces un petrolero, después de la tercera o cuarta cerveza -faltaban tantas- dijo lo que dijo. -La culpa la tienen ustedes, los porteños. Si Buenos Aires tiene luz, es porque se fabrica acá. Si tiene gas, es

del desierto patagónico donde ayer estalló una violencia que se pretende espontánea: inexplicable. La historia de la chica era una más de tantas otras, iguales o parecidas, que brotaban en esa ciudad en la que, entre noviembre de 1997 y el último día de 1999, se habían suicidado 12 hombres y mujeres de una edad promedio de 25 años y cuya lista oficial nadie había reconstruido nunca. Doce hijos de familias modestas pero emblemáticas, que parecían haber elegido fechas significativas para matarse -el cumpleaños de su mejor amiga, el fin del milenio- de los cuales se decía mucho y se sabía poco.

porque lo hacemos acá. Acá, si queremos, les cortamos el gas y sonaron. Ustedes piensan que acá somos todos indios. El que se va de la casa a las cinco de la mañana para ir al campo soy yo, no usted. Usted prende la luz y tiene luz. Prende el gas, dijo el tipo, y tiene gas. -Los que aguantamos acá somos nosotros. Y ustedes, los del Norte, se llevan lo mejor. Allí, en el sur profundo, Buenos Aires es el Norte. Una patria de otros. Otro país.

En Juntas los ataúdes son parte del mobiliario casero

ENTRADA:
ENTRADA:

A Sergia Aquino Reyes, de 81 años, se le escapa una

sonrisa a la que le faltan unos cuantos dientes cuando asegura que desde hace treinta años tiene exorcizada a

la muerte. De figura menuda y redonda, a esta mujer

que vive sus últimos años sola en una casa de dos pisos construida hace medio siglo, ya no la angustia la idea de morirse si desde 1975 espera que esto ocurra. Ese año, su esposo, Horacio Longino Orrala, quien falleció

SALIDA:
SALIDA:

Desde 1981 que hizo su primer ataúd, no ha tenido problemas en ceder el suyo cada vez que la muerte sorprendió a alguno de sus vecinos. "La gente de aquí

hace 16 meses, le mandó a elaborar en madera de guasango el ataúd en el que algún día sería enterrada. Pero la muerte no llega y el féretro se volvió parte del modesto mobiliario de la casa, una de las tantas que se amontonan en la calle principal de Juntas del Pacífico, un caserío de 360 familias a mitad de un camino polvoriento que parece no llevar a ningún lado, y donde existe la sensación de que los ancianos olvidaron morirse.

sabe que no tengo problemas en ceder mi caja, la de mi esposa y de mi hijo no. Claro, que me las pagan. Así he hecho un montón y muchas ya se fueron al hueco, y más abajo también", agrega Barzola. Puede ser que a Juntas del Pacífico no llegue aún la

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modernidad, pero solo en este pueblo la muerte

sorprende a pocos.

La 18, una calle que vende olvidos

ENTRADA:
ENTRADA:

En un rincón de la ciudad, mujeres y hombres esfuman sentimientos de dolor, miseria y frustraciones en sueños que pueden herirlos más que su realidad.

A simple vista parece una calle alegre. Una calle

ensordecida con el ritmo de la salsa que mueve los cuerpos, embebida en el choque de copas con licor que

SALIDA:
SALIDA:

A las 19h00, cuando el lugar está casi por cerrar, la

puerta de la pieza Nº 9 se junta por enésima vez, detrás de Vanessa. Es el último punto del día: el 30, esta vez

nada celebran y perdida en las risas del tumulto de rostros mestizos, indígenas y negros. Es una especie de mercadillo que más allá de cerveza, agua loca (mezcla de puro y agua de coco) y sexo, vende olvidos. Porque quienes están allí, a su manera - justificada por unos y condenada por otros- se olvidan del dolor, las miserias y frustraciones.

con un hombre de unos 40 años al que olvidará, como a otros tantos que en La 18 tocaron su cuerpo.

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Qué es el periodismo literario

Leila Guerriero

Para Leila Guerriero, el periodismo narrativo es “Un oficio modesto, hecho por seres lo suficientemente humildes como para saber que nunca podrán entender el mundo, lo suficientemente tozudos como para insistir en sus intentos y lo suficientemente soberbios como para creer que esos intentos les interesarán a todos”. Adelanto del libro Zona de obras, publicado por la editorial Anagrama.

Es mayo, todavía. Es mayo, y estoy lejos de casa. Estoy en España, en Madrid, en un hotel llamado Alexandra, en la calle San Bernardo, cerca de la Gran Vía. Son las cuatro de la tarde, y es mayo, y pienso. Pienso en lo que voy a decirles hoy, en este mes de julio, en este día martes, en esta charla. Pienso en eso encerrada en mi habitación que tiene una cama, un televisor y un balcón al que no puedo salir porque está en obras. Es mayo, y estoy lejos de casa, y me pregunto cómo voy a responder a esa pregunta en apariencia simple que se pregunta qué es y qué no es el periodismo narrativo. Y pienso. Y vuelvo a pensar. Y tomo notas. Y después borro las notas que tomo. Y entonces me calzo mis zapatillas y salgo a correr. Es mayo, pero hace frío, y corro por la Gran Vía esquivando puestos de libros, carritos de bebés, gente, gente, gente. Llego al parque del Retiro y corro por un sendero de tierra cercano a las rejas, y pienso, y vuelvo a pensar, y me pregunto, y entonces, como del rayo, recuerdo el primer párrafo de un texto que escribí apenas antes, cuando era abril y no estaba en Madrid, sino en Alcalá de Henares, y no dormía en un hotel, sino en una residencia universitaria. Y desando el camino, salgo del parque del Retiro, trepo por la Gran Vía, doblo en la calle San Bernardo, entro en el hotel Alexandra, subo a mi cuarto, enciendo mi computadora, busco el texto, y el texto dice así:

«Haití tiene una sola cama. Es oscuro, caliente, pequeño, con una ventana cuyo postigo sólo se mantiene abierto si se lo aprisiona con la puerta del armario en el que hay tres perchas y una manta. Madrid, en cambio, es luminoso, tibio, amplio, tiene dos camas y un armario con diez perchas y tres mantas. Haití y Madrid son los nombres de dos de los cuartos de la residencia universitaria donde me hospedo en Alcalá. Hay otros, y llevan nombres como Teruel, Puerto Rico, Sevilla. Pero a mí, apenas llegar, me hospedan en Haití y, como no tiene wifi, pido que me cambien y me cambian a Madrid. Así, en minutos, acarreo computadora, libros y maleta desde el hoyo oscuro, caliente, pequeño y destecnologizado de Haití al

paraíso luminoso, tibio, amplio y tecnológico de Madrid.

Y mientras camino de una habitación a otra pienso que

alguien un hombre, una mujervino aquí, vio los cuartos, decidió: “Éste es Madrid, éste es Haití.” Y me digo qué vicio, qué manía: la de ver, en todo, otra cosa. La de ver, en todo, una metáfora. Después, esa misma

noche, comento, en un bar, con un grupo de gente, el curioso reparto de nombres: Haití un pozo oscuro, Madrid un prado luminoso. Todos me miran extrañados

y uno, de todos, me dice, con encogimiento de hombros:

“Llevo años allí y ni me había dado cuenta ¿Quieres otra caña?”»

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Leyendo ese texto, de pie ante la computadora, cuando es mayo todavía, me digo que ahí puede empezar a haber una respuesta. Que el periodismo narrativo es

muchas cosas pero es, ante todo, una mirada ver, en lo que todos miran, algo que no todos veny una certeza:

la certeza de creer que no da igual contar la historia de

cualquier manera. La certeza, digamos, de creer que no es lo mismo empezar una charla un martes de julio en

Santander diciendo «Estimado público presente, el periodismo narrativo es lo que sigue, dos puntos» que poner el foco en una periodista que se pregunta, que duda, que busca y que no encuentra, y que un día de mayo, corriendo por Madrid, recuerda lo que escribió un mes antes, corriendo en Alcalá, y que donde pudo haber dicho «Estimado público presente, el periodismo narrativo es lo que sigue, dos puntos» elige decir «Es mayo, todavía. Es mayo y estoy lejos de casa». Y no porque le guste más decirlo así, y mucho menos porque decirlo así sea menos trabajoso, sino porque sospecha que sólo si una prosa intenta tener vida, tener nervio y sangre, un entusiasmo, quien lea o escuche podrá sentir la vida, el nervio y la sangre: el entusiasmo. Podríamos hacer un rizo y decir que, por definición, se llama periodismo narrativo a aquel que toma algunos recursos de la ficción estructuras, climas, tonos, descripciones, diálogos, escenaspara contar una historia real y que, con esos elementos, monta una arquitectura tan atractiva como la de una buena novela

o un buen cuento. Podríamos seguir diciendo que a los

mejores textos de periodismo narrativo no les sobra un adjetivo, no les falta una coma, no les falla la metáfora, pero que todos los buenos textos de periodismo narrativo son mucho más que un adjetivo, que una coma bien puesta, que una buena metáfora. Porque el periodismo narrativo es muchas cosas, pero no es un certamen de elipsis cada vez más raras, ni una forma de suplir la carencia de datos con adornos, ni una excusa para hacerse el listo o para hablar de sí.

El periodismo narrativo es un oficio modesto, hecho por

seres lo suficientemente humildes como para saber que nunca podrán entender el mundo, lo suficientemente tozudos como para insistir en sus intentos, y lo suficientemente soberbios como para creer que esos intentos les interesarán a todos. El periodismo narrativo tiene sus reglas y la principal, perogrullo dixit, es que se trata de periodismo. Eso significa que la construcción de estos textos musculosos no arranca con un brote de inspiración, ni con la ayuda del divino Buda, sino con eso que se llama reporteo o trabajo de campo, un momento previo a la escritura que incluye una serie de operaciones tales como revisar archivos y estadísticas, leer libros, buscar

documentos históricos, fotos, mapas, causas judiciales, y un etcétera tan largo como la imaginación del periodista que las emprenda. Lo demás es fácil: todo lo que hay que hacer es permanecer primero para desaparecer después. En el prólogo a la antología Los periodistas literarios, Norman Sims, a cargo de la selección, dice que: «Como los antropólogos y los sociólogos, los reporteros literarios consideran que comprender las culturas es un fin. Pero, al contrario de esos académicos, dejan libremente que la acción dramática hable por sí misma (). En contraste, el reportaje normal presupone causas y efectos menos sutiles, basados en los hechos referidos más que en una comprensión de la vida diaria. Cualquiera que sea el nombre que le demos, esta forma es ciertamente tanto literaria como periodística y es más que la suma de sus partes.» El periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos decía, en una entrevista que publicó el diario colombiano El Periódico: «Hay que estar en el lugar de nuestra historia tanto tiempo como sea posible para conocer mejor la realidad que vamos a narrar. La realidad es como una dama esquiva que se resiste a entregarse en los primeros encuentros. Por eso suele esconderse ante los ojos de los impacientes. Hay que seducirla, darle argumentos para que nos haga un guiño.» Esto, que escribí tiempo atrás en otra conferencia, viene a cuento: «Hace unos años escribí acerca de Jorge Busetto, un médico cardiólogo, mujeriego, cantante y doble de Freddie Mercury en una banda argentina tributo a Queen. Lo entrevisté en días y lugares diferentes, entrevisté a su madre, su padre, su mujer, sus compañeros, lo acompañé al hospital en el que trabaja, al gimnasio, a hacer las compras y a uno de sus recitales. El día del show los músicos llegaron a la casa de Busetto a las ocho de la noche y fueron a cambiarse. Pasaron unos minutos y de pronto Busetto, que llevaba por toda vestimenta un chaleco de cuero, unos anteojos de sol Ray Ban y unos pantalones de cuerina rojos, apareció corriendo, alarmadísimo: el baterista estaba encerrado en el baño, víctima de una diarrea fulminante. Y así vestido, sin pensarlo, Busetto salió a la calle a buscar, casa por casa, vecino por vecino, pastillas de carbón para la diarrea. Yo llevaba un mes trabajando en esa historia y ese minuto milagroso ocurrió al final. Aunque después sería una sola línea del perfil, ese minuto decía, acerca de las diferencias entre el original y el clon, acerca de los patetismos de esa fama de segunda mano, más que cualquier cosa que yo hubiera podido teorizar en cuatro párrafos.» Pero para ver no sólo hay que estar; para ver, sobre todo, hay que volverse invisible.

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El periodismo narrativo se construye, más que sobre el

arte de hacer preguntas, sobre el arte de mirar. La forma en que la gente da órdenes, consulta un precio, llena un carro de supermercado, atiende el teléfono, elige su ropa, hace su trabajo y dispone las cosas en su casa dice, de la gente, mucho más de lo que la gente está dispuesta a decir de sí. En su libro El nuevo periodismo, Tom Wolfe decía que:

«Cuando se pasa del reportaje de periódico a esta nueva forma de periodismo () se descubre que la unidad fundamental de trabajo no es ya el dato, la pieza de información, sino la escena (). Por consiguiente, tu problema principal como reportero es, sencillamente, que consigas permanecer con la persona sobre la que vas a escribir el tiempo suficiente para que las escenas tengan lugar ante tus propios ojos.» ¿Por qué la periodista americana Susan Orlean estuvo dos años enterrándose en pantanos de la Florida para contar la historia de Laroche, un ladrón de orquídeas sobre el que escribió el libro llamado, precisamente, El ladrón de orquídeas? ¿Por qué el periodista argentino Martín Caparrós se subió a un auto en Buenos Aires y recorrió 30.000 kilómetros por el interior de la Argentina para escribir un libro que llamó, precisamente, El Interior? ¿Porque no tenían nada que hacer? ¿Porque les pareció la manera más apropiada de pasar el día de su cumpleaños, la mejor excusa para no ir a la fiesta de casamiento de un amigo, la manera más cómoda de no aburrirse? Lo hicieron, creo yo, porque sólo permaneciendo se conoce, y sólo conociendo se comprende, y sólo comprendiendo se empieza a ver. Y sólo cuando se empieza a ver, cuando

se ha desbrozado la maleza, cuando es menos confusa

esa primigenia confusión que es toda historia humana

una confusa concatenación de causas, una confusa maraña de razones, se puede contar.

Y contar no es la parte fácil del asunto. Porque,

después de días, semanas o meses de trabajo, hay que organizar un material de dimensiones monstruosas y lograr con eso un texto con toda la información necesaria, que fluya, que entretenga, que sea eficaz, que tenga climas, silencios, datos duros, equilibrio de voces y opiniones, que no sea prejuicioso y que esté libre de lugares comunes. La pregunta, claro, es cómo hacerlo. Y la respuesta es que no hay respuesta. El periodista americano Tracy Kidder dice que «Cada historia tiene dentro de sí una o tal vez dos formas de contarla. El trabajo de uno como periodista es descubrir eso». El problema es que si la diferencia entre una gran pieza de periodismo narrativo y un texto que no levanta vuelo reside, precisamente, en el talento de un periodista para descubrir cuál es la mejor forma de

contar la historia, no hay manera de reducir eso a un manual de instrucciones. Hay, apenas, algunas pistas. El escritor americano Stephen King escribió hace algunos años un libro llamado Mientras escribo en el que hablaba del proceso de escritura. «Escribir un libro decíaes pasarse varios días examinando e identificando árboles. Al acabarlo debes retroceder y mirar el bosque. No es obligatorio que todos los libros rebosen simbolismo, ironía o musicalidad, pero soy de la opinión de que todos los libros (al menos los que vale la pena leer) hablan de algo. Durante la primera versión o justo después de ella, tu obligación es decidir de qué habla el tuyo. Durante la segunda (o tercera o cuarta) tienes otra: dejarlo más claro.» Un periodista narrativo tiene la misma obligación y la cumple igual que un escritor de ficcióna ciegas, sabiendo, apenas, que si no hay fórmulas precisas, sí hay algo seguro, y es que, sea cual fuere la forma adecuada para contar una historia, nunca será la de un exhibicionismo vacuo de la prosa. Una andanada de sinécdoques, metonimias y metáforas no logrará disimular el hecho de que un periodista no sabe de qué habla, no ha investigado lo suficiente o no encontró un buen punto de vista. En el buen periodismo narrativo la prosa y la voz del autor no son una bandera inflamada por suaves vientos masturbatorios, sino una herramienta al servicio de la historia. Cada pausa, cada silencio, cada imagen, cada descripción, tiene un sentido que es, con mucho, opuesto al de un adorno. Leamos, por ejemplo, a Rex Reed describiendo así su encuentro con Ava Gardner en su perfil «¿Duerme usted desnuda?»: «Ella está ahí, de pie, sin ayuda de filtros contra una habitación que se derrite bajo el calor de sofás anaranjados, paredes color lavanda y sillas de estrella de cine a rayas crema y menta, perdida en medio de este hotel de cupidos y cúpulas, con tantos dorados como un pastel de cumpleaños, que se llama Regency. () Ava Gardner anda majestuosamente en su rosada jaula leche malta cual elegante leopardo. Lleva un suéter de cachemir de cuello alto, arremangado hasta sus codos de Ava, y una minifalda de tartán y enormes gafas de montura negra y está gloriosa, divinamente descalza.» Leamos, por ejemplo, al periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos describiendo así el estilo de boxeo del ex campeón mundial Kid Pambelé, en el libro El oro y la oscuridad:

«La mano izquierda adelantada mantenía a raya al contrincante, con una arrogancia nunca antes vista. No era el típico jab que apenas sirve para demarcar el territorio e impedir que el otro se acerque, sino un martillo persistente que aturdía y perforaba. Pum, en la boca. Pum, en la boca adolorida. Pum, en la boca rota.

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Pum, en la boca que chorreaba sangre. El martillo pegaba y pegaba, obsesivamente, donde más te dolía, y sólo te dejaba en paz al final de su tarea asesina.» Ellos pudieron haber escrito otra cosa. Rex Reed pudo haber escrito: «En la habitación del Regency en la que se hospeda Ava Gardner hay sillones anaranjados y ella usa una minifalda de tartán.» Alberto Salcedo Ramos pudo haber escrito: «Kid Pambelé era un gran boxeador.» La información sería la misma, pero esos pasajes no están allí sólo para brindar información ni con un fin puramente estético. ¿No construyen esas descripciones un sentido que las trasciende? ¿No ayudan las imágenes elegidas para describir esa habitación del Regency a anticipar la crispación intimidante de una diva de otro mundo; no dibuja ese in crescendo de golpes en la boca el exacto poder de la materia destructiva? Si Orlean y Reed y Salcedo Ramos no se hubieran tomado el trabajo, la información sería la misma, pero ¿sería la misma? Un periodista narrativo es un gran arquitecto de la prosa, pero es, sobre todo, alguien que tiene algo para decir. En su conferencia llamada «Periodismo y Narración», el periodista y escritor argentino Tomás Eloy Martínez decía que: «El periodismo no es un circo para exhibirse sino un instrumento para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos injusta. Dar una noticia y contar una historia no son sentencias tan ajenas como podría parecer a primera vista. Por lo contrario, en la mayoría de los casos son dos movimientos de una misma sinfonía (). Un hombre no puede dividirse entre el poeta que busca la expresión justa de nueve a doce de la noche y el reportero indolente que deja caer las palabras sobre las mesas de redacción como si fueran granos de maíz.» El escritor y periodista argentino Rodolfo Walsh escribió, en 1957, un libro llamado Operación Masacre, sobre un hecho ocurrido en 1956. El 9 de junio de ese año militares nacionalistas partidarios de Perón intentaron una insurrección, que fue desbaratada, contra el gobierno de la Revolución Libertadora. Bajo el imperio de la ley marcial, el Estado fusiló a muchos. Entre ellos, a un grupo de civiles reunidos en un departamento de la localidad de Florida que estaban allí, en su mayoría, sin más intención que la de escuchar una pelea de boxeo. Detenidos sin explicaciones, fueron conducidos a un basural en la localidad de José León Suárez, y fusilados. Cinco murieron, siete lograron escapar. Meses después, uno de esos sobrevivientes, Juan Carlos Livraga, se presentó ante la justicia para denunciarlo todo. La noche del 18 de diciembre de 1956, Rodolfo Walsh, que era por entonces periodista

cultural, traductor del inglés y escritor de cuentos policiales, tomaba cerveza en un bar cuando un amigo le susurró la frase que iba a cambiarle la vida: «Hay un fusilado que vive.» Tres días más tarde, Walsh se encontraba por primera vez con Juan Carlos Livraga, el fusilado vivo, y ése fue el comienzo de un trabajo de meses que lo llevó a rastrear y encontrar a dos, a tres, a cuatro, a siete sobrevivientes. Después, cuando llegó el momento de contar la historia, Walsh echó mano de todas las técnicas de la literatura policial, que conocía tan bien: esparció intriga, suspenso, descripciones minuciosas, estructura coral y un lenguaje parco, escueto. El libro empieza así: «Nicolás Carranza no era un hombre feliz esa noche del 9 de junio de 1956. Al amparo de las sombras acababa de entrar en su casa, y es posible que algo lo mordiera por dentro. Nunca lo sabremos del todo. Muchos pensamientos duros el hombre se lleva a la tumba, y en la tumba de Nicolás Carranza ya está reseca la tierra.» Operación Masacre abre con un paneo que presenta a los que van a morir en sus casas, en torno a las mesas de la cena y, sobre el telón de fondo de esas vidas cotidianas, monta la carnicería: doce personas que marchan a su muerte sin saberlo y que, al encontrarla, no mueren de pie: se humillan. Carranza ruega que no lo maten. Rodríguez, roto a balazos, pide que lo ultimen como a un animal. Walsh pudo haber buscado otro camino. Pudo haber escrito una pieza de periodismo de investigación con lenguaje justiciero y notarial, presentando pruebas, datos, documentos. Pero intuyó que ésa no era la forma. Quería que sus lectores le tomaran el peso a lo que había sucedido. Quería que las páginas rezumaran el pánico de esos infelices que corrían en la noche iluminados por los focos de los autos, con el aliento de las balas en la espalda. «Lo están alumbrando, le están apuntando escribió, para relatar el momento en que Horacio Di Chiano intenta que no lo maten haciéndose pasar por muerto. No los ve, pero sabe que le apuntan a la nuca. Esperan un movimiento. Tal vez ni eso. Tal vez les extrañe justamente que no se mueva (). Una náusea espantosa le surge del estómago (). Nadie habla en el sermicírculo de fusiles que lo rodea. Pero nadie tira. Y así transcurren segundos, minutos, añosy el tiro no llega. Cuando oye nuevamente el motor, cuando desaparece la luz, cuando sabe que se alejan, don Horacio empieza a respirar, despacio, despacio, como si estuviera aprendiendo a hacerlo por primera vez.» ¿Y si Walsh, en vez de escribir eso, hubiera escrito así:

«Uno de los sobrevivientes de la masacre de Jose León Suárez le contó a este periodista que pudo salvarse gracias a que fingió estar muerto»? ¿Sentirían ustedes

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el jadeo metálico del miedo, podrían imaginar el olor a

tierra, el empujón del vómito? Walsh no escribió lo que escribió para pavonearse de lo que podía hacer con el idioma. Escribió como escribió porque quería producir un efecto. Quería que, en la tranquilidad mullida de su sala, un lector se topara con esa realidad y que esa realidad le resultara insoportable. Que entendiera que

Y en ese arco que va de retratar gente común en

circunstancias extraordinarias y gente extraordinaria en circunstancias comunes se ha construido buena parte del periodismo narrativo norte y latinoamericano. «Cuando leemos que hubo cien mil víctimas en un maremoto de Bangladesh, el dato nos asombra, pero no nos conmueve decía Tomás Eloy Martínez en la conferencia citada. Si leyéramos, en cambio, la tragedia de una mujer que ha quedado sola en el mundo después del maremoto y siguiéramos paso a paso la historia de sus pérdidas, sabríamos todo lo que hay que saber sobre ese maremoto y todo lo que hay que saber sobre el azar y sobre las desgracias involuntarias y repentinas. Hegel primero, y después Borges, escribieron que la suerte de un hombre resume, en ciertos momentos esenciales, la suerte de todos los hombres. () Las noticias mejor contadas son aquellas que revelan, a través de la experiencia de una sola persona, todo lo que hace falta saber ().» Mark Kramer es un periodista norteamericano que presenció, durante tres años, más de cien intervenciones quirúrgicas para escribir un libro llamado Procedimientos invasores. En un capítulo cuenta cómo descubre una carnosidad sospechosa en su propia oreja y le pide a uno de los cirujanos que lo examine. El cirujano lo hace y le dice: «Sí, tiene cáncer.» Kramer relata así la biopsia a la que lo somete: «“No lo voy a cortar”, me dice, al acercarse con una jeringa de novocaína, y luego con unas tijeras. “Puede que esto le pique.” Ya he oído eso antes. Me inyecta. No pica mucho. Pienso en cómo escribir este pasaje y me pregunto si voy a escribirlo en medio de una lucha contra la muerte. Me corta. “Yo arreglo a la gente”, me dice al cortar. () No siento sino un fuerte tirón en la

Miles de habitantes de Nueva York en los años cuarenta se cruzan todos los días con un mendigo llamado Joe Gould, que deambula por el Greenwich Village y asegura estar escribiendo un libro monumental, pero nadie le presta atención hasta que un periodista del New Yorker, un señor discreto llamado Joseph Mitchell, piensa que ahí hay un asunto interesante, y lo sigue y lo entrevista, y escribe un perfil llamado «El secreto de

habían sido hombres que una hora antes comían milanesas y no héroes, y no martirizados por la patriaquienes poco después mordían el polvo y se meaban de miedo en un baldío de José León Suárez. Gente como yo, gente como ustedes. Gente común, en circunstancias absolutamente extraordinarias.

oreja. Oigo de nuevo el sonido del corte. Me entusiasma que me trate. Me siento entusiasmado.» Pero ¿por qué nos cuenta Kramer ese momento tan íntimo? ¿Para hacer catarsis? ¿Para envanecerse por no haber muerto del susto? Yo creo que no. Yo creo que

lo cuenta porque es una manera de decirnos que esa

tragedia ajena no es ajena; que si el cáncer se ha atrevido con un periodista impasible al que hemos visto entrar y salir de decenas de quirófanos sin inmutarse, el cáncer puede ser, mañana, la tragedia de ustedes, la mía, el cuento triste de cada uno de nosotros. Y ahí reside, quizás, parte de la clave del periodismo narrativo: que, hablándonos de otros, nos habla, todo el tiempo, de nosotros mismos. «Creo que la crónica decía el periodista venezolano Boris Muñoz, en una charla sobre el oficio circa 2008necesita conjugar la mirada subjetiva con una experiencia transubjetiva y, en ese sentido, una experiencia colectiva. Su importancia debe trascender lo meramente subjetivo y conectarse, por algún lado que a veces resulta ser un ángulo imprevisto, con un

interés colectivo. Sólo así puede revelar ese lado oculto

o poco visto de las cosas y transmitirlo al público. ()

Sin embargo, para lograr una buena crónica hace falta no sólo talento y buena pluma, sino también una gran dosis de capacidad de observación de la realidad y de cierta disciplina de la mirada. Diría que hace falta una buena dosis de un tipo de entusiasmo especial, porque

se trata de un entusiasmo disciplinado y crítico a

veces hasta escépticoante lo que se ve. Esa suma de elementos sólo aparece de vez en cuando.»

Y si, como dice Muñoz, sólo aparece de vez en cuando, cuando aparece resulta deslumbrante.

Joe Gould» que deviene, con el tiempo, en una de las grandes obras del periodismo narrativo. Miles de periodistas le hacen entrevistas a Frank Sinatra, pero un día un señor llamado Gay Talese escribe, sin cruzar con él una palabra, un perfil llamado «Frank Sinatra está resfriado» que deviene, con el tiempo, en el perfil de todos los perfiles. Miles de periodistas van a Vietnam y dicen los horrores de la guerra, pero cuando la guerra ha terminado llega a

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Japón un hombre llamado John Hersey y no cuenta la historia de la guerra, sino la historia de seis personas un alemán y cinco japonesesque estaban allí cuando estalló la bomba de Hiroshima, y escribe un artículo para el New Yorker y después un libro llamado Hiroshima, que deviene, con el tiempo, en el mejor libro de no ficción jamás escrito. Miles de periodistas hablaron sobre cruceros por el Caribe, pero un día un escritor y periodista llamado David Foster Wallace se sube a uno de esos cruceros y escribe aquello de «He visto playas de sacarosa y aguas de un azul muy brillante. He notado el olor de la loción de bronceado extendida sobre diez mil kilos de carne caliente. () He visto atardeceres que parecían manipulados por ordenador y una luna tropical que parecía más una especie de limón obscenamente grande y suspendido que la vieja luna de piedra de Estados Unidos a la que estoy acostumbrado» en un

Podríamos decir, entonces, que el periodismo narrativo es una mirada, una forma de contar y una manera de abordar las historias. Pero, claro, no es un martini:

nadie podría decir que sumar dos partes de un buen qué, agregarle una pizca de un gran cómo, y rematar con un autor y una aceituna darán, como resultado, una buena pieza de periodismo narrativo. En su texto «La crónica, ornitorrinco de la prosa», el escritor y periodista mexicano Juan Villoro decía, al definir el género de la crónica, que «De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la “voz de proscenio”, como la llama Wolfe, versión narrativa de la opinión pública cuyo antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona. El catálogo de influencias puede extenderse y precisarse hasta competir con el infinito. Usado en exceso, cualquiera de esos recursos resulta letal. La crónica es

Hace poco, porque un editor de la revista argentina Ñ me pidió una columna sobre el escándalo que suscitó una biografía del periodista polaco Ryzard Kapuściński en la que su autor parece poner en evidencia que

texto llamado Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, que deviene, con el tiempo, en un texto de referencia que hace que nadie pueda volver a

escribir sobre un crucero por el Caribe sin pensar en lo que ha escrito David Foster Wallace.

Y todos esos artículos y todos esos libros hablan de lo

que hablan de Joe Gould, de Frank Sinatra, de Hiroshima, de los cruceros por el Caribe, pero hablan,

también, de otras cosas. Joseph Mitchell habla de Joe Gould, pero también de las mentiras que inventamos para que la vida sea menos insoportable. Gay Talese habla de Frank Sinatra, pero también de nuestro propio narcisismo. John Hersey habla de Hiroshima, pero también de las consecuencias de todos nuestros actos.

Y David Foster Wallace habla de un crucero por el Caribe, pero también de nuestra agresiva y

desesperada lucha contra la conciencia de la muerte y

la putrefacción.

un animal cuyo equilibrio biológico depende de no ser como los siete animales distintos que podría ser». Los buenos textos de periodismo narrativo abrevan en

otros buenos textos de periodismo narrativo, pero también, y sobre todo, en la literatura de ficción, en el cómic, en el cine, en la foto, en la poesía. Un periodista puede aprender más acerca de cómo generar intriga leyendo una novela de John Irving que en cualquier manual de periodismo; un periodista puede aprender más acerca de cómo crear diversas voces mirando la película El Nuevo Mundo, de Terrence Malick, que en cualquier manual de periodismo. En su prólogo a Los periodistas narrativos, Norman Sims dice que Mark Kramer, intentando explicar las diferencias entre el periodismo literario y las formas tradicionales de no ficción, le dijo esto: «Todavía me excita la forma del periodismo literario. Es como un piano Steinway. Sirve para todo el arte que pueda uno meterle. Uno puede poner a Glenn Gould en un Steinway y el Steinway sigue siendo mejor que Glenn Gould. Es lo bastante bueno para dar cabida a todo el arte que yo pueda poner en él. Y algo más.» Quizás por eso, porque el buen periodismo narrativo puede definirse como arte y porque utiliza recursos de

la ficción, es que, a veces, las cosas se confunden.

Porque de todos los recursos de la ficción que puede usar, hay uno que al periodismo narrativo le está

vedado. Y ese recurso es el recurso de inventar.

Kapuściński no fue del todo fiel a la realidad, escribí algo que transcribo, no por pereza, sino porque no hay cien formas de pensar la misma cosa. Decía, en ese texto, lo que sigue:

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«Si la pregunta es cuál es el límite entre el periodismo y la ficción, la respuesta es simple: no inventar. La potencia de las historias reales reside en el hecho de que son, precisamente, reales: suceden, sucedieron. No es lo mismo leer acerca de un dictador imaginario que mata a mil fulanos en la novela equis, que acerca de un dictador de carne y hueso que corta las orejas del enemigo en un país que alguna vez consideramos para nuestras futuras, y muy reales, vacaciones. El contrato tácitoes que las historias de no ficción no contienen deslizamientos fantasiosos, y es un contrato que debería respetarse porque, si un texto de ficción de mala calidad introduce al lector en el terreno anodino del aburrimiento, un texto de no ficción con situaciones inventadas introduce al lector en el terreno peligroso del engaño. Hay, de todos modos, aquella mentira de la

objetividad. El periodismo literario o noes lo opuesto a

la objetividad. Es una mirada, una visión del mundo,

una subjetividad honesta: “Fui, vi, y voy a contar lo que honestamente creo que vi.” Dirán que en ese “creo” está la trampa. Y no. Porque un periodista evaluará los

decibeles de dolor, riqueza y maldad del prójimo según

su filosofía y su gastritis, y hasta es posible que un

periodista de Londres y otro de la provincia argentina

de Formosa tengan nociones opuestas acerca de cuándo una persona es pelada, una tarde es triste o una ciudad es fea, pero lo que no deberían tener son alucinaciones: escuchar lo que la gente no dice, ver

niños hambrientos allí donde no los hay, imaginar que son atacados por un comando en plena selva cuando están flotando con un bloody mary en la piscina del hotel. Claro que poner un adjetivo bien puesto no es hacer ficción; hacer una descripción eficaz no es hacer ficción; utilizar el lenguaje para lograr climas y suspenso no es hacer ficción. Eso se llama, desde siempre, escribir bien. Si se confunde escribir bien con hacer ficción, estamos perdidos. Si se confunde ejercer una mirada con hacer ficción, estamos perdidos.

Y si les decimos a los lectores que, en ocasiones, es

lícito agregar un personaje aquí y exagerar un tiroteo allá, también estamos perdidos. Porque la respuesta a esa pregunta por qué no se aclaran esos agregados, por qué no se aclara que un texto con esas exageraciones es lo que es: un texto de ficciónno será no puede seruna respuesta inocente.

Si uno es periodista no acomoda los hechos según le convenga, no le inventa piezas al mecano porque las

que tiene no encajan y no escribe las cosas tal como le habría gustado que sucedieran. No he leído la biografía de Kapuściński, de modo que no es de eso de lo que estoy hablando aquí. Estoy hablando de algo más simple: de aquello en lo que creo. De aquello en lo que, pase lo que pase, no voy a dejar de creer.» Ahí terminaba el texto que escribí entonces y, aunque han pasado varios meses, y sigo sin haber leído la biografía de Kapuściński, todavía pienso lo mismo. Al parecer, no soy la única. En el libro Los periodistas literarios, Norman Sims dice que: «Al contrario de los novelistas, los periodistas literarios deben ser exactos. A los personajes del periodismo literario se les debe dar vida en el papel, exactamente como en las novelas, pero sus sensaciones y momentos dramáticos tienen un poder especial porque sabemos que sus historias son verdaderas.» En ese mismo libro, el periodista John McPhee dice: «Una cosa es decir que la no ficción ha ido desarrollándose como arte. Si con esto quieren decir que la línea entre la ficción y la no ficción se esta borrando, entonces yo preferiría otra imagen. Lo que veo en esta imagen es que no sabemos dónde se detiene la ficción y dónde empiezan los hechos. Eso viola un contrato con el lector.» En el libro Contando historias reales, Gay Talese dice «Escribo no ficción como una forma de escritura creativa. Creativa no quiere decir falsa: no invento nombres, no junto personas para construir personajes, no me tomo libertades con los datos; conozco a gente de verdad a través de la investigación, la confianza y la construcción de relaciones. () El escritor de no ficción se comunica con el lector sobre gente real en lugares reales. De modo que si esa gente habla, uno dice lo que dijo. Uno no dice lo que el escritor decide que dijeron.» Es cierto que toda pieza de periodismo es una edición de la realidad: la descripción del sitio donde vive una persona es una descripción del sitio donde vive una persona y no un inventario de sus muebles. La esencia del periodismo narrativo se juega ahí: en la diferencia entre contar una historia y hacer un inventario. Pero si bien esa edición dependerá de muchas cosas de la mirada del periodista, de su experiencia, de su olfatono consiste en la omisión de aquello que no nos conviene, la inclusión de lo que sí, y el invento de todo lo que nos parece necesario. Las historias reales lo sabemos quienes las escribimos, lo saben quienes las leen, y lo saben quienes incluyen en sus películas y sus novelas el cartelito que reza «Basado en una historia real»tienen una potencia distinta precisamente porque son reales.

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Quizás conozcan el caso de la periodista del Washington Post que, en 1980, ganó el premio Pulitzer con el texto llamado «El mundo de Jimmy», en el que contaba la historia de un niño de ocho años adicto a la heroína. «Jimmy escribía Cook, a los ocho años de edad, es un adicto a la heroína de tercera generación. () Ha sido adicto a ella desde los cinco años. () El mundo de Jimmy está hecho de drogas duras, dinero rápido y de la buena vida que él cree que todo eso puede proporcionar. Cada día, los yonquis compran cocaína a Ron, el amante de su madre, en el comedor de la casa de Jimmy. La “cocinan” en la cocina y se la inyectan en los dormitorios. Y cada día Ron o algún otro se la inyectan a Jimmy, clavándole una aguja en el brazo huesudo y enviándolo al cuarto grado de un aturdimiento hipnótico.» La historia tuvo alto impacto, miles de lectores llamaron al periódico para ofrecerse a rescatar al chico, y la periodista se negó a revelar su paradero amparada en el secreto de sus fuentes. Pero cuando investigadores de la policía rastrearon al joven heroinómano y no pudieron encontrar una sola huella de él ni de su parentela, la mujer confesó que había inventado todo y tuvo que devolver el premio. Al parecer, había compuesto la pieza a partir de entrevistas con trabajadores sociales especializados en casos como ése, y Jimmy era una tipificación: la condensación de muchos jimmys. Poco después, el escritor colombiano Gabriel García Márquez diría que todo el pecado de Cook había residido en haber puesto en entredicho el dogma central del discurso periodístico anglosajón la objetividad informativay sostenía que el relato no era verídico, pero sí verdadero, puesto que su autora, como dice Albert Chillón en su libro Literatura y periodismo «supo condensar en Jimmy y en su circunstancia individuos y hechos auténticos con los que trabó conocimiento a lo largo de meses de investigación». Yo, con el perdón, creo que ésas son explicaciones para periodistas. Creo que si a un lector común que acaba de leer páginas y páginas sobre la historia de un heroinómano de ocho años le develáramos que todo lo que acaba de leer es un invento, no tendría ganas de ponerse a pensar en las diferencias entre lo verídico y lo verdadero, sino de mandarnos al cuerno. Para poner un ejemplo muy burdo, creo que cualquiera podría entender la diferencia entre una novela sobre un perro que habla y un hipotéticoartículo periodístico sobre un perro que habla. Allí donde una novela sobre un perro que habla nos pondría en el límite del absurdo y nos pediría que fuéramos cómplices de una mentira difícil de aceptar, un artículo periodístico sobre un perro que habla nos pondría en el límite de la maravilla

y nos pediría que observáramos, admirados, una realidad en apariencia imposible.

Claro que, entre el caso de la periodista Janet Cook y la utilización de ciertos recursos, hay matices.

En el libro El Nuevo Nuevo Periodismo, que incluye

entrevistas con reporteros norteamericanos de la generación posterior a la de Tom Wolfe, Jonathan Harr, que tardó ocho años en escribir Acción civil, un libro

sobre una demanda judicial presentada por familias que sostenían que sus hijos se habían enfermado de leucemia como consecuencia de beber agua contaminada por una curtiembre, dice, acerca de la utilización en ese texto de monólogos interiores de algunos de sus personajes: «Yo no leo las mentes y no invento, entonces obviamente tuve que preguntarle (a

mi personaje) lo que pensaba. () Y me tomo la

licencia de ponerlo en su cabeza en un momento dado, mientras él estaba mirando por la ventana. () Si las leyes de la no ficción dictaminaran que sólo puedes

escribir la verdad literal, entonces yo habría estado forzado a escribir: “Escritor ve a Conway mirando por ventana, pregunta qué está pensando (porque escritor

no puede leer mentes) y Conway le cuenta a escritor

―Antes de que interrumpieras mis pensamientos estaba pensando‖ ¿Significa esto que me estoy tomando alguna licencia imperdonable con la verdad absoluta y perfecta? () Yo no invento diálogos. A veces comprimo diálogos, pero esto es totalmente diferente

de inventar. () Mi meta es ser tan fiel como sea

posible, al mismo tiempo que hago el pasaje fácil de leer. Por ejemplo, a veces toma una docena de preguntas conseguir una simple respuesta de un

abogado. En el libro eliminaría las infinitas repeticiones

sin usar elipsis e iría a la respuestas (). Si no se me

permite esta licencia, entonces me ponen en la posición

de simplemente copiar entera la transcripción judicial.

Y eso no es escribir.»

En El nuevo periodismo, Tom Wolfe dice: «A veces

utilicé el punto de vista para entrar en la mente de un personaje, para vivir el mundo a través de su sistema nervioso central a lo largo de una escena determinada.

Al escribir sobre Phil Spector comencé el artículo no sólo dentro de su mente, sino con un virtual monólogo

interior. Una revista consideró aparentemente mi artículo sobre Spector como una proeza inverosímil, porque lo entrevistaron y le preguntaron si no creía que este pasaje era una simple ficción que se apropiaba de

su nombre. Spector respondió que, de hecho, le parecía

muy exacto. Esto no tenía nada de sorprendente, en cuanto cada detalle de ese pasaje estaba tomado de una larga entrevista con Spector sobre cómo se había sentido exactamente en aquella ocasión.»

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Salvando las distancias, hace un año conté la historia de la restauración del teatro Colón de Buenos Aires. Pasé semanas hablando con mucha gente y un día di con Miguel Cisterna, un chileno que había llegado desde París para encargarse de restaurar el telón original. La empresa contratista lo mantenía aislado y le impedía por motivos sindicalestener contacto con los trabajadores históricos de la sala que, sin conocerlo, tejían sobre él las más maléficas hipótesis:

que estaba desarmando el telón, que lo había abandonado en un sitio lleno de ratas. La realidad era que Cisterna había cruzado el océano a cambio de muy poco dinero, que vivía en un hotel muy cutre y que estaba dispuesto a todo con tal de salvar esa pieza histórica. Finalmente, él fue el hilo conductor de aquella historia que arrancaba con su voz diciendo esto:

«Yo, de entre todos los hombres. Yo, nacido en Lota, Chile, un pueblo que fue mina de carbón y ahora es historia. Yo, cincuenta años recién cumplidos en una ciudad al sur del mundo en la que llevo ocho meses y que aún no conozco. Yo, de entre todos los hombres. Yo, que soñaba en Lota con telas exquisitas, y que marché a París, tan joven, para estudiarlas, para vivir con ellas. Yo, las manos hundidas en este terciopelo bordado ochenta años atrás por hombres y mujeres que sabían lo que hacían. Yo, aquí, en este espacio circular, solo, atrapado, mudo, las puertas cerradas por candados para que nadie sepa. Yo, el más odiado, el más oculto, el escondido. Yo, de entre todos los hombres, paso las manos por esta tela oscura como sangre espesa que se filtra en mi sueño y mi vigilia y le digo háblame, dime qué quisieron para ti los que te hicieron. Yo, Miguel Cisterna, chileno, residente en París, habitante pasajero en Buenos Aires, solo, oculto, negado, tapiado, enloquecido, obseso, soy el que sabe. Soy el que borda. Yo soy el hombre del telón.» ¿Me había inventado yo alguna de todas esas cosas? Nada. Ni una coma. Ni siquiera su forma de hablar, que navegaba entre el dandismo ilustrado y las exaltaciones de la poesía modernista. Yo sabía dónde había nacido Miguel Cisterna, sabía las cosas con las que había soñado cuando chico, sabía lo que sentía por el telón, por el teatro, por Buenos Aires, y todas esas cosas las sabía porque, a lo largo de semanas, lo había visto trabajar y sufrir, reclamar e indignarse, lo había escuchado hablarme de todo lo que tenía en París sus hijos Horacio y Hortensia, su atelier plagado de celebridades, su vida de europeo exquisitoy de lo poco que tenía en Buenos Aires: un hotel barato, una heladera mohosa y cenas en absoluta soledad en las que, mientras comía empanadas frías, pensaba en el telón y le pedía que le hablara: que le dijera qué quería

para él. Claro que también pude haber escrito «Miguel Cisterna es chileno y se encarga de restaurar el telón del teatro de ópera más importante de Buenos Aires». La información habría sido la misma. Pero ¿habría sido la misma? Ahora, quisiera pedirles que hagan memoria. Que recuerden un tiempo en el que nada de todo esto existía. Piensen, recuerden, traten: ¿cómo era su vida en 1995, en 1996, en 1997, si es que tenían más de dieciocho años? ¿Habían oído hablar de Ryszard Kapuściński, de John McPhee, de Juan Villoro, de Gay Talese, de Alberto Salcedo Ramos, de Susan Orlean? ¿Habían escuchado las palabras «periodismo narrativo»? No sé cómo era la vida de cada uno de ustedes, pero sí sé cómo era la mía. Sé que a principios de los noventa yo tenía una computadora con un monitor del tamaño de un cajón de frutas, cuya única conexión con el mundo exterior era el cable de la electricidad. Sé que me había costado tres salarios del periódico en el que trabajaba, y que dudé mucho entre comprarme ese armatoste, cuyo futuro era incierto, o una máquina de escribir eléctrica. Eran épocas en que el mejor vino que yo podía comprar era el peor vino que vendían en el supermercado chino y no sólo no había leído a Kapuściński sino que, además, no sabía quién era. Sé que ninguno de mis conocidos mencionaba a un tipo llamado Gay Talese con la confianza de quien menciona a su tío, y que lo más cerca que había estado de Tom Wolfe era una película llamada La hoguera de las vanidades, protagonizada por Tom Hanks y Melanie Griffith, que aún no se había inmolado en el altar del bótox. Y sé que no quería ser periodista narrativa, ni nuevoperiodista, ni periodista literaria, ni cronista; yo quería ser periodista: alguien que cuenta historias reales y que hace lo posible por contarlas bien. Pero ahora, parece, todos queremos ser periodistas narrativos, como si ser periodistas narrativos fuera una instancia superior, superadora, algo mejor y más grande que ser periodistas a secas. El efecto colateral es que, en nombre del periodismo narrativo, se publican textos que dicen ser lo que no son y se pretenden lo que nunca serán. Es el efecto gourmet: el mismo pollo al limón con puré de papas de toda la vida transformado en un ave cocida en sus jugos, marinada en cítricos, acompañada por papas rotas, que cuesta veinte euros más. Por eso, recuerden cómo era, y pregúntense: ¿era esto lo que yo quería hacer? Si se responden que no, que no están dispuestos, que no les viene en gana, que no tienen paciencia, felicidades: el periodismo es un río múltiple que ofrece muchas corrientes para navegar. Pero si se responden que sí, les tengo malas noticias: si

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resulta que son buenos, si resulta que lo hacen bien, es probable que tengan, antes o después, uno, alguno, o todos estos síntomas: sentirán pánico de estar faltando a la verdad, de no ser justos, de ser prejuiciosos, de no haber investigado suficiente; tendrán pudor de autoplagiarse y terror de estar plagiando a otro. Odiarán reportear y otras veces

inútiles, torpes, pero se sentirán aliviados. Y entonces, en pos de ese alivio, se dirán: nunca más. Y en los días siguientes, en pos de ese alivio, se repetirán, muy convencidos: nunca más. Y hasta les parecerá un buen propósito. Pero una noche, en un bar, escucharán una historia extraordinaria.

odiarán escribir y otras veces odiarán las dos cosas.

Y

después una mañana, en el desayuno, leerán en el

Sentirán una curiosidad malsana por individuos con los

perió dico una historia extraordinaria.

que, en circunstancias normales, no se sentarían a tomar un vaso de agua. A la hora de escribir

otro día, en la televisión, verán un documental sobre una historia extraordinaria.

Y

descubrirán que el cuerpo duele, que los días de

Y

sentirán un sobresalto.

encierro se acumulan, que los verbos se retoban, que

Y

estarán perdidos.

las frases pierden su ritmo, que el tono se escabulle. Y, al terminar de escribir, se sentirán vacíos, exhaustos,

Y

estar perdidos será su salvación.

Queda, por último, preguntarse si tiene sentido. Si en el reino de twitter y el online, si en tiempos en que los medios piden cada vez más rápido y cada vez más corto, el periodismo narrativo tiene sentido. Mi respuesta, tozuda y optimista, es que sí y, podría agregar, más que nunca. Sí, porque no me creo un mundo donde las personas no son personas, sino «fuentes», donde las casas no son casas, sino «el lugar de los hechos», donde la gente no dice cosas, sino que «ofrece testimonios». Sí, porque desprecio un mundo plano, de malos contra buenos, de indignados contra indignantes, de víctimas contra victimarios. Sí, porque allí donde otro periodismo golpea la mesa con un puño y dice qué barbaridad, el periodismo narrativo toma el riesgo de la duda, pinta sus matices, dice no hay malo sin bueno, dice no hay bueno sin malo. Sí, porque el periodismo narrativo no es la vida, pero es un recorte de la vida. Sí, porque es necesario. Sí, porque ayuda a entender. Hace años leí un libro llamado El cielo protector en el que su autor, Paul Bowles, escribió la frase más aterradora que yo haya leído jamás. «La muerte dice Paul Bowlesestá siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo

llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todas las cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que es parte tan entrañable de tu ser que no puedes concebir siquiera tu vida sin ella? Quizás cuatro o cinco veces más. Quizás ni eso. ¿Cuántas veces más mirarás salir la luna llena? Quizás veinte. Y, sin embargo, todo parece ilimitado.» Yo siempre supe que me iba a morir, pero la frase de Paul Bowles me hizo entender que tengo mis días contados. ¿Cuántas veces más viajaré a España; cuántas veces más estaré en Santander; cuántas veces más recordaré esta tarde? Quizás dos veces más. Quizás ni siquiera eso. Y, sin embargo, todo parece ilimitado.

El periodismo narrativo es el equivalente a la frase de

Paul Bowles. Allí donde otros hablan de la terrible tragedia y del penoso hecho, el periodismo narrativo nos susurra dos palabras, pero son dos palabras que nos hunden el corazón, que nos dejan helados y que, sobre todo, nos despiertan.

Leído en el seminario «Narrativa y periodismo», en Santander, España, desarrollado por la Fundación Santillana, la Fundación Universidad Internacional Menéndez Pelayo y el Instituto Tecnológico de Monterrey, en el año 2010.

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Textos de lectura

Los valientes sastres de la mafia

Por Gay Talese

Existe un leve desorden mental, endémico en el negocio de la sastrería, que comenzó a tender sus hilos en la psique de mi padre durante sus días de aprendiz en Italia. Por entonces él trabajaba en el taller de un artesano llamado Francesco Cristiani, cuyos antepasados varones habían sido sastres durante cuatro generaciones sucesivas y, sin excepción, habían exhibido síntomas de esta enfermedad ocupacional. Aunque nunca ha atraído la curiosidad científica -y por lo tanto no puede clasificarse con un nombre oficial-, mi padre describió una vez esta enfermedad como una suerte de prolongada melancolía que a veces estalla en arrebatos de mal humor. Es el resultado, sugería mi padre, de excesivas horas de una lenta, laboriosa y

microscópica labor que puntada a puntada -centímetro a centímetro- va abstrayendo al sastre en la luz que se refleja sobre la aguja que destella dentro y fuera de la tela. El ojo de un sastre debe seguir la costura con precisión, pero su pensamiento está libre para desviarse en diferentes direcciones: examinar su vida, reflexionar sobre su pasado, lamentar sus oportunidades perdidas, crear dramas, imaginar banalidades, cavilar, exagerar. En términos simples, el hombre, al coser, tiene demasiado tiempo para pensar. Mi padre servía como aprendiz todos los días, antes y después de sus clases en el pueblo de Maida, en el sur italiano. Él sabía que algunos sastres podían quedarse sentados durante horas, acunando una prenda entre

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sus cabezas gachas y sus rodillas cruzadas, cosiendo

sin esforzarse ni moverse excesivamente, sin un soplo

de oxígeno fresco con qué aclarar sus mentes. Y luego,

con inexplicable inmediatez, podían ponerse en pie de

un salto y estallar en furia ante cualquier comentario

casual de un colega, así fuese sólo una frase trivial sin

intención de ofender a nadie. Cuando esto ocurría, mi

padre solía refugiarse en una esquina mientras los

carretes y los dedales de acero volaban por la

habitación. En el caso de que el airado sastre fuera

acicateado por sus insensibles colegas, hasta podía

buscar el instrumento más terrorífico dentro del taller:

las tijeras, largas como un par de espadas. También

había ocasionales disputas entre los clientes y el

propietario, el ufano y diminuto Cristiani, quien se

enorgullecía enormemente de su ocupación y creía de sí

mismo y de los sastres bajo su supervisión que eran

incapaces de cometer un error. Y si así fuese, él no

estaba dispuesto a aceptarlo. Una vez un cliente entró

a probarse un traje nuevo, pero no pudo ponerse el saco

Por aquel entonces, primavera de 1911, ocurrió una

catástrofe en la tienda para la que parecía no haber

solución. El problema era tan serio que la primera idea

que se cruzó por la cabeza de Cristiani fue dejar el

pueblo por un tiempo en vez de quedarse en Maida y

enfrentar las consecuencias. El incidente que provocó

tal pánico había sucedido en el taller de Cristiani el

sábado anterior a la Pascua, y se resumía en el daño

accidental pero irreparable causado por un aprendiz a

un traje nuevo confeccionado para uno de los más

exigentes clientes de Cristiani. Era alguien que estaba

entre los más renombrados uomini rispettati de la

región. Hombres popularmente conocidos como la

Mafia.

Antes de percatarse del accidente, Cristiani disfrutaba

de una próspera mañana en su tienda recibiendo el

pago de varios clientes satisfechos que habían ido

llegando para la prueba final de sus trajes. Eran los

trajes que vestirían al día siguiente en la passeggiata

de la Pascua: el evento de exhibición más esperado del

año por los hombres del sur de Italia. Mientras las

modestas mujeres del pueblo pasarían el día después

de misa colgadas de sus balcones -a excepción de las

porque las mangas eran muy angostas. Francesco

Cristiani no sólo descartó disculparse con él. Peor aún,

se comportó como insultado por la ignorancia del

cliente sobre el exclusivo estilo de la casa Cristiani en

moda masculina.

-¡No se supone que deba pasar sus brazos por las mangas del saco! -le dijo en tono autoritario-. Este saco está diseñado para ser usado sobre los hombros. En otra ocasión Cristiani se detuvo en la plaza de Maida después del almuerzo, dispuesto a escuchar una banda durante su concierto de mediodía. De pronto se percató de que el nuevo uniforme entregado por él al tercer trompetero mostraba un pliegue detrás del cuello cada vez que el músico se llevaba el instrumento a los labios. Preocupado por que alguien pudiera darse cuenta y fuese a criticar su calidad como sastre, Cristiani ordenó a mi padre -por entonces un flacucho muchachito de ocho años- deslizarse detrás del estrado y, con furtiva fineza, jalar el borde inferior de la chaqueta cada vez que el bulto apareciera. Una vez terminado el concierto, Cristiani ideó un medio sutil por el que al fin pudo recuperar y reparar la chaqueta.

* * *

más atrevidas mujeres de inmigrantes

norteamericanos-, los hombres pasearían por la plaza,

conversando tomados del brazo, fumando y

examinando meticulosamente el corte de los demás

trajes. A pesar de la pobreza del sur de Italia, o quizás a

causa de ella, había un excesivo énfasis en la

apariencia -parte del síndrome fare bella figura de la

región-, y muchos de los hombres que se congregaban

en la plaza de Maida, como en docenas de lugares

similares por todo el sur de Italia, eran insólitamente

versados en el arte de la sastrería fina.

Todos podían evaluar la hechura de un traje ajeno en

segundos, apreciar cada diestra puntada o elogiar el

dominio de la tarea más difícil para un sastre: el

hombro, del que más de veinte partes del traje debían

colgar en armonía y permitir fluidez de movimiento.

Casi todo hombre de respeto, al entrar en un taller para

elegir la tela de su nuevo traje, sabía de antemano las

doce medidas principales de su cuerpo, empezando con

la distancia entre el cuello y la cintura de la chaqueta, y

terminando con el ancho exacto de las perneras, por

encima de los zapatos. Entre estos hombres había

muchos clientes que habían tratado con la empresa

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familiar de los Cristiani durante toda la vida, como antes lo habían hecho sus padres y abuelos. En efecto, los Cristiani habían estado haciendo ropa para hombres desde 1806, cuando la región estaba bajo el control de Napoleón Bonaparte. El día en que el cuñado de Napoleón, Joaquín Murat, instalado en el trono de Nápoles, fue asesinado en 1815 por un escuadrón de tiradores españoles borbones en la villa de Pizzo -unas millas al sur de Maida-, el guardarropa que Murat dejó tras de sí incluía un traje hecho por el abuelo de Francesco Cristiani. Pero ese Sábado Santo de 1911, Francesco Cristiani afrontaba una situación en la que de nada valía esa

larga tradición familiar en el negocio. En sus manos sostenía un pantalón nuevo, con un corte de dos centímetros y medio en la rodilla izquierda. Era un corte hecho por un aprendiz que había estado manipulando descuidadamente unas tijeras sobre la mesa en la que habían colocado el pantalón para la inspección final de Cristiani. Aunque a los aprendices se les recordaba repetidamente que no debían manipular las pesadas tijeras -su principal misión era pegar botones y coser bastas-, algunos jóvenes violaban inconscientemente la regla en su afán por adquirir experiencia como sastres. Pero lo que magnificaba el delito del joven en esta ocasión era que el pantalón dañado había sido hecho para alguien a quien todos llamaban el mafioso, cuyo nombre era Vincenzo Castiglia. Castiglia era un cliente primerizo proveniente de la cercana Cosenza. Y era tan desfachatado sobre su profesión criminal que mientras

le tomaban las medidas para el traje, un mes atrás, le

había pedido a Cristiani un espacio amplio dentro del

saco para llevar la pistola en su sobaquera. Aquella vez

el señor Castiglia había hecho también otros

requerimientos que ante los ojos del sastre lo elevaron

a la categoría de un hombre con un alto sentido de la

moda: alguien que sabía exactamente lo que podría favorecer su corpulenta figura. Castiglia había pedido que las hombreras del traje fueran extra anchas para dar a sus caderas una apariencia más estrecha. Además había procurado distraer la atención de su protuberante barriga ordenando un chaleco plisado con anchas solapas en punta, y un agujero en el centro para que él pudiera pasar una cadena de oro unida a su reloj de bolsillo adornado con diamantes. El señor Castiglia

también especificó que las bastas de su pantalón fueran volteadas hacia arriba, de acuerdo con la última moda del continente. Y al asomarse al taller de Cristiani, había expresado su satisfacción al observar que todos los sastres estaban cosiendo a mano y no empleando la ya por entonces difundida máquina de coser que, a pesar de su velocidad, carecía de la capacidad para moldear las costuras y los ángulos de la tela. Según Castiglia, esto sólo era posible en las manos de un sastre talentoso. Inclinándose con respeto, Cristiani le aseguró que su casa de moda jamás sucumbiría a la desgraciada invención mecánica, aunque las máquinas de coser ya fueran ampliamente usadas en Europa y América. A la mención de América, Castiglia sonrió y dijo que había visitado una vez el Nuevo Mundo y que tenía varios parientes establecidos allí (entre ellos estaba un primo, Francesco Castiglia, que años después, al empezar la era de la prohibición, lograría gran notoriedad y riqueza bajo el nombre de Frank Costello). En las semanas siguientes, Cristiani dedicó casi toda su atención a satisfacer las especificaciones del mafioso, y dijo que se sentía muy orgulloso de los resultados. Hasta el Sábado de Gloria, cuando descubrió el corte de dos centímetros y medio que atravesaba la rodilla izquierda del nuevo pantalón del señor Castiglia. Vociferando angustiosa y furiosamente, Cristiani muy pronto obtuvo la confesión del aprendiz, que admitió haber estado cortando retazos de tela en el borde del molde donde se encontraba el pantalón de Castiglia. Cristiani se detuvo en silencio, aturdido durante varios minutos, rodeado por sus igualmente preocupados y mudos asociados. Él podía, por supuesto, huir y esconderse en las colinas. Tal vez ésa fuese su primera reacción. Pero también podía devolverle el dinero al mafioso, explicarle lo sucedido y ofrecerle al culpable aprendiz en sacrificio para que sus hombres diesen cuenta de él. En este caso, sin embargo, existían circunstancias especialmente disuasivas. El culpable aprendiz era el sobrino de María Talese, la esposa de Francesco Cristiani. Ella era la única hermana del mejor amigo de Cristiani, Gaetano Talese, quien por entonces trabajaba en América. Y el hijo de Gaetano, ese aprendiz de ocho años llamado José Talese -quien habría de convertirse en mi padre-, estaba llorando convulsivamente.

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Mientras Cristiani trataba de consolar a su arrepentido sobrino, su mente seguía buscando una solución. No había manera. En las cuatro horas que quedaban antes de la visita de Castiglia era imposible hacer un segundo pantalón aunque tuvieran todo el material del mundo para hacerlo. Tampoco había modo de disimular el corte en la tela, aun con una maravillosa labor de zurcido. Sus compañeros insistían en que lo más sabio era cerrar la tienda y dejar una nota para el señor Castiglia alegando enfermedad o alguna otra excusa que demorase la confrontación. Cristiani les recordó que nada ni nadie podría absolverlo si dejaba de entregar el traje del mafioso a tiempo para la Pascua. Estaban obligados a encontrar una solución al instante, o al menos en las cuatro horas que quedaban antes de que Castiglia arribase. Mientras el campanazo del mediodía tañía desde la iglesia en la plaza principal, Cristiani anunció con su voz más lúgubre:

-No habrá siesta para ninguno de nosotros. Éste no es momento para comer ni para tomar un descanso: es momento de sacrificio y meditación. Así que quiero a todos donde están, pensando en algo que pueda salvarnos del desastre.

Varios minutos más tarde Cristiani se puso de pie chasqueando los dedos. Medía apenas un metro sesenta y siete, pero su porte erguido, su fina elegancia y su penacho añadían fuerza a su presencia. Había además un destello de luz en sus ojos. -Creo que se me ha ocurrido algo -anunció lentamente, haciendo una pausa para dejar que el suspenso creciera hasta captar la atención de todos-. Lo que puedo hacer es un corte en la rodilla derecha que coincida exactamente con el de la rodilla izquierda daña-da y -¿Te has vuelto loco? -interrumpió el sastre mayor. -¡Déjame terminar, imbécil! -gritó Cristiani, azotando su puño contra la mesa. Luego continuó:

-Después puedo coser ambas rodillas con bordados decorados que coincidan exactamente, para luego explicarle al señor Castiglia que será el primer hombre

Fue interrumpido por los gruñidos de los demás sastres, que se resistían a tener que perder su almuerzo y su descanso vespertino. Pero Cristiani se impuso y envió de inmediato a uno de sus hijos al pueblo para avisar a las esposas de los sastres que no esperasen el retorno de sus maridos hasta que cayera la noche. Después indicó a los otros aprendices, incluido mi padre, que corrieran las cortinas y cerrasen las puertas frontal y trasera de la tienda. Durante los siguientes minutos, el equipo entero de doce hombres y niños se congregó calladamente tras los muros del oscurecido taller, como si participasen de una vigilia. Mi padre se sentó en una esquina, aún estremecido por la magnitud de su falta. Cerca de él se sentaron los demás aprendices, irritados con él, pero obedientes a la orden de su maestro de permanecer en confinamiento. En el centro del taller, sentado entre sus sastres, se hallaba Francesco Cristiani, un pequeño y huesudo hombre de diminuto bigote, sosteniendo su cabeza entre sus manos y levantando la mirada cada pocos segundos para dar un vistazo al pantalón que yacía frente a él.

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en esta parte de Italia en vestir pantalones diseñados a la última moda, con las rodillas bordadas. Los demás escuchaban asombrados. -Pero, maestro -le dijo uno de los sastres más jóvenes en tono cauto y respetuoso-, ¿no se dará cuenta el señor Castiglia, cuando usted le presente esta nueva moda, de que nosotros mismos no estamos vistiendo pantalones que sigan esta usanza? Cristiani levantó las cejas levemente. -Buen punto -admitió, y una ola de pesimismo retornó a la habitación. Pero segundos después sus ojos destellaron de nuevo, y exclamó:

-¡Pero sí estaremos siguiendo esta moda! Haremos cortes en nuestras rodillas y los coseremos con bordados similares a los del señor Castiglia. Y antes de que los hombres pudieran protestar, añadió:

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-Pero no cortaremos nuestros propios pantalones. ¡Cortaremos los pantalones que guardamos en el armario de las viudas! Inmediatamente todos voltearon hacia el armario cerrado en la parte trasera del taller dentro del que colgaban docenas de trajes usados anteriormente por hombres ya muertos. Esos trajes que las acongojadas viudas habían entregado a Cristiani para que no les recordaran a sus difuntos esposos, con la esperanza de que fueran donados a desconocidos que anduviesen de paso y se llevaran los trajes a pueblos lejanos. Cristiani abrió la puerta del armario, tomó varios pantalones de los ganchos y los arrojó hacia sus sastres, urgiéndolos a probárselos. Él mismo

se hallaba ya de pie, con su ropa interior de algodón blanco y ligas negras, buscando un pantalón que pudiera acomodarse a su menuda estatura. Cuando lo consiguió, se deslizó adentro, trepó a la mesa y se paró como un orgulloso modelo frente a sus hombres. -Vean -dijo señalando el largo y el ancho-: un entalle perfecto. Los otros sastres también empezaron a hacer lo mismo. Pero ya para entonces Cristiani estaba parado en el piso, con el pantalón afuera, cortando la rodilla derecha del pantalón del mafioso para reproducir el daño hecho

a la izquierda. Luego aplicó incisiones similares a las

rodillas del pantalón que él había elegido para sí. -Ahora presten mucha atención -llamó a sus hombres. Con un movimiento de la aguja enhebrada con un hilo de seda aplicó la primera puntada al pantalón del difunto, atravesando el borde inferior de la rodilla con una pasada que hábilmente unió al borde superior. Era un movimiento circular que él repitió varias veces hasta que logró unir firmemente el centro de la rodilla con un diseño bordado, pequeño y curvado, como una corona de la mitad del tamaño de una moneda de diez

centavos. Luego procedió a coser el lado derecho de la corona: una costura de menos de un centímetro, ligeramente decreciente e inclinada hacia arriba sobre

el final. Tras reproducirla en el lado izquierdo del

zurcido, erigió la minúscula imagen de un ave con las alas extendidas, volando directamente hacia quien la viera. Era un ave semejante a un halcón peregrino. Cristiani había creado así un modelo de pantalón con un diseño alado en las rodillas.

-Bueno, ¿qué piensan? -preguntó a sus hombres, dando

a entender que no le interesaba realmente lo que

estuvieran pensando. Mientras ellos se encogían de hombros y murmuraban algo por lo bajo, él continuó perentoriamente:

-De acuerdo, rápido. Corten las rodillas de los pantalones que están vistiendo y cósanlas con el diseño bordado que acaban de ver. Sin esperar oposición -y sin recibirla- Cristiani se inclinó para concentrarse en su propia tarea: terminar la segunda rodilla del pantalón que él mismo habría de vestir y empezar luego con el pantalón del señor Castiglia. En este caso, Cristiani planeaba no sólo bordar un

diseño de alas con un hilo de seda que coincidiese exactamente con el color usado en los ojales del saco, sino insertar un trozo de seda en el interior de la parte frontal del pantalón. Quería extenderse desde los muslos hasta las pantorrillas, para proteger así las rodillas del señor Castiglia del roce y disminuir la fricción contra los zurcidos mientras Castiglia desfilara en la passeggiata. Las dos horas siguientes todos trabajaron en enfebrecido silencio. Mientras Cristiani y sus sastres aplicaban el diseño alado a las rodillas de todos los pantalones, los aprendices ayudaban con las alteraciones menores:

cosían botones, planchaban puños y se entregaban a otros menudos detalles que al final dejaran los pantalones de los difuntos tan presentables como fuera posible. Cristiani, por supuesto, no permitía que nadie además de él manipulara la vestimenta del mafioso. Cuando doblaron las campanas de la iglesia marcando

el final de la siesta, Francesco Cristiani escudriñaba

con admiración la costura que había hecho y agradecía en silencio a su tocayo en el cielo, san Francisco de Paula, por su inspirada guía con la aguja. Ya se sentían

los ruidos de actividad en la plaza. Los campaneos de los carros jalados por caballos, los gritos de los vendedores de comida, las voces de los compradores que iban pasando por el camino empedrado frente al pórtico de Cristiani. Las cortinas de la tienda del sastre acababan de abrirse, y mi padre junto con otro aprendiz fueron destacados en la puerta con instrucciones de avisar tan pronto tuvieran a la vista el carruaje del señor

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Castiglia. Adentro, los sastres estaban en fila detrás de Cristiani. Se sentían hambrientos, fatigados y nada cómodos dentro de sus pantalones de muertos con rodillas aladas. Pero la ansiedad y el temor que inspiraba la reacción de Castiglia a su nuevo traje de Pascua dominaban sus emociones.

Y sin embargo Francesco Cristiani parecía

inusualmente calmado. Además de su pantalón marrón recientemente adquirido, cuyas piernas tocaban sus

Veinte minutos después de las cuatro de la tarde, mi

padre entró corriendo y, con un chillido que no podía ocultar su pánico, anunció: "¡Sta arrivando!". Un carruaje negro tirado por dos caballos se detuvo repiqueteando frente a la tienda. El cochero, armado con un rifle, descendió de un salto para abrir la puerta. De allí apareció la oscura silueta de Vincenzo Castiglia, quien rápidamente dio los dos pasos que lo separaban de la acera. Lo seguía un hombre, su guardaespaldas, con un sombrero negro de ala ancha, una capa larga y botas abrochadas. El señor Castiglia se quitó su fedora gris y con un pañuelo limpió el polvo del camino de su frente. Estaba entrando en la tienda cuando Cristiani salió a toda prisa para saludarlo. -¡Su maravilloso traje de Pascua lo espera! -proclamó Cristiani sosteniendo el gancho en lo alto. Castiglia examinó el traje sin pronunciar comentario alguno. Luego, después de rechazar cortésmente el ofrecimiento de whisky y vino de parte de Cristiani, indicó a su guardaespaldas que lo ayudara a quitarse el saco para probarse su indumentaria de Pascua. Cristiani y los demás sastres aguardaban muy quietos, observando cómo la pistola en la sobaquera de Castiglia se balanceaba al extender sus brazos y recibir

el chaleco plisado gris, seguido del saco de hombros

anchos. Conteniendo el aliento en el momento de abotonar el chaleco y el saco, Castiglia giró hasta ubicarse al frente del espejo de tres cuerpos que había al lado del probador. Admiró su reflejo desde cada ángulo y volteó hacia su guardaespaldas, quien asintió con un gesto. Por fin el señor Castiglia comentó con voz de mando:

zapatos abotonados con bordes de tela, el sastre vestía un plisado chaleco gris sobre una camisa a rayas de cuello blanco, adornado por una bufanda borgoña con broche de perla. En su mano, sobre un gancho de madera, sostenía el traje de tres piezas del señor Castiglia que momentos antes había cepillado suavemente y planchado por última vez. El traje aún estaba tibio.

******

-¡Perfetto! -Mille grazie -respondió Cristiani inclinándose ligeramente mientras retiraba el pantalón del gancho y se lo entregaba. Castiglia pidió permiso para ingresar en el probador y cerró la puerta. Algunos sastres empezaron a dar vueltas por el cuarto, pero Cristiani se mantuvo firme, silbando suavemente para sí. El guardaespaldas, todavía con su capa y su sombrero puestos, se había sentado cómodamente en una silla con las piernas cruzadas. Fumaba un cigarrillo. Los aprendices se reunieron en la trastienda, a excepción de mi nervioso padre, quien permaneció en el salón, ordenando y reordenando pilas de materiales en un mostrador mientras mantenía un ojo pegado al probador. Nadie dijo ni una palabra durante más de un minuto. Los únicos sonidos que se escuchaban eran los que hacía el señor Castiglia al cambiarse de pantalón. Primero se oyó el golpe seco de sus zapatos cayendo al piso, y luego la leve fricción de la fina tela elegida para su traje. Segundos después un fuerte estruendo hizo estremecer la división de madera: presumiblemente Castiglia había perdido el equilibrio cuando se paraba en una sola pierna. Tras un suspiro, una tos y el rechinar de sus zapatos de cuero, volvió el silencio. Pero entonces, de repente, una grave voz detrás de la puerta bramó:

-¡Maestro!

Y luego más fuerte:

-¡¡¡Maestro!!!

La puerta se abrió de golpe, revelando el airado rostro y

la encorvada figura del señor Castiglia. Con sus dedos

señalaba sus rodillas dobladas y el diseño de alas en el

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pantalón. Luego, balanceándose hacia Cristiani, volvió a gritar:

-Maestro, ¿che avete fatto qui?

El guardaespaldas se levantó de un salto, con la mirada

puesta en Cristiani. Mi padre cerró los ojos. Los otros sastres dieron un paso atrás. Pero Francesco Cristiani siguió de pie, impasible a pesar de que el guardaespaldas se había llevado la mano dentro de la capa. -¿Qué ha hecho? -repitió Castiglia aún con las rodillas arqueadas, como si sufriera de parálisis. Cristiani lo observó un par de segundos y finalmente, con el tono autoritario de un maestro enseñándole a un alumno, le

respondió:

-¡Oh, qué decepcionado estoy! Qué triste e insultado me siento de que usted no sepa apreciar el honor que estaba tratando de brindarle porque pensé que lo merecía. Pero lamentablemente estaba equivocado.

Y antes de que el confundido Vincenzo Castiglia abriera

la boca, continuó:

-Usted me exige saber lo que hice con su pantalón sin darse cuenta de que yo he querido presentarle el Nuevo Mundo, que es adonde pensé que usted pertenecía. Cuando entró en la tienda para su primera prueba el mes pasado, usted parecía muy diferente de la gente retrógrada de esta región. Tan sofisticado. Tan individualista. Usted había viajado a América, me dijo, había visto el Nuevo Mundo, y yo asumí que estaba en contacto con el espíritu contemporáneo de la libertad. Pero me equivoqué. Nuevas ropas, en realidad, no rehacen al hombre en su interior. Dejándose llevar por su propia grandilocuencia, Cris-tiani volteó hacia su sastre mayor, que se hallaba más cerca de él. Impulsivamente repitió un viejo proverbio del sur de Italia que lamentó haber dicho en cuanto las palabras salieron de su boca.

-Lavar la testa al'asino è acqua persa (Lavar la cabeza a un asno es un desperdicio de agua) -entonó Cristiani.

El pasmo se esparció por toda la tienda. Mi padre se

escabulló detrás del mostrador. Los sastres de

Cristiani, horrorizados ante tal provocación, temblaron

al ver que su rostro enrojecía y sus ojos se

entrecerraban. Nadie se habría sorprendido si el siguiente sonido hubiera sido el disparo de una pistola. En efecto, hasta el mismo Cristiani bajó la cabeza y

pareció resignado a su suerte. Pero extrañamente, habiendo ido demasiado lejos como para regresar, Cristiani repitió sus palabras sin considerar las consecuencias:

-Lavar la testa al'asino è acqua persa. El señor Castiglia no respondió. Resopló, se mordió los labios, pero no dijo ni una palabra. Quizá nunca antes había sentido semejante insolencia de nadie, y menos aún de un pequeño sastre. Castiglia estaba demasiado sorprendido como para actuar. Incluso su guardaespaldas parecía paralizado, con una mano todavía oculta bajo su capa. Tras unos pocos segundos de silencio, los ojos de la cabizbaja tez de Cristiani se levantaron tímidamente, y vio al señor Castiglia de pie con los hombros caídos, la cabeza ligeramente inclinada y la mirada perdida y llena de remordimientos. Castiglia miró a Cristiani y pestañeó. Finalmente dijo:

-Mi difunta madre usaba esa expresión cuando yo la hacía enojar -les confió a todos. Tras una pausa, añadió:

-Ella murió cuando yo era muy joven. -¡Oh, cuánto lo siento! -dijo Cristiani al notar que la tensión se disipaba en el ambiente-. Espero, sin embargo, que acepte mi palabra de que nosotros sí tratamos de hacerle un bello traje para la Pascua. Sólo estaba muy decepcionado de que no le gustase su pantalón diseñado a la última moda. Mirando otra vez sus rodillas, Castiglia preguntó:

-¿Esto es la última moda? -Sí, así es -reafirmó Cristiani. -¿Dónde? -En las grandes capitales del mundo. -¿Pero no aquí? -No aún -dijo Cristiani-. Usted es el primero entre los hombres de esta región. -¿Pero por qué tengo que empezar yo la última moda en

la región? -preguntó Castiglia con una voz que ahora

sonaba insegura. -Oh, no. Realmente no ha empezado con usted -lo

corrigió Cristiani-. Los sastres ya hemos adoptado esta moda.

Y levantando una de sus rodillas, dijo:

-Véalo usted mismo.

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El señor Castiglia bajó la mirada para examinar las rodillas de Cristiani y luego giró para inspeccionar la habitación entera. Al chocarse con la mirada de los demás sastres, éstos fueron levantando sus rodillas y asintiendo uno tras otro, señalando el ya familiar diseño alado del ave infinitesimal. -Ya veo -dijo Castiglia-. Y veo también que le debo una disculpa, maestro. A veces le toma tiempo a uno darse cuenta de lo que está a la moda. Estrechó la mano de

Cristiani y le pagó. Pero como al parecer no quería quedarse un minuto más en ese lugar donde su ignorancia había sido expuesta, el señor Castiglia llamó a su obediente y mudo guardaespaldas y le lanzó su traje viejo. Vistiendo el nuevo, con el diseño alado en ambas rodillas, e inclinando el sombrero en señal de despedida, el señor Castiglia se dirigió a su carruaje. Mi padre ya le había abierto la puerta de la tienda de par en par.

Tribus de la inquisición

El escenario es Ivirgarzama (trópico cochabambino) y los personajes son las víctimas de los linchamientos. Roberto Navia se alzó con el premio por esta crónica

Roberto Navia - EL DEBER

Roberto fue probablemente el hombre más infeliz del mundo durante 17 horas continuas, entre la mañana del 1 y la madrugada del 2 de julio de 2013. En ese tiempo, una multitud endemoniada lo acusó de liderar

el robo de un camión Nissan Cóndor, lo amarró de pies y

manos, lo golpeó con mangos de picotas en la cabeza, en las costillas y en el culo, y cuando el sol ardía bajo el dominio de las tres de la tarde, su cuerporecibió chorros de gasolina y una mano de hombre sin pena prendió el cerillo y lo transformó en una antorcha medieval y él iba de tumbo en tumbo, revolcándose como una culebra en la plaza del pueblo, rogando a ciegas a sus verdugos que le libren de ese calor enorme que le comía como una piraña hambrienta cada pedazo

de piel.

- Quiero agua, dirá varias veces después en el hospital y

lo dirá a las dos de la madrugada por última vez, antes

de que su cuerpo ya no robusto, con el 90%

carbonizado, achicado por las llamas, emita su último suspiro.

A las seis de la tarde, la multitud de Ivirgarzama

regresó a paso lento a sus labores cotidianas, con el alma desahogada como quien sale apaciguado de la misa dominical, con la certeza de haber sancionadoa

mano propia y dura a un delincuente y aportado con un granito de arena en la lucha contra el crimen. A la misma hora, Roberto Ángel Antezana, de 27 años de edad, moreno, padre de un niño de siete años y cortador de árboles madereros de oficio, fue socorrido por su papá Melquiades y su mamá Isabel, que bajo los efectos de una soledad evidente y de una tristeza eterna, solo atinaron a echarle tierra a su hijo para que las últimas bocas de fuego se extingan. Después espiaron a los costados y cuando vieron que ya no había mucho peligro, lo cargaron al hospital en una camilla improvisada que hicieron con dos bolsas de tela que compraron en el mercado que está a media cuadra de la plaza, porque el chofer de la ambulancia municipalse negaba a socorrerlo por temor a despertar de nuevo a los llamados amos de los linchamientos. Ivirgarzama es un pueblo adulto que ya cumplió 45 años de su fundación, y también es la casa donde habitan 10.000 personas en su núcleo urbano y en sus campos húmedos hacen vida más de 70.000 campesinos y colonos que llegaron del occidente de Bolivia en busca de algo. Está anclada en la provincia Carrasco y forma parte del famoso trópico de Cochabamba, cuya imagen más

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visible es Chapare, la cuna política del presidente Evo Morales y el territorio fértil del circuito de la hoja de coca, esa planta milenaria que va a los cachetes de los consumidores tradicionales y a las fosas de maceración donde se cocina la cocaína made in Bolivia. El trópico de Cochabamba es también la tierra brava donde desde el 2005 hasta septiembre de 2013, grupos eufóricos de varios pueblos llevaron a la hoguera a 13 hombres de entre 18 y 45 años de edad, acusados de haber robado vehículos usados o motocicletas que no cuestan más de 300 dólares. En ese polvorín, Ivirgarzama fue el epicentro donde por lo menos 20 personas más, según reportes policiales, soportaron golpes de manada o fueron asfixiados con alambres de púas como medida de presión para que canten sus pecados. Pero estadísticas anteriores que maneja el estudio de la misión de Verificación de las Naciones Unidas en Guatemala y que no están registradas en los libros del Ministerio Público ni de la Policía nacional, elevan o descienden a Bolivia al pedestal número dos del ranking deajusticiamientos por manos de civiles. Ese informe le da al país el título de subcampeón de linchamientos al haberse registrado entre 1996 y 2002, un total de 480 incidentes de ese tipo, de los que 133 terminaron en muerte en diferentes ciudades y zonas rurales de la nación. Para el ministerio público y la Policía, para los habitantes más antiguos y para los recién llegados de Ivirgarzama, para los comerciantes de vehículos indocumentados y vendedores de chucherías, esta zona del país que se encuentra en el corazón del territorio nacional, a 350 km de Santa Cruz de la Sierra y a 800 de La Paz, es una especie de lejano oeste, un Estado dentro de un Estado, donde la justicia y la seguridad ciudadana se asumen por cuenta propia. - Siempre fue así, dice José Luis Hervas, que llegó de Cochabamba en 1985, con sus 29 años de edad y su flamante título de médico general debajo del brazo. Ese mismo año, ante la ausencia estatal, junto al párroco, a la directora de la escuela y al corregidor, el médico ayudó a formar un tribunal de sentencia para frenar a los ladrones de gallinas que en aquel tiempo malhumoraban a los habitantes. La primera sentencia que dieron fue cuando un vecino denunció a otro que le había robado tres pollos. La

decisión unánime del comité fue obligar al ladrón a que devuelva los animales, vivos o muertos, y someterlo

a 20 chicotazos a espalda pelada, amarrado a un poste

en el centro de la plaza, para que pase vergüenza, para que se sepa que en Ivirgarzama habita gente de ley.

- Supuestamente hacíamos justicia.

Eso cree ahora el médico que recuerda que la justicia ordinaria y oficial dio señales de vida en 1990, cuando desde La Paz llegó el primer policía al pueblo, y siete años después, el 2002, bajó de un bus el primer fiscal permanente, más que para combatir los delitos de bagatela, para estar alerta ante los brotes de violencia anunciados por la Federación de Cocaleros, que había amenazado con bloquear la carretera asfaltada que va de Santa cruz a Cochabamba, como represalia al gobierno de Jorge Quiroga, cuyos parlamentarios aprobaron en enero la expulsión definitiva del diputado Evo Morales del congreso, bajo acusación de ser el

autor intelectual de la muerte de un oficial del ejército

y de un policía en la localidad de Sacaba, a manos de

campesinos. Las cifras no han mejorado mucho. Ivirgarzama estrenó hace dos años un edificio de tres plantas donde funciona el Comando de la Policía, que está casi deshabitado porque para la población solo están destinados tres efectivos de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc), que se visten de civil cuando ocurren los linchamientos. Los dos fiscales que ahora existen, trabajan en una casita sin baño, sin conexión telefónica ni internet y donde está guardada una camioneta Mitsubishi color roja del año 2000 que el Ministerio Público envió desde Cochabamba, pero que no funciona porque no tienen presupuesto para reparar el problema de motor ni para comprar gasolina.

Marcos Vidal tiene su carta de renuncia en la punta de la lengua, al cargo de fiscal, porque está cansado de destinar el 60% de sus 800 dólares de sueldo para gastos operativos de su oficina, y de cargar a nombre

de la justicia boliviana el peso de impedir las matanzas

y de investigar a los autores que están amparados en

un código del silencio que la gente ha instaurado para protegerse de las investigaciones del Ministerio Público.

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La tarde en que quemaron vivo a Roberto Ángel Antezana, el fiscal buscó ocultar su investidura con una polera negra entre las más de mil personas que enarbolaban la muerte en la plaza. Pero alguien reconoció su cuerpo de niño grande, su cabello ondulado y su voz de papagayo y de una botella de plástico le disparó combustible.

- Sentí el frío de la gasolina en mi espalda y escuché

una voz que me dijo: ¡Apartate fiscal de mierda!

Dio un paso hacia atrás y ahora cree que esa reacción lo

Roberto no fue el único al que esa tarde quemaron vivo. Pero fue el primero. Casi inmediatamente después, sus hermanos Álvaro, Nelson y Melquiades, su sobrino GunnarAntezana Ángel y su yerno Rubén Aguilar Cuéllar, maniatados y con la cabeza metida en bolsas de nailon, también pasaron por el patíbulo autoritario de la turba, alimentada por moto taxistas y choferes del transporte interprovincial, por campesinos y por curiosos que a voz en cuello decían que estaban en contra de los criminales que no dejan dormir en las noches calientes y húmedas del trópico de Cochabamba. Álvaro pasó por 20 cirugías y le amputaron dos dedos de la mano derecha y la mano izquierda está convertida en un puñete que no puede soltar. El fuego le deformó la piel de sus brazos y el diagnóstico médico dice que sufrió quemaduras de primer, segundo y de tercer grado. Por eso estuvo cinco meses en cama y los representantes del Ministerio Público acudían a una clínica de Cochabamba no para investigar sobre lo que le hicieron, sino para tomarle declaraciones dentro del proceso por el supuesto robo del camión Nissan Cóndor instaurado a los linchados. La cara redonda y plana de Álvaro delata a un hombre que aparenta más de los 32 años que tiene, porque a partir de aquella tragedia - él mismo lo dice - los años se le vaciaron encima de la noche a la mañana. Desde su casa paterna de Bulo Bulo, donde está ahora, a orillas del río Ichilo y a 50 kilómetros del lugar aquel que bautizó como la cuna de sus peores dramas, este sobreviviente deshilvana su reciente pasado:

libró de la muerte. Pero aquel pasaje no es el peor tormento que habita en los recuerdos de este fiscal cruceño que, por problemas con una autoridad superior, llegó a Ivirgarzama como castigo en enero del 2013, supuestamente solo por dos meses. Marcos Vidal, a sus 47 años de vida, ya no duerme como un bebé. Sus sueños son un nido de arañas porque no puede olvidar la cara perdida de un hombre con cuerpo de pajarito que a las tres de la tarde de ese 1 de julio, encendió un fósforo y lo lanzó a otro hombre que desde las nueve de la mañana empezó a ser castigado en las entrañas de una especie de inquisición del siglo XXI.

* * *

- Todos los que fuimos linchados aquel día, menos

Roberto, salimos de aquí a las 5:00 a sacar simbao

peces que sirven de carnada para pescar - de los

atajados de Puerto Gretter. Fuimos en la camioneta de

mi papá, en la Hilux plateada que compró en 11.000

dólares.A las 6:00 ya estábamos de retorno, chupando

mandarinas y planificando la jornada de pesca.

Viajábamos despacio y relajados, pero dos hombres

vestidos de uniforme policial se bajaron de una

vagoneta y nos hicieron parar.

No nos asustamos porque sabemos que ésta es una

zona roja donde opera el narcotráfico y se esconden los

ladrones de vehículos, y que de vez en cuando llegan

desde Santa Cruz policías para realizar operativos.

Como no teníamos nada que temer, les hicimos

caso. Pero sentí una mala espina, llamé a mi casa y no

me acuerdo quién contestó. Solo dije que nos habían

detenido unos uniformados. Cuando los cinco ya

estábamos fuera de nuestro vehículo, salieron del

monte por lo menos 20 personas con palos y piedras y

los supuestos policías desaparecieron o quizá se

cambiaron de ropa. Eso fue a 20 km de Bulo Bulo. Nos

acusaron de haber robado un camión y después

hicieron lo que quisieron, nos colocaron bolsas en la

cabeza, nos inmovilizaron con nudos ciegos en las

manos y en los pies y nos tiraron como a chancho a la

carrocería de nuestro propio vehículo. Uno de ellos le

quitó la llave a mi hermano Melquiades y nos llevaron

hasta un cruce de camino que está a 5 km de aquí. Ahí

fue que escuché la voz de mi papá.

Don Melquiades Ángel Roca es de estatura pequeña,

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tiene bigotes despoblados y una cara que confirma que la desgracia tocó la puerta de su vida a los 60 años de edad, cuando pensaba que la tranquilidad le vendría como un regalo que siempre mereció, después de criar a sus 12 hijos con el esfuerzo de hombre de campo, cultivando esas 40 hectáreas que compró en las mejores épocas de su existencia. Nació en Todos Santos, un rancherío metido en alguna esquina de Villa Tunari, dentro de la provincia Chapare. Ahora está sentado junto a su hijo Álvaro y a su esposa Isabel, amparados por una cabaña que es la antesala de su dormitorio y donde hasta el 30 de junio del 2013, un día antes de los sucesos, junto a su mujer dirigía un restaurante de comida típica. La rocola, ese gramófono que funciona con monedas expulsando canciones a la carta, era la alegría de los clientes a la hora del almuerzo. Recibí una llamada de Álvaro, me dijo que estaban en problemas, que los habían detenido. Fui con mi esposa

y con mi hijo Roberto a buscarlos y los

encontramos tirados en la carrocería, como si fueran animalitos. Dos hombres dispararon al aire con sus escopetas y lo rodearon a Roberto, lo ataron y lo alzaron donde estaban los cinco. Lo acusaron de ser el hombre orquesta de una banda que se dedica a robar vehículos. Les insistí en que si eso era verdad por qué no acuden a la Policía. Me contestaron que no creen en la justicia. Me desesperé y

les dije que si eran machitos que se agarren a puño uno

a uno conmigo.

Para ese momento, que era cerca de las 9:00, ellos ya pasaban de 80 porque había llegado en un bus más gente alterada. Mi mujer se desplomó de dolor y tuvo que volver a la casa para reponerse. Luego se los llevaron a Ivirgarzama y yo los seguí de lejitos, en un auto que en Bulo Bulo había contratado por horas. En la camioneta, para ponerlo a la par con los otros, a

Roberto lo agarraron a patadas con modales de

barbarie. Eso cuenta Álvaro, que tiene recuerdos

intermitentes:

-En el vehículo perdía y recordaba el conocimiento. Lo

volví a recuperar cuando me estaban azotando y

después me enteré que todo había ocurrido en la plaza,

al frente de la Alcaldía y a un costado de la iglesia. La

gasolina que me echaban encima me sacaba y me

devolvía a la vida. Porque cuando me perdía su olor

fuerte me despertaba pero después me mareaba y me

volvía a dormir. Intuí que me prendieron fuego, me

revolqué en el piso para intentar apagarme. No sentía

dolor, estaba adormecido de tanto palo. Nunca pude

ver el fuego pero sabía que me estaba quemando. No

me acuerdo si grité.

Gritó como bala un cordero que va camino al matadero. Eso lo asegura su papá, que estaba prisionero en la carrocería de un camión estacionado a metros de los condenados. Ahí lo subieron por la fuerza. Desde ese lugar estiraba el cuello para ver el circo romano instalado en el centro del pueblo, donde el público febril esa tarde acosaba a seis gladiadores atormentados.

Desde esa carrocería de camión, vi a un hombre que

estaba con la cara reventada. Le pregunté a Jeison, mi

hijo de 17 años que me acompañaba, quién era ese

pobre tipo. El muchacho no me respondió, solo se puso

a llorar y yo entendí que se trataba de Roberto. Tan mal

estaba el pobre que no lo reconocí.

Desde ahí vio gritar a Roberto y a Álvaro, a Nelson y Melquiades, a Gunnar y a Rubén. Todos jóvenes de entre 18 y 32 años de edad.

Escuché decir a la gente que Álvaro ya estaba muerto y

le cortaron las pitas de las manos y de los pies porque

el fuego no las había quemado. Pero de pronto despertó

y se arrastró a una banqueta de la plaza. Pidió una

frazada no sé si porque le hacía frío o porque estaba

casi desnudo, pero una vendedora de refresco le

alcanzó un vaso y mi pobre hijo se acostó como una

guagua. Cuando ya estaban todos tirados y sin fuerza,

con el cuerpo negro y destrozado, los que me tenían

prisionero me preguntaron si quería bajarme de la

carrocería. Les respondí que depende de ustedes. Y una

voz hipócrita me dijo que si yo no hice nada por qué

estaba ahí. Entonces brinqué, corrí a socorrer a las

víctimas y en ese trajín encontré a mi mujer que gritaba

como loca.

A Roberto, a Álvaro, a Nelson y a Gunnar los llevaron de

a uno al hospital, cargados en la misma camilla

improvisada. Pero Rubén y Melquiades, que presentaban evidencias de no estar al borde de la muerte, fueron trasladados a las celdas por dos policías que solo llegaron al escenario para eso. Álvaro despertó en el hospital.

Ahí me di cuenta que Roberto estaba todavía vivo. Una

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enfermera gritó: ¡Doctor, doctor, un paciente está mal, agonizando! Antes yo lo había visto en estado consciente y vendado todo, menos su cara. Pedía agua y no le daban. Yo quería llorar y no podía. Supuse que era de madrugada. Cuando amaneció llamaron a mi mamá para decirle que uno de los gordos había muerto. Los policías me contaron después que por el fallecimiento de mi hermano se preocuparon del resto de los linchados y nos llevaron a un hospital de Cochabamba.

A la muerte de Roberto, se sumó la de Gunnar, que se

fue de este mundo en enero pasado, a los 26 años de edad, a causa de un cáncer que le diagnosticaron en ese pie derecho que la tarde de furia la multitud anónima le había destrozado a patadas. Álvaro recibió de la justicia ordinaria el beneficio de detención domiciliaria y por eso ahora está aquí con sus padres, masticando el drama de los hechos. Pero Melquiades, Nelson y Rubén continúan detenidos en la cárcel de El Abra de Cochabamba. Sus familiares vendieron dos terrenos para pagar a un abogado y Melquiades papá no ha recuperado su camioneta Hilux.

- Es como si la tierra se la hubiera tragado.

* * *

Pero la pérdida de las cosas materiales no es lo que acongoja a don Melquiades. Lo que lo llena de espanto es que incluso en pleno velorio de Roberto le llegaron amenazas de que iban a sacar el cuerpo del difunto después de que lo entierren.

Si fuera cobarde me hubiera ido de aquí, no lo hago porque estoy con Dios y porque mis hijos no son ladrones. A esa gente le hice saber que aquí estamos y que si quieren vengan a matarnos. Total, con todo lo que pasó ya estamos medio muertos.

Para defenderse, los Ángel Antezana tenían dos armas que consideraban eficientes: machetes y once perros. Estos últimos, dice doña Isabel, morena, de 51 años, de una boca que vive con la sonrisa extraviada y de ojos enormes y nublados, los perros se portaron como verdaderos guardianes, porque a falta de policías, los animales se desgañitaban ladrando cuando sentían ruidos de hombres extraños en los alrededores de la casa. Varias veces intentaron hacernos algo. Nos llama la atención que de los once solo queden siete. Se fueron muriendo, tal vez ellos los mataron.

ellos son todos y son nadie. La justicia ordinaria no sentenció a ningún autor de linchamiento que se haya

Y

sin efecto las investigaciones en su contra. Por otro lado, le pedimos que pueda gestionar la

producido en el trópico y, por el contrario, cuando la Policía detuvo a algún sospechoso, los pobladores, campesinos y colonos reaccionaron como un solo hombre, se quejaron y amenazaron al Gobierno nacional.

reestructuración de la Policía y de los administradores de justicia, con los que no nos sentimos protegidos”. El 2 de marzo de 2010, la Federación Sindical de Mujeres Carrasco Tropical, le envió otra carta a la ministra de Justicia, CelimaTorrico, en la que se le pide

El

3 de febrero de 2010, el magno congreso ordinario de

que libere a un afiliado que detuvieron y al que se lo

la

Federación Sindical de Comunidades Carrasco

involucra en el ajusticiamiento del 14 de diciembre de

Tropical, emitió un pronunciamiento y envió una carta con el rótulo de urgente al entonces ministro de Gobierno Sacha Llorenti. Parte de la carta dice: “No logramos entender cómo la justicia está a favor del delincuente. Ante la constante aparición de robo de motos y a domicilios, la gente se siente desprotegida, y al respecto no se hace ninguna investigación. Pero cuando aparece muerto un ladrón, rápidamente actúa la Policía. Un compañero nuestro fue detenido acusado de instigar un linchamiento y enviado a la cárcel de Sacaba de Cochabamba. Rogamos a su autoridad que se lo libere y que se deje

2009 por parte de una multitud a los ladrones de motocicletas, y que, en caso de no ser escuchadas, amenazaron con movilizaciones, pero le aclararon que no quisieran llegar a esa extrema medida. Los dirigentes de las instituciones que forman parte de la federación Carrasco Tropical guardan un silencio de cementerio para referirse personalmente sobre los linchamientos y desde la vereda del anonimato coinciden con el discurso del ciudadano común: “Le hemos perdido la fe a la Policía, a los jueces, a los fiscales y por eso nos vemos obligados a sancionar a los delincuentes, porque cuando los policías los mete a la

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cárcel, a los pocos días los liberan en nuestras narices”. El mototaxi es el principal servicio de transporte público en Ivirgarzama y sus conductores se ganaron el apodo de ―verdugos‖, porque como tienen la facilidad de movilizarse cuando han descubierto a un supuesto ladrón, alborotan a la población y preparar la hoguera para ejecutarlo. Si uno les pregunta, ¿qué hacen ustedes cuando descubren a un ratero de motos? Lo quemamos, contestan, siempre que la pregunta no la haga un periodista identificado. Y se justifican argumentando que lo único que hace el pueblo es aplicar la justicia comunitaria que está amparada por la nueva Constitución Política del Estado y por la Ley de Deslinde Jurisdiccional que se aprobó el año 2010.

- Pero no existe ningún artículo que mande que se

aplique la pena de muerte. Los castigos de la justicia comunitaria y ancestral apuntan solo a tareas físicas, asegura el fiscal Vidal. El jurista habla con conocimiento de causa porque a él, una vez, lo sentenciaron y castigaron los aimaras del lago Titicaca. Fue el 2005 cuando acudió a la comunidad indígena Chua, para detener, junto a un policía, a un profesor de escuela sobre el que pesaba la acusación seria de haber violado a varias estudiantes de 15 años.

- Pero usted cometió un error, le dijo el Mallku, el líder

político de la comunidad que de poncho rojo, con su bastón de mando en una mano y un chicote en la otra, lo invitó a que explique por qué ha detenido al profesor sin su permiso, causando un perjuicio para los estudiantes, porque es sabido que le enfatizó - cuesta que el Estado les envíe a un nuevo maestro a ese rincón de la patria que si se viaja en un vehículo se llega en solo tres horas de La Paz. Lo pusieron al medio de un círculo formado por otros dirigentes. Desde las 16:00 hasta las 18:00 lo llevaron a

un juicio bajo las normas de la justicia comunitaria. Lo sentenciaron a que haga 200 adobes en lo que quedaba del día. Como ya era tarde y hacía frío, le dieron una especie de indulto: que compre 10 cajas de gaseosa popular a cambio de bajar a la mitad la pena.

- Por suerte tenía dinero y había una venta en la esquina

de una cuadra, cuenta ahora el fiscal con buen humor, sentado en un restaurante del centro de Ivirgarzama. Mira de a rato su teléfono celular de 20 dólares y dice:

Ya son siete las llamadas que me hicieron de un número privado desde que estoy hablando contigo. Y de eso hace cuatro horas. Deduce que en el pueblo ya se enteraron que el fiscal está hablando con un periodista y que los telefonazos podrían ser una advertencia para que no estire la lengua, para que no hable de los misteriosos linchamientos. Pero él ha decidido no contestar las llamadas que les hagan desde un número privado, porque ya está cansado de las amenazas. Por eso, prefiere recordar cómo terminó su historia de reo a orillas del Titicaca. Aquella tarde-noche se sacó los zapatos y se arremangó el pantalón. Le dieron baldes para que saque agua del lago, le entregaron un montículo de paja, otro de tierra y empezó a ―trabajar‖. Cuando iba por los 20 adobes tembló de frío y los efectos de los 3.800 metros de altura sobre los que se asienta el Titicaca, era un taladro pesado que le perforaba la cabeza. - Pero igual seguí. Se había armado una muralla de gente en mi alrededor y en coro contaban cuando iba por el adobe 98, por el 99, por el 100. Eran las 10 de la noche cuando el Mallku lo despidió con un abrazode amigo y le dio un mensaje que Marcos

Vidal nunca olvidará: Ya sabe fiscal, siempre hay que pedir permiso a la comunidad y si el maestro es culpable de lo que se le acusa, estamos de acuerdo que

pague en la cárcel. El profesor ahora tiene 36 años de edad y cumple una condena de 20 años de prisión en la cárcel de San Pedro de La Paz.

Un año antes, Marcos Vidal se estrenó en su lucha contra los linchamientos como suele ocurrirles a quienes están notoriamente marcados por el sello de la muerte. En El Alto de La Paz, esa ciudad montada sobre 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, descubrió que la muerte purga los pecados de una de las urbes más alta del mundo. El 2004 él se estrenó como fiscal de homicidios y su primera misión fue rescatar con vida a un paisano que había sido sorprendido robando una garrafa en un barrio de la zona de Río Seco. Cuando llegó al lugar de los hechos, a eso de las 18:30, vio que en una cancha de fulbito estaba un hombre ensangrentado y con el cuerpo mojado con gasolina, listo para lo conviertan en

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un mechero humano. Primero se abrió paso sin identificarse. Cuando estuvo frente al amarrado, se presentó como el doctor Vidal, representante del Ministerio Público de Bolivia, señores. Solicitó que le den permiso para trasladar al acusado a una oficina judicial para someterlo a una audiencia de medidas cautelares. Amenazaron con sacarlo a patadas. Los policías que lo acompañaban no se asomaron al escenario. Se quedaron a unas cuadras de la cancha, con el vehículo

encendido, listo para escapar por si la gente agarre su bronca contra los agentes de la ley.

- ¿Quién garantiza que a este ladrón no lo soltarán

después que nosotros se lo entreguemos?, recuerda que alguien de entre la masa le grito de frente.

- Yo garantizo, cuenta Vidal que respondió con aplomo.

Le tomaron la palabra, soltaron al supuesto hombre de mal hacer y agarraron al fiscal, lo ataron al arco de

Los acusados de ladrones en Ivirgarzama son odiados a muerte cuando están vivos, pero dos de ellos, cuando cruzaron el umbral del más allá, pasaron de chicos malos a ―santos‖ y ahora les ponen velas y les rezan para pedirles milagros los lunes y los viernes, cuando la creencia popular asegura que las almas vuelven de visita a la tierra para ayudar o hacer la vida imposible a los mortales. Pero la gente les claman por una ayuda no en el templo del pueblo, sino, y aunque cueste creerlo, en la mera Policía. Los devotos no son solo los hombres o mujeres de civil, los uniformados también les piden que interpongan sus oficios para un montón de peticiones. En un lugar privilegiado del Comando de la Policía, en la cabecera del comedor y encima de una mesita de tocador, duerme una urna de madera donde están guardados los restos óseos de dos hombres sin nombre que hace cinco años fueron quemados vivos y acusados de un robo que no figura en los expedientes policiales. El suboficial Pedro Núñez Pacheco, director de la Felcc, se ríe con vergüenza cuando admite que las calaveritas están ahí, acompañando a los pocos policías que trabajan en Ivirgarzama y a las que elevan plegarias cuando se avecina un linchamiento, para que desinflen el ventarrón de la furia de la gente, para que no

fulbito y le aclararon que si el juez libera al detenido, será a él a quien torturen. Un juez de El Alto, enterado sobre la vida dura por la que atravesaba Marcos Vidal, terminó la audiencia en 30 minutos y ordenó que al ladrón de garrafas se lo traslade a San Pedro, a esa cárcel que luce sus muros de adobes centenarios a pocas cuadras del centro de la sede de Gobierno. El fiscal no sabía que a partir de esa noche iba a evidenciar la ejecución de por lo menos 20 linchamientos, que salvará a algunos y que no podrá hacer nada por otros, que su ritmo de trabajo alocado y franciscano será la causa para que fracase su matrimonio con la mujer con la que procreó dos hijos y que un 1 de julio de 2013, en plena plaza de Ivirgarzama, alguien de la manada de ejecutores le rociará con gasolina en la espalda y le dirá: Apartate de ahí fiscal de mierda.

* * *

permitan que otros caigan en desgracia. Son los patrones de la guarda de los sentenciados a muerte, sentencia el suboficial Núñez, el policía que llegó al trópico de Cochabamba el 2010, cuando los cráneos y otras partes del cuerpo de esos seres anónimos ya estaban en la casa policial. Como no existe nada escrito, se remite a testimonios de sus camaradas antiguos que ya no están, los que le contaron que fue a orillas del río Ichilo donde se encontraron dos cuerpos carbonizados, que luego fueron llevados al Comando para que las almas de los fallecidos hagan el milagro que la seguridad ciudadana del Estado no consigue:

impedir las ejecuciones de civiles contra otros civiles. Tanta fe les tienen los policías a esos restos, que fueron ellos los que pusieron cuota para comprar la urna. Cuando la noticia llegó a las casas de los vecinos, éstos se sumaron a la romería y ahora tienen la costumbre de acudir a la Policía para rezar por el alma de los esqueletos y para pedirles milagros: Una ayudita en el negocio o el trabajo, alejar a los delincuentes de la casa y velar por los seres queridos para que siempre lleguen sanos a casa. Los que acuden en las noches no solo prenden velas, se quedan en silencio durante horas para pijchear (masticar hojas de coca) y así entablar una comunicación espiritual con esos hombres de los que

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no se sabe quiénes fueron, de dónde son, ni qué hacían

en el trópico antes de que se les corte el hilo de la vida.

El suboficial Núñez incluso cree que algunos de los

fieles podrían ser quienes participaron del linchamiento. Suele ver a algunos que se sientan a llorar como un bebé, que levantan las manos y hablan despacito, como si se estuvieran quejando de algo, como si un pecado mayor les sofocara en el pecho. La mayoría de los linchados queda como NN porque ningún familiar o amigo llega para reclamar el cuerpo y por eso no se consigue identificarlos. El médico forense Pedro Cejas Suárez, 58 años de edad y con voz de sacerdote en estado de gracia, cree que los parientes

de los difuntos no aparecen por miedo a que el pueblo los apunte o porque quizá son de otros rincones del país y desconocen en qué terminó su ser querido. - Después de 48 horas son sepultados en fosas comunes. No hace falta cavar un pozo hondo porque el fuego achica los cuerpos. A veces nos hemos encontrado con amputaciones térmicas, donde solo quedan parte de la columna y de la cabeza. Pedro Cejas trabaja en un consultorio que está en la segunda planta de las instalaciones de la Policía, y desde ahí ve pasar la vida y las muertes que ocurren en Ivirgarzama, el pueblo con casas de dos o de tres pisos sin revocar, con techos de calamina y con terrazas donde las mujeres tienden las ropas lavadas, con calles de tierra y con perros que saben hacerles zigzag a las motos, a las miles de motos sin placas que conforman el parque automotor. No hay estadísticas serias que sirvan para hacer comparaciones. Ni la Policía ni el Ministerio Público manejan datos de ajusticiamientos que nunca se saben, que quedan ocultos entre los barbechos de la jungla tropical. Pero lo que se puede percibir a través de las

pocas denuncias sobre el índice de delitos, entre cinco

o 10 cada mes con el robo de motos en la cima del

ranking el médico forense cree que los ajusticiamientos asustan a los delincuentes y por eso desaparecen un tiempo, hasta que se les pasa el miedo. La última muerte a mano de vecinos fue el 7 de

Los dos primeros palazos parten el alma y los que vienen después son una anestesia para el cuerpo, un

noviembre del año pasado. El informe forense dice que Gerardo Mérida García, de 25 años, fue encontrado colgado de un árbol de palo santo, con signos de violencia y hematomas en toda su humanidad y que la causa de su muerte fue probablemente por asfixia mecánica por estrangulamiento con soga delgada. Desde aquel día no se presentaron denuncias oficiales de robo de motocicletas, revela el director de la Felcc, sin ningún tono de orgullo, porque sabe lo afirma que la lucha contra el delito se apoya más en la política del terror que en los esfuerzos de sus pocos hombres. Los policías se sienten con las manos atadas y creen que sus vidas, si se hicieran los machitos, penderían de un hilo. El 2009, el Comando fue reducido a mero observador de una matanza. La Unidad Móvil de Patrullaje Rural (Umopar) detuvo a cuatro personas que corrían por la carretera en un vehículo tipo taxi. En el interior del motorizado encontraron armas y los metieron a la celda policial. Solo bastó una hora para que miembros de un sindicato de transportistas lleguen hasta ahí para hacer saber que esos cuatro ―tipos‖ habían intentado robar 45.000 dólares del interior de la casa de uno de sus afiliados. La gente se alborotó y a los detenidos se los quitaron a la Policía de las manos. La masa se entró por la parte trasera del edificio y mientras cortaban el candado de la prisión con una cierra, los presos Bladimir Herrera Tintaya (32), Edgar Alba Caero (21), Eldy Eliot Villalba Chávez (28), desesperados como cebras atacados por felinos, rompieron la ventana de la cárcel y cayeron de las brasas al sartén, directo a los brazos de sus enemigos que primero les dieron con palos y luego los colocaron encima de una llanta de camión donde estuvieron ardiendo horas hasta convertirse casi en cenizas. El cuarto supuesto delincuente, Eufracio Carlos Alba, de 29 años, no escapó por la ventana rota y se quedó en una esquina de la celda temblando como un gatito. - Estoy aquí como prueba de mi inocencia, cuenta el suboficial Núñez que Eufracio les dijo a sus atacantes, que después de varios azotes le perdonaron la vida.

* * *

preparativo para que el zarpazo de la muerte no vuelva loco al hombre en llamas.

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Álvaro Ángel Antezana no es consciente de si gritó o no

cuando lo estaban quemando y entre los intervalos de

ese infierno recuerda cosas que le ayudaron a seguir

con vida, como el vaso se refresco que una mano de

mujer le alcanzó cuando él estaba tirado en el banco de

la plaza adonde llegó a rastras cuando dejaron de

atacarlo.

- Esa persona se jugó la vida entre medio de tantos

bárbaros, reconoce Álvaro y admite que le hubiera

gustado que aquel ángel salvador haya ido horas

después al hospital, para que cuando su hermano

Roberto pida agua, lo socorra y le apague el fuego que

se le quedó prendido en cada hebra de su piel.

En Salango la violencia Fue instaurada por los narcos

Por: Ronald G. Soria

Isidro Macías dejó de dormir en las últimas noches y lleva una barba de tres días, aunque bien podría ser de cinco, o la de todo el tiempo que el hijo de ocho años estuvo secuestrado por un grupo de desconocidos que

la madrugada del pasado 25 de enero tumbó la puerta

de su casa e hirió a otros tres miembros de su familia. "Te quitan un hijo y luego no te dicen qué han hecho con él", dice este hombre de 67 años, bajo de estatura, quien hasta el jueves pasado presentía lo peor, pero no se atrevía a reconocerlo. "Aspiro que me lo regresen

vivo. Quiero volver a verlo corriendo patitas sobre el suelo". Su anhelo fue cumplido, pues el niño fue liberado el viernes.

Esta historia de violencia se originó cierto día del cual pocos quieren hablar y son más los que prefieren hacer creer que de aquello nunca escucharon. En la segunda semana de noviembre un grupo de pescadores retornó al pueblo con una pesca que no era precisamente marina, sino paquetes en forma de ladrillo que contenían droga y que habían reflotado mar adentro. Fue ese hecho lo que más de un vecino de Salango considera hoy razón de ser de lo que ocurrió el

25 de enero.

A lo largo de más de 60 kilómetros de costa, del 14 al

24 de noviembre del año pasado la Policía

Antinarcóticos recuperó 828 paquetes, parte de un cargamento de cinco toneladas de clorhidrato de cocaína que narcotraficantes colombianos habían

perdido aguas afuera.

La última vez que lo vio, antes de que lo raptaran, fue precisamente aquella madrugada que para gran parte de los 2.082 habitantes de Salango, una comuna en la costa sur manabita, la violencia se instauró entre ellos de la mano de veinte hombres que irrumpieron en el sueño tranquilo de tres familias y los llevó a vivir, con los ojos abiertos, la peor de sus pesadillas en una jornada que se inició entre la 01:45 y terminó pasadas las 03:00. En ese lapso le volaron la oreja izquierda a Wilson Baque, hirieron de bala y con machete a los hermanos Fernando, Leonardo y Cirilo Macías Cajape, al igual que a Alejandro Guillén y a William Párraga, un comerciante de pescado de Puerto López, a 5 kilómetros de Salango .

* * *

"Muchos supimos en qué andaban estos señores (pescadores), y aunque callamos, sabíamos que traería problemas. Los narcotraficantes no olvidan sus cosas". La sentencia la hizo una de las pocas personas que no cerró puertas y ni ventanas con solo escuchar sobre el tema. Los pocos que se atreven a hablar, dicen que todo el pueblo supo qué ocurría. "Sí ingresó dinero por la venta, hubo algunas casas que tuvieron mejoras". El temor a recordar tiene que ver con el pánico a ser inmiscuido.Los agresores llegaron a este pueblo con la misión de recuperar algo que habían perdido y para esto se hicieron acompañar de William Párraga, un vendedor de pescado de Puerto López a quien lo sacaron de su casa con el engaño de 'ir a ver una pesca'. Fue la primera víctima de los agresores, quienes viajaron en vehículos cuatro por cuatro a lo largo de

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aquella violenta travesía. "Ese fue el primer implicado o quien enredó al resto", dijo el familiar de una de las víctimas.

Salango es un sitio en el que se asentó una cultura de más de 1.500 años, cuyos rezagos son expuestos en el museo del pueblo.Cada año lo visitan 1.000 turistas extranjeros que dejan ingresos de hasta 800 dólares. En estos días disminuyeron los arribos, por los hechos recientes. Salango también ha sido un buen vecino, dijo recientemente el jefe político de Machalilla, Stalin Murillo, ante quien se presenta toda querella legal del cantón Puerto López, bajo cuya jurisdicción está esta comuna. "Las únicas demandas que me llegan de allá son por juicios de alimentos", agregó. Tal ha sido la tranquilidad de la vida allí que no existe memoria de situaciones semejantes a la de aquella noche, cuando la mano izquierda de Luis Fernando, el hijo mayor de Isidro Macías, fue casi cortada de un solo golpe de machete, frente a la mirada de sus padres y hermanos. "Uno miró las cosas y tuvo que tragarse la mierda", dijo el padre una semana después, recordando esos momentos en los que sintió de cerca la muerte.

Tal ha sido la tranquilidad en este pueblo que morirse es un hecho inusual. "La gente se muere al nacer o de viejo. En dos años hubo ocho decesos", dijo Rosendo Pincay, administrador de la única funeraria del lugar. En los últimos días, cuatro policías recorren Salango. Hay quienes pregonan, optimistas, que 'volvió la tranquilidad'.

Es una de las personas que desapareció de Puerto López y sus alrededores. "No sabemos cuántos se han ido de Salango , pero hay por lo menos ocho casas que están cerradas", dijo un vecino de la comuna.

* * *

Lo del 25 de enero fue uno de los tantos intentos de los narcotraficantes por recuperar la carga perdida. Antes ya habían utilizado otros mecanismos. En diciembre pasado, la hija de siete años de los Ostoliza fue detenida por un grupo de desconocidos que la habrían amenazado con una pistola mientras le pedían nombres. En el barrio de esta familia, cerca al cementerio, tampoco hubo quien recordara aquellos hechos. El 2 de enero los primeros agredidos fueron Ambrosio Ascencio, de 47 años, y Raúl Chóez, de 42. Ambos viven con sus familias en Río Chico, a dos kilómetros de Salango . Allí también llegaron entrada la madrugada. "No se preocupe señora, a usted no le haremos nada", recordó Carmen Carvajal, esposa de Raúl. Sin embargo, se llevaron a su pareja, un agricultor y primo político de Ambrosio, quien es comerciante de pescado. En ambas casas los visitantes revolvieron cada sitio. "No han vuelto, pero tenemos miedo", agregó Carmen.

* * *

Pero aún quedan quienes entran en pánico con cada vehículo no conocido que llega al pueblo. "¡Son los narcos!", gritó el jueves pasado un par de niños en los alrededores de la iglesia del pueblo, mientras buscaban las puertas de su casa.

El negocio del coco

En Quito, un hombre creó su propia teoría sobre el jugo de coco y el éxito empresarial. Hasta ahora ha convencido de su modelo a 21 vendedores.

Por: María Fernanda

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Detrás de un escritorio, un hombre alto, de grandes ojos negros y piel caoba, habla de negocios mientras mueve vigorosamente sus manos. Su mirada brilla cuando pronuncia palabras como “evolucionar” o “cambiar de estilo de vida”. De una bolsa saca un gorro blanco de chef y un mandil del mismo color y se los coloca .Sin dejar de sonreír con sus dientes blancos y parejos, anuncia que ese es el nuevo uniforme que él y sus 21 colegas de la Asociación Coco y Sabor lucirán por las calles de Quito. El empresario se llama Emenegildo Quintero, tiene 43 años, y ha permanecido media vida en Quito. Frente a él, dos hombres le muestran vasitos de plástico con el logotipo de una palmera. Están ansiosos por cerrar el trato con el dirigente de los vendedores de jugo de coco, por cincuenta mil vasos mensuales, a seis centavos cada uno. Pronto queda claro que la negociación no terminará en esa conversación. Los proveedores toman sus maletines y se marchan con la promesa de que, si hay negocio, las primeras servilletas con logotipo serán gratis. Quintero agradece y los acompaña a la puerta. El hombre, todo sonrisas, vuelve al que es su lugar de trabajo de miércoles a viernes, un escritorio lastimado por rayaduras de cuchillo. Los fines de semana y los feriados sale con su carrito de aluminio a ofrecer, igual que sus compañeros, esa bebida helada en una ciudad rodeada por montañas, a 2.800 metros de altura, a 318 kilómetros de distancia de su natal Esmeraldas. En

Tenía 21 años cuando salió de Esmeraldas para trabajar en la Amazonía como cadenero. Laboraba 22 días seguidos y los otros ocho los pasaba en Quito. Pero un día se aburrió de no tener oficio ni beneficio en los días de descanso. No quería perder tiempo y necesitaba ganar un dinero extra. Así que decidió probar suerte en el negocio de los cocos, la fruta característica de su provincia. Al mes, él, su hermano y su primo, viajaban a Esmeraldas para cosechar 600 unidades (así se llaman los cocos en la jerga empresarial de Coco y Sabor). Llenaban costales y los cargaban en las parrillas de los buses interprovinciales para llevarlos a Quito -mientras relata, garabatea un bus en el papel que tiene al lado-. Ya en la capital, cada uno acomodaba 200 cocos en una carretilla con extensiones de cartón, y los vendía por las empinadas calles del Centro hasta que “el producto” se agotara. Luego, poco a poco, se unieron a ellos más paisanos que, en cambio, vendían jugo de coco en baldes de

Quito no habrá playa ni calores tropicales, pero sí una población sedienta que sube y baja cuestas en un ardiente sol de aguas. Se sienta y comparte un puñado de caramelos que su secretaria, Rocío Bohórquez, ha dejado esparcidos sobre el escritorio. Don Eme, como ella le dice, tiene aquí su proyecto de vida. Se acostumbró tanto al frío quiteño que cuando va a la Costa el calor le hace daño. Se le hinchan los pies, pasa enfermo. No es que se haya vuelto “engreído” –aclara- sino que ahora prefiere este clima. Su oficina, ubicada cerca del redondel de La Marín, es el núcleo en el que reúnen, cada martes, los socios de Coco y Sabor para recibir consejos empresariales de Emenegildo. Preparar un jugo sabroso, limpiar sus carritos, barrer los desperdicios de la vereda, utilizar el uniforme, ser corteses con los clientes. Es decir, les introduce poco a poco en lo que él llama su “ideología de trabajo”. Si la siguen al pie de la letra, él vaticina éxito en el negocio. Le pido que me explique mejor. Abre aún más sus ojos para anticipar que lo siguiente en la conversación es primordial. Toma una hoja de papel y pronuncia cada sílaba que va escribiendo: “in-ver-sión”. Para Emenegildo, todo lo invertido dinero, pero también tiempo y esfuerzo- da buenos réditos. La la fórmula está completa si se añade capacitación, planificación y, sobre todo, compañerismo.

* * *

plástico. Hace ocho años eran más de 40. Pronto se dieron cuenta, con un discurso de don Eme, que les salía más barato alquilar un camión que trajera la fruta para todos. Era un avance, pero él no podía dejar de observar que las condiciones de trabajo aún eran precarias. Cargar el balde o arrastrar la carretilla todo el día era cansado y doloroso. Emenegildo soñaba con cambiar esa forma brusca de ganarse el pan, así que organizó a los demás, y ellos, que además son sus amigos, lo apoyaron. En el 2011, hicieron préstamos de USD 2 000 cada uno para comprar los carritos, diseñados especialmente para almacenar el jugo. Entre ellos se apoyaron como garantes. Ahora se ubican en lugares estratégicos, afuera de centros comerciales, cerca paradas de buses, oficinas de tramitación, etc. Por donde pasan miles de transeúntes sedientos o golosos. Le pregunto a Don Eme si además de invertir existen otros requisitos para ser uno de ellos. Él, con espíritu didáctico, escribe de nuevo en el papel. Se necesitan

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tres pasos: legalizarse como vendedor autónomo, acudir a capacitaciones gratuitas para pequeños empresarios y pasar la prueba final de Coco y Sabor, que incluye estar de acuerdo con la “ideología de trabajo”. Emenegildo en persona se encarga de enseñarles a preparar el jugo de coco, para que cada socio lo prepare en su casa y tenga el sabor y calidad exigido. Ya adentro, nunca deben olvidarse de usar su uniforme

Hace unos minutos una nube amenazante pintaba de gris la ciudad. Pero ahora, a media mañana, unos rayos marrones sofocan el Centro de Quito. Por ahí van y vienen vendedores ambulantes de jugo de coco que aún

lo cargan en baldes plásticos, otros empujan carretas

con la fruta. Con ellos conviven los socios de Coco y Sabor. En un día

como este, hay clientes para todos. Los esposos Bercelia Wila y Mártire Preciado, oriundos de Limones y San Lorenzo, trabajan en el sector El Ipiales. Hace 20

años llegaron a la capital para vender jugo de coco y así probar suerte. En las calles conocieron a Emenegildo y también se unieron a su “ideología” de trabajo. Sus tres hijas nacieron y crecieron en la capital, ahora estudian Obstetricia, Farmacología y la más joven pequeña aún está en el colegio. En plena vereda, don Mártire corpulento- despoja la corteza de los cocos como si fuera un arte circense. Frente a él, un niño se ha quedado de pie, congelado al ver la rapidez con la que el hombre mueve el cuchillo. Cuando acaba su trabajo, clava un sorbete en el coco y se lo entrega al pequeño atónito, quien al fin suelta la respiración.

A dos cuadras está Zulay Preciado, la mayor de sus

hijas, que hoy se quedó a cargo del otro carrito que posee familia. Mira a los vendedores ambulantes y

Emenegildo Quintero es hombre de números. Cuando no

tiene una calculadora, los dedos de sus grandes manos

le sirven para hacer cuentas. El sábado es cuando

puede usar más las matemáticas. A las tres de la madrugada llegan los 5 000 cocos a la bodega de la

Asociación, que queda delante de su oficina. El hombre duerme ahí los viernes, en un colchón dispuesto sobre

el piso para despachar el producto a sus compañeros a

primera hora de la mañana.

El cargamento que llega cada semana representa

aproximadamente USD 3 500 de inversión, si es que se

que lleva el bicolor verde blanco en honor de la bandera de Esmeraldas. Hoy son solo 22 socios. Los otros no estuvieron de acuerdo con la inversión, elemento indispensable en esa “ideología” que propone don Eme. Los demás se hicieron a un lado sin resentimientos. El esmeraldeño, de carácter sonriente pero directo, les dijo: “Si tú no quieres progresar, deja progresar a los demás”.

* * *

recuerda que, cuando era niña, sus padres también trabajaban de esa “manera dolorosa”, según la jerga personal del dirigente esmeraldeño. Don Emenegildo destaca el trabajo y esfuerzo de esta familia. Se muestra entusiasmado al saber que historias positivas como esta le pertenecen a socios de Coco y Sabor. A él también le gustaría tener a su familia en Quito, pero por problemas personales en los que prefiere no ahondar, sus cuatro hijos viven en Esmeraldas. En cambio ha ganado 21 ―hijos‖ mayores, dice Rocío, la secretaria, quien también es vendedora de jugo de coco. La mujer es la única integrante del gremio que no es esmeraldeña sino de Putumayo. Aprendió a preparar el jugo gracias a las enseñanzas de sus compañeros, quienes se solidarizaron al ver que ella también tenía necesidades. Es madre soltera. Ser solidarios es parte de la “ideología” de Emenegildo. Cuando Rocío no sale a trabajar, le sede su espacio a Don Vidal -56 años, cabello cano- afuera de la estación de la Ecovía. Él tiene su carrito, pero aún busca un lugar más estratégico para atraer clientes. El hombre dice que de todos los trabajos que ha tenido, vender jugo de coco es el mejor. Ha sido carpintero, albañil, agricultor, guardia de seguridad y vendedor de jeans.

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calcula que cada coco lo compra a USD 0,75. Pero si tuvo suerte y le descontaron un centavo por cada unidad, eso le servirá para pagar los servicios básicos. El arriendo del local lo pagan todos los socios y suman USD 200. Todo el tiempo piensa en números. Las matemáticas son la fuente de la vida de un ser añade este hombre al que le hubiera gustado ser contador. “Un doctor tiene que estudiar lo que es la matemática del cuerpo humano para saber cuántos huesos tiene”. Don Eme aprendió a hacer cuentas y a

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manejar un negocio a los 11 años, cuando trabajaba en un puesto de verduras en el mercado. No terminó la secundaria. Ahora tampoco tiene tiempo de estudiar, debe pensar en la dirigencia de Coco y Sabor. Pero apoya a sus compañeros de la Asociación que, gracias a un programa de educación pública, terminaron la primaria. Se preocupa, además por cuidar cada uno de los “expedientes” de los socios. Los

guarda ordenados por números y tiene copias de cada documento, por si a alguien se le pierde. No le ha hecho falta el título de bachiller para ganarse el respeto y la admiración de un líder. Sabe organizarse

y manejar cuentas. Pero, lo más importante: sabe soñar.

El siguiente paso en Coco y Sabor, premoniza, es

conseguir un galpón para que los socios puedan preparar ahí el jugo y la cocada. Otro sueño es comprar en conjunto una propiedad en Esmeraldas para sembrar y cosechar sus propios cocos. Don Eme habla de sus sueños mientras ralla el coco en su oficina, donde hoy ha improvisado su pequeña fabrica de jugo. Cuando está listo, abre la puerta y sale

a la realidad. Empuja su coche de aluminio por la vereda

llena de transeúnte. En su puesto de trabajo llama a los clientes: “venga a probar el jugo de coco, el original”. Es

cortés con quien le ofrece conversación y más si alguien se muestra interesado en conocer sobre su ideología.

Aeropuerto, donde los policías Buscan y las ―mulas‖ los evitan

Es un sitio estratégico: mientras cada día hay quienes intentan pasar drogas, otros esperan descubrirlos

Por: Ronald G. Soria

Seis de la tarde de un día que puede ser lunes o miércoles, da igual. Aún faltan dos horas antes del vuelo 6634 de Iberia con destino a Madrid, España, y la

agitación que se vive en el área de salida internacional del aeropuerto Simón Bolívar de Guayaquil es intensa.

A esa hora hay otro tipo de movimiento, pero este no

tan evidente como el anterior: quince policías -la mitad encubiertos- intentan descubrir a un número no determinado de personas que acostumbran hacer fila como el común de los viajeros, pero estos lo hacen llevando adheridos en sus cuerpos o dentro de sus maletas, de sus pertenencias y hasta de sus intestinos, varias cargas de cocaína o heroína. ¿Qué tanto logra salir? Aquello no es posible cuantificar. Sin embargo, en lo que va del año se detuvo

Aunque cada día de esta terminal salen 17 vuelos comerciales, la atención es para aquellos que tienen como destinos España y EE.UU. A cubrir la salida de uno de esos vuelos es que Manuel salió una tarde desde las oficinas de la unidad ubicada en los alrededores del aeropuerto.

a 105 personas a las que las organizaciones del

narcotráfico habían reclutado para el traslado de 440 kilos de cocaína y otro tanto de heroína. Se conoce como 'mula' a aquellas personas que trasladan la droga. No son dueños ni los compradores, actúan como 'animales de carga', dice Manuel, nombre que reserva la identidad de un agente de Antinarcóticos. De ahí el término que suena despectivo. "Si deseas ir en busca de 'mulas', fácil, anda al potrero, ahí las encuentras". Así Manuel se refiere a una de las diferentes áreas del aeropuerto de Guayaquil donde se ejecutan los filtros antidrogas. Lo de potrero es una

alegoría: las mulas están sueltas y hay que atraparlas.

* * *

Llevaba un buzo gris, jeans apretados, zapatos deportivos y un periódico en la mano. Podría pensarse que había terminado su jornada. "Tengo ya 18 horas de trabajo, pero mi día termina a las doce de la noche". Sin embargo, en las siguientes dos horas se ocupó en dar vueltas alrededor de las filas de prechequeo, de las ventanillas de alguna de las líneas aéreas o tomándose

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un café en el patio de comida del aeropuerto mientras ojeaba a algún pasajero que le dio 'mala espina'. Cumplía su labor diaria de cazador de 'mulas'. Los miembros de la Dirección Antinarcóticos destacados en el aeropuerto están divididos en dos turnos. Cada grupo labora 24 horas y descansa un tiempo igual. En su primera parada, Manuel -tiene 29 años- se concentra en el área de parqueo, donde da algunas vueltas. Ahí, algunas personas se despiden o simplemente desembarcan sus maletas. Ese sector del aeropuerto es también considerado un lugar clave donde detectar a los emisarios de la droga. Antes de ingresar al área de prechequeo, enciende un cigarrillo en uno de los corredores de la terminal, pero

Para este tipo de trabajo, aparentando ser lo que no se es, los agentes encubiertos no visten uniformes como la otra parte de sus compañeros con los que comparten el turno y que se encargan de recorrer el área de carga y de preembarque. Manuel, así como el resto del grupo que se especializa en 'perfiles' son una elite. Lo de ellos es inmiscuirse entre los viajeros como uno más. Son cazadores a la espera de algún error de las 'mulas' que los delate. Su labor requiere pericia y conocimientos psicológicos. Reciben continuos cursos de especialización, dentro y fuera del país. "Hay que actualizarse porque las organizaciones de la droga se preparan continuamente", dice Juan Carlos Luna, quien está al frente de esta brigada. Es una especie de juego de desafío: mientras los unos envían cada día a sus secuaces hasta el aeropuerto para intentar la evasión, otros llegan ahí para descubrirlos. Manuel dice que hay que tener los ojos bien abiertos. "Una mula puede ser hasta tu abuela". Este agente que no mide más de un metro sesenta y ocho no sonríe

* * *

no por eso deja de mirar. "Uno no sabe en qué momento

te dan pista, tienes que estar atento". Termina el cigarrillo e ingresa a prechequeo donde se cuela entre las filas. Quien lo ve seguro piensa que es familiar de uno de los viajeros. Quince minutos después toma asiento, al parecer sin ningún interés, pero lo hace para observar el comportamiento de una joven -20 años aproximadamente- sentada a dos metros de donde él estaba. Algo lo hizo dudar: sola y con poco equipaje para un viaje que se supone es de vacaciones. Una hora después (19:00) ingresa a la sala de preembarque.

"¿La chica? No. Al parecer, todo tranqui

la seguí, uno no puede descartar fácilmente", dijo

posteriormente.

Sin embargo,

cuando dice esto: "una vez un par de hermanos de 7 y 8 años, viajaban solos y estaban a cargo del personal de vuelo. Todo estaba bien hasta que me di cuenta del tamaño del zapato de uno de ellos, luego miré al otro. Ambos tenían zapatos muy grandes para su edad. Cuando los llevamos a revisión, descubrimos que eran calzados diseñados para llevar droga". Manuel no niega que situaciones como esas lo afectan de vez en cuando. Ni modo, por más profesional que sea no deja de tener sentimientos. "Eran dos niños. Ocurre igual con ancianos. Pero nosotros tratamos de entender que es nuestro trabajo. No juzgamos a nadie. De eso se encargan las autoridades judiciales. Tratamos de que nada nos afecte. No debemos permitirlo". Cuando vuelve a casa -Manuel vive al sur de la ciudad y es padre de dos hijos- olvida todas esas situaciones que le toca experimentar como agente encubierto. En su barrio saben que es policía, pero nadie imagina que su especialidad es la caza de 'mulas'. Algo que realiza hace siete años.

Tony, un perro labrador de tránsito en la Aduana

Desde cápsulas con semen vacuno hasta ropa de marca esperan su turno para salir

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Por: Ronald G. Soria

El ladrido de dos perros es incansable. Llega desde algún lado del galpón de 15 mil metros cuadrados. Podría pensarse que se trata de canes entrenados como parte del sistema de seguridad de este complejo donde el ingreso de personas está celosamente restringido. En el que aparecen también cámaras de circuito cerrado por todos los rincones de ese amplio espacio cubierto y muy bien protegido. Un sitio donde cada palabra que se dice, sea donde sea que se las pronuncien y por muy bajas que estas sean

Cerca el uno del otro, ambos perros tienen historias distintas. El uno se llama Tony, es un labrador chester- germany de pedigrí, que llegó vía Lan Chile desde Nueva York. El otro, también labrador, llegó por Copa desde Buenos Aires. Los dos perros fueron almacenados en una de estas cinco bodegas que mantienen las empresas de correo:

EMSA, DHL, Cargo Service, Intercarga y Adprisa. Ahí está embalada parte de la ropa de moda que se importa desde algún país europeo, el nuevo invento tecnológico de los asiáticos y hasta los repuestos de algún auto del año que solo circula en Miami y que a alguien se le ocurrió traer sin considerar que si algo se daña, las partes deben importarse. Es un material también altamente valioso, propenso a robos, a ser sacado por canales ilegales y así evitar el pago de los aranceles de nacionalización. No por nada, solo en el 2002 por estas bodegas pasaron 12.016,72 toneladas métricas de mercaderías y otras cosas más. También puede ser riesgoso; en cada bodega se debe cumplir altos niveles de seguridad. Hay sectores donde

En agosto del 2003, quienes pusieron el escándalo en uno de estos hangares fueron 4 caballos de salto que intervinieron en los Juegos Panamericanos de República Dominicana; fueron almacenados, con el trato adecuado, eso sí, mientras se cumplían ciertos trámites tanto en la Aduana como en el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), donde se les debía extender un certificado de buena salud. Precisamente a la espera de ese certificado es que está el propietario del compañero de Tony. Para su mala suerte, llegó el lunes pasado, justo el día en el que los funcionarios de este organismo se declararon en paro.

murmuradas, hay alguien encargado de escucharlas a través de micrófonos de alto alcance. Basta cruzar un cercado metálico para cerciorarse que aquellos perros que ladran hasta el cansancio están de paso, como la totalidad de bultos colocados en largas filas de anaqueles en una de las cinco bodegas de carga aérea que funcionan en Guayaquil. Ahí son almacenados hasta que sus propietarios cumplan los trámites de nacionalización, paguen los aranceles de importación.

* * *

la peligrosidad de la carga es distribuida en 14 perchas. Desde materiales tóxico hasta altamente inflamables. Lo que llega ahí no es lo que el pasajero de cualquier avión declara como artículos personales o equipaje de mano y que en la ley orgánica de la Aduana ecuatoriana, están identificados en 40 ítems. Desde computadora hasta cepillos de dientes. Lo que se almacena son cosas que tienen valor comercial, dice uno de los funcionarios del Distrito de Carga Aérea en Guayaquil. Desde el semen de un toro para ser inseminado posteriormente, hasta los tubos plásticos en los que la Colgate embala su pasta dental que luego vende en el mercado local. También los pavos y cerdos que se ofrecen para las fiestas de fin de año pasan por estas bodegas. Y los productos con los que se preparan para las ferias gastronómicas los diferentes hoteles, hacen tránsito por ahí y esperan a que su propietario o importador cumpla con todos los requisitos para llevárselos.

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La historia de Tony es otra, más triste. Su suerte está echada -se le declaró en abandono tácito-, tal como la de cerca de cien bultos, diez mil kilos de artículos varios, que están amontonados en estas bodegas y que sus dueños no desaduanizan por razones diferentes. Tony ya es parte de esos bultos. Su dueño, William Contreras, no tiene para cancelar los 495 dólares para poder llevárselo a su casa. El perro, fue enviado por el padre de William para que sirva de compañía de la abuelita de este, doña Cleotilde de Lípari, de 95 años y totalmente ciega.

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"No puedo pagar esos costos, lo declararé en abandono expreso. Espero que alguien pueda cancelar eso valores o que lo donen a la Policía".

Junto a la jaula de Tony está la bolsa de comida de perro que el dueño lleva cada día desde el lunes pasado.

Los muertos milagrosos del cementerio

Dos tumbas y la calavera de un desconocido son veneradas como santos

Por: Ronald G. Soria

"¿Qué hora es?". La pregunta la hace alguien que ya lleva dos horas sentado entre un par de tumbas olvidadas en el sector de El Calvario, la parte alta del cementerio General. Ahí, el mármol importado de Italia cede al cemento mezquinamente pintado con una mano de cal. El lujo máximo es una vereda de concreto que se adentra entre ciento de ataúdes enterrados en la tierra pelada. Delgado y pálido, este individuo, cuya edad bordea los 50 años, dice que se gana la vida como albañil, pero evita identificarse."¿Para qué? Vive tu vida ñaño y no te metas en la mía", responde agriamente a quien intenta hurgar sobre las razones que tiene para acudir religiosamente cada tarde de lunes a aquel lugar. No es el único, junto a él hay cinco personas más. Todos esperan. Antes, temprano por la mañana, ya pasaron varios. Si alguien contaba en ese momento la cantidad de cirios que aún ardían o los que ya se habían

"Ya tenían que haber estado aquí", comenta preocupado el albañil a una de las seis personas que también esperan. "Tranquilo pana, ya deben de estar llegando", agrega un séptimo individuo que se sumó al grupo y quien, tal como lo hizo el resto, cumplió el rito de encender unas velas para colocarlas sobre un altar levantado a un costado de la vereda.

Por uno de los extremos de la vereda se acercan siete mujeres, casi todas vestidas de negro.

consumido, pudo haber calculado cuántos llegaron hasta el sitio durante el día.

El lugar es silencioso, alejado de las rutas de los

deudos, quienes a esa hora acostumbran llegar en columnas desde diferentes sectores con sus muertos sobre los hombros. Es la hora de los entierros. Desde ahí, la ciudad está presente en el ruido lejano de motores de vehículos que cruzan por las calles cercanas. Carlos Luna, uno de los guardias del cementerio, dice que los seguidores de las ánimas llegan de todos lados de la ciudad. No importa si son ricos o pobres, si es gente sana o muy mala. Si son respetuosos ante la Justicia o viven

apartados de esta. Todos cumplen el ritual de rezarle a las ánimas -son tres-, a pedirles un milagro o a pagar por un favor cumplido.

* * *

El individuo mira de reojo a quien intenta tranquilizarlo.

Lo enfrenta y le dice: "¿Acaso te conozco varón?". "Claro. No te acuerdas que nos vimos allá adentro - agrega el recién llegado- ¿No has vuelto a caer?". "No volví nunca más -responde el albañil- por eso es que todos los lunes, sagradamente, desde hace diez años, vengo acá. Yo estuve doce años en la Peni, pero le pedí

a esta ánima que no me dejara regresar. Y mira pana, no volví".

* * *

"Son las hermanitas, las encargadas del rezo", grita un muchacho quien hasta entonces había hecho silencio.

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¿Religiosas?, indaga alguien. "No, simples amas de casas que creen en las ánimas", agrega otro de los presentes, quien terminaba su tercer cigarrillo de marihuana. Si no fuera porque está en el cementerio, rodeado de cruces blancas, podría pensarse que la gente se inclina, enciende cirios y le reza a alguna imagen propia de los altares. Pero no, a la sombra de unos ciruelos, en lo profundo de una urna, está el cráneo de un ser humano cuya historia personal nadie conoce. Los guardias del cementerio aseguran que hace 40 años el cráneo rodaba de un lado a otro hasta que alguien lo recogió y lo colocó en aquella esquina donde luego se le construyó un altar. Ahí también se consagra la memoria de los muertos olvidados. ¿Milagros? Cada seguidor consultado -cerca de 15- dio fe de esto. Algunos se remitieron a lo que un conocido o

Angelita Pulla no cree que su hermano sea milagroso. José Daniel tenía 18 años cuando murió ahogado el 16 de octubre de 1981. Tampoco lo cree el resto de los hermanos del muerto (Héctor y Víctor), quienes notaron que algo raro ocurría en la tumba de su hermano, un año después de haberlo enterrado. Cada semana encontraban a desconocidos que le oraban, le adornaban el sepulcro y le pedían milagros. La muerte

vecino le comentó. Es el caso de Vicente Gómez, un carpintero vacante: "a un amigo le cumplió. Yo espero

que a mí también. Que no sea por falta de tiempo, se lo vengo pidiendo hace 5 años".

A setenta pasos de ese altar hay otra tumba que se

visita, la de Antonio Valverde, cuyo fallecimiento ocurrió el 17 de octubre de 1912. Se lo llama el brujo. No hay más información que una placa como un tributo al

muerto por parte de sus hijos Juan, Abel y Dositea. Ahí no solo se encienden cirios de color negro, también se queman cigarros, se dejan fotografías cruzadas por alfileres, nombres de personas escritos en pedazos de papel. Hacia el otro extremo de la vereda, está la tumba del conscripto milagroso. A José Daniel Pulla se le pide trabajo y algún favor de amor. Ante él también llega alguna esposa atribulada que reza para que a su pareja no lo alcance la ley.

* * *

de José ocurrió mientras hacía la conscripción en la compañía de Selva número 7, en Zumba, en el Oriente. "Se nos dijo que se había ahogado. No lo creíamos, pero eso nos dijeron los militares", dice Angelita Pulla. En vida, el "conscripto milagroso" era tranquilo y apenas terminó la primaria, pero tal como dicen sus seguidores, aquello no interesa. "Lo que sí importa es que esta sea una almita cumplidora".

El cronista que vive Guayaquil desde el alma

Por: Mónica Mendoza

Jorge Martillo Monserrate (1957) vive como los personajes de sus crónicas. Casi al margen. Su vida no es normal, odia lo formal. No le gustan las entrevistas, no le gusta lanzar libros, no le gusta el mundo académico, no le gusta lo público, no cree en el matrimonio

Es un bicho raro como los que él se encuentra cada día callejeando por el Guayaquil de sus desvaríos. “Vivo un poco al margen, y espero morir en mi ley, en lo que pienso Confiesa que ya les dijo a sus amigos cercanos que cuando muera lo cremen y sus cenizas las rieguen junto

a un árbol, que está casi cayendo al abismo de un

camino, en el cerro del Cementerio General. Cerca de ese cerro, entre tumbas despintadas se siente cómodo.

El cementerio es uno de sus sitios preferidos. Es una de

las cinco locaciones que escogió para esta conversación

con EL COMERCIO. Las Cachinerías, el Cementerio, el

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Cabo Rojeño, el puente junto al Estero Salado y su casa, en la ciudadela Ferroviaria, que tiene cuatro esqueletos en la puerta de ingreso. Y en un rincón un altar para

Juan Carlos Onetti. “Es mi dios literario

Sobre una máquina vieja, donde escribió sus primeras crónicas en los 80, están dos velitas y una fotografía del escritor uruguayo. Los esqueletos, unos muñecos viejos, los libros usados de los anaqueles de la sala y el

dormitorio y otras chucherías las encontró escarbando los puestos de vereda de Las Cachinerías. “Estos son

”.

Su primer libro de poesía ―Aviso a los navegantes‖ lo se publicó en 1987. Donde hablaba del licor y la bohemia. El actual es más existencial, de la locura, la muerte que lo persigue. Empezó a escribir crónica en 1985. Llegó como corrector de prueba a diario Expreso, cuando Carlos Calderón Chico era editor de la revista Semana. Luego le propusieron que escribiera en una columna Pulso de la Ciudad. Su primera crónica se llamó ―Los apocalípticos del parque‖, parte de una serie de la Plaza del Centenario, “en esa época recontra que populachera”. Su historia era de Clarita, una vieja prostituta que se volvió loca por el alcohol. Usaba un birrete y un micrófono desenchufado, y decía que transmitía desde la ―radio del Centenario‖. Sabe que su personaje ya murió. Recorriendo la ciudad, vagabundeando en lugares sórdidos, se encuentra con esos personajes, esas vidas que no tienen espacio en los diarios o que solo aparecen en las crónicas rojas. Las miserias humanas, el amor y el desamor, los desvaríos por el exceso de alcohol y drogas o los fantasmas y sueños que persiguen a cualquier guayaco. Como a él, quien anota sus sueños para hacerlos escritura, para mezclar realidad y ficción. ―Guayaquil me matas‖ es el próximo libro. Anoche presentó ―Guayaquil de mis desvaríos, crónicas urbanas‖, que habla de la ciudad perdida antes de la regeneración urbana. La escritura lo persiguió desde niño. Su padre, un proyector de los cines, era un inventor de historias que lo llevaba a recorrer la ciudad. En el parque de la Ferroviaria, junto al Estero Salado y al puente Cinco de Junio, parece que aún escucha los

La tarde cae en Guayaquil y la última parada es en la calle Rumichaca y Luis Urdaneta. El Cabo Rojeño donde se mezclan salsa “brava, gorda” y fútbol, donde el cronista ha pasado sus tardes y sus noches con una cerveza, conversando con ―El abogado del maní‖, quien

* * *

los malles populares. Diría que la cultura popular es

una de mis vertientes porque he escrito desde crónicas

de viajes hasta horóscopo, con un seudónimo

las crónicas de la vida nocturna y la bohemia que ahora publica en El Universo. La poesía también es otra línea de su escritura. El próximo lunes presentará en Quito ―El amor es una cursilería que mata: catálogo de autoayuda y destrucción‖. Basada en correos amorosos

y eróticos, cruzados con mujeres vía internet.

”. Hasta

boleros del bar ―El barquito‖ que instaló Daniel Santos en el lugar. La vida y la muerte está en las cachinerías, según Martillo. Las visitas en un domingo después de un caldo de salchicha. La cachinería tradicional de la calle Pedro Moncayo, atrás del parque La Victoria, en el centro de la ciudad, quedó reducida. La nueva cachinería donde se vende todo lo viejo, está entre las calles 36 y la 37 y la D y la F. Pero la céntrica tiene de ficción y realidad. Los salvadores de almas que gritan en altoparlantes el aleluya, de mujeres que hablan de sus milagros. El ruido de buses en el asfalto. O de Ferni Paéz, un ex boxeador que ya no cabe en un puesto abarrotado de libros usados. “Las cachinerías están llenas de vida, marginalidad, cosas auténticas, de vida y muerte.

Y en el cementerio también hay vida y muerte, como es

Guayaquil. En cada muerte hay quietud. Hay un mundo oculto, marginal que poco se conoce”. La visita al cementerio es a las 17:00, la hora de los entierros. Y se observan los ataúdes alzados en hombres, ingresando por la puerta 1. El cementerio es uno de los lugares que ha retratado infinidad de ocasiones. Camina entre las bóvedas y recuerda cada historia escrita. Las manadas de gatos que deambulan entre las cruces y ángeles y toda la ficción alrededor de su presencia. La tumba de JJ, donde nunca falta una flor. Y recuerda que una novela sobre Julio Jaramillo es un tema pendiente en su escritorio. “Hay ciertos muertos que son santos para los marginales, a los que hacen misa negra y los visitan”. Desde un costado del cementerio, Martillo señala el árbol y el cerro donde quiere que lo entierren.

* * *

debe ser el único vendedor de maní y mortadela con corbata, y con otros personajes que aparecen en sus textos. Las luces de neón se funden con el sonido del Grupo Caneo, que traen los parlantes. Cuando era

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estudiante de la U. Católica paraba en el sitio con su amigo Fernando Itúrburu. Hace 25 años el sitio estaba en Rumichaca y Zaruma y ahí llegaban con “unas aniñadas de la Católica”. En esos tiempos integró con otros de su generación el Grupo Sicoseo: Jorge Velasco, Raúl Vallejo, Fernando Artieda

El Cabo Rojeño, el de las paredes divididas para los equipos del Astillero. Ahí está su marca, un escudo de Emelec que donó a los dueños, los hermanos Pinargoti (uno barcelonista y otro emeleccista). Salsa y cerveza, las compañeras de las noches largas de Jorge Martillo

El museo de la basura

La cercanía al suelo acentúa el olor. no sé a qué huele, pero no huele bien.no huele a basura. no huele a orines. no huele a humedad. no huele a

guardado

huele

a una mezcla de todo lo anterior.

Por : Fernando Quiroz

Me llamo Ron Antonio de Jesús Casafús Torres de Restrepo y Zea, general en jefe de todas las Fuerzas Armadas del país, incluso, las no subversivas; marqués de la irreverencia, fruto exótico del universo y director ejecutivo de la república "súper in" dependiente del basurero, de la cual soy el rey, autoproclamado dictador vitalicio. ¿Cómo? Puede decirme Toñito. Me demoro en descubrir de dónde viene la voz. La luz es escasa y el lugar está atiborrado. También me demoro en identificar los objetos que cuelgan del techo y con los cuales estoy todo el tiempo a punto de chocar. Cuando mis ojos se acostumbran a la penumbra, el hombre mueve la cabeza y un brillo me conduce hacia él. Está recostado sobre un sofá desvencijado y cuando se levanta para saludar, su cabeza produce un pequeño estruendo. De su pelo tan enredado como el de los rastas también cuelgan decenas de objetos: el brazo plástico de una muñeca vieja, una alcancía de Davivienda, un par de rulos como los de doña Florinda,

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una cinta con la bandera de Colombia, un tenedor desechable, un conejo de caucho rosado, una pistola de silicona¿Cómo anda, Toñito? Exageradamente bien. Hice un cursillo de calidad y me pasé. Pienso que está loco. Exageradamente loco. Pasado. Me siento en un sofá más pequeño que el suyo, más destartalado y sin patas. La cercanía del suelo acentúa el olor. No sé a qué huele, pero no huele bien. No huele a basura. No huele a orines. No huele a humedad. No huele a guardadohuele a una mezcla de todas las anteriores. Cuando me acomodo, después de procurar que mi chaqueta no toque el piso y que mis zapatos no se hundan entre el hueco que dejan las tablas, descubro un aviso perdido entre empaques de icopor:

"Que suban las putas al poder, ya que sus hijos no han hecho nada". Miro a todas partes, me detengo en algunos hallazgos, y Antonio me advierte que tiene todos los objetos inventariados y que, por si acaso, a la salida requisan.

Estoy en una casa de esquina del bogotanísimo barrio La Soledad. Una casa que para muchos de los vecinos no es más que un muladar, pero que para este hombre, que nació hace cincuenta y un años en el barrio Manrique de Medellín, es el "Museo del resultado oculto del trabajo del hombre y de la mujer".

Quizás tanto él como sus vecinos tengan la razón. Una vez una señora se detuvo frente a la puerta, que casi siempre permanece abierta, y le dijo: "Esto es una cochinada". Ron Antonio le respondió: "Sí, es una cochinada. Pero no es mía, sino de ustedes. Yo solo se las estoy mostrando". ¿Cuál es la idea?

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Educar. Mostrar la mierda en la que andamos.

Y Antonio anda entre inodoros que sirven de silla a las

visitas, neumáticos de bicicleta, guacales de madera, esqueletos de sombrilla, tapas de canasto, tiras de negativos, circuitos de computador, trozos de alfombra, coladores de plástico, cables enrollados como serpentina, volantes de publicidadAllí vive. Allí duerme, sobre un colchón recogido en la calle, y allí se

queda dos o tres veces a la semana su novia, que tiene 24 años y estudia Ciencia Política en la Universidad

Antes de ser marqués de la irreverencia y de autoproclamarse dictador vitalicio, se llamaba Francisco Antonio Zea. Así dice en el pasaporte con el que viajó a París cuando abandonó las clases de Administración de Empresas en la Tadeo, aburrido de las teorías neoliberales. Sirvió desayunos en un hotel del barrio Latino, lavó licuadoras para una empresa que vendía electrodomésticos puerta a puerta, vivió en las buhardillas que a comienzos del siglo pasado estaban

destinadas a los empleados del servicio, aprendió francés sin acento y estudió siete años en la Escuela de Bellas Artes. Un tío acomodado que lo descubrió haciendo maromas para sobrevivir empezó a mandarle dos mil quinientos francos mensuales, hasta que Zea se ganó un premio de pintura en Montecarlo y recibió de manos del príncipe Rainiero un cheque cuatro veces más gordo que la beca de su familiar.

El dinero se agotó pronto y Antonio comprendió que si

quería seguir en París tenía que adoptar una forma de vida productiva que no acababa de convencerlo. Se convirtió en hincha de la incertidumbre y decidió marginalizarse. No volvió a comprar ropa ni a montar en bus. Vivía en construcciones que estaban a punto de

demoler y comenzó a recoger en la calle objetos que en apariencia ya no servían para nada, pero que para él resultaban de utilidad, como una silla rota o unos cojines descosidos. ¿Y el regreso? Un día leí que Belisario había lanzado un programa para repatriar cerebros fugados. Como el mío se había fugado hacía rato, pensé que eso era lo mío.

Aunque no recibe partidas oficiales, la labor del director ejecutivo de la república "súper in" dependiente del basurero fue reconocida alguna vez, en conjunto, por los ministerios de Educación y del Medio Ambiente. Su carreta está apoyada en un texto de su

Nacional. Seguramente es para ella el clavel rojo que asoma de una botella de Coca-Cola. Una flor perdida entre la chatarra. Un rastro de vida en aquella naturaleza muerta que Antonio lleva poco más de quince años levantando. ¿De qué vive? De los cuadros que vendo. Y de una pequeña herencia de mi papá, que murió hace cuatro meses: una rentica para el whisky.

* * *

En los últimos tiempos en París, había montado con unos amigos el centro cultural El Colibrí, en el número dieciséis de la rue Fontarabie. Programaban espectáculos, organizaban conciertos, llevaban sociólogos, y un día resolvieron decorar el lugar con buena parte de la basura recogida, porque Zea había empezado a coleccionar objetos abandonados que no le prestaban ningún servicio, pero que le llamaban la atención por su forma o su textura. Con esa misma idea, a su regreso, montó un bar entre Envigado y Sabaneta que se llamaba El Basurero. Atendió concejales de Itagüí que pagaban cuentas jugosas, hijos de narcotraficantes que se molestaban a la hora del cierre y mercenarios de cabeza rapada que portaban armas poderosas. Zea andaba por las calles en un jeep cargado de basura y una ametralladora de plástico, hasta que el acoso de la violencia lo hizo huir al cabo de tres años. Trató de repetir el experimentó en un bar de Cartagena, pero se quebró. Al final aterrizó en Bogotá, donde encontró la paz en esa casa de esquina de La Soledad, de donde tantas veces han tratado de sacarlo. En esa casa que una noche le incendiaron. En esa casa donde a veces florece un clavel en medio de los empaques de huevos Oro y de las cajas de vino tinto Fray León. ¿Quiénes visitan el museo? Ha venido gente de Japón, de Alemania, de Italia y de Ecuador que se ha dado cuenta de la destrucción del planeta por nuestro consumo irracional.

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autoría que se titula Tratado de economía tropi-logi- ecolo-etico-socio-lúdico-político y su mayor orgullo desde que creó el museo fue haber recibido una vez la visita de sesenta niños que le oyeron su cuento sin pestañear. Sin embargo, la mayoría de los que lo visitan

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van a hablar mierda y a beber whisky con él. A acompañarlo mientras le da curso al litro de escocés que bebe todos los días en un vaso que alguna vez fue de mayonesa, para calmar el estrés que le produce la torpeza humana, la misma que motivó el aviso que se lee a la entrada: "Cáncer, basura, estrésestamos trabajando al revés". Ahí vive, al lado de tantos objetos encontrados. Al lado de esa linterna inservible, de esa máquina de escribir a la que le falta la mitad de las teclas, de esa corbata azul con líneas amarillas que nunca se pondrá aunque tenga el nudo hecho, de ese maletín al que bautizó "valija triplomática", de ese aviso que anuncia caldo de

costilla, de ese riel de un tren de plástico que hace años dejó de funcionar, de esa caja que sirvió para llevar a domicilio un pollo de Colombian Broaster, de esas cajas de condones Orquídea y de ese carné de trabajo de una mujer llamada María Cristina Pulido que alguna vez encontró en medio de la basura. Por estos días, en la puerta del llamado Museo de la Basura hay un adorno de Navidad. Al fin y al cabo, para Ron Antonio de Jesús Casafús Torres de Restrepo y Zea todos los días son domingo y todos los meses son diciembre. De pronto no está tan loco.

El pueblo más robado de Colombia

Es el municipio más rico de Cesar, sin embargo no tiene acueducto ni alcantarillado. Recorrido por el rosario de obras inconclusas.

Por: Carolina Gutiérrez Torres

Sólo se olían gases lacrimógenos. Sólo se veían manifestantes enfurecidos lanzando piedras contra la Policía y a la Policía enfurecida haciendo resistencia. Gritos, llanto, un sol intenso y un disparo, un único disparo y un único muerto: Félix Manuel Mendoza, 44 años, taxista, simple observador de la protesta que se libraba en La Jagua de Ibirico, Cesar -el segundo municipio productor de carbón en Colombia-. El hombre cayó al suelo y el pueblo enardeció. Hostigaron a los uniformados. Les arrebataron las armas. Amenazaron con mantenerlos retenidos hasta que fueran escuchadas sus exigencias. Pedían que nos pavimentaran la carretera principal, que nos solucionaran los problemas de contaminación que nos habían traído las minas, que nos descongelaran las

regalías, cuenta Álvaro Castro, concejal. Era febrero de

2007.

De aquí no nos movemos hasta que venga el presidente Álvaro Uribe, gritaba alguien y la multitud repetía la consigna también a gritos. Al cuarto día llegó el

Está húmedo. Desde hace dos semanas, religiosamente, ha llovido cada día. Los 30°C promedio de temperatura

Presidente. Prometió invertir en salud, medio ambiente

y carreteras. La turba se disipó y La Jagua de Ibirico

volvió a su realidad: ser el municipio más rico del Cesar, recibir regalías por miles de millones al año -en 2009 fueron $85 mil millones, el 21% de lo que recibió todo el departamento-, y no poseer ni acueducto ni alcantarillado, no gozar con cobertura plena en

educación y salud, y tener por lo menos cinco ex alcaldes con problemas judiciales. ¿Cierto que en Bogotá tienen agua las 24 horas?, pregunta el concejal Castro. ¿Dónde están los más de $400 mil millones que han recibido en regalías desde 1995, según cuentas de la Alcaldía?, se preguntaría cualquiera, se pregunta el Gobierno que presentó un proyecto de ley para reestructurar la entrega de estos recursos: ya no les corresponderán sólo a los municipios con producción minera, sino que beneficiarán a todo el país, especialmente a los más pobres.

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y la lluvia incesante provocaron esta humedad de la que se queja Eliana Zuleta, coordinadora de los

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comedores escolares. La carretera principal, ésta por donde vamos, se llama Félix Manuel Mendoza, en honor

a un habitante del pueblo que murió aquí en una

revuelta de 2007, dice la señora Zuleta y empieza a reconstruir esos cuatro días de febrero, imborrables para cualquiera en La Jagua. Estábamos cansados de la contaminación, de los niños enfermos de neumonía, del mal estado de la avenida. Empezaron los disturbios. Los

gases lacrimógenos se metieron hasta en las casas. Yo

vi cuando el señor Félix se derrumbó. ¿Quién lo mató? A

estas alturas no sé sabe quién disparó. La Jagua luce como un pueblo apenas en construcción. Montañas de arena y gravilla en las aceras. Casas sin revocar, sin puertas ni ventanas ni techo. Obreros alzando bultos y canecas rebosadas con material. La mayoría de construcciones que usted ve sin terminar son de los trabajadores de las minas que con lo que ganan, de a poquitos, van construyendo su propia casa, dice Zuleta. A cada paso saluda a un conocido. Cómo siguió el niño. No va a parar de llover. Lanza cualquier comentario y continúa el camino. ¿Quiere conocer

En La Jagua se hizo famosa la Porra. Con la famosa Porra llegaban hombres uniformados y armados - paramilitares, de eso no hay duda, dice Eliana Zuleta- y demolían la puerta de la casa del que ellos consideraban colaborador de la guerrilla, del que tenía

plata, del que les debía, del que querían. Un solo golpe. La puerta al piso. Y las mujeres a gritar como desesperadas y los hombres de uniforme a amenazar o

a matar como enfermos. Eso fue entre el 97 y el 98. Ya nosotros sabíamos lo que eran los grupos armados

porque siempre habían estado en La Jagua. Primero fue

la guerrilla del Eln, el frente Manuel Martínez Quiroz.

Luego la guerrilla de las Farc, ¿el frente 37 o el 41?, se pregunta el concejal Álvaro Castro. Asegura que fueron quinientos los muertos que dejó la última guerra. Murieron campesinos. Murieron

En la memoria de La Jagua de Ibirico hay un año -1998- y el nombre de una alcaldesa -Ana Alicia Quiroz-, con los que se empieza a escribir la historia reciente del desangre de las regalías del municipio. En el caso de la alcaldesa Quiroz hubo denuncias por corrupción. Hubo investigaciones por delitos relacionados con irregularidades en contratación y despilfarro de dinero público. Hubo destitución. Y a partir de ahí la historia se volvió a repetir. Una y cuatro veces. Cuatro alcaldes

cuáles son los elefantes blancos del pueblo? ¿En los que se han robado las regalías? Venga le muestro.

Llega a la Casa de la Cultura. La que iba a ser la Casa de

la Cultura: una mole enorme, en obra negra, carcomida

por la maleza y la humedad. Está ahí, inútil, cayéndose, por lo menos hace ocho años, desde que el alcalde de turno fue encarcelado. Los alcaldes aquí no duraban ni un año. Se los llevaban presos porque decían que malgastaban la plata de las regalías. La verdad es que con ese dinero se quedaban casi siempre los paramilitares. Si los alcaldes no les daban la plata los mataban. Se cobraron muchos contratos ficticios, quedaron muchas obras inconclusas. Como ésta. Esta casa inservible de tres pisos que hoy vigila un hombre de gorra y uniforme azul. Esta casa que tiene el acceso restringido. Restringido para los niños que acaban de arribar en busca de una pista donde bailar hip-hop o break-dance, y para el grupo musical que vendrá más tarde con un acordeón y una trompeta. El ensayo será en la calle.

* * *

concejales. Profesores. Líderes. Amas de casa. Murieron quinientos y se perdieron miles de millones en la última guerra. Eso dice el concejal Castro y dice también que La Jagua de Ibirico era el banco de las Autodefensas. Su botín. No le miento cuando le digo que encañonaban a los alcaldes y les decían "usted tiene que darnos una cuota mensual de tanto". Los alcaldes cedían a esas presiones. Y eso se combinaba con corrupción. Aquí hay cosas muy delicadas: contratación indebida, robo, alcaldes encarcelados y también, hay que decirlo, complicidad de empleados del Gobierno. Así explica

Castro el desfalco histórico de las regalías en La Jagua.

Y en esa tesis coincidirá también el personero, Héctor Mendoza, hijo de Félix Manuel Mendoza, el único hombre que murió en la rebelión de febrero de 2007.

* * *

con problemas judiciales por los motivos similares:

Hernando Díaz, Ósman Mojica, Édinson Lima y Laureano Rincón.

Edinson Lima: alcalde de la Jagua entre agosto de 2005

y febrero de 2006, recluido en la cárcel de Valledupar, tres condenas. Atiende una llamada de El Espectador desde la prisión. Defiende los contratos que se firmaron en su administración -entre otros, uno para aprovisionar el cuerpo de bomberos, y uno más para

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ensanchar la tubería del alcantarillado-. Advierte que de grupos armados, de paramilitares, no habla. Es reserva del sumario. Sólo dice, enfático, que el país sabe lo que pasó en el departamento del Cesar con esos grupos. De esos grupos sí habla Héctor Mendoza, el personero. Eran ellos quienes querían manejar los recursos. Las presiones y las amenazas eran recurrentes: "Usted, o trabaja con nosotros o lo matamos. Si renuncia matamos a su familia; ya sabemos quiénes son y dónde están". A eso se suma que los alcaldes no eran buenos administradores y que la dirigencia política departamental también está metida. Sólo le interesa sustraer los recursos para sus beneficios. Familias ―prestantes' que se valen de la política para incidir en las contrataciones.

Al costado derecho de la Avenida Félix Manuel

Mendoza, internándose cerca de dos cuadras en el barrio 17 de Febrero, está el Centro Recreativo La Jagua.

Una zona verde enorme con cuatro piscinas, una barra para la venta de bebidas y alimentos, un techo azul y vistoso, y espacios libres para improvisar canchas de fútbol. El diseño arquitectónico es ostentoso, llamativo. Sobre todo porque las piscinas ahora son pozos de aguas negras. Y la edificación está oxidada, recubierta por maleza, a punto de desplomarse.

A las 7:15 a.m., en el Colegio José Guillermo Castro de La

Jagua de Ibirico, un grupo de niños juegan fútbol vistiendo el uniforme de gala. Un corrillo de cinco o seis compra empanadas a la entrada, se ríe, no parece

dispuesto a entrar. Al mismo tiempo Heberth Parodi Pontón, coordinador académico y de disciplina, deambula por los pasillos. ¿Cuánto han invertido en este colegio? No sé. La gente dice que son como $5 mil millones. Y esas inversiones no se ven. Todas las ventanas de vidrio se han caído. Las tejas que ve en ese túnel, las pusieron al revés, por eso toda el agua está estancada. En los gobiernos anteriores parece que se hubiera desaparecido la plata, dice el señor Parodi Ponton, con un tono serio, cortante. Bienvenidos al Colegio José Guillermo Castro, otro elefante blanco de La Jagua. Eso que ve allí (una casa cubierta por arbustos, sin techo, con la estética de ruinas que caracteriza al municipio) iba a ser un restaurante. Y esas de allá eran 20 aulas que quedaron comenzadas. Todas esas

Todas las desgracias del pueblo más rico del Cesar convergieron por esos años. Muerte. Amenazas. Corrupción. Contaminación. Pobreza. En 2007 llegó la hora de la rebelión. Nos reuníamos por las noches a planear cómo nos íbamos a manifestar: jóvenes, docentes, profesionales, líderes. A las 12:00 m. del 10 de febrero unas 500 personas nos plantamos en la carretera principal (concejal Álvaro Castro). Fue llamada la gran huelga. La gente no tenía oportunidades de trabajo en las minas, que eran las mismas causantes del impacto ambiental y de las enfermedades. El único camino que le quedaba a la comunidad era alzarse en contra del Gobierno. Empiezan las confrontaciones con la Fuerza Pública y ahí dan muerte al señor Félix, mi padre. (personero Mendoza).

* * *

Jáider Ayala, 12 años, pies descalzos, camiseta verde, está arrastrando una carreta justo al frente del centro recreativo que no fue. Se detiene. Hace un gesto de desagrado. Dice que por allí, entre el pastizal crecido y los pantanos que se han formado en estos días de lluvia persistente, vio alguna vez una culebra. También hay sapos, escuche. Se queda en silencio y se concentra en el sonsonete de los sapos. Se está haciendo de noche.

* * *

graderías que ve al fondo, deberían tener techo. En cual dirección que mire, en cualquier punto que señale el coordinador Parodi, habrá una obra negra. La misma suerte, quizá peor, tuvieron varias instituciones educativas de La Jagua. Se evaporó el dinero mientras les prometían restaurantes, canchas, auditorios, aulas dignas a los niños. Hoy, en la zona urbana, hay ocho colegios en construcción que estarán listos antes del primer semestre del próximo año, dice con toda convicción el actual alcalde Alfonso Palacio Niño. Dice también que entre marzo y abril de 2011 estará listo el acueducto de la zona urbana. En La Jagua el pueblo le cree a Palacio. Ya vivimos tranquilos. Antes, por ahí a las 7:00 p.m., empezaban a rondar unas motos y ya sabíamos que teníamos que encerrarnos. Nos íbamos a dormir con miedo (Eliana Zuleta, coordinadora de los comedores escolares). Este Alcalde se le paró en la raya a los violentos y el presidente Uribe le metió la mano a la seguridad (concejal Castro). Este Alcalde tiene carácter, se ha

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rodeado de mejores asesores, y eso coincidió con la política de desmovilización y seguridad democrática de Uribe (personero Héctor Mendoza). Hoy, un martes de septiembre en La Jagua, a las 7:00 p.m., suena música en las tiendas que rodean el parque central. Se juega un partido de fútbol a oscuras en la mitad de la plaza. Hay un aire húmedo y caluroso. Se siente paz, coincide el pueblo. Coincide también en que

la solución no es que los priven de las regalías, al fin y

al cabo -suelen decir- de alguna manera tienen que

retribuirnos la contaminación y las enfermedades que

nos han ocasinado las minas (Personero).

El Alcalde denuncia que les ha faltado apoyo de la

Dirección Nacional de Regalías para sacar adelante proyectos. Sí es cierto que ha habido irregularidades en el manejo de los recursos para la educación, la salud, el agua, la pavimentación de las calles; es cierto que hubo desorden administrativo, pero eso no justifica que

tengan congelados los recursos ni que se demoren tanto aprobándonos los proyecto, ahora que queremos hacer las cosas bien. Habla el alcalde Alfonso Palacio Niño. Elegido en octubre de 2007 con 5.175 votos. Citado el pasado 12 de agosto por la Fiscalía Seccional de Valledupar para una audiencia de imputación de cargos. El mandatario es investigado por un peculado por apropiación en la

declaratoria de una urgencia manifiesta en su localidad, que le permitió hacer un contrato por $75 millones que según el ente investigador presenta graves irregularidades, informó la página de internet de El País Vallenato. Para el próximo 22 de septiembre está programada la audiencia de solicitud de medida

de aseguramiento. El Alcalde ha insistido en su

inocencia y la expectativa se centra en la suerte que tendrá en medio de la tan sonada audiencia, remata la nota periodística.

Mi otro yo, el Malo

Un sencillo comerciante guatemalteco vivió lo que le puede ocurrir a cualquier mortal: que lo confundan con otro. El error se le volvió problema cuando se enteró que quienes lo confundían eran oficiales antinarcóticos que nicaragua y agentes de la DEA. Fue entonces que comenzó la pesadilla: pisó la cárcel de Managua y pasó ocho meses en prisiones de Estados Unidos, donde finalmente descubrió que un peligroso narcotraficante colombiano había clonado su identidad. Logró aclarar el asunto y ahora está meditando si demanda a los gobiernos que lo hicieron pasar por un inolvidable infierno.

Por: José Adan Silva

“Podía haberle ocurrido a Juan Pérez, a Luis González o

a Claudio Rodríguez. A cualquiera, menos a mí. ¿Por

qué, Dios todopoderoso, por qué? Si yo estaba bien conmigo mismo. Me gustaba mucho mi nombre y siempre agradecí no llamarme Tyson, Michael, George o cualquier otro nombre de allá. No es porque don Justo Pastor Cruz Coronado se haya puesto de acuerdo con doña Gregoria García Ortega para engendrarme y

regalarme el bonito Víctor Manuel al que tanto me acostumbré. ―Víctor Manuel‖, me llamaban y yo

respondía: ―¿cómo está usted paisano?‖, ―¿cómo le va

señora?‖, ―¿qué me dice el patojito?‖, ―¿qué tal la cosa compadre?‖. Oír mi nombre ha sido cosa tan común en

mi vida como respirar. Y eso que he logrado identificar

muchas cosas cuando me dicen mi nombre. Mi mujer me dice ―Víc– tor Manuel‖, casi deletreado, y yo sé que está enojada aunque no le vea la cara. Me recuerda cuando en la escuela la profesora decía mi nombre

completo, al revés, para darme la regañada: ―Cruz García Víctor Manuel‖, y ya sabía yo que la tarea no

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había sido correcta. Mis hijos me dicen ―papá Víctor, papá Víctor‖, y entonces sé que tienen problemas, porque no es el mismo ―papi Víctor‖ mimoso y cantadito que oigo cuando quieren más de la mesada semanal. Mis amigos me dicen ―Víctor, vamos por una cerveza‖, y sé que no ocurre nada, pero ya cuando me dicen ―Víctor Manuel‖, a secas, sé que hay problemas. He logrado comprender muchas cosas de la vida por medio de mi nombre, de la forma en que me lo dicen y cuándo me lo dicen, pero en aquellos días oía mi nombre y apenas lo reconocía, sólo veía los rostros secos y las bocas que lo mencionaban mal y yo trataba de descifrar en esas caras adustas si el Víctor Manuel que citaban eran un Víctor Manuel condenado a prisión o un Víctor Manuel regresado a la libertad”. Estados Unidos ha sido su principal proveedor y Centroamérica su mercado. Allá hay abundancia de repuestos, no piden muchos papeles y, por supuesto, los carros usados son más baratos que en El Salvador, Guatemala o Nicaragua. Así que decidió ir allá a traer

La desgracia de Víctor Manuel Cruz García inició en julio de 2004, cuando se enteró de que su ex trabajador había llegado a la alcaldía La Gomera, en el departamento de Escuintla, Guatemala, para indagar en el Registro Civil de las Personas. Quería los datos personales del que fuera su patrón. “Oiga, compadre, hace pocos días vino Carlitos a ver sus datos en los libros”, le comentó con alarma William Vega, el secretario de los libros. Víctor Manuel iba ocasionalmente a las oficinas municipales a pedir oficios legales para la venta y compra de los vehículos usados.

“No le creo, ¿por qué querría Carlitos mis datos si hace ya rato que no trabaja conmigo?”, replicó asombrado Víctor Manuel, quien dos años atrás lo había despedido porque le causó desconfianza, ya que de pronto empezó

a rodearse de amigos extraños que tenían mucho

dinero y los rumores del pueblo decían que andaba en

cosas gruesas. “Vaya usted a saber, don Víctor, usted está al tanto de que los libros son públicos”, le respondió Vega.

El asunto pronto pasó al olvido, hasta que en abril de

2006, unos días antes de que Víctor Manuel saliera de viaje a Costa Rica a ver una Ford Ranger que le llamaba la atención, se le apareció el mismísimo Carlitos. Ya

para entonces era otra persona: se ufanaba de mucha plata, gastaba a manos llenas en bares caros y se rodeaba de putas jóvenes de la Zona Rosa. A veces se

las piezas y los carros viejos, armarlos en Guatemala y

darles venta en toda la región. Aunque parezca irónico, le empezó a ir mal en la vida cuando le comenzó a ir bien en el negocio. Primero, sus pocos amigos mecánicos que al inicio casi le ayudaban de gratis, empezaron a cobrarle más cuando vieron que el negocio ya daba sus frutos. Luego, cuando el taller creció, llegaron los del ayuntamiento a exigirle tributo,

y después empezaron a llegarle rateros, pedigüeños y

demás lacras que le hicieron la vida de cuadritos con aquello de que “si le traigo un carro robado, cuánto me da” o “si usted quiere que yo le brinde protección tiene que pagar un impuestito” o el clásico “oiga, amigo, ¿tiene un trabajo para mí?”. Y, con el trabajo, crecían también las necesidades de ordenarlo, porque había que llevar los libros de contabilidad y demás papeles al día. Por ahí apareció la mala suerte cuando un mal día de 1999 contrató a un Judas llamado Carlos Aguilar Álvarez, Carlitos, quien años más tarde habría de venderlo con todo y documentos de identidad.

***

perdía por semanas, meses, y luego regresaba cada vez más rico y sospechoso. Cambiaba de autos modernos con frecuencia y sus celulares de última tecnología nunca dejaban de repicar, aun en horas inverosímiles, como las seis de la mañana de un domingo cualquiera,

como aquel primer domingo de abril cuando se presentó en el taller de su otrora patrón para preguntarle muy cordial, muy amigo, si seguía metido en el negocio de la compra y venta de autos de segunda. “Claro, de eso vivo”, le respondió Víctor Manuel, y Carlitos, siempre sonriendo, le ofreció otro trabajo:

“Quiero que vaya a Panamá a traer una camionada de cosas para Guatemala, y aquí le pagamos mucho pisto. Yo le doy el boleto de ida y allá lo veo”.

A Víctor Manuel no le gustó la oferta y además no

confiaba en un tipo al que había despedido porque le extraviaba las facturas, le perdía los documentos de pago y hurgaba entre sus papeles personales. Por eso, en aquel momento, pensó rápido: “¿Qué haría yo con un boleto sólo de ida a Panamá? ¿Y si estando allá no llega este carajo? ¿Qué camionada de cosas será?”. Sin dudarlo dijo que no, pero cometió el peor error de su vida: a modo de excusa, le contó sus verdaderos planes. Víctor Manuel le confesó a Carlitos que ya tenía prevista una visita a Costa Rica el 8 de abril, que llegaría a Nicaragua el 7 y que no podía ir a Panamá porque el 10 debía estar de regreso en Guatemala para vender una Nissan Frontier. Carlos se le quedó viendo y

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le preguntó si le hacía un favor: “¿Podrías llevar a Nicaragua a un hermano mío? Él va a traer el camión de Panamá, ya que tú no puedes. Cuando estés en

Managua yo te llamo”. Para salir de él, le dijo que no había problema, que con gusto le haría ese favor.

A los pocos días se le apareció un muchacho diciendo que ya estaba listo para viajar a Nicaragua. Al comerciante le dio mala espina viajar solo con un

enviado de su sospechoso ex trabajador. Pensaba:

“¿Por qué no le dio el boleto a Panamá a su hermano? ¿Y este hermano de Carlos de dónde salió si yo conozco

a su familia en La Gomera y a este patojo nunca lo

había visto?”. En medio de las dudas y antes de salir de

la frontera guatemalteca, Víctor Manuel llamó a José

Chavarría Mijangos y a Carlos Ponciano, unos amigos guatemaltecos que trabajaban en El Salvador, para pedirles que lo acompañaran a Costa Rica a traer el vehículo. No le dijo nada a su silencioso acólito y, tras confirmar la compañía de sus cuates salvadoreños, partió hacia Nicaragua el 7 de abril de 2006 a las cuatro de la mañana. Durante el viaje, Víctor Manuel logró sacarle algunas cosas a su acompañante: decía llamarse Julio, aseguraba ser guatemalteco pero hablaba con un tono distinto al de sus compatriotas chapines y se veía muy nervioso en los retenes migratorios. Antes de llegar a San Salvador, Julio le preguntó a Víctor Manuel si iba armado. Víctor le dijo que no, y luego el hombre le pidió que lo dejara en un lugar de la carretera conocido como Lourdes, entrada a Acajutla. Dizque iba a visitar a unos amigos y que después llegaría por su propia cuenta a Managua. Antes de bajar, se le quedó viendo a Víctor con condescendencia y le dijo serenamente: “Usted que es negociante debería caminar armado. La plata en la bolsa del hombre es el peor enemigo que existe, don Víctor Manuel”. Al guatemalteco le dio escalofrío aquel consejo y, en cuanto dejó al enviado de Carlitos, llamó a sus amigos para verlos en San Salvador. Así se hizo acompañar de Carlos Ponciano y José Chavarría, con quienes se fue al día siguiente a Managua, en la camioneta Nissan Frontier que ya había ofrecido en venta en Guatemala.

Cuando se vio vestido de overol naranja, entrando atado de manos y pies a aquella celda pequeña y silenciosa, empujado por guardias que hablaban en inglés, Víctor Manuel se sintió derrotado como nunca antes en sus 46 años de existencia. En menos de 72 horas su vida era otra. Un torbellino de voces, caras y

La tarde del viernes 7 de abril, mientras los tres

guatemaltecos cenaban en un restaurante a orillas de

la carretera a Estelí, un departamento al norte de

Nicaragua y cercano al puesto fronterizo con Honduras,

el celular de Víctor Manuel sonó y en su pantalla

apareció un código de llamada restringida. Vaya sorpresa: era nada más y nada menos que Carlitos, diciéndole que necesitaba hablar urgentemente con él, esa misma noche, que si se podían ver en el mall de Metrocentro, en Managua. “Claro que sí, pero decime qué pasa, vos”, lo interrogó Víctor, a lo que Carlitos le respondió relajado: “Víctor Manuel, nada pasa compadre, le tengo un negocio bonito en Managua que le va a interesar”. Otra vez el escalofrío: sus amigos lo llamaban “Víctor” cuando la cosa era asunto de cuates, pero ya cuando decían “Víctor Manuel” era porque algo no andaba bien. Se armó de valor para enfrentar lo malo que podría haber tras aquel “Víctor Manuel”, y quedó de verse con Carlitos a las nueve de la noche en el sitio acordado. Tomó un taxi y llegó puntual a la cita. No quiso manejar porque venía agotado de conducir toda la madrugada, así que dejó la Nissan estacionada en el patio del hotel de paso Ahualcas, sobre la Carretera Norte de Managua. Buscó a Carlos y no lo encontró, así que se entretuvo viendo los vehículos nuevos que se exhibían en una sala de la planta baja del centro comercial, que

a esa hora ya estaba casi vacío. Mientras veía al interior

de una pick up, sintió que alguien le ponía un cañón en las costillas: “Si te movés, te mato, Víctor Manuel”, le dijo una voz desconocida, y cuando el guatemalteco quiso ver el rostro del bromista, porque pensó que era una jugarreta, recibió un golpe en el estómago que lo tiró al piso. De nuevo el escalofrío recorrió su espina dorsal al identifi car que el “Víctor Manuel” con que lo habían amenazado no lo había escuchado en toda su vida, ni en sus peores problemas. Tirado en el suelo, vio que cinco hombres vestidos de uniforme policial oscuro, armados y con pasamontañas lo estaban rodeando y poniéndole las esposas, mientras le decían que no hablara, que agachara la cabeza. Luego sólo sintió que lo empujaban contra el piso de un vehículo que arrancó raudo hacia la peor pesadilla de su vida.

***

eventos sin sentido lo habían metido en una vorágine de locura, y apenas en ese momento, ya sentado sin cadenas ni esposas en la cama de la celda 30, podía discernir que su vida se le había escapado de las manos. Había caído en poder de la gente extraña que lo detuvo, lo golpeó, lo acusó, lo montó en un avión, lo

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llevó a Estados Unidos y lo metió en una cárcel. Todo por llamarse Víctor Manuel Cruz García.

se identificaron como agentes de la Drug Enforcement Administration (DEA). Los vio firmar unos papeles y

A

las pocas horas de estar ahí, ya extrañamente lleno

luego un oficial de la Policía lo entregó a los cheles,

de sosiego, repasó los turbulentos episodios de su recién pasado viaje, tratando de explicarse en qué había fallado. El 7 de abril le había dado un aventón al amigo de Carlitos, Julio, luego recogió a sus amigos Carlos Ponciano y José Chavarría, llegó a Nicaragua y

quienes le ataron pies y manos con cadenas. Se vio subir las escalinatas de un avión que estaba con los motores encendidos en la pista del aeropuerto y lo único que exclamó, antes de ver la ciudad desaparecer velozmente bajo sus pies, fue: “Dios mío, voy a

recibió la llamada en Estelí, se fue a ver a Carlitos al Metrocentro. Ahí lo capturaron los ofi ciales antinarcóticos de Nicaragua para llevarlo a la Dirección de Auxilio Judicial, donde le quitaron la ropa y le pusieron un traje azul. Luego lo metieron en una celda y

Guantánamo”. Más tarde se vio bajando del avión y subiéndose a una patrulla policial que lo llevó esposado a una enorme prisión donde dos guardias lo esperaban en una oficina. Le dieron una ropa color naranja talla extragrande, le

le

dijeron que lo habían detenido por tráfico de drogas

dijeron cosas en inglés, le hicieron firmar unos papeles

y

que la justicia internacional lo buscaba.

que él no pudo rubricar porque estaba aterrado y luego

Recuerda que al amanecer del sábado 8 de abril fue montado en un vehículo particular de vidrios oscuros y llevado a una ofi cina en un hangar del Aeropuerto Internacional de Managua, donde ofi ciales antinarcóticos con pasamontañas lo enfrentaron a unos hombres con apariencia de gringos, de gafas y trajes oscuros, que hablaban spanglish. Los tipos únicamente

se vio caminando por unos pasillos bien limpios con celdas a cada lado, arriba y abajo, voces en inglés y guardias que lo llevaban jalado de las cadenas que no le quitaron hasta que entraron en una celda fría, al final de un largo pasillo metálico, separado del edificio principal por una enorme puerta de acero con acceso de llaves electrónicas.

Su captura no fue un asunto de mucha claridad legal. A Víctor Manuel lo atraparon y entregaron a la dea en un procedimiento lleno de irregularidades y violaciones a sus derechos, según denunció en su momento el periódico El Nuevo Diario de Nicaragua. El rotativo investigó que la Dirección de Auxilio Judicial (daj), agencia legal de la Policía Nacional de Nicaragua, capturó el 7 de abril a los guatemaltecos Víctor Cruz García, José Chavarría Mijangos y Carlos Ponciano. A estos dos los puso en libertad al día siguiente, pero Cruz García no fue remitido a los tribunales, como manda la ley, sino que desapareció junto con su Nissan Frontier. La esposa del guatemalteco, Zoila Batres Valenzuela, llegó a Managua a investigar la suerte de su esposo y supo, por medio de los dos amigos, que Víctor Manuel había sido detenido por la Policía. La versión policial fue lacónica: nunca había sido capturado nadie con ese nombre, nunca lo habían visto. La insistencia de los periodistas y la presión judicial llevaron a la policía a reconocer que había sido trasladado a Estados Unidos en un avión de la dea, por estar vinculado al crimen organizado y a una red de narcotraficantes a la que supuestamente pertenecía el colombiano Luis Ángel González Largo. Este último había sido capturado cuando transportaba escondido en su camioneta un botín de más de un millón de dólares (que en el conteo oficial quedó reducido a 609

***

mil dólares), bajo custodia de la Corte Suprema de Justicia. González Largo estuvo varios meses detenido en Managua y fue entregado a la dea en abril de 2006, en medio de un escándalo de corrupción, cuando se descubrió que la plata custodiada había desaparecido de las cuentas del Tribunal Judicial sin que a la fecha se sepa dónde fue a parar. Posterior a la entrega del colombiano, los comisionados mayores de la policía, Clarence Silva, entonces jefe Antidrogas, y Alonso Sevilla, vocero de la institución, dijeron que habían deportado a Cruz García por estar ilegal en Nicaragua; que la dea lo había arrestado en la zona internacional del Aeropuerto de Managua por estar vinculado a un cartel colombiano; que usaba identidad guatemalteca falsa pero en realidad era colombiano y estaba ligado al tráfico de armas, drogas e indocumentados. Según el reporte de Inteligencia, su alias era El Flaco, de 46 años de edad, complexión delgada, pelo lacio negro, ojillos negros y tez morena, de andar pausado y modales tímidos. Que tenía su sede de operaciones en La Gomera, en el departamento de Escuintla, Guatemala, y que se identificaba con cédula falsa A120997. “¿Cuál caso criminal? ¿Qué asunto de drogas? ¿Cuál colombiano? Yo soy Víctor Manuel Cruz González, de oficio comerciante y originario de La Gomera, Escuintla,

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hijo de Justo Pastor Cruz Coronado y Gregoria García Ortega y padre de tres hijos”. Y justo en este punto se echó a llorar como lloran los que han guardado durante muchos días las penas de duelos y martirios:

agarrándose la cabeza entre las manos, posando las manos abiertas sobre los ojos para después desplomarse hacia delante entre golpes de convulsión en el pecho. No pudo seguir hablando y lo único que hizo el abogado de oficio, David W. Bos, fue darle una palmadita en el hombro y decirle por medio de un traductor: “Tranquilo hombre, la cárcel no lo matará”. Víctor Manuel se le quedó viendo incrédulo y del llanto triste pasó al grito de rabia: “¿Cómo que esté tranquilo? Estoy aquí metido en una hija de puta celda de alta seguridad, rodeado de condenados a cadena perpetua, señalado de ser un narcotraficante colombiano de mierda y enfrentando un juicio por jodidas drogas que nunca he visto ¿y aún así quiere que esté tranquilo? ¡Cualquiera me puede matar! ¿Entiende eso?”. Su defensor se le quedó viendo compasivo, se despidió y le prometió regresar a la mañana siguiente. Él se quedó solo, frente al cubículo donde había hablado con su abogado, y fue regresado por los custodios a su celda, donde se quedaría pensando sobre su vida. Apenas se acostumbraba a su nuevasituación de reo, pero al menos ya tenía cuatro personas con quienes hablar español: el traductor de su abogado de oficio, la religiosa española que hacía oficios de asistencia humanitaria en la penitenciaría, un guardia boliviano y un ilustrado reo colombiano que hablaba con fruición de Simón Bolivar. Con el que menos gozaba hablar era con su traductor, de quien ni siquiera quiso aprenderse el nombre. Daniel Quispe, el guardia de origen boliviano, lo entretenía con sus revelaciones: “¿Ves aquel negro que viene allá?, anda feliz porque hoy el juez le rebajó una cadena perpetua, ya sólo le quedan dos”. La madre María, una monja de la Orden de las Carmelitas, era quien le daba fortaleza por medio de la palabra de Dios y se encargaba de buscarle contacto con su familia en Guatemala. Pero su sustento ideológico fue suamigo colombiano, quien le abrió el camino a un mundo que el vendecarros de Guatemala no conocía: la literatura. Le dio a leer biografías de Simón Bolívar, Alejandro Magno, Nelson Mandela, novelas como La paz y la guerra, Crimen y castigo, obras de García Márquez y otras cosas que la memoria de Víctor Manuel no retuvo en aquellos días de barrotes. Y si la vida en la celda 30 del primer nivel había sido muy aburrida, el cambio a la celda 6 del segundo nivel

le sentó bien. Se hizo amigo del vecino de la celda 2, el colombiano ilustrado que, mientras pasaban las horas libres en la cancha de básquetbol, le preguntaba si había oído hablar de la guerra de Colombia. Pero Víctor Manuel no sabía que su nuevo amigo era todo un personaje. Un día, mientras conversaba con el guardia boliviano, se enteró de que quien le metía la idea de reclamar por sus derechos era el famoso cerebro financiero de las Fuerzas Revolucionarias de Colombia (farc), Ricardo Juvenal Ovidio Palmera, mejor conocido por el seudónimo de Simón Trinidad. Del recuerdo de aquella inesperada amistad, el guatemalteco guarda una carta manuscrita donde Trinidad le expresa sus mejores deseos: “Te has sabido comportar con dignidad, fortaleza y valor. Para expresarlo con tus palabras: Dios te ha puesto a prueba y con creces has superado todos los obstáculos, has ganado más en tu fe y eres mejor cristiano. Ya te faltan menos días, tómalo con calma y acepta la realidad de la lenta burocracia gringa que así como fue ágil para cometer contigo una inmensa injusticia, es lenta para resarcir su gravísimo y grande error”. Cuando Víctor le exigió a su despreocupado abogado que le explicara qué pasaba con su caso, la verdad se le estrelló en la cara con tanta fuerza que cree que en su vida no ha sentido calor más grande de rabia en el rostro como el de esa bofetada de confesión. David W. Bos le dijo que estaba recluido en el Departamento Correccional del Distrito de Columbia, Washington, bajo acusación de conspiración, transformación y distribución de más de cinco kilogramos de cocaína en Estados Unidos. Le dijo sin prisa y con tranquilidad que su caso estaba archivado en el expediente criminal número 05451, que su acusador era el Estado mismo, Estados Unidos, y que había sido detenido por una orden federal de arresto dictada por el magistrado judicial John M. Facciola, de la Corte del Distrito de Columbia. Mascando goma, Bos le dijo, además, que su caso estaba ligado a la captura de Luis Ángel González Largo y de René Oswald Cobart, ambos presos también en Estados Unidos por narcotráfico. Víctor Manuel no podía creer que lo vincularan a Cobart, un conocido millonario en Guatemala del que se hacían oscuros comentarios sobre el origen de su fortuna y al que se le achacaban propiedades y riquezas que él, simple vendedor de carros, nunca había imaginado. Sin dejar de mascar goma, Bos le explicó que la conspiración contra él, Víctor Manuel, había comenzado en 2004, cuando un agente encubierto de la dea había participado en Las Vegas, Nevada, en una reunión con

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Cobart y un presunto narco colombiano conocido como

abogado le explicó: “El tipo que andan buscando es más

El

Flaco, residente en Guatemala y con documentos que

bajo que tú, tiene cicatrices aquí, es más blanco y yo

lo

identificaban como Víctor Manuel Cruz García, de

estoy seguro que tú no eres, así que podrás salir de

oficio comerciante y originario de Escuintla. Allí pactaron la compra de 400 kilos de coca que serían entregados en Panamá para ser llevados a Estados Unidos. Desde esa fecha se abrió el caso en Estados Unidos y Cobart fue detenido en suelo estadounidense

aquí el 8 de septiembre”. Sin embargo, el 18 de septiembre nuevamente llegó Bos mascando goma para plantearle una propuesta: “Si te declaras culpable, el fiscal asegura que sólo te clavan un par de meses aquí y luego te marchas, pero si no

por la DEA.

podrías quedarte toda la vida”. La propuesta lo

El Flaco, el otro Víctor Manuel, lo empezaron a buscar en Centroamérica y a González Largo le siguieron la pista porque supuestamente sería el encargado de pagar la droga. Víctor enfrentaba ahora una acusación que de ser comprobada lo mandaría entre 30 y 50 años

A

desmoralizó y sólo tuvo aliento para una respuesta: “No me importa, si Dios me quiere tener aquí toda la vida, toda la vida voy a estar, pero no aceptaré algo que no hice”. El otro levantó los hombros y, sin dejar de mascar, se fue. Regresó al día siguiente para decirle

a

prisión.

que la Fiscalía retiraría los cargos. “Nunca había visto

Víctor Manuel se presentó a audiencia inicial en la Corte el Distrito el 10 de abril, el 14 del mismo mes, el 5 de junio y el 19 de julio, cuando por fin pudo conocer a González Largo y Cobart. Ambos, en un momento en que los dejaron solos durante un receso, le preguntaron si él era en realidad El Flaco. Víctor les dijo que no. Luego le comentaron que atestiguarían con la verdad y no lo implicarían en lo que no estaba metido. Pese a que en las audiencias y en las conversaciones con los abogados siempre tuvo un intérprete a su lado, Víctor Manuel asegura que no recuerda los argumentos legales que se usaron a su favor para librarlo de las acusaciones, pero sí la infinidad de chequeos médicos e inspecciones que le realizaron en el rostro, en busca de cicatrices y huellas de cirugías faciales. “Me revisaron hasta la lengua y el pelo”, cuenta el guatemalteco. Un día su abogado de oficio le explicó que alguien que había conocido a El Flaco en Nevada, aseguró ante los investigadores que Víctor Manuel no era el narco que había visto en Las Vegas. El 19 de julio su abogado lo visitó en la cárcel y le dijo: “Tú no eres”. Y él, hastiado de decir que era Víctor Manuel, pero no el que se había hecho pasar por él para meter drogas a Estados Unidos, le respondió con dureza: “Yo sé que no soy ése”. Su

un caso como el suyo, vaya que tiene mucha suerte”, le dijo sonriendo antes de despedirse del preso 309982 de la Correccional del Distrito de Columbia. Oficialmente, a Víctor Manuel le notificaron que estaba fuera del juicio el 26 de septiembre, pero la carta firmada por el secretario de la Corte, Royce C. Lambert, le llegó a su celda el 24 de octubre y salió de ahí hasta el 6 de noviembre, aunque fue entregado a Migración y retenido en prisión un mes más en Hampton Roads Regional Jail, Virginia y Lousiana. Finalmente llegó deportado a Guatemala a las once de la mañana del 8 de diciembre, ocho meses después de haber salido a Nicaragua. Al bajar del avión, le entregaron los documentos que le habían requisado en Managua, incluyendo su pasaporte, con las respectivas visas de México y Estados Unidos, su cédula y algunos dólares que portaba en la cartera. Compró una tarjeta de telefonía y llamó a casa. Antes que le respondieran, pasaron unos segundos que le parecieron siglos y finalmente oyó una voz al otro lado de la línea que preguntaba: “¿Bueno, quién habla?”. Era su esposa y él no sabía qué decir, hasta que por fin dijo algo: “Ya regresé”. Y escuchó cómo del otro lado le decían la palabra que tanto añoró oír en la cárcel: “¡Víctor!”

Víctor Manuel Cruz García regresó a Managua el pasado

mayo. Fue con su esposa a varias misiones: a recuperar

la Nissan que le retuvieron cuando lo apresaron, a

aclarar su situación migratoria con Nicaragua, a pedir ayuda de su embajada para obtener una disculpa oficial de las autoridades policiales de Nicaragua y a denunciar su caso ante el Centro Nicaragüense de