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Virtudes de un cristiano

James Keenan SJ
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técnico, de esta publicación -incluidos el diseño de la misma y las
ilustraciones- sin permiso expreso del editor.

Título original: Virtuesfor Ordinary Christians


Traducción del inglés: J. Carlos Coupeau y Julio Martínez

Portada y diseño: Alvaro Sánchez

© Sheed & Ward, Kansas City, EE.UU.


© 1999 Ediciones Mensajero, S.A. - Sancho de Azpeitia, 2
48014 Bilbao.
E-mail: mensajero@fedecali.es
Web: http://www.mensajero.com
ISBN: 84-271-2210-1
Depósito Legal: BI-74-99
Printed in Spain
Impreso en Grafman. Pol. Ind. El Campillo - Pab. A-2
Gallarta (Vizcaya)
A Sean
V I R T U DE_S_ D E U_N C R I S T I A N O
James F. Keenan, S.J.

Introducción a la edición castellana

MIENTRAS ESCRIBO esta introducción a la edición


Clistel]ano de Virtudes de un cristiano transcurre el
rto domingo de Cuaresma. Ela sido una semana con
atantes acontecimientos.
•El lunes hablaba por teléfono con mi amiga Marilyn,
ex-alumna del programa de doctorado que ahora es
"ísora de teología moral. El mes pasado su hija más jo­
la única chica de sus hijos, sufrió un accidente de coche
Si que quedó gravemente herida. En estos momentos
Irílyn está sentada a la cabecera de su cama esperando a
qUQ Salga del coma. Cuando esto suceda, tendrá por delan­
te Itlin recuperación muy larga. El hospital en que la hija de
Mltrllyn se encuentra dista más de 1.600 kilómetros del do­
m icilio familiar, no obstante estar próximo a la universidad
dond o su hija estaba a punto de terminar los estudios.
M arilyn me comenta cuánta ayuda está encontran­
do tín gente que ni siquiera conoce. También me cuen­
te Cómo, a menudo, m ientras espera en la unidad de
0Uld a el os intensivos, trata con otras madres que atien­
dan a sus hijos heridos pero que, careciendo de la edu-
fllicióri que M arilyn posee, recurren a ella en busca de
a y u d a . Finalmente, me confiesa que su esperanza de
que HU hija vuelva del coma es muy débil.
A renglón casi seguido, el jueves, supe que el padre
do otro amigo había muerto. Un jesuíta vasco, de la pro­

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vincia de Loyola, y uno de los traductores de este libro,
mi amigo Carlos, ha estado viviendo en nuestra peque­
ña comunidad desde hace ahora tres años. Es un alum­
no del programa de doctorado aquí, en la Weston Jesuit
School of Theology, una facultad de teología que no di­
fiere en mucho de la de Comillas en Madrid. A lo largo
de los años Carlos y yo hemos llegado a ser buenos
amigos, aunque no siempre nos haya resultado fácil.
Tenemos personalidades muy distintas, pero ambos
amamos a la Iglesia y a la familia, y nos guardamos un
profundo respeto el uno por el otro. Sobre esa base hemos
construido una amistad duradera.
Carlos sabía desde hacía algunos años que su padre te­
nía cáncer y, más recientemente, que su padre se moría.
Con él he compartido mi experiencia de cómo es la pérdi­
da de un padre y, ahora que ha mu arto, me hubiera gusta­
do haber estado allí junto a él, su. madre y su hermano.
Aunque no me fue posible, otro jesuíta de nuestra comuni­
dad voló a España para acompañarle en esos momentos,
para llevarle nuestra solidaridad. Carlos sabe cuánto nos
gustaría aliviar su pena a todos y a cada uno de sus com­
pañeros de comunidad, porque, gracias a lo que nos ha ido
contando, hemos llegado a conocer cuánto se quieren los
cuatro y cuánto se preocupan unos por otros.
Ayer tuve que ir al hospital para ver a otra alumna,
Patricia. Su marido está muriéndose de cáncer y hacen
los preparativos para trasladarle a una residencia. N un­
ca me habían presentado a su marido y ella quería que le
conociese antes de que empiece a empeorar. Fue para mí
un encuentro emotivo. El es un judío ferviente y ella una
católica devota. Ayer, sábado, fue un buen día para que
le visitase, puesto que sus amigos judíos, observantes del
descanso sabático, no podían visitarle; ayer fue el día en
que los amigos católicos eran especialmente apreciados.
Como Marilyn, Patricia se sienta al lado de la cama, aun­
que, al contrario que Marilyn, Patricia contempla la
muerte en el horizonte.

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Finalmente, después de ir al hospital, tomé el coche y
marché a visitar a mi hermana y su familia. Mi sobrina
Megan celebraba su dieciocho cumpleaños. Era toda una
tiesta. La casa estaba abarrotada de amigos suyos y de la
lamilia. Realmente, había muchos jóvenes de su edad
por todas partes. Todos lo pasamos muy bien.
Hace dieciséis meses, a Megan le diagnosticaron de
repente una leucemia. Diez días después sufrió una he­
morragia cerebral. Ahora, que ya ha pasado casi un año
tras la remisión del cáncer, había muchas razones para
celebrarlo. Contemplando a sus compañeros de clase, me
di cuenta de que, a pesar de la diferencia de años que nos
separa, compartimos un afecto similar por una joven de
dieciocho años que ha sufrido mucho.
Estas historias son de ésas que todo el mundo entien­
de. Son historias verdaderas que se aterran a la memoria
y que seguramente son parecidas a otras conocidas por
el lector. Muestran, de hecho, cómo a través de un suce­
so podemos adentrarnos por simpatía en la vida de otro:
dentro de su esperanza y gozo, o de su dolor y tristeza.
Ciertamente, hay mucho más que no alcanzamos a
comprender. Por ejemplo, no puedo conocer el dolor de
Carlos en su profundidad o la preocupación de Patricia o
la paciente esperanza de Marilyn. Pero escuchándoles,
puedo llegar a vibrar con ellos. Sus historias me tocan mu­
cho. De hecho, están cargadas de sentido para muchos: ca­
da una subraya que somos capaces de hablar los unos a los
otros atravesando grandes diferencias culturales. Marilyn
se sienta a hablar con gente cuya formación difiere mucho
de la suya, Carlos comparte su vida con sus compañeros
americanos, Patricia habla con sus amigos judíos y yo con
los jóvenes camaradas de Megan. A pesar de las diferen­
cias de educación, cultura, religión y edad somos capaces
de comunicarnos, especialmente cuando nuestras expe­
riencias son tan verdaderas y conmovedoras. Cruzamos
muchas fronteras.
Historias como éstas se recomiendan por sí mismas,
ya que la gente que aparece en ellas nos es familiar. Inde­

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pendientemente de los diferentes contextos que cada uno
tenga, entendemos a las madres, hijos, esposas y amigos.
Padres, esposos, hijos y amigos atraviesan las culturas.
Sin embargo estas historias son recomendables de modo
particular, ya que ofrecen los modelos de madre, hijo, es­
posa y amigo que son. Las narraciones se aconsejan a sí
mismas debido a las virtudes de estas gentes cercanas.
La virtud es especialmente apta para movernos a
través de las culturas. Dentro de estas cuatro historias
hay virtudes en juego. Vemos la esperanza, el valor, la
com pasión y el gozo de estas gentes. Esas virtudes son
evidentes para nosotros. Resonamos con el gozo de
esos adolescentes, la esperanza de la madre, el valor de
la esposa y la empatia del hijo.
Más aún, en cada una de estas historias, vemos en ac­
ción a la fidelidad. En ellas hay gente fiel: la esposa, la ma­
dre, el hijo, los amigos. Les acompañamos mientras siguen
firmes junto al esposo, la hija, el padre y los amigos, y por
eso queremos prestarles también nuestro fiel apoyo. En es­
te mundo nos gusta que «funcione» la solidaridad cuando
otros sufren. No nos importa de qué país es, qué educación
tiene, qué religión profesa o qué edad nos separa. Nos une
que están pasando una mala racha y no queremos que la
soporten en soledad, sin nuestra compañía.
Este libro también pretende acompañarte, lector. Está
escrito por una persona muy concreta: el hijo de unos pa­
dres neoyorquinos de clase trabajadora, que ahora es un
sacerdote jesuita, profesor de moral. Sin embargo, las
ideas no corresponden sólo a mi modo peculiar de na­
rrar historias o a mis particulares intuiciones;por el con­
trario, se trata de historias familiares, historias sobre her­
manos, padres, profesores y amigos. Historias de gente
que conocemos. También son historias sobre las virtudes,
las virtudes a que estas gentes dan cuerpo, y que noso­
tros, a cambio, reconocemos y recomendamos. Son histo­
rias que nos atraen, porque nos recuerdan quiénes pode­
mos ser. Como Marilyn, Carlos, Patricia y Megan, estas
historias son muy humanas y muy reales.

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V ir t u d e s de un c r is t ia n o
James F. Keenan, S.J .

Prólogo de la edición americana

UN DÍA RECIBÍ una llamada de Michael Walsh, que


trabajaba en la Comisión doctrinal de la Conferencia
Episcopal de los Estados Unidos. Consultaba a varios
amigos neoyorquinos sobre una lista de teólogos m ora­
les que se barajaban como colaboradores de la revista ca­
tólica Church. Me pareció una relación impresionante. En
algún momento de nuestra conversación, le dije: «Mike,
si ninguno acepta, me ofrezco para hacerlo yo; me en­
cantaría escribir artículos breves sobre las virtudes». A
las pocas semanas, me encargaron esa tarea.
Me interesó la columna periodística porque me brin­
daba la oportunidad para exponer mis ideas sobre la
virtud y la vida adulta cotidiana. Personalmente no era
mi intención dirigirme tanto a cristianos curiosos como
a los que están deseosos de pensar. Quería com unicar­
me no con las personas interesadas en cualquier tema
que divida a la Iglesia, sino con las que están preocupa­
das por todo lo fundamental para la vida de las famiíias
y de las comunidades. Quería hallar espacios comunes.
Y, en lugar de mirar a principios y reglas que gobiernan
complejas acciones particulares y específicas, me dispo­
nía a prestar atención a la vida corriente. Para hacerlo,
me volvía hacia las virtudes.
En la teología actual hay una constante crítica que se
refiere a las virtudes como poco consistentes, inexactas e

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inútiles. Contra tal desafío, quiero presentarlas como
concretas, prácticas, útiles y necesarias. Nunca he enten­
dido las virtudes como ideas sino como prácticas. Por
eso me remitiré a historias de familia y iré tejiendo con
esas narraciones algo de la tela de nuestra tradición.
A lo largo de los años un buen número de personas
volcadas en su trabajo y acostumbradas a la reflexión
práctica me ha ido diciendo que leían mis columnas en
Church. Para ellos son estos ensayos: los ya publicados y
los ocho nuevos que en este libro añado. Juntos concen­
tran mi visión sobre cómo crecer como «cristiano de a
pie». Espero que también os digan algo a vosotros.

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PRIM ERA PARTE
Breve introducción
a la virtud
V ir t u d e s de un c r is t ia n o
James F. Keenan, S.J .

Los hábitos de ser

mFÉÉMu»-m

HACE NUEVE AÑOS dejé de fumar. Durante el pri­


mer año y medio todo fue bien, pero, cuando hacía el
doctorado en Roma, falló mi resolución. Al poco tiempo
de llegar allí, volví a fumar; esta vez me unía a una gran
parte de la gente que vive en Roma para la cual fumar no
es un vicio, como lo es en Boston.
Hace cinco años, regresé de Roma con la determ ina­
ción de, entre otras cosas, dejar de fumar otra vez. Lo
planeé con mucho cuidado. Me preparé para aceptar el
hecho más que probable de los kilos que engordaría.
(Pensé: ya los perderé más adelante). Decidí decirles a
todos mis conocidos que lo estaba dejando. (Razonaba
que, en las tentaciones, mi salud no me proporcionaría
suficiente resolución; y sabía que la vergüenza y el sen­
tido del ridículo sí lo harían.) Por último, puesto que
fumaba obsesivam ente mientras escribía, hice planes
de no escribir nada durante el primer mes.
Dejé de fumar el Miércoles de Ceniza. Llevé toda mi
ropa a la lavandería... Ventilé mi habitación... Tiré todos
los ceniceros. La primera semana, me recompensé a mí
mismo yendo al cine y comiendo helados. No fui a nin-

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guna fiesta. Salí a correr bastantes veces. Y me mantuve
alejado de algunos amigos incrédulos que estaban con­
vencidos de que no lo conseguiría. En una ocasión, soñé
que estaba fumando, pero en realidad no había ocurrido.
La verdad es que tampoco sabía qué hacer con los kilos
que había ganado.
Puesto que la vida moral tiene que ver con la vida co­
tidiana, la moralidad no puede estar reservada a unas
cuantas acciones de gran significado. Todo acto humano
es un acto moral. El modo de hablar, el tiempo que gas­
tamos, los planes que hacemos, las relaciones que culti­
vamos, todo forma parte de la vida moral. La moral no
es primariamente el estudio de acciones graves; sino el
estudio del vivir humano. Y ser humano es una tarea tan
complicada y frustrante como lo es encontrar el momento
justo para dejar el tabaco.

Prácticas morales

La vida humana de cada día se complica por la varie­


dad de relaciones, tareas y circunstancias que constitu­
yen el actual vaivén de la humanidad. Para manejarnos
en medio de esta selva intrincada desarrollamos «prácti­
cas». En su famoso libro, After Virtne, Alasdair Maclnty-
re explica que una práctica es una actividad regular que
nos configura de tal modo que desarrollamos disposicio­
nes para actuar de una forma particular. Las prácticas
conforman hábitos. Por ejemplo, para sobrellevar el es­
trés de tener que escribir o de relacionarme con la gente,
yo caí en la práctica de fumar. Por desgracia, la práctica
de fumar en mi mesa de trabajo y en las fiestas se exten­
dió al hábito de fumar en todas partes. Las prácticas nos
conforman.
Para adaptarnos a las exigencias de la vida, adoptamos
ciertas prácticas. Consideremos el conducir. Reacciona­
mos de muy diversos modos ante la presencia de otros co­


dll'H en la carretera. Algunos conductores suelen perse­
guir de cerca al coche que llevan delante. Otros mantienen
una velocidad constante de 50 km/h sin dejar el carril de
mielantamiento. Los hay que adelantan, sin más, al vehí­
culo ajeno, mientras otros prefieren demorarse admirando
el último modelo de coche que llevan delante y que que­
rrían hacer suyo. Y junto a tales prácticas, cada uno tiene
lambién sus recorridos preferidos. Y cada uno se va ha­
ciendo a la idea de a qué velocidad debe conducir: por en­
cima, por debajo o al tope de la velocidad legal permitida,
listas prácticas se convierten en hábitos. Algunas veces las
prácticas que desarrollamos en la carretera aparecen como
hábitos en las reuniones sociales: los que pasan, los que si­
guen, los que persiguen de cerca, los agresivos pasivos...
no se encuentran solamente en las autopistas.
Continuamente adoptamos prácticas para realizar ac­
tividades tan simples como despertarnos, desayunar,
ducharnos, ir al trabajo, escribir cartas, llamar por telé­
fono, saludar a los amigos, hacer deporte, divertirnos,
conducir, lavar la ropa, cocinar, tomar apuntes, utilizar
el ordenador, vestirnos, salir a cenar, irnos a la cama,
leer, conocer gente nueva, pasear por grandes almace­
nes, relacionarnos con nuestros padres o hijos, escuchar,
ver la televisión y lavarnos los dientes. Estas prácticas
regulares se convierten en hábitos, que a su vez llegan a
arraigarse profundamente en nuestra vida y a constituir
dimensiones propias de nosotros mismos.
Estos hábitos nos hacen lo que somos. Pero como
Mac-Intyre se inclina a pensar, ciertas prácticas nos afec­
tan más profundamente que otras. Dos de estas prácticas
tienen que ver con el estado de vida y la ocupación.

Estado de vida y ocupación

Respecto a lo primero, por ejemplo, yo soy religioso y


vivo en comunidad. Aunque hay algunas analogías con

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la vida familiar (en mi comunidad, cocinamos, hacemos
la compra, limpiamos la casa y lavamos la ropa; vemos
la televisión juntos, y juntos salimos a comer y acogemos
a los invitados de los demás como si fueran propios), hay
diferencias fundamentales entre los dos. En lo que res­
pecta a flexibilidad, a dar y recibir, a superar las discu­
siones, a apreciar las personalidades diferentes y a afron­
tar situaciones de emergencia, mi hermana y mi cuñado
están mucho más acostumbrados después de quince
años de matrimonio, con dos hijos inteligentes y activos,
que yo después de veinticinco años de vida religiosa. La
intimidad e independencia que la vida religiosa y clerical
requieren son distintas de las responsabilidades de la vi­
da familiar. Estas prácticas asociadas al estado de vida
conforman los más profundos hábitos en cada uno de
nosotros.
Nuestro trabajo también nos obliga a adquirir ciertas
costumbres. Por ejemplo, antes de trabajar en la policía
del estado, mi padre fue agente de policía en la ciudad
de Nueva York. Aquella «labor» tenía su propio lengua­
je. Yo crecí pensando que todos los varones contaban his­
torias sobre «criminales» y la jerarquía de valores de la
gente del hampa. Mi padre creía en la responsabilidad,
en las normas, en el castigo, en el sentido de la disponi­
bilidad y en la valentía. El «cuerpo» tenía sus propias
historias y él las contaba tan concreta y específicamente
como las vivía. En la Brigada de Homicidios de Manhattan
Sur, estaba continuamente en contacto con gente que li­
teralmente abusaba de los demás. Despreciaba a trafi­
cantes de droga y proxenetas, pero tenía un profundo
respeto por drogadictos y prostitutas; era testigo de que,
aunque ellos luchaban por su dignidad y supervivencia
(casi siempre sin éxito), no se olvidaban de sus colegas y
los ayudaban y protegían. Como consecuencia de esto,
mi padre huía de los hipócritas y de cualquiera que exa­
gerase sus méritos. Amaba la integridad y odiaba a los
mentirosos. De igual modo su continuo investigar a mu-

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dios «sospechosos» le hizo hombre lento para juzgar con
llgoroza, cauto a la hora de sacar conclusiones. Eso sí, una
voz que tomaba una decisión, no cambiaba de opinión fá-
dl monte. No era profesor, médico, enfermero ni sacerdote,
om policía: veinte años de profesión le hicieron así.

lil tiempo hace duraderos los cambios

Cuando pensamos en la vida moral, algunas veces


olvidamos qué profundos son nuestros hábitos y cuán­
to tiempo ha llevado su formación. Por el contrario, al­
bergamos ideas simplistas acerca de la acción y el cam­
bio moral, como si éstos fueran simplemente asuntos de
Intención o voluntad.
Pensamos, por ejemplo, que tras veinte años de decir
palabras malsonantes, de repente, un Miércoles de Ceni­
za, podemos renunciar a esa práctica. Y, por supuesto,
nos quedamos perplejos por nuestra falta de voluntad
cuando, dos días después, no paran de salir de nuestra
boca sapos y culebras.
Durante diez años he estado culpando, interiormen­
te, de todos mis males a una persona determinada. Trato
de refrenar esos pensamientos, pero un buen día, como
por descuido, se me va la lengua y dejo caer esos juicios
a mi interlocutor. Cuando me doy cuenta del mal que he
hecho, me propongo firmemente no pensar mal de esa
persona nunca jamás. Pero, a pesar de mi buena inten­
ción, en cuanto algo no marcha bien vuelvo a echar la
culpa a la persona en cuestión.
Hasta que no nos convencemos de la fuerza que tie­
nen las costumbres arraigadas, no dejamos de hacer de
continuo promesas irrealizables y de tomar resoluciones
imposibles de poner en práctica. Esas intenciones no son
más que manifestación de vagos deseos e ideas ilusorias.
Y sólo las corregimos mediante otras prácticas contrarias
que cambien no sólo nuestros modos de pensar sino

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también nuestras formas de percibir y manejar la reali­
dad. Como en el caso del fumador decidido a dejar de
serlo, necesitamos desarrollar costumbres útiles para su­
perar aquellos malos hábitos profundamente enraizados
y largamente mantenidos.

Cuatro ideas para la vida moral

1. La decisión de cambiar alguna dimensión de la vi­


da siempre tiene un contexto. No digo yo que no sea po­
sible que alguien, un buen día, al despertarse, decida -sin
reflexión previa- que, tras fumar durante veinte años, a
partir de ese instante no vuelve a encender un cigarrillo.
Y no sólo toma esa resolución sino que además deja de fu­
mar para siempre. Puede darse un caso así, pero la mayo­
ría no cambiamos ni podemos cambiar nuestros hábitos
de repente. La decisión real de cambiar no es normalmen­
te una ocurrencia repentina. Cualquiera que conozca la
actividad y métodos de Alcohólicos Anónimos o haya
buscado ayuda por maltrato conyugal o por compulsión
sexual, o haya comenzado una terapia para corregir una
baja autoestima o una culpabilidad neurótica sabe lo lar­
go que es el camino hasta dar el primer paso hacia el cam­
bio. Como semillas que caen en terreno pedregoso, las de­
cisiones que no están hondamente enraizadas tienen corta
vida.
2. Del mismo modo que algunas personas pueden de­
jar de fumar con más facilidad que otras y que no hay dos
que lo hagan de la misma manera, hemos de tener presente
que el camino hacia el cambio debe estar, efectivamente, he­
cho a medida. Si creemos realmente que Dios nos quiere a
cada uno personal y especialmente, hemos de reconocer
nuestro carácter único y peculiar como condición para de­
terminar qué prácticas nos ayudan y cuáles no. El autoco-
nocimiento, con aprecio por uno mismo, tiene mucho que
ver con el crecimiento moral.

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3. Debemos mantenernos vigilantes contra la creen­
cia dt' que no tenemos necesidad de mejorar. Hemos de
mantener los ojos y los oídos abiertos a aquellos amigos
y conocidos cercanos que en ocasiones nos hacen ver que
necesitamos crecer. El autoconocimiento sin la voluntad
de escuchar a otros conduce a vivir como quien se cree
que ya ha alcanzado la perfección. Muchos de nosotros
i'eeuiTimos al chantaje, a la murmuración, al engaño y
Iinsta a la depresión con tal de no cambiar un punto de
vista.
4. Debemos saber, como cualquier ex-adicto lo ha
comprobado, que si somos capaces de erradicar un mal
hábito y sustituirlo por otro sano, se debe en gran medi­
da no sólo a nuestro esfuerzo personal y al apoyo de los
amigos, sino a la gracia de Dios, cuyo aprecio por noso­
tros es tal que nos está animando siempre a dar pasos
adelante.

21
pr-

V i r t u d e js de _u n c r i s t i a n o

James F. Keenan, S.J.

La vida moral cotidiana

SI TE PIDO que escribas en una hoja tres temas mora­


les, tres problemas fundamentales por su importancia,
relevancia y urgencia, ¿cuáles escribirías? Probablemen­
te la lista incluiría aborto, eutanasia, guerra, divorcio...
puesto que ésas son algunas de las cuestiones que nor­
malmente consideramos problemáticas en nuestro tiem­
po. Desde luego, son importantes, relevantes y urgentes.
Te pido ahora que des la vuelta al papel y escribas las
tres cosas que te vinieron a la mente al despertar esta ma­
ñana. Haz una lista con las cosas sobre las cuales te dices
a ti mismo «verdaderamente tengo que trabajar en esto».
Considera con qué frecuencia durante la semana pasada
has pensado sobre los siguientes temas en particular.
¿Has escrito sobre tu personalidad? ¿Sobre el trabajo? ¿So­
bre tus relaciones? ¿Acaso algo de los tres? Después de to­
do, ¿no son también importantes, significativos y urgen­
tes? Esos asuntos son la quintaesencia de nuestra vida
cotidiana. Son los que más nos preocupan.
Ahora pregúntate a ti mismo: ¿Cuál de las dos caras
de la hoja de papel trata realmente de temas de moral?
Mi impresión es que las cosas que habitualmente te di-

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ces a ti mismo «tengo que hacerlas» no se parecen en nada
a las que has señalado como moralmente más relevantes
hoy.
¿Piensas acaso que los asuntos de la vida diaria que te
preocupan no forman parte de la moralidad? ¿Acaso no es
moralmente urgente que no sigas maltratando a tu cón­
yuge, que hables claramente con tu jefe o que discutas ese
tema concreto con tu hija? ¿La homilía que uno está pre­
parando, las necesidades básicas del equipo parroquial o
las propias dificultades para comunicarse con un determi­
nado joven sacerdote no son acaso asuntos morales? ¿No
son materia moral ese comer compulsivo, esos berrinches,
tu timidez o la inseguridad que experimentas? A buen se­
guro que ésas son cosas semejantes a las que afrontamos
cada día y que realmente constituyen nuestra tarea moral.
Después de todo, son asuntos que lidiar cuando uno se
pregunta a sí mismo: «¿Qué debo hacer por Cristo hoy?».

La moralidad incluye lo ordinario

Lo más probable es que en la primera relación de te­


mas morales que hemos elaborado aparezcan preocupa­
ciones graves. Con todo, mi propósito en este momento
es afirmar la necesidad de pensar también en la morali­
dad en relación con los medios ordinarios y normales.
Debemos pensar sobre los asuntos serios cotidianos que
acaparan nuestra mente, al mismo tiempo que nuestro
espíritu y corazón.
Para una persona que padece una incapacidad física,
un trastorno emocional o psicológico o de aprendizaje, la
tarea moral es la de prestar atención a ese problema al
tiempo que se hace una persona integrada en la socie­
dad. De modo semejante, hay materia moral en los años
que muchos padres (sobre todo, madres) pasan cuidan­
do a sus hijos y en los años en que muchos adultos (sobre
todo, mujeres) pasan cuidando a sus padres.

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Debe riamos reflexionar sobre dos cuestiones:
1) ¿Por qué estamos predispuestos a pensar que los
asuntos ordinarios, aun significativos, urgentes e
importantes, no son temas morales?
2) ¿Qué debemos hacer para llevar mejor esos asuntos
cotidianos?

Un respuesta a la primera pregunta, parece que nues-


Irn disposición positiva a asociar temas como el aborto,
ln eutanasia, la guerra o el divorcio con la moralidad, re­
fleja una tendencia a ver la moralidad como algo que,
fundamentalmente, se orienta a evitar el pecado.
lil teólogo jesuita John Mahoney dice, en su libro The
Mnking ofthe Moral Theology (Oxford, 1987), que, desde el
üiglo VI, los cristianos han asociado la teología moral con
ül pecado. Por entonces las autoridades eclesiásticas die­
ron por hecho que el modo en que la gente podría reco­
nocer su estado moral era a través del conocimiento de
sus pecados. En los cinco siglos siguientes los abades de
los monasterios redactaron listas de pecados con sus co­
rrespondientes penitencias para uso de los confesores.
Aquellas listas se convirtieron en el medio por el cual la
gente juzgaba su propia moralidad o inmoralidad. El
método utilizado en esos siglos no difiere mucho de los
métodos empleados en los siglos siguientes, en los cuales
se elaboraron otros manuales y libros para confesores y
listas de pecados.

Metas positivas

Mahoney señala que, por contraste con la situación


descrita anteriormente, los cristianos necesitan hoy desa­
rrollar una visión positiva de la moralidad. No sólo ne­
cesitamos evitar pecados sino proponernos metas y pre­
guntarnos qué debemos hacer por Cristo, por la Iglesia,
por nosotros mismos y por nuestro prójimo. El Papa no

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cesa de exhortar a los católicos a que se consideren per­
sonas responsables llamadas a una mayor libertad ante
Cristo. Para hacer esto, necesitamos caer en la cuenta de
que la moralidad no es simplemente evitar el mal sino
hacer el bien.
En efecto, si revisas las dos listas que has hecho, po­
drás comprobar que la diferencia mayor entre ambas es­
triba en que la primera es una lista de pecados que hay
que evitar (eutanasia, aborto, divorcio); la segunda con­
tiene cosas que mejorarían la situación en la que estás.
La razón para hablar con tal persona, trabajar sobre tal
tema o prestar atención a esa otra tarea no es «evitar el
pecado» sino mejorar, de hecho, tu situación: deseas
mantener unas relaciones cordiales con tus hijos, tus pa­
dres, tu cónyuge, tu equipo de trabajo, o con el párroco
o tus compañeros de comunidad. Las cosas que te vinie­
ron a la cabeza al despertarte esta mañana forman parte
de tu agenda vital y gracias a ellas vas a enriquecer tu
propia vida y la de los que te rodean.
Esas metas positivas amplían el campo de la morali­
dad. Santo Tomás de Aquino acometió una empresa pa­
recida. En el siglo XIII la mayor parte de sus colegas do­
minicos estudiaban una lista de acciones -e n su mayor
parte, pecados (tomados de la Summa de casibus de Rai­
mundo de Peñafort)- como texto para predicar sobre la
vida moral. Tomás respondió escribiendo la Summa
Theologiae, en la cual, en lugar de escribir sobre las malas
acciones, lo hizo principalmente sobre el ser de Dios, so­
bre Cristo y sobre lo que los hombres podíamos llegar a
ser. Elablando de esto último, abordó el tema de las vir­
tudes, arguyendo que nuestra tarea moral más impor­
tante no es sólo evitar pecados o actos pecaminosos, sino
más bien adquirir hábitos sanos
Permíteme una broma. Seguro que si, en tiempos de
Santo Tomás, se hubiera hecho un estudio de ventas
-com o ah ora- antes de editar su libro, los expertos en
marketing habrían estado de acuerdo en que la parte de

26
BU trabajo que versa sobre las acciones vitandas, la des­
cripción de los pecados, vendía más que cualquier otra
pni'le de la Summa.
Podernos pensar, pues, que Santo Tomás tuvo una
Hienda no muy diferente a la que tiene uno al despertar­
ía* por la mañana: la suya contenía el cultivo de hábitos y
acciones que contribuyen a enriquecer la vida.

I,oh actos humanos son actos morales

Hn respuesta a la segunda pregunta, Tomás ofrece


tres ideas particularmente valiosas. Para lograr una for­
ma positiva y más comprehensiva de moral, Tomás dejó
escrito que todos los actos humanos son actos morales.
No hay afirmación de la teología moral más importante
que ésta. Significa que cualquier acto, comportamiento o
modo de proceder que intentemos entra dentro del cam­
po de la moralidad. Los modos de enseñar, de predicar,
de hablar, de conducir, de discutir o de limpiar, etc., for­
man parte de la conducta moral. Sabemos, por ejemplo,
que el modo que tenemos de hablar con nuestros hijos,
nuestros mayores, empleados, superiores, vecinos o cón­
yuges puede mejorar (o empeorar) su vida y mi vida. Es­
tamos convencidos de que las oportunidades morales
abundan, razón por la cual nos despertamos pensando
en ellas.
La segunda idea de Tomás se centra en el hecho de que
la mayor parte de las cosas que hacemos nos afectan pri­
mariamente a nosotros mismos. Aunque el escultor, el pin­
tor, el carpintero y el poeta crean obras de arte, la mayoría
de las actividades de la vida no son cosas que creamos sino
cosas que hacemos.
Lo que hacemos nos afecta. Si lo hacemos bien, nos ha­
ce mejores; si lo hacemos mal, nos hace peores. Por ejem­
plo, un buen partido consigue que el futbolista juegue me­
jor. Una danza bien ejecutada hace que el bailarín baile

27
mejor. Las decisiones acertadas de los padres, los hacen
mejores padres. Pero un partido aburrido, un ballet sin
gracia o un juicio apresurado sobre alguien nos perjudica.
Estas actividades (las actividades de la vida moral normal
y corriente) son las que Tomás denomina «inmanentes».
Los efectos de estas actividades redundan sobre el agente.
Esta es una idea importante y preciosa, que significa, ni
más ni menos, que «nos convertimos en lo que hacemos».
Suena verdadero. En castellano solemos decir que «somos
hijos de nuestras obras».
Si cuando vamos al trabajo conducimos como locos,
tenemos muchas posibilidades de llegar a convertirnos
en maniacos. Si tratamos a nuestros pacientes con con­
descendencia, hay grandes probabilidades de que haga­
mos lo mismo con nuestro cónyuge, nuestros colegas y
amigos. Si no guardamos las confidencias de algunos
amigos, no guardaremos las de los restantes. En una pa­
labra, es ingenuo pensar que el modo como actuamos no
va a tener efecto alguno en el futuro sobre nosotros: lo
que hacemos nos afecta.
Por último, para hacernos personas mejores y más li­
bres necesitamos reconocer y aprovechar las oportunida­
des morales que se nos presentan. Santo Tomás sugirió
que a través de ejercicios es como lo logramos. Puesto
que toda acción es un acto moral que nos afecta, debería­
mos ordenar y encauzar toda nuestra actividad de modo
que lleguemos a-ser ante Cristo la persona que deseamos
ser. Los actos morales consisten precisamente en ejerci­
tarse. Así, si necesitamos ser más discretos, necesitamos
ejercitar la discreción. Si lo que precisamos es valor, he­
mos de ejercitar la valentía. Si necesitamos crecer en fide­
lidad, debemos ejercitarnos en ser fieles. Estos ejercicios !
nos ayudan a ser las personas que Dios nos llama a ser.
Estas ideas de Tomás nos ayudan a entender lo com­
prehensiva que es la vida moral y lo que podemos hacer i
para ser personas más morales. Sobre todo, nos ayudan a í
caer en la cuenta de que la vida moral abarca más que los :

28
tlflruiH importantes y urgentes de la vida y la muerte. Sin
fUBnr a dudas, mucho de la vida moral atañe a lo co-
fríiMile y cotidiano. Santo Tomás nos lo ha dejado dicho,
r|t'N que necesitamos el peso de una autoridad para estar
convencidos de ello. (Incluso en nuestro adormilamiento
lililí ulino podemos descubrirlo.)

29
Y I RT U DE S DE UN CRISTI ANO_
James F. Keenan, S.J.

Dar consejos morales


en tiempos confusos y complejos

CONSIDEREMOS ESTE ESCENARIO: un público


compuesto por agentes de pastoral asiste a un debate so­
bre moral en el mundo de hoy. El ponente es un sacerdo­
te teólogo y la persona encargada de darle réplica es una
madre de tres hijos que está haciendo su tesis doctoral en
teología.
El ponente comienza pasando revista a los conflictos,
ambigüedades y dilemas que los laicos encuentran hoy
en sus vidas. Insiste en la importancia de que los agentes
pastorales dispongan de una comprensión firme y clara
de los asuntos más candentes a fin de dar consejos claros
y firmes.
La estudiante en cuestión contraargumenta que m e­
jor sería que los pastores anduvieran menos preocupa­
dos por ofrecer respuestas claras y mucho más por com­
prender y aceptar las ambigüedades que acompañan a
la vida cotidiana. Dar un consejo de calidad, añade, de­
pende de una apropiada comprensión de las com pleji­
dades, puesto que los problemas complejos requieren
atenta aprehensión y respuesta. La doctoranda sugería
que, para aquellas personas que buscan ayuda, puede

31
ser más fructífero discutir sobre virtudes que citar prin­
cipios y ofrecer soluciones. Los principios tienen cierta­
mente precisión y claridad pero, por eso mismo, carecen
de la sutileza, de la maleabilidad y de la flexibilidad que
los problemas de la vida ordinaria exigen.

¿Ofrecer virtudes o principios?

Sus comentarios reflejan bien, me parece, nuestra


propia experiencia como personas dedicadas al trabajo
pastoral. El hombre que pierde su trabajo, por ejemplo,
difícilmente resuelve los problemas que el paro le causa
(pérdida de autoestima, tensión matrimonial o dificulta­
des económicas) por invocar principios claros. Una con­
versación sobre las virtudes de la amistad, la fidelidad o
la valentía puede serle más útil, porque le proporciona
un contexto más rico para su necesidad de comprensión
y de compartir la situación que atraviesa.
De igual modo, la persona que ha sufrido el acoso de
un compañero de oficina o el maltrato de su cónyuge pue­
de encontrar provechosa una charla sobre la valentía y la
justicia, en la que tengan oportunidad de salir a flote los
sentimientos que la víctima está experimentando.
Alguien que tenga la vida de su ser más querido
mantenida a base de medios artificiales, sin esperanza
real de recuperación, puede acudir al sacerdote solicitan­
do ayuda, pero el tipo de ayuda buscada no será segura­
mente la que viene por un consejo específico sobre qué
decisión tomar. Más bien será la ayuda que crea un con­
texto desde el cual pueda sopesar las diversas opciones
disponibles para la continuación del tratamiento.
Por eso, la consideración de las virtudes proporcio­
na un marco para el diálogo entre el que se ofrece a dar
consejo pastoral y el que lo solicita.
Estos y otros muchos asuntos constituyen normal­
mente el objeto del consejo moral en la parroquia o en el

32
centro de pastoral. Tal vez parezca sorprendente que así
sea, acostumbrados como estamos a leer cosas en torno a
los grandes temas periodísticos como el aborto, el divor­
cio, la homosexualidad o el control de la natalidad. Des­
de luego que esos «grandes» temas afectan a muchos
cristianos, pero, cuando alguien solicita una entrevista
con alguno de los miembros del equipo parroquial, o
cuando alguien acude al acompañamiento espiritual, o a
celebrar el sacramento de la reconciliación, el tipo de
consejo que está buscando es mucho más complejo que
la cuestión «divorciarse o no divorciarse», «abortar o no
abortar». Las preguntas que los miembros de la comuni­
dad eclesial plantean son generalmente muy concretas y
enfocadas. Tienden a ser tan poco sutiles y tan corrientes
como la vida misma.
A diferencia de los debates que aparecen en las prime­
ras páginas de los periódicos, estas conversaciones son en­
cuentros cara a cara, entre personas que tratan de hallar el
modo recto de proceder. En resumidas cuentas, estos en­
cuentros son, creo yo, encuentros llenos de prudencia.
Hay una larga historia de tales encuentros.

Breve reseña histórica del consejo moral

A lo largo de los siglos, los cristianos se han dirigido


a los responsables de la Iglesia en busca de orientación
práctica. Entre los siglos V y X, por ejemplo, los europeos
buscaban en la dirección espiritual el perdón de los pe­
cados. Acudían a los monjes para comprender la grave­
dad de sus pecados y la naturaleza de las penitencias
que debían cumplir. De forma similar, del siglo XI al XV,
los cristianos iban a escuchar los sermones de los predi­
cadores de vicios y virtudes para entender mejor tanto a
sí mismos como el camino de salvación. Más tarde, el
pueblo fue a los casuistas a fin de saber lo que en sus re­
laciones laborales, vecinales y en las celebraciones reli­

33
giosas estaba permitido y lo que estaba prohibido. Por
último, en los dos siglos previos al Vaticano II, se recopi­
laron y codificaron manuales repletos de ejemplos con­
cretos y casos prácticos, en los que bajo una gran varie­
dad de nombres se abordaba la cuestión de la gravedad
moral de la conducta humana ordinaria.
En cada uno de estos períodos los teólogos morales
proporcionaron guía a los consejeros morales. Los m o­
ralistas escribieron los «penitenciales», manuales que
proporcionaban a los monjes detalladas categorías de
pecados y sus correspondientes penitencias. Tomás de
Aquino y otros escribieron las Summas, las cuales descri­
bían las virtudes necesarias para una vida íntegra. De un
modo semejante, los casuistas se ocupaban de los casos
que los confesores, a su vez, habían oído a los fieles. Por
fin, los autores de manuales -leguleyos como eran - se
concentraban aun más en examinar los materiales que
aportaban los confesores que de las especulaciones de
los académicos. La teología moral estaba literalmente al
servicio de la Iglesia.
Dar consejo en aquel tiempo, sin embargo, era cosa
bien diferente de lo que se pide hoy. Los penitenciales,
las summas y los manuales fueron excelentes intentos de
dar solución a las cuestiones básicas con las que los pas­
tores se encontraban. El catálogo de los casos clasificados
trataba de imaginar la variedad de acciones que un cris­
tiano podía presentar a un consejero espiritual y moral.
En ocasiones, los confesores únicamente necesitaban
consultar el texto para encontrar la acción en las listas y
evaluar su carácter moral. Por descontado, no era nunca
tan simple, pero sí pretendía serlo.

La gente busca prudencia, no juicios

Estas formas de ayuda eran tan fructíferas como pru­


dentes. Precisamente lo que les proporcionaban a los sa-

34
cerdotes era una buena ayuda para ser prudentes. Tenían
a mano respuestas, con listas de acciones permitidas y
prohibidas. No obstante, si tenemos en cuenta los cambios
de las últimas décadas, tales prácticas ya no son acepta­
bles. Los responsables pastorales raramente han de apor­
tar un juicio específico o ponerle el sello a una decisión ya
tomada. Lo que generalmente se les pide es que sean ca­
paces de compartir su prudencia. Por descontado, no en­
tiendo por prudencia el vicio de buscar el propio interés,
como en los últimos tiempos se ha empezado a considerar
(erróneamente). Por el contrario, la prudencia es la virtud
de la adopción de decisiones responsables. Al ponerse
metas moderadas y asumibles para determinar qué vida
debemos vivir y para hallar los modos propios de actuar
que nos posibilitan alcanzar esas metas, la prudencia nos
ayuda a hacernos cargo de nuestras vidas.
Al buscar un consejero moral, el cristiano medio bus­
ca guía para sus decisiones personales sobre asuntos ob­
jetivos. En realidad, lo que busca es un diálogo enrique-
cedor que le haga crecer en prudencia más que aportarle
directrices prudentes: quiere hacerse una persona que to­
ma decisiones responsablemente y está convencida de
que la adquisión y el crecimiento en la virtud de la pru­
dencia (la toma responsable de decisiones) se facilita me­
diante la reflexión honrada sobre temas comunes con al­
guien prudente.
Por tanto, se ha producido un cambio fundamental
en el ámbito del consejo moral. Antes del Concilio Vati­
cano II, a los sacerdotes se les requería para emitir vere­
dictos prudentes; hoy se les busca para que sean mento­
res en prudencia moral.

¿Por qué ese cambio?

1. Vivir una vida moralmente recta se ha hecho una


tarea cada vez más complicada. Consideremos, por ejem-

35
pío, cómo la vida familiar se ha visto afectada (y compli­
cada) por las transformaciones demográficas; las empre­
sas familiares han dado lugar al vertiginoso auge de las
corporaciones transnacionales; la vida familiar recibe la
influencia, entre otros, de la televisión y demás medios de
comunicación, así como del acceso generalizado a los mé­
todos de control de la natalidad y del movimiento en fa­
vor de los derechos de la mujer. Las cuestiones relativas al
tener hijos, al empleo, a la educación y a la armonía matri­
monial exigen ser abordadas con un cuidado impensable
hace no mucho tiempo.
2. Los miembros de la Iglesia reciben hoy mucha
más educación académica que en el pasado. Reciente­
mente el New York Times informaba que tanto los católi­
cos blancos como los de color estaban entre los nortea­
mericanos que más probabilidades tienen de completar
estudios de bachillerato y estudios universitarios. Sería
una necedad seguir pensando que esa gente, cuando va
a pedir consejo, pretende recibir directrices claras sobre
lo que está prohibido y lo que está permitido. Formación
y experiencia militan contra directrices fáciles y simples.
El creyente que busca consejo quiere crecer en prudencia
más que en obediencia; busca capacidad de comprender
la vida moral.
3. Derechos humanos e igualdades mayores, nuevas
democracias y la superación de estructuras de opresión
llevan aparejado el convencimiento de que las personas
adultas son capaces de guiar sus propias vidas. Tales
ideas, por lo demás, no son originales del mundo secu­
lar. En el siglo XIII, Tomás de Aquino escribía que deso­
bedecer a la conciencia era siempre pecado, siendo peor
desobedecer a la conciencia que ser excomulgado. En el
siglo XX, John Courtney Murray escribió en defensa de
la conciencia y el Vaticano II proclamó la libertad religio­
sa. Recientemente, los obispos católicos han exhortado a
seguir la voz de la conciencia. Los movimientos religio­
sos y civiles continúan desarrollando en nosotros la con-

36
vicción de que todo individuo tiene una conciencia que
formar y a la que seguir. Esa tarea se va poniendo por
obra creciendo en la virtud de la prudencia.
Si este libro pretende ser útil para consejeros morales
de hoy entonces, no puede dejar de afrontar la cuestión
moral que la Iglesia se topa en la actualidad: ¿cómo pode­
mos, como pueblo de Dios, crecer en prudencia?

37
1

I
V ir t u d e s d e u n c r i s t i a n o

James F. Keenan, S.J.

Llamados a crecer

¿CUÁNTAS VECES descubre una persona casada que


U i dificultades mayores en su matrimonio se deben a la
ItUTlEidurez? ¿Cuántos pastores saben que algunos de los
problemas más persistentes y de mayor desgaste que han
de asumir provienen de un miembro infantil del consejo
perroquial? ¿Cuántas comunidades religiosas son rehenes
de los caprichos de alguno de sus miembros? ¿Cuántas
relaciones de amistad se echan a perder porque uno de los
amigos no ha superado la adolescencia? ¿Cuántos de no­
no Iros sabemos que nuestros peores momentos se deben a
problemas de juventud que aún no hemos resuelto?
Ea vocación cristiana es vocación a crecer. Esta afir­
mación, aparentemente obvia y saludable, no se puede
encontrar fácilmente en la historia de la teología moral.
Muy difícilmente podríamos toparnos con desafíos del
CNlilo de «¿estás madurando?». O «¿te estás haciendo
más persona ante Cristo y para la Iglesia?». Tampoco con
preguntas que le interpelen a uno sobre si está haciendo
lo suficiente para avanzar o si está creciendo.
Por el contrario, las preguntas que se hacen nos pre­
vienen contra las acciones: ¿Has pecado al actuar de es-

39
te modo? ¿Caíste en la cuenta de que al hacerlo de esa
manera podías pecar? El teólogo John Mahoney llama a
esto «nuestra preocupación por el pecado» y comenta en
The Making o f Moral Theology:
«Como consecuencia de esta preocupación por la pa­
tología espiritual, la disciplina de la teología moral
ha dejado casi toda consideración del bien en el
hombre a otras ramas de la teología, en particular a
lo que se conoce como teología espiritual.»

La preocupación primaria por el pecado más que el


progreso personal aparece de una forma clara cuando
definimos prudencia como cautela o ser precavido. Aris­
tóteles y Tomás de Aquino, por contraste, la describieron
como la capacidad de ponerse metas de largo y corto al-:
canee. Así pues, la virtud clásica del crecimiento moral
ha sido redefinida.

El Evangelio

Antes de ahondar más en la historia de la teología,


echemos un vistazo a las principales autoridades de la
vida cristiana, a saber, a la Escritura y a la tradición teo­
lógica. En las Escrituras, la llamada a seguir al Señor se
ha entendido siempre como una llamada a avanzar. Sari
Pablo escribe: «Olvidándome de lo que queda atrás, me
esfuerzo por lo que hay por delante y corro hacia la me­
ta, hacia el premio al cual me llamó Dios desde arribe
por medio de Cristo Jesús» (Filipenses 3,13-14). Un Pa­
blo, siempre en movimiento, encuentra apropiada le
imagen del esfuerzo hacia adelante en el camino del Se­
ñor. Ante los gálatas lamenta sus tropiezos y comente
«corríais bien» (Gálatas 5, 7).
El recurso paulino a la imagen del camino procede di
su propia experiencia de Cristo, quien literalmente entre
en la vida de Pablo cuando éste se dirige hacia Damascc
persiguiendo a los cristianos. Pablo es un viajero, tanto an

40
tüH como después de su conversión. Después de su en­
cuendo con el Señor resucitado, Pablo es reexpedido por
el camino verdadero, pero comprende que todos los viajes
requieren alguien que los motive.
I ,os viajes reales de Pablo, narrados en los Hechos de
los Apóstoles de Lucas, son reflejo de los viajes evangéli­
cos de Cristo que se dirige a Jerusalén. Seguir las huellas
de Jesús se convierte en la vocación del discípulo: el pri­
mor viajero, el Señor mismo, hace señas a cada uno de
los peregrinos para que avancen.
Las narraciones de los evangelios están repletas de
personajes en movimiento: los pastores van aprisa al es-
itiMo y los Magos siguen a la estrella; Zaqueo sube a un
árbol y Leví deja su puesto de recaudador de impuestos,
ln mujer que padecía flujos de sangre se abre paso entre
lfl multitud y el paralítico alcanza el lugar donde estaba
fll Señor entrando por el tejado, el hijo pródigo y su pa­
dre corren al encuentro el uno del otro; Jairo y Nicodemo
bfljnn de rango para ver a Jesús y Cornelio visita a Pedro.
Los evangelios están llenos de historias de gente que
mn relia a toda prisa para llegar a donde está el Señor.

TVndición de avance y progreso

I ,as narraciones de la Escritura no se han perdido en


ln tradición de la Iglesia. Constituyen la fuente de un
nuevo iñiperativo moral: avanzar. Gregorio Magno es­
cribe: «En este lugar no está permitido pararse, porque a
monos que uno se esfuerce por alcanzar las alturas, caerá
en el abismo». San Bernardo escribe: «En el camino de la
vida, no progresar es retroceder». Tomás de Aquino re-
mu me las ideas de ambos: «Estar parado en el camino del
Kchor es retroceder».
Ciertamente esta llamada moral a crecer y a ser mejo­
ren no es una llamada a convertirnos en dioses. Eso era lo
que buscaban los que comieron del árbol del Edén, lo

41
que pretendían los que construyeron la Torre de Babel, o
los que, como el obispo Pelagio proponía, han creído que
con las propias fuerzas podemos ser perfectos.
De nuevo Pablo nos lo dice con toda claridad: «No es,
que lo haya conseguido ya ni que sea ya perfecto; yo
continúo para alcanzarlo, como Cristo me alcanzó a mí»
(Filipenses 3,12). La llamada a luchar, a crecer, no pode­
mos desatenderla. Antes al contrario, Cristo nos ha lla­
mado y nos ha dado la gracia que nos impele a respon­
der. Dios mismo es quien nos impulsa a caminar hacia
delante.

Teología moral: fijarlas malas acciones

El Concilio Vaticano invitó a la teología moral a «nu­


trirse más profundamente de las enseñanzas de la Escri­
tura» (Optatam Totius, 16). Durante buena parte de su his­
toria, la teología moral se ha dedicado a tasar pecados eri
lugar de fijarse en el crecimiento de los cristianos como
discípulos. En el capítulo precedente aludía a listas mei
dievales de pecados, a las Siimmas morales, y a la «ca­
suística». En los siglos XIX y XX los teólogos morales se
han dedicado a comentar lo realizado por sus predeceso­
res: en «manuales» se relata si los casuistas y escolásticos
lograban consenso en materias tales como la masturba­
ción, el control de la natalidad, el robo, la mentira, e
adulterio y el divorcio.
Incluso en los últimos veinte años el debate más fre<
cuente ha girado en torno a si ciertos modos de actúa?
ción son siempre o no son en sí mismos malos, esto es
intrínsecamente malos. Si leemos los penitenciales, laí
obras de escolásticos y casuistas y los manuales, encorn
tramos miles de páginas sobre actos malos y muy pocaí
sobre el proceder de los buenos cristianos, cientos di
preguntas sobre pecados y escasas sobre metas, desarrolle
o crecimiento.

42
lo i predicadores de los primeros siglos

1luy excepciones. En los primeros cinco siglos de la Igle-


nIr, los que presiden y guían a los cristianos exhortan a se­
guí r ni Señor trabajando por mejorar la comunidad y por
m<mi ra r amor en el aquí y ahora de la vida. Consideran có­
mo podemos andar el camino del Señor viviendo en este
mundo nuestro. Aquellos cristianos -Ignacio de Antioquía,
jumi Crisóstomo, Ambrosio, Agustín, Gregorio M agno-
dfihnn la instrucción moral normalmente mediante la pre­
dicación. Reflexionan directamente sobre los evangelios y
Ir vocación cristiana y nos animan a ir hacia adelante. Si­
glos después, sin embargo, sus sucesores nos previenen
contra la prisa y ligereza. Los primeros quieren que
avancemos, los otros nos piden que andemos con tiento.
Los predicadores de los primeros cinco siglos se cuidan
mucho de exigirnos caminar por el camino recto. Por esa
fizón precisamente apelan a las virtudes. Al concentrarse
•Ti las virtudes o en la formación del carácter, no fijaban la
atención en las caídas y los obstáculos del camino. Su inte­
rés primordial se centraba en los ejercicios que pueden
ayudar al peregrino en su caminata.
Si bien las virtudes ayudan al viajero a ponerse en
guardia ante las debilidades y a superar las dificultades, su
función más importante es desarrollar las fuerzas. El acen­
to profundamente personal y positivo de las virtudes que
podemos encontrar en los sermones evangélicos de los pri­
meros siglos de cristianismo contrasta enormemente con la
obsesión posterior por los actos pecaminosos.
liste vínculo entre la predicación del Evangelio y la
Invocación de las virtudes vuelve a aparecer en los retos
que plantean a sus contemporáneos Santo Domingo, San
l'rnncisco y Santa Clara invitándoles a marchar por el ca­
mino del Señor. A diferencia de la condición monástica
de sus predecesores, estos líderes carismáticos del siglo
XIII van a las ciudades y a las universidades en plena
efervescencia para predicar el Evangelio, y crean comu-

43
nidades religiosas con el propósito de realizar esa mi­
sión. Al recordarnos que Dios se acerca a nosotros, nos
llaman a acercarnos a Dios.

El triple movimiento de Tomás

Medio siglo más tarde, Tomás de Aquino se inspira en


la predicación para diseñar la estructura de su monumen­
tal Sutnma Theologiae, que divide en tres partes: el movi­
miento de Dios hacia nosotros; nuestro movimiento de
respuesta a Dios; y el encuentro entre los dos movimien­
tos de la divinidad y la humanidad en Cristo. Preocupado
por el Evangelio y el progreso del hombre-peregrino, San­
to Tomás comienza la segunda parte con un afirmación ta­
jante: «podemos reducir el conjunto de las materias mora­
les a la consideración de las virtudes». Tanto Santo Tomás
como San Agustín encuentran en las virtudes el modo
adecuado de instruir a los que leen el Evangelio.
En diversas ocasiones a lo largo de estos últimos cien
años, algunos teólogos morales han urgido a sus colegas
a volver a la fuente, a los evangelios. Estas demandas
cristalizaron, finalmente, en el mandato del Concilio Va­
ticano y, más recientemente, en un renovado aprecio por
las virtudes. Resultado de todo ello es que los teólogos
morales están hoy más dispuestos a echar una mano a
los que predican la Palabra. Al encomiar y fomentar las j
virtudes, los líderes pastorales y los teólogos tratan de:
que recobre el Evangelio toda su osadía y vigor.
Este consejo sólo lo acepta quien, como el buen samari-
tano, está dispuesto a recorrer la senda del Evangelio. AI
contrario que el sacerdote y el letrado de la parábola, que?
cambian de acera y esquivan al herido pensando sólo en
su propia tranquilidad, el samaritano se acerca y carga con
aquel hombre maltrecho. Jesús nos enseña así cuál es la
respuesta a la pregunta sobre cómo heredar la vida eterna:
tomando el mismo camino que recorrió Jesús.
V ir t u d e s d e u n _ c _r i s t i a n o
James F. Keenan, S.J.

Doce preguntas
sobre la conciencia

1. ¿Qué es la conciencia?

LA CONCIENCIA ES la voz de Dios, que vive en


nosotros, y que nos urge a amarle, a am am os a noso­
tros m ism os y al prójimo. A través de la conciencia se
líos llama a juzgar correcta o incorrecta nuestra con­
ducta pasada y a determinar el curso futuro de nuestras
acciones.

2. ¿La conciencia es lo mismo que el superego?

De ningún modo. Elace veinte años John Glaser dis-


Iinguió entre los dos conceptos («Conscience and Supe-
rc'go» en Theological Studies 32 (1971) 30-47). El superego
es el término que los psicólogos dan a la voz que vive en
nuestro interior como resto de nuestra infancia y de los
primeros años de vida.

45
3. ¿Qué es el superego?

A lo largo de nuestros primeros años de vida, aque­


llos que nos cuidaban nos fueron instruyendo en materia
de supervivencia y limpieza. Nuestros padres, mediante
su constante atención a nosotros, evitaban que nos atro­
pellara un coche o que metiéramos los dedos en los en­
chufes o que jugáramos con los cuchillos de la cocina o
encendiéramos el horno. Asimismo, nos enseñaron el
aseo personal, a lavarnos las manos, a comer con cuchi­
llo y tenedor, a usar el retrete. Estas enseñanzas provenían
de voces autorizadas, nos las im partían con gran énfa­
sis, y no pocas veces, como es lógico, con nerviosismo e
incluso frustración.
Cuando hacíamos algo mal, recibíamos el consiguien­
te castigo, que muchas veces consistía en encerrarnos en
nuestro cuarto (de esas reminiscencias trata la película
Solo en casa). Después de algunos minutos sentíamos el
peso de la soledad y ansiábamos el permiso para volver
a donde estaba el resto de la familia. A tal fin, había que
negociar con nuestros padres, prometerles que nunca
más nos portaríamos mal, y mostrarles nuestro arrepen­
timiento al reincorporarnos a la vida común. Por des­
contado, no siempre nos arrepentíamos de lo mal hecho,
sino que queríamos evitar, a toda costa, el aislamiento.
A través del superego, estas experiencias perviven
en nosotros ya de adultos. A veces nuestra conciencia
nos estim ula a crecer. Para algunos esto significa una
llamada a una mayor autoafirm ación; para otros, a la
vulnerabilidad. Al tiempo que se da esta llamada a cre­
cer, podemos oír otra voz dentro de nosotros que nos
dice: «Mejor no lo hagas o te sentirás culpable». Esa voz
es normalmente el superego.
Con frecuencia las invitaciones de la conciencia a cre­
cer se topan con las amenazas del superego. Cuando nos
proponemos desarrollar nuevos aspectos de nuestra vi­
da, el superego se las apaña para que nos sintamos cul-

46
pables y terriblemente aislados. Algunos de nosotRMyÉla
cluso nos encerramos en nuestra habitación, castlgánÉBlP
nos a nosotros mism os exactam ente del mism o modo
como lo hacían nuestros padres tiempo atrás.

4. Según eso, ¿la «culpabilidad» procede más del supQP>


ego que de la conciencia propiamente dicha?

Depende. Cuando afirmamos «me siento culpable»,


debemos preguntarnos: «¿he hecho algo incorrecto? Si la
respuesta es afirmativa, entonces probablemente el juicio
provenga de la conciencia, pero si la respuesta es no, el SU*
perego es el que está probablemente intimidándonos. Por
ejemplo, alguien nos ha maltratado de forma reiterada.
Nuestros amigos sugieren que hablemos claro y le diga*
mos a esa persona que pare de aprovecharse de nosotros.
Creemos a nuestros amigos y nos percatamos de la sitúa*
ción, pero el superego continúa enviando su mensaje; «No
lo hagas, no rompas con ella». Por fin, decidimos hablarla
claro. Y, a continuación, tal vez nos sentimos culpables. E»
un sentimiento arraigado en el superego: fuimos contra SU
mandato y, por eso, nos castiga.
Lo mismo que somos capaces de identificar el supe­
rego, deberíamos reconocer la conciencia. La opinión
sobre la rectitud de los amigos que me aconsejan, sobre
mi crecim iento positivo y sobre la necesidad de afron­
tar a alguien que me resulta molesto proceden de la
conciencia. Durante el proceso de crecim iento la VOZ
del superego y la voz de la conciencia se entremezclan;
a veces, están de acuerdo; otras, no.

5. ¿Es malo el superego?

En absoluto; después de todo, gracias a él no nos lan*


zamos a cruzar cuando pasa un coche o no nos ponemos

47
a jugar con los enchufes, evacuamos en el váter y nos la­
vamos las manos. Lo que pasa es que como adultos tene­
mos que regirnos por una voz más importante -la con­
ciencia-, cuya misión es discernir lo que está bien y lo
que está mal.

6. Pero ¿por qué es tan importante la conciencia?

La conciencia es importante porque a través de ella


respondemos a la invitación que Dios nos hace a ser per­
sonas. Tenemos obligación de llegar a ser la persona que
Dios quiere y el único medio que tenemos para saberlo y
comprenderlo es la conciencia, donde experiencias, crite­
rios y reflexiones configuran nuestro entendimiento. Al
final de nuestra vida seremos juzgados por cómo hemos
formado y seguido nuestra conciencia.

7. Así, pues, tenemos libertad para creer lo que que­


ramos

No. La conciencia exige que amemos a Dios, a noso­


tros mismos y al prójimo. La conciencia no es un término
que nos permite hacer lo que nos venga en gana. A veces
sucede que algunas personas utilizan la conciencia de
modo incorrecto, como licencia para hacer lo que quie­
ren. Pero tenemos el derecho de seguir sólo nuestra con­
ciencia si antes hemos cumplido con el deber de formarla
rectamente.

8. ¿Cómo se forma la conciencia?

Lo más importante es considerar la formación de la


conciencia como un proceso que dura toda la vida. La
vamos configurando con la moral que nos han enseñado

48
F
nuestros padres, mayores y maestros. También con la
historia y enseñanzas de la Iglesia y de las Sagradas Es­
crituras. Asimismo, la contrastamos y conformamos con
las ideas que recibimos de la cultura. Nuestra propia ex­
periencia aporta una parte muy significativa. Por último,
aprendemos de los amigos y de los educadores.

9. ¿Qué ocurre si la conciencia me dicta una cosa y la


Iglesia me dice otra?

Al revés que el famoso Pedro Lombardo, Tomás de


Aquino enseñó que es peor ir contra la propia conciencia
que contra la enseñanza de la Iglesia. De hecho, afirma
que deberíamos preferir la excomunión a contradecir
nuestra conciencia. Por descontado, hay pocas enseñan­
zas morales de la Iglesia que haya que seguir bajo pena
de excomunión.
Eso no quita para que, de ordinario, obedezcamos las
enseñanzas de la Iglesia. Si ésta me manda una cosa y yo
creo que no debo hacerla, estoy obligado a conocer exac­
tamente lo que la Iglesia dice y enseña y ver si, con todo,
aún tengo razones para el desacuerdo. En tal caso debo
saber con exactitud en qué discrepo y en qué medida. Si
el tema es grave, debo ser capaz de dar razón de por qué
creo que mi modo de actuar o pensar es mejor forma de
amar a Dios y al prójimo que la que enseña la Iglesia. En
todo esto es esencial mantener un profundo respeto por
la enseñanza de la Iglesia, así como evitar escandalizar a
otros.

10. ¿Soy libre de ir contra mi conciencia?

No, nunca. Santo Tomás afirma que ir contra la con­


ciencia implica pecar automáticamente, porque se estaría
actuando contra la voz de Dios. La reflexión no admite

49
dudas: proceder contra mi conciencia significa actuar al
margen o contravenir lo que ella me dicta que haga o de­
je de hacer.

11. Actuar conforme a la propia conciencia ¿no da la


seguridad de que se está procediendo correctamente?

No necesariamente. De hecho, cuando pensamos las


cosas, no siempre acertamos con lo mejor o verdadero. No
es difícil equivocarse. Para atinar hemos de entender las
circunstancias y condiciones, encontrar los medios correc­
tos y anticipar las consecuencias. Desdeñar tan sólo una
condición o circunstancia, valorar equivocadamente una
consecuencia o elegir los medios inapropiados, conduce la
mayoría de las veces al error. Los padres saben que no
siempre aciertan en la educación de sus hijos. Pero la con­
ciencia es nuestra única guía. Aprendemos constantemen­
te de la experiencia, tanto de los fallos como de los aciertos.
Formar la conciencia es tarea de toda una vida.

12. Si uno sigue su conciencia, pero se equivoca,


¿peca?

No, pecamos siempre que deliberadamente actuamos


de modo incorrecto. Cuando con amor nos esforzamos en
obrar bien, es señal de que obedecemos a nuestra concien­
cia. Cuando nos olvidamos del amor (como el sacerdote y
el levita en la parábola del buen samaritano), pecamos. El
pecado es, como Jesús nos ha enseñado, un fracaso en el
amor, el desamor. Y amar es luchar por el bien. Ese empe­
ño no nos garantiza, sin embargo, que estemos en el buen
camino. Puede uno equivocarse con la mejor intención.
El pecado es no responder a una llamada de Dios o
de la gracia en lo concreto. Por eso, debemos distinguir
claramente entre pecar y hacer algo mal. Pecamos cuan-

50
do no nos esforzamos en estar al servicio de los demás o
en crecer como personas o en superar algún vicio. Pero
en otras muchas ocasiones, incluso cuando procuramos
hacer bien las cosas o evitar un mal, fallamos. Podemos
lamentarnos de esas malas acciones o errores, pero eso
no significa que sean pecados, son equivocaciones.

13. (Una pregunta de propina) Según lo anterior,


¿podría alguien decir que Adolfo Hitler obedeció a
su conciencia y, por consiguiente, no pecó?

La cuestión resulta un despropósito. La conciencia es


la voz de Dios. Como tal, nos lleva a captar y entender
siempre mejor tanto las necesidades propias como las
ajenas y a buscar vías de solución para los problemas de
la humanidad entera, incluyéndonos a nosotros. ¿Puede
alguien en su sano juicio creer que a Hitler le movían es­
tas intenciones a la hora de hacer lo que hizo?
La conciencia exige de cada cual estar abiertos a
Dios y al prójimo. Cuando así no sucede, es un claro
signo de que se no está a la escucha de la conciencia ni
esforzándose por amar.

Preguntas para la reflexión

1. Enumera cuatro costumbres o hábitos


que consideras clave en tu estado de vida
particular.
2. ¿Piensa como tú la mayoría de la gente
que pertenece a tu mismo estado de vida
y suele señalar esas mismas cuatro cos­
tumbres como definitorias de tu forma de
vida? Explícalo.
3. Apunta por escrito cuatro hábitos que for­
man parte de tu ocupación.

51
4. ¿Consideran tus colegas que éstas son
prácticas que identifican tu trabajo?
5. Cita algunas líneas de acción en tu vida
que sean peldaños para cambiar y mejorar.
6. ¿Por qué son tan importantes?
7. ¿Qué hábitos podrías desarrollar en esas
áreas de tu vida que quieres mejorar?
8. Enumera cuatro cualidades que esperas que
posea la persona a la que pides consejo.
9. ¿En qué áreas de tu vida ejerce mayor con­
trol tu superego?
10. ¿En qué dimensiones de tu vida es la con­
ciencia la que ejerce mayor control?
SEGUNDA PARTE
Virtudes teologales
V ir t u d e s de un c r is t ia n o
James F. Keenan, S.J .

Fe

Un viaje a Dachau

ENTRE 1982 Y 1987 ESTUDIÉ en la Universidad Gre­


goriana de Roma. Los veranos me los pasaba en Alema­
nia o Austria, combinando trabajo parroquial y estudio.
Uno de esos veranos en que vivía en Munich, decidí
acercarme a Dachau. Deseaba ir un lunes, porque sabía
que, como la mayoría de los museos de Europa, el del
campo de concentración ese día estaría cerrado. Quería
ir a Dachau sólo para rezar, y pensaba hacerlo en la capi­
lla de un convento de clausura situado al lado del cam­
po. Uno de los jesuítas con los que vivía en M unich era
capellán de las monjas y me aseguró que la capilla del
convento estaba abierta también los lunes. Así las cosas,
un nublado día fui a Dachau para rezar.
En vez de tomar un autobús para recorrer los cinco
kilóm etros que hay desde la estación del tren hasta el
campo, preferí ir andando. A medida que iba cam inan­
do, notaba que, poco a poco, me sentía cada vez más con­
trariado. Todo lo que se podía ver a mi alrededor eran co­
quetas casas de campo con impecables jardines. No había

55
traza alguna de la tragedia de Dachau. Me preguntaba
cómo se podía vivir, después de 1945, en una ciudad lla­
mada Dachau. ¿No era para morirse de vergüenza tener
como dirección postal la del lugar donde había aconteci­
do tal atrocidad? Pensé que si los fantasmas existen tenían
que estar concentrados en aquel pueblo.
Avanzando un poco más pude ver un montículo de
cenizas enfrente de mí. Me preguntaba cómo alguien
podría decir en serio que no se había enterado de las
matanzas que allí se habían perpetrado. Me acerqué un
poco más. El cielo estaba oscuro. A un lado de la calle
principal que lleva al campo, vi una nueva y blanca
iglesia de estilo alpino. ¿Cómo se habían atrevido a
pensar que Dios podía estar allí, en aquel horrible lugar
donde se había decidido y realizado la muerte de tantos
judíos, gitanos y homosexuales, entre otros?
Me impresionó la extensión del campo. Caminé a tra­
vés de él hasta alcanzar la zona donde se alza el convento,
cuya campana comenzó a repicar en aquel instante. Ense­
guida oí una voz que en alemán me advertía que el con­
vento estaba cerrado. Le contesté que no era un turista, que
sólo estaba allí para rezar.
— Está cerrado — repitió la monja alemana.
— Soy jesuita y su capellán me ha dicho que podía ve­
nir aquí a rezar.
— Está cerrado.
— ¿No puedo rezar?
— Está cerrado; hoy es lunes.

Eíabía ido hasta Dachau para rezar y no me lo permi­


tían. Empecé a repasar lo que me había sucedido hasta
ese momento y me di cuenta de que cada vez estaba más
molesto. Al volver por donde había venido, vi otra vez la
iglesia blanca, y me vino a la mente el pensamiento de
que no había ido allí a rezar en la iglesia donde los ver­
dugos rezaban, sino donde las víctimas habían muerto.
Así, pues, no iba a rezar en aquella iglesia.

56
A |Tsar de todo, no podía negarme a mí mismo y lo
•jui<me había llevado a Dachau era rezar; y allí tenía la
mi mu i unidad para hacerlo. ¿Por qué habría de renunciar

.i! ¡uopósito primordial de mi viaje? Crucé la calle y en-


11 e en la iglesia blanca. Levanté la vista hacia el altar y
(lili lo vi.
1>iispendido sobre el altar había un enorme cuerpo de
i lisio sufriente, no crucificado sobre un madero, sino
n ligado de un alambre de espino que la gente del pueblo
l u í >i.i trenzado hacía años. Allí estaba el Cristo sufriente,
1 1 ¡lidio, y su cruz había sido construida por los católicos
i Ir aquella ciudad. Ellos reconocían su culpa. Y tan pron­
to romo vi el alambre de espino, también yo me percaté
■Ir mi culpa.
I labia llegado a rezar por los muertos como perso­
na inocente, y allí en la iglesia supe que yo tam bién era
•111pable.
Me senté sobrecogido. Durante una hora permanecí
allí desbordado por mi propia culpa, por mi maldad y mi
I><vado. Estaba sumergido en eso y no me sentía deprimi­
do. Sentía, por contra, luz. Sentí que Cristo quería que yo
me conociese en mi pequeñez, en mi egoísmo y en mis jui­
cios apresurados, y que él no iba a permitir que tal conoci-
iniento me destrozase. Me abrumaba mi maldad y, con to­
do, la fuerza, la luz y el amor de Cristo no me dejaban que
me perdiese. Me sentí extrañamente confiado, extraordi­
nariamente vulnerable y, sin embargo, seguro, no en mí
mismo sino en Cristo.
Al cabo de una hora, estaba orando por toda la gente
.i la que mi egoísmo había perjudicado. Imploraba su
perdón y agradecía a Dios la revelación de mí mismo y
de su ternura que me había dado. Salí de la iglesia.
Fuera levanté la vista: el cielo era hermosamente
azul, con jirones de nubes en el horizonte. En ese m o­
mento, un muchacho pasó pedaleando en su triciclo y
me dirigió el maravilloso saludo bávaro: «Griiss , Gott!».
Acababa de decirme: «¡Dios te saluda!». Me senté allí

57
mismo y lloré. Aquel día mi oración fue verdaderamente
bendecida.

Al encuentro de Dios

Mi oración fue bendecida, en parte, porque fui a orar co­


mo yo realmente era. No fui a rezar con bonitas palabras o
pensamientos elevados o promesas ilusorias. Fui a orar
desde mi rabia, sintiéndome justo y (creo yo) con una ino­
cencia a toda prueba. No suelo ir a orar así; lo que normal­
mente hago es presentarme como me gustaría ser o como
creo que soy. Sin duda, generalmente voy a la oración como
creo que Dios quiere que vaya. Voy con una cara maquilla­
da, con una careta, con una máscara. Pero Dios respeta mi
libertad y no me arranca la máscara. Dios viene a mi en­
cuentro del modo que yo me presento ante Él. Pero, si yo no
soy auténtico conmigo mismo, ¿cómo puedo entender lo
que Dios me ofrece cuando yo salgo a su encuentro?
Sólo cuando soy yo mismo, Dios me toca de verdad. Es
cierto que Dios puede traspasar mi obstinación y mi artifi­
cio, pero también lo es que siempre respeta la libertad hu­
mana como se hace patente en la crucifixión, donde Dios
no interviene para salvar a Cristo o para parar la injusticia
humana. A través de mi libertad y vulnerabilidad Dios
llega hasta mí.
Habitualmente, pensamos en la fe como creencia en
Dios, y por supuesto que es eso. Pero la fe cristiana con­
lleva un elemento fuertemente personal, que requiere de
nosotros asentimiento. La fe no es una simple declara­
ción sino una creencia que brota de lo más hondo. La fe
cristiana requiere de nosotros creer en Dios como real­
mente somos, con todo nuestro ser. Por eso, el acto de fe
es el acto de buscar a Dios cara a cara. Y sólo avanzo ha­
cia ese encuentro si no pongo obstáculos de mi parte. La
auténtica fe requiere, entonces, que busquemos al Dios
vivo libres de todo artificio.

58
En una obra estupenda titulada Till We Have Faces,
C.S. Lewis cuenta la historia de una princesa fea a la que
su padre le deja, al morir, el encargo de gobernar el reino.
Su hermana Psyche desaparece -literalm en te- con un
galán llamado Cupido. La princesa poco agraciada se
convierte, a base de duro esfuerzo y disciplina, en una
mujer poderosa y justiciera que disfruta del respeto de
los nobles. Pero para no asustar a sus súbditos, cubre con
una máscara su horrible rostro.
Después de años de luchas y victorias, la cansada,
anónima y solitaria princesa se entera de que no lejos de
su palacio hay un templo que nunca ha visitado. Entra
en él e inmediatamente descubre en las paredes frescos
en los que se narra la feliz historia de su hermana y Cu­
pido. Encolerizada por haber tenido que soportar sola
tan pesada carga, se encara con Dios y le reprende por
haber permitido todas las cosas que le han pasado: por
qué ella se ha quedado sola, por qué es tan fea y tan du­
ra, por qué su vida ha sido tan difícil. Al no oír nada co­
mo respuesta, en un arrebato de ira, rompe a gritar. Ras­
ga la máscara que cubre su cara y de nuevo exige una
respuesta.
Al desaparecer la máscara de su rostro, se da cuenta
de que, a pesar de tantos tragos amargos como había te­
nido que apurar, nunca había necesitado máscara ante
Dios. ¿Cómo podría encontrarse cara a cara con Dios, si
no se mostraba a sí misma? Till We Have Faces nos hace
caer en la cuenta de que el único al que la princesa po­
día haber mostrado su rostro era Dios. La fe se lo habría
permitido.
Con frecuencia llevamos máscaras. Por justas razones
suprimimos a veces una parte de nosotros mismos... en
atención a nuestros hijos o a nuestros alumnos o feligre­
ses. Por razones inapropiadas, pactamos con nosotros
mismos para conseguir aprobación, amistad, respeto o
amor. Pero con el Creador, con el que nos ha hecho como
somos, nos podemos presentar como nos ha hecho, sin

59
sombra de ficción. Si hay algún lugar donde no necesita­
mos máscara es delante de Dios. Vivimos en fe cuando
nos ponemos delante de Él como nos ha hecho. La fe es
auténtica cuando somos nosotros mismos.
Es una paradoja: cuando más necesitaríamos maqui­
llarnos, es decir, cuando más baja tenemos la guardia es,
sin embargo, cuando mejor podemos encontrarnos con
Dios cara a cara. Como me sucedió a mí con la rabia que
sentí en Dachau o con la de la princesa, nos quitamos las
máscaras precisamente en el momento en que no esta­
mos de muy buen ver. Cuando la tristeza, la depresión,
la pena o la soledad nos hieren, nos volvemos hacia
Dios, no victoriosos sino agobiados, no bien arreglados y
compuestos sino vulnerables.
La fe es el santuario que Dios nos proporciona para
que podamos presentarnos ante Él como nos ha hecho y
donde podemos desear encontrarnos con Él como Él es.
Porque la fe es el santuario donde podemos expresar
nuestros más hondos deseos de intimidad con el Crea­
dor, Redentor y Santificador. Ese santuario, cuando lo
encontramos, no se queda en una cámara privada. Más
bien, como en el cuento de la princesa o en mi propia ex­
periencia en la iglesia de Dachau, el santuario está lleno
de las historias de otros que han buscado al mismo Dios
con la misma humilde verdad.

60
V ir t u d e s de un c r is t ia n o
James F. Keenan, S.J .

Esperanza

PREGÚNTALE A UN SACERDOTE JOVEN que lle­


ve un par de años de ministerio si prefiere celebrar un
bautismo, una boda o un funeral. Me atrevo a afirmar
que responderá: «Un funeral». En las bodas la atención
se dispersa hacia focos diversos: la novia y su traje, el no­
vio, los padres, etc. En los bautizos está el niño, los pa­
dres y los padrinos pendientes de lo que tienen que ha­
cer a continuación... En ambos casos, la excitación es tan
alta que es difícil captar la atención.
No sucede lo mismo en los funerales. En ellos, la
atención de la gente está enfocada a la pena. Funeral y
entierro son las etapas finales de largos procesos que al­
gunos de los congregados han sufrido y que les hacen
llegar agotados. En el centro está el ataúd, que es un sig­
no seguro de tristeza. La invitación que siente el sacer­
dote para confortar y consolar es fuerte y clara. Pero po­
der hacerlo así requiere que el sacerdote esté muy atento
al sentido de pérdida que padecen los que lloran al
muerto. Consolar por el dolor de la pérdida no es fácil.
Era yo alumno de bachiller. Recuerdo que un vecino
-d e unos treinta años de edad- se suicidó. Guardo clara

61
memoria de que su mujer y sus hijos pasaron aquella no­
che en nuestra casa y del modo en que uno de los curas
de la parroquia vino a consolarlos. Sin duda, él quería
consolar; llegó inmediatamente después de que la policía
le hubiese llamado. Pero estaba demasiado confuso. De­
masiado alterado. Sonreía, reía y se mostraba muy sim­
pático. Tenía la intención de dar esperanza y en vez de
eso lo que hizo fue provocar la negación de la realidad.
Algunos liturgistas actuaron con la misma falta de de­
licadeza hacia las necesidades de los que lloran la muerte
de un ser querido cuando reformaron la misa de funeral.
Dicho en pocas palabras, se fue en ese punto de un extre­
mo al otro. Antes del Concilio, la Iglesia en oración sufría
durante la misa de funeral por los muertos. Después del
Concilio, celebramos la misa de resurrección. Pasamos de
la pena al gozo, literalmente, del negro al blanco. Los li­
turgistas estaban en lo cierto al querer introducir la misa
de resurrección, pero sin olvidarse del contexto de la ex­
periencia básica que vive la asamblea reunida para cele­
brar la eucaristía: la muerte de un ser amado. Pedir a la
gente en ese momento que se alegre en la resurrección
no es sólo algo carente de realismo, es algo inhumano.
La del funeral es una liturgia de esperanza, no una
celebración de alegría. La alegría es lo que María y los
discípulos vivieron no en la muerte de Jesús sino en el
acontecimiento de su resurrección. Gozo es lo que viven
unos padres cuando les nace un hijo. Esperanza es lo que
tenemos precisamente cuando no tenemos nada. En una
misa de funeral, como mucho, tenemos esperanza.
En los funerales muchos creyentes pasan momentos
difíciles. Lo mismo a los que creen que a los incrédulos,
la pena les juega malas pasadas. Pero, para los creyen­
tes, además, puede haber confusión, porque quieren sa­
ber dónde está el consuelo que da la fe, porque quieren
saber por qué no sienten más la certeza de la resurrec­
ción. Los creyentes se preguntan cómo puede ser su fe
tan débil, ya que se sienten tan miserables como los que
no participan de ella.

62
Muchos cristianos, turbados por la muerte de un ser
querido, con frecuencia no sólo no reciben consuelo en
una liturgia de funeral sino que salen descorazonados y
con menos fe. Aquí, en el asombro ante la debilidad de la
propia fe, se encuentra el sentido de la esperanza. Por­
que la esperanza es la determinación de no renunciar a la
propia fe, precisamente cuando, por así decir, no se saca
consuelo de ella.

¿Es la muerte de un ser querido más llevadera


para un creyente?

Llegados a este punto es donde hemos de considerar


la curiosa suposición según la cual la muerte es más lle­
vadera para los creyentes que para los ateos o agnósti­
cos. A todos la muerte nos arrebata clara, física y espiri­
tualmente la vida de esa persona a la que queremos. Para
ateos y agnósticos la muerte es el final. La puerta de la
vida se cierra. No hay duda del significado de la muerte.
Los creyentes experimentan también el carácter final de
la muerte y de manera no menos dramática.
Sin embargo, los creyentes no están dispuestos a acep­
tar la certidumbre que tienen los no creyentes. A pesar de
la experiencia de la pérdida y de la debilidad de la fe, de­
jan la puerta de la muerte entreabierta. Por eso no es raro
que a los que lloran, la fe no les conforte y sí les confunda.
En ese permanecer en fe es en lo que consiste la esperanza.
Ante el rostro de la muerte, los creyentes eligen permane­
cer, aunque impotentes y vacilantes, ante la promesa de
resurrección.
Si no hubiera duda, ni incertidumbre, ni turbación,
ni deseo de tener más fe, entonces no habría casi necesi­
dad de esperanza. Pero permanecer en esperanza -e n
esperanza por lo que no tenem os- es ya experiencia de
resurrección.

63
El símbolo de la esperanza es el ancla. Cuando nos
sacuden o vamos a la deriva o estamos descolocados, en­
contramos en la esperanza el ancla que nos permite per­
manecer amarrados a la fe. Precisamente cuando somos
zarandeados, la esperanza nos ayuda. Como la valentía,
la esperanza es una virtud de resistencia, de tenacidad.
Hace unos años esta idea de la esperanza apareció en
una historia de coraje escrita por Brian More y titulada
Catholics. Estamos en un tiempo futuro después del Vati­
cano III, y parece que hay ciertos problemas en una co­
munidad de vida monástica. Un visitador del Vaticano
realiza una investigación. A lo largo del proceso vamos
sabiendo que el abad, un hombre bueno y sincero lleva
años sin poder rezar. Cuando lo intenta, no siente nada.
En el cuento queda patente la hondura de los sucesivos
combates del abad a medida que se los va refiriendo al vi­
sitador. Al final, en la versión cinematográfica, se ve al
abad de noche, aterrorizado, solo y de rodillas, intentando
pronunciar las palabras del Padre Nuestro.
El cuento refleja las palabras de San Pablo en su Car­
ta a los Romanos. En el capítulo 8 (uno de los capítulos
sobre la esperanza) señala que esperamos las cosas que
aún no hemos visto. (Si las viéramos, entonces ya no se­
ría esperanza, añade.) Sigue diciendo que la esperanza
nos ayuda, sobre todo, cuando somos débiles. Nuestra
debilidad puede ser tan grande que podemos incluso no
saber qué debemos pedir, pero -P ablo lo d ice- ése es el
momento de orar (nótese: es una situación de confusión
y desconocimiento), en el que el Espíritu le habla al Pa­
dre a través de nuestros gemidos. Así pues, cuando so­
mos incapaces de orar, el Espíritu ora por nosotros, a tra­
vés de nosotros.
En nuestro gemir, esperamos. Porque nuestro la­
mento es también un deseo (¡una esperanza!). M ante­
ner el diálogo con Dios incluso en medio de nuestros
miedos más grandes es ya, en sí m ism o, un acto de fe.
La esperanza es perm anecer en diálogo cuando las pa­

64
labras nos faltan y, con todo, el deseo de articularlas
continúa. Como el abad, aterrorizados y de rodillas,
también nosotros esperamos cuando no podemos hacer
otra cosa que expresar el deseo de creer.
Este deseo de creer está en el corazón de muchas
personas que lloran la muerte de un ser querido.

La esperanza como don

Y en ese momento es cuando debemos ver la espe­


ranza como un regalo de Dios. Pensar que la tenacidad
de los que viven el dolor de una pérdida, que la actitud
del abad de Catholics o de los lectores de la Carta a los
Romanos nace en ellos de confiar únicamente en sus pro­
pias fuerzas significa que no hemos entendido lo que es
la esperanza. Como la fe y la caridad, las otras dos virtu­
des teologales, la esperanza no es algo que podamos ad­
quirir o desarrollar por nosotros mismos. La esperanza
es, igual que la fe y la caridad, don, puro don, expresión
de la gracia misma.
La esperanza, pues, es el Espíritu que entra en nues­
tras personas cansadas, exhaustas, temerosas, ofrecién­
donos un camino para proseguir el diálogo, para conti­
nuar firmes delante del Dios vivo. Todo lo que nos hace
posible seguir creyendo cuando tenemos que afrontar la
muerte, la duda, la falta de certeza o el miedo, es espe­
ranza. La habilidad de perseverar, el ancla que nos da
constancia cuando somos zarandeados, es la presencia
de Dios en nosotros.
Ver la esperanza como don es verla como interés con­
creto de Dios por nosotros. Pero ese interés se expresa
precisamente cuando estamos en mayor debilidad. En­
tonces, en nuestro estado más vulnerable, llega el don de
Dios como Espíritu en esperanza. La esperanza es, sin
duda, el regalo que Dios hace al hombre o la mujer vul­
nerable. Sobre todo, cuando estamos exhaustos, sin voz e

65
impotentes, es decir, en vulnerabilidad, cuando la vida
es de lo más oscura, entonces Dios entra en nosotros
para sostenernos.
Ahora bien, la aparición y existencia de la esperanza
no es rimbombante, tosca o ruidosa. No cambia repenti­
namente nuestra oscuridad en luz ni nuestro silencio en
elocuencia. Como el céfiro, la esperanza es sutil y suave.
Respeta nuestra libertad, nuestra inteligencia, nuestros
sentimientos. La esperanza no nos libera de los pensa­
mientos críticos, ni de las experiencias de desierto, ni de
nuestros miedos más arraigados. Más bien, la esperanza
entra en nosotros de forma delicada y sin ruido, hacién­
donos sentir la presencia del Espíritu en medio del albo­
roto. Su gentil presencia es fuerte, si no en volumen, sí en
profundidad. Es el ánimo del Espíritu que acude a la voz
de nuestros gemidos, dándonos la certeza de que en núes
tros momentos más bajos, cuando estamos sin recursos,
Dios nunca nos abandona.

66
J V I R T U P E S_ D E UN CR I S TIA N O
James F. Keenan, S.J.

La caridad, la madre
de las virtudes

LA SEMANA PASADA fue la ordenación sacerdotal


de mi mejor amigo. Un acontecimiento gozoso donde
hubo, para mí, un momento particularmente importante.
Cuando mi amigo estaba postrado en tierra delante
del altar, me pasaron por la mente todas las dificultades
que había tenido que superar para llegar a aquel punto.
Tumbado en aquella posición de hum illación, pensé
cuán sencilla es la vida y le pedí a Dios que se levanta­
se de aquel frío suelo de mármol como hombre nuevo,
consolado por la gracia y el amor de Dios.
Quedé sorprendido de mi reacción. Hasta recordé mi
propia ordenación doce años atrás. Postrado sobre el
mismo suelo, escuchando las magníficas voces que can­
taban las letanías, rezaban por mí, mientras yo sentía
una profunda tensión; no estaba en paz. Ansiaba la or­
denación, siempre lo había deseado, pero zonas de mí
mismo se hallaban, como San Pablo dice, «en guerra
dentro de mí».
Una parte de m í no estaba de acuerdo en que diera
ese paso que tanto había ansiado durante años. Una
parte de mí estaba enfadada con la Iglesia. Una parte de

67
F

mí sentía que no tenía derecho a ser sacerdote. Y otra


parte de mí aún lloraba a mi hermano, muerto dos años
antes. Con todo, sabía que eso era lo que quería hacer y
que Dios también lo quería. Ambas convicciones eran
más fuertes que las otras razones y me empujaron a or­
denarme. Cuando terminó el canto de las letanías, me
levanté aliviado y contento hacia el obispo para ver reali­
zado mi deseo más hondo. Doce años más tarde, rezan­
do por otro en su ordenación, pensaba: «Dios mío, no es
un momento fácil».
Para comprender qué ocurre al tomar esas complejas
decisiones, es preciso recordar
1) que nuestras motivaciones no suelen ser normal­
mente puras sino mezcladas y
2) cómo la virtud de la caridad nos hace capaces de
seguir las motivaciones más auténticas.

La mezcla de motivaciones

Muchos de nosotros pasamos momentos o períodos


en la vida en los que algo afecta a todo nuestro ser. No se
trata de que la vida se nos revele de repente a una nueva
luz o se vuelva tinieblas espesas, pero sí que vislumbra­
mos algo importante para nosotros en unos instantes de­
terminados. Las parejas en el día de la boda, por ejemplo,
pueden experimentar emociones y sentimientos encon­
trados en el momento decisivo en que su compromiso se
va a hacer público y «la guerra interior» les presenta inte­
rrogantes y dudas nuevas y fundamentales. Podrían mar­
charse del altar en ese mismo instante, pero la mayoría no
lo hace. Igualmente les puede pasar a los religiosos que
en la ceremonia de los votos experimenten un momento
así, al percibir lo que están a punto de prometer con toda
su densidad y todo su conflicto.
Tales momentos ocurren siempre que uno se ha pues­
to en marcha hacia una determinada dirección y cae en la

68
cuenta de que, si continúa, cambiará para siempre. En la
luminosa claridad de tales instantes descubrimos la com­
plejidad de las propias motivaciones. Las motivaciones,
como las elecciones, suelen ser complejas. Raramente ac­
tuamos con una motivación simple, sea en el ámbito de
lo trascendente, sea en el de lo mundano.
En ocasiones oímos lo conflictiva y complicada que
fue una decisión de profesar los votos religiosos, orde­
narse de sacerdote o contraer matrimonio, sobre todo
cuando se está en el proceso de dar marcha atrás. O reci­
bimos versiones románticas sobre los compromisos de
por vida: «la idílica certidumbre» de personas casadas,
religiosos o curas.
Sin embargo, es poco frecuente que nos lleguen las
inspiradoras historias de la gente que, a pesar de sus du­
das y conflictos, decidió vivir una determinada vida y
efectivamente vive según lo que decidió. Aunque elegir
un camino que va a marcar el curso del propio futuro es
una enorme tarea, muchas personas toman decisiones
así todos los días y perseveran en ellas.

El mito de la motivación pura

Una tarde, en una charla para estudiantes del MIT


(Massachussets Instituto of Technology), dije que los huma­
nos no tenemos motivaciones puras y que nos podemos en­
gañar a nosotros mismos pensando que sí las tenemos. Al­
gunos de mis oyentes pusieron objeciones. Pensaban que,
desde luego, los hombres de negocios pueden tener moti­
vaciones turbias, pero no así los buenos científicos, a los
cuales animaría «una motivación pura». Su visión del mun­
do de los negocios era un tanto despectiva; la de su propio
campo, bastante ingenua. Les recomendé leer a Einstein o
Fermi, grandes científicos que nunca reclamaron pureza de
motivación en su investigación. Terminamos concediéndo­
nos una tregua.

69
Por supuesto, aspiram os a la pureza, pero porque
carecem os de integridad dentro de nosotros m ism os,
porque tam bién está ausente en nuestras m otivacio­
nes. Para arm onizar esas m otivaciones, necesitam os
que la caridad trabaje en las profundidades de nuestro
ser.

Caridad

Esta visión de la caridad puede sonar extraña, toda


vez que tendemos a pensar en la caridad como acto de
dar a quien nos pide o como la virtud que nos hace ayu­
dar a los marginados. Pero la caridad es, de hecho, la vir­
tud que nos une a Dios. La caridad no está orientada pri­
mariamente hacia los otros, afecta a nuestras relaciones
con Dios en el centro de nuestro ser.
La caridad es la más básica de las virtudes. Tomás de
Aquino la llamó «madre» de todas las virtudes porque
todas se conciben dentro de ella. Como virtud funda­
mental, la caridad concierne más a la vida interior que a
los actos externos, atañe más al corazón que a las obras.
La caridad trabaja detrás del escenario.
A diferencia de otras virtudes que se adquieren me­
diante el ejercicio, la caridad es un don gratuito de Dios,
que nos capacita para descubrir lo que es más importan­
te para nosotros. Nos ayuda a integrar día tras día las
motivaciones diversas que albergamos y que nos afectan
en los niveles vitales más profundos.
Examinar el espectro completo de mis motivaciones
el día de mi ordenación, por ejemplo, me hizo percibir
por un instante la complejidad de los impulsos actuantes
dentro de mí cada día. La caridad me ayudó a discernir y
a centrarme en la llamada a la ordenación. La caridad me
ha seguido ayudando a lo largo de los años animándome
a responder a esa llamada.

70
La caridad como amor

La caridad también nos echa una mano para amar me­


jor. Amortigua la tendencia a prestarme demasiada aten­
ción, impide que la autocompasión se apodere de mi vida,
me impulsa a seguir las motivaciones de la justicia y la fi­
delidad, y a estar alerta ante la intemperancia y la cobar­
día. La caridad es como una madre, nos guía amorosa y
firmemente para proceder de acuerdo con lo que amamos.
La caridad es amor, la presencia misma de Dios en
nuestra vida. Como tal, está constantemente cribando
nuestras motivaciones para que no nos quedemos estan­
cados. Como el amor de una madre, el foco de la caridad
es extravertido. No nos dice lo que hemos de hacer con­
cretamente: la prudencia lo hace. Más bien, la caridad nos
impulsa a ser más fieles y justos, más respetuosos con no­
sotros mismos y a tener más temperancia y valentía. La
caridad permanece trabajando entre bastidores.
Santo Tomás se refería a la caridad como la virtud
que crece en intensidad hacia lo profundo. Quería expli­
car que la caridad habita en el hondón interior y que nos
anima a ver a aquél a quien amamos. La caridad es para
amar y para sentir intensamente amor por Dios, por el
prójimo y por uno mismo.
Crecemos en caridad en la medida en que responde­
mos a ella. La caridad nos pide que seamos día tras día
más considerados con los compañeros de trabajo y dis­
pensemos más atención a la familia, así como que asu­
mamos cabalmente las responsabilidades. La caridad
siempre está invitándonos a ser mejores, a crecer en las
virtudes. Nos incita a conseguir lo central. La caridad co­
noce nuestras motivaciones y nos enseña a distinguirlas
al mismo tiempo que las mezcla unas con otras en su di­
versidad. En última instancia, la caridad hace posible el
logro de aquello que anhelamos. Gracias a ella, podemos
pronunciar -co n tensión y lucha, pero también con fir­
m eza- las palabras «sí, quiero» o «estoy dispuesto y
quiero» en momentos transcendentales de la vida.

71
Por supuesto, aspiram os a la pureza, pero porque
carecem os de integridad dentro de nosotros m ism os,
porque tam bién está ausente en nuestras m otivacio­
nes. Para arm onizar esas m otivaciones, necesitam os
que la caridad trabaje en las profundidades de nuestro
ser.

Caridad

Esta visión de la caridad puede sonar extraña, toda


vez que tendemos a pensar en la caridad como acto de
dar a quien nos pide o como la virtud que nos hace ayu­
dar a los marginados. Pero la caridad es, de hecho, la vir­
tud que nos une a Dios. La caridad no está orientada pri­
mariamente hacia los otros, afecta a nuestras relaciones
con Dios en el centro de nuestro ser.
La caridad es la más básica de las virtudes. Tomás de
Aquino la llamó «madre» de todas las virtudes porque
todas se conciben dentro de ella. Como virtud funda­
mental, la caridad concierne más a la vida interior que a
los actos externos, atañe más al corazón que a las obras.
La caridad trabaja detrás del escenario.
A diferencia de otras virtudes que se adquieren me­
diante el ejercicio, la caridad es un don gratuito de Dios,
que nos capacita para descubrir lo que es más importan­
te para nosotros. Nos ayuda a integrar día tras día las
motivaciones diversas que albergamos y que nos afectan
en los niveles vitales más profundos.
Examinar el espectro completo de mis motivaciones
el día de mi ordenación, por ejemplo, me hizo percibir
por un instante la complejidad de los impulsos actuantes
dentro de mí cada día. La caridad me ayudó a discernir y
a centrarme en la llamada a la ordenación. La caridad me
ha seguido ayudando a lo largo de los años animándome
a responder a esa llamada.

70
La caridad como amor

La caridad también nos echa una mano para amar me­


jor. Amortigua la tendencia a prestarme demasiada aten­
ción, impide que la autocompasión se apodere de mi vida,
me impulsa a seguir las motivaciones de la justicia y la fi­
delidad, y a estar alerta ante la intemperancia y la cobar­
día. La caridad es como una madre, nos guía amorosa y
firmemente para proceder de acuerdo con lo que amamos.
La caridad es amor, la presencia misma de Dios en
nuestra vida. Como tal, está constantemente cribando
nuestras motivaciones para que no nos quedemos estan­
cados. Como el amor de una madre, el foco de la caridad
es extravertido. No nos dice lo que hemos de hacer con­
cretamente: la prudencia lo hace. Más bien, la caridad nos
impulsa a ser más fieles y justos, más respetuosos con no­
sotros mismos y a tener más temperancia y valentía. La
caridad permanece trabajando entre bastidores.
Santo Tomás se refería a la caridad como la virtud
que crece en intensidad hacia lo profundo. Quería expli­
car que la caridad habita en el hondón interior y que nos
anima a ver a aquél a quien amamos. La caridad es para
amar y para sentir intensamente amor por Dios, por el
prójimo y por uno mismo.
Crecemos en caridad en la medida en que responde­
mos a ella. La caridad nos pide que seamos día tras día
más considerados con los compañeros de trabajo y dis­
pensemos más atención a la familia, así como que asu­
mamos cabalmente las responsabilidades. La caridad
siempre está invitándonos a ser mejores, a crecer en las
virtudes. Nos incita a conseguir lo central. La caridad co­
noce nuestras motivaciones y nos enseña a distinguirlas
al mismo tiempo que las mezcla unas con otras en su di­
versidad. En última instancia, la caridad hace posible el
logro de aquello que anhelamos. Gracias a ella, podemos
pronunciar -co n tensión y lucha, pero también con fir­
m eza- las palabras «sí, quiero» o «estoy dispuesto y
quiero» en momentos transcendentales de la vida.

71
Preguntas para la reflexión

1. Describe un momento en que sentiste y re­


conociste la presencia de Dios en tu vida.
2. ¿De qué forma experimentas a Dios como sus­
tento de tu fe? Enumera cuatro situaciones o
modos.
3. ¿Qué esperas concretamente de Dios?
4. ¿Cómo sabes que Jesucristo te ama?
5. ¿Cómo logra Dios fortalecer tu fe, tu es­
peranza y tu caridad?

72
TERCERA PARTE
V irtudes cardinales
DURANTE SIGLOS se ha mantenido que había cua­
tro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y
templanza. En cierto modo, sólo son dos, porque la fun­
ción de la templanza y la fortaleza es apoyar la justicia.
Teníamos que ser templados y fuertes precisamente para
ser justos. La tarea de la prudencia es tan sólo sentar los
criterios mediante los cuales aquí y ahora se vive de mo­
do justo, se adopta la decisión ponderada y se actúa con
fortaleza.
Me interesa señalar que la justicia no se presenta sola.
Creo, como en otro lugar he expuesto («Proposing Car­
dinal Virtues» en Theological Studies 56.4 (1995) 709-729),
que la prudencia nos guía con relación a la justicia, a la
fidelidad y al cuidado de nosotros mismos. La justicia
consiste en tratar a todos de forma igualitaria. Es la vir­
tud de la equidad, en la que no existe trato especial o
preferencia. La fidelidad es precisamente lo opuesto: le
enseña a cada uno a tratar de forma especial a aquellos
con los que está más cercanamente relacionado: esposos,
hijos, padres, amigos, parientes, vecinos, compañeros de
comunidad, etc.

75
Así pues, mientras que la justicia consiste en tratar a
todas las personas de forma general e igual, la fidelidad
consiste en tratar de modo preferente a aquellos con los
que nos unen relaciones particulares. El quid de la vida
moral es comprender (mediante la prudencia) cuándo la
fidelidad ha de predominar sobre la justicia o cuándo la
justicia tiene prioridad sobre la fidelidad.
Las buenas historias (y las no tan buenas) exploran
siempre esta disyuntiva, porque crea suspense que el hé­
roe o la heroína tenga que optar entre la justicia y la fide­
lidad. Semejante disyuntiva siempre genera una gran
tensión. Como ejemplo se puede tomar la película Termi-
nator II. Arnold Schwarzenegger tiene que encontrar a
un muchacho que está destinado a salvar el mundo. Sin
embargo, el niño, en lugar de irse con Arnold, decide ir a
salvar a su madre (Linda Hamilton). El chaval pospone
el destino de la humanidad (la causa de la justicia) a la ;
salvación de su madre (la causa de la fidelidad).
Ahora bien, así como tenemos responsabilidades ge- 5
nerales para todos (justicia) y vínculos especiales con j
determ inadas personas (fidelidad), tam bién tenemos
una responsabilidad única para con nosotros mismos. |
Cuando comencé a escribir estos ensayos sobre las vir- J
tudes, llamé a esta responsabilidad autoestima. Actual- j
m ente prefiero denominarla cuidado de uno misino, por- ,
que esta expresión cubre un campo más amplio que la :
autoestima.
A veces tenemos que elegir entre las tres. Esa necesi­
dad de optar es lo que hace que las historias sean aún
más interesantes. Por ejemplo, la tragedia griega Antígo-
na comienza cuando la ciudad de Tebas acaba de ser de- ■
vastada por una guerra civil, causada por la enemistad -
entre dos hermanos. Los dos han muerto y uno de ellos
yace en el campo de batalla, fuera del recinto amuralla­
do de la ciudad, sin recibir sepultura. El nuevo dueño
de la ciudad trata de reunir a las facciones enfrentadas
en torno a sí y para conseguirlo prohíbe que nadie haga

76
nada más respecto de la guerra, incluyendo en ello la
prohibición de dar sepultura a los muertos. Si alguno
osase proceder a dar sepultura al cadáver, sería reo de
muerte.
La cuestión, para Antígona, se plantea entre obedecer
la ley de la justicia o enterrar a su hermano y perder su
propia vida. Las tres exigencias se presentan juntas. La
misma tensión triangular se da en la película Perfume de
mujer en su versión norteamericana. En la trama, el di­
rector de un instituto ha sido víctima de una terrible
gamberrada. Varios alumnos le han destruido el coche.
Un muchacho vio a sus compañeros de curso hacerlo.
Ese chico es un brillante estudiante a quien el director ha
prometido recomendar para que sea admitido en la uni­
versidad de Harvard. El director se entera de que el chi­
co conoce la identidad de los causantes del destrozo y le
pide la información.
Aunque el muchacho se da cuenta de que la petición
del director es justa, también considera su necesidad de
ser fiel a sus (injustos) amigos. Acto seguido el director le
anuncia que si no le facilita la información solicitada, se
verá obligado a enviar una carta negativa a Harvard,
truncando así el futuro del chico. Por consiguiente, tiene
que elegir: justicia, fidelidad o cuidado de sí mismo. El
dictado de la prudencia le hará decidirse por la respuesta
adecuada.
En mi esquema, pues, la templanza y la fortaleza con­
tinúan siendo virtudes auxiliares. No obstante, no sólo
existen para ser prudentes y justos, sino también para
que seamos fieles y cuidemos bien de nosotros mismos.

77
V ir t u d es d e u n c r i s t i a n o

James F. Keenan, S.J.

La virtud de Infidelidad

EN UN HOGAR en el que haya más de un niño se


puede fácilmente presenciar una escena como la siguien­
te. En primer lugar, se oyen gritos, lloros y quejas; luego,
la voz de uno de sus padres con profundo aire de frus­
tración: «¿Por qué no te portas un poco mejor con tu her­
mana?». De manera insistente, pero cansina y poco con­
vencida, se formula el deseo de que un día los dos
hermanos se lleven mejor. No obstante, el resistente pe-
queñajo, declarando su propia inocencia y echándole to­
da la culpa a su hermanita, evocando la voz de Adán en
el Paraíso, responde: «La culpa es suya». Al final, la ma­
dre, con una lógica impecable, pone la guinda: «No me
importa de quién fue la culpa; lo que yo quiero es que no
os peleéis tanto».
El género de los personajes puede cambiar, pero no la
escena. Expresa el deseo fundamental de los padres de
que sus hijos se quieran mutuamente. Para lograr ese fin,
los padres enseñan a sus hijos a disfrutar juntos de canti­
dad de actividades diversas. Juegan con ellos, les llevan
de vacaciones y organizan excursiones, les hacen valorar
las colaboraciones que cada hijo aporta a la familia, les

79
implican en tareas y responsabilidades familiares, les
ayudan a resolver sus diferencias y les ejercitan en com­
prender la importancia del dar y recibir. Mediante todos
estos ejercicios y prácticas, los padres enseñan que el há­
bito de estar juntos es algo que proporciona felicidad. Ha­
ciéndolo de ese modo, luchan contra el instinto de sus hi­
jos de acaparar las cosas como si fueran sólo suyas; se
trata de hacerles ver a los niños que la vida es mejor y
más rica donde dos o tres están reunidos. A la luz de es­
tos esfuerzos, cualquiera puede entender la exasperación
que viven unos padres cuando levantan la voz diciendo:
«¿por qué no podéis llevaros un poco mejor?».

Enseñar la fidelidad

Los padres instruyen a sus hijos en la virtud de la fide­


lidad. Esa virtud es la razón misma de ser de los padres.
Por ella, una persona desarrolla y alimenta los lazos afec­
tivos de cualquier relación, ya sea con su cónyuge, un
amigo, la familia, un compañero de comunidad, un colega
o un conciudadano.
Plasta hace poco, sin embargo, pese a los esfuerzos de
los padres, la virtud de la fidelidad ha recibido escasa
atención por parte de otros maestros de moral. Desde
luego, se nos ha enseñado que las infidelidades son m o­
ralmente incorrectas, es decir, hemos sido aleccionados
en no cometer actos de infidelidad. Pero ¿cuándo se nos
ha enseñado a practicar actos que potencian la fidelidad?
¿Cuándo se nos ha invitado a considerar como activida­
des morales cosas tales como ir a cenar con un amigo,
llamar a nuestra pareja, compartir momentos felices o
tristes con un amigo, dar un paseo con un compañero de
trabajo o hablar de un problema con alguien de la fami­
lia? ¿Cuándo se nos ha ocurrido que ir a una fiesta de
cumpleaños, al cine, al parque o de viaje formase parte
de la vida moral?

80
Al reconocer estas actividades como agradables y
sociales, difícilmente las consideramos morales. Por al­
guna razón, a menos que una actividad esté directa­
mente relacionada con la equidad, la justicia, los dere­
chos o los deberes, parece no concernir a la moral.
Ahora bien, pensar así es perderse (quizás pasar por al­
to) la fuerza de los primeros ejercicios m orales que
nuestros padres nos enseñaron.
Propongo considerar la fidelidad como la primera de
las virtudes cardinales que todo cristiano está llamado a
desarrollar. Las otras serán tratadas particularmente en
los siguientes capítulos. Ahora, después de cinco dedica­
dos a las virtudes en general, es tiempo de empezar a
examinarlas específicamente.

Justo y fiel

Hace veinte años, el doctor Lawrence Kohlberg pre­


sentó a los educadores un diseño en seis etapas de desa­
rrollo que quería ser un compendio de la evolución mo­
ral de cualquier persona. La última etapa englobaba a
aquellas personas que son capaces de captar las exigen­
cias de la justicia independientemente de las normas fija­
das por una sociedad o por los individuos. El objetivo de
la vida moral -exponía convincentemente K ohlberg-
consiste en llegar a ser una persona que puede valerse
por sí misma y que es capaz de reconocer lo que debe
ser. Determinadas figuras históricas cuya autoridad es
legendaria -d e un modo especial, Jesucristo, pero tam­
bién Sócrates, Tomás Moro, Gandhi o King, por citar al­
gu nas- lograron ese objetivo.
El modelo de Kohlberg ha suscitado una importante
crítica por parte de potentes voces femeninas. Carol Gi-
lligan, en su famoso libro In a Different Voice, hacía notar
hace diez años que, cuando se les preguntaba a hombres
y mujeres sobre quién eran, se perfilaba una tendencia

81
general: los hombres tendían a contar lo que hacían y
cuáles eran sus logros; mientras que las mujeres general­
mente se describían en términos de relaciones. Unos y
otros se mostraban reacios a actuar de forma diferente a
como lo hacían. A pesar de las obvias dificultades que
surgen de distinguir hombres y mujeres en términos tan
amplios y generales, las conclusiones de Gilligan susci­
tan un importante tema. La autora implícitamente apun­
taba que todos deberíamos tener dos preocupaciones en
la vida: la una, el ser justo y disponer de la autonomía
personal para reconocer lo que eso significa moralmente;
la otra, ser fiel en las relaciones y no quedarse aislado e
incapaz de encontrarse con los demás como amigos en
vez de verlos como tareas. Todos tenemos dos objetivos
morales primordiales: ser justos y ser fieles.

La amistad: clave de la vida moral

En escritos recientes de algunos teólogos morales so­


bre la virtud de la fidelidad, hay dos aportaciones espe­
cialmente destacadas. En Friendship and the Moral Life,
Paul Waddell recupera las enseñanzas de Aristóteles,
Agustín y Tomás de Aquino sobre la amistad, y demues­
tra convincentemente que, en la antigüedad, los m aes­
tros morales sí comprendían el significado de la amistad.
Acaso porque creemos que ser moral es algo difícil, de­
ducimos que la amistad está lejos de ser un tema moral.
En el instante en que nos percatamos de que grandes
pensadores han considerado a la amistad como la clave
de la vida moral, podemos empezar a pensar en la mora­
lidad como algo mucho más humano, atractivo y vivifi­
cante y, en una palabra, más común.
La investigación de Waddell subraya una dimensión
a menudo olvidada de la vida de Jesús. El no sólo enseñó
y sanó a los que le seguían, sino que también fue amigo
suyo, les llamó para estar juntos, para pasarlo bien, para

82
reírse y comer con ellos. Las reuniones de Jesús con sus
discípulos llamaban tanto la atención que hasta ha que­
dado constancia del escándalo que les producían a los
maestros de la ley. Con todo, éstas eran actividades m o­
rales. De igual manera que la vida de Jesús nos marca la
norma del seguimiento -ser justo como Él lo fu e- tam­
bién somos llamados a seguirle en la amistad: ser amigo
como Él lo fue.
M argaret Farley explora la fidelidad en su obra Per­
sonal Commitments: Beginning, Keeping, Changing. La teó­
loga católica presenta las vidas im aginarias de diez
personas diferentes y exam ina cómo el arte de la rela­
ción requiere una alta dosis de trabajo. Farley deja cla­
ro que la fidelidad precisa de ejercicios concretos para
desarrollarse. Así como nuestros padres nos enseñaron
a apreciarnos mutuamente a través de una extensa ga­
ma de actividades, tam bién tenemos que im plicarnos
en otras similares si pretendemos crecer en la relación.
De hecho, incluso para mantener una relación debe­
mos practicar formas de comunicar, com partir, acom ­
pañar, dar y recibir. Y, como la experiencia de los pa­
dres con sus hijos, nos damos perfecta cuenta de que
tales actividades no vienen natural o fácilmente.

Practicar la fidelidad

Estas ideas son semejantes a las discusiones corrientes


y -p ara frustración nuestra- muy frecuentes entre padres
e hijos. Cuando un padre invita a sus hijos a que hagan al­
go para llevarse como buenos hermanos, se puede topar
con la queja de uno de ellos que se cree tratado injusta­
mente. En el caso reseñado, el padre desea que su hijo se
porte bien con su hermana, pero el muchacho quiere pro­
teger sus derechos. La tendencia del chico hacia la justicia
no ha de ser subestimada. El filósofo John Rawls resalta lo
que cualquier padre descubre, que la primera frase moral

83
r
que un niño dice es: «eso no es justo». Curiosamente, la
primera declaración de un niño no es un reconocimiento
de lo que es justo; el pequeño no puede determinar eso.
Sin embargo, sí puede percibir desigualdades y dispari­
dades y protesta. ¿Por qué ha tomado más que yo? Sin
pensar en otra posible respuesta, la queja de que «eso no
es justo» brota de inmediato. Pretender enseñar fidelidad
en un contexto así, no es tarea fácil.
Por lo mismo, intentar aprender fidelidad tampoco es
empresa nada sencilla. Los compromisos nos parecen ar­
duos. Como los niños, nos molestan las desigualdades, des­
confiamos del dar y recibir, disfrutamos con el control, nos
gusta contar lo que les damos a los demás para asegurar
que vamos a recibir, por lo menos, tanto como damos, nos
gusta hacer cosas juntos siempre y cuando sea lo que nos
apetece a nosotros. A menudo, compartimos nuestra vida
con los amigos, por decirlo en una palabra, de mala gana.
Poner, pues, la fidelidad en el centro de la vida moral
nos invita a involucrarnos en ejercicios y prácticas con­
cretas que nos capaciten para entender y vivir mejor lo
que Jesús y nuestros padres nos han enseñado: a crecer
juntos. Para tal fin, puede que necesitemos hacer más lla­
madas de teléfono, escribir más cartas, cocinar alguna
vez más para los otros, dar más paseos, pasar un poco
más de tiempo con un amigo.
Nos puede venir bien deshabituarnos de contar o me­
dir lo que «el otro» hace o no hace. Puede que necesite­
mos ahuyentar el grito quejumbroso que nos corroe por
dentro: «ella (o él) siempre recibe (o gana) más que yo».
Puede que necesitemos, por el contrario, escuchar una
voz más madura que nos pide: «Llevaos mejor».

Fidelidad en la parroquia

La voz de la fidelidad se reconoce ya en muchas áreas


de la vida. Pensemos, por ejemplo, en el ámbito parro-

84
quial. De forma muy natural, la fidelidad es practicada
por los miembros del equipo parroquial que siempre son
puntuales, por el encargado de adornar el altar que res­
ponsablemente asume su tarea, por los jóvenes que ayu­
dan a misa en una fría y triste mañana de domingo, por
los ministros de la eucaristía que llevan la comunión a un
enfermo, por el miembro del equipo de pastoral de los
enfermos que asiste a una persona en trance de muerte,
por unos padres que organizan la liga de fútbol infantil,
por los alcohólicos anónimos que se disponen a celebrar
su reunión, por la familia que trae comida para los pobres
y por los catequistas que, sin recompensa, enseñan la fe.
Formo parte de una parroquia en la que, cada mes de
mayo, el párroco pone una carpa en los jardines parro­
quiales y hace de anfitrión de tres eventos. La primera
tarde da las gracias a más de seiscientos voluntarios de la
parroquia invitándoles a cenar. Al día siguiente, invita a
los curas de la diócesis a una comida campestre. El tercer
día, organiza una merienda para toda la parroquia. El pá­
rroco sabe a través de su propia práctica que el hábito de
estar juntos es, sin duda, una costumbre que proporciona
felicidad.
r
V ir t u d e s de_ u n c r i s t i a n o

James F. Keenan, S.J.

Justicia

IMAGINEMOS UN MUNDO donde todo lo que uno


hiciese estuviera bajo vigilancia. A cualquier lugar adonde
uno tratase de ir, siempre habría alguien preparado para
detenerle. Cualquier cosa que uno tratase de hacer, habría
alguien para decirle «no». Y cualesquiera que fueran los
propios impulsos, alguien estaría atento para mandarle
sonreír, dejar de llorar, irse a dormir o a jugar plácidamen­
te. Nadie podría vivir a gusto, por mucho tiempo, en un
mundo lleno de «mandones». Pues bien, la mayoría de no­
sotros pasamos en un lugar así los cinco primeros años de
nuestra vida.
Durante esos años todos -m enos y o - me marcaban
las reglas. Carecía totalmente de poder. Y entonces co­
menzamos a aprender el arte de tratar con los que hacen
las reglas. Aprendimos también a preguntar «por qué».
Con el interrogante «por qué», dejamos ya de ser recep­
tores pasivos de reglas. Desde entonces hemos puesto la
explicación de las reglas como condición para su obe­
diencia. La expresión que subvierte el poder es ésa, el
«por qué», que muchos padres, agobiados por el trabajo,
desearían hacer desaparecer del vocabulario de sus hi-

87
jos. Con todo, el hábito de usarla nos enseñó, de niños,
que las explicaciones pobres a m enudo significan re­
glas pobres. Nos ayudó a ver que no todas las reglas
son correctas.
De niños hicimos también experimentos tratando de
elaborar reglamentos en compañía de otros. Hablando
en general, aquellos intentos prácticos de negociación
con hermanos, primos y amigos tenían efectos poco du­
raderos. Insatisfecho con lo que pasaba, alguno del gru­
po decidía abandonar el juego y conocía el poder de chi­
varse. «Se lo diré a mamá» eran palabras amenazantes,
palabras que se pronunciaban cuando, con despecho, fi­
nalmente decidíamos que nos iba mejor con los adultos
que hacían las reglas que con nuestros iguales.

Persuadir y pactar

También aprendimos a conseguir cosas de los adul­


tos, por ejemplo de los familiares que se encargaban de
cuidarnos. Veamos lo que pasaba con la abuelita. Cuan­
do nos dejaban con ella, nos la ganábamos con arruma­
cos. Además, la persuadíamos para que aplicase sus cri­
terios más flexibles. Aunque nuestros padres dejaban
aquellas proverbiales «estrictas instrucciones», sabíamos
que redundaría en bien de todos que la suavidad de la
abuela rigiese la noche. En nuestra primera incursión en
el mundo adulto de los que marcan las reglas, aprendi­
mos la fuerza de la persuasión que actúa en el arte de la
negociación.
A los pocos días, cuando queríamos quedarnos hasta
tarde y nuestros padres no estaban por la labor, nos diri­
gíamos hacia ellos usando una clave recientemente ad­
quirida: «Pues... la abuela nos dejó ver este programa el
mes pasado». Hacerles ver a nuestros padres que sus fa­
miliares eran más blandos que ellos resultaba ser un re­
curso muy poderoso. Por supuesto, sabíamos que el mo-

88
mentó para usarlo tenía que ser el apropiado, que no
podíamos utilizarlo en cualquier momento.
Había otras cuidadoras además de la abuela. Algu­
nas veces, sobre todo cuando la canguro no era de la fa­
m ilia y era adolescente, el campo de maniobras para la
persuasión y la negociación se convertía en un terreno
maravillosamente complejo. Sabíamos que antes de
atravesar el umbral de la puerta, la canguro tenía tres li­
mitaciones. La primera, si no estábamos contentos con
ella (a diferencia de la abuela), ya no volvería. La segun­
da, la chica (de nuevo a diferencia de la abuela) trabaja­
ba como canguro porque necesitaba el dinero, y entraba
en competencia con otros para lograr la satisfacción de
los clientes que éramos nosotros. Tercero, las chicas que
venían a cuidarnos no eran exactamente personas adul­
tas. De sobra sabíamos que no se parecían a los adultos
con sus rutinas establecidas. Los/las canguros, como
nosotros, se aburrían y tenían caprichos. En nuestras
mentes, esto abría posibilidades muy interesantes.
La posibilidad de acceder al teléfono, a los helados, al
frigorífico, de contactar con amigos o amigas, la posibili­
dad de ver la televisión por cable, pasaban a ser temas
abiertos a discusión. Al procurar el interés de la canguro,
no pretendíamos prescindir del reglamento, sino partici­
par en el proceso de la fijación de normas: crear reglas
nuevas, determinar cosas como quién es el que decide
qué se ve en televisión o a qué juego jugamos, quién de­
be acostarse primero o quién será distinguido con el cali­
ficativo de «formal». Al hacer las reglas era la primera
vez que actuábamos como adultos.
Si la persona encargada de cuidarnos se resistía y no
se apartaba de las estrictas instrucciones recibidas, no nos
desesperábamos. Aguardábamos en nuestras habitaciones
y vigilábamos los intentos que hacía de usar el teléfono,
«saquear» la nevera o cualquier otro movimiento suyo.
Entonces, bajábamos para pronunciar una frase podero­
sa: «No se lo diremos a nuestros padres». Al cabo de po-

89
eos años, teníamos suficiente experiencia para darnos
cuenta de que negociar siempre era más beneficioso que
acusar. Sólo nos chivábamos si la canguro se mostraba
irrazonablemente inflexible.
Con el correr de los años aprendimos más sobre fijar
normas y pactar. Crecimos en experiencia. Intercambiá­
bamos cromos de deportistas o ropa. Nos contábamos
secretos, decidíamos quién iba a cada fiesta y elegíamos
equipo. Cuando tratábamos de «pactar» amistades, a
menudo la cosa no funcionaba. Quedábamos decepcio­
nados al liarnos a discutir y, a veces, sencillamente, deci­
díamos abandonar. Pero éramos tozudos y volvíamos a
las andadas, quizás con un nuevo contrincante.

El sentido de la equidad

Mediante estos ejercicios de negociación y reglas pac­


tadas, aprendimos que llevarse bien con alguien no sólo
requiere sentido de la oportunidad, persuasión y sensatez,
sino también sentido de equidad. En cualquier contexto,
la equidad es una regla fundamental e implícita. En efec­
to, daba la impresión de que la teníamos en cuenta por
instinto.
Como hemos mencionado, el primer pensamiento mo­
ral de un niño es reaccionar ante una situación particular
con la observación «Eso es injusto». Reconocer la injusticia
nos proporciona los límites para conocer lo que es inacep­
table. Puede que entonces no fuese algo bien definido, pe­
ro si la abuela dejaba ver la tele sólo a su preferido, o si un
chaval no se preocupaba por su hermano cuando estaba
llorando, o si un amigo revelaba un secreto, reconocíamos
perfectamente la iniquidad.
De hecho, la mayoría de los Diez Mandamientos son
claras prohibiciones de acciones inicuas o incorrectas.
No debemos ser idólatras o irrespetuosos; no debemos
matar, robar, mentir o intentar quedarnos con lo que per-

90
tenece a otros. Esas acciones son injustas. Si nos fijamos
en los grandes líderes morales de nuestro siglo, veremos
que también han descubierto y denunciado, primero, la
injusticia y, en un segundo momento, formulado su vi­
sión de la justicia. Martin Luther King palpó la iniqui­
dad de la segregación antes de proclamar su sueño. Ma-
hatma Gandhi se opuso al racismo en la India antes de
ayunar en favor de la unidad. La mayor parte de noso­
tros somos más proclives a reconocer la injusticia que a
presentar propuestas de justicia.
Así, pues, ¿qué es lo que constituye la justicia? ¿Con­
siste la justicia en asegurar un trabajo para todos o en la
igualdad de oportunidades? ¿Consiste la justicia en com­
partir la riqueza nacional más allá de las fronteras del pro­
pio país? ¿Es la justicia intervenir en los procesos de gue­
rra civil que viven algunos pueblos? Son preguntas que
no se pueden responder con un simple sí o no. Más bien,
como las lecciones que hemos ido aprendiendo a través de
negociar y pactar reglas, serán necesarias oportunidad,
recta intención, persuasión y sensate para abordar las
multiformes cuestiones de la justicia. Aún más, sólo po­
dremos dar respuestas si tenemos sentido de justicia en
nuestra vida, y éste se adquiere sólo mediante la práctica
del hábito de actuar justamente.

Discernir el bien común

Hay lecciones particulares que aprendemos a medida


que vamos creciendo y que son aplicables a la reflexión
presente. Primero, recordemos que cuando queríamos
formar grupo o pandillas, establecíamos reglas de admi­
sión o fijábamos ciertas obligaciones que contraían los
miembros. Alguna vez nos dábamos cuenta de que está­
bamos dejando a alguien fuera. Cuando éramos chava­
les, discutíamos estos temas. Alguno del grupo mencio­
naba (espero que así fuese) que no era justo dejar al otro

91
fuera. Tal vez, en las fiestas de cumpleaños y en las cele­
braciones de graduación, al pensar a quién podíamos in­
vitar y a quién no, acaso alguna vez incluimos al chico al
que casi nadie invitaba a nada. Al crecer aprendimos un
poco sobre el arte de la inclusión: dejar a gente al margen
no es una experiencia agradable ni para el que lo hace ni
para el que lo padece.
Aunque a veces pensamos (y aún lo seguimos hacien­
do en determinados momentos) que nos iría mejor si sólo
nos preocupásemos de nosotros mismos, en casa aprendi­
mos que esa creencia iba en contra de nuestros intereses.
Recibimos la lección de que la cooperación es mejor que el
aislamiento, que dar-y-recibir era mejor que pillar-todo-lo-
posible, y que interesarse por el bienestar del conjunto de la
familia resultaba mejor que el autointerés.
Aquellas noches en las que negociamos con éxito con
la canguro salieron bien porque actuábamos sobre la pre­
misa de que nuestros intereses eran tan importantes co­
mo los de nuestros hermanos y como los de la chica en­
cargada de cuidarnos. Y la lección que nuestros padres
nos enseñaron, una y otra vez, en la mesa, en el patio, en
la sala de estar, o en el coche, tenía que ver con el bien co­
mún. Es la lección a la que John Donne aludía al escribir:
«Ninguna persona es una isla cerrada en sí misma».

El que «fija las reglas»

Estas dos lecciones de la inclusión y del bien común


conducen hacia otra. Nuestras expresiones evoluciona­
ron desde el enternecedor «papaíto» al inquisitorial
«¿por qué?», desde el «se lo diré a mamá» hasta el «no se
lo contaremos a nuestros padres». Maduraron las frases,
porque estábamos embarcados en la lucha por tener voz.
Anhelábamos convertirnos en parte del proceso de la fi­
jación de reglas. Y, en efecto, ayudamos a nuestros pa­
dres a hacer mejores normas. Nuestra contribución fue

92
importante. Al principio acaso las sugerencias que ha­
cíamos no eran especialmente beneficiosas, pero con el
tiempo sí pasaron a serlo.
Por eso, si queremos ser inclusivos y trabajar en favor
del bien común, no pensemos que el mundo va a ser más
justo si lo dejamos en manos de unos pocos. Si no exclu­
yes pero, al mismo tiempo, no das voz, conviertes el
mundo en un juego de títeres, en un guiñol: condenas a
la mudez a los marginados (los dejas tan indefensos como
niños) y a la sordera a aquellos que creen representamos a
todos.
Paulatinamente, aprendimos que ser injustos no tiene
nada que ver con ser descubiertos o pillados en falta. De
pequeños, creíamos que si nos castigaban era que había­
mos hecho algo mal. Si nos librábamos de la sanción era
que no había nada que reprender. Pero cuando, con el
tiempo, nos convertimos en «hacedores de normas», es de­
cir, cuando se desarrolló nuestra conciencia, supimos que
la justicia o la injusticia no depende de lo que nuestros pa­
dres u otras personas declaren.
Al contrario, descubrimos que éramos injustos siem­
pre que, sin razones justificadas y necesarias, excluía­
mos o silenciábamos a alguien o le hurtábamos su par­
te en el bien común. Cuando no cum plíamos con
nuestra jornada de trabajo o no dábamos un salario jus­
to, cuando no dejábamos la propina requerida o no pa­
gábamos los impuestos, actuábamos injustamente tanto
si éramos descubiertos como si no.
La justicia, entonces, no depende de la ley. Que una
sociedad no declare una determinada actividad ilegal no
significa que tal cosa sea justa. De hecho, el racismo, el
sexismo y otras formas de exclusión continúan siendo
permitidas legalmente en muchas sociedades.
Cometer injusticia no es sinónimo de ser sorprendido
en falta, ni tampoco coincide siempre con lo ilegal.
Aprendemos a valorar la justicia y la injusticia al desa­
rrollarnos como personas. Cuanto más actuamos en fa-

93
r

vor del bien común, siendo inclusivos y permitiendo que


los demás hablen por sí mismos, tanto más crecemos en
la buena dirección. Los adultos aprenden, como los ni­
ños, practicando. Por consiguiente, la clave real de la jus­
ticia estriba en esto: mientras nos queden años por vivir,
tenemos aún mucho que aprender sobre la virtud de la
justicia.

94
V ir t u d e s d e u n c r i s t i a n o

James F. Keenan, S.J.

Autoestima

EIACE QUINCE AÑOS, en una clase de religión con


adolescentes en el colegio Canisio de Buffalo, les pre­
gunté a mis estudiantes qué significaba la humildad.
Después de escuchar algunos intentos torpes de respues­
ta, les presenté un caso sencillo:
Acabas de hacer una jugada excepcional. Un compa­
ñero se te acerca para decirte: «Tías estado genial». ¿Cuál
es la respuesta de la persona que posee la virtud de la
humildad?
Las manos se levantaron. Le pregunté a un estudiante,
que respondió:
— ¡No! Lía sido suerte, nada más. No soy tan bueno.

Las manos bajaron. Los demás estudiantes sabían que


se acababa de dar la respuesta acertada. Pero les dije:
— Eso es mentira, humildad no es eso.

Se quedaron completamente boquiabiertos. Otro es­


tudiante se arriesgó:

95
— Yo le diría a mi compañero que todo el equipo es
bueno.
— ¿Por qué? — le pregunté, usando ese tonillo con que
el profesor da a entender a sus alumnos que no deberían
siquiera intentar responder esa pregunta. Respondió:
— Porque no sería humilde atribuirse el mérito.

Quité importancia a su respuesta. Siguieron otros


varios intentos. Finalmente, zanjé la cuestión:
— La respuesta humilde es decir «gracias».

Con semejante respuesta, aquellos chicos de catorce


años comprendieron por qué sus padres solían bromear
acerca de estudiar religión con un jesuíta.

Posibilitar la humildad

La humildad reconoce la verdad sobre mí. No se trata


de mentir o negar sino, más bien, de la capacidad para
determinar si lo que otros dicen acerca de mí mismo es
verdadero o no. Como virtud, la humildad está a mitad
de camino entre dos vicios. Está entre el orgullo, que ha­
ce que me vea más grande de lo que en realidad soy, y la
autocompasión, que me minusvalora.
Por un tiempo pensé que la autoestima era el nombre
actual de la humildad, palabra ésta tan cargada de con­
notaciones negativas que parecía irredimible. Creía que
nadie leería un ensayo sobre la humildad, pero sí tendría
éxito uno sobre la autoestima. He renunciado a esa idea.
La autoestima no es humildad, sino la virtud que ha­
ce posible la humildad. Si la humildad consiste en cómo
interactuamos con otros, la autoestima tiene que ver con
cómo vivimos con nosotros mismos. Si la humildad per­
fecciona el modo de nuestra presencia ante los demás, la
autoestima perfecciona el modo en que nos vemos a no-

96
sotros mismos. La hum ildad versa sobre el discurso
público, la autoestima se refiere al diálogo interno.
En su artículo «On Self Respect», Joan Didion descri­
bió cómo es este diálogo. Sin autoestima, escribe Didion,
uno llega a ser «un espectador mal dispuesto al que se le
hace ver un documental minucioso e interminable en el
que se detallan sus fallos, tanto reales como imaginarios,
con vividas escenas que se repiten en todas las pantallas.
Esa película muestra el vaso que rompiste en aquel enfa­
do, el puñetazo que propinaste a Fulano en plena cara, el
ridículo que hiciste en aquella fiesta en Eíouston...». Sin
autoestima, somos a la vez agresores y víctimas. Sin ella,
no puede haber ni humildad ni orgullo. Sin un mínimo
de autoestima no puede haber jamás autoconocimiento.
Hace años, llegué a la conclusión de que las virtudes
cardinales contemporáneas son tres: justicia, prudencia y
fidelidad. El año pasado pregunté a mis alumnos de teo­
logía si debería añadir una cuarta virtud cardinal, autoes­
tima. Las manos de nuevo se levantaron. Los estudiantes,
hombres y mujeres, religiosos y laicos desde los veinti­
cinco a los sesenta y cinco años, casi unánimemente res­
pondieron que sí. Uno tras otro, todos los estudiantes se­
ñalaron qué oprimente es la ética cuando su único punto
de referencia es exclusivamente social, pues sociales son
la justicia y la fidelidad.
— ¿Cuánta gente -preguntaron- que trabaja por la
justicia y la fidelidad escucha las cintas de Joan Didion
por la noche?
— Muchos — respondí.

No discutieron mi contestación.

¿Cuatro virtudes cardinales?

¿Por qué llamar cardinal a la autoestima? Para res­


ponder a esta pregunta, necesitamos recordar que una

97
virtud cardinal tiene tres funciones. Primero, describe ta­
reas morales de gran calado para la persona. Decir que
estas cuatro virtudes son «cardinales» significa que para
ser moral hay que ser prudente, justo, fiel y respetuoso
con uno mismo. No te basta con poseer una, dos o tres de
ellas. Necesitas adquirir las cuatro porque ésa es la meta
de cualquiera que ame.
Segundo, éstas bastan. Como sugiere la palabra latina
cardo, todos los otros requisitos morales dependen de es­
tas cuatro. Si alguno quiere saber qué significa ser huma­
no moral podemos decir: «Aquél que ama, es decir, aquél
que busca la prudencia, la justicia, la fidelidad y la auto­
estima». Toda otra demanda moral encuentra su fuente
en una de estas virtudes.
Tercero, cada virtud cardinal se busca por sí misma.
Este último punto implica la importancia que tiene cata­
logar a la autoestima como una virtud cardinal. Mientras
que perseguimos las otras virtudes por diversos moti­
vos, una virtud cardinal tiene su propia recompensa. No
haber descubierto esto es la razón más frecuente por la
que no adquirimos autoestima.
Consideremos cuántas veces intentamos dejar de
maltratarnos a nosotros mismos simplemente por miedo
a que nuestro mejor amigo o nuestra pareja nos rechace
si no lo hacemos. ¿Cuántos acontecimientos que nos ha­
cen sentir desconcertados por nuestra pobre autoimagen
nos mueven a incluir en nuestro repertorio de amenazas
la de que, si no actuamos mejor, acabaremos por no tener
ningún amigo? ¿Con qué frecuencia nos forzamos a la
práctica de «querernos» sólo para demostrar a otros que
somos capaces de ello?
Cuando fomentamos nuestra autoestima para obtener
el respeto del otro, en realidad estamos trastocando las co­
sas de forma infantil, diciéndonos a nosotros mismos que
nuestro autovalor depende de que ganemos el respeto de
los demás antes que el nuestro propio. No podemos alcan­
zar la autoestima si buscamos la estima en otros lugares.

98
A veces ponemos condiciones innecesarias y hasta
dañinas a la autoestima: creemos que la autoestima es­
tá bien mientras no perjudique el bienestar de la comu­
nidad, el ambiente de trabajo o la felicidad de la fam i­
lia. O que podemos tener buen concepto de nosotros
mismos sólo si tenemos más alta consideración a nues­
tra comunidad o familia. Cuando la felicidad de la fa­
m ilia o el bienestar de la comunidad están en peligro,
suspendemos nuestro derecho a la autoestima.
¿Cuántas esposas, esforzándose en ser fieles a un es­
poso que las maltrata psicológica o físicamente, aguan­
tan humillaciones o golpes? ¿Cuántos empleados acep­
tan que sus inmaduros jefes los minusvaloren o los
desprecien con sus arrebatos temperamentales... por el
bien de la empresa? ¿Cuántos jóvenes llegan a admitir
que es un «derecho» de sus padres preferir a uno de sus
hijos en detrimento del otro... por el bien de la familia?
A no ser que la autoestima reclame su propio derecho
a la felicidad -n o por la justicia o la fidelidad, sino como
estas virtudes, por sí m ism a- la autoestima se ejercitará,
simplemente, «si el tiempo lo permite...».
La justicia nos invita a considerar a cada uno como
igual; la fidelidad nos invita a considerar a nuestros
amigos y familia como especiales; la autoestima nos lla­
ma a considerarnos a nosotros mismos como únicos. Las
exigencias de estas tres virtudes pueden simultanearse,
conduciendo a la cuarta: repartir adecuadamente esta
consideración de las tres virtudes cardinales restantes
corresponde a la prudencia.

Enseñárselo a los niños

Las virtudes se adquieren por medio de su práctica. Al


ejercitar las tareas propias de un padre o una madre, ense­
ñamos a nuestros hijos a ser justos, a tratar a los demás co­
mo ellos quisieran ser tratados, a incluir y no a excluir, a

99
f
dedicar tiempo a las amistades, y a estar disponibles para
los que nos quieren o necesitan. Al poner en práctica la jus­
ticia, les mostramos que toda persona tiene valor en sí mis­
ma. Al ejercitar la fidelidad, les enseñamos que las relacio­
nes humanas merecen la pena. Al practicar la autoestima
personal, también nuestros hijos aprenden su propio valor.
Gracias a nuestra solicitud amorosa y cuidado paternal,
los hijos se sienten queridos y llenos de posibilidades.
Les ayudamos a que entiendan que
- los sentimientos que experimentan nacen dentro
de ellos y que su mundo interior es tan espacioso
como el océano
- sus emociones positivas les permiten sentirse es­
peranzados, felices y soñadores y las negativas les
deprimen, asustan o les hacen sentirse necesitados
de protección
- así como hay un mundo interior, también hay uno
exterior. Y deben aprender a manejarse en éste úl­
timo en su condición de miembros únicos y nue­
vos de él, aunque siempre partiendo de su propia
experiencia interior
- así como a uno le lleva tiempo comprender a su
hermano, a su amigo o compañero de clase, lleva
su tiempo conocerse uno mismo.

De igual modo que los niños piensan de vez en cuan­


do en nosotros, en sus amigos, en sus parientes, tenemos
que animarles a que se habitúen a pensar también en sí
mismos. Que así como les deseamos las buenas noches y
que sueñen con los angelitos, hemos de aconsejarles que
también sueñen consigo mismos.
Semejantes lecciones son tan importantes como las
que se dictan sobre la justicia y la fidelidad. Sin embargo,
mientras que la tarea de unos padres tiene en cuenta las
tres, la atención que la Iglesia da a la autoestima es con­
siderablemente menor que la que concede a la justicia y
la fidelidad.

100
La Iglesia y la autoestima

Seguro que ocho de cada diez cartas encíclicas publi­


cadas por los papas de este siglo versan sobre la justicia.
Las homilías sobre la fidelidad -particularm ente sobre
la familia, el matrimonio y el divorcio- son temas comu­
nes. Cuando pensamos en la fortaleza de Jesús, en la
presencia siempre constante de Yahvé, en la Alianza, en
la promesa hecha a la Iglesia, nos damos cuenta de que
la noción de fidelidad puede ser invocada a menudo en
las homilías dominicales. Pero ¿qué encíclica nos dice
que nos veamos buenos, que nos tengamos a nosotros
mismos como tesoros, y que recordemos la importancia
de la autoestima? ¿Qué homilía nos da orientaciones pa­
ra adquirir o reforzar nuestra autoestima? ¿Por qué no
se insiste más en las palabras de consuelo que Jesús di­
rigió a quienes se acercaban a Él? A veces parece que só­
lo en algunos grupos parroquiales (escuela de padres,
crecimiento personal...) puede un católico encontrar una
afirmación clara de la importancia de la autoestima.
Necesitamos más reflexión sobre la autoestima. De­
bemos recordarnos a nosotros mismos que la autoestima
es una virtud cardinal, que el deber moral de terminar
con el autodesprecio es tan firme como el de combatir la
injusticia. Y es verdad, el imperativo moral de desarro­
llar la autoestima es tan urgente como la llamada a ser
justo y fiel.

101
f
V ir t u d e s d e un _ Cristi a n o
James F. Keenan, S.J.

Los ¡ladres y la virtud


de la prudencia

A MEDIDA QUE IBA CRECIENDO, mis padres or­


ganizaban fiestas cada vez más fenomenales en los días
festivos y las celebraciones familiares. Además de en es­
tas fiestas, los vecinos, parientes y amigos a menudo ve­
nían a casa a comer, a jugar a las cartas o simplemente a
hacernos una visita. Mi hermano Bob y yo también invi­
tábamos a casa a nuestros amigos. Más tarde, mis her­
manas y mi hermano pequeño también empezaron a ha­
cer lo mismo con sus amigos. A cualquier hora del día,
en la casa de los Keenan había gente de fuera. No éramos
ricos ni pobres, pero de verdad que disfrutamos de una
casa siempre llena de gente.
Mis recuerdos más entrañables tienen que ver con
las fiestas de cumpleaños que mamá y papá organiza­
ron para Bob y para mí. Bob nació trescientos sesenta
días después que yo y, por lo tanto, como «gemelos ir­
landeses», celebrábamos nuestros cumpleaños a la vez.
Las fiestas eran increíbles. Mis padres elegían temas di­
ferentes: el circo, el salvaje Oeste, etc. Mi fiesta favorita
era la de la Isla del Tesoro. Mamá hizo un cofre lleno
con m onedas doradas de chocolate. Vecinos, amigos y

103
primos venían como piratas, el tío se disfrazaba de Ca­
pitán Garfio. Puedo recordarlo aquel día: con un parche
en el ojo, cojeando por toda la casa con una sola pierna.
Fue una fiesta memorable.
De joven nunca pensé cuánta imaginación requerían
los montajes que hacían mis padres. Creía que todo el
mundo tenía fiestas como nosotros, aunque jamás asistí a
una como las nuestras. Pero la planificación de mis pa­
dres -s u imaginación y atención al detalle-, además de
ser un signo obvio de amor y una ocasión maravillosa
para disfrutar, era un gran ejemplo de prudencia.

Planificar como prudencia

Preparar una fiesta puede parecer un extraño ejemplo


de prudencia, pero déjame recurrir a la experiencia. Se­
guro que casi todos los que están leyendo este libro tie­
nen que programar o planear algo: una fiesta familiar,
una misa de aniversario, una reunión de amigos, un en­
cuentro parroquial. Quizá estás preparando un curso o
concertando un encuentro o empezando la andadura de
un grupo para el que andas buscando gente apropiada.
Quizá estás montando un negocio o vas a conceder una
entrevista.
Una buena planificación supone no sólo atender a los
detalles, sino prever e imaginar. Hacer planes requiere
mirar hacia adelante y tener en cuenta una variedad de
posibilidades. Puede que gente disfrazada de piratas o
renqueante como el Capitán Garfio no sea la más apro­
piada para realizar los planes que tenemos; lo importan­
te es que nuestra imaginación responda creativamente a
preguntas del estilo de... con quién habría que contar,
dónde, cuándo, por qué y cómo.
Los planes reales implican alternativas imaginarias
de futuro, que anticipamos mentalmente de cara a llevar
a cabo y lo mejor posible la tarea que nos proponemos.

104
Cuando nuestros cálculos de futuro concuerdan con la
realidad, somos prudentes. Ninguna virtud está más
volcada hacia el futuro que la prudencia. Esto puede pa­
recer extraño, puesto que lo que a menudo viene a nues­
tra mente cuando pensamos en la prudencia es la pre­
caución. La prudencia precisa precaución sólo en tanto
que, al mirar al futuro, aún nos falta la experiencia del
mañana.
Los teólogos han venido hablando de la cualidad de
previsión que va unida a la prudencia. Tomás de Aqui­
no, por ejemplo, escribió que la prudencia siempre esta­
blece los medios para alcanzar el fin. Santo Tomás quería
que supiéramos que la prudencia busca siempre que el
futuro posible llegue a ser real. Esta es la virtud que nos
conduce hacia delante.
El teólogo y moralista Klaus Demmer lo expresó in­
cluso más simplemente: «La vida moral no consiste en
responder, sino en actuar. Debiéramos ver el dilema que
tenemos ante nosotros no como algo impuesto, sino más
bien como una oportunidad para obrar». Demmer quie­
re que comprendamos que la vida moral no consiste en
responder a lo que el mañana traiga. Más bien, la vida
moral nos trae el mañana. Y la prudencia prepara la
agenda.

La agenda moral

¿Cuál es el «orden del día» (agenda) para la vida mo­


ral? En los tres últimos capítulos he sugerido que la vida
moral tiene que ver con la fidelidad, la justicia y la auto­
estima; la prudencia hace hueco a estas tres virtudes en
mi agenda diaria. La vida moral es una incitación conti­
nua a crecer en las tres virtudes. Por ejemplo, gracias a la
justicia aprendemos cada vez más que debemos tratar a
todas las personas como iguales. Entendemos mejor có­
mo nuestras actitudes, intenciones y acciones deben lle-

105
gar a ser más inclusivas y justas. Descubrimos que en al­
gunas áreas de la vida estamos mal dispuestos respecto a
ciertas personas por razones inadmisibles.
Nosotros, varones, no paramos de aprender, por
ejemplo, cuán arraigado y frecuente es nuestro sexismo,
y que debemos esforzarnos en cambiar nuestros hábitos
y adquirir otros nuevos si queremos tratar a las mujeres
como iguales.
Para cambiar nuestra forma de proceder necesitamos
prudencia, y ésta nos ayuda a planificar -imaginariamen­
te - nuevos modos de anticipar situaciones. Así, debemos
vernos evitando esos típicos comentarios machistas en los
que, a veces, todavía caemos. La prudencia nos ayuda a
comprender que tenemos esa tendencia particular y que
necesitamos controlarla. La prudencia también nos invita
a decir lo que pensamos; de ahí que necesitemos cambiar
no sólo nuestras palabras sino -y eso es lo importante-
también nuestros pensamientos. La prudencia, de ordina­
rio, nos enseña a superar reacciones de escasa calidad.
Nos ayuda a adquirir hábitos útiles para considerar y tra­
tar a nuestras compañeras como iguales. Nos lleva a refle­
xionar por qué hemos tenido una perspectiva tan injusta y
nos pide desarrollar, de pensamiento y palabra, una vi­
sión más completa. La prudencia como planificación, por
tanto, impulsa hacia la autotransformación interior.
La prudencia planifica las situaciones que pueden cam­
biarnos. Volviéndose hacia el futuro para cambiar al agente,
la prudencia reconoce que los problemas de la vida no es­
triban tanto en que el mundo sea injusto o infiel, sino más
bien en que nosotros somos los injustos e infieles. Si soy
prudente, intentaré crear situaciones donde pueda empe­
zar a adquirir los hábitos para actuar más justa y fielmente.

La prudencia como tarea propia de padres

Porque la prudencia busca imaginativamente antici­


par situaciones donde abandonar los hábitos viciosos y

106
adquirir otros virtuosos, considero la actitud que los pa­
dres tienen para con sus hijos como el mejor modelo pa­
ra esta virtud. Esto puede sorprendernos porque nor­
malmente pensamos en los profesores, sacerdotes o
acompañantes espirituales como figuras prudentes, co­
mo gente con quien hablamos sobre nuestras decisiones
más importantes. Es verdad, en algunas ocasiones nece­
sitamos conversar con esas personas. Pero la prudencia
no persigue simplemente tomar decisiones acertadas.
Más bien, consiste en estar atento a crear y buscar opor­
tunidades para un pleno desarrollo. Eso es lo que hacen
los padres. Los padres siempre están anticipando qué
tendrá que afrontar Charo o Juanito.
Los padres se plantean grandes preguntas como, por
ejemplo, éstas: ¿en qué barrio crecerá mejor nuestra hija?,
¿en qué colegio recibirá una mejor formación? A menu­
do se hacen otras más normalitas: ¿cómo se siente la niña
consigo misma?, ¿qué siente por los demás?, ¿es muy ex­
travertida o introvertida?, ¿cómo reacciona ante los retos
que se va encontrando?, ¿cómo evitar que tropiece con
las paredes o las mesitas?, ¿cómo aprender a ser un poco
menos tímida pero sin ser demasiado confiada?
En todo ese proceso que es la educación los padres
descubren lo irrepetible que es su hija. Se dan cuenta de
que la niña sólo crece en situaciones que la interpelan tal
como ella es en realidad. Pero incluso entonces, la mayo­
ría de estas situaciones, para bien o para mal, se produ­
cen sin intervención previa por su parte.
Los padres también saben que no pueden forzar a
sus hijos a aprender. Y, por tanto, tendrán que propor­
cionarles oportunidades donde puedan llegar a intere­
sarse por aprender a su propio ritmo. Son conscientes de
que los chicos tienen en sí mismos una predisposición a
crecer, pero los padres se dan cuenta de que su papel
consiste únicamente en apoyar y refrendar semejante
predisposición. Para conseguirlo intentan que la situa­
ción no sea ni muy dura ni muy fácil; tiene que ser nue­

107
va y, sin embargo, no del todo desconocida. Los hijos
progresan pasito a pasito. La prudencia, entonces, re­
quiere no sólo conocer al retoño y proporcionarle nue­
vas oportunidades que le sean apropiadas: también exi­
ge encontrar «el medio entre los extremos». Los padres
aprenden esto a base de experiencia.
Un padre sabe, por ejemplo, que debe estar atento a
su vástago siempre y, a la vez, no protegerle demasiado;
debe mostrarle un gran amor, pero sin exagerar, porque,
si no, lo haría demasiado dependiente. Con todo, debe
estar seguro de que su hijo se siente realmente querido.
¿Qué dosis de afecto es la adecuada? Crecer en pruden­
cia es saber responder con aplomo a estos interrogantes.
A m edida que el niño va desarrollándose, el padre
aprende tam bién gradualm ente que no debe perm itir­
le jugar con la puerta, los enchufes o los objetos con
punta, so pena de arriesgarse a un descalabro, y que
no debe pasarse ni de áspero ni de com placiente. Debe
estar atento a las cerillas, al detergente, a la cristalería,
a cualquier cosa en que el chiquillo pueda poner sus
m anos y hay peligro de que lo haga. En esa situación,
¿qué significa que los padres deben ser firmes y cómo
com paginar dureza con tolerancia?
Estas son algunas de las muchas preguntas que los
padres se hacen con angustia. Las responden adecuada o
prudentemente cuando atinan con el término medio, con
ese difícil equilibrio. No hay ningún secreto que desvelar
si uno trata de conciliar demasiado rigor y demasiada in­
dulgencia, solicitud y despreocupación. Los padres aca­
ban siendo unos expertos gracias a la dura escuela de la
experiencia y la reflexión.

La prudencia nos enseña a educamos

Los padres terminan por conocer bien a sus retoños,


les ponen en situaciones que facilitan su crecimiento y

108
buscan el equilibrio entre los extremos con el único pro­
pósito de que sus hijos se desarrollen plenamente. Estos
tres puntos (conocer, hacer crecer y equilibrio) son claves
para los padres; también son claves para la vida moral.
Si queremos transformarnos en personas justas, fieles
y que se aprecian, necesitamos, ante todo, saber quiénes
somos como individuos y dónde residen nuestros límites
y fuerzas. El padre llega a conocer mejor a su hijo gracias
al amor. Así también nosotros aprendemos a conocernos
si nos apreciamos a nosotros mismos. El amor siempre
quiere más y más para el amado: por eso debemos mirar
a nuestras virtudes para ver dónde necesitamos crecer.
Usando tanta imaginación como un padre o madre
que se empeña en que su vástago pruebe algo nuevo, ne­
cesitamos planear situaciones en las que la posibilidad
para el crecimiento diario se haga real. Ser más y más jus­
to, más fiel, más afectuoso consigo mismo es una tarea de
toda una vida; así, cada uno de nosotros necesita apren­
der cómo crecer a un ritmo asequible. Algunos de noso­
tros puede que hayamos dedicado años a interesarnos
más por el bien común, pero tal vez hemos descuidado la
calidad de nuestras relaciones personales. Aprender la
virtud de la fidelidad en edad tardía es una tarea desa­
gradablemente lenta. Otros pueden encontrar esa misma
exasperante lentitud a la hora de mejorar su autoestima,
después de descubrir que son razonablemente justos y
fieles.
Para progresar, por tanto, debemos proceder con no­
sotros mismos al que igual que lo hacen los padres con
sus hijos: apreciando nuestra irrepetibilidad, anticipando
los problemas y comportándonos con paciencia pero sin
desfallecer, porque es casi interminable el viaje que tene­
mos por delante cuando tratamos de adquirir las virtu­
des. A lo largo del camino la imaginación, que nos ayuda
a planear y ejecutar, será nuestro más prudente aliado.

109
V I R T U D E _ S DE _ U N CRISTIANO
James F. Keenan, S.J.

I.ü valentía

LAS VIRTUDES CARDINALES de nuestro tiempo


son la justicia, la fidelidad, la autoestima y la prudencia.
De ellas me he ocupado en los capítulos precedentes.
Las tres primeras nos llevan a tratar a todas las personas
con equidad, a mantener y desarrollar las relaciones
personales y a concedernos a nosotros mismos un auto-
respeto. La prudencia nos dice qué significan la justicia,
la fidelidad y la autoestima en lo concreto de cada situa­
ción. Pero se necesitan también otras dos virtudes, la va­
lentía y la templanza, si queremos actuar virtuosamen­
te de continuo. Estas dos son virtudes instrumentales, es
decir, existen para que podamos ser justos, fieles, auto-
respetuosos y prudentes.

La convicción es la base de la valentía

Una noche en que mi padre, oficial de policía, estaba


de servicio, mi madre me despertó diciendo que creía
haber oído a alguien en el sótano. Probablemente no era
más que un ruido de la casa -d ijo -, pero para estar segu-

111
r
ros, me preguntó si estaba dispuesto a bajar con ella y
comprobar que todo estaba en orden.
— Por supuesto — respondí.

Sin embargo, estaba asustado. Cuando regresábamos


del sótano me dio las gracias y me dijo que era valiente.
Parecía un comentario extraño a la luz de mi propio mie­
do: si era tan valiente ¿por qué estaba tan asustado?
Cuando le conté mi dilema, me dijo que ser valiente no
significa «no estar asustado»; significa hacer lo que uno
tiene que hacer, a pesar del miedo.
Como chico criado en Brooklyn, pensaba que ser va­
liente era sinónimo de «ser duro», y que tener coraje sig­
nificaba no mostrar ningún miedo. Ser valiente era lo
opuesto a cobardica. Creo que mucha gente confunde no
tener miedo con el valor; se acuerdan de G. Gordon
Liddy manteniendo su mano sobre la llama. Lo que me
dijo mi madre, sin embargo, me orientó en otra dirección.
Desde entonces, empecé a darme cuenta de que mu­
chas personas hacían lo que tenían que hacer incluso
cuando estaban asustadas. Por ejemplo, los activistas de
los derechos humanos que arrostran persecuciones, gol­
pes e incluso el arresto o la tortura, pero que siguen, con
la pancarta en la mano o desfilando por una calle, enfren­
tándose al tirano de turno. Los he visto muchas veces en
la tele y al natural. Y en sus caras se lee la convicción.
Cuando veo que no dan un paso atrás ni ante las
mangueras, los perros o las porras, comprendo lo valien­
tes que son. Saben que les van a herir, y aun así no cejan
en su empeño. Estas gentes no están jugando, creen en lo
que hacen y eso es importante.
Hay una escena similar en la película Gandhi: hom­
bres que se manifiestan y caminan hacia un cordón poli­
cial plagado de agentes dispuestos a abrirles la cabeza a
golpes. No buscaban pelea y todos estaban -estoy segu­
ro - asustados; sin embargo, se mantuvieron firmes ante
la violencia que se les infligía.

112
La convicción proporciona el punto de enganche pa­
ra entender el valor y la fortaleza. El valiente permanece
firme en sus convicciones aun ante la amenaza o el daño.
La convicción se aplica a más gente que los valientes que
defienden la justicia. El montañero, el explorador o el
marino son valientes no porque luchen y venzan sus
miedos, sino porque, en la adversidad, no cambian de
rumbo. Están convencidos de que deben completar su
camino. Permanecen firmes en su resolución. Mantener­
se firme en las propias convicciones es el fundamento de
la virtud de la valentía, también llamada fortaleza.
Estar firme es, por supuesto, una forma de decir: no
capitulo. Rosa Parks se mantuvo en su asiento, en la par­
te delantera del autobús, aunque era una zona exclusiva
para los blancos. Tomás Moro se mantuvo en su puesto
cuando, en la cárcel, se negó a firmar el juramento al rey.
Esas personas estaban sólidamente asentadas en sus con­
vicciones y, en vez de ceder ante un miedo más que ra­
cional, se mantuvieron firmes.

Los valerosos se «mojan»

La metáfora puede prolongarse, sin embargo, cuando


pensamos en ocasiones en que alguien se mete dentro de
un edificio en llamas para salvar a otro, o defiende a una
persona que está siendo atacada, o se lanza en ayuda de
alguien que tiene problemas. Aquí el valiente no se man­
tiene firme; al contrario, en un momento de emergencia,
valiente es precisamente quien reacciona y se mueve.
La importancia de esta reacción no puede ser subesti­
mada. Aristóteles nos recuerda que el auténtico carácter
moral de una persona se revela en las reacciones espon­
táneas. En una emergencia, el valiente y el cobarde se
distinguen claramente. Siempre que tenemos que actuar
sin tiempo para más consideraciones, aparece con niti­
dez si nuestras inclinaciones son mejores o peores de lo

113
f

que normalmente aparentan. Se admite que la emergen­


cia es excepcional, pero resulta un contexto muy adecua­
do para comprender la valentía moral. El esquema es
siempre el mismo: el valor se demuestra cuando, aun a
riesgo de la vida, uno se olvida de sí y se lanza a salvar a
la persona en peligro. Los socorristas son, por excelencia,
profesionales del valor.
Si ahondamos un poco más en el paralelismo, vemos
que hay ulteriores similitudes entre los valientes y fuertes,
y los que se dedican al rescate:
- En ambos casos, se trata de algo amenazador, sea
la discriminación racial, la fuerza bruta, una tor­
menta o un incendio.
- Ante la dificultad, el valiente intenta por todos los
medios que la situación no empeore, bien mante­
niéndose firme en su decisión, bien movilizándose
rápidamente.
- En ambos casos, el valiente cree que es capaz de
impedir que la situación empeore; de no ser así,
estaríamos ante un temerario. Por ejemplo, si los
huelguistas sufrieran golpes en la cabeza o la fuer­
za del agua a presión de las mangueras sin espe­
ranza alguna de conseguir sus objetivos en todo o
en parte, sus actos serían irresponsables. Del mis­
mo modo, si hubiese certeza de que un socorrista
iba a quedar incapacitado en el curso del salva­
mento, entonces, su gesto de arrojarse al agua lo
único que haría es empeorar las cosas.
- En todos los casos de rescate (y en muchos de re­
sistencia firme), los valientes dan muestras de so­
lidaridad con el vulnerable, esté éste atrapado en
un edificio o sea víctima de una dictadura. Siem­
pre sopesan el peligro personal frente al coste de
renunciar.

Estas dos posturas, mantenerse firmes y arriesgarse a


ayudar, parecen ser expresiones complementarias de

114
una misma realidad: la persona valiente no está dispues­
ta a abandonar a la persona o a renunciar a un principio
en cuestión. La verdadera fortaleza es la virtud de aquél
que se niega a rendirse ante la amenaza.

La valentía del Calvario

Si lo entendemos de este modo, en las Escrituras se


habla mucho de valentía. El valor de Jesús en el Huerto
no está solamente en su disposición a aceptar la cruz, si­
no en que la acepta precisamente por cumplir la volun­
tad de su Padre, que es salvarnos. La Encarnación, Pa­
sión y Muerte de Jesús son, entonces, el acto último
(fundamental) de salvación. La fortaleza de Jesús se re­
fleja en la valentía de María, su madre, de Juan, su discí­
pulo, de María Magdalena y de las otras mujeres que se
mantienen firmes junto a la cruz y no le abandonan, co­
mo hicieron los restantes discípulos. El coraje mostrado
en el Calvario es un momento definitivo en la historia de
la humanidad.
No es sorprendente que los soldados se quedaran pas­
mados ante el valor de Jesús en la cruz o que nos admire­
mos de su frase en el evangelio de San Juan: «No hay
amor más grande que...». La virtud de la fortaleza no con­
siste en superar los miedos sino en afrontar la propia hu­
manidad, cuando ésta está amenazada. El soldado va a la
guerra a defender su país. Su valor reside en la negativa a
abandonar a su patria, cuando ésta pasa por momentos
de necesidad. Pero en la guerra, en ocasiones, también se
producen situaciones que requieren actos heroicos. El sol­
dado valiente se convierte en héroe cuando no abandona
a un civil en peligro o a otro soldado que ha quedado ais­
lado. El heroísmo en tiempo de guerra tiene por protago­
nistas a valientes defensores que se ven envueltos en ope­
raciones de rescate. La bravura en la guerra no radica en
luchar contra el miedo; radica en salvar vidas.

115
f
Crecer en valor

Pero ¿cómo podemos incrementar nuestra valentía y


fortaleza? Para responder, consideremos por un instante
la instrucción que reciben los soldados, para quienes,
igual que para los policías, el valor es virtud esencial a su
vocación: mantener la paz en casa y fuera de ella. Esta
función social incorpora las dos dimensiones del valor,
mantenerse firme y defender, por un lado, y combatir
cuando es necesario, por otro.
La disposición para estar en primera línea de la de­
fensa de la nación es una clara manifestación del valor
de un soldado. Pero ese valor no le mueve a meterse en
situaciones de riesgo, enfrentamiento o peligro. El solda­
do valeroso no provoca el conflicto, sino que reacciona a
la amenaza. El valor es siempre una actitud de respuesta;
no busca problemas, sino que ayuda a defender, proteger
o salvar cuando algo o alguien se torna amenazante.
La disposición para proteger llega a ser una virtud
cuando se perfecciona por la prudencia y la solidaridad.
Los soldados valerosos se preparan para ser prudentes,
para estar disponibles y en situación de alerta ante la po­
sibilidad de problemas y amenazas. Formado con senti­
do de inteligencia práctica, el militar sopesa los peligros,
las consecuencias y los riesgos. La disposición para el va­
lor debe ir acompañada por la capacidad de prever y
controlar la amenaza.
A lo largo de su entrenamiento al soldado también se
le instruye en la solidaridad. Aprende a pensar en sí mis­
mo como un sujeto que nunca está sólo, que siempre, le
guste o no, es miembro de un pelotón, compañía o bata­
llón. El soldado solo no puede hacer frente a la amenaza;
únicamente el pelotón, como una unidad, lo hace. Así, el
ejército fomenta un fuerte sentido de interdependencia,
al tiempo que subraya la perversidad que entraña la de­
serción. El ejército imprime en el soldado la conciencia
de que uno se mantiene firme junto a otros.

116
La disposición a plantarle cara a la amenaza se hace
una virtud más perfecta por medio de la prudencia y la
solidaridad. Así, el soldado que pretende demostrar su
bravura es exactamente lo que el ejército rechaza, pues­
to que la vanidad, como la inseguridad, no es ni pru­
dente ni digna de confianza. En el conflicto, la valentía
del soldado se convierte en heroísmo cuando el equili­
brio se pierde en favor de la solidaridad por encima de
la prudencia, y el soldado se apresura a salvar a un ca­
marada o civil que ha quedado peligrosamente rezaga­
do. Heroísmo es que en tiempo de guerra los valientes
defensores lleven a cabo un rescate, desafiando la supe­
rioridad adversaria. Así pues, el heroísmo y la temeri­
dad se diferencian precisamente en que el héroe está
normalmente acostumbrado a la prudencia. En el solda­
do valiente, la prudencia y la solidaridad son general­
mente inseparables.

Preparados

Cuando no te ves envuelto en guerras, resulta más


difícil imaginar situaciones en las que ejercitar el valor.
El valor no se cultiva mediante ejercicios planeados de
antem ano; y, a diferencia de virtudes como la fideli­
dad, la justicia o la tem planza, no goza de un reperto­
rio de program as que nos puedan ayudar a crecer. Esto
se debe a que el valor es lo que Tomás de Aquino llamó
virtud reactiva: sólo actúa ante la amenaza.
Lo que podemos hacer es ejercitarnos en estar alerta y
preparados. Podemos enseñarnos a mostrarnos firmes.
Como en el ejército, tales prácticas están orientadas a fo­
mentar la solidaridad de unos con otros. A este respecto,
justicia y fidelidad son las virtudes que nos ayudan a
constituir esa solidaridad. Estas virtudes nos hacen apre­
ciar la igualdad entre todos y mantener unas buenas re­
laciones con la familia, los amigos y los vecinos. Nos dan

117
una unión más firme de unos con otros y nos ayudan en
aquellos momentos en que asoma la tentación de huir
ante la amenaza.
Pero a veces necesitam os desarrollar un sentido de
nuestro propio valor de modo que podam os defender­
nos razonablem ente contra la intimidación. Este deseo
se enraíza en la autoestima. La persona que ha sido
puesta en peligro, asustada y hum illada, puede recu­
perar su dignidad m anteniéndose firme en solidaridad
con gente que lo merece, resistiéndose a que se com e­
tan nuevos abusos. Por otra parte, la persona que lucha
contra una adicción o una com pulsión y que, de forma
reiterada, ha renunciado a su dignidad y ha sucum bi­
do ante el m iedo, puede y debe recuperar el dom inio
de sí, mantenerse firme y no darse por vencida.
Coraje viene del latín cor, corazón. Así que nuestro
valor aumenta cuando nuestra humanidad se enraíza
más profundamente en la justicia, la fidelidad y la auto­
estima. Acrecentamos el coraje cada vez que nos mante­
nemos firmes, cada vez que nos esforzamos por avanzar,
cada vez que, preocupados por los que duermen, al oír
un ruido bajamos sigilosamente las escaleras para asegu­
rarnos de que todo está en orden. Practicados por un sol­
dado que defiende su nación, por unos padres que pro­
tegen a sus hijos, por una persona que se planta con
firmeza frente a la tiranía o la sinrazón, la valentía, el co­
raje, la fortaleza aparecen siempre que hay gente que
ama su humanidad tanto como para defenderla allí don­
de está en peligro.

118
V ir t u d e s _ de u n c r i s t i a n o

James F. Keenan, S.J.

Templanza

CUANDO ENSEÑABA ética teológica a los estudian­


tes de la universidad de Fordham solíamos hablar de las
virtudes. Al presentar la primera virtud, la templanza,
les proponía el siguiente caso:
Imaginaos que vuestro compañero de habitación va
habitualmente a un montón de fiestas con dos amigos. Si
vosotros fuerais a decirle que está yendo a demasiadas
fiestas, ¿qué creéis que haría?
Todos coincidieron en la respuesta:
— Probablemente preguntaría a sus dos amigos si es
verdad que iba a demasiadas fiestas.
La contestación fue especialmente sabia. A menudo,
cuando alguien critica nuestra conducta (a la hora de co­
mer, beber, trabajar demasiado o poco), tendemos a bus­
car el refrendo de la gente con quien compartimos la mis­
ma conducta. Esa segunda opinión es, normalmente, un
parecer que no aporta nada.

119
r
Hábitos y disposiciones

Los estudiantes de Fordham, sin embargo, estaban


abiertos a hacer autoexamen. A sus escasos veinte años
de edad, empezaban a darse cuenta de la importancia
de la templanza. Aunque tenían mejores hábitos de co­
mer, beber, trabajar y dormir que los que yo tenía a su
edad, necesitaban mejorar. Después de todo, algunos de
ellos cultivaban los más extraños hábitos de sueño, otros
esperaban hasta el último minuto para hacer sus traba­
jos, no faltaban quienes seguían dietas temerarias y
unos cuantos bebían en exceso. La mayoría se daba
cuenta de que deberían dejar los malos hábitos y adquirir
otros más adecuados.
No obstante, no sólo estaban cultivando hábitos per­
sonales. También se estaban habituando al arte de asistir
a actos sociales... a beber, a entablar relaciones y crecer
responsablemente. Mientras lo hacían, se ayudaban los
unos a los otros. Desafortunadamente, aquellos que no
iban orientados positivamente -com o el estudiante que
asistía a muchas fiestas- se apartaban a menudo del cír­
culo de amigos que realmente les podía haber ayudado.
Mientras unos adquirían hábitos nuevos y adecuados,
otros, no. Muy pronto, los estudiantes se aficionaban a
uno de los dos únicos tipos de fiestas: aquellas en las que
unos pocos bebían demasiado y aquellas otras en las que
todo el mundo bebía demasiado.
La mayoría de los que padecem os de falta de tem ­
planza en algún área de nuestra vida nos apartamos de
gente que es templada. Si tenemos un desorden en el
comer, incidimos en él cuando nadie anda alrededor. Si
bebemos demasiado, lo hacemos o bien con los que, co­
mo nosotros, están aislados o, peor, cuando nadie nos
ve. Si sufrimos algún tipo de compulsión sexual, la ejer­
cemos ocultamente. Porque el secreto rodea la falta de
templanza, ésta y aislamiento van de la mano.

120
Primer paso: admitir el problema

Como el estudiante que iba a demasiadas fiestas, el


adulto al que le falta templanza es reacio a abandonar
la intim idad de su aislam iento para cam biar sus hábi­
tos no virtuosos. Por esta razón, en la serie de pasos
necesarios para adquirir la tem planza, el proverbial
«primero» es reconocer, simplemente, que uno tiene un
problem a. La verdad es que, al adm itir el problem a,
uno supera la reticencia a afrontar deficiencias perso­
nales. Más aún, una confesión como ésa significa que
uno está intentando acabar con el secreto, salir fuera de
su mundo privado, abandonar el aislamiento. Cuando
adm itim os tener un problem a, estamos intentando sa­
lir de un mundo de oscuridad, de autoengaño y sole­
dad, que son fatales para la libertad. Al adm itir nues­
tro problem a, damos el prim er paso para regresar al
mundo real.

Segundo paso: dar con la persona adecuada

Como todo aquel que ha vivido escondido o abando­


nado, nos sentimos indefensos e inermes cuando reco­
nocemos abiertamente nuestro problema. Por esta razón
el segundo paso para adquirir la virtud es igualmente
importante: encontrar la persona adecuada con quien
hablar. Despojarse del vicio y adoptar la virtud requiere
hablar con la persona adecuada. Sin embargo, a menudo
no tenemos a mano a la gente adecuada, a las personas
que están familiarizadas con las dificultades por las que
pasamos y que son capaces de aconsejarnos.
Encontrar la persona o personas idóneas con quien
hablar puede ser problemático. Mis alumnos, por ejem­
plo, destacaban que si aquel que iba a demasiadas fiestas
decidía finalmente hablar con alguien, había una buena
probabilidad de que hablase con alguien en el otro extre-

121
mo del espectro, en su caso alguien que nunca fuera a
fiestas. Les pregunté por qué. Y me contestaron:
— Porque está buscando a alguien digno de confianza
con quien hablar.
—Pero ¿cómo no se va a dar cuenta de que esa persona
no le será de ayuda?
—Porque, aunque esa persona no tiene ni idea de cómo
son las fiestas, al menos no se emborracha regularmente.

Como este estudiante, puede que nos acerquemos a al­


guien que no comete los errores en que nosotros caemos,
pero que no tiene tampoco ninguna experiencia. Es im­
portante darse cuenta de que la persona ideal debe estar a
medio camino entre los dos extremos.
Ciertamente cualquiera que esté familiarizado con el
estilo de las terapias de grupo que tratan conductas com­
pulsivas en la bebida, comida, sexo o trabajo conoce la
importancia que tiene hablar con la persona adecuada,
como lo sabe cualquiera que ha participado en un grupo
de apoyo. De hecho, necesitamos tener a mano conseje­
ros prudentes porque la virtud de la templanza es difícil
de adquirir.

Tercer paso: encontrar los ejercicios apropiados

Por desgracia, cuando pensamos en la templanza ten­


demos a pensar sólo en la abstinencia. Cierto, la tem­
planza a menudo requiere que nos abstengamos en una
o dos áreas particulares de la vida. Por ejemplo, puede
que nos tengamos que abstener de beber, si el beber con
moderación significa que no puedo pasar sin beber algo
todos los días. No obstante, la templanza tiene que ver
con muchas otras actividades aparte de beber. Más que
abstenernos totalmente de hacer algo, la templanza sue­
le exigirnos alcanzar un equilibrio entre un exceso y un
defecto de actividad.

122
Como cualquier otra virtud, la moderación consiste
en mejorarnos a nosotros mismos. Para lo cual necesita­
mos realizar una serie de ejercicios. La palabra «ejerci­
cio» es apropiada. El filósofo árabe Avicena usó este tér­
mino para hablar sobre las virtudes y Tomás de Aquino
también lo adoptó más tarde. Como los estudiantes que
necesitan realizar ciertos ejercicios para regular el sueño,
para comer, beber y trabajar bien, para desarrollar hábi­
tos adecuados, también nosotros necesitamos el ejercicio
apropiado para crecer en templanza.
A) La tensión justa. Utilicemos la analogía de la gim­
nasia, de los ejercicios de musculación. Empezamos a
avanzar cuando sabemos cuánto peso podemos levantar.
Los principiantes comienzan a menudo con demasiado
peso y les sobreviene una distensión muscular que les in­
capacita para ejercitarse por algún tiempo. También es
posible equivocarse excediéndose en ejercicios que exi­
gen poco esfuerzo. Los levantadores de pesas distinguen
perfectamente no sólo cuáles son demasiado pesadas, si­
no también las que son muy ligeras. Si alzas con facili­
dad una pesa, harás poco ejercicio practicando con ella:
los músculos sólo se desarrollan cuando hay tensión. La
auténtica clave para el desarrollo de un cuerpo musculo­
so consiste en calibrar la tensión justa que está entre el
«es casi demasiado» y el «casi es poco».
B) Hacia el equilibrio. La tensión depende no sólo de la
cantidad de peso que levantamos, sino también de cómo
lo levantamos. Al alzar las pesas desequilibradamente,
los principiantes soportan con frecuencia el peso con un
lado, brazo o pierna en detrimento del otro. Los novatos
necesitan normalmente un año de entrenamiento para
alcanzar el equilibrio apropiado.
Una combinación similar de tensión y equilibrio se
necesita para desarrollar la templanza. Si el reto no es
mínimamente significativo, no estimula nuestras ganas
de mejorar. Cuando éramos más jóvenes, mantener la

123
buena forma o recuperarla era fácil. Por supuesto, tras­
nochábamos cuanto nos daba la gana sin que afectase
mucho a nuestro rendimiento físico o intelectual. Pensá­
bamos que no íbamos a tener problemas a la hora de ex­
presar a otros nuestros sentimientos. Creíamos ferviente­
mente que podríamos vencer nuestras inseguridades
internas simplemente desoyéndolas. Pero nuestro tempe­
ramento, como nuestro cuerpo, tiende a permanecer co­
mo está a no ser que lo sometamos a ejercicios intensos. Si
no lo forzamos al límite, nuestro carácter no cambia un
ápice.
C) La integración. Al adquirir la virtud de la templan­
za, descubrimos en nosotros puntos fuertes y algunos
puntos flacos. Desde luego, podemos acrecentar nuestro
lado positivo y despreocuparnos del negativo, pero, al
actuar así, no ganamos en templanza. Al igual que cuan­
do se quiere conseguir un cuerpo musculoso, la modera­
ción tiene que abarcar a la persona entera. De hecho, la
templanza sólo llega a ser, en realidad, virtud cuando
uno alcanza la integración.
D) Constancia y resistencia. El progreso en el levanta­
miento de pesas depende no sólo del equilibrio y la ten­
sión, sino de la constancia y el aguante. Así como lleva
un año llegar a ser capaz de hacer alzadas equilibradas,
los progresos en una virtud son lentos. Es indispensable
una dedicación constante. Además, a menos que conti­
nuemos ejercitándonos, nuestros músculos pierden su
tono y fortaleza y pueden llegar a atrofiarse. Porque
nuestro temperamento es así: los ejercicios esporádicos,
independientemente de su intensidad, dejan sólo efectos
momentáneos. Los ejercicios constantes y apropiados pa­
ra alcanzar un comportamiento morigerado son tarea de
toda una vida.
La templanza, como la gimnasia corporal, no es un
fin en sí misma sino una ayuda para otros fines. La tem­
planza nos da la fuerza necesaria para llevar a cabo una

124
serie de tareas. Es una virtud auxiliar que nos capacita
para vivir de las cuatro virtudes cardinales: prudencia,
justicia, fidelidad y autoestima. Sin templanza, las cuatro
virtudes serían como deseos más que metas alcanzables.

Cuarto paso: disfrutar con los ejercicios

Como virtud que es, la templanza, según dice Aristó­


teles, tiene en sí misma su propia recompensa. Consiste
en disfrutar la vida. Consiste en ser capaces de sacar el
máximo provecho a nuestros talentos y posibilidades.
Aristóteles señaló que la templanza tiene que ver con
la sensibilidad. Se trata de un equilibrio interno que per­
mite que florezca en todo su esplendor lo sensible que
hay en nosotros. Aristóteles pensaba atinadamente que
ser equilibrado equivalía a ser feliz. Para él, equilibrio no
significaba control, sino creatividad.
Somos morigerados cuando damos con nuestro paso,
con nuestro ritmo. La moderación es vivir en ejercicio
constante, un ejercicio que activa todas nuestras virtua­
lidades, sentimientos, inclinaciones, aspiraciones, etc., y
que nos insta a mantenernos en buena forma y sintonía.
Crecer en templanza implica efectos también en la
dimensión más corporal de nuestra existencia. Después
de todo, la templanza nos desarrolla como personas
«sensibles». Y más que avergonzarnos de esta dimen­
sión «visceral», los católicos tenemos razones sobradas
para sintonizar con ella. Nuestra fe nada tiene de desen­
carnada. Creemos, por ejemplo, que la segunda persona
de la Santísima Trinidad se hizo carne, comemos el
Cuerpo de Cristo y bebemos su Sangre, sostenemos que
la vida eterna es la resurrección de nuestros cuerpos, y
llamamos a la Iglesia cuerpo de Cristo. Al hablar de la
Encarnación o de la Eucaristía, de la resurrección o de la
Iglesia, el lenguaje de nuestra fe es muy físico. Dicho sea
de paso, uno de los actos más significativos de nuestra

125
r
vida eclesial, la elección del papa, tiene lugar en una sa­
la universalmente conocida por sus famosos frescos ¡de
cuerpos desnudos!
Mucha gente cree que la templanza es la virtud que
nos impide ir a peor: nos hace reaccionar contra la bebi­
da, la obesidad o la pereza. Pero la verdadera importan­
cia de la templanza no reside en lo que nos evita, sino en
aquello que nos proporciona. La templanza es una espe­
cie de anticipo de la vida eterna, ya que, al integrar ar­
moniosamente todo lo que somos, nos proporciona un
bienestar y felicidad que nace de nuestro propio ritmo.
Por supuesto, esa felicidad no es nuestro fin último;
Cristo es nuestro último fin. Pero gracias a la templanza,
aprendemos a saborear lo que significa ser humano, lo
que significa ser imagen de Dios. Cuando dejamos que
nuestra personalidad sea trabajada, desbastada y esti­
mulada por las virtudes cardinales, descubrimos dentro
de nosotros una preciosa huella de la promesa inscrita en
nuestro ser: la mayor gloria de Dios consiste en que el ser
humano alcance la «plenitud de la vida».

126
V I_R T U D E_S__D E U N CR ISTIANO
James F. Keenan, S.J.

La virtudes de la imaginación

HACE DOCE ANOS, siendo estudiante en la Univer­


sidad Gregoriana, empecé a pensar en una nueva teolo­
gía moral. La entonces vigente estaba desgarrándose en
dos, debido a un debate sobre el mal intrínseco, un de­
bate que, para mi asombro, tenía que ver más con la pre­
gunta de si el control de la natalidad era un mal intrínse­
co que con la pregunta de si existía algún mal intrínseco.
Los teólogos morales se enzarzaron en una disputa inso­
luble que nunca podía tener fin. En lugar de entrar yo
también en ella, empecé a imaginar algún tipo de teolo­
gía moral que hablase menos de actos específicos y más
acerca de las personas. Busqué una agenda que contem­
plase no sólo actos momentáneos como el divorcio, el
aborto y el asesinato sino también las preocupaciones
diarias de menor envergadura.
En particular, soñaba con algo positivo, con una teo­
logía moral que no sólo desaconsejara a la gente lo que le
era dañoso, sino también que la ayudara a ser mejor.
¿Qué teología moral era ésa que podía servir a la gente
corriente -secretarias, empleados de banco, amas de ca­
sa, carpinteros, investigadores y em presarios- a la hora

127
de fijarse metas y directrices para su vida? Me concen­
tré en una teología moral cuyos pulmones respiraran el
aliento de los evangelios, que incluyera las parábolas del
buen samaritano y del hijo pródigo. Quería una teología
moral que dependiera del establo, del monte y de la coli­
na, de la tumba y del cenáculo. Buscaba un método de
teología moral que pudiera ayudar a los sacerdotes a
predicar y a los directores espirituales a acompañar; bus­
qué una forma de teología moral que estuviera enraiza­
da en la tradición y que, al mismo tiempo, fuera fresca y
reciente en las postrimerías del siglo veinte.
También esperaba encontrar algún cauce que sirviera
para que gente procedente de diversas culturas pudiera
compartir su comprensión de la vida moral. Al buscar una
teología moral útil a mis vecinos de Roma o de Nueva
York, también aspiraba a hallar algo que pudiera orientar
mi propia vida. En mi búsqueda, descubrí las virtudes. La
obra de Santo Tomás sobre las virtudes me ofreció exacta­
mente lo que andaba buscando, una teología moral para
la vida corriente que acompasase cada acción humana y
animara a los lectores a alcanzar los fines de las virtudes
específicas practicándolas como medios. La teología mo­
ral construida sobre las virtudes ayuda a la Iglesia a ex­
presar el Evangelio, manteniéndola en sintonía con las
cosas corrientes de la vida diaria.

Cómo estudiantes con imaginación


usan las virtudes

A poco de empezar mi tarea docente, recibí de mis


propios estudiantes la confirmación a la Etica de las Vir­
tudes. Mis doctorandos en la Universidad de Fordham
aplicaban im aginativam ente las virtudes a una gran
variedad de contextos.
Una madre de cuatro universitarios hizo un estudio
sobre la prudencia, Santo Tomás y la maternidad. Tiem­

128
po después, cuando era ya profesora en la Universidad
de Saint John, expuso sus ideas de cómo la comprensión
de Santo Tomás acerca de la prudencia es similar a la del
razonamiento práctico propuesto por las feministas de
hoy.
Un sacerdote diocesano de Long Island estudió la
pastoral económ ica de los obispos am ericanos, y llegó
a la conclusión de que el documento hubiera sido más
fructífero de haber usado el lenguaje de las virtudes or­
dinarias en lugar de los principios técnicos y académ i­
cos: así, los sacerdotes en sus hom ilías podrían haber
em pleado el documento para exponer sus ideas sobre
la justicia de modo más cercano e interpelante para sus
comunidades.
Una mujer, que es profesora en la Universidad Barry
de Florida, escribió sobre la autodeterminación y las vir­
tudes de Santo Tomás. Un ministro menonita señaló la
compatibilidad de la Etica de la Virtudes con las espiri­
tualidad cristiana. Un sacerdote ortodoxo griego se dedi­
có a investigar sobre la importancia de la virtud para la
comunión ortodoxa.
Hoy, en la Weston Jesuit School of Theology, tengo en­
tre mis alumnos a un sacerdote marista que estudia lo que
la virtud ofrece a las democracias jóvenes, en un tiempo
en que éstas buscan metas concretas para una ciudadanía
responsable. Algún día regresará a su Tonga natal, donde
gobierna un monarca absoluto. Un jesuita irlandés se pre­
para para un futuro trabajo de acompañamiento espiritual
escribiendo sobre la amistad en los escritos de San Aelred.
Un sacerdote diocesano australiano termina su tesis de li­
cenciatura teológica sobre la relación histórica entre la ver­
güenza y el guerrero que regresa, y ahora empieza a tra­
bajar para su doctorado en teología sobre la prudencia y el
autoengaño.
Una abogada americana estudia la depresión y el ra­
zonamiento moral, mientras que una ejecutiva de nego­
cios sudafricana estudia las virtudes y la contabilidad.

129
En el momento de escribir este ensayo, un candidato al
doctorado de Otawa se ha puesto en contacto conmigo
para hacerme una propuesta de investigación acerca de
la prudencia y la paternidad, y otro del Boston College
elabora su proyecto de tesis en torno a la reconciliación y
la hospitalidad.
Esta visión panorámica es una pequeña muestra del
futuro prometedor que se vislumbra para la teología mo­
ral. Se presenta como una advertencia refrescante: la tra­
dición católica es más rica de lo que muchos de los deba­
tes actuales dejan ver, y pone de manifiesto que los
católicos podemos enredarnos en asuntos particulares y
perder de vista el panorama más amplio. Contemplar es­
te panorama, imaginativamente, nos ayuda a vencer las
divisiones. La lista de asuntos de la teología moral au­
menta al usar las virtudes, que encierran la totalidad de
la vida humana. Las virtudes hablan a una variedad de
culturas, proporcionando un contexto para ese diálogo.
Por ejemplo, aunque la paciencia pudiera no parecer la
misma en Los Angeles que en Biloxi o Madrid, sigue
siendo paciencia, una virtud identificable en la mayoría
de las culturas.
Así mismo, las virtudes aparecen en diversas tradicio­
nes religiosas, no sólo en las cristianas, sino también en las
culturas orientales, africanas y mediterráneas. Las virtu­
des aumentan nuestra habilidad para pensar en la vida
moral, extienden nuestros horizontes más allá de las fron­
teras y religiones, e incrementan nuestra capacidad para
comunicarnos.

Las virtudes en la vida de las parroquias

Para los católicos, las virtudes proporcionan una


oportunidad extraordinaria de aplicar nuestra tradición
a la vida concreta de una parroquia. Ofrezco aquí tres su­
gerencias.

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1. Predicar. Aceptar las palabras y hechos de Jesús y
explicarlos es más fácil que aplicarlos a la vida corrien­
te. Las virtudes proporcionan un contexto encarnado
para m aterializar esa aplicación. Los que tenem os que
predicar podemos hacer algunas analogías, por ejem ­
plo, entre la prudencia como la conocemos y la pru­
dencia de las cinco vírgenes (o la im prudencia del
hom bre que recibió un talento). Podemos hablar sobre
la esperanza que anima a Zaqueo mientras trepa al ár­
bol, la caridad que impulsa a la viuda a entregar todo
lo que tiene o la fe del centurión que busca curación
para su hija. Pero tam bién podemos usar estas intui­
ciones como puntos de partida y preguntar: «¿qué sig­
nifica, en realidad, la fe para el creyente? ¿Es igual la
esperanza para un judío del siglo primero que para un
español del siglo veinte?».
Las virtudes debieran ser incorporadas a la vida con­
temporánea; después de todo, están ordenadas a lo con­
creto. Podemos predicar la virtud de los personajes bíbli­
cos y también mostrar cómo esa virtud se vive en las
vidas de los fieles de la parroquia. El espíritu generoso y
de perdón del padre del hijo pródigo, por ejemplo, no
sólo conlleva la extraordinaria bondad de nuestro Dios,
sino que ocasiona un momento concreto de reflexión so­
bre el espíritu de reconciliación de nuestra parroquia. En
los labios del que predica, las virtudes se tornan cauces
de comunicación entre la Palabra hecha carne y los que
escuchan esa Palabra.
2. Educación en ¡a parroquia. Los miembros de la parro­
quia a menudo se preguntan si sus convicciones son lo
suficientemente profundas, si cuando se preocupan por
sí mismos están siendo egoístas o, al contrario, están cui­
dando de sí, y si entienden correctamente la justicia y la
igualdad o la fidelidad y el amor. Los miembros de la pa­
rroquia también sienten deseos de saber si la tradición
puede darles los recursos suficientes para guiarlos en los
asuntos de la vida diaria.

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Saben que San Agustín, Santo Tomás y otros son figu­
ras importantes en la tradición, pero quizá no sepan que
la mayor contribución a la vida moral llevada a cabo por
estos santos está contenida en sus escritos sobre las virtu­
des. Muchos miembros de la parroquia se preocupan por
sus familias, por saber qué virtudes son particularmente
importantes.
¿Qué significa la prudencia, por ejemplo, para una
madre, un padre o un adolescente? ¿Cómo es la fideli­
dad para un joven, un esposo? ¿Cuándo debiera un pa­
dre comenzar a cuidar de sí? ¿Qué significan la valentía
y la templanza en las vidas de los jóvenes? Como ricos
recursos tradicionales, diseñados para ayudar a los
miembros de la Iglesia en su vida práctica, las virtudes
bien merecen ser adoptadas por los actividades formati-
vas de las parroquias.
3. Metas e identidad parroquial. Las comunidades parro­
quiales se examinan continuamente a sí mismas y esta­
blecen prioridades. La Etica de las Virtudes puede coad­
yuvar en esta función. Cuando la parroquia empieza a
planificar, puede evaluarse en términos de virtudes: ¿po­
see la cualidad de la misericordia? ¿Es un centro de justi­
cia y se puede identificar por su fidelidad? El espíritu de
prudencia, humildad y reconciliación ¿anima al consejo
parroquial y a sus consejeros? La hospitalidad ¿es la acti­
tud de quienes reciben por primera vez a la gente que
llama al centro parroquial? ¿Se considera al párroco y
sus colaboradores sabios, generosos, fieles y valientes?
Así como los responsables de la parroquia establecen
los objetivos parroquiales, también pueden comprome­
terse con las virtudes. Las virtudes, siempre preocupa­
das por los fines, expresan no sólo qué gente somos sino
la gente que podemos llegar a ser. Practicando las virtu­
des, las parroquias llegan a ser más virtuosas, superan­
do vicios como la mediocridad, la estrechez y el desáni­
mo. Las virtudes, entonces, llegan a ser conductos para
la autocomprensión, el crecimiento y el mayor servicio.

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Del mismo modo que mis alumnos siguen impulsan­
do la agenda de las virtudes cuando exploran áreas don­
de éstas pueden aplicarse, así los que dirigen las parro­
quias pueden recurrir a las virtudes para ayudarles a
realizar su misión. Después de todo, el legado de la vir­
tud es hacer esta doble cuestión: ¿quiénes somos? y ¿qué
estamos llamados a ser? Responder es siempre una tarea
de la imaginación y de la prudencia.

Preguntas para la reflexión

1. Cita ciertas acciones en que te ejercites pa­


ra crecer en fidelidad: por ejemplo, llamar
a los amigos con frecuencia.
2. Enumera varias actividades o pasos que
das para crecer en justicia: por ejemplo,
unirte a Amnistía Internacional y apoyar
los derechos de los presos de conciencia.
3. ¿Qué opinas de que en este libro se consi­
dere el cuidado de uno mismo como virtud
cardinal?
4. Recoge dos ejemplos recientes en que justi­
cia y fidelidad hayan entrado en conflicto.
5. ¿Se resolvieron estos conflictos con la
prudencia?
6. ¿Crees que el cuidado de sí mismo debiera
prevalecer sobre los intereses de la justicia
y /o la fidelidad?
7. ¿Cómo educarías a un joven en la virtud
de la valentía?
8. ¿Cómo educarías a un joven en la virtud
de la templanza?
9. ¿Te ayudan las virtudes a organizar tu plan
o proyecto de vida?

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