Está en la página 1de 8

PAN.

EL HIJO DE HERMES

Hermes era el dios de los agricultores y de los pastores en el tiempo en el que


su hijo Pan vino al mundo con ayuda de alguna imprecisa madre, de alguna mujer
que hubiera tenido amores con el dios, pero que no estuviera muy dispuesta a
soportar las consecuencias. Entre las muchas que se citan, podría creerse que la
madre del niño con rasgos entremezclados de hombre y de cabra, bien pudiera
haber sido la buena de Amaltea, la misma que amamantó a Zeus, ya fuera como
mujer o como cabra. Pero cuesta mucho creer que quien tan abnegadamente se
entregó al arriesgado cuidado de una criatura perseguida, pudiera luego
desentenderse de su propio hijo, por feo que le saliera; también se cuenta que
fue Pan hijo de la bella Ninfa Dríope, ella misma la hija de esa otra Ninfa del
mismo nombre y que tanto amó a Apolo. Esta madre se quedó tan espantada con la
aparición de su mixturado retoño, que no reparó en su estado y salió corriendo
en sentido opuesto, dejando a Hermes a cargo de la extraña cría, a quien
envolvió en una piel de animal a su tamaño y llevó al Olimpo, para ver de lograr
un buen lugar en el que educarlo; o de otra hermosa Ninfa, denominada Enoe;
incluso hay muchos que afirman calumniosamente que pudo haber sido también
concebido por Penélope, la fiel mujer de Ulises, y en la larga ausencia de éste,
si se quiere atender a los rumores que tratan de sacarle de su papel de esposa
modélica y convertirla en una promiscua dama, que entretuvo la espera con
desenfado notable. Pero ésa ya es una historia mucho más complicada y menos
ajustada al resto del mito: incluso pudo creerse que era hijo de otra pareja de
padres cualquiera. El caso es que Pan nació poco afortunado, por no decir
bastante feo y ninguna madre quiso quedarse junto a la criatura, para que no se
le achacara tal fealdad en su cuenta de errores. Sin poderse precisar, por falta
absoluta de datos, la identidad de la insensible, si no irresponsable madre, lo
único que se puede asegurar es que el feo, simpático e infortunado niño, tuvo
sólo la magnifica compañía, entre ejemplar y estoica, de su buen padre verdadero
o adoptivo, del buen Hermes, el benéfico dios de la Arcadia.

SU VOCACION PASTORIL

Nacido de un padre pastor (o superpastor) y tal vez por ello, nacido con los
elementos y atributos mezclados y contrarios de los seres humanos y de las
cabras apacentadas por Hermes en el rebaño de Dríope, nuestro Pan se ve
abandonado por su madre, a pesar de que -desde el mismo momento de su salida al
mundo- sólo sabe demostrar la alegría de estar vivo, la felicidad de poder
comunicar su ansia de gozo. En el Olimpo, de la mano de su padre, el joven Pan
divierte a todos y allí sí que es querido y apreciado sin vacilaciones y, mucho
menos aún, sin ninguna clase de rechazo. En las alturas celestiales, a nadie le
asusta que el hijo de un dios tenga o deje de tener cualquier forma caprichosa;
al fin y al cabo, ellos mismos no son otra cosa sino los hijos de los caprichos
de los hombres, o de sus temores. También hay que señalar que el joven no sólo
hizo gracias con sus travesuras y diversiones, sino que llegó a conseguir que
allí arriba, en el Olimpo, Zeus se encariñase de tal modo con Pan, que le
llegara a distinguir con el muy honroso título de hermano adoptivo, lo que
significa el mayor reconocimiento posible para una deidad menor como era él,
dios de la Naturaleza en toda su extensión y pastor divino de todos los rebaños
de animales domésticos, muy en particular. Y no solamente se fijó en su encanto
el buen Zeus, quien le estaba también agradecido por haber recibido la oportuna
ayuda de Hermes y Pan cuando el dios supremo estaba a punto de perder su
combate, tras haberse metido en líos con el furioso Tifón, Dionisos le hizo el
compañero predilecto en sus correrías y con él Pan saltó de un lugar a otro de
Grecia, animando a los dioses y a los hombres con su alegría imparable y con la
incomparable música de su flauta, su muy especial flauta de cañas, la que
terminó por recibir su nombre, flauta de Pan, como recuerdo y agradecimiento de
los humanos a su inventor.

SUS PASEOS CON DIONISOS


Con Dionisos, y por entre los muchos cerros y colinas de la montañosa Grecia,
Pan iba como su compañero predilecto. Juntos cazaban animales salvajes o se
dedicaban a buscar Ninfas para sus correrías amorosas. Ante sus apariciones, los
seres humanos no sabían nunca si unirse a ellos o echarse a temblar. A los
ejércitos armados, la presencia de Pan producía ese pánico tan peculiar, a los
hombres pacíficos también les estremecía su presencia, pero el caso era bastante
diferente según se tratase de unos u otros. Ni el terrible Dionisos, una vez
pasada su locura juvenil, fue tan gran atemorizador de humanos como lo era Pan
cuando hacía crujir las entrañas de la tierra. No, al buen dios sólo le quedaban
ganas de fiesta y a Pan nunca le atrajo la lucha ni el poder, su papel estaba
bien claro: él era la alegría y el placer sencillo. Tal vez su aspecto, con ese
cuerpo compuesto por un torso, cabeza y brazos de hombre, aunque exhibiera
cuernecillos, y esas patas de macho cabrío, fueran razón suficiente para sufrir
un ata que de terror si es que no se conocía al personaje, pero resulta muy
difícil pensar que alguien en la antigua Grecia pudiera desconocer el famoso
nombre y asombrarse ante la muy comentada apariencia física de nuestro buen Pan.
Bien está que los animales se asustaran ante esa extraña presencia, tan cercana
y tan lejana a ellos, pero no cuadra el pánico con la costumbre de los humanos
de aquellos tiempos de ver pasar a las divinidades por su lado. Sobre todo no
parece que sea un dios tan temible, si se le observa cuando baila al son de su
propia música y, además, lo hace rodeado de Sátiros y Silenos, de Ninfas y
Ménades, y no deja tampoco en ningún momento de perseguir a las más que hermosas
y deseables doncellas de todo tipo que se presentan al alcance de su vista,
aunque el éxito no le acompañe en muchas de esas expediciones apasionadamente
amorosas, o sencillamente eróticas.

SU TRABAJO

En la retirada Arcadia natal, cuando no estaba acompañando a Dionisos y su


corte, Pan se encargaba del pastoreo, contento de tener sus animales y
suficientemente preocupado con sus rebaños, feliz por poder ocuparse de atender
a las abejas y vigilar la producción y la calidad de su miel y de su cera.
Siempre fue Pan un dios ejemplarmente cariñoso con sus patrocinados y muy atento
con sus cofrades los cazadores, ya que también compartía con ellos el gusto por
alcanzar a los animales de pluma y pelo y atraparlos con sus prestas armas.
Fuera de estas plácidas actividades, a Pan le gustaba que le dejasen en paz a la
hora de reposar, sobre todo cuando el calor subía en la primavera y el verano y
a se dejaba llevar por el sopor de la tarde, soñando con una nueva aventura
romántica. Era una deidad perfectamente encajada en su territorio, tan feliz con
su papel como lo era Artemis también con sus montes y sus animales, su caza y su
arco, pero habría que comparar a Pan con una Artemis reducida a la más humana
dimensión, a la menor escala divina, ya que el simpático dios no tenía, en
absoluto, su costumbre de proteger la integridad y el respeto a las Ninfas, ni
mucho menos aún, la obsesión de exigirles la celosa salvaguarda de su castidad,
como la diosa mencionada; bien al contrario, además de cumplir con rigor su
misión de primer protector de la Naturaleza y ser un excelente cazador, y amigo
leal de los otros cazadores, su única preocupación con respecto a las Ninfas era
la más lógica de verlas como lo que eran, hermosísimas jóvenes, y querer
constantemente hacerse con alguna de ellas, para disfrutar de sus muchos y
tiernos encantos, y saborear la muy cantada y prometedora juventud, suponiendo
su castidad un aliciente sabiamente añadido por las circunstancias de la vida, o
por la sabiduría del destino, para llegar a hacerlas aún más anheladas como
compañeras ideales para el supremo placer orgíastico. Por esa misma razón, a Pan
nadie puede acusarle de haber castigado a una joven, a una matrona, o la mujer
más vieja y achacosa, por sorprenderle desnudo en su intimidad, como haría
Artemis en tal caso. A Pan le importaba nada el pudor, y menos aún el estúpido
sentido del honor de sus grandes y terribles compañeras. Por cierto, es bueno
recordar que el divertido dios Pan mantenía excelentes relaciones con Artemis,
ya que cuando se dejó caer la diosa en la Arcadia, en ocasión de su primera
incursión cinegética sobre la tierra de los humanos, fue Pan quien le regaló
seis hermosos y fieros lebreles, capaces de dar caza a los leones, según unos
autores, o diez sabuesos de raza, según otros cronistas de lo divino, para que
su caza fuera más provechosa, y tener la gentileza de hacer a Artemis ese tipo
de presentes debía ser una atención de las que una diosa de su categoría no se
puede olvidar tan fácilmente.

LAS PASIONES DE PAN

Como buen mediterráneo, Pan solía presumir ante su público de los éxitos
logrados en sus seducciones y conquistas, incluso gozaba alardeando de las
artimañas utilizadas en esas aventuras, y también disfrutaba revelando lo que
podía haber sido un secreto entre amantes; hasta tal punto le gustaba la
exhibición de sus triunfos, que llegó a afirmar que ni una sola de las
licenciosas y lujuriosas Ménades que figuraban en la comitiva de Dionisos había
quedado fuera de su alcance. Las Ménades no eran una presa difícil; precisamente
les distinguía su frenética entrega total en las orgías dionisíacas, y el vino
era su más representativo signo visible en ese desenfrenado culto y la mejor
bandera para reconocerlas desde lejos, sin temor a equivocarse en tales
ocasiones. Teniendo las citadas bacantes tales características, que Pan
presumiera de haber dispuesto de todas y cada una de sus compañeras de fiesta,
no era motivo de especial celebración. Pero, más que ningunas otras mujeres, las
Ninfas fueron su gran pasión, casi su deporte, pues esas vírgenes tan hermosas
se constituyeron en la obsesión máxima del fogoso Pan, siempre dispuesto a
ejercer esa impresionante potencia sexual de la que está dotado, especialmente
con las elusivas Ninfas, a las que persigue con toda clase de tretas de mayor o
menor virtud, dispuesto a conseguirlas del modo que sea, sin renunciar al juego
sucio, o descartar ni siquiera la violencia, puesto que lo único que valía era
obtenerlas, no conseguir su amor. Tampoco parece ser que Pan fuera indiferente a
la presencia de los jóvenes pastores que se encontrasen en los campos y montes
por los que pasaba la comitiva dionisíaca. Y disfrutaba a fondo de esos efebos
que le pudieran salir al paso, puesto que su entrega le era más que grata
apetecible. Diríase, pues, que lo que más le atraía del amor, era la juventud de
la que pudiera disfrutar en ese momento, dado que el sexo de sus oponentes o
compañeros era una cuestión secundaria, un detalle adicional que podía dar más o
menos encanto a la narración destinada a sus amigos.

LA INFELIZ NINFA ECO

Otro de sus amores más sonados fue el de la Ninfa Eco, una joven que no iba a
conocer más que desgracias en su vida. Eco tuvo un fugaz romance con Pan, del
que nació una niña, Iambe, que tampoco iba a tener una vida muy feliz, sobre
todo tras su aventura con la sacerdotisa Io, por mor del hechizo realizado por
lambe (o Iinge, que los nombres mitológicos siempre se transcriben de mil y una
maneras) sobre ella, y el castigo que luego -por tal acción- le infligió el
irritado amante de Io, Zeus: pero; Eco sería bastante más conocida por su
frustrado amor posterior por el bello Narciso, que por la maternidad de esta
hija Iinge y su romance con el insaciable Pan. El amor sentido hacia Narciso
tenía que ser, a la fuerza, un romance desdichado, ya que éste no podía prestar
atención a nadie que no fuera él mismo. La pobre Eco había sido castigada por
Hera, por su connivencia con Zeus, ya que éste, para tener las manos libres en
sus amoríos, había convencido a la buena de Eco para que entretuviese a la
celosa Hera con sus historias. Cuando Hera se enteró de la artimaña, hizo que la
Ninfa quedase convertida para la eternidad en lo que su nombre nos hace suponer,
en el Eco que repite las palabras y los gritos de los viajeros que pasaban por
su lado. Más tarde, como tal eco, ella se enamoró perdidamente de Narciso, como
lo hicieran otras tantas Ninfas con la misma falta de éxito, cuando él pasaba
junto a la roca en la que estaba enclavada, pero el engreído ni siquiera dejó
que la enamorada se acercara, y la dejó allí, doblemente desconsolada. Otro de
los amores triunfantes de Pan fue el habido con Eufema, la dulce y maternal
cuidadora de las nueve Musas y con quien Pan tuvo a Croto, que sería más tarde
el Arquero, considerado por las Musas como un hermano más, y que ocupa un lugar
de importancia en el firmamento, en la constelación llamada del Sagitario, justo
en el punto tras el cual se esconde -precisamente- el para nosotros invisible y
denso centro de nuestra galaxia.
EL FRACASO EN SU AMOR POR PITIS

Que Pan estuvo enamorado de la Ninfa Pitis, es un hecho tan cierto como que hay
dioses; también es cierto que no pudo llegar a consumar su amor por ella; pero
también debemos decir que hay cuando me nos, dos formas de explicar el porqué de
ese fracaso sentimental. Empezaremos por el relato menos optimista, el que hace
Luciano en sus "Diálogos de los Dioses". Allí se cuenta que el obsesionado Pan
vio, un día luminoso y primaveral, a la virgen y casta Pitis. Sin pensarlo más,
Pan se lanzó sobre ella y estaba dispuesto a quebrar su voluntad de doncella,
cuando la Ninfa consiguió zafarse para siempre de su potencial violador,
mediante la mágica transformación de su persona en un abeto. Pan quedó
chasqueado, pero supo aceptar con gracia la derrota y se limitó a romper una
ramita del recién nacido abeto, poniéndose la verde rama sobre la cabeza, a modo
de respetuoso homenaje, como corona de laurel. La historia cambia
sustancialmente cuando la escuchamos de otra forma: pues bien, también se cuenta
que Pan estaba enamorado de Pitis, pero no estaba sólo en el amor; Boreas, el
dios del viento frío del norte, estaba tan enamorado como el mismo Pan de la
Ninfa Pitis, y ésta, ante la gracia y alegría del buen dios de la Naturaleza,
eligió a Pan como pareja, sin dudarlo ni un segundo. Pero la elección irritó
sobremanera a Boreas. El amor pasó instantáneamente a ser un odio cerval y el
viento enfurecido lanzó a la gentil virgen contra el suelo y terminó por
arrojarla por el abismo. Los dioses se apiadaron de ella y detuvieron su caída,
transformándola en un abeto que prendió en la ladera del monte. Pan se acercó al
abeto y tomó unas ramas, como recuerdo de su amada; las trenzó, y desde entonces
las lleva en su cabeza, como corona de amor. Se dice que cuando Boreas, todavía
enfurecido por el desplante de Pitis, sacude el abeto, este gime lastimosamente,
pero ya nada puede hacer el dios malvado del viento contra ella, más que
zarandearla sin objeto. Como se puede ver, las dos versiones, aunque terminan
con el recuerdo perenne del abeto que fue Pitis, no tienen en común más que
disparidades esenciales, en una el deseo es el motor de la acción; en la otra es
el amor el que no puede triunfar, por el odio del rival.

SELENE SE LE BRINDA DE BUENA GANA

Después de tantos desastres amorosos, o de tan poca satisfacción a sus elevadas


ansias pasionales, es bueno reconocer que, con la atractiva Selene, diosa de la
Luna y reina de la noche, la aventura romántica de Pan fue mucho más
gratificante de lo que solía ser usual. Para aproximarse a la diosa, Pan se
disfrazó con la blanca piel de un cordero, para no ahuyentar a la diosa con su
aspecto mitad macho cabrío, mitad ser humano y el truco funcionó, Selene, al
verlo tan blanco y tan manso, quiso montar sobre ese amistoso carnero y
corretear por el monte sobre su inesperada montura. El falso carnero pidió, a
cambio del paseo, que Selene accediera a un deseo suyo. En lugar de sorprenderse
por la petición del cordero parlante, Selene consintió en la insólita demanda
animal, y afirmó que estaba bien dispuesta a dejarse hacer lo que el impulsivo
carnero tuviera a bien desear de su persona, sabiendo ya muy bien para entonces
cuál podría ser la compensación buscada por el hábil simulador. Terminado el
paseo, Pan disfrutó plenamente de su diosa y el asunto quedó registrado en los
anales de la mitología. Los eruditos dicen que el amor que se cuenta, el romance
de Pan por Selene, es el deseo que siente el pastor por la aparición de la Luna
en el cielo nocturno, porque su presencia en el cielo se traduce luego en unos
campos verdeantes, llenos de frescos y jugosos pastos para sus rebaños. Como
suele pasar con frecuencia, otros tratadistas de las actividades olímpicas dicen
que el buen Pan era exageradamente sensual y que la buena de Selene tampoco le
iba a la zaga en asuntos de amores, y que ambos, cuando se encontraban solos y
en la noche no podían hacer otra cosa que no fuera retozar apasionadamente sobre
las cumbres, con gran escándalo (o regocijo) de las estrellas que brillaban en
la Arcadia, que -al fin y al cabo- debían estar más que acostumbradas a ver a la
pareja repitiendo la experiencia nocturna al aire libre.

SIRINGA, LAS CAÑAS Y UNA FLAUTA


En otra ocasión, estando Pan espiando a posibles presas en los abruptos terrenos
del monte Liceo, o junto a la frondosa orilla del río Ladón, ya que no hay
unanimidad en el territorio sobre el cual se desarrolla la leyenda, obsesionado
el dios esta vez con una Ninfa, con la cual estaba decidido a hacerse como
fuera, con la también virgen Siringa, se lanzó por sorpresa sobre ella; pero el
ataque falló por completo, y el acoso no le valió para nada, ya que su
persecución terminó cuando la Ninfa decidió pasar a ser una caña más entre las
muchas de un cañaveral. Así transformada, Siringa se libró de Pan y éste,
desorientado, empezó a cortar las cañas para aplacar su rabia. Pero esta tarea
terminó con su agotamiento, sin haber conseguido romper el desesperante
encantamiento, ni dar con el escondite de la perseguida Ninfa. Con los trozos de
esas cañas que quedaron en sus manos, Pan construyó una flauta, flauta de pastor
de la cual se apoderó su padre Hermes, para después presumir de ser él el
inventor de tan melodioso y sencillo instrumento ante Apolo (quien sabía mucho
de música y tenía a gala ser el mejor ejecutor de cualquier melodía e
instrumento). La mentira funcionó, y Apolo quedó admirado ante el falso hallazgo
musical de su compañero, ofreciéndose a pagarle un buen precio por la flauta que
se llamó también "siringa", en recuerdo de otra Ninfa más que tuvo que
sacrificarse, por culpa de los amores del voluptuoso Pan. Pero también la
flauta, construida no de trozos de cañas tomadas al azar, sino exactamente con
la caña en la que se había transformado Siringa, siguió siendo propiedad de Pan,
que la depositó en la profundidad de una cueva que sólo él debía conocer, en las
cercanías de Efeso, y esa flauta y esa cueva se convirtieron, por voluntad de
Pan, en inanimado jurado para el veredicto de la virginidad de las jóvenes
presuntuosas, ya que si -una vez dentro de la cueva- seguían alegando su
condición, podía suceder que desaparecieran con el acompañamiento de terribles
sonidos para el resto de la eternidad -si no habían dicho verdad- o que
reaparecieran triunfales, coronadas de ramas tiernas de un pino, y al son de una
música inolvidable que interpretada el caramillo mágico de Pan.

LA MUERTE DE PAN

Plutarco cuenta en su obra "Por qué guardan silencio los oráculos" cómo se dio a
conocer al mundo la muerte de Pan, y es muy curioso ver cómo fue tal suceso,
cómo se produjo la importante y sorprendente noticia, de un modo tan sencillo, y
cómo se transmitió. Veamos: sucedió que llegó a los humanos, por boca de un
marinero del Mediterráneo, el buen Tamo, que se había producido esa muerte de
Pan. Al parecer, Tamo (tal vez un egipcio que hacía con frecuencia esa línea),
que estaba trabajando tranquilamente a bordo de su barco, en una jornada de
navegación habitual, con rumbo hacia la Magna Grecia, y en las cercanías de la
isla de Paxi, oyó una voz que parecía venir del agua, seguramente una voz del
reino de los cielos, a pesar de ser de indudable procedencia marina, que le
pedía que hiciera correr la noticia de que el dios Pan había fallecido, puesto
que los seres humanos también debían saber la triste nueva. Y Tamos, llegado que
fue a tierra firme, contó a cuantos le escucharon lo que le había sido
comunicado y su porqué. A pesar de lo prodigioso del mensaje y de lo triste de
su con tenido, nadie puso en duda la palabra de Tamo. Todos creyeron en la
palabra del marinero y la noticia, que corrió como el rayo, alcanzó a todos los
rincones de la tierra (es decir a todos los puntos de Grecia) y a todos por
igual, llenó de tristeza saber que ya nunca más podrían regocijarse (o
asustarse) con la presencia del dios travieso. Eso es lo que nos ha dicho
Plutarco, pero siguió el dios Pan siendo culto querido de los griegos y, muchos
años más tarde de su pretendida muerte se celebraba en Grecia su existencia
divina y, mucho más tarde todavía, los romanos adaptaron al dios griego a sus
costumbres y hábitos, hasta asimilarlo a su dios Faunus, también muy amado por
nobles y plebeyos del Imperio.

FAUNUS DE ROMA

Faunus era ya todo un personaje divino entre los romanos, una muy bien
establecida deidad agrícola y benefactoria. Una deidad menor que existía desde
los primeros días de la historia romana y al cual se le dedicaban las fiestas
faunalias, el día 5 de diciembre; pero el culto de Pan llegó con fuerza a los
campos romanos, como llegó todo el prestigioso Panteón griego y, al igual que el
resto de los dioses helénicos importados, el nuevo dios híbrido terminó por
imponerse al original latino, a fuerza de robarle características propias de su
identidad inicial y de irle sumando nuevos datos y rasgos totalmente ajenos,
como aquella manía del dios de asustar a los viajeros con unas voces proféticas
que venían a ser, aproximadamente, remedos de los ruidos pánicos de su colega
griego. Lo que no llegó a heredar el dios Faunus fue el desmesurado apetito
sensual ni la impresionante capacidad sexual de Pan, y ello se debe a que la
sociedad romana era mucho menos permisiva (y divertida) que la griega; Roma se
constituyó como una empresa desde su inicio y, difícilmente se puede aceptar la
presencia de un tipo tan poco respetuoso como Pan, en el entorno rígido y
pragmático de un grupo humano que se consolida dictando leyes y haciéndolas
cumplir a rajatabla a sus miembros. Pero, fuera de este respetuoso tratamiento,
hasta tal punto se transformó el primer Faunus, que se confundió su personalidad
con la de los acompañantes pánicos, terminando por convertirse en pluralidad, en
Faunos los que antes fueran Sátiros griegos. Faunus era el marido, o el padre,
de la diosa Fauna pero, además, era un rey mítico de la antigüedad italiana y
nieto de Saturno. Siendo gobernante justo y prudente administrador de su reino,
se dedicó a enseñar a los suyos el cultivo de los campos y el cuidado de los
animales, lo que muestra la antigüedad de su invención, puesto que se le hace
predecesor de los primeros asentamientos sedentarios. Los romanos presentaban a
Faunus como un personaje rústico, que apenas se cubría con una piel, al estilo
de sus propios sacerdotes, que sólo utilizaban una piel de cabra para el rito
fáunico, pero un personaje que bien denotaba su alcurnia con la presencia
constante de una corona real sobre su potente cabeza, mientras que mostraba su
poder y generosidad, exhibiendo un cuerno de la abundancia, una cornucopia de la
que salían los frutos que la Naturaleza derramaba sobre los hombres piadosos que
le respetaban y adoraban.

EL CORTEJO DE PAN

Pan no estaba solo, al contrario, siempre llevaba una compañía de Sátiros y


Silenos, con los que engrosaba las ya nutridas filas del dios Dionisos. Ni unos
ni otros eran seres hermosos, pero su fealdad debía tener algún encanto
desconocido, pues a pesar de sus respectivos aspectos, los dos grupos también
disfrutaban sin complejos de los encantos de la vida, y eran felices haciendo de
las suyas entre las huestes femeninas de su tropel, o entre aquellas que se
ponían a tiro. Los Sátiros eran seres de características parecidas a las de su
jefe y guía, ya que también eran criaturas compuestas de partes de hombre y
partes de animal, con patas y cola de cabra, orejas apuntadas y cuernecillos
pánicos, a los que se les imagina siempre con un instrumento musical en la mano,
como el mismo Pan; los Silenos eran, por contra, de aspecto totalmente humano en
unas versiones, y compuestos de hombre y potro, en otras. Cuando se les hace
aparecer como hombres, no presentan una gran talla: son más bien regordetes y
grotescos, propensos a beber en exceso, lo que les llevaba a perder fácilmente
el control de sus actos, con bastante frecuencia, pero sin que su ebriedad
mermase ni un ápice su buen humor habitual. No se les puede, ni debe, condenar
por el abuso que hacen del vino, ya que la vid y su primer producto son unos
atributos básicamente religiosos del dios Dionisos, al cual dan escolta
indirecta y con su ingestión no hacen sino demostrar su pertenencia al mito, y
su estricta observancia del culto dionisíaco. Con mucha más frecuencia de la
deseable, el vulgo y los notables -por igual- se confunden al considerar a
Sátiros y Silenos como la misma cosa, envolviéndolos a todos bajo una sola
categoría sin importancia de geniecillos o diablillos, siempre rebajándoles en
grado e interés divino, como si fueran una comparsa sin frases, que se diría
para hacer bulto en las fiestas de los demás. Según Bergua, Pausanias
consideraba a los Silenos como Sátiros envejecidos, mientras que Platón tampoco
llegaba a distinguir unos de otros al mencionarlos como iguales en su Banquete.

LO QUE HACIAN ESTOS ELEMENTOS


Los Sátiros provenían de las zonas montañosas de Grecia, eran unos demonios
locales, nacidos del untador helénico, de la Naturaleza, mientras que los
Silenos habían llegado a la cultura griega poco a poco, infiltrándose a través
del Helesponto con los comerciantes que hacían la ruta, con los guerreros que
volvían de sus campañas y con los viajeros de todo tipo que hacían viajes entre
el Asia Menor y Grecia, la avanzada de Europa. Los Silenos trasplantados a
Frigia y a la Jonia seguían estando en el papel acostumbrado de padrinos de las
aguas interiores; provenían de las homólogas deidades asiáticas de las fuentes y
los manantiales, y continuaron después como tales protectores de los ganaderos y
agricultores, o, por lo menos, seres a los que había que tener contentos para
que no faltase el agua potable a los hombres, los campos y las bestias. Como se
puede ver, son dos grupos diferenciados, ya que los Sátiros eran unos entes nada
positivos, demonios lascivos e irrespetuosos en los que no se podía depositar la
confianza, ya que a nada representaban si no era a las pasiones primarias de los
seres humanos, y los Silenos, al contrario, venían a significar una esperanza
humana o, al menos, a tratar de paliar un temor justificado a la sequía, a la
posible escasez del agua esencial. Un Sileno famoso, del que ya hablamos al
contar la historia de las Musas, fue el pobre Marsias, aquel que se encontró la
flauta maldita y tuvo la desgracia de enfrentarse musicalmente al invencible
Apolo.

LA ENTRADA EN ATENAS

Al llegar conjuntamente el mito de Sátiros y Silenos a la muy poderosa y culta


Atenas, se les unificó en un único grupo, en el que iban dentro de la comparsa
dionisíaca. Pero poco después los Sátiros, como paladines del placer y maestros
en las artes del goce y disfrute de los sentidos, fueron elevados a una
categoría muy especial, ya que se les dedicó la importante parcela de la
comedia, recibieron el honor de ser patronos de la sátira. A partir de los
Silenos se realizó un proceso retroactivo: la invención de Sileno rey de Nisa e
hijo de Pan y una Ninfa, o de Pan y de la sangre de Urano, como contrapartida
masculina al mito del nacimiento necrófilo de Afrodita. Sileno, se dice, fue
puesto al cuidado de Dionisos, en otro sinsentido mitológico, ya que terminó por
ser tutor de un dios anterior a él, pero eso de poco importa ahora. Lo que sí
cuenta es que el rey fue un sabio, con capacidad para ver el ponen ir y para
sentenciar sobre lo que había de hacerse sin equivocarse jamás, y un ser
abstraído en el estudio y la reflexión. No le gustaba en absoluto presumir de
sus conocimientos y mucho había que bregar con él para que soltara prenda. En
una ocasión, capturado por el ambicioso rey Midas para hacerse con su tan
nombrado conocimiento de las cosas, Sileno fue interrogado sobre aquello que
fuera más deseable para el ser humano, y la sobria respuesta de Sileno fue: no
nacer y, en caso de nacer, morir pronto. Un verdadero filósofo cínico, como
puede verse por su sentencia. Pero también, con esa manía de los clásicos por
desdoblar los personajes, Sileno fue un bufón del Olimpo, un ser pequeño y
gordinflón, con rastros animales en su aspecto humanoide. También fue el padre
de un centauro, Folos, aquel que promovió sin querer la batalla entre Heracles y
los centauros. Sileno, el bufón borracho, no montaba sino en un humilde asno, y
llevaba un odre de vino a la espalda, por todo equipaje.

FAUNOS, SILVANOS Y OTROS COLABORADORES

Los romanos tomaron la leyenda de Sátiros y Silenos y la pasaron por su tamiz


cultural, para conseguir un producto más acorde con su tradición. Los alegres
griegos pasaron a llamarse Faunos y Silvanos, respectivamente, ahora a cargo de
papeles protectores de segunda fila, tan reducidos, que poco les faltó para
terminar como duendecillos mínimos, omnipresentes en todos los rincones de
campos duendecillos y bosques salvajes. En cada pago había una serie de Silvanos
con empleo fijo, adscritos a tareas protectoras especificas, dentro de la
concepción eminentemente agropecuaria de los romanos, que necesitaban sentirse
más tranquilos con la vigilancia precisa de todas y cada una de las piezas de
sus pertenencias. Junto a estos degradados diosecillos prácticos, los romanos
pusieron a disposición de la agricultura y la ganadería a otras deidades de la
tierra, como podían ser Carmenta (a cargo de los nacimientos), Vertumnus (deidad
de las estaciones y de la fruta), Pales (protector o protectora,
indistintamente, del ganado), Terminus (dios que vigilaba el respeto a las
lindes de las haciendas), Flora (diosa de la agricultura), Pomona (encargada de
la fertilidad de los frutales) y Juturna (responsable del agua amante enésima de
Júpiter), por no citar más que a unos cuantos dioses rurales con nombre y
festividades propios, entre la multitud de patronos paganos que el censo
religioso latino puso a disposición de sus ciudadanos.

También podría gustarte